Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

Mostrando entradas con la etiqueta Diputación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diputación. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de junio de 2026

Un paseo por la calle Demetrio de los Ríos

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Demetrio de los Ríos, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 27 de junio, es el aniversario del nacimiento (27 de junio de 1827) de Demetrio de los Ríos Serrano, de ahí que hoy sea el mejor día para ExplicArte la calle Demetrio de los Ríos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
      La calle Demetrio de los Ríos es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de La Florida, y San Bernardo, en el Distrito Nervión; y va de la avenida Menéndez Pelayo, a la avenida Eduardo Dato
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde fecha imprecisa es conocida co­mo calle del Rastro por el edificio de igual denominación que allí fue levantado en el s. XVI; en 1845 es nombrada Rastro Viejo; en l868 se denomina paseo de las Cañadas al que iba desde la Puerta de la Carne a San Bernardo, pero no debió consolidarse, pues en 1877 se acordó darle a ésta el nombre de Marte, por el dios de la guerra, y finalmente en 1921, a petición de la Asociación de Arquitectos de Sevilla, recibió el que actualmente conserva, en memoria de Demetrio de los Ríos (1827-1892), arqueólogo, poeta y arquitecto municipal de Sevilla durante largos años.
     El primer elemento de ordenación de este espacio fue la construcción del Matade­ro en 1489 en las proximidades de la desde entonces denominada Puerta de la Carne, y en el s. XVI el Rastro, mercado de ganado menor, algo más alejado y próximo al curso del Tagarete (plano de Olavide, 1771). Delante del Matadero se forma una plaza, sobre la que hay referencias de los siglos XVI y XVII, pero durante siglos permanece como un espacio marginal. extramuros, idóneo para la acumulación de escombros, de forma que en 1622 se llega a afirmar que los montones de estiércol y basuras prácticamente alcanzan la altura de la muralla, y de pésima fama por la presencia de ladrones, tahúres, tunos y mujeres de mala vida. En 1832 se construyó un paseo, pronto descuidado porque en 1855 se hablaba refiriéndose al mismo "de la que fue la alameda"; de nuevo en 1858 se recompuso el camino en­tre la Puerta de la Carne y el barrio de San Bernardo, en la cartografía del último tercio del XIX se consolida la formación de una vía que partiendo de la Puerta de la Carne pasa entre el Cuartel de Caballería (v. Menéndez Pelayo) y el Rastro por un lado y el Matadero por el otro, atraviesa la vía del ferrocarril y conecta con la calle Monte Rey (actual Eduardo Dato).
     En 1903 fue dotada con pavimento de cemento y en 1906 se aprobó un proyecto de alineación con Monte Rey; en el segundo decenio se procedió a su urbanización definitiva al coincidir una serie de operaciones de gran trascendencia: abovedamiento del Tagarete, adoquinado, nuevo proyecto de alineación, otro de ensanche, y construcción de un paso a nivel para salvar la vía del ferrocarril. Con todo, la transformación más importante la sufrió esta calle en 1924 con la construcción del puente de San Bernardo, que la divide longitudinalmente; así, si en su arranque Demetrio de los Ríos es una vía amplía, dotada con calzada de asfalto, aceras de losetas y farolas de báculo, después queda convertida en dos estrechas callejuelas, separadas por el puente, que morían en las desaparecidas tapias del ferrocarril. El puente fue construido por Juan Talavera y como elementos ornamentales son de destacar sus farolas y los puntos de acceso de las escalinatas. Confluyen por la derecha Rastro, y por la izquierda lo hacen Alejo Fernández y Pedro Roldán. La acera de los pares está formada por un lateral del Cuartel de Caballería, construido a finales del XVIII, que se está rehabilitando como sede admi­nistrativa de la Diputación Provincial, y por el parque de bomberos situado aproximadamente sobre el solar del Rastro, más tarde depósito de carros de limpieza; la zona situada bajo el puente y donde apenas se registra tráfico rodado con frecuencia se encuentra ocupada por los vehículos del parque de bomberos. En la de los impares hay varias casas de tres y cuatro plantas, destacando la que hace esquina a Menéndez Pelayo, con mirador, obra regionalista de J. Talavera y Heredia (1924-25); a continuación se encuentra el mercado de abastos, edificio racionalista de 1927, construido sobre el solar del Matadero, y se conservan unas naves donde en tiempos hubo un tostadero de café, sobre las que se levanta un bloque de pisos.
     Históricamente la funcionalidad de esta calle ha estado estrechamente marcada por la presencia del Matadero. Como queda dicho, éste fue construido en 1489; desde 1545 hay noticias de la costumbre de lidiar los toros, bien dentro del matadero, o en la plaza que había delante del mismo, sobre lo que se dictan distintas medidas: a veces consta la prohibición expresa de lidiarlos (1582), mientras que en otras se alienta su celebración para que se ejerciten los caballeros (1607), e incluso se propone el arreglo de la plaza para que las autoridades puedan asis­tir a las corridas (1593). En 1602 se encontraba en tan mal estado que se solicita que pase a ocupar el edificio del Rastro, pero uno años más tarde se recompuso y allí se mantuvo hasta la década de 1920, si bien ya en los últimos años sus condiciones higiénicas eran pésimas. Cervantes, en El Coloquio de los Perros, hace una descripción del ambiente del Matadero: (Berganza), "Paréceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla, y en su Matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde imaginara -si no fuera por lo que después te diré- que mis padres debieron ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella confusión, a quienes llaman jiferos. El primero que conocí por amo fue uno llamado Nicolás el Moro, mozo robusto doblado y colérico, como son todos aquellos que ejercían la jifería; este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos, arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presas de las orejas. Con mucha facilidad salí un águila en esto". Siglos más tarde, Bécquer recogía en Maese Pérez el Organista la mala fama de la que gozaban los jiferos, o empleados del matadero: "Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista ele San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, aquel pendulariote, que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de sol-fa, va a tocar en Nochebuena en lugar de Maese Pérez". Relacionada también con la proximidad del Matadero y el Rastro era la celebración durante los tres días de Pascuas de Resurrección de una feria de ganado lanar en las afueras de la Puerta de la Carne, y la costumbre de comprarles un cordero a los niños, de la que hay noticias entre 1795 y 1865. Actualmente, el mercado de abastos ocasiona cierto movimiento en su entorno por las mañanas y ha dado lugar a la ubicación de establecimientos comerciales en las plantas bajas de los edificios adyacentes; con todo, se ha perdido buena parte de la actividad y animación que hasta su decaimiento ha tenido la Puerta de la Carne. Desde otra perspectiva, Demetrio de los Ríos constituye un punto neurálgico del tráfico rodado de la ciudad, al canalizar el que procedente del sector Eduardo Dato-Nervión­-Gran Plaza accede a la "ronda" y casco histórico a través del puente de San Bernardo; esta alta concentración del tráfico ocasiona momentos de confusión y riesgo cuando los vehículos de bomberos salen precipitadamente del parque, al producirse una situación de emergencia en algún punto de la ciudad. La salida en procesión durante la Semana Santa de la cofradía de San Bernardo es motivo de gran animación y concentración de fieles en el puente. En la actualidad se procede a sustituir las vías del ferrocarril por una calle (v. Juan de la Mata Carriazo) [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Demetrio de los Ríos, a quien está dedicada esta vía
;    
     Demetrio de los Ríos Serrano. (Baena, Córdoba, 27 de junio de 1827 – León, 27 de enero de 1892). Arquitecto y arqueólogo.
     De familia conservadora, de clase media, estuvo relacionado a lo largo de toda su vida con las ruinas de la antigua ciudad romana de Itálica (Santiponce, Sevilla), a la que, siendo todavía un adolescente, acudía con cierta frecuencia acompañando a su hermano José Amador, secretario de la recién creada Comisión Central de Monumentos y director, desde 1841, de las excavaciones arqueológicas que se llevaban a cabo en aquella ciudad, el cual ejercerá siempre sobre él una verdadera tutela.
     Realizados en Madrid sus estudios de Arquitectura, ganó por oposición la Cátedra de Topografía de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, y a continuación, por concurso, la de arquitecto provincial. Poco después sería nombrado secretario de la Comisión Provincial de Monumentos. En enero de 1853 es elegido académico nato de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla, y en julio de 1862 vocal de la Academia de las Tres Nobles Artes de San Fernando, de Madrid. En 1866 sabemos que es miembro de la Junta de la Exposición Universal de París. En Sevilla se instala, por tanto, a partir de entonces y allí pasa la mayor parte de su vida.
     Casó con Teresa Nostench, de la que tuvo varios hijos, entre ellos la famosa escritora y poetisa Blanca de los Ríos, una de las mujeres más preclaras de su tiempo.
     En enero de 1860 sustituirá a su hermano José Amador en la dirección de las excavaciones arqueológicas de Itálica, en cuyo yacimiento había de desarrollar una importante labor, ya que a él se deben los primeros estudios serios de documentación de aquellas ruinas, en las que se venía trabajando con cierta intensidad desde finales del siglo XVIII, por lo que aprovecha, sobre todo para sus dibujos, documentos y publicaciones anteriores. Otros son originales suyos, como el primer plano que se levanta de la ciudad, el cual ofrece personalmente a la reina Isabel II cuando ésta visita las excavaciones en 1862.
     Como arqueólogo trabaja allí en un primer momento en el anfiteatro y en los conjuntos termales, y posteriormente, en la década de 1870, en el olivar de Las Coladas, donde exhuma diversas casas romanas decoradas con ricos mosaicos que sólo conocemos a través de sus dibujos, pues, abandonados a su suerte, a la intemperie, se perdieron rápidamente. Sus trabajos en el anfiteatro quedarían reflejados en una Memoria (1862), que será premiada por la Real Academia de la Historia y le valdrá el título de comendador de la Orden de Carlos III, y de miembro correspondiente del Instituto Prusiano de la Correspondenza Archeologica de Roma.
     Creado en 1835 el Museo Provincial de Bellas Artes de Sevilla, en el edificio que había sido hasta entonces Convento de la Merced, con el fin de recoger las obras de arte procedentes de las instituciones religiosas a las que se les habían expropiado en virtud de las leyes desamortizadoras, una Real Orden de 16 de diciembre de 1840 dispone que pasen a guardarse allí todos los objetos de Itálica encontrados hasta entonces o que en el futuro pudieran encontrarse, misión que se encarga inicialmente al conde de Montelimón y años más tarde, por Real Orden de 20 de octubre de 1854, a Demetrio de los Ríos, el cual recoge en uno de los claustros de dicho convento los materiales de Itálica que se hallaban dispersos en los más diversos lugares, según la procedencia del director de las respectivas excavaciones, creando la Sección de Antigüedades del Museo, de la que es nombrado director en 1866. Es el núcleo original del actual Museo Arqueológico Provincial.
     Como arquitecto, desarrolló sus trabajos en esta primera etapa en Sevilla y su provincia. Consta expresamente haber intervenido en el Hospital de las Cinco Llagas, el Presidio de San Gerónimo y el Ayuntamiento de Cazalla de la Sierra. Traza, en 1856, con Joaquín Fernández, la escalera del Museo de la Merced, y realiza el proyecto de la fachada del Ayuntamiento, aprobado en 1868, y el de su monumental escalera. A él se debe también, quizá en su calidad de miembro de la Junta Diocesana de Reparación de Templos, que se salvaran de la piqueta numerosas iglesias mudéjares de la ciudad, cuya destrucción había sido ordenada en 1869 por las autoridades de la Junta Revolucionaria que había destronado a Isabel II. Evita también que se destruya la Torre del Oro, aunque permite, siguiendo el dictamen de la Comisión Provincial de Monumentos, la demolición de las murallas de la ciudad. En sus escritos y denuncias a la Real Academia de la Historia queda patente la preocupación que sentía por la conservación del patrimonio artístico en su conjunto, lo que le movió a redactar, en 1874, en su calidad de vicepresidente de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la Provincia de Sevilla, un manifiesto para que las Comisiones de Monumentos de toda España apoyaran el Proyecto de Ley de Monumentos que se estaba preparando, y a enviar ese mismo año a la Real Academia de San Fernando la lista de monumentos que debían declararse nacionales en la provincia.
     En 1880 se traslada a la ciudad de León, para continuar la restauración de su catedral, sustituyendo a Juan de Madrazo en la reconstrucción de las bóvedas del crucero y de toda la nave mayor, así como en la fachada oeste, que remata imitando la del sur. Trabaja en ella, con notable ligereza en ocasiones (Gómez-Moreno, 1925), a lo largo de doce años, durante los cuales tiene ocasión de intervenir también en las iglesias de San Miguel de Escalada y Santa Cristina de Lena.
     Muy pronto, sin embargo, habían de manifestarse en él diversos achaques de cierta gravedad que culminaron en una hemiplejía, la cual no fue capaz de superar, ni física ni psicológicamente. Las obras de la Catedral, cúmulo de problemas y sinsabores, pudieron más que sus fuerzas, como les había sucedido a sus predecesores en ella, Laviña (1869) y Madrazo (1880). Escribió numerosas obras, hasta formar un conjunto de más de 30 volúmenes, sobre temas muy diversos: arte, arquitectura, arqueología, teatro, poesía, ensayos filosóficos y científicos, y otros, entre ellos algunos libros de texto para sus alumnos, muchas de las cuales quedaron inéditas.
     Colaboró además durante algún tiempo con La Ilustración Española y Americana, revista de bellas artes y actualidades, en la que dio a conocer, en 1875, algunos de sus trabajos en Itálica, y con el efímero Museo Español de Antigüedades, en 1872.
     Entre las obras inéditas podemos destacar aquélla en la que quizá más tiempo había invertido a lo largo de su vida, la Descripción histórico-artística de Itálica, obra para la que realizó, entre los años 1851 y 1880, los dibujos que se guardan en el Museo Arqueológico de Sevilla. En la portada original de dicho libro se titula a sí mismo “Arquitecto de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando, procedente de la Escuela Especial, Catedrático y Académico nato de la de 1.ª clase de Bellas Artes de Sevilla, Secretario de su Sección de Arquitectura, Correspondiente de la Real de la Historia, Miembro de la Diputación Arqueológica de esta Provincia; Arquitecto titular de la misma; Asesor de la Comisión de Monumentos Artísticos é históricos" (Fernando Fernández Gómez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Demetrio de los Ríos, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Demetrio de los Ríos, al detalle:
Edificio Demetrio de los Ríos, 1
Retablo cerámico Virgen de los Reyes, edificio Demetrio de los Ríos, 3
Parque de Bomberos

domingo, 3 de noviembre de 2024

Un paseo por la avenida Menéndez Pelayo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Menéndez Pelayo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 3 de noviembre, es el aniversario del nacimiento (3 de noviembre de 1856) del erudito Marcelino Menéndez Pelayo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida Menéndez Pelayo, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La avenida Menéndez Pelayo es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de San Bartolomé, y Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y en los Barrios de La Florida, y San Bernardo, del Distrito Nervión; y va de la confluencia de la avenida de Carlos V, con la plaza de Don Juan de Austria, y con la calle San Fernando, a la confluencia de la calle Puerta de Carmona, con la plaza de San Agustín, y con la calle Luis Montoto.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.  
     Desde la Edad Media las zonas próximas a las puertas de Carmona y de la Carne eran conocidas por los nombres de éstas; en 1847, cuando se está formando el arrecife, se alude a "la Alamedilla que de la Puerta de la Carne va a la de Carmona"; en 1868 a ese tramo se le denomina Ronda del Acueducto, por el que traía el agua a la ciudad a la altura de la Puerta de Carmona; el nombre no debió consolidarse, pues en 1876 se rotuló con el de Industria, atendiendo al tipo de edificación que se estaba levantando en esta nueva vía, denominación que se extiende hasta la confluencia con San Fernando en la medida en que se urbanizaba ese sector. En 1912 se le dio la denominación que hoy conserva, en memoria de Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), gran estudioso y erudito español, miembro de la Real Academia Española, de la de Historia, y Director de la Biblioteca Nacional; entre sus obras destacan Historia de los heterodoxos españoles, Historia de las ideas estéticas en España y sus estudios sobre literatura. 
     Contiguo a la Puerta de la Carne existió hasta el s. XV un cementerio judío y, como espacio extramuros, las noticias de este mismo siglo recogen la acumulación de basuras a la salida de las puertas, que con el paso del tiempo darán lugar a la formación de montículos de escombros. En 1489 se construyó en sus inmediaciones el Matadero y en el s. XVI el Rastro (v. Demetrio de los Ríos), que contribuirán a que éste sea un espacio cada vez más frecuentado; con todo, también son habituales las noticias que hacen referencia a los desbordamientos del Tagarete, que inundaba toda esta zona, y a los malos olores como consecuencia de los vertidos de fábricas de tintes, curtidurías o tenerías, situadas intramuros en la zona inmediata a Menéndez Pelayo. 
     Son quizás éstas las causas que explican la tardía urbanización de este sector de la ronda histórica, que todavía en el plano de Olavide (1771) absolutamente vacío, si bien ya en 1730 se habla del arreglo del camino que desde la Puerta de la Carne iba a San Telmo y el río, y en 1742 del del que extramuros unía la Puerta de la Carne con la de Carmona; asimismo en 1780 se aprueba el desmonte y allanamiento del terreno comprendido entre la Puerta de la Carne y la nueva de San Fernando. Con todo, la efectiva urbanización de la vía se llevará a cabo a partir de 1844, cuando se inicia la construcción del arrecife, continuada en 1845 con la apertura de 619 hoyos entre la Puerta de Carmona y el Prado de San Sebastián para plantarlos con pies de árboles, y en 1847 con la dotación de alumbrado de gas; pero inmediatamente después (década de 1850) se suceden noticias sobre los malos olores que siguen emanando los vertidos procedentes de las curtidurías y otras fábricas intramuros, sobre la falta de riego que arruina el arbolado, o el mal estado del pavimento del arrecife.
     El impulso definitivo a la urbanización de esta vía vendrá dado, como en toda la "ronda", por el derribo de la muralla a partir de la década de 1860; entre 1868-69 se prolonga el arrecife hasta la Pasarela, después que la ciudad ha conseguido la concesión de parte de los terrenos de la Huerta del Retiro para formar el actual paseo de Catalina de Ribera (v.); en cambio los Jardines de la Puerta de Carmona, o de la Aldeana, que en el mismo decenio se formaron adosados a un resto de muralla, junto a la Puerta de Carmona, son sustituidos por edificaciones a finales de la centuria; en la década de 1870 se aprueba una alineación general de la calzada de la Puerta de Carmona a la de la Carne, se lotean parcelas en los terrenos ocupados por la antigua muralla, al objeto de proceder a la regularización de los bordes del casco histórico, y se construyen pequeñas manzanas que cierran las plazas de Zurradores y Curtidores; en 1889-90 se abre el pasaje de Zamora y en 1893-96 se construye la manzana de casas situada entre la Puerta de la Carne y el Paseo de Catalina de Ribera, dándose así por finalizada la ordenación de la acera impar de la avenida. 
     La acera opuesta ha sido uno de los sectores de la ronda histórica que más tardíamente se construyó: se inició en 1780 con el Cuartel de Caballería, que durante casi un siglo fue el único edificio existente; a finales de la década de 1860 se formó la manzana triangular situada junto al cuartel, entre las calles General Ríos y Conde de Cifuentes; en el extremo opuesto se construyó hacia 1880 otra manzana triangular, pero de mayores dimensiones, en un espacio anteriormente ajardinado entre Luis Montoto y La Florida, y a continuación se edifica entre ésta y las proximidades del Matadero; de 1898 es la formación de la manzana situada entre Juan de Aviñón y Conde de Cifuentes; todavía en la década de 1920 se lotean unos terrenos entre Demetrio de los Ríos y Juan del Castillo; finalmente la formación del borde de los pares de esta avenida se dará por concluida en la década de 1960 con la construcción de la Audiencia Territorial y el Palacio de Justicia. Confluyen, pues, a esta avenida, por la acera de los pares, plaza Letrados de Sevilla, Manuel Bermudo Barrera, plaza Alcaldesa Soledad Becerril, Juan de Aviñón, Rastro, General Ríos, Demetrio de los Ríos, Juan del Castillo, Alejo Fernández, Alcalde Isacio Contreras, y La Florida, y por la acera de los impares, paseo de Catalina de Ribera, Nicolás Antonio, Puerta de la Carne, Conquista, Juan Hispalense, Juan de la Cueva, González de León, Pasaje Zamora, Irún, y Estella.
     El material obtenido de la demolición de la muralla es utilizado para la construcción del arrecife en 1876: de nuevo se empiedra en 1881; en 1904 se adoquina de la Puerta de Carmona a la de la Carne y en 1907 desde esta a la Pasarela; a partir de entonces y debido al mucho tránsito que registra, son continuas las referencias a arreglos y sustituciones del pavimento; entre 1918 y 1923 se construyen las aceras; se le dota de alumbrado eléctrico en 1910, renovado en 1960. Actualmente posee calzada de asfalto, con tres carriles para la circulación rodada en cada sentido, que se amplia a cuatro en el tramo más ancho; en su parte central, entre la plaza Alcaldesa Soledad Becerril y la Pasarela, una baranda metálica trata de impedir el paso de peatones de una parte a otra de la calle (ya desaparecida); posee amplias aceras de terrazo en tonos blancos y rojizos, con refugios de autobuses, cabinas de teléfonos, quioscos de prensa y golosinas, arbolado en alcorque y bancos de hierro en la acera que comparte con el paseo de Catalina de Ribera. Su iluminación se apoya en farolas de báculo. 
     Hasta la década de los sesenta predominaban las casas de escalera, las antiguas naves industriales convertidas en almacenes, y algunas viviendas unifamiliares tipo chalet, con un pequeño jardín delantero. Actualmente, en la edificación se mezclan alturas y tipologías, al conservarse en algunos casos los patrones originarios de finales de la pasada centuria y comienzos de la presente, y en otros haberse procedido a su sustitución por bloques de edificios en las últimas décadas. En la acera impar, la que bordea el casco histórico, está más generalizada (aunque tampoco faltan ejemplos de sustituciones) la conservación de la edificación original, constituida principalmente por casas de escalera de dos y tres plantas, muchas de ellas en estado de abandono o ruina; o poseen un local comercial en la planta baja y están desocupadas en las altas. Es de destacar la manzana construida entre 1893 y 1896 entre la Puerta de la Carne y el paseo de Catalina de Ribera, conocida como Casa Cobián.
     En la acera opuesta, por el contrario, la tipología edificatoria y funcional está más diversificada: se conserva habitada la manzana de casas de planta triangular y dos pisos construida hacia 1880 entre La Florida y Luis Montoto, y también una casa de escalera de cuatro plantas entre Conde de Cifuentes y General Ríos; entre Alejo Fernández y la Florida toda la manzana ha sido edificada de nueva planta, con bloques de seis pisos; se ha formado una nueva calle, Alcalde Isacio Contreras, y abierto un pasaje comercial techado; también entre la plaza Alcaldesa Soledad Becerril y Conde de Cifuentes se han edificado bloques de seis y siete plantas, si bien allí se ha actuado independientemente en cada parcela y se conserva, en el núm. 16, una vivienda unifamiliar ahogada por los bloques colindantes. En esta acera son de destacar la casa de viviendas esquina a Demetrio de los Ríos, obra regionalista de Juan Talavera y Heredia (1925-26) y en el núm. 4 el edificio Ybarra, obra de Aníbal González (1928-30). Finalmente el Cuartel de Caballería, llamado también de la Puerta de la Carne por su localización, fue construido entre 1780 y 1788, posiblemente por el arquitecto José Chamorro, en lo que entonces se consideraba un espacio no urbano, carente de viario, razón por la que su fachada no se encuentra alineada con la avenida; es el primer edificio construido en la ciudad con la finalidad de dedicarlo a cuartel, y se proyecta en sustitución del que había en la actual plaza del Cristo de Burgos (v.); sufrió ampliaciones en el s. XIX, posee planta rectangular y se organiza en torno a un gran patio central. Más tarde pasó a ser Cuartel de Intendencia y recientemente ha sido adquirido por la Diputación Provincial, que lo está rehabilitando para ubicar en él dependencias administrativas. 
     Su condición de espacio extramuros y la construcción del Madero a finales del s. XV propició la creación de un ambiente de mala fama en sus alrededores; a comienzos del s. XVIII se registra la existencia de prostitución entre las puertas, situación que la construcción del cuartel no contribuiría precisamente a mejorar. Como ha sido explicado, en 1876 se rotula como calle de la Industria en razón al tipo de establecimientos que en ella se estaban instalando y en un documento de 1878 se detallan las industrias allí localizadas: "En él hay ya fábricas de sedas; de planchas y tapones de corcho; de curtidos, correages mecánico y petacas; de hielo; depósitos de los más notable, para aceite, un gran establecimiento hidroterápico, que atiende a una gran necesidad higiénica  y un gran mercado en construcción no menos conveniente" (Obras Públicas, exp. 1506, 1878). Hoy, los establecimientos industriales han sido desplazados y la avenida, como ocurre con toda la ronda histórica en cuanto elemento articulador del crecimiento de la ciudad, se caracteriza por la existencia de una diversificada actividad comercial y de negocios, y por la canalización de un intenso tráfico rodado y un continuo trasiego peatonal, sobre todo en la confluencia con la plaza de Don Juan de Austria, nudo de conexiones de los transportes públicos; acentuado por la proximidad de la estación de autobuses, Audiencia Territorial y Juzgados y hasta su cierre en 1991, la estación de ferrocarril de San Bernardo. Fue éste uno de los primeros puntos en los que se instalaron semáforos para regular la circulación, y al ser aprobada la instalación, se recogía en la prensa "Los semáforos a instalar serán redondos para los conductores y rectangulares para los peatones. El sistema de colores que parece más acertado es el rojo, ámbar y verde" (ABC, 23-V-1960).
     Asimismo la vía se caracteriza por la diversidad de negocios y comercios existentes; cuenta con sala de multicine (desaparecida), bingo, un hotel, restaurantes, y múltiples bares y tabernas, debiéndose hacer mención de la Casa Cobos, ya muy empobrecida, esquina a Santa María la Blanca; entre los negocios de corte tradicional, una cestería, una ferretería, una tienda de bicicletas, o el estanco donde tuvo lugar, a comienzos de la década de 1950, el famoso "crimen de las estanqueras"; y entre los negocios característicos de nuestros días, las entidades bancarias y las casas de seguros, destacando la concentración de estas últimas que se registra en esta avenida. En la década de los sesenta, sobre el solar del que fue obra de José Sáez López (1902), se construyó de nueva planta el Equipo Quirúrgico Municipal, hoy transferido al Servicio Andaluz de Salud (derribado). Finalmente toda la acera impar. colindante con el paseo de Catalina de Ribera, cuenta con varios quioscos y bares y comparte las funciones de ocio que poseen los jardines [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Menéndez Pelayo, personaje que dan nombre a la vía reseñada
     Marcelino Menéndez Pelayo, (Santander, Cantabria, 3 de noviembre de 1856 – 19 de mayo de 1912). Erudito, polígrafo, historiador, crítico literario, escritor.
     Hijo de Marcelino Menéndez Pintado, catedrático de Matemáticas del instituto de Santander, y de María Jesús Pelayo. Sus biógrafos concuerdan en presentarlo como niño prodigio y dotado de unas facultades intelectuales cuyo recuerdo ha ingresado a veces en el terreno de la leyenda. Obtuvo Premio Extraordinario en todas las asignaturas del bachillerato excepto en Geometría, a cuya mención no optó por estar su padre en el tribunal.
     Atendiendo a las inclinaciones del niño, su padre lo envió a estudiar Letras a la Universidad de Barcelona, porque había allí un profesor que era amigo personal, el doctor Luanco. Cuando éste se trasladó a Madrid en 1873 a la llamada Universidad Central, única facultada para dar títulos de doctorado, Menéndez Pelayo lo siguió, aunque los estudios en Cataluña le habían ido muy bien, pues había obtenido la máxima calificación en todas las asignaturas, excepto en Griego, y su formación se había beneficiado enormemente del magisterio del medievalista Milá i Fontanals, según reconoció en la breve Semblanza que dedicó a este maestro en 1908.
     En la Universidad de Madrid se produjo enseguida un encontronazo con el krausista Salmerón, catedrático de Metafísica, quien había anunciado que suspendería a todos los alumnos. De la correspondencia del joven Menéndez Pelayo a sus padres, se puede deducir un innegable sectarismo por parte de Salmerón, pero también el carácter intransigente que caracterizó a Menéndez Pelayo y que empapó incluso su producción investigadora, sobre todo en los años de juventud. Para evitar examinarse con Salmerón, se presentó en septiembre de 1874 ante un tribunal de la Universidad de Valladolid del que formaba parte Gumersindo Laverde, quien, desde ese momento y hasta su muerte, acaecida en 1890, ejerció una influencia decisiva sobre el antiguo examinando a través de una amistad entretejida de la admiración sin límites que Laverde profesó a Menéndez Pelayo y el reconocimiento y afinidad ideológica que éste guardó para con su examinador.
     Su labor investigadora comenzó de inmediato. En el mencionado curso 1873-1874 se dedicó a acopiar materiales para una Biblioteca de Traductores Españoles y, tras doctorarse en 1875 con una tesis titulada La novela entre los latinos, se empeñó en un proyecto de Estudios sobre escritores montañeses y un plan para la edición de los filósofos españoles, volumen que echaba en falta en la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra.
     Como no tenía aún la edad para presentarse a oposiciones, solicitó y consiguió diversas pensiones para realizar viajes de estudio al extranjero con fondos del ayuntamiento de Santander (1875), la Diputación montañesa (1876) y el Ministerio de Instrucción Pública (1877). Así, en 1876 recorrió diversas bibliotecas de Portugal e Italia y en 1877 las de Roma, Nápoles, Florencia, Bolonia, Venecia, Milán, París, Bruselas, Amberes y Ámsterdam. Pero Menéndez Pelayo, como Kant y otros genios, no sintió la necesidad de ser viajero. Con excepción de otra visita que realizó a Portugal en 1883, éstas fueron sus únicas salidas al extranjero, aunque durante toda su vida estuvo en contacto con una verdadera pléyade de intelectuales de todo el mundo.
     En 1871 había iniciado Menéndez Pelayo una producción poética de la que se apartó definitivamente a los treinta años. En 1878 publicó su primer libro, Estudios poéticos. El volumen se divide en dos secciones, una de poesía original y otra de traducciones. Se trataba de verter la inspiración grecolatina en los moldes de la poesía de su tiempo. Con la misma distribución publicó en 1883, con prólogo de Valera, un segundo tomo de poesías originales (1876-1883) y traducciones (1874-1875). En éste hay poemas más maduros y de innegable intensidad, aunque no parece que anunciaran el futuro surgimiento de un poeta importante.
     No obstante, algunos críticos le han mostrado su reconocimiento (“Clarín”, 1877; G. Diego, 1931; Eguía Ruiz, 1914) en cuanto paladín del Clasicismo, entre el Romanticismo que desaparecía y el simbolismo que estaba emergiendo. Julián Bravo (1998) ha escrito que su abandono de la poesía “privó al clasicismo de una voz vigorosa y personal”.
     Su producción académica, que habría de ser inmensa, arranca a la par. Antes de su primer viaje había publicado ya en la Revista Europea sus cartas a Laverde en las que defendía la existencia de una ciencia española, en contra de Azcárate, que la negaba y explicaba tal lacra por la influencia de la Inquisición y la Monarquía. La continuación de la polémica permitió mostrar a Menéndez Pelayo una portentosa erudición, dando a conocer autores y obras de los que muy pocos hasta entonces habían tenido noticia. El calor de la polémica y la juventud del polemista explican las evidentes hipérboles que, como él mismo reconoció en su madurez, cabe encontrar en el libro La Ciencia Española, que recoge los diferentes escritos a los que dio lugar esta contienda ideológica y erudita.
     En 1876 entregó el original de un estudio sobre Horacio en España, publicado un año más tarde, que contiene una rica colección de materiales que ilustra la constante presencia del autor latino a través de la historia de la lírica española. Identifica aquí Menéndez Pelayo los conceptos de lírica y lírica culta, que es la que inspira Horacio. Dámaso Alonso señalará la rectificación (una de sus célebres “palinodias”) que con respecto a esta postura suponen los estudios que Menéndez Pelayo realiza posteriormente del cancionero galaico-portugués y de las canciones populares inscritas en el teatro de Lope de Vega.
     Menéndez Pelayo obtuvo en 1878 la Cátedra de Historia de la Literatura en la Universidad Central, en la que sucedió a José Amador de los Ríos. Pudo optar con sólo veintiún años, porque Alejandro Pidal había conseguido de Cánovas del Castillo una ley especial que fijaba en esa edad la mínima que permitía presentarse. A partir de ese momento, su actividad como historiador y crítico de la literatura estuvo dirigida sobre todo hacia la redacción de un manual de cátedra que hubo de ir precedido de una colosal labor de desbroce del inmenso campo que estaba por explorar, ya que Menéndez Pelayo lo concibió como una empresa totalizadora que abarcaba toda la literatura en español y toda la literatura que se había producido en España, en cualquier lengua, empezando por el latín de Hispania e incluyendo las más diversas cuestiones del contexto histórico y cultural.
     A partir de aquí, cargos académicos, reconocimientos, honores y publicaciones se sucedieron sin interrupción.
     En 1880 fue elegido académico de la Real Academia Española; en 1881 publicó los tomos I y II de la Historia de los heterodoxos españoles, donde, como en La Ciencia española, abordó un campo hasta entonces poco cultivado por la investigación, aunque, también aquí, incurrió en evidentes exageraciones y vehemencias que hubo de matizar en el prólogo de la segunda edición. De 1881 son también las conferencias pronunciadas en la Unión Católica que dieron lugar al folleto Calderón y su teatro. En 1882, a propuesta de Cánovas del Castillo, el marqués de Molins y Vicente Barrantes, fue nombrado académico de la Historia y terminó el tercer tomo de los Heterodoxos, volumen polémico por abordar en él a sus contemporáneos.
     Empezando a cumplir con el proyecto totalizador contenido en su programa de cátedra, en 1883 publicó el primer tomo de la Historia de las ideas estéticas en España al que siguieron otros cuatro (1884, 1886, 1888-1889 y 1891). Constituyen en conjunto la primera gran aportación a la historia de la retórica y la poética españolas. Pero no son sólo estas disciplinas directamente relacionadas con la literatura las que se abordan aquí. También el contexto filosófico y cultural tiene lugar en el siguiente ambicioso plan: “1. Las disquisiciones metafísicas de los filósofos españoles acerca de la belleza y su idea. 2. Lo que especularon los místicos acerca de la belleza en Dios, considerándola principalmente como objeto amable, de donde resulta que no podemos separar siempre en ellos la doctrina de la belleza de la doctrina del amor, que llamaremos, siguiendo a León Hebreo, Philografía, y que, rigurosamente hablando, corresponde a la filosofía de la voluntad y no a la del entendimiento ni a la de la sensibilidad, que son las facultades que principalmente intervienen en la contemplación o estimación o juicio de lo bello. 3. Las indicaciones acerca del arte en general, esparcidas en los filósofos y en otros autores de muy desemejante índole. 4. Todo lo que contienen de propiamente estético, y no de mecánico y práctico, los tratados de cada una de las artes, verbigracia, las Poéticas y las Retóricas, los libros de música, de pintura y de arquitectura, etc. 5. Las ideas que los artistas mismos, y principalmente los artistas literarios han profesado acerca de su arte, exponiéndolas en los prólogos o en el cuerpo mismo de sus libros”.
     No consiguió completar el proyecto concebido, que tenía el propósito de llevar en el tiempo hasta sus días, pero sí dejó escrito lo principal y, desde luego, sentadas las vías por la que —al igual que en otros estudios— habría de transitar la investigación posterior.
     En 1887 editó las obras de Milá i Fontanals, que había muerto de 1884, y en 1888 aceptó el encargo de la Real Academia Española de componer la Antología de poetas líricos castellanos, desde la formación del idioma hasta nuestros días, en que abordaba el estudio de la lírica peninsular desde los orígenes, ilustrándolo con los textos más representativos. Fue publicada en trece tomos por la editorial Hernando en los años 1890, 1891, 1892, 1893, 1894, 1896, 1898, 1899, 1900, 1903, 1906 y 1908. En su momento tuvo un especial interés la aportación de textos hasta entonces desconocidos o poco divulgados; hoy, en cambio, se valora más la contribución de los estudios que la parte antológica.
     Tal como quedó, su investigación sólo llegó a los umbrales del Renacimiento. Abarca cuatro grandes temas: poesía castellana de la Edad Media, poesía medieval en Portugal y Cataluña, tratado de los romances viejos y Juan Boscán. Se añade, además, el desarrollo en España de la lírica latino-clásica, latinocristiana, árabe y hebrea, consideradas preámbulo imprescindible. Hay que subrayar que, refiriéndose a Judá Leví, sospechó la existencia de versos romances engarzados en sus poemas hebreos, apuntando así a la existencia de las jarchas, cuyo descubrimiento no se produciría sino cincuenta años después.
      Dámaso Alonso lamentó que no hubiera llegado a tratar de la Edad de Oro. Ciertamente está su discurso de ingreso en la Real Academia Española, que versó sobre poesía mística, y existen referencias eruditas en la Bibliografía Hispanolatina, pero es poco lo que ofrece sobre fray Luis de León o San Juan de la Cruz, es breve —y hoy se tiene por erróneo— el juicio crítico que da de la poesía de Góngora. Casi nada dice de Quevedo. Así, no es infundado el lamento de Dámaso Alonso, ya que, habida cuenta de su capacidad, era mucho más lo que (incluidas las necesarias “palinodias”) hubiera cabido esperar del proyecto.
     Siguió una serie continua de encargos y nombramientos: en 1889 fue nombrado bibliotecario de la Real Academia de la Historia, recibió el encargo de la Real Academia Española de dirigir una edición completa de las obras de Lope de Vega y se le eligió académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; en 1893 se encargó también de la Antología de poetas hispanoamericanos; en 1898, a la muerte de Tamayo y Baus, ocupó la vacante de director de la Biblioteca Nacional y se puso al frente de la Revista de Archivos; en 1901 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y, en 1905, comenzó a preparar los Orígenes de la novela y la edición de sus Obras completas.
     Como resultado del encargo de publicar las obras completas del Fénix de los Ingenios, Menéndez Pelayo confeccionó trece volúmenes del Teatro de Lope de Vega. El primer volumen apareció en 1890 con la Nueva Biografía de Cayetano Alberto de la Barrera a la que Menéndez Pelayo puso unas adiciones —fundamentalmente la publicación de un epistolario inédito—.
     Los tomos siguientes incluyen autos y comedias, precedidos de los correspondientes estudios introductorios. En 1906, al no haber sido recompensado con la dirección de la Real Academia Española, abandonó el proyecto y sólo publicó dos tomos más, que ya estaban preparados cuando el incidente, pero ahora sin los prólogos. Entre 1919 y 1927, Bonilla y San Martín y Miguel Artigas editaron todos los prólogos en seis grandes volúmenes que comprenden más de seis mil páginas con el título de Estudios sobre el teatro de Lope de Vega.
     Aunque el proyecto quedó inacabado, publicó cerca de doscientas comedias y medio centenar de autos.
     Los especialistas suelen destacar este trabajo entre lo principal de su obra. La indicación de fuentes y sus transformaciones, la descripción de las estructuras compositivas, la pintura de la dimensión psicológica de los personajes constituyen un conjunto que anticipa implícitamente el estudio de conjunto —la poética— de la comedia española. Su preferencia por Lope frente a Calderón, en contra del juicio de su época, ha quedado sin duda como herencia en la historiografía.
     En cuanto a la Antología de poetas hispanoamericanos, la Real Academia Española publicó entre 1893 y 1895 sus cuatro volúmenes que contienen los textos antologados, precedidos de un estudio preliminar de Menéndez Pelayo. Los prólogos sin antología fueron publicados en 1911 con el título de Historia de la poesía hispanoamericana.
     El director de la Real Academia de la Historia, el marqués de la Vega de Armijo falleció el 12 de junio de 1908 y el día 26 se procedió a la elección de director interino con el siguiente resultado: Eduardo Saavedra, nueve votos; Marcelino Menéndez Pelayo, ocho votos. Sin embargo, en la votación realizada en diciembre de 1909 para cubrir de manera definitiva el cargo en el trienio 1910-1912 y, hallándose ausente Menéndez Pelayo, éste obtuvo veintidós votos por uno que obtuvo Eduardo Saavedra. El 4 de febrero de 1910 se verificó la toma de posesión en la que se leyó la carta de felicitación del rey Alfonso XIII, quien se congratulaba de que se vieran reconocidos “los méritos de los que como usted han dedicado toda su actividad y todo su talento al esplendor de la Ciencia española y a su prestigio ante la Historia”.
     Como casi todas las personas que han conseguido muy jóvenes todos los honores, Menéndez Pelayo se adentró en la cincuentena con una cierta sensación de hastío y pensó en pedir la jubilación y volver definitivamente a Santander para dedicarse a las investigaciones eruditas para las cuales había reunido ingentes cantidades de material en su biblioteca.
     Los sinsabores de la vida académica, entre los que se cuenta la derrota de la candidatura para la Real Academia de la Historia de Ramón Menéndez Pidal, que competía con el general Polavieja, le empujaron también en esa dirección. Se sentía enfermo y tenía pendientes grandes proyectos. Por el momento, fue haciendo más frecuentes sus estancias en la ciudad cántabra y allí murió sin haber cumplido los cincuenta y seis años de edad.
     La obra de su vida era la Bibliografía Hispanolatina clásica, cuyo primer volumen había publicado en 1902. La Edición Nacional de sus obras sacó póstumamente a la luz todos los materiales, también los inéditos, en los diez volúmenes que aparecieron entre 1950 y 1953. En ellos se incluye la ya comentada obra de Horacio en España. El proyecto pretendía hacer “la historia de cada uno de los clásicos en España”, comentar todos los poetas de la Edad de Oro, señalando al margen la fuente griega o latina que presuponían en cuanto traducción, inspiración o simple reminiscencia. Menéndez Pelayo señaló los códices y manuscritos de estas fuentes que se hallaban en las bibliotecas, así como las ediciones, comentarios y antologías hechas en España o por españoles. En suma, una obra ciclópea, que aunque no pudo culminar el ambicioso plan juvenil (como por lo demás, ocurrió en los otros proyectos, igualmente inabarcables), ha dejado un material asombroso, todavía hoy necesitado de explotación.
     La obra Orígenes de la novela está compuesta por los estudios preliminares de los tomos I, VII y XIV de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles, publicados en 1905, 1907 y 1910. Un cuarto tomo que había previsto fue publicado por Bonilla y San Martín en 1915 “con arreglo a las indicaciones del maestro”, pero sin su estudio preliminar.
     El tomo I trata, como introducción, de la novela en Grecia y Roma, el apólogo y el cuento oriental y su influencia en la literatura medieval, los libros de caballería y las novelas sentimental, histórica y pastoril.
     En el prólogo del tomo II se ocupa de los cuentos y las novelas cortas, y en el III, de La Celestina y sus imitaciones. El tomo que no llegó a realizarse debería haber estado dedicado a la picaresca y a los diálogos satíricos.
      Los trabajos recopilados en los volúmenes de Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, publicados en la Edición Nacional de sus Obras Completas, dan cuenta además de sus investigaciones y opiniones sobre multitud de cuestiones de nuestra historia literaria: su apreciación de Cervantes, su visión —por lo general, hoy no compartida— acerca del siglo XVIII y sus constantes y variaciones acerca del vasto panorama de la literatura española, concebida, según se ha recordado, como la literatura de España y Portugal en todas sus lenguas y la literatura en español de otras naciones. La versión en CD-ROM de la Edición Nacional permite actualmente encontrar con facilidad insistencias, relaciones y concordancias latentes hasta ahora. 
   Llegó también Menéndez Pelayo hasta cuestiones candentes en su día. Hoy no resulta discutible su frontal oposición al Naturalismo por razones de “realidad” en la literatura que era maltratada por aquella estética. También es de consignar su elogio de Rubén Darío, a pesar de su poco aprecio para el Modernismo en general. Es verdad que Menéndez Pelayo, según confesó en el discurso de respuesta al ingreso de Pérez Galdós en la Real Academia Española, se “había acostumbrado a conversar preferentemente con los muertos”.
     No es mancha para quien, como él, se dedicó sobre todo a la tarea de historiar.
     Como se ve, esta biografía está dedicada casi exclusivamente a la vida académica de Menéndez Pelayo, porque en él —con un trasfondo ideológico preciso, eso sí—, vida académica y vida tout court tienden a confundirse, de manera que apenas existen referencias fuera de aquélla. Cabe recordar que en 1878, mientras trabajaba en los fondos de la Biblioteca Colombina de Sevilla, entabló noviazgo, que duraría sólo unos meses, con su prima Conchita Pintado, a la que dedicó los mismos versos que había escrito para Isabel, su amor de adolescente en Santander. Algunos lances galantes se registraron también en sus primeros años madrileños de joven triunfador. Y poco más. Incluso en el aspecto político, apenas tuvo algún compromiso real, aunque puso su prestigio al servicio del Partido Conservador que encabezaba Cánovas del Castillo, y fue diputado por Mallorca en 1884 y por Zaragoza en 1891, así como senador por la Universidad de Oviedo en las legislaturas de 1893 y 1895 y, en representación de la Real Academia Española, desde 1899 hasta su muerte.
     Su vida se concreta en una colosal obra cuya valoración objetiva se vio dificultada a lo largo del siglo XX porque la adscripción inequívoca de Marcelino Menéndez Pelayo a una línea que funde lo “nacional-español” y lo “tradicional-católico” hizo que se convirtiera en bandera de confrontación entre facciones integristas y laicistas y que se desatendiera con frecuencia el meollo de su aportación.
     Sin embargo, dejando aparte sus fogosidades juveniles, se puede observar una libertad intelectual que llevó a Menéndez Pelayo a distinguir también los méritos del adversario. La respuesta al discurso de Pérez Galdós en su recepción en la Real Academia Española y, sobre todo, las reacciones registradas en su epistolario ilustran esta afirmación.
       No existe propiamente un manifiesto teórico ni historiográfico de Menéndez Pelayo. Sin embargo, está presupuesto a lo largo y lo ancho de toda su obra. En la Historia de las ideas estéticas reconoce la primacía de la forma en la definición del arte sin descuidar la dimensión histórica y social. No se observa en él el rancio historicismo tan propio de su época. Sus apreciaciones, que tienden a considerar la crítica literaria como crítica “de artista”, deben estar conectadas con su propia experiencia como poeta. Desde luego, es posible hallar aquí y allá diversos aciertos teóricos sueltos: R. Wellek (Wellek, 1968: 94) afirma que Menéndez Pelayo aporta a la periodización el concepto de “barroquismo literario” antes que el propio Wölfflin.
     Sin duda, Menéndez Pelayo es sobre todo historiador.
     En su época no se concebía que fuera posible en humanidades otra “ciencia” que no fuera la historia; y la historia de la literatura española es la máxima beneficiaria de su quehacer.
     Relaciona estrechamente historia de la lengua e historia de la literatura, atribuyendo a aquélla una virtualidad propia, próxima al Volksgeist (“espíritu del pueblo”), que él llamó “estilo”. Menéndez Pelayo, con evidente exageración, buscó rasgos similares entre los escritores hispanolatinos y los castellanos. Ese afán globalizador es seguramente el que lo llevó a no poder roturar nunca enteramente el campo previamente acotado, aunque haya dejado señaladas todas las líneas por las que habría de discurrir el “manual” completo de la historia de la literatura española.
     En la obra historiográfica de Marcelino Menéndez Pelayo se encuentran apreciaciones interesantes sobre muchos temas, unas eran propias del momento, pero otras tienen valor intemporal; unas serán revisables o han sido ya revisadas (por él mismo o por otros), otras se han incorporado al diseño básico de la historia literaria.
     Siempre está presente la polémica presuposición que atribuye a la literatura la virtualidad de convertirse en una vasta interpretación de España. Lo más actual radica en la unión que se da en Menéndez Pelayo entre sensibilidad histórica y reconocimiento de la libertad creadora: se trata de una crítica de la relación entre literatura y sociedad tan lejana de la interpretación de “clase” como de una ingenua estética del “arte por el arte”.
     En resumen, gusten o no los registros de su retórica decimonónica, se ha de reconocer que Menéndez Pelayo ha desbrozado inmensos territorios para la investigación en la historia de la cultura y ha dibujado el itinerario básico por donde ha debido transitar en el siglo XX la investigación de la historia de la literatura española (Miguel Ángel Garrido Gallardo, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Menéndez Pelayo, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La avenida Menéndez Pelayo, al detalle:
Edificio Ybarra
     Azulejo conmemorativo de Cervantes
Placa cerámica conmemorativa de la ópera Carmen
Edificio regionalista de Juan Talavera y Heredia

lunes, 26 de junio de 2023

Los principales monumentos (Iglesia de Santiago; Casa de las Cadenas; Iglesia de San Agustín; Diputación Provincial; y Plaza de España - Monumento a las Cortes) de la localidad de Cádiz (V), en la provincia de Cádiz


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santiago; Casa de las Cadenas; Iglesia de San Agustín; Diputación Provincial; y Plaza de España - Monumento a las Cortes) de la localidad de Cádiz (V), en la provincia de Cádiz.

Iglesia de Santiago
          Originariamente existió en su lugar una ermita bajomedieval dedicada a este Santo, donde se estableció la Compañía de Jesús en 1564, cuyo primitivo edificio fue destruido durante el asalto anglo-holandés de 1596. La construcción actual fue trazada por Alonso Romero en 1635, dentro de los cánones arquitectónicos de tipo manierista y con los rasgos propios de los edificios jesuíticos, apreciándose en algunos de sus detalles ornamentales la influencia de la personalidad artística de Francisco Bautista .
     Tiene planta de cruz latina inscrita en un rectángulo y consta de tres naves. La prin­cipal se divide en tres tramos mediante pilastras de capitel mixto, toscano y corintio, y sobre las laterales se disponen tribunas que se abren a la nave mayor por medio de arcos de medio punto. Las cubiertas son de bóvedas vaídas y de aristas, levantándose en el crucero una cúpula semiesférica sobre pechinas rematada por linterna. El coro alto, que ocupa el primer tramo, se sitúa a los pies de la nave.
     El exterior tiene sus paramentos articulados por pilastras toscanas de orden gigante, entre las que se sitúan vanos y hornacinas. La portada principal, inscrita en un gran arco de medio punto, está realizada en mármol y fue importada de Génova, respondiendo su traza a las formas de tradición manierista. El vano está enmarcado por pilastras jónicas, de fuste estriado, remata­das por un frontón roto, en cuyo centro se dispone un segundo cuerpo con el escudo real dieciochesco, que suplanta el primitivo jesuítico. La portada lateral, que responde a la misma estética que la principal, es obra fechable a mediados del siglo XVII y está realizada en mármol blanco. Se articula en dos cuerpos sustentados por columnas dóricas pareadas, que flanquean sendos vanos superpuestos con escudos a los lados del segundo y rema­te en frontón triangular. En el ángulo de confluencia de las dos fachadas se eleva la torre, dividida en dos cuerpos; el primero fue construido en las mismas fechas que el templo, por lo que continúa la articulación apilastrada de la zona inferior, mientras que el segundo fue realizado a mediados del siglo XVIII, por lo que sus formas, barrocas, son más movidas. Tiene planta octogonal con pilastras en los ángulos y cubierta de chapi­tel bulboso y su resolución recuerda los trabajos de Torcuato Cayón.
     El retablo mayor, de madera dorada, fue realizado entre 1651 y 1653 por el entallador Ale­jandro Saavedra, ejecutando su dorado Juan Gómez Couto en 1670. Es una pieza barroca de grandes proporciones en la que se advierte un acentuado contraste entre la articulación de sus cuerpos, de marcado sabor manierista, que van sustentados por columnas entorchadas, y las dos grandes columnas salomónicas de orden gigante y profusamente decoradas con pámpanos, en clara alusión eucarística, que enmarcan todo el con­junto. Las hornacinas dispuestas en sus tres calles se alternan con vitrinas  de reliquias, habiendo sufrido una reforma, la principal, a mediados del siglo XVIII, ocupada desde entonces por una talla de la Inmaculada, que responde a la estética habitual en la obra de Pedro Duque Cornejo. A ambos lados, en las calles laterales, se sitúan las imágenes de San Joaquín con la Virgen Niña y San José con el Niño Jesús, obras contemporáneas del retablo, atribuibles a José de Arce. El segundo cuerpo tiene en el centro un grupo escultórico que representa a Santiago en la batalla de Clavijo y a los lados las tallas de Santa Isabel y Santa Ana, rematando todo el conjunto un calvario también de talla. Todas estas esculturas son obras de escuela sevillana, de cronología similar a la del retablo. Los laterales del presbite­rio presentan portadas de mármol, sobre las que van dos tribunas superpuestas a cada lado, cuyos antepechos se decoran con rocallas de madera dorada. Cuatro ángeles lampareros flanquean este ámbito; son cuidadas tallas policromadas, de movidas líneas dieciochescas, vinculables a la producción de Pedro Duque Cornejo.
     En los testeros del crucero se sitúan dos gran­des retablos gemelos, obras realizadas por Juan González de Herrera en 1674. Se componen de banco, un cuerpo dividido en tres calles por columnas salomónicas y ático; toda su superficie está adornada con una rica decoración polícroma, que puede atribuirse a Juan Gómez Couto. Las hornacinas están ocupadas por imágenes de santos jesuitas, contemporáneas de los retablos, si bien algunas de las que ocupan el retablo del lado de evangelio evidencian una intervención dieciochesca en las cabezas y manos, que pudo estar a cargo de Duque Cornejo. Por su parte, el San Francisco Javier que preside el del lado de la epístola pudo ser realizado hacia 1728 por José Montes de Oca.
     Formando conjunto con estos retablos se si­túan otros dos en los muros frontales, cuyas características son similares a las de los anteriores; en el banco del situado en el lado de la evangelio hay un busto del «Ecce-Homo», obra sevillana del siglo XVIII, cercana a Montes de Oca, y en la hornacina una talla dieciochesca, de candelero, de la Virgen del Poder Divino. En el retablo del lado derecho hay un expresivo crucificado, tam­bién de escuela sevillana, que debió ser realizado por José de Arce en torno a 1660. Sobre estos retablos van dos lienzos ovalados que representan a San Pedro y San Pablo, que están enmarcados por yeserías y molduras doradas, todo ello de mediados del siglo XVII.
     En el segundo tramo de la nave del evange­lio, hay un retablo neoclásico con la imagen de candelero del Cristo de la Humillación, obra de fines del siglo XVII, vinculable al círculo roldanesco. El último tramo está ocupado por la ca­pilla de la cofradía del Cristo de la Piedad, que perteneció al gremio de los panaderos. El grupo escultórico representa un calvario, con las imá­genes contemporáneas de candelero; la Virgen de la Consolación, de Luis González Rey (1997), San Juan y la Magdalena, de Francisco Buiza, quien también talló en 1958 la imagen de la Virgen de las Lágrimas. El crucificado de la Piedad, es una notable obra del genovés Francisco María Maggio, que la talló en 1754, correspondiendo la policromía al también genovés Francisco Ma­ría Mortola.
     En el lado de la Epístola el segundo tramo tiene un retablo rococó de madera dorada con la imagen de la Virgen del Carmen, obra de candelero de factura contemporánea, y el siguiente está ocupado por una dolorosa, también con­temporánea, del escultor granadino Domingo Sánchez Mesa (1955).
     En la nave central hay cinco pequeños retablos de madera dorada, adosados a las pilastras con decoración rococó y fechables a mediados del siglo XVIII. Dos de ellos contienen los grupos escultóricos de Tobías y el Ángel y la apari­ción de la Virgen del Pilar a Santiago, de factura genovesa. El frontero al púlpito tiene un lienzo que representa la Trinidad, obra manierista de procedencia inglesa, con especial significación histórica, pues fue salvada de las persecuciones que tuvieron lugar bajo Enrique VIII y en 1596 sufrió diversas cuchilladas durante el asalto anglo-holandés a la ciudad. El púlpito es una destacable pieza italiana, en mármoles de colores, con decoración a base de taraceas, que recuerda los trabajos florentinos. El tornavoz y la escalera están realizados en madera tallada y policromada y se decoran con esculturas y relieves, con­junto realizado a mediados del siglo XVIII en estilo rococó.
     Entre las piezas de artes suntuarias conservadas en este templo, cabe destacar las vestiduras bordadas en oro a fines del siglo XVIII y del XIX, que pertenecen a las imágenes de la cofradía del Cristo de la Piedad (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La iglesia se construyó hacia 1563 y pertenecía al Colegio de Jesuitas. Fue destruida en 1596 cuando el saqueo inglés.
     Posteriormente fue restaurada. Al exterior, sobre un zócalo de sillería visto que recorre toda esta fachada, se alzan pilastras que compartimentan todo el paramento. En cada extremo dos columnas pareadas flanquean dos ventanas: la del piso bajo muy sencilla, bajo frontón triangular y sobrepuesta, otra de frontón quebrado con volutas coronado por carteles. La portada se halla descentrada en un lateral de la iglesia. Esta es adintelada y se flanquea por columnas gemelas de orden toscano. Sobre el entablamento se abre un hueco de ventana que repite parecida composición a menor escala y con frontón quebrado. Sobre una cornisa saliente existe una ventana rematada en frontón de volutas albergando cartela. Esta se encuentra bajo una cornisa en ángulo que debió ser el remate del primitivo hastial. La torre se alza en la esquina se compone de dos cuerpos cuadrangular, el primero y rematado por airosos pináculos en esquinas y ochavado el segundo, coronado por chapitel en piedra de perfil bulboso.
     El interior consta de tres naves adornadas con retablos de rocalla. La nave central posee bóveda de cañón reforzado por arcos fajones. Los laterales tienen bóveda aristas.
     Posee además un sótano primitivo cementerio de la Compañía cuya cubierta es de bóveda de cañón. El material es la piedra vista (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Este templo se encuentra en la misma plaza de la Catedral, haciendo esquina con la calle Compañía. Su edificación, que data de 1635, se llevó a cabo sobre las ruinas de otro anterior levantado en 1564 y destruido en 1596 por la escuadra anglo-holandesa.
      La fachada que da a la plaza es la lateral. Su fábrica se organiza mediante pilastras toscanas de orden gigante, entre las que se inscriben ventanas, hornacinas y la portada. Ésta se compone de dos vanos a dintel y enmarcados por pares de columnas dóricas. La portada principal da a la calle Compañía. Es manierista y consiste en un gran arco de medio punto en mármol de Génova en el que se inscribe el vano de acceso, enmarcado a su vez por pilastras corintias coronadas por un frontón partido sobre el que se sitúa el escudo real.
     En la unión de ambas fachadas, se alza la torre, que tiene dos cuerpos, uno inferior, de base cuadrada y del momento de la construcción del templo, y el otro, en el que van las campanas, octogonal, rema­tado por un chapitel bulboso, datando su construcción del siglo XVIII.
     El interior presenta cruz latina, con tres naves y crucero, sobre el que se alza una voluminosa cúpula de media naranja obre pechinas. Una cornisa perimetral recorre la nave central y los brazos del del crucero a la altura de la que parten las bóvedas, baídas. Por debajo de esta cornisa se abren sobre la nave central tribunas con arcos de medio punto. El manierista retablo mayor es una sólida pieza alzada entre dos colum­nas salomónicas de orden gigante sumamente decoradas, entre las que se abren tres calles, con hornacinas y relicarios, enmarcadas a su vez por columnas entorchadas. Su ejecución se fecha en 1653, siendo el artista Alejandro Saavedra. El dorado lo realizó Juan Gómez Couto en 1670. En la hornacina principal se sitúa una imagen de la Inmaculada del siglo XVIII de magnífica mano, posiblemente la de Pedro Duque Cornejo, la misma que, casi sin duda, talló los ángeles lampareros que se ven en el presbiterio. A José de Arce se atribuyen el San Joaquín con la Virgen niña y el San José con el Niño Jesús que, desde sus correspondientes horna­cinas, flanquean a la Inmaculada.
     En la nave del evangelio se sitúa la capilla del Cristo de la Piedad, perteneciente a la cofradía del mismo nombre que, antaño, era la del gremio de los panaderos. El Crucificado, de solemne a la par que notable estampa, es obra del imaginero genovés Francisco María Maggio, quien lo dio por concluido en 1754. El resto de las imágenes son contemporá­neas, aunque no por ello menos artísticas. La Virgen de la Consolación la talló Luis González Rey en 1997, en tanto Francisco Buiza es el autor de San Juan, de la Mag­dalena y de la Virgen de las Lágrimas, fechada en 1958 (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

Casa de las Cadenas
     Este edificio, actualmente sede del Archivo Histórico Provincial, fue levantado por iniciativa de Don Manuel de Barrios a finales del siglo XVII. El origen de su construcción radica en una curiosa historia ocurrida durante la procesión del Corpus de 1692, cuando cayó una fuerte tor­menta de agua que obligó a refugiar la Custodia en esta casa. Manuel de Barrios, decidió levan­tar una nueva casa de aspecto más suntuoso en el mismo emplazamiento. La fachada, que sufrió algunas reformas en el período neoclásico, conserva una monumental portada barroca de már­moles genoveses cuyo vano de acceso se flanquea por columnas salomónicas pareadas, situándose sobre el dintel una lápida conmemorativa del suceso antes citado. El segundo cuerpo enmarca un vano por pilastras jónicas pareadas y se remata por un frontón curvo, cuyo tímpano está decorado con un bajorrelieve alegórico de la Eucaristía. El patio presenta cuatro crujías divididas en dos cuerpos con arcos rebajados, sustentados por columnas toscanas de mármol blanco en cada frente, y la escalera, que es de tipo conventual, se cubre por bóveda elíptica sobre pechinas, con decoración calada a base de yeserías, en las que aparecen motivos eucarísticos. El edificio tiene una torre-mirador articulada por pilastras toscanas, en cuyo friso se lee la siguiente leyenda realizada con pintura de almagra: «Doy gracias y alabo al Santísimo Sacramento del altar». Remata el conjunto una balaustrada de mármol blanco firmada por Ponsonelli, a quien también se atribuye la ejecución de la portada (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     El edificio posee cuatro pisos, construidos en sillarejo de piedra ostionera, revocada y encalada a partir de la planta noble.
     Su portada en mármol es de un barroco exuberante. Las columnas son salomónicas, pareadas con capiteles corintios.
     Estas flanquean la puerta adintelada, que lleva una gran lápida de mármol, donde se lee una inscripción. Sobre los capiteles gravitan entablamentos reducidos que contornan la lápida y que a su vez, sustentan un balcón protegido con antepecho de balaustres de piedra. Sobre éste se abre la ventana del segundo cuerpo de la fachada que queda flanqueada por dos pilastras jónicas a cada lado con estrías en sus fustes. Los huecos entre pilastras se llenan con cabezas de niños y guirnaldas, motivo que se repite en los extremos de las pilastras que se rematan en volutas sobre el barandal.
     Un original frontón curvo cubre toda la composición.
     La torre mirador con que se corona este palacio es de estilo casi herreriano, con altas pilastras toscanas adosadas que acentúan la impresión de verticalidad.
     Con vistas a su adecuación como archivo, se conservaron aquellos elementos considerados de mayor valor: la fachada barroca, el patio con cuatro columnas toscanas y arcos carpaneles junto a su galería acristalada, la escalera principal, de dos tramos y cubierta con una excepcional cúpula, y la torre. El resto del edificio fue demolido y reconstruido.
     La intervención contemporánea fue una apuesta por la legibilidad del edificio, y se basó en la apertura, mediante un arco, de un nuevo patio anexo al original, que desde la planta baja permite la observación de la torre a través de una montera de vidrio. De esta manera, el corazón del edificio se inunda de luz, gana en transparencia y permite la contemplación de una vista completamente inesperada.
     Este patio anexo, recubierto con una celosía de madera pintada en blanco, sirve de apoyo en el desempeño del nuevo programa, localizándose en él el acceso a las nuevas estancias de servicio, aseos y las nuevas salas de archivo situadas en el fondo del solar. La introducción de este patio adicional compone un espacio central ambiguo y de enorme riqueza, que sirve de acceso a las dos estancias de mayor representatividad que se localizan en la planta baja de la crujía de fachada: el salón de actos, al que se accede por el nuevo patio, y la sala de laboratorio y tratamiento de papel, a la que se accede desde el patio principal. Ambas estancias son de doble altura, debido a la supresión de la entreplanta de la antigua casa.
     A través de la escalera barroca situada en la esquina del patio original, se accede a la planta noble de la casa, en la que destaca el cierre vidriado de la galería. En ella se albergan los usos administrativos y públicos, que son localizados asimismo en la crujía de fachada. El acceso desde la galería a esta área lleva a un espacio distribuidor, que cuenta con estanterías de madera de dos metros y medio de altura en sus cuatro lados, en las que se integran las puertas de paso a la biblioteca y a los diferentes despachos, que se iluminan naturalmente desde la fachada a la calle. Por encima de la estantería, vidrios hasta el techo permiten la entrada de luz a este distribuidor.
     El espacio cuenta con suelo de corcho y con un falso techo de escayola, en el que se abren foseados circulares para integrar la iluminación artificial. Suelo, techo y estanterías se repiten en la biblioteca, que se sitúa encima del espacio del salón de actos, y se abre hacia el nuevo patio y hacia la fachada. En la biblioteca es de destacar la presencia de mobiliario originalmente diseñado por los arquitectos; la mesa del bibliotecario y las mesas de consulta, en madera y con detalles de acero inoxidable en sus pies. Una mesa de similares características, aunque de menor tamaño, se sitúa en el distribuidor anteriormente mencionado.
     La estructura de la intervención busca resolver los requerimientos de sobrecargas propios del nuevo uso, así como a las necesidades de espacios diáfanos. Para ello, se recurre a un forjado reticular de hormigón armado, que queda visto y pintado en blanco en los laboratorios, mientras que en el salón de actos se recubre con un techo acústico de placas de corcho. Los elementos portantes de la nueva estructura, de gran sección, se integran de manera natural en la nueva distribución. En las dos plantas superiores se localizan los depósitos de documentos, a los que se accede a través de los nuevos núcleos de escaleras asociados a los patios. Por necesidades de espacio, estos archivos se sobreelevan respecto a la altura original del edificio, si bien este remonte no es perceptible desde lo angosto de la calle.
     El Archivo Histórico Provincial de Cádiz se ubica en un edificio que fuera propiedad de D. Diego Barrios de la Rosa, conocida como "Casa de las Cadenas", bello ejemplo de lo que tipológicamente en la arquitectura gaditana se denomina "Casa del Cargador de Indias". En el año 1987, culminaron una serie de actuaciones encaminadas a la reforma y adaptación del edificio para su uso como Archivo, ello ha hecho posible que actualmente cuente con 14 kilómetros de estanterías que contienen más de 85.000 unidades que lo hacen ser uno de los archivos de esta naturaleza de mayor volumen de Andalucía, continuamente sus fondos se ven incrementando con los documentos que ingresan las distintas Consejerías y Organismos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En el número 12 de la calle Cristóbal Colón aparece la casa de las Cadenas, sede hoy del Archivo Histórico Provincial. Este extraordinario palacio barroco lo construyó el arquitecto italiano Juan Antonio Ponzanelli para el prócer Diego de Barrios. Este magnate del comercio ordenó derribar la casa en la que vivía y construir ésta, mucho más ostentosa, después de que el día del Corpus de 1692 la custodia se refugiara en su domicilio como consecuencia de una aparatosa tromba de agua. Esta circunstancia confirió a la vivienda el privilegio de lugar sagrado, por lo que, al igual que ocurría en las iglesias, no se podía detener a nadie que en ella se refugiara. En memoria de estos hechos, el nuevo edificio tuvo durante bastante tiempo unas cadenas en la fachada, de las cuales procede el nombre por el que es conocido. La fachada, de tres plantas, fue retocada siguiendo pautas neoclásicas, pero conserva intacta la portada. Conformada en dos cuerpos, presenta en el inferior un dintel enmarcado entre sendos pares de airosas columnas salomónicas sobre firmes pedestales y, en el segundo, un gran balcón abalaustrado entre pilastras jónicas estriadas, sobre las que cabalga un frontón curvo de considerables dimensiones en cuyo tímpano figura un relieve con una alegoría de la Eucaristía. En el interior, es memorable el patio, con cuatro crujías a base de amplios arcos rebajados sobre columnas toscanas, y la espléndida escalera, cubierta con una cúpula elíptica sobre pechinas, en cuya decoración de yeserías aparecen de nuevo los motivos eucarísticos. Corona el conjunto una torre mirador con pilastras toscanas que soportan un friso en el que aparece el siguiente rótulo pintado a la almagra: "Doy gracias y alabo al Santísimo Sacramento del altar" (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

Iglesia de San Agustín
     El Convento de San Agustín, fundado en 1617, ha sufrido diversas reformas a lo largo de su his­toria. Las dependencias conventuales, que fueron exclaustradas en el siglo XIX y actualmente están ocupadas por un Instituto de Secundaria, se organizan en torno a un claustro. Presenta planta cuadrada con tres cuerpos, el primero con arcos de medio punto, sustentados por columnas toscanas de mármol, reflejando todo el conjunto el gusto decorativo de la segunda mitad del siglo XVII.
     Construida en la primera mitad de dicho siglo, la iglesia presenta planta de cruz latina, inscrita en un rectángulo con tres naves. La nave principal tiene cinco tramos, separados por pilastras toscanas y sobre las naves laterales se disponen tribunas abiertas a la principal por medio de balcones; se cubre con bóveda de medio cañón con lunetos y arcos fajones, mientras que las laterales presentan bóvedas de aristas. En el crucero se dispone una cúpula de media naranja con lune­tos sobre pechinas; el coro, situado en alto, ocupa los dos primeros tramos de la nave.
     En la fachada principal se abre una portada de mármol, mandada construir en Génova por el vasco Sancho de Urdanibia en 1647, cuyas trazas pueden obedecer a un diseño de Alejandro de Saavedra. Se articula en dos cuerpos; el primero tiene pilastras pareadas de fuste cajeado, que sustituyen los capiteles por ménsulas, y está rematado por frontón curvo roto, que alberga un segundo cuerpo centrado por una hornacina con la imagen de San Agustín, rematándose el conjunto por frontón triangular. Al lateral derecho se abre otra puerta secundaria, también en mármol, de sencilla composición con la imagen de San Nicolás de Tolentino.
     Todo el interior presenta hoy gran sobriedad, como resultado de una sustancial reforma realizada en época neoclásica, si bien se pueden observar algunos restos de la primitiva decoración barroca, a base de yeserías  en la cúpula y en el sotocoro. Casi todos los retablos corresponden también a la citada reforma. El mayor, de elegantes formas academicistas, fue realizado a partir de 1783 por Pedro Ángel Albisu, autor a quién también se atribuyen el resto de los retablos neoclásicos de la iglesia. Está realizado en madera policromada imitando mármoles, constando de un cuerpo dividido en cinco calles por grandes columnas y pilastras compuestas de fuste estriado. En los laterales se sitúan pinturas de Domingo Álvarez Enciso, que representan escenas de la vida de Santa Rita y San Agustín y tallas de santos de la orden agustiniana, que, al igual que las situadas en el ático, pertenecieron al anterior retablo y fueron realizados en 1666 por Alonso Martínez, aunque aparecen repintadas imitando bronce dorado. En la hornacina central se sitúa una imagen contemporánea de la Virgen del Buen Consejo. El conjunto se remata por un arco abocinado, decorado con casetones en cuyo centro hay una gran ráfaga con el Espíritu Santo. Flanquean el ámbito del presbiterio dos ángeles lampareros de madera policromada, realizados a mediados del siglo XVIII y de probable origen genovés. En los muros frontales del crucero se sitúan dos retablos neoclásicos de idéntica traza, realizados en mármoles de colores a finales del siglo XVIII. Sus hornacinas están ocupadas por el Cristo de la Humildad y Paciencia en el de la izquierda, talla realizada por Jacinto Pimentel en 1638, cuya policromía es obra probable de Francisco de Zurbarán. Es titular de una cofradía penitencial, fundada por los vizcaínos residentes en la ciudad, quienes obtuvieron a finales del siglo XVII el patronato de la capilla mayor de templo, como queda reflejado en los escudos de las provincias vascas situados en las pechinas que sustentan la cúpula. El del lado derecho cobija a la Virgen del Mayor Dolor, talla de candelero de la escuela neoclásica gaditana, realizada a finales del siglo XVIII. Los áticos presentan dos lienzos atribuidos a Juan Rodríguez «el Panadero».
     El testero del lado izquierdo del  crucero lo ocupan dos lienzos, anteriormente  situados en el coro, que representan escenas de la vida de San Agustín. Son copias de Murillo atribuidas a Bernardo Lorente Germán. Las dos primeras capillas del lado del evangelio tienen retablos neoclásicos idénticos, de los que el primero contiene el grupo escultórico de la Sagrada Familia, obra en madera policromada realizada por el es­cultor genovés Antonio Molinari en 1752, titular de la antigua cofradía de los carpinteros que tuvo su sede en el desaparecido Convento de la Candelaria. La siguiente tiene un Corazón de Jesús contemporáneo en la hornacina principal y un Nazareno caído en el banco, talla relacionable con la producción del escultor barroco napolitano Nicolás Fumo. El siguiente tramo también tiene un retablo neoclásico, en cuya hornacina va una talla policromada del siglo XVIII de la Virgen de la Consolación, de escuela genovesa; en la vitrina del banco hay un pequeño grupo escultórico que representa la visión de San Antonio, atribuible a Luis Salvador Carmona. En la siguiente capilla se sitúa un retablo de movida composición barroca, realizado en mármoles genoveses a me­diados del siglo XVIII, cuya hechura puede relacionarse con la producción de Alessandro Aprile y está presidido por la talla policromada de San Nicolás de Tolentino, de cronología similar. La última capilla tiene un retablo neoclásico, con una imagen dieciochesca de candelero que representa a Santa Rita.
     En la nave de la epístola, la capilla situada a los pies posee un retablo en madera dorada de mediados del siglo XVII, que contenía originalmente un lienzo de la Virgen de Regla y en la actualidad está presidido por la imagen de candelero de la Virgen de la Amargura, obra contemporánea de Sebastián Santos (1967).
     A continuación se sitúa un retablo, también barroco, decorado con estípites, de mediados del siglo XVIII, presidido por la imagen contemporánea de Santa Mónica. Las dos capillas siguientes presentan retablos neoclásicos, de iguales características, que albergan las imágenes de la Virgen del Carmen, obra contemporánea, y San Juan Bautista, talla de la escuela sevillana, realizada en las décadas centrales del siglo XVII.
     En el testero del lado derecho del crucero, bajo un sencillo dosel, se sitúa el Cristo de la Buena Muerte, crucificado de madera policromada rea­lizado en 1649 para presidir la capilla de enterramiento de los frailes, por lo que originalmente se le conocía como Cristo de Ánimas o de San Agustín. Su perfecto estudio anatómico y barroquismo compositivo, hacen que esté considerada como una de las obras cumbres de la escultura española del siglo XVII, cuya resolución evidencia la inspiración en modelos rubenianos, a la vez que se hace eco de las innovaciones escultóricas de Bernini. De autor desconocido, los especialistas coinciden en señalar que su estética se halla próxima a maestros cercanos a las formas de plenitud del barroco, como Alonso Cano, Fe­lipe de Ribas, Alonso Martínez o José de Arce.
     En el coro se sitúan dos cajas de órgano, realizadas a mediados del siglo XVIII, con decoración rococó y en los muros hay diferentes pinturas barrocas. De otras dependencias cabe destacar una interesante colección de azulejos holandeses y una cruz de carey y plata, realizada en la segunda mitad del siglo XVII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La portada lateral es de estilo manierista realizada en 1647. La puerta adintelada se flanquea por pares de pilastras cajeadas. El entablamento presenta cartela con escudo del Sagrado Corazón. Sobre él va un frontón curvo albergando en su centro una hornacina bajo venera con imagen del santo. Un frontón triangular, con flores remata la composición. En planta la Iglesia presenta tres naves con cinco tramos. Las cubiertas son de cañón en la nave reforzada con arcos fajones y de arista las laterales. La cúpula del crucero está decorada por fajas en ella se elevan lunetos en los que se han colocado las ventanas. Pilares cruciformes son los soportes utilizados. Sobre las naves laterales se asientan las tribunas.
     El Coro está sobre los dos últimos tramos de los pies.
     La Torre tiene tres cuerpos, el primero rectangular con ventanas adinteladas en las que la clave se utiliza como elemento ornamental, el segundo y tercer cuerpo está ochavado colocando en sus chaflanes pilastras cajeadas, se remata con pequeña cúpula.
     El antiguo convento hoy patio del instituto presenta arquería en sus cuatro frentes en el piso bajo, de medio punto que cabalgan sobre columnas toscanas Una parte de estos arcos han sido cegados para acondicionar habitaciones adicionales, en cuyos muros se abren óculos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Hacia abajo, la calle Cristóbal Colón desemboca en la calle Nueva. Si se dobla a la izquierda, esta calle se prolonga enseguida en la calle de San Francisco, vía principal del casco antiguo, hoy peatonal, con una larga historia sobre ella, que tiene también notables edificios. Uno de ellos es el número 3, levantado en el siglo XIX por Torcuato Benjumeda, con sus fachadas ricamente dotadas de pilastras. En el número 14, del siglo XVII, sobresale la portada en mármoles de Génova y el patio con arcos de piedra sobre columnas de idéntico mármol. En el número 21, lo mejor es el patio, también barroco y del mismo siglo.
     Caminando calle arriba, enseguida se llega a la preciosa plaza de San Agustín, enchinada y con su farola en el centro, en la que se levanta la iglesia de igual nombre, templo que fuera del desaparecido convento de San Agustín, fundado en 1617, desamortizado en el siglo XIX y reconvertido actualmente en centro de enseñanza. El templo es barroco, aunque sufrió una profunda reforma que lo adaptó al neoclásico. A la plaza ofrece una sencilla fachada a base de sillares de piedra, en parte enfoscados, en la que sobresale el alero, sobre ménsulas que recuerdan capi­teles toscanos y la portada. Donada en 1647 por el comerciante vasco Sancho de Urdanibia, quien la mandó traer de Génova, dicha portada tiene dos cuerpos: el inferior, compuesto por dos pares de pilastras cajeadas entre las que se abre el dintel de acceso, y el superior; coronado por un frontón curvo partido en el que se encaja una hornacina con la imagen de san Agustín. A la derecha, en la esquina, se eleva la torre, cuyo cuerpo inferior forma parte de la fachada, prolongándose por encima de ésta en otros tres, de base cuadrada, pero los dos superiores girados cuarenta y cinco grados con respecto al primero. El inte­rior inscribe una cruz latina sobre una superficie rectangular, con tres naves, la principal con balconcillos y bóveda de cañón con lunetos sobre arcos fajones, y las laterales con bóvedas baídas. El crucero se cubre con una cúpula semiesférica sobre pechinas, encontrándose el coro a los pies y en alto. En el presbiterio, el altar mayor es una pieza de líneas academicistas ejecutado por Pedro Ángel Albisu hacia 1783 en madera policromada que imita el mármol. Lleva cinco calles en el cuerpo principal, con una hornacina en la central en la que se sitúa la Virgen del Buen Consejo, imagen contemporánea de autor anónimo. Las pinturas de los lados muestran escenas de la vida de san Agustín y santa Rita. Fueron realizadas por Domingo Álvarez Enciso para el retablo anterior que ocupó este mismo sitio. Sobre el ático, en el que se ven otras pinturas, éstas pertenecientes a Alonso Martínez y fechadas en 1666, también originales, se dispone un gran arco abocinado con casetones en cuya clave se ve al Espíritu Santo. En los brazos del crucero se veneran dos imágenes de muy buena factura. En el del lado de la epístola, la Virgen del Mayor Dolor, talla de candelero, de autor anónimo, aunque perteneciente a la escuela neoclásica gaditana de finales del XVIII. En el lado del evangelio, el Cristo de la Humildad y Paciencia, obra de Jacinto Pimentel fechada en 1638. La mejor imagen de este templo es el Cristo de la Buena Muerte*, considerada como la talla barroca más importante que la ciudad atesora, obra principal de la imaginería española del siglo XVII, cuyo autor se desconoce, aunque se relaciona con Alonso Cano, José de Arce, Alonso Martínez o Felipe Ribas (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

Diputación Provincial
     El actual palacio de la Diputación provincial de Cádiz fue construido entre 1770 y 1784, según diseño del ingeniero militar Juan Caballero, como sede de la Aduana. Formaba parte de un proyecto de mejora urbana, que pretendía aprovechar el espacio delimitado por los baluartes de Santa Cruz y San Antonio para construir dos grandes edificios dedicados a la administración comercial de la ciudad, la Aduana y la Casa de la Contratación. De ellos sólo se construyó el primero, que contemplamos en un contexto muy diferente al original tras el derribo de las murallas que lo ceñían.
     Por su porte monumental fue elegido como palacio de la Regencia durante el asedio de las tropas napoleónicas y años más tarde, en 1862, sirvió de residencia a la reina Isabel II durante su visita a la ciudad. El 19 de marzo de 1812 fue el punto de partida de la procesión cívica que proclamó la Constitución y ante él se realizó la primera lectura pública del texto constitucional. En 1978 se constituyó en su salón regio la Junta de Andalucía.
     El conjunto está concebido con la sobriedad característica del academicismo castrense. Tiene planta rectangular y organiza sus dependencias en torno a dos patios cuadrangulares. En el exterior las fachadas van articuladas por medio de pilastras gigantes de fuste estriado, dispuestas sobre un alto zócalo que engloba la planta baja, entre las que se abren vanos rematados por frontones. Los frentes Este y Oeste presentan una calle central, con triple arcada de acceso al interior, sobre la que se sitúan balconadas abalaustradas, rematándose por un ático con inscripciones relativas a la construcción del edificio. Entre las dependencias interiores destaca el Salón Regio, realizado bajo la dirección de Juan de la Vega en 1862, con motivo de la visita de la reina Isabel II. Está profusamente decorado, siguiendo el gusto ecléctico, con elementos de talla realizados por Juan Rosado y pinturas de Juan Bautista Vivaldi.       En los jardines de Canalejas, ante una de las fachadas de la Diputación, se sitúa actualmen­te el triunfo de la Virgen del Rosario, levantado por la ciudad tras el maremoto de 1755, cuyo primitivo emplazamiento fue la explanada del Hospicio, lugar por donde penetraron las aguas. El proyecto es obra de Torcuato Cayón y en él trabajaron el tallista Gonzalo Pomar y el escultor genovés Jácome Vaccaro. La imagen de la Virgen va sobre una columna salomónica con zócalo de decoración rococó, todo ello realizado en mármol blanco (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La Diputación Provincial de Cádiz se encuentra emplazada en la antigua aduana. Pertenece al estilo neoclásico, de época de Carlos III. Es un edificio de planta cuadrangular, con tres plantas de altura, la baja en sillería almohadillada y las restantes enlucidas y encaladas, salvo pilastras y cornisas en piedra vista. Los huecos se distribuyen simétricamente en las tres plantas. En la primera o planta noble, se protegen con balaustrada de piedra y se rematan en frontones triangulares y muros alternadamente.
     Sendas pilastras dividen la fachada en distintos ejes verticales. Las de la planta baja son almohadilladas y las superpuestas que se prolongan hasta la cornisa de la última planta, son estriadas y continúan la línea estriada de piedra vista hasta el remate del antepecho de la azotea.
     El interior del palacio posee un patio también neoclásico en torno al cual se articulan las diversas dependencias.
     En dicho edificio estuvieron situados los despachos del Consejo de Regencia, representantes del monarca ausente durante los años de la Guerra de Independencia, coincidiendo con el periodo en el que las Cortes se reunieron en la ciudad de Cádiz (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Junto a la plaza de España, pero ya en la avenida de Ramón de Carranza, se encuentra la Diputación Provincial, un solemne edificio, de gusto neoclásico castrense, construido por el ingeniero militar Juan Caballero entre 1770 y 1784 para sede de la Aduana. El proyecto inicial, encuadrado en la reforma de la muralla del puerto, incluía la construcción del Consulado y de la Casa de Contratación, aunque al final, por distintos motivos, sólo se edificó la Aduana. En 1810, durante el cerco de las tropas francesas, se utilizó como palacio de la Regencia y, posteriormente, en 1862, fue residencia de Isabel II durante su visita a la ciudad. El edificio, de tres plantas y azotea, se organiza sobre una superficie rectangular en torno a dos patios cuadrangulares. Levantado en piedra ostionera, la sobria fachada se articula a base de pilastras estriadas de orden gigante que enmarcan los distintos vanos, un trío de arcos para el acceso y ventanas con arcos rebajados en la planta baja, balcones con frontón triangular y balaustres en la primera y ventanas cuadradas en la segunda. Con ocasión de la citada visita de Isabel II, el interior fue reformado y embellecido a fondo. Prueba de ello es el magnífico salón Regio, que se conserva tal y como quedó tras la restauración realizada por Juan de la Vega. De planta rectangular, muestra una rica decoración de carácter ecléctico, en la que se mezclan sin recato elementos renacentistas y manieristas, plasmados en las pinturas del techo, los mármoles del suelo y el mobiliario, a base de espejos, relojes, candelabros, lámparas y el trono. Gran interés tienen también el salón de Recibo, el salón de Carlos IV y el antiguo salón de Plenos (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

Plaza de España. Monumento a las Cortes
     El derribo de las murallas en la zona del puer­to, a comienzos del siglo XX, permitió crear este amplio espacio ajardinado, que consolidó su configuración en 1929, coincidiendo con la in­auguración del Monumento conmemorativo de la Constitución de 1812. Su entorno urbano está integrado por edificios significativos de la evolu­ción experimentada por la arquitectura civil gaditana a lo largo del siglo XVIII, como lo muestra el conjunto barroco de las casas de las Cuatro y Cinco Torres, en contraste con los sobrios diseños academicistas de la antigua Aduana (Diputación Provincial) o el barrio de San Carlos.
     Los diputados integrantes de las Cortes de Cádiz, conscientes de la trascendencia histórica del documento que habían redactado, propusieron levantar un monumento que perpetuase su memoria en un lugar destacado de la ciudad. Tuvieron que pasar muchos años para que esta idea se pusiera en marcha y la ocasión surgió con motivo de la conmemoración del primer centenario de la Constitución. Se eligió entonces un diseño realizado por el arquitecto Modesto López Otero, con esculturas de Aniceto Marinas.
     Está concebido como un gran hemiciclo, en cuya zona central se alza un alto pilar a modo de triunfo. Todo su repertorio iconográfico está ideado como un homenaje a la labor de las cortes. En el centro del  hemiciclo, bajo el escudo real, un trono con las armas de la familia Borbón simboliza la legitimidad de Fernando VII. Ante él una tribuna con el nombre de Argüelles evoca al redactor del articulado y sirve de base al triunfo de la Constitución, identificada con la Justicia.
     Dos figuras ecuestres en bronce, que simbolizan la Guerra y la Paz, enmarcan todo el conjunto y a ambos lados del pilar central se sitúan los grupos escultóricos de los ciudadanos marchando a la guerra y los frutos de la paz, acom­pañados de otros grandes relieves que recuerdan hechos significativos relacionados con las Cortes. En la zona trasera completa el conjunto la figura de Hércules, representando  a la ciudad de Cádiz, y otros elementos iconográficos e inscripciones que recuerdan a los diputados y la dimen­sión americana del acontecimiento.
     En las cercanías de la plaza se localizan diver­sas muestras interesantes de arquitectura civil.
     El tramo de la Avenida Ramón de Carranza, frontero a la Diputación Provincial, presenta varias casas de estilo isabelino, entre las que sobresale la número 11-12, vivienda burguesa del siglo XVIII, reformada en 1840 por José Armario. En la calle Doctor Zurita 1, se levanta una vivienda dieciochesca con sencilla portada de mármoles y patio, al que se abre una compleja escalera barroca. El número 18, de la calle Manuel Rancés, se construyó a finales del siglo XVII, con portada barroca de mármol importada de Génova y patio de galerías con grandes vigas de madera (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Se trata de un monumento de estilo ecléctico, realizado en mármol, piedra caliza y bronce. De gran envergadura, aúna escultura y arquitectura en sus formas. Es un gran espacio que presenta planta de media luna, simulando un hemiciclo con gradas presidido por un trono vacío. Tras él, se eleva un monolito central de gran altura, resuelto por cuatro pilastras adosadas, y coronado por figuras alegóricas sobre pedestal que sostienen el texto constitucional. Repartidos por todo el monumento encontramos relieves, grupos escultóricos y elementos decorativos clasicistas con inscripciones alusivas a la Constitución de 1812 y nombres de algunos de los diputados que participaron en las Cortes que se pasan a describir:
     El cuerpo central del conjunto presenta cuatro enormes pilastras jónicas coronadas por un entablamento con cornisa volada y rematado por cuatro figuras que sostienen sobre sus cabezas el texto constitucional. En el centro se encuentra el sillón vacío sobre tribuna decorado con tres flores de lis en relieve, que alude a la figura del monarca exiliado, que se eleva sobre la escalinata donde se puede ver una inscripción en bronce en la que se lee ¿Argüelles¿. Tras el sillón aparece una estatua sobre pedestal, en el cual se puede leer ¿Constitución¿ y el relieve del escudo de las Cortes. Representa una matrona clásica con unos atributos que simbolizan la época de la Constitución y la Guerra como son la ley escrita en la mano derecha y la espada en la izquierda. Lleva la imagen un prendedor para sujetar la túnica con el escudo de España, y sería esta estatua y el trono, el eje que articula simétricamente el monumento.
     Los grupos escultóricos que flanquean este eje principal están dispuestos para que a la izquierda aparezcan los grupos que tienen un carácter bélico, mientras que las de la derecha sean figuras con un componente más político y de Paz. El grupo escultórico de la izquierda corresponde con la ciudadanía, con personajes de distinta clase social que marchan a la guerra. Una figura femenina con el pelo suelto guía con fuerza el caballo, que lleva un jinete con casaca. También se ve un soldado portando un tambor, un abanderado, y una mujer con niño despidiendo a su marido que marcha a la guerra. En la parte posterior del grupo aparece una cartela donde se pueden leer algunos logros constitucionales como son:
     DERECHOS DE CIUDADANÍA - ABOLICIÓN DEL SANTO OFICIO - LIBERTAD DE IMPRENTA.
     A la derecha otro grupo que corresponde con la Agricultura, donde un par de bueyes tiran de un carro triunfal gobernado por una figura femenina, que corresponde con Ceres, diosa de la agricultura en la mitología griega, la cual aparece coronada con espigas. Tirando de los bueyes aparece un campesino en actitud decidida, así como una mujer a cada lado, donde destaca una de ellas amamantando a su niño, símbolo de la fecundidad de la tierra. Este grupo escultórico alude a la agricultura como uno de los principales recursos de la economía española, y uno de los grandes temas de la constitución de Cádiz. Estas medidas legislativas aparecen detrás del grupo en una cartela donde se lee: 
     ABOLICIÓN DE LOS SEÑORÍOS - ORGANIZACIÓN DE LA HACIENDA - PROTECCIÓN DE LA AGRICULTURA.
     A ambos lados y en la parte cóncava del monumento se encuentra un altorrelieve con dos temas diferenciados. La parte de la izquierda donde se ofrece una obra inspirada en el cuadro de ¿La Junta de 1810¿ de Rodríguez Barcaza, donde se ofrece el momento de la jura contra los franceses delante de la fachada del ayuntamiento gaditano. En la parte de la derecha, aparece el acto de la Jura de Constitución por parte de los diputados delante del Oratorio de San Felipe Neri el 19 de marzo de 1812, y donde aparecen numerosos personajes conocidos como los diputados Muñoz Torrero o Argüelles, y con letras de bronce aparece escrito: 
     LAS CORTES DECLARAN SOLEMNEMENTE QUE EN ELLAS RESIDE LA SOBERANIA NACIONAL.
     A ambos lados del hemiciclo, aparecen dos figuras alegóricas a caballo que simbolizan la Paz y la Guerra. La Paz, situada a la izquierda del hemiciclo se representa portando una cruz con su mano derecha y las riendas del caballo, que aparece con una actitud reposada, con la izquierda. Por su parte, a la derecha aparece la Guerra, un personaje masculino ataviado como Marte que porta una Victoria Alada en su mano derecha, y el caballo que aparece en una posición más tensionada, a galope. El cañón que aparece bajo sus pies no hace sino acentuar esa posición bélica de caballo y jinete.
     La parte trasera del conjunto es un homenaje a la importancia de Cádiz y América en la Cortes. Para ello se debe destacar en primer lugar la figura central de Hércules y los leones, símbolo de la ciudad. A la derecha de éste, un relieve donde aparecen representados personajes como Cristóbal Colón e Isabel la Católica. Los personajes indianos que aparecen en este lado quieren hacer ver la idea de la importancia del papel desarrollado por América no sólo en las Cortes gaditanas, sino también durante el Sitio, ya que de allí seguían llegando aprovisionamiento a la ciudad, vital para el aguante y desarrollo de la guerra. Al otro lado de Hércules, aparecen diputados vestidos a la usanza de la guerra que simbolizarían a la ciudad de Cádiz. A ambos lados, y en la parte convexa de los brazos del hemiciclo, aparecen cartelas con los nombres de algunos diputados.
     El 27 de marzo de 1812 el Municipio gaditano solicitó su construcción al Congreso Nacional, siendo la petición leída y aprobada en la sesión de Cortes que tuvo lugar al día siguiente. Con este Monumento se querían conmemorar los trascendentales acontecimientos para la vida política española que por aquellas fechas se habían desarrollado en Cádiz.
     Durante la Guerra de la Independencia, ante el avance de las tropas francesas, la Junta Central de Gobierno se trasladó a Cádiz en 1810, realizándose la inauguración de las Cortes en la Isla de León (San Fernando), el 24 de septiembre del mismo año. Posteriormente pasan a la capital gaditana donde reanudan sus sesiones y elaboran la Constitución de 1812.
     La ciudad de Cádiz fue elegida como sede de las Cortes debido a que sus poderosas murallas la hacían prácticamente inexpugnable y, también, por el ambiente liberal que en ella se respiraba. El ejército francés sitió la ciudad en febrero de 1810 y, tras sucesivos e infructuosos ataques, hubo de retirarse el 24 de agosto de 1812. Así pues, en esta ciudad sitiada es donde se desarrolló el capítulo más importante de la Edad Contemporánea española.
     Con la construcción del Monumento el Municipio gaditano quería eternizar en piedra estos hechos. Sin embargo, los posteriores acontecimientos políticos de la Nación impidieron su realización. Había de transcurrir un siglo y ello no fue factible hasta el año 1910 en que la Comisión Provincial de Monumentos y la Real Academia Hispano-Americana de Cádiz pidieron al Gobierno el cumplimiento de lo dispuesto.
     Con este fin se convocó en Madrid, en 1911, un concurso de proyectos, exigiendo la convocatoria que en su realización fueran asociados un arquitecto y un escultor, estableciéndose el premio en un millón de pesetas. El concurso debió ser bastante reñido y, el Jurado llegó a plantearse dejarlo desierto. Su emplazamiento fue elegido en parte por ser un lugar abierto al mar que permitiría que el símbolo de la libertad fuera visto desde el mar por los barcos que llegaban al puerto de Cádiz (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Gran espacio ajardinado, creado a principios del siglo XX gracias al derribo de parte de las murallas de San Car­los para la ampliación del puerto, un espacio que se enriqueció poderosamente en 1929 con la erección del monumento a las Cortes de 1812. Este monumento fue dise­ñado en 1912 por el arquitecto López Otero, procediendo a su ejecución el escultor Ani­ceto Marinas. Consiste en un gran hemici­clo en el centro del cual se alza un elevado triunfo coronado por unas figuras alegóricas que sostienen el texto constitucional. Debajo, una gran matrona representa el triunfo de la Constitución, a la que se iden­tifica con la Justicia, mientras a sus pies, bajo el escudo real, aparece un trono con las armas de los Barbones, simbolizando la legitimidad de Femando VII. En los muros del hemiciclo, a un lado a y otro de la columna, una sucesión de relieves repre­sentan a ciudadanos que van a la guerra y los frutos de la paz, simbolizados en su conjunto por los dos jinetes a caballo, en bronce, que aparecen en los extremos sobre robustos basamentos. En la parte trasera se alza la figura del Hércules gaditano, así como una serie de inscripciones y de figuras que homenajean a los diputados, al tiempo que recuerdan la importancia que en esta Constitución se le daba a la América colonial.
     La plaza reúne además un espléndido caserío, en el que destaca la casa de las Cinco Torres, conjunto barroco de la segunda mitad del siglo XVIII que, como en el de las Cuatro Torres, constituye una edificación unitaria, gracias, principalmente, a la unión de unas casas con otras mediante muretes y pretiles mixtilíneos (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Cádiz, Costa de la Luz. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2008).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santiago; Casa de las Cadenas; Iglesia de San Agustín; Diputación Provincial; y Plaza de España - Monumento a las Cortes) de la localidad de Cádiz (V), en la provincia de Cádiz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia gaditana.

Más sobre la provincia de Cádiz, en ExplicArte Sevilla.