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miércoles, 22 de julio de 2026

La pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", del taller de Velázquez, en la Sala IV del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares" del taller de Velázquez, en la sala IV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
      Hoy, 22 de julio, es el aniversario del fallecimiento (22 de julio de 1645) de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, I Conde-duque de Olivares, y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares" del taller de Velázquez, en la sala IV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
      En la sala IV del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", obra del taller de Velázquez (1599-1660), siendo un óleo sobre cobre en estilo barroco, pintado hacia 1638-40, con unas medidas de 0,09 m., y procedente del depósito de la Asociación Gaspar de Guzmán. Conde Duque de Olivares, en 2025, y a su vez del legado de John Elliot.
     Como una figura de busto se presenta este retrato de Gaspar de Guzmán y Pimentel, el personaje político más relevante del reinado de Felipe IV. La obra sigue el modelo de la miniatura conservada en la Galería de las Colecciones Reales de Madrid, que a su vez deriva del retrato del Hermitage de San Petersburgo, ambos atribuidos a la mano del propio Velázquez.
     Ante un fondo con un amplio cortinaje, la figura representa la conocida fisonomía del conde-duque: un hombre en la cincuentena con el característico peinado de la época, melena con patillas; bigote de puntas elevadas y perilla. Viste la indumentaria de moda del momento: un sobrio traje negro con golilla almidonada y la cruz de la orden de Alcántara en el pecho y las mangas.
     Podemos fechar la obra en torno a 1638-1640, años en los que el taller de Velázquez realizó múltiples retratos suyos para reforzar su papel como valido y enviarlo a otras cortes europeas, lo que nos resulta fundamental para conocer su carácter. Lafuente Ferrari ve en esta fisonomía al personaje en su decadencia, cuando su mirada se entristece, la sonrisa se vuelve mueca, su rostro se llena de marcas de grasa y sus ojos se achican, lejos de otros retratos anteriores de aparato que lo representan de cuerpo entero a pie o a caballo.
     El conde-duque es un personaje clave en la biografía de Velázquez ya que fue gracias a la pequeña corte que los amigos de su maestro y suegro, Francisco Pacheco, formaron alrededor de Olivares como consiguió su recomendación en la Corte.
     El hispanista británico John Elliott (Reading, 1930 - Oxford, 2022) fue uno de los más prestigiosos historiadores de la época moderna, así como un de referente de la historiografía espaflola de las últimas décadas.
     Su interés en la historia de España y de su Imperio, que ha marcado toda su carrera, se inició muy pronto, al quedar impresionado por el monumental retrato del conde-duque de Olivares a caballo, pintado por Velázquez, durante una visita al Museo del Prado en 1950. Allí nació su pasión por la pintura española, principalmente, por los retratos de los personajes del reinado de Felipe IV, así como por las vistas de ciudades españolas de la Edad Moderna. Interés que le llevó a reunir una notable colección.
     Formado en el Eton College, se doctoró en Historia Moderna por la Universidad de Cambridge con una tesis sobre la política centralizadora del conde-duque de Olivares. Su trayectoria académica se desplegó entre el Trinity College de Cambridge, el King's College de Londres y el Institute for Advanced Study de Princeton (EEUU), hasta su regreso a Inglaterra en 1990 para ser nombrado Regius Professor de Historia Moderna en el Oriel College de Oxford, institución a la que permaneció vinculado hasta su jubilación en 1997 cuando contaba con 67 años de edad.
     Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1996, previamente fue reconocido con el título de Sir, otorgado por la reina Isabel II en 1994. También posee la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (1988), la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (1996), la Medalla de Oro de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura (1990), así como numerosos doctorados Honoris Causa por diversas universidades, entre ellas la de Sevilla en 2011 (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
      La vida de Diego Rodríguez de Silva y Velázquez es en exceso conocida para volver a narrarla en estas líneas y aquí señalaremos tan sólo para situarle en el tiempo su nacimiento en Sevilla en 1599 y su muerte en Madrid en 1660. Subrayaremos en todo caso algunos aspectos de su existencia sevillana hasta 1623, fecha en que abandona la ciudad y se integra en la corte madrileña como pintor del rey.
      Importante y decisivo en su vida fue el aprendizaje que realizó con Pacheco que se desarrolló a partir de 1610 hasta 1618 y también el matrimonio que contrajo con la hija de su maestro, a quien así consiguió retener el talento de su joven discípulo en el seno  de su propia familia. En torno  a la fecha de su matrimonio Velázquez adquirió el título de maestro pintor y a partir de estos momentos, de forma pausada pero firme, se convirtió en un pintor de talento que hubo de asombrar por su precocidad y al mismo tiempo por las novedades que supo introducir en su pintura.
      En las obras realizadas por Velázquez en su etapa sevillana se advierte el empleo de fuertes contrastes de luces y de sombras, utilizadas para iluminar a personajes captados directamente de la realidad. En sus pinturas se constatan dos temáticas esenciales, una de ellas de carácter religioso y la otra de contenido profano, en la cual narra episodios de la vida cotidiana animados con magníficos detalles de bodegón. A estas dos direcciones fundamentales de su pintura hay que añadir la práctica del retrato, que prodigó en menos ocasiones pero con notable acierto (Enrique Valdivieso González, Pintura en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía del Conde-Duque de Olivares, personaje representado en la obra reseñada
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     Gaspar de Guzmán y Pimentel, Rivera y Velasco y de Tovar, I Conde-duque de Olivares, I duque de Sanlúcar la Mayor, I duque de Medina de las Torres (I). (Roma, Italia, 6 de enero de 1587 – Toro, Zamora, 22 de julio de 1645). Estadista.
     El futuro conde-duque de Olivares nació en Roma, donde su padre, Enrique de Guzmán, II conde de Olivares, era embajador en la Santa Sede. Don Enrique pertenecía a una rama menor de la casa ducal de Medina Sidonia, aunque su queja de haber sido despojado del título de duque pasó de generación en generación, y don Gaspar acabaría heredando las ambiciones frustradas de su padre de obtener una Grandeza de España y establecer una línea familiar que eclipsara a los duques de Medina Sidonia en riqueza y reputación. En 1594, cuando Gaspar tenía siete años, su madre, María Pimentel de Fonseca, hija del IV conde de Monterrey, murió al volver a dar a luz. Gaspar fue el tercero de los tres hijos que tuvo el matrimonio, de los cuales el primero murió en un accidente durante el primer año de la vida del futuro conde-duque. Dado que Gaspar era el hijo menor, se le destinó a la carrera eclesiástica, pero la muerte de su hermano mayor en 1604 le dejó como el único heredero al título y le forzó a rechazar una carrera en la iglesia que había comenzado ya con el ofrecimiento de una canonjía en Sevilla por parte del Papa.
     El nombramiento de su padre como virrey de Sicilia (1591-1595) y Nápoles (1595-1599) hizo que pasara su niñez en el extranjero; no vería su país hasta 1599, cuando su padre volvió de Italia para servir como contador mayor de cuentas y, posteriormente, ser nombrado consejero de Estado en 1601. Ese mismo año Gaspar, acompañado de diecinueve criados, dejó Sevilla para irse a Salamanca a estudiar Derecho Canónico.
     En Salamanca conoció a prometedores eruditos de su propia generación y, probablemente, fue allí donde adquirió el amor por los libros que iba a convertirle en uno de los grandes coleccionistas de libros de la época. En 1603 fue elegido rector por sus compañeros. Su hermano mayor, Jerónimo, murió al final de su año como rector y Gaspar fue llamado para unirse a su padre en Valladolid, donde la Corte estaba instalada entonces. Sucedió a su padre en 1607 como III conde de Olivares, con la obligación de perpetuar la línea familiar. Con el fin de reforzar sus alianzas familiares y fortalecer sus pretensiones de alcanzar un título de Grande, se dedicó a cortejar del modo más ostentoso a su prima, Inés de Zúñiga y Velasco, hija del V conde de Monterrey y dama de honor de la reina Margarita. De los tres hijos que iba a tener el matrimonio, sólo una hija, María, nacida en 1609, pasaría de la infancia.
     De 1607 a 1615 permaneció en Sevilla, donde había heredado de su padre el oficio de alcaide de los Alcázares Reales. Allí se dedicó a la administración de los bienes de su mayorazgo, que se concentraban alrededor de la villa de Olivares, pero también se propuso convertirse en una figura de la vida pública, haciendo gastos sin medida y llegando a ser un brillante mecenas de poetas y hombres de letras. Fue precisamente durante esos años cuando llegó a granjearse muchas de las amistades que llegarían a imprimir un carácter tan marcadamente sevillano en la Corte de Madrid, una vez que él llegara al poder. Entre sus amigos y conocidos en Sevilla se contaban el artista Francisco Pacheco, cuyo yerno, Diego de Velázquez, emprendería su brillante carrera en la Corte en 1623, y el poeta y erudito Francisco de Rioja, que llegaría a ser el bibliotecario del conde y su confidente.
     Aunque se jactaba de ser un “hijo de Sevilla”, aspiraba claramente a labrarse una carrera en la Corte. El duque de Lerma, que sospechaba ya de un joven tan inquieto e inteligente y cuyas ambiciones eran tan obvias, consintió finalmente, en 1615, que fuera elegido como uno de los gentilhombres de la cámara del príncipe de Asturias, a quien se le iba a poner casa, tras casarse con Isabel de Borbón. Portador de un puesto oficial en la Corte, parecía estar bien situado para llevar a cabo sus ambiciones políticas; no obstante, le llevó mucho tiempo y esfuerzo ganarse la confianza del joven príncipe, que no debió encontrarle de su agrado y al que parecía intimidarle su dominante personalidad.
     Mientras fue ganándose el favor del príncipe, comenzó a buscar, al mismo tiempo, el modo de aprovecharse de las fisuras que empezaban a abrirse en el régimen de Lerma. En esta empresa gozaba del indispensable apoyo de su tío materno, Baltasar de Zúñiga, un diplomático experimentado al que se reclamó en 1617 de su cargo como embajador del Emperador en Praga para que ocupara una plaza en el Consejo de Estado.
     La caída de Lerma en 1618 y su sustitución por su incompetente hijo, el duque de Uceda, señaló el declive de poder de la casa de Sandoval, que había venido dominando la vida política española desde la subida al trono de Felipe III en 1598. Al tiempo que iba creciendo la preocupación en la Corte y en el país sobre el estado de la Hacienda Real y el agotamiento de la economía castellana, Baltasar y su sobrino intentaron sacar partido de las debilidades e insuficiencias de la administración de Uceda. Las Cortes de Castilla y los arbitristas demandaban reformas radicales, que Uceda parecía incapaz de llevar a la práctica. Al mismo tiempo, en el régimen iba en ascenso la presión para que se enviasen refuerzos militares a los Habsburgo austríacos, amenazados por la rebelión en Bohemia, mientras que, en 1621, el esperado vencimiento de la Tregua de los Doce Años entre España y los holandeses prometía nuevos e ingentes desembolsos militares y navales. Zúñiga estaba por fin a cargo de la política exterior de Madrid, pero Uceda seguía siendo, al menos nominalmente, el principal ministro de la Corona. Todo esto cambió cuando murió Felipe III, el 31 de marzo de 1621, y el príncipe de Asturias, de dieciséis años de edad, le sucedió en el trono. Olivares se sentía tan seguro que, aún estando el Rey de cuerpo presente, le comentó a Uceda: “Hasta ahora todo es mío”. Y a la pregunta de Uceda: “¿Todo?”, replicó: “Sí, todo sin faltar nada”. Los acontecimientos que se sucederían más tarde iban a demostrar que no se equivocaba.
     A la subida al trono de Felipe IV le siguió el inmediato despido de Uceda. En su lugar, el Rey confió los despachos a Baltasar de Zúñiga, y hasta su muerte, el 7 de octubre de 1622, se ocupó de ellos, pero nadie podía dudar que Olivares era el verdadero valido del nuevo Monarca. Designado para el puesto de Uceda de sumiller de corps, y posteriormente también para el de caballerizo mayor, tenía acceso inmediato al Rey dentro y fuera de palacio. Diez días después de subir el Rey al trono, recibió la Grandeza que su familia había codiciado desde hacía tanto tiempo. La merced hizo ver al mundo que la era de los Sandoval había acabado y que una nueva época de dominio de la alianza familiar Guzmán-Zúñiga-Haro había comenzado.
     Aunque en un principio, Olivares prefería trabajar entre bastidores, y aun cuando fingía deferir a un triunvirato compuesto por el marqués de Montesclaros, Agustín Mexía y Fernando Girón tras su nombramiento como consejero de Estado en octubre de 1622, estaba muy claro desde el principio que iba haciéndose con las riendas del poder sistemáticamente.
     Era el valido real, y de manera gradual, conforme fueron muriendo los ministros de más avanzada edad, pasó a ocupar el lugar del ministro principal del Rey.
     De hecho, durante casi dos décadas, la mayor parte del tiempo, hasta su caída del poder en enero de 1643, dirigió la política interna y externa de la Corona española y se vio colmado de los favores de un Monarca agradecido. En 1625 se le elevó a duque, y a partir de entonces, como conde de Olivares, duque de Sanlúcar la Mayor y duque de Medina de las Torres, se le llamó “el conde-duque”. El matrimonio de su hija María ese mismo año con un familiar hasta la fecha poco conocido, el marqués de Toral —futuro duque de Medina de las Torres por cesión de quien sería su suegro—, estaba concebido para culminar su estrategia familiar de asegurarse la sucesión, pero el fallecimiento de María en 1626, tras dar a luz a una niña muerta, iba a arruinar esa estrategia. De ahí en adelante no había otra cosa por la que luchar que por la grandeza de su real señor y por la salvación de España.
     Zúñiga y Olivares llegaron al poder como los abanderados de un movimiento de reforma que pretendía restaurar la reputación de España en el exterior e invertir un proceso de decadencia interna, económica, administrativa y moral, después de lo que ellos y sus aliados describieron como dos décadas de corrupción y mala administración bajo el régimen del duque de Lerma. Como símbolo de su intención de devolver la limpieza de manos a la vida política española, el nuevo gobierno emprendió la tarea de hacer una purga de los ministros más célebres del régimen de Lerma, para lo cual inició una investigación sobre las fuentes de la riqueza ministerial y, el 21 de octubre de 1621, hizo ejecutar a Rodrigo Calderón, hechura de Lerma, en la Plaza Mayor. La consigna del nuevo régimen iba a ser “reformación”. En agosto de 1622 se estableció una Junta Grande de Reformación para coordinar las numerosas propuestas de reforma que habían presentado, durante los pasados años, ministros, arbitristas y las Cortes de Castilla. Sus recomendaciones, anunciadas a las principales ciudades de Castilla en una carta real con fecha de 20 de octubre de 1622, incluían planes para la reforma de la justicia y la administración, y propuestas para invertir la disminución de la población y fomentar la agricultura y la industria, en especial mediante la creación de una red nacional de erarios y montes de piedad. Se esperaba reformar también el sistema fiscal reemplazando el impuesto aborrecido y poco eficiente de los millones, que era excesivo y no contaba con la aprobación popular, con contribuciones directas de las localidades de Castilla de treinta mil hombres pagados para la defensa del país. A los demás reinos pertenecientes a la Península se les pediría las contribuciones correspondientes.
     Las recomendaciones de la Junta Grande incorporaban muchas de las reformas por las que el régimen de Olivares iba a luchar, con resultados dispares, durante los años venideros. En febrero de 1623 hizo evidentes sus intenciones con la publicación de los famosos Artículos de Reformación, que incluían una serie de medidas de austeridad que tuvieron que ser suspendidas un mes más tarde, cuando el príncipe de Gales llegó inesperadamente a Madrid a pedir la mano de la hermana del Rey, la infanta María. En el fondo del programa de recuperación nacional de Olivares residía la persona del Rey. Su objetivo era hacer de Felipe IV el monarca más poderoso y célebre del mundo, y esto sólo podía lograrse si se le preparaba cuidadosamente para tan elevada condición.
     Olivares, por lo tanto, se propuso instruir a Felipe IV en el arte de reinar y prepararle para ser un Monarca activo según el modelo de su abuelo, Felipe II. En su famosa “Instrucción secreta” del 21 de diciembre de 1624, le proporcionó al Monarca un informe del sistema de gobierno de sus reinos, con recomendaciones sobre el modo en que podría mejorarse.
     Entre sus recomendaciones más famosas se encuentra la que sigue: “Tenga V. Majd. por el negocio más importante de su Monarquía el hacerse rey de España; quiero decir, señor, que no se contente V. Majd. con ser rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, conde de Barcelona, sino que trabaje y piense con consejo maduro y secreto por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia en todo aquello que mira a dividir límites, puertos secos, el poder celebrar cortes de Castilla, Aragón y Portugal en la parte que quisiere, a poder introducir V. Majd. acá y allá ministros de las naciones promiscuamente [...], que si V. Majd. lo alcanza será el príncipe más poderoso del mundo”.
     Estas palabras reflejan una de las principales preocupaciones que llegó a dominar la carrera política de Olivares. Dada la naturaleza compuesta de la Monarquía española, el Rey carecía de autoridad en otros reinos y territorios de la Península, autoridad de la que disfrutaba en Castilla. El efecto que esto tenía, desde su punto de vista, era que esos territorios pagaban menos impuestos en comparación con Castilla y hacían recaer toda la carga fiscal sobre los hombros castellanos, con desastrosas consecuencias para su economía. En un momento en el que España estaba rodeada de enemigos, eso también significaba que fuera difícil movilizar recursos humanos y monetarios y que no hubiera colaboración real entre unos reinos que, a pesar de estar sujetos al mismo Soberano, no estaban dispuestos a salir unos en ayuda de otros en momentos de emergencia. El objetivo a largo plazo de la política real tenía que ser, por lo tanto, romper las barreras de separación entre los diferentes reinos de la Monarquía y asegurarse de que fuera posible eliminar cualquier impedimento legal o institucional que amenazara el ejercicio eficaz de la autoridad real.
     Como primer paso para llevar a cabo ese ambicioso programa propuso la introducción de una “Unión de Armas”, un proyecto esbozado en un documento de octubre de 1625, momento en el que se temía el ataque inminente de una flota inglesa. Olivares proponía un sistema de cuotas por el que cada parte de la Monarquía, incluido Flandes, los territorios italianos y las Indias, debía proveer un número fijo de hombres en nómina, en proporción a los recursos asumidos, para crear un ejército de reserva con ciento cuarenta mil efectivos con el que poder contar cuando cualquier reino fuera atacado. A comienzos de 1626, Olivares acompañó al Rey a la Corona de Aragón, donde se tenía que convencer a las Cortes de Aragón, Valencia y Cataluña para que firmaran la unión. Tras intensas negociaciones, los valencianos accedieron a suministrar dinero, pero no hombres, y los aragoneses accedieron al dinero o bien a un reducido número de hombres. Las Cortes de Cataluña, por su parte, no accedieron ni a lo del dinero ni a los hombres y la sesión tuvo que ser suspendida. En 1632 se volvió a intentar conseguir fondos de las cortes catalanas, pero el intento volvió a ser fallido.
     Las dificultades que Olivares tuvo que afrontar para lograr una aceptación de la Unión de Armas fueron sintomáticas de la resistencia que su programa de reformas iba encontrándose en cada frente a mitad de la década de los veinte. En todas partes, el programa entraba en conflicto con los intereses creados de los grupos privilegiados, que temían la pérdida de sus privilegios y que se oponían abiertamente o de manera subversiva. La poca popularidad del régimen llegó a hacerse patente el verano de 1627 cuando el Rey cayó peligrosamente enfermo. Los miembros de la vieja nobleza eran particularmente hostiles al conde-duque, estaban molestos por el poder que éste ejercía sobre el Rey y estaban conspirando para derrocarle si el Rey perecía. Si bien gran parte de la oposición contra Olivares y su programa de reformas era por intereses propios, existía también el sincero temor de que las reformas perseguidas en nombre de la “necesidad” acabaran por erosionar derechos y libertades constitucionales preciados y por otorgar un poder excesivo a la Corona.
     Enfrentado a una fuerte oposición por parte de las Cortes de Castilla y de diferentes estamentos de la nobleza, de la administración real y las elites urbanas, Olivares acabó dependiendo cada vez más de un reducido grupo de amigos, familiares y confidentes para llevar a cabo sus planes. Con el fin de burlar la oposición librada por los consejos, recurrió a juntas especiales que llenaba de hombres en los que podía confiar, como su consejero legal, José González, su confesor jesuita, Hernando de Salazar, y el protonotario de la Corona de Aragón, Jerónimo de Villanueva.
     Al mismo tiempo, perdidas las esperanzas en la vieja generación de nobles, depositó sus ilusiones en la reforma de la educación, diseñada para producir una nueva generación con un mejor sentido de la dedicación al servicio real. Pero a ese respecto el Colegio Imperial, establecido en Madrid en 1625, resultó ser una decepción y, a comienzos de la década de los treinta, Olivares acarició la idea de presentar nuevas propuestas para la “crianza de la juventud española”. Muy influido por la filosofía neoestoica de Justo Lipsio, el conde-duque aspiraba a crear una sociedad disciplinada en España, con la “obediencia” como consigna. Pero, si bien por una parte le motivaba el deseo de restaurar los valores tradicionales asociados a un período más austero y heroico en la historia de la nación, estaba también ansioso por introducir en España los métodos y las técnicas que empleaban otros estados rivales contemporáneos, muy especialmente los holandeses.
     Olivares quería hacer de España una sociedad dinámica y empresarial, “poniendo el hombro en reducir los españoles en mercaderes”, tal y como apuntó en su Instrucción secreta. Los ríos españoles tenían que hacerse navegables mediante el empleo de las últimas innovaciones tecnológicas. Las compañías de comercio tenían que fundarse siguiendo el modelo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, y había que modificar los estatutos de limpieza de sangre para permitir que aquellos que sufrían discriminación por causa de su origen converso pudieran contribuir plenamente a la vida nacional. También recurrió a hombres de negocios portugueses, algunos de ellos develados posteriormente como judaizantes, para ayudar a romper el dominio que tenían los asentistas genoveses sobre las finanzas de la Corona.
     No obstante, sus ingentes proyectos para la reforma de la economía castellana y la hacienda real no lograron mayor éxito que el resto de sus reformas internas.
     Se vieron frustrados no solo por oposición interna, sino también por las consecuencias de una política exterior pensada para restaurar la preeminencia internacional de España. La intervención militar española en Europa Central y la reanudación de la guerra con Holanda en 1621 requirieron nuevos y copiosos desembolsos militares y navales, en un momento en el que las remesas anuales de plata provenientes de las Indias estaban en declive. El déficit en los ingresos reales se cubrió en parte acuñando grandes cantidades de moneda de vellón durante los primeros años del reinado; para el momento en que se suspendió la emisión de vellón, el daño ya estaba hecho. La depreciación de la moneda socavó la confianza y precipitó una aguda crisis monetaria en 1627-1628, al tiempo que los ministros luchaban por controlar la inflación. La posterior manipulación de la moneda que tuvo lugar en la década de los treinta sirvió únicamente para aumentar la confusión monetaria de los años de Olivares.
     A pesar de las dificultades financieras de la Corona, los ejércitos españoles, en los primeros años del reinado, disfrutaron de una serie de éxitos que culminaron en un año de notables victorias en 1625, cuando los holandeses se rindieron en Breda y fueron expulsados de Brasil. Sin embargo, en los últimos años de la década, la tensión entre una política de reformas internas y la reputación en el exterior comenzaba a hacerse notar.
     La política de Olivares se basaba en mantener la presión militar en la República de Holanda y, al mismo tiempo, intentar ahogar su comercio, con la esperanza de que los holandeses se vieran forzados a aceptar un acuerdo de paz más favorable para España que la humillante tregua de 1609. Pero los términos que estaban dispuestos a aceptar nunca parecían ser lo suficientemente favorables y la paz se le escapaba de las manos.
     Tras la muerte del duque de Mantua a finales de 1627, el conde-duque decidió intervenir en la disputa de la sucesión de Mantua, en un intento de fortalecer la posición de España en el norte de Italia. La intervención resultó ser un costoso error de cálculo que iba a tensar temporalmente las relaciones entre Olivares y el Rey, y jugó a favor de sus enemigos en la corte.
     La guerra por la sucesión de Mantua (1628-1631) supuso nuevas y fuertes presiones para los recursos humanos y monetarios, ya que España se vio luchando de manera simultánea en dos frentes, Italia y los Países Bajos. Provocó también la intervención de Francia bajo la dirección del cardenal Richelieu y colocó a Francia y España frente a frente, aunque la guerra abierta entre ambos no se declararía hasta 1635, ya que ninguno de ellos estaba preparado para una confrontación directa.
     El afán incansable de Olivares y sus ministros, y el hecho de que recurrieran a ingeniosos mecanismos fiscales, hizo posible que España se desentendiera del embrollo de Mantua y desarrollara un considerable esfuerzo militar en Alemania, donde los Habsburgo austríacos se hallaban asediados por las fuerzas del protestantismo internacional bajo el liderazgo de los suecos. Este esfuerzo culminó en el triunfo de las fuerzas imperiales y españolas en Nördlingen en 1634. Se encontró, al mismo tiempo, la financiación necesaria para la construcción de un palacio real de recreo en las afueras de Madrid, el Buen Retiro, que fue inaugurado oficialmente en 1633, pero que estaría sujeto a una mayor expansión y embellecimiento a lo largo de la década. El palacio se pensó para ofrecer al Rey distracción de los asuntos del estado, a los que se había venido dedicando más asiduamente desde que cayera enfermo en 1627, así como para servir de centro ceremonial para festejos y otras actividades de la corte que realzaran la reputación internacional del Rey como monarca supremo no solo en el arte de la guerra, sino también en las artes de la paz. Tras la declaración de guerra por parte de Francia en 1635, existían pocas posibilidades de llevar a cabo las políticas reformistas de Olivares, a no ser que repercutieran directamente en los esfuerzos puestos en la guerra. Aunque el conde-duque continuaba protestando para que no se abandonaran sus planes de reforma, la movilización de hombres y de dinero para la guerra se convirtió en asunto prioritario y principal.
     Este intenso esfuerzo dio como fruto valiosos dividendos durante los primeros años de la confrontación con Francia. Se enviaron los suficientes suministros al ejército de Flandes como para permitir que el cardenal- infante iniciara una invasión de Francia en 1636.
     Cuando los franceses, a su vez, cruzaron la frontera en Irún en 1638 y sitiaron Fuenterrabía, el condeduque se hizo cargo personalmente desde Madrid de liberar la fortaleza asediada. La liberación del sitio se presentó como un triunfo personal del conde-duque, que fue aclamado por el Rey como el “librador de la patria” y recompensado con numerosas mercedes.
     Probablemente, Velázquez pintó su gran retrato ecuestre (Museo del Prado) en conmemoración de la victoria en Fuenterrabía.
     El incesante esfuerzo para orquestar la guerra con franceses y holandeses le pasó factura a la salud del conde-duque. Conservaba la total confianza del Rey, pero su cada vez más autoritario régimen les convirtió a él y a sus hechuras en objeto de odio generalizado.
     Habida cuenta del agotamiento de Castilla, aún tenía la esperanza de mitigarlo estableciendo de algún modo la Unión de Armas para asegurar un mayor grado de ayuda por parte del resto de los reinos y provincias de la Monarquía. Recurrió específicamente a Portugal, donde los intentos por establecer nuevos impuestos provocaron revueltas en Évora en 1637, y a Cataluña, que ya había rechazado ese servicio en las Cortes celebradas en 1626 y 1632, respectivamente.
     El intento de invadir Francia desde Cataluña en 1637 terminó como una humillación y las relaciones entre Madrid y los catalanes empezaron a tensarse. Cuando Richelieu pretendió aprovecharse de esa tensión en 1639 atacando la fortaleza fronteriza catalana de Salces, Olivares vio la oportunidad perfecta para involucrar plenamente a los catalanes en la guerra y hacerles partícipes genuinos de su Unión de Armas.
     Salces fue liberada en enero de 1640 con un alto saldo de bajas humanas catalanas. Pero Olivares consideraba que el esfuerzo catalán era insuficiente y que el excesivo apego catalán a sus constituciones era lo que impedía su participación efectiva en la guerra contra Francia. Durante la primavera de 1640 hizo presión en el principado, ayudado por la presencia del ejército real, que se alojaba allí preparándose para la campaña de verano. Hubo numerosos choques entre los soldados y los campesinos, que fueron aumentando en la primavera y al comienzo del verano y acabaron en un alzamiento de los campesinos. La Diputació Catalana, bajo el mando de Pau Claris, declaró que se estaban violando sus constituciones y, en junio de 1640, después de que el virrey, el conde de Santa Coloma, fuera abatido por los rebeldes el día del Corpus Christi, Olivares se dio cuenta de que afrontaba una rebelión general.
     La rebelión catalana transformó la situación internacional.
     Los catalanes pidieron ayuda a los franceses y Olivares tuvo que levantar un nuevo ejercito para combatir una guerra dentro de la Península, en un momento en que ya se había forzado suficientemente la situación del cuerpo militar español y era prácticamente imposible enviar refuerzos al ejército en Flandes, como resultado de la derrota de la flota de don Antonio de Oquendo a manos de los holandeses en la batalla de las Dunas en septiembre de 1639. La rebelión catalana animó a los portugueses a seguir el ejemplo. La unión de las coronas había fracasado en su empresa de salvar el imperio portugués de ultramar de los holandeses y, como había ocurrido en Cataluña, las políticas fiscales de Olivares habían provocado un intenso resentimiento. Cuando el conde-duque decidió apelar a la nobleza portuguesa para que participara en la campaña catalana, puso en funcionamiento los resortes que acabarían por provocar un golpe de estado en Lisboa el 1 de diciembre de 1640 y la proclamación del duque de Braganza como rey de Portugal. La humillación personal fue todavía más acuciante por ser la nueva reina de Portugal, la hermana del duque de Medina Sidonia, miembro de la casa de los Guzmán.
     Después de las revueltas de Cataluña y Portugal, y la derrota en Monjuic en enero de 1641, del ejército real enviado bajo el mando del marqués de Los Vélez para recuperar la lealtad catalana, el conde-duque tenía los días contados. Sin embargo, siguió luchando durante dos años más, albergando aún la esperanza de darle la vuelta al resultado de la guerra. En 1641 hubo de soportar una nueva humillación, cuando comenzó a circular el rumor de que existía una conspiración para proclamar a su pariente, el duque de Medina Sidonia, rey de una Andalucía independiente.
     El año siguiente, cuando el Rey decidió iniciar una campaña contra los catalanes, Olivares le acompañó a Molina de Aragón y a Zaragoza, donde se instaló la corte. Pero la campaña catalana fue muy mal y empezaron a abundar los cortesanos deseosos de insinuarle al Rey que ya era hora de prescindir de los servicios del conde-duque. Cuando la Corte regresó a Madrid a final de año, Olivares parecía seguir empeñado en aferrarse al poder, pero física y mentalmente era un hombre roto y sus enemigos estaban al acecho.
     El modo en que ocurrieron exactamente los acontecimientos que condujeron a la caída del condeduque del poder está aún por determinarse. Se sabía que Olivares no era del agrado de la Reina, que había actuado como regente durante la ausencia de su marido en campaña. El conde de Castrillo, pariente del conde-duque, la había venido atendiendo, y parece que Castrillo y su sobrino, Luis de Haro, habían estado maquinando para salvar lo que pudieran de la fortuna familiar del desastre que amenazaba con sobrevenirle al conde-duque. Pero tanto la situación nacional como la internacional ya estaban en contra y habían hecho que la posición del conde-duque fuera insostenible, y el Rey ya había visto por sí mismo, en la jornada de Aragón, parte de la miseria que sufría el país. No fue fácil para él prescindir de un ministro del que había dependido durante más de veinte años, pero el 17 de enero de 1643 le envió un billete a Olivares desde la Torre de la Parada en el que le comunicaba que ya estaba dispuesto a acceder a sus reiteradas peticiones de licencia para retirarse. Muy a su pesar, el 23 de enero de 1643, el conde-duque abandonó sus aposentos en el Alcázar y salió de Madrid en un coche con las cortinillas echadas hacia la casa que se había construido diez años antes en Loeches.
     La caída del conde-duque hizo visibles a sus numerosos enemigos. Fue injuriado y acusado de tirano y en febrero apareció un panfleto que contenía una lista de “Cargos contra el Conde-Duque” que incluía entre sus múltiples delitos haber involucrado a España en la guerra por la sucesión de Mantua, ser responsable de las revueltas de Cataluña y Portugal, haber perseguido a los grandes, haber gobernado por medio de juntas y haber malgastado el dinero con el Buen Retiro. Tres meses más tarde salió a la luz un impreso clandestino en el que se refutaban las acusaciones, el Nicandro, redactado probablemente por Francisco de Rioja y que contenía una defensa enérgica de la política de Olivares.
     La aparición del Nicandro sirvió únicamente para aumentar aún más la indignación de los grandes, que fueron en una delegación a protestar frente al Rey.
     Estaba claro que la tormenta no pasaría mientras que el derrocado ministro siguiera estando tan próximo a Madrid y, el 12 de junio, se le obligó a marcharse de Loeches a Toro, donde se instaló en casa de su hermana, la marquesa de Alcañices.
     Durante su destierro en Toro tuvo que presenciar con angustia cómo seguían vertiendo humillaciones sobre él. A la condesa de Olivares, que tenía el puesto de camarera mayor de la reina, se le pidió que abandonara el palacio y el propio conde-duque tuvo que renunciar a sus puestos de caballerizo mayor y gran canciller de las Indias. Aquejado de una creciente melancolía, encontró algo de consuelo intentando mejorar el cultivo de su propiedad en Toro y pasó mucho tiempo dedicado a su devoción religiosa. Con la salud quebrantada y la mente deteriorada, murió en un estado de demencia el 22 de julio de 1645 y su cuerpo fue trasladado a Loeches para ser enterrado allí.
     Al conde-duque le sobrevivió la condesa y un hijo ilegítimo, al que había reconocido, para sorpresa de todos, en 1641, y al que le había dado el nombre de Enrique Felípez de Guzmán. Pero el marqués de Mairena, que fue el título que recibió, murió en 1646 dejando un único hijo que también moriría en la infancia.
     Los inconmensurables esfuerzos que hizo Olivares para perpetuar una línea familiar habían vuelto a resultar fallidos. Dejó en herencia una propiedad gravemente endeudada y su testamento, descifrado en 1642, estaba lleno de disposiciones nada realistas. Los miembros de la familia contestaron la herencia con dureza. El ducado de Sanlúcar la Mayor se le adjudicó finalmente a su antiguo yerno, el duque de Medina de las Torres, mientras que la sucesión al condado de Olivares pasó a su sobrino, Luis de Haro, que a su debido tiempo sucedió a su tío no sólo en el título sino también en el valimiento y en muchas de sus obligaciones gubernamentales. Sin embargo, como si quisiera simbolizar que se estaba cerrando una era, don Luis prefirió que no se le conociera como el condeduque de Olivares. Sólo hubo un verdadero condeduque de Olivares y toda España trató de olvidarse de él (John Elliott, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Velázquez, autor de la obra reseñada;
   Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 6 de junio de 1599 -bautismo- – Madrid, 6 de agosto de 1660). pintor.
   Nacido en Sevilla, de familia paterna de origen portugués (Rodríguez de Silva) y materna sevillana (Velázquez), fue bautizado el 6 de junio de 1599. Su padre era notario eclesiástico del Cabildo de Sevilla, circunstancia que le propició, desde su infancia, una temprana familiaridad con los libros y con personas de cultura.
   En 1609, apenas cumplidos los diez años, pasó algunos meses en el obrador de Francisco de Herrera el Viejo.
   El mal carácter del maestro le alejó pronto de su taller y el 17 de septiembre de 1611 formalizó contrato de aprendizaje con Francisco Pacheco, comprometiéndose a permanecer en casa de su nuevo maestro seis años.
   Pacheco era hombre de sólida cultura, relacionado con toda la sociedad literaria sevillana —nobles, clérigos, médicos, poetas— que se reunían en su casa, a modo de Academia, a comentar y discutir temas de literatura y artes. A eso debió Velázquez su formación intelectual, que hubo de ser mucho más amplia de lo usual en artistas españoles de su tiempo, y un deseo de ascenso social que iba a ser, desde muy pronto, motor de su actividad.
   Cumplido el plazo del contrato de aprendizaje, el 14 de mayo de 1617, se examinó ante los “alcaldes veedores” del arte de la pintura y obtuvo licencia para establecerse como pintor independiente, recibir aprendices y abrir tienda pública de acuerdo con la norma del gremio de pintores de la ciudad.
   El año siguiente, 1618, contrajo matrimonio el 23 de abril con la hija de su maestro, Juana Pacheco, que le daría dos hijas, de las que sólo sobrevivió una.
   En los cuatro años siguientes, pintó para los conventos de Sevilla y abrió un camino nuevo con sus bodegones o escenas populares de inspiración flamenca, y en los que seguramente subyacen alusiones literarias o juegos de ingenio, apoyados en dichos o refranes como puedan ser la Vieja friendo huevos, Los músicos o su famoso Aguador de Sevilla. Asimismo, hizo algunos bodegones a lo divino, entre los que destaca Cristo en casa de Marta y María o La mulata. Entre sus obras de carácter religioso, que evidencian el más intenso y veraz naturalismo, sobresalen Adoración de los Reyes del Museo del Prado o Inmaculada y San Juan en Patmos que, procedentes de la sala capitular del Convento de Nuestra Señora del Carmen de Sevilla, hoy se encuentran en la National Gallery de Londres.
   En 1621 falleció Felipe III y subió al Trono Felipe IV, asistido como “valido” por un noble de estirpe sevillana, Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, muy pronto conde duque. Muchos intelectuales y artistas sevillanos vieron posibilidades de encontrar en Madrid protección, y Velázquez, aconsejado seguramente por su suegro, hizo un viaje a la Corte en 1622 estableciendo provechosos contactos con el círculo próximo al conde duque y empezando a darse a conocer como excelente retratista, aunque no llegase a retratar a personas reales, pero sí, en cambio, a intelectuales como Góngora.
   En el verano del año siguiente, 1623, volvió a Madrid reclamado por Juan de Fonseca, amigo de Pacheco y favorecido del conde duque, para retratar al Rey, y el éxito de su primer retrato facilitó de inmediato su nombramiento de pintor del Rey el 6 de octubre de 1623. Comenzó con ello una carrera administrativa que, paralelamente a su éxito de pintor, le llevó a ocupar puestos de importancia en la vida palaciega que le liberarán de ataduras sociales y económicas, que eran comunes en los pintores españoles de su tiempo. La protección del Monarca y de su valido —que le proporcionó muchas envidias y maledicencias en la Corte— le liberó, entre otras cosas, de la clientela religiosa, que era casi única para sus colegas sevillanos. No obstante, en el primer período de su estancia en Madrid, el poso de recuerdo de lo sevillano subyace en algunas de sus obras, como en su Santa Rufina, retrato a lo divino de un personaje concreto e íntimo y en directa relación con una de sus últimas obras sevillanas, la Imposición de la casulla a san Ildefonso del Ayuntamiento de Sevilla y depositada hoy en el Centro de Investigación Diego Velázquez de Sevilla (Fundación Focus-Abengoa).
   En marzo de 1627 recibió el título de ujier de Cámara que llevaba aparejado, además de su sueldo, alojamiento, médico y botica. Este mismo año, al ver que los cortesanos y que los demás pintores del Rey le acusaban de no saber pintar otra cosa que retratos, por iniciativa del Monarca pintó, en competencia, casi en desafío, con los pintores del Rey (Carducho, Caxés y Nardi), un lienzo de compleja composición, La expulsión de los moriscos, que un jurado compuesto por el padre Maíno y Juan Bautista Crescenci consideraron el mejor y que fue colocado en el salón grande de Palacio, donde pereció en el incendio de 1734.
   En 1628 llegó a Madrid Rubens, en difícil misión diplomática, permaneciendo en la Corte casi un año.
   Velázquez le acompañó en su visita a El Escorial y seguramente compartió su entusiasmo por Tiziano.
   El 18 de junio de 1629, poco tiempo después de la partida de Rubens, Velázquez solicitó licencia para ir a Italia, lo que se le concedió de inmediato. Se le proveyó de cartas de recomendación e introducción en diversas Cortes italianas que le franquearon la entrada de palacios y colecciones. Partió de Barcelona, en el séquito del marqués de los Balbases, Ambrosio Spinola, y visitó Génova, Venecia, Ferrara, Cento, Loreto, Bolonia y Roma, donde permaneció un año.
   En 1630 viajó a Nápoles para retratar a la hermana de Felipe IV, María, que se hallaba allí en ocasión de su viaje a Hungría para contraer matrimonio.
   El artista aprovechó bien la oportunidad y asimiló todo lo que vio, y muy especialmente la serena gravedad y el gusto por la belleza desnuda de los cuerpos del clasicismo romano-boloñés entonces triunfante y tocado de “neovenecianismo”. Los cuadros que pintó en Roma (La fragua de Vulcano, La túnica de José) dan cuenta de su asimilación de todo lo visto y a la vez aseguran su perfecto conocimiento de la fábula clásica y de los textos bíblicos que le permitieron sacar de ellos ejemplos de profunda significación moral.
   En enero de 1631 ya estaba de regreso en Madrid, retomando su actividad cortesana y la evidente protección real que le proporcionó nuevos gajes y títulos.
   En esta década trabajó activamente para el Palacio del Buen Retiro, que se construyó por deseo del conde duque. Para el Salón de Reinos del nuevo palacio pintó una serie de retratos ecuestres de los soberanos y sus herederos, el Príncipe Baltasar Carlos y el gran cuadro de la Rendición de Breda. También en esta década pintó la serie de retratos del Rey, sus hermanos y su hijo en traje de cazadores, para el Palacete de la Torre de la Parada y, para el mismo Palacete, retratos de personajes de la Corte, locos, enanos, “hombres de placer” que pululaban por el Alcázar, en imágenes emocionantes de una tierna y piadosísima humanidad.
   Las identificaciones personales que se han hecho no siempre son convincentes y en algún caso imposibles.
   Quizás, como se ha sugerido recientemente, oculten también intenciones alegóricas o alusiones conceptuosas. Pero la maestría del pincel y la profunda capacidad del pintor para penetrar en las almas hacen de estas imágenes algo inolvidable.
   En 1636 recibió el título de ayuda de Guardarropa y sus ambiciones cortesanas eran ya bien conocidas, pues un aviso anónimo anota “que tira a querer ser un día Ayuda de Cámara y a ponerse un hábito a ejemplo de Tiziano”.
   Y en efecto, en enero de 1643, el mismo año de la caída del conde duque, se le nombró ayuda de Cámara y en junio se le encomendó la superintendencia de las Obras de Palacio, lo que le supuso un conocimiento y autoridad en obras de arquitectura. Prueba de la confianza y familiaridad del Rey es que le nombró, en 1647 veedor y contador de las obras de la “pieza ochavada”, lujosa obra nueva que se construía en Palacio.
   La renovación del viejo Alcázar, en una dirección más moderna, emprendida después de la viudez del Rey y del fallecimiento del príncipe Baltasar Carlos, tuvo consecuencias para Velázquez, que se ofreció para ir a Italia a comprar cuantos cuadros de pintores famosos y esculturas antiguas encontrase, “y en tanta cantidad como V. M. tendrá con la diligencia que yo haré”, según palabras recogidas por Jusepe Martínez.
   Este segundo viaje tuvo un carácter bien distinto del primero, que puede llamarse viaje de estudios. Ahora, consciente de su maestría, con cincuenta años, y seguro del favor real, hace que sea muy tenido en cuenta en los ambientes artísticos y nobiliarios romanos, aunque no faltan interpretaciones negativas por parte de algunos españoles ante el considerable gasto que comportaba en tiempos de penuria, y la sospecha, también, que se procuraba forzar regalos.
   El viaje se inició en Málaga, en enero de 1640, con el cortejo que iba a Italia a recibir a la nueva esposa del Monarca, su sobrina, la archiduquesa Mariana de Austria. Mientras que el cortejo se quedó en Milán, Velázquez pasó a Venecia, donde el embajador le puso en contacto con algunos vendedores que le procuraron obras importantes de Tintoretto y Veronés. Allí conoció a Marco Boschini que, en su Carta dell navegare pintoresco, subrayó las preferencias del pintor español por la pintura veneciana y especialmente Tiziano.
   Luego fue a Bolonia, Módena y Parma. Pasó por Florencia y llegó a Roma, donde se insertó con facilidad en el medio artístico romano. Su condición de ayuda de Cámara y pintor del Rey de España, en la Corte de Inocencio X, que había sido nuncio de España y era favorable a los españoles, facilitaron que pudiese retratar al Papa en el soberbio retrato de la colección Doria Pamphili. El éxito de este retrato, el de su esclavo Juan de Pareja, que le acompañó en el viaje y al que dio carta de libertad en Roma y los de algunas personalidades romanas, le abrieron las puertas de la Academia de San Lucas romana y de la Congregación de Virtuosi al Panteón, prueba de la admiración de los pintores romanos. Las difíciles gestiones para obtener vaciados de esculturas clásicas y un episodio amoroso del que nació un hijo, que debió de morir muy niño, le retuvieron en Italia más de dos años, a pesar de las constantes solicitudes del Rey que reclamaba su vuelta y comentaba su “flema”.
   Las gestiones para traer un fresquista para decorar el Alcázar no dieron resultado con Pietro da Cortona pero, por un trámite del marqués Virgilio Malvezzi, estableció contacto con los boloñeses Agostino Mitelli y Michael Angelo Colonna, que aceptaron la invitación, aunque no llegaron a Madrid hasta 1658.
   El regreso de Velázquez a España tuvo lugar en junio de 1651 reincorporándose de inmediato a su trabajo en la decoración del Alcázar. En marzo de 1652 fue nombrado, por decisión del Rey, aposentador mayor de Palacio, cargo de importancia y responsabilidad que supuso una culminación en su carrera palaciega pero que limitó mucho el tiempo que podía dedicar a la pintura, lo que propició la intervención de su yerno, Juan Bautista Martínez del Mazo, en la repetición de los retratos reales que habían de pintarse por encargo oficial.
   El arte del pintor ya había llegado a la cima. Los cuadros que pintó en la última década de su vida son los que llevan a su límite la ligereza del pincel y la capacidad, casi mágica, de hacer vivir con vida propia los temas que representa en clave realista hasta el punto de que Las hilanderas ha podido engañar por siglos a la crítica creyendo que se trata de un cuadro realista, y se ha revelado un cuadro mitológico: la fábula de Minerva y Aracne, y Las meninas, aparente escena casual en la vida en Palacio, pero en realidad complejo y enigmático lienzo donde se funden elementos políticos, de exaltación de la Monarquía y de la afirmación de la nobleza del arte en cuya defensa tanto empeño ponía el pintor.
   Y a la vez culminó su deseo de personal ennoblecimiento.
   Durante su estancia en Italia ya había iniciado contactos con altos personajes de la Curia para encontrar apoyo en su deseo de obtener un título de nobleza o su ingreso en alguna Orden de Caballería, y al llegar a España debió de intensificar esos contactos y expresar abiertamente su deseo. El Rey le ofreció un hábito de caballero de Santiago, pero las severas ordenanzas no satisfacían el Consejo de Órdenes que no aceptaron los testimonios relativos a condiciones de “nobleza y calidades” del aspirante y fue preciso obtener una dispensa papal, para lo cual, y a demanda del Rey, usó las relaciones logradas en Roma. El breve pontificio llegó al fin en octubre de 1659 y Velázquez se ennobleció no por la sangre sino por su arte, que a todos deslumbró.
   En el año 1656 había recibido un encargo real de instalar en el Monasterio de El Escorial algunos de los lienzos traídos de Italia y de los comprados en la “almoneda del siglo” procedentes de la colección del rey Carlos I de Inglaterra. Su condición de aposentador mayor se expresó en esta ocasión al modo de un museólogo, preparando incluso una Memoria, recientemente reconstruida por Bassegoda, comentando los lienzos y su instalación.
   Ese mismo año, se sabe, por el testimonio de Palomino, que se pintaron Las meninas, pero el hecho de que sobre el pecho del pintor se ostente la Cruz de Santiago —que no se presenta como un repinte, tal como se había creído—, obliga a retrasar la fecha hasta 1659.
   Todavía como alto funcionario palaciego, hubo de participar en una ceremonia cortesana de alto significado: la entrega en junio de 1660, de la infanta María Teresa, hija de Felipe IV, a su prometido el rey Luis XIV de Francia, celebrada en la frontera francesa en la isla de los Faisanes, que sellaba, con la Paz de los Pirineos, la guerra con Francia.
   En esta ocasión Velázquez, que había dispuesto la ceremonia en todos sus detalles, asistió con galas palaciegas de subido valor y vio, sin duda, culminar sus aspiraciones de ennoblecimiento.
   A su regreso a Madrid, y tras una rápida enfermedad, murió el 6 de agosto de 1660, y siete días después falleció su esposa. El inventario de sus bienes informa detalladamente de su tono de vida, con lujos no frecuentes, incluso excepcionales, en el quehacer habitual de los pintores, pero no extraños en un noble.
   Su biblioteca era también muy notable, con abundantes libros de teoría arquitectónica, matemáticas, astronomía y astrología, filosofía e historia antigua, y bastantes obras poéticas en español, italiano y latín. Sorprende la escasez de obras religiosas, que eran siempre las más abundantes entre sus contemporáneos.
   Una acusación de sus enemigos, evidentemente muchos y poderosos, puso sus bienes bajo secuestro con el pretexto de haber defraudado a la Corona en el ejercicio de sus cargos, pero la investigación abierta le demostró libre de toda culpa.
   Hombre reservado, se conservan abundantes testimonios de su “flema”, a la que alude varias veces el propio Rey, y de su mesura en gesto, actitudes y su constante preocupación por su ascenso social y la carrera profesional y social de su yerno. Sus ambiciones, que en lo personal culminaron con su hábito de Santiago, se prolongaron muchos años después de su muerte con sus nietos, que entroncaron con la casa ducal de Liechtenstein (Alfonso E. Pérez Sánchez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del Conde-Duque de Olivares", del taller de Velázquez, en la sala IV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la sala IV del Museo de Bellas Artes, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 29 de diciembre de 2024

La pintura "El taller de Nazaret", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El taller de Nazaret", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, 29 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia (domingo que cae entre la Octava de Navidad -25 de diciembre al 1 de enero-, o el 30 de diciembre, si no hay un domingo entre estos dos días), Jesús, María y José, desde la que se proponen santísimos ejemplos a las familias cristianas y se invocan los auxilios oportunos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "El taller de Nazaret", de Valdés Leal, en la sala VIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "El taller de Nazaret", de Valdés Leal (1622-1690), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, realizado en hacia 1680-85, con unas medidas de 0'50 x 0'73 m., procedente de la donación del Banco Bilbao-Vizcaya, en depósito a la Junta de Andalucía, en 1994.
     La escena se desarrolla en el interior del taller de carpintería de Nazaret, que le da el nombre a la obra. Narra un momento de la vida cotidiana de la Sagrada Familia en el que aparece a la derecha de la composición la Virgen María cosiendo con el Niño Jesús dormido a sus pies, abrazado a una cruz. Todo ello bajo un rompimiento de Gloria presidido por la Paloma del Espíritu Santo y un grupo de angelitos. A la derecha de la Virgen, un ángel observa la escena. A la izquierda del cuadro, San José, trabaja una pieza de madera sobre un banco de carpintero. También a sus pies, sentado en un escalón aparece San Juanito que se lleva el dedo índice a la boca. Dos ángeles niños se asoman tras la Virgen para ver el sueño del Niño Jesús (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Juan de Valdés Leal nació en Sevilla en 1622 y en esta misma ciudad murió en 1690. Realizó su aprendizaje con un maestro desconocido y en 1647, después de contraer matrimonio, se instaló en Córdoba donde inició su carrera artística. De esta época cordobesa son importantes conjuntos pictóricos como el realizado para la iglesia de Santa Clara de Carmona y el retablo del Carmen Calzado de la ciudad de la mezquita. 
   En 1656 abandonó Córdoba para regresar definitivamente a Sevilla, donde aparte de una numerosa producción de obras individualizadas realizó grandes conjuntos de pinturas, como los del Monasterio de San Jerónimo, la iglesia de San Benito de Calatrava, y la Casa Profesa de la Compañía de Jesús.
      En 1664 Valdés Leal realizó un viaje a Madrid donde conoció las colecciones pictóricas de los palacios reales y también colecciones privadas, en las que estudió obras de maestros flamencos e italianos de las que obtuvo numerosas novedades para su arte.
     En 1672 Valdés Leal ejecutó sus famosas pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla en las que representó las más impresionantes imágenes de la muerte que se han realizado en la Historia, y que han constituido la base de su fama. En los últimos años de su vida, víctima de achaques y enfermedades, sus necesidades económicas le obligaron a tener que seguir trabajando, en ocasiones en circunstancias poco favorables, subido en altos andamios para pintar bóvedas en la iglesia de la Santa Caridad, en la de los Venerables o en la del monasterio de San Clemente.
     La necesidades económicas obligaron a Valdés Leal a aceptar muchas veces trabajos a escaso precio, por lo que en ocasiones hubo de trabajar rápidamente ayudado por su hijo Lucas, lo que a veces hace que la calidad de sus pinturas se resienta y que éstas sean muy irregulares.
     El temperamento de Valdés Leal ha sido descrito como el de un hombre violento y orgulloso, amante de representar pictóricamente escenas desagradables y repugnantes. Estas descripciones son resultado de leyendas sin fundamento y tópicos generalizados sobre su persona, que sin embargo a la luz de documentos fidedignos emerge como espléndida y generosa, dotada de un talante enérgico y decidido.
     Valdés Leal practicó desde su juventud una pintura de corte naturalista y de recia expresión en la que plasmó un dibujo firme y un potente colorido; progresivamente su dibujo fue adquiriendo mayor fluidez y su colorido fue adoptando mayor riqueza de matices y llegando a adquirir transparencias. Una técnica dinámica y vitalista, merced a la aplicación de una pincelada rápida y fogosa que otorga a sus obras un sentimiento apasionado y vehemente. La emoción espiritual que reflejan sus personajes se traduce en ocasiones en expresiones bruscas y en rostros tensos y anhelantes, que incurren deliberadamente en la estética de lo feo, que otorga a sus expresiones un notorio dramatismo (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e  Iconografía de la Sagrada Familia;
     En el verdadero sentido de la expresión, la Sagrada Familia constituye un grupo mucho más restringido que La Parentela de María. Sólo incluye a los parientes más próximos del Niño Jesús, es decir madre y abuela o madre y padre nutricio. En los dos casos, ya sea santa Ana o san José quienes lo lleven, es un grupo de tres figuras, un grupo trinitario.
     Desde el punto de vista artístico, la disposición de esta Trinidad terrestre (Trias humana), como se la ha llamado muy justamente, plantea los mismos problemas y sugiere las mismas soluciones que la Trinidad celestial.
     No obstante, las dificultades son menores. Ya no se trata de un único Dios en tres personas del cual deba expresarse la unidad esencial al mismo tiempo que la diversidad. Los tres personajes están unidos por vínculos de sangre, ciertamente; pero no constituyen un bloque indivisible. Cada uno de ellos tiene su propia vida y pueden disociarse sin inconvenientes. Además, los tres están representados con forma humana mientras que la paloma del Espíritu Santo introduce en la Trinidad divina un elemento zoomórfico difícil de amalgamar con dos figuras antropomórficas.
1. Santa Ana con la Niña María y el Niño Jesús
     Este tipo de Sagrada Familia que agrupa a las tres generaciones, abuela, madre e hijo, está estrechamente ligado con La Parentela de María de la cual no es más que un fragmento separado.
     También ha encontrado los mayores favores en Alemania, hasta el punto que la expresión Anna selbdritt (santa Ana triple, en tres, trinitaria) se emplea corrientemente en otras lenguas para designar brevemente este grupo.
     Se encuentran ejemplos de este tipo a partir del siglo XIV; pero fue en los siglos XV y XVI cuando el tema se hizo realmente popular, no sólo en los países germánicos sino hasta en Italia y España.
      Agrupar de una manera satisfactoria dos mujeres adultas y un niño no era tarea fácil. Al igual que con la Trinidad divina, los artistas intentaron la superposición, la yuxtaposición, el agrupamiento vertical y el horizontal. En el primer caso, santa Ana lleva a la Virgen y al Niño Jesús, en el segundo, el Niño está sentado entre santa Ana y la Virgen.
   a) Santa Ana lleva a la Virgen y al niño
     Esta disposición vertical puede ser realizada de dos maneras: santa Ana de pie lleva a la Virgen y al Niño sobre cada uno de sus brazos, o bien ella está sentada y tiene sobre las rodillas a su hija que a su vez sostiene al Niño Jesús.
     El inconveniente de esta solución está a la vista: comporta una desproporción chocante entre madre e hija que normalmente deberían ser de la misma talla: la Virgen en brazos o sentada sobre las rodillas de santa Ana se encuentra reducida a la estatura de una niñita. 
   Leonardo da Vinci, en su admirable cuadro del Louvre que señala el apogeo del tema, permaneció fiel a este esquema arcaico; aunque consiguió aligerarlo y animarlo. La Virgen está esviada sobre las rodillas de su madre y tiende los brazos al Niño, de pie en el suelo, a horcajadas del cordero simbólico. Esta composición en diagonal, que confiere vida a las figuras y las libera de la frontalidad, indudablemente comporta un progreso. El conjunto gana en unidad y también en dinamismo, y es una de las últimas y más bellas expresiones de un tema iniciado en Alemania que tomó forma en la Italia del Renacimiento.
   b) El niño Jesús sentado entre su madre y su abuela
     Para respetar las proporciones reales de las figuras, se imaginó sentar a las dos mujeres, madre e hija, sobre un banco, a cada lado del Niño que las separa, pero que en verdad les sirve de vínculo.
     Es cierto que ese agrupamiento horizontal es la solución más feliz desde el punto de vista estético, porque permite restablecer las proporciones y la separación bien clara de las tres figuras yuxtapuestas no presenta el mismo inconveniente que en la Trinidad divina cuyas tres personas son consustanciales. También es natural que el horizontalismo haya primado a partir del siglo XV en las representaciones de la Trinidad humana, mientras que en la Trinidad divina la Iglesia imponía el agrupamiento según el esquema vertical del «Trono de Gracia».
     Puede destacarse una variación bastante graciosa en un cuadro de Holbein el Viejo, en Augsburgo, es el Primer paso del Niño Jesús: en vez de estar tranquilamente sentado entre su madre y abuela, el Niño intenta caminar. Este matiz de intimidad es mucho más frecuente en las Sagradas Familias donde san José reemplaza a santa Ana.
     Al grupo de la Familia trinitaria se suma a veces un cuarto personaje, santa Emerenciana, madre de santa Ana. Así, se encuentran cuatro generaciones reunidas en este grupo que fue bautizado Santa Ana cuaternaria (Anna selbviert). Pero no es más que una curiosidad iconográfica uno de cuyos más notables ejemplares es un grupo escultórico en madera del Museo de Hannover.
     El arte de la Contrarreforma introdujo en este tema desgastado una última va­riante. En un cuadro de Caravaggio se ve a la serpiente aplastada al mismo tiem­po por la Virgen y por el Niño Jesús, quien apoya el pie sobre el de su madre.
     La Trinidad de santa Ana con la Virgen y el Niño Jesús está excepcionalmente asociada en un mismo cuadro con La Parentela de María o Estirpe de Santa Ana, con las dos santas María Cleofás y Salomé, sus maridos e hijos. El ejemplo más conocido de esta amalgama es el retablo de Perugino del Museo de Lyon.
2. José, la Virgen y el Niño
     Lo que comúnmente se entiende por Sagrada Familia es el grupo formado por el Niño Jesús, su madre y su padre nutricio.
     Este motivo, que se hizo tan popular a partir del Renacimiento, ya existe en germen en las Natividades de la Edad Media; pero puede decirse que resulta extraño al arte de la época que no conoció la devoción a la Sagrada Familia.
     El tema sólo se difundió en el arte de la Contrarreforma que estimuló el culto de la Trias humana, Jesús, María y José: es lo que se llama la Trinidad jesuítica.
   Las dos trinidades
     Esta Trinidad terrestre (Trinitas terrestris) está concebida según el mismo modelo que la Trinidad celestial de la cual es un reflejo. «María, Jesús y José -escribe san Francisco de Sales en sus Conversaciones espirituales- es una Trinidad en tierra que en cierta forma representa a la Santísima Trinidad.» San José es la imagen de Dios Padre, y la Virgen sustituye al Espíritu Santo del cual es el templo vivo.
     A veces la Trinidad terrestre está puesta bajo la protección de la Trinidad celeste. En el siglo XVII, el tema de las dos trinidades superpuestas era corriente en la decoración de los retablos franceses, por ejemplo en Saint Sernin de Toulouse.
     En la misma época se lo encuentra en la escuela española, en Murillo, por ejemplo, que agrupó a las dos trinidades en un cuadro expuesto en la National Gallery de Londres.
     También el arte de los Países Bajos pudo complacerse representando la unión de las dos trinidades, celestial y terrenal.
     En una xilografía de Christoffel van Sichem, el Niño Jesús es el punto de intersección de las dos trinidades. La Virgen y san José lo tienen de la mano, por encima de su cabeza planea la paloma del Espíritu Santo con las alas desplegadas, y Dios Padre extiende los brazos en doble gesto de bendición.
     Un cuadro de Jan van Cleef en Gante, combina los dos motivos de una manera aún más ingeniosa: en el centro de la composición, el Niño Jesús, desnudo, de pie sobre los peldaños, coloca una corona de rosas sobre la cabeza de san José arrodillado frente a él. A la derecha, está sostenido por la Virgen que sirve de vínculo entre ambas trinidades y eleva los ojos hacia el Espíritu Santo y hacia Dios Padre quien aparece en medio de un enjambre de ángeles para bendecir a la Sagrada Familia.
   La Sagrada Familia ampliada
     Esa Sagrada Familia trinitaria ha sido muchas veces «ampliada» por los artistas a quienes gustó agrupar alrededor de la Virgen y de Jesús a santa Isabel y al niño san Juan Bautista.
     Esta adición no está en modo alguno justificada por los Evangelios, según los cuales san Juan conoció a Cristo cuando lo bautizó en el Jordán. Pero las meditaciones del Seudo Buenaventura (cap. XI), cuentan que de vuelta en Belén, después de la Huida a Egipto, la Sagrada Familia se detuvo en casa de Isabel: «Los dos niños jugaban juntos y el pequeño san Juan, como si ya hubiera comprendido, demostraba respeto a Jesús».
     Tal es la fuente de la que derivan en el siglo XVI los idilios tan populares de Rafael: La Sagrada Familia de Francisco I, La Bella Jardinera; y en el XVII, los de Murillo y sus imitadores, con frecuencia insulsos a causa de su sentimentalismo dulzón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Valdés Leal, autor de la obra reseñada;  
      Juan de Valdés Leal (Sevilla, 4 de mayo de 1622 [bautismo] – 9 de octubre de 1690), pintor.
   Quien, después de Murillo, es con seguridad la segunda personalidad más importante dentro del ámbito de la pintura barroca sevillana, fue bautizado en Sevilla el 4 de mayo de 1622, hijo de Fernando de Nisa, noble portugués, y de Antonia de Valdés Leal, sevillana.
   Se ignora con quién pudo realizar su aprendizaje, que hubo de llevarse a cabo aproximadamente entre 1637 y 1642. Una vez concluida su formación marchó, a Córdoba, donde inició su carrera artística y donde en 1647 contrajo matrimonio. Allí permaneció hasta 1656, fecha en la que regresó definitivamente a su ciudad natal, y allí, pocos años después, en 1660, aparece citado entre los artistas que fundaron la academia de pintores de Sevilla, en la que llegó a ser primero diputado, y finalmente presidente. 
    Referencias fidedignas indican que, en 1664, Valdés Leal viajó a Madrid, donde permaneció cerca de medio año, y donde hubo de mantener contacto con otros pintores y pudo visitar seguramente las colecciones reales, circunstancias que hubieron de repercutir favorablemente en la mejora de sus principios artísticos. Regresado a Sevilla, prosiguió su trayectoria artística, que se desarrolló siempre en un plano secundario, detrás de Murillo, con quien ingresó en 1667 como hermano de la Santa Caridad de Sevilla, institución para la que trabajó largamente hasta los momentos finales de su vida. En 1672, se sabe que realizó un viaje a Córdoba, posiblemente vinculado a encargos pictóricos.
   A partir de 1680, la salud de Valdés Leal se debilitó notablemente pero, pese a ello, como quiera que su situación económica nunca había sido boyante, hubo de ocuparse de trabajos que suponían grandes esfuerzos físicos, como la realización de decoraciones murales en el interior de recintos religiosos, subido a altos andamios. A partir de 1689, su hijo Lucas fue sustituyéndole paulatinamente en este tipo de trabajos, y finalmente, después de un ataque de apoplejía, en octubre de 1690, tuvo lugar su fallecimiento. Había redactado su testamento el 9 de octubre y el 15 siguiente fue enterrado en la iglesia de San Andrés (Sevilla).
   La historiografía del arte ha sido totalmente injusta con Valdés Leal, y al mismo tiempo ha desfigurado su personalidad, caracterizándole como una persona iracunda y orgullosa, quizás como contrapunto al carácter de Murillo, al que se presenta como hombre bueno y humilde. Sin embargo, Palomino, que le conoció personalmente dijo que “fue hombre de mediana estatura, grueso, pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color trigueño claro [...] fue espléndido y generoso en socorrer con documentos a cualquiera que solicitaba su corrección [...] al paso que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvanecidos”.
    Pese a estas precisas palabras, que son las únicas contemporáneas referidas a Valdés Leal, en torno a él se ha forjado una leyenda que le define como un necrófilo, obsesionado por la muerte y por todo lo repugnante y desagradable. Estas falsas apreciaciones se deben sin duda a que se le considera como el responsable de la ideología que emana de las pinturas de Las Postrimerías de la iglesia del Hospital de la Santa Caridad, que, sin embargo, son fruto de las intenciones y del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de dicha institución en el momento en que se ejecutaron dichas obras. Pero ello no ha librado a Valdés Leal de ser llamado “el pintor de los muertos”, y a él se han atribuido sistemáticamente de forma errónea todo tipo de pinturas con tema mortuorio realizadas en la pintura barroca española. Ciertamente no fue la muerte la obsesión que agobió a Valdés Leal, sino al contrario las circunstancias de su vida, presidida siempre por los continuos problemas económicos que le acuciaban. 
    No se conoce quién fue el maestro de Valdés Leal, y por lo tanto, no puede precisarse el espíritu artístico que presidió su formación. De todas formas, con quien más puntos de contacto tiene su pintura, al menos en sus inicios, es con Francisco de Herrera el Viejo, quien pudo ser su preceptor. También puede señalarse que, residiendo en Córdoba en torno a 1650, su pintura adquiriese referencias estilísticas procedentes de Antonio del Castillo.
   Progresivamente y con el paso del tiempo, el dibujo de Valdés Leal, firme y preciso, y su colorido terroso y compacto se fueron aligerando, sobre todo después de su estancia en Madrid en 1664, donde recibió influencias procedentes de la pintura veneciana y flamenca, y también de la madrileña. De esta última se constata cómo referencias pertenecientes a Ricci, Coello, y también a Herrera el Joven, incidieron en la progresiva adquisición de soltura y agilidad en su técnica.
   La pintura de Valdés Leal posee desde su época de madurez un marcado sentido de ímpetu y de fogosidad que le convierten en uno de los más aparatosos pintores de su época. Su arrebato creativo alcanza a veces a captar matices expresionistas en los gestos de sus personajes, tensos y crispados, con semblantes hoscos y anhelantes, que en ocasiones inciden de forma voluntaria en la estética de lo feo.
   La producción de Valdés Leal se inicia en Córdoba en torno a 1647, reflejándose en estos momentos una cierta rudeza en las actitudes físicas de sus personajes y una notoria solemnidad moral. Su primera obra fechada aparece en dicho año y es el San Andrés que pertenece a la iglesia de San Francisco de dicha ciudad.
   De estos años es también El arrepentimiento de San Pedro en cuya plasmación reflejó un profundo sentimiento, dramático y doliente; con este tema se conocen tres versiones casi exactas, una en la iglesia de San Pedro de Córdoba y las otras dos en Madrid, en colección particular y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En estas obras, aparte del influjo de Herrera el Viejo, se advierten también recursos técnicos derivados de José de Ribera.
   Muy importante debió de ser para Valdés Leal la obtención en 1652 del encargo de decorar con pinturas los muros laterales del presbiterio de la iglesia del Convento de Santa Clara de Carmona, conjunto actualmente disperso entre la colección March en Palma de Mallorca y el Ayuntamiento de Sevilla. En esta serie pictórica se describe la vida de Santa Clara y en sus distintos episodios se narra La profesión de Santa Clara, El milagro de Santa Clara con su hermana Santa Inés, La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma y La retirada de los sarracenos del convento de Asís, obra esta última que hay que considerar como uno de los testimonios más claros que nos ha dejado Valdés Leal en la descripción de escenas tumultuosas y caóticas; la serie finaliza con La muerte de Santa Clara.
   Del periodo cordobés de Valdés Leal es un amplio grupo de pinturas, realizado entre 1654 y 1656, entre las que figura La Virgen de los Plateros del Museo de Córdoba, obra que estuvo repintada casi totalmente y que en la actualidad presenta aún la cara de la Virgen muy desfigurada por la mano inexperta de un antiguo y vulgar restaurador. De este momento es también La Inmaculada con Felipe y Santiago, que pertenece al Museo del Louvre de París, y la pareja de los arcángeles San Miguel y San Rafael, que pertenecen a la colección Caja Sur de Córdoba. A este grupo puede añadirse una bella representación de Santa Bárbara, que pertenece al Museo Municipal de Rosario en Argentina.
   Trabajo de gran empeño por parte de Valdés Leal fue la realización entre 1655 y 1656 del retablo mayor de la iglesia de las carmelitas de Córdoba, cuyo patrono fue Pedro Gómez de Cárdenas. Este importante conjunto pictórico está presidido por una dinámica y aparatosa representación de El rapto de Elías, imbuida de un espíritu decididamente barroco. Figura también en el retablo La Virgen de los carmelitas, situada en el ático del mismo, mientras que en los laterales aparecen San Acisclo, Santa Victoria, San Miguel y San Rafael; en el banco se sitúan cuatro santas carmelitas formando dos parejas, Santa María Magdalena de Pazzis con Santa Inés y Santa Apolonia con Santa Syncletes. Completan el retablo dos cabezas cortadas de San Juan Bautista y de San Pablo más dos magníficas representaciones de Elías y los profetas de Baal y Elías y el ángel, estando estas dos últimas pinturas realizadas con posterioridad a la primera fase del retablo, puesto que ambas están firmadas y fechadas en 1658, cuando Valdés Leal residía ya definitivamente en Sevilla.
   A partir de 1656 Valdés Leal se estableció en su ciudad natal, siendo su primer trabajo importante la realización del conjunto decorativo que recubría las paredes de la sacristía del Convento de San Jerónimo de esta ciudad, actualmente disperso. Allí se narraba la vida de San Jerónimo, y también se exaltaba a los principales religiosos de la orden, algunos de los cuales habían estado vinculados a la historia del propio convento. Así, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se guardan El Bautismo, Las Tentaciones y La flagelación de San Jerónimo. En una colección particular de Dortmund se conserva la representación de San Jerónimo discutiendo con los rabinos, mientras que otro episodio que representa La muerte de San Jerónimo se encuentra en paradero desconocido, si no es que se ha perdido.
   Un conjunto de frailes y monjas de la orden jerónima completaba la decoración de la mencionada sacristía, estando igualmente disperso en la actualidad. De él, en el Museo del Prado se conservan representaciones de San Jerónimo y de Fray Diego de Jerez; en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se exponen Fray Pedro Fernández Pecha, Fray Fernando Yáñez de Figueroa, Fray Pedro de Cabañuelas, Fray Alonso Fernández Pecha, Fray Juan de Ledesma y Fray Hernando de Talavera. En el Museo de Grenoble se encuentra Fray Alonso de Ocaña, y en el de Dresde Fray Vasco de Portugal. Las dos principales figuras femeninas de la orden jerónima, Santa Paula y Santa Eustoquio, se guardan respectivamente en el Museo de Le Mans y en el Bowes Museum de Bernard Castle.
   Hasta fechas recientes se venía creyendo que la última pintura realizada por Valdés Leal en su trayectoria artística era la representación de Cristo disputando con los doctores en el templo, obra que se conserva en el Museo del Prado y firmada en 1686. Sin embargo, el estilo de esta obra no encaja con la forma de pintar que Valdés poseía en los años finales de su vida, y por el contrario es totalmente afín al que tenía en los años inmediatos a su llegada a Sevilla, procedente de Córdoba. Esta circunstancia nos movió en 1992 a examinar detenidamente la firma y la fecha que lleva la pintura, pudiendo advertir que está totalmente repintada, y advirtiéndose de forma clara que la tercera cifra —actualmente un “ocho”—, fue inicialmente un “cinco”, con lo que la pintura posee la fecha de 1656, año justo y apropiado para situar esta obra dentro de la producción del artista.
   Otra obra de notoria calidad y empeño, ejecutada además con vibrante pincelada y espléndido colorido, fue realizada por Valdés Leal en 1657. Se trata de Los desposorios de la Virgen con San José de la catedral de Sevilla, escena en al que impera ya un marcado ímpetu barroco. De fecha aproximada es también la pintura que representa a Santa María Magdalena, San Lázaro y Santa Marta, también conservada en la catedral sevillana, y que muestra intensos y arrebatados sentimientos espirituales en la expresión de los personajes. De estos momentos es también El Sacrificio de Isaac, perteneciente en la actualidad a una colección particular madrileña, en la que el artista capta espléndidos estudios anatómicos de desnudo. Otras pinturas, fechables en torno a 1657 y 1658, son La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, La Piedad del Museo Metropolitano de Nueva York, El Descendimiento de la Cruz, de colección particular en Pontevedra, y La liberación de San Pedro, de la catedral de Sevilla. En todas estas obras se refleja una intensa dinámica expresiva imbuida en un profundo patetismo.
   Entre 1659 y 1660, Valdés Leal realizó un amplio conjunto pictórico para un retablo principal y dos colaterales, destinados a la iglesia de San Benito de Calatrava de Sevilla. En los retablos colaterales se disponía una sola pintura en cada uno de ellos, una monumental Inmaculada y un patético Calvario. En el retablo principal y con pinturas de mediano tamaño, figuraban, en el primer cuerpo, San Juan Bautista, San Andrés, San Sebastián y Santa Catalina, además de una representación de La Virgen con San Benito y San Bernardo que se ha perdido. En el segundo cuerpo aparecían San Antonio de Padua, San Miguel Arcángel y San Antonio Abad. Todo este conjunto pictórico se conserva actualmente en la iglesia de la Magdalena de Sevilla, en la capilla de la hermandad de la Quinta Angustia.
    Para el patio de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla realizó Valdés Leal en torno a 1660 una serie de pinturas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por haber estado durante dos siglos al aire libre han llegado hasta nuestros días en mal estado de conservación, por lo que han tenido que ser intensamente restauradas, a parte de que alguna de las escenas integrantes de dicha serie se ha perdido. Estas pinturas, excepto la que representa a San Ignacio convirtiendo a un pecador, que se encuentra en la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, pertenecen actualmente al Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Las pinturas que integran esta serie son La aparición de San Pedro a San Ignacio en Pamplona, La aparición de la Virgen con el Niño a San Ignacio, San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa, El trance de San Ignacio en el hospital de Manresa, San Ignacio curando a un poseso, Aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma y San Ignacio recibiendo la bula de fundación del Papa Pablo III. La serie se completa con representaciones de San Ignacio y San Francisco de Borja contemplando una alegoría de la eucaristía y San Ignacio contemplando el monograma de la compañía de Jesús.
     En 1660 Valdés Leal realizó dos obras fundamentales dentro de la tradición española de la pintura de vanitas, en cuyo contenido manifiesta la vanidad de la existencia como consecuencia de la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida; alude también en estas pinturas a la inmediata llegada de la muerte, que arrebata a los humanos todo tipo de placeres y riquezas mundanas. Ante esta situación irremediable que, después de la muerte conduce a las circunstancias del juicio del alma con su dilema de salvación o condenación, es necesario llevar antes una existencia piadosa en la que la oración, la penitencia y la castidad sean méritos acumulados para poder conseguir la salvación. Estas consideraciones se recogen en dichas pinturas, que inicialmente formaban pareja, pero que en la actualidad se conservan separadas, una en el Wadsworth Ateneum de Hartford y otra en la Galería de Arte de York, representándose en ellas respectivamente La alegoría de la vanidad y La alegoría de la salvación.
     A estas dos pinturas siguieron otras no menos extraordinarias firmadas en 1661 como La Inmaculada Concepción con dos donantes, que pertenece a la Galería Nacional de Londres, donde aparte de la bella figura de la Virgen, Valdés Leal incluyó a sus pies los magníficos retratos de Un clérigo joven y de Su madre anciana, ambos de muy notable calidad. También de 1661 es La Anunciación que se conserva en el Museo de Arte de la Universidad de Michigan, obra de gran ímpetu barroco en la que contrastan la enfática e impulsiva figura del ángel con la recatada e íntima presencia de la Virgen. Otras obras importantes de 1661 son El camino del Calvario conservado en la Hispanic Society de New York y La imposición de la casulla a San Ildefonso, obra de la que el artista realizó una primera versión para ser situada en el ático de la capilla de San Francisco de la catedral de Sevilla y que debió de ser rechazada por los canónigos de la catedral por su excesiva tensión dramática y atormentada espiritualidad. Para reemplazarla Valdés Leal realizó otra versión del mismo tema más atemperada y recogida; de estas dos pinturas, la rechazada por el cabildo debe de ser probablemente la que hoy se conserva en la colección March de Palma de Mallorca.
     Poco después de 1663, también para la Catedral de Sevilla y esta vez para el retablo de la capilla de Santiago, Valdés Leal realizó un Martirio de San Lorenzo en el que acertó a describir en la figura de su protagonista una emotiva expresión en su actitud de levantar los ojos al cielo, aceptando con serenidad los tormentos de su martirio. En torno a 1663 puede fecharse también la representación de María Magdalena, que se conserva en la casa palacio de Villa Manrique de la Condesa, obra en la que Valdés Leal supo hacer gala de su destreza en la plasmación de la belleza física y espiritual.
     En los años que oscilan entre 1665 y 1670 puede situarse la ejecución de otras pinturas de Valdés Leal de notoria calidad. Son el San Antonio de Padua con el Niño que se conserva en una colección particular de Madrid y La Asunción de la Virgen que pertenece a la Galería Nacional de Washington, obra de gran ímpetu barroco plasmado en la dinámica figura de la Madre de Dios, que es impulsada hacia lo alto por ángeles de forma impetuosa y arrebatada.
     Procedentes de la iglesia del convento de San Agustín de Sevilla se conservan en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad dos excepcionales composiciones que hubieron de ser pintadas por Valdés Leal hacia 1670. Son La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen, obras ambas espectaculares y aparatosas cuando no trepidantes y convulsas, alcanzado a plasmar en ellas el máximo nivel expresivo que en el Barroco español se dio a estos temas.
     Valdés Leal es conocido de forma tópica en la historia del Arte europeo por ser el pintor de los dos famosos Jeroglíficos de las postrimerías, conservados en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Ambas obras han forjado la leyenda de un Valdés Leal macabro, necrófilo y obsesionado por la muerte, aunque es necesario precisar que la ideología que impera en ellas es fruto del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de la Santa Caridad, quien quiso plasmar en ellas la idea de que la salvación eterna sólo es posible obtenerla a través de la renuncia de los bienes y goces terrenales que logrará en el momento del juicio del alma el beneplácito divino que otorga la salvación eterna. Estas pinturas son denominadas, merced a los rótulos que en ellas figuran In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi. En la primera un esqueleto apaga de un manotazo la vela encendida que alegoriza la existencia señalando al mismo tiempo el triunfo de la muerte sobre las complacencias mundanas. En la segunda, aparece un osario con dos cadáveres en primer plano agusanados y corroídos por repugnantes insectos, mientras esperan la hora del juicio y la decisión divina de obtener la salvación o la condenación del alma.
     Estas dos pinturas constituyen el preámbulo del mensaje que Miguel de Mañara introdujo en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, puesto que su parte más importante se desarrolla a través de un conjunto de seis pinturas de Murillo que narran las obras de misericordia y que señalan que su práctica es indispensable para la salvación del alma. El colofón del programa de Mañara se refleja en la gran pintura realizada también por Valdés Leal en el coro alto de la iglesia en 1684. La simbología de esta pintura señala que ningún rico podrá entrar en el Reino de los Cielos, de la misma manera que el emperador Heraclio no pudo entrar en Jerusalén cuando portaba la cruz de Cristo en medio de la pompa y esplendor de su corte. Al ser Jerusalén la ciudad simbólica del Cielo, Mañara, en esta pintura, a través de Valdés Leal, insiste en señalar que los ricos habrán de emplear sus bienes en el ejercicio de la caridad, para así obtener la gloria eterna.
     Una de las obras más espectaculares de Valdés Leal, por sus dimensiones y efecto compositivo es La visión de San Francisco en la Porciúncula, firmada y fechada en 1672, que se conserva en la iglesia de los antiguos capuchinos de Cabra (Córdoba), donde alcanzó a configurar una escena imbuida en un alto nivel de dramatismo espiritual. En años sucesivos el artista realizó algunas pinturas de notable importancia como La Visitación, de colección particular de París, firmada y fechada en 1673. De esta misma fecha es el conjunto de seis pinturas que perteneció a un retablo del palacio arzobispal de Sevilla y que fue encargado por el obispo de dicha ciudad, Ambrosio de Espínola; en él se narraba la vida de San Ambrosio. Estas pinturas fueron robadas por el mariscal Soult y actualmente se encuentran dispersas entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Arte de Saint Louis (Estados Unidos) y el Young Memorial Museum de San Francisco (Estados Unidos). Estas pinturas, realizadas para ser vistas de cerca, muestran una técnica fogosa y vitalista y en ellas se describen personajes de vivaz expresión que se albergan bajo espectaculares fondos arquitectónicos.
     En 1674, Valdés Leal concluyó la aparatosa y triunfal representación de San Fernando ejecutada para la Catedral de Jaén, donde se conserva. El santo aparece captado de forma apoteósica y triunfal, portando atributos que le acreditan como vencedor de los musulmanes en la conquista de dicha ciudad. En torno a 1675 hubo de pintar Valdés Leal una serie de ocho representaciones de la vida de San Ignacio de Loyola que se conservan en la iglesia jesuítica de San Pedro de Lima, y que están ejecutados con la técnica suelta y deshecha que se constata en la mayoría de las pinturas realizadas en su madurez.
     En los últimos años de su vida, pese a su mal estado de salud, Valdés Leal hubo de realizar labores artísticas que, por su dificultad, mermaron paulatinamente sus facultades físicas. Se trata de pinturas realizadas al temple en lo alto de los muros de edificios religiosos sevillanos como la iglesia del Monasterio de San Clemente, la iglesia del Hospital de los Venerables y la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. Para esta última institución, realizó también el retrato de Miguel de Mañara en actitud de estar presidiendo el cabildo de la hermandad y explicando algún pasaje de la regla de la misma. Fue esta obra, probablemente, una de las últimas que el artista realizó en su vida (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "El taller de Nazaret", de Valdés Leal, en la sala VIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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