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miércoles, 12 de agosto de 2026

Un paseo por la calle Gravina

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Gravina, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 12 de agosto, es el aniversario del nacimiento (12 de agosto de 1756) de Federico Carlos Gravina, Capitán General de la Armada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Gravina, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Gravina es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo, y va de la confluencia de las calles Alfonso XII, Antonio Salado, y plaza de la Puerta Real, a la confluencia de las calles San Pablo, Zaragoza, y Puerta de Triana.
     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos.
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Se llamó en lo antiguo Cantarranas. Con esta denominación aparece ya en un docu­mento municipal de 1408 y en sucesivos padrones del s. XV. El origen de ese nombre es, sin embargo, incierto, si bien muy indicativo del lugar. González de León lo atribuye al espacio pantanoso por el que discu­rría la calle, un lugar lleno de ranas situado junto a la muralla de poniente. Pero varios siglos antes Juan Mal Lara, en su Recibimiento que hizo la muy noble y leal ciudad de Sevilla a la C.R.M. del Rey Don Phelipe N.S., había escrito que la calle se llamaba así "por unos caños y husillos que tiene por donde se limpia la ciudad", llamados al parecer "cantarranas". El topónimo se man­tuvo hasta la segunda mitad del s. XIX, en que se sustituyó por el actual, en memoria del almirante español Federico Carlos Gravina (1756-1806), muerto tras la batalla de Trafalgar. Esa rotulación se decidió muy probablemente en 1868, pues aparece en la pla­nimetría de finales de siglo. No obstante, es posible que en un principio se mantuvieran los dos topónimos: Cantarranas hasta el cruce con San Pedro Mártir, y Gravina para el resto de la calle, hasta San Pablo. Así parece deducirse de un plano de 1870, aunque no hay otra documentación que lo confirme. En 1935 se acordó ampliar el nombre a Almirante Gravina, acuerdo que fue pronto revocado para volver de nuevo a la simple for­mulación del apellido. Santiago Montoto la designa también con el nombre de Comendador.
     Es una calle larga y estrecha, que discu­rre rectilínea hasta las proximidades de Pe­dro del Toro, donde empieza a describir una ligera curvatura que vuelve a acentuarse a partir de San Pedro Mártir. Está cruzada por Pedro del Toro y Canalejas. Por la derecha desemboca en ella Doctor Jesús Vida (antigua Aguiar), y por la izquierda San Pedro Mártir. Lo que en el pasado ha definido urbanísticamente a esta vía ha sido el hecho de discurrir siguiendo la línea de la muralla, paralela a ésta y entre las puertas Real y de Triana. Por eso servía y sirve de apoyo a muchas de sus viviendas. A juzgar por las numerosas alineaciones que se suceden en el tiempo, y muy específicamente desde 1847 en adelante, debía ser un espa­cio más estrecho y sinuoso de lo que hoy es. No existían, además, ni la calle Doctor Jesús Vida (antigua Aguiar), abierta a raíz de la creación del mercado de la Puerta Real, ni la parte final de Pedro del Toro, abierta según un proyecto de 1889. Si la línea de muralla marcaba la fisonomía urbanística de Gravina, su ambiente estaba en gran medida condicionado por la existencia en ella de uno de los más grandes husillos de la ciudad, pues la calle, por su proximidad al río y a la muralla, estaba siem­pre amenazada por las avenidas e incluso por las aguas de lluvias, que formaban lagunas e infectaban el aire de malos olores. Desde el s. XVI y hasta finales del XIX se suceden las quejas y peticiones de los vecinos para que se proceda una y otra vez a la limpieza del gran husillo, situado en las inmediaciones de la Puerta de Triana. Y cada vez que la ciudad se inundaba con las crecidas del río, esta calle era siempre de las más afectadas. En la de 1684 "el agua del husillo de la Laguna llegaba hasta la mitad de la calle de la Mar y se juntaba en el husillo de Cantarranas y llegaba cerca de la plaza de la Magdalena, inundaba las calles de San Pedro Mártir y de Pedro del Toro, y se juntaba con el husillo de la Puerta Real..." (Sec. 11, t. 20. núm. 3). Con frecuencia el Ayunta­miento ha de proveer de lanchas a los vecinos, y son numerosísimas las informaciones de prensa que todavía en la segunda mitad del XIX denuncian la insalubridad y malos olores de las charcas y lagunas formadas en la calle. Ese mismo estado propició ya desde el mismo s. XV continuas peticiones y proyectos de empedrado, que se suceden repetidamente. En 1629 los vecinos solicitan una vez más que se empiedre "pues está desempedrada y cuando llueve no puede pasar ni el Santísimo ni las mujeres a oír misa". En cambio en 1858 un periódico local la pone como modelo de empedrado en "disposi­ción circular". Se adoquina en 1910. En los años 70 se cubre de asfalto, y en los 80 se adoquina el tramo entre Alfonso XII y Pedro del Toro. Posee aceras de losetas y se ilumi­na con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. En algunos puntos hay naranjos plantados en alcorques. La tipología de su caserío es variada, aunque abun­dan las casas de principios de siglo, con patio, cancela, cierros a la calle y tres plantas, alternando con otras de escalera y varios edificios de moderna construcción. Es especialmente interesante la núm. 31, de dos plantas, con bella portada compuesta por pilastras toscanas y patio con galerías en ambos pisos. En ella vivió y murió el erudito José Gestoso, y hoy tiene allí su sede la Compañía de Electricidad del Condado.
     Cumple Gravina una función marcada­mente residencial, aunque abundan los establecimientos hoteleros, como es frecuente en toda la zona próxima a la desaparecida estación de Plaza de Armas. Algunos de ellos ubicados en casas tradicionales sevillanas, responden a la tipología del hotel característico de la ciudad, con mobiliario en el patio y habitaciones situadas en las galerías circundantes. Hasta hace unos años Gravina se significaba también por la abundancia de consultas médicas, ya notablemente reducidas a raíz del desarrollo de los barrios residenciales periféricos. En el núm.86 hay uno de los pocos "sex-shop" de Sevilla. Dos de sus casas han sido ocupadas por el grupo religioso del Palmar de Troya. En Gravina tuvo probablemente su taller el impresor del s. XVI Juan Pérez. A mediados del XIX poseía allí una escuela o academia la Sociedad Económica de Amigos del País. Por los mis­mos años existió un picadero en el que se celebraban bailes, carreras de cintas y corridas de becerros. En 1871 tuvo su sede la Sociedad Francesa de Beneficencia de Sevilla, fundada ese mismo año "para favorecer con los beneficios de la caridad a los franceses" que se hallaban en la ciudad. Y en Gravina vivió un "enigmático" ser del que habla -para nosotros misteriosamente- Álvarez- Benavides en su Práctico... "En la casa núm. 43 nació el día 14 de enero del año 1821 un Hombre notabilísimo por el gran cúmulo de adversidades y desgracia que siempre le rodearon, sin embargo de su honradez y extraordinaria laboriosidad. De todos su afanes, trabajos y desvelos, sacó por resultado lo que el negro del sermón" (p. 118) Del "barrio de Cantarranas" se hizo eco Tirso de Molina en El burlador de Sevilla y convidado de piedra, con este diálogo entre Don Juan y el marqués de la Mota:
"El barrio de Cantarranas,
¿tiene buena población?
Ranas las más dellas son" 
[Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Gravina, 29
. Casa de dos plantas, con portada compuesta por pilastras toscanas superpuestas y entablamento con friso de triglifos y metopas. En el interior, patio con galerías en ambas plantas (Derribada).
Gravina, 52. Casa de dos plantas y un ático con vanos de medio punto separados por pilastras.
Gravina, 59. Casa de tres plantas con fachada di­vidida en calles por pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Federico Carlos Gravina y Nápoli, personaje que da nombre a la vía reseñada;
     Federico Carlos Gravina y Napoli, (Palermo, Italia, 12 de agosto de 1756 – Cádiz, 9 de marzo de 1806). Capitán general de la Real Armada, embajador, caballero de la Orden de Santiago.
     Nació en el seno de una familia de la alta nobleza; su padre fue Juan Gravina y Moncada, duque de San Miguel, y su madre, Leonor Napoli y Monteaporto.
     Esta familia prestó grandes servicios a la Monarquía hispánica. En 1759, cuando Federico contaba tres años de edad, su padre acompañó al futuro Carlos III, entonces rey de Nápoles, en el viaje que le llevó a tomar posesión del trono de España. Una vez separados los tronos de España y Nápoles, la familia Gravina solicitó del Rey mantener la nacionalidad española, solicitud que les fue concedida.
     Transcurrió la juventud de Federico Gravina, hasta los diecinueve años, forjando su educación en el colegio Clementino de Roma, bajo la tutela del reverendo padre Antonmaria di Lugo. El colegio Clementino fue instituido por el papa Clemente VIII para la educación de niños nobles de todas las naciones de Europa.
     Su padre solicitó al Rey, a través de su tío el embajador príncipe Raffaele, duque de Santa Elisabetta, que le fuera concedido a su hijo Federico Gravina y Napoli el ingreso en la Real Armada, solicitud que fue aceptada, sentando plaza de guardia marina el 18 de diciembre de 1775.
     El 15 de diciembre de 1775 llegó Federico a la ciudad de Cádiz y, tras la instalación en la casa que su padre le había preparado en la plazuela de Santiago partió a presentarse al capitán general del departamento Andrés Reggio, antiguo amigo de su padre, y a continuación, siguiendo el protocolo, se presentó al jefe de escuadra Francisco Winthuysen, capitán de la Compañía de Guardias Marinas, al que hizo entrega de la carta-orden en la que se leía: “El Rey ha concedido plaza de Guardia Marina a D. Federico Gravina, hijo del Duque de San Miguel, Grande de España de primera clase; y manda Su Majestad que presentándose en ese departamento, se le admita en la Compañía [...]”. Así comenzó, con íntima satisfacción para Federico, un 18 de diciembre de 1775, su vida como guardia marina.
     En su afán de embarcar cuanto antes, pidió se le examinara inmediatamente de las materias preceptivas para ello. Reunido el tribunal fue examinado de Matemáticas, Geografía y Cosmografía, materias que superó sobradamente, quedándole Maniobra.
     Un año más tarde, en 1776, superada la asignatura de Maniobra fue ascendido a alférez de fragata y embarcó en la fragata Santa Clara, que formaba parte de una escuadra de seis navíos y quince fragatas mandada por el marqués de Casa-Tilly, y partió el 13 de noviembre hacia América a defender los territorios españoles en disputa con Portugal. Llegó la escuadra a la isla Santa Catalina, disponiéndose al asalto y conquista de su fuerte defendido por portugueses e ingleses.
     Conquistada la isla, tuvo Federico su primera actuación de campaña al recibir la orden de ir a intimar la rendición del castillo de la Asunción, único que seguía con la bandera portuguesa izada; consiguió su rendición ese mismo día.
     Continuó la escuadra su rumbo, fondeando el 27 de febrero de 1777 en la embocadura del río de la Plata. La fragata Santa Clara, inmersa en una tempestad y arrastrada por las corrientes, varó en el denominado “banco del inglés”; este naufragio costó la vida de gran parte de la dotación y puso a prueba el valor y la sangre fría de Gravina. Ya en Montevideo y recuperado del grave percance, embarcó en el navío San Dámaso a bordo del cual inició en abril de 1778 el regreso a España. Llegados a Cádiz se encontró con el ascenso a alférez de navío.
     Su nuevo destino le llevó al departamento de Cartagena, donde embarcó en el jabeque Pilar, al mando del teniente de navío Enrique Mac Donell, que componían un grupo con el Gamo y el Catalán, conocidos como los jabeques de Barceló y que estaban al mando de Juan de Araoz. Eran éstos unos barcos ligeros de unos doce a dieciocho cañones, con tres palos provistos de velas latinas, que cruzaban continuamente el Mediterráneo en escuadrillas persiguiendo a los piratas argelinos que traían en jaque a toda la costa del levante español.
     Su primera misión, embarcado en los jabeques, fue la salida del grupo para impedir el paso por el estrecho de Gibraltar a cuatro bajeles corsarios a los que consiguieron echar a pique después de duro combate.
     En mayo de 1779, España firmó con Francia un tratado ofensivo y defensivo que obligó a Carlos III a declarar la guerra a Inglaterra con la esperanza de reconquistar Gibraltar y Menorca. A finales de 1779 se inició el bloqueo de Gibraltar y en este escenario apareció Federico Gravina, ya de teniente de fragata, al mando accidental, por enfermedad de su comandante, del jabeque San Luis. Fue comisionado por Barceló para salir a la mar interponiéndose a fragatas corsarias inglesas que tenían como misión el aprovisionamiento de la plaza sitiada. Su brillante comportamiento en tal acción, haciendo presas a buques de mayor porte que el suyo, le valió el ascenso a teniente de navío y el mando superior del Apostadero de la bahía de Algeciras (1780).
     A principio de 1781 se aprestaron en Cádiz fuerzas navales hispano-francesas formando una escuadra compuesta por treinta navíos españoles, veintidós franceses y un gran número de transportes con más de nueve mil hombres, al mando del general español Buenaventura Moreno y del almirante francés Berton Balbe de Quiers, duque de Crillón. Como componente de esta gran escuadra estaba el jabeque San Luis, al mando de Federico Gravina, quien se distinguió en la toma del fuerte de San Felipe y fue el encargado de llevar a la Península la noticia de la rendición de Mahón.
     Terminada la campaña y vuelta la soberanía de Menorca a la Corona española, Federico Gravina fue ascendido a capitán de fragata, volviendo con el San Luis al Apostadero de Algeciras.
     Terminada la campaña de Menorca, todas las miradas se volvieron hacia Gibraltar, que seguía bloqueada desde hacía años, sin que dicho bloqueo surtiese efectos positivos, por lo que se decidió un asalto conjunto por tierra y mar. Para ello se utilizaron las baterías flotantes, artefactos de guerra, diseñados por el ingeniero francés D’Arzón, basados en grandes naves reforzadas con doble cubierta y un plano inclinado formado por planchas de hierro, de forma que rodaran al mar cuantas bombas cayesen sobre ellas. Los costados estaban reforzados con sacos de lona metidos entre corcho y todo rodeado por tuberías interiores por las que circulaba agua impulsada por bombas, manteniendo así la madera siempre húmeda; todo ello las hacía, a juicio de su autor, insumergibles y resistentes a todo tipo de bombas, incluidas las temibles balas rojas. Su armamento se componía de veintidós cañones a una sola banda y a la otra el peso se compensaba con lingotes de plomo. Estaba compuesta esta escuadrilla de baterías flotantes por: Pastora, Talla Piedra, Paula primera, Rosario, San Cristóbal, Príncipe Carlos, San Juan, Paula segunda, Santa Ana y Los Dolores. Federico Gravina tenía el mando de la batería flotante San Cristóbal.
     El 13 de septiembre de 1782 comenzó el bombardeo por las baterías flotantes y pronto se puso de manifiesto el gran fracaso del diseño de estas plataformas.
     Al caer la noche se incendió la Talla Piedra, que estaba al mando del príncipe de Nassau; poco más tarde la Pastora, desde la que mantenía la dirección el teniente general Buenaventura Moreno; y así todas las demás, incluida la San Cristóbal, al mando de Gravina, el cual hizo desesperados esfuerzos por contener el fuego, pero, al no conseguirlo, hubieron de abandonarla, siendo Gravina el último en hacerlo. A los pocos minutos se produjo una gran explosión que hace volar a la San Cristóbal.
     Pasado este triste episodio, el capitán de fragata Federico Gravina pidió el embarque en la escuadra del general Luis de Córdoba, ruego que le fue concedido y embarcó en el navío Trinidad, buque insignia de la escuadra.
     La Escuadra del general Luis de Córdoba se enfrentó con la del almirante inglés Howe, la cual, compuesta de treinta y cuatro navíos, seis fragatas y treinta y un transportes, acudía con el propósito de introducir víveres, pertrechos y mil seiscientos combatientes en la plaza de Gibraltar. Una gran tempestad hizo que ambas escuadras se dispersaran, y no se pudieran entablar combates por lo que no pudo la escuadra española impedir la llegada de los refuerzos. Federico Gravina desembarcó del navío Trinidad y tomó de nuevo el mando del jabeque San Luis, con el que continuó manteniendo el bloqueo a Gibraltar.
     El 3 de septiembre de 1783 se firmó el tratado de paz entre España e Inglaterra, cesando el bloqueo de Gibraltar, plaza que no se había conseguido reintegrar al territorio nacional, motivo principal de toda la campaña.
     Federico Gravina fue ascendido a finales de este año a capitán de navío y se le trasladó a Cartagena para mandar la fragata Juno, que formaba parte de la escuadra del general Barceló y en la que efectuó una campaña contra el rey de Argel, con objeto de combatir la piratería, hasta que se firmó la paz con Argel en el año 1786.
     Terminada esta campaña, Federico solicitó una licencia de seis meses a cumplimentar en Madrid. Ya en esta ciudad fue recibido en audiencia por Carlos III, conoció al entonces ministro de Marina, Antonio Valdés, y a Manuel Godoy, por entonces secretario de la princesa de Asturias. Añoraba Federico su regreso a la mar, cuando le llegó la propuesta de Antonio Valdés de regresar a la vida activa como capitán de bandera de Juan de Lángara en la escuadra de evoluciones, oferta que aceptó en el acto.
     El 9 de abril de 1787 se incorporó en Cádiz a su escuadrilla, encontrándose con sus compañeros, Francisco de Borja, jefe de las unidades de Cartagena, Gabriel de Aristizábal de las de Ferrol y de las de Cádiz, además de la dirección de la campaña, Juan de Lángara; a él le tocó el mando de la fragata Santa Rosa, que era el buque insignia.
     Terminadas las maniobras y adiestramientos que preveía la campaña, todas las fragatas se desarmaron excepto la Santa Rosa, al mando de Gravina, que recibió la orden de trasladar al embajador turco Yussuf Effendi a Constantinopla.
     En febrero de 1788 partió Gravina de Cádiz rumbo a Constantinopla, adonde arribaron el 12 de mayo de 1788. Durante la estancia en aquella bella ciudad, Gravina y su dotación se dedicaron a efectuar observaciones astronómicas para formar nuevas cartas y modificar las antiguas. De regreso y a la altura del golfo de Adalia, se les presentó un brote de cólera, lo que obligó al Gravina a permanecer en cuarentena en aguas de Malta.
     Terminada la cuarentena, reanudaron su viaje a España, llegando a Cádiz, donde se encontró con la Real Orden de trasladarse a Madrid. Una vez en Madrid, acompañado por el ministro Valdés, entregó a Carlos III las memorias del viaje tituladas por Gravina como Descripción de Constantinopla escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por don Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país. Vivió por aquella época Gravina en Madrid importantes acontecimientos: la muerte, el 14 de diciembre de 1788, de Carlos III y la proclamación el 17 de enero de 1789, del nuevo rey Carlos IV.
     Ascendido a brigadier, recibió Federico Gravina el mando de la fragata Paz y se le encomendó la misión de llevar a Cartagena de Indias al, nombrado por Su Majestad, virrey Joaquín Cañaveral.
     En el año 1790, España se encontraba envuelta en un grave incidente con Inglaterra cuando ésta intentó apropiarse de la isla de Nutka, al norte de California.
     Se formó una escuadra a las órdenes del marqués del Socorro y en ella Gravina ostentó el mando del navío San Francisco de Paula; alcanzado un acuerdo con Inglaterra, la escuadra no llegó a intervenir.
     El año 1790, dos terremotos asolaron la ciudad de Orán, produciendo más de dos mil muertos. Los moros, al mando del bey de Mascara, Mohamed el Kebir, aprovechando la debilidad y desconcierto en la plaza, la sitiaron con más de diez mil hombres. Enterado de ello el rey don Carlos, ordenó se dispusieran de inmediato contingentes de tropas de desembarco y navales para acudir en ayuda de la plaza. El mando de estas fuerzas, por orden de Su Majestad, le fue dado a Federico Gravina.
     El 28 de junio de 1791 desembarcó Gravina con sus fuerzas, después de duros combates exitosos gracias a la pericia de Gravina; el bey de Mascara hubo de desistir, retirando el asedio. Gravina retiró sus fuerzas a Mazalquivir, donde fueron embarcadas rumbo a España.
     El Rey premió los relevantes servicios de Gravina en esta campaña ascendiéndolo a jefe de escuadra.
     Por Real Orden de 24 de junio de 1792 Gravina fue comisionado a recorrer los arsenales de las potencias marítimas del norte al objeto de adquirir los suficientes conocimientos para llevar a cabo una profunda modernización de los arsenales españoles.
     Los acontecimientos en Francia se precipitaron gravemente cayendo la Monarquía y proclamándose la República; las monarquías europeas se propusieron ayudar a la recientemente derrocada Monarquía francesa, y el Reino Unido declaró la guerra a Francia.
     Todos estos acontecimientos sorprendieron a Gravina en Inglaterra visitando el arsenal de Portsmouth, teniendo que regresar urgentemente a España a principios de 1793.
     El 7 de marzo de 1793 la Convención de Francia declaró la guerra a España por el apoyo que ésta había dado a Luis XVI. España se alió con el Reino Unido en esta guerra.
     A Gravina se le dio el mando de cuatro navíos con la misión de pasar al Mediterráneo y unirse a la Escuadra de Juan de Lángara. Ésta, reforzada con las unidades al mando de Gravina, se unieron a la Escuadra del almirante inglés Hood, para todos juntos acudir en ayuda de la plaza de Tolón. Entre las batallas sostenidas con los republicanos franceses cabe destacar la dirigida por Gravina contra el fuerte de la Masque y las alturas de Mont Faron. Gravina dispuso atacar en tres columnas: el ala izquierda mandada por lord Mugrave, con los británicos; en el centro, Gravina con españoles y napolitanos, y en el ala derecha, el conde del Puerto con fuerzas combinadas. En este combate, en el que las fuerzas republicanas fueron rechazadas, Gravina fue gravemente herido en su pierna derecha y por tal motivo el ministro Valdés le escribía diciendo: “El Rey, a quien le dije, como siempre, el estado de la salud de usted, me dijo que por que se curaba usted con cirujano francés, que no haga usted caso de ellos, y se ponga en manos de los nuestros [...], los Reyes me han encargado que diga a usted que no se precipite en andar antes de tiempo [...].” Por su heroico comportamiento, Gravina fue ascendido a teniente general, concediéndosele el mando de todas las tropas en Tolón. Para notificarle tales hechos el ministro Valdés le escribió diciendo: “Amigo Gravina: no le quedara a vm. La menor duda de que miro a su honor con preferencia a todo, pues aunque no debía creer quedaba desairado en no mandar las tropas de tierra siendo General de Marina, y habiendo obtenido esta comisión por un accidente, para desvanecer todo escrúpulo, no solo queda a sus ordenes mi mismo hermano, sino que el Rey le ha hecho Teniente General, y ha mandado se publique en la Gaceta la carta de los toloneses que le hacen a vm. tanto honor. Y resta ahora que vm. se restablezca de su herida para disfrutar sin quebranto aquellas satisfacciones, y que usted confiese para la mía que no tiene la menor duda en la estimación con que le trata y aprecia su verdadero amigo. Valdés”.
     El destino como gobernador de la plaza del general inglés O’Hara, hombre de difícil trato, enfrió las relaciones con los mandos españoles y en especial con Gravina, que seguía convaleciente de su herida. Las tropas francesas fueron imponiéndose progresivamente hasta que consiguieron la toma de las alturas de Mont Faron, lo que dejaba a las escuadras que estaban en el puerto en gran peligro, ello motivó que se decidiese la evacuación. Gravina se preocupó de mantener la retaguardia, siendo los últimos en salir de la plaza. Nombrado Lángara para otro destino, quedó Gravina al mando de la Escuadra y hubo de defender Rosas de los ataques franceses, hasta que el 22 de julio de 1795 se firmase la paz de Basilea.
     Nuevos rumbos en la política llevaron a España a firmar el tratado de San Ildefonso el 18 de agosto de 1796, y de nuevo se vio España involucrada en la guerra europea, esta vez aliada de Francia contra Inglaterra.
     Se encontraba el teniente general Federico Gravina en Cádiz al frente como 2.º de la Escuadra del Océano mandada por José de Mazarredo, cuando la escuadra inglesa, al mando de Nelson, intentó forzar el puerto y destruir la ciudad. Los ataques más intensos se llevaron a cabo los primeros días de julio de 1797; consiguió Gravina rechazar al enemigo, al que obligó a retirarse.
     En 1801 se firmó la paz entre Francia e Inglaterra y por el Tratado de Amiens, y como resultado de esta paz, se devolvió Menorca a España y se quedó con Olivenza, pero esta paz fue efímera y se rompió en 1803.
     El 8 de julio de 1804, Federico Gravina presentó sus cartas credenciales, como embajador de España, al emperador Napoleón. No fue éste un cargo que gustase a Gravina, más hombre de armas que político, pero su espíritu de servicio al Rey le llevó a desempeñarlo lo mejor posible, dentro de las dificultades del momento. Se volcó en intentar mantener la neutralidad de España en el reinicio de la guerra entre Francia e Inglaterra y luchó por mejorar los costes que suponían dicha neutralidad para España (6.000.000 de reales). Un hecho vino a ensombrecer esta lucha de Gravina por mantener la neutralidad; cuatro fragatas españolas procedente de América con caudales fueron capturadas por los ingleses sin que hubiese ninguna intención por parte de España en romper la neutralidad. Este incidente dio lugar a que Carlos IV declarase la guerra a Inglaterra, hecho que gustó mucho al emperador francés, que veía en España un posible aliado. Las negociaciones de dicha alianza fueron duras entre el ministro de Marina francés Decrés y el embajador español Gravina. El Emperador exigía de España: ocho navíos de línea, con seis meses de víveres y cuatro de aguada, cuatro fragatas y diez mil hombres en el departamento de Ferrol; quince navíos en el departamento de Cádiz y seis en el de Cartagena, todo listo antes de abril. Ni que decir, lo que esto suponía para una España que estaba viviendo un período de escasez y pobreza extremos. A cambio, Napoleón garantizaba a España la integridad de su territorio y la restitución de las colonias que pudieran conquistarse a los ingleses. Como puede verse, las compensaciones de Napoleón no pasaban de puras promesas difíciles de cumplir. Gravina, para salvar su responsabilidad ante tal tratado, consiguió incluir la siguiente cláusula: “Los treinta navíos que se piden podrán estar listos para la época designada; mas creo que no será posible reunir las tripulaciones necesarias para el dicho armamento, y que será todavía más difícil fabricar los seis millones de raciones que son necesarias para seis meses de campaña, y así lo he demostrado con mayor amplitud en mi nota y en todas mis conferencias”.
     Gravina dejó la embajada en París y regresó a Cádiz al mando de la Escuadra (1805), se le unió la Escuadra francesa al mando del almirante Villeneuve y ambas Escuadras, a las órdenes de este último, partieron rumbo a la Martinica. Esta campaña, además de defender las colonias del acoso de los ingleses, tenía como misión fundamental distraer la atención de Nelson y apartarlo de Inglaterra; en efecto, Nelson salió a la búsqueda de ambas Escuadras, mas cruzó el océano sin conseguirlo.
     De regreso, la Escuadra combinada a Europa, a la altura del cabo Finisterre, Gravina pudo ver una división británica al mando del almirante Calder. Rápidamente dio la orden de iniciar el combate y su navío insignia, el Argonauta, se lanzó contra el buque del almirante Calder. Cuando la batalla estaba inclinada del lado aliado, Villeneuve dio por terminada la acción, ocasión que aprovecharon los ingleses para llevarse prisioneros a los buques españoles El Firme y el San Rafael. Esta acción desagradó profundamente a Gravina, que lo puso en conocimiento de sus superiores.
     Como desagravio, recibió grandes elogios del emperador Napoleón: “Gravina —decía en carta fechada el 11 de agosto de 1805— es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa”. Terminada esta campaña, Gravina y Villeneuve regresaron de mutuo acuerdo con sus Escuadras a Cádiz.
     El 8 de octubre de 1805, el almirante Villeneuve convocó Consejo de Guerra a bordo del Bucentaure, con el objeto de decidir la conveniencia o no de salir a enfrentarse con la escuadra inglesa al mando del almirante Nelson. A este Consejo asistió por parte española el comandante general de la escuadra Federico Gravina; su 2.º, el teniente general Ignacio María de Álava; los jefes de escuadra Antonio de Escaño y Baltasar Hidalgo de Cisneros; los brigadieres capitanes de navío Rafael de Horce, Enrique Mac-Donnell y Dionisio Alcalá Galiano. Del Consejo, después de duras discusiones con la parte francesa y sin acuerdo, se decidió votar, saliendo como resultado “el no salir y permanecer fondeados esperando el momento más favorable, teniendo por tal aquel en que los enemigos dividiesen sus fuerzas para la protección de sus expediciones y de su comercio en el Mediterráneo”.
     A pesar de la opinión contraria a la salida, expresada por los jefes españoles, y la propia de Gravina, Villeneuve, presionado por asuntos particulares, “tenía conocimiento que su relevo, como jefe de la Escuadra combinada franco-hispana, por el Vicealmirante frances Rosily-Mesros, estaba en camino”, forzó dicha salida, dividiendo la fuerza de la siguiente forma: una escuadra de batalla y una escuadra de reserva. La escuadra de reserva estaba al mando de Gravina. Nelson disponía de una escuadra más entrenada, con más experiencia, con más permanencia en la mar, con menos unidades pero mejor dotadas y con mejor artillería.
     El 21 de octubre de 1805 se encontraron ambas Armadas frente a frente y comenzó el combate de Trafalgar, que sumió a España en un gran vacío de poder naval durante mucho tiempo.
     Herido seriamente Gravina en su brazo izquierdo, siguió combatiendo, a bordo de su navío, Príncipe de Asturias, hasta que perdió el conocimiento como consecuencia de la pérdida de sangre. Trasladado a Cádiz, convaleció de la herida sometido a dolorosas curas sin que su estado mejorase, todo lo contrario, su salud se iba debilitando y consciente de ello se preparó para entregar su alma a Dios. Su párroco el cura Pedro Gómez Bueno intentó darle ánimos, a lo que Federico contestó: “Yo estoy sumamente tranquilo y conforme con la voluntad de Dios en mi interior. No me es sensible dejar este mundo; deseo morir como buen cristiano: sólo temo la presencia del Divino Juez que me ha de sentenciar en muriendo”.
     El 9 de mayo de 1806 murió Federico Gravina y Napoli en su casa de Cádiz; sus restos mortales fueron depositados en la iglesia del Carmen. En 1854 los restos fueron trasladados al Panteón de Marinos Ilustres.
     El año 1869 el Gobierno dispuso su traslado al Panteón Nacional de Hombres Ilustres y, por tal motivo, los restos fueron exhumados del Panteón, tributándosele honores de capitán general con mando en plaza, y posteriormente trasladados en tren a Madrid, donde permanecieron depositados en la basílica de Nuestra Señora de Atocha, hasta que desde el 28 de abril de 1883, durante el reinado de Alfonso XII, reposan definitivamente en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando (Cádiz) (Manuel Benítez Martín, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Gravina, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Gravina, al detalle:
Edificio c/ Gravina, 9. Azulejo conmemorativo a Gertrudis Gómez de Avellaneda
Edificio c/ Gravina, 29
Edificio c/ Gravina, 31. Azulejo conmemorativo a José Gestoso
Edificio c/ Gravina, 52
Edificio c/ Gravina, 59

lunes, 27 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
      La calle Gravina, bautizada así en recuerdo del héroe de Trafalgar, se llamaba anteriormente Cantarranas, por las numerosas char­cas, husillos y lagunas que había a lo largo de la calle hasta que fue empedrada en el siglo XVII. La vía discurre paralela a la mura­lla entre la Puerta de Triana y la Puerta Real, apoyándose en ella las casas de los números pares, como se ha comprobado con cada nueva construcción que debe dejar expedita la cerca islámica. Sin embargo, con anterioridad, la calle discurría sin ninguna salida extramuros hasta la apertura del tramo final de la calle Canalejas en 1926, tras el derribo de un lienzo de muralla, al igual que había ocurrido con las calles Pedro del Toro y el pasaje de Aguiar, en torno a 1889. En nuestro paseo merece la pena una breve parada ante la casa n.º 31, donde un panel de azulejos nos recuerda que allí vivió el historiador José Gestoso (1852-1917), figura imprescindible en el estudio de la cerámica sevillana, como quiso mostrarnos en el propio zaguán de su casa, lamentablemente cerrada y con cierto aspecto de abandono.
     La Puerta Real, también conocida como puerta de Goles, se ubica en la vía que desde el poniente permitía acceder a la ciudad romana, una de cuyas puertas podría estar situada en el área actual de la Campana, donde en el año 2014 la investigación arqueológica dató una estructura de sillares que podrían corresponder a la propia muralla de Híspalis o a instalaciones portuarias asociadas al paleocauce del Guadalquivir. Por otro lado, las fuentes musulma­nas no mencionan la puerta de Goles, aunque algunos autores opinan que podría tratarse de la Bab al-Muaddin citada en las fuentes. A partir del siglo XIII las fuentes documentales recogen el topónimo de Goles, término que la historiografía tradicional relaciona con una deformación del nombre de Hércules o de los gules de la heráldica, aunque hoy en día se considera que el término podría aludir a una alquería cercana con ese topónimo.
     La puerta se localizaba al final de la antigua calle de Armas, hoy de Alfonso XII (en su confluencia con la calle San Laureano), y comunicaba la ciudad con el área del Arenal aguas arriba del puente de barcas y el arrabal de los Humeros. Un elemento característico de esta puerta era su escasa utilidad defensiva, ya que en sus afueras se fue consolidando un potente muladar, un pequeño montículo formado por los aportes sucesivos de las riadas y la acumulación de basuras, que hizo necesaria la construcción de un potente muro de contención que protegiese el camino exte­rior de la puerta. Sobre dicho montículo se fue formando el arrabal de los Humeros, llamado así por la presencia de pescadores dedica­dos a la salazón y ahumado de pescado, espacio en el que Hernando Colón edificó su casa en torno a 1526, cuando se estableció definitivamente en Sevilla, y donde reunió la extensa biblioteca que legó a la catedral de Sevilla al morir. Tras su muerte en 1539, la casa y las huertas pasaron por diversas manos hasta que los Mercedarios Calzados se hicieron con la propiedad y labraron el Colegio de San Laureano (1604-1835), para lo cual se demolió gran parte del antiguo palacio, muy debilitado por las últimas inundaciones y la inestabilidad del muladar sobre el que se asentaba. Del edificio mercedario aún se conservan diversos sectores del mismo, como su iglesia, donde tuvo su sede la Hermandad del Santo Entierro hasta la desamortización, cuando el edificio se transformó en cuartel de Intendencia y se labró la fachada actual. Posteriormente, en el siglo XX el viejo edificio pasó a acoger en torno al patio otros usos que aún recordamos, como talleres, almacenes y bares de copas, que dieron paso más tarde a un conjunto residencial, mientras que la antigua iglesia ha sido restaurada por el Ayuntamiento para su uso como equipamiento público.
     Como podemos observar en la imagen, en el plano de Olavide se advierte un muro paralelo a la muralla frente a la puerta y acodado a ella, del cual aún se conserva el tramo perpendicular a la misma, y que serviría de contención de las frecuentes riadas que asolaban el arrabal. Asimismo, la documentación menciona en este área de la muralla la presencia de huecos abiertos en la cerca para esquivar la vigilancia fiscal presente en las puertas de la ciudad.
     La antigua puerta de la cerca islámica fue reformada en varias ocasiones antes de ser sustituida en 1565 por el nuevo diseño renacentista de Hernán Ruiz II. Esta puerta, más ancha y sin recodo, constaba de un arco de medio punto, flanqueado por dos capillas en su interior, la de la Virgen de las Mercedes, devoción que aún se mantiene, y la de San Antonio de Padua. Estaba coronada por un frontón triangular con el escudo de la ciudad y cuatro grandes esferas pétreas.
     A partir de 1570, se la denominó Puerta Real, con motivo de la entrada del rey Felipe II por dicho acceso, al sustituir el cabildo sevillano la puerta de la Macarena, entrada habitual de los monarcas hasta ese momento, por esta otra que había sido reformada recien­temente. Para la ocasión, el humanista Juan de Mal Lara planificó un complejo programa de actividades coincidente con la presen­cia de la Flota de Indias en el Arenal, por lo que se hizo entrar la comitiva real por el río para acceder desde esta puerta a la calle de Armas y continuar por la plaza del Duque de Medina Sidonia, calle de las Sierpes, plaza de San Francisco, Alcaicería de la Seda y desde la Catedral alcanzar los palacios del Real Alcázar.
     Al pie del antiguo Colegio de San Laureano, el Ayuntamiento colocó en 2008 una lápida para recordar el fusilamiento en el cercano campo de Marte (actual plaza de Armas) de 82 jóvenes liberales levantados contra el Gobierno de Narváez en 1857, un lamentable ejercicio represor contra el que no pudo hacer nada el entonces alcalde de Sevilla, Miguel de Carvajal y Mendieta, quien, según la leyenda, lloró de impotencia sentado en el sillar que desde entonces es conocido como la «piedra llorosa».
     La puerta fue derribada en 1865 para facilitar la conexión de la ciudad, a través de la calle de Armas, con la nueva estación de ferrocarril en la plaza de Armas, el antiguo campo de Marte, un espacio donde las milicias venían realizando sus ejercicios de armas hasta que en 1858 tuvieron que trasladarse al prado de Santa Justa con la llegada del transporte ferroviario. En la plaza de la Puerta Real hay un paño de azulejos que recrea la antigua puerta, de la que se conserva un lienzo de la muralla islámica con una lápida conme­morativa que recuerda la reforma de 1565.
Calle Goles
     La vía discurre casi en paralelo a la muralla de la ciudad, de la que se conserva parcialmente un lienzo que podemos contemplar al ini­cio de la calle tras el templo de San Laureano, en el encuentro con la calle Barca. Es interesante observar desde este punto las diferencias de cota a uno y otro lado de la muralla del sector por las razones comentadas anteriormente, quedando el arrabal de los Humeros a mayor altura respecto a la calle Goles.
     Esta calle no tuvo ninguna apertura al exterior hasta el siglo XIX, cuando la muralla fue demolida para dar paso a la instalación de las vías del ferrocarril en la actual calle Torneo y se abrieron las conexiones con esta vía de las calles Baños, Pascual de Gayangos e Imaginero Castillo Lastrucci, además del pasaje entre Goles y la calle Luis Rey Romero, anteriormente extramuros en el arrabal de los Humeros.
     En la zona de los pares, extramuros, se ubicaría la huerta del humanista Hernando Colón, visible aún en el plano de Olavide, donde se mantuvo hasta comienzos del siglo pasado el zapote traído de América en el siglo XVI. En esta vía es interesante la casa n.º 30, de Juan Talavera, y la n.º 43, del arquitecto Gómez Millán, 1911-13, donde se ubicaba el garaje Laverán, el cual alberga actualmente un depósito de piezas arqueológicas de propiedad municipal. Más adelante, en el n.º 54, se observa un moderno bloque de viviendas que incorpora en su fachada restos de la Fundición Metalúrgica Orta Balbontín, un recuerdo de la gran actividad industrial que tuvo este área hasta bien entrado el siglo XX.
     Salimos por la calle Imaginero Castillo Lastrucci hacia la calle Torneo.
     Esta amplia avenida recibió este nombre en el siglo XIX, aludiendo a una leyenda que hablaba de un torneo en este área en el que habría participado Guzmán el Bueno. Inicialmente, esta calle abarcaba el amplio espacio extramuros entre la puerta Real y la puerta de la Barqueta, recibiendo el topónimo de cada puerta cercana.
     Todo este sector de la muralla fue el más castigado por la acción destructora de las avenidas del Guadalquivir desde los inicios del entramado defensivo, por lo que fue reconstruido en numerosas ocasiones, dotándosele de torres de sección semicircular que ofrecían mayor resistencia a la acción erosiva. En el ámbito extramuros se había construido un arrecife para defender esta parte de la ciudad de las numerosas crecidas del río Guadalquivir, que dañaban especialmente esta zona y en la que vertían numerosos husillos procedentes del interior de la ciudad. Desde la conquista castellana de la ciudad este área mostró una bajísima densidad demográfica y un escaso valor residencial, de ahí la temprana presencia de aquellas actividades especialmente molestas por su pestilencia, tales como las curtidurías o tenerías y las sayalerías, que las ordenanzas municipales ordenaban se ubicasen en áreas alejadas y semivacías del interior amurallado. Más tarde, en el siglo XIX, se ubicó en esta zona la fundición metalúrgica de Narciso Bonaplata en el desamortizado convento de San Antonio, aprovechando los amplios espacios conventuales y el idóneo carácter alejado para una actividad industrial contaminante, ventajas a la que se sumaría en unos años la cercanía del trazado ferroviario una vez derribada la muralla.
     Anteriormente, los monjes franciscanos del convento de San Antonio de Padua, fundado en el siglo XVII, habían abierto en la muralla de la ciudad un postigo para su uso exclusivo, que les per­mitía acceder desde sus huertas hacia la ribera del río Guadalquivir, el postigo de San Antonio mencionado en algunas fuentes.
     El llamado portillo de San Juan, diminutivo que ya nos indica su importancia menor en la ciudad, recibía su nombre del cercano compás de la Encomienda de San Juan de Acre, de la Orden de Malta (jurisdicción desaparecida en 1837 como ya comentamos en un capítulo anterior), aunque también se la conocía como de la Grúa, o del Ingenio, por el que existía en las orillas del río para ayudar a la carga y descarga de las barcazas que transitaban entre el puente de barcas y Córdoba. Además de este tráfico, durante la Edad Media este área también acogió el de las pequeñas embarcacio­nes que podían superar el puente de barcas por la sección levadiza de sus extremos, hasta que una normativa de los Reyes Católicos exigió el traslado definitivo al Arenal de toda actividad portuaria, causado en gran parte por las dificultades que presentaba el curso fluvial para la navegación aguas arriba del puente, a lo que también se sumó el traslado de la Aduana desde este espacio al Arenal en el siglo XVI. Por otro lado, en este espacio intramuros también se encontraba el convento de Santiago de la Espada, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, actualmente colegio religioso de las Mercedarias, así como la ermita de la Virgen de la Estrella.
     Las fuentes islámicas no mencionan esta puerta, que debía de ser del tipo torre-puerta, similar a la que aún tenemos en la puerta de Córdoba, aunque su aspecto fue modificándose con las sucesi­vas reformas, entre las que sobresalen las realizadas en 1758, una auténtica reconstrucción del conjunto amurallado de este sector, en estado ruinoso a causa de los embates del Guadalquivir. La puerta se encontraría en el espacio de la actual calle Pérez de Garayo, como han documentado las excavaciones realizadas por Fernando Amores en 1995 y como se advierte en los planos del área que levantó la antigua Cía. de Ferrocarriles MZA para levan­tar la línea Sevilla-Córdoba, que fue la responsable del derribo de esta puerta y de los lienzos de muralla adyacentes. No obstante, años antes del derribo de la muralla, un fotógrafo anónimo consiguió recoger en su cámara un documento excepcional del área, ya que documenta el último estado de la muralla con su almenado, y tras ella la fundición de Narciso Bonaplata, el templo de Santiago de la Espada, el husillo real, el monasterio de San Clemente y el Patín de las Damas en la puerta de la Barqueta, reflejados sobre el Guadalquivir, como podemos advertir en la imagen.
     La puerta fue demolida en 1863 y ya la prensa del momento reco­gía que el espacio exterior era un área de baños fluviales, por lo que hubo que establecer turnos horarios y "cajones" para el baño separado de ambos sexos, como venía ocurriendo en otros espacios del río a su paso por Sevilla. Más allá, en el n.º 26 de la calle actual, Aníbal González diseñó el edificio para la fábrica de mol­duras y espejos, La Moldurera, entre 1908 y 1910, en cuya parte trasera se instaló la fábrica de fósforos de Enrique Ramírez, y que actualmente acoge la sede del Instituto Andaluz de Administración Pública.
     A continuación, llegamos a la calle Lumbreras, llamada así por los registros de la cloaca que discurría bajo la calle para desaguar la Alameda, la cual vertía al río en el llamado Husillo Real, cuyos últimos vestigios fueron lamentablemente demolidos cuando se realizaron obras en la conexión de esta vía con la calle Torneo en 1991, en el contexto de las obras para la Exposición Universal de 1992. En este punto se observa el trazado de la antigua muralla sobre el acerado actual, como resultado de la preceptiva intervención arqueológica en el solar vecino, la cual permitió documentar las obras de defensa de la ciudad frente a las frecuentes crecidas del río, como, por ejemplo, la estructura semicircular adosada a la muralla en torno al siglo XVI y que podemos advertir en el plano de Olavide. Cerca de este punto se encuentra la calle Arte de la Seda, urbanizada en el s. XVI sobre una serie de huertas pertenecientes al cenobio cisterciense de San Clemente, que nos recuerda la presencia de este gremio en el compás viejo del monasterio, donde se labro un hospital bajo la advocación del santo cuya festividad recuerda la conquista de Sevilla por las tropas de Fernando III el 23 de noviembre de 1248.
     En nuestro paseo debemos intuir la muralla bajo el acerado de la calle Torneo, hasta llegar a la puerta de la Barqueta, una vez superados los muros traseros del monasterio de San Clemente.
     El primer topónimo conocido para esta puerta es el de Bibarragel, procedente del término árabe Bab al-Ragwal, que alude al camino que conducía hasta Qalat Ragwal, la actual Alcalá del Río. Sin embargo, a partir del siglo XIV las fuentes la mencionan también como puerta de la Almenilla, que al parecer de los cronistas aludía a la torre albarrana junto a la puerta y a la almena que coronaba la puerta, utilizada para medir la altura de las frecuentes avenidas del Guadalquivir. Posteriormente, también adopta el nombre popular de la Barqueta, por la barca que cruzaba el río hacia el camino de Santiponce, en un punto donde también se ubicaba un vado practicable. La puerta se ubicaría aproximadamente donde hoy se encuentra la isleta central del tráfico frente al puente Mapfre o de la Barqueta.
     Algunos autores opinan que la puerta islámica formaría parte de un complejo sistema de fortificaciones que pretendía asegurar la defensa de la ciudad en su ángulo noroccidental, el menos poblado en el momento, el cual estaría formado por una alcazaba de origen abbadí, cuyos restos se han localizado bajo el monasterio de San Clemente, y una torre albarrana asociada a su correspon­diente coracha, levantada por el poder almohade a comienzos del siglo XIII, en el contexto de reforzamiento de las defensas urbanas ante los avances castellanos, similar al complejo de Atarazanas y torre del Oro.
     Sin embargo, el principal peligro de este área fortificada eran los embates de las crecidas fluviales en la curva que allí formaba el río, por lo que la muralla urbana debía impedir el paso de las ave­nidas hacia el interior de la ciudad por la actual calle Calatrava (por la orden militar que ocupó el solar de la actual parroquia de Belén), por donde discurría el paleocauce del Guadalquivir hasta la Alta Edad Media. En este sentido, una vez consolidado el cauce actual y abandonado el antiguo, se originó la laguna de la Alameda cuyas aguas discurrían por diversos husillos por Amor de Dios, Campana, Sierpes, y Plaza Nueva hasta la laguna de la Mancebía, y desde allí buscaban el cauce principal del río. Esta agresiva actividad fluvial provocó desde la Edad Media las constantes reformas de la muralla, que a duras penas soportaron el fuerte empuje de las aguas, especialmente tras la dura inundación de 1626, que obligó a construir un nuevo muro interior en la plaza de Vibarragel, maci­zándose la superficie entre este, la puerta de la Almenilla y la torre del Gallinote del muro medieval. Se formó así un terraplén elevado sobre el que se dispuso una explanada almenada que funcionaba como un espacio de paseo y esparcimiento con vistas al río, conocido como el patín de las Damas o también el Blanquillo, cuyas huellas se han marcado sobre el pavimento en el inicio de la calle Resolana, junto al parque de los Perdigones.
     Este conjunto fortificado tuvo que ser reforzado nuevamente en numerosas ocasiones, como ocurrió en 1773, cuando el Cabildo ordenó la construcción de una serie de diques y malecones frente al río, desde el llamado husillo del Taco, aguas arriba de la Barqueta junto al lavadero de lanas, hasta el arrabal de los Humeros, con el objetivo de evitar que la fuerza de las aguas erosionasen la orilla y socavaran la muralla. Para ello hubo que demoler la torre del Gallinote, proa de la muralla, y se construyó una potente explanada exterior y una escalinata que bajaba hacia el embarcadero. Se formó así un paseo extramuros que recibió el nombre de paseo de las Delicias, hasta que este topónimo pasó a ser utilizado en el nuevo paseo ordenado por el asistente Arjona al sur de la puerta de Jerez. Este primer paseo de las Delicias será el que vendría a ser ocupado en el proyecto ferroviario de la Compañía Ferroviaria M.Z.A. años más tarde, lo cual provocaría la privatización del espacio extramuros hasta los Humeros y el cierre de los pasos hacia el río, que se mantuvo hasta las obras con motivo de la Expo 92. Así pues, como ya comentamos en otro capítulo anterior, la construcción del ferrocarril Sevilla-Córdoba hizo necesaria la demolición del patín de las Damas y de la puerta de la Barqueta en torno a 1858, ordenándose el espacio resultante entre las actuales calles Puerta de la Barqueta, Vib Arragel y Bécquer que encierra una manzana de viviendas, hoy rehabilitada, obra del arquitecto José Espiau y Muñoz de comienzos del XX (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 18 de abril de 2025

La Hermandad del Calvario

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Calvario, de Sevilla.  
     Hoy, 18 de abril, es Viernes Santo. En este día, en que "ha sido inmolada nuestra Víctima Pascual: Cristo (1 Cor 5, 7), lo que por largo tiempo había sido prometido en misteriosa prefiguración se ha cumplido con plena eficacia: el cordero verdadero sustituye a la oveja que lo anunciaba, y con el único sacrificio se termina la diversidad de las víctimas antiguas" (cf. san León Magno).
     En efecto, «esta obra de la Redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada antes por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo, el Señor, la realizó principalmente por el Misterio pascual de su bienaventurada Pasión, Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión. Por este misterio, muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró nuestra vida. Pues del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera» (SC, 5).
     La Iglesia, meditando sobre la Pasión de su Señor y Esposo y adorando la Cruz, conmemora su propio nacimiento y su misión de extender a toda la humanidad sus fecundos efectos, que hoy celebra, dando gracias por tan inefable don, e intercede por la salvación de todo el mundo (CO, 312) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad del Calvario, de Sevilla, que efectúa su estación de penitencia en la Madrugá del Viernes Santo.
     La Hermandad del Calvario, tiene su sede canónica en la Real Parroquia de Santa María Magdalena [nº 16 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 60 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Cristo del Calvario, 2 (aunque la entrada habitual se efectúa por la calle San Pablo, 12); mientras que la Casa de Hermandad se encuentra en la calle Gravina, 82; ambas en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     La Pontificia y Real Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación; es ésta una corporación fundada en 1571 con residencia canónica en la iglesia parroquial de la Magdalena, del sevillano barrio del Museo, siendo sus imágenes titulares el Santísimo Cristo del Calvario, tallado por Francisco de Ocampo en 1612; y Nuestra Señora de la Presentación, obra atribuida a Juan de Astorga, entre 1844 y 1849.
     El escudo oficial de la Hermandad está compuesto por dos óvalos inclinados de forma convergente en sus extremos inferiores, presididos por la tiara y las llaves de San Pedro, símbolos de su título de Pontificia. El óvalo de la derecha, sobre el que descansa el capelo cardenalicio, está dividido por la mitad en dos partes, campeando en la superior las tres cruces del Calvario sobre el monte. La parte inferior se subdivide en dos cuarteles, destacando en blanco sobre fondo rojo en el de la derecha, el anagrama JHS, en letra de palo seco y presidido por la cruz. Bajo el anagrama, también en blanco, figuran los tres clavos que sirvieron para la crucifixión. En el cuartel de la izquierda, sobre fondo azul, destaca el anagrama de María. El óvalo de la izquierda reproduce el escudo completo de España, presidido por la Corona Real. En la convergencia inferior de los óvalos, presenta el escudo una poma alusiva a Santa María Magdalena, titular de la Parroquia en que canónicamente se encuentra establecida la Hermandad. La forma abreviada del escudo está constituida por el óvalo derecho del mismo.
     El origen de la Hermandad del Calvario hay que buscarlo en la antigua hermandad de los mulatos de Sevilla, también conocida como Hermandad de la Presentación de Nuestra Señora. Sevilla, que disfrutaba de un enorme protagonismo económico y político en el último tercio del XVI, convertida por su vinculación americana en puerto y puerta de Indias, disponía de una importante población de mulatos, esclavos y libres, que se concentraba geográficamente en el barrio de San Ildefonso. Este grupo, sobre el que pesaba la marginación racial, social y económica, como expresión de una auténtica conciencia religiosa y, también, como forma de integración social, de emulación y para desenvolverse como colectivo fundó, en 1571, la Hermandad de la Presentación en el Hospital de Nuestra Señora de Belén. Muy poco tiempo después se trasladaría a la parroquia de San Ildefonso donde quedaría establecida su sede definitiva.
     El carácter de la institución era consecuencia de la condición de los individuos que la formaban. Se trataba de una corporación cerrada que solo integraba a mulatos que, por su humildad y desamparo económico, tuvo una difícil economía. La cofradía de la Presentación de Nuestra Señora, cofradía penitencial desde sus orígenes, vivió su etapa de esplendor consiguiendo edificar su capilla, en 1585, contigua a la parroquia. A partir de mediados del XVII el protagonismo económico de la ciudad sufría un franco retroceso sobre todo por el progresivo traslado del tráfico americano a Cádiz y la población sevillana quedaría fuertemente reducida como consecuencia de la gran epidemia de 1649; en consecuencia la cifra de la población mulata no hizo, desde entonces, más que disminuir lo que se constituyó en la causa fundamental de la decadencia de una hermandad cerrada a los blancos.
     En lo que se refiere a las imágenes, la hermandad contó inicialmente con una dolorosa de vestir, la Virgen de la Presentación y un Ecce Homo, a las que se añadió, a finales del XVII, un crucificado que, por su valor artístico, se convertiría en su devoción principal. Sabemos, por otra parte, que la cofradía que salía a la calle en la tarde del Miércoles Santo – aunque también consta que procesionó, de forma ocasional el Jueves Santo – sacaba originalmente dos pasos: el Ecce Homo y la dolorosa de la Presentación bajo palio; a partir de fines del XVII, la cofradía incorporaría un tercer paso con la imagen del crucificado.
     Conforme avanza el XVIII son claros los síntomas de decadencia de la hermandad: disminuye, de forma progresiva, el número de hermanos; aumenta, considerablemente la conflictividad interna y se hace insostenible la situación económica, creciendo, de forma desmesurada la deuda de la corporación con la parroquia de San Ildefonso, perdiendo de forma sucesiva sus bienes, de los que quedarían, tan solo, las imágenes. A mediados del XVIII la hermandad cuenta con un muy reducido número de hermanos, cesando su actividad en el último tercio de dicho siglo. Con el derribo, en 1794, del antiguo templo parroquial desaparece la hermandad de los mulatos cuando lo hace la minoría étnica que la fundó.
     En 1794 se cierra la ruinosa parroquia de San Ildefonso, se traslada el Santísimo a la vecina parroquia de San Nicolás de Bari, ya hacía tiempo que la antigua hermandad de los mulatos había dejado de existir, habiéndose adueñado la fábrica parroquial de todos sus bienes por la cuantiosa deuda de la extinta cofradía. El precipitado desalojo del templo provocó la distribución de altares e imágenes por diversos domicilios de la collación. El crucificado de los mulatos – imagen que hoy conocemos como Cristo del Calvario – fue vendido en 1799, “por no tener donde colocarlo”, a la Santa Escuela de Cristo de la Natividad – cuyo templo se encontraba en la calle de los Encisos – para presidir su nuevo altar.
     Muy pronto comenzó la reconstrucción del nuevo templo parroquial de San Ildefonso y cuando se inauguró, en 1816, se echó en falta la venerada imagen del crucificado, por lo que el párroco, Matías Espinosa, promovió su recuperación, lo que consiguió, después de un enconado pleito, en 1818. Posteriormente el párroco, para satisfacer la demanda de los feligreses que querían tener completo su altar del Calvario, colocó la dolorosa de la Presentación y san Juan junto al crucificado, que comenzarían a recibir frecuentes cultos.
     El movimiento devocional que se produjo en torno de estas imágenes cristalizó finalmente, en 1886, con la reorganización de la antigua hermandad, realizada sobre unas bases sociales y económicas distintas que nada tenían que ver con la antigua cofradía étnica de los mulatos, ahora formada por individuos pertenecientes a grupos sociales intermedios con tendencia al ascenso social. Inicialmente la cofradía saldría a la calle el Miércoles Santo, un solo paso con la representación iconográfica del Calvario para, a partir de 1895, desdoblarlo en dos en los que terminarían apareciendo, de forma aislada, el Cristo del Calvario y, bajo palio, la Virgen de la Presentación. La cofradía se consolidaría finalmente en la Madrugada, a partir de 1899, después de un pleito de precedencia que mantuvo con la Hermandad de la Esperanza de Triana.
     Paulatinamente, la hermandad iba adquiriendo el severo estilo que hoy la caracteriza a lo que también contribuyó el encargo del singular paso de cristo de Francisco Farfán Ramos, en caoba en su color, primero de los de estas características estrenado en Sevilla. En 1908 la hermandad se traslada a la iglesia de San Gregorio donde se forjaría el gran proyecto de reforma del paso de la Virgen de la Presentación, obra de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, estrenado ya en la Semana Santa de 1916, en la que, tras la salida de San Gregorio, la cofradía se dirigió hasta su sede actual en la parroquia de la Magdalena, a donde llegó con los rasgos esenciales de su actual carácter ya configurados.
     La corporación, que se reorganizó en su histórica sede de San Ildefonso en 1886, desarrolló una intensa actividad de transformación, en todos los órdenes – sociales, artísticos y económicos -, llegó a su nueva sede en el antiguo convento dominico de San Pablo con una personalidad y carácter ya definidos constituyendo la nueva etapa, que en la Magdalena se inicia, como la consolidación definitiva de su estilo y el enriquecimiento paulatino de su ya rico patrimonio.
     En estas fechas ya se había consolidado la hermandad como una de las corporaciones penitenciales de la ciudad de más influencia, solera y carácter penitencial, recibiendo sus sagradas imágenes la devoción y el respeto de multitud de hermanos y fieles sevillanos. Los pasos procesionales ya ofrecían, en esencia, su peculiar estilo que los caracteriza, habiéndose estrenado el paso de Farfán Ramos tan sólo siete años antes, habiendo sido el año del traslado a la Magdalena el del estreno del palio de cajón de Juan Manuel Rodríguez Ojeda. A partir de esta fecha la hermandad se concentra en el enriquecimiento de sus pasos, con la contribución de diversas familias, benefactores y bienhechores, lo que se culminaría, de forma definitiva, en la década de los setenta del siglo anterior.
     Si en los difíciles años veinte y treinta la corporación ofreció muestras de su liderazgo y prudencia, el fin de la contienda civil dio paso a una etapa de progresivo crecimiento, en todos los órdenes, lo que culminaría, también en la década de los setenta, con un importante crecimiento en el número de hermanos, produciéndose la paulatina apertura de su núcleo activo, en el que comenzó la participación de una pujante juventud.
     La creación de las escuelas gratuitas, el grupo joven, la cuadrilla de hermanos costaleros, el coro Virgen de la Presentación y la inauguración de la casa de hermandad no son más que distintos hitos en la vida de una institución ya abierta a los diversos grupos que la forman. La celebración del centenario de la reorganización de la hermandad fue la expresión de una corporación viva, abierta y compleja donde la devoción por sus imágenes titulares sigue siendo, hoy, como siempre, el corazón que late en cada uno de los miembros de la hermandad y que la impulsa hacia nuevos destinos, siempre en la conservación de sus más puras y hondas tradiciones, pero abierta a abrazar la actualización de las nuevas corrientes de participación e integración de sus hermanos. Hoy cuenta con más de dos mil hermanos y hermanas y con una estación de penitencia en la que participan más de ochocientos hermanos, además de una pujante actividad, vivo signo de su vigencia y esperanza de futuro (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad del Calvario, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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Página web oficial de la Hermandad del Calvario: www.hermandaddelcalvario.org

La Hermandad del Calvario, al detalle:
    - Sede Canónica: Real Parroquia de Santa María Magdalena
    - Día de Salida Procesional: Madrugá del Viernes Santo
    - Imágenes Titulares:    - Santísimo Cristo del Calvario
                                            - Nuestra Señora de la Presentación