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lunes, 9 de junio de 2025

La Hermandad del Rocío de Sevilla Sur

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur, de Sevilla.  
     Hoy, 9 de junio (cincuenta días después del domingo de Resurrección), es la Solemnidad de Pentecostés, día en el que se concluyen los sagrados cincuenta días de la Pascua y se conmemoran, junto con la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos en Jerusalén, los orígenes de la Iglesia y el inicio de la misión apostólica a todas las tribus, lenguas, pueblos y naciones [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      También se celebra hoy la Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, a quien Cristo encomendó sus discípulos para que, perseverando en la oración al Espíritu Santo, cooperaran en el anuncio del Evangelio [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur, de Sevilla, que celebra hoy su Solemnidad, en la Aldea del Rocío, en Almonte (Huelva).
     La Hermandad del Rocío de Sevilla Sur, tiene su sede canónica en la Iglesia de San Juan de Ávila, se encuentra en la calle Sierra del Castaño, 3; en el Barrio del Tiro de Línea-Santa Genoveva, del Distrito Sur.
     La Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Sevilla Sur; es ésta una corporación fundada en 1986, filial nº 71 de la Hermandad Matriz de Almonte y con sede canónica en la iglesia parroquial de San Juan de Ávila, siendo su Simpecado obra del taller de los Sobrinos de Esperanza Elena Caro en 1986, y la Carreta obra de los Hermanos Delgado a partir de 1989. Posee también una imagen a tamaño natural de Nuestra Señora del Rocío, obra de Luis Álvarez Duarte en 1987.   
     El emblema de la hermandad lo constituye un escudo que se reproduce en el Anexo VII de las presentes reglas, que figura en el estandarte de la hermandad. Consta de dos escudos ovalados acolados, en el derecho el escudo de las armas de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada, en el centro de este escudo lleva tres flores de lis en oro, sobre campo azul celeste, este ovalo representa el escudo español. En el izquierdo sobre campo azul celeste, las figuras de Fernando III de Castilla, San Isidoro y San Leandro, representando al escudo de la ciudad de Sevilla. Timbra ambos escudos el escudo mariano, la blanca paloma y la corona Real y es rematado por el Toisón de Oro en la parte inferior del conjunto.
     En 1985 es bendecida una réplica de la Virgen del Rocío, obra de Luis Álvarez Duarte. Pasa a venerarse en el altar mayor de la parroquia. El 10 de mayo de 1986 es nombrada como hermandad. Doce días después la hermandad matriz la declara hermandad filial (la número 72), pero al estar tan cerca de la romería, no puede peregrinar de forma oficial. El 18 de julio de 1986 la Casa Real acepta que Felipe de Borbón, por aquel entonces Príncipe de Asturias, sea el hermano mayor honorario.
     La primera romería fue el mismo año que la del Cerro (1987), amadrinada igualmente por la primogénita Hermandad de Villamanrique. usa la antigua carreta de la Hermandad de Dos Hermanas. En 1997 concedió su primera medalla de oro, fue a Nuestra Señora de las Mercedes, que en aquel año año recibió la gracia de la coronación canónica.
     En cabildo extraordinario de febrero de 2001 se informó a los hermanos sobre la propuesta de nombrar teniente de hermano mayor honorario a la Guardia Civil, lo cual fue aprobado por aclamación del cabildo general. En 2005 se traslada a la parroquia de Nuestra Señora del Rocío San Juan de Ávila. En 2011, con motivo del XXV aniversario fundacional, le es concedida la medalla de oro de la ciudad (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de Pentecostés:
La Pentecostés
 
      Puede parecer ilógico a primera vista incluir la Venida del Espíritu Santo en el cielo de la Glorificación de Cristo, puesto que Cristo está ausente en esta escena, y los Apóstoles se reúnen alrededor de la Virgen.
      Pero es Cristo resucitado quien envía el Espíritu Santo a los apóstoles, y la Virgen, a pesar del lugar que se le atribuye en el centro del grupo, sólo tiene un papel secundario en esta escena de glosolalia, donde ella es la única que se mantiene en silencio. El protagonista invisible es Cristo, quien infunde el Espíritu Santo en los apóstoles, para permitirles hablar todas las lenguas necesarias para la predicación del Evangelio entre los gentiles, aunque no las hayan estudiado nunca.
   Por otra parte, basta leer el Evangelio de san Juan para comprender cuál era el pensamiento de los apóstoles. Jesús les promete que una vez desaparecido de esta tierra, no los dejará huérfanos, sino que les enviará de parte del Padre otro consolador, el Paracleto o el Espíritu de verdad, que estará con ellos eternamente (Juan, 14: 16 y 15: 26). Y en otra conversación que se sitúa después de la Resurrección (20: 21 - 22), vuelve aún más explícitamente acerca de esta  misión: «Como me envió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.» La misma idea está expresada en el Evangelio de Mateo, a propósito de la predicación de San Juan Bautista  (3: 11): «Yo, cierto, os bautizo en agua con vistas a la penitencia; pero en pos de mí viene otro más fuerte que yo ( ...) él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.»
   De manera que es Cristo quien en verdad otorga el Espíritu Santo, y el principal personaje de la Pentecostés; pero no aparece en la escena. Salvo raras excepciones está, como los muertos, presente e invisible.
La Misión encomendada a los apóstoles
   Es por un error de interpretación, en efecto, que Émile Mâle creyó reconocer la Pentecostés en el célebre tímpano del nártex de Vézelay, donde un Cristo gigantesco extiende los brazos y muestra las palmas agujereadas de las que irradia luz que ilumina a los apóstoles.
   No es el único ejemplo del tema en el arte francés del siglo XII. Aparece por primera vez en Borgoña, hacia el 1100, en una miniatura del Leccionario de Cluny (B.N., París) que ha podido inspirar al escultor de Vézelay. Pero no es particular de esa región, puesto que en la misma época se lo encuentra en una miniatura del Sacramentario de Limoges (B.N., París) y en un fresco de la iglesia de Saint Gilles de Montoire (Loir et Cher), donde pueden verse claramente los rayos rojos que brotan de las llagas sangrantes de Cristo, que se fijan sobre las cabezas de los apóstoles.
   El tema representado no es en absoluto la escena que tiene lugar en el cenáculo cincuenta días después de la Pascua, y que es la única que merece, estrictamente, el nombre de Pentecostés; se trata de la Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, quienes reciben de su Señor la misión de evangelizar el mundo.
   La fuente no es el relato de los Hechos de los Apóstoles, sino un pasaje del Evangelio según San Mateo (28: 19), reproducido en el suplemento del Evangelio de Marcos (16: 15), donde Cristo dice a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Ite et docete omnes gentes).»
   Las naciones cuya evangelización constituye la misión de los apóstoles, están evocadas de manera pintoresca en el dintel y en los marcos del tímpano de Vézelay, y en las obras similares del siglo XII que son seudos Pentecostés.
   También debe procurarse no confundir con la Pentecostés el Descenso del Espíritu Santo sobre los fieles, tema muy infrecuente, cuyo ejemplo más conocido es una página del Libro de Horas de Étienne Chevalier, de Jean Fouquet.
La Pentecostés propiamente dicha
1. Fuentes e Interpretación

   A diferencia de los temas precedentes, el relato del milagro no está en los Evangelios sino en los Hechos de los Apóstoles (2: 1 - 41).
   «Al cumplirse el día de Pentecostés, estando todos juntos en el lugar, se produjo de repente un ruido proveniente del cielo como el de un viento que sopla impetuosamente, que invadió toda la casa en que residían. Aparecieron, como divididas, lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos llenos del Espíritu Santo; y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según que el Espíritu les otorgaba expresarse.»
   Estupefactos al oír a esos galileos hablar tantos idiomas que les resultaban incomprensibles, los judíos supusieron en principio que se habían embriagado, y que esa súbita glosolalia era el efecto de la borrachera. Pero Pedro replicó que a las nueve de la mañana era demasiado temprano para estar ebrios, y explicó que ese milagro realizaba la profecía de Joel (2: 28): «( ....) derramaré mi espíritu sobre toda carne ( ...)»
   Así, en el origen de la Pentecostés encontramos la consumación de una profecía del Antiguo Testamento. Pero la manifestación del Espíritu en forma de soplo, e incluso de tormenta acompañada de relámpagos, es en verdad una creencia común a todas las sectas espiritistas de la antigüedad y de los tiempos modernos. La llama del relámpago en la lengua hebrea se compara con una lengua de fuego, de allí procede la idea de que el Espíritu Santo se había manifestado por el don de lenguas, y que así había dotado a los apóstoles con las habilidades políglotas indispensables para la evangelización de los gentiles.
   La Pentecostés aparece como la continuación necesaria de la Misión de los apóstoles y el preludio de su acción, que sin ese milagro les habría resultado imposible. Por ello, esta escena inicia lógicamente el relato de los Hechos de los Apóstoles. Por una curiosa inversión de ideas, la Confusión de las lenguas, que en el Génesis se presenta como un castigo del orgullo humano, aquí se convierte en una gracia concedida por el Espíritu Santo.
   En la interpretación prefigurativa de la Biblia, la Venida del Espíritu Santo, que confiere el don de lenguas a los apóstoles, se compara con la Confusión de las lenguas que detiene la construcción de la Torre de Babel.
   El don de lenguas acordado a los apóstoles debe reunir a aquellos a quienes la «torre de la confusión» volviera extranjeros. Por sus esfuerzos se elevará un edificio que sin presunción ni locura podrá pretender subir hasta el cielo, y en lugar de desafiar al Señor, aportará la reconciliación del mundo con su Creador. La nueva torre espiritual de la Gracia ya no será construida, como la de Babel, símbolo de la desmesura y el orgullo humanos, con piedras o ladrillos, sino con las virtudes de Cristo Redentor (non lapidibus, sed de virtutibus Christi).
2. Culto
   La Pentecostés estaba considerada la fiesta colectiva de los apóstoles. Y se celebraba muy especialmente en Saint Sernin de Toulouse, que se jactaba de poseer reliquias del colegio apostólico.
   Además, señalaba la fecha de nacimiento de la Iglesia cristiana (Natale della Chiesa).
   En la Edad Media, en Notre Dame de París y en Saint Jacques la Boucherie, se reconstruía el milagro haciendo descender desde lo alto de la bóveda una paloma y trozos de estopa encendida.
3. Iconografía
   Se distinguen tres tipos principales, con y sin la Virgen.
l. La Pentecostés con la Virgen
   Bizantinos y occidentales coinciden en atribuir a la Virgen el lugar central, aunque no el papel principal.
    El hecho no deja de ser sorprendente, puesto que María, al haber recibido en su persona el Espíritu Santo, el día de la Anunciación, no necesitaba recibirlo una segunda vez, tanto más por cuanto no participaba del apostolado. Además, su presencia no se menciona explícitamente en los Hechos de los Apóstoles.
   La única justificación de esta tradición iconográfica es un pasaje del capítulo que precede al relato de la Pentecostés (Hechos, 1: 13), donde se dice que los apóstoles reunidos en Jerusalén, en el piso alto, es decir, en la habitación principal de la casa, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús...». De ello no debe deducirse en modo alguno que la Virgen estuviese con ellos el día de la Pentecostés. Su presencia es una simple suposición que los teólogos admitieron, y que luego se impuso a los artistas, tanto más fácilmente por cuanto éstos tenían la costumbre de representarla en medio de los apóstoles en la escena de la Ascensión.
   Madre adoptiva de San Juan y Reina del cielo, fue considerada muy pronto la reina y la madre espiritual de los doce apóstoles (regina et mater Apostolorum). También puede admitirse que la Virgen sea aquí, como en la escena de la Ascensión, sólo el símbolo de la Iglesia.
   Los apóstoles forman un círculo alrededor de la Virgen que preside la asamblea sin participar en el milagro. Encima de las cabezas planea la paloma del Espíritu Santo, que deja caer sobre ellos una lluvia de pavesas o de lenguas de fuego.
   De inmediato los doce comienzan a hablar todos a la vez, y gesticulan, convirtiendo el cenáculo en una pequeña torre de Babel. Tienen el gesto de alocución, para indicar que están en condiciones de conversar en diversos idiomas.
2. La Pentecostés con los apóstoles solos
   Existen representaciones de la Pentecostés donde los doce apóstoles reunidos en la habitación alta y sobrevolados por la paloma del Espíritu Santo están representados sin la Virgen, cuya presencia no está clara mente señalada en los Hechos de los Apóstoles.
   Además del grupo de los apóstoles deben tenerse en cuenta dos elementos iconográficos importantes: la irradiación del Espíritu Santo y la representación del Mundo, que los apóstoles, convertidos súbitamente en políglotas,  podrán evangelizar.
     1. La irradiación o el don de lenguas
   En las representaciones de la Pentecostés se han empleado, como es natural, los motivos solares o planetarios que ya hemos visto en la iconografía de los Siete Dones del Espíritu Santo.
   El Libro de los Perícopes de la Biblioteca de Munich (siglo XI), simboliza la efusión del Espíritu Santo mediante una rueda inflamada en torno a la cual se agrupan los apóstoles. En la Biblia de Floreffe (siglo XII), los apóstoles están sentados en las molduras inferiores de un enorme disco, y reciben los rayos emitidos por las siete palomas del Espíritu Santo.
   A veces la paloma emisora está reemplazada por la Mano de Dios cuyos dedos separados irradian.
   La inspiración divina generalmente está simbolizada por una lluvia de lenguas de fuego. Muchas veces, esas lenguas inflamadas toman la forma de cintas o cuerdas que descienden sobre la cabeza de cada uno de los apóstoles (Capitel de la Daurade, en Toulouse).
   En ciertas miniaturas bizantinas (Homilías de San Gregorio Nacianceno, B.N., París) se advertirá que el Espíritu Santo no desciende directamente sobre los apóstoles, sino sobre el Trono Venerable (Vacua Sedes, Trono vacío del Juicio Final), donde reposa el libro del Evangelio, y es allí donde rebrotan o rebotan los rayos.
     2. El Cosmos

   Lo que caracteriza a las representaciones bizantinas de la Pentecostés es que los diferentes pueblos que serán evangelizados en sus respectivas lenguas, están personificados colectivamente por la figura del Cosmos, es decir, del mundo con el aspecto de un rey coronado de pie ante la puerta del cenáculo, que tiene en las manos un lienzo con los doce rollos, que corresponden a las predicaciones de los doce misioneros. Esta alegoría del Cosmos, que traduce el pasaje de las Escrituras acerca del Espíritu de Dios llenando el mundo (Spiritus Domini replevit Orbem terrarum), ha permanecido extraña a la iconografía occidental.
   Por error se había creído que ese misterioso personaje representaba al rey David, e incluso al profeta Joel, que hace decir a Yavé (2: 28): «Después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne».
     Catálogo
   Las representaciones de la Pentecostés son numerosas, tanto en el arte paleocristiano (miniaturas y mosaicos) como en el románico y el gótico; pero se multiplicaron sobre todo a finales de la Edad Media, a consecuencia de la fundación de las cofradías del Espíritu Santo, y luego, en el siglo XVI, a causa de la institución de la orden del Espíritu Santo por Enrique III (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad del Rocío de Sevilla Sur: www.sevillasur.es

La Hermandad del Rocío de Sevilla Sur, al detalle:
- Sede canónica: - Iglesia de San Juan de Ávila
- Día de Salida Procesional: - Jueves anterior al Domingo de Pentecostés
- Imágenes Titulares:    - Santísima Virgen del Rocío
                                        - Simpecado

lunes, 10 de mayo de 2021

La imagen "San Juan de Ávila", de Mario Castellano Marchal, en la Iglesia de San Juan de Ávila


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "San Juan de Ávila", de Mario Castellano Marchal, en la Iglesia de San Juan de Ávila, de Sevilla.
         Hoy, 10 de mayo, Memoria de San Juan de Ávila, presbítero, que, nacido en Montilla, lugar de Andalucía, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado injustamente de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual (1569) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "San Juan de Ávila", de Mario Castellano Marchal, en la Iglesia de San Juan de Ávila, de Sevilla.
     La Iglesia de San Juan de Ávila, se encuentra en la calle Sierra del Castaño, 3; en el Barrio del Tiro de Línea-Santa Genoveva, del Distrito Sur.
   En la iglesia parroquial de San Juan de Ávila, podemos contemplar una imagen de San Juan de Ávila, obra realizada por Mario Castellano Marchal en 2015. Realizada con telas encoladas, esta imagen de San Juan de Ávila alcanza el 1,70 metros de altura, estando concebida para presidir el presbiterio en su lateral derecho. Una de las peculiaridades que ostenta la obre se sitúa en su postura hacia el espectador. Según el propio escultor, "en una composición clásica, el santo debería mostrarse con la mano cerrada agarrando al crucificado o señalándolo. Por ello, esta imagen reúne ambas funciones". Asimismo, Castellanos comenta que "se trata de una pieza completamente influenciada en el barroco y sevillanizada, algo novedoso en las representaciones de este doctor de la iglesia que ostenta multitud de representaciones italianas o en un arte más moderno y actual". Destaca el trabajo sobre la policromía, en especial, el roquete que lo viste.
   Con un claro objetivo evangelizador y de conocimiento de la vida de San Juan de Ávila sobre el barrio receptor de la obra, desde la parroquia existe una idea futura de que forme un calvario con el crucificado que actualmente preside la iglesia y una figura mariana, aún por realizar, que complete la escena. 
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Ávila, presbítero;
   San Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 6 de enero de 1500 – Montilla, Córdoba, 10 de mayo de 1569). Eminente predicador y promotor de la Reforma Católica en España.
   “Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”. Se crió, pues, en un ambiente muy familiar y cristiano.
   El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.
   En 1513 fue a estudiar Derecho a la Universidad de Salamanca, de donde regresó a los cuatro años —abandonando, como él mismo dijo, las “negras leyes”— para llevar vida retirada en su casa. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá (1520- 1526), donde tuvo por maestro al dominico Domingo de Soto y trabó íntima amistad con Pedro Guerrero, futuro padre del Concilio de Trento y arzobispo de Granada, y tan afín al espíritu y a los trabajos del maestro Ávila. Era entonces Alcalá un hervidero de ideas erasmistas, de las que Juan de Ávila pudo haberse impregnado durante los años en que allí estuvo estudiando. Erasmo, que no había aceptado la cátedra que le ofreciera Cisneros para su Universidad recién establecida, ejerció en ella un amplio magisterio a través de sus escritos. Precisamente, cuando Juan de Ávila cursó en ella los estudios teológicos, dieron a luz las prensas complutenses buena parte de la producción erasmiana. Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva “paz cristiana”, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores; y dotado, para colmo, de atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clásica, con un estilo maravillosamente moderno, al que no faltaba el saborcillo picante de la crítica del rutinarismo religioso. Alguna de estas ideas erasmistas se veían reflejadas en la obra predilecta de san Juan de Ávila, el Audi, filia.
   Ordenado sacerdote en 1526, vendió su hacienda y se ofreció como misionero para el Nuevo Mundo. Fue para ello a Sevilla, donde “vivió en unas casillas con un padre sacerdote”, dedicándose a la predicación y a dar testimonio de su vida sacerdotal. No pudo pasar a América y, por consejo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, empezó a ejercer su ministerio por el sur de España; de aquí que en adelante le llamaban el “Apóstol de Andalucía”.
   Se dedicó a la predicación por diversas ciudades, organizando misiones populares, dirigiendo espiritualmente a muchas personas, visitando los hospitales, cárceles y escuelas, formando grupo con otros sacerdotes en una vida de estudio, oración y pobreza. Por este tiempo predicó y vivió principalmente en Écija.
   En 1531 lo denunciaron, por doctrina sospechosa, a la Inquisición de Sevilla. La vigilancia inquisitorial, alerta ante el peligro de la infiltración luterana, amparó la ocasión. Se abría el proceso informativo. Los acusadores se ratificaron, y otras acusaciones llegaron de Alcalá de Guadaira. Los inquisidores decretaron la detención del predicador y los oficiales del Santo Oficio lo llevaron preso a Sevilla. A finales de 1532, Juan de Ávila respondió hábilmente a los cargos que se le hacían. Por otro lado, la vida que llevó en la cárcel y la prudencia y ortodoxia con que respondió a dichos cargos convencieron pronto a los inquisidores de que no había razón para condenarlo. Muchas acusaciones procedían de envidias y no es menor prueba el que los testigos que declararon a su favor fueran más numerosos que los que lo hicieron en contra. No puso Ávila mucho empeño en defenderse de las acusaciones; más dedicó su tiempo a esbozar su obra escrita principal, el Audi, filia (tratado sobre la perfección cristiana) y una introducción y traducción de la Imitación de Cristo. Según su biógrafo y discípulo fray Luis de Granada, aprendió el “Misterio de Cristo” en la cárcel “en pocos días más que en todos los años de su estudio”. El 16 de junio de 1533, vistos los autos, los inquisidores absolvieron al acusado, que salió del juicio sin nota ni mancha alguna. Como aquéllos le mandaran predicar un día de fiesta en la iglesia de San Salvador de Sevilla, anotó también fray Luis que, “en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad”. En 1535 marchó a Córdoba, invitado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo, y allí se incardinó.
   Se encargó de la formación del clero creando dos centros de estudio, explicaba al pueblo la Escritura, y desde Córdoba organizó las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de La Mancha y Sierra Morena). Recorrió en su predicación y apostolado las principales ciudades andaluzas. Convirtió en Granada a Juan Ciudad (san Juan de Dios), quien fue dirigido espiritual suyo. Asimismo, influyó en el cambio de vida del marqués de Lombay, duque de Gandía (san Francisco de Borja).
   Mientras tanto, el número de sus discípulos crecía con la conquista de elementos valiosos y con ellos se dispuso a llevar a cabo uno de sus principales objetivos, que era el de fundar colegios para la educación de la juventud y seminarios o convictorios para clérigos.
   Consta la fundación de quince de esos colegios, sin contar los convictorios sacerdotales. De estas fundaciones, tres eran colegios mayores o Universidades (Baeza, Jerez, Córdoba). La fundación más célebre fue la de la Universidad de Baeza, cuyos clérigos, con fama de santidad y ciencia, llegaron a casi toda España. Sus principales colaboradores en este centro fueron Diego Pérez de Valdivia (después profesor de Escritura de la Universidad de Barcelona y célebre escritor espiritual) y Bernardino de Carleval. La línea de formación que se seguía en estos colegios era la que él mismo dejó explicada en los Memoriales que escribió y mandó al Concilio de Trento.
   Fueron años de incesantes correrías apostólicas: de Granada a Córdoba, de Zafra a Baeza, de Baeza a Montilla, otra vez a Granada y a Córdoba. Aquí hubo un momento en que parece que iba a cuajar, al fin, la fundación de “una congregación de sacerdotes operarios y santos”; fue el momento en que llegó a tener juntos “más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar”.
   Este centro misional, creado en Córdoba, retuvo al maestro Ávila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, sin que tal permanencia se deba considerar como una residencia inmóvil. Solo o acompañado de sus discípulos, predicó con gran fruto, tanto en la ciudad como en los alrededores; se adelantó por la serranía cordobesa, por Fuenteovejuna, y llegó en una ocasión hasta los límites del Campo de Calatrava y arzobispado de Toledo, a la vista de Almadén. Subió hasta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, desde donde se divisan allá lejos Sierra Nevada, el puerto del Pico, Guadalupe, etc.
   Confesó allí a muchas personas que le habían seguido desde los lugares donde había predicado. Deseó llegarse a Almadén, para hablar a aquella muchedumbre de forzados de todas partes que allí trabajaban en las minas y en los hornos. Vio algunos azogados, y se quejó de que no hubiera hospital para atenderlos. A este propósito, escribió el conocido Daniel Rops en el volumen que dedicó a La Reforma: “Tuvo como centro (la Reforma en España) a un sorprendente personaje, Juan de Ávila, autor del admirable Audi, filia, y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los prelados por sus debilidades, y conduciendo en su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio de Loyola y sus compañeros”.
   Por ciudades, pues, pueblos y aldeas fue ejerciendo el ministerio de la predicación que, con el de la pluma, fue el principal y más importante de los ministerios que ejerció en su vida. Predicaba a toda clase de personas y aprovechaba el fruto de sus sermones para la dirección espiritual. Preparaba siempre la predicación con oración y estudio. De gran contenido paulino y con expresiones profundas, muy asequibles y asimilables, los temas principales eran: el misterio de Cristo, Eucaristía, Espíritu Santo, la Virgen María y tiempo litúrgico. Formó en torno a sí una verdadera escuela de predicadores y misioneros.
   En san Juan de Ávila se encuentra una síntesis sapiencial de la doctrina de la Iglesia y de toda la labor teológica hasta su época (Escritura, padres de la Iglesia, liturgia, magisterio, autores espirituales...), con una gran apertura al futuro y con unas cualidades de actualidad todavía para nuestra época. Se puede decir, sin exageración, que conociendo a Juan de Ávila, se conoce la doctrina eclesial por entero hasta el siglo XVI, con grandes y profundas indicaciones doctrinales para una labor teológica de futuro, así como para una vivencia de la fe en sus tiempos y en los tiempos actuales.
   En efecto, la doctrina del santo maestro abarca todos los campos del saber eclesial, y aún gran parte de materias humanísticas. En todos los campos teológicos, por ejemplo, presentó una doctrina sólida, amplia, fundamentada en la revelación y en toda la historia.
   Donde podría encontrarse su especialidad sería sobre todo en el campo de la predicación (de todos los puntos del mensaje cristiano), en la doctrina espiritual y en la doctrina sobre el sacerdocio. Sus puntos de vista teológicos no pertenecen con exclusividad a una escuela particular, sino que se pueden colocar en la esfera de la sabiduría cristiana que supera toda escuela y sintetiza lo mejor de ellas. Tratándose de un sacerdote diocesano (patrono de los sacerdotes diocesanos españoles), en caso de llegar a ser declarado doctor de la Iglesia, sería el primer sacerdote diocesano que consiguiera tal título, y esto en unos momentos en que la Iglesia necesita tener a la mano, con facilidad, seguridad y profundidad, la doctrina sobre el sacerdocio.
   En Juan de Ávila se notaba una cuidada formación tanto en los aspectos humanos e intelectuales como en los espirituales y pastorales. Era gran conocedor de la Sagrada Escritura, que continuamente citaba de memoria, de los padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Estudió y difundió la doctrina de Trento para salir al paso de las opiniones de los reformadores, de las que estaba al tanto. Pero la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su ardiente corazón. El magisterio personal de san Juan de Ávila por la palabra hablada se encerró dentro de los límites de la España de su tiempo; pero su magisterio por la pluma trascendió los linderos de la nación española, y de su siglo, difundiéndose por todo el mundo y por los siglos venideros a través de sus escritos.
   Predicador incansable y director de almas incomparable, el Apóstol de Andalucía fue también fecundísimo escritor de obras ascéticas y místicas. Una edición moderna de las Obras completas de san Juan de Ávila, por L. Sala y F. Martín Hernández, fue hecha en seis volúmenes en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1970-1971), que ahora se acaba de reeditar, en cuatro extensos volúmenes y con nuevas aportaciones, en la misma Editorial (Madrid, BAC, 2000-2003). Se sabe que otras muchas páginas rellenó el maestro Ávila, pero sólo las que se conservan constituyen un fondo riquísimo y de un valor inapreciable.
   De sus obras se hicieron anteriormente no menos de catorce ediciones generales españolas. En otras lenguas, tres. De obras distintas son también numerosas las ediciones que se han hecho, ya en la lengua originaria, ya en versiones a distintos idiomas; pero sobre todo del Epistolario. Nada menos que nueve españolas y veintitrés extranjeras se han contado.
   La simple enumeración de estas obras, que hoy se conservan, hace concebir una idea grandiosa del maestro, del apóstol; crece este concepto, teniendo en cuenta sus numerosas ediciones y versiones a otras lenguas, junto con la calidad de los escritos. De entre ellos sobresalen las Cartas, que debieron de ser millares, a juzgar por alusiones que se hacen en los procesos de beatificación y en otros documentos y cartas hoy desaparecidas; la correspondencia epistolar fue, sin duda, una de las principales y más eficaces ocupaciones del maestro Ávila. Cuenta su amanuense el padre Juan de Villarás que, “con frecuencia, estando comiendo, llegaban cartas y consultas de diversas partes, y, en acabando de comer, sin más estudio ni más premeditación, sino sólo ex abundantia cordis, le mandaba escribir y forjaba estas cartas, que impresas ahora asombran al mundo”. Fray Luis de Granada, su admirador, escribe: “Espanta más la facilidad y presteza con que estas cartas se escribían, porque, con ser ellas tales y tan acomodadas, era tan fácil en escribirlas que, sin borrar ni enmendar nada, porque no le daban sus ocupaciones, como salían de la primera mano las enviaba”.
   Pondera el mismo padre Granada la rara virtud y especial gracia del maestro en adaptarse tan bien a todas las necesidades de las almas: “Consuela los tristes, anima los flacos, despierta los tibios, esfuerza los pusilánimes, socorre a los tentados, llora a los caídos, humilla a los que de sí presumen. Y es cosa de notar ver cómo descubre las artes y celadas del enemigo, qué avisos da contra él, qué señales para conocer los hombres su aprovechamiento o desfallecimiento, ¡Cómo abate las fuerzas de la naturaleza! ¡Cómo levanta las de la gracia! ¡Con qué palabras declara la vanidad del mundo y la malicia del pecado y los peligros de nuestra vida! ¡Cuán copioso es en exhortarnos a la confianza en la providencia paternal de Dios y en los méritos y sangre de Cristo! Concluyendo, pues, esta materia digo que cualquier hombre prudente que leyera estas cartas [...], luego entenderá que el dedo de Dios está aquí”.
   Sus cartas eran de una maravillosa variedad y de una gracia deliciosa. Consultor nato de varios prelados, como Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y del patriarca san Juan de Ribera y de santo Tomás de Villanueva, ambos arzobispos de Valencia, no faltan cartas a prelados, a fundadores de órdenes religiosas, como san Ignacio y san Juan de Dios; a sacerdotes, religiosos, monjas, señores de título, señoras, doncellas...
   Gran empeño tenía santa Teresa en que el Apóstol de Andalucía leyera el libro de su Vida; que de hacerlo, quedaría tranquila. Juan de Ávila le escribió dos cartas, en las cuales le dio a conocer la veracidad y solidez de su doctrina. Aunque enemigo de entremeterse en negocios seculares —su epistolario es espiritual—, no falta alguna carta que pertenece al buen gobierno de la república cristiana, como la que menciona el mismo padre Granada, escrita al asistente de Sevilla, “en la cual le da tantos avisos y documentos para buen gobierno della, como si toda la vida hubiese gastado en negocios de república”.
   Junto a las cartas, los Sermones. El sermonario del maestro Ávila abarca toda clase de temas: sermones de tiempo y de los santos, dogmáticos y morales, pláticas a sacerdotes y a monjas..., pero había materias que trataba con especial cariño, y fiestas en que no dejaba de predicar por enfermo que estuviera, a no ser que la enfermedad le rindiese por completo. “Cuando venía alguna fiesta grande, particularmente del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora —escribe el padre Granada—, luego se levantaba de la cama [...] y predicaba de ordinario ocho sermones, uno en cada día de la Octava del Santísimo Sacramento, y esto con tan buena disposición corporal, que parecía del todo sano”.
   Hoy se puede admirar la copia y solidez de su doctrina, aquellas expresiones tan felices, tan vivas, y que son como proverbios; y saborear los dulces efectos de devoción, que brotan de las páginas de sus tratados del Santísimo Sacramento, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora... ¿Qué sería gustarlos de la misma boca del predicador? ¡Cuántos predicadores de todo el mundo han venido a sacar agua de doctrina y afecto de corazón de estas fuentes saludables! Se puede recordar lo que de sí mismo escribió san Antonio María Claret en el siglo XIX: “He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente de materia de misiones. He leído a S. Juan Crisóstomo, S. Ligorio... y el V. Juan de Ávila. De éste he leído y he anotado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era dificultoso ocupar menos tiempo.
   Cualquiera puede comprobar hoy la abundancia y la solidez de doctrina de este predicador evangélico, leyendo los sermones que de él se han impreso. El insigne escritor Marcelino Menéndez Pelayo, en su conocida Historia de los Heterodoxos Españoles, refiriéndose a los tiempos del padre Ávila, se expresó de esta manera: “¿Qué había de lograr el protestantismo [...], cuando recorrían los campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo?”.
   Pero existe un testigo mayor de toda excepción, su discípulo el venerable fray Luis de Granada: el amor de Dios “le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros”.
   Célebre es aquel texto de este insigne escritor ascético: “Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no dudaban en ofender a Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Hieremías: obstupescite coeli super hoc, etcétera.
   Y en verdad, cierto, que dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la iglesia” Pero no solamente ponía corazón y fuego en sus sermones, sino que, “como persona de letras e ingenio, llevaba el sermón muy enhilado”.
   Cierto que no manejaba muchos libros: “Estudiaba los sermones que predicaba, de rodillas puesto en oración” Él mismo confesó a fray Luis de Granada “que en el tiempo que predicaba, cercado de tantos negocios, tenía cada día dos horas de oración por la mañana, y otras dos en la noche”. “Predicar —decía el mismo maestro Ávila— no es estar razonando una hora con Dios, sino que venga el otro hecho un demonio y salga hecho un ángel”.
   Y una cosa que agranda el mérito de tan excelso predicador es que formó escuela en el arte de predicar, de la que salieron conocidos oradores sagrados. El más eminente predicador que tuvo la Compañía de Jesús en España durante el siglo XVI fue el padre Juan Ramírez.
   “Amaestrado en la predicación, antes de entrar en la Compañía, por el Maestro Juan de Ávila, comenzó muy luego a conseguir en Granada notabilísimos triunfos”.
   Su fama de “maestro” se iba acrecentando, pues, cada día más, y parecía natural, Ávila fundaba un instituto de clérigos regulares, una orden de sacerdotes apostólicos. Pero la humildad del “Apóstol”, los achaques de salud que cada día se le recrecían, la generosidad con que iba entregando, uno a uno, sus mejores discípulos a otras órdenes religiosas, especialmente a la Compañía de Jesús, hicieron irrealizable el proyecto.
   Al mismo Ávila parece que le pasó por la mente entrar él mismo en la recién fundada Compañía. Se cruzaron cartas entre san Ignacio y el maestro. Aquél se había dado cuenta del valor personal de éste y había reparado en lo semejante de las empresas que ambos tenían entre manos. Convenía, pues, inclinarle a que entrase en la Compañía, porque “traería tras sí mucha cosa el Ávila”. Pero el maestro no se decidió: tenía muchos años y muchas enfermedades, aunque siguió respondiendo con generosidad, con discípulos y con ofertas. El 6 de diciembre de 1552 escribió san Francisco de Borja a san Ignacio: “Como verá V. P. por una carta nuevamente recibida del P. Mtro. Ávila, por la cual se entiende que, estando muy enfermo, quiere dejar por heredera a la Compañía de sus discípulos en los colegios, y así, por el fruto que se espera, escribe al P. Provincial que, ‘si no puede ir en persona, envíe (otra) tan calificada cuanto el negocio requiere’”.
   Ya muy enfermo, Ávila se retiró a Montilla (Córdoba) hacia el año 1554 y allí permaneció hasta su muerte (1569), viviendo pobremente. La marquesa de Priego lo hubiese querido alojar en su palacio, pero Ávila se negó. En la calle de la Paz, n.º 8, propiedad de la marquesa, se instaló, al fin, acompañado de su fiel discípulo el padre Juan de Villarás. “Un pequeño zaguán y una habitación de no grandes dimensiones ocupan la planta baja; y en el piso superior, al que da acceso una estrecha y rústica escalera, tres modestísimas habitaciones de techo no muy alto y de rústico pavimento”.
   Aparte de una intensa vida interior, Juan de Ávila siguió, en cuanto le daban de sí las fuerzas, trabajando en sus tareas apostólicas. Visitó con mucha frecuencia, para predicar y confesar, el monasterio de Santa Clara. Escribió cartas de dirección espiritual. Recibió consultas, noticias. Revisó la edición definitiva del Audi, filia, escribió el Tratado del sacerdocio, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores, además de numerosos sermones. Y, sobre todo, llevó las riendas de sus colegios y de su escuela sacerdotal. Especialmente por el epistolario se relacionaron con él en demanda de consejo: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros. A él se referían comúnmente con el apelativo de “Maestro Ávila”.
   San Juan de Ávila, a semejanza de san Pablo, al que se propuso seguir como modelo, fue con toda verdad un apóstol, o como se ha escrito de él, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del Santo Apóstol”. En la línea del Concilio de Trento, al que mandó sus memorables Tratados de Reforma, puso todo su empeño en la reforma de las costumbres clericales, estableciendo colegios, parecidos en alguna manera a los seminarios, y haciendo que los sacerdotes, como soldados preparados para todo, saliesen bien preparados en toda ciencia y virtud.
   Fue amigo de todos y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares; y maestro, a la vez, de santos, tales como san Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, quien al enterarse de su muerte, dijo, afligida, que la Iglesia “había perdido una gran columna”.
   El magisterio de Juan de Ávila no terminó con su vida. Sus abundantes escritos han influido notablemente en la historia de la espiritualidad y de la renovación eclesial. En la Biblioteca de Autores Cristianos sus obras conocidas ocupan varios volúmenes.
   Se enumeran no menos de catorce ediciones y tres en otras lenguas en distintas épocas. De obras por separado son numerosas las ediciones y versiones a distintos idiomas. De su Epistolario hay al menos veinticinco ediciones extranjeras. El tratado Audi, filia es un clásico de la espiritualidad. Se tradujo muy pronto al italiano, francés, alemán e inglés. Su influencia en el Concilio de Trento ha sido puesta de manifiesto por los especialistas. No pudo asistir a él a causa de sus enfermedades; pero allí se dejó sentir el eco de su doctrina. El papa Pablo VI pudo decir en la homilía de canonización que “el Concilio de Trento adoptó decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes”. El Maestro Ávila pertenece a ese grupo de verdaderos reformadores que intentaron e iluminaron la renovación de la Iglesia en aquellos tiempos recios del siglo XVI.
   Sus escritos fueron fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal. Se le copia y se le cita, por ejemplo, en las obras del clásico Antonio de Molina; en las de san Francisco de Sales, Bérulle, los autores de los Píos Operarios Evangélicos, san Antonio M.ª Claret, beato Manuel Domingo y Sol... Ya en nuestro tiempo, Juan de Ávila ha sido una referencia continuada para el clero diocesano, no sólo en España, sino también en otros países, particularmente en América. “Maestro de evangelizadores” —Apóstol de Andalucía le llamaban, por la evangelización que en ella realizara—, Juan de Ávila puede servir de modelo para llevar a cabo la nueva evangelización que necesita nuestro mundo de hoy. En el campo de la catequesis es un buen modelo. Supo transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana, provocó la adhesión a Jesucristo y llamó a la conversión. Respecto a la pastoral de la educación y de la cultura, Juan de Ávila fue un pionero.
   Fundó una universidad, dos colegios mayores, once escuelas y tres convictorios para formación permanente e integral de los clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres.
   Para dar ejemplo, él mismo encarnó en su vida la pobreza y el amor a los pobres.
   La dimensión sacramental fue central en su predicación y en sus escritos; la clave de la vida cristiana y de toda la espiritualidad la hizo consistir en la vida divina y la filiación adoptiva recibida en el bautismo.
    En medio de su actividad apostólica aparece siempre, como base, la oración. En ella templaba su alma para la predicación. La pastoral vocacional era igualmente otra de sus grandes realizaciones. Decía que la recta formación de los sacerdotes era la clave de la verdadera reforma de la Iglesia, sacerdotes a los que había que formar desde la niñez. Igualmente, se interesaba ardientemente por las vocaciones a la vida consagrada.
    Había renunciado a prebendas y obispados (Segovia y Granada), así como al capelo cardenalicio ofrecido por Pablo III. Murió en Montilla el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, dijo: “Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna”. Fue beatificado por León XIII el 4 de abril de 1894. Pío XII, el 2 de julio de 1946, le declaró patrono del clero diocesano español. Pablo VI le canonizó el 31 de mayo de 1970. Precisamente en la homilía de canonización hizo resaltar del nuevo santo las siguientes características: figura y doctrina sacerdotal excelsa, modelo de predicación y dirección de almas, influencia histórica, paladín de la reforma eclesiástica. Entre las afirmaciones del Sumo Pontífice resalta la siguiente: “La figura y la doctrina de San Juan de Ávila, ha dejado, pues, en la Iglesia una impronta especial y extraordinaria que hoy es reconocida por todos. Su influencia histórica sigue siendo la de una gran Maestro o Doctor, pues tal ha sido siempre el título que acompaña a su nombre desde que, todavía en vida, se lo dieron sus contemporáneos”.
   A los pocos días de su canonización, la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (5-11 de julio de 1970) acordó solicitar a la Santa Sede la declaración de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia Universal. Igualmente, en 1989 acuerda la LI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (20-25 de noviembre de 1989) enviar preces a la Santa Sede, acompañando a la nueva Positio que se había redactado, en la que se ponía de relieve la solidez de la doctrina de san Juan de Ávila, su rica espiritualidad y su perenne actualidad (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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domingo, 15 de marzo de 2020

La Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva, de Aurelio Gómez Millán


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva, de Aurelio Gómez Millán, de Sevilla.     
     Hoy, 15 de marzo se celebra el aniversario del inicio de las obras (15 de marzo de 1941) del Templo del Tiro de Línea, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva, de Sevilla.
     La Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva, se encuentra en la avenida de los Teatinos, 44 (con portada lateral en la calle Romero de Torres, 15); en el Barrio del Tiro de Línea-Santa Genoveva, del Distrito Sur.
   En pleno centro del barrio del Tiro de Línea se sitúa la iglesia parroquial de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva, originalmente sólo titulada con la advocación de la santa francesa en honor a la esposa del temido general Queipo de Llano. A pesar de ser obra relativamente contemporánea, concita gran devoción popular por ser sede de la hermandad de Jesús Cautivo y Nuestra Señora de las Mercedes, popularmente conocida como Santa Genoveva. El edificio se terminó en 1945 para atender las necesidades en materia religiosa que demandaba el barrio del Tiro de Línea, una zona en plena expansión por aquel entonces. La iglesia es obra del arquitecto sevillano Aurelio Gómez Millán, que proyectó un templo de líneas historicistas inspiradas en otros edificios históricos de la ciudad, comenzándose las obras el 15 de marzo de 1941. El edificio presenta un sobrio aspecto exterior, impuesto por la austeridad de la época en la que se construyó, destacando la puerta de ingreso que da a la avenida de los Teatinos y la torre de planta octogonal que se levanta a los pies de la nave del Evangelio, inspirada probablemente en la caja de escaleras del presbiterio de la iglesia del monasterio de Santa Paula. Se accede al templo por un gran portalón que se remata  con una sencilla espadaña. A amos lados se hallan sendos retablos cerámicos con los titulares de la hermandad, apareciendo un tercer retablo cerámico representando a Santa Genoveva sobre la puerta de acceso. En la fachada que accede a la calle Romero de Torres se abre otro portalón que desde 1958 posibilita la salida procesional de la hermandad el Lunes Santo. El interior es de planta rectangular y está compuesto por una sola nave de 26,60 x 12 m., subdividida en cinco tramos y cubierta a dos aguas. Diversos retablos de desigual factura se sitúan en los laterales, destacando la decoración pictórica mural, obra de Rafael Rodríguez Hernández.

      En el presbiterio se sitúa el retablo mayor, obra del maestro Dionisio González de fines del XVIII de estilo neoclásico con algún recuerdo tardobarroco. Pertenecía a la hermandad de la Virgen de la Alegría de la parroquia de San Bartolomé. Fue inaugurado en su emplazamiento original de la judería en 1800, siendo remodelado en 1902 por José Gil y en 1948 por Francisco Ruiz. Se situó en su emplazamiento actual en febrero de 1969, tras el nuevo dorado que realizó Antonio Sánchez. El retablo es de un solo cuerpo que se divide en tres calles. Se remata por una hornacina que aloja la imagen de Santa Genoveva, obra de Castillo Lastrucci de 1940, y que se representa con una paloma en el brazo izquierdo y una oveja junto a su lado derecho. Esta imagen es contemporánea a la construcción de la iglesia y, al ser la titular, preside el templo desde el altar mayor. En la parte central del retablo se sitúa la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo en el abandono de sus discípulos, obra de José Paz Vélez tallada en pino de Flandes en 1957, con un consto de 17.500 pesetas de la época. El mismo autor le talló un nuevo cuerpo en 1985. Paz Vélez realizó también la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes en 1956, situada a la izquierda y, en el lado opuesto del altar, San Juan Evangelista. A la derecha del altar mayor se encuentra el altar de La Milagrosa, imagen de serie que llegó a procesionar antaño en los primeros días de diciembre. A la derecha de este altar hay un cuadro que recuerda a Santa Ángela de la Cruz. A la izquierda del altar mayor, al final de la nave del Evangelio, se encuentra el altar del Sagrado Corazón de Jesús, con imagen bendecida en el año 1946 que pertenece a la asociación parroquial del Sagrado Corazón de Jesús. Otros retablos modernos son el de la Virgen de Fátima, el de Juana Jugan, la fundadora de las Hermanitas de los Pobres y el dedicado al arcángel San Miguel. El retablo de más interés se encuentra a los pies de la iglesia en el lateral izquierdo. Acoge un crucificado de pequeño tamaño sin documentar y una dolorosa a sus pies que entrelaza sus manos, y a la que se la ha venido llamado popularmente como Virgen de los Dolores, una obra atribuible al escultor del siglo XVII Cristóbal Ramos. El retablo, del que hoy sólo se conserva la parte central, ocupó el presbiterio de la parroquia hasta la llegada del actual. Había venido a la parroquia en los años cuarenta proveniente de la iglesia de San Antonio Abad (Silencio), como donación de doña Arcadia de Reina, entonces camarera de la Virgen de la Concepción. Fue realizado por el afamado escultor Juan de Astorga y dorado por Juan de Ojeda. 

      Otros altares modernos, de menor interés son los dedicados a San Antonio, San Martín de Porres, San José o María Auxiliadora. La hermandad de penitencia de Santa Genoveva vio aprobadas sus reglas en 1956 e hizo su primera salida procesional el Lunes Santo de 1958. Desde entonces, se ha consolidado como una de las hermandades más populares, a pesar de su lejanía de la Catedral y de tener un o de los recorridos más largos de la Semana Santa. Bajo el lema "Por un mundo mejor" es un claro ejemplo de vinculación entre barrio, parroquia y hermandad (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
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Horario de apertura de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva:
            Ver horario de Misas.

Horario de apertura de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva:
            De Lunes a Sábados: 08:30 y 20:00
            Domingos y Festivos: 11:00, 12:30, y 20:00

Página web oficial de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y Santa Genoveva: No tiene.

viernes, 10 de mayo de 2019

La Iglesia de San Juan de Ávila


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Juan de Ávila, de Sevilla.     
      Hoy, 10 de mayo, Memoria de San Juan de Ávila, presbítero, que, nacido en Montilla, lugar de Andalucía, en España, recorrió toda la región de la Bética predicando a Cristo, y después, habiendo sido acusado injustamente de herejía, fue recluido en la cárcel, donde escribió la parte más importante de su doctrina espiritual (1569) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia de San Juan de Ávila, de Sevilla.
   La Iglesia de San Juan de Ávila, se encuentra en la calle Sierra del Castaño, 3; en el Barrio del Tiro de Línea-Santa Genoveva, del Distrito Sur.
   La parroquia fue creada en la mitad de los años sesenta, cuando la más antigua parroquia de santa Genoveva ya no tuvo capacidad para acoger a la población creciente que día a día se instalaba en el barrio. Puesta bajo la protección del Santo Patrono del clero español, atiende a una población de unos siete mil habitantes, que conforman un modelo social de clase media y trabajadora.
La población ligada permanentemente a la vida parroquial constituye aproximadamente un diez por ciento de la población del barrio, acrecentándose eventualmente con motivo de las festividades familiares y las dos romerías marianas, reduciéndose en círculos concéntricos de compromiso social, participación litúrgica, práctica pastoral… En la cotidianidad de la vida parroquial se produce de forma constante una relación de colaboración fraternal de los diferentes grupos de creyentes dedicados a la catequesis, liturgia, pastoral de salud, de mayores, de ayuda a la mujer, con las hermandades del Rocío-Sur y Nuestra Señora de los Ángeles de Alájar (cuya filial sevillana tiene su sede en la parroquia), con el incipiente coro...  
Conozcamos mejor la Biografía de San Juan de Ávila, presbítero;
   San Juan de Ávila, Apóstol de Andalucía (Almodóvar del Campo, Ciudad Real, 6 de enero de 1500 – Montilla, Córdoba, 10 de mayo de 1569). Eminente predicador y promotor de la Reforma Católica en España.
   “Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar, y, lo que más es, temerosos de Dios”. Se crió, pues, en un ambiente muy familiar y cristiano.
   El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre Audi, filia, que es libro de magisterio interior. Precede a la Filotea, obra, en cierto sentido, análoga a la de otro santo, Francisco de Sales, y a toda una gama de libros religiosos que imprimieron profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto es maestro singular.
   En 1513 fue a estudiar Derecho a la Universidad de Salamanca, de donde regresó a los cuatro años —abandonando, como él mismo dijo, las “negras leyes”— para llevar vida retirada en su casa. Estudió Artes y Teología en la Universidad de Alcalá (1520- 1526), donde tuvo por maestro al dominico Domingo de Soto y trabó íntima amistad con Pedro Guerrero, futuro padre del Concilio de Trento y arzobispo de Granada, y tan afín al espíritu y a los trabajos del maestro Ávila. Era entonces Alcalá un hervidero de ideas erasmistas, de las que Juan de Ávila pudo haberse impregnado durante los años en que allí estuvo estudiando. Erasmo, que no había aceptado la cátedra que le ofreciera Cisneros para su Universidad recién establecida, ejerció en ella un amplio magisterio a través de sus escritos. Precisamente, cuando Juan de Ávila cursó en ella los estudios teológicos, dieron a luz las prensas complutenses buena parte de la producción erasmiana. Erasmo era considerado como el maestro del humanismo cristiano, artífice de una espiritualidad interior, el profeta de una nueva “paz cristiana”, heraldo de la auténtica reforma por la que clamaban desde hacía tiempo, también en España, todos los innovadores; y dotado, para colmo, de atractivos, de un caudal nunca visto de erudición clásica, con un estilo maravillosamente moderno, al que no faltaba el saborcillo picante de la crítica del rutinarismo religioso. Alguna de estas ideas erasmistas se veían reflejadas en la obra predilecta de san Juan de Ávila, el Audi, filia.
   Ordenado sacerdote en 1526, vendió su hacienda y se ofreció como misionero para el Nuevo Mundo. Fue para ello a Sevilla, donde “vivió en unas casillas con un padre sacerdote”, dedicándose a la predicación y a dar testimonio de su vida sacerdotal. No pudo pasar a América y, por consejo del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, empezó a ejercer su ministerio por el sur de España; de aquí que en adelante le llamaban el “Apóstol de Andalucía”.
   Se dedicó a la predicación por diversas ciudades, organizando misiones populares, dirigiendo espiritualmente a muchas personas, visitando los hospitales, cárceles y escuelas, formando grupo con otros sacerdotes en una vida de estudio, oración y pobreza. Por este tiempo predicó y vivió principalmente en Écija.
   En 1531 lo denunciaron, por doctrina sospechosa, a la Inquisición de Sevilla. La vigilancia inquisitorial, alerta ante el peligro de la infiltración luterana, amparó la ocasión. Se abría el proceso informativo. Los acusadores se ratificaron, y otras acusaciones llegaron de Alcalá de Guadaira. Los inquisidores decretaron la detención del predicador y los oficiales del Santo Oficio lo llevaron preso a Sevilla. A finales de 1532, Juan de Ávila respondió hábilmente a los cargos que se le hacían. Por otro lado, la vida que llevó en la cárcel y la prudencia y ortodoxia con que respondió a dichos cargos convencieron pronto a los inquisidores de que no había razón para condenarlo. Muchas acusaciones procedían de envidias y no es menor prueba el que los testigos que declararon a su favor fueran más numerosos que los que lo hicieron en contra. No puso Ávila mucho empeño en defenderse de las acusaciones; más dedicó su tiempo a esbozar su obra escrita principal, el Audi, filia (tratado sobre la perfección cristiana) y una introducción y traducción de la Imitación de Cristo. Según su biógrafo y discípulo fray Luis de Granada, aprendió el “Misterio de Cristo” en la cárcel “en pocos días más que en todos los años de su estudio”. El 16 de junio de 1533, vistos los autos, los inquisidores absolvieron al acusado, que salió del juicio sin nota ni mancha alguna. Como aquéllos le mandaran predicar un día de fiesta en la iglesia de San Salvador de Sevilla, anotó también fray Luis que, “en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad”. En 1535 marchó a Córdoba, invitado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo, y allí se incardinó.
   Se encargó de la formación del clero creando dos centros de estudio, explicaba al pueblo la Escritura, y desde Córdoba organizó las célebres misiones de Andalucía (con Extremadura, parte de La Mancha y Sierra Morena). Recorrió en su predicación y apostolado las principales ciudades andaluzas. Convirtió en Granada a Juan Ciudad (san Juan de Dios), quien fue dirigido espiritual suyo. Asimismo, influyó en el cambio de vida del marqués de Lombay, duque de Gandía (san Francisco de Borja).
   Mientras tanto, el número de sus discípulos crecía con la conquista de elementos valiosos y con ellos se dispuso a llevar a cabo uno de sus principales objetivos, que era el de fundar colegios para la educación de la juventud y seminarios o convictorios para clérigos.
   Consta la fundación de quince de esos colegios, sin contar los convictorios sacerdotales. De estas fundaciones, tres eran colegios mayores o Universidades (Baeza, Jerez, Córdoba). La fundación más célebre fue la de la Universidad de Baeza, cuyos clérigos, con fama de santidad y ciencia, llegaron a casi toda España. Sus principales colaboradores en este centro fueron Diego Pérez de Valdivia (después profesor de Escritura de la Universidad de Barcelona y célebre escritor espiritual) y Bernardino de Carleval. La línea de formación que se seguía en estos colegios era la que él mismo dejó explicada en los Memoriales que escribió y mandó al Concilio de Trento.
   Fueron años de incesantes correrías apostólicas: de Granada a Córdoba, de Zafra a Baeza, de Baeza a Montilla, otra vez a Granada y a Córdoba. Aquí hubo un momento en que parece que iba a cuajar, al fin, la fundación de “una congregación de sacerdotes operarios y santos”; fue el momento en que llegó a tener juntos “más de veinte compañeros en el Alcázar viejo, para principio de una religión que quería fundar”.
   Este centro misional, creado en Córdoba, retuvo al maestro Ávila en esta ciudad, como su sede habitual, por espacio de unos ocho o nueve años, sin que tal permanencia se deba considerar como una residencia inmóvil. Solo o acompañado de sus discípulos, predicó con gran fruto, tanto en la ciudad como en los alrededores; se adelantó por la serranía cordobesa, por Fuenteovejuna, y llegó en una ocasión hasta los límites del Campo de Calatrava y arzobispado de Toledo, a la vista de Almadén. Subió hasta la ermita de Nuestra Señora del Castillo, desde donde se divisan allá lejos Sierra Nevada, el puerto del Pico, Guadalupe, etc.
   Confesó allí a muchas personas que le habían seguido desde los lugares donde había predicado. Deseó llegarse a Almadén, para hablar a aquella muchedumbre de forzados de todas partes que allí trabajaban en las minas y en los hornos. Vio algunos azogados, y se quejó de que no hubiera hospital para atenderlos. A este propósito, escribió el conocido Daniel Rops en el volumen que dedicó a La Reforma: “Tuvo como centro (la Reforma en España) a un sorprendente personaje, Juan de Ávila, autor del admirable Audi, filia, y apóstol de palabra infatigable. En las ciudades y hasta en las más pobres aldeas de Andalucía, él y sus compañeros, antecesores de nuestras misiones rurales y obreras, se entregaron sin medida, mostrando en todas partes sus sotanas raídas, sus rostros macerados de ojos ardientes, avergonzando a los cristianos por la dureza de los ricos y aun a los prelados por sus debilidades, y conduciendo en su zurrón de cazador de Cristo piezas logradas, tales como Luis de Granada, Juan de Dios y Francisco de Borja; levantando en Sierra Morena las iglesias que vemos todavía hoy verdaderos precursores que anuncian, unos quince años antes, los primeros ensayos de San Ignacio de Loyola y sus compañeros”.
   Por ciudades, pues, pueblos y aldeas fue ejerciendo el ministerio de la predicación que, con el de la pluma, fue el principal y más importante de los ministerios que ejerció en su vida. Predicaba a toda clase de personas y aprovechaba el fruto de sus sermones para la dirección espiritual. Preparaba siempre la predicación con oración y estudio. De gran contenido paulino y con expresiones profundas, muy asequibles y asimilables, los temas principales eran: el misterio de Cristo, Eucaristía, Espíritu Santo, la Virgen María y tiempo litúrgico. Formó en torno a sí una verdadera escuela de predicadores y misioneros.
   En san Juan de Ávila se encuentra una síntesis sapiencial de la doctrina de la Iglesia y de toda la labor teológica hasta su época (Escritura, padres de la Iglesia, liturgia, magisterio, autores espirituales...), con una gran apertura al futuro y con unas cualidades de actualidad todavía para nuestra época. Se puede decir, sin exageración, que conociendo a Juan de Ávila, se conoce la doctrina eclesial por entero hasta el siglo XVI, con grandes y profundas indicaciones doctrinales para una labor teológica de futuro, así como para una vivencia de la fe en sus tiempos y en los tiempos actuales.
   En efecto, la doctrina del santo maestro abarca todos los campos del saber eclesial, y aún gran parte de materias humanísticas. En todos los campos teológicos, por ejemplo, presentó una doctrina sólida, amplia, fundamentada en la revelación y en toda la historia.
   Donde podría encontrarse su especialidad sería sobre todo en el campo de la predicación (de todos los puntos del mensaje cristiano), en la doctrina espiritual y en la doctrina sobre el sacerdocio. Sus puntos de vista teológicos no pertenecen con exclusividad a una escuela particular, sino que se pueden colocar en la esfera de la sabiduría cristiana que supera toda escuela y sintetiza lo mejor de ellas. Tratándose de un sacerdote diocesano (patrono de los sacerdotes diocesanos españoles), en caso de llegar a ser declarado doctor de la Iglesia, sería el primer sacerdote diocesano que consiguiera tal título, y esto en unos momentos en que la Iglesia necesita tener a la mano, con facilidad, seguridad y profundidad, la doctrina sobre el sacerdocio.
   En Juan de Ávila se notaba una cuidada formación tanto en los aspectos humanos e intelectuales como en los espirituales y pastorales. Era gran conocedor de la Sagrada Escritura, que continuamente citaba de memoria, de los padres de la Iglesia, de los teólogos escolásticos y de los autores de su tiempo. Estudió y difundió la doctrina de Trento para salir al paso de las opiniones de los reformadores, de las que estaba al tanto. Pero la fuente principal de su ciencia era la oración y contemplación del misterio de Cristo. Su libro más leído y mejor asimilado era la cruz del Señor, vivida como la gran señal de amor de Dios al hombre. Y la Eucaristía era el horno donde encendía su ardiente corazón. El magisterio personal de san Juan de Ávila por la palabra hablada se encerró dentro de los límites de la España de su tiempo; pero su magisterio por la pluma trascendió los linderos de la nación española, y de su siglo, difundiéndose por todo el mundo y por los siglos venideros a través de sus escritos. 
    Predicador incansable y director de almas incomparable, el Apóstol de Andalucía fue también fecundísimo escritor de obras ascéticas y místicas. Una edición moderna de las Obras completas de san Juan de Ávila, por L. Sala y F. Martín Hernández, fue hecha en seis volúmenes en la Biblioteca de Autores Cristianos (Madrid, 1970-1971), que ahora se acaba de reeditar, en cuatro extensos volúmenes y con nuevas aportaciones, en la misma Editorial (Madrid, BAC, 2000-2003). Se sabe que otras muchas páginas rellenó el maestro Ávila, pero sólo las que se conservan constituyen un fondo riquísimo y de un valor inapreciable.
   De sus obras se hicieron anteriormente no menos de catorce ediciones generales españolas. En otras lenguas, tres. De obras distintas son también numerosas las ediciones que se han hecho, ya en la lengua originaria, ya en versiones a distintos idiomas; pero sobre todo del Epistolario. Nada menos que nueve españolas y veintitrés extranjeras se han contado.
   La simple enumeración de estas obras, que hoy se conservan, hace concebir una idea grandiosa del maestro, del apóstol; crece este concepto, teniendo en cuenta sus numerosas ediciones y versiones a otras lenguas, junto con la calidad de los escritos. De entre ellos sobresalen las Cartas, que debieron de ser millares, a juzgar por alusiones que se hacen en los procesos de beatificación y en otros documentos y cartas hoy desaparecidas; la correspondencia epistolar fue, sin duda, una de las principales y más eficaces ocupaciones del maestro Ávila. Cuenta su amanuense el padre Juan de Villarás que, “con frecuencia, estando comiendo, llegaban cartas y consultas de diversas partes, y, en acabando de comer, sin más estudio ni más premeditación, sino sólo ex abundantia cordis, le mandaba escribir y forjaba estas cartas, que impresas ahora asombran al mundo”. Fray Luis de Granada, su admirador, escribe: “Espanta más la facilidad y presteza con que estas cartas se escribían, porque, con ser ellas tales y tan acomodadas, era tan fácil en escribirlas que, sin borrar ni enmendar nada, porque no le daban sus ocupaciones, como salían de la primera mano las enviaba”.
   Pondera el mismo padre Granada la rara virtud y especial gracia del maestro en adaptarse tan bien a todas las necesidades de las almas: “Consuela los tristes, anima los flacos, despierta los tibios, esfuerza los pusilánimes, socorre a los tentados, llora a los caídos, humilla a los que de sí presumen. Y es cosa de notar ver cómo descubre las artes y celadas del enemigo, qué avisos da contra él, qué señales para conocer los hombres su aprovechamiento o desfallecimiento, ¡Cómo abate las fuerzas de la naturaleza! ¡Cómo levanta las de la gracia! ¡Con qué palabras declara la vanidad del mundo y la malicia del pecado y los peligros de nuestra vida! ¡Cuán copioso es en exhortarnos a la confianza en la providencia paternal de Dios y en los méritos y sangre de Cristo! Concluyendo, pues, esta materia digo que cualquier hombre prudente que leyera estas cartas [...], luego entenderá que el dedo de Dios está aquí”.
   Sus cartas eran de una maravillosa variedad y de una gracia deliciosa. Consultor nato de varios prelados, como Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y del patriarca san Juan de Ribera y de santo Tomás de Villanueva, ambos arzobispos de Valencia, no faltan cartas a prelados, a fundadores de órdenes religiosas, como san Ignacio y san Juan de Dios; a sacerdotes, religiosos, monjas, señores de título, señoras, doncellas...
   Gran empeño tenía santa Teresa en que el Apóstol de Andalucía leyera el libro de su Vida; que de hacerlo, quedaría tranquila. Juan de Ávila le escribió dos cartas, en las cuales le dio a conocer la veracidad y solidez de su doctrina. Aunque enemigo de entremeterse en negocios seculares —su epistolario es espiritual—, no falta alguna carta que pertenece al buen gobierno de la república cristiana, como la que menciona el mismo padre Granada, escrita al asistente de Sevilla, “en la cual le da tantos avisos y documentos para buen gobierno della, como si toda la vida hubiese gastado en negocios de república”.
   Junto a las cartas, los Sermones. El sermonario del maestro Ávila abarca toda clase de temas: sermones de tiempo y de los santos, dogmáticos y morales, pláticas a sacerdotes y a monjas..., pero había materias que trataba con especial cariño, y fiestas en que no dejaba de predicar por enfermo que estuviera, a no ser que la enfermedad le rindiese por completo. “Cuando venía alguna fiesta grande, particularmente del Santísimo Sacramento o de Nuestra Señora —escribe el padre Granada—, luego se levantaba de la cama [...] y predicaba de ordinario ocho sermones, uno en cada día de la Octava del Santísimo Sacramento, y esto con tan buena disposición corporal, que parecía del todo sano”.
   Hoy se puede admirar la copia y solidez de su doctrina, aquellas expresiones tan felices, tan vivas, y que son como proverbios; y saborear los dulces efectos de devoción, que brotan de las páginas de sus tratados del Santísimo Sacramento, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora... ¿Qué sería gustarlos de la misma boca del predicador? ¡Cuántos predicadores de todo el mundo han venido a sacar agua de doctrina y afecto de corazón de estas fuentes saludables! Se puede recordar lo que de sí mismo escribió san Antonio María Claret en el siglo XIX: “He tenido mucho afán en leer autores predicables, singularmente de materia de misiones. He leído a S. Juan Crisóstomo, S. Ligorio... y el V. Juan de Ávila. De éste he leído y he anotado que predicaba con tanta claridad, que lo entendían todos y nunca se cansaban de oírle, siendo así que sus sermones duraban a veces dos horas, y era tanta la afluencia y multitud de especies que le ocurrían, que le era dificultoso ocupar menos tiempo.
   Cualquiera puede comprobar hoy la abundancia y la solidez de doctrina de este predicador evangélico, leyendo los sermones que de él se han impreso. El insigne escritor Marcelino Menéndez Pelayo, en su conocida Historia de los Heterodoxos Españoles, refiriéndose a los tiempos del padre Ávila, se expresó de esta manera: “¿Qué había de lograr el protestantismo [...], cuando recorrían los campos y ciudades misioneros como el Venerable Apóstol de Andalucía Juan de Ávila, orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto el mundo?”.
   Pero existe un testigo mayor de toda excepción, su discípulo el venerable fray Luis de Granada: el amor de Dios “le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros”.
   Célebre es aquel texto de este insigne escritor ascético: “Un día oíle yo encarecer en un sermón la maldad de los que, por un deleite bestial, no dudaban en ofender a Nuestro Señor, alegando para esto aquel lugar de Hieremías: obstupescite coeli super hoc, etcétera.
   Y en verdad, cierto, que dijo esto con tan grande espanto y espíritu, que me parecía que hacía temblar las paredes de la iglesia” Pero no solamente ponía corazón y fuego en sus sermones, sino que, “como persona de letras e ingenio, llevaba el sermón muy enhilado”.
   Cierto que no manejaba muchos libros: “Estudiaba los sermones que predicaba, de rodillas puesto en oración” Él mismo confesó a fray Luis de Granada “que en el tiempo que predicaba, cercado de tantos negocios, tenía cada día dos horas de oración por la mañana, y otras dos en la noche”. “Predicar —decía el mismo maestro Ávila— no es estar razonando una hora con Dios, sino que venga el otro hecho un demonio y salga hecho un ángel”.
   Y una cosa que agranda el mérito de tan excelso predicador es que formó escuela en el arte de predicar, de la que salieron conocidos oradores sagrados. El más eminente predicador que tuvo la Compañía de Jesús en España durante el siglo XVI fue el padre Juan Ramírez.
   “Amaestrado en la predicación, antes de entrar en la Compañía, por el Maestro Juan de Ávila, comenzó muy luego a conseguir en Granada notabilísimos triunfos”.
   Su fama de “maestro” se iba acrecentando, pues, cada día más, y parecía natural, Ávila fundaba un instituto de clérigos regulares, una orden de sacerdotes apostólicos. Pero la humildad del “Apóstol”, los achaques de salud que cada día se le recrecían, la generosidad con que iba entregando, uno a uno, sus mejores discípulos a otras órdenes religiosas, especialmente a la Compañía de Jesús, hicieron irrealizable el proyecto.
   Al mismo Ávila parece que le pasó por la mente entrar él mismo en la recién fundada Compañía. Se cruzaron cartas entre san Ignacio y el maestro. Aquél se había dado cuenta del valor personal de éste y había reparado en lo semejante de las empresas que ambos tenían entre manos. Convenía, pues, inclinarle a que entrase en la Compañía, porque “traería tras sí mucha cosa el Ávila”. Pero el maestro no se decidió: tenía muchos años y muchas enfermedades, aunque siguió respondiendo con generosidad, con discípulos y con ofertas. El 6 de diciembre de 1552 escribió san Francisco de Borja a san Ignacio: “Como verá V. P. por una carta nuevamente recibida del P. Mtro. Ávila, por la cual se entiende que, estando muy enfermo, quiere dejar por heredera a la Compañía de sus discípulos en los colegios, y así, por el fruto que se espera, escribe al P. Provincial que, ‘si no puede ir en persona, envíe (otra) tan calificada cuanto el negocio requiere’”.
   Ya muy enfermo, Ávila se retiró a Montilla (Córdoba) hacia el año 1554 y allí permaneció hasta su muerte (1569), viviendo pobremente. La marquesa de Priego lo hubiese querido alojar en su palacio, pero Ávila se negó. En la calle de la Paz, n.º 8, propiedad de la marquesa, se instaló, al fin, acompañado de su fiel discípulo el padre Juan de Villarás. “Un pequeño zaguán y una habitación de no grandes dimensiones ocupan la planta baja; y en el piso superior, al que da acceso una estrecha y rústica escalera, tres modestísimas habitaciones de techo no muy alto y de rústico pavimento”.
   Aparte de una intensa vida interior, Juan de Ávila siguió, en cuanto le daban de sí las fuerzas, trabajando en sus tareas apostólicas. Visitó con mucha frecuencia, para predicar y confesar, el monasterio de Santa Clara. Escribió cartas de dirección espiritual. Recibió consultas, noticias. Revisó la edición definitiva del Audi, filia, escribió el Tratado del sacerdocio, los Memoriales al Concilio de Trento, las Advertencias al Concilio de Toledo y otros escritos menores, además de numerosos sermones. Y, sobre todo, llevó las riendas de sus colegios y de su escuela sacerdotal. Especialmente por el epistolario se relacionaron con él en demanda de consejo: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Francisco de Borja, san Juan de Dios, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ribera, fray Luis de Granada y otros. A él se referían comúnmente con el apelativo de “Maestro Ávila”.
   San Juan de Ávila, a semejanza de san Pablo, al que se propuso seguir como modelo, fue con toda verdad un apóstol, o como se ha escrito de él, “una clara imagen de la predicación evangélica” y al mismo tiempo “una copia fiel del Santo Apóstol”. En la línea del Concilio de Trento, al que mandó sus memorables Tratados de Reforma, puso todo su empeño en la reforma de las costumbres clericales, estableciendo colegios, parecidos en alguna manera a los seminarios, y haciendo que los sacerdotes, como soldados preparados para todo, saliesen bien preparados en toda ciencia y virtud.
   Fue amigo de todos y padre en Cristo de muchos hombres de toda condición, nobles y humildes, sacerdotes y seglares; y maestro, a la vez, de santos, tales como san Juan de Dios, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara, Ignacio de Loyola, Juan de Ribera, Tomás de Villanueva, Teresa de Jesús, quien al enterarse de su muerte, dijo, afligida, que la Iglesia “había perdido una gran columna”.
   El magisterio de Juan de Ávila no terminó con su vida. Sus abundantes escritos han influido notablemente en la historia de la espiritualidad y de la renovación eclesial. En la Biblioteca de Autores Cristianos sus obras conocidas ocupan varios volúmenes.
   Se enumeran no menos de catorce ediciones y tres en otras lenguas en distintas épocas. De obras por separado son numerosas las ediciones y versiones a distintos idiomas. De su Epistolario hay al menos veinticinco ediciones extranjeras. El tratado Audi, filia es un clásico de la espiritualidad. Se tradujo muy pronto al italiano, francés, alemán e inglés. Su influencia en el Concilio de Trento ha sido puesta de manifiesto por los especialistas. No pudo asistir a él a causa de sus enfermedades; pero allí se dejó sentir el eco de su doctrina. El papa Pablo VI pudo decir en la homilía de canonización que “el Concilio de Trento adoptó decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes”. El Maestro Ávila pertenece a ese grupo de verdaderos reformadores que intentaron e iluminaron la renovación de la Iglesia en aquellos tiempos recios del siglo XVI. 
 Sus escritos fueron fuente de inspiración para la espiritualidad sacerdotal. Se le copia y se le cita, por ejemplo, en las obras del clásico Antonio de Molina; en las de san Francisco de Sales, Bérulle, los autores de los Píos Operarios Evangélicos, san Antonio M.ª Claret, beato Manuel Domingo y Sol... Ya en nuestro tiempo, Juan de Ávila ha sido una referencia continuada para el clero diocesano, no sólo en España, sino también en otros países, particularmente en América. “Maestro de evangelizadores” —Apóstol de Andalucía le llamaban, por la evangelización que en ella realizara—, Juan de Ávila puede servir de modelo para llevar a cabo la nueva evangelización que necesita nuestro mundo de hoy. En el campo de la catequesis es un buen modelo. Supo transmitir con seguridad el núcleo del mensaje cristiano y formar en los misterios centrales de la fe y en su implicación en la vida cristiana, provocó la adhesión a Jesucristo y llamó a la conversión. Respecto a la pastoral de la educación y de la cultura, Juan de Ávila fue un pionero.
   Fundó una universidad, dos colegios mayores, once escuelas y tres convictorios para formación permanente e integral de los clérigos. Varias de estas escuelas y colegios eran para niños huérfanos y pobres.
   Para dar ejemplo, él mismo encarnó en su vida la pobreza y el amor a los pobres.
   La dimensión sacramental fue central en su predicación y en sus escritos; la clave de la vida cristiana y de toda la espiritualidad la hizo consistir en la vida divina y la filiación adoptiva recibida en el bautismo.
    En medio de su actividad apostólica aparece siempre, como base, la oración. En ella templaba su alma para la predicación. La pastoral vocacional era igualmente otra de sus grandes realizaciones. Decía que la recta formación de los sacerdotes era la clave de la verdadera reforma de la Iglesia, sacerdotes a los que había que formar desde la niñez. Igualmente, se interesaba ardientemente por las vocaciones a la vida consagrada.
    Había renunciado a prebendas y obispados (Segovia y Granada), así como al capelo cardenalicio ofrecido por Pablo III. Murió en Montilla el 10 de mayo de 1569. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, dijo: “Lo que me da pena es que pierde la Iglesia de Dios una gran columna”. Fue beatificado por León XIII el 4 de abril de 1894. Pío XII, el 2 de julio de 1946, le declaró patrono del clero diocesano español. Pablo VI le canonizó el 31 de mayo de 1970. Precisamente en la homilía de canonización hizo resaltar del nuevo santo las siguientes características: figura y doctrina sacerdotal excelsa, modelo de predicación y dirección de almas, influencia histórica, paladín de la reforma eclesiástica. Entre las afirmaciones del Sumo Pontífice resalta la siguiente: “La figura y la doctrina de San Juan de Ávila, ha dejado, pues, en la Iglesia una impronta especial y extraordinaria que hoy es reconocida por todos. Su influencia histórica sigue siendo la de una gran Maestro o Doctor, pues tal ha sido siempre el título que acompaña a su nombre desde que, todavía en vida, se lo dieron sus contemporáneos”. 
   A los pocos días de su canonización, la XII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española (5-11 de julio de 1970) acordó solicitar a la Santa Sede la declaración de san Juan de Ávila como doctor de la Iglesia Universal. Igualmente, en 1989 acuerda la LI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal (20-25 de noviembre de 1989) enviar preces a la Santa Sede, acompañando a la nueva Positio que se había redactado, en la que se ponía de relieve la solidez de la doctrina de san Juan de Ávila, su rica espiritualidad y su perenne actualidad (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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