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lunes, 27 de octubre de 2025

El Hotel Las Casas de la Judería

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Hotel Las Casas de la Judería, de Sevilla.    
     El Hotel Las Casas de la Judería se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 5 (aunque también tiene accesos en la barreduela Dos Hermanas, calle Archeros, calle Verde, y calle Sanclemente); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     Traspasar las puertas de este hotel, implica sumergirse en una Sevilla desconocida para muchos. Sus 134 habitaciones, todas diferentes, se entremezclan entre ellas, a través de más de sus 40 patios, jardines, túneles y laberínticas callejuelas interiores. Pasear por el interior del hotel, es volver a vivir lo que fue esta ciudad siglos atrás: Fuentes, estatuas, pedestales, columnas, solerías y un buen conjunto de muebles de la época, ánforas, botijos, antiguas murallas, etc., dan la sensación de estar en un auténtico museo.
     El Hotel Las Casas de la Judería ocupa 27 casas sevillanas de estilo tradicional comunicadas mediante diversos pasadizos y patios. El establecimiento tiene una decoración de estilo clásico y alberga una piscina en la azotea, un spa y varios patios típicos andaluces.
      El Hotel Las Casas de la Judería está ubicado en uno de los barrios de Sevilla que más fielmente conservan la fisonomía de aquella ciudad que, en palabras de Fray Tomás de Mercado, pasó de ser apéndice de Europa a centro del mundo. A ello ha contribuido decisivamente la labor restauradora llevada a cabo por el Sr. Duque de Segorbe durante los últimos 30 años para adaptar a uso hotelero el caserío que se ha ido progresivamente agregando al núcleo originario del hotel, en un proceso que aún no se ha cerrado y que esperamos no completar nunca. Esta tarea rehabilitadora ha perseguido, sin duda, asemejar el confort de las habitaciones que se iban incorporando, pero sin olvidar que el objetivo último, lo que imprimía al Hotel su carácter, era desvelar la ciudad histórica mediante el respeto escrupuloso de la diversidad arquitectónica preexistente. Así, a través de discretas conexiones que respetan la esencia e intimidad de cada espacio, creemos haber logrado fundir, en seductora armonía, arquitectura aristocrática con arquitectura popular.
     Acostumbrados como estamos a describir la ciudad contemporánea mediante sistemas de correspondencias entre distritos de arquitectura homogénea y categorías socioeconómicas, olvidamos que cualquier conjunto histórico, y este de la antigua judería en el que se inscribe nuestro hotel no es una excepción, es la proyección en el espacio de relaciones sociales complejas y cambiantes en el tiempo. Excepto el barrio de Santa Cruz, reinventado a principios del siglo XX como suma de lo que se suponía era la arquitectura típica andaluza, un tipismo que devolvía el reflejo del espejo que ofrecían los viajeros románticos, la trama urbana de la Judería ha conservado las trazas que fue adquiriendo durante los periodos medieval y moderno, e incluso de épocas anteriores, trazas que nos revelan una sociedad que yuxtaponía, en un mismo espacio, jerarquías socioeconómicas y socio-jurídicas con otros marcos de integración social como podían ser el linaje, las clientelas, o las corporaciones, todo ello inserto en una clara dimensión religiosa en el que la vecindad -hoy diríamos ciudadanía- se reservaba a los cristianos, quedando el resto de religiones sujetas a fueros especiales.
     Uno de estos fueros especiales era el de la comunidad judía. La Judería sevillana se situaba al lado del Alcázar sobre una superficie de unas dieciséis hectáreas, segregada del resto de la ciudad mediante una muralla -algunos de cuyos restos se pueden todavía ver en la actual calle Fabiola- que a través de las actuales calles de Mateos Gago, Fabiola, Madre de Dios, San José, Conde de Ibarra, Plaza de las Mercedarias, Vidrio, y Armenta, unía la muralla almohade -que también tenía función de acueducto- con la del Alcázar. No parece que hubiera judíos en la Sevilla que capituló ante las tropas del rey Fernando III en 1248, pero pronto, bajo la protección real, la aljama sevillana se convirtió en la segunda comunidad hebrea del reino, después de la de Toledo, reuniendo unas cuatrocientas familias. Además, en ella vivieron algunos personajes que desbordan la historia local, como los almojarifes (Contadores Mayores) de los reyes de Castilla, Samuel Leví que lo fue del Rey don Pedro, o su sobrino Yuçaf Leví que lo fue del hermanastro de aquél, Enrique II, y que han dado nombre a la actual calle Levíes. Este esplendor va a durar poco más de un siglo, pues, en 1391, el pueblo de Sevilla, enloquecido por la prédica del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, asaltó con violencia la judería robando y matando.
     Nunca más recuperaría su esplendor la antigua judería, en ella sólo quedaron algunas pocas familias dispersas que se fueron progresivamente concentrando cerca del Alcázar o incluso en su interior, en el Corral de Jerez, buscando la protección real, o en la calle Verde, al abrigo del poder de los Zúñiga, hasta que el decreto de expulsión de 1483 para el reino de Sevilla y de 1492 para todo el reino de Castilla, arroje, a todos los que no consintieron convertirse, hacia tierras del Imperio Otomano, fundamentalmente Tesalónica y Constantinopla, donde constituirán comunidades que calcan la estructura jurídico-administrativa de las juderías españolas y que aunque utilizan el hebreo como lengua oficial, el castellano medieval domina sin rival en la enseñanza, la justicia, la prédica e incluso en la literatura. En homenaje a este periodo histórico hemos nombrado a la casa marcada en el plano con la letra M, Casa de Mosé Bahari, por ser la única del complejo hotelero de la que conocemos el nombre del judío que la poseyó.
     Sobre este espacio yermo se establecieron las actuales parroquias de Santa María de las Nieves -vulgarmente conocida como la Blanca- San Bartolomé Nuevo y Santa Cruz con el ánimo de repoblarlo con población cristiana. La iglesia de Santa María la Blanca se consagró, ese mismo año de 1391, sobre el solar de la antigua sinagoga que el rey Alfonso X había donado a los judíos en 1253. Surge así el templo actual, con portada gótica y estructura mudéjar, muy reformado, a lo largo de todo el siglo XVII, gracias a las donaciones realizadas por el canónigo don Justino de Neve, -el mismo benefactor del Hospital de los Venerables- con la construcción de las capillas bautismal y sacramental, la reforma de la capilla mayor y la construcción de las bóvedas de las naves decoradas con el programa iconográfico que hoy podernos ver. La misma suerte corrió otra de las sinagogas, hoy templo de San Bartolomé, cuyas trazas actuales se deben al arquitecto José Echamorro que trabajó en ellas a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Entre ambas collaciones de San Bartolomé y Santa María la Blanca se extiende hoy el Hotel Las Casas de la Judería, teniendo como frontera natural que lo separa del Barrio de Santa Cruz, la calle de Santa María la Blanca. Esta calle que fue arteria principal de la judería desemboca en la plaza del mismo nombre, principal centro de sociabilidad de la aljama, por ser su único gran espacio abierto.
     Sevilla, quizás como ninguna otra ciudad española, refleja también en su entramado urbano la Historia de un espacio mucho más vasto al que se incorpora, primero un reino, el de Castilla, que se transforma repentinamente en Imperio a principios del siglo XVI, y, que, a inicios del XIX, apenas puede aspirar a constituirse en nación. Esta ampliación y contracción, de reino a imperio y de imperio a nación, del espacio político en el que Sevilla se insertaba con un papel protagonista va a afectar profundamente, en todos los órdenes, a la sociedad sevillana y, por tanto, a su urbanismo.
     Tras los descubrimientos colombinos, Sevilla se convierte en la metrópoli que une el Viejo y el Nuevo Mundo. Como dato anecdótico, pero significativo de la importancia que tendrá para estas collaciones el nuevo papel de la ciudad, hemos de señalar que los primeros indios que llegan a Europa se albergan en Santa María la Blanca, en alguna de las casas del Duque de Béjar. La ciudad experimenta un doble proceso de crecimiento y de transformación. Crecimiento tanto vertical, mediante la conquista de los antiguos soberados medievales, como horizontal, construyendo arrabales extramuros u ocupando las calles mediante la construcción sobre adarves (barreduelas o callejones sin salida) tan numerosas en la ciudad medieval, - representados y recuperados para el complejo hotelero por los espacios que hemos designado como Patinillos del Adarve, Adarve Perdido y Casa del Pozo Adarve- o atravesándola con soberados "que dicen encubiertas'', en un proceso que ha llevado a considerar a Don Antonio Domínguez Ortiz que este espacio, hoy público, era entonces concebido como una especie de "res nullius" del que todos intentaban apropiarse. Transformación, porque, al abrirse la ciudad al mundo, llegan a ella nuevas formas de concebir los límites que dividen los espacios de sociabilidad pública y privada, lo que conduce a labrar portadas, reformar patios y construir fachadas. Frente a la arquitectura islámica que trata de ocultar a las miradas ajenas la riqueza de la arquitectura interior aparecen ahora -en un ahora que podríamos llevar hasta la actualidad- nuevos modelos que persiguen, muy al contrario, mostrar la condición de su propietario. Es el momento en que el Marqués de Tarifa construye la actual fachada de la Casa de Pilatos, siguiéndole otros muchos, en un proceso en el que la alta nobleza lleva la voz cantante, pero, muchos otros, hacen los coros, lo que hará decir, en 1547, al cronista Pero Mexía "de diez años a esta parte se han hecho más ventanas y rejas que en los treinta años de antes" y a las ordenanzas reiterar, en 1632, una prohibición medieval "No es bien descubrir hombre casa ajena, y por ende, si alguno quisiere fazer en su casa alguna finiestra (ventana) por donde entre la lumbre y cerca de aquellas casas hay otras. [...] debe hacer tamaña finiestra que no saque la cabeza por ella". Todavía en los sobrios muros del Convento Dominico de Madre de Dios, fundado en 1472, y sito en la calle San José, es posible intuir e imaginar el aspecto de la ciudad medieval. Por el contrario, la actual fachada del Palacio de Altamira, superpuesta a la construcción medieval original de los duques de Béjar, aunque reformada, nos permite adivinar el punto de llegada de dicha evolución.
     Este palacio separado de nuestro Hotel por el callejón de Dos Hermanas, tiene su origen en las casas que el rey Enrique III donó al Justicia Mayor de Castilla, Don Diego López de Zúñiga, Señor de Béjar, tras el asalto de la judería en 1391. Sobre dichas casas que podemos imaginar ricas por haber pertenecido a Yuçaf Pichón, uno de los Almojarifes de Enrique II, levantó, Don Diego, una construcción mudéjar, hoy casi oculta por las obras realizadas en los siglos XVII y XVIII, por las reformas introducidas a lo largo del S. XIX para adaptarlo a casa de vecindad y por la desafortunada rehabilitación efectuada por  la Junta de Andalucía para su uso como una de las sedes de la Consejería de Cultura. Este palacio que tuvo un precioso jardín renacentista que sólo conocemos por los planos que se conservan en la sección nobleza del Archivo Nacional, pasó de los Duques de Béjar a una rama segundona de esta Casa, los marqueses de Villamanrique, que a su vez entroncaron en la de Altamira, razón por la cual se conoce bajo este nombre. A este linaje de Zúñiga perteneció también el palacio, marcado en el plano con la letra C y llamado de los Zúñiga en el que hoy se sitúa la recepción del hotel, y el piano bar, denominado, por esta razón, Salón del Marqués de Villamanrique.
     Otro de los linajes cuyo asentamiento en la ciudad se remonta al periodo de la reconquista es el de los Padilla, al que perteneció la zona donde se ubica la Conserjería del Hotel, señalada con la letra L y que, por ello, hemos bautizado respectivamente con los nombres de Palacio, Jardín y Patinillo de los Padilla. Estas grandes Casas, poco numerosas, que se habían enriquecido prestando servicios militares a la Corona, ora en la reconquista, ora en las guerras civiles medievales, van abandonando Sevilla para fijar su residencia en la Corte, ya sea por ser ésta origen de toda merced, en un proceso que el absolutismo monárquico del s. XVII aceleró, o, simplemente, porque su linaje había entroncado, fruto de matrimonios endogámicos, con algún otro superior residente en Madrid. El espacio social e incluso físico que dejan será progresivamente ocupado por una nobleza antigua de inferior rango o por otra de nuevo cuño de origen nacional o extranjero pero, en general, enriquecida en el comercio con Indias. Tal es el caso de la familia Pedrosa que compra a Felipe IV el señorío de Dos Hermanas, elevado, bajo Carlos II, a marquesado. La que hemos llamado Casa Grande del Callejón perteneció a estos marqueses de Dos Hermanas que dieron su último nombre a espacio, otrora denominado Calle del Arquillo, por el arco que une el palacio del Duque de Béjar -hoy de Altamira- con la casa que hemos bautizado como Casa del Jurado por haber pertenecido, a mediados del s. XVI, a un tal Francisco de Medina que ocupaba este cargo del concejo (ayuntamiento) sobre el que recaía fundamentalmente el abasto de la ciudad.
     No era este Francisco de Medina el único cargo del Concejo que habitó en lo que hoy es complejo hotelero, pues, por los padrones del siglo XVIII, sabemos que en la casa rotulada con la letra J vivió un caballero veinticuatro, nombre con el que se denominaba a los regidores del Concejo de Sevilla y que, por ello, hemos convenido en bautizar como Casa del Veinticuatro. Aunque el reino de Sevilla estaba representado en Cortes por dos procuradores electos entre los caballeros veinticuatro y los jurados, no pensemos tampoco en personajes excesivamente poderosos, sino en una especie de mesocracia equiparable con la baja nobleza, pues las necesidades pecuniarias de la monarquía en el siglo XVII condujeron a la compraventa de estos cargos, lo que generó una inflación de los mismos y, por ende, el desinterés por ellos de las grandes familias vinculadas de antiguo al gobierno de la ciudad.
     En los cambios sociales que experimentó Sevilla entre los siglos XVI y XVII tuvo un papel fundamental la atracción que ejerció hacia un considerable número de inmigrantes tanto del resto de España como de Europa. Entre esta heterogénea masa humana cabría distinguir dos grupos: en primer lugar, uno muy numeroso, de entre cuya muy diversa procedencia destacan las zonas más deprimidas de Francia (Cantal, Limousin, etc.), para emplearse en los oficios más humildes (aguador, buhonero, etc.) y que suelen habitar, junto con los sevillanos de similar condición, en corrales de vecinos, espacios representados en el Hotel por el denominado Corral de las Flores, señalado en el plano con el número 6, al que pertenecía la Casa del Corral, marcada con la letra D, y por la Casa de la Dama, posteriormente transformada en populoso corral de vecinos como casi todas las demás casas del conjunto que comentamos; en segundo lugar, otro menos nutrido, también de muy diverso origen, dominando el genovés, entre los que destacan los Mañara y los Bucarelli (uno de cuyos miembros llegó a ser Virrey de México) que vienen a comerciar con Indias y que compran o construyen magníficas casas-palacio.
     Una de estas casas, elegante ejemplo del renacimiento civil sevillano, situada en la Calle Levíes, es el Palacio de Miguel de Mañara comprado, a principios del XVII, por su padre don Tomás de Mañara y Colonna, cargador de Indias. Don Miguel de Mañara es el personaje que simboliza la mentalidad del barroco sevillano o mejor dicho de la Contrarreforma, cuyo principio esencial es la justificación por las obras que se traduce en la práctica de la Caridad. Estos principios que condujeron a don Miguel a destinar toda su fortuna a los pobres y a construir el Hospital de la Santa Caridad para atender a pobres y enfermos, derivaron, en otros muchos casos, en la realización de donaciones testamentarias a la Iglesia. Si ya entonces la presencia en el barrio de las instituciones eclesiásticas como propietarias era notable, por haber sido las principales beneficiarias de la expulsión de los judíos, por esta vía, dicha presencia se incrementará durante los siglos XVII y XVIII hasta alcanzar proporciones extraordinarias. En nuestro complejo hotelero sabemos, por los padrones de los siglos XVII y XVIII, -estudiados, por encargo del Sr. Duque de Segorbe, para una investigación del Hotel y del barrio en que se inscribe- que fueron propietarios de la Casa del Cabildo con su patio y Patinillo, de la Casa de los Cartujos, de la Casa del Convento de Madre de Dios y de la Casa del Convento de Santa Clara y de otras a las que hemos preferido denominar de otra manera, apoyándonos en distintos argumentos.
     Por esos mismos padrones conocemos que a fines del S. XVIII habitaron en la casa marcada por la letra P unos profesores de música, y, por ello, bautizada como Casa de los Músicos y en la señalada con la N un escribano del número, por ello denominada Casa del Escribano.
     Las dificultades de navegación en el Guadalquivir y la presión de los grandes comerciantes extranjeros provocarán el progresivo traslado de la cabecera de la Carrera de Indias de Sevilla a Cádiz. La economía sevillana, muy maltrecha desde mediado el S. XVII por los catastróficos efectos demográficos de la peste de 1649, experimentará con ello un lento proceso de decadencia y "agrarización" que se completará con la pérdida de las colonias americanas en el primer tercio del S. XIX. A través de los padrones podemos ver como los corrales de vecinos, antaño ocupados por gentes de muy diversos oficios y orígenes empiezan a llenarse, a fines del XVIII, fundamentalmente con población jornalera. En el siglo XIX, en estas collaciones que en otros tiempos llegaron a tener una población  artesana muy activa, apenas encontramos pequeños oficios como el que ejercía la persona que habitaba la Casa del Relojero o el que ocupaba a quien vivía en la Casa del Tallista. La Casa de la Vaquería y el Patio de la Vaquería son un símbolo de este proceso, pues esta actividad se practicó, hasta hace no mucho tiempo, en estas casas que otrora habían pertenecido a la Santa Caridad (Hotel Casas de la Judería).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Hotel Las Casas de la Judería, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la calle Santa María la Blanca, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la barreduela Dos Hermanas, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Archeros, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Verde, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sanclemente, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial del Hotel Las Casas de la Judería: www.lascasasdelajuderiasevilla.com.

El Hotel Las Casas de la Judería, al detalle:
A - Casa del Jurado
B - Casa del Cabildo
C - Palacio de los Zúñiga
D - Casa del Corral
E - Casa del Relojero
F - Casa del Tallista
G - Casa de la Caridad
H - Casa de la Vaquería
I - Casa del Pozo Adarve
J - Casa de la Dama
K - Casa del Veinticuatro
L - Casa de los Cartujos
M - Palacio de los Padilla
N - Casa de Mosé Bahari
O - Casa del Escribano
P - Casa del Convento de Madre de Dios
Q - Casa de los Músicos
R - Casa del Convento de Santa Clara
1 - Desayuno - Piano-Bar

viernes, 22 de noviembre de 2024

Un paseo por la calle Sanclemente

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Sanclemente, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 22 de noviembre, Memoria de Santa Cecilia, virgen y mártir, que, según la tradición, consiguió la doble palma por amor a Jesucristo en el cementerio de Calixto, en la vía Apia de Roma. El título de una iglesia en el Transtíber romano lleva desde antiguo su nombre (s. inc.) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la calle Sanclemente, de Sevilla, puesto que Manuel Sanclemente, a quien está dedicada, fue organiza de la Catedral, y Santa Cecilia es la patrona de la música.
     La calle Sanclemente es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo; y va de la plaza de Zurradores, a la calle Verde.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Al menos desde 1691 la mayor parte de esta calle recibió la denominación de San Gerónimo, por un cuadro con su imagen que allí figuraba, y que ya había desaparecido en 1839. En la confluencia con Garci­ Pérez y el pasaje de Zamora queda un espacio abierto que anteriormente tenía consideración de plazuela y que recibió distintos topónimos, a veces coetáneos: plaza de los Leones (Olavide, 1771), plazuela del Morillo (entre 1745 y 1829), que González de León confunde y llama plaza de Murillo, y a partir de él reproducen su error Moreno Gálvez (1845), Álvarez-Benavides (1873) y Montoto (1940); también es denominada plazuela de Sanclemente (1898) y de los Migueletes. En la reforma general del callejero de 1845 la plazuela perdió su denomi­nación y quedó toponímicamente incorporada a San Gerónimo. En 1869 se rotuló oficialmente con el nombre que hoy conserva, en memoria de Manuel Sanclemente, organista de la Catedral, que en ella vivió. Con harta frecuencia aparece nombrada San Clemente, creando ciertas confusiones.
     Confluyen por la acera de los pares Virgen de la Alegría y Garci-Pérez, y por la de los impares el pasaje de Zamora. Al acceder desde Verde, la calles sumamente estrecha y está pavimentada con losetas; se ensancha un poco a partir del núm. 7, por retranqueo de las fachadas de varias casas, resultado de una rectificación de líneas de principios de siglo (1914). A continuación se abre en el espacio que corresponde a la antigua plazuela y que se encuentra adoquinado. Finalmente, el tramo que termina en Zurradores presenta un trazado marcadamente rectilíneo y está, de nuevo, pavimentado con losetas de cemento. El alumbrado eléctrico fue introducido en 1945, y hoy se apoya sobre farolas de brazo de fundición adosadas a las fachadas, tipo gas. Salvo la antigua plazuela, abierta a la circunvalación de automóvi­les en sentido transversal, está cerrada al tráfico rodado; sin embargo, a finales del s. XIX estaba abierta y los carruajes causaban graves daños en las fachadas de las viviendas, por lo que en 1873 los vecinos solicitaron la colocación de un marmolillo.
     En la edificación alternan las viviendas tradicionales de dos y tres plantas con casas de pisos de reciente construcción de tres y cuatro plantas, y se conserva alguna casa de vecinos. Dominan las casas deshabitadas y en ruinas, algunas de ellas con los huecos de ventanas y puertas tapiados, que en conjunto dan a la calle un aspecto de deterioro y abandono. Con todo, se registra una cierta actividad comercial y de negocios de carácter tradicional y familiar. Como queda dicho, allí vivió y murió el organista de la Catedral, cuyo nombre lleva la calle, y durante algún tiempo también vivió el pintor Barto­lomé Esteban Murillo, lo que ayuda a comprender la confusión en la que cayó Gonzá­lez de León [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Cecilia, virgen y mártir;
LEYENDA
     Joven patricia procedente de la familia romana Caecilia, cuyo nombre derivaría de caecus, ciego. Con santa Inés, santa Cecilia es la más popular de las mártires romanas.
     En verdad, su Passio, que se remonta a finales del siglo V, es sólo una novela edificante, y su patronazgo sobre la música, que apareció a finales del siglo XV, se funda en un despropósito.
     La mayoría de los rasgos de sus leyenda se copiaron de la Historia de la persecución vándala, de Bernardo de Vite, escrita hacia 486.
     Forzada por sus padres a casarse con Valeriano, en la habitación nupcial ella convirtió a su marido al ideal de la castidad cristiana: el joven se hizo bautizar por el papa san Urbano junto a su hermano Tiburcio, y ambos fueron condenados a muerte.
     Como se negó a ofrecer sacrificios a los dioses, fue condenada a morir aho­gada por el vapor en un caldario (caldarium: sala para tomar baños de vapor) sobrecalentado, pero un rocío celestial la refrescó.
     Entonces un lictor recibió la orden de cortarle la cabeza. Emocionado o torpe, éste le asestó tres mandobles en la nuca sin conseguir que la cabeza se separara del tronco. Como la ley romana prohibía al verdugo seguir golpeando al condenado después de dar tres golpes sin haber terminado con su vida, la santa sobrevivió tres días con el cuello cortado a medias, extendida en la sala de las Termas. Expiró en presencia del papa Urbano y fue sepultada en el cementerio de Calixto.
CULTO
1. Lugares de culto
     El principal centro del culto de santa Cecilia era Roma, naturalmente. Desde el cementerio de San Calixto sus reliquias fueron transferidas en el siglo IX (821) a la basílica de Santa Cecilia del Trastevere, que se edificó sobre el palacio donde ella vivía.
     Su culto se difundió en el norte de Italia: en Bolonia, donde la capilla puesta bajo su advocación en la iglesia de San Giovanni in Monte estaba decorada con el célebre cuadro de altar de Rafael; en Parma, en Verona y en Padua. En Francia, el santuario más célebre de la santa es la catedral de Albi, puesta bajo su advocación, que conservaba en su tesoro un brazo relicario (scrinium S. Caeciliae) donado por el papa Pablo II. Debe admitirse que la dedicatoria no está en armonía con la arquitectura militar de esta iglesia fortaleza, que resultaría más apropiada para san Jorge.
     París, Beauvais y Tours se disputaban la posesión de la cabeza de santa Cecilia. Y puesto que ya había otras dos en Roma, la santa habría tenido al menos cinco cabezas. En la catedral de Cambrai se mostraba su anillo nupcial.
     En el siglo XVI, Carlos de Lorena, obispo de Metz, que era cardenal con el título de Santa Cecilia, difundió su culto en Lorena.
     En Montserrat y Urgell, Cataluña, había conventos puestos bajo la advocación de Santa Cecilia.
     Por último, Alemania también participó en el culto de la mártir romana. Colonia le dedicó una de sus iglesias. La catedral de Hildesheim estaba puesta bajo la advocación de santa Cecilia y sus dos compañeros, Valeriana y Tiburcio. Esta devoción se extendió hasta Mecklemburgo, a orillas del Báltico, y está probada en Güstrow por un relicario de plata y un retablo.
2. Patronazgo de los músicos
     Santa Cecilia está muy lejos de ser tan rica como santa Bárbara en patronazgos corporativos; pero la protección a la música que se le atribuye, en especial a la música religiosa (Música sacra), basta para asegurarle una gran popularidad.
     Además de los músicos, cantores y organistas, es patrona de los fabricantes de órganos e instrumentos de cuerda.
     Aunque lo cierto es que se trata de un patronazgo tardío, puesto que no apareció hasta finales del siglo XV, en las postrimerías del arte de la Edad Media. Y además, tal como lo demostrara en 1732 el abad Lebeuf, y como lo probaron, después de él, el presbítero Delelaye y Dom Quentin, dicho patronazgo reposa en uno o varios despropósitos.
     En la Passio legendaria de santa Cecilia se leía, efectivamente, la siguiente frase: «Cantantibus organis, Caecilia in corde suo soli Domino decantabat, dicens: Fiat cor et corpus meum immaculatum!». Es decir,  mientras se conducía a Cecilia a la casa de su novio el día de su boda, «al son de los instrumentos musicales, ella invocaba en su corazón sólo a Dios, para pedirle la gracia de conservar inmaculados su corazón y su cuerpo».
     Así, si se interpreta correctamente ese fragmento, Cecilia no es músico, no toca el órgano ni otro instrumento cualquiera, sino que cierra los oídos a la marcha nupcial ejecutada en su honor, para concentrar el pensamiento sólo en Dios, e implorar la salvaguarda de su virginidad. Ella habría sido antes melófoba que melómana.
     ¿Cómo es posible que en tales circunstancias se la haya tomado por una amiga de la música? Sin duda porque en la antífona extraída de su Passio, al suprimir las palabras cantatibus organis, y eliminar in corde suo se desnaturalizó el sentido de la frase. Y se acabó por comprender que Cecilia cantaba al son de su instrumento, e incluso que se acompañaba con el órgano. En verdad organa no significa órgano y decantabat debe leerse en sentido figurado. Por lo tanto, la fábula de santa Cecilia músico, y su patronazgo usurpado de la música religiosa tendrían un origen litúrgico. 
   Nunca se la representa entre las santas curadoras, como santa Águeda o santa Apolonia. Sorprende, teniendo en cuenta la desmedida afición de los clérigos a los juegos etimológicos, que no se le haya atribuido, como a santa Clara y santa Lucía, el patronazgo de los ciegos (caeci) y la curación de la ceguera.
3. La renovación del culto de santa Cecilia
     En el último año del siglo XVI se produjo un acontecimiento que dio un nuevo impulso al culto de la santa y que renovó su iconografía.
     Al abrir el féretro donde el papa Pascual I había guardado en 821 las reliquias de santa Cecilia para transportarlas desde el cementerio de Calixto a la basílica del Trastévere, se recuperó intacto el cuerpo de la santa, acosta­da sobre el lado derecho, con la cabeza cortada a medias.
     El papa Clemente VIII quiso que una estatua perpetuase el recuerdo de la macabra visión, y encargó al escultor Stefano Maderno que reprodujese fielmente el espectáculo al que asistiera.
ICONOGRAFÍA
     En su origen, santa Cecilia, como la mayoría de las mártires, no lleva ningún atributo identificatorio. En la catacumba de san Calixto, en Roma, está representada en Orante. Sobre los frisos en mosaico de Rávena, nada la diferencia de las otras santas que avanzan en procesión sosteniendo todas una corona.
     Fue a finales del siglo XV cuando la convirtieron por error en patrona de los músicos, que recibió como atributo un instrumento musical.
     Dicho instrumento es un órgano portátil (Handorgel) o fijo, a causa del texto de la Passio y de la antífona litúrgica: Cantatibus organis que ha sido comprendida de manera disparatada, puesto que organa en latín, significa instrumentos musicales de toda clase.
     Es un órgano lo que le atribuye Rafael en su célebre cuadro de Bolonia pintado en 1516. Pero su ejemplo está muy lejos de haber sido seguido por cuantos le sucedieron, que han puesto en sus manos los más diversos instrumentos: clave (Rubens), arpa (Mignard), laúd (Gentileschi), violín (Cavallino), violoncelo (Dominichino).
     Por otra parte, Cecilia suele olvidar la ejecución de su instrumento para oír la música celestial, con los ojos elevados al cielo, como arrebatada en éxtasis.
     Con frecuencia es un ángel músico quien, sentado a sus pies, ejecuta en su lugar sobre el teclado del órgano, o tañe las cuerdas de un laúd. El angelito algunas veces sirve de pupitre y presenta a la santa un cuaderno de música.
     A falta de instrumento musical, santa Cecilia se caracteriza por la herida que lleva en el cuello, y por una corona de rosas y lirios.
     Su iconografía es mayoritaria y casi exclusivamente italiana (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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La calle Sanclemente, al detalle: