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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 14 de junio de 2026

Un paseo por la calle Descalzos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Descalzos, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Descalzos es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en los Barrios de la Alfalfa, y San Bartolomé; en el Distrito Casco Antiguo; y va de la plaza del Cristo de Burgos, a la plaza de San Ildefonso.
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
      El tramo comprendido entre la plaza del Cristo de Burgos y Alhóndiga era conocido al menos desde mediados del s. XVII, por Sopa, pues los frailes del convento de los Trinitarios Descalzos acostumbraban a re­partirla entre los necesitados que se acercaban; desde mediados de la siguiente centuria recibe la denominación de Campanas o Campanas de los Descalzos, por la torre de la iglesia del convento que todavía se conserva. El segundo tramo es conocido, al me­nos desde 1575, como Sucia, nombre que compartía con otras de Sevilla, por razones que serían obvias. En 1845 ambas calles se unifican bajo la denominación que hoy conserva. Santiago Montoto recoge también las denominaciones de Zapatería Vieja y Morería, pero no ha podido ser comprobado documentalmente. La calle es estrecha y posee un irregular trazado, con frecuentes entrantes y salientes. Por su angostura generalmen­te ha estado cerrada al tráfico, pero en 1882 se eliminaron los marmolillos y se abrió al tránsito de carruajes, lo que inmediatamente suscitó la quejas del vecindario, ya que rozaban y destrozaban las fachadas. Su pavimentación es de cemento extendido directamente, carece de aceras, está cerrada al tráfico rodado por medio de marmolillos de hierro colocados a la entrada de Alhóndiga y San Ildefonso. Cuenta con farolas de brazos de fundición adosadas a las fachadas. En el primer tramo se ha procedido en buena parte a la renovación del caserío primitivo por casas de pisos de cuatro plantas, a costa de la demolición de algunas de cierto interés; en cambio, en el segundo tramo predominan las viviendas tradicionales de patio de dos y tres plantas. Al principio de la calle se conservan restos de la antigua iglesia de los Descalzos y el campanario, oculto por una construcción reciente y de difícil perspectiva debido a la estrechez de la vía. En conjunto es una calle tranquila, que cuenta incluso con poco tránsito peatonal y que no cumple otra función que la residencial [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993]. 
Descalzos, 1 acc. y 3
. En estos números se conservan restos de la antigua iglesia del convento de los Descalzos, destacando la torre.
Descalzos, 4 (derribada). En esta casa existe una cancela fe­chada en 1846.
Descalzos, 6 (derribada). Esta casa posee un patio de colum­nas en planta baja, y balcones separados por pilastras en la superior.
Descalzos, 10. Casa de dos plantas y ático, de tipo popular [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Descalzos, al detalle:

viernes, 8 de mayo de 2026

El desaparecido Convento de Nuestra Señora de Gracia, vulgo de los Descalzos, de los Trinitarios

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Gracia, vulgo de los Descalzos, de los Trinitarios, de Sevilla.  
     Hoy, 8 de mayo, es la Festividad de Bienaventurada Virgen María Madre y Mediadora de todas las Gracias, así que hoy es el mejor día, para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Gracia, vulgo de los Descalzos, de los Trinitarios, de Sevilla.
     El desaparecido Convento de Nuestra Señora de Gracia, vulgo de los Descalzos, de los Trinitarios, se encontraba en la Plaza del Cristo de Burgos, 20 (aunque lo delimitaba las actuales calles Dormitorio, Alhóndiga, y Descalzos); en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     La Orden trinitaria fue aprobada en Roma el 7 de diciembre de 1198 por bula de Inocencio III, no conociéndose con exactitud las circunstancias que determinaron al joven profesor de la Universidad de París, Juan de Mata (Foucon, Provenza, 1160 - Roma 1213) a crear un instituto religioso cuya misión principal era el rescate de cautivos cristianos. Uno de los graves problemas de la Edad Media cristiana era la amenaza del cautiverio, ya en el norte de Europa con la piratería normanda ya en el Mediterrá­neo con los otomanos y argelinos, fenómeno que ha pesado definitivamente en la mentalidad del hombre medieval, cuyos vestigios se pueden rastrear en la espiritualidad, la hagiografía, la liturgia y la política de la época. Juan de Mata, sensible a este problema, maduró durante tres años (1194-1197) en su retiro de Cerfroid, las bases de una nueva Orden dedicada a esta humanitaria misión, ayudado por otros eremitas, especialmente Félix de Valois (Amiens 1127 - Cerfroid 1212), quien se considera cofundador. A fines de 1197 la Regla hubo de estar redactada en sus puntos más esenciales. La comunidad sería preferentemente pequeña, no debía sobrepasar los siete miem­bros, aunque en la posterior reforma efectuada por Honorio III el número pasó a ser indefinido. Quedaron explicitados los votos de obediencia, pobreza y castidad, y el hábito compuesto de túnica blanca de lana con capa negra y una cruz de tramos iguales en el pecho; todas las iglesias de la Orden debían estar dedicadas a la Santísima Trinidad y ser sencillas. Al frente de la institución estaba el Ministro General, cargo vitalicio elegido en capítulo general que venía a celebrarse cada año durante la octava de Pentecostés. Una tercera parte de los ingresos de cada convento se destinaba al rescate de esclavos cristianos, obra humanitaria que gozará de las simpatías de papas y reyes quienes se convierten en los primeros y más interesados protectores de los trinitarios que alcanzan un rápido desarrollo con numerosas fundaciones en Francia, Inglaterra, Polonia, Rusia, Portugal y, naturalmente, España en donde a fines del siglo XVI tenían seis provincias con ciento treinta conventos. Al frente de cada provincia estaba el Ministro Provincial, cargo al principio vitalicio y que posteriormente pasó a ser trienal; los ministros provinciales estaban a disposición del papa, que podía destinarlos allí donde fueran necesarios.
     En España los trinitarios resultaron muy populares a la vez que esenciales, tanto por su dedicación a la redención ante la permanente hostilidad entre cristianos y musulmanes, como por su labor hospitalaria que desarrollaron de forma paralela para atender tanto a los cristianos liberados como para todo tipo de enfermos que lo necesitase, destacando los hospitales de Santiago de Compostela, Lérida, Toledo, Segovia o Burgos. Para estos fines la Orden contaba con una serie de privilegios reales sancionados a lo largo del tiempo, así constatamos el otorgado por carta plomada de Enrique II de 26 de febrero de 1370 por el que los demandadores trinitarios podían circular libremente por sus reinos para conseguir limosnas con las que realizar sus obras de misericordia. Entre los cautivos españoles rescatados por los trinitarios se encuentra Miguel de Cervantes Saavedra, liberado en Argel en 1580 por fray Juan Gil por 500 ducados de oro.
     Los trinitarios al igual que otras órdenes religiosas se desgajaron en dos ramas, los calzados herederos de la antigua observancia, y los descalzos quienes, impulsados por la reforma tridentina, consiguieron establecer en cada provincia un convento para aquellos que deseaban retornar al ideal primitivo de austeridad y pobreza. A comienzos del siglo XVII, en 1605, se eligió al superior provincial de la provincia reformada y en 1699 el papa Paulo V les concedió vicario general propio y los asimiló a las órdenes mendicantes, con la introducción del cuarto voto de no ambicionar dignidades o prelaturas. En 1636, en plena expansión, Urbano III les concedió poder elegir un ministro general independiente de los calzados.
     En el siglo XVIII los movimientos revolucionarios europeos suponen la disolución de los trinitarios prácticamente en casi todos los países. En España no será hasta el siglo XIX y tras los distintos procesos desamortizadores, cuando sean exclaustrados el año 1835. Hacia 1870 -en España en 1879- la Orden se restauró, expandiéndose por Europa, América y Asia, dedicándose, suprimida ya la esclavitud, a labores de beneficencia, educación y misional.
CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA, VULGO DE LOS DESCALZOS
     La Orden trinitaria en el deseo de volver a una estricta observancia de su regla en lo que a su sentido de pobreza, austeridad y penitencia se refiere, emprende el camino de la reforma, con unos primeros intentos en Francia en 1578. Es 1594 cuando se autoriza el establecimiento en cada provincia trinitaria de un convento para aquéllos que quisieran retornar al ideal originario. En 1605 se elegía al superior de la provincia reformada de España, Juan Bautista de la Concepción (1561-1613), el gran promotor de la reforma en nuestro país a la vez que escritor ascético-místico, beatificado por Pío VII en 1819 y canonizado por Pablo VI en 1975. Finalmente, en 1609 la rama Descalza se agrega a los mendicantes y Urbano III les otorga autonomía, pues en 1636 pudieron elegir ministro general independiente de los calzados.
     Precisamente a instancias de Juan Bautista de la Concepción en el año 1607, los Trinitarios Descalzos llegan a Sevilla para fundar convento, no sin serias dificultades ante la negativa de las parroquias y cabildo eclesiástico, por la abundancia en la ciudad de institutos religiosos. El primer asentamiento va a ser extramuros, a la salida de la puerta de Carmona, entre el convento de San Benito y la Cruz del Campo, en el barrio de la Calzada, siendo su primer ministro el padre fray Gabriel de la Asunción, "donde estubo poco mas de un año, y de este sittio se mudo un poco más arriba hacia la Cruz del Campo porque el sitio y casa era muy estrecho y no se podía disponer de vivienda decente ni ttener forma de convento, estte segundo sittio que era una casa principal con su guerta jardín y agua de pie se ttomo en arrendamiento de Diego Núñez Perez suia era la propiedad en precio de doscientos ducados de rentta cada año, en estte sittio estubo el convento poco más de dos años". Por falta de pago fueron echados por el referido Diego Núñez, previa demanda judicial. A instancias del licenciado Gamboa, médico del convento, son ayudados por la rica dama doña María de Solís y Miranda, esposa del general y caballero de la Orden de Santiago Pedro Méndez Márquez, quien se convierte en la patrona y fundadora del nuevo convento. Dona a los trinitarios unas casas de su propiedad entre la collación de San Pedro y San Ildefonso, en la plazuela llamada del Mesón del Rey, zona también conocida como "la Vinatería", en alusión a las bodegas y comercio de vinos de las inmedia­ciones. Doña María les otorga además treinta mil ducados para cubrir sus primeras necesidades, efectuándose el traslado a primeros de diciembre de 1610, a lo que pusieron trabas el cabildo eclesiástico y el arzobispo D. Pedro de Castro por no haber solicitado los religiosos las pertinentes licencias. Durante más de un año se les prohibió predicar y confesar, y se dispuso se consumiese el Santísimo. Tras un largo pleito el papa Paulo V falló a favor de la comunidad aunque el arzobispo se empeñaba en que la fundación se realizara fuera de la ciudad. La intervención de personas influyentes como el duque de Lerma y el cabildo de la ciudad dirimió el asunto y finalmente pudieron permanecer en su nuevo emplazamiento.
     El convento y la iglesia, ambos de pequeñas dimensiones, abarcaban una manzana cuyo perímetro iba por la calle Alhóndiga y plaza de San Leandro, calle de los Descalzos (también llamada de "las campanas de los trinitarios" y de la "sopa", en alusión a la clásica sopa boba que repartían los frailes a los necesitados), plaza del Mesón del Rey que en seguida empezó a conocerse como plazuela de los Descalzos, y calle Dormitorio hasta enlazar con Alhóndiga. La iglesia abría su portada principal a la plaza de los Descalzos aunque el primer intento fue abrir por la plaza de San Leandro, desestimán­dose este lugar ante la petición del gremio de vinateros quienes consideraban que les perjudicaría en su comercio el establecer en esta zona el ingreso a un recinto sagrado. La portada lateral del templo y la puerta del convento daban a la calle Descalzos, situándose la clausura a la espalda de la iglesia y al costado derecho de ésta, por compra de la fundadora Dª María de Solís de un mesón llamado de las Calabazas para labrar el claustro principal.
     Pese a la pobreza de la comunidad, con el paso de los años el modesto convento, que según el censo de 1755 contaba con sesenta religiosos, fue configurando su fisono­mía arquitectónica y completando sus enseres litúrgicos y artísticos gracias a las dotaciones y limosnas de piadosos benefactores. Patrimonio mueble e inmueble hoy prácticamente perdido.
     Sabemos que durante la ocupación francesa se destruyó el retablo mayor y los de las capillas laterales y se produjo la requisa de las valiosas pinturas que decoraban el claustro principal. La vuelta de los frailes al convento llevaría aparejado el intentar reparar los destrozos producidos, en la medida que sus medios económicos lo permitían. Consta que se realizó un nuevo retablo mayor así como colaterales. En estos años, en concreto en 1821, se produjo un importante acontecimiento que llenaría de júbilo a los descalzos: la beatificación por Pío VII del fundador de la rama descalza fray Juan Bautista de la Concepción, promotor de la fundación del convento sevillano. Con tal motivo se celebraron solemnes misas y procesiones.
     Con la aplicación de las medidas desamortizadoras del ministro Mendizábal en 1835-36 los frailes fueron exclaustrados definitivamente y el convento fue destinado durante algún tiempo a cuartel de la Compañía de Migueletes. Posteriormente fue vendido, destinándolo su propietario parte a fábrica de tejidos y parte a casa de vecindad. La iglesia permaneció algunos años más abierta al culto, hasta que el 20 de octubre de 1868 el ayuntamiento revolucionario accedió a la petición del Club Popular "Café de Emperadores", para que cediese el templo como su sede. Hay que señalar que en 1840 se llevó a cabo una importante reordenación urbanística que afectó al sector situado frente a la iglesia, realizada por el arquitecto de la ciudad Balbino Marrón, consistente en la creación de una amplia plaza que integró dos espacios preexistentes, la placita de los Descalzos y el solar de la antigua fábrica de tabacos, en ruinas desde hacía años, y algunas calles adyacentes del barrio del Adarvejo o de la Morería.
     Ya en el siglo XX el ex-convento fue objeto de múltiples usos: taller de carruajes, almacén de droguería; en 1979 padeció un incendio que afectó a las yeserías, vigas, crujía de la iglesia así como los escalones de madera y vigas de hierro de la torre. Los usos y accidentes fueron alterando la primitiva traza del recinto, hasta que en los años 80 y 90 se procede a la construcción de edificaciones en las que quedan embutidas lo que subsistía del templo y la torre. Actualmente se conservan dos tramos de la iglesia con su portada lateral y la torre, propiedad de la Hermandad de la Cristo de Burgos. Estas permanencias están incluidas dentro del conjunto histórico de Sevilla declarado por Decreto de fecha 27 de agosto de 1964 (BOE 12/IX/1964).
ARQUITECTURA
     La iglesia. Su advocación era de Nuestra Señora de Gracia, y por antiguas y escuetas descripciones sabemos que era de pequeñas proporciones, nave única con tres capillas laterales a cada lado, crucero, cubierta con bóveda fingida de yeso en su interior y en el exterior de madera y tejas. A los pies se disponía el coro alto sobre "competente bóveda", y el acceso principal daba a la plazuela de los Descalzos. Tuvo dos portadas laterales, la que se abría en el muro del evangelio y salía al claustro principal, y la del lado de la epístola, que aún se conserva aunque en muy mal estado, que da a la calle Descalzos o de las Campanas.
     El 22 de abril de 1625 Juan de Segarra contrató la construcción del templo, actuando como fiador el carpintero Juan Bautista de Medina. En el documento aparecen detallados aspectos relacionados con las técnicas constructivas empleadas, uso de materiales, salarios, etc. Puso tanto empeño en este trabajo Segarra que abandonó la ejecución de la iglesia que por las mismas fechas realizaba para los trinitarios calzados, que dejó en manos de Juan de Oviedo. Su actuación directa en los Descalzos queda de manifiesto en su solicitud al Cabildo el 29 de julio de 1635, como mérito para su nombramiento de maestro mayor de la ciudad. Sin embargo, se desconoce el autor de las trazas del edificio; se han propuesto a Diego López Bueno o Miguel de Zumárraga, ambos en plena actividad en Sevilla en estos años, por ser maestros mayores de fábrica del Arzobispado y de la Catedral, respectivamente. Nos inclinamos a pensar que bien pudo ser Zumárraga, artista por otra parte, muy vinculado a los trinitarios ya que trazó la iglesia de las Santas Justa y Rufina, de la rama calzada.
     En 1627 por escritura firmada el 2 de agosto entre el padre ministro fray Francisco Asunción y Francisco Escalante, maestro albañil, se va a concertar la realización de las bóvedas de medio punto con lunetas, la media naranja sobre pechinas del crucero con su correspondiente cornisa, y la bóveda de arco rebajado del coro, "adornada con hojas y filetes" a la que posteriormente se le añadiría una decoración de yeserías consistente en paneles recortados en "ces", inspiradas en el folio LXXIV del Libro de Arquitectura de Sebastián Serlio, quizás diseñadas por el propio Juan de Segarra o por los hermanos Borja. En el documento firmado por Escalante se detallan los materiales y técnicas a utilizar y las labores realizadas. Labró cuatro bóvedas para entierros, una en la cabecera de la capilla mayor "de todo su largo y ancho" -quizás perteneciente a la benefactora del convento Dª María de Solís- otras dos en los laterales "de diez pies de ancho por veinte de largo", que contenía los cuerpos de los mártires trinitarios Calixto y Narciso; y otra bóveda para enterramiento en el brazo del crucero del lado de la epístola, "capilla que dicen de doña Manuela". Asimismo, asentó puertas y ventanas, realizó todos los altares, incluido el de la capilla mayor "tengan todos quatro tercias de alto" y recubiertos de azule­jos, que también cubrían las paredes de la iglesia, con paños de "a media bara de alto incluido en ella una guarnicion por la parte de abaxo y un alizar pintado encima conforme a las labores de la guarnicion de abaxo los alizares de la parte alta an de bolar de el vibo de la pared después del blanqueo una pulgada". El templo tenía tribunas en uno de sus lados, de techo de bovedillas, encargándose para el otro lateral que "se fingieran con quadros semejantes a los que llebaren las bentanas". La iglesia también se enlució y blanqueó con esmero, se soló la capilla mayor y coro con ladrillo de junto, y el cuerpo del templo de ladrillo sin cortar, "repartiéndose en el las sepulturas que cupieren". En el exterior el maestro revocó y blanqueó la fachada y la ventana que daba luz al coro así como las que daban a la calle; hubo de hacer dos buhardillas que faltaban al tejado de la iglesia y tejar lo que faltaba. Finalmente, realizó el campanario "en la parte señalada el qual a de ser de arcos en la forma que esta trazado en la iglesia dexandolo con suficiente estribo y labrado de dos haces de suerte que las pilastras cornijas y demas ornamentos que se hallaren por la una tengan tambien por la otra dexandolo muy vistoso y adornado". Los trabajos debían de estar terminados en el plazo de seis meses a partir de la fecha de la firma de la escritura.
     Hoy permanecen dos tramos de la iglesia, desnudos de cerámica y yeserías, la torre campanario y la puerta lateral inserta en el muro de la epístola, -en origen en el último tramo de la iglesia al igual que su correspondiente del lado del evangelio que salía al claus­tro principal- muro que corre paralelo a la calle Descalzos. La portada, hoy cegada, consis­te en un vano adintelado enmarcado por unas sencillas pilastras y rematado por un frontón curvo con una clave trapezoidal de gran tamaño en el centro, a modo de gran pinjante.
     La torre campanario ha pervivido hasta nuestros días, pese al incendio y abandono que ha padecido, y hoy emerge a duras penas entre el caserío que la envuelve, oculta y "protege", ya que ha quedado embutida en modernas construcciones, en las que se dibujan en su fachada huecos rectangulares sobre las ventanas circulares de la torre, en un deseo, quizás, de no ocultar del todo el monumento. Se asienta sobre el muro de la epístola de la iglesia hacia la calle Descalzos, calle también denominada anteriormente de las Campanas. La torre se configura como una estilizada caña de planta cuadrada toda de ladrillo en la que, sobre un pedestal con decoración cerámica azul, se asienta el campanario de un vano de medio punto en cada uno de los lados, con rosca e imposta, flanqueado por pares de pilastras toscanas perfiladas con molduras en resalte; las enjutas, entablamentos y pilastras van decorados con paneles cerámicos de color azul, siendo circulares los que se insertan en la parte central de las pilastras. Tras la cornisa, un frontón triangular saliente con el tímpano adornado con cerámica azul, remata este primer cuerpo. El segundo cuerpo es un amplio pedestal que continúa el apilastrado, rodeado de varios jarrones cerámicos que lo envuelven. Hemos de señalar que estos jarrones han venido a sustituir otras piezas cerámicas desaparecidas que reproducían las figuras del ajedrez y que dieron lugar a la leyenda fraguada en el siglo XIX, según la cual un fraile perteneciente a la comunidad y de origen oriental fue quien las diseñó y colocó en el campanario trinitario. El tercer cuerpo adquiere forma piramidal de perfil curvado y finas láminas de cerámica azul, con dados en las esquinas. Un remate bulboso con ribetes cerámicos y una veleta completan el conjunto de peculiar perfil y atractiva ornamentación. Finalmente hemos de referir que según asiento del Libro de Bautismos de 1768, hoy en el archivo parroquial de la iglesia de San Ildefonso de Sevilla, en ese año consta que fue construida la torre del convento de los Descalzos, por lo que de ser cierta esta referencia, las obras se dilataron mucho en el tiempo.
     El convento. Del recinto conventual nada ha permanecido. Su perímetro se aprecia en el plano de Sevilla de 1771, y en su solar se han acomodado nuevas construcciones que respetan en gran medida la manzana que ocupara el convento. Este se levantaba a espaldas de la iglesia y en su lado derecho. En el último tramo de la nave del templo, en el lado del evangelio, se abría la puerta que salía al claustro principal, de arcos cerrados con tabiques, según la descripción de González de León del año 1844, aunque quizás en su origen fueran arquerías abiertas que salían al claro del patio, más usual en la configuración de estos espacios. Tenía una segunda planta en donde se distribuían las estancias necesarias para desenvolverse la comunidad: dormitorios, biblioteca, refectorio, etc.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     De los primitivos retablos y esculturas de los Descalzos apenas alguna pieza ha sido localizada, debiendo perderse durante la ocupación francesa; posteriormente a ella se realizaron otros de estilo neoclásico. La primera referencia documental sobre obras retablísticas es de 28 de enero de 1613, cuando el arquitecto y ensamblador Francisco de Mora concertaba con el padre Pedro de la Virgen, la realización de un sagrario de madera "de dos baras de largo y una bara de ancho el qual a de tener las labores y obra confor­me a una traça que queda en poder del padre sacristán la qual tengo de hacer dentro de tres meses que corren y se quentan desde primero del mes de febrero próximo venidero". Obra que hubo de ser la primera que presidió el presbiterio de la iglesia antes de que se realizara el retablo mayor.
     El 12 de febrero de 1689 Bernardo Simón de Pineda se comprometía documentalmente con el padre fray Antonio de los Ángeles y la comunidad trinitaria, a realizar el retablo mayor, de madera de borne y cedro, y las columnas, esculturas y adornos de cedro, actuando corno fiadores el escultor Pedro Roldán y el dorador José López Chico. El precio de la obra ascendía a 4.000 ducados de vellón, a realizar en tres pagos a medida que los cuerpos del retablo se fueran terminando y asentando. No se detallan en el contrato las características estructurales ni decorativas que nos permita conocer su fisonomía. Destruido durante la ocupación francesa, sabemos que el 5 de noviembre de 1814 los descalzos compraban por 2.100 reales de vellón, el retablo de la parroquia de Pilas (Sevilla). Este retablo fue realizado por Francisco de Acosta "el Mozo" para dicha parroquia entre 1798-1799; es de corte neoclásico, de tres calles y ático con un relieve de la Trinidad, y santos trinitarios en las hornacinas. Tras el cierre de la iglesia conventual en 1868, según decreto de 22 de febrero de 1870 de la Secretaría de Cámara del Arzobispado de Sevilla, fue cedido a la parroquia de Nuestra Señora de Gracia, del pueblo sevillano de Camas, donde se conserva.
     El 23 de junio del año 1626 los Descalzos compraron a las monjas del convento de San Leandro un retablo cuya ejecución habían contratado con Juan Martínez Montañés por 2.800 reales, de los cuales 1.000 se saldaban con la celebración de quinientas misas por parte de los padres, en sufragio de la comunidad de San Leandro, y los restantes 1.800 serían pagados por el jurado Diego de Soto de la Torre, procurador del convento trinitario. Por otro lado, Montañés se comprometía a hacer el retablo contratado, entregarlo a fines del mes de octubre de ese año o antes si estuviera terminado, y a cobrar los 1.800 reales de Diego de Soto en dos plazos, el primer pago a primeros de octubre y el segundo a fines de diciembre. Según se desprende del documento, se trataba de un retablo dedicado a San Juan Evangelista, que incluía la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, guarnición, adorno de ensamblaje, talla y dorado, quedando excluidos de la venta a los trinitarios la imagen de San Juan y el sagrario. De este retablo no hay otra referencia, dándose hoy por perdido.
     Señala González de León sobre los retablos colaterales de los brazos del crucero, que el del lado del evangelio "es moderno pero de buena forma, y en él está una imagen de San José, esposo de Nuestra Señora, del tamaño natural, que lo trajeron de Nápoles", obras que hemos de dar por perdidas. En el correspondiente de la epístola indica otro igual con una "una antigua y devota imagen de Jesús rescatado". En 1870 el retablo pasó a la parroquia de Nuestra Señora de la Oliva, de la villa de Salteras y la imagen a la iglesia de San Ildefonso de Sevilla, donde permanece. El Cautivo, como popularmente se conoce, está colocado en un retablo decimonónico de la nave de la izquierda. Es una talla completa, aunque hoy se haya vestida con túnica larga, y su fecha de ejecución se puede fijar en el primer tercio del siglo XVIII. Hay que señalar, que la iconografía de Jesús cautivo está muy ligada a la Orden Trinitaria ya que algunas crónicas antiguas se hacen eco de cómo los frailes trinitarios rescataron en Berbería una imagen de Jesús, no sin dificultades. La escultura trasladada a Madrid, se puso bajo el patrocinio de los Duques de Medinaceli. Desde entonces fue costumbre disponer en los conventos trinitarios una imagen con el modelo iconográfico de Jesús cautivo, al que a veces se le denomina de Medinaceli, advocación que recibe el de Sevilla; quizás gozó del patronazgo de los duques de Medinaceli de nuestra ciudad que tan cercano tenían su palacio del conven­to trinitario.
     Por contrato firmado el 10 de abril de 1631, sabemos que el escultor Francisco de Ocampo realizó el grupo de Santa Ana con la Virgen niña de la mano, en madera de cedro, por el precio de 800 reales, y que se daría acabada en blanco el 20 de junio de ese año. El autor debía seguir el modelo que él mismo había ejecutado para el convento de San Alberto de Sevilla. La imagen no ha sido identificada.
     En la iglesia radicó la Hermandad de San Atanasio Obispo. El 25 de febrero de 1630 el escultor Manuel de Morales se compromete con el mayordomo Bartolomé García y los cofrades y oficiales de la citada Hermandad a realizar una imagen del santo titular "con su mitra y demas ynsinias de madera de zedro de cinco quartas de mas de la peana que ansi­ mismo e de hazer de zedro y borne". Su coste ascendió a 850 reales, a terminar en el plazo de cuatro meses. El mismo día el mayordomo de la Hermandad firmaba contrato con el pintor Juan de Uceda para dorar, estofar y encarnar la imagen, "poniendo en letras de oro el nombre del santo"; se comprometía a finalizar estas labores en tres meses desde que se la entregase el referido Morales, siendo su costo de 650 reales20. Se desconoce el paradero de la escultura.
     El borrador de un contrato fechado en 1709 nos informa de la factura de un retablo para el altar de Nuestra Señora del Patrocinio, siendo los firmantes el ensamblador Pedro Ximenes Rosa, quien dio las trazas del retablo e imágenes, y Don Diego Félix de Contreras, promotor de la obra, cuyo costo ascendía a 3.300 reales de vellón, compro­metiéndose Ximenes finalizarlo en el plazo de un año. Retablo e imágenes hemos de darlos por perdidos.
PINTURAS
     Del patrimonio pictórico del templo solo conocemos la existencia de Nuestra Señora con ángeles en el coro "que tiene mérito", de la que no hay más noticia.
     El claustro principal estuvo decorado con una serie de ocho pinturas dedicada a narrar la Vida de la Virgen, algunas de ellas localizadas. Se atribuyen a Esteban Márquez por su semejanza estilística con obras firmadas del pintor, un seguidor de Murillo a quien los franceses adjudicaron esta serie, lo que determinó su rápida salida del convento y su venta en la galería Christie de Londres el 16 de junio de 1810. Los ejemplares conocidos presentan una gran calidad técnica, con buena composición de las escenas, en las que los personajes se distribuyen y engarzan armoniosamente, rema­tándose con amplios rompimientos de gloria poblados de numerosos ángeles niños. El formato es vertical, de 244 x 155 cms. aproximadamente y terminados en la parte superior en arco de medio punto. Los temas representados son:
        - Nacimiento de la Virgen: (México. Colección Francisco Camps Rivera). En la subasta de Christie de 1810 fue vendido por 24 libras. En 1937 en la misma galería lo compra lord Brocket. En 1971 se localiza en la colección mexicana. Presenta en un primer plano a una joven que acompañada de un grupo de personas y varios ángeles, muestra a la Virgen. Al fondo entre cortinas Santa Ana acompañada por otro ángel, se incorporada en el lecho, y en la parte superior querubines entre nubes contemplan la escena portando una filacteria.
        - Desposorios de la Virgen: (Raleigh, Carolina del Norte (EE.UU.). Museo de Arte). Vendido en Christie en 1810 por 577,10 libras, en 1937 de nuevo sale a subasta en Londres y es comprado en 50,12 libras por Lord Brocket. La escena se organiza entorno a las figuras de la Virgen y San José en el centro, acompañados por grupos de personajes masculinos a cada lado, incluidos tres niños en la parte derecha que le sostienen el manto. En la zona alta se dispone un amplio rompimiento de gloria con la Paloma del Espíritu Santo y un nutrido grupo de angelotes que tocan instrumentos musicales y esparcen flores. Constituye una hermosa obra, de la que el Conde del Águila en sus cartas a Ponz, comenta que la cara de la Virgen es el retrato de la hija del pintor.
        - Anunciación: En paradero desconocido; fue vendida en 1810 por 399 libras, siendo su comprador Sir W. Curtís. El 10 de mayo de 1861 sale de nuevo a subasta en Christie; la última noticia es la de su venta el 5 de junio de 1886 por Thomas Kibble en Christie, retirada en 157,10 libras. Su descripción nos la transmite Angulo: "La Virgen en carmín y azul con las manos unidas sobre el pecho y el ángel arrodillándose y señalando una gloria de ángeles en la parte superior; la paloma del Espíritu Santo en el centro".
        - Descendimiento de la cruz: (Londres, colección Vaz Díaz). Vendido en 1810 por 115,10 libras; en 1956-57 sale de nuevo a subasta en Christie, comprada en 63 libras por V.D. (Vaz Díaz). Atribuido por Ponz a El Mulato, representa el pasaje mariano de la Quinta Angustia, siguiendo el hilo narrativo del ciclo dedicado a la Virgen. Hoy en paradero desconocido, Angulo describe así esta obra: "La Virgen tiene el cuerpo de Cristo. Dos ángeles niños, uno de los cuales, que le ha quitado la corona de espinas de su cabeza, señala su cuerpo".
        - Muerte de la Virgen: En paradero desconocido desde 1936, año en que es saquea­da la casa de Adolfo Marx, su propietario. En la venta de 1810 la compra Lee en 892,10 libras, con las medidas 244 x 153,5 cms, siendo nuevamente subastado en 1916 como obra de Murillo. En 1930 está en Barcelona en la colección de Adolfo Marx. Pese a la mala reproducción que conocemos de esta obra que no permite apreciar todos sus detalles, presenta una alta calidad con claros ecos murillescos. De composición equilibrada, con la figura sentada de la Virgen fuertemente iluminada, en torno a la cual se disponen los Apóstoles con actitudes reverentes y rostros expresivos. En la zona superior la habitual gloria de ángeles.
        - Asunción de la Virgen: Sin noticias desde su venta en Christie el 16 de junio de 1810. Angulo proporciona la siguiente descripción: "La Trinidad tiene la corona sobre la cabeza de la Virgen arrodillada; debajo ángeles en la nubes". Ceán Bermúdez al citar las pinturas del claustro de los Descalzos dice textualmente: "los ocho (cuadros) que están en los ángulos del claustro de los Trinitarios descalzos, con el que representa la ascensión del Señor, que tiene cabeza de apóstoles de mucho mérito y desembarazo". Ceán hubo de confundir la Ascensión con la Asunción de la Virgen, confusión que nos resulta muy extraña si además añadimos que indica cabeza de apóstoles en vez de ángeles. Cabe la posibili­dad que la ascensión del Señor sea obra independiente del ciclo de la Virgen, y de la que no volvemos a tener referencia.
        - La Virgen con San Juan de Mata y San Félix de Valois: (Wellwyn, Brocket Hall, Hert­ fordshire. Lord Brocket). En la venta de 1810 está titulado erróneamente como "Triunfo de la Religión Mercedaria", y fue retirado en 840 libras. En la venta se precisa que el Niño ofrece escapularios a un fraile arrodillado y a un personaje real con hábito de la Orden y con una corona y un cetro a los pies, elementos que no apreciamos en la foto manejada. Angulo considera que la denominada por Ponz Virgen y los redentores es ésta, que con otro título aparece en la subasta de Christie de 1810 y que actualmente se conserva en Hertfordshire, comprada en Londres en la subasta de Christie de 16 de abril de 1937, por 33,12 libras por Leggat para L.B. (Lord Brocket). La pintura presenta un amplio rompimiento de gloria con un nutrido grupo de ángeles niños que revolotean, ofreciendo uno de ellos el escapulario de la Orden; asimismo en la zona más alta en el centro el Padre Eterno. La Virgen con el Niño, también ofreciendo un escapulario, centra la composición, y a ambos lados en la línea de tierra y arrodillados los santos fundadores trinitarios san Juan de Mata y san Félix de Valois, en devota actitud.
        - La Virgen en el convento de Ciervoles: Igualmente salió a subasta en la venta de 1810 con el número ocho de la serie, por la que se pagó 73,10 libras, y desde entonces no volvemos a tener noticia de ella. Angulo nos proporciona la siguiente descripción: "La Virgen asiste a maitines en presencia de San Félix de Valois y de numerosos religiosos. Coro de ángeles".
     Finalmente indicaremos que según señala Ceán Bermúdez hubo unas pinturas en "el claustro exterior al fresco, y la escalera principal" de mano de Lucas Valdés, de las que no poseemos ninguna otra referencia.
OTROS ENSERES
     Un decreto del Arzobispado de Sevilla de 22 de febrero de 1870 da razón de algunos enseres litúrgicos que se perdieron o pasaron a iglesias de la diócesis: el altar del Cristo de la Redención a la parroquia de Nuestra Señora de la Oliva de Salteras, un cancel a la iglesia de El Arahal, el facistol a la parroquia del Salvador de Sevilla, las pilas de agua bendita a la parroquia de Santa María de la Nieves de La Rinconada, y otros objetos de culto entregados al párroco de la iglesia de San Isidro de Cartaya. De las piezas perdidas se indica "un viril con perlas finas un copón, ambas alhajas de plata cincelada sobredorada" y dos misales de concha, nácar, ébano y marfil, sobre los que la Academia de Bellas Artes dictaminó la necesidad de su conservación.
     La comunidad poseyó también un órgano, igualmente perdido, que estuvo situado en el muro de la epístola de la iglesia, sobre una tribuna (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia de la Solemnidad de la Virgen de Gracia;
     La mediación universal de la Santísima Virgen María es una doctrina deducida de la enseñanza tradicional de la Iglesia, a partir de la solicitud maternal de María por todo el género humano en la misión redentora de su Hijo, que forma un todo con ella, y se extiende a todas las gracias que nos ha adquirido Cristo.  Aunque es una verdad no definida, viene siendo aceptada por el pueblo cristiano desde tiempo inmemorial: ya a San Germán de Constantinopla, en el siglo VII, se le llama el Doctor de la Mediación de María.
     Son múltiples las advocaciones marianas que reflejan la mediación de María: Amparo, Auxiliadora, Consolación, Gracias, Merced, Milagro, Misericordia, Patrocinio, Providencia, Refugio, Remedio, Socorro... En la Edad Media, el franciscano San Bernardino de Siena, insigne predicador, contribuyó ostensiblemente a extender la doctrina de la distribución de María de todas las gracias. En el mismo sentido, toda la himnología medieval occidental canta el papel de María como abogada y mediadora.  Así mismo la proclamamos intercesora en la segunda parte del avemaría, de composición eclesiástica, oración base, por otra parte, del Ángelus y del Rosario. En la Península Ibérica, el título de mediadora e intercesora se patentiza ya en su liturgia hispánica autóctona. A comienzos de la Edad Moderna, influyó mucho la predicación del agustino Santo Tomás de Villanueva, Arzobispo de Valencia, que entreteje su reflexión teológica en torno a imágenes y tipos bíblicos, recogiendo la herencia de la piedad medieval.  Incluso el Rey Felipe IV, a propuesta de la Real Junta de la Inmaculada, movida por el jesuita P. Nieremberg, estableció, como comentamos en otro apartado, la Fiesta del Patrocinio de la Santísima Virgen para España y sus dominios por carta del veinte y ocho de septiembre de 1655, confirmada por el Papa Alejandro VII Chigi por el Breve Praeclara charissimi del veinte y ocho de julio del año siguiente, para un domingo de noviembre. Un decreto real en 1664 la fijó el segundo. Se extendió por otros lugares en el siglo XVIII.  En la segunda mitad del XIX el Cardenal Mercier (+1926), Arzobispo de Malinas, Bélgica, promovió en la Iglesia un movimiento mariano mediacionista. En 1913 elevó a San Pío S Sarto una petición para que declarara dogma de fe la Mediación Universal de María en la dispensación de todas las gracias, firmada el episcopado belga, clero, fieles, universidades católicas, órdenes religiosas… 
     Ya en este siglo, el Papa Benedicto XV Della Chiesa, llama a la Virgen Omnipotencia suplicante, y afirma que la ha tomado por Patrona desde el comienzo de su pontificado. Este mismo pontífice, el veinte y uno de enero de 1918, a petición del Cardenal Mercier, concedió a toda la nación belga Oficio y Misa de Santa María Virgen Mediadora de Todas las Gracias, que es por tanto una fiesta que hace referencia a una verdad teológica y que la Sede Apostólica ha ido concediendo a muchas diócesis e Institutos Religiosos que lo han solicitado, habiéndose hecho casi memoria general. El propio Cardenal Mercier escribió para ello a todos los obispos católicos. Se celebraba el treinta y uno de mayo hasta 1954, en que pasó a la Octava de la Inmaculada. En el Vaticano II se califica expresamente a María Mediadora.
       El Concilio Vaticano II ha escrito sobre esta condición de mediadora de la Santísima Virgen: “María, asunta a los cielos, no ha dejado su misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador” (LG 62). Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres. Pero Él, no por necesidad sino por benevolencia, ha querido asociarse otros mediadores. Entre ellos, María.
     La mediación de María fluye de un doble hecho: primero, su maternidad espiritual. Ésta exige no sólo la transmisión de la vida sobrenatural, sino también su conservación. Y segundo: su corredención maternal, que requiere la aplicación de la redención a cada uno de los redimidos. En 1971 la Sagrada Congregación para el Culto Divino aprobó la Misa de la B.V.M. Madre de la Gracia y Mediadora, conjuntando el papel maternal de María con su mediación, cuyos textos eucológicos se encuentran en el Misal de la Virgen con el número 30. La titulada La Virgen María en Caná, la número 9, última del Tiempo de Navidad, nos transmite la continuación de la labor mediadora de la Madre de Jesús en favor de la Iglesia en el cielo, donde reina Asunta y Gloriosa, que inició en las bodas de Caná, y de Su misión ejemplarizante y salvadora de conducir a Cristo en comunión con los fieles. Aunque no está en el calendario universal, se celebra en múltiples diócesis, así en las de Cuenca, Pamplona y Tudela como memoria libre, y congregaciones religiosas, entre las que contamos a los Monfortianos y Reparadores, como memoria obligatoria, y Servitas, como memoria libre. En la Diócesis de Sevilla se celebra en esta jornada por aprobación de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino de cinco de agosto de 1980 (Prot. n. CD 1320/80), a petición del 30 de mayo de dicho año del Cardenal Arzobispo José María Bueno Monreal con el grado de memoria obligatoria.
     La advocación de Nuestra Señora de Gracia evoca el saludo del Arcángel Gabriel a María: "Dios te salve María, llena eres de gracia". Para los cristianos esta advocación no hace más que resaltar la cooperación excelente de María en el plan salvífico de Dios, para el que estaba predestinada. Esta advocación de Gracia, junto a la de Consolación y Correa, la del Buen Consejo y la del Socorro, centran la devoción mariana particular de la orden agustina, y aun podemos decir que es la más antigua de todas. Desde tiempo inmemorial el culto a la Virgen de Gracia floreció en los ámbitos agustinianos, pero desconocemos dónde y cómo surgió. El porqué de la elección de tal título y del culto particular que se empezó a tributar a la Virgen con él, las circunstancias históricas que lo envolvieron en los comienzos de la Orden y su origen espacio-temporal, se desconocen totalmente. Lo cierto es que, aunque con lentitud, pero progresivamente, la advocación fue cobrando resonancia en las devociones comunitarias y litúrgicas agustinas.
     Había sido norma generalizada que las órdenes religiosas aprovecharan devociones antiguas ya establecidas en el corazón de los cristianos y las acomodaran a su peculiar manera de pensar y carisma. No olvidemos que San Agustín, el padre espiritual de la orden, es llamado el Doctor de la Gracia. Como él pone de manifiesto, en nuestro camino de salvación es necesario el auxilio de la Gracia, que recibimos en el bautismo.   María venerada como Madre de la Gracia o de la Divina Gracia presenta la oportunidad de incardinar la mariología en la cristología. Probablemente sea ésta la explicación más verosímil de lo que aconteció respecto a la arraigada devoción agustiniana por Nuestra Señora de Gracia.
     Entre los agustinos la devoción a este prestigioso título se desarrolló encontrando adecuadas expresiones en algunas antífonas, plegarias e himnos recomendados u ordenados por las constituciones de la Orden y sus capítulos generales, como las antífonas Benedicta tu, llamada también Vigiliae B. M. V., porque se recitaba o cantaba por la tarde, el Ave Regina coelorum, Mater regis angelorum, que se canta en la primera mitad del día, normalmente después de mediodía, o el himno Maria Mater Gratiae, al término de las procesiones. Ya en el Capítulo General de Orvieto de 1284 se recomienda el rezo o canto diario de la citada antífona Benedicta tu en honor de la Virgen de Gracia. En el Capítulo General de 1327 fue decretado el rezo diario del versículo Maria Mater Gratiae después del himno Memento salutis auctor, lo que se recordó en 1385 y 1388. Otra noticia históricamente documentada del culto de la Orden a esta advocación es del año 1401 y se refiere a una cofradía homónima organizada en los conventos de San Agustín en Valencia (España) y Nuestra Señora de Gracia en Lisboa (Portugal).
     Aunque ya venía de antiguo la recitación del himno Ave Regina caelorum, Mater Regis angelorum también en honor de la Virgen de Gracia, se prescribió este uso en las Constituciones de 1551 tras la misa solemne, lo que el Capítulo General acordó que nunca debía ser suprimido en las iglesias de la Orden, y lo que se recordó en disposiciones posteriores. A partir del siglo XVI la devoción estaba consolidada en toda la Orden; se empezaron incluso a edificar conventos con este título, sobre todo en Italia e Hispanoamérica, y también se difundió la leyenda de que la Virgen de Gracia habría impedido que el Papa quitara a la Orden el hábito blanco que se vestía entonces en su honor. A partir del siglo XVII la advocación es considerada ya como propia de la Orden, aunque quedó en parte oscurecida por la de Consolación y Correa y la del Buen Consejo. 
     Si bien el culto general, como vemos, es antiguo, la liturgia específica no fue concedida hasta 1807. En esta fecha, el Papa Pío VII Chiaramonti, a instancias del Padre José Bartolomé Menocchio (+1823), sacristán pontificio y confesor del papa, y del Vicario General, concedió a la Orden de San Agustín facultad para incluir en su liturgia la festividad en honor de la Virgen Nuestra Señora de Gracia, con Misa y Oficio propios, a celebrar el uno de junio.  
     A partir de una reforma del calendario propio en 1965 se empezó a celebrar el veinticinco de marzo, en clara alusión a la escena de la anunciación del ángel a María, pero con ello se oscureció una significativa tradición agustiniana. A partir de la inclusión con el número 30 en el Misal de la Bienaventurada Virgen María de 1987 de la misa Madre de Gracia, Mediadora de Gracia, en el calendario de la Orden del 2002 se rescató esta memoria y se le señaló el ocho de mayo (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de Gracia, vulgo de los Descalzos, de los Trinitarios, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la antigua Iglesia de los Descalzos (actual Casa de la Hermandad del Cristo de Burgos), en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la plaza del Cristo de Burgos, en ExplicArte Sevilla.

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Más sobre la calle Alhóndiga, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Descalzos, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 19 de junio de 2022

La Iglesia conventual de los Mercedarios Descalzos del Corpus Christi, en El Viso del Alcor (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia conventual de los Mercedarios Descalzos del Corpus Christi, en El Viso del Alcor (Sevilla).   
     Hoy, 19 de junio, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la Resurrección [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte la Iglesia Conventual de los Mercedarios Descalzos del Corpus Christi, en El Viso del Alcor (Sevilla).
     La Iglesia conventual de los Mercedarios Descalzos del Corpus Christi, se encuentra en la c/ Convento, 12; en El Viso del Alcor (Sevilla).
     Convertida hoy en capilla de hermandad, consta de una nave cubierta por bóveda de cañón con lunetos, apareciendo una bóveda de media naranja rebajada en la cabecera. Al exterior muestra una sola portada, con triglifos y metopas, fechada en 1776, y una espadaña, pudiendo situarse la construcción del resto del edificio en la primera mitad del siglo XVII.
     El gran retablo mayor, organizado en banco, tres calles y ático, fue realizado entre 1760 y 1762 por Juan Cano. Lo preside la Virgen de la Merced, magnífica escultura de tamaño algo mayor del natural fechable a principios del siglo XVII, aunque con reformas posteriores. Ocupan el resto de las hornacinas las imágenes de San Pedro Nolasco, San Serapio, San Lorenzo y San Ramón Nonato. Detrás de este retablo se halla el primitivo, contemporáneo de la iglesia, de tipo muy plano, recorrido por pilastras y con venera central, conservándose los marcos donde iban las pinturas.
     En la nave izquierda hay dos retablos de tipo marco del siglo XVIII, uno de los cuales alberga un lienzo de San José, y el otro, un Crucificado de las Misericordias de fines del siglo XVI. Cercano a la puerta se encuentran un retablo que alberga un lienzo de la Dolorosa y otro con una imagen del Ecce Homo, piezas ambas de la segunda mitad del siglo XVII. También en este testero se halla el enterramiento del conde de Castellar, fechado en 1622, probable patrono de esta iglesia, ya que sus escudos adornan las pechinas de la bóveda.
     En la nave derecha hay también tres retablos, dos de pintura y uno de escultura. Este último consta de un cuerpo con dos hornacinas superpuestas y una urna para yacente en el banco. En las hornacinas hay imágenes del Niño Jesús y de la Virgen de los Reyes, anteriormente titulada del Refugio, ambas piezas del siglo XVIII como el retablo, mientras que el Cristo yacente es una obra del siglo XVII. Los otros dos retablos son simples marcos que contienen lienzos. El más antiguo muestra un Crucificado del siglo XVII y un San Antonio de talla, un siglo posterior. El otro retablo es de comienzos del siglo XIX y encuadra un lienzo de la Visión de San Cayetano, con dos pequeñas esculturas de Santa Teresa y un obispo, algo anteriores. En una capilla adosada al fondo de la nave están las imágenes procesionales de la hermandad que tiene su sede en la iglesia. Son las esculturas de Cristo con la cruz a cuestas y su Cirineo, ambos del siglo XVII, y de la Virgen del Mayor Dolor y San Juan, del XVIII.
     Contigua a la puerta del templo se halla otra portada con un azulejo que representa a San Pedro Nolasco que está fechado en 1630 y que probablemente corresponda a la antigua entrada del convento (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo II. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El convento de los Mercedarios Descalzos del Corpus Christi, anexo al cual se encuentra la Iglesia Conventual, se edificó entre 1604 y 1617, por Diego Pérez Alcaraz, para que se ubicase en éste una comunidad de frailes mercedarios. 
     No obstante, de estas edificaciones sólo se conservan el claustro y escalera del Convento y de la Iglesia, la cual posee el coro y la espadaña del campanario añadidos posteriormente, además de que el retablo mayor no es el primigenio de yesería, sino que es una pieza en madera obra del tallista sevillano Juan Cano y realizada en 1762.
     La puerta de la Iglesia conventual es adintelada, flanqueada por pilastras acodilladas con arquitrabe superior, friso y cornisa. Refleja una gran sobriedad, dentro de la fase purista del Barroco en la que se reformó (finalizándose en 1776). 
     El claustro del convento presenta cuatro frentes con seis pilares dóricos cada uno, los cuáles se unen mediante arcos de medio punto. Las galerías del claustro se cubren con bóvedas de medio cañón con lunetos, que se sustentan con arcos fajones, excepto los cuatro vértices (del tipo aljibe). El piso inferior se separa del primero mediante un friso volado, corrido y un arquitrabe decorado con gotas. El piso superior consta de balcones y lienzos alternados. 
     La iglesia conventual presenta una nave única cubierta con bóveda de cañón con lunetos y en el presbiterio cúpula de media naranja rebajada, que en el exterior se manifiesta mediante tejado a dos aguas. En el vestíbulo destaca una capilla donde se encuentran los titulares de la Hermandad de Ntro. Padre Jesús Nazareno. A los pies de la nave se encuentra el coro alto (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia y Leyenda de la Solemnidad del Corpus Christi:
     Un milagro eucarístico del siglo XIII fue el origen de la Fiesta del Corpus Christi, que la Iglesia celebra el jueves siguiente a la Solemnidad de la Santísima Trinidad; aunque en algunos países las Iglesias locales deciden trasladarla para el domingo por una cuestión pastoral (en Sevilla se mantiene la festividad en el jueves). En esta solemnidad la Iglesia tributa a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, gratitud y amor, siendo la procesión del Corpus Christi una de las más importantes en toda la Iglesia Universal. A mediados del siglo XIII el P. Pedro de Praga dudaba sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía y realizó una peregrinación a Roma para rogar sobre la tumba de San Pedro una gracia de fe. Al retornar, mientras celebraba la Santa Misa en Bolsena, en la Cripta de Santa Cristina, la Sagrada Hostia sangró manchando el corporal. 
      La noticia llegó rápidamente al Papa Urbano IV, que se encontraba muy cerca en Orvieto, y mandó que se le lleve el corporal. Más adelante el Pontífice publicó la bula “Transiturus”, con la que ordenó que se celebrara la Solemnidad del Corpus Christi en toda la Iglesia el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. El Santo Padre encomendó a Santo Tomás de Aquino la preparación de un oficio litúrgico para la fiesta y la composición de himnos, que se entonan hasta el día de hoy: Tantum Ergo, Lauda Sion. El Papa Clemente V en el Concilio general de Viena (1311) ordenó una vez más esta fiesta y publicó un nuevo decreto en el que incorporó el de Urbano IV. Posteriormente Juan XII instó su observancia.
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia conventual de los Mercedarios del Corpus Christi, en El Viso del Alcor (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de El Viso del Alcor (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

sábado, 26 de junio de 2021

La pintura "Virgen con el Niño", de Murillo, en la sala VII (actualmente en los almacenes) del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame
ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con el Niño", Murillo, en los almacenes (en su día en la sala VII) del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.        
   Hoy, sábado 26 de junio, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Virgen con el Niño", anónima, del taller de Murillo, en los almacenes (en su día en la sala VII) del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala VII (actualmente en los almacenes) del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Virgen con el Niño", de Murillo (1617-1682), siendo un óleo sobre lienzo en estilo barroco, de la escuela sevillana, pintado hacia 1668-1669, con unas medidas de 1'66 x 1'07 m., y procedente del Convento de San José, de los Mercedarios Descalzos, de Sevilla, tras la Desamortización, en 1840.
   Esta obra presenta las figuras de cuerpo entero y tamaño menor que el natural de la Virgen y el Niño sobre fondo oscuro.
   La Virgen está sentada sobre un banco curvo de madera que avanza hacia el espectador, en actitud maternal abrazando al Niño con su brazo derecho mientras que con el izquierdo sostiene su manita a la que dirige la mirada con una expresión, podríamos decir, mezcla de ternura y melancolía.
   De volúmenes amplios y macizos, su cuerpo aparece como entronizando a su hijo. Éste, se encuentra a sí mismo sentado sobre su madre, semidesnudo y en actitud mayestática. En esta obra el autor nos presenta una simple composición de gran estatismo y verticalidad (lo que contrasta con el resto de su obra en la que predomina el dinamismo). A la vez que hace uso de un intenso claroscuro, de clara tendencia tenebrista, en el que la luz aparece por la izquierda concentrada en el rostro de la Virgen y el cuerpo del Niño.
Todo esto hace pensar a diversos críticos que ésta no sea obra original de Murillo sino de uno de sus discípulos (para Ponz: el Mulato"). No podemos negar, sin embargo, la mano del maestro en esta obra si nos fijamos en el dibujo, la composición y los modelos. 
   Esta Virgen llamada de los Mercedarios viene considerándose como la pintura de la Virgen con el Niño más antigua de Murillo y asignándosele la fecha de 1641. La conservación del azul del manto, como es frecuente en ese color, no es buena y la calidad de la pintura misma es algo pobre. Casi seguramente se trata de una copia de la época. Sin embargo hemos de ver en ella un reflejo directísimo de una creación de Murillo, sobre todo en lo que se refiere al dibujo, los modelos y la composición. El rostro de la Virgen es de caracteres semejantes a los de los cuadros de la Anunciación y de la Sagrada Familia del pajarito del Museo del Prado, aunque de rasgos acusadamente más clásicos; y el Niño responde al mismo modelo que algo mayor emplea Murillo en la Virgen del Rosario de la Galería Pitti y en la Virgen con el Niño y San Juanito de la colección Stirling de Glasgow. Todo ello habla de los años juveniles del maestro.
   Pero si por fecha este lienzo es cabeza de las Vírgenes con el Niño de su autor, el parentesco con ellas se reduce a la comunidad de modelos. Se distingue de todas las posteriores por lo mayestático de la actitud del Niño sentado sobre el regazo materno. Salvo la ligera inclinación del rostro de la Virgen, toda la composición está informada por un verticalismo que el pintor cuida de subrayar también en la caída del amplio pañal. Por otra parte, la expresión del rostro de María con su mirada baja es concentrada y al contemplar la manita del Niño se diría descubrirnos su triste presentimiento de que será brutalmente atravesada sobre el grueso tronco de la Cruz. Tiene esa expresión de recogimiento y tristeza que presta poesía a las Vírgenes de los viejos maestros flamencos. Hace pensar en la Virgen con el Niño de Gerard David del Museo de Rouen, donde el Niño con el racimo en la mano anuncio de la Cena, transforma la tierna escena infantil en un temprano anuncio de su sacrificio incruento.
   Murillo en estos sus primeros años nos refleja en su pintura, tanto de Vírgenes como sus temas profanos de niños, una nota pesimista que contrasta con las vírgenes posteriores, en las que el movimiento y la gracia infantiles descubren un nuevo mundo al pintor, lo que constituirá su principal atractivo, sin embargo en esta que nos ocupa sorprende y se distingue por la sencillez y monumentalidad de su composición, por la austeridad expresiva del Niño y el gesto de la madre contemplando la mano del Niño.
   Estas representaciones de la Virgen con el Niño es un tema que repetirá a lo largo de su vida. Sin embargo comparada esta temprana interpretación del tema con las más jugosas y expresivas de los años sesenta y setenta, es fácil advertir lo que aún ha de evolucionar el estilo y enriquecerse la capacidad expresiva del maestro, y cómo a la monumentalidad y al valor de la masa de la primera mitad del siglo reemplazará la ligereza propiamente murillesca (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Sevilla y Murillo son dos nombres unidos en la historia y en el arte y difícilmente pueden entenderse el uno sin el otro. Nació Murillo en los últimos días del año 1617 puesto que fue bautizado el 1 de enero de 1618. Su padre fue barbero cirujano de profesión, oficio que le permitió llevar un nivel de vida discreto y poder mantener su extensa familia, ya que tuvo catorce hijos, siendo Bartolomé el último de ellos. Muy pronto la vida familiar se deshizo ya que el padre murió en 1627 y su madre al año siguiente, por lo que desde muy joven tuvo que quedar bajo la custodia de su hermana mayor llamada Ana.
   Existen noticias de su aprendizaje artístico que indican su asistencia al taller de Juan del Castillo, pintor de categoría secundaria dentro del ámbito de la pintura sevillana de su época. Este aprendizaje duraría cinco o seis años y probablemente se realizó entre 1633 y 1640. En 1645 contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera y de esta unión nacieron diez hijos. La fecha de su boda coincide con el inicio de su carrera artística ya que desde ese año aparece contratando importantes conjuntos pictóricos, adquiriendo desde muy pronto una fama muy considerable que le acompañó el resto de su vida. En 1663 murió su esposa y Murillo no volvió a contraer matrimonio.
   En su larga trayectoria artística Murillo trabajó para los principales edificios religiosos de Sevilla y también para la alta burguesía y la nobleza. Un accidente de trabajo cuando ya era un hombre anciano precipitó el final de su vida; Murillo se cayó de un andamio cuando pintaba en su taller una obra de grandes dimensiones. Este accidente ocurrió seguramente en 1681 y después de haber pasado un año sufriendo dolorosos achaques murió en Sevilla en 1682.
   Murillo fue un artista moderno y renovador en su época, puesto que supo introducir en su pintura el espíritu dinámico y vitalista del barroco. Fue un magnífico dibujante y un habilidoso colorista, técnicas que supo perfeccionar intensamente con el paso de los años. Por otra parte supo desdramatizar la pintura religiosa captando figuras populares y bellas que miran amablemente al espectador; igualmente supo introducir en su pintura presencias y sentimientos que proceden de la vida doméstica y que permitieron que el público se identificase plenamente con ellas. Fue Murillo un pintor muy popular en su época y en siglos posteriores, merced a la gracia y elegancia de sus figuras y al armonioso equilibrio que supo mantener entre la trascendencia espiritual y la vulgaridad de la vida cotidiana.
   Con el tema de la Virgen con el Niño se conservan dos obras en el Museo vinculadas a Murillo. Una de ellas es obra temprana del artista que puede fecharse en torno a 1640-45 y que fue considerada por Angulo con su habitual prudencia como una buena copia de un original perdido del artista. En nuestra opinión esta valoración debe ser mejorada y pasar a considerarse como obra del propio artista ejecutada en los primeros años de su actividad. (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
   Óleo sobre lienzo del Museo de Bellas Artes, de 1'25 x 1'16 m. Medio punto con los ángulos superiores añadidos. A primer vista (o "a simple vista") es murillesco, pero luego las opiniones se dividen entre los especialistas, pues la obra se considera, alternativamente, como original de la primera época de Murillo, o bien de taller o discípulo. Analizada después de su restauración en los servicios técnicos del Museo del Prado, parece prudente aceptar una cierta colaboración de taller, sobre todo en el Niño y en el busto de María, con dibujo algo seco y rígido. También existe cierta divergencia entre entre la técnica suelta del manto y la factura más premiosa del resto. Los datos expuestos hasta aquí proceden del catálogo de la Exposición "Nuevas adquisiciones y restauraciones. Primeros fondos para la Casa Museo de Murillo", en Diciembre 1973. El Inventario del año 1990 difiere en las medidas: 166 x 107 cms., y dice que procede del convento de San José, de Mercedarios Descalzos de Sevilla. Por último, Valdivieso se decanta por considerarla como obra del propio Murillo, ejecutada en los años iniciales de su actividad, clarificando así las anteriores dudas y mejorando incluso otras hipótesis, excesivamente prudentes, las cuales no se atrevían a pronunciarse con exactitud (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la sobre el Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño;
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
   Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
   Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
   Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
   A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
   La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
   El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
   Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
   A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
   Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo del alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
   A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
   Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Murillo, autor de la obra reseñada;
     Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1 de enero de 1618 bautismo – 3 de abril de 1682). Pintor.
     Nació Murillo en los últimos días de diciembre de 1617, puesto que fue bautizado el 1 de enero de 1618; fue el último hijo de los catorce que nacieron del matrimonio entre Gaspar Esteban y María Pérez Murillo, teniendo su padre el oficio de barbero-cirujano, merced al cual su familia pudo vivir discretamente. Sin embargo, la apacibilidad familiar quedó truncada severamente en 1626, año en que, en un breve período de seis meses, murieron sus padres, quedando por lo tanto huérfano; su situación como benjamín de la familia se remedió en parte al pasar a depender de Juan Antonio de Lagares, marido de su hermana Ana, que se convirtió en su tutor.
     Pocos datos se poseen de la infancia y juventud de Murillo, sabiéndose tan sólo que en 1633, cuando contaba con quince años de edad, solicitó permiso para embarcarse hacia América, aunque esta circunstancia no llegó a producirse. Su aprendizaje artístico debió de realizarse entre 1630 y 1640, con el pintor Juan del Castillo, que estaba casado con una prima suya y fue quien le enseñó el oficio de pintor dentro del estilo de un arte dotado de una amable y bella expresividad. Cuando contaba con veintisiete años de edad, en 1645, contrajo matrimonio con Beatriz de Cabrera, y se tiene constancia de que en esa fecha ya trabajaba como pintor.
     Otras referencias fundamentales dentro de la vida de Murillo son que, en 1658, realizó un viaje a Madrid, donde conectó con los pintores cortesanos y también con artistas sevillanos como Velázquez, Cano y Zurbarán, entonces residente en dicha ciudad; su estancia madrileña debió de durar sólo algunos meses, puesto que a finales de dicho año se encontraba de nuevo en Sevilla. Nada importante se conoce de su existencia a partir de esta fecha, salvo varios cambios de domicilio, de los cuales el último tuvo asiento en el barrio de Santa Cruz. Sí es importante el hecho de que en 1660, y en compañía de Francisco Herrera el Joven, Murillo fundó una academia de pintura para propiciar la práctica del oficio y así mejorar la técnica de los artistas sevillanos. 
     También fue decisiva en la vida de Murillo la fecha de 1663, año en que falleció su esposa con 41 años de edad y a consecuencia de un parto. Su viudez perduró ya el resto de su vida, porque no volvió a contraer matrimonio, ni tampoco a moverse de Sevilla, a pesar de una importante oferta que se le hizo desde la Corte de Carlos II en 1670 para incorporarse allí como pintor del Rey, ofrecimiento que no aceptó.
     La muerte de Murillo tuvo lugar en 1682, en su último domicilio del barrio de Santa Cruz. Sobre su fallecimiento existe la leyenda de que tuvo lugar en Cádiz, cuando pintaba el retablo mayor de la iglesia de los capuchinos, donde sufrió un accidente y cayó de un andamio; tal accidente, si tuvo lugar, debió de acontecer en su propio obrador sevillano, donde, después de permanecer maltrecho durante un mes, falleció el día 3 de abril de dicho año.
     Sobre la personalidad de Murillo, Palomino informa de que fue hombre “no sólo favorecido por el Cielo por la eminencia de su arte, sino por las dotes de su naturaleza, de buena persona y de amable trato, humilde y modesto”. Tal descripción se constata en la contemplación de sus dos autorretratos, uno juvenil y otro en edad madura, en los que se advierte que fue inteligente y despierto, características que, unidas a la intensa calidad de su arte, le permitieron plasmar un amplio repertorio de imágenes en las que se reflejan, de forma perfecta, las circunstancias religiosas y sociales de su época.
     Aunque Juan del Castillo, el maestro que le enseñó los rudimentos de la pintura, fue un artista de carácter secundario, fue capaz, sin embargo, de introducir a Murillo en la práctica de un dibujo correcto y elegante, al tiempo de permitirle adquirir un marcado interés por la anatomía y también a inclinarle a otorgar a sus figuras expresiones imbuidas en amabilidad y gracia; fue también Juan del Castillo el responsable de orientar a Murillo en la práctica de temas pictóricos con protagonismo de la figura infantil. Todos estos aspectos, adquiridos por Murillo en una época juvenil, germinaron después en la práctica de una pintura exquisita y refinada que, con el tiempo, fue preferida por todos los elementos sociales sevillanos y con posterioridad le potenciaron a ser un artista cuyas obras fueron codiciadas por coleccionistas y museos de todo el mundo.
     Aparte de los conocimientos adquiridos con Juan del Castillo, Murillo asimiló también aspectos técnicos procedentes de maestros de generaciones anteriores a la suya; así, del clérigo Juan de Roelas aprendió a manifestar en sus pinturas el sentimiento amable y la sonrisa, y de Zurbarán, la solidez compositiva y la rotundidad de sus figuras; de Herrera el Viejo asimiló la fuerza expresiva y de Herrera el Joven, el dinamismo compositivo y la fluidez del dibujo. Estos aspectos que emanan de la escuela sevillana fueron completados por Murillo con efluvios procedentes de las escuelas flamencas e italianas de su época, configurando así una pintura novedosa y original que le otorga un papel preponderante en la historia del arte español y europeo en el período barroco.
     También es fundamental advertir que la creatividad de Murillo no permaneció estática a través del tiempo, sino que, por el contrario, presenta una permanente evolución. Así, en sus inicios, hacia 1640, su arte es aún un tanto grave y solemne, sin duda condicionado por el éxito favorable de las pinturas con este estilo que en aquellos momentos realizaba en Sevilla Francisco de Zurbarán. Por ello, su dibujo era entonces excesivamente riguroso, pero a partir de 1655, coincidiendo con la presencia en Sevilla de Francisco de Herrera el Joven, en la obra de Murillo se advierte la plasmación de una mayor fluidez en el dibujo y de una mayor soltura en la aplicación de la pincelada; al mismo tiempo, sus figuras van adquiriendo un mayor sentido de belleza y gracia expresiva, intensificándose también una clara manifestación de afectividad espiritual. Sus composiciones adquirieron mayor movilidad y elegancia, siempre dentro de un sentido del comedimiento que evita los excesos y estridencias del Barroco, lo que en adelante le permitió de forma intuitiva anticiparse al refinamiento y la exquisitez que un siglo después alcanzaría el estilo rococó.
      El arte de Murillo tiene como virtud fundamental el haber alcanzado a desdramatizar la religiosidad, introduciendo en sus obras amables personajes celestiales que se dirigen complacientes hacia los atribulados mortales trasmitiéndoles sensaciones de amparo y protección en una época de graves penurias materiales. La dificultad de la existencia en su época proporcionaba agobios y congojas a los desgraciados sevillanos, por lo que a sus pinturas les imbuía de sentimientos amorosos y benevolentes. La aparición en ellas de personajes extraídos de la vida popular y de condición humilde dio a entender a los sevillanos que la divinidad miraba por ellos y les propiciaba auxilios espirituales que, al menos, mitigaban las dolencias de sus almas. No es tampoco superfluo advertir en la obra de Murillo la presencia de santos personajes que se ocupan de practicar la caridad y de paliar así el hambre y la enfermedad de los humildes y desamparados.
      Las primeras obras conocidas de Murillo datan aproximadamente de 1638, cuando contaba con veintiún años de edad. En esas fechas es aún un pintor que muestra una escasa expresividad en sus figuras, que además poseen una volumetría excesivamente rotunda. Estas características pueden constatarse en La Virgen entregando el rosario a santo Domingo, que se conserva en el palacio arzobispal de Sevilla, y La Sagrada Familia, que figura en el Museo Nacional de Estocolmo. Pocas más obras se conocen de estos años tempranos y hay que esperar a 1646, año en que inicia la ejecución de las pinturas del “Claustro Chico” del Convento de San Francisco de Sevilla, para volver a tener referencias importantes de obras realizadas por Murillo; en esta fecha su dibujo había mejorado, al igual que su concepto del colorido, que era más variado y cálido en sus matices. En este encargo del Convento de San Francisco, los frailes que en él se congregaban quisieron exaltar y definir la grandeza como los milagros, las virtudes y la santidad de su Orden. Entre las pinturas más relevantes de este conjunto destacan las que representan a San Diego dando de comer a los pobres, conservada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, Fray Francisco en la cocina de los ángeles, del Museo del Louvre de París, y La muerte de santa Clara de la Galería de Arte de Dresde.
      Otras obras importantes realizadas por Murillo en torno a 1645 y 1650 son: La huida a Egipto, que pertenece al Palacio Blanco de Génova, y una serie de pinturas con el tema de la Virgen con el Niño cuyos mejores ejemplares pertenecen al Museo del Prado y al Palazzo Pitti de Florencia. Una de las obras más felices realizadas por Murillo a lo largo de su trayectoria artística es La Sagrada Familia del pajarito, conservada en el Museo del Prado y fechable en torno a 1650. En ella se recrea un íntimo y amable episodio doméstico, extraído de la realidad cotidiana, en el que María y José interrumpen sus respectivas labores para compartir con el Niño Jesús la alegría que le proporciona el inocente juego de llamar la atención de un perrito, a través de un pajarillo que el Niño le muestra, cogido en una de sus manos. También a partir de 1650 Murillo realizó una serie de pinturas con el tema de La Magdalena penitente, en las que el artista contrasta la hermosura física de la santa con su profunda actitud de arrepentimiento y penitencia.
      A mediados del siglo XVII, Murillo comenzó a ser reconocido como el primer pintor de Sevilla y su fama se fue colocando por encima de la de Zurbarán; a ello contribuyó la realización de obras como San Bernardo y la Virgen y La imposición de la casulla a san Ildefonso, realizadas para un desconocido convento sevillano hacia 1655 y actualmente conservadas en el Museo del Prado. También en 1655 y para el Convento de San Leandro de Sevilla, Murillo realizó cuatro pinturas destinadas al refectorio con temas de la Vida de san Juan Bautista, en las cuales acertó a vincular perfectamente las figuras de los personajes con hermosos y profundos fondos de paisaje descritos con gran habilidad técnica.
      También en torno a 1655 realizó Murillo dos importantes pinturas dentro de su carrera artística; son San Isidoro y San Leandro, que el Cabildo catedralicio sevillano le demandó para adornar la sacristía de la iglesia metropolitana de Sevilla, donde aún se conservan. Tener pinturas expuestas en la Catedral de su ciudad era un honor máximo al cual aspiraban todos los artistas sevillanos, y para Murillo, que contaba entonces con treinta y ocho años de edad, supuso un hito fundamental. Lógicamente, el encargo inmediato, también por parte de la Catedral, de la gran pintura que preside la capilla bautismal y que representa a San Antonio de Padua con el Niño, colmó todas las aspiraciones del artista, que por otra parte introdujo en esta pintura conceptos compositivos e iconográficos que definían claramente el espíritu del barroco. En ella aparece el santo en el interior de su celda conventual con los brazos abiertos para recibir al Niño que desciende ingrávido desde lo alto, rodeado de una nutrida aureola de pequeños ángeles.
      El éxito alcanzado por Murillo con las pinturas de la Catedral repercutió de inmediato en la ciudad, intensificándose la demanda de su pintura. A los años que oscilan entre 1655 y 1660 pertenecen obras como El buen pastor, conservado en el Museo del Prado, donde Murillo alcanzó a plasmar un admirable prototipo de belleza infantil que, sin duda, hubo de cautivar a la clientela. 
    En la década que se inicia en 1660 Murillo realizó importantes encargos pictóricos, siendo uno de los primeros la serie de la Vida de Jacob, en la que en cinco escenas narró los principales episodios de la vida de este personaje del Antiguo Testamento. En estas pinturas, los personajes, de reducido tamaño, están respaldados por amplios fondos de paisaje en los que el artista muestra una admirable técnica en la consecución de efectos lumínicos. De estas pinturas, la que describe El encuentro de Jacob con Raquel se encuentra en paradero desconocido, mientras que las representaciones de Jacob bendecido por Isaac y La escala de Jacob pertenecen al Museo del Hermitage de San Petersburgo. La escena que describe a Jacob poniendo las varas al ganado de Labán, se exhibe en el Museo Meadows de Dallas y Laván buscando los ídolos en la tienda de Raquel pertenece al Museo de Cleveland, en Ohio.
      En torno a 1660 Murillo pintó un nuevo cuadro para la Catedral de Sevilla, hoy conservado en el Museo del Louvre. Se trata del Nacimiento de la Virgen, obra de espléndida composición que narra una escena, derivada de la vida doméstica, en la que un grupo de mujeres en torno a la recién nacida muestra su gozo colectivo ante tan feliz acontecimiento. Poco después, en 1665 y para la iglesia de Santa María la Blanca de Sevilla, realizó una serie de cuatro pinturas, hoy en paradero disperso; dos de ellas narran la historia de la fundación de la iglesia de Santa María de la Nieves de Roma, de la que esta iglesia sevillana era filial: representan El sueño del patricio Juan y La visita del patricio al Papa Liberio y se conservan actualmente en el Museo del Prado. Otras dos pinturas que representan La alegoría de la Inmaculada y La alegoría de la Eucaristía se conservan respectivamente en el Museo del Louvre y en una colección privada inglesa. Estos cuatro cuadros de Santa María la Blanca fueron robados por el mariscal Soult en 1810, y se vendieron en Francia a su fallecimiento.
      Otro importante trabajo para la Catedral de Sevilla fue demandado por los canónigos sevillanos en 1667, tratándose en esta ocasión de un conjunto pictórico para decorar la parte alta de la sala capitular de dicho templo. En este recinto se realizaban las deliberaciones de carácter administrativo y de gobierno catedralicio y por ello se decidió que estuviera presidido por una representación de la Inmaculada y por los principales santos de la historia de Sevilla, para que su presencia sirviese de ejemplo moral a los capitulares.
      Así, en pinturas de formato circular, Murillo plasmó a San Pío, San Isidoro, San Leandro, San Fernando, Santa Justa, Santa Rufina, San Laureano y San Hermenegildo, aludiendo en cada uno de ellos a virtudes como la dignidad espiritual, la energía moral, el sacrificio, la sabiduría de gobierno, la confianza en Dios y la defensa de la fe. En ese mismo año de 1667, nuevamente los canónigos sevillanos encargaron a Murillo la escena del Bautismo de Cristo para ser colocada, lógicamente, en la capilla bautismal, en el ático del retablo en que años antes había pintado el gran lienzo de San Antonio de Padua con el Niño.
      Entre 1665 y 1670 Murillo acometió las mayores empresas pictóricas de su vida en la iglesia de los Capuchinos de Sevilla, primero, y a continuación en la iglesia del Hospital de la Santa Caridad. En los capuchinos realizó las pinturas que formaban parte del retablo mayor de la iglesia y también las que presidían los retablos de las capillas laterales. Lamentablemente este conjunto pictórico no se encuentra ya en su lugar de origen, y han sido muchas las vicisitudes que ha sufrido, puesto que durante la Guerra de la Independencia fue trasladado a Gibraltar para ponerlo a salvo de la codicia del mariscal Soult; pasada la guerra, las pinturas regresaron a su lugar de origen, pero en 1836, a causa de la desamortización de Mendizábal, pasaron al recién creado Museo de Bellas Artes de Sevilla, excepto la pintura central del retablo que representa La aparición de Cristo y la Virgen a san Francisco, y que se encuentra actualmente en el Museo Wallraf-Richartz de Colonia. Las otras obras que se integraban en el retablo son las Santas Justa y Rufina, San Leandro y San Buenaventura, San José con el Niño, San Juan Bautista, San Félix Cantalicio y San Antonio de Padua, aparte de La Virgen de la Servilleta. En pequeños altares dispuestos en el presbiterio se encontraban El ángel de la guarda, que fue regalado por los capuchinos a la Catedral de Sevilla, y El arcángel San Miguel, que se encuentra en el Museo de Historia del Arte de Viena. También en el presbiterio, en pequeños altares, se encontraban La Anunciación y La Piedad.
      En los retablos de las pequeñas capillas de la nave de la iglesia de los Capuchinos figuraban pinturas de altar con las representaciones de San Antonio de Padua con el Niño, La adoración de los pastores, La Inmaculada con el Padre Eterno, San Félix Cantalicio con el Niño, San Francisco abrazando el crucifijo y Santo Tomás de Villanueva repartiendo limosna.
      Uno de los programas iconográficos más perfectos y coherentes realizados en el Barroco español lo configuró hacia 1670 el aristócrata sevillano Miguel de Mañara en la iglesia del Hospital de la Caridad, donde, primero a través de las dos representaciones de las postrimerías realizadas por Juan de Valdés Leal y después con seis escenas de las obras de Misericordia realizadas por Murillo, plasmó una profunda reflexión sobre la brevedad de la existencia y la necesidad de que el fiel cristiano lleve una vida alejada de los complacencias humanas para acumular los méritos necesarios que después de la muerte y a la hora del Juicio permitan obtener la salvación eterna. Para conseguir esta anhelada circunstancia, Mañara señaló que era necesaria la práctica de las obras de misericordia, y para ello se las encargó a Murillo, para colocarlas en los muros de las naves de la iglesia. Estas obras de misericordia se ejemplifican en distintos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento y, así, la pintura que representa a Abraham y los tres ángeles alude a la obra de misericordia de dar posada al peregrino, La curación del paralítico por Cristo en la piscina de Jerusalén indica la dedicación a curar a los enfermos, San Pedro liberado por el ángel, a redimir al cautivo, El regreso del hijo pródigo, a vestir al desnudo, La multiplicación de los panes y los peces, a dar de comer al hambriento, y Moisés haciendo brotar el agua de la roca en el desierto, a dar de beber al sediento. La última obra de misericordia, enterrar a los muertos, está representada en el retablo mayor de la iglesia a través del admirable grupo escultórico realizado por Pedro Roldán, en la escena de El entierro de Cristo.
      En otros dos retablos laterales de la iglesia de la Santa Caridad se ejemplifican, a través de pinturas de Murillo, las dos obligaciones fundamentales que tenían los hermanos de esta institución. La primera de ellas era trasladar a sus expensas a los enfermos desde donde se encontrasen postrados hasta el hospital y para el buen cumplimiento de esta misión les propone el ejemplo de San Juan de Dios trasladando a un enfermo. La segunda obligación era curar y dar de comer a los enfermos en el hospital, que Murillo plasmó en la popular pintura que representa a Santa Isabel de Hungría curando a los tiñosos.
      A los últimos años de la actividad de Murillo corresponde una serie de pinturas en las cuales se advierte cómo el paso de los años, lejos de disminuir su capacidad técnica, la había acrecentado, siendo cada vez su pincelada más fluida y su colorido más transparente.
      De 1671 son varias versiones que el artista realizó de San Fernando con motivo de su canonización, y de fechas inmediatas hay obras de excepcional calidad, como Los niños de la concha, del Museo del Prado, y el Niño Jesús dormido, del Museo de Sheffield. También en estos años postreros realizó varias versiones de San José con el Niño, cuyos mejores ejemplares se encuentran en el Museo del Hermitage de San Petersburgo y en el Museo Pushkin de Moscú. Igualmente importantes son obras como La Virgen con el Niño, de la Galería Corsini de Roma, y La Virgen de los Venerables, que se conserva en el Museo de Budapest, procedente del Hospital de dicha denominación en Sevilla.
      Una vez mencionados los más relevantes encargos que Murillo realizó a lo largo de su vida, hay que señalar también los principales temas iconográficos que plasmó durante su carrera. En este sentido, conviene indicar que una de las composiciones que más le solicitó el público sevillano fue La Sagrada Familia, siendo las más notables, entre las que realizó, las que se conservan en la National Gallery de Londres, en la Wallace Collection de la misma ciudad y en el Museo del Louvre de París.
      Otro tema recurrente dentro de su producción fue la representación de Santa María Magdalena, en la cual acertó a plasmar admirables modelos de belleza corporal femenina en excelentes versiones, entre las que destaca la conservada en el Museo Wallraf-Richartz de Colonia.
      Murillo es considerado en nuestros días como el mejor pintor de la Inmaculada en toda la historia del arte, al haber captado los más afortunados modelos que se conocen con esta iconografía. Los mejores ejemplares de su producción los realizó a partir de 1655, con una disposición corporal movida y ondulada de carácter plenamente barroco. Las más afortunadas versiones de la Inmaculada de Murillo se encuentran en el Museo del Prado, pudiéndose mencionar las llamadas Inmaculada de la media luna, Inmaculada de El Escorial, Inmaculada de Aranjuez y, sobre todo, la más conocida de todas, la admirada Inmaculada de los Venerables, que procede de la iglesia del Hospital de dicho nombre en Sevilla.
      Uno de los grandes temas que cimentó en vida la fama de Murillo fue la representación de asuntos populares extraídos de la vida cotidiana de Sevilla, protagonizados especialmente por niños pícaros y vagabundos que en gran número malvivían en las calles de la ciudad en la época del artista. Estos niños abandonados o huérfanos, sobrevivían fácilmente gracias a su astucia, ingenio y habilidad, ajenos al hambre o a la enfermedad, frecuentes en su tiempo. Murillo los describió comiendo o jugando con una intensa vitalidad y desenfado que les permite estar ajenos a la adversidad y sonreír despreocupados en el trascurso de su vida cotidiana. Estas pinturas fueron muy del gusto de acomodados clientes, comerciantes o banqueros, generalmente extranjeros, que muy pronto se las llevaron a sus países de origen. Obras de gran interés en esta modalidad son Niño espulgándose, del Museo del Louvre, Niños comiendo melón y uvas, Niños comiendo de una tartera y Niños jugando a los dados, las tres en la Alte Pinakothek de Múnich. Otros temas de la vida popular son Dos mujeres en la ventana, de la Galería Nacional de Washington, y Grupo familiar en el zaguán de una casa del Museo Kimbel de Fortworth. También con personajes de la vida popular Murillo plasmó representaciones de las cuatro estaciones, de las que actualmente se conocen sólo dos: La primavera, en la Dullwich Gallery de Londres, y El verano en la Galería Nacional de Edimburgo. 
    Al ser Sevilla ciudad residencial para comerciantes, banqueros y aristócratas, fue frecuente que estas gentes de elevada condición social demandasen a Murillo la ejecución de retratos. No son excesivos los que han llegado hasta nuestros días, pero en todos ellos aparecen modelos dignos y elegantes, dándose la circunstancia de que sólo han llegado hasta nuestros días retratos masculinos, aunque se sabe que también efigió a distinguidas damas. Entre los retratos más importantes pueden citarse el de Don Diego de Esquivel, del Museo de Denver, el de Don Andrés de Andrade, del Museo Metropolitano de Nueva York, y el de Joshua Van Belle, conservado en la Galería Nacional de Dublín.
      Es Murillo, sin duda, el pintor más importante en el ámbito de la historia de la pintura sevillana, por haber sabido otorgar a su pintura una impronta característica y personal, tanto en su aspecto formal como en sus características espirituales. Por ello, y durante mucho tiempo, se ha venido identificando a Murillo con el espíritu de la propia ciudad en la que la gracia y la hermosura han sido elementos fundamentales de su esencia (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano
     Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual.  Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos. En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana.
     De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.  
     El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
        Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con el Niño", anónima, del taller de Murillo, en la sala VII (actualmente en los almacenes) del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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