Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
La calle Gravina, bautizada así en recuerdo del héroe de Trafalgar, se llamaba anteriormente Cantarranas, por las numerosas charcas, husillos y lagunas que había a lo largo de la calle hasta que fue empedrada en el siglo XVII. La vía discurre paralela a la muralla entre la Puerta de Triana y la Puerta Real, apoyándose en ella las casas de los números pares, como se ha comprobado con cada nueva construcción que debe dejar expedita la cerca islámica. Sin embargo, con anterioridad, la calle discurría sin ninguna salida extramuros hasta la apertura del tramo final de la calle Canalejas en 1926, tras el derribo de un lienzo de muralla, al igual que había ocurrido con las calles Pedro del Toro y el pasaje de Aguiar, en torno a 1889. En nuestro paseo merece la pena una breve parada ante la casa n.º 31, donde un panel de azulejos nos recuerda que allí vivió el historiador José Gestoso (1852-1917), figura imprescindible en el estudio de la cerámica sevillana, como quiso mostrarnos en el propio zaguán de su casa, lamentablemente cerrada y con cierto aspecto de abandono.
La calle Gravina, bautizada así en recuerdo del héroe de Trafalgar, se llamaba anteriormente Cantarranas, por las numerosas charcas, husillos y lagunas que había a lo largo de la calle hasta que fue empedrada en el siglo XVII. La vía discurre paralela a la muralla entre la Puerta de Triana y la Puerta Real, apoyándose en ella las casas de los números pares, como se ha comprobado con cada nueva construcción que debe dejar expedita la cerca islámica. Sin embargo, con anterioridad, la calle discurría sin ninguna salida extramuros hasta la apertura del tramo final de la calle Canalejas en 1926, tras el derribo de un lienzo de muralla, al igual que había ocurrido con las calles Pedro del Toro y el pasaje de Aguiar, en torno a 1889. En nuestro paseo merece la pena una breve parada ante la casa n.º 31, donde un panel de azulejos nos recuerda que allí vivió el historiador José Gestoso (1852-1917), figura imprescindible en el estudio de la cerámica sevillana, como quiso mostrarnos en el propio zaguán de su casa, lamentablemente cerrada y con cierto aspecto de abandono.
La Puerta Real, también conocida como puerta de Goles, se ubica en la vía que desde el poniente permitía acceder a la ciudad romana, una de cuyas puertas podría estar situada en el área actual de la Campana, donde en el año 2014 la investigación arqueológica dató una estructura de sillares que podrían corresponder a la propia muralla de Híspalis o a instalaciones portuarias asociadas al paleocauce del Guadalquivir. Por otro lado, las fuentes musulmanas no mencionan la puerta de Goles, aunque algunos autores opinan que podría tratarse de la Bab al-Muaddin citada en las fuentes. A partir del siglo XIII las fuentes documentales recogen el topónimo de Goles, término que la historiografía tradicional relaciona con una deformación del nombre de Hércules o de los gules de la heráldica, aunque hoy en día se considera que el término podría aludir a una alquería cercana con ese topónimo.
La puerta se localizaba al final de la antigua calle de Armas, hoy de Alfonso XII (en su confluencia con la calle San Laureano), y comunicaba la ciudad con el área del Arenal aguas arriba del puente de barcas y el arrabal de los Humeros. Un elemento característico de esta puerta era su escasa utilidad defensiva, ya que en sus afueras se fue consolidando un potente muladar, un pequeño montículo formado por los aportes sucesivos de las riadas y la acumulación de basuras, que hizo necesaria la construcción de un potente muro de contención que protegiese el camino exterior de la puerta. Sobre dicho montículo se fue formando el arrabal de los Humeros, llamado así por la presencia de pescadores dedicados a la salazón y ahumado de pescado, espacio en el que Hernando Colón edificó su casa en torno a 1526, cuando se estableció definitivamente en Sevilla, y donde reunió la extensa biblioteca que legó a la catedral de Sevilla al morir. Tras su muerte en 1539, la casa y las huertas pasaron por diversas manos hasta que los Mercedarios Calzados se hicieron con la propiedad y labraron el Colegio de San Laureano (1604-1835), para lo cual se demolió gran parte del antiguo palacio, muy debilitado por las últimas inundaciones y la inestabilidad del muladar sobre el que se asentaba. Del edificio mercedario aún se conservan diversos sectores del mismo, como su iglesia, donde tuvo su sede la Hermandad del Santo Entierro hasta la desamortización, cuando el edificio se transformó en cuartel de Intendencia y se labró la fachada actual. Posteriormente, en el siglo XX el viejo edificio pasó a acoger en torno al patio otros usos que aún recordamos, como talleres, almacenes y bares de copas, que dieron paso más tarde a un conjunto residencial, mientras que la antigua iglesia ha sido restaurada por el Ayuntamiento para su uso como equipamiento público.
Como podemos observar en la imagen, en el plano de Olavide se advierte un muro paralelo a la muralla frente a la puerta y acodado a ella, del cual aún se conserva el tramo perpendicular a la misma, y que serviría de contención de las frecuentes riadas que asolaban el arrabal. Asimismo, la documentación menciona en este área de la muralla la presencia de huecos abiertos en la cerca para esquivar la vigilancia fiscal presente en las puertas de la ciudad.
La antigua puerta de la cerca islámica fue reformada en varias ocasiones antes de ser sustituida en 1565 por el nuevo diseño renacentista de Hernán Ruiz II. Esta puerta, más ancha y sin recodo, constaba de un arco de medio punto, flanqueado por dos capillas en su interior, la de la Virgen de las Mercedes, devoción que aún se mantiene, y la de San Antonio de Padua. Estaba coronada por un frontón triangular con el escudo de la ciudad y cuatro grandes esferas pétreas.
A partir de 1570, se la denominó Puerta Real, con motivo de la entrada del rey Felipe II por dicho acceso, al sustituir el cabildo sevillano la puerta de la Macarena, entrada habitual de los monarcas hasta ese momento, por esta otra que había sido reformada recientemente. Para la ocasión, el humanista Juan de Mal Lara planificó un complejo programa de actividades coincidente con la presencia de la Flota de Indias en el Arenal, por lo que se hizo entrar la comitiva real por el río para acceder desde esta puerta a la calle de Armas y continuar por la plaza del Duque de Medina Sidonia, calle de las Sierpes, plaza de San Francisco, Alcaicería de la Seda y desde la Catedral alcanzar los palacios del Real Alcázar.
Al pie del antiguo Colegio de San Laureano, el Ayuntamiento colocó en 2008 una lápida para recordar el fusilamiento en el cercano campo de Marte (actual plaza de Armas) de 82 jóvenes liberales levantados contra el Gobierno de Narváez en 1857, un lamentable ejercicio represor contra el que no pudo hacer nada el entonces alcalde de Sevilla, Miguel de Carvajal y Mendieta, quien, según la leyenda, lloró de impotencia sentado en el sillar que desde entonces es conocido como la «piedra llorosa».
La puerta fue derribada en 1865 para facilitar la conexión de la ciudad, a través de la calle de Armas, con la nueva estación de ferrocarril en la plaza de Armas, el antiguo campo de Marte, un espacio donde las milicias venían realizando sus ejercicios de armas hasta que en 1858 tuvieron que trasladarse al prado de Santa Justa con la llegada del transporte ferroviario. En la plaza de la Puerta Real hay un paño de azulejos que recrea la antigua puerta, de la que se conserva un lienzo de la muralla islámica con una lápida conmemorativa que recuerda la reforma de 1565.
Calle Goles
La vía discurre casi en paralelo a la muralla de la ciudad, de la que se conserva parcialmente un lienzo que podemos contemplar al inicio de la calle tras el templo de San Laureano, en el encuentro con la calle Barca. Es interesante observar desde este punto las diferencias de cota a uno y otro lado de la muralla del sector por las razones comentadas anteriormente, quedando el arrabal de los Humeros a mayor altura respecto a la calle Goles.
Esta calle no tuvo ninguna apertura al exterior hasta el siglo XIX, cuando la muralla fue demolida para dar paso a la instalación de las vías del ferrocarril en la actual calle Torneo y se abrieron las conexiones con esta vía de las calles Baños, Pascual de Gayangos e Imaginero Castillo Lastrucci, además del pasaje entre Goles y la calle Luis Rey Romero, anteriormente extramuros en el arrabal de los Humeros.
En la zona de los pares, extramuros, se ubicaría la huerta del humanista Hernando Colón, visible aún en el plano de Olavide, donde se mantuvo hasta comienzos del siglo pasado el zapote traído de América en el siglo XVI. En esta vía es interesante la casa n.º 30, de Juan Talavera, y la n.º 43, del arquitecto Gómez Millán, 1911-13, donde se ubicaba el garaje Laverán, el cual alberga actualmente un depósito de piezas arqueológicas de propiedad municipal. Más adelante, en el n.º 54, se observa un moderno bloque de viviendas que incorpora en su fachada restos de la Fundición Metalúrgica Orta Balbontín, un recuerdo de la gran actividad industrial que tuvo este área hasta bien entrado el siglo XX.
Salimos por la calle Imaginero Castillo Lastrucci hacia la calle Torneo.
Esta amplia avenida recibió este nombre en el siglo XIX, aludiendo a una leyenda que hablaba de un torneo en este área en el que habría participado Guzmán el Bueno. Inicialmente, esta calle abarcaba el amplio espacio extramuros entre la puerta Real y la puerta de la Barqueta, recibiendo el topónimo de cada puerta cercana.
Todo este sector de la muralla fue el más castigado por la acción destructora de las avenidas del Guadalquivir desde los inicios del entramado defensivo, por lo que fue reconstruido en numerosas ocasiones, dotándosele de torres de sección semicircular que ofrecían mayor resistencia a la acción erosiva. En el ámbito extramuros se había construido un arrecife para defender esta parte de la ciudad de las numerosas crecidas del río Guadalquivir, que dañaban especialmente esta zona y en la que vertían numerosos husillos procedentes del interior de la ciudad. Desde la conquista castellana de la ciudad este área mostró una bajísima densidad demográfica y un escaso valor residencial, de ahí la temprana presencia de aquellas actividades especialmente molestas por su pestilencia, tales como las curtidurías o tenerías y las sayalerías, que las ordenanzas municipales ordenaban se ubicasen en áreas alejadas y semivacías del interior amurallado. Más tarde, en el siglo XIX, se ubicó en esta zona la fundición metalúrgica de Narciso Bonaplata en el desamortizado convento de San Antonio, aprovechando los amplios espacios conventuales y el idóneo carácter alejado para una actividad industrial contaminante, ventajas a la que se sumaría en unos años la cercanía del trazado ferroviario una vez derribada la muralla.
Anteriormente, los monjes franciscanos del convento de San Antonio de Padua, fundado en el siglo XVII, habían abierto en la muralla de la ciudad un postigo para su uso exclusivo, que les permitía acceder desde sus huertas hacia la ribera del río Guadalquivir, el postigo de San Antonio mencionado en algunas fuentes.
El llamado portillo de San Juan, diminutivo que ya nos indica su importancia menor en la ciudad, recibía su nombre del cercano compás de la Encomienda de San Juan de Acre, de la Orden de Malta (jurisdicción desaparecida en 1837 como ya comentamos en un capítulo anterior), aunque también se la conocía como de la Grúa, o del Ingenio, por el que existía en las orillas del río para ayudar a la carga y descarga de las barcazas que transitaban entre el puente de barcas y Córdoba. Además de este tráfico, durante la Edad Media este área también acogió el de las pequeñas embarcaciones que podían superar el puente de barcas por la sección levadiza de sus extremos, hasta que una normativa de los Reyes Católicos exigió el traslado definitivo al Arenal de toda actividad portuaria, causado en gran parte por las dificultades que presentaba el curso fluvial para la navegación aguas arriba del puente, a lo que también se sumó el traslado de la Aduana desde este espacio al Arenal en el siglo XVI. Por otro lado, en este espacio intramuros también se encontraba el convento de Santiago de la Espada, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, actualmente colegio religioso de las Mercedarias, así como la ermita de la Virgen de la Estrella.
Las fuentes islámicas no mencionan esta puerta, que debía de ser del tipo torre-puerta, similar a la que aún tenemos en la puerta de Córdoba, aunque su aspecto fue modificándose con las sucesivas reformas, entre las que sobresalen las realizadas en 1758, una auténtica reconstrucción del conjunto amurallado de este sector, en estado ruinoso a causa de los embates del Guadalquivir. La puerta se encontraría en el espacio de la actual calle Pérez de Garayo, como han documentado las excavaciones realizadas por Fernando Amores en 1995 y como se advierte en los planos del área que levantó la antigua Cía. de Ferrocarriles MZA para levantar la línea Sevilla-Córdoba, que fue la responsable del derribo de esta puerta y de los lienzos de muralla adyacentes. No obstante, años antes del derribo de la muralla, un fotógrafo anónimo consiguió recoger en su cámara un documento excepcional del área, ya que documenta el último estado de la muralla con su almenado, y tras ella la fundición de Narciso Bonaplata, el templo de Santiago de la Espada, el husillo real, el monasterio de San Clemente y el Patín de las Damas en la puerta de la Barqueta, reflejados sobre el Guadalquivir, como podemos advertir en la imagen.
La puerta fue demolida en 1863 y ya la prensa del momento recogía que el espacio exterior era un área de baños fluviales, por lo que hubo que establecer turnos horarios y "cajones" para el baño separado de ambos sexos, como venía ocurriendo en otros espacios del río a su paso por Sevilla. Más allá, en el n.º 26 de la calle actual, Aníbal González diseñó el edificio para la fábrica de molduras y espejos, La Moldurera, entre 1908 y 1910, en cuya parte trasera se instaló la fábrica de fósforos de Enrique Ramírez, y que actualmente acoge la sede del Instituto Andaluz de Administración Pública.
A continuación, llegamos a la calle Lumbreras, llamada así por los registros de la cloaca que discurría bajo la calle para desaguar la Alameda, la cual vertía al río en el llamado Husillo Real, cuyos últimos vestigios fueron lamentablemente demolidos cuando se realizaron obras en la conexión de esta vía con la calle Torneo en 1991, en el contexto de las obras para la Exposición Universal de 1992. En este punto se observa el trazado de la antigua muralla sobre el acerado actual, como resultado de la preceptiva intervención arqueológica en el solar vecino, la cual permitió documentar las obras de defensa de la ciudad frente a las frecuentes crecidas del río, como, por ejemplo, la estructura semicircular adosada a la muralla en torno al siglo XVI y que podemos advertir en el plano de Olavide. Cerca de este punto se encuentra la calle Arte de la Seda, urbanizada en el s. XVI sobre una serie de huertas pertenecientes al cenobio cisterciense de San Clemente, que nos recuerda la presencia de este gremio en el compás viejo del monasterio, donde se labro un hospital bajo la advocación del santo cuya festividad recuerda la conquista de Sevilla por las tropas de Fernando III el 23 de noviembre de 1248.
En nuestro paseo debemos intuir la muralla bajo el acerado de la calle Torneo, hasta llegar a la puerta de la Barqueta, una vez superados los muros traseros del monasterio de San Clemente.
El primer topónimo conocido para esta puerta es el de Bibarragel, procedente del término árabe Bab al-Ragwal, que alude al camino que conducía hasta Qalat Ragwal, la actual Alcalá del Río. Sin embargo, a partir del siglo XIV las fuentes la mencionan también como puerta de la Almenilla, que al parecer de los cronistas aludía a la torre albarrana junto a la puerta y a la almena que coronaba la puerta, utilizada para medir la altura de las frecuentes avenidas del Guadalquivir. Posteriormente, también adopta el nombre popular de la Barqueta, por la barca que cruzaba el río hacia el camino de Santiponce, en un punto donde también se ubicaba un vado practicable. La puerta se ubicaría aproximadamente donde hoy se encuentra la isleta central del tráfico frente al puente Mapfre o de la Barqueta.
Algunos autores opinan que la puerta islámica formaría parte de un complejo sistema de fortificaciones que pretendía asegurar la defensa de la ciudad en su ángulo noroccidental, el menos poblado en el momento, el cual estaría formado por una alcazaba de origen abbadí, cuyos restos se han localizado bajo el monasterio de San Clemente, y una torre albarrana asociada a su correspondiente coracha, levantada por el poder almohade a comienzos del siglo XIII, en el contexto de reforzamiento de las defensas urbanas ante los avances castellanos, similar al complejo de Atarazanas y torre del Oro.
Sin embargo, el principal peligro de este área fortificada eran los embates de las crecidas fluviales en la curva que allí formaba el río, por lo que la muralla urbana debía impedir el paso de las avenidas hacia el interior de la ciudad por la actual calle Calatrava (por la orden militar que ocupó el solar de la actual parroquia de Belén), por donde discurría el paleocauce del Guadalquivir hasta la Alta Edad Media. En este sentido, una vez consolidado el cauce actual y abandonado el antiguo, se originó la laguna de la Alameda cuyas aguas discurrían por diversos husillos por Amor de Dios, Campana, Sierpes, y Plaza Nueva hasta la laguna de la Mancebía, y desde allí buscaban el cauce principal del río. Esta agresiva actividad fluvial provocó desde la Edad Media las constantes reformas de la muralla, que a duras penas soportaron el fuerte empuje de las aguas, especialmente tras la dura inundación de 1626, que obligó a construir un nuevo muro interior en la plaza de Vibarragel, macizándose la superficie entre este, la puerta de la Almenilla y la torre del Gallinote del muro medieval. Se formó así un terraplén elevado sobre el que se dispuso una explanada almenada que funcionaba como un espacio de paseo y esparcimiento con vistas al río, conocido como el patín de las Damas o también el Blanquillo, cuyas huellas se han marcado sobre el pavimento en el inicio de la calle Resolana, junto al parque de los Perdigones.
Este conjunto fortificado tuvo que ser reforzado nuevamente en numerosas ocasiones, como ocurrió en 1773, cuando el Cabildo ordenó la construcción de una serie de diques y malecones frente al río, desde el llamado husillo del Taco, aguas arriba de la Barqueta junto al lavadero de lanas, hasta el arrabal de los Humeros, con el objetivo de evitar que la fuerza de las aguas erosionasen la orilla y socavaran la muralla. Para ello hubo que demoler la torre del Gallinote, proa de la muralla, y se construyó una potente explanada exterior y una escalinata que bajaba hacia el embarcadero. Se formó así un paseo extramuros que recibió el nombre de paseo de las Delicias, hasta que este topónimo pasó a ser utilizado en el nuevo paseo ordenado por el asistente Arjona al sur de la puerta de Jerez. Este primer paseo de las Delicias será el que vendría a ser ocupado en el proyecto ferroviario de la Compañía Ferroviaria M.Z.A. años más tarde, lo cual provocaría la privatización del espacio extramuros hasta los Humeros y el cierre de los pasos hacia el río, que se mantuvo hasta las obras con motivo de la Expo 92. Así pues, como ya comentamos en otro capítulo anterior, la construcción del ferrocarril Sevilla-Córdoba hizo necesaria la demolición del patín de las Damas y de la puerta de la Barqueta en torno a 1858, ordenándose el espacio resultante entre las actuales calles Puerta de la Barqueta, Vib Arragel y Bécquer que encierra una manzana de viviendas, hoy rehabilitada, obra del arquitecto José Espiau y Muñoz de comienzos del XX (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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