Por Amor a Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María del Carmen, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.
Hoy, 16 de julio, es la Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, monte en el que Elías consiguió que el pueblo de Israel volviese a dar culto al Dios vivo y al que, más tarde, algunos, buscando la soledad, se retiraron para hacer vida eremítica, y dieron origen, con el correr de los tiempos, a una orden religiosa de vida contemplativa, que tiene como patrona y protectora a la Madre de Dios [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María del Carmen, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.
El desaparecido Convento de Santa María del Carmen, de los Carmelitas Calzados, se encontraba delimitado por la manzana formada por las calles Baños, San Vicente, Pascual de Gayangos, y Goles; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
La Orden Carmelita, de lejanas resonancias bíblicas y eremíticas, toma su nombre del lugar donde tuvo sus orígenes: el Monte Carmelo, cordillera de Palestina asociada al recuerdo del profeta Elías quien llevó allí una vida eremítica junto con sus discípulos, narrada en el Antiguo Testamento (Libro II de los Reyes, 2), lugar que fue considerado santo según la más antigua tradición cristiana apoyada por los Padres de la Iglesia (San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín, San Basilio). Las masivas peregrinaciones a Tierra Santa de los cruzados y la conquista de ésta a los musulmanes con la tercera cruzada a fines del siglo XII, posibilitó la instauración del Reino Latino de Jerusalén y el establecimiento de grupos de ermitaños latinos en el Monte Carmelo, en donde el recuerdo de Elías estaba vivo gracias a las narraciones bíblicas y a la tradición patrístico-eremita. Con el paso del tiempo y especialmente en la época de la Contrarreforma, los carmelitas sintieron la necesidad de tener a una figura santa que personificase su forma de vida, toda vez que no poseían un fundador al estilo de las otras órdenes religiosas, lo que propició el desarrollo de la conciencia eliana, ante el hecho de habitar en el Monte Carmelo, integrándose en la espiritualidad carmelitana como nota específica e individualizante. Según la narración de un peregrino francés que escribe en 1231, sabemos que existía un oratorio en medio de las lauras de los ermitaños, dedicado a la Virgen, por lo que fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, título que aparece ya en una bula pontificia de 1252. Estos eremitas que mantenían vivo el "espíritu" de Elías, solicitaron a principios del siglo XIII a Alberto, patriarca latino de Jerusalén, una regla o norma de vida para organizarse, que quedó redactada en 1209 y es conocida como Regla Primitiva o Regla de San Alberto, que se caracteriza por su esencia eremítica con algunas concesiones a la vida comunitaria, insistiendo en el silencio, la oración, el ayuno riguroso, la abstinencia, y el trabajo manual como medio de subsistencia, a lo que se añadían los tres tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad. La aprobación pontificia fue dada por Honorio III en 1226 y confirmada por Gregorio IX tres años más tarde en la bula Ex Offici Nostri.
Esta fiesta de acción de gracias a la Virgen se adelantó en el siglo XV al dieciséis de julio. Sixto V Peretti aprobó la fiesta del dieciséis de julio en 1587, y en el Capítulo General carmelitano del 1609, habiéndose preguntado a todos los capitulares qué festividad debía tenerse como titular o patronal de la Orden, todos unánimemente contestaron que ésta, sin duda alguna. A pesar de haberse dictado algunos decretos restringiéndola, esta fiesta, que ya se había difundido por Inglaterra, Italia, España y América, se fue propagando rápidamente en el siglo XVII por el resto de Europa y algunas zonas de Oriente. España fue la primera nación en obtener del papa Clemente X Rezzonico, en 1674, el permiso para celebrar esta festividad en todos los dominios del Rey Católico. A esta petición siguieron otras muchas, hasta que el veinticuatro de septiembre 1726 Benedicto XIII Orsini, tras haberla impuesto el año antes en los Estados Pontificios, la extendía a toda la cristiandad con rito doble mayor y con la misma oración y lecciones para el segundo nocturno que desde el siglo anterior rezaban ya los religiosos carmelitas. En la reforma del Beato Juan XXIII Roncalli de 1960 fue reducida a simple conmemoración, y en el calendario del uso ordinario es memoria libre. También fue introducida en los ritos ambrosiano, caldeo, maronita, mozárabe y greco-albanés (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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Hoy, 16 de julio, es la Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, monte en el que Elías consiguió que el pueblo de Israel volviese a dar culto al Dios vivo y al que, más tarde, algunos, buscando la soledad, se retiraron para hacer vida eremítica, y dieron origen, con el correr de los tiempos, a una orden religiosa de vida contemplativa, que tiene como patrona y protectora a la Madre de Dios [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María del Carmen, de los Carmelitas Calzados, de Sevilla.
El desaparecido Convento de Santa María del Carmen, de los Carmelitas Calzados, se encontraba delimitado por la manzana formada por las calles Baños, San Vicente, Pascual de Gayangos, y Goles; en el Barrio de San Vicente, del Distrito Casco Antiguo.
La Orden Carmelita, de lejanas resonancias bíblicas y eremíticas, toma su nombre del lugar donde tuvo sus orígenes: el Monte Carmelo, cordillera de Palestina asociada al recuerdo del profeta Elías quien llevó allí una vida eremítica junto con sus discípulos, narrada en el Antiguo Testamento (Libro II de los Reyes, 2), lugar que fue considerado santo según la más antigua tradición cristiana apoyada por los Padres de la Iglesia (San Gregorio, San Jerónimo, San Agustín, San Basilio). Las masivas peregrinaciones a Tierra Santa de los cruzados y la conquista de ésta a los musulmanes con la tercera cruzada a fines del siglo XII, posibilitó la instauración del Reino Latino de Jerusalén y el establecimiento de grupos de ermitaños latinos en el Monte Carmelo, en donde el recuerdo de Elías estaba vivo gracias a las narraciones bíblicas y a la tradición patrístico-eremita. Con el paso del tiempo y especialmente en la época de la Contrarreforma, los carmelitas sintieron la necesidad de tener a una figura santa que personificase su forma de vida, toda vez que no poseían un fundador al estilo de las otras órdenes religiosas, lo que propició el desarrollo de la conciencia eliana, ante el hecho de habitar en el Monte Carmelo, integrándose en la espiritualidad carmelitana como nota específica e individualizante. Según la narración de un peregrino francés que escribe en 1231, sabemos que existía un oratorio en medio de las lauras de los ermitaños, dedicado a la Virgen, por lo que fueron conocidos como Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo, título que aparece ya en una bula pontificia de 1252. Estos eremitas que mantenían vivo el "espíritu" de Elías, solicitaron a principios del siglo XIII a Alberto, patriarca latino de Jerusalén, una regla o norma de vida para organizarse, que quedó redactada en 1209 y es conocida como Regla Primitiva o Regla de San Alberto, que se caracteriza por su esencia eremítica con algunas concesiones a la vida comunitaria, insistiendo en el silencio, la oración, el ayuno riguroso, la abstinencia, y el trabajo manual como medio de subsistencia, a lo que se añadían los tres tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad. La aprobación pontificia fue dada por Honorio III en 1226 y confirmada por Gregorio IX tres años más tarde en la bula Ex Offici Nostri.
Pero los conventos o eremitorios de Oriente vivían bajo la amenaza constante de los ataques de los musulmanes, lo que hizo que muchos de sus miembros se trasladasen a Europa, considerándose la primera fundación carmelita en el continente la de Valenciennes en 1235, experimentando a lo largo de todo el siglo XIII un notable crecimiento. Finalmente, con la conquista sarracena de San Juan de Acre en 1291 y la matanza de los carmelitas que quedaban en el Monte Carmelo se pone fin a la Orden en Tierra Santa, rompiéndose las raíces orientales e inaugurándose definitivamente su ciclo europeo. El establecimiento en Europa coincidió con la proliferación de las órdenes mendicantes, que planteó a los ermitaños de Santa María del Monte Carmelo la alternativa de adaptarse a la forma de vida mendicante o continuar con su estilo eremítico y contemplativo. Se resolvió hacer una adaptación de la Regla, siendo el inglés Simón Stock, prior general durante veinte años, quien puso las bases de la nueva espiritualidad. Fue aprobada en 1247 por el papa Inocencia IV y aunque conservaba su espíritu contemplativo, se encamina hacia el apostolado característico de los mendicantes, se mitigaba el silencio y el ayuno, y se podía fundar con libertad, constituyéndose provincias con sus priores provinciales y sus capítulos, centralizadas todas en un Capítulo General como órgano supremo de gobierno con un prior general al que estaban sometidos todos los frailes. El papa Juan XXII extendió a los carmelitas en el año 1317 los privilegios que gozaban franciscanos y dominicos, con lo que alcanzaron plenamente la condición de mendicantes.
El Capítulo General celebrado en el año 1256 autorizó la fundación de conventos en España, comenzando la expansión en la Península por Cataluña y Aragón y extendiéndose rápidamente a lo largo del XIV. Durante el siglo XV el Carmelo padeció, al igual que el resto de las órdenes, la relajación de la vida espiritual y el desgobierno en sus conventos, surgiendo movimientos de observancia que insistían en la pobreza, el espíritu contemplativo y en la devoción mariana. Fundamental movimiento reformista en España fue el llevado a cabo por Santa Teresa de Jesús, quien habiendo reformado la rama femenina promovió la del Carmelo masculino. Con licencia del padre Rubeo, General de la Orden, en 1567, los padres Alonso González, provincial de Castilla, y Ángel Salazar, prior de los carmelitas de Ávila fundan las dos primeras casas de descalzos, manteniéndose aún la Orden unida. Rápidamente, a pesar de la austera vida adoptada, comenzaron a crecer las vocaciones y aumentar el número de monasterios que se reformaron. Este nuevo estado de cosas creó problemas de jurisdicción que determinaron la intervención papal, que nombró a tres dominicos para solucionar las fricciones entre calzados y descalzos. Pero la realidad fue otra, creándose un clima de conflicto y protesta que duró varios años. Con la mediación de Felipe II, el Papa Sixto V otorgó un breve en 1586 por el que concedía la separación de los calzados como Orden independiente, que fue ratificado posteriormente por Clemente VIII. Poco después se produciría una nueva disgregación en los conventos italianos que dará lugar a la separación por congregaciones de la gran familia carmelita, por un lado los conventos italianos y europeos con su propio general superior, y por otro los de España, Portugal y América. En el siglo XVIII la Orden alcanzó su mayor desarrollo en número de casas y de miembros; sin embargo, tras la revolución francesa vinieron las sucesivas supresiones de instituciones religiosas. En la actualidad los Carmelitas tanto calzados como descalzos cuentan con un extenso número de conventos en todo el mundo.
El primer monasterio carmelita de Andalucía fue el de Gibraleón, fundado en torno a 1331 por don Alonso de la Cerda, de donde parece procedían los religiosos que llegaron a Sevilla para instalar el Carmelo en la ciudad, de los que se desconocen sus nombres; fundación que contó con el apoyo y favor del propio rey Pedro I. Alonso Margado dice que no existen documentos de la fundación en el archivo del monasterio, siendo Ortiz de Zúñiga el que da las primeras referencias señalando que ésta tuvo lugar en abril de 1358 a instancias de rey, siendo General de la Orden el maestro fray Juan Bautista y arzobispo de Sevilla Don Nuño, en "unas casas principales" que cedió el caballero sevillano don Álvaro Suárez de Illescas en la parroquia de San Vicente, por ser devoto de la Orden y por atender los deseos del monarca: "...que las da de muy buen azar; lo primero porque es dádiva que ha de servir de casa y morada a los hijos de la virgen Santa María del Monte Carmelo, de los quales Religiosos dice haver / tenido muy buen informe de su virtud y observancia; lo segundo porque es petición del magnánimo Rey D. Pedro su Señor". Don Álvaro poseyó capilla y entierro en el templo, que cien años más tarde pertenecía al linaje de los Suárez de Toledo, sus descendientes. Cita el analista otra escritura otorgada el 12 de noviembre del mismo año por la viuda doña Menda Tello, hija de Juan Gutiérrez Tello, quien dio un solar colindante, a cambio de tener igualmente enterramiento en el templo, lo que supuso una ampliación de la finca para mejor proceder a levantar iglesia y convento. Consta una tercera donación por parte de un escribano vecino de Sevilla aunque de nombre no conocido, del solar que conformó el compás del monasterio, configurándose de este modo la amplia superficie del recinto monacal. Por otro lado hay que señalar que Zúñiga duda de la posibilidad de que en este sitio estuviese en sus principios el convento de San Francisco, como se narra en algunas crónicas, y que ambas órdenes cambiasen recíprocamente de lugar, lo que cronológicamente no es posible pues los franciscanos llegaron a Sevilla casi cien años antes.
Los carmelitas se acomodaron en un primer momento en las casas donadas, comenzando a edificar lo que sería su primera iglesia, de modestas proporciones, que con el paso del tiempo se fue ampliando y mejorando. Igualmente, la configuración de los espacios conventuales supuso un largo proceso constructivo que quedaría completado después de tres siglos de construcciones y remodelaciones, conformando un magnífico monasterio, uno de los más grandes y significativos de la ciudad, que se convirtió en una de las Casas Grandes de la Orden en la provincia de Andalucía. Pero no fue ésta la única casa del Carmelo en Sevilla, el desarrollo y afianzamiento de los carmelitas en sus dos ramas escindidas tras la reforma, trajo consigo nuevas fundaciones. Los descalzos fundaron en 1588 el convento del Santo Ángel y en 1632 el de Nuestra Señora de los Remedios. Los calzados en 1602 inauguran el Colegio de San Alberto donde se instituyen los estudios completos de filosofía y teología. La rama femenina igualmente está representada por los conventos de Nuestra Señora de Belén (1513) y Santa Ana (1594), ambos de calzadas, y San José del Carmen (1575) de descalzas.
El Carmen quedó instituido en el barrio de San Vicente y su inmueble abarcaba una amplia manzana delimitada por las calles Baños al sur (en el plano de Sevilla de 1771 se denomina del Carmen), Goles al oeste, Espejo al norte (la actual Pascual de Gayangos) y el callejón del Carmen al este, callejuela que iba desde Baños a Pascual de Gayangos. En las crónicas y anales de la ciudad hallamos múltiples referencias a los carmelitas de la Casa Grande, participando en los numerosos actos de religiosidad como plegarias, procesiones, misas solemnes por nacimientos o defunciones de monarcas, etc., testimonio de su pleno afianzamiento en el devenir espiritual de la misma. Igualmente la sociedad sevillana les otorga su ayuda a través de limosnas y legados que posibilita el pleno desarrollo de sus actividades; sirva de ejemplo el mandamiento de pago fechado el 13 de abril de 1418 por el que el Ayuntamiento otorga 1.000 maravedíes en concepto de limosna al prior de la comunidad para ayudar a los gastos de la venida de muchos frailes desde los conventos de Castilla y Portugal para celebrar en el Carmen el Cabildo General. Sin duda la época de mayor esplendor que vivió la Casa Grande se desarrolló durante los siglos XVI y XVII, con grandes mejoras tanto de índole espiritual como material, con una abundante comunidad cuyo número en 1664 era de cien religiosos, lo que determinó al Capítulo Provincial celebrado en Antequera el 25 de mayo de ese año que no se recibiesen más novicios durante tres años en los conventos superpoblados y en concreto al del Carmen que redujera su comunidad a ochenta.
Para una mejor formación de los jóvenes religiosos el convento fue declarado "studia" con una estructura similar al seminario, impartiéndose estudios completos de filosofía y teología (al menos desde 1575). Cada convento estaba obligado a instruir a sus frailes para paliar la mala formación que desde antiguo y de forma generalizada se daba en muchas órdenes religiosas. En 1595 se disponía el establecimiento de un noviciado central en cada provincia que tendría al menos un maestro seglar o religioso de novicios. Gran importancia en la espiritualidad carmelita es la meditación en común sobre la cual el padre Jerónimo Gracián en 1576 ordenaba a los religiosos de la Casa Grande de Sevilla la realizasen media hora dos veces al día. Pero será la devoción mariana desarrollada por los carmelitas lo que más la caracterice, ejerciendo una gran influencia en la comunidad cristiana. Ya desde el Capítulo General de 1324 celebrado en Barcelona la Orden afianza en su ideal espiritual la veneración y exaltación a la Virgen, decretándose la denominación de Hermanos de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, desarrollándose posteriormente toda una literatura histórico-espiritual en este sentido. En una ciudad como Sevilla, especialmente sensible al culto mariano, el fervor a la Virgen del Carmen arraigó rápidamente, así como la devoción al Santo Escapulario, manifestación religiosa que se relaciona con la antigua tradición medieval recogida entre otros, en el "Exordium Magnum Cisterciense" según la cual el hábito posibilita la entrada a la gloria. El escapulario, como fragmento del hábito, se llevaba día y noche colgado al cuello, protegiendo a su poseedor y en caso de muerte facilitando su entrada en el cielo. La narración en el siglo XV de Juan Paleonidoro, entre otros, de la visión de San Simón Stock a quien se le apareció la Virgen en atención a sus súplicas y le concedió el escapulario, para sí y sus hermanos, como símbolo de la Orden y salvaguarda de los peligros, reforzó esta devoción que se propagó rápidamente, siendo junto con el Rosario la más popular de la Iglesia. Se formaron cofradías cuyas reglas fueron aprobadas por Clemente VIII en 1604, tanto en iglesias carmelitas como en otros templos, entendiéndose el escapulario más como un símbolo de protección que de culto. La Orden instituyó la fiesta del Escapulario que asociada a la Virgen, se celebraba con solemnes conmemoraciones, decretándose en 1609 la fiesta de la Virgen del Carmen como la principal del Carmelo que se extendería a toda la Iglesia el 16 de julio. Esta advocación mariana ha ejercido durante ocho siglos como abogada que conduce las almas al cielo y a los barcos a buen puerto, en una metáfora marina de la salvación, siendo aún hoy la patrona de las gentes de la mar quienes la sacan en procesión en sus barcas cada 16 de julio.
En la primitiva iglesia del Carmen tuvieron enterramiento muchas familias ilustres sevillanas: los Aranda, Sobrinos, Taboada, Bargas, Bemardi, entre otros. Según Arana de Varflora en el presbiterio estaban enterrados Luis Ponce de León, los Roelas, Diego González de Viedma, Enrique de Guzmán, Leonor Correa, y por el cuerpo de la iglesia se repartían además las sepulturas de los Cabrera, Ulloa, Torres, Tellos, Medina, Tavera y Castillo, lo que en buena medida se ha puesto de manifiesto en las numerosas criptas aparecidas en el transcurso de las recientes excavaciones arqueológicas. Rodríguez Carretero ubica más concretamente en el templo los enterramientos: "En la capilla mayor de esta tan capaz, hermosa y alhajada yglesia está enterrado en la primera grada D. Luis Ponce de León, del ábito de Santiago, nieto de D. Pedro Ponce de León, y por esta varonía biznieto del Gran Marqués y Duque de Cádiz. Tienen también su entierro en esta capilla los ilustres Caballeros Roelas. La tercera sepultura D. Diego Fernández de Viezma. La quarta D. Luis Enrique de Guzmán y Doña Leonor Corra, Señora Portuguesa, dama de la Emperatriz, Esposa de Carlos V. Tuvo este convento en su templo una capilla llamada de las tumbas, por haber en ella diferentes sepulcros levantados del suelo o pavimento, eran todos de las Casas ilustres de Sevilla y de todo el Reyno, como lo son la de Cabreras, Ulloas, Torres y Tellos Medina y por ellos los Señores Enríquez de Rivera, descendientes e hijos del Excmo. Sr. Duque de Alcalá, Adelantado de la Frontera de Andalucía".
Igualmente, en el Carmen radicaron hermandades que poseían capilla propia bien en el templo o en otros ámbitos del monasterio. En 1540 fue fundada en el convento la cofradía del Sagrado Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo y Quinta Angustia de María Santísima, estando situada su primitiva capilla en el claustro principal de donde se trasladó a otra en el interior de la iglesia a los pies de la nave de la epístola. Esta nueva capilla fue labrada por los frailes, pagando la hermandad 400 ducados y donando la antigua del claustro, además los hermanos se obligaban por escritura fechada el 6 de mayo de 1608 a pagar al convento 7.915 maravedíes de censo perpetuo en cada año. Los carmelitas mantendrán una estrecha relación con la Hermandad a la que concedió prerrogativas y privilegios agradecidos por la ayuda recibida en la cruel epidemia de peste de 1649 durante la cual ambas instituciones se auxiliaron mutuamente. Por capítulo celebrado en Jerez se acuerda la confraternización, por la que el hermano mayor tenía voto, celda y ración en los capítulos de la provincia, y a las funciones y actos concurrirían hermanos y religiosos alternándose en su presidencia. La Hermandad se mantuvo en el Carmen hasta la entrada de los franceses en 1810, trasladándose a la parroquia de San Vicente, regresando en 1815 e instalándose en el lado del evangelio del presbiterio de la iglesia y dejando su antigua capilla para sala de reuniones. De 1841 a 1844 la Hermandad dejó de residir en el convento al que volvió en 1845, hasta que finalmente en 1851 se traslada a la iglesia de la Magdalena en donde permanece.
En el año 1561 tuvo lugar la fundación en el convento del Carmen de la Hermandad de la Virgen de la Cabeza por unos devotos a esta Virgen, cuya advocación proviene de la aparición de María en el año 1227 a un pastor en un cerro de Sierra Morena llamado de la Cabeza, cercano a la ciudad de Andújar, y cuya devoción se expandió rápidamente por la comarca motivando la creación de numerosas hermandades. La del Carmen se instituyó como hermandad de luz y su regla fue aprobada el 6 de abril de 1564; el 8 de mayo de 1598 se acuerda tomar al mártir cordobés San Zoilo, -cuya efigie había sido colocada en un altar de la capilla- como patrón de la hermandad, que desde entonces se titulaba de Nuestra Señora de la Cabeza y San Zoilo. El 7 de mayor de 1564 la comunidad carmelita les concedía mediante escritura pública el uso del coro bajo de la iglesia para que en él celebrasen sus juntas, hasta que el 1 de agosto de 1582 la hermandad adquirió en el compás un corralón, contiguo a la cabecera del templo, y algunos pies más de terreno, donde labrar capilla, dependencia para sus cabildos y lugar de enterramiento para los hermanos. Los carmelitas se obligaban a participar en toda una serie de misas y actos religiosos de la corporación la cual por estos servicios le pagaba la cantidad de 7.356 maravedíes anualmente y una ternera en pie de sesenta libras, el día de la fiesta principal. La hermandad contó con una gran devoción entre los sevillanos como lo demuestran las dotaciones de que fue objeto, algunas recogidas por Bermejo y Carballo, a quien nos remitimos.
Por otro lado, en 1595 se halla establecida en el Carmen la cofradía titulada de los Sagrados Clavos de Nuestro Redentor Jesucristo, Sagrado Corazón de Jesús, Nuestra Señora de los Remedios y San Juan Evangelista, fundada según Bermejo a mediados del siglo XVI en la parroquia de San Vicente de donde pasó al convento aunque se ignora el lugar donde se instaló. Esta cofradía se unió en fecha desconocida del siglo XVII con la hermandad de la Virgen de la Cabeza, unión que no tuvo carácter oficial hasta 1778 en el que se aprobó la nueva Regla. La falta de documentación no permite conocer la trayectoria siguiente, en la que parece hubo periodos de decadencia. Sí consta documentalmente cómo el 28 de mayo de 1677 la hermandad de los impresores de la ciudad de Sevilla, que no tenía capilla para sus patronos que eran la Virgen de la Cabeza y San Juan Evangelista, solicitaron agregarse a la cofradía de Nuestra Señora de la Cabeza radicada en el Carmen, lo que se aprobó en el cabildo del día siguiente, siendo ratificado por escritura pública firmada y fecha el 1 de junio de ese año. Hacía su estación de penitencia la tarde del miércoles Santo y es la que actualmente lleva el largo título de Archicofradía del Sagrado Corazón y Clavos de Jesús, Nuestro Padre Jesús de la Divina Misericordia, Santísimo Cristo de las Siete Palabras, María Santísima de los Remedios, Nuestra Señora de la Cabeza y San Juan Evangelista, conocida popularmente como "las Siete Palabras". Consta que a partir de 1797 y a impulsos de don Rafael Manso la corporación resurgió notablemente, restableciéndose el culto a sus imágenes que había decaído mucho, reformándose la regla e inscribiéndose nuevos y numerosos hermanos, entre los que figuraban "títulos de Castilla, caballeros y personas de alta clase y jerarquía", lo que supuso el apogeo de la Cofradía y la mejora de su capilla y enseres, situación que continuó hasta 1805 en que empezó a declinar de nuevo. Con la llegada de los franceses en 1810 y la ocupación del convento por las tropas, la capilla fue desalojada, las imágenes fueron llevadas a San Vicente, perdiéndose la de la Virgen de los Remedios y la de San Juan Evangelista. En 1818 volvieron a su sede en donde se llevó a cabo una importante labor de reconstrucción, con la colocación de nuevos retablos y altares. Tras la desamortización de 1835 la capilla se dedicó a vivienda y los retablos fueron llevados a diferentes iglesias, los enseres se perdieron a excepción del Cristo que se guardó en la sacristía del convento y la Virgen de la Cabeza que se llevó a San Vicente. No será hasta el año 1858 cuando de nuevo la corporación se reorganice y lleve sus titulares a su capilla del convento del Carmen, capilla que había sido habilitada como iglesia uniéndose al presbiterio del templo carmelita, al estar éste arruinado por el derrumbe de las bóvedas de sus naves en el año 1844. Finalmente, el 2 de noviembre de 1868 la hermandad fue definitivamente expulsada de su sede por la Junta Revolucionaria, trasladándose a la parroquia de San Vicente, donde se mantiene.
Una hermandad más radicó en el interior del convento del Carmen, la de Nuestra Señora de la Soledad, cuya primera noticia de su existencia data del año 1549 en el que salía en procesión desde el monasterio de Santo Domingo de Silos, entonces extramuros de la ciudad (actual parroquia de San Benito), según documento notarial dado en Sevilla el 25 de abril de 1557; precisamente en ese año formó su Regla. Cambia en varias ocasiones de residencia: Hospital del Amor de Dios, monasterio de Santiago de los Caballeros en donde se halla en 1575, y donde fue visitada por el rey Felipe II cuando vino a Sevilla en el año 1570. En julio de 1575 adquiría unos terrenos inmediatos a la portería que caían justamente frente a la iglesia carmelita, en donde se edificó capilla, sacristía y sala para celebrar sus cabildos, por lo que los hermanos tuvieron que pagar nueve mil quinientos maravedíes anuales de tributo perpetuo. En esta corporación la mayoría de sus hermanos procedían de la nobleza o eran notables caballeros y maestrantes, quienes con sus donativos la dotaron ricamente con enseres de plata, siendo su magnífica capilla comparada con la mismísima Capilla Real de la Catedral por todos los cronistas que llegaron a verla. La cofradía hacía estación de penitencia la tarde del Viernes Santo en un majestuoso cortejo descrito por el abad Gordillo, que a fines del siglo XVI estaba compuesto por tres pasos, uno alegórico de la Santa Cruz, el de Cristo yacente en la urna, que dejaría de procesionar en el siglo XVII, y el de la Virgen de la Soledad. Con la invasión francesa hubo de abandonar su capilla, depositándose sus enseres primero en casas particulares y después en la parroquia de San Miguel, en donde fue colocada la Virgen en un altar del lado del evangelio del presbiterio. Los pasos, entre los que se encontraba uno realizado al parecer por Alonso Cano, permanecieron en el almacén anexo a la capilla, siendo destruidos así como la capilla de la hermandad que fue convertida en caballeriza. El transcurrir de la vida del convento del Carmen se desarrollará hasta el siglo XIX sin grandes sobresaltos. Algunos sucesos acontecidos en él o protagonizados por los religiosos son recogidos por los cronistas de la ciudad como el que acaeció en la gran riada del 1 de enero de 1784 en la cual auxiliaron a los cartujos en cuyo monasterio el agua subió 1,86 metros; se trasladaron al Carmen donde permanecieron "luna y media" (cuarenta y dos días aproximadamente). Por este hecho ambas comunidades confraternizaron, de tal manera que los cartujos, agradecidos, otorgaron a los carmelitas anualmente y para siempre setenta y dos fanegas de trigo, treinta arrobas de aceite y seis onza de oro. Solemnes fiestas se celebraron por la canonización de Santa Teresa de Jesús el 12 de marzo de 1622, al igual que la que se celebró el domingo 4 de julio de 1728 por la canonización de San Juan de la Cruz, con misa, procesión y, la víspera en la torre de la iglesia, quema de un gran castillo de fuegos artificiales. La procesión resultó espectacular, con gigantones, danzantes, tres capillas de música y un carro de gala en el que figuraban los cuatro Doctores de la Iglesia. Procesionaba la imagen de Santa Teresa de Jesús, ataviada con bonete de oro, como doctora de la Iglesia, capa de raso bordada en oro, broche de rubíes en el pecho y en la mano pluma engarzada de esmeraldas. La escultura de San Juan de la Cruz ostentaba en el pecho un peto de esmeraldas valorado en doce mil escudos.
En 1810 durante la invasión francesa, el convento padeció su primer golpe con la expulsión de los carmelitas y el alojamiento de las tropas en él, sufriendo grandes destrozos y el expolio de sus enseres; la iglesia fue convertida en caballeriza, arrancada la solería de losas de Génova azul y blanca del templo y de las galerías del claustro así como los zócalos de azulejos que cubrían las paredes de éste; se arrancaron los mármoles de la escalera, y la capilla de la Soledad sirvió de cuadra, quedando prácticamente destruida. Se derribaron muros y varias zonas se acondicionaron como abrevadero. En 1814 la muy mermada comunidad -treinta frailes- regresa al Carmen, se efectúan distintas obras de reparación en unos años difíciles en los que se carecen de recursos y benefactores. El 8 de julio de 1815 se abrió la iglesia al culto y regresaron las hermandades de la Quinta Angustia y de las Siete Palabras a sus capillas. Con la desamortización de Mendizábal decretada en 1835 los carmelitas desalojan definitivamente el convento que fue destinado de inmediato a cuartel de infantería, destino que lo definirá hasta hace pocos años, lo que supuso numerosas transformaciones, que en buena parte desfiguraron su imagen original. La iglesia continuó abierta hasta 1868 en que la Junta Revolucionaria decretó el día 2 de noviembre de ese año su cierre. Hay que señalar que el 6 de julio de 1844, "a las tres en punto de la tarde", se produjo el hundimiento de las bóvedas de la nave central y lateral del lado de la epístola del templo hasta el coro, por lo que quedó inhabilitado para su uso. La parte hundida comprendía un rectángulo de 30,37 metros de largo por 15 de ancho. El presbiterio quedó intacto y se procedió a comunicarlo con la contigua capilla de las Siete Palabras situada en el lado de la epístola, derribándose el muro que los separaba; se abrió una puerta a los pies para el acceso de los fieles desde la calle, quedando el resto del templo inutilizado. En el año 1841 los claustros pasan oficial y definitivamente al Ramo de la Guerra, según Real Orden de 27 de junio. Por disposición del Presidente de la República de fecha 5 de marzo de 1874, la iglesia y la casa del capellán, situada en el compás, pasaron al Ramo de la Guerra. El 30 de abril de 1878 fue adquirida por compra la capilla de la Hermandad de la Quinta Angustia situada a los pies de la nave lateral del lado de la epístola de la iglesia, compra que fue aprobada por Real Orden de 18 de junio de ese año, lo que completaba la adquisición de todo el ámbito conventual que pasaba íntegramente a convertirse en recinto militar, siendo denominado Cuartel del Carmen, en el que, además, durante once meses estuvo instalado el Hospital Militar.
Terminan así más de cuatro siglos y medio de historia de un edificio religioso y comienza una etapa como cuartel que durará hasta el año 1978 en que queda en desuso. Para su nuevo destino se realizaron una serie de obras que desfiguraron en buena parte el convento, siendo la más contundente la ruptura de la iglesia en un eje axial que comunicaba la entrada al cuartel desde la calle Baños hasta el patio principal, con un gran pasillo central. El compás se compartimentó y se construyeron dos escaleras que comunicaban con los pisos altos, se eliminó la capilla de la Soledad situada en el atrio y, sustituyendo al portalón y tapias del convento en la fachada de la calle Baños, se realizó una gran portada de corte academicista consistente en una gran puerta adintelada de entrada en la planta baja con sencillos ventanales a los lados, y un segundo cuerpo formado por un balcón con baranda de fundición, dos vanos rectangulares entre pilastras pareadas y ventanas rectangulares coronadas por frontones rectos. Todo el conjunto se corona por un entablamento clásico rematado por un gran frontón triangular. Se efectúa otra fachada en la calle Espejo, actual Pascual de Gayangos, que era la trasera del convento. En el claustro de novicios se construye un tercer piso para dormitorios. En 1907 se derriba el chapitel de la torre para facilitar mejor el puesto de vigilancia. Estas y otras transformaciones menores quedarán más detalladamente expuestas en el próximo epígrafe.
El 27 de junio de 1983 el Ayuntamiento de Sevilla compra el cuartel del Carmen al Ministerio de Defensa, cuya escritura queda firmada el 22 de mayo de 1984; se preveía instalar en él las oficinas de la Gerencia de Urbanismo, lo que nunca se llevó a efecto. En 1990 el edificio pasó a la Junta de Andalucía, que lo rehabilitó para sede del Conservatorio y Escuela de Arte Dramático, que es su actual destino. El régimen de protección del inmueble es el de Bien de Interés Cultural (BIC) con categoría de Monumento, de fecha 30/11/1993 (BOJA 29/I/94). El edificio está incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, con ampliación de la Declaración por R.D. 2/XI/90.
ARQUITECTURA
El convento de Santa María del Carmen, de la Orden de los Carmelitas Calzados se situó en la collación de San Vicente en donde su presencia arquitectónica a través de los siglos -más de cuatro siglos y medio como Casa-Grande del Carmelo y ciento cincuenta años como cuartel- ha constituido un elemento fundamental de su trama urbana, en lo que fue el inmueble más grande del barrio. Su perímetro original abarcaba una amplia manzana, delimitada por la calle Espejo al norte (actual Pascual de Gayangos), al sur por la calle Baños, denominada antiguamente como Carmen, al este por el callejón del Carmen y al oeste por la calle Goles. Su total configuración, tal y como llegó al siglo XIX, tarda tres siglos en completarse, en una sucesión de construcciones y renovaciones que dieron lugar a uno de los monasterios más sobresalientes de la ciudad. En efecto, sobre las edificaciones medievales y los espacios libres del inmueble, a partir de 1583 se plantea una profunda reforma cuya finalización se sitúa en torno a 1630, reforma que pudo ser viable gracias a un periodo de bonanza económica vivido por la comunidad carmelita que posibilitó el poderse enfrentar a un ambicioso proyecto -cuyo autor nos es desconocido hasta ahora-, y al dinamismo constructivo del momento vivido en la ciudad. Un proyecto por otra parte, unitario como se desprende del análisis planimétrico del conjunto y de la observación de las piezas que han permanecido, a pesar de sus deformaciones y expolio posterior. Se ha establecido una hipótesis de autor por el análisis formal y estilístico de lo conservado, en la persona del arquitecto de origen milanés afincado en Sevilla Vermondo Resta, reforzada por la coincidencia cronológica entre el momento en que se plantean las nuevas obras y el cargo del artista como Maestro Mayor del Arzobispado de Sevilla (desde 1587 a 1610 aproximadamente), cargo que conllevaba la obligación de proporcionar las trazas y condiciones de las obras a realizar en parroquias, conventos y casas dependientes del Arzobispado. Resta es considerado como el tracista del planteamiento general del nuevo monasterio y como autor de los alzados de la mayor parte del nuevo conjunto, en el que lo dilatado de los trabajos supuso la intervención de otros artífices que hubieron de realizar algunos cambios, todo lo cual iremos detallando en el análisis de cada uno de los elementos conventuales. Por otro lado, los exhaustivos y pormenorizados trabajos arqueológicos llevados a cabo recientemente en el inmueble para su restauración como sede del Conservatorio de Música y Escuela de Arte Dramático, han posibilitado un mejor conocimiento de los ritmos constructivos del convento, dimensiones, y una idea más precisa de las piezas destruidas.
El Carmen va a quedar articulado en torno a dos patios claustrados, la iglesia con torre, los espacios de acceso y las huertas. El acceso se realizaba a través del portalón que se abría en la tapia conventual de la calle Baños -un muro de 1,80 de ancho 7 metros de altura rematado por una cubierta a dos aguas- por el que se ingresaba al compás, una amplia parcela de 131 metros de largo por 14 de ancho donada por un innominado escribano de la ciudad, en cuyo frente se advertía la fachada lateral de la iglesia, a la derecha una galería con cinco pequeños arcos sobre columnas pareadas que daba paso a algunas dependencias de un cuerpo de altura y a la capilla del Cristo de las Siete Palabras y la Virgen de la Cabeza, que tenía acceso directo desde la calle Goles. En el compás existió un púlpito desde donde los carmelitas impartían los sermones de los viernes de Cuaresma. A la izquierda se disponían pequeñas habitaciones adosadas a la tapia del convento y frente a ellas se levantaba la portada monumental que daba paso al atrio, formada por dos arcos sobre columnas pareadas y escudo de la Orden. El atrio, considerado como obra de Vermondo Resta de principios del XVII, estaba situado a los pies del templo y sobre él pisaba el coro alto; era un amplio espacio cubierto con bóveda de cañón rebajada de cuatro tramos, con lunetos, y decorada con yeserías de corte manierista de cartones recortados en forma de rombos y rectángulos. Funcionaba a modo de distribuidor, en donde abría la puerta principal de la iglesia, la capilla de la Soledad frente a ésta y el acceso a la clausura a través de la capilla del comulgatorio. En la zona oeste del recinto monacal, entre los claustros y la tapia de la calle Goles, se situaban las huertas.
La iglesia. En un primer momento los carmelitas hubieron de acomodarse a las construcciones preexistentes donadas, en las que habilitarían alguna estancia u oratorio como templo para, a fines del siglo XIV, levantar la primitiva iglesia medieval de estilo mudéjar, construida en ladrillo y piedra y germen de la que en el transcurso de los siglos y con sucesivas ampliaciones y remodelaciones configuró una de tres naves, con coro, atrio y capillas anexas, primitiva iglesia que vendría a coincidir básicamente con la nave central y que es denominada en las fuentes documentales como "capilla del Rey Don Pedro", en honor del monarca que alentó la fundación del convento y quien sin embargo, no dispuso en su testamento, fechado en 1362, ninguna dotación para levantar la iglesia como sí lo hizo para otros monasterios de la ciudad como el dominico de San Pablo o el de San Francisco. Según se ha constatado en los trabajos arqueológicos, era de planta rectangular muy alargada, de nave única sobre potentes cimientos, cabecera poligonal cubierta con bóveda de aristas y contrafuertes rectangulares al exterior, y dos tramos rectangulares previos a la nave de la que se separa del presbiterio mediante arco toral. A finales del siglo XIV se verifica la construcción de una estancia de planta cuadrangular con arco ojival adosada al lado del evangelio del presbiterio que pudo servir como sacristía o sala, con escalera de subida a la torre, cuya disposición en la cabecera del templo es similar a la de otras iglesias mudéjares sevillanas del momento. De mediados del XV se ha datado la construcción de la capilla de San Elías, situada también en el lado del evangelio de la iglesia y contigua a la anterior con la que se comunicaba mediante portada ojival orlada con incisiones avitoladas, cubierta con bóveda de aristas y con comunicación a la iglesia y al claustro mediante portada de ladrillo de medio punto. Al exterior, en sus frentes norte y este, corría una cornisa de ladrillo con al menos una gárgola pétrea, y una línea de merlones piramidales quebrados por cinco escalonamientos. Cabe la posibilidad de que en correspondencia, en el lado de la epístola se levantara en este momento la otra capilla de similares características, dedicada según las fuentes a la hermandad del Santo Escapulario, conformándose un inicial crucero. Ya en el siglo XVI se adosa al muro del evangelio, partiendo del contrafuerte de la capilla de San Elías, una estancia de 12,6 metros de longitud con seis vanos que se han interpretado como celdas de monjes. A mediados del XVI se procede al derribo de los muros laterales del templo y sobre sus cimientos se levantan cuatro grandes arcos ojivales sobre pilares en cada frente, se anexiona la sala de celdas y se levanta la nave de la epístola, quedando configurada una iglesia de tres naves cuyas cubiertas pudieron ser de artesonados. La capilla de San Elías y su opuesta eliminarán sus bóvedas para elevar su altura al mismo nivel de la nave central conformando así definitivamente el crucero. A este momento constructivo puede corresponder la edificación del coro bajo dispuesto a los pies del templo y con cubierta de tracería gótica. Sin embargo, la iglesia no tenía aún su aspecto definitivo, un nuevo impulso constructivo a fines del XVI y principios del XVII culminará no sólo el templo sino claustros, sacristía, atrio, refectorio y capillas como queda recogido por Rodríguez Carretero quien señala que durante el priorato del padre fray Nicolás de Santillán, (+ 1621) "...de la ilustre familia de los Santillanes de Sevilla, nació en esta ciudad año de 1567... profesó en 1583 en el convento de Sevilla... prior del convento introdujo la reforma en dicha comunidad... aumentó mucho la casa en lo temporal, casi todo lo que tenía en sus últimos días lo debía al zelo del Ve.M.P. Hizo la Yglesia, puso en ella nuevas puertas y portadas, altares y capillas, y añadió el coro alto con la sillería que en él hay...".
El coro alto constituyó una gran pieza dispuesta sobre el coro bajo y sobre el gran atrio existente delante de la fachada principal de la iglesia, cubierto con bóveda de cañón con lunetos. Al coro bajo se le suprimió la bóveda de tracería gótica por otra de medio cañón; poseía puertas monumentales orladas de ladrillos y flanqueadas por sillares de piedras irregulares, siendo una de ellas la portada principal del templo que salía al atrio con un cancel de "bastante mérito" realizado gratuitamente por un vecino de la feligresía, y que tras la desamortización pasó a la parroquia de Santa Marina donde pereció en un incendio. Otro gran vano de arco rebajado constituía la portada lateral de la iglesia, que situada en el lado de la epístola, comunica con el compás. La torre que sustituyó a la espadaña o más modesta torre medieval, que era considerada como una de las más esbeltas de la ciudad, se sitúa en el lado del evangelio del presbiterio y su fábrica se data en el último tercio del siglo XVII con reformas decorativas en el XVIII. Una gran caña soporta un esbelto cuerpo de campanas con un vano en cada cara, flanqueado por pilastras pareadas y entablamentos con decoración de gotas clasicistas y decoración cerámica. Estuvo rematada por un chapitel octogonal, coronado con una gran cruz de hierro forjado que medía 2,10 metros de alto y 1,29 de ancho según Álvarez Benavides y que según Tassara era una artística obra del siglo XVII que fue depositada en 1909 en el Museo Arqueológico Provincial en cumplimiento de la R. O. de 30 de septiembre de ese año, autor que señala que una de las campanas fue realizada por el artista alemán Zacarías Districk, de magnífica sonoridad y conocida como "la gorda". Otra de las campanas de esta torre dice González de León que era en la que se halló la imagen de alabastro de la Virgen que presidía el altar cuando se abría una zanja en la iglesia en el año 1428. La campana se cascó a mediados del siglo XVIII por lo que fue necesario desmontarla y fundirla. La torre se desmochó en el año 1907, y actualmente se encuentra en muy mal estado de conservación al no haber sido restaurada en las últimas intervenciones llevadas cabo en el inmueble.
El coro estaba flanqueado en el lado del evangelio por la capilla sacramental o "del comulgatorio", una larga nave que se prolongaba por todo el lateral del atrio, y con una gran puerta de acceso al claustro. Su aspecto debió de ser impresionante con sus cuatro frentes de arcos de medio punto, con cubierta de medio cañón de siete tramos con lunetas, amplios ventanales con remates partidos y antepechos metálicos. Poseyó una decoración de molduras acartonadas y pintura mural amarilla y cal enlucida. Su fábrica es atribuida provisionalmente a Vermondo Resta. Sus muros estaban cubiertos con un zócalo de azulejos de color rojo colocados en vertical y enmarcados por verduguillos con decoración floral amarilla, verde y blanca sobre fondo azul. En ella tenía su altar el Cristo de las Penas hasta que, destruida por los franceses, la imagen pasó a la capilla de San Elías. En el lado de la epístola colateral al coro, se situaba la capilla de la Hermandad de la Quinta Angustia, con cubierta similar a la anterior y separada de la nave de la iglesia mediante una reja. La Hermandad, fundada en el monasterio en 1540 y que había radicado previamente en una de las galerías del claustro medieval, en 1608 se hallaba ya en el interior del templo, en donde se mantuvo hasta 1810. Esta nueva capilla fue labrada por la Comunidad, y la Hermandad dio por su costo 400 ducados e hizo donación de la antigua al convento, según escritura pública otorgada en Sevilla el 6 de mayo de 1609. En 1815 las imágenes se instalaron en el lado del evangelio del presbiterio. Con la habilitación de la sacristía para oficinas del cuartel tras la desamortización, la capilla sirvió como sacristía y también como sala de reuniones de la Hermandad, hasta que en 1878 fue definitivamente adquirida por el Ramo de la Guerra para fines militares.
Pese a estos cambios y añadidos, la iglesia mantenía aún su aire medieval por lo que a fines del XVII la comunidad decide cambiar su fisonomía por una más acorde con los nuevos gustos estéticos. Otra circunstancia que determinó el emprender nuevas obras fueron los daños que ocasionó en el ábside y bóveda de la nave central el terremoto acaecido el 9 de octubre de 1680. Comenzando los trabajos en 1691, se retranqueó el testero del templo para reedificar un nuevo arco toral, por lo que el Cabildo de la ciudad concedió a los carmelitas el angosto callejón llamado del Carmen, que corría por detrás del ábside poligonal mudéjar, que será sustituido por otro de testero plano y planta cuadrada, y cubierta abovedada. El presbiterio quedó separado de la nave por una rica rejería. A este momento corresponde la construcción en el altar mayor del camarín de la Virgen del Carmen que se trasdosaba hacia el angosto callejón del Carmen (los trabajos arqueológicos han establecido una anchura de 2,40 m.), compartimentándolo en tres tramos, y cobijando el del centro bajo el arco del camarín un retablo con una imagen de la Virgen del Carmen y del Santísimo. El callejón fue cerrado en el año 1781 en sus ambos extremos por la insalubridad de su angostura y por ser lugar propicio a "escenas de mal género". Por otro lado, los pilares de las naves fueron forrados añadiéndose una gran cornisa sobre la que se dispuso una bóveda de cañón con lunetos y ventanas con arcos rebajados bajo éstos. Al exterior la cubierta de la nave era a dos aguas y a cuatro la media naranja del presbiterio. Los trabajos pudieron terminar en 1700 a la vista de dos inscripciones halladas en sendas hornacinas laterales en el ábside de la iglesia: hornacina izquierda: "se cerraron estos nichos siendo padre el muy reverendo acedar el maestro Fray Juan de Lamas y se acabó la capilla mayor año de 1700", hornacina derecha: "se cerró este M.C. Hoy se acabó esta capilla mayor siendo obrero el padre maestro de novicios el padre Fray Leandro Zapata y siendo maestro de obra Felis Romero y su aprendis Juan del Valle". Sin embargo, según la referencia que nos suministra Matute la reforma de la iglesia terminó en el año 1707 en el que se celebró "... la renovación de la iglesia del Carmen, Casa Grande, que bendijo el 15 de julio el Excmo. Sr. D. Manuel Arias. Aquella tarde hubo solemne procesión".
La fábrica de la nueva sacristía, que se ha conservado prácticamente completa, es otra de las piezas del monasterio que se atribuye a Vermondo Resta, cuya construcción se sitúa a principios del XVII, durante el priorato de fray Nicolás de Santillán (+ 1621). Concebida como un gran espacio unitario de planta rectangular y cubierta con bóveda de medio cañón con lunetos y decorada con yeserías con formas rectangulares y romboidales. Para acceder a ella desde la iglesia había que pasar por delante del pórtico de la gran escalera del claustro principal para, a través de una puerta adintelada, ingresar en la misma, que se ubicaba así entre el callejón del Carmen y la galería este del claustro principal. Una vez en su interior en sus paredes se abrían ocho grandes hornacinas de medio punto en donde irían embutidos los armarios para guardar los valiosos ornamentos y el rico ajuar litúrgico que poseía la comunidad como recoge González de León; también tuvo encastrado al menos un altar con retablo. En el centro se situaba una rica mesa de jaspe rojo. Tras la desamortización y la conversión del convento en cuartel, la sacristía no continuó con su uso religioso como ocurrió con la iglesia sino que fue destinada a dependencia militar. La capilla de la Quinta Angustia situada en el último tramo del lado de la epístola de la iglesia hizo esta función hasta 1844 en que parte de las naves del templo se hundieron, afectando a la mencionada capilla; se utilizó entonces como sacristía los bajos de la torre.
Durante la ocupación francesa del convento en 1810, la iglesia padeció no pocos estragos al ser convertida en caballeriza. Consta que se arrancó la solería de piedra genovesa azul y blanca, fueron saqueadas las capillas en las que perecieron imágenes y retablos -quizás en este momento fue cuando se destruyó el retablo mayor-. Sacralizada de nuevo la iglesia en 1815, no perdió su uso religioso con la desamortización de 1835 y la exclaustración de los frailes sino que permaneció abierta al público a cargo de un capellán procedente del propio convento, lo que supuso el mantenimiento íntegro de su estructura, si bien la nave del evangelio desde esa fecha fue ocupada por los militares, al igual que la capilla de San Elías que se utiliza como cuadra. Ya hemos comentado que en el año 1844 se hundieron las bóvedas de la nave central y los últimos tramos de la de la epístola, habilitándose al culto el presbiterio y la capilla de Santa Teresa, junto con la de las Siete Palabras que, como un apéndice del presbiterio se situaba en el lado de la epístola, demoliéndose el muro que las separaba. Se conformaba así un nuevo eje litúrgico en donde se redistribuirían altares, retablos e imágenes. El resto de la iglesia quedó sin reparar. En 1874, con la total ocupación del ejército de las hasta ahora zonas religiosas, se va producir la gran ruptura de la iglesia con la apertura de un pasaje central de comunicación desde la calle Baños que atravesaba el compás, rompía la iglesia en dos y conectaba con los claustros. En esta operación se destruyó la portada de los pies, se modificó el atrio y la capilla del comulgatorio, y el sotacoro. En el interior del templo se levantó una entreplanta sobre pilares metálicos, quedando sólo el cuerpo unitario del presbiterio que a duras penas ha permanecido hasta hoy.
La capilla de la Hermandad de las Siete Palabras y la Virgen de la Cabeza estuvo situada en el lado oriental del compás, contigua al lado de la epístola del presbiterio, sin comunicación con él y con acceso directo desde la calle Goles. La cofradía es el resultado de la fusión en año indeterminado del siglo XVII de la hermandad de gloria de la Virgen de la Cabeza, fundada en el Carmen en 1561 -a la que los carmelitas concedían en 1564 el uso del coro bajo para sus cultos y reuniones- y la Hermandad de los Sagrados Clavos de Cristo, Sagrado Corazón de Jesús, Nuestra Señora de los Remedios y San Juan Evangelista que procedente de la parroquia de San Vicente radicaba en el monasterio al menos desde 1595. En 1677 se les agregan el gremio de impresores de la ciudad, según documento fechado el 28 de mayo de ese año. El 1 de agosto de 1582, por escritura notarial, se otorga un corralón en el compás, contiguo a la cabecera del templo conventual, y algunos pies más de terreno en donde se labra la primera capilla, que según algunos autores estuvo terminada al año siguiente. El 1 de agosto de 1721 el maestro mayor de obras de la ciudad, Marcos Sancho inspeccionaba y declaraba el mal estado en que se encontraba, determinando la corporación el día 3 el derribo de la parte ruinosa y su reedificación, lo que no dio tiempo pues el día 16 del mismo mes y año se produjo su total hundimiento junto con los corredores altos de la casa contigua propiedad de la Hermandad. Se labró una nueva capilla de autor desconocido cuyos trabajos se dilataron hasta 1752, y es la que llegó a ver y describir González de León, y cuyos restos han quedado estudiados en los recientes trabajos arqueológicos. Era de una sola nave, a los pies se situaba junto con la pequeña escalera de subida, el coro o tribuna que descansaba sobre el atrio que precedía a la entrada situada en el sotocoro, sobre cuya puerta hacia el exterior había una hornacina con una imagen de alabastro de la Virgen, denominada del "Pórtico". En el interior una potente cornisa recorría la nave sobre la que arrancaba una bóveda de yeso con lunetos y ventanas con arcos rebajados bajo ellos, cubierta al exterior con techumbre de madera. Poseía otra gran puerta en el sotocoro que comunicaba con el compás del monasterio. El hundimiento en 1844 de la nave central de la iglesia carmelita que la dejaba inutilizada, determinó la demolición del muro que separaba el presbiterio, de la capilla para crear un nuevo espacio de culto, quedando aprobada tal resolución en el cabildo celebrado por los hermanos el 16 de junio de 1846, vendiéndose los cuatro retablos laterales para hacer frente a los gastos de la nueva reorganización del espacio. El 2 de noviembre de 1868 la Junta Revolucionaria cerró definitivamente la iglesia-capilla, siendo finalmente demolida en 1878.
La capilla de la Soledad, propiedad de la Hermandad del mismo nombre, fue uno de los recintos más singulares que existió en el monasterio del Carmen, situada no en el interior de la iglesia sino frente a ella, en el pórtico, en donde confluían sus respectivas puertas de acceso, de tal manera que cuando ambas se abrían quedaban en un mismo eje sus naves, viéndose los altares mayores de ambas enfrentados. Los carmelitas cedieron el terreno inmediato a su portería a los hermanos para que labrasen capilla y demás dependencias para sus reuniones, pagando la Corporación 9.500 maravedíes anuales, cesión que fue aprobada por bula de Gregorio XIII en 1584. Su construcción, de autor desconocido, hubo de comenzar por ese año estando finalizada en 1630, pues a partir de esa fecha se suceden toda una serie de trabajos de carácter decorativo que tanto la hermosearon. Su planta era rectangular, de una sola nave muy alargada, cubierta según Bermejo con una rica techumbre de maderas talladas y doradas, con coro o tribuna a los pies y sacristía detrás del altar mayor por donde se entraba, a la que también se podía acceder desde la calle Goles. La nave de la iglesia se separaba del presbiterio mediante arco toral sobre pilares con columnas adosadas. Para acceder al presbiterio había que subir doce gradas, que años más tarde fueron revestidas con madera de caoba con incrustaciones de ébano y marfil por el artífice Bernardo Simón de Pineda, según contrato firmado el 4 de agosto de 1687 con don Francisco de Esquivel y Flores, mayordomo de la Hermandad, comprometiéndose el artista a terminar la obra -en la que se incluían las barandillas y postigos también de madera- a finales de febrero de 1688. Por este trabajo Simón de Pineda cobró la cantidad de 1.400 reales de vellón, materiales a parte. A los pies, bajo el coro, se abría la portada adintelada, y en el interior del templo tuvieron sus sepulturas "de patronazgos con sus respectivas losas, que una pertenecía a los herederos de D. Juan Núñez del Prado Maldonado de Córdoba, veinticuatro de Sevilla y la otra a los descendientes de Don Fernando Manuel de Bilbao, igualmente veinticuatro de esta ciudad (las sepulturas estaban a los pies de los dos altares laterales que tenía la capilla)", el primero a los pies del retablo del lado del evangelio y el segundo en el correspondiente del lado de la epístola. También poseyó un campanario "con una campana de 137 libras de peso que se compró el 24 de septiembre de 1603". A partir del 1 de enero de 1631, siendo mayordomo de la Hermandad don Alonso Núñez de Villena y Guzmán, se emprenden las importantes labores de exorno en la capilla: se colocaron vidrieras en las ventanas de la nave, y todo el perímetro de los muros, incluido el presbiterio, se revistió con un zócalo de azulejos de tres metros de altura -en el muro de la epístola se cegó una puerta preexistente que ponía en comunicación con el área de huertas o posible compás de la propia capilla-. Algunos restos hallados en las últimas excavaciones arqueológicas han permitido conocer que los motivos eran de carácter geométrico, de cruces griegas giradas en cuarenta y cinco grados en color azul y amarillo sobre fondo blanco, conformando paños enmarcados con cenefas azules con ondas y ovas. Por sus características estilísticas se ha atribuido su ejecución al taller trianero de la familia de los Valladares. El 1 de mayo de 1639 se concertaba la decoración pictórica de las paredes con el pintor Manuel Díaz por la cantidad de ochocientos reales. Con la llegada de los franceses en 1810 la capilla fue saqueada y derribada, construyéndose posteriormente sobre sus ruinas las letrinas para las tropas acuarteladas en el ya ex convento.
Los claustros. De los primitivos claustros medievales nada ha permanecido, si bien las excavaciones arqueológicas han dejando de manifiesto su existencia, datándose su ejecución en la primera mitad del siglo XV. Situados contiguos al lado del evangelio de la iglesia, se han detectado en el nivel de la cimentación dos claustros de cuatro frentes cada uno, formados por arcos de ladrillos sobre pilares cruciformes. Los dos magníficos claustros que han permanecido hasta nuestros días son fruto de la renovación general llevada a cabo en el Carmen desde fines del siglo XVI, proceso en el que se iba derribando lo antiguo y levantando las nuevas construcciones protobarrocas, en varios impulsos constructivos. En este sentido hallamos algunas fechas interesantes para conocer el ritmo de las obras, referidas por Rodríguez Carretero quien señala que por carta fechada en 1607 del Provincial Bohórquez al padre General dice "... que la casa está muy sobrada y que el prior tiene derribado el claustro y está haciendo una gran fábrica que no tendrá cosa mejor Sevilla y pocas buenas". El diseño inicial de los nuevos claustros se atribuye a Vermondo Resta, por analogía formal con obras documentadas de este arquitecto y por coincidencia cronológica con la actividad de Resta como maestro mayor de obras del arzobispado hispalense, quien pudo proyectar los dos patios de iguales dimensiones y conectados mediante una galería intermedia, traza que fue posteriormente alterada al surgir nuevas necesidades espaciales.
El Claustro principal o de profesos se dispone paredaño al muro del evangelio de la iglesia y su construcción fue posterior al claustro de novicios, situándose su finalización hacia 1640, siendo su atribución a Vermondo Resta más dudosa, por lo menos a lo que a ejecución material se refiere, adjudicándose provisionalmente a Juan de Oviedo o Diego López Bueno, sucesores de aquel. De gran homogeneidad y concebido con un carácter monumental, posee unas dimensiones de 27,88 x 22,28 metros. Es de planta rectangular y el piso bajo está formado en sus lados norte y sur por cinco arcos, y siete en las alas este y oeste, ligeramente peraltados, sobre pilares rectangulares con altas pilastras dóricas adosadas sobre las que apoya un entablamento del mismo orden con triglifos y metopas, interrumpido por las claves trapezoidales de los arcos. Se cubre todo el paramento de un almohadillado "sutil", como era denominado en la época, en sentido horizontal de gran realce que simula obra de sillería y cuyo uso es frecuente en la retablística sevillana del segundo tercio del XVII. En la galería se generan los correspondientes módulos cubiertos con bóvedas vaídas, separados mediante arcos fajones que descansan sobre ménsulas con gotas clásicas. Cada tramo está decorado con bellas yeserías de carácter manierista cuyos motivos recuerdan a los utilizados por Juan de Oviedo: molduraciones acartonadas, roleos, motivos geométricos, etc., que rodean el tema central protagonizado por el escudo de la Orden, motivos marianos, estrellas o figuras geométricas. En la planta baja no existía ninguna dependencia, estando sus paredes recubiertas de un rico zócalo de azulejos, cuyos escasos restos no han permitido su reconstrucción aunque sí reconocer el estilo, trabajo que ha sido atribuido al taller trianero de la familia ceramista de los Valladares, datándose su ejecución hacia 1625. De fecha posterior, hacia 1670 se ha identificado en el muro del jardín del palacio de la condesa de Lebrija como procedente del Carmen, un cuadro de azulejos planos de 2 x 1,85 m., con el escudo de la Orden carmelita y las efigies de San Elías y San Eliseo en sendas hornacinas enmarcadas por columnas salomónicas. La planta alta del claustro se articula mediante un orden de finas pilastras sobre pedestales, en correspondencia con las de la baja, que flanquean balcones rectangulares enmarcados por pilastras rematadas con triglifos sobre los que se apoya un frontón curvo y roto por ondulada voluta, con pinjante central. En este piso existieron "...excelentes y dilatados dormitorios con deliciosas vistas al campo, sobre el río que le coje muy cerca, y en este piso estaba la sala de capítulo... El piso del claro del patio estaba solado de losas de Génova y en medio había una magnífica fuente de mármol cuya taza de más de dos varas de diámetro era toda de una pieza, con buenas labores cinceladas". Las losetas de mármol fueron arrancadas por los franceses en 1810 aunque los trabajos arqueológicos han descubierto restos de ajardinamiento, quizás previo al enlosado. La fuente que refiere González de León aún existe, se trata de la que actualmente se encuentra situada en la plaza de Doña Elvira de Sevilla, que en el siglo XIX, tras la desamortización, fue instalada en la plaza del Salvador. En ella se aprecian aún los escudos de la Orden tallados en el pie. La colocación de esta fuente así como el enlucido y solado del claustro se hicieron durante el priorato de fray Gaspar Jiménez, quien falleció en el Carmen en 1640, por lo que alrededor de ese año podemos dar por concluidos los trabajos del patio.
La comunicación con el contiguo claustro de novicios se realiza mediante dos vanos situados en los extremos de la galería norte, tanto en planta baja como alta; la comunicación con la iglesia se hacía mediante dos puertas una a la altura del crucero y otra a los pies en la capilla del comulgatorio. En el deambulatorio oeste del claustro se situaban tres puertas por las que se accedía a otra galería que daba paso a la zona de huertas y a un pequeño compás o claustrillo con fuente, colindante con el lateral de la capilla de la Soledad. En el lado este del patio corría el muro de la sacristía a la que se accedía, como ya comentamos, por un vano rectangular situado en el pórtico de la gran escalera que se insertaba en este ángulo del patio, contigua a la cabecera del templo, por lo que la comunicación entre sacristía e iglesia quedaba sin conexión directa.
La estructura del gran espacio monumental que es el claustro de profesos queda completada con la magnífica escalera imperial, cuya construcción parece posterior al claustro, y que apenas ha sido tratada por la historiografía local, quizás porque durante el XIX perdió buena parte de su pasado esplendor, "...antes de los franceses era de mármol con pasamanos de hierro a trozos. Ahora es de piedra basta y barandas de madera". Su diseño es un ejemplo temprano del modelo netamente español de escalera imperial, de gran valor simbólico por su aspecto majestuoso tanto para el que la contempla como para el que transita por ella, otorgando dignidad y prestancia a sus poseedores y al espacio en que se inserta. Su ubicación en un ángulo del patio resulta poco frecuente, siendo más usual situarla entre los dos claustros. Quizás su colocación en este ámbito pudo estar determinado por un ser un sitio más visible y cercano a los accesos del recinto claustral, que posibilitaba ser vista más fácilmente. El ingreso se formaliza mediante un pórtico formado por dos arcos de medio punto sobre dos pares de columnas toscanas pareadas de mármol blanco que montan sobre un pedestal corrido de mármol rojo y negro que en su frente lleva labrado el escudo de la Orden, pórtico que se cerraba con una cancela de hierro, hoy inexistente, que fue realizada durante el priorato de fray Gaspar Jiménez del Portillo (+1640), a quien Rodríguez Carretero le pone el apelativo de "constructor". La caja de escalera arranca de un amplio tramo que en un primer descansillo se divide en dos ramales a derecha e izquierda que apean en columnas toscanas de mármol blanco, confluyendo en el claustro alto, cuyo desembarco se articula mediante cuatro arcos sobre columnas toscanas. Se cubría con bóveda vaída con decoración de yeserías, bóveda que se hundió en el siglo XIX y que la reforma militar la sustituyó por una cubierta a dos aguas.
Claustro de novicios o del aljibe circunscrito a este patio situado en el norte del recinto conventual estaba el noviciado, en torno al cual se disponían celdas, sala de estudio, el gran refectorio común, etc., quedando separado del claustro principal por una capilla que se insertó en la galería sur. Las sucesivas disposiciones emanadas de los capítulos de la Orden desde el último tercio del siglo XVI, en las que se incidía en la separación de los novicios de la zona de profesos, y de que poseyeran celdas separadas de éstos, capilla propia, sala de estudios, biblioteca, etc., determinó el acometer la construcción de estas nuevas estancias con una sustancial ampliación de los espacios construidos frente a lo que hubo de ser el más modesto monasterio medieval, y es donde más directamente se ha visto la mano de Vermondo Resta, tanto en su traza como en la intervención directa en el proceso constructivo. Es igualmente un patio claustrado, en cuyo centro poseyó un aljibe -nombre por el que también se le conoce- formado por grandes arcos de medio punto sobre columnas dóricas de mármol blanco en las dos plantas, de ocho arcos por siete, decorados con finos ribetes alrededor, ménsulas en forma de volutas en las claves, y en las enjutas círculos y rombos en el piso bajo y alto respectivamente; los pisos se hallan separados mediante un friso corrido de triglifos y metopas y una cornisa. Las galerías bajas se cubren con bóvedas con lunetas, decoradas con yeserías geométricas similares a las del claustro principal, con medallones centrales estrellados, de corte manierista. Igual alzado y cubiertas se repiten en la planta alta, aunque las columnas son de menor altura; ambas plantas cuando son descritas por González de León en 1844 estaban tabicadas por las reformas efectuadas por los militares, no siendo esa su fisonomía original, quienes además añadieron en el lado de levante un tercer piso cerrado con ventanas, que ha sido suprimido en la reciente restauración. Actualmente ambas plantas se cierran con cristaleras. En el último tercio del siglo XVI comenzaron las obras de este claustro según las crónicas, que han quedado confirmadas por las recientes investigaciones arqueológicas, siendo por tanto su construcción anterior al claustro de profesos, si bien los trabajos de enlosado y de carácter decorativo se prolongaron hasta bien entrado el XVII. La arqueología igualmente fortalece la hipótesis de que el proyecto inicial era de planta cuadrada y no rectangular con comunicación con el patio principal mediante galería abierta en la intersección de ambos, ordenación que se vio alterada por la necesidad de dotar al noviciado de capilla propia.
En efecto, la capilla de novicios que se ha conservado y que actualmente alberga la biblioteca de la Escuela de Arte Dramático, es un espacio ganado al claustro mediante la conversión de la panda sur en una amplia sala cubierta con bóveda rebajada con lunetos y arcos fajones que apoyan en ménsulas decoradas con motivos florales y geométricos esquematizados, y recubierta con yeserías de cartones recortados con motivos geométricos de tipo manierista. Sus paredes estuvieron decoradas con pinturas murales al temple en color ocre, rojo y negro que no se han conservado pero que quedaron de manifiesto en los trabajos de rehabilitación, desconociéndose los temas representados y el autor. A la capilla se accedía por la galería oriental a través de una doble portada rematada con el escudo de la Orden flanqueado por molduras.
En el lado norte del claustro se situaba el refectorio, gran pieza de uso común para novicios y profesos, que fue realizada durante el priorato del Reverendo fray Juan de Mora (murió en 1587), amplia sala de planta rectangular que aún se conserva, y que debió poseer una esmerada decoración a la vista de los fragmentos de revestimiento cerámico hallados: azulejos de aristas cuya ejecución se ha fechado hacia 1500, restos de escudos heráldicos pintados en cuerda seca, y sobre todo fragmentos de gran calidad artística de un panel que representaba la Santa Cena atribuido a Niculoso Pisano por sus características de estilo y por los restos de una firma en donde se lee "NICU(LOSO) ME. FE(CIT)", fragmentos en los que se aprecian restos de recuadros con motivos de grutescos y candelieri, parte de una mesa, algunas figuras de apóstoles y la cabeza de Cristo. El refectorio se cubre con un rico artesonado de madera que se ha conservado, formado por vigas de madera rectangulares sobre canes con volutas y hojas de acanto y cuadrados con motivos florales en la base.
RETABLOS Y ESCULTURAS
Las referencias y documentos hallados hasta ahora nos han permitido establecer la existencia en la iglesia del Carmen de tres retablos mayores cuyas construcción y sustitución se fueron sucediendo en el tiempo a tenor de los nuevos gustos estéticos imperantes de cada momento y por las transformaciones arquitectónicas de que fue objeto la propia iglesia. Por una manda testamentaria anotada el 12 de mayo de 1477, sabemos que en esa fecha se hacía el retablo mayor del templo medieval, mandando el testador Juan Rodríguez Tiscareño que fuese otorgado "... para la pintura del retablo, que se fase para el monasterio de nuestra señora la Virgen María del Carmen, un real el qual manda sea dado a Martín Rodríguez (?) vecino de esta ciudad que le tiene cargo". El 21 de julio de 1587 Juan de Oviedo "el Viejo" (1536-1592) se obliga con el provincial de la Orden fray Fernando Suárez a realizar un nuevo retablo mayor, de ocho varas de alto (6,68 metros, aproximadamente), en madera de borne y pino, comprometiéndose a darlo acabado en el plazo de diez meses y por el precio de quinientos ducados. Por las condiciones del contrato sabemos que constaba de un banco decorado con figuras de niños y virtudes, y sagrario en el centro con medios relieves de los Evangelistas y Doctores de la Iglesia. Ocho columnas dóricas de fuste estriado en los dos tercios superiores y tallados en el inferior, y con ocho traspilares dóricos, articulaban dos cuerpos y tres calles en donde se repartían además de una serie de elementos decorativos, cuatro esculturas de más de medio relieve, una hornacina central que albergaba la imagen de alabastro de la Virgen del Carmen, otro panel central "con las figuras principales casi redondas y las otras de medio relieve", rematando el conjunto un frontispicio con un Padre Eterno "de más de medio relieve con las jarras y pirámides y los escudos para que pinten las armas de la casa". El dorado, estofado y pintura correría a cargo del pintor de imaginería Agustín de Colmenares, según contrato firmado por éste con fray Fernando Suárez en la misma fecha de la escritura del retablo que firmara Oviedo. El costo de este trabajo ascendía a 460 ducados, sin embargo el fallecimiento de Colmenares supondrá la cesión del encargo al pintor Diego de Campos, quien el 27 de enero de 1590 firma la escritura de traspaso, obligándose a terminar la obra el mes de abril de ese mismo año. Este retablo de corte clasicista hubo de ser sustituido a fines del XVII principios del XVIII por otro barroco de autor desconocido que fue el que llegaron a ver los eruditos decimonónicos, al que calificaron de "defectuoso" o "pésimo retablo churrigueresco", cuya construcción hay que relacionarla con las obras emprendidas en el ábside de la iglesia dañado por el terremoto de 1680 que determinó la demolición de la cabecera poligonal, levantándose otra de testero plano, planta cuadrada y cubierta abovedada, en donde se insertaría el nuevo retablo barroco. Tras el cierre del templo al culto el 28 de octubre de 1868 el retablo pasó a la parroquia de Santa Marina que había perdido el suyo en un incendio en 1864, colocándose en la capilla mayor en donde se mantuvo hasta que igualmente pereció en un incendió, el 18 de julio de 1936. Se trataba de un retablo barroco en el que destacaban sus columnas salomónicas, de tercio inferior cilíndrico, con rica decoración a base de pámpanos y racimos, y por el resto de su estructura motivos geométricos y vegetales. En él se distribuían las imágenes de San Elías y San Elíseo, San Cirilo de Alejandría y San Cirilo de Constantinopla, un San Miguel y un relieve que representaba la Entrega del Santo Escapulario a San Simón Stock que pertenecían si no al retablo de Juan de Oviedo sí al de estilo barroco que según Hernández Díaz y Sancho Corbacho, que llegaron a verlo en Santa Marina, presentaba características próximas a los retablos realizados por Francisco de Barahona, fechando su ejecución en el último decenio del XVII.
Estos sucesivos retablos siempre estuvieron presididos por la imagen de alabastro de la Virgen del Carmen, que según la tradición referida por prácticamente toda la antigua historiografía local, fue hallada protegida en el interior de una campana cuando se abrían zanjas para una cimentación de la iglesia. Los cronistas difieren a la hora de dar la fecha del hallazgo: 1443 Ortiz de Zúñiga, 1296 el abad Sánchez Gordillo, 1360 según Arana de Varflora, 1428 González de León. Sea como fuere, se trata de la escultura que actualmente se conserva en un retablo moderno en el lado de la epístola de la parroquia de San Lorenzo, donde fue depositada según acta del Arzobispado fechada el 5 de diciembre de 1868. La imagen es totalmente de alabastro y estuvo policromada quedando restos muy oscurecidos -según Arana de Varflora el vestido era dorado. Está de pie en ligero contraposto hacia la derecha, con el Niño sobre su brazo izquierdo que sostiene un pajarito entre sus manos y mira frontalmente al espectador. La Virgen adelanta el brazo derecho para sostener un cetro y presenta bello rostro de suave modelado y mirada baja; el tratamiento de los ropajes es de pliegues esquemáticos. Por todos estos elementos estilísticos, el grupo escultórico ha sido considerado como obra gótica de fines del siglo XV relacionada según algunos autores con talleres franceses, y catalanes según otros. La Virgen está rodeada por unas ráfagas con aplicaciones de plata dorada de estilo rococó. Ambas figuras llevan coronas de plata que pueden fecharse en la primera mitad del XVIII aunque retocadas en los años del rococó. La media luna de los pies de la Virgen es lisa con estrellas en las puntas y en el centro el escudo del Carmelo, con aplicaciones de rocalla, elementos también presentes en el cetro, piezas cuya ejecución puede fecharse en el último cuarto del siglo XVIII. Hay que señalar que en algunas de las antiguas referencias sobre esta imagen se menciona la existencia en el pedestal de una figura arrodillada de pequeño tamaño de un fraile con el hábito carmelita también de alabastro, que no se ha conservado. El elogiado y amplio camarín que albergaba a la Virgen, situado en el centro del retablo mayor, hubo de ser construido en la reforma realizada en el presbiterio de la iglesia hacia 1690, en el que también se disponía otro para el Santísimo, de los que no existen datos de sus características estructurales ni decorativas.
Por el resto de la iglesia se distribuían una serie de capillas y retablos que escuetamente fueron referidos por González de León. Comenzando por la cabecera del templo, en el lado del evangelio se desconoce qué retablo e imágenes existieron, sólo sabemos que tras la ocupación francesa y la vuelta de las hermandades a sus capillas, la de la Quinta Angustia, que tenía la suya a los pies de la nave de la epístola, colocó sus titulares en este lado del presbiterio. En correspondencia, en el lado de la epístola se cita un retablo moderno dedicado a San José, ambos desaparecidos. La primera capilla del lado del evangelio de la iglesia se denominaba de San Elías con altar dedicado a este Santo que no se conserva, imagen que por su valía artística merecía para quienes la conocieron ser obra de Torrigiano, circunstancia que no ha podido ser acreditada. A continuación de esta capilla y tras la puerta de salida pórtico de la escalera que comunicaba con el claustro y la sacristía, se disponían tres retablos modernos con pinturas; y a los pies de la nave se situaba la llamada capilla del comulgatorio, "muy adornada de colgaduras, pilastras y altar muy arreglado, bien dorado y jaspeado, en el que se venera la imagen del Cristo de las Penas", por lo que también es citada como capilla del Señor de las Penas. Hemos de recordar cómo esta capilla constituyó una de las mejores labradas de toda la iglesia, siendo atribuida su traza a Vermondo Resta, y que poseyó una rica decoración de yeserías, pintura mural y zócalo de azulejos. Existe la referencia de que a expensas de fray José Ortiz de Santa Bárbara (1698-1785) quien profesó en el Carmen el 17 de agosto de 1715, se realizaron mejoras de carácter suntuario en la Casa Grande (cancel de la puerta principal, órgano, piezas de plata, los cuadros que decoraban el claustro, vestuario litúrgico, etc.) y "renovó del todo la capilla del Señor de las Penas y su adorno". En este sentido existe la referencia documental a los trabajos realizados en 1719 por los hermanos canteros Fernando y Manuel Jordán quienes concertaban el 28 de mayo de ese año la ejecución "de la enchapadura de la Capilla del Santísimo Cristo... de la misma especie de piedra, alto y arquitectura que está la enchapadura de dicha iglesia, y ha de empezar desde la baranda de dicha capilla hasta la mesa de altar, haciendo banco para el retablo... por precio de doscientos cincuenta pesos escudos de plata... la cual obra hemos de dar por acabada para el día ocho del mes de diciembre de este presente año de mil setecientos diecinueve". La capilla fue muy destrozada durante la ocupación francesa y también se vio afectada por el hundimiento de la iglesia en 1845, por lo que el Cristo de las Penas hubo de ser colocado en otras zonas de la iglesia no derruidas, primero en la capilla de San Elías y después en la de Santa Teresa. Afortunadamente se ha conservado la imagen del Cristo de las Penas que se halla actualmente en la parroquia de San Vicente a donde fue llevada tras el cierre al culto del templo carmelita en 1868, si bien permaneció dos años allí abandonada hasta que D. Rafael Alba, carmelita y cura propio de San Vicente, la rescató y colocó a los pies de la nave de la epístola de la parroquia, siendo hoy es titular de la Hermandad de las Penas que se instituyó en 1875, junto con una Dolorosa situada en la mencionada parroquia, que según Bermejo fue propiedad de la Hermandad de las Siete Palabras fundada en el Carmen. Es una escultura de Jesús caído con la cruz al hombro, de talla completa, ropaje estofado y corona labrada en bloque; entre 1875 y 1878 fue retocada para vestirla de telas y policromada, modificando los pliegues del cuello, tórax y brazos y colocándole ojos de vidrio pintados. Captado en el momento de su caída en tierra sobre la que apoya su mano derecha en una conmovedora actitud realzada por el expresivo rostro barbado enmarcado por la cabellera, todo ello de bellas líneas cuya calidad están próximas a las formas de Pedro Roldán, a quien desde antiguo viene atribuyéndose; la ausencia de documentación no permite aseverar esta autoría, adscribiéndola al círculo de Roldán y fechando su ejecución en torno a 1700.
En la primera capilla del lado de la epístola estaba la Hermandad del Santo Escapulario en cuyo retablo se situaba una imagen de vestir de la Virgen del Carmen que en 1868 fue llevada a la parroquia de San Vicente en donde no ha sido identificada. Inmediata se situaba la capilla de Santa Teresa con imagen de escultura de la Santa en su correspondiente retablo, que según Tassara fueron llevados a San Vicente y que no se ha conservado. Después del retablo que contenía una copia de la Virgen de la Antigua, se situaba en un retablo un San Alberto de Sicilia de autor desconocido pero "de gran mérito", no conservada, por cuyo valor artístico sirvió de modelo a la que el escultor Andrés de Ocampo concertó con el ensamblador Diego de Mendoza el 19 de febrero de 1601, quien ejecutó "dos esculturas con sus yncinnias y sus peanas de madera de pino de sigura el uno un san alberto y el otro san luis Rey de francia -el san alberto conforme a la traça e modelo de questa en el conbento de nra. Señora del carmen desta ciudad en quanto a la vestimenta y ensinias y en quanto altura de seis palmos y dos dedos sin la peana".
La última capilla a los pies de la iglesia y separada de ésta por una verja era propiedad de la Hermandad de la Quinta Angustia, desde 1608 aproximadamente. Con la invasión francesa las imágenes se trasladaron a la parroquia de San Vicente, regresando en 1815 pero instalándose en el presbiterio del templo, utilizándose la capilla como sala de reuniones y como sacristía conventual. De 1841 a 1844 la Hermandad dejó de residir en el Carmen a donde regresó en 1845 hasta 1851 en que se traslada definitivamente a la parroquia de la Magdalena. La calidad y belleza expresiva de sus imágenes enriquecían el templo carmelita, las cuales no fueron ejecutadas por Pedro Roldán como algunos cronistas refieren sino por Pedro Nieto -a excepción del Cristo descendido- en 1633, según contrato firmado el 18 de abril de ese año entre el escultor y el maestro boticario Antonio Rodríguez, mayordomo de la Hermandad: "me obligo hacer para la dicha cofradía y para el paso que saca el jueves santo... las figuras siguientes: dos ladrones a el natural encarnados y con sus paños, los dos viejos Nicodemos y Josepho de arimathea enteros encarnados hasta el medio muslo y medios brazos- un san juan evangelista entero encarnado las piernas hasta la rrodilla y los medios braços- las tres marias con sus medios cuerpos y manos y los braços de lienço -quatro angeles vestidos con sus cornamusas y manos de dos tercias de alto con sus plintos". Están realizadas en pasta de madera policromada, materia en la que se especializó Nieto quien en los contratos se intitula "maestro de pasta". Del grupo de figuras no se han conservado los dos ladrones que fueron sustituidos, siendo también la Virgen de este misterio obra moderna. El conjunto que aún procesiona en un paso único en Semana Santa, produce un admirable efecto plástico y emotivo siendo de lo mejor que ejecutó su autor, en donde se evidencia la influencia de Montañés y Mesa. No consta documentalmente la ejecución del Cristo descendido por Pedro Roldán, sin embargo, hay que señalar que esta figura es de superior calidad a las restantes del grupo y las características estilísticas patentes en el acusado perfil del rostro, el modelado del cuerpo y las livideces cadavéricas que presenta, recuerdan obras documentadas del maestro. Si tenemos en cuenta que en 1659 Roldán estaba trabajando en los relieves que cubrían la canastilla en la que iba este misterio, cabe la posibilidad de que este magnífico Cristo muerto hubiera salido de la gubia del maestro. En efecto, el 22 abril de 1659 Pedro Roldán y el ensamblador Francisco Ramírez conciertan la talla de once tarjas de escultura con historias de la pasión en formato elíptico para el paso, además de once serafines de escultura, cuatro ángeles "de a tres cuartos" y otros dos de "a bara", los seis vestidos, y "dos cruces toscas para los ladrones". El preció ascendió a 500 ducados en moneda de vellón, otorgándose carta de pago el 16 de octubre de ese 1659. El 17 de septiembre de ese mismo año una nueva escritura especifica la intervención de cada uno de los artistas en los distintos elementos del paso que se habían concertado, tocándole a Roldán la ejecución de las once tarjas con esculturas de medio relieve con pasajes de la Pasión, con dos niños a los lados de cada una de ellas, más los once serafines de escultura, cuatro ángeles de tres cuartas "con sus urnetas adornadas de talla... y dos ángeles de una vara con sus urnetas revestidas", por lo que recibió el artista 300 ducados. De los relieves se han identificado tres embutidos en las puertas de un armario de la Hermandad, repintados y modificados en su forma, que representan las escenas de Jesús ante Caifás, la Exaltación de la Cruz y la Deposición de Cristo en el sepulcro. A fines del siglo XVIII y principios del XIX la Hermandad decayó en sus cultos, perdiéndose el paso y buena parte de sus enseres litúrgicos. En 1806 la corporación celebró cabildo y recibió nuevos hermanos, se costearon nuevos vestidos para las imágenes y se talló el nuevo paso de caoba y bronce fundido por el maestro Juan de Villarrica en el año 1807. González de León atribuye los cuatro ángeles que se disponían en las esquinas del paso a Martínez Montañés, figuras sin identificar, cuya asignación no se ha podido establecer.
En la sacristía existió un retablo situado en el último tramo de ella pero separado de la pared, como se ha constatado en las últimas intervenciones arqueológicas, cuyas características y autor nos son desconocidas, y que albergaba según González de León una pintura de Murillo de la Virgen con el Niño, lamentando su pérdida durante la ocupación francesa así como del rico ajuar litúrgico, la mesa de jaspe rojo y demás efectos de culto de la sacristía.
Igualmente, en la escalera se hallaba otro retablo que albergaba una elogiada copia de la Asunción de la Virgen de Rafael, que fue concertado en febrero de 1635 por el escultor Jacinto Pimentel, quien había dado la traza y ajustado las condiciones con el convento, por el importe de 600 ducados. Cuando casi estaba terminado el primer cuerpo Pimentel lo traspasa a Francisco Dionisio de Ribas el 10 de julio de 1638. Francisco Dionisia se compromete a terminarlo para el fin de mes de diciembre de ese año, por lo que cobraría 2.000 reales, siendo considerada la primera obra de Ribas. Por las cláusulas del contrato sabemos que el retablo medía ocho varas y cuarta de alto por cinco varas y cuarto de ancho (6,8 x 4,35 m. aproximadamente) y constaba de dos cuerpos que se articulaban mediante columnas exentas de fustes estriados helicoidalmente ("melcochadas") con capiteles corintios de hojas arpadas, también se mencionan pilastras para trasdosar las columnas. Remataba con frontones curvos en espiral con figuras de niños con cítaras en las manos, seguramente sentados en ellos.
La capilla de la Hermandad de las Siete Palabras, situada en el compás del convento y paredaña al presbiterio del templo carmelita fue adquirida por los hermanos en 1582. Tenía tres altares, dos laterales y el principal que albergaba la primitiva imagen titular de la Virgen de la Cabeza, que fue donada por el platero de oro Agustín Velázquez y su mujer Inés Pesquer en 1583, era de pequeño tamaño, vestida con ropas de terciopelo carmesí y corona de plata, que se perdió en 1868. Existe el documento notarial por el que el 1 de septiembre de 1717 el maestro entallador Juan de Dios Rodríguez se obliga por trescientos ducados de vellón a hacer el camarín de la Virgen en el altar principal, según traza y dibujo que él mismo daba, "que ha de llegar al techo levantando la repisa del nicho de nuestra señora todo quanto pudiere... poniendo los ángeles que cupieren que están sosteniendo la dicha repisa... y las dos hechuras quesean de poner a los lados del sagrario an de ser de los santos que eligiere la dicha hermandad". Con el hundimiento de la capilla en 1721 se procederá lentamente a su reparación, siendo sustituidos los tres antiguos retablos por cinco, cuya construcción tuvo lugar hacia 1798 a expensas del marqués de Rivas D. Rafael Manso, hermano y gran benefactor de la corporación. El retablo principal, de corte neoclásico sin pintar, se elevaba sobre el presbiterio, estaba formado por un primer cuerpo con dos columnas que sostenían un segundo cuerpo y un ático. Por no cubrir todo el testero se completaba con dos retablitos con las imágenes de San Juan Nepomuceno y San Antonio de Padua, que pudieran ser las concertadas por Juan de Dios Rodríguez. Los retablitos pasaron a la capilla de la Orden Tercera de San Pedro de Alcántara, y se dan por perdidos y el principal fue vendido tras la marcha de los franceses por la corporación a Hermandad de la Esclavitud de la Santísima Trinidad de San Vicente, y no ha sido identificado. Los cuatro retablos restantes eran también neoclásicos, articulados mediante pilastras y pintados imitando jaspes con ribetes dorados. Tras la exclaustración fueron llevados a diferentes iglesias, entre ellas la parroquia de San Miguel, siendo vendidos en 1846 para allegar fondos para las obras que iban a unir la capilla de las Siete Palabras con la cabecera del templo carmelita como ya expusimos en el capítulo anterior. Los retablos contenían pinturas salvo el primero del lado de la epístola que contenía la imagen del Crucificado de los Tres Clavos, cotitular de la Hermandad, más conocido como de las Siete Palabras, flanqueado por la Virgen de los Remedios y San Juan Evangelista, iban en un mismo paso en la procesión de Semana Santa. Estas imágenes deben de corresponder con las que en 1645 realizó el maestro escultor Manuel Ramos, según contrato fechado el 18 de mayo de ese año, en precio de 400 ducados de vellón comprometiéndose a darlas terminadas en el plazo de seis meses. En 1810 el traslado de las imágenes a la parroquia de San Vicente produjo la pérdida de la Virgen de los Remedios y San Juan Evangelista, realizando una nueva Virgen Manuel Gutiérrez Reyes-Cano en 1865 y un San Juan por José Sánchez en 1859. El Cristo estuvo largo tiempo en la sacristía del convento hasta que también pasó a San Vicente en donde se le pierde la pista. Algunas referencias documentales nos dan a conocer la autoría de algunas de las piezas que poseyó la Hermandad, así el 11 de junio de 1688 Bernardo Simón de Pineda da traza y se obliga a realizar las andas para un paso alegórico, de cinco varas de largo, decorado en cada uno de sus frentes por tallas de medio relieve que representaban escenas sacadas de Apocalipsis del evangelista San Juan, acompañadas cada una por cuatro niños, águilas en los ángulos del paso y en el monte una "imagen y dragón que demuestra el dibujo". El artista se comprometía a dar terminada la obra en nueve meses por la que cobraría 5.000. El 23 de abril de 1705 la Hermandad concierta con el maestro Pedro Ruiz Paniagua la ejecución del ensamblaje "con resaltos" del paso del Cristo de las Siete Palabras, según dibujos del propio Paniagua, por el precio de 775 reales de vellón. La obra consta como liquidada el 21 de mayo de 1707, a contento de los hermanos cofrades. En 1730 la Hermandad se vio en la necesidad de vender los pasos a la Cofradía del Mayor Dolor, para hacer frente a los gastos de reconstrucción de la capilla que se había hundido en 1721.
La Capilla de la Soledad poseyó tres retablos de los que se desconocen su autor, fecha de ejecución y características estructurales. El principal, que se elevaba sobre doce gradas labradas en ricas maderas por Bernardo Simón de Pineda en 1687 como ya recogimos en el apartado anterior, estaba presidido por la Virgen de la Soledad, imagen de candelero, anónima, de 1,62 m. de alto, y es la que actualmente conserva la Corporación, de la que por sus características estilísticas puede situarse su ejecución a fines del XVI o principios del XVII. El 1 de febrero de 1689, Juan Salvador Ruiz y Francisco Meneses Osario, conciertan el dorado y estofado del retablo principal así como la pintura del arco toral, las paredes de la capilla, el techo, cuyo costó se estipuló en 20.000 reales de vellón, obligándose los autores a acabarlos en seis meses a partir de la fecha de la firma. De las condiciones expuestas en el contrato se desprende que el retablo se componía de banco con sagrario flanqueado por cuatro columnillas, que se asentaba sobre el altar con postigos de acceso a la sacristía y subida al camarín de la Virgen. En el primer cuerpo se abría el camarín flanqueado por sendas columnas, con peana y tablero trasero calado y decorado con un sol y florón en el techo, todo ello dorado. En el segundo cuerpo se disponía un panel entre columnas grandes y pequeñas, con relieves de tema desconocido. Los elementos decorativos eran a base de ángeles y frutos. El colorido empleado debía ser "todo el retablo y resaltos de la talla dorado de oro muy subido y los fondos de color de castaña bruñido como el de la caridad sin llevar dicho retablo colorido ninguno si no es en las frutas que llevaran... las ropas de las figuras de la historia ande ser sus coloridos según les pertenece a cada una...". El resultado de estos trabajos junto con la serie de lienzos, paneles cerámicos y ajuar litúrgico hacían de la capilla un lugar admirable como queda recogido por aquéllos que llegaron a verla en todo su esplendor. Los retablos fueron destruidos durante la ocupación francesa. Una importante imagen hubo de poseer la Hermandad no recogida por la historiografía artística y de la que sin embargo, se conserva el documento contractual. Se trata de un Cristo resucitado que el 21 de noviembre de 1574 concertaba Jerónimo Hernández con el mayordomo de la cofradía Lorenzo de Esquivel, de más de dos varas de alto, hueco, de madera de cedro, junto con su peana y parihuelas. De la existencia de esta imagen puede dar fe la ceremonia que tenía lugar el Viernes Santo, en que de regreso la cofradía a su capilla tras hacer estación de penitencia a la Catedral, depositaban en el convento del Dulce Nombre situado en la calle Jesús (entonces llamada Cristo) un sepulcro portátil con la imagen de Jesús amortajado. El domingo de Pascua siguiente se procedía al traslado de un Cristo resucitado que se colocaba junto a la Virgen para que fueran venerados. Este acto dejó de realizarse en el siglo XVII y la obra no ha sido identificada.
PINTURAS
Las fuentes resultan poco explícitas al tratar del patrimonio pictórico del convento del Carmen y por otro lado, las obras conservadas son muy escasas. En el compás existieron pinturas murales al fresco realizadas por Vasco Pereira en 1563, quien las concertó por el precio de 30.000 maravedíes, el 4 de mayo de ese año, con "ystorias que el prior me mandare".
La iglesia poseyó una decoración mural al temple de autor desconocido, cuya ejecución hubo de tener lugar a comienzos del XVIII durante la última renovación que se realizó en el templo, de la cual se pueden apreciar algunos restos, aunque se hallan en muy mal estado de conservación. Las pinturas hubieron de cubrir las superficies libres desde el retablo mayor hasta el cuerpo de la iglesia incluida la cúpula, pechinas, arcos torales, pilares, etc. Es precisamente en el intradós de la cúpula donde se hallan los restos más completos; está seccionada mediante bandas decoradas con frutos, cintas, volutas en doce gallones, en cuyo interior se disponen en tondos las efigies de los más destacados santos y santas carmelitas calzados y descalzos, con rótulos con sus nombres poco legibles y con atributos genéricos que hacen difícil su identificación. Podrían tratarse de San Alberto de Sicilia, San Marcial, San Ángel, San Cirilo, Santa María Magdalena de Pazzi, Santa Teresa de Jesús, San Simón Stock, San Andrés Corsini, San Juan de la Cruz, San Saturnino, santa mártir y santa con crucifijo. En los pilares del arco toral del presbiterio se aprecian insertas en medallones circulares las efigies de San Juan Bautista y San Juan Evangelista en muy mal estado de conservación.
El 8 de octubre de 1691, cuando se realizaban obras en la cabecera de la iglesia dañada por el terremoto acaecido el 9 de octubre de 1680, se halló tras el derribo del muro del lado del evangelio del presbiterio, un nicho tapiado que al ser abierto descubrió una pintura mural de la Virgen de Roca Amador y San Juan Bautista, protegidas con lienzos, y que rescatadas se les dio culto en un altar provisional. Desaparecida en época incierta el único testimonio visual lo tenemos en el interesante grabado realizado por Lucas Valdés que, como estampa devocional fue encargada por el lector de teología del Carmen fray José de Haro, quien además escribió textos en los que describe las imágenes halladas y defiende su antigüedad. En el grabado (198 x 135 mm) del que se conservan al menos dos ejemplares, se recrea un espacio arquitectónico formado por dos arcos apuntados, decorados con hojas, sobre pilares góticos, en los que se sitúan sobre un sencillo pavimento en perspectiva, a la derecha la Virgen de Roca-Amador, advocación de origen francés, de pie con el Niño sobre su brazo izquierdo, y a la izquierda San Juan Bautista. Según el padre Haro, el color de la túnica y manto de la Virgen eran dorados, estando el tejido decorado con motivos vegetales que se repiten en la vestimenta del Niño. Su cabeza, que no lleva velo, está aureolada al igual que la del Niño, y tiene corona formada por hojas abiertas. San Juan está representado siguiendo su iconografía habitual con túnica corta de piel de animal, pies desnudos, con el dedo índice señalando el libro abierto sobre el que apoya el Cordero Místico con el lábaro, sostenido sobre su brazo izquierdo. Está recubierto igualmente con un manto decorado con rico brocado vegetal y en el nimbo que corona su cabeza aparece grabada en letra gótica la inscripción "s. Joan. Bau.". Las figuras están respaldadas por un fondo que simula una estancia con arcos apuntados, y sobre el baquetón central que divide los arcos apuntados se halla un ángel arrodillado con las alas desplegadas, sosteniendo una filacteria con la siguiente leyenda en letra gótica: "s. maría de roca. amador. ora. pro. nobis". A los pies de la lámina se lee: "Verdadero retrato de Nª. Sª. De Roca Amador descubierta el día 8 de octubre de 1691 años en el Convento de Nª. Sª. Del Carmen casa grande de Sevilla. El Ilmo. Sr. D. Jaime de Palafox y Cardona Arpo. De Sevilla. Concede 40 días de Indulgencia a quien resare una Salve". Las características estilísticas que presentan estas imágenes siguen los rasgos de las pinturas flamencas producidas en Sevilla a fines del siglo XV, siendo realizadas posiblemente por un pintor activo en la ciudad a fines del XV y principios del XVI.
En la iglesia consta la existencia de algunos retablos que contenían pinturas. Así en lado del evangelio del presbiterio se cita un Ecce Homo de Murillo, desconociéndose su paradero desde la invasión francesa. En la nave de este lado de la iglesia González de León menciona tres pinturas: Las Ánimas del Purgatorio, Santa María Magdalena de Pazzi, anónimas, y un San Vicente Ferrer de José María Arango, las tres en paradero desconocido. Asimismo, el cronista señala en el lado de la epístola una copia de la Virgen de la Antigua, "y al pie el Santo Sudario, que es un cuadro en que está Nr. Sr. Jesucristo pintado por cara y espalda, desnudo del tamaño natural". En el coro bajo existieron lienzos de tamaño grande, cuatro según González de León, con escenas de la vida de la Virgen realizadas según este autor por Pedro Núñez de Villavicencio y según Arana y Ponz por Esteban Márquez. Ceán también los atribuye a Villavicencio y de ellos dice que "imitan a Murillo en el colorido". Desaparecieron de su lugar con la invasión francesa y hasta la fecha están sin identificar. También en el coro y sobre la puerta de salida al claustro, se situaba una Concepción, copia de un original del pintor italiano Juan Lanfranco (+1647) que se veneraba en el convento capuchino de Roma. En la sacristía todas las fuentes citan una Virgen con el Niño, sentada y de tamaño natural de Murillo, situada en el retablo del testero del fondo. La pintura salió del convento con la llegada de las tropas francesas; Angulo considera que pueda ser la que actualmente se conserva el palacio Pitti de Florencia, quien fecha su ejecución entre 1650-1655, dentro de la etapa juvenil del artista que ya da muestras de sus grandes dotes, con recursos expresivos de gran calidad y el uso de un paleta de bellas tonalidades, hábilmente plasmados esta obra que es una de las más delicadas y elegantes que sobre el tema hizo Murillo. En la gran escalera imperial un retablo realizado entre 1635 y 1638 por Jacinto Pimentel y Francisco Dionisio de Ribas, albergaba una buena copia de una Asunción de Rafael de Urbino, que desapareció con la llegada de los franceses, en cuyo lugar se puso luego un Calvario apaisado "de mediano mérito".
El claustro estuvo adornado con una serie de grandes lienzos rematados en medios puntos, que narraban la vida del profeta Elías y pasajes de la historia de la Orden carmelita, realizados a mediados del siglo XVIII por varios pintores, dos por Juan José Uceda y Pedro Tortolero, otros de Luis Cansino y la mayoría de Andrés Rubira. A este conjunto pueden pertenecer algunas obras depositadas en el Alcázar en 1808 por los franceses con formato de medio punto y protagonizadas por el profeta, que fueron catalogadas como obras de Andrés Rubira. Se han identificado como pertenecientes a esta serie la Visión del profeta Elías, conservada en el convento carmelita femenino de Santa Ana, en Sevilla, obra que ha sido retocada para darle formato rectangular. Su estilo se aleja del de Rubira, adjudicándose, aunque con reservas, a Uceda. En ella se presenta al Santo que con rostro extasiado asciende sobre un trono de nubes sostenido por ángeles al cielo para encontrarse con Jesucristo, quien con capa roja y respaldado por una aureola dorada lo recibe con corona de flores y palma como atributos de su santidad. En la iglesia del hospital del Buen Suceso, habitado actualmente por padres carmelitas, se han localizado dos pinturas de este ciclo. Una de ellas está firmada por Andrés Rubira, y la larga leyenda dispuesta al pie permite su identificación como La aparición de la Virgen del Carmen a los carmelitas del convento de Brabante (230 x 138), cuya escena se desarrolla en el coro de la iglesia, donde la Virgen con el Niño reparte panes, flores y frutas a los frailes. La segunda pintura no está firmada pero por las semejanzas estilísticas con la anterior y por las mismas medidas, hay que adscribirla a Rubira. Se trata de la Aparición de la Virgen a San Bertoldo, quien arrodillado contempla las almas de los mártires carmelitas que suben al cielo de mano de los ángeles, mientras que el lado derecho de la composición se disponen los cuerpos degollados. Al fondo se sitúan grupos de frailes y de la boca de la Virgen sale una inscripción latina ("Mientras fluya la onda del mar, corra por el aire el sol, la Orden del carmelo vivirá resplandeciente para mí"). En la escalera del convento del Buen Suceso figuran otras dos pinturas de idéntico formato que representan La Dormición de la Virgen y El Pentecostés, que Valdivieso la adscribe a la misma serie del claustro del Carmen descartando su atribución a Rubira por su bajo nivel artístico, correspondiendo a alguno de los otros pintores que intervinieron en ella.
En la sala capitular se conservaron hasta la llegada de los franceses dos cuadros de Velázquez realizados hacia 1618, y son una Inmaculada Concepción y un San Juan Evangelista en Patmos, que actualmente se conservan en la Galería Nacional de Londres. Pudieron ser encargadas por fray Nicolás de Santillán (1567-1621), de ilustre familia sevillana, que profesó en 1583 en la Casa Grande de la que llegó a ser prior, quien promovió fundamentales reformas espirituales, arquitectónicas y artísticas, como ya quedó expuesto. Ambas pinturas tienen una clara vinculación temática en favor de la defensa del dogma inmaculadista, del que los carmelitas fueron fervientes defensores ya que San Juan escribe en la isla de Patmos su Apocalipsis en donde describe la visión de la mujer ingrávida con la luna a los pies y la corona de estrellas, elementos iconográficos de la futura configuración de la Inmaculada. Hay en ambas pinturas una rotundidad volumétrica y una intensidad lumínica que acentúa la personal gama cromática empleada por el artista. Los excelentes estudios fisonómicos, con modelos tomados del natural, como se aprecia claramente en los rostros, han hecho pensar en que fueran los retratos del propio Velázquez y de su mujer Juana Pacheco. La Virgen está representada muy joven, con túnica de denso color granate y manto azul, tradicionales símbolos marianos, y respaldada por una amplia aureola de nubes, rezumando recato y humildad piadosa por encima de la belleza ideal de otros pintores. El San Juan no es la representación de un venerable anciano sino de un joven de rasgos populares que sentado en un paisaje nocturno se dispone a escribir los textos que parece inspirarle la fuerte luz que le ilumina.
En la capilla de las Siete Palabras existió en un retablo colateral del lado del evangelio una pintura de Domingo Martínez que representaba "un Sagrado Corazón en trono de nubes, cercado de resplandores, al que adoran las cuatro partes del mundo simbolizadas en otras tantas figuras", de la que se desconoce su paradero. En el siguiente retablo una pintura de autor desconocido del Arcángel San Rafael.
La capilla de la Soledad estuvo decorada con una ornamentación pictórica de perfiles dorados y castaño oscuro de la que constan dos intervenciones por diferentes autores. La primera se fecha el 1 de mayo de 1639 cuando el pintor Manuel Díaz concertó el estofado de las paredes por ochocientos reales, y la segunda de 1 de febrero de 1689 en que según documento notarial, Juan Salvador Ruiz y Francisco Meneses Osorio conciertan la ejecución del arco toral, pechinas, paredes, techo, blanco de las ventanas y molduras de los seis lienzos de la capilla. Estos lienzos eran de gran formato y narraban pasajes del Evangelio, "que si bien no eran de los primeros autores, eran de la escuela, y no carecían de mérito"; las pinturas fueron contratadas en 1633 por Jerónimo Ramírez, artista activo en Sevilla desde al menos 1617 próximo al estilo de Juan de Uceda de quien pudo ser discípulo. De los temas representados en la serie de la capilla de la Soledad se conocen: La conversión de la Magdalena, La entrada de Cristo en Jerusalén y Cristo y la Samaritana, obras que no se han conservado (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Festividad de la Virgen del Carmen; La conmemoración de la Virgen del Carmen tiene su origen en la Orden homónima. Ésta remonta sus orígenes míticos a los hijos de los profetas que habitaron el Monte Carmelo en Tierra Santa. En época de la cruzadas fueron estableciéndose allí un grupo de anacoretas que levantaron un templo a la Virgen María en la cumbre del monte Carmelo, que veían prefigurada la maternidad divina en la nube que desde allí viera Elías, anunciando el fin de la sequía. Estos religiosos se llamaron Hermanos de Santa María del Monte Carmelo, a los que San Alberto de Vercelli, también conocido por su nombre secular, Alberto Avogadro (+1214), Patriarca de Jerusalén, escribió una normativa de vida entre 1206 y 1214. Pasaron a Europa en el siglo XIII, aprobando su regla Inocencio IV Fieschi en 1245, bajo el sexto Prior General de la Orden, San Simón Stock (+1265), que los adaptó a la vida mendicante. Este papa es el primero que los llama, en 1252, Hermanos Ermitaños de la Orden de Santa María del Monte Carmelo. Viendo éste en peligro el futuro de la Orden en Occidente, cuenta la tradición que el dieciséis de julio de 1251, según la versión oficial fijada en el siglo XVII, la Virgen María se le apareció en Cambridge y le entregó el hábito que había de ser su signo distintivo, cuya versión reducida es el escapulario marrón, y le prometió: “Este será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará”. Desde Inglaterra se extendió esta devoción a toda la Orden y, por su labor, a todo el mundo. Al principio los carmelitas celebraban a la Virgen en las fiestas del calendario general, sobre todo, en el siglo XIII, la Anunciación, que cedió su lugar, a partir de 1306, a la Inmaculada Concepción, que se convirtió en la fiesta mariana oficial de la Orden. Sin embargo, a comienzos del siglo XV, parece que los carmelitas intentaron buscar una celebración mariana propia acomodada a su carisma. Esta parece que tiene su origen en el rito jerosolimitano primitivo de la Orden, que a una conmemoración solemne de la Resurrección del Señor semanal había unido una de la Virgen María, especialmente solemnizada la del Adviento, que naturalmente se identificaba con su Asunción como glorificación plena de María. Por primera vez encontramos esta fiesta celebrada en Oxford en 1387 y en un calendario astronómico de Nicolás de Lynn. Poco a poco va apareciendo en diferentes misales (Londres, 1387-93) y breviarios (Oxford 1375-93) y extendiéndose muy lentamente por el continente. Pero con la difusión del escapulario, catapultada por la famosa Bula del privilegio sabatino, en algunas partes, sobre todo en Inglaterra, se relacionó esta commemoratio solemnis, a partir de la celebración de los beneficios recibidos de su Patrona, -con tal devoción, dando lugar a la solemne conmemoración de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. Su fijación en julio parece depender de la fecha de la última sesión del II Concilio de Lyon, celebrada el diecisiete de julio de 1274, en que se decretó que las órdenes carmelitana y agustina, que corrían peligro de ser suprimidas, permanecieran en su estado mientras no se decretara otra cosa, aunque la aprobación definitiva no llegaría hasta 1298 con Bonifacio VIII Gaetani en 1298.Esta fiesta de acción de gracias a la Virgen se adelantó en el siglo XV al dieciséis de julio. Sixto V Peretti aprobó la fiesta del dieciséis de julio en 1587, y en el Capítulo General carmelitano del 1609, habiéndose preguntado a todos los capitulares qué festividad debía tenerse como titular o patronal de la Orden, todos unánimemente contestaron que ésta, sin duda alguna. A pesar de haberse dictado algunos decretos restringiéndola, esta fiesta, que ya se había difundido por Inglaterra, Italia, España y América, se fue propagando rápidamente en el siglo XVII por el resto de Europa y algunas zonas de Oriente. España fue la primera nación en obtener del papa Clemente X Rezzonico, en 1674, el permiso para celebrar esta festividad en todos los dominios del Rey Católico. A esta petición siguieron otras muchas, hasta que el veinticuatro de septiembre 1726 Benedicto XIII Orsini, tras haberla impuesto el año antes en los Estados Pontificios, la extendía a toda la cristiandad con rito doble mayor y con la misma oración y lecciones para el segundo nocturno que desde el siglo anterior rezaban ya los religiosos carmelitas. En la reforma del Beato Juan XXIII Roncalli de 1960 fue reducida a simple conmemoración, y en el calendario del uso ordinario es memoria libre. También fue introducida en los ritos ambrosiano, caldeo, maronita, mozárabe y greco-albanés (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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