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lunes, 19 de octubre de 2026

El desaparecido Convento de San Pedro de Alcántara, de los Franciscanos Descalzos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de San Pedro de Alcántara, de los Franciscanos Descalzos, de Sevilla.      
   Hoy, 19 de octubre, San Pedro de Alcántara, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, que, adornado con el don de consejo y de vida penitente y austera, reformó la disciplina regular en los conventos de la Orden en España, y fue consejero de Santa Teresa de Jesús en su obra reformadora de la Orden Carmelitana. Falleció en la villa de Arenas, en la región española de Castilla (1562)  [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de San Pedro de Alcántara, de los Franciscanos Descalzos, de Sevilla.   
     El desaparecido Convento de San Pedro de Alcántara, de los Franciscanos Descalzos, se encuentra en la manzana formada por las calles Cervantes, San Andrés, García Tassara, Amor de Dios, y Morgado; en el Barrio de la Encarnación - Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX.
     La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contra­posición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miem­bros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
     Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
     En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
     En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE SAN PEDRO DE ALCÁNTARA (FRANCISCANOS DESCALZOS)
     Fue el octavo y último convento franciscano fundado en Sevilla, promovido por el también convento franciscano sevillano de San Diego, que como cabeza de la Provincia Bética o de San Diego -ya desgajada de la de San Gabriel- deseaba la creación de una enfermería u hospital para atender a los religiosos de los conventos circunvecinos. Compraron en la collación de San Andrés unas antiguas casas de mayorazgo de los Ortiz de Zúñiga, marqueses de Valencina, teniendo al principio sólo licencia para tener capilla doméstica para los religiosos y enfermos, siendo llevados sus difuntos a enterrar al referido convento matriz de San Diego. El posterior deseo de convertir la simple enfermería en convento e iglesia pública contó con la negativa de las autoridades eclesiásticas y su arzobispo, el cardenal Agustín de Spínola. Muerto éste y tras la calamitosa epidemia de peste de 1649 y sus dramáticas consecuencias, "en que los ánimos estaban más fáciles a excluir razones políticas", obtuvieron el ansiado permiso con la intercesión del canónigo e inquisidor Rodrigo de Santalices y Guevara, gran devoto de estos franciscanos, quien les puso el Santísimo en la pequeña iglesia que habilitaron, oficiando la primera misa en uno de los días del mes de junio del citado año de 1649, "y presto se puso manos a la obra de la nueva iglesia que se abrió el 10 de octubre de 1666 con gran solemnidad, con buen edificio y de habitación religiosa, que  ha continuado y continua".
     La comunidad pertenecía pues a la rama descalza de los Frailes Menores de San Francisco, división nacida a raíz de la reforma emprendida en 1469 por fray Juan de la Puebla, quien en un deseo de llevar una vida religiosa más austera y rigurosa consiguió bula papal para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores, lo que originó problemas de jurisdicción y espiritualidad con los Observantes. Con su sucesor, fray Juan de Guadalupe (1450-1506), el movimiento tomó un nuevo impulso; totalmen­te imbuido a la práctica de una "estrictísima observancia", consiguió ser autorizado por breve pontificio de 1499 a formar la primera custodia de la descalcez denominada del Santo Evangelio, que se independiza definitivamente de los Observantes en 1506. A partir de aquí se irá consolidando y en 1561 adquiere el rango de Provincia, desgajadas en otras a medida que el número de conventos fue creciendo; en 1620 se crea la de San Diego o Bética bajo cuya jurisdicción estaban los conventos de Andalucía y el norte de África, y a la que perteneció la nueva casa sevillana, que tomó el nombre del santo español de la Orden, San Pedro de Alcántara (1499-1562). El ingreso de este religioso en las filas de los Descalzos supuso un gran estímulo para el desarrollo de la congregación; activo reformista, estudiante en la Universidad de Salamanca, sacerdote y amigo de Santa Teresa de Jesús a quien ayudó en su reforma del Carmelo, autor de varias obras espirituales, y modelo de austeridad y ascetismo religioso, impulsó decisivamente el afianzamiento y rápida difusión de la descalcez franciscana por España, siendo sus miembros denomi­nados alcantarinos. Beatificado por Gregorio XV, en 1622 es canonizado por Clemente IX en 1669, siendo el convento sevillano uno de los primeros en tomarlo como titular.
     Quedó instituido el convento de San Pedro de Alcántara en la collación de San Andrés, en la calle denominada en los padrones de los siglos XVI y XVII corno "calle que va de San Andrés a San Martín" y también "calle de Francisco de Céspedes", pasando a ser llamada de San Pedro de Alcántara a partir de la instalación en ella de los alcantarinos, y hoy rotulada Cervantes. El edificio tuvo dos funciones, por un lado la hospitalaria y por otro la propiamente conventual con una comunidad parece que reducida en el número de sus miembros, y de vida austera y piadosa, muy devotos del Santísimo Sacramento, propagadores de la comunión diaria entre los fieles y del culto a la Inmaculada con una imagen llamada del "Primer Instante". Según una estadística de 1648 el todavía hospital contaba con tan sólo doce miembros.
     Del modesto convento apenas sí se recogen datos sobre su actividad religiosa en la ciudad, que hubo de ser discreta, sin pomposos acontecimientos litúrgicos como se realizaban en otros más ricos y destacados. Tampoco se conocen noticias sobre el proceso constructivo de su iglesia y convento, patronos, enseres, religiosos destacados, instituciones piadosas que pudo tener, etc. En este sentido sólo sabemos que en el compás que abría a la actual calle Cervantes, por donde se entraba tanto a la clausura como al templo, se hallaba la capilla de la rama seglar franciscana de la Orden Tercera construida entre 1694 y 1696, siendo inaugurada solemnemente el domingo 1 de marzo de 1696. El convento sirvió, según parece, de colegio de la Orden.
     Con una vida sencilla y humilde hubo de transcurrir la existencia de San Pedro de Alcántara, que al igual que el resto de las casas religiosas de la ciudad, padecerá los aciagos acontecimientos y pérdida definitiva de su conventualidad en el siglo XIX. Con la llegada de los franceses los alcantarinos fueron exclaustrados por primera vez; el convento fue utilizado como hospital y la iglesia cerrada hasta 1813, año en el que pudo regresar la comunidad que permaneció hasta la exclaustración general de 1835. Hay que señalar que durante el Trienio Constitucional (1820-1823) los frailes del convento sevillano de San Diego pasaron al de San Pedro de Alcántara, en cumplimiento de la Ley de Monacales de 1 de octubre de 1820 que determinaba la agrupación de religiosos en el inmediato convento de la misma Orden, cuando una comunidad no llegase a tener veinticuatro miembros ordenados.
     Tras la desamortización y exclaustración de 1835 el convento tuvo diferentes usos. En una parte de él se instaló la Escuela Normal, siendo arreglado el edificio con fondos provinciales, e inaugurado el domingo 8 de junio de 1845. En otra zona se instaló una fábrica de cerveza y también una escuela gratuita de adultos. La iglesia se mantuvo abierta al culto hasta su incautación en 1868 por la Junta Revolucionaria para dedicarla a capilla del recién creado Instituto de Enseñanza San Isidoro, levantado sobre parte del convento, que estaba siendo derribado desde 1860. El 23 de noviembre de 1895 el templo y parte de lo que quedaba de la clausura se otorgaron a la congregación femenina de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús que demolió lo que quedaba de esta para levantar su residencia de nueva planta, conservándose la iglesia y la capilla de la Orden Tercera. El inmueble está incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, con ampliación de la declaración por Real Decreto de 2 de noviembre de 1990.
ARQUITECTURA
     El convento-hospital se insertaba en una amplia manzana de la collación de San Andrés, como queda recogido en el plano de Sevilla de 1771, cuyo perímetro lo formaban al norte la calle de Santa María, al oeste la calle del Amor de Dios, al sur la Costa­nilla de San Andrés y al este la "calle que va de San Andrés a San Martín", también denominada como calle de Francisco de Céspedes, y que a partir de la fundación franciscana pasó a llamarse de San Pedro de Alcántara, hoy se rotula Cervantes. Por ella se accedía al convento, hospital e iglesia, desconociéndose pormenores de su proceso constructivo, autores y características arquitectónicas. Sólo sabemos que a la entrada existía un compás mediano que daba paso a la clausura y al templo. Éste tenía delante de la puerta de los pies un pequeño pórtico formado por un gran arco de medio punto sobre cuatro columnas. En el costado de la iglesia hubo otro ingreso que igualmente poseía un tránsito cubierto sostenido por columnas. La iglesia se terminó en 1666, siendo inaugurada el 10 de octubre de ese año. No se manifiesta al exterior y es de sencilla planta rectangular de nave única cubierta con bóveda de cañón con lunetos, crucero con media naranja en el centro, cabecera plana y coro a los pies. La sacristía se situaba tras el presbiterio. La puerta de los pies bajo el coro y con salida al pórtico y compás conventual fue clausurada cuando se enajenó la parte del compás, que en la actualidad es acceso trasero del Instituto San Isidoro.
     Al exterior, sobre el muro de la epístola se levanta la modesta espadaña, recientemente restaurada. Consta de un único cuerpo formado por un arco de medio punto con rosca rehundida, entre pilastras toscanas en dos alturas y con impostas que llegan a la cornisa, pilastras que se repiten en los paramentos laterales. Se corona el conjunto con un frontón recto con dados en los vértices, en el central con veleta y cruz latina de hierro. Una barandilla también de hierro forma el balcón en donde desemboca la escalera; cuenta con una campana.
     El convento, al que se accedía por el referido compás, era de reducidas dimensio­nes; constaba de un claustro principal pequeño, formado por arcos de medio punto sobre pilares de ladrillo y fuente en el centro. Tenía otro patio del que no se conocen sus características. Las habitaciones se distribuían en dos pisos, y eran "estrechas aunque en mucho número pues la comunidad era muy crecida", destacando la pieza de la enfermería, origen y principal función de la casa, que era "diáfano y cómodo... una cuadra muy capaz con divisiones de tabiques para las camas".
     En el compás, a la derecha, se hallaba la Capilla de la Orden Tercera, que se ha conservado hasta hoy, y que constituye el número 7 de la calle Cervantes. De ella sabemos que fue construida entre 1694 y 1696 e inaugurada el domingo 1 de marzo de ese último año. Es de pequeñas dimensiones y de ella dice Gestoso que fue en origen más pequeña, ampliada en fecha indeterminada para colocar altares colaterales. Es de planta rectangular, cabecera plana y cubierta con bóveda de medio cañón rebajada, con lunetos, y con cancel ante la puerta de entrada. La portada de acceso se forma median­te un vano adintelado entre pilastras toscanas, ancho entablamento con pequeña hornacina en el centro, y remates apiramidados planos en los extremos adosados al paramento.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     La iglesia hubo de poseer un retablo mayor anterior al tabernáculo decimonónico descrito por González de León en 1844. No hay hasta la fecha ninguna referencia documental ni bibliográfica que nos informe sobre el retablo, seguramente destruido durante la ocupación francesa. Sí se sabe que estaba presidido por un San Pedro de Alcántara de Martínez Montañés, obra hasta la fecha sin identificar. El tabernáculo neoclásico exento situado en el centro del presbiterio estaba realizado en madera pintada imitando jaspes, coronado con cúpula y en su interior un manifestador redondo de similares características; se desconoce el autor de esta obra y la fecha de su ejecución.
     En los brazos del crucero hubo sendos retablos, uno con un San José y el otro cuando lo cita González de León, con un San Pedro de Alcántara, que debe de corres­ponder al que presidía el retablo mayor; ambas obras calificadas como esculturas de mérito "por el estilo de Roldán así como la de San Pascual Bailón que está en otro altar''. Ninguna de ellas ha sido identificada. En la nave de la iglesia constan hoy retablos de autor anónimo pertenecientes a la segunda mitad del siglo XVIII, algunos con elemen­tos rococó, y algunas esculturas de santos franciscanos de fines del XVII y XVIII así como una Dolorosa de escuela sevillana del XVIII.
     En la Capilla de la Orden Tercera, cuyo estudio directo, pese a nuestras tentativas, no ha sido posible, cuenta al parecer con varios retablos del siglo XVIII. Según Gestoso sólo tuvo al principio el retablo mayor, presidido por una imagen de vestir de Nuestra Señora de la Aurora y un pequeño Crucificado en el ático, y otro en el lado de la epístola. Con la ampliación de la capilla se colocaron otros altares, uno dedicado a San Clemente y otro a la Virgen del Carmen, además de una tribuna alta, obras costeadas por el Ministro de la Orden, Cristóbal Clemente Raquejo.
PINTURAS
     Los muros, bóvedas y cúpula de la iglesia se hallan decorados con pinturas murales a base de guirnaldas de flores, ángeles, santos de la Orden y adornos que imitan yeserías. De autor desconocido, su factura es de mediana calidad, correspon­diente a la segunda mitad del siglo XVIII. No ha sido posible un estudio detallado al encontrarse en obras la iglesia.
     Según González de León, sólo un cuadro de mérito poseyó esta humilde iglesia, que representaba a San Antonio de Padua, realizado por Murillo, que fue requisado en 1810 por orden del Mariscal Soult quien "mandó buscarlo con un piquete de tropa de infantería, que los sacaron de su lugar y se lo llevaron". Calificado como "excelente", estaba en el presbiterio y su formato era apaisado, con el Santo de rodillas y con el Niño. En el Alcázar estuvo depositado con el número 55, y Angulo lo puso en relación con el San Antonio de Padua del Museo de Berlín al que llegó procedente de la venta del barón de Faviers -compañero de rapiña de Soult-, siendo destruido en el bombardeo de esta ciudad en los días 5 y 6 de mayo de 1945. El lienzo tenía entonces unas medidas de 165 x 200 cm. y Angulo situó su realización entre 1670 y 1680.
     En el Museo de Bellas Artes de Sevilla se conservan dos óleos sobre tablas, anónimos del último tercio del siglo XVI de estilo manierista, que se hacen proceder del convento de San Pedro de Alcántara. Se trata de un Ecce Homo y una Flagelación de Cristo que en origen debieron formar parte de un retablo, si bien no poseemos datos que aclaren este extremo.
     Finalmente referiremos la existencia en la Capilla de la Orden Tercera de un lienzo "de regular mérito de la escuela sevillana" de medio punto, ubicado en un retablo del lado de la epístola, que presentaba a "San Francisco bajando al purgatorio para salvar las almas y en la parte superior, en un trono de nubes, a la Santísima Trinidad y Nuestra Señora intercediendo por aquellas acompañada por ángeles niños y serafines" y en los muros de la iglesia, sobre la cornisa, "seis pequeños lienzos apaisados, de escaso mérito alusivos a la Orden", sobre los que no hemos podido constatar su existencia  por estar la iglesia en obras (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Pedro de Alcántara, presbítero;   
   Franciscano descalzo, nacido en 1499 en Alcántara, Extremadura. Reformó su orden y fue el director espiritual de Santa Teresa de Ávila. Murió en 1562. Por error se le atribuye el Tratado de la oración y meditación, obra de Fray Luis de Granada. Al igual que el apóstol Pedro, habría caminado sobre las aguas. Una paloma le inspiraba profecías.
   Canonizado en 1669, era el patrón de la ciudad de Calatayud y de los vigilantes nocturnos o serenos que lo adoptaron porque el santo sólo dormía una hora cada día. Además se lo invocaba contra las fiebres malignas.
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa con el traje de su orden, un crucifijo, una calavera, la disciplina que usaba para flagelarse y una paloma inspiradora que simboliza su don profético.
   Su extrema delgadez hizo que se lo comparara con las raíces de un árbol. Su iconografía, casi exclusivamente española, data del siglo XVII en adelante (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de San Pedro de Alcántara, personaje a quien está dedicado el desaparecido Convento;
     San Pedro de Alcántara (Alcántara, Cáceres, 1499 – Arenas de San Pedro, Ávila, 18 de octubre de 1562). Franciscano (OFM), naturalista, reformador e impulsor del movimiento descalzo, comisario general, santo.
     San Pedro de Alcántara es una figura importante dentro de la espiritualidad española del siglo XVI.
     Tiene una biografía muy característica de los ascetas y reformadores de su tiempo. Encabeza además un movimiento religioso de gran fuerza dentro de la vida religiosa moderna, que son los grupos descalzos que llegan a aclimatar en las principales familias religiosas.
     Bautizado en su día como Juan de Sanabria, hijo de Alonso Garavito y de María Vilela de Sanabria, cambió su nombre por el de Pedro al profesar como religioso en la Orden Franciscana, en 1516. Por su procedencia, cabe catalogarle entre la hidalguía local cualificada, pues su padre es citado como el bachiller Garavito, letrado y regidor, circunstancia que le permite acceder a los estudios gramaticales e incluso a los estudios académicos en la Universidad de Salamanca, en los años 1511-1515. En este último año entró en la Orden Franciscana, en la que se aclimató en los años 1516-1522, testigo de los movimientos religiosos que atrajeron a los frailes de su tierra, que tenían por valedor a Francisco de los Ángeles Quiñones, futuro cardenal de Santa Cruz. Fruto de estas inquietudes fue la nueva provincia franciscana de San Gabriel de Extremadura en la que el nuevo fraile se llamó Pedro de Alcántara.
     Valorado por su formación y por su mentalidad religiosa, realizó en la Orden Franciscana una carrera intensa de gobierno, que fue desde la guardianía del Convento de San Onofre de La Lapa en 1532, a los oficios de definidor (consejero provincial) en los años 1533, 1544 y 1551, a la magistratura superior de ministro provincial, en 1538. Por otro camino fueron sus opciones religiosas, radicales y novedosas, que encontraron fuerte oposición en Castilla y, en cambio, acogida fervorosa en Portugal, bajo el amparo de Juan III y de la reina Isabel. El éxito aquí conseguido se plasma en la fundación, en los años de 1540-1553, de un nuevo distrito franciscano portugués: la Custodia de Arrábida. Pero los pasos se dieron en abierta discrepancia con los superiores observantes, en especial con el ministro general, fray Andrés de Isla o da Insua (1547-1553), que no cesaba de cercar a Pedro de Alcántara y a sus seguidores, para evitar la difusión de la incipiente corriente descalza.
       Pedro de Alcántara, firme en sus principios y seguro del apoyo de prelados y señores, intentó salir de este encierro pasándose a la jurisdicción de los superiores de la rama conventual de la Orden Franciscana y perfilando su movimiento religioso como nueva familia de “conventuales de vida reformada”. Los superiores conventuales aceptaron con gusto su propuesta y lo nombraron comisario, el 18 de abril de 1459, designación confirmada por el papa Pablo IV, el 8 de mayo de 1559. La decisión de Pedro de Alcántara iba en firme y cuajó de inmediato en la formación de una custodia (8 de octubre de 1559), luego provincia de San José (22 de febrero de 1559). Era el momento en que se encontró con santa Teresa (abril de 1562) y otros entusiastas de la iniciativa como el obispo Álvaro de Mendoza, el gran factor de las fundaciones teresianas.
       Eran los momentos finales de su vida, que Pedro de Alcántara centró en su cenobio abulense de Arenas de San Pedro, centro de irradiación religiosa extraordinario al que llegaron muchas visitas y del que salieron muchas iniciativas. Fray Pedro lo inspiraba todo: fundaciones de conventos; procesos de conversión; discernimientos sobre situaciones difíciles. Pero sus días se acababan, porque sus achaques eran muchos y graves y no lograban conjurarlos los médicos amigos, como el doctor Vázquez, que lo vio morir en la casa de Arenas, en la madrugada del día 18 de octubre e 1562.
       Vivió con gran intensidad y concitó en sus estancias extremeñas, abulenses y portuguesas turbas de devotos. Sus rasgos ascéticos y extáticos fueron la delicia de los pintores barrocos. En las poblaciones castellanas quedó por largo tiempo el eco de su taumaturgia, un bosque de prodigios del que queda memoria en las declaraciones de los procesos de beatificación, en los primeros años del siglo XVII. De hecho, su taumaturgia creció llamativamente y no tardó en ser elevado a los altares.
       En su faceta de reformador e impulsor del movimiento descalzo, Pedro de Alcántara nació y vivió en un contexto social y religioso dominado por la demanda de autenticidad. Tenía un nombre y una etiqueta: Reforma en la cabeza y en los miembros. Había cristalizado en unas instituciones prestigiadas: las congregaciones de Observancia. Nacidas y afirmadas por hombres de gran carisma, se consolidaron con el apoyo del Pontificado y de las Monarquías nacionales.
       Tuvieron su gran empuje en el reinado de los Reyes Católicos (1475-1517) y perduraron sin gran originalidad a lo largo del siglo XVI, a la sombra de la Monarquía de Carlos V y Felipe II.
       Cuando Pedro de Alcántara se afianzó en el escenario religioso ibérico, las instituciones observantes anunciaron su crisis y se vieron abocadas a un proceso de cambio.
       Este fue ahora el panorama. La uniformación de los grupos reformados en el único cuerpo de la Regular Observancia, implicó, cuando menos, una merma de los grupos espontáneos, incluso cuando se les concedieron espacios propios —las custodias— y superiores regionales. De esta reducción institucional surgieron situaciones de inquietud y disconformidad que se procuró acallar desde 1500 con la solución tradicional de una opción jerárquica: las casas de recolección.
     Se acusó un fermento de disidencia dentro de la Regular Observancia franciscana. Tuvo sus expresiones más clásicas en los grupos ahora llamados recoletos y capuchos, éstos apellidados también frailes del Santo Evangelio. Los primeros centraron su demanda en un tipo de vida religiosa más retirada y penitente, en el que prevalecieron el silencio, la oración y una mayor reclusión. Los segundos aspiraban a realizar un evangelismo popular con sus viviendas campesinas, sus ermitas devocionales en las que hacían jornadas semanales de oración, su vestido de capucha puntiaguda que decían que era el mismo que usaba san Francisco y les acarreó el nombre popular de capuchos.
     El futuro de ambas familias iba a ser muy diferente: los recoletos hubieron de acomodarse a ser una parcela reconocida y legal dentro de cada provincia y expansionarse por los antiguos cenobios rurales de los primeros ermitaños y cenobitas, ahora reedificados como conventos; los frailes del Santo Evangelio se abrieron camino, con la nueva designación de descalzos, en forma de congregación autónoma bajo la dependencia del ministro general de la Orden.
     Los descalzos franciscanos tenían una protohistoria en los tres primeros decenios del siglo XVI. Nacieron en el preciso momento en que los Reyes Católicos y Cisneros aspiraban a conseguir una única reforma en las órdenes mendicantes: la Regular Observancia.
     Lo ordenaron así a los visitadores que, con comisión pontificia y real, realizaban campañas de reforma. Lo impusieron sin excepción cuando los promotores del Santo Evangelio, Juan de Guadalupe y Pedro de Melgar, intentaron plasmar su doctrina en Extremadura y en Portugal. Después de sus días, en los primeros años del reinado de Carlos V, encontraron mejores oportunidades de llevar adelante sus proyectos. En los años 1519-1520 se creó en Extremadura la provincia de San Gabriel, con fuerte respaldo señorial. Había, por lo tanto, patronos y recursos materiales que patrocinasen la empresa y existía un plan de vida religiosa que resultaba muy atractivo. Por suerte, hay también un hombre capaz de encaminar y definir el nuevo estilo de vida que era fray Francisco de Quiñones.
     La nueva forma de vida de los frailes extremeños fue establecida por Francisco de Quiñones, partiendo de la doble experiencia de los primeros frailes del Santo Evangelio y de su originaria provincia de los Ángeles, de Sierra Morena, que se había mantenido desde sus orígenes en el patrón de la Observancia italiana, más cercana a los grupos eremíticos. En su guión de ideas y preceptos están los siguientes puntos: la práctica eremítica se considera una parcela importante de la vida comunitaria, por lo que deberían seguirla al menos temporalmente todos los frailes; cada casa dispondrá de alguna ermita a la que puedan retirarse los frailes por turnos, sin perder la conexión con las celebraciones litúrgicas conventuales; se establecen turnos semanales de ermitaños que tienen por centro la misa conventual de los domingos, durante la cual se establecen los relevos con ritos y oraciones apropiadas; la experiencia eremítica semanal consiste en diversas prácticas litúrgicas, devocionales y ascéticas que se improvisan generalmente y pone el acento en las lecturas espirituales y en la dieta alimenticia que es vegetariana, a base de pan, verduras y frutas con aceite y vinagre: las llamadas comidas inocenciales, “muy conformes a lo que nuestros padres comían en el estado inocencia”; se admite el trato espiritual con los visitantes que se acercan a estos cenobios, que pueden ser admitidos a conversaciones edificantes no sólo en las porterías sino también en las ermitas y en el templo; el exponente más completo de esta espiritualidad es la vocación misionera, concebida como suprema obediencia personal y comunitaria a Dios y a los superiores jerárquicos; comunidad móvil que alimenta su solidaridad, no en observancias sino en el encuentro periódico amistoso y fiel del grupo; que crea sobre la marcha su culto religioso, sin ataduras de ceremonias y ritualismo; que asume como nueva patria la tierra que va a misionar. Con este bagaje de ideas y propósitos llegan a las nuevas tierras de México los llamados Doce Apóstoles de Nueva España, en junio de 1524.
     Esta constelación de ideales no cuajó fácilmente en Extremadura. Hubo incertidumbre en el rumbo e inconstancia en proseguir los esfuerzos iniciales. En este horizonte incierto aparece la figura de Pedro de Alcántara.
     Por su extracción hidalga y por sus estudios salmantinos, realizados alrededor del año 1511, en un momento de agitación y reforma, y sobre todo por su carácter firme en sus propósitos, destacó a partir de la década de 1530, cuando Francisco de Quiñones, tras su ministerio de ministro general de la Orden (1523- 1527), ascendió al cardenalato y tuvo un protagonismo religioso notable de tinte erasmiano. Ensayó dentro de la institución de la Observancia sus proyectos de Felipe II, como definidor y ministro provincial de la provincia de San Gabriel (1538- 1541) y fue autor de las Ordenaciones provinciales de 1540. Acaso creía por entonces que este camino institucional era viable, porque en Portugal encontró acogida y favor y consiguió fundar una nueva provincia franciscana de estilo extremeño: la Custodia, luego provincia (1542) de la Arrábida.
     El camino que trazaba Pedro de Alcántara se distanciaba sensiblemente del previsto por Francisco de Quiñones. En éste prevalecía la creatividad y la espontaneidad.
     En san Pedro de Alcántara crecía cada vez más el sentido ascético de una pobreza radical que debía expresar muy claramente dos direcciones: la de la pobreza real del mundo rural castellano y la cristológica del desprendimiento total de los bienes por el seguimiento libre de Jesús Fue en 1557 cuando el nuevo reformador franciscano decidió marcar su nueva andadura.
     El nuevo itinerario fue visto como una disidencia dentro de la regular Observancia, justamente en los momentos en que el príncipe Felipe II comenzaba a blandir sus propósitos de reforma definitiva de las órdenes religiosas. Sonó a desafío a la autoridad jerárquica de la Orden, su decisión de 1559, por la que pasaba con su nueva familia a la jurisdicción del ministro general de los frailes franciscanos conventuales.
     Pedro de Alcántara se mantuvo firme en su propósito. En pocos meses dio vida a un nuevo distrito franciscano que llevaba su impronta descalza: la Custodia de San José, de Castilla la Nueva, constituida en el mismo año de 1559, y elevada a provincia con nuevas ordenanzas en 1561. Nadie consiguió doblegar a fray Pedro en su marcha, incluso cuando la mayor parte de sus seguidores suscribieron el 25 de febrero de 1562 una concordia por la cual se integraban en la Observancia. En el pináculo de la fama, como maestro espiritual y consejero de personalidades como santa Teresa de Jesús y amigo de próceres como el obispo de Ávila, Álvaro de Mendoza, sabía que no estaba sólo en el desafío. Su último refugio fue el minúsculo Convento de Hontiveros, donde le acosaban los superiores observantes, en septiembre de 1562, que, por su portavoz en la Corte de Felipe II, lo acusaban de “inventar [...] nueva Orden e manera de religion no aprobada”.
     Pedro de Alcántara murió en Arenas de San Pedro, en casa de su amigo el médico doctor Vázquez, el 18 de octubre de 1562. Dejaba escritos ascéticos, normativa de reforma y sobre todo el testimonio de una vida extremosa en la ascesis religiosa y en el radicalismo reformista. San Pedro de Alcántara es un notable escritor espiritual, meritorio como testigo de las corrientes y motivaciones religiosas de su tiempo.
     Su claro parentesco con algunos de estos escritores sigue creando interrogantes. La obra más original es el Tratado de oración y meditación, que fue editado en los años 1556- 1557, por el impresor Juan Blavio de Colonia. A su lado figuran: Soliloquios de San Buenaventura y Comentario sobre el salmo “Miserere”.
     Dejaba claro su ideario que había formulado sucesivamente en textos legislativos de los años 1540 y en los proyectos de 1562. Los ejes de su propósito eran una liturgia silenciosa, acompasada y meditativa; una oración mental prolongada, de dos horas diarias, separadas por el trabajo corporal; la mendicación como forma de sustento; vestido religioso y ajuar litúrgico concordante con la pobreza ambiental; vivienda similar a la de los campesinos extremeños.
     Desaparecido Pedro de Alcántara quedaba su aliento institucional. La provincia de San José que buscaba afanosamente su prolongación en nuevos parajes de escasa presencia franciscana: la montaña valenciana y murciana, donde surgió la custodia de San Juan Bautista; las tierras tudenses de Galicia, en las que había comenzado sus fundaciones fray Juan Pascual por los años de 1517. Parecía un árbol muy pobre y desolado en 1562. Pronto demostró que tenía hondas las raíces.
     La nueva familia descalza se vio conminada a desaparecer en la década de 1560. Le venían las amenazas desde las instancias oficiales: en el cuadro de la Regular Observancia franciscana esta nueva familia religiosa de “pascualistas” (seguidores de fray Juan Pascual) y “alcantarinistas” (compañeros de Pedro de Alcántara) que se presentaban en público como Observancia estrictísima eran los mismos “deviantes” censurados en su día por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, que habían dejado de lado el idealismo comunitario y misional del cardenal Francisco de Quiñones; aparecían en público con una imagen extravagante, en unas moradas que eran más tugurios o cuevas que conventos; se instalaban abusivamente en los distritos territoriales de las provincias observantes; captaban el favor de prelados y caballeros con ardides religiosos; en los proyectos de reforma que estaba realizando la Corte de Felipe II, sancionados por Pío V por los breves Maxime cuperemus (2 de diciembre de 1566) y Superioribus mensibus (16 de abril de 1567), el objetivo primario era la extinción del conventualismo y la promoción de los grupos reformados, sobre todo de las observancias, cuando éstas existían. En principio la existencia de grupos especiales dentro de cada familia observante no estaba contemplada. Se consideraba amenaza de anarquía y división de fuerzas. Por norma no eran aceptables “los diferentes modos de vivir bajo un habito y religion”. En concreto, expresaba Felipe su opinión oficial, el 12 de diciembre de 1567, que los alcantarinos, “aunque hayan dado la obediencia a la Observançia, son y quedaron conventuales [...] y así pueden ser enteramente reformados y reducidos a la Observancia y repartidos por los monasterios della”.
     Un mes más tarde llegaba la sentencia definitiva por la bula Beatus Christi salvatoris, dada por Pío V; el 23 de enero de 1568, en la que de nuevo se abolían las congregaciones y reformas existentes en el seno de la Observancia franciscana y sus miembros serían incorporados a las respectivas provincias observantes.
     Sin embargo no llegó la previsible desaparición más que en los reductos más lejanos y débiles como la Custodia de San Simón de Galicia, cuyos Conventos de Redondela, Vigo y Bayona se integraron en la provincia de Santiago. Los superiores franciscanos no propusieron la desaparición de la nueva familia descalza sino su integración en el cuadro de la Orden, en forma de provincias autónomas que siguiesen su estilo de vida bajo la jurisdicción del ministro general de la Orden. Así lo propuso el comisario general y portavoz de la Observancia en la Corte, fray Francisco Guzmán, en 1562, censurando sobre el particular algunas prácticas religiosas del grupo que consideraba negativas como eran las singularidades en viviendas, vestidos y austeridades. Con esta tesis venía a reforzar los argumentos de los propios descalzos ante el Rey, que demostraban que realmente militaban en la Observancia y que su vinculación a la familia conventual era una anécdota del pasado.
     Mientras estas dudas sobre la naturaleza de los Descalzos se barajaban en las altas esferas madrileñas, los seguidores de Pedro de Alcántara se adelantaron a la situación buscando amparo en personajes eclesiásticos y en cortesanos romanos y madrileños. Sus agentes conquistaron la benevolencia de Pío V y recibieron de él declaraciones verbales en su favor, oportunamente testimoniadas con documentos notariales. En Madrid supieron atraer a su causa a los nuncios Alessandro Crivelli (1561-1565) y Felipe Sega (1577-1581) y al antiguo obispo abulense, ahora titular de Palencia, Álvaro de Mendoza, el secretario Antonio Pérez, los condes de Priego y Melito y el contador Francisco de Garnica. Con este valimiento en Madrid y en Roma, encontraron todas las puertas abiertas. Los mismos generales de la Orden, Luis de Púteo y Cristóbal Capitefontium, no tuvieron ya el valor de oponerse a sus demandas y aprobaron sus nuevas fundaciones, mientras que los superiores españoles seguían contradiciéndolas sin éxito. En la década de 1570, bajo estas condiciones (1572) se plasmaba la instalación que el grupo consideraba emblemática: San Bernardino de Madrid, fruto del apoyo de un grupo de cortesanos entre los que destaca el contador Francisco de Garnica.
     Una nueva empresa descalza, en marcha desde 1576, les aseguraba el salto definitivo al aprecio personal de Felipe II: la misión de las islas Filipinas. Se presentó con urgencia la demanda de misioneros para las nuevas islas hispanas, con irradiación en todo el Lejano Oriente. Se sugirió que a los pioneros agustinos se sumasen de inmediato grupos de jesuitas y de frailes descalzos. Recibida la invitación, los frailes de San José o josefinos, como ahora se decían los descalzos franciscanos, organizaron una expedición de dos docenas que capitaneó fray Pedro de A1faro. La empresa tuvo gran éxito y se convirtió muy pronto en una bandera de triunfo para los descalzos. En 1579 pusieron en limpio sus planes: querían levas regulares de misioneros descalzos; pretendían una instalación en Nueva España que sirviera de puente para el periplo asiático; preconizaron un gran futuro para la Iglesia y para la Monarquía de Felipe II no sólo en las islas Filipinas sino también en tierras chinas y japonesas.
     Casi de repente se habían constituido en un baluarte misionero con el que tendría que contar la Monarquía de Felipe II. El Rey Prudente y los Descalzos franciscanos cambiaron de discurso: Felipe II los miraba ahora como apóstoles; los misioneros llamaron a su Rey padre, patrón y defensor.
     En realidad no había cambiado sólo el talante de las relaciones sino sobre todo la condición institucional de los Descalzos franciscanos. En los años 1578-1579 recibieron los documentos pontificios que les acreditaban como familia religiosa reformada dentro del cuadro de la Regular Observancia Franciscana. Desde el 12 de noviembre de 1578 tenían en su poder la nueva bula de Gregorio XIII Ad hoc nos Deus, por la que se sancionaba que las constituciones de los Descalzos no podrían ser alteradas ni siquiera por el ministro general de la Orden Franciscana; que los frailes observantes podían pasar libremente a la familia de los Descalzos; que los moradores de los conventos descalzos no podían ser transferidos por los superiores observantes; que sólo bajo estas condiciones se ejercería la jurisdicción del ministro general de la Orden sobre la familia descalza. El 3 de junio de 1579 emanaba en Roma la bula Cum illius vicem que remachaba este estatuto de autonomía. Corrían tiempos de bonanza para los nuevos grupos reformados, descalzos y recoletos, que merecían ahora cálidas recomendaciones de los nuncios pontificios, a los que la Corona iba dejando margen de intervención, incluso cuando sus gestos no se adecuaban a los proyectos oficiales.
     En las décadas de 1580 y 1590 los Descalzos Franciscanos estaban en pleno despliegue en España y en las Indias. En algo más de dos decenios supieron afirmar su presencia en todo el ámbito de la Monarquía Católica con casas, provincias y misiones.
     En la Península prosperaron sus fundaciones urbanas, las más objetadas por sus compañeros de la Observancia.
     Con cierta facilidad se encontraba quien ofreciera solares y dotación en ciudades significativas como Madrid, Cuenca, Salamanca y, sobre todo, Valladolid y Sevilla. Tenían muy clara su estrategia de asentamientos urbanos: los necesitaban en Alcalá y Salamanca para educar a sus candidatos; en Sevilla y México, como refugios y puentes para sus expediciones misioneras; en Valladolid y Ciudad Rodrigo, por ser cabezas de comarcas a las que había que recurrir por necesidad, sobre todo para problemas administrativos y asistencia sanitaria; en Zamora, Medina, Segovia, Guadalajara, Cuenca y Toledo, ya saturadas de conventos, por condescender con la piedad de sus bienhechores devotos. Habían de superar las objeciones jurídicas: las normas sobre las distancias entre las casas religiosas urbanas, que agravó Clemente VIII en su Constitución de 1593 y la disposición del capítulo general de la Orden de Valladolid que exigía la aprobación para las nuevas fundaciones. Las vencían con gracias pontificias, como la otorgada por Gregorio XIII a la provincia de San José en 1594 por la que se constituyó la provincia de San Pablo en Castilla la Vieja, mientras que la valenciana de San Juan Bautista no sólo se consolidó sino que se dilató por las tierras murcianas; en Andalucía, se puso en marcha otra nueva provincia, que se llamó de San Diego, si bien su aprobación sólo se consiguió en 1619; en Indias había dado el paso en 1586 la nueva provincia de San Gregorio Magno y en la década de 1590 se configuraba la de San Diego de Nueva España.
     En Indias los Descalzos hacían ostentación de cierto vanguardismo religioso, aprovechando el adormecimiento de los observantes, enzarzados en sus disputas internas y externas. Se presentaron como los misioneros de frontera, ajenos a las disputas jurisdiccionales, dispuestos a recibir en sus filas a los frailes descontentos de su instalación no hispana que clamaban por casas de recolección. Ofrecieron a la Monarquía la solución para los urgentes alistamientos misioneros: fue su instalación completa en los virreinatos indianos en los que reclutarían sus candidatos e instalarían sus casas de formación. Así se resolvería el difícil problema de las expediciones misioneras “sin que sea menester traellos todos de España, porque [...] no se pueden traer todos los que son menester, y se traen con mucho mas trabajo”. Sin duda, esta solución utópica halagó a Felipe II. En el mismo año 1586 hacía un reconocimiento público de estos misioneros: “se han señalado mucho los descalzos de la Orden de San Françisco”, escribía, refiriéndose a los primeros misioneros de Filipinas, y los recomendaba con predilección al papa Sixto V (José García Oro, OFM, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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