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jueves, 16 de abril de 2026

Un paseo por la calle Antonio Susillo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 16 de abril, es el aniversario del nacimiento (16 de abril de 1855) de Antonio Susillo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Antonio Susillo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Torres, a la calle Peral.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
    Está integrada por dos calles que tuvieron nombres propios. El tramo entre Peral y Feria se conoce desde comienzos del s. XVI como Quesos, y el comprendido entre Feria y Torres como Gallinas desde mediados del s. XV hasta 1845, en que quedó unida a Quesos. En 1889, a petición de la Sociedad Económica de Amigos del País, se la rotula con el nombre actual, en memoria de este escultor sevillano (1867-1896). En el Libro Protocolo del convento de San Clemente se identifica la calle Gallinas con otros nom­bres; los de Pila del Relator, Anadones y Dormitorio de San Basilio, son topónimos que parecen corresponder a otros espacios.
     Recta y de mediana anchura, está cruza­da por Feria y Faustino Álvarez y desembocan en ella, en el primer tramo, Teide y Es­cuderos, por la derecha e izquierda respectivamente. Desde finales del s. XVI hay peticiones al Ayuntamiento para que sea empedrada, sistema que se mantuvo hasta que se adoquinó a comienzos del presente siglo, hoy está asfaltada sobre aquel adoquinado. Las aceras son de cemento y están muy degradadas en algunos tramos. En 1921 se sustituyó la iluminación de gas por la eléctrica, que hoy cuenta con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. El caserío está integrado por casas, cuyas alturas oscilan entre una y cuatro plantas. Las de una y dos plantas corresponden al s. XIX; las de tres se levantan en el primer tercio del s. XX fundamentalmente; y las de cuatro son de las últimas décadas. Cabe destacar la núm. 17, esquina a Feria, de estilo racionalista, de Rafael Arévalo (1931). Algunas del comienzo y del final de la calle se encuentran abandonadas. Presenta alguna actividad de talleres y pequeños comercios, sobre todo en las proximidades del cruce con Feria, que va desapareciendo hacia sus extremos, especialmente en su arranque, por comunicar con calles y zonas poco valora­das, debido a su escaso tránsito. Parece que en 1888 existía en ella un teatro, denominado Casimiro, pues solicita licencia para el baile de carnaval. Un azulejo en el núm. 11 recuerda que allí vivió y tuvo su estudio el imaginero Antonio Illanes (1903-1976) [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio Susillo Fernández, personaje que da nombre a la vía reseñada
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     Antonio Susillo Fernández (Sevilla, 16 de abril de 1855 - 22 de diciembre de 1896) fue uno de los escultores españoles más famosos de la segunda mitad del siglo XIX.
     La precocidad y el talento de Antonio Susillo hicieron que la crítica artística de la época se ocupara muy pronto de él, trazando las líneas fundamentales de su biografía, a la par que analizaba su estilo y más señeras obras. El aparente rigor de estas fuentes determinó que en posteriores aproximaciones a su figura se repitiesen los datos y rasgos ya formulados, pero sin que ello hubiera estado precedido de la necesaria e inexcusable confrontación documental. 
     La condena a la que se han visto sometidos los artistas decimonónicos, especialmente los de sus últimas décadas, los pertenecientes a la etapa del Realismo, ha motivado que este escultor, el más importante de la plástica sevillana de su época y figura destacada en el panorama nacional, no haya tenido una monografía histórico-artística rigurosa y científica. Tan sólo se le han dedicado breves comentarios en estudios generales del periodo y algún que otro artículo que repetía lo sabido o analizaba alguna de sus obras. 
     Esta situación planteaba un reto a la historiografía artística hispana, pero especialmente a la hispalense, puesto que Antonio Susillo nació y vivió en esta ciudad. Un primer y reciente intento ha sido los trabajos desarrollados por los miembros de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, con motivo del centenario de la muerte del escultor. En la senda iniciada por ellos van estas líneas, con las que pretendemos dar algunas respuestas a tres cuestiones que consideramos fundamentales en el apartado biográfico del escultor: su nacimiento, sus matrimonios, así como su muerte y enterramiento.
     El primero de los temas a enfrentar es el del nacimiento de Antonio Susillo. Con respecto a él no hay unanimidad de criterios en cuanto a la fecha, el lugar y la condición socioeconómica de su padre. Luis Montoto y Pereyra señala, en 1885, que nació el 18 de abril de 1856, siendo su padre un modesto comerciante de aceitunas aderezadas. A este respecto, Ossorio y Bernard, indicaba que su profesión era la de almacenista de aceitunas, actividad que Comas y Blanco, en 1890, adjetiva como "rico comerciante dedicado al negocio en gran escala de la aceituna. Cascales Muñoz, el más importante de sus biógrafos, altera en un año la fecha de su nacimiento, posponiéndola al 18 de abril de 1857, sin embargo, mantiene el negocio de aceitunas como dedicación paterna, aunque en 1896 su condición era la de rico comerciante y en 1929 tan sólo la de modesto. Los datos reseñados por Cascales Muñoz han venido siendo mantenidos por la mayoría de cuantos historiadores, críticos y artistas se han acercado a su figura. Quizá las novedades más importantes fuesen las aportadas por Antonio Manes, que en 1975 señaló como lugar del nacimiento del escultor la casa número 55 de la sevillana Alameda Vieja; Fausto Blázquez, que en 1989 altera la fecha de su llegada al mundo, apuntando la del 18 de junio de 1857; y Juan Miguel González Gómez, que en 1997 da los nombres y naturaleza de sus padres: Manuel Susillo, de Sevilla, y Josefa Fernández, de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
     Las evidentes contradicciones exigían una constatación documental del lugar y fecha de nacimiento de Antonio Susillo. De entrada, esta tarea planteaba la dificultad, o mejor dicho, casi imposibilidad, derivada del incendio, y consiguiente destrucción de sus fondos documentales, durante los prolegómenos de la Guerra Civil Española, de la iglesia de Onnium Sanctorum, la parroquia en cuya demarcación las referencias bibliográficas situaban su nacimiento, y por tanto, en la que podría haberse hallado su acta de bautismo y, en consecuencia, la fecha exacta en la que aquél se produjo. Afortunadamente, para esos años ya estaban en funcionamiento los registros civiles municipales, puesto que los judiciales no se inician hasta 1880. No obstante, un primer acercamiento a ellos nos puso en evidencia que en las fechas indicadas para el natalicio del escultor éste no se había producido. Se hizo necesaria, entonces, la consulta sistemática de los libros de nacimientos anteriores y posteriores, hasta que finalmente la hallamos.
     Antonio Susillo Fernández nació en Sevilla el 16 de abril de 1855, a las once de la noche, en el número 11 de la calle Renovada, siendo sus padres Manuel Sucillo (sic), de profesión tonelero, y Josefa Fernández, ambos naturales de Sevilla. Sus abuelos paternos fueron José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, ambos naturales de Sevilla, y sus abuelos maternos José Fernández y Antonia Pabón, también sevillanos. Y fue bautizado en la parroquia del Sagrario.
     La indemne conservación de los archivos de esta parroquia permitió la documentación de su bautismo, cuestión que antes parecía imposible. Tuvo lugar el 20 de abril de 1855. Recibió los nombres de Antonio María de los Dolores, Toribio y Margarita de la Santísima Trinidad. Fueron sus padrinos Antonio y Margarita Silva, naturales de Villanueva del Ariscal, provincia de Sevilla, solteros y de profesión labrador, el primero. Actuaron de testigos José Borge y Juan Vázquez, sevillanos y empleados de la iglesia del Sagrario.
     Por lo que se refiere a los datos del 'nacimiento, el acta de bautismo confirmaba los ya reseñados en el registro civil, es decir, que vino al mundo a las once de la noche del día 16 de abril de 1855, siendo hijo legítimo de Manuel Sucillo (sic), tonelero de profesión y de Josefa Fernández, naturales de Sevilla; y que sus abuelos fueron, por parte de padre, José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, y por parte de madre, José Fernández y Antonia Pavón (sic), todos ellos de Sevilla. La única novedad fue el cambio ortográfico en el apellido de la abuela materna, que de Pabón pasó a Pavón.
     Este conjunto de datos, tanto los del registro civil como los del libro de bautismos, además de documentamos con exactitud el nacimiento de Antonio Susillo y su condición de hijo legítimo, nos aclaran algo acerca de las circunstancias sociolaborales de su padre.
     Manuel Susillo, de profesión tonelero, vivía consecuentemente en el barrio de los toneleros. La casa donde nació su hijo estaba ubicada en la calle Renovada, nombre que le fue cambiado en 1859 por el de Toneleros, precisamente como consecuencia del oficio de sus vecinos. Al respecto convendría señalar que la presencia de estos artesanos en esa zona de la Carretería se remontaba al S. XV, cuando ya existía una plazuela llamada de Toneleros.
     Por tanto, la primitiva profesión de Manuel Susillo no fue la de mayorista de aceitunas aderezadas, sino la de tonelero. Sin embargo, ambas actividades estaban muy relacionadas, pues la preparación, transporte, almacenaje y comercialización de las aceitunas aliñadas se hacía en bocoyes. Esta vinculación se vio acentuada en su caso por la circunstancia de que su padre, José Susillo, era propietario de un almacén de aceitunas de mesa en la calle Varflora, n.° 32. De manera que resulta bastante verosímil, teniendo en cuenta el contexto socioeconómico de la época, su colaboración en el negocio familiar, atendiendo, quizá, entre otros menesteres, al mantenimiento de los barriles. A confirmarlo parece contribuir la circunstancia de vivir en las inmediaciones del comercio paterno, puesto que las calles Varflora y Renovada eran perpendiculares.
     Sin embargo, no habrían de pasar muchos antes de que dejara de trabajar en el almacén familiar de Varflora n.° 32, abandonase su domicilio en la calle Renovada n.° 11, y se instalara en el barrio de la Alameda, concretamente en el n.° 20 de la calle Relator, donde nacería su hijo Ignacio a las tres de la tarde del 31 de mayo de 1858. Por su experiencia en el comercio mayorista de aceitunas aderezadas, debió ver unas buenas expectativas comerciales avecindándose en las proximidades del mercado de la calle Feria y convirtiéndose en abastecedor de los puestos que allí las vendían.
     Por estas fechas, también advertimos una cierta variación en la grafía de su apellido, que puede ser testimonio de otros cambios en su contexto vital. Mientras fue un simple tonelero, empleado en un almacén de aceitunas ajeno y con una vida más o menos privada, no parecieron importarle las negativas connotaciones que podían aportarle su apellido: Sucillo, a fin de cuentas un diminutivo de sucio. Ahora, como comerciante de actividad eminentemente pública, le pareció que la "C" sobraba de él, y la sustituyó por una "S". Ello se comprueba al comparar la inscripción en el registro civil, así como el acta de bautismo de su hijo Antonio, de 1855, con la inscripción en el registro civil de su hijo Ignacio, de 1858. En el primer caso podemos leer siempre Sucillo, mientras que en el segundo, y desde él en adelante, y para todos los miembros de la familia con este apellido, aparecerá ya Susillo.
     Volviendo al negocio de Manuel Susillo Pérez, no pueden suponerse unas grandes ganancias en este comercio mayorista, pues de otro modo, con los arios, hubiera trasladado su residencia a una zona más noble de la ciudad o al menos no hubiera vivido en la misma casa donde tenía el almacén. Sin embargo, su condición no debió ser humilde, ni siquiera, como adjetiva Cascales Muñoz, la de un "modesto almacenista de aceitunas aderezadas", sino más bien la de un próspero comerciante, sobre todo en los últimos arios de su vida. Ello parecen corroborarlo algunas circunstancias que intentaremos exponer.
     En primer lugar, la esmerada educación que dio a sus hijos, en una época donde poseer estudios era privilegio de muy pocos. Para ello, los envió a algunos de los mejores colegios del momento. El joven Antonio fue matriculado en el colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María, y aunque por cuestiones de salud permaneció poco tiempo en él, es de suponer que tras regresar a Sevilla continuaría sus estudios en otro de parecidas características.
     En segundo lugar, su presencia en la "Guía de Sevilla" de Vicente Gómez Zarzuela, especie de anuario local en el que se pormenorizaban aspectos de la vida económica, social y cultural de la ciudad, permite hacernos una idea, no sólo de su posición social y económica, sino también de la evolución que ésta tuvo a lo largo de los arios.
     Entre las diferentes secciones de esta guía, se contaba una llamada "Indicador general del comercio, la industria, profesiones y establecimientos". Analizando las referencias que en ella se hacen a Manuel Susillo Pérez podemos conocer, aunque de manera superficial, la marcha de su negocio.
     Dentro de este "Indicador General" no aparecen referencias a los almacenes de aceitunas de aderezar hasta 1867. No obstante, mientras que desde ese ario se cita a su padre, José Susillo, con comercio abierto en Varflora n.° 32, que a partir de 1869, por cambios de numeración sería el 12, de Manuel Susillo Pérez, que por aquel entonces estaba instalado en la calle Relator n.° 20, no se hace la más mínima mención. Podemos suponer, en consecuencia, que estuviese encargado de una sucursal del negocio paterno en los aledaños del mercado de la calle Feria. Hay que esperar hasta 1871 para encontrar la primera mención de él. La buena marcha de su negocio le permitiría instalarse por su cuenta, de tal manera que en ese año figura como almacenista de aceitunas aderezadas con domicilio comercial en la Alameda de Hércules n.° 48, que desde 1879, por cambios en la numeración viaria será el 42. En aquella casa mantendría el negocio y la vivienda hasta su muerte, pasando entonces a su hijo Rafael, quien continuaría con aquella actividad durante muchos arios.
     Mientras que el "Indicador General" sólo nos ofrece la titularidad y ubicación del almacén de aceitunas, de sus rendimientos puede informarnos otra de las secciones de la referida "Guía": la del "Vecindario de Sevilla". En ella figuraban cuantos sevillanos tenían la suficiente trascendencia social como para que se necesitara localizarlos, es decir, las personas destacadas de la ciudad. En ella no figurará Manuel Susillo Pérez hasta 1874, aunque al año siguiente desaparecerá, para no volver a ser mencionado hasta 1878. Desde entonces, se le citará ininterrumpidamente en ella hasta su muerte en 1884. Al año siguiente, le sustituye su hijo Rafael, quien se había hecho cargo del negocio. Estas entradas y salidas de la lista de los vecinos notables de Sevilla, incluida la inmediata inscripción de su hijo o la permanente ausencia de su padre José Susillo, evidenciaban que su presencia en ella no obedecía a otro factor que la rentabilidad de su negocio, por lo que podemos conocer con cierto detalle su evolución, confirmándonos que a partir de 1878 producía unos beneficios que convirtieron a su dueño en un importante vecino de Sevilla.
     En resumen, la "Guía de Sevilla" de Gómez Zarzuela nos pone de manifiesto que Manuel Susillo Pérez poseyó un almacén dedicado al aderezo y comercialización mayorista de aceitunas de mesa, con la suficiente rentabilidad como para hacer de él un prospero industrial y comerciante.
     Y en tercer lugar, cuando falleció el 4 de marzo de 1884, a los 68 años y por una lesión cardiaca, además de citarse su defunción en la sección necrológica de la mencionada "Guía" de Gómez Zarzuela, lo que sólo ocurría si el finado tenía una cierta proyección socia1, no fue inhumado en una tumba modesta, sino todo lo contrario, en una sepultura de primera clase, las que sólo eran asequibles a personas pudientes.
      Así pues, podríamos concluir que la especie sobre el humilde origen de Antonio Susillo respondía más a una fabulación romántica e interesada de la intelectualidad oficial y burguesa que a la verdad. Buscaba mostrarle como el ejemplo de un artista que desde la nada y con su propio esfuerzo había conseguido triunfar y llegar hasta las más altas cotas sociales. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Había nacido en el seno de una familia de la mediana burguesía, que en el caso sevillano y durante la segunda mitad del Diecinueve, era una situación casi de privilegio. Circunstancia que explica, unida indudablemente a su enorme talento, el que llegara a ser un gran escultor prácticamente desde el autodidactismo. Si hubiera tenido que ganarse el sustento diario no le hubieran quedado fuerzas ni tiempo para aprender los secretos de su arte. La única opción hubiera sido la de trabajar como aprendiz en el taller de otro escultor, donde además de aprender el oficio habría tenido resuelto el mantenimiento. Sin embargo, ese no fue su caso.
     La segunda de las cuestiones a enfrentar es la referida a los matrimonios de Antonio Susillo. Se trata de un tema perteneciente a la vida privada del escultor, razón por la que apenas fue destacado por sus biógrafos contemporáneos. Tan sólo Sedano, en 1896, señala de pasada sus recientes esponsales. Algunos datos más aporta el Dr. Roquero, quien en 1897 indica como se casó dos veces. La primera vez con una joven, de la que únicamente refiere su muerte al ario de matrimonio, víctima de la tuberculosis, y la segunda con María Luisa Huelin. No mucho más explícitos han resultado los estudios posteriores. Antonio Manes, que en 1975 apunta como se desposó joven con una alegre mocita de las Lumbreras, que falleció al corto tiempo, y como poco antes de su suicidio se había vuelto a casar con una doncella malagueña de buen linaje, pero de vanas minucias. De este enlace destaca la falta de entendimiento entre la pareja, consecuencia de la disparidad de temperamentos: espiritual y realista, soñador y frívolo. Y pone de manifiesto el deterioro de la relación a través de una escena contada por Castillo Lastrucci. En cierta ocasión, a la hora de la comida, viniendo el maestro del taller a la casa, sucio de barro y yeso, al verle la esposa le increpó: "¡Bah; creí que me había casado con un artista y no con un albañil!". Por último, en 1997 González Gómez apunta el nombre y naturaleza de su primera esposa, Antonia Huerta (sic) Zapata, nacida en Carmona (Sevilla); así como el segundo apellido de su segunda esposa, Sanz.
     Se planteaba la necesidad de documentar aquellos matrimonios, tarea de fácil resolución si se hubiera conservado el archivo de la parroquia de Omnium Sanctorum, pero su desaparición hacía la cuestión algo más complicada. Los únicos datos relevantes con que contábamos sólo hacían referencia a los nombres y lugares de nacimiento de ambas esposas.
     En primer lugar, intentamos documentar las nupcias del escultor en el Archivo Arzobispal de Sevilla, pero con resultado negativo. A continuación, ya que María Luisa Huelin era malagueña, emprendimos lo propio en el Archivo Diocesano de Málaga, pero en esta ocasión nos acompañó la suerte. Hallamos el expediente matrimonial de Antonio Susillo, y como en él se consignaba su condición de viudo, con indicación del nombre de la primera esposa y de la fecha de su defunción, pudimos proceder a documentar sus dos casamientos.
     En primer lugar, puesto que teníamos confirmado el nombre de su primera esposa, Antonia Huertas Zapata, y señalada la fecha de su fallecimiento, el 13 de marzo de 1880, intentamos documentar el óbito. La ausencia de los libros de defunciones para ese ario en la sección de registro civil del Archivo Municipal de Sevilla, nos llevó a intentar lo propio en los libros de partes de inhumación, donde sí tuvimos algo más de suerte. Dedicada a su casa, murió a la edad de 22 años, como consecuencia de una lesión de corazón, estadio terminal de la tisis que venía padeciendo. Fue enterrada el 14 de marzo de 1880 en el cementerio sevillano de San Fernando, en una sepultura de tercera clase.
     Documentada la fecha de su muerte y tomando como referencia al Dr. Roquero, quien indicaba que el matrimonio sólo duró un año, buscamos en el registro civil la fecha en la que éste se celebró. Allí comprobamos que tuvo lugar en Sevilla, en la parroquia de Ómnium Sanctorum el día 22 de junio de 1878. Para aquellas fechas Antonio Susillo contaba años y su esposa. Aunque ella era natural de Cazalla de la Sierra, vivía en el n.° 48 de la Alameda de Hércules. Su padre, Manuel Huertas era de profesión carpintero y oriundo de Cazalla, mientras que su madre Josefa Zapata era sevillana. Fueron testigos del matrimonio José Pedro Soria y Luis Garcilaso de la Vega.
     Señalemos que en esta inscripción registral se indicaba "el comercio" como la ocupación del contrayente. Ello pone de manifiesto que por estas fechas Antonio Susillo todavía no se dedicaba profesionalmente a la escultura, manteniéndose laboralmente vinculado al negocio paterno. También podríamos anotar como en esta ocasión la madre del escultor aparece nacida en Sanlúcar de Barrameda, y no en Sevilla, según figuraba en anteriores documentos. Finalmente, cabría destacar la circunstancia de que los novios tuvieran el mismo domicilio: Alameda de Hércules, 48. Las razones de esta coincidencia (acogimiento, hospedaje, trabajo, amistad, parentesco, etc.), nos resultan desconocidas, pero el hecho nos explica el que se conocieran y se enamoraran.
     Corto y triste matrimonio, envuelto en el dolor y la enfermedad. Tan aciaga experiencia y sus muchísimos compromisos laborales hicieron que el escultor dilatara "sine die" una futura relación amorosa. Hubieron de transcurrir quince arios para que volviera a contraer nuevas nupcias. Sería su segunda esposa una joven malagueña, perteneciente a una distinguida familia local: María Luisa Huelin Sanz.
     Había nacido en esa ciudad el 10 de junio de 1869. Era hija legítima de Eduardo Huelin y Amalia Sanz, naturales de Málaga. Sus abuelos paternos fueron Guillermo Huelin y María Luisa Reissig, oriundos de esta misma ciudad. Sus abuelos matemos fueron José Sanz, nacido en Copons, provincia de Barcelona, y Antonia Crucet, natural de Málaga. Fue bautizada el 16 de aquel mismo mes, en la parroquia de San Juan, de esa ciudad, recibiendo los nombres de María Luisa, Josefa, Rafaela, Antonia, Ramona, Amadora y Restituta. Sus padrinos fueron Amador y Josefa Sanz, esposos; y los testigos Francisco Villena y Salvador Galiano Cuando contrajeron matrimonio Antonio Susillo y María Luisa Huelin, tenían cuarenta y veintiséis arios, respectivamente. Ella, que por aquellas fechas estaba huérfana de padre, vivía en la Alameda, n.° 9, feligresía de la parroquia del Sagrario, mientras que él residía en Sevilla, en la Alameda de Hércules, n.° 42, parroquia de Omnium Sanctorum.
     Los ineludibles compromisos laborales del escultor le impidieron estar presente en Málaga para la resolución de los trámites matrimoniales. Ello motivo la demanda de exención de las amonestaciones. Estas se suplieron y justificaron con un atestado de libertad, viudedad y voluntad, evacuado por el Provisor y Vicario General del Arzobispado de Sevilla, en el caso de Antonio Susillo; y en el caso de María Luisa Huelin con un expediente de libertad, soltería y voluntad, debidamente justificado con testigos ante el Provisor y Vicario General del Obispado de Málaga. El 28 de septiembre éste otorgó la solicitada dispensa y autorizó al párroco de la iglesia del Sagrario para que, resueltos los previos requisitos civiles, pudiera celebrar el matrimonio, quedando así concluido el expediente matrimonial.
     La boda tuvo lugar al día siguiente, el domingo 29 de septiembre de 1895. Desposó a los contrayentes el P. Fray Diego de Valencina, guardián del convento capuchino de Sevilla y buen amigo de Antonio Susillo, quien se desplazó al efecto hasta Málaga. Aunque el acta matrimonial no hace ninguna indicación al respecto, lo que hubiera sido de esperar, la prensa sevillana al informar del acontecimiento señala que la ceremonia se llevó a cabo en casa de la madre de la novia.
     Los recién casados se instalaron en el domicilio sevillano del escultor, quien para dedicarle más tiempo a su esposa dimitió de su puesto como profesor de escultura en la Escuela Provincial de Bellas Artes, donde había impartido clases durante los años 1892, 1893, 1894 y 1895.
     La última cuestión a enfrentar con respecto a la biografía de Antonio Susillo presenta una doble vertiente, pero que por su íntima conexión obliga a un tratamiento conjunto. Es la relativa a su muerte, que la leyenda popular ha rodeado de apócrifas anécdotas, y a su irregular enterramiento. Con respecto al primero de los asuntos, la mayoría de sus biógrafos han preferido no entrar en detalles, limitándose a dar la fecha del suceso. Tan sólo tres de ellos lo tratan con mayor atención: Cascales Muñoz, quien con fría objetividad extracta de la prensa madrileña los datos del suicidio; Antonio Illanes, quien más que narrar los detalles de su fallecimiento, pone de manifiesto el fracaso de su segundo matrimonio como posible causa del suicidio, para después reconstruir, haciendo uso de referencias periodísticas y testimonios personales, el patético momento en el que se le saca la mascarilla al cadáver; y González Gómez, quien da cuenta del óbito enmarcándolo en una crisis depresiva y transcribiendo los datos periodísticos señalados por Cascales Muñoz. En relación con el segundo de los temas, resulta tremendamente llamativo el hecho de que un suicida fuese sepultado en un cementerio católico. Será González Gómez el único de sus biógrafos que ha intentado darle respuesta. Partiendo del certificado de defunción de Antonio Susillo y de los datos de su enterramiento consignados en el Archivo del Cementerio de San Fernando de Sevilla, subraya el que no se hiciera constar, a instancias de sus amistades y en virtud de su prestigio social, el suicidio como causa de la muerte, sino heridas y hemorragias cerebrales, para que de esta manera pudiera recibir cristiana sepultura. Completa sus noticias señalando que fue enterrado el 23 de diciembre de 1896 en una sepultura de 1ª clase situada en el n.° 83 de la calle Virgen María, desde la que sus restos fueron trasladados, el 22 de abril de 1940, a la cripta situada bajo el calvario sobre el que se yergue el "Cristo de las Mieles".
     Dado que la historiografía ha tratado de manera sumaria el suicidio y posterior sepelio de Antonio Susillo, se establece la necesidad de pormenorizar documentalmente las circunstancias que rodearon aquellos sucesos, intentando comprender como la sociedad sevillana no se escandalizó ante el flagrante quebranto de los preceptos eclesiásticos. A continuación, resulta inexcusable determinar las causas por las que el escultor se quitó la vida. Por último, se hace preciso el averiguar los motivos por los que fueron exhumados y reubicados los despojos del artista.
     Comenzando por el primero de los asuntos, señalemos que, de manera totalmente insospechada, contando tan sólo cuarenta y un años, y cuando todo parecía irle bien: estaba en el culmen de su carrera y apenas habían pasado quince meses de su matrimonio; el 22 de diciembre de 1896 Antonio Susillo se quitó la vida.
     A las ocho y media de aquel luctuoso martes de diciembre, salió el escultor de su casa dispuesto a suicidarse arrojándose al tren. Ya lo había intentado dos días atrás, en la estación de la Puerta de la Barqueta. Algunos testigos le vieron acercarse a las vías al paso del tren correo, vacilar y marcharse con la faz blanca. Pero estaba obsesionado y de nuevo volvía a insistir en su macabro propósito.
     Una vez más se dirigió a la estación de la Puerta de la Barqueta, se colocó junto a los railes y esperó al paso del tren correo ascendente. Sin embargo, no pudo hacerlo. Aún así, estaba decidido. Caminando junto a las vías llegó hasta la estación del Empalme. Por allí le vieron desde las doce y media. Una y otra vez se acercaba a las vías al paso de los trenes, pero tras varias tentativas comprendió que jamás podría lanzarse bajo ellos. Se dirigió entonces al embarcadero de reses, sacó una pistola de su bolsillo izquierdo y se pegó un tiro bajo la barbilla. Eran las cuatro y media, pasaba en aquellos instantes el tren correo descendente. Sus pasajeros pudieron ver el hecho, y entre ellos la pareja de la Guardia Civil, que al oír el disparo detuvo la marcha y se bajó para ver lo ocurrido. Tras confirmar el suicidio ordenó continuar y llamó a la autoridad judicial.
     Se encargó del caso el juez del distrito de El Salvador, Sr. Fernández Amaya, quien llegó al lugar a las siete de la tarde. Tras identificar el cadáver, se comprobó que era el de Antonio Susillo. Yacía tendido en el suelo a la altura del Km. 125, hacia el lado izquierdo de la vía. Vestía traje negro, con chaleco y sombrero del mismo color. Junto a él, bajo la mano izquierda, una pistola niquelada de cinco cápsulas, de la que sólo se había disparado una bala. Presentaba una herida bajo la barba, con los bordes
quemados, por la que salía sangre, al igual que por la boca y la nariz. Entre sus ropas se encontraron, además de objetos personales: una carta de José María de Pereda, fechada en Santander, con un recorte de prensa en el que había un artículo titulado "El busto de Pereda"; dos cartas dirigidas, una a Nicolás Luca de Tena y otra a Enrique F. Pineda; y dos tarjetas escritas a lápiz, una para el juez y otra para su esposa. La primera decía: "Al Sr. Juez: Me mato yo; mi mujer, D. María Luisa Huelin, es mi única heredera./ Antonio Susillo". Y la segunda: "Perdóname, María de mi alma. Me he convencido de que mi carrera no produce para ganar la vida./ Adiós, mi vida".
     Tras el levantamiento del cadáver, éste fue conducido al Departamento Anatómico Forense para practicársele la autopsia. La llevaron a cabo los Drs. León Escolar y Ricardo Filpo. Concluida ésta y en presencia de algunos amigos del escultor, los Srs. Nicolás y Cayetano Luca de Tena, Caballero y Rueda, Rafael León, así como L. y A. Murga, y de su hermano pequeño, Ignacio Susillo, un operario de su taller procedió a sacarle la mascarilla al rostro del escultor.
     Antonio Illanes añade a este grupo de amigos sus discípulos: Joaquín Bilbao, Francisco de la Cuadra, Joaquín Gallego, Miguel Sánchez Dalp, Lorenzo Coullaut Valera, Gustavo Luca de Tena y Viriato Rull, quien sería el encargado de realizar la mascarilla funeraria.
     El 23 de diciembre de 1896, pasadas las cuatro de la tarde, el cadáver de Antonio Susillo fue trasladado al cementerio de San Fernando. El entierro, con un marcado tono privado e íntimo, tuvo lugar a las cinco. A él asistieron, además de los ya señalados, otros allegados, como los Srs. Balgañón, Romero, Salas y Aguilar. Desde el coche fúnebre, el ataúd fue llevado a hombros hasta la sepultura, por sus amigos Enrique Valdivieso, Nicolás Luca de Tena, Caballero y Rueda, y Ramón Aguilar. Quedó inhumado en una tumba de primera clase, junto a la del malogrado pintor Ricardo Villegas.
     La circunstancia de que Antonio Susillo fuese enterrado en sagrado y recibiese honras fúnebres católicas, sólo es explicable desde la piadosa actuación de sus amigos, quienes consiguieron de las autoridades judiciales y eclesiásticas, como señala González Gómez, que se omitiera el suicidio como causa de la muerte. Estaban convencidos de que se había quitado la vida en el último y más trágico episodio de una larga enfermedad mental.
     Para defender esta idea ante la sociedad sevillana, en evitación de que se escandalizara por el tan anómalo enterramiento, lo mismo que a limpiar la imagen de Antonio Susillo, un personaje querido y admirado, de la mancha que suponía el suicido, en un contexto de moral cristiana y burguesa, sus amigos hicieron valer sus relaciones con el diario sevillano "El Porvenir", que el 24 de diciembre, al día siguiente del entierro publicó el artículo titulado "El suicidio de Susillo". En él se hablaba de una "monomanía" que nublaba su inteligencia, al menos en algunos momentos, y que le había llevado a dispararse un tiro en el muelle de Málaga, afortunadamente desviado por su acompañante, Pedro Balgañón; a sentirse tentado de lanzarse al Guadalquivir desde el puente de Triana, lo mismo que a arrojarse al tren en las vías de la Puerta de la Barqueta, entre las que frecuentemente paseaba.
     Estos juicios tranquilizaron las conciencias de los católicos más estrictos y ante la ausencia de críticas, la prensa sevillana no registra ninguna, se decidió precipitadamente la celebración de unos solemnes funerales católicos por el eterno descanso de Antonio Susillo. Prueba de ello es que no se repartieron las acostumbradas esquelas funerarias, ya que no debió dar tiempo a imprimirlas, y que la prensa anunciara los actos con un día de antelación, aunque quizá por ello se pospusieron a la jornada siguiente, quebrantando la costumbre de celebrarlos a los ocho días de la defunción. De todas formas, tuvieron lugar a las diez y media del 31 de diciembre de 1896, en la iglesia de Omnium Sanctorum. El duelo estuvo formado por el Gobernador Civil, Sr. Leguina, el Alcalde de Sevilla, Sr. Rodríguez de Rivas, los amigos del finado y en representación de su familia, de manera algo extraña, pues debería haberlo sido alguno de sus hermanos, su cuñado el Sr. Huelin.
     Gracias a la piedad y cariño de sus amigos más íntimos, así como a la tolerancia de que la sociedad sevillana siempre ha hecho gala, especialmente para con sus hijos, Antonio Susillo quedó católicamente sepultado.
     Como señalamos, el siguiente tema a tratar en torno a la muerte de este escultor es el relativo a las causas que determinaron su suicidio. De nuevo, resulta llamativa la aparente contradicción existente entre la certeza, mostrada por sus más allegados, de que fue la consecuencia de una enfermedad mental, y la presumible cordura que se deriva de la lectura de las notas halladas en su cadáver, donde se habla de razones económicas, motivos que parecen subrayar los testimonios conservados en el círculo de sus discípulos, en los que se hace referencia a una conflictiva relación con su esposa. Ello demanda el que intentemos aclarar cuales fueron los verdaderos factores que llevaron a Antonio Susillo a quitarse la vida.
     La historiografía actual, representada por Santos Calero y González Gómez, apunta a desequilibrios emocionales y a la depresión como causas de la tragedia. La verosimilitud de estas opiniones se vería plenamente confirmada si pudiera contarse con un diagnóstico médico realizado a partir de un estudio directo del paciente, lo que parece bastante dificultoso por cuanto falleció hace más de un siglo.
     Afortunadamente, éste diagnóstico científico sí fue llevado a cabo y lo hizo el Dr. D. José Roquero y Martínez, prestigioso médico sevillano y amigo del escultor, quien lo dio a conocer, aunque expresado de una manera divulgativa y algo retórica, en su artículo "Por qué se mató Susillo", publicado en la "Revista Médica de Sevilla", durante las primeras semanas de 1897.
     Comenzaba su artículo indicando que había llegado el momento de despejar las dudas y el horror que el suicidio, propio de infames y desesperados, sembró sobre la memoria de Antonio Susillo. A continuación, hacía un análisis de la personalidad del escultor, con el que quería confirmar su tesis de que el suicidio era consecuencia de la enfermedad, puesto que en el hombre sano siempre prima el instinto de conservación y porque los suicidas, invariablemente, muestran lesiones orgánicas que alteran
su equilibrio mental.
     Según su diagnóstico clínico, Antonio Susillo era un neurótico patológico. Padecía una astenia que no le quitaba la razón, pero si le anulaba la voluntad. Aparentemente, era una persona extravagante, como es común en los artistas. Bueno, soñador, apasionado en todas las manifestaciones del amor (familia, esposa, amigos), irascible, artista vehemente que vivía sumido en una semi-somnolencia fantástica, en la que, arrastrado por sus impulsos creativos, trabajaba infatigablemente, lo que desarreglaba sus costumbres cotidianas. Amaba la poesía, pero odiaba la música, la filosofía positivista, los números y las cuentas. Y era muy supersticioso. Sin embargo, sus amigos más allegados, como José María de Pereda o él que suscribía, intuyeron un enfermizo desequilibrio.
     Las causas de aquella enfermedad se iniciaron para el Dr. Roquero en la infancia y siguieron actuando toda su vida: pobreza, contrariedades, obstáculos y el enorme desgaste de la creación artística; hasta que en un momento indeterminado surgió. Fue cursando lenta y progresivamente, pero en los últimos años se vio acentuada por la muerte de su madre y de su hermana, así como por una pasión amorosa desmedida y patológica. Arrastrado por su mal, magnificó problemas de honor, sentimientos y economía. Llegó a creer que estaba arruinado y sumido en la pobreza, cuando no era así, pues a su muerte dejó 350.000 pesetas. Ello le llevó a cuatro intentos de suicidio: en septiembre de 1894, por una calumnia, se arrojó al tranvía en la madrileña calle de Serrano, aunque Pedro Balgañón logró sujetarlo; en septiembre de 1895, parece que tuvo de nuevo en mente el quitarse la vida pues escribió una carta, no enviada, a Balgañón, señalándole sus últimas voluntades; en febrero de 1896, por cuestiones económicas se disparó un tiro en el muelle de Málaga, que fue desviado, una vez más por su íntimo Balgañón; y el último, en diciembre de ese mismo año, consumado. En ellos siempre pareció tener la razón clara, pero la voluntad vencida, como lo probaban las tarjetas encontradas en su cadáver, donde con lucidez dejaba zanjado cualquier problema jurídico derivado de su suicidio.
     El Dr. Roquero vio en Susillo a la víctima de un proceso de envejecimiento prematuro, que situaba en su primer estado de astenia simple, y para confirmarlo clínicamente se personó en la autopsia. Pudo comprobar que, aun no mostrando degeneración en la piel o más envejecimiento que el normal en los cadáveres, presentaba un cráneo duro como el de un sexagenario y la grasa amarillenta en las vísceras propia de los ancianos. Además descubrió la existencia en las meninges de una gruesa placa de tejido condensado, adherida al parietal derecho, precisamente en la zona donde el escultor se quejaba de que le nacían sus frecuentes y terribles jaquecas. Su intuición médica quedaba confirmada por pruebas anatomopatológicas. Antonio Susillo padecía una enfermedad mental.
     Aunque el escaso desarrollo de la Psiquiatría en 1897 obligó al Dr. Roquero a forzar en algo sus razonamientos y argumentaciones clínicas, las conclusiones que obtuvo son perfectamente admisibles desde la perspectiva psicopatológica actual. Antonio Susillo se quitó la vida como consecuencia de un trastorno afectivo distímico, lo que más comúnmente se conoce como una neurosis depresiva, y por tanto no fue dueño de sus actos. Pero, lo que no enfrentó, porque no la consideró de buen tono o porque no tenía un conocimiento exacto de ello fue la causa inmediata del suicidio: el fracaso de su matrimonio.
     Mientras vivió su madre, con su afecto y consejos, logró mantener el equilibrio emocional. Ella era la tabla a la que se aferraba para no ahogarse en el mar de la existencia. Sin embargo, su muerte le dejó solo en un momento crucial de su vida, cuando estaba en relaciones con la que iba a ser su segunda esposa. Sentía por ella un apasionamiento amoroso enfermizo. Era un sentimiento incompatible con la realidad de una relación interpersonal. Desde que la conoció, comenzaron sus intentos de quitarse la vida, como única salida para los problemas que surgían. Y éstos parece que se agravaron tras la boda. No encontró en María Luisa Huelin el apoyo emocional que necesitaba, sino todo lo contrario. Ella rechazaba la profesión artística de su esposo, tanto por la vulgaridad artesanal del trabajo escultórico, como por los escasos rendimientos económicos que producía. Antonio Susillo no supo enfrentar aquello, se derrumbó y sintiendo que había defraudado a su amada se suicidó.
     El último asunto a tratar es la explicación de, por qué los restos de Antonio Susillo fueron trasladados el 22 de abril de 1940 a los pies del Crucificado que preside la rotonda central del sevillano Cementerio de San Fernando.
     Para hallarla hemos de remontarnos a los momentos inmediatos a la muerte del escultor, cuando Mariano Benlliure, su colega y amigo, comprendiendo que con él desaparecía la figura más importante de la escultura sevillana reciente, dirigió una carta, fechada el 23 de diciembre de 1896, a Rafael e Ignacio Susillo, pidiéndoles su opinión acerca de la idea de llevar a cabo una obra que perpetuara su memoria y su genio. En ella, también les informaba que la elaboración del proyecto y su financiación correrían por cuenta de él mismo, de sus hermanos José y Juan Antonio y de algunos amigos, como José Moreno Carbonero y José Villegas.
     De manera bastante comprensible, pues no era demasiado conveniente remover el tema de la muerte, y suicidio, de Antonio Susillo, esta propuesta de Benlliure fue desestimada, cayendo en el olvido durante muchos años.
     Habría que esperar hasta 1926, cuando el diario hispalense "El Noticiero Sevillano", en la primera página de su edición del 22 de diciembre, dentro de la sección "Treinta años hace... Tal día como hoy", recordó la muerte de Susillo y la grandeza de su figura'''. Aquel artículo actuó como revulsivo en ciertos sectores del ambiente artístico local, que sacaron a la luz pública una deuda que la ciudad de Sevilla mantenía con el escultor: dar un noble y definitivo enterramiento a sus restos.
     A través de la prensa se dio a conocer a los sevillanos el carácter temporal de la sepultura de Antonio Susillo y los riegos que ello entrañaba, si no se le daba una solución digna y permanente. Su cadáver fue depositado en una tumba situada en el n.° 83 izquierda de la calle Virgen María, junto a la del pintor Ricardo Villegas, y allí permanecía desde hacía treinta arios. Pero aquello era posible, y muy pocos lo sabían, gracias al cariño y la generosidad de un amigo que, periódicamente, conforme se agotaban los plazos, renovaba el alquiler de la tumba. No obstante, se trataba de una solución provisional para sus restos, que corrían el riesgo de acabar en la fosa común. Era necesario resolver para siempre la cuestión del enterramiento de tan notable artista sevillano, y los llamados a hacerlo eran el Ayuntamiento y cuantos aún mantenían vivo su recuerdo. A ellos se les señalaba como posible ubicación de la tumba el calvario pétreo sobre el que se erigía, en el centro del cementerio hispalense, el Crucificado que en vida realizara el escultor. Además, se les recordaban los ofrecimientos que para trazarla habían hecho artistas como Aníbal González y Mariano Benlliure.
     El Ayuntamiento sevillano se hizo eco de esta demanda y, en la sesión de la Comisión Municipal Permanente del 9 de marzo de 1927, su Alcalde y Presidente presentó la moción de trasladar los restos de Susillo desde la sepultura en la que descansaban a un mausoleo en la rotonda central del Cementerio de San Fernando. Para ello se pondría de acuerdo con la familia del escultor y con los artistas que tenían proyectado el monumento funerario. Una vez aceptada se inició el oportuno expediente, aunque sólo resolvió la cuestión del beneplácito familiar, quedando paralizado el asunto a la espera de tiempos mejores.
     Estos no llegaron hasta el 20 de agosto de 1939, cuando desde la alcaldía se puso en marcha la ejecución del acuerdo tomado aquel 9 de marzo de 1927, para lo que solicitó del arquitecto de vías, parques y jardines que proyectase la construcción del oportuno mausoleo. Antonio Delgado Roig fue encargado de llevar a cabo el proyecto, que estuvo concluido el 28 de diciembre de 1939. Consistía en un pequeño osario excavado en la base del pétreo calvario que diseñara el arquitecto municipal José Sáez López y sobre el que se dispuso en 1904 el Crucificado, obra realizada por Antonio Susillo en 1895. Al exterior estaría cubierto por una losa de piedra de Luque, sobre la que iría una inscripción en letras de bronce. El presupuesto de su ejecución lo valoraba en 2.510'74 pesetas.
     Durante la tramitación administrativa del proyecto y presupuesto, Delgado Roig aconsejó que las obras fuesen ejecutadas por el personal del Ayuntamiento y bajo la dirección de un técnico, a fin de evitar daños en el conjunto artístico formado por el calvario y el Crucificado. Ello obligó a prescindir del exigido concurso público y cargar los costos en el presupuesto municipal. Lo que fue aprobado, junto al proyecto y presupuesto, en la sesión ordinaria de la Comisión Municipal Permanente del 19 de enero de 1940.
     Los trabajos se iniciaron el 16 de febrero de 1940, aunque por la empresa Manuel Álvarez Construcciones, y debieron concluir antes del 22 de abril de 1940, fecha en la que los restos del escultor fueron depositados en el osario-mausoleo. Con ello Antonio Susillo quedó definitiva y dignamente enterrado cuarenta y cuatro años después de su fallecimiento (Joaquín Manuel Álvarez Cruz, Notas biográficas sobre el escultor Antonio Susillo, en Laboratorio de Arte, 10-1997). 
     Se inició tardíamente en la escultura, pero gracias a la protección de un príncipe ruso, Romualdo Giedroik, (citado en otras ocasiones como Giedroyc, Giedroye, Giodroge Giedroik o Gredeye), consiguió en 1883 viajar a París, donde alcanzó notables éxitos. En 1884 regresó a Sevilla y en 1885 recibió una ayuda económica del Ministerio de Fomento para ampliar sus estudios en Roma, donde vivió tres años. Especializado sobre todo en el trabajo en barro cocido, realizó un importante número de relieves, y a lo largo de su carrera, destacados retratos, estatuas y monumentos en Sevilla. Sus composiciones destacan por su sentido del ritmo y del movimiento, consiguiendo que tuvieran una gran fuerza expresiva. Falleció con solo 41 años, suicidándose al parecer por una depresión, en el cenit de su carrera. La fecha de nacimiento, 16 de abril de 1855, está contrastada en su partida de bautismo, facilitada por Manuel Martín (Museo del Prado).
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La calle Antonio Susillo, al detalle:
Azulejo conmemorativo a Antonio Illanes, en la fachada del edificio de c/ Antonio Susillo, 11.
Edificio c/ Antonio Susillo, 17; de Rafael Arévalo.

jueves, 3 de abril de 2025

El relieve "Presentación de Colón a los Reyes Católicos en el Salón del Tinell de Barcelona", de Antonio Susillo, en el Claustro Mayor del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el relieve "Presentación de Colón a los Reyes Católicos en el Salón del Tinell de Barcelona", de Antonio Susillo, en el Claustro Mayor, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
    Hoy, 3 abril, es el aniversario (3 de abril de 1493), del recibimiento de los Reyes Católicos a Cristóbal Colón en Barcelona, tras el regreso del primer viaje a América, así que hoy es el mejor día para Explicarte el relieve "Presentación de Colón a los Reyes Católicos en el Salón del Tinell de Barcelona, de Antonio Susillo, en el Claustro Mayor, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En el Claustro Mayor, del Museo de Bellas Artes podemos contemplar el relieve "Presentación de Colón a los Reyes Católicos en el Salón del Tinell de Barcelona", obra de Antonio Susillo (1857 - 1896), siendo un bronce fundido, en Thiebaut Freres Fondeurs, de París, con unas medidas de 2,93 x 1,38 x 0,30 m., realizado en 1893, procedente de la donación de los Amigos del Museo, en 1993.
     La escena se distribuye en tres planos, el principal centrado en la figura de los Reyes Católicos recibiendo a Colón, que aparece inclinado ante ellos. Tras el almirante emergen arrodillados dos figuras de indios seguidos de una corte de soldados que se pierde en la lejanía, entre los que destaca un personaje que porta una caja como regalo para sus majestades. La escena aparece enmarcada en un fondo arquitectónico donde destacan los escudos de Castilla y León. Al otro lado, junto a los Reyes Católicos, aparece en primer término la figura de un macero tras una silla de tijera. Tras este personaje, que porta el característico mazo de poder, aparecen asomadas tras una balaustrada goticista, un grupo de mujeres observando con especial interés la escena principal.
     Destaca el trabajo minucioso y el sentido de la perspectiva con diferentes gradaciones del relieve siendo algunas figuras auténticas esculturas exentas.
     Realizado como conmemoración del IV Centenario del regreso del almirante a España, hecho acaecido en marzo de 1493.
     Esta obra es una copia realizada por el propio Susillo de uno de los relieves que forman parte del Monumento a Colón de Valladolid. Representa el histórico momento en que Colón regresa de su viaje en 1493. Los elementos arquitectónicos, así como el mobiliario y los personajes representados se realizan con gran detalle y virtuosismo (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Evocado magistralmente por Antonio Illanes en 1974, este malogrado artista nació en Sevilla en 1857 y desde muy niño dio muestras de sus aptitudes artísticas, teniendo que vencer la oposición familiar para poder dedicarse a la escultura. Consecuentemente, su formación pri­mera fue autodidacta, hasta que fue descubierto por el pintor José de la Vega, de cuya mano llegó al éxito de la Exposición regional, de 1882, en donde presentó su obra La Madre hebrea. Y, como dice Illanes, «se convierte en la primera figura del momento artístico, su celebridad es grande... pero está ayuno de caudales». Es entonces cuando le llega la reina Isabel II y le adquiere sus obras para el Alcázar sevillano; la infanta María Luisa le encarga las figuras cementicias de los próceres que rematan la fachada norte del Palacio de San Telmo y el príncipe ruso Giedroik le invita a París, en donde acude a la Ecole de Beaux Arts durante el bienio 1883-1884. Y luego Roma, pensionado por el Gobierno español en 1885. Y después, la gloria de los grandes encargos de su Sevilla y las medallas de oro en las Exposiciones Nacionales y las condecoraciones y el nombramiento de académico de Bellas Artes y... un desgraciado segundo matrimonio y el pistoletazo que puso fin a su vida, en dicimbre de 1896, a los treinta y nueve años.
     Su obra, con cierta influencia de Rodín, mantiene matices románticos mezclados con novedades modernistas francesas, pero deteniéndose demasiado en lo anecdótico y narrativo, a veces con exceso de realismo. Dotado de unas especiales habilidades para el modelado, es en el barro en donde alcanza sus mejores logros, habiéndonos dejado gran cantidad de relieves, como el del Harén de Boabdil que, procedente de la colección de la marquesa de Yanduri, se conserva en el Museo, y que, obra casi postrera, expresa su sensibilidad poética para imaginar, componer y modelar los asuntos.
     Artista polifacético, abordó la creación de todo tipo de temas,  desde el monumento público, como los de Daoiz, Velázquez y Mañara, hasta la imaginería polícroma, pasando por los insuperables retratos del general Polavieja, la duquesa de Alba o del marqués de Luca de Tena.
     A Susillo le cabe, además, la gloria de haber sabido formar una interesantísima nómina de discípulos con los que la escultura hispalense penetra en el nuevo siglo. Entre ellos están Viriato Rull, Fernando de la Cuadra, Joaquín Gallego, Miguel Sánchez-Dalp, Gustavo Luca de Tena y, sobre todo, las figuras de Joaquín Bilbao y Lorenzo Coullaut (Enrique Pareja, Escultura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor el hecho histórico que aparece en el panel principal del banco de la provincia de Barcelona
      La expedición comandada por Cristóbal Colón, formada por la Pinta, la Niña y la Santa María, avistó la isla de Guanahaní el 12 de octubre de 1492. «Esta tierra era y es una isla de quince leguas de luengo, poco más o menos, toda baja, sin montaña alguna, como una huerta llena de arboleda verde y fresquísima...», cuenta el fraile Bartolomé de las Casas. Entretanto, los Reyes Católicos, los principales valedores de Colón, se encontraban en Barcelona negociando la devolución del Rosellón y la Cerdeña. El 7 de diciembre, casi dos meses después, mientras Colón navegaba por las islas del Caribe, el campesino Juan de Cañamares atentó contra la vida del rey Fernando en la escalinata de la Plaza del Rey de Barcelona. Según el cronista Andrés Bernáldez, «... el traidor que tiraba el golpe con un alfanje ó espada...» intentó acuchillarle, pero el rey consiguió esquivarle y «... alcanzólo con la punta (...) desde encima de la cabeza por cerca de la oreja...». El rey consiguió restablecerse de su herida. 
     Cristóbal Colón regresó a la península Ibérica en marzo de 1493, tras el descubrimiento de América o de las Indias, ya que el almirante creía haber alcanzado el continente asiático navegando desde Occidente, cuando en realidad había descubierto un continente completamente desconocido para los europeos. En abril de 1493, Cristóbal Colón fue recibido por los Reyes Católicos en Barcelona. No se sabe con certeza el día en que el almirante entró en la ciudad, aunque probablemente fue a finales de abril. Tampoco se sabe el lugar exacto en el que fue recibido; pudo ser en el Salón del Tinell, en el centro de Barcelona, o en el monasterio de San Jerónimo de la Murtra, en Badalona; puede que visitara ambos lugares.
     «Presentó a los reyes el oro y las cosas que traía del otro mundo; y ellos y cuantos estaban delante se maravillaron mucho en ver que todo aquello, excepto el oro, era nuevo como la tierra donde nacía. Loaron los papagayos, por ser de muy hermosos colores: unos muy verdes, otros muy colorados, otros amarillos, con treinta pintas de diversa color; y pocos de ellos parecían a los que de otras partes se traen. Las hutias o conejos eran pequeñitos, orejas y cola de ratón, y el color gris. Probaron el ají, especia de los indios, que les quemó la lengua, y las batatas, que son raíces dulces, y los gallipavos, que son mejores que pavos y gallinas. Marvilláronse que no hubiese trigo allá, sino que todos comiesen pan de aquel maíz. Lo que más miraron fue los hombres, que traían cercillos de oro en las orejas y en las narices, que ni fuesen blancos, ni negros, ni loros, sino como triciados o membrillos cochos. Los seis indios se bautizaron, que los otros no llegaron a la corte; y el rey, la reina y el príncipe don Juan, su hijo, fueron los padrinos, por autorizar con sus personas el santo bautismo de Cristo en aquellos primeros cristianos de las Indias y Nuevo Mundo», escribió el cronista Francisco López de Gomara en el siglo XVI.
     Los detalles de la recepción oficial en Barcelona, como todo lo que rodea la vida de Colón, siguen siendo un misterio. No se sabe exactamente cómo llegó a Barcelona ni por dónde pasó, aunque las fuentes históricas afirman que una vez que llegó a la Península hizo el viaje por tierra y no por mar, pero no hay documentos que certifiquen su paso por alguno de los pueblos o ciudades que encontró a lo largo del camino, y eso que dirigía una comitiva que incluía a un grupo de indígenas, nunca antes vistos por los lugareños, y especies tan exóticas como los papagayos. Tampoco existen documentos oficiales que confirmen su paso por Barcelona. Pudo ser un acto solemne o sencillo, público o privado, en algún lugar apartado de la ciudad.
     Un cronista explica que, a la llegada de Colón a Barcelona a mediados de abril de 1493, «los Reyes Católicos le esperaban públicamente, con toda la majestad y grandeza, en un riquísimo trono bajo un dosel de brocado de oro, y cuando fue a besarles las manos se levantaron como si fuera un su lado». Sin embargo, los diarios de la ciudad no registran una recepción pública. Parece que el encuentro se produjo en alguna sala de palacio, repleta, eso sí, de curiosos y admiradores (National Geographic).
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lunes, 3 de marzo de 2025

El Monumento a Miguel de Mañara, de Antonio Susillo, en los Jardines de la Caridad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el monumento a Miguel de Mañara, en los Jardines de la Caridad.    
     Hoy, 3 de marzo, es el aniversario (3 de marzo de 1627) del nacimiento de Miguel de Mañara, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el monumento a Miguel de Mañara, en los Jardines de la Caridad, de Sevilla.
     Los Jardines de la Caridad, se encuentran en la calle Temprado, 8, aunque también tienen acceso por el Paseo Cristóbal Colón, 22; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
     Dedicada por la Hermandad de la Santa Caridad, cuya inscripción puede leerse en el pedestal, es obra póstuma de Antonio Susillo. Se encuentra levantada, a partir de 1992, en la plaza abierta en los jardines fronteros al Hospital de San Jorge, tras la remodelación del entorno del Teatro de la Maestranza que se hizo en ese año.
     Con anterioridad, el lugar que ocupa la estatua y los jardines que la rodean, formó parte del terreno llamado La Resolana, que se extendía ante los edificios de la Aduana y de la Caridad (entre otros), y estaba limitado al frente por los malecones que defendían la ciudad de las crecidas del río.
     En el último tercio del siglo XIX, este terreno ofrecía un aspecto tan deplorable que el 3 de abril de 1886 el Hermano Mayor de la Caridad solicitó al Ayuntamiento se los cediera a la Hermandad, con el propósito de higienizarlo y convertirlo en jardín, que había de ser cercado con una verja, y dejando libre el tránsito en la vía pública que el Cabildo de la ciudad señalara.
     En en 1891, cuando surgió -en la Hermandad- el pensamiento de levantar en aquel lugar una estatua a su fundador, y a este efecto algunos de sus individuos hablaron el con el escultor Antonio Susillo acerca del proyecto, comunicando al artista -en mayo de 1896- que tenía terminado el modelo en barro, y que se comprometía a fundirlo en bronce.
     La trágica muerte del escultor, ocurrida a finales de ese año, privó a éste de llevar a cabo la fundición de la estatua; pero los testamentarios se encargaron de cumplir esta obligación, fundiendo el bronce en Sevilla, y haciendo la entrega conforme a lo pactado.
     En septiembre de 1901 se comenzó la construcción del pedestal, cuya traza se debió al marmolista sevillano Manuel García Lama, quien utilizó en él mármoles granadinos, e inaugurándose la obra en septiembre de 1902.
     La figura de Mañara, caballero de la Orden de Calatrava, Hermano Mayor que fue de la Santa Caridad desde 1662 hasta el 9 de mayo de 1679 en que murió, muestra al Venerable tomando en sus brazos a un pobre, enfermo y desnudo, que perece como si lo llevase al Hospital frontero, cumpliendo así lo que propuso que prometieran los hermanos: "servir en público y en secreto a mis muy amados hermanos los pobres, de suerte que si fuera necesario traerlos a hombros, lo haré de muy buena voluntad, por servir y respetar en ellos a Nuestro Señor Jesucristo. 
     La Hermandad cuenta con otro monumento a Mañara dentro del Jardín de los Rosales, obra donada por la Vda. de D. Ramón Ybarra y realizado por el escultor sevillano José Lafita Díaz en 1928 (Teresa Lafita. Sevilla Turística y Cultural. Fuentes y Monumentos Públicos. ABC de Sevilla, 1998).
     El monumento representa la figura de Miguel de Mañara en bronce, llevando en sus brazos a un enfermo. Se dispone sobre un pedestal de mármol realizado por Manuel García Lama. En el pedestal se encuentra una lápida con la siguiente inscripción: "Al venerable Don Miguel de Mañara Fundador de la Santa Caridad de Sevilla la Hermandad le dedicó este monumento en memoria de sus muchas virtudes en el año de nuestro señor Jesucristo de MDCCCCII".
     Los Jardines de la Caridad, situados en el Paseo de Cristóbal Colón, junto al Teatro de la Maestranza y frente al Hospital de la Santa Caridad, han sido cedidos en 2004 al Ayuntamiento de Sevilla por parte de la Diputación. La calle Temprado se singulariza por el edificio de las Atarazanas y el Hospital de la Santa Caridad, que ocupan la acera de los impares. Han hecho que la calle quede marcada por la historia y la leyenda.
    En 1891 la Hermandad de la Caridad decide levantar una estatua a su fundador. El proyecto fue encargado al escultor Antonio Susillo, que finalizó el modelo en 1896, el mismo año de su muerte, sin que hubiera sido llevada a cabo la fundición de la estatua. El monumento fue inaugurado en 1902.
     Es una de las mejores obras contemporáneas que se reparten por el entramado urbano de la ciudad, siendo creada por Antonio Susillo, uno de los mejores escultores del panorama artístico decimonónico (Diagnóstico de los Monumentos Públicos de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Miguel de Mañara, personaje representado en la obra reseñada;
     Miguel Mañara Vicentelo de Leca (Sevilla, 3 de marzo de 1627 – 9 de mayo de 1679), caballero de la Orden de Calatrava y “gran limosnero de Sevilla”.
     A Miguel Mañara se le ha querido confundir a veces, fruto de la literatura romántica francesa del siglo XIX, con el mismo Juan Tenorio, que de gran pecador de disipada juventud, se convirtió en el gran arrepentido, de penitente y piadosa vejez. Nada hay en la juventud de Mañara, que tenga algo que ver cun esis “crímnes tan numeroso —que le atribuye E. Van Loo— como numerosos eran sus triunfos amatorios”; ni nada semejante a ese “llibertini cavallero” que presenta: el de “la espada continuamente ensangrenyada”. Contrario es el juicio que le merece a Marañón, maestro indiscutible en la materia: “Durante toda la época romántica hasta nuestros tiempos —escribe— se ha personificado el donjuanismo en un sevillano del más alto valor emocional, en Don Miguel de Mañara [...], que todavía goza de un alto prestigio de Don Juan. Es igualmente un error, y no sólo porque Mañara es muy posterior a Tirso de Molina y no pudo, por tanto, ser su modelo, sino porque Mañara fue, ante todo, un místico”.
     Nació en Sevilla de una familia rica, originaria de Córcega. Su padre, Tomás, había vuelto de sus viajes al Perú con fama de grosario o de opulento comerciante.
     Pasó los días de su juventud entre las naturales diversiones y el ambiente cristiano de su familia. A los veinticuatro años, el ya caballero de Calatrava quedó de único heredero de la gran fortuna de sus padres, en aquella Sevilla, “amparadora de pobres y refugio de desdichados”, que era considerada entonces como una de las ciudades más ricas de Europa. En 1648 casó con Jerónima Carrillo de Mendoza, de la alta nobleza sevillana. Ésta murió pronto y fue entonces cuando Mañara, quien, al decir de sus contemporáneos, vivía “cuerda y cristianamente”, dio un nuevo cambio de vida. El mismo Mañara confesó que “vivía muy gustoso y teníase por muy afortunado con la compañía de doña Jerónima, su mujer, de quien cada día iba haciendo mayor estimación, al paso que iba conociendo los quilates de su mucha virtud, fuera de las demás prendas que la hacían singularmente amable”.
        Cuando murió Jerónima, contaba con treinta y tres años de edad. En un golpe de gracia, aprendió entonces “a conocer con gran claridad la brevedad de la vida, la certidumbre de la muerte y la vanidad de las glorias del mundo”. Su sobrino, el marqués de Paradas, cuando corrió a su encuentro en la soledad de Montejaque (señorío de Jerónima), le halló “poseído de un sentimiento, aunque muy grande, muy prudente y católico, deseando sólo aprovecharse de golpe semejante y acabar de desatar las pigüelas de este mal mundo, que tanto impiden para volar al cieño”. Pasó, entonces, por un proceso de “conversión interior”; poco a poco se fue desprendiendo de sus inmensos bienes y pronto fue considerado como el gran limosnero de la ciudad. Entró en la cofradía de la Santa Caridad, que se dedicó a favorecer a pobres y necesitados, llegando a ser de por vida hermano mayor de la misma. En una de las actas del Cabildo se lee que “propuso el señor don Miguel Mañara que el principal instituto de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo es cuidar de los pobres, y que los mendigos son los que tienen primer lugar como más desvalidos que andan a la inclemencia del tiempo de noche y de día, del que ha resultado morirse muchos aceleradamente.
     Y que le parecía acudir a estos daños, haciendo el cabildo que los dichos pobres mendigos se recojan de noche y se les dé para que no padezcan mayor daño. Y allí, con lo que pueda, la Hermandad los socorra para que puedan dormir y enjugarse si estuvieren mojados”.
     “Hospicio de pobres y peregrinos”, como llamaban a la Santa Caridad, hizo construir para ella una hermosa capilla, en la que dejaron obras maestras sus amigos Roldán, Valdés Leal y Murillo. Habiéndose desprendido de todos sus bienes, se quedó a vivir en una humilde celda de la Caridad, donde escribió su memorable Discurso de la verdad, y murió santamente el 9 de mayo de 1679. En el Libro nuevo de hermanos se anota lo siguiente: “Murió el día 9 de mayo de 1679 con grande opinión de santidad. Fue padre y restaurador de esta Hermandad. 
     Está su venerable cuerpo debajo del presbiterio de esta santa iglesia de la Caridad, encima de la cual, en una losa, están recopiladas sus heroicas virtudes [...] No merecimos tanto bien. Viva eternamente en la feliz compañía de los Santos”. En los sevillanos quedó la memoria de Miguel Mañara como “limosnero de la ciudad, “varón justo”, “padre de los pobres y consuelo de los afligidos”.
   Se abrió su proceso de beatificación, que todavía sigue pendiente en Roma (Francisco Martín Hernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento a Miguel de Mañara, de Antonio Susillo, en los Jardines de la Caridad, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 14 de marzo de 2022

El Monumento a Don Clemente de la Cuadra, en Utrera (Sevilla)

     Por Amor al Arte
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     Hoy, 14 de marzo, es el aniversario (14 de marzo de 1844), del inicio del mandato de Don Clemente de la Cuadra, como Alcalde de Utrera, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Monumento a Don Clemente de la Cuadra, en Utrera (Sevilla).
     El Monumento a Don Clemente de la Cuadra, se encuentra en la plaza de España, s/n; en Utrera (Sevilla). 
     Es un monumento bastante soso por representar a uno de los personajes más importantes de la historia de la Villa de pie y con escasa gestualidad. Se halla en la parte noroeste de la ciudad, un tanto alejado del centro urbano y de las principales carreteras de circunvalación.
     Un enclave presidido por la imponente figura de Clemente de la Cuadra, que desde las alturas sigue encargándose de que todo en Utrera permanezca según lo previsto. La estatua es de bronce, representando a Don Clemente de la Cuadra de pie y con su habitual indumentaria. Fue realizado por Antonio Susillo e inaugurado el 15 de diciembre de 1889.
Conozcamos mejor la Biografía de Don Clemente de la Cuadra, personaje representado en dicho monumento;
     Clemente de la Cuadra y Gibaxa (Ampuero, 1802 - Utrera, 7 de febrero de 1873) fue un empresario y político español, alcalde de Utrera (Sevilla) durante la Década Moderada. Tras emigrar a América desde su Cantabria natal, sus actividades comerciales, ganaderas y mineras en México le reportaron una gran fortuna. Regresó de Hispanoamérica después de la batalla de Ayacucho de 1825. De ideología progresista, se le describía como un hombre de espíritu emprendedor que confiaba en la cultura como el único instrumento capaz de transformar al hombre, y se le consideraba un representante de la Revolución burguesa levantada en los Virreinatos Hispanoamericanos.
     Su etapa al frente del ayuntamiento de la ciudad de Utrera estuvo comprendida entre el 14 de marzo de 1844 y el 12 de enero de 1846. Entre sus actuaciones como regidor municipal destacan la transformación del Convento de San Francisco en colegio público, la construcción de un nuevo edificio en la Plaza del Altozano y el traslado a este de la sede del consistorio, la construcción de una nueva cárcel, la construcción del primer mercado de abastos de la ciudad y la organización de una Guardia Rural de carácter local.
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