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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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lunes, 13 de julio de 2026

El recinto amurallado de la Mancebía

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el recinto amurallado de la Mancebía, de Sevilla.
      Por su parte, la Mancebía era otro de los barrios cercados intra­ muros de la ciudad, aunque la razón de su cerramiento no obedecía a criterios de separación étnica, sino a argumentos de seguridad e higiene públicas, ya que se trataba de encerrar en un espacio regulado a las prostitutas que ejercían legalmente el oficio. La Mancebía sevillana estaba bajo la supervisión del cabildo municipal, que en 1416 ordenó el establecimiento de las casas de prostitución en el barrio del Arenal, junto a la puerta del mismo nombre que comu­nicaba la ciudad con el puerto, de donde procedía la mayor parte de la clientela. Para facilitar el control sobre las rameras y sus condiciones higiénico-sanitarias, así como velar por cierta moralidad pública, se decidió cercar el conjunto y abrir una única puerta de acceso al mismo, aunque posteriormente fueron abriéndose nuevos portillos, no todos legalmente permitidos.
     Este debió de ser el barrio de prostitutas más nutrido de la península a finales del siglo XVI en el momento del máximo esplendor del puerto de Indias, un hecho que es citado por numerosos autores, como el mismo Miguel de Cervantes, quien vivió cerca de aquí durante su etapa sevillana. La mancebía de Sevilla estaba en el llamado "compás de la Mancebía" -la zona de la actual plaza de Molviedro y calles Castelar y Gamazo-, que entonces se extendía entre la puerta del Arenal y la de Triana, encerrada entre la muralla medieval y una tapia que la aislaba del resto de la ciudad. Hacia el Arenal se comunicaba a través de un postigo abierto subrepticiamente en la muralla -donde luego se alzó el Baratillo- y hacia la ciudad contaba con la puerta principal, denominada "el Golpe", donde había un portero guardacoimas o guardapostigo (el llamado "arquillo de Atocha" en la antigua calle Boticas, hoy Mariano de Cavia). La Mancebía era un lugar bajo que se anegaba con facilidad por su cercanía al río y por las charcas procedentes de las alcantari­llas sobre un antiguo cauce fluvial, por lo que se le llamó también "compás de La Laguna». La mayoría de las rameras se concentraba en el compás aunque solían trabajar en la Resolana, San Bernardo, callejón del Agua, junto al Alcázar, murallas, hoyas de Tablada y Triana, donde había menos vigilancia y más comodidad para estos entretenimientos. Las casuchas de la Mancebía eran propiedad de los cabildos municipal y catedralicio, cofradías, hospitales y otras instituciones públicas, que las alquilaban a las rameras por 5 maravedíes al día en el siglo XVI, al tiempo que un cirujano municipal velaba por la salud de las coimas y evitaba la propagación de enfermedades venéreas. El orden interior quedaba al cuidado de un padre, que repartía las casuchas entre las coimas, las cuales debían llevar distintivos en su vestir que las diferenciasen del resto.
     Más adelante, el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 y la consiguiente crisis de las actividades portuarias en Sevilla, provocaron la paulatina decadencia y degradación de este peculiar barrio, lo que unido a la nueva mentalidad ilustrada desarrollada en la ciudad por el asistente Pablo de Olavide (1767-1776) llevaron a la demolición de la Mancebía y a la reurbanización de su espacio urbano. Esta reforma, dirigida por el arquitecto Manuel de Molviedro, significó la desecación de la laguna de la Pajería, así como el derribo de la cerca que encerraba el gigantesco prostíbulo, quedando las prostitutas expulsadas de esta céntrica área, en la que se trazaron calles nuevas y más anchas, abiertas al resto de la ciudad (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
     Aunque la voluntad municipal era relegar la Mancebía a zonas fuera del núcleo principal de la ciudad, la realidad fue que, dado el carácter portuario de la ciudad, el burdel público se situó en el propio corazón de la ciudad, en el llamado Compás de La Laguna, en el barrio del Arenal.
     Aunque el trazado urbano de esta zona de Sevilla ha sufrido importantes transformaciones desde los tiempos de la Mancebía hasta hoy, podríamos reconstruir el trazado casi exacto del recinto a partir de los datos fragmentarios que se poseen.
     Por el lado del río, el límite oficial lo ponía el trazado de la Muralla que, desde la actual confluencia de las calles Almansa y Santas Patronas, discurría trazando un ángulo por detrás de la calle Santas Patronas, llegando hasta la calle de la Mar. En algún punto hacia la mitad del trazado de esta calle se ubicaba una puerta secundaria del recinto, que comunicaba con el Arenal y el río, puerta que fue objeto de continuos cuidados por parte de las autoridades municipales, ya que a través de ella se hacían fáciles el acceso o la huida de los rufianes y aun de las mismas rameras. Desde aquí, una tapia especialmente construida al efecto cercaba la casa pública. La tapia subía desde la desembocadura de Castelar en García de Vinuesa (calle de la Mar), discurriendo por la calle Harinas. A diferencia de la actualidad, la calle de la Mar no se comunicaba con la calle Castelar. De hecho, hasta las reformas urbanísticas emprendidas en esta parcela urbana en los años cincuenta y sesenta del siglo XVIII por mano del arquitecto Molviedro, no se daría comunicación entre ambas calles. Para más detalle, el continuador de los Anales de Ortiz de Zúñiga en el siglo XVIII, el académico Luis Germán y Ribón, fecha en el 15 de noviembre de 1760 el inicio del derribo de la tapia y las casas que posibilitó la "entrada al sitio o Barrio de la Laguna".
     Probablemente, la tapia no se erigía justo en el límite de las casas con la calle Harinas, sino algo más hacia atrás, de forma paralela a la calle; la descripción de algunas de las casas que el Cabildo catedralicio poseía en la zona en los años cuarenta del siglo XVI relata que las casas tenían entrada por la calle Harinas, pero tras patios y corralones se salía a la Mancebía. A mitad del recorrido de esta calle, girando hacia la izquierda, se entraba en la calle Boticas (actual Mariano de Cavia); el propio nombre nos hace sospechar que estamos en los mismísimos umbrales del burdel. En efecto, en este callejón se situaba la entrada oficial a la Mancebía, la puerta principal ubicada bajo el Arquillo de Nuestra Señora de Atocha. La puerta era más conocida por El Golpe, a causa de poseer uno de esos pestillos que se cierran solos con un simple golpe; en el Golpe se sentaba habitualmente el "mozo del golpe", un empleado de los padres encargado de la vigilancia.
     La tapia continuaba, pegada a las casas lindantes (lo que facilitaba la existencia de entradas y salidas secretas), por entre las calles Piñones (actual Padre Marchena) y Pajería (hoy Zaragoza), quizá más cercana a esta última; de unas casas que por allí poseía el Cabildo de la Catedral a principios del siglo XV, se dice que tenían puertas a la Pajería y a La Laguna.
     Desde este punto, el trazado de los linderos de la casa pública se hacen menos reconocibles en el viario actual. Desde Piñones, la tapia continuaba por detrás de la calle Quirós y Rositas, para enlazar con el tramo final de la Pajería que iba a morir en la calle del Rey (San Pablo), donde el cerco se cerraba con el encuentro entre la tapia y la Muralla.
     Del interior poco sabemos. La actual calle Castelar describía el eje longitudinal del recinto, la calle principal donde se situaban las boticas de más asegurada clientela. La calle se ensanchaba algo, formando la actual plaza de Molviedro, lugar de encuentros, fiestas y comilonas, además de algún que otro bodegón (aunque las ordenanzas lo prohibiesen). Otras calles ya de menos importancia prostibularia, eran las actuales Santas Patronas, Galera, Doña Guiomar y Rositas.
     Allí junto al lugar donde fondeaban los navíos, donde acudían los marineros y los emigrantes, el negocio era más intenso y directo. Esta ubicación central (pues el puerto era ya entonces, como lo sería mucho más en el siglo siguiente, el verdadero corazón de Sevilla) explica la reiterada decisión del Concejo por aislar la Mancebía lo más posible, ordenando tapiar todo su contorno y eliminar portillos que daban paso a calles secundarias.
     A lo largo del siglo XVI hubo que hacer frente a diversas reparaciones en el sistema de aislamiento en buena parte, hubo que enfrentarse a la propia acción de las rameras, reticentes siempre a ser encerradas en el Compás. En una solicitud sin fecha, pero sin duda de la década de los setenta, los padres de la Mancebía, Rafael Rodríguez y Juan de Jódar, reclamaban al cabildo la urgencia de varias reparaciones, en especial del muro, a causa de los agujeros practicados en el mismos por las mujeres. Para solucionarlo, pedían que se elevara la altura del muro, que se empedrasen las calles interiores y que se limpiasen los montones de basura apilados junto a la muralla y la tapia (lo que también facilitaba el acceso de los rufianes).
     La decisión municipal de aislar el burdel sería sistemáticamente violada en los años siguientes, cuando el Arenal sevillano se transformase en la Babilonia cantada por Lope de Vega; frente a la reclusión, las rameras y sus rufianes respondieron practicando numerosas entradas secretas en el lienzo de muralla que separaba a la Mancebía del puerto, al objeto de favorecer los encuentros furtivos y, sobre todo, la huida de los rufianes en caso de visitas de los alguaciles. Al mismo tiempo, se favorecía así el que las mujeres públicas pudiesen salir a ejercer su oficio subrepticiamente por las calles, lejos del control del "padre" y de las restricciones horarias.
     Una petición del cabildo de los jurados a los caballeros veinticuatros de la ciudad, fechada el 11 de julio de 1576 nos acerca a las prácticas mediante las cuales prostitutas y rufianes obviaban el cerco institucional. Los jurados denuncian la existencia de numerosas aberturas en el muro de la Mancebía, por las cuales burlaban a las justicias los numerosos delincuentes que encontraban en el barrio su más seguro refugio; la petición de aumentar la vigilancia y reforzar los muros se fundamenta en que:
     "tan necesario es que semejante lugar donde gente tan desenfrenada como es notorio que a éste acude esté como conviene guardado, por excusar los muchos males que de no estar guardado an resultado y resultan"
     Unos pocos años después, en 1583, hubo que asegurar el portillo que, a través de las murallas, daba salida al Arenal; se construyó una sólida puerta y se la afianzó con una buena reja. Ni puerta ni reja debían ser de excesiva solidez, habida cuenta de que siete años más tarde el padre de la Mancebía, Diego Felipe, recordó al cabildo que, aunque lo había ordenado reparar tres meses atrás, el portillo de la muralla seguía caído; por él continuaban entrando "hombres de mala vida". Lo peor no era eso, sino que, al amparo de la noche, las casas que el cabildo poseía en el recinto estaban siendo sistemáticamente robadas: puertas, herrajes y hasta tejas habían ya pasado a otras manos, añadiéndose a ello la cantidad de basuras que la gente iba arrojando dentro de la Mancebía. Este problema de múltiples accesos también fue denunciado por el Padre León a las autoridades:
     "Procuré con grande instancia con la justicia, que me cerrasen una puerta de verjas de hierro que sale a la puerta del Arenal, y otra que está hacia La Laguna de la misma Marina, y que se clavasen las verjas de hierro en el suelo, para que no faltando a la necesidad que hay de desaguar aquel maldito lugar de las lluvias, se acudiese a remediar un grandísimo daño y daños que resultan de aquella casa pestilencial tuviese más de una puerta.
     Porque además y allende de que se podrán escabullir con facilidad los delincuentes de la mano de la justicia, entrando por una puerta y saliendo por otra, en la misma casa, se hacían muchos males y habían muy grandes pendencias con confianza de poderse escapar por esta o por aquella puerta; pero para mi propósito también me estaba muy mal que estuviesen estas puertas abiertas, porque los hombres que echábamos de una casa afuera para predicarles, salían por una puerta y se volvían a entrar por las otras dos.
     Y aún allá suelen decir: renegad de casa que tiene dos puertas, cuánto más nos hacían regañar las dos puertas excusadas fuera de la principal; y para tan mala casa bastaba una puerta y ésa se había de cerrar a piedra y lodo.
     Pues tiene otro daño más grave esta puerta de hierro, que sale al Arenal, digo a la puerta del Arenal, y es que con ocasión de comprar alguna cosa de las que venden allí, salen las mujercillas de la casa pública y desde su puerta llaman a los mozuelos y otros sin llamarlos viendo la ocasión tan cerca se lanzan por aquella puerta del infierno (que así la llamaba yo) y quedan presos de vicio bestial de la carne, y otros que con achaque caen en lo atroz del alma hocicando en el cieno de la lujuria."
     "Compendio..." del P. León, 1ª parte Cap. 6.
     A pesar de los desvelos municipales, la banda de la Mancebía que daba al Arenal estuvo siempre sometida a diversos ataques. Ante todo, los realizados por las propias mujeres y sus rufianes, verdaderos especialistas en practicar "butrones" allá donde se pretendiera ilusamente enclaustrarlos, con la facilidad que para ello daba la noche, la confusión humana reinante en el puerto y la falta de vigilancia extramuros. Pero, sobre todo, el principal enemigo del muro fue el propio Guadalquivir, que a la mínima crecida invadía la ciudad precisamente por la zona deprimida que era la Laguna (antiguo brazo del río desecado siglos atrás), quedando durante semanas totalmente anegada y despoblada de habitantes.
     "...porque el lugar de la dicha mancebía, como es notorio, es lugar público e mui antiguo para lo que es y con el se escuzan otros muchos ynconvinientes que podrian suseder y en ninguna parte se puede poner questé mas acomodada, porque semejantes lugares an destar en las çiudades tan prençipales como ésta en la parte e lugar donde del ordinario la justicia la bea o bisite para quitar e prebenir a los delitos que de hordinario como se bee por espiriencia, suelen suseder en semejantes lugares, por ser frequentados de hombres estranjeros y forasteros y de mal bibir, que a ellos revierten e si la justicia no estubiese de hordinario en ella podrían yr en cresimiento los dichos delitos, e quedar sin castiglo, de que vendría muncho daño a la Republica..."
     Informe de los Jurados al Cabildo municipal, 1575, por el intento de traslado de la Mancebía
Otros lugares de prostitución
     No todas las mujeres de torpe vida ejercían su oficio en la Mancebía, en particular aquellas cuya salud estaba quebrada; los controles sanitarios periódicos que hacía el ayuntamiento podrían desterrarlas de la ciudad. Así que buscaban zonas extramuros de la ciudad, donde la vigilancia fuera menor o nula. Esto suponía no sólo un problema de moralidad sino de sanidad pública. El siglo XVI fue de grandes epidemias de sífilis, que se creía importada del Nuevo Mundo, el llamado "mal de bubas" o también el "mal francés" (o italiano, o de cristianos para los árabes), por aquello de imputar a los extranjeros los grandes vicios. Ello sin contar con los delitos que se cometían fuera del alcance de las autoridades. Los lugares habituales solían ser la parte exterior de la muralla, en las barbacanas, o en la dehesa de Tablada. No los explica un testigo de excepción, el padre León, que intentaba que las normas de la Mancebía se cumplieran, ya que el pecado era imposible de extirpar:
     "Procuré algunas veces con las justicias que se estorbasen otras maneras de casas públicas, o por mejor decir campos y calles públicas muy más perjudiciales que ésta de que hemos hablado, y tanto más dañosas cuanto menos conocidas, cuales son, y el lugar que se llama la Madera, las Barbacanas y Murallas, las barrancas y hoyas de Tablada y de otros campos pasajeros, en los cuales lugares suelen haber mujercillas de mal vivir, las cuales de más y allende de los innumerables pecados de que son causa por estar en acecho para cuando pasan algunos mozuelos bobillos, que van descuidados por el camino, sin más pensamiento de pecar, y los saltean robándoles la gracia y aún muchas veces las bolsas cortándoselas.
     Sónlo también de que muchos hombrecillos de los del campo anden llenos y atestados de bubas, y los hospitales atestados de llagados, porque las desventuradas suelen estar hechas una pura lepra, y por eso no las consienten en las casas públicas, adonde por ley del reino y buen gobierno las ha de visitar cada semana tantas veces el cirujano asalariado para ello; y si no están sanas no las consienten estar en las casas públicas, pues como estas miserables hediondas y llenas de llagas no tienen lugar allí, vánlo a buscar al campo adonde no tienen temor de la visita del cirujano." (Alma Mater Hispalense).
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Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 28 de mayo de 2026

Un paseo por la calle Gamazo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Gamazo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 28 de mayo, es el aniversario del nacimiento (28 de mayo de 1840) de Germán Gamazo Calvo, político liberal a quien está dedicada esta calle, de ahí que hoy sea el mejor día para ExplicArte la calle Gamazo, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Gamazo es, en el Callejero Sevillano, una calle que se encuentra en el Barrio del Arenal, en el Distrito Casco Antiguo; y va de la confluencia de las calles Joaquín Guichot, Zaragoza, y Jimios, a la calle Castelar.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El actual espacio de la calle recibió en el pasado diferentes nombres: el primer tramo (entre Zaragoza y Padre Marchena) se conocía, al menos desde comienzos del s. XVIII, como Arquillo de Atocha y Atocha, indistintamente, por el arco allí existente, con un retablo dedicado a la Virgen de ese nombre y construido a comienzos del siglo; el segundo tramo (entre Padre Marchena y Castelar) fue llamado desde su apertura en el s. XVIII con el nombre de Compás de la Laguna, por hallarse en una de las entradas de la Calle del mismo nombre (v. Castelar). En realidad ese topónimo, juntamente con el de Compás de la Mancebía, designaba des­de época medieval a toda una zona urbana lindante con la muralla y caracterizada por su marginalidad social (prostitutas, tahúres, ladrones...). De ella formaba parte también la actual plaza de Molviedro (v.), que era el acceso norte al barrio. En 1869 el nombre de Atocha se hizo extensivo a toda la calle, para desaparecer en 1875 sustituido de nuevo por Compás de la Laguna, esta vez aplicado a todo el espacio actual. En 1910 se rotuló Gamazo, en homenaje al jurista y político liberal German Gamazo y Calvo (1828-1901). En 1935 se acuerda ampliar el rótulo a Germán Gamazo, lo que fue revocado en 1949, en que volvió al actual. Al parecer, la calle fue conocida en el pasado con otros nombres no suficientemente documentados, tales como plaza de las Mancebías, por ser una zona de prostitución, Sitio de la Botas, cuyo origen se ignora, y pla­zuela de los Leones o Leoncillos, en la parte contigua a la actual Joaquín Guichot.
     La configuración actual de Gamazo, como la de toda la zona de la Laguna y la Man­cebía, es el resultado de la importante remodelación urbanística llevada a cabo a mediados del s. XVIII por el asistente marqués de Monterreal y el arquitecto Prudencio de Molviedro, tras la demolición de buena parte del caserío. La calle discurre formando una S no muy pronunciada; es más ancha en su tramo inicial, y algo más estrecha en su parte central. Desembocan en ella, por la derecha, Padre Marchena y por la izquierda Mariano de Cavia. Hasta mediados del s. XIX era más estrecha y sinuosa de lo que es hoy. A la altura aproximada de Mariano de Cavia debía estar el arquillo de Atocha, "bajo y robusto", al decir de González de León, y que probablemente servía de entrada a las antiguas boticas o casas de prostitución de la Mancebía. Fue derribado en 1839, fecha en la que todavía existía en una de las casas un nicho con una cruz, posteriormente desaparecido. A mediados del s. XIX se llevan a cabo los derribos y rectificaciones de líneas que ensanchan sobre todo el tramo inicial de la calle, en el cruce con Jimios y Zaragoza. Empedrada en 1828 y adoquinada en 1881, actualmente posee pavimento asfáltico con aceras de losetas. En 1921 se sustituyó el viejo alumbrado de gas por el eléctrico. Hoy se ilumina con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas.
     Gamazo es una de las calles del centro histórico sevillano que mejor conserva su caserío tradicional, integrado en su mayor parte por viviendas de la primera mitad del s. XX, de dos y tres plantas, algunas con her­mosos cierros a la calle, cancela y patio. Destaca la núm. 24, del s. XVIII y fachada con pilastras toscanas, y la núm 30, esquina a Castelar, obra regionalista, de estilo neobarroco, del arquitecto Juan José López Sáez (1930-34), hoy sede de un organismo del Ministerio de Agricultura. La función de este espacio es conjuntamente residencial y comercial. En el primer tramo abundan los bares, restaurantes y pequeños negocios de comestibles. Ello le da cierto movimiento. En la parte final, más tranquila, hay varios establecimientos hoteleros ubicados en casas tradicionales, que muestran la peculiar estampa de los viejos hoteles sevillanos (patio, cancela, plantas, muebles...). La relativa modernidad de la calle no ha propiciado mucha información sobre usos y funciones de la misma desde el s. XVIII en adelante. Sin embargo, las noticias anteriores a esa fecha son abundantes y sabrosas, aunque haya que aplicarlas a toda la zona de la Mancebía y no específicamente a Gamazo. Desde la época medieval fue este lugar, próximo al puerto, punto de reunión de delincuentes, marginados y prostitutas, y constituía una especie de ghueto constantemente vigilado y controlado por la autoridad, que ya en el s. XV había ordenado colocar puertas de entrada para que quedase convenientemente aislado del resto de la ciudad.
     En un arancel del almojarifazgo de 1361 se dice que "manda nuestro señor el rey e tiene por bien que ninguna muger casas nin taverrnero ni mesonero ni otra persona ninguna de cualquier estado o condición que sean que no sean osados de morar en la Mançebía entre las mugeres mundarias nin les vendan pan ni vino ni otras viandas algunas; ni les alquilen ropa para dormir ni para vestir... ni las acojan en sus casas de noche ni de día...". Fueron muchos los escritores que se hicieron eco de la actividad picaresca y hampona de esta zona del Compás de la Mancebía en la época áurea, cuando Sevilla vivía su más alto desarrollo comercial y económico. Así Cervantes, que la recoge en varios textos (El rufián dichoso, Viaje al Parnaso, Rinconete y Cortadillo), cita en el Quijote el barrio del Compás como uno de los grandes enclaves de la picaresca española: "Y que él (el ventero) ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honrroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando ,aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playas de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay en casi toda España". Tras la reforma del s. XVIII, la fisonomía de la zona cambió radicalmente y también sus habitantes y funciones, convirtiéndose en un lugar más saneado, libre de la insalubridad de lagunas y husillos (v. Castelar). La prostitución se trasladó a otros puntos de la ciudad [Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Gamazo, 24. Casa del siglo XVIII, de tres plantas, cuya fachada está enmarcada por pilastras toscanas. La portada va resaltada sobre medias pilastras, también toscanas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Germán Gamazo Calvo, a quien está dedicada esta vía;
     Germán Gamazo Calvo. (Boecillo, Valladolid, 28 de mayo de 1840 – Madrid, 22 de noviembre de 1901). Político liberal.
     Nació en una familia acomodada, pues, si bien su padre había ocupado la plaza de maestro en el propio Boecillo, tras su vinculación matrimonial con la familia Calvo, perteneciente a la elite local, se convirtió sucesivamente en secretario del Ayuntamiento y en alcalde de aquella localidad, para, finalmente, ejercer como notario público en la capital de la provincia.
     Asimismo, aprovechó la desamortización de Mendizábal para adquirir tierras y locales en la zona, que le permitieron ingresar en el negocio del vino, así como regentar posadas, tiendas y mesones; por último, acabó participando en la construcción ferroviaria al invertir en la línea Alar del Rey-Santander.
     Reunió de esta forma un patrimonio que permitió el acceso de su hijo Germán a la educación requerida para descollar en la vida pública.
     Éste, tras recibir las primeras letras en su pueblo natal, estudió bachillerato en régimen interno en el seminario conciliar de la capital vallisoletana y, con posterioridad, cursó derecho civil y canónico en la Universidad, licenciándose en 1861. A partir de ahí siguió la trayectoria habitual en los políticos del último tercio del siglo XIX. Como abogado, vino a Madrid, condición imprescindible a la hora de emprender una carrera política, dado el carácter centralista del Estado de la época. Se doctoró por la Universidad Central de Madrid en 1865 con la máxima calificación, y trabajó de pasante en varios bufetes, en especial en el de Manuel Silvela, hombre bien relacionado que llegaría a desempeñar el cargo de ministro de Estado en 1869. Desde 1867 abrió su propio despacho, que se convertiría en uno de los más prestigiosos durante la Restauración, como demuestra el hecho de que llegaran a publicarse varios de los casos en que se vio envuelto, que atendiese a personalidades de la elite madrileña o que llegasen a trabajar en él como pasantes políticos de la talla de Maura o Sánchez Guerra.
     Paralelamente, Gamazo participó del clima de agitación previo al Sexenio, especialmente al vincularse a la Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación, que acabaría siendo clausurada en 1867 por su oposición al régimen isabelino, y a cuya Junta de gobierno pertenecía Gamazo desde tres años antes.
     Tras la Revolución de 1868, la relación con Manuel Silvela le hizo adscribirse a los unionistas —el grupo situado más la derecha de la coalición revolucionaria—, obteniendo el acta de diputado por Peñafiel en 1871. Pronto se aproximó a Alonso Martínez y con él ingresó en el Partido Constitucional, formado por la alianza de la Unión Liberal y del ala derecha del progresismo, aunque después de la proclamación de la República se alejó del régimen septembrino.
     Aceptó inmediatamente la Restauración borbónica de 1875 formando parte de las filas de los centralistas, el grupo creado por Alonso Martínez con el objeto de ocupar un espacio intermedio entre los conservadores y los constitucionales. Participó como diputado en la comisión encargada de redactar la Constitución de 1876 y adquirió protagonismo en los debates parlamentarios de los años siguientes, en los que llevó el peso de la oposición a la política de Cánovas del Castillo junto con Alonso Martínez y el marqués de la Vega de Armijo. Finalmente, en 1880 ingresó en el Partido Fusionista, dirigido por Sagasta, resultado de la unión de centralistas y constitucionales.
     En esa etapa, Gamazo había consolidado su posición política como el típico cacique de la Restauración.
     Su profesión de abogado le permitió multiplicar las buenas relaciones, al tiempo que su presencia en el Parlamento y, luego, en la Administración le pusieron en disposición de conceder favores, bien personales, bien colectivos, de los que la construcción del hospital provincial y de la facultad de Medicina de Valladolid serían buenos ejemplos.
     Ese patronazgo favoreció su control sobre las sucesivas formaciones políticas de signo liberal en la provincia (Partido Fusionista y Partido Liberal), así como su hegemonía sobre la política vallisoletana. De hecho, Gamazo fue elegido diputado de forma ininterrumpida por el distrito de Medina del Campo a lo largo de su vida parlamentaria, elección que simultaneó en dos ocasiones con un escaño de la capital provincial.
     Además, otros distritos de la zona recayeron con frecuencia en personajes relacionados familiarmente con él, pues la actividad política de Gamazo mostró una fuerte impronta familiar. Ya sus dos matrimonios, en 1872 con Irene de la Mora, muerta tempranamente, y en 1880 con Regina Abarca, facilitaron su carrera, puesto que ambas habían nacido en familias con gran peso social y político en la provincia; asimismo, el matrimonio de su hermana con Antonio Maura le vinculó al político mallorquín. De esta forma, se ha calculado que la familia Gamazo obtuvo veintitrés actas en el Congreso de los Diputados durante la Restauración, pudiéndose destacar las de su ahijado Paulino de la Mora, su sobrino Germán Valentín, su hijo Juan, su hermano Trifino y su sobrino Germán de la Cuesta.
     En esos años consolidó, asimismo, su fortuna personal.
     Amplió las propiedades rústicas heredadas con fincas en Valladolid, sobre todo en Medina del Campo, Ávila y Santander; también adquirió solares urbanos, por ejemplo en el que construyó su residencia en Madrid, en la calle Génova, por el que fue acusado de corrupción por haber sido obtenido fraudulentamente, gracias al desempeño de su cargo como ministro de Ultramar. Completó su patrimonio con algunos negocios industriales y con labores de prestamista, especializándose en las cédulas hipotecarias. Logró, en suma, una posición económica saneada que le permitió costear una actividad pública, caracterizada en la época por lo oneroso: a los frecuentes desplazamientos y concesiones de favores, se sumaba la necesidad de disponer de prensa adicta que difundiese las posiciones de forma favorable. En este sentido, diarios, como El Eco de Castilla, La Opinión o El Español, fueron creados o subvencionados por Gamazo.
     De enero a octubre de 1883 ocupó el cargo de ministro de Fomento en el gabinete fusionista de Sagasta, mostrando desde el primer momento uno de sus rasgos más típicos como político: su escasa atención a la disciplina de partido. Así, lo demostró su proyecto de ley para eliminar el recargo de un 10 por ciento sobre los billetes de ferrocarril, que perjudicaba a los viajeros y a la actividad productiva, pero beneficiaba a las compañías y, por tanto, a numerosos políticos —muchos de sus propias filas— que poseían acciones y se sentaban en los consejos de administración.
     Al comenzar la regencia de María Cristina, Gamazo era uno de los prohombres del Partido Liberal, constituido por la unión de los fusionistas y de los sectores demócratas alineados anteriormente en la Izquierda Dinástica. Ocupó sucesivamente las carteras de Ultramar (de noviembre de 1885 a octubre de 1886) y Fomento, de forma interina, en el primer gobierno formado a la muerte de Alfonso XII. Su pasado centralista le situó en el ala derecha del partido, opuesta a las reformas políticas impulsadas por su sector democrático con la pretensión de liberalizar el régimen político. En su lugar, Gamazo preconizó reformas económicas que deben entenderse en el contexto de la crisis agrícola que afectó a la agricultura europea como resultado de la competencia de los productos de los países nuevos.
     Desde la segunda mitad de la década de los ochenta Gamazo elaboró un discurso con un cierto contenido populista, que criticaba el caciquismo, aunque él lo fuera, y propugnaba la defensa de los intereses económicos.
     Surgió así el gamacismo, que fue capaz de aglutinar a una red de diputados de diversas provincias castellanas, en particular Valladolid, Zamora, Palencia y Ávila, y a políticos de diferentes filiaciones que abarcaban desde carlistas hasta republicanos.
     Ya en junio de 1886, Gamazo provocó una crisis en el gabinete de Sagasta al oponerse y forzar la salida del ministro de Hacienda, Camacho, que había presentado un decreto sobre dehesas boyales que, al agilizar la desamortización de terrenos municipales, era enormemente lesivo para los ayuntamientos. Sin embargo, fue al producirse los primeros efectos de la citada crisis económica cuando su programa se perfiló más. Éste giró en torno a dos soluciones: la reducción de los impuestos pagados por el campo a través de la Contribución Territorial y el aumento de los aranceles, a cuyo efecto impulsó en 1887 la creación de la proteccionista Liga Agraria. Estas propuestas abrieron un conflicto con el sector librecambista del partido, liderado por Segismundo Moret, que presentaba como alternativa a los impuestos aduaneros la mejora de los transportes, el abaratamiento del crédito y el fomento del cooperativismo.
     Por debajo de las divergencias acerca de la política económica, se dirimió en esos años un enfrentamiento político, pues tanto Moret como Gamazo aspiraban a suceder a Sagasta en la jefatura del partido; e incluso existían roces personales, ya que Moret se había visto perjudicado por la rebaja de los billetes de ferrocarril acometida por Gamazo en 1883.
     La hegemonía librecambista en el Gobierno acentuó su disidencia. Aunque a finales de 1888 rechazó la oferta de Silvela —a su vez disidente del Partido Conservador— de constituir una agrupación intermedia entre las formaciones de Cánovas del Castillo y de Sagasta, en mayo de 1889 participó en el llamado “cristineo”. Se denominó así a una sesión parlamentaria en la cual los diputados fieles a Gamazo y a otros disidentes liberales como Cassola, Martínez Campos, López Domínguez y Cristino Martos (a quien se debe el nombre de la crisis), sumaron sus votos a la oposición conservadora en una votación presupuestaria, a fin de mostrar la debilidad del gabinete liberal.
     La acentuación de la crisis económica a comienzos de la década de los noventa y el avance en el resto de Europa de las ideas proteccionistas reforzaron la posición de Gamazo dentro de las filas liberales. En esas fechas el embajador inglés Wolf le consideraba el candidato con más opciones a la hora de liderar el partido en un futuro próximo, por reunir unas dotes oratorias superadas sólo por Canovas y Castelar, poseer una buena formación intelectual, gozar de una considerable popularidad, contar con fuertes conexiones con el mundo financiero, y con el respaldo de su cuñado Maura, uno de los políticos más hábiles del momento, y del periódico El Imparcial, uno de los de mayor tirada. A ello se sumó su política favorable a las economías presupuestarias, que coincidió parcialmente con la propuesta de un “presupuesto de paz” formulada por el republicano Castelar. Ésta, que sostenía la necesidad de reducir los gastos militares en beneficio de los gastos de tipo reproductivo, había sido adoptada por Sagasta como programa de su formación.
     De esta manera, al producirse en 1892 el regreso de los liberales al poder, Gamazo fue nombrado ministro de Hacienda. Su política persiguió la nivelación presupuestaria mediante la reducción de gastos, sobre todo militares, y el aumento de ingresos a través de la reforma del concierto con Navarra y el establecimiento de nuevos impuestos sobre el vino y las transmisiones patrimoniales. Sin embargo, la oposición general al incremento de la presión fiscal y el malestar provocado entre sus propios compañeros de gabinete por los recortes presupuestarios que afectaban a sus departamentos le impidieron ejecutar sus proyectos y precipitaron su renuncia en marzo de 1894.
     Mantuvo su enemistad con Moret, cuya salida del gabinete forzó al favorecer la derrota en el Senado del tratado comercial con Alemania, auspiciado por su rival. Al producirse el asesinato de Cánovas en 1897 y regresar los liberales al poder, Sagasta pensó en él para la cartera de Ultramar, con el objetivo de que se impulsasen reformas capaces de poner fin a la rebelión cubana. Sin embargo, Gamazo rechazó el ofrecimiento, basándose en la desconfianza que le producía el líder liberal que, en su opinión, había torpedeado las reformas impulsadas en 1893 en la isla antillana por su cuñado Maura. Por otra parte, en todo momento proclamó que su plan reformista, que se circunscribía a los aspectos administrativos, debía postergarse hasta el completo aplastamiento de la rebelión; esta posición hizo que el cargo recayera finalmente en Moret, quien propugnaba una reforma política (concesión de autonomía), como medio de apaciguar a los rebeldes y a Estados Unidos.
     Una vez consumada la derrota en la guerra con este país, regresó al gabinete liberal, encargándose de la cartera de Fomento. Sin embargo, tuvo que dimitir poco después, salpicado por el escándalo Ribot. Este personaje, gamacista y cuñado de Maura, era gobernador civil de Cádiz cuando fue acusado de enriquecerse con el juego —prohibido por la ley— y con la explotación de los servicios de higiene de la capital gaditana.
     Gamazo acusó a Sagasta y a Moret de haber conspirado en contra suya y rompió con el partido, siendo acompañado por ochenta y ocho diputados liberales.
     A partir de ese momento, preparó su entrada en el Partido Conservador, paso truncado por su repentina muerte en 1901. Sus seguidores se incorporarían al conservadurismo poco después de esa fecha, de la mano de Maura; no obstante, algunos retornarían al redil liberal años más tarde siguiendo a Santiago Alba.
     Germán Gamazo fue considerado en su tiempo un eminente civilista. En sustitución de Manuel Silvela, alcanzó la presidencia de la Academia de Jurisprudencia y Legislación en 1885 y desempeñó el cargo de decano del Colegio de Abogados en 1892 (Carlos Ferrera Cuesta, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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