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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 4 de agosto de 2023

La Sacristía de los Cálices, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
     Hoy, 4 de agosto, Memoria de San Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con asidua predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la santa Eucaristía, brilló de tal modo que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa, y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas (1859) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].  
     Fue proclamado por Pío XI "patrón de los sacerdotes" en su canonización en 1925, de ahí qué sea hoy el mejor día para ExplicArte la Sacristía de los Cálices, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
    En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Sacristía de los Cálices [nº 090 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; No se ha hecho general el nombre de "sacristía" hasta después del primer cuarto del siglo XVII, siendo denominada desde su construcción "Capilla de los Cálices"; la pre­sidía un retablo con la Adoración de los Reyes Magos; en 1845 ya estaba colocado en su lugar el cuadro que había pintado Goya en 1817. Posteriormente fue sustituido por el Cristo de la Clemencia, que ha pasado a la Capilla de San Andrés en 1992 (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     Es un recinto rectangular con dos pequeñas capillas en la cabecera. El espacio se articula por medio de cuatro pilares góticos repletos de baquetones y se cubre con bóvedas de nervadura, que apoyan en cuatro trompas angulares. Esta sacristía fue planeada por el maestro Alonso Rodríguez, interviniendo en su construcción Juan Gil de Hontañón, Diego de Riaño y Martín de Gaínza, quien cerró las bóvedas en 1537.
     Preside el recinto la excepcional pintura de Francisco de Goya que representa a las santas Justa y Rufina, firmada y fechada en 1817. Una amplia colección pictórica reviste los muros de esta sacristía. En el muro izquierdo aparece una tabla de la Virgen con San Pedro y San Jerónimo, obra de finales del siglo XV que estuvo firmada por Juan Sánchez de Castro; su zona inferior ha sido totalmente restaurada. De Alejo Fernández son cuatro tablas de grandes dimensiones que se destinaron en principio a la viga del altar mayor. Fueron realizadas entre 1508 y 1512, siendo sus temas el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana, el Nacimiento de la Virgen, la Adoración de los Reyes y la Presentación del Niño en el Templo. Sigue otra gran tabla en la que se representa a San Pedro, que puede ser la que pintara Pedro Fernández de Guadalupe en 1528.
     En el muro de la derecha se encuentran dos cuadros de Jacob Jordaens que representan la Adoración de los Reyes y la Circuncisión. Figura también una bella escena del Ángel  de  la Guarda, perteneciente al italiano Matia Preti. Siguen pinturas de Valdés Leal, autor de la representación de San Lázaro, la Magdalena y Santa Marta; una pintura sobre tabla de la Piedad firmada por Juan Núñez; y otra del Descendimiento realizada por Juan Sánchez de San Román a comienzos del siglo XVI. La Trinidad pertenece a Luis Tristán, quien firmó y fechó esta obra en 1624. A Francisco de Zur­barán corresponde la bella representación de la Virgen con el Niño fechable hacia 1635. El Cristo Crucificado, situado sobre la puerta  de entrada, es una de las muchas versiones de este tema realizadas por Francisco de Zurbarán (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
        La acogedora Sacristía de los Cálices tiene planta rectangular cubierta con bóvedas de nervadura góticas. Se inició en 1509 y se acabó en 1537; en ella intervinieron: Gil de Hontañón, Diego de Riaño y Martín de Gaínza. La preside un lienzo de Santa Justa y Rufina de Francisco de Goya (1817) (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     Esta es una de las piezas anexas a la edificación original. Se pasa a ella directamente desde la Capilla de los Dolores y consiste en un espacio rectangular abierto con bóveda de crucería sobre trompas angulares, en cuya edificación participaron Juan Gil de Hontañón, Diego de Riaño y Martín Gainza. Quedó terminada en 1537 y en ella se guarda una excelente colección de pinturas que se inicia con el espléndido lienzo de las santas Justa y Rufina, obra de Goya de 1817, y sigue con cuatro tablas de Alejo Fernández que representan la Adoración de los Reyes, la Presentación del Niño en el Tem­plo, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y El Nacimiento de la Virgen; un Ángel de la Guarda, del italiano Matia Preti; tres lienzos de Valdés Leal: Santa Marta, La Magdalena y San Lázaro, y, entre otros, dos cuadros de Francisco de Zurbarán, la Virgen con el Niño y el Cristo crucificado de la puerta (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
     La pintura del siglo XIX en la Catedral de Sevilla es escasa y salvo el ejemplo excepcional de Las Santas Justa y Rufina de Goya presenta escaso interés. Goya realizó esta obra en 1817 a instancias del Cabildo Ca­tedralicio para adornar la Sacristía de los Cálices, siendo el inductor del encargo el erudito Agustín Ceán Bermúdez, quien residió durante años en Sevilla, trabajando como funcionario del Archivo de Indias. Justamente Ceán escribió un breve folleto el mismo año en que se realizó la pintura describiendo la obra y alabando su mérito, quizás para paliar el escaso entusiasmo que suscitó entre algunos capitulares de la Catedral.
     Son Las Santas Justa y Rufina de Goya una de las más bellas composiciones con tema religioso que realizó Goya, de la cual hubo de quedar como autor am­pliamente satisfecho, a tenor de la larga y enfática firma que puso al pie y que dice así: Francisco de Goya y Lucientes Cesaraugustano y primer pintor de Cámara del Rey. Madrid, 1817. Se advierte en esta obra una admirable técnica basada en un manejo del pincel suelto y ágil. Los dos personajes femeninos que prota­gonizan la escena muestran prototipos físicos que reflejan una marcada y castiza impronta popular, aderezada con una belleza de matiz delicado y espontáneo. Detrás de las Santas aparece un paisaje con el rio Guadalquivir en primer término y la silueta de la Catedral recortándose al fondo. Un amplio cielo con tonalidades azuladas perfectamente graduadas otorgan a la composición una intensa profundidad espacial.
     Lamentablemente esta obra, que fue pintada para presidir la Sacristía de los Cálices en el altar de la cabecera, fue trasladada a una pared lateral de dicha sa­cristía a mediados del siglo XIX para poner en su lugar el Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés. Este traslado ha perjudicado sensiblemente la contem­plación de la pintura, que ahora es dificultosa a causa de los brillos de las luces ambientales. Sin embargo la visión en su original emplazamiento sería perfecta, ya que Goya adecuó su cromatismo a la luz que de forma oblicua entra por los ventanales que se abren en la parte superior del muro derecho de esta sacristía (Enrique Valdivieso, La Pintura en la Catedral de Sevilla Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Juan María Vianney, presbítero
     Jean Marie Baptiste Vianney o Viannay, párroco de Ars, localidad situada al norte de Lyon, modelo de todas las virtudes sacerdotales.
     Nació en 1786, y en 1818 fue designado cura párroco del pueblo de Ars, en la región de Dombes (Ain), perteneciente a la diócesis de Belley, donde mu­rió en 1859. Se le debe la introducción en Francia del culto de santa Filomena, personaje desprovisto de todo fundamento histórico y que pertenece al conjunto  de las supercherías hagiográficas .
     La popularidad de Vianney atraía hacia su confesionario a multitudes de peregrinos, más numerosos que los visitantes cosmopolitas y mundanos que en el Siglo de las Luces se concentraban en la antesala de Voltaire, «el patriarca de Ferney», localidad esta última, próxima a Ars.
     Fue beatificado en 1905 por el papa Pío X, quien lo propuso como ejemplo al clero secular. Canonizado por el papa Pío XI, es el santo patrón de los curas párrocos.
     Sus imágenes en yeso pintado, fabricadas en serie en los talleres de Saint Sulpice, se prodigaron en las iglesias. Al igual que Bernardita (Bernadette) de Lourdes, no interesa tanto desde el punto de vista del arte religioso como desde el relativo a la devoción e imaginería popular (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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viernes, 11 de marzo de 2022

La zona de Entrecoros (Crucero), de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la zona de Entrecoros (Crucero), de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     Hoy, 11 de marzo, es el aniversario de la dedicación de la Catedral de Santa María de la Sede, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la zona de Entrecoro (Cruceros), de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza del Triunfo, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la zona de Entrecoros (Crucero) [nº 003 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; Este nombre se refiere a la porción sobre la que campea el cimborrio; su enrejada calle axial se ha denominado "Vía Sacra" y a sus lados se ubicaron tradicionalmente los sepulcros de los deanes, es decir, de los presidentes del organismo que ha detentado la propiedad del edificio desde el siglo XIII (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
Alonso Rodríguez (1496-1513)
     Ya dijimos que en 1496 fue convocado por el Cabildo de Sevilla en dos ocasiones, «para que viniera a platicar con Ximón». Rodríguez era arquitecto del Puerto de Santa María, en donde dirigía la construcción de la iglesia prioral. En ese mismo año figura como Maestro Mayor junto con Juan de Hoces, que falleció entonces. Su salario era de 10.000 maravedís. En 1503 se le gratificaba con un cahiz de trigo «por los muchos y buenos reparos que ha fecho y fase a la fábrica cada día». Al año siguiente, en agosto, se cerraba la bóveda de la Capilla Mayor. Resulta extraño, sin embargo, que habiendo dado el Cabildo en varias ocasiones muestras de satisfacción por la labor que realizaba, a fines de 1504 se hacían gestiones para traer un arquitecto de Barcelona. Probablemente se debe para colaborar en las tareas de reparación del templo, que quedó muy malparado por el te­rremoto de 5 de abril de ese año. Fue de la misma intensidad del llamado de Andalucía y Lisboa de 1755, habiéndose catalogado así mismo de intensidad 8 en la escala Mercalli modificada. Aunque no se indica quien era ese arquitecto, que no llegó a venir, tal vez fue Font, el cual había presentado un informe sobre la ruina de la Seo de Zaragoza en  1498.
     Paralelamente a estos acontecimientos, el cardenal Diego Hurtado de Mendoza había tenido la iniciativa de ampliar la Capilla de la Virgen de la Antigua. Tras su fallecimiento en 1502, las obras continuaron para concluirse en 1504. Hasta que Domenico Fancelli la­bró el sepulcro en 1508, sus restos estuvieron depositados delante de la Virgen. Al mismo tiempo que se ultimaba la catedral de Sevilla, Alonso Rodríguez dirigió la construcción de otros edificios diocesanos. Entre 1505 y 1506 intervenía en las iglesias de Santa María de Carmona y de Santiago en Alcalá de Guadaira; templos que presentan muchos rasgos en común con la catedral.
     Decidido el Cabildo, por junta de 13 de julio de 1506 acabar la fábrica, invirtió en ella más de mil ducados de oro, lo que permitió cerrar el cimborrio el sábado 10 de octubre de ese año. La ceremonia de colocación de la última piedra tuvo lugar entre las once y las doce de la mañana. En ella intervinieron además del Deán y el Cabildo, don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia y don Fadrique Enríquez, primer marqués de Tarifa. El cimborrio estaba revestido de azulejos vidriados, verdes y blancos, realizados por Niculoso Pisano y decorado con esculturas de barro cocido de Pedro Millán, Juan Pérez y Jorge Fernández, entre otros. En su policromía destacaba los colores azul y blanco. Entre el repertorio iconográfico se hallaba la Cena y los Profetas.
     Rodríguez sintiéndose enfermo había hecho testamento meses antes de estrenarse el cimborrio. En prueba de gratitud y en vista de su precario estado de salud, el Cabildo le concedió una sepultura en el Patio de los Naranjos. Sin embargo debió recuperarse pronto, porque su actividad se desarrolló hasta 1513.
     En Cabildo de 1 de febrero de 1507 «mandaron sus merçedes dar al maestro mayor cyen duquados y esto por el trabajo que ovo en fasar las cyllas del coro e en acabar la iglesia".
     La construcción del cimborrio le dio notoriedad a Alonso Rodríguez, que fue llamado desde distintos puntos del país e incluso de América. El Cabildo de Canarias lo solicitó en 1507, pero no pudo ir, por hallarse en malas condiciones dos pilares de la catedral, seguramente los que arruinaron el cimborrio poco después. En enero de 1508 fue a Ayamonte, para reconocer cierta obra del conde de aquella ciudad. Tres meses después estaba en Portugal, para traer personalmente muestras de jaspe de Setúbal, para solar la catedral. Al año siguiente informaba sobre el estado del Puente Zuazo, en la Isla de León. El mismo año fue llamado por el conde de Tendilla, para que reconociese las obras de la Capilla Real de Granada. También fue comisionado, por Real Cédula, para ir a Salamanca a elegir el terreno en que debía construirse la catedral y hacer las trazas. Estas no se presentaron hasta el 10 de mayo de 1510, firmadas conjuntamente con Antón Egas. El 13 de junio de ese año, dice Llagu­no que embarcó con unos canteros en la nao Santiago, con destino a Santo Domingo, para construir una serie de obras, como consta en la escritura que había firmado ante Alonso de Medina el 25 de mayo. A pesar de ello no fue a América, puesto que al día siguiente de la fecha señalada, se le pagó cierta cantidad por haber estado en Toledo y siguió residiendo en Sevilla. En este año se labraron varios antepechos o andenes, concretamente los de los extremos del crucero y el que se halla sobre la puerta de la Capilla de los Reyes.
     Pronto una desgracia acaeció en la catedral, la caída del cimborrio, que tuvo lugar el 28 de diciembre de 1511. Había cedido uno de los pilares que sostienen los arcos torales, arruinando las bóvedas del crucero y coro. A partir de ese momento se eclipsa la figura de este Maestro Mayor, que fue despedido al año siguiente.
     Sin embargo, cuando en 1513 fue nombrado Maestro Mayor Juan Gil de Hontañón, se volvió a nombrar a Rodríguez, como conocedor del edificio, pero limitando sus funciones. Se conoce un interesantísimo informe que dio este arquitecto sobre cómo debía restaurarse el templo, que debe datar poco después del 29 de agosto de 1513, cuando se incorporó de nuevo al cargo. Además de reflejar de forma muy pormenoriza­da sobre el estado en que se hallaba el edificio, describe los diversos tipos de pilares y sus sistema constructivo, aparte de facilitar muchas noticias sobre la construcción de la iglesia. El informe está relacionado con el que días antes había presentado conjuntamente Juan de Badajoz, Juan Gil y Juan de Álava. El edificio presentaba un aspecto ruinoso tras el terremoto de 1504.
     El año anterior Rodríguez había estado en Aragón, tal vez para reconocer la Seo de Zaragoza, cuyo cim­borrio se había arruinado. Aunque sólo consta que presentaron un informe Enrique Egas, Juan Font, Mosén Carlos de Montearagón y Compte, en el que emitió Alonso Rodríguez en 1513 hace alusión a que estuvo por tierras aragonesas. En este año debió fallecer. Mientras se reconstruía el cimborrio y se seguía trabajando en el Retablo Mayor, las funciones religiosas se hacían en la Capilla de Maracaibo, que se halla ubicada en el segundo tramo de la Epístola, comenzando por los pies. En el «Parecer y relación» de Alonso Rodríguez, al referirse a este tramo dice: «va desde la capilla de los Cataños (San Antonio) hasta la capilla donde agora está el altar mayor».
Juan Gil de Hontañón (1513-1519) 
     Es uno de los arquitectos más activos del gótico tar­dío. Su obra se halla documentada entre 1500 y 1526, año en que falleció. En septiembre de 1512 fue nom­brado Maestro Mayor de la Catedral de Salamanca. En ese mismo año, por orden del Rey fue a Granada para ver y tasar la Capilla Real. Al año siguiente estando en esa ciudad fue convocado para reconocer la catedral de Sevilla, junto con Juan de Badajoz y Juan de Álava, llegando a Sevilla el 17 de agosto. Diez días después en el Cabildo: «... hablaron particularmente con Juan de Badajoz, Juan Gil e Juan Alaua, maestros mayores de cantería sobre la obra de la capilla mayor de la dicha santa iglesia y alliende de tres traças que hiçieron para la dicha capilla dexaron por escripto su parescer cerca del remedio de toda la iglesia e demás desto dixeron que toda la iglesia e pilares de ella estauan muy seguros, no cargando sobre ellos más de lo que agora tienen ...». Dos días más tarde el Cabil­do decidió que uno de estos tres maestros se quedase al frente de las obras de la catedral junto con Alonso Rodríguez: «Que stando solo el dicho Alonso Rodríguez que no haga cosa alguna fuera de la traça que para la dicha capilla le dezare el maestro que se tomase de los susodichos ...». Aún se quiso traer a un tercer arquitecto, Pedro de Tuesta, que no llegó a venir. El nombramiento de Juan Gil tuvo lugar el 12 de septiembre. Residía en la calle de las Escobas, que corres­ponde a la actual Álvarez Quintero, en el tramo próximo a Chicarreros.
     En Cabildo de 7 de diciembre de 1513 se hace constar «que los aparejadores e otros maestros auian errado cierta parte de una capilla e que la ¿derruequen? para la tornar a hacer e todo a costa de la Fábrica». Aunque Gestoso al copiar esta cita dice que ignora cual fue, debe tratarse de la capilla que posteriormente sería del obispo de Scala, ya que en el «Parecer» de Alonso Rodríguez al ir describiendo cómo se hallaba el edificio, al llegar al segundo tramo dice así: «lten ay otra quebradura en la segunda nave colateral que comiença desde la capilla que agora está caida y llega hasta la postrimer nave de la puerta del Perdón".
     Una de las primeras tareas que acometió Juan Gil fue el cierre de la bóveda central del crucero y colaterales, cuyas trazas fueron presentadas en Cabildo de 20 de marzo de 1514. Gil contó con el asesora­miento de Enrique Egas y Juan de Álava, quienes vinieron nuevamente a Sevilla en este verano. A fines de noviembre de 1514, el Cabildo Catedral reunido en el palacio arzobispal con el prelado, decidieron, en vista de la ruina del cimborrio y dada la falta de solidez de los pilares, que ese tramo del crucero se cubriese de carpintería. Estuvieron de acuerdo en que no se debería escatimar esfuerzos para traer los mejores maestros, a fin de que la obra fuese lo más suntuosa. Días después, el 4 de diciembre, fueron llama­dos cuatro maestros de albañilería y carpintería de Sevilla, para que diesen su parecer. Mientras tanto, iban cerrándose las demás bóvedas afectadas. La primera fue la del Coro, ejecutada por el aparejador Gon­zalo de Rozas en marzo de 1515. Juan Gil que se ausentaba con frecuencia para dirigir las obras de la catedral de Salamanca, fue mandado llamar el 2 de junio. Así mismo se hizo venir de nuevo a Enrique Egas y Juan de Álava, quienes descartaron el proyecto del prelado y del Cabildo, recomendando que se ejecu­tase el proyecto de Juan Gil. El Cabildo ante la escasez de maestros que había en el país decidió buscarlo en Italia, concretamente en Roma, Florencia y Milán, así como por Flandes y Colonia.
     El 16 de julio de 1515 mandó el Cabildo «que se derruequen las paredes del coro e que se fagan las capillas que stavan de la manera que solían star e mejores sy se pudiere». Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, no se construyeron en la misma época. Las del lado de la Epístola (Inmaculada y Encamación) son góticas, mientras que las del lado del Evangelio (Virgen de la Estrella y San Gregorio) son renacentistas. Las primeras se hicieron en tiempos de Juan Gil, y las otras fueron diseñadas por Diego de Riaño en 1523. En Cabildo de 3 de marzo de 1516 se creó una comisión para que se pusiera en contacto con el Aparejador Gonzalo de Rozas, con el fin de que «provean en la piedra para fazer el trascoro e capillas que fueron derrocadas, para que se fagam". Consta que a lo largo de 1517 se libraron varias partidas por traer alabastros de Tortosa. Las dos capillas del lado de la Epístola debieron estar ultimadas en 1518, ya que en Cabildo de 9 de marzo «mandaron que no se labre más alabastro de lo que fuere nesçesario para acabar las capillas que están començadas dello».
     En el periodo en que Juan Gil estuvo al frente de las obras en la catedral hubo gran actividad constructora en diversos frentes. En Cabildo de 14 de marzo de 1515 se decidió gratificar al aparejador Gonzalo de Rozas y al cantero Diego de Ojebar «en recompensa de lo que ha trabajado en la capilla que agora se cerré sobre el choro de las sillas». En Cabildo de 12 de octubre de ese año se alude a la capilla que construye el arzobispo Fr. Diego de Deza. Se trata de la Capilla de San Pedro, colateral de la Capilla Real, lado del Evangelio. En ese año se seguía cerrando bó­vedas del crucero.
   De gran actividad para la catedral va a ser el año 1517. Además de que se sigue la construcción de las capillas de los Alabastros, se soló la bóveda de la capilla del cardenal Cervantes. Se empezaron a hacer las rejas de la Capilla Mayor y Coro. Así mismo enviaron a Génova por mármoles blancos y negros para solar el tramo comprendido entre ambos, y las escalinatas. Pero lo más importante fue, sin duda el cerramiento de la bóveda central del crucero, lo que tuvo lugar a fines de ese año, percibiendo Juan Gil cien ducados de gratificación. Entonces se mandó hacer las vidrieras del cimborrio a Juan Jacques; las ventanas habían sido proyectadas por el Aparejador Gonzalo de Rozas. El fue quien llevó a cabo la ampliación de la Capilla Mayor para albergar al nueve retablo y la Sacristía Alta, lo que tuvo lugar en 1511.
      En el período en que fue Maestro Mayor Juan Gil debieron hacerse los marcos arquitectónicos de los altares que se hallan en los brazos del crucero, los de 1a Concepción y de la Piedad, en el lado Sur, y los de la Asunción y Ntra. Sra. de Belén en el lado Norte, además del que cobija a la Virgen del Pilar. Según Loays, esta capilla había sido fundada en 1509 por Francisco Pinelo, Jurado y primer Factor de la Casa de la Contratación. La de la Concepción se le dio al Protonotario Micer García de Gibraleón. En Cabildo de 14 de septiembre de 1515 consta que se le consta que se le concedió «el enterramiento que pide, que es el altar que está cabe la capilla de Nuestra Señora del Antigua, saliendo por la puerta que va al  Alcázar, a  mano  derecha». Según de la Asunción tuvo por primer patrono al Jurado Nicolás Martín Durango, quien fundó una capellanía en 9 de septiembre de 1516. Todos estos altares tienen en común el mismo tipo de apilastrado que les enmarca, así como el mismo esquema decorativo de su coronamiento. Tienen un evidente paralelismo con las puertas de Palos y Campanillas.
     Al hallarse con frecuencia ausente Juan Gil, el Cabildo en sesión de 14 de junio de 1518 le conminó a residir en Sevilla o que dejara su salario. El 13 de sep­tiembre, en vista de que no venía, le rescindió el sueldo. Sin embargo el Maestro Mayor se hallaba de nuevo en Sevilla, cuando tal vez debió acontecer un terremoto no recogido en las crónicas locales, pero que afectó a los pilares, bóvedas y algunas capillas, como la de San Francisco. Al año siguiente, aunque el Cabildo intentó que residiese en Sevilla, dejando sus obligaciones, para atender particularmente a las obras del Retablo Mayor, no volvió más, porque iba a iniciar la construcción de las capillas hornacinas de la catedral de Salamanca.
   Ya que en repetidas ocasiones lo hemos citado, me­rece la pena subrayar la personalidad del Aparejador Gonzalo de Rozas, quien desempeñó  su oficio desde 1507 hasta 1524. En la bibliografía tradicional aparece indistintamente citado Rosas, Rojas y Rozas. Debe tenerse presente que si Gonçalo se transcribe como Gonzalo y çumárraga como Zumárraga, Roças -que es como se le cita en la documentación- debe transcribir­se como Rozas.
     No sabemos nada de su origen, pero dado que gene­ralmente los canteros son oriundos de la Montaña, su apellido debe ser un topónimo, que tal vez proceda de un lugar del mismo nombre, del Ayuntamiento del Valle del Soba, partido judicial de Ramales, en Cantabria.
     La primera noticia biográfica que conocemos de él data del 19 de junio de 1506, figurando en el testamento de Alonso Rodríguez, quien pone en una de las cláusulas: «Nombro o dexo por mis albaceas al señor canónigo Pedro Pinelo e a Gornçalo de Roças, cantero, mi criado». Al año siguiente fue nombrado Aparejador, según consta en el Libro de Cargo y Descargo de 1507. En tal oficio desplegó una gran actividad, dada las circunstancias que concurrieron en la catedral, como la caída del cimborrio. Además desempeñó en funciones la dirección de las obras, en ausencia del Maestro Mayor Juan Gil.
   Para constatar la participación personal de Rozas en la mayor parte de las obras, queda constancia docu­mental de que intervino cerrando las bóvedas del crucero y Coro, trabajó en las capillas de los Alabastros y en la ampliación de la Capilla Mayor. No sólo ejecutó los proyectos del Maestro Mayor, sino que él también proyectó. El 28 de abril de 1518 los miembros del Ca­bildo mandaron «que se faga una ventana de la manera que vino debuxada de Rroxas, con un mármol. en medio para el çimborrio e para las vedrieras». Durante los años 1519 y 1520, actuando en funciones de Maestro Mayor, por estar vacante la plaza, se hizo la decoración escultórica de las portadas de la Adoración de los Reyes (Palos), la de la Entrada en Jerusalén (Campanillas) y la de la Puerta del Perdón. Todas fueron realizadas por el maestre Miguel, que debe ser Florentín y no Perrín.
     Las bóvedas del Coro, Capilla Mayor y las tres centrales del crucero determinan una organización cruciforme, siendo su diseño diferente. La de la Capilla Mayor es de terceletes y fue diseñada por Alonso Rodríguez en 1504. Las otras cuatro son estrelladas, con caprichosos dibujos. La del Coro se realizó en 1515 y las del cruce­ro en 1517. Fueron delineadas por Juan Gil de Hontañón y ejecutadas por el Aparejador Gonzalo de Rojas. Tras la caída del cimborrio en 1511 y pensarse construir este tramo de madera, Juan Gil construyó el actual coronamiento muy rebajado, aligerando sus muretes por medio de ventanas. Su bóveda es de nervios an­grelados, del mismo tipo que Hans de Colonia diseñó para la Capilla de la Visitación de la catedral de Burgos. Una vez más el modelo sevillano creó escuela, empleándose esta solución en la iglesia de San Miguel, de Jerez. Resulta muy elegante la decoración de las cuatro bóvedas diseñadas por Juan Gil. Chueca dice que ponen en la masa pétrea de la catedral una nota de tan extremado primor, que no hay metáfora que tanto le cuadre como el decir que son encajes de punti­llas. En estas bóvedas del crucero los festones horizontales de los nervios lo invaden todo, semejando un bordado. Estamos en un momento en que la decoración se deja guiar por la magnificencia de las telas y ropajes, cargados de pedrería, que nos han transmitido las esculturas funerarias de entonces, sobre todo las de Gil de Siloé en la Cartuja de Miraflores, de Burgos. El cru­cero de Sevilla, sigue diciendo Chueca, parece un trozo de hopalanda del infante don Alfonso o de don Miguel de Padilla.
     En los muretes del cimborrio se abren tres ventanas en cada frente, a modo de tríptico. Se hallan a distinto nivel, siguiendo la curvatura del arco toral y están flanqueadas por dos parejas de Apóstoles, de barro cocido, que fueron realizadas por Miguel Florentín. Cada ventana tiene su correspondiente parteluz. En Cabildo de 28 de abril de 1518 «mandaron que se faga una ventana de manera que vino debuxada de Rraças, con su mármol en medio para el çimborrio e para las vedrieras». Las dimensiones del vano central es de 2 ,75 m. de alto por 1,70 de ancho. Los laterales miden 2 por 1,25 (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
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jueves, 25 de marzo de 2021

La Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
   Hoy, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor. Cuando en la ciudad de Nazaret el ángel del Señor anunció a María: "Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo", María contestó: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de la Encarnación [nº 006 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que tenía, cuando la fundó el bachiller Rodrigo Fuentes, tres imágenes: un Cristo atado a la columna, que era la principal, Santo Tomás de Canterbury y San Pedro; más tarde pasó al patrocinio de Luis de Torres Mazuelas y finalmente fue su patrono Juan Serón de Olarte. En el primer cuarto del siglo XVII sustentaba esta capilla la mitad de Poniente del "órgano menor" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   El 16 de julio de 1515 mandó el Cabildo «que se derruequen las paredes del coro e que se fagan las capillas que stavan de la manera que solían star e mejores sy se pudiere». Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, no se construyeron en la misma época. Las del  lado  de  la  Epístola  (Inmaculada  y  Encarnación) son góticas, mientras que las del lado del Evangelio (Virgen de la Estrella y San Gregorio) son renacentistas. Las primeras se hicieron en tiempos de Juan Gil, y las otras fueron diseñadas por Diego de Riaño en 1523. En Cabildo de 3 de marzo de 1516 se creó una comisión para que se pusiera en contacto con el Aparejador Gonzalo de Rozas, con el fin de que «provean en la piedra para fazer el trascoro e capillas que fueron derrocadas, para que se fagam". Consta que a lo largo de 1517 se libraron varias partidas por traer alabastros de Tortosa. Las dos capillas del lado de la Epístola debieron estar ultimadas en 1518, ya que en Cabildo de 9 de marzo «mandaron que no se labre más alabastro de lo que  fuere  nesçesario para acabar las capillas que están començadas dello» .
   En el periodo en que Juan Gil estuvo al frente de las obras en la catedral hubo gran actividad constructora en diversos frentes. En Cabildo de 14 de marzo de 1515 se decidió gratificar al aparejador Gonzalo de Rozas y al cantero Diego de Ojebar «en recompensa de lo que ha trabajado en la capilla que agora se cerré sobre el choro de las sillas» (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
Retablo y esculturas de la Capilla de la Encarnación
   Está situada en el costado meridional del coro en la zona del alabastro, junto a la de la Concepción.
   Fundaron esta Capilla D. Juan Seron Olarte y su esposa Dª Antonia de Verastegui, según inscripciones y fecha del óbito de aquél, en 1637.
   El retablo es el propio de esta fecha, mas de poco desarrollo por lo reducido del recinto. Se compone de banco, cuerpo con tetrástilas columnas y remate. 
   La imaginería es la siguiente: en el banco, cinco medias figuras en relieve de los Santos Juanes, Domingo de Guzmán, Francisco de Asís y Antonio de Padua; en el cuerpo, la Virgen Anunciada y el Arcángel Gabriel, de bulto redondo; en el remate el Padre  Eterno, también en relieve.  
 Esta obra (retablo y escultura) es del círculo de Martínez Montañés y recuerda el estilo de Francisco de Ocampo, por su indudable interés. Su fecha hacia 1630-35 (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   Los frontales de altar de azulejería sevillana imitación de los textiles corresponden al siglo XVII. Si es que hubo alguno de estos en la catedral, lamentablemente no se ha conservado. Los hoy existentes en las Capillas de la Encamación e Inmaculada, aunque presentan el esquema y la ornamentación de los antiguos, son, sin embargo, obras del actual siglo. 
   El primero de ellos está fechado en 1909 y fue realizado en Triana por Manuel Ramos, siguiendo el diseño de Gestoso. También había diseñado Gestoso, un año antes, el frontal de la Capilla de la Inmaculada, cuyo autor fue Manuel Amores. Ambas obras por su composición, técnica y colorido son un fiel trasunto de los frontales seicentistas y una buena prueba del grado de perfección que logró la cerámica sevillana del siglo XX, que en algunos aspectos superó, con creces, la de siglos anteriores. 
   Al siglo XVII pertenecen las pequeñas rejas de las capillas de San Gregorio, de la Inmaculada Concepción, de la Encarnación, de los dos Santiagos, hoy llamada de Santa Justa y Rufina, y de San Isidoro.  
    Las tres primeras presentan idéntica estructura a la de la Capilla de la Virgen de la Estrella, es decir, que aun
que fueron realizadas en la primera mitad del seiscientos siguen un modelo del siglo anterior. Esta es la cau­sa de que sus elementos estén tan decorados y la razón del uso de ornamentación en chapas de hierro (Alfredo J. Morales, Artes aplicadas e industriales en la catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor
   La Anunciación, que también se llama la Salutación angélica, generalmente está representada en la entrada del santuario de las basílicas bizantinas, sobre los pilares del arco de triunfo y en los postigos de los retablos en la pintura occidental de finales de la Edad Media. En uno y otro caso es la visión del ángel transmitiendo a la elegida el mensaje divino que acoge a los fieles.
   Este lugar eminente que se reserva a la Anunciación en el arte cristiano se explica y justifica por el hecho de que no se trata simplemente de un episodio de la historia de la Virgen, sino del origen de la vida humana de Cristo, porque la Anunciación del ángel a María coincide con la Encamación del Redentor. Por lo tanto, se trata del primer acto o preludio de la Obra de Redención, como lo escribió Beda, el Venerable, que la calificó de exordium nostrae Redemptionis.
Culto
   La riqueza de la iconografía de la Anunciación se debe no sólo a su importancia doctrinaria en la economía de la Salvación, sino al culto que le ha profesado la Iglesia.
   Fijada en la fecha del 25 de marzo, exactamente nueve meses antes de la Natividad o Navidad, la fiesta de la Anunciación fue popularizada en Occidente por órdenes religiosas tales como los servitas (servidores de la Virgen) cuyas iglesias están dedicadas en Italia a la Annunziata, la orden francesa de la Santísima Anunciación (Très Sainte Annonciation) fundada en Bourges por santa Juana de Valois hija del rey Luis XI; y por órdenes de caballería como la Saboyana, que luego en Italia se llamó de la Annunziata, que data del siglo XIV, y fundó en 1360 Amadeo VI, duque de Saboya.
   La Virgen de la Anunciación era venerada en París con el nombre de Nuestra Señora de la Buena Nueva  (Notre Dame de la Bonne Nouvelle).
   Además, la Anunciación ha sido elegida como fiesta patronal por numerosas corporaciones como la de los rosarieros o fabricantes de rosarios, objetos con los cuales se recita el Ave María; la de los fabricantes de loza o porcelana, a causa del vaso de mayólica donde se erige el lirio blanco que simboliza la pureza de la Virgen; la de los carteros y mensajeros, que al igual que el ángel Gabriel distribuyen el correo.
   Los campesinos veían en la Anunciación la fiesta de la fecundidad. Ese día la tierra se abre para recibir la simiente, como la Virgen para concebir al Redentor. Es el momento propicio para cavar el primer surco, sembrar o plantar.
Fuentes canónicas y apócrifas 
   Antes de  analizar las representaciones de esta escena en el arte cristiano de Oriente y Occidente, es importante precisar las fuentes.
   Es aquí donde por primera vez nos encontramos en presencia de un hecho atestiguado por los Evangelios canónicos, o más exactamente, por uno de los cuatro Evangelios, el de Lucas (1: 26: 38).
   He aquí los términos en que narra el mensaje del ángel: «...En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo ( ...) concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre ( ...)
   «Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Virtus Altissimi obumbrabit tibi) ...
   «Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
   El Evangelio no aclara a qué hora tuvo lugar la aparición. Es por razones litúrgicas que se la sitúa en el crepúsculo, porque es la hora del ángelus.
   Numerosos detalles del arte cristiano se han tomado de los Evangelios apócrifos, especialmente del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio de la Natividad de la Virgen, que en Occidente fueron vulgarizados por Vicente (Vincent) de Beauvais en el Speculum Historiae, y por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada. A esas dos fuentes hay que sumar el Evangelio Armenio de la Infancia, que ha tenido gran  influencia en la iconografía bizantina.
   De acuerdo con los relatos apócrifos, habría habido no una sino dos Anunciaciones de la Natividad del Señor, sin contar la de la Muerte de María.
   Según el Evangelio Armenio (cap. V), la Virgen en principio fue saludada por un ángel invisible en el momento en que salía con un cántaro para sacar agua de la fuente. Como temía una estratagema del demonio, se puso a rezar: « Dios de Israel -oró- no me entregues a las tentaciones del enemigo y a las asechanzas del Seductor; mas líbrame de las trampas y de la astucia del cazador.»
   De regreso en su casa, se puso a hilar la púrpura para el velo del Templo. El ángel Gabriel penetró una segunda vez junto a ella a través de la puerta cerrada, y aunque incorpóreo, se le presentó entonces con la apariencia de un ser de carne para anunciarle que quedaría encinta y pariría al Mesías.
   Como no podía creer que concebiría, puesto que no había conocido hombre alguno, el ángel le explicó que el Espíritu Santo descendería en ella sin desflorar su virginidad. Ella acabó por consentir. En el mismo instante el Verbo de Dios penetró en ella por su oreja e inmediatamente comenzó su embarazo.
   Se advierte cuanto agregan los Evangelios apócrifos al Evangelio de Lucas. El ángel invisible saluda una primera vez a la Virgen en el momento en que ella va a buscar agua a la fuente. Luego se presenta corporalmente frente a ella, mientras María está tejiendo el velo de púrpura para el Sancta Sanctorum.
Iconografía
El tema plástico
   A pesar de las variantes iconográficas de la Anunciación en el arte oriental y occidental, casi innumerables, sus coordenadas plásticas esenciales permanecieron inmutables en el transcurso  de las edades.
   No obstante el escaso número de personajes, que se reducen a dos, o a tres si el Espíritu Santo se agrega a la Virgen y al ángel anunciador, la Anunciación plantea problemas muy complejos desde el triple punto de vista espacial, dinámico y psicológico. La Anunciación es al mismo tiempo geometría en el espacio, conflicto de fuerzas y descenso de la gracia divina en el vaso de elección que es el cuerpo de la Virgen María.
   Lo que esencialmente diferencia a la Anunciación de temas análogos tales como la Visitación, es que los dos principales actores pertenecen a mundos diferentes. El ángel es una criatura celestial, en principio incorpórea, en cualquier caso alada e inmortal, que escapa a las leyes de la pesadez y de la muerte. La Virgen, por el contrario, es una criatura humana, infinitamente pura, pero sometida a todas las servidumbres de la condición terrenal.
   Por otra parte, los dos personajes difieren no sólo por su esencia sino por su papel: el ángel que transmite el mensaje divino es activo, la Virgen que lo recibe es pasiva. Su reacción, que no se traduce en modo alguno por un consentimiento total e inmediato, sino por una vacilación y un repliegue, en cualquier caso es muy débil.
   De allí resulta una disimetría que es inherente al tema. Los dos figuras son desigualmente expansivas: el ángel de grandes alas desplegadas exige más espacio que la Virgen amedrentada que se acurruca en un rincón del oratorio.
   Desde el punto de vista espacial. la consecuencia  es que el espacio se fracciona en dos partes desiguales y disímiles: en vez de un espacio homogéneo, de una escena al aire libre o interior, tenemos un espacio mixto, abierto y cerrado a la vez, con un afuera y un adentro. A veces, el espacio abierto no es más que un pórtico exterior adosado a la casa de la Virgen. Cuando los dos personajes están en el in­terior, el fraccionamiento del espacio subsiste, ya sea porque una columna divide la habitación en dos mitades, ya porque el ángel se destaca sobre el fondo de un paisaje al tiempo que la Virgen está en el fondo de su dormitorio.
   Esta dualidad del espacio está subrayada por la iluminación: el ángel siempre está del lado de la luz mientras que la Virgen permanece en la sombra.
   Si la Anunciación se diferencia de la Visitación por su disimetría, se distingue también por su dinamismo. El factor tiempo interviene, puesto que la escena com­porta dos momentos: en principio, el ángel entrega el mensaje; a continuación, la Virgen responde.
   De acuerdo con el temperamento de los artistas, la irrupción del ángel en el santuario virginal es más o menos violenta, ya es proyectado como un bólido «en un golpe de viento», ya, por el contrario, se desliza en silencio y en puntillas, apenas rozando el suelo. Pero su «Carga dinámica» siempre es más fuerte que la de la Virgen que constituye el otro polo. El ángel representa el puesto emisor, la Virgen el receptor; y de uno a otro polo, se sienten pasar los efluvios magnéticos, se cree oír la crepitación de una chispa eléctrica. 
 Sin embargo, esa relación de fuerzas tiende a alterarse e incluso a invertirse com­pletamente por la influencia del progreso de la mariolatría. Poco a poco el papel del ángel disminuye: en vez de presentarse como maestro y triunfador, como un embajador celestial en el cual Dios habría delegado plenos poderes, se arrodilla mo­destamente frente a la Virgen, en la cual saluda a la Madre del Hijo de su Señor, la futura reina de los ángeles. La Virgen ya no es la humilde sierva (ancilla Domini) que se inclina frente al enviado del cielo y recibe su  mensaje  como  una  gracia, sino la soberana que acepta un homenaje. Se produce una desnivelación en provecho suyo: es ella quien desde lo alto de su trono domina al ángel arrodillado, destituido del rango de embajador celestial al de mero paje.
   Al mismo tiempo, la importancia del ángel se encuentra reducida por la introducción de un tercer actor: la paloma del Espíritu Santo. La paloma, que anteriormente sólo tenía un valor simbólico, tendrá un papel activo: se convierte en la emanación directa de Dios Padre y sustituye al Anunciador, reducido al papel secundario y auxiliar de un intérprete.
   De esta manera la composición cambia de carácter: de polarizada se convierte en convergente. La Virgen, que era sólo una figura lateral, subordinada a su compañero más dinámico, tiende a convertirse en el personaje central hacia el cual convergen todos los rayos que emanan del Padre Eterno, en los cuales desciende Dios Hijo, encarnado en el Niño Jesús.
La Anunciación asociada con la Encarnación
   Desde que la Virgen ha dado su consentimiento a la misión divina que le revela el arcángel Gabriel, la Concepción virginal se opera y el Verbo se hace carne. La Encarnación de Cristo sigue inmediatamente a la Anunciación; la Conceptio y la Annuntiatio Christi son una sola.
   En las representaciones de la Anunciación que hemos estudiado hasta el momento, la idea de la Encarnación no se expresa alegórica ni explícitamente. Pero los artistas, guiados por los teólogos, debían ser conducidos con naturalidad a combinar ambos temas.
   Así se explica la aparición de dos motivos muy característicos de finales de la Edad Media: el Descenso del Niño Jesús en el vientre de María y la Caza del Unicornio que se refugia en el vientre de una virgen.
La inmersión del niño Jesús en el vientre de la Virgen
   Si se observan con alguna atención las Anunciaciones del siglo XV, con frecuencia se advierte un detalle que en principio parece sorprendente.
   Encima de la cabeza de la Virgen aparece Dios Padre haciendo un gesto de bendición. De su boca sale un haz de rayos luminosos por los cuales desciende la paloma del Espíritu Santo. Pero ella no está sola, en dicha trayectoria proyecta un niño no un embrión, sino un «homunculus» enteramente formado: es el Niño Jesús, como lo muestra la cruz que suele llevar al hombro. Ese niño concebido por el Espíritu Santo se sumerge en el vientre de la Virgen, como el polen fecundante aspirado por el cáliz de una flor.
   No hay allí, como pudiera creerse, una réplica cristiana del mito del cisne de Leda, sino la traducción de una doctrina teólogica. Se creía que Jesús, en vez de formarse «in utero» como lo hacen los hijos de los hombres, había sido lanzado por Dios desde lo alto del cielo (emissus caelitus) y había entrado completamente forma­do en el vientre intacto de la Virgen.
   ¿Por qué camino se había operado la Encarnación? Los teólogos se dividían en dos escuelas acerca de este punto. Unos sostenían que Cristo, que es el Logos (la palabra), el Verbo, había entrado por la oreja de la Virgen al mismo tiempo que el men­saje del ángel Anunciador: virgo per aurem impregnatur. Es el tema de la Conceptio per aurem. En una prosa del siglo XII se cantaba:
Gaude, Virgo, Mater Christi 
Quae per aurem concepisti.
   Pero la mayoría creía que la concepción se había realizado más normalmente por el canal uterino (Conceptio per uterum).
   El tema es sin duda de origen bizantino, porque en los iconos rusos de la Anunciación se ve al Niño Jesús ya en el vientre de la Virgen (Mladenets vo tchreve Bogomateri). Aparece en Italia a principios del siglo XIV, y  más tardíamente en Francia,  Flandes  y Alemania.
   A partir del siglo XV ya se oían protestas contra ese tema chocante. No se trataba, claro está, de defender el buen gusto ultrajado o la simple decencia, sino de la ortodoxia en peligro. El arzobispo de Florencia, san Antonino, censuraba a los pintores que representaban al Niño Jesús proyectado al vientre de la Virgen ya formado, como si su cuerpo no se hubiera alimentado de la sustancia materna.
   El concilio de Trento se unió a esta condena y el famoso teólogo Molanus de Lovaina se convirtió en su intérprete, proscribiendo del repertorio del arte católico las Anunciaciones donde se veía «Corpusculum quoddam humanum descendens inter radios ad uterum Beatissimae Virginis», como si el vientre de la Virgen -agregaba- sólo hubiese sido un simple tubo o conducto (fistula) por donde ha entrado y salido el cuerpo de Cristo formado en el cielo.
La caza del unicornio o la caza mística
   El tema de la Caza del Unicornio, cinegético y místico a la vez, mediante el cual el arte de finales de la Edad Media ha intentado expresar alegóricamente los dos misterios hermanados de la Salutación Angélica y de la Encarnación, es una amalgama del Cantar de los Cantares y del Fisiólogo  (Physiologus).
   La Virgen está, en efecto, sentada en un jardín cerrado o cercado (Hortus conclusus), o bien detrás de una puerta cerrada (porta clausa), en medio de emblemas tomados, como los de la Inmaculada Concepción, del Cantar de los Cantares: la fuente sellada (font signatus), la torre de David (turris Davidica), la torre de marfil (turris eburnea).
   Un unicornio, que en los Bestiarios es el símbolo de la Castidad, perseguido por la jauría del arcángel Gabriel llega a refugiarse en su vientre. Los cuatro lebreles que lleva atados simbolizan las Virtudes: Justitia, Misericordia, Pax, Veritas, que han decidido al Verbo a encarnarse.
   El unicornio, que sólo podía ser capturado por una virgen, es aquí la imagen de Cristo que viene a encarnarse en el vientre de María. Ésta está representada como la doncella que sirve de trampa al unicornio, atrayéndolo con el perfume de su vientre virginal. El ángel Anunciador toma la forma del montero alado que desatraílla  a los cuatro lebreles haciendo sonar el cuerno.
   Esta manera singular de simbolizar la Encarnación con una escena de caza, desconocida para el arte bizantino, gozó de los favores de Occidente desde el siglo XV hasta comienzos del XVI.
   Es en el arte alemán donde se encuentran los ejemplos más numerosos.
   El motivo no se aclimató bien en Francia, aunque tenga como fuente un sermón de san Bernardo que fue el primero que tuvo la idea de aplicar a la Anunciación las palabras del Salmo 85, 11: «Se han encontrado la piedad y la fidelidad, /se han dado el abrazo la justicia  y la paz (...)» (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor el Significado de la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor; 
   Fiesta derivada del primitivo ciclo natalicio. Seguramente proceda de la conmemoración que debía hacerse en Nazaret en la Basílica de la Anunciación erigida por Santa Elena, porque en cada basílica se celebraba anualmente el misterio que allí era recordado a la par que su dedicación.
   En el siglo VI ya se encuentra algún indicio de celebración de esta fiesta, pues una de las homilías de Abrahán Obispo de Éfeso, que vivió en la época del Emperador Justiniano (mediados del siglo VI), lleva de título: En la Anunciación de la Madre de Dios.
   Fiesta de la maternidad virginal, primero se fija en los días preparatorios de Navidad, por relación con el nacimiento y por consideración a la cuaresma: la liturgia romana, el miércoles de témporas de Adviento; la ambrosiana, el IV domingo de dicho tiempo, y la hispánica, el dieciocho de diciembre (X Concilio de Toledo, 656).
   Alternó y después se complementó con una centrada ya en la concepción de Jesús, que se fija el veinticinco de marzo, una vez que se había extendido desde Roma la fiesta del veinticinco de diciembre de la Natividad del Señor, unida, por tanto, al recuerdo  festivo de la Anunciación de María (nueve meses antes), cuyo nombre recibe, llegando a oscurecerse las celebraciones de otras fechas.
   Aparte de su correlación con la Navidad, no olvidemos que coincide con el equinoccio de primavera, que se vinculaba con la creación del mundo y del hombre, y por tanto adquiere una gran carga simbólica, al celebrarse la concepción de Cristo, el Nuevo Adán, el hombre de la Nueva Creación. Posteriormente se añadió también la conmemoración de la muerte de Cristo.
   Sin ninguna duda, se celebraba, tanto en Oriente como en Occidente, en el siglo VII, y documentamos la fecha del veinticinco de marzo en el Chronicon Paschale de Alejandría del 624, que la titula Anunciación de la Madre de Dios, y en un decreto del Concilio Quinisexto Trulano (Constantinopla, 692), que ordenaba se celebrase aunque cayera en cuaresma. 
   El Papa Sergio I (+701) la incluye entre las cuatro fiestas marianas en las que debía organizarse procesión; la de ésta fiesta cayó en desuso en la Baja Edad Media. Ya aparece en el Sacramentario Gelasiano y en el Gregoriano (siglo VIII).
   Originariamente del Señor, adquirió en Occidente un marcado tinte mariano, pero, a diferencia del caso de la Purificación, la figura de la Virgen resplandece con luz propia, porque en el misterio de la Encarnación no se puede prescindir de la Madre. Aunque, como es natural, la glorificación de María es a la par glorificación del Señor.
   En la reforma de 1969 se le ha devuelto su primario tinte cristológico, denominándola Anunciación del Señor, nombre que ya había recibido en los inicios de la fiesta (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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jueves, 11 de marzo de 2021

La Capilla Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede

   Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla Mayor, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   Hoy, 11 de marzo, es el aniversario de la dedicación de la Catedral de Santa María de la Sede, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Capilla Mayor, de la Catedral de  Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla Mayor [nº 002 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], ámbito que no ha sufrido modificaciones en su denominación (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   La capilla mayor está cerrada por tres rejas de hierro doradas del siglo XVI; la frontal fue realizada por Francisco de Salamanca (1529), al igual que los púlpitos (1532); las rejas laterales son de Sancho Muño (1518-1522). El soberbio altar mayor es el más grande de la cristiandad. Se realizó en sucesivas fases a lo largo de casi medio siglo. Comenzó la obra en 1482 el escultor flamenco Pyeter Dancart. A partir de 1497 le sucedió el maestro Marco, también flamenco, hasta 1505. Entre 1507-1508 participó Pedro Millán, y desde ese año dirigió la obra Jorge Fernández Alemán (talla), junto a su hermano Alejo Fernández (policromía), hasta 1529. En este año acaba la primera fase constructiva. En 1550 se inició la segunda fase, añadiéndose dos calles al proyecto original, formando ángulo recto con el frente del retablo. Intervinieron los escultores Roque Balduque, Juan Bautista Vázquez el Viejo y Pedro Heredia, culminándose la obra en 1564. El retablo está formado por 44 relieves, con más de 200 figuras de santos en las pilastras. Sobre un dosel aparece una viga con una Piedad flanqueada por un apostolado, obra de Jorge Fernández. Corona el conjunto un calvario gótico del siglo XIV, cuyo crucificado es conocido como el Cristo del Millón. Preside el retablo la imagen de la Virgen de la Sede, titular de la Catedral, escultura de madera revestida de plata que data de la segunda mitad del siglo XIII. Sobre el altar hay un tabernáculo de plata dorada, con sorprendentes columnas salomónicas, una obra del orfebre Francisco Alfaro (1596) autor también de los atriles de plata de los laterales (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
   Conozcamos la Capilla Mayor a través de sus arquitectos:
Alonso Rodríguez (1496-1513)
   Ya dijimos que en 1496 fue convocado por el Cabildo de Sevilla en dos ocasiones, «para que viniera a platicar con Ximón». Rodríguez era arquitecto del Puerto de Santa María, en donde dirigía la construcción de la iglesia prioral. En ese mismo año figura como Maestro Mayor junto con Juan de Hoces, que falleció entonces. Su salario era de 10.000 maravedís. En 1503 se le gratificaba con un cahiz de trigo «por los muchos y buenos reparos que ha fecho y fase a la fábrica cada día». Al año siguiente, en agosto, se cerraba la bóveda de la Capilla Mayor. Resulta extraño, sin embargo, que habiendo dado el Cabildo en varias ocasiones muestras de satisfacción por la labor que realizaba, a fines de 1504 se hacían gestiones para traer un arquitecto de Barcelona. Probablemente se debe para colaborar en las tareas de reparación del templo, que quedó muy malparado por el te­rremoto de 5 de abril de ese año. Fue de la misma intensidad del llamado de Andalucía y Lisboa de 1755, habiéndose catalogado así mismo de intensidad 8 en la escala Mercalli modificada. Aunque no se indica quien era ese arquitecto, que no llegó a venir, tal vez fue Font, el cual había presentado un informe sobre la ruina de la Seo de Zaragoza en  1498.
   Paralelamente a estos acontecimientos, el cardenal Diego Hurtado de Mendoza había tenido la iniciativa de ampliar la Capilla de la Virgen de la Antigua. Tras su fallecimiento en 1502, las obras continuaron para concluirse en 1504. Hasta que Domenico Fancelli la­bró el sepulcro en 1508, sus restos estuvieron depositados delante de la Virgen. Al mismo tiempo que se ultimaba la catedral de Sevilla, Alonso Rodríguez dirigió la construcción de otros edificios diocesanos. Entre 1505 y 1506 intervenía en las iglesias de Santa María de Carmona y de Santiago en Alcalá de Guadaira; templos que presentan muchos rasgos en común con la catedral.
   Decidido el Cabildo, por junta de 13 de julio de 1506 acabar la fábrica, invirtió en ella más de mil ducados de oro, lo que permitió cerrar el cimborrio el sábado 10 de octubre de ese año. La ceremonia de colocación de la última piedra tuvo lugar entre las once y las doce de la mañana. En ella intervinieron además del Deán y el Cabildo, don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia y don Fadrique Enríquez, primer marqués de Tarifa. El cimborrio estaba revestido de azulejos vidriados, verdes y blancos, realizados por Niculoso Pisano y decorado con esculturas de barro cocido de Pedro Millán, Juan Pérez y Jorge Fernández, entre otros. En su policromía destacaba los colores azul y blanco. Entre el repertorio iconográfico se hallaba la Cena y los Profetas.
   Rodríguez sintiéndose enfermo había hecho testamento meses antes de estrenarse el cimborrio. En prueba de gratitud y en vista de su precario estado de salud, el Cabildo le concedió una sepultura en el Patio de los Naranjos. Sin embargo debió recuperarse pronto, porque su actividad se desarrolló hasta 1513.
   En Cabildo de 1 de febrero de 1507 «mandaron sus merçedes dar al maestro mayor cyen duquados y esto por el trabajo que ovo en fasar las cyllas del coro e en acabar la iglesia".
   La construcción del cimborrio le dio notoriedad a Alonso Rodríguez, que fue llamado desde distintos puntos del país e incluso de América. El Cabildo de Canarias lo solicitó en 1507, pero no pudo ir, por hallarse en malas condiciones dos pilares de la catedral, seguramente los que arruinaron el cimborrio poco después. En enero de 1508 fue a Ayamonte, para reconocer cierta obra del conde de aquella ciudad. Tres meses después estaba en Portugal, para traer personalmente muestras de jaspe de Setúbal, para solar la catedral. Al año siguiente informaba sobre el estado del Puente Zuazo, en la Isla de León. El mismo año fue llamado por el conde de Tendilla, para que reconociese las obras de la Capilla Real de Granada. También fue comisionado, por Real Cédula, para ir a Salamanca a elegir el terreno en que debía construirse la catedral y hacer las trazas. Estas no se presentaron hasta el 10 de mayo de 1510, firmadas conjuntamente con Antón Egas. El 13 de junio de ese año, dice Llagu­no que embarcó con unos canteros en la nao Santiago, con destino a Santo Domingo, para construir una serie de obras, como consta en la escritura que había firmado ante Alonso de Medina el 25 de mayo. A pesar de ello no fue a América, puesto que al día siguiente de la fecha señalada, se le pagó cierta cantidad por haber estado en Toledo y siguió residiendo en Sevilla. En este año se labraron varios antepechos o andenes, concretamente los de los extremos del crucero y el que se halla sobre la puerta de la Capilla de los Reyes.
   Pronto una desgracia acaeció en la catedral, la caída del cimborrio, que tuvo lugar el 28 de diciembre de 1511. Había cedido uno de los pilares que sostienen los arcos torales, arruinando las bóvedas del crucero y coro. A partir de ese momento se eclipsa la figura de este Maestro Mayor, que fue despedido al año siguiente.
   Sin embargo, cuando en 1513 fue nombrado Maestro Mayor Juan Gil de Hontañón, se volvió a nombrar a Rodríguez, como conocedor del edificio, pero limitando sus funciones. Se conoce un interesantísimo informe que dio este arquitecto sobre cómo debía restaurarse el templo, que debe datar poco después del 29 de agosto de 1513, cuando se incorporó de nuevo al cargo. Además de reflejar de forma muy pormenoriza­da sobre el estado en que se hallaba el edificio, describe los diversos tipos de pilares y sus sistema constructivo, aparte de facilitar muchas noticias sobre la construcción de la iglesia. El informe está relacionado con el que días antes había presentado conjuntamente Juan de Badajoz, Juan Gil y Juan de Álava. El edificio presentaba un aspecto ruinoso tras el terremoto de 1504.
   El año anterior Rodríguez había estado en Aragón, tal vez para reconocer la Seo de Zaragoza, cuyo cim­borrio se había arruinado. Aunque sólo consta que presentaron un informe Enrique Egas, Juan Font, Mosén Carlos de Montearagón y Compte, en el que emitió Alonso Rodríguez en 1513 hace alusión a que estuvo por tierras aragonesas. En este año debió fallecer. Mientras se reconstruía el cimborrio y se seguía trabajando en el Retablo Mayor, las funciones religiosas se hacían en la Capilla de Maracaibo, que se halla ubicada en el segundo tramo de la Epístola, comenzando por los pies. En el «Parecer y relación» de Alonso Rodríguez, al referirse a este tramo dice: «va desde la capilla de los Cataños (San Antonio) hasta la capilla donde agora está el altar mayor».
Juan Gil de Hontañón (1513-1519) 
   Es uno de los arquitectos más activos del gótico tar­dío. Su obra se halla documentada entre 1500 y 1526, año en que falleció. En septiembre de 1512 fue nom­brado Maestro Mayor de la Catedral de Salamanca. En ese mismo año, por orden del Rey fue a Granada para ver y tasar la Capilla Real. Al año siguiente estando en esa ciudad fue convocado para reconocer la catedral de Sevilla, junto con Juan de Badajoz y Juan de Álava, llegando a Sevilla el 17 de agosto. Diez días después en el Cabildo: «... hablaron particularmente con Juan de Badajoz, Juan Gil e Juan Alaua, maestros mayores de cantería sobre la obra de la capilla mayor de la dicha santa iglesia y alliende de tres traças que hiçieron para la dicha capilla dexaron por escripto su parescer cerca del remedio de toda la iglesia e demás desto dixeron que toda la iglesia e pilares de ella estauan muy seguros, no cargando sobre ellos más de lo que agora tienen ...». Dos días más tarde el Cabil­do decidió que uno de estos tres maestros se quedase al frente de las obras de la catedral junto con Alonso Rodríguez: «Que stando solo el dicho Alonso Rodríguez que no haga cosa alguna fuera de la traça que para la dicha capilla le dezare el maestro que se tomase de los susodichos ...». Aún se quiso traer a un tercer arquitecto, Pedro de Tuesta, que no llegó a venir. El nombramiento de Juan Gil tuvo lugar el 12 de septiembre. Residía en la calle de las Escobas, que corres­ponde a la actual Álvarez Quintero, en el tramo próximo a Chicarreros.
   En Cabildo de 7 de diciembre de 1513 se hace constar «que los aparejadores e otros maestros auian errado cierta parte de una capilla e que la ¿derruequen? para la tornar a hacer e todo a costa de la Fábrica». Aunque Gestoso al copiar esta cita dice que ignora cual fue, debe tratarse de la capilla que posteriormente sería del obispo de Scala, ya que en el «Parecer» de Alonso Rodríguez al ir describiendo cómo se hallaba el edificio, al llegar al segundo tramo dice así: «lten ay otra quebradura en la segunda nave colateral que comiença desde la capilla que agora está caida y llega hasta la postrimer nave de la puerta del Perdón".
   Una de las primeras tareas que acometió Juan Gil fue el cierre de la bóveda central del crucero y colaterales, cuyas trazas fueron presentadas en Cabildo de 20 de marzo de 1514. Gil contó con el asesora­miento de Enrique Egas y Juan de Álava, quienes vinieron nuevamente a Sevilla en este verano. A fines de noviembre de 1514, el Cabildo Catedral reunido en el palacio arzobispal con el prelado, decidieron, en vista de la ruina del cimborrio y dada la falta de solidez de los pilares, que ese tramo del crucero se cubriese de carpintería. Estuvieron de acuerdo en que no se debería escatimar esfuerzos para traer los mejores maestros, a fin de que la obra fuese lo más suntuosa. Días después, el 4 de diciembre, fueron llama­dos cuatro maestros de albañilería y carpintería de Sevilla, para que diesen su parecer. Mientras tanto, iban cerrándose las demás bóvedas afectadas. La primera fue la del Coro, ejecutada por el aparejador Gon­zalo de Rozas en marzo de 1515. Juan Gil que se ausentaba con frecuencia para dirigir las obras de la catedral de Salamanca, fue mandado llamar el 2 de junio. Así mismo se hizo venir de nuevo a Enrique Egas y Juan de Álava, quienes descartaron el proyecto del prelado y del Cabildo, recomendando que se ejecu­tase el proyecto de Juan Gil. El Cabildo ante la escasez de maestros que había en el país decidió buscarlo en Italia, concretamente en Roma, Florencia y Milán, así como por Flandes y Colonia.
   El 16 de julio de 1515 mandó el Cabildo «que se derruequen las paredes del coro e que se fagan las capillas que stavan de la manera que solían star e mejores sy se pudiere». Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, no se construyeron en la misma época. Las del lado de la Epístola (Inmaculada y Encamación) son góticas, mientras que las del lado del Evangelio (Virgen de la Estrella y San Gregorio) son renacentistas. Las primeras se hicieron en tiempos de Juan Gil, y las otras fueron diseñadas por Diego de Riaño en 1523. En Cabildo de 3 de marzo de 1516 se creó una comisión para que se pusiera en contacto con el Aparejador Gonzalo de Rozas, con el fin de que «provean en la piedra para fazer el trascoro e capillas que fueron derrocadas, para que se fagam". Consta que a lo largo de 1517 se libraron varias partidas por traer alabastros de Tortosa. Las dos capillas del lado de la Epístola debieron estar ultimadas en 1518, ya que en Cabildo de 9 de marzo «mandaron que no se labre más alabastro de lo que fuere nesçesario para acabar las capillas que están començadas dello».
   En el periodo en que Juan Gil estuvo al frente de las obras en la catedral hubo gran actividad constructora en diversos frentes. En Cabildo de 14 de marzo de 1515 se decidió gratificar al aparejador Gonzalo de Rozas y al cantero Diego de Ojebar «en recompensa de lo que ha trabajado en la capilla que agora se cerré sobre el choro de las sillas». En Cabildo de 12 de octubre de ese año se alude a la capilla que construye el arzobispo Fr. Diego de Deza. Se trata de la Capilla de San Pedro, colateral de la Capilla Real, lado del Evangelio. En ese año se seguía cerrando bó­vedas del crucero.
   De gran actividad para la catedral va a ser el año 1517. Además de que se sigue la construcción de las capillas de los Alabastros, se soló la bóveda de la capilla del cardenal Cervantes. Se empezaron a hacer las rejas de la Capilla Mayor y Coro. Así mismo enviaron a Génova por mármoles blancos y negros para solar el tramo comprendido entre ambos, y las escalinatas. Pero lo más importante fue, sin duda el cerramiento de la bóveda central del crucero, lo que tuvo lugar a fines de ese año, percibiendo Juan Gil cien ducados de gratificación. Entonces se mandó hacer las vidrieras del cimborrio a Juan Jacques; las ventanas habían sido proyectadas por el Aparejador Gonzalo de Rozas. El fue quien llevó a cabo la ampliación de la Capilla Mayor para albergar al nueve retablo y la Sacristía Alta, lo que tuvo lugar en 1511.
   En el período en que fue Maestro Mayor Juan Gil debieron hacerse los marcos arquitectónicos de los altares que se hallan en los brazos del crucero, los de 1a Concepción y de la Piedad, en el lado Sur, y los de la Asunción y Ntra. Sra. de Belén en el lado Norte, además del que cobija a la Virgen del Pilar. Según Loays, esta capilla había sido fundada en 1509 por Francisco Pinelo, Jurado y primer Factor de la Casa de la Contratación. La de la Concepción se le dio al Protonotario Micer García de Gibraleón. En Cabildo de 14 de septiembre de 1515 consta que se le consta que se le concedió «el enterramiento que pide, que es el altar que está cabe la capilla de Nuestra Señora del Antigua, saliendo por la puerta que va al  Alcázar, a  mano  derecha». Según de la Asunción tuvo por primer patrono al Jurado Nicolás Martín Durango, quien fundó una capellanía en 9 de septiembre de 1516. Todos estos altares tienen en común el mismo tipo de apilastrado que les enmarca, así como el mismo esquema decorativo de su coronamiento. Tienen un evidente paralelismo con las puertas de Palos y Campanillas.
   Al hallarse con frecuencia ausente Juan Gil, el Cabildo en sesión de 14 de junio de 1518 le conminó a residir en Sevilla o que dejara su salario. El 13 de sep­tiembre, en vista de que no venía, le rescindió el sueldo. Sin embargo el Maestro Mayor se hallaba de nuevo en Sevilla, cuando tal vez debió acontecer un terremoto no recogido en las crónicas locales, pero que afectó a los pilares, bóvedas y algunas capillas, como la de San Francisco. Al año siguiente, aunque el Cabildo intentó que residiese en Sevilla, dejando sus obligaciones, para atender particularmente a las obras del Retablo Mayor, no volvió más, porque iba a iniciar la construcción de las capillas hornacinas de la catedral de Salamanca.
   Ya que en repetidas ocasiones lo hemos citado, me­rece la pena subrayar la personalidad del Aparejador Gonzalo de Rozas, quien desempeñó  su oficio desde 1507 hasta 1524. En la bibliografía tradicional aparece indistintamente citado Rosas, Rojas y Rozas. Debe tenerse presente que si Gonçalo se transcribe como Gonzalo y çumárraga como Zumárraga, Roças -que es como se le cita en la documentación- debe transcribir­se como Rozas.
   No sabemos nada de su origen, pero dado que gene­ralmente los canteros son oriundos de la Montaña, su apellido debe ser un topónimo, que tal vez proceda de un lugar del mismo nombre, del Ayuntamiento del Valle del Soba, partido judicial de Ramales, en Cantabria.
   La primera noticia biográfica que conocemos de él data del 19 de junio de 1506, figurando en el testamento de Alonso Rodríguez, quien pone en una de las cláusulas: «Nombro o dexo por mis albaceas al señor canónigo Pedro Pinelo e a Gornçalo de Roças, cantero, mi criado». Al año siguiente fue nombrado Aparejador, según consta en el Libro de Cargo y Descargo de 1507. En tal oficio desplegó una gran actividad, dada las circunstancias que concurrieron en la catedral, como la caída del cimborrio. Además desempeñó en funciones la dirección de las obras, en ausencia del Maestro Mayor Juan Gil.
   Para constatar la participación personal de Rozas en la mayor parte de las obras, queda constancia docu­mental de que intervino cerrando las bóvedas del crucero y Coro, trabajó en las capillas de los Alabastros y en la ampliación de la Capilla Mayor. No sólo ejecutó los proyectos del Maestro Mayor, sino que él también proyectó. El 28 de abril de 1518 los miembros del Ca­bildo mandaron «que se faga una ventana de la manera que vino debuxada de Rroxas, con un mármol. en medio para el çimborrio e para las vedrieras». Durante los años 1519 y 1520, actuando en funciones de Maestro Mayor, por estar vacante la plaza, se hizo la decoración escultórica de las portadas de la Adoración de los Reyes (Palos), la de la Entrada en Jerusalén (Campanillas) y la de la Puerta del Perdón. Todas fueron realizadas por el maestre Miguel, que debe ser Florentín y no Perrín.
   Las bóvedas del Coro, Capilla Mayor y las tres centrales del crucero determinan una organización cruciforme, siendo su diseño diferente. La de la Capilla Mayor es de terceletes y fue diseñada por Alonso Rodríguez en 1504. Las otras cuatro son estrelladas, con caprichosos dibujos. La del Coro se realizó en 1515 y las del cruce­ro en 1517. Fueron delineadas por Juan Gil de Hontañón y ejecutadas por el Aparejador Gonzalo de Rojas. Tras la caída del cimborrio en 1511 y pensarse construir este tramo de madera, Juan Gil construyó el actual coronamiento muy rebajado, aligerando sus muretes por medio de ventanas. Su bóveda es de nervios an­grelados, del mismo tipo que Hans de Colonia diseñó para la Capilla de la Visitación de la catedral de Burgos. Una vez más el modelo sevillano creó escuela, empleándose esta solución en la iglesia de San Miguel, de Jerez. Resulta muy elegante la decoración de las cuatro bóvedas diseñadas por Juan Gil. Chueca dice que ponen en la masa pétrea de la catedral una nota de tan extremado primor, que no hay metáfora que tanto le cuadre como el decir que son encajes de punti­llas. En estas bóvedas del crucero los festones horizontales de los nervios lo invaden todo, semejando un bordado. Estamos en un momento en que la decoración se deja guiar por la magnificencia de las telas y ropajes, cargados de pedrería, que nos han transmitido las esculturas funerarias de entonces, sobre todo las de Gil de Siloé en la Cartuja de Miraflores, de Burgos. El cru­cero de Sevilla, sigue diciendo Chueca, parece un trozo de hopalanda del infante don Alfonso o de don Miguel de Padilla.

   En los muretes del cimborrio se abren tres ventanas en cada frente, a modo de tríptico. Se hallan a distinto nivel, siguiendo la curvatura del arco toral y están flanqueadas por dos parejas de Apóstoles, de barro cocido, que fueron realizadas por Miguel Florentín. Cada ventana tiene su correspondiente parteluz. En Cabildo de 28 de abril de 1518 «mandaron que se faga una ventana de manera que vino debuxada de Rraças, con su mármol en medio para el çimborrio e para las vedrieras». Las dimensiones del vano central es de 2 ,75 m. de alto por 1,70 de ancho. Los laterales miden 2 por 1,25 (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
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