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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 18 de abril de 2026

La desaparecida Pasarela, de Dionisio Pérez Tobía

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Pasarela, de Dionisio Pérez Tobía, de Sevilla.  
     Hoy, 18 de abril, es el aniversario de la inauguración (18 de abril de 1896) de la desaparecida Pasarela, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la desaparecida Pasarela, de Dionisio Pérez Tobía, de Sevilla.
     La desaparecida Pasarela, se encontraba ubicada en la actual plaza Don Juan de Austria es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión; y en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; en la confluencia de las calles San Fernando, Menéndez Pelayo, avenida de Carlos V, y del Cid.
     En los albores del siglo XX, y siguiendo el ritmo de la ciudad, crecía año tras año la afluencia de público al Campo de la Feria, aumentando cada vez más el tráfico de coches, carruajes y caballos que iban y venían por los dos arrecifes principales: el eje central que conectaba la antigua puerta de San Fernando con el paso a nivel del ferrocarril en la Enramadilla, actuales calles Carlos V y Enramadilla, y el eje transversal, correspondiente a la calle Industria –hoy Menéndez Pelayo y  avenida del Cid–, que conectaba la puerta de la Carne con el antiguo Convento de San Diego, actual Casino de la Exposición. El punto álgido del tráfico era el cruce donde ambos ejes confluían, en la desembocadura de la calle San Fernando, hoy ocupado por la glorieta Don Juan de Austria con la Fuente de las Cuatro Estaciones (1929), zona que muchos sevillanos siguen llamando “La Pasarela”.
     El ingeniero y fundidor Dionisio Pérez Tobía, en nombre de la compañía Pérez Hermanos que regentaba la fábrica de San Antonio, hizo llegar una pintoresca y atrevida propuesta al Consistorio para facilitar tanto la circulación como la seguridad de los peatones en los accesos y salidas del Ferial. La solución ideada fue un paso elevado turrifome, formado por dos arcos dobles que arrancaban directamente del suelo y se entrecruzaban formando un aspa en una plataforma central donde se elevaba un templete con mirador panóptico a 15 m de altura que estaba rematado por una esfera metálica o “cúpula”, coronada por bolas decrecientes y mástil, alcanzando la construcción un total de 20 m sobre el suelo, y un peso que sobrepasaba las 80 toneladas. 
     En planta, su extensión formaba una gran equis de 40 m de largo en diagonal. Estos arcos entrecruzados de La Pasarela lograban salvar 22 m de luz alcanzando los 6 m de flecha. Desde el nivel de la calle, arrancaban cuatro escaleras dobles en forma de pinza o tenaza orientadas, por un lado, al Paseo Catalina de Ribera, calle San Fernando y al arrecife que venía del convento de San Diego, donde se situaba la caseta del Ayuntamiento, y por el flanco opuesto a los paseos laterales del eje principal del Prado, desembocando directamente a los ángulos de las casetas del Casino Sevillano, emplazado en la acera derecha, y del Círculo de Labradores en la izquierda. Los cuatro dobles tramos de escalinatas confluían a su vez en cuatro plataformas octogonales a modo de amplio descansillo. Hasta aquí todo estaba sustentado por columnas de fundición con capiteles cúbicos de inspiración nazarí de ataurique y collarino bajo. A partir de este primer nivel de plataformas, las escaleras continuaban con un único tiro recto que las conducía a la plataforma superior, también octogonal pero de menores dimensiones, que funcionaba como un cruce de direcciones para el viandante. Este segundo tramo estaba cobijado por un templete formado por ocho columnas pseudo nazaríes unidas por arcos de herradura y alfiz calado con celosía romboidal, que recordaban paños de sebka almohades. En el centro del templete se ubicaba una escalera de caracol de tres tramos que conducía a la azotea circular; un excelente mirador panorámico del Prado de San Sebastián y de la ciudad de Sevilla. Otras ocho columnillas, más esbeltas y con finos arquillos de herradura hacían de base a la gran esfera de remate que coronaba el conjunto. 
     Alberto Villar explica que la Pasarela de Dionisio Pérez Tobía evidenciaba el conocimiento de las obras de Eiffel y de su famosa torre levantada para la Exposición Universal de París de 1889, cuya estructura es ahora versionada como una “miniatura” funcional, mimetizándose así la capital del Guadalquivir con la del Sena, tal como ocurrió medio siglo antes con la construcción del Puente de Triana y su sistema de arcos “Polonceau” que replicaban los del desaparecido puente del Carrusel. 
     En cuanto a su concepto general, destaca su marcada impronta industrial en la que predomina la ingeniería del hierro y sus formas propias: celosías de Cruz de San Andrés que unían los arcos principales a las rampas de escalera; el roblonado que fijaba las múltiples partes y elementos entre sí; o la esfera de remate, que encerraba otra más pequeña a la que se unía mediante radios, donde se instalarían potentes focos eléctricos. Estas piezas esféricas, por su forma evoca ciertos inventos científicos del momento, como la “esfera de plasma” de Nicola Tesla (1894), o las antenas navales de Aleksander Popov (1894) y Guglielmo Marconi (1895). 
     Descendiendo al detalle particular, su ornamentación resultaba un tanto ecléctica: las escaleras se cercaban con barandas de motivos vegetales circulares, de gusto rococó, mientras que las plataformas superiores se cerraban con una sencilla decoración de grandes picas. Las columnas y el templete versionan la arquitectura andalusí, al igual que el coronamiento de bolas decrecientes y aguja recuerdan el yamur islámico.
     Podemos catalogar la obra dentro de los “caprichos” de la arquitectura fin de siglo, en la que la presencia del hierro en los paseos, parques y jardines dejó todo un mundo de extravagantes construcciones en el que destaca la “Torre-Mirador”. La Pasarela aunaba varios conceptos en sí misma: era una pintoresca portada monumental de la Feria, punto de referencia en el horizonte sevillano del Prado y alrededores, lugar de encuentro, puente-pasarela peatonal, cruce de direcciones, torre-mirador panorámica e incluso atracción de feria. De noche se convertía en un gran arco de triunfo incandescente, gracias a las 798 luces de gas repartidas por las escaleras, plataformas y templete, y al coronamiento de un gran arco voltaico en su esfera. 
     La propuesta inicial para su edificación llegó el 22 de octubre de 1895. La fábrica de San Antonio se comprometía a su construcción y montaje sin cargo alguno para el Municipio, que quedaría como dueño de la estructura y encargado de su mantenimiento y cuidado, con la única condición de reservarse la empresa durante 10 años la explotación de la torre central y de los “cuatro pabellones de ángulo de la planta baja”, siendo libre y gratuito el paso de uno a otro lado de la Pasarela. Tras estudiar el proyecto y recibir los informes favorables del arquitecto y del ingeniero municipal, se firmó el acuerdo ante el notario Adolfo Rodríguez de Palacios el 12 de diciembre de 1895; y la flamante “Torre Eiffel sevillana” fue inaugurada en la Feria de Abril de 1896. La sociedad Pérez Hermanos cedió los derechos de explotación al barcelonés afincado en Sevilla Baltasar Pons y Pla, Ingeniero Jefe de los Ferrocarriles de la Cuarta División del Estado, que se dedicó a rentabilizar la torre central realizando en ella “unas instalaciones”; lo que nos hace pensar en una atracción de feria.  
     Antes de referirnos a las instalaciones llevadas a cabo en La Pasarela, se debe precisar que la primera atracción instalada durante la Feria no fue en el Real, sino en los jardines de Cristina Se trataba de una Montaña Rusa de madera, que entró en funcionamiento en las fiestas de 1890, diseñada por un ingeniero mecánico y construida por un carpintero ebanista, de la que tenemos constancia de que al menos estuvo en funcionamiento durante dos años. Desde entonces la llamada “calle del Infierno”, el parque de atracciones efímero más importante del mundo: “ha ido entretejiéndose en los campos de la Feria hasta integrarse como complemento mágico de asombros y risas”.  
     Para la revista “Blanco y Negro” en su edición de abril de 1894 el ilustre sevillano José de Velilla y Rodríguez nos la describía así:  
     “a un lado están los puestos de juguetes, encanto de los niños, cuyos ojos no se cansan de admirar, ni sus bocas de pedir; a otro los panoramas, teatros mecánicos y las barracas de los saltimbanquis (…) más allá el titiritero que se traga una espada, arroja por la boca cintas de colores y come estopa llameante; acullá los caballitos llamados tíos vivos, cuya marcha giratoria y vertiginosa acompañan el tamboril y el pito”.  
     Múltiples solicitudes llegaban al Consistorio para la edificación de atracciones en el Prado de San Sebastián. En 1908 se instalaron “columpios mecánicos” en forma de grandes barcazas. 
     Volviendo a La Pasarela, cabe destacar las “instalaciones” realizadas en su torre central por el ingeniero mecánico ferroviario Baltasar Pons i Pla. La obra en cuestión podría tratarse de una pequeña noria, como se observa en fotografías posteriores, fechadas hacia 1915, en las que se ve una atracción de estas características, con cestillos a modo de barcas para dos personas. Una estructura así concebida permitía vistas a la ciudad y al Campo de la Feria. Hacia 1900 se empezaron a instalar en los parques de atracciones de España este tipo de atracciones en hierro, que suspendidas a gran altura, como las norias o los “tranvías aéreos”, producían la literal sensación de volar entre quienes se atrevían a subir.
     Para Alberto Villar, la Pasarela tuvo un valor más pintoresco que utilitario: “llamaba mucho más la atención de los usuarios la picaresca posibilidad de catar unos centímetros de pantorrilla femenina, aprovechando las airosas escaleras”. En este sentido, una propuesta llegada al Consistorio en 1902 pretendía vestir los barandales de la Pasarela con percalina de distintos colores en donde colocar anuncios publicitarios pues “con ello se evitaba de rechazo el retraimiento de las señoras, de subir las escaleras de la Pasarela, a causa de las indiscretas miradas de los viandantes”.  
     La comisión municipal de Ferias y Festejos se encargaba cada año de la decoración del Ferial y de cómo adornar La Pasarela. En 1911, creyéndose próxima la Exposición Hispanoamericana, le colgaron las banderas de los países de la América Hispana y se iluminó la torre con una gran corona imperial. 
     Quizás fue la Pasarela la “obra efímera más duradera” de la Feria, referente en el paisaje del Prado de San Sebastián durante 25 años. Tras realizarse el ensanche definitivo de la calle San Fernando y del arrecife a Enramadilla -actuales calles Carlos V y Enramadilla-, La Pasarela fue desmontada en 1921 arguyendo problemas de estabilidad estructural. Sus 81.297 kilogramos de hierro fueron vendidos al peso, como chatarra a un industrial de Almería por 45.738 pesetas.  
     Desde entonces, volvieron al Real, en el sitio de la Pasarela, las portadas monumentales e instalaciones efímeras. Ya con la Feria trasladada a su ubicación actual en Los Remedios, en los años setenta y ochenta del siglo XX, se montaron varias portadas efímeras en homenaje a esta peculiar construcción de la arquitectura del hierro sevillana (Alejandro Prada Machuca, La arquitectura e ingeniería del hierro en Sevilla y su difusión por Andalucía occidental y Canarias (1845-1926), 2025).
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sábado, 5 de abril de 2025

El Puente-Pasarela sobre el Río Tinto, en El Madroño (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Puente-Pasarela sobre el Río Tinto, en El Madroño (Sevilla).    
     El puente se encuentra en el camino de herradura que sale de la estación de Jaramar y atraviesa el río Tinto, cerca de la desembocadura del Jaramar. Está entre los términos municipales de  El Campillo y El Madroño. Es un puente de siete vanos con tablero de losa de hormigón armado con raíles de tren. Las pilas están hechas de railes de tren y base de fábrica, con algún refuerzo de hormigón. La barandilla es de hierro.
     El puente tiene una longitud total de 36 metros, su altura máxima sobre rasante es de 3 metros  y  la anchura del tablero es de 1,40 metros.  
     Se encuentra fuera de uso y sobre él pasa el antiguo camino (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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lunes, 11 de marzo de 2024

El Puente - Pasarela sobre el Río Tinto, en El Madroño (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Puente - Pasarela sobre el Río Tinto, en El Madroño (Sevilla).    
     El puente se encuentra en el camino de herradura que sale de la estación de Jaramar y atraviesa el río Tinto, cerca de la desembocadura del Jaramar. Está entre los términos municipales de El Campillo y El Madroño. Es un puente de siete vanos con tablero de losa de hormigón armado con raíles de tren. Las pilas están hechas de railes de tren y base de fábrica, con algún refuerzo de hormigón. La barandilla es de hierro.
     El puente tiene una longitud total de 36 metros, su altura máxima sobre rasante es de 3 metros y la anchura del tablero es de 1,40 metros. Se encuentra fuera de uso y sobre él pasa el antiguo camino (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El río Tinto, perteneciente a la cuenca del Guadiana, nace en las estribaciones de la Sierra de Aracena (Huelva) y recorre 100 km por las provincias de Huelva y Sevilla, para llegar hasta la ría de Huelva, donde confluye con el río Odiel. En la provincia de Sevilla solo pasa por El Madroño, donde dos de sus afluentes, el Rivera del Jarrama y el arroyo del Gallego, hacen de límite oeste y sur, respectivamente. Una parte de los tramos alto y medio del río Tinto cuenta con la figura de protección legal de Paisaje Protegido, perteneciendo al término de El Madroño 225 ha de la zona protegida.
     Las especiales características de este río son consecuencia de su paso por lo que se ha considerado el mayor yacimiento minero a cielo abierto de Europa, la zona minera de Río Tinto, enclavada en la Faja Pirítica Ibérica, que pertenece a la Zona Sur-Portuguesa del Macizo Ibérico. Las aguas del río son de carácter fuertemente ácido, con poco oxígeno y contaminadas desde hace siglos por sales ferruginosas que le confieren su característico color rojizo. Las condiciones del río impiden el desarrollo tanto de vegetación de ribera en sus orillas, como de vertebrados en su interior, aunque sí han permitido la presencia de gran variedad de microorganismos en sus aguas. Por este motivo, la NASA ha elegido este enclave para estudios sobre el subsuelo del planeta Marte, cuyas condiciones ambientales podrían ser similares a las que se encuentran en las aguas del río Tinto.
    Acceso libre. Saliendo de El Madroño por la carretera SE-9200 en dirección a Berrocal (Huelva), a unos 700 m se encuentra una pista que enlaza con el antiguo camino de Palomares. A su izquierda parten caminos que conducen hasta las orillas del río Tinto.
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sábado, 24 de febrero de 2024

Un paseo por la plaza Don Juan de Austria

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Don Juan de Austria, de Sevilla, dando un paseo por ella
    Hoy, 24 de febrero, es el aniversario del nacimiento (24 de febrero de 1547) de Don Juan de Austria, personaje representado en esta enjuta de la Plaza de España, así que hoy es el mejor día para Explicarte la plaza Don Juan de Austria, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La plaza Don Juan de Austria es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión; y en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; en la confluencia de las calles San Fernando, Menéndez Pelayo, avenida de Carlos V, y del Cid
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. 
     El espacio que hoy ocupa la plaza formaba parte del Prado de San Sebastián y comenzó a tener nombre propio tras la construcción en 1759 de una puerta de la ciudad, que fue conocida como Nueva, y en 1848 como de San Fernando, simultaneando ambos topónimos durante mucho tiempo. Tras la construcción de una estructura metálica elevada o pasarela sobre el cruce del eje Menéndez Pelayo, Cid y San Fernando-Carlos V en 1895, se difundió entre toda la población el término Pasarela o Pasadera, y jocosamente "pasa lila", el primero de cuyos nombres conserva en nuestros días a pesar de la rotulación oficial aprobada en 1928. Don Juan de Austria (1545-1578) fue hijo natural de Carlos V, que mandó la flota cristiana que venció en Lepanto. Llama po­derosamente la atención cómo una construcción metálica de escasa utilidad y dudosa estética, que se mantuvo sólo 26 años, haya podido dar nombre y permanecer inalterable al cabo de casi cien años, ignorando la mayoría de los sevillanos su nombre oficial. Otro elemento de referencia toponímica fue la Alcantarilla Nueva sobre el arroyo Tagarete, construida frente a la Puerta Nueva.
     La construcción de una nueva Fábrica de Tabacos paralela a la muralla del Alcázar y separada de ella por el arroyo Tagarete, exigió la apertura de una calle (San Fernando),el embovedamiento del Tagarete en el recorrido por la fachada de la fábrica, la apertura de una nueva Puerta sobre un postigo del Alcázar y la construcción extramuros de un ancho puente o alcantarilla. Entre 1849 y 1860 se cubrieron los tramos urbanos y más próximos del Tagarete trazándose arrecifes que desde la Puerta Nueva se dirigían hacia la Enramadilla, Puerta de la Carne y otro que rodeaba el foso de la Fábrica de Tabacos. La necesidad de ampliar las comunicaciones de la ciudad con la estación del ferrocarril a Cádiz, la estrechez que su­ponía este paso los días de feria, las dificultades que entrañaba para los vecinos de San Bernardo o San Roque el cerrar las puertas cuando había horarios industriales, junto a las ideas revolucionarias de 1668, determinaron el derribo de la puerta más moderna construida, apenas había transcurrido un siglo. Con ello, el espacio anterior a la calle San Fernando se ensancha y el cruce de los arrecifes por los que se llega a la feria ganarán en consideración, hasta el punto de concebir el Ayuntamiento la idea de construir un puente o pasarela sobre el entubado Tagarete. Cuando su disfuncionalidad fue manifiesta por la intensidad del tráfico y el tamaño de los vehículos, se desmontó. Hacia los años veinte se reformaron los arrecifes del Prado de San Sebastián. La Exposición Iberoamericana dotó a esta glorieta de una fuen­te centrada sobre las cuatro avenidas. En 1945 fue nuevamente remodelada y ampliada. En 1964, por necesidades de la circulación rodada, se amplió la calzada a costa de tramos de los jardines de Catalina de Ribera y de la Universidad. Actualmente está conformada la plaza por la capilla de la Universidad, la fachada lateral de la casa regionalista del Bar España, obra de A. Arévalo (1920-26) y los edificios de la la Audiencia y Juzgados, construidos en 1967-70, delante de los cuales hay una pequeña plaza.
     Cuando fueron trazados los arrecifes en el s. XIX se construyeron con materiales sueltos; entre 1879 y 1903 fueron reparados; entre 1901-1907 adoquinados, y en 1926 nuevamente pavimentados. En 1947 y 1964 la plaza fue readoquinada de nuevo y en los años 70 fue cubierta con capa asfáltica. Las aceras son de terrazo de colores en su mitad norte y de losetas de cemento, casi desaparecidas, en su mitad sur; están separadas de la calzada por un seto y unas vallas metálicas. En 1960 fue dotada de semáforos y dispone de cabinas telefónicas y papeleras. En el s. XIX existía una fuente pública junto a la Puerta que se alimentaba de los Caños de Carmona. Hacia 1911 estuvieron instalados urinarios públicos junto al foso. Se iluminó originariamente con luces de gas que resul­taban muy llamativas; fueron sustituidas por energía eléctrica hacia 1929. Hoy se ilumina con farolas de báculo de dos brazos.
     En este espacio se construyó la Puerta de San Fernando o Nueva, con dos gruesas torres cúbicas almenadas que abrazaban a la puerta de menor altura. Estas torres no formaban parte del muro de la ciudad, o al menos una de ellas, y estaban dispuestas convergiendo hacia el interior. La puerta era de arco de medio punto con columnas y pilatras adosadas de orden dórico rematada por entablamento y balaustrada con siete gruesas perinolas. Ofrecía frentes decorados tanto al interior como al exterior; éste último terminado a finales del s XVIII o principios del s. XIX. Otra edificación notable fue la citada Pasarela, proyectada por el ingeniero Dionisio Pérez Tobía y construida en la fundición sevillana Perea Hermanos, siendo inaugurada el 18 de abril de 1896 en la Feria de Primavera, para facilitar el paso de carruajes, caballistas y peatones; fue también lugar de observación del Real y lugar de juego para niños; fue desmontada en 1920. La estructura metálica, llamada la Torre Eiffel sevillana, constaba de cuatro amplias escaleras dobles en cuya confluencia se elevaba un mirador al que se accedía por escalera de caracol. En el lugar que ocupaba la torre se instaló, poco antes de 1930, una fuente llamada de las Cuatro Estaciones, obra de Manuel Delgado Brackenbury. Desde la apertura de la Puerta de San Fernando, este espacio fue lugar de paso y cruce de cami­nos, y durante un siglo el centro de la fiesta mayor de la ciudad, la Feria ele Abril. En ella y sus proximidades tenían parada casi todas las líneas de tranvías, realizándose trasbordos de unas a otras. Actualmente los autobuses las tienen en las inmediaciones. Su estratégica situación la ha convertido en los últimos decenios en el nudo de tráfico más importante de la ciudad, por ser paso obli­gado para trasladarse a cualquier dirección [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Don Juan de Austria, personaje que da nombre a la vía reseñada;
     Juan de Austria. (Ratisbona, Alemania, 24 de febrero de 1547 – Namur, Bélgica, 1 de octubre de 1578). Hijo natural de Carlos V, almirante y general, gobernador de los Países Bajos, consejero de Estado.
     La biografía de Juan de Austria es, sin duda, una de las más desconcertantes del Renacimiento, aunque esta época fuese tan rica en personajes extraordinarios.
     Trayectoria tan excepcional se entiende con facilidad cuando se recuerdan los orígenes del personaje.
     Fue hijo natural del emperador Carlos V —ya viudo de la emperatriz Isabel desde hacía más de siete años— y de una joven alemana, de dieciocho o diecinueve años, Bárbara Plumberger (luego llamada Blomberg en Flandes), hija de burgueses o de artesanos, que Carlos V tuvo la oportunidad de conocer durante una estancia de varios meses en la ciudad de Ratisbona, con motivo de un importante coloquio y de la Dieta del Imperio. El mismo Emperador lo confiesa en el codicilo de su testamento redactado en Bruselas el 6 de junio de 1554, que entregó a su hijo Felipe en septiembre de 1556.
     La fecha de nacimiento de este hijo dio lugar a debate y varios autores siguen atribuyendo ésta al año 1545. Pero, además de ser casi imposible, considerando las idas y vueltas del Emperador, hay pruebas contundentes, especialmente una medalla del busto de don Juan con el Collar del Toisón de Oro, acuñada en Nápoles por Giovanni Melon, que ya no deja lugar a duda.
     No se sabe casi nada de los primeros años de la vida de Juan de Austria, cuyo nombre de pila fue Jerónimo.
     Se sabe que el Emperador, “por consolar la soledad”, tuvo varios amores “dondequiera ha estado [...] con mujeres de alta o baja condición”, según la Relación de España del embajador veneciano Federigo Badoaro.
     Pero el César no deseaba dar la menor publicidad a sus deslices amorosos. Por otra parte, la madre del recién nacido no ofrecía garantías de criar bien al niño.
     De modo que el Emperador quitó pronto el niño a su madre, tal vez cuando aún era lactante. Se sabe que le puso al cuidado de su ayuda de cámara, Luis de Quijada, a la sazón aún soltero, y la única hipótesis correcta es que este último se lo encargó a una mujer de confianza, quizás una nodriza elegida con esmero, y que no la perdió de vista. Sólo tres o cuatro personas estaban informadas y ni siquiera el heredero de la Monarquía, don Felipe, lo supo hasta 1556.
     En cambio, a partir de los tres años y medio, se conoce bastante bien la educación del hijo natural del Emperador, que no sospechaba cuál era su estirpe. Lo cierto es que se puede afirmar que desde entonces, desde su llegada al pueblo castellano de Leganés, la educación del desconocido príncipe casi fue modélica.
     De 1550 a 1564, dicha educación se desarrolló en tres fases y, durante las dos primeras, el joven Jerónimo siguió ignorando el secreto de su nacimiento y las mismas personas que le cuidaban también, con la excepción de Luis de Quijada.
     Del verano de 1550 al de 1554, el joven vivió en una casa sencilla de Leganés bajo la tutoría de un violero de Su Majestad, Francisco Massy, ya jubilado, y de su mujer, Ana de Medina. La pareja se encargó del niño un año antes, en Flandes, según lo testifica un recibo firmado por Francisco Massy, y se lo llevó con ella en el viaje a Castilla. Como Ana de Medina era analfabeta, el cura de Leganés, Bautista Vela, tenía teóricamente el deber de enseñar al chico las primeras letras y los rudimentos de la religión. Pero, muy holgazán y sin sospecha de la identidad del rapaz, Bautista Vela no le hizo caso, de modo que, durante tres años completos, Jerónimo vivió con toda libertad.
     Compartió la vida sana de los pilluelos de Leganés, corriendo en el campo, cazando pájaros y conejos, jugando a combates de moros y cristianos. Evidentemente, a los siete años, el muchacho era fuerte, ágil, despabilado, pero no sabía nada: a duras penas podía deletrear el alfabeto.
     Luis de Quijada, que, entre tanto, se había casado con una mujer de elite, Magdalena de Ulloa, enterado de los resultados de este modo de vida muy elemental, los dio a conocer al Emperador. Ambos resolvieron dar rumbo nuevo a la crianza de Jerónimo, con un cambio drástico de su medio ambiente y de los responsables de su educación.
     La segunda fase de esta pedagogía original, desde 1554 a 1559, fue a cargo de Luis de Quijada y de su joven esposa, inteligente y cariñosa, que tampoco estaba enterada de la estirpe de Jerónimo: para el niño, ya bien vestido, que vivía en una casa señorial, en Villagarcía de Campos, el cambio fue asombroso. La misma Magdalena cuidó de la formación espiritual de su pupilo, oyendo con él la misa diaria, incitándole más bien a una caridad activa. Unos capellanes dieron a Jerónimo lecciones de Gramática, Retórica, Matemáticas, Astronomía y Latín, estas últimas con poco éxito. En cambio, el joven supo rápidamente expresarse con soltura y la historia le apasionaba. Cuando llegaba Luis de Quijada a casa, Jerónimo no se cansaba de escuchar, durante horas, las relaciones políticas y militares del ayuda de campo del Emperador, las sutilezas de la diplomacia, los juegos complicados de la Europa del siglo, con los problemas que planteaban la Reforma protestante, la competencia con Francia, el auge del imperio turco. Por otra parte, Jerónimo aprovechaba con éxito la enseñanza de un antiguo escudero de Luis Luis de Quijada, Juan de Galarza: equitación, manejo de armas, táctica, uso de la artillería, etc.
     Quizá, más inesperadas aún para el joven fueron unas visitas al Emperador en Yuste. Cuando, en febrero de 1557, Carlos V se estableció en el monasterio extremeño, pidió a Luis y a Magdalena tomar residencia en el pueblo vecino de Cuacos. Luego invitó varias veces a Magdalena a visitarle con su paje, es decir, Jerónimo. Pero el Emperador no quiso reconocer a su hijo en público ni en privado. Murió el 21 de septiembre de 1558 sin haberlo hecho, confiando esta misión a Felipe II que, el 28 de septiembre de 1559, aprovechando una cacería, en presencia de unos grandes señores, reveló el secreto. El muchacho, de doce años y medio, quedó mudo.
     Ya incorporado a la Casa Real como un príncipe más, el nuevo don Juan recibió el tratamiento de un infante de Castilla con casa propia. Ahora empieza la tercera fase de su educación: la experiencia de la Corte, con un trato privilegiado de parte del Rey y de la Reina (incluso llevaría en sus brazos el día de su bautismo a la recién nacida Isabel Clara Eugenia), pero el tiempo fuerte de esta tercera fase sería el de los estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, con dos príncipes más: sus “sobrinos” don Carlos, el hijo de Felipe, heredero de la Monarquía, ya que, según el Rey la influencia de don Juan podía ser positiva, y Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma y de Octavio Farnesio, nieto a la vez de un Papa y de un Emperador (caso poco corriente), que se revelaría como uno de los políticos y generales más dotados de su tiempo. El programa de estudios que Juan y Alejandro siguieron puntualmente (Carlos algo menos) durante cuatro años académicos era muy completo: Artes Liberales, Gramática, Derecho, Arte Militar más ejercicios físicos. Es cierto que don Juan, al contrario de Alejandro, no se entusiasmó por las Artes Liberales, a pesar de la excelencia de los maestros, pero sí por la estrategia. El joven príncipe cumplía con los deberes religiosos, pero sin mucho fervor. Ya se podía vaticinar que la ilusión de Carlos V, expresada explícitamente en el codicilo de su testamento, que su hijo “de su libre y espontánea voluntad tomase hábito en alguna religión de frayles reformados”, quedaría frustrada.
     Llama la atención esta propensión de los reyes de esta época a que sus hijos o hijas naturales redimiesen por una vida de oraciones y penitencias los pecados de sus padres.
     Así, a los dieciocho años, concluyó esta educación variada, original, tal vez más pertinente que la de muchos príncipes. Empezó entonces un período relativamente corto de transición (1564-1568): en 1565, don Juan, con ansias de demostrar sus dotes y dejar patente la cualidad de su “sangre real”, cabalgó hasta Zaragoza con dos jóvenes caballeros, a pesar de la prohibición de su hermano, para acudir al socorro de Malta sitiada por los turcos. Fue también el tiempo de los primeros amores, con María de Mendoza, pariente de la princesa de Éboli, de quien tuvo una niña que cuidó Magdalena de Ulloa. En diciembre de 1567, don Juan no se dejó ya seducir por las locuras de don Carlos, cuando éste quiso huir de la Corte para viajar a Flandes, y avisó a Felipe II. Así demostró ser digno de la confianza del Rey y poseer sentido de la responsabilidad.
     Como dos de sus primeras hazañas destacan la Guerra de Granada, durante dos años (desde abril de 1569 hasta noviembre de 1570) y el mando de la Santa Liga con el colofón de la extraordinaria victoria de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Asimismo, se puede aludir a la conquista efímera de Túnez. El asunto de Flandes, por su parte, fue una trampa que acabaría con la vida de don Juan.
     Felipe II, convencido de las cualidades de su hermano y deseoso de brindarle oportunidades para demostrarlas, aprovechó, en abril de 1568 la dimisión de García de Toledo de su doble cargo de virrey de Sicilia y capitán general del mar para nombrar a don Juan en este último cargo. Para más seguridad Felipe nombró al lado de don Juan a Luis de Requesens y Zúñiga, vicealmirante de la Armada. Así, durante tres meses y medio, navegando en las zonas costeras de Levante y Andalucía, en busca de los corsarios, don Juan aprendió las técnicas de navegación, el conocimiento de las maniobras delicadas de las galeras, especialmente de la boga, supo leer los movimientos del viento y los colores del mar, adivinar la venida de los temporales. Pero, en octubre de 1568, en una escala en Barcelona, se enteró de la mala salud de la reina Isabel, cuyo nuevo embarazo llevaba un rumbo fatal.
     Viajó pronto a Madrid, donde estuvo presente en los últimos días de la joven reina.
     El levantamiento de Fernando de Córdoba y Valor, veinticuatro de Granada, elegido Rey bajo el nombre de Aben Humeya en vísperas de la Navidad de 1568 en el valle de Lecrín, y la extensión rápida del movimiento a gran parte de las Alpujarras, se convirtió en pocas semanas en una gran preocupación de Felipe II: en febrero de 1569, los rebeldes eran unos ciento cincuenta mil, cuarenta y cinco mil de ellos con capacidad de luchar. Al principio, el marqués de Mondéjar, virrey de Granada, cosechó unos éxitos, pero la irrupción del Ejército del marqués de Los Vélez en la parte oriental del reino de Granada acabó con la unidad de mando, ya que los dos marqueses se odiaban cordialmente.
     Harto de estas discrepancias, cuyo efecto era fatal, el Rey resolvió en abril poner a todos bajo un mando único, el de su hermano don Juan, que había reivindicado el puesto. Felipe no fue tan acertado con la elección del Consejo encargado de asesorar a don Juan, pues en él entraban personalidades que no se llevaban bien; así, el marqués de Mondéjar y Diego de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, y un jefe militar competente pero muy suyo, el duque de Sessa. Por suerte, entró también en el Consejo el preceptor de don Juan, tan querido por él, Luis de Quijada.
     En el pensamiento de Felipe II, don Juan no tenía que participar directamente en la guerra. Hasta había prohibido a su hermano salir de Granada. De hecho, don Juan no tuvo parte en las operaciones de la primera fase de la guerra. Además, los jefes militares despreciaron las instrucciones de don Juan: así en junio de 1569, el marqués de Los Vélez no acudió al socorro de la plaza de Serón y la dejó caer a manos de Aben Humeya. Tampoco al principio don Juan logró imponer la disciplina y la prohibición del saqueo a su ejército. La primera intervención de don Juan, la reconquista de Serón, acabó muy mal: las tropas cayeron en la trampa de los moros, se entregaron al pillaje, el contraataque las cogió de sorpresa y los españoles huyeron sin vergüenza. Para colmo de males, Luis de Quijada fue herido mortalmente.
     En esta coyuntura desafortunada, don Juan, al frente de tropas de poco valor, que no tenían nada que ver con los famosos tercios, demostró dotes de caudillo.
     Fue capaz de exaltar a sus hombres y de llevarlos a superarse. Por otra parte, dio pruebas de un sentido estratégico agudo. Así, en el sitio de Galera, plaza que el marqués de Los Vélez no lograba vencer, don Juan entendió inmediatamente la importancia de la artillería gruesa y no dio el asalto antes de abrir brechas profundas en las murallas. Lo mismo hizo, tomar todas las ventajas, antes de asaltar Serón, Tíjola, Purchena, Padules... Por otra parte, supo negociar. Por fin, aunque hubiera preferido una solución más suave, el 1 de noviembre de 1570, conformándose a las órdenes de Felipe II, decretó la expulsión de los moriscos. Había cumplido con su misión, y Felipe II, satisfecho por los éxitos de su hermano y por el temperamento de jefe que acababa de exhibir, estaba dispuesto a confiarle otra de alcance mayor, y con mucho.
     Desde hacía casi un año, el papa Pío V se empeñaba en fomentar la concordia entre estados o príncipes cristianos para organizar una Santa Liga dirigida contra el turco. La empresa era difícil por los recelos que existían entre los aliados potenciales, especialmente venecianos y españoles, por la tentación veneciana de concluir una paz separada con los turcos, por las maniobras francesas que lo intentaban todo para conseguir el fracaso del proyecto. El mismo Felipe II formulaba un pronóstico pesimista a principios del año 1571. A pesar de todo, gracias a la energía del Sumo Pontífice, la Liga fue proclamada el 25 de mayo de 1571 en la basílica de San Pedro de Roma, con participación de España, Venecia, Génova, la Santa Sede y caballeros de Malta. Un detalle importante se había resuelto: el generalísimo de la armada aliada sería don Juan de Austria. Era el deseo de Felipe II pero, aunque España tomase a su costa la mitad de los gastos de la empresa, el Rey dejó la última palabra al Papa. Se conoce la premonición de Pío V, citando al Evangelio de san Juan: “Fuit homo missus a Deo, cui nomen era Joannes”.
     Este nombramiento pudo parecer, sino una locura, por lo menos un atrevimiento arriesgado. Don Juan había probado ser un buen caudillo, pero carecía de la experiencia de la batalla naval, en contraste con la del marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, un marino prestigioso, y de Gil de Andrade, con Juan Andrea Doria, el genovés, otro marino de gran talento, con los almirantes venecianos Sebastián Veniero, Agostino Barberigo y Marco Quirini. Pero con este cargo, don Juan, un joven de veinticuatro años, llevaba una responsabilidad aplastante. La armada turca, a pesar de su fracaso en el sitio de Malta, tenía fama de ser casi invencible en un combate naval de gran vuelo. Por si fuera poco, la concentración en Mesina de todas las fuerzas de la armada, iniciada a fines de julio, no se acabó antes del 5 de septiembre, fecha tardía, pues se consumía el verano y muchos pensaban que era demasiado tarde para emprender una campaña decisiva.
     El equilibrio de las fuerzas que se enfrentaron en Lepanto fue impresionante. Casi el mismo número de hombres: noventa y tres mil los cristianos y noventa y dos mil los turcos, sumando remeros, hombres de mar y soldados. Si los turcos tenían más galeras (doscientas treinta contra doscientas siete) y navíos ligeros (setenta contra cuarenta) les faltaban galeazas con gran poder de fuego, tales como las seis venecianas, y la masa de fuego de la Santa Liga era algo superior.
     Considerando este equilibrio, hay que explicar porqué una victoria tan amplia y cuál fue el papel personal de don Juan.
     Se puede esgrimir el derroche de energías previo de la armada turca durante mes y medio en su campaña de Creta, islas Jónicas y Adriática, mientras las chusmas y los soldados cristianos estaban frescos, y no gastados por meses de boga; también ha de contarse el deseo de venganza de los cristianos, especialmente de los venecianos cuando supieron, el 3 de octubre, la falta de palabra de los turcos que habían degollado a los defensores de Famagusta, en Cipra. Sin embargo, los méritos de don Juan fueron sobresalientes, quizá decisivos.
     Primero, sobresalió la voluntad ofensiva de don Juan, bien entendida por Pío V. Se hizo patente en el Consejo de Guerra casi dramático del 1 de octubre, en Igumenitza (Albania). Contra los prudentes que aconsejaban una estrategia defensiva, y aprovechando la obligación de los venecianos de lograr resultados, don Juan resolvió atacar. Es muy probable que Alí Bajá, el almirante turco, se dejara encerrar en el golfo de Lepanto, porque no creía que los cristianos se atreverían a tomar la iniciativa. Así, no pudo desplegar su armada como lo hubiera hecho con más espacio.
     En segundo lugar, destacó la táctica elaborada en el consejo, en que don Juan tuvo un gran papel: colocar a dos galeazas delante de cada ala y del centro, para abrir brechas al principio en la armada enemiga, poner en las alas a dos marinos de gran experiencia, Barberigo y Doria, situar a Álvaro de Bazán en la reserva, contando con su rapidez de decisión, y poner a su lado con el pretexto de honrarles, a Veniero y Colonia, pero con el fin de controlarles. Esta táctica dio frutos magníficos.
     Por último, y tan importante como todo lo anterior, fue la energía y el entusiasmo que don Juan supo comunicar a todo el personal de la armada.
     La victoria cristiana tuvo un carácter absoluto. Provocó en toda la cristiandad un fervor extraordinario: en Venecia, en Roma, en Génova, en España, en Viena. Hasta el rey de Escocia, Jaime VI, compuso un poema a la gloria de Lepanto. De la noche a la mañana, don Juan se volvió uno de los hombres más famosos del siglo, un auténtico héroe. Los artistas se apoderaron del tema de Lepanto y de sus vencedores: lienzos, frescos, retablos, grabados, medallas. Por otra parte, a pesar de lo que pretenden algunos historiadores, las consecuencias no fueron nulas: Fernand Braudel demostró lo contrario.
     Es cierto que la Santa Liga no cosechó los frutos esperados. La campaña de 1572 no resultó, a pesar de que la armada era tan poderosa como en 1571: la falta de conexión entre los aliados, la estrategia defensiva del almirante Uluch Ali, la pérdida de dos oportunidades en Navarino y Modon (la segunda quizá por culpa de don Juan, que no intentó forzar el puerto de Modon) explican esta frustración que provocó discrepancias entre aliados. Además, Pío V había muerto. Luego, la paz separada acordada entre Venecia y los turcos, el 7 de marzo de 1573, significaba el fin de la Santa Liga.
     Don Juan vivió dos inviernos de ensueño en Nápoles. El cardenal Granvelle, virrey de Nápoles, le acogió, según ciertos autores, con estas palabras: “Nápoles es la ciudad apropiada para que de las hazañas en el campo de Marte, paséis, aunque novicio, al jardín de Venus”. De hecho, don Juan, a sus veinticinco o veintiséis años, gozaba de condiciones óptimas para triunfar en las lides de Venus. El francés Brantome lo describe así: “Un príncipe hermoso y muy cabal. Era muy guapo, como acabo de decirlo, de buen tono, muy gentil en todas sus actuaciones, cortés, afable, de gran espíritu, sobre todo muy bravo y valiente [...]”.
     Otros contemporáneos opinaban lo mismo.
     Al parecer, don Juan cambió algo en el curso de estos años: quizá, por los humos de la gloria, por el ambiente especial de Nápoles. Antes tan moderado y discreto en su comportamiento amoroso, ahora casi libertino, dando rienda suelta a su libido. Fue el tiempo de los amores con Diana de Falangola, la piu bella donna de Napoli. Poco tiempo después de salir don Juan a la conquista de Túnez (10-11 de octubre de 1573), Diana dio a luz a una niña, Juana, que cuidaría la hermana de don Juan, Margarita de Parma. Pero, al volver de Túnez, don Juan no hizo caso a Diana (sí que le otorgó una pingüe dote) y vivió otra aventura con una tal Zenobia Saratosia. El episodio siguiente olía a escándalo y perjudicó la fama de don Juan, porque la querida, esta vez, era nada menos que Ana de Toledo, esposa del gobernador militar de Nápoles, la cual aprovechó la circunstancia para enriquecerse.
     En aquellos tiempos, don Juan soñaba ser rey. Le parecía que sólo un Trono real podría borrar la mácula de su nacimiento. Primero, recibió una oferta de los cristianos de la Morea, pero el país quedaba por conquistar y don Juan hubo de admitir que el proyecto tenía poca sustancia. Luego, se perfiló la hipótesis del reino de Túnez: la conquista la realizó el propio don Juan, con cierta facilidad, pero sin destruir las tropas turcas que se retiraron tierra adentro. Desde el punto de vista geopolítico, un reino de Túnez con un soberano español era un proyecto coherente pero, en 1574, la hacienda de Felipe II, al borde de la quiebra, no podía aguantar la inversión precisa. Así Felipe II resolvió alejar a don Juan de Túnez y le envió a Génova con la misión de apaciguar un conflicto entre los bandos de la ciudad. Entre tanto, los turcos reconquistaron Túnez. Felipe II, ya en ese momento, pensaba en su hermano para el tan difícil gobierno de los Países Bajos, y una carta del Rey alcanzó a don Juan, el 3 de mayo de 1576, en Vigevano, cerca de Milán, donde tomaba las aguas para curar dolores de hígado.
     La carta le ordenaba “volar” hasta Flandes para asumir el gobierno de los Países Bajos.
     Don Juan no obedeció. Remitió a su secretario Juan de Escobedo un memorándum en que exponía sus condiciones para aceptar tal cargo: trato personal con presupuesto adecuado, respecto de los usos del país y empleo casi exclusivo de agentes de la tierra, y, por último, last but not least, una política inglesa conforme al sueño real de don Juan: se trataba de la restauración del catolicismo en Inglaterra con la liberación de María Estuardo que se casaría con un príncipe cristiano, evidentemente el mismo don Juan. El príncipe contaba con el apoyo entusiasta del papa Gregorio XIII.
     Ya que no recibía contestación al memorándum, don Juan zarpó hacia Barcelona y se fue hasta El Escorial donde forzó a su hermano a recibirle. La discusión fue larga y difícil pero, a la postre, los dos hombres se pusieron de acuerdo, por lo menos teóricamente.
     Felipe II aprobaba el proyecto de don Juan, pero con la condición previa de la pacificación de los Países Bajos. Durante la estancia de don Juan en la Corte, que se prolongó hasta mediados de octubre de 1576, el príncipe entabló una relación con Antonio Pérez, secretario del Rey y amante de la princesa de Éboli. Don Juan, aún cándido, no se dio cuenta de que el turbio personaje jugaba con dos barajas y pagaría el precio muy pronto.
     El 17 de octubre, don Juan salió disfrazado de mozo de cuerda (de manos de Magdalena de Ulloa) para atravesar clandestinamente Francia con Octavio Gonzaga.
     El 3 de noviembre de 1576 estaba en Luxemburgo.
     La coyuntura no podía ser peor: el día anterior, las tropas españolas (también alemanas, italianas, etc.), exasperadas por el retraso de varios años en el abono de su paga, habían saqueado la gran ciudad de Amberes, cometiendo una matanza y toda clase de atrocidades. La misión de don Juan, encargado de conseguir la paz, parecía imposible. Tuvo que aceptar la salida del Ejército, que empezó el 21 de abril de 1577. Se esfumaba su esperanza de conquista de Inglaterra, ya que no le quedaba instrumento militar.
     Sin embargo, en julio, don Juan, convencido de que Guillermo de Orange y sus partidarios no querían la paz, envió a Escobedo a España con una relación detallada.
     Por otra parte, gracias a las remesas de las Indias, en especial de Potosí, la hacienda de Felipe II mejoró mucho. A principio de 1578, los regimientos españoles de elite estaban de vuelta en los Países Bajos y, el 31 de enero de 1578, en Gembloux, aprovechando el genio militar de Alejandro Farnesio, su querido compañero de Alcalá, don Juan lograba una victoria total sobre el Ejército de los Estados de los Países Bajos. La empresa inglesa se volvía posible: la carta de don Juan a Felipe II del 6 de febrero formulaba explícitamente el proyecto.
     Don Juan ignoraba que, en España, Antonio Pérez tejía su red de mentiras y calumnias para desprestigiarle, sugiriendo que don Juan preparaba una traición por ambición. Pérez insinuó que Escobedo, que seguía en Madrid y que había entendido el juego doble de Pérez, era el mal consejero de don Juan y consiguió el asentimiento tácito del Rey para asesinarle. Simultáneamente, el Rey no contestaba a las cartas de don Juan y no hacía caso a sus sugerencias; al contrario exigía un arreglo pacífico con los Estados, que la voluntad de Guillermo de Orange hacía ilusorio. Cuando, en abril de 1578, don Juan, ya gravemente enfermo, se enteró de la muerte de Escobedo, apuñalado, sospechó lo que pasaba en la Corte. Pero, gastado por las fiebres y la disentería, no podía más. El 28 de septiembre nombró a Alejandro Farnesio por su sucesor y murió el 1 de octubre de 1578 a la una de la tarde.
     Quedaba el problema del doble funeral: el de Namur, a los dos días de la muerte, y el traslado al panteón de San Lorenzo de El Escorial de marzo a mayo de 1579, conforme al deseo de don Juan y por orden del Rey. ¿Por qué este traslado con todos los honores, este recorrido solemne a través de Castilla? La explicación parece sencilla; Mateo Vázquez de Leca, otro secretario del Rey, le hizo descubrir a Felipe la perfidia de Antonio Pérez; luego, la consulta de los archivos de don Juan, llevados a El Escorial, demostró que el príncipe no traicionó nunca a su hermano. Nada se oponía al desarrollo del mito. Don Juan, ya presente en la pintura, el grabado, los tapices y la escultura, entró en la gran literatura: todo el canto XXIV de la Araucana de Alonso de Ercilla está dedicado a Lepanto y a don Juan. Y don Juan aparece en la Galatea y en el capítulo XXXIX de la primera parte del Quijote.
     Su retrato aparece en cuadros de artistas famosos como Alonso Sánchez Coello, en grabados, en medallas, y sigue en pie, en Mesina, su estatua colosal (Bartolomé Bennassar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Don Juan de Austria, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La Plaza Don Juan de Austria, al detalle:
Bar España
Fuente de las Cuatro Estaciones
Puerta Nueva, o de San Fernando (desaparecida)

viernes, 6 de octubre de 2023

La Pasarela de la Cartuja, de Luis Viñuela, y Fritz Leonhardt, para la Exposición Universal de 1992

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Pasarela de la Cartuja, de Luis Viñuela, y Fritz Leonhardt, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.     
   Hoy, 6 de octubre, Memoria de San Bruno, presbítero, el cual, oriundo de Colonia, ciudad de Lotaringia, en la actual Alemania, enseñó ciencias eclesiásticas en la Galia, aunque después, deseando llevar vida solitaria, con algunos discípulos se instaló en el apartado valle de Cartuja, en los Alpes, donde dio origen a una Orden que conjuga la soledad de los eremitas con la vida común de los cenobitas. Llamado por el papa Urbano II a Roma, para que le ayudase en las necesidades de la Iglesia, pasó los últimos años de su vida como eremita en el cenobio de La Torre, en Calabria, en la actual Italia (1001) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].    
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Pasarela de la Cartuja, de Luis Viñuela, y Fritz Leonhardt, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.
   La Pasarela de la Cartuja, se encuentra entre la avenida de Torneo, y la calle Camino de los Descubrimientos; en el Barrio de Triana Oeste, del Distrito de Triana.
     La celebración de la Exposición Universal de Sevilla de 1992 supuso, de manera necesaria, la remodelación de las grandes infraestructuras viarias imprescindibles para acoger un evento de tales características. La ampliación del aeropuerto de San Pablo; la remodelación de la red ferroviaria con la eliminación de las barreras internas de la ciudad y la centralización en una gran estación central de pasajeros, el cambio de vía y el trazado de la red de alta velocidad entre Madrid y Sevilla con apeadero en la Isla de la Cartuja; el justificado desdoblamiento de las carreteras de enlace de la ciudad con el resto de la Península, o la construcción de nuevos puentes que resolvieran a nivel urbano y metropolitano la conexión entre las dos márgenes del Guadalquivir. En este último capítulo, Sevilla pasó de tener tres puentes fijos y uno levadizo, todos ellos en el interior de la ciudad, a seis puentes fijos urbanos, con la incorporación de la pasarela de la Cartuja, el puente de la Barqueta y el del Cristo de la Expiración, de Chapina o del "Cachorro"; uno levadizo, el de las Delicias, que vino a sustituir el Puente de Hierro o de Alfonso XIII, y dos grandes puentes metropolitanos: el del Quinto Centenario, con gálibo que salvara el uso del puerto sin necesidad de hacerlo levadizo, y el del Alamillo.
     La Pasarela de la Cartuja, trazada entre la calle Torneo, a la altura de la calle Alfonso XII, hasta un extremo del Monasterio de Santa María de las Cuevas, tiene una longitud de 235 metros por once metros de ancho del tablero. Construido con estructura metálica, salva su luz con gran esbeltez contando con un único apoyo intermedio asimétrico, al estar desplazado del centro y próximo a la orilla de la calle Torneo. Se construye con estructura metálica con una viga central en T y vuelo de los tableros, también de acero. La pasarela se montó en una orilla, girándose hasta alcanzar su posición definitiva.
     La apuesta del puente es la de pasar desapercibido en el entorno monumental en que se encuentra, no restando protagonismo al edificio del monasterio tan próximo. Se trata de un buen ejemplo en el que el alarde tecnológico (en este caso por su extraordinaria esbeltez ya mencionada, por salvar una gran luz con reducida fecha) no va acompañado de ampulosas formas o geometrías. Por su sencillez y contención podría definirse más como un gesto que como una ardua obra de ingeniería (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El concurso se adjudicó al proyecto presentado por el equipo internacional formado por el ingeniero Luis Viñuela Rueda y el estudio alemán liderado por el ingeniero Fritz Leonhardt.
     Es una obra de ingeniería pura, ya que con modestia salva de un plumazo 170 metros de luz con 3 metros de canto. Fue récord en el Guinness de esbeltez en la relación canto - luz 1/56.
     Está formado por dovelas metálicas prefabricadas, con una longitud total de 238 metros se reparte en las siguientes luces: 42.5 metros en el tramo contiguo a expo, 170 metros en el tramo central y 24.4 metros en el tramo lateral lado Sevilla.
     El ancho del tablero es de 11 metros y posee un canto variable de casi 3 metros constantes en la mayoría del puente que aumenta a los 6 metros en la pila lado Expo y 1.92 m en el estribo del mismo lado. 
     Fue construido totalmente en tierra para su posterior giro mediante gatos hidráulicos.
     Como curiosidad, una vez terminada la Expo, se quería que esta pasarela destinada a viandantes se usara también para el tráfico rodado, al rehacer los cálculos se comprobó que cumplía ya que estaba sobredimensionado, ante el asombro de todos los ingenieros (Alfonso José Blázquez Recio, Levantamiento, recreación virtual y proceso constructivo de la Pasarela de la Cartuja. Sevilla, 2017).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Bruno, presbítero;
   El nombre del fundador de la orden de los cartujos en francés, normalmente debería escribirse Brunon, así como se escribe Bennon, Otton, Zénon. Y así es, en efecto, como se lo ha ortografíado en las biografías publicadas en 1785 y hasta en 1812, pero luego fue la forma latina Bruno la que prevaleció.
   Santo internacional, nació en Colonia (no debe confundírselo con el arzobispo de Colonia que tenía el mismo nombre), Alemania, hacia 1056, vivió en Francia y murió en Italia, en el interior de Calabria.
   Después de haber sido canónigo de la iglesia de San Cuniberto de Colonia, en 1056 se convirtió en maestro de la escuela adjunta a la catedral de Reims. En 1083 se retiró junto a seis compañeros a una región solitaria de Los Alpes del Delfinado, donde fundó, cerca de Grenoble, el monasterio de la Gran Cartuja, casa matriz de la orden de los cartujos. Allí sólo permaneció seis años, desde 1084 hasta 1090.
   Llamado a Roma por el papa Urbano II, que había sido su discípulo en Reims, se instaló en las Termas de Diocleciano que se convirtieron en la Cartuja de Roma. Pasó los últimos años de su vida en el sur de Italia, donde después de haber rechazado la arquidiócesis de Reggio, fundó una nueva cartuja en La Torre, Calabria, que puso bajo la advocación de Santa María in Eremo. Allí murió en 1011.
CULTO
   Beatificado tardíamente, en 1514, más de cuatro siglos después de su muerte, fue canonizado en el siglo XVII, en 1623. Ello explica que no ejerza otro patronazgo que el de la orden de los cartujos, que comparte con San Juan Bautista.
ICONOGRAFÍA
   La beatificación tardía también explica que aunque haya vivido en el siglo XI, el arte de la Edad Media lo haya ignorado completamente. En las numerosas cartujas que han tenido un papel de primera importancia en la historia del arte, como en Champmol les Dijon, por ejemplo, o en la de Pavía, no se encuentra ninguna imagen de San Bruno.
   Sólo ocupó un lugar en la iconografía cristiana a partir del siglo XV, cuando se autorizó su culto a los cartujos, y sobre todo después de su canonización en 1623. Es un ejemplo impresionante de la decisiva influencia de la fecha de canonización en la iconografía de los santos.
   Está vestido con la túnica blanca de los cartujos.
   Sus atributos son una estrella en el pecho, en recuerdo de la visión estelar de San Hugo, obispo de Grenoble, quien fuera avisado por siete estrellas de la llegada de los primeros siete cartujos; La mitra y el báculo bajo los pies, símbolo de su desprecio a las jerarquías de este mundo; una calavera ante la que medita; un crucifijo arborescente, porque gracias a él la cruz de Cristo fue plantada en la soledad boscosa de la cartuja; una rama de olivo, que alude al Salmo 51, que se le aplica: Ego sicut oliva fructifera in domo Dei (Yo, como olivo fructífero moraré en la casa de Dios).
   A veces tiene un dedo cruzado sobre los labios que indica el voto de silencio impuesto a los cartujos por la regla.
   Su iconografía es en su mayor parte francesa y española (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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