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viernes, 24 de octubre de 2025

Un paseo por la calle San Antonio María Claret

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle San Antonio María Claret, de Sevilla, dando un paseo por ella.    
     Hoy, 24 de octubre, Memoria de San Antonio María Claret, obispo, que, ordenado presbítero, durante varios años se dedicó a predicar al pueblo por las comarcas de Cataluña, en España. Fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María y, ordenado obispo de Santiago de Cuba, trabajó de modo admirable por el bien de las almas. Habiendo regresado a España, tuvo que soportar muchas pruebas por causa de la Iglesia, y murió desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, cerca de Narbona, en el mediodía de Francia (1870) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la calle San Antonio María Claret, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle San Antonio María Claret es en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera, y va de la calle Tramontana, a la avenida Padre García Tejero.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. 
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Rotulada en 1958 en recuerdo de este arzobispo (1807- 1870), escritor religioso y confesor de Isabel II, fundador de la Congregación de Misioneros del Inmaculado Corazón de María, cuyo colegio se sitúa en terrenos colindantes con esta calle, lo que explica su denominación. Hasta entonces se conocía como calle C de la barriada. Trazada en los años cincuenta, al urbanizarse en forma de ciudad jardín una parte de la zona donde se asentó la Exposición Iberoamericana de 1929, es de configuración recta. Está atravesada perpendicularmente por Torcuato Luca de Tena, y en su lado de los impares terminan Alisios y  Padre Mediavi­lla. Asfaltada y con acerado de cemento, está flanqueada por viviendas unifamiliares exentas, de dos plantas, con diversa tipología, pero todas ellas de una gran calidad de construcción y de vida: con ajardinamiento y verja de cerramiento como nota unificadora. El lado de los pares, a partir del cruce con Torcuato Luca de Tena, está ocupado en toda su extensión por la tapia del campo de deportes del Colegio Claret, y por un edificio en ladrillo visto perteneciente a este mismo centro. Su tramo final, en el lado de los impares, está formado por la fachada lateral de una residencia de pensionistas, que tiene su entrada principal por Padre Mediavilla: un edificio de cinco plantas con fachada de color blanco, rodeado de zona peatonal y ajardinada, y unos bloques exentos de vi­viendas de doce plantas, con terrazas y fachadas en ladrillo visto, rodeados de ajardinamiento y verja de separación del acerado. El alumbrado tiene como soporte farolas de pie, y el arbolado lo integran naranjos y, al final, catalpas [Margarita Serrano Soria, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de San Antonio María Claret, obispo;
     San Antonio María Claret, (Sallent, Barcelona, 23 de diciembre de 1807 – Fontfroide, Francia, 24 de octubre de 1870). Misionero, escritor, fundador, arzobispo, confesor de Isabel II, santo.
     Nació en una familia de honda fe cristiana y fue el quinto de once hijos de Juan Claret y su consorte Josefa Clará. En el bautismo se le impuso el nombre de Antonio, pero en 1850, al ser consagrado obispo, añadiría a ese nombre el de María, porque —decía— “María Santísima es mi madre, mi madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”.
     Ya desde su niñez bebió y respiró la piedad y mostró inteligencia despierta y buen corazón. A los cinco años, en lugar de dormir, pensaba en la eternidad: en la gloria de los que se salvan y en la desdicha de los que se condenan, y deseaba salvar a los pecadores de una eternidad desgraciada. Esta idea —decía— “es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”.
     Mientras la Guerra de la Independencia saturaba de patriotismo el ambiente, Antonio recibió una buena formación religiosa en el hogar, la escuela y la iglesia, ayudado por excelentes maestros. Ellos hicieron crecer en él los sentimientos de fe y caridad que marcaron su existencia. Dos grandes devociones marcaron su infancia abierta al mundo y a las cosas de Dios: la Eucaristía y la Virgen. Ya entonces se abrió paso en su mente una ilusión y un ideal fascinantes: ser sacerdote y apóstol, pero ésa sería una empresa difícil.
     Cumplidos los doce años (1818) y concluidos los estudios primarios, su padre le mandó que le ayudara en el taller de hilados y tejidos de algodón que tenía en su propia casa, y Antonio reveló bien pronto su talento, afición y destreza en el oficio.
     A los diecisiete años (1825), con el fin de perfeccionarse en ese oficio, pidió a su padre que le dejara ir a Barcelona, que era un punto de atracción para numerosos jóvenes. Allí se matriculó en la Lonja y estudió Gramática castellana y francesa, trabajando de día y estudiando de noche. Su afición, talento y tesón eran grandes y se convirtió en un técnico y un maestro en el arte textil. Seguía siendo un buen cristiano, pero su corazón se apegó tanto al trabajo que no le dejaba vivir ni rezar. En esa época —confiesa— “me enfrié mucho en el fervor que tenía cuando estaba en mi pueblo” y “durante la misa tenía más máquinas en la cabeza que santos había en el altar”. Su fama se propagó en la ciudad y algunos empresarios, admirados de su competencia, le propusieron fundar una compañía textil de la que Claret sería el jefe y director técnico. Pero él rechazó la propuesta aduciendo dos pretextos: su corta edad y su baja estatura. La razón última la dará más tarde: “Dios le quería eclesiástico y no fabricante”. Tres episodios le golpearon en esa época. Un día, en la playa de la Barceloneta, una ola gigantesca lo arrastró mar adentro y, no sabiendo nadar, estuvo a punto de morir ahogado, y, habiendo invocado a la Virgen, sin saber cómo, se vio en la orilla, sano y salvo y con la ropa totalmente seca. Un falso amigo, con quien jugaba a la lotería, tras haber ganado una fuerte suma de dinero, se lo robó todo para jugárselo y, cuando lo perdió, robó unas joyas de valor que también perdió en el juego. Siguiendo el rastro de las joyas, la policía lo detuvo y lo encarceló; y muchos pensaron que también Claret era cómplice de esas fechorías. Otro día fue a visitar a un amigo, que estaba ausente, y la dueña de la casa lo acosó e intentó detenerle, pero él se deshizo de aquella mujer y no volvió jamás a aquel lugar. Estas experiencias crearon en su corazón una gran decepción por las cosas del mundo, las amistades y las riquezas.
     Más tarde, durante la misa, evocó esta frase del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Esta sentencia fue una saeta que le hirió el corazón y la pasión por los telares se fue apagando. Antonio expuso su situación con un sacerdote de san Felipe Neri, quien le oyó, celebró su resolución y le aconsejó que estudiara latín.
     El joven tomó la decisión de hacerse cartujo y así se lo comunicó a su padre, quien le dijo que prefería que fuera sacerdote secular. Al enterarse el obispo de Vic, quiso conocerlo. Antonio, a sus veintiún años, estaba decidido a ser sacerdote y con esa edad entró en el seminario (1829).
     En Vic fue seminarista externo, viviendo como fámulo en la casa del sacerdote Fortián Bres, mayordomo del obispo. Antonio destacó enseguida por su aplicación al estudio y, sobre todo, por su piedad.
     Bajo la dirección del padre Pedro Bach, reincidió en la idea de hacerse cartujo y se marchó al monasterio de Montealegre; pero en el camino le sorprendió un fuerte aguacero y le dio una sofocación. Al comprobar que su salud era frágil, comprendió que Dios no le quería monje cartujo y regresó a Vic.
     El ambiente del seminario era excelente y la formación sólida y esmerada. El fervor fue en aumento y, con él, también su progreso espiritual. Claret leía y meditaba con fruición la Palabra de Dios y oraba intensamente.
     Y esa rica experiencia le fue impulsando de forma irresistible a buscar el camino de las misiones.
     A los veintisiete años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Juan José Tejada, le ordenó de presbítero y su primer destino fue la parroquia de su villa natal (1835-1839).
     La situación política española era complicada tras la muerte de Fernando VII. Los liberales se hicieron con el poder (1835) y con él llegó la quema de conventos y la matanza de los frailes, la exclaustración de los religiosos y la desamortización de Mendizábal.
     Contra ese desorden se levantaron las provincias de Navarra, Cataluña y el País Vasco, estallando la guerra civil entre carlistas e isabelinos. Pero Claret no era un político, sino un apóstol, y con intrépida fortaleza se entregó en cuerpo y alma a su ministerio. Su acción pastoral fue intensa y su caridad sin confines. Esa experiencia le llevó a descubrir horizontes más amplios para dar pábulo a sus ansias misioneras. Tras haberlo consultado, decidió ir a Roma a presentarse a Propaganda Fide para ser enviado a predicar el Evangelio a cualquier parte del mundo.
     A sus treinta y un años (septiembre de 1839), a pie, sin dinero y con un pobre hatillo, emprendió viaje hacia lo desconocido. Atravesó los Pirineos, llegó a Marsella y allí tomó un vapor hasta Civitavecchia y luego una diligencia que le llevó a Roma. En la ciudad eterna iba a encontrar su primer fracaso: la ausencia del cardenal Franzoni, que quebró de golpe su sueño misionero.
     Claret, sin el menor desánimo, aprovechó la ocasión para hacer ejercicios espirituales con un padre jesuita y éste le invitó a pedir el ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús. En el noviciado todo era paz, alegría y fervor; pero a los pocos meses (febrero de 1840), “a causa de las muchas lluvias y humedades de aquel año”, le sobrevino un fuerte dolor reumático en la pierna derecha, que casi le dejó paralizado y los médicos temieron la parálisis total. Al fin vio claro que Dios no le quería ni misionero ad gentes ni jesuita. Habían pasado cuatro meses, en los que hizo acopio de grandes experiencias, y, al final, aconsejado por el padre general, tuvo que abandonar el noviciado.
     Al regresar a España, fue destinado como coadjutor a Viladrau, en la provincia de Gerona. En ese pueblo se dedicó con entusiasmo al ministerio sagrado; pero la falta de médicos, que habían huido a causa de la guerra, le obligaron a ejercer la medicina. A su casa llegaban todos los días muchos enfermos del pueblo y de la comarca, a quienes curaba con hierbas y oraciones, logrando aliviar sus dolores. Luego emprendió con ahínco su ministerio de predicador; y sucedía que, cuando se ausentaba, muchos enfermos fallecían y, al regresar, la gente le recriminaba su modo de proceder.
     En esta posición incómoda, se percató de que no había nacido para ser médico o curandero. Su vocación eran las misiones: sería un evangelizador itinerante. Expuso la cuestión al prelado y éste le destinó a la predicación, urgente en aquella época en la que el liberalismo minaba la fe y cortaba las alas a la esperanza.
     A sus treinta y tres años, en julio de 1841, recibió de Roma el título de “misionero apostólico”, que le destinaba al anuncio del Evangelio al estilo de los apóstoles.
     Desde entonces su único oficio sería misionar. La ciudad de Vic se convertiría en su cuartel general y su centro de irradiación para todo el Principado catalán.
     Siempre a pie, con un mapa de Cataluña forrado de lienzo, un simple hatillo y un breviario, caminaba con paso ligero con lluvias y nieves o con soles abrasadores.
     Se juntaba con arrieros y otra gente y les iba explicando la doctrina cristiana, y muchos se convertían.
     En sus misiones, las catedrales y las iglesias de muchos lugares reventaban de gente cuando predicaba el padre Claret. De él corrían de boca hechos prodigiosos, pero sobre todo se comentaban sus grandes virtudes y la fuerza de su palabra arrebatadora. No le faltaron enemigos que le calumniaron y obstaculizaron su labor misionera; pero su temple de acero todo lo resistía con gran serenidad y paciencia.
     Del joven misionero decía un testigo: “Su conducta privada es intachable, sus costumbres edificantes, sus obras conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés completo [...] La vida penitente, mortificada, laboriosa es de un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos; lo sabe y lo publica la gente en Cataluña y aun en otras provincias”. Así cobró renombre y fama de predicador infatigable. Sus sermones tenían la marca de la misericordia: “Poco terror, suavidad en todo”.
     Además de las misiones, el padre Claret predicaba ejercicios espirituales al clero y a las religiosas. Todos los que le conocieron afirmaban que era un hombre incansable. Cuando alguien le invitaba a detenerse un poco porque estaba sudando, él respondía con aire festivo: “Yo soy como los perros, que sacan la lengua, pero nunca se cansan”.
     Buen escrutador de los signos de los tiempos, al ir misionado, captó el delirio de la gente por la lectura y su enorme eficacia: “Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta —decía—, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella”. “No todos pueden escuchar sermones... pero todos pueden leer.” A lo largo de su vida escribió alrededor de veinte mil páginas. Entre sus obras destacan: los Avisos (a toda clase de personas), el Camino recto (1843) —el libro de piedad más leído del siglo XIX—, el Catecismo explicado (1848), El colegial instruido (1860-1861) y su Autobiografía (1861-1862).
     Convencido de que “los libros son la comida del alma” y “la mejor limosna que se puede hacer”, en 1847, junto con sus amigos José Caixal y Antonio Palau, fundó la Librería Religiosa, una editorial de gran alcance y prestigio, que difundió decenas de miles de libros, opúsculos y hojas volantes.
     Pero Claret no era sólo predicador y escritor; era también un gran propagandista de objetos piadosos y formativos: rosarios, medallas, libros, folletos y hojas sueltas. Jamás cobraba nada por la edición y venta de sus libros; al contrario, invertía en ello conspicuas sumas de dinero, procedentes en parte de los donativos que recibía de personas de bien a quienes implicaba en la obra de difusión de la verdad evangélica.
     En 1847 escribió los estatutos de la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad, compuesta por sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, y destinada al apostolado directo en el campo religioso, social, de propaganda, etc. Esta iniciativa daría origen a los seglares claretianos, empeñados en la difusión de la verdad en la Iglesia en el mundo.
     La rebelión de los “matinés” o madrugadores en 1847 frenó las misiones de Claret en Cataluña, pero la Providencia vino en su ayuda. El obispo de Canarias, Buenaventura Codina, le invitó a misionar en su diócesis, y el 6 de marzo de 1848 salía del puerto de Cádiz hacia las islas afortunadas. Tenía cuarenta años y estaba pletórico de energías para afrontar cualquier tipo de trabajo. Su voz mansa y firme resonó en aquellas islas, desde Gran Canaria hasta Lanzarote, y el milagro de Cataluña se volvió a repetir. Se vio obligado a predicar en las calles, en las plazas y en el campo, entre multitudes que lo acosaban por todas partes. Allí tuvo una grave pulmonía, pero no cesó de trabajar. A petición del obispo, sacó tiempo incluso para escribir un precioso Catecismo brevísimo con los rudimentos de la doctrina cristiana (1848). En menos de quince meses de misión (marzo de 1848- mayo de 1849) dejó tras de sí un dulce aroma de santidad, que aún perdura, y además conversiones, profecías y prodigios sin cuento. Los canarios despidieron al “Padrito” con lágrimas en los ojos y añoranza en el corazón; y también él dejó un hermoso testimonio de su amor agradecido: “Estos canarios me han robado el corazón”. En los primeros días de mayo de 1849 regresaba a la Península en el vapor Magdalena.
     La experiencia canaria marcó un hito en la vida misionera de Claret. Allí había visto la gran escasez de evangelizadores y el hambre de la gente por oír la palabra evangélica. Inspirado por el Señor, decidió crear un instituto misionero; y el 16 de julio de 1849, a las tres de la tarde, en una celda del seminario de Vic, fundaba la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María con cinco jóvenes sacerdotes, cuya edad oscilaba entre los veintisiete y los treinta y siete años: Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. Todos tenían el mismo espíritu del que él se sentía animado: “Hoy comienza una gran obra” —dijo el fundador—; y quiso que los misioneros “fuesen y se llamasen Hijos del Corazón de María” y que, centrados en Jesucristo, ardieran en caridad y abrasaran por donde pasaran, trabajando, sufriendo y procurando siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo. Hoy más de tres mil miembros realizan su labor evangelizadora y de promoción social en sesenta y cinco países de los cinco continentes.
     En esta misma época daría origen también a una institución que entonces parecía revolucionaria: las Religiosas en sus casas o las hijas del Inmaculado Corazón de María, mujeres consagradas en el mundo para ser “levadura de sabiduría” bajo el estímulo y el amparo de la Virgen en su doble dimensión contemplativa y activa.
     Con el tiempo (1943) se convirtieron en el floreciente instituto secular Filiación Cordimariana. A sus cuarenta y dos años (1849), un evento insospechado puso en peligro la pervivencia de la congregación recién fundada. El padre Claret recibió con gran sorpresa el nombramiento de arzobispo de Santiago de Cuba (territorio perteneciente a la Corona de España). Sus reiteradas renuncias fueron inútiles, y, al fin, en el mes de octubre, se vio obligado a aceptar. Sólo la obediencia le pudo doblegar, “pero en el supuesto —decía— de que pudiera así dar más pábulo a la caridad, al amor a Dios y a mis prójimos en que quiero abrasarme”. El 6 de octubre de 1850 fue consagrado por el obispo Casadevall en la catedral de Vic, y antes de embarcarse, viajó a Madrid para recibir el palio de manos del nuncio Brunelli.
     La despedida en Barcelona (28 de diciembre) resultó apoteósica: un inmenso gentío se congregó en el muelle para desearle un viaje feliz. En la travesía aprovechó la oportunidad para dar una misión a bordo a los pasajeros, a los oficiales y a la tripulación.
     El 16 de febrero de 1851 desembarcaba en Santiago de Cuba, donde le esperaban seis años (1851-1857) de muchas alegrías y de fatigas, trabajando sin cesar, misionando y sembrando el amor y la paz en aquella tierra en la que la discriminación racial y la injusticia social reinaban por doquier. La diócesis necesitaba la guía de un pastor, desde que el arzobispo Alameda (futuro cardenal de Toledo) se ausentó hacía catorce años (1837).
     Claret fue un arzobispo misionero por excelencia. Renovó y promovió todos los aspectos de la vida eclesial y social: clero, seminario, educación de niños, jóvenes y adultos. Allí la esclavitud, oficialmente abolida, seguía en todo su auge; y él se enfrentó a los capataces, arrancándoles el látigo de las manos y exclamando: “blancos y negros, todos somos iguales a los ojos de Dios”. Allí, el arzobispo libró una larga y dura batalla en defensa de los más necesitados de justicia y dignidad.
     Con su capacidad de inventiva y organización y su gran sentido práctico, unido a un dinamismo arrollador, regeneró toda la diócesis. Fundó instituciones religiosas y sociales para niños y mayores, creó escuelas técnicas y agrícolas, construyó centros de acogida y de enseñanza para niños y ancianos. Visitó tres veces su inmensa diócesis. Lo hizo casi siempre a pie, o a lomo de mula para salvar las distancias. “En sus excursiones —decía un periodista— no le detiene ni el sol, ni el agua, ni la hora, ni la distancia, ni ninguna otra cosa semejante.” Con energía y prudencia logró la reforma del clero, que había perdido el fervor primero y se hallaba en una penosa situación material, científica y moral, y el seminario, en el que hacía más de treinta años que no se ordenaba ni un solo sacerdote.
     Para los campesinos pobres, artesanos y pequeños propietarios, dio vida a una institución genial: las Cajas de Ahorros, que implantó en todas las parroquias.
     En las cárceles, para los presos, puso escuelas y talleres de artes y oficios, “porque la experiencia enseñaba —decía— que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”.
     En orden a la promoción económico-social, con sus propios ahorros creó en Puerto Príncipe la Casa de Caridad o Granja Agrícola (1855) para viejos pobres y niños abandonados. Era escuela, hogar y taller. Todo ello lo costeaba él.
     Para la educación de la niñez y de la juventud, fundó con la madre María Antonia París en 1855 el Instituto de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, que, en número de 650, fieles a su lema de “enseñar a toda criatura la ley santa del Señor”, actúan en varios continentes.
     “El Señor —decía— me ha dado un amor entrañable a los pobres”; y ellos eran el objeto de sus preferencias.
     En este campo, su labor se orientó en tres direcciones: ayuda material inmediata, promoción formativa y económica y acción evangelizadora. Para los campesinos escribió el precioso librito formativo titulado Las delicias del campo (1855).
     La tarea fue dura y también la persecución. Los políticos y los corruptos se unieron para perseguir al arzobispo combativo que daba la vida por defender a los explotados y a los oprimidos. El 1 de febrero de 1856 sufrió un atentado sangriento en Holguín. Al salir de la iglesia, donde había predicado un fervoroso sermón, un sicario de origen tinerfeño, Antonio Abad Torres, al que había sacado poco antes de la cárcel, le agredió sin piedad.
     Al anochecer, cerca de la iglesia, intentó degollarle con una navaja de afeitar, produciéndole una gran herida en la mejilla izquierda, “desde frente a la oreja hasta la punta de la barba”, y, de refilón, le hirió también en el brazo derecho. La herida pudo haber sido mortal. Sólo la Providencia le salvó de una muerte segura. Al volver en sí, dijo que perdonaba al agresor “como cristiano, como sacerdote y como arzobispo”, y, además, pidió que le sacaran de la isla para evitar un linchamiento, ofreciéndose a pagarle el viaje. Sus enemigos volverían a intentarlo, pero no lo consiguieron.
     En América, “viña joven”, dejó Claret mucho trabajo, sudor y mucha sangre. Al cabo de seis años, el 18 de marzo de 1857, le entregaron un despacho urgente del general Concha diciéndole que la Reina le llamaba a Madrid. Enseguida preparó el viaje y, tras haber celebrado la Semana Santa en La Habana, donde despertó gran entusiasmo, se embarcó en el vapor Pizarro y llegó a Cádiz, y luego, el 26 de mayo, a Madrid. Aquí Isabel II le dijo que le había elegido confesor y director de su conciencia. Él, con cierta repugnancia, aceptó ese cargo, pero impuso varias condiciones: no vivir en palacio, no implicarle jamás en enredos políticos ni obligarle a guardar antesalas y gozar de la debida libertad para ejercer su misión apostólica.
     Tenía ya casi cincuenta años y su salud le permitía seguir trabajando a lo grande. Sin embargo, él mismo reconocía que no había nacido para cortesano y así se lo decía a sus amigos: “Yo no tengo genio de político, ni de cortesano, ni de palaciego”; “Mire usted qué papel tan peregrino hago: cortesano y misionero a la vez”.
     En once años de permanencia en Madrid, con suma paciencia logró domeñar el corazón noble, pero algo indómito, de la Reina y reformar el ambiente cortesano.
     Su actividad evangelizadora fue intensísima. Su voz resonó con fuerza en casi todas las iglesias y conventos de la capital. Sus actividades fueron prodigiosas, e incontables los sermones al pueblo y los ejercicios al clero en diversos barrios de la capital, con una asistencia masiva.
     En la Corte se dedicaba a visitar a los enfermos, a los presos y sobre todo a socorrer a los pobres que llegaban a su casa diariamente. “La multitud de pobres me comen vivo”, decía. Por eso ahorraba avaramente.
     Era pródigo y se guiaba por este criterio evangélico: “Comer poco para tener más que dar a los pobres”. En cierta ocasión empeñó su pectoral de plata para poder socorrer a un enfermo. Todos los días por la tarde predicaba, visitaba hospitales y cárceles, colegios y conventos.
     Una de sus obras más geniales, que ideó en Cuba y plasmó luego en Madrid, fue la fundación de la Academia de San Miguel (1858), una asociación apolítica y universal, formada por seglares comprometidos —escritores, artistas y propagandistas— con el fin de combatir los errores y los vicios con la verdad y las virtudes. De esa asociación formaron parte un buen grupo de escritores y artistas españoles. En nueve años, la Academia publicó varios libros y promovió la propaganda religiosa.
     En 1864 crearía también las Bibliotecas populares y parroquiales, regidas y atendidas por seglares, que habían de tener una proyección apostólica, porque “en estos últimos tiempos —afirmaba— parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas”. Ya en su primer año de existencia, esta institución contaba con cuarenta y siete centros y tenía en circulación doce mil volúmenes.
     Nombrado protector de la iglesia y hospital de Monserrat, en Madrid, en 1859, atendió con esmero a los enfermos y restauró la iglesia material y espiritualmente.
     El mismo año Isabel II le nombró presidente del monasterio de El Escorial para que se ocupara de su restauración, debido al lastimoso estado en que había quedado a raíz de la exclaustración (1835). Claret desempeñó este cargo durante nueve años (1859- 1868); y ahí demostró una vez más su extraordinaria capacidad de iniciativa y su talento organizador, convirtiendo el monasterio, de palacio y panteón de reyes, en un centro importante de culto y de estudio.
     Todo lo restauró material y espiritualmente. Creó un colegio y un seminario modelo, con aire de universidad eclesiástica, en el que había una escolanía y banda de música, estudios de humanidades, lenguas clásicas y modernas, ciencias naturales, arqueología, además de los estudios filosóficos, teológicos, bíblicos y patrísticos. En esta empresa contó con la ayuda de excelentes colaboradores.
     En la Corte se sentía a disgusto, como un “pájaro enjaulado” o como “un perro atado a un poste”. Y decía: “No tengo reposo, ni mi alma halla consuelo sino corriendo y predicando”. Pudo dar cumplido desahogo a esas ansias en las giras de la Corte por España, evangelizando todas las regiones con una actividad muy intensa. El viaje más largo (cuarenta y nueve días) y más intenso tuvo lugar por Andalucía y Murcia en el otoño de 1862. El confesor llegó a predicar en él doscientos cinco sermones en catedrales, iglesias, conventos y hospitales, despertando admiración y entusiasmo por doquier. En algunas ocasiones llegó a predicar hasta diez o doce sermones en un solo día. En esa gira, según un testigo, repartió ochenta y cinco arrobas de propaganda religiosa. “En estos viajes —decía—, la reina reúne a las gentes y yo les predico.” Uno de los mejores servicios que prestó a la Iglesia, desde su cargo de confesor de la Reina, fue su activa y prudente intervención en el nombramiento de obispos, sugiriendo al nuncio los sacerdotes más cultos y ejemplares. Así consiguió un episcopado compacto y aguerrido, en orden a promover la reforma de la Iglesia tal como él la proponía en la obrita Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia (1857).
     En la España del siglo XIX fue el astro central de una gran constelación de fundadores y fundadoras, interviniendo con desinterés y sabiduría en asuntos de dirección espiritual o en el inicio y consolidación de numerosos institutos religiosos.
     No es extraño que un hombre tan influyente como Claret, que arrastraba a las multitudes, se concitara también las iras de los enemigos de la Iglesia. Fueron muchos los atentados que sufrió, la mayor parte frustrados por la conversión de los asesinos. Pero fue peor la campaña difamatoria montada a gran escala en toda España para desacreditarlo ante la gente sencilla. Se le acusó de influir en la política, de pertenecer a la “camarilla” de la Reina, de zafio, glotón, obsceno, ambicioso, ladrón y cobarde. Aunque le instaban a defenderse, él quiso callar, contento de sufrir algo por Jesucristo.
     El 15 de julio de 1865, el Gobierno en pleno se reunía en La Granja para arrancar a la Reina su firma del reconocimiento del reino de Italia, lo cual equivalía a la aprobación del expolio de los Estados Pontificios.
     La Reina, engañada, firmó ese atropello y Claret no quiso hacerse cómplice permaneciendo en la Corte.
     Con el fin de aquietar su conciencia en aquella delicada situación, se dirigió a Roma. Allí el papa Pío IX le consoló y le pidió que regresara a la Corte, y la Reina se alegró inmensamente de su retorno. A pesar de ello, no cesaron las calumnias y las persecuciones.
     El 18 de septiembre de 1868, tras el levantamiento de Cádiz, triunfó la revolución y la Reina perdió la Corona. Con la batalla de Alcolea, caía Madrid, y la revolución se extendió por toda España. El día 30, la Familia Real, con pocos cortesanos y el confesor de la Reina, buscó refugio en Francia, primero en Pau y luego en París.
     Claret vivió serenamente en la capital francesa, dedicándose a predicar, confesar, escribir y educar al príncipe Alfonso y a las infantas, sin descuidar en ningún momento las dos congregaciones por él fundadas.
     Tras la predicación cuaresmal de 1869, dejó establecidas en París las “Conferencias de la Sagrada Familia” en favor de los emigrantes españoles y latinoamericanos.
     El 30 de marzo de ese año se separó definitivamente de la ex Reina y se trasladó a Roma.
     En la ciudad eterna siguió realizando las mismas obras apostólicas y prestando ayuda en la preparación del Concilio Vaticano I. Ese evento eclesial, que contó con 774 Padres, se inauguró en la fiesta de la Inmaculada.
     Una de las cuestiones más debatidas fue la infalibilidad pontificia. En defensa de ella se alzó en la basílica vaticana la voz fervorosa de Claret el 31 de mayo de 1870: “Traigo la estigma o las cicatrices de nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo, como veis en la cara y en el brazo —dijo, aludiendo a las heridas de Holguín—. ¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de mi corazón esta grande verdad: creo que el Sumo Pontífice romano es infalible!”. Él es el único Padre conciliar que ha sido canonizado.
     Acompañado por el padre Xifré, superior general de la congregación, el 23 de julio de 1870 llegaba el arzobispo a Prades, en el Pirineo francés. Los misioneros, desterrados también por la revolución, recibieron con inmensa alegría al fundador, ya enfermo y convencido de la inminencia de su muerte. Hasta allí llegó la mano de los perseguidores, que no le dejaron en paz. El 5 de agosto llegaba una mala noticia: el Gobierno español quería encarcelarle y el santo tuvo que huir, con un hatillo de misionero, refugiándose en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Aude).
     En aquel cenobio, a doce kilómetros de Narbona, fue acogido por los monjes con gran alegría. Allí le cuidaron con todo cariño los padres Jaime Clotet y Lorenzo Puig. En la noche del 4 al 5 de octubre tuvo un ataque de apoplejía y el 8 hizo la profesión religiosa y recibió los últimos sacramentos. Finalmente, el 24 de octubre, entre plegarias y suspiros, el gran misionero del siglo XIX se durmió suavemente en el Señor: un santo eminentemente eucarístico y mariano, evangelizador infatigable, luchador incansable de la causa de Dios y del hombre y gran apóstol del rosario.
     Sobre su tumba se esculpieron estas palabras de san Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”. En 1897 sus restos se trasladaron a Vic, donde hoy se veneran. El 25 de febrero de 1934, el papa Pío XI le declaró beato, y Pío XII, el 7 de mayo de 1950, le canonizaba como santo. El humilde misionero apareció en la gloria de Bernini, mientras las campanas de la basílica de San Pedro alzaban al cielo un canto de gloria en su honor (Jesús Bermejo Jiménez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle San Antonio María Claret, al detalle:

domingo, 12 de octubre de 2025

Un paseo por la avenida de La Raza, o Las Razas (XXXIII avenida de la Raza durante la Exposición Iberoamericana de 1929)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida de La Raza, o Las Razas (XXXIII avenida de la Raza durante la Exposición Iberoamericana de 1929), de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 12 de octubre, es el Día Nacional de España, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida de La Raza, o Las Razas (XXXIII avenida de la Raza durante la Exposición Iberoamericana de 1929), de Sevilla, dando un paseo por ella.  
     La avenida de La Raza, o Las Razas es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera; y va de la avenida de Moliní, hasta la avenida de Ucrania.
     La avenida de La Raza, o Las Razas formó parte de la Exposición Iberoamericana de 1929, bajo el nombre de XXXIII avenida de la Raza.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida.  
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.  
     Rotulada en 1924 con esta denominación alusiva a la Hispanidad, relacionada con la Exposición Iberoamericana de 1929. Trazada al construirse las nuevas instalaciones portuarias (canal de Alfonso XIII y corta de Tablada) con motivo de la Exposición citada, sobre el antiguo camino del Batán, que discurría entre las huertas del Carmen y del Paraíso hacia el cauce antiguo del río Guadaira. En 1912 ya se proyectó una gran avenida paralela al futuro canal, que nacía en una gran plaza elíptica y que se denomi­naba avenida de los Estados Americanos, concebida como una vía de longitud indefinida. En 1924 Aníbal González configura otro proyecto de una avenida en fondo de saco con una serie de plazas de diferentes formas y tamaños que se alinean a lo largo de una vía de 50 m .de anchura. Finalmente se realizará esta calle paralela como acceso a los almacenes de la zona portuaria, con una configuración recta. En ella terminan Corpus Christi, Páez de Rivera, Profesor García González y avenida del Padre García Tejero; nace Tarfia, por el lado de los impares, y atraviesa perpendicularmente la avenida Cardenal Bueno Monreal. Presenta reciente pavimento de asfalto, pues hasta 1985 estaba adoquinada, y su acerado es de cemento. La calzada está dividida por una mediana central de cemento, en la que se sitúan las farolas dobles de báculo que soportan el alum­brado público. 
     La acera de los pares está flanqueada en su primer tramo por organismos oficiales de competencias portuarias: jardines de la Comandancia Militar de Marina, Servicio de Sanidad Exterior, Correos, Aduana, y una línea de naves de alma­cenamiento construidas en ladrillos vistos y tallados, con ornamentos cerámicos, que formaron parte de la Exposición. De estilo regionalista, continúan cumpliendo la función para la que inicialmente fueron concebidos. Unas calles abiertas entre estas naves comunican esta vía con la avenida de Guadalhorce a través de unas cancelas de control. La acera de los impares está a su vez flanqueada por el edificio Elcano en su primer tramo, que cuenta con algunos establecimientos especializados y un bar en su planta baja, y por otra serie de edificios oficiales (Servicio de Trabajos Portuarios) y sociales de la Marina, así como naves de almacenamiento, una estación de servicio y terrenos sin urbanizar que en buena parte son utilizados por grandes camiones para su estacionamiento nocturno. El arbolado lo forman una línea de fresnos en la acera de los pares, y  en los impares hay al principio una línea de fresnos y luego otras de arces. Esta avenida tiene una función claramente orientada al servicio portuario. Al enlazar las carreteras de Cádiz y Huelva soporta un intenso trafico rodado, especialmente de vehículos pesados [Miguel Cruz Giráldez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia del Día Nacional de España
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     El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón desembarcó junto con sus hombres a la isla Guanahaní, en el archipiélago de las Bahamas, dando comienzo a un puente cultural entre los pueblos de América y España que se mantiene hasta hoy. Fue en 1892, al celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento, bajo la regencia de María Cristina, cuando en un real decreto se propuso hacer coincidir esa efeméride con la celebración de la Fiesta Nacional. La ley de 1987, que estableció por ley la fecha como Fiesta Nacional de España, explicó así los motivos para hacer coincidir ambas fechas: "La fecha elegida, el 12 de Octubre, simboliza la efeméride histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos".
     Aunque 'popularmente' se conoce como Día de la Hispanidad, y así se denomina en algunos otros países Latinoamericanos, la ley de 1987 establece que lo que se celebra el 12 de octubre es la Fiesta Nacional de España, sin mencionar la hispanidad. No siempre ha sido así, en un Real Decreto anterior, de 1981, por el que se establecían normas para la celebración del 12 de octubre, se hablaba del día de la Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad. Y antes de eso el 12 de octubre se había denominado Día de la Raza, un nombre que aún conserva 'popularmente' en algunos países americanos. La denominación de Día de la Raza es citado por primera vez en enero de 1913 en una hoja difundida por la asociación Unión Ibero-Americana de Madrid, como una idea de su presidente, el exalcalde de Madrid y exministro Faustino Rodríguez San Pedro, para unir a todos los pueblos de habla hispana.
     La idea cuajó y a lo largo de los primeras décadas del siglo XX distintos países de Latinoamérica comenzaron a instaurar el 12 de octubre como festivo en sus territorios, utilizando algunos la denominación de Día de la Raza, como el caso de Honduras, donde aún se utiliza. Otros países, como Argentina o Nicaragua, acogieron en un primer momento la denominación de Día de la Raza, pero posteriormente cambiaron la fiesta de nombre: a Día del Respeto a la Diversidad Cultural, en Argentina, y a Día de la Resistencia Indígena, en Nicaragua.
     El Día de la Hispanidad no tiene nada que ver con el Día de las Fuerzas Armadas, entonces... ¿Por qué desfilan las Fuerzas Armadas? La razón es "realzar en lo posible" la conmemoración de la Fiesta Nacional de España y "buscar en la misma la plena integración de todos los elementos históricos y culturales que conforman la nación española", según se explica en un Real Decreto de 1997 que estableció por ley el desfile militar. 
     En virtud de ese texto legal, se trasladaron al 12 de octubre los actos más significativos que se venían desarrollando anualmente el Día de las Fuerzas Armadas, al considerar que tal medida "resalta la identificación de las Fuerzas Armadas con la sociedad a la que sirven, uniendo el más brillante acto anual de las mismas a los demás de celebración de este día" (Europa Press).
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La avenida de La Raza, o Las Razas, al detalle:
Edificio Elcano
Pabellón de la Compañía Arrendataria de Tabacos
Pabellón de la Marina Mercante
Galerías Comerciales

miércoles, 23 de julio de 2025

La Facultad de Matemáticas, de Alejandro de la Sota Martínez, de la Universidad de Sevilla

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Facultad de Matemáticas, de Alejandro de la Sota Martínez, de la Universidad de Sevilla.  
     La Facultad de Matemáticas, se encuentra en la avenida la Reina Mercedes, s/n; en el el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
     El edificio se sitúa en el campus universitario de Reina Mercedes, en la esquina Suroeste del actual jardín central del mismo. Se trata de un volumen exento, de cuatro plantas de altura más una planta bajo rasante, de planta rectangular alargada dispuesta, en la línea marcada por los edificios precedentes (Escuelas de Arquitectura, Aparejadores e Ingenieros Industriales), perpendicular a la directriz de la avenida Reina Mercedes.
     Las fachadas del edificio son herméticas, construyéndose con paños continuos de ladrillo de tonalidad amarilla en los que se recortan ventanas alargadas, que quedan ocultas tras carpinterías de lamas horizontales de color blanco. Esta decisión de cerrar el edificio hacia el exterior se toma, según el propio arquitecto, ante la ausencia de referencias en el espacio abierto del jardín. Esto motiva que el edificio se abra completamente hacia el interior, a través de un espacio abierto en posición central, que actúa de elemento organizador a la manera de los patios de la arquitectura tradicional andaluza.
     El programa se organiza de manera pragmática y sencilla, al mismo tiempo que en su disposición busca intencionadamente ofrecer una respuesta tipológica compleja: un volumen central de cuatro plantas, que concentra las aulas en planta baja, y al que se añaden, a Este y Oeste, dos torres en las cuales las aulas se apilan unas sobre otras hasta un total de cuatro plantas. Este carácter independiente del volumen central y de las dos torres se evidencia también en la estructura, ya que es en su encuentro donde se resuelven las juntas de dilatación del edificio.
     El sistema estructural es clave para entender la organización funcional. El volumen central parte de una retícula ideal de 7 vanos en dirección Norte-Sur, y 12 vanos en dirección Este-Oeste. La planta baja del volumen central puede dividirse en tres bandas que la recorren de Este a Oeste, y que de Norte a Sur son las siguientes: biblioteca y administración (2 vanos de estructura), distribución (1 vano) y aulas (4 vanos). La banda de aulas agrupa los vanos de dos en dos en la dirección Este-Oeste, por lo que quedan seis vanos del doble de luz. En esta banda de aulas, los dos vanos extremos, a Este y Oeste, se ocupan con patios, mientras que los cuatro vanos centrales son ocupados por cuatro aulas yuxtapuestas. Estos patios sirven de acceso al edificio desde el Sur atravesando el espacio abierto, y conduciendo a la banda de distribución.
     En las tres plantas superiores, la organización por bandas cambia, repitiéndose las de biblioteca (2 vanos de estructura), y distribución (1 vano), mientras que los cuatro vanos de la banda de aulas se convierten en patio (2 vanos) y banda de despachos y seminarios (2 vanos), que conforma la fachada Sur. De esta manera, el espacio central abierto se aprecia en su verdadera magnitud, encontrándose su plano de referencia en las cubiertas de las aulas situadas en la planta baja, que se iluminan a través de claraboyas. Aunque inicialmente estas cubiertas contaron con ajardinamiento, en la actualidad se muestran completamente desnudas.
     En las tres plantas superiores, la banda de distribución se define como pasarelas en cada nivel, que quedan adosadas a la banda de biblioteca sin llegar a tocar la banda del patio, cambiando sus dimensiones para ofrecer una sección variable. Se abre de esta manera en esta banda un vacío de cuatro plantas de altura, que se cierra del patio a través de un rudimentario muro cortina. Desde estas pasarelas, se tienden puentes en dirección Sur, que alcanzan la banda de despachos y seminarios tras atravesar la banda del patio. Estos puentes, aunque inicialmente eran abiertos, han sido completamente cerrados, con lo que el patio se divide en cuatro, perdiendo su unicidad.
     Las torres de aulas anexas al Este y al Oeste cuentan con un aula por planta, de las mismas dimensiones que las del volumen principal. Ambas se retranquean una distancia de un módulo estructural y medio respecto a la alineación de la fachada Norte. La torre Oeste ofrece el acceso a los profesores desde el aparcamiento, y conecta las cuatro plantas a través de una escalera independiente.
     A la torre Este se anexa un volumen de dos plantas que ofrece la cara más pública del edificio, albergando en la planta baja, rehundida respecto a la cota del terreno, el servicio de comedor y cafetería que originalmente pretendía centralizar esta dotación en el campus. Sobre este comedor se sitúa el salón de actos del edificio, y esta superposición provoca un cambio de sección en planta baja, que procura mayor altura hacia el espacio abierto.
     El encuentro de este volumen de dos plantas con la fachada Norte del volumen principal sirve de acceso principal al edificio desde el jardín del campus, a través de un porche que constituye el único gesto evidente de apertura de toda la composición.
     El hermetismo del edificio hacia el exterior contrasta con su absoluta diafanidad interior. Ésta se consigue especialmente gracias al empleo de la estructura de acero, que minimiza las secciones y queda vista, evidenciando las cualidades de ligereza que caracterizan a la arquitectura moderna. Estas cualidades son especialmente en la banda de distribución y en la banda de patios, así como en el sistema de pasarelas que a ambas relaciona (Teodoro Falcón Márquez, en Universidad de Sevilla).
     El edificio se sitúa en el campus universitario de Reina Mercedes, en la esquina suroeste del jardín central. Se trata de un volumen exento, de cuatro plantas de altura más una planta bajo rasante, con planta rectangular alargada. 
     Las fachadas del edificio son herméticas, con paños continuos de ladrillo de tonalidad amarilla en los que se recortan ventanas alargadas, que quedan ocultas tras carpinterías de lamas horizontales de color blanco. La decisión de cerrar el edificio hacia el exterior ante la ausencia de referencias en el espacio del jardín que motiva que se abra completamente hacia el interior a través de un patio central. La diafanidad interior se consigue gracias al empleo de la estructura de acero, que minimiza las secciones y queda vista. 
     El programa se organiza en cuatro plantas con un volumen central, que concentra las aulas en planta baja, al que se añaden, a este y oeste, dos torres.
     El sistema estructural del edificio principal es una retícula de siete vanos en dirección norte sur y doce en dirección este-oeste. La planta baja del volumen central se organiza en tres bandas: biblioteca y administración (dos vanos), distribución (uno) y aulas (cuatro). La banda de seis aulas agrupa los vanos de dos en dos en la dirección este-oeste. En las tres plantas superiores los cuatro vanos de aulas se convierten en patio y banda de despachos y seminarios (dos y dos vanos) al sur.
     En las tres plantas superiores, la banda de distribución genera pasarelas que se adosan a la biblioteca sin tocar al patio, abriendo un vacío de cuatro plantas de altura cerrado mediante muro cortina. Desde estas se tienden puentes que atraviesan el patio, inicialmente abiertos aunque han sido cerrados, fragmentando el patio. 
     Las torres al este y al oeste cuentan con un aula por planta. A la este se anexa un volumen de dos plantas albergando, en la planta baja, comedor y cafetería y en la alta el salón de actos, provocando un cambio de sección. El encuentro de este volumen con la fachada norte sirve de acceso principal al edificio a través de un porche (Plácido González, en DOCOMOMO).
     Situado en el ámbito territorial urbano de la ciudad de Sevilla, el Edificio de Aulas y Seminarios se ubica en el sector sur, conformado con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, en la Avenida de Reina Mercedes (espacio intermedio entre el eje principal de la muestra, la Avenida de la Palmera y las instalaciones de la Avenida de la Raza), vía singular por la diferencia de edificaciones que conforman su trazado Este y Oeste: frente a la sucesión de viviendas plurifamiliares de notable altura y muy escasa cualificación arquitectónica, se sitúa el campus universitario de Reina Mercedes, en el que destaca la calidad del Edificio de Aulas y Seminarios, inserto en un espacio actualmente rodeado por la Facultad de Informática y Estadística, las Facultades de Química, Biología, Física y la antigua Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales.
     La proximidad a edificios docentes que iban a levantarse en poco tiempo, y a los que debía dar servicio, pero cuyas referencias formales desconocía, sugirió a De la Sota la necesidad de buscar cierto aislamiento, ensimismando la construcción, cerrándola al exterior con muros de ladrillo y persianas, y creando un importante juego de patios habitables al interior, en la tradición popular andaluza que permite adaptar la construcción al clima y su entorno, en una búsqueda que le lleva igualmente a poder abrir al exterior aquella parte del edificio que se desvincula de la función docente, la cafetería, que incorpora al exterior con terraza propia.
     El edificio desde su construcción ha servido para la actividad universitaria que lo motivó, si bien la primera función de edificio de apoyo a diferentes facultades se transformó como Facultad de Ciencias Exactas, posteriormente denominada Facultad de Matemáticas, conllevando una alteración notable en su funcionalidad que necesitó alteraciones en la distribución del edificio, necesitándose espacios de despachos y administración del centro, de profesores y departamentos.
     El edificio está constituido por una parte principal con semisótano y cuatro plantas para aulas y seminarios, y otra edificación adosada de dos plantas destinado a cafetería y Aula Magna.
     El edificio busca la ubicación de las aulas de mayor uso (para 200 alumnos) en la planta baja asociada en grupos horizontales (con iluminación y ventilación cenital), situando las restantes en una interesante disposición en grupos verticales por las esquinas de las tres plantas restantes (con iluminación perimetral). Los patios permiten el aislamiento de los seminarios respecto a las aulas, conectándose por las ligeras pasarelas de vidrio y metal, creando una precisa y expresiva espacialidad, plena de movimiento, aire y luz.
     Los patios tamizan el sol y la intensidad de la luz por una gran celosía horizontal, orientable. El juego de cristaleras que establece, y la espacialidad que permiten pasarelas y balcones, le posibilita entender todo el conjunto como un gran patio cubierto, en el que no existen circulaciones ocultas.
     Los seminarios buscan abrirse igualmente a este patio, en relaciones que han sido paulatinamente menguadas con el uso del edificio, y que tan gratas se imaginan en la planimetría original del proyecto de Sota.
     El cuerpo en el que se construyen cafetería y Aula Magna se sitúa ligeramente maclado a la construcción principal, intercambiando accesos y servicios.
     El proyecto, riguroso como es norma habitual en la producción de Alejandro de la Sota, utiliza la retícula de 1,20 metros, que se parte a la mitad en las aulas de 200 alumnos.
     Las superficies construidas que constan en proyecto son:
     edificio principal:
     semisótano: 2.853,58 m2; primera, 2.456,82 m2; segunda, 2.186,40 m2; tercera, 2.186,40 m2; cuarta, 2.117,76 m2, totalizando 11.830,96 m2.
     edificio anexo: planta baja, 384,12 m2; planta primera, 367,32 m2, con un total de 751, 44 m2
      Con lo que la superficie construida total del conjunto es de 12.582,40 m2.
      Al disponer de muy corto plazo para la ejecución del edificio adoptó una estructura de pilares y jácenas de hierro vistos y pintados en blanco, forjados Stalton con bovedillas cerámicas y capa de compresión de hormigón.
     En proyecto consta la cimentación a -3,40 metros con zapatas de hormigón atadas con correas. Los cerramientos se realizan con muros de medio pie de ladrillo macizo cara vista, llevando tabique aislante Ytong por el interior. La carpintería exterior está formada por ventanales de corredera horizontal con un módulo de 2,40 metros, con perfiles de chapa galvanizada.
     El Edificio de Aulas y Seminarios ha sido relacionado con las corrientes brutalistas europeas, con referentes en las escuelas de Hungstanton de Alison y Peter Smithson por la expresividad que se confía a la técnica y los materiales en la conformación de la imagen final del edificio.
     Resulta evidente la necesidad de recuperar en el edificio la mirada originaria al patio como espacio que relaciona edificio exterior, actualmente tan perdida.
     La necesaria posibilidad de transformación que se reclama a este tipo de edificios, alcanza en este proyecto uno de sus aspectos más destacados, cumpliendo lo expresado por De la Sota en la memoria del proyecto: "Existe un funcionalismo inmediato que es de buen uso, por buena disposición del edificio. Existe otra más importante y duradera que es que el nuevo edificio lleve en sí la posibilidad de cambios, cambios que, inevitablemente, se le han de exigir y más en épocas que se caracterizan precisamente por sus cambios. Esta adaptabilidad en el tiempo exige en primer lugar un concepto claro del edificio, modulación rígida aunque flexible, amplitud interior, estructura diáfana, tabiquería que admite el cambio con facilidad, continuidad con pavimentación, cerramientos, iluminación, servicios, etc. Esta es la funcionalidad en el tiempo, la auténticamente importante como inversión".
     El anuncio del Concurso público entre empresas nacionales se publica en el B.O.E. el 10 de enero de 1.972. 
     La empresa Casa Gargallo oferta la realización del edificio por 55.996.946 ptas., obtenidos de un Presupuesto de Ejecución Material de 46.801.526,00 ptas, un Presupuesto de Contrata de 53.821.755,00, con honorarios de 1.210.990,00 ptas, y urbanización de 942.984 ptas. (marzo de 1972).
     El encargo se firma el 14 de marzo de 1972, visándose el proyecto el 19 de mayo de 1972.
     El plazo de ejecución se fijó en cinco meses desde la firma del contrato.
     La dirección de obra la llevaron directamente facultativos de la Unidad Técnica de Sevilla, dependiente de la Dirección Técnica de Construcción del Ministerio de Educación y Ciencia.
     Alejandro de la Sota Martínez (Pontevedra 20.10.1913- titulado 1941- Madrid 14.02.1996) fue galardonado por este edificio con el Premio Nacional de Arquitectura y con el Premio Concursos Nacionales de Bellas Artes: Arquitectura (1975). Es uno de los mejores arquitectos españoles del siglo XX, que tras un breve periodo docente en la Escuela de Arquitectura de Madrid, se centra en su carrera profesional, que atraviesa diversos facetas expresivas, caracterizándose siempre por una obra en la que brilla la sencillez de sus planteamientos, la economía de medios con las que se resuelven sus edificios, en los que brilla fundamentalmente el estudio de los detalles ("la arquitectura está en los encuentros" gustaba decir De la Sota), que lo sitúan cercano a los planteamientos de Mies van der Rohe.
     Fue uno de los promotores en España de la industrialización en la construcción, con la incorporación de elementos industriales en la obra, combinando en sus edificios un gran rigor geométrico, con líneas precisas, claras y rectas, con estructuras audaces.
     Sus obras han ejercido una enorme influencia en generaciones completas de arquitectos españoles, que han venerado esa forma lógica que presentan sus proyectos. El Gimnasio del Colegio Maravillas de Madrid (1961) y el Gobierno Civil de Tarragona (1963) son algunas de las obras más conocidas de la arquitectura española del XX.
     En el periodo 1941-1947 trabaja para el Instituto Nacional de Colonización, para el que proyecta el célebre Poblado de Esquivel. En 1960 se convierte en funcionario de la Dirección General de Correos, donde permanece hasta 1964, labor que reinicia en 1972 hasta su jubilación. Vuelve a la Escuela de Madrid (1956-1963, Departamento de Proyectos, 1964-1972 Profesor de Elementos de Composición). Había trabajado también para Aviaco e Iberia.
     Entre sus distinciones destacan 3 Premios Nacionales de Arquitectura (1963, 1973, 1974), un Premio Nacional de Artes Plásticas (1973); fue Medalla de Oro al Mérito en las Telecomunicaciones, Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, Medalla de Oro de la Arquitectura del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España, Medalla de Oro de Arquitectura del Colegio de Arquitectos de Cataluña, Premio Pinat y Premio Antonio Camuñas de Arquitectura (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Alejandro de la Sota Martínez, autor de la obra reseñada;
     Alejandro de la Sota Martínez, (Pontevedra, 20 de octubre de 1913 – Madrid, 14 de febrero de 1996). Arquitecto.
     Hijo de un ingeniero militar y topógrafo de origen cántabro, Alejandro de la Sota crece en su Pontevedra natal en un entorno familiar acomodado y culto.
     Comienza sus estudios de Ciencias Exactas en la Universidade de Santiago de Compostela —un requisito necesario por entonces para acceder a las carreras técnicas— y se traslada a Madrid para estudiar en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM). Sus estudios se interrumpen por la irrupción de la Guerra Civil española en 1936 y no obtiene su título de arquitecto hasta 1941. Desde entonces, establece su residencia en Madrid, pero siempre conserva los lazos con su Galicia natal, donde su padre, presidente de la Diputación de Pontevedra durante bastantes años, y sus contactos familiares y sociales le facilitan muchos de sus primeros clientes. En 1952 se casa con Sara Rius, con quien tendrá siete hijos.
     Entre 1941 y 1947 gana la plaza de arquitecto del Instituto Nacional de Colonización (INC) —organismo creado para la planificación de asentamientos rurales en zonas de nuevos regadíos en un país devastado por la Guerra Civil— para el que construye la escuela de capataces de Bastiagueiro (1945) y la de Gimenells (1945). De esta época datan sus primeras obras, como la casa Ramón de Dios (1945), casa Sr. Pareja (1945), camisería Denís (1945) o el proyecto de ocho viviendas en Ronda (1946), obras muy representativas del acentuado aislamiento cultural que por entonces sufría el país, y se adscriben a las corrientes dominantes del confuso panorama ecléctico madrileño de la posguerra en un tímido intento por reintroducir la arquitectura moderna, con ciertas influencias de la arquitectura popular, tras el paréntesis que supuso la Guerra Civil española. A partir del trabajo en el Instituto Nacional de Colonización recibe numerosos encargos de poblados de colonización y de absorción: La Bazana (1952), Esquivel (1952- 1956) y Valuengo (1954). Estos primeros proyectos de envergadura, realizados tras numerosos viajes de estudio por toda la geografía española con el fin de visitar la rica arquitectura popular del país, reflejan la consideración de lo popular como una defensa, como una huida a las consignas del régimen franquista, emprendiendo así un aprendizaje que le permitiera verificar las relaciones de lo construido con su voluntad de construir. Tras este período de acercamiento a lo popular se sucederá un corto período de vacilación en el que Alejandro de la Sota mira atentamente al desarrollo de la arquitectura europea. Sus obras reflejan cierto expresionismo formal (muy en la línea del alemán Erich Mendelsohn o el finlandés Alvar Aalto), como puede contemplarse en la central lechera de Santander (1951), la casa del señor Arvesú (1955) o en el poblado de absorción Fuencarral B (1955-1956), estas dos últimas situadas en Madrid.
     Esta corta etapa de preocupaciones plásticas viene seguida de una profunda reflexión sobre su propia obra que coincide con el inicio de su actividad académica como profesor de Elementos de Composición de la ETSAM (1956) y un viaje a Berlín donde entra en contacto con la última arquitectura europea visitando el Hansaviertel y la Unité d’Habitation de Le Corbusier; a finales de la década se presenta a las oposiciones de la Dirección General de Correos, obteniendo la plaza de funcionario en 1960. A partir de entonces Alejandro de la Sota inicia uno de los períodos más fructíferos de su carrera acumulando en pocos años gran parte de sus grandes obras —Gobierno Civil de Tarragona (1956-1963), talleres aeronáuticos TABSA (1957-1958), residencia infantil en Miraflores de la Sierra (con José Antonio Corrales y Ramón Vázquez Molezún, 1957), la central lechera CLESA (1960- 1963) y el gimnasio del colegio Maravillas (1960- 1962)—, donde adopta una conciencia experimental al asumir la racionalidad como sistema para rectificar códigos, aprovechar logros y reconducir caminos inconclusos de maestros modernos como Mies van der Rohe, Adolf Loos, Walter Gropius o Richard Neutra.
     Su interés en una investigación propia sobre el lenguaje con el fin de penetrar profundamente en las leyes propias de la disciplina proyectual le mantuvieron ajeno a las contaminaciones estilísticas tan en boga por entonces entre sus contemporáneos. Su particular tarea renovadora consistió en abordar las leyes de la modernidad con unas estrategias renovadas, sin que ello significara cambiar sus bases metodológicas, llevando a sus últimas consecuencias la aplicación de la técnica o los materiales en el proyecto.
     Su temprano contacto con el mundo de la tecnología, ya presente en los talleres TABSA, se desarrolla entendiendo ésta como coartada, como conclusión experimental a la que conduce determinada experiencia racionalista. Por entonces, su contacto con ingenieros le lleva a operar con nuevos sistemas constructivos y materiales que le permiten que éstos adquieran nuevos e inesperados significados para así reformular los proyectos. Dar la vuelta a una cercha para que pueda albergar unas aulas, utilizar su cara plana superior como azotea para campo de juegos y conseguir la altura necesaria en el gimnasio del colegio Maravillas eleva el dogma moderno casi a la categoría de invención. Estas premisas, junto a la depuración y renuncia de los gestos personales (“La arquitectura no requiere que recurramos a ella; ella aparecerá por sí sola”) definirán a partir de entonces el resto de sus obras.
     Tras este intenso período de actividad le siguen nuevos encargos: viviendas en la calle Prior de Salamanca (1963) y un conjunto de naves de investigación para el CENIM (1963) en Madrid, tras los cuales pide la excedencia como funcionario de la Dirección General de Correos en 1964 para dedicarse plenamente a su despacho y a su tesis doctoral, trabajo que presenta en la ETSAM en 1965. En un clima de optimismo social y tecnológico, continúa con sus experimentos con estructuras metálicas de grandes luces —como el pabellón deportivo de Pontevedra (1966)— e inicia una exploración personal de la prefabricación en hormigón, que consigue llevar a cabo en la casa Varela (1964) y que intenta extender a desarrollos residenciales a modo de tapiz en urbanizaciones en Murcia y Málaga (ambos de 1965), el proyecto del colegio-residencia de Orense y en las viviendas escalonadas en Santander (ambos de 1967).
     A pesar de haber construido algunas importantes obras —casa Guzmán (1972), edificio de la Universidad de Sevilla (1972), por el que le otorgarán el Premio Nacional de Arquitectura en 1974, o el Colegio Mayor César Carlos (1976)—, la década de 1970 marcará una inflexión en su carrera tras recibir un par de reveses: dos importantes concursos de grandes edificios de oficinas —sede de Bankunión (1970) y Aviaco (1975)— que, a pesar del esfuerzo e intensidad que puso en ellos, no consigue ganar y la pérdida por desavenencias políticas internas del concurso a la Cátedra de Proyectos Arquitectónicos de la ETSAM, fracaso que le apartará de la docencia para siempre y le hará volver a su plaza de funcionario de Correos, plaza que conservará hasta su jubilación. Su retiro de comienzos de la década se anuncia en su famoso texto “La grande y honrosa orfandad” (1969) y se amplía y resume en “Por una arquitectura lógica” (1982), donde establece las bases para una arquitectura acultural que cobra significado justo allí donde está a punto de desaparecer: “haciendo arquitectura para saber qué es” o “Hacer arquitectura sin dar sentido”, dicho en su palabras.
     Recluido en su estudio, alejado de la publicación de su obra en las revistas y de los ámbitos académicos, en esta última etapa Alejandro de la Sota se concentra en su última obsesión: “la caja que funciona”. Las investigaciones sobre los nuevos materiales disponibles en aquella España que tímidamente se abría al comercio exterior se centran en los paneles de chapa metálica y las nuevas posibilidades del vidrio. La depuración tanto de la forma como de una técnica que se despoja de cualquier retórica, le lleva a formular dos de sus proyectos más significativos, los citados concursos fallidos para las sedes de Bankunión y Aviaco en Madrid, donde se adelantan temas desarrollados muy posteriormente por arquitectos de todo el mundo, y que él mismo se encargaría de continuar en su primer proyecto para el Museo Provincial de León (1984), donde el palacio arzobispal de la ciudad (siglo XVII) se desmembra para alojar un volumen puro ensimismado ajeno a su entorno. Gracias a su colaboración con la Dirección General de Correos tiene la oportunidad de construir dos “cajas que funcionan” en el centro de cálculo de la Caja Postal en Madrid (1972-1977) y el edificio de Correos de León (1981- 1984) utilizando un material reservado hasta entonces a la construcción industrial o comercial, la chapa Robertson, pero, como en el caso de León, transgrediendo su mera función para que, al aparejarla y doblarla en fachada crear un grosor, con cualidades pétreas, para alojar armarios e instalaciones en fachada, tomara una dignidad inusitada. Otra obra significativa de este período lo constituye la casa Domínguez (1976), donde no sólo ensaya con la chapa metálica, sino que disloca la clásica división bicéfala de funciones (zona de día y zona de noche) en dos volúmenes independientes, uno subterráneo y otro aéreo, con una zona intermedia de acceso y comunicación.
     En sus últimos años de vida construye tres importantes edificios (la ampliación de los juzgados de Zaragoza, la Embajada de España en París y la ampliación del Cabildo Insular de Las Palmas de Gran Canaria) y recibe el reconocimiento público con premios como la Medalla de Oro al Mérito en las Telecomunicaciones (1984), la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes (1986), la Medalla de Oro de Arquitectura del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (1988), el Premio PINAT (1988), el Premio de la Fundación Antonio Camuñas (1993) y la póstuma Medalla de Oro de la Arquitectura del Colegio de Arquitectos de Cataluña (1996). Su obra recibe el reconocimiento internacional y se recoge en exposiciones en Harvard University, la Architectural Association de Londres, o exposiciones itinerantes por Alemania, Suiza y España. Su obra y su actitud vital han dejado una profunda impronta en arquitectos españoles de varias generaciones que lo consideran uno de los grandes maestros modernos, junto al catalán José Antonio Coderch. Poco antes de morir el día de san Valentín de 1996, Alejandro de la Sota firma su último trabajo que cierra un bucle homenaje en su obra: la restauración y ampliación del gimnasio del Colegio Maravillas en Madrid (Moisés Puente Rodríguez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Facultad de Matemáticas, de Alejandro de la Sota Martínez, de la Universidad de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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