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sábado, 8 de agosto de 2026

El desaparecido Convento de Santo Domingo de Porta Coeli, de los Dominicos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Santo Domingo de Porta Coeli, de los Dominicos, de Sevilla.  
     Hoy, 8 de agosto, Memoria de Santo Domingo, presbítero, que, siendo canónigo de Osma, se hizo humilde ministro de la predicación en los países agitados por la herejía albigense y vivió en voluntaria pobreza, hablando siempre con Dios o acerca de Dios. Deseoso de una nueva forma de propagar la fe, fundó la Orden de Predicadores, para renovar en la Iglesia la manera apostólica de vida, y mandó a sus hermanos que se entregaran al servicio del prójimo con la oración, el estudio y el ministerio de la Palabra. Su muerte tuvo lugar en Bolonia, en Italia, el día seis de agosto (1221) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Santo Domingo de Porta Coeli, de los Dominicos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de Santo Domingo de Porta Coeli, de los Dominicos, se encontraba aproximadamente en la manzana formada por las avenida Eduardo Dato, San Francisco Javier, calle Camilo José Cela, y avenida de La Buhaira; en el Barrio de la Buhaira, del Distrito Nervión.
     La Orden de los Predicadores, también nombrada como de los Dominicos, fue fundada en los primeros años del siglo XIII por el castellano Domingo de Guzmán (Caleruega, Burgos, 1170 - Bolonia 1221), del linaje de los Guzmanes y canónigo de la catedral de Burgo de Osma, para combatir con la predicación, entre otros males de la Iglesia, la herejía albigense, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica, y también la herejía cátara. Entre 1203-1206, abandonando su retiro de Osma viaja a Dinamarca, Toulouse y otras comarcas de Europa acompañando al obispo don Diego de Acebes, de gran influencia en su vida espiritual, en empresas diplomáticas y apostólicas, conociendo de cerca el alcance de estas herejías y las luchas religiosas y feudales, a las que los legados pontificios y los cistercienses no podían poner fin. Impresionado por este estado de cosas, en 1207 comienza su labor apostólica con un grupo de compañeros en el sur de Francia. Muerto Acebes, Domingo se vincula al obispo Fulco de Toulouse, quien en 1215 lo admite junto con su "hermandad de predicadores" en el que sería el primer convento masculino, cuya regularización como nueva orden contravenía el mandato del IV Concilio de Letrán (1215) de no autorizar la formación de nuevos institutos religiosos. No obstante, los frutos que estaba dando este equipo de predicadores pobres atrajo la atención del papa Inocencio III que aconsejó a Domingo que tomara una regla ya existente, lo que enmascaraba un tanto la nueva fundación, escogiendo la de San Agustín. El 22 de diciembre de 1216 Honorio III expidió la bula de confirmación de la Orden de Predicadores como una corporación de clérigos regulares, siendo definitivamente confirmada el 21 de enero de 1217. Una vez conseguidas las preceptivas autorizaciones papales los dominicos iniciaron su vida de pobreza y evangelización itinerante por Europa, alentados por el fundador, que les imbuye la idea de una constante formación para así mejor ejercer su ministerio apostólico, siendo sin duda el siglo XIII decisivo para el desarrollo y crecimiento de la Orden y su fundamentación institucional, con un incremento rapidísimo de vocaciones. En 1220 se celebraba en Bolonia el primer capítulo general presidido por Domingo de Guzmán, el primer Maestro General, en el que se establecieron las bases de gobierno, las normas relativas al estudio, la predicación, las visitas y organización de los conventos y otras materias necesarias para el funcionamiento del nuevo instituto, instituyéndose el convento como la célula administrativa y territorial básica, que debía contar siempre con un maestro en teología. En el capítulo celebrado en mayo del año siguiente también en Bolonia, se crean cinco provincias: Provenza, Francia, Lombardía, Romana y España, y se ponen en marcha las de Hungría, Alemania e Inglaterra, cada una de ellas con un maestro provincial pertinente al frente. Un magnífico organizador resultó ser el Maestro general Raimundo de Peñafort, quien durante su mandato normalizó las Constituciones en un corpus jurídico que perduró hasta 1924.
     Hay que señalar que los dominicos junto con los francis­canos forman las órdenes mendicantes por antonomasia, cuya regla impone la pobreza no sólo para sus miembros sino para los conventos, obteniendo lo necesario para su sustento de la limosna de los fieles, en un deseo de vuelta a la pobreza como en los primeros tiempos de la Iglesia. Frente a la reclusión y aislamiento de los monjes, el fraile mendicante realiza un apostolado activo, itinerante, en constante contacto con la sociedad, estableciendo sus conventos en el interior de las ciudades en donde más directamente predican la fe y la moral dentro de la ortodoxia. Para ello era necesario que los frailes poseyeran una buena formación religiosa e intelectual, siendo este uno de los pilares fundamentales y definidores de los Dominicos, quienes desde su nacimiento se vinculan a las mejores universidades europea, como París o Bolonia, en las que la presencia de los Predicadores primero como estudiantes y luego en sus cátedras fue notable en número y calidad, y una baza fuerte en la consolidación de la Orden. A ello hay que sumar la creación de las Casas Generales de estudios -la primera se funda en 1248- en donde se forman los propios religiosos y colegiales externos, y en donde se imparte el trivium y filosofía, lo que en ocasiones acarreará conflictos con las universidades. La importancia del estudio era tal que a estudiantes y lectores (profesores) se les podían dispensar de algunas actividades de la observancia monástica, como la asistencia al coro, ciertos ayunos, y se les permitía poseer libros. A los conventos se les manda acrecentar las bibliotecas y se les prohíbe la venta de los libros.
     A la muerte de Domingo en 1221 (que será canonizado por el papa Gregario IX en 1234) la Orden contaba con veinte conventos y trescientos frailes. En 1303 son ya quinientos cenobios agrupados en dieciocho provincias con más de trece mil hermanos, crecimiento no exento de problemas con párrocos y obispos que encontraban una gran competencia en estos clérigos de gran formación teológica, que captaban rápidamente a los fieles que abandonaban a otros pastores por lo general peor preparados. Durante el siglo XIV la Orden pierde un poco el vigor de los primeros tiempos, con una relajación de la observancia y una disminución de vocaciones, a lo que hubo de contribuir el cisma de la Iglesia y la peste negra; la crisis será superada con la reforma llevada a cabo en el seno de la Orden que significó una vuelta a la observancia y al fervor primitivos. En el siglo XV se superarán los efectos religiosos de la llamada "claustra", para comenzar un gran resurgimiento que continuará en el XVI y XVII, sin duda los siglos de oro de los Dominicos. Las voca­ciones aumentan y las fundaciones se multiplican, favorecidas por la colonización de las tierras americanas y el extremo oriente. El setecientos, sin embargo, abrirá una nueva etapa de inflexión con el descenso en el nivel de los estudios y la pérdida de influencia sobre las masas, que los relaciona inexorablemente con la Inquisición; la Orden se aleja cada vez más de la sociedad y sus necesidades, para finalmente en el XIX, con las corrientes laicistas y los procesos desamortizadores vividos en Europa, quedar extinguida, no siendo restituida hasta el último tercio del XIX en varios países.
     En España, cuna del fundador, la Orden se implantó con rapidez, pues en las actas del capítulo provincial celebrado en Toledo en 1250 ya se da la cifra de veinte conventos en la península, que pronto se duplicará. Este crecimiento y expansión se debe en gran parte al paulatino avance de los monarcas castellanos en la reconquista, en cuyos campa­mentos consta la presencia de los frailes predicadores que asistían espiritualmente a los miembros del ejército y a los propios reyes. El mismo Fernando III eligió como confesor a un dominico y favoreció la fundación de conventos de la Orden en la ciudades andaluzas recién conquistadas, siendo el primero el de San Pablo de Córdoba. El incremento de casas y miembros hizo necesaria una reestructuración administrativa; de la inicial provincia de España o Castilla, el 10 de octubre de 1514 por bula del papa León X se creó la de Andalucía o Bética que comprendía los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada) el de Murcia y todo lo que de la Mancha y Extremadura quedaba a la izquierda del Guadiana que servía de línea fluvial divisoria, con un total de treinta dos conventos; en 1686 eran ya cincuenta y seis. Hay que señalar que los conventos fundados en estas fechas en tierras americanas, de gran potencial para ésta y el resto de las órdenes religiosas activas en España, se incluyeron en un primer momento en la provincia andaluza.
     Igualmente, los dominicos españoles pasaron por periodos de apogeo y decadencia como el que hemos referido anteriormente. También fue necesaria en las casas peninsulares una reforma en el siglo XIV semejante a la llevada a cabo allende de nuestras fronteras, lo que fue acometido por el beato Álvaro de Córdoba, y de la cual la Orden salió robustecida con la unión, finalmente, de las dos ramas, siendo los siglos XVI y XVII sin duda los más fecundos en cantidad de casas y en calidad de sus miembros. Por otro lado, los Predicadores se vincularon al mundo universitario hispano y fundaron colegios que alcanzaron elevadas cotas dentro de la vida intelectual del momento, y que dieron su fruto en personalidades que destacaron en variados campos del saber, desde la teología al derecho, la economía y la astronomía: fray Bartolomé de las Casas, fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, el mencionado San Raymun­do de Peñafort, San Vicente Ferrer, fray Diego Deza; destacando algunos de ellos también en santidad, lo que les llevó a subir a los altares. El siglo XVIII será en cambio un periodo de atonía y declive para este instituto religioso, que pierde el pulso de la historia y la sociedad que la protagoniza. Los aires laicistas y los cambios político-administrativos les llevarán a la exclaustración en 1836, quedando sólo abierto en España el colegio dominico de Ocaña para asistencia de las misiones ultramarinas. Merced a nuevos concordatos con la Santa Sede la Orden fue repuesta, en el último tercio del XIX; el 27 de enero de 1879 se reinstaura canónicamente la provincia de España y en 1897 se desgajó de nuevo la Provincia de Andalucía.
     En Sevilla la Orden de Predicadores contó con un total de seis conventos masculinos: San Pablo el Real, Santo Domingo de Portacoeli, Santo Tomás de Aquino, Regina Angelorum, Santa María de Montesión y San Jacinto. Los correspondientes femeninos fueron cinco: Madre de Dios el Real, Santa María de Gracia, Santa María de Pasión, Santa María de los Reyes y el de Nuestra Señora del Valle, de corta duración (fue vendido en 1529 a la orden franciscana y sus monjas pasaron al de Santa María la Real); de las fundaciones femeninas sólo ha permanecido el primero. En el primer censo demográfico conocido, fechado en 1615, la provincia de Andalucía tenía un total de 1.835 religiosos, aventajando a la de España en número; Sevilla daba un máximo absoluto de 430. Esta abundancia numérica aumentó a fines del XVII, lo que determinó que había que reducir el número, pues "sobraban frailes y faltaban viandas" y se fija en el año 1750 un numerus clausus en cada convento. Un interesante cuadro comparativo realizado por Huerga, del número de religiosos en los conventos masculinos sevillanos, a partir de los datos del capítulo provincial celebrado en Cádiz en 1750 y de la obra publicada en Sevilla en 1757, Breve expresión de lo que en sí contiene la ciudad de Sevilla, arrojan las siguientes cifras:
1750             1757
120 San Pablo     190
12 Portacoeli     33
20 San Jacinto     25
- Regina             48
- Montesión     18
-       Santo Tomás     29
total                     343
     Los funestos acontecimientos del XIX, terminaron finalmente con la expulsión de los Predicadores y cierre de estas seis casas, de las que sólo se ha restablecido la de San Jacinto.
CONVENTO DE SANTO DOMINGO DE PORTA COELI
     El convento de Santo Domingo de Porta Coeli fue el segundo en el orden cronológico fundado en Sevilla por los dominicos. Según Morgado, que dice apoyarse en un antiguo memorial de un tal fray Matías de San Juan, religioso del convento, la fundación la realizó en 1450 fray Rodrigo de Valencia, datación y autoría que es mantenida por Ortiz de Zúñiga y todos los cronistas locales posteriores hasta nuestros días. Sin embargo, de esta fecha y fundador discrepa A. Huerga quien en sus estudios más recientes pone de manifiesto que la fundación sevillana fue obra de fray Álvaro de Zamora, también llamado de Córdoba, religioso dominico doctor en Teología, quien, en un deseo de volver al primitivo fervor y observancia de la regla, abandonó su cátedra en Valladolid y su servicio en la corte del rey Juan II para emprender la reforma en el ámbito peninsular, con una vida en línea con el espíritu original de la Orden, de predicación activa e itinerante y de pobreza. Llegado a Córdoba, fundó el convento reformado de Santo Domingo de Scalacoeli, desde donde se mueve para difundir su modelo de vida espiritual por pueblos y ciudades andaluces. Su presencia en Sevilla se constata desde 1420, en donde pasa largas temporadas predicando y buscando fondos para su fundación cordobesa, como lo testimonian los libros de cuentas del Mayordomazgo del Ayuntamiento de Sevilla, en los que se consignan diversas cantidades de dinero libradas a favor de fray Álvaro en sucesivos años: "para el maestro fray Álvaro que vino a predicar a esta ciudad el 23 de diciembre marchándose el 2 de junio de 1421 que fueron 160 días a razón de 35 maravedíes diarios más 200 maravedíes a su partida", otro pago con fecha 26 de junio de 1424, "para que diese 3.000 mara­vedíes a fray Álvaro, maestro de teología de la Orden de santo Domingo de los predicadores, para ayudar a la edificación de un monasterio de dicha Orden de la advocación de Santo Domingo de Scala coeli, en Córdoba, de las limosnas que los reyes de Castilla mandaban dar cada año, en atención a los muchos y continuos trabajos que el dicho maestro se tomó en Sevilla en sus sermones"; el de fecha 11 de febrero de 1426 de mil maravedíes "para su mantenimiento el tiempo que estuviese en esta ciudad predicando la cuaresma", o el de 10 de mayo de ese mismo año "para el mantenimiento y el de los que consigo traía durante los días que estuviese predicando en esta ciudad a los cristianos y demás vecinos y moradores, 1.000 maravedíes además de los otros 1.000 maravedíes que primeramente le mandó dar...".
     Durante sus estancias en Sevilla fray Álvaro y sus compañeros no se albergaban en San Pablo sino en las afueras de la ciudad, en una casa situada en el paraje conocido como Huerta del Rey según Morgado, y Ortiz de Zúñiga en una ermita preexistente con la advocación de Santo Domingo, en donde mediante la penitencia y oración pretendía implantar la reforma al igual que la del monasterio cordobés de Scalacoeli, tomando la casa sevillana el bello título de Santo Domingo de Porta Coeli. Desde aquí el maestro iba al centro de la ciudad a predicar. Sin embargo, de estas permanencias no se infiere que se produjese la fundación del convento sevillano en su sentido jurídico, que no se constata, al menos de momento, en una documentación más explícita que las fuentes indirectas que hasta ahora manejamos. Huerga afirma, apoyándose en el testimonio de fray Rodrigo de Valencia, compañero y discípulo de fray Álvaro, que fue éste el fundador y fray Rodrigo el continuador de la empresa, quien en 1440 solicita permiso al Papa para vivir con algunos religiosos en la casa de Santo Domingo de Porta Coeli de Sevilla, que "fundó y edificó hace algunos años fray Álvaro de Córdoba". Sin embargo, el tema, antes que aclararse, se complica pues en 1452 fray Rodrigo de Valencia, confesor del rey Enrique III cuando venía a Sevilla, según unos contratos de compra, todavía figuraba como miembro de la comunidad religiosa del monasterio sevillano y Casa Grande de San Pablo, en lo que se apoya Miura Andrade para decir que la fundación aún no se había producido. En este sentido queremos apuntar que quizás fray Álvaro no tuvo en principio una intención clara de fundar en Sevilla sino más bien, recogiendo el espíritu primitivo de la Orden, realizar sus predicaciones itinerantes. Que cuando venía a Sevilla a ello, para lo que contaba con el beneplácito del cabildo de la ciudad como lo testimonian los documentos concejiles, se hospedaba, no en San Pablo, cuya situación espiritual es distinta y "contraria" a la que lleva a cabo el maestro, sino en la llamada Huerta del rey, amplio lugar provisto de huertas, jardines y edificaciones, propiedad en este momento de la monarquía. Esta casa en las afueras de la ciudad se convirtió de forma autogénica en el germen del monasterio, cuyos pasos para su consolidación como tal fueron dados por fray Rodrigo de Valencia, discípulo y sucesor de fray Álvaro a quien se puede considerar el fundador espiritual de Porta Coeli mientras que fray Rodrigo fundador material y primer prior del monasterio hasta el año de su muerte, acaecida en 1465, sucediéndole fray Juan de Santa Marina y en 1468 el padre Cudriñas.
     Lentamente el monasterio se irá conformando, como lo atestiguan las sucesivas referencias relativas a él, recibiendo un fuerte impulso con la donación de tierras que en 1457 le hizo don Juan de Monsalve, Maestresala del rey Enrique IV y de los Reyes Católicos, considerado como el primer patrono del convento. A este caballero le fue donada por el rey Juan II la llamada Huerta del Rey, lugar a las afueras de la ciudad, a la salida de la Puerta de la Carne y próximo al arrabal de San Bernardo, que toma su nombre por haberla poseído el rey moro de Niebla a quien se la donó Alfonso X el Sabio, y que tras la muerte de aquel pasó de nuevo a la corona. Monsalve, que según Ortiz de Zúñiga tuvo un hijo en el convento, edificó "casa fuerte y hermosa'' y mantuvo una amplia huerta; en 1493 la propiedad fue vendida a doña Catalina de Ribera, madre del Marqués de Tarifa. Es Alonso Morgado quien nos informa de las lindes de la tierra donada a los dominicos, "... entre las Viñas y el Ataxia, hasta la Alcobilla del luengo que es desta Casa, para que de ella haga, lo que quisiere, y más un Garbanço de agua de la Alcobilla donde se agora se toma, lo cual dio en el año de mil y quatrocientos cincuenta y siete". La dotación de agua sería incrementada en 1478 por los propios Reyes Católicos, agua que se hacía derivar de los Caños de Carmona mediante un acueducto. A partir de esta -al parecer importante- donación de tierras, los dominicos debieron plantearse la necesidad de levantar convento e iglesia para lo que encontraron un impor­tante mecenas como fue don Alonso Enríquez, Almirante de Castilla, que tomó Porta Coeli bajo su protección y patronazgo, quien hizo a sus expensas "el Refictorio, y el Capítulo, y la Claustra, y empeço la Iglesia''. En su testamento otorgado en Valladolid el 30 de octubre de 1482 dejó una manda de 50.000 maravedíes para la compra ''de libros... de teología y filosofía e de las otras ciencias para los religiosos necesarias". En 1490 tenemos como sucesor en el patronato a don Fadrique Henríquez, también almirante de Castilla y primer marqués de Tarifa, quien concluyó la iglesia, agradecido por la milagrosa interce­sión del fundador de la Orden, Santo Domingo de Guzmán, en el sitio de Tarifa cuando a él se encomendó.
     Con el tiempo Santo Domingo de Porta Coeli se convirtió en "uno de los buenos, en templo y habitación, y de numerosa comunidad" al decir de Ortiz de Zúñiga. Amplio y espacioso, rodeado de huertas y con hermosas vistas, en él se celebró algún que otro capítulo provincial y al poco tiempo de crearse la Provincia de Andalucía por el papa León X, el maestro General de la Orden Tomás de Vio Cayetano, en 1512, aplicó al monasterio la función de hospedería de domi­nicos que esperaban en Sevilla para embarcar hacia América, lo que da prueba de su amplitud. Sabemos algunas cifras sobre el número de sus miembros; en 1561 se solicita que no se le asignen más de veinticuatro conventuales para poder dar cabida a los numerosos misioneros en esperar el embarque para el Nuevo Mundo. En 1757 la comunidad era de treinta y tres religiosos. En 1803 su número se había reducido a siete. Sabemos que durante la feroz epidemia de peste acontecida en la ciudad en 1800, el Ayuntamiento dispuso un lazareto en Porta Coeli para los vecinos que volvían a la ciudad y que estaban infectados.
     Durante la ocupación napoleónica de la ciudad no existen datos referentes al monasterio que hubo sin duda padecer los desmanes de la tropa; se desconoce si tras la marcha de los franceses en 1813 volvieron los dominicos a su casa. Con los decretos desamortizadores de 1835 la comunidad quedó extinguida perdiendo el título de propiedad de su monasterio que, abandonado, fue poco a poco arruinándose. Durante un tiempo existió en él una curtiduría y su espaciosa huerta mantuvo su uso pero en manos de particulares. No ha permanecido nada de él.
ARQUITECTURA
     Muy poco se sabe de la configuración arquitectónica del monasterio de Santo Domingo de Porta Coeli, e imprecisa resulta su ubicación en el amplio paraje conocido como Huerta del Rey, extramuros de la ciudad, entre la Puerta de Carmena y Puerta de la Carne y próximo al arrabal de San Bernardo. Su posición no es recogida en el plano de Sevilla de 1771. Parece que la actual calle de Santo Domingo de la Calzada trazada sobre un antiguo camino entre huertas, que hoy une las avenidas de Luis Montoto y Eduardo Dato, desembocaba frente al monasterio, por lo que su ubicación aproximada pudo estar en lo que actualmente es el colegio Porta Coeli.
     González de León dice escuetamente de él que era grande y diáfano. Su acceso se realizaba a través de un arco con puerta de hierro que desembocaba en un dilatado compás por donde se pasaba a la iglesia, de la que se desco­noce su autor; su construcción se inicia en torno a 1475 durante el patronazgo de don Alonso Enríquez, siendo termi­nada por su sucesor don Fadrique Henríquez de Ribera hacia 1490. De ella sólo refiere González de León que era espaciosa, con crucero y abovedada, y la cubierta con maderas y tejas. Sobre las dependencias conventuales sabemos que el refectorio, sala capitular y claustro fueron levantados a expensas de don Alonso Enríquez. Recurriendo de nuevo a la somera descripción que de Porta Coeli hace González de León, sabemos que el refectorio era largo y diáfano, y que el monasterio poseía el resto de las habituales dependencias, como sala de profundis, cocina, amplias y numerosas celdas con hermosas vistas sobre los campos que lo circundaban, así como dos espaciosos patios claustrados de arcos sobre columnas. La sacristía se hallaba bien provista de "alhajas, ropa y útiles". Una dilatada huerta de frutales y hortalizas provista de abundante agua procedente de los cercanos caños de Carmona completaba el recinto conventual.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Todas las referencias manejadas hacen hincapié en la calidad y belleza del retablo mayor de la iglesia de Santo Domingo de Porta Coeli que lamentablemente no se ha conservado; tras la desamortización, olvidado y abandonado a su suerte, finalmente hubo de ser desmontado y desmem­brado. Fue concertado en 1605 por don Diego González de Mendoza, quien en estas fechas poseía el patronazgo de la capilla mayor, con Juan Martínez Montañés, por el precio de 1.000 ducados, firmándose el finiquito el 1 de diciembre de 1609. De planta ochavada, constaba de banco dos cuerpos de tres calles separadas por columnas estriadas y entorchadas, de orden jónico en el primero y corintio en el segundo, y ático entre pilastras. Las labores de dorado, estofado y pintura corrieron a cargo de Francisco Pacheco por valor de 700 reales, que fueron terminadas el 22 de noviembre de 1609. La iconografía era: en el banco pinturas de "varios santos de medio cuerpo" y los retratos de los donantes. En la calle principal del primer cuerpo y constituyendo el núcleo temático principal de todo el programa iconográfico del retablo, la escultura de Santo Domingo de Guzmán penitente, en la del segundo cuerpo un relieve de la Asunción de la Virgen que asciende sostenida por cuatro ángeles, en las calles late­rales se distribuían relieves con las figuras de San Francisco, San Jerónimo, San José itinerante, Santiago, San Juan Bautista y San Juan Evangelista. Y en el ático otro relieve con el tema de la Santísima Trinidad. De estas piezas escultóricas se conservaron en dos pilares de la parroquia sevillana de San Bernardo, la Asunción de la Virgen y la Santísima Trinidad, hasta que fueron destruidas en los sucesos revolucionarios de 1936, quedando unos restos, parte del coro de ángeles de la peana de Cristo y la mano del Padre Eterno sosteniendo la bola del mundo, que pasaron en 1980 a la colección particu­lar sevillana de don José Mª Benjumea. Afortunadamente sí se ha conservado el magnífico Santo Domingo de Guzmán penitente, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, ponderado por Pacheco en su Arte de la Pintura, quien señaló que con esta obra introdujo las carnaciones mates en Sevilla. El Santo dominico se halla de rodillas, con el torso desnudo de cintura para arriba preparado para flagelarse. El hábito blanco de la Orden se sostiene atado con una correa negra sobre las caderas, cuyos amplios pliegues envuelven la mitad inferior de la figura y le sirven de sólida base, otorgando un fuerte contraste con la plenitud anatómica de brazos y abdomen de excelente modelado estudiado del natural. La rotunda y trabajada cabeza presenta una marcada tonsura con cerquillo, barba corta y mirada penetrante, dirigida a la cruz que el Santo fundador sostiene con firmeza con su mano izquierda, mostrándose a los religiosos del monasterio como el modelo ideal de mortificación y penitencia a seguir.
     En los testeros de los brazos del crucero de la iglesia se disponían sendos retablos, cuya autoría se desconoce, que no se han conservado, sobre los que dice Ponz que eran de buena y sobria arquitectura y González de León que eran "de igual mérito al principal" y cada uno se articulaba mediante dos columnas de orden corintio. Ambos contenían pinturas de Zurbarán que analizaremos en el próximo epígrafe. En el cuerpo de la iglesia cita el autor decimonónico, en la capilla Sacramental hubo una "hermosa imagen... vestida de telas" de Nuestra Señora del Rosario, que hemos de dar por perdida, y "otros altares había pero que no tenían nada de particular".
     No existiendo hasta la fecha más información sobre otros retablos y esculturas del monasterio. Sí sabemos que el escultor Gaspar Núñez Delgado firma en 20 de abril de 1589 con el prior de Santo Domingo, fray Alonso de Cabrera, un contrato para hacer por 250 ducados un Crucificado de marfil "de dos palmos e dos dedos larguillos", según modelo de otro que el artista había hecho para el doctor Herrera, comprometiéndose a terminarlo en el plazo de un año. Obra que hemos de dar por perdida, Sabemos que en el claustro tenía su capilla funeraria don Gaspar de León Garabito para cuyo retablo concertó el 24 de abril de 1592 una serie de pinturas con el maestro Vasco Pereira. El retablo no se ha conservado y no se conocen de él ni su autor ni sus características arquitectónicas.
PINTURAS
     La nómina de pinturas conocidas que poseyó el monas­terio de Santo Domingo es escasa. Ya referimos cómo el retablo mayor fue dorado, estofado y policromado por Francisco Pacheco, quien además se comprometía en el contrato firmado en 1605 a pintar las figuras y retratos que se le pidiesen. Las fuentes no son muy explícitas pero parece que en el banco se distribuían varios santos de medio cuerpo, hasta la fecha sin identificar.
     Todas las fuentes manejadas citan en los testeros de los brazos del crucero retablos que albergaban una serie de pinturas concertadas por Francisco de Zurbarán, cuyo contrato fue visto por López Martínez en el Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla, y que después no ha sido localizado. El del lado del evangelio estaba dedicado al beato dominico Enrique Susón, pintura confiscada por los franceses y llevada al Alcázar en donde constaba inventariada con el número 67, como "un santo dominico". Sería devuel­ta al monasterio hasta que tras la Desamortización de los bienes de la Iglesia en 1835 pasó al Museo de Bellas Artes, donde se conserva. La pintura está concebida como un gran cuadro de altar, con el religioso ocupando gran parte del lienzo, de grandes dimensiones (209 x 154 cm); está representado de cuerpo entero, de pie y respaldado por un amplio paisaje, "bellos campos de países" como lo describe Ponz, y mostrando el monograma de Jesucristo, JHS, que con el estilete que sostiene con la mano derecha ha grabado en su pecho, lo que sucedió en un arrebato místico cuando contaba con dieciocho años de edad. Destaca la magnífica descripción física, un expresivo rostro con los ojos elevados al cielo, imbuido de una intensa emoción espiritual. A los lados y a pequeña escala se desarrollan episodios de su vida, a la izquierda mostrando a otro fraile su inscripción mientras que un ángel guarda la capilla en que vivía retirado, a la derecha aparece meditando junto a un manantial de agua del que no bebe para mortificarse y ofrecer su sacrificio a Dios. El retablo del lado de la epístola estaba presidido por el también Dominico San Luis Beltrán, lienzo que igualmente pasó por el Alcázar catalogado con el número 67 y hoy se halla en el Museo sevillano. Está representado en el centro de un bello paisaje, en actitud de bendecir el bernegal que sostiene con la mano izquierda del que sale una pequeña serpiente, símbolo del veneno que contenía, suministrado por los indios para envenenarle y evitar que prosiguiera con su evangelización. Su rostro, de rasgos muy personales e hieráticos, parece estar tomado de un retrato funerario. La composición se completa con escenas a pequeño tamaño que relatan episodios de la vida del Santo durante su actividad misionera en tierras americanas. A la izquierda, junto con otro dominico, quemando ídolos indígenas y a la derecha predicando a los nativos. La plasmación de Susón y Beltrán venían a indicar a los fieles y frailes del monasterio dos acti­tudes espirituales distintas pero edificantes dentro de la esfera de la religiosidad dominica, la vida contemplativa ejemplarizada por el primero, muy reverenciado por los reli­giosos desde mucho antes de su canonización por Gregorio XVI en 1831, frente a la vida de apostolado activo del segundo en las Indias; iconografía que hubo de ser indicada a Zurbarán por los frailes de Porta Coeli y que el pintor supo interpretar de forma magistral con la integración de las casi escultóricas figuras en el paisaje circundante, de bellas tonalidades ocres y verdes en contraste con el luminoso celaje y con la bicromía blanca y negra de los hábitos monacales, de turgentes pliegues. En el banco de cada retablo se disponían escenas de la vida de ambos religiosos, dos en cada uno, que según Guinard pueden corresponder a las inventariadas en 1860 en el catálogo de ventas de la colección López Cepero, de las cuales dos participaron en la exposición de 1905 en Madrid, y hasta la fecha en paradero desconocido.
     Por el contrato de 24 de abril de 1592 firmado por Vasco Pereira con don Gaspar León Garabito, sabemos de la existencia de una serie de pinturas al óleo para el retablo que este poseía en su capilla, situada en el claustro conventual. Los temas a representar eran una Anunciación para la parte central, con "el arcángel san gabriel y nuestra señora y dios padre y el espíritu santo y ángeles y serafines al modo de un retablo que esta en la iglesia de la anunciación de la compañía de Jesús", y diez más pequeñas a repartir por el retablo: San Pedro, San Pablo, San Juan Bautista, San Juan Evangelista, San Francisco, Santo Domingo, Santa Ana, Santa Catalina de Siena "y otras o otros". En el banco los retratos del referido don Gaspar su esposa doña Catalina, y en la pared, al fresco, tres escudos a cada lado. El pintor se comprometía a terminar el trabajo a principios de agosto de ese mismo año, dándose por cumplido y cancelado efectivamente el 5 de agosto. El costo ascendió a 159 ducados. Estas pinturas están hasta la fecha sin identificar (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santo Domingo de Guzmán, presbítero
    Fundador de la orden de los hermanos predicadores o dominicos. Nació en 1170 en Calahorra, La Rioja, de una familia oriunda de Osma, Castilla. Pasó la mayor parte  de su vida en Francia e Italia. Después de haber predicado en Toulouse contra los herejes albigenses, en 1216 obtuvo del papa la autorización para fundar la orden de los Hermanos Predicadores. Murió en Bolonia en 1221, localidad que visitará para presidir el capítulo general de su orden.
   Su leyenda, muy adornada, copia en parte a las de San Bernardo y San Francisco de Asís, a quienes habría conocido en Roma. A causa de un error intencionado se le concedió el honor de la Aparición de la Virgen del Rosario, cuando se sabe fehacientemente que la devoción del Rosario fue inventada y difundida a finales del siglo XV por el dominico bretón Alain (Alano) de la Roche.
   Su nacimiento, al igual que el de Cristo, habría estado acompañado de presagios. Cuando su madre fuera a rezar ante las reliquias de Santo Domingo de Silos, éste le anunció que ella tendría un hijo, al cual, en reconocimiento, dio el nombre de pila Domingo. Además, la embarazada habría visto en sueños al hijo que debía nacer de ella con una estrella sobre la frente, y bajo el emblema de un perro blanco y negro que tenía en sus fauces una antorcha encendida, lo cual significaba que estaba llamado a defender la fe amenazada por la herejía, como un buen perro guardián. Esta leyenda parece que tiene como origen un juego de palabras con dominico, perro del Señor (domini canis) o Dominicus (Domini custos).
   En Toulouse, donde había acudido para batallar contra los albigenses, defendió su causa mediante la ordalía del fuego, como San Francisco de Asís ante el sultán de Egipto. Dos libros se arrojan al fuego, uno herético, el otro ortodoxo: el primero se quema mientras que el segundo permanece intacto.
   Dominicos y franciscanos atribuyen a los fundadores de sus órdenes, contradictoriamente, una visión del papa Inocencio III, quien, mientras dormía en su palacio vio en sueños la basílica de Letrán a punto de derrumbarse, pero un santo sostenía la fachada vacilante. Dicho santo, que aportaba al papa el refuerzo de su orden es, para los franciscanos, San Francisco de Asís, y para los dominicos, Santo Domingo de Guzmán.
   A Santo Domingo se atribuían otros muchos milagros: salvó del naufragio a los peregrinos que atravesaban el Garona con rumbo a Santiago de Compostela, resucitó al joven Napoleón que había muerto al caer del caballo; derrotó al demonio que en forma de mono lo hostigaba mientras leía, y aun lo puso en penitencia haciéndole sostener la vela que le iluminaba, hasta que el diablo se quemó los dedos y el santo lo echó a latigazos; cuando una comunidad de su orden estaba falta de pan, los ángeles, en respuesta a sus ruegos, trajeron dos canastos llenos a la mesa del prior.
CULTO
   Canonizado en 1234, diez años después de su muerte, Santo Domingo era particularmente venerado en Toulouse donde predicó contra los albigenses y en Bolonia, donde murió y donde se le edificó una magnífica tumba.
   Sus patronazgos son escasos y nunca fue un santo popular, como San Martín o San Francisco de Asís. Pero las innumerables iglesias y monasterios de su orden difundieron su iconografía en toda la cristiandad.
   Las principales fundaciones dominicas en Italia, además de la de Bolonia, eran la iglesia de la Minerva, los conventos de Santa Sabina y de San Sixto en Roma, la basílica de Santa María Novella y el convento de San Marco en Florencia, y la iglesia de los Santos Giovanni e Paolo en Venecia. Además, tenía iglesias puestas bajo su advocación en Pisa, Fiésole, Siena, Orvieto y Nápoles.
   En Bolsena se lo invocaba contra el granizo.
ICONOGRAFÍA
   Santo Domingo está vestido con el hábito bicolor de su orden: túnica blanca y manteo negro, colores simbólicos de la pureza y de la austeridad. Su ancha tonsura está rodeada por una corona de pelo. Casi siempre lleva una barba en collar, pero a veces se lo ha representado imberbe.
   Tiene numerosos atributos. El libro, cerrado o abierto, que tiene en las manos, no bastaría para diferenciarlo. El tallo de lirio lo comparte con San Francisco de Asís y San Antonio de Padua: es el símbolo de su castidad, o más bien, alude a su veneración a la Virgen Inmaculada. Sus atributos realmente personales son la estrella roja y el perro manchado que su madre viera en sueños antes de su nacimiento, a los cuales, a finales de la Edad Media, se sumó el rosario.
   La estrella brilla sobre su frente o encima de su cabeza.
   A sus pies está sentado un perro blanco y negro que lleva una antorcha encendida en las fauces (portans ore faculam). Ese perro del Señor (Domini canis) es al mismo tiempo que el atributo individual de Santo Domingo, el emblema de todos los dominicos. "El predicador -dijo Daniel de París- es el perro del Señor encargado de ladrar contra los malhechores, es decir, los demonios que rondan en torno a las almas."
   No se comprende muy bien, por cierto, cómo podría ladrar con una antorcha encendida en las fauces.
   Santo Domingo recibió más tarde el rosario, que se considera obtuvo de manos de la Virgen. Uno de los ejemplos más antiguos de ese atributo usurpado es el cuadro de Cosimo Rosselli, que pertenece a la Colección Johnson de Filadelfia.
   Según el modelo del Árbol de Jesé, los dominicos crearon su propio árbol genealógico. Del pecho del fundador de la orden salen ramas sobre las cuales se alinean los dominicos ilustres, en media figura (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santo Domingo de Guzmán, presbítero;
     Santo Domingo de Guzmán y Aza, (Caleruega, Burgos, 1170 – Bolonia (Italia), 6 de agosto de 1221). Fundador de la Orden de Predicadores o Dominicos (OP).
     A pesar de ser uno de los personajes españoles de la Edad Media mejor estudiado y mimado por la literatura, la escultura y sobre todo por la pintura, santo Domingo sigue siendo poco conocido y menos aún popular. Se le recuerda más por frailes y monjas de su Orden (Tomás de Aquino, Alberto Magno, Catalina de Siena, Vicente Ferrer, Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Macías, Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Luis de Granada, cardenal Zeferino, Arintero, Getino y tantos otros) que por él mismo, o por la popular estrofa rosariana “viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.
     Este preclaro personaje fue hijo de Félix de Guzmán y de Juana de Aza y nació en la villa burgalesa de Caleruega, cerca de Silos, hacia el año 1170. Sus padres eran nobles y por su matrimonio se unieron los linajes Guzmán y Aza, bien conocidos a lo largo de la Edad Media, participantes en la Reconquista española y señores de Caleruega.
     Los Guzmán-Aza se distinguieron por su acendrada fe, generosidad, valor, espíritu emprendedor y audaz, energía tenaz y un alto grado de servicio al Estado y a la Iglesia, características a las que Domingo juntaría la vocación de su vida y su obsesión “ganar almas para Cristo”.
     El nacimiento de Domingo estuvo precedido de una visión que su madre Juana tuvo cuando estaba embarazada. Le pareció ver un cachorro con una tea encendida en la boca que iluminaba el mundo. Aquella luz, resplandor o especie de estrella que muchos testigos verían después en el rostro de Domingo y que atraía el respeto, la admiración y el amor de todos, era como la constatación de una vida singularmente santa vivida a imitación de los apóstoles y puesta enteramente al servicio del Evangelio y de la Iglesia. Fue bautizado en la iglesia románica de San Sebastián, todavía en uso, en una pila bautismal que aún se conserva y en la que desde hace siglos son bautizados miembros de la Familia Real española. Le pusieron de nombre Domingo (hombre del Señor), nombre no raro en la comarca y en la misma Caleruega, en recuerdo y agradecimiento al santo abad Domingo, cuyo cuerpo se conservaba en la cercana abadía de Silos. A ésta había acudido Juana de Aza, embarazada de Domingo, y allí, como a otras abadías y monasterios cercanos, en los que florecía la santidad y la ciencia, habría llevado alguna vez al niño. Su infancia transcurrió en Caleruega al calor del hogar familiar, que era al mismo tiempo casa, iglesia y escuela, y al refugio del torreón de los Guzmanes, todavía en pie aunque bastante transformado. Desde su atalaya, como desde la cima de la peña de San Jorge, en la misma villa natal, es seguro que Domingo mirase y admirase más de una vez el amplio y lejano horizonte que se abría a sus ojos. Su madre, conocida en la Orden dominicana o de Predicadores como “la santa abuela” se ocupó de enseñarle las primeras letras, pero sobre todo las sencillas oraciones cristianas y de inculcarle la recia fe de cristianos viejos que ella y su familia vivían, una fe alimentada por la caridad, virtud que Domingo llegaría a vivir intensamente. Infancia normal, sin acontecimientos extraordinarios a excepción del que en una ocasión vivió con su madre y que conocemos por los primeros biógrafos del santo.
     Doña Juana había dado el vino a los pobres, y cuando su marido, Félix de Guzmán regresó de improviso de una expedición militar y se enteró del hecho pidió a su mujer que le sirviera vino a él y sus hombres. Juana y Domingo rezaron a Dios en la bodega de la casa-palacio y el milagro se produjo; don Félix y sus soldados pudieron beber un excelente vino. El hecho se ha conservado en la memoria histórica y es importante recordarlo, porque probablemente esa fue la primera vez que Domingo, todavía niño, tuvo experiencia del valor y del poder de la oración, otra de las virtudes en las que llegaría a ser tan aventajado que sus biógrafos dicen de él que dedicaba noches enteras a la oración y que de día siempre hablaba con Dios o de Dios: “Cum Deo vel de Deo semper loquebatur”.
     Hacia los siete años de edad y encauzada su vida a la clerecía, Domingo vivió con un tío suyo arcipreste de Gumiel de Hizán (Burgos) y con él aprendió la cultura básica para prepararse a dar el salto a la Escuela diocesana de Palencia, por entonces muy floreciente y antesala de lo que poco después sería el embrión de la primera universidad de España. Allí, hacia 1185-1186, se presentó el adolescente Domingo de Guzmán y en Palencia permanecerá hasta, más o menos, cumplir los veinticuatro años de edad dedicado a estudiar y a rezar. Estudió letras, dialéctica, teología, sagrada escritura, especialmente el Nuevo Testamento, del que llegará a aprender de memoria gran parte del evangelio de san Mateo y de las epístolas paulinas, que siempre llevaba consigo. En Palencia creció y se desarrolló ya su gran personalidad humana y espiritual, de la que han quedado rasgos indelebles y de exquisita calidad.
     Domingo era reservado por naturaleza, meditabundo, estudioso, amante de la soledad, contemplativo. Pero esas cualidades no le hacen cerrarse al mundo y huir de él, sino todo lo contrario. Es un joven “adulto” abierto, alegre, permeable y caritativamente solidario con las desgracias y penurias de sus semejantes. Lo puso bien de manifiesto cuando Palencia sufrió una terrible hambruna de las que azotaban de cuando en cuando a España. En tal ocasión, Domingo llegó a vender hasta sus valiosos libros anotados de su propia mano, al tiempo que decía: “No puedo estudiar en pieles muertas [los pergaminos] mientras las vivas [las personas] se mueren de hambre”. Vivía el Evangelio de la caridad, la parte de él que mejor conocía: “Porque tuve hambre y me diste de comer” (Mateo 25, 35). Y todavía, años después, su caridad se convertirá en heroica, cuando en cierta ocasión estuvo dispuesto a cambiarse por uno al que en una incursión sarracena habían hecho esclavo. La levítica Palencia fue para él como un Nazaret y un desierto donde recibió mucho para después seguir dándolo a los demás.
     Terminada su experiencia palentina, Domingo se trasladó a Osma (1196) para formar parte de su Capítulo catedralicio y hacerse canónigo regular. Allí conocerá al que después será su entrañable amigo y obispo Diego de Acebes (o Acebedo), por entonces prior del cabildo, y al obispo de la diócesis Martín de Bazán. En Osma, Domingo recibe el sagrado orden del sacerdocio envuelto en un gozo espiritual extraordinario.
     Desde entonces, cuando celebre casi a diario la santa misa, será favorecido con “el don de lágrimas”. Comenzaba el segundo gran desierto de Domingo: silencio, contemplación, estudio aunque también la actividad ministerial. En Osma pasará los próximos años, hasta 1203, desempeñando los cargos de sacristán del cabildo, de subprior a pesar de ser muy joven y participando activamente en la reforma que se había iniciado dentro de la comunidad y cuyo objetivo era recuperar el ideal de vida de los apóstoles con una sola alma y un solo corazón (cfr. Hechos, 4, 32). Sin saberlo aún con exactitud, Domingo se preparaba en Osma para la que sería su futura y principal misión en medio de la Iglesia: predicar insistente e incansablemente, con la vida y la suave fuerza de la palabra, hasta la misma víspera de su muerte, a Jesucristo muerto y resucitado (cfr. 2 Timoteo, 4, 2).
     La ocasión de ver de cerca cuánta era la mies y cuán pocos los operarios (cfr. Mateo 9, 37) se le iba a presentar bien pronto. Corría la primavera de 1203 y una circunstancia imprevista, pero sin duda providencial, obligó a Domingo a abandonar la tranquila y recoleta soledad del claustro osmense. Alfonso VIII de Castilla encargó al obispo Diego de Acebes una misión real con destino a Dinamarca y el obispo quiso que su amigo Domingo lo acompañara. Aquellos mundos de horizontes misteriosos e infinitos que hacía años vislumbró desde el torreón de Caleruega se abrían ya para Domingo como una realidad llena de atractivo y de un inmenso trabajo apostólico.
     Concertada la boda real, objetivo del viaje, al final no pudo realizarse por haber muerto poco después la princesa elegida. Pero antes de regresar a España la comitiva regia, Domingo y su obispo Diego visitaron el corazón de la cristiandad. Los viajes realizados a  través de Francia y de otras tierras hasta llegar a las del norte de Europa, habían lacerado los corazones y las almas de ambos apóstoles. Habían visto a millares de ovejas sin pastor (cfr. Mateo 9, 36) y peor aún, a muchas de ellas rodeadas y acorraladas por lobos feroces. Estremecidos ambos, decidieron que era urgente informar detalladamente al papa Inocencio III (1198-1216), quien ya sabía algo, e intentar poner remedio evangélico lo antes posible, pues en el sur de Francia lobos rapaces devoraban a la Iglesia. El corazón apostólico de Domingo se quedó prendido del Mediodía francés cuando vio con sus propios ojos hasta dónde hacía mella la herejía cátara.
     Después de una larga y fatigosa caminata de regreso a España, Domingo descubrió que el dueño de la posada en la que se albergaron era hereje. Le faltó tiempo para iniciar una conversación que duró toda la noche, un diálogo agudo, razonado, claro, suavemente  persuasivo, y al despuntar el alba el hospedero recuperó la fe y regresó al seno de la verdadera Iglesia. Era el primer triunfo de Domingo en tierra de herejes y contra la herejía, preludio de la cosecha que iría recogiendo no tardando mucho. Pero había que esperar, conocer la situación política, social y religiosa, que era una mezcla casi inseparable, comprender la magia de la herejía, la razón de su éxito en tantas personas y el porqué del fracaso hasta entonces de los evangelizadores. Los cátaros que poblaban el sur de Francia eran descendientes doctrinales del evangelismo del siglo XI, de los valdenses y de otras deformaciones doctrinales más antiguas. Estaban protegidos por nobles (Raimundo VI de Tolosa y otros), y atraían a masas de personas alejándolas de la Iglesia y volviéndolas contra ella. Sus obispos y diáconos, los llamados perfectos itinerantes (predicadores que formaban una capa superior) y sus comunidades edificantes se autollamaban y creían ser los auténticos herederos de los apóstoles y de la Iglesia primitiva. Con una liturgia muy simple y un modo de vida aparentemente pobre intentaban erróneamente revivir el ideal de las primeras comunidades cristianas  atacando y queriendo suplantar a la Iglesia católica romana. Había mucha apariencia en sus vidas y sobre todo demasiado error en su doctrina como para que el teólogo y vir evangelicus que era Domingo de Guzmán no se percatase de la falsedad y los fallos de aquellos descarriados. En realidad, los cátaros (o albigenses, por estar muy presentes en la región de Albí) no comprendían el sentido cristiano del pecado que aborrecían, de la penitencia externa que hacían, de la castidad de que alardeaban, de la salvación a la que se creían predestinados. ¿Quién era realmente Cristo para ellos? ¿qué significaba la Cruz? ¿no rechazaban la materia, lo creado, el mundo, el matrimonio, por creerlo todo ello pecaminoso e imperfecto? Eran gnósticos dualistas y, por lo tanto, incapaces de comprender y de vivir lo esencial del Evangelio, del que sólo imitaban la apariencia. Domingo vio el error y se apenó del estrago espiritual y social que aquella ambigüedad doctrinal producía en masas enteras de gentes sencillas e ignorantes.
     No regresaría a España dejando a aquella multitud a la deriva. Era cierto que algo se venía haciendo desde tiempo atrás, pero sin resultados positivos. Los buenos monjes cistercienses, legados pontificios, no habían dado con la clave del éxito; les faltaba la pedagogía adecuada para convertir a los herejes: mejor preparación doctrinal y un poco más de ejemplo, justo todo lo que tenían Diego y Domingo. En junio de 1206, en Montpellier, ambos misioneros se encontraron con tres de aquellos legados y les dieron la fórmula para vencer a los herejes. Era muy sencilla; se trataba de unir vida y doctrina, palabras y hechos, hacer sencillamente y con verdadera humildad lo que Cristo recomendó a los apóstoles. “No llevéis con vosotros oro, ni plata, ni alforjas para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón” (Mateo 10, 9-10). La suerte estaba echada.
     Aquel encuentro fue decisivo. Domingo se convierte entonces y para siempre en predicador de la gracia, en vocero de Jesucristo, imitando en todo el modo de vida de los apóstoles. Las conversiones se multiplican y la noticia de la nueva predicación corre de ciudad en ciudad: Montpellier, Servian, Béziers, Carcasonne, Toulouse y otras se benefician de la presencia de los nuevos predicadores. Destaca Domingo, que ya ha protagonizado un hecho extraordinario. Un libro escrito por él conteniendo doctrina verdadera fue sometido al juicio del fuego y aunque fue arrojado tres veces a las llamas no se quemó. La gente va recuperando la fe y algunos herejes se convierten. La doctrina y el ejemplo de vida de Domingo y su grupo son incontestables.
     En 1207, se instala en Prouille (Prulla), a los pies de Fanjeaux, que era uno de los focos principales del catarismo, para desde allí continuar la predicación de Jesucristo. El obispo Diego tiene que regresar a su diócesis y la muerte le sorprende en Osma el 30 de diciembre de ese año; otros compañeros se vuelven a sus abadías y Domingo queda prácticamente solo en medio de un nido infectado por la herejía y revuelto por los intereses políticos de los señores feudales de la región, que luchaban entre sí (Pedro de Aragón, Raimundo de Toulouse, Raimundo-Roger Trencavel). Para colmo de males el legado pontificio Pedro de Castelnau es asesinado en 1208 por un familiar del conde de Toulouse y el papa Inocencio III entró en acción estallando la cruzada de 1209, que puso en llamas a la región de Albí. Simont de Monfort será el encargado de pacificar los ánimos, aunque fuera a costa de sangre y fuego. En poco más de tres años, este cruzado, tan intrépido como ambicioso, puso orden en el caos del Mediodía francés muriendo muchos herejes en la hoguera. Aquel método de “pacificar” y de “convencer” a los herejes repugnaba y le era totalmente contrario a Domingo de Guzmán, cuya predicación y evangelización se veía frenada por el furor de las huestes cristianas de Simón de Monfort.
     El método evangelizador de Domingo, como hizo con el hospedero, era el de la suave persuasión, el de la paciencia que todo lo alcanza con la gracia de Dios, el de la paz, el de convencer con razones y hechos a los extraviados para atraerlos a la fe verdadera y a la Iglesia única de Jesucristo. ¿Cómo se podía matar en nombre de Cristo y de su Iglesia? Pero a pesar de tantas contradicciones y peligros, él continuó en la brega.
     En circunstancias tan adversas, Chesterton escribe que Domingo hubo de ponerse y seguir al frente de una formidable campaña para la conversión de los herejes, y que consiguiera hacer volver a lo antiguo a masas de personas tan alucinadas con sólo hablarles y predicarles supone un enorme triunfo digno de colosal trofeo.
     Mientras mantuvo su centro de operaciones en Prulla (1207-1213) a Domingo se le unió un grupo de mujeres jóvenes, casi todas nobles, a quienes sus padres habían entregado a los cátaros para que las educasen, pero que ellas, de origen enteramente católico, habían conseguido escapar de la herejía. El grupo fue creciendo y Domingo, que demostrará tener un tacto especial en el trato y ministerio con las mujeres, como atestiguarán después las beatas dominicas Cecilia y Diana, se convirtió en el protector y alma de aquel grupo, embrión y corazón de lo que más tarde serían las monjas dominicas de clausura. Al propio Domingo se deben las fundaciones de los monasterios Prulla, Fanjeaux, Toulouse, Roma, Bolonia y Madrid.
     A partir de la fundación de Prulla, y al menos en la oración, la alabanza, el sacrificio y el afecto, Domingo no estará ya nunca solo; sus hijas serán su ejército de retaguardia.
     A las de Prulla les procuró rentas necesarias con las que vivir dignamente y sin preocupaciones y les escribió una Regla para que vivieran conforme a ella en caridad y comunión; algo parecido haría más tarde con las dominicas de Madrid.
     Pero ¿quién le acompañaría y ayudaría en el duro y cotidiano bregar de la santa predicación itinerante? Domingo va gestando la idea de formar una familia religiosa dedicada al estudio para la evangelización y viviendo, como él, al estilo de los apóstoles. El obispo Fulco de Toulouse le confía la parroquia de Fanjeaux y poco a poco se le van uniendo algunos compañeros animados del mismo espíritu. ¿Por qué no formar con ellos la comunidad de Hermanos Predicadores, que tanto le rondaba en la cabeza y le latía en el corazón? Meditando y rezando en Toulouse (1215) Domingo perfila, renueva y refuerza su idea. No se trataba de una empresa provisional y localista, sino de una perdurable y universal; quería fundar una nueva y original Orden religiosa en la que el binomio monje-apóstol fuera inseparable. Pedro Seila, vecino distinguido y acomodado de Toulouse, visitó con otro compañero a Domingo y le dio unas casas para comenzar el proyecto. La fundación de los futuros dominicos se puso en marcha en la primavera de aquel año de gracia.
     En junio, el obispo Fulco aprobó la nueva familia de predicadores diocesanos. Sus miembros, dirigidos por Domingo, vivirían en comunidad, pobreza, castidad y obediencia dedicados con ahínco a predicar a Jesucristo. No sólo predicarán contra la herejía y a los herejes, sino la totalidad de la doctrina y a todas las gentes participando así de la entera y misión pastoral del obispo. Pero la Predicación de Toulouse, como se llamó a la nueva fundación en sus primeros años, no satisface aún plenamente a Domingo. Acogido él y los suyos a la protección del obispo, la subsistencia de la comunidad estaba demasiado asegurada, mientras que el fundador prefiere la pobreza radical, vivir de la mendicidad. Por otro lado, ser predicadores y pastores sólo de una diócesis ¿no recortaba las miras universales de evangelización que Domingo llevaba dentro de sí? ¿no había herejes en otras partes? ¿y los paganos que vio en sus viajes camino de Escandinavia y los de otros mundos de los que había oído hablar? ¿y qué sería de tantas otras ovejas que aún estando dentro de la Iglesia parecían no tener pastores? Domingo estaba contento, pero no satisfecho. Su plan apostólico de evangelización debería llegar a toda la Iglesia y rebasar sus fronteras.
     ¿Cómo conseguirlo? En 1215, el Papa convocó el IV Concilio de Letrán y el obispo Fulco y Domingo se dirigieron a Roma; hablarían con Inocencio III para pedirle que confirmase lo ya hecho por el obispo Fulco y ampliase las competencias del grupo fundado por Domingo, que quiere ser y llamarse Orden de Predicadores. La predicación era precisamente por entonces uno de los problemas más acuciantes para el Papa y para la Iglesia, como recordará el canon 10 del mismo concilio.
     Lo aprobado por Fulco fue ratificado por Inocencio y mandó a Domingo que eligiera una Regla de vida ya aprobada y que después de un tiempo prudencial volviera a verle.
     Regresado a Francia y apoyado siempre por Fulco, Domingo establece comunidades de predicadores en Toulouse (iglesia de San Román), Pamiers y en Puylaurens, comenzando así la red de casas de la santa predicación, que pronto se extendería por toda la región de Albí. La Regla de vida que adoptaron fue la de san Agustín, añadiendo una serie de prescripciones o de régimen de vida que regulara la vida cotidiana de la comunidad (liturgia, ayunos, vestido, alimentación); se estaban poniendo las bases de la legislación dominicana, de la Orden de Predicadores que estaba a punto de ser aprobada por el Papa.
     Domingo regresa a Roma cuando Inocencio III acababa de morir el 16 de julio de 1216. Pero no hay por qué alarmarse; el nuevo papa Honorio III (1216-1227), aconsejado por el amigo de Domingo el cardenal Hugolino, -futuro Gregorio IX (1227-1241)- se mostró tanto o más favorable a la idea que su antecesor.
     Fue, pues, este Papa quien el 22 de diciembre de 1216 y el 21 de enero de 1217 confirmó la Orden de Domingo dándole a él y a sus frailes el título de Predicadores. La Rota del Papa, con su firma y la de dieciocho cardenales, fue llevada por Domingo a San Román de Toulouse, cuna de la Orden, en el invierno de 1217. Todos rebosaban de gozo. En el texto papal se recoge manifiesta y bellamente la idea y el ideal de Domingo. Se lee en la bula de aprobación: “Aquél que insistentemente fecunda la Iglesia con nuevos hijos, queriendo asemejar los tiempos actuales a los primitivos y propagar la fe católica, os inspiró el piadoso propósito de abrazar la pobreza y profesar la vida regular para consagraros a la predicación de la palabra de Dios, evangelizando a través del mundo el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. (Constitución fundamental, I, 1). Lo que quería Domingo era seguir anunciando a Jesucristo, al estilo de un nuevo san Pablo, a todas las gentes, lenguas, razas y naciones (cf. Mateo 28, 29; Marcos 16, 15; Lucas 24, 47), en toda la Iglesia apoyado en la autoridad de su Pastor universal.
     La Orden de Predicadores está fundada y aprobada; ahora hay que expandirla. Domingo se atreverá a dispersar ya a su minúsculo grupo de frailes. Y a los que asombrados y con cierto temor dudan de la oportunidad les dice con resolución: “No queráis contradecirme, yo sé bien lo que me hago”. El hecho se conoce en la Orden como “el Pentecostés dominicano”. A mediados de 1217, un puñado de frailes marcha a París, otro más pequeño a España, dos van a atender a las monjas de Prulla y otros dos o tres se quedan en Toulouse. Domingo, otra vez solo, ha tomado esta resolución porque sabe que el trigo sembrado fructifica, pero amontonado se corrompe. Le quedan pocos años de vida y quiere ver a su Orden implantada cuanto antes en los centros más importantes de la cristiandad, allí donde se estudia (París, Bolonia, Oxford, Salamanca) y bulle la vida, en los burgos; quiere ver a sus frailes enseñando en las cátedras y predicando en las iglesias. “Ve y predica” es el santo y seña que resuena constantemente en el corazón y alma de Domingo.
     En 1218 parte para Roma y obtiene bulas papales que le irán abriendo a él y a sus frailes las puertas de las diócesis para poder predicar y fundar conventos. Recluta vocaciones (Reginaldo de Orleans) y abre convento en Bolonia; después pasa por Prulla y luego, siempre a pie, mendigando el pan y predicando por donde pasaba, se encamina hacia España, la querida tierra natal que no veía desde hacía trece años. ¿Dónde estuvo y por dónde pasó? Los conventos más primitivos de España quieren ser todos fundación del propio Domingo; los de Segovia, Salamanca, Brihuega, Vitoria y otros quieren hundir sus cimientos en la visita del fundador. En diciembre llega a la futura capital de España y tiene la dicha de ver que fray Pedro de Madrid ha trabajado bien. Se abre un monasterio de monjas, que servirá, además, de punto de apoyo de la labor de los frailes; era como una copia de Prulla. En Madrid queda su hermano Manés, y Domingo deja a las monjas una bella carta, uno de los poquísimos escritos y a la vez reliquia que de él se conservan. La Navidad la pasa en Segovia y en una cueva a las afueras de la ciudad vive experiencias espirituales de alta mística. Desde entonces el lugar se denomina “la santa cueva”. Se duda si pasó por Caleruega y se detuvo en el Burgo de Osma, lugares tan queridos y llenos de recuerdos para él. Pero lo que vino a hacer a España lo hizo: implantar su Orden en su propia tierra.
     En marzo de 1219 está ya en Toulouse y antes de terminarse la primavera se encuentra en París. Rebosó de gozo al encontrar a treinta frailes jóvenes viviendo en el convento de Santiago bajo la paterna autoridad de fray Mateo de Francia, uno de los primeros compañeros del fundador. Los comienzos habían sido muy difíciles, pero París bien valía algún sacrificio. Antes de abandonar la ciudad del Sena envía frailes a Orleans, Limoges y Poitiers y atrae a la Orden a Jordán de Sajonia, su primer biógrafo y sucesor al frente de la Orden. Su recibimiento en Bolonia, en agosto de 1219, fue de profunda veneración. La comunidad, regida por fray Reginaldo de Orleans es numerosa, viva, estudiosa, fraterna, viviendo alrededor de la iglesia de San Nicolás. Reginaldo, antiguo profesor en París, predicaba como un nuevo Elías y atraía a muchos estudiantes al convento. ¿Qué más podía pedir Domingo? Rebosa de gozo pensando en las grandes empresas evangelizadoras que podrán realizar aquellos futuros atletas de la fe. A unos los envía al norte de Italia, donde también había herejía y él mismo irá pronto; a otros los manda a fundar conventos a Hungría (para evangelizar a los cumanos, deseo ardiente de Domingo), Escandinavia, Alemania.
     Permanece en Bolonia un tiempo, ultimando la formación espiritual de la comunidad y preparando los pasos sucesivos que había que dar, y después baja a Viterbo, donde se encontraba el Papa. Honorio III le encarga que organice la vida religiosa de ciertos grupos de monjas en Roma (de donde nacerá el monasterio de San Sixto, evocador de recuerdos del santo) y la organización de una campaña evangelizadora en Lombardía. El Papa dona a Domingo la magnífica basílica de Santa Sabina, actual curia general de la Orden y donde se conserva y venera la celda del santo fundador.
     El día de Pentecostés de 1220, que ese año cayó a 17 de mayo, preside el primer Capítulo General de la Orden, en el convento de Bolonia. Acudieron frailes de España, Provenza, Francia, Lombardía, Hungría, Roma. Domingo quiere renunciar a dirigir la Orden, pero los frailes no lo permiten. Con los capitulares, Domingo –que reunidos son la máxima autoridad de la Orden– el fundador quiere regularizar lo ya hecho y fundamentar y legislar el futuro de la Orden de Predicadores: hacer unas Constituciones por las que los frailes y los conventos se rijan, unas leyes sencillas y animadas por una inspiración común y básica: el espíritu del Evangelio a imitación de los apóstoles.
     Ésta era la norma fundamental, lo demás se iría adaptando según las circunstancias y las necesidades de la misión. El segundo y último Capítulo General al que asistió Domingo se celebró en 1221, también en Bolonia y por Pentecostés, y en él se completó la legislación anterior y se crearon varias Provincias de la Orden, entre otras la de España.
     Domingo siente debilitado su cuerpo, al que ha sometido a disciplinas y rigores durísimos, y siente que se muere. Pero ha creado y cimentado sólidamente su obra. Deja a la Iglesia una familia religiosa apostólica e intelectual presente y activa en las ciudades más importantes de Europa y a punto de traspasar sus fronteras, dirigida por un Maestro general, cabeza de la Orden, y perfectamente articulada por una legislación flexible y dinámica. Domingo de Guzmán, cargado de méritos y de santidad, hacedor de milagros, varón evangélico, murió rodeado del cariño y de las lágrimas de sus hijos, en Bolonia, a 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor. Fue canonizado por Gregorio IX el 3 de julio de 1234 y sus restos descansan y se veneran en un magnífico sepulcro en la basílica dominicana de San Domenico, en Bolonia. Su fiesta se celebra el 8 de agosto (José Barrado Barquilla, OP, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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