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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 6 de septiembre de 2023

El edificio de la calle Imperial, 29 (actualmente Hotel Casa Imperial)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el edificio de la calle Imperial, 29 (actualmente Hotel Casa Imperial); de Sevilla.  
     El edificio de la calle Imperial, 29 (actualmente Hotel Casa Imperial); se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     Casa del siglo XVII, con dos plantas de altura y una cortísima fachada (sólo el portón de entrada) a la calle Imperial. Ocupa una parcela muy alargada, que se ensancha al final de la misma. Cuenta con un amplio apeadero, tras el cual se encuentra el primer patio porticado en dos de sus lados. Uno de ellos, el paralelo a la fachada, al fondo del cual se sitúa la escalera, permite articular este patio, más pequeño, con el patio principal de la casa.
     El patio principal está compuesto por una doble galería en su cuatro frentes: la planta baja con arcos peraltados que apean sobre columnas de mármol con capiteles corintios y la alta con arcos de medio punto sobre columnas toscanas. La crujía más alejada del patio principal comunica, por fin, con el tercero de los patios, con un carácter de patio-jardín, a través de una galería de columnas.
     Algunos de los salones de la casa, así como la escalera, se cubren con magnifico artesonados de madera. Las cubiertas en la casa se re­suelven en su totalidad con tejados de teja árabe sobre viguería y tablazón de madera (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
Imperial, 29. Casa del siglo XVII, sin apenas fachada; sólo el vano de puerta y una ventana sobre él. De entrada posee un apeadero, tras el cual se encuentra el primer patio, porticado en dos de sus  frentes. En una de las galerías se encuentra la escalera, cubierta por un artesonado. El patio principal está compuesto por galerías con arcos peraltados en la planta baja y semicirculares en la superior. Al fondo de la edificación existe un gran salón con artesonado que comunica con un  patio o jardín a través de una galería de columnas. Existe, además, otro artesonado en una de las habitaciones [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
           Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el edificio de la calle Imperial, 29 (actualmente Hotel Casa Imperial); de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Enlace a la web oficial del Hotel Casa Imperial.

Más sobre la calle Imperial, en ExplicArte Sevilla.

miércoles, 20 de abril de 2022

Un paseo por la barreduela Ensenada

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la barreduela Ensenada, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 20 de abril, es el aniversario (20 de abril de 1702) del nacimiento del Marqués de la Ensenada, a quien está dedicada esta barreduela, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la barreduela Ensenada, dando un paseo por ella.
     La barreduela Ensenada es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo, sin salida, en la calle Imperial.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. Algunas vías reciben una denominación diferente a la de calle, en función de características genéticas, morfológicas o funcionales. Cuando se encuentra cerrada por construcciones en uno de sus extremos se llama barreduela o adarve, y en el uso popular callejón, y a veces callejuela. Son muchas las barreduelas que se conservan en el casco histórico como herencia de la ciudad medieval, pero tampoco son infrecuentes en la periferia. Una característica peculiar de las barreduelas es que sus edificios poseen numeración correlativa, mientras que en las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
       También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.       
     A mediados del s. XV era conocida como barrera de Simón Andrea (1441), por un vecino de este nombre, maestro de un molino de trigo, y también Aljofrín o Ajofrín (1453), término de origen árabe, que podría ser deformación de un nombre de familia; a finales de la misma centuria y comienzos de la siguiente (al menos entre 1484 y 1502) recibe la denominación de barrera de doña Ana Venegas (que puede aparecer con distintas grafías: Benegas, Vanegas...). Según González de León (Las calles...) en los siglos XVI y XVII se llamó barrera de Luis del Alcázar, porque allí vivía el padre del poeta Baltasar del Alcázar. Desde mediados del s. XVII figura como Cantimplora hasta que en 1845 quedó incorporada en Imperial. A partir de 1868 recibe la denominación que hoy conserva, según se afirma en un documento municipal del s. XX, "...no sólo por la figura que tiene, sino en memoria del ilustre Marqués del mismo titulo" (Sec. Administrativa, Nomenclátor, Antecedentes, h. 1931), es decir, el que fuera ministro de Carlos III. Sin embargo, debido a la frecuencia con la que en la reforma del nomenclátor de 1868 se tendió a dar a las barreduelas nombres arbitrarios y comunes, habría que pensar como más probable en la primera explicación que en la segunda. Según Santiago Montoto fue también conocida como Lechera. En su primer tramo es un estrecho callejón de apenas tres metros de latitud, sin aceras. y su case­río está constituido por casas de dos y tres plantas, muy deterioradas e incluso abandonadas. Al fondo se ensancha y de ahí que pueda asemejarse a la forma de una ensenada o una cantimplora; allí el caserío tradicional se conserva en buen estado o ha sido sustituido por bloques de viviendas de tres plantas. La especial configuración de esta barreduela crea en su interior un ambiente de tranquilidad y aislamiento [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Ensenada, 2. Casa del  siglo XVII, de dos plantas y mirador en el extremo de la fachada.
Ensenada, 3. Casa de dos plantas, de tipo popular.
Ensenada, 7. Casa del siglo XVIII, de dos plantas y azotea. La portada va resaltada del muro de fachada y rematada por una cornisa, sobre la que vuela el balcón. Este estuvo defendido por un guar­dapolvo del que sólo se conserva el armazón metálico con tornapuntas de hierro [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía del Marqués de la Ensenada, a quien puede estar dedicada la vía reseñada;
     Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada (I). (Hervías, La Rioja, 20 de abril de 1702 – Medina del Campo, Valladolid, 2 de diciembre de 1781). Estadista.
     Su nacimiento lo reclaman dos pueblos vecinos a causa de la existencia de dos partidas de bautismo, la primera, la de Hervías, de 25 de abril —cinco días después del día de san Zenón, seguramente la fecha del nacimiento—, y la segunda, la de Alesanco, del 2 de junio, un documento fabricado con el propósito de justificar los derechos a la hidalguía que la familia del padre tenía reconocidos en este pueblo, y cuya transmisión exigía el agua de la pila de su parroquial como prueba de vecindad efectiva.
     El padre de Zenón, Francisco de Somodevilla y Villaverde, hidalgo pero pobre, tenía muy buenas relaciones con los eclesiásticos de estos pequeños pueblos de las cercanías de Santo Domingo de la Calzada —la madre tenía incluso algún familiar cura—, lo que debió de facilitar el segundo bautismo y la segunda acta (redactada por el “teniente de cura” de la parroquia de Alesanco, “en ausencia” de su titular). En cualquier caso, la hidalguía no le salvaba de la precariedad, que paliaba ocasionalmente con el desempeño de algunos oficios menores al servicio de las parroquias, yendo de un pueblo a otro. Fue notario apostólico, un cargo escasamente retribuido; llevó las cuentas de algunas cofradías y del Arca de Misericordia —por lo que cobraba algunas fanegas de trigo al año—, y en los últimos años de su vida, viviendo ya en Santo Domingo de la Calzada adonde se trasladó con la familia en 1706, llegó a ser maestro de primeras letras y doctrina cristiana en la escuela establecida en la catedral.
     En este entorno rural y pobre vivió Zenón de Somodevilla hasta algunos años después de la muerte del padre, ocurrida cuando él no contaba todavía los diez años. La madre viuda y sus cinco hijos siguieron residiendo en Santo Domingo de la Calzada —aquí dio testimonio la madre en 1742 para las pruebas de calatravo del ya flamante marqués—, y de aquí, en una fecha desconocida, Zenón salió con destino a Madrid para no volver jamás a su tierra natal.
     De su paso por Madrid no se sabe nada, pero se puede asegurar que nunca pisó una universidad, ni fue profesor de matemáticas, ni “catedrático de uno de los colegios reales”, como algunos biógrafos le atribuyeron antes de que Antonio Rodríguez Villa, el archivero que publicó en 1878 su más documentada biografía, afirmara con razón: “lo cierto es que hasta la entrada de Don Zenón al servicio del Estado no se tienen de él noticias verídicas y realmente históricas”, es decir, hasta que Patiño lo encontró en Cádiz, en 1720, sirviendo ya en la Marina, destacando por su buena letra, seguramente aprendida en el entorno escolar catedralicio, al lado de su padre. Contaba entonces dieciocho años, y Patiño le distinguió ya con el primer nombramiento, el de oficial supernumerario del Ministerio de Marina (1 de octubre de 1720).
     Desde aquí hasta que conoce al duque de Montemar, su siguiente protector, y se embarca en expediciones militares, Somodevilla recorre todo el escalafón civil de la Marina. En 1725 es nombrado oficial primero y comisario de matrículas en Cantabria; al año siguiente se le destina a Guarnizo, el astillero próximo a Santander que dirige José del Campillo. En 1728, Patiño le nombra comisario real de Marina con destino en Cádiz, desde donde pasa a Cartagena y luego, en 1730, a Ferrol. Su misión de mejorar la organización de los astilleros se hace explícita en la orden de Patiño de 6 de octubre de ese año, en la que se reconoce “el conocimiento y experiencias con que se halla el referido ministro (Somodevilla) de lo que se observa en el arsenal de Cádiz, cuyas reglas quiere Su Majestad se sigan en todo en el Ferrol”. En julio de 1731, de nuevo vuelve a Cádiz, al ser destinado a las labores de organización de la escuadra que, a las órdenes de Montemar, reconquistará Orán al año siguiente. Es el primero de sus éxitos y la ocasión de conocer a muchos de los que cuando llegue a ministro formarán parte de su red de parciales, como por ejemplo, sus leales amigos el general marqués de la Mina o el conde de Superunda (luego, virrey del Perú). La victoria le supone el ascenso a comisario ordenador, el cargo en el que destaca por lograr la coordinación de Marina y Ejército.
     A partir de 1733, Somodevilla se ocupó de organizar la potencia naval que culminará en la conquista de los Reinos de Nápoles y Sicilia al año siguiente, el gran éxito de la casa de Borbón que a él le valió el título de marqués. El infante don Carlos, coronado en Nápoles como Carlos VII, le nombró marqués por “merced espontánea” el 8 de diciembre de 1736. Probablemente la elección de “la Ensenada” para el título se debe a un juego de palabras que don Zenón fue el primero en manejar: él era un “En sí nada”, un “Adán” (al revés “Nada”); “en un accidente seré nada”, le dijo a su amigo el cardenal Valenti; en fin, en 1754 sería desterrado a Granada, la “Gran Nada”...
     Su humilde origen —del que siempre conservó memoria— contrastaba con el encumbramiento sorprendente y vertiginoso que experimentó su carrera, pues inmediatamente después del título nobiliario le llegó el encargo de servir al infante Felipe, una señal inequívoca de la confianza que depositaba en él la reina Isabel Farnesio, que le abrió las puertas de la Corte. El 21 de junio de 1737, Ensenada era nombrado secretario del Almirantazgo, un organismo a cuya cabeza, como almirante de España e Indias, figuraba el infante Felipe, la nueva pieza de negociación para completar la recuperación española en Italia tan brillantemente iniciada en Nápoles.
     La ocasión la traerá una nueva guerra, la que estallaba en octubre de 1740, al morir el Emperador Carlos VI. El joven infante Felipe, ya casado con una hija de Luis XV y almirante, encabezaría las tropas españolas, igual que su hermano unos años antes, pero ahora Ensenada sería mucho más que un comisario, incluso más que intendente de Marina, el cargo que le fue otorgado el 5 de julio de 1737: antes de partir, era nombrado secretario de Estado y Guerra del Infante e “intendente general del Ejército y la Marina de la expedición a Italia” (noviembre de 1741). Durante cuatro años había sido su secretario en el Almirantazgo, así que “por lo mismo será vuestra persona grata al infante”, decía el nombramiento. Además, en 1741, recibía el hábito de la Orden de Calatrava, la primera de las muchas distinciones honoríficas que iba a recibir antes de conseguir el preciado Toisón de Oro (1751).
     Como secretario del Almirantazgo, Ensenada desarrolló una gran actividad, continuando la labor de Patiño —por ejemplo, la famosa Ordenanza del Infante Almirante, antecedente de las Ordenanzas de Marina de 1748—, pero fue aún más importante la que le permitió entrar de lleno en el mundo de la diplomacia. 
   Como secretario del Infante, fue corresponsal del marqués de Villarías, secretario de Estado de Felipe V, y del príncipe de Campoflorido, embajador en París, entre otros; mientras, seguía ampliando su círculo de lealtades políticas, también entre el personal de la Corte, donde aumentaba su reputación. Conoció a uno de sus íntimos, Pablo de Ordeñana, su mano derecha en el futuro, y también a quien le ocasionará la gran desgracia de su vida, el duque de Huéscar (luego, duque de Alba), entonces brigadier de infantería y ayudante de campo del Infante. Cuando Ensenada fue nombrado ministro en 1743 no todos se sorprendieron: los franceses sabían que desde 1737 Ensenada había entrado en el restringido círculo de los reyes por la vía segura del servicio a dos hijos de Felipe V e Isabel de Farnesio, y que además era un perfecto cortesano, la más perfecta “creatura” de los “vizcainos” de Villarías.
     La noticia del nombramiento la recibió Ensenada en Chamberí el 25 de abril de 1743 poco después de conocer la de la muerte de su antecesor, José Campillo.
     En medio de una guerra y entre los militares del ejército del Infante, recibía el encargo de dirigir cuatro secretarías (Hacienda, Guerra, Marina e Indias), una carga pesada que, protocolariamente, rechazó con pretextos de humildad extrema: “yo no entiendo una palabra de Hacienda; de Guerra, lo mismo con corta diferencia; el comercio de Indias no ha sido de mi genio, [...]”; pero su resistencia al nombramiento era más aparente que real. En cuanto llegó el correo oficial a Chamberí, salió camino de Aranjuez a besar la mano a los reyes, lo que tuvo lugar el 8 de mayo.
     Su papel como ministro de Felipe V e Isabel Farnesio se limitó a “pagar la guerra” y a ser un servicial peón de la reina a través de su mayordomo Scotti y del ministro Villarías. Durante los tres años de vida que le quedaban al viejo Rey, Ensenada no brilló por proponer ninguna medida. Como casi todos, esperó la llegada del nuevo rey (julio de 1746), lo que, sin embargo, para él, iba a suponer un gran riesgo. Ensenada no había podido dejarse ver demasiado en el “cuarto del Príncipe”, que vigilaba estrictamente la Farnesio; tampoco congeniaba con la postura de Villarías, opuesta a la nueva reina, Bárbara de Braganza, en quien se vio enseguida que dominaba la situación y que infundía una sorprendente entereza en su marido, Fernando VI. El embajador portugués, Vilanova de Cerveira, muy próximo a la Reina, sospechaba de Ensenada, mientras todo en la Corte se inclinaba hacia el nuevo ministro, José de Carvajal y Lancáster, el sustituto de Villarías en la secretaría de Estado desde el 4 de diciembre. En una situación tan adversa, Ensenada dejó hacer e incluso fingió estar al lado del nuevo ministro poderoso. Así, presenció el destierro de la reina viuda —primero al palacio de los Afligidos, luego a San Ildefonso— y fue haciéndose un hueco al lado de Bárbara, de quien logró ser nombrado secretario en 1747. Para ello le hicieron falta los apoyos de un “carvajalista” como fue inicialmente el nuevo confesor, el padre Rávago, que pronto fue captado por Ensenada, y de un hombre versátil, sensible y cultivado, de quien llegaría a ser gran amigo, Carlo Broschi, Farinelli. Con astucia y tenacidad, a mediados de 1747, Ensenada había conseguido evitar el “efecto” de “primer ministro” que pretendía ser Carvajal.
     Los dos ministros, opuestos en todo —Carvajal era un grande de España, universitario, colegial y togado—, se complementaron. El padre Rávago logró que el Rey confiara en que su “desunión” no fuera del todo perjudicial, pues así no “se tapaban uno a otro”; además, Carvajal, poco dado a hacer mudanza, sostuvo a Ensenada, seguro de que, a pesar de sus “machiaveladas”, la eficacia política del marqués era evidente.
     Mientras el ministro de Estado explotaba la nueva diplomacia que había creado nada más firmar la paz de Aquisgrán (1748), proponiendo a España como “lancilla” de la balanza de un equilibrio europeo “constructivo y vigilante”, Ensenada desplegaba su proyecto reformista en Hacienda y sus planes de reforzamiento de la Marina: una consecuencia de la paz, que Ensenada interpretó como “paz a la espera”, es decir, una “paz armada”.
     La paz de 1748 permitía poner en práctica los proyectos que los ministros soñaban, muchos de los cuales rondaban desde hacía tiempo por las secretarías; incluso habían pasado por la imprenta. A su manera, Ensenada también había escrito sus proyectos. Les llamó “representaciones”, pues su objetivo era “representar” al Rey sus ideas y proyectos de la manera más sencilla, incluso didáctica, pues como decía el padre Rávago, confesor de Fernando VI, “el rey se aflige con papeles largos”.
     Todo debía empezar por la Hacienda —“ el fundamento de todo es el dinero”, le decía Ensenada a su amigo el cardenal Valenti—, y también por convencer a Fernando VI de que no bastaba con ser un rey pacífico: se le exigía también ser un reformador. En la representación de 1747, Ensenada sintetizaba la reforma de la Hacienda en dos acciones complementarias: una, “irla descargando”; la otra, “aumentar su entrada”. La descarga, sin minorar sueldos ni pensiones, y atendiendo a “la decencia” del Rey y de su servicio; el aumento, “con alivio y no con gravamen del vasallo”, pues “la monarquía más opulenta es la más rica, y por eso las bien gobernadas cuidan, con preferencia a todo, del Real Erario y de que los vasallos no sean pobres”. En la misma representación, Ensenada anunciaba también el Catastro, la Única Contribución, la abolición de las rentas provinciales, el fin de los intermediarios, así como muchas de las reformas que aliviaron el gasto suntuario, entre ellas, la de las Casas Reales. Todo parecía sencillo: se trataba de ahorrar en gastos superfluos y de aplicar el sentido común a la recaudación: “Que pague cada vasallo a proporción de lo que tiene, siendo fiscal uno de otro para que no se haga injusticia ni gracia”. Pero había muchos riesgos.
     Lo que más preocupó al ministro, la abolición de las rentas y la supresión de intermediarios, se logró en medio de una gran tranquilidad, lo contrario de lo que produjo la reforma de las Casas Reales, una de las heridas que algunos nobles tenían abiertas todavía cuando cayó el marqués el 20 de julio de 1754.
     Algunos resentidos, como el conde de Montijo, que había sido desplazado al llegar Fernando VI al trono, vieron engrosar sus filas con los que no pudieron sufrir la reforma y presentaron su dimisión. Era la primera advertencia seria contra el “En sí nada”. Pero el marqués estaba en el cenit del poder, y además tenía dinero, lo que ya pudo exponer al Rey, eufórico, en la magna representación de 1751. La Hacienda tenía fondos —“ ni sé como los hubo, ni como los hay ahora para lo necesario”, decía el marqués—, y los tenía también el mismo Ensenada, convertido por “este arbitrio que descubrió la casualidad a impulsos de la economía” —así calificó a su invento, el Real Giro— en el primer banquero de España.
     Al crear el Real Giro, en 1749, para pagar las deudas en el extranjero, Ensenada pretendía evitar los beneficios de los intermediarios —la “tiranía de los banqueros”—, a quienes, como a los arrendadores de rentas provinciales, censuraba por sus ganancias, pero también por la inseguridad que suponían para el comercio exterior, pues “los hombres acaudalados y acreditados [...] han sido algunas veces engañados porque el cambista con poco dinero suyo gira mucho sobre el ajeno”. Con el tiempo, las sucursales del Real Giro —París, Roma, Ámsterdam, etc.—, dirigidas por ensenadistas de la máxima confianza, fueron verdaderas agencias al servicio del marqués. Igual eran utilizadas para “ayudar” a estudiosos, espías industriales, pensionados, en sus viajes por Europa; que para gratificar a un ministro, a un periodista o a un sicario; tanto para llenar el bolsillo del nepote del Papa, como para pagar el importe de unos diamantes, una sortija, unas perlas, regalo de los reyes en su cumpleaños (o de algún cortesano a quien se pagaba un favor, fuera en París o en San Petersburgo).
     Como él, que era ya inmensamente rico, la Monarquía opulenta de Fernando VI asombraba a Europa.
     El de Madrid era el mejor teatro de Europa —a decir del embajador Keene—, las joyas destinadas a Fernando VI y a Bárbara de Braganza llegaban de todo el mundo —encargadas por el experto Ensenada—; la villa y Corte se remozaba, y los Sitios Reales —el palacio Nuevo sobre todo— seguían siendo un Babel de artistas. La misma actividad se notaba en algunas reales fábricas, el “ramo” al que se dedicaba más tenazmente Carvajal; y en la construcción y arreglo de caminos —el de Madrid a Barcelona, o los que se abrían en Navarra y en Santander—, así como el del puerto de Guadarrama, que le hacía decir a Rávago que parecía obra de romanos. También se trabajaba en el canal de Castilla, en el canal de Lodosa, y pronto se reanudarían las obras en el Canal Imperial de Aragón, visitadas en tiempo del marqués de la Ensenada por un jovencísimo conde de Aranda que empezaría la revitalización de la célebre “acequia” antes que Pignatelli, su definitivo ejecutor.
     Era el cenit del poder ensenadista: a principios de 1753, el marqués podía blasonar también de haber logrado el Concordato, una pieza maestra de la negociación secreta, tan secreta que no se enteraron ni el cardenal Portocarrero, embajador en Roma, ni el nuncio Enríquez, ni el mismísimo ministro de Estado, Carvajal. Lo habían negociado en Roma dos acérrimos ensenadistas, Ventura Figueroa, y el cardenal Valenti, con el solo conocimiento del padre confesor.
     Fieles al estilo de Ensenada, no escatimaron gastos.
     Pagaron de golpe 1.148.333 escudos, además de 174.000 que se concedieron a Valenti, y otras sumas que fueron a parar a la bolsa de algunos cardenales.
     Sin embargo, las rentas que cedía Roma a la Hacienda del Rey pronto compensaron estas cantidades. En definitiva, el que parecía derrochador Concordato fue también un negocio y, desde luego, un nuevo mérito a sumar a los muchos que acumulaba el marqués de la Ensenada, del que su amigo el padre Isla decía que era el “secretario de todo”.
     Pero era en los arsenales donde se notaba especialmente la mano del marqués. Miles de artesanos y obreros, amén de vagos y gitanos, mano de obra barata apresada en las redadas —la cara más negra de Ensenada—, habían logrado poner en servicio más de cuarenta navíos artillados a la altura de 1752. En su célebre misión de espionaje en Londres, iniciada en marzo de 1749, Jorge Juan había conseguido hacer llegar a los arsenales de Cádiz, Cartagena y Ferrol más de cincuenta técnicos en diferentes artes náuticas, entre ellos los ingenieros Rooth, Mullan, Sayers, Clark, etc. Además, copió planos, compró instrumentos y libros, e informó de la estrategia naval inglesa, encaminada, como intuía Ensenada, al dominio de la América española. A la vez, el ministro había ido propiciando el entramado legal que orientaría su obra: la Ordenanza de Montes (31 de enero de 1748), que imponía la primacía de la Armada en el aprovechamiento de las maderas de los bosques; la Ordenanza de matrícula (1 de enero de 1751), que pretendía el aumento de la marinería, uno de los problemas que martirizaban a Ensenada, y, en fin, las célebres Ordenanzas Generales de la Armada, redactadas en 1748.
     A la altura de 1752, faltaban algunos años para conseguir la Marina de guerra que había planeado el ministro, pero ya podía hacer alguna demostración, y de hecho, iba a empezar a hacerla en la bahía de Mosquitos, hostigando a los ingleses que burlaban el monopolio español, sacando ilegalmente el palo de Campeche y fortificando posiciones en contra de todos los tratados firmados entre las dos naciones. Las protestas de los comerciantes ingleses llegaron al gobierno y al embajador Keene, que empezó a cambiar de opinión sobre el rearme ensenadista. Al principio lo consideró inviable, pero a partir de 1752 le pareció tan inquietante que ya sólo se dedicó a vigilar al que luego llamaría “enemigo de Inglaterra”. Conocedor de la permanente conspiración que había montada por los resentidos que envidiaban los éxitos del “En sí nada” —entre ellos Huéscar—, el embajador se sumó a ella, siempre pensando en impedir el rearme naval ensenadista, que no podía tener otro objeto, como él mismo advirtió, que el de “perjudicar a Inglaterra”.
     El sagaz Keene se convertía así en una nueva pieza desestabilizadora, pero habría otra más, también extranjera: el nuevo embajador francés, Enmanuelle Felicité, duque de Duras, tan excesivo en el cumplimiento de su misión de reforzar la alianza francesa —con Ensenada al frente—, que acabó dejando al ministro al descubierto frente al “Rey neutral”. Ensenada tenía que librarse de muchos enemigos —toda la facción carvajalista, con Huéscar y Wall a la cabeza—, pero debía cuidarse a la vez de aduladores tan torpes como Duras, que podían llegar a preocupar al Rey, convencido y gozoso de ser amigo de todos. Los dos embajadores, el inglés activamente, el francés por su simpleza, contribuyeron a preparar la conspiración que haría caer a Ensenada el 20 de julio de 1754; pero hacía falta algo más, un detonante. Éste fue la desaparición de Carvajal, que murió repentinamente el día 8 de abril de 1754. En ausencia de esta pieza clave ya nadie podrá parar los golpes contra el “hidalguillo medrado”.
     Con el nombramiento interino de Huéscar y luego el definitivo de Wall, que llegó de Londres el 17 de mayo, los conjurados se crecieron. Quizás hasta rumorearon que el “pícaro” Ensenada había querido colocar a su criatura Ordeñana para aumentar su poder; incluso que el marqués aspiraba al cardenalato o que era sospechosamente rico. Con éstos y otros “cargos”, verdaderos, abultados o falsos, fueron “tocando” todas las piezas. Primero cedió Wall, que pasó de respetar a Ensenada —el marqués intentó su amistad por todos los medios— a prestar su apoyo a Huéscar y Keene abiertamente; luego cedió Valparaíso, y por último, la Reina. Sólo se mantuvo en su lugar Rávago; luego pagaría su lealtad al marqués con la destitución (30 de septiembre de 1755).
     En este escenario ya dominado, los conjurados buscaban la manera de dar el golpe final, para lo que les hizo falta el embajador inglés, que aportó “la prueba”, o mejor dicho, prometió que la podía aportar. Keene divulgó que Ensenada había dado órdenes ofensivas a la escuadra de La Habana para que atacara a los ingleses en Mosquitos; dijo que tenía una copia —que nunca mostró—, y con la complicidad de Wall, lo comunicó a su gobierno, a sabiendas de que Su Majestad Británica presentaría una durísima queja en la embajada española, la que Abreu —el encargado que Wall había dejado en la embajada de Londres al venir a hacerse cargo del ministerio— enviaría a su ministro en el primer correo. Así fue. Abreu lo declara explícitamente: “Luego que el rey se enteró de mi carta del 9 pensó Su Majestad se asegurase al Sr. marqués de la Ensenada”. La carta llegó el 18 de julio y se la mostraron al Rey el 19. Al día siguiente, el Rey ya no recibió a Ensenada, que le estuvo esperando todo el día; al atardecer, tras despedir al marqués —que se dirigió a su casa, en la calle del Barquillo, sospechando ya lo peor—, el Rey tomó la decisión. Wall tenía todo preparado: las tropas, las órdenes de arresto, los destinos de los tres reos —Granada para Ensenada, Valladolid para Ordeñana, Burgos para Mogrovejo—, y desde luego, la (dis)culpa: hacer la guerra sin conocimiento del Rey, un delito de alta traición.
     Pero en realidad, la traición era la que cometían los conjurados, que necesitaron la ayuda de una potencia extranjera y de su hábil embajador. El propio Keene, que recibió en premio la orden del Baño, contó luego cómo sucedió: “Por fortuna —escribe el inglés en carta de 31 de julio— llegó en la mañana del 19 el correo portador de vuestros pliegos del 8, lo que dio nuevo vigor a las operaciones ya concertadas”. También se declaró el ministro de Estado Wall, al felicitar al embajador en la conocida carta del mismo 20 de julio, minutos después de enviar la tropa a prender a Ensenada: “Esto está hecho, mi querido Keene, por la gracia de Dios, el rey, la reina y mi bravo duque, y cuando leas esta nota, el mogol estará a cinco o seis leguas camino de Granada. Esta noticia no desagradará a nuestros amigos en Inglaterra. Tuyo, querido Keene, para siempre, Dik. A las doce de la noche del sábado”.
      Diez días después, el 30 de julio, el “preso” Ensenada llegaba a Granada, donde le recibía el presidente de la Chancillería, Manuel Arredondo, que debía vigilar sus movimientos y censurarle la correspondencia. Wall se valió también de un espía, que le informaba constantemente de todo. Pero pronto el marqués y el presidente se hicieron amigos, para desconcierto de Wall, que llegó a temer una conspiración de los ensenadistas. Lo mismo ocurrió en El Puerto de Santa María, el pueblo al que Ensenada solicitó ser trasladado, en 1757, a causa de sus achaques, reales o fingidos: también logró la amistad de sus guardianes, y el ayuntamiento le visitó oficialmente. Como se había propuesto desde el primer día, el desterrado observó silencio, esperanzado sólo por la ansiada llegada de Carlos III, el rey amigo que le había hecho marqués —del que el padre Isla esperaba “una feliz revolución”—, cuya aclamación, con Ensenada en primer plano, se celebró en El Puerto con toros y fiesta el día 15 de septiembre de 1759.
     Las demostraciones de lealtad a Carlos III continuaron hasta el 4 de noviembre, en que se celebró en casa de Ensenada el santo del Rey con un gran banquete.
      Poco después, el desterrado escribía a Esquilache solicitando su mediación ante Carlos III, a lo que el ministro respondió el 28 de diciembre trasladando la negativa regia: “es su Real voluntad que deje yo pasar algún tiempo y después le haga memoria”. Ensenada debería esperar casi cinco meses más hasta ver en la Gaceta de Madrid de 13 de mayo de 1760 la noticia del indulto regio, lo que ya debía conocer pues estaba en Madrid desde el día 6. En acudir a besar la mano del Rey se apresuró tanto ahora como cuando recibió en Chamberí la noticia de su nombramiento de ministro diecisiete años antes. El 21 se presentó en Aranjuez ante el Rey, luego fue a Madrid, donde se alojó en casa de su viejo amigo Nicolás de Francia, en la que esperó a sus amigos desterrados y exonerados.
     La cúpula del ensenadismo estaba ya en Madrid, sin embargo, lo que le interesaba a Ensenada no iba por buen camino. Carlos III parecía prevenido contra los ensenadistas; Tanucci le había sugerido que el regalo de los caballos que había enviado a Carlos III por su santo “no es regalo que pueda ni deba hacer un ministro”.
     De creer a Ferrer del Río, el Rey “luego que penetró el sistema del marqués, que no tardó mucho, no volvió a hablarle ni una palabra”. El marqués estaba “falto de subalternos y del poder, que eran los medios que le hacían brillar, y reducido a sí solo”. Conocido su triste papel en la Corte, se le incluyó entre los descontentos ante la primacía que el Rey concedía a sus ministros italianos. Cuando se produjo el motín contra Esquilache, en la primavera de 1766, el pueblo de Madrid le vitoreó, lo que hizo aumentar las sospechas sobre su participación en los alborotos. Marginado de los escenarios políticos impuestos por la nueva Corte, en la que ya no tenía amigos, sólo le quedó acatar la orden de destierro que le llegaba de manos del Rey, quien nunca le dio explicaciones sobre esa terrible decisión.
     Esta vez su destino era Medina del Campo, la ciudad que, como la “Gran nada”, permitía de nuevo el trampantojo barroco: la otrora opulenta ciudad mercantil floreciente, ahora triste y decaída, recibía al que lo fue todo y ahora de nuevo era nada. Allí murió Zenón de Somodevilla el 2 de diciembre de 1781, tras haber declarado a su amigo el conde de Ricla que nada entendía de política, que él sólo se preparaba para “vivir lo más que pueda” y “gozar del Altísimo”. En su retiro, habló con el padre Luengo, ante el que hizo sorprendentes revelaciones: Ensenada pensaba que eran las envidias que despertó el rumor de que le harían cardenal lo que le había perdido en julio de 1754.
     El que fue propuesto en el siglo xix como “modelo de estadista” ha tenido fama siempre de hombre tenaz, hábil político y gran organizador. Goza de un enorme prestigio en la Marina y se le reconoce un acendrado catolicismo, pues fue amigo de eclesiásticos, como el padre Benito Marín, obispo de Jaén, el confesor Rávago, su hombre de confianza Isidro López, o el padre Isla, quien dijo del marqués los más exagerados elogios (le llamó “el mayor ministro que ha tenido la monarquía desde su erección”). A pesar de su fama de protector de los jesuitas, logró el Concordato más regalista de la historia; un pasquín decía “parecía buen cristiano, pero no se le conoció confesor”. Fue hombre barroco en sus apariencias, en extremo pragmático, pero autoritario; su obra más ilustrada fue el catastro; su proyecto más despótico, la persecución de los gitanos, que pretendió exterminar tras la “prisión general” del verano de 1749, llegando a poner en práctica la separación de hombres y mujeres para “impedir su generación”.
     Su primer biógrafo, Fernández de Navarrete, también riojano y de familia de marinos, hizo de él, en 1831, el primer panegírico, lo contrario que W. Coxe, cuya obra traducida, publicada en 1846, llevó a la opinión pública española la primera imagen negativa del marqués, que habría sido “codicioso de dinero”, intrigante y pérfido, opuesto a un Carvajal modélico.
     Las etiquetas de afrancesamiento de Ensenada y de probritánicos de sus enemigos que repartió Coxe fueron contestadas en la obra más documentada sobre Ensenada, la publicada en 1787 por el archivero A. Rodríguez Villa, que seguía manteniendo una evidente intención laudatoria hacia el hombre honesto y tenaz, al que atribuía ya la “españolización” de la política entreguista borbónica, la idea que retomará casi un siglo después M. D. Gómez Molleda.
     Menéndez Pelayo recreó estas ideas, católicas y nacionales, y sus seguidores, Joaquín M. Aranda, A. G. Amezúa y Mayo, por ejemplo, las exageraron hasta hacer de Ensenada el modelo de conservador.
     El sagastino, Amós Salvador, también riojano, intentó traer a sus filas al marqués, al que atribuyó nada menos que “el alivio de la clase jornalera”, pero, obviamente, su folleto, publicado en Logroño en 1885, no tuvo relevancia alguna. Más importancia ha tenido la obra de C. Fernández Duro, centrada en la Marina, que definitivamente proponía a Ensenada como el más grande organizador de la Armada española: el autor titulaba el capítulo relativo al marqués con un “¡Paso al genio!”. También han de ser destacados en ese apartado, los trabajos de Julio F. Guillén Tato, que glosó con brillantez, en 1936, la relación de Ensenada con Jorge Juan y Antonio de Ulloa.
     Ensenada ha sido destacado como hacendista —precisamente, al cumplirse su tercer centenario y el 250 aniversario del catastro, el Ministerio de Hacienda patrocinó una magna exposición y una no menos importante publicación—, pero es en la Marina donde su obra es universalmente reconocida. Un buque de la Armada Española lleva su nombre, mientras sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando, en la bahía de Cádiz. Allí empezó de escribiente el joven y pobre hidalgo riojano que en el cenit de su poder le decía a su amigo M. Ventura Figueroa: “Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho” (José Luis Gómez Urdáñez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La barreduela Ensenada, al detalle:
Edificio de la barreduela Ensenada, 2.
Edificio de la barreduela Ensenada, 3.
Edificio de la barreduela Ensenada, 7.

viernes, 21 de mayo de 2021

La Escalera Imperial, de Juan de Oviedo, en el Museo de Bellas Artes

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Escalera Imperial, de Juan de Oviedo, en el Museo de Bellas Artes, de Sevilla. 
     Hoy, 21 de mayo, es el aniversario (21 de mayo de 1565) del nacimiento de Juan de Oviedo y de la Bandera, arquitecto que realizó la Escalera principal del Museo de Bellas Artes, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Escalera principal del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     La Escalera Imperial es, sin duda alguna el elemento arquitectónico más singular de todo el complejo conventual. Pieza emblemática, ésta asume funciones constructivas de articulación de los tres principales claustros, cual eje vertical que ordena itinerarios y espacios internos.
     La escalera, como puede apreciarse en planta, se sitúa y conforma en el vértice central del edificio, alejada por tanto del área de acceso o zaguán de la principal portada -como es común en las construcciones palaciegas -. La vida cotidiana en un establecimiento monacal, con su espacialidad introvertida,  comporta  una  ubicación distinta, reputando con decoro el centro neurálgico de todo un microcosmos de relaciones canonizadas. Por la escalera discurre el tránsito ritual de lo cotidiano, la ceremonia  del encuentro en un  ámbito de confluencias regladas.
     Este sentido de «prestancia» -apuntado por Bonet Correa- es resaltado de un modo extraordinario por Fray Juan Guerrero: «Tiene esta escalera -nos dice- tal riqueza, adorno, curiosidad y obra que a dicho de todos no se halla otra en la Cristiandad ni tengo más que decir en ese particular porque no acertará a ponderarlo como merece la pieza».
     Con doble arranque en sus dos tramos la escalera ofrece una diáfana estructura cúbica, coronada por cúpula octogonal sobre trompas, diseño que facilita la ubicación de dobles óculos en sus esquinas.
     El alzado se subdivide en dos cuerpos: macizo el primero, salvo sus dos grandes arcos que comunican con los claustros; alternancia de huecos y hornacinas en su segundo. Su ornamentación en estuco se concreta, de un modo intencional, en el segundo de ellos, reservando una profusa escenografía celestial para la cúpula.
     Morfológicamente esta decoración, de perfiles geométricos, nos aporta todo un complejo repertorio de fórmulas manieristas sabiamente conjugadas: cartelas sobre filatería, alternancia de frontones, entablamentos que se quiebran, etc. Mas posiblemente sea la tensión compositiva de su diseño ascendente, articulado en torno a una perfecta graduación de luminosidad, la que nos provoca un mayor efecto de retórica persuasiva.
      La cúpula, de radiante claridad, es la esfera etérea sobre la que se eleva triunfante, en su óvalo central, la efigie en bajorrelieve de la Tota Pulchra. Una corte de ángeles sostienen los símbolos marianos de las Letanías, al tiempo que los escudos de la Merced Calzada cubren sus cuatro ángulos. Su tratamiento cromático, panes de oro que se recortan sobre el blanco del estuco y una ligera coloración de elementos singulares, refuerza el sentido de evocación celeste de su programa iconográfico; un programa que encuentra su fundamento en las Sagradas Es­crituras pues, no en vano, sus ocho hornacinas -cuatro en su segundo cuerpo, cuatro sobre la cornisa de arranque de la cubierta- debieron ser ocupadas por las imágenes en bulto redondo de los cuatro Evangelistas, así como por las de David, Ezequiel, Isaías y Jeremías.
     Es natural que la eficaz composición de esta escalera, unida a su incuestionable riqueza plástica, hicieran fortuna como modelo de similares realizaciones en otras latitudes. Y así lo ha evidenciado Bonet Correa al estimar que esta pieza significa el punto de partida de un arquetipo de amplia difusión en Hispanoamérica: Merced de Lima, Convento de Franciscanos de Monguí (Arsenio Moreno Mendoza, El Museo, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía del autor de la Escalera principal del Museo de Bellas Artes, Juan de Oviedo y de la Bandera;
     Juan de Oviedo y de la Bandera, (Sevilla, 21 de mayo de 1565 – Bahía, Brasil, 25 de marzo 1625). Ingeniero militar, arquitecto, matemático y escultor.
     Se formó posiblemente con su padre, Juan de Oviedo y Fernández, y con el prestigioso imaginero Miguel Adán en Sevilla. Autor de los retablos de Azuaga (Badajoz, en 1588), Cazalla de la Sierra (1592) y el de la iglesia del Salvador en Sevilla, en 1601. Fue maestro mayor de construcciones y arquitectura en la provincia de León y posteriormente en Sevilla. Como arquitecto, llevó a cabo en esta última ciudad una amplia labor constructiva, realizando en la misma, entre otros, los templos San Benito, donde recurre a las columnas pareadas ya empleadas por el arquitecto milanés Vermondo Resta, y San Leandro, y los conventos de la Asunción (1615) y de la Encarnación de Belén. 
     Su obra más emblemática es la iglesia y el convento de Nuestra Señora de la Merced, actual Museo de Bellas Artes de Sevilla, comenzada en 1606 y terminada, en su parte más importante, en 1612. A él se debe, igualmente, el túmulo erigido en 1598, en la catedral sevillana al rey Felipe II (obra de las denominadas efímeras), elogiado por Cervantes, y en la que colaboró el famoso imaginero Martínez Montañés y más adelante, el correspondiente a la reina Margarita de Austria en 1611.
     Como ingeniero civil llevó a cabo las obras del encauzamiento del río Guadalquivir, estableciendo, para prevenir las riadas, un sistema de desagüe por husillos, obras para el abastecimiento de agua, y para la restauración de edificios, entre los que se encuentra el del propio ayuntamiento de la ciudad.
     El contacto directo con personajes como el duque de Alcalá o el conde-duque de Olivares, le promocionan en la Corte, como ingeniero militar de la corona de España. Parece que era nombrado en 1600 Ingeniero del Rey, y en 1604 se encontraba en Sevilla, donde recibía instrucciones del ingeniero Tiburcio Spannochi (ingeniero mayor de las fortificaciones de los reinos de España). También a principios de siglo, era enviado a Almería para que estudiara sus fortificaciones. Resultaba que la ciudad había desbordado el perímetro defensivo construido a finales del siglo anterior, incluso la catedral se había construido fuera del recinto. Oviedo, para solucionar el problema, realizaba unas trazas e iniciaba las obras de unas nuevas murallas que englobaban las zonas extrarradio, e incorporaban a la vez las fortificaciones ya materializadas anteriormente.
     En el sur de España realizó numerosas obras de fortificación, fundamentalmente las torres vigías del litoral, de las que terminó o construyó cuarenta, poniendo en “estado de defensa” toda la costa de la baja Andalucía, así como los castillos de Puerto Real, el Puntal y Matagorda. Realizaciones determinas por el concejo sevillano, el cual, por intereses defensivos, le había encargado la dotación de construcciones militares y equipos de artillería en localizaciones estratégicas de la costa andaluza.
     En 1614, la corona le ordenaba la recuperación, restauración y fortificación de la plaza africana de La Marmora (Túnez) tras el ataque turco. Por otro lado, la actuación de Oviedo en Málaga no es fácil de concretar, pudiendo haber intervenido en las torres costeras y las defensas del muelle de Málaga preparando la visita de Felipe III. Su intervención en el antiguo reino de Granada sí está documentada. Más tarde, en 1621 visitaba la costa de Almería, informando al Consejo de Guerra de la necesidad de reparar la torre llamada de “La Garrucha”, en la citada costa.
     En marzo de 1621 presentaba un proyecto para la reparación de los daños sufridos en la costa almeriense, tras el ataque de los turcos, ofreciendo soluciones de mejora alternativas en sus informes. Posteriormente, reparaba y fortificaba el lienzo de muralla de la ciudad de Almería, para el que tuvo que trazar un tramo abaluartado completamente nuevo. Tanto el proyecto citado, como los informes, estaban relacionados con el Informe sobre la visita de Íñigo Briceño de la Cueva (capitán general de la costa del reino de Granada) a las fortificaciones de la costa del Reyno de Granada, fechado en Almería en marzo de 1621. Briceño iba acompañado de Juan de Oviedo, y en él mismo señala que “la planta del reducto y murallas desta ciudad de Almería ymbió a V.M. hecha por mandato del Jurado Juan de Oviedo […]”. También y con respecto a Níjar, señala Briceño que “El Casillo de Rodalquilar … de Don Fadrique de Bargas Manrique, … el qual tiene obligación a su reparo, como V.M. mandará ver, por la relación del Jurado Juan de Oviedo […]”.
     Fuera de las fronteras andaluzas, de nuevo a las órdenes de Tiburcio Spanoqui, trabajaba en las fortificaciones de la cornisa cantábrica y de la frontera con Francia.
     En 1625, era nombrado ingeniero militar de la Armada de Felipe IV y asignado con 40 ducados a la flota del capital general don Fadrique Álvarez de Toledo Osorio, que partió hacia Brasil para recuperar Salvador de Bahía, ocupada por los holandeses. Oviedo partía con la misión de reconstruir y acrecentar las fortificaciones de Bahía una vez recuperada, pero murió antes de que se tomara. Cuando replanteaba una batería en el puesto de vanguardia de San Benito, recibió un cañonazo que le voló la pierna y murió desangrado en muy poco tiempo, a la edad de sesenta años.
     Trabajó también, como Cristóbal de Rojas, en la fortificación de Gibraltar y en la de Cádiz.
     Era caballero del Hábito de Montesa (1617), maestro mayor de Sevilla y “familiar” de la Inquisición (Juan Carrillo de Albornoz y Galbeño, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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jueves, 26 de diciembre de 2019

La Iglesia de San Esteban

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de San Esteban, de Sevilla.   
   Hoy, 26 de diciembre, Fiesta de San Esteban, protomártir, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, que fue el primero de los siete diáconos que los apóstoles eligieron como cooperadores de su ministerio, y también fue el primero de los discípulos del Señor que en Jerusalén derramó su sangre, dando testimonio de Cristo Jesús al afirmar que veía al Señor sentado en la gloria a la derecha del Padre, al ser lapidado mientras oraba por los perseguidores [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia de San Esteban, de Sevilla.
   La Iglesia de San Esteban [nº 34 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla, y nº 57 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], en encuentra en la calle Medinaceli, 2 (aunque la entrada habitual se efectúa por la calle San Esteban, 5; y tiene otra entrada más por la calle Imperial, s/n); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
   Lágrimas de cristal sobre el rostro de barro de un Cristo se asoman a una ventana de la calle Águilas. Fue conocido como el Señor de la Ventana pero, sobre todo, como el Cristo de la Salud y el Buen Viaje. Quizás la petición de salud tenga alguna relación con el antiguo nazareno de los Gitanos. La petición del buen viaje tiene fácil explicación en la salida principal hacia la puerta de Carmona: a la ventana se asoma el antiguo Ecce Homo de la Congregación de la Anunciación, una agrupación jesuita desaparecido de la iglesia de San Hermenegildo. Desde el siglo XVIII es una imagen que se asoma a la calle Águilas, el antiguo decumano (la vía de sentido este-oeste) de la ciudad romana. Lo hace desde la hermosa iglesia mudéjar de San Esteban, edificación fechable en el siglo XIV aunque sus dos portadas exteriores sean ya obra del siglo XV. La torre es posterior y data del siglo XVIII. Una edificación gótico-mudéjar que llegó a ser suprimida como parroquia en la Revolución de 1868, siendo el edificio vendido y usado como almacén de industria. Afortunadamente el templo pudo ser salvado del derribo que proyectaron algunos para reutilizar sus históricas piedras. No llegó a nuestros días el antiguo pasadizo elevado que comunicaba el edificio con la vecina Casa de Pilatos, morada de la familia Medinaceli, especialmente vinculada a la iglesia del santo protomártir.
   Al exterior presenta dos portadas. La de los pies, hacia la calle Medinaceli, muestra el característico diseño de arcos ojivales que van conformando sucesivas arquivoltas de estilo gótico, coronado con un alero sostenido por cabezas de león. Junto a estos elementos cristianos aparece un friso de arquillos polilobulados de clara filiación islámica, situándose una escultura del Salvador en la zona central. Puntas de diamante en la zona superior contrastan de nuevo con el color almagra que envuelve a algunos elementos. Bajo doseletes aparecen las figuras de San Lorenzo (con la parrilla de su martirio) y San Esteban (el titular del edificio, con dalmática de diácono). La otra puerta, también abocinada, se abre hacia la calle Águilas y suele ser la entrada habitual del templo. Presenta la particularidad de tener puntas de diamante en el intradós de la arquivolta interior, dificultad añadida para la salida del paso de palio de la Virgen de los Desamparados. Sobre la hornacina superior aparece San Esteban, con una inscripción en la parte inferior que data la obra en un momento muy posterior a la portada, en 1618.

   El interior es de tres naves con presbiterio y coro a los pies, siendo la nave de la Epístola (derecha) más estrecha que la del Evangelio (izquierda). La nave central aparece cubierta por un artesonado mudéjar de tres paños, mientras que las laterales presentan unas cubiertas de colgadizo. El presbiterio muestra bóvedas de nervaduras góticas, una distinción habitual en las iglesias mudéjares sevillanas que distinguían en estilo y materiales a la zona más importante del edificio.
   En la zona del presbiterio destaca el magnífico retablo mayor concertado en 1629 con Luis de Figueroa. Se compone de banco, dos cuerpos y ático, estando decorado (algo poco frecuente en Sevilla) por pinturas. Las de la calle central se atribuyen tradicionalmente a los hermanos Miguel y Francisco Polanco, y representan la Lapidación del protomártir San Esteban, la Adoración de los pastores y un Crucificado en el ático. Las calles laterales son importantes obras de Francisco de Zurbarán, representando la Visión de San Pedro y la Conversión de San Pablo en el banco, San Pedro y San Pablo en el primer cuerpo, mientras que en el ático aparecen representados San Hermenegildo y San Fernando. Un complejo programa iconográfico que aludiría al titular de la iglesia, a los orígenes del cristianismo, a la antigua y nueva iglesia (Pedro y Pablo) y al santoral sevillano. En la parte central del presbiterio la mesa de altar realizada en ladrillo muestra un frontal donde se colocó un interesante paño de alicatado mudéjar del siglo XIV, decorado con motivos geométricos, localizado en unas obras realizadas en la capilla mayor.
   Comenzando por los pies del muro derecho aparece el retablo de Santa Ana, una pieza del siglo XIX, al igual que el grupo escultórico. En sus inmediaciones destaca un cuadro de la Virgen de la Antigua del siglo XVII que sirve como ejemplo de la enorme devoción a la pintura mural conservada en la Catedral. En un retablo de austeras líneas neoclásicas se encuentra la Virgen de los Desamparados, titular de la cofradía de San Esteban. Es talla de candelero que realizó el escultor Manuel Galiano en 1923 y que, originalmente, se pensó nominar con el título de la Asunción. La hermandad de San Esteban se fundó en 1928, saliendo por primera vez al año siguiente. Su otro titular, el Cristo de la Salud y el Buen Viaje, recibe culto en la cabecera de este testero en una capilla de planta cuadrada y cubierta por bóveda de arista. Es una escultura que combina un busto y cabeza realizados en barro cocido, de fines del XVI, con el cuerpo de madera, que se le añadió en el siglo XVIII. Presenta como particularidad lágrimas de cristal en su rostro.

   Una vez pasado el presbiterio, en la cabecera de la nave lateral izquierda se sitúa un retablo neobarroco con la imagen de Nuestra Señora de la Luz, del siglo XVIII, titular de una hermandad de gloria que ya existía en 1670. Fusionada a la hermandad sacramental y a la de Ánimas, tras el cierre de la parroquia en 1868, la imagen estuvo depositada en la vecina Casa de Pilatos. Es la única imagen de gloria que ha procesionado un Domingo de Resurrección (1910), acompañando a su Señor Resucitado. Ya en el muro se abre la capilla sacramental, cerrada por una verja de madera de la segunda mitad del siglo XVII. Presenta una rica decoración de yeserías que se pueden datar en la segunda mitad del XVII y que recuerda las realizaciones de los hermanos Borja. La capilla es de planta cuadrada y se cubre con una cúpula rebajada sobre pechinas. El retablo es del XVII y en el centro aparece una escultura de la Inmaculada atribuida al escultor Agustín de Perea, en el último tercio del siglo XVII. Las paredes presentan un zócalo de azulejos del siglo XVII de una compleja composición y un delicado colorido  que los hacen ser piezas excepcionales en el catálogo de la azulejería sevillana. Sobre el acceso a la capilla se sitúa una pintura que representa a San Juan de Ribera, del siglo XVII. A los pies del muro se sitúa un retablo barroco del XVII, con tallas de San José, San Antonio de Padua, San Bartolomé y San Blas, todas de la misma época. En el mismo muro destaca un lienzo barroco anónimo con el tema de la decapitación del Bautista.
   En esta iglesia recibió el bautismo el pintor Juan de Valdés Leal, en 1622, y otras personalidades relevantes como el capuchino Fray Isidoro de Sevilla, creador de la devoción a la Divina Pastora (Manuel Jesús Roldán,  Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de San Esteban, protomártir:
LEYENDA
   Diácono cuyo nombre griego (Stephanos) significa corona. Lapidado por los judíos, quienes le acusaban de blasfemar contra Moisés, fue el primer mártir (protomartyir) de la fe cristiana. San Agustín lo llama primicerius martyrum. Los griegos lo habían motejado Lithobolite, "el Lapidado".
   Según la vita fabulosa sancti Stephani protomartyris, cuyo texto manuscrito del siglo X se conserva en Montecassino, el día en que nació fue arrebata­do por Satanás, que puso un pequeño demonio en la cuna, para sustituirlo. Luego dejó al niño fajado a la puerta de un obispo llamado Julián. El obispo oyó berridos, salió de su casa y encontró al niño que era amamantado por una cierva blanca que tomando la palabra le aconsejó que adoptase al recién nacido.
   Algún tiempo después Esteban regresó a la casa paterna, y con el signo de la cruz expulsó al demonio que ocupaba su lugar y que entonces apareció en forma de diablo peludo, cornudo, con pezuñas, alas de murciélago y una larga cola.

   Ordenado diácono por los doce apóstoles, discutió con los retóricos judíos que lo hicieron detener y condenar por blasfemia a morir lapidado. Saulo, el futuro San Pablo, habría  ayudado a sus verdugos cuidando sus mantos. Según Gregorio de Nisa (Capadocia), al mártir ese pedrisco le habría hecho efecto que una suave nevada.
   Su cuerpo expuesto a las fieras fue sepultado por Gamaliel, quien, cuatrocientos años después, se apareció al sacerdote Luciano para revelarle el lugar de la sepultura. Gamaliel  informó que san Esteban  había  sido enterrado cerca de él, de su hijo Abibas y de su sobrino Nicodemo, y le indicó la manera de identificar los cuatro cuerpos. Le mostró tres vasos de oro y uno de plata. Uno de los vasos de oro contenía rosas rojas, los otros dos rosas blancas, en cuanto al vaso de plata, estaba lleno de azafrán. Esos vasos, dijo, son nuestros féretros. El de rosas rojas señala el féretro de san Esteban, el único que ha merecido la corona del martirio. Los dos vasos de rosas blancas son los féretros de Gamaliel y Nicodemo, el de plata, lleno de azafrán, es el de Abibas.
   Esta aparición se repitió tres veces. Lucia no fue a Jerusalén y contó la visión a su obispo Juan. Éste, acompañado por toda su clerecía, desenterró los cuatro féretros. El vaso de rosas rojas situado junto a la cabeza de san Esteban permitió identificar el cuerpo del protomártir.
   Estas preciosas reliquias fueron transportadas desde Jerusalén a Constantinopla. Una viuda llamada Juliana, que quería retirar el cuerpo de su marido inhumado junto a san Esteban, por error se llevó consigo a Constantinopla los restos del mártir, aunque los demonios quisieron impedírselo provocando una tempestad. El emperador ordenó que el cuerpo del santo fuese depositado en su palacio. Pero las mulas, que se negaron a avanzar hicieron comprender a todos que el santo quería descansar en una  iglesia. Más tarde, las reliquias de san Esteban emigraron a Roma. A falta de restos corporales del mártir, se disputaban las piedras de su lapidación.
CULTO
Lugares de culto

   Las iglesias dedicadas a san Esteban son excepcionalmente numerosas en todos los países de Europa.
   La difusión del culto del protomártir se vio favorecida por santa Eudocia en el Oriente bizantino y por san Agustín y el papa Sixto en Occidente.
Italia
   Las reliquias de san Esteban se habían juntado con las del diácono San Lorenzo en la basílica romana de San Lorenzo Extramuros. Pero muchas iglesias de Roma se jactaban de poseer fragmentos.
   El papa Pelagio habría donado el brazo derecho del protomártir a la basílica de San Pedro. La iglesia de Santa Práxedes conservaba el otro brazo y una piedra  de su lapidación; la de Santa María la Mayor, un diente; la de San Clemente, una de sus costillas, y las de San Pablo Extramuros y San Silvestre, fragmentos de su calavera.

   Numerosas iglesias de Roma estaban puestas bajo su advocación . El templo de Vesta a orillas del Tíber, se puso bajo la advocación de san Esteban con el nombre de San Stefano delle Carrozze. San Stefano Rotando se eleva sobre la colina del Coelius. Detrás del ábside de la basílica de San Pedro se construyó la iglesia de San Stefano degli Abissini, cerca de un hospicio edificado en 1159 por los abisinios.
   El culto de San Esteban se había difundido en todas las provincias de Italia. En el norte, la catedral de Génova que poseía su mano izquierda y la de Pavía, estaban puestas bajo su advocación; también se lo veneraba en Venecia y en la iglesia de San Stefano in Castello de Verona. En Florencia, Toscana, una iglesia llevaba el nombre de San Stefano della Badia, en Arezzo, Forli y Prato, San Esteban no sólo era el patrón de las catedrales sino también el de las ciudades. En Ancona, a orillas del Adriático, se conservaba  preciosamente una de las piedras de su lapidación, que después de haber golpeado el codo del santo, rebotó sobre uno de los espectadores que la conservó por piedad. Cuando viajó a Ancona, en una visión dicho espectador recibió la orden de dejarla allí, y desde entonces hubo una capilla de San Esteban en la localidad.
Francia
   El culto de San Esteban en Francia era igualmente popular. Hay diez catedrales bajo su advocación. Y antes hubo aún más. En París, san Esteban fue reemplazado por Nuestra Señora (Notre Dame), en Orleans por la Santa Cruz (Sainte Croix), en Lyon por san Juan y en Arles por san Trófimo.
   Una de las principales ciudades de Francia lleva su nombre. En 1040, san Roberto, fundador de la abadía de La Chaise Dieu, agrandó una capilla en Furania en Forez, que puso bajo la advocación de san Esteban. Alrededor de dicha capilla formó  una  ciudad  llamada  en principio Saint Étienne de Furan (S. Stephanus de Furanis), y luego, simplemente Saint Étienne.
   Para dar una idea de la multiplicidad de los santuarios dedicados a san Esteban lo mejor es clasificarlos por orden alfabético.
Agde. Catedral.
Arlés. La catedral de Saint Trophime, originalmente estaba puesta bajo la advocación de San Esteban.
Auxerre. La catedral está dedicada a san Esteban que figura en el sello del capítulo.
Bar sur Seine. Iglesia (de Saint Étienne).
Beauvois. Iglesia abacial.
Besançon. La catedral está dedicada a San Esteban y a san Juan, y poseía la dalmática del santo diácono y un hueso del brazo.

Bourges. La catedral es el más bello monumento que Francia haya levantado a la gloria de san Esteban. La imagen del mártir está grabada sobre las insignias de los canónigos.
Caen. Además de la abadía aux Hommes, que Guillermo el Conquistador puso bajo la advocación de san Esteban, una iglesia parroquial lleva el nombre de Saint Étienne le Vieil.
Cahors. Catedral.
Chálons sur Marne. La catedral era rica en reliquias del protomártir. En  1205 de vuelta de la cuarta cruzada, Nivelon de Chérisy, obispo de Soissons, había traído desde Constantinopla uno de los codos del lapidado. El obispo Pierre de Hans aprovechó el viaje que hizo a Roma en 1253 para solicitar al abad de San Pablo Extramuros la parte superior de la cabeza de san Esteban, que donó a la catedral. Un segundo fragmento de la santa cabeza fue agregado en 1309 por Juan, Señor de Joinville.
Dijon. Antigua catedral. El bajorrelieve del tímpano fue remontado en la de Saint Benigne.
Dreux. La colegiata poseía uno de los huesos de la cabeza del santo, un diente y una piedra de su lapidación.
Estrasburgo. Iglesia abacial cuya nave ha sido destruida por los bombardeos norteamericanos de 1944.
Limoges. Catedral.
Meaux. Catedral.
Metz. El tesoro de la catedral de Metz poseía numerosas reliquias del santo, una parte de las cuales fue cedida en 980 al obispo de Halberstadt. El obispo entregó un frasco de sangre y dos dedos, pero guardó una piedra de la lapidación. Las monedas llevaban la imagen del santo.
Mulhouse. Iglesia parroquial.
Nevers. Magnífica iglesia románica dedicada a san Esteban .
París. La capital poseía al menos tres iglesias puestas bajo su advocación: Saint Étienne le Vieil, que fue demolida para hacer lugar a la catedral de Notre Dame cuya  portada del sur del transepto está consagrada al protomártir; Saint Étienne des Grès (Gradus), cerca de la puerta de Saint Jacques, llamada así a causa de los escalones de la entrada; y por último Saint Étienne du Mont en la cresta de la montaña de Sainte Geneviève, muy cerca de la abadía. Ésta es la única que subsiste.
Périgueux. Antigua catedral.
Ruán. Iglesia de Saint Étienne des Tonneliers (siglo XV), destruida en 1791.
Saint Brieuc. Catedral.
Toul. Catedral.
Toulouse. Catedral. .
Troyes. Colegiata destruida en 1791.
Vignory. Iglesia románica en la diócesis de Langres.

   La dispersión de estos centros de culto, de uno a otro extremo de Francia plantea un problema de hagiotoponimia de difícil resolución. Sería necesario, en principio, situar los emplazamientos de las reliquias del protomártir, huesos, frascos de sangre y piedras de la lapidación.
España
   Treinta y ocho localidades llevan el nombre de San Esteban. Hay iglesias puestas bajo la advocación del santo en Burgos, Segovia y Valencia.
Inglaterra
   Capilla en Westminster, Londres.
   Iglesias en Bristol y Lymne (Kent).
Alemana y Austria
Corvey. La nueva Corbie a orillas del Weser recibió reliquias de san Esteban de su casa matriz.
Halbestadt. En 980 la catedral obtuvo de Metz un frasco de sangre de san Esteban y dos de sus huesos. En el tesoro se muestra una bandeja de plata dorada en cuyo centro hay engastada una piedra de la lapidación; sobre el borde hay cuatro judíos lanzando piedras.
Maguncia. La iglesia de San Esteban posee también una piedra de la lapidación.
Espira. La catedral está bajo su advocación.
Passau. Catedral de San Esteban.
Viena. Catedral de San Esteban.
   Entre los santuarios dedicados a san Esteban aún puede citarse la abadía de Weihenstephan, en Baviera, cerca de Freising.
Patronazgos

   Los patronazgos de san Esteban son menos numerosos que los lugares de culto. No obstante pertenece a la categoría de los santos curadores. Según San Agustín, citado por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada, se acostumbraba poner flores sobre el altar de san Esteban porque luego éstas servían para aliviar a los enfermos; y la ropa blanca depositada sobre su altar curaba en especial las enfermedades de la médula.
   También se consideraba a San Esteban curador de la tiña, quizá a causa de un juego de palabras con su nombre como ocurrió con san Aniano. En la iglesia de Josselin (Morbihan), los tiñosos depositan como ofrenda pequeños sacos de trigo ante el busto de plata del santo.
   Se lo invocaba a causa de las piedras de su lapidación contra los cálculos y los dolores de cabeza.
   En los países germánicos la leyenda que le atribuye haber sido caballerizo del rey Herodes lo convirtió en patrón de los caballos, y por extensión, de los cocheros y palafreneros. Los caballos se sangraban el día  de su fiesta. También era patrón de los honderos (Schleuderer) a causa de su lapidación.
ICONOGRAFÍA
   San Esteban está representado joven e imberbe, en dalmática de diácono con una estola. A partir del siglo XV tuvo como atributos un libro en la mano, o en un pliego de su dalmática, salvo que lo llevara en equilibrio sobre la cabeza o uno de sus hombros, y las piedras de su lapidación que a veces están rojas de sangre o son doradas.
   Sus demás atributos, menos personales, son el Libro de los Evangelios cuya guarda correspondía a los diáconos, y la palma del martirio.
   El hecho de que la catedral de Limoges, centro de la industria de los esmaltes champlevé, estuviese bajo la advocación de san Esteban, contribyó mucho a la difusión de sus imágenes (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Horarios de apertura de la Iglesia de San Esteban:
              Lunes: de 07:30 a 09:00, y de 10:00 a 13:00.
              De Martes a Sábado: de 07:30 a 09:00. Tardes (sólo Martes y Sábados), de 19:30 a 21:00.
              Domingos y Festivos: de 10:15 a 12:00

Horarios de misas, en la Iglesia de San Esteban:
              Laborables: 08;15
              Sábados: 20:00
              Domingos y Festivos: 11:00

Página web oficial de la Iglesia de San Esteban: www.sanbartolomeysanesteban.org