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viernes, 30 de mayo de 2025

Haz tu ruta con ExplicArte Sevilla: Tú decides la ruta, la fecha y el precio (Free Tour - propina)

 

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miércoles, 28 de mayo de 2025

El busto de Don Pelayo, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Albacete y Alicante, de la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Don Pelayo, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Abacete y de Alicante, en la Plaza de España, de Sevilla.
     Hoy, 28 de mayo, es el aniversario de la Batalla de Covadonga (28 de mayo de 722), así que hoy es el mejor día que hoy para ExplicArte el busto de Don Pelayo, en la enjuta entre los arcos de las provincias de Albacete y de Alicante, que se encuentra en el Parque de María Luisa, de Sevilla.
      La Plaza de España [nº 62 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; nº 31 en el plano oficial de la Junta de Andalucía; nº 1 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 11 al 21 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla]; en el Barrio de El Prado - Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
     La Plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
     En las enjutas de los arcos que componen la gran arcada que circunda toda la plaza, dentro de unos tondos de profundo sabor renacentista italiano, modelados en alto relieve y esmaltados en blanco sobre fondo azul cobalto, aparecen los bustos de personajes de especial relevancia en la historia de España. Su ejecución original corrió a cargo de las Fábricas de Mensaque Rodríguez y Cía. y de Pedro Navia.
     En orden cronológico, figuran tanto aquellos destacados en las ciencias, en las humanidades, en las artes o en las armas, como reyes o santos.
     Son un total de cincuenta y dos, distribuidos en cuatro series de trece personajes, dispuestos entre los catorce arcos de cada tramo de la plaza.
     Es sorprendente el repertorio  de estos personajes ilustres que desde sus privilegiados balcones en la arcada, disfrutan del ancho espacio de la hermosa plaza. Simultáneamente, ellos son vistos por los paseantes  como muestra de la gloria de España y como ejemplo a seguir (La Cerámica en la Plaza de España de Sevilla, 2014).
Conozcamos mejor la Biografía de Don Pelayo, personaje representado en la obra reseñada;
     Don Pelayo. (?, s. VII – Cangas de Onís, Asturias, 737). Rey de Asturias.
     Con él se inicia la serie de los reyes de Asturias y su nombre se asocia estrechamente a los hechos germinales de ese Reino: insumisión de los astures contra el dominio islámico, batalla de Covadonga y consiguiente creación de un primer núcleo local independiente del poder musulmán con centro en el lugar de Cangas de Onís, en el valle del curso medio del Sella y al abrigo de la formidable fortaleza natural de los Picos de Europa.
     Los comienzos de la lucha de los astures contra los árabes y del caudillaje de Pelayo se conocen fundamentalmente a través de los relatos que han transmitido las crónicas hispanocristianas más antiguas —la llamada Albeldense y la de Alfonso III en sus dos versiones, Rotense y “a Sebastián”, ambas escritas probablemente en Oviedo en el penúltimo decenio del siglo IX—, y por los testimonios mucho menos elocuentes de algunos diplomas asturianos dignos de crédito, sobre los que destaca la famosa donación de Alfonso II en el 812 a la iglesia de San Salvador de Oviedo, y de la tradición historiográfica musulmana.
     La fuente más próxima a la rebeldía pelagiana —la Crónica Mozárabe del 754—, en la que su anónimo autor se lamenta amargamente de la “pérdida de España” a manos de los invasores árabes, silencia, sin embargo, los hechos primeros de la resistencia astur. Ese silencio, unido a las contradicciones que se encuentran en los más antiguos relatos cristianos y musulmanes y a las adherencias fabulosas del más explícito de aquéllos, el contenido en la Crónica de Alfonso III, fueron el motivo principal del demoledor escepticismo con el que algunos historiadores se enfrentaron a la reconstrucción histórica de los orígenes del Reino de Asturias, antes de que en el tercer decenio del pasado siglo Claudio Sánchez-Albornoz iniciase su densa y rigurosa producción historiográfica dedicada a perfilar los contornos de ese hecho y de Pelayo, su personaje central. Hoy, gracias sobre todo a esa aportación albornociana, matizada con las correcciones que imponen nuevos enfoques del problema y la inevitable revisión crítica sugerida por nuevas lecturas e interpretaciones de las fuentes disponibles, es ya posible una aproximación histórica, razonablemente aceptable, a la figura de Pelayo y de la comunidad que él acaudilló y a los hechos que, con Pelayo como principal protagonista, se desarrollaron en Covadonga y su entorno pocos años después de que los musulmanes iniciasen la rápida conquista de la Península. Y detrás de las contradicciones de las fuentes, de los datos irreconciliables, de las deformaciones fantásticas que ofrecen en muchos casos y de unos silencios no tanto atribuibles a la inexistencia de los hechos como al desconocimiento o minusvaloración, impremeditada o consciente, de los mismos por quienes los historiaban, la realidad de Pelayo y Covadonga, de los sucesos que esos dos nombres evocan, es actualmente incuestionable y de general aceptación por la historiografía más autorizada.
     Tras el descalabro sufrido en la batalla de Guadalete por el Ejército de don Rodrigo (711), la afirmación del poder musulmán sobre la Península se logró rápidamente. La Crónica de Alfonso III en su versión “a Sebastián” refiere la huida hacia Asturias y las tierras de más allá de los Pirineos de los supervivientes de la vencida facción del último monarca godo. Entre los que se acogieron a la “tierra de los asturianos” figuraría, según el mismo texto, Pelayo, a quien se hace aquí hijo del duque Favila, de linaje real, y en la redacción Rotense, más fiable, espatario de los reyes Vitiza y Rodrigo. La Crónica Albeldense, sin embargo, presenta a Pelayo en Asturias, tras su expulsión de Toledo por Vitiza, donde se encontraría en el tiempo en que los musulmanes ocuparon la Península.
     Las expediciones musulmanas de conquista del noroeste peninsular seguirían los cauces de penetración marcados por las antiguas vías romanas y en concreto, y por lo que a las Asturias transmontanas se refiere, seguramente la que desde León conducía a Gijón, ciudad marítima en la que se presenta como gobernador a cierto Munuza, de quien dicen las crónicas cristianas que “cumplía en la ciudad de Gijón las órdenes de los sarracenos sobre los astures”.
     En Asturias, siguiendo la atendible referencia de la Albeldense, viviría Pelayo sometido a la autoridad del prefecto musulmán, gozando de una cierta tranquilidad obtenida al precio de ese sometimiento y acaso asumiendo unas ciertas responsabilidades sobre su propia región y su pueblo, tanto si era un representante de la nobleza local del país como si se trataba de un individuo de origen godo con fuerte arraigo familiar entre los astures y sólida implantación en el territorio. Se reproduciría así en Asturias una situación similar a las que se sabe que ocurrieron en otras regiones al producirse el derrumbamiento de la autoridad central toledana que aceleraría el proceso de fragmentación del Reino Visigodo, bastante avanzado ya a principios del siglo VIII.
     La Crónica Albeldense, sin duda la más fiable entre las fuentes narrativas que historian la génesis del Reino de Asturias, a pesar de su extremado laconismo, dice que “una vez que España fue ocupada por los sarracenos, éste [Pelayo] fue el primero que inició la rebelión contra ellos en Asturias”, pero no proporciona ninguna indicación sobre las causas de esa insumisión pelagiana. La versión “a Sebastián” de la Crónica de Alfonso III, también muy parca en este punto, afirma que fueron los godos refugiados en Asturias los que “eligieron por su príncipe” a Pelayo, para referirse seguidamente a la expedición represora de Alkama contra el rebelde. Mucho más explícitas son las informaciones de la versión Rotense de la crónica regia, que componen un detallado relato de la rebeldía pelagiana tras el que es posible descubrir una serie de acontecimientos coherentes en relación con la génesis de la insumisión de los astures y del caudillaje de Pelayo.
     Siguiendo el relato cronístico, parece que enamorado el prefecto musulmán Munuza, residente en Gijón, de la hermana de Pelayo, cuyo nombre se oculta, aquél decidió alejarlo de la tierra enviándolo a Córdoba “con el pretexto de una comisión”, acaso relacionada con las condiciones de sometimiento de los astures. Aprovechando esa ausencia, el musulmán se habría unido en matrimonio con dicha hermana, provocando la reacción de Pelayo, ya de regreso en Asturias. No hay razones para atribuir carácter legendario a estos hechos, que se ajustan a las pautas de comportamiento seguidas por los nuevos ocupantes de la Península y de las que existen algunos expresivos ejemplos perfectamente acreditados. Más problemático es, sin embargo, atribuirles en exclusiva el carácter de causa próxima de la rebeldía pelagiana, a la que no debió ser ajeno algún tipo de conflicto relacionado seguramente con las condiciones de sometimiento y el pago de tributos a los nuevos gobernantes musulmanes. Ya en el camino de la rebelión abierta contra la autoridad islámica, Pelayo se vería forzado a eludir el acoso de las tropas encargadas de su captura; y en su huida por terrenos bien conocidos y en los que no dejaría de contar con apoyos de la población local, terminaría acogiéndose a la protección que brindaban las estribaciones montañosas de los Picos de Europa.
     El relato de esta huida tal como la presenta la versión Rotense —la más antigua y fiable— de la Crónica de Alfonso III, no ofrece acontecimientos inverosímiles. La llegada de Pelayo a las tierras ribereñas del Sella la hace coincidir el texto con la celebración de un concilium o asamblea popular de los habitantes de la comarca. Sintiéndose seguro en aquella fortaleza natural —“un gran monte cuyo nombre es Auseva”—, dice la Crónica que “hizo correr sus órdenes por entre todos los astures”, alentándoles a la insumisión contra los dominadores musulmanes y siendo elegido por aquéllos “como su príncipe”. Son así los astures los que legitiman con su elección a Pelayo como jefe de una sublevación que no parece haber tenido en sus orígenes ninguna conexión con la tradición política visigótica, truncada en el año 711. La más manipulada versión erudita o “a Sebastián” de la crónica regia hace de Pelayo un caudillo elegido por la propia nobleza visigoda refugiada en la región, tratando de legitimar retrospectivamente el nacimiento de la nueva Monarquía asturiana que entroncaría así directamente con la extinta monarquía gótica.
     Los comienzos de la rebeldía de Pelayo deben situarse, como propone Sánchez-Albornoz, en el año 718, coincidiendo con el valiato de al-Ḥurr; y transcurriría seguramente algún tiempo hasta que los musulmanes decidieran sofocarla, empeñados como estaban en empresas militares más urgentes. En aquel año debe fijarse, en todo caso, el comienzo del caudillaje efectivo de Pelayo sobre los astures, siguiendo los cómputos de la Crónica de Alfonso III al datar su muerte en el 737 y fijar en diecinueve años la duración de su mandato. En el 721 es designado valí de al-Andalus el yemení ‘Anbasa, que estará al frente de la España musulmana hasta el 726. Es durante su gobierno cuando se decide reducir por la fuerza a los rebeldes astures y reintegrarlos a la obediencia.
     La expedición de castigo contra Pelayo y sus partidarios debió ponerse en marcha en la primavera del 722, al mando de Alkama y figurando entre sus acompañantes el obispo Oppa, a quien la Crónica alfonsina hace hijo del rey Vitiza, cuya facción, enemiga de la de don Rodrigo, apoyó la entrada de los musulmanes en la Península, cooperando después en la consolidación de su nueva autoridad.
     Los primeros encuentros entre las tropas islámicas y los rebeldes debieron ser favorables a aquéllos. Acosados por el ejército de Alkama, reducidos en sus efectivos, aunque acaso no tanto como pretenden hacer creer los historiadores musulmanes que refieren estos hechos, Pelayo y los suyos se acogen al refugio seguro de la fortaleza natural de los Picos de Europa. Replegándose por el valle de Cangas los astures, buenos conocedores del terreno, atraen a sus perseguidores hacia su parte más angosta, cerrada ya completamente por el monte Auseva. Allí localizan el encuentro final y decisivo entre los musulmanes y los rebeldes las dos versiones de la Crónica de Alfonso III, con todo lujo de pormenores geográficos, mientras que los testimonios de los historiadores árabes, aunque sin aportar detalles, describen unas condiciones del terreno que se avienen perfectamente con esa misma localización o, por lo menos, no la contradicen.
     La crónica regia habla en su versión primitiva o Rotense de la “coba dominica” y en el texto erudito o “a Sebastián” de la “coua Sancte Marie”; y en ambas se sitúa la cueva en el monte Auseva (“Aseuua”). El relato de la batalla entre musulmanes y cristianos se ofrece seguidamente con gran detalle, introduciendo, al lado de noticias dignas de crédito, circunstancias y pormenores fantásticos, exageraciones desmesuradas y atribuciones providencialistas que no dejan, sin embargo, de tener una explicación si se interpretan desde la perspectiva de la ideología que informaba la tradición historiográfica cristiana de aquella época y a la luz de la importancia decisiva que debió ofrecer a los ojos de los sucesores de los astures de Pelayo, bastante tiempo después, el encuentro de Covadonga, constituido en verdadero hecho fundacional del nuevo reino. La desmesurada extensión que en la Crónica de Alfonso III, de suyo tan lacónica, se da al relato del choque entre musulmanes y cristianos es la mejor prueba del valor fundamental que se les atribuía en los ambientes cortesanos de fines del siglo IX en los que ese texto narrativo se redacta.
     Los astures, dominando el escenario de la batalla desde la cueva excavada en la roca del Auseva y desperdigados quizá por las escarpaduras de las montañas que flanquean el valle, convertido ya en aquel lugar en estrecha garganta, derrotaron de forma contundente a las tropas islámicas, desfavorablemente situadas en el fondo del mismo. Muchos encontrarían la muerte, como el propio Alkama; y otros, como el obispo Oppa, serían hechos prisioneros. Cortada la retirada hacia el Oeste, donde el valle de Cangas se abre, una parte de la vanguardia musulmana buscó la salvación adentrándose en las fragosidades de los Picos de Europa, en una penosa travesía que puede reconstruirse en algunos jalones de su itinerario a través de las indicaciones que facilita la propia Crónica de Alfonso III y que concluiría en el valle de Liébana, a orillas del Deva, con un nuevo descalabro de los derrotados musulmanes como consecuencia de un desprendimiento de tierras que bien pudiera obedecer a causas naturales —son frecuentes en esa zona— y que el cronista atribuye a intervención divina.
     Los hechos hasta aquí expuestos, deducidos de las informaciones debidamente depuradas que ofrecen los relatos de las crónicas cristianas, de la observación del propio escenario de esos hechos y de las condiciones sociales del momento, pueden resumir lo que pudo ser la batalla de Covadonga y sus antecedentes inmediatos, a partir de la insumisión de los astures y de la elección de Pelayo como su caudillo.
     Sobre esos hechos actuó, deformándolos, para exagerarlos fantásticamente o para restarles importancia, la historiografía cristiana y árabe más próxima en el tiempo. Y así, la Crónica de Alfonso III, principal fuente de información de los episodios germinales del Reino de Asturias, exagera fabulosamente el número de musulmanes presentes en Covadonga —187.000 hombres— e introduce abundantes elementos fantásticos en la narración de la batalla, trufados de atribuciones providencialistas, en un interesado y hasta cierto punto comprensible intento de sublimación de orígenes. Mucho más sobria y fiable y sin las adherencias retóricas y fabulosas de la crónica regia, la llamada Albeldense, redactada igualmente durante el reinado de Alfonso III aunque anterior en algunos años a aquélla, se limita a consignar escuetamente los hechos esenciales de la rebeldía de Pelayo y del encuentro entre cristianos y musulmanes, sobre los que aporta también un testimonio de extraordinario valor la donación de Alfonso II a San Salvador de Oviedo, otorgada en el año 812, bastante temprana pues, y de segura autenticidad. En ella se hace a Pelayo, encumbrado al rango de príncipe, vencedor de los árabes y “defensor del pueblo de los cristianos y los asturianos”. El silencio que guarda el anónimo autor de la Crónica Mozárabe del 754 sobre los hechos de Covadonga puede justificarse por el nulo o escaso eco que tendría en los círculos cordobeses en los que probablemente él escribe, la fallida expedición de castigo dirigida hacia un lejano y apartado lugar de la frontera norteña de la España islámica, salvo el supuesto, poco probable, de que cierto pasaje de dicha crónica relativo al fracaso de una expedición musulmana contra los pueblos del Pirineo, no estuviese en realidad haciéndose eco del triunfo de Pelayo.
     Por su parte, los historiadores musulmanes, recogiendo tradiciones antiguas, constatan también la rebeldía pelagiana y la campaña contra sus partidarios, restando importancia a los hechos. Ibn Ḥayyān e Isa al-Razi limitan a un reducido número de combatientes hambrientos la hueste astur acorralada con su jefe en los refugios naturales de la montaña a consecuencia del continuo hostigamiento de las tropas islámicas; y hacen a éstas cuya situación “llegó a ser penosa” —confiesa uno de los cronistas— por las dificultades del terreno, abandonar finalmente el intento de someter a los “treinta asnos salvajes” mandados por Pelayo y supervivientes de los combates contra los musulmanes, despreciando su porfiada resistencia.
     En lo fundamental —la rebeldía astur y el intento fallido de los musulmanes para sofocarla— concuerdan pues las fuentes cristianas y las islámicas. La exageración de aquéllas al relatar el triunfo y el laconismo de éstas disimulando la propia derrota no contradicen la historicidad esencial de los hechos ni pueden dar base a su negación, como en algún caso se ha hecho. Su cronología, desde la rebeldía pelagiana a la batalla de Covadonga —del 718 al 722— se aviene con la reconstrucción que de la etapa germinal del Reino de Asturias haría Sánchez-Albornoz, aunque algunas propuestas recientes la hayan modificado ligeramente, adelantando el encuentro bélico al primero de esos años o retrasándolo incluso hasta una fecha de difícil acoplamiento al cómputo cronístico del tiempo de duración del caudillaje de Pelayo. No parece probable, en todo caso, que en Covadonga se restaurase el antiguo reino de los godos y que fuera la propia nobleza gótica, vencida y maltrecha, la que en un primer momento elevase a Pelayo a la jefatura de la insumisión contra los musulmanes. La rebeldía de los astures y el propio caudillaje de Pelayo tuvo seguramente en sus orígenes un carácter y alcance estrictamente locales, planteándose con independencia de la tradición política visigoda. Sería después, con el arraigo en Asturias de un sentimiento neogoticista que debe no poco a la influencia de los hispanos inmigrados del sur, cuando se quiso ver en la Monarquía asturiana la continuadora directa y legítima del desaparecido reino godo. Y es ese ideal neogoticista el que inspira a los cronistas que en las postrimerías del siglo IX atribuyen a la rebeldía pelagiana una finalidad restauracionista que probablemente nunca existió en aquellos momentos.
     Pelayo es, lo apunta certeramente un historiador musulmán, un rey nuevo que reina sobre un pueblo nuevo. La muy autorizada donación del 812 no permite dudar sobre la identificación del caudillaje de Pelayo con los astures ni del final del reino visigodo tras el descalabro sufrido por don Rodrigo a manos de los invasores musulmanes. La cesura efectiva entre ese reino y el surgido en las montañas de Covadonga se afirma también tajantemente en otras fuentes dignas de todo crédito, como la Crónica Albeldense cuyo anónimo autor, influido sin duda en este punto más por las tradiciones locales que por el ideario progótico de la Corte ovetense, donde seguramente escribe, dice con la sencillez que le caracteriza y tras la referencia escueta del triunfo de Pelayo sobre los árabes, que “desde entonces se devolvió la libertad al pueblo cristiano [...] y por la divina providencia surge el reino de los astures”.
     La explotación del éxito obtenido por los asturianos en Covadonga se produciría con el vencimiento final del representante del poder musulmán en la región —Munuza— y de sus tropas en un lugar que la Crónica de Alfonso III llama Olalíes (“locum Olaliense”) y que tradicionalmente se venía localizando en el valle de Proaza, bastante distante del escenario de aquellos hechos y sobre una de las rutas que conduce a la más importante vía transmontana de La Mesa. El hecho de documentarse allí, en la Edad Media, una villa de “Olalíes” y la proximidad a aquella vía abonaba tal identificación. Sin embargo, la presencia del mismo topónimo en las proximidades de Oviedo y sobre la vía que unía la ciudad marítima de Gijón con León, muy cerca de Lugones y en un lugar abierto a la comunicación directa con la llanada centro-oriental de Asturias, hace más razonable situar en este lugar de “Olali” aquel choque final en el que encontraría la muerte el propio Munuza.
     Después de ese triunfo, dice la crónica regia en su versión “a Sebastián” que no quedó ni un solo musulmán en las Asturias transmontanas, poblándose la tierra y restaurándose las iglesias. Pelayo establece el centro de poder del núcleo insumiso astur en el lugar de Cangas de Onís, próximo a Covadonga, elección que podría explicarse por una posible vinculación familiar a la zona, muy romanizada y, con toda seguridad, cristianizada antes de la rebelión. La propia geografía favorecía la elección de tal lugar, bien protegido de eventuales ataques exteriores por la fortaleza natural de los Picos de Europa y en una comarca —la Primorias de los textos cronísticos— vecina al área de poblamiento de los cántabros, con los que el caudillo de los astures aparecerá pronto estrechamente asociado por el matrimonio de su hija Ermesinda con Alfonso, hijo del duque de Cantabria Pedro.
     Tanto la Crónica Albeldense como la de Alfonso III coinciden en la datación de la muerte de Pelayo en el año 737, tras diecinueve de reinado, puntualizando que ocurrió en Cangas.
     En la interpolación al texto erudito de la crónica regia, hecha por el obispo Pelayo de Oviedo en el siglo XII, se dice que el Monarca y su esposa Gaudiosa recibieron sepultura en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en el territorio de Cangas (Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Don Pelayo, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Albacete y de Alicante, en la Plaza de España, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 27 de mayo de 2025

Los principales monumentos (Castillo de Miraflores, Aljibe y Noria del Huerto del Aguilar, Convento de Nuestra Señora de la Luz, Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, Ermita de la Esperanza, antigua Cárcel Pública, Torre del Reloj, Fuente Vieja, Capilla del Santo Ángel, y Acueducto de los Jarales) de la localidad de Alconchel, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Castillo de Miraflores, Aljibe y Noria del Huerto del Aguilar, Convento de Nuestra Señora de la Luz, Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, Ermita de la Esperanza, antigua Cárcel Pública, Torre del Reloj, Fuente Vieja, Capilla del Santo Ángel, y Acueducto de los Jarales) de la localidad de Alconchel, en la provincia de Badajoz.
     Alconchel aparece a mitad de camino entre Olivenza y Jerez de los Caballeros, sobre un ámbito dominado por las sierras de las Puercas y la Cobana, ocupando el seno que en ese punto forma la rivera de Táliga.
     El dominio vegetal queda determinado por la presencia de dehesas con manchas de jaras y otros matorrales.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 294,9 Km2
     Altitud: 296 m.
     Distancia Capital: 45 Km.
     Partido Judicial: Olivenza
     Comarca: Llanos de Olivenza
     Gentilicio: Alconcheleros
Ayuntamiento de Alburquerque
     Plaza de España, 3
     06131 Alconchel (Badajoz)
     Teléfono: 924420001
     Fax: 924420013
     Correo-e: ayuntamiento@alconchel.es - secretaria-intervencion@alconchel.es
     Web: www.alconchel.es
Historia.-
    Aparece a mitad de camino entre Olivenza y Jerez de los Caballeros, sobre un ámbito dominado por las sierras de las Puercas y la Cobana, ocupando el seno que en ese punto forma la rivera de Táliga. El dominio vegetal queda determinado por la presencia de dehesas con manchas de jaras y otros matorrales.
     En la etapa medieval el lugar fue poblado inicialmente por Alfonso I de Portugal, pasando a mediados del siglo XIII a poder de Castilla bajo la Orden del Temple, para volver otra vez a Portugal en 1445, y más tarde de nuevo a Castilla. En el aspecto jurisdiccional fue Villa de Señorío, perteneciendo sucesivamente al Maestre alcantarino Don Gutiérrez de Sotomayor, familia de los Zúñiga, y Marquesado de Piedras Albas y Bélgida.

Monumentos.-
     Elemento distintivo de la localidad es el formidable castillo roquero de "Coluche" o "Miraflores", que enclavado sobre la cima del cerro de este mismo nombre, domina con su imponente presencia todos los territorios del entorno, recortándose sobre el horizonte en atractiva y majestuosa silueta visible desde todas las lejanías. De origen árabe, y reconstruido en el siglo XII por el monarca lusitano Alfonso Enríquez, fue consolidado luego por los templarios, convirtiéndose en uno de los bastiones más potentes de esta Orden y en punto de importancia estratégica crucial en el ámbito de la frontera.
     Originariamente se componía de triple recinto, reforzado el intermedio con cubos apuntados hacia el sur. Lo preside una poderosa torre de Homenaje, completando el conjunto un buen patio de armas, aljibes, mazmorras, capilla y otras dependencias de las que se conservan distintos restos. Recientemente ha sido restaurado con notable acierto.
     La población se asienta al resguardo de la fortificación, ocupando la ladera del cerro en la vertiente de mediodía. El caserío más antiguo se concentra en la zona alta, en torno a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Remedios. En sus inmediaciones se localizan también las viejas fuentes de el Venero, la Fontana, y el llamado Pozo Ríos, que presenta la particularidad de enclavarse, la mitad dentro de una casa y la otra asomando a la calle.
     En ese mismo ámbito perduran todavía edificaciones colgadas sobre el acusado talud de la ladera. Dos largas calles de significativos nombres, Corredera y Luenga, son arterias principales de la población, anteriores al siglo XVII por el costado del SW de la población, en tanto que las del Olivo, Ladera, Castillo, Mesones y Nueva, lo hacen por el lado de levante.
     La iglesia parroquial es realización gótico renacentista del siglo XVI, edificada sobre una anterior, de la que perduran una escalera de caracol y otros componentes, y en la que se patentizan las numerosas remodelaciones experimentadas. La cabecera es de mayor altura que la nave, cubriéndose con bóveda de crucería de notable interés. La fachada frontal, hoy encalada, presenta estructura ascendente, con remate de espadaña de triple campanario erigida en el XIX, sencilla portada adintelada con ancho recerco y amplia escalinata delantera de agradable configuración, dispuesta para salvar la acusada pendiente del terreno.
     Resulta interesante su actual Plaza Mayor o "Terrero", donde se ubica el ayuntamiento de la localidad con farolas de gran vistosidad. De notable valor es el puente medieval que, anejo ya al extremo sur del caserío, enfila la salida de la población sobre la rivera de Alconchel hacia el camino viejo de Jerez de los Caballeros. La puerta de esta localidad en que desembocaba tal camino, se llamó de Jerez. Cuenta este puente con seis arcos de ladrillo de diferentes proporciones, calzada a doble plano y estribos triangulares.
     La obra, ejecutada en mampostería, presenta sucesivas remodelaciones que no desvirtúan su fisonomía primitiva. El perfil de la población desde el sur, con el puente en primer término, la población detrás, y como fondo el cerro que corona el castillo, resulta de enorme atractivo.
     Un segundo puente más modesto, también de origen y estructura medieval, llamado de San Roque, se sitúa en el extremo contrario de la población, sobre la rivera de su nombre, como prolongación de la calle Mesones, enfilando el camino hacia Táliga y Barcarrota. Cuenta con tres arcos de ladrillo y pizarra de estructura irregular, siendo el cuerpo de aparejo tosco, lo que indica su mayor antigüedad. Su calzada también es de dos planos, presentando como contrafuertes dos abultamientos constructivos sobre el costado de aguas arriba.
     Sin haber perdido su fisonomía tradicional, en la que se conservan sugestivos rincones, Alconchel se presenta en la actualidad como un centro muy evolucionado respecto a su tradicional naturaleza rural, merced a las numerosas actuaciones de urbanización y equipamiento abordadas en los últimos tiempos, siendo patente la atención puesta en su embellecimiento y cuidado de la arquitectura popular (Diputación Provincial de Badajoz).

Castillo de Miraflores.-

     El Castillo de Alconchel es el elemento más distintivo de la localidad. Enclavado sobre la cima del cerro de este mismo nombre, domina con su imponente presencia todos los territorios del entorno.
     De origen árabe, y reconstruido en el siglo XII por el monarca lusitano Alfonso Enríquez, fue consolidado luego por los templarios, convirtiéndose en uno de los bastiones más importantes de esta Orden.
     Originariamente se componía de triple recinto, reforzado el intermedio con cubos apuntados hacia el sur. Lo preside una poderosa torre de Homenaje, completando el conjunto un buen patio de armas, aljibes, mazmorras, capilla y otras dependencias de las que se conservan distintos restos.
     Hoy se encuentra en su interior el Centro de Interpretación de las Fortificaciones del Gran Lago de Alqueva y se prepara para albergar en él un espacio único para convenciones, congresos y exposiciones con posibilidad de hospedaje. 
     Este majestuoso castillo roquero se sitúa en el Cerro de Miraflores, a 296 m. de altura, al norte de la población, bordeado por la carretera que lleva a Olivenza, a 19 Km., a 44 Km. de Badajoz y a 25 Km. de la frontera portuguesa.
     Sus posibilidades de observación son buenas en dirección a Badajoz, aunque se presenten dificultades hacia el este y oeste por cotas dominantes como la Sierra de la Cobanada, la Sierra de las Puercas y Sierra Morena.
     No está enlazado óptimamente con ninguna otra fortaleza, pero si lo está con las torres atalayas que se encuentran en los montes cercanos, permitiendo el control de un extenso territorio.
     Accesos actuales, coevos y potencialmente practicables. El acceso actual a la fortaleza se realiza a través de la Calle El Venero que desde el interior de la población se prolonga por un camino de tierra hacia la entrada a la fortaleza o desde la carretera EX – 107 Badajoz – Portugal en cuyo punto kilométrico 42,600 del tramo Olivenza – Alconchel, se desvía hacia la derecha un camino alquitranado de 2 Km. aproximadamente, en buen estado, que conduce hasta las proximidades de la puerta de entrada a la fortaleza.
     Desde el punto de vista histórico debe recordarse que existió aquí un enclave musulmán, del que no queda ningún vestigio. En primer lugar fue ocupado por los portugueses, avanzado el S. XII, en tiempos de Alfonso I, en 1166. Pasó a manos castellanas cien años después, en 1264, y fue cedido a la orden del Temple primero y a la de Alcántara después.
     La fortaleza está llena de Historia de las luchas que mantuvieron los Reinos de España y Portugal, por ello ni la Villa ni la fortaleza irá separada de los avatares por lo que pasan ambos reinos que decidieron a lo largo del tiempo establecer una frontera que sirvió para reforzar aún más el papel de estas fortalezas.
     La mayoría del grueso de la fábrica esta construida con piedras, con sillares en las esquinas de la torre del homenaje y mampuesto. La madera es utilizada en pocos lugares como en trancas ranguas, suelos de la torre y posiblemente en el rastrillo de la puerta de entrada actual y en los mechinales de la parte superior del lado norte de la torre.
     Originariamente se componía de triple recinto, reforzado el intermedio con cubos apuntados hacia el sur. Lo preside una poderosa torre de Homenaje, completando el conjunto un buen patio de armas, aljibes, mazmorras, capilla y otras dependencias de las que se conservan distintos restos.
     El castillo tampoco ha escapado al acerbo popular y son algunas las tradiciones locales que giran en torno a él. A pesar de ser muchos de ellos datos exagerados resultan ser curiosos y dignos de ser rastreados documentalmente.
     Así, en Alconchel se suele afirmar que desde la fortaleza parte un túnel que conduce a la Iglesia parroquial y otro a la cercana Ermita de la Esperanza, efectivamente algunos castillos han contado con minas o pasadizos que servían de escape en situaciones de asedio, pero en este caso que nos ocupa no se ha podido atestiguar la presencia de dichos túneles de ninguna forma. Desde luego lo que si está probado es que la presencia de minas en los castillos suponía un grave perjuicio para el mismo ya que de la misma forma que podía servir para escapar también podía servir para entrar por parte de los enemigos, con lo que la presencia de los mismos está casi descartada (Ayuntamiento de Alconchel).

Aljibe y Noria del "Huerto del Aguilar".-
     En las inmediaciones del Castillo, nos encontramos en un huerto de propiedad privada, una de las maravillas de Alconchel.
     Conserva dos grupos de edificaciones bien diferenciados: por un lado el ALJIBE, de construcción mudéjar, en ladrillos cocidos rojos de no más de un pie de largos, arcos y columnas que sostienen la bóveda del piso superior compuesto por un pasillo de ladrillos y techo de grandes lajas de pizarra.
     A ello le acompaña una escalera para descender al aljibe en épocas de escasa agua.
     Y por otro lado la NORIA en sí con su carillón de hierro al que se amarraban con sogas los cantarillos de cerámica para sacar el agua, algunos de los cuales aún se conservan. En la actualidad trata de recuperarse para uso turístico (Ayuntamiento de Alconchel).

Convento de Nuestra Señora de la Luz.-
     Está situado en la finca denominada Los Jarales, en la ladera de la Sierra de Moncarche próxima a la orilla derecha del Arroyo de Friegamuñoz. A unos 10 Km. de Alconchel. Se crea poco antes de 1500 y desde entonces fue agrandándose, desde su origen que estaba formado por una capilla excavada en la roca, hasta su última fase constructiva en la que se le hizo un acueducto encima del puente que cruza el Friegamuñoz. Una iglesia, celdas y un comedor completan la edificación hoy casi en ruinas en el seno de un paraje natural de enorme valor ecológico y singular belleza.
     Este Convento separa los municipios de Villanueva del Fresno y Alconchel, términos comunicados por un  acueducto sobre dicha rivera. El Convento de la Luz, fue erigido por Fray Juan de Guadalupe en 1501. Presenta la severa traza de los Conventos franciscanos. Su capilla, esta excavada en al roca. Junta a ella aparece el campanil y la Hospedería.
     El Convento Franciscano de la Luz, en la actualidad se encuentra totalmente en ruinas. Según cuenta la tradición, apareció la Virgen de la Luz, patrona de Alconchel, a un pastor llamado Antonio Muñoz.
     Por encima del arroyo que hay a su lado, se alza un pequeño acueducto que abastecía de agua al convento.
     Es uno de los primeros conventos que fundaron los Franciscanos en esta zona, rodeado de un maravilloso paisaje lleno de encinas y una gran belleza, dentro de una zona denominada San Gabriel.
     Todos los años por el día 19 de marzo, se realiza la tradicional Romería a los Jarales, en donde todos los alconcheleros y muchos visitantes de las poblaciones vecinas se acercan a disfrutar de un día de campo al igual que a acompañar a la patrona de Alconchel, La Virgen de la Luz, en honor a la cual se celebra esta romería (Ayuntamiento de Alconchel).

Iglesia de Nuestra Señora de los Remedios.-
     La Iglesia de Alconchel data del S.XVI, con elementos del estilo gótico renacentista. Su fecha de edificación concreta es finales de 1500 debido a que la fecha del comienzo de sus libros data del 1600. Construida sobre un templo anterior del que se conserva la escalera de caracol del S.XIV.
     El edificio construido sufriría las consecuencias de las guerras con Portugal y con Francia, lo que conlleva una serie de retoques sucesivos en su estructura. De una sola nave, con tres capillas en su parte norte y dos en el sur; cabecera semicircular y bóveda de medio cañón. En sus pies posee un amplio espacio para el coro donde se encuentra el órgano del siglo XIX.
     Tanto la iglesia en su interior como el órgano han sido restaurados en el siglo XX. La última reforma de la iglesia fue en los años 70. La imagen más venerada de la misma es la patrona de Alconchel,  la Virgen de la Luz, cuya talla data del siglo XVI.
     Está destinada al culto, al igual que las dos capillas que hay en la localidad, una La Capilla del Santo Ángel y la otra La Capilla de la Virgen de la Soledad (Ayuntamiento de Alconchel).

Ermita de la Esperanza.-
     La Ermita de la Esperanza debió construirse durante del Siglo XVI mediante el patronazgo que por estas fechas realizan los Señores de Alconchel don Juan de Sotomayor y doña Francisca Portocarrero, al igual que se construyó la Iglesia y la Capilla del Castillo.
     Esta Ermita, actualmente en ruinas, se encuentra ubicada a modo de torre vigía en lo alto del monte denominado de la “Esperanza” frente al Castillo.
     De un solo cuerpo, actualmente se conservan los muros perimetrales y un trozo de bóveda, aunque pretende ser objeto de una íntegra remodelación.
     Siempre fue atendida por ermitaños, según consta en el Libro de Oficios y Rentas del Archivo Municipal (Ayuntamiento de Alconchel).

antigua Cárcel Pública.-
     La Antigua Cárcel Pública es un edificio singular datado a mediados del s. XVII que fue totalmente rehabilitado en el año 2004.
     Está compuesto de varias habitaciones en dos plantas, antiguos calabozos, alguno de ellos a modo de mazmorra en el subsuelo.
     Protegido por fuertes rejas de forja maciza, la fachada está coronada por un remate en espadaña de un solo arco que alberga una campana.
     La campana es muestra de una de las tradiciones que aún se conservan en la villa ya que su toque es el sistema de aviso de incendios en el término de Alconchel, en este edificio se pretende ubicar el Museo de Historia Local (Ayuntamiento de Alconchel).

Torre del Reloj.-
     El 29 de diciembre de 1903 se celebra Sesión Plenaria del Ayuntamiento de Alconchel en la que se aprueba por unanimidad: “los gastos ocurridos en la compra del Reloj y construcción de la torre para el mismo, los cuales se han llevado a efecto sin las formalidades de subasta por la perentoria necesidad de llevar a efecto mencionada compra y referida construcción de torre…” Libro de Actas y Sesiones de Pleno y Comisión Gestora del Archivo Municipal de Alconchel, nº 24-2 (1903-1904) pagina 87.
     Era alcalde D. Jacobo Mozón Ambrona elegido el 1 de enero de 1902 y cuyo mandado se extendían entre dicho 1 de enero de 1902 y el 31 de diciembre de 1904, ya que las legislaturas de entonces duraban dos años y los plenos se celebraban cada semana y eran de asistencia obligatoria. Eran los Gobiernos denominados “El Turno” durante la etapa de la Historia de España de la Restauración. El Ayuntamiento tenía 11 concejales electos y D. Jacobo Monzón Ambrona fue elegido con 8 votos a favor y 3 en blanco. Como teniente de alcalde se eligió a D. Valentín Berrocal Ortiz. El 5 de enero de 1902 se nombró también al secretario del Ayuntamiento D. Jacinto Rodríguez Cavero, artífice del procedimiento posterior del expediente de construcción y compra del reloj.
     Los concursos de obras podían ser mediante subasta o administración directa del Ayuntamiento, en este caso, se decidió hacer por urgencia, con lo cual, no pasó por subasta alguna y tampoco hay datos de la ejecución ni el posterior importe de la misma.
     Así se llevo a efecto la compra del reloj y la construcción de la torre en la Plaza, que hoy llamamos Francisco Vera, pero que por aquel entonces no recibía nombre especifico. La plaza originaria contaba con un pilar para abrevadero de bestias en el medio hasta que después de la Guerra Civil se erigió en su lugar una Cruz en homenaje a los caídos en dicha Guerra. En el año 1982 fue sustituida la cruz por una fuente ornamental denominada de “Los Templarios” con cuatro leones, chorros de agua e iluminación decorativa.
     El reloj mecánico de Alconchel debió construirse en Londres allá por mediados del siglo XIX ya que, aun no teniendo fecha ni distintivo, resulta ser de un modelo similar aquellos de la misma época y procedencia, según los técnicos especialistas, DEL MISMO RELOJERO QUE EL DE LA PUERTA DEL SOL DE MADRID. Nuestro reloj consta de: el motor, suele ser un muelle que acumula energía, una lámina de metal que se enrolla sobre sí misma, acumulando la energía que hace moverse a todo el mecanismo. Al pro-ceso de enrollar el muelle se le llama “dar cuerda”, que aquí se le da todos los días. El motor transmite su energía a un tren de rodaje o conjunto de ruedas que descomponen esa energía acumulada. A los ejes de esas ruedas irán unidas las agujas (o más propiamente, las manecillas) que desde el exterior del mecanismo permiten consultar la hora en una esfera. El tercer elemento es el oscilador o regulador. Se encuentra en el otro extremo del tren de rodaje, y sirve para contener y dosificarla energía liberada por el motor.
     El sistema pasa a las campanas para dar los toques de los cuartos y las horas. El mecanismo del reloj de Alconchel fue construido para tres campanas, lo que permitiría avisar con toques antes de los cuartos, pero no llegó a colocar-se esa tercera campana, aunque el tren de rodaje está preparado para ello (Ayuntamiento de Alconchel).

La Fuente Vieja.-
     Ubicado en la Plaza de la Iglesia, justo delante del templo del siglo XVI, en febrero de 2021, fruto de unos trabajos de remodelación de la plaza, han permitido sacar a la luz su primitivo sistema de abastecimiento público de agua para la población en base al aprovechamiento de los manantiales existentes en las proximidades del núcleo poblacional forjado en torno al Castillo de Alconchel desde la Edad Media, siendo remodelados y/o ampliados en los año 1700 y 1962, según las fuentes documentales y orales y el estudio estratigráfico, perdurando, con sus correspondientes fases constructivas, hasta la actualidad.
     A) LA FUENTE VIEJA, un aljibe estrecho y no muy profundo, de 1×1´5 m. construido con ladrillos unidos con argamasa, pequeña bóveda de cañón y con las paredes internas recubiertas de una mezcla de cal, arena, óxido de hierro, arcilla roja y resina de lentisco, para impedir filtraciones y la putrefacción del agua que contiene. Este sirve solo para acumular el agua del manantial de la Fuente Vieja, que es conducida de forma directa al pozo grande de la plaza mediante tubos de cerámica, así lo demuestra la presencia de su desembocadura en el mismo. Más adelante, en 1962 se anuló la salida de aguas directa y se realizó una nueva conducción de fibrocemento hasta la nueva fuente a instalar en la fachada lateral de una de las casas en la actual Plaza Francisco Vera.
     B) EL POZO O ALJIBE CENTRAL, que cuenta también con agua de manantial propio, así como la que le llegaba en su origen de la Fuente Vieja y desde 1962 desde la que se acumula al retroceder el agua que no se gasta y que fluye por la conducción de acuerdo con la teoría de los vasos comunicantes.  Edificio cuadrado, de 4.1×4.1×5´40 m. realizado con sillares de granito, que todo hace pensar, proceden de las sucesivas destrucciones de la Iglesia próxima al pozo, evidenciado por la decoración y los trabajos realizados en algunos de ellos. Bóveda de ladrillos con arranque en las esquinas sobre unas trompas realizadas con 4 grandes lajas de granito (una de ellas, la de la esquina suroeste, decorada con motivos en espiral) y tres filas de piedra (en algunos sitios 4 filas) sobre las que se va adaptando el ladrillo de la bóveda. La misma fue realizada sobre cercha de madera cuyos mechinales están presentes a ambos lados de los muros, esta bóveda fue coronada en un primer momento por un pretil de piedra de granito pulido cuyos restos se han obtenido en la excavación, de en torno a un metro de alto en forma casi cuadrada. Sin duda la bóveda es una obra de arte posiblemente realizada por maestros de origen o antecedentes mozárabes, muy similares a los que llevarían a cabo el denominado Aljibe del Huerto de Aguilar próximo al pozo que describimos en la misma zona y en el cual se emplean formas y materiales similares a estos. Si bien es cierto también, que por los siglos XVII y XVIII aun trabajaban por la Villa de Alconchel maestros del mismo linaje o descendencia.
     Tras haber introducido ya la tubería de fibrocemento para la nueva fuente que sustituía a los pilares, en 1964, se aprobó en pleno y se llevaron a cabo obras de la pavimentación de la calzada (190 metros) y la construcción del acerado, todo ello con un firme de unos 10 cm de espesor de piedras, previos a la pavimentación de unos 5 centímetros, tal como lo indican las actas del acuerdo de pleno y como se ha podido observar en la estratigrafía de la zona, al realizar las correspondientes catas para la localización de conducciones y pozos. En esta segunda fase constructiva, se eliminaría el pretil de piedras exterior y se cerró el pozo totalmente realizando un añadido de la bóveda de ladrillos llevado a cabo por los maestros albañiles locales llamados “Los Palmas” duchos en la realización de este tipo de bóvedas y constructores habituales en esas fechas de obras tanto municipales como privadas (Ayuntamiento de Alconchel).

Capilla del Santo Ángel.-
     Su fachada sencilla es atractiva y pintoresca, presenta dos ventana en ojiva con recercos sencillos del mismo material, un pequeño ojo de buey da luz al interior. Su frontispicio presenta una cartela con el nombre de la capilla, todo ello está rematado por dos pináculos (Ayuntamiento de Alconchel).

Acueducto de los Jarales.-
     A 10 Kms. de Alconchel, dirección Lago Alqueva, tomando la Ruta Camino de los Jarales y junto al arroyo de Friegamuñoz, que separa los términos municipales de Alconchel y Villanueva del Fresno. El acueducto de los Jarales abastecía de agua al Convento de la Luz o de Moncarche, levantado por Fray Juan de Guadalupe en 1501. A pesar de estar ambos en ruinas, ofrecen un elevado atractivo por su integración en el paisaje. Integrados en un maravilloso paisaje lleno de encinas y alcornoques, donde reina el silencio y el canto de los pájaros (Ayuntamiento de Alconchel).

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La pintura "La toilette", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "La toilette", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 27 de mayo, se conmemora el aniversario (27 de mayo de 1860) del nacimiento de Gonzalo Bilbao, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "La toilette" obra de la que es autor, Gonzalo Bilbao, y que se encuentra en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala XIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "La toilette", de Gonzalo Bilbao (1860-1938), siendo un óleo sobre lienzo, pintado hacia 1910, en estilo costumbrista, con unas medidas de 0'98 x 0'52 m., y procedente de la Donación de Dª Manuela Ternero, viuda de Urcola, en 1949.
     El artista recrea un momento del aseo personal de una joven sentada en un pequeño espejo, sostenido en las rodillas, para poderse recoger y adornar el pelo.
     El fondo esta tratado con un cierto abocetamiento para no restar protagonismo al desnudo, tratado en contraluz lo que acentúa el intimismo del momento captado entre la sensualidad y el pudor. El simple hecho de afectar el foco lumínico a la espalda, quedando ensombrecida la zona que visualizamos, constituye, aunque en mínima gradación, un velado de las formas.
     Si el desnudo constituye el tema central de esta composición, también trata con cierto detenimiento los ropajes, con blancos y generosos pliegues, realizando este lienzo un doble estudio: la incidencia de la claridad sobre las telas y la incidencia sobre la piel de la modelo.
     El desnudo es un tema escaso dentro de la producción de Gonzalo Bilbao, pero en este caso se trata de un pretexto para realizar un estudio de luz (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     A Velázquez la realización de Las Meninas le hubiera bastado para consagrarse en la historia del Arte. En tono menor, pero con suficiente resonancia, a Gonzalo Bilbao le consagró en Sevilla la ejecución de Las Cigarreras, pintura que le otorgó una gran celebridad en el ámbito popular. Como quiera que esta pintura forma parte de los fondos del Museo de Sevilla, hay que señalar que su presencia en ellos otorga categoría y realce a la colección de obras pertenecientes a los años finales finales del siglo XIX y del siglo XX, que por cierto no es muy relevante.
     La vida de Gonzalo Bilbao transcurrió desde 1860 en que nació en Sevilla hasta 1938, año en que falleció en Madrid. Como todos los pintores de generación completó su formación sevillana con estancias en Roma y París, al tiempo que viajó por el norte de África buscando exóticos motivos de inspiración.
     La personalidad artística de Gonzalo Bilbao está basada en la habilidad y soltura de su dibujo, la utilización de un colorido rico y suntuoso y finalmente el empleo de un sentido de la luz intenso y contrastado. En la utilización de recursos lumínicos puede decirse que es uno de los pintores más audaces después de Sorolla y en la aplicación de la pincelada se advierte por su soltura y agilidad que en muchas ocasiones se acerca a la técnica de los impresionistas. En este sentido fue consciente del ambiente poco progresista a nivel artístico que imperaba en la mentalidad de la crítica y de la clientela sevillana, y por ello moderó su soltura técnica, evitando excesos que hubieran exacerbado a los partidarios del academicismo.
     En sus comienzos, como todos los jóvenes que pintaron en las dos últimas décadas del siglo XIX, fue practicante de una pintura orientada en su temática a evocaciones del pasado. Pero cumplido tal purgatorio no volvió a insistir en esta temática y se dedicó a lo que realmente emanaba de sus instinto artístico: la práctica de una pintura basada en la luz y el color de su tierra. Tiene sobre todo Bilbao un grupo de obras con tema rural, en donde exalta el esfuerzo del trabajo al aire libre en el ambiente agrícola durante el verano, que forma parte de lo mejor, de su producción.
     También supo ser pintor de la ciudad, recreando aspectos costumbristas de gran belleza como funciones religiosas, escenas laborales o diversiones populares; hay incluso algunas pinturas suyas que tratan el tema del desnudo femenino y al contemplar los estudios de la luz sobre la piel, el esplendor y la belleza que otorga a las formas corporales, se suscita el lamento porque no hubiese prodigado con más intensidad este tema.
     Fue también Bilbao un hábil retratista especialmente en su época de madurez, pudiéndose decir que ante  su caballete posó la mejor sociedad sevillana. Algunos de sus retratos en el Museo merecen especial mención por su importancia histórica, como el de don Francisco Rodríguez Marín y don José Gestoso. Otros lo merecen por su prestancia y belleza como el de doña Flora Bilbao, su hermana, y el de doña María Roy, su esposa.
     Puede decirse que Gonzalo Bilbao fue el último gran costumbrista de la pintura sevillana. Heredero de la tradición romántica, transformó profundamente esta tendencia merced a la alegría de su pincel y al vigor de su colorido (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Gonzalo Bilbao, autor de la obra de arte reseñada
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     Gonzalo Bilbao Martínez, (Sevilla, 27 de mayo de 1860 – Madrid, 4 de diciembre de 1938). Pintor, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y ateneísta.
     Nació en el seno de una familia hispalense acomodada. Tras sus estudios primarios en el Instituto de San Isidoro, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla, que terminó en 1880. No obstante, sus habilidades artísticas, demostradas desde niño, le decantaron hacia la práctica exclusiva de las artes, especialmente de la pintura que, según referencias, siguió en los primeros años de juventud cerca de los maestros Francisco y Pedro Vega. A los veinte años de edad y tras una previa formación sevillana y madrileña en el Museo del Prado, realizó un ansiado viaje a Italia, visitando Venecia, Nápoles y Roma. En Roma contactó con la colonia artística postfortuniana. Tuvo ocasión entonces de ejecutar preciosos y luminosos “tableautines”, aún muy demandados porque constituían el punto de arranque del moderno paisaje “plenearista”, que tanto gustaba practicar el pintor. Después de una breve estancia en Sevilla, donde participó en la Exposición de 1882 de la Academia Libre de Bellas Artes, viajó al año siguiente a París para completar su formación. Allí obtuvo la Tercera Medalla en la célebre Exposición del Centenario de la Revolución.
     Artista inquieto y buscador de nuevas formas de expresión, realizó un periplo artístico por el norte de África, que le llevó en 1889 a viajar por Marruecos para captar sus efectos luminosos y coloristas, lo que plasmó en admirables obras neorrománticas pletóricas de vivacidad. Más tarde recorrió las regiones del norte hispano-francés, mostrando sus preferencias por las calidades pictóricas del paisaje de la costa y los alrededores de Fuenterrabía. Los paisajes castellanos también constituyeron cita obligada de su itinerario artístico, especialmente Toledo, ciudad que le produjo una viva impresión y a la que dedicó una serie variada de paisajes.
     En 1893 fue elegido académico de Bellas Artes de Sevilla y logró la Medalla Única en la Exposición Universal de Chicago. Al año siguiente fue nombrado secretario del Centro de Bellas Artes de Sevilla; inició así una fructífera relación con el Ateneo y la Sociedad de Excursiones, que presidió ocho años después.
     Desde 1903 —año en que sustituyó al pintor José Jiménez Aranda—, ejerció como profesor de Composición Decorativa en la Escuela de Artes, Industria y Bellas Artes, cuya dirección ostentó más tarde. Al año siguiente, en Madrid, contrajo matrimonio con María Roy Lhardy, con la que no tuvo descendencia. Aprovechaba sus estancias en Madrid, desde entonces cada vez más frecuentes, para acudir al Museo del Prado en calidad de copista, sobre todo de artistas clásicos y de Velázquez, en cuya práctica encontraba el apoyo y la amistad de su paisano y entonces director de la pinacoteca, el pintor José Villegas.
     En los inicios del nuevo siglo, el pintor se incorporó a algún movimiento estético entonces en boga; entre otros, el simbolismo, tendencia con la que resuelve algunos temas, por ejemplo, las alegorías marianas del Protectorado de la Infancia de Triana (Sevilla). Por otra parte, hay que vincular el calado social de su arte al regionalismo.
     En 1910 fue nombrado delegado regio; acompañó a la infanta Isabel en el cortejo oficial de los actos celebrados en Argentina con motivo del centenario de su independencia. Aprovechó la circunstancia para estrechar las relaciones artísticas hispano-argentinas, lo que se plasmó más tarde en el certamen iberoamericano de Sevilla de 1929. En Buenos Aires participó en la Exposición Internacional, en la que obtuvo la Primera Medalla. Logró el mismo galardón en la Exposición Internacional de Santiago de Chile.
     Gonzalo Bilbao, que gozaba de una acomodada posición y ejercía como distinguido retratista de la Corona, la nobleza y la alta burguesía, llegó a alcanzar gran popularidad como pintor costumbrista, pues utilizó hábilmente una iconografía que se identificaba con la idiosincrasia andaluza. Su serie dedicada a las cigarreras fue un éxito; cabe destacar el clamor popular cuando se le negó recompensa por su cuadro Las cigarreras en la fábrica (Museo de Bellas Artes de Sevilla), presentado en la Exposición Nacional de 1915. Sin embargo, como pintor cosmopolita, ese mismo año obtuvo la Primera Medalla en la Exposición Internacional de San Francisco (California) y, al año siguiente, expuso en la Casa Demotte de París, donde se encontraba como delegado del Estado español en la Exposición de Arte Hispánico. También participó entonces en la Exposición Internacional de Panamá, en la que recibió la Primera Medalla.
     En 1925 fue nombrado presidente de la Comisión de Arte de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Al mismo tiempo, fue elegido para presidir el patronato del Museo de Bellas Artes y la Real Academia de Santa Isabel de Hungría de la misma ciudad. El retrato de 1934 a Rodríguez Marín fue como un anticipo a su discurso de ingreso en la Academia de San Fernando de Madrid, leído el 27 de marzo de 1935, acerca de El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Fue una lección de erudición, en la que comparó el arte encerrado en esa pinacoteca con el arte contemporáneo.
     En 1930 participó en la Exposición de Primavera de Sevilla, y tres años después, el madrileño Círculo de Bellas Artes le dedicó un magno certamen individual en el que expuso más de noventa cuadros, verdadera muestra antológica y colofón a su carrera.
     Gonzalo Bilbao recibió innumerables reconocimientos públicos nacionales e internacionales, como la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Cruz de Alfonso XII, la Encomienda de Carlos III. Asimismo, fue nombrado comendador de la Legión de Honor francesa y oficial de la Corona de Bélgica (Gerardo Pérez Calero, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "La toilette", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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