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domingo, 19 de octubre de 2025

El Retablo de San Pedro de Alcántara, en la Capilla homónima

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de San Pedro de Alcántara, en la Capilla homónima, de Sevilla.   
     Hoy, 19 de octubre, San Pedro de Alcántara, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que, adornado con el don de consejo y de vida penitente y austera, reformó la disciplina regular en los conventos de la Orden en España, y fue consejero de Santa Teresa de Jesús en su obra reformadora de la Orden Carmelitana. Falleció en la villa de Arenas, en la región española de Castilla (1562)  [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Retablo de San Pedro de Alcántara, en la Capilla homónima, de Sevilla.   
    La Capilla de San Pedro de Alcántara - Capilla de la Orden Tercera; se encuentra en la calle Cervantes, 7; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     En la Capilla de San Pedro de Alcántara, podemos contemplar en el muro del evangelio el Retablo dedicado al titular del templo. Es un Retablo hornacina, realizado en la segunda mitad del siglo XVIII, en estilo rococó, compuesto de banco, una sola calle y ático. Pensado para albergar una única imagen, es de planta cóncava y estructura vertical. El retablo se encuentra encastrado en el muro, es de perfil sinuoso a base de molduras; el ático, esta rematado a modo de un elevado penacho con dos volutas. La obra esta policromada, simulando mármol en tonos rojos y verdosos. En la calle central se halla la figura de san Pedro de Alcántara (franciscano conocido por sus prácticas de devoción y penitencia, fue el responsable e impulsor de la reforma descalza o alcantarina (aprobada por el papa Julio III en 1554) con el fin de recuperar el primitivo espíritu de pobreza de la orden franciscana.  Sigue la iconografía fijada por el escultor Pedro de Mena en 1663, el santo de pie mirando al cielo en actitud de recibir la inspiración, con el hábito marrón franciscano, anudado a la cintura con cíngulo, descalzo y capa corta (elemento diferenciador de los descalzos). Su físico alto, imberbe, calvo y enjuto fue descrito por santa Teresa de Jesús, con la que compartió amistad e inquietudes reformadoras. Estas descripciones son las que se fueron codificando en los grabados que se hicieron con motivo de su beatificación en 1622 y su posterior canonización en 1669 por el papa Clemente IX. Responde al modelo de "doctor místico". La imagen de san Pedro de Alcántara se encuentra desubicada de su altar ya que la escultura no tiene la escala con respecto al hueco de la hornacina. Es posible, que al tratarse del titular del convento la imagen formara parte del altar mayor, desaparecido en el siglo XIX. Ha sido objeto de una intervención bastante reciente que ha supuesto un completo repolicromado de la imagen) enmarcado en un marco mixtilíneo absolutamente fuera de escala con respecto a las proporciones del conjunto, lo que denota que la escultura no formaba parte del mismo en origen. Los detalles de algunas molduras superpuestas, o la ausencia de rocallas en otros puntos hacen suponer modificaciones posteriores.
     La mesa de altar esta pintada de blanco en el fondo y dos recuadros en azul, en el centro se encuentra un relieve dorado con el escudo carmelita.
     El retablo no parece haber sido realizado para esta ubicación en la Iglesia, sino que está reubicado y readaptado a los huecos del muro (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Pedro de Alcántara, presbítero;   
   Franciscano descalzo, nacido en 1499 en Alcántara, Extremadura. Reformó su orden y fue el director espiritual de Santa Teresa de Ávila. Murió en 1562. Por error se le atribuye el Tratado de la oración y meditación, obra de Fray Luis de Granada. Al igual que el apóstol Pedro, habría caminado sobre las aguas. Una paloma le inspiraba profecías.
   Canonizado en 1669, era el patrón de la ciudad de Calatayud y de los vigilantes nocturnos o serenos que lo adoptaron porque el santo sólo dormía una hora cada día. Además se lo invocaba contra las fiebres malignas.
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa con el traje de su orden, un crucifijo, una calavera, la disciplina que usaba para flagelarse y una paloma inspiradora que simboliza su don profético.
   Su extrema delgadez hizo que se lo comparara con las raíces de un árbol. Su iconografía, casi exclusivamente española, data del siglo XVII en adelante (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Pedro de Alcántara, presbítero franciscano;
     San Pedro de Alcántara (Alcántara, Cáceres, 1499 – Arenas de San Pedro, Ávila, 18 de octubre de 1562). Franciscano (OFM), naturalista, reformador e impulsor del movimiento descalzo, comisario general, santo.
     San Pedro de Alcántara es una figura importante dentro de la espiritualidad española del siglo XVI.
     Tiene una biografía muy característica de los ascetas y reformadores de su tiempo. Encabeza además un movimiento religioso de gran fuerza dentro de la vida religiosa moderna, que son los grupos descalzos que llegan a aclimatar en las principales familias religiosas.
     Bautizado en su día como Juan de Sanabria, hijo de Alonso Garavito y de María Vilela de Sanabria, cambió su nombre por el de Pedro al profesar como religioso en la Orden Franciscana, en 1516. Por su procedencia, cabe catalogarle entre la hidalguía local cualificada, pues su padre es citado como el bachiller Garavito, letrado y regidor, circunstancia que le permite acceder a los estudios gramaticales e incluso a los estudios académicos en la Universidad de Salamanca, en los años 1511-1515. En este último año entró en la Orden Franciscana, en la que se aclimató en los años 1516-1522, testigo de los movimientos religiosos que atrajeron a los frailes de su tierra, que tenían por valedor a Francisco de los Ángeles Quiñones, futuro cardenal de Santa Cruz. Fruto de estas inquietudes fue la nueva provincia franciscana de San Gabriel de Extremadura en la que el nuevo fraile se llamó Pedro de Alcántara.
     Valorado por su formación y por su mentalidad religiosa, realizó en la Orden Franciscana una carrera intensa de gobierno, que fue desde la guardianía del Convento de San Onofre de La Lapa en 1532, a los oficios de definidor (consejero provincial) en los años 1533, 1544 y 1551, a la magistratura superior de ministro provincial, en 1538. Por otro camino fueron sus opciones religiosas, radicales y novedosas, que encontraron fuerte oposición en Castilla y, en cambio, acogida fervorosa en Portugal, bajo el amparo de Juan III y de la reina Isabel. El éxito aquí conseguido se plasma en la fundación, en los años de 1540-1553, de un nuevo distrito franciscano portugués: la Custodia de Arrábida. Pero los pasos se dieron en abierta discrepancia con los superiores observantes, en especial con el ministro general, fray Andrés de Isla o da Insua (1547-1553), que no cesaba de cercar a Pedro de Alcántara y a sus seguidores, para evitar la difusión de la incipiente corriente descalza.
     Pedro de Alcántara, firme en sus principios y seguro del apoyo de prelados y señores, intentó salir de este encierro pasándose a la jurisdicción de los superiores de la rama conventual de la Orden Franciscana y perfilando su movimiento religioso como nueva familia de “conventuales de vida reformada”. Los superiores conventuales aceptaron con gusto su propuesta y lo nombraron comisario, el 18 de abril de 1459, designación confirmada por el papa Pablo IV, el 8 de mayo de 1559. La decisión de Pedro de Alcántara iba en firme y cuajó de inmediato en la formación de una custodia (8 de octubre de 1559), luego provincia de San José (22 de febrero de 1559). Era el momento en que se encontró con santa Teresa (abril de 1562) y otros entusiastas de la iniciativa como el obispo Álvaro de Mendoza, el gran factor de las fundaciones teresianas.
     Eran los momentos finales de su vida, que Pedro de Alcántara centró en su cenobio abulense de Arenas de San Pedro, centro de irradiación religiosa extraordinario al que llegaron muchas visitas y del que salieron muchas iniciativas. Fray Pedro lo inspiraba todo: fundaciones de conventos; procesos de conversión; discernimientos sobre situaciones difíciles. Pero sus días se acababan, porque sus achaques eran muchos y graves y no lograban conjurarlos los médicos amigos, como el doctor Vázquez, que lo vio morir en la casa de Arenas, en la madrugada del día 18 de octubre e 1562.
     Vivió con gran intensidad y concitó en sus estancias extremeñas, abulenses y portuguesas turbas de devotos. Sus rasgos ascéticos y extáticos fueron la delicia de los pintores barrocos. En las poblaciones castellanas quedó por largo tiempo el eco de su taumaturgia, un bosque de prodigios del que queda memoria en las declaraciones de los procesos de beatificación, en los primeros años del siglo XVII. De hecho, su taumaturgia creció llamativamente y no tardó en ser elevado a los altares.
     En su faceta de reformador e impulsor del movimiento descalzo, Pedro de Alcántara nació y vivió en un contexto social y religioso dominado por la demanda de autenticidad. Tenía un nombre y una etiqueta: Reforma en la cabeza y en los miembros. Había cristalizado en unas instituciones prestigiadas: las congregaciones de Observancia. Nacidas y afirmadas por hombres de gran carisma, se consolidaron con el apoyo del Pontificado y de las Monarquías nacionales.
     Tuvieron su gran empuje en el reinado de los Reyes Católicos (1475-1517) y perduraron sin gran originalidad a lo largo del siglo XVI, a la sombra de la Monarquía de Carlos V y Felipe II.
     Cuando Pedro de Alcántara se afianzó en el escenario religioso ibérico, las instituciones observantes anunciaron su crisis y se vieron abocadas a un proceso de cambio.
     Este fue ahora el panorama. La uniformación de los grupos reformados en el único cuerpo de la Regular Observancia, implicó, cuando menos, una merma de los grupos espontáneos, incluso cuando se les concedieron espacios propios —las custodias— y superiores regionales. De esta reducción institucional surgieron situaciones de inquietud y disconformidad que se procuró acallar desde 1500 con la solución tradicional de una opción jerárquica: las casas de recolección.
     Se acusó un fermento de disidencia dentro de la Regular Observancia franciscana. Tuvo sus expresiones más clásicas en los grupos ahora llamados recoletos y capuchos, éstos apellidados también frailes del Santo Evangelio. Los primeros centraron su demanda en un tipo de vida religiosa más retirada y penitente, en el que prevalecieron el silencio, la oración y una mayor reclusión. Los segundos aspiraban a realizar un evangelismo popular con sus viviendas campesinas, sus ermitas devocionales en las que hacían jornadas semanales de oración, su vestido de capucha puntiaguda que decían que era el mismo que usaba san Francisco y les acarreó el nombre popular de capuchos.
     El futuro de ambas familias iba a ser muy diferente: los recoletos hubieron de acomodarse a ser una parcela reconocida y legal dentro de cada provincia y expansionarse por los antiguos cenobios rurales de los primeros ermitaños y cenobitas, ahora reedificados como conventos; los frailes del Santo Evangelio se abrieron camino, con la nueva designación de descalzos, en forma de congregación autónoma bajo la dependencia del ministro general de la Orden.
     Los descalzos franciscanos tenían una protohistoria en los tres primeros decenios del siglo xvi. Nacieron en el preciso momento en que los Reyes Católicos y Cisneros aspiraban a conseguir una única reforma en las órdenes mendicantes: la Regular Observancia.
     Lo ordenaron así a los visitadores que, con comisión pontificia y real, realizaban campañas de reforma. Lo impusieron sin excepción cuando los promotores del Santo Evangelio, Juan de Guadalupe y Pedro de Melgar, intentaron plasmar su doctrina en Extremadura y en Portugal. Después de sus días, en los primeros años del reinado de Carlos V, encontraron mejores oportunidades de llevar adelante sus proyectos. En los años 1519-1520 se creó en Extremadura la provincia de San Gabriel, con fuerte respaldo señorial. Había, por lo tanto, patronos y recursos materiales que patrocinasen la empresa y existía un plan de vida religiosa que resultaba muy atractivo. Por suerte, hay también un hombre capaz de encaminar y definir el nuevo estilo de vida que era fray Francisco de Quiñones.
     La nueva forma de vida de los frailes extremeños fue establecida por Francisco de Quiñones, partiendo de la doble experiencia de los primeros frailes del Santo Evangelio y de su originaria provincia de los Ángeles, de Sierra Morena, que se había mantenido desde sus orígenes en el patrón de la Observancia italiana, más cercana a los grupos eremíticos. En su guión de ideas y preceptos están los siguientes puntos: la práctica eremítica se considera una parcela importante de la vida comunitaria, por lo que deberían seguirla al menos temporalmente todos los frailes; cada casa dispondrá de alguna ermita a la que puedan retirarse los frailes por turnos, sin perder la conexión con las celebraciones litúrgicas conventuales; se establecen turnos semanales de ermitaños que tienen por centro la misa conventual de los domingos, durante la cual se establecen los relevos con ritos y oraciones apropiadas; la experiencia eremítica semanal consiste en diversas prácticas litúrgicas, devocionales y ascéticas que se improvisan generalmente y pone el acento en las lecturas espirituales y en la dieta alimenticia que es vegetariana, a base de pan, verduras y frutas con aceite y vinagre: las llamadas comidas inocenciales, “muy conformes a lo que nuestros padres comían en el estado inocencia”; se admite el trato espiritual con los visitantes que se acercan a estos cenobios, que pueden ser admitidos a conversaciones edificantes no sólo en las porterías sino también en las ermitas y en el templo; el exponente más completo de esta espiritualidad es la vocación misionera, concebida como suprema obediencia personal y comunitaria a Dios y a los superiores jerárquicos; comunidad móvil que alimenta su solidaridad, no en observancias sino en el encuentro periódico amistoso y fiel del grupo; que crea sobre la marcha su culto religioso, sin ataduras de ceremonias y ritualismo; que asume como nueva patria la tierra que va a misionar. Con este bagaje de ideas y propósitos llegan a las nuevas tierras de México los llamados Doce Apóstoles de Nueva España, en junio de 1524.
     Esta constelación de ideales no cuajó fácilmente en Extremadura. Hubo incertidumbre en el rumbo e inconstancia en proseguir los esfuerzos iniciales. En este horizonte incierto aparece la figura de Pedro de Alcántara.
     Por su extracción hidalga y por sus estudios salmantinos, realizados alrededor del año 1511, en un momento de agitación y reforma, y sobre todo por su carácter firme en sus propósitos, destacó a partir de la década de 1530, cuando Francisco de Quiñones, tras su ministerio de ministro general de la Orden (1523- 1527), ascendió al cardenalato y tuvo un protagonismo religioso notable de tinte erasmiano. Ensayó dentro de la institución de la Observancia sus proyectos de Felipe II, como definidor y ministro provincial de la provincia de San Gabriel (1538- 1541) y fue autor de las Ordenaciones provinciales de 1540. Acaso creía por entonces que este camino institucional era viable, porque en Portugal encontró acogida y favor y consiguió fundar una nueva provincia franciscana de estilo extremeño: la Custodia, luego provincia (1542) de la Arrábida.
     El camino que trazaba Pedro de Alcántara se distanciaba sensiblemente del previsto por Francisco de Quiñones. En éste prevalecía la creatividad y la espontaneidad.
     En san Pedro de Alcántara crecía cada vez más el sentido ascético de una pobreza radical que debía expresar muy claramente dos direcciones: la de la pobreza real del mundo rural castellano y la cristológica del desprendimiento total de los bienes por el seguimiento libre de Jesús Fue en 1557 cuando el nuevo reformador franciscano decidió marcar su nueva andadura.
     El nuevo itinerario fue visto como una disidencia dentro de la regular Observancia, justamente en los momentos en que el príncipe Felipe II comenzaba a blandir sus propósitos de reforma definitiva de las órdenes religiosas. Sonó a desafío a la autoridad jerárquica de la Orden, su decisión de 1559, por la que pasaba con su nueva familia a la jurisdicción del ministro general de los frailes franciscanos conventuales.
     Pedro de Alcántara se mantuvo firme en su propósito. En pocos meses dio vida a un nuevo distrito franciscano que llevaba su impronta descalza: la Custodia de San José, de Castilla la Nueva, constituida en el mismo año de 1559, y elevada a provincia con nuevas ordenanzas en 1561. Nadie consiguió doblegar a fray Pedro en su marcha, incluso cuando la mayor parte de sus seguidores suscribieron el 25 de febrero de 1562 una concordia por la cual se integraban en la Observancia. En el pináculo de la fama, como maestro espiritual y consejero de personalidades como santa Teresa de Jesús y amigo de próceres como el obispo de Ávila, Álvaro de Mendoza, sabía que no estaba sólo en el desafío. Su último refugio fue el minúsculo Convento de Hontiveros, donde le acosaban los superiores observantes, en septiembre de 1562, que, por su portavoz en la Corte de Felipe II, lo acusaban de “inventar [...] nueva Orden e manera de religion no aprobada”.
     Pedro de Alcántara murió en Arenas de San Pedro, en casa de su amigo el médico doctor Vázquez, el 18 de octubre de 1562. Dejaba escritos ascéticos, normativa de reforma y sobre todo el testimonio de una vida extremosa en la ascesis religiosa y en el radicalismo reformista. San Pedro de Alcántara es un notable escritor espiritual, meritorio como testigo de las corrientes y motivaciones religiosas de su tiempo.
     Su claro parentesco con algunos de estos escritores sigue creando interrogantes. La obra más original es el Tratado de oración y meditación, que fue editado en los años 1556- 1557, por el impresor Juan Blavio de Colonia. A su lado figuran: Soliloquios de San Buenaventura y Comentario sobre el salmo “Miserere”.
     Dejaba claro su ideario que había formulado sucesivamente en textos legislativos de los años 1540 y en los proyectos de 1562. Los ejes de su propósito eran una liturgia silenciosa, acompasada y meditativa; una oración mental prolongada, de dos horas diarias, separadas por el trabajo corporal; la mendicación como forma de sustento; vestido religioso y ajuar litúrgico concordante con la pobreza ambiental; vivienda similar a la de los campesinos extremeños.
     Desaparecido Pedro de Alcántara quedaba su aliento institucional. La provincia de San José que buscaba afanosamente su prolongación en nuevos parajes de escasa presencia franciscana: la montaña valenciana y murciana, donde surgió la custodia de San Juan Bautista; las tierras tudenses de Galicia, en las que había comenzado sus fundaciones fray Juan Pascual por los años de 1517. Parecía un árbol muy pobre y desolado en 1562. Pronto demostró que tenía hondas las raíces.
     La nueva familia descalza se vio conminada a desaparecer en la década de 1560. Le venían las amenazas desde las instancias oficiales: en el cuadro de la Regular Observancia franciscana esta nueva familia religiosa de “pascualistas” (seguidores de fray Juan Pascual) y “alcantarinistas” (compañeros de Pedro de Alcántara) que se presentaban en público como Observancia estrictísima eran los mismos “deviantes” censurados en su día por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, que habían dejado de lado el idealismo comunitario y misional del cardenal Francisco de Quiñones; aparecían en público con una imagen extravagante, en unas moradas que eran más tugurios o cuevas que conventos; se instalaban abusivamente en los distritos territoriales de las provincias observantes; captaban el favor de prelados y caballeros con ardides religiosos; en los proyectos de reforma que estaba realizando la Corte de Felipe II, sancionados por Pío V por los breves Maxime cuperemus (2 de diciembre de 1566) y Superioribus mensibus (16 de abril de 1567), el objetivo primario era la extinción del conventualismo y la promoción de los grupos reformados, sobre todo de las observancias, cuando éstas existían. En principio la existencia de grupos especiales dentro de cada familia observante no estaba contemplada. Se consideraba amenaza de anarquía y división de fuerzas. Por norma no eran aceptables “los diferentes modos de vivir bajo un habito y religion”. En concreto, expresaba Felipe su opinión oficial, el 12 de diciembre de 1567, que los alcantarinos, “aunque hayan dado la obediencia a la Observançia, son y quedaron conventuales [...] y así pueden ser enteramente reformados y reducidos a la Observancia y repartidos por los monasterios della”.
     Un mes más tarde llegaba la sentencia definitiva por la bula Beatus Christi salvatoris, dada por Pío V; el 23 de enero de 1568, en la que de nuevo se abolían las congregaciones y reformas existentes en el seno de la Observancia franciscana y sus miembros serían incorporados a las respectivas provincias observantes.
     Sin embargo no llegó la previsible desaparición más que en los reductos más lejanos y débiles como la Custodia de San Simón de Galicia, cuyos Conventos de Redondela, Vigo y Bayona se integraron en la provincia de Santiago. Los superiores franciscanos no propusieron la desaparición de la nueva familia descalza sino su integración en el cuadro de la Orden, en forma de provincias autónomas que siguiesen su estilo de vida bajo la jurisdicción del ministro general de la Orden. Así lo propuso el comisario general y portavoz de la Observancia en la Corte, fray Francisco Guzmán, en 1562, censurando sobre el particular algunas prácticas religiosas del grupo que consideraba negativas como eran las singularidades en viviendas, vestidos y austeridades. Con esta tesis venía a reforzar los argumentos de los propios descalzos ante el Rey, que demostraban que realmente militaban en la Observancia y que su vinculación a la familia conventual era una anécdota del pasado.
     Mientras estas dudas sobre la naturaleza de los Descalzos se barajaban en las altas esferas madrileñas, los seguidores de Pedro de Alcántara se adelantaron a la situación buscando amparo en personajes eclesiásticos y en cortesanos romanos y madrileños. Sus agentes conquistaron la benevolencia de Pío V y recibieron de él declaraciones verbales en su favor, oportunamente testimoniadas con documentos notariales. En Madrid supieron atraer a su causa a los nuncios Alessandro Crivelli (1561-1565) y Felipe Sega (1577-1581) y al antiguo obispo abulense, ahora titular de Palencia, Álvaro de Mendoza, el secretario Antonio Pérez, los condes de Priego y Melito y el contador Francisco de Garnica. Con este valimiento en Madrid y en Roma, encontraron todas las puertas abiertas. Los mismos generales de la Orden, Luis de Púteo y Cristóbal Capitefontium, no tuvieron ya el valor de oponerse a sus demandas y aprobaron sus nuevas fundaciones, mientras que los superiores españoles seguían contradiciéndolas sin éxito. En la década de 1570, bajo estas condiciones (1572) se plasmaba la instalación que el grupo consideraba emblemática: San Bernardino de Madrid, fruto del apoyo de un grupo de cortesanos entre los que destaca el contador Francisco de Garnica.
     Una nueva empresa descalza, en marcha desde 1576, les aseguraba el salto definitivo al aprecio personal de Felipe II: la misión de las islas Filipinas. Se presentó con urgencia la demanda de misioneros para las nuevas islas hispanas, con irradiación en todo el Lejano Oriente. Se sugirió que a los pioneros agustinos se sumasen de inmediato grupos de jesuitas y de frailes descalzos. Recibida la invitación, los frailes de San José o josefinos, como ahora se decían los descalzos franciscanos, organizaron una expedición de dos docenas que capitaneó fray Pedro de A1faro. La empresa tuvo gran éxito y se convirtió muy pronto en una bandera de triunfo para los descalzos. En 1579 pusieron en limpio sus planes: querían levas regulares de misioneros descalzos; pretendían una instalación en Nueva España que sirviera de puente para el periplo asiático; preconizaron un gran futuro para la Iglesia y para la Monarquía de Felipe II no sólo en las islas Filipinas sino también en tierras chinas y japonesas.
     Casi de repente se habían constituido en un baluarte misionero con el que tendría que contar la Monarquía de Felipe II. El Rey Prudente y los Descalzos franciscanos cambiaron de discurso: Felipe II los miraba ahora como apóstoles; los misioneros llamaron a su Rey padre, patrón y defensor.
     En realidad no había cambiado sólo el talante de las relaciones sino sobre todo la condición institucional de los Descalzos franciscanos. En los años 1578-1579 recibieron los documentos pontificios que les acreditaban como familia religiosa reformada dentro del cuadro de la Regular Observancia Franciscana. Desde el 12 de noviembre de 1578 tenían en su poder la nueva bula de Gregorio XIII Ad hoc nos Deus, por la que se sancionaba que las constituciones de los Descalzos no podrían ser alteradas ni siquiera por el ministro general de la Orden Franciscana; que los frailes observantes podían pasar libremente a la familia de los Descalzos; que los moradores de los conventos descalzos no podían ser transferidos por los superiores observantes; que sólo bajo estas condiciones se ejercería la jurisdicción del ministro general de la Orden sobre la familia descalza. El 3 de junio de 1579 emanaba en Roma la bula Cum illius vicem que remachaba este estatuto de autonomía. Corrían tiempos de bonanza para los nuevos grupos reformados, descalzos y recoletos, que merecían ahora cálidas recomendaciones de los nuncios pontificios, a los que la Corona iba dejando margen de intervención, incluso cuando sus gestos no se adecuaban a los proyectos oficiales.
     En las décadas de 1580 y 1590 los Descalzos Franciscanos estaban en pleno despliegue en España y en las Indias. En algo más de dos decenios supieron afirmar su presencia en todo el ámbito de la Monarquía Católica con casas, provincias y misiones.
     En la Península prosperaron sus fundaciones urbanas, las más objetadas por sus compañeros de la Observancia.
     Con cierta facilidad se encontraba quien ofreciera solares y dotación en ciudades significativas como Madrid, Cuenca, Salamanca y, sobre todo, Valladolid y Sevilla. Tenían muy clara su estrategia de asentamientos urbanos: los necesitaban en Alcalá y Salamanca para educar a sus candidatos; en Sevilla y México, como refugios y puentes para sus expediciones misioneras; en Valladolid y Ciudad Rodrigo, por ser cabezas de comarcas a las que había que recurrir por necesidad, sobre todo para problemas administrativos y asistencia sanitaria; en Zamora, Medina, Segovia, Guadalajara, Cuenca y Toledo, ya saturadas de conventos, por condescender con la piedad de sus bienhechores devotos. Habían de superar las objeciones jurídicas: las normas sobre las distancias entre las casas religiosas urbanas, que agravó Clemente VIII en su Constitución de 1593 y la disposición del capítulo general de la Orden de Valladolid que exigía la aprobación para las nuevas fundaciones. Las vencían con gracias pontificias, como la otorgada por Gregorio XIII a la provincia de San José en 1594 por la que se constituyó la provincia de San Pablo en Castilla la Vieja, mientras que la valenciana de San Juan Bautista no sólo se consolidó sino que se dilató por las tierras murcianas; en Andalucía, se puso en marcha otra nueva provincia, que se llamó de San Diego, si bien su aprobación sólo se consiguió en 1619; en Indias había dado el paso en 1586 la nueva provincia de San Gregorio Magno y en la década de 1590 se configuraba la de San Diego de Nueva España.
     En Indias los Descalzos hacían ostentación de cierto vanguardismo religioso, aprovechando el adormecimiento de los observantes, enzarzados en sus disputas internas y externas. Se presentaron como los misioneros de frontera, ajenos a las disputas jurisdiccionales, dispuestos a recibir en sus filas a los frailes descontentos de su instalación no hispana que clamaban por casas de recolección. Ofrecieron a la Monarquía la solución para los urgentes alistamientos misioneros: fue su instalación completa en los virreinatos indianos en los que reclutarían sus candidatos e instalarían sus casas de formación. Así se resolvería el difícil problema de las expediciones misioneras “sin que sea menester traellos todos de España, porque [...] no se pueden traer todos los que son menester, y se traen con mucho mas trabajo”. Sin duda, esta solución utópica halagó a Felipe II. En el mismo año 1586 hacía un reconocimiento público de estos misioneros: “se han señalado mucho los descalzos de la Orden de San Françisco”, escribía, refiriéndose a los primeros misioneros de Filipinas, y los recomendaba con predilección al papa Sixto V (José García Oro, OFM, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo de San Pedro de Alcántara, en la Capilla homónima, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Capilla de San Pedro de Alcántara, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 8 de agosto de 2025

Un paseo por la calle Porta Coeli - Portaceli

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Porta Coeli - Portaceli, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 8 de agosto, Memoria de Santo Domingo, presbítero, que, siendo canónigo de Osma, se hizo humilde ministro de la predicación en los países agitados por la herejía albigense y vivió en voluntaria pobreza, hablando siempre con Dios o acerca de Dios. Deseoso de una nueva forma de propagar la fe, fundó la Orden de Predicadores, para renovar en la Iglesia la manera apostólica de vida, y mandó a sus hermanos que se entregaran al servicio del prójimo con la oración, el estudio y el ministerio de la Palabra. Su muerte tuvo lugar en Bolonia, en Italia, el día seis de agosto (1221) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte la calle Porta Coeli - Portaceli, que hace referencia al desaparecido convento dominico existente en las inmediaciones, siendo Santo Domingo de Guzmán, el fundador de dicha orden.
      La calle Porta Coeli - Portaceli es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de La Buhaira, del Distrito Nervión; y va de la avenida Eduardo Dato, a la calle Marqués de Estella. 
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Era conocida como callejón de Portaceli desde tiempo muy antiguo, y así se cita en un documento de 1779 y también como callejón de detrás de la Fundición, hasta la reforma del callejero en 1859, en que recibe oficialmente el nombre de Porta Coeli, castellanizándose más tarde en Portaceli. Se recogía así la denominación del cercano convento de dominicos, en cuyo camino, conocido como callejón de Santo Domingo (Eduardo Dato), confluía esta calle. La parte más estrecha es conocida por los vecinos del barrio como el Boquete. Posee un trazado en ángulo recto de brazos desiguales entre el muro de la Huerta del Rey (antiguo jardín de la Buhaira) por un lado, y la fachada lateral de la Fábrica de Artillería por el otro. En la confluencia con Eduardo Dato es muy ancha, hasta el punto que deja una amplia zona terriza que se estrecha a partir de la portada de acceso a la Huerta del Rey, para terminar haciéndose realmente angosta al confluir con Marqués de Estella, después de describir un ángulo recto. Este estrecha­miento es debido, muy probablemente, al avance realizado por la Fundición de Cañones en alguna ampliación.
     Ha tenido funciones casi exclusivamen­te de tránsito y acceso de los vecinos de San Bernardo a la Fábrica de Artillería; esta función se hacía más patente cuando se inundaba el barrio, pues quedaba como única salida de Sevilla en esta dirección. Su caserío es muy escaso habiéndose renovado casi en su totalidad en los últimos años; quedan todavía algunos solares en la confluencia con Marqués de Estella. La calle, en su parte más ancha, ofrece pavimento en damero formado por retícula de adoquines y cantos rodados en mal estado. Sus aceras son terrizas salvo en la parte que discurre en las nuevas construcciones. En su parte más estrecha está pavimentada con losas de Tarifa. Se ilumina con farolas de fundición adosadas a la pared. El caserío, existente sólo en el lado próximo a la Huerta del Rey, es de tres plantas y ofrece una sencilla pero cuidada apariencia, sobre la base del color blanco de los edificios y de algunos balcones. Son de destacar los portalones de la citada huerta, una de ellas almenada y la otra con tejaroz, que prestan al conjunto aspecto de arquitectura rural; en la pared de ésta se encuentra un azulejo que recuerda una escena de la novela ejemplar de Cervantes Rinconete y Cortadillo. La Fundición ofrece un alto muro en el que se abren a intervalos grandes ventanas. En el centro de la calle había un cañón que, a modo de marmolillo, impedía la circulación rodada [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Porta Coeli, s/n. FUNDICIÓN DE ARTILLERÍA
. El edificio actual se levantó en el solar de otra fundición de bronce, que allí existía desde el siglo XVI, que había pertenecido a Juan Morel. Más tarde, fue adquirido por el Estado y en tiem­pos de Carlos III se ordena la construcción de un nuevo edificio, cuyos planos se encargaron al arquitecto Vicente de San Martín, y que hoy se conserva, aunque algunas partes han sufrido alteraciones posteriores [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984]. 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santo Domingo, presbítero;
   Fundador de la orden de los hermanos predicadores o dominicos. Nació en 1170 en Calahorra, La Rioja, de una familia oriunda de Osma, Castilla. Pasó la mayor parte  de su vida en Francia e Italia. Después de haber predicado en Toulouse contra los herejes albigenses, en 1216 obtuvo del papa la autorización para fundar la orden de los Hermanos Predicadores. Murió en Bolonia en 1221, localidad que visitará para presidir el capítulo general de su orden.
   Su leyenda, muy adornada, copia en parte a las de San Bernardo y San Francisco de Asís, a quienes habría conocido en Roma. A causa de un error intencionado se le concedió el honor de la Aparición de la Virgen del Rosario, cuando se sabe fehacientemente que la devoción del Rosario fue inventada y difundida a finales del siglo XV por el dominico bretón Alain (Alano) de la Roche.
   Su nacimiento, al igual que el de Cristo, habría estado acompañado de presagios. Cuando su madre fuera a rezar ante las reliquias de Santo Domingo de Silos, éste le anunció que ella tendría un hijo, al cual, en reconocimiento, dio el nombre de pila Domingo. Además, la embarazada habría visto en sueños al hijo que debía nacer de ella con una estrella sobre la frente, y bajo el emblema de un perro blanco y negro que tenía en sus fauces una antorcha encendida, lo cual significaba que estaba llamado a defender la fe amenazada por la herejía, como un buen perro guardián. Esta leyenda parece que tiene como origen un juego de palabras con dominico, perro del Señor (domini canis) o Dominicus (Domini custos).
   En Toulouse, donde había acudido para batallar contra los albigenses, defendió su causa mediante la ordalía del fuego, como San Francisco de Asís ante el sultán de Egipto. Dos libros se arrojan al fuego, uno herético, el otro ortodoxo: el primero se quema mientras que el segundo permanece intacto.
   Dominicos y franciscanos atribuyen a los fundadores de sus órdenes, contradictoriamente, una visión del papa Inocencio III, quien, mientras dormía en su palacio vio en sueños la basílica de Letrán a punto de derrumbarse, pero un santo sostenía la fachada vacilante. Dicho santo, que aportaba al papa el refuerzo de su orden es, para los franciscanos, San Francisco de Asís, y para los dominicos, Santo Domingo de Guzmán.
   A Santo Domingo se atribuían otros muchos milagros: salvó del naufragio a los peregrinos que atravesaban el Garona con rumbo a Santiago de Compostela, resucitó al joven Napoleón que había muerto al caer del caballo; derrotó al demonio que en forma de mono lo hostigaba mientras leía, y aun lo puso en penitencia haciéndole sostener la vela que le iluminaba, hasta que el diablo se quemó los dedos y el santo lo echó a latigazos; cuando una comunidad de su orden estaba falta de pan, los ángeles, en respuesta a sus ruegos, trajeron dos canastos llenos a la mesa del prior.
CULTO
   Canonizado en 1234, diez años después de su muerte, Santo Domingo era particularmente venerado en Toulouse donde predicó contra los albigenses y en Bolonia, donde murió y donde se le edificó una magnífica tumba.
   Sus patronazgos son escasos y nunca fue un santo popular, como San Martín o San Francisco de Asís. Pero las innumerables iglesias y monasterios de su orden difundieron su iconografía en toda la cristiandad.
   Las principales fundaciones dominicas en Italia, además de la de Bolonia, eran la iglesia de la Minerva, los conventos de Santa Sabina y de San Sixto en Roma, la basílica de Santa María Novella y el convento de San Marco en Florencia, y la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo en Venecia. Además, tenía iglesias puestas bajo su advocación en Pisa, Fiésole, Siena, Orvieto y Nápoles.
   En Bolsena se lo invocaba contra el granizo.
ICONOGRAFÍA
   Santo Domingo está vestido con el hábito bicolor de su orden: túnica blanca y manteo negro, colores simbólicos de la pureza y de la austeridad. Su ancha tonsura está rodeada por una corona de pelo. Casi siempre lleva una barba en collar, pero a veces se lo ha representado imberbe.
   Tiene numerosos atributos. El libro, cerrado o abierto, que tiene en las manos, no bastaría para diferenciarlo. El tallo de lirio lo comparte con San Francisco de Asís y San Antonio de Padua: es el símbolo de su castidad, o más bien, alude a su veneración a la Virgen Inmaculada. Sus atributos realmente personales son la estrella roja y el perro manchado que su madre viera en sueños antes de su nacimiento, a los cuales, a finales de la Edad Media, se sumó el rosario.
   La estrella brilla sobre su frente o encima de su cabeza.
   A sus pies está sentado un perro blanco y negro que lleva una antorcha encendida en las fauces (portans ore faculam). Ese perro del Señor (Domini canis) es al mismo tiempo que el atributo individual de Santo Domingo, el emblema de todos los dominicos. "El predicador -dijo Daniel de París- es el perro del Señor encargado de ladrar contra los malhechores, es decir, los demonios que rondan en torno a las almas."
   No se comprende muy bien, por cierto, cómo podría ladrar con una antorcha encendida en las fauces.
   Santo Domingo recibió más tarde el rosario, que se considera obtuvo de manos de la Virgen. Uno de los ejemplos más antiguos de ese atributo usurpado es el cuadro de Cosimo Rosselli, que pertenece a la Colección Johnson de Filadelfia.
   Según el modelo del Árbol de Jesé, los dominicos crearon su propio árbol genealógico. Del pecho del fundador de la orden salen ramas sobre las cuales se alinean los dominicos ilustres, en media figura (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santo Domingo de Guzmán, presbítero;
     Santo Domingo de Guzmán y Aza, (Caleruega, Burgos, 1170 – Bolonia (Italia), 6 de agosto de 1221). Fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos (OP).
     A pesar de ser uno de los personajes españoles de la Edad Media mejor estudiado y mimado por la literatura, la escultura y sobre todo por la pintura, santo Domingo sigue siendo poco conocido y menos aún popular. Se le recuerda más por frailes y monjas de su Orden (Tomás de Aquino, Alberto Magno, Catalina de Siena, Vicente Ferrer, Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Macías, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Luis de Granada, cardenal Zeferino, Arintero, Getino y tantos otros) que por él mismo, o por la popular estrofa rosariana “viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.
     Este preclaro personaje fue hijo de Félix de Guzmán y de Juana de Aza y nació en la villa burgalesa de Caleruega, cerca de Silos, hacia el año 1170. Sus padres eran nobles y por su matrimonio se unieron los linajes Guzmán y Aza, bien conocidos a lo largo de la Edad Media, participantes en la Reconquista española y señores de Caleruega.
     Los Guzmán-Aza se distinguieron por su acendrada fe, generosidad, valor, espíritu emprendedor y audaz, energía tenaz y un alto grado de servicio al Estado y a la Iglesia, características a las que Domingo juntaría la vocación de su vida y su obsesión “ganar almas para Cristo”.
     El nacimiento de Domingo estuvo precedido de una visión que su madre Juana tuvo cuando estaba embarazada. Le pareció ver un cachorro con una tea encendida en la boca que iluminaba el mundo. Aquella luz, resplandor o especie de estrella que muchos testigos verían después en el rostro de Domingo y que atraía el respeto, la admiración y el amor de todos, era como la constatación de una vida singularmente santa vivida a imitación de los apóstoles y puesta enteramente al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Fue bautizado en la iglesia románica de San Sebastián, todavía en uso, en una pila bautismal que aún se conserva y en la que desde hace siglos son bautizados miembros de la Familia Real española. Le pusieron de nombre Domingo (hombre del Señor), nombre no raro en la comarca y en la misma Caleruega, en recuerdo y agradecimiento al santo abad Domingo, cuyo cuerpo se conservaba en la cercana abadía de Silos. A ésta había acudido Juana de Aza, embarazada de Domingo, y allí, como a otras abadías y monasterios cercanos, en los que florecía la santidad y la ciencia, habría llevado alguna vez al niño. Su infancia transcurrió en Caleruega al calor del hogar familiar, que era al mismo tiempo casa, iglesia y escuela, y al refugio del torreón de los Guzmanes, todavía en pie aunque bastante transformado. Desde su atalaya, como desde la cima de la peña de San Jorge, en la misma villa natal, es seguro que Domingo mirase y admirase más de una vez el amplio y lejano horizonte que se abría a sus ojos. Su madre, conocida en la Orden dominicana o de Predicadores como “la santa abuela” se ocupó de enseñarle las primeras letras, pero sobre todo las sencillas oraciones cristianas y de inculcarle la recia fe de cristianos viejos que ella y su familia vivían, una fe alimentada por la caridad, virtud que Domingo llegaría a vivir intensamente. Infancia normal, sin acontecimientos extraordinarios a excepción del que en una ocasión vivió con su madre y que conocemos por los primeros biógrafos del santo.
     Doña Juana había dado el vino a los pobres, y cuando su marido, Félix de Guzmán regresó de improviso de una expedición militar y se enteró del hecho pidió a su mujer que le sirviera vino a él y sus hombres. Juana y Domingo rezaron a Dios en la bodega de la casa-palacio y el milagro se produjo; don Félix y sus soldados pudieron beber un excelente vino. El hecho se ha conservado en la memoria histórica y es importante recordarlo, porque probablemente esa fue la primera vez que Domingo, todavía niño, tuvo experiencia del valor y del poder de la oración, otra de las virtudes en las que llegaría a ser tan aventajado que sus biógrafos dicen de él que dedicaba noches enteras a la oración y que de día siempre hablaba con Dios o de Dios: “Cum Deo vel de Deo semper loquebatur”.
     Hacia los siete años de edad y encauzada su vida a la clerecía, Domingo vivió con un tío suyo arcipreste de Gumiel de Hizán (Burgos) y con él aprendió la cultura básica para prepararse a dar el salto a la Escuela diocesana de Palencia, por entonces muy floreciente y antesala de lo que poco después sería el embrión de la primera universidad de España. Allí, hacia 1185-1186, se presentó el adolescente Domingo de Guzmán y en Palencia permanecerá hasta, más o menos, cumplir los veinticuatro años de edad dedicado a estudiar y a rezar. Estudió letras, dialéctica, teología, sagrada escritura, especialmente el Nuevo Testamento, del que llegará a aprender de memoria gran parte del evangelio de san Mateo y de las epístolas paulinas, que siempre llevaba consigo. En Palencia creció y se desarrolló ya su gran personalidad humana y espiritual, de la que han quedado rasgos indelebles y de exquisita calidad.
     Domingo era reservado por naturaleza, meditabundo, estudioso, amante de la soledad, contemplativo. Pero esas cualidades no le hacen cerrarse al mundo y huir de él, sino todo lo contrario. Es un joven “adulto” abierto, alegre, permeable y caritativamente solidario con las desgracias y penurias de sus semejantes. Lo puso bien de manifiesto cuando Palencia sufrió una terrible hambruna de las que azotaban de cuando en cuando a España. En tal ocasión, Domingo llegó a vender hasta sus valiosos libros anotados de su propia mano, al tiempo que decía: “No puedo estudiar en pieles muertas [los pergaminos] mientras las vivas [las personas] se mueren de hambre”. Vivía el Evangelio de la caridad, la parte de él que mejor conocía: “Porque tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25, 35). Y todavía, años después, su caridad se convertirá en heroica, cuando en cierta ocasión estuvo dispuesto a cambiarse por uno al que en una incursión sarracena habían hecho esclavo. La levítica Palencia fue para él como un Nazaret y un desierto donde recibió mucho para después seguir dándolo a los demás.
     Terminada su experiencia palentina, Domingo se trasladó a Osma (1196) para formar parte de su Capítulo catedralicio y hacerse canónigo regular. Allí conocerá al que después será su entrañable amigo y obispo Diego de Acebes (o Acebedo), por entonces prior del cabildo, y al obispo de la diócesis Martín de Bazán. En Osma, Domingo recibe el sagrado orden del sacerdocio envuelto en un gozo espiritual extraordinario.
     Desde entonces, cuando celebre casi a diario la santa misa, será favorecido con “el don de lágrimas”. Comenzaba el segundo gran desierto de Domingo: silencio, contemplación, estudio aunque también la actividad ministerial. En Osma pasará los próximos años, hasta 1203, desempeñando los cargos de sacristán del cabildo, de subprior a pesar de ser muy joven y participando activamente en la reforma que se había iniciado dentro de la comunidad y cuyo objetivo era recuperar el ideal de vida de los apóstoles con una sola alma y un solo corazón (cfr. Hechos, 4, 32). Sin saberlo aún con exactitud, Domingo se preparaba en Osma para la que sería su futura y principal misión en medio de la Iglesia: predicar insistente e incansablemente, con la vida y la suave fuerza de la palabra, hasta la misma víspera de su muerte, a Jesucristo muerto y resucitado (cfr. 2 Timoteo, 4, 2).
     La ocasión de ver de cerca cuánta era la mies y cuán pocos los operarios (cfr. Mateo 9, 37) se le iba a presentar bien pronto. Corría la primavera de 1203 y una circunstancia imprevista, pero sin duda providencial, obligó a Domingo a abandonar la tranquila y recoleta soledad del claustro osmense. Alfonso VIII de Castilla encargó al obispo Diego de Acebes una misión real con destino a Dinamarca y el obispo quiso que su amigo Domingo lo acompañara. Aquellos mundos de horizontes misteriosos e infinitos que hacía años vislumbró desde el torreón de Caleruega se abrían ya para Domingo como una realidad llena de atractivo y de un inmenso trabajo apostólico.
     Concertada la boda real, objetivo del viaje, al final no pudo realizarse por haber muerto poco después la princesa elegida. Pero antes de regresar a España la comitiva regia, Domingo y su obispo Diego visitaron el corazón de la cristiandad. Los viajes realizados a  través de Francia y de otras tierras hasta llegar a las del norte de Europa, habían lacerado los corazones y las almas de ambos apóstoles. Habían visto a millares de ovejas sin pastor (cfr. Mateo 9, 36) y peor aún, a muchas de ellas rodeadas y acorraladas por lobos feroces. Estremecidos ambos, decidieron que era urgente informar detalladamente al papa Inocencio III (1198-1216), quien ya sabía algo, e intentar poner remedio evangélico lo antes posible, pues en el sur de Francia lobos rapaces devoraban a la Iglesia. El corazón apostólico de Domingo se quedó prendido del Mediodía francés cuando vio con sus propios ojos hasta dónde hacía mella la herejía cátara.
     Después de una larga y fatigosa caminata de regreso a España, Domingo descubrió que el dueño de la posada en la que se albergaron era hereje. Le faltó tiempo para iniciar una conversación que duró toda la noche, un diálogo agudo, razonado, claro, suavemente  persuasivo, y al despuntar el alba el hospedero recuperó la fe y regresó al seno de la verdadera Iglesia. Era el primer triunfo de Domingo en tierra de herejes y contra la herejía, preludio de la cosecha que iría recogiendo no tardando mucho. Pero había que esperar, conocer la situación política, social y religiosa, que era una mezcla casi inseparable, comprender la magia de la herejía, la razón de su éxito en tantas personas y el porqué del fracaso hasta entonces de los evangelizadores. Los cátaros que poblaban el sur de Francia eran descendientes doctrinales del evangelismo del siglo XI, de los valdenses y de otras deformaciones doctrinales más antiguas. Estaban protegidos por nobles (Raimundo VI de Tolosa y otros), y atraían a masas de personas alejándolas de la Iglesia y volviéndolas contra ella. Sus obispos y diáconos, los llamados perfectos itinerantes (predicadores que formaban una capa superior) y sus comunidades edificantes se autollamaban y creían ser los auténticos herederos de los apóstoles y de la Iglesia primitiva. Con una liturgia muy simple y un modo de vida aparentemente pobre intentaban erróneamente revivir el ideal de las primeras comunidades cristianas  atacando y queriendo suplantar a la Iglesia católica romana. Había mucha apariencia en sus vidas y sobre todo demasiado error en su doctrina como para que el teólogo y vir evangelicus que era Domingo de Guzmán no se percatase de la falsedad y los fallos de aquellos descarriados. En realidad, los cátaros (o albigenses, por estar muy presentes en la región de Albí) no comprendían el sentido cristiano del pecado que aborrecían, de la penitencia externa que hacían, de la castidad de que alardeaban, de la salvación a la que se creían predestinados. ¿Quién era realmente Cristo para ellos? ¿qué significaba la Cruz? ¿no rechazaban la materia, lo creado, el mundo, el matrimonio, por creerlo todo ello pecaminoso e imperfecto? Eran gnósticos dualistas y, por lo tanto, incapaces de comprender y de vivir lo esencial del Evangelio, del que sólo imitaban la apariencia. Domingo vio el error y se apenó del estrago espiritual y social que aquella ambigüedad doctrinal producía en masas enteras de gentes sencillas e ignorantes.
     No regresaría a España dejando a aquella multitud a la deriva. Era cierto que algo se venía haciendo desde tiempo atrás, pero sin resultados positivos. Los buenos monjes cistercienses, legados pontificios, no habían dado con la clave del éxito; les faltaba la pedagogía adecuada para convertir a los herejes: mejor preparación doctrinal y un poco más de ejemplo, justo todo lo que tenían Diego y Domingo. En junio de 1206, en Montpellier, ambos misioneros se encontraron con tres de aquellos legados y les dieron la fórmula para vencer a los herejes. Era muy sencilla; se trataba de unir vida y doctrina, palabras y hechos, hacer sencillamente y con verdadera humildad lo que Cristo recomendó a los apóstoles. “No llevéis con vosotros oro, ni plata, ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mateo 10, 9-10). La suerte estaba echada.
     Aquel encuentro fue decisivo. Domingo se convierte entonces y para siempre en predicador de la gracia, en vocero de Jesucristo, imitando en todo el modo de vida de los apóstoles. Las conversiones se multiplican y la noticia de la nueva predicación corre de ciudad en ciudad: Montpellier, Servian, Béziers, Carcasonne, Toulouse y otras se benefician de la presencia de los nuevos predicadores. Destaca Domingo, que ya ha protagonizado un hecho extraordinario. Un libro escrito por él conteniendo doctrina verdadera fue sometido al juicio del fuego y aunque fue arrojado tres veces a las llamas no se quemó. La gente va recuperando la fe y algunos herejes se convierten. La doctrina y el ejemplo de vida de Domingo y su grupo son incontestables.
     En 1207, se instala en Prouille (Prulla), a los pies de Fanjeaux, que era uno de los focos principales del catarismo, para desde allí continuar la predicación de Jesucristo. El obispo Diego tiene que regresar a su diócesis y la muerte le sorprende en Osma el 30 de diciembre de ese año; otros compañeros se vuelven a sus abadías y Domingo queda prácticamente solo en medio de un nido infectado por la herejía y revuelto por los intereses políticos de los señores feudales de la región, que luchaban entre sí (Pedro de Aragón, Raimundo de Toulouse, Raimundo-Roger Trencavel). Para colmo de males el legado pontificio Pedro de Castelnau es asesinado en 1208 por un familiar del conde de Toulouse y el papa Inocencio III entró en acción estallando la cruzada de 1209, que puso en llamas a la región de Albí. Simont de Monfort será el encargado de pacificar los ánimos, aunque fuera a costa de sangre y fuego. En poco más de tres años, este cruzado, tan intrépido como ambicioso, puso orden en el caos del Mediodía francés muriendo muchos herejes en la hoguera. Aquel método de “pacificar” y de “convencer” a los herejes repugnaba y le era totalmente contrario a Domingo de Guzmán, cuya predicación y evangelización se veía frenada por el furor de las huestes cristianas de Simón de Monfort.
     El método evangelizador de Domingo, como hizo con el hospedero, era el de la suave persuasión, el de la paciencia que todo lo alcanza con la gracia de Dios, el de la paz, el de convencer con razones y hechos a los extraviados para atraerlos a la fe verdadera y a la Iglesia única de Jesucristo. ¿Cómo se podía matar en nombre de Cristo y de su Iglesia? Pero a pesar de tantas contradicciones y peligros, él continuó en la brega.
     En circunstancias tan adversas, Chesterton escribe que Domingo hubo de ponerse y seguir al frente de una formidable campaña para la conversión de los herejes, y que consiguiera hacer volver a lo antiguo a masas de personas tan alucinadas con sólo hablarles y predicarles supone un enorme triunfo digno de colosal trofeo.
     Mientras mantuvo su centro de operaciones en Prulla (1207-1213) a Domingo se le unió un grupo de mujeres jóvenes, casi todas nobles, a quienes sus padres habían entregado a los cátaros para que las educasen, pero que ellas, de origen enteramente católico, habían conseguido escapar de la herejía. El grupo fue creciendo y Domingo, que demostrará tener un tacto especial en el trato y ministerio con las mujeres, como atestiguarán después las beatas dominicas Cecilia y Diana, se convirtió en el protector y alma de aquel grupo, embrión y corazón de lo que más tarde serían las monjas dominicas de clausura. Al propio Domingo se deben las fundaciones de los monasterios Prulla, Fanjeaux, Toulouse, Roma, Bolonia y Madrid.
     A partir de la fundación de Prulla, y al menos en la oración, la alabanza, el sacrificio y el afecto, Domingo no estará ya nunca solo; sus hijas serán su ejército de retaguardia.
     A las de Prulla les procuró rentas necesarias con las que vivir dignamente y sin preocupaciones y les escribió una Regla para que vivieran conforme a ella en caridad y comunión; algo parecido haría más tarde con las dominicas de Madrid.
     Pero ¿quién le acompañaría y ayudaría en el duro y cotidiano bregar de la santa predicación itinerante? Domingo va gestando la idea de formar una familia religiosa dedicada al estudio para la evangelización y viviendo, como él, al estilo de los apóstoles. El obispo Fulco de Toulouse le confía la parroquia de Fanjeaux y poco a poco se le van uniendo algunos compañeros animados del mismo espíritu. ¿Por qué no formar con ellos la comunidad de Hermanos Predicadores, que tanto le rondaba en la cabeza y le latía en el corazón? Meditando y rezando en Toulouse (1215) Domingo perfila, renueva y refuerza su idea. No se trataba de una empresa provisional y localista, sino de una perdurable y universal; quería fundar una nueva y original Orden religiosa en la que el binomio monje-apóstol fuera inseparable. Pedro Seila, vecino distinguido y acomodado de Toulouse, visitó con otro compañero a Domingo y le dio unas casas para comenzar el proyecto. La fundación de los futuros dominicos se puso en marcha en la primavera de aquel año de gracia.
     En junio, el obispo Fulco aprobó la nueva familia de predicadores diocesanos. Sus miembros, dirigidos por Domingo, vivirían en comunidad, pobreza, castidad y obediencia dedicados con ahínco a predicar a Jesucristo. No sólo predicarán contra la herejía y a los herejes, sino la totalidad de la doctrina y a todas las gentes participando así de la entera y misión pastoral del obispo. Pero la Predicación de Toulouse, como se llamó a la nueva fundación en sus primeros años, no satisface aún plenamente a Domingo. Acogido él y los suyos a la protección del obispo, la subsistencia de la comunidad estaba demasiado asegurada, mientras que el fundador prefiere la pobreza radical, vivir de la mendicidad. Por otro lado, ser predicadores y pastores sólo de una diócesis ¿no recortaba las miras universales de evangelización que Domingo llevaba dentro de sí? ¿no había herejes en otras partes? ¿y los paganos que vio en sus viajes camino de Escandinavia y los de otros mundos de los que había oído hablar? ¿y qué sería de tantas otras ovejas que aún estando dentro de la Iglesia parecían no tener pastores? Domingo estaba contento, pero no satisfecho. Su plan apostólico de evangelización debería llegar a toda la Iglesia y rebasar sus fronteras.
     ¿Cómo conseguirlo? En 1215, el Papa convocó el IV Concilio de Letrán y el obispo Fulco y Domingo se dirigieron a Roma; hablarían con Inocencio III para pedirle que confirmase lo ya hecho por el obispo Fulco y ampliase las competencias del grupo fundado por Domingo, que quiere ser y llamarse Orden de Predicadores. La predicación era precisamente por entonces uno de los problemas más acuciantes para el Papa y para la Iglesia, como recordará el canon 10 del mismo concilio.
     Lo aprobado por Fulco fue ratificado por Inocencio y mandó a Domingo que eligiera una Regla de vida ya aprobada y que después de un tiempo prudencial volviera a verle.
     Regresado a Francia y apoyado siempre por Fulco, Domingo establece comunidades de predicadores en Toulouse (iglesia de San Román), Pamiers y en Puylaurens, comenzando así la red de casas de la santa predicación, que pronto se extendería por toda la región de Albí. La Regla de vida que adoptaron fue la de san Agustín, añadiendo una serie de prescripciones o de régimen de vida que regulara la vida cotidiana de la comunidad (liturgia, ayunos, vestido, alimentación); se estaban poniendo las bases de la legislación dominicana, de la Orden de Predicadores que estaba a punto de ser aprobada por el Papa.
     Domingo regresa a Roma cuando Inocencio III acababa de morir el 16 de julio de 1216. Pero no hay por qué alarmarse; el nuevo papa Honorio III (1216-1227), aconsejado por el amigo de Domingo el cardenal Hugolino, -futuro Gregorio IX (1227-1241)- se mostró tanto o más favorable a la idea que su antecesor.
     Fue, pues, este Papa quien el 22 de diciembre de 1216 y el 21 de enero de 1217 confirmó la Orden de Domingo dándole a él y a sus frailes el título de Predicadores. La Rota del Papa, con su firma y la de dieciocho cardenales, fue llevada por Domingo a San Román de Toulouse, cuna de la Orden, en el invierno de 1217. Todos rebosaban de gozo. En el texto papal se recoge manifiesta y bellamente la idea y el ideal de Domingo. Se lee en la bula de aprobación: “Aquél que insistentemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la palabra de Dios, evangelizando a través del mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Constitución fundamental, I, 1). Lo que quería Domingo era seguir anunciando a Jesucristo, al estilo de un nuevo san Pablo, a todas las gentes, lenguas, razas y naciones (cf. Mateo 28, 29; Marcos 16, 15; Lucas 24, 47), en toda la Iglesia apoyado en la autoridad de su Pastor universal.
     La Orden de Predicadores está fundada y aprobada; ahora hay que expandirla. Domingo se atreverá a dispersar ya a su minúsculo grupo de frailes. Y a los que asombrados y con cierto temor dudan de la oportunidad les dice con resolución: “No queráis contradecirme, yo sé bien lo que me hago”. El hecho se conoce en la Orden como “el Pentecostés dominicano”. A mediados de 1217, un puñado de frailes marcha a París, otro más pequeño a España, dos van a atender a las monjas de Prulla y otros dos o tres se quedan en Toulouse. Domingo, otra vez solo, ha tomado esta resolución porque sabe que el trigo sembrado fructifica, pero amontonado se corrompe. Le quedan pocos años de vida y quiere ver a su Orden implantada cuanto antes en los centros más importantes de la cristiandad, allí donde se estudia (París, Bolonia, Oxford, Salamanca) y bulle la vida, en los burgos; quiere ver a sus frailes enseñando en las cátedras y predicando en las iglesias. “Ve y predica” es el santo y seña que resuena constantemente en el corazón y alma de Domingo.
     En 1218 parte para Roma y obtiene bulas papales que le irán abriendo a él y a sus frailes las puertas de las diócesis para poder predicar y fundar conventos. Recluta vocaciones (Reginaldo de Orleans) y abre convento en Bolonia; después pasa por Prulla y luego, siempre a pie, mendigando el pan y predicando por donde pasaba, se encamina hacia España, la querida tierra natal que no veía desde hacía trece años. ¿Dónde estuvo y por dónde pasó? Los conventos más primitivos de España quieren ser todos fundación del propio Domingo; los de Segovia, Salamanca, Brihuega, Vitoria y otros quieren hundir sus cimientos en la visita del fundador. En diciembre llega a la futura capital de España y tiene la dicha de ver que fray Pedro de Madrid ha trabajado bien. Se abre un monasterio de monjas, que servirá, además, de punto de apoyo de la labor de los frailes; era como una copia de Prulla. En Madrid queda su hermano Manés, y Domingo deja a las monjas una bella carta, uno de los poquísimos escritos y a la vez reliquia que de él se conservan. La Navidad la pasa en Segovia y en una cueva a las afueras de la ciudad vive experiencias espirituales de alta mística. Desde entonces el lugar se denomina “la santa cueva”. Se duda si pasó por Caleruega y se detuvo en el Burgo de Osma, lugares tan queridos y llenos de recuerdos para él. Pero lo que vino a hacer a España lo hizo: implantar su Orden en su propia tierra.
     En marzo de 1219 está ya en Toulouse y antes de terminarse la primavera se encuentra en París. Rebosó de gozo al encontrar a treinta frailes jóvenes viviendo en el convento de Santiago bajo la paterna autoridad de fray Mateo de Francia, uno de los primeros compañeros del fundador. Los comienzos habían sido muy difíciles, pero París bien valía algún sacrificio. Antes de abandonar la ciudad del Sena envía frailes a Orleans, Limoges y Poitiers y atrae a la Orden a Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor al frente de la Orden. Su recibimiento en Bolonia, en agosto de 1219, fue de profunda veneración. La comunidad, regida por fray Reginaldo de Orleans es numerosa, viva, estudiosa, fraterna, viviendo alrededor de la iglesia de San Nicolás. Reginaldo, antiguo profesor en París, predicaba como un nuevo Elías y atraía a muchos estudiantes al convento. ¿Qué más podía pedir Domingo? Rebosa de gozo pensando en las grandes empresas evangelizadoras que podrán realizar aquellos futuros atletas de la fe. A unos los envía al norte de Italia, donde también había herejía y él mismo irá pronto; a otros los manda a fundar conventos a Hungría (para evangelizar a los cumanos, deseo ardiente de Domingo), Escandinavia, Alemania.
     Permanece en Bolonia un tiempo, ultimando la formación espiritual de la comunidad y preparando los pasos sucesivos que había que dar, y después baja a Viterbo, donde se encontraba el Papa. Honorio III le encarga que organice la vida religiosa de ciertos grupos de monjas en Roma (de donde nacerá el monasterio de San Sixto, evocador de recuerdos del santo) y la organización de una campaña evangelizadora en Lombardía. El Papa dona a Domingo la magnífica basílica de Santa Sabina, actual curia general de la Orden y donde se conserva y venera la celda del santo fundador.
     El día de Pentecostés de 1220, que ese año cayó a 17 de mayo, preside el primer Capítulo General de la Orden, en el convento de Bolonia. Acudieron frailes de España, Provenza, Francia, Lombardía, Hungría, Roma. Domingo quiere renunciar a dirigir la Orden, pero los frailes no lo permiten. Con los capitulares, Domingo –que reunidos son la máxima autoridad de la Orden– el fundador quiere regularizar lo ya hecho y fundamentar y legislar el futuro de la Orden de Predicadores: hacer unas Constituciones por las que los frailes y los conventos se rijan, unas leyes sencillas y animadas por una inspiración común y básica: el espíritu del Evangelio a imitación de los apóstoles.
     Ésta era la norma fundamental, lo demás se iría adaptando según las circunstancias y las necesidades de la misión. El segundo y último Capítulo General al que asistió Domingo se celebró en 1221, también en Bolonia y por Pentecostés, y en él se completó la legislación anterior y se crearon varias Provincias de la Orden, entre otras la de España.
     Domingo siente debilitado su cuerpo, al que ha sometido a disciplinas y rigores durísimos, y siente que se muere. Pero ha creado y cimentado sólidamente su obra. Deja a la Iglesia una familia religiosa apostólica e intelectual presente y activa en las ciudades más importantes de Europa y a punto de traspasar sus fronteras, dirigida por un Maestro general, cabeza de la Orden, y perfectamente articulada por una legislación flexible y dinámica. Domingo de Guzmán, cargado de méritos y de santidad, hacedor de milagros, varón evangélico, murió rodeado del cariño y de las lágrimas de sus hijos, en Bolonia, a 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor. Fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234 y sus restos descansan y se veneran en un magnífico sepulcro en la basílica dominicana de San Domenico, en Bolonia. Su fiesta se celebra el 8 de agosto (José Barrado Barquilla, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Porta Coeli - Portaceli, al detalle:
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Placa cerámica conmemorativa de Rinconete y Cortadillo
Retablo cerámico de la Virgen del Refugio

jueves, 21 de noviembre de 2024

Los principales monumentos (Teatro Cervantes, Iglesia y Hospital de San Julián, Iglesia de los Mártires, Iglesia del Santo Cristo de la Salud, y Casa del Consulado) de la localidad de Málaga (VII), en la provincia de Málaga

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Málaga, déjame ExplicArte los principales monumentos (Teatro Cervantes, Iglesia y Hospital de San Julián, Iglesia de los Mártires, Iglesia del Santo Cristo de la Salud, y Casa del Consulado) de la localidad de Málaga (VII), en la provincia de Málaga.


Teatro Cervantes

     Este teatro, que proyectó y construyó Jerónimo Cuervo en 1870, es el único construido como tal, que hay actualmente en Málaga. Ocupa el solar de la antigua huerta del convento de la Merced, desamortizado en 1810. Sobre él se construyó en 1861 el teatro-circo de la Merced, obra de José Trigueros que se denominó del Príncipe Alfonso, en 1862, con motivo de la visita de Isabel II con la familia real; después de la revolución de 1868, se llamó de la Libertad, pero se incendió al año siguiente. Dada la falta de este tipo de locales públicos en la ciudad, que entonces sólo contaba con El Principal, en la plaza del Teatro, se creó una sociedad de accionistas privados para edi­ficar el actual teatro que se dedicó a Miguel de Cervantes. Tiene planta rectangular en la que se inscribe un espacio en forma de herradura que constituye el patio de butacas al que enmarcan cuatro pisos: uno de platea, dos de palcos y el paraíso, siguiendo el modelo europeo del siglo XVIII. Tiene amplio vestíbulo y diversas escaleras que conducen a las dependencias de los pisos superiores, partiendo de la antesala tres accesos a diferente nivel. El escenario, de grandes dimensiones, tiene comunicación con la calle de Los Frailes, y permite desarrollar grandes espec­táculos.
     La ornamentación arquitectónica también corrió a cargo de Jerónimo Cuervo, pero lo más característico de su decoración lo constituye la pintura del techo, obra del pintor de la Escuela de Bellas Artes de Málaga, el valenciano Bernardo Ferrándiz, a quien ayudó su paisano Muñoz Degrain, quien también se quedó en esta ciudad ejerciendo la docencia. Es un gran lienzo alegó­rico de la ciudad en el que se representan sus signos de identificación en el siglo XIX: la Indus­tria, el Comercio y el Puerto. Ferrándiz centró la composición con el templete coronado por las Bellas Artes, que asume el papel de protectora del Comercio, como Mercurio, y la imagen de la Agricultura al presentar los productos del campo típicos de la zona.
     En primer plano, el puerto, donde se desarrollan las actividades cotidianas malagueñas como son las relacionadas con las redes, la carga y descarga de mercancías y otros objetos suntuarios, remitiendo a la importante función que desempeña en la ciudad. La referencia a la Industria se hace situando a la derecha una fabrica y los altos hornos de la fundición de Heredia, y a la izquierda se introduce el Progreso, con la representación de la estación de ferrocarril.  El gran promotor del impulso industrial  de Málaga, Manuel Agustín Heredia, se ha representado mediante la estatua que fundió José Vílchez, y el liberalismo político de la ciudad en el mo­numento a Torrijos de la Plaza de la Merced, dominando el fondo del paisaje el castillo de Gibralfaro.
     Ferrándiz también pintó acertadamente el te­lón de boca del escenario, donde entre Mefis­tófeles y Mascarilla se descubre la alegoría del teatro y la lírica. La sillería actual fue diseñada en nuestro siglo por el arquitecto Fernando Guerrero-Strachan Rosado y se ha conservado en la reciente remodelación del edificio, que llevó a cabo el arquitecto J. Seguí, hacia 1992.
     Exteriormente la fachada es de gran sobriedad, con predominio de los elementos clásicos. Su frontis rectangular con cinco ejes, no presenta más adorno en el bajo que los accesos, hoy coronados por una marquesina bien integrada con el diseño general; una imposta de canecillos separa los pisos superiores, con ventanas decora­das con guardapolvo, separadas las del principal con medias columnas corintias que se duplican para marcar el eje central resaltado por el frontón que acusa la estructura interna, emergiendo tras el pretil de la terraza (Rosario Camacho Martínez, Isidoro Coloma. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo I. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     El Teatro Miguel de Cervantes en Málaga fue construido en el año 1869, cuando un incendio destruye el Teatro del Príncipe, denominado tras los sucesos revolucionarios de 1868 Teatro de la Libertad, que tuvo su origen en una serie de modificaciones que sufrió el antiguo Teatro de la Merced, como consecuencia de la visita que en el año 1862 realizó a la ciudad la reina Isabel II. Tras el citado incendio se decide la construcción de un nuevo Teatro bajo la dirección del arquitecto Jerónimo Cuervo, que fue inaugurado en 1870 como Teatro Cervantes. 
     El inmueble tiene planta poligonal. Su interior se estructura con un cuerpo rectangular compuesto de un amplio vestíbulo y antesala desde donde parten escaleras que conducen a las dependencias superiores. La antesala comunica, a través de tres accesos, con un cuerpo central en forma de herradura que constituye el patio de butacas, sobre el que se disponen cuatro pisos, uno de platea, dos de palcos y la planta de paraíso. En los laterales de esta sala se encuentran las escaleras de subida a los palcos. El escenario presenta planta rectangular de grandes dimensiones, tiene comunicación con la calle posterior del Teatro y, dada su amplitud, posibilidad de desarrollar grandes espectáculos. La caja de embocadura es ligeramente cuadrada y se encuentra decorada con rosetas inscritas en un cuadrado. 
     El sistema de sujeción del inmueble se realiza mediante muros, pilares y columnillas de hierro fundido dispuestas en platea y palcos. 
     Su decoración es también obra de Jerónimo Cuervo en lo que respecta a los elementos adosados en los antepechos de los palcos y el diseño general, siendo el proscenio la zona donde la decoración es más abundante. Este presenta el antepecho de los palcos realizados con balaustres de hierro de formas curvadas, flanqueados con pilastras acanaladas de capitel corintio de libertad decorativa, terminando la zona superior con base decorada con rosetas. La sala o patio de butacas se encuentra cubierta con un magnifico lienzo pintado al óleo en 1870 por Bernardo Ferrándiz Bádena y sus colaboradores Muñoz Degraín, Marterino, Carreto, Marterino, Matarredonda, Barco y Pérez. Muestra un resumen alegórico de la ciudad al representar los signos de identificación de Málaga en el siglo XIX; la Industria, el Comercio y el Puerto. La composición está centrada por un templete con la figura de las Bellas Artes, representada como una matrona portando sus atributos. Los extremos lo ocupan dos de las actividades principales de este Puerto: A la derecha el copo, faena amenizada por un guitarrista formando una estampa de la pintura costumbrista de la época, a la izquierda la carga y descarga de mercancías y objetos suntuarios nos remiten al Puerto y a su función en la ciudad. Esta zona se enlaza con la referencia a la Industria, situando a ambos lados la fábrica de azúcar y los altos hornos de la industria de los Heredia, a la derecha y a la izquierda el Progreso, mediante la representación de la estación de ferrocarril. De la Málaga del XIX aparece el monumento dedicado a Torrijos en la plaza de la Merced. El fondo está dominado por el castillo de Gibralfaro.  
   El lienzo mide 19 x 16,5 m. 
     En el exterior, la fachada principal se estructura con alzado de tres plantas, en ella sobresale de línea de fachada el cuerpo central quedando los dos extremos retranqueados. Toda la fachada presenta el paramento decorado con marcadas líneas horizontales. La zona baja se cubre con un zócalo realizado con rectángulos de piedra. En cada una de las tres plantas se abren cinco vanos adintelados dispuestos en eje, excepto en la planta baja, que de los cinco vanos que dan acceso al interior del inmueble los tres centrales son de medio punto. En origen esta fachada albergaba cinco farolas de hierro fundido, actualmente sustituidas por un alero de forma elíptica dispuesto sobre las tres entradas centrales. El tránsito al primer piso se realiza a través de una marcada cornisa. Cada uno de los tres vanos centrales se encuentra flanqueado mediante columnas corintias de fustes estriados y dispuestas sobre pedestales cajeados. La zona superior de los cinco ventanales presenta decoración de estucos con motivos vegetales, mascarones en el centro y rosetas en los laterales. 
     El segundo piso se compone de un friso corrido decorado con rosetas, concentrándose la mayor parte de esta decoración en la zona central. Termina en un pretil a modo de zócalo corrido separado por franjas horizontales. Los tres vanos centrales están flanqueados con pilastras corintias sobre pedestales. La fachada se remata con una cornisa que da paso al antepecho, terminando en la parte central con un frontón retranqueado en forma de piñón quebrado con decoración trilobulada en la parte central. 
     La fachada lateral responde al proceso de rehabilitación iniciado en 1985. Se trata de un edificio nuevo para uso administrativo y camerinos, así como el bar de la ópera transformado en sala de exposiciones temporales, todo ello con un lenguaje funcional y perfectamente trabado con el inmueble original.
     La segunda mitad del siglo XIX fue un periodo de gran vitalidad constructiva en Málaga, que transformó profundamente la estructura urbana de su centro histórico. Fueron momentos de brillante madurez profesional realizándose una importante actividad urbanística y arquitectónica desarrollada por brillantes profesionales, destacando la figura del arquitecto Jerónimo Cuervo, autor del proyecto original del Teatro Cervantes.
     Las obras del Teatro Cervantes comenzaron tras 1.869, después de la visita a Málaga de Isabel II, siguiendo el proyecto del arquitecto Jerónimo Cuervo, inaugurándose el 17 de Diciembre de 1.870. El local se construyó a costa de una sociedad de accionistas constituida por varias personalidades del mundo económico e intelectual que realizó una amplia actividad para conseguir los fondos necesarios para concluir la obra y solventar la deuda del terreno.
     Hacia los años 50 el teatro se encontraba en un estado deplorable, sobre todo por utilizarlo como sala de proyección cinematográfica, iniciándose importantes obras de reparación acomodando el teatro a las exigencias de las nuevas normativas dictadas para este tipo de locales.
     En 1982 el Ayuntamiento de Málaga inicia gestiones para su adquisición, que finalmente se lleva a cabo el 14 de Enero de 1984. En 1985 la Consejería de Política Territorial autoriza subvención para la rehabilitación del Teatro Cervantes, encargando el Ayuntamiento de realizar el proyecto y llevar a cabo las obras al arquitecto José Seguí Pérez. Actualmente es propiedad del Ayuntamiento de Málaga quien, a través de una comisión, se encarga de su explotación (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El Teatro Cervantes de la ciudad de Málaga es el principal espacio escénico de la capital de la Costa del Sol.
     Data de 1870 y cuenta con 1.200 localidades, de las cuales sólo 1.004 se ponen a la venta salvo casos excepcionales.
     Este Teatro es la sede del Festival de Málaga de Cine Español.
     Historia
     El Teatro fue construido en el año 1869, cuando un incendio destruye el Teatro del Príncipe, denominado tras los sucesos revolucionarios de 1868 Teatro de la Libertad, que tuvo su origen en una serie de modificaciones que sufrió el antiguo Teatro de la Merced, como consecuencia de la visita que en el año 1862 realizó a la ciudad la reina Isabel II.
     Tras el citado incendio se decide la construcción de un nuevo Teatro bajo la dirección del arquitecto Jerónimo Cuervo, que fue inaugurado en 1870 como Teatro Cervantes.
     El edificio:
     El inmueble tiene planta poligonal. Su interior se estructura con un cuerpo rectangular compuesto de un amplio vestíbulo y antesala desde donde parten escaleras que conducen a las dependencias superiores.
     La antesala comunica, a través de tres accesos, con un cuerpo central en forma de herradura que constituye el patio de butacas, sobre el que se disponen cuatro pisos, uno de platea, dos de palcos y la planta de paraíso. En los laterales de esta sala se encuentran las escaleras de subida a los palcos.
     El escenario presenta planta rectangular de grandes dimensiones, tiene comunicación con la calle posterior del teatro y, dada su amplitud, posibilidad de desarrollar grandes espectáculos. La caja de embocadura es ligeramente cuadrada y se encuentra decorada con rosetas inscritas en un cuadrado.
     El sistema de sujeción del inmueble se realiza mediante muros, pilares y columnillas de hierro fundido dispuestas en platea y palcos.
     La decoración:
    Su decoración es también obra de Jerónimo Cuervo en lo que respecta a los elementos adosados en los antepechos de los palcos y el diseño general, siendo el proscenio la zona donde la decoración es más abundante. Este presenta el antepecho de los palcos realizados con balaustres de hierro de formas curvadas, flanqueados con pilastras acanaladas de capitel corintio de libertad decorativa, terminando la zona superior con base decorada con rosetas.
     La sala o patio de butacas se encuentra cubierta con un lienzo pintado al óleo en 1870 por Bernardo Ferrándiz y sus colaboradores Antonio Muñoz Degrain, Marterino, Carreto, Matarredonda, Barco y Pérez. Muestra un resumen alegórico de la ciudad al representar los signos de identificación de Málaga en el siglo XIX; la Industria, el Comercio y el Puerto.
     La composición está centrada por un templete con la figura de las Bellas Artes, representada como una matrona portando sus atributos. Los extremos lo ocupan dos de las actividades principales de este puerto: A la derecha el copo, faena amenizada por un guitarrista formando una estampa de la pintura costumbrista de la época, a la izquierda la carga y descarga de mercancías y objetos suntuarios nos remiten al puerto y a su función en la ciudad.
     Esta zona se enlaza con la referencia a la Industria, situando a ambos lados la fábrica de azúcar y los altos hornos de la industria de los Heredia, a la derecha y a la izquierda el Progreso, mediante la representación de la estación de ferrocarril. De la Málaga del XIX aparece el monumento a Torrijos en la plaza de la Merced. El fondo está dominado por el castillo de Gibralfaro. El lienzo mide 19 x 16,5 m.
    Fachadas:
     En el exterior, la fachada principal se estructura con alzado de tres plantas, en ella sobresale de línea de fachada el cuerpo central quedando los dos extremos retranqueados. Toda la fachada presenta el paramento decorado con marcadas líneas horizontales. La zona baja se cubre con un zócalo realizado con rectángulos de piedra. En cada una de las tres plantas se abren cinco vanos adintelados dispuestos en eje, excepto en la planta baja, que de los cinco vanos que dan acceso al interior del inmueble los tres centrales son de medio punto. En origen esta fachada albergaba cinco farolas de hierro fundido, actualmente sustituidas por un alero de forma elíptica dispuesto sobre las tres entradas centrales.
     El tránsito al primer piso se realiza a través de una marcada cornisa. Cada uno de los tres vanos centrales se encuentra flanqueado mediante columnas corintias de fustes estriados y dispuestas sobre pedestales cajeados. La zona superior de los cinco ventanales presenta decoración de estucos con motivos vegetales, mascarones en el centro y rosetas en los laterales.
     El segundo piso se compone de un friso corrido decorado con rosetas, concentrándose la mayor parte de esta decoración en la zona central. Termina en un pretil a modo de zócalo corrido separado por franjas horizontales. Los tres vanos centrales están flanqueados con pilastras corintias sobre pedestales. La fachada se remata con una cornisa que da paso al antepecho, terminando en la parte central con un frontón retranqueado en forma de piñón quebrado con decoración trilobulada en la parte central.
     La fachada lateral responde al proceso de rehabilitación iniciado en 1985. Se trata de un edificio nuevo para uso administrativo y camerinos, así como el bar de la ópera transformado en sala de exposiciones temporales, todo ello con un lenguaje funcional y perfectamente trabado con el inmueble original.
     Programación de los espectáculos:
     Los espectáculos programados por el Teatro Cervantes se distribuyen según la ordenación clásica y común de los géneros escénicos: lírica, música, teatro y danza, a su vez divididos en multitud de variantes (Diputación Provincial de Málaga).

Iglesia y Hospital de San Julián
     Esta fundación tuvo su origen en el desaparecido Hospital de la Caridad, que había sido dotado por los Reyes Católicos. En 1488 el maestre Bar­tolomé Baena, junto con otros capitanes y pobladores de la ciudad formaron una Hermandad para recoger a enfermos, pobres y ancianos y, trabajando primero con bienes de su propiedad, se establecieron junto al mesón de Vélez. A finales de ese año los Reyes mandaron a D. Pedro de Toledo, primer obispo de Málaga, que fundase un hospital de la Caridad y, una vez terminado, en 1508, fue cedido a la Hermandad que, al tomar posesión de él, abandonó su primitivo esta­blecimiento.
     Con motivo de la epidemia de peste de l679 la Hermandad perdió a muchos de sus individuos, por lo que en 1680 Carlos II mandó, entregar el Hospital con sus bienes y libros a los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios; en 1682 la Hermandad fue admitida a la confraternidad con los frailes, participando de las indulgencias y gracias concedidas por el Papa. Sin embargo algunos miembros decidieron reorganizar la casi disuelta Hermandad; reunidos en Cabildo nombraron hermano mayor a D. Alonso García Cortés, racionero de la Catedral, y después de consultar con don Miguel de Mañara, Hermano Mayor de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla, hicieron nuevas constituciones para fundar la Hermandad de la Santa Caridad de Ntro. Sr. Jesucristo y Hospital de San Julián para albergue de pobres y mendigos y asistir y enterrar a los ajusticiados, que fueron aprobadas por Sevilla y por el obispo de Málaga fray Alonso de Santo Tomás, en 1682, eligiendo por patrono a San Julián. Para instalarse solicitaron a la ciudad un amplio e inmundo sitio al final de calle Nosquera, junto a la cerca, que había servido de mancebía pública, explotada, por concesión real, por D. Diego Fajardo desde 1497.
     Trazó la iglesia Miguel Meléndez, abriéndose los cimientos en 1683, pero estuvieron detenidas las obras hasta 1693, adelantando mientras tanto las del hospital. Desde 1698 las dirigió el arquitecto Luis de Zea y Arellano, dedicándose la iglesia en 1699. En 1700 se continuaron las obras del Hospital y Claustro, dirigidas por José de Coscojuela.
     El Hospital tuvo veinticuatro camas, para incurables, aunque después, por dificultades económicas se redujeron a catorce. En 1821, la Junta Municipal de Beneficencia clausuró la iglesia y dispersó a la Hermandad, cediendo el hospital, en 1924, al Ayuntamiento para atender a los heridos de la Guerra de África y fue clausurado en 1931. En 1938, fue restaurado por el arqui­tecto Guerrero Strachan, y en 1972 el Obispado de Málaga recuperó la propiedad cediéndolo a la Agrupación de Cofradías de Semana Santa de Málaga, para instalar en él la Sede Social de la Agrupación, Archivo y el Museo de las Cofradías. Las obras de restauración y adaptación a los nuevos usos, se realizaron sucesivamente según proyectos de los arquitectos Enrique Atencia primero y más tarde por María Victoria Heredia, actuaciones que posibilitaron la recuperación del edificio, abriéndose la iglesia en diciembre de 1988, aunque no tiene culto actualmente. En 2005 ha recibido una nueva actuación en la zona de los patios, por los arquitectos Rafael Martín Delgado, Isabel Cámara y Antonio Díaz Casado de Amezua.
     La iglesia tiene planta de cajón y se cubre con una bóveda de cañón con fajones y molduras para insertar lienzos; el alzado se articula mediante pilastras cajeadas, sosteniendo entablamento con canecillos, entre las que se abren ar­cos ciegos para altares y molduras para colocar, asimismo, pinturas que fueron realizadas todas por el pintor Juan Niño de Guevara. La tribuna, con perfil cóncavo, se decoró en la balaustrada con lienzos alegóricos de las virtudes. La capilla mayor, cuadrada y cubierta con bóveda de arista, cobijó los cuadros más importantes del programa iconográfico de esta iglesia.
     Al pie de ésta, bajo una lápida se encuentran los restos de don Alonso García Cortés, el re­organizador de la Hermandad en Málaga, que fueron trasladados aquí en el siglo XIX, al de­molerse el convento del Cister en donde estaba enterrado.
     El exterior del edificio es de mampostería y ladrillo con sillares en las esquinas hoy resaltados y completados por pinturas que imitan la textura del mismo material. La portada principal, de piedra, se abre en el muro lateral de la iglesia, con arco de medio punto encajado entre pare­jas de columnas corintias adosadas, entre las que se abren hornacinas aveneradas sobre peana; el cuerpo superior dispuesto entre las volutas de un frontón abierto, lleva también una hornacina avenerada rematada por frontoncillo curvo, en la que preside la imagen del obispo San Julián.
     La iglesia destaca, fundamentalmente, por el programa iconográfico, que fue llevado a cabo por el pintor Juan Niño de Guevara, relacionado con la Hermandad, y representa la última etapa de su evolución artística, en la que conjuga la influencia de Alonso Cano con la flamenca de Miguel Manrique, su primer maestro,  reflejándose en un barroco dinámico más decorativo. Esta serie se compone de diecinueve escenas, de las que se conservan quince, en un programa iconográfico sobre la vida de San Julián, que ensalza también la virtud de la Caridad, alma y guía de la Hermandad, y en ella se trasluce su tendencia a ahondar en las emociones y fuerza dramática de los personajes.
     El eje central de la bóveda se reserva para las Virtudes Teologales: la Caridad, la más próxima al altar mayor, la Fe y la Esperanza. Debajo de la cornisa hay dos lienzos a cada lado que narran hechos de la Vida de San Julián, obispo de Cuen­ca, a quien está consagrada la fundación. Com­pletan el conjunto  seis cuadros ovales con un Apostolado formando parejas, situados cuatro de ellos en la parte superior del presbiterio, donde hay también un tondo de la Trinidad y otros dos sobre el coro. El pretil de la tribuna presen­taba lienzos alegóricos de las virtudes, hoy desaparecidos, y en su lugar se encargó a Francisco Hernández una serie de temas religiosos que no tiene que ver con el programa anterior.
      El programa pictórico de la iglesia se encuentra en la actualidad alterado, de acuerdo con las exigencias del uso definidas por sus actuales propietarios. La primitiva concepción espacial del presbiterio y capilla mayor, con la significativa composición de El Triunfo de la Caridad, una de las obras más importantes de Niño de Guevara, está diluida al haberse instalado en 1988 un monumental retablo en madera dorada sobre el testero principal del templo, en cuya hornacina central se ha colocado la imagen de Cristo Resu­citado, patrono de la Agrupación de Cofradías, obra de talla del imaginero José Capuz, de 1945, restaurada en 2005. El Triunfo de la Caridad ocupa, tras la última remodelación del templo, el testero de los pies de la iglesia. El conjunto de cuadros de la iglesia fue restaurado por el equi­po Quibla a comienzo de la década de los noventa del siglo XX. Los lienzos laterales que había en la misma capilla mayor, con la representación del Emperador Heraclio en hábito de penitente y la Invención de la Cruz, no se intervinieron entonces, pero en 2005 se restaura el lienzo del Emperador Heraclio, por el mismo equipo y bajo el patrocinio de la Fundación Málaga.
     Los dos altares laterales, más próximos a la Capilla Mayor, están ocupados por las imágenes procesionales de la Cofradía de las Penas. A la izquierda podemos ver el Cristo de la Agonía, obra de 1972 del sevillano Francisco Buiza; es un Crucificado de notable calidad, que se sitúa entre las obras más significativas de la imaginería neobarroca andaluza. En el altar de enfrente se encuentra la escultura de vestir de María Santísima de las Penas, original de José Eslava (1962).
     A la izquierda de la iglesia y adosada a ella, se encuentra la llamada Capilla de los Ajusticiados a los que la Hermandad procuraba consuelo final y sepultura.
     En la sacristía, que conserva un bello aguamanil de mármol rosa, se encuentra un cuadro de los Desposorios de la Virgen de Cornelio de Vos (+ 1651), un retrato de Miguel de Mañara, de Valdés Leal (1622-1690), la Curación del ciego, anónimo del siglo XVII y dos paisajes con ruinas de mediados del siglo XVII.
     Desde la sacristía se llega al patio principal, cuadrado, con columnas toscanas que sostie­nen arcos de medio punto de fábrica de ladrillo, recuperada ésta tras una reciente remodelación. En el centro hay una bella fuente de mármol. Procede de la antigua casa y fue reformada en 1797; de su taza emerge la cruz de nudos de la Hermandad, con inscripción en la base: REGNA / VIT A LIGNO ! DEUS / 1598. En el reverso: NOVA / RESTITI A / FORMA / DE V.L.A. 1797.
     Frente al testero de la iglesia se accede al pri­mer piso a través de una escalera de tipo imperial, que cubre su espacio rectangular con una amplia bóveda de cañón limitada en sus extremos por otras dos de cuarto de esfera apoyadas en pechinas y en el centro está pintado el emblema de la Hermandad (un corazón envuelto en llamas y la cruz de nudos).
     Desde este patio, por un arco situado a la de­recha, se accede a otro que tiene sólo tres lados con columnas sobre pedestales sosteniendo la arquería (Rosario Camacho Martínez, Isidoro Coloma. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo I. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La iglesia es de planta de cajón con entrada lateral y coro pequeño elevado a los pies. Pilastras cajeadas sostienen un entablamento con pares de canecillos de triglifo en el friso, surgiendo por encima de la cornisa de la bóveda, de medio cañón con fajones y lunetos. Tras el arco triunfal está la capilla mayor, de planta cuadrada y cubierta con bóveda de arista decorada con quebrados baquetones.
     En el exterior, destacan las dos portadas. La de los pies, más sencilla, está hoy macizada; presenta arco de medio punto sobre la línea de imposta enmarcado por pilastras dobladas, siendo el entablamento muy simple. La portada que se abre al lateral de la Epístola, la principal, presenta arco de medio punto encajado entre pares de columnas corintias adosadas, abriéndose hornacinas aveneradas en los intercolumnios. Sobre el entablamento se abre otra hornacina avenerada jalonada de pilastrillas toscanas dobladas y rematadas en frontón circular; esta hornacina queda ceñida en medio del frontón partido y enrollado del cuerpo inferior.
     Se construyó este templo entre los años 1683 y 1699, siendo dirigidas las obras por los maestros Miguel Meléndez, Luis de Zea y José de Coscojuela (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Junto a calle Carretería, se encuentra la Iglesia-Hospital de San Julián. Esta fundación tuvo su origen en el desaparecido Hospital de la Caridad, dotado por los Reyes Católicos con el nombre de Hospital del Rey. Su finalidad era recoger pobres y desamparados, además de curar enfermos.
     En 1680 el Hospital pasó con sus bienes a la orden de San Juan de Dios, que fundaron la Hermandad de la Santa Caridad de Ntro. Sr. Jesucristo y Hospital de San Julián para hospedaje de pobres y mendigos y asistir y enterrar a los ajusticiados.
     En 1821, la Junta municipal de Beneficencia, clausuró la iglesia y dispersó la Hermandad.
     En 1924, lo cedió al Ayuntamiento para la atención de los pobres y heridos de la guerra de África y fue clausurado en 1931.
     En 1972 el Obispado de Málaga recuperó su propiedad cediéndolo a la Agrupación de Cofradías de Semana Santa para instalar en él la Sede Social de la Agrupación, el Archivo Histórico y el Museo de las Cofradías de Málaga. Estas actuaciones han posibilitado la recuperación del edificio, volviendo a abrir la iglesia en 1988.
     HISTORIA
     Tras el resurgimiento de la Hermandad de la Santa Caridad, en el año 1682 se erige una iglesia y hospital en el periodo 1683-1699, en unos terrenos cedidos por el ayuntamiento, en las antiguas mancebías. Los esfuerzos de dicha hermandad se centraron en la construcción de su nueva sede, bajo la dirección de Luis de Zea Arellano, sin descuidar por ello sus principales labores, la cura de enfermos, la asistencia de los ajusticiados y el enterramiento de los muertos.
     Juan Niño de Guevara fue el artífice del programa pictórico que adornaba los muros del templo, con cuadros como El Triunfo de la Caridad o El emperador Heraclio en hábito de penitente. La iglesia fue bendecida el 21 de enero de 1699.
     Desde ese momento, la hermandad comenzó a realizar sus labores estatuarias en las nuevas dependencias, llevándose a cabo además, un gran número de misas, sobre todo hasta 1721, debido al cumplimiento de cláusulas testamentarias. También se comenzó con el aspecto funerario.
     En octubre de 1862, el edificio recibió la visita de los reyes de España, Isabel II y Francisco de Asís de Borbón, con motivo de su presencia en la ciudad. La hermandad de la Caridad gastó 4.000 reales en blanquear el edificio para la ocasión. Se colocó una placa que recordaba tal visita y que todavía, hoy, muy deteriorada existe.
     En 1964 la Capilla de San José fue derribada y la Hermandad de las Penas se traslada a la iglesia de San Julián.
     Cesión a la Agrupación de Cofradías y actualidad
     La Hermandad de la Santa Caridad desapareció en 1965 por falta de apoyo institucional y con ella el hospital. En 1976 se cedió el edificio a la Agrupación de Cofradías de Málaga y más tarde se cerró para ser adecuado y restaurado.
     A las imágenes de la hermandad de las Penas se sumaron la del Santísimo Cristo Resucitado y la de Santa María Reina de los Cielos, titulares de la Agrupación, realizando su salida procesional las cuatro imágenes desde el interior del templo. En 2008, la hermandad de las Penas, tras haber absorbido entonces recientemente el título de la Antigua Hermandad de la Caridad se trasladó a su Oratorio en calle Pozos Dulces, dejando el templo.
     Si bien ya cuando todavía estaba la hermandad de las Penas no se celebraban muchas misas en el templo ni se abría regularmente, actualmente no es accesible al público, excepto cuando están montados los tronos del Resucitado y la Reina de los Cielos (Diputación Provincial de Málaga).

Iglesia de los Mártires

     Fue fundada por los Reyes Católicos en virtud de un voto que habían hecho, y su advocación responde al deseo de los Reyes de recuperar el culto de los Mártires San Ciriaco y Santa Paula, quienes, señalados por el Papa como aquellos jóvenes que habían recibido martirio en la ciudad en tiempos de Diocleciano, fueron aclama­dos como patronos y cuyas efigies dieron también al escudo de la ciudad. Está documentada desde 1491, y fue erigida en parroquia en 1505, librándose para su obra 100.000 maravedíes que se hicieron efectivos en 1515.
     En su configuración primitiva era una iglesia gótico mudéjar de arcos apuntados, cuya capilla mayor y sacristía se realizaron en 1519 por el alarife Juan  Rodríguez. También se prepararon los estribos del arco toral para recibir la armadura de madera, que combina artesones y motivos mudéjares, y permanece oculta encima de la bó­veda del siglo XVIII que hoy vemos. En 1545 se colocó la pila bautismal, obra de Diego de Portilla y en 1548 Bartolomé Pérez hizo su torre, que fue destrozada por un terremoto en 1567, reconstruyéndose más tarde, aunque en 1680 amenazaba nueva ruina.
     En el siglo XVIII la iglesia recibió una remodelación y ampliación que la transformó totalmente. En 1747 se estaban reforzando los pilares formeros con pedestales de jaspe rojo con embutidos negros, obra que aprobó el arquitecto de la Catedral, Antonio Ramos, y se cubrió la nave central con la bóveda de medio cañón con adornos barrocos, que oculta la armadura. Pero a partir de 1760, promovida por la Hermandad del Santísimo Sacramen­to y con proyecto del mismo arquitecto, se amplió por la cabecera, añadiéndosele un nuevo presbiterio y crucero en el que sus brazos y la capilla mayor adoptan la disposición absidial, con vistosa decoración rococó, que se extendió a todo el interior inaugurándose, con grandes fiestas, en 1777.
     Con la integración de este ornato es la iglesia más representativa del rococó en Málaga, pero ha  sufrido numerosos daños, como la destrucción, en 1854, de la capilla del Sagrario por una bala de cañón, el terremoto de 1884 y los saqueos de 1936, después de los cuales quedó convertida en taller de Intendencia. Posteriormente ha sido restaurada e inaugurada en 1945, aunque se ha intervenido en ella posteriormente.
     Con su nueva disposición y los motivos iconográficos, tiene una doble significación ya que responde a un programa martirial, con referencia a los santos patronos y también sacramental, en honor del Santísimo Sacramento, que presidía la iglesia desde el baldaquino central.
     La iglesia tiene tres naves y dos más de capillas entre los contrafuertes, atrio a los pies y amplio presbiterio trebolado. La nave central se cubre con bóveda de medio cañón rebajado con fajones y ornato de hojarasca barroca, decorándose los lunetos con molduras y delicadas rocallas que rodean pintu­ras de Santas y Santos Pre­lados Mártires, y el coro, de perfil festoneado, apoya en una bóveda de arista con molduras mixtilíneas y emblemas martiria­les de San Ciriaco y Santa Paula. Bajo éste, integrándose en el revestimiento marmóreo de las pilastras, se encuentran las pilas de agua bendita con forma de venera presididas por ostensorios dibujados en mármol de otro color, que apoyan en peana de placas con querubines, realizados también en mármol rojo y que tienen un significado simbólico en esta «nave del Santísimo».
     Frente a la puerta del Evangelio hay otras pilas más vistosas, también en mármol rojo, con taza cuadrifoliada y alto pie estrangulado con incrustaciones de mármol negro. Todas debieron realizarse en la reforma de 1724-47.
     Los arcos formeros, de medio punto e intradós decorado, apoyan en pilares con pilastras corintias, y sostienen un entablamento de volada cornisa, con sobrepuestos de rocalla. Las naves laterales se cubren con bóvedas de arista con molduras y decoración de hojarasca, y su unión con el presbiterio se realiza a través de arcos sesgados, con relieves de estuco de la Caridad en el lado derecho y de la Fe en el izquierdo.
     En el espacio trebolado del presbiterio, donde abunda la decoración rococó, los brazos absidiales de la capilla mayor y crucero, se cierran alrededor de la cúpula, alzada sobre linterna de ventanas ovales entre columnas corintias, que también destacan en el cupulín. En su intradós cuelgan medallones con representaciones de santos, y en las pechinas otros medallones, con pinturas de los Evangelistas, se apoyan en los relieves alegóricos de las Virtudes: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, rodeados de hermosa decoración. Los espacios absidiales se cubren con una bóveda de horno con represen­tación de los Arcángeles, escenas de la vida de la Virgen y de Jesús, y otros medallones rococó con motivos iconográficos alusivos a la Eucaristía, separados por pilastras corintias con decoración pendiente. Bajo ellas destacan cuatro preciosos y dramáticos relieves de estuco, blanco y dorado, de finales del siglo XVIII, con escenas del prendimiento, juicio y martirio de los Santos Ciriaco y Paula.
     La capilla mayor se adorna con rocalla de ma­yor elegancia, presidida por un lienzo de la Trinidad entre desbordantes guirnaldas. A ambos lados medallones con arcángeles pintados, que junto con los que se encuentran en los bordes de los brazos del crucero, componen un programa angélico. A través de un exuberante retablo, que rompe el entablamento, se contempla el camarín, de planta circular con bóveda semiesfé­rica nervada, en el que las rocallas cobijan los símbolos marianos y otros elementos ornamen­tales. Desde él los Santos Mártires presiden esta iglesia. 
   A ambos lados del altar mayor se abren unas puertas rematadas con alto penacho de líneas cóncavas, coronados por las simbólicas palma y corona de martirio, una de las cuales da acceso a la sacristía.
     Al exterior la iglesia presenta su fábrica, mixta de mampostería y ladrillo, con basamento y ca­denas de sillería en la torre. El atrio de la fachada principal, es adición de 1833, y muestra un triple arco de ladrillo sobre columnas toscanas de piedra, coronado por un azulejo moderno que alude a los mártires Ciriaco y Paula, integra­dos simbólicamente en el escudo de la ciudad aquí representado. Bajo él se abre la portada de ladrillo, rehecha en el XIX pero manteniendo el diseño del siglo XVI, con columnas acanaladas y capiteles agrutescados, remodelada posteriormente. La puerta, de madera ricamente tallada, es obra de finales del siglo XVIII, y el cancel, también colocado en 1833, procede del convento de Santo Domingo de Ronda. Esta estructura del siglo XIX ocultaba la primitiva disposición ya que el muro del hastial mostraba una atractiva pintura mural con elementos arquitectónicos y figurativos pintados, llena de vivacidad y color, que representa en una hornacina de hermosas rocallas los emblemas de los Mártires, acompañados de las virtudes de la Caridad y la Esperanza. Evidentemente lo que se conserva son fragmentos y fueron descubiertos al hacer una reforma que reaprovechaba el espacio entre el hastial primitivo y el atrio.
     La portada lateral, de piedra blanca arenisca, con arco de medio punto entre pilastras toscanas y rocalla en las enjutas, se corona por un penacho con una alegoría de la Fe Católica, del cual surge un frontón curvo partido.
     La torre, que se levanta sobre el último tramo de la nave del Evangelio, es cuadrada, con varios pisos y se remata con un cuerpo octogonal; hoy está enlucida, como todo el exterior, pero descripciones antiguas nos hablan de sus hermosas pinturas.
     En la Capilla Mayor, el retablo es obra neobarroca de Pérez Hidalgo, coronado por un gran escudo real, de Carlos III, y actualmente alberga en el camarín las imágenes de los Santos Mártires Ciriaco y Paula, obras de calidad del siglo XVII realizadas por el escultor Jerónimo Gómez de Hermosilla, procedentes del antiguo tabernáculo de la Catedral. Los retablos laterales, también de Pérez Hidalgo, reproducen los antiguos, formados por pilastras a las que se anteponen hornaci­nas de madera con adornados remates del siglo XVIII, en los que se colocaron esculturas, hoy modernas sin interés.
     Pero hay otras hornacinas que marcan la unión con los brazos del crucero en las que hay obras de más calidad; las de San Pedro de Alcántara, San Ignacio y Santa Teresa, de la izquierda, son obra de la segunda mitad del siglo XVIII, y podrían pertenecer al conjunto con que, entonces, se dotó a esta iglesia; en el lado derecho sólo parece pertenecer a esta serie San Judas Tadeo y el joven Tobías.
     Las capillas que se abren a las naves son de distintas épocas y han sido muy restauradas en fechas recientes, por las cofradías con sede en ellas. Iniciamos el recorrido desde el lado iz­quierdo.
     La Capilla de la Cofradía de la Pasión, junto a la torre, la preside, desde un retablo neobarroco dorado, la imagen de vestir del Nazareno, de Ortega Brú, de 1976 y la Virgen del Amor Do­loroso, obra de Antonio Asensio de la Cerda, de 1760-75. En la Capilla de Santa Gema, el único rasgo destacable es que conserva la antigua pila bautismal.
     La Capilla del Santo Sepulcro y Ntra. Sra. de la Soledad tiene planta rectangular con bóveda oval sobre pechinas, y en su decoración se ha in­tegrado el cuadro de la Trinidad, obra de Luis Bono de la década de 1980. El Cristo yacente fue realizado en Granada por Nicolás Prados López en 1940 y la Mesa Sepulcral, que diseñó el pintor Moreno Carbonero, es obra de gran riqueza de los talleres del Padre Granda Buylla, en Madrid. La Virgen es de vestir del escultor malagueño José Merino Román.
     La Capilla de María Reina fue fundada por testamento del Regidor don Rodrigo Álvarez de Madrid, quien se enterró en ella en 1530, como indica una lápida de letra gótica. Es rectangular, de pequeñas dimensiones y cubierta con bóveda oval, conservando el pavimento del siglo XVIII, con mármoles embutidos formando círculos, época en la que se transformó, pero su retablo, con pesados estípites es moderno y alberga hoy una imagen de la Virgen como trono del Niño; bajo ella una urna contiene a la Virgen de las Lágrimas, obra de comienzos del siglo XIX, que sigue el estilo de Mena; dos deliciosos angelitos, también de talla, lloran sobre la peana.
     El Altar de la Inmaculada, situado en el brazo del crucero, presenta retablo realizado con mate­riales de acarreo y lo preside una pequeña Inma­culada muy italianizante, del siglo XVIII.
     Enfrente se encuentra el Altar de la Virgen de las Angustias, cuyo retablo también es moderno, con materiales de acarreo y la imagen de la Virgen, que antes presidía el Altar Mayor, es obra del siglo XX, de Navas Parejo.
     La Capilla de Nuestra Señora de los Remedios es rectangular, cubierta con cúpula oval y tam­bién fue remodelada a finales del siglo XVIII, conservando unos medallones de estuco que re­presentan a San Jerónimo y a San Juan Bautista, encerrados en la decoración rococó. La imagen de la titular es de vestir, de finales del siglo XVIII; el Niño del Remedio, en altar lateral, es una pequeña talla policromada del siglo XVIII, colocada sobre la mesa de altar. Enfrente se ha colocado una Dolorosa de vestir.
     Preside la capilla de Nuestro Padre Jesús orando en el Huerto el Cristo arrodillado, titular de esta cofradía, obra de Fernando Ortiz, de 1757 muy restaurada, y el Ángel, copia de Salcillo, obra del XX del sevillano Castillo Lastrucci. Allí se encuentra, también, una Dolorosa de vestir, conocida bajo la advocación de la Concepción Dolorosa, obra anónima del siglo XVIII y un San Juan que desentona en este conjunto. El retablo es excesivo para esta pequeña capilla, realizado a finales del siglo XX, y aún continúa en madera en su color.
     La Capilla de la Virgen de Gracia debió ser patronazgo del Conde de Buenavista, y en la clave del arco se encuentra su escudo familiar. En 1948, se estableció allí la cofradía de la Virgen de Gracia, patrona de Archidona, por iniciativa de la colonia de archidoneses residentes en la ciu­dad. La titular es una fotografía coloreada de la que se venera en Archidona, encerrada en una cornucopia neobarroca. En los laterales hay sen­dos lienzos de la Virgen con el Niño y la Virgen del Rosario, obras devocionales del siglo XVIII.
     La Capilla de Jesús de la Columna es amplia, ocupando todo el testero un retablo dorado del siglo XX, sin rasgos de interés, presidido por la iconografía de los Mártires Ciriaco y Paula. El Cristo,  también llamado Cristo de los Gitanos, es una talla de 1942 de Juan Vargas Cortés, restaurada recientemente por Francisco Buiza, quien también es autor de la Virgen de la O.
     La Sacristía se abre a la derecha del altar mayor y es un espacio rectangular, articulado su alzado con prominentes pilastras a las que se anteponen columnas compuestas, que apoyan un entablamento muy movido. La bóveda, con lunetos en los que se abren ventanas cuadrifoliadas en cada tramo, destaca por la decoración de estilizadas rocallas y palmas de exquisita sutileza. En esta sacristía hay algunas piezas de interés, como un óleo de San Pedro, anónimo malagueño del siglo XVII, y un Nazareno en su retablo salomó­nico, obra popular del XVIII.
     En cuanto a las piezas de orfebrería, que fueron inventariadas en 1985, pertenecen a esta parroquia un portapaz de plata con los Santos Mártires en relieve, de la segunda mitad del siglo XVII y un ostensorio de plata dorada de mediados del XVIII con viril del XVII, así como un cáliz de plata dorada con relieves de la Pasión, figuras de Evangelistas y rocalla del siglo XVIII. De finales del XVIII existen varias piezas en plata blanca y dorada, así como un copón y un incensario con decoración neoclásica del primer tercio del siglo XIX y un aguamanil de plata blanca fechado en el año 1859 (Rosario Camacho Martínez, Isidoro Coloma. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo I. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     Tal como hoy se encuentra la iglesia tiene tres naves más dos capillas entre contrafuertes, atrio y coro elevado a los pies y un amplio presbiterio trebolado, que pertenece a la ampliación de 1767. La nave central, cubierta con bóveda de medio cañón con yeserías y lunetos que se amplían con molduras para disponer pinturas del siglo XVIII rodeadas por baquetones y rocalla, se separa de las laterales por pilares con pilastras corintias que voltean arcos de medio punto, reforzándose sus pedestales con mármoles polícromos. La unión de las naves laterales con el presbiterio se efectúa por sólidos arcos de medio punto sesgados, decorados con relieves de estuco, en molduras rococó que representan a la Virtudes. Crucero no existe, sino una nave transversal que forma el cuerpo trebolado con la capilla mayor y es la zona más decorada. En el centro se halla una bellísima cúpula con linterna decorada con medallones, lazadas y rocallas integrando pinturas y se corona con esbelto cupulín también abierto; los brazos laterales rematados en forma absidal se cubren con bóveda de cascarón decorados con más sencillez. La capilla mayor queda ligeramente elevada y se cubre con el mismo tipo de bóveda, pero con mayor riqueza decorativa.
     Fue fundada por los Reyes Católicos en virtud del voto, que tenían hecho antes de la Reconquista, de establecer en Málaga el culto a los santos Mártires Ciriaco y Paula. Se levantó nueva desde los cimientos en 1491, dejando la reina en su testamento una considerable cantidad para la obra, que se erigió en 1505 como parroquia. La primitiva iglesia era mucho más pequeña, cubierta con armadura de madera, oculta hoy bajo la bóveda barroca, sufriendo diversas reformas, pero las ruinas que le causaron terremotos, incendios e inundaciones, hicieron preciso una restauración y ampliación, que se inició en 1767, acabándose diez años más tarde y con una decoración rococó muy profusa, que quedó convertida en una de las iglesias más lujosas de la ciudad (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Esta iglesia se sitúa en la Plaza de los Mártires, cerca de la iglesia del Cristo de la Salud y de la Sociedad Económica de los Amigos del País.
     Fundada después de la conquista, probablemente en 1491, aunque fue erigida en parroquia en el 1505 por Diego de Deza. Su nombre lo debe al deseo de los Reyes Católicos de recuperar el culto a los mártires locales, Santa Paula y San Ciriaco.
     Descripción:
     En pleno centro de la ciudad (Plaza de los Mártires nº 1) se encuentra el edificio que constituye la Iglesia Parroquial, edificio que cuenta con 500 años de historia y que ha sufrido numerosas vicisitudes (cambios, destrucciones, derrumbes, terremotos, etc.…) y todo ello agravado por la composición del subsuelo donde se ubica (corrientes fluviales subterráneas, suelo arcilloso, etc.…), poco adecuada para una edificación de este porte. No repetiremos aquí la historia de este edificio reflejo del estilo rococó en Málaga.
     Exterior
     El sencillo aspecto exterior de la iglesia no deja traslucir la riqueza interior. Su fábrica de mampostería, ladrillo y los basamentos y cadenas de piedra blanca crean una rica policromía, alzándose en la esquina de la Plaza de los Mártires con la calle Mártires, la torre cuadrada que inicialmente construyera el maestro Bartolomé Pérez en 1.548. Éste es el rasgo más destacable del exterior situándose al sesgo con respecto al eje de la iglesia; se levanta sobre el último tramo de la nave del Evangelio y la entrada a ésta se hace a través de una bovedilla de medio cañón.
     La estructura interna de la torre consta de un pilar central cuadrado en torno al cual se desarrolla la escalera. De base cuadrada combina la piedra con el ladrillo en tres de sus cuerpos, quedando éste material como único en los dos últimos cuerpos, abiertos al exterior con arcos de medio punto y coronado el tejadillo piramidal con una torrecilla abierta.
     El ladrillo empleado en la obra del s. XVIII, es expresión de esa continuidad del espíritu mudéjar. Fue muy dañada por un incendio en 1.567, el terremoto de 1.755 y otras calamidades, lo que motivó su restauración en 1.777 cuando se le añadió también el cuerpo octogonal.
     De los accesos a la iglesia, el principal lo forma un atrio formado por un triple arco de ladrillo sobre columnas toscanas de piedra, coronado por un azulejo moderno que alude a los mártires Ciriaco y Paula, integrados simbólicamente en el escudo de la ciudad aquí representado. Bajo él se abre la portada de ladrillo (rehecha en el s. XIX pero manteniendo el diseño del siglo XVI), con columnas acanaladas y capiteles agrutescados. La puerta, de madera ricamente tallada, es obra de finales del siglo XVIII, y el cancel colocado en 1.833, procede del convento de Santo Domingo de Ronda.
     Otro acceso, el más utilizado, se encuentra en el lateral que mira hacia la calle Comedias. Esta puerta que es la de uso normal para acceder a la iglesia, es de arco de medio punto entre pilastras toscanas estando coronada con un frontón curvo abierto y penacho con la imagen de la Fe.
     Tras ella se abre un pequeño vestíbulo cubierto con bovedilla muy alargada prodigándose la decoración rococó en el calado cancel. Nuevas puertas de madera dan acceso a esta fastuosa iglesia.
     Interior
     Esta iglesia es el mejor ejemplar del rococó en Málaga. Aunque con un cierto movimiento en la estructura del presbiterio, no es aquí donde mejor se ofrece este estilo sino en la variada, bellísima y elegante decoración sobrepuesta, que responde a diferentes etapas. De mediados del siglo XVIII es la del presbiterio y entre de 1.767 y 1.777 la de la sacristía y renovación de la nave, manteniéndose en la bóveda la ornamentación de la primera mitad del siglo. 
     Evidentemente esta decoración de rocalla no podía complacer a los neoclásicos y académicos de la época, y así Ponz ya señaló que "se había revestido con tal género de despropósitos y de tanta hojarasca y relumbrones que resulta confuso a la vista del inteligente". En el Diccionario de Madoz no se juzga más piadosamente su estilo, perteneciente "a la época de mayor conmoción de nuestra arquitectura,... cuando no dominaba ya en las artes ningún pensamiento analítico ni filosófico", sin embargo le da un alto valor a la iglesia ya que considera tan confusos y exuberantes sus adornos que la equipara a las obras de Ribera, Tomé y Churriguera. Y no le queda más remedio que reconocer que "a través de todo este mal gusto (nótese) mucha unidad, grande imaginación y una variedad que fascina".
     La estructura interior es de tipo basilical de tres naves en la que se inserta un cuerpo trebolado que, aunque en los documentos se cita como capilla mayor y crucero, en rigor éste es más bien un brazo transversal absidiado que forma un todo único en el presbiterio.
     En el interior del templo, la luz, sabiamente dirigida, juega un papel importante, vigorosa en la nave, matizada en el presbiterio, convierte el camarín y retablo en un punto luminoso de atracción final de un eje, lugar trascendental del templo con un lienzo de la Virgen de la Trinidad, y a ambos lados de esta imagen hay medallones con arcángeles pintados, que junto con los que se encuentran en los bordes de los brazos del crucero, componen un programa angélico.
     El Presbiterio
     La estructura en forma de trébol que lo forma se compone de tres "exedras" (abertura en la pared interna, de planta semicircular, con asientos y respaldos fijos en la parte interior de la curva) cubiertas con bóvedas de horno, articuladas con molduras y pilastrones de capitel enrollado por donde caen medallones, bellas guirnaldas, rocallas y palmas que envuelven todo el espacio integrando los motivos iconográficos, y disponiendo los retablos en el cuerpo inferior.
     Realizados en un material diferente, estuco blanco y dorado, y con gran delicadeza, los relieves narrativos del martirio de Ciriaco y Paula, resaltan en este conjunto. Bajo ellos, las puertas de acceso a la sacristía y otras dependencias rematan en esbelto penacho con coronas y palmas entrelazadas, símbolos de los Mártires. Los pilares torales, de orden compuesto, tienen rica decoración en su intradós que alcanza a los entablamentos y sostienen una cúpula con vistosa linterna, con columnas pareadas flanqueando los óculos de iluminación que presentan disposición sesgada.
     La bóveda se divide en ocho cascos con elegantes medallones con los Padres de la Iglesia y otros santos.
     En la Capilla Mayor el arco de un camarín, al que se adapta el retablo, rompe el entablamento. Tiene planta circular con cuatro pilastras compuestas con frutas colgantes entre las que se trazan arcos de medio punto cobijando ventanas sesgadas en los laterales mientras que en el central un rico marco presidido por querubines se dispone, entre jarrones de lirios, sobre un ara decorada con guirnaldas, rocallas y veneras imprimiendo equilibrio y delicadeza. Se cubre con bóveda semiesférica con cuatro nervios en los que las rocallas cobijan óculos en dos de ellos y los símbolos marianos del sol y la luna en los otros. Desde él los Santos Mártires presiden esta iglesia.
     El Retablo es obra neobarroca de Pérez Hidalgo, coronado con el gran escudo real de Carlos III. El retablo actualmente alberga en el camarín las imágenes de los Santos Mártires Ciriaco y Paula, obras de calidad del siglo XVII realizadas por el escultor Jerónimo Gómez de Hermosilla, procedentes del antiguo tabernáculo de la Catedral.
     Los retablos laterales, también de Pérez Hidalgo, reproducen los antiguos, formados por pilastras a las que se anteponen hornacinas de madera con adornados remates del siglo XVIII, en los que se colocaron esculturas, hoy modernas. Estos elementos marcan la unión con los brazos del crucero, que con su disposición absidial, se configuran como capillas.
     El Crucero
     A los extremos de la nave crucero, y una vez vista su espectacular cúpula, podemos encontrarnos con dos hermosos altares:
     - El Altar de la Inmaculada, situado en el brazo izquierdo del crucero, presenta un retablo realizado con materiales de acarreo presidido por una pequeña Inmaculada muy italianizante, del siglo XVIII.
     - Frente al anterior se encuentra el Altar de la Virgen de las Angustias. La imagen de la Virgen, que antes presidía el Altar Mayor, es obra del siglo XX, de Navas Parejo. El retablo que la contiene, también es moderno y está realizado con materiales de acarreo y es obra, al igual que el anterior de la Inmaculada de Pérez Hidalgo.
     Las Naves
     La nave central o del "Santísimo" se cubre con bóveda de medio cañón con fajones ampliados en su clave para disponer de espacio para un rico medallón, y lunetos delimitados por dobles molduras con marco para pinturas rodeadas de delicada rocalla; está hundido en su base con una placa recortada que corona la ventana situada entre dos grandes aplicaciones de rocalla; yeserías decoran cada tramo entre los lunetos.
     Sobre el último tramo de los pies de la nave se abre un coro con perfil cóncavo apoyado en bóveda con molduras y emblemas martiriales de San Ciriaco y Santa Paula (el primer órgano fue costeado por el obispo Lasso de Castilla en el s. XVIII, el actual es moderno). Además hay un óleo sobre lienzo realizado en 1.861 por José Mª Batún, representando el Dulce Nombre de Antequera, y también una pintura mural que representa el escudo de Málaga entre dos ángeles. 
     Bajo éste, integrándose en el revestimiento marmóreo de las pilastras, se encuentran las pilas de agua bendita con forma de concha presididas por custodias dibujadas en mármol de otro color, que se apoyan en peana de placas con querubines, realizados también en mármol rojo y que tienen un significado simbólico en esta nave del Santísimo.
     Frente a la puerta del Evangelio hay otras pilas más vistosas, también en mármol rojo, con taza cuadrifoliada y alto pie estrangulado con incrustaciones de mármol negro. Todas debieron realizarse en la reforma de 1.724-47.
     El alzado lo constituyen arcos formeros de medio punto sobre pilares con pilastras de capiteles corintios con cabezas de querubines sobre la venera central, y pedestales de jaspe rojo en el que se incrusta el negro formando motivos geométricos, datados en 1.747; por su intradós cajeado caen guirnaldas de yeserías que se continúan en el cajeado de las jambas, interrumpido por una placa recortada con yeserías que cuelga de la imposta. Sobre las pilastras corre un sencillo entablamento denticulado sosteniendo en su volada cornisa una que recorre todo el interior interrumpida por el retablo y el coro. Pero en toda esta zona se superpone una decoración de tipo rococó; la rosca del arco se dora trazando pedúnculos alternados y por las enjutas ascienden sinuosas rocallas para rematar sobre el friso en un medallón central.
     El púlpito, en madera policromada, con los bustos de los Evangelistas fue realizado después de la guerra por Pérez Hidalgo.
     Las Naves laterales se estructuran entre fajones, con la misma decoración de los centrales, en tramos cuadrangulares cubiertos con bóveda de aristas con baquetones mixtilíneos y rosetón central, apoyados en pilastras amplias con placas recortadas con yeserías.
     Entre ellas se abren las capillas con arcos de medio punto también cajeados con decoración, presentando en su frente amplias placas recortadas con los mismos motivos que bajan de la cubierta y la flanquean bandas de yeserías que se adaptan al marco encerradas en sencilla moldura.
     Estas capillas son todas desiguales en su planta más o menos cuadrangular y se cubren con bóveda semiesférica u oval sobre pechinas con cupulino, y en las menos con bóveda de arista; excepto la dedicada al Niño del Remedio en el lado de la Epístola, junto al presbiterio, que muestra un sabor más auténtico, las otras acusan enormemente la restauración, siendo las lápidas que allí aparecen el único indicio de su clasificación.
     La unión de las naves laterales con el presbiterio lo forma un arco de medio punto de jambas irregulares ya que una de ellas está sesgada para alcanzar la línea curva de la estructura absidial; su rosca se decora con pedúnculos y círculos rehundidos enmarcados por pilastras compuestas sosteniendo trozos del entablamento rematados con un penacho de rocalla del que arrancan otros motivos rococó que ocupan el diafragma superior: un medallón presidido por un borrominesco querubín, que en su interior presenta un relieve en estuco de la Caridad en el lado de la Epístola y de la Fe en el del Evangelio.
     - La Nave del Evangelio, es la más cercana a la puerta de entrada desde la Plaza de los Mártires. Las capillas que se abren a esta nave son de distintas épocas y han sido muy restauradas, en fechas recientes, por las cofradías con sede en ellas. Iniciamos el recorrido desde el lado izquierdo.
     En frontal de esta nave, en su lado más alejado del Altar, se encuentra la Capilla de la Cofradía de la Pasión, bajo la torre. La preside, frontalmente y desde un retablo neobarroco dorado, la imagen de vestir del Nazareno, de Ortega Bru (1.976). A la derecha se encuentra la imagen de la Virgen del Amor Doloroso, obra de Antonio Asensio de la Cerda (1.760-75).
     Junto a esta Capilla, y como primera del lateral de la nave, se encuentra la Capilla de Santa Gema.
     Al otro lado de la puerta lateral de entrada, se encuentra la Capilla del Santo Sepulcro y Ntra. Sra. de la Soledad. Capilla de planta rectangular con bóveda oval sobre pechinas, y en su decoración se ha integrado el cuadro de la Trinidad, obra de Luis Bono de la década de 1.980. El Cristo yacente fue realizado en Granada por Nicolás Prados López en 1.940 y la Mesa Sepulcral, que diseñó el pintor Moreno Carbonero, es obra de gran riqueza de los talleres del Padre Granda, en Madrid. La Virgen es de vestir, del escultor malagueño José Merino Román.
     La Capilla de Inmaculado Corazón de María fue fundada por testamento del Regidor don Rodrigo Álvarez de Madrid, quien se enterró en ella en 1.530, como indica una lápida de letra gótica. Es rectangular, de pequeñas dimensiones y cubierta con bóveda oval, conservando el pavimento del siglo XVIII, con mármoles embutidos formando círculos, época en la que se transformó, pero su retablo, con pesados estípites es moderno y alberga hoy una imagen de la Virgen como trono del Niño; bajo ella una urna contiene a la Virgen de las Lágrimas, obra de comienzos del siglo XIX, que sigue el estilo de Mena; dos deliciosos angelitos, también de talla, lloran sobre la peana.
     Es notable la imagen de San Carlos Borromeo del siglo XVIII, talla policromada de muy buena calidad.
     La Nave de la Epístola es la lateral al otro lado de la nave central. en ella se encuentran también diversas capillas.
     - La primera capilla más cercana al Altar Mayor, es la Capilla de Nuestra Señora de los Remedios. De forma rectangular, está cubierta con cúpula oval siendo también remodelada a finales del siglo XVIII, conservando unos medallones de estuco que representan a San Jerónimo y a San Juan Bautista, encerrados en la decoración rococó. La imagen de la titular es de vestir, de finales del siglo XVIII; el Niño del Remedio, en altar lateral, es una pequeña talla policromada del siglo XVIII, colocada sobre la mesa de altar. Enfrente se ha colocado una Dolorosa de vestir.
     - Preside la Capilla de Nuestro Padre Jesús orando en el Huerto el Cristo arrodillado, titular de esta cofradía, obra de Fernando Ortiz, de 1.757 muy restaurada, y el Ángel, copia de Salcillo, obra del XX del sevillano Castillo Lastrucci. Allí se encuentra, una Dolorosa de vestir, conocida bajo la advocación de la Concepción Dolorosa, obra anónima del siglo XVIII y un San Juan que desentona en este conjunto. Hay también un lienzo de la Inmaculada, de escuela local devocional del s. XVIII y un lienzo de Santa Clara anónimo del XVII.
     El retablo en madera en su color es quizás algo grande para las dimensiones de esta pequeña capilla; fue realizado a finales del siglo XX. En una hornacina existente en la pared derecha de la capilla existe una imagen de la Virgen de la Oliva.
     Junto al pilar hay una urna de cristal con la imagen de la Virgen de las Lágrimas, Dolorosa de busto para vestir, obra del siglo XVIII, del círculo granadino, que sigue el estilo de Mena. Dos deliciosos angelitos, también de talla, lloran sobre la peana. 
     - La Capilla de la Virgen de Gracia debió ser patronazgo del Conde de Buenavista, y en la clave del arco se encuentra su escudo familiar. En 1.948, se estableció allí la cofradía de la Virgen de Gracia, patrona de Archidona, por iniciativa de la colonia de archidoneses residentes en la ciudad. La preside un óleo sobre tabla, pequeño anónimo malagueño de la segunda mitad del s. XVIII, copia de la que se venera en Archidona, encerrada en una cornucopia neobarroca.
     En los laterales hay sendos lienzos de la Virgen con el Niño y la Virgen del Rosario, obras devocionales del siglo XVIII.
     - La Capilla de la Virgen del Carmen
     - La Capilla de Jesús de la Columna es amplia, ocupando todo el testero un retablo dorado del siglo XX, sin rasgos de interés, presidido por la iconografía de los Mártires Ciriaco y Paula. El Cristo, también llamado Cristo de los Gitanos, es una talla de 1.942 de Juan Vargas Cortés, restaurada recientemente por Francisco Buiza, quien también es autor de la Virgen de la O situada en el lateral izquierdo de la capilla.
     La Sacristía
     La sacristía responde también al proyecto de Ramos. Es una estancia rectangular con arcosolios para las cajoneras flanqueados por prominentes pilastras corintias con columnas adosadas que sostienen un sinuoso entablamento denticulado resaltado sobre los soportes para recoger los fajones. Estos refuerzan la bóveda de cañón que presenta lunetos cobijando ventanas cuadrifoliadas, recorriendo toda la superficie unas estilizadas rocallas y palmas de gran delicadeza que son más vigorosas en los tímpanos pero sin perder su finura (Diputación Provincial de Málaga).

Iglesia del Santo Cristo de la Salud

     Asomando a la Plaza de la Constitución y la calle de la Compañía, a la que da nombre, vía estrecha, larga y en gran parte quebrada, de clara tradición musulmana, se encuentra esta interesante iglesia que fue la del Colegio de San Sebastián, de la Compañía de Jesús.
     La presencia de los jesuitas en Málaga arranca de 1572, cediéndoles el obispo Blanco de Salcedo la antigua ermita de San Sebastián, y más tar­de construyeron la iglesia y el colegio noviciado de San Sebastián, que después de la expulsión de los jesuitas en 1767, fue ocupado por el Real Montepío, Consulado y otras instituciones. En 1849 el Ayuntamiento se hizo cargo de la iglesia para destinarla al culto del Cristo de la Salud, fa­mosa escultura del artista José Micael y Alfara, a la que los malagueños atribuyeron el milagro de haber hecho cesar la terrible epidemia de 1649, que se veneraba desde entonces en una pequeña capilla situada de la Casa Consistorial. En 1856, el Cabildo municipal, a instancias del Obispado, solicitó del Gobierno que se exceptuase de la venta de los oratorios públicos desamortizados, esta iglesia del Santo Cristo por su antigüedad y mérito artístico y sobre todo por conservarse en su interior la milagrosa imagen.
     Como la ermita resultaba pequeña para el culto y las funciones de los jesuitas, se decidió construir una nueva iglesia y un colegio para novi­cios, siguiendo planos del Padre Villalpando de 1579, que seguían el esquema de planta de cruz latina, como el templo matriz de Roma proyec­tado por Vignola, y era muy amplia ya que debía llegar casi hasta la parroquia de los Mártires. En 1597, construidos ya cuatro pilares, se revisó la obra al considerarse que formaría un parapeto que impediría la fácil ventilación del colegio. Juan de Minjares, maestro de obras reales, trató estos problemas con el herma­no Pedro Pérez, quien dirigía la obra y había trazado los planos para una capilla más reducida, se detuvieron las obras para consultar a Roma, siendo aprobadas sus propuestas en 1598 por Minjares y Fabio Bursoto, ingeniero del muelle, y el recién nombrado maestro mayor de la catedral, Pedro Díaz de Palacios, en 1599.
     En 1600 fue enviado desde Sevilla el hermano Pedro Sánchez donde estaba trabajando sobre otro proyecto de Villalpando, para ser consultado sobre la obra de Málaga. Junto con Pedro Pérez reelaboraron el diseño de éste, iglesia más reducida de forma circular con capillas-hornacinas y una bella y espléndida cúpula, que recibió la aprobación de Roma en 1604.
     Las obras de Málaga empezaron en 1626, tras la aprobación del Padre Giovanni di Rosis, Consejero Arquitecto de la Compañía, quien pudo realizar un nuevo proyecto o aprobar el enviado, pues sus características formales coinciden con otras obras de este arquitecto, que fueron mode­los para la Compañía. Dirigió las obras el hermano Jorge Zamora junto con Bartolomé de San Martín; continuó el también hermano Alonso Matías, renombrado arquitecto jesuita, trasladado a Málaga a comienzos de 1629 cuando ya esta­ba a punto de concluirse, y murió a los pocos me­ses al caer del andamio cuando la revisaba. Con­tinuó llevando la dirección de la obra hasta su terminación el hermano Jorge Zamora. El templo se inauguró el 28 de septiembre de 1630.
     El retablo del altar mayor junto con el tabernáculo se labraron en 1633, por el hermano Francisco Díaz del Rivero, y la decoración pictórica del anillo y media naranja de la cúpula se realizó entre 1639 y 1643 por el hermano Andrés Cortés, continuándose los trabajos de decoración hasta 1644, y aún más tarde los de altares y capillas, que ocuparon los santos más significativos de la Compañía. Así, en 1672 se construyó el altar y la verja de la capilla de San Ignacio. Seis años después se decoraba la de San Francisco Javier (dedicada en la actualidad a la Virgen de los Dolores, con el retablo primitivo). La capilla siguiente estuvo consagrada a San Francisco de Borja (ahora, a la Virgen de Araceli), y la última, consagrada a los mártires del Japón, alrededor de 1730 (dedicada después a las Ánimas, y últimamente a la Cofradía de los Estudiantes). Finalmente, en 1787 se hizo una amplia reforma del altar mayor, dedicado a San Sebastián, abriéndose una gran hornacina, reforma que fue llevada a cabo por José Martín de Aldehuela, que supo adaptarse genialmente a la obra existente.
     Tiene este templo planta circular inscrita en un cuadrado, en cuyos ángulos se abren cuatro grandes exedras para capillas en el piso bajo, y en el superior tribunas, separadas por dobles pilastras gigantes de orden toscano, abriéndose los intercolumnios con hornacinas largas y es­trechas en la que se encuentra un Apostolado, obras anónimas de la primera mitad del siglo XVII restauradas en el siglo XIX. Destaca el arco más amplio del presbiterio, donde se colocó el retablo mayor. Las pilastras sostienen un entablamento dórico que el ilusionismo de la pintura al fresco hace creer en verdadero relieve arquitectónico, simulándose con decoración de tram­pantojo todo el intradós de la cúpula sobre tam­bor, realizado con alarde de la perspectiva por el hermano Andrés Cortés, entre 1639-44.
     La bóveda semiesférica, que descansa sobre el ancho cornisamento no fingido, se estructura en tres anillos concéntricos, unificados por ocho ca­setones trapezoidales que llegan hasta el arranque de la linterna, también real, organizándose geométricamente en función de los ochos espacios reales de las ventanas del primer anillo. Éste, de mayores dimensiones, es el más vistoso y variado en su programa decorativo e iconográfico: las ventanas se decoran con lunetos simulados y alternando con ocho pinturas de santos mártires San Esteban, San Nicolás de Bari, San Marcelo, San Ignacio de Antioquia, San Jorge, San Hermenegildo, San Dionisio y San Lorenzo. Los otros dos anillos siguen el mismo esquema, con ocho nervios estructurales unidos con los ejes de las pinturas del cuerpo inferior, decorados con estrechos y alargados paños trapezoidales con grecas sogueadas, con las figuras de Santa Inés, Santa Margarita, Santa Águeda, Santa Dorotea, Santa Bárbara, Santa Úrsula, Santa Lucía, Santa Cecilia y Santa Catalina de Alejandría. El último anillo, con nueve «vanos» trapezoidales con graciosos y saltarines angelillos con guirnaldas y palmas de martirio, sirve de base a un amplio cupulín con grandes ventanas, que remata la inmensa estructura cupular de la iglesia.
     En ella se parte de una idea que explica tanto su planta centralizada como su programa iconográfico. Estructuralmente está concebida como un «martirium», que puede justificarse por la primitiva presencia de la ermita de San Sebastián, a quien también se dedicó esta iglesia co­legial, y sus instrumentos de martirio están pintados en la cornisa, completando esta exaltación del martirio con la presencia de santos y santas mártires. Sin embargo la evocación del martirio se refiere, fundamentalmente, a uno muy venerado en la Compañía, el de la Circuncisión, por el cual Jesús recibe el nombre que la Compañía exalta. Pero también tenía que reflejarse la presencia de los santos más representativos de la orden: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Francisco de Borja y los Mártires del Japón, que presidían las primitivas capillas. Así este ciclo martirial presenta una clara intencionalidad didáctica, que defiende y exalta los tradicionales principios ético-religiosos derivados del martirio.
     Del exterior de la iglesia resalta, el volumen de la cubierta encamonada que cubre todo el es­pacio interior, y cuya base se dispone en forma octogonal, sosteniendo un tejado ochavado con el coronamiento de un achaparrado cupulino. Hay un pequeño campanario que emerge sobre el volumen de la cubierta, reducido al cuerpo superior, decorado con mensulones; no es visible desde todas partes y su tamaño se debe a que se remató en 1641 sin llegar a la altura proyectada, porque el agua calaba la bóveda. La fachada, en­cajonada por la estrechez de la calle de la Compañía, muestra una interesante portada donde las placas recortadas animan el severo clasicismo de orden toscano, siendo lo más movido el frontón partido de segmentos circulares enrollados de volutas.
     El presbiterio lo ocupa el retablo mayor, en madera policromada, de corte manierista, trazado en 1633 por el hermano Francisco Díaz de Rivera. Se reformó en 1787 por José Martín de Aldehuela, sufriendo nueva modificación en el siglo XX. Se compone con tres hornacinas, ocupando las laterales las tallas de San Francisco Javier y San Estanislao de Koska, obras de calidad de la segunda mitad del siglo XVII, en la del centro, se encuentra la venerada imagen del Cristo de la Salud, pieza manierista, emotiva y dramática, aunque de mediana calidad, realizada en 1633 por el escultor José Micael y Alfaro. En el banco relieves de las Ánimas del Purgatorio, y en el ático, un cuadro de grandes proporciones representa la escena del Calvario, obra mediocre de la segunda mitad del siglo XVII.
     La primera capilla del lado del Evangelio (antigua capilla de los Mártires del Japón), presenta un sencillo retablo del siglo XVIII, muy trans­formado actualmente, con los titulares de la Co­fradía de los Estudiantes, la Virgen de Gracia y Esperanza, escultura de vestir de los talleres Ca­derot de Madrid (1947) y el Cristo Coronado de Espinas, talla del artista malagueño contempo­ráneo Pedro Moreira.
     Al otro lado de la puerta la capilla dedicada a la Virgen de Araceli (antigua de San Francisco de Borja), la preside una Virgen de Araceli, escultura de candelero de reciente ejecución, con más valor devocional que artístico. Junto a la capilla está la pila bautismal de mármol veteado, con pie abalaustrado y  concha  agallonada,  fechada en 1754.
     En el lado de la Epístola está la capilla de San Francisco de Asís (antigua de San Ignacio de Loyola), con una imagen de S. Francisco, obra de talla realizada en el siglo XX, que ocupa la hornacina central de un retablo del siglo XVIII. Lo preside un escudo dominico que recuerda la pre­sencia de la Orden en esta iglesia durante unos años.
     En el altar dedicado a la Virgen del Rosario, hay un retablo neobarroco de finales del siglo XIX o comienzos del XX, que ocupa la puerta de comunicación con el patio. La titular, venerada por los dominicos, es una imagen de talla policromada, de tamaño natural, realizada en los mismos años. Y sobre la mesa de altar una pe­queña talla policromada del siglo XVIII de San Dominguito.
     La capilla de la Virgen de los Dolores (antigua de San Francisco Javier), presenta un retablo de talla dorada con rocallas del siglo XVIII (cuyas esculturas se guardan en la sacristía) y está pre­sidido por la Virgen de los Dolores, escultura de candelero del círculo de Pedro de Mena, que fue titular de la desaparecida Cofradía de la Esclavitud Dolorosa. En una urna se expone a venera­ción una Dolorosa de busto del siglo XIX, probable obra del taller de Gutiérrez de León.
     En la capilla que hay a los pies de la iglesia se venera un Crucificado, de tamaño  algo menor que el natural, y una pequeña Virgen Dolorosa, ambas de escuela sevillana del siglo XVII. Junto a ella una lápida recordaba la feliz iniciativa de la Real Academia de Bellas Artes de San Tel­mo, en 1877, de trasladar a esta iglesia los restos mortales del escultor granadino Pedro de Mena, cuando fue demolido el convento del Císter, donde se encuentra nuevamente, desde 1996, en la iglesia construida en el siglo XIX para esta comunidad.
     En la sacristía, situada junto al altar mayor, se conservan tres pequeñas imágenes de talla policromada, de buena calidad, de la primera mitad del siglo XVII que representaban a dos santos obispos y un Papa, procedentes de la capilla de la Virgen de los Dolores (Rosario Camacho Martínez, Isidoro Coloma. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo I. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     Aunque los jesuitas estaban establecidos en Málaga desde 1572 en la Ermita de San Sebastián, al ser esta insuficiente se empezó una nueva iglesia en 1598, cuyos planos, realizados por Villalpando, seguían el esquema longitudinal del Gesú de Roma, pero pronto se detuvieron las obras y la iglesia responde a una planta centralizada diseñada por los hermanos Pedro Pérez y Pedro Sánchez, que se empezó en 1604; intervino en la terminación de la cúpula el hermano Alonso Matías en 1629, fecha en la que falleció accidentalmente en la obra que se inauguró un año más tarde.
     La Iglesia del Santo Cristo de la Salud presenta planta circular inscrita en un cuadrado, en cuyos ángulos se disponen cuatro grande exedras, que forman capillas en el piso bajo y tribunas en el superior a los que acceden las dependencias del convento. 
     El interior de la iglesia responde a un claro ejemplo del manierismo malagueño. El presbiterio se encuentra situado en uno de los lados del cuadrado. Presenta planta rectangular y está cubierto con bóveda de arista; en él se ubica la Capilla Mayor y dos estancias colaterales rectangulares más pequeñas que se comunican con la capilla. Estas dependencias corresponden al vestíbulo y la antigua sacristía.
     En los ángulos del cuadrado aparecen capillas a modo de exedras. Están separadas por monumentales pilastras dóricas pareadas, alzadas sobre pedestales y con hornacinas superpuestas en los intercolumnios.
     La iglesia está cubierta con bóveda semiesférica que arranca de una cornisa y se estructura en tres anillos concéntricos. 
     En el interior se abren ventanas coronadas por falsos lunetos, los cuales alternan con cuadros de mártires y obispos. En los dos anillos restantes se disponen tableros trapezoidales y grecas de diseño muy clásico. Un cupulín iluminado con grandes ventanas separadas por pilastrones y cubierto por una gran bovedilla semiesférica con florón central y nervios fingidos cierra la cúpula.
     Al exterior, la Iglesia del Santo Cristo de la Salud abre su fachada en el muro de la calle Compañía. Se compone de dos cuerpos separados por una moldura lisa corrida, realizada en ladrillo visto. La portada principal, realizada entre 1659-1660 es de piedra y arranca de un poderoso zócalo. Posee un vano de entrada con arco de medio punto, rosca moldurada y puntas de diamantes en las enjutas. Va flanqueada por pares de pilastras almohadilladas, entre las que se dispone una hornacina coronada por veneras, y en su parte inferior sobresalen dos peanas talladas con querubines. Las pilastras sustentan un entablamento donde se yerguen dos aletones que configuran un frontón de líneas curvas y quebradas. En el centro del frontón se abre otra hornacina similar a las inferiores, que se culmina con frontón triangular. 
     Sobre el cuerpo principal de la iglesia se superpone un volumen octogonal que envuelve la magnífica bóveda semiesférica. El conjunto se remata por un cupulín iluminado con grandes ventanas, también de planta octogonal y con una veleta en su extremo.
     Por último debemos mencionar la existencia de un campanario, que se reduce prácticamente al cuerpo de campanas que domina el patio del antiguo colegio. Tiene planta cuadrada, con arcos de medio punto entre pilastras pareadas, sobre el que se sitúan dos placas recortadas. Abre el entablamento, grandes ménsulas sostienen una cornisa volada, que apoya el tejadillo piramidal que cubre el campanario.
     Aunque la presencia de la Compañía de Jesús en Málaga se debe al obispo de la Diócesis de esta ciudad, Blanco Salcedo, y data de 1572, estableciéndose estos en la ermita de San Sebastián, al ser esta insuficiente se empezó una nueva iglesia en 1598, cuyos planos, realizados por Villalpando, seguían el esquema longitudinal de Gesú de Roma, pero pronto se detuvieron las obras y la iglesia responde a una planta centralizada diseñada por los hermanos Pedro Pérez y Pedro Sánchez, que se empezó en 1604; intervino en la terminación de la cúpula el hermano Alonso Matías en 1629, fecha en la que falleció accidentalmente en la obra. Una vez finalizadas las obras la iglesia se inauguró el 28 de Septiembre de 1630. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el edificio sufrió grandes transformaciones como consecuencia de la instalación en el mismo de varias instituciones. A partir de 1778 el inmueble es ocupado por el Colegio Náutico de San Telmo. En el siglo XIX se van a ubicar en el edificio dos nuevas instituciones docentes, una de primera enseñanza y otra dedicada a la didáctica de las Bellas Artes. Posteriormente la iglesia quedará adscrita, tras un complicado procedimiento jurídico-administrativo, al patrimonio municipal (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El primer edificio que nos encontramos a la derecha de la calle Compañía es la Iglesia del Santo Cristo de la Salud.
     Los Jesuitas, al haber realizado misiones en Málaga, decidieron en 1572 asentarse definitivamente en Málaga, comprando una casa al lado de la ermita de San Sebastián, donde ejercían su ministerio. Al ser la ermita insuficiente para el culto, se determinó construir una nueva iglesia.
     Las obras no se comenzaron hasta 1598, y se inauguró el 28 de septiembre de 1630, pero el retablo del altar mayor junto con el tabernáculo se labraron en 1633 y la decoración pictórica del anillo y media naranja de la cúpula se realizó entre 1639 y 1643, continuándose los trabajos de decoración hasta 1644, y aún más tarde los de los altares y capillas, que ocuparon los santos más significativos de la Compañía.
     La Iglesia del Santísimo Cristo de la Salud es una iglesia del culto católico. Este edificio data de los siglos XVI y XVII y fue construido por la Compañía de Jesús.
     Se encuentra en la confluencia entre la Calle Compañía y la Plaza de la Constitución del centro histórico, y se sitúa entre la Escuela de San Telmo, sede del Ateneo de Málaga; y el Anexo del Palacio de Villalón, que forma parte del Museo de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza.
     En esta Iglesia se encuentra la sede canónica de la Cofradía de los Estudiantes, que sale en la Semana Santa de Málaga.
     HISTORIA:
     Los jesuitas se establecieron en esta zona de la ciudad junto a una ermita dedicada a San Sebastián, cuyas pequeñas dimensiones hicieron necesaria la construcción de un templo.
     La iglesia es obra de Pedro Sánchez, que diseñó este edificio barroco de planta octogonal sobre uno solar donado por el obispo Blanco Salcedo en 1572. Fue inaugurada el 28 de noviembre de 1630. Los jesuitas Ángel Cortés y Díaz de Ribero diseñan el retablo mayor y el tabernáculo.
     La portada principal data de los años 1659 y 1660 y los retablos de San Ignacio y de San Francisco Javier son de 1672 y 1678. Al siglo siguiente, José Martín de Aldehuela abre una pequeña capilla en medio del retablo dedicado a San Pedro.
     Tras la desamortización y la expulsión de los jesuitas en la 1767, la iglesia fue transferida al Montepío de Socorro, que regentaba la parcela vecina de la Casa del Consulado y la Escuela de San Telmo. En 1790 pasaron a manos de la Sociedad Económica de Amigos del País.
     A mediados del siglo XIX se creó el Patronato del Santo Cristo de la Salud. En 1849 la imagen titular fue situada en el hueco que antes ocupaba la imagen de San Pedro. Ésta consiste en una talla de José Micael y Alfaro de 1633 y consiste en la imagen de Jesús atada a la columna. A esta talla se le atribuye la curación milagrosa que se dio en la ciudad en el año 1649 cuando apareció durante una epidemia.
     En esta iglesia se encontraba la sepultura de Pedro de Mena, actualmente en la abadía cisterciense de Santa Ana (Diputación Provincial de Málaga).

Casa del Consulado

     En el ángulo noroeste de la Plaza se levanta el an­tiguo Colegio e Iglesia de la Compañía de Jesús, cuya modificación se inició a raíz de la expulsión de los jesuitas en el año 1767; en los años inmediatos la iglesia quedó como oratorio privado y el colegio, en gran parte vacío, ocupado solamente por unas escuelas de latinidad y primeras letras que habían sostenido los jesuitas. El Montepío de Socorro a los Cosecheros del Obispado de Málaga, establecido por Real Orden de 1776, que tenía su sede en unos almacenes junto a la Alhóndiga, solicitó en 1780, parte de este edificio para instalarse, lo que fue concedido por Real Cédula de 1781. Las obras de adaptación comenzaron inmediatamente en la parte interior de la casa, centrada por un pequeño patio rodeado de un banco de piedra, con un pilarillo de mármol adosado al muro, con mascarón e inscripción de 1782. La crujía correspondiente a la fachada era independiente y había sido construida en función de la plaza ya que constituye un ejemplo típico de edificio-balcón, definido por las balconadas seguidas y superpuestas que recorren su fachada rítmicamente, habiéndose recuperado en 2005 su decoración pintada en grisalla que enriquece los huecos con recercados de guirnaldas. Todo tipo de actos se desarrollaban en la plaza con gran bullicio y animación: autos de fe, procesiones, proclamaciones, corridas de toros, etc. y estos miradores se ocupaban por la gente principal. La casa debió realizarla o intervenir sobre la construcción existente, en 1779, el Maestro Antonio Valderrama a quien pagaron en esa fecha por acomodar casas en este colegio.
     La sede del Montepío se completó en 1782 al comprar la institución un sitio portal de los que daban a la plaza, donde construyeron la portada, como elemento representativo de la misma. Abierta con arco escarzano, está flanqueada por columnas de mármol gris con capiteles jónicos de paños colgantes y se remata sobre el entablamento con cestillos de frutas que flanquean el ático en el que un gran medallón reproduce la medalla, acuñada en conmemoración de la fundación del Montepío, ofreciendo una imagen simbólica de Málaga favorecida por el trabajo. Los árboles del país (olivo, higuera, vid) y la nave que representa al comercio, constituyen el paisaje al que se incorpora una ninfa, símbolo de la ciudad, a cuyos pies se arrodilla un campesino, junto a una cornucopia con frutos y la inscripción SOCORRE AL DILIGENTE; a su izquierda rechaza a otro de actitud abandonada, con la inscripción NIEGA AL PEREZOSO. El diseño de esta portada responde al barroco clasicista y ha sido atribuida a José Martín de Aldehuela, quien intervendrá también en las obras de adaptación del interior, como consta documentalmente.
     La reja que da acceso al patio, magnífico ejem­plar de hierro forjado y cincelado rematado por el escudo de España entre leones tenantes, pue­de relacionarse con la producción del maestro Luis Gómez y debió realizarse en los años finales del siglo XVIII; por su calidad mereció figurar en la Exposición Malagueña de 1924 y fue declarada Monumento.
     El Consulado del Mar se erigió en Málaga en 1785, y al recabar la fundación del Colegio de Náutica de San Telmo, en 1786, para establecer estas enseñanzas solicitó la cesión del Colegio­ seminario de los Jesuitas, que les fue concedido (incluida la iglesia) por Real Orden de 1786, sin perjuicio de lo otorgado al Montepío en 1781, compartiendo las dependencias, y aún  más por­ que la entrada fue común a ambas instituciones. Se hicieron las obras de adaptación que dirigió Martín de Aldehuela interviniendo también el maestro Antonio Díaz. En el piso superior se encuentra la Sala de Audiencias del Consulado presidida por el retrato de Carlos III, donde se conserva también un cuadro conmemorativo, de gran formato, pintado por Joaquín Inza y costeado por el Cabildo de la Ciudad en 1776, para recordar la fundación del Montepío. Es una composición alegórica, con representación de los personajes interesados que parecen ser auténticos retratos. Ante una galería, que deja ver un fondo arbolado, se encuentra Carlos III, a su diestra la ninfa que simboliza a la ciudad, con su escudo, rama de olivo, higuera y vid transformados en oro en alusión a la riqueza proporcionada por la agricultura y el comercio; otra encarna al país que expresa su abundancia con una cornucopia repleta de frutos derramados a los pies del rey en señal de ofrenda. Frente a éste, don José de Gálvez, el político malagueño que tanto fa­voreció a Málaga y fue pieza clave para la fundación del Montepío ostenta el Memorial que alude a la gracia concedida, y su hermano don Miguel de Gálvez, lleva una caja con las medallas conmemorativas de esta fundación. Las de­ más figuras representan al pueblo en diferentes actitudes de sumisión, reconocimiento, alegría, admiración, etc.
     En este edificio se instalaron otras muchas instituciones: la Sociedad Económica de Amigos del País en 1790, la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo en 1850 con la Escuela de Bellas Artes a ésta aneja, colegios, y otros. Desde 1961 la Sociedad Económica tiene su sede en este edi­ficio y las dependencias posteriores las ocupa un Colegio. La Fundación Unicaja es la base de esta institución y de su promoción cultural, siendo también espacio expositivo de Unicaja, en las dos grandes salas que hay a ambos lados del recogido patio, que fueron depósito de granos del Montepío. El edificio fue declarado Monumento Arquitectónico Artístico en 1923.
     La rehabilitación llevada a cabo en 2005, por los arquitectos Isabel Cámara y Rafael Martín Delgado, ha recuperado ha recuperado en fachada unas interesantes pinturas en grisalla (Rosario Camacho Martínez, Isidoro Coloma. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo I. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     El edificio del Consulado responde a dos tipologías. Se debe tener en cuenta que no es un edificio de nueva planta, sino que aprovecha parte del antiguo colegio Jesuita de San Sebastián. A éste se adosa una casa de construcción anterior a 1781 con fachada a la plaza de la Constitución. Es también conveniente señalar que los sucesivos cambios de uso que el inmueble ha sufrido han provocado intervenciones en el edificio que han modificado su imagen original. Así pues, como comentábamos, el edificio se puede diferenciar tipológicamente:
        1.- Una ¿casa balcón¿ que ocupa la primera crujía con fachada a la plaza que es la que le confiere su sentido y configura su imagen. Esta no se corresponde estructuralmente con el resto del edificio.
        2.- El resto del inmueble. Se ubica en las antiguas dependencias del Colegio Jesuita. Responde tipológicamente a un ejemplo de arquitectura pública, en concreto ¿casa gremio¿.
     Al exterior el inmueble presenta dos fachadas, la principal a la plaza de la Constitución y la lateral al callejón o pasaje de Rodríguez Rubí.
     La fachada principal no es sino el exterior de la Casa Balcón. Se estructura en tres calles de baja más tres plantas, y otra calle en lateral de calle Rodríguez Rubí. Los vanos adintelados están unidos a través de un balcón corrido prolongado incluso al vano lateral en el caso de las plantas primera y segunda. Este hecho responde a su carácter funcional como fachada balcón, aprovechándose así el máximo espacio posible. 
     El eje vertical de la fachada a la plaza lo determina la portada de piedra que la preside, realizada en 1782 por el Montepío. Es una portada barroca con columnas jónicas que sostienen un fuerte entablamento y cornisa sobre el que apoya el cuerpo superior, que está coronado por un frontón rebajado, cuya función es enmarcar el emblema de piedra del Montepío. La representación fue copiada literalmente de la moneda que se realizó para conmemorar la creación de la Institución. Dicha moneda se acuñó en oro y plata, y simboliza la riqueza obtenida del mar y la agricultura mediante la imagen de un monte coronado por vid, higuera y olivo, a orillas del mar en el que está anclada una embarcación. En primer plano la alegoría de Málaga acoge a un labrador y junto a él la inscripción ¿Socorre al diligente, niega al perezoso¿, y bajo las imágenes se disponen el nombre y fecha de la institución.
     Esta portada de mármol gris, pese a la armonía de su diseño, rompe la configuración de la fachada, imponiendo su cuerpo superior la diferenciación en dos tramos de las balconadas que antes debían ser también corridas. La reciente intervención en el inmueble ha permitido recuperar las pinturas murales de sus fachadas principal y lateral. Se trata de motivos arquitectónicos y guirnaldas que enmarcan los vanos de los balcones realizados en grisalla.
     La fachada lateral del edificio del Consulado que da al callejón Rodríguez Rubí es un paramento liso, con vanos en la primera planta enrejados y con guardapolvos de carácter dieciochescos. Volumétricamente destacan la crujía de la casa balcón con fachada a la plaza por su altura de bajo más tres plantas, así como la crujía existente entre la casa del Consulado y la iglesia, que actualmente ocupa el Ateneo.
     En su distribución espacial, el inmueble del Montepío se articula a través de la crujía delantera de la Casa Balcón y cuatro crujías tras ella que envuelven el patio. La casa balcón se ordena internamente en tres estancias: las laterales son actualmente locales comerciales y la central forma parte del zaguán de entrada que desde la portada da acceso al patio interior. Desde el local más cercano a la iglesia, se accede a las plantas segunda y tercera de la casa balcón, que no tienen comunicación alguna con el resto del edificio, y que son de propiedad privada.
     El zaguán se completa por un segundo tramo, parte de la crujía existente entre la casa balcón y el patio. Se separa del anterior, al igual que éste del patio, por un arco rebajado y se cubren con armadura de madera. Bajo el arco que da paso al patio y sirviendo de separación entre la entrada y el mismo se dispone una artística reja barroca de hierro forjado. La estancia de la izquierda es la actual conserjería, mientras que en el siglo XVIII estaba instalado el cuerpo de guardias del consulado. La estancia de la derecha, que en origen acogió la sede del tribunal del Consulado, es en la actualidad, tras la restauración del inmueble, una sala de exposición.
     El patio es cuadrangular, de forma irregular, lo que apunta a la posibilidad de que se trate de un espacio anterior a la instalación del Montepío, reordenado y reutilizado por el mismo. En planta baja es adintelado, apoyando la galería del piso superior en vigas y tirantes de madera que quedan vistas. En su planta primera, el dintel de cubierta de la galería apoya en vigas sobre zapatas y soportes de madera. Un barrotaje de hierro forjado con decoración de cuadradillo sirve de antepecho a la galería. En la planta baja, bajo la galería, recorre los paramentos un banco de piedra como el existente en la fachada de la catedral u otros edificios barrocos de la provincia.
     En el testero frontal del patio existe una fuente de piedra empotrada en una hornacina en el muro. Dicha fuente fue instalada en 1782, posiblemente durante las obras de adaptación del inmueble a sede del Montepío. Junto a ella, una cartela de mármol recuerda la Real Orden que lo declaró Monumento Histórico en 1923. Al otro lado de la fuente, se abre el cuerpo de escaleras, de dos tramos, bajo cúpula que termina en la galería superior en un arco geminado apoyado en columna toscana. La escalera debe ser obra del siglo XVIII y no un elemento original del antiguo Colegio Jesuita, como indica su composición forzada.
     Alrededor de las galerías del patio se distribuyen las distintas dependencias. Estas han sufrido sucesivas transformaciones dado el cambio frecuente de uso del edificio. Como ejemplo de estas modificaciones podemos poner la configuración de las dos grandes salas de planta baja que ocupan en su totalidad las crujías laterales y que se deben a la restauración realizada en 1927. Actualmente estas salas se utilizan como espacio expositivo de la fundación Unicaja, que subviene a las necesidades de la Sociedad Económica de Amigos del País y a su promoción cultural. La sala de la izquierda fue la bodega y almacén del consulado, mientras que la sala de la derecha fue la sede del arca de caudales del 
Consulado.
     El Consulado ocupó la crujía lateral de la planta primera más cercana a la iglesia donde instaló las aulas de la Escuela Náutica y su salón de sesiones. Actualmente, es la Sala de Conferencias de la Económica. Su configuración procede de las obras realizadas por el consulado en 1786. Es una estancia rectangular con un estrado elevado diferenciado en cubierta del resto de la sala por un arco flanqueado por las esculturas de dos famas. En su testero, un dosel acoge un cuadro de Carlos III y a ambos lados se abren sendos óculos a la fachada que da a la plaza de la Constitución. En las salas anejas se dispone la biblioteca de la Económica, teniendo acceso una pequeña habitación a la tribuna de la iglesia.
     El edificio se encuentra situado en la céntrica Plaza de la Constitución. Fue edificado por el arquitecto José Martín de Aldehuela en terrenos que pertenecieron a la Compañía de Jesús, quedando ultimada su construcción en 1782, según consta en la lápida de la fuente del patio.
     Se destinó, en principio, a Montepío de Socorro de los cosecheros; tres años después se alojaba allí mismo otro organismo instituido por Carlos III: el Consulado Marítimo y Terrestre; y por último, al crearse la Sociedad Económica de Amigos del País, en 1789, convive con el Montepío y el Consulado.
     Es, por su estilo y origen, un bello ejemplo del espíritu y plástica de tiempos del rey Carlos III, y a la vez, los huecos anchos y bajos y la rejería corrida de los balcones, le prestan un marcado sabor popular (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El edificio creado en 1785, viene a ser ocupado primeramente por el Consulado del Mar, donde más tarde se establece el Colegio de los Jesuitas en parte de sus dependencias.
     Es un edificio que se convierte en ejemplo típico de la arquitectura doméstica del siglo XVIII, con balcones corridos en sus pisos superiores donde se abren huecos regulares y patio central rodeado de galerías voladas.
     El edificio
     La Casa del Consulado es un edificio que data del siglo XVIII y que se encuentra en la Plaza de la Constitución de Málaga. Es de estilo barroco clasicista y está declarado Monumento Histórico Nacional desde 1923.
     Este edificio se localiza en pleno centro histórico, en la confluencia de la Calle Compañía con la Plaza de la Constitución, junto a la Escuela de San Telmo (sede del Ateneo de Málaga) y próximo a la Iglesia del Santo Cristo de la Salud y al Museo Carmen Thyssen.
     Fue construido en 1785 y fue sede del Montepío de Socorro a los Cosecheros, del Consulado Marítimo y Terrestre y de la Sociedad Económica de Amigos del País.
     Obra del arquitecto José Martín de Aldehuela, el edificio es un ejemplo típico de arquitectura doméstica del siglo XVIII. Destaca su portada de mármoles variados en cuyo ático se encuentra un medallón con el lema Socorre al diligente. Niega al perezoso.
      Presenta balcones corridos en sus pisos superiores donde se abren huecos regulares y un patio central rodeado de galerías voladas (Diputación Provincial de Málaga).

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