Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 28 de febrero de 2021

Un paseo por la calle Parlamento de Andalucía (desmembrada de la calle Andueza)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Parlamento de Andalucía (desmembrada de la calle Andueza), de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 28 de febrero, es el Día de la Comunidad Autónoma de Andalucía, al cumplirse el aniversario (28 de febrero de 1980) del referéndum sobre la iniciativa del proceso autonómico de Andalucía, que dio autonomía plena a la comunidad andaluza, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Parlamento de Andalucía (desmembrada de la calle Andueza), de Sevilla, dando un paseo por ella.
   La calle Parlamento de Andalucía (desmembrada de la calle Andueza) es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo; y en el Barrio del Doctor Barraquer-Grupo Renfe-Policlínico, del Distrito Macarena; y va de la calle Resolana, a la calle Muñoz León.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   La vía, en este caso una calle, está dedicada al Parlamento de Andalucía, cuya sede (en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas), se encuentra en las inmediaciones. 
 Durante siglos careció de nombre propio, identificándose por referencia a edificios inmediatos: Puerta de la Macarena y Hospital de la Sangre. En algunos documen­tos de los siglos XVII y XIX se alude, excepcionalmente, a la plaza de la Macarena. En la primera mitad de éste último, también aparece, refiriéndose a una serie de casas inmediatas a la muralla, como Acera del Cajón, y parece que también Barbacana, término que identifica, en este caso, el lienzo de muro, de menor altura, construido delante de la muralla, y que servía para reforzar el sistema defensivo. En 1859 se acuerda rotularla con el nombre actual, en memoria de Vicente Torres de Andueza, notable comerciante que fue prior del Consulado, fallecido años antes, y que había dejado un importante legado al Hospital de la Sangre, hasta que a finales del siglo XX, la parte que transcurre paralela a la muralla tomó el nombre de Parlamento de Andalucía, quedando el nombre de Andueza, para la zona que corre paralela al antiguo Hospital de las Cinco Llagas, dentro del recinto vallado. En cuanto a la adscripción de este topónimo, se presentan problemas. Existía por entonces una manzana de casas paralela a la muralla jun­to a la Puerta de la Macarena; según los planos generales de la ciudad de la segunda mitad del s. XIX, el mencionado nombre se identifica con la calleja existente entre la muralla y dichas casas, aunque en varios de ellos, y en otros parciales. aparece cerrada; sin embargo, en algún documento escrito dicho topónimo se corresponde con el espacio actual. Durante el primer tercio del s. XX parece que dicha calle se denomina Ruy Páez, poeta sevillano de los siglos XIV-XV, mientras que Andueza designa la parte ancha. También en 1868 a la delantera del Hospital se le dio el nombre de Beneficencia. No obstante, el topónimo actual es prácticamente desconocido, ya que popularmente se le identifica como un tramo de la "ronda", o bien por los edificios singulares que en ella se localizan, o por el topónimo general del barrio Macarena.
   Inicialmente, tras la construcción de la muralla en el s. XII, que delimita su frente sur, sería un espacio abierto, rodeado de huertas, en el que irían apareciendo algunas construcciones, por ser una salida importante de la ciudad. En el s. XVI, la erección del Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas define el frente norte. Para entonces ya se había formado el barrio extramuros de la Macarena y, por tanto, estaba edificado el inicio de la actual Don Fadrique, que cierra este espacio por el oeste. El lado opuesto seguirá ocupado por huertas y prácticamente sin ordenar hasta finales del pasado siglo. Delante de la barbacana que precede a la muralla se levanta un frente de casas a fines del s. XVI y primera mitad del XVII, cuyo número se irá ampliando en siglos posteriores, y permanecerá hasta mediados de la década de 1930. En este momento adquiere este espacio los límites actuales. Durante siglos careció de urbanización, y hay distintas alusiones a la formación de lagunas en este espacio. Los elementos más antiguos serán la calzada que partía de la Puerta de la Macarena, que define el lado oeste, y el foso que corría al pie de la barbacana, el cual, ya en el s. XVI, parece haber quedado transformado en desagüe de las lagunas que se formaban en todo el sector norte extramuros y de los husillos procedentes de intramuros; se salvaba delante de la puerta por medio de un puente o alcantarilla. Las representaciones gráficas de los siglos XVII y XVIII nos ofrecen un espacio central terrizo, con algunos montículos, y como únicos elementos una cruz sobre peana de fábrica y un abrevadero, ambos en la parte inmediata a la calzada, así como una fuente, que surtía de agua a los vecinos del arrabal. Es posible que la cruz tenga que ver con el cementerio que se improvisó allí con motivo de la peste de 1649. En el otro extremo se levantó otra, para marcar el límite del territorio del hospital, según inscripción de 1794.
   Inicialmente, los ejes de circulación formaban un abanico a partir de la puerta. El primero es la calzada; cuando en la segunda mitad del s. XVI se ponga en funcionamien­to el hospital, aparecerá otro diagonal; un tercero la comunicará con la zona de huer­tas a la derecha de dicho hospital, que sería el utilizado por los hortelanos para introdu­cir sus mercancías hacia el cercano mercado de la Feria. Los dos primeros aparecen flanqueados por árboles en planos de mediados del s. XIX. Posiblemente hasta bien entrada dicha centuria no surgiría, o se potenciaría, un eje de circulación paralelo a la muralla. En su segunda mitad se ajardina la delantera del hospital, y en 1888 se cierra con una verja, quedando segregado del espacio público. En las primeras décadas del presente siglo se prima el eje de circulación paralelo a la muralla, proyectándose una calzada de bastante anchura, que es la que hoy permanece. También se suceden diversas propuestas de infraestructura: ordenación de arrecifes, adoquinado, se acomete el alcantarillado y se van construyendo aceras. Subsiste el abrevadero y la fuente. En las décadas posteriores se aprueban otros proyectos de reforma del adoquinado hasta llegar a la capa asfáltica que hoy posee, vertida sobre el pavimento anterior. Cuenta con am­plias aceras de losetas de cemento, en las que se han abierto alcorques con árboles. También la iluminación ha experimentado cambios a los largo de esta centuria, hasta el sistema actual, instalado en 1960, con farolas de báculo. Durante estas décadas se han sucedido diversos proyectos de ordenación del espacio ajardinado existente entre la calzada y el hospital, el último de los cuales y que hoy subsiste es de 1973 (aunque posteriormente a comienzos de los años '90 del siglo XX, se reordenaría de nuevo. En su extremo oriental se levanta un monumento al Dr. Alexander Fleming (1881-1955), descubridor de la penicilina, obra de Juan Abascal (1958), por iniciativa del diario Sevilla (ha sido trasladado a la avenida del Dr. Fedriani, s/n, junto a la Facultad de Medicina, en 2002). En el otro extremo existen unos urinarios subte­rráneos. Llama la atención la concentración, en el tramo de acera existente entre Don Fadrique y la calle que da acceso al hospital, de un variado mobiliario urbano: varios quioscos de distinto tipo, cabinas de teléfonos y paradas de autobuses.
   El único edificio existente en esta calle es el Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, institución fundada a comienzos del s. XVI por doña Catalina de Ribera, mientras que el citado edificio, construido en la segunda mitad de dicha centuria, fue costeado por su hijo, don Fadrique Enríquez de Ribera. El proyecto inicial fue de Martin de Gaínza, al que siguieron Hernán Ruiz, Benvenuto Tortello y Asensio de Maeda. En 1837 se transformó en Hospital Central, al suprimirse casi todos los existentes en la ciudad, función que mantuvo hasta hace una décadas; en la actualidad está en proceso de restauración para ubicar el Parlamento de Andalucía (allí ubicado desde 1992). En la acera frontera se encuentra uno de los pocos tramos visibles de la muralla levantada en el s. XII y la Puerta de la Macarena, por la que hicieron su entrada en la ciudad varios monarcas. Ha sufrido nume­rosas reformas que sustituyeron su entrada acodada por otra directa en el s. XVI; la actual se debe a una reconstrucción de 1795, según recuerda una inscripción; otra alude a la reforma de 1723. Como otras puertas, contó con varios retablos. A mediados de dicha centuria se cita una pintura de la Virgen de los Dolores; a comienzos de la siguiente un fresco de la Virgen de los Reyes en el ático, hacia el exterior, y un lienzo de Nuestra Señora de la Piedad bajo el arco; en 1923 se instala el azulejo de la Esperanza Macarena, flanqueado por otros dos con escudos de la hermandad, de Sevilla y de España, como recuerda una inscripción. Otra recuerda una provisión real sobre el límite en el cometido de determinados guardas de la ciudad. 
 Por su ubicación, los usos fueron durante siglos marginales: vertedero de inmundicias, abrevadero de animales, todavía en 1886 pastaban vacas y cerdos delante del hospital, así como campo de pedrea entre bandas de jóvenes; instalación de casillas o cajones de madera para venta de artículos diversos; en 1649 se habilitó como cementerio; incluso a comienzos del s. XVIII existía un almiar para abastecer de paja a los animales de tiro que llegaban a la ciudad. En diversos momentos de los siglos XV y XVI se instalaron horcas y, excepcionalmente, tuvo lugar la quema de un hereje en 1737. Ya en el s. XIX, se conceden distintas  licencias para instalar puestos de agua, y en 1907 se documenta la primera autorización de un cinematógrafo, a las que seguirán otras en décadas posteriores, así como de algún teatro, en todos los casos al aire libre. En la actualidad se ha convertido en una zona de intenso tráfico y de distribución del mismo, ya que aquí desembocan dos ac­cesos a la ciudad desde la zona norte de la provincia. También hay un gran movimiento de personas. que acuden a los distintos centros asistenciales existente en sus proximi­dades, así como a la Facultad de Medicina. En la madrugada y la mañana del Viernes Santo se congrega una gran multitud para contemplar la entrada y la salida de la cofradía de la Macarena, que durante décadas se aproximaba al hospital [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor el Parlamento de Andalucía, a quien está dedicada esta vía del callejero sevillano:
   El Parlamento de Andalucía representa al pueblo andaluz. Sus 109 miembros son elegidos por sufragio universal, igual, libre, directo y secreto mediante un sistema electoral proporcional corregido territorialmente de forma que ninguna provincia tenga más del doble de diputados que otra.
   La Comunidad Autónoma de Andalucía se configura como un sistema parlamentario de gobierno, por lo que el Parlamento es el centro de las decisiones políticas fundamentales, de las que la primera es la elección del presidente o presidenta del Gobierno, que lo es también de la Comunidad. De esta forma el Poder Ejecutivo ha de contar con la confianza de la Cámara, que ejercerá, en consecuencia, una permanente tarea de control que puede llegar incluso a la destitución del presidente o presidenta mediante una moción de censura.
   Por otra parte corresponde al Parlamento el ejercicio de la potestad legislativa a través de la cual se hace efectiva su autonomía política por cuanto sus leyes no se encuentran sujetas más que a la Constitución y al Estatuto de Autonomía. Es también función del Parlamento la aprobación anual del Presupuesto de la Comunidad Autónoma.
   Como en todas las democracias modernas, la actividad del Parlamento de Andalucía no se entendería sin tener en cuenta el protagonismo que corresponde a los partidos políticos, los cuales, a través de los grupos parlamentarios, orientan y dirigen la actuación de los diputados que comparten una misma ideología.
   El Parlamento ejerce la potestad legislativa, impulsa y controla la acción del Consejo de Gobierno, aprueba los Presupuestos de la Comunidad y realiza aquellas otras funciones que se establecen en el Estatuto de Autonomía y sus leyes.
   El artículo 147 de la Constitución Española establece que los Estatutos de Autonomía deben contener la denominación, organización y sede de las instituciones autónomas propias. El Estatuto de Autonomía para Andalucía hace referencia a la sede del Parlamento en su artículo 4 estableciéndola en la ciudad de Sevilla que queda constituida como capital de Andalucía y donde se encuentra también la Presidencia de la Junta de Andalucía y del Consejo de Gobierno, sin perjuicio de que éstas Instituciones puedan celebrar sesiones en otras ciudades de Andalucía. Con ello se alcanza una solución de compromiso sobre el problema de la distribución de las instituciones andaluzas en el territorio. En este sentido ha de señalarse que la ciudad de Granada acoge la sede del Consejo Consultivo y la del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que cuenta con salas también en las ciudades de Málaga y Sevilla.
   Hasta llegar al momento actual, la Cámara andaluza ha pasado por diversas vicisitudes. Así su Sesión Constitutiva, celebrada el día 21 de junio de 1982, por acuerdo del Consejo Permanente de la Junta se realizó en los Reales Alcázares de Sevilla.
   El Parlamento, que no disponía en esos momentos de los recursos necesarios, contó con el apoyo decidido de otras instituciones, como, en este caso, el Ayuntamiento de Sevilla. El primer Presidente del Parlamento, don Antonio Ojeda, expresaba el espíritu de aquel momento en la Sesión Constitutiva: "Tenemos ante nosotros una labor gigantesca, [...] partimos también de una situación material precaria, [...] pero tenemos una gran ilusión, una voluntad política firme y un pueblo decidido a ilusionarse y luchar por su autonomía, por solucionar sus problemas y por recuperar su dignidad".
   Ya desde el primer momento se iniciaron las gestiones para situar la sede definitiva en su presente ubicación, el Hospital de las Cinco Llagas. Mientras eso ocurría, el Parlamento comenzó su andadura siendo una Cámara itinerante dentro de la ciudad de Sevilla y estuvo ocupando provisionalmente diversos lugares de la ciudad hispalense.
   La constitución del Parlamento Andaluz tuvo lugar el 21 de junio de 1982 en el Salón de Tapices de los Reales Alcázares. Allí se celebraron nueve sesiones plenarias, la última en enero de 1983. Entre otras actividades, allí se produjo la primera elección de senadores por la Comunidad Autónoma y se aprobó la ley del himno y el escudo de Andalucía.
   La siguiente sede de la Cámara fue el Palacio de la Audiencia Territorial, donde se trasladó en febrero de 1983. En total se celebraron allí 50 Plenos, hasta noviembre de 1985.
   En diciembre de 1985, los plenos comienzan a celebrarse en la antigua iglesia de San Hermenegildo. Allí concluyó la primera Legislatura y se desarrolló la segunda y parte de la tercera, hasta febrero de 1992.
   En 1992, el Pleno Institucional correspondiente al Día de Andalucía se celebró ya en su nueva sede del Hospital de las Cinco Llagas (web oficial del Parlamento de Andalucía).
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La calle Parlamento de Andalucía, al detalle:

sábado, 27 de febrero de 2021

La pintura "Tipo de Ávila (boceto)", de Sorolla, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Tipo de Ávila (boceto)", de Sorolla, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, 27 de febrero, es el aniversario del nacimiento (27 de febrero de 1863) de Joaquín Sorolla, pintor valenciano, una de cuyas obras se encuentra en el Museo de Bellas Artes, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Tipo de Ávila (boceto)", de Sorolla, en la sala XIV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XIV del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Tipo de Ávila (boceto)", de Sorolla (1863-1923), siendo un óleo sobre lienzo en estilo luminista de escuela valenciana, realizado hacia 1910, con unas medidas de 1'00 x 1'25 m., procedente de la donación de Dº Joaquín Sorolla en 1933.
   Hombre a caballo vestido siguiendo el tipo avilés con capa y sombrero. Se trata de un boceto preparatorio realizado para su obra "Castilla. La fiesta del pan". Aparece la figura en primer plano llenando toda la composición. Como fondo, la aridez y la planicie de los campos castellanos. (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Obra que reclama especial atención es el Tipo de Ávila de Joaquín Sorolla (1863-1923), obra de sobrio dibujo y color vitalista propia de la madurez de un artista en los años en que recorrió la geografía nacional empeñado en captar tipos populares de las distintas regiones (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991). 
 Conozcamos mejor al autor de esta obra, Joaquín Sorolla
   Joaquín Sorolla Bastida (Valencia, 27 de febrero de 1863 – Cercedilla, Madrid, 10 de agosto de 1923), pintor.
   De familia humilde, sus padres tenían un pequeño negocio textil, queda huérfano a la edad de dos años, siendo recogido por una hermana de su madre, Isabel Bastida Prat, que estaba casada con un maestro cerrajero. Poco más se sabe de esos primeros años del artista hasta el año 1875, en que acude al instituto de Segunda Enseñanza de Valencia, manifestando más interés por lápices y colores que por otras materias, lo que induce a su director a recomendar a su familia que le orienten hacia las Bellas Artes. A partir de 1876 será aprendiz en el taller familiar y asistirá a las clases nocturnas de dibujo en la Escuela de Artesanos, que impartía el escultor Cayetano Capuz. En el mes de octubre de 1878 ingresa en la Escuela de Bellas Artes de Valencia, donde recibe una formación académica basada en la pintura española del siglo XVII, fundamentalmente la obra de Velázquez. Entre sus distintos maestros destaca Gonzalo Salvá Simbor (1854-1923), que le introduce en la pintura al aire libre. Concluye su etapa académica en 1881, año en que participa con tres Marinas en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, que pasan desapercibidas, pero al acompañar sus cuadros conoce el Museo del Prado y queda deslumbrado con el arte de Velázquez. A su regreso a Valencia entra en contacto con Ignacio Pinazo Camarlench (1849-1916), que le insistirá de nuevo en la pintura al aire libre. El discípulo se compenetra de tal forma con el maestro, que muchas obras de ambos pintores se confunden. En 1883 vuelve a Madrid para copiar a Velázquez en el Museo del Prado. 
 En la exposición Nacional de Bellas Artes de 1884 Sorolla presenta un tema de historia, El Dos de Mayo, siguiendo las pautas de Pinazo al pintarlo directamente en uno de los corrales de la plaza de toros de Valencia. Es la primera vez que un cuadro de historia se pinta del natural y, quizá, por esa razón le sea concedida una segunda medalla. Respaldado por esta recompensa se presenta a unas oposiciones para ser pensionado en Roma por la Diputación Provincial de Valencia. Como era de esperar gana el concurso tras la realización de El grito del palleter, último ejercicio de la misma. En el mes de enero siguiente embarca hacia Italia para tomar posesión de la pensión. Una vez llegado a Roma, el ambiente no le convence, aunque sufre por breve tiempo la influencia de Mariano Fortuny Marsal (1838-1874), que ya fallecido sigue dominando la pintura romana de esos momentos.
   Buscando nuevos horizontes marcha en la primavera a París en compañía de Pedro Gil Moreno de Mora (1856-1930). Allí debió de relacionarse con Francisco Domingo Marqués (1842-1920) al visitar su estudio, donde pudo coincidir con su buen amigo el escultor Mariano Benlliure y Gil (1862-1947). De su estancia en París poco conocemos, sus biógrafos más antiguos nos hablan de que visita dos exposiciones que le causan gran impresión: la del francés Jules Bastien- Lepage (1848-1884) y la del alemán Adolf Menzel (1815-1905). A través del primero entra en contacto con L’École de Barbizon y con los temas de denuncia social, por ser su introductor en la pintura. Del maestro alemán debió admirar su paleta exuberante.
   Finalizado el verano debió de regresar a Roma, no se poseen datos fidedignos, y comienza a viajar por Italia. Según las pequeñas notas de color que se conocen debió de visitar Pisa, Florencia, Venecia y Nápoles entre el otoño de 1885 y la primavera de 1886. En ese año, ya establecido en Roma, comienza a idear su próxima intervención en las Exposiciones Nacionales, el concurso estaba fijado para el año siguiente. Tras desechar distintos temas, entre ellos el del conde Valentino —César Borgia— se decanta por un tema histórico- religioso: El entierro de Cristo. Su realización le lleva más de un año, borrando y vuelta a pintar, para obtener unos resultados insignificantes en la citada exposición: sólo consigue una consideración de segunda medalla, que Sorolla no se molestó en recoger.
   La obra muy influenciada por los pintores alemanes los Nazarenos, no gustó al jurado porque, quizá, esperaban una composición en la línea de El Dos de Mayo.
   El fracaso causa un gran impacto en Sorolla, que decide abandonar Roma e instalarse en Asís, donde lo acoge el pintor José Benlliure y Gil (1855-1937), que lo recibe como un hermano menor, dada la gran relación que tenía con la familia Benlliure, y le hace interesarse por la pintura costumbrista, de la que era un reconocido representante. Tras la herencia de Pinazo, comienza a interesarse por esta temática a través de la acuarela, que vende con facilidad en Hispanoamérica a través del pintor alicantino Francisco Jover Casanova (1830-1890). Es un medio más de subsistencia ante lo precario de su pensión, aunque se le ha prorrogado un año más tras el envío reglamentario del último año, El padre Xofré protegiendo a un loco. El 8 de septiembre contrae matrimonio en Valencia con Clotilde García del Castillo, hija de su primer protector, el fotógrafo Antonio García Peris. El nuevo matrimonio se traslada a Italia y se asienta en Asís, pero al iniciarse el año 1889 Sorolla ha concluido la pensión y se han acabado sus envíos a Hispanoamérica por lo que deciden regresar a España.
   A finales de la primavera venden su casa de Asís y desviándose a París regresan a Valencia, donde se asientan provisionalmente, hasta que se instalan en Madrid a finales de año. La breve estancia en París, no documentada, tiene una gran trascendencia en la obra posterior de Sorolla. Se estaba celebrando una Exposición Universal en la ciudad y en la misma exponían por primera vez los pintores nórdicos. Sorolla tuvo que verlos porque en su obra posterior existen grandes concomitancias en la forma de expresarse dichos pintores, especialmente en lo concerniente al tratamiento de la luz. Concluye en este momento su etapa de formación para iniciarse la segunda o de consolidación, que abarca hasta el año 1899, en la que desarrolla su luminismo.
   Ya establecido en Madrid participa de nuevo en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1890, presentando Boulevard de París, compuesto con las anotaciones de sus dos estancias en la Ciudad de la Luz, obteniendo de nuevo una segunda medalla. En esa exposición debió de entrar en contacto con dos pintores que marcarán su futura pintura: Aureliano de Beruete y Moret (1845-1912) y José Jiménez Aranda (1837-1903). El primero es madrileño y un excelente paisajista. Gran viajero, informa a Sorolla de las novedades artísticas de toda Europa a través de una numerosa correspondencia y, además, como aristócrata que era le abre los salones de la sociedad madrileña, que le solicita numerosísimos retratos. El segundo es sevillano y acérrimo seguidor de Mariano Fortuny. Intenta convencer a nuestro pintor de que sus temas costumbristas sean más comerciales, buscando lo gracioso y bien acabado, rozando el tema de los casacones, que Sorolla nunca contempla en su obra. Al marcharse de Madrid en 1897 Sorolla hereda su gran discipulado, alquilando los mismos estudios que el sevillano tenía en Madrid. Durante este período de consolidación aparecen nuevas temáticas en la obra de Sorolla: el realismo social y el costumbrismo marinero.
   El primero se debe a una moda de la época, ya que sustituye al tema de historia en los certámenes oficiales. Tiene su origen en la obra de Bastien-Lepge e intenta denostar las lacras de la sociedad contemporánea.
   En la obra de Sorolla son escenas costumbristas bajo denominaciones muy literarias, en las que estriba más la denuncia social que en la propia representación.
   Nada lejano a esos títulos se encuentra el escritor Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), amigo de la infancia, que seguramente le inspiró algunos de ellos, caso confirmado en Triste herencia, que el pintor quiso denominar Los hijos del placer. La temática, muy reducida, se completa con otras obras: ¡Otra Margarita!, de 1892 y primera medalla en la Exposición Nacional de 1892; ¡... y aún dicen que el pescado es caro!, de 1894 e igualmente primera medalla en la Nacional de 1895, y Trata de blancas, de 1894, aunque esté firmada un año después. El costumbrismo marinero no es una creación de Sorolla ya que su iniciador es Pinazo, pero nuestro artista lo lleva a sus últimas conclusiones. Deriva del costumbrismo valenciano que ha estado realizando con anterioridad, especialmente de huertanos, para dedicarlo en exclusiva a las gentes del mar. Su punto de arranque es el lienzo La vuelta de la pesca, fechado en 1894 y desarrolla la temática hasta 1916. Del mismo derivará el tema de playa, insinuado en 1899 con Viento del sur y establecido rotundamente en su obra a partir de 1904.
   En 1900 Sorolla interviene en la Exposición Universal de París presentando seis obras en el Pabellón de España, licencia que compartía con Raimundo de Madrazo, frente a las dos obras permitidas al resto de los participantes. Como era de esperar obtiene el Grand Prix de los pabellones español y lusitano, otorgado por un Jurado internacional. Desde 1892 ha participado en numerosas exposiciones internacionales celebradas en Múnich, París, Chicago, Viena, Berlín, Venecia y Viena, donde obtuvo numerosas recompensas, pero la distinción parisina lo encumbraba y reconocía como uno de los mejores pintores del mundo.
   Al año siguiente se le otorgaba la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid.
   Refrendado por ambas recompensas se lanza hacia una pintura mucho más personal, basada en el luminismo.
   Entramos en su etapa de culminación que se prorroga hasta 1911. Se interesa en ella por el paisaje, que ya había tanteado en pequeño formato, y consecuentemente comienza a viajar por distintas regiones españolas, campañas en León, Asturias y Pasajes de San Juan (Guipúzcoa), entre los años 1902 y 1904, buscando unas luces diferentes a las de la costa mediterránea.
   Sigue pintando en Valencia o en Jávea costumbrismo marinero, del que se desgaja el tema de playa en 1904 con su lienzo Verano, y continúa su labor de retratos, imponiéndose como el retratista de moda.
   Sus constantes desplazamientos a París le hacen conocer los distintos movimientos europeos, que experimenta en muchas de sus obras. Se pueden rastrear todos los ismos en su producción, a excepción del cubismo, que entremezcla buscando una nueva forma de expresarse. En los temas costumbristas y de playa gusta de las luces del ocaso, que dramatizan sus composiciones acercándolo al expresionismo. Su paleta excesivamente brillante en algunas ocasiones puede llegar a cegar al espectador, Pescadoras valencianas de 1903 y propiedad de la Diputación de Valencia, o en sus escenas de acantilados pintados en 1905 en Jávea (Alicante).
   A finales de la primavera de 1906 Sorolla expone individualmente en París con un extraordinario éxito de público, crítica y ventas. Permanece en la ciudad durante todo el período de la muestra, que se prorroga hasta finales del mes de julio, y debió de incrementar sus conocimientos de la pintura francesa, que demuestra en los lienzos realizados en Biarritz en el mes de agosto siguiente, donde rebaja la intensidad de su paleta, elimina los fuertes contrastes y se aproxima levemente al impresionismo francés en la utilización de malvas, violetas y blancos, aunque no utilice la menuda pincelada que lo caracteriza, Instantánea, Biarritz es uno de los mejores cuadros de este momento.
   A su regreso a España, en el mes de octubre se enfrenta con el paisaje de Segovia y a partir del día 21 con el de Toledo. El paisaje castellano irrumpe en su obra quizá bajo la influencia de la Generación del 98, que lo ensalza —especialmente Azorín—, del interés suscitado por la Institución Libre de Enseñanza o por las indicaciones de Aureliano de Beruete, que lo ha recogido en numerosos lienzos. En el invierno siguiente la familia Sorolla se instala en el Monte de El Pardo, ante la enfermedad pulmonar de su hija mayor. En sus estancias allí recoge en varios lienzos su monte con la Sierra de Guadarrama al fondo, temas que ya había tratado Beruete con anterioridad En 1907 presenta su obra en tres ciudades alemanas, Berlín, Dusseldorf y Colonia con un éxito mínimo. En el verano, los reyes de España le invitan a que los retrate en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso (Segovia) y Sorolla, acompañado de su familia, pasa allí el verano. Recoge a los Monarcas en sendos retratos pintados en los jardines y comienza a interesarse por esta nueva temática. Ante el compromiso de una nueva exposición en Londres al año siguiente, realiza una campaña en el Puerto de Valencia durante el mes de diciembre y primeros días de 1908. Muchos de los lienzos ejecutados tienen seria relación con el fauvismo, al prescindir del dibujo y utilizar colores casi planos, Puerto de Valencia del Museo Sorolla. A finales de enero marcha a Sevilla ante la petición de la reina Victoria Eugenia para que haga un segundo retrato, con manto de armiño, y entre pose y pose de la retratada descubre los jardines de los Reales Alcázares, de los que fija en el lienzo algunos de sus rincones. Es el verdadero inicio de la temática del jardín, en los que suele manifestarse de forma intimista frente a la grandilocuencia de Santiago Rusiñol (1861-1931). A su regreso a Madrid ha de ocuparse de los preparativos de su exposición londinense, que se inaugura en el mes de mayo y con resultado exiguo, debido a demasiados patronazgos que molestó a las altas esferas de la ciudad. En esta exposición entra en contacto con Archer Huntington, fundador de The Hispanic Society of America de Nueva York, que le invita a exponer en Estados Unidos. Ese verano pinta de nuevo en las playas de Valencia, volviendo a utilizar las dramáticas tintas del ocaso.
   En el mes de enero de 1909 embarca hacia Nueva York para realizar en The Hispanic Society of America una exposición monográfica, en la que presenta trescientas cincuenta obras. La inauguración tiene lugar el 8 de febrero y durante el mes en que permanece abierta es visitada por casi ciento sesenta mil personas.
   La crítica no tiene más que elogios y vende prácticamente la mitad de la obra exhibida. La exposición, muy mermada, se lleva a continuación a Buffalo y Boston. A finales de mayo regresa a España para afincarse en Valencia, iniciando uno de sus momentos más brillantes como pintor. Los temas que realiza siempre están relacionados con la playa en escenas llenas de sensibilidad y en las que los falsos blancos cobran una magnitud incomparable. Paseo a orillas del mar corresponde a este momento y es una de las obras culminantes del artista. En el mes de noviembre siguiente hace su primera campaña en Granada, interesándose fundamentalmente por Sierra Nevada y los exteriores de La Alhambra, de las que realiza algunas versiones. En enero de 1910 inicia una gran campaña en Andalucía, pintando jardines en Sevilla, Granada y Córdoba y escenas marítimas en Málaga. Todas estas obras están encaminadas al compromiso de exponer al año siguiente en Estados Unidos. Tras una breve estancia en Madrid marcha a Ávila y Burgos a finales del mes de marzo recogiendo temas urbanos de las dos ciudades, temática nada frecuente en su producción.
   Mientras está fuera de Madrid comienzan las gestiones para construir su casa definitiva en Madrid. En 1905 ha adquirido un solar en el Paseo del Obelisco, posteriormente del General Martínez Campos. A partir de esa fecha comienza a diseñar su futura vivienda, pero hasta 1909 no se interesa por su construcción al pedirle al arquitecto Enrique María de Repullés y Vargas (1845-1922) el diseño del nuevo edificio, cuyo proyecto es presentado en el Ayuntamiento de Madrid el 12 de febrero de 1910. Tras algunas modificaciones, al adquirir Sorolla un solar aledaño en el mes de mayo, se comienza a levantar el edificio en el mes de julio siguiente, para estar concluido en los últimos meses de 1911. Con los años será reconvertido en el Museo Sorolla, al donarlo al Estado español su viuda, Clotilde García del Castillo. El verano de 1910 transcurre entre Zarauz (Guipúzcoa) y Valencia. En la primera se enfrenta con temas de playa elegantes, siguiendo la línea de lo realizado en El Cabañal el año anterior, Bajo el toldo, playa de Zarauz es otra obra destacable del pintor; en la segunda retoma sus escenas de costumbrismo marinero y escenas de playa de fuertes contrastes de luz, Chicos en la playa del Museo del Pardo.
   En el mes de octubre de 1910 se entrevista con Huntington en París para iniciar las conversaciones sobre un posible encargo: una gran decoración sobre Las Provincias de España, que hasta noviembre de 1911 no se formalizará. De nuevo se embarca hacia Estados Unidos a principios de ese último año para exponer su obra en Chicago y Saint-Louis bajo el patrocinio de The Hispanic Society of America. Tan sólo presentaba ciento cincuenta números en su catálogo y sus resultados no fueron tan satisfactorios como en las exposiciones de dos años antes, hay que tener en cuenta la proximidad de las dos campañas.
   Se supone que en Estados Unidos seguiría perfilando el gran encargo pendiente, porque a su regreso a España realiza varios gouaches disponiendo las distintas provincias españolas teniendo en cuenta sus producciones agrarias u otras actividades mercantiles. Se encuentra en San Sebastián y de nuevo se enfrenta con el paisaje marítimo de la ciudad pero con una tendencia hacia lo esquemático, recogiendo tan sólo los elementos esenciales de la composición, tendencia que también se puede apreciar en La siesta, pintado en la finca guipuzcoana del doctor Madinaveitia.
   El 26 de noviembre de 1911 se reúne de nuevo en París con Archer Milton Huntington, firmando un contrato privado para que el pintor realice dicha decoración.
   Sorolla debió de presentarle algunas de las ideas desarrolladas en San Sebastián, que se supone que agradarían al magnate norteamericano, que le ofrecía a cambio la cantidad de 150.000 dólares, que era una fortuna en aquellos tiempos, y el artista se comprometía a entregarla en el plazo de cinco años, aunque no la termine hasta ocho años más tarde. En el contrato se establecía que debía recoger a las gentes de España y Portugal, pero en 1914 se acuerda que quede limitado a tierras españolas. Se inicia en este momento la última etapa del pintor, que viene determinada por dicha decoración. Nada más regresar a Madrid acomete el primer gran estudio, Abuela y nieta, Valle de Ansó en el mes de diciembre.
   Hasta la primavera siguiente se encierra en su estudio madrileño programando la decoración y recogiendo todo tipo de material que le ayude en su composición: fotografías, libros, recortes de prensa y revistas, numerosa correspondencia pidiendo datos, etc.
   Con la llegada del buen tiempo inicia sus campañas en tierras de Castilla, trabajando en las provincias de Toledo (Lagartera), Segovia, Ávila, Salamanca (Villar de Álamos y La Alberca) y Valladolid (Medina del Campo), recogiendo en grandes lienzos a sus gentes y en medianos su paisaje. En el verano continúa esta labor en Guipúzcoa, Navarra (Valle del Roncal) y Huesca (Valle de Ansó), para proseguir esta labor durante el otoño por tierras de Guadalajara (Jadraque), Soria y Ciudad Real (Campo de Criptana), concluyendo la campaña en Toledo capital.
   En los inicios de 1913 alquila un gran espacio en las afueras de Madrid para acometer el primer panel de esta decoración, La fiesta del pan, que recoge a las gentes de las dos Castilla y del reino de León. El lienzo, de casi catorce metros de base, le lleva más de un año concluirlo ante el excesivo material acumulado. Cambia de postura en los siguientes paneles, que decide realizar in situ, evitándose excesiva obra preparatoria.
   En la primavera de 1914, y coincidiendo con la Semana Santa, se instala en Sevilla para realizar Los nazarenos, un tema de procesión, para enredarse a su conclusión en temas de gitanas con destino a un encargo que tiene, El baile en el Café Novedades. En el verano marcha a San Sebastián para acometer la realización de Los bolos, que no concluye hasta principios del mes de octubre, pero antes ha estado en Jaca donde compone los temas representativos de Navarra, Concejo del Roncal, y de Aragón, La jota. La actividad del artista es tan intensa que obliga a casarse a su hija María en Jaca por no querer desplazarse a Madrid. El 7 de octubre está en Sevilla camino de Jerez de la Frontera, donde intenta captar un tema de vendimia, pero el día 16 cambia de idea y se traslada a Sevilla, donde ejecuta El encierro, tema relacionado con el mundo de los toros. Antes de concluirlo, el 12 de diciembre ya está buscando fondos para el siguiente panel, El baile o La Cruz de Mayo, permaneciendo en la ciudad hasta el mes de marzo, pintando el citado panel y Los toreros, otro tema andaluz que seguramente le habían impuesto, ya que a Sorolla no le gustaba la fiesta nacional.
   El mes de junio de 1915 descansa de la decoración por primera vez. Se asienta en Valencia y pinta muy poco. Se olvida de los temas de playa y retoma el costumbrismo marinero, siendo ejemplo representativo Pescadoras valencianas, del Museo Sorolla, en que las luces del ocaso están dulcificadas, como ya había hecho en 1909, y sus figuras son monumentales, muy relacionadas con la decoración de Estados Unidos.
   Entre los meses de julio y agosto siguientes se dirige a Galicia para realizar el panel representativo de la región, Las grupas, pintado en Villagarcía de Arosa. 
 Es curioso constatar que en Galicia, tierra de pescadores, sea un tema de feria o de mercado el que la represente. Quizá ese tema lo está reservando Sorolla para la región valenciana, pero lo acomete con anterioridad en el lienzo dedicado a Cataluña, El pescado, realizado durante el otoño siguiente, tomando notas para su fondo en Lloret de Mar (Gerona) y ejecutando la tela en La Barceloneta. Las Navidades transcurren en Valencia y continúa su estancia en la ciudad hasta la primavera de 1916. Durante ese período acomete el primer panel dedicado a la región valenciana, Las grupas, que representa un cortejo de la feria de julio celebrada en Valencia, donde una cabalgata recorría el Puente del Mar en dirección a La Alameda. El panel debió de terminarse a finales del mes de marzo.
   Hasta el verano se desconoce qué actividad le inquieta, aunque a ese momento pertenecen las primeras versiones del jardín que rodea su casa madrileña y fecha algún retrato con destino a la Galería Iconográfica de Españoles Ilustres que le ha encargado, asimismo, The Hispanic Society of America.
   En el verano siguiente se instala de nuevo en Valencia. Sigue descansando de la decoración. A ese momento pertenecen sus últimas composiciones de playa y costumbrismo marinero, de las que destaca La bata rosa o Después del baño, lienzo en que resume todos sus conocimientos sobre el tratamiento de la luz al utilizar diferentes focos. Hasta finales de 1916 se desconoce en qué trabaja el artista, en el mes de diciembre se encuentra en Andalucía haciendo un pequeño recorrido en compañía de su familia, en el mes de enero siguiente se encuentra en Sevilla y en Plasencia, donde intenta retomar la decoración, pero el mal tiempo le hace abandonar el proyecto, y hace una pequeña incursión en Tetuán. A su regreso asiste en Láchar (Granada) a una cacería real para tomar notas para un retrato de Alfonso XIII como cazador, pero el mal tiempo hace que se suspenda y Sorolla se traslada a Granada, capital donde ejecuta sus últimas versiones de los jardines de La Alhambra y El Generalife de forma muy esquemática y de contornos nada precisos. Quizá el mal tiempo influya en esta nueva concepción del jardín, pero Sorolla se expresa de igual forma en los que realiza de su propia casa a partir de este momento. Ya en Madrid sigue ocupándose en los retratos para la Sociedad Hispánica. En verano de 1917 transcurre en San Sebastián, como el siguiente, dedicándose a pintar en pequeño formato escenas de la vida cotidiana, muy relacionadas con el tema de playa, con ligeros toques y una gran sensibilidad. Al mismo tiempo se enfrenta de nuevo con el paisaje marítimo de la ciudad, logrando nuevas sensaciones en la serie de sus Rompeolas, San Sebastián, con una paleta diferente y dicciones muy cercanas al fauvismo.
   Vuelve a interesarse por la decoración en el otoño de 1917 al instalarse en Plasencia. Acomete El mercado, panel representativo de Extremadura, pero resuelta la composición se pone enfermo y regresa a Madrid en el mes de noviembre, donde concluye la composición, caso único a excepción de La fiesta del pan. Sobre un fondo de la ciudad gentes de Montehermoso negocian la venta de una piara de cerdos. El invierno siguiente y la primavera transcurren en Madrid, ocupándose de retratos y nuevas versiones del jardín de su casa madrileña, haciendo un paréntesis durante la Semana Santa para acercarse por última vez a Sevilla, para recoger en varias telas rincones de los Reales Alcázares de forma muy sintética como había hecho en Granada el año anterior, La Alberca, Alcázar de Sevilla. El verano de 1918, como ya hemos visto, marcha a San Sebastián y el 28 de septiembre lo encontramos en Alicante en compañía de su hijo Joaquín. Se ha propuesto pintar el segundo panel de la región valenciana, El palmeral, y duda si realizarlo en Elche o en la propia ciudad. Se traslada constantemente a la villa ilicitana para dibujar y pedir fotografías con destino a la composición de la tela, pero en noviembre su hijo se pone enfermo y tienen que regresar a Madrid no habiendo resuelto el lienzo, que concluye entre los últimos días de este mes y los primeros de 1919 en el Huerto del Carmen de Alicante. El panel presenta la recogida del dátil.
   De nuevo en Madrid vuelve a ocuparse de retratos hasta el 14 de mayo en que parte para Huelva, recorriendo su costa hasta que decide pintar el último panel en Ayamonte, La pesca del atún, que concluye el 29 de junio. Ha concluido la pesadilla de la decoración.
   Es curioso constatar que otro tema relacionado con la pesca esté realizado en Andalucía, pero en este panel roza lo portugués al ser Ayamonte línea fronteriza con Portugal a través de la desembocadura del Río Guadiana. El lienzo está pintado prácticamente del natural, es el mejor de toda la decoración y con un tratamiento de la luz extraordinario. Regresa a Madrid, para encaminarse a Valencia, donde descansa hasta el 10 de agosto en que embarca hacia Mallorca.
   Intenta encontrar un escenario para un encargo de un millonario norteamericano, Los contrabandistas.
   Se instala en la Cala de San Vicente de Pollensa y de allí no se mueve, recogiendo en distintos lienzos su paisaje con el Cavall Bernat al fondo. En septiembre marcha a Ibiza, pintando la tela en S’Aranyet, lugar de acantilados que están presentes en la tela. 
  A su regreso a Madrid se incorpora a la Cátedra de Colorido, Composición y Paisaje en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de la que había sido designado profesor en el mes de junio anterior. Se ocupará de la misma tan sólo un curso, ya que el 17 de junio de 1920 sufre un ataque de hemiplejia que lo deja invalidado para los pinceles. Pero antes ha realizado unos cuantos retratos más para la Sociedad Hispánica y ha pintado las últimas versiones del jardín de su vivienda. Durante tres años su familia intentará su recuperación, llevándole durante los veranos de 1921 y 1922 a Valencia y San Sebastián, pero Sorolla va languideciendo poco a poco hasta que muere en Cercedilla, en la Sierra de Madrid, a las 22 horas del 10 de agosto de 1923.
   En 1929 fallece su mujer, Clotilde García del Castillo, que ha dictado testamento en 1925 donando todos sus bienes al Estado español para crear un museo en memoria de su marido en la propia vivienda familiar.
   Es aceptado el legado en 1931 y un año después abre al público sus puertas el Museo Sorolla (Florencio de Santa-Ana Álvarez-Ossorio, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Tipo de Ávila (boceto)", de Sorolla, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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viernes, 26 de febrero de 2021

El Antecomedor, en el Cuarto Real Alto, del Real Alcázar

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Antecomedor, en el Cuarto Real Alto, del Real Alcázar, de Sevilla.
   El Real Alcázar [nº 2 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 2 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza del Triunfo, 5 (la salida se efectúa por la plaza Patio de Banderas, 10); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
   En el Real Alcázar, en el Cuarto Real Alto, se encuentra el Antecomedor [nº 22 en el plano oficial del Real Alcázar]
   Las dependencias del Cuarto de la Reina se completaban con otra pieza que se comunicaba directamente con la alcoba y que era el Dormitorio del Príncipe Don Juan, el primogénito de los Reyes Católicos, que nació en este Alcázar y que como reza su epitafio "murió de mal de amor". Actualmente esta habitación se conoce como el Antecomedor del Comedor de Gala. Es una sala cuadrada cubierta con un artesonado del siglo XV que, por uno de sus testeros se comunica con las galerías altas del Patio de las Muñecas, por otro con el Comedor de Gala y por el tercero con la Galería o Corredor del Príncipe. Como único mobiliario presenta dos espléndidos bargueños (Ana Marín Fidalgo, El Alcázar de Sevilla. Ed. Guadalquivir, 1992).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Antecomedor, en el Cuarto Real Alto, del Real Alcázar, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 25 de febrero de 2021

Un paseo por la calle Abeto

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Abeto, de Sevilla, dando un paseo por ella.
   La calle Abeto, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de Torreblanca, del Distrito Este; y va de la confluencia de la calle Olivo y plaza Platanero, a la calle Manzano.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   La vía, en este caso una calle, está dedicada a este árbol, el Abeto.
   Se rotula en 1962 con el nombre común de dicho árbol, dentro del tema elegido para el conjunto del Real Patronato de Casas Baratas. Su trazado es uno de los más cortos de dicho grupo de viviendas, que se construye en 1959-1960. La vía concluye en el ensanche de Manzano, lo que a la vez amplía su perspectiva, es peatonal con firme de hormigón algo deteriorado y su alumbrado es de báculos murales. Sólo tiene acceso a las viviendas en los impares, ya que los pares lo forma el costado de las que tienen fachada a Platanero. Las casas son del tipo unifamiliar de dos plantas, con algunas fachadas alicatadas con azulejos. Es frecuente ver a personas desocupadas y a niños jugando en la calle [Joaquín Cortes José, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor el Abeto, árbol a quien está dedicada esta calle;
   El abeto (género Abies) puede alcanzar, en condiciones favorables, 500 o 600 años y puede tener más de 60 m de alto, inclusive una especie puede alcanzar los 100 m. Su diámetro, por lo general, varía entre 1,5 y 2 m en plantas adultas. En ejemplares jóvenes la forma de la copa es cónica y en adultos cambia a parabólica o cilíndrica (columnar) con la parte superior aplanada.
   El tronco de los abetos es recto y cilíndrico, sus ramas se extienden horizontalmente. La floración de estas plantas puede ocurrir a partir de los 25 años de edad y ésta es muy irregular. Es una planta monoica, es decir, existen flores masculinas y femeninas en un mismo árbol. Las flores femeninas se insertan, generalmente, en la punta de las ramas más altas y las flores masculinas se desarrollan por debajo de las femeninas. El periodo de floración varía entre los meses abril y junio. Las semillas maduras se dispersan por el viento, principalmente, entre los meses septiembre y octubre después de la floración. 
 Los conos se caracterizan por ser erguidos y se desintegran en su madurez, carácter que los diferencia de otras coníferas. La semilla contiene aceites etéricos en su cubierta que producen la latencia en el invierno. Las semillas que han sido almacenadas requieren pasar por estratificación en frío y estar, por lo menos, seis semanas en un ambiente húmedo para su germinación. El abeto es una planta muy fuerte, tolera un amplio rango de condiciones de suelo, cantidad nutrientes y su disponibilidad, así como también tolera un amplio rango de niveles de pH.
   La reproducción en condiciones naturales se realiza únicamente por semilla, la reproducción vegetativa no ocurre a menos que el hombre intervenga.
   Las hojas se disponen en espiral, son lineares y generalmente aplanadas, en ocasiones pueden ser subtetragonales. Su longitud tiende a no sobrepasar los 3 cm. Presentan dos bandas estomáticas en la cara inferior y se caracterizan por poseer dos canales resiníferos que pueden ser marginales o centrales. El haz generalmente se observa de color verde oscuro y el envés de color verde claro. En esta última cara también se pueden diferenciar dos líneas de color claro.
   Los estróbilos o conos son erectos, ovoides o cilíndricos y se ubican solo en la parte superior de la copa, su color varía de verde a pardo de acuerdo a la madurez. Las escamas tectrices sobresalen y tienen bordes denticulados con punta estrecha. Las escamas ovulíferas o fructíferas son redondeadas, ensanchadas en la base y se desarticulan en la madurez. En el fruto, cada escama tiene dos semillas triangulares, de testa blanda y color pardo que poseen un ala membranosa y traslúcida, que les confiere una ventaja para ser dispersadas por el viento luego de que las mencionadas escamas caen en la madurez. Los cotiledones del embrión varían en número (3-14 cotiledones).
   La maduración de los frutos o conos ocurre en dos fases así que la capacidad de germinación es mayor a medida que transcurre el periodo de dispersión. Sin embargo, no todos los frutos maduran de forma simultánea.
   Ejemplos de algunos de los abetos más conocidos son:
          – Abeto noble (Abies procera): Originario de América del Norte, de los estados Washington y Oregón. Con frecuencia es plantado en parques y jardines. Alcanza los 90 m de altura en las regiones de origen y su copa es cónica en su juventud cambiando columnar con la edad.
          – Abeto blanco (Abies alba): Pueden alcanzar los 50 m de altura, su copa es piramidal. Es una especie propia de Europa central pero también se puede encontrar en Francia, los Balcanes y Córcega. Puede alcanzar edades de entre doscientos y trescientos años.
          – Abeto del Cáucaso (Abies nordmanniana): Alcanza los 25-30 m de altura y con la edad la copa adquiere forma columnar. Esta especie es muy importante en el noreste de Turquía y en el oeste del Cáucaso. Se cultiva en otras regiones de Europa como planta ornamental en parques y jardines y como especie forestal.
          – Abeto gigante (Abies grandis): Copa cónica, en sus regiones originarias alcanza los 100 m de altura, siendo una de las coníferas más altas del mundo. Sus hojas son aromáticas con el frote. Originario del oeste de Norteamérica, se distribuye especialmente en la isla de Vancouver y en la Columbia Británica. En Europa se planta para su aprovechamiento forestal y en ocasiones en parques como planta ornamental, sin embargo en este continente no supera los 50 metros de altura.
   El abeto es confundido con frecuencia con las píceas que, a diferencia de los abetos, tienen conos péndulos en vez de estar erguidos. Esta última es una característica primordial en la descripción de los abetos. Entonces, no es correcto designar a las píceas (Picea) como abetos.
   Diferencias entre abeto y pino:
          – Los pinos son árboles altos pero pueden llegar hasta aproximadamente los 30 metros de altura; es poco común encontrar pinos más altos. Los abetos pueden superar fácilmente esta longitud por lo que, al observar una conífera de más de 20 metros de alto lo más probable es que se trate de un abeto y no un pino.
          – La corteza de los pinos es oscura y su textura es escamosa mientras que la corteza del abeto tiene un color más claro y es lisa.
          – Las hojas del pino son como agujas, tienden a ser punzantes y en corte transversal son casi circulares. Los abetos tienen hojas aplanadas dorsiventralmente y no son punzantes, además, tienen líneas claras en el envés que no están presentes en los pinos.
          – Los frutos o conos de los pinos caen al suelo, mientras que las del abeto se descomponen o desintegran aun estando en el árbol, dejando caer las semillas o piñones.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Abeto, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 24 de febrero de 2021

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla
   La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", presentado por Chema García y Susana Valdés, en el día de hoy, 24 de febrero de 2021, para conmemorar los 800 años de la finalización de la construcción de la Torre del Oro.
   Aquí os dejo el enlace de la entrevista:



  Enormemente agradecido a Onda Cero Radio el que hayan contado con ExplicArte Sevilla para dar una visión de la emblemática Torre del Oro, desde la mirada de un historiador del arte.


   Si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto para poder ExplicArte Sevilla, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.

Más Experiencias, en ExplicArte Sevilla

El busto de Carlos V, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Ciudad Real y de Córdoba, de la Plaza de España

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el busto de Carlos V en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Ciudad Real y de Córdoba, de la Plaza de España, de Sevilla.
    Hoy, 24 de febrero, es el aniversario del nacimiento (24 de febrero de 1500) de Carlos I de España y V de Alemania, personaje representado en esta enjuta de la Plaza de España, así que hoy es el mejor día para Explicarte el busto de Carlos V, en la enjuta, entre los arcos de las provincias de Ciudad Real y de Córdoba, en la Plaza de España, de Sevilla.
   La plaza de España consta de cuatro tramos de catorce arcos cada uno, en cuya parte inferior se sitúan bancos de cerámica dedicados a cada provincia española. Flanquean el conjunto dos torres, denominadas Norte y Sur, intercalándose tres pabellones intermedios, que corresponden a la Puerta de Aragón, la Puerta de Castilla y la Puerta de Navarra. El central o Puerta de Castilla es de mayor envergadura y alberga la Capitanía General Militar.
   En las enjutas de los arcos que componen la gran arcada que circunda toda la plaza, dentro de unos tondos de profundo sabor renacentista italiano, modelados en alto relieve y esmaltados en blanco sobre fondo azul cobalto, aparecen los bustos de personajes de especial relevancia en la historia de España. Su ejecución original corrió a cargo de las Fábricas de Mensaque Rodríguez y Cía. y de Pedro Navia.
   En orden cronológico, figuran tanto aquellos destacados en las ciencias, en las humanidades, en las artes o en las armas, como reyes o santos.
   Son un total de cincuenta y dos, distribuidos en cuatro series de trece personajes, dispuestos entre los catorce arcos de cada tramo de la plaza.
   Es sorprendente el repertorio  de estos personajes ilustres que desde sus privilegiados balcones en la arcada, disfrutan del ancho espacio de la hermosa plaza. Simultáneamente, ellos son vistos por los paseantes  como muestra de la gloria de España y como ejemplo a seguir (La Cerámica en la Plaza de España de Sevilla, 2014)
   En este caso el personaje histórico representado es Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico, en un busto que directamente hay que relacionarlo con los retratos y bustos oficiales que hay del monarca español, especialmente en los años de mayor apogeo de su reinado. 
Conozcamos mejor la Biografía de Carlos V, personaje representado en la obra reseñada
    Carlos I de España y V de Alemania, (Gante, Bél­gica, 24 de febrero de 1500 – Yuste, Cáceres, 21 de septiembre de 1558). Rey de España, Emperador del Sacro Imperio.
   Hijo de Juana la Loca y de Felipe el Hermoso y nieto de los Reyes Católicos y del e  mperador Maxi­miliano I de Austria. La muerte de su padre en 1506 y la ausencia de su madre, Juana, deja al entonces prín­cipe, junto a sus hermanas Leonor, Isabel y María, al cuidado de la tía, Margarita de Austria, en su Corte de Malinas. Aunque tiene a su lado como preceptor español a Luis de Vaca, se educa preferentemente en el ambiente cultural francófono, que era el que se vi­vía en la Corte de Malinas. Desde 1511 su educación cae bajo la dirección de Adriano de Utrecht, entonces deán de Lovaina, más tarde cardenal y Papa; y muy pronto tendrá a su lado, como consejero, a Guillermo de Croy, señor de Chièvres. En 1515, el ya conde de Flandes es emancipado, cesando la tutela de su tía Margarita de Austria. Un año después, la muerte de Fernando el Católico le abre el futuro español; dado que vivía su madre Juana, le correspondía el título de gobernador de los Reinos Hispanos, para regirlos en nombre de su madre; pero el futuro Carlos V decide otra cosa: que las Cortes de Castilla y de Aragón le proclamasen rey.
   Convertirse en rey en vida de su madre era algo inusitado —acaso por consejo de Chièvres—, no sin una primera oposición de la Corte española, entonces bajo la segunda regencia de Cisneros. La fórmula que acabó imponiéndose fue la de que reinara conjun­tamente con su madre, orillando el odioso plantea­miento de incapacitar jurídicamente a la reina Juana, aunque siguiera de hecho en su cautiverio de Tordesi­llas que había ordenado Fernando el Católico.
   Carlos V llega por primera vez a España en 1517. Los españoles entonces en su Corte (obispo Mota, don Juan Manuel y Luis de Vaca) le hablan de las grandes hazañas de sus nuevos reinos. En su acci­dentada travesía por mar, en la que le acompaña su hermana Leonor, las tormentas le desvían de la costa cántabra poniéndole frente a un pequeño puerto as­turiano: Tazones. Era el 17 de septiembre de 1517. Cisneros esperaba anhelante a su nuevo rey para tras­pasarle el poder, pero la muerte se le adelantó, falleció el 8 de noviembre de aquel año en Roa, antes de que pudiera realizarse el encuentro.
   La primera medida del rey Carlos fue visitar a su madre Juana en Tordesillas; allí pudo ver por primera vez a su hermana Catalina, que vivía su triste infancia al lado de su madre. En su entrevista con doña Juana, a la que asistió Chièvres, Carlos obtuvo su licencia para gobernar España en su nombre. Eso no alivió la situación de la Reina cautiva, que incluso vio cómo le apartaban de su lado a su hija Catalina, aunque por poco tiempo, pues la desesperación de Juana fue tan grande que Carlos cambió su decisión.
   En 1518 Carlos convocó en Valladolid las primeras Cortes de Castilla; allí conoció a su hermano Fernando, el que había nacido en Alcalá de Henares en 1503.
   Las Cortes castellanas se mostraron firmes con el nuevo Rey: debía hacerse pronto con la lengua y las costumbres de sus nuevos súbditos hispanos. Pero la nota extranjerizante de Carlos V y de su cortejo, en su mayoría flamenco, hizo que comenzara a germinar el mayor descontento.
   Ese mismo año Carlos pasó a la Corona de Aragón para ser jurado Rey por aquellas Cortes. Estuvo unos meses en Zaragoza y se trasladó después a Barcelona.
   Por entonces, la muerte del emperador Maximi­liano abría la vacante al Imperio. Carlos presentó su candidatura. Pero no era el único candidato. Sus di­plomáticos tuvieron que luchar fuertemente contra las aspiraciones del rey Francisco I de Francia. Al fin, los príncipes electores eligieron a Carlos el 28 de ju­nio de 1519. El joven señor de Flandes y rey de las Españas se convertía en el nuevo Emperador. Car­los V iniciaba su reinado siendo una gran incógnita. De momento, todas las amenazas se cernían sobre él. En España el descontento crecía. En Alemania estaba a punto de estallar la Reforma contra Roma, de la mano de Lutero. Francisco I no olvidaba la afrenta sufrida y se aprestaba a combatir al Emperador en to­dos sus dominios. Y finalmente surgía en oriente otro personaje de formidable poderío: Solimán el Magní­fico, el señor de Constantinopla. Era el otro empera­dor, y un Emperador que aspiraba a ser cada vez más grande a costa de la Cristiandad.
   A Carlos V le llega la noticia de su proclamación imperial en Barcelona el 6 de julio de 1520; noticia acogida calurosamente por los catalanes, y en parti­cular por la Ciudad Condal. Inmediatamente Carlos toma su decisión: la de acudir al Imperio para ser coronado Emperador. Pero tiene que conseguir dinero, y eso sólo puede dárselo entonces Castilla. De ahí que atraviese toda España, desde Barcelona hasta Santiago de Compostela, sin darse tregua, sólo con una breve estancia en Valladolid.
   Era incrementar el descontento en Castilla. Las Cortes habían sido convocadas antes de tiempo, con­tra la normativa acostumbrada que fijaba un plazo de tres años. También se quebrantaba otra norma, la de que fuera una ciudad meseteña o andaluza la que acogiera las nuevas Cortes. Y además estaba el he­cho de que don Carlos quería dinero de Castilla para su coronación imperial; esto era supeditar los intere­ses de Castilla a los del Imperio. Las laboriosas Cortes en las que hicieron falta cinco votaciones, para que al fin don Carlos consiguiera lo que quería, probaba que cuando se embarcase, como lo hizo en La Coruña el 20 de mayo de 1520, dejaba atrás un reino revuelto, a punto de estallar.
   Don Carlos no iría directamente a los Países Bajos; antes visitaría Inglaterra para entrevistarse con Enri­que VIII y con la reina Catalina de Aragón, buscando una alianza ante la amenazadora actitud del rey de Francia; tenía a su favor el apoyo incondicional de la reina Catalina, la hermana pequeña de Juana la Loca, que entonces estaba en la cumbre de su privanza con el rey Enrique VIII, su marido.
   La coronación imperial se llevaría a cabo en Aquis­grán el 23 de octubre de 1520. Allí proclamaría so­lemnemente don Carlos que defendería a la Iglesia de Roma. Y cumpliendo su promesa, dado que Lutero ya se había proclamado hereje, Carlos V convocó una Dieta imperial en Worms para la primavera de 1521, a la que ordenó que se presentase el rebelde monje agustino. Por unos instantes Carlos V pudo creer que Lutero se retractaría, volviendo al seno de la Iglesia. No fue así. Y entonces se produjo la solemne decla­ración del joven Emperador: él descendía de los muy cristianos Emperadores de Alemania y de los Reyes Católicos de España, y estaba dispuesto a emplear to­das sus fuerzas para defender la Iglesia y la fe de sus mayores.
   De momento era lo único que podía hacer. De he­cho, al ausentarse del Imperio para pacificar España y para enfrentarse con la guerra que le había desatado Francisco I de Francia, el rey Carlos tenía que aplazar la cuestión religiosa alemana.
   En efecto, le urgía regresar a España. No lo haría sin pasar antes por Inglaterra, para afianzar su alianza con Enrique VIII, lo que lograría por el tratado de Wind­sor (1522); un tratado que tendría una cláusula que acabaría volviéndosele en contra: su compromiso ma­trimonial con la princesa niña María Tudor, la hija de Catalina de Aragón. Cuando vulnerase esa cláusula se encontraría con un nuevo enemigo: el Rey inglés.
   Para entonces, en 1522, la situación en España em­pezaba a mejorar. Los comuneros castellanos ya ha­bían sido vencidos en Villalar, el 23 de abril de 1521, y sus cabecillas (Padilla, Bravo y Maldonado) habían sido ejecutados. En la primavera de 1522 se había rendido Toledo, el último bastión comunero; y unos meses más tarde las otras alteraciones en tierras hispa­nas, las Germanías de Valencia y Mallorca, también eran sofocadas.
   Carlos V dio un perdón general, con pocas excep­ciones; le apremiaba pacificar Castilla, donde la gue­rra contra Francisco I de Francia era ya una realidad. Las tropas de Francisco I habían irrumpido en Nava­rra, habían llegado incluso hasta el mismo Ebro, y en el País Vasco se habían apoderado de Fuenterrabía. Todo ello cuando todavía Carlos V no había llegado a España. Para hacer frente a tantas amenazas, Car­los V tiene ante todo que hacerse con el núcleo de su poder, con España, y particularmente con Castilla. Máxime cuando a las dos grandes amenazas exteriores (la guerra con Francia y la Reforma luterana) se añade la enemiga de Solimán el Magnífico, que en aquel mismo año de 1521 había ascendido Danubio arriba para conquistar Belgrado.
   Hay, por lo tanto, cuatro objetivos para el Empera­dor: pacificar a España, doblegar a Francia, defender a Roma y combatir al turco. En 1524, sofocadas las revueltas de comuneros y agermanados, recuperada Fuenterrabía, y expulsados los franceses de España, se daba paso al segundo objetivo, la guerra con Francia, que a partir de esas fechas tendría un escenario: Italia.
   En 1525 Francisco I invade el Milanesado. Con­fía en repetir sus triunfos de 1515, cuando con una sola batalla (Marignano) había conquistado el ducado de Milán. Las tropas imperiales parecen desorganiza­das y Carlos V, imposibilitado de acudir desde Es­paña, temía lo peor. Pero de pronto, le llega la in­creíble noticia: la batalla librada en torno a Pavía, no sólo había sido una gran victoria imperial, sino que se había cogido prisionero al mismo rey de Francia, Francisco I, que unos meses después sería llevado a Madrid. Resultado final de la primera guerra con Francia: Tratado de Madrid (1526), en el que Fran­cisco I se comprometía incluso a devolver el ducado de Borgoña, ocupado medio siglo antes por Luis XI en pugna con Carlos el Temerario, el bisabuelo de Carlos V.
   Pero el inmenso poderío alcanzado por el Empera­dor alarmó a toda la Europa occidental. No sólo era el rey de las Españas, el que dominaba media Italia, con Nápoles, Sicilia, Cerdeña y ahora el Milanesado, el señor de los Países Bajos y del Franco-Condado y Emperador de la Cristiandad (aparte de ser también el señor de las Indias Occidentales, donde por aque­llas fechas Hernán Cortés le había hecho ya dueño del imperio azteca), sino que incluso había derrotado a la más poderosa nación de la Cristiandad, de forma tan aplastante que tenía a su Rey prisionero en España.
   No es de extrañar que a Carlos V empezaran a sa­lirle enemigos, empezando por la propia Francia. La liga clementina promovida por el papa Clemente VII, surgiría para combatirle. Y Solimán, el otro Empe­rador, el señor de Constantinopla, a instancias de la diplomacia francesa, se sumaría a la gran alianza contra el Emperador. Carlos V trató de contrarres­tarla apoyándose en Portugal, con una doble alianza matrimonial. Su hermana Catalina (que de ese modo cambiaría Tordesillas por Lisboa) con Juan II, rey de Portugal, y la suya propia con la princesa portuguesa Isabel, hermana del rey Juan.
   Pero eso era vulnerar los acuerdos de Windsor de 1522 que estipulaban su boda con María Tudor, con lo que un nuevo enemigo se añadiría a la liga clemen­tina: Enrique VIII de Inglaterra.
   De todas esas amenazas, Carlos V fue librándose, menos de una: la turca. Nada pudo hacer para soco­rrer a su hermana María, que en 1521 había casado con el rey Luis II de Hungría. Dividida la Cristiandad en aquellas guerras internas, tuvo que asistir, impotente, a la invasión de Hungría por Solimán en 1526, y a la batalla de Mohacs, que dejaba Hungría bajo el dominio turco, con muerte del joven rey Luis II. Pero la guerra en Italia no fue tan favorable a los aliados de la liga clementina: un ejército imperial, reclutado en buena parte en Alemania, entró en Italia con tal ímpetu que se plantó ante la misma Roma, tomán­dola por asalto y sometiéndola a un espantoso saqueo durante una semana (el saco de Roma).
   Pero también otra clara advertencia: el poder im­perial era tan fuerte como para dominar a poderes tan grandes como el rey francés y el propio papa Cle­mente VII. Al año siguiente (1528) un poderoso ejér­cito francés, enviado para conquistar Nápoles, era derrotado. La República de Génova, con su importante armada de guerra y con un gran marino (Andrea Doria) se convertía en aliado de Carlos V, haciendo que la posición imperial en Italia fuese fortísima.
   La guerra por el dominio de Italia había concluido; algo ratificado por la paz de las Damas (Margarita de Austria y Luisa de Saboya, la madre de Francisco) en 1529. Una paz que permitiría a Carlos V pasar a la si­guiente fase: encarar el problema religioso en Alema­nia y acaudillar la cruzada contra el Islam.
   Pero antes debía llevar a cabo una jornada triunfal: su coronación de manos del papa Clemente VII, su antiguo enemigo, en Bolonia.
   En 1529 Solimán irrumpe de nuevo con un for­midable ejército Danubio arriba. No conformándose con el dominio de Buda, la capital de Hungría, ataca a Viena, poniéndole estrecho cerco. Ya para en­tonces el señor de Viena era Fernando de Austria, el hermano de Carlos V, nacido en Alcalá de Henares. Hubiera sido un golpe durísimo para la Cristiandad y para el propio Carlos V, la pérdida de Viena, a la que el Emperador no pudo socorrer personalmente, enfrascado como estaba en terminar su guerra con Francia y en preparar su coronación en Bolonia. Pero tuvo fortuna: Viena resistió heroicamente, el turco se retiró de Austria y Carlos pudo celebrar su brillante coronación en Bolonia (1530), mientras dejaba en España como gobernadora a su esposa, la emperatriz Isabel, convertida en su alter ego; para entonces, el nacimiento del príncipe heredero Felipe (1527) y de la infanta María (1528) e incluso el haber dejado nue­vamente embarazada a su esposa Isabel, parecía ase­gurar la sucesión.
   De Bolonia, Carlos V pasaría a Italia, donde tenía pendiente la cuestión religiosa, agrandada en los últi­mos años, por el activo proselitismo de Lutero; pero las conversaciones entre las dos religiones mantenidas en Augsburgo, en 1531, no lograron la ansiada uni­dad de la Cristiandad. Sí pudo Carlos V tomar otras medidas importantes: la de conseguir que los prín­cipes electores reconocieran a su hermano Fernando como rey de Romanos y, por tanto, como su sucesor en el Imperio, y en aquel mismo año de 1531 cubrir la vacante producida en los Países Bajos por la muerte de su tía Margarita de Austria, nombrando para el cargo de nueva gobernadora de aquellas tierras a su hermana María. Una doble decisión con resultado di­verso, pues si Fernando nunca dejaría de mostrarse receloso y un aliado inseguro, María se convertiría en una gran gobernadora de los Países Bajos y en la me­jor consejera del Emperador.
   La nueva ofensiva de Solimán contra Viena, en 1532, cogió a Carlos V en Alemania. Si no pudo lograr la unidad religiosa, sí pudo unir a católicos y protestantes para combatir al turco. Recabó otras ayudas: de los Países Bajos, de donde María de Hungría le mandaría hombres y dinero; de Italia, de donde acudieron los tercios viejos hispanos con otras formaciones auxiliares italianas, y sobre todo de España de donde llegarían no pocos miembros de la alta nobleza, y entre ellos el duque de Alba, con su inseparable amigo el poeta Garcilaso de la Vega. Las vanguardias turcas llegaron hasta las proximida­des de Viena, pero la resistencia que encontraron y el anuncio de que Carlos V se aproximaba con tan fuerte ejército hicieron batirse en retirada a Solimán. El campo quedaba para Carlos V y suya era la victo­ria, sin derramamiento de sangre. Su prestigio se hizo enorme, demostrando que lo que antes lograban sus generales ahora era él mismo el que lo conseguía.
   La figura del Rey-soldado, la del Emperador victo­rioso rigiendo a la Europa cristiana, se afianzaba.
   De regreso a Italia, en 1533, pasa por Bolonia para entrevistarse de nuevo con Clemente VII. Convoca a su Corte a un gran pintor del Renacimiento italiano: Tiziano, el artista que daría ya para la posteridad la imagen del nuevo Emperador.
   Ya en España, Carlos V dedica el año 1534 a visi­tar las principales ciudades de Castilla la Vieja; era como afianzarse en sus raíces hispanas. Y es entonces cuando recibe la alarmante noticia: Barbarroja, el bey de Argel y almirante de la flota turca, había tomado Túnez. Y en sus correrías asolaba el sur de Italia.
   Entonces Carlos V decide hacer la gran cruzada. Si antes era por la defensa de Viena, como antesala de Alemania, el corazón del Imperio, ahora sería por Ita­lia, con la misma Roma en peligro.
   Era toda una cruzada, contra el poderoso turco, ca­beza del Islam, que ponía en peligro a Roma, cabeza de la Cristiandad. Y como tal fue sentida en las dos penínsulas, tanto en Italia como en España. Hubo un primer alarde del ejército imperial en Barcelona, en la primavera de 1535. Allí llegaba también una lucida flota portuguesa, con la que Juan III quería auxiliar a su cuñado imperial, bien estimulado por Catalina, aquella infanta de Castilla que en su niñez había con­solado tanto a la reina Juana. Hubo una nueva concentración de la armada y del ejército en aguas de Baleares y finalmente en las de Cagliari, de donde zar­paba la flota el 14 de junio, rumbo al reino de Túnez.
   Fue una campaña difícil, en aquel ardiente verano africano; pero a mediados de julio se tomaba su for­taleza principal, La Goleta, y once días después, el día de Santiago, la misma Túnez. Carlos V deshacía aquel nido de corsarios y libraba a Italia de tan peligrosa ve­cindad, liberando a miles de cautivos; pero Barbarroja se salvó, refugiándose en Argel, asolando poco des­pués las costas hispanas, y en particular Ibiza.
   Una vez más, España daba a Europa más de lo que recibía.
   Desde España, la emperatriz urgía a Carlos V para que aprovechase la rapidez con la que se había logrado la toma de Túnez para caer sobre Argel; pero en el consejo de guerra imperial se decidió que lo más pru­dente era dejarlo para la siguiente campaña. De ese modo, Carlos V pudo regresar aquel otoño a Italia, visitando sus reinos de Sicilia y Nápoles y entrando triunfante en Roma.
   Ya no era el señor del ejército indisciplinado que ocho años antes había saqueado la Ciudad Santa; era Carolus Africanus, aclamado y recibido en triunfo como el liberador. Y en Roma tuvo un discurso me­morable ante el papa Paulo III y el Colegio Cardenalicio. Fue su famoso discurso de 1536, pronun­ciado en español, lo que lo hizo más significativo. Por una vez Carlos V estaba dispuesto a ser el pri­mero en desencadenar la guerra contra Francia, pues en Túnez se había hecho con un botín muy particu­lar: las cartas de Francisco I a Barbarroja que proba­ban la alianza del francés con el turco, tan enemigo de la Cristiandad, y eso merecía un buen castigo. Car­los trató de atraerse a Paulo III, pero el Papa prefirió mantenerse neutral.
   De ese modo, en el verano de 1536 Carlos V dejó la cruzada contra el Islam volcándose en esa guerra contra el francés. Desde el norte de Italia atravesó los Alpes occidentales para invadir la Provenza: objetivo, Marsella. Pero Francisco I se defendió bien. Rehuyó la batalla campal, temeroso de un nuevo de­sastre como el de Pavía, puso en práctica la táctica de la tierra quemada, para hacer cada vez más difícil el aprovisionamiento del ejército imperial, y estableció ante Marsella un campamento tan formidablemente fortificado, que Carlos V hubo de retirarse, consolán­dose con que aquélla había sido una operación de cas­tigo, y que el castigo estaba hecho; pero en la retirada perdió muchos de sus hombres, entre ellos algunos de los mejores, como Garcilaso de la Vega. 
  Aquellas Navidades Carlos V las pasaría con todos los suyos en Tordesillas, como un signo de sus senti­mientos familiares. El sistema de vigilancia a la reina Juana se mantenía, pero Carlos quiso hacer ver a toda la Corte que la Reina era su madre y que no la tenía abandonada.
   En 1537, Paulo III trató de reconciliar al Empera­dor con Francisco I, promoviendo una entrevista en la cumbre; no lo consiguió, pero sí que Carlos V se le presentara en Niza. Y a su regreso, al pasar con su flota a la vista de la costa francesa, recibió un men­saje de Francisco I: le invitaba a ser su huésped. Y Carlos V aceptó (entrevista de Aigues-Mortes), con el resultado, no de una paz perpetua, pero sí de unas treguas.
   Fue cuando Carlos V, creyéndose apoyado por Francia, planeó una vasta ofensiva contra el Islam, creando la Santa Liga con el Papa y con Venecia, comprometiéndose a aportar la mitad de los gastos de la campaña. Y como primer tanteo de aquella cru­zada, mandó establecer una cabeza de puente en la costa dálmata.
   Sería la misión del tercio viejo que mandaba el maes­tre de campo Luis Sarmiento, que ocupó la fuerte plaza de Herzeg Novi (el “Castel Nuovo” de los do­cumentos italianos). Eso ocurría en 1538. Pero aquel invierno su hermana María de Hungría le mandaría a Carlos V un atemorizado mensaje: convocada por la hermana mayor, Leonor, entonces reina de Francia, le hacía saber la advertencia de Francisco I: Francia no consentiría aquel ataque de la Cristiandad contra el turco. El peligro de encontrarse con una guerra a sus espaldas, acaso con la invasión de las tierras en las que había nacido, era grandísimo. Y Carlos abandonó la cruzada, dejando sin efecto la Santa Liga.
   No sin un penoso sacrificio: el del tercio viejo de Luis de Sarmiento, que hubo de afrontar la avalancha de la marina y del ejército turco al mando de Barba­rroja, negándose a rendirse, pues habían jurado de­fender aquella plaza en nombre del Emperador. Y a las instancias de que se rindieran dieron siempre la misma respuesta: ellos tenían una orden de defender el puesto a toda costa, así que atacaran cuando quisie­ran. Fue el holocausto de Castelnuovo, cantado tanto por la poesía española (Gutierre de Cetina) como por la italiana (Luigi Tansillo).
   Un año, el de 1539, que traería otras penosas nue­vas para el Emperador: el 1 de mayo moría, a causa de un mal parto, su mujer la emperatriz Isabel, a la que tanto quería. Y a poco se entera de que la ciudad de Gante, aquella en la que había nacido, se había rebelado a causa de los muchos impuestos que sufría, promoviendo graves desórdenes. Algo que Carlos V se creyó obligado a castigar severamente. Y cuando preparaba el viaje, le llegó un mensaje de Francisco I, conocedor de lo que pasaba: le invitaba a que cruzase toda Francia (Carlos V estaba entonces en España), haciendo, por lo tanto, su viaje por tierra y no por mar, dándose por muy ofendido si Carlos rehusaba.
   Y Carlos aceptó. En diciembre de 1539 atravesaba Francia con su cortejo. En todas partes fue objeto de una cordial acogida, como si entre ambos pueblos no hubiera existido ninguna diferencia, y menos una guerra. Y de ese modo pudo presentarse a principios de 1540 en Bruselas, procediendo a poco al severo castigo de Gante, la ciudad rebelde. De allí pasaría a Alemania para intentar un último acuerdo entre católicos y protestantes, en este caso en Ratisbona, pero con el mismo nulo resultado. Allí estuvo hasta bien entrado el año de 1541. Hasta que de pronto, como si le viniera el recuerdo de la Emperatriz y de sus ins­tancias para que acometiera la empresa de Argel, se dispuso a llevarla a cabo. Punto de reunión: las aguas de Palma de Mallorca. Pero aunque la armada y las tropas imperiales parecían suficientes para la empresa, algo fallaba: el verano se había acabado y los marinos eran pesimistas; las tormentas propias del inicio del otoño podían dar al traste con todo.
   Y así fue, hasta el punto de que muchos de los ex­pedicionarios perecieron, que las pérdidas de naves y material de guerra fueron considerables, y que el pro­pio Carlos V corrió serio peligro de morir en aquella empresa de Argel, tan tardíamente acometida.
   Definitivamente, el sueño de cruzado de Carlos V daba fin. Máxime que una formidable alianza de to­dos sus enemigos estaba germinando en el norte de Europa. La guerra marina daría paso a la de los ejér­citos tierra adentro. El infante de los tercios viejos se convertiría en el principal soporte del ejército impe­rial. Y el escenario del Mediterráneo dejaría paso al de las tierras del norte de Europa. Cesaban los ardo­res de los veranos africanos y vendrían los terribles fríos de los inviernos germanos.
   En efecto, la situación en el norte de Europa era cada vez más difícil. Preparándose para el nuevo con­flicto, Carlos V tantea unas treguas con Turquía, de las que deja testimonio en las instrucciones que manda a su hijo Felipe cuando se ausenta de España.
   Es cierto que las relaciones con Inglaterra comen­zaban a normalizarse, después de la muerte de Ca­talina de Aragón (1536), pero Francisco I no había quedado satisfecho con todo lo que se prometía des­pués de su hospitalaria acogida a Carlos V en el in­vierno de 1540. Y estaba la cuestión alemana cada vez más inquietante, con la formación de una liga que unía a todos los príncipes protestantes, verdadera­mente poderosa: la liga de Schmalkalden. Y se añadió otro adversario: el duque de Clèves, deseoso de agran­dar sus dominios a costa de los Países Bajos; apoyado por Francia, que aprovechó la muerte violenta de dos de sus diplomáticos enviados a Turquía (Fergoso y Rincón), que habían sucumbido a su paso por el Milanesado. Muertes que Francisco I tomó como ca­sus belli, declarando de nuevo la guerra.
   Frente a tan formidable amenaza Carlos V sólo po­día contar con sus propios medios, sin ningún aliado, salvo el que le prestara el jefe de la otra rama de la casa de Austria, su hermano Fernando, el señor de Viena; y por supuesto el que le fueron aportando sus distintos dominios, tanto de los Países Bajos como de España e Italia. Y aún algo más: las remesas de oro y plata que año tras año le venían llegando de las Indias Occidentales. Hernán Cortés le había hecho señor de México y era muy reciente la conquista del Perú por Pizarro. De hecho, en sus cartas pidiendo dinero y más dinero, se intercala de cuando en cuando esta frase de Carlos V: “¡y si nos llega algún oro del Perú [...]!”.
   Lo que sí tenía a su favor Carlos V era un arma de guerra formidable: los Tercios Viejos. Los cuales, alentados por la presencia de aquel rey-soldado iban a realizar hazaña tras hazaña.
   Aun así, Carlos V, todavía bajo los efectos de la de­presión sufrida por el desastre de Argel, va a afrontar la guerra del norte con el mayor de los pesimismos. Se ve como perdido, como incapaz de salir victorioso, pero cree que es su deber salir de España y lo hace con su sentido característico de la responsabilidad, aun­que lleno de temores.
   Es en 1543. Ya se ha producido la rebelión del du­que de Clèves. Los Países Bajos se hallan en claro pe­ligro. Y como no puede abandonar a su suerte sus tie­rras natales, Carlos V se decide a salir de España.
   Tiene que dejar, como regente, a su hijo Felipe, pese a su corta edad, pues aún no había cumplido los dieciséis años. Concierta su matrimonio con la prin­cesa María Manuel de Portugal, en parte para dejar resuelto el siempre espinoso problema de la sucesión, y en parte para asegurar al menos, a las espaldas, la firme alianza portuguesa; una alianza matrimonial que tendrá, eso sí, el germen de un futuro destructor, dado el estrecho parentesco de los dos novios, ambos nietos de Juana la Loca.
   Carlos V hará más, para dejar en orden los reinos hispanos: pone al lado de su hijo, todavía un mu­chacho, a los mejores ministros con los que enton­ces cuenta: en la Casa del Príncipe a Juan de Zúñiga; para las cosas de la milicia, al duque de Alba; para las finanzas, a Francisco de los Cobos. Y al frente de toda aquella Corte, a un gran hombre de Estado: al cardenal Tavera. Y no se conforma con eso, sino que le escribe a su hijo personalmente unas instruccio­nes privadas, verdaderamente admirables y de las que trasciende toda la sabiduría política del Emperador y su gran concepción moral como estadista de altos vuelos.
   Carlos V deja España en la primavera de 1543 em­barcando en Barcelona con dirección a Génova. Atra­viesa el norte de Italia y se presenta en Alemania. En Italia se entrevista por última vez con Paulo III, con el que tantea la posibilidad de convocar un concilio que afrontara la solución de la división religiosa entre ca­tólicos y protestantes. Atraviesa los Alpes y se toma un breve descanso en Innsbruck, rodeado de sus familia­res austríacos. Cruza Alemania y se apresta a comba­tir, aquel verano, al duque de Clèves, poniendo cerco a su plaza fuerte de Düren, donde el duque confía resistir toda la campaña, dado que el verano ya estaba avanzado y que, por otra parte, la plaza se conside­raba, por su fortaleza, inexpugnable.
   El 22 de agosto Carlos V planta su ejército ante Düren. En la alborada del 24, inicia su bombardeo. A las dos de la tarde se da la orden de asalto. Y en unas horas, aquella plaza que parecía inexpugnable sucumbe bajo el ímpetu de los tercios viejos, que im­ponen su ley: asaltan, penetran, derriban, matan sin piedad. La ciudad es puesta a saco; sólo se salvan las mujeres y los niños, a los que Carlos V da la orden expresa de respetar.
   Es una victoria fulminante. De hecho, ha surgido la Blitzkrieg, la guerra relámpago, que después tanto juego dará en la historia de Europa. Y a ese tenor las otras plazas fuertes del duque de Clèves se rendirán y el propio duque se entrega en manos del Emperador, “reconociendo su culpa”.
   Por entonces, unas naos francesas habían intentado asaltar Luarca, pero habían sido vencidas y buen nú­mero de sus marinos apresados y castigados: “[...] Los azotaron y desorejaron [...]”, según reza el docu­mento.
   Vencido el duque de Clèves, Carlos V se encara con el rey francés. Sería la cuarta guerra con Francisco I. Tras un tanteo en el otoño de 1543, monta una ofen­siva formidable en el año siguiente, partiendo de los Países Bajos. Su penetración en el norte de Francia es tan fulminante que obliga a Francisco I a pedir la paz. Sería el tratado de Crépy. El Emperador había contado con la alianza de Enrique VIII, pero poco efectiva, pues el Rey inglés se había limitado a la con­quista de Boulogne. En Crépy Francisco I promete apoyar a Carlos V para que el Papa convoque el anhe­lado concilio de Trento. Y ése sería el primer notable resultado, pues el famoso concilio abriría sus puertas en Trento en 1545. Al año siguiente la muerte de Francisco I parece dejar a Carlos V con las manos más libres todavía y en condiciones de afrontar el último reto: la guerra con la poderosa liga alemana de los príncipes protestantes formada en Schmalkalden.
   Para ese gran combate, que muchos tienen por im­posible, Carlos V reúne sus mejores tropas: un buen núcleo está reclutado en la misma Alemania. María de Hungría le ayuda con importantes contingentes de los Países Bajos. Y de España y de Italia le llegan los temibles tercios viejos, junto con formaciones auxilia­res italianas. Finalmente, para esta campaña Carlos V puede contar con su propio hermano Fernando. Y tiene grandes generales que le secundan, como el ale­mán Mauricio de Sajonia, y, sobre todo, como el du­que de Alba.
   Será una guerra que se decidirá en dos campañas. En la de 1546, Carlos V va reuniendo poco a poco to­dos sus contingentes llegados de lugares tan dispersos, como de los Países Bajos, Alemania, Italia, España e incluso de Hungría. Sería el momento más difícil, hallándose al principio el Emperador a merced del ataque de las fuerzas de los príncipes protestantes que hacía tiempo tenían formado su propio ejército. Elu­diendo una prematura acción campal, en situación tan desventajosa, Carlos V supo, con hábiles marchas y contramarchas, poner en jaque al enemigo, hasta obligarle a licenciar sus tropas entrado el invierno: mientras que él resistía con sus soldados estoicamente aquel duro invierno. Al final de la campaña media Alemania quedaría ya a su merced.
   Al año siguiente, en 1547, Carlos V decide dar un golpe decisivo y en la misma primavera de aquel año inicia una ofensiva sobre el curso medio del río Elba, que en una sola batalla le dará la más brillante de las victorias: Mühlberg.
   La victoria fue aplastante: el ejército protestante vencido, sus tropas muertas o desbaratadas, sus prin­cipales jefes prisioneros, y entre ellos dos de sus ca­becillas: el príncipe elector de Sajonia y el landgrave de Hesse. Sería la victoria inmortalizada pocos años después por Tiziano en su famoso cuadro en el que nos presenta cabalgando a Carlos V por la campiña alemana, lanza en ristre.
   La victoria de Mühlberg, la prisión de los principa­les jefes de la Liga de Schmalkalden y la muerte de al­gunos de sus rivales más destacados, como Francisco I y Lutero en 1546 y Enrique VIII en 1547, dejaba a Carlos V como el gran vencedor de una Europa que parecía bajo su dominio. Y ello cuando en el Perú ha­bía sido dominada la peligrosa rebelión de Gonzalo Pizarro. Así Carlos V se presentaba como el indiscuti­ble Emperador del viejo y del nuevo mundo.
   Pero esa misma seguridad propició sus errores, por exceso de confianza. Las primeras grietas se abrie­ron en el seno de la alianza familiar con los Aus­trias de Viena. Felipe II ambicionó entrar en la su­cesión al Imperio; en principio pareció apuntar a ser el nuevo Emperador, tras su padre, desbancando a su tío, Fernando; finalmente se conformó con for­zar un compromiso por el que a Carlos V sucede­ría su hermano Fernando (que era lo ya establecido, pues Fernando era rey de romanos desde 1531), pero tras Fernando el cetro imperial volvería a España, quedando Maximiliano de Viena relegado al cuarto lugar, tras Felipe II; ésos serían los acuerdos firmados en Augsburgo en 1551, y en los que tuvo que mediar, como pacificadora, María de Hungría, a quien todos respetaban. Pero era un acuerdo forzado, que provo­caría la animadversión de los Austrias de Viena, rom­piéndose una alianza que había llevado a Carlos V a la cumbre. Añádase el hondo malestar provocado en Alemania, ante la noticia de que se estaba tramando el que un príncipe español rigiera los destinos del Impe­rio. Era la oportunidad para que la política francesa, llevada por el nuevo rey Enrique II, urdiera la gran alianza contra Carlos V; cosa nada de extrañar, pues Enrique II había sido uno de los rehenes dejados por Francisco I en España, tras el tratado de Madrid, y había estado tres años como prisionero en el castillo de Sepúlveda, anidando desde entonces un rencor a España, en general, y a Carlos V, en particular. Buscó la alianza de los príncipes alemanes e incluso de Fer­nando y Maximiliano de Austria. En 1552 estalló la conjura: Mauricio de Sajonia, el antiguo soldado fiel a Carlos V, uno de los jefes más notables del ejér­cito imperial, se sublevaba y se abalanzaba sobre Inns­bruck, sede de Carlos V, para coger prisionero al Em­perador, quien sólo pudo escapar mediante una fuga precipitada por los Alpes nevados. Y aquel mismo año, Enrique II invadía la frontera alemana y se apo­deraba de Metz, Toul y Verdún.
   La réplica de Carlos V no se hizo esperar. Pidió un nuevo esfuerzo a España y con los hombres y el dinero que le mandó Felipe II, reorganizó su ejér­cito. La muerte de Mauricio de Sajonia le permitió concentrar sus esfuerzos en la recuperación de las plazas tomadas por Enrique II; pero la gota le tuvo inmovilizado más de un mes, y cuando se presentó al fin ante Metz ya era entrado el invierno, teniendo que levantar el asedio en enero de 1553. Al año si­guiente tuvo que rechazar, a duras penas, los ata­ques de Enrique II sobre la frontera belga. Y cuando todo parecía perdido, con un Carlos V cada vez más enfermo y más envejecido, incapaz ya de ser el rey-soldado que tantas victorias había conseguido, un nuevo suceso vino a darle un respiro: el ascenso al trono de Inglaterra de María Tudor. La diploma­cia carolina se empleó a fondo y consiguió un éxito que parecía nivelar la situación: la boda de Felipe II con la nueva reina de Inglaterra en 1554. Al año siguiente, la muerte de aquella olvidada cautiva de Tordesillas, Juana la Loca, permitiría al Emperador realizar un viejo proyecto: su abdicación. Firma con la Francia de Enrique II unas treguas (Vaucelles, 1555) y prepara las solemnes jornadas de Bruselas (25 de octubre de 1555), donde ante los Estados Generales de los Países Bajos pronuncia su memo­rable discurso de abdicación: había hecho todo lo humanamente posible para gobernarlos bien y jus­tamente, pero las fuerzas le faltaban para seguir su misión, por lo que era consciente de que tenía que abandonar el poder.
   Eso rezaba, de momento, para los Países Bajos. En enero de 1556 lo haría con las coronas de sus reinos hispanos. Sólo a petición de su hermano Fernando, tardaría algo más para la corona imperial. Liberado al fin del poder cuando apuntaba el otoño de 1556, embarca con dirección a España. Al desembarcar en Laredo, mostraría su emoción: iba camino de su re­tiro extremeño, para bien morir. Tras unos meses en Jarandilla, al fin llegaría a su palacete construido a la vera del monasterio jerónimo de Yuste, en febrero de 1557. Allí encontraría, a medias, la paz que anhelaba; a medias, porque Felipe II seguía pidiendo su con­sejo y su intervención, y porque las noticias de nuevas guerras y de nuevas alteraciones llegaban hasta Yuste y alteraban su sosiego.
   En el verano de 1558 unas fiebres palúdicas le ata­caron fuertemente. Era el final.
   El 21 de septiembre de 1558 Carlos V murió en Yuste. El sempiterno viajero, el rey-soldado, el gran defensor de Europa, contra la enemiga turca y con­tra los disidentes internos, dejaba de existir. Pero lo­gró que su imagen quedara para siempre reflejada en el luminoso cuadro de Tiziano, cabalgando sobre los campos de Europa, lanza en ristre, para defenderla de todos sus enemigos. De ahí que Carlos V se presente como un precursor de la Europa actual.
   Pero Carlos V es también señor del Nuevo Mundo; el único en toda la Historia que se puede titular Em­perador del Viejo y del Nuevo Mundo. Cierto que la expansión española en Indias escapa, muchas veces, a la acción del Estado. Pero en todo caso existen un órgano institucional, unas normas, y un estímulo y todo eso se concretó en los tiempos del César. No hay que olvidar que es entonces cuando surge el Consejo de Indias, que tantas leyes y tantas ordenanzas esta­bleció para canalizar la acción expansiva en América.
   Y estaba también el espíritu con que aquellos con­quistadores emprendieron aquella gigantesca tarea: unos cientos, en ocasiones, para lanzarse a la con­quista de imperios de tan fabulosas riquezas como el azteca en México, y aún más el de los incas con su núcleo en Perú.
   Y ese espíritu lo proclaman los mismos conquista­dores. Cuando Hernán Cortés se adentraba por las tierras mexicanas, al encontrar resistencia en algunos de sus compañeros, les decía, como recuerda en sus cartas al Emperador: “Que mirasen que eran vasallos de Vuestra Alteza y que jamás los españoles en nin­guna parte hubo falta y que estábamos en disposición de ganar para Vuestra Magestad los mayores reinos y señoríos que había en el Mundo [...]” ¿Ycuál fue el resultado?: “[...] y les dije otras cosas que me pareció decirles de esta calidad, que con ellas y con el real fa­vor de Vuestra Alteza cobraron mucho ánimo y los atraje a mi propósito y a hacer lo que yo deseaba, que era dar fin a mi demanda comenzada”.
   De modo que Carlos V no estaba ausente en la gran empresa de la conquista de las Indias, que bá­sicamente se realiza bajo su reinado. Es la época de Hernán Cortés, Pizarro, Almagro, Alvarado, Ji­ménez de Quesada y tantos otros. Entre 1519 y 1521 Hernán Cortés conquista el Imperio Azteca, preci­samente por las mismas fechas en que Carlos V era elegido y coronado Emperador de Alemania. Una sincronización que es destacada por el propio con­quistador: “[...] Vuestra Alteza [...] se puede intitular de nuevo Emperador de ella y con título y no menos mérito que el de Alemaña, que por la gracia de Dios Vuestra Sacra Magestad posee” (Cartas de relación citadas). En 1535, cuando Carlos V acomete la em­presa de Túnez, es también el mismo año en el que Pizarro funda la ciudad de Lima, con la que se afianza el dominio sobre el imperio incaico.
   Pero no sólo la figura y personalidad de Carlos V hay que unirla a la época de la conquista de las In­dias Occidentales. Es también en su tiempo y bajo su mandato cuando se acomete la mayor hazaña de aquel siglo: la primera vuelta al mundo iniciada por Magallanes y terminada por Juan Sebastián Elcano.
   Todo eso es lo que da un signo tan particular de espectacular grandeza a la obra imperial de Carlos V. Mientras él defiende a la Cristiandad en el Viejo Mundo, los españoles extienden ese cristianismo en su nombre y bajo su mandato en el Nuevo.
   Carlos V tiene una formación humanista ensalza­dora de las grandes figuras de la Antigüedad. De ahí que al convertirse en el prototipo del rey-soldado de su tiempo, tenga un modelo que imitar: Julio César. De hecho, de los pocos libros que llevaba consigo en su continuo ir y venir por sus dominios de la Europa Occidental, el que siempre le acompañaba era el de Los comentarios de Julio César. Por supuesto que era aficionado, como lo era toda aquella sociedad, a los libros de caballerías, y en particular al de Olivier de la Marche (el que había sido preceptor de su padre), Le chevalier délibéré. En su formación cultural podría decirse que prevalecía su amor a la música por encima de las otras artes, de ahí que, en su retiro de Yuste, exija que los monjes jerónimos de aquel monasterio fueran buenos cantores.
   Es de destacar, como una nota muy particular del Emperador, su rendido amor a su esposa la empera­triz Isabel de Portugal; de modo que al enviudar, trate de mantener su recuerdo con los cuadros que encarga a su pintor de cámara, Tiziano. De ella tendría cinco hijos pero sólo le vivirían tres: Felipe, María y Juana; esto es, su sucesor Felipe II, María (la futura Empera­triz, esposa de Maximiliano II de Austria), y la prin­cesa Juana, la que sería madre del rey Sebastián de Portugal.
   Pero no hay por qué silenciar que Carlos V tuvo otros amores, de los que saldrían no pocos hijos na­turales. Dos destacarían con un gran protagonismo: Margarita de Parma, que había cogido bajo su protec­ción la tía del Emperador Margarita de Austria (y de ahí su nombre) y el famosísimo Juan de Austria. Y es de anotar que esos dos lances amorosos los tiene el Emperador, el primero en su juventud, antes de ca­sarse con la emperatriz Isabel, y el segundo cuando ya hacía no pocos años que había enviudado (Manuel Fernández Álvarez, en Biografías de la Real Academia de la Historia)
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