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martes, 15 de septiembre de 2026

La imagen "Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor", de Romero Murillo, titular de la Hermandad de las Aguas, en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, de la calle Dos de Mayo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen  "Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor", de Romero Murillo, titular de la Hermandad de las Aguas, en la Capilla del Rosario del Dos de Mayo, de Sevilla.
     Hoy, 15 de septiembre, Memoria de Nuestra Señora de los Dolores, que de pie junto  la cruz de Jesús, su Hijo, estuvo íntima y fielmente asociada a su pasión salvadora. Fue la nueva Eva, que por su admirable obediencia contribuyó a la vida, al contrario de lo que hizo la primera mujer, que por su desobediencia trajo la muerte [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor", de Romero Murillo, titular de la Hermandad de las Aguas, en la Capilla del Rosario del Dos de Mayo, de Sevilla.
     La Capilla del Rosario "del Dos de Mayo", se encuentra en la calle Temprado, 2; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
     En uno de los retablos de la Capilla del Rosario del Dos de Mayo podemos contemplar la imagen de Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor, cuya autoría corresponde al ceramista trianero D. José Romero Morillo en el año 1944.
     La Hermandad daba culto desde sus orígenes en Triana a una Dolorosa atribuida a José Montes de Oca y que desapareció en el incendio ocurrido en la iglesia de San Jacinto en 1942. Dos años después, concretamente el 30 de Julio de 1944, se contrató con José Romero Morillo la ejecución de una nueva imagen.
     Sin embargo, la personalidad del autor, un ceramista trianero poco conocido, los rasgos estilísticos de la imagen, relacionados íntimamente con el estilo de Montes de Oca, y las investigaciones llevadas a cabo durante dos de las restauraciones a las que ha sido sometida la imagen, junto al dato que nos ofrece una carta enviada por la Hermandad al Cardenal Arzobispo de Sevilla, comunicándole el incendio en la que se señala que, junto con los restos del fuego, han aparecido carbonizados el candelero y la cabeza de la Virgen, han puesto en duda tradicionalmente la autoría de Romero Morillo, aunque no su intervención en la obra.
     El primer documento que se conserva, además del contrato firmado entre la Hermandad y el artista, es un recibo de éste, fechado en Octubre de 1944, en el que informa que la Virgen ha sido realizada en madera de caoba en la calle Pontevedra nº 8. El 18 de Marzo del año siguiente es bendecida en la iglesia del Colegio del Protectorado de la Infancia de Triana.
     Varios años después, en 1953, Antonio Eslava encarnó el rostro y las manos de la Dolorosa y le realizó un nuevo candelero.
     En 1965 la imagen también sufrió otra intervención en esta ocasión por parte del escultor Juan Abascal oscureciéndole el rostro.
     En el año 2011 fue sometida a la última restauración hasta la fecha realizada por N.H.D. Luis Álvarez Duarte.
     Desde el punto de vista estilístico, la imagen responde al modelo de Dolorosa madura, de estética barroca, y que muestra un profundo dolor, remarcado por la pronunciación del entrecejo, la boca entreabierta y la mirada baja (Hermandad de las Aguas).
     Capilla de Ntra. Sra. del Rosario, en calle Dos de Mayo. Dolorosa de Semana Santa, cofradía de las Aguas, Lunes Santo. Hecha por José Romero Murillo en 1944, al perderse por un fuego fortuito la anterior efigie, que era del estilo de Montes de Oca, cuyos rasgos aflictivos  se siguen con bastante éxito y fidelidad en la actual. Mide 1,66 m. Figura en el paso de misterio, componiendo con el Cristo titular la clásica escena del Calvario, junto a San Juan Evangelista, María Magdalena y un ángel simbólico. Aunque lo estimamos demasiado confuso, no queremos dejar de mencionar el problema artístico que recientemente se ha planteado, en el sentido de que esta Virgen del Mayor Dolor pueda atribuirse (?) también a Montes de Oca, es decir, que sea una talla antigua del círculo del maestro, que Romero Murillo "tal vez, tan sólo se limitaría a restaurar" (Lo más sorprendente es que, siendo esto "de ayer mañana", no haya testigos para aclararlo). Por otra parte, se abre paso la suposición de que pueda tratarse de la misma efigie que se siniestró, sobre cuya madera carbonizada se labrarían los rasgos de la actual; esta segunda hipótesis resulta más probable, casi cierta ya (Juan Martínez Alcaide. Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1997).
     ...Por lo que respecta a la imagen de la Virgen del Mayor Dolor podemos calificar su autoría de controvertida. La Hermandad daba culto desde sus orígenes a una Dolorosa atribuida a José Montes de Oca y que desapareció en el incendio ocurrido en la iglesia de San Jacinto en 1942. Dos años después, concretamente el 30 de Julio de 1944, y tras un concierto con Antonio Illanes que nunca se llevó a cabo, se contrataba con el desconocido José Romero Murillo la hechura de una nueva imagen, a la vez que la reconstrucción del Ángel, aprovechando las manos y las alas del anterior, que se habían salvado del fuego, aunque esta última imagen nunca llegó a realizarla.
     Pero la personalidad del autor, un ceramista trianero del que no se conoce ninguna otra obra escultórica, los rasgos estilísticos de la imagen, relacionados íntimamente con el estilo de Montes de Oca, y las investigaciones llevadas a cabo durante las dos restauraciones a las que ha sido sometida la imagen, junto al dato que nos ofrece una carta enviada por la Hermandad al Cardenal Arzobispo de Sevilla comunicándole el incendio, en la que se señala que, junto con los restos del fuego, han aparecido carbonizados el candelero y la cabeza de la Virgen, ponen en duda la autoría de Romero Murillo, aunque no su intervención en la obra. 
     El primer documento que se conserva, además del contrato firmado entre la Hermandad y el artista, es un recibo de éste, fechado en Octubre de 1944 y que curiosamente firma como escultor, en el que informa que la Virgen ha sido realizada en madera de caoba en la calle Pontevedra nº 8. El 18 de Marzo del año siguiente es bendecida en la iglesia del Colegio del Protectorado de la Infancia de Triana.
     Varios años después, en 1953, Antonio Eslava encarnó el rosto y las manos de la Dolorosa y le realizó un nuevo candelero, aunque no sabemos si es en este momento cuando este mismo escultor talla su actual juego de manos. En 1965. el escultor Juan Abascal también intervino sobre la imagen oscureciéndole el rostro.
     Un nuevo dato, de gran interés, nos lo ofrece un Inventario realizado por la Hermandad en el año 1958, donde se señala que la imagen de la Virgen del Mayor Dolor es obra de José Romero y que fue dirigida y sacada de punto por Antonio Eslava, versión ésta que es la más difundida tradicionalmente entre los hermanos de esta corporación y que consideramos más lógica al tener en cuenta la formación como ceramista de Romero Murillo, quien pudiera haber realizado tan sólo el modelo en barro.
     Pero las dudas sobre la autoría de la imagen aumentaron cuando durante su restauración en 1981, Francisco Peláez del Espino estima que se trata de una talla de mayor antigüedad, opinión que confirma el escultor y restaurador José Manuel Bonilla, quien en el año 1991 interviene sobre la Dolorosa y le realiza un nuevo cuerpo, sometiéndole también a una limpieza de su policromía. Es ahora cuando se aprecian en la parte trasera del busto restos de madera carbonizada y la división de la cabellera en dos partes claramente diferenciadas y presumiblemente de distinta mano, lo que unido a la utilización de cola animal en los ensambles, hace pensar al restaurador que la actual imagen es la primitiva de Montes de Oca.
     Sin embargo, a pesar de todos estos datos y análisis son todavía muchos los interrogantes que se ciernen sobre esta autoría. ¿Pudo Romero Murillo realizar la actual imagen sobre los restos calcinados de la anterior?. ¿Porque, en caso de que así fuera, no hay constancia documental de ello?. ¿Cuál fue realmente su grado de participación en la obra?. ¿Y el de Antonio Eslava?. ¿Fue el interés de conservar la imagen primitiva el motivo de que no se cumpliera el contrato inicial firmado con Illanes?. Todas éstas, y algunas más, son preguntas que no podemos contestar hasta que no aparezca una documentación fidedigna que pueda aclarar la autoría, hasta ahora enigmática, de la Virgen del Mayor Dolor.
     Por último, en lo referente a esta imagen, nos queda por señalar que en Cabildo General de 1 de Octubre de 1965 se dio lectura a una carta de Antonio Illanes, en la que ofrecía la donación de una Dolorosa, "la mejor de cuantas tengo realizadas", para cumplir una antigua promesa efectuada tras el incendio de 1942 y que vendría a sustituir a la actual, ofrecimiento que no es aceptado por el Cabildo por, tal y como se refleja en su acta, "cuestión de ética y fervor" (Francisco Javier Arcos García-Rojo, en Crucificados de Sevilla. I. Ediciones Tartessos, Sevilla. 2002). 
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Nuestra Señora de los Dolores; 
LA VIRGEN DE LOS DOLORES

   El arte patético de finales de la Edad Media concedió un amplio espacio en su iconografía a la Virgen Dolorosa, representada ya con Cristo muerto sobre las rodillas después del Descendimiento de la cruz, ya sola después del Enterramiento de Cristo.
   Estos dos tipos iconográficos se designan con los nombres de Virgen de la Piedad y Virgen de los Siete Dolores. Aquí no hablamos de la Virgen de pie frente a la Cruz (Stabat Mater), o desvanecida  en los brazos de San Juan o de las Santas Mujeres, porque esos temas no han sido representados aisladamente y son inseparables de la Crucifixión.
1. La Virgen de la Piedad
   El grupo de la Virgen de la Piedad se compone, estrictamente, de dos personajes: María y su Hijo desclavado de la cruz, cuyo cuerpo inanimado ella sostiene sobre las rodillas.
   A veces ocurre que la Virgen esté rodeada o enmarcada por san Juan, Magdalena, las tres Marías e incluso por los donantes; pero casi siempre está sola con el cadáver de su Hijo, y esta concentración refuerza el poder emotivo del tema. Así es como se distingue de la escena de la Lamentación al pie de la Cruz (Beweinung Christi) que comporta numerosas figuraciones.
   Se ha querido ver en este grupo conmovedor un fragmento separado de la Lamentación, reducida a dos personajes esenciales por un procedimiento análogo que permitió extraer del grupo de la Cena el de Jesús con su discípulo preferido. Pero esa hipótesis no puede probarse, al menos en el arte alemán cuyos Vesperbilder son muy anteriores a los bajorrelieves de la Beweinung que se hizo popular en el siglo XVI. Según parece, la Virgen de la Piedad deriva más bien del tipo tradicional de la Virgen sentada, por simple sustitución del Niño Jesús por el Crucificado.
Fuentes místicas
   La Virgen de la Piedad, que en italiano se llama Pietà y en alemán Vesperbild, -porque la hora de vísperas, de cinco a siete de la tarde, corresponde en el Breviario al Descendimiento de la Cruz-, es la flor más delicada del misticismo de finales de la Edad Media, una flor de la Pasión, una pasionaria que hizo eclosión en los jardines de monjas.
   El tema ni siquiera está esbozado en los Evangelios ni procede tampoco del culto oficial: es una creación de la imaginación  mística que surgió a principios del siglo XIV, al mismo tiempo que los temas de la Virgen de Misericordia y del Varón de Dolores.
   Basta referirse a las Meditaciones franciscanas del Seudo Buenaventura, mejor aún a las Efusiones del beato Enrique de Berg y a las Revelaciones de Santa Brígida, para comprender en qué ambiente nació este tema realista y visionario a la vez. Las descripciones de Cristo muerto sobre las rodillas de su madre (in sinu matris) que se leen allí, donde parecía más cercano y accesible al corazón de los fieles que levantado sobre la madera de la cruz, concuerdan rasgo tras rasgo con las realizaciones plásticas de los artistas.
   El Minnebüchlein atribuido a Enrique de Berg, llamado Suso, también describe a Cristo muerto en una suerte de treno lírico: «Sus ojos, que brillaban como carbunclos, ahora están apagados. Sus labios, que parecían rosas rojas recién abiertas, están secos y su lengua pegada al paladar. Su cuerpo sangrante ha sido tan cruelmente estirado sobre la cruz que pueden contarse todos sus huesos.»
   Santa Brígida de Suecia atribuye a la propia Virgen esta descripción emotiva de su Hijo descendido de la Cruz: «Lo recibí sobre mis rodillas como un leproso, lívido y magullado, porque sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca fría como la nieve, su barba rígida como una cuerda.»
   La mayoría de los historiadores del arte no resistieron la tentación de establecer una relación no sólo de paralelismo sino de filiación entre dichos textos y las obras de arte que parecen derivar de ellos, sin preocuparse por la cronología. Pero las investigaciones recientes condujeron a una inversión del orden de los factores. En la actualidad se admite, en general, que las descripciones realistas de Enrique de Berg y de Santa Brígida, lejos de haber inspirado las obras de arte son sólo la transcripción poética de éstas. Esos textos son para  nosotros un muy precioso comentario de las Vírgenes de Piedad, y nos informan acerca del «clima» místico que les dio nacimiento; pero debe renunciarse a ver programas plásticos en ellos.
Orígenes en el arte alemán y francés del siglo XIV
   Lo que prueba esta teoría es que los primeros Vesperbilder alemanes se remontan a 1320, es decir, son muy anteriores a las Visiones del Seudo Buenaventura y de Santa Brígida.
   Nacido en los conventos de monjas místicas del valle del Rin, ese tema tan femenino y maternal de la Virgen de la Piedad, se difundió algo más tarde en Francia gracias a las numerosas cofradías de Nuestra Señora de la Piedad que encargaron grupos para la decoración de sus capillas, que en los libros de contabilidad se designa con los nombres La Compasión de la Virgen, Imagen de Nuestra Señora la cual sostiene abrazado a Nuestro Señor, Imagen de Nuestra Señora sosteniendo en su regazo otra Imagen de un Dios de Piedad, Dios estando en brazos de Nuestra Señora.
   En todo caso, aunque el nombre italiano de Pietà haya sustituido abusivamente a esas viejas expresiones francesas, es muy cierto que el tema es una creación del arte gótico germano francés y no del arte italiano. En las pinturas del Trecento que cita Mâle, la Virgen está sentada al lado del cadáver de Cristo: ella no lo sostiene sobre las rodillas, en su regazo. Ese tema penetró tardíamente en Italia, donde nunca gozó de la misma popularidad que en Alemania y en Francia. Es interesante recordar en tal sentido que la célebre Pietà de Miguel Ángel, esculpida en 1496 para una capilla de la antigua basílica de San Pedro de Roma, fue encargada por un cardenal francés.
Clasificación  y evolución de los tipos iconográficos
   La evolución de la iconografía de la Virgen de la Piedad prosiguió entre los siglos XIV y XVI.
   Tanto en Alemania como en Francia e Italia se encuentran dos tipos principales, el primero de los cuales comporta numerosas variantes: entre los siglos XIV y XV Cristo está acostado sobre las rodillas de su madre; en el siglo XVI, influenciado por el nuevo ideal del Renacimiento, más preocupado por la belleza formal, está extendido a sus pies, y sólo tiene apoyada la cabeza sobre las rodillas maternales.
A) Cristo sobre las rodillas de la Virgen
   En los monumentos más antiguos (Grupo de madera de Coburgo, hacia 1330; Vesperbild del convento de las ursulinas de Erfurt, hacia 1340), Cristo sentado sobre las rodillas de su madre tiene el torso echado hacia atrás y la cabeza inerte, caída.
   A veces está representado con la estatura de un niño, como la propia Virgen en los brazos de Santa Ana (Anna selbdritt). En ese caso, la Virgen que tiene la ilusión de acunar a su Hijo en brazos, como en los felices tiempos de la infancia, está representada más joven. Esta desproporción no se debe a la torpeza de los escultores, sino a una concepción de los místicos franciscanos. Según San Bernardino de Siena, la Virgen, extraviada por el dolor, sueña que tiene a su Hijo sobre las rodillas, y que lo acuna envuelto en la mortaja como antes en los pañales.
   En el siglo XV se volvió a la representación de Jesús adulto, en la edad en que murió en la cruz. El grupo se desarrolla en la dimensión horizontal, crece en ancho. A veces el cadáver de Cristo está dispuesto horizontalmente, como el cuerpo de un nadador que flota de espaldas, con la herida del costado bien visible; otras, por el contrario, se presenta oblicuamente, en diagonal, apoyando los pies magullados en el suelo.
   Es difícil determinar el lugar de origen de estas variantes. No obstante, parece que la escultura  alemana haya tomado el tipo de Cristo horizontal de la escuela de Bohemia y el Cristo en diagonal, del cual se ven numerosos ejemplos en Westfalia de la escuela de pintura de los Países Bajos, especialmente de Van der Weyden y de Dirk Bouts que habían, uno y otro, adoptado esta preceptiva. Es también el concepto que prima en la Pitié de Villeneuve de Aviñón (Louvre), la más monumental del arte de la Edad Media.
B) Cristo a los pies de la Virgen
   Este grupo de la madre y el hijo adulto que ella apenas puede sostener sobre sus rodillas, fue abandonada a partir del Renacimiento por un arte más preocupado por las proporciones y la lógica. A partir de ese momento casi siempre se ve el cuerpo de Cristo simplemente apoyado contra las rodillas de su madre. El grupo pierde así su profunda unidad, el acento de intimidad y ternura desgarradora, pero gana en verosimilitud y en armonía estructural.
   Esta preceptiva que reemplaza el esquema gótico no es -tal como lo creyera Mâle- una innovación introducida después del concilio de Trento por la iconografía revisada y corregida por la Contrarreforma. Pueden citarse ejemplos a partir del siglo XV, como el Vesperbild de la iglesia San Cristóbal, en Maguncia. Lo cierto es que esta fórmula ha sido adoptada por el arte barroco italiano (Correggio, Carracci) del cual pasó enseguida a España y a los Países Bajos.
   Aunque no pueda  servir como principio  de clasificación,  porque su actitud siempre la misma, el personaje de la Virgen no es menos importante que el de Cristo: la verdad de la expresión del dolor maternal la convierte en uno de los más bellos temas de estudio de la historia de la plástica.
   Es sobre todo el arte francés de los siglos XV y XVI el que ha sacado partido de este tema con una admirable delicadeza en la expresión de los sentimientos, que contrasta con las exageraciones germánicas.
   A veces María observa llorando el cuerpo inerte de su Hijo desfigurado, cuyos brazos rígidos no consigue cruzar; otras, lo abraza con todas sus fuerzas para impedir que los sepultureros se lo quiten.
   El arte español gótico y barroco introdujo en este tema vesperal un ardor más sombrío, y una suerte de voluptuosidad del dolor que está de acuerdo con el carácter de este pueblo.
   Muchas veces la Piedad suele combinarse con el motivo de la Dolorosa (Nuestra Señora de las Angustias) o Virgen de los cuchillos, que España tomó de los Países Bajos. Se encuentran ejemplos de esta amalgama en Sigüenza y en Calatayud (colegiata de Santa María).
   Subrayemos finalmente que en el arte de la Edad Media se encuentra una variante menos difundida de la Piedad de Nuestro Señor (Not Gottes): en vez de estar extendido sobre las rodillas de su Madre, Cristo muerto está sobre las rodillas de Dios Padre.
   A diferencia de numerosos temas religiosos de la Edad Media de los cuales se ha retirado la vida, éste, tan profundamente humano, ha conservado hasta nuestros días su conmovedora eficacia. Todavía se descubren bellos ejemplos en el arte francés de los tres últimos siglos.
2.  La Virgen de las siete Espadas
   Después del Enterramiento de Cristo, la Virgen queda sola con su dolor: por ello en España se la llama Virgen de la Soledad.
   Una iglesia de Roma está dedicada a S. Maria delle Sette Dolori.
   Se la representa con las manos juntas y gruesas lágrimas que corren por sus mejillas.
   Para volver más sensible el dolor de la Virgen se imaginó simbolizarla con una espada que le atraviesa el pecho. El origen de esta representación es la profecía del anciano Simeón (Luc 2: 35) que anuncia a la Virgen el día de la Presentación de Jesús en el Templo, que una espada de dolor le atravesará el alma: Tuam animam pertransibit doloris gladius.
   ¿Cómo se pasó de la Virgen con una espada a la Virgen de las siete espadas? Por la devoción a los Siete Dolores (Septem tristitiae) que se oponen simétricamente a los Siete Gozos de la Virgen (Septem Gaudia B.V. Mariae).
   A partir del siglo XIII se ve aparecer la devoción a los Siete Gozos de la Virgen, popularizada por la orden toscana de los servitas (Esclavos de la Virgen). La devoción a los Siete Dolores es más tardía: fue en 1423 cuando el sínodo de Colonia agregó a las fiestas de la Virgen «la fiesta de las angustias de Nuestra  Señora».
   Hasta el siglo XIV todavía se veneraban sólo Cinco Dolores de la Virgen. En el si­glo XV el número se llevó a siete, que se corresponde con las Siete Caídas de Cristo en el camino del Calvario. La lista no varía demasiado,  salvo en lo relativo al primer Dolor de Nuestra  Señora, que es tanto la Profecía de Simeón como la Circuncisión.
1. Profecía de Simeón (o la Circuncisión);
2. Huida a Egipto;
3. Pérdida del Niño Jesús que permanece en el Templo en medio de los doctores;
4. Cristo con la Cruz a Cuestas; 
5. La Crucifixión;
6. El Descendimiento de la Cruz;
7. El Entierro.
   Así, de los Siete Dolores de la Virgen, tres son relativos a la Infancia y cuatro a la Pasión de Cristo.
Iconografía
   H. Gaidoz hace derivar este tema de la Transfixión de la Virgen a un cilindro caldeo que representa a la diosa asiria Istar.
   Más recientemente, J. Baltrusaitis ha reconocido en el tema de la Virgen de los Siete Dolores la transposición o adaptación de un tema planetario del que se encuentran numerosos ejemplos en el arte de la alta Edad Media.
   Los círculos astrológicos de los siete Planetas habrían comenzado por engendrar el tema de los Siete Dones del Espíritu Santo irradiando alrededor del pecho de Cristo.
   De allí se habría pasado con toda naturalidad a la representación de los Siete Dolores de la Virgen. Para ello bastaba transformar los rayos de la Sabiduría Divina en haz de espadas, y reemplazar en el interior de los tondos las palomas del Espíritu Santo por  los Dolores  de Nuestra  Señora.
   Sea cual fuere el interés de estas remotas e hipotéticas filiaciones, lo más prudente es atenerse a los orígenes directos del tema que podemos situar en el tiempo y en el espacio con extrema precisión.
   La devoción y la iconografía de la Virgen de las siete espadas nacieron en Flandes a finales del siglo XV. Fue Juan de Coudenbergbe, cura de San Salvador de Brujas, quien organizó la primera cofradía de la Virgen de los siete Dolores; y fue Margarita de Austria, gobernante de los Países Bajos, quien fundó, también en Brujas, el primer convento consagrado a Nuestra Señora de los Siete Dolores, y quien ofreció a la iglesia de Brou-en-Bresse un cuadro votivo que la menciona. Finalmente, es en un grabado dedicado a Carlos V, publicado  en Amberes en 1509, donde se ven por primera vez las siete espadas dispuestas en abanico.
   Este tema correspondía demasiado bien a las tendencias generales del arte patético de finales de la Edad Media, como para volverse popular. De Flandes marítimo, que fue su cuna, pasó a Francia y a la Alemania renana. Pero no se mantuvo inmutable: experimentó una evolución en la que pueden detallarse las etapas sucesivas de esta manera:
   Los Siete Dolores de la Virgen en principio están representados simbólicamente por siete espadas. Luego, cada espada tuvo un pomo ornamentado con un tondo que representa uno de los Dolores. Pero al final las espadas desaparecieron y la Virgen apareció rodeada sólo por una aureola de siete tondos.
1. Las siete espadas
   La agrupación de las espadas comporta numerosas variantes. En la mayoría de los casos, las siete espadas reunidas en haz atraviesan el corazón de la Virgen. Están, ya dispuestas en círculo, ya agrupadas lateralmente con la punta hacia arriba, cuatro de un costado y tres del otro.
   En el siglo XVII Van Dyck imaginó renovar esta composición disponiendo las siete espadas alrededor de la cabeza de la Virgen, como los rayos de un nimbo. Pero esta innovación no tuvo éxito.
   A veces, Cristo en el lagar forma pareja con la Virgen de las siete espadas.
2. Los siete tondos
   Este ovillo de espadas erizando el corazón o la cabeza de la Virgen tenía el inconveniente de ser poco plástico y, además, insuficientemente explícito. Los fieles deseaban saber cuales eran los dolores que habían atormentado a Nuestra Señora durante su «Compasión». Para satisfacer este deseo no había otro medio que reeemplazar el haz de espadas simbólicas por tondos explicativos. En principio, se intentó combinar las espadas y los tondos; luego, la segunda versión, favorecida por el ejemplo del Rosario, acabó por eliminar a la primera.
   La Virgen está sentada al pie de la cruz, con las manos juntas o cruzadas sobre el pecho. A veces es una Virgen de la Piedad que tiene a Cristo muerto sobre las rodillas. Alrededor de ella los tondos historiados, dispuestos como las grandes cuentas de un rosario, evocan sus angustias.
   Es el arte flamenco del siglo XVI el que ofrece los ejemplos más numerosos de este tema y de sus aspectos sucesivos (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de Nuestra Señora de los Dolores;
   Una segunda conmemoración de los Dolores de Nuestra Señora surge al calor de la Orden de los Siervos de María, pero en este caso considerando globalmente los sufrimientos de la Virgen a lo largo de toda su vida por su íntima asociación a la Obra de la Redención, y no sólo centrándose en el Calvario, aunque éste fuera el momento culminante. Esta Orden, los servitas, es la institución eclesial que más ha contribuido a expandir la devoción a los Dolores de María. Fundada en el Monte Senario, Florencia, en 1233 con un marcado tinte mariano, ésta arraigó en ella y se fue acrecentando, hasta el punto que  declararon como Patrona a Nuestra Señora de los Dolores el ocho de agosto de 1692. Constituida como instituto mendicante, está compuesta de tres Órdenes: Primera, la de los frailes; Segunda, la de las monjas de clausura, y Tercera, la de los laicos, que fue la gran difusora, junto con las cofradías servitas, agregadas a la Orden, de la devoción a Nuestra Señora de los Dolores y a su hábito, el negro de su viudez, propio del instituto, en forma de escapulario, pues éstas llegaron donde no alcanzaron ni la primera ni la segunda rama, además de que no fueron afectadas, por su carácter seglar, por las exclaustraciones de la Edad Contemporánea. Los servitas solían tener una reunión con los Hermanos de su Compañía del Hábito de los VII Dolores de la Virgen el tercer domingo de cada mes. A principios del siglo XVII comenzaron a solemnizarse estas reuniones, escogiéndose la de septiembre como la principal, hasta que llega a considerarse todo el mes de septiembre como consagrado a la devoción de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María; por ejemplo, el Papa León XIII Pecci concede indulgencia plenaria en la forma acostumbrada cualquier día de septiembre o del día uno al ocho de octubre. El nueve de junio de 1668, el Papa Clemente IX Rospigliosi concedió para ese día, tercer domingo de septiembre, a la Orden de los Siervos de María celebrar Fiesta de los Siete Dolores de la Virgen, con rito doble y octava, y un formulario similar al de 1482, que fue el introducido en lo esencial en el Misal de San Pío V Ghislieri para el Viernes de Dolores.  El dieciséis de septiembre de 1673 la otorgó a la Diócesis de Córdoba el Papa Clemente X Altieri. Fue confirmada por Inocencio XI Odescalchi en 1688, y poco a poco se va extendiendo por toda la Iglesia.  A todos los territorios españoles fue extendida por el Papa Clemente XII Corsini, a petición del Rey Felipe V, el veinte de septiembre de 1735, tras el parecer favorable de la Sagrada Congregación de Ritos, fechado tres días antes.  El Papa Pío VI Braschi, en 1777, concedió a la Diócesis de Méjico indulto perpetuo de rezar Oficio y Misa de los Siete Dolores de Nuestra Señora con rito doble de segunda clase. En 1785, autorizó Misa votiva de los Siete Dolores todos los sábados en la iglesia de los Mínimos de Mallorca. En 1786, concedió a la Diócesis de Santa Fe (Argentina) rezar el Oficio de los Siete Dolores propio de la Orden de Siervos de María. Pío VII Chiaramonti, muy influido por los servitas, la declaró en 1801 fiesta de precepto de segunda clase para la isla de Cerdeña, la concedió a la Archidiócesis de Sevilla en 1807, así como a la Toscana, como doble de segunda clase con octava, y finalmente la extendió a toda la Iglesia Latina el ocho de septiembre de 1814, en memoria de su liberación del cautiverio que le infringió Napoleón, adoptando la misa y oficio de los servitas.  En 1908 el Papa Pío X Sarto la incluyó entre las dobles de segunda clase. Los servitas la celebraban como de primera clase con octava y vigilia, como los Pasionistas, y en Florencia, donde había surgido la Orden de los Siervos de María, y Granada, cuya patrona es Nuestra Señora de las Angustias.
   En la reforma litúrgica de este mismo Pontífice de 1914, con el fin de despejar el ciclo dominical, se fijó el quince de septiembre, día en que ya se celebraba en el rito ambrosiano por no tener octava la fiesta de la Natividad de la Virgen, haciendo pareja con la del día anterior: la Exaltación de la Santa Cruz. Contemplamos desde la perspectiva de la glorificación los frutos de la Redención de la pareja salvadora, Cristo, Nuevo Adán, y María. Nueva Eva. Tras ser reducida a simple conmemoración optativa la fiesta del Viernes de Dolores en el Calendario Universal de 1960, fue suprimida en el actual de 1969 según los criterios de simplificación y eliminación de las duplicaciones, quedando sólo la de septiembre, para dejar lo más libre posible el último tramo cuaresmal, como memoria obligatoria, bajo el título de Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. Su ubicación, en opinión de muchos autores, le perjudica al quedar desarticulada del ciclo pascual.  El antiguo título de Compasión es conservado por la Diócesis de Hildesheim con una fiesta el sábado posterior a la Octava del Corpus, y con la denominación de la Bienaventurada Virgen María de la Piedad, con un bonito Oficio de origen medieval, existe una conmemoración en Goa (India) y en Braga (Portugal) el tercer sábado de octubre (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016). 
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor", de Romero Murillo, titular de la Hermandad de las Aguas, en la Capilla del Rosario del Dos de Mayo, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Hermandad de las Aguas, en ExplicArte Sevilla.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

La pintura Exaltación de la Cruz, de Valdés Leal, en el Coro de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Exaltación de la Cruz", de Valdés Leal, en el Coro de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, de Sevilla.     
     Hoy, 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que al día siguiente de la dedicación de la basílica de la Resurrección, erigida sobre el Sepulcro de Cristo, es ensalzada y venerada como trofeo pascual de su victoria y signo que aparecerá en el cielo, anunciando a todos la segunda Venida [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Exaltación de la Cruz", de Valdés Leal, en el Coro de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, de Sevilla.
     La Iglesia de San Jorge (Hospital de la Caridad) [nº 9 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 16 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Temprado, 3; en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo.
     En el Coro de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, podemos contemplar la pintura "Exaltación de la Cruz", obra barroca de Juan de Valdés Leal (1622-1690), en óleo sobre lienzo, realizada en 1684-85, con unas medidas de 4,20 x 9,90 m.
     La composición tiene como eje de simetría la cruz de Cristo, disponiéndose a sus lados las figuras del emperador Heraclio y el patriarca Zacarías, respaldados por sus respectivos séquitos cortesanos, soldados y clérigos. Los laterales de la escena aparecen ocupados por espectadores que asisten asombrados al desarrollo del episodio. Un vistoso y amplio fondo arquitectónico, alusivo a la ciudad de 
Jerusalén, cierra el área izquierda de la escena, mientras que a la derecha se descubren macizos de árboles que se pierden en la lejanía. 
     En la parte superior de la escena aparece una nutrida y bulliciosa corte angélica, presidida por una matrona que lleva en la mano un cáliz con la Sagrada forma, alusión clara a la Fe, y a su lado figura arrodillado un ángel con peto y yelmo que pudiera identificarse con San Miguel. Muchos de los pequeños ángeles que revolotean en este área llevan coronas de laurel y palmas. Los personajes están vestidos con cierto anacronismo orientalizante. La escena que en ella se narra procede de la leyenda dorada, describiéndose el pasaje de la historia de la Santa Cruz en el que el emperador Heraclio, después de haber recatado la Santa Cruz robada por Cosroes, procedió a devolverla a la ciudad de Jerusalén. La escena muestra el momento en el que el emperador pretendía entrar en la ciudad pero las piedras de la muralla empezaron a desprenderse, impidiendo el paso del séquito, momento en el que se aparece un ángel y le comunica que Jesús no entró con riquezas a la ciudad santa, sino subido humildemente en un asno, y que él no podría entrar llevando tan suntuoso vestuario. El emperador se despojó de su ostentoso atavío, pudiendo así entrar con la Cruz a Jerusalén.
     En su restauración, realizada en 2019, se descubrió que se trataba de una pintura mural y no de caballete, montada sobre un lienzo que estaba fijado a una estructura de madera separada de la pared 20 centímetros. Es decir, el lienzo no estaba montado sobre un bastidor normal sino sobre una estructura fija que no se podía retirar. Fue un hallazgo muy interesante ya que demuestra la solución técnica que se llevó a cabo a finales del XVII para eliminar las humedades y demás patologías que provocaba la inmediatez del muro que da a la calle Temprado. El significado de la pintura se adecúa al simbolismo general que impera en el programa decorativo de la iglesia, en el que se nos indica que ningún rico que no haya practicado la caridad entrará en el Reino de los Cielos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Santa Cruz;
La Leyenda de la cruz

   La historia de la Santa Cruz, antes y después de la Crucifixión, dio nacimiento a un ciclo legendario que fue popularizado por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada.
   Los héroes principales de esta novela piadosa que abarca varios siglos, son Adán, Salomón, la reina de Saba, el emperador Constantino, Santa Helena y finalmente Heraclio, que devuelve la Santa Cruz a Jerusalén.
La madera de la Cruz antes de la Crucifixión
   La idea central de la leyenda es la intención de vincular la Redención con el pecado Original. Se imaginó que la cruz del Gólgota se había construido con madera procedente del árbol de la Ciencia. Por ello, en los himnos litúrgicos, la cruz se invoca con el nombre de Arbor.
   ¿Qué sucesión de vicisitudes y metamorfosis permitió que la madera del árbol de la Ciencia se convirtiera en la cruz de Jesús? Se supuso que Adán había arrancado una rama antes de ser expulsado del Paraíso. Según otra versión, es el tercer hijo de Set quien habría recibido ese brote de manos del arcángel Miguel, y lo habría plantado sobre su tumba.
   Mucho tiempo después, la reina de Saba, que fue a Jerusalén para visitar a Salomón, al encontrarse frente a una viga echada sobre un arroyo a manera de puente, vio en espíritu que el Redentor sería fijado alguna vez a esa madera. Por ello se negó a pisar esa tabla sagrada y se arrodilló para adorarla.
   Salomón hizo clavar esa pieza de madera en el suelo con el objeto de que no fuese pisoteada. Por un misterioso fenómeno, apareció en la Piscina probática donde flotaba y curaba milagrosamente a los enfermos y tullidos. Los verdugos la retiraron de esa piscina y construyeron con ella la cruz de Jesús.
   Esta leyenda novelesca ha sido representada muchas veces por los pintores italianos del Trecento y del Quattrocento, sobre todo en las iglesias de los franciscanos, guardianes del Santo Sepulcro, muchas de las cuales estaban bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
   La escena más popular de este ciclo es el gesto de la reina de Saba al arrodillarse frente a la madera de la Santa Cruz cuando aún servía de puente sobre un arroyo.
La reina de Saba adora la madera de la Cruz
   En la vidriera de Saint Pantaléon, en Troyes, se lee esta ingenua inscripción:
          La royne de Sabba ne voulut marcher sur la dicte planche
          Pour ce qu'elle fut inspirée que sur icelle planche
          Serai crucifiçe le Rédempteur des humains.
   (La reina de Saba no quiso caminar sobre esta tabla / Porque recibió la inspiración que sobre esa misma tabla / Sería crucificado el Redentor de la humanidad.)
   De acuerdo con una leyenda popular que asimila la reina de Saba a la reina Pedauca, al retroceder para vadear el arroyo, ella mostró una pata de oca.
   Existe otra versión de esta leyenda que también reposa en la idea de la continuidad de los dos Testamentos, pero que es totalmente diferente.
   Adán, expulsado del Edén, como recuerdo del Paraíso perdido se lleva una rama del Árbol de la Ciencia que le sirvió de bastón hasta su muerte.
   Dicho bastón, que los patriarcas se transmitieron de generación en generación, fue encontrado por Jetró, el suegro de Moisés. De ese bastón colgó Moisés la serpiente de bronce, prefiguración de Cristo crucificado. Por la intermediación del traidor Judas, llegó a las manos de los verdugos de Cristo que lo utilizaron para construir la cruz.
La Invención y la Adoración de la Vera Cruz
   La historia de la Santa Cruz no se detiene en la Crucifixión. A falta de huesos de Cristo, cuyo cuerpo había subido al cielo, la devoción popular se volcó sobre el instrumento del suplicio que ocupó el primer lugar en el catálogo de las reliquias.
   Las tradiciones creadas en torno a este símbolo de la fe cristiana fueron difundidas en el siglo XIII por la Leyenda Dorada que narra detalladamente la maravillosa historia de la Búsqueda, el Descubrimiento y la Exaltación de la Santa Cruz.
1. La Invención de la Vera Cruz por santa Helena
   Después de la muerte de Cristo la cruz no se mantuvo plantada  en el Gólgota, puesto que erigían una nueva para cada ejecución. Fue enterrada con los «patibula» de los dos ladrones en una fosa común que cayó en el olvido. Ninguno de los apóstoles y evangelistas se preocupó por ello, según parece.
   Algunos siglos más tarde, Cristo se aparece en sueños al emperador Constantino y le promete que vencerá bajo el signo de la cruz. Constantino sale de Roma al encuentro del ejército de Majencio, y gracias a la cruz que resplandece en su lábaro, consigue la victoria.
   Santa Helena, su madre, decide entonces viajar a Jerusalén para encontrar la madera de la Vera Cruz. Reúne a los ancianos para indagar acerca del lugar donde está enterrada, y le informan sobre un tal Judas como único depositario del secreto.
   Éste, interrogado, finge no saber nada. Helena ordena que lo echen en una cisterna seca: después de seis días de ayuno, Judas pide que se lo perdone y promete decirlo todo. Cuando cavan en el sitio que él señala, se descubren las tres cruces del Calvario.
   La identificación de la Vera Cruz
   Desgraciadamente, las tres cruces se parecían entre sí ¿Cómo distinguir entonces la Santa Cruz, la de Jesús, de las correspondientes a los Ladrones? Su autenticidad fue revelada por el milagro de un muerto que resucitó a su contacto, o bien de acuerdo con otra leyenda, por la inscripción (titulus) que permanecía fijada a la madera de la Vera Cruz.
    En medio de la alegría general, Judas se convirtió, y en su bautismo cambió su nombre malsonante por el de Ciriaco (Dominicus); y hasta llegó a ser elegido obispo de Jerusalén.
   Por pedido de Santa Helena, emprendió búsquedas complementarias en el Gólgota para encontrar los Santos Clavos, que aparecieron en la superficie tan brillantes como si fueran de oro.
   Toda esta historia ha sido inventada. No hay texto alguno que haga alusión al descubrimiento de la Vera Cruz antes de 347; ahora bien, Santa Helena murió en Nicomedia  en 327.
2. La reconquista de la Santa Cruz por el emperador Heraclio
   Las aventuras de la Santa Cruz no habían terminado.
   La preciosa reliquia, que Constantino y Helena habían enriquecido con gemas (crux gemmata), fue pillada por el rey de los persas, Cosroes II. El emperador Heraclio la reconquistó en 628 y la devolvió a Jerusalén, sólo en parte, porque uno de los brazos habría quedado en Constantinopla.
   Ese retorno de la Vera Cruz está narrado de dos maneras diferentes.
   Según la primera versión, Heraclio se había propuesto llevar personalmente sobre sus hombros la Cruz reconquistada a la cima del Calvario, y para honrarla creyó que lo mejor era vestirse con sus ornamentos imperiales. Pero cuando quiso levantar la Cruz le resultó imposible conseguirlo. El patriarca Zacarías le explicó la causa de ese prodigio: puesto que Cristo había transportado su cruz con humildad, era conveniente que un emperador cristiano hiciese otro tanto. Una vez despojado de sus ornamentos, en camisa y con los pies descalzos, pudo subir la Cruz hasta el Gólgota.
   La Leyenda Dorada introdujo una variante en esta anécdota. Heraclio quería hacer una entrada triunfal en Jerusalén; pero al llegar a Jerusalén a caballo, seguido por un brillante cortejo, debió detenerse ante la Puerta Dorada, pues la encontró cerrada. Un ángel le advirtió que debía devolver la Cruz imitando la humildad del Rey Celestial que había entrado por esa puerta montado en un asno.
   Entonces el emperador comenzó a llorar, se descalzó, se quitó sus ropas, e incluso la camisa, y tomando la Cruz del Señor llamó humildemente a la puerta que se abrió y le permitió el paso.
3. La Exaltación de la Santa Cruz
   Estos dos grandes acontecimientos de la Búsqueda y de la Reconquista de la Santa Cruz fueron conmemorados en la liturgia griega y romana.
   La fiesta de la Inventio S. Crucis recuerda el descubrimiento de la Vera Cruz por la emperatriz Helena. En cuanto a la fiesta de la Exaltatio, que tiene el sentido de elevación, de ostención ante los peregrinos, celebraba en su origen la advocación de la basílica constantiniana del Santo Sepulcro, donde se encontraba la Cruz desenterrada por la emperatriz Helena; pero más tarde se aplicó a su devolución por Heraclio, después de su victoria sobre Cosroes.
   Fue el papa Sergio, oriundo de Siria, quien introdujo en Roma a finales del siglo VII esta fiesta jerosolimitana. En el oficio de ese día, el sacerdote hace cuatro elevaciones de la cruz.
   Todos los santuarios de la cristiandad tenían como suprema ambición poseer un trozo de la Vera Cruz que los emperadores de Constantinopla  no dejaron de acuñar. Esas reliquias insignes se guardaban en las staurotecas (del griego stauros: cruz) que generalmente tienen la forma de una cruz de doble travesaño.
   Las más célebres son la del monasterio de la Sainte Croix de Poitiers, donada en 570 a Santa Radegunda por la emperatriz Sofía; las de Monza, en Lombardía y, en Hungría. La más preciosa desde el punto de vista artístico es la stauroteca de Limbourg del Lahn, adornada con magníficos esmaltes alveolados que proceden del botín robado por un caballero alemán en Constantinopla en ocasión de la cuarta Cruzada, en 1204.
Iconografía
   Hemos insistido largamente en el tema de la leyenda y el culto de la Santa Cruz, porque una y otro dieron nacimiento a numerosas realizaciones artísticas del mayor interés, algunas de las cuales, como los frescos de Piero della Francesca en Arezzo, son incomparables obras maestras.
   La mayoría de dichos ciclos, que se inspiran en la Leyenda Dorada, han sido ejecutados para iglesias de la orden de los franciscanos, con frecuencia puestas bajo la advocación de la Santa Cruz (Santa Croce).
          1. Invención e identificación de la Vera Cruz por santa Helena
          2. El emperador Heraclio, en camisa y descalzo, devuelve la Cruz a Jerusalén
   Heraclio generalmente lleva el asta o poste de la Cruz, sin el travesaño.
El culto de la Santa Cruz
   Numerosas Iglesias o abadías de toda la cristiandad estaban bajo la advocación de la Santa Cruz. En Francia, el monasterio fundado por santa Radegunda, en Poitiers. En España y Austria las abadías cistercienses de Santes Creus y de Heiligenkreuz.
Los instrumentos de la Pasión
   La Cruz no es el único objeto de veneración. La devoción de la Edad Media incluyó en el mismo culto a todos los instrumentos de la Pasión que agrupó en una especie de trofeo llamado las Armas de Cristo. Se le atribuía un poder mágico, como a la señal de la cruz.
   Este tema esencialmente popular a pesar de su carácter heráldico, suele acompañar el Cristo de la Piedad o a la Misa de san Gregorio, imágenes a las que se vinculaban numerosas indulgencias.
   Los elementos que forman parte de su composición se multiplicaron poco a poco. En el siglo XIII estaban reducidos a seis: la corona de espinas, la columna y las varas de la Flagelación, la cruz, los clavos, la esponja y la lanza de la transfixión.
   En el siglo XV el jeroglífico se complicó. Se agregaron las treinta monedas de Judas alineadas o cayendo en cascada de una bolsa invertida, la linterna de Malco y su oreja pegada al machete de San Pedro, el gallo de la Negación (gallus cantans), una cabeza que escupe (sputum infacie Christi), la mano que abofeteó a Cristo, la columna de la Flagelación, el aguamanil y la jofaina  del Lavatorio, las manos de Pilato, el velo de la Verónica, la túnica sin costuras y los dados que tuvieron para echarla a suertes, el martillo que hundió los clavos, la escalera del Descendimiento de la cruz.
   Cuando estos «Instrumentos» no están ordenados en una panoplia son transportados por ángeles que tienen el papel de tenantes de escudo de armas. En Solesmes, el ángel que lleva la bolsa de Judas, enjuga una lágrima en la comisura del ojo.
   Los ángeles presentando los Instrumentos de la Pasión suelen estar representados en los timpanos de las portadas de las catedrales, en la escena del Juicio Final.
Las cinco llagas

   Otra devoción también vinculada con la Crucifixión es la de las cinco Llagas o heridas. Se desarrolló en el siglo XV a causa de las indulgencias que atribuyó el papado a las oraciones en memoria de las cinco Llagas de Cristo que protegían contra la «muerte ruin», es decir, la muerte súbita, sin confesión, particularmente temida en tiempos de peste.
   Las procesiones expiatorias de los flagelantes se acompañaban con este refrán:
          Jhesus, par tes cinq rouges playes 
          De mort soudaine nous delayes.
          (Jesús, por tus cinco rojas llagas / Nos sustraes de la muerte súbita.)
   Esta devoción concordaría mejor con la antigua iconografía del Crucifijo, donde los pies de Cristo están separados, que con la nueva, donde los pies están superpuestos y agujereados con un solo clavo.
   En las xilografías coloreadas del siglo XV se encuentran tres formas de representar este motivo que pertenece casi exclusivamente a la imaginería popular.
     Las cinco Llagas tienen la forma de cortes horizontales de los que caen gotas de sangre y de donde emanan rayos de luz.
     Un corazón atravesado por una lanza y aplicado sobre una cruz está flanqueada por cuatro miembros cortados: dos manos y dos pies agujereados por clavos. El conjunto forma un trofeo de la Crucifixión.
     Las cinco Llagas están simbolizadas por cinco cruces sobre la mesa del altar, imagen del cuerpo de Cristo de acuerdo con la fórmula ritual del Pontifical.
   Con frecuencia los artistas se limitan a representar la herida del costado en tamaño real, que llevan dos ángeles en un cáliz.
   Además, la devoción a las cinco llagas se expresa alegóricamente mediante la representación de la Fuente de Vida, llena con la sangre de Cristo, que purifica las almas y cura los cuerpos. Esta Fuente de Remisión, asimilada a la Piscina probática de la Biblia, tiene cinco orificios que corresponden a las cinco Llagas del Redentor Crucificado.
   En la época de la Contrarreforma, un carmelita descalzo, José de Santa Bárbara, publicó en Amberes, en 1666, un tratado místico titulado Het Gheestelijk Kaertspel (El juego de cartas espiritual), donde el cinco de corazones está representado por cinco corazones dispuestos en tresbolillo alrededor de la Cruz, y en los cuales se inscriben las llagas de las manos, el costado y los pies (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Juan de Valdés Leal, autor, de las obras reseñadas;  
     Juan de Valdés Leal (Sevilla, 4 de mayo de 1622 [bautismo] – 9 de octubre de 1690), pintor.
   Quien, después de Murillo, es con seguridad la segunda personalidad más importante dentro del ámbito de la pintura barroca sevillana, fue bautizado en Sevilla el 4 de mayo de 1622, hijo de Fernando de Nisa, noble portugués, y de Antonia de Valdés Leal, sevillana.
     Se ignora con quién pudo realizar su aprendizaje, que hubo de llevarse a cabo aproximadamente entre 1637 y 1642. Una vez concluida su formación marchó, a Córdoba, donde inició su carrera artística y donde en 1647 contrajo matrimonio. Allí permaneció hasta 1656, fecha en la que regresó definitivamente a su ciudad natal, y allí, pocos años después, en 1660, aparece citado entre los artistas que fundaron la academia de pintores de Sevilla, en la que llegó a ser primero diputado, y finalmente presidente. 
      Referencias fidedignas indican que, en 1664, Valdés Leal viajó a Madrid, donde permaneció cerca de medio año, y donde hubo de mantener contacto con otros pintores y pudo visitar seguramente las colecciones reales, circunstancias que hubieron de repercutir favorablemente en la mejora de sus principios artísticos. Regresado a Sevilla, prosiguió su trayectoria artística, que se desarrolló siempre en un plano secundario, detrás de Murillo, con quien ingresó en 1667 como hermano de la Santa Caridad de Sevilla, institución para la que trabajó largamente hasta los momentos finales de su vida. En 1672, se sabe que realizó un viaje a Córdoba, posiblemente vinculado a encargos pictóricos.
     A partir de 1680, la salud de Valdés Leal se debilitó notablemente pero, pese a ello, como quiera que su situación económica nunca había sido boyante, hubo de ocuparse de trabajos que suponían grandes esfuerzos físicos, como la realización de decoraciones murales en el interior de recintos religiosos, subido a altos andamios. A partir de 1689, su hijo Lucas fue sustituyéndole paulatinamente en este tipo de trabajos, y finalmente, después de un ataque de apoplejía, en octubre de 1690, tuvo lugar su fallecimiento. Había redactado su testamento el 9 de octubre y el 15 siguiente fue enterrado en la iglesia de San Andrés (Sevilla).
     La historiografía del arte ha sido totalmente injusta con Valdés Leal, y al mismo tiempo ha desfigurado su personalidad, caracterizándole como una persona iracunda y orgullosa, quizás como contrapunto al carácter de Murillo, al que se presenta como hombre bueno y humilde. Sin embargo, Palomino, que le conoció personalmente dijo que “fue hombre de mediana estatura, grueso, pero bien hecho, redondo de semblante, ojos vivos y color trigueño claro [...] fue espléndido y generoso en socorrer con documentos a cualquiera que solicitaba su corrección [...] al paso que era altivo y sacudido con los presuntuosos y desvanecidos”.
      Pese a estas precisas palabras, que son las únicas contemporáneas referidas a Valdés Leal, en torno a él se ha forjado una leyenda que le define como un necrófilo, obsesionado por la muerte y por todo lo repugnante y desagradable. Estas falsas apreciaciones se deben sin duda a que se le considera como el responsable de la ideología que emana de las pinturas de Las Postrimerías de la iglesia del Hospital de la Santa Caridad, que, sin embargo, son fruto de las intenciones y del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de dicha institución en el momento en que se ejecutaron dichas obras. Pero ello no ha librado a Valdés Leal de ser llamado “el pintor de los muertos”, y a él se han atribuido sistemáticamente de forma errónea todo tipo de pinturas con tema mortuorio realizadas en la pintura barroca española. Ciertamente no fue la muerte la obsesión que agobió a Valdés Leal, sino al contrario las circunstancias de su vida, presidida siempre por los continuos problemas económicos que le acuciaban.
     No se conoce quién fue el maestro de Valdés Leal, y por lo tanto, no puede precisarse el espíritu artístico que presidió su formación. De todas formas, con quien más puntos de contacto tiene su pintura, al menos en sus inicios, es con Francisco de Herrera el Viejo, quien pudo ser su preceptor. También puede señalarse que, residiendo en Córdoba en torno a 1650, su pintura adquiriese referencias estilísticas procedentes de Antonio del Castillo.
     Progresivamente y con el paso del tiempo, el dibujo de Valdés Leal, firme y preciso, y su colorido terroso y compacto se fueron aligerando, sobre todo después de su estancia en Madrid en 1664, donde recibió influencias procedentes de la pintura veneciana y flamenca, y también de la madrileña. De esta última se constata cómo referencias pertenecientes a Ricci, Coello, y también a Herrera el Joven, incidieron en la progresiva adquisición de soltura y agilidad en su técnica.
     La pintura de Valdés Leal posee desde su época de madurez un marcado sentido de ímpetu y de fogosidad que le convierten en uno de los más aparatosos pintores de su época. Su arrebato creativo alcanza a veces a captar matices expresionistas en los gestos de sus personajes, tensos y crispados, con semblantes hoscos y anhelantes, que en ocasiones inciden de forma voluntaria en la estética de lo feo.
     La producción de Valdés Leal se inicia en Córdoba en torno a 1647, reflejándose en estos momentos una cierta rudeza en las actitudes físicas de sus personajes y una notoria solemnidad moral. Su primera obra fechada aparece en dicho año y es el San Andrés que pertenece a la iglesia de San Francisco de dicha ciudad.
     De estos años es también El arrepentimiento de San Pedro en cuya plasmación reflejó un profundo sentimiento, dramático y doliente; con este tema se conocen tres versiones casi exactas, una en la iglesia de San Pedro de Córdoba y las otras dos en Madrid, en colección particular y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En estas obras, aparte del influjo de Herrera el Viejo, se advierten también recursos técnicos derivados de José de Ribera.
     Muy importante debió de ser para Valdés Leal la obtención en 1652 del encargo de decorar con pinturas los muros laterales del presbiterio de la iglesia del Convento de Santa Clara de Carmona, conjunto actualmente disperso entre la colección March en Palma de Mallorca y el Ayuntamiento de Sevilla. En esta serie pictórica se describe la vida de Santa Clara y en sus distintos episodios se narra La profesión de Santa Clara, El milagro de Santa Clara con su hermana Santa Inés, La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma y La retirada de los sarracenos del convento de Asís, obra esta última que hay que considerar como uno de los testimonios más claros que nos ha dejado Valdés Leal en la descripción de escenas tumultuosas y caóticas; la serie finaliza con La muerte de Santa Clara.
     Del periodo cordobés de Valdés Leal es un amplio grupo de pinturas, realizado entre 1654 y 1656, entre las que figura La Virgen de los Plateros del Museo de Córdoba, obra que estuvo repintada casi totalmente y que en la actualidad presenta aún la cara de la Virgen muy desfigurada por la mano inexperta de un antiguo y vulgar restaurador. De este momento es también La Inmaculada con Felipe y Santiago, que pertenece al Museo del Louvre de París, y la pareja de los arcángeles San Miguel y San Rafael, que pertenecen a la colección Caja Sur de Córdoba. A este grupo puede añadirse una bella representación de Santa Bárbara, que pertenece al Museo Municipal de Rosario en Argentina.
     Trabajo de gran empeño por parte de Valdés Leal fue la realización entre 1655 y 1656 del retablo mayor de la iglesia de las carmelitas de Córdoba, cuyo patrono fue Pedro Gómez de Cárdenas. Este importante conjunto pictórico está presidido por una dinámica y aparatosa representación de El rapto de Elías, imbuida de un espíritu decididamente barroco. Figura también en el retablo La Virgen de los carmelitas, situada en el ático del mismo, mientras que en los laterales aparecen San Acisclo, Santa Victoria, San Miguel y San Rafael; en el banco se sitúan cuatro santas carmelitas formando dos parejas, Santa María Magdalena de Pazzis con Santa Inés y Santa Apolonia con Santa Syncletes. Completan el retablo dos cabezas cortadas de San Juan Bautista y de San Pablo más dos magníficas representaciones de Elías y los profetas de Baal y Elías y el ángel, estando estas dos últimas pinturas realizadas con posterioridad a la primera fase del retablo, puesto que ambas están firmadas y fechadas en 1658, cuando Valdés Leal residía ya definitivamente en Sevilla.
     A partir de 1656 Valdés Leal se estableció en su ciudad natal, siendo su primer trabajo importante la realización del conjunto decorativo que recubría las paredes de la sacristía del Convento de San Jerónimo de esta ciudad, actualmente disperso. Allí se narraba la vida de San Jerónimo, y también se exaltaba a los principales religiosos de la orden, algunos de los cuales habían estado vinculados a la historia del propio convento. Así, en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se guardan El Bautismo, Las Tentaciones y La flagelación de San Jerónimo. En una colección particular de Dortmund se conserva la representación de San Jerónimo discutiendo con los rabinos, mientras que otro episodio que representa La muerte de San Jerónimo se encuentra en paradero desconocido, si no es que se ha perdido.
     Un conjunto de frailes y monjas de la orden jerónima completaba la decoración de la mencionada sacristía, estando igualmente disperso en la actualidad. De él, en el Museo del Prado se conservan representaciones de San Jerónimo y de Fray Diego de Jerez; en el Museo de Bellas Artes de Sevilla se exponen Fray Pedro Fernández Pecha, Fray Fernando Yáñez de Figueroa, Fray Pedro de Cabañuelas, Fray Alonso Fernández Pecha, Fray Juan de Ledesma y Fray Hernando de Talavera. En el Museo de Grenoble se encuentra Fray Alonso de Ocaña, y en el de Dresde Fray Vasco de Portugal. Las dos principales figuras femeninas de la orden jerónima, Santa Paula y Santa Eustoquio, se guardan respectivamente en el Museo de Le Mans y en el Bowes Museum de Bernard Castle.
     Hasta fechas recientes se venía creyendo que la última pintura realizada por Valdés Leal en su trayectoria artística era la representación de Cristo disputando con los doctores en el templo, obra que se conserva en el Museo del Prado y firmada en 1686. Sin embargo, el estilo de esta obra no encaja con la forma de pintar que Valdés poseía en los años finales de su vida, y por el contrario es totalmente afín al que tenía en los años inmediatos a su llegada a Sevilla, procedente de Córdoba. Esta circunstancia nos movió en 1992 a examinar detenidamente la firma y la fecha que lleva la pintura, pudiendo advertir que está totalmente repintada, y advirtiéndose de forma clara que la tercera cifra —actualmente un “ocho”—, fue inicialmente un “cinco”, con lo que la pintura posee la fecha de 1656, año justo y apropiado para situar esta obra dentro de la producción del artista.
     Otra obra de notoria calidad y empeño, ejecutada además con vibrante pincelada y espléndido colorido, fue realizada por Valdés Leal en 1657. Se trata de Los desposorios de la Virgen con San José de la catedral de Sevilla, escena en al que impera ya un marcado ímpetu barroco. De fecha aproximada es también la pintura que representa a Santa María Magdalena, San Lázaro y Santa Marta, también conservada en la catedral sevillana, y que muestra intensos y arrebatados sentimientos espirituales en la expresión de los personajes. De estos momentos es también El Sacrificio de Isaac, perteneciente en la actualidad a una colección particular madrileña, en la que el artista capta espléndidos estudios anatómicos de desnudo. Otras pinturas, fechables en torno a 1657 y 1658, son La Virgen con San Juan Evangelista y las tres Marías camino del Calvario, del Museo de Bellas Artes de Sevilla, La Piedad del Museo Metropolitano de Nueva York, El Descendimiento de la Cruz, de colección particular en Pontevedra, y La liberación de San Pedro, de la catedral de Sevilla. En todas estas obras se refleja una intensa dinámica expresiva imbuida en un profundo patetismo.
     Entre 1659 y 1660, Valdés Leal realizó un amplio conjunto pictórico para un retablo principal y dos colaterales, destinados a la iglesia de San Benito de Calatrava de Sevilla. En los retablos colaterales se disponía una sola pintura en cada uno de ellos, una monumental Inmaculada y un patético Calvario. En el retablo principal y con pinturas de mediano tamaño, figuraban, en el primer cuerpo, San Juan Bautista, San Andrés, San Sebastián y Santa Catalina, además de una representación de La Virgen con San Benito y San Bernardo que se ha perdido. En el segundo cuerpo aparecían San Antonio de Padua, San Miguel Arcángel y San Antonio Abad. Todo este conjunto pictórico se conserva actualmente en la iglesia de la Magdalena de Sevilla, en la capilla de la hermandad de la Quinta Angustia.
     Para el patio de la Casa Profesa de los jesuitas de Sevilla realizó Valdés Leal en torno a 1660 una serie de pinturas sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por haber estado durante dos siglos al aire libre han llegado hasta nuestros días en mal estado de conservación, por lo que han tenido que ser intensamente restauradas, a parte de que alguna de las escenas integrantes de dicha serie se ha perdido. Estas pinturas, excepto la que representa a San Ignacio convirtiendo a un pecador, que se encuentra en la iglesia del Convento de Santa Isabel de Sevilla, pertenecen actualmente al Museo de Bellas Artes de esta ciudad. Las pinturas que integran esta serie son La aparición de San Pedro a San Ignacio en Pamplona, La aparición de la Virgen con el Niño a San Ignacio, San Ignacio haciendo penitencia en la cueva de Manresa, El trance de San Ignacio en el hospital de Manresa, San Ignacio curando a un poseso, Aparición de Cristo a San Ignacio camino de Roma y San Ignacio recibiendo la bula de fundación del Papa Pablo III. La serie se completa con representaciones de San Ignacio y San Francisco de Borja contemplando una alegoría de la eucaristía y San Ignacio contemplando el monograma de la compañía de Jesús.
     En 1660 Valdés Leal realizó dos obras fundamentales dentro de la tradición española de la pintura de vanitas, en cuyo contenido manifiesta la vanidad de la existencia como consecuencia de la fugacidad del tiempo y la brevedad de la vida; alude también en estas pinturas a la inmediata llegada de la muerte, que arrebata a los humanos todo tipo de placeres y riquezas mundanas. Ante esta situación irremediable que, después de la muerte conduce a las circunstancias del juicio del alma con su dilema de salvación o condenación, es necesario llevar antes una existencia piadosa en la que la oración, la penitencia y la castidad sean méritos acumulados para poder conseguir la salvación. Estas consideraciones se recogen en dichas pinturas, que inicialmente formaban pareja, pero que en la actualidad se conservan separadas, una en el Wadsworth Ateneum de Hartford y otra en la Galería de Arte de York, representándose en ellas respectivamente La alegoría de la vanidad y La alegoría de la salvación.
     A estas dos pinturas siguieron otras no menos extraordinarias firmadas en 1661 como La Inmaculada Concepción con dos donantes, que pertenece a la Galería Nacional de Londres, donde aparte de la bella figura de la Virgen, Valdés Leal incluyó a sus pies los magníficos retratos de Un clérigo joven y de Su madre anciana, ambos de muy notable calidad. También de 1661 es La Anunciación que se conserva en el Museo de Arte de la Universidad de Michigan, obra de gran ímpetu barroco en la que contrastan la enfática e impulsiva figura del ángel con la recatada e íntima presencia de la Virgen. Otras obras importantes de 1661 son El camino del Calvario conservado en la Hispanic Society de New York y La imposición de la casulla a San Ildefonso, obra de la que el artista realizó una primera versión para ser situada en el ático de la capilla de San Francisco de la catedral de Sevilla y que debió de ser rechazada por los canónigos de la catedral por su excesiva tensión dramática y atormentada espiritualidad. Para reemplazarla Valdés Leal realizó otra versión del mismo tema más atemperada y recogida; de estas dos pinturas, la rechazada por el cabildo debe de ser probablemente la que hoy se conserva en la colección March de Palma de Mallorca.
     Poco después de 1663, también para la Catedral de Sevilla y esta vez para el retablo de la capilla de Santiago, Valdés Leal realizó un Martirio de San Lorenzo en el que acertó a describir en la figura de su protagonista una emotiva expresión en su actitud de levantar los ojos al cielo, aceptando con serenidad los tormentos de su martirio. En torno a 1663 puede fecharse también la representación de María Magdalena, que se conserva en la casa palacio de Villa Manrique de la Condesa, obra en la que Valdés Leal supo hacer gala de su destreza en la plasmación de la belleza física y espiritual.
     En los años que oscilan entre 1665 y 1670 puede situarse la ejecución de otras pinturas de Valdés Leal de notoria calidad. Son el San Antonio de Padua con el Niño que se conserva en una colección particular de Madrid y La Asunción de la Virgen que pertenece a la Galería Nacional de Washington, obra de gran ímpetu barroco plasmado en la dinámica figura de la Madre de Dios, que es impulsada hacia lo alto por ángeles de forma impetuosa y arrebatada.
     Procedentes de la iglesia del convento de San Agustín de Sevilla se conservan en el Museo de Bellas Artes de esta ciudad dos excepcionales composiciones que hubieron de ser pintadas por Valdés Leal hacia 1670. Son La Inmaculada Concepción y La Asunción de la Virgen, obras ambas espectaculares y aparatosas cuando no trepidantes y convulsas, alcanzado a plasmar en ellas el máximo nivel expresivo que en el Barroco español se dio a estos temas.
     Valdés Leal es conocido de forma tópica en la historia del Arte europeo por ser el pintor de los dos famosos Jeroglíficos de las postrimerías, conservados en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. Ambas obras han forjado la leyenda de un Valdés Leal macabro, necrófilo y obsesionado por la muerte, aunque es necesario precisar que la ideología que impera en ellas es fruto del pensamiento de Miguel de Mañara, hermano mayor de la Santa Caridad, quien quiso plasmar en ellas la idea de que la salvación eterna sólo es posible obtenerla a través de la renuncia de los bienes y goces terrenales que logrará en el momento del juicio del alma el beneplácito divino que otorga la salvación eterna. Estas pinturas son denominadas, merced a los rótulos que en ellas figuran In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi. En la primera un esqueleto apaga de un manotazo la vela encendida que alegoriza la existencia señalando al mismo tiempo el triunfo de la muerte sobre las complacencias mundanas. En la segunda, aparece un osario con dos cadáveres en primer plano agusanados y corroídos por repugnantes insectos, mientras esperan la hora del juicio y la decisión divina de obtener la salvación o la condenación del alma.
     Estas dos pinturas constituyen el preámbulo del mensaje que Miguel de Mañara introdujo en la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, puesto que su parte más importante se desarrolla a través de un conjunto de seis pinturas de Murillo que narran las obras de misericordia y que señalan que su práctica es indispensable para la salvación del alma. El colofón del programa de Mañara se refleja en la gran pintura realizada también por Valdés Leal en el coro alto de la iglesia en 1684. La simbología de esta pintura señala que ningún rico podrá entrar en el Reino de los Cielos, de la misma manera que el emperador Heraclio no pudo entrar en Jerusalén cuando portaba la cruz de Cristo en medio de la pompa y esplendor de su corte. Al ser Jerusalén la ciudad simbólica del Cielo, Mañara, en esta pintura, a través de Valdés Leal, insiste en señalar que los ricos habrán de emplear sus bienes en el ejercicio de la caridad, para así obtener la gloria eterna.
       Una de las obras más espectaculares de Valdés Leal, por sus dimensiones y efecto compositivo es La visión de San Francisco en la Porciúncula, firmada y fechada en 1672, que se conserva en la iglesia de los antiguos capuchinos de Cabra (Córdoba), donde alcanzó a configurar una escena imbuida en un alto nivel de dramatismo espiritual. En años sucesivos el artista realizó algunas pinturas de notable importancia como La Visitación, de colección particular de París, firmada y fechada en 1673. De esta misma fecha es el conjunto de seis pinturas que perteneció a un retablo del palacio arzobispal de Sevilla y que fue encargado por el obispo de dicha ciudad, Ambrosio de Espínola; en él se narraba la vida de San Ambrosio. Estas pinturas fueron robadas por el mariscal Soult y actualmente se encuentran dispersas entre el Museo del Prado, el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el Museo de Arte de Saint Louis (Estados Unidos) y el Young Memorial Museum de San Francisco (Estados Unidos). Estas pinturas, realizadas para ser vistas de cerca, muestran una técnica fogosa y vitalista y en ellas se describen personajes de vivaz expresión que se albergan bajo espectaculares fondos arquitectónicos.
       En 1674, Valdés Leal concluyó la aparatosa y triunfal representación de San Fernando ejecutada para la Catedral de Jaén, donde se conserva. El santo aparece captado de forma apoteósica y triunfal, portando atributos que le acreditan como vencedor de los musulmanes en la conquista de dicha ciudad. En torno a 1675 hubo de pintar Valdés Leal una serie de ocho representaciones de la vida de San Ignacio de Loyola que se conservan en la iglesia jesuítica de San Pedro de Lima, y que están ejecutados con la técnica suelta y deshecha que se constata en la mayoría de las pinturas realizadas en su madurez.
       En los últimos años de su vida, pese a su mal estado de salud, Valdés Leal hubo de realizar labores artísticas que, por su dificultad, mermaron paulatinamente sus facultades físicas. Se trata de pinturas realizadas al temple en lo alto de los muros de edificios religiosos sevillanos como la iglesia del Monasterio de San Clemente, la iglesia del Hospital de los Venerables y la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. Para esta última institución, realizó también el retrato de Miguel de Mañara en actitud de estar presidiendo el cabildo de la hermandad y explicando algún pasaje de la regla de la misma. Fue esta obra, probablemente, una de las últimas que el artista realizó en su vida (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
         Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Exaltación de la Cruz", de Valdés Leal, en el Coro de la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de San Jorge, del Hospital de la Caridad, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 24 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla I: desde la Puerta de Jerez hasta la Puerta de Triana

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla I: desde la Puerta de Jerez hasta la Puerta de Triana, de Sevilla.
      A la hora de recorrer una ciudad amurallada, cualquier Puerta de su perímetro murado puede parecernos el punto adecuado para iniciar nuestro paseo, especialmente si partimos de una puerta monumental o de aquella de mayor tránsito de viajeros y mercancías a lo largo de su historia. No obstante, en el caso de Sevilla, he optado por comenzar nuestra andadura por una puerta que no reúne ninguna de las condiciones anteriores: ni fue la principal, ni la más hermosa. Es más, de ella solo resta su recuerdo en el callejero. Pero, quizás sea, en mi opinión, el espacio urbano que mejor puede explicarnos el paso de "los tiempos en la forma de la ciudad", como nos recordaba Aldo Rossi.
     Como podemos observar en el plano de Olavide, el espacio de la Puerta de Jerez ha experimentado unos cambios tan profundos en algo más de dos siglos, que hacen necesario un análisis detallado de su evolución urbanística, de tal modo que nos permita entender su forma actual y reconocer la presencia de los elementos que des­tacó su autor en el plano, como la Universidad de Santa María de Jesús o el Colegio de San Telmo, entre otros. Pero, además, hay que tener en cuenta que la puerta de Jerez se ha configurado hoy en día como uno de los puntos principales de acceso al centro histórico de Sevilla, convirtiéndose la estación de metro ubicada en su subsuelo en la más transitada de todas las que componen la red. Este es, por tanto, nuestro punto de partida. Comencemos a andar y procuremos ver y leer todo aquello que nos muestra nuestra ciu­dad, y con ello tratemos de recomponer el complejo puzle que la geografía y la historia han elaborado en este solar urbano a lo largo de tres milenios.
     La Puerta de Jerez era la puerta meridional de la muralla almohade en la salida hacia Jerez y Cádiz y estuvo ubicada hasta su demolición al final de la calle San Gregorio, en su confluencia con la calle San Fernando, donde unas excavaciones del profesor Mata Carriazo la habían documentado en 1974.
     La construcción de la alcazaba exterior por orden del califa Abu Yaqub Yusuf en 1169 hizo necesario sustituir la puerta anterior, Bab al-Kulh, que se ubicaría en la confluencia de las calles Adolfo Rodríguez Jurado y Joaquín Hazañas, por este nuevo acceso hacia el sur. Como se puede contemplar en uno de los relieves del retablo del altar mayor de la catedral, la puerta estuvo flanqueada inicialmente por dos torres, que defendían el acceso en recodo y la barbacana. En su exterior, un puentecillo salvaba el arroyo Tagarete, que discurría extramuros desde las proximidades de la Puerta de Carmona y servía de foso a la muralla antes de desembocar en el Guadalquivir junto a la Torre del Oro.
     El topónimo del acceso como Puerta de Jerez permanece sin documentar en las fuentes musulmanas, y solo aparece con este nombre en la documentación del siglo XV, manteniéndose así hasta el día de hoy, aunque los avatares del siglo XX impusieron otros topónimos que no llegaron a consolidarse dada la permanencia del nombre histórico en la memoria de la ciudadanía.
     Las leyendas y tradiciones de la ciudad defienden que esta fue la puerta por la que entró el rey Fernando III en 1248 tras el largo asedio desarrollado desde los campamentos castellanos, ubicados principalmente al sur y este de Sevilla. El propio Francisco Pacheco así lo recoge en el óleo sobre cobre del trascoro de la Catedral, donde el rey santo recibe las llaves de la ciudad de manos del caid Axataf con el trasfondo de la Puerta de Jerez, aunque la imagen que vemos en la pintura no corresponde a la original, sino a la puerta renovada siglos más tarde. Tras la conquista castellana, la puerta será el principal punto de acceso al área palatina de los alcázares, al tiempo que el inicio de las obras de la catedral gótica en el siglo XV la configurará como un punto de creciente tráfico de viajeros y mercancías de todo tipo destinadas a dicha construcción, principalmente sillares de piedra que eran descargados junto a la Torre del Oro con ayuda de una grúa conocida como el «ingenio» o la machina.
     El aspecto original de la Puerta, tal como la describe Luis de Peraza en su Historia de Sevilla, fue modificado por Hernán Ruiz en 1561, dentro del programa de reformas de las puertas de las murallas auspiciado por el Cabildo de la ciudad y que hemos comentado en un capítulo anterior. En concreto, el arquitecto cordobés sustituyó el acceso acodado almohade por uno directo, a la vez que eliminó la barbacana y colocó sobre la nueva puerta un frontón curvo, bajo el cual ubicó el escudo con las armas reales y otras lápidas conmemorativas. De estas, se conserva la que actualmente está en la esquina de la plaza con la calle Maese Rodrigo, extraída de la puerta con la reforma de Balbino Marrón en 1846 y colocada en los años 70 del siglo XX en su ubicación actual. Merece la pena recoger su texto, ya que resume gran parte de la mitología fundacional de Sevilla, tan característica de la Nueva Roma del siglo XVI y XVII:
     Hércules me edifficó, Julio César me cercó de muros y torres altas el rey sancto me ganó con Garci Pérez de Vargas.
     Al mismo tiempo que se reformó la puerta, la plaza intramuros, conocida como del corral de Jerez o de Maese Rodrigo, también fue ampliado a la vez que se explanó el espacio extramuros, siguiendo las recomendaciones del rey Felipe II, que reclamaba el valor de las puertas de la ciudad como símbolos de la autoridad real y municipal.
     Sin embargo, las denominadas afueras de las puertas no llegaron a ser un buen pórtico de la ciudad. Más bien todo lo contrario, dada la costumbre de depositar en las explanadas extramuros la mayor parte de las basuras urbanas, formándose los característicos mula­dares que advertimos en vistas y planos de la ciudad antigua, como el del Baratillo en la Vista de Sevilla atribuida a Alonso Sánchez Coello (fines del siglo XVI). Así pues, y a pesar de las múltiples amonestaciones municipa­les, la puerta de Jerez tampoco se libró de los residuos urbanos de todo tipo, llegando a recibir su entorno exterior gran parte de los escombros generados por los derribos de la antigua parroquia de la Magdalena y del convento de San Francisco durante la ocupación napoleónica. Por ello, en 1830, durante el mandato del asistente Arjona, se realizó un importante proyecto de ajardinamiento del espacio exterior a la puerta, bajo la dirección del arquitecto municipal Melchor Cano, quien diseñó el llamado salón del Cristina (Jardines de Cristina), en honor de María Cristina de Borbón, la última esposa de Fernando VII. Estos jardines, embellecidos con esculturas y fuentes, abarcaban todo el espacio entre la muralla y el río Guadalquivir, donde conectaba con el ribereño paseo de las Delicias, convirtiéndose rápidamente en el principal punto de esparcimiento de la alta sociedad sevillana. Lamentablemente, años más tarde, los jardines perderían una amplia parcela para levantar el que fue Hotel Cristina para la Exposición Iberoamericana de 1929, una obra en clave neocolonial y art déco del arquitecto Modesto López de Otero, que fue demo­lido parcialmente y transformado en edificio residencial a finales del siglo pasado.
     Como hemos señalado en un capítulo anterior, la puerta de Jerez, tras los daños recibidos en diferentes episodios bélicos, fue nueva­mente modificada en profundidad por el arquitecto municipal Bal­bino Marrón en 1846, quien procedió a derribar los dos torreones que la abrazaban hasta entonces y sustituyó la vieja puerta por otra de arquitectura neoclásica, enmarcada por dos pares de columnas toscanas a modo de gran arco de triunfo frente al salón del Cristina y el recién abierto palacio de los Montpensier en el anti­guo Colegio de San Telmo. Esta última puerta, construida con materiales modernos, es la que fue derribada en 1864 al mismo tiempo que culminaba el abovedamiento del arroyo Tagarete cercano, que­ dando un espacio intramuros ocupado por una manzana de casas y la calle Maese Rodrigo, hasta la demolición de la manzana y la apertura de la avenida de la Constitución en varias fases, desde comienzos del siglo XX hasta 1927. Con esta última intervención la plaza se adaptaba para conectar el centro histórico con la ciudad nueva que surgía al calor de la Exposición Iberoamericana de 1929, abriéndose una Gran Vía a la sevillana, que pretendía funcionar como escaparate de la modernidad, facilitando el paso del tranvía y el coche hasta el corazón de la ciudad.
     Por otro lado, extramuros, diferentes excavaciones arqueológicas, que se remontan a la construcción de la Fábrica de Tabacos (1725-1758), han  puesto de manifiesto la presencia, al otro lado del Tagarete, de una necrópolis romana de amplia extensión, que abarcaba desde el prado de San Sebastián hasta las cercanías de Eritaña, junto a la vía Augusta que comunicaba Híspalis con Gades. Precisamente, la construcción del aparcamiento subterráneo de la avenida de Roma en 2004 permitió el hallazgo de un tramo de dicha calzada y su reubicación en la cota actual de la vía urbana. Estos trabajos, complementarios de los realizados con motivo de las obras de la línea 1 del metro, permitieron establecer la presencia de un barrio portuario extramuros de la ciudad romana, con talleres, almacenes, enterramientos, astilleros, un edificio de culto dedicado a Mercurio y hornos cerámicos, algunos de los cuales se mantienen en el nivel 2 de dicho aparcamiento.
     Los trabajos arqueológicos también mostraron la ocupación de dicho espacio por diversas instalaciones industriales durante la etapa islámica de la ciudad, aunque los alfares almohades identificados fueron destruidos con las urgencias de las obras del Metrocentro en 2006. Asimismo, pudo documentarse junto al área industrial un extenso cementerio musulmán, maqbarat, cuyas fosas abarcaban un amplio periodo desde el siglo XI a la conquista castellana en 1248.
     Sobre este área extramuros cercana a la puerta de Jerez se levantó entre 1916 y 1928 el Hotel Alfonso XIII, obra cumbre del histori­cismo regionalista diseñada por el arquitecto José Espiau Muñoz para la Exposición Iberoamericana de 1929. Dicho hotel fue edificado a su vez sobre el solar que había ocupado anteriormente el Teatro-Circo Eslava, un interesante espacio de todo tipo de actividades culturales y de ocio construido en 1887 por Antonio Capó en los jardines de Eslava, una manzana situada entre la Fábrica de Tabacos y el palacio de los Montpensier en San Telmo.
     La historia de este ámbito extramuros se remonta a la con­quista de la ciudad en 1248, cuando se formó un pequeño arrabal en torno a una ermita y unas casas donadas al obispo sufragáneo de Marruecos, solares que al extinguirse el título a finales del siglo XVI dieron paso al establecimiento años más tarde de la Universidad de Mareantes de San Telmo, anteriormente establecida en Triana. El edificio inicial se debe, sobre todo, a las trazas barrocas de los Figueroa, ya bien entrado el siglo XVIII, aunque fue ampliamente reformado y ampliado tras su compra por los duques de Montpensier en 1849, a cuya muerte la mayor parte de los jardines serán cedidos a la ciudad y formarán la base del parque de María Luisa, mientras que el palacio es cedido a la Iglesia para la instalación del Seminario Metropolitano (1901-1992). Finalmente, un convenio entre la Iglesia católica y la Junta de Andalucía permitió la cesión del palacio y su transformación para sede institucional y administrativa de la mano del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra.
     Volviendo de nuevo intramuros, nos encontramos hoy en el espacio central de la plaza con una fuente donde una dama entronizada, al modo de la Cibeles madrileña, representa a la ciudad de Sevilla, obra del escultor Manuel Delgado Brackenbury realizada para la Exposición Iberoamericana de 1929. A su alrededor, la mayor parte de las construcciones son obra del siglo XX, salvo los restos mutilados de la antigua Universidad de Santa María de Jesús, de la que solo permanece su interesante capilla, ubicada originalmente en el patio de la antigua Universidad, fundada por el clérigo maese Rodrigo Fernández de Santaella sobre casas del corral de Jerez, última judería sevillana, en 1506. La Universidad se trasladó a la antigua casa profesa de la Compañía de Jesús en 1771 en las inmediaciones de la plaza de la Encarnación tras la expulsión de los jesuitas, donde residió hasta 1954 cuando volvió nuevamente a trasladarse, en esta ocasión a la antigua Fábrica de Tabacos. Por su parte, el viejo edificio colegial se mantuvo ligado a la Universidad hasta 1836, cuando se suprimió el Colegio de Maese Rodrigo y se cedieron las instalaciones al arzobispado para la instalación del Seminario, que residió allí hasta su traslado al palacio de San Telmo en 1901. El Colegio, salvo la capilla, fue finalmente demolido en 1920 en el contexto de las obras de apertura de la actual avenida de la Constitución y rediseño de la plaza de la puerta de Jerez, trasladándose la puerta del edificio universitario al compás del convento de Santa Clara, donde daba acceso al Jardín Arqueológico Municipal. En la fachada occidental de la plaza nos encontramos con la conocida hoy como "Casa Guardiola", un edificio diseñado en 1891 para Andrés Parladé, conde de Aguiar, por los arquitectos José Gómez Otero y José Espiau de la Coba, dentro de un primitivo regionalismo que repite los esquemas de los palacios sevillanos y convierte a esta casa en arquetipo del mencionado estilo arquitectónico. En el momento de su construcción, la casa se encontraba todavía emplazada en un viejo adarve, el cual desaparecería con las obras de ensanche de la plaza de la puerta de Jerez, lo que le proporcionaría la visión actual de su fachada. En el apeadero de la casa se conserva una cruz conocida como la de las "Siete Cabezas", por los siete ángeles esculpidos en ella, aunque también se la conoce como la cruz de la Inquisición de 1703, fecha que aludiría al último auto de fe celebrado por el siniestro tribunal en la plaza de San Francisco, aunque también podría evocar una acción de gracias ante una epidemia de peste. Al parecer fue comprada por el conde de Aguiar en 1903 cuando fue retirada de la plaza, al tiempo que se instalaba una réplica junto al arquillo del Ayuntamiento en la plaza de San Francisco, aunque José Gestoso ya señalaba que ambas cruces respondían a un diseño contemporáneo.
     Finalmente, tras el derribo de los últimos restos de muralla y casas adosadas durante las obras de ensanche de la plaza, se levantó el edificio contiguo a la casa Guardiola, obra del arquitecto Juan Talavera y Heredia en 1928, mientras que la esquina con la calle Almirante Lobo responde a un diseño neobarroco de los arquitectos José y Aurelio Gómez Millán (1928-1931) para la familia Marañón, propietaria del conjunto de la Moneda desde su cierre.
     Por su parte, en la fachada oriental de la plaza se levantó sobre el solar del antiguo palacio del Corzo de los Vicentelo de Leca el pala­cio de los marqueses de Yanduri, diseñado entre 1900 y 1904 por los arquitectos Antonio Rey Pozo y Jacobo Galí Lassaleta dentro de una estética inspirada en el racionalismo francés. El palacio obtuvo el exclusivo privilegio de labrar un acceso directo al jardín Inglés del Alcázar, motivado al parecer por la estrecha amistad que unía a la marquesa de Yanduri con la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII. Posteriormente, se instaló en su fachada una placa que nos recuerda que en el edificio preexistente nació en 1898 el poeta Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura en 1977. Por último, en la esquina con la calle San Fernando nos encontramos con el actual edificio de la Equitativa, el cual es el resultado de la transformación y ampliación de un palacio de finales del siglo XIX en un moderno edificio de oficinas, obra de los arquitectos Juan Talavera y Heredia y Antonio Delgado Roig en 1938.
     Aunque esta calle nos aleja unos metros del perímetro amura­llado que vamos a recorrer, sin embargo, su análisis es importante dada su condición de vía de entrada a la ciudad hasta la gran reforma urbanística del siglo XX. La calle recibió este nombre por el fundador de la Universidad de Santa María de Jesús, maese Rodrigo Fernández de Santaella y, como hemos mencionado, constituyó el paso principal al interior de la ciudad desde la puerta de Jerez hasta Santo Tomás, por el llamado arquillo de la Moneda situado al final de nuestro paseo por la actual calle Joaquín Hazañas.
     Las viviendas que hoy vemos en esta última calle son el fruto de su alineación y reforma de finales del siglo XIX, una operación inmobiliaria que llevó a la demolición de la muralla oriental de ese sector de la Casa de la Moneda, sobre la que se adosaban las casas viejas y la construcción de una nueva fachada hacia la calle Habana. Posteriormente, en la acera frontera, se levantó entre 1925 y 1930 el Teatro Reina Mercedes, más conocido como el Coliseo, obra cumbre de la arquitectura regionalista, de los hermanos José y Aurelio Gómez Millán, que venía a mostrar la nueva fachada de esta zona de la ciudad con vistas a la Exposición Iberoamericana de 1929, proyecto culminado más tarde con la construcción del edificio anexo, obra de Ricardo Espiau Suárez de Viesca en 1954. Finalmente, el aspecto actual de la calle obedece al derribo de unas casas en 1913 para conectar esta vía con la calle Habana, en el área del antiguo patio de Mercaderes de la Casa de la Moneda, recuperando de algún modo el acceso que existió hasta finales del siglo XVI entre la pla­zuela de Maese Rodrigo y la antigua atarazana de los Caballeros, aunque ello supuso la demolición de un nuevo lienzo de la muralla oriental, permaneciendo el resto como medianera de las casas de la acera oriental de la calle Habana. En el edificio de la esquina con la plaza de la Puerta de Jerez podemos contemplar la placa marmórea que estuvo sobre la antigua puerta de Jerez y que fue trasladada hasta aquí tras la construcción de la nueva por Balbino Marrón.
calle Habana
     Esta calle se organiza sobre el patio principal de la antigua Casa de la Moneda y, como el resto de las calles, recibió este nombre por los vínculos con la isla de Cuba de la familia Marañón, promotora inmobiliaria del área y nuevos propietarios de la fábrica tras su cierre y venta a finales del siglo XIX.
     El patio principal o de los Mercaderes se ubicaba a su vez sobre el solar de una ceca, quizás la alcazaba de Abu Hafs citada en los textos o las atarazanas almohades que hemos comentado en un capítulo anterior. Alfonso X transformó esta alcazaba exterior en cárcel del estamento nobiliario, la atarazana de los Caballeros, una edificación cercada por muros con doble almenado, en cuyo corral se distribuían los aposentos de la cárcel en torno al patio para ejercicios de armas. En el siglo XVI este espacio fue ocupado por el teatro de las Atarazanas hasta que finalmente Felipe II aprobó el proyecto de Juan de Minjares para instalar allí la nueva Casa de la Moneda, adosada a las murallas de la alcazaba exterior y dotada de capilla, hornos de fundición, talleres y viviendas para los oficiales, hasta que se produjo su cierre en 1868 y posterior venta del conjunto y reconversión en viviendas de alquiler. La instalación fabril tuvo su acceso original por la actual calle Joaquín Hazañas, hasta que se labró la nueva fachada de estilo rococó de la calle Adolfo Rodríguez Jurado, obra de Sebastián Van der Borcht en 1761, dentro del programa de reformas modernizadoras que se desarrollaron en el conjunto de la instalación fabril y que le dieron el aspecto aproximado que ha llegado hasta nuestros días. Recordemos que en este sector de la vieja fábrica, las últimas obras de remodelación del conjunto han permitido descubrir los restos de la puerta de acceso a la alcazaba islámica comentada en un capítulo anterior, la Bab al­ Kulh de las fuentes, así como la denominada torre del Bronce en la antigua casa del Tesorero, donde hoy se abre un restaurante en el número l de la calle Santander.
     En 1914 se practicó la actual apertura hacia la calle Almirante Lobo, donde quizás se situaría la puerta de salida del primitivo alcá­zar de Abu Hafs hacia el sur, aunque para ello hubo que derribar las viviendas de los oficiales de la vieja fábrica. A su vez, la documen­tación analizada por la profesora Espiau Eizaguirre constata la apertura ilegal de postigos en el siglo XVII por parte de los oficiales que viven en la Casa de la Moneda, los cuales llegan a ocupar las torres y espacios del recinto defensivo, ocasionando las reiteradas quejas del alcaide del Alcázar, representante de la propiedad de la Corona sobre el conjunto amurallado.
     La antigua calle de Pilotos recibió el nombre actual por un marino gaditano destacado en la guerra del Pacífico de 1866 y fue tomando forma tras el derribo de la puerta de Jerez y el abovedamiento del arroyo Tagarete, cuyas aguas salían al río por un arco aún visible junto a la torre del Oro. La acera de la derecha estaba formada por viviendas adosadas a la muralla, levantadas a partir de 1874 por el arquitecto José Gómez Otero, un conjunto que terminaba junto al viejo almacén del Real Patrimonio, donde hoy se levanta el moderno edificio de Rafael Moneo, mientras que la acera izquierda estaba ocupada por los jardines del salón del Cristina, hasta la construcción del Hotel Cristina en 1929, obra en clave art déco del arquitecto Modesto López de Otero.
     Hay que detenerse en la entrada al aparcamiento del edificio de Previsión Española (actualmente Helvetia Seguros), obra del arquitecto Rafael Moneo en 1982, ya que su proyecto recogió la huella de una antigua calle abierta en el siglo XIX, la cual nos permite ahora contemplar desde este punto una excelente visión de la muralla que corre tras la fachada trasera de este edificio y reconocer el paseo de ronda y las almenas, así como las torres que jalonaban este ángulo suroccidental de la ciudad, en un punto donde se levantaría una alcantarilla para salvar el foso natural del arroyo Tagarete, a escasos metros de su desembocadura. Más adelante, en la confluencia con el paseo de Colón, conviene pararse y admirar el magnífico relieve en bronce a ambos lados de la puerta del edificio, que repro­duce en espejo la imagen que tendría este área de la ciudad en torno a 1883 año de la fundación de la Previsora Andaluza, germen de la actual compañía.
     En este punto del paseo, la muralla urbana gira hacia el norte y conecta con la torre de la Plata, pero hacia la mitad de este tramo, en el pasaje José M.ª del Rey, aún podemos ver reconstruida una parte de la muralla coracha doblemente almenada que la uniría con la torre del Oro, una impresionante torre albarrana construida en la con­ fluencia del arroyo Tagarete con el Guadalquivir, que le sirve de foso defensivo.
     La torre del Oro es, con toda probabilidad, el bastión mejor documentado de todo el perímetro defensivo de la ciudad, así como uno de sus elemen­tos más icónicos, reflejado en multitud de grabados, óleos y fotografías de todo tipo que se han realizado sobre Sevilla. Posiblemente su nombre en árabe era Bury al-dahab, Borg-al-Dsayeb o Borg-al-Azajal, del que derivaría el castellano torre del Oro con el que aparece por primera vez en el Libro del Repartimiento de Sevilla. Este topónimo ha dado lugar a las más diversas interpretaciones acerca de su significado, algunas caren­tes de fundamento alguno, como la hipótesis de un revestimiento de azulejos dorados o la imaginaria cámara de los tesoros americanos, mientras que, por el contrario, el profesor Falcón Márquez ya apuntaba que el nombre de la torre probablemente obedecía a su cercanía con la ceca almohade que estaría en la alcazaba de Abu Hafs. Hoy en día también se considera que el topónimo podría hacer referencia al brillo dorado que reflejaba la torre sobre el río, sobre todo en esos atardeceres que tantos autores han reflejado a su paso por nuestra ciudad. Precisamente, durante las obras de restauración de 2005, se demostró que este aspecto dorado se debía a la mezcla de mortero, cal y paja prensada que recubría completa­mente los paramentos exteriores, salvo los ángulos del dodecágono, que estaban ejecutados con sillares de cantería.
     La torre está formada por tres cuerpos que, a tenor de las últi­mas investigaciones, corresponden a diferentes momentos constructivos. En una primera etapa, se levantó el primer cuerpo, un dodecágono con cuatro cámaras superpuestas, aunque la infe­rior tuvo que ser macizada tras el terremoto de Lisboa (1755). En este sentido, la puerta por la que se accede actualmente a la torre está al nivel de la segunda cámara, donde anteriormente se encontraba el acceso desde el adarve de la coracha, la muralla que permitía la conexión con el recinto urbano amurallado. Este primer cuerpo fue construido entre 1220 y 1221 por orden del gobernador almohade de Sevilla, Abu l-Ula, en el contexto de las obras ejecutadas para reforzar las fortificaciones de Sevilla y su puerto tras el avance castellano derivado de la derrota almo­hade en la batalla de las Navas de Tolosa (1212), como señalan diferentes fuentes islámicas. La conquista castellana apenas introdujo grandes cambios, salvo la incorporación durante el reinado de Alfonso X de las ladroneras o matacanes que pode­mos observar en numerosas imágenes de la torre, como el dibujo a tinta del libro de Luis de Peraza, quien describe la torre del siguiente modo: "...es toda de mui recia cantería, aunque entre­ vienen algunas tapias en ella. Tiene muchas troneras cubiertas, porque a los que de dentro tiran los de fuera no les pueden hacer mal...". Para la ejecución de estos matacanes fue preciso abrir unos accesos a la altura de las saeteras del último nivel, una obra que mejoraba su capacidad defensiva en los momentos críticos de los ataques meriníes a finales del siglo XIII.
     El segundo cuerpo también es dodecagonal, pero, sin embargo, no tiene una cronología unánimemente aceptada, abriéndose paso la hipótesis de su construcción por orden de Pedro I el Justiciero en el siglo XIV frente a una adscripción inicial a la etapa almohade. En este sentido, el profesor F. Amores sostiene que es una obra mudéjar, basándose en el análisis de la azulejería conservada y de las técnicas constructivas empleadas en cada cuerpo, amén del escaso valor militar que aportaba este torreón superior, por lo que él concluye que tendría una función de mirador o pabellón áulico, aunque sus ventanas también serían cegadas tras los daños sufri­dos en 1755.
     Por último, el tercer cuerpo, cilíndrico y rematado en cúpula, fue construido en 1760 por el maestro mayor de los Reales Alcázares, Ignacio Moreno, en el curso de las obras de restauración de la torre tras el terremoto de Lisboa (1755), el cual provocó tal grado de des­trucción en esta fortificación que incluso llegó a plantearse su demolición, aunque finalmente se optó por su restauración y consolidación, de la cual es una huella interesante el cincho metálico con que se rodeó el primer cuerpo a la altura de la galería de arquillos ciegos polilobulados. Al mismo tiempo, esta reforma macizó la primera cámara, que sigue siendo inaccesible al día de hoy, a la vez que prescindió de las ladroneras medievales, dejando unas ven­tanas en su lugar y abriendo nuevos vanos con balcones de hierro y ventanas en las antiguas saeteras del primer cuerpo, dada la paulatina pérdida de su función defensiva y la transformación de la torre en viviendas y oficinas.
     Desde un primer momento, la función principal de la torre era la defensa de las atarazanas y de los cercanos alcázares almohades, así como impedir la entrada de naves enemigas al puerto fluvial, para lo cual quizás se extendería desde su basamento una gruesa cadena sobre el río hasta una hipotética torre de la Fortaleza, situada al otro lado del río, en el actual barrio de Triana. Este sistema sería similar al modelo de cierre del puerto de Estambul y podría ser aquel que citan las crónicas de la conquista, cuando recuerdan que el almirante castellano Ramón Bonifaz rompió las cadenas tendidas sobre el río, aunque las crónicas se refieren seguramente a la captura del puente de barcas levantado en 1171 río arriba, junto al castillo de Triana. De cualquier modo, en ambos casos, la rotura de aquel sistema de cadenas dejó a la ciudad completamente rodeada, sin posibilidad alguna de auxilio terrestre o fluvial, lo que precipitó su capitulación en noviembre de 1248.
     En este sentido, las últimas investigaciones arqueológicas en torno a la torre han permitido comprobar la gran importancia de su función defensiva, aportando para ello nuevos hallazgos que así lo confirman. Nos referimos al "muro espolón" analizado por el profesor F. Amores, una construcción que cerraría el paso al puerto a las posibles tropas atacantes por tierra. Este muro, de algo más de 10 m, discurriría transversalmente hacia el río desde la superficie ataludada que se había adosado a la amplia cimentación de la torre a la que servía de refuerzo, dadas las características del lecho ribereño y la fuerza de las crecidas, por lo que esta base también actuaría como tajamar al embate de las aguas del río, especialmente en momentos de fuertes avenidas, como las recordadas en los azulejos que se distribuyen en el exterior de la torre. Hoy en día no podemos reconocer el talud al que hemos aludido ya que las obras de construcción del muelle moderno en 1860 terminaron por ocultarlo definitivamente, quedándonos el recuerdo del mismo a través de numerosos grabados antiguos, entre los que destacaría el anónimo Vista panorámica de Sevilla, editado por J. Jansonius en 1617, o el también anónimo Vista de Sevilla, editado por A. Brambilla en 1585, donde se observa el muro transversal entre el río y la torre.
     Como ya hemos comentado en otro momento, la comunicación de la torre con la muralla urbana se realizaba a través de una coracha de unos 90 m de longitud, que partía de la cerca y defendía el Arenal así como el acceso a la aguada desde la torre, pero que al mismo tiempo suponía un gigantesco muro de contención de las aguas del río en los momentos trágicos de las inundaciones, motivo por el cual los Reyes Católicos autorizaron en 1503 la apertura de unos arcos en dicha coracha, el postigo de las Moscas mencionado por Alonso de Morgados, un término irónico que aludía al desagüe de las aguas sucias sobre el arroyo Tagarete, que desembocaba en el Guadalquivir al otro lado de la coracha.
     Finalmente, como hemos señalado en otro apartado, durante el mandato del asistente Arjona, esta coracha y sus edificaciones anexas fueron demolidas en 1833 para dar continuidad desde el paseo del Arenal (actual paseo de Colón) hacia los nuevos paseos de Cristina y de las Delicias, lo que motivó la restauración de la torre, convertida en sede de la Compañía de Navegación del Guadalquivir, así como la reubicación del acceso a la misma sobre el antiguo camino de ronda. Posteriormente, en 1871, el Ayuntamiento planteó la demolición de la torre del Oro, dentro del conjunto de medidas modernizadoras que implicó el derribo de gran parte de las murallas y sus puertas, pero la oposición de las instituciones académicas y de gran parte de la ciudadanía evitó esta drástica agresión a uno de los símbolos consolidados del patrimonio sevillano, que finalmente alcanzó su máximo nivel de protección en 1931 al ser declarado monumento nacional por el Gobierno de la Segunda República.
     Al paralizarse su demolición en el siglo XIX, la torre fue cedida definitivamente a la Marina para la instalación de sus oficinas de Comandancia y Capitanía del Puerto, adaptando la fortaleza a sus necesidades logísticas y realizando en 1900 una compleja y discutida labor de restauración dirigida por el ingeniero naval Carlos Halcón, que elimina los balcones de hierro e introduce cam­bios en su aspecto exterior que no han sido apenas modificados hasta la intervención integral de 2004. Desde 1948 la torre alberga en sus tres plantas el pequeño pero interesante Museo Marítimo relacionado con la historia de Sevilla, además de ofrecer una excelente atalaya para disfrutar de maravillosas vistas del río y de la propia ciudad desde las cubiertas del primer cuerpo.
     La torre de la Plata formaba parte del recinto defensivo almohade planteado a finales del siglo XII para defender el espacio de la albacara o de las probables atarazanas. De planta octogonal, contaba con tres cámaras super­puestas (a nivel del suelo, del adarve y por encima de él) y solo la inferior parece almohade, quizás un calabozo en una torre de función claramente militar (de ahí la presencia de merlones y saeteras). En tiempos de Alfonso X, al calor de las obras de las nuevas atarazanas cristianas, la torre fue reformada, transformándose sus cámaras interiores con las nuevas nervaduras y la sustitución de las saeteras por ventanas, a la vez que se elevaba su altura, como pode­mos advertir en la presencia del antiguo almenado en su exterior. No obstante, en algunos momen­tos, la torre fue utilizada como vivienda, abriéndose un acceso desde la casa-almacén construida en el siglo XVII, con la consiguiente protesta de los alcaides del Alcázar dada la prohibición de dañar en modo alguno el conjunto amurallado. En la década de los 30 del siglo pasado, José Espiau Muñoz realizó un proyecto para reconvertir el espacio interior en una vivienda moderna, respetando el aspecto exterior de la torre, en línea con las intervenciones desarrolladas en las antiguas Herrerías Reales y en el antiguo corral de Segovia, sobre el cual se levantó el Garaje Torre del Oro, ambas construcciones demolidas a finales del siglo XX. En la calle Santander, bajo la torre se advierten los restos de las hendiduras o cárceles para los tablones calafateados usados para hacer frente a las riadas en el postigo del Carbón.
     A lo largo de la Edad Media, las principales actividades portua­rias de la ciudad se habían ubicado junto a la puerta del Ingenio o de San Juan, aguas arriba del puente de barcas, pero a finales de la etapa medieval el tráfico fluvial fue desplazándose progresivamente hacia el Arenal, convirtiendo de este modo a los postigos del Aceite y del Carbón en los principales puntos de entrada de las mer­cancías procedentes del puerto.
     El topónimo actual no aparece en las fuentes andalusíes, aun­ que algunas hipótesis aluden a un mercado de carbón extramuros y otras la han identificado con la islámica Bab al-Kuhl, abierta en la muralla, recientemente localizada a la altura de la confluencia de la calle Santander con la de Joaquín Hazañas. Sin embargo, las investigaciones del profesor Pérez-Mallaína en torno a las Atarazanas revelan que el rey don Pedro I autorizó al alcaide de las Atarazanas a cobrar el diezmo del carbón que entrase en la ciudad con objeto de sufragar el mantenimiento de un arsenal fundamental para sus objetivos políticos, un impuesto que acabó convirtiéndose con el tiempo en la mayor fuente de ingresos del propio Alcázar real. De ahí la necesidad de hacer entrar esta mercancía por el postigo que controlaban las Atarazanas y los Alcázares, dando origen, por tanto, al topónimo.
     Con posterioridad, el postigo fue reformado en 1566 dentro del plan de reforma de las puertas de la ciudad proyectado por Hernán Ruiz, aunque el incremento de la actividad mercantil ligada al puerto y la ubicación de la aduana en el extremo meridional de las atarazanas cristianas obligaría al traslado del postigo junto a la torre de la Plata en 1587, cerrando así el callejón entre la propia aduana y las Herrerías Reales y el corral de Segovia, aunque el postigo original se mantendría aún como un arquillo al inicio de la calle Santander hasta su derribo en 1836. Todavía sufriría una pequeña modificación cuando en 1612 la construcción de los almacenes diseñados por el maestro mayor de los Alcázares, Vermondo Resta, al pie de la torre de la Plata, obligó a un leve desplazamiento de la puerta hacia el norte, en el lugar donde hoy contemplamos sus restos visibles, en los que advertimos las cárceles para las tablazones que debían frenar el empuje de las riadas. Estos almacenes supusieron la demolición de los tinglados y cabañas efímeras levantadas por los agentes portuarios al pie del postigo y su sustitución por una moderna construcción de viviendas y almacenes adosa­dos a la muralla urbana y a la coracha de la torre del Oro, dados en alquiler en un primer momento a los mercaderes de origen extranjero, R. Marselles y D. Valdovinos. Al mismo tiempo, se procedió a labrar una falsa fachada que ocultaba los corrales cercanos a la torre del Oro, donde se encontraba una pequeña factoría de tinta de palo de Campeche hasta el siglo XVIII, así como la apertura de unos arcos en la coracha para evitar el efecto de dique de esta construcción defensiva cuando se producían las riadas. Para la profesora Espiau Eizaguirre, la intervención de V. Resta en el Arenal fue una de las actuaciones "auténticamente renovadoras de la arquitectura doméstica sevillana del siglo XVIII". Actualmente, los almacenes de Resta solo permanecen en pie en la calle Santander, amputados tras el derribo de la coracha y las edificaciones anexas bajo el man­dato del asistente Arjona.
     Por tanto, en torno a estas fechas hay que situar la última construcción del postigo, que también será conocido como postigo de los Azacanes, porque allí debían de encontrarse en la época medie­val los mozos de cuerda y porteadores en general que trabajaban en el área de la aduana. Otros autores, como Luis de Peraza y Alonso de Margado, lo mencionan como postigo del Oro, a causa de su rico e intenso tráfico mercantil, aunque el topónimo más conocido sea el de postigo del Carbón, pues, como ya hemos mencionado anteriormente, aquí se encontraba desde el siglo XV la Casa de la Renta del Carbón, donde se cobraba la alcabala de este artículo al entrar en la ciudad. Desde 1586 se ubicaba aquí el edificio de la Aduana y almacén del Azogue, obra de Asensio de Maeda sobre las naves meridionales de las Atarazanas cristianas, cuyo paso interior constituía, junto al postigo del Carbón, uno de los principales accesos desde el área portuaria a la Casa de la Moneda, Casa de Contratación, Alcázares, etc. Tras una última reforma en 1825 para mejorar su aspecto y su capacidad de defensa frente al río, el postigo fue demolido en torno a 1880.
     Nuestro recorrido en busca de la muralla continúa por la calle Temprado, bautizada así por un capitán de Artillería, héroe de la 3ª guerra carlista (1872-76) aunque siglos atrás este ámbito era conocido como la resolana de la Caridad, un espacio delimitado por el río, las Atarazanas y el barrio de la Carretería, donde irían situán­dose chozas y almacenes precarios, así como la capilla de la Virgen del Rosario, que ya aparece identificada (nº 122) en el plano de Olavide de 1771.
     La urbanización de este amplio espacio extramuros arranca en 1252 con la construcción de las Reales Atarazanas, un imponente edificio levantado por orden del rey castellano Alfonso X, adosado a la muralla urbana entre el postigo del Carbón y el del Aceite, y ampliado en su lado norte en tiempos de Pedro I. Aunque algunas hipótesis señalan que fueron construidas sobre el solar de las antiguas atarazanas almohades, destruidas tras la conquista castellana, hoy se considera que son una construcción ex novo que se enmarca en el contexto del ambicioso plan castellano de for­mar una flota poderosa capaz de controlar el estrecho de Gibraltar y preparar el asalto a Marruecos, el "fecho de allende" mencionado en los textos, para lo cual las atarazanas almohades bajo la Casa de la Moneda serían insuficientes, aunque se mantuvieron como almnacén de pertrechos navales, lo cual hacía de los astilleros sevillanos uno de los de mayor superficie en Europa.
     El edificio original se componía de 17 naves yuxtapuestas de aproximadamente 100 m de longitud, levantadas sobre pilares de ladrillo de 12 metros de altura que sostienen arcos ligeramente apuntados que soportan las cubiertas, al tiempo que canalizan su recogida de aguas. Las naves están dispuestas perpendicularmente a la muralla en dirección al río, al que presentaban un frente abierto, siguiendo un esquema que se inspira tanto en las neorías helenísticas y las naualias romanas como en las atarazanas musul­manas, como las de Málaga o Almería.
     Las embarcaciones se construyeron con madera de roble de la Sierra Morena de Sevilla y de las sierras de Aroche y Aracena, considerada la idónea para la construcción de las galeras medievales, pero no para las nuevas naos y carabelas del siglo XV, que exigían preferentemente madera de pino. Una vez armadas las galeras, dentro o fuera de las Atarazanas, como es común en las carpinterías de ribera, las naves se arbolaban en el Arenal, en la llamada Resolana del río, y finalmente descendían hasta el río donde eran botadas. Las Atarazanas estaban bajo la autoridad de un alcaide nombrado por la Corona, quien supervisaba el conjunto del proceso de construcción y guarda de las galeras en las Atarazanas: maderas, clavazones, municiones, tornos y suministros de todo tipo, así como el control de una amplia masa de trabajadores esclavos, o bien de carácter franco, es decir, privilegiados y exentos de la jurisdicción del concejo sevillano.
     Sin embargo, la escasez de abundante madera de calidad hizo que los astilleros sevillanos fueran menguando su actividad fabril en beneficio de los puertos cantábricos y catalanes, capaces de construir galeones, naos y carabelas de mayor capacidad, y así, en 1502, los Reyes Católicos autorizaron la venta de las viejas galeras y útiles del arsenal, poniendo de este modo punto final a la vida del astillero, precisamente cuando Sevilla va a ser elegida como sede del monopolio castellano con las Indias a través de la Casa de Contratación (1503). A partir de este momento, las normativas tan solo autorizarán labores de mantenimiento y reparación de las naves que realizan la Carrera de Indias, pero no su construcción, a causa de la calidad de las maderas. No obstante, estas actividades ya se habían trasladado progresivamente a la orilla derecha del río, en el área del puerto de Camaroneros y de las Muelas, por lo que el viejo astillero estaba sin su destino originario desde años atrás.
      Desde el siglo XIV está registrado su uso como Cárcel Real y en 1493 se había autorizado el traslado de las Pescaderías desde la plaza de San Francisco a la nave más próxima al postigo del Aceite, al tiempo que se producía una elevación de la cota del suelo para defenderse de las crecidas del río. En la segunda mitad del siglo XVI el edificio, lejos de su actividad fabril, mostraba una compleja compartimentación en la que se distribuían los siguientes espacios: las Pescaderías, almacenes y bodegas de la Casa de Contratación, la vivienda del alcaide, la capilla de San Jorge de la Hermandad de la Santa Caridad y la Aduana Real, levantada en las naves 13, 14 y 15 con diseño del arquitecto Asensio de Maeda, así como el alma­cén del Azogue y la Lana en las naves 16 y l7. Posteriormente, las naves 8 a 12 fueron compradas por Miguel de Mañara para la ampliación del Hospital de la Santa Caridad, cuya capilla anterior fue demolida y sustituida por la magnífica arquitectura de Pedro Sánchez Falconete en 1641, una construcción que se apoya en las estructuras del edificio medieval.
     Más tarde, en 1719 se produjo la instalación de la Real Maestranza de Artillería en las naves 1 a 5, a las que se añadirán dos más posteriormente, ocupando un espacio prácticamente sin uso desde el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz. De este modo, las nuevas actividades militares y fabriles plantearon una reforma arquitectónica de gran calado que se tradujo en la construcción del edificio con planta alta y fachada a la calle Temprado en 1786 y en la ocupación y organización del espacio frontero hasta el río a lo largo del siglo XIX, donde hoy se levanta el Teatro de la Maestranza, obra de los arquitectos Luis Marín de Terán y Aurelio del Pozo de 1991. Por último, en 1993 la Junta de Andalucía adquirió el recinto militar y procedió a un complejo proceso de investigación arqueológica y obras de acondicionamiento para la adaptación del espacio a un uso cultural, tras el cierre del acuartelamiento. Fruto de aquellos trabajos entre 1992 y 1995 fueron, entre otros resultados, el descubrimiento de la barbacana almohade de la muralla, destruida tras la construcción del recinto naval en 1252, y el hallazgo de una puerta acodada de la muralla urbana islámica, que había quedado inutilizada tras su integración en la ampliación de las Atarazanas del siglo XIV, aunque hoy estas estructuras de la muralla son perfectamente visibles al fondo de las naves. Asimismo, estos trabajos confirmaron arqueológicamente el espacio mercantil de las Pescaderías, cuyos restos orgánicos han sido fruto de una interesante investigación que ha permitido conocer con mayor amplitud la dieta de la población sevillana en el siglo XVI.
     En la actualidad, mientras se redactan estas líneas, ya han comenzado las obras de restauración y habilitación del conjunto para albergar un espacio cultural según proyecto del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, el cual permitirá valorar con mayor claridad tanto las dimensiones de las naves góticas como su encaje en la muralla urbana, desde una perspectiva muy novedosa.
Postigo del Aceite
     Al rodear las Reales Atarazanas por la calle Dos de Mayo nos encontramos de frente con una de las pocas puertas que conservamos de la muralla medieval, el conocido postigo del Aceite, que ha sido identificado como la Bab al-Qatay mencionada en las fuen­tes musulmanas, una puerta que comunicaría la alcazaba interior con el área portuaria del Arenal. Las excavaciones arqueológicas realizadas en las Atarazanas y publicadas en 1999 han permitido reconocer el aspecto primitivo de esta puerta, la cual estaba dis­puesta entre dos torres y precedida de un acceso acodado en la barbacana exterior que fue anulado al ampliarse el astillero en el siglo XIV y sustituido por el acceso directo que hoy contemplamos. Este es el que fue reformado por el arquitecto Benvenuto Tortello para proporcionarle mayor anchura y una monumentalidad acorde con la importancia del área, concluyendo las obras bajo el mandato del asistente conde de Barajas en 1573, como se ve en el escudo con las armas de la ciudad, atribuido a Juan Bautista Vázquez el Viejo, que mira hacia la calle Almirantazgo (por el tribunal del almi­rante de Flandes en esta calle). Bajo el arco se advierten con claridad las gorroneras o quicialeras de las hojas de la puerta, así como las hendiduras o cárceles que acogían los tablones calafateados para hacer frente a las arriadas y que estarían presentes en todas las puertas y postigos de la ciudad, especialmente en las más cercanas al río. Junto al postigo del Aceite se abrió en 1753 la pequeña capilla barroca de la Hermandad de la Pura y Limpia Concepción de María, cuya imagen titular es de autoría desconocida.
     El postigo del Aceite tomó este nombre por ser el lugar por donde entraba dicho producto a la ciudad para proceder a su control fiscal y posterior mercado en las inmediaciones, dando paso a su almacenamiento en la calle del Aceite, actual Tomás de Ibarra. Tras pasar la puerta se encontraba la carnicería del Cabildo o de los Abades, desaparecida a finales del siglo XIX, y la plazuela adyacente donde se celebraba un activo mercado de subsistencias que se mantuvo hasta los inicios del siglo pasado. En las inmediaciones, en el solar que hoy ocupa el edificio de Correos (obra de Joaquín Otamendi y Antonio Palacios, 1927-1930) se ubicaba el alfolí de la Sal, otro mercado mayorista fundamental para el comercio local y para su exportación a las Indias. Afortunadamente, el postigo se libró de la demolición colectiva de puertas y murallas al estar habitada su estancia superior y entablarse por ello un pleito por parte del antiguo concesionario del recinto, el duque de Medinaceli, quien tenía derechos sobre la puerta desde finales del siglo XVI.
     Nuestro paseo nos lleva ahora al patio del Cabildo, que encontra­mos al traspasar un pasaje cubierto a continuación de la capilla de la Pura y Limpia. La plaza y el edificio mismo que la conforman, obra del arquitecto Joaquín Barquín y Barón, se levantaron en los años 70 del siglo pasado en el lugar que ocupaba el Colegio de San Miguel, perteneciente al cabildo de la Catedral. Este fue derribado a mediados del siglo XX y del mismo solo se conservan la portada gótica que da a la avenida de la Constitución y algunas columnas reutilizadas en un patio interior. El lado septentrional de la plaza lo ocupa un tramo de la muralla interior almohade, correspondiente al recinto X que ya hemos comentado en un capítulo anterior, y que separaría el área de los recintos palatinos almohades, de la ciudad propiamente dicha, como podemos observar por la disposición del camino de ronda dispuesto para vigilar y defenderse de la madina. El Colegio de San Miguel fue un edificio situado frente a la Catedral de Sevilla, propiedad del cabildo catedralicio, en donde se alojaban el personal de la Iglesia, y diversas instituciones ligadas a ella. Aquí estuvo instalado el Colegio de San Isidoro, también lla­mado «del Cardenal» por ser una creación del cardenal arzobispo Alonso Manrique en 1526 y que desapareció a los pocos años. En 1634 la Catedral crea un colegio-seminario que recibió también el nombre de San Isidoro, construyéndose un nuevo edificio dentro del recinto de San Miguel. Aquí vivían y se educaban hasta 50 colegiales durante cuatro años, becados e internos, que ejercían de ayudantes en la Catedral (sacristanes, monaguillos, acólitos y maestros de coro). Aquí también estuvo la residencia del maestro de capilla de la Catedral, y la de los mozos de coro o seises. Allí vivían y se educaban al cuidado del maestro de capilla o, más adelante, de su auxiliar el maestro de seises. Se les daba la enseñanza básica en gramática (lectura, escritura, latín, etc.), educación reli­giosa (catecismo), y sobre todo formación musical, que abarcaba el canto llano (canto gregoriano), canto de órgano (polifonía), composición y varios instrumentos musicales, especialmente el órgano, pero también violín, bajón, flauta, etc.
     En la plaza se abre a la izquierda el pasaje del Cabildo que da paso a la calle Arfe y en el cual se puede observar un lienzo de la muralla islámica que rodeaba la ciudad.
Puerta del Arenal
     Por la calle dedicada a Juan de Arfe, el maestro orfebre autor de la custodia catedralicia, llegamos a la puerta del Arenal. Esta se loca­lizaba en la intersección de la calle Castelar con la actual García de Vinuesa (el alcalde que autorizó su derribo en 1864), antiguamente la calle de la Mar, la vía que comunicaba el espacio mercantil de las Gradas con el área portuaria del Arenal, «plaza general de todo trato y ganancia», como la definió Lope de Vega. En el exterior de la puerta se encontraba el arrabal de la Carretería, la actual calle Arfe (antiguamente del Pescado) y el arrabal de la Cestería en dirección al puente de barcas de Triana, edificaciones que habían surgido extramuros desde el siglo XIV, "por cierta relajación de la autoridad local", ya que las ordenanzas prohibían la construc­ción de edificios que obstaculizasen la finalidad militar de las murallas, reducidas cada vez más a un gigantesco dique de contención de las frecuentes inundaciones fluviales. Precisamente, con objeto de ordenar el espacio extramuros y crear una nueva fachada urbana entre la puerta y el puente de barcas, el cabildo municipal encargó a Hernán Ruiz la redacción de un proyecto urbanístico en la Carretería, cuyos rasgos se perciben a través de los viejos grabados del XVI, como el de Janssonius.
     Pero esta era un área eminentemente portuaria, ocupada por almacenes, mesones, tinglados y puestos de mercaderías, hasta la construcción del mercado del Postigo en 1927, y por ello se fueron adosando viviendas a las murallas, ocupando el antemuro y organi­zándose los caminos en dirección a la ribera y al puente de barcas. A causa del intenso tráfico de todo tipo con el puerto y el puente de barcas trianero, esta puerta, junto con la de la Carne (trasiego hacia el arrabal de San Bernardo y el matadero), eran las únicas de la ciu­dad que no se cerraban de noche.
     En el interior, tras la puerta, se abría el compás de la Mancebía, el gran prostíbulo de la ciudad, establecido en el área de la calle Castelar hasta el Molviedro, en un dédalo de callejuelas, cercado y comunicado con la ciudad a través del postigo abierto en la actual calle Gamazo, a la altura de Mariano de Cavia, donde se ubicaba un retablo dedicado a la Virgen de Atocha. No obstante, las fuentes recogen la existencia de otros portillos en la cerca del compás o en la propia muralla, labrados por clientes o por las propias rameras para eludir el rígido control sobre esta actividad, ya que este área contaba con su propia normativa, establecida por el Cabildo municipal, que regulaba el oficio y sus limitaciones de edad, calendario, salubridad, etc. La Mancebía fue clausurada y demolida con la reforma urbanística del siglo XVIII que dio paso a las actuales calles Castelar, Gamazo y Padre Marchena, trasladándose el oficio a otros espacios.
     Las fuentes musulmanas no recogen el topónimo de esta puerta, de la que solo conocemos su denominación actual, que alude al inmenso arenal que se extendía entre la ciudad y el río, fruto de las frecuentes inundaciones que sufría este área. La misma puerta se encontraba en la cota más baja de todas las puertas de la muralla, razón por la que además de sufrir los embates de las aguas con mayor fuerza, servía de registro de las alturas alcanzadas por las aguas.
     La primitiva puerta almohade, como tantas otras de la ciudad, debía de estar formada por un acceso acodado en una torre-puerta, protegida por una barbacana exterior. Por ello, la solución que ofrecía al intenso tráfico de personas y mercancías distaba mucho de ser la ideal, ocasionando frecuentes quejas que reclamaban al Cabildo municipal su sustitución por un acceso de mayor anchura y comodidad. Finalmente, en 1566, como recogía una placa con­memorativa en su interior, el Cabildo encarga a Hernán Ruiz un proyecto de nueva puerta que supone la demolición del viejo acceso y su sustitución por otro de estética renacentista, acorde con la importancia de este ingreso a la ciudad. Se construyó en piedra, con acceso directo, y conocemos su aspecto gracias a diversos grabados y aguadas, como los de Dauzats o Roberts, los cuales nos muestran aún el frontón curvo diseñado por Hernán Ruiz, aunque en el dibujo de Tovar de 1878 podemos ver el que quizás sea su último aspecto: un frontón triangular rematado por dos imágenes recostadas de la Abundancia, alegorías del puerto sevillano, y la imagen de San Fernando junto a dos heraldos, en la fachada interior.
     La puerta aún sufriría diversas restauraciones en el XVIII y en el XIX antes de su derribo definitivo en 1864. Hay memoria de esta puerta en unos azulejos colocados en la fachada de la farmacia del Arenal y su huella se advierte en la línea de adoquines instalados con este propósito en el acerado de la calle.
     Buscando la muralla, tenemos que adentrarnos por la calle Castelar, abierta en el siglo XVIII bajo los auspicios del intendente Pablo de Olavide, tras el derribo de las casas de la Mancebía y la ordenación del espacio resultante, siendo de las pocas calles de trazado ancho y rectilíneo en este sector del casco antiguo de la ciudad. Anteriormente, la calle se denominaba de la Laguna, por la que existía en la actual plaza de Molviedro, resto de aquel paleo­ cauce del Guadalquivir citado con anterioridad y desagüe de gran parte de las aguas sucias del barrio hasta el siglo XVIII.
     La muralla se encuentra oculta tras las casas de la acera de los impares, donde actúa como medianera con las viviendas de las calles Adriano, Valdés Leal y Santas Patronas, un amplio sector que comenzamos a conocer mejor con cada obra nueva que se autoriza, como es el caso de Castelar n.º 11, sede de la Fundación Rojas-Marcos, la cual ha patrocinado recientemente la restauración ejemplar de un tramo de la muralla islámica que se encontraba oculta tras gruesas capas de mortero y pintura en el patio del edi­ficio. La intervención actual ha permitido sanear los tapiales, así como recuperar el almenado y parte del camino de ronda, el cual se nos muestra mutilado en su grosor a causa de alguna ampliación del patio o de las viviendas preexistentes, una actuación que también pudo ser la responsable de la destrucción de una de las torres defensivas que aún permanecían en pie y que ha podido documentarse en el lugar.
     Más adelante, en el espacio conocido antiguamente como el compás de la laguna de la Pajería, porque era uno de los accesos a la Mancebía sevillana, se organiza hoy la plaza de Molviedro, rotulada así en honor del arquitecto autor del proyecto de reforma urbanística del siglo XVIII antes mencionado. Nuevamente volve­mos a encontrarnos con una intervención reciente sobre la muralla en el patio del Hotel Vincci Molviedro, donde podemos observar un lienzo de más de 22 metros y los restos de una torre, así como los estragos que el paso del tiempo ha dejado sobre la piel de la vieja cerca islámica. En la nueva plaza se levantó hacia finales del citado siglo la capilla del Mayor Dolor, que hoy alberga a la Hermandad de Ntro. Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras.
     Nuestra ruta debe conducirnos ahora por la calle Adolfo Cuéllar, antigua calle Rositas, y atravesar el pasaje peatonal de Cristóbal de Morales, abierto en los años 50 el cual rompió la muralla media­nera oculta entre las calles Castelar y Santas Patronas. En algunas viviendas de estas calles sus propietarios pueden acceder a las azo­teas y pasar al adarve o a las torres de la muralla medieval, presente en los apartamentos turísticos del número 55 o en el recuerdo de unos azulejos en el edificio regionalista de Aníbal González en el número 9 de la calle Santas Patronas. Salimos de la vieja ciudad amurallada para adentrarnos en el arrabal de la Cestería en busca de la puerta de Triana.
     La puerta de la cerca islámica se ubicaba en la confluencia de las actuales calles de Moratín (antigua de la Reventa) y Zaragoza (antigua de la Pajería), recordada hoy por un moderno pasaje pea­tonal entre esta última y la calle Santas Patronas. En 1417 sufrió una reforma que provocó la demolición del sistema acodado primitivo y tras las obras de la puerta nueva, unos metros hacia el norte, fue cegada, aunque su huella se advierte aún en el grabado de Pedro Tortolero que recoge la entrada de Felipe V en Sevilla por la puerta de Triana en 1729. Hasta la Baja Edad Media aquel espacio extramu­ros quedaba a merced de las riadas del Guadalquivir, formándose un área pantanosa que no sería urbanizada hasta los siglos XV y XVI, cuando se fue conformando el arrabal de la Cestería, ocupado fundamentalmente por los artesanos dedicados a la elaboración de cestas y objetos de enea y mimbre, además del Hospital de las Santas Patronas (recordado en un azulejo de dicha calle, antigua calle de las Vírgenes) y del convento de Santa María del Pópulo, fun­dado en 1625 por los agustinos descalzos.
     Esta puerta recogía un intenso tráfico de personas y mercan­cías, constituyendo la principal vía de comunicación de la ciudad con el arrabal trianero y el Aljarafe, motivo por el que se habilitó un arrecife entre la puerta y el puente de barcas para sortear el lodazal habitual de esta zona deprimida. En ese área extramuros, y en dirección al puente de barcas, se labraría más tarde, en 1735, el almacén para el Real Negociado de Maderas del Rey, destinado a recibir las cargas de las grandes almadías de pinos que bajaban por el Guadalquivir desde la sierra de Segura para su empleo en la edificación o en la construcción naval. Más tarde, el edificio perdió sus usos iniciales hasta que fue alterado de manera importante con la intervención de Enrique Balbontin en 1958 que le añadió el edificio residencial que hoy podemos ver.
     Así pues, la importancia del área fue el argumento usado para su inclusión en el informe de Hernán Ruiz II de 1560 ante el asistente de la ciudad, donde recomendaba la reforma de las principales puertas de la muralla «... porque será más ornato desta çibdad que se abran las dichas puertas en derecho...». Sin embargo, el proyecto no llegó a ejecutarse hasta 1585, cuando el Cabildo autorizó la cons­trucción de una puerta nueva, de carácter monumental, auténtica fachada a modo de arco triunfal de acceso a una ciudad en la cumbre de su apogeo.
     La puerta nueva se localizaba entre las actuales calles Gravina, Zaragoza, Santas Patronas y Julio César, donde una reforma reciente del acerado nos permite recordar su ubicación gracias a la disposición de los adoquines. Las obras se desarrollaron entre 1585 y 1592 a cargo del arquitecto Asensio de Maeda (aunque otros la atribuyen a Juan de Herrera), quien le aporta una estética renacentista y levanta un arco de medio punto flanqueado por dobles columnas de orden toscano que sostienen el cuerpo superior de la puerta, donde se ubicó una cárcel de caballeros bajo la autoridad del duque de Alcalá, y donde también se alojan los escudos y la placa conmemorativa, rematado todo ello por un frontón triangular. Fue una de las puertas más hermosas del conjunto murado, cuyo efecto monumental fue aprovechado para proceder a las entradas de las comitivas reales de Felipe V al instalarse la corte en Sevilla en 1729 y de Fernando VII en 1823 tras ser repuesto en el trono absolutista. Fue una de las puertas monumentales que aparece más veces en la iconografía sevillana. De hecho, su imagen aparece, entre otros, en los grabados de Jansonius, Merian o Pedro Tortolero, los dibujos del viajero Richard Ford y en las fotografías del siglo XIX, de Masson y Andrieu, convirtiéndola en un auténtico icono urbano frente al bullicioso espacio portuario del Arenal y el arrabal trianero.
     Sin embargo, el Ayuntamiento aprobó la demolición de la puerta en septiembre de 1868, diez años después de la apertura de dos accesos peatonales a ambos lados de la misma, dentro del plan de reforma urbanística desarrollado en este área tras la construcción de la estación del ferrocarril en la plaza de Armas y los planes de ensanche aprobados con el diseño de la calle Reyes Católicos. Los restos de la puerta fueron adquiridos por el contratista jerezano encargado de su derribo y se conservan parcialmente en el zoológico de el Tempul en Jerez. Por su parte, los edificios adyacentes se mantuvieron hasta la última intervención urbanística en el área, en torno a 1960, cuando el Ayuntamiento decidió reanudar el viejo proyecto de ensanche interior de José Sáez y López de 1895, que buscaba, entre otras reformas, una gran vía este-oeste de acceso al centro urbano, desde la puerta de Triana a la puerta de Carmona, y que tan solo llegó a ejecutarse en algunos tramos, aunque los ensanches realizados se llevaran por delante lienzos de la muralla medianera entre las calles Julio César-Gravina y restos de una torre en Santas Patronas-Zaragoza, o provocasen el extraño retranqueo de fachada que observamos en el número 29 de la calle San Pablo, una alineación posterior asociada al proyecto mencionado.
     Por último, un grupo de profesores universitarios ha presentado recientemente sus estudios sobre esta puerta, entre los que incluyen una reconstrucción digital que, a su juicio, podría servir de base a la restitución de tan emblemática entrada a la ciudad (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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