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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 1 de julio de 2026

La Morería de la ciudad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Morería de la ciudad, de Sevilla.
      Tras la conquista castellana en 1248, la ciudad llegó a contar con una morería donde fue reagrupada la escasa población mudéjar autorizada a vivir entre cristianos, un pequeño porcentaje de la población dedicado fundamentalmente a tareas agrícolas y artesanales, que fue ubicándose en distintas collaciones hasta establecerse finalmente en el Adarvejo, un barrio cerrado frente a la parroquia de San Pedro donde vivieron los últimos musulmanes sevillanos hasta su expulsión en 1502. No quedan restos visibles del tipo de cerramiento de la Morería, probablemente dos postigos que se cerrarían de noche, frente a la parroquia de San Pedro y frente al convento de los Trinitarios Descalzos, aunque con el establecimiento allí de la primera fábrica de tabacos de la ciudad, se procedió a derribar las puertas de acceso en 1572. Finalmente, en el siglo XIX el ayuntamiento ordenó la demolición de la vieja fábrica y de las viviendas adyacentes para proceder a una amplia remodelación urbanística que daría paso a la actual plaza del Cristo de Burgos en 1865, arrasando con ello cualquier resto del urbanismo medieval de la zona (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
     Donde hoy se ubica la Plaza del Cristo de Burgos fue el lugar donde vivieron los pocos musulmanes a los que se les permitió quedarse tras la conquista de Sevilla por los cristianos, en 1248.
     Las ciudades del Antiguo Régimen, anteriores a los grandes cambios urbanísticos que trajeron consigo las revoluciones industrial y liberal, se distinguían de las actuales en numerosos aspectos, de los que hoy nos interesa destacar dos: un caserío muy compacto, en el que apenas se abrían plazas y avenidas, y la existencia de barrios étnicos (lo que después se denominarían con la palabra italiana ghetto) en los que, voluntaria o involuntariamente, vivían gentes de una determinada raza o religión. Aunque no son los que hoy nos interesan, también hubo barrios que se salían de la jurisdicción del Cabildo de la ciudad y tenían sus propias leyes e impuestos, como el de la Orden de San Juan de Acre en las cercanías del convento de San Clemente, con puerta propia en la murallas. Pero a este interesante asunto ya le dedicaremos una próxima entrega del Rastro de la Historia.
     Estos barrios étnicos, que en la Sevilla bajomedieval cristiana fueron la Judería o Morería (ambos se identificaban en castellano antiguo con la misma palabra: aljama), tenían sus propias murallas, puertas, templos e instituciones. En la calle Fabiola queda uno de los lienzos de la Judería y, tras la reciente reurbanización de la calle Mateos Gago, se ha marcado con un pavimento distinto el trazado de otro de los muros. Sin embargo, nada queda del antiguo barrio de la Morería, que se ubicó en lo que hoy es la Plaza del Cristo de Burgos (que no se construyó hasta 1840) y sus alrededores. Otras fuentes apuntan a la existencia de una morería en la llamada Costanilla de San Isidoro, hoy la Plaza de la Pescadería.
     Como recuerdo de aquel barrio de la actual Plaza del Cristo de Burgos, hoy queda la pequeña calle Morería, una revuelta que nace en la misma plaza y desemboca en Ortiz de Zúñiga. Es obvio que la Morería fue un barrio mucho más modesto, pequeño y efímero que la gran judería de Sevilla, por lo que su memoria en la Sevilla contemporánea es mucho más débil, casi inexistente. De hecho, sus murallas no tuvieron que ser más que modestas empalizadas, un adarvejo en castellano antiguo, palabra con la que se llegó, incluso, a denominar al barrio.
     Como nos recuerda Esteban Moreno Hernández, tras la conquista de Sevilla por Fernando III en 1248, en la Morería se concentraron los pocos mudéjares (musulmanes que viven en territorios cristianos) a los que se les permitió residir en la ciudad. Eran gentes que se dedicaban, fundamentalmente, a la agricultura y la artesanía. Recuerdan a aquel verso de Villalón: "¡Yslas del Guadalquivir! / ¡Donde se fueron los moros / que no se quisieron ir!".
     Aunque, como decíamos, no quedan restos visibles de este barrio, se ha especulado con que probablemente contaría con dos postigos de acceso que se cerrarían por las noches con la doble función de proteger y recluir a sus vecinos. Uno de estos postigos estaría situado junto a la Iglesia de San Pedro y el otro frente al Convento de los Trinitarios Descalzos. En cualquier caso, ambos serían derribados cuando se construyó la primitiva Fábrica de Tabacos que se ubicó en aquella zona a partir de 1572, mucho después de que los musulmanes hubiesen sido expulsados en 1502.
     En un texto recogido por Julio Domínguez Arjona, Félix González de León, en su libro Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M.N.M.L.Y M.H. Ciudad de Sevilla, nos dice: "Esta morería tenia una mezquita que sino mienten las congeturas estaba en donde aliora está el cuartel de caballería en la esquina de la calle de san Pedro á la entrada de ésta y dicha mezquita con toda la morería existió hasta el dia 15 de febrero de 1502 que por mandado de los Reyes Católicos fueron estrañados de los reinos de España todos los moros que habían quedado en Sevilla".
     El aspecto de dicho barrio no tuvo que ser precisamente hermoso. Según indica Manuel Chaves Rey en un artículo con más retórica que datos extraídos de los archivos, "estaba formado por un laberinto de encrucijadas y callejuelas de feísimas y miserables casuchas". Parece claro que la comunidad islámica nunca tuvo la pujanza económica y social que la hebrea. Eso sí, tampoco sufrió sus terribles matanzas o progromos, como el que dio la puntilla a la judería sevillana en 1391. Después de que los moros abandonasen su barrio, la zona que no fue ocupada por la Fábrica de Tabacos -que más tarde fue cuartel, cuando la factoría se trasladó a la calle San Fernando en el siglo XVIII- quedó ocupada por gentes del hampa y la prostitución hasta que el higiénico siglo XIX lo derribó para abrir la gran plaza rectangular que tuvo varios nombres (Príncipe Alfonso, Argüelles, del Pilar) antes del actual de Cristo de Burgos, algo que no ocurrió hasta 1951 (Silverio. El Rastro de la Historia: La desaparecida y desconocida Morería de Sevilla. Diario de Sevilla, 13 de marzo de 2024).
Conozcamos mejor la Historia de los Moriscos de Sevilla:
Los moros vencidos en la guerra de Granada, instalados en Sevilla
     Sevilla acogió en su seno a parte de la nobleza mora, conforme el reino musulmán de Granada tocaba a su ocaso. La ciudad fue el escenario de la historia de Ozmín y Daraja -breve cuento amoroso de dos jóvenes de diferente religión, que Mateo Alemán incluyó en su Guzmán de Alfarache de 1599-, supuestamente acaecida antes de la conquista de Baza (1489), románticos amoríos con cuyo relato un clérigo amenizó las fatigas del camino al pícaro Guzmán y a sus acompañantes. Después de 1492 residieron asimismo por algún tiempo en Sevilla la reina madre y los infantes de Granada.
     El 22 de mayo de 1485 fue tomada Ronda por las fuerzas cristianas. Cuenta el Cura de los Palacios que D. Fernando, después de entregada la ciudad, dio a sus habitantes quince días de plazo para ir adonde quisiesen; y añade que algunos musulmanes, quizás los más proclives a la rendición, -el "Cordo", alcaide de Setenil, y el alguacil de Ronda, con más de cien casas- se fueron a vivir a Alcalá del Río. Pero todavía cabe puntualizar más, pues estos principales, en su mayoría, optaron por instalarse no en Alcalá, sino en Sevilla, decididos a vivir tranquilos en una ciudad cristiana por el resto de sus días: fueron éstos el alguacil de Ronda Abrahén de Alhaquime, su hermano Mahomad de Alhaquime, Alcabecén Hamete Alhaquime, Al Alcatid Hamete Alcordí ("el Cordo" que habla Andrés Bernal, el cura de Los Palacios), Aben Yaya Alhaquime y Mahomad Taupí, entre otros.
     Llegados a Sevilla, los moros fueron tratados con toda suerte de consideraciones y miramientos, como convenía a los intereses de la política de conquista. Por orden regia, el receptor de la Inquisición Luis de Mesa y el alcalde mayor Juan Guillén les dieron como morada algunas de las casas de los conversos condenados.
     Pasó el tiempo y la estancia en Sevilla no debió de resultar tan cómoda y agradable a los notables musulmanes como se imaginaron en principio: la intolerancia religiosa que allanaba el camino a la expulsión de 1492 no podía sufrir ya que llevaran una existencia apacible las minorías islámicas, con las que encima se libraba en el frente una guerra sin cuartel. Cabizbajos, los mahometanos resolvieron pedir licencia los reyes para "pasar en Africa, que es allende el mar, para estar e vivir entre los moros de nuestra ley". Su ruego fue antendido. Y es más: los monarcas accedieron asimismo a otra petición suya, haciéndoles merced de poder vender las casas como y a quien quisiesen, por carta dada en Córdoba el 22 de marzo de 1487. Ante el temor de que retrajesen los posibles compradores, en la idea de que los inquisidores darían las casas a otras personas o bien de que los moros no estaban facultados a ponerlas en venta, el 31 de octubre de 1487 Mahomad Taupí pidió testimonio de sus derechos a Luis de Mesa ante el escribano de Sevilla Martín Rodríguez de Tabladillo. Conseguida la ratificación del receptor, el 2 de noviembre de 1487 Taupí vendió su casa a Diego el Zurdo, criado de Dª Teresa de Guzmán, la mujer de D. Pedro de Estúñiga, por precio de 5.000 mrs. El mismo día Hamete Alcordí vendió por 21.700 mrs. a Pedro Fernández de Sevilla su casa en la collación de Santa María la Blanca.
     Pensándolo bien, no les salió del todo mal a los moros la permanencia en Sevilla, sobre todo teniendo en cuenta que muy poco después, en 1502, culminando la vertiginosa espiral de intolerancia, se les iba a prohibir a los musulmanes la venta de sus bienes, tanto muebles como raíces. Las propiedades vendidas o dejadas en 1487 plantearon problemas: el 11 de octubre de 1495 los monarcas se preocuparon de la situación de las tiendas "olvidadas" por los moros de ronda pasados a África, que habían sido ocupadas por otras personas sin licencia real.
De moriscos, esclavos y gitanos
Los grupos marginales en la Sevilla del siglo XVI
     Junto a la sociedad oficial existían unos grupos de personas que, por su origen, su forma de vida o su propia condición, llevaban una existencia aparte, aunque viviesen en la misma ciudad. En algunos casos la asimilación se producía trabajosamente, en otros, la fusión con el resto de la sociedad se hacía imposible. Se trata de los moriscos, los esclavos y los gitanos. Otro colectivo mal visto pero sin embargo, integrados y poderosos, son los judeoconversos; las cláusulas de "limpieza de sangre" fueron una auténtica persecución, aunque la sorteaban con cierta facilidad.
Los moriscos de Sevilla
     En 1502 se obligó a los mudéjares de la Corona de Castilla a convertirse al cristianismo, recibiendo el nombre de "moriscos" (recordemos que los mudéjares eran musulmanes en tierras cristianas permitiéndoseles conservar su religión y cultura). Morisco en su sentido más propio es cristiano nuevo de moro, converso de moro o nuevamente convertido, como aparece variablemente en la documentación a partir de esa fecha. Así de preciso es su significado, por el contrario del uso que en sentido amplio se hacía del término con anterioridad, en que venía a significar "alusivo a lo moro".
     El proceso había empezado dos años antes cuando los Reyes Católicos fuerzan a los mudéjares granadinos a la conversión. La política de la Corona española fue que no sólo se convirtiesen sino que se aculturasen completamente abandonando lengua, trajes y costumbres propias. La mayor parte de ellos, sin embargo, continuaron manteniendo su lengua, sus costumbres y su antigua religión. Prueba de ello son los textos aljamiados, escritos en castellano pero con grafía árabe. Así nace otra connotación más al término morisco: la de criptomusulmán. Pasados los primeros años del siglo XVI, se confirman las sospechas sobre la forma de conversión. He aquí cómo veía el mejor historiador coetáneo, Luis del Mármol Carvajal, a los moriscos y su criptoislamismo:
     "... y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en la virtud y la doctrina. Si iban a oír misa los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el oleo santo, y hacían sus ceremonias de retajarlas, y les ponían nombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar con vestidos de cristianas para recibir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras, hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares de moros..."
     Durante la primera mitad del siglo XVI hubo cierta tolerancia. La autoridad reprobaba esta fidelidad al Islam que combatía mediante la Inquisición y la toleraba al mismo tiempo, esperando la conversión.
     Esta política más o menos condescendiente empezó a cambiar a partir de la rebelión de las Alpujarras (1568-1570). A partir de este momento el morisco ya no sólo es un mal cristiano o incluso un mahometano disfrazado. Es, además, un enemigo del estado y como tal empieza a ser acusado de conspirar y de constituir la quinta columna de los enemigos de la monarquía, como bien refleja el cronista Mármol de Carvajal en el texto siguiente. La revuelta se erige en hito fundamental en la consideración del morisco y en el desenlace de su drama. Finalmente en 1609 Felipe III ordenó su expulsión del país.
     "... los Católicos Reyes les fueron regalando con nuevas mercedes y favores... Más luego se entendió lo poco que aprovechaban estas buenas obras para hacerles que dejasen de ser moros, porque, si decían que eran cristianos, veíase que tenían más atención a los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma, que a los preceptos de la Iglesia Católica... Y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en ritos y ceremonias de la secta de Mahoma.
     Esta mancha fue general en la gente común. Los demás aunque no eran moros declarados en el aspecto religioso, eran herejes secretos, acogiendo a los turcos y moros berberiscos en sus alquerías y casas, y ahí está el peligro de las Marinas, de donde pasaban a las Alpujarras y Sierras. Dábanle avisos para que matasen, robasen y cautivasen cristianos, y aún ellos mismos cautivaban y vendían."
Mármol de Carvajal, cronista de la época.
     En cuanto a su número en la capital sevillana, a primeros del siglo XVI no pudo ser importante por una sencilla razón: los mudéjares o musulmanes que habitaron en la Sevilla medieval cristiana fueron muy pocos, lo mismo que ocurre en el resto de la Andalucía occidental. La evacuación de la ciudad en 1248 tras la conquista cristiana y la posterior emigración masiva de musulmanes a raíz de la revuelta de 1264 fueron las causas principales.
     A raíz de las rebeliones de Granada (1500), se realizó un padrón de la Morería o Adarvejo y en él sólo aparecen 32 individuos con diversas profesiones, en las que predomina la de albañil. Aún admitiendo que había moros en otras collaciones, como lo demuestran los documentos notariales, la comunidad morisca debía ser pequeña a primeros de siglo. No sabemos cuántos se quedaron aceptando la conversión, ni cuántos se fueron. A partir de aquella fecha fatídica para ellos se inicia una era de restricciones, la primera de las cuales fue la orden de los Reyes Católicos vetándoles vender "bienes algunos suyos muebles ni rayces", lo mismo que se prohibía a los cristianos comprarlos.
     Sin embargo, en Sevilla sí existió una comunidad morisca importante en la segunda mitad del siglo; en concreto, su número se incrementó a partir de 1570 con el flujo procedente de Granada, de donde habían sido dispersados tras la rebelión de las Alpujarras. De los 11.500 moriscos granadinos deportados que salieron por mar desde Almería y Vera desembarcaron en Sevilla a finales de noviembre unos 5.500. Los restantes se perdieron entre naufragios, enfermedades y otras vicisitudes de la travesía. Ya en los primeros días de estancia en la capital hispalense escaparon unos 1.200, quedando según el recuento de las autoridades unos 4.300. En Sevilla capital se instalaron unos 3.000 y el resto fueron repartidos por los pueblos de la provincia, formando pequeñas comunidades de 40 a 150 individuos. El largo trasiego que habían sufrido los moriscos granadinos provocó que muchos de ellos llegaran a su destino en un estado lamentable, extenuados y enfermos. Entre los llegados a Sevilla se propagó el tifus y muchos de ellos, gracias a la protección de los padres jesuitas, fueron hospitalizados.
     Se calcula que en 1580 había en Sevilla más de 6.000. Un porcentaje muy elevado vivía en Triana -se cree que más de 2.000- y el resto se repartía por otros barrios periféricos e incluso más céntricos como el de San Marcos. Estos datos se conocen con precisión debido a un censo que se efectuó dicho año, tras un intento de rebelión bajo el caudillaje de un tal Fernando Enríquez o Muley. Tras él, calle por calle, casa por casa, se va anotando sus nombres, estado y descripción física. También se hace porque los moriscos no cumplen lo que se les ha ordenado: hablan su algarabía, viven agrupados en corrales, poseen armas, originan trifulcas y llegan a matar y, sobre todo, porque pueden originar algunos inconvenientes, dadas sus malas intenciones. Se observan en los distintos padrones que los esclavos figuran reducidamente y que su número, cuando los hay, es de uno o de cuatro por vivienda. Se percibe una mayoría de personas del sexo femenino y, en general, abundan los jóvenes. En San Andrés habitaban 109, de los cuales 40 eran esclavos; en San Ildefonso 71 (de ellos 44 esclavos); en San Gil 195 (de ellos sólo 6 eran esclavos); en San Bernardo había unos 350.
     A finales del siglo XVI la población morisca urbana puede estimarse en 7.000 individuos, la mayoría de ellos vecinos de Triana. Sevilla era pues la ciudad de España que contaba con mayor número de ellos, casi el 10% de la población total. Diego Ortiz de Zúñiga pretende que había pocos. La explicación, nos dice el marqués de San Germán, es que estos moriscos sevillanos estaban muy mezclados con los "cristianos viejos"… y "los moriscos de la Andaluzía les tengo por muy ricos y que en el traje y lengua se nos parecen mucho mas que los del Reyno de Valencia" (carta de San Germán en octubre de 1609, citada por Lapeyre, 1986, p. 182). Domínguez Ortiz y Vincent, 1978, recogen la publicación de Gestoso, 1904, según el cual "moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz de nombres cristianos poblaban los barrios de Sevilla, siéndolos también los que en pobres viviendas producían riquísimas telas, labrados cueros, artísticas obras de metal de cobre o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de arte suntuario. Los libros bautismales de la parroquia de Santa Ana nos muestran a cada paso pruebas de la clase de pobladores del extenso arrabal de Triana en el siglo XVI".
     Era gente de muy escasos medios, que vivía hacinada en casas de vecinos y que desempeñaba trabajos humildes, como hortelanos, especieros, fruteros, taberneros, buñoleros, panaderos, tenderos, cargadores en el puerto, sirvientes domésticos, o simples jornaleros eventuales. Los moriscos eran personas especialmente habilidosas en las labores de la jardinería y de las huertas, y tenían también la especialidad de fabricar ricos buñuelos que vendían por las calles de la ciudad (esta tradición la heredarían los gitanos tras la expulsión morisca y aún hoy puede disfrutarse en la Feria de Sevilla). Recordemos que uno de los postres favoritos de los moros granadinos era los buñuelos fritos en aceite y metidos en miel hirviendo. Pero el oficio morisco que dejó más huella en Sevilla era el de alarife o albañil; fueron autores de azulejos, techumbres y magníficas yeserías que aún persisten en la ciudad como prueba del arte mudéjar.
     Aunque vivían pobremente, los cristianos viejos los despreciaban por su espíritu de grupo cerrado que mantenían y por los hábitos tan peculiares que los distinguían del resto de los ciudadanos. Su abstención de carne de cerdo y de vino y su preferencia por las legumbres en su dieta alimenticia eran objeto de burla en muchas ocasiones. Guisaban con aceite, huyendo de grasas y mantecas propias de los usos castellanos, que los impregnaba de un olor vivamente rechazados por éstos (y viceversa), procurando marcar el contraste con la inevitable olla castellana. Y entre las bebidas, la leche.
     Su solidaridad les llevaba a practicar la endogamia. Presionados sin duda por el entorno socio-político-religioso y por el veto que pesaba sobre ellos para emigrar a las Indias y formar parte de la Iglesia y del Estado, se vuelcan sobre sí mismo y contraen matrimonio cuando aún son jóvenes. Matrimonios que tienen una mayor fertilidad que la de los cristianos viejos, como estos mismos reconocen con temor. Dados al robo, al vino (desoyendo su religión), a la gresca y a la camorra, no originaban mucho entusiasmo y sí el recelo y las reservas. Unas ordenanzas de 1569 - a raiz del alzamiento en Sierra Bermeja (1568)- impidió que más de dos moriscos vivieran en un mismo edificio, celebraran juntos, portaran armas, hablaran su algarabía (árabe vulgar o dialectal) y fueran acogidos en mesones y tabernas. Su número es posible que fuera considerable ya entonces, pues entre ellos mismos se elegían unos cuadrilleros destinados a su propia vigilancia y a empadronarlos clasificándoles en útiles o no útiles para el trabajo.
     Los moriscos sevillanos fueron frecuentemente perseguidos por la justicia, por delitos ciertos pero también por mala fama. Las memorias del padre Pedro de León, un jesuita que fue confesor en la Cárcel de Sevilla a finales del siglo XVI, ilustran con algún caso concreto la falta de escrúpulos de la justicia para aplicar las penas más severas a los moriscos aún sin pruebas suficientes. Cuenta el padre León que cuatro moriscos fueron acusados de haber asaltado una venta en Carmona, y confesaron el delito que no habían cometido, por miedo al tormento. Fueron sentenciados a la pena de muerte, cuya ejecución tuvo lugar en la Plaza de San Francisco. Los verdaderos malhechores, que por coincidencia habían presenciado la escena, cometieron al poco tiempo otro delito semejante en las cercanías de Cazalla. Esta vez fueron tomados presos y traídos a la Cárcel de Sevilla. Allí confesaron todos sus delitos y se pudo comprobar que los moriscos habían sido ejecutados por un crimen del que eran del todo inocentes.
     "Y digamos una, que pasó en la plaza de San Francisco estando ajusticiando a cuatro moriscos por un salteamiento, que se había hecho en la Venta Quemada, camino de Carmona. Los cuales no lo habían hecho y padecían sin culpa, porque habían confesado el delito por miedo del tormento, y estándolos ahorcando estaban dos hombres en la dicha plaza mirando cómo se hacía justicia de ellos; y éstos eran los que habían hecho el salteamiento. Los cuales preguntaron a la gente que por allí había la causa por qué los ahorcaban y respondieron: Por un salteamiento, que habían hecho en la dicha venta. Y ellos: Pues si son salteadores ahórquenlos a los bellacos que muy bien lo merecen, y también parecen los tales en la horca, como el clérigo en el altar. Sentencia fue ésta que se dieron estos hombres contra sí mismos, muy bien merecida y quiso Dios que se cumpliera y ejecutara en ellos dentro de veinte días.
     Y pasó así: que yendo estos dos hombres camino de Cazalla hicieron otro salteamiento por lo cual fueron traidos presos a la cárcel de Sevilla, adonde haciendo la justicia las diligencias ordinarias, y queriéndolos poner a cuestión de tormento, confesaron este delito y el pasado de los cuatro moriscos, a cuya justicia ellos se habían hallado presentes, declarando cómo cuando se hizo el castigo no merecido en ellos, se habían hallado los dos en la misma plaza, y cómo habían dicho lo referido." (Compendio..., Pedro de León, 2ª parte, Cap. 27)
     Antes que el P. León, había sido famoso confesor de la Cárcel sevillana el P. Juan de Albotodo que, curiosamente, era hijo de moriscos granadinos. A pesar de su ascendencia, llegó a ser un jesuita célebre, trabajando especialmente por los moriscos y los presos. La Inquisición acudía a él para la reducción de los apóstatas.
     El intento de sublevación de Muley en 1580 provocó una mayor desconfianza y un deseo de asimilación, pero esta era casi imposible. Y lo era, sobre todo, por su resistencia. Se dictaron entonces medidas para evitar que practicaran costumbres musulmanas o que viviesen juntos en determinadas cantidades con el fin de cortar toda solidaridad, cohesión, crímenes y robos a los que parecen eran dados. El sobrecogedor "Apéndice de ajusticiados" del padre Pedro León también recoge diversos casos de moriscos y moriscas ajusticiados por hechiceros, por asesinar a sus amos, por robar, por practicar la religión musulmana, por usar métodos abortivos, por envenenar a su ama o vender filtros de amor.
     En Sevilla se hicieron grandes esfuerzos por parte de la Iglesia para conseguir su integración, asignándosele a la población morisca sacerdotes especialmente dedicados. El arzobispo Don Fernando Niño de Guevara publicó unas disposiciones en 1604 en las que mandaba un estricto control sobre la población morisca para procurar el cumplimiento de los preceptos de la iglesia y para que los niños fuesen educados en la fe cristiana.
     Pero todos los esfuerzos fueron inútiles. La resistencia a la integración, la alta tasa de crecimiento demográfico y su posible entendimiento con los turcos, hugonotes y piratas berberiscos, originaban una tensión, miedo y desconfianza que afloraban en cualquier momento. La actitud de recelo y hostilidad hacia los moriscos sevillanos -como hacia los extranjeros- hay que entenderla en el contexto de la coyuntura internacional. Como hemos visto en el texto de Mármol de Carvajal, se temía que ellos pudieran ser una especie de caballo de Troya. Así, por ejemplo, cuando el ataque británico a Cádiz de 1596 se pensó en un entendimiento entre los moriscos y los ingleses y se tomaron medidas de control. En 1600 se habla de una posible conjura entre los moriscos de Triana y los de Córdoba.
     Al final el destierro de todos fue la solución que se adoptó. El 22 de septiembre de 1609 se publicó en Valencia el decreto de expulsión cuyas principales disposiciones son como siguen: Todos los moriscos, así los nacidos en el reino como los extranjeros, excepto los esclavos, debían presentarse en los puertos de embarque dentro de los tres días de comunicada la orden; se les autorizaba para llevarse consigo todos los bienes muebles que pudiesen, y los que no, como los inmuebles, quedarían a beneficio de los señores; embarcarían en los buques del Estado dispuesto para llevarlos a Berbería gratuitamente.
     El bando que regulaba la expulsión de los de Andalucía no fue publicado hasta el 10 de enero de 1610. A Sevilla le afectó menos que a otras zonas del país. Merecieron una defensa por parte del arzobispo, quien en carta del 24-1-1610 manifestaba que eran pocos, humildes y no ofrecían peligro. Algunas moriscas habían casado con cristianos viejos debidamente autorizados y merecían gozar los mismos privilegios que sus esposos. Algunos moriscos leían cátedra en la Universidad, otros habían recibido órdenes y en general se les necesitaban pues ejercían oficios que sólo ellos dominaban.
     En realidad, hubo cierta flexibilidad para que pudiesen sacar los bienes que quisiesen llevar consigo, como hemos visto. Con respecto al bando de expulsión de Valencia, en Andalucía fue menos dramático. Existían dos diferencias sustanciales: primero, los moriscos andaluces podrían vender libremente sus bienes, excepto los raíces, y con el beneficio adquirir el dinero para el viaje y mercancías no prohibidas para comerciar; la segunda diferencia concernía a los menores de siete años de edad, que deberían ser abandonados por sus padres para continuar con su adoctrinamiento en España. Esto último obligó a algunos a dar un gran rodeo por Francia para llegar a sus destinos en Berbería o a renegociar con los patrones de los barcos para que les llevasen a Berbería.
     Consumada la expulsión, algunos se resistieron a salir pero, salvo los 300 niños que quedaron al cuidado del Cabildo, todos los demás abandonaron la ciudad. Los que no lo hacían se arriesgaban a ser ajusticiados en la horca. Así nos cuenta un contemporáneo, el Padre León, un caso en Sevilla en 1610:
     "Luis López, morisco, ahorcado porque quebrantó el bando que dentro de treinta días se fuesen de España. Murió como muy buen cristiano y decía que más quería morir ahorcado en tierra de cristianos que en su cama en tierra de moriscos. Y no hay duda sino que en esta expulsión de los moriscos se echó muy bien de ver quiénes eran los que estaban bien fundados en nuestra Fe y Religión, porque así a la salida de España como en la estada por allá, se conoció en ellos que lo estaban y en otros lo contrario."
     Por Sevilla salieron, no sólo los que en ella residían, sino otros venidos de fuera, que con aquellos sumaron un total de 18.000, la mayor parte de los cuales se asentaron en la zona del norte del Magreb (Ceuta y Tánger), donde ya existían importantes colonias andalusíes procedentes de anteriores diásporas y cuya llegada resultó muy beneficiosa para su desarrollo económico.
     En el ámbito económico se perdió una mano de obra laboriosa y barata. Sin embargo, Domínguez Ortiz señaló que fue en Andalucía donde permanecieron más moriscos, ya fuera por la gran extensión de la esclavitud, ya fuera por las peticiones de los concejos municipales de eximir de la partida a su población morisca, alegando motivos económicos, ya fuera porque demostraron estar sinceramente (Alma Mater Hispalense).
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