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lunes, 27 de octubre de 2025

El Hotel Las Casas de la Judería

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Hotel Las Casas de la Judería, de Sevilla.    
     El Hotel Las Casas de la Judería se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 5 (aunque también tiene accesos en la barreduela Dos Hermanas, calle Archeros, calle Verde, y calle Sanclemente); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     Traspasar las puertas de este hotel, implica sumergirse en una Sevilla desconocida para muchos. Sus 134 habitaciones, todas diferentes, se entremezclan entre ellas, a través de más de sus 40 patios, jardines, túneles y laberínticas callejuelas interiores. Pasear por el interior del hotel, es volver a vivir lo que fue esta ciudad siglos atrás: Fuentes, estatuas, pedestales, columnas, solerías y un buen conjunto de muebles de la época, ánforas, botijos, antiguas murallas, etc., dan la sensación de estar en un auténtico museo.
     El Hotel Las Casas de la Judería ocupa 27 casas sevillanas de estilo tradicional comunicadas mediante diversos pasadizos y patios. El establecimiento tiene una decoración de estilo clásico y alberga una piscina en la azotea, un spa y varios patios típicos andaluces.
      El Hotel Las Casas de la Judería está ubicado en uno de los barrios de Sevilla que más fielmente conservan la fisonomía de aquella ciudad que, en palabras de Fray Tomás de Mercado, pasó de ser apéndice de Europa a centro del mundo. A ello ha contribuido decisivamente la labor restauradora llevada a cabo por el Sr. Duque de Segorbe durante los últimos 30 años para adaptar a uso hotelero el caserío que se ha ido progresivamente agregando al núcleo originario del hotel, en un proceso que aún no se ha cerrado y que esperamos no completar nunca. Esta tarea rehabilitadora ha perseguido, sin duda, asemejar el confort de las habitaciones que se iban incorporando, pero sin olvidar que el objetivo último, lo que imprimía al Hotel su carácter, era desvelar la ciudad histórica mediante el respeto escrupuloso de la diversidad arquitectónica preexistente. Así, a través de discretas conexiones que respetan la esencia e intimidad de cada espacio, creemos haber logrado fundir, en seductora armonía, arquitectura aristocrática con arquitectura popular.
     Acostumbrados como estamos a describir la ciudad contemporánea mediante sistemas de correspondencias entre distritos de arquitectura homogénea y categorías socioeconómicas, olvidamos que cualquier conjunto histórico, y este de la antigua judería en el que se inscribe nuestro hotel no es una excepción, es la proyección en el espacio de relaciones sociales complejas y cambiantes en el tiempo. Excepto el barrio de Santa Cruz, reinventado a principios del siglo XX como suma de lo que se suponía era la arquitectura típica andaluza, un tipismo que devolvía el reflejo del espejo que ofrecían los viajeros románticos, la trama urbana de la Judería ha conservado las trazas que fue adquiriendo durante los periodos medieval y moderno, e incluso de épocas anteriores, trazas que nos revelan una sociedad que yuxtaponía, en un mismo espacio, jerarquías socioeconómicas y socio-jurídicas con otros marcos de integración social como podían ser el linaje, las clientelas, o las corporaciones, todo ello inserto en una clara dimensión religiosa en el que la vecindad -hoy diríamos ciudadanía- se reservaba a los cristianos, quedando el resto de religiones sujetas a fueros especiales.
     Uno de estos fueros especiales era el de la comunidad judía. La Judería sevillana se situaba al lado del Alcázar sobre una superficie de unas dieciséis hectáreas, segregada del resto de la ciudad mediante una muralla -algunos de cuyos restos se pueden todavía ver en la actual calle Fabiola- que a través de las actuales calles de Mateos Gago, Fabiola, Madre de Dios, San José, Conde de Ibarra, Plaza de las Mercedarias, Vidrio, y Armenta, unía la muralla almohade -que también tenía función de acueducto- con la del Alcázar. No parece que hubiera judíos en la Sevilla que capituló ante las tropas del rey Fernando III en 1248, pero pronto, bajo la protección real, la aljama sevillana se convirtió en la segunda comunidad hebrea del reino, después de la de Toledo, reuniendo unas cuatrocientas familias. Además, en ella vivieron algunos personajes que desbordan la historia local, como los almojarifes (Contadores Mayores) de los reyes de Castilla, Samuel Leví que lo fue del Rey don Pedro, o su sobrino Yuçaf Leví que lo fue del hermanastro de aquél, Enrique II, y que han dado nombre a la actual calle Levíes. Este esplendor va a durar poco más de un siglo, pues, en 1391, el pueblo de Sevilla, enloquecido por la prédica del arcediano de Écija, Ferrán Martínez, asaltó con violencia la judería robando y matando.
     Nunca más recuperaría su esplendor la antigua judería, en ella sólo quedaron algunas pocas familias dispersas que se fueron progresivamente concentrando cerca del Alcázar o incluso en su interior, en el Corral de Jerez, buscando la protección real, o en la calle Verde, al abrigo del poder de los Zúñiga, hasta que el decreto de expulsión de 1483 para el reino de Sevilla y de 1492 para todo el reino de Castilla, arroje, a todos los que no consintieron convertirse, hacia tierras del Imperio Otomano, fundamentalmente Tesalónica y Constantinopla, donde constituirán comunidades que calcan la estructura jurídico-administrativa de las juderías españolas y que aunque utilizan el hebreo como lengua oficial, el castellano medieval domina sin rival en la enseñanza, la justicia, la prédica e incluso en la literatura. En homenaje a este periodo histórico hemos nombrado a la casa marcada en el plano con la letra M, Casa de Mosé Bahari, por ser la única del complejo hotelero de la que conocemos el nombre del judío que la poseyó.
     Sobre este espacio yermo se establecieron las actuales parroquias de Santa María de las Nieves -vulgarmente conocida como la Blanca- San Bartolomé Nuevo y Santa Cruz con el ánimo de repoblarlo con población cristiana. La iglesia de Santa María la Blanca se consagró, ese mismo año de 1391, sobre el solar de la antigua sinagoga que el rey Alfonso X había donado a los judíos en 1253. Surge así el templo actual, con portada gótica y estructura mudéjar, muy reformado, a lo largo de todo el siglo XVII, gracias a las donaciones realizadas por el canónigo don Justino de Neve, -el mismo benefactor del Hospital de los Venerables- con la construcción de las capillas bautismal y sacramental, la reforma de la capilla mayor y la construcción de las bóvedas de las naves decoradas con el programa iconográfico que hoy podernos ver. La misma suerte corrió otra de las sinagogas, hoy templo de San Bartolomé, cuyas trazas actuales se deben al arquitecto José Echamorro que trabajó en ellas a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Entre ambas collaciones de San Bartolomé y Santa María la Blanca se extiende hoy el Hotel Las Casas de la Judería, teniendo como frontera natural que lo separa del Barrio de Santa Cruz, la calle de Santa María la Blanca. Esta calle que fue arteria principal de la judería desemboca en la plaza del mismo nombre, principal centro de sociabilidad de la aljama, por ser su único gran espacio abierto.
     Sevilla, quizás como ninguna otra ciudad española, refleja también en su entramado urbano la Historia de un espacio mucho más vasto al que se incorpora, primero un reino, el de Castilla, que se transforma repentinamente en Imperio a principios del siglo XVI, y, que, a inicios del XIX, apenas puede aspirar a constituirse en nación. Esta ampliación y contracción, de reino a imperio y de imperio a nación, del espacio político en el que Sevilla se insertaba con un papel protagonista va a afectar profundamente, en todos los órdenes, a la sociedad sevillana y, por tanto, a su urbanismo.
     Tras los descubrimientos colombinos, Sevilla se convierte en la metrópoli que une el Viejo y el Nuevo Mundo. Como dato anecdótico, pero significativo de la importancia que tendrá para estas collaciones el nuevo papel de la ciudad, hemos de señalar que los primeros indios que llegan a Europa se albergan en Santa María la Blanca, en alguna de las casas del Duque de Béjar. La ciudad experimenta un doble proceso de crecimiento y de transformación. Crecimiento tanto vertical, mediante la conquista de los antiguos soberados medievales, como horizontal, construyendo arrabales extramuros u ocupando las calles mediante la construcción sobre adarves (barreduelas o callejones sin salida) tan numerosas en la ciudad medieval, - representados y recuperados para el complejo hotelero por los espacios que hemos designado como Patinillos del Adarve, Adarve Perdido y Casa del Pozo Adarve- o atravesándola con soberados "que dicen encubiertas'', en un proceso que ha llevado a considerar a Don Antonio Domínguez Ortiz que este espacio, hoy público, era entonces concebido como una especie de "res nullius" del que todos intentaban apropiarse. Transformación, porque, al abrirse la ciudad al mundo, llegan a ella nuevas formas de concebir los límites que dividen los espacios de sociabilidad pública y privada, lo que conduce a labrar portadas, reformar patios y construir fachadas. Frente a la arquitectura islámica que trata de ocultar a las miradas ajenas la riqueza de la arquitectura interior aparecen ahora -en un ahora que podríamos llevar hasta la actualidad- nuevos modelos que persiguen, muy al contrario, mostrar la condición de su propietario. Es el momento en que el Marqués de Tarifa construye la actual fachada de la Casa de Pilatos, siguiéndole otros muchos, en un proceso en el que la alta nobleza lleva la voz cantante, pero, muchos otros, hacen los coros, lo que hará decir, en 1547, al cronista Pero Mexía "de diez años a esta parte se han hecho más ventanas y rejas que en los treinta años de antes" y a las ordenanzas reiterar, en 1632, una prohibición medieval "No es bien descubrir hombre casa ajena, y por ende, si alguno quisiere fazer en su casa alguna finiestra (ventana) por donde entre la lumbre y cerca de aquellas casas hay otras. [...] debe hacer tamaña finiestra que no saque la cabeza por ella". Todavía en los sobrios muros del Convento Dominico de Madre de Dios, fundado en 1472, y sito en la calle San José, es posible intuir e imaginar el aspecto de la ciudad medieval. Por el contrario, la actual fachada del Palacio de Altamira, superpuesta a la construcción medieval original de los duques de Béjar, aunque reformada, nos permite adivinar el punto de llegada de dicha evolución.
     Este palacio separado de nuestro Hotel por el callejón de Dos Hermanas, tiene su origen en las casas que el rey Enrique III donó al Justicia Mayor de Castilla, Don Diego López de Zúñiga, Señor de Béjar, tras el asalto de la judería en 1391. Sobre dichas casas que podemos imaginar ricas por haber pertenecido a Yuçaf Pichón, uno de los Almojarifes de Enrique II, levantó, Don Diego, una construcción mudéjar, hoy casi oculta por las obras realizadas en los siglos XVII y XVIII, por las reformas introducidas a lo largo del S. XIX para adaptarlo a casa de vecindad y por la desafortunada rehabilitación efectuada por  la Junta de Andalucía para su uso como una de las sedes de la Consejería de Cultura. Este palacio que tuvo un precioso jardín renacentista que sólo conocemos por los planos que se conservan en la sección nobleza del Archivo Nacional, pasó de los Duques de Béjar a una rama segundona de esta Casa, los marqueses de Villamanrique, que a su vez entroncaron en la de Altamira, razón por la cual se conoce bajo este nombre. A este linaje de Zúñiga perteneció también el palacio, marcado en el plano con la letra C y llamado de los Zúñiga en el que hoy se sitúa la recepción del hotel, y el piano bar, denominado, por esta razón, Salón del Marqués de Villamanrique.
     Otro de los linajes cuyo asentamiento en la ciudad se remonta al periodo de la reconquista es el de los Padilla, al que perteneció la zona donde se ubica la Conserjería del Hotel, señalada con la letra L y que, por ello, hemos bautizado respectivamente con los nombres de Palacio, Jardín y Patinillo de los Padilla. Estas grandes Casas, poco numerosas, que se habían enriquecido prestando servicios militares a la Corona, ora en la reconquista, ora en las guerras civiles medievales, van abandonando Sevilla para fijar su residencia en la Corte, ya sea por ser ésta origen de toda merced, en un proceso que el absolutismo monárquico del s. XVII aceleró, o, simplemente, porque su linaje había entroncado, fruto de matrimonios endogámicos, con algún otro superior residente en Madrid. El espacio social e incluso físico que dejan será progresivamente ocupado por una nobleza antigua de inferior rango o por otra de nuevo cuño de origen nacional o extranjero pero, en general, enriquecida en el comercio con Indias. Tal es el caso de la familia Pedrosa que compra a Felipe IV el señorío de Dos Hermanas, elevado, bajo Carlos II, a marquesado. La que hemos llamado Casa Grande del Callejón perteneció a estos marqueses de Dos Hermanas que dieron su último nombre a espacio, otrora denominado Calle del Arquillo, por el arco que une el palacio del Duque de Béjar -hoy de Altamira- con la casa que hemos bautizado como Casa del Jurado por haber pertenecido, a mediados del s. XVI, a un tal Francisco de Medina que ocupaba este cargo del concejo (ayuntamiento) sobre el que recaía fundamentalmente el abasto de la ciudad.
     No era este Francisco de Medina el único cargo del Concejo que habitó en lo que hoy es complejo hotelero, pues, por los padrones del siglo XVIII, sabemos que en la casa rotulada con la letra J vivió un caballero veinticuatro, nombre con el que se denominaba a los regidores del Concejo de Sevilla y que, por ello, hemos convenido en bautizar como Casa del Veinticuatro. Aunque el reino de Sevilla estaba representado en Cortes por dos procuradores electos entre los caballeros veinticuatro y los jurados, no pensemos tampoco en personajes excesivamente poderosos, sino en una especie de mesocracia equiparable con la baja nobleza, pues las necesidades pecuniarias de la monarquía en el siglo XVII condujeron a la compraventa de estos cargos, lo que generó una inflación de los mismos y, por ende, el desinterés por ellos de las grandes familias vinculadas de antiguo al gobierno de la ciudad.
     En los cambios sociales que experimentó Sevilla entre los siglos XVI y XVII tuvo un papel fundamental la atracción que ejerció hacia un considerable número de inmigrantes tanto del resto de España como de Europa. Entre esta heterogénea masa humana cabría distinguir dos grupos: en primer lugar, uno muy numeroso, de entre cuya muy diversa procedencia destacan las zonas más deprimidas de Francia (Cantal, Limousin, etc.), para emplearse en los oficios más humildes (aguador, buhonero, etc.) y que suelen habitar, junto con los sevillanos de similar condición, en corrales de vecinos, espacios representados en el Hotel por el denominado Corral de las Flores, señalado en el plano con el número 6, al que pertenecía la Casa del Corral, marcada con la letra D, y por la Casa de la Dama, posteriormente transformada en populoso corral de vecinos como casi todas las demás casas del conjunto que comentamos; en segundo lugar, otro menos nutrido, también de muy diverso origen, dominando el genovés, entre los que destacan los Mañara y los Bucarelli (uno de cuyos miembros llegó a ser Virrey de México) que vienen a comerciar con Indias y que compran o construyen magníficas casas-palacio.
     Una de estas casas, elegante ejemplo del renacimiento civil sevillano, situada en la Calle Levíes, es el Palacio de Miguel de Mañara comprado, a principios del XVII, por su padre don Tomás de Mañara y Colonna, cargador de Indias. Don Miguel de Mañara es el personaje que simboliza la mentalidad del barroco sevillano o mejor dicho de la Contrarreforma, cuyo principio esencial es la justificación por las obras que se traduce en la práctica de la Caridad. Estos principios que condujeron a don Miguel a destinar toda su fortuna a los pobres y a construir el Hospital de la Santa Caridad para atender a pobres y enfermos, derivaron, en otros muchos casos, en la realización de donaciones testamentarias a la Iglesia. Si ya entonces la presencia en el barrio de las instituciones eclesiásticas como propietarias era notable, por haber sido las principales beneficiarias de la expulsión de los judíos, por esta vía, dicha presencia se incrementará durante los siglos XVII y XVIII hasta alcanzar proporciones extraordinarias. En nuestro complejo hotelero sabemos, por los padrones de los siglos XVII y XVIII, -estudiados, por encargo del Sr. Duque de Segorbe, para una investigación del Hotel y del barrio en que se inscribe- que fueron propietarios de la Casa del Cabildo con su patio y Patinillo, de la Casa de los Cartujos, de la Casa del Convento de Madre de Dios y de la Casa del Convento de Santa Clara y de otras a las que hemos preferido denominar de otra manera, apoyándonos en distintos argumentos.
     Por esos mismos padrones conocemos que a fines del S. XVIII habitaron en la casa marcada por la letra P unos profesores de música, y, por ello, bautizada como Casa de los Músicos y en la señalada con la N un escribano del número, por ello denominada Casa del Escribano.
     Las dificultades de navegación en el Guadalquivir y la presión de los grandes comerciantes extranjeros provocarán el progresivo traslado de la cabecera de la Carrera de Indias de Sevilla a Cádiz. La economía sevillana, muy maltrecha desde mediado el S. XVII por los catastróficos efectos demográficos de la peste de 1649, experimentará con ello un lento proceso de decadencia y "agrarización" que se completará con la pérdida de las colonias americanas en el primer tercio del S. XIX. A través de los padrones podemos ver como los corrales de vecinos, antaño ocupados por gentes de muy diversos oficios y orígenes empiezan a llenarse, a fines del XVIII, fundamentalmente con población jornalera. En el siglo XIX, en estas collaciones que en otros tiempos llegaron a tener una población  artesana muy activa, apenas encontramos pequeños oficios como el que ejercía la persona que habitaba la Casa del Relojero o el que ocupaba a quien vivía en la Casa del Tallista. La Casa de la Vaquería y el Patio de la Vaquería son un símbolo de este proceso, pues esta actividad se practicó, hasta hace no mucho tiempo, en estas casas que otrora habían pertenecido a la Santa Caridad (Hotel Casas de la Judería).
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Más sobre la calle Santa María la Blanca, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la barreduela Dos Hermanas, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Archeros, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Verde, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sanclemente, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial del Hotel Las Casas de la Judería: www.lascasasdelajuderiasevilla.com.

El Hotel Las Casas de la Judería, al detalle:
A - Casa del Jurado
B - Casa del Cabildo
C - Palacio de los Zúñiga
D - Casa del Corral
E - Casa del Relojero
F - Casa del Tallista
G - Casa de la Caridad
H - Casa de la Vaquería
I - Casa del Pozo Adarve
J - Casa de la Dama
K - Casa del Veinticuatro
L - Casa de los Cartujos
M - Palacio de los Padilla
N - Casa de Mosé Bahari
O - Casa del Escribano
P - Casa del Convento de Madre de Dios
Q - Casa de los Músicos
R - Casa del Convento de Santa Clara
1 - Desayuno - Piano-Bar

domingo, 17 de marzo de 2024

Un paseo por la calle Archeros

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Archeros, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Archeros es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Verde, a la calle Santa María la Blanca
     La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Es posible que fuese la que en el padrón de Santa María la Blanca de 1433 aparece como Sinagoga. La primera referencia docu­mental como Archeros (a veces Arqueros), procede de 1601, y tal denominación se explica bien porque allí se congregaban los fabricantes de arcos y otras piezas del arte de la caza, bien por la guardia así conocida que trajo de Castilla el emperador Carlos I. Ocasionalmente se alude a ella como Santa María la Blanca, Nieves o Santa María de las Nieves, topónimos que hacen referencia a la iglesia de Santa María la Blanca, uno de cuyos laterales da a esta calle.
     Es estrecha y de trazado irregular, con frecuentes entrantes y salientes, producto en buena medida de un proyecto de alineación inconcluso de 1880. La mayor parte de su calzada es de losetas de cemento en mal estado de conservación, que parece haber sido una constante, pues en 1862 los vecinos de la calle se quejaban de que, debido al mal estado del empedrado y a que el agua se quedaba estancada, las fachadas de sus ca­sas se salpicaban de lodo cuando llovía. Al final de la calle dos marmolillos de hierro impiden el paso del tránsito rodado, tras el cual se encuentra un corto tramo, adoquinado y algo más ancho, y de nuevo, en la mis­ma confluencia con Santa María la Blanca, dos bloques de piedra impiden el aparca­ miento de vehículos a la entrada de la calle. Se ilumina con farolas de brazos de fundición adosados a las fachadas. 
     Un antiguo y angostísimo callejón comunicaba Archeros con la plaza de Curtidores, situado entre los núms. 7 y 9 (Canarias); hoy la línea de fachada es continua por la existencia de un muro, pero en altura puede apreciarse la amplitud que tenía el antiguo callejón porque permanecen exentas ambas edificacio­nes. En la edificación predominan las viviendas unifamiliares de patio de dos y tres plantas, fechadas entre finales del  XIX  y principios del XX, y se conservan algunas casas de vecinos. Tampoco faltan algunos casos en los que las edificaciones se en­cuentran abandonadas o en ruinas, pero son los menos.
     En la Edad Media formó parte de la judería y la iglesia de Santa María la Blanca se levanta en el lugar de una primitiva sinagoga. Más tarde se ubicó en esta misma calle el Hospital del Espíritu Santo, que en 1601 se acordó trasladar a Santa Marina. Ha sufrido continuamente las consecuencias de su posición marginal en el casco histórico de la ciudad; así, en 1755, su vecinos y los de Verde se quejaban de que las inmundicias del Corral de los Gitanos, situado en sus proximidades, eran venidas directamente a estas calle, ocasionando malos olores y grandes molestias al tránsito. Actualmente, junto a la función residencial, es de destacar la de hostelería, representada por varios bares y pensiones, para lo que se han readaptado algunas de las viviendas de patio. Tam­bién existe un taller de carpintería y, en una de las esquinas de Santa María la Blanca, una tienda de tejidos, que forma ya parte de la actividad comercial de esta vía principal [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Archeros, 10. Casa de dos plantas, del siglo XVIII [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984]
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Más sobre el Callejero de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

La calle Archeros, al detalle:
Placa "Caminos de Sefarad"
        Edificio c/ Archeros, 10

lunes, 5 de agosto de 2019

La Iglesia de Santa María la Blanca


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.    
     Hoy, 5 de agosto, Dedicación de la basílica de Santa María, en Roma, construida en el monte Esquilino y ofrecida por el papa Sixto III al pueblo de Dios como recuerdo del Concilio de Éfeso, en el que la Virgen María fue proclamada Madre de Dios (c. 434) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]    
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla.
     La Iglesia de Santa María la Blanca [nº 22 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 12 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa María la Blanca, 7 (con portada lateral a la calle Archeros, 18); en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
      "Ésta es la Casa de Dios y la Puerta del Cielo". Con esta inscripción se abre a la calle la iglesia de Santa María la Blanca o de las Nieves, sugerente título que hace referencia a un milagroso suceso ocurrido en Roma en el año 352. 

     Según cuenta la leyenda, el día 4 de agosto de ese año nevó en el monte Esquilino de la Ciudad Eterna, un milagro que indicaba al patricio Juan el lugar donde debía situarse una basílica dedicada a la Virgen. Sorprendente hecho que daría título, siglos más tarde, a la iglesia que se edificó en 1391 sobre una de las sinagogas del barrio judío de Sevilla, que inició su particular  decadencia con el asalto provocado por en aquel año por la furiosa predicación del arcediano de Écija Ferrán Martínez. El nuevo edificio seguiría las trazas cristianas del arte gótico, con portada de arco apuntado y reaprovechamiento de las columnas y capiteles romanos que todavía se conservan en el muro lateral de la calle Archeros.

     En el año 1662 fue reconstruida por Pedro Sánchez Falconete, siendo la obra  sufragada en buena parte por el canónigo Justino Neve, que también patrocinaría la fundación del Hospital de Venerables sacerdotes en la antigua judería. Su portada gótica se ve ornada con arquivoltas y decoración de puntas de diamantes, siendo la inscripción latina "HAC EST DOMUS DEI ET PORTA COELI 1741", un testimonio de una intervención realizada ya en el siglo XVIII. Coronan la portada dos ventanas con arco de medio punto y, por encima, espadaña de doble cuerpo con frontón partido y jarrones cerámicos en los laterales. Junto a azulejos modernos, como el de la Virgen de las Nieves, destaca en la fachada un pintoresco azulejo de las Ánimas y una singular decoración geométrica en tonos almagras y negros que ilustra el colorido que en siglos pasados debieron tener los muros de la ciudad. Junto a escasos restos (como el de la portería del convento de monjas de San Clemente), es testimonio de una ciudad "de colores" que antiguos cronistas compararon con la rojiza Florencia, en una imagen muy distinta al tópico de los muros blancos que tiene orígenes en la higiénica actuación de la Ilustración en el siglo XVIII.   

     El misterioso interior se presenta como un templo formado por tres naves, presbiterio y coro a los pies, con capilla sacramental adosada en el muro de la Epístola (derecha). Se encuentra dividido por columnas toscanas de mármol rojo que sustentan los arcos formeros de la nave central, cubierto con bóveda de cañón con lunetos y bóveda semiesférica en el espacio del crucero. Estas columnas se encuentran adornadas con yeserías barrocas de ángeles y recargados elementos vegetales, una obra de los hermanos Pedro y Miguel Borja (1660) en cuyo diseño intervino Pedro Roldán. La reforma interior de Pedro Sánchez Falconete le dio un concepto de teatralidad barroca que enmascaró por completo las trazas góticas originales.

     El presbiterio se encuentra presidido por la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, imagen de candelero para vestir realizada por Leoncio Baglietto en 1864 El retablo es barroco, de hacia 1690, y presenta columnas salomónicas como elementos estructurales, teniendo tallas de Santa Justa y Rufina en los laterales (1720) y de San Edmigio en la zona del ático. Aunque la devoción a la Virgen de las Nieves existió desde la fundación de la parroquia en el siglo XIV, y que en 1666 hubo fiestas solemnes a la Virgen; no es hasta 1733 cuando se documentan las primeras reglas de la hermandad, todavía conservadas en la actualidad. En los intercolumnios del espacio que precede al presbiterio se situaban originalmente dos lienzos que encargó Justino de Neve a Bartolomé Esteban Murillo. Representaban el sueño del patricio Juan y la posterior entrevista del patricio y su esposa con el papa Liberio. De gran calidad técnica y excelente composición, los dos cuadros fueron expoliados durante la invasión francesa. Tras el fin de la guerra, las piezas volvieron a España, pero no al lugar original para el que fueron concebidas, sino a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Desde 1901 se exponen en los muros del Museo del Prado, quedando para Sevilla las migajas de unas simples copias.   

     El recorrido por el muro derecho comienza por un retablo dedicado a San Pedro en la Cátedra, talla barroca de 1747 acompañada por ángeles con sus atributos. Corona el ático una pintura con el tema de la Adoración de los Magos. Le sigue el retablo de la Trinidad, una estructura neoclásica de comienzos del siglo XIX que está presidida por un conjunto de la Trinidad realizado por el escultor académico de origen valenciano Blas Molner. En el banco de este retablo se sitúa un interesante grupo de la Piedad, obra realizada en barro cocido y policromada en el siglo XVIII. A los pies de la nave de la Epístola se sitúa la Capilla Sacramental, añadida entre 1642-1646 bajo la dirección del arquitecto Diego Gómez. En su interior se sitúa un retablo dedicado a San José del año 1722, con notable nacimiento de terracota en el banco atribuido a Cristóbal Ramos, en el siglo XVIII, y con imagen titular de San José fechado en el año 1677. Las hornacinas laterales cobijan tallas menores de Santa Ana y San Joaquín. En la cabecera de esta capilla se sitúa un retablo recompuesto que acoge a las imágenes de la extinguida cofradía del Sagrado Lavatorio de Nuestro Señor Jesucristo, que en 1672 se fusionó con la hermandad sacramental de la parroquia. Es recuerdo de una Semana Santa ya pasada; el Crucificado del Mandato está realizado en pasta de madera y es obra de Diego García de Santa Ana (1599). Imagen anónima es Nuestra Señora del Pópulo, de la primera mitad del siglo XVII, siendo la talla de San Juan obra catalogada del año 1698.
     Pasando al muro izquierdo del templo destaca, en primer lugar, un peculiar lienzo de Bartolomé Esteban Murillo con el tema de la Última Cena. Fue encargado originalmente para la capilla sacramental, llamando la atención su cerrada composición y claroscuros nada habitual en la obra del pintor sevillano. Le sigue el retablo de la Piedad, excelente pintura renacentista sobre tabla realizada por Luis de Vargas en 1564. Se inserta en retablo reformado en el siglo XVIII pero que conserva sus originales balaustres manieristas, figurando en los laterales dos tablas con  San Juan Bautista y San Francisco de Asís, también realizados por Luis de Vargas.
      Junto al retablo mayor se sitúa un pequeño retablo del siglo XVII con imagen de San Juan Nepomuceno al que acompañan otras tallas de Santo Domingo de Guzmán, San Martín de Tours, San Francisco de Paula y una representación de la Fe. La decoración vegetal de roleos realizados en yesería y hasta una pequeña Giralda que se sitúa en la bóveda semiesférica, completarán el concepto del miedo al vacío u horror vacui de una de las iglesias más barrocas de la ciudad (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
     En su origen esta iglesia fue una sinagoga judía, edificada en el siglo XIII. Fue transformada en iglesia cristiana en 1391 reconstruyéndose su interior en el estilo gótico del momento, además de añadírsele una portada que se conserva en la actualidad. En 1662 el arquitecto Pedro Sánchez Falconete volvió a reconstruir el templo, por lo que este presenta características arquitectónicas de estilo barroco. El interior se configura en tres naves separadas por columnas de mármol rojo, cubriéndose con bóveda de cañón y una pequeña semiesfera sobre el espacio del crucero. La superficie de las bóvedas de la nave central se adorna con una profusa decoración de yeserías vigorosamente resaltadas, con motivos vegetales y figuras de ángeles, tradicionalmente atribuidas a los hermanos Pedro y Miguel Borja, y que pudieran estar relacionadas con las trazadas por Pedro Roldán en 1660.
     El retablo mayor de la iglesia es barroco, fechable en el último tercio del siglo XVII; en su hornacina principal se alberga una imagen de la Virgen de las Nieves, obra de Leoncio Baglietto en 1864 (anteriormente se le atribuía a Juan de Astorga a principios del siglo XIX). Las dos pinturas que ocupan los arcos de medio punto en el espacio anterior al presbiterio, representan el Sueño del patricio Juan, y la Fundación de la basílica de Santa María la Mayor. Ambas pinturas son copias de los originales de Murillo, que desgraciadamente fueron sacados de la iglesia durante la invasión francesa y que se conservan actualmente en el Museo del Prado.
     En el centro del muro de la nave izquierda, figu­ra un retablo renacentista construido en 1564, y reformado en el siglo XVIII, en cuya hornacina central se alberga una magnífica pintura sobre tabla de la Piedad, obra de Luis de Vargas, de la fecha citada. Flanquean a la Piedad pinturas de San Juan Bautista y San  Francisco, igualmente, obras de Vargas.
     Pintura importante es la Santa Cena que se halla a su lado y que realizó Murillo. En esta obra el pintor utiliza un potente efecto de claroscuro, que contrasta con los tonos dorados y cálidos del resto de su producción.
     En la capilla colateral izquierda del presbiterio se conserva un pequeño retablo de finales del siglo XVII, con una escultura de San Juan Nepomuceno en su hornacina central. Le acompaña esculturas de Santo Domingo de Guzmán, San Martín de Tours, San Francisco de Paula y la Fe. En las paredes de esta capilla se conserva una interesante tabla del Ecce Homo, fechable a finales del siglo XVI, obra de un seguidor anónimo de Morales, y un lienzo con la Anunciación de Domingo Martínez, fechable hacia 1730.
     En el lado derecho del presbiterio, figura un retablo barroco cobijado por un dosel, fechado en 1747 y donde se alberga una buena escultu­ra de San Pedro en la cátedra de la misma fecha. Sigue un retablo neoclásico de principios del siglo XIX, en cuya hornacina central hay un grupo de la Trinidad, obra de Blas Molner; en el banco de este retablo aparece una Piedad, de barro cocido, fechable a finales del siglo XVIII.
     La capilla sacramental posee un buen retablo costeado, en 1722, por el Arzobispo de Sevilla D. Luis de Salcedo y Azcona, que tiene una mag­nífica talla de San José con el Niño en su hornacina central, y en el ático una pequeña escultura de la Inmaculada.
     La colección de orfebrería del templo es interesante y rica, con piezas verdaderamente originales. La mayoría de las obras pertenecen a la segunda mitad del siglo XVIII y a comienzos del XIX. De este momento es el gran frontal de altar decorado con rocallas decadentes y guirnaldas neoclásicas, que rodean tres medallones que contienen el anagrama de la Virgen, el sol y la luna. Lleva las marcas del platero Antonio Méndez y del contraste García. Obras plenamente rococó son los seis candeleros y la cruz de altar, decorados con elegantes rocallas y punzonadas por Cárdenas y Amat. Del mismo estilo hay varios cálices, copones, pequeños candeleros, lámparas, jarras, una cruz procesional y un ostensorio, así como los atriles y las sacras. Del siglo XVI destaca un cáliz liso, de amplia peana y con sirenas rodeando el nudo. Como pieza original por su ejecución puede mencionarse un cáliz de menuda decoración, compuesta por motivos manieristas y barrocos, realizado en Manila en 1712 (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
      La Iglesia de Santa María de las Nieves se emplaza intramuros de la ciudad en el frente Sureste, en la zona histórica de Sevilla denominada de la "Judería", junto a la Puerta de la Carne, en el eje formado por la calle San José y Santa María la Blanca. Por su situación se encuentra aledaña al Palacio del Marqués de Villamanrique y al de Altamira, a la Plaza de Santa María la Blanca, al convento de Madre de Dios y cercana a la Iglesia parroquial de San Nicolás de Bari y a la de San Bartolomé.
     Desde el punto de vista volumétrico el edificio de medianas proporciones se encuentra totalmente embutido en las construcciones aledañas, separado por una pequeña calle en el lado de la Epístola. Debido a que se encuentra rehundido respecto a la altura de la calle y a su escasa altura, no sobresale volumétricamente del resto de conjunto de casas que lo rodean, es más pasaría desapercibido si no fuese por la espadaña y la portada. Presenta una superposición de volúmenes que se acentúa en la cubrición de las naves, a dos aguas y el remate de la fachada-espadaña.
     El templo presenta planta rectangular, con una prolongación de la cabecera y dos cuerpos, también rectangulares, adosados en el muro de la nave de la Epístola. En el interior presenta tres naves de semejante altura, divididas en seis tramos mediante diez columnas toscanas de mármol rojo. Sobre ellas voltean arcos formeros de medio punto que sustentan bóvedas de cañón con falsos lunetos en la nave central y bóvedas de aristas en las laterales. Sobre los dos últimos tramos de la nave central, ante el presbiterio, se levanta una cúpula sobre pechinas, iluminada por dos óculos laterales. El espacio del presbiterio se cubre mediante una bóveda de cañón con lunetos.
     Toda la superficie de las bóvedas, cúpula e intradós de los arcos se hallan repletas de una profusa y volumétrica decoración de yeserías con motivos geométricos, vegetales y figurativos, que, junto con las pinturas murales que siguen la secuencia de las yeserías, dando movimiento a una planta ortogonal y sin dinamismo.
     A los pies de la nave de la Epístola se sitúa la capilla bautismal, donde se encuentra la escalera que conduce a la torre y al coro. A su lado, a la altura del segundo tramo de las naves, se abre la capilla Sacramental, de planta rectangular y, siguiendo por la misma nave en dirección a la cabecera, la sacristía.
      La iglesia, al encontrarse adosada a una manzana por su cabecera y por el lado del Evangelio, presenta al exterior dos fachadas de reducidas dimensiones. La de los pies que conecta con la calle Santa María la Blanca y la del lado de la Epístola que da a la calle Archeros. La principal, situada a los pies de la iglesia, se desarrolla en forma de torre-fachada o espadaña-fachada. Solo la parte central y la de la Epístola muestran la disposición interna del edificio, ya que se observa el tejado a un agua en este frente, ya que el frente del Evangelio se oculta por una construcción aledaña. Consta, en parte inferior, de un arco apuntado doblado y abocinado. La rosca del mismo se decora a base de puntas de diamantes labradas en piedra. En la parte superior se distinguen tres cuerpos de la espadaña: El primero presenta dos vanos de medio punto peraltados, sin ninguna decoración, en el siguiente se sitúa el campanario, con dos vanos de medio punto peraltados, protegidos por baranda de forja y enmarcados por pilastras cajeadas que se rematan por un frontón triangular partido. Del tímpano del frontón y enmarcado por pilares con remates de jarrones cerámicos vidriados, emerge el tercer cuerpo compuesto por un vano de medio punto, también peraltado, enmarcado por pilastras y coronado por remates cerámicos y una cruz y veleta de forja al centro. En el lado derecho presenta una disposición de dos plantas con cuatro vanos y la cubierta a un agua de la nave de la Epístola.
     En la fachada del muro de la Epístola, encontramos la sucesión de una serie de vanos que sirven para dar luz al interior del templo. Esta fachada conecta directamente con la calle Archeros, donde a la altura del cuarto tramo de las naves se abre una portada, actualmente inutilizada. Presenta un arco peraltado con el tímpano cegado, por lo que se convierte en vano arquitrabado, entre dos columnas de acarreo con capiteles corintios. Estos capiteles, por sus características estilísticas, podrían corresponder al período tardorromano o visigótico. Las dos columnas romanas corresponden, una a Cayo Cecilio Virgiliano, de la provincia Bética y la segunda es de carácter funerario de Cayo i Fabio Firmano, las dos posiblemente colocadas en la fecha de ejecución de la portada.
     El conjunto de la iglesia se presenta encalado en color crema para paramentos de la espadaña y rojo almagra para los elementos estructurales horizontales. Los paramentos del resto conservan pinturas murales y esgrafiados de temas geométricos, como sillares, ladrillos, rombos, círculos, etc., muy desarrollados durante el siglo XVII y XVIII en la ciudad.
    La Iglesia parroquial de Santa María la Blanca se encuentra situada sobre una de las sinagogas que en 1253 concedió Alfonso X el Sabio a los judíos que vivían en Sevilla. Al igual que Santa Cruz y San Bartolomé, en ellas practicaron su religión hasta que fueron expulsados de la ciudad en 1480. Otros historiadores consignan el año 1391 como año de tensiones sociales que derivaron contra la minoría hebrea, asaltando la judería, provocando la muerte y huida de éstos con la consecuente supresión de sus sinagogas. Aspecto no cierto del todo ya que en Sevilla continuó viviendo una comunidad de judíos relevante, que fue atacada directamente con la llegada de la inquisición, aproximadamente en 1480.
     Estas sinagogas fueron transformadas en templos cristianos, siendo consideradas Santa Cruz y Santa María la Blanca como iglesias dependientes directamente de la catedral de Sevilla.
     Sobre la antigua puerta judía se elevó un arco ojival, y es presumible que su interior fuese remodelado en profundidad. La reforma terminada en 1665, fue llevada a cabo por el arquitecto Pedro Sánchez Falconete quien dotó de un sabor netamente barroco al interior del templo, modificando parcialmente la fachada principal. Las yeserías de las naves, las columnas de mármol rojo procedente de Antequera y las nuevas pinturas y retablos tendieron a borrar los rasgos medievales de este antiguo templo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La iglesia de Santa María la Blanca, una de las maravillas de la ciudad en lo que a construcciones religiosas se refiere. Fue sinagoga, antes que oratorio cristiano, y mantiene un aspecto singular que deslumbra y llena de gozo al visitante. Tiene tres naves muy bajas, separadas por arcos de medio punto con breves enjutas sobre columnas toscanas de mármol rojo y cubiertas con bóveda de medio cañón, que en la nave central lleva lunetos. Una cúpula de media naranja sobre pechinas cubre el crucero, mientras un entablamento con amplia cornisa recorre el perímetro de la nave central, incluido el presbiterio. El aspecto tan particular lo acentúa la decoración de yeserías barrocas que cubre enteramente los muros, el intradós de los arcos, las enjutas, las bóvedas y la cúpula, a base de roleos y motivos vegetales de color blanco, que contrasta vivamente con el dorado de los fondos, así como el alto zócalo de azulejos a base de hexágonos encadenados en los que predomina el color azul. Guarda, además, la iglesia una serie de obras sencillamente magníficas. Bajo la cúpula del presbiterio, por ejemplo, hay dos lienzos que representan el Sueño del patricio Juan y la Fundación de la Basílica de Santa María la Mayor. Ambos son copia de dos Murillo robados por los franceses durante la ocupación de la ciudad en 1810. Hacia la mitad de la nave del evangelio, en un retablo renacentista de 1564, figura una obra de Luis de Vargas: una Piedad, sobre tabla, flanqueada por San Juan Bautista y San Francisco, las tres de la misma fecha que el retablo. Al lado, aparece la extraordinaria Santa Cena* de Murillo. En el sencillo altar mayor, de estilo barroco, figura la Virgen de las Nieves, imagen de vestir tallada por Leoncio Baglietto en 1854 (atribuida anteriormente a Juan de Astorga a principios del siglo XIX) (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Biografía de Pedro Sánchez Falconete, arquitecto de la actual configuración de la obra reseñada;
     Pedro Sánchez Falconete, (Sevilla, 1587 – 1666). Arquitecto de la Catedral, del Ayuntamiento y de la Casa Lonja de Sevilla.
     Hijo del arquitecto Esteban Sánchez Falconete y Jerónima de Mata, aprendió el oficio junto a su padre, adquiriendo los conocimientos teóricos necesarios para el diseño y la traza, así como la práctica en el uso y posibilidades de los materiales. Además de la intervención lógica en las obras paternas, Falconete entra en contacto, en sus primeros años, con los principales arquitectos del ámbito sevillano, como Juan de Oviedo y Diego López Bueno, colaborando y ejecutando proyectos trazados por los citados maestros.
     Con todo este bagaje inicial, no es de extrañar que lograra acaparar las maestrías mayores de la Catedral, Ayuntamiento y Casa Lonja, en Sevilla. En este sentido, en 1625 inicia su relación con el Cabildo de la ciudad, con su designación como sustituto del arquitecto Andrés de Oviedo, alcanzando el puesto de maestro mayor diez años más tarde. En 1629, es nombrado maestro alarife de albañilería de la Catedral, como ayudante de su padre, y un año después, tras la muerte de Miguel de Zumárraga, obtiene la maestría mayor. Por último, en 1638 obtiene el mismo cargo en la Casa Lonja, puesto este último que ocuparía hasta 1654, año de la conclusión del edificio.
     Su producción arquitectónica es amplia y variada, abarcando obras religiosas, civiles, efímeras, de infraestructura y urbanismo, etc. El trascoro de la Catedral de Sevilla, sus diseños para los túmulos funerarios de la reina Isabel de Borbón y del rey Felipe IV y, su más grande creación, la iglesia del Hospital de la Caridad de Sevilla, definen la gran importancia que tuvo Falconete en el contexto de la arquitectura sevillana del siglo XVII.
     Su rica trayectoria vital y laboral, se fue enturbiando con la muerte de su mujer y algunos de sus hijos, y la rotura de una pierna en 1648. A pesar de ostentar tres cargos tan importantes, no tuvo una economía desahogada, solicitando en numerosas ocasiones préstamos a las distintas instituciones donde ejercía como maestro mayor (Juan Antonio Arenillas, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Solemnidad de Santa María de las Nieves o la Blanca;

     Fiesta conocida popularmente por Santa María de las Nieves o la Blanca por la leyenda de la fundación de la basílica de Santa María la Mayor de Roma: el patricio romano Juan tuvo una visión de la Virgen en el 358 que le ordenaba edificar una iglesia en un solar que encontraría cubierto de nieve, lo que comunicó al Papa Liberio, que trazó el plano del nuevo templo en la cumbre del Esquilino, nevada prodigiosamente, por lo que se la conoce como Basílica Liberiana.  Se la encuentra ya registrada en el calendario jeronimiano, pero por ser una celebración local romana, no aparece en los sacramentarios. Hasta el siglo XIV fue una fiesta exclusiva de la basílica, en que se extendió a todas las iglesias de Roma y a otras diócesis. Fue extendida definitivamente a la Iglesia Latina en 1570 por San Pío V Ghislieri, que determinó incluso sepultarse allí, y Clemente VIII Aldobrandini (+1605) la elevó a doble mayor. En el calendario de 1969 fue incluida memoria libre. Aparte de la historicidad de la leyenda, el conmemorar la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma nos invita a reflexionar que María es imagen y tipo de la Iglesia, su origen como la primera creyente del nuevo orden salvífico y su representación en el Calvario y ante el sepulcro, así como la esperanza escatológica eclesial de la futura glorificación consumada en su Asunción. El templo material de María, que alberga a Jesús Eucaristía es signo del cristiano, templo vivo del Espíritu Santo (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Iglesia de Santa María la Blanca, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Iglesia de Santa María la Blanca:
            De Lunes a Sábados: de 10:00 a 13:00, y de 18:00 a 20:30
            Domingos y Festivos: de 09:30 a 12:00, de 13:00 a 14:00, y de 18:00 a 20:30

Horario de Misas de la Iglesia de Santa María la Blanca:
            Laborables: 11:00 y 19:30
            Domingos y Festivos: Invierno: 10:30, y 19:30
                                                Verano: 10:00, 13:00 y 19:30

Página web oficial de la Iglesia de Santa María la Blanca: No tiene.

La Iglesia de Santa María la Blanca, al detalle:
Retablo Mayor