Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
Hoy, 16 de abril, es el aniversario del nacimiento (16 de abril de 1855) de Antonio Susillo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Antonio Susillo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
La calle Antonio Susillo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Gil, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Torres, a la calle Peral.
La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
Está integrada por dos calles que tuvieron nombres propios. El tramo entre Peral y Feria se conoce desde comienzos del s. XVI como Quesos, y el comprendido entre Feria y Torres como Gallinas desde mediados del s. XV hasta 1845, en que quedó unida a Quesos. En 1889, a petición de la Sociedad Económica de Amigos del País, se la rotula con el nombre actual, en memoria de este escultor sevillano (1867-1896). En el Libro Protocolo del convento de San Clemente se identifica la calle Gallinas con otros nombres; los de Pila del Relator, Anadones y Dormitorio de San Basilio, son topónimos que parecen corresponder a otros espacios.
Recta y de mediana anchura, está cruzada por Feria y Faustino Álvarez y desembocan en ella, en el primer tramo, Teide y Escuderos, por la derecha e izquierda respectivamente. Desde finales del s. XVI hay peticiones al Ayuntamiento para que sea empedrada, sistema que se mantuvo hasta que se adoquinó a comienzos del presente siglo, hoy está asfaltada sobre aquel adoquinado. Las aceras son de cemento y están muy degradadas en algunos tramos. En 1921 se sustituyó la iluminación de gas por la eléctrica, que hoy cuenta con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. El caserío está integrado por casas, cuyas alturas oscilan entre una y cuatro plantas. Las de una y dos plantas corresponden al s. XIX; las de tres se levantan en el primer tercio del s. XX fundamentalmente; y las de cuatro son de las últimas décadas. Cabe destacar la núm. 17, esquina a Feria, de estilo racionalista, de Rafael Arévalo (1931). Algunas del comienzo y del final de la calle se encuentran abandonadas. Presenta alguna actividad de talleres y pequeños comercios, sobre todo en las proximidades del cruce con Feria, que va desapareciendo hacia sus extremos, especialmente en su arranque, por comunicar con calles y zonas poco valoradas, debido a su escaso tránsito. Parece que en 1888 existía en ella un teatro, denominado Casimiro, pues solicita licencia para el baile de carnaval. Un azulejo en el núm. 11 recuerda que allí vivió y tuvo su estudio el imaginero Antonio Illanes (1903-1976) [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Antonio Susillo Fernández, personaje que da nombre a la vía reseñada;
Antonio Susillo Fernández (Sevilla, 16 de abril de 1855 - 22 de diciembre de 1896) fue uno de los escultores españoles más famosos de la segunda mitad del siglo XIX.
La precocidad y el talento de Antonio Susillo hicieron que la crítica artística de la época se ocupara muy pronto de él, trazando las líneas fundamentales de su biografía, a la par que analizaba su estilo y más señeras obras. El aparente rigor de estas fuentes determinó que en posteriores aproximaciones a su figura se repitiesen los datos y rasgos ya formulados, pero sin que ello hubiera estado precedido de la necesaria e inexcusable confrontación documental.
La condena a la que se han visto sometidos los artistas decimonónicos, especialmente los de sus últimas décadas, los pertenecientes a la etapa del Realismo, ha motivado que este escultor, el más importante de la plástica sevillana de su época y figura destacada en el panorama nacional, no haya tenido una monografía histórico-artística rigurosa y científica. Tan sólo se le han dedicado breves comentarios en estudios generales del periodo y algún que otro artículo que repetía lo sabido o analizaba alguna de sus obras.
Esta situación planteaba un reto a la historiografía artística hispana, pero especialmente a la hispalense, puesto que Antonio Susillo nació y vivió en esta ciudad. Un primer y reciente intento ha sido los trabajos desarrollados por los miembros de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, con motivo del centenario de la muerte del escultor. En la senda iniciada por ellos van estas líneas, con las que pretendemos dar algunas respuestas a tres cuestiones que consideramos fundamentales en el apartado biográfico del escultor: su nacimiento, sus matrimonios, así como su muerte y enterramiento.
El primero de los temas a enfrentar es el del nacimiento de Antonio Susillo. Con respecto a él no hay unanimidad de criterios en cuanto a la fecha, el lugar y la condición socioeconómica de su padre. Luis Montoto y Pereyra señala, en 1885, que nació el 18 de abril de 1856, siendo su padre un modesto comerciante de aceitunas aderezadas. A este respecto, Ossorio y Bernard, indicaba que su profesión era la de almacenista de aceitunas, actividad que Comas y Blanco, en 1890, adjetiva como "rico comerciante dedicado al negocio en gran escala de la aceituna. Cascales Muñoz, el más importante de sus biógrafos, altera en un año la fecha de su nacimiento, posponiéndola al 18 de abril de 1857, sin embargo, mantiene el negocio de aceitunas como dedicación paterna, aunque en 1896 su condición era la de rico comerciante y en 1929 tan sólo la de modesto. Los datos reseñados por Cascales Muñoz han venido siendo mantenidos por la mayoría de cuantos historiadores, críticos y artistas se han acercado a su figura. Quizá las novedades más importantes fuesen las aportadas por Antonio Manes, que en 1975 señaló como lugar del nacimiento del escultor la casa número 55 de la sevillana Alameda Vieja; Fausto Blázquez, que en 1989 altera la fecha de su llegada al mundo, apuntando la del 18 de junio de 1857; y Juan Miguel González Gómez, que en 1997 da los nombres y naturaleza de sus padres: Manuel Susillo, de Sevilla, y Josefa Fernández, de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
Las evidentes contradicciones exigían una constatación documental del lugar y fecha de nacimiento de Antonio Susillo. De entrada, esta tarea planteaba la dificultad, o mejor dicho, casi imposibilidad, derivada del incendio, y consiguiente destrucción de sus fondos documentales, durante los prolegómenos de la Guerra Civil Española, de la iglesia de Onnium Sanctorum, la parroquia en cuya demarcación las referencias bibliográficas situaban su nacimiento, y por tanto, en la que podría haberse hallado su acta de bautismo y, en consecuencia, la fecha exacta en la que aquél se produjo. Afortunadamente, para esos años ya estaban en funcionamiento los registros civiles municipales, puesto que los judiciales no se inician hasta 1880. No obstante, un primer acercamiento a ellos nos puso en evidencia que en las fechas indicadas para el natalicio del escultor éste no se había producido. Se hizo necesaria, entonces, la consulta sistemática de los libros de nacimientos anteriores y posteriores, hasta que finalmente la hallamos.
Antonio Susillo Fernández nació en Sevilla el 16 de abril de 1855, a las once de la noche, en el número 11 de la calle Renovada, siendo sus padres Manuel Sucillo (sic), de profesión tonelero, y Josefa Fernández, ambos naturales de Sevilla. Sus abuelos paternos fueron José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, ambos naturales de Sevilla, y sus abuelos maternos José Fernández y Antonia Pabón, también sevillanos. Y fue bautizado en la parroquia del Sagrario.
La indemne conservación de los archivos de esta parroquia permitió la documentación de su bautismo, cuestión que antes parecía imposible. Tuvo lugar el 20 de abril de 1855. Recibió los nombres de Antonio María de los Dolores, Toribio y Margarita de la Santísima Trinidad. Fueron sus padrinos Antonio y Margarita Silva, naturales de Villanueva del Ariscal, provincia de Sevilla, solteros y de profesión labrador, el primero. Actuaron de testigos José Borge y Juan Vázquez, sevillanos y empleados de la iglesia del Sagrario.
Por lo que se refiere a los datos del 'nacimiento, el acta de bautismo confirmaba los ya reseñados en el registro civil, es decir, que vino al mundo a las once de la noche del día 16 de abril de 1855, siendo hijo legítimo de Manuel Sucillo (sic), tonelero de profesión y de Josefa Fernández, naturales de Sevilla; y que sus abuelos fueron, por parte de padre, José Sucillo (sic) y María Dolores Pérez, y por parte de madre, José Fernández y Antonia Pavón (sic), todos ellos de Sevilla. La única novedad fue el cambio ortográfico en el apellido de la abuela materna, que de Pabón pasó a Pavón.
Este conjunto de datos, tanto los del registro civil como los del libro de bautismos, además de documentamos con exactitud el nacimiento de Antonio Susillo y su condición de hijo legítimo, nos aclaran algo acerca de las circunstancias sociolaborales de su padre.
Manuel Susillo, de profesión tonelero, vivía consecuentemente en el barrio de los toneleros. La casa donde nació su hijo estaba ubicada en la calle Renovada, nombre que le fue cambiado en 1859 por el de Toneleros, precisamente como consecuencia del oficio de sus vecinos. Al respecto convendría señalar que la presencia de estos artesanos en esa zona de la Carretería se remontaba al S. XV, cuando ya existía una plazuela llamada de Toneleros.
Por tanto, la primitiva profesión de Manuel Susillo no fue la de mayorista de aceitunas aderezadas, sino la de tonelero. Sin embargo, ambas actividades estaban muy relacionadas, pues la preparación, transporte, almacenaje y comercialización de las aceitunas aliñadas se hacía en bocoyes. Esta vinculación se vio acentuada en su caso por la circunstancia de que su padre, José Susillo, era propietario de un almacén de aceitunas de mesa en la calle Varflora, n.° 32. De manera que resulta bastante verosímil, teniendo en cuenta el contexto socioeconómico de la época, su colaboración en el negocio familiar, atendiendo, quizá, entre otros menesteres, al mantenimiento de los barriles. A confirmarlo parece contribuir la circunstancia de vivir en las inmediaciones del comercio paterno, puesto que las calles Varflora y Renovada eran perpendiculares.
Sin embargo, no habrían de pasar muchos antes de que dejara de trabajar en el almacén familiar de Varflora n.° 32, abandonase su domicilio en la calle Renovada n.° 11, y se instalara en el barrio de la Alameda, concretamente en el n.° 20 de la calle Relator, donde nacería su hijo Ignacio a las tres de la tarde del 31 de mayo de 1858. Por su experiencia en el comercio mayorista de aceitunas aderezadas, debió ver unas buenas expectativas comerciales avecindándose en las proximidades del mercado de la calle Feria y convirtiéndose en abastecedor de los puestos que allí las vendían.
Por estas fechas, también advertimos una cierta variación en la grafía de su apellido, que puede ser testimonio de otros cambios en su contexto vital. Mientras fue un simple tonelero, empleado en un almacén de aceitunas ajeno y con una vida más o menos privada, no parecieron importarle las negativas connotaciones que podían aportarle su apellido: Sucillo, a fin de cuentas un diminutivo de sucio. Ahora, como comerciante de actividad eminentemente pública, le pareció que la "C" sobraba de él, y la sustituyó por una "S". Ello se comprueba al comparar la inscripción en el registro civil, así como el acta de bautismo de su hijo Antonio, de 1855, con la inscripción en el registro civil de su hijo Ignacio, de 1858. En el primer caso podemos leer siempre Sucillo, mientras que en el segundo, y desde él en adelante, y para todos los miembros de la familia con este apellido, aparecerá ya Susillo.
Volviendo al negocio de Manuel Susillo Pérez, no pueden suponerse unas grandes ganancias en este comercio mayorista, pues de otro modo, con los arios, hubiera trasladado su residencia a una zona más noble de la ciudad o al menos no hubiera vivido en la misma casa donde tenía el almacén. Sin embargo, su condición no debió ser humilde, ni siquiera, como adjetiva Cascales Muñoz, la de un "modesto almacenista de aceitunas aderezadas", sino más bien la de un próspero comerciante, sobre todo en los últimos arios de su vida. Ello parecen corroborarlo algunas circunstancias que intentaremos exponer.
En primer lugar, la esmerada educación que dio a sus hijos, en una época donde poseer estudios era privilegio de muy pocos. Para ello, los envió a algunos de los mejores colegios del momento. El joven Antonio fue matriculado en el colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María, y aunque por cuestiones de salud permaneció poco tiempo en él, es de suponer que tras regresar a Sevilla continuaría sus estudios en otro de parecidas características.
En segundo lugar, su presencia en la "Guía de Sevilla" de Vicente Gómez Zarzuela, especie de anuario local en el que se pormenorizaban aspectos de la vida económica, social y cultural de la ciudad, permite hacernos una idea, no sólo de su posición social y económica, sino también de la evolución que ésta tuvo a lo largo de los arios.
Entre las diferentes secciones de esta guía, se contaba una llamada "Indicador general del comercio, la industria, profesiones y establecimientos". Analizando las referencias que en ella se hacen a Manuel Susillo Pérez podemos conocer, aunque de manera superficial, la marcha de su negocio.
Dentro de este "Indicador General" no aparecen referencias a los almacenes de aceitunas de aderezar hasta 1867. No obstante, mientras que desde ese ario se cita a su padre, José Susillo, con comercio abierto en Varflora n.° 32, que a partir de 1869, por cambios de numeración sería el 12, de Manuel Susillo Pérez, que por aquel entonces estaba instalado en la calle Relator n.° 20, no se hace la más mínima mención. Podemos suponer, en consecuencia, que estuviese encargado de una sucursal del negocio paterno en los aledaños del mercado de la calle Feria. Hay que esperar hasta 1871 para encontrar la primera mención de él. La buena marcha de su negocio le permitiría instalarse por su cuenta, de tal manera que en ese año figura como almacenista de aceitunas aderezadas con domicilio comercial en la Alameda de Hércules n.° 48, que desde 1879, por cambios en la numeración viaria será el 42. En aquella casa mantendría el negocio y la vivienda hasta su muerte, pasando entonces a su hijo Rafael, quien continuaría con aquella actividad durante muchos arios.
Mientras que el "Indicador General" sólo nos ofrece la titularidad y ubicación del almacén de aceitunas, de sus rendimientos puede informarnos otra de las secciones de la referida "Guía": la del "Vecindario de Sevilla". En ella figuraban cuantos sevillanos tenían la suficiente trascendencia social como para que se necesitara localizarlos, es decir, las personas destacadas de la ciudad. En ella no figurará Manuel Susillo Pérez hasta 1874, aunque al año siguiente desaparecerá, para no volver a ser mencionado hasta 1878. Desde entonces, se le citará ininterrumpidamente en ella hasta su muerte en 1884. Al año siguiente, le sustituye su hijo Rafael, quien se había hecho cargo del negocio. Estas entradas y salidas de la lista de los vecinos notables de Sevilla, incluida la inmediata inscripción de su hijo o la permanente ausencia de su padre José Susillo, evidenciaban que su presencia en ella no obedecía a otro factor que la rentabilidad de su negocio, por lo que podemos conocer con cierto detalle su evolución, confirmándonos que a partir de 1878 producía unos beneficios que convirtieron a su dueño en un importante vecino de Sevilla.
En resumen, la "Guía de Sevilla" de Gómez Zarzuela nos pone de manifiesto que Manuel Susillo Pérez poseyó un almacén dedicado al aderezo y comercialización mayorista de aceitunas de mesa, con la suficiente rentabilidad como para hacer de él un prospero industrial y comerciante.
Y en tercer lugar, cuando falleció el 4 de marzo de 1884, a los 68 años y por una lesión cardiaca, además de citarse su defunción en la sección necrológica de la mencionada "Guía" de Gómez Zarzuela, lo que sólo ocurría si el finado tenía una cierta proyección socia1, no fue inhumado en una tumba modesta, sino todo lo contrario, en una sepultura de primera clase, las que sólo eran asequibles a personas pudientes.
Así pues, podríamos concluir que la especie sobre el humilde origen de Antonio Susillo respondía más a una fabulación romántica e interesada de la intelectualidad oficial y burguesa que a la verdad. Buscaba mostrarle como el ejemplo de un artista que desde la nada y con su propio esfuerzo había conseguido triunfar y llegar hasta las más altas cotas sociales. Sin embargo, la realidad era bien distinta. Había nacido en el seno de una familia de la mediana burguesía, que en el caso sevillano y durante la segunda mitad del Diecinueve, era una situación casi de privilegio. Circunstancia que explica, unida indudablemente a su enorme talento, el que llegara a ser un gran escultor prácticamente desde el autodidactismo. Si hubiera tenido que ganarse el sustento diario no le hubieran quedado fuerzas ni tiempo para aprender los secretos de su arte. La única opción hubiera sido la de trabajar como aprendiz en el taller de otro escultor, donde además de aprender el oficio habría tenido resuelto el mantenimiento. Sin embargo, ese no fue su caso.
La segunda de las cuestiones a enfrentar es la referida a los matrimonios de Antonio Susillo. Se trata de un tema perteneciente a la vida privada del escultor, razón por la que apenas fue destacado por sus biógrafos contemporáneos. Tan sólo Sedano, en 1896, señala de pasada sus recientes esponsales. Algunos datos más aporta el Dr. Roquero, quien en 1897 indica como se casó dos veces. La primera vez con una joven, de la que únicamente refiere su muerte al ario de matrimonio, víctima de la tuberculosis, y la segunda con María Luisa Huelin. No mucho más explícitos han resultado los estudios posteriores. Antonio Manes, que en 1975 apunta como se desposó joven con una alegre mocita de las Lumbreras, que falleció al corto tiempo, y como poco antes de su suicidio se había vuelto a casar con una doncella malagueña de buen linaje, pero de vanas minucias. De este enlace destaca la falta de entendimiento entre la pareja, consecuencia de la disparidad de temperamentos: espiritual y realista, soñador y frívolo. Y pone de manifiesto el deterioro de la relación a través de una escena contada por Castillo Lastrucci. En cierta ocasión, a la hora de la comida, viniendo el maestro del taller a la casa, sucio de barro y yeso, al verle la esposa le increpó: "¡Bah; creí que me había casado con un artista y no con un albañil!". Por último, en 1997 González Gómez apunta el nombre y naturaleza de su primera esposa, Antonia Huerta (sic) Zapata, nacida en Carmona (Sevilla); así como el segundo apellido de su segunda esposa, Sanz.
Se planteaba la necesidad de documentar aquellos matrimonios, tarea de fácil resolución si se hubiera conservado el archivo de la parroquia de Omnium Sanctorum, pero su desaparición hacía la cuestión algo más complicada. Los únicos datos relevantes con que contábamos sólo hacían referencia a los nombres y lugares de nacimiento de ambas esposas.
En primer lugar, intentamos documentar las nupcias del escultor en el Archivo Arzobispal de Sevilla, pero con resultado negativo. A continuación, ya que María Luisa Huelin era malagueña, emprendimos lo propio en el Archivo Diocesano de Málaga, pero en esta ocasión nos acompañó la suerte. Hallamos el expediente matrimonial de Antonio Susillo, y como en él se consignaba su condición de viudo, con indicación del nombre de la primera esposa y de la fecha de su defunción, pudimos proceder a documentar sus dos casamientos.
En primer lugar, puesto que teníamos confirmado el nombre de su primera esposa, Antonia Huertas Zapata, y señalada la fecha de su fallecimiento, el 13 de marzo de 1880, intentamos documentar el óbito. La ausencia de los libros de defunciones para ese ario en la sección de registro civil del Archivo Municipal de Sevilla, nos llevó a intentar lo propio en los libros de partes de inhumación, donde sí tuvimos algo más de suerte. Dedicada a su casa, murió a la edad de 22 años, como consecuencia de una lesión de corazón, estadio terminal de la tisis que venía padeciendo. Fue enterrada el 14 de marzo de 1880 en el cementerio sevillano de San Fernando, en una sepultura de tercera clase.
Documentada la fecha de su muerte y tomando como referencia al Dr. Roquero, quien indicaba que el matrimonio sólo duró un año, buscamos en el registro civil la fecha en la que éste se celebró. Allí comprobamos que tuvo lugar en Sevilla, en la parroquia de Ómnium Sanctorum el día 22 de junio de 1878. Para aquellas fechas Antonio Susillo contaba años y su esposa. Aunque ella era natural de Cazalla de la Sierra, vivía en el n.° 48 de la Alameda de Hércules. Su padre, Manuel Huertas era de profesión carpintero y oriundo de Cazalla, mientras que su madre Josefa Zapata era sevillana. Fueron testigos del matrimonio José Pedro Soria y Luis Garcilaso de la Vega.
Señalemos que en esta inscripción registral se indicaba "el comercio" como la ocupación del contrayente. Ello pone de manifiesto que por estas fechas Antonio Susillo todavía no se dedicaba profesionalmente a la escultura, manteniéndose laboralmente vinculado al negocio paterno. También podríamos anotar como en esta ocasión la madre del escultor aparece nacida en Sanlúcar de Barrameda, y no en Sevilla, según figuraba en anteriores documentos. Finalmente, cabría destacar la circunstancia de que los novios tuvieran el mismo domicilio: Alameda de Hércules, 48. Las razones de esta coincidencia (acogimiento, hospedaje, trabajo, amistad, parentesco, etc.), nos resultan desconocidas, pero el hecho nos explica el que se conocieran y se enamoraran.
Corto y triste matrimonio, envuelto en el dolor y la enfermedad. Tan aciaga experiencia y sus muchísimos compromisos laborales hicieron que el escultor dilatara "sine die" una futura relación amorosa. Hubieron de transcurrir quince arios para que volviera a contraer nuevas nupcias. Sería su segunda esposa una joven malagueña, perteneciente a una distinguida familia local: María Luisa Huelin Sanz.
Había nacido en esa ciudad el 10 de junio de 1869. Era hija legítima de Eduardo Huelin y Amalia Sanz, naturales de Málaga. Sus abuelos paternos fueron Guillermo Huelin y María Luisa Reissig, oriundos de esta misma ciudad. Sus abuelos matemos fueron José Sanz, nacido en Copons, provincia de Barcelona, y Antonia Crucet, natural de Málaga. Fue bautizada el 16 de aquel mismo mes, en la parroquia de San Juan, de esa ciudad, recibiendo los nombres de María Luisa, Josefa, Rafaela, Antonia, Ramona, Amadora y Restituta. Sus padrinos fueron Amador y Josefa Sanz, esposos; y los testigos Francisco Villena y Salvador Galiano Cuando contrajeron matrimonio Antonio Susillo y María Luisa Huelin, tenían cuarenta y veintiséis arios, respectivamente. Ella, que por aquellas fechas estaba huérfana de padre, vivía en la Alameda, n.° 9, feligresía de la parroquia del Sagrario, mientras que él residía en Sevilla, en la Alameda de Hércules, n.° 42, parroquia de Omnium Sanctorum.
Los ineludibles compromisos laborales del escultor le impidieron estar presente en Málaga para la resolución de los trámites matrimoniales. Ello motivo la demanda de exención de las amonestaciones. Estas se suplieron y justificaron con un atestado de libertad, viudedad y voluntad, evacuado por el Provisor y Vicario General del Arzobispado de Sevilla, en el caso de Antonio Susillo; y en el caso de María Luisa Huelin con un expediente de libertad, soltería y voluntad, debidamente justificado con testigos ante el Provisor y Vicario General del Obispado de Málaga. El 28 de septiembre éste otorgó la solicitada dispensa y autorizó al párroco de la iglesia del Sagrario para que, resueltos los previos requisitos civiles, pudiera celebrar el matrimonio, quedando así concluido el expediente matrimonial.
La boda tuvo lugar al día siguiente, el domingo 29 de septiembre de 1895. Desposó a los contrayentes el P. Fray Diego de Valencina, guardián del convento capuchino de Sevilla y buen amigo de Antonio Susillo, quien se desplazó al efecto hasta Málaga. Aunque el acta matrimonial no hace ninguna indicación al respecto, lo que hubiera sido de esperar, la prensa sevillana al informar del acontecimiento señala que la ceremonia se llevó a cabo en casa de la madre de la novia.
Los recién casados se instalaron en el domicilio sevillano del escultor, quien para dedicarle más tiempo a su esposa dimitió de su puesto como profesor de escultura en la Escuela Provincial de Bellas Artes, donde había impartido clases durante los años 1892, 1893, 1894 y 1895.
La última cuestión a enfrentar con respecto a la biografía de Antonio Susillo presenta una doble vertiente, pero que por su íntima conexión obliga a un tratamiento conjunto. Es la relativa a su muerte, que la leyenda popular ha rodeado de apócrifas anécdotas, y a su irregular enterramiento. Con respecto al primero de los asuntos, la mayoría de sus biógrafos han preferido no entrar en detalles, limitándose a dar la fecha del suceso. Tan sólo tres de ellos lo tratan con mayor atención: Cascales Muñoz, quien con fría objetividad extracta de la prensa madrileña los datos del suicidio; Antonio Illanes, quien más que narrar los detalles de su fallecimiento, pone de manifiesto el fracaso de su segundo matrimonio como posible causa del suicidio, para después reconstruir, haciendo uso de referencias periodísticas y testimonios personales, el patético momento en el que se le saca la mascarilla al cadáver; y González Gómez, quien da cuenta del óbito enmarcándolo en una crisis depresiva y transcribiendo los datos periodísticos señalados por Cascales Muñoz. En relación con el segundo de los temas, resulta tremendamente llamativo el hecho de que un suicida fuese sepultado en un cementerio católico. Será González Gómez el único de sus biógrafos que ha intentado darle respuesta. Partiendo del certificado de defunción de Antonio Susillo y de los datos de su enterramiento consignados en el Archivo del Cementerio de San Fernando de Sevilla, subraya el que no se hiciera constar, a instancias de sus amistades y en virtud de su prestigio social, el suicidio como causa de la muerte, sino heridas y hemorragias cerebrales, para que de esta manera pudiera recibir cristiana sepultura. Completa sus noticias señalando que fue enterrado el 23 de diciembre de 1896 en una sepultura de 1ª clase situada en el n.° 83 de la calle Virgen María, desde la que sus restos fueron trasladados, el 22 de abril de 1940, a la cripta situada bajo el calvario sobre el que se yergue el "Cristo de las Mieles".
Dado que la historiografía ha tratado de manera sumaria el suicidio y posterior sepelio de Antonio Susillo, se establece la necesidad de pormenorizar documentalmente las circunstancias que rodearon aquellos sucesos, intentando comprender como la sociedad sevillana no se escandalizó ante el flagrante quebranto de los preceptos eclesiásticos. A continuación, resulta inexcusable determinar las causas por las que el escultor se quitó la vida. Por último, se hace preciso el averiguar los motivos por los que fueron exhumados y reubicados los despojos del artista.
Comenzando por el primero de los asuntos, señalemos que, de manera totalmente insospechada, contando tan sólo cuarenta y un años, y cuando todo parecía irle bien: estaba en el culmen de su carrera y apenas habían pasado quince meses de su matrimonio; el 22 de diciembre de 1896 Antonio Susillo se quitó la vida.
A las ocho y media de aquel luctuoso martes de diciembre, salió el escultor de su casa dispuesto a suicidarse arrojándose al tren. Ya lo había intentado dos días atrás, en la estación de la Puerta de la Barqueta. Algunos testigos le vieron acercarse a las vías al paso del tren correo, vacilar y marcharse con la faz blanca. Pero estaba obsesionado y de nuevo volvía a insistir en su macabro propósito.
Una vez más se dirigió a la estación de la Puerta de la Barqueta, se colocó junto a los railes y esperó al paso del tren correo ascendente. Sin embargo, no pudo hacerlo. Aún así, estaba decidido. Caminando junto a las vías llegó hasta la estación del Empalme. Por allí le vieron desde las doce y media. Una y otra vez se acercaba a las vías al paso de los trenes, pero tras varias tentativas comprendió que jamás podría lanzarse bajo ellos. Se dirigió entonces al embarcadero de reses, sacó una pistola de su bolsillo izquierdo y se pegó un tiro bajo la barbilla. Eran las cuatro y media, pasaba en aquellos instantes el tren correo descendente. Sus pasajeros pudieron ver el hecho, y entre ellos la pareja de la Guardia Civil, que al oír el disparo detuvo la marcha y se bajó para ver lo ocurrido. Tras confirmar el suicidio ordenó continuar y llamó a la autoridad judicial.
Se encargó del caso el juez del distrito de El Salvador, Sr. Fernández Amaya, quien llegó al lugar a las siete de la tarde. Tras identificar el cadáver, se comprobó que era el de Antonio Susillo. Yacía tendido en el suelo a la altura del Km. 125, hacia el lado izquierdo de la vía. Vestía traje negro, con chaleco y sombrero del mismo color. Junto a él, bajo la mano izquierda, una pistola niquelada de cinco cápsulas, de la que sólo se había disparado una bala. Presentaba una herida bajo la barba, con los bordes
quemados, por la que salía sangre, al igual que por la boca y la nariz. Entre sus ropas se encontraron, además de objetos personales: una carta de José María de Pereda, fechada en Santander, con un recorte de prensa en el que había un artículo titulado "El busto de Pereda"; dos cartas dirigidas, una a Nicolás Luca de Tena y otra a Enrique F. Pineda; y dos tarjetas escritas a lápiz, una para el juez y otra para su esposa. La primera decía: "Al Sr. Juez: Me mato yo; mi mujer, D. María Luisa Huelin, es mi única heredera./ Antonio Susillo". Y la segunda: "Perdóname, María de mi alma. Me he convencido de que mi carrera no produce para ganar la vida./ Adiós, mi vida".
Tras el levantamiento del cadáver, éste fue conducido al Departamento Anatómico Forense para practicársele la autopsia. La llevaron a cabo los Drs. León Escolar y Ricardo Filpo. Concluida ésta y en presencia de algunos amigos del escultor, los Srs. Nicolás y Cayetano Luca de Tena, Caballero y Rueda, Rafael León, así como L. y A. Murga, y de su hermano pequeño, Ignacio Susillo, un operario de su taller procedió a sacarle la mascarilla al rostro del escultor.
Antonio Illanes añade a este grupo de amigos sus discípulos: Joaquín Bilbao, Francisco de la Cuadra, Joaquín Gallego, Miguel Sánchez Dalp, Lorenzo Coullaut Valera, Gustavo Luca de Tena y Viriato Rull, quien sería el encargado de realizar la mascarilla funeraria.
El 23 de diciembre de 1896, pasadas las cuatro de la tarde, el cadáver de Antonio Susillo fue trasladado al cementerio de San Fernando. El entierro, con un marcado tono privado e íntimo, tuvo lugar a las cinco. A él asistieron, además de los ya señalados, otros allegados, como los Srs. Balgañón, Romero, Salas y Aguilar. Desde el coche fúnebre, el ataúd fue llevado a hombros hasta la sepultura, por sus amigos Enrique Valdivieso, Nicolás Luca de Tena, Caballero y Rueda, y Ramón Aguilar. Quedó inhumado en una tumba de primera clase, junto a la del malogrado pintor Ricardo Villegas.
La circunstancia de que Antonio Susillo fuese enterrado en sagrado y recibiese honras fúnebres católicas, sólo es explicable desde la piadosa actuación de sus amigos, quienes consiguieron de las autoridades judiciales y eclesiásticas, como señala González Gómez, que se omitiera el suicidio como causa de la muerte. Estaban convencidos de que se había quitado la vida en el último y más trágico episodio de una larga enfermedad mental.
Para defender esta idea ante la sociedad sevillana, en evitación de que se escandalizara por el tan anómalo enterramiento, lo mismo que a limpiar la imagen de Antonio Susillo, un personaje querido y admirado, de la mancha que suponía el suicido, en un contexto de moral cristiana y burguesa, sus amigos hicieron valer sus relaciones con el diario sevillano "El Porvenir", que el 24 de diciembre, al día siguiente del entierro publicó el artículo titulado "El suicidio de Susillo". En él se hablaba de una "monomanía" que nublaba su inteligencia, al menos en algunos momentos, y que le había llevado a dispararse un tiro en el muelle de Málaga, afortunadamente desviado por su acompañante, Pedro Balgañón; a sentirse tentado de lanzarse al Guadalquivir desde el puente de Triana, lo mismo que a arrojarse al tren en las vías de la Puerta de la Barqueta, entre las que frecuentemente paseaba.
Estos juicios tranquilizaron las conciencias de los católicos más estrictos y ante la ausencia de críticas, la prensa sevillana no registra ninguna, se decidió precipitadamente la celebración de unos solemnes funerales católicos por el eterno descanso de Antonio Susillo. Prueba de ello es que no se repartieron las acostumbradas esquelas funerarias, ya que no debió dar tiempo a imprimirlas, y que la prensa anunciara los actos con un día de antelación, aunque quizá por ello se pospusieron a la jornada siguiente, quebrantando la costumbre de celebrarlos a los ocho días de la defunción. De todas formas, tuvieron lugar a las diez y media del 31 de diciembre de 1896, en la iglesia de Omnium Sanctorum. El duelo estuvo formado por el Gobernador Civil, Sr. Leguina, el Alcalde de Sevilla, Sr. Rodríguez de Rivas, los amigos del finado y en representación de su familia, de manera algo extraña, pues debería haberlo sido alguno de sus hermanos, su cuñado el Sr. Huelin.
Gracias a la piedad y cariño de sus amigos más íntimos, así como a la tolerancia de que la sociedad sevillana siempre ha hecho gala, especialmente para con sus hijos, Antonio Susillo quedó católicamente sepultado.
Como señalamos, el siguiente tema a tratar en torno a la muerte de este escultor es el relativo a las causas que determinaron su suicidio. De nuevo, resulta llamativa la aparente contradicción existente entre la certeza, mostrada por sus más allegados, de que fue la consecuencia de una enfermedad mental, y la presumible cordura que se deriva de la lectura de las notas halladas en su cadáver, donde se habla de razones económicas, motivos que parecen subrayar los testimonios conservados en el círculo de sus discípulos, en los que se hace referencia a una conflictiva relación con su esposa. Ello demanda el que intentemos aclarar cuales fueron los verdaderos factores que llevaron a Antonio Susillo a quitarse la vida.
La historiografía actual, representada por Santos Calero y González Gómez, apunta a desequilibrios emocionales y a la depresión como causas de la tragedia. La verosimilitud de estas opiniones se vería plenamente confirmada si pudiera contarse con un diagnóstico médico realizado a partir de un estudio directo del paciente, lo que parece bastante dificultoso por cuanto falleció hace más de un siglo.
Afortunadamente, éste diagnóstico científico sí fue llevado a cabo y lo hizo el Dr. D. José Roquero y Martínez, prestigioso médico sevillano y amigo del escultor, quien lo dio a conocer, aunque expresado de una manera divulgativa y algo retórica, en su artículo "Por qué se mató Susillo", publicado en la "Revista Médica de Sevilla", durante las primeras semanas de 1897.
Comenzaba su artículo indicando que había llegado el momento de despejar las dudas y el horror que el suicidio, propio de infames y desesperados, sembró sobre la memoria de Antonio Susillo. A continuación, hacía un análisis de la personalidad del escultor, con el que quería confirmar su tesis de que el suicidio era consecuencia de la enfermedad, puesto que en el hombre sano siempre prima el instinto de conservación y porque los suicidas, invariablemente, muestran lesiones orgánicas que alteran
su equilibrio mental.
Según su diagnóstico clínico, Antonio Susillo era un neurótico patológico. Padecía una astenia que no le quitaba la razón, pero si le anulaba la voluntad. Aparentemente, era una persona extravagante, como es común en los artistas. Bueno, soñador, apasionado en todas las manifestaciones del amor (familia, esposa, amigos), irascible, artista vehemente que vivía sumido en una semi-somnolencia fantástica, en la que, arrastrado por sus impulsos creativos, trabajaba infatigablemente, lo que desarreglaba sus costumbres cotidianas. Amaba la poesía, pero odiaba la música, la filosofía positivista, los números y las cuentas. Y era muy supersticioso. Sin embargo, sus amigos más allegados, como José María de Pereda o él que suscribía, intuyeron un enfermizo desequilibrio.
Las causas de aquella enfermedad se iniciaron para el Dr. Roquero en la infancia y siguieron actuando toda su vida: pobreza, contrariedades, obstáculos y el enorme desgaste de la creación artística; hasta que en un momento indeterminado surgió. Fue cursando lenta y progresivamente, pero en los últimos años se vio acentuada por la muerte de su madre y de su hermana, así como por una pasión amorosa desmedida y patológica. Arrastrado por su mal, magnificó problemas de honor, sentimientos y economía. Llegó a creer que estaba arruinado y sumido en la pobreza, cuando no era así, pues a su muerte dejó 350.000 pesetas. Ello le llevó a cuatro intentos de suicidio: en septiembre de 1894, por una calumnia, se arrojó al tranvía en la madrileña calle de Serrano, aunque Pedro Balgañón logró sujetarlo; en septiembre de 1895, parece que tuvo de nuevo en mente el quitarse la vida pues escribió una carta, no enviada, a Balgañón, señalándole sus últimas voluntades; en febrero de 1896, por cuestiones económicas se disparó un tiro en el muelle de Málaga, que fue desviado, una vez más por su íntimo Balgañón; y el último, en diciembre de ese mismo año, consumado. En ellos siempre pareció tener la razón clara, pero la voluntad vencida, como lo probaban las tarjetas encontradas en su cadáver, donde con lucidez dejaba zanjado cualquier problema jurídico derivado de su suicidio.
El Dr. Roquero vio en Susillo a la víctima de un proceso de envejecimiento prematuro, que situaba en su primer estado de astenia simple, y para confirmarlo clínicamente se personó en la autopsia. Pudo comprobar que, aun no mostrando degeneración en la piel o más envejecimiento que el normal en los cadáveres, presentaba un cráneo duro como el de un sexagenario y la grasa amarillenta en las vísceras propia de los ancianos. Además descubrió la existencia en las meninges de una gruesa placa de tejido condensado, adherida al parietal derecho, precisamente en la zona donde el escultor se quejaba de que le nacían sus frecuentes y terribles jaquecas. Su intuición médica quedaba confirmada por pruebas anatomopatológicas. Antonio Susillo padecía una enfermedad mental.
Aunque el escaso desarrollo de la Psiquiatría en 1897 obligó al Dr. Roquero a forzar en algo sus razonamientos y argumentaciones clínicas, las conclusiones que obtuvo son perfectamente admisibles desde la perspectiva psicopatológica actual. Antonio Susillo se quitó la vida como consecuencia de un trastorno afectivo distímico, lo que más comúnmente se conoce como una neurosis depresiva, y por tanto no fue dueño de sus actos. Pero, lo que no enfrentó, porque no la consideró de buen tono o porque no tenía un conocimiento exacto de ello fue la causa inmediata del suicidio: el fracaso de su matrimonio.
Mientras vivió su madre, con su afecto y consejos, logró mantener el equilibrio emocional. Ella era la tabla a la que se aferraba para no ahogarse en el mar de la existencia. Sin embargo, su muerte le dejó solo en un momento crucial de su vida, cuando estaba en relaciones con la que iba a ser su segunda esposa. Sentía por ella un apasionamiento amoroso enfermizo. Era un sentimiento incompatible con la realidad de una relación interpersonal. Desde que la conoció, comenzaron sus intentos de quitarse la vida, como única salida para los problemas que surgían. Y éstos parece que se agravaron tras la boda. No encontró en María Luisa Huelin el apoyo emocional que necesitaba, sino todo lo contrario. Ella rechazaba la profesión artística de su esposo, tanto por la vulgaridad artesanal del trabajo escultórico, como por los escasos rendimientos económicos que producía. Antonio Susillo no supo enfrentar aquello, se derrumbó y sintiendo que había defraudado a su amada se suicidó.
El último asunto a tratar es la explicación de, por qué los restos de Antonio Susillo fueron trasladados el 22 de abril de 1940 a los pies del Crucificado que preside la rotonda central del sevillano Cementerio de San Fernando.
Para hallarla hemos de remontarnos a los momentos inmediatos a la muerte del escultor, cuando Mariano Benlliure, su colega y amigo, comprendiendo que con él desaparecía la figura más importante de la escultura sevillana reciente, dirigió una carta, fechada el 23 de diciembre de 1896, a Rafael e Ignacio Susillo, pidiéndoles su opinión acerca de la idea de llevar a cabo una obra que perpetuara su memoria y su genio. En ella, también les informaba que la elaboración del proyecto y su financiación correrían por cuenta de él mismo, de sus hermanos José y Juan Antonio y de algunos amigos, como José Moreno Carbonero y José Villegas.
De manera bastante comprensible, pues no era demasiado conveniente remover el tema de la muerte, y suicidio, de Antonio Susillo, esta propuesta de Benlliure fue desestimada, cayendo en el olvido durante muchos años.
Habría que esperar hasta 1926, cuando el diario hispalense "El Noticiero Sevillano", en la primera página de su edición del 22 de diciembre, dentro de la sección "Treinta años hace... Tal día como hoy", recordó la muerte de Susillo y la grandeza de su figura'''. Aquel artículo actuó como revulsivo en ciertos sectores del ambiente artístico local, que sacaron a la luz pública una deuda que la ciudad de Sevilla mantenía con el escultor: dar un noble y definitivo enterramiento a sus restos.
A través de la prensa se dio a conocer a los sevillanos el carácter temporal de la sepultura de Antonio Susillo y los riegos que ello entrañaba, si no se le daba una solución digna y permanente. Su cadáver fue depositado en una tumba situada en el n.° 83 izquierda de la calle Virgen María, junto a la del pintor Ricardo Villegas, y allí permanecía desde hacía treinta arios. Pero aquello era posible, y muy pocos lo sabían, gracias al cariño y la generosidad de un amigo que, periódicamente, conforme se agotaban los plazos, renovaba el alquiler de la tumba. No obstante, se trataba de una solución provisional para sus restos, que corrían el riesgo de acabar en la fosa común. Era necesario resolver para siempre la cuestión del enterramiento de tan notable artista sevillano, y los llamados a hacerlo eran el Ayuntamiento y cuantos aún mantenían vivo su recuerdo. A ellos se les señalaba como posible ubicación de la tumba el calvario pétreo sobre el que se erigía, en el centro del cementerio hispalense, el Crucificado que en vida realizara el escultor. Además, se les recordaban los ofrecimientos que para trazarla habían hecho artistas como Aníbal González y Mariano Benlliure.
El Ayuntamiento sevillano se hizo eco de esta demanda y, en la sesión de la Comisión Municipal Permanente del 9 de marzo de 1927, su Alcalde y Presidente presentó la moción de trasladar los restos de Susillo desde la sepultura en la que descansaban a un mausoleo en la rotonda central del Cementerio de San Fernando. Para ello se pondría de acuerdo con la familia del escultor y con los artistas que tenían proyectado el monumento funerario. Una vez aceptada se inició el oportuno expediente, aunque sólo resolvió la cuestión del beneplácito familiar, quedando paralizado el asunto a la espera de tiempos mejores.
Estos no llegaron hasta el 20 de agosto de 1939, cuando desde la alcaldía se puso en marcha la ejecución del acuerdo tomado aquel 9 de marzo de 1927, para lo que solicitó del arquitecto de vías, parques y jardines que proyectase la construcción del oportuno mausoleo. Antonio Delgado Roig fue encargado de llevar a cabo el proyecto, que estuvo concluido el 28 de diciembre de 1939. Consistía en un pequeño osario excavado en la base del pétreo calvario que diseñara el arquitecto municipal José Sáez López y sobre el que se dispuso en 1904 el Crucificado, obra realizada por Antonio Susillo en 1895. Al exterior estaría cubierto por una losa de piedra de Luque, sobre la que iría una inscripción en letras de bronce. El presupuesto de su ejecución lo valoraba en 2.510'74 pesetas.
Durante la tramitación administrativa del proyecto y presupuesto, Delgado Roig aconsejó que las obras fuesen ejecutadas por el personal del Ayuntamiento y bajo la dirección de un técnico, a fin de evitar daños en el conjunto artístico formado por el calvario y el Crucificado. Ello obligó a prescindir del exigido concurso público y cargar los costos en el presupuesto municipal. Lo que fue aprobado, junto al proyecto y presupuesto, en la sesión ordinaria de la Comisión Municipal Permanente del 19 de enero de 1940.
Los trabajos se iniciaron el 16 de febrero de 1940, aunque por la empresa Manuel Álvarez Construcciones, y debieron concluir antes del 22 de abril de 1940, fecha en la que los restos del escultor fueron depositados en el osario-mausoleo. Con ello Antonio Susillo quedó definitiva y dignamente enterrado cuarenta y cuatro años después de su fallecimiento (Joaquín Manuel Álvarez Cruz, Notas biográficas sobre el escultor Antonio Susillo, en Laboratorio de Arte, 10-1997).
Se inició tardíamente en la escultura, pero gracias a la protección de un príncipe ruso, Romualdo Giedroik, (citado en otras ocasiones como Giedroyc, Giedroye, Giodroge Giedroik o Gredeye), consiguió en 1883 viajar a París, donde alcanzó notables éxitos. En 1884 regresó a Sevilla y en 1885 recibió una ayuda económica del Ministerio de Fomento para ampliar sus estudios en Roma, donde vivió tres años. Especializado sobre todo en el trabajo en barro cocido, realizó un importante número de relieves, y a lo largo de su carrera, destacados retratos, estatuas y monumentos en Sevilla. Sus composiciones destacan por su sentido del ritmo y del movimiento, consiguiendo que tuvieran una gran fuerza expresiva. Falleció con solo 41 años, suicidándose al parecer por una depresión, en el cenit de su carrera. La fecha de nacimiento, 16 de abril de 1855, está contrastada en su partida de bautismo, facilitada por Manuel Martín (Museo del Prado).
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La calle Antonio Susillo, al detalle:
Azulejo conmemorativo a Antonio Illanes, en la fachada del edificio de c/ Antonio Susillo, 11.
Edificio c/ Antonio Susillo, 17; de Rafael Arévalo.

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