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domingo, 5 de julio de 2026

Las Fiestas en honor a San Cristóbal mártir, en Burguillos (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte las Fiestas en honor a San Cristóbal, en Burguillos (Sevilla).
     Hoy, 5 de julio (primer domingo del mes de julio), se celebra la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, promovida por la Conferencia Episcopal Española, conmemorando a San Cristóbal, celebrado hasta febrero de 1969 como patrón de los conductores, cuando fue retirado del Martirologio Romano por Pablo VI, así que hoy es el mejor día para ExplicArte las Fiestas en honor a San Cristóbal, en Burguillos (Sevilla).
     Según la Leyenda Áurea, San Cristóbal fue en su origen un gigante cananeo que, por indicación de un ermitaño cristiano, hacía de porteador en un río. Cierto día cargó sobre sus hombros a un niño cuyo peso aumentaba conforme cruzaba el río. Dicho niño se manifestó como Cristo y le encargó la prédica del cristianismo por todo el mundo dándole el nombre de Cristóforo (porteador de Cristo). Finalmente fue martirizado y por orden del emperador Decio, se le dio muerte. 
     Se desconoce cuándo se instauró la devoción a San Cristóbal en Burguillos, pero se cuenta con referencias documentales de la existencia de una cofradía y de la imagen, al menos desde la primera mitad del siglo XVIII.
     En 1971 se refunda la hermandad de San Cristóbal y comienzan a potenciarse las fiestas patronales, siendo designado como patrón de la localidad unos años después.
     Los preparativos comienzan a principios de junio, cuando la hermandad lleva a cabo una colecta entre los vecinos y comercios de la población. Dicha recaudación tiene como finalidad obtener fondos para la publicación de la revista de fiestas y financiar los distintos gastos de la hermandad.
     Durante el mes de junio y la primera semana de julio, y de forma más asidua y con mayor participación conforme avanzan los días, la cuadrilla de costaleros de la hermandad realiza los ensayos pertinentes, siempre bien entrada la noche para evitar así los rigores del calor extremo que sufre esta población durante el verano.
     Ya en los días previos a los actos centrales tienen lugar los preparativos ornamentales, tales como la decoración floral de las imágenes, la preparación del paso, etc. Dichos preparativos los llevan a cabo los miembros de la hermandad, si bien contratan a floristas expertos para la consecución de esta actividad.
     Aunque la hermandad lleva cabo varios actos en los meses y semanas previas, el pistoletazo de salida de las fiestas lo constituye la Misa del Cruce. Esta tiene lugar el domingo anterior al de diez de julio, que normalmente suele ser el primero del mes. 
     En las cercanías del cruce de entrada a la población se dispone un camión descubierto sobre el que se monta un altar y se dispone una pequeña talla de San Cristóbal. Frente al altar se disponen sillas para los asistentes, con cuidado de que queden a la sombra de los árboles que por allí se encuentran. La misa comienza sobre las diez y media y en torno al altar se dan cita multitud de vecinos, las palabras del sacerdote suelen hacer alusión, directa o indirectamente, a temas tales como los accidentes de tráfico y la precaución al volante, discurso que se ve reforzado en ocasiones por la coincidencia de la misa con una de las operaciones salida de las vacaciones estivales. Desde hace unos años se ha incorporado un coro rociero a la misa, el cual compone para la ocasión letras en honor al patrón, plagadas de referencias a su condición de protector de los viajeros.
     Del lunes al miércoles siguiente se celebra un solemne Triduo por las tardes, en la parroquia de San Cristóbal Mártir. Para ello se dispone al patrón sobre su paso entre la mesa de consagración y el altar, presidiendo de este modo las misas, acompañado por la Virgen del Rosario, copatrona de la población. El último día se dispone la imagen en el suelo para que, tras los actos litúrgicos, se organice un besamanos.
     Los días posteriores transcurren con tranquilidad, en décadas anteriores se dedicaban principalmente a las celebraciones festivas de la feria, pero dada su supresión, actualmente carecen de función.
     El sábado es el día grande, más aún si coincide con el diez de julio. A las once de la mañana da comienzo la Función Principal en la parroquia, misa a la que asisten muchos fieles. Tras los actos litúrgicos se presentan al patrón gran número de niños nacidos en el año, muchos de ellos portan medallas del santo que son bendecidas por el sacerdote.
     Ya por la tarde, sobre las nueve y media, se vuelven a abrir las puertas de la iglesia para que salga por ellas el paso del patrón a hombros de su cuadrilla de costaleros. La salida es un acto realmente emotivo que se desarrolla en el más absoluto silencio. Esto se debe al hecho de que, dadas las grandes dimensiones de la talla, a la que se une el elevado porte del paso, es necesario que los costaleros salgan prácticamente de rodillas, intentado evitar que incluso las hojas de la palmera (naturales y por lo tanto flexibles) rocen el dintel de la puerta, esfuerzo que es alabado por los vecinos con palmas y vivas.
     Durante la procesión el santo es acompañado por representaciones de las demás hermandades de la población, así como por vecinos y la banda de música. Un elemento a tener en cuenta es el grupo de mujeres que sigue inmediatamente al patrón de Burguillos, llevando en sus manos haces de velas encendidas. Según la tradición, cada vela representa una promesa o petición al santo y pueden observarse mujeres que llevan incluso una docena de ellas.
     El recorrido no es especialmente largo, pero cuenta con algunos momentos emotivos, como la entrada la calle San Cristóbal, que los vecinos decoran con arcos florales y donde reciben a la imagen con gran júbilo. No obstante, por lo general la decoración del recorrido es bastante austera, destacándose las colgaduras granas de los balcones y la iluminación de las calles principales.
     Aproximadamente a la mitad del recorrido, sobre la medianoche, el santo es dispuesto en la plaza de la Constitución, de espaldas al ayuntamiento, para que tenga lugar la bendición de los vehículos. Junto al santo se sitúan los estandartes de las diferentes cofradías y hermandades, para que los vecinos desfilen ante ellos, a continuación todas las representaciones rinden homenaje a la hermandad del patrón.
     Sólo cuando ya han desfilado vecinos y hermandades da comienzo la bendición de los vehículos. Este, empleando un ramo de romero y agua bendita, salpica con profusión los coches y camiones, así como el interior de los mismos, que ocupan parejas y familias al completo. Este ritual no se reduce únicamente a la bendición de los vehículos, a los que se relaciona con San Cristóbal por ser éste patrón de los viajeros, sino que constituye la ocasión para ver y dejarse ver, dado que es uno de los momentos que más población concentra. En los vehículos montan parejas, familias con niños pequeños o recién nacidos, ancianos, etcétera. Todos ellos reciben también la bendición del sacerdote y hacen acto de presencia junto a sus vecinos, dando así pues a conocer la relación amorosa existente entre ellos, a los nuevos miembros de la familia o la salud de la que gozan los más ancianos. Asimismo es la oportunidad para demostrar la solvencia económica estrenando un nuevo coche o llevando la flota de camiones de la empresa al completo (algo que se ha prohibido debido al colapso que suponía, reduciéndose actualmente a una muestra o representación de toda la flota). La hermandad agradece la participación dando un pequeño regalo que recuerda al patrón, bien una pequeña figurita, una foto enmarcada, etc. La participación puede superar, en algunos años, hasta los doscientos vehículos, si bien ocurre de forma muy puntual y suelen ser bendecidos del orden de unos cien. Este momento es aprovechado por los costaleros para cenar y descansar un poco, pues la bendición bien puede llegar a durar hasta una hora y media.
     Tras este acto el santo vuelve a la parroquia, aunque el acompañamiento ya es algo menor con respecto al de las horas previas. 
     Hasta 2.009, coincidiendo con estas celebraciones y en honor a San Cristóbal, tenía lugar una pequeña feria entre el jueves y el domingo posterior a la procesión. Sin embargo esta celebración ha sido recientemente suprimida por problemas económicos, uniéndola a la otra feria de la población y configurando un nuevo festejo en agosto.
     La fecha original de la celebración era el veinticinco de julio, coincidiendo con Santiago Apóstol, pero a raíz de ser considerada la leyenda como apócrifa por el Vaticano, a finales de los años sesenta del siglo XX, se optó por cambiar la fecha de su celebración, recayendo en el diez de julio, fecha que se ha mantenido hasta la actualidad. 
     La transformación más singular es, sin duda, la supresión de la feria asociada a las celebraciones del patrón. Hasta 2009 se celebraban dos pequeñas ferias, una en julio en honor a San Cristóbal, y otra en octubre para honrar a la Virgen del Rosario. Sin embargo, debido a problemas económicos se ha optado por suprimir ambas ferias y celebrar una conjunta en agosto. Este cambio ha sido bien recibido por ambas hermandades, ya que les evita gastos excesivos y supone un aumento de los donativos de los vecinos.
     La misa del cruce se instauró a principios de los años ochenta a imitación de la que llevaba a cabo la Hermandad de San Cristóbal de Toledo, con la que se encuentra muy unida la de Burguillos. Originalmente se celebraba en el cruce de las carreteras de Guillena-Villaverde del Río y Alcalá del Río-Castilblanco de los Arroyos pero, debido a las incidencias que suponía en el tráfico, en 2007 se trasladó a su ubicación actual. Asimismo, desde el principio se invitaba a los asistentes a un pequeño aperitivo, pero debido al incremento de fieles y a diversos problemas económicos, se suprimió en las mismas fechas.
     No se puede alegar que la bendición de los vehículos sea una incorporación posterior, sino que desde la refundación de la hermandad y el comienzo de la procesión, se incluyó como parte integrante. Sin embargo ha ido adquiriendo centralidad y en la actualidad es el acto central de las fiestas.
     La hora de la Función Principal del sábado ha pasado de la tarde a la mañana, volviendo así a su horario original. El primer cambio, de la mañana a la tarde, tuvo lugar a finales de los años ochenta, retrasando así la procesión, pero dicho cambio despertó críticas por las altas temperaturas que se alcanzaban en el templo, por lo que en 2009 volvió a celebrarse por la mañana, para evitar así los rigores del tiempo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Cristóbal;
LEYENDA

     Santo fabuloso cuya leyenda no se remonta más allá del siglo XI y es sólo el desarrollo de su nombre Cristóforo, que en griego significa «Porta Cristo". Originalmente, esa expresión se comprendía de manera espiritual: aquel que lleva a Cristo en su corazón. Luego se lo tomó en sentido material.
     Su nombre verdadero habría sido Auferus (bandolero), o Reprobus (maldito, réprobo). Fue en ocasión de su conversión que habría sido bautizado Cristóforo.
     Los Hechos gnósticos de San Bartolomé, compuestos en el siglo VI, hablan de un cierto Christianus cynocephalus et anthropophagus que habría sido convertido por el apóstol. Por ello, a veces le ponen una cabeza de perro.
     Según la tradición popularizada en el siglo XIII por la Leyenda Dorada, el hombre que había llevado a Cristo sobre los hombros sólo podía ser un gigante. Orgulloso de su fuerza, sólo accedió a servir al rey más poderoso del universo. Se puso al servicio de un monarca, pero al advertir que éste tenía miedo al diablo, lo abandonó para servir a Satán. Decepcionado una vez más, puesto que la vista de una cruz en un cruce de caminos bastó para derrotar al diablo; y aconsejado por un ermitaño, se comprometió a servir a Cristo, y para complacer a éste, se dedicó a ayudar a viajeros y peregrinos en el paso de un río peligroso.
     Una tarde se oyó llamar por un niño, quien le pidió que lo cargase sobre lo hombros; pero su carga se volvía cada vez más pesada, tanto, que el gigante debió apoyarse sobre el tronco de un árbol que estuvo a punto de romperse. Llegó con dificultad a la orilla opuesta, donde un ermitaño lo guió con una linterna. Entonces el niño misterioso se dio a conocer como Cristo, soberano del cielo y de la tierra. Para probárselo, le dijo a Cristóbal que plantara su cayado en la tierra, que enseguida se convirtió en una palmera datilera cargada de frutos.
     En el Niño Jesús el gigante reconoció a su amo.
     La leyenda del vado no bastó a los hagiógrafos quienes, además, copiaron del repertorio de anécdotas usuales: el gigante fue encerrado con dos bellas cortesanas, Nicea y Aquilina, encargadas de hacerlo volver al culto de los ídolos. Pero ocurrió lo contrario, las seductoras se dejaron seducir y derribaron la estatua de Júpiter, y ambas fueron conducidas al martirio. Después de haber encajado un casco calentado al rojo, Cristóbal fue atado a un árbol ante cuatrocientos arqueros cuyas flechas se debilitaron al llegar al blanco (sine ictu), o invirtieron milagrosamente su trayectoria, contra los verdugos que las dispararan. Una de ellas dio en el ojo del emperador que presidía el suplicio.
     En estas pueriles invenciones se reconoce fácilmente una copia del martirio de San Sebastián y de los santos médicos Cosme y Damián.
CULTO
     Probado desde 450 por una inscripción griega de Asia Menor, en el siglo V el culto de San Cristóbal se difundió en Constantinopla y en Sicilia.
     La popularidad de este Hércules cristiano tiene los mismos fundamentos que el [de] santa Bárbara: se lo creía protector contra una de las desgracias más temidas de la Edad Media, la muerte súbita sin confesión, que se llamaba mala muerte. Según la creencia popular, bastaba con mirar la imagen de San Cristóbal para estar durante todo el día a salvo de ese peligro.
     Esta superstición está probada por muchos refranes en latín y en francés:
          Christophorum videas 
          Postea tutus eas.
     Y, además:
          Christophori sancti speciem quicumque tuetur 
          Ista nempe die non morte mala morietur.
          Cristofori faciem die quacumque tueris.
          Ila nempe die morte mala non morieris. 
          Vigilate quia nescitis diem neque horam.
     Y para aquellos que no comprendían el latín: Regarde Saint Christophe, puis va-t-en rassuré. (Observa  a San Cristóbal, luego vete seguro.)
     Esta recomendación tenía forma de dístico mnemotécnico:
          Quand du grand Saint Christophe on a vu le portrait, 
          De la mort, ce jour là, on ne craint plus le trait.
          (Si del gran San Cristobal hemos visto el retrato
          Ese día  la muerte no ha de darnos mal rato.)
     O bien:
          Glorieux Saint Christohpe, au matin te voyant, 
          Sans crainte d 'aucun mal, on se couche en riant.
          (Glorioso San Cristóbal viéndote a la mañana
          Sin mal, riendo, a la noche nos vamos a la cama.)
     Ello explica el prodigioso número de imágenes gigantescas de San Cristóbal, pintadas o esculpidas, puestas en las fachadas y entradas de las iglesias, o, como en Berna, sobre las puertas de las ciudades. Era necesario que estuviesen a la vista tanto como fuese posible, y que en consecuencia, fueran de grandes dimensiones para que los fieles no perdieran tiempo buscándola en una capilla oscura. Esas imágenes preventivas o apotropaicas, resultarían innumerables si no hubiesen sido sistemáticamente destruidas después de la Reforma y del concilio de Trento.
     En Saint Junien, Limousin, hay un fresco románico que representa al santo en el brazo norte del transepto, a la entrada de la escalera que conduce a la Linterna de los muertos.
     Como San Cristóbal protegía de la muerte súbita, se lo invocaba también contra la peste. Se contaba entre los santos antipestosos, junto a San Sebastián, San Antonio y San Roque.
     Por eso en Alemania cuenta en la cohorte de los Catorce Intercesores.
     Se recurría a él contra el mal de ojo, porque una de las flechas disparadas en su contra se volvió contra el ojo del rey que lo condenara a muerte.
     También curaba las enfermedades más benignas: dolor de muelas y el panadizo.
     Hacía encontrar tesoros ocultos a quienes lo invocaban.
     Numerosas corporaciones o profesiones vindicaban su patronazgo por diversos motivos.
     1. Todos los oficios que exponían a quienes los practicaban al riesgo de la muerte súbita: en la Edad Media, los arcabuceros, en la actualidad los montañeros, automovilistas y aviadores.
     2. A causa de su gigantesca talla y de su fuerza hercúlea, Cristóbal es el patrón de los atletas, de los mozos de cuerda (facchini), de los cargadores de mercado, de los cargadores de trigo.
     3. Y por su oficio, es patrón de los pasadores, y también de los viajeros y de los peregrinos que en la Edad Media, a falta de puentes, solían vadear los ríos.
     4. En conmemoración del tronco de árbol vivo sobre el que se apoyó, es patrón de los jardineros y de los encargados de viveros y se lo invoca para la protección de los árboles frutales.
     Pese a tan numerosos patronazgos. hay pocas iglesias puestas bajo su advocación.
     Su popularidad decayó rápidamente a partir del siglo XV. Erasmo tomó partido en su contra en Enchiridon militis christiani y en su Encomium Moriae (Erasmo se burla de la ingenuidad de los tontos que se creen a cubierto de todo accidente durante la jornada, cuando se han persignado devotamente ante una imagen pintada o tallada de ese Polifemo cristiano. Para los humanistas, la devoción a San Cristóbal pertenece a la categoría de superstitiosus imaginum cultus). Ha sido víctima de la Reforma y de la Contrarreforma al mismo tiempo. El gran San Cristóbal de la puerta de Berna fue disfrazado de Goliat por los protestantes. El clero católico de los siglos XVII y XVIII, que encontraba al buen gigante comprometedor y un poco ridículo, lo hizo desaparecer de las iglesias. El muy reciente patronazgo de los automovilistas, de quienes se ha convertido en la mascota, le ha procurado un renuevo de popularidad. Uno de los principales centros de su culto es Saint Christophe le Jajolais (Sarthe). En el barrio parisino de Javel, donde se encuentra la fábrica de automóviles Citroën, hay una iglesia puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
     A pesar de todo, la iconografía de San Cristóbal sigue siendo muy rica. Es mucho más tardía que su culto, y comienza en el siglo X.
     Su tipo iconográfico no es fijo y uniforme como el de la mayoría de los santos, y comporta tres variantes:
1. El tipo barbudo
     Igual que Cristo, Cristóbal está representado ya barbudo, ya imberbe. El tipo barbudo es el más frecuente.
2. El tipo imberbe
     No obstante a veces el santo está rejuvenecido y aparece con los rasgos de un joven imberbe. Pueden citarse ejemplos tanto en el arte italiano (Cesare da Sesto, Bueno da Ferrara) como en el germánico (retablo de Käfermakt).
3. El tipo cinocéfalo
     Un tipo más infrecuente en Occidente es San Cristóbal con cabeza de perro, cuya nariz se alarga en hocico, y tiene orejas puntiagudas y lengua colgante. Se han propuesto numerosas explicaciones para esta singularidad. Los comparatistas sostuvieron que esa cabeza de perro se había copiado de las representaciones del dios egipcio Anubis. San Cristóbal sería Anubis cristianizado.
     Según otra hipótesis, el origen de ese tema debe buscarse en las leyendas asiáticas popularizadas por el Fisiólogo y los Bestiarios, acerca de una raza fabulosa de cinocéfalos que se situaba en los confines del mundo habitado. En las Pentecostés armenias, un personaje con cabeza de perro simboliza a los pueblos que acuden desde los confines del mundo para oír la palabra del Evangelio. En el tímpano de Vézelay se encuentra un eco de esta tradición. La tercera explicación es que en los martirologios antiguos, san Cristóbal se consideraba salido de una familia cananea (genere cananeo), que los copistas transformaron por el cambio de «a» en «i», en canineo (genere canineo). No hacía falta más para difundir la creencia en un gigante con cabeza de perro. No obstante, esta hipótesis sostenida por Künstle choca contra una objeción que al menos debió discutir, y es que casi todas las representaciones de San Cristóbal cinocéfalo pertenecen al arte cristiano de Oriente, es decir, al mundo griego, y que la confusión entre cananeo y canineo sólo pudo producirse en Occidente, donde la lengua litúrgica era el latín.
     Debe observarse que la cananea que ruega a Cristo la curación de su hija, también tiene un perro como atributo o armas parlantes.
     Por último, los evangelistas, quienes suelen ser representados en los manuscritos con las cabezas de los animales que son sus símbolos -águila, león, buey- han podido servir de modelos.
     En el arte oriental, el cinocéfalo suele estar representado con coraza y lanza empuñada. En Occidente, lo que ante todo lo caracteriza, además de su estatura de gigante, es la actitud de Cristóforo: lleva al Niño Jesús sentado o a horcajadas de sus hombros robustos. Aquí se ha sospechado la adaptación cristiana de un tema pagano: Atlas sosteniendo el mundo, o más posiblemente, Heracles llevando al niño Eros. Para los antiguos, la famosa estatua de Lisipo, popularizada por las gemas talladas y camafeos, evocaba la idea de la sumisión al Amor de los hombres más fuertes: Omnia vincit Amor. Los cristianos se habrían apropiado el tema limitándose a cambiar su significado, reemplazando al niño Eros por el Niño Jesús, y la maza de Hércules por un árbol que verdece.
     Ese bastón foliado es el atributo usual de san Cristóbal.
4. Evolución del tipo
     El tipo de San Cristóbal no ha permanecido inmutable.
     En las realizaciones más antiguas, el Porta Cristo está representado inmóvil, en posición frontal. El Cristo a quien sirve de soporte no es un niño sino un adulto, barbudo, en Majestad.
     A partir del siglo XIV, por el contrario, el hieratismo primitivo cedió cada vez más al gusto por lo pictórico. El santo está representado en marcha, avanzando penosamente en el agua del río que le llega a la mitad de las piernas, y curvado bajo la carga. Está vestido como un simple pasador, con las piernas desnudas y un turbante o cinta en la cabeza. En cuanto a Cristo, ya no es más un hombre, sino un niño pequeño vestido con una camiseta o completamente desnudo, ya sentado sobre el hombro del gigante, ya a horcajadas sobre su nuca.
     El bastón donde se apoya el gigantesco mozo de cuerda se convierte en el tronco de un árbol sin ramas, la mayoría de las veces, una palmera, tal vez en alusión a la palma del martirio.
     El lecho del torrente está poblado de peces o sirenas, aunque esas encantadoras, antes marítimas que fluviales, no suelan remontar los cursos de los ríos en compañía de los salmones, sábalos y lampreas.
Escenas
Los tres vasallajes de San Cristóbal
San Cristóbal con el Niño Jesús en los hombros

     A diferencia de otros santos pasadores, por ejemplo San Julián, Cristóbal lleva los viajeros de una orilla a otra, sin emplear barcaza ni barca .
     El tema del Christusträger, creado a mediados del siglo XII, comporta numerosas variantes.
     En la xilografía en camafeo de Lucas Cranach (1506), el gigante cruza el río, reducido al ancho de un hilo de agua, de un paso. Esta imagen ingenua es frecuente en el arte popular.
     Una xilografía de Albrecht Altdorfer (1521), representa a san Cristóbal sentado al pie de un árbol, a orillas del río, interpelado por un niño que le pide que lo haga pasar y se dispone a trepar a su espalda.
     Pero casi siempre el gigante se yergue de pie en medio del río, con el Niño Jesús pesándole sobre los hombros. Pero se mantiene erguido a pesar de la carga sobrehumana.
     Más tarde, los artistas se esforzaron para volver visible el peso sobrenatural del Niño Jesús, representando a Cristóbal agobiado, con la espalda inclinada, como el Atlas antiguo, apoyándose con todas sus fuerzas sobre el tronco de un árbol que se dobla o quiebra. Tiene las venas hinchadas por el esfuerzo que lo agota. A veces se apoya con las dos manos sobre el árbol vivo que le sirve de bastón.
     En un dibujo de Altdorfer, el gigante llega a perder el equilibrio y cae de espaldas al río antes de alcanzar la orilla.
     Observemos, a título de curiosidades, una xilografía (Schrotblatt) señalada en el Manual de Schreiber, donde San Cristóbal pasa el vado a caballo, y una vidriera inglesa del siglo XV donde el Niño Jesús bautiza a su portador echando agua sobre su cabeza con un cántaro.
     En un fresco románico de la catedral de Bonn, Jesús, a quien San Cristóbal lleva sobre los hombros, tiene la estatura de un niño pero el rostro de un adulto barbudo.
     El tronco del árbol que sirve de apoyo al gigante está ya podado, ya con ramas y hojas. En el lecho del río nadan peces, cisnes, y hasta delfines y náyades. Sobre la orilla opuesta, junto a una capilla, siempre se ve a un ermitaño que tiene una antorcha o una linterna encendida para iluminar al pasador. Es el medio habitual que emplean los artistas primitivos para indicar que la escena ocurre durante la noche.
El martirio de San Cristóbal
     Esta serie de escenas triviales fueron tratadas con mucha menos frecuencia que el Paso del vado. El tema de las flechas que invierten su vuelo y revientan el ojo del juez o del verdugo, está copiada de las leyendas de los santos Cosme y Damián; la del cadáver arrastrado por las calles de la ciudad, de las leyendas de San Jorge y de san Marcos.
El cadáver de San Cristóbal arrastrado por las calles (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Más sobre la localidad de Burguillos (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

La Capilla de San Cristóbal, en la Iglesia de Santa Ana

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de San Cristóbal, en la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla.   
     Hoy, 5 de julio (primer domingo del mes de julio), se celebra la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico, promovida por la Conferencia Episcopal Española, conmemorando a San Cristóbal, celebrado hasta febrero de 1969 como patrón de los conductores, cuando fue retirado del Martirologio Romano por Pablo VI, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla de San Cristóbal, en la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa Ana [nº 86 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 29 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plazuela de Santa Ana, s/n (también tiene acceso por las puertas laterales en las calles Párroco Don Eugenio -antigua Vázquez de Leca-, y Bernardo Guerra); en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana
     La Capilla de San Cristóbal, ubicada en el lado del Evangelio, a la derecha de la puerta de ingreso. Como todas, ha sido muy adulterada en el transcurso de sus años, tanto desde el punto de vista arquitectónico, como de renovación de rejas, retablos, esculturas y azulejos. Es de planta rectangular con dos tramos, que se cubren con bóvedas de terceletes. La primera vez donde surgió en esta ciudad este tipo de nervaduras fue en la capilla mayor de la catedral, construida en 1504 por el maestro mayor Alonso Rodríguez. Entre este año y el siguiente se cubrieron de este modelo las bóvedas del Oratorio de los Reyes Católicos en el Alcázar, las de las capillas de la Casa de Pilatos y del Palacio de las Dueñas, la de la Sala del Capítulo del monasterio de Santa María de las Cuevas, y la de la cabecera de la iglesia de Santa María de Jesús (Puerta de Jerez), perteneciente a la primera sede universitaria de esta ciudad, fundada en 1505. Un nuevo hito para la historia de esta capilla tuvo lugar en 1587. En 20 de enero de ese año se suscribió una escritura por parte del capitán Cristóbal Monte Bernardo, quien la adquirió ofreciendo unas casas realengas que rentaban cada una 6.000 mrs. En el documento manifiesta que él se hallaba en su "postrera vida", que tiene más de 60 años y que quiere dotarla con "retablo, reja letrero, escudo y tumba". En 11 de junio de ese año se formalizó el protocolo de adjudicación de la capilla, para el capitán y su esposa, doña Catalina Cabrón, ante el escribano público Juan Pérez Galindo. De ese momento debe ser el relieve del Hércules-atlante, bajo las nervaduras de los dos tramos y los querubines de los vértices (Teodoro Falcón Márquez, La iglesia de Santa Ana: de edificio fortificado a templo barroco, en Santa Ana de Triana: aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).    
     En el muro del Evangelio, hacia los pies de la Iglesia, encontramos la capilla de San Cristóbal. Fue propiedad de Cristóbal de Monte Bernardo y de doña Catalina Cabrón, a quienes se adjudicó la fábrica de esta capilla para labrar enterramiento. En esta capilla, se conservan un conjunto interesante de pinturas. En el muro derecho se observan dos pinturas de Alonso Vázquez realizadas en 1590, que debieron formar parte junto con el Cristo Resucitado de un antiguo retablo, que no se ha conservado. La primera de las tablas representa a San Cristóbal (óleo sobre tabla, 105 x 47 cms.) y la otra a San Martín (óleo sobre tabla, 105 x 47 cms). San Cristóbal aparece con el Niño Jesús en el hombro atravesando el Jordán. San Martín a lomos de un caballo está partiendo por la mitad su capa para dársela a un pobre. Sobre las pinturas que hubo en este espacio, Matute indica que "En la capilla de San Cristóbal, en que ahora se veneran las Santas Justa y Rufina, hubo antes un buen retablo con pinturas apreciables, que descuidadas y desconocido su mérito, dio lugar a que se apoderase de ellas, en el tiempo de la dominación de los franceses, alguno de los que hicieron su fortuna adulando su codicia disfrazado con el nombre de buen gusto y aprecio de las bellas artes".
     Dentro de círculo de Hernando de Esturmio debemos situar las pinturas de Santa Apolonia y Santa Lucía (óleo sobre tabla, 124 x 47 cms.), realizadas en torno al segundo tercio del siglo XVI. En la pintura de Santa Lucía se aprecian los rasgos estilísticos que perviven de Esturmio, aunque haya que situarlo más como una obra cercana al maestro próxima por tanto al entorno de su círculo, pues la obra carece del refinamiento y de las calidades de otras obras del pintor flamenco. Estas características han hecho que se hayan hecho distintas atribuciones. Matute las relacionó con el inexistente pintor Frutet, Angulo anotaba cómo estaban a caballo entre Villegas y Esturmio. Con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929, las obras se expusieron en el Palacio de las Artes en la sección de Arte Antiguo, junto con otras tablas de la parroquia. Allí se presentaron como obras de Pedro de Campaña. Posteriormente Juan Miguel Serrera las atribuyó a Antón Pérez, después se han relacionado con Esturmio y, más recientemente, Juan Antonio Gómez Sánchez las ha situado en el entorno de un anónimo cercano al pintor Andrés Ramírez.
     Estas dos tablas formaron parte de un retablo desaparecido posiblemente en el siglo XIX. La pintura de Santa Lucía ha sufrido distintas intervenciones, pudiendo documentar en este trabajo la que se hizo en 1938, cuando el dos de diciembre don Jerónimo Armario, vicario del Arzobispado de Sevilla, emitió dictamen dirigido al cura de la parroquia de Santa Ana sobre el estado de conservación de la "tabla artística representando a Santa Lucía de la Iglesia Parroquial de Santa Ana". Por entonces, la tabla presentaba problemas de conservación, especialmente "señalado alabeamiento en la madera, y siendo urgente su reparación por tratarse de obra de gran mérito artístico". El documento inédito contiene una propuesta al cura de la parroquia para que pudiese costear los gastos de la restauración a través de una colecta entre la feligresía. En este mismo escrito se recuerda que el restaurador no podrá intervenir sin la aprobación de la Comisión Diocesana de Arte Religioso en cumplimiento del artículo de su reglamento.
     En este mismo muro se ha colocado una pintura sobre tabla de Santa Justa (88 x 46 cms.). Es una obra que perteneció al retablo de Santa Catalina, hoy perdido y dispersas sus tablas por la parroquia, pintado por Hernando de Esturmio entre 1553 y 1554 (Luis Méndez Rodríguez, La colección pictórica de la parroquia de Santa Ana, en Santa Ana de Triana: aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).
     Del extinto convento carmelita de los Remedios procede el conjunto escultórico de la Sexta Angustia. En origen, la efigie del Señor, cuya cabeza aparece ceñida por una gruesa corona de espinas trenzada y tallada sobre el propio cráneo, fue un Crucificado que se convirtió en titular de una congregación de mujeres erigida en 1818 en el mencionado cenobio trianero, donde presidía una capilla del lado de la epístola, en la cabecera del brazo del crucero. Hacia 1840 sufrió una sustancial transformación iconográfica, de Cristo en la cruz a descendido, puse se colocó en los brazos de una afligida y sedente Dolorosa barroca de candelero para conformar un grupo de la Piedad o Sexta Angustia, que es como aparece denominado en la documentación coetánea. Para ello se modificó la posición de sus brazos, apareciendo el derecho más caído, mientras que el izquierdo, desde hace décadas, se encuentra desprendido de su ensamble, sospechamos que dicha intervención pudo recaer en el escultor decimonónico Gabriel Astorga, pues consta que é estaba encargado por entonces de reformar y pintar el retablo neoclásico de su capilla. Hace unos años que tuve la oportunidad de examinar con detalle la imagen de este Cristo, atribuyéndola por sus peculiares estilemas al escultor flamenco Roque de Balduque (+1561) a mediados del siglo XVI, en lo que ahora me reitero.
     Nada más arribar a Santa Ana, a esta Sexta Angustia se le adjudicó la capilla que está junto a la de ánimas, a los pies de la nave de la epístola, esto es es, el recinto que antes había ocupado la imagen de Santa Cecilia y ahora la Divina Pastora de las Almas, Se colocó en su propio retablo, que también se trajo de os Remedios, donde lo había conocido González de León, quien afirma que en él había colocados "dos Ángeles mancebos del célebre Roldán". En el inventario parroquial de 1884, al describirlo, se nos dice que allí estaban "las imágenes de la Sma. Virgen al pie de la Cruz con el Señor en los brazos en el centro y alrededor seis ángeles de talla", y que "este altar y los objetos que contiene se reputan propiedad de la hermandad del mismo nombre [Angustias]". Ya en 1936, Hernández Díaz y Sancho Corbacho manifestaron, refiriéndose a este retablo neoclásico, hoy desaparecido, que "no exentas de interés, son las cuatro imágenes de ángeles -dos mayores, llorones, y dos pequeños, con atributos de la Pasión- del primer tercio del siglo XVIII".
     Después de la reapertura de Santa Ana en julio de 1971, la Sexta Angustia pasó a la denominada capilla de las Confesiones -o de San Cristóbal-, mientras que los dos ángeles mancebos y llorosos -cuyas lágrimas enjugan en largos lienzos, a manera de pañuelos- fueron llevados a la capilla sacramental. Tas haberlos estudiado a raíz de su restauración y exposición en el año 2007, estoy de acuerdo con González de León en considerarlos del obrador del gran maestro Pedro Roldán (1624-1699), recordando sobremanera en su formato (0,92 m) e iconografía a los característicos ángeles pasionarios que figuraron en los pasos barrocos de Semana Santa, funcionalidad que estos mismos desempeñaron esporádicamente en el siglo XX en algunas andas procesionales de Cristos trianeros (José Roda Peña, Imágenes de devoción en la parroquia de Santa Ana, en Santa Ana de Triana: aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).
     Sin conocer el culto y la decoración que pudiese contener cuando se adicionó al templo, hemos de partir del 1587 cuando la capilla se adjudica a Cristóbal Monte Bernardo que, además, nos permite situar el magnífico zócalo interior de azulejos, próximo a su acceso, con suficiente seguridad. Evidentemente, este primer zócalo de la capilla, se presenta como una evolución del existente en la de las Ánimas y, es aquí, donde aparece por primera vez en el templo, la ornamentación de "clavo" que también se conoce en Triana como "Clavo de Santa Ana".
     Según Sancho Corbacho el ejemplar más antiguo conocido en Sevilla con este motivo, sería el existente en la Iglesia del convento de Santa María de Jesús, fechado en 1589. Sin embargo, la proximidad de las cenefas de basamento y friso, e incluso la igualdad de composición de uno de los fondos con los realizados por Alonso García para este templo, nos hace pensar que estos paños de Santa Ana pudieron realizarse para la renovación de la capilla en 1587-88. Arranca el zócalo con un plinto de olas, una guardilla de flores y marcos entre verduguillos azules que enmarca una base de mascarones, hojas y pájaros, continúa con un fondo variable en tres tipos de composición y, sobre este, un friso similar a la base entre las consabidas guardillas. Por último, se remata con una fila de azulejos con un motivo arquitectónico de frontón curvo entre jarras. En definitiva, según esta hipótesis, aunque el motivo de clavo se utilizara con anterioridad en Talavera, parece que se introduce en Sevilla por los alfares de Triana con este dibujo más sencillo y lejos de aproximaciones a la metalistería. Insertos en los fondos de clavo del zócalo, se encuentran dos pequeños paneles pintados planos. Uno, a la izquierda, representan una preciosa cruz mudéjar rodeada de hojas, flores y pájaros, enmarcada por un verduguillo en azul y cobalto, que se conforma con nueve azulejos y supone una dimensión total de 28 por 35 cm. El otro pequeño panel, a su derecha, representa a la Giralda entre las palmas de martirio de las Santas Justa y Rufina. De 39 por 52 cm, fue pintado plano sobre 12 azulejos por Juan Díaz en 1758.
     El resto del exorno cerámico de la capilla no responde a un diseño predeterminado del conjunto del zócalo que la envuelve, más aún, cuando después de un análisis de toda la azulejería se puede concluir que todas las piezas responden en diseño, colores y formas de perfilado, a una misma fábrica: la de Nuestra Señora de la O de Manuel García - Montalván y García - Montalván, aunque realizadas en distintos años. Así, partes del zócalo aparecen diferentes y se adaptan con dificultad a los anteriores del XVI.
     Es posible, que toda esta organización dispersa se deba a la colocación, una vez fuera de la capilla el retablo de las Santas Justa y Rufina, de un interesante panel dedicado a San Sebastián de 1,30 por 1,28 m, y que se sitúa al fondo izquierdo de este segundo espacio. Este panel, como el resto de las piezas, debió colocarse después de la muerte de García Montalván en 1946 y responde a un encargo fallido de la fábrica, puesto que en él se puede leer abajo a la izquierda: "Fue donado a la Hermandad de la Cinta por Dña. S. Limón de Romeu en el año de 1919". Cabe pensar, por tanto, que parte de la familia Montalván, enterrada en la cripta de la capilla, cediera al templo esta y las demás piezas procedentes del alfar al fallecer sin hijos Don Manuel y nombrar como herederos a la Comunidad de Salesianos de Triana (Francisco González de Canales López-Obrero, Cerámicas en la Real Parroquia de Santa Ana, en Santa Ana de Triana: aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).
     El 11 de agosto de 1587 el rejero Diego de Corbella se comprometía con el capitán Cristóbal de Monte Bernardo para la realización de la reja que había de cerrar su capilla, la segunda de la nave del evangelio, hoy conocida con la advocación de las Santas Justa y Rufina. En el contrato aparecen como fiadores el escultor Miguel Adán y el pintor Juan de Saucedo, siendo testigos un tal Juan, cuyo apellido no se especifica, y Francisco Cañas, a los que se les nombra como "herreros" y "criados" de Corbella, por lo que debían trabajar en su taller. Aunque no se señalan las características de la reya, si se alude a que debía ser igual en "tamaño e altura y anchura" a la que existía en la capilla del florentino Antonio Petruche en la iglesia de San Pedro, "sin exseder en cosa alguna ansi en balaustre como en coronaçion salvo en el escudo de armas que ha de ser las vuestras y el santo e santa que bos quisieredes". Además, tendría un basamento de piedra como el de la reja de la capilla de San Francisco, en la misma iglesia de Santa Ana. El plazo de realización era de ocho meses, recibiendo por ello 350 ducados. Éstos se pagarían en tres veces. A la firma del contrato se le entregaban 80 ducados y otros 50 para la compra del hierro, ya que el material, como el transporte y los gastos por asentarla en la capilla corrían a cargo del rejero. El resto, 110 ducados, una vez terminada y colocada en su emplazamiento. La reja se terminó al año siguiente, ya que existen varias cartas de pago en ese año, siendo una de ellas del mes de enero de 1588. Además, ese era el año que aparecía en la inscripción del friso de la reja, según Matute. Otros trabajos que realizó el maestro rejero para esta capilla fueron los herrajes para las cajoneras, el armazón de la vidriera y la reja para la ventana.
     Sin embargo, el diseño de la reja no se corresponde exactamente con las cláusulas del contrato, quizás porque el arco que tenía que cerrarse en la capilla del Capitán era de mayores dimensiones al de la capilla de Petruche. Ésta tiene un único cuerpo, ocupado por la puerta de doble hoja, y una crestería semicircular adaptándose al arco de entrada a la capilla. En este caso, la crestería se compone de medios puntos, presentando el exterior barrotes circulares en alternancia con otros que terminan en puntas de flechas. En el interior, un tondo central con la figura de medio cuerpo de San Antonio Abad flanqueado por dos óvalos con los escudos de armas. Al tener que repetir dicho esquema en la reja del Capitán, siendo de dimensiones completamente distintas, se tuvo que optar por otro modelo, en el que también se repetía el esquema de Petruche, con respecto a la calle central. Por ello se eligió, para la estructuración general de la reja, el modelo de la existente en la capilla de la Virgen de la Estrella de la catedral hispalense. Dicha reja había sido diseñada por Hernán Ruíz el Joven y Cosme de Sorribas, siendo ejecutada por Pedro Delgado, en 1568. Ésta se compartimenta en dos cuerpos de tres calles con crestería, separados por dos frisos, siendo el superior calado y con cornisa. La calle central del primer cuerpo es ocupada por la puerta, mientras que en el segundo cuerpo, aparece un medio punto con barrotes radiales y las figuras semi recostadas de la Templanza y la Prudencia. No obstante, sí se respetó el deseo del Capitán Monte Bernardo al colocar la reja sobre un basamento de piedra, como se había realizado en la capilla de San Francisco.
     La reja del Capitán tiene dos cuerpos, separados por frisos, y crestería. El inferior se divide en tres calles, delimitando la primera y tercera, barrotes con nudo central en forma de jarrón y balaustres con macolla vegetal terminados en capiteles jónicos. En la calle central, mucho más ancha, se sitúa la puerta, de doble hoja, siendo los barrotes, que funcionan de gozne, algo más gruesos, y compuestos por dos balaustres unidos en sus basas por dos tramos circulares con hojas talladas. El resto de los barrotes son iguales a estos últimos, pero sin la decoración vegetal. Las calles laterales se asientan sobre un basamento de piedra. Se corona con un friso en el que aparece la inscripción "Esta capilla hizieron el Capitan Xtoval  Monte Bernardo i doña Catalina Cabro su muger para ellos i sus hijos i descendientes". En el segundo cuerpo se flanquean las calles exteriores por barrotes, cuya mitad inferior es de sección cuadrada con acanaladuras y la superior un balaustre con macolla vegetal. Los restantes barrotes se corresponden en tipología con los del cuerpo inferior. En la calle central existe un medio punto con radios abalaustrados y nudos en forma de jarrón que alternan con otros más cortos terminados en puntas. Las enjutas están ocupadas por las figuras de la Fe y, posiblemente, la Esperanza, a la que le falta su atributo. Este cuerpo se corona con friso corrido en el que se repite el mismo motivo de mascarones o caras femeninas entre roleos terminados en cuernos florales. La crestería se distribuye, al igual que los cuerpos inferiores, en tres espacios. En el central, sobre una máscara femenina, hoy tondo con la figura de San Cristóbal con el Niño sobre su hombro derecho, coronándose con una fuente en forma de kylix griego y una cruz latina. Dicho motivo está flanqueado por animales fantásticos, un dragón con alas y patas vegetales y cola escamada. Estos se enfrentan a un candelabro, cuyo tercio inferior es cilíndrico, el central un jarrón oval con costillas y el superior una espiga con brazos con volutas. Los espacios exteriores lo ocupan una cartela oval con yelmo sostenida por dos roleos con cabeza de animal y cuero vegetal. En las cartelas, el escudo de armas está compuesto por dos llaves rodeadas por flores de lis (Juan Carlos Hernández Núñez, Entre el "arte" y la "artesanía": las obras en hierro y bronce, en Santa Ana de Triana: aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Cristóbal; 
LEYENDA
     Santo fabuloso cuya leyenda no se remonta más allá del siglo XI y es sólo el desarrollo de su nombre Cristóforo, que en griego significa «Porta Cristo". Originalmente, esa expresión se comprendía de manera espiritual: aquel que lleva a Cristo en su corazón. Luego se lo tomó en sentido material.
     Su nombre verdadero habría sido Auferus (bandolero), o Reprobus (maldito, réprobo). Fue en ocasión de su conversión que habría sido bautizado Cristóforo.
     Los Hechos gnósticos de San Bartolomé, compuestos en el siglo VI, hablan de un cierto Christianus cynocephalus et anthropophagus que habría sido convertido por el apóstol. Por ello, a veces le ponen una cabeza de perro.
     Según la tradición popularizada en el siglo XIII por la Leyenda Dorada, el hombre que había llevado a Cristo sobre los hombros sólo podía ser un gigante. Orgulloso de su fuerza, sólo accedió a servir al rey más poderoso del universo. Se puso al servicio de un monarca, pero al advertir que éste tenía miedo al diablo, lo abandonó para servir a Satán. Decepcionado una vez más, puesto que la vista de una cruz en un cruce de caminos bastó para derrotar al diablo; y aconsejado por un ermitaño, se comprometió a servir a Cristo, y para complacer a éste, se dedicó a ayudar a viajeros y peregrinos en el paso de un río peligroso.
     Una tarde se oyó llamar por un niño, quien le pidió que lo cargase sobre lo hombros; pero su carga se volvía cada vez más pesada, tanto, que el gigante debió apoyarse sobre el tronco de un árbol que estuvo a punto de romperse. Llegó con dificultad a la orilla opuesta, donde un ermitaño lo guió con una linterna. Entonces el niño misterioso se dio a conocer como Cristo, soberano del cielo y de la tierra. Para probárselo, le dijo a Cristóbal que plantara su cayado en la tierra, que enseguida se convirtió en una palmera datilera cargada de frutos.
     En el Niño Jesús el gigante reconoció a su amo.
     La leyenda del vado no bastó a los hagiógrafos quienes, además, copiaron del repertorio de anécdotas usuales: el gigante fue encerrado con dos bellas cortesanas, Nicea y Aquilina, encargadas de hacerlo volver al culto de los ídolos. Pero ocurrió lo contrario, las seductoras se dejaron seducir y derribaron la estatua de Júpiter, y ambas fueron conducidas al martirio. Después de haber encajado un casco calentado al rojo, Cristóbal fue atado a un árbol ante cuatrocientos arqueros cuyas flechas se debilitaron al llegar al blanco (sine ictu), o invirtieron milagrosamente su trayectoria, contra los verdugos que las dispararan. Una de ellas dio en el ojo del emperador que presidía el suplicio.
     En estas pueriles invenciones se reconoce fácilmente una copia del martirio de San Sebastián y de los santos médicos Cosme y Damián.
CULTO
     Probado desde 450 por una inscripción griega de Asia Menor, en el siglo V el culto de San Cristóbal se difundió en Constantinopla y en Sicilia.
     La popularidad de este Hércules cristiano tiene los mismos fundamentos que el [de] santa Bárbara: se lo creía protector contra una de las desgracias más temidas de la Edad Media, la muerte súbita sin confesión, que se llamaba mala muerte. Según la creencia popular, bastaba con mirar la imagen de San Cristóbal para estar durante todo el día a salvo de ese peligro.
     Esta superstición está probada por muchos refranes en latín y en francés:
          Christophorum videas 
          Postea tutus eas.
     Y, además:
          Christophori sancti speciem quicumque tuetur 
          Ista nempe die non morte mala morietur.
          Cristofori faciem die quacumque tueris.
          Ila nempe die morte mala non morieris. 
          Vigilate quia nescitis diem neque horam.
     Y para aquellos que no comprendían el latín: Regarde Saint Christophe, puis va-t-en rassuré. (Observa  a San Cristóbal, luego vete seguro.)
     Esta recomendación tenía forma de dístico mnemotécnico:
          Quand du grand Saint Christophe on a vu le portrait, 
          De la mort, ce jour là, on ne craint plus le trait.
          (Si del gran San Cristobal hemos visto el retrato
          Ese día  la muerte no ha de darnos mal rato.)
     O bien:
          Glorieux Saint Christohpe, au matin te voyant, 
          Sans crainte d 'aucun mal, on se couche en riant.
          (Glorioso San Cristóbal viéndote a la mañana
          Sin mal, riendo, a la noche nos vamos a la cama.)
     Ello explica el prodigioso número de imágenes gigantescas de San Cristóbal, pintadas o esculpidas, puestas en las fachadas y entradas de las iglesias, o, como en Berna, sobre las puertas de las ciudades. Era necesario que estuviesen a la vista tanto como fuese posible, y que en consecuencia, fueran de grandes dimensiones para que los fieles no perdieran tiempo buscándola en una capilla oscura. Esas imágenes preventivas o apotropaicas, resultarían innumerables si no hubiesen sido sistemáticamente destruidas después de la Reforma y del concilio de Trento.
     En Saint Junien, Limousin, hay un fresco románico que representa al santo en el brazo norte del transepto, a la entrada de la escalera que conduce a la Linterna de los muertos.
     Como San Cristóbal protegía de la muerte súbita, se lo invocaba también contra la peste. Se contaba entre los santos antipestosos, junto a San Sebastián, San Antonio y San Roque.
     Por eso en Alemania cuenta en la cohorte de los Catorce Intercesores.
     Se recurría a él contra el mal de ojo, porque una de las flechas disparadas en su contra se volvió contra el ojo del rey que lo condenara a muerte.
     También curaba las enfermedades más benignas: dolor de muelas y el panadizo.
     Hacía encontrar tesoros ocultos a quienes lo invocaban.
     Numerosas corporaciones o profesiones vindicaban su patronazgo por diversos motivos.
     1. Todos los oficios que exponían a quienes los practicaban al riesgo de la muerte súbita: en la Edad Media, los arcabuceros, en la actualidad los montañeros, automovilistas y aviadores.
     2. A causa de su gigantesca talla y de su fuerza hercúlea, Cristóbal es el patrón de los atletas, de los mozos de cuerda (facchini), de los cargadores de mercado, de los cargadores de trigo.
     3. Y por su oficio, es patrón de los pasadores, y también de los viajeros y de los peregrinos que en la Edad Media, a falta de puentes, solían vadear los ríos.
     4. En conmemoración del tronco de árbol vivo sobre el que se apoyó, es patrón de los jardineros y de los encargados de viveros y se lo invoca para la protección de los árboles frutales.
     Pese a tan numerosos patronazgos. hay pocas iglesias puestas bajo su advocación.
     Su popularidad decayó rápidamente a partir del siglo XV. Erasmo tomó partido en su contra en Enchiridon militis christiani y en su Encomium Moriae (Erasmo se burla de la ingenuidad de los tontos que se creen a cubierto de todo accidente durante la jornada, cuando se han persignado devotamente ante una imagen pintada o tallada de ese Polifemo cristiano. Para los humanistas, la devoción a San Cristóbal pertenece a la categoría de superstitiosus imaginum cultus). Ha sido víctima de la Reforma y de la Contrarreforma al mismo tiempo. El gran San Cristóbal de la puerta de Berna fue disfrazado de Goliat por los protestantes. El clero católico de los siglos XVII y XVIII, que encontraba al buen gigante comprometedor y un poco ridículo, lo hizo desaparecer de las iglesias. El muy reciente patronazgo de los automovilistas, de quienes se ha convertido en la mascota, le ha procurado un renuevo de popularidad. Uno de los principales centros de su culto es Saint Christophe le Jajolais (Sarthe). En el barrio parisino de Javel, donde se encuentra la fábrica de automóviles Citroën, hay una iglesia puesta bajo su advocación .
ICONOGRAFÍA
     A pesar de todo, la iconografía de San Cristóbal sigue siendo muy rica. Es mucho más tardía que su culto, y comienza en el siglo X.
     Su tipo iconográfico no es fijo y uniforme como el de la mayoría de los santos, y comporta tres variantes:
1. El tipo barbudo
     Igual que Cristo, Cristóbal está representado ya barbudo, ya imberbe. El tipo barbudo es el más frecuente.
2. El tipo imberbe
     No obstante a veces el santo está rejuvenecido y aparece con los rasgos de un joven imberbe. Pueden citarse ejemplos tanto en el arte italiano (Cesare da Sesto, Bueno da Ferrara) como en el germánico (retablo de Käfermakt).
3. El tipo cinocéfalo
     Un tipo más infrecuente en Occidente es San Cristóbal con cabeza de perro, cuya nariz se alarga en hocico, y tiene orejas puntiagudas y lengua colgante. Se han propuesto numerosas explicaciones para esta singularidad. Los comparatistas sostuvieron que esa cabeza de perro se había copiado de las representaciones del dios egipcio Anubis. San Cristóbal sería Anubis cristianizado.
     Según otra hipótesis, el origen de ese tema debe buscarse en las leyendas asiáticas popularizadas por el Fisiólogo y los Bestiarios, acerca de una raza fabulosa de cinocéfalos que se situaba en los confines del mundo habitado. En las Pentecostés armenias, un personaje con cabeza de perro simboliza a los pueblos que acuden desde los confines del mundo para oír la palabra del Evangelio. En el tímpano de Vézelay se encuentra un eco de esta tradición. La tercera explicación es que en los martirologios antiguos, san Cristóbal se consideraba salido de una familia cananea (genere cananeo), que los copistas transformaron por el cambio de «a» en «i», en canineo (genere canineo). No hacía falta más para difundir la creencia en un gigante con cabeza de perro. No obstante, esta hipótesis sostenida por Künstle choca contra una objeción que al menos debió discutir, y es que casi todas las representaciones de San Cristóbal cinocéfalo pertenecen al arte cristiano de Oriente, es decir, al mundo griego, y que la confusión entre cananeo y canineo sólo pudo producirse en Occidente, donde la lengua litúrgica era el latín.
     Debe observarse que la cananea que ruega a Cristo la curación de su hija, también tiene un perro como atributo o armas parlantes.
     Por último, los evangelistas, quienes suelen ser representados en los manuscritos con las cabezas de los animales que son sus símbolos -águila, león, buey- han podido servir de modelos.
     En el arte oriental, el cinocéfalo suele estar representado con coraza y lanza empuñada. En Occidente, lo que ante todo lo caracteriza, además de su estatura de gigante, es la actitud de Cristóforo: lleva al Niño Jesús sentado o a horcajadas de sus hombros robustos. Aquí se ha sospechado la adaptación cristiana de un tema pagano: Atlas sosteniendo el mundo, o más posiblemente, Heracles llevando al niño Eros. Para los antiguos, la famosa estatua de Lisipo, popularizada por las gemas talladas y camafeos, evocaba la idea de la sumisión al Amor de los hombres más fuertes: Omnia vincit Amor. Los cristianos se habrían apropiado el tema limitándose a cambiar su significado, reemplazando al niño Eros por el Niño Jesús, y la maza de Hércules por un árbol que verdece.
     Ese bastón foliado es el atributo usual de san Cristóbal.
4. Evolución del tipo
     El tipo de San Cristóbal no ha permanecido inmutable.
     En las realizaciones más antiguas, el Porta Cristo está representado inmóvil, en posición frontal. El Cristo a quien sirve de soporte no es un niño sino un adulto, barbudo, en Majestad.
   A partir del siglo XIV, por el contrario, el hieratismo primitivo cedió cada vez más al gusto por lo pictórico. El santo está representado en marcha, avanzando penosamente en el agua del río que le llega a la mitad de las piernas, y curvado bajo la carga. Está vestido como un simple pasador, con las piernas desnudas y un turbante o cinta en la cabeza. En cuanto a Cristo, ya no es más un hombre, sino un niño pequeño vestido con una camiseta o completamente desnudo, ya sentado sobre el hombro del gigante, ya a horcajadas sobre su nuca.
     El bastón donde se apoya  el gigantesco mozo de cuerda se convierte en el tronco de un árbol sin ramas, la mayoría de las veces, una palmera, tal vez en alusión a la palma del martirio.
     El lecho del torrente está poblado de peces o sirenas, aunque esas encantadoras, antes marítimas que fluviales, no suelan remontar los cursos de los ríos en compañía de los salmones, sábalos y lampreas.
Escenas
Los tres vasallajes de San Cristóbal
San Cristóbal con el Niño Jesús en los hombros
     A diferencia de otros santos pasadores, por ejemplo San Julián, Cristóbal lleva los viajeros de una orilla a otra, sin emplear barcaza ni barca .
     El tema del Christusträger, creado a mediados del siglo XII, comporta numerosas variantes.
     En la xilografía en camafeo de Lucas Cranach (1506), el gigante cruza el río, reducido al ancho de un hilo de agua, de un paso. Esta imagen ingenua es frecuente en el arte popular.
     Una xilografía de Albrecht Altdorfer (1521), representa a san Cristóbal sentado al pie de un árbol, a orillas del río, interpelado por un niño que le pide que lo haga pasar y se dispone a trepar a su espalda.
     Pero casi siempre el gigante se yergue de pie en medio del río, con el Niño Jesús pesándole sobre los hombros. Pero se mantiene erguido a pesar de la carga sobrehumana.
     Más tarde, los artistas se esforzaron para volver visible el peso sobrenatural del Niño Jesús, representando a Cristóbal agobiado, con la espalda inclinada, como el Atlas antiguo, apoyándose con todas sus fuerzas sobre el tronco de un árbol que se dobla o quiebra. Tiene las venas hinchadas por el esfuerzo que lo agota. A veces se apoya con las dos manos sobre el árbol vivo que le sirve de bastón.
     En un dibujo de Altdorfer, el gigante llega a perder el equilibrio y cae de espaldas al río antes de alcanzar la orilla.
     Observemos, a título de curiosidades, una xilografía (Schrotblatt) señalada en el Manual de Schreiber, donde San Cristóbal pasa el vado a caballo, y una vidriera inglesa del siglo XV donde el Niño Jesús bautiza a su portador echando agua sobre su cabeza con un cántaro.
     En un fresco románico de la catedral de Bonn, Jesús, a quien San Cristóbal lleva sobre los hombros, tiene la estatura de un niño pero el rostro de un adulto barbudo.
     El tronco del árbol que sirve de apoyo al gigante está ya podado, ya con ramas y hojas. En el lecho del río nadan peces, cisnes, y hasta delfines y náyades. Sobre la orilla opuesta, junto a una capilla, siempre se ve a un ermitaño que tiene una antorcha o una linterna encendida para iluminar al pasador. Es el medio habitual que emplean los artistas primitivos para indicar que la escena ocurre durante la noche.
El martirio de San Cristóbal
     Esta serie de escenas triviales fueron tratadas con mucha menos frecuencia que el Paso del vado. El tema de las flechas que invierten su vuelo y revientan el ojo del juez o del verdugo, está copiada de las leyendas de los santos Cosme y Damián; la del cadáver arrastrado por las calles de la ciudad, de las leyendas de San Jorge y de san Marcos.
El cadáver de San Cristóbal arrastrado por las calles (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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lunes, 2 de marzo de 2026

Los principales monumentos (Castillo, e Iglesia de San Cristóbal) de la localidad de Nogales, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Castillo, e Iglesia de San Cristóbal) de la localidad de Nogales, en la provincia de Badajoz.
     Se localiza al norte de Salvaleón, en la cumbre de un cerro llamado "Cabezo de Nogales" , que sobresale de las ondulaciones que configuran el territorio.
     Delimitando el espacio predominantemente llano que lo rodea, en conexión ya por levante con la Tierra de Barros, a cierta distancia se alzan las sierras de la Calera y María Andrés.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 80,7 Km2
     Altitud: 672 m.
     Distancia Capital: 45 Km.
     Partido Judicial: Almendralejo
     Comarca: Llanos de Olivenza
     Gentilicio: Nogaleño
Ayuntamiento de Nogales
     c/ San Cristóbal, 1
     06173 Nogales (Badajoz)
     Teléfono: 924481201 - 924481314
     Fax: 924481303
     Web: www.nogales.es
Historia.-
     La población se halla erigida en un enclave estratégico de notable significación, como avanzada del Señorío de Feria frente a los dominios de Badajoz y los llanos de Olivenza, que se extienden por el flanco de la frontera con Portugal.
     Desde su privilegiado emplazamiento Nogales domina así una encrucijada cuyos amplios horizontes se prolongan en todas las direcciones.
     Según algunas fuentes, la primera fundación del pueblo data del año 1.340, cuando es objeto de unas transacciones entre Lorenzo Vázquez de la Fuenteseca y el rey Alfonso XI, que a su vez lo dona a Don Pedro Carrillo, y éste ultimo lo empeña a Enrique Enríquez el Mozo, quien se quedaría con la propiedad en 1.344 por impago del préstamo (40.000 maravedíes).
     Los herederos de Enrique Enríquez el Mozo, después de litigar con Diego Martínez de Cáceres ante la audiencia de Valladolid, en 1.395 venden Nogales al primer señor de Feria, Gomes, hijo del Maestre de Santiago Don Lorenzo Suárez de Figueroa.
     El 30 de mayo de 1448, según consta en el documento que se guarda en el Archivo de la Casa Ducal de Medinaceli, el asentamiento, hasta entonces emplazando en la parte baja del cerro, fue refundado sobre el cabezo o atalaya de Nogales, por Lorenzo Suárez de Figueroa (Diputación Provincial de Badajoz).

Monumentos.-
     La primitiva parroquia del llano quedó convertida en ermita bajo su misma advocación de San Juan, levantándose una nueva iglesia dedicada a San Cristóbal en el interior de la fortaleza que coronaba la colina.
     Este imponente castillo, cuya silueta dominando la geografía resulta visible desde todas las lejanías, fue edificado por Gómez Suárez de Figueroa cuando el pueblo era ya un núcleo floreciente, constituyendo desde entonces su hito más representativo. Edificado con fuertes muros de piedra de más de dos metros de espesor, resulta, según se ha dicho acertadamente, por la regularidad de su traza, buena construcción y armonía arquitectónica, una de las realizaciones militares más destacadas de la región.
     Está configurado por un recinto exterior de planta cuadrada, con cubos en los ángulos, todo almenado y perimetrado por una cornisa de canecillos de ladrillo de particular valor plástico. En el centro se alza la poderosa estructura de su formidable torre del homenaje, obra de 13 metros de lado por 35 de altura, con el mismo remate de almenas y canecillos que el recinto exterior. Un foso que se salvaba mediante puente levadizo rodeaba el baluarte. Portadas y ventanas de severa estructura gótica, escudos de armas de los Suárez de Figueroa, lápidas con inscripciones y otros elementos compositivos, se sitúan en diversos puntos de la construcción. Recientemente se han realizado obras de restauración el la fortaleza por parte de la Junta de Extremadura.
     Adosado al castillo se encuentra el cementerio del pueblo, configurando un ámbito de notable interés desde el punto de vista etnográfico y plástico, por sus peculiares características.
     Próxima también al castillo se halla la iglesia parroquial de San Cristóbal. Se trata de construcción de reducidas proporciones, originaria del siglo XV, edificada en mampostería, ladrillo y sillares, remodelada posteriormente. Su morfología resulta de acusado atractivo, llamando la atención principalmente la portada protogótica delantera y el ábside semicircular de sillería.. En otra de las portadas lucen las armas de Lorenzo Suárez y su esposa Doña María Manuel, impulsores de la obra. el retablo mayor es pieza notable, realizada entre 1675 y 1683. Su arquitectura, de severa y elegante traza clasicista, es debida a Juan de Vargas, y las pinturas de Tomás Rodríguez.
     No lejos de la parroquia se sitúa la ermita de las Santas Justa y Rufina, de sencilla apariencia.
     Además del castillo, iglesia y cementerio, y las hermosas panorámicas que su emplazamiento ofrece, el pueblo presenta como atractivo sobresaliente el pintoresquismo de su configuración formal, con calles de acusada cuesta y una trama de arquitectura popular bien conservada, rica en rincones insólitos.
     El conjunto resulta enriquecido todavía por la presencia de diversas fuentes y otros componentes semejantes. Entre las primeras merece citar la llamadas Vieja, Grande y Nueva; las dos primeras originarias de principios del XVII y situadas por debajo del nivel del suelo. Al final de la calle Calvario aparece un antiguo crucero en piedra sobre grada de ladrillo, de gran sabor popular.
     El puente, datable del siglo XVI, está edificado con mampostería y ladrillo, contando con seis arcos de diferentes modelos, y tajamares y estribos también distintos entre sí. Aún manteniéndose en servicio, su estado de conservación es bueno (Diputación Provincial de Badajoz).

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martes, 11 de noviembre de 2025

La pintura "San Martín", de Alonso Vázquez, en la Capilla de San Cristóbal, de la Iglesia de Santa Ana

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Martín", de Alonso Vázquez, en la Capilla de San Cristóbal, de la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla
     Hoy, 11 de noviembre, Memoria de San Martín, obispo, en el día de su sepultura. Nacido en Panonia, en la actual Hungría, de padres gentiles, siendo soldado en las Galias y aún catecúmeno, cubrió con su manto a Cristo en la persona de un pobre, y luego, recibido el bautismo, dejó las armas e hizo vida monástica en un cenobio fundado por él mismo en Ligugé, bajo la dirección de San Hilario de Poitiers. Después, ordenado sacerdote y elegido obispo de Tours, teniendo ante sus ojos el ejemplo del buen pastor, fundó en distintos pueblos otros monasterios y parroquias, adoctrinó y reconcilió al clero y evangelizó a los campesinos, hasta que fue al encuentro del Señor en Candes, población de Francia (397) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Martín", de Alonso Vázquez, en la Capilla de San Cristóbal, de la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa Ana [nº 86 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 29 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plazuela de Santa Ana, s/n (también tiene acceso por las puertas laterales en las calles Párroco Don Eugenio -antigua Vázquez de Leca-, y Bernardo Guerra); en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana.
    En el muro del Evangelio, hacia los pies de la Iglesia, encontramos la Capilla de San Cristóbal, donde podemos contemplar un conjunto interesante de pinturas. En el muro derecho se observan dos pinturas de Alonso Vázquez realizadas en 1590, que debieron formar parte junto con el Cristo Resucitado de un antiguo retablo, que no se ha conservado. Una de ellas representa a San Martín (óleo sobre tabla, 105 x 47 cms.). San Martín a lomos de un caballo está partiendo por la mitad su capa para dársela a un pobre. Sobre las pinturas que hubo en este espacio, Matute indica que "En la capilla de San Cristóbal, en que ahora se veneran las Santas Justa y Rufina, hubo antes un buen retablo con pinturas apreciables, que descuidadas y desconocido su mérito, dio lugar a que se apoderase de ellas, en el tiempo de la dominación de los franceses, alguno de los que hicieron su fortuna adulando su codicia disfrazada con el nombre de buen gusto y aprecio de las bellas artes" (Luis Méndez Rodríguez, La colección pictórica de la Parroquia de Santa Ana, en Santa Ana de Triana: Aparato histórico-artístico. Real Parroquia de Santa Ana de Triana. Sevilla, 2016).
      Nos encontramos ante una representación de formato vertical donde aparece la figura de un joven San Martín, vestido con una especie de malla que cubre con un manto de color oscuro y montado en un bello caballo de color blanco, cuyas crines caen bellamente hacia un lado en forma de cascada hacia uno de los lados de su cabeza y cuya magnifica musculatura parece exhibir con el levantamiento de una de sus patas. 
     Junto a la figura del caballo, de pie, se encuentra un hombre semidesnudo, de mediana edad y que se lleva una mano al pecho. El santo, con ayuda de su espada, tiende al pobre su propio manto para que se cubra.
     Las figuras presentan anatomías bellamente proporcionadas que demuestran el estudio previo realizado sobre ellas, las vestiduras presentan cuidados pliegues, buscando sensación de movimiento.
     El profesor Juan Miguel Serrera señala la vinculación entre esta pintura y la que representa a San Martín y la tabla de La Resurrección, firmada por Alonso Vázquez, intuyendo que podían haber configurado un retablo pictórico (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Martín, obispo;
HISTORIA Y LEYENDA

     Apóstol de Las Galias y obispo de Tours, cuya historia, llena de elementos legendarios, fue contada por Sulpicio Severo en su Vita S. Martini, y por Gregorio de Tours en sus cuatro libros De Virtutibus S. Martini, y finalmente por Santiago de Vorágine en su Leyenda Dorada (Legenda aurea).
     Ese santo tan francés no nació en Las Galias sino en Panonia, es decir, en la actual Hungría, antes de la invasión de los magiares a ese país, a la sazón poblado por eslavos. Su origen quizá deba buscarse en el condado de Györ (Raab), en la actualidad, la ciudad de Szent Marton, o más bien, de acuerdo con recientes investigaciones, en Szombathely, la antigua Savaria, en el condado de Vas. Se ignora la fecha de su nacimiento, que según ciertos au­tores fue hacia 317 y según otros hacia 326.
     Criado en Pavía, se incorporó al ejército romano como hijo de un veterano, y durante muchos años fue soldado, primero en Italia y luego en Las Galias.
     Un día de invierno del año 337, cuando estaba en la guarnición de Amiens, vio a un pobre andrajoso que pedía la caridad de los transeúntes para combatir el frío. Sin vacilar cortó en dos su manto de caballero (paludamentum), con su espada, y dio la mitad al mendigo (según otra versión, mucho menos popular porque es más trivial, habría regalado al mendigo una moneda de plata).
     La siguiente Cristo se le apareció en sueños, vestido con el trozo de manto regalado al pobre, y dirigiéndose a los ángeles que le rodeaban dijo: "Martín, aunque simple catecúmeno, me ha cubierto con esta vestidura".
     Hacia 356, Martín abandonó el ejército, se hizo bautizar, y se dirigió a Poitiers, junto al obispo San Hilario, quien lo incorporó a su iglesia como exor­cista que era el grado más humilde de la jerarquía  eclesiástica . Realizó un corto viaje a su casa  natal, en Panonia, para convertir a sus padres y predi­car contra el arrianismo. Pero muy pronto se unió a san Hilario para fundar en los alrededores de Poitiers el monasterio de Ligugé.
     Su fama de taumaturgo se había difundido en toda la región, en 370 fue elegido mediante la vox populi  obispo de Tours, donde sucedió a san Gaciano y a San Lidorio.
     A partir de entonces, la historia de san Martín se confunde con la de su episcopado que duraría veintiséis años. A pesar de su nueva dignidad, quiso seguir viviendo como un monje y se instaló en las afueras de la ciudad, sobre la orilla derecha del Loira, en Marmoutier, en una simple celda que se convirtió en el nudo de un gran monasterio (Majus monasterium).
     Demolió templos paganos, taló árboles sagrados y  pudo conseguir conversiones masivas.
     Fundó numerosas parroquias rurales, especialmente en Candes, en la con­fluencia (Condate) del río Vienne con el Loira; y allí murió, en 397.
La leyenda de san Martín de Tours
     La Leyenda Dorada agregó numerosos ornamentos al relato de Sulpicio Severo que no puede considerarse tampoco un documento histórico fiable, sino que es, más bien, una compilación hagiográfica en la cual muchos detalles se copiaron de la vida de santos anteriores, como san Antonio abad .
     Allí se encuentra el relato de una segunda Caridad de san Martín. Como el santo había regalado su túnica, sin más, a un mendigo, celebró misa con unos harapos miserables que un archidiácono había comprado para el pobre. Un rayo de sol iluminó entonces su cabeza, muchos de los asistentes vieron salir de ella un globo de fuego. Como sus mangas eran demasiado cortas, los ángeles rodearon sus muñecas con piedras preciosas y le trajeron mangas tejidas con oro.
     A las puertas de Lutecia, curó a un leproso dándole un beso. Esta  anécdota, sin duda ha sido inventada  para formar pareja con la escena del mendigo a las puertas de Amiens.
     La leyenda de la sangre de san Mauricio y sus compañeros de la Legión te­bana, recogida en ampollas en Agaune, es también una invención tardía de la cual no se encuentra huella alguna ni en Sulpicio Severo ni en Gregorio de Tours. Fue forjada para acreditar la reliquia que se conserva en la catedral de Saint Maurice de Angers. 
     Uno de los milagros más populares del apostolado de san Martín era la leyenda del   pino derribado. Se trataba de un árbol sagrado que los paganos veneraban. Éstos sólo aceptaban derribarlo si san Martín se ponía debajo para recibirlo en su caída. Como tenía fe en Dios, se dejó atar del lado en que el tronco caería, hizo una señal de la cruz, y el pino, que se echó hacia atrás, se derrumbó del lado opuesto. Este milagro habría sucedido en Turena, en un sitio llamado Arbrepinière.
      Además, se contaba que había  emprendido  una peregrinación  en compañía del obispo Maximino de Tréveris. Ambos peregrinos iban a pie, junto a un burro que transportaba su equipaje. En un camino de los Alpes un oso devoró al asno, y san Martín obligó a la fiera a cargar el equipaje sobre el lomo y llevarlo hasta Roma. De ahí los proverbios acerca del burro Martín y el oso Martín, es decir, de Martín, el nombre del santo funciona allí en genitivo, como Dios (Dieu) en la expresión Hôtel Dieu (hospital). Se trata sólo de un tópico hagiográfico, en Baviera se atribuye el mismo milagro a san Corbiniano, quien  también  empleó un oso como bestia de carga.
     El robo de los restos de san Martín, que los de Tours habrían sacado con nocturnidad de su celda de Candes haciéndolo pasar por la ventana, en las barbas de los de Poitou, quienes lo reclamaban para el monasterio de Ligugé, también carece de fundamentos históricos. Se trata de una invención de monjes del siglo VI, que disputaban por el cadáver de un santo para atraer a los peregrinos.
     La crítica moderna tiende a devaluar el papel histórico de san Martín. Se trataría de una creación de su hagiógrafo, Sulpicio Severo, y de su sucesor, Perpet, quien organizó el culto del santo en Tours. La leyenda habría agrandado desmesuradamente a un obispo que en vida parece haber sido muy cuestionado.
CULTO
     La popularidad de san Martín, a quien se llamaba el apóstol decimotercero y a quien el abad de Cluny califica de par Apostolis es un fenómeno excepcio­nal. Como ha dicho el poeta  Fortunat,  "en todos los sitios donde se conoce a Cristo se venera a Martín".
Principales lugares de culto   
   En Francia, aún en la actualidad, a pesar de los cambios de las advocaciones, existen quinientos pueblos y cerca de cuatro mil iglesias parroquiales que llevan el nombre Saint Martín.
     A las  toponimias  deben  agregarse  las  localidades  llamadas  Dammartin,  o Dommartin (Dominus Martinus), Martigny o Martelange.
     Como apellido tuvo tanto éxito como en las toponimias, y en Francia es, con gran ventaja, el patronímico más difundido.
     En  los tiempos de los merovingios y carolingios, san Martín se convirtió en el patrón de la monarquía francesa. Con la  dinastía  de los Capetas  conser­vó sus privilegios, a pesar de la competencia de san Dionisio, patrón  de París. La capa de san Martín, considerada por los reyes merovingios como la más preciosa de todas las reliquias, es un paladión  nacional, con el mismo título que la oriflama de san Dionisio. De ahí, de su capa (fr.: chape), procede la palabra chapelle (capilla), que originalmente designaba el sitio donde se guardaba la capa  de san Martín.
     La tumba de san Martín, en Tours, era el principal centro de peregrinación de los francos. La primera basílica fue destruida por los normandos . En el mismo sitio se edificó una nueva iglesia de estilo románico en 1008; luego, en el siglo XIII, una iglesia gótica que subsistió hasta la Revolución a pesar del vandalismo de los hugonotes. En 1797 las bóvedas se derrumbaron y en 1802 se la demolió: sólo se dejaron dos torres.
     Alrededor de la basílica  se agrupaban los edificios de una poderosa  abadía que  los reyes colmaron de privilegios: contaba con derecho de asilo, derecho de justicia y derecho a acuñar moneda. Enriquecida por numerosas donaciones, poseía un vasto patrimonio, hasta  en Italia  y Alemania.
     Durante toda  la Edad Media, la peregrinación a Saint Martín de Tours, la Gallicana peregrinatio, como la llama el concilio de Orleans, fue la gran peregrinación francesa, tan frecuentada como la de Santiago de Compostela. Desde Tours, el culto de san Martín conquistó el resto de Francia y luego a Europa entera.
     En Poitou y Turena se lo veneraba particularmente en las dos abadías de Ligugé y de Marmoutier que él fundara, y en Candes, donde murió. Tenía iglesias puestas bajo su advocación en  las provincias  vecinas de Anjou y de Berry, en Angers, Glanfeuil (Maine et Loire), Vic, y Thevet Saint Martín (Indre).
     En Amiens, donde tuviera  lugar el reparto del manto con el mendigo, cada año, el día de san Martín, los peleteros donaban al obispo una pelliza de cordero para vestir a un pobre o abrigar a un centinela. Se le dedicó una igle­sia bajo la advocación Saint Martin aux Jumeaux (San Martín de los Gemelos), en la época de san Gregorio de Tours. El Palacio de Justicia, construido sobre el antiguo emplazamiento  de la abadía, lleva una  incripción  en  dialecto picardo: Sainct Martin chy divisa son mantel (San Martín que dividió su manto).
     Uno de los prioratos parisinos más importantes de la orden de Cluny adoptó el nombre de Saint Martin des Champs. La iglesia de Montmorency, en la región parisina, también está puesta bajo la advocación de san Martín.
     Además, el obispo de Tours era titular de numerosas iglesias, tanto en el norte de Francia: Argentan  (Normandía),  Vendôme, Laon, Autun, Chablis, Clamency y Never, como en Colmar (Alemania). En el Rosellón, se lo veneraba en la abadía de Saint Martin du Canigou y en Saint Martin de Fenollar.
     Todos los países extranjeros rendían homenaje al apóstol de Las Galias, comenzando por Italia, Roma le dedicó hasta siete iglesias, la más célebre de las cuales es S. Martina ai Monti. En Rávena, la iglesia  de San Apolinar il Nuovo, originalmente estaba consagrada a san Martín bajo la advocación de Sanct Martinus in coelo aureo. Y es el santo quien, en el friso de mosaicos de fondo de oro de la nave, avanza vestido de púrpura en cabeza de los santos. Era  muy  popular en la Italia montañesa, en  una de cuyas ciudades, Pavía, fue recibido como catecúmeno. Tiene una  iglesia puesta  bajo su advocación en Chioggia, en la laguna de Venecia, y una capilla decorada por Simon Martini en la basílica de Asís. Su leyenda está ilustrada en las iglesias de San Martín (S. Martina) de Pisa y de Lucca; y la bahía  de Nápoles está dominada por la cartuja (it.: certosa ) di san Martina.
     España le ha dedicado numerosos santuarios en Santiago de Compostela, Orense, Valladolid, Segovia, Segorbe, Gerona y Valencia.
     En los Países Bajos se lo encuentra en Ypres y Hal, en tierra flamenca, y en Tournai y Lieja, en territorio valón. En Inglaterra, se lo venera en Canterbury y en York. Londres, al igual que París, posee la iglesia de Saint Martin des Champs, tiene una puesta bajo la advocación de St. Martin's in the Fields.
     El culto del gran santo francés también se difundió mucho en Europa central. En Alemania, donde la catedral de Maguncia le está dedicada, y donde una de las más bellas iglesias románicas  de Colonia lleva el nombre de­ Gran San Martín; en Hungría, su país natal, donde cerca de Martinsberg, una ciudad del Burgenland fue bautizada Kismarton (Pequeña San Martín). La ciudad de Presburgo, durante mucho tiempo húngara y llamada Poszony, luego checoslovaca con el nombre de Bratislava, también es uno de los feudos de san Martín de Tours.
Fiestas 
   La fiesta de san Martín (11 de noviembre), que conmemora su deposición, es decir, sus exequias, era muy popular. Y señalaba el comienzo del invierno. Ese día se comía la oca de san Martín, se bebía el vino nuevo llamado el vino de San Martín y se encendían fuegos de fiesta, como el día de san Juan. En algunos pueblos también era una jornada de grandes ferias en las cuales se inauguraba el nuevo año con las contrataciones de peones rurales y el pago de arrendamientos y aparcerías. En estas costumbres populares hay vestigios­ de festividades paganas que la Iglesia cristianizó con gran habilidad. Quizá la oca haya sido asociada con el culto de san Martín porque en Roma estaba consagrada al dios Marte, pero es aún más probable que los campesinos pagasen sus impuestos por la crianza de aves en la fiesta de San Martín.
Patronazgos
     La popularidad de san Martín todavía está probada por el número excepcional de sus patronazgos.
     Es el patrón de los soldados y sobre todo de los jinetes, porque el santo había servido en la caballería romana. Pero lo era también de los sastres, peleteros y vendedores de paño, y también de los mendigos, a causa del reparto de su capa o manto con un pobre; de los curtidores, porque el joven oficial lle­vaba su humildad hasta el punto de lustrar las botas de su ordenanza; de los cantineros y posaderos que enriquecían su fiesta, y muchos de los cuales usaban como lema: "Con el gran san Martín"; de los bebedores y de los borrachos, porque había convertido el agua en vino.
     No era un santo curador. No obstante, según dice Gregorio de Tours, el polvo de su tumba, tomado en infusión, era el remedio supremo contra la disentería y los cólicos infantiles.
     Su protección se extendía a los animales. Era  el amigo de los caballos porque estaba representado como jinete, y también el de las ocas.
   Todos sus patronazgos se conservaron  largo tiempo en  la cristiandad, salvo en la Alemania protestante, donde a partir del siglo XVI fue suplantado por otro Martín, un anti Martín que se apellidaba Lutero. En la iglesia de San Pedro, en Hamburgo, se ve un retrato de Lutero fechado en 1603, donde el Reformador tiene como atributo la oca de san Martín.
ICONOGRAFÍA
     La riqueza de su iconografía está en relación directa con su extraordinaria popularidad.
     A san Martín se lo representa ya como legionario romano, y en tal caso, está a pie o montado en un caballo blanco; ya como obispo, dignificado con la mitra y el báculo.
     A título de curiosidad señalemos que en el monumento que se le dedicó en la catedral -a la sazón húngara- de Presburgo, el legionario está disfrazado de oficial de húsares, cubierto con un dormán (chaqueta militar adornada con alamares y vueltas de piel) .
     Además del mendigo con quien reparte su manto, a veces tiene como atributo una oca silvestre, que es una alusión al paso de dichas aves migratorias que coincide con la fiesta de san Martín, cuando comienzan los primeros fríos invernales. Pero este atributo apareció a finales del siglo XV, y  principalmente en la Alta  Baviera.
     La copa medieval es atributo infrecuente y tardío (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la biografía de Alonso Vázquez, autor de la obra reseñada;
     Alonso Vázquez (Ronda, Málaga, c. 1564 – Ciudad de México, México, c. 1608). Pintor.
     Según informaciones procedentes de Palomino, se sabe que Alonso Vázquez nació en Ronda, habiendo señalado también que fue en el año 1564; sin embargo, ambas referencias carecen por ahora de base documental. Tampoco, se sabe con certeza el lugar donde realizó su formación artística y tan sólo puede pensarse que hacia 1580 estaba ya en Sevilla, puesto que en 1582 una hija suya fue bautizada en esta ciudad.
     Aunque se carece de más apoyaturas documentales para situar la presencia de Vázquez en Sevilla puede decirse que su actividad pictórica fue dominante en la ciudad, al menos a lo largo de los últimos veinte años del siglo XVI, advirtiéndose que en este margen de tiempo llevó a cabo las principales realizaciones artísticas que se ejecutaron en Sevilla, y fue el pintor preferido por el clero, la nobleza y las personas acaudaladas. Sólo el entonces joven Pacheco tuvo opciones de competir con él, pero lo hizo desde un plano secundario, aunque en ocasiones ambos colaboraron juntos en empresas pictóricas.
     La estancia de Vázquez en Sevilla se dilató hasta 1603, año en que se trasladó a México para trabajar como pintor al servicio del virrey Juan de Mendoza, marqués de Montesclaros, a quien ya conocía puesto que este personaje había sido asistente de Sevilla desde 1600. En México trabajó al servicio de su patrón y se posee información que revela una intensa actividad pictórica de la que no han llegado hasta el presente más que escasos testimonios. No se sabe con precisión el año en que murió Vázquez en México, aunque una noticia datada en 1608 señala que en esta fecha ya había fallecido.
     El análisis de la obra conocida de Vázquez evidencia con claridad su relación con el último período creativo del renacimiento que se conoce como Manierismo; su estilo está basado en un dibujo firme y preciso con el que configuró formas vigorosas muy perfiladas, provistas de una marcada gesticulación. 
      Como es habitual en este período final del siglo XVI, el arte de Vázquez rehuye la observación de la naturaleza de forma directa, atendiendo más a la captación de formas obtenidas de imágenes grabadas que a inspirarse directamente en modelos reales.
     Una de las obras capitales dentro de la producción de Vázquez es La Sagrada Cena que procedente de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, se conserva actualmente en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Su ejecución se realizó en 1588, aunque la documentación no menciona el nombre de su autor; sin embargo a través de su estilo puede evidenciarse con cierta precisión que se trata de una obra de Vázquez y además la primera que se conoce en el tiempo dentro de su dilatada producción. En ella, se percibe que el artista utilizó para lograr su composición grabados de origen flamenco; llama la atención en la pintura el variado repertorio de expresiones físicas que se constata en las figuras de los apóstoles y al mismo tiempo los admirables detalles de bodegón que aparecen sobre la mesa, así como el aparatoso fondo arquitectónico que cierra la composición; allí, en figuras de pequeño tamaño, se describe la escena de Cristo lavando los pies a los apóstoles.
     Una faceta desconocida en nuestros días de la producción de Vázquez es la de retratista, puesto que a pesar de tener constancia documental de que la practicó, ningún ejemplar ha llegado hasta nuestros días.
     Así en 1590 tenemos noticias de que realizó tres retratos al servicio del duque de Medina Sidonia, efigiando en uno de ellos a su esposa Doña Antonia de Portocarrero y en los otros dos a sus hermanas Doña Mariana y Doña Leonor. Sobre estas obras hay que señalar que, o se han perdido, o aún no han sido identificadas.
     Al tiempo que Vázquez trabajó al servicio del duque de Medina Sidonia lo hizo también para el duque de Alcalá, puesto que para él realizó una serie de ocho pinturas en las que representaba Las Artes liberales, tampoco se han conservado. Sí ha llegado hasta el presente una pintura realizada para dicho duque de Alcalá que representa a El rico Epulón y el pobre Lázaro, aunque su paradero es desconocido. A través de una fotografía realizada hacia 1950, se conoce esta obra, que fue muy admirada en la época en que fue pintada. En efecto, se tiene el testimonio escrito por Pacheco en su libro Arte de la pintura, quien se refiere a ella en los siguientes términos: “El famoso lienzo de Lázaro y el rico avariento que tiene hoy el Duque de Alcalá, donde, en un aparador de vasos de plata vidrio y barro puso mucha diversidad de colaciones y otros frutos y un frasco de cobre puesto en agua a enfriar”. Esta descripción coincide con la fotografía que se conoce de la pintura, en la que Epulón aparece comiendo en un balcón abierto a un exterior y se ve al pobre Lázaro, semidesnudo, que implora las sobras de la comida. Los detalles de bodegón que aparecen en esta pintura son excelentes, lo que corrobora la afirmación de Pacheco, cuando señaló que Vázquez “pintaba flores con mucha destreza y propiedad”. 
   Un conjunto pictórico de Alonso Vázquez, procedente de un retablo desmontado se conserva en la iglesia de Santa Ana de Sevilla. Su tabla central, que presenta la firma del artista y la fecha de 1590 es la representación de la Resurrección de Cristo; las tablas laterales muestran a San Cristóbal y a San Martín, constatándose en todo el conjunto el habitual dibujo firme y prieto del artista con el que capta figuras vigorosas y enérgicas.
     Otro importante conjunto pictórico de Vargas fue ejecutado en 1592, en esta ocasión para el retablo mayor de la iglesia del monasterio de Santa Paula de Sevilla. Lamentablemente en 1730 dicho retablo fue sustituido por otro de estilo barroco y sus pinturas fueron desmontadas y aprovechadas para ser colocadas en otros retablos de la iglesia en 1810. Otra de ellas pasó a la clausura conventual donde aún se conserva; representa La Trinidad, que en origen debió de estar situada en el remate del retablo citado.
      En la Catedral de Sevilla y para la capilla de Cristóbal de la Puebla, Vázquez ejecutó en 1594 un pequeño retablo que afortunadamente se conserva en su lugar de origen. Dicho retablo está presidido por una representación pictórica de San Ildefonso y San Diego de Alcalá que flanquean un relieve escultórico de La Asunción de la Virgen. En los laterales aparecen escenas de El Bautismo de Cristo y El Martirio de Santa Catalina, mientras que en la predela aparecen representaciones de Los profetas y de Los padres de la Iglesia, al tiempo que los retratos del donante, Don Cristóbal de la Puebla, su esposa y sus hijas, obras de pequeño formato que dan idea de la calidad que Vázquez hubo de alcanzar cuando ejecutó retratos de tamaño natural.
     Procedente probablemente del convento de santa María de Jesús, se conserva también en la Catedral de Sevilla una representación de La Virgen del Pozo Santo, pintura en la que se narra la milagrosa intervención de la Virgen para salvar a un niño que había caído en el interior de un pozo. Esta obra refleja un sentido de solemnidad mayestática en la figura de la Virgen y el Niño que, aureolados de ángeles músicos, contemplan complacidos la salida del pozo del infante ileso; un amable fondo de paisaje cierra la parte inferior de la composición. Por las características de su estilo esta pintura puede fecharse hacia 1595.
      Poco después, en 1598 y por encargo de Diego Caballero de Cabrera, Vázquez ejecutó las pinturas que se integran en el retablo de la Inmaculada de la Iglesia de San Andrés de Sevilla donde se dispone una serie de pinturas entre las que destacan los dos tableros de la predela en los que se representan Reyes del Antiguo Testamento que forman parte de la genealogía de la Virgen. Figuran también en el retablo representaciones de San Francisco, El apóstol Santiago, San Esteban, El Bautismo de Cristo, Santa Catalina y Santa Lucía, estando rematado todo el conjunto por La Coronación de la Virgen y El Padre Eterno. 
    A finales del siglo XVII los jesuitas sevillanos eran una de las órdenes religiosas más influyentes en la ciudad y en su entorno geográfico; dispuestos a fomentar su primacía, encargaban a los mejores artistas locales el ornato de sus templos. Por ello no es extraño que para el retablo mayor de su iglesia, en la población de Marchena, encargasen a Vázquez en 1599 las pinturas.
     Sin embargo, cuando en 1603 Vázquez embarcó para México no había concluido aún este conjunto pictórico cuya ejecución quedó interrumpida durante varios años, ya que sólo a partir de 1607 fue finalizado por Juan de Roelas. Las pinturas que Vázquez realizó fueron San José con el Niño, El sueño de San José, San Juan Bautista y La degollación de San Juan Bautista. Resulta interesante advertir cómo los jesuitas se hicieron inmediatamente eco de la devoción y culto a San José impulsado en España a partir de 1597, cuando el padre carmelita Gracián de la Madre de Dios escribió su famoso libro Grandeza y excelencia del glorioso San José, publicado en Madrid y que tuvo una inmediata repercusión en Toledo, plasmada en la magnífica pintura de San José con el Niño que El Greco ejecutó en 1599 y que Vázquez pintó también como hemos visto en el mismo año en el retablo de los jesuitas de Marchena.
     Otra importante pintura cuyos destinatarios debieron de ser los jesuitas sevillanos es La aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma, que actualmente se conserva en la Catedral de Sevilla. Es obra realizada hacia 1600 en la que se advierte un dibujo menos marcado que en años anteriores y una mayor blandura expresiva. También hacia 1600 debe de estar realizada La Virgen de Belén, que pertenece a la parroquia de Santa María de la Asunción de Arcos de la Frontera. Es obra no documentada pero que presenta con claridad el estilo de Vázquez, siguiendo el modelo de La Virgen del Pozo Santo antes mencionada.
      También en 1600 Vázquez, junto con Francisco Pacheco, recibió el encargo de fray Juan Bernal, prior del convento de la Merced de Sevilla de una serie de pinturas destinadas a adornar el claustro principal de dicho convento, que se convirtió así en el primer recinto conventual español que decoró con historias de su Orden uno de sus patios. Vázquez debió de contratar la mitad de las pinturas que serían doce, siendo las otras seis encargadas a Pacheco; sin embargo, en el momento de su partida a México en 1603, no debía tener realizadas más que cuatro, de las cuales tres se conservan en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, es decir, en el mismo lugar para donde fueron ejecutadas.
      Son estas obras San Pedro Nolasco redimiendo cautivos, San Pedro Nolasco despidiéndose de Jaime I El Conquistador; un Martirio de San Ramón Nonato procedente de esta serie y de mano de Vázquez se conserva muy mal restaurado en una colección particular de Madrid, permaneciendo en paradero desconocido una representación titulada San Pedro Nolasco recibiendo del Papa la Bula de fundación de su Orden.
     Un año antes de su partida para México, Vázquez contrató la ejecución de las pinturas del retablo mayor de la iglesia del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla, donde representó distintos temas de devoción como San Sebastián, San Roque, San Laureano, San Francisco, San Antonio de Padua, La incredulidad de Santo Tomás, San José con el Niño y San Juan Bautista, rematándose todo el conjunto con un Calvario.
     En 1603, cuando ya preparaba su viaje a México, el Hospital de San Hermenegildo de Sevilla encargó a Vázquez la ejecución de la pintura central del retablo de su iglesia donde se representaba El tránsito de San Hermenegildo, hoy en el Museo de Bellas Artes de dicha ciudad. En el momento de embarcarse Vázquez sólo tenía realizada la mitad inferior de la pintura, siendo la superior concluida por Juan de Uceda, quien debía de ser discípulo suyo. En la parte realizada por Vázquez destaca la presencia junto a San Hermenegildo, de San Isidoro, San Leandro, el joven Recaredo y los retratos del cardenal Cervantes, patrono del Hospital y de Bernardino de Escalante, administrador del mismo. Una Inmaculada fechable también hacia 1603 se conserva igualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, destacando en ella su movido perfil y su elegante figura, aspectos éstos poco comunes en la pintura sevillana de esta época que evidencian la oscilación de Vázquez en los últimos momentos de su estancia en Sevilla hacia el espíritu del Barroco (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
        Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Martín", de Alonso Vázquez, en la Capilla de San Cristóbal, de la Iglesia de Santa Ana, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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