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domingo, 22 de enero de 2023

Un paseo por la calle San Vicente

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle San Vicente, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 22 de enero, Memoria de San Vicente, diácono de Zaragoza y mártir, que durante la persecución bajo el emperador Diocleciano sufrió cárcel, hambre, potro y hierros candentes, hasta que en Valencia, en la Hispania Cartaginense, voló al cielo a recoger el premio del martirio (304)  [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la calle San Vicente, de Sevilla, dando un paseo por ella.  
     La calle San Vicente es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en los Barrios de San Lorenzo, San Vicente, y de la Encarnación-Regina, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de la calle Alfonso XII con la plaza del Museo, a la calle Guadalquivir.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Entre los siglos XIV y XVIII recibió distin­tas denominaciones, según los diferentes tra­mos. La parte inicial, entre la plaza del Museo y las proximidades del convento de San Antonio, era conocida como San Vicente y Ancha de San Vicente, por el templo parroquial del mismo nombre; también Zapatería Vieja, por la abundancia de artesanos de ese gremio. A partir del s. XVI el tramo entre Curtidurías y Santa Ana adquirió el nombre de San Antonio, por el referido convento, y desde ese punto hasta el final el de Santiago de la Espada o Santiago de los Caballeros, también por el convento de ese título ubicado allí desde comienzos del s. XV. Ese último trozo fue conocido también, según el Callejero de Moreno y Gálvez, como Sucia. A fines del s. XVIII todos esos nombres se habían fundido en el de Ancha de San Vicente (plano de Olavide, 1771), que designaba a la totalidad de la calle. 
     Ya en el plano de Sartorius (1848) se designa simplemente como San Vicente, que ha permanecido inalterable hasta nuestros días. Según Álvarez-Benavides, en las proximidades de Santa Ana se llamó Ancha de la Real, por el convento de Santa María la Real, fundado en el s. XV. Santiago Montoto afirma, por su parte, que San Vicente tuvo en algún momento el nombre de Correo Viejo, "por un caballero del apellido Saavedra que fue Correo Mayor y que tuvo su casa en ella". Y un trozo debió llamarse en el XVI de Teba, "por ser su vecino el conde de este título", hecho que no parece cierto, pues ese título tenia su casa en realidad en otra calle próxima. A pesar de esta variedad toponímica, no siempre bien documentada, debió ser el de San Vi­cente el nombre dominante en el uso popular a lo largo de los siglos y de manera prácticamente ininterrumpida, como lo atestigua una abundante documentación.
     Es una calle de bastante longitud, mediana anchura y un trazado rectilíneo que ya puede verse en la planimetría dieciochesca y que, con alguna ligera rectificación de líneas, se ha mantenido hasta hoy. Es una de las vías que cruza longitudinalmente el sector noroccidental del casco histórico. La mayor alteración ha tenido lugar en la zona del antiguo convento de Santiago de la Espada, que en el plano de Olavide aparece con una amplia plaza antepuesta que comunicaba con la muralla y que posteriormente -en la década de 1880- fue cerrada con edificios. La rectitud de la calle se quiebra muy ligeramente con alguna curvatura que se acentúa a partir de la plaza de San Antonio. En San Vicente confluyen, por la derecha, Cardenal Cisneros, plaza de Doña Teresa Enríquez, plaza de San Antonio de Padua y Santa Ana. Por la izquierda, Alfaqueque, plaza de Rull, Imaginero Castillo Lastrucci, Curtidurías, Narciso Bonaplata y Guadalete. Está cruza­da por Baños, Pascual de Gayangos y Juan Rabadán.
     A pesar de la importancia histórica del espacio, no hay muchas noticias sobre el estado de su pavimento y servicios. En 1584 hay una petición de sus vecinos para que se empiedre, y no se adoquina hasta los años 80 del siglo pasado. En la actualidad posee el pavimento asfáltico habitual en el centro de Sevilla, con estrechas aceras de losetas. Se ilumina con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas.
     Su caserío es muy variado y marca muy gráficamente el perfil social y económico de los diferentes sectores de la calle a lo largo del tiempo, aunque en la actualidad estas diferencias se han atenuado en buena medida. En el primer tramo, hasta las inmediaciones de la plaza de San Antonio, abundan todavía  las casas-palacios construidas en el s. XIX por la aristocracia y la burguesía locales, en algunos casos sobre antiguos edificios de la época barroca y dieciochesca. Son casas tradicionales, con bellos patios, cancela y cierros a la calle. A medida que avanza la calle, aumentan las viviendas de pisos, de tres y cuatro alturas, construidas en los solares de las viejas casas unifamiliares, muchas de ellas abandonadas por sus propietarios en las últimas décadas. cuando buena parte de la burguesía sevillana las sustituyó por los pisos de los modernos barrios residenciales. A partir de la plaza de San Antonio el caserío adquiere un tono marcadamente popular, con modestas viviendas unifamiliares, otras de escalera y varios patios de vecindad, buena parte de ellas en ruinas o ya convertidas en solares. Estos contrastes en la calidad de la construcción han hecho históricamente de San Vicente un ejemplo muy gráfico de la estratificación social sevillana, desde la opulencia económica de los habitantes del primer tramo, en su mayoría aristócratas, comerciantes adinerados o altos profesionales liberales (mé­dicos, abogados...), hasta el tono medio del tramo central y la pobreza manifiesta del final. Con mucha gracia, la chispa popular resumió estas diferencias en una particular progresión toponímica que reflejaría el discurrir de la calle: "San Vicente, Don Vicente, Vicente y Vicentillo", y que muchos sevillanos repiten todavía, aunque, como se ha subrayado antes, en la actualidad los perfiles sociales de las diferentes zonas de la calle no aparezcan tan marcados.
     A pesar de los derribos que han tenido lugar en los últimos años, San Vicente con­serva cierta monumentalidad por sus edificios religiosos y por las casas de gran porte que aún se mantienen, en buena medida rehabilitadas o especialmente cuidadas. Bue­na parte de la acera izquierda, en el arranque de la calle, está ocupada por el lateral del palacio de Casa Galindo. Hay varios ejemplares interesantes, como la núm. 26, de dos plantas y portada con molduras quebradas; la 37, construida en 1753 por la Gran Compañía y Carretillas del Muelle y actual sede regional del Partido Socialista Obrero Español, con bello patio y dos retablos de azulejos; la 75, con portada con pilastras toscanas, en proceso de restauración; y el conjunto de casas populares de los núms. 96 al 100, algunas en ruina; una de ellas es un corral de vecinos. De sus abundantes construcciones religiosas desapareció, en la esquina con la plaza del Museo, el convento de la Asunción, pero permanecen aún, en diferentes estados de conservación, otras iglesias y conventos.
      Así la parroquia de San Vicente, construcción de estilo gótico-mudéjar iniciada en la primera mitad del s. XIV y posteriormente ampliada y remodelada. A la calle da la fachada ciega de los pies y la torre. En esta iglesia reciben culto las imágenes titulares de las hermandades de Nuestro Padre Jesús de la Penas, que hace estación penitencial el Lunes Santo, y la del Santísimo Cristo de las Siete Palabras, el Miércoles Santo. En la misma acera se halla el convento de Santa María La Real, fundado en el s. XVI por monjas dominicas y hoy ocupado por frailes de la misma orden. Tras la Revolución de 1868 sufrió grandes desperfectos y fue convertido en centro de reu­niones políticas. Su fachada, del s. XVII es obra del arquitecto Juan de Segarra. En la acera izquierda se halla la iglesia del convento franciscano de San Antonio, obra del s. XVII. Sufrió alteraciones durante la ocupación francesa, y tras la exclaustración gene­ral de 1835 se convirtió en cuartel y fue parcialmente destinado a usos fabriles. A principios del XX volvieron los frailes. En la igle­sia, obra del arquitecto Diego López  Bueno, reciben culto los titulares de la Hermandad del Cristo del Buen Fin, que hace estación de penitencia el Miércoles Santo. Al final de la calle, en la acera derecha, se conserva par­te del antiguo convento de Santiago de la Espada construido a comienzos del s. XV por la orden santiaguista. Su iglesia, de una sola nave, sufrió graves desperfectos en un incendio en 1772. El edificio fue parcialmente destruido durante la ocupación francesa. Tras la exclaustración de 1835, fue corral de vecinos y cuartel, hasta 1893, en que lo ocupó la comunidad de monjas mercedarias de la Asunción, que tiene allí un colegio. En su iglesia fue sepultado el humanista del s. XVI Arias Montano, prior de esa casa.
     Siempre fue San Vicente una de las más importantes calles de Sevilla, significada desde la Edad Media por ser asentamiento de familias de la nobleza, especialmente en la zona próxima a la antigua Armas (actual Al­fonso XII), otro enclave nobiliario de la ciudad. El historiador Peraza la describe como
"la más principal calle que hubo en Sevilla", también por sus edificios nobles y sus conventos. Ese carácter residencial y aristocrático del primer tramo está recogido en un bando municipal de 1765, donde se dice gráficamente que en esa calle "no ay pobres sino a muy raro", y se refleja también en los textos literarios del XX. Así Chaves Nogales habla de "las graciosas mansiones de la aristocracia sevillana" (La ciudad). Y Joaquín Romero Murube destaca su peculiar sonori­dad, que "tal vez proceda de los ricos mármoles, amplios zaguanes, preciosos patios que la enriquecen . Sí, gran calle entre las de Sevilla, que un azar venturoso la ha conservado en su clara, transparente, pulida clasitud, sin groserías arquitectónicas, sin desafueros ornamentales del quiero y no puedo..." ("Pasatiempo de las calles", ABC, Sevilla, 3-IV-1957).
     Pero a lo largo del tiempo la calle se caracterizó también por la abundancia de sus artesanos, entre ellos los del calzado, y por los usos industriales y fabriles que adquirió en la segunda mitad del XIX, en especial a partir de la plaza de San Antonio. Ha­bía varios hornos de ladrillos y fábricas de jabón y almidón. Junto al convento franciscano, y en terrenos que habían pertenecido al mismo, abrió su fundición de hierro el in­dustrial Narciso Bonaplata, uno de los impulsores de la Feria de Abril. En ella se fundió el herraje del Puente de Triana. Su demolición dio lugar a varias calles nuevas (Narciso Bonaplata, Capitán Pérez de Sevilla, Cristo del Buen Fin...). También se ubicó en la calle la fundición de Pérez Hermanos.
     En la actualidad San Vicente cumple funciones preferentemente residenciales. Ha disminuido el número de profesionales (médicos, sobre todo, y abogados) que abren en ella sus consultas y despachos y que años atrás daban especial carácter a este espacio. Abundan los centros de enseñanza, como el de las Salesianas y el de las Mercedarias, y no han desaparecido del todo los pequeños talleres artesanales (encuadernación, tapicería, fontanería...) y comercios de comestibles de tono familiar. Se advierte, sin embargo, cierta degradación en algunos edificios y una nota de incomodidad para el peatón, debido a las estrechas aceras, a los aparcamientos y al intenso tráfico que la calle soporta, sobre todo en el primer tramo, que recoge los vehículos procedentes de la zona del Duque.
     En el s. XV se situaba en la calle el Hospital de San Sebastián, y más tarde el de San Pedro y San Pablo, en cuyos terrenos se alzó el convento de San Antonio. A mediados del XIX se celebraba en San Vicente la llamada Velada de San Antonio y San Lorenzo. En una de sus casas vivió algún tiempo y orga­nizó tertulias el duque de Rivas. Y en otra próxima al convento de Santa María la Real sitúa el novelista Manuel Halcón un pintoresco episodio de duendes a cuenta del poeta Fernando Villalón (Recuerdos de Fernando Villalón). Hasta hace pocos años existió en la calle una sala de cine, que en algún momento se habilitó también como teatro [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
San Vicente, 3. Casa del siglo XVIII, de dos plantas y ático con vanos de medio pun­to, con claves decoradas, separados por pilastras pareadas.
San Vicente, 26. Casa de dos plantas, con portada decorada con molduras quebradas, al igual que el balcón, que está rematado por un frontón partido.
San Vicente, 37. Casa de dos plantas que, según reza la lápida conmemorativa existente en el zaguán, fue construida por la Gran Compañía y Carretillas del Muelle, en 1753. El patio consta de dos plantas. La inferior con arcos semicirculares que apean sobre columnas toscanas con cimacios. La planta superior repite la misma or­ganización, pero las arquerías son ciegas y cada una de ellas alberga un balcón rematado por frontón triangular. En este patio se conservan dos retablos con azulejos de la Inmaculada y un Corazón  con  corona de espinas; asimismo, un cipo romano, procedente del solar del Cine Imperial.
San Vicente, 48. En esta casa existe una interesante cancela flanqueada por columnas que da paso a un patio con arquerías en tres de sus frentes.
San Vicente, 62. Portada del compás de Santa María la Real, con jambas molduradas sobre medias pilastras toscanas, rematadas por un frontón partido para albergar un escudo de castillos y leones.
San Vicente, 69. Casa de dos plantas, cuyo patio posee arquerías en ambas plantas, las de la inferior con columnas corintias y cimacios.
San Vicente, 75. Casa de dos plantas, con portada flanqueada por pilastras toscanas, que sostienen un entablamento con friso de triglifos y metopas.
San Vicente, 96 a 100. Casas de dos plantas, de tipo popular [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Vicente, diácono y mártir;
LEYENDA
   Diácono español nacido en Zaragoza, Aragón, quien habría sido martirizado en Valencia en el año 304, durante la persecución de Diocleciano.
   Su Pasión, popularizada por san Agustín y por su compatriota el poeta español Prudencio, es sólo un tratamiento retórico desprovisto de todo fundamento documental, una trama de tópicos hagiográficos.
   Para castigarlo por haber asumido la defensa de su obispo Valerio, el procónsul Daciano lo hizo flagelar sobre un potro de tormento, desgarrar con garfios de hierro sobre una cruz de san Andrés y por último asar sobre una parrilla, a la manera del diácono romano san Lorenzo, con este agravante: las barras de la parrilla eran hojas de sierra, y los verdugos espolvoreaban sal sobre las heridas del santo para que las quemaduras le doliesen más. De acuerdo con su panegirista Prudencio, san Vicente de Zaragoza tenía tal sed de martirio, que se lanzó él mismo sobre el lecho de hierro incandescente. Pero su cuerpo no se asó. De acuerdo con san Agustín, debía creerse que las llamas, en lugar de quemarlo, lo endurecían, a la manera en que una masa de arcilla se convierte en un ladrillo refractario.
   En medio de sus tormentos, san Vicente desafiaba a su perseguidor: «Lo que te esfuerzas en destruir es un cacharro de arcilla destinado a ser roto; pero no desgarrarás nunca lo que tiene en su interior, el alma sólo someti­da a Dios».
   Est alter, est intrinsecus, 
   Violare quem nemo potest
   Solique subjectus Deo.
   De vuelto a la cárcel, los verdugos lo acostaron sobre un lecho de escombros de arcilla, para que no pudiese descansar.
   En la hoguera, finalmente sucumbió. Pero su Passion prosiguió aún después de su muerte.
   El cadáver de san Vicente, privado de los honores de la sepultura, fue arrojado a las bestias carroñeras, pero un cuervo gigantesco cegó a los lobos y aves de presa que se disponían a devorarlo.
   Entonces Daciano lo hizo coser a una piel de buey y arrojar al mar, en la playa de Valencia, con una piedra de molino sujeta al cuello, para que lo de­vorasen los peces.
   Pero el cuerpo permaneció en la superficie del agua, como si la piedra de molino se hubiese convertido en una boya de corcho, y pudo flotar hasta la orilla donde lo recogieron cristianos que le dieron sepultura.
   El origen de todos estos detalles horripilantes o pictóricos es fácil de determinar: la parrilla es, evidentemente, una copia del arsenal empleado en el suplicio del diácono romano san Lorenzo; en cuanto a la muela que se niega a hundirse y a la protección de los despojos de un mártir por un ave, son temas corrientes de la hagiografía popular, donde pueden encontrarse otros ejemplos, como las leyendas de san Floriano de Lors, de san Antolín de Pamiers y de san Estanislao de Cracovia.
CULTO
   La universal popularidad de este diácono aragonés, quien habría podido permanecer como un santo local, y que compite con otros dos diáconos del martirologio: san Esteban y san Lorenzo, tiene con qué sorprender. En primer lugar, tal popularidad se explica por la virtud de su nombre de pila, interpretado como símbolo de victoria; y también por las traslaciones de sus reliquias (o de las pertenecientes a sus numerosos homónimos).
   Para san Agustín y el poeta Prudencia, Vincentius es sinómino de vencedor, de victorioso: «Ha vencido en medio de los tormentos; ha vencido cuando estaba muerto, antes y después de su defunción». Los hagiógrafos han encontrado argumentos para desarrollar el fácil tema de «Vicente  el Invencible».
Lugares de culto
   San Vicente había sido inhumado en Valencia. Pero allí fue eclipsado más tarde por otro homónimo, san Vicente Ferrer, quizá porque sus reliquias estaban en otros lugares. Se creía poseer su cuerpo, del cual había tres ejemplares: uno en Gaeta (o Cortona), Italia, el segundo en la abadía francesa de Saint Benoît de Castres, a donde la traslación tuvo lugar en 855, y el tercero en Lisboa, Portugal, a donde las reliquias del santo habrían sido trasladadas en el siglo XII, en 1173.
   Para acreditar esta tercera traslación, se contaba que el cuerpo de san Vicente, amenazado por la aproximación de los moros, fue embarcado en  Valencia en un navío que zozobró al sur de Portugal, cerca del sagrado promontorio del Algarve, que luego se llamó cabo San Vicente, y que los cuervos, graznando de aflicción, acompañaron los restos del santo, hasta la catedral de Lisboa. Después de este acontecimiento la ciudad de Lisboa adoptó como blasón un navío que lleva en el mástil la imagen de san Vicente con dos cuervos posados, uno en proa, otro en popa. La capital portuguesa mantuvo a dos cuer­vos, igual que Roma una loba y Berna un oso.
   Además de los tres cuerpos enteros de Gaeta, Castres y Lisboa, se consideraba que diversos fragmentos de reliquias del santo diácono pertenecían a otros santuarios. En 542, el rey Childeberto, después de arrebatar la ciudad de Zaragoza a los visigodos, llevó a París el brazo derecho y la estola de san Vicente, y para proteger dichas reliquias hizo edificar un monasterio que más tarde adoptó el nombre de Saint Germain des Prés. El corazón del santo, conservado en un relicario en Dun le Roi, en Berry, fue incinerado por los hu­gonotes en 1562.
   Así se explica la extensión del culto de san Vicente, cuyos principales cen­tros estaban en España: Zaragoza, Valencia y Ávila; en Portugal: Lisboa; en Italia: Milán, y Gaeta (o Cortona); en Suiza: la catedral de Basilea y la co­legiata de Berna.
   En Francia, además de Castres y París, las abadías benedictinas de Laon, Senlis y Metz, las catedrales de Maçon, Chalon sur Saône, Agen, Grenoble y Viviers, más una iglesia parroquial de Ruán se reclamaban puestas bajo la advocación de san Vicente.
Patronazgos
   Si san Vicente es el patrón de los navegantes en Portugal. en Francia está especializado en la protección de los viticultores, a quienes se suman los comerciantes en vinos y los vinagreros. Nada en la leyenda del santo justifica este patronazgo, al que han intentado procurarse diversas explicaciones: si la fecha de su fiesta, fijada el 22 de enero, no corresponde al tiempo de vendimia, sin embargo corresponde a un momento crítico en el cultivo de la vid. Dom Guéranger ofrece una explicación litúrgica: el diácono de Zaragoza ha­bría sido elegido patrón por los viticultore s a causa «del papel que el diácono asume en el sacrificio de la misa: es él quien vierte el vino que pronto se convertirá en sangre de Cristo».
   La interpretación, más naturalista, del erudito jesuita Cahier tiene mayores posibilidades de resultar la verdadera: se trataría de un juego de palabras con el nombre Vicente cuya primera sílaba es vino' y su segunda sang (sangre).
   En el espíritu de los iletrados el nombre del santo de Zaragoza no evocaba la idea de victoria sino la de vino, la sangre de la vid. 
 No hizo falta más para que los viticultores de Borgoña y Champaña lo considerasen uno de los suyos. En Chablis existía una cofradía de san Vicente (saint Vincent). Según los refranes populares, cuando el sol brilla el día de su fiesta, que era el elegido para la poda de invierno de los vidueños (corte de los sarmientos), se llegaba a la conclusión que la vendimia de ese año sería abundante.
   A la Saint Vincent
   Le vin monte au sarment
   (En SanVicente, / Al sarmiento el vino asciende)
   Saint Vincent clair et beau
   Met du vin au tonneau.
   (San Vicente guapo y fiel / Ponme vino en el tonel).
   E incluso:
   Prens garde au jour de Saint Vincent.
   Car si ce jour tu vois et sens
   Que le soleil est clair et beau,
   Nous aurons plus de vin que d'eau
   (Atención al día de San Vicente: / Si en esa fecha puedes ver y sientes / Que hay cielo soleado y cristalino, / Tendremos, antes que agua, mucho vino).
   Cuando iban a ofrecer un panecillo dorado, una brioche, a su santo patrón, acompañado por una ampolla de vino, los viticultores de Seine et Marne acos­tumbraban cantar:
   Saint Vincent, notre patron, 
   Protégez nos burgeons
   Des brouillards et des glaçons.
   (San Vicente, patrón nuestro, / Protege los brotes tiernos / De la niebla y del hielo).
   El mártir también era reivindicado por la corporación de los fabricantes de tejas y techadores, porque lo habrían acostado sobre un lecho de cascos de cerá­mica.
ICONOGRAFÍA
   San Vicente está representado como un joven diácono o «levita», de igual manera que san Esteban y san Lorenzo. Está vestido con una dalmática.
   Sus atributos son una muela de molino y una parrilla, instrumentos de su Pasión. La parrilla de san Vicente se diferencia de la de san Lorenzo, porque la del primero está erizada de puntas de clavos. La piedra de molino es un atributo que comparte con san Quirino, san Víctor de Marsella y santa Cristina. El cuervo que defiende su cadáver contra las bestias salvajes también está representado en su escudo de armas.
   En su calidad de santo patrón de los navegantes, sostiene la maqueta de un barco. A título de patrón de los viticultores, sostiene un racimo de uvas.
   En la imaginería popular se lo ve enseñar a los viticultores el arte de cultivar la vid, desde la labranza, poda, floración, hasta la vendimia. «He aquí -les dice- la manera de poder llenar vuestras bodegas.» A veces sostiene unas tijeras o una podadera. Su mano protectora se apoya sobre un cuévano re­pleto de racimos o sobre un tonel de vino (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Vicente, diácono y mártir, a quien está dedicado esta calle;
     San Vicente (?, f. s. III – Valencia, p. t. s. IV). Diácono, mártir, santo.
     La figura de este santo, diácono del obispo Valero, es conocida por una passio compuesta a finales del siglo IV, pero que, a pesar de su antigüedad, no tiene un gran valor histórico. De estas actas depende el quinto himno del Peristephanon del poeta Prudencio, compuesto entre los años 398-405. En resumen, estos escritos presentan a Vicente como diácono del obispo Valero de Zaragoza, detenido junto con él en la persecución de Diocleciano, el año 303. Llevado con su obispo a Valencia, es cruelmente torturado por el gobernador Daciano, muriendo en la cárcel a consecuencia de los tormentos. Reelaboraciones y amplificaciones posteriores de estos datos lo harán natural de Huesca.
     La figura del mártir gozó pronto de una extraordinaria popularidad, debida sin duda al valor literario, que no histórico, de la passio. San Agustín de Hipona (354-430) lo recuerda en varios de sus sermones y por las mismas fechas lo ensalza san Paulino de Nola.
     Muchas iglesias, que se disputaban sus reliquias, fueron dedicadas a este santo. Su fiesta se celebra el 22 de enero (Miguel C. Vivancos Gómez, OSB, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle San Vicente, al detalle:
Palacio de Casa Galindo
Edificio San Vicente, 3. 
Edificio San Vicente, 26. 
Retablo cerámico de Ntra. Sra. del Rosario, en San Vicente, 36.
Casa Gran Compañía y Carretillas del Muelle (actual sede PSOE-A), en San Vicente, 37. 
Edificio San Vicente, 48. 
Portada compás Monasterio Santa María la Real, en San Vicente, 62. 
Edificio San Vicente, 69. 
Edificio San Vicente, 75. 
     Retablo cerámico de San Antonio de Padua
     Retablo cerámico de la Hermandad del Buen Fin
Colegio de María Auxiliadora
     Relieve de María Auxiliadora
Edificio San Vicente, 96 a 100. 

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