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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 26 de mayo de 2026

El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de los Filipenses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de la Congregación de San Felipe Neri, de Sevilla.  
     Hoy, 26 de mayo, Memoria de San Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad. Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios (1595) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, ocupaba la manzana formada por las calles San Felipe, Doña María Coronel, Gerona, y Feijoo; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Congregación de San Felipe Neri fue fundada en 1575 en Roma por Felipe Neri (Florencia 1515-Roma 1595), siendo confirmadas sus Constituciones en 1612 por Paulo V mediante la bula Christi fidelium. Hijo de un abogado florentino, Neri se estableció en su juventud en Roma donde estudió teología y fue ordenado sacerdote, creando una hermandad laica dedicada a la realización de obras de caridad. No iba a ser una orden religiosa en la que sus miembros se comprometen con unos vínculos de votos, juramentos o promesas, sino una agrupación de sacerdotes seculares y hermanos legos que viven unidos en torno al fundador, dedicados al socorro y cuidado de los pobres y a la conversión de los pecadores, practicando la caridad y la predicación entre los más nece­sitados. Es pues una sociedad de vida apostólica y colegial cuyos miembros viven a sus propias expensas. El lugar donde la primitiva comunidad se reunía era el oratorio romano de Santa María in Vallicella, por lo que serán conocidos como oratorianos y sus futuras casas llevarán el nombre de Oratorios que tuvieron, por otra parte, una rápida expansión.
     Pronto se fundan en España congregaciones filipenses, siendo la de Valencia la primera en instituirse en la Península, en el año 1645. Hay que señalar que los Orato­rios se constituyen independientes entre sí, no están centralizados con la casa matriz romana, sino que cada comunidad se rige y gobierna por sí misma, con independencia y separación de las demás y según sus propios estatutos y constituciones. Así pues no existen ni superiores generales ni provinciales pues cada casa elige y nombra a sus autoridades que según las Constituciones filipenses son tres: la primera, la asamblea de todos los padres legítimamente convocada, la segunda la constituyen el Padre Prepósito con sus cuatro diputados o consultores, y la tercera el Prepósito o "Padre de todos", que es elegido por la congregación.
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI
     La fundación en Sevilla de la Congregación del Oratorio resulta algo tardía si se compara con otras de España (Valencia 1645, Villena 1650, Madrid 1660, Soria 1670, Granada 1671, Cádiz 1672, Barcelona 1677, Zaragoza 1690, Alcalá de Henares y Córdoba 1696, etc.), lo que no ha de extrañar en una ciudad saturada de comunidades religiosas y sumida en una profunda crisis económica que desaconsejaba tal empresa. Es a instancia del arzobispo Jaime Palafox y Cardona quien, conociendo y frecuentando el Oratorio de Valencia, y el de Palermo en los años de estancia como arzobispo, junto con otros sacerdotes conocedores de la figura de San Felipe Neri y su institución -muy promovida con ocasión del primer centenario de su muerte en 1695- solicitó a la congregación de Granada viniera a fundar a Sevilla un Oratorio. Fueron enviados los padres Francisco Navascués Pérez y Félix de Rivera y Arroyal, quienes llegaron a Sevilla el 8 de febrero de 1698, consiguiéndose el 18 de marzo de ese año la licencia del arzobispado, y el 22 del mismo mes y año la del ayuntamiento, aunque no sin serias dificultades. Sus deseos de instalarse en las casas del Coliseo en la calle del mismo nombre, hoy rotulada Alcázares, al haberse prohibido las representaciones teatrales en la ciudad, quedaron frustrados pues la petición realizada el 16 de junio de 1698 al Ayuntamiento sevillano fue denegada. Con la pequeña limosna de un piadoso sacerdote de doce reales y la donación de unas casas por Dª Josefa Antonia de Alverro, el padre Navascués dio principio a la fundación en la calle Costales, en la collación de Santa Catalina donde quedó instituida la congregación el 27 de noviembre de 1698 con la bendición de la casa y capilla bajo la advocación de María Santísima de los Dolores. Vista por el arzobispo Palafox en la visita que hizo en los días de Cuaresma del año 1699 la pobreza y pequeñez en que vivían los seis miembros del Oratorio, les compró otra casa contigua en el mismo solar, que aunque amenazaba ruina buena parte de ella, en cuatro meses estuvo incorporada a la ya existente, siendo bendecida por el propio arzobispo el 30 de octubre de ese año. Unos días antes, el 19 de octubre el Oratorio sevillano fue confirmado por bula de Inocencio XII.
     La insuficiencia de la casa y la amenaza de ruina movieron al nuevo prepósito y compañero del padre Navascués, muerto en 1702, Félix de Rivera y Arroyal a solicitar por dos veces en el año 1703, ayuda económica al también nuevo arzobispo de la ciudad Manuel Arias, para comprar una vivienda por valor 22.000 ducados. La ayuda no llegó quedando el Oratorio de momento en la misma situación. El impulso definitivo para el acrecentamiento y renovación de la casa e iglesia se produjo en 1708 cuando Juan Rodríguez de los Ríos, secretario del rey y administrador general de la Renta de la Sal, que vino a vivir a Sevilla y que era afecto al Oratorio, nombró el 9 de noviembre de ese año, albacea de todos sus bienes a su confesor, el prepósito Juan Martín Sedeño y Sotomayor. A expensas del acaudalado caballero se iba a edificar la nueva y definitiva iglesia, cuya primera piedra se puso el 5 de agosto de 1709, estando terminada el 2 de julio de 1711, en que se bendijo por el obispo auxiliar de Sevilla, Pedro Levanto, y cuyo coste ascendió a 17.400 reales. Y aunque el piadoso benefactor no pudo verla acabada por fallecer el 13 de noviembre de 1710, su generosidad continuó tras su muerte al otorgar en su testamento a los filipenses "las casas que al presente vivo u otras que puedan servir para dilatar la habitación de dicha Congregación y labrar en ellas lo que fuera necesario". Con esta herencia los filipenses compraron por 16 ducados unas casas pertenecientes al conde de Luna, situadas en la calle Sardinas (hoy Gerona) para ampliar la vivienda de los padres, que eran trece, trasladándose a ella el 21 de julio de 17105.
     Pronto el Oratorio se enraíza en la vida de la ciudad, desarrollando una activa asis­tencia espiritual. Un fuerte impulso en la actividad apostólica de los filipenses supuso la expulsión de los jesuitas en el año 1767, al convertirse en los continuadores de la dirección cristiana del clero y de la sociedad en general, que acudían al Oratorio, antes encauzada por la Compañía de Jesús y sus notorios ejercicios espirituales. El padre Antonio Castaño desde 1769, impuso a los padres y hermanos del Oratorio la obligación de realizar los ejercicios. Va a ser el padre Teodomiro Ignacio Díaz de la Vega (1736-1805), de sólida formación jesuítica y devoto practicante de los Ejercicios de San Ignacio, quien tras ingresar en la Congregación en 1757 y ante la gran demanda de personas que solicitaban este servicio religioso, el que funde y construya la Casa de Ejercicios, unida al Oratorio pero con dependencias separadas. Para ello la comunidad cedió una finca contigua a la portería, en la calle Sardina (actual Gerona) a la que se sumaron otras, entre ellas dos que fueron propiedad del frontero convento de Santa María de las Dueñas. Se construyó casa con cuarenta habitaciones dobles, capilla propia -en cuya cripta fue enterrado el fundador- refectorio y demás dependencias necesarias. Iniciada su construcción en 1781, se terminó y bendijo el 3 de diciembre de 1783. El padre Vega alegando un antiguo mandato del rey Felipe V que encargaba a todos los prelados de España erigiesen en su Diócesis casas de ejercicios, buscó la protección real, solicitando a Carlos IV tomara a la Casa de Ejercicios bajo su protección. El monarca expidió cédula en Aranjuez el 6 de junio de 1791, inscribiéndose desde entonces como Real Casa de Ejercicios y se colocó sobre sus puertas los escudos reales. Durante el mandato del padre Vega se hicieron importantes mejoras en el contiguo Oratorio: ampliación del presbiterio de la iglesia, merced a la incorporación de dos casas de su propiedad, un retablo mayor, nuevos confesionarios, tribunas y órgano, camarín alto y bajo para la Virgen, cuarto de sacristanes, "... y ricas alhajas y preciosos ornamentos", mejoras en las que se gastó 27.000 pesos.
     A fines del XVIII Oratorio y Casa de Ejercicios eran uno de los centros más desta­cados de la ciudad, tanto desde el punto de vista físico con sus dos inmuebles, la Casa de Ejercicios y el Oratorio (ambos en el mismo recinto pero separados y con accesos independientes), como espiritual, como recogió José María Blanco White en su Cartas de España, quien realizaba los Ejercicios en San Felipe desde la edad de quince años por ser costumbre en la diócesis de Sevilla esta práctica para los que se preparaban para el sacerdocio, como era el caso de White.
     El convulso siglo XIX produjo constantes procesos de destrucción y restauración del complejo filipense, pérdidas de valiosas obras artísticas, para ser finalmente derribado en 1868. En efecto, el Oratorio va a soportar durante esa centuria cuatro supresiones, la primera en 1810 con la llegada de los franceses que supuso la expulsión de la comunidad y el secuestro de sus bienes. De nada sirvieron las alegaciones de los fili­penses ante los decretos josefinos de supresión de las órdenes religiosas, de que ellos eran sacerdotes seculares y no religiosos regulares. La orden de extinción de la Congregación y Casa de Ejercicios llegó de Madrid el 26 de agosto y el 10 de septiembre se efectuó la confiscación de sus fincas y otros bienes. Contaba entonces San Felipe con cuatro padres: el Prepósito Gabriel de Castañeda, Lucas de Tomás y Asensio, Rafael del Rey y Joaquín García, y un número no especificado en la documentación de coadjuto­res, quienes elaboraron un falso inventario de bienes para así poder esconder de los franceses algunos objetos de valor como la plata y libros de propiedad, ornamentos, cuadros y muebles, "dejando solamente lo muy preciso para que no conociesen los franceses lo mucho que se había ocultado". Los propios padres se ocultaron en domicilios particulares, siendo enviado el padre Rey con las alhajas y plata a Cádiz. Para evitar el alojamiento de las tropas en el inmueble o su posible derribo, el entonces canónigo y afecto al Oratorio, Francisco Javier Cienfuegos y Jovellanos, que ejercía en ese momento como arzobispo por ausencia del titular el cardenal Luis María de Borbón, solicitó a las autoridades francesas la cesión del edificio para sede del Seminario Conciliar de la Diócesis, lo que le fue concedido el 11 de septiembre. Pese a ello no pudo evitarse el expolio, sobre todo de pinturas, por los comisionados franceses. Terminada la ocupación francesa de Sevilla a finales de agosto de 1812, se restaura la comunidad y el nuevo prepó­sito Lucas de Tomás y Asensio -fundador de la Casa de Ejercicios Espirituales- consigue de Fernando VII una asignación anual de 20.000 reales durante diez años, para ayudar a reparar los destrozos. En 1830 se contrataba la construcción de un nuevo retablo, desmontando el antiguo que pasó al convento franciscano de San Antonio de Sevilla, donde permanece en su altar mayor.
     Con la Desamortización de 1835, el Oratorio sufre su segunda supresión, siendo sacado a subasta el 19 de febrero de 1836. Pero una nueva estrategia del entonces Cardenal Cienfuegos, solicitando a las autoridades el edificio para prisión especial de clérigos o "Casa de Corrigendos", conocida vulgarmente como "la Parra", instalada en edificio anejo al palacio arzobispal, permitió salvarlo, por el momento, de su venta en subasta. Desde 1848, gracias a la protección del arzobispo Judas José Romo los filipenses comenzaron a resurgir, constando que en 1851 ya estaban reunidos en San Felipe.
     La firma del Concordato entre España y la Santa Sede en 1852 supuso la reposición oficial de la Congregación en toda España. Hay que señalar que el levantamiento de Espartero contra el gobierno de la nación provocó un bombardeo en Sevilla por el general Van Halen durante el mes julio de 1843, afectando seriamente a San Felipe Neri. En la mañana del jueves 27 una granada cayó en la Casa de Ejercicios y otras dos en la iglesia del Oratorio "que entre sus destrozos cuenta el del altar mayor... obra de arte que sucumbió a los furores del ejército sitiador".
     En un constante hacer y deshacer, en el año 1854 la implantación de un gobierno progresista que duró hasta 1856, supuso la tercera disolución del instituto, siendo la Junta Popular Revolucionaria de Sevilla la encargada el 2 de agosto de 1854 de expul­sar a sus miembros, secuestrar sus bienes y cerrar la iglesia, quedando la casa convertida en cuartel de la milicia urbana. Dos años después y por real orden será nuevamente restablecida la comunidad a su casa y devueltos sus bienes. A continuación se sucederán unos años de relativa paz social en la que, pese a la fuerte corriente anticlerical, los oratorianos continúan su labor apostólica tanto entre las clases populares como entre las más altas, entre ellas los propios Duques de Montpensier, residentes en esta época en Sevilla, a quienes atendía espiritualmente el prepósito José María Alonso y Elena, también preceptor de sus hijos. En estos años se amplia la familia filipense en la ciudad con la fundación de la rama femenina, que tras varias sedes pasa al antiguo convento de Santa Isabel, donde permanece.
     La cuarta y última supresión del Oratorio y su final demolición, tuvo lugar en los días de la revolución de septiembre de 1868, conocida corno "la Gloriosa", que supuso en el orden político el destronamiento de la reina Isabel II y la promulgación de una nueva Constitución, y en el religioso la reducción de conventos monasterios y colegios, parroquias y capillas. Consta que unos años antes, el 24 de junio de 1865 el Oratorio padeció un voraz incendio que afectó principalmente a la parte alta de la casa, gastándose en su reparación "más de once mil duros". Tres años más tarde, el 19 de septiem­bre de 1868 se constituyó en Sevilla la Junta Revolucionaria que destituye al ayuntamiento y nombra otro al que faculta para llevar a cabo las supresiones que se dictami­nen, "pudiendo también dicha municipalidad verificar enseguida la demolición de los conventos cuando así convenga al ornato de la nación". Y este será el triste final del conjunto monu­mental filipense. El acuerdo de demolición se toma en los primeros días, alegando el ayuntamiento la necesidad del derribo para proceder "al ensanche de las calles adyacentes y al propósito de mejorar las condiciones higiénicas de aquel sitio". Los dieciséis filipenses que componían la comunidad fueron expulsados de la casa y desterrados de España, embarcando algunos en un barco fletado por la propia Junta Revolucionaria, rumbo a Gibraltar. En sucesivos trabajos de demolición y en poco más de un mes, el Oratorio, la iglesia y la Real Casa de Ejercicios Espirituales de San Felipe quedaron borrados literalmente del plano de la ciudad; el patrimonio mueble que no fue expoliado fue depo­sitado en el Museo o llevado a otras iglesias, siendo devuelto en parte a los filipenses, en 1877 al constituirse de nuevo la comunidad y conseguir nueva casa e iglesia en Sevilla. En efecto, tras la Restauración monárquica en 1875, los oratonianos daban los pasos para reorganizarse y volver sus dispersos miembros a vivir en comunidad; al año siguiente toman unas casas en la calle Toqueros (actual Conde de Ibarra), pasando en 1879 a otra en la calle Fabiola. En 1876 el arzobispo Lluch y Garriga les cede temporalmente la iglesia del ex-convento de San Alberto, pasando a ser propiedad por concesión del papa León XIII en diciembre de 1893. La comunidad, de nuevo afianzada en la ciudad, compra una casa en 1916 en la calle San Isidoro, al lado de la iglesia con la que se comunica, y en 1944 consigue adquirir el edificio conventual de San Alberto a donde, tras obras de restauración, se trasladan en 1982, permaneciendo hasta hoy.
ARQUITECTURA
     El conjunto de San Felipe abarcaba toda una manzana cuadrangular, cuyo períme­tro estaba delimitado por las calles San Felipe, Sardinas, Huevos y Costales, actuales Doña María Coronel, Gerona, Feijoo y San Felipe, respectivamente. En tan amplio espacio se insertaban la iglesia, el Oratorio y la casa de Ejercicios Espirituales. El Oratorio tenía su entrada por la calle Sardinas (Gerona) y la iglesia tenía fachadas y accesos por Costales (actual San Felipe) y San Felipe (hoy Doña María Coronel).
     La iglesia tenía su acceso principal por los pies, en la entonces calle San Felipe, hoy Doña María Coronel, corriendo su lateral derecho por la calle Costales (actual Feijoo), en donde tenía otra portada. Estaba bajo la advocación de María Santísima de los Dolores, no existiendo constancia documental sobre quién pudo ser el autor de su traza y construcción. Sabemos que el patronato de la capilla mayor se concedió a Antonio de Pontejos por escritura de 3 de julio de 1719. El 4 de octubre de 1709 el arquitecto Lorenzo Fernández de Iglesias en su testamento solicita se le liquide lo que se le adeuda por cuenta de "una portada que se está acabando para la iglesia, y cuatro colum­nas que me mandaron hacer para dentro del templo". Esta escueta noticia no nos permite establecer de qué portada se trata, lo que se complica más teniendo en cuenta que la construcción de la nueva iglesia comenzó el 5 de agosto de ese año. En efecto, la colocación de la primera piedra tuvo lugar el día 5 de agosto de 1709, estando terminada para el 2 de julio de 1711 en que fue bendecida por el obispo auxiliar de Sevilla Pedro Levanto, invirtiéndose en su construcción 17.400 reales. Entre los años 1780-90 se amplió la cabecera del templo que "no tenía presbiterio y como se había extendido por los pies necesitaba de crucero para su perfección", para lo que se anexionaron dos casas conti­guas por la espalda del altar mayor "y en este sitio se labró un magnífico presbiterio con amplitud proporcionada arrancando dos grandes arcos, y subiendo sobre ellos las robustas paredes que se cerraron con bóveda y se pintaron para acompañar el adorno de la Iglesia". La planta era basilical de una sola nave y de proporciones bastante alargadas en relación con su anchura, debido a las ampliaciones reseñadas, (36 varas x 14 1/2 varas = 29,497 x 12,122 m., aproximadamente). La capilla mayor "diáfana y cuadrada", era de testero plano y cubierta abovedada, estando separada del cuerpo de la iglesia por unas baran­das semicirculares de hierro dorado ricamente labradas, "de vara y media de alto, con balaustres, cornisa y entrecalles, muy bien ejecutada por el artífice sevillano Márquez, y con atrileras de lo mismo y seis bolas de bronce agallonadas, obra de Reinoso", con la siguientes inscripciones: en el trozo correspondiente al lado de la epístola "Me fecit el maestro Juan Marques natural de la ciudad de Sevilla, año 1771" y en del evangelio "cura et labore P.D. Theodomiro de la Vega, Presbytiri hijus Congregationis". Actualmente se conservan en el presbiterio de la iglesia del convento femenino de Carmelitas calzadas de Santa Ana, de Sevilla.
     Por tres gradas de mármol rojo se bajaba al crucero cubierto por cúpula sobre cuatro arcos torales. El cuerpo de la nave se cubría con bóveda de cañón con arcos fajones sobre pilastra, y cubierta al exterior con techumbre de madera y tejas. A ella abrían pequeñas capillas, cuatro a cada lado, enmarcadas con arcos sobre columnas de mármol, y encima corrían tribunas voladas con barandas de hierro, cubiertas de visto­sas cancelas, pintadas de verde y oro con caprichosos y movidos motivos de estilo churrigueresco. También hubo cuatro tribunas en los ángulos del crucero del presbiterio. La iglesia estaba pavimentada con losetas de mármol de Génova de colores azul y blanco y sobre los pilares del templo se colocaron doce cruces de jaspe rojo, perfiladas de oro y azul, sobre basamentos redondos de mármol blanco. A los pies del templo estaba la entrada principal que abría a la calle San Felipe (actual Doña María Coronel) y el coro alto, amplia tribuna que salía del cuerpo de la iglesia para prolongarse hacia la calle, cabalgando sobre dos grandes arcos que cargaban en el muro de enfrente perteneciente al monasterio femenino de Santa Inés, dejando debajo el paso libre y conformando un atrio porticado de acceso, con umbral de mármol blanco y tres gradas para bajar a la calle, todo ello cerrado con una verja alta de forja. Este atrio fue consecuencia de dos ampliaciones, la primera costeada por un devoto anónimo, cuya aprobación por parte del cabildo de la ciudad se produjo en 1757, para lo que el 10 de febrero de ese año el maestro mayor de obras de la ciudad Pedro de San Martín emitió informe positivo, declarando que dicha ampliación a costa del viario "no resultaba perjuicio al público ni tráfico de coches", dándose al día siguiente el permiso de obras que sin embargo, se demoraron pues hasta el 13 de septiembre de 1764 no se inició "la utilísima obra de agregar el pórtico de nuestra Iglesia". En 1765 consta la solicitud una nueva parcela de terreno de sesenta y tres varas cuadradas.
     En el muro frontero perteneciente a Santa Inés sobre el que entibaban los arcos del pórtico, estuvo un retablo de azulejos polícromos enmarcado con moldura de estuco, que representaba a Cristo con la cruz a cuestas que salvado del derribo pasó al Museo de Bellas de Sevilla, donde se conserva, colocado en el vestíbulo de entrada. Representa el pasaje de Jesús en la calle de la amargura camino del Calvario, en el que rendido por el peso de la cruz, cae en tierra de rodillas, apoyando su mano sobre una roca, mientras que detrás se sitúa Simón de Cirene que le ayuda a sostener la cruz. Un fondo de arqui­tectura y un amplio cielo azul, completan la escena que presenta un rico colorido de tonos azules, amarillos, verdes, morados y blancos. El fino dibujo de cabezas, manos y paños de las vestimentas, es igualmente de gran calidad, constituyendo un magnífico ejemplar de esta singular manifestación artística que aúna pintura y cerámica, en ricos y populares paneles polícromos, que situados en el exterior de los edificios movían a devoción al viandante a la vez que sacralizaban los espacios donde se ubicaban. Su ejecución se sitúa en torno a 1770, y Gestoso atribuyó, aunque con reservas, esta obra al ceramista José de las Casas.
     El acceso lateral de la iglesia se situaba en el muro del lado de la epístola, que daba a la calle Costales (hoy rotulada San Felipe como único recuerdo onomástico de la Congregación que en esa manzana tuvo su casa). Sabemos que estaba flanqueado por dos cañones fundidos y pintados de negro en las jambas y una escultura de San Felipe Neri de mármol negro, con manos y cara pintadas de color natural y vestido con manteo y bonete, libro sobre el pecho y vara de azucenas; es la que actualmente se conserva en una de las dependencias del convento de San Alberto, actual sede de la comunidad filipense. En correspondencia con este vano pero en el muro del evangelio, estaba la puerta de salida a la galería que comunicaba con la casa. La iglesia no poseía torre­ campanario y sí una espadaña de tres huecos para sendas campanas. Doce ventanas proporcionaban luz natural al interior del templo.
     Desde el lado del evangelio del crucero y a través de unas pequeñas puertas del retablo se accedía a la antesacristía, cubierta con elevada bóveda; fue el lugar donde estuvo el antiguo presbiterio, antes de la reforma de la iglesia en 1786-88. De aquí se pasaba a la sacristía, cuya construcción fue promovida por el padre Vega, en el año 1788. Era de planta rectangular y cubierta plana, "con molduras dobles de madera dorada y florón, del que pendía una araña con 12 mecheros"; por tres escalinatas se subía al presbite­rio y por otra puerta se accedía al trasagrario del altar mayor. Una tercera puerta daba paso a una escalera que conducía al piso alto de la Casa, abriendo a la derecha del primer descanso una pequeña capilla u oratorio privado, llamado "el reclinatorio", donde acudían los padres convalecientes. Estaba cubierta con media naranja decorada con yeserías.
     La Casa de la Comunidad donde habitaban los padres "muy capaz, alegre y bien repartida", tenía su entrada por la calle Sardinas, (actual Gerona), con una gran puerta con un retablo de azulejos que representaba a San Felipe Neri "de buen tamaño, con la bandera de patriarca en su diestra mano", que se conserva en una de las galerías del Museo de Bellas Artes de Sevilla. El interior se articulaba en torno a una serie de patios; desde el portal de entrada se accedía a un pequeño patio cuadrado sin columnas, con galería alta sostenida por tornapuntas de hierro y rodeada con barandas también de hierro. En él se situaban la portería, sala de visitas y tránsito con varias habitaciones; bajando tres gradas se pasaba al claustro principal, articulado mediante cuatro columnas toscanas de mármol y arcos de medio punto en la planta baja y en el superior balcones adintelados entre pilastras dobles de ladrillo. Parte de este patio se halla hoy incluido en el inmueble número 7 de la calle Feijoo. En uno de los ángulos estuvo una amplia escale­ra con un único descanso y artesonado en el techo. En este claustro se repartían las principales habitaciones de la comunidad: el refectorio que comunicaba con la cocina a través de un torno, dormitorios, "y dos habitaciones muy principales, relativamente para cámara del P. Prepósito y para biblioteca, en la que la Comunidad tenía la quiete o recreación, después de ambas comidas". Había otros tres patios menores y tres tránsitos, por uno de ellos se pasaba al piso alto de la Casa de Ejercicios y por otro, se bajaba a la iglesia por una puerta situada en el muro del evangelio; además por esta galería se iba al cuarto de sacristanes, a la tribuna del órgano y al campanario.
     La construcción de la Real Casa de Ejercicio fue promovida por el padre Teodomiro Díaz de la Vega para albergar a los numerosos practicantes de los Ejercicios Espirituales que se celebraban en el Oratorio, y fue iniciada en 1781 en una finca contigua a la portería, a la que se añadieron dos más colindantes que ampliaban el solar. Tenía entrada independiente al Oratorio, por la calle Sardinas (actual Gerona), aunque con comunicación interior por el claustro principal. Poseía varios patios, alrededor de los cuales se ubicaban los dormitorios, capilla, sacristía, jardín, refectorio, etc. Fue bendecida el 3 de diciembre de 1783 por el canónigo de la catedral Antonio Salinas, siendo la única casa de ejercicios que dirigieron los filipenses en Andalucía, para la que el padre Vega en su deseo de fundamentarla y realzarla, buscó la protección real de Carlos IV. En efecto, argumentando que la fundación de la Casa se establecía según una antigua Real Cédula de Felipe V que ordena a todos los prelados de España erigiesen en sus diócesis casas de ejercicios. Por real cédula de 6 de junio de 1791 el monarca toma la casa sevillana bajo su protección, en cuya puerta se pusieron los escudos reales.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Lo primero que tuvo la iglesia en su altar mayor fue un tabernáculo dorado que el 21 de febrero de 1709 fue donado al convento de monjas capuchinas de Sevilla. El 25 de junio de 1706 los filipenses habían contratado con Lorenzo Bernardo González y Mateo Bermudo y Pardo la realización del retablo del altar mayor por el precio de 4.200 reales de vellón, estando prevista su finalización "para el día de pascua de Navidad deste presen­ta año". Se entregaron a cuenta 1.500 reales de vellón, sin embargo, parece que esta obra no se llevó a cabo pues el 18 de febrero de 1711 el padre Juan Sedeño, prepósito de la Congregación, firma con Jerónimo Balbás la ejecución del retablo mayor, por 27.000 reales de vellón, cantidad que se aumentó en 8.000 reales más por la subida del precio de la madera, que significó la paralización de los trabajos por parte de Balbás: "... empezado lo suspendi en atensión de que la madera estaba en muy subido presio y que la obra balia mucha mas cantidad todo lo cual visto y considerado y el dicho Padre preposito y padres de la dicha congregación an venido en darme y aumentarme ocho mil Reales de vellón que es lo que verdaderamente faltava al verdadero presio de la dicha obra que eran treynta y quatro mil reales en que oy a quedado con el dicho aumento". La finalización de la obra estaba prevista para el 31 de diciembre de ese año, y actuó como fiador Pedro Duque Cornejo, quien ejecu­ tará las esculturas del retablo excepto la Virgen de los Dolores, imagen titular que ya existía. De la autoría de Jerónimo Balbás de la traza del retablo y programa escultórico del mismo no cabe ninguna duda, al quedar claramente manifestada por éste en el documento citado, en donde se reajusta el precio de la obra: "nos obligamos a haser y fabricar el retablo de la capilla Mayor de la dicha Yglesia de San Phelipe Neri desta ciudad, todo de madera de flandes de buena calidad, con las figuras de escultura que estan demostradas en una demostración y modelo, que yo el dicho principal e fecho para ello, que esta firmado de mi nombre y el dicho padre preposito, y queda en su poder". El retablo fue sustituido en 1829 por otro de estilo neoclásico, más acorde con los gustos estéticos imperantes; por suerte no fue destruido como otros muchos otros de estilo barroco, algunos de ellos del propio Balbás como el del Sagrario de la Catedral, sino que fue trasladado y ensamblado en el presbiterio de la iglesia conventual de los franciscanos de San Antonio de Padua, de Sevilla -que había perdido el suyo durante la ocupación francesa- en donde permanece. El cambio de ubicación ha conllevado algunas reformas: añadido de las pilastras laterales para cubrir la totalidad de la cabecera del templo, sustitución del tabernáculo central por una hornacina flanqueada por columnas, supresión de parte de la talla decorativa, sobre todo en el ático, para aligerar su estructura, y múltiples repintes en tono oscuro imitando jaspeados. Sin embargo, aún podemos advertir en su contempla­ción actual la traza de su autor. El retablo, de monumental estructura, se asienta en su nuevo emplazamiento sobre un basamento cerámico, sobre el que monta el banco de cuidado tallado, con sagrario en el centro y peanas con angelotes que a modo de atlan­tes sustentan parejas de estípites que flanquean la amplia calle central del cuerpo principal, en donde se abren dos hornacinas. Las calles laterales, con dos peanas para sostener esculturas, se enmarcan con sendos estípites de orden gigante y una peana en el tercio inferior de cada uno de ellos con profusa decoración. Este gran cuerpo remata en ancha cornisa en donde se mezclan los perfiles mixtilíneos con fragmentos de frontones enrollados a modo de volutas, dando paso al ático con hornacina semicircular enmar­cada por pilastras y variadas molduras, con un sol por remate en el centro del último resalte.
     Buena parte de las esculturas de Duque Cornejo pasaron a decorar el nuevo retablo mayor de estilo neoclásico y orden corintio que en 1829 fue realizado por Juan de Astorga siguiendo un diseño neoclásico del arquitecto municipal Melchor Cano, y cuyo paradero se desconoce: "El gran retablo, o sea el altar mayor, construido por Astorga y estre­nado en 1829, constaba de cuatro gruesas columnas corintias, las cuales sostenían la muy salien­te cornisa". En los intercolumnios del lado del evangelio se hallaban San Félix de Nola y Santa María Magdalena, el primero sin identificar y la Magdalena actualmente en el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, en el intercolumnio lateral del evangelio. Es una conmovedora interpretación de la Santa penitente, que con rostro afligido mira a la cruz que originariamente tenía en su mano izquierda, mientras que la derecha sostiene el manto contraído sobre su pecho. Presenta larga cabellera como es habitual en su iconografía, de pie, con la pierna derecha ligeramente adelantada y flexionada, dinamizando la imagen, y envuelta en amplio ropaje de profundos pliegues, de color rojo y estofado en oro con motivos vegetales. En los intercolumnios del lado de la epístola del retablo decimonónico se situaban San Eusebio, desaparecido, y Santa Rosalía, hoy también en San Alberto en el lado de la epístola del altar mayor, que algunos autores identifican como Santa María Egipcíaca. Su disposición anatómica arqueada hacia la izquierda se contrapone con la Magdalena, con la que hubo de hacer pareja en el retablo de Balbás, con la que comparte igualmente su carácter penitente. En actitud de abrazar un crucifijo hoy desaparecido, resulta menos dramática y de formas más sosegadas que la anterior, destacando el rico estofado de la túnica de color verde y del manto rojo drapeado recogido sobre el brazo derecho. El retablo realizado por Astorga se depositó tras los episodios revolucionarios de 1868 en el monasterio de San Clemente hasta que solicitado por las monjas mercedarias fue colocado en la capilla mayor de su iglesia conventual, siendo finalmente destruido en 1936.
     Otra imagen de Duque Cornejo para el retablo de 1711 es el San Felipe Neri que hubo de ocupar su cuerpo principal, sobre la titular de la iglesia, la Virgen de los Dolores. En el retablo realizado por Astorga estaba colocado en el centro de la gran cornisa "se alzaba en globo de nubes, entre ráfagas y dorados rayos, la efigie escultural de San Felipe, quedando a la espalda el remate o medio punto apechinado: a sus lados dos ángeles, y más abajo, sobre la cornisa, otros dos, de estatura más que natural, teniendo en sus manos los emblemas o atributos del Santo". Los ángeles no han sido identificados, y el San Felipe se encuentra situado en un retablo del lado del evangelio del crucero de la iglesia conventual de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por madres filipenses. Se halla efectivamente, arro­dillado sobre una bola de nubes, representado con rasgos maduros, barba corta y canosa, sus ojos miran anhelantes al cielo y sus brazos se abren en expresivo gesto. Viste sotana y manteo negros de profundos pliegues, decorados con un fino estofado. Dos obras más de Duque Cornejo llegaron a decorar el retablo neoclásico de Astorga, colo­cados sobre ménsulas bajo los arcos laterales, los presbíteros San Juan y San Valentín, que no se han conservado.
     La imagen titular de los sucesivos retablos filipenses, que no salió de la gubia de Duque Cornejo como a veces se ha considerado, es Nuestra Señora de los Dolores, actualmente en la hornacina principal del retablo mayor de la iglesia de San Alberto. Su ejecución se vincula a Pedro Roldán, quien pudo realizarla a fines del XVII principios del XVIII, seguidamente a la fundación del Oratorio, como se desprende de antiguas noticias según las cuales las primeras esculturas de la primitiva y modesta iglesia filipense eran de Roldán, conservándose aún algunas en poder de la comunidad. Originariamente de talla completa, en 1796 se convierte en imagen de candelero, como hoy la vemos, conservando del original cabeza y manos. Es una expresiva dolorosa en posición genuflexa y con las manos unidas. En el retablo construido por Astorga la imagen se exponía en el camarín central, "En el centro del altar y entre las columnas, abríase un arco moldurado y dentro del mismo, un bello y anchuroso camarín con cielo raso de estuco pintado, como las paredes, con buen gusto, y donde había varias imágenes, pinturas y primorosos objetos que servían de adorno... En este sitio principal del camarín y ante el arco del retablo ...la imagen de vestir de Nuestra Señora de los Dolores, a quien estaba dedicado el templo; la actitud ...era de rodillas sobre cojín de plata con borlas de lo mismo, como el corazón y los siete cuchillos que tenía sobre el pecho, descansando todo sobre bellas repisa o peana de torno, de madera tallada y dorada con cuatro ángeles ...Rodeaba, al aire, todo el cuerpo un resplandor o ráfaga de metal dorado; y servían de adorno, a su cabeza, corona imperial de plata, y a su cuello y pecho no pocas alhajas: resto de las muchas y muy valiosas, que le fueron robadas en Diciembre de 1828".
     A los pies del camarín de la Virgen y sobre la mesa de altar se hallaba el sagrario y manifestador, tallado en 1788 por el ensamblador Manuel Barrera y Carmona. El sagrario remataba con esculturas de los evangelistas y sobre su cúpula la figura de la Fe. Tenía forma de templete circular rodeado por ocho columnas, con figuras de los cuatro doctores de la Iglesia sobre la cornisa y la Caridad sobre la media naranja. Este cuerpo se completaba con la figura de dos ángeles en actitud de adorar al Santísimo cuando este se exponía en un rico viril, ocupando su lugar en los demás días un Niño Jesús. Quizás corresponda al de la iglesia de San Alberto, por semejanza, de estilo con obras del referido Manuel Barrera.
     En 1788 y durante los días 24, 25 y 26 de mayo la congregación festejó las mejoras y estrenos del Oratorio y su iglesia, entre cuyas obras se encontraba la realización de un trasaltar o camarín, que a modo de capilla reservada se destinaba para orar en ella "lejos de toda distracción y ruido". Hubo de ser una valiosa pieza según queda recogido en aquellos que la vieron: "bien adornado con puertas de cristales cerrado, y su pavimento de madera de acana y plata de martillo estucada con su bóveda, consumiéndose en la obra más de dos años", "sus puertas de tableros de caoba y pino... sus ochavadas paredes, formadas de cristales y caprichosos pabellones de madera jaspeada, su plegado cortinaje de seda amarilla; las magnificas custodias que adornaban la mesa del altar, de bronce dorado, llenas de muy insignes reliquias vistosamente prendidas sobre tisú y raso blanco; los dos hermosos fanales, contenien­do, respectivamente, el uno un relicario de plata sobredorada con reliquias de las entrañas del Santo Padre, y el otro un anuario santo, o sea reliquias de todos los Santos del año; el divino Niño Jesús, de medio relieve, con el lábaro de la cruz de plata, que resaltaba sobre la puertecita de un sagrario, que comunicaba con el del altar mayor, y su magnifico suelo de ácana con dibujo e incrustaciones de plata... conducía a esta escondida morada el callejón de las perchas, que tenía su entrada por la sacristía, y llevaba también a la escalera por donde se subía al camarín de Ntra. Madre". En la sesión municipal de 21 de noviembre de 1868, el ayuntamiento acordó "se arrancase inmediatamente el pavimento de madera existente con incrustaciones de plata contrastada en un cuarto reservado del Oratorio de San Felipe y se condujera a las Casas Consis­toriales para darle una aplicación provechosa en este edificio".
     La decoración del presbiterio de la iglesia se completa con dos ángeles lampareros que colgaban del arco toral, actualmente ubicados en la parroquia sevillana de Nuestra Señora de la O, a donde pasaron en 1868. Forman una bella pareja angélica, de expresión llorosa, cuya ejecución se ha adscrito al maestro Pedro Duque Cornejo, hacia 1711.
     Retablos laterales. En 1844 González de León indica en su Noticia que "Todos los altares de esta iglesia son modernos, y muy arreglados, bien jaspeados y dorados y así presen­tan un aspecto brillante y primoroso. Todos están ejecutados por D. Manuel Carmona ensam­blador muy acreditado de esta ciudad"; se refiere a Manuel Barrera y Carmona, maestro local activo desde al menos 1764 a 1790. Ninguno de estos retablos se han conservado, sin embargo, hay referencia de ellos y de las esculturas que contuvieron. En el brazo del evangelio del crucero hubo un retablo dedicado a San Felipe Neri, "jaspeado y con perfiles de oro", con sagrario adornado con cuatro columnillas y puerta dorada con un cobre que efigiaba a la Virgen de los Dolores. Sabemos que el 12 de febrero de 1711 los maestros Francisco Pérez de Pineda y José de la Barrera conciertan por 2.100 reales el aumento del retablo de San Felipe, de lo que se deduce que este retablo es resultado de la referida ampliación sobre otro más antiguo. El San Felipe Neri que lo presidía, acompañado con dos ángeles a sus pies que mostraban en sus manos mitra, capelo, azucena y corazón de plata, se conserva en la iglesia de San Alberto, en el retablo del crucero del lado de la epístola. Está realizado en madera policromada, de 170 cm. de altura y representa al Santo como un anciano, con barba corta y gris, abriendo sus brazos en expresiva actitud. Viste alba blanca y casulla roja decorada con motivos vegetales; un relicario en el pecho con algunas de sus reliquias. Ha sido atribuido al taller Pedro Roldán, realizado entre 1698-1711. En las entrecalles y sobre pedestales se situaban las pequeñas esculturas de San Ignacio de Loyola y de Santa Teresa de Jesús, que pueden ser las que hoy vemos en las calles laterales del retablo de Nuestra Señora del Socorro de la iglesia de San Alberto, dispuesto en una de las capillas del lado de la epístola. Sobre las dos pequeñas puertas situadas a los lados de este retablo dedicado a San Felipe, por las que se accedía a la antesacristía, había dos repisas con espaldar terminadas en resplandores de madera que sostenían las imágenes de San Pedro y San Pablo, también conservadas en San Alberto, flanqueando a San Felipe en el retablo anteriormente indicado. Atribuidas de antiguo a Roldán, hoy se consideran anónimas de fines del XVII principios del XVIII. Se trata de dos buenas tallas en madera policromada, que presentan a los Apóstoles con sus característicos atributos parlantes, las llaves y la espada respectivamente, y que muestran una gran fuerza expresiva y acer­tado dinamismo corporal a lo que se une una rica policromía. Finalmente hay que señalar que el altar de San Felipe de la iglesia del Oratorio que estamos analizando, se completaba con una baranda de cortadillos de hierros entrelazados que lo protegía, y con una cortina blanca bordada.
     En correspondencia con el retablo anterior, en el lado de la epístola, hubo otro, cuya ejecución se adjudicó a Juan de Astorga, y que quizás sustituyó a otro anterior del referido Barrera. Estaba dedicado a San Francisco de Sales, cuya escultura hoy se sitúa en uno de los retablos laterales del lado de la epístola de la iglesia de San Alberto. Su autoría se adscribe al taller de Roldán y su fecha de ejecución entre 1698-1711. Con barba oscura y calvo, con mirada absorta hacia el cielo y brazos abiertos con la mano derecha en actitud de sostener un crucifijo que hoy no posee. Viste túnica, sobrepelliz blanco y esclavina corta abotonada en el pecho, ropajes de profundos y volados plega­dos, y cuidada policromía que contribuye a realzar la figura del santo obispo italiano. Las figuras colaterales que lo acompañaban eran San Joaquín y Santa Ana, también conservadas en San Alberto en el retablo del Nacimiento. Son dos interesantes tallas anónimas, fechables hacia 1700, de gran expresividad y movimiento, y rica policromía. Dos esculturitas más en las entrecalles dedicadas a Santa Gertrudis y Santa Juana Francisca Fremiot, completaban la parte escultórica de este retablo, hoy localizadas en los intercolumnios del retablo de San José de la iglesia de San Alberto.
     A lo largo de la nave de la iglesia se distribuían ocho capillas, cuatro a cada lado, con retablos similares, "jaspeados y perfil de oro, formando entre dos columnas un ancho espacio", y defendidas por barandas de hierro fundido y doradas. La primera del lado del evan­gelio más cercana al presbiterio era la del Nacimiento, grupo escultórico a tamaño natural del que destaca el Niño Jesús, tradicionalmente considerada obra napolitana de mediados del XVII; actualmente se conserva en el convento San Alberto. La Virgen y San José pueden ser las situadas en uno de los retablos laterales de la epístola de esa iglesia, la segunda muy repintada y con un Niño Jesús moderno de producción seriada. También conservan los filipenses un Nacimiento con figuras de menor tamaño que se atribuyen a La Roldana. El retablo del Nacimiento se completaba con un Corazón de Jesús con ráfagas doradas, no localizado. El retablo, cuya ejecución se adjudica Manuel Barrera, fue traslado en 1868 a la iglesia sevillana de la O, que dañado en los sucesos del julio de 1936 fue muy alterado en su fisonomía original, siendo desmantelado en el año 2001.
     El retablo siguiente albergaba una buena imagen de la Virgen con la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo con el Niño en brazos y sobre peana con cabezas de querubines, actualmente en la parroquia de la O. Su adscripción a Pedro Roldán ha sido descartada, siendo obra dieciochesca de autor anónimo. Entre las columnas de las calles laterales se situaban un San Francisco Javier y un San Antonio Abad de pequeño tamaño, conservándose sólo el primero en la iglesia de San Alberto en el retablo de San Francisco de Sales. Está realizado en barro y tela encolada y se adscribe al maestro Cristóbal Ramos, en la segunda mitad del XVIII. Bajo la Virgen y formando parte de la estructura del retablo, había una urna cerrada con cristales que contenía el busto en yeso de San Felipe Neri, que según la tradición es el vaciado que se sacó en Roma del cadáver del Santo, yeso que aún conservan los filipenses en su convento de San Alberto.
     La tercera capilla, al lado de la puerta que daba paso a la galería que comunicaba con la casa, tenía un retablo similar a los anteriores, con dos grandes columnas dóricas, al que se le había quitado otras dos para colocar una imagen de candelero de la Purísi­ma Concepción flanqueada por San Estanislao de Koska y San Luis Gonzaga. Hoy se locali­zan en el retablo del Sagrado Corazón de la iglesia de San Alberto; su mal estado de conservación hace difícil establecer una posible autoría, antiguamente considerada obra granadina o de Juan de Astorga. Sobre la mesa de altar una urna cerrada de cristales y decorada con columnillas, contenía una cabeza del Bautista, "de singular mérito" en paradero desconocido.
     La última capilla del lado del Evangelio tuvo un retablo articulado con cuatro columnas jónicas, realizado por Manuel Barrera y Carmona, que contenía un Cristo atado a la columna con un San Pedro Penitente arrodillado a sus pies, imágenes atribuidas a Pedro Duque Cornejo, no conservadas. En las calles laterales se situaban San Antonio de Padua con el Niño en brazos y Santa Rita de Casia, esculturas de mediano tamaño, localizadas en la iglesia de San Alberto, el San Antonio muy repintado. Santa Rita está realizada en barro y tela encolada, y se adjudica a Cristóbal Ramos en la segunda mitad del XVIII. El plan del retablo poseía una urna de columnillas, cerrada por delante con cris­tales, que albergaba en su interior una Dolorosa con Jesucristo en los brazos al pie de la cruz. A derecha e izquierda había dos urnas pequeñas más, con un Calvario y un Descendimiento, respectivamente, obras en paradero desconocido. El retablo pasó a la iglesia de la O en 1868, siendo desmantelado en 2001 por su muy mal estado.
     En el lado de la epístola y comenzado por la cabecera del templo se disponía un retablo similar a los anteriores, adjudicado a Barrera, que fue llevado a la iglesia de la O en 1868 y en 1936 fue destrozado, siendo finalmente desmantelado en 2001. Tuvo un Sagrado Corazón de Jesús, que puede corresponder al conservado hoy en San Alberto obra decimonónica que carece de interés artístico, al que acompañaba dos ángeles en actitud de adorarle. Bajo éstos una urna de cristales guardaba un Niño Jesús "sentado sobre una peña, a la sombra de un árbol, mostrando su corazón y acariciando a una ovejita", en paradero desconocido.
     A continuación estaba el retablo dedicado a San José con su imagen de barro y tela encolada sobre peana de nubes y querubines, atribuida a Cristóbal Ramos y fechada en la segunda mitad del siglo XVIII, que actualmente preside uno de los retablos colaterales del evangelio de la iglesia de San Alberto. A los lados y sobre pedestales en el lugar que había columnas que se le quitaron al retablo, se situaban un San Ignacio aplastando al demonio con un libro abierto entre sus manos, expresiva escultura de gran dinamis­mo en el vuelo de sus paños, y el Beato Sebastián Valfré con crucifijo en las manos y en actitud de predicar, ambas conservadas en el convento de San Alberto. En la parte baja del retablo se distribuían tres urnas que albergaban pequeñas estatuillas: la del centro una Inmaculada sobre peana de querubines y bordeada con ráfagas de plata, y las laterales con los bocetos del San Felipe Neri y San Francisco de Sales, obras no localizadas. El retablo remataba con las abreviaturas JHS.
     Contigua a la portada lateral de la iglesia estaba la capilla de Santa Bárbara, "imagen del célebre Roldán, también concluida como todo lo de su mano, y es extraordinariamente dulce y afinada", que hoy se encuentra en la parroquia de la O, en una de las calles del retablo mayor, cuya calidad la acerca a la estética roldanesca. Estuvo flanqueda por San Rafael coronado de flores y San Francisco de Paula, esculturas dieciochescas a menor tamaño, hoy en la iglesia de San Alberto. Del retablo sabemos que su ejecución se adjudicaba al maestro Barrera y Carmona, que en 1868 fue llevado a la iglesia de la O en donde sufrió destrozos con los sucesos de julio del año 1936. En el 2001 y ante su precario estado de conservación, fue desmantelado.
     La última capilla del lado de la epístola estaba dedicada a San Juan Nepomuceno, cuya imagen presidía el retablo y que fue realizada por Juan de Astorga, "con Crucifijo y cinco estrellas de plata". Estaba flanqueada por San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de menor tamaño y de autor desconocido. Sobre la mesa de altar y formando parte del retablo una urna cerrada con cristales contenía una Virgen del Carmen, otras más peque­ñas a la izquierda y derecha albergaban pequeñas figuras del Niño Jesús pastoreando ovejas y un Ángel de la Guarda. El San Juan Bautista puede ser el situado en el ático del retablo de la iglesia de San Alberto dedicado a San José, y el San Juan Nepomuceno, en muy mal estado de conservación, se halla en San Alberto retirado del culto. Su atribu­ción a Astorga se ha descartado.
     En la ante-sacristía y sobre el cancel de la puerta que comunicaba con un pequeño patio, se situaba un Calvario de buena factura con figuras del natural, que puede corres­ponder con el de la sacristía de San Alberto, compuesto por un Crucificado de mediados del siglo XVII y la Virgen y San Juan dieciochescos.
     En la sacristía y en el tránsito que comunicaba con el presbiterio de la iglesia, existió un medio relieve de la Virgen imponiendo la casulla a San Ildefonso, que no se ha conservado. Sobre una de las cajonerías, una urna de caoba albergaba una "bellísima" escultura del Buen Pastor llevando la oveja descarriada en sus hombros, que no hemos podido localizar; se conserva el retablo dorado con estatua de cuerpo entero del Señor con la cruz a cuestas que se situaba encima de otra cajonería frontera a la anterior.
     En la galería que comunicaba la casa con la iglesia y sobre unas mesas de caoba, existieron en unas urnas de cristal una Dolorosa atribuida a Cristóbal Ramos y una Coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad, en barro, adjudicadas a Juan de Astorga, ambas en paradero desconocido.
     En la capilla del Oratorio hubo un retablo neoclásico de jaspe, realizado en Cádiz parece que por Torcuato Benjumeda. Constaba de mesa de altar, un cuerpo entre pilastras y cuatro columnas jónicas y ático, y correspondiente sagrario-manifestador, rodeado por seis columnillas jónicas y coronado por sendos ángeles de plomo con corazón de bronce. En su hornacina principal se situaba un Crucificado realizado por Ángel Iglesia en 1791, a imitación del Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés. Se trata del Cristo del Perdón que actualmente preside el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, con fecha y firma en el stipes: "EN /SE/VILLA/ANGEL Y Gª ESPA/ÑOL/1791". Es de madera policromada a tamaño natural. En los intercolumnios del retablo estaban San Pedro y San Pablo, no identificados.
     En el oratorio privado de los padres, llamado "el reclinatorio", situado en el rellano de la escalera que subía a la parte alta de la casa, existió "en su altar sobre ancha peana, una urna de caoba de hueso con ocho columnas de ébano muy bien trabajada y cerrada de cristales por todos sus lados: sobre ella había cuatro ángeles de cuerpo entero; en su remate un Crucifijo y en su centro, como imagen principal, Nuestra Madre Dolorosa arrodillada sobre tarimita de madera. En ambos extremos del plan del altar, formábanse dos rinconeras, sobre las cuales había dos hermosas cabezas de tamaño natural, del Hecce Homo, la de la derecha, y de la Dolo­rosa, la de la izquierda: esculturas romanas de ponderado mérito". Se han conservado en San Alberto, sobre la cajonería de la sacristía el Hecce Homo y la Dolorosa, magníficos bustos que efectivamente se atribuyen hoy a Pedro Roldán.
PINTURAS
     La iglesia estuvo decorada con pinturas murales al temple, en la que intervinieron varios maestros. En la cúpula de la capilla mayor Vicente Alanís pintó en 1788 un rompimiento de gloria con San Felipe Neri vestido de sacerdote, entrando en el reino de los cielos de la mano de ángeles y rodeado de resplandores y una nutrida corte de querubines. En las pechinas de la cúpula se representaban escenas de la Pasión: La coronación de espinas, Cristo con la cruz a cuestas, La Crucifixión y El Descendimiento. "A lo largo de los grandes pilares, lo mismo que de los pequeños, veianse pinturas de Santos y Ángeles, alternando, a trechos, con el decorado general de la iglesia"; y la bóveda del cuerpo de la iglesia brillando en su centro una preciosa María, pintada en lienzo, con dos ángeles o mancebos, obra ejecutada por el padre Morico". Entre los artistas que participaron en esta deco­ración se citan a Cristóbal Ramos, quien "pintó con libertad y buen gusto al temple los adornos y paxaros de la iglesia de San Felipe Neri", Juan de Espinal y Pedro de la Fayeta y Suárez (Martín Suárez y Orozco).
     En los muros laterales de la capilla mayor y encima de las portadas colgaban dos grandes lienzos; el de la izquierda el Martirio de San Pedro atribuido dudosamente a José de Ribera, que puede corresponder al cuadro tenebrista que hoy se halla en una dependencia conventual de San Alberto en muy mal estado de conservación. A la derecha y como obra de Francisco de Zurbarán un San Pedro orando, "en el mismo lienzo había otra figura, la de Jesús atado a la columna, que no era del mismo autor". Zurbarán realizó varias versiones de este tema; en el Palacio Arzobispal de Sevilla se conserva un magnifico San Pedro Orando ante Cristo atado a la columna procedente de la iglesia del ex convento de San Alberto, que se ha puesto en relación con la de San Felipe Neri. Sin embargo, la indicación de que el lienzo fue cortado nos hace pensar en el San Pedro orando, de la colección particular de Bilbao, en el que se aprecia claramente cómo ha sido cortada en su lado derecho, en donde se ve una parte de la columna. Es de una gran calidad artística y muy similar al del Palacio Arzobispal, con una mayor fuerza expresiva y calidad en el tratamiento de los ropajes si cabe. Su ejecución se sitúa entorno a 1650.
     Otras pinturas citadas en el ámbito de la iglesia son: en el ático del retablo dedicado a San Felipe, situado en el lado del evangelio del crucero, un Ángel de la Guarda, copia de Murillo, actualmente en la sacristía de San Alberto. En el correspondiente del lado de la epístola un Descendimiento de la Cruz, copia de Van Dyck, en cobre, desaparecido. En un altar colateral del lado del evangelio un San Felipe Neri y San Félix Cantalicio atribuido al pintor italiano Matías Preti, actualmente en la sacristía de San Alberto, adscrip­ción que se considera acertada. Representa el encuentro entre ambos santos en un ambiente urbano, a los que acompañan algunos personajes en cuyos expresivos rostros se manifiesta el estilo de Preti. En el ático del último retablo del lado del evangelio de la nave dedicado a Cristo atado a la columna, una Santísima Trinidad en un óvalo, de autor indeterminado, desaparecido. También en paradero desconocido Nuestra Señora de Belén que se situaba en el tercer retablo del lado de la epístola y debajo de la escultura de Santa Bárbara que lo presidía. Sobre los dos relicarios laterales de este mismos retablo estaban San Felipe Neri con San Carlos Borromeo y Santo Tomás de Aquino, que damos por perdidos. En el ático del último retablo del lado de la epístola se cita una Santísima Virgen, de autor y paradero desconocidos. Ceán Bermúdez refiere "dos quadros historia­ dos que están a los pies de la iglesia" de Francisco Miguel Ximénez (1717-1793), quien se retrató en uno de ellos. En el coro de la iglesia de San Alberto se hallan en muy mal estado de conservación, ambas pinturas con formato de óvalos apaisados que representan a San Felipe Neri iniciando la construcción de la Chiesa Nuova del Oratorio de Roma y San Felipe ve a la Virgen sostener el techo que se derrumba, cuyo estilo coincide con obras firma­das por Ximénez, pintor secundario formado en el taller de Domingo Martínez. Representa escenas con figuras menudas y afables aunque poco expresivas.
     La galería que ponía en comunicación la iglesia con la casa y la sacristía, cubría sus paredes con una amplia colección de retratos de miembros de la congregación y del propio fundador, atribuidos a Juan Ruiz Soriano y Cristóbal de León. Del primero no existe otra constancia y sí de Cristóbal de León de quien Ceán Bermúdez afirma que realizó, además de los frescos de la iglesia, "unos diez y ocho quadros de venerables de la misma congregación del tamaño del natural al óleo, que están en la galería y antesacristía de la propia casa todo bastante bien dibuxado y pintado con espíritu". Buena parte de ellos se conserva en la iglesia y sacristía del convento de San Alberto, y representan a San Felipe Neri, San Francisco de Sales, Padre Vega, Padre Navascués, Beato Posadas y Belluga, Beato Juvenal Alcina, Beato Simón Valfré, Padre Antonio Gallonio, Venerable Tomás Bosio, Padre Ángel Belli, Padre Flaminio Ricci, Flaviano Justiniani, Alejandro Fedeli y Cardenal Francisco Tarugi.
     Debajo de estos cuadros se disponía una colección de grabados romanos, no conservados, que narraban la vida de San Felipe. Eran sesenta estampas dibujadas por Pietro Antonio Novelli y abiertas por Inocente Alessandris, más un grabado de San Felipe Neri realizado por Manuel Navarrio hacia 1795, y otro de Nuestra Señora de los Dolores de M. Brandi de 1802.
     En esta galería y sobre la puerta de acceso a la sacristía estuvo el lienzo de Cristóbal de León, con la escena de La aprobación de las Constituciones del Oratorio por Paulo V. Es un medio punto hoy en el coro alto de la iglesia de San Alberto, cuya autoría se mantiene a este pintor, fechable en el primer cuarto del siglo XVIII. Frontero a este lienzo hubo otro medio punto con Santa Teresa de Jesús, de autor y paradero desconocidos.
     En la antesacristía "especie de vestíbulo, adornado también de buenos cuadros", se cita un San Felipe adorando a la Virgen de Meneses Osario, no identificado. En la sacristía y entre sus dos ventanales, había "un hermoso cuadro de Valdés con Jesús Crucificado y la Magdalena a los pies", en paradero desconocido. De los muros de la sacristía colgaban las siguientes pinturas de autor desconocido: una Purísima Concepción, un San Pedro Peni­tente, seis apaisadas con la vida de San Nicolás de Bari, un San Cosme y San Damián y cuatro con pasajes de la vida de la Virgen. Además cuatro cobres sobre la cajonería menor que representaban los Desposorios de la Virgen, la Presentación de Jesús en el templo, y de menor tamaño la Oración en el huerto y Cristo resucitado. De todas ellas, sólo se ha identificado como posible la Concepción conservada en la sacristía de San Alberto.
     En el claustro principal de la Casa de la Congregación se cita de Lorenzo Quirós La aprobación de las Constituciones del Oratorio, conservada actualmente en San Alberto. Esta pintura hubo de formar parte de una serie dedicada a narrar el proceso de aprobación y construcción de la iglesia de la Congregación en Roma, llamada de Santa María in Vallicela, correspondiendo la "Aprobación de las Constituciones" al momento de "Aprobación de la erección del Oratorio por Gregorio XIII". De esta serie se han identificado en San Alberto, en la escalera: Traslado de San Felipe y sus seguidores a la iglesia nueva de Santa María in Vallicela y San Felipe Neri en el Oratorio. Todas presentan las mismas características de estilo y adjudicadas a Lorenzo de Quirós, pintor local de modestas cualidades artísticas.
     En la escalera que partiendo del patio principal comunicaba con la segunda planta, se situaba en su único descanso una Asunción de la Virgen, que puede ser la que se conserva en la sacristía de San Alberto, de buena factura, fechable en el primer tercio del siglo XVIII. Estaba flanqueada por dos óvalos con las efigies de San Carlos Borromeo y San Felipe Neri que igualmente pueden ser los que se hallan hoy en San Alberto. En el refectorio existió una Santa Cena apaisada, de autor desconocido, quizás la que ahora decora el comedor de San Alberto, obra de mediados del siglo XVIII.
     En la capilla de la Casa de Ejercicios hubo "un quadro apaisado que representa a San Ignacio escribiendo en la cueva de Manresa, con la Virgen que se le aparece", perteneciente a Domingo Martínez. Se conocen dos versiones del tema realizadas por el artista, una en una colección particular sevillana y otra en el convento de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por hermanas filipenses, a donde hubo de pasar tras algunas de las supre­siones que padeció el Oratorio. Está firmada, y su fecha de ejecución se sitúa hacia 1740; presenta una equilibrada composición de efluvios murillescos.
     En el ámbito de la capilla de la Casa de Ejercicios se cita por varios autores un San Felipe diciendo misa, de Francisco Varela, obra hasta el momento sin identificar.
     En 1868 pasaron al Museo de Bellas Artes de Sevilla, procedentes de San Felipe Neri, dos lienzos de la Sagrada Familia, uno atribuido a Andrés Rubira, y el otro a Juan Simón Gutiérrez. A la parroquia de la O pasó la pintura de Simón Gutiérrez en la que se incluía al Padre Eterno, siendo las figuras de tamaño natural, y que fue colocada a la derecha del cancel y posteriormente destruida en el incendio del año 1936. La pintura de Rubira del Museo sin embargo, resulta ser la que el artista presentó a un concurso convocado por la Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla, en el que obtuvo el primer premio, por lo que no podemos afirmar que se trate de la misma obra. Finalmente, en lugar no determinado del Oratorio, hay referencia a una Adoración de los pastores, en cobre copia de Rubens, un David también en cobre, de escuela flamenca, no identificados, y un Martirio de San Pedro, de escuela italiana de mediados del XVII, que puede corresponder al que se halla hoy en el convento de San Alberto.
OTROS ENSERES
     En la iglesia y en el centro del presbiterio se formaba el coro, "con diez hermosos bancos de caoba de cómodos respaldos y perfectamente concluidos". En el lado de evangelio se situaba el púlpito y por este lado, sobre la puerta de paso a la galería de la Casa, había una tribuna sobre la que montaba el órgano que "sin duda alguna era el mejor de Sevilla, aparte de los dos incomparables de la Catedral. Tenía el nuestro escogidísimos registros, suaves y fuertes, dulces y estrepitosos, comunes y bastante raros, con sus correspondientes contras, por todos en número de 20. La caja era de pino con sobre puntas de talla, pintada y dorada. Los que lo oyeron no podrán olvidar nunca aquellos melodiosas meditaciones, ofertorios y elevaciones...". Considerado uno de los mejores construidos por el maestro Antonio Otín Calvete, tras la Desamortización fue llevado a la parroquia de la O en donde se conserva. Es un mueble barroco pintado en verdes y dorados, con tres ángeles cantando pintados sobre el teclado manual. Reparaciones y reformas, como la efectuada en las prime­ras décadas del siglo XX probablemente por Domingo Florenzano, lo desfiguraron en parte, sobre todo en lo que se refiere a sus singularidades musicológicas. Hay que señalar la importancia que los filipenses daban y dan a la música y al canto en la celebración de la liturgia, cuya tradición ha llegado a nuestros días con la conocida forma­ción vocal "Coral de San Felipe Neri", de larga trayectoria y reconocido prestigio.
    A lo largo de la iglesia se disponían un total de doce confesionarios, "dos de los cuales eran de caoba con incrustaciones de marfil y los restantes de caoba y pino entrelazados y con sobrepuestos de talla". Tras la revolución septiembre de 1868, cuatro pasaron a la iglesia de El Salvador y dos a la Catedral, así como un cancel, varias puertas talladas de caoba y cedro. El cancel principal de los pies de la iglesia era "de caoba y pino con embutidos y sobrepuertas de naranjo. Tenía dos caras: la de la parte exterior, tableada de enlazados; y la parte interior de tableros grandes, a la italiana en la que se veían juguetes y arbotantes tallados y dorados: combinación ingeniosa de pintura y oro; y en medio un óvalo con dos rojos capelos cardenalicios y una mitra; en los lados cuatro ángeles y cuatro flameros. Era un cancel de dos hojas, con dos postigos y especial cerradura de singular mérito". En la sesión municipal de 18 de marzo de 1870 consta que se le concedió a la Hermandad de Montserrat a solicitud de su mayordomo un cancel procedente de San Felipe, y otro le fue concedido a la Hermandad del Silencio para colocarlo en la puerta nueva que se había levantado en su capilla.
     Sobre las ricas y variadas piezas de orfebrería con que contó el Oratorio y la Casa de Ejercicios, el profesor Roda Peña ha realizado un reciente catálogo pormenorizado al que nos remitimos, algunas de las cuales se han localizado en San Alberto, actual sede de la comunidad filipense (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Felipe Neri, presbítero:
     Fundador de la congregación del Oratorio.
     Nació en Florencia en 1515. Instaló a los oratonianos en Roma, junto a la iglesia de Santa María in Vallicella que tomó el nombre de Chiesa Nuova (Iglesia Nueva). De los intermedios musicales que organizó en el Oratorio de Roma nació el oratorio como género musical.
     Durante una de sus enfermedades se le apareció la Virgen con el Niño en medio de los ángeles.
     Murió en Roma en 1595, donde se lo conocía familiarmente con el mote de Pippo buono (Felipe el bueno).
     Fue canonizado en 1622. A partir de entonces, los oratorios, para rendir homenaje al nuevo San Felipe, adoptaron el nombre de Filippini (Felipinos). Es patrón de Florencia, Mantua y Roma. Se lo invocaba contra el reumatismo.
ICONOGRAFÍA
     Está representado en hábito de oratoniano, con un rosario.
     Un ángel le presenta un libro abierto en el cual lee las palabras del Salmo: Dilatasti cor meum.
     Sus otros atributos son una mitra y un capelo cardenalicio arrojados a sus pies. El arte italiano del siglo XVII lo ha representado muchas veces en éxtasis, y con sus visiones, sobre todo la Aparición de la Virgen (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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viernes, 17 de abril de 2026

El desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas (Cistercienses)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas (Cistercienses), de Sevilla.  
     Hoy, 17 de abril, en el monasterio de Molesmes, en Francia, San Roberto, abad, quien deseoso de una vida monástica más sencilla y estricta, fue fundador de monasterios y esforzado superior, director de ermitaños y restaurador eximio de la disciplina monástica, e instaurador del monasterio de Cister, que rigió como primer abad. Finalmente fue llamado de nuevo como abad a Molesmes, donde descansó allí en paz (1111) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para Explicarte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, de las Cistercienses, orden fundador del Cister.
     El desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, se encontraba en la calle Gerona; entre las calles Doña María Coronel, y Dueñas (por donde se accedía a la iglesia del mismo), en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
Introducción.
     Sin duda alguna, la máxima diferencia entre este convento y todos los demás desaparecidos durante el siglo XIX consiste en que se conserva manuscrita toda su historia, aunque con lagunas importantes y comenzada a escribir el año 1629, siendo abadesa Dña. Juana Cortés, "en el primer año de su tercera abadía". Esta iniciativa se toma porque "los papeles i pergaminos de su archivo, estan tan rotos i deformados", que apenas se pueden leer "los privilegios i bullas pontificias". La abadesa pone en manos de la religiosa Dña. Micaela de Silva todos los papeles antiguos para que "las monjas que nos sucedieren sepan algo de la fundación de su casa... i poniendo los ojos de su alma en el agrado de su Majestad i tan ilustres principios, trabajen por irse llegando a aquella primera observancia que sus antecesoras profesaron, conque ganaron lo que agora goçan, en onra de Dios, de su religion y de su casa". La suerte que tenemos en este -repetimos- único caso, es que las cronistas siguen escribiendo hasta el mismo día de la extinción de la fundación, ocurrida no en 1868, cuando de forma violenta fueron expulsadas del convento, sino bastantes años después -tras varios intentos de formar uno nuevo, ya que el suyo fue bárbaramente destruido-, el jueves 9 de mayo de 1912, fecha en que parten hacia Toledo para unirse a la también comunidad cisterciense de Santo Domingo "el antiguo". Es conmovedora la historia de este viaje. Para pagar los 5.000 reales que cuesta el tren, venden los últimos enseres que les quedan y su importe lo añaden a las limosnas del Sr. Cardenal (dos mil reales), capellán y "los Rdos. Padres de S. Isidro de Dueñas", entre otros. Así termina la historia del quizás más rico y, si no el más, uno de los más antiguos conventos femeninos sevillanos.
     Después de comentar lo anterior, no deja de ser insólito que, a pesar de ello, se lleven consigo todos los papeles que conservaban de su archivo, sin duda el más completo de los conservados entre los conventos desaparecidos: 55 pergaminos de distintos tamaños, entre ellos, con una riqueza decorativa extraordinaria, cartas de profesión de religiosas -verdaderos cuadros algunas de ellas-. La más antigua data de 1643 y la más moderna de 1906. Hay también 24 libros de diversas épocas, algunos ricamente encuadernados, en los que se contienen las tomas de hábito, profesiones y defunciones, los títulos de propiedad de tierras, censos, juros, etc., que poseía el convento, así como libros de funciones, capellanías y memorias. Y, por último, 687 documentos en legajos, la mayoría de ellos referentes a casas propias del convento (arrendamientos, arreglos y ventas de ellas) y pleitos por casas o tierras de su propiedad, que indican la gran riqueza acumulada por este monasterio a través de su larga historia.
     Varios conventos sevillanos tuvieron como modelo, en su primera andadura, a monjas de las Dueñas, que en algunos casos se quedaban en la nueva fundación, pero generalmente volvían a su casa matriz. Por esta razón, a través de su archivo, hemos encontrado algunos datos de otros cuyos archivos no se conservan, y una constante alusión a parroquias, calles y tierras de Sevilla.
    Nuestro trabajo ha sido también el más sencillo por otra singularidad: el archivo de las Dueñas está perfectamente catalogado, por obra y gracia de una monja cisterciense toledana y recientemente publicado.
Fundación e Historia del convento hasta el siglo XVII.
     Seguiremos la historia conservada en el Convento de Santo Domingo el antiguo, la más completa, como es natural, y en la que se manejan documentos antiguos hoy desaparecidos y sólo nombraremos a los autores que brevísimamente se ocupan de este monasterio cuando haya alguna discrepancia en los datos.
     Cuando el rey Fernando "tercero de este nombre vino a conquistar Sevilla trajo a su servicio al caballero D. Juan Mate de Luna, natural de Aragón, a quien después el Santo rey dio título de mariscal, y el de almirante su hijo Don Alfonso el Sabio". En el repartimiento que se hace entre los conquistadores de "las heredades i casas principales de los moros, cupo la nuestra al almirante, asi como la bemos oi en forma de isla, sin admitir inmediato a si algún otro edi­ficio, argumento de su nobleza i calidad". Esta "isla" estaba situada entre las calles Dueñas, Sardinas (hoy Gerona) y Dña. María Coronel, y fue donada por el almirante a sus hermanas, Dña. Leonor y Dña. María de Aragón, funda­doras del monasterio, quienes "fueron subcesivamente sus primeras abadesas con la duracion que hubieron las prelacias antes del Santo Concilio de Trento". La donación se hizo con la carga "de decir perpetuamente en nuestro coro todos los lunes, despues de prima, una oración por su alma y las de sus descendientes, como se hace hasta oi en su memoria". Esto ocurrió, nos dicen, el año 1251, "tercero de la redención de esta ciudad".
     Todos los autores que tratan de este monasterio coinciden­ en la fecha de fundación y nombran al almirante y sus hermanas como fundadoras, pero advertimos que hoy día en el archivo de Toledo el más antiguo pergamino que se conserva tiene fecha de 4 de agosto de 1374. Trata de la donación que el jurado García Sánchez hace al monasterio de Sta. María de las Dueñas de una casa en la calle Sardinas (hoy Gerona) con la condición de que oren por él.
     El monasterio toma el nombre "de Santae Mariae Dominarum como se halla en bullas apostólicas y usamos en las cartas de profesiones, ebocación muy usada en la orden como se bé en muchos monasterios de Alemania, Francia y España, de donde vino a llamarse bulgarmente Sta. María de Dueñas por ser lo mesmo entonces en España Dueña que Señora". No coinciden en esta explicación O. de Zúñiga y González de León. Para el primero, el año 1292, en el que ya dice haber hallado noticias de este monasterio, se denominaban Dueñas las religiosas de los conventos de S. Clemente, S. Leandro y Sta. Clara -conventos que se nombran en el protocolo que cita, aquéllos cuyas abadesas estaban sujetas a la autoridad papal y no a la diocesana- y que, a través del tiempo, sólo en el de que ahora nos ocupamos "dura el estilo". González de León atribuye el nombre a que "quizás se fundó para que en él se recogiesen señoras casadas mientras sus maridos militaban contra los moros". Más convincente parece la explicación de la cronista.
     Quizás porque el nombre aparece en las "bullas aposto­licas" que hoy no existen, se afirma que el papa reinante cuando se funda el convento era Inocencio IV, quien desde luego fue contemporáneo de S. Fernando. De ser cierta, como­ parece, la fecha 1251, debió ser el primero -o de los primeros- entre los conventos femeninos que se fundaron en la ciudad después de la reconquista.
     No sabemos cuántos años -bastantes debieron ser quizás, como entonces era costumbre, hasta sus sucesivas muertes, fueron abadesas las hermanas del almirante. En 1293 lo era Doña Isabel Argomedo y durante su mandato reparan "algunas oficinas que se caían por su mucha antigüedad". Aquí la cronista no contenta con la real antigüedad de su monasterio, toma pie para suponérsela mayor: la confirmación de lo "que tantas beces abemos oído a muchos ombres dotos y graves, que fue este monasterio en tiempos de los godos i que perdida España conservo su oserbancia a pesar de los conquistadores, ilustrandola sus hijas con gloriosos martirios, como a otros de Andalucía". Se sabe, y es lógico, que hubo monasterios durante la época visigoda, pero después de cinco siglos de dominación musulmana, no hay ninguna noticia cierta para poder afirmar que precisamente en este lugar existió uno.
     Después de este inciso, la cronista nos cuenta que también en tiempo de la abadesa Dña. Isabel de Argomedo se escribió un libro de canto llano "de que an quedado reli­quias", y habla de cartas de profesiones de monjas, exis­tentes también cuando ella escribe, "de los años mil y trescientos", en las que es la abadesa sin autorización del prelado quien las recibe, y añade que esto sigue así hasta 1334, no 1322 como dice Arana de Varflora, siendo abadesa Dña. India Ruiz de Ribera, hija de D. Fadrique Afán de Ribera, Adelantado de Andalucía. Hasta entonces, que "dieron obediencia a los señores arzobispos de esta iglesia", las abadesas firmaban todos los documentos, teniendo solamente que obtener el consentimiento (voluntad, dice) de las monjas capitulares.
     No parece haber en el convento muchas noticias de largos períodos de su historia, pues de 1334 saltamos a 1448, en que fue elegida abadesa la señora Dña. Catalina de los Ríos, cuya abadía dura hasta 1487, es decir, treinta y nueve años. Después de ella "parece haberse perdido en esta casa el uso de escribir cosas notables della i se continuo hasta nuestro tiempo, hallando solamente lo que esta señora nos dice del suio en un libro escrito a mano". Esto, y la pérdida de muchos papeles importantes, hará que nuestra historiadora tenga que valerse "de la benerable tradicion de nuestras ancianas", que dan crédito "de haber echo nuestro Señor continuamente grandes misericordias a nuestras monjas". De ellas procede la tradición "de la imbencion milagrosa de la antiquisima imagen de Ntra. Señora de marmol". Esta preciosa imagen con el título de la Antigua, que la comunidad veneraba en el coro bajo, y por ella llevada a Toledo, donde se conserva, la describiremos al hablar del lugar donde la situaron. La tradición es similar a la Virgen de la Hiniesta: fue hallada, en este caso en el tronco de un árbol hueco, después de la Reconquista, por lo que se supone escondida por los godos ante la invasión musulmana. Esta tradición también la recoge Morgado. Pero, como en el caso de la Hiniesta, no cabe duda que es una bellísima talla gótica.
     Del libro escrito en época de Dña. Catalina de lo Ríos procede la noticia de un breve pontificio del año 1487 que les permite comer carne. Esta petición se hace por sufrir la comunidad graves enfermedades, achacadas a los ayunos de regla y continua asistencia al coro. Parece que hasta entonces duró la primitiva observancia, y desde aquí y hasta 1608 se mantuvo "pro forma" un refectorio aparte, llamado "del ayuno", que guardaban las oficialas y una novicia de coro, "de cada semana". Las religiosas que comían en este refectorio tomaban pescado los cuatro días a la semana que la comunidad tomaba carne. Se consuela la cronista de haber entrado en el convento cuando ya no se practicaba esta "permisión''.
     Entre las "apacibles antiguallas" que "se allan" en el libro escrito por Dña. Catalina, se nos cuenta "la gran de­voción" que los reyes y señores del reino tenían a este mo­nasterio, "enriqueciendolo i onrandole con grandes limosnas y dones preciosos que algunos duran asta oi". Destaca "un frontal y saia grande de brocado que la catolica reina Isabel mujer del rey D. Fernando el quinto dio a la imagen de Ntra. Sra. de estatura grande que esta en nuestro coro", ... "y ospedandose su magestad en nuestra clausura, que lo acia muchas veces por su debocion i favor grande que iço a esta prelada". Era Dña. Catalina, nos dice, hija del comendador de la Orden de Santiago Don Jº (Jerónimo?) Alfonso de los Ríos, y la califica como "eminente en religión y prudencia". Debía de serlo en grado sumo, pues "la obligaron los prelados" a que fuese al mismo tiempo (caso único que conocemos) abadesa de dos monasterios: las Dueñas -el suyo- y S. Clemente el Real "i ambos los gobernaba con alternatiba asistencia y tan importantes efectos que duró su prelacía lo quarenta que ia e dicho y consta de su libro".
El siglo XVII en el convento
     A partir de lo ya reseñado, comienza la historia del convento que ya está viviendo la narradora.
     Empieza por contarnos la fama de monjas de "mucha perfección y talento que tienen las de esta casa, por lo que han sido llevadas -lo hemos constatado en los conventos objeto de nuestro estudio- como fundadoras o reformadoras a los más calificados conventos de la ciudad, muchos lugares de Andalucía, Canarias y Portugal". Resume que en 150 años, han participado en veintiocho fundaciones, y, para que nadie lo dude, añade que al tiempo que esto escribe "están actualmente quatro monjas nuestras exerciendo tres fundaciones y una prelacía". Nombra los conventos: la Paz y la Encarnación -en Sevilla-, S. Plácido -en Madrid- y una reformadora "que ha restituido a la observancia" el convento del Monte Calvario de Paterna.
     De 1620 a 1625, en que se gana, el convento mantiene un pleito con la casa de Alba; exactamente "con el marqués de Villanueba, condestable de Navarra (navaRa, escribe) primogénito del Duque de Alba". El motivo del pleito fue la pretensión de la casa de Alba de "reedificar en nuestra iglesia una tribuna" a la cual tenían acceso directo desde su casa, situada justamente enfrente a la iglesia del convento. Esta tribuna "avia estado muchos años por inadbertida permision con notable deformidad del templo y otros inconvenientes que se seguian". La comunidad escribe al rey -Felipe IV- y a su confesor. El rey manda sea oída "la parte del combento en la justicia principal antes de restituir al condestable la posesión". Y ganan el pleito. La abadesa -Dña. Juana Cortés, la que mandó escribir la historia de su casa- hizo a su costa, para perpetua memoria de estos hechos, "levantar un retablo de la Pasion", en el que se colocó un cuadro de Cristo atado a la columna, que según tradición se veneraba en la sacristía del monasterio desde su fundación, aunque había sido mandado reparar recientemente por Sor Dionisa de Carbajal, "proporcionándose el aderezo a la cortedad de su caudal".
     Habla también de la gran inundación que sufrió la ciudad en 1626, y que ya hemos comentado al hablar de varios conventos que tuvieron que ser entonces desalojados­ Aquí vino la comunidad de concepcionistas del convento situado junto a la iglesia de S. Miguel. Este mismo año termina el mandato de Dña. Juana Cortés, y es elegida el 23 de julio la nueva abadesa, Dña. Constanza de Osorio. La elección se hace siendo Vicario D. Luis Benegas de Figueroa y Arzobispo de Sevilla D. Diego de Guzmán, "estando su ilustrisima en Madrid".
     En 1627 (7 de enero) se compran dos casas para derribarlas y hacer el jardín, "que asta aora no le habia i se deseaba como tan licita dibersion". Queda todavía sitio para edificar una casita, "conque fué poco costoso". También se hace campanario nuevo "i en el se puso la campana maior". Hace esta obra a su costa la abadesa, junto con otras obras menores que no se especifican.
     La buena situación económica del convento se confirma por las noticias del año 1628. Se nos dice fue terrible para España, "por temor a la baja de la moneda de bellón, que se publicó el 10 de agosto". En Sevilla "por más de cuatro meses estubieron los más días cerradas las tiendas y carni­cerías'',.pese a lo cual la comunidad no carece de nada de lo necesario.
     El año siguiente, 1629, termina su abadía -25 de julio-­ Dña. Constanza de Osorio y vuelve a ser elegida Dña. Juana Cortés ; Tampoco esta vez está presente el Arzobispo, au­sente "por aber ido a la jornada de Hungria acompañando a su reina la serenísima infanta Dña. María, donde murió". Por esta razón preside la elección el visitador, D. Rodrigo Caro. Es durante este mandato como abadesa cuando Dña. Juana Cortés "manda sacar los papeles del archivo", para iniciar la historia del convento que estamos siguiendo.
     Discretamente, no se nombra al mayordomo que en 1630 pasa "secretamente" a América, con gran quiebra económica para el monasterio, "abiéndole alcançado en más de veinte y seis mil reales de que con dificultad se pudo cobrar algo". Se nombra nuevo administrador a "D. Josefe de Madrid". En este año profesa una religiosa portuguesa, Dña. Catalina de Barderas, quien al ingresar aquí y al entrar en el coro y ver la imagen de piedra de la Virgen de la Antigua dice ser la que ella vio "antes" que le llamaba.
     En 1631, Dña. Micaela de Silva, autora del manuscrito que resumimos es elegida "clavera i secretaria capitular" Dios quiera -dice- sea acertada la elección, y el año siguiente, 1632, deja la abadía Dña. Juana Cortés, consiguiendo antes de cesar que se nombren "dos capellane­ maiores para el mejor servicio de la iglesia". La nueva abadesa se llama Dña. Lucrecia Ana de Andrada, que lo es en tiempo del "cardenal de Borja y Belloso, arzobispo de Sevilla", ausente entonces en Roma.
     Dña. Lucrecia nos parece de infausta memoria para la historia del arte pues durante su mandato, el año 1633, van a perderse totalmente las pinturas murales que adornaban el claustro y el refectorio. La reparación afectará a "las azoteas de los claustros i la claustra de la cruz que llamaban de los­ Reyes por estar en ella la imagen desos santos, porque antiguamente estaba toda la casa, asi lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en las paredes y con eminencia los claustros y el refectorio, de figuras tan grandes como el natural que hacían debota y hermosa bista". La historiadora afirma haber conocido algo, "pero tan biejo que apenas tenia forma i asi se deshiço, no se pudiendo recuperar por su excesivo costo". Añade que de esto se infiere cuánto más ilustre y rica fue la casa en los principios que en los tiempos que ella conoce. Pero a pesar de esta "decadencia", todavía era un convento con grandes propiedades, a juzgar por las rentas que recibe el año 1634: "en efectivo, 62.600 reales, habiéndose producido un aumento de 4.988 respecto a la renta recibida en 1631". El aumento se produce "en partidas nuebas", y "crecimientos de casas y cortijos que se arriendan". Además, recibe 492 fanegas de trigo procedentes de cinco cortijos que el convento arrienda: "Neblinas" (en Utrera), "Malaguncia" (en Carmona), "Casa Gallega", "Cerro de S. Andrés" y "Heras de Manzanilla". Aquí el aumento en tres años ha sido de 148 fanegas. Las rentas fueron suficientes, pese a la carestía de estos años y el gasto que supuso la obra de las azoteas y "la claustra de la cruz'', cuyo costo fue "más de trece mil reales".
     En 1634 muere Dña. Juana Cortés, quien había sido elegida abadesa por cuarta vez. Con motivo de su muerte, la comunidad acepta el patronato que había fundado en 1619 Dña. Isabel Gurea y Guzmán, enterrada "ante el altar del señor S. José que iço a su costa", y del que había nombrado albacea y única patrona a Dña. Juana.
     El 5 de noviembre de 1635, festividad de S. Malaquías, a instancia de algunas religiosas propuso la abadesa volver a rezar completo el oficio divino. Así se hace, mandando a la autora de la crónica que lo escriba para que quede constancia de ello. Dice también que esta vuelta se debe a ser la comunidad de la línea reformada del císter -es decir de la reforma de S. Bernardo de Claraval-, cuyos monjes -agrega- vinieron a través de D. Alfonso de Portugal, pariente de S. Bernardo, fundándose muchos monasterios en Aragón y Castilla. La opinión de pertenecer a esta rama parece con­firmada por los escudos antiguos que aún -dice- hay en la casa: "banda y braço con el báculo", y por fray Angel Manrique "monge y general de nuestra congregación y catedrático de Salamanca'', quien el año anterior visitó el convento.
     Otra religiosa, Dña. Ana María de Aripe, va este año -1635- a petición del Cardenal de Borja, como abadesa a un nuevo monasterio que se funda en Villamanrique.
     Mal año es este y el siguiente por falta de trigo en toda Andalucía. Las monjas tienen suficiente "y fue Dios servido que pudieron socorrer muchas necesidades". Comprueban una vez más la promesa evangélica del ciento por uno, aun en lo temporal, "porque este año redimió el monasterio veinte mil reales de tributo que abía impuesto sobre su hacienda".
     Dña. Beatriz de Alcázar, abadesa durante sólo nueve meses y doce días por rápida muerte, hace en su corto mandato obras: "se recobró el lavadero i demas servicios del convento i el patio de la puerta reglar".
     De 1638 data la compra de "las atahonas que son fronteras a nuestra iglesia", en 1.300 ducados. También y en vista de la buena marcha económica a partir del 14 de junio, en los cuatro días que se da para que coma carne la comunidad, se añade "dos uebos o doce maravedies". Noticia que claramente indica no hacer ya la comunidad las comidas en común.
     Pocos datos más va a dar Dña. Micaela. Uno de los últimos se refiere a ella: el cardenal Borja quiera mandarla el año 1639 como priora al vecino convento del Espíritu Santo, pero es la propia comunidad de las Dueñas quien pide al prelado en lugar de Arzobispo la deje quedar, deducimos que por ser experta en temas económicos. La ya última noticia es de 1648, cuando se arregla la azotea "que está en el patio de las señoras abadesas". En la misma página del manuscrito, se señala la muerte de la redactora y que no hubo quien siguiera su obra, que no se reanudará hasta el año 1768, es decir 120 años después.
El siglo XVIII: Ultimas noticias sobre un Patronato fundado por Juan de Mesa.
     La nueva cronista, cuyo nombre ignoramos, no co­mienza su labor hasta el año 1768 y no va a ser tan prolija como su predecesora. Aprovechando esta falta de noticias del siglo y a propósito de que es en los años 1722-1723 cuando se tienen las últimas sobre un patronato fundado por Juan de Mesa -denominado ahora "el mozo"- el año 1522, resumimos aquí los datos obtenidos sobre dicho patronato, recogidos en tres legajos existentes en Sto. Domingo el an­tiguo. El primero trata de la fundación por testamento, otorgado el 26 de febrero de 1522, ante el escribano público Pedro Fernández, "en la collación del Salvador en el mesón de los Peros", de una Capellanía. Por este testamento "Iohan de Mesa, hijo legitimo del bachiller Ioan de Mesa et de Maria Bolaños, su mujer, difuntos que Dios aya", manda que cuando ocurra su fallecimiento lo entierren en las Dueñas, "en la sepultura en que esta enterrado el dicho bachiller Ioan de Mesa mi señor padre", y ordena se digan por él tres treintenarios de misas "et se pagen por los dezir lo que es costumbre". También han de decirse por su alma "las treze misas de luz rezadas" y dar una serie de limosnas: a la parroquia del Salvador, por los sacramentos que en ella recibió y espera recibir, a Sta. María de la Sede, a la órdenes de la Merced y Trinidad, para redimir cautivos, y al hospital de S. Lázaro. Dota también con 8.000 marvedíes de renta al año la capellanía que funda, por la que deberán decir "veinticinco misas rezadas cada mes" y todos los domingos del año una misa cantada en honor de la Concepció­n de Nuestra Señora, "con diacono e subdiacono, organos e sermon e responsa con agua bendita". Nombra por patrón a la entonces abadesa Dña. Catalina de los Ríos, y luego a quienes le sucediesen en este cargo y manda a los albaceas vendan sus bienes para cumplir el testamento. Juan de Mesa declara tener dos hermanas monjas en el monasterio: Dña. Leonor de Mesa y Dña. Catalina de Bolaños, a quienes mientras vivan han de darse 3.500 maravedíes, y celebrar solamente la mitad de las misas por él mandadas. Sus hermanas y su tío Juan de Bolaños son los albaceas que deberán hacer cumplir su voluntad.
     No sabemos para qué fin, el año 1618 -3 de septiembre- el entonces capellán perpetuo de esta capellanía, "Joan Caro de Texeda, clérigo", comparece ante el licenciado Pedro de Alanís y Barrionuevo, teniente de asistente de la ciudad, manifestándole "tenían necesidad de un traslado del testamento por el cual Juan de Messa", difunto, "había fundado la capellanía". Pagados los derechos -doce ducados- le entrega la copia Juan Gallegos, sucesor entonces de la escribanía de Pedro Fernández, ante el cual había sido otorgado el testamento en 1522.
     Al llegar aquí queremos hacer un inciso: el escultor Juan de Mesa, nacido en Córdoba en 1583, se traslada a Sevilla, muertos sus padres, y entra en el taller de Montañés en 1606. Se casa en 1613 y muere en 1627. Puede ser casualidad que el año 1618, viviendo en Sevilla, pida una copia el capellán Juan Caro, del testamento de otro Juan de Mesa, fundador de su capellanía, pero quizás estas noticias indiquen dos cosas: que lo atribuido a Montañés en las Dueñas fuese realmente obra de Juan de Mesa, desconocido hasta época muy reciente -1882- y cuyas obras, hasta entonces, se atribuían a su maestro, Montañés, y también los orígenes sevillanos de la familia de este escultor.
     El último de los legajos referentes a esta capellanía -ahora se dice fundada por Juan de Mesa "el mozo"- es de los años 1722 y 1723. El entonces capellán de ella, D. José Florencio Romero, una vez concedidas las debidas licencias por la comunidad de su visitador, D. Jerónimo Nicolás de Castro, cede al convento un solar y las ruinas que en él existen, propiedad de la capellanía, situados "en la esquina de la plazuela del Buen Suceso" a cambio de un tributo perpetuo anual de 22 reales y 2 maravedíes de vellón. El convento se compromete a labrar allí una casa, que deberá estar siempre en buenas condiciones de habitabilidad, para lo cual el capellán, o quien él mande, tendrán derecho a visitarla.
     La escritura entre las partes se firma el 4 de febrero de 1723 y se dice hacer esta operación a petición del capellán a la abadesa, para que, habiendo dinero en el convento para hacerlo, no se pierda la capellanía. Esta es la última noticia que se tiene de ella.
     Siguiendo con la historia del convento en el XVIII, sólo tres noticias nos da la nueva historiadora. La primera se refiere a la donación en el año 1768 que hace a la comunidad el canónigo lectoral D. Francisco Villar, de "la Verónica que está en el coro bajo", costeando también el retablo y la gotera del crucifijo.
     Del año 1777 es la segunda de las noticias. Un catalán, D. José de Casas, hace el órgano del coro alto. Previene que, por muchos años que pasaran, no consintieran le clavaran o desclavaran nada, solamente sería preciso afinar clarines y orlos, y si a fuerza de años se destemplaran, "quitarle por de dentro el polvo de los caños". Por último, en 1788, el 12 de agosto, el Marqués de Villamarín dona una caja con reliquias que se colocan "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
El siglo XIX.
Entrada en el siglo: frustrada vuelta a la vida en común.
     La entrada en el siglo XIX coincide con la exaltación al trono pontificio de Pío VII, a quien escribe con este motivo la comunidad. Al año siguiente, una religiosa hace un legado para que se compren tres arrobas de aceite para la lámpara "del Señor que está pintado en la pared del noviciado alto''.
     Poco va a durar el primer intento de volver a la vida en común. Se comienza "en 30 de noviembre de 1803", con aprobación del Visitador D. Pedro de Vera. El problema fue que no todas quisieron volver a esta primitiva observancia, y pese a que se reparten las rentas del convento de modo que las que vuelven a la vida común tienen una depositaria que se encarga de administrar la parte que les corresponde de ellas, mientras que a las otras se les sigue dando lo que era entonces costumbre -consistente en carne, pan (la ración era media hogaza), aceite y carbón-. Las no partidarias de la vida en común ponen pleito a las que la observan, y el arzobispo Borbón decide suspenderla de momento y que vuelvan a la particular. Había -dice la cronista- treinta y dos monjas profesas, dos novicias y dos legas siguiendo la vida en común frente a diecinueve haciendo la particular. La vuelta a esta vida se produce el 23 de octubre de 1805.
     No hubo fricciones gracias "a la humildad y obediencia", de que dio ejemplo la entonces abadesa, Dña. Ger­trudis de Castilla.
La invasión francesa y sus consecuencias.
     No deja de ser una visión singular la que se narra, pues sólo se habla de los detalles que conciernen a las distorsiones que la invasión causa en la vida monástica. La nota que primero se destaca es el terror que produce, pues se espera la destrucción de los monasterios.
     A las Dueñas llega el 13 de agosto de 1809 una religiosa huida del convento cisterciense de Consuegra llamada Sor María Ignacia de la Purificación Zabala. Estará hasta el 4 enero de 1814, en que, acompañada de su familia vuelve a su monasterio. Aquí, "hizo varios oficios, de campanillera, y dulcera, y en todo cumplió muy bien".
     Narra también la entrada de los franceses en la ciudad, y que por miedo a las atrocidades que se contaban de las tropas, salen las monjas a ocultarse en casa de sus familiares. Las que pueden, marchan a Cádiz y Portugal. De las Dueñas, una sola se va a Cádiz y cuatro a Portugal, volviendo todas ellas -sin llamarlas, puntualiza- al terminar la invasión. Las que salen a sus casas, al ver que los franceses no molestan a las monjas, el mismo día 1º de febrero siguiente, vuelven (naturalmente, de 1810).
     Si bien las monjas conservan sus conventos (no ocurre lo mismo con los frailes), se ven sin embargo gravemente afectadas por las contribuciones que imponen los invasores. Según la cronista, se cargaron "eccesivamente" de modo que llevaron la mayor parte de las rentas, reduciendo el convento a la mayor pobreza. Esto, unido a la carestía de los alimentos -"la ogaza de pan blanco de tres livras costava 24 reales y el de rosca a 30, la carne estava escasa y costava la libra a 12 reales, los huevos a mas de 8 reales, el arroz a 6 reales la livra"- hace que la comunidad tenga que tomar una serie de medidas para no "morirse de hambre o salir del monasterio a mendigar por las calles". La primera que se toma es "cercenar las raciones". Se reduce al principio a una libra de pan y dos reales diarios, pero luego se baja a sólo un cuarterón de pan y, en vista de que ni aún esto era posible mantener, "se arbirró como ultimo recurso vender la plata que havia para el culto, que era mucha". "Havia un altar magnífico de plata, parecido a el de la Catedral y una custodia de tres cuerpos, primorosisima, muy celebrada de los inteligentes". Creemos ser ésta "la riquisima custodia de plata de tres cuerpos labrada por el famoso artifice Francisco de Alfaro", que Tassara nombra como una de las joyas que poseía la comunidad y cuyo paradero ignora. También se venden, lámparas, "multitud de candeleros", misales etc., "todo se vendió para dar esta ración a las monjas", y, lo que es más doloroso: se vende a peso; "pagaban -dice- a catorce reales la onza, no más".
     En una de estas ventas, al traerles el producto de ella -30.000 reales- fueron decomisados "por una ronda de espa­ñoles coaligados con los franceses". La comunidad acude "al mariscal francés -Soult- y al conde de Montarco -Comisario regio- y les devuelven el dinero a pesar de que "pasó por varias manos, todas a cual peores, de avarientos, codiciosos y por decirlo de una vez, los mas famosos ladrones".
     Además de estos tristes acontecimientos relata nuestra historia algo que no sabemos hasta qué punto fue realidad, pero que sin duda debió influir en que la comunidad, en lugar de unirse a la también cisterciense de S. Clemente el Real, decida marchar a Toledo el año 1912. Sucedió en el 1811. Parece que las autoridades francesas, según la cronista, "trataron de derrivar este monasterio para hacer una plaza". Incluso hay quien les asegura que ya había comprado al­guien los posibles materiales de derribo "por muy bajo precio", aunque el proyecto no llega a realizarse, por "averse ido de la ciudad el que estaba empeñado hacer este sitio una plazuela". El mismo año, se trata de reunir -dice- en las Dueñas a la comunidad de S. Clemente. Esta comunidad hizo "lo imposible" para que la reunión fuese en el suyo. Al fin, los franceses deciden (único dato comprobado) hacer un fuerte en el monasterio de S. Clemente. La abadesa de aquí escribe a la de S. Clemente para que se vengan, pero "no quisieron admitir la oferta y se pasaron a Sta. Clara". Todo esto, que debió ser en su mayor parte producto de habladurías, pudo influir en cierto resquemor entre las dos comu­nidades, que quizás sin motivo real suficiente hacen "lo imposible" para que sea la otra la comunidad suprimida.
     Terminamos esta exposición de la vida del convento durante la etapa de la invasión francesa en Sevilla, única desde dentro de los conventos que hemos encontrado (salvo la alusión a las joyas vendidas en el de la Concepción de S. Juan de la Palma), por lo que nos ha parecido interesante relatarla con todo detalle. No es difícil concluir que lo mismo que aquí debió tener que hacerse, para subsistir, en todos los demás, por lo que deducimos que entonces, pese a la no supresión de las órdenes femeninas, debió comenzar la decadencia económica de sus conventos.
     La abadesa que gobernó las Dueñas durante estos difí­ciles años fue Dña. Manuela Ventura y Martínez, y, vuelto el rey el año 1814, la comunidad le felicita por carta, que Fernando VII agradece. También escriben a Pío VII, que vuelve al Vaticano del cautiverio a que fue sometido por Napoleón.
El trienio constitucional y la desamortización de Mendizábal.
     No pasan desapercibidos tampoco los sucesos ocu­rridos en España durante el trienio constitucional (1820 - 1823). Se anota en 1820 que hacen jurar al rey la Constitución y se coloca el 10 de marzo la placa que se había arrancado en 1814 y también que el 13 de junio de 1823 se vuelve a quitar la lápida de la Constitución. Durante estos tres años, "nos cargaron muchas contribuciones y también trataron de reunión por dos veces... Dieron también un decreto dando facultad a todas las monjas para que saliesen y mandando que se fijase en el sitio más público del monas­terio y así se hizo". Además lo hacen leer a la comunidad. Añade que estas medidas se hicieron cumplir en todos los conventos, pese a lo cual, de aquí no salió ninguna, y de otros "algunas, aunque pocas". Fijan el decreto "en el patio del palacio".
     Pasados estos tres años, sin duda mejora algo la si­tuación económica conventual y se hacen diversos gastos. El 8 de diciembre de 1823 se estrena un manifestador nuevo, para sustituir al altar de plata vendido durante la ocupación francesa de Sevilla. Cuesta el nuevo manifestador 139.160 reales. También se estrena este mismo día una cajonería para la sacristía "de caoba enchapada y sus espejos y tarima": supone un gasto de 3.866 reales. En 1824 (19 de marzo) se estrenan dos confesonarios, hechos con muebles que se tenían de un embargo, y, pocos días más tarde (24 de marzo) dos arañas de cristal, esmalte y hojalata para los ángeles lampareros. Estas arañas y el manifestador las hace D. Manuel Villarica, mayordomo del convento.
     Y ya comienza la última etapa de este monasterio. En 1841 se relata lo ocurrido en 1837. Con una sola frase: "despues de avernos quitado todas las rentas y caudal en febrero de 1837...", parece que "en 841 (1841) se empezó a desir y temer con algun fundamento, nos querian echar de nuestros conventos, aviendo sospechas fuera con tropelía". Se produce entonces una triste historia. La abadesa, Dña. Catalina Pacheco, entrega, por miedo a lo que pueda ocurrir, a persona de toda su confianza "las alhajas y plata del culto que todavia quedaba en el convento". Resultó la persona infiel a la confianza que se había depositado en ella, y empeñó en su provecho todas las joyas entregadas en el Monte de Piedad. Después de un largo pleito en que se gastaron 18.233 reales, la comunidad recobra todo lo perdido en octubre de 1848. No se dice cuáles fueron "la prendas rescatadas", "porque todo consta de los documentos", que quedan archivados. Es posible el pago de este pleito para rescatar las joyas gracias a la herencia de una religiosa (15.000 reales) poniendo la abadesa lo restante, "de lo que a covrado de las pagas de las muertas".
La larga agonía del convento
     El último de los legajos dedicado a la historia del convento comienza a escribirse el año 1868. Se titula "Memoria de la Sta. Comunidad de Sta. María de las Dueñas de Sevilla" y comienza así: "En el año 1868, sabado 10 de octubre a las cinco de la tarde, con motivo de la Revolucion fueron reunidas esta comunidad de las Dueñas en el monasterio de Sta. Paula, Orden jeronima; siendo priora Rda. Trinidad Dia". Con más detalle se narra esta llegada en el libro de actas de Sta. Paula. La clavera certifica la entrada clausura de las veinte religiosas que entonces componía la comunidad de las Dueñas, de la que era abadesa Sor María de los Reyes Morales. Las acompañaba D. Antonio Rodríguez Moreno, canónigo magistral de la S.I.C, el Visitador general, D. Fernando Martínez Conde, y el párroco de S. Juan de la Palma, D. Juan Reina. Aquí permanece durante nueve años. Durante su estancia muere la abadesa y siete religiosas más: se conserva en Sta. Paula una lápida bajo la cual están enterradas estas ocho religiosas, y también el acata levantada el día de su marcha: "el 24 de agosto del año de fecha (1877) a las cuatro de la mañana salieron de este monasterio la comunidad de religiosas de Sta. Maria de Dueñas", acompañadas del párroco de S. Román, D. Francisco Garcés, el secretario de la visita de las religiosas, D. Manuel de la Oliva, el sacerdote D. Manuel Caldera, y la Marquesa de S. Gil. Se apunta como en el acta de entrada el nombre de todas las religiosas, que ahora han quedado redu­cidas a doce, siendo abadesa Sor María de la Salud Mellado y Romero. Esta acta la firma la clavera de Sta. Paula, Sor Aniceta del Patrocinio Olavarría.
     La comunidad de las Dueñas sale de Sta. Paula para trasladarse a S. Benito de Calatrava, antigua residencia de los caballeros de esta orden, cuya casa e iglesia "con rectísima intención y con una benignidad de eterno agradecimiento" les concede el prelado de la diócesis. El edificio estaba en malas condiciones, y hay que repararlo y conseguir agua potable -que no tiene-. Para todo esto la comunidad tiene que recurrir a "personas piadosas" y vender "lo que nunca hubieramos enagenado ni aun para alimento de nuestro cuerpo: vasos sagrados, viriles, ornamentos y relicarios y contrajimos crecidas deudas que no hemos podido satisfacer". Pero la casa no reúne las condiciones adecuadas. por la proximidad al río -se arriaba casi todos los años- y sus cimientos estaban en malas condiciones. También sienten el alejamiento "del domicilio de ilustres y honrados bienhechores". Durante su estancia aquí muere una religiosa, pero entran cinco. Después de siete años, el 15 de octubre de 1884 se trasladan a una casa de la calle Lista, nº 12, comprada por la entonces abadesa Mª Jesús Pichardo, "no muy grande, pero estaba junto a la iglesia de Montesión, que fue de los Padres dominicos, exclaustrados, y tomando salida de la casa por medio de un pedazo hicieron el coro que era hermoso y muy alegre". Por desgracia en la calle Lista se encuentran con la misma dificultad de S. Benito de Calatrava, que les habían ocultado: se arrían los cimientos y tiene que pasar al coro y refectorio por borriquetes. Están aquí hasta el año 1909, entrando durante este período nueve religiosas más y cinco hermanas. Tienen que abandonarla porque, debido a las riadas y temblores de tierra, la casa sufre mucho, y, al ser reconocida por el arquitecto de la Mitra, éste comunica al cardenal Almaraz el mal estado en que se encuentran. Ahora se trasladan a Sta. Inés, cuya abadesa era la M. Gil de Sta. Cruz.
     La casa de la calle Lista se vende el 25 de septiembre de 1911 en 160.000 reales, pero les entregan en efectivo sola­mente 28.000, pues el resto se los reserva el comprador para pagar derechos del Estado producidos por el fallecimiento de la M. Sor Isabel Giménez, que figuraba como propietaria, "más los gastos de la venta".
     Pasados casi tres años en Sta. Inés, y sin esperanza de encontrar nueva casa, pues aunque acuden al prelado para que les ayude, éste dice no tener medios para hacerlo, reciben una carta de la abadesa de Sto. Domingo de Silos (el antiguo) pidiendo a la abadesa de las Dueñas que mande 2 ó 3 religiosas con buen espíritu, por tener entonces aquel monasterio solamente once religiosas. La contestación es que o van todas, o ninguna, y al decirles que eso era lo que deseaban, emprenden viaje, el 9 de mayo de 1912. Llegan a Toledo el día 10, por la mañana, día que podemos considerar como el de la extinción del monasterio.
Vicisitudes del edificio, una vez desalojado por sus moradoras.
     Con una rapidez extraordinaria se va a demoler casi totalmente el convento. Recordemos que la salida de las religiosas hacia Sta. Paula, entre gritos agresivos, se realizó el 10 de octubre de 1868. Pues bien, en un certificado del Cabildo municipal con fecha 17 de octubre el Sr. Casanova expone "que tanto para amparar a un crecido número de jornaleros que carecían de trabajo, como para completar la reforma emprendida por el concejo al demoler el ex-convento de S. Felipe de Neri, se principió a derribar el de las Dueñas luego como la evacuaron las monjas acojidas a este monasterio". El alcalde encarece la urgencia de la mejora "por deber de ensanchar el tránsito lóbrego y angosto que formaban los muros elevados de ambos edificios por sus cuatro esquinas a la calle Gerona", reconoce que autoriza a obra "para mantener ocupados a los braceros (empleados municipales) hoy sin empleo en sus tareas ordinarias'" dispone que "este gasto se cubriese con el producto de la venta de los materiales procedentes del derribo o en su defecto, se librara del capítulo de imprevistos".
     Con la misma fecha del anterior -17 de octubre- en otro certificado, se leen las instrucciones sobre la parte del edificio que debía ser demolido. En total se harían tres cortes: "el primero, en el trozo del edificio lindante con los jardines de D. Fernando Halcón y Mendoza, para prolongar su fachada en dirección recta hasta el ángulo más saliente de la iglesia del referido monasterio, o sea a la izquierda del altar­ mayor en la calle de la Inquisición", el segundo, más pequeño, "desde la puerta de entrada de los libratorios de las Madres, en la calle Gerona", y el tercero, "de cinco o seis varas de latitud, en el muro contiguo al convento de la Paz en sentido paralelo a la línea primeramente descrita". Se trata como vemos de ensanchar el último tramo recto de la calle Inquisición -hoy Dña. María Coronel- y también la calle Gerona (antes Sardinas).
     Termina diciendo el certificado que, a pesar de esta pre­cisión en lo que debía ser derribado, cuando el Sr. Casanova, visita el lugar, ve "con asombro", que desatendiéndose por completo sus mandatos, aparecía destruido "la mayor parte del edificio, disminuyendo considerablemente su valor en venta, por habérsele privado sin necesidad de suntuosos locales y aumentado los costos del derribo". Volviendo atrás­ unos días, hemos de aclarar que el expediente abierto sobre el indebido derribo de las Dueñas -único de los conventos incautados por la Revolución de septiembre del que no se levanta acta de incautación-, se incoa ante la reacción pública que provoca su bárbara destrucción y la desaparición. Dios sabe de cuántas obras de arte -retablos, imágenes, cuadros, etc.- que atesoraba. Es tal el escándalo, que el Ayuntamiento decide aclarar el tema y pedir responsabili­dades. Naturalmente, el expediente las aclara, pero lo perdido, ya no tiene remedio.
     Resumiendo, las prisas por derribar el edificio se deben al "excesivo número de braceros que clamaban por trabajo al municipio". Así lo dice el alcalde, D. Juan del Castillo, al urgir a D. Joaquín Casanova, encargándole se ponga rápida­mente de acuerdo con D. Laureano de la Concha, presidente de obras públicas del Ayuntamiento para que decidan que partes de edificio se deben derribar. Las monjas dejan el convento en la tarde del sábado 10 de octubre y el derribo comienza el lunes, día 12, y es que el mismo sábado 10, "se invirtieron de las arcas de propios 5.468 reales", y, "aún así son todavía muchos los que imploran la caridad del Ayuntamiento". Lo que "apetecen" y piden, es pan. Todo esto lo dice el alcalde.
     D. Joaquín Casanova y D. Laureano de la Concha in­tentan conciliar la necesidad de dar trabajo con los posibles beneficios de la venta del edificio, "teniendo en cuenta que se vende mejor lo edificado que lo derribado, y el costo del derribo" (para nada se habla del valor artístico).
     Será D. Joaquín Casanova, "iniciador de la reclamación de los abusos", junto con D. Teodoro Muñoz, "ecónomo de la corporación'', y D. José Gabriel Domínguez, secretario, los encargados de aclararlos. Toman declaración al arquitecto municipal D. Manuel Galiano y al aparejador D. Juan José Barrera. El arquitecto reconoce bajo juramento estar informado de los cortes que debían hacerse al edificio y dice haber dado órdenes al aparejador, quien distribuyó las cuadrillas de obreros. Reconoce que poco después de reti­rarse el Sr. Casanova del lugar lo hizo él, no volviendo hasta el jueves -tres días después- y este día no entra pues al preguntar si hay novedad le dicen que no. Al interrogarle sobre cuáles fueron las causas del exceso, declara que los operarios no obedecían al jefe y "derribaban por donde les parecía a su capricho''. A la pregunta de cuántos obreros trabajaban en el derribo, contesta que el lunes -día del inicio- eran 150, "elevándose después el número, de 450 a 500". Este número, a todas luces excesivo e incontrolable "fue para atender a los que llevaban tarjeta de los alcaldes de barrio e individuos del ayuntamiento y de la junta revolucionaria, cuyas recomendaciones tenían orden de atender porque así lo dispusieron sus jefes''.
     La comisión, una vez inspeccionados los derribos, re­suelve y aunque dice haber versiones diferentes, está claro que el arquitecto municipal D. Manuel Galiano es el principal responsable "de los daños y perjuicios irrogados por el escandaloso abuso cometido en los derribos de las Dueñas''. Es destituido el 26 de octubre.
     En una certificación acerca de lo vendido en el derribo de las Dueñas -recordemos se había programado pagar a los trabajadores con esta venta- se apostilla: "advirtiendo que no dejaría de haber desaparecido algunos enseres en los distintos tumultos de los trabajadores y en diferentes fracturas ocurridas en los candados o cerraduras de las habitaciones". También dice que aún hay sin vender "algunos restos de tableros y relieves dorados" y reconoce que los gastos "habrán de subir a un guarismo no exiguo" por haber obligado la necesidad a admitir a mayor número de obreros que el necesario.
     Por si las circunstancias no hubieran sido lo bastante adversas para el edificio, el 3 de diciembre se suprime la guardia de milicia ciudadana "existente en los derribos de las Dueñas y S. Felipe", "por imponer el pago de haberes un gravamen no exiguo a los escasos recursos de propios", señalándose solamente dos guardias municipales nocturnos a este fin.
     Del celo que ponen los trabajadores en el derribo, nos da una idea las quejas de un colindante, gracias a las cuales sabemos un dato más sobre el desaparecido convento de la Paz, con el que lindaba una manzana de las dos incompletas que ocupaba las Dueñas. D. Joaquín Casanova -sin duda el mismo munícipe encargado de determinar el año anterior la parte del convento que debía derribarse, "propietario del ex-convento de la Paz, lindante por la espalda con los derribos del convento que fue de las Dueñas"- pide el 28 de febrero de 1869 que le paguen los deterioros que su finca sufrió a causa de ellos. No sabemos si lo consigue, aunque apostaríamos que no.
     En el boletín del miércoles 2 de junio de 1869, sale a la venta el convento, haciendo tres lotes. El primero com­prende el núcleo primitivo lo deducimos por sus límites: calle Gerona (por donde se entraba), plaza del Espíritu Santo y calle de las Dueñas. Su superficie: 2.634 mt2, "distribuidos en grandes patios, habitaciones, iglesia, parte en ruina y el resto demolido". En el lote no entran los azulejos "que por su mérito artístico son dignos de conservarse en el museo provincial''. De la superficie se ha descontado ya "la nueva calle''. El precio en venta: 36.425 escudos, o bien 730 en renta.
     El segundo lote -1.848 mts2., 40 dcms.- es el colindante con el ex-convento de la Paz, lindando además con Bustos Tavera, Gerona y casas de la calle Inquisición. Se tasa en 12.840 escudos en venta.
     El tercer lote, con entrada por la calle Gerona, "linda a la derecha con casas de esta calle, por la izquierda con Dña. María Coronel y por su posterior con un jardín de esta­ misma calle". Mide 970 mts., 49 dms., y se tasa en 6.570 escudos -en venta- ó 365 en renta.
     Creemos que Francisco Domínguez Carrasco, citado por Suárez Garmendia como comprador del convento en el año 1871 y que ese mismo año construye casas en su solar, debe serlo solamente de uno de estos tres lotes. Pero debió venderse todo y pronto. Lo deducimos de la "exposición" ya citada que las monjas de las Dueñas, residente entonces en S. Benito de Calatrava, envían al Director General de propiedades y derechos del Estado el 8 de diciembre de 1879, escrito realmente patético en el que no piden se les devuelva el convento -que no existe- sino "indemnización", para "ver el modo de ampliar su actual residencia". Nada consiguen. No sabemos si cobrarían las "ocho mil cincuenta y dos pesetas" en que el Ayuntamiento valora los 847 m2 incorporados de su solar a la vía pública, indemni­zación acordada en sesión de 22 de febrero de 1884, y de cuyo acuerdo, existe un certificado expedido el 21 de enero de 1885.
Destino de los retablos y objetos artísticos que atesoraba el Convento.
     Como "borrón indeleble de la historia de las bellas artes, con mengua del nombre español", califica la comisión de académicos de Bellas Artes la bárbara destrucción del convento de las Dueñas. Su informe está fechado el 8 de noviembre, lo que parece nos da pie para pensar que, en este caso al menos, no se procedió con la urgencia necesaria. mucho más si pensamos que era conocida la riqueza artística del convento, aunque reconocemos que no hubo mucho tiempo entre la marcha de la comunidad -sábado por la tarde del 10 de octubre- y el comienzo del derribo el lunes día 12.
     Tassara recoge el informe que hace la comisión de académicos sobre lo que allí quedaba todavía, después del desastre, y debía salvarse y llevar urgentemente -¡ahora!- al Museo. Afirman que se han vendido como leña dos artesonados "ponderados por los escritores de nuestras antigüe­dades". Se refieren a los que cubrían el salón llamado de Isabel la Católica y el de la escalera. Dicen también que retablos atribuidos a Montañés han servido para alimentar hogueras.
     En cuanto a los retablos de su iglesia -de la que publica una fotografía en la que se ve prácticamente destruida-­ nombra una serie de "fragmentos de retablos" o medallones, procedentes del retablo mayor -que erróneamente atribuye a Montañés- llevados, en este último caso al Museo, y con los que se compone, en el primero, varios retablos: cinco, existentes en Sta. Marina, hasta que perecieron en el incendio de esta iglesia el año 1936, y con trozos de otro "buen retablo", llevado primero a S. Marcos, se hace el dedicado a Sta. Teresa, situado en la capilla de S. Francisco de la Catedral.
     Recomienda también la comisión llevar al Museo "el zócalo que forma los asientos del coro bajo" y "todos los santos pintados en azulejos del patio principal" y, por un oficio dirigido al provisor del Arzobispado, firmado por el presidente D. Miguel de Carvajal, insta a la autoridad eclesiástica a que recoja, para poner en otros templos, los restos de retablos -que atribuyen a Montañés- pidiéndole también que acepte la colaboración de una comisión de ar­tistas cuando llegue el caso de darles colocación. Este oficio tiene fecha de 9 de diciembre.
     Pasando por alto el ridículo inventario de los objetos procedentes de las Dueñas que ingresaron en los almacenes municipales el 18 de diciembre, veamos lo recogido por el Arzobispado y su paradero.
     Se nombra en primer lugar "un altar mayor dorado en mal estado e incompleto, faltándote los altos relieves que parece cogió la comisión de la academia para el Museo" (así fue), y a continuación "dos altares dorados en mal estado, faltándoles muchas piezas". En el margen se dice que todo esto se llevó a Sta. Marina, y ya sabemos que con todo ello se hicieron cinco retablos, hoy perdidos.
     A Castilleja se va "un altar pequeño, pintado de jaspe y medias columnas". Por el recibo que firma el párroco el 16 de enero de 1869 sabemos lo era de la iglesia de Ntra. Sra. de la Concepción y va, junto con otro de madera sin pintar, procedente del convento de Sta. Ana. Otro que no figura en el inventario, dorado, lo pide el párroco de la iglesia de Santiago, también de Castilleja. Se le entrega el 9 de abril de 1869 (lo pide el 12 de noviembre de 1868). No abemos si se utilizó como retablo mayor, pues en la petición dice necesitar "un retablo no grande de dimensión, pues el actual es viejísimo, raquítico y miserable para la categoría de la iglesia", declarada matriz -dice- hace dos años. Debido a los escasos datos sobre estos retablos, no hemos podido identificarlos. Figura también en el inventario otro retablo pequeño "pintado y algún dorado, destrozado", que se lleva a Mairena del Aljarafe. Dos pequeños, "uno pintado que estaba en la puerta del coro" y "otro también pequeño, dorado, destrozado" se conceden a petición de la Sra. Rull, de Cartaya. El cura del pueblo firma el "recibí" el 12 de febrero de 1871. Dña. María Cordero Lucena, de el Puerto, se lleva "un altar pequeño, también dorado". Y a otro señor -de nombre ilegible- se le entrega "un altar pequeño dorado que se encontraba en el coro".
     Incluye también el inventario citado una serie de objetos, procedentes del convento, con los siguientes destinos: "dos ángeles lampareros muy rotos", a S. Hermenegildo, "cuatro atrileras de un pie", a la Rinconada, y a S. Lázaro "2 triángulos del monumento", "un tabernáculo pintado figurando piedra" y varias cornisas que suponemos pertenecían a retablos destrozados.
     En una carta que la M. Dolores Márquez escribe a D. Francisco Florens, encargado de los objetos de culto de las iglesias suprimidas, fechada el 13 de julio de 1869, dice: "ya ve Vd. que hemos elegido el altar de las Dueñas que era destinado a S. Juan Bautista, porque hace mucha falta en esta iglesia".
     De otros dos retablos, encontramos la petición y con­ cesión, aunque no la firma del recibí. Uno de ellos "sin efigies" lo pide D. Manuel León Villalobos el 4 de diciembre de 1868, y se le concede el día siguiente. El segundo "que se encuentra en el que fue coro del Monasterio de las Dueñas" lo pide Dña. Amparo Cortés y Luna, directora del colegio de señoritas de la Inmaculada Concepción, en la parroquia de Sta. Cruz, pero este altar lo pide luego Dña. Francisca de Borja Rull que tenía "afecciones a la extinguida iglesia de religiosas de las Dueñas" y dice que Dña. Amparo "la actual poseedora" no tiene inconveniente en cedérselo. Ignoramos si se hizo este traspaso.
     En la petición de un órgano que hace el cura de Mairena del Aljarafe leemos: "y como quiera que los que pertenecieron a las Dueñas hayan sido destruidos...".
     También, desde Sta. Paula, la comunidad hará una serie de peticiones reclamando objetos de propiedad particular de las religiosas. El 3 de noviembre de 1868 Sor Juan Osuna, monja de las Dueñas "hoy en Sta. Paula", pide una imagen de la Virgen, con el Niño en brazos, de tamaño natural. Se le contesta que "no aparece". La abadesa, Sor María de los Reyes Morales Gallegos, el 20 de noviembre reclama varios cuadros, dos retablos "del interior del claustro de dicho monasterio", "una efigie de Ntra. Sra. del Rosario", que dice estar en el convento de la Purísima Concepción de S. Juan de la Palma, parte del órgano, las campanas y una pila de mármol. En la solicitud figura un "entréguese" con recha 17 diciembre de 1868.
     El 5 de diciembre, la abadesa y comunidad piden "dos­ altares dorados que están en el coro bajo y fueron costeados por una religiosa", que necesitan "para las imágenes que los ocupaban". Se les conceden el día 9. También piden varios cuadros. De ellos figura "no se ha hecho la entrega", aunque se acuerda hacerla el 12 de diciembre. En total, son cuarenta y ocho los cuadros reclamados.
     Para terminar, reproducimos la lista de los objetos procedentes de las Dueñas que todavía existen en Sto. Domingo el antiguo de Toledo.
        I. La Virgen de la Antigua (siglo XIV, alabastro cromado).
        II. Nacimiento grande, compuesto de seis piezas de­ madera estofada (siglo XVIII).
        III. Dos Niños Jesús de talla.
        IV. Vacío de plomo del Niño Jesús (atribuido a Montañés).
        V. Niño Jesús de Barro.
        VI. Ecce Homo grande.
        VII. Ecce Homo pequeño.
        VIII. Imagen de la descensión del Señor de la cruz a brazos de la Virgen.
        IX. Anforitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
        X. Macetitas de plata con flores de abalorios y otras cuentas (siglo XVIII).
        XI. Algunos candelabros.
        XII. Cuatro blandones grandes de madera con pan de oro (siglo XVIII).
        XIII. Jaulita de nogal con alambritos de plata (si o XVI).
        XIV. Algunos cálices y ornamentos sagrados. Del palio -muy rico- se hizo un terno.
        XV. Cogulla negra de S. Benito, bordada en oro.
        XVI. Cogulla negra bordada en oro, de Sta. Gertrudis.
        XVII. Cogulla blanca bordada en oro, de S. Bernardo.
        XVIII. Manto pintado de la Virgen de la Antigua, representando la aparición de ésta al pastor.
        XIX. Cuadro del Nazareno (Señor de Completas).
        XX. Imagen pequeñita de la Virgen del Amparo.
        XXI. De las tablas del órgano se hizo un confesionario.
     Esta relación está hecha por las actuales religiosas de Sto. Domingo el antiguo, quienes recuerdan se habían vendido algunos objetos más procedentes de las Dueñas para poder subsistir después de la guerra de 1936.
Descripción del edificio. 
La iglesia.
     "Está como todas las de las Monjas dividida por rejas para los coros y forma capilla mayor un arco grande. La techumbre de la nave es de armadura de madera". Era pues de una sola nave "no muy grande" y "su portada no tiene más que unas pilastras". González de León dice también que la iglesia estaba frente a la casa de Alba, noticia que conocíamos a través del pleito que sostuvo en el XVII el convento con el primogénito de la casa por un pasadizo que permitía el acceso directo desde ella a una tribuna de la iglesia, y que entonces se suprimió. Ya veremos que en esta calle estaba la puerta del templo, lateral y situada en el lado del evangelio.
RETABLO MAYOR
     Debía ser magnífico a juzgar por los elogios de quienes lo describen, sin conocer sus autores: "de muy buen estilo" lo califica Ponz y González de León "del buen tiempo de las artes", quizás por ello fue tenido por obra de Martínez Montañés. Hoy sabemos que fue obra, documentada, de Jerónimo Hernández, quien lo contrata con la abadesa y monjas de las Dueñas el 19 de junio de 1581. No lo termina -hace la arquitectura, cuatro imágenes y varios medallones-. Su viuda, Luisa Ordóñez, traspasa, con otras obras inconclusas, a Andrés Ocampo "siete historias y cuatro figuras redondas que faltan para el retablo del Mo­nasterio de las Dueñas", el 2 de octubre de 1586 y en su testamento, el 2 de julio de 1593, afirma tener pagados a Andrés de Ocampo "la cantidad de maravedíes en que se concertó conmigo por la escultura que me hizo del retablo del monasterio de las Dueñas"... La pintura, dorado y estofado de este retablo fueron obra de "Basco de Perea e Juan de Sauzedo", quienes otorgan carta de pago el 10 de mayo de 1590, y será Juan de Oviedo quien lo ponga y asiente. Este último da carta de pago a Luisa Ordóñez el 1 de agosto de 1593.
     Por el contrato, y lo que del retablo dice González de León, podemos describirlo así: De dos cuerpos, con calles, separadas por columnas corintias. En la calle central del primer cuerpo, estaba la escultura de Ntra. Señora del Císter, titular del convento, "de bulto entero". En el segundo cuerpo de esta calle central, "un buen relieve de la Asunción de Ntra. Señora" y en el ático -"el óvalo del remate"- la figura de Dios Padre. Los relieves de la calle central eran "de bulto entero".
     En las calles laterales cuatro relieves "de medio bulto" y una serie de figuras -sibilas, profetas y evangelistas-, adornando los intercolumnios.
     Tanto en éste como en los pocos contratos que se conservan de retablos del convento hay una insistencia ma­chacona en la perfección y riqueza de los ornatos "anssi de la arquitectura como la escultura".
     Los relieves conservados en el Museo representan: la Anunciación; la Sagrada Familia (ambos atribuidos por Hernández Díaz a Andrés Ocampo); S. Plácido, su degollación; una Santa Faz y un trozo de zócalo con la representación de dos santos de medio cuerpo, y ya sabemos que lo salvado de su arquitectura ardió en Sta. Marina el año 36. Desconocemos el paradero de Sta. María del Císter, que suponemos sería una de las esculturas que dejó labrada Jerónimo Hernández. Como suposición queremos aportar que debió ser una Virgen sedente con el Niño en brazos -en este caso parecida a la Virgen de la Paz del mismo autor que hoy se venera en la iglesia de Sta. Cruz- pues insistentemente, en los pergaminos miniados de profesiones de monjas, aparece una Virgen con estas características que al no recordar en absoluto a la Virgen de la Antigua -existente y de gran devoción en la comunidad- pensamos debe tratarse de ver­siones aproximadas a la titular del convento, Sta. María del Císter.
OTROS RETABLOS
     Había tres en el lado de la epístola y dos en la del evangelio, donde además estaba la puerta de la iglesia. González de León nos proporciona noticia y lugar de todos ellos. Ponz y Amador de los Ríos sólo nombran a los dos dedicados a los Stos. Juanes, como de buena escultura, aunque de autores ignorados. Arana de Varflora destaca el altar del Sagrario.
     Comenzamos la descripción de estos retablos por el lado de la epístola y el más próximo a la capilla mayor. El primero estaba dedicado a S. Juan Evangelista. Descono­cemos su autor. Sólo sabemos pues que era un buen retablo a juicio de los que lo vieron.
     El segundo, "de muy buena arquitectura, en el que entre otras imágenes hay dos muy buenas de los Patriarcas de la religión del císter, S. Benito y S. Bernardo". No hay noticias de sus autores. Sólo sabemos que Jacinto Pi­mentel se compromete a hacer el 8 de abril de 1639 una escultura de madera de cedro "del Señor Patriarca S. Benito" de vara y media, al precio de 900 reales. Parece que la titular de este retablo era la Concepción, pues así se nombra en el año 1788 cuando se colocan en él una serie de reliquias donadas por el Marqués de Villamartín. Exactamente se dice fueron colocadas "en el altar de Ntra. Sra. de la Concepción y nuestros padres S. Benito y S. Bernardo".
     Del tercer retablo sabemos que "estaba dedicado a Sta. Gertrudis, imagen buena de ropas de telas".
     Siguiendo el mismo orden en el lado del evangelio, se hallaba en primer lugar, y frente al ya nombrado de S. Juan Evangelista, el dedicado a S. Juan Bautista. Fue contratado el 6 de agosto de 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira con Dña. Elvira de Pineda, Dña. Francisca Garfias y Dña. Catalina de Ayala, monjas de las Dueñas. Tendría 6 varas y cuarta de altura y 16 palmos de ancho. Para hacerlo en el plazo de dos años. Con tres historias "de más de medio relieve": la Visitación a Sta. Isabel, el nacimiento de S. Juan v el bautismo de Cristo. Claramente dice la M. Dolores Márquez que se llevó a Sta. Isabel el retablo dedicado a S. Juan Bautista de este convento. Gracias a esta noticia, y a la reproducción ideal hecha por Palomero Páramo, lo hemo encontrado en Sta. Isabel. Ha cambiado -y más de una vez- su programa iconográfico, y hoy está presidido por un Jesús Nazareno del siglo XVIII. Procedentes de este retablo e identificados como tales por Palomero Páramo, se guardan en el Museo los siguientes relieves: Bautismo de Cristo; Herodías con la cabeza de Bautista; Predicación del Bautista; Cristo curando enfermos; S. Juan Bautista mostrando el Redentor al pueblo, y la decapitación del mismo Santo. El relieve de la Visitación, procedente también de este retablo, está en el de Sta. Teresa de la Catedral.
     Pasada la puerta de la iglesia, estaba el segundo y último retablo de este lado. Era "el altar del comulgatorio, dedicado al Corazón de Jesús". De "un cuerpo formado por columnas estriadas de orden corintio y un ático".
LOS COROS
     Situados ambos en los pies de la iglesia, sabemos que el bajo tenía un zócalo de azulejos que formaba los asientos, que merece ser incluido por la comisión de Bellas Artes entre lo que debe salvarse del convento. Aquí recibía culto la magnífica talla de alabastro policromado de Ntra. Sra. de la Antigua, del siglo XIV, que adorna hoy el antiguo e in­menso coro bajo (con cabida para cincuenta religiosas) de la iglesia de Sto. Domingo el antiguo de Toledo, dedicado ahora con el antecoro a Museo, y donde también se guarda el Nacimiento del XVIII y el cuadro del Señor de Com­pletas, procedentes también de las Dueñas.
     Sabemos que al menos tres retablos había en el coro bajo; dos los reclama la abadesa desde Sta. Paula y otro un particular. Uno de ellos, dedicado a la Verónica, había sido donado por D. Francisco Luis Villar en 1768, y en otro debía estar colocada la Virgen de la Antigua.
El convento.
     Como "casa grande y magnífica con hermoso patio de columnas, etc.", describe González de León la casa matriz del convento, pero "no siendo bastante al número de reli­giosas, seglares y sirvientas que la habitaban, fue necesario ampliarla, y como quiera que ella sola era una manzana, no hubo otro arbitrio que atravesar calles y pasarse a las manzanas de enfrente". Se cruza la calle Sardinas (hoy Gerona) por "un arco en alto y por cima pasan a muchas viviendas del otro lado". El segundo era "un tránsito por debajo de la calle", pasando a la otra manzana donde "hay otros patios, dormitorios, corrales y otras oficinas, de modo que con estas agregaciones es uno de los más grandes de la ciudad". Si no sumamos mal, o midieron mal al hacer los tres lotes en que se dividió el convento para su venta y añadiendo los metros que se dedican al ensanche de calles, su superficie ascendía a 6.299 ms2.
     No existe más descripción de todo este conjunto que la ya citada, de González de León, por la que está claro ser realmente la casa primitiva el núcleo central del convento, con la iglesia y el claustro principal, adornado éste con un zócalo de azulejos -"santos pintados en azulejos"- que también se llevó al Museo. Este zócalo debió ser colocado en la obra realizada durante la abadía de Dña. Lucrecia Ana de Andrada, elegida para el cargo en 1632. Entonces se nombra como "la claustra de los reyes" por las pinturas murales que tenía, en muy mal estado con este tema. Supo­nemos ser este mismo claustro el nombrado como "patio del palacio". En él sabemos la existencia de al menos dos retablos -los reclaman desde Sta. Paula- uno, dedicado a S. Juan Evangelista, fue encargado por "Dña. Elvira Maldonado, doncella residente en el monasterio"... al "maestro escultor y ensamblador", Julián Jiménez, con quien firma el contrato el 28 de junio de 1661. El retablo se debía "acomodar a la imagen de S. Juan Evangelista que oy esta en el dicho altar", imagen que debería "de adereçar y ponerle su cabellera y peana". También se aprovecha "un tablero de la cena que está en el dicho altar". Francisco de Fonseca se obliga "a dorar y estofar el retablo" y la imagen de S. Juan "y hacer y poner en el dicho retablo dos lienços de pintura" con los temas que Dña. Elvira le pidiere, "porque los lienços que se an de poner en el retablo son los que sirben y estan en el dicho altar". Sería de madera de pino de flandes, con las cuatro columnas en madera de borne y los adornos de cedro, debía entregarse en la Navidad de este año y su precio fue 220 ducados. Pudo proceder de este retablo el relieve de la cena sacramental -aprovechado del retablo anterior- que el maestro Hernández Díaz nombra en el retablo de S. Francisco, de Sta. Marina, formado con elementos de acarreo procedentes de este convento y que allí se coloca en la predela. No se le pasa decir que este relieve perteneciente a su juicio al tercer cuarto del XVI, era distinto maestro al de la Natividad de S. Juan, colocado en el ático, que creemos podría proceder del retablo contratado en 1592 por Miguel Adán y Vasco Pereira.
     En el claustro alto "junto a la puerta del coro alto había otro retablo en el que se veneraba el cuadro, tenido por milagroso, del Señor de Completas. Desconocemos totalmente su autor y configuración, como asimismo la ubicación y autores de otros retablos, nombrados a través de la historia del convento: el de S. José, que Dña. Isabel Guerra hace a su costa en 1619 y el de Ntra. Sra. de Consolación nombrado en la fundación de un patronato por Dña. Inés de Sotomayor, cuyas misas han de celebrarse en este altar. Y suponemos que habría muchos más, dada la riqueza, antigüedad y tamaño del convento.
     Siguiendo con la descripción de la casa-palacio, más que del convento, queremos hacer hincapié en la noticia de Dña. Micaela -la cronista que comienza a redactar su historia- nos dió de que "antiguamente estaba toda la casa en lo alto como lo bajo adornada de ecelente pintura en paredes" -pintura mural, "ecelente", de un modo especial en los claustros y refectorio, y "de figuras de tamaño natural", y pese a que los azulejos -del XVI y XVII- dio la abadesa en la tantas veces nombrada "exposición"-  era tal categoría que merecieron ser salvados, suponemos que muy escasa parte y llevados al Museo, no nos acabamos de reconciliar con la abadesa Dña. Lucrecia Ana de Andrés, bajo cuyo mandato, iniciado en 1632, se arregló el claustro.
     También la escalera, cuyo magnífico artesonado se perdió, así como el salón, llamado de Isabel La Católica con valioso artesonado igualmente perdido, debían estar en su núcleo primitivo, y "una severa torrecilla de últimos del Siglo XV, de dos arcos para campanas con lindas medias columnas, losas estrelladas y una cruz de hierro por remate que figura en la descripción del edificio que la abadesa María de la Salud Mellado, hace en la tantas veces citada "exposición" del año 1879.
     De otros patios se hace mención a través de la historia del convento: "de la puerta reglar" -debía ser el compás de entrada- en una obra de 1637, "de las señoras abadesas" y otra de 1648. Se nombra también "el noviciado alto -también lo había bajo- y otras dependencias, como lavadero y demás servicios del convento". Y, por último, el jardín, en cuya formación se compran y derriban unas casas en él.
La riqueza pictórica que debió atesorar el convento.
     Aunque por falta de fuentes informativas casi no ha­blamos de las pinturas que con toda seguridad existían en los conventos desaparecidos, queremos recoger algunos datos encontrados, para que sirvan de testimonio de lo que aquí hubo y se perdió. El testimonio, una vez más, está recogido en la "exposición" de la abadesa Sor María de la Salud Mellado. Después de hacer mención de la riqueza del convento en retablos, esculturas y relieves "de esclarecidos artistas", continúa: "Poseíamos varias efigies sueltas y sobre trescientos cuadros, muchos de ellos originales y de excelente mérito las copias, conservados algunos desde la misma fundación del convento". De todos ellos, sólo nombra una tabla, colocada en el coro bajo, "representativa de Nuestra Señora, obra del concienzudo pincel de Antonio del Rincón, caballero santiaguista, y regalo de la ya nombrada Isabel la Católica". Tassara se pregunta, no sin cierta amarga, si no estaría incluida entre los "diez cuadros en tabla pintados al óleo" que figuran en el inventario de lo que entra en los almacenes municipales.
     Fueron cuarenta y ocho -y no sabemos si se los lle­garon a entregar- los reclamados por la abadesa Sor María de los Reyes Morales Gallegos desde Sta. Paula. Se dice sólo su título y tamaño, nunca su autor.
     En Sevilla se quedó, primero en Sta. Inés, y después en casa del presbítero D. José Sebastián Bandarán, un pequeño fresco del siglo XVI, de 0,49 por 0,42 cm., que representa una Virgen con el Niño en brazos. Ignoramos su paradero.
     Hoy en Toledo sólo se guarda el lienzo de Nuestro Padre Jesús, llamado de Completas, y quizás, como dice Tassara, "por carecer de todo mérito artístico".
     A tal extremo llegó el despojo al que fue sometido este convento, que durante su estancia en S. Benito de Calatrava y después en la calle Lista, donde se servían de la iglesia del ex-convento de Montesión, tenían en el presbiterio -Tassara lo afirma- ocho pinturas sobre tabla que les concedieron en depósito las órdenes militares, y que sin duda les debieron de devolver antes de su marcha a Toledo. ¡Habiendo poseído casi trescientos cuadros, tienen que pedirlos prestados para adornar su iglesia!
CUADROS RECLAMADOS DESDE SANTA PAULA
        I. El Señor en la calle de la amargura, como de media vara.
        II. Dos de Ntra. Sra. de Belén.
        III. Un cuadro de S. Bernardo recibiendo el favor de la leche de Ntra. Sra.
        IV. La Virgen de la Antigua.
        V. Sr. S. José de dos varas.
        VI. Uno chico con Jesús, María y José en piedra.
        VII. Otro chico de piedra con la cabeza de S. Juan. 
        VIII. Una Purísima como de a vara.
        IX. Dos cuadros de Ntra. Sra. del Rosario.
        X. Dos Vírgenes de Guadalupe, uno como de a dos varas y otro como de a vara.
        XI. Otro como de a dos varas con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
        XII. Otro de Ntra. Sra. del Pópulo.
        XIII. Otro de Jesús Nazareno con la cruz al contrario, como de dos varas.
        XIV. Nuestro Padre S. Bernardo abrazado a un crucifijo, de dos varas.
        XV. Otro del mismo tamaño con mi P. San Benito y su hermana Sta. Escolástica.
        XVI. Otro del mismo tamaño con Ntra. Sra. del Císter y los dos Padres.
        XVII. Otro del mismo tamaño con Sta. Gertrudis.
        XVIII. Otro igual de Sta. Lutgarda.
        XIX. Otro de Jesús Nazareno con la túnica blanca, de vara y media.
        XX. Otro como de tres cuartas con la Santísima Virgen y el Niño Jesús dormido y S. Juan.
        XXI. Nuestro P. S. Benito en el desierto, como de tres cuartas.
        XXII. Otro del mismo tamaño, de S. José.
        XXIII. Otro, casi del mismo tamaño de la Santísima Virgen y al lado S. José.
        XXIV. Otro de S. Pedro.
        XXV. Una Virgen de los Dolores en tabla redonda.
        XXVI. Dos chicos en cobre de S. Antonio y S. Francisco.
        XXVII. Otro de un rostro en cobre.
        XXVIII. Dos de a dos varas de dos Salvadores uno de negro y otro de color.
        XXIX. Dos cuadros de Sta. Gertrudis como de a vara.
        XXX. Otro de Ntra. Sra. del Amor del mismo tamaño con el marco de caoba.
        XXXI. Otro de un crucifijo como de a dos varas.
        XXXII. Otro como de a tres cuartas de Ntra. Sra. de Guadalupe.
        XXXIII. Otro de a vara de Ntra. Sra. del Císter con Nuestros Padres.
        XXXIV. Un resucitado de a vara.
        XXXV. Otro de a vara y media de Jesús, María y José.
        XXXVI. Otro de un crucifijo del mismo tamaño.
        XXXVII. Otro de Ntra. Sra. de Belén de más de a vara con el marco dorado.
        XXXVIII. Otro del mismo tamaño de un Ecce Homo.
        XXXIX. Dos cuadros de Ntra. Sra. de los Dolores con la corona de espinas y los clavos delante.
        XL. Otro de a vara de S. Paulo.
        XLI. Ntra. Sra de la Antigua coronándola los ángeles [Mª Luisa Fraga Iribarne, Conventos Femeninos Desaparecidos, Sevilla - Siglo XIX. Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Roberto, abad;

     Nació en 1024 y murió en 1110. En 1075 fundó, en primer lugar, la abadía de Molesme, y luego, en 1098, la orden cisterciense. Su fama resultó eclip­sada por la gloria de san Bernardo de Claraval.
     Fue canonizado en 1222.
     Está representado como abad, con el báculo abacial. Sus atributos son un anillo que su madre habría recibido de la Santísima Virgen, para él, un globo de de fuego, un libro donde escribió la regla de su orden, mientras un ángel le sostiene el tintero, y las maquetas de las abadías de Molesme y de Citeaux que fundara (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Santa María de las Dueñas, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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