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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 12 de julio de 2024

El Pabellón de Marruecos (actual sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo), de Michel Pinseau, para la Exposición Universal de 1992

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Marruecos (actual sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo), de Michel Pinseau, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.
     Hoy, 12 de julio, es el aniversario del Día Nacional (12 de julio de 1992) de Marruecos en la Exposición Universal de 1992, de Sevilla, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pabellón de Marruecos, para la Exposición Universal de 1992, de Sevilla.
     El Pabellón de Marruecos, para la Exposición Universal de 1992 [nº 273 en el plano oficial de la Exposición Universal de 1992], se ubicaba en la calle Charles Darwin, s/n (avenida de los Arces durante la Exposición Universal); en el Barrio de Triana Oeste, del Distrito Triana.   
     Marruecos, encrucijada de múl­tiples civilizaciones, hunde sus raíces en los tiempos más remotos de la historia universal. Numerosos vestigios testifican una presencia evolutiva del hombre que se remonta a más de dos millones de años.
     Después del primer milenio a.C., Marruecos entra en la historia antigua de la cuenca mediterránea, donde los fenicios y los cartagineses, sucesivamente, desarrollaron una intensa activi­dad comercial.
     El reino de Mauritania quedó anexionado al Imperio Romano a partir del año 40 d. C. Este período conoce el surgimiento de una refinada civilización urbana (Volubilis, Sala Colonia, etc.).
     En el siglo IX, los idrísies, fundadores de la dinastía musulmana, construyeron en Fez la mezquita Qarawiyyin, primera universidad del mundo, y la mezquita de los andaluces. En el siglo XI, los almorávides fundan Marrakech, su capital, y hacia mediados del siglo XII los almohades les sustituyen en el poder.
     Este período, edad de oro de la civilización islámica, se distingue por el genio creativo reflejado en las mezquitas de la Kuttubiyya, Hasan y la Giralda de Sevilla. Entre los siglos XII y XIV, los benimerines, inspirándose en el arte almohade, edificaron madrazas como la de Attrin, la Bulnaniyya y la Seffarina en Fez.
     La dinastía sadí emprendió, en el siglo XVI, la realización de una serie de espléndidas obras arquitectónicas, entre las que figuran la madraza Ibn Yusuf, el palacio Badil y las tumbas sadíes de Marrakech.
     Con el advenimiento de la dinastía de los alauitas, a mediados del siglo XVII, comenzaron nuevas obras de construcción: la alcazaba de Meknes, por Mulay Ismael, la ciudad de Essaouira fundada por Muhammad Ibn Abd Allah. Los monarcas alauitas han contribuido a la difusión de las artes en todas sus formas.
     El reinado de S.M. Hasan II es la consagración de la dimensión civilizadora, decididamente moderna, del Reino, dimensión cuya profundidad alcanza aquello que, a través de los siglos, ha hecho que Marruecos po­sea una identidad singular. El Mausoleo de Muhammad V y la Mezquita de Hasan II, verdaderas joyas de la arquitectura marroquí, encarnan prodigiosamente el afán constructivo del gran soberano.
     El marroquí es un Pabellón permanente que da a un jardín andaluz. Sus cuatro niveles ricamente ornamentados albergan una serie de exposiciones del patrimonio artístico, arte contemporáneo, arte popular y un restaurante panorámico.
     En el Pabellón también tienen lugar coloquios, espectáculos y proyecciones audiovisuales (Guía Oficial Expo'92. Sevilla, 1992).
     El Pabellón de Marruecos está situado en la calle Charles Darwin, denominada como Avenida 5 o de los Arces durante la celebración de la Exposición Universal. Se encuentra en la esquina con el Camino de los Descubrimientos y junto a la estación intermedia del telecabina.
     Está constituido por una estructura de hormigón armado en forma de estrella de ocho puntas, en el que destacan las celosías de embellecimiento en sus fachadas, siguiendo la tradición marroquí, así como los accesos, enmarcados con fuentes y columnas revestidas por azulejos hechos a mano.
     En su interior, un gran patio octogonal con una fuente con fondo de vidrio que permite ver la planta inferior era el protagonista del pabellón. A través de él, el visitante podía acceder a cualquier planta del edificio. Sobre este, se observaba el "Kouba", el techo móvil en forma de cúpula que se abría desplazándose hacia uno de sus lados para albergar en el interior del patio distintos espectáculos.
     Aproximadamente seiscientos artesanos marroquíes esculpieron y dieron forma los riquísimos detalles del pabellón: enrejados de listones de madera para ventanas y balcones, mosaicos compuestos por pequeñas teselas talladas a mano, motivos decorativos geométricos o florales pintados sobre madera, yeso cincelado, murales realizados con arena, cal, huevos y jabón negro, entre otros.
     La única exposición del pabellón se encontraba situada en la planta baja y se trataba de una colección de esculturas romanas de bronce del patrimonio histórico marroquí. Repartidas, también, por esta planta se encontraban fotografías de Hassan II (rey de Marruecos hasta 1999) y su familia.
     En la última planta del edificio se situaba "La Mamounia", el restaurante del pabellón, que destacaba por su gastronomía típica y su decoración, además de poder disfrutar de las vistas desde la terraza superior.
     Por último, el visitante podía acceder a la sala de cine del pabellón, con capacidad para 170 personas, donde se proyectaba una película de 11 minutos de duración sobre la vida en Marruecos.
     En su exterior, destacaba un pórtico enmarcado con láminas de agua que daba entrada a los llamados jardines andaluces, por donde se prolongaban en acequias de mármol, siguiendo la tradición marroquí.
     Tras la clausura de la Muestra Universal, la Junta de Andalucía solicitó el indulto para el pabellón, con el fin de convertirlo en sede de la recién creada Empresa Pública de Turismo. El pabellón, finalmente se libró de la demolición pero las limitaciones del gobierno marroquí, que quería crear allí un centro de interrelación entre cristianos, árabes y judíos, hicieron que ningún proyecto saliera adelante.
     En la actualidad, este pabellón, uno de los más bellos que perduran en la Isla de la Cartuja, es sede desde 1998 de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, una organización que promueve el encuentro entre pueblos y culturas del Mediterráneo.
     Este es, además, otro de los pabellones que no han sufrido remodelaciones considerables después de Expo'92 (Blog Pasaporte Expo 92).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pabellón de Marruecos (actual sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo), de Michel Pinseau, para la Exposición Universal de 1992. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Exposición Universal de 1992, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 28 de diciembre de 2023

La Casa Provincial de Expósitos, Casa Cuna (actual sede de la Fundación San Telmo), de Antonio Gómez Millán

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Casa Provincial de Expósitos, Casa Cuna (actual sede de la Fundación San Telmo), de Antonio Gómez Millán, de Sevilla.     
     Hoy, 28 de diciembre, Fiesta de los Santos Inocentes, mártires, niños que fueron ejecutados en Belén de Judea por el impío rey Herodes, para que pereciera con ellos el niño Jesús, a quien había adorado los Magos. Fueron honrados como mártires desde los primeros siglos de la Iglesia, primicia de todos los que habían de derramar su sangre por Dios y el Cordero [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Casa Provincial de Expósitos, Casa Cuna (actual sede de la Fundación San Telmo), de Antonio Gómez Millán, de Sevilla
     La Casa Provincial de Expósitos, Casa Cuna (actual sede de la Fundación San Telmo), se encuentra en la avenida de la Mujer Trabajadora, 2; en el Barrio de Los Arcos, del Distrito Norte.
       El proyecto de 1912 supone el estreno como arquitecto titular de la Diputación Provincial de Antonio Gómez Millán, en una parcela de la Huerta de San Jorge que había donado la condesa de Lebrija Dª Regla Manjón Mergelina, en la que el autor concibe un conjunto de 8 edificios reducido tras 1914 a los tres que se ejecutan y terminan en 1916.
       Consecuencia lógica de la aplicación de los estudios tipológicos a la funcionalidad de los edificios, la planta de la Casa Cuna se concibe primando criterios de orden y organización, apoyados en la simetría y el rigor, heredero todo el planteamiento de los esquemas funcionales de centros asistenciales y sanitarios que se fueron depurando durante el siglo XIX y que vino a aglutinar en la ciudad la larga serie de pequeñas dependencias, vinculadas a órdenes religiosas en las que, desde muy antiguo, se venía recogiendo y dando educación a niños expósitos.
       La ubicación buscada debía responder a un espacio de periferia de la ciudad, en la que fuese posible una amplia y acotada superficie. El edificio se ordena desde los accesos por la actual avenida de la Mujer Trabajadora en el que dos pequeños pabellones enmarcan el acercamiento al conjunto, con generosos espacios de apeadero ajardinado que centra la portada principal, historicista, de la Casa Cuna.
     Una serie de edificaciones complementarias se distribuyen por la parcela, acompañando sin competencia a la edificación principal y liberándola de usos que se desarrollan de forma independiente: capilla, aulas, oficinas utilizando los espacios ajardinados como vertebradores de las circulaciones entre los diferentes pabellones, valorándose en ellos especialmente el contacto con la notable vegetación.
     El edificio de Antonio Gómez Millán (1912-1916) ha sido recientemente reformado (1997) por Gonzalo Díaz Recaséns y Antonio Martín Molina, quienes adaptaron el edificio principal al programa de aulas requerido por el Instituto Internacional de la Fundación San Telmo. El actual PGOU le otorga un Grado de Protección C, estando incluido en su Catálogo Periférico CP.016 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
El arquitecto Antonio Gómez Millán (1883-1956).
     Nació en Sevilla, hijo del conocido arqui­tecto José Gómez Otero, fundador de una saga de artistas, entre los que cabe citar otros dos hermanos arquitectos, José, que le precedió, y Aurelio Gómez Millán. Otros descendientes de éstos han seguido la tradición familiar en arquitectura.
     Después de prepararse en la Universidad de Sevilla, ingresó en la Escuela de Arquitectura de Madrid (1902), en la que se tituló en 1907. Empezó a trabajar enseguida en Sevilla por el prestigio de su padre. Se incorporó como arquitecto a la Diputación Provincial de Sevilla en 1912, donde permaneció toda su vida profesional. Precisamente, en ese mismo año, proyectó para la Diputación una de sus mejores obras, el Hospicio de niños expósitos o Casa Cuna Provincial de Sevilla, que ahora comentamos, cuyas obras fundamentales se realizaron entre 1914 y 1916 (posteriormente, se hicieron reformas y ampliaciones). Tam­bién ejerció la profesión libre, en cuya acti­vidad destaca la restauración del Teatro ro­mano de Mérida y otras obras de conser­vación del patrimonio nacional, por lo que fue distinguido nombrándolo académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Femando de Madrid.
     Se incluye dentro del grupo de maestros del regionalismo sevillano, aunque muestra notables diferencias. En efecto, se inició como modernista para continuar, enseguida, como historicista con tradición clásica, sin dejar de practicar un cierto eclecticismo y, después, se introdujo en la vanguardia de un cierto estilo internacional.
     Rehusó, hasta cierto punto, el neomudéjar decorativista postulado por su cuñado Aníbal González y tampoco empleó el neoplateresco. Según Gómez Terreros, Antonio Gómez Millán prefiere la construcción bien hecha al estilo y huye de los primores decorativos procedentes de la Giralda o de las Casas Consistoriales de Sevilla. Esto no es completamente cierto pues, como veremos después, en alguno de sus proyectos para la Casa Cuna, introduce adornos de sebka y el escalonamiento de vanos, todo en ladrillo cerámico visto, propio de la tradición mudéjar.
     En opinión de Villar Movellán se preocupa en sus diseños por una mínima ornamentación, jugando con pequeñas masas volumétricas y huyendo de la monumentalidad en sus construcciones, excepto, quizás, la Casa Cuna que presenta cierta majestuosidad. Pero, a pesar de todo, sus resoluciones con ladrillo visto lo emparentan artísticamente con algunas obras de Aníbal González, al tiempo que se apoya en solu­ciones foráneas, a las que dota de un sello personal. A lo largo de toda su extensa obra se aprecia una producción desigual, a veces, con alejamientos evidentes del regionalismo. En resumen, Antonio Gómez Millán es un arquitecto relativamente historicista, "sin ex­cesivos matices regionalistas".
La Casa Provincial de Expósitos de Sevilla.
     Esta obra era un proyecto promovido por la Junta Protectora de Niños Expósitos, presidida por la condesa de Lebrija, con la co­laboración de otras damas ilustres de la sociedad sevillana (marquesa de Benamejí, Marquesa de Matallana, etc.).A este fin, la condesa cedió su finca "Huerta de San Jor­ge" a la Diputación (1913) para que en ella se construyese un nuevo hospicio, ya que el existente estaba totalmente desbordado y no reunía las condiciones adecuadas.
     Por entonces, ya estaban hechos y apro­bados unos planos por Antonio Gómez Millán, que recientemente había ingresado oficialmente como arquitecto en la Diputación provincial.
     La Huerta de San Jorge estaba situada a las afueras de Sevilla, en la zona norte de la ciudad, por la prolongación del camino de Miraflores.
     Para la elaboración de este proyecto, el arquitecto tuvo en cuenta la relevancia de la higiene, por lo cual el terreno era un lugar sano, espacioso, ventilado y bien ubicado. Asimismo, como iba a estar regentado por las Hermanas de la Caridad, encargadas de esta función desde 1838, de­bía contar con dependencias para la admi­nistración, aposentos para las monjas, capacidad para unos 200 expósitos, estancias diversas (lactancia, enfermería, juegos, ropería, etc.), casas para el médico y el ca­pellán, así como vaquería para asegurar la alimentación de nodrizas y lactantes. Por otra parte, los materiales tendrían que ser buenos y baratos, por lo cual se eligió el ladillo cerámico que, además, era muy conocido por la tradición de los buenos obre­ros sevillanos (baratos de adquisición y transporte). La piedra, fundamentalmente már­mol, se reservó para algunos detalles de la fachada (columnas, capiteles y suelos de la parte noble) y del interior (peldaños de las escaleras de acceso al piso superior).
     Conviene señalar que en esta obra el arquitecto muestra su predilección por el ladrillo visto y por la decoración sobria y clásica realizada con estos mismos elementos, sin apenas aditamentos ornamentales, excepto algunos detalles de azulejos combinados diestramente con la fábrica de ladrillo aparente. Realiza un dibujo cuidadoso con las líneas de la superficie y juega con la profundidad y distribución de los paramen­tos de ladrillo de la misma más que con los motivos añadidos de azulejos o mármol.
     También se debe mencionar que el propio autor en la memoria del proyecto reconoce ciertas influencias de la iglesia de San­ta Paula de Sevilla o del Monasterio de San Isidoro del Campo, especialmente notorias en la portada de la capilla, y del sobrio mudéjar aragonés.
     Como se puede apreciar en las ilustraciones que acompañamos, en el edificio se mezclan el Renacimiento (obsérvese la portada serliana y las galerías de vanos con arcos de medio punto), un austero mudéjar (discretos adornos obtenidos por la disposición de los ladrillos) y algunas deriva­ciones modernistas (los pináculos que co­ronan la fachada), todo ello conjugado con gran fluidez.
     El edificio principal es una de las construcciones más brillantes de su tiempo, muy volcada al exterior, en donde se disponen grandes y cuidados jardines, además de otras construcciones auxiliares estratégicamente dispuestas.
     La fachada tiene una gran monumentalidad, con evidentes rasgos renacentistas, como la serliana y los vanos ya comenta­dos, mudéjares (la decoración se consigue con el propio ladrillo) y eclécticos (vanos tripartitos) que, en conjunto, constituyen recursos historicistas. Esta fachada se corona con unos pináculos de carácter modernista ya comentados, compuestos por yuxtaposición de elementos geométricos que terminan en flameros cónicos.
     También son clasicistas las ventanas termales que se disponen en los frentes de las cuerpos laterales que dan a la fachada principal. Pero la construcción, a pesar de sus líneas sobrias y clásicas, tiene detalles constructivos de recuerdo mudéjar, que contribuyen a clasificar el edificio en la escuela regionalista sevillana. En efecto, además del primoroso trabajo en ladrillo cerámico, las dos torres de la capilla muestran una cierta influencia del mudéjar aragonés, unas ménsulas escalonadas recuerdan los royos de modillones de la Mezquita de Cór­doba, la acumulación de finas columnas para el soporte de la portada es un recurso nazarí, y la combinación de ladrillos con azulejos en bancos y enjutas de fachada y del arco de la capilla es también signo inequívoco de la escuela renacentista de Sevilla desarrollada en el primer tercio del siglo XX. 
     Tras la serliana, a través de un vestíbulo solado en mármol, donde constan unas placas conmemorativas de la fundación, se accede al interior. Hay una gran galería trans­versal, con suelo de mármol y zócalo de azulejo sevillano, a la que se abre la gran capilla en el centro y otras dependencias de la planta correspondiente.
     En todo el interior predomina la funcionalidad, con materiales elegidos con crite­rios de solidez y economía. Los muros de carga son de fábrica de ladrillo de distintos espesores según los esfuerzos que tienen que soportar, aparejados con morteros de cal y de cemento, mientras que los entra­mados de los pisos y cubiertas son de hie­rro con forjado de bovedillas. Estos entramados están ocultos en la planta alta me­diante cielos rasos, pero en la planta baja las bovedillas están enlucidas con mortero de cal. Todos los dormitorios estaban estucados con yeso. Los pavimentos eran de loseta hidráulica, excepto el vestíbulo y la galería principal, ya comentados, y la capilla y las dos escaleras laterales que eran de mármol. Los zócalos, en general, estaban chapados con piedra caliza.
     Conviene comentar que no se proyectó una escalera central de tipo imperial, como cabría esperar de la categoría del edificio, sino de dos laterales para lograr una mayor fun­cionalidad y acceso a los dos grandes cuerpos laterales del piso superior donde esta­ban dormitorios y otras dependencias.
     Pensando en una conservación barata y duradera para este edificio público de mu­cho tránsito y trabajo, se prescindió de la ornamentación, confiando toda la decoración a la propia disposición de los materiales. Así, el ladrillo visto en patios y otros sitios forma pilastras, arcos y molduras, aprovechando la destreza tradicional de los obre­ros artistas sevillanos.
     La salubridad, higiene, ventilación y luz estaban aseguradas en todas las habitaciones por la acertada disposición de los abun­dantes ventanales y la distribución de las galerías de servicio. No se consideró conveniente la calefacción por la posibilidad de cambios bruscos de temperatura entre habitaciones, galerías, escaleras y otros espacios. El servicio de agua potable se aseguró por una doble acometida a la red general y a un pozo propio en la zona ajardinada. Conviene recordar que, por entonces, la situación del servicio de agua a la dudad era precaria, confiado a una empresa extranjera que administraba los Caños de Carmona, mediante un largo acueducto, cuyos restos aun pueden apreciarse al principio de calle Oriente. Para las aguas residuales se dispu­so un pozo de depuración (fosa séptica).
     La distribución de las diversas dependencias se hizo de una forma funcional; es decir, las más cercanas a la puerta de entrada son las salas de uso frecuente por el público (iglesia, portería, sala de visitas, botiquín, etc.). En los grandes cuerpos laterales esta­ban las estancias de trabajo y alojamiento de expósitos, así como la residencia de las Hermanas de la Caridad, ropería, escuela, enfermería, cocina, comedores, etc.
     En la planta superior (planta principal), también dispuesta con gran funcionalidad, se organizan diversas estancias de día o de recreo, dormitorio de lactantes y nodrizas y otras salas o despachos para las hermanas o para la Junta Protectora de Expósitos.
Edificios posteriores y otras intervenciones
     Las más importantes son los pabellones de la entrada a ambos lados del recinto cerrado. En el proyecto original de 1912 ya constaban dos pabellones iguales situados si­métricamente a la entrada del complejo hospiciano. Estaban destinados a viviendas del médico y del capellán, y se concibieron como "chalets" independientes con una distribución sencilla, muy acertada. En un primer proyecto se propuso un tipo de edificio con torreón neomudéjar, en el que se podían reconocer adornos de sebka y vanos ciegos escalonados basados en los de la Giralda, pero se descartó por otro tipo. Los definitivos tienen una línea más clasicista, en vez de neomudéjar, a base de paramentos de ladrillo con diversa profundidad y arcos de medio punto parecidos a los del edificio principal. También se modificó su función, pues el de la izquierda, con una planta superior menor, se dedicó a portería con un tomo para la recepción anónima de los expósitos; en el de la derecha, además de la vivienda del médico, se organizó, al parecer, una enfermería.
     No consta la terminación de estos pabellones, pero debieron construirse casi al mismo tiempo del edificio principal, quizás entre 1916 y 1917.
Capilla
     Estaba prevista en los planos originales del edificio, pero se construyó entre 1921 y 1922. Hay que aclarar que el proyecto primitivo se reformó para ampliar el recinto en 4 m de longitud, de forma que resultó una verdadera iglesia para dar servicio, además, a los fieles de las cercanías. Tiene una puerta de ladrillo bicolor con trazas que recuerdan a la iglesia de Santa Paula. Estaba decorada con pinturas y posee un espectacular retablo barroco sin dorar, del siglo XVIII, que procede de un convento ruinoso de carmelitas de Carmona. El cuerpo de la iglesia se introduce entre los dos amplios patios de luces del edificio y, desde éstos, se observan las dos torres de inspi­ración mudéjar que la adornan, no visibles desde el exterior.
     Hay otros dos pabellones posteriores que no constan en el proyecto primitivo. El más antiguo es un edificio cuadrangular con zócalos y pequeñas zonas de ladrillo visto combinado con paramentos encalados. El otro, más amplio, es posterior a nuestra guerra civil, como se puede comprobar por la peor calidad de los materiales utilizados. Es un edificio funcional, no exento de cierta gracia, con arcadas y pérgola, compuesto por dos cuerpos paralelos, uno de ellos de dos pisos, probablemente utilizado en par­te para funciones administrativas.
     Como se comentará en un próximo artículo, destinado al complejo restaurado y dedicado a las nuevas funciones de San Telmo, el primero de estos pabellones alberga actualmente la cafetería y el comedor. El segundo pabellón es el que se adaptó en principio para las primeras actividades docentes del Instituto Internacional San Telmo (Carlos González Barberán, La antigua Casa Cuna de Expósitos, en Revista de la Agrupación de Miembros del Instituto San Telmo, junio 2006).
Conozcamos mejor la Leyenda, Historia, Culto e Iconografía de los Santos Inocentes, mártires;
La leyenda y su falta de historicidad
     Las pequeñas víctimas del cruel Herodes se evaluaban en el fabuloso número de ciento cuarenta y cuatro mil, como los mártires del Apocalipsis, que imploraban la venganza de Dios al pie de su altar.
     Según el relato de Mateo (2: 16 - 18), que completaron y ampliaron los Evangelios apócrifos, la Leyenda Dorada y el teatro religioso de los autos sacramentales, Herodes, furioso por el engaño de los Reyes Magos que advertidos por un ángel, en vez de ir a llevarle informes acerca de su visita a Belén regresaron por mar, ordenó la matanza de todos los niños de hasta dos años de edad (a binatu et infra) para tener la seguridad de que el futuro rey de los judíos no escapase con vida.
     Los hagiógrafos describen con complacencia esta carnicería. Evocan a la soldadesca arrancando a los pequeños de entre los brazos de sus madres y tronchándolos con las espadas o ensartándolos en la punta de sus lanzas. El número de víctimas de este infanticidio masivo se habría elevado a millares. El Menologio griego calcula su número en 144.000, cifra fabulosa que es la copia del número de los justos del Apocalipsis de san Juan.
     Sería superfluo cuestionar esas cifras agrandadas de buena gana por la credu­lidad popular. En un pueblo como Belén, que contaba sólo con algunos cientos de habitantes, los niños varones menores de dos años podían ser, cuando mucho, alrededor de veinte. Los cálculos más complacientes no superan un máximo de sesenta víctimas.
     Pero aún en un relato donde no se exageren las cifras ¿podría admitirse que ha ya una sola pizca de verdad histórica? Todo conduce a creer que no se trata de la exageración de un hecho real sino de una pura invención.
     La Presentación de Jesús en el templo había tenido lugar en Jerusalén. Cabe preguntarse por qué José, en vez de regresar a su casa en Nazaret, condujo a su familia al incómodo establo de Belén.
     Ya resulta sospechoso que el acontecimiento sólo se haya consignado en uno de los cuatro Evangelios canónicos: salvo el de Mateo, los otros tres lo ignoran completamente. Las dudas se agravan por el hecho de que los analistas romanos, y sobre todo el historiador judío Flavio Josefo, que relata la vida de Herodes hasta en sus menores detalles, no digan una palabra.
     Señalemos, además, que la Matanza de los Inocentes no es una leyenda aislada, específicamente judía: la historia del niño predestinado a quien el rey en el trono considera una amenaza para su reinado o su vida, y del cual se defiende de antemano haciendo asesinar a todos los niños de su edad, es un tema de la leyenda universal que se encuentra, con variantes, en las del dios hindú Krishna, Ciro, Rómulo y hasta Moisés, puesto que el Antiguo Testamento habla de la matanza de los niños de Israel ahogados en el Nilo por orden del faraón.
     Y por último -este argumento podría hacer innecesarios todos los demás- el evangelista admite el origen bíblico de su relato que no es más que una profecía realizada: «Entonces se cumplió la palabra del profeta Jeremías, que dice: Una voz se oye en Ramá, lamentación y gemido grande; es Raquel, que llora a sus hijos y rehúsa ser consolada,  porque  ya  no existen ».
     Así, la Matanza de los Inocentes sería, como la mayoría de los acontecimientos relatados en los Evangelios, la consumación de una profecía del Antiguo Testamento.
El culto de los Santos Inocentes
     Muy popular en la Edad Media, el culto de los santos Inocentes provocó en 1212 la asombrosa cruzada de los niños que acabó de manera miserable.
     La abadía de Saint Denis y la iglesia de los Inocentes en París, pretendían poseer, ambas, el cuerpo entero de uno de los pequeños mártires.
     La abadía benedictina de Brantôme (Dordogne), se jactaba de conservar las reliquias de san Sicario, uno de los Inocentes.
     En Saint Germain des Prés, una pierna relicario del siglo XIII contenía la tibia de uno de ellos. El Museo de Zurich recogió el pie relicario de otro, embutido en una pieza de orfebrería del siglo XV.
   La cartuja de Würzburgo, en Alemania, exponía el cuerpo de uno de los Inocentes. La Edad Media confundía en un solo culto a los santos Inocentes con los pequeños mártires cristianos que habrían sido víctimas de los asesinatos rituales de los judíos. Los niños encontrados (Findelkinder) y los niños de coro (Chorknaben), estaban puesto bajo su protección.
     Aunque la hecatombe de los Inocentes de Belén pertenece al dominio de la fábula, la piedad popular veneró a los muertos como a los primeros mártires cristianos: su bautismo de sangre se juzgó equivalente al bautismo por el agua.
     Su culto se desarrolló muy tempranamente, al principio en Palestina, en cuya basílica de Belén había una capilla dedicada a los Santos Inocentes.
     El día de su muerte, el 28 de diciembre, se consideraba día nefasto.
     Esta  devoción está probada en Francia por numerosos testimonios. Algunas de sus reliquias fueron llevadas desde Oriente por san Casiano, a la abadía de Saint Victor en Marsella, en el año 414. Dicha abadía cedió una  parte de las reliquias a otra gran abadía provenzal, la de Saint Maximin. En el siglo XII, la capilla capitular de Saint Caprais de Agen se puso bajo la advocación de los Santos Inocentes. El cementerio de los Inocentes de París, célebre por su Danza Macabra, tenía una iglesia aledaña a la cual el rey Luis XI ofreció «un Inocente entero en un gran relicario de cristal».
     Las representaciones de los Santos Inocentes en Italia se multiplicaron a partir del siglo XV a causa de la fundación de los orfelinatos que se pusieron bajo su patronazgo.
Iconografía
   Es infrecuente que estén representados con independencia de dicho tema. Tiene palmas como atributos.
     Los Inocentes, asimilados a los santos y a los mártires, está nimbados y tienen como atributo la palma del martirio. Están vestidos con una camiseta manchada de sangre o bien desnudos con un ceñidor de hojas.
     En los ciclos narrativos deben distinguirse seis episodios:
1. Herodes pregunta a los sacrificadores y a los escribas dónde nació Cristo.
2. Herodes ordenando la matanza de los inocentes. 
   Está sentado en un trono, como en la escena de la Visita de los Reyes Magos, un demonio le dicta malos consejos al oído.
3. La matanza de los inocentes.
   En las realizaciones más antiguas, los verdugos llevan a Herodes en brazos o al hombro a los niños que han quitado a sus madres.
   Después, la escena se volvió más dramática y brutal. Es una serie de furiosos duelos entre los brefoctones (matadores de niños pequeños) y las madres que defienden a sus hijos. Un soldado coge a un niño por el pie, lo deja colgando cabeza abajo y se dispone a cortarlo en dos con su espada, como en la simulación del Juicio de Salomón. Muchos de ellos son ensartados como lechones.
   En una segunda versión que parece de origen provenzal, los niños no reciben la muerte por espada sino que son aplastados contra el suelo, al pie del trono de Herodes.
   Las mujeres expresan su dolor mesándose la cabellera y desgarrándose las mejillas con las uñas. Una de ellas se afana en reunir los miembros dispersos de su hijo cortado en pedazos.
4. La huida a la montaña de Isabel y san Juanito
   Este episodio, incorporado a la Matanza de los Inocentes, se ha tomado de los Evangelios apócrifos, especialmente del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio Armenio de la Infancia (cap. 14: 2).
   «Cuando Isabel supo que se buscaba a su hijo Juan, lo cogió y partió hacia la montaña y buscaba donde ocultarlo pero no encontraba escondrijo. Con un profundo suspiro dijo: -Montaña de Dios, recibe a una madre con su hijo. Y súbita­mente la montaña se abrió y los recibió.»
   La píxide bizantina de marfil procedente de la Bóveda Chilhac, cerca de Brioude (Louvre), ofrecería la más antigua representación conocida de este episodio que ha sido reeditado por los hagiógrafos en la leyenda de santa Bárbara. Se encuentran otros ejemplos en una miniatura del Homiliario de Gregorio Nacianceno (siglo IX, B.N., París), en los frescos de Capadocia (siglo XI), y en los mosaicos de Kahrié Djami, Constantinopla (siglo XIV).
   En el arte bizantino esta escena suele asociarse con la Matanza de los Inocentes.
5. La degollación de Zacarías
   Furioso porque san Juanito había escapado, Herodes hace degollar frente al altar a su padre, el sumo sacerdote Zacarías. Se encontró la sangre coagulada de éste, pero no su cuerpo que había desaparecido.
6. La muerte de Herodes
   Tantos crímenes merecían un castigo ejemplar. La justicia popular no trató a Herodes mejor que a Judas. La tradición lo hacía morir agusanado a causa de una enfermedad vermicular.
   Según Pedro Comestor, el cuerpo del tirano fue roído vivo por los gusanos que pululaban en sus testículos putrefactos: «Ipsa quoque verenda putrefacta scatebant vermiculis. Putredo testiculorum vermes generabat». Acaba  suicidándose con el cuchillo que usaba para pelar la fruta y los demonios se llevan su alma al infierno (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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viernes, 10 de noviembre de 2023

Los principales monumentos (Basílica Menor Nuestra Señora de los Milagros; Museo Municipal; Sala Hospitalito; Casa Palacio de los Leones; Convento de Santo Domingo; Fundación Rafael Alberti; y Convento de la Concepción) de la localidad de El Puerto de Santa María (III), en la provincia de Cádiz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Basílica Menor Nuestra Señora de los Milagros; Museo Municipal; Sala Hospitalito; Casa Palacio de los Leones; Convento de Santo Domingo; Fundación Rafael Alberti; y Convento de la Concepción) de la localidad de El Puerto de Santa María (III), en la provincia de Cádiz.

Basílica Menor Nuestra Señora de los Milagros
     La Iglesia Mayor, con la advocación de San­ta María de los Milagros, levantada en un lugar extramuros de la desaparecida cerca medieval de la población, es el santuario que sustituye al de la primitiva iglesia o Castillo de San Marcos. Esta iglesia desaparecida es anterior a la actual, la cual se comienza a levantar con el patrocinio ducal en el siglo XV, trabajando el citado maestro sevillano Alonso Rodríguez. Sería de tres naves, con crucero poco acusado, capillas laterales y ábside de planta pentagonal. Amén de la planta, lo más significado de la misma es la no concluida portada gótica de los pies, la del Perdón, cuyo estilo y labor de cantería se relaciona con el modelo de fachada del coetáneo monasterio de la Victoria. Con el hundimiento de la nave central a comienzos del siglo XVII y tras informes de maestros venidos de fuera, como el jiennense Juan de Aranda Salazar, quien a la sazón intervenía en la Catedral de Jaén, la fábrica tendría  una reedificación sustancial en la que se distingue el cantero jerezano Antón Martín Calafate, director de la obra en 1647, y cuyo proyecto, a su vez, también sería continuado a su muerte por el maestro mayor Francisco de Guindos a partir de 1659. Éste, seguramente atento al proyecto de Calafate, conservará prudentemente el carácter gótico preexistente al cubrir la poderosa nave central con bóvedas de crucería. Mantiene la estructura goticista de arbotantes externos bien visibles y renuncia a un cimborrio y balaustrada proyectados por Calafate. Los sufragios de las cofradías impulsan también la obra de una nueva capilla para el Sagrario, a los pies de la iglesia y en el lado de la epístola, así como la capilla de las Ánimas y la Sacristía Mayor. Prácticamente terminado el templo en la década de 1660, el maestro Pedro Mateos de Grajales, asesorado por Felipe Sánchez Niño y Felipe de Santiago, inicia en 1676 las obras del coro, construcción situada al gusto de las catedrales hispanas en el centro de la nave central, abierto por el crucero y provisto de una reja del mismo siglo, frente al altar mayor y ocupando todo el espacio que señalan los pilares del segundo tramo de la nave central. A la iglesia, que todavía sufrirá alguna reforma, ya clasicista, en especial tras el terremoto de 1755, se accede por la que pasa a ser funcional o ritualmente su portada principal, la del Sol. Es un elaborado compendio de estilos, muy recargado de ornamentación, pues denota la obra plateresca del siglo XVI, cuya traza podemos relacionar con la autoridad del sevillano Martín de Gainza, con relieves que obedecen a programas iconológicos marianos, y una culminación barroca en el frontón ondulado, abierto por dos óculos a los lados de un relieve de Dios Eterno y coronado con las tres virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, mientras las cuatro cardinales asientan sobre los estribos del muro a uno y otro lado de la portada, iconografía trentina sin relación con los relieves de la mis­ ma. En el centro, bajo el gran arco, campea en su hornacina la imagen de la Virgen de los Milagros sobre el Castillo, en su doble condición de patrona del Puerto y del templo.
     En el interior de éste, amén de la variada pin­tura que se distribuye a lo largo de sus paredes y dependencias, destaca poderosamente la capilla del Sagrario, a los pies de la nave de la epístola, en la que resplandece un frontal o retablo de plata labrado en 1685 por el mejicano José de Medina a instancias de un donante local, el capitán Juan Camacho Jaina, quien había sido alcalde mayor de ciudad virreinal de San Luis de Potosí. Se trata de un imponente panel profusamente labrado, sobre unas gradas de hacia 1699 para apoyo de candelería y del sagrario­ tabernáculo. Encima, una peana sobre ménsulas sostiene cruz o manifestador y, en la misma vertical, arriba, un rombo con la representación cristífera de un sol radiante y, abajo, el sagrario. La corona sobre el retablo, también de plata, es adición neoclásica de José de Piñero y José de Viera en 1805 en sustitución de una concha sostenida por dos águilas que remataba el conjunto. Éste se completa con el frontal, a modo de ban­co, y, más adelantada, una barandilla de treinta balaustres, todo también de similares fechas y distintos donantes. Entre otras obras también es de interés el ángel lamparero de cedro que cuel­ga del arco toral que divide en dos secciones la capilla, tradicionalmente atribuido a la Roldana pero, con mayor probabilidad, obra jerezana de comienzos del XVIII, así como un cuadro de un Nazareno de final del siglo XVII, objeto de devoción traído desde la antigua ermita de los Mi­lagros. A continuación, la capilla de San Antonio o de la Oración en el Huerto, antiguamente de Santa Teresa, más conocida por el nombre de su fundador, el comendador don Benito de Benavi­des; ofrece un retablo hispano-flamenco del siglo XVI con hermosas pinturas representando en el primer cuerpo los temas pasionales del beso de Judas, la oración en el Huerto, la vía dolorosa y Cristo atado a la columna; en el segundo un San Jerónimo y la estigmatización de San Francisco y, en el ático, un San Antonio de Padua, un Descendimiento y otro santo más.
     La imagen de bulto, en el camarín, representa a San Antonio Abad y el relieve bajo la clave del arco un Padre Eterno. Siguen la Capilla de las Ánimas, con retablo barroco del siglo XVII al estilo del hispalense Bernardo Simón de Pine­da y una imagen de San Miguel próxima al de los Roldanes, la puerta del Sol, la capilla de San José, con retablos de la segunda mitad del XVIII, capilla bau­tismal, del Ángel de la Guarda, puerta del Per­dón, capilla de Santa Rita y, ya en el lado del evangelio, la del Santo Entierro o de la Sole­dad. En su retablo dieciochesco se disponen las veneradas imágenes de un Cristo yacente, figura de sereno dramatismo, tal vez del fi­nal del XVI, que resulta de la adaptación de un crucificado con los brazos articulados hecha por el escultor portuense J. Bottaro en 1925.
     La talla de candelero de la Virgen de la Soledad, muy similar a la de los servitas de Madrid, fue encargada por Isabel de Valois en 1565 a Gaspar Becerra, el artífice del retablo de la Catedral de Astorga y seguidor en sus años de formación romana de Miguel Ángel Buonarotti. La imagen, con motivo de los daños que ocasionaba la ocupación francesa en el Puerto durante la Guerra de la Independencia, fue rescatada desde su lugar original, el monasterio de la Victoria, terminando en esta capilla. Conti­núan la del Cristo de la Misericordia, donde hay una Señora de la Piedad del círculo del escultor genovés Maragliano, activo por estas tierras, la del Nazareno que, en su retablo moderno, neobarroco, alberga dos expresivas tallas de San Juan Evangelista, hecha por el imaginero sevillano Pedro Roldán en 1662, y del Nazareno, imagen jerezana de comienzos del XVIII y la capilla de la Virgen del Rosario o de los Valera. Ya en la cabecera, en paralelo por disposición y prestancia al espectáculo del Sagrario, se impone la presencia de la Capilla de la Patrona, la Madre de Dios de los Milagros y de la Santa Misericordia, Virgen  de los Milagros o, como en las Cantigas de Alfonso X el Sabio, Santa María del Puerto. El retablo plenamente barroco de la primera mitad del siglo XVIII con camarín en cuyo interior y cobijada por una hor­nacina posterior, se manifiesta la imagen de la Virgen. Ésta es una talla gótica del siglo XIII a la que posteriormente se daría el color moreno al rostro, siguiendo la tradición de las vírgenes negras, y se la vestiría y ornamentaría al modo de las imágenes de candelero. Del cuerpo ori­ginal hoy sólo se conserva el rostro, parte de la cabeza y cabellera y cuello, siendo las manos un añadido. En la misma capilla hay una interesante colección de exvotos populares.
     En cuanto a la capilla mayor cabe decir que, habiendo sido ocupado todo el testero por un retablo del siglo XVI, dado su deterioro ya en el siglo XVIII, fue sustituido a partir de 1807 por el tabernáculo neoclásico de mármoles jaspeados que centra el altar mayor. Es obra del maestro Ángel Fernández, sobre proyecto de Bartolomé Ojeda Matamoros. Las esculturas, dos ángeles en adoración, los cuatro evangelistas y, coronando la cúpula, la Fe, son de la mano del académico ga­ditano Cosme Velázquez, también de igual fecha. Enfrente queda el púlpito de hierro forjado, adosado a uno de los pilares. Tras los muros del altar mayor están la capilla de San Pedro y la Sacristía de Guindos, con su recia bóveda de crucería, centrada por una sólida mesa de jaspe y amueblada por una cajonería encargada al artífice Juan de Ubises en 1694. Aquí se custodian ternos y platería de interés de distintos siglos y estilos. En cuanto al coro, la sillería, de nogal y cedro, con dos cuerpos de bancos y los escudos de Medinaceli presidiendo el frente principal, que dicen es obra de Juan Bautista Vázquez «El Joven» de comienzos del siglo XVII (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     El arquitecto tracista del edificio fue Alonso Rodríguez, maestro mayor de la catedral hispalense, al menos desde 1498.
     La planta diseñada por Rodríguez era de tres naves con crucero ligeramente acusado y ábside pentagonal. A ambos lados se fueron abriendo capillas basadas en fundaciones y capellanías de nobles portuenses.
     Con el tiempo la planta fue deteriorándose, y a principios del siglo XVII, se hundió la nave mayor, pereciendo varias personas. Se trajeron entonces de Sevilla a distintos maestros que dieron su parecer sobre la reedificación del edificio. En 1647 se le ofrece la dirección de las obras de la iglesia a Antón Martín Calafate, cantero jerezano que traza un templo de tres naves, aprovechando la estructura gótica original de sus muros exteriores, ábsides y capillas.
     El proyecto de Calafate presentaba cubiertas de bóvedas de cañón con lunetos en las naves, y en el crucero un cimborrio sobre pechinas con la representación de los cuatro evangelistas. Exteriormente diseñó una balaustrada con pedestales rematados en jarras. Sin embargo, tras el fallecimiento de éste y el nombramiento como maestro mayor de Francisco de Guindos se introducen varios cambios; las bóvedas de cañón pasan a ser de crucería, suprimiéndose el cimborrio trazado. Guindos consigue llevar la fábrica a su conclusión gracias, principalmente, a la ayuda económica de algunas cofradías, construyendo de ese modo las capillas del Sagrario y de Animas, y la Sacristía Mayor.
     El acceso al templo se hacía a través de dos portadas exteriores. A los pies se abre la del Perdón de estilo gótico. En esta fachada se levanta el campanario, obra del maestro mayor Diego Moreno.
     En la fachada lateral se ubica la portada actual de entrada denominada del Sol, atribuida al arquitecto Martín de Gainza, profusamente decorada en época barroca, presentando un primer cuerpo con arco de medio punto flanqueado por dobles columnas sobre las que se apoya un entablamento y friso. El intradós del arco de acceso presenta una ornamentación a base de casetones. En el segundo cuerpo, a modo de tímpano, se abren tres hornacinas. Remata la portada un frontón con cornisa ondulada y las esculturas teologales.
     Según recoge la historiografía tradicional ya en el siglo XIII se constata la existencia de un templo donde hoy se ubica la Iglesia Mayor. Sin embargo, la documentación existente nos lleva hasta el siglo XV, momento en que se construye una iglesia bajo la advocación de la Virgen de los Milagros patrocinada por el Duque de Medinaceli (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).    

Museo Municipal
  El Museo Arqueológico Municipal es, desde 1982, el centro público local encargado de conservar, restaurar y difundir los más destacados bienes arqueológicos, artísticos y etnográficos del Patrimonio Histórico Portuense.
Sección de Arqueología
     En Paleontología destacan los restos de cetáceos, escualos y bivalvos procedentes de El Manantial (Terciario final), así como mandíbulas y defensas de Elephans Meridionalis y Mastodontes de La Florida (Pliopleistoceno).
     Los depósitos prehistóricos comprende el yacimiento de El Aculadero, (Paleolítico Inferior Arcaico), considerado entre los más antiguos de Europa. También restos materiales de las culturas del Paleolítico Medio y Postpaleolítico, hallados en las playas de la Puntilla y Levante.
     Del Neolítico-Calcolítico se exponen restos hallados en Cantarranas y Las Viñas, poblados del tercer milenio a.C., y primera población sedentaria de la zona.
     La Edad del Bronce Final, "tartéssico", del último milenio, refleja un poblamiento intenso, así como relaciones culturales con talasocracias del mediterráneo Oriental. La Torre de Doña Blanca y su necrópolis, Las Cumbres, destacan por su importancia histórica. La primera es un tell con hallazgos de seis niveles de población que van del s. VIII a finales del s. IV a.C. abarcando materiales arqueológicos del periodo fenicio orientalizante del Mediterráneo Occidental. De la Necrópolis cabe destacar el túmulo nº 1, con tumbas de incineración del s. VIII a.C. La zona costera refleja un intenso comercio de los siglos V y IV, como muestran los restos que se exponen.
     La romanización aparece en la campiña y en la costa, con alfares de ánforas, villas agrícolas y necrópolis rurales, como la de Las Viñas, del s. I al IV d.C.
     La cultura visigoda se presenta en los hallazgos de la finca El Barranco, con restos de necrópolis y hábitat.
     De época medieval, el Museo cuenta con restos de alquerías árabes de los siglos XII y XIII.
     Desde el s. XVI al XIX, los fondos arqueológicos reflejan las relaciones comerciales de El Puerto con América.
Sección de Bellas Artes
     Esta sección se compone fundamentalmente de obras pictóricas de artistas locales contemporáneos.
     Entre estas obras destacan las de Francisco Lameyer (1825-1877), pintor romántico en cuyos temas está presente el ambiente africano y oriental, al mismo tiempo que el costumbrismo andaluz. Entre ellas destaca un dibujo con el título "Saqueo e incendio de Roma".
     De Eulogio Varela (1868-1955) se cuenta con temas tradicionales como "El baile" o "El estudio de Berruguete", como su colección de "ex libris" y dibujos modernistas, de cuyo estilo es digno representante en sus ilustraciones, grabados y acuarelas. Atisbos modernistas ofrecen también la obra de Enrique Ochoa (1891-1977), llamado en su tiempo "el pintor de música", que está presente en esta sección con las obras "Señora con mantilla negra", "Pobre poeta" o "El enano", entre otros.
     De los artistas coetáneos cuentan los fondos museísticos con obras de Rafael Alberti (1902), que experimenta un resultado muy personal combinando la pintura y la poesía en sus "Liricografías". Ricardo Summers "Serny" (1908) participa del tema femenino: "Reposo" o "Flores blancas"; y de las escenas de carnaval, en el pastel o grabados con el título "Carnaval". De Juan Lara (1921-1995), portador de un realismo tradicional, se muestra una representación de sus acuarelas, como la de tema árabe "La morita de los pajaritos". En cuanto al insigne artista Manolo Prieto (1912-1991), el Museo posee una interesante muestra de sus más representativos bocetos de carteles, así como, una serie de medallas de temas eróticos. La Escultura estructuralista de Fernando Jesús (1924), pintores que poseen un estilo preciso y riguroso que dominan los temas locales con detalle.
     De otra parte destacan grabados de Antonio Ribera, ilustrados con poemas de R. Alberti y del escultor Pablo Serrano, dedicado al poeta.
     Esta sección cuenta asimismo con cuadros y tallas de pequeño formato, de carácter religioso e histórico, de autores desconocidos de los s. XVII al XX. Entre los primeros cabe destacar algunos retratos de monarcas y un "San Sebastián" del s. XVII.
     Sus fondos están compuestos por bienes materiales de nuestro pasado prehistórico e histórico (Ayuntamiento de El Puerto de Santa María).

Sala Hospitalito - antiguo Hospital de la Divina Providencia
     El edificio, de características neoclásicas con claros tintes barrocos afrancesados, posee una interesante iglesia de planta cuadrada y ábside poligonal exento que según las crónicas no se llegó a finalizar quedando su construcción a la altura de las cornisas. A pesar de ello, se intuye que el templo debía ser de tres naves, siendo la central más alta que las laterales. Su portada estuvo adornada con mármoles de Málaga. En ella se superponen tres cuerpos en los que se percibe la sencillez de lo clásico en el primero, y el adorno de lo barroco, en el segundo. El tercero consta de una hornacina en la que se halla una imagen de la Virgen de los Milagros.
     El patio interior está constituido por una galería de arcadas de alto puntal apeada sobre columnas toscanas de mármol, y un segundo cuerpo con almohadillados y vanos enmarcados en líneas quebradas, ejemplo de armonía entre lo nuevo y lo tradicional.
     En el piso superior existe una sala abovedada en cuyo centro surgen cuatro columnas toscanas, sobre alto pódium, que sirven de soporte a las bóvedas y dan esbeltez y riqueza al conjunto. Posee una escalera de barandales de cedro torneado cuyo hueco está adornado con techumbre plana de ostentosas yeserías, un marco decorado con rocallas en la pared al frente y puttis en los ángulos de dicha cubierta. En las salas del edificio abundan las azulejerías trianera y valenciana.
     Esta obra hospitalaria para mujeres y casa de asilo para niñas huérfanas fue fundada el 12 de septiembre de 1750. Fue uno de los primeros edificios de España y quizás el único que tenía por objeto el socorrer a mujeres desde su niñez hasta proporcionarles trabajo. De su primer emplazamiento en la calle de las Cruces, se trasladaría a este edificio, ubicado en la calle Zarza, esquina a la de Granado. Sus obras comenzaron en junio de 1753.
     En el último cuarto del siglo XIX, este edificio fue cedido por el estado para instrucción pública (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).
     La nueva Sala Hospitalito, ubicada en el Barrio Alto de la Ciudad conforma la extensión museográfica del actual Museo Arqueológico Municipal.
Alta y Baja Edad Media
     El tránsito hacia la alta Edad Media en El Puerto de Santa María está representado como en el resto de la Península Ibérica, caracterizado por una dispersión del hábitat rural y la disgregación de los conjuntos urbanos establecidos y consolidados en el mundo antiguo tardorromano. 
     El registro arqueológico de la cultura centroeuropea visigoda está basada en la penetración de las corrientes culturales de los territorios bárbaros, los nuevos ritos funerarios fundamentados en rituales arrianos y la proliferación de la vida netamente rural, sobre los mismos asentamientos tardorromanos de la Edad Antigua. 
     En El Puerto de Santa María tanto en la ubicación actual como el área campesina agropecuaria, se han hallado varias necrópolis cuyos ajuares responden a inhumaciones con armas de hierro, dagas, puntas de flechas, hebillas y broches de cinturones, de cobre y bronce, cuyos caracteres centroeuropeos están presentes en todos los estilos y símbolos religiosos y civiles. La Finca de El Barranco próxima a la laguna de Terry y en los trabajos de restauración de la Ermita de Santa Clara a cargo de la Escuela Taller, se descubrieron y documentaron dos necrópolis netamente visigodas con objetos arqueológicos expuestos en la Sala Alcanatir.
Arqueología Islámica Andalusí
     La Alta Edad Media del Bajo Guadalete y El Puerto de Santa María está representada por la presencia de restos inmuebles y muebles de carácter arqueológico de origen islámico (Andalusí), que abarca un periodo temporal entre los siglos VIII a finales del siglo XIII (1275) y un largo asentamiento poblacional y cultural de las culturas islámicas, Emiral (Emiratos), Califal, Taifa y Almohade Andalusí.
     El territorio que abarca el actual municipio de El Puerto de Santa María en época islámica se conformaba por una serie de alquerías o conjuntos de casas rurales defendidas por cerros y torres. Se distribuía así el hábitat disperso característico del mundo islámico en la Península Ibérica en todos los medios agropecuarios, agrupando huertas de regadío, pozos de agua, tierras baldías para el ganado, etc. hoy día conocidas nominalmente por los topónimos inscritos en las cartas de los repartimientos de los siglos XIV y XV, y conservadas en la campiña portuense: Alcanatir, Sidueña, Grañina, Campix, Vaina, Finogera... 
     En todos los antiguos restos de estructuras arqueológicas de las alquerías el Museo Arqueológico Municipal ha documentado el material arqueológico expuesto de esta época: ajuares de cocina, servicios de mesa, contenedores de agua y vino, armas defensivas y ofensivas, piezas lúdicas de ajedrez, etc. así como una magnífica losa sepulcral de origen meriní del siglo XIV, de la Colección de Luis Caballero. Para completar la Baja Edad Media, queda incorporado a la exposición restos arqueológicos y estratigráficos de los siglos XV a XVII, con una importante colección de vajillas de tradición morisca o mudéjar, procedente del Monasterio de la Victoria y excavaciones urbanas de la Plaza de Isaac Peral (Ayuntamiento de El Puerto de Santa María).

Casa Palacio de los Leones
     Sirve de modelo de estas viviendas barrocas la denominada Casa de la Placilla, construida en 1790, también denominada Casa de los leones, por los dos relieves de animales que coronan las pilastras de la portada bajo el balcón principal. La portada se anima con cortinajes figurados, una hornacina que albergaba una imagen de la Virgen de Caldas, enmarcada por semicolumnas torsas, todo ello entre dos pilastras, y arriba el balcón de perfil alabeado en su vuelo y enmarca­do bizarramente (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     El edificio presenta una estructura de fachada-retablo propia del barroco, y tanto en su calle central y principal como en los laterales, posee motivos propios de este estilo, como el baldaquino, las columnas salomónicas y el frontón ondulado.
     El recargamiento de la decoración, los relieves mixtilíneos de las ventanas, el dosel a modo de cortina que cubre la puerta de entrada y los entrantes y salientes de las cornisas y de toda la fachada en general, así como su consiguiente efecto de claroscuro, confieren a la fachada un estilo barroco puro y recargado.
     La hornacina que se halla sobre la puerta, se encontraba ocupada por una imagen de la Virgen de la Escalada.
     Remata el edificio una cornisa decorada por florones pétreos sobre basas decoradas por óculos de escasos relieves.
     Destacar finalmente el enmarque de los balcones superiores a base de pilastras y líneas ondulantes.
     En el interior posee un patio columnado y una amplia escalera de acceso a los pisos superiores, que se levantan alrededor de él en forma de galerías abiertas.
     Podemos afirmar que el modelo más representativo de las casas barrocas de El Puerto de Santa María, es la construida por don Pedro Montes en 1790, denominada "Casa de la Placilla". Popularmente también se la conoce como "La Casa de los Leones", calificativo que debe a los dos relieves que posee sobre las pilastras que enmarcan la puerta de entrada bajo el balcón principal (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).

Convento de Santo Domingo
     La fundación del antiguo Convento de Nuestra Señora del Rosario, de la Orden de Predicadores de Nuestro Patriarca Santo Domingo de El Puerto de Santa María, hoy centro de enseñanza, se remonta a 1656. En esta fecha la casa ducal de Medinaceli aceptó la llegada y el asentamiento definitivo, en la ciudad, de la orden dominica.
     Una orden religiosa estrechamente relacionada con la evangelización de América y que encontró en El Puerto un lugar idóneo para su asentamiento ya que, por entonces, El Puerto y la Bahía de Cádiz era uno de los enclaves principales vinculados del comercio con América, pasando a ser, años más tarde, cabecera de la flota a Indias.
     El edificio construido gracias al patrimonio del duque de Medinaceli conserva buena parte de sus dependencias.
     De su antigua fachada, situada en la calle San Bartolomé, hay que destacar el escudo de mármol de la orden de Santo Domingo, con la cruz floreada y el perro portando la antorcha. Una figura que representa la luz que Santo Domingo daría al mundo como guardián de la doctrina católica.
     Conserva, la fachada, en la parte superior, dos relieves con las figuras de un hombre y una mujer, ambas ataviadas con capas de plumas y cargadas con grandes cestos sobre sus cabezas. Imágenes que, por sus rasgos, se pueden identificar con indios americanos.
     El edificio, pese a la gran transformación que ha sufrido a lo largo de los siglos, conserva el antiguo claustro con su exquisita decoración y restos de la antigua iglesia, hoy desaparecida, y de la que se conserva la cúpula del crucero donde se ha instalado la biblioteca. 
     De la iglesia del convento sabemos que se comenzó a construir en 1698. El templo contaba con la puerta de acceso por la c/ Santo Domingo, de una sola nave, cubierta de bóveda de cañón y cúpula de media naranja y con cuatro altares laterales uno de ellos dedicado a Nuestra Señora del Rosario, titular del convento.
     A partir del primer tercio del siglo XIX el antiguo convento del Rosario comenzó un profundo proceso de transformación para adaptarse a nuevos usos y funciones: fue sede del Ayuntamiento, de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia, instituto de enseñanza laboral, de bachillerato, y de enseñanza secundaria y bachillerato en la actualidad (Ayuntamiento de El Puerto de Santa María).

Fundación Rafael Alberti
     La Fundación Rafael Alberti tiene su sede en un edificio de dos mil metros cuadrados que contiene la donación hecha por Rafael Alberti y su primera esposa María Teresa León a la ciudad natal del poeta, uno de los máximos representantes de la Generación del 27.
        En esta casa, en la que vivió de niño, hay depositada una colección de fondos que abarca un siglo de la historia de España: manuscritos, cartas, pinturas, documentos audiovisuales, distinciones, así como una magnífica biblioteca. 
     La Exposición Rafael Alberti: Un siglo de creación viva, inaugurada por los Reyes de España, muestra en un ameno recorrido cronológico la biografía del poeta que surge de los amplios paneles con fotos, dibujos y poemas caligrafiados. 
     En ellos, la mítica vida de Rafael Alberti, su obra literaria y pictórica, su irrenunciable compromiso político, sus treinta y nueve años de exilio en Francia, Argentina e Italia, quedan reflejados con rigurosa fidelidad. Desde su primer libro de poemas, Marinero en tierra (1924), hasta Canciones para Altair (1989) y su último volumen de memorias, La Arboleda perdida (1996), su obra ha sido ejemplo de una intensa vida dedicada con plenitud a la creación artística (Ayuntamiento de El Puerto de Santa María).

Convento de la Concepción
     Este convento de clausura de monjas concepcionistas franciscanas fue uno de los primeros de la orden instituida por Beatriz de Silva, pues llegan al Puerto a comienzos del siglo XVI, tras comprar una casa en 1518 y acondicionarla para hospital de pobres. La fábrica actual procede de las reedificaciones desarrolladas en el siglo XVIII e, incluso, a comienzos del XX. La iglesia al exterior posee dos portadas barrocas, sólo aparen­temente iguales, emparejadas como en el citado templo del Espíritu Santo.
     En sus hornacinas se albergan una pequeña imagen de la Virgen con el Niño, del siglo XVI, ésta bajo un tímpano con un rostro de Dios Pa­dre bendicente, de popular traza, y, la otra, un San Francisco. El interior es de una sola nave, cubierta por bóveda de cañón, con crucero y bóveda hemiesférica sobre pechinas. En el altar mayor hay un conjunto de azulejos de artistas sevillanos de 1540 y un magnífico retablo barroco estructurado por estípites en tres calles y ático, donado por el mercader local o cargador de Indias, Jacinto José de Barrios, en 1757. En la hornacina central, entre San Joaquín y Santa Ana, se venera una Inmaculada que sigue el modelo sevillano de Martínez Montañés. Otros re­tablos del siglo XVIII se disponen a lo largo del templo con imágenes de distinta cronología. La sacristía, bajo una vistosa bóveda de ca­ñón con falsos lunetos, presenta paneles de azulejos de comien­zos del siglo XVIII, policromados y con motivos florales, así como una cruz hecha con piezas de la escuela holandesa de Delft.
     El claustro, un cuadrado de considerable tamaño con siete arcadas por lado, tiene una fuente fechada en 1737, rehundida en un hueco formado por diez gradas. Accediendo al coro alto, separado de la iglesia por un cancel de madera de similar fecha, aparecen, entre otras piezas, un Cristo atado a la columna, talla del final del siglo XVII que, en otro momento, ha estado expuesto en el expositor del retablo mayor, así como un retablo dieciochesco con una imagen de candelero de la Inmaculada Concepción. En su ajuar quedan piezas de platería de interés así como un bello crucificado de marfil (Juan Alonso de la Sierra, Lorenzo Alonso de la Serra, Ana Aranda Bernal, Ana Gómez Díaz-Franzón, Fernando Pérez Mulet, y Fernando Quiles García. Guía artística de Cádiz y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     La iglesia del convento es de una sola nave cubierta con bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones que apoyan sobre pilares y almohadillados. Sobre el crucero se levanta una media naranja con florón en el centro. A los pies se ubica el coro, al cual se accede por medio de dos puertas adinteladas, de sencilla estructura. Sobre un gran arco escarzano, se levanta el coro alto. Ambos coros quedan cerrados por magníficas rejas.
     El convento tiene la peculiaridad de poseer dos portadas de cantería, una de entrada y otra de salida de feligreses, si bien una de ellas se halla actualmente cegada. La que hoy sirve de acceso, presenta vano adintelado con orejetas y ménsula en la clave, rematando en cornisa y volutas en los extremos. A ambos lados surgen otras dos especies de hornacinas, entre especies de balaustres. El conjunto queda perfectamente enmarcado con las dos columnas toscanas de orden gigante que flanquean el vano de ingreso, las cuales apoyan sobre pedestales y culminan en cornisa que, al centro adquiere la forma de un tronco triangular. La portada cegada, por su parte, presenta vano adintelado sobre columnas toscanas que apoyan sobre pedestales, rematando en una cornisa que da paso al segundo cuerpo. Aquí se abre una pequeña hornacina, flanqueada por estípites, culminando en frontón recto.
     El claustro, de estructura rectangular, sigue las normas generales de estos recintos, formado por una doble galería que apoya sobre pilares de ladrillo, con arcos de medio punto en la inferior, y estructura adintelada en la superior. Interesante es la fuente ubicada en el centro, la cual posee estructura octogonal rehundida en el suelo.
     La historia de este convento arranca del siglo XVI, como Hospital de la Concepción, cuyas obras se iniciaron en 1517 y, tras trece años de trabajos, fue inaugurado en 1530. Su fisonomía actual es el resultado de las reformas y ampliaciones realizadas durante los siglos XVII y XVIII, cuyo máximo exponente es la iglesia (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Cádiz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Basílica Menor Nuestra Señora de los Milagros; Museo Municipal; Sala Hospitalito; Casa Palacio de los Leones; Convento de Santo Domingo; Fundación Rafael Alberti; y Convento de la Concepción) de la localidad de El Puerto de Santa María (III), en la provincia de Cádiz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia gaditana.

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jueves, 20 de abril de 2023

La Casa del Rey Moro (actual sede de la Fundación Blas Infante)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Casa del Rey Moro (actual sede de la Fundación Blas Infante), de Sevilla.  
     La Casa del Rey Moro, se encuentra en la calle Sol, 103; en el Barrio de San Julián, del Distrito Casco Antiguo.
     Si se exceptúan las construcciones domésticas de los Reales Alcázares y las residencias de la nobleza, no hay duda de que la llamada «Casa del Rey Moro» es la más antigua de Sevilla.
     Sus características formales nos garantizan que estamos ante una residencia fechable en las dos últimas décadas del siglo XV, aunque no faltan elementos del siglo XVI. Su extensión indica que debió estar habitada por algún miembro de la burguesía de época de los Reyes Católicos para convertirse más tarde -ya en  el siglo XIX- en casa de vecinos.
     Su núcleo central es un patio cuadrado, situado en tercera crujía, al que rodean, de manera irregular, varias danzas de arcos de ladrillo rebajados inscritos en alfices, que apoyan en pilares de variado y  complejo diseño.
     Las dependencias de la casa se organizan en una crujía en torno al patio central. La escalera se sitúa en el ángulo inferior derecho en una posición que permite articular patio y zaguán de entrada, situado éste lateralmente junto a la medianera de la casa colindante.
     El salón principal de la casa, en planta alta, ocupa la crujía de fachada y está cubierto con un artesonado con tirantas, de estilo mudéjar. Tras la casa, y sólo accesible por un estrecho adarve, existe hoy un enorme espacio abierto que fue huerto de la casa. Conserva una noria de tipo hispanomusulmán.
     La casa ocupa en planta baja una superficie de 305 m2 , estimándose una superficie total construida aproximada de 550 m2 (Guillermo Vázquez Consuegra, Cien edificios de Sevilla: susceptibles de reutilización para usos institucionales. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla, 1988).
     La finca se encuentra en una importante vía de la red urbana medieval, la calle Sol, que comunicaba las collaciones de San Román y Santa Lucía, lindando con el huerto con fincas sitas en la calle Enladrillada y Marteles. La casa se inserta en una parcela rectangular de grandes proporciones que formó parte de otra mayor de la que aún restan jardines. Debió constituir una de las primeras implantaciones al borde del antiguo camino a la puerta del Sol, por lo que su planta presenta un perímetro muy regular que difiere del resto de las de su entorno.
     La casa cuenta actualmente con dos fachadas: la principal que da a la calle Sol y otra, en su lateral izquierdo, que permitía el acceso, en época histórica, a la huerta de la vivienda y que actualmente es una pequeña calle sin salida.
     Posee planta rectangular y una distribución espacial en torno a un patio central porticado en tres de sus lados. Las zonas anterior y posterior del inmueble están constituidas por dos crujías, mientras las laterales presentan sólo una y de menor anchura.
     La fachada, de ladrillo visto encalado y sin decoración, tiene dos puertas: una moderna que da acceso a un ala dedicada a sala de exposiciones y la original del edificio. En la planta primera destacan un balcón, un pequeño vano y una cornisa de escaso vuelo que se desarrolla por toda la fachada y sostiene las tejas de las cubiertas hasta llegar al mirador, de factura reciente.
     Las distintas remodelaciones que ha sufrido la casa hacen que sea el patio, que ha permanecido sin reformas, el espacio de mayor interés. Presenta arcadas completas en la planta baja y alta en los flancos norte y sur, y sólo la alta en su lado este. Donde éstas faltan existe un muro en el que se abren vanos comunes. Las arcadas se sostienen por pilares de ladrillo de color rojizo de diferentes secciones, siendo en la planta baja octogonales y con basas simples. Los arcos peraltados enmarcados en alfices apoyan en capiteles con forma e paralelepípedo recortados en la parte inferior de los ángulos. En las galerías altas existe una gran tipología de soportes, los arcos son rebajados e igualmente enmarcados en alfices. El resto de los componentes del patio pertenecen a la última restauración. En las demás estancias la adaptación a nuevos usos ha homogeneizado su aspecto. Elemento a destacar en el inmueble es la techumbre del salón principal, un artesonado de tirantes, de estilo mudéjar, bastante restaurado, de traza sencilla, en el que únicamente aparece decoración de lacería en los tres tirantes.
     Del amplio huerto arbolado de que disponía, actualmente todavía se conserva una noria y parte de lo que fue el huerto, que ha sufrido un proceso de segregaciones, pero que en parte se mantiene.
     Carecemos de noticias históricas acerca del origen de esta casa e incluso desconocemos la explicación de su nombre popular: "Casa del Rey Moro". En este sentido, en 1839, se expresaba así González de León: "Con efecto es una casa grande muy antigua enriquecida por toda ella con hermosas labores arabescas ya muy estropeadas, y algunas puertas también tienen arcos árabes, pero de estas casas hay muchas en Sevilla sin llamarse del rey moro que no se que origen tenga".
     Tradicionalmente se venía conociendo con este nombre, así como el huerto posterior a la casa, actualmente un solar: "Huerto del Rey Moro". Celestino López Martínez indagó acerca del origen de esta denominación y afirmó que consultando los Padrones de la Parroquia de Santa Lucía de los siglos XVII y XVIII aparece ya la denominación de "Casa del Rey Moro", con referencias idénticas al huerto. A partir de aquí este autor emprende un repaso exhaustivo de todos los reyes "moros" que habitaron en Sevilla en los siglos XII y XIII, y llega a la conclusión de que el verdadero habitante de esta casa y a quien se debe el nombre es el Rey de Niebla y del Algarve D. Abenmafor, a mediados del siglo XIII.
     Hoy en día, por los restos arquitectónicos conservados, nos consta que la llamada "Casa del Rey Moro" no es sino una construcción mudéjar, por sus rasgos estilísticos y tipología de fines del siglo XV. Probablemente esta denominación se la dio el vulgo, ya que desde muy antiguo, por su aspecto morisco y sus curiosos y orientalizantes arcos y pilares del patio. Son por tanto aspectos estilísticos los que dan pie a fechar el inmueble a fines del siglo XV y comienzos del XVI. El arquitecto Alfonso Jiménez, director de las obras de restauración y rehabilitación del edificio recién terminadas, concreta las fechas entre 1490 y 1505, tomando como puntos de referencia las fábricas de ladrillo en limpio bicolores y la desaparecida reja plateresca.
     Desde muy pronto la casa debió pasar de ser propiedad familiar a casa de vecindad. Con certeza sabemos que en el siglo pasado era casa de vecinos. González de León hacia 1840 afirmó que "al presente es tienda", lo cual hay que entender en el sentido de que las crujías de fachada era la ubicación de algún tipo de comercio y la parte más profunda de la casa, lugar de habitación de diferentes inquilinos. Joaquín Guichot realizó un bonito y evocador dibujo en 1876 de esta casa y advierte en el título que en aquellos momentos estaba convertida en casa de vecinos. Lógicamente esta conversión originó una serie de cambios en la tabiquería interior, así como en la remodelación del espacio de las galerías del patio, como ocurre en todo proceso similar de transformación de inmuebles históricos en casas de vecinos.
     Celestino López, posteriormente, en los años treinta del siglo XX, señala que por entonces la cal cubría los muros antiguos ocultando "las preciadas labores arabescas" y afirma que la casa poseía muchas tradiciones y evocaba curiosas páginas de la historia hispalense, aunque no desarrollaba ninguna de ellas en su escrito.
     Por fin a comienzos de los años setenta la Dirección General de Bellas Artes del entonces Ministerio de Educación Nacional expropió el edificio. En 1972 se inician las obras de consolidación y restauración a cargo del arquitecto Rafael Manzano, que quedan interrumpidas. En 1980 se encarga la continuación de las obras al arquitecto Alfonso Jiménez, que a partir de 1982 inicia las mismas. Con diversas fases de inactividad las labores de restauración y rehabilitación se concluyen a fines del año 1990.
     El edificio es actualmente la sede de la Fundación Blas Infante (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Casa del Rey Moro (actual sede de la Fundación Blas Infante),  de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.