Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

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domingo, 23 de noviembre de 2025

Experiencia Explicarte Sevilla, con los Talleres "Conocer Sevilla, y Visitar Sevilla" de los Distritos Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana del Ayuntamiento de Sevilla

     Hoy, domingo 23 de noviembre, finaliza la cuarta semana de otra Experiencia con ExplicArte Sevilla de las visitas organizadas para los Talleres Socio-Culturales "Conocer Sevilla, y Visitar Sevilla", de los Distritos Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana, del Ayuntamiento de Sevilla, desarrollados de lunes a viernes por las mañanas y tardes, y que se iniciaron el pasado 28 de octubre de 2025, con la primera presentación de los mismos.
     Gracias a la empresa Educomex Multiservicios, S.L., y Ocioambiente, S.L., por contar con nosotros para mostrarles, mediante los Talleres Socio-Culturales del Ayuntamiento de Sevilla, parte de la ciudad hispalense, porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
   Nos pusimos manos a la obra, y fuimos ofreciendo distintas rutas a lo largo y ancho de nuestra ciudad, desde el lunes 17 al viernes 21 de noviembre.
 
     Los Talleres desarrollados fueron los siguientes:

- 3ª Sesión - Taller 20 "Conocer Sevilla - 6" del Distrito Bellavista - La Palmera (lunes 17, de 10 a 13 h.)
        - plaza de San Francisco
        - plaza Nueva
        - Ayuntamiento de Sevilla
               
- 3ª Sesión - Taller 18 "Conocer Sevilla - 4" del Distrito Bellavista - La Palmera (lunes 17, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia Colegial del Divino Salvador (hasta Cripta)
        - plaza de San Francisco
        - plaza Nueva
        - Ayuntamiento de Sevilla

- 3ª Sesión - Taller 15 "Conocer Sevilla - 1" del Distrito Bellavista - La Palmera (martes 18, de 10 a 13 h.)
        - plaza de San Francisco
        - plaza Nueva

- 4ª Sesión - Taller 49 "Visitar Sevilla" del Distrito Los Remedios (martes 18, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia Colegial del Divino Salvador (hasta Cripta)
        - plaza Nueva

- 4ª Sesión - Taller 21 "Conocer Sevilla - 7" del Distrito Bellavista - La Palmera (miércoles 19, de 10 a 13 h.)
        - plaza Nueva

- 2ª Sesión - Taller 32 "Conocer Sevilla" del Distrito Triana (miércoles 19, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia del Buen Suceso
        - plaza Nueva

- 4ª Sesión - Taller 16 "Conocer Sevilla - 2" del Distrito Bellavista - La Palmera (jueves 20, de 10 a 13 h.)
        - Iglesia del Buen Suceso
        - Iglesia de San Pedro
          
- 4ª Sesión - Taller 54 "Visitar Sevilla" del Distrito Los Remedios (jueves 20, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia del Buen Suceso
        - plaza Nueva

- 3ª Sesión - Taller 17 "Conocer Sevilla - 3" del Distrito Bellavista - La Palmera (viernes 21, de 10 a 13 h.)
        - Ayuntamiento de Sevilla
        - Iglesia del Buen Suceso

- 3ª Sesión - Taller 19 "Conocer Sevilla - 5" del Distrito Bellavista - La Palmera (viernes 21, de 17 a 20 h.)
        - Iglesia del Buen Suceso       
     Gracias a las empresas Educomex Multiservicios, S.L., y Ocioambiente, S.L, por contar con nosotros, a los coordinadores de los talleres de los Distritos de Bellavista - La Palmera, Los Remedios, y Triana del Ayuntamiento de Sevilla, y como no podía ser de otra manera a todos y cada unos de los amigos que estoy conociendo gracias a estos talleres, de los que me estoy llevando una inmejorable impresión, puesto que está siendo una relación de amistad, más que de monitor-alumno, y de colaboración y aportación mutua, que sin duda está siendo enriquecedora para todas las partes, y que esperamos que sea duradera en el tiempo. 
     Deseando continuar con dichos talleres porque con ExplicArte Sevilla tenemos la posibilidad de organizarte la visita que tu quieras.
     Os dejo unas fotografías, aportadas por los usuarios, de toda la Experiencia ExplicArte Sevilla, y si quieres vivir una experiencia privada y personalizada a tu gusto, sólo tienes que contactar con ExplicArte Sevilla en Contacto, y a disfrutar del patrimonio e historia del lugar que elijas.















Más Experiencias ExplicArte Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 5 de julio de 2025

Las Mazas Capitulares, de Francisco de Valderrama, en el Ayuntamiento

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Mazas Capitulares, de Francisco de Valderrama, en el Ayuntamiento, de Sevilla.
     Hoy, 5 de julio, es el aniversario de la Ley de 5 de julio de 1856, en la que se establecía la elección de los alcaldes a través de los mismos habitantes del pueblo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte las Mazas Capitulares, de Francisco de Valderrama, en el Ayuntamiento de la capital andaluza.
     El Ayuntamiento [nº 17 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 45 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza Nueva, 1 (aunque la antigua entrada antigua se efectuaba por la plaza de San Francisco, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Las Mazas Capitulares, obra de Francisco de Valderrama, en 1587, se ubican en la Casa Consistorial, en la logia, realizadas en plata fundida, cincelada y grabada, con una altura de 95 cms. Llevan las siguientes inscripciones en la parte posterior de las asas: DI NVÑEZ PEREZ V. Q. PRor MYOR, Fº VALDE [fundidas] RAMA [fundidas].
     Las mazas capitulares del Ayuntamiento de Sevilla son una de las creaciones más importantes de la platería manierista sevillana. Estas se componen de un elegante varal y una cabeza superior de perfil abalaustrado. Siguiendo presupuestos clásicos, la vara se resuelve a modo de columna jónica. Partiendo de un casquete semiesférico con gallones, su fuste torneado es partido por la mitad con saliente toro con costillas. En su ornamento alternan afiladas aristas y bandas con rectángulos y óvalos, entre delicadas foliáceas incisas. El capitel jónico sirve de apoyo a la voluminosa y proporcionada cabeza. Esta presenta un primer cuerpo esferoide, dividido en cuatro caras por costillas estriadas, las cuales son ocupadas por tarjetas de recortes de cuero o cartuchos, cuyo centro es una punta de diamante. El segundo cuerpo es un paralelepípedo cajeado, cubierto por una cupulilla con gallones y óvalos, y de remate, sobre un cuarto bocel con costillas, una pirámide con esferilla en su cúspide, que, al igual que todo el referido diseño, evidencian su relación con la estética escurialense. Lo más interesante son las cuatro asas antropomorfas y exentas que recorren verticalmente estas cabezas, confiriendo al conjunto un fuerte sentido plástico de corte romanista. Se trata de féminas desnudas que, como púdicas afroditas, ocultan sus pechos con sus brazos entrecruzados, y cuyas extremidades se transforman en abultadas volutas, con una cartela central don de se reproducen las armas de la ciudad de Sevilla.
     Estas mazas hasta no hace muchos años se habían atribuido a Francisco de Alfaro (Sancho Corbacho, 1970: 56; Sanz, 1976: 126; Cruz Valdovinos, 1992: 238-239; Fernández Martín, 1992: 222-223; Heredia Moreno, 2007: 464-465). La inscripción que aludía a su autor hizo que se interpretara como una posible firma del platero cordobés (Collantes de Terán, 1970: 29). Pero realmente se trataba de un anagrama donde se abreviaba el nombre de su verdadero creador, Francisco de Valderrama, a quien el Cabildo municipal le encargó las dos mazas, junto a otros dos escudos hoy desaparecidos (Santos Márquez, 2009: 155-168). La decisión de labrar estas piezas se gestó en el Cabildo del 19 de octubre de 1586, comisionando al Procurador Mayor y Veinticuatro de Sevilla don Diego Núñez Pérez para elegir al platero y hacer el resto de gestiones, de ahí que su nombre aparezca en otra inscripción como el promotor de estas obras. Su elección, después de varios meses de trámites, recayó en Valderrama, con el que concertó la ejecución de las mazas y los escudos el 16 de enero de 1587. En esta conveniencia se estableció que se siguiera el diseño del platero y fueses acabados para el Corpus Christi de ese mismo año. Para su plata y hechura le entregaron las viejas mazas de Juan de Córdoba y doscientos ducados; y la tasación final la debían hacer plateros expertos, además del reputado escultor Gaspar Núñez Delgado, ejerciendo como fiador del orfebre el pintor Jerónimo Sánchez Coello. Los plazos se cumplieron y las mazas se estrenaron el día estipulado, por lo que se le fueron haciendo diferentes pagos hasta 1589, los cuales alcanzaron otros doscientos ducados (Antonio Joaquín Santos Márquez, en Patrimonium Hispalense. Historia y Patrimonio del Ayuntamiento de Sevilla. Tomo II Catálogo. Instituto de la Cultura y las Artes del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2014).
     En este artículo se da a conocer el verdadero autor de las mazas del ayuntamiento de Sevilla, Francisco de Valderrama, orfebre redescubierto del que además aportamos nuevos datos biográficos. Asimismo, hacemos un estudio pormenorizado de estas mazas capitulares, obra clave de la plástica manierista sevillana y que tradicionalmente había sido atribuida erróneamente a Francisco de Alfaro.
     Desde los primeros estudios que se hicieron sobre la orfebrería sevillana, una de las creaciones que ha tenido mayor consideración dentro la plástica desarrollada durante el último cuarto del siglo XVI, han sido siempre las mazas que aún hoy se custodian en el Ayuntamiento de Sevilla. La calidad, la perfección técnica, la novedosa formulación ornamental y estructural, y su carácter genuino dentro de la platería local, han hecho de estas piezas un referente para el conocimiento del avance estilístico del Manierismo en la capital andaluza. No obstante, en todos estos trabajos de investigación se ha venido afirmando reiteradamente que su autoría no podía recaer en otra persona que no fuera en el platero Francisco de Alfaro, del que también se dijo desde antiguo, que había dejado grabada su firma autógrafa. En esto último no iban muy descaminados, ya que una inscripción en el interior de las mismas muestra la rúbrica de su paternidad, aunque, en verdad, nada tenga que ver con el referido orfebre cordobés. La dificultad en su correcta interpretación, así como su paralelismo con otra inscripción recogida en la custodia de Écija, llevaron a la consabida confusión, impidiendo que saliera a la luz su verdadero autor, Francisco de Valderrama, del que ahora vamos a exponer suficientes pruebas documentales para que lo encumbren definitivamente como el artífice de tan magna creación.
     Pero antes de adentrarnos en dichas cuestiones, queremos aclarar que el descubrimiento de toda esta documentación no es algo que nos podamos atribuir con total rotundidad. Ya a fines del siglo XIX, el erudito don José Gestoso y Pérez desempolvó un documento clave para el conocimiento de los pormenores históricos que acontecieron en la fabricación de estas mazas, aunque fue obviada tanto por el propio Gestoso como por el resto de investigadores que con posterioridad las estudiaron. En su diccionario de artífices sevillanos, cuando dedica su atención al platero Francisco de Valderrama, transcribe un documento que hace referencia al pago de estas mazas y donde además se recoge una serie de pistas que serán esenciales para la localización del resto de datos vinculados con la gestación y consecución de este proyecto. Sin embargo, cuando Gestoso estudia estas piezas de plata, las identifica con las que anteriormente había labrado Juan de Córdoba en 1520, error que hizo olvidar la documentación que seguidamente pasamos a analizar.
     El proyecto de realizar unas nuevas mazas capitulares para el Concejo y Regimiento de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, quedó plasmado en el acta del cabildo celebrado el viernes 19 de octubre de 1586 y presidido por el asistente de la ciudad don Juan Hurtado de Mendoza, Conde de Orgaz. En dicha reunión se acordó la necesidad de renovar las prendas de plata que portaban los maceros en los cortejos civiles del concejo. Para ello, los regidores comisionaron al procurador mayor y veinticuatro de Sevilla, don Diego Núñez Pérez, el cual debía encargarse de los diferentes trámites necesarios para la realización de dos mazas y dos escudos de armas que reemplazaran a los que desde antiguo mostraban estos ballesteros en los actos públicos, especificando éstos que las nuevas piezas debían ser más grandes y mejores que las que en esos momentos estaban en uso. Las antiguas mazas que poseía el ayuntamiento y que hace referencia el documento, habían sido labradas por Juan de Córdoba como decíamos antes, el cual igualmente había fundido otro juego realizado entre Juan de Oñate y Maestre Pedro en 1498, a las que antecedió otras más antiguas, ya que la ciudad poseía el privilegio de portar mazas desde 1438.
     Don Diego Núñez Pérez aún tardaría varios meses en concretar la hechura de dichas obras, cuyo concierto y obligación pasaría definitivamente ante el escribano Juan de Bernal Heredia el 16 de enero de 1587. Como hemos hecho mención con anterioridad, el platero elegido fue Francisco de Valderrama, el cual encabezó la obligación por la parte contratada y el referido procurador mayor en nombre de la ciudad de Sevilla por la contratante. En esta carta, Valderrama se erige como auténtico creador del diseño original de la obra, cuyas trazas presentaba firmadas y habían sido aceptadas por Diego Núñez, las cuales quedaban en su poder. Igualmente el orfebre se comprometía a entregar el trabajo perfectamente acabado el día del Corpus Christi de ese mismo año, celebración en la que, al igual que aún hoy lo sigue haciendo, el cabildo civil debía ser escoltado por sus maceros portando estas nuevas prendas argénteas. Para la plata se le entregaban doscientos ducados por parte del mayordomo del concejo, algo que días más tarde también quedaba registrado en las cuentas capitulares. La tasación de la obra la harían dos plateros expertos que fijarían el valor de la hechura, aunque la calidad del trabajo debía ser ratificada por Diego Núñez y el escultor Gaspar Núñez Delgado. En caso de incumplimiento de lo pactado, el platero se comprometía a una serie de contraprestaciones que salvaran la confianza puesta en él por el procurador. Así pues, se especifica que si finalmente no fuesen entregadas en la fecha estipulada para ello, y aunque lo hiciera al día siguiente, el cabildo se reservaba el derecho de no retribuirle la mencionada hechura. Igualmente, Diego Núñez podía retirar este encargo si a la postre no se cumplía con lo establecido, además de dárselo a otro oficial experto en el oficio para que las concluyera, debiendo devolver Valderrama los mencionados doscientos ducados y la plata vieja, junto a todas las tasas, menoscabos e intereses que por esta contrariedad se pudieran causar en las arcas capitulares. Los testigos que respaldaron esta conveniencia fueron los escribanos Gaspar Pérez Agudo y Diego Sánchez de Aguilar. A este documento se le añadieron las condiciones expresadas en el referido y breve acuerdo capitular, por lo que la libertad creativa que tuvo el artista platero fue total, tan sólo ceñida al peso y a los plazos temporales estipulados.
     Días más tarde, concretamente el 21 de enero, a esta escritura se le agregó otro escrito por parte del escribano, en el que se establecía el fiador del platero, que recayó en la persona de Jerónimo Sánchez, pintor de imaginería, quien se comprometió a respaldar la deuda contraída por Valderrama, siendo testigos en esta ocasión el platero de oro Rodrigo Ponce y el procurador Francisco Sánchez Salguero, además de los escribanos Juan de Aguilar y Francisco del Carpio.
     Con este último trámite quedaba cerrada la escritura de obligación de las mazas y las armas de los maceros del cabildo hispalense, siendo a partir de este momento cometido de su mayordomo hacer el libramiento oportuno del dinero y la plata que se mencionaba en la misma. Ello sucedió el mismo día en el que se añadió el fiador de Valderrama, siendo Hernando de Toledo el encargado de desembolsar los doscientos ducados en reales, valorados en setenta y cuatro mil ochocientos maravedíes, además de la plata vieja para que el platero iniciase su trabajo. Otros cien ducados le fueron entregados por don Diego de Almonacid, mayordomo de los propios y rentas de la ciudad, según consta de la carta de pago que Valderrama le otorgó el 27 de abril de este mismo año, los cuales, tal y como rezaba la obligación, serían de la demasía en plata que finalmente tuvieron ambas piezas.
     Por todo ello, parece que las capitulaciones temporales del contrato se cumplieron con exactitud, y que finalmente, en el Corpus Christi de 1587, el cabildo hispalense participó en la procesión con sus nuevas prendas de plata, necesarias en el protocolo que desde antiguo se seguía en el cortejo procesional. Desconocemos el momento en el que desaparecieron las armas de plata, pero afortunadamente, y a pesar de las restauraciones posteriores que se le hicieron, estas mazas aún muestran el esplendor del pasado, testimoniándose su identificación con las que se concertaron en 1587, a través de las inscripciones que ambas recogen.
     En primer lugar, en una de las asas aparece una que alude al procurador mayor del cabildo, promotor de su creación, siendo otra interna, la que hoy podemos afirmar con rotundidad que pertenece a la firma de su creador. Como dijimos al inicio, la lectura de esta última inscripción había llevado desde antiguo a su interpretación como la rúbrica de Francisco de Alfaro, ya que ésta muestra una serie de letras fundidas en forma de anagrama, donde existe una evidente complejidad en su lectura. Las primeras letras están bastante claras, ya que la F con la abreviatura superior “co” alude a la reducción clásica del nombre de Francisco, coincidente en ambos orfebres. La dificultad se encuentra en la interpretación del resto de la inscripción. Siguiendo al nombre de Francisco, aparecen varias letras fundidas. Según la mayor parte de los investigadores, estas letras son, en el siguiente orden, una D, una E y una A, a lo que también algunos añadieron una L y una F que parecían formar las anteriores y que coherentemente se interpretó como la proposición y la parte inicial del apellido del afamado orfebre. Sin embargo, conocido su verdadero autor y analizando pormenorizadamente la misma, nosotros apreciamos que en esta fusión de letras se puede leer algo diferente. Así, además de las letras D, E, A y L primeras, se pueden entrever una V, la cual está perfectamente definida y formada a través de las anteriores. Por ello, creemos que lo que sigue al nombre abreviado del platero es la primera parte de su apellido, VALDE, el cual se completa con la segunda abreviatura. En ella, también se habían leído las letras A, R y A, y se habían interpretado como una alusión al origen aragonés del platero, basándose en otra inscripción que Alfaro había dejado en una de sus creaciones más importantes, la custodia de asiento de la iglesia de Santa Cruz de Écija. No obstante, la interpretación de esta última inscripción, y en concreto la alusión a su posible ascendencia aragonesa, podría perfectamente discutirse, ya que se basaba en una posible vinculación de su origen con la ciudad riojana de Alfaro, algo que la documentación ha descartado, ya que si bien él era cordobés, su padre y abuelo eran oriundos de Valladolid. De hecho, la aludida inscripción ecijana, en la que nosotros leemos “FRANCISCVS ALFARO I ONENSIS ME FECIT ANNO 1586”, creemos más bien que alude a la localidad de Oña, lugar de donde al menos era originaria su abuela paterna, María de Oña, y convertido en apellido lo ostentaron muchos de los miembros de esta familia de orfebres, entre los que destaca su sobrino y sucesor en la platería catedralicia hispalense Francisco de Alfaro y Oña. Así pues, la interpretación dada desde antiguo carece de fundamento y en verdad lo que recoge esta última fusión inscrita en las mazas es la segunda parte del apellido de nuestro protagonista. Sin dificultad, las aludidas letras se disponen formando con claridad una M, por lo que ordenándolas se completa el apellido Valderrama. Por lo tanto, y como comentamos en un principio, las inscripciones que aparecen en estas mazas ratifican la veracidad de todos los datos expuestos, además de la terminación de las mismas en el tiempo estipulado y su lucimiento en la fiesta eucarística de 1587.
     Ni que decir tiene que gracias a estas mazas se descubre la genialidad de un platero hasta ahora prácticamente desconocido, ya que, como quedó plasmado en la escritura, a Valderrama se debe, además de su materialización en plata, el exquisito diseño manierista que muestran ambas piezas. Una de las alabanzas más exaltadas que se han argumentado en defensa de su calidad, es su originalidad a la hora de replantear una tipología que tradicionalmente había tenido un aspecto muy definido. Desde los primeros ejemplos conocidos de la platería española, el modelo de cabeza arquitectónica torreada había primado sobre otras formas, siendo además el tipo defendido también por el propio Juan de Arfe en su De Varia Conmensuración. No obstante, durante el Renacimiento, al igual que en otras tipologías, los cetros se vieron seducidos por las nuevas formas torneadas y abalaustradas, deudoras del nuevo léxico impuesto durante la primera mitad del siglo XVI. Prueba de este cambio, y claro precedente de las de Valderrama, fueron las platerescas mazas del ayuntamiento de Toledo, obra de 1553 realizada por Diego de Ávila. En esta creación toledana apreciamos como su cabeza va a seguir un esquema estructural similar a las hispalenses, con una especie de vástago central compuesto por un cuerpo ovoide y otro superior alargado, a los que se les unen cuatro gruesas sierpes en forma de asas. Sin embargo, a pesar de
esta prelación, la verdadera importancia de las mazas hispalenses radica en su perfecta conversión al lenguaje manierista, generando un nuevo modelo que igualmente tendrá vigencia mientras dure el propio estilo como veremos con posterioridad. Existe cierta credibilidad y fundamento en el posible conocimiento de estos cetros toledanos por parte de Valderrama, ya que el intercambio cultural fue una constante entre los dos centros españoles durante esta centuria. Además, quizás esto tenga sentido si consideramos los modelos inmediatos a estas piezas capitulares conservados en el área sevillana, en los que se siguen prototipos con cabezas esferoides totalmente cuajadas de una renacentista ornamentación, como se puede comprobar en las que labrara Ballesteros el Mozo para la Universidad de Sevilla o las del concejo de Écija, salidas del taller local de Francisco de Sarria en 1575.
     Así pues, el resultado conseguido por Valderrama es totalmente innovador y muy avanzado para su época, ya que incorpora gran parte del nuevo ideario manierista. Siguiendo fielmente presupuestos clasicistas, la vara va a simular una elegante y estilizada columna jónica, en la que además de segmentar su fuste en dos partes a través de una saliente arandela con costillitas, sus tradicionales estrías son emuladas a través de rectángulos y óvalos resaltados, perfilados por delicadas foliáceas, todo ello dentro de un lenguaje manierista que se impondrá en las décadas siguientes en la platería hispánica. El delicado y minucioso tratamiento del capitel jónico en el que no existe ningún alarde decorativo, tan sólo las elegantes volutas enroscadas y las clásicas ovas recorriendo su toro, delata su exacto conocimiento y seguimiento de las lecciones librescas que se prodigaban en los círculos artísticos sevillanos más selectos. No olvidamos que la resolución a manera de columna de estos vástagos no es del todo una creación de nuestro orfebre, ya que las mencionadas anteriormente también lo plantean de esta misma manera, aunque dentro de un orden corintio ampuloso y recargado que nada tiene que ver con la fineza del jónico de estas mazas capitulares. Quizás el referente más claro y coetáneo que pudo inspirarle a la hora de resolver este elemento, fue el vástago de orden toscano que sustenta la cruz patriarcal que Francisco Merino vendiera al cabildo catedralicio en 1587, y que igualmente emuló Alfaro en algunas de sus cruces procesionales repartidas por la provincia sevillana.
     Igualmente, la resolución de las cabezas es una muestra más de la destreza y el elevado conocimiento humanístico de nuestro maestro. La proporción conseguida a través de la superposición de los diferentes cuerpos geométricos en decreciente y en una disposición piramidal, va a ser un claro adelanto de lo que serán las composiciones manieristas de la primera mitad del Seiscientos. Así, el cuerpo aovado soportando el alargado paralelepípedo cajeado coronado por una cupulilla con gallones y óvalos sobre la que se levanta una pirámide apoyada en un cuarto bocel, nos dicen mucho de sus incursiones en las novedades escurialenses. Ello se aprecia en la sobriedad constructiva a base de la combinación de formas cuadradas y circulares, matizada gracias a las estilizadas asas antropomorfas y a los distintos adornos que, sin perder la rigurosidad cortesana, van a conferirle un aspecto mucho más decorativo. En este punto, podríamos advertir cierta relación con algunos de los diseños que Hernán Ruiz el Joven incluye en su tratado. Concretamente en los remates de algunas portadas también utiliza estos mismos recursos ornamentales e idénticas proporciones, las cuales, una década más tarde, su compañero Francisco de Alfaro también empleará en sus relicarios catedralicios.
     Las tarjetas que aparecen en este cuerpo esferoides también son novedosas en el ámbito de la platería, enlazando con lo más aventajado del arte sevillano de su época. Bien es cierto que estos motivos surgen en la platería sevillana, al igual que en otras partes de España, a mediados de la centuria, y tendrá como protagonista a otro de los grandes de la orfebrería de esta ciudad, Hernando de Ballesteros el Viejo. Las cartelas ovaladas rodeadas de tarjas incluyendo escenas hagiográficas, fueron ya utilizadas por el toledano en la peana de su relicario de San Sebastián de la Catedral de Sevilla, realizado en 1558. Sin embargo, la resolución mucho más simple, elegante y geométrica en consonancia con la tendencia hacia la abstracción manierista, sí será una de las innovaciones de este diseño. No ponemos en duda el origen romanista de la misma, más cuando en el coronamiento apreciamos una pequeña venera que recuerda en mucho algunos diseños de esta corriente artística y que en estos momentos tienen una gran aceptación. Puede servirnos de ejemplo el dibujo de Francisco de Urbino de una cartela para la celda baja del prior del monasterio del Escorial, fechada en la década de 1560, en la cual apreciamos un claro hermanamiento con las de nuestras mazas, apareciendo además unos clavos piramidales que igualmente centran el óvalo de estas tarjetas. Asimismo su empleo se generalizó en otras artes contemporáneas, referentes que pudieron influir en la elección de Valderrama. Ello se constata, por ejemplo, en las que aparecen en las trazas para las rejas de la capilla mayor del Convento de Santa María de Gracia de Sevilla, obra en la que su presunto autor, Asensio de Maeda, resuelve su coronamiento con pirámides y tarjetas ovales similares a las que también describe nuestro orfebre en los emblemas ciudadanos que se adhieren a las asas. Además, indagando entre los retablos de la época podemos encontrarlos también, como en el magnífico retablo de Santa Ana de la iglesia sevillana de la Anunciación, obra atribuida a Juan Bautista Vázquez el Mozo, o en portadas pétreas labradas en estos años, destacando sobre todo las diseñadas por Hernán Ruiz el Joven.
     Con respecto a la escultura, las cuatro figuras femeninas desnudas que se llevan sus manos cruzadas al pecho ocultando su desnudez como si fueran Púdicas Afroditas, y cuyas extremidades se convierten en las volutas vegetales que dan forma a las cuatro asas, son sin duda una de las mejores muestras de la escultura en plata de estos años. Claramente, la referencia en la resolución de este tipo de figuración la encontramos en los términos renacentistas difundidos por Europa desde mediados de siglo a través de las estampas de Cornelis Floris, Cornelis Bos, Vredeman de Vries, Virgil Solis y Marcoantonio Raimondi. En Sevilla fueron introducidos por Ballesteros el Viejo en sus preciosas arquetas relicarios de la Catedral de Sevilla, aunque la diferencia con respecto a éstos de las mazas, es la movilidad adquirida por los mismos y su disposición a manera de asa que hasta el momento no había aparecido en la orfebrería sevillana. El hijo de éste, una década antes, también había empleado unas singulares damas recostadas con extremidades vegetales en las peanas de sus Gigantes, también derivados de estos términos, aunque la estilización, elegancia y delicadeza que muestran las de Valderrama nada tienen que ver con las corpulentas y varoniles de Ballesteros el Mozo. Además, la elección de estas asas antropomorfas parece que no fue fortuita, y pudo estar vinculada con el propio vástago jónico, ya que, como bien argumenta el propio Serlio en el Libro Cuarto de su tratado de arquitectura, a la hora de resolver una pieza ornamental, en concreto las chimeneas, es conveniente utilizar en este orden las figuras femeninas como soportes, los términos feminoides que Valderrama transforma totalmente hasta eliminar su originaria función sustentante. La repercusión posterior en el lenguaje decorativo de la orfebrería sevillana la podemos comprobar en obras de marcado sentido arquitectónico como son los portapaces, entre los que existe un tipo muy difundido por todo el Arzobispado hispalense que empleará también estos seres de claro origen mitológico.
     Esta exquisitez y calidad en su factura nos hace plantearnos la hipotética y posible intervención de algún maestro escultor en su gestación. No podemos dudar de la veracidad de la propia declaración del platero a la hora de atribuirse el diseño, aunque la presencia en la valoración del resultado final del escultor Gaspar Núñez Delgado pudo deberse a un cierto compromiso por su parte en la hechura de estas piezas. Este afamado y considerado escultor, ensalzado por Francisco Pacheco en su Arte de la Pintura y calificado por Collado como “gran escultor conocido y estimado por tal”, tuvo una producción importante a partir de 1581, aunque el resultado que hoy día conocemos no es tan abundante como para encontrar paralelos a las figuras feminoides de nuestras mazas. No obstante, ampliando nuestras miras hacia otros escultores sevillanos contemporáneos encontramos más lazos de unión con estas magistrales esculturas. Su clasicismo, estilización y elegancia nos recuerdan a algunas creaciones de maestros romanistas como Juan Bautistas Vázquez el Viejo o Jerónimo Hernández. Concretamente en la resolución de las cabezas de estas damas, observamos un claro parentesco con las que modela Bautista Vázquez de fuerte sabor clásico, como el Giraldillo o las cariátides del vástago del tenebrario catedralicio, obras anteriores a las mazas y que ejemplifican la implantación de estos prototipos en la Sevilla del último tercio del siglo XVI, en gran parte debida a la estatuaria antigua que se disponía en las casas y palacios de los humanistas hispalenses.
     Sabido es que el origen de todos estos modelos se encuentra en Italia, en la escuela escultórica y pictórica del Manierismo Florentino y Romano, cuya creatividad fue conocida en Europa a través de repertorios de grabados y estampas. No podemos negar el recuerdo a las formas miguelangelescas, su cercanía a los bellos estucos del Primaticchio en Fontainebleau o su relación con las obras del más insigne orfebre manierista, Benvenuto Cellini. La esbelta y delicada proporción y la blandura y fineza en el modelado, así como el óvalo facial y el recogido de sus cabellos, se asemejan, salvando las distancias, a la que este escultor italiano plantea en la diosa Gea de su salero de Francisco I. Esta influencia estética fue general en todo el continente, pudiéndose localizar también paralelos en la orfebrería manierista contemporánea del Centro y Norte de Europa, en la que fue habitual la utilización de estas figuraciones con este mismo sentido decorativo, como se puede comprobar en el aguamanil del Kunsthistorisches Museum de Viena, obra del platero de Nuremberg, Nikolaus Schmidt.
     Sobre su importancia, trascendencia y repercusión en el ámbito hispano, podemos constatar que en cierta manera la hubo. Ejemplo de ello y tal y como expresara en su día el profesor Cruz Valdovinos, las mazas de la capital española, labradas por Pedro Pérez en 1599, debieron seguir los pasos de Valderrama, algo que no nos debe de extrañar si consideramos que Sevilla era el centro del emporio económico español y un consolidado núcleo artístico, cuya producción comenzaba a irradiar más allá de sus fronteras jurisdiccionales. De las existentes en la actualidad y que muestren cierta afinidad, podemos destacar las mazas capitulares de Salamanca, Valladolid, Alcalá de Henares y Llerena. Con respecto a las primeras, desgraciadamente la pérdida de la documentación no permite conocer su fecha concreta de realización, aunque se ha apuntado al último cuarto del siglo, por lo tanto más o menos coetáneas a las de Sevilla. Verdaderamente, su anónimo platero se comporta algo más tradicional, sobre todo en la concepción de la cabeza que recuerda los nudos aovados con sierpes reproducidos en los cálices renacentistas castellanos. Bien es cierto que también utiliza estilizados Hermes como asitas, aquí multiplicadas, aunque sin la exquisitez y elegancia de las que estamos analizando. Las de Valladolid están fechadas en 1589, y en ellas es bastante evidente que de nuevo son deudoras de modelos renacentistas de cabeza esferoide, con el estrechamiento central donde se adhieren unas volutas que hacen las veces de las asas, y que recuerdan más a los diseños típicos de la platería vallisoletana del segundo cuarto de la centuria que al avance estético manierista de los cetros hispalenses. En el caso de las mazas de Alcalá de Henares, que fueron labradas por Gabriel de Ceballos en 1602, sí responden al mismo prototipo de vástago en forma de columna, en esta ocasión corintia, y de cabeza con el característico aspecto calado gracias a la utilización de un astil central coronado por una cupulilla y a las cuatro asas muy gruesas. Claramente se acercan al tipo sevillano, aunque dentro ya del purismo cortesano mucho más maduro. Algo parecido sucede en las del consistorio de Llerena, obra de Diego Ximénez de hacia 1630, en las que si bien en este caso desaparece igualmente el aspecto antropomorfo de los asideros, éstos adquieren el carácter de volutas enroscadas que también vemos en las sevillanas, salvando claro está, la tendencia mucho más sobria y abstracta de su estilo y las diferentes reformas posteriores que han alterado el coronamiento y el vástago que las sustenta. Pero donde no existe ninguna duda de la emulación de las mazas hispalenses es en las que realizó José Alexandre para la villa de Marchena en 1759, algo que, como en otras piezas singulares de la capital andaluza, fue habitual entre los concejos, iglesias y cofradías de las poblaciones principales del antiguo Reino de Sevilla.
     Así pues, con esta magnífica y novedosa creación se nos da a conocer la personalidad artística de un platero que hasta el momento había pasado totalmente desapercibido en los estudios de platería sevillana, por lo que, aprovecharemos ahora para al menos esbozar lo que fue su trayectoria profesional durante las últimas décadas del siglo XVI y primeras del siguiente. Las noticias que se conocían hasta el momento las había dado también Gestoso, siendo recientemente, en la documentación publicada por los profesores Valdivieso e Illán Martín, cuando se han aportado nuevos datos que ampliamos nosotros con algunos más localizados en el Archivo de Protocolos de la capital andaluza. La primera referencia conocida de su persona es la de su matrimonio celebrado el lunes 11 de septiembre de 1570 en la parroquia de San Vicente, siendo la contrayente doña Juana de Morales, hija de Benito de Morales y de Cruz López, y asistiendo como testigo al enlace uno de los dos Ballesteros. Tal y como era habitual entre los oficiales del gremio, el matrimonio pudo coincidir con su emancipación laboral, o lo que vendría a ser lo mismo, con su examen de maestría que le permitía abrir tienda propia en la capital y por lo tanto comenzar su andadura profesional en solitario. Desde esta fecha y hasta el concierto de las mazas y los escudos del ayuntamiento, nada tenemos que nos pueda esbozar al menos lo que fueron estos años, en los que sin duda se consolidó como uno de los orfebres destacados de la ciudad. Hay que esperar a 1588 para volver a encontrar otro dato relevante en su quehacer artístico. Concretamente el 2 de noviembre, el prior de Fuencaliente (Ciudad Real), fray Luis de Guevara le entregaba cinco marcos de plata, a 65 reales cada marco, por un cáliz que había labrado para la iglesia de esta localidad manchega. Años más tarde, el 2 de enero de 1590, otorgaba un poder general a Álvaro Sánchez Beandon, siendo mucho más interesante el dato fechado el 2 de mayo, en el que el fraile Francisco de San Jerónimo, en nombre del monasterio de San Jerónimo extramuros de la ciudad, le daba 30 ducados en reales para la plata de los ciriales que estaba haciendo para dicho cenobio. Varios días después, el 25 de mayo, recibía del escribano Juan de Herrera del Pozo, en nombre de don Alonso Fernández de Córdoba, 1.400 reales de plata en razón de la plata y hechura de dieciocho platillos y doce platones que estaba labrando para este último señor. Dos años más tarde, lo volvemos a hallar declarando como testigo en las informaciones recogidas sobre Pedro de Morales para pasar a Indias, y, después de dos décadas de silencio, su biografía conocida concluye con su aparición en la tasación, en 1609, de la custodia de oro de la Catedral de Sevilla que había realizado Lázaro Hernández Rincón.
     Finalmente, después de estas notas biográficas y como conclusión, tan sólo nos queda acabar este estudio ratificando nuevamente la importancia de esta magistral creación y la puesta en consideración de un nuevo platero de relevancia en el ámbito artístico sevillano del Manierismo, Francisco de Valderrama (Antonio Joaquín Santos Márquez, Francisco de Valderrama, verdadero autor de las Mazas del Ayuntamiento de Sevilla. Archivo Español de Arte, LXXXII, 326. Abril-Junio 2009, pp. 155-168).
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martes, 7 de enero de 2025

Un paseo por la calle Chapineros

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Chapineros, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Chapineros es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Francos, a la calle Álvarez Quintero.
     La calle, desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El topónimo Chapineros ya aparece en la segunda mitad del s. XV en la parroquia del Salvador, aunque no parece corresponder con la calle actual. En los padrones del Barrio de Francos de 1484 y 1489 se cita una calle Nueva en relación con Francos y con Ropavieja, y un documento de 1509 alude a "la calle nueva de los Chapineros" entre Francos y Ropavieja (Sec. 15). A partir de estas fechas será conocida indistintamen­te por Chapinería, del Arquillo o del Arquillo de los Chapineros, por el existente en su confluencia con Francos y Chapineros, hasta que al derribarse dicho arcó en 1837, quedó en la forma actual. Dicho nombre refiere a los fabricantes de un determinado tipo de calzado. Calle recta, de fachadas alineadas, con pendiente descendente. La mediana anchura actual es producto del ensanche iniciado el pasado siglo. Se enladrilló a comienzos del s. XVI; en 1794 fue pavimentada con franja central de piedra y aceras de losas; en 1851 fue sustituido este pavimento por baldosas, y a comienzos del presente siglo por cemento; en la actualidad es de losetas. La iluminación se efectúa con farolas sobre brazos de fundición adosadas a las fachadas. A mediados del pasado siglo se entoldaba en verano, y en 1943 el Ayuntamiento acordó que fuese entoldada. 
     Las casas actuales se levantan entre mediados del pasado siglo y primer cuarto del actual, salvo el núm. 2, que es reciente; destaca el único edificio de los impares, de grandes proporciones, obra representativa de J. Talavera (1922), de estilo regionalista, y concebida para gran comercio en su planta baja. Como su nombre indica, estuvo ocupada por chapineros, pero ya en el s. XVII se alu­de también a la presencia de talleres de plateros, y en el último cuarto de esta centuria a tiendas de lenceros y pañeros. En el s. XIX adquiere las características que, en parte, hoy mantiene, con negocios y tiendas de confección, tejidos y complementos, destinadas a un público de alto nivel económico. 
     Por su posición, era un lugar de tráfico peatonal, y ocasionalmente de vehículos. Tam­bién formó parte de algunos itinerarios de procesiones de acción de gracias o de rogativas, así como de la denominada Estación Chica del Corpus. Sobre el arco de acceso a la calle, que contaba con habitaciones, existía un retablo con una cruz flanqueada por las imágenes de San Roque y San Sebastián [Antonio Collantes de Terán Sánchez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
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La calle Chapineros, al detalle:
Edificio calle Chapineros, 3

lunes, 15 de julio de 2024

El Barrio Casas Nuevas, en Villanueva del Río y Minas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Barrio Casas Nuevas, en Villanueva del Río y Minas (Sevilla).
     El barrio de Casas Nuevas está situado en el centro del conjunto histórico de Villanueva del Río y Minas. Presenta un perfecto trazado ortogonal, guardando la simetría de las "cuarteladas mineras". Formado por dieciséis manzanas rectangulares con un total de ciento dieciséis viviendas, se construyó y urbanizó en la década de 1920 a instancias del Ingeniero Jefe Juan Gómez Torga y recoge los mejores ejemplos de viviendas de altos cargos y empleados cualificados: encargados, capataces, oficinistas, y en definitiva toda aquella capa media de la empresa. Las fachadas encaladas, hoy casi todas con jardines, una sola planta, con un par de vanos y la teja plana, recuerdan el estilo colonial.
     Casas Nuevas es uno de los barrios que está mejor definido tanto arquitectónicamente como por el estatus de sus vecinos, siendo también el de mayor valor urbanístico del conjunto histórico.
     En paralelo a la construcción de los barrios de trabajadores de Progreso, Calderonas, Balbo o La Gallega entre otros, se construyeron barrios residenciales para empleados medios y directivos, y sus familias.
     En el conjunto de los espacios destinados a la habitabilidad destacan los barrios de San Fernando - Cabrerizas y de Casas Nuevas. El primero constituido por viviendas para cargos y empleados de tipo medio que, con sótano para almacenes y planta baja para establecimientos y módulos de habitación de carácter unifamiliar, componen un conjunto cuadrangular. 
     El segundo se construye en la década de 1920 albergando los inmuebles de mayor importancia edificatoria y artística destinados a viviendas de altos cargos y empleados cualificados. Entre ellos destaca la Casa de Dirección, un chalé de planta cuadrada con torre almenada sobre el jardín y vanos recercados con falsos doseles, la casa del ingeniero jefe, otro chalé edificado con fábrica de ladrillo y refuerzos de sillería, que destaca por la pronunciada vertiente de sus tejados y los motivos de carácter modernista incorporados a los cierres de los arcos de la galería, abierta a un interesante jardín de tipo francés que precede a la vivienda. La Casa del Director Técnico destaca por la bicromía entre los colores rojo y el amarillo de los materiales empleados en las aristas y en las roscas de los arcos que forman los vanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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viernes, 5 de julio de 2024

El Pendón Chico, Colgadura de los Escudos y Dalmáticas de los Reyes de Armas, en el Ayuntamiento

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Pendón Chico, Colgadura de los Escudos y Dalmáticas de los Reyes de Armas, en el Ayuntamiento, de Sevilla.
     Hoy, 5 de julio, es el aniversario de la Ley de 5 de julio de 1856, en la que se establecía la elección de los alcaldes a través de los mismos habitantes del pueblo, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Pendón Chico, Colgadura de los Escudos y Dalmáticas de los Reyes de Armas, en el Ayuntamiento de la capital andaluza.
     El Ayuntamiento [nº 17 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 45 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza Nueva, 1 (aunque la antigua entrada antigua se efectuaba por la plaza de San Francisco, s/n); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     El Pendón Chico, Colgadura de los Escudos y Dalmáticas de los Reyes de Armas, en el Ayuntamiento, del siglo XVI, se ubica en la Casa Consistorial, en la planta baja, procedentes del último alférez mayor del Concejo de Sevilla.
     Son insignias y ornamentos bordados. El Pendón chico mide 130 x 86 cms.; la colgadura, 250 x 160 cms., y las dalmáticas, 80 x 90 cms.
     El pendón chico, la colgadura con los escudos de la ciudad y de España y las cuatro dalmáticas de los reyes de armas requieren un estudio conjunto, no solo por su origen, pues se confeccionaron en la misma época, sino por su destino, al figurar en ceremonias solemnes, como las proclamaciones de los reyes. También por su custodia, pues le correspondía al alférez mayor de la ciudad, que los tenía depositados en su casa. Finalmente, por el momento en que el Ayuntamiento recupera estos magníficos bor­dados, en 1875; y porque desde 1882 siempre estuvieron expuestos, hasta hace muy pocos años (1987), junto al pendón de la ciudad, en una magnífica vitrina de caoba en la Casa Consistorial, en la sala capitular alta que albergaba el Archivo Municipal. En 2006 estos objetos fueron trasladados a nuevas vitrinas con motivo de la puesta en funcionamiento del Museo de la Ciudad en el salón de la logia, con salida a la plaza de San Francisco.
     Nuestros historiadores, sobre todo Joaquín Guichot y José Gestoso, dedicaron varias páginas de algunas de sus obras tanto al estudio de los bordados -en algunas cuestiones con discusión incluida- como a reseñar las solemnidades en las que insignias y ornamentos habían participado. Afortunadamente se conserva en el Archivo Municipal el expediente iniciado el 20 de septiembre de 1874 con la proposición del concejal Leygonier, aceptada por la Corporación Municipal, en sesión del día 30, de solicitar a los here­deros del último alférez mayor de Sevilla, don Pascual de Olloqui, la entrega de tan valiosas insignias y ornamentos, lo que se hará en 1875. Expediente muy interesante desde varios puntos de vista. En primer lugar, por el vivo interés demostrado por la Corporación en conservar su historia, recuperando los antiguos y magníficos bordados; y en segundo lugar, por la profesionalidad del archivero don Luis Escudero Peroso, quien antes de plantear una posible compra de las insignias consideró la necesidad de estudiar el origen de las mismas y comprobar si eran propiedad de la Corporación, pues en este último caso solo procedería a compensar, no a comprar, a la familia Olloqui por la custodia de los bordados. También porque se deduce de la documentación aportada la antigüedad de las insignias: hacia 1598 se documenta la partici­pación en las exequias por la muerte de Felipe II en la Catedral y en la posterior proclamación de Felipe III. 
     En el acta de entrega de 9 de abril de 1875 al pendón de la ciudad se denomina bandera; al pen­dón chico, estandarte; la colgadura carmesí, con las armas de la ciudad en el anverso y, en el reverso, las armas reales, tenía alrededor un orlado de castillos y leones; las cuatro dalmáticas de damasco carmesí, en la delantera y en las mangas, llevaban bordadas las armas reales.
     José Gestoso, en su Sevilla Monumental y Artística (III. 1892:l64-171), resume todo lo sucedido desde la entrada de las insignias en el Ayuntamiento en 1875 hasta 1892. En el peritaje de las piezas del alferazgo mayor se dice que la colgadura se colocaba en el balcón de la casa del alférez mayor en la jura de los monarcas de España y menciona el pendón y el estandarte que servían en tales actos, así como las dalmáticas de los titulados reyes de armas. En 1882 se repasan los bordados y se encarga un armario de caoba y cristal para exponer dichas piezas. En 1892, siempre bajo la dirección de Gestoso, se separa de la colgadura la orla de castillos y leones para incorporarla al pendón, pues así figuraba en siglos anteriores por los numerosos testimonios y descripciones de la enseña municipal.
     Sobre el pendón chico, el informe del archivero Escudero Peroso apunta lo siguiente: el 11 de noviembre de 1598 se acordó que "el estandarte nuevo con las armas de Sevilla se entregue a García Laredo para ponerlo en el túmulo. Que las cuatro cotas de los reyes de armas que son de damasco bordadas que se entreguen al alférez mayor para que las tenga y de ellas se les haga cargo en contaduría". Collado, en la descripción del Túmulo, dice: "En el 2° cuerpo estaba la urna. Junto a ella estaba el estandarte real en un asta negra el cual era de damasco carmesí. Tenía a un lado las armas reales bordadas y del otro la imagen de Nuestra Señora con su benditísimo hijo en los brazos, de quien S. M. fue muy particular devoto. En los cuatro ángulos de este cuerpo estuvieron cuatro reyes de armas. Tenía cada uno encima una cota real con las armas reales bordadas de oro".
     Mide el pendón chico 130 centímetros de alto por 86 centímetros de ancho. De seda carmesí con orla de estilo plateresco por ambas caras. La colgadura de 2,50 metros por 1,60 metros es de damasco carmesí con los escudos bordados en canutillo de oro. Las dalmáticas llevan bordados los escudos de Castilla y León en el pecho y en las mangas. En una de las dalmáticas, en las mangas solo lleva bordados el castillo y el león, frente a las otras tres que llevan cuatro cuarteles.
     Al margen de otras muchas solemnidades en las que participaron, estos bordados estuvieron presentes en las exequias de Felipe II en la Catedral. Tanto en las suspendidas por el conflicto protocolario en la Catedral el 24 de noviembre de 1598 como en las celebradas el 30 de diciembre de ese año en el mismo lugar, resuelto el conflicto de las bayetas negras. También en el acto de la proclamación del nuevo rey Felipe III con la ceremonia de alzar pendones que tuvo lugar, según la documentación, el 30 de noviem­bre de 1598, aunque Ariño en sus Sucesos de Sevilla dice que el acto se celebró el domingo 4 de enero de 1599. A partir de esta fecha, estas insignias han acompañado al pendón de la ciudad en las ceremo­nias de alzar pendones que pasamos a recordar: 6 de junio de 1621, por la proclamación de Felipe IV; 3 de mayo de l666, por Carlos II; 30 de noviembre de 1700, por Felipe V; 25 de febrero de 1724, por Luis I; 6 de noviembre de 1746, por Fernando VI; 4 de noviembre de 1759, por Carlos III; l0 de abril de 1789, por Carlos IV; 8 de mayo de 1808, por Fernando VI1 y 1 de diciembre de 1843, por Isabel II (Mauricio Domínguez Domínguez-Adame, en Patrimonium Hispalense. Historia y Patrimonio del Ayuntamiento de Sevilla. Tomo II Catálogo. Instituto de la Cultura y las Artes del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 2014).
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sábado, 24 de febrero de 2024

Un paseo por la plaza Don Juan de Austria

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Don Juan de Austria, de Sevilla, dando un paseo por ella
    Hoy, 24 de febrero, es el aniversario del nacimiento (24 de febrero de 1547) de Don Juan de Austria, personaje representado en esta enjuta de la Plaza de España, así que hoy es el mejor día para Explicarte la plaza Don Juan de Austria, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La plaza Don Juan de Austria es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión; y en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; en la confluencia de las calles San Fernando, Menéndez Pelayo, avenida de Carlos V, y del Cid
     La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer. 
     El espacio que hoy ocupa la plaza formaba parte del Prado de San Sebastián y comenzó a tener nombre propio tras la construcción en 1759 de una puerta de la ciudad, que fue conocida como Nueva, y en 1848 como de San Fernando, simultaneando ambos topónimos durante mucho tiempo. Tras la construcción de una estructura metálica elevada o pasarela sobre el cruce del eje Menéndez Pelayo, Cid y San Fernando-Carlos V en 1895, se difundió entre toda la población el término Pasarela o Pasadera, y jocosamente "pasa lila", el primero de cuyos nombres conserva en nuestros días a pesar de la rotulación oficial aprobada en 1928. Don Juan de Austria (1545-1578) fue hijo natural de Carlos V, que mandó la flota cristiana que venció en Lepanto. Llama po­derosamente la atención cómo una construcción metálica de escasa utilidad y dudosa estética, que se mantuvo sólo 26 años, haya podido dar nombre y permanecer inalterable al cabo de casi cien años, ignorando la mayoría de los sevillanos su nombre oficial. Otro elemento de referencia toponímica fue la Alcantarilla Nueva sobre el arroyo Tagarete, construida frente a la Puerta Nueva.
     La construcción de una nueva Fábrica de Tabacos paralela a la muralla del Alcázar y separada de ella por el arroyo Tagarete, exigió la apertura de una calle (San Fernando),el embovedamiento del Tagarete en el recorrido por la fachada de la fábrica, la apertura de una nueva Puerta sobre un postigo del Alcázar y la construcción extramuros de un ancho puente o alcantarilla. Entre 1849 y 1860 se cubrieron los tramos urbanos y más próximos del Tagarete trazándose arrecifes que desde la Puerta Nueva se dirigían hacia la Enramadilla, Puerta de la Carne y otro que rodeaba el foso de la Fábrica de Tabacos. La necesidad de ampliar las comunicaciones de la ciudad con la estación del ferrocarril a Cádiz, la estrechez que su­ponía este paso los días de feria, las dificultades que entrañaba para los vecinos de San Bernardo o San Roque el cerrar las puertas cuando había horarios industriales, junto a las ideas revolucionarias de 1668, determinaron el derribo de la puerta más moderna construida, apenas había transcurrido un siglo. Con ello, el espacio anterior a la calle San Fernando se ensancha y el cruce de los arrecifes por los que se llega a la feria ganarán en consideración, hasta el punto de concebir el Ayuntamiento la idea de construir un puente o pasarela sobre el entubado Tagarete. Cuando su disfuncionalidad fue manifiesta por la intensidad del tráfico y el tamaño de los vehículos, se desmontó. Hacia los años veinte se reformaron los arrecifes del Prado de San Sebastián. La Exposición Iberoamericana dotó a esta glorieta de una fuen­te centrada sobre las cuatro avenidas. En 1945 fue nuevamente remodelada y ampliada. En 1964, por necesidades de la circulación rodada, se amplió la calzada a costa de tramos de los jardines de Catalina de Ribera y de la Universidad. Actualmente está conformada la plaza por la capilla de la Universidad, la fachada lateral de la casa regionalista del Bar España, obra de A. Arévalo (1920-26) y los edificios de la la Audiencia y Juzgados, construidos en 1967-70, delante de los cuales hay una pequeña plaza.
     Cuando fueron trazados los arrecifes en el s. XIX se construyeron con materiales sueltos; entre 1879 y 1903 fueron reparados; entre 1901-1907 adoquinados, y en 1926 nuevamente pavimentados. En 1947 y 1964 la plaza fue readoquinada de nuevo y en los años 70 fue cubierta con capa asfáltica. Las aceras son de terrazo de colores en su mitad norte y de losetas de cemento, casi desaparecidas, en su mitad sur; están separadas de la calzada por un seto y unas vallas metálicas. En 1960 fue dotada de semáforos y dispone de cabinas telefónicas y papeleras. En el s. XIX existía una fuente pública junto a la Puerta que se alimentaba de los Caños de Carmona. Hacia 1911 estuvieron instalados urinarios públicos junto al foso. Se iluminó originariamente con luces de gas que resul­taban muy llamativas; fueron sustituidas por energía eléctrica hacia 1929. Hoy se ilumina con farolas de báculo de dos brazos.
     En este espacio se construyó la Puerta de San Fernando o Nueva, con dos gruesas torres cúbicas almenadas que abrazaban a la puerta de menor altura. Estas torres no formaban parte del muro de la ciudad, o al menos una de ellas, y estaban dispuestas convergiendo hacia el interior. La puerta era de arco de medio punto con columnas y pilatras adosadas de orden dórico rematada por entablamento y balaustrada con siete gruesas perinolas. Ofrecía frentes decorados tanto al interior como al exterior; éste último terminado a finales del s XVIII o principios del s. XIX. Otra edificación notable fue la citada Pasarela, proyectada por el ingeniero Dionisio Pérez Tobía y construida en la fundición sevillana Perea Hermanos, siendo inaugurada el 18 de abril de 1896 en la Feria de Primavera, para facilitar el paso de carruajes, caballistas y peatones; fue también lugar de observación del Real y lugar de juego para niños; fue desmontada en 1920. La estructura metálica, llamada la Torre Eiffel sevillana, constaba de cuatro amplias escaleras dobles en cuya confluencia se elevaba un mirador al que se accedía por escalera de caracol. En el lugar que ocupaba la torre se instaló, poco antes de 1930, una fuente llamada de las Cuatro Estaciones, obra de Manuel Delgado Brackenbury. Desde la apertura de la Puerta de San Fernando, este espacio fue lugar de paso y cruce de cami­nos, y durante un siglo el centro de la fiesta mayor de la ciudad, la Feria ele Abril. En ella y sus proximidades tenían parada casi todas las líneas de tranvías, realizándose trasbordos de unas a otras. Actualmente los autobuses las tienen en las inmediaciones. Su estratégica situación la ha convertido en los últimos decenios en el nudo de tráfico más importante de la ciudad, por ser paso obli­gado para trasladarse a cualquier dirección [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Don Juan de Austria, personaje que da nombre a la vía reseñada;
     Juan de Austria. (Ratisbona, Alemania, 24 de febrero de 1547 – Namur, Bélgica, 1 de octubre de 1578). Hijo natural de Carlos V, almirante y general, gobernador de los Países Bajos, consejero de Estado.
     La biografía de Juan de Austria es, sin duda, una de las más desconcertantes del Renacimiento, aunque esta época fuese tan rica en personajes extraordinarios.
     Trayectoria tan excepcional se entiende con facilidad cuando se recuerdan los orígenes del personaje.
     Fue hijo natural del emperador Carlos V —ya viudo de la emperatriz Isabel desde hacía más de siete años— y de una joven alemana, de dieciocho o diecinueve años, Bárbara Plumberger (luego llamada Blomberg en Flandes), hija de burgueses o de artesanos, que Carlos V tuvo la oportunidad de conocer durante una estancia de varios meses en la ciudad de Ratisbona, con motivo de un importante coloquio y de la Dieta del Imperio. El mismo Emperador lo confiesa en el codicilo de su testamento redactado en Bruselas el 6 de junio de 1554, que entregó a su hijo Felipe en septiembre de 1556.
     La fecha de nacimiento de este hijo dio lugar a debate y varios autores siguen atribuyendo ésta al año 1545. Pero, además de ser casi imposible, considerando las idas y vueltas del Emperador, hay pruebas contundentes, especialmente una medalla del busto de don Juan con el Collar del Toisón de Oro, acuñada en Nápoles por Giovanni Melon, que ya no deja lugar a duda.
     No se sabe casi nada de los primeros años de la vida de Juan de Austria, cuyo nombre de pila fue Jerónimo.
     Se sabe que el Emperador, “por consolar la soledad”, tuvo varios amores “dondequiera ha estado [...] con mujeres de alta o baja condición”, según la Relación de España del embajador veneciano Federigo Badoaro.
     Pero el César no deseaba dar la menor publicidad a sus deslices amorosos. Por otra parte, la madre del recién nacido no ofrecía garantías de criar bien al niño.
     De modo que el Emperador quitó pronto el niño a su madre, tal vez cuando aún era lactante. Se sabe que le puso al cuidado de su ayuda de cámara, Luis de Quijada, a la sazón aún soltero, y la única hipótesis correcta es que este último se lo encargó a una mujer de confianza, quizás una nodriza elegida con esmero, y que no la perdió de vista. Sólo tres o cuatro personas estaban informadas y ni siquiera el heredero de la Monarquía, don Felipe, lo supo hasta 1556.
     En cambio, a partir de los tres años y medio, se conoce bastante bien la educación del hijo natural del Emperador, que no sospechaba cuál era su estirpe. Lo cierto es que se puede afirmar que desde entonces, desde su llegada al pueblo castellano de Leganés, la educación del desconocido príncipe casi fue modélica.
     De 1550 a 1564, dicha educación se desarrolló en tres fases y, durante las dos primeras, el joven Jerónimo siguió ignorando el secreto de su nacimiento y las mismas personas que le cuidaban también, con la excepción de Luis de Quijada.
     Del verano de 1550 al de 1554, el joven vivió en una casa sencilla de Leganés bajo la tutoría de un violero de Su Majestad, Francisco Massy, ya jubilado, y de su mujer, Ana de Medina. La pareja se encargó del niño un año antes, en Flandes, según lo testifica un recibo firmado por Francisco Massy, y se lo llevó con ella en el viaje a Castilla. Como Ana de Medina era analfabeta, el cura de Leganés, Bautista Vela, tenía teóricamente el deber de enseñar al chico las primeras letras y los rudimentos de la religión. Pero, muy holgazán y sin sospecha de la identidad del rapaz, Bautista Vela no le hizo caso, de modo que, durante tres años completos, Jerónimo vivió con toda libertad.
     Compartió la vida sana de los pilluelos de Leganés, corriendo en el campo, cazando pájaros y conejos, jugando a combates de moros y cristianos. Evidentemente, a los siete años, el muchacho era fuerte, ágil, despabilado, pero no sabía nada: a duras penas podía deletrear el alfabeto.
     Luis de Quijada, que, entre tanto, se había casado con una mujer de elite, Magdalena de Ulloa, enterado de los resultados de este modo de vida muy elemental, los dio a conocer al Emperador. Ambos resolvieron dar rumbo nuevo a la crianza de Jerónimo, con un cambio drástico de su medio ambiente y de los responsables de su educación.
     La segunda fase de esta pedagogía original, desde 1554 a 1559, fue a cargo de Luis de Quijada y de su joven esposa, inteligente y cariñosa, que tampoco estaba enterada de la estirpe de Jerónimo: para el niño, ya bien vestido, que vivía en una casa señorial, en Villagarcía de Campos, el cambio fue asombroso. La misma Magdalena cuidó de la formación espiritual de su pupilo, oyendo con él la misa diaria, incitándole más bien a una caridad activa. Unos capellanes dieron a Jerónimo lecciones de Gramática, Retórica, Matemáticas, Astronomía y Latín, estas últimas con poco éxito. En cambio, el joven supo rápidamente expresarse con soltura y la historia le apasionaba. Cuando llegaba Luis de Quijada a casa, Jerónimo no se cansaba de escuchar, durante horas, las relaciones políticas y militares del ayuda de campo del Emperador, las sutilezas de la diplomacia, los juegos complicados de la Europa del siglo, con los problemas que planteaban la Reforma protestante, la competencia con Francia, el auge del imperio turco. Por otra parte, Jerónimo aprovechaba con éxito la enseñanza de un antiguo escudero de Luis Luis de Quijada, Juan de Galarza: equitación, manejo de armas, táctica, uso de la artillería, etc.
     Quizá, más inesperadas aún para el joven fueron unas visitas al Emperador en Yuste. Cuando, en febrero de 1557, Carlos V se estableció en el monasterio extremeño, pidió a Luis y a Magdalena tomar residencia en el pueblo vecino de Cuacos. Luego invitó varias veces a Magdalena a visitarle con su paje, es decir, Jerónimo. Pero el Emperador no quiso reconocer a su hijo en público ni en privado. Murió el 21 de septiembre de 1558 sin haberlo hecho, confiando esta misión a Felipe II que, el 28 de septiembre de 1559, aprovechando una cacería, en presencia de unos grandes señores, reveló el secreto. El muchacho, de doce años y medio, quedó mudo.
     Ya incorporado a la Casa Real como un príncipe más, el nuevo don Juan recibió el tratamiento de un infante de Castilla con casa propia. Ahora empieza la tercera fase de su educación: la experiencia de la Corte, con un trato privilegiado de parte del Rey y de la Reina (incluso llevaría en sus brazos el día de su bautismo a la recién nacida Isabel Clara Eugenia), pero el tiempo fuerte de esta tercera fase sería el de los estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, con dos príncipes más: sus “sobrinos” don Carlos, el hijo de Felipe, heredero de la Monarquía, ya que, según el Rey la influencia de don Juan podía ser positiva, y Alejandro Farnesio, hijo de Margarita de Parma y de Octavio Farnesio, nieto a la vez de un Papa y de un Emperador (caso poco corriente), que se revelaría como uno de los políticos y generales más dotados de su tiempo. El programa de estudios que Juan y Alejandro siguieron puntualmente (Carlos algo menos) durante cuatro años académicos era muy completo: Artes Liberales, Gramática, Derecho, Arte Militar más ejercicios físicos. Es cierto que don Juan, al contrario de Alejandro, no se entusiasmó por las Artes Liberales, a pesar de la excelencia de los maestros, pero sí por la estrategia. El joven príncipe cumplía con los deberes religiosos, pero sin mucho fervor. Ya se podía vaticinar que la ilusión de Carlos V, expresada explícitamente en el codicilo de su testamento, que su hijo “de su libre y espontánea voluntad tomase hábito en alguna religión de frayles reformados”, quedaría frustrada.
     Llama la atención esta propensión de los reyes de esta época a que sus hijos o hijas naturales redimiesen por una vida de oraciones y penitencias los pecados de sus padres.
     Así, a los dieciocho años, concluyó esta educación variada, original, tal vez más pertinente que la de muchos príncipes. Empezó entonces un período relativamente corto de transición (1564-1568): en 1565, don Juan, con ansias de demostrar sus dotes y dejar patente la cualidad de su “sangre real”, cabalgó hasta Zaragoza con dos jóvenes caballeros, a pesar de la prohibición de su hermano, para acudir al socorro de Malta sitiada por los turcos. Fue también el tiempo de los primeros amores, con María de Mendoza, pariente de la princesa de Éboli, de quien tuvo una niña que cuidó Magdalena de Ulloa. En diciembre de 1567, don Juan no se dejó ya seducir por las locuras de don Carlos, cuando éste quiso huir de la Corte para viajar a Flandes, y avisó a Felipe II. Así demostró ser digno de la confianza del Rey y poseer sentido de la responsabilidad.
     Como dos de sus primeras hazañas destacan la Guerra de Granada, durante dos años (desde abril de 1569 hasta noviembre de 1570) y el mando de la Santa Liga con el colofón de la extraordinaria victoria de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Asimismo, se puede aludir a la conquista efímera de Túnez. El asunto de Flandes, por su parte, fue una trampa que acabaría con la vida de don Juan.
     Felipe II, convencido de las cualidades de su hermano y deseoso de brindarle oportunidades para demostrarlas, aprovechó, en abril de 1568 la dimisión de García de Toledo de su doble cargo de virrey de Sicilia y capitán general del mar para nombrar a don Juan en este último cargo. Para más seguridad Felipe nombró al lado de don Juan a Luis de Requesens y Zúñiga, vicealmirante de la Armada. Así, durante tres meses y medio, navegando en las zonas costeras de Levante y Andalucía, en busca de los corsarios, don Juan aprendió las técnicas de navegación, el conocimiento de las maniobras delicadas de las galeras, especialmente de la boga, supo leer los movimientos del viento y los colores del mar, adivinar la venida de los temporales. Pero, en octubre de 1568, en una escala en Barcelona, se enteró de la mala salud de la reina Isabel, cuyo nuevo embarazo llevaba un rumbo fatal.
     Viajó pronto a Madrid, donde estuvo presente en los últimos días de la joven reina.
     El levantamiento de Fernando de Córdoba y Valor, veinticuatro de Granada, elegido Rey bajo el nombre de Aben Humeya en vísperas de la Navidad de 1568 en el valle de Lecrín, y la extensión rápida del movimiento a gran parte de las Alpujarras, se convirtió en pocas semanas en una gran preocupación de Felipe II: en febrero de 1569, los rebeldes eran unos ciento cincuenta mil, cuarenta y cinco mil de ellos con capacidad de luchar. Al principio, el marqués de Mondéjar, virrey de Granada, cosechó unos éxitos, pero la irrupción del Ejército del marqués de Los Vélez en la parte oriental del reino de Granada acabó con la unidad de mando, ya que los dos marqueses se odiaban cordialmente.
     Harto de estas discrepancias, cuyo efecto era fatal, el Rey resolvió en abril poner a todos bajo un mando único, el de su hermano don Juan, que había reivindicado el puesto. Felipe no fue tan acertado con la elección del Consejo encargado de asesorar a don Juan, pues en él entraban personalidades que no se llevaban bien; así, el marqués de Mondéjar y Diego de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, y un jefe militar competente pero muy suyo, el duque de Sessa. Por suerte, entró también en el Consejo el preceptor de don Juan, tan querido por él, Luis de Quijada.
     En el pensamiento de Felipe II, don Juan no tenía que participar directamente en la guerra. Hasta había prohibido a su hermano salir de Granada. De hecho, don Juan no tuvo parte en las operaciones de la primera fase de la guerra. Además, los jefes militares despreciaron las instrucciones de don Juan: así en junio de 1569, el marqués de Los Vélez no acudió al socorro de la plaza de Serón y la dejó caer a manos de Aben Humeya. Tampoco al principio don Juan logró imponer la disciplina y la prohibición del saqueo a su ejército. La primera intervención de don Juan, la reconquista de Serón, acabó muy mal: las tropas cayeron en la trampa de los moros, se entregaron al pillaje, el contraataque las cogió de sorpresa y los españoles huyeron sin vergüenza. Para colmo de males, Luis de Quijada fue herido mortalmente.
     En esta coyuntura desafortunada, don Juan, al frente de tropas de poco valor, que no tenían nada que ver con los famosos tercios, demostró dotes de caudillo.
     Fue capaz de exaltar a sus hombres y de llevarlos a superarse. Por otra parte, dio pruebas de un sentido estratégico agudo. Así, en el sitio de Galera, plaza que el marqués de Los Vélez no lograba vencer, don Juan entendió inmediatamente la importancia de la artillería gruesa y no dio el asalto antes de abrir brechas profundas en las murallas. Lo mismo hizo, tomar todas las ventajas, antes de asaltar Serón, Tíjola, Purchena, Padules... Por otra parte, supo negociar. Por fin, aunque hubiera preferido una solución más suave, el 1 de noviembre de 1570, conformándose a las órdenes de Felipe II, decretó la expulsión de los moriscos. Había cumplido con su misión, y Felipe II, satisfecho por los éxitos de su hermano y por el temperamento de jefe que acababa de exhibir, estaba dispuesto a confiarle otra de alcance mayor, y con mucho.
     Desde hacía casi un año, el papa Pío V se empeñaba en fomentar la concordia entre estados o príncipes cristianos para organizar una Santa Liga dirigida contra el turco. La empresa era difícil por los recelos que existían entre los aliados potenciales, especialmente venecianos y españoles, por la tentación veneciana de concluir una paz separada con los turcos, por las maniobras francesas que lo intentaban todo para conseguir el fracaso del proyecto. El mismo Felipe II formulaba un pronóstico pesimista a principios del año 1571. A pesar de todo, gracias a la energía del Sumo Pontífice, la Liga fue proclamada el 25 de mayo de 1571 en la basílica de San Pedro de Roma, con participación de España, Venecia, Génova, la Santa Sede y caballeros de Malta. Un detalle importante se había resuelto: el generalísimo de la armada aliada sería don Juan de Austria. Era el deseo de Felipe II pero, aunque España tomase a su costa la mitad de los gastos de la empresa, el Rey dejó la última palabra al Papa. Se conoce la premonición de Pío V, citando al Evangelio de san Juan: “Fuit homo missus a Deo, cui nomen era Joannes”.
     Este nombramiento pudo parecer, sino una locura, por lo menos un atrevimiento arriesgado. Don Juan había probado ser un buen caudillo, pero carecía de la experiencia de la batalla naval, en contraste con la del marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, un marino prestigioso, y de Gil de Andrade, con Juan Andrea Doria, el genovés, otro marino de gran talento, con los almirantes venecianos Sebastián Veniero, Agostino Barberigo y Marco Quirini. Pero con este cargo, don Juan, un joven de veinticuatro años, llevaba una responsabilidad aplastante. La armada turca, a pesar de su fracaso en el sitio de Malta, tenía fama de ser casi invencible en un combate naval de gran vuelo. Por si fuera poco, la concentración en Mesina de todas las fuerzas de la armada, iniciada a fines de julio, no se acabó antes del 5 de septiembre, fecha tardía, pues se consumía el verano y muchos pensaban que era demasiado tarde para emprender una campaña decisiva.
     El equilibrio de las fuerzas que se enfrentaron en Lepanto fue impresionante. Casi el mismo número de hombres: noventa y tres mil los cristianos y noventa y dos mil los turcos, sumando remeros, hombres de mar y soldados. Si los turcos tenían más galeras (doscientas treinta contra doscientas siete) y navíos ligeros (setenta contra cuarenta) les faltaban galeazas con gran poder de fuego, tales como las seis venecianas, y la masa de fuego de la Santa Liga era algo superior.
     Considerando este equilibrio, hay que explicar porqué una victoria tan amplia y cuál fue el papel personal de don Juan.
     Se puede esgrimir el derroche de energías previo de la armada turca durante mes y medio en su campaña de Creta, islas Jónicas y Adriática, mientras las chusmas y los soldados cristianos estaban frescos, y no gastados por meses de boga; también ha de contarse el deseo de venganza de los cristianos, especialmente de los venecianos cuando supieron, el 3 de octubre, la falta de palabra de los turcos que habían degollado a los defensores de Famagusta, en Cipra. Sin embargo, los méritos de don Juan fueron sobresalientes, quizá decisivos.
     Primero, sobresalió la voluntad ofensiva de don Juan, bien entendida por Pío V. Se hizo patente en el Consejo de Guerra casi dramático del 1 de octubre, en Igumenitza (Albania). Contra los prudentes que aconsejaban una estrategia defensiva, y aprovechando la obligación de los venecianos de lograr resultados, don Juan resolvió atacar. Es muy probable que Alí Bajá, el almirante turco, se dejara encerrar en el golfo de Lepanto, porque no creía que los cristianos se atreverían a tomar la iniciativa. Así, no pudo desplegar su armada como lo hubiera hecho con más espacio.
     En segundo lugar, destacó la táctica elaborada en el consejo, en que don Juan tuvo un gran papel: colocar a dos galeazas delante de cada ala y del centro, para abrir brechas al principio en la armada enemiga, poner en las alas a dos marinos de gran experiencia, Barberigo y Doria, situar a Álvaro de Bazán en la reserva, contando con su rapidez de decisión, y poner a su lado con el pretexto de honrarles, a Veniero y Colonia, pero con el fin de controlarles. Esta táctica dio frutos magníficos.
     Por último, y tan importante como todo lo anterior, fue la energía y el entusiasmo que don Juan supo comunicar a todo el personal de la armada.
     La victoria cristiana tuvo un carácter absoluto. Provocó en toda la cristiandad un fervor extraordinario: en Venecia, en Roma, en Génova, en España, en Viena. Hasta el rey de Escocia, Jaime VI, compuso un poema a la gloria de Lepanto. De la noche a la mañana, don Juan se volvió uno de los hombres más famosos del siglo, un auténtico héroe. Los artistas se apoderaron del tema de Lepanto y de sus vencedores: lienzos, frescos, retablos, grabados, medallas. Por otra parte, a pesar de lo que pretenden algunos historiadores, las consecuencias no fueron nulas: Fernand Braudel demostró lo contrario.
     Es cierto que la Santa Liga no cosechó los frutos esperados. La campaña de 1572 no resultó, a pesar de que la armada era tan poderosa como en 1571: la falta de conexión entre los aliados, la estrategia defensiva del almirante Uluch Ali, la pérdida de dos oportunidades en Navarino y Modon (la segunda quizá por culpa de don Juan, que no intentó forzar el puerto de Modon) explican esta frustración que provocó discrepancias entre aliados. Además, Pío V había muerto. Luego, la paz separada acordada entre Venecia y los turcos, el 7 de marzo de 1573, significaba el fin de la Santa Liga.
     Don Juan vivió dos inviernos de ensueño en Nápoles. El cardenal Granvelle, virrey de Nápoles, le acogió, según ciertos autores, con estas palabras: “Nápoles es la ciudad apropiada para que de las hazañas en el campo de Marte, paséis, aunque novicio, al jardín de Venus”. De hecho, don Juan, a sus veinticinco o veintiséis años, gozaba de condiciones óptimas para triunfar en las lides de Venus. El francés Brantome lo describe así: “Un príncipe hermoso y muy cabal. Era muy guapo, como acabo de decirlo, de buen tono, muy gentil en todas sus actuaciones, cortés, afable, de gran espíritu, sobre todo muy bravo y valiente [...]”.
     Otros contemporáneos opinaban lo mismo.
     Al parecer, don Juan cambió algo en el curso de estos años: quizá, por los humos de la gloria, por el ambiente especial de Nápoles. Antes tan moderado y discreto en su comportamiento amoroso, ahora casi libertino, dando rienda suelta a su libido. Fue el tiempo de los amores con Diana de Falangola, la piu bella donna de Napoli. Poco tiempo después de salir don Juan a la conquista de Túnez (10-11 de octubre de 1573), Diana dio a luz a una niña, Juana, que cuidaría la hermana de don Juan, Margarita de Parma. Pero, al volver de Túnez, don Juan no hizo caso a Diana (sí que le otorgó una pingüe dote) y vivió otra aventura con una tal Zenobia Saratosia. El episodio siguiente olía a escándalo y perjudicó la fama de don Juan, porque la querida, esta vez, era nada menos que Ana de Toledo, esposa del gobernador militar de Nápoles, la cual aprovechó la circunstancia para enriquecerse.
     En aquellos tiempos, don Juan soñaba ser rey. Le parecía que sólo un Trono real podría borrar la mácula de su nacimiento. Primero, recibió una oferta de los cristianos de la Morea, pero el país quedaba por conquistar y don Juan hubo de admitir que el proyecto tenía poca sustancia. Luego, se perfiló la hipótesis del reino de Túnez: la conquista la realizó el propio don Juan, con cierta facilidad, pero sin destruir las tropas turcas que se retiraron tierra adentro. Desde el punto de vista geopolítico, un reino de Túnez con un soberano español era un proyecto coherente pero, en 1574, la hacienda de Felipe II, al borde de la quiebra, no podía aguantar la inversión precisa. Así Felipe II resolvió alejar a don Juan de Túnez y le envió a Génova con la misión de apaciguar un conflicto entre los bandos de la ciudad. Entre tanto, los turcos reconquistaron Túnez. Felipe II, ya en ese momento, pensaba en su hermano para el tan difícil gobierno de los Países Bajos, y una carta del Rey alcanzó a don Juan, el 3 de mayo de 1576, en Vigevano, cerca de Milán, donde tomaba las aguas para curar dolores de hígado.
     La carta le ordenaba “volar” hasta Flandes para asumir el gobierno de los Países Bajos.
     Don Juan no obedeció. Remitió a su secretario Juan de Escobedo un memorándum en que exponía sus condiciones para aceptar tal cargo: trato personal con presupuesto adecuado, respecto de los usos del país y empleo casi exclusivo de agentes de la tierra, y, por último, last but not least, una política inglesa conforme al sueño real de don Juan: se trataba de la restauración del catolicismo en Inglaterra con la liberación de María Estuardo que se casaría con un príncipe cristiano, evidentemente el mismo don Juan. El príncipe contaba con el apoyo entusiasta del papa Gregorio XIII.
     Ya que no recibía contestación al memorándum, don Juan zarpó hacia Barcelona y se fue hasta El Escorial donde forzó a su hermano a recibirle. La discusión fue larga y difícil pero, a la postre, los dos hombres se pusieron de acuerdo, por lo menos teóricamente.
     Felipe II aprobaba el proyecto de don Juan, pero con la condición previa de la pacificación de los Países Bajos. Durante la estancia de don Juan en la Corte, que se prolongó hasta mediados de octubre de 1576, el príncipe entabló una relación con Antonio Pérez, secretario del Rey y amante de la princesa de Éboli. Don Juan, aún cándido, no se dio cuenta de que el turbio personaje jugaba con dos barajas y pagaría el precio muy pronto.
     El 17 de octubre, don Juan salió disfrazado de mozo de cuerda (de manos de Magdalena de Ulloa) para atravesar clandestinamente Francia con Octavio Gonzaga.
     El 3 de noviembre de 1576 estaba en Luxemburgo.
     La coyuntura no podía ser peor: el día anterior, las tropas españolas (también alemanas, italianas, etc.), exasperadas por el retraso de varios años en el abono de su paga, habían saqueado la gran ciudad de Amberes, cometiendo una matanza y toda clase de atrocidades. La misión de don Juan, encargado de conseguir la paz, parecía imposible. Tuvo que aceptar la salida del Ejército, que empezó el 21 de abril de 1577. Se esfumaba su esperanza de conquista de Inglaterra, ya que no le quedaba instrumento militar.
     Sin embargo, en julio, don Juan, convencido de que Guillermo de Orange y sus partidarios no querían la paz, envió a Escobedo a España con una relación detallada.
     Por otra parte, gracias a las remesas de las Indias, en especial de Potosí, la hacienda de Felipe II mejoró mucho. A principio de 1578, los regimientos españoles de elite estaban de vuelta en los Países Bajos y, el 31 de enero de 1578, en Gembloux, aprovechando el genio militar de Alejandro Farnesio, su querido compañero de Alcalá, don Juan lograba una victoria total sobre el Ejército de los Estados de los Países Bajos. La empresa inglesa se volvía posible: la carta de don Juan a Felipe II del 6 de febrero formulaba explícitamente el proyecto.
     Don Juan ignoraba que, en España, Antonio Pérez tejía su red de mentiras y calumnias para desprestigiarle, sugiriendo que don Juan preparaba una traición por ambición. Pérez insinuó que Escobedo, que seguía en Madrid y que había entendido el juego doble de Pérez, era el mal consejero de don Juan y consiguió el asentimiento tácito del Rey para asesinarle. Simultáneamente, el Rey no contestaba a las cartas de don Juan y no hacía caso a sus sugerencias; al contrario exigía un arreglo pacífico con los Estados, que la voluntad de Guillermo de Orange hacía ilusorio. Cuando, en abril de 1578, don Juan, ya gravemente enfermo, se enteró de la muerte de Escobedo, apuñalado, sospechó lo que pasaba en la Corte. Pero, gastado por las fiebres y la disentería, no podía más. El 28 de septiembre nombró a Alejandro Farnesio por su sucesor y murió el 1 de octubre de 1578 a la una de la tarde.
     Quedaba el problema del doble funeral: el de Namur, a los dos días de la muerte, y el traslado al panteón de San Lorenzo de El Escorial de marzo a mayo de 1579, conforme al deseo de don Juan y por orden del Rey. ¿Por qué este traslado con todos los honores, este recorrido solemne a través de Castilla? La explicación parece sencilla; Mateo Vázquez de Leca, otro secretario del Rey, le hizo descubrir a Felipe la perfidia de Antonio Pérez; luego, la consulta de los archivos de don Juan, llevados a El Escorial, demostró que el príncipe no traicionó nunca a su hermano. Nada se oponía al desarrollo del mito. Don Juan, ya presente en la pintura, el grabado, los tapices y la escultura, entró en la gran literatura: todo el canto XXIV de la Araucana de Alonso de Ercilla está dedicado a Lepanto y a don Juan. Y don Juan aparece en la Galatea y en el capítulo XXXIX de la primera parte del Quijote.
     Su retrato aparece en cuadros de artistas famosos como Alonso Sánchez Coello, en grabados, en medallas, y sigue en pie, en Mesina, su estatua colosal (Bartolomé Bennassar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La Plaza Don Juan de Austria, al detalle:
Bar España
Fuente de las Cuatro Estaciones
Puerta Nueva, o de San Fernando (desaparecida)