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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 23 de julio de 2025

Los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba.


Santuario de San Juan de Ávila (La Encarnación).-

     Esta iglesia perteneció al Colegio de la Com­pañía de Jesús, fundado en esta villa al mediar el XVI. El templo que hoy se ve es el fruto de la ampliación del edificio, hecha en el siglo XVIII. Se reformó de nuevo en el siglo XX, abriéndose al culto en 1944. Se ha renovado en 2005. La planta sigue el modelo jesuítico de nave con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior, y testero plano. El retablo mayor se hizo en los talleres Granda de Madrid en 1949 y guarda el relicario de San Juan de Ávila. En los pilares del crucero hay esculturas de San Francisco Javier y San Ignacio, de estética granadina, del siglo XVII.
     El brazo izquierdo tiene de interés dos lienzos del XVII, con la Coronación de Espinas y Noli me tangere, y el de la Inmaculada, de hacia 1800, que se atribuye a Vicente López. En el brazo derecho hay un retablo de segundo cuarto del XVIII, con la imagen de la Inmaculada y santos jesuitas. Destaca también una imagen de San José, de mediados del XVIII. Entre las buenas pinturas que el templo conserva, pueden mencionarse la Virgen de la Paz, del XVI, un Santo dominico, del XVII, el bello Ángel de la guarda, de un seguidor de Valdés Leal de segunda mitad del XVII, y, por su valor iconográfico, el Bautismo de la Virgen, de fines del XVII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La planta sigue el modelo jesuítico, rectangular con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior y testero plano. Tiene traza neoclásica con fachada esbelta con tres puertas recercadas de ladrillo y pilastras verticales y cornisa con frontón triangular con dos torres rematadas con cornisa en el interior. Destacan retablos e imaginería barroca. 
     Para sustituir la primitiva iglesia, la construida en el siglo XVI, se decidió en el siglo XVIII montar otra mayor que pudiera albergar a fieles y colegiales. Su construcción comenzó en 1726.
     Las obras quedaron sin finalizar, siendo ocupada por los franciscanos, que continuaron con las obras de la iglesia, paralizadas con la exclaustración de 1835. El templo fue concluido en 1944.  Se ha renovado en 2005 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Castillo Gran Capitán/Alhori Ducal.-
     Hoy sería el monumento más importante de la población de no haber sido demolido. Los cronistas locales mencionan la existencia de treinta torres que el Catálogo Artístico y Monumental de la provincia de Córdoba incluye dentro de ellas a las de la cerca de la villa, y relatan sobre su capacidad y lujo. De esta fortaleza por el Norte y oeste aún se conservan algunas torres redondas de argamasa que rodean el edificio de los graneros. 
     En los planos de construcción de estos graneros, realizados por Juan Antonio Camacho, que se conservan en el Archivo de Medinaceli de Sevilla, se mencionan que fueron construidos sobre las ruinas del castillo siguiendo su perímetro el de la Plaza de Armas, y que sus torres se rehacen sobre ruinas de las antiguas. 
     La ubicación del castillo-palacio correspondería a la actual parcela de la familia García, con la inclusión del monumento al Corazón de Jesús y antiguo cementerio de la Vera Cruz, aunque es posible que la portadita sita en la esquina de la calle Costal con arco gótico y escudo de los Aguilares sea resto de este Alcázar. En el extremo oriental de la plataforma existente delante de los graneros se ha encontrado lo que parece una sala semisótano de este castillo, con una escalera que comunicaría el nivel de entrada con el del patio más alto y donde existe un arco conopial. 
     Tras su demolición, las ruinas debieron ser una importante cantera para la población en crecimiento. En la casa de porteros de la actual finca del castillo existe una ventana gótica de fina perfilería con arco conopial, que es una muestra del estilo de la fortaleza del s. XV. De este castillo partían algunos pasadizos subterráneos de los que se tiene noticia y debía contar con aljibes que aún deben conservarse.
     Sobre las ruinas del castillo se construyó en el siglo XVIII un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta. El alhorí o Graneros del Duque un edificio de planta rectangular, con fachada orientada hacia el SE y cuyo muro perimetral se asienta sobre los del antiguo castillo aprovechando algunas de sus torres y construyéndose otras de nueva planta, semejantes a las antiguas, entre 1722 y 1723. Se trata de un total de nueve torres, de planta cuadrada en las esquinas y de traza rectangular el resto. Está coronadas con almenas. 
     Acerca de los materiales empleados para la construcción del granero, podemos ver que en la fachada presenta hiladas de sillares bien cortados y aparejados, y en el resto de muros luce mampostería o sillarejo con verdugadas de ladrillo. En los arranques de los muros se aprecian grandes sillares que pueden corresponder al castillo derruido y que fueron aprovechados como cimentación del granero. 
     El edificio tiene planta basilical. La planta inferior cuenta con cinco naves, la central más ancha y sin comunicación con las laterales, las cuales se hallan separadas entre sí por cinco grandes machones exentos y dos adosados a los lados más cortos. La nave central se cubre con una e bóveda de cañón con lunetos, compartimentada mediante potentes arcos fajones que arrancan casi desde el suelo a partir de unos placajes geométricos barrocos. 
     Las naves laterales se cubren con bóvedas de arista en seis tramos, multiplicados por dos, al tratarse de dos naves, a cada lado de la central, lo que suma un total de veinticuatro bóvedas. Por su carácter de almacén, apenas existen vanos de iluminación, salvo uno al fondo de la nave central que puede, incluso, que se abriera con posterioridad, puesto que en los planos de Camacho no aparece. Cada bóveda de arista estaba soportada por arcos de medio punto, de ancho intradós, enjalbegados y soportados por machones muy potentes, de forma que se constituía una especie de parrilla, a base de tramos cuadrados con arcos formeros y fajones, de tal manera que el resultado es el de unas naves laterales de una estructura realmente potente, diseñada con toda probabilidad para soportar el tremendo empuje de la nave central, cuando estuviera llena de trigo, además de los empujes venidos de la planta superior.
     La construcción del castillo debió comenzar por la elevación de una torre rodeada por muralla a manos de don Gonzalo Yáñez Dovinal, convertido por Fernando III el Santo en I señor de Aguilar en recompensa por su apoyo en la campaña de reconquista. Él va a ser, por tanto, el fundador del mayorazgo que, con el tiempo, se convertirá en uno de los más poderosos del reino de Córdoba, si bien, no precisamente en sus descendientes, pues, tras varias generaciones, estas tierras pasaron a ser de realengo, al quedar sin un heredero directo. Transcurría el año de 1343 y Alfonso XI otorga estas tierras a doña Leonor de Guzmán, su amante.
     El castillo de El Gran Capitán fue derribado en 1508 por orden del rey Fernando el Católico. Sobre las ruinas del castillo se construyó en 1722 como reza la inscripción de la fachada, un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta.
     Desde entonces, el monumento ha venido siendo objeto de numerosos estudios arqueológicos y de actuaciones centradas en la consolidación estructural del alhorí. 
     El inmueble permaneció en manos de la familia marquesal durante siglos, hasta que en el fue vendido a otros particulares. Tras la Guerra Civil pasó a depender del Servicio Nacional del Trigo, hasta que fue adquirido por los García Cobos, quienes lo tuvieron en propiedad hasta 1999, fecha en que fue comprado por el Ayuntamiento de Montilla. A lo largo del tiempo tuvieron lugar varias restauraciones, algunas con más fortuna que otras, hasta llegar a la actualidad, en que siguen los trabajos emprendidos, bajo proyecto del arquitecto don Juan Cuenca para restaurar este conjunto, con el fin de convertirlo en Museo de los Vinos de Andalucía (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia de Santiago.-
    La fundación de la parroquia de Santiago tuvo lugar a principios del siglo XVI, gracias al apoyo del marqués de Priego. Es un templo de tres naves, la central más alta y ancha, con capillas en ambos lados, crucero y presbiterio. Carece de retablo mayor, y en su lugar, realzado sobre tribuna, se ha dispuesto el órgano; en el centro se halla la Inmaculada, talla granadina del XVII que procede de los jesuitas. Alrededor se ha colocado la sillería de coro. De las paredes cuelgan lienzos de estética barroca que muestran a Santa Ana, Santa Rosa de Lima, Jesús recogiendo las vestiduras y San Francisco. En los pilares del presbiterio se ven las esculturas de San Antonio de Padua, de barro cocido y atribuida a las hermanas Cueto, y de San Pedro de Alcántara, atribuida a Pedro de Mena, procedente del desaparecido convento de San Lorenzo. En ambos lados del presbiterio se disponen púlpitos de hierro forjado, obras del XVIII, elevados sobre pedestales marmóreos.
     El frente de la nave izquierda lo ocupa un retablo procedente de la iglesia de la Compañía, obra de Alonso Matías de 1617. En el centro se halla la imagen del Ecce Homo, obra manierista de Juan de Mesa el Mozo, de 1597; a los lados se ven imágenes de San Estanislao de Kostka y San Luis Gonzaga y en el ático, San Ignacio. En el muro cuelga un lienzo de Santa Teresa, del siglo XVII, de buena factura.
     De las capillas que abren a este lado cabe citar la del Sagrario, antes dedicada al Buen Pastor, que es hoy panteón de la familia Alvear. El original retablo es obra de Lope de Medina Chirinos, realizada entre 1632 y 1640, y se adorna con relieves y esculturas. La capilla del Bautista tiene un retablo, concertado en 157l con el escultor Francisco Castillejo y el pintor Pedro Delgado. Se halla sobre un frontal de azulejos trianeros, realizado en 1914. El centro lo ocupa una talla del titular de la misma fecha del retablo, y en el banco se disponen tres relieves de la infancia de Cristo. El resto se decora con pinturas sobre tabla del Bautismo de Jesús y la Visitación en el primer cuerpo, y la Degollación del Santo, la Coronación de la Virgen y la Imposición de la casulla a San Ildefonso, en el segundo; en el ático, el Calvario entre dos bustos en relieve de San Pedro y San Pablo.
     En el muro de la nave hay dos lienzos con San Juan Evangelista y Santiago, parte de un apostolado del siglo XVIII. La capilla de Belén se adorna con imágenes de época contemporánea, y la del Bautismo, antes dedicada a las Ánimas, fue reformada en el siglo XX por los hermanos Garnelo. La reja es obra del XVII y se trajo del convento de San Lorenzo; guarda un retablo del XVIII, próximo al estilo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, con un San Miguel de la misma época.
     En la cabecera de la nave derecha está el antiguo retablo del Cristo de la Yedra, realizado en 1720 por Francisco Jiménez y Juan Villegas para la Encarnación. Ahora lo ocupa el Cristo de Zacatecas, traído de México en 1576 por fray Andrés Fernández de Mesa. En el muro hay un lienzo que representa el Entierro de Cristo, de escuela cordobesa, del primer tercio del siglo XVII. Por la nave hay otros lienzos, entre los que destacan la Virgen del Carmen, obra de fines del Seiscientos, y San Francisco Solano en el barrio de Tenerías, realizado en 1910 por José Garnelo, autor también del Apostolado en 1929.
     De las capillas del lado derecho merece citarse la de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza, terminada en 1698, en cuyo camarín trabajó en el siglo XVIII el lucentino Pedro de Mena. El retablo es obra documentada de Pedro José de los Cobos y se realizó en 1705. Luce imágenes de Santo Domingo y Santa Teresa, de la misma fecha. A los pies de la nave puede verse una una pintura de Jesús camino del Calvario, copia del XVII del Pasmo de Rafael.
     Del importante ajuar litúrgico de esta parroquia pueden destacarse las crismeras de Rodrigo de León, de 1576, un ostensorio fechado en 16l4, de Juan de Ledesma, la cruz parroquial, de Jerónimo de la Cruz, de 1616, algunos cálices y vinajeras de Damián de Castro, y, sobre todo, la custodia de asiento de Manuel de Aguilar, de 1808 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El inmueble situado en la calle Iglesia, s/n, de la localidad de Montilla (Córdoba) ocupa la zona más alta y más antigua de la población de Montilla, muy cerca de lo que fue el Castillo de la Casa de Aguilar, dentro del recinto amurallado. Ha sido siempre la parroquia mayor y principal de la localidad, por lo que guarda la historia de los sucesivos templos principales del pueblo, desde una posible mezquita, consagrada al culto cristiano en el año 1240, tras la conquista de la ciudad, hasta su fábrica gótico-mudéjar del siglo XVI, cuando se amplió el templo y se edificaron las capillas. Durante los siglos XVII y XVIII sufrió diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz ya a lo largo de los siglos XIX y XX posteriores modificaciones le han proporcionado el aspecto que hoy presenta.
     Es un templo con planta de tres naves con crucero, coro y capillas laterales. A diferencia de lo normal en la época, tiene un desarrollo similar en longitud y en anchura. En alzado, las naves se separan por cuatro amplios arcos apuntados con pilares de base rectangular, de sencilla y lisa configuración con una simple moldura en la línea de imposta. La nave central se cubre por cuatro tramos de bóvedas de aristas, marcados por fajones terminados en placas geométricas. Las naves laterales se cubren por bóvedas rebajadas de medio cañón, también con fajones para señalar sus tramos.
     El crucero se monta en potentes arcos torales de medio punto y pechinas, donde se eleva una cúpula elíptica con tambor, articulado por cuatro pilastras y abierto en otras tantas ventanas. Se decora por un  anillo con tacos, de inspiración neoclásica, enriquecida por un florón central de madera dorada. Los brazos laterales presentan  planta cuadrada con cúpulas semiesféricas, separados del centro y nave por arcos de medio punto.
     En el extremo opuesto se encuentra la actual sacristía, de planta rectangular, cubierta con una bóveda rebajada de medio cañón similar a las de las naves laterales. A través de un cuerpo de edificación anejo, comunica con el coro, con su tribuna y con una cripta.
     El presbiterio tiene el suelo alzado respecto a las naves con una escalinata y está delimitado por una cancel y dos púlpitos octogonales sobre columnas abalaustradas con escaleras.
     El coro, de planta cuadrada, con bóveda de aristas idénticas a las de la nave central, dispone de facistol y sillería de nogal y tiene una tribuna corrida con pretil  de forja y madera en tres de sus lados.
     La mayor parte de las capillas que se abren  a las naves laterales son originarias del siglo XVI, aunque aparecen muy transformadas. Recorriendo el perímetro de la iglesia desde los pies de la nave del Evangelio, de izquierda a derecha, se encuentran las siguientes:
     Capilla del Bautismo. Consta de dos tramos. El primero es de planta cuadrada, cubierto por una cúpula sobre pechinas con linterna: Su decoración exalta la figura de San Francisco Solano. En este espacio se sitúa una pila bautismal gótica de piedra, donde según la tradición debió bautizarse el santo; la cubre una tapa en forma de cúpula neogótica de madera rematada por una esculturilla de metal del apóstol Santiago. El segundo tramo, de planta rectangular, también denominado capilla de San Miguel, está cubierto por un cielo raso y presenta un zócalo de azulejos de cuerda seca. La capilla del Bautismo se cierra a la nave por una reja del XVII procedente del convento de San Lorenzo.
     Capilla del Nacimiento o de Belén. Su aspecto obedece a una reforma de principios del siglo XX. Dispone de un nicho en su frente donde se alija un portal de Belén moderno.
     Capilla de San Juan Bautista. Se cubre con un artesonado ochavado de almizate cuadrado y casetones octogonales, obra de Alonso Ramiro, fechable hacia 1571. El altar tiene un frontal de azulejos trianeros de estilo neorrenacentista con la escena del Bautismo que data de 1914.
     Antigua capilla del Señor de la Columna. Se encuentra tapiada, afectada por la humedad de un aljibe.
     Capilla actual del Sagrario, panteón de la familia Alvear. Su aspecto actual es fruto de las reformas realizadas por dicha familia en 1932. Se concibe como un amplio recinto rectangular con un presbiterio elevado al que se accede por una escalera lateral. Se cubre con una falsa armadura de yeso de estilo neomudéjar. Cierra la capilla una reja de madera de los talleres Granada rematada por un relieve con la escena de la Crucifixión.
     Capilla de la Virgen del Carmen. Es de planta cuadrada y se cubre con una cúpula ciega de comienzos de siglo.
     Capilla de San José. Tiene planta cuadrada y cúpula  decorada con yeserías, sobre pechinas con relieves con historias de la vida de San José. En el anillo inferior de la cúpula se encuentra una inscripción relativa a una reedificación de la capilla en 1916. Entre esta capilla y la siguiente existe un espacio que corresponde con la antigua puerta a la lonja, hoy cerrada.
     Capilla de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza. Consta de capilla, camarín, sacristía, escalera y panteón. La capilla de planta cuadrada, tiene sus muros decorados con pinturas ce carácter historicista realizadas por José Garnelo a principios del siglo XX. Se cubre con una cúpula sobre pechinas decorada con pinturas murales de 1698, según consta en una inscripción. En las pechinas se representan los Padres de la Iglesia y en la media naranja, símbolos marianos rodeados por motivos vegetales. El camarín es una  cámara cuadrada cubierta por cúpula, revestida totalmente por madera tallada y dorada de estilo rococó con querubines y angelotes casi exentos, símbolos marianos y cuatro pequeñas tallas. A este recinto se accede desde la capilla a través de una dependencia lateral con escalera, que arranca de dos medios puntos sobre un pilar central de planta octogonal. La escalera, que también accede a la cripta, tiene una barandilla de madera torneada con balaustres de discos. Todo este espacio se cubre con una falsa bóveda en forma de pirámide truncada. Las puertas de madera del camarín están decoradas con motivos vegetales desarrollados longitudinalmente en zigzag; a ambos lados se localizan dos lápidas con inscripciones en las que figura la fecha de 1740.
     Al exterior, la fachada principal situada a los pies de la iglesia, está formada por un muro rectangular, al que se adosa una torre, construido en sillería arenisca, que apenas  llega a tapar el hastial de la nave central. Sobre este destaca una portada de piedra blanca, con dos cuerpos; uno bajo, dominado por una arco de medio punto flanqueado por pilastras toscanas de fuste acanalado, sobre las que monta un entablamento con friso neoclásico, rematado con dos fragmentos de frontón curvo, envuelto  en volutas coronadas por pirámides. El cuerpo alto, tiene una hornacina en su centro, encuadrada por medias columnas jónicas que soportan un tímpano alabeado rematado por tres perinolas. El interior de la hornacina alberga la escultura de Santiago, titular de la parroquia.
     La torre se alza a la derecha de la portada y se estructura sobre un pedestal de sillería, como un prisma de base cuadrada, presentando cuatro cuerpos decrecientes de ladrillo. Es obra de José Vela realizada entre 1771 y 1789 sobre una anterior, de 1576, obra de Hernán Ruiz II dañada en el terremoto de Lisboa. La ornamentación es simple, constituida por unas pilastras próximas a las esquinas, cajeadas en el primer cuerpo y almohadilladas en los restantes, que se coronan por cornisas que separan los pisos. Los tres primeros pisos presentan una ventana en cada cara, adornada con un marco exterior de pilastras y frontón. El cuarto cuerpo de campanas presenta cada frente con dos arcos de medio punto, flanqueados por pilastras que soportan un entablamento y una cornisa corrida de ladrillo achaflanada en las esquinas. 
     El resto de las fachadas son difíciles de observar, debido a las numerosas construcciones anejas a la iglesia.
     El origen del templo se remonta a los días mismos de la conquista de la ciudad, estableciéndose en la mezquita mayor que fue consagrada al culto cristiano en 1240.
     En 1437 está documentada su existencia por la lectura en el templo de una carta por el Obispo Don Fernando González de Deza, referente a la obligación del pago de diezmos.
     Se puede confirmar que de 1500 a 1550 se realizaría la fábrica gótico-mudéjar. Durante el siglo XVI se irían configurando las diferentes capillas, que hoy nos parecen muy transformadas.
     Durante el siglo XVII y XVIII el templo sufriría diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz. En 1755 se arruina la torre de la iglesia, obra trazada por Hernán Ruiz, a causa del terremoto de Lisboa. En 1779 se comienzan las obras de la torre encargándose de la construcción los maestros Agustín de Estepa y su hijo, concluyéndose esta en 1789. En este mismo año se construye la actual fachada por Agustín de Estepa. 
     A lo largo del siglo XIX y XX la iglesia sufrirá algunas modificaciones y sobre todo restauraciones de algunas de las capillas que le han dado el aspecto moderno que hoy presentan (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Ubicada en la antigua zona del castillo, en el actual barrio de la Escuchuela, su origen se remonta a la primera mitad del siglo XV, reconstruida en el XVI con los materiales procedentes del derribo del castillo, en el XVII y XVIII es reformada y ampliada, lo que dio lugar a la aparición de numerosas capillas laterales, que combinan elementos renacentistas y barrocos, con su originaria decoración gótico-mudéjar.Del s. XVIII data la portada y la torre de ladrillo obra del montillano José de Vela (1790) que sustituyó a la anterior realizada por Hernán Ruiz III en 1579. Fue el único templo parroquial de Montilla hasta finales del siglo XIX.Su estructura es de tres naves, con arcos apuntados cubiertas por bóvedas de aristas que en la reforma de 1780 sustituyeron a los artesonados primitivos.
     Dirección: c/ Iglesia, Montilla.
     Horario de culto: M-V:11:00-13:00; V(mayo y junio):20:00; D:12:00 (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa del Inca Garcilaso de la Vega.-
    La Casa del Inca Garcilaso es actualmente Biblioteca y Archivo municipal y notarial (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Casa solariega del siglo XVI con fachada de piedra desnuda de gran sobriedad y con balcón de forja sobre la puerta de acceso. Cuenta con diversas estancias, como biblioteca o despacho y una pequeña bodega al final del patio interior de piedra.
     Con cubierta de teja y estructura de muros de carga. Destaca por conservar su estructura interior y fachada, además de albergar interesante colección de pintura y escultura. 
     Esta casa fue cedida por el conde de la cortina como casa museo y  esta identificada como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quién vivió en Montilla gran parte de su vida. En los años 50 se llevaron a cabo reformas que variaron su interior.
     Esta casa fue cedida por su propietario, el Conde de la Cortina, como casa museo al ser identificada, por el estudioso embajador del Perú, don Raúl Porras, como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quien vivió en Montilla gran parte de su vida.
     Hoy, restaurada, alberga la biblioteca municipal y algunos recuerdos numismáticos y americanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Casa del Inca Garcilaso va más allá de la recreación del ambiente propio de una casa señorial del siglo XVI, es el símbolo de una reivindicación hacia la figura del Inca Garcilaso de la Vega. En esta casa estuvo viviendo el Inca Garcilaso durante 30 años, durante los cuales escribió algunas de sus obras, Comentarios Reales, La Florida, Historia General del Perú, o la traducción de Diálogos de Amor, de León Hebreo. Todo comienza cuando a principios del siglo XX, Raúl Porras historiador y embajador del Perú, y el montillano José Cobos encontraron la que sería la primera firma como Inca Garcilaso de la Vega datado en 1563, un punto de partida decisivo para concretar la antigüedad Casa del Inca Garcilaso de la Vega. La casa se divide en tres plantas, destacando la zona de la bodega con las Botas Reales o el despacho. Entre las obras pictóricas de gran relevancia se encuentra el retrato del Inca Garcilaso, obra de Francisco Gómez Gamarra.
     En quechua el término Cusco, Qusqu o Qosqo significa “ombligo del mundo”, y así era como se conocía antes de la conquista. Pero con la llegada de los españoles, se empezó a conocer otra palabra parecida, Cozco, que significa “cola de perro”, de ahí que para los quechua sea un término peyorativo.
     En un primer momento firmará como Garcilaso de la Vega, y más tarde añadiría Inca, pero no con el significado de “procedente de los países andinos”, sino por el significado de “Príncipe”, acto de reivindicación y rebeldía.
     La bodega no es espacio original del siglo XVI, sino que ha sido una construcción posterior y se ubica en lo que originalmente estarían las caballerizas.
     Horario de visitas:
     Lunes a viernes 10:00-14:00 horas
     Sábado 12:15-14:15 horas/ 17:00-19:00 horas
     Domingo 12:15-14:15 horas.
     Martes CERRADO (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de San Juan de Ávila.-

    El oratorio de San Juan de Ávila, en la que fue casa del ilustre jesuita, con el retablo de Nuestra Señora de la Paz, de fines del XVIII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     En esta humilde casa vivió San Juan de Ávila los últimos 17 años, donde muere en 1569. A su llegada a Montilla, llamado por los Marqueses de Priego, se negó a instalarse en el palacio de Medinaceli junto con los marqueses, de ahí que estos le cedieron una casa fuera de palacio pero cercana a ellos. Hoy encontramos la casa prácticamente intacta, como era en el sigo XVI. Un lugar importante e imprescindible para comprender su obra escrita, con la que consiguió que lo nombraran Doctor de la Iglesia.
     San Juan de Ávila fue el confesor de la propia condesa, y a él se le debe la fundación del Colegio de los Jesuitas en Montilla. Es en esta casa donde se dedica por completo a sus Cartas, a la edición definitiva de Audi Filia, Sermones, así como a los escritos que enviará para el Concilio de Trento. La casa alberga reliquias, esculturas y pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII.
     Horario: Previa cita con un día de antelación (Diputación Provincial de Córdoba).

Palacio de los Duques de Medinaceli.-
     Con la desaparición del castillo en el siglo XV, residencia habitual de la casa de Aguijar, estos decidieron construir un palacio acorde con las ideas renacentistas en un llano de la localidad, eligiendo uno de los extremos de la villa, húmedo y fresco.
     Las obras se iniciaron en el siglo XVI, y de ellas destaca especialmente la hermosa fachada principal. Ofrece un sencillo pero monumental proyecto que todavía es deudor de la tradición manierista, aunque puede datarse en el siglo XVII. Sus dos cuerpos de sillería, bien proporcionados, tienen vanos rectos con marcos planos, que en el segundo piso corresponden a balcones. En un extremo se localiza una interesante portada-balcón, acompañada de pilastras acanaladas y fragmentos de frontones envolutados, además de motivos ornamentales como ristras de frutos o mascarones. Al otro extremo queda un pasadizo en arco de medio punto que comunica con el vecino convento de Santa Clara. La fachada destaca por su piedra de color amarillento.
     Junto al palacio se encuentra el pintoresco compás de Santa Clara, que comunica el edificio señorial con el convento clariso. 
     Desde la Calle Gran Capitán, y bajando al Llano del Palacio, encontramos el palacio de los duques de Medinaceli, levantado entre de los siglos XVI - XVII. Actualmente es propiedad privada y, por lo tanto, no es visitable. 
     Una vez demolido su castillo y residencia, en 1508, los duques de Priego y Medinaceli construyeron el palacio en el denominado Llano, es decir, en la parte baja del casco antiguo de la ciudad y a espaldas de la antigua villa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Residencia de los marqueses de Priego tras la destrucción del Castillo en 1508 por orden del Rey Fernando el Católico, destacando la figura de Catalina Fernández de Córdoba, mujer de gran relevancia en la historia de Montilla, gran mecenas de las artes.
     El palacio es un edificio de sencillo y sobrio aspecto, que sufrió una fase de ampliación durante el siglo XVI, posteriormente fue restaurado y en la actualidad, tras haber sido  está dividido en dos casas de uso particular. Su fachada en dorada piedra se articula en doble planta con numerosos vanos en posiciones paralelas y un acceso principal en el lateral diestro, el cual aparece ricamente ornamentado y cuyo balcón superior está flanqueado por los escudos de la Casa de Priego y Feria. Al lado izquierdo se halla el compás que conecta el palacio y el convento de clarisas, dando lugar al paso que conduce a la calle Benedicto XIII.
     La fachada, la única parte visible, es de estilo muy sobrio manierista. La portada principal situada en uno de los extremos de la fachada y en el lado opuesto se encuentra el arco de medio punto, conocido como el Arco de Santa Clara, pasadizo que comunicaba directamente con el convento (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de Don Diego de Alvear.-

      Es, sin duda, la casa solariega de más valor artístico de las que se conservan en la población. Fue mandada construir por el marino D. Diego de Alvear a fines del siglo XVIII en un estilo neoclásico no exento de ciertas reminiscencias barrocas, que lo alegran. 
     Dispone de un patio claustreado en dos plantas con columnas de caliza y arcos con roscas y enjutas de ladrillo moldeado. Cuenta con capilla y una pequeña escalera de estilo imperial con bóveda elíptica columnas y buena rejería de forja.
     La decoración de paramentos es sobria y elegante y la carpintería muy bien labrada. La casa dispone de un segundo patio más austero, donde se abrían las dependencias de servicio y bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Casa solariega del siglo XVIII de estilo neoclásico pero con elementos barrocos, mandada a construir por Don Diego de Alvear y Ponce de León, y que años mas tarde será donada por su nieto, el VI Conde de la Cortina, Don Francisco Alvear y Gómez. Como espacios que mantienen su imagen original destacamos el patio principal, que mantiene el esquema de patio porticado entorno al cual se distribuyen las estancias, un segundo patio, donde encontramos una gruta, y la capilla de pequeñas dimensiones, en el primer piso.
     Don Diego de Alvear y Ponce de León fue un personaje importante dentro de las expediciones científicas llevadas a cabo por la corona española durante el siglo XIX. Es uno de los protagonistas que encierran la historia del naufragio de la Fragata de las Mercedes, en la que se hundió no solo parte importantísima de su patrimonio, sino casi la totalidad de su familia, su mujer y sus hijos, sobreviviendo solamente uno, precisamente el que viajaba con él en otra nave.
     Horario: Exteriores (patio en horario escolar) (Diputación Provincial de Córdoba).

Edificio de la Tercia.-
     Posee un importante fachada historicista que toma modelo del palacio de Monterrey de Salamanca. En la esquina con la calle Beato Juan de Ávila presenta un torreón-mirador de tres plantas de altura con loggia en la planta última. Presenta arquerías bajas, cuerpo de balcones y galería alta en arcos rebajados, todo ello centrado por una portada de columnas.
     Estructura de muros de carga y cubierta de teja. La planta baja se ocupa con locales comerciales. A través de un gran portalón en la mitad de la fachada se accede a un gran patio interior que presenta una fachada de ladrillo visto de menor entidad.
     El VII Conde de la Cortina, don Francisco de Alvear y Gómez, edificó en 1921 un inmueble destinado a viviendas,  sobre el lugar que ocupó la antigua tercia y donde tuvo el marquesado unas antiguas bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      La familia Alvear además de una importante actividad económica en Montilla destaca por impulsar la construcción de edificios, como es este gran edificio. Sobre el solar que ocuparon las antiguas bodegas de la familia así como el granero, el VII Conde de la Cortina, Francisco de Alvear y Gómez, inició la construcción de este edificio destinado a viviendas.
     Su estructura es similar a la del Palacio de Monterrey de Salamanca, es decir, un gran cuerpo rectangular y una torre en uno de los laterales. Sus dimensiones hacen que protagonice todo un lateral de la Plaza en la que se encuentra.
     En la parte inferior encontrarás tabernas y bares en los que poder disfrutar de este rincón con encanto (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita de la Rosa.-

    Se terminó esta ermita en 1763, siendo sus autores Agustín y Cristóbal de Estepa. Presenta nave única de cañón y presbiterio con cúpula sobre pechinas. El retablo mayor es obra anónima de mediados del Setecientos. Lo preside la Vir­gen de la Rosa, bella imagen de hacía 1720 atribuida sin fundamento a Pedro Duque Cornejo; va rodeada por resplandor y luce corona de plata del siglo XVII, con reformas del XVIII. Por en­cima hay una hornacina con un Crucificado pequeño del XVII; en los laterales se sitúan esculturas de San Lorenzo y San Román, anónimas, ocupando el ático un relieve de la Anunciación. A los lados del presbiterio hay dos retablos de estética neoclásica en el de la izquierda se halla la Virgen de la Esperanza, retocada en 1942 por Manuel Leña; el del lado derecho aloja una imagen del Nazareno, llamado Jesús Preso, tallada en 1954 por Amadeo Ruíz Olmos.
     En el muro izquierdo cuelga un lienzo de San Andrés, de comienzos del XVIII. Le sigue un pequeño retablo de caracteres neoclásicos con la imagen de Jesús atado a la Columna, obra de Juan de Mesa el Mozo, de 1601. Después puede verse un lienzo barroco representando a San Sebastián. En el muro derecho se sitúa otro de San Jerónimo,  obra del Setecientos. Junto a  éste e encuentra el retablo de San Francisco Javier, realizado en 1617 por Alonso Matías para el colegio de la Compañía. Ocupa el centro Jesús en el Huerto, imagen anónima de vestir procedente del desaparecido convento de San Juan de Dios; la flanquean San Juan Goto y San Diego Kisai, ocupando el ático San Pablo Miki. A los pies de la nave se hallan una Sagrada Cena, de estética manierista de hacia 1600, una talla de la Virgen de los Dolores, de finales del XVII, dos pinturas barrocas de la Magdalena y San Francisco de Paula, y un cuadro votivo del siglo XIX (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El edificio es de una sola nave rectangular. Se accede a la misma a través de una portada de cantería, ubicada en el muro del evangelio, con vano de medio punto entre pilastras toscanas acanaladas, y remate en el frontón triangular partido. 
     Presenta además tres ventanas y una interesante espadaña con arcos de medio punto en el primer cuerpo y frontón triangular como remate. Como cubierta posee tejas a dos aguas. 
     El interior se cubre con bóveda de cañón con leve  yesería y el presbiterio con bóveda sobre pechinas. En la ermita residen cuatro hermandades de penitencia procesionando una de ellas el Viernes de Dolores.
     La ermita de la Virgen de la Rosa fue construida con la aportación que hizo el pueblo de Montilla. Enclavada en la Plaza Mayor fue iniciada su edificación por Agustín de Estepa y concluida por su hijo Agustín en 1763 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de San José.-
    Levantada en el primer tercio del XVI. Tiene ésta un retablo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, de hacia 1735, con relieve de la Muerte de San José y tallas y pinturas de la misma época (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Pequeña ermita con acceso a través de una sencilla portada, con arco rebajado, decorada con rombos y cornisa  y con pequeño jardín delantero. Remata la fachada una espadaña de dos vanos peraltados y frontón triangular. Se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos arcos de medio punto que apoyan en una columna.
     El interior se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos grandes arcos de medio punto que apoyan en una gran columna toscana. La nave principal se cubre con bóveda de cañón rebajada, presentando en los pies un coro sobre cancel. A este se accede por medio de una escalera situada a los pies de la nave lateral, la cual presenta bastantes similitudes entre cancel y coro.
     Remata la fachada en una espadaña Exteriormente la cubierta a dos aguas.
     La ermita de San José, edificada durante el primer tercio del siglo XVI y ampliada hacia 1703, perteneció a la cofradía del gremio de carpinteros (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de Belén.-
     A la ermita se accede a través de una sencilla portada adintelada de ladrillo. Presenta cubierta a dos aguas y una espadaña a la derecha del presbiterio. Su interior es de una sola nave, con cubierta de madera (artesonado). Tras el presbiterio se abre el camarín de la Virgen, al que se accede a través de una escalera. En este lugar es donde se colocan los exvotos. 
     Diversas son las celebraciones que tienen lugar en esta ermita, además de todos los segundos domingos de cada mes, festividades de la Inmaculada, de todos los Santos, Navidades y Reyes. En el mes de junio tienen lugar los encuentros con la Iglesia y se tiene previsto celebrar la Romería. Durante septiembre, desde el día 4 al 12, tiene lugar la fiesta de Ntra. Sra. de Belén.
     La ermita fue erigida en el año 1662 por el vecino de Montilla, Florencio Mazuelo. Debido a su precario estado de conservación hubo de ser reedificada entre 1808 y 1812, encargándose de ello el "sangrador" José Adamuz quien con su aportación y la ofrecida por el pueblo creó incluso la cofradía de su nombre, recordando una de las advocaciones vinculadas al claustro franciscano de Santa Clara de Montilla. La imagen alcanzó gran fervor popular a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, siendo prueba de ello la gran cantidad de exvotos que se encuentran en el camarín (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Arco de San Lorenzo.-
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.  
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas. Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrando en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo. 
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.  
     Situada junto a donde estuvo la iglesia, existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     La fundación del convento franciscano de San Lorenzo de Montilla se remonta a 1512, a las disposiciones testamentarias de don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego, y su construcción debió estar concluida a fines del primer tercio del siglo XVI, época de esplendor de la ciudad.
     Históricamente, el convento es referencia en la vida de San Francisco Solano (1549-1610), el montillano evangelizador de Perú y otros territorios americanos, que tomó en él sus hábitos. En la iglesia conventual, en 1647, se adoptó el compromiso de que sería patrón de la ciudad cuando se produjese su canonización, evidencia del arraigo histórico de la devoción popular al santo, aún vigente. En él permanecieron los franciscanos hasta finales del siglo XVI, cuando por problemas de humedades y filtraciones se trasladaron al casco urbano, perdurando la comunidad hasta la exclaustración.
     De los restos conservados, la portada de acceso, atribuida a Hernán Ruiz I, de cuidado diseño y delicada ornamentación, posee notables valores artísticos como muestra del primer Renacimiento en la provincia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas.
     Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrado en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo.
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.
Situada junto a donde estuvo la iglesia existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     Dirección: c/ Batalla de Garellano (Diputación Provincial de Córdoba).

Bodegas Cruz Conde.-
     Fundada en el año 1902, esta centenaria bodega es muy fácil de reconocer por el cuadro de «La mujer Cordobesa» que Julio Romero de Torres pintara en homenaje a la firma allá por 1930. Sus instalaciones cuentan con la única bodega subterránea de la denominación, que presenta una arquitectura de excelencia.
     Personajes insignes del mundo de la cultura, las artes y la política del siglo XX dejaron huella a su paso por la bodega,  tales como Alfonso XIII, quien la reconociera Proveedora Oficial de Palacio.
     Actividades y Servicios:
            – Visitas guiadas  con degustación de vinos.
            – Degustaciones y Catas dirigidas.
            – Banquetes de celebraciones, eventos sociales y de empresa.
            – Espectáculos flamencos.
            – Paquetes especiales: Maridajes, desayunos molineros, enoterapia.
            – Enotienda, con una amplia gama de vinos y destilados.
     Abierto de lunes a viernes: 9.00 a 14.00 h y de 16.00 a 19.00 h y de 8.00 a 15.00 h (del 1 mayo a 31 de agosto).
     Fines de semana y festivos: Previa cita (Diputación Provincial de Córdoba).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

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lunes, 31 de octubre de 2022

Un paseo por la calle Medinaceli

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Medinaceli, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 31 de octubre es el aniversario de la creación del título nobiliario del Ducado de Medinaceli (31 de octubre de 1479), por los Reyes Católicos, a favor de Luis de la Cerda y de la Vega, V Conde de Medinaceli​, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Medinaceli, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Medinaceli es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle San Esteban, a la calle Imperial.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Al menos desde 1602 es conocida como plaza de San Esteban, porque a ella se abre la puerta de los pies de la iglesia de igual advocación; en ocasiones (1737) es nombrada también como Arquillo o pasadizo de San Esteban, a través del cual los duques de Medinaceli accedían directamente desde su palacio a una tribuna de la iglesia para asistir a los actos religiosos. Recibe su actual denominación en 1869 por los duques de igual título nobiliario y que poseen su residencia principal en la cercana Casa de Pilatos. A pesar de que a ella abre la puerta principal de la iglesia, posee el carácter de una calle marginal y trasera, y de hecho la puerta que se utiliza para todas las funciones religiosas es la lateral, que da a San Esteban. Es una ca­lle corta, con pavimento de asfalto y aceras de losetas, si bien éstas faltan en buena parte de los impares; se ilumina mediante farolas con brazos de fundición adosados a las fachadas. No registra tráfico rodado y los vehículos acceden tan sólo para aparcar. La acera de los pares está ocupada por la iglesia, y la opuesta por dos casas sevillanas de cierta prestancia, de dos plantas y ático; la núm. 1 fue levantada en el s. XVIII y posee la entrada principal por San Esteban. Según el poeta Rafael Montesinos, a principios de siglo vivió en esta calle Julia Cabrera, novia de Gustavo Adolfo Bécquer [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Medinaceli, 1 acc. (Entrada por calle San Esteban, 5). Casa del siglo XVIII, de dos plantas y ático en la crujía de fachada. Este con balcones separados por pilastras toscanas.
Medinaceli, 3. Casa del siglo XVIII, de dos plantas. En la fachada que da a calle Impe­rial cabe señalar una reja de ventana de tipo renacentista [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía del I Duque de Medinaceli, título nobiliario al que está dedicada esta vía
;
     Luis de la Cerda y Mendoza, V Conde de Medinaceli, I duque de Medinaceli I Conde de El Puerto de Santa María. (¿Medinaceli?, Soria, 1442-1443 – Écija, Sevilla, 25 de noviembre de 1501). Noble, militar.
     Nacido, muy posiblemente en Medinaceli, entre 1442 y 1443, su vida adulta transcurrió entre los reinados de Enrique IV y de los Reyes Católicos, de cuyo Consejo, como sus predecesores, formó parte y en los que destacó especialmente por su pretensión del trono de Navarra, por la protección que concedió a Cristóbal Colón en su palacio de El Puerto de Santa María y por su condición de mecenas del primer renacimiento.
     Fue hijo de Gastón de la Cerda, IV conde de Medinaceli, y de Leonor de la Vega y Mendoza, señora de Cogolludo. Huérfano de padre cuando aún no había cumplido los doce años, quedó junto con sus dos hermanos, Íñigo y Juana, bajo la tutela de su madre, quien mostró tanto celo en la administración de los estados de su primogénito que, según cuenta el cronista Alonso de Palencia, el joven conde de Medinaceli, alcanzada la mayoría de edad, hubo de recurrir a la ayuda militar del arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, para ser reconocido como legítimo señor por los vasallos de sus estados. Esta temprana orfandad paterna significó que Luis de la Cerda fuera educado en el ambiente humanista más refinado de la Castilla bajomedieval, el del palacio de los Mendoza en Guadalajara.
     En este palacio, en el que había reunido una formidable biblioteca, se recluyó los últimos años de su vida —al abandonar la política activa tras la caída de Álvaro de Luna, en 1453— dedicado a la escritura y al estudio, su abuelo materno, Íñigo López de Mendoza, I marqués de Santillana, quien acompañó a su hija Leonor de la Vega, en el acto de solicitud de la tutela legal de sus hijos. Así, durante al menos cuatro años, Luis de la Cerda pudo recibir educación directamente de uno de los hombres más cultos de su tiempo. Todavía en 1459, un año después de la muerte del I marqués de Santillana y cuando el conde de Medinaceli ya gobernaba sus estados seguía residiendo en este palacio en compañía de su primo de su misma edad, el II conde de Tendilla, de quien pudo escuchar las novedades florentinas, pues por entonces regresó de su primer viaje a Italia.
     Si, por una parte, esta educación confirió al joven conde una personalidad que, sin despreciar las armas, mostraba mayor inclinación hacia las letras, y modeló un temperamento muy diferente al de su padre Gastón, el prototipo de noble guerrero que llegó a declarar la guerra por sí mismo al reino de Aragón, por otra, hizo de él, al menos en sus primeros años, una pieza más en la estrategia política del poderoso linaje de los Mendoza. El Mendoza que más influyó en su vida fue su tío Pedro González de Mendoza cuyo biógrafo, Francisco de Medina, al narrar el recibimiento que, en Valencia, el por entonces obispo de Sigüenza hizo al legado papal, el cardenal Rodrigo Borja, en 1472, cita al conde de Medinaceli como uno de los sobrinos que siempre traía consigo y “que andaban siempre con él en su casa y mesa”. El Gran Cardenal tuvo, sin duda, especial protagonismo en los principales momentos de su vida y fue el principal intermediario entre el conde y la corte de Enrique IV, primero, y la de los Reyes Católicos, después.
     Como miembro destacado del núcleo de los Mendoza, apoyó a Enrique IV frente a la nobleza rebelde liderada por Juan Pacheco, el marqués de Villena.
     Durante los disturbios que siguieron a la “farsa de Ávila”, según Gonzalo Fernández de Oviedo, sirvió al rey Enrique IV con “con quinientas lanzas ombres de armas e ginetes e mucha gente de pie” al lado de su primo el II marqués de Santillana que lo hizo con setecientas.
     En agradecimiento de su lealtad, Enrique IV le hizo merced de la Villa de Ágreda y su tierra el 24 de diciembre de 1465, villa que, como tantas otras que por entonces fueron donadas por Enrique IV a la alta nobleza, se resistió a salir del realengo, signos ambos, la donación y la resistencia, del debilitamiento del poder monárquico. Luis de la Cerda abandonó el partido nobiliario de Enrique IV un poco antes que el resto de sus tíos y primos del linaje mendocino, escenificando tal ruptura durante el desposorio de Juana la Beltraneja con el duque de Guyena, el 26 de octubre de 1470, matrimonio que había sido negociado, entre otros, por el ubicuo obispo de Sigüenza, Pedro González de Mendoza. El Rey, entendiendo que el reciente matrimonio de la princesa Isabel y del príncipe Fernando de Aragón quebrantaba los acuerdos de Toros de Guisando, trató de rehabilitar a su hija Juana obligando a los nobles presentes en dicho desposorio a prestarle el acostumbrado juramento de fidelidad como sucesora de la corona. De nuevo el autor de las Batallas y Quinquagenas informa de que “solo este señor, don Luys de la Cerda, que a la sazón era conde de Medinaceli, no la quiso jurar, aunque le davan dos mil vasallos porque la jurase e quiso más guardar su consçiençia”. Sin prejuzgar lo que pudo pesar su conciencia en esta negativa, los dos mil vasallos que, según el cronista, prometía Enrique IV, palidecían ante la posibilidad que se le había abierto al conde de Medinaceli, en el verano de 1470, de reivindicar el trono de Navarra. 
   Después de la muerte del infante Alfonso, que una parte de la nobleza había alzado como Rey, en el verano de 1468, y contemporáneamente al proyecto matrimonial del príncipe de Aragón, Fernando, con la princesa de Asturias, Isabel, Juan II de Aragón trató de atraer a la causa isabelina al conde de Medinaceli ofreciéndole en matrimonio diversas infantas de la Casa Real de Navarra. En primer lugar concertó matrimonio con Leonor de Foix, hija de Gastón IV —conde de Foix y Bigorre y vizconde de Bearne— y de Leonor de Navarra —efímera reina propietaria de Navarra a la muerte de su padre Juan II—. Leonor de Foix murió niña y finalmente Luis de la Cerda, en el mencionado verano de 1470, firmó capitulaciones matrimoniales con una prima hermana de Leonor, Ana de Aragón y de Navarra, hija natural del malogrado rey de Navarra y heredero de la Corona de Aragón, Carlos de Viana, y de María de Armendáriz, señora de Berbinzana. Con este matrimonio, Juan II pretendía servir a un tiempo los intereses de Aragón en Navarra y en Castilla, ya que, por una parte, sacaba del reino de Navarra a la hija del príncipe de Viana evitando un eventual matrimonio dentro de la nobleza navarra o de la casa real de Francia y, por otra, perseguía debilitar en Castilla a los Mendoza, principal apoyo de Enrique IV, sumando para la causa de Isabel al noble que poseía el principal estado castellano fronterizo con el reino de Aragón. Así, el 26 de julio de 1470 el conde de Medinaceli ya rindió pleito homenaje a los príncipes de Castilla-León y Aragón, Isabel y Fernando como “[...] príncipes herederos destos regnos e después de los bienaventurados días del Rey, nuestro señor, por Reyes [...]”.
     Este proyecto chocaba con un inconveniente: Luis de la Cerda había casado en 1460 en primeras nupcias y previa dispensa de consanguinidad con una prima hermana suya, Catalina Lasso de Mendoza, de la que no había tenido descendencia. Se ignora la fecha en la que el conde de Medinaceli solicitó la anulación de este matrimonio, pero con toda probabilidad ésta estuvo motivada por su proyecto matrimonial con una infanta navarra, máxime cuando la primera noticia que se tiene de la solicitud de nulidad data de 13 de julio de 1469: un breve del papa Paulo II comisionando al obispo de Sigüenza, Pedro González de Mendoza, para que dictase resolución sobre este expediente de nulidad. Tradicionalmente, siguiendo los Anales de Zurita, se ha considerado que el matrimonio del conde de Medinaceli con Ana de Aragón se celebró a mediados de 1471. Más coherente es la versión del biógrafo del Gran Cardenal Mendoza, Francisco de Medina, que sitúa dicha ceremonia en el Palacio de los Mendoza en Guadalajara, en marzo de 1473, con ocasión de la visita del cardenal Rodrigo Borja, el futuro Alejandro VI, como legado apostólico del nuevo papa Sixto IV, pues Pedro González de Mendoza, en virtud de la comisión anteriormente mencionada del papa Paulo II, retrasó cuanto quiso la sentencia definitiva de nulidad del primer matrimonio de Luis de la Cerda y no la dictó hasta el 14 de diciembre de 1472, cuando ya debía conocer que el legado pontificio, al que acompañaba desde su recibimiento en Valencia el 20 de junio de 1472, traía para él el tan deseado capelo cardenalicio por el que pugnaba desde hacia tiempo en dura competencia con el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, y que le fue entregado en Guadalajara el 7 de marzo de 1473.
     Durante el primer semestre de ese año se produjo la definitiva adhesión de los Mendoza y sus aliados a la causa de los príncipes Isabel y Fernando.
     Ana de Aragón era fruto de las relaciones extraconyugales que Carlos de Viana mantuvo durante su viudez con una noble Navarra, antigua dama de la reina, María de Armendáriz, por lo que la reivindicación del Reino de Navarra, recogiendo los derechos dinásticos del malogrado príncipe, requería la previa legitimación de la flamante condesa de Medinaceli, asunto del que, de nuevo, se ocupó el cardenal Mendoza mediante sentencia dictada en Sigüenza el 26 de octubre de 1473 y refrendada, ante el notario público y apostólico Juan López de Gricio, por cuatro catedráticos de la universidad de Salamanca el 25 de mayo de 1474.
     Esta legitimación se fundamentó en documentos que aún guarda el archivo ducal de Medinaceli: por una parte, en una solemne promesa, realizada por Carlos de Viana mediante billete autógrafo fechado en Artajona el 2 de mayo de 1451, de desposarla caso de haber descendencia de ella y, por otra, en el testamento hológrafo del mismo, otorgado en Zaragoza a 20 de abril de 1453, por el que encarga al primer conde de Lerín, Luis de Beaumont, y a su hermano Juan, líderes del partido beamontés, que a su muerte “alçen por Reyna del dicho mi Reyno de Navarra e por señora suya a Doña Anna de Navarra fija mía” y que buscaran el apoyo de Luis XI de Francia ofreciendo a la niña en matrimonio a su hermano, el duque de Berry.
     Resuelto el obstáculo de la ilegitimidad, el 4 de abril de 1474 los condes de Medinaceli llegaron a un acuerdo con los líderes del bando beamontés por el que éstos por oposición a “la tiranía de la infanta doña Leonor, condesa de Foix”, reconocían a Ana de Aragón como “heredera del Serenísimo Príncipe don Carlos de gloriosa memoria, heredero de los reynos de Aragón y de Cilicia e señor propietario de Navarra” y los condes se comprometían a reconocer los estados que los beamonteses tenían y aumentarlos a costa de los de los agramonteses. Un mes después, según Zurita, solicitaron del príncipe Fernando, que “le diesse favor para proseguir su derecho en la sucesión del Reyno de Navarra”. Se ignora lo que el príncipe pudo contestar a los condes, pero sí parece que convenció a su hermanastra Leonor, condesa viuda de Foix y lugarteniente del reino de Navarra, para que el 4 de agosto de ese mismo año firmara un convenio en similares términos con el partido beamontés y a su padre, el rey Juan II, para que lo ratificara el 30 de agosto inmediato.
     El tratado de Tudela de octubre de 1476, que establecía las condiciones de paz entre beamonteses y agramonteses, fijaba la sucesión en Leonor como heredera de Juan II y posteriormente en su nieto Francisco Febo, en virtud de derecho de representación y dejaba Navarra bajo la tutela castellana, depositando en manos de Fernando el Católico todas las plazas fuertes que detentaban los beamonteses, por una parte, y el fallecimiento de Ana de Aragón y de Navarra en torno al mes de marzo de 1477, por otra, forzaron a Luis de la Cerda a un acuerdo con los Reyes Católicos el 18 de abril siguiente mediante el cual, a cambio del desistimiento implícito de sus aspiraciones al trono navarro pues se obliga a servir y seguir “a los dichos Rey y Reyna, nuestros señores e al señor rey de Aragón, e a la señora princesa de Navarra”, recibió la confirmación de las villas de La Guardia y Los Arcos, antiguas villas del reino de Navarra incorporadas a Castilla en 1461, la ratificación de la merced que le habían hecho del castillo y fortaleza de Arbeteta que, junto con otros lugares del sexmo de la sierra de la tierra de Cuenca, poseía de hecho desde 1469, la donación de cuatrocientos vasallos en otros lugares de dicha tierra conquense y un pago anual de 406.000 maravedís de juro de heredad sobre las alcabalas y tercias de sus villas y lugares.
     Descartada la aspiración a la corona de Navarra, Luis de la Cerda se consagró a ayudar a los Reyes Católicos en la guerra civil primero y en la conquista de Granada después y a la administración de sus estados. Respecto de la guerra civil, se ha llegado a afirmar, por el silencio de las fuentes, que no intervino. Sin embargo, una carta de Isabel la Católica a Mosén Diego de Valera, alcaide de la fortaleza de El Puerto de Santa María, contradice esta afirmación al menos en la vertiente de guerra luso-castellana que tuvo la guerra de sucesión en Castilla, pues reza así: “Mosén Diego de Valera mi vasallo e del mi Consejo. Ya sabéis cómo el Conde de Medinaceli dejó concertado que esa su villa del Puerto daría luego una caravela de armada bien aparejada para se juntar con las otras que por mi mandado se arman contra la gente de Portogal [...]”. Por otra parte, es difícil pensar que el señor de El Puerto de Santa María, permaneciera al margen de las expediciones que, desde su villa, se habían enviado anteriormente contra los intereses coloniales portugueses, de las cuales la más célebre es la protagonizada por Charles de Valera, el hijo del alcaide y futuro alcaide, a Guinea en 1476.
      Pero sobre todo, sin esa participación, no se entendería que, apenas dos meses después de concluir la guerra de sucesión con la firma del Tratado de Alcaçovas, por Real Cédula datada en Toledo el 31 de octubre de 1479, los Reyes Católicos “acatando los grandes y señalados servicios que vos don Luys de la Cerda, conde de Medinaceli, nuestro sobrino nos abeys fecho en los tiempos pasados” elevaran el estado de Medinaceli a la categoría ducal, la más alta de la monarquía, y transfirieran la antigua dignidad condal de esta villa a su señorío de El Gran Puerto de Santa María.
     La década de 1480, el flamante duque de Medinaceli y conde de El Puerto de Santa María, la pasó entre la guerra de Granada y la administración de sus estados tanto del Norte como del Sur. En junio de 1482 aparece en la frustrada conquista de Loja en abril de 1485 se reúne en Córdoba con los Grandes de Castilla, para marchar a los objetivos marcados por los reyes: la serranía de Ronda y el valle del Guadalhorce que caerían en manos cristianas. y. por fin. en la campaña de 1487, que finaliza con la conquista de Málaga, aparece con 210 lanceros en el alarde del río Yeguas marchando en la vanguardia a la izquierda del maestre de Santiago.
     Respecto de la administración de sus estados, trató de reactivar el pleito que sobre la villa de Huelva mantenía con los duques de Medina Sidonia aprovechando sus estancias en El Puerto de Santa María, de recuperar rentas que había embargado para financiar su sueño navarro y de fijar franquicias en algunas de sus villas para recuperar la población perdida durante las continuas guerras de su padre en la frontera de Aragón.
     Desde mediados de 1485 mantuvo una relación extraconyugal con una señora de El Puerto de Santa María, cuyos padres se llamaban García Alonso y Marina Alonso, pero que la documentación conoce como Catalina Vique Orejón o “Catalina del Puerto”, a la que además califican de “criada de su casa”, término especialmente ambiguo que informa mal sobre su posición social, pues se utiliza para calificar desde Mosén Diego de Valera hasta el último de los sirvientes. De esta relación nacería por estas fechas Juan de la Cerda, que, como se verá, será el segundo duque de Medinaceli.
     También en estos años de mediados de 1480, según unos, o más tarde, entre 1490 y 1491, según tesis más sólida de Antonio Sánchez González, alojó el duque de Medinaceli en su palacio de la cosmopolita y marinera villa de El Puerto de Santa María a Cristóbal Colón, hecho que se conoce tanto por el detallado relato que de este encuentro hace Bartolomé de las Casas en su célebre Historia de las Indias, como por una carta que el duque de Medinaceli dirige el 19 de marzo de 1493 a su tío el cardenal Mendoza. Por el primero se sabe que el encuentro se produjo después del rechazo del duque de Medina Sidonia al proyecto colombino, que el duque de Medinaceli mando llamar a Cristóbal Colón, que “sabiendo que no tenía el Cristobal Colón para gasto ordinario abundancia mandóle proveer en su casa todo lo que fuese necesario”, que conocido el proyecto de Colón, “magnífica y liberalmente, como si fuera para cosa cierta, manda dar todo lo que Cristobal Colón decía que era menester hasta tres o cuatro mil ducados con que hiciese tres navíos o carabelas” y que finalmente el duque pidió licencia a los Reyes, a lo que la Reina contestó, siempre según el texto de Las Casas “que gozaba mucho de tener en sus reinos persona de ánimo tan generoso y de tanta facultad [...] pero que le rogaba el se holgase que ella misma fuese la que guiase aquella demanda”. El segundo documento, la carta al cardenal Mendoza, refrenda en líneas generales la versión de Las Casas, y además por ella el duque solicita que “por detenerle en mi casa dos años y averle endereçado a su serviçio se ha hallado tan grande cosa como ésta” se le hiciera merced “que yo pueda enviar en cada año allá algunas caravelas mías”.
     Después de este episodio colombino, la última década de su vida se retiró el duque de Medinaceli a su villa de Cogolludo, dedicado al embellecimiento de la misma y a asegurar la sucesión de la casa de Medinaceli.
     Respecto de la primera ocupación, en ella vuelca toda su formación humanista, pues a él se deben las principales transformaciones urbanísticas de Cogolludo, la remodelación de la plaza mayor, la construcción de una nueva muralla y, sobre todo, la edificación de un nuevo palacio, obra del arquitecto Lorenzo Vázquez, sorprendente por su “modernidad” y que en palabras de Chueca Goitia “es un gran intruso en la historia de nuestra arquitectura. Ni le anteceden heraldos que lo anuncien ni le siguen escoltas que lo continuen. Es mucho más enigmático e incomprensible que el palacio de Carlos V en Granada”.
     Respecto de la segunda, la sucesión en el mayorazgo de su Casa, tras dos intentos de casar a su única hija legítima, nacida de su segundo matrimonio, Leonor de la Cerda de Aragón y de Navarra, primero con el hijo primogénito del duque de Nájera, malogrado por su temprano fallecimiento y después con el conde de Saldaña, primogénito del duque del Infantado, con el que llegó a estar capitulada y que se frustró por la oposición, manifestada ante notario, de Leonor, finalmente lo hizo el 8 de abril de 1493 con Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza, primogénito del Gran Cardenal de España, legitimado por los Reyes Católicos desde 1487 y creado por ellos, con ocasión de esta boda, marqués del Cenete y conde del Cid. Por las capitulaciones firmadas entre los Reyes Católicos y el duque de Medinaceli, se fijaba que los novios recibirían las villas y fortalezas almerienses de Purchena, Urracal y Olula y una renta de 4,5 millones de maravedís, se establecía que no contraería nuevo matrimonio que legitimara sus hijos naturales y que la sucesión del ducado de Medinaceli recaería en la descendencia de este matrimonio, cuyo primer hijo varón habría de tomar el nombre de Luis de la Cerda, “solo sin nombre de otro linaje”.
     En 1495 nació el ansiado hijo varón que, sin embargo, no superó el año de edad, siguiéndole poco después su madre, Leonor, fallecida el 8 de abril de 1497, con lo que se deshacían todas las previsiones sucesorias del duque de Medinaceli que quedaron así reducidas a dos alternativas: la sucesión de su hermano Íñigo, señor de Miedes y Mandayona, o la legitimación de alguno de sus hijos naturales. Como quiera que las relaciones con su hermano no eran buenas, pues al decir de Zurita hacía al duque “obras de enemigo”, optó por legitimar a Juan de la Cerda, el hijo nacido, hacia 1485, de su relación con Catalina Vique.
     El proceso de legitimación de Juan de la Cerda, mediante el tercer matrimonio de su padre celebrado poco antes de su muerte, el 18 de octubre de 1501, que implicaba por sí mismo la sucesión en el mayorazgo, fue un proceso complejo que requirió la emisión de un dictamen por una comisión de teólogos y juristas de Alcalá de Henares y del apoyo decidido de los Reyes Católicos. Para conseguir este apoyo, Luis de la Cerda hubo de comprometer en matrimonio a su hijo Juan con Mencía Manuel de Portugal, nieta del primer duque de Braganza. Era un matrimonio que interesaba especialmente a la Reina Católica, pues anteriormente había pretendido que dicha señora casara con el propio primer duque de Medinaceli, pretensión que éste, casi sexagenario, rechazó alegando que “estava más para el otro mundo que para éste”.
      Antes de fallecer, el duque de Medinaceli se ocupó de que Juan de la Cerda recibiera pleito-homenaje de cada una de las poblaciones de sus estados.
     Finalmente, ya muy enfermo, Luis de la Cerda emprendió un último viaje para encontrar a los reyes Isabel y Fernando y agradecerles personalmente la legitimación y el reconocimiento de su hijo Juan como sucesor de su casa, muriendo en el camino, en Écija, el 25 de noviembre de 1501. Por deseo expreso suyo, fue enterrado en la capilla Mayor de la Iglesia de Santa María de Medinaceli, que el mismo había ayudado a construir (Juan Albendea Solís, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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