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martes, 22 de septiembre de 2026

El Relicario de San Mauricio, en el Altar de las Reliquias, del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Relicario de San Mauricio, anónimo, en el Altar de las Reliquias, de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     Hoy, 22 de septiembre, en Agauno (hoy Saint Maurice d´Agaune), en la región de Valais, en el país de los helvecios, Santos mártires Mauricio, Exuperio, Cándido, que siendo soldados, al decir de san Euquerio de Lyon, fueron sacrificados por su fe en Cristo, en tiempo del emperador Maximiano, juntamente con sus compañeros de la misma legión Tebea y el veterano Víctor, ilustrando así a la Iglesia con su gloriosa pasión (c. 302) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Relicario de San Mauricio, anónimo, en el Altar de las Reliquias, de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En el Convento de San José del Carmen "Las Teresas" podemos contemplar el Altar de las Reliquias, del que forma parte el Relicario de San Mauricio, de tela pintada y bordada, obra anónima barroca, realizada entre 1600 y 1631, tiene unas medidas de 32 x 33 x 3 cms.
   En un formato polilobulado decorado con rosetas de pasamanería, el botón central muestra, sobre fondo paisajístico, a san Mauricio, de medio cuerpo, vestida con la clámide romana sobre el peto portando una espada que reposa sobre su hombro izquierdo. La cabeza muestra los rasgos de un hombre joven de rizada cabellera y barba poco poblada cubierto con casco romano, que dirige la mirad al frente, figurando en primer plano un yunque y un martillo como símbolos iconográficos.
     Pese a la cartela en la que figura el nombre del santo, puede pensarse por la presencia del yunque y la similar indumentaria utilizada en la iconografía que la imagen pueda referirse a san Adriano (Guía Digital de Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Mauricio, mártir
     Santo militar cuyo nombre, que sería una corrupción de Moisés, por etimología popular se asimiló a Maurus (Mauro o Moro), lo cual explica que se lo haya representado de raza negra.
     Según la Leyenda Dorada era el jefe (primicier) de la Legión tebana que se había reclutado en la Tebaida, Egipto. Enviada a combatir al norte de Los Alpes, la legión se acantonó en Agaune en Valais. Como san Mauricio y sus soldados se negaron a ofrecer sacrificios a los ídolos, el emperador Maximiano ordenó cercar a los rebeldes que se dejaron matar sin ofrecer resistencia. Oficiales y soldados abandonaron las armas y ofrecieron sus cuellos a las hachas imperiales. La Legión en principio fue diezmada, y luego completamente exterminada, en 285 o en 302.
     El relato de este martirio colectivo de objetores de conciencia nos ha sido transmitido por la Passio Agaunensium martyrum redactada en el siglo V por Euquerio (fr.: Eucher), obispo de Lyon. Sin duda debe tenerse en cuenta la exageración hagiográfica y reducir la Legión al número de efectivos de una cohorte, así como las Once mil vírgenes deben reducirse a once.
     Además, numerosos compañeros de san Mauricio consiguieron escapar a la matanza de Agaune. Y de hecho, san Urso, que fue decapitado en Soleure, san Gereón que llegó hasta Colonia y san Víctor que alcanzó Xanten, se consideraron miembros de la Legión tebana.
     El san Mauricio de Egipto sin duda es una duplicación de otro san Mauricio griego, que fue martirizado en las mismas circunstancias en Siria, en Apamea.
CULTO
Lugares de culto
     La cuna del culto del mártir es la abadía de Agaune, en la región de Valais, que adoptó el nombre de Saint Maurice. Sobre la tumba del santo, el rey Segismundo de Borgoña edificó una iglesia que conserva sus reliquias en un arcosolio del siglo V y que se convirtió en un gran centro de peregrinación. Este santo copto del Egipto cristiano se convirtió así en el santo nacional helvético. La cruz blanca sobre fondo rojo que está en las armas de Suiza fue, originalmente, la insignia de san Mauricio y de la Legión tebana. Guarda semejanza con la cruz roja de san Jorge, otro santo militar de origen oriental que perdura en la bandera (Union Jack) de Inglaterra.
     Desde Suiza, que es una encrucijada de caminos, el culto de san Mauricio irradió hacia Francia, Alemania e Italia.
     En Francia se lo veneraba sobre todo en el valle del Ródano. La catedral de Vienne del Delfinado poseía su cabeza y escudo. En la región de Tarentais, Bourg Saint Maurice y la iglesia de Salins que dependía de la abadía de Agaune están puestos bajo su advocación.
     En el valle del Loira, la catedral de Angers también está puesta bajo su advocación, porque san Martín donó un frasco de sangre de los mártires de la Legión tebana. La catedral de Tours estaba dedicada a él antes de ponerse bajo la advocación de san Gaciano. Por último, citemos en los alrededores de París el municipio de Saint Maurice, separado de Charenton, donde se editaba una revista titulada la Thébaine. También se lo veneraba en Los Vosgos, en Épinal.
     Alemania lo había acogido en Magdeburgo y sobre todo en Halle, Sajonia. El palacio episcopal de dicha ciudad llevaba el nombre Moritzburg y el tesoro más preciado de la colegiata que estaba dedicada al santo, era su estatua relicario de plata. En Colonia había una iglesia puesta bajo su advocación. 
     En Italia se había convertido en el patrón del Piamonte, próximo a la región suiza de Valais y también en el de la Casa de Saboya que en 1430 creó la orden militar de san Mauricio. El culto del santo se extendió por todo el norte de Italia, hasta Milán y Mantua, cada una de las cuales dedicó una iglesia a san Maurizio.
     La ciudad polaca de Cracovia pretendía poseer la lanza y el hacha del santo. En Riga, Letonia, a causa del color de su piel era el patrón de la Casa corporativa de los Cabezas Negras.
Patronazgos
     Sus patronazgos no eran muy numerosos. No obstante era el patrón de los caballeros, de los cruzados, de los soldados y sobre todo el de la Guardia suiza del papa. Entre los santos guerreros, se diferencia de san Jorge, patrón de los jinetes, en el hecho de ser patrón de los soldados de infantería.
     Los tintoreros lo adoptaron a causa del color de su piel teñida de un negro indeleble. En París, en el barrio Saint Marceau, la antigua iglesia de Saint Hippolyte, parroquia de la Manufactura Real de los Gobelinos que tenía un taller de tintorería para tratar los tapices, era también la sede de una cofradía de san Mauricio.
     En Venezuela se lo invoca contra la plaga de langostas.
ICONOGRAFÍA
     En alusión a su origen africano, pero sobre todo a causa de una asociación de ideas entre Mauricio y Moro, suele representárselo, sobre todo en el arte alemán, con los rasgos de un negro africano: pelo rizado, nariz aplastada y la­bios gruesos. Por un mecanismo semejante de etimología popular, el veneciano Cristóforo Moro se convirtió en el Otelo de Shakespeare, el Moro de Venecia.
     Junto al rey negro de la Adoración de los Reyes Magos, el eunuco etíope bau­tizado por san Felipe y san Gregorio el Moro, es uno de los escasos «hombres de color» de la iconografía cristiana.
     En su calidad de jefe de una legión romana, está representado con armadura de caballero. Es el tipo del caballero negro en oposición a san Jorge, el caba­llero blanco. Lleva espada y lanza con pendón o gonfalón y se apoya en un escudo. A veces, a causa de un despropósito con la palabra latina dux (lat.: jefe), se ha reemplazado el casco de soldado con una corona ducal.
     Sobre el gran sello del capítulo de la abadía de Saint Maurice se lo ve montado a caballo, como san Jorge; pero lo más frecuente es que vaya a pie. Es un santo militar más pedestre que ecuestre (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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jueves, 10 de septiembre de 2026

La pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.   
     Hoy, 10 de septiembre, en Tolentino, lugar del Piceno, actual región de Las Marcas, también, en Italia, San Nicolás, presbítero, religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, el cual, fraile de rigurosa penitencia y oración asidua, severo consigo y comprensivo con los demás, se autoimponía muchas veces la penitencia de otros (1305) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.
    El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En el Convento de Madre de Dios encontramos esta pintura al óleo anónima sevillana de 0,25 x 0,21 mts., realizada en la segunda mitad del siglo XVIII, en estilo barroco, en la que el santo con el hábito de los agustinos se representa de pie recortado sobre un fondo de paisaje, con la mano derecha bendiciendo y llevando en su mano izquierda la bandeja con la perdiz, alusiva a la leyenda que se le atribuye donde se cuenta que estando enfermo le ofrecieron para comer unas perdices. El santo que nunca comía carne las bendijo y éstas alzaron el vuelo.
     El marco es de formato rectangular, rodeado por una especie de cordón retorcido que se abre mostrando un contario. Alrededor de este una profusa decoración formada por roleos vegetales y mazos de flores a ambos lados y en el copete superior, mientras que en la parte inferior se decora con una venera de la que cuelgan flores (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Nicolás de Tolentino, presbítero;
LEYENDA
   Predicador y taumaturgo de la orden de los ermitaños de san Agustín, nació en Las Marcas, cerca de Ancona, en 1249 y falleció en 1305.
   En su bautismo recibió el nombre «Nicolás» porque sus parientes habían im­plorado su nacimiento ante la tumba de san Nicolás, en Bari.
   Cuando iba a la iglesia por las noches lo guiaba una estrella, de ahí que se lo represente con una estrella que brilla sobre su pecho. 
     Mientras estaba enfermo habría recibido un pan milagroso de manos de la Virgen. Él, a su vez, curaba a los enfermos con panes que él mismo bendecía. Y metamorfoseó pan en rosas.
   Su milagro más popular es la resurrección de tres perdices asadas. Nunca comía carne, como estaba debilitado por la enfermedad, los monjes de su convento quisieron reconfortarlo con un paté de perdigones, y éstos, asados y todo, escaparon volando.
   Una noche se le apareció un fantasma que le pidió que dijera misa por los muertos; como el santo vacilaba, le mostró las almas gemebundas que imploraban su compasión. Dijo la misa solicitada, y a la noche siguiente las al­mas liberadas entraron en su celda para darle las gracias.
   En España se contaba que durante la peste de 1602 Cristo se había des­prendido de un crucifijo para abrazar la imagen de san Nicolás.
CULTO
   Canonizado en 1445, en 1505 fue elegido por Margarita de Austria, quien lo prefirió a san Filiberto, como patrón de la capilla funeral de Brou les Bourg en Bresse, porque su marido, Filiberto el Bello, duque de Saboya, inhumado en dicha iglesia, había muerto el día de su fiesta.
   Como san Sebastián y san Roque, pertenecía a la categoría de los santos antipestosos. Se lo invocaba contra la peste y también contra la fiebre.
   Para curar a los enfermos o aliviar a las mujeres en trabajo de parto, en los conventos se distribuía el Pan de san Nicolás que había que comer mojado en un vaso de agua.
   Hundido en el mar, dicho pan calmaba las tempestades; arrojado al fuego, apagaba los incendios.
   San Nicolás también era el patrón de los agonizantes y de las almas del Purgatorio.
ICONOGRAFÍA
   Está vestido con un hábito negro de la orden agustina, constelado de estrellas, que ajusta con un cinturón de cuero. Una estrella brilla sobre su pecho y en la mano tiene un crucifijo florecido de lirios.
   Está caracterizado, además, por un cesto de pequeños panes que lleva un ángel en una bandeja, de la cual escapan perdigones asados que acaban de resucitar.
   En el cielo, aparece un cometa entre su lugar de nacimiento y Tolentino. Como san Judas, también tiene como atributo las almas del Purgatorio que le ruegan entre las llamas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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miércoles, 15 de octubre de 2025

Un paseo por la calle Santa Teresa

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Santa Teresa, de Sevilla, dando un paseo por ella.        
     Hoy, 15 de octubre, Fiesta de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia, la cual, nacida en Ávila, ciudad de España, y agregada a la Orden Carmelitana, llegó a ser madre y maestra de una observancia más estrecha; en su corazón concibió un plan de crecimiento espiritual bajo la forma de una ascensión por grados del alma hacia Dios, pero a causa de la reforma de su Orden hubo de sufrir dificultades, que superó con ánimo esforzado. Compuso libros, en los que muestra una sólida doctrina y el fruto de su experiencia (1582) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y que mejor día que hoy para Explicarte la calle Santa Teresa, de Sevilla. dando un paseo por ella.
     La calle Santa Teresa es, en el Callejero de Sevilla, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Ximénez de Enciso, a la plaza de Santa Cruz
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
   Originariamente se llamo del Buen Dios, aunque no hay testimonio documental, pasando a partir de 1567, en que vivió en ella el banquero Pedro de Morga, a conocerse por este último nombre. Su sustitución por el de Teresas o Santa Teresa viene dado porque a partir de 1586 se instalan en ella las monjas carmelitas descalzas del convento de San José, que se trasladan desde Pajería, actual Zaragoza, donde las fundara Teresa de Jesús (1515-1582), a las casas compradas a Hernando de Paz. De trazado rectilíneo y relativa amplitud en su comienzo por Ximé­nez de Enciso, se estrecha y tuerce en ángulo recto por dos veces, de forma que impide ver toda su longitud. Confluye en plaza de Santa Cruz en un pequeño ensanche, que pudiera tratarse del cementerio parroquial. Hacia la mitad hay una barreduela rotulada recientemente como callejón de las Moradas, en clara alusión a la obra de la Santa de Ávila. Esta, probablemente, es la de Balhorra, o Valorra, calleja sin salida citada documentalmente con distintas grafías en el siglo XVI y que se pretendió cerrar posteriormente. En la actualidad la calle Santa Teresa aparece adoquinada y sin aceras, aunque a finales del siglo pasado, cuando se levantó el empedrado, se la dotó de aceras. Su estrechez ha condicionado la presencia de guardaejes de piedra de molino en el convento de las Teresas y grapas de hierro en alguna otra casa para protegerlas de los vehículos.
     La acera de los impares está ocupada en gran parte por los muros del convento de clausura de San José de las carmelitas descalzas, a donde abre sus puertas la fachada adintelada de los pies de la iglesia, protegida con tejaroz y una verja que la separa de la calle. La construcción data de principios del s. XVII y su trazado se atribuye a Vermondo Resta. Entre los edificios civiles destacan la casas núms. 1 y 3, de dos plantas y ático, del s. XVIII; las núms. 8 y 10, con patio de columnas renacentistas y arcos de medio punto inscritos en alfices, en las que se ha instalado la Casa Museo de Murillo, porque allí vivió, al parecer, el pintor sevillano. Las numeradas con el 12 y 14, tam­bién con dos plantas y ático con arcos semi­circulares, son del s. XVII. En la primera se conserva, junto al balcón, un azulejo de la Virgen, y la segunda luce un azulejo en su fachada con la Giralda y dos jarrones con azucenas, indicativo de que perteneció al cabildo eclesiástico. Presenta un aspecto cuidado y limpio, y constituye uno de los espacios más frecuentados por el turismo, de ahí que se localicen en ella varios comercios de "souvenirs"; también contribuye a ello la apertura de la Casa Museo de Murillo, creada en 1973, y la presencia durante varios años de la sede de los cursos de otoño de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. De gran solera es el bar-tienda situado esquina a Ximénez de Enciso, conocido como Bar las Teresas o Casa Plácido, que anima este espacio del barrio de Santa Cruz [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Santa Teresa, 1. Casa del siglo XVIII, de dos plantas, la segunda avitolada, y ático con va­nos de medio punto.
Santa Teresa, 3. Casa del siglo XVIII, de dos plantas, de fachada avitolada, hasta su recien­te reforma.
Santa Teresa, 8 y 10. Casa de dos plantas, la segunda avi­tolada. El número 8 posee un patio de columnas renacentistas y arcos semicirculares inscritos en alfices en la planta baja. En la planta superior re­pite la misma organización, pero las arcadas son ciegas y cada una de ellas alberga un balcón. En el número 10 destaca la cancela.
Santa Teresa, 12. Casa  del siglo XVII,  de dos plantas y ático con vanos de medio punto, separados por pilastras. La portada va resaltada sobre medias pilastras toscanas, y sobre ella el balcón principal decorado con molduras y defendido por un tejaroz, sostenido por tornapuntas de hierro. Junto a dicho balcón se conserva un azulejo de la Virgen.
Santa Teresa, 13. Casa de tres plantas, de tipo popular.
Santa Teresa, 14. Casa del siglo XVII, de dos plantas, la segunda avitolada, con portada de piedra decorada con moldura quebrada. En el interior conserva algunos elementos interesantes como el brocal del pozo, de mármol, con relieves; una reja de ventana, en el patio, de estilo barroco y los azulejos de la escalera.
Santa Teresa, 15. Casa de dos plantas y ático, con pilastras pareadas separando los balcones [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia
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   Nacida en 1515, en Ávila, en el seno de una familia de judíos conversos (¿?), a los dieciocho años ingresó en el convento de las carmelitas. En su autobiografía escrita en 1562 (El libro de su vida [1562-1565]; el Libro de las fundaciones [1573-1582] y el Libro de las Relaciones o Cuenta de conciencia [1560-1579]) y en el tratado que tituló Castillo interior o Las moradas (1588) ha relatado sus visiones y éxtasis: le parecía que su alma le arrancaba el cuerpo enfermizo, sometido a accesos de catalepsia, y que la consumía. Tan práctica y enérgica como mística y contemplativa, a fuerza de obstinación consiguió la reforma de su orden. Radicó su primer convento reformado en Ávila, bajo la advocación de San José, a quien había adoptado como patrón. Murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582, pero a causa de la reforma gregoriana del calendario, que suprimió once días, su fiesta se trasladó al 15 de octubre.
CULTO 
   Fue beatificada en 1610 y canonizada en 1622. Su corazón se venera en el convento de las carmelitas de Alba de Tormes, en él se muestra la herida que le infiriera el dardo de un serafín.
   Protectora de España, de Ávila y de Valladolid, y de la orden de las carmelitas, se convirtió en la patrona de la reina María Teresa de España, esposa de Luis XIV de Francia.
   Como a Santa Odila de Alsacia, se la invocaba para el alivio de las almas del purgatorio y contra las enfermedades cardíacas.
   Era la santa patrona de los galoneros, porque las carmelitas bordaban ornamentos eclesiásticos.
   En España se la ha elegido de manera un tanto inesperada como patrona de la Intendencia militar, sin duda no a título de mística, sino por haber sido reformadora de su orden, que administró con un notable sentido práctico.
ICONOGRAFÍA
   Sus atributos son un ángel atravesándole el corazón con una flecha de fuego y una paloma inspiradora que planea sobre su cabeza (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Teresa de Jesús, virgen y doctora de la Iglesia;
     Teresa de Cepeda y Ahumada; Teresa de Ahumada; Teresa de Ávila, Santa Teresa de Jesús (¿Gotarrendura, Ávila?, 28 de marzo de 1515 – Alba de Tormes, Salamanca, 4 de octubre de 1582). Monja carmelita descalza (OCD), fundadora de monasterios de monjas y frailes contemplativos (o descalzos), mística, escritora.
     Su padre, Alonso Sánchez de Cepeda, era hijo del converso Juan Sánchez de Toledo, afortunado mercader, casado con Inés de Cepeda. Don Juan había judaizado y fue penitenciado por la Inquisición. A raíz de este trance, tuvo que trasladar su negocio de paños a Ávila, donde volvió a prosperar, educando sus hijos cristianamente y casando a todos con familias hidalgas. No cejó hasta alcanzar en 1500 una ejecutoria que le hizo emparentar con un caballero de Alfonso XI. Su hijo, Alonso Sánchez de Cepeda, se casó en 1505 con Catalina del Peso e instaló su domicilio en las que fueran “Casas de la Moneda”. 
   La mujer murió dos años después, dejándole dos hijos: María de Cepeda y Juan Vázquez de Cepeda. En 1509 Alonso contrajo segundas nupcias con Beatriz de Ahumada, de quince años, que residía en Olmedo con su madre, Teresa de las Cuevas. La boda se celebró en Gotarrendura, donde los padres de Beatriz tenían casa señorial. Allí nació la primera hija de Beatriz, el 28 de marzo 1515, que recibió el nombre de la abuela y el apellido de su madre: Teresa de Ahumada.
     Algunos autores se inclinan por Ávila como lugar de nacimiento de Teresa.
     Toda su vida, Teresa de Ahumada tuvo que enfrentarse con una triple limitación socio-cultural y religiosa: era mujer y monja en una época en que la cultura dominante, el saber y el poder, en la sociedad y en la Iglesia, estaban totalmente en manos de los hombres; además, pertenecía a una familia de mercaderes; por último, era hija de conversos en una época en que se impusieron en Castilla los Estatutos de Limpieza de Sangre. Este dato da idea de su enorme repercusión en la biografía teresiana. Los Cepeda, a pesar de haber suprimido el hebraizante apellido de Sánchez figuraban como “modelo de familia judeo-conversa”. El comprobar ascendencia hebrea era la mayor infamia; de ahí las “ejecutorias de hidalguía”, como era el caso de los Sánchez de Cepeda.
     Debe acentuarse, pues, la importancia que tuvo en la formación y actuación social-religiosa de Teresa de Ahumada el origen converso de su familia. Así, el tema de la honra, tema central de los escritos teresianos, corresponde a la obsesión por la “negra honra” de parte de los conversos. Américo Castro ya nota en la nieta del converso toledano “un anhelo de compensar con linaje espiritual la carencia de uno socialmente aceptable”. Teresa conoció los esfuerzos de su padre y de sus tíos conversos para lograr una declaración de hidalguía. Pero, hablando de sus padres, no dice que fueron “hidalgos”, sino “virtuosos y temerosos de Dios”. La atmósfera cultural-religiosa en la cual Teresa se educó es por ella caracterizada cuando escribe: “Era mi padre aficionado a leer buenos libros, y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos éstos”, y de su madre declara: “Con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme, de edad —a mi parecer— de seis o siete años”. La niña precoz pasó a ser la habitual compañera y confidente de doña Beatriz, que la enseñaba a leer y escribir. El temor a que sus hijas sufrieran la influencia de los alumbrados inducía a padres de familia a negarse a que sus hijas aprendiesen a leer y escribir. Tal temor no existía en casa de los Cepeda y Ahumada. La actitud de Alonso y Beatriz a este respecto era innovadora para la época. El libro que dejó una huella indeleble en Teresa y en su hermanito Rodrigo era el Flos Sanctorum, que tenía la vida de Cristo y de muchos santos. “Espantábanos mucho —dice ella— el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos... Gustábanos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre!”.
     Y concluye: “En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad”.
     En los umbrales de la adolescencia, Teresa perdió a su madre. Se le abrió un gran vacío afectivo. Después de una temporada de devaneos mundanos, Alonso recogió a su hija en el Convento de monjas Agustinas Santa María de Gracia, como doncella de piso.
    Tal “mudanza” de la casa de su padre a un mundillo monjil significaba para Teresa una seria confrontación con su destino. En María de Briceño, maestra de novicias y de las doncellas, encontró la joven Teresa a “la amiga de más edad”, la confidente de sus intimidades, que le quitó “algo de la gran enemistad que tenía con ser monja”. En su alma empezó a surgir “la verdad de cuando niña”. Confiesa: “A cabo de este tiempo [...] ya tenía más amistad de ser monja”. Su proceso biográfico espiritual tomó un rumbo definitivo en el encuentro con su tío Pedro Sánchez de Cepeda, converso retraído y lector de “buenos libros en romance”.
     Teresa escribe: “Aunque no acababa mi voluntad inclinarse a ser monja, veía era mejor y más seguro estado, y así poco me determiné a forzarme para tomarle”.
     Además, en casa de su tío, dice: “Leía en las Epistolas de San Jeronimo, que me animaban de suerte que me determiné a decirlo a mi padre, que casi era como a tomar el hábito”. Teresa, “la más querida de su padre”, tuvo que ver cómo éste se puso delante “con ruegos, lágrimas y suspiros por detenerla”. Pero, “lo que más se pudo acabar con él fue que después de sus días haría lo que quisiese”. Entonces, ella planeó una fuga, el día de Ánimas, 2 de noviembre 1535, y tomó el hábito en el Monasterio Carmelita de la Encarnación, donde tenía “una grande amiga”, Juana Suárez.
     De gran importancia para su evolución era la lectura del Tercer Abecedario de Francisco de Osuna, en casa de su tío Pedro Sánchez de Cepeda. Este libro, que “trata de enseñar oración de recogimiento”, dejó una huella decisiva en su alma; pero, pronto tuvo que dejar aquel recogimiento, cuando le sobrevino una tormenta de “grandes enfermedades”, desmayos y ataques de corazón; una extrema ruina física, que el 15 de agosto 1539 llegó a una terrible crisis: permaneció casi cuatro días sin conocimiento. Siguieron tres años de una lenta recuperación psicosomática, remontándose también su alma en el fervor espiritual.
     Con la vuelta a la vida, surgió de nuevo el conflicto del amor. Inexperta en la vida espiritual, y sin guía, continuaba esforzándose en cumplir el consejo del Tercer Abecedario; “en comenzando a tener algo de oración sobrenatural, digo de quietud, procuraba desviar toda cosa corpórea”, incluso la Humanidad de Cristo. A partir de este momento, hizo todo lo posible para fundar la oración en la Humanidad de Cristo, buscando ayuda de “personas espirituales”. La gracia de la contemplación deja notar su influencia, inquietando el alma. Tal inquietud conducirá a Teresa hacia la compañía de Dios, como “Amigo verdadero”. 
    Y “comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración —confiesa ella— comenzó el Señor a hacerme las mercedes”, a saber, “a darme muy ordinario oración de quietud y muchas veces de unión que duraba mucho rato”. Luego, Cristo se le aparece “con mucho rigor” para darle a entender que no le agrada cierta relación amistosa. También necesitará la fuerte emoción afectiva ante la imagen del Ecce homo, un Cristo “muy llagado”, para su conversión, profundizada por la lectura de las Confesiones de san Agustín. Gracias a la dirección acertada del jesuita Juan de Prádanos, llegó, a continuación, al desposorio espiritual. Tal vida en compañía de Dios, señal del desposorio con Él, trasladará el centro de gravedad de su vida espiritual hacia la experiencia de la amistad con Dios. Su evolución hacia la madurez afectivo-espiritual fue un proceso de identificación cristológica: Teresa de Ahumada se convirtió en Teresa de Jesús.
     Al aumentarse las mercedes místicas, ella tuvo que enfrentarse con las injerencias y censuras de confesores, teólogos y amigos temerosos sobre las experiencias místicas de la monja visionaria. Ella temblaba ante la idea de que considerasen sus visiones y arrobamientos como “cosas de mujercillas que siempre las había aborrecido oír”. “Andaban los tiempos recios”, recuerda la madre Teresa, y no extraña que alguien expresase la temible sospecha de “que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”. Y, además de ser mujer y mística, debió de constituir un factor de peligro, la ascendencia judeoconversa de la madre Teresa y de varias de sus amigas, candidatas para el hábito en la nueva fundación de San José de Ávila. La participación de los “cristianos nuevos” o “conversos” en el movimiento iluminista era notable.
     Los alumbrados habían sembrado terror y, en 1559, el pánico de la infiltración erasmista y protestante llevó la Inquisición a tomar medidas drásticas contra los “espirituales”, especialmente contra las mujeres. El inquisidor general, Fernando de Valdés, publicó su Índice de libros prohibidos, en el que se prohibían las traducciones de la Biblia y los libros espirituales en romance. Tal intervención oficial dejó a la madre Teresa profundamente afectada. Tal frustración se convirtió en un rehacimiento espiritual al oír en su interior la voz del Señor: “No tenga pena, que Yo te daré libro vivo”. Ella declara: “Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades”. La propia experiencia espiritual, el Evangelio vivido como Teresa de Jesús, será el libro vivo; tal como ella describe su experiencia de la unión con Dios: “Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía. La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración es que vivía Dios en mí”. Poco después, el día 29 de junio 1559, tuvo la primera visión intelectual de Cristo. Luego, las visiones comenzaron a ser imaginarias. Con todo eso, la exasperación de sus censores llegaba al paroxismo y algunos la querían exorcizar. Sin embargo, día por día arreciaban sus ímpetus de amor; entre éstos fue célebre la “merced del dardo”, la famosa visión de la Transverberación.
     Después ocurrió otra novedad, la más azarosa, los arrobamientos, que la sacaban de sí y la levantaban del suelo. Se lanzaban mil juicios contradictorios contra la monja “visionaria”. La tenían por endemoniada.
     Ella protesta: “No entiendo esos miedos: ¡demonio, demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios, Dios!, y hacerle temblar...; tengo ya más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho”. Y “creció de suerte este miedo —dice ella— que me hizo buscar con diligencia personas espirituales con quien tratar”. Después de la ida del jesuita Juan de Prádanos en 1559, no encontró a directores espirituales que tenían experiencia en su camino espiritual. Bajo este aspecto había sido importante el encuentro de Teresa con Francisco de Borja, a fines de mayo de 1554. Este hombre espiritual, después de haberle oído, le dijo “que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resistirle más”. Tal consejo significó un paso decisivo para fundar toda su vida en la Humanidad de Cristo. En un segundo encuentro, por abril de 1557, Teresa le consultó si en la contemplación podían andar sueltas las otras dos potencias, el entendimiento y la memoria, mientras la voluntad gozaba embebida. El padre Francisco le dijo “que a él le acaecía”. Teresa se sintió comprendida en su experiencia de la oración de quietud.
     Del 17 al 25 de agosto 1560 estaba en Ávila otro espiritual, fray Pedro de Alcántara, con quien Teresa pudo hablar varias veces y la entendió “por experiencia”.
     Aparentemente inició el paso de los espirituales, Francisco de Borja y Pedro de Alcántara, por Ávila una fase más tranquila para la discutida vida espiritual de Teresa. Pero, la que más zozobraba en lo íntimo era la propia protagonista. Ella sigue sintiéndose marginada como mujer y mística en la sociedad y en la Iglesia española del siglo xvi; sobre todo le molesta la prevención rigurosa de ciertos teólogos e inquisidores contra las mujeres contemplativas. Además, mayores recelos despertaron sus actividades espirituales y la dirección como madre fundadora del movimiento contemplativo de mujeres y hombres.
     Ella apela a la actitud de Jesús hacia las mujeres que le seguían: “...veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres”. Ella reclama, sin más, el derecho a poder aportar como mujer y mística su experiencia contemplativa, y expresa tal aspiración como uno de los motivos que la inspiraron a escribir su autobiografía. En cuanto a su vivencia de acción y contemplación, Teresa de Jesús encuentra su figura de identificación en la Samaritana, que halla a Jesús cerca del pozo de Sichar, cree en su palabra y la comunica a sus paisanos (Jn. 4, 4-41): “¡Cómo la creyeron, una mujer!”. Esto era la gran revelación para Teresa. Podrá, pues, reconocer como justa su aspiración a tener autoridad como mujer y mística, identificándose espiritualmente con la samaritana y compartiendo sus ansias de hacer algo.
     A raíz de una visión horrenda, hacia fines de agosto de 1560, se preguntaba Teresa “qué podría hacer por Dios, y pensé que lo primero era seguir el llamamiento que Su Majestad me había hecho a religión, guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese”. Ese era el punto de partida de su actividad fundacional. El acercamiento a Dios iba despertando un ideal de vida que contrastaba con aquella a que estaba sometida en la Encarnación. Además, contaba con un grupo de amigas, monjas y seglares que, animadas por su ejemplo, no se resignaban al status quo de la comunidad. Trataban con la madre Teresa de cómo reformar aquella casa, “acerca de lo cual la Santa dijo algunos razones..., trayendo a la memoria la soledad y retiro de los antiguos ermitaños de su Orden...”. Todo hace pensar que la madre fundadora estaba inspirada por la Institución de los primeros monjes, “el principal libro de lectura espiritual” de la Orden. En el siglo xvi era considerada como la Regla antigua, la fuente primitiva, aunque jurídicamente lo era la Regla dada por Alberto patriarca de Jerusalén alrededor de 1210. A la madre Teresa era conocida la Institución, pues su convento poseía copia manuscrita, en latín y romance, en un códice de mediados del siglo XV. Acerca de la vida según la Regla primitiva, la madre fundadora “fue ayudada y aconsejada” por el padre Antonio de Heredia, prior del Carmen de Ávila en 1564. En 1571, Jerónimo Gracián, el futuro fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, le mandó unos opúsculos de su propia mano sobre “cosas de la Orden y la Regla”, entre otros un compendio en romance del Libro de Juan Patriarca XLIV de Jerusalén, a quien ha sido atribuido la Institución hasta principios del siglo pasado.
     Cuando la gente se enteró del proyecto fundacional de la madre Teresa, surgió una oposición fuerte.
     En este período complicado de su itinerario espiritual —de 1559 a 1562—, período de “visiones y censuras”, embrollado más todavía por los inicios de su obra fundacional, la madre Teresa acudía con mayores ansias a los “letrados”, sabiendo que de la confrontación entre experiencia y doctrina debería salir la verdad. Ella no pretende ser “letrada”, sino sólo que los teólogos disciernan el carácter de sus experiencias y actividades espirituales.
     Así se comprende que la madre fundadora busca el amparo de los mejores teólogos ante aquella hostil barahúnda contra el proyecto fundacional, tanto de parte de sus hermanas monjas como de toda la ciudad. Teresa acudió a Pedro Ibáñez, dominico, “el mayor letrado que entonces había en Ávila”. A éste, el proyecto fundacional “se le asentó ser muy en servicio de Dios y que no había de dejar de hacerse”; además, “dijo la manera y traza que se había de tener...”, y “que quien lo contradijese fuese a él, que él respondería”.
     Animadas por el apoyo del dominico, Teresa y sus amigas empezaron a poner por obra sus planes.
     Cuando ya estaban ultimando la compra de una casa, el provincial, Ángel de Salazar, revocó la licencia de fundar; “le pareció recio ponerse contra todos”. Ante tales perspectivas, Teresa acudió de nuevo al teólogo, Pedro Ibáñez. Este redactó un valiente Dictamen en favor del buen espíritu de la madre Teresa.
     Con el decidido apoyo del teólogo dominico, se comenzó a preparar la fundación: enviaron por los despachos a Roma y compraron una casa. Por fin, el 24 de agosto 1562, se inauguró la fundación del Monasterio de San José. “Estuve yo —dice la madre fundadora— a darles el hábito —a las cuatro jóvenes candidatas— y otras dos monjas de nuestra misma casa”, de la Encarnación. El maestro Gaspar Daza, en nombre del obispo, ofició y admitió a las cuatro primeras novicias, con las ceremonias del ordinario de la Orden, al hábito y Regla primitiva de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
     En Teresa de Jesús, los términos de “la primera Regla” o “Regla primitiva” tienen un contenido más “retroactivo” que lo que la letra de la Regla dada por Inocencio IV en 1247, que transformaba la Orden eremítica en mendicante, puede dar a entender. Tal Regla, en su forma adaptada a las circunstancias de Occidente, llamada por la madre Teresa y por todos los carmelitas “primera” o “primitiva”, había introducido elementos de la vida cenobítica y mendicante: la vida mixta, una transformación substancial del rumbo de la Orden, de origen eremítico. Sin embargo, aunque tiene la madre fundadora en sus manos la Regla de Occidente, transformada por Inocencio IV en 1247, sus intenciones miran más allá, al yermo primitivo del Monte Carmelo: oración y contemplación. Por otro lado, la reforma iniciada en San José, de Ávila, tenía un contenido claramente contrarreformista. En este trance de ansias apostólicas, recibe en abril 1567 la visita del general de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo. A éste tocará interpretar los deseos de su alma y dar a sus ansias reformadoras y apostólicas el espacio vital que la madre Teresa busca para desencadenar la acción. Refiriéndose a este punto culminante de su encuentro con el padre Rubeo, escribe: “... con la voluntad que tenía que fuese muy adelante este principio, diome muy cumplidas patentes para que se hiciesen más monasterios, con censuras para que ningún provincial me pudiese ir a la mano. Estas yo no se las pedí, puesto que entendió de mi manera de proceder en la oración, que eran los deseos grandes de ser parte para que algún alma se llegase más a Dios”. Con la patente aludida, fechada en Ávila el 27 abril 1567, la madre Teresa llevará a cabo durante los quince años que le quedarán de vida una intensa actividad fundacional. En la mente de la fundadora había madurado la idea de completar su obra fundacional con la institución de unos frailes contemplativos y escribió al padre general una carta “suplicándoselo”.
     La respuesta del general, fechada en Barcelona, 10 de agosto de 1567, accedía a la petición. “Tales religiosos —dice— vivan perpetuamente juntos en la obediencia de la provincia de Castilla”. Sigue la patente con la famosa cláusula en la que el general quiere conjurar el peligro de una escisión. El tono alarmante de esta cláusula se explica por la enseñanza de las recientes incidencias, como la rebeldía inaudita de los hermanos Nieto, carmelitas andaluces, contra la obediencia a la Orden, la inminente “reforma del Rey” —bajo la jurisdicción de los obispos— y el conflicto con el Consejo Real, que había quitado al general Rubeo sus cartas credenciales para hacer la visita canónica en los conventos, y admitido los recursos de los frailes rebeldes contra las medidas tomadas por el general; el Consejo había impedido sistemáticamente, en conformidad con la ley de fuerza, la ejecución de las sentencias condenatorias del general contra los frailes díscolos y rebeldes, hasta rehabilitando por provisión real al ejercicio de sus oficios a frailes por el general expulsados de la Orden. Con todo, los recelos del general parecen, efectivamente, nacidos de una previsión de lo que iba a suceder; en los decretos del capítulo general de 1575 relativos a los “contemplativos” o descalzos, el mismo general escribe: “Siempre hemos tenido miedo de que surgiesen discordias y contenciones”.
     Los hostigadores pondrían también mano algún día en la obra fundacional de la madre Teresa y de sus “contemplativos”. Cuando la madre Teresa recibió la noticia de la concesión del general para que se fundasen dos conventos de carmelitas contemplativos, ya estaba en Medina del Campo, donde el 15 de agosto había fundado el segundo monasterio de sus descalzas. Pero pasaría más de un año hasta que pudiera inaugurarse en Duruelo la primera casa de los frailes contemplativos.
     El ulterior despliegue de su actividad fundadora con su primera salida de Ávila para erigir el Carmelo de Medina (1567) tomará forma intensiva; animada por el general Rubeo e inspirada por el objetivo misional de su obra fundacional, la madre Teresa da comienzo a sus “andanzas” fundacionales: a Malagón (1568), Valladolid (1568), Duruelo, religiosos (1568), Toledo (1569), Pastrana, religiosos y religiosas (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas (1575).
     No hay que olvidar que en esta fase decisiva salieron treinta monjas, más cuatro seglares, de la Encarnación a la Descalcez, de las que sólo ocho regresaron por falta de salud. Este monasterio había sido el “punto de partida de la reforma”. También es muy de tener en cuenta el hecho que en la reforma teresiana se hace caso omiso de los “Estatutos de Limpieza de sangre”.
     Otra idea que la madre fundadora tiene siempre en mente es la ubicación de sus conventos; éstos son ante todo espacios comunitarios de vida contemplativa y preferentemente de implantación urbana.
     “Fundar” significa para la madre Teresa una irradiación apostólica y eclesial: ella quiere fundar conventos de mujeres orantes por la Iglesia; crear desde la interior y pacífica ofensiva oracional. El historial de su ideología fundadora resulta ser su propio itinerario espiritual; nos revela el proceso de “arraigo e innovación”; su actividad fundacional no es una ruptura con el pasado, sino el culmen de la tradición contemplativa adaptada al contexto cultural-religioso.
     Tal nueva forma de vida carmelitana, más que de reforma, debe calificarse de obra creadora y fundadora. Ella misma nunca utiliza el título de “reformadora” en sus escritos. En la documentación de la Iglesia se le concede el título de fundadora. Más explícitamente, en documentos oficiales suele decir: “Yo, sor Teresa de Jesús, Fundadora de los monasterios de monjas descalzas de la dicha Orden”. Tanto en el breve de beatificación como en la bula de canonización se le da el título: “Fundadora de la Orden de carmelitas descalzos”.
     “Fundar” fue uno de sus carismas, documentado en el Libro de la Vida, “el más sobrecogedor de sus escritos, la más intensa revelación de un alma con que cuentan nuestras letras” (F. Lázaro Carreter). Su autobiografía del espíritu, “autorretratista más que autobiográfica”, es un género del que hasta entonces no había precedente en las letras españolas. Así puede F. Lázaro Carreter, con acierto, poner que Teresa como escritora “también en las letras fundó”. Existía como modelo clásico del Libro de la Vida las Confesiones de san Agustín. Allí halló ella un guía espiritual que configuraba el camino de recogimiento a raíz de su “conversión”.
     El Libro de la Vida había dejado asombrados a los confesores de la autora; pensaron que podía escribir un buen tratado de vida interior prescindiendo de las noticias autobiográficas. “Y mandáronle que lo trasladase e hiciese otro libro para sus monjas”. El confesor, Domingo Báñez, que se mostró reacio a entregar el Libro de la Vida a la lectura de las novicias y monjas jóvenes de San José, dio licencia para que la madre Teresa escribiese “algunas cosas de oración”. Escribió dos veces. La primera redacción, escrita para la intimidad, sin epígrafes ni división de capítulos, es el códice de El Escorial. Cuando Teresa comienza su “librillo” para sus monjas, “adonde les diese algunos avisos”, el número de monjas ha llegado ya a trece y fue necesario redactarlo en forma menos familiar. En la segunda redacción (códice de Valladolid), el planteamiento ha cambiado. Han desaparecido las comparaciones audaces y las experiencias personales. El título Camino de perfección fue asignado por la propia santa, aunque a veces lo llama “el librillo” y también “el paternóster.
     El primer problema que se planteó cuando la fundación de San José de Ávila fue el de la legislación. El breve de fundación de 2 de febrero de 1562 no sólo pone en marcha su tarea fundacional, sino que daba licencia a determinar el estilo de vida de la nueva comunidad.
     El primer núcleo de Constituciones fue de 1567, año en que las somete a la aprobación del general Rubeo. Esas páginas, en 1568, les sirven de base a fray Juan de la Cruz y a sus compañeros, para poner en marcha la vida contemplativa en Duruelo. Refiere el padre Ángel de Salazar: “Este testigo vio y aprobó los capítulos y regla de los dichos monasterios de descalzos, así de monjas como de frailes, que la dicha madre presentó ante el general de la orden, el cual general así mismo vio y aprobó la dicha regla; de ahí suelen llamárseles ‘Constituciones de 1567’”. Cuando en 1568 se funda el Convento de Duruelo, será ese el texto constitucional que les entregará la santa y que ellos pasarán del femenino al masculino y de la formulación monacal a la clerical. Las Constituciones de las monjas tratan en sendos capítulos de la legislación de la vida descalza: 1. Del orden que se ha de tener en las cosas espirituales. 2. De lo temporal: pobreza, trabajo, oficios comunes. 3. De los ayunos y penitencias. 4. De la clausura. 5. De recibir las novicias. 6. De la vida común. 7. De las enfermas (de la comida y recreación). 8. De las difuntas. 9. Sobre el quehacer de cada una en su oficio. Siguen los capítulos del capítulo de culpas y del código penal, tomado de un texto similar a las llamadas “Constituciones de la Encarnación”. “Con éstas —escribe Jerónimo de San José— se gobernaban las religiosas hasta el año 1581”. La puesta al día hízola la propia santa. La redacción definitiva fue obra de los descalzos en el capítulo de separación de 1581, al que la fundadora envió muchos memoriales.
     Al iniciar la reforma de los frailes —“los contemplativos”—, la madre Teresa se presenta como fundadora en la ejecución del proyecto. El 10 de agosto de 1568 se repetía el encuentro del año anterior en Medina, donde fray Juan, por mediación de la madre Teresa, decidió su participación activa en el movimiento contemplativo carmelitano. Ahora la comunión espiritual se intensifica en la fundación de las descalzas en Río de Olmos (Valladolid), adonde fray Juan acompañó a la madre fundadora. Ella le hizo de su propia mano el hábito de descalzo de “sayal pardo” con el que partió el 9 de agosto de 1568 para estrenar vida en Duruelo junto con fray Antonio de Jesús (Heredia).
     Medio año después, se presenta en Duruelo para ver cómo habían realizado los descalzos sus consejos. Ella estaba admirada, pero tiene un reparo: “Les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencias con tanto rigor que le llevaban muy grande” (F 14, 12).
     Poco tiempo después de la fundación de Duruelo, se hizo la fundación del segundo Convento de Descalzos en Pastrana, en cuya ejecución la madre fundadora tuvo parte activa. Conoció en Madrid a dos ermitaños italianos del Tardón: Ambrosio Mariano y fray Juan de la Miseria, que tienen la oferta de unas ermitas en Pastrana de parte de la princesa de Éboli. La madre Teresa los convenció de que podían realizar sus ideales participando en el movimiento eremítico-contemplativo del Carmen. La fundadora les preparó el hábito de descalzos y volvió a la profesión de ellos el 10 de julio de 1570.
     Fray Juan de la Cruz y la madre fundadora volvieron a encontrarse a primeros de 1571 en la fundación de Alba de Tormes (F 20). En la primavera de 1572 se abre el período más largo de convivencia de ambos en el mismo lugar. La madre Teresa había sido nombrada priora del Monasterio de la Encarnación por el visitador apostólico, Pedro Fernández, y, habiendo tomado posesión el 14 de octubre de 1571, logró persuadir al mismo visitador apostólico que nombrase a fray Juan de la Cruz como confesor-vicario de la Encarnación. Durante los años de Ávila (1572- 1577) la comunión se intensifica. La autoridad espiritual de fray Juan aumenta, así como su aportación en el intercambio de ideas y experiencia. Sin embargo, surgen rumores contra los viajes y actividades fundadoras de la madre Teresa de monjas descalzas y religiosos descalzos. A estos rumores se agregan las reticencias del nuncio Ormaneto. Crece la desconfianza por las fundaciones de descalzas y descalzos en Andalucía en el ánimo de su gran patrocinador el prior general Rubeo y del capítulo general, celebrado en Piacenza (1575), que oficiosamente intima a la madre fundadora al cese de sus viajes y la reclusión claustral. Ella regresa a Castilla, a Toledo y luego a su Carmelo de Ávila, para poner el Convento de San José bajo la jurisdicción de la Orden. Desde Toledo, donde llegó el 23 de junio de 1574, se quedó para presenciar los momentos dramáticos que se iban a desatar contra los descalzos. Los propios descalzos traicionaban al padre Gracián con informes detestables.
     Los confesores de la Encarnación, fray Juan de la Cruz y Germán de San Matías, eran apresados, golpeados y encarcelados por los del “paño”, y fray Juan de la Cruz había desaparecido, sin saber dónde se hallaba, y era en Toledo. El nuevo nuncio, Felipe Sega, mostrábase hostil a los descalzos. En fecha 23 de julio de 1576, había derogado la comisión apostólica del padre Gracián, que por el padre Francisco Vargas, dominico, visitador apostólico, había sido nombrado vicario provincial y visitador de los carmelitas de Andalucía (13 de junio de 1574) y luego por el nuncio Ormaneto con el padre Vargas in solidum, reformadores del Carmen en Andalucía (22 de septiembre de 1574); pero el Consejo Real había prohibido que le obedeciesen, enconando más con ello al nuncio Sega. Hubo desbandada y pánico, que creció con la presencia del Tostado, que venía con la comisión de someter a los descalzos bajo la autoridad de los calzados. Y más que todo esto sintió cuando vino la noticia de que el día 4 de septiembre de 1578 había fallecido fray Juan Bautista Rubeo; estaba inconsolable: todo era “llorar que llorarás” (cta 15-10-78,1). En Castilla convocaba el provincial, Ángel de Salazar, a capítulo, cumpliendo las órdenes de Piacenza, a los descalzos para el 12 de mayo de 1576, pero tan a punto que cuando ellos llegaron, ya se estaban redactando las conclusiones y las actas, muy contrarias a cuanto los descalzos podían aprobar.
     El cronista dice: “Desabridísimo quedó todo el capítulo y resuelto de hacer la guerra a la descalcez”.
     Puesta en tales circunstancias críticas, la madre fundadora escribió aquellos años libros de inefable serenidad: la Visita de descalzas, parte de Las Fundaciones, el desenfadado Vejamen y su obra maestra, Las Moradas del Castillo Interior. En su tratado místico, el progreso espiritual es el “itinerario del sujeto hacia su centro”.
     Así también en las Moradas el ‘motivo’ simbólico se convierte en el lenguaje nuevo de la experiencia mística.
     El vocabulario de la ‘morada’ o del ‘centro’ es tradicional; el del ‘castillo’ tiene, en el siglo XVI, antecedentes conocidos de santa Teresa. Lo nuevo es el papel totalizador que desempeña el momento cultural y espiritual de una toma de conciencia mistagógica; ésta era el núcleo de su obra. Es una escritora inspirada, en cuyas obras “los dos planos, el natural-histórico- estético y el sobrenatural... se maridan” (V. García de la Concha).
     Los amigos que tenían los descalzos en España emprendieron su defensa; el nuncio fue advertido de que debía informarse mejor de sus vidas. Se buscó una fórmula airosa para liberar a los descalzos del yugo de los provinciales calzados, y les nombraron vicario general padre Ángel de Salazar, que luego colmó de atenciones al padre Gracián, llevándolo consigo y siguiendo sus dictámenes de gobierno. Al mismo tiempo, negociaron en Roma el breve de separación de descalzos. La santa tornó a recorrer sus conventos y reanudó sus viajes fundacionales en febrero de 1580 (Villanueva de la Jara), Palencia (1580), Soria (1581) y Burgos (1582). El padre Gracián estaba dominado por el nuncio, por la Corte y por muchos de sus descalzos, que preferían seguir la diplomacia dura del Rey contra cualquier intromisión extranjera. Ni la madre Teresa pudo conseguir que Gracián tuviese ciertas atenciones con el general Rubeo, que sintió naturalmente lesionados sus derechos.
     Las cosas de Roma seguían su curso. El 22 de junio se despachó el breve de separación de los descalzos. Se convocó un capítulo para el 3 de marzo de 1581, en Alcalá. Iban a redactarse las Constituciones definitivas, y la madre fundadora envió numerosos memoriales. Salió elegido primer provincial, aunque por leve mayoría, el padre Gracián.
     La santa regresó el 6 de julio de Burgos a Ávila, con ánimos de esperar allí los despachos para fundar en Madrid. Regresó por los Conventos de Palencia, Valladolid y Medina, mas esta vez no en viaje triunfal, sino en retirada tristísima. En Valladolid fue despedida con malos modales por su sobrina y priora María Bautista. En Medina le salió al encuentro fray Antonio de Jesús, y le ordenó ir derecha a Alba de Tormes, a petición de la duquesa, porque su nuera, la duquesa joven, iba a dar a luz, y ambas querían consolarse con la santa. Salió de Medina el 19 de septiembre, sin provisiones de camino, porque la priora, Alberta Bautista, también enojada, no la quiso despedir. También sintió mucho que el padre Gracián, “su querido hijo”, la dejaba sola en estas horas. Llegada a la ciudad ducal, se acostó temprano con una hemorragia recísima. El día 1 de octubre la acostaron; no se levantaría más. El día 3 le fue administrado el Viático: “Por fin muero hija de la Iglesia”. El día 4, reclinada la cabeza entre los brazos de Ana de San Bartolomé, expiró.
     En 1614, el 24 de abril, Pablo V la proclamó beata. En 1622, el 12 de marzo, Gregorio XV la canonizó juntamente con los santos Isidro, Ignacio, Francisco Javier y Felipe Neri. Con fecha 18 de septiembre de 1965, por el breve Lumen Hispaniae, Pablo VI la declaró patrona de los escritores católicos de España. El 27 de septiembre de 1970, el mismo Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia Católica, título que por primera vez en la historia se otorgaba a una mujer (Otger Steggink, OCarm., en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Santa Teresa, al detalle:
Edificio calle Santa Teresa, 1. 
Edificio calle Santa Teresa, 3. 
Casa de Murillo.
Edificio calle Santa Teresa, 12. 
Edificio calle Santa Teresa, 13. 
Edificio calle Santa Teresa, 14. 
Edificio calle Santa Teresa, 15.

martes, 21 de enero de 2025

La imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     Hoy, 21 de enero, Memoria de Santa Inés, virgen y mártir, que, siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe y consagró con el martirio el título de la castidad. Victoriosa sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla.
     El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
     En el banco del Retablo Mayor, en las hornacinas situadas a ambos lados del Sagrario se encuentran las figuras de pequeño tamaño de Santa Inés y Santa Catalina; el primer cuerpo de  la calle central está ocupado por la bellísima imagen de la Inmaculada Carmelitana, mientras que en las calles laterales se encuentran las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y el grupo escultórico de San José con el Niño ocupa el último cuerpo del retablo.
     El Sagrario que actualmente vemos en el retablo parece corresponder al mismo estipulado en el contrato y su puerta posee un magnífico relieve del Cordero Místico sobre el libro de los Siete Sellos. En las hornacinas que lo flanquean se encuentran las imágenes de Santa Inés y Santa Catalina con sus atributos: la palma, símbolo de su martirio en la mano derecha, y el cordero o el libro en la izquierda, así como la corona que corresponde a la hija del rey de Alejandría. En ambas figuras el manto deja al descubierto el brazo derecho, cayendo por la espalda graciosos pliegues y se recoge con el otro brazo dando al conjunto una gran elegancia. Las cabezas descubiertas llevan los cabellos retirados de las sienes y recogidos en la nuca con un bello y artificioso peinado. 
     Es muy posible que la escritura notarial del retablo mayor se refiera a estas esculturas cuando al describir la custodia -el sagrario- y las hornacinas que han de ir a su lado, especifica que «la escultura que llevare esta custodia ha de ser del mejor oficial de Sevilla fuera de Juan Martínez Montañés». Por otro lado, la disposición del cabello, túnica y manto de la imagen de Santa Inés ofrece notables analogías con la de la misma Santa del retablo mayor del Convento de Santa Clara, obra de Montañés. En la fecha en que se hace la escritura del retablo ya se había producido el fallecimiento de Juan de Mesa, por lo que estas obras, de notable calidad pueden estar relacionadas con los escultores del momento, discípulos de Montañés y Mesa [María Luisa Cano Navas, El Convento de San José del Carmen de Sevilla. Estudio histórico-artístico. Universidad de Sevilla, 1984].
     Santa Inés, con unas medidas de 0,67 x 0,30 x 0,30 mts, realizada en 1630-32, en estilo barroco,  aparece representada de pie, con la pierna derecha ligeramente flexionada. La mano derecha, separada del cuerpo, sostiene la palma de martirio y, en la izquierda, apoyado a su costado, una oveja. Viste túnica de cuello redondo y manto que le cubre el hombro izquierdo. Éste cae por la espalda y le cruza la cintura para ser recogido en el costado izquierdo, bajo la oveja. El pelo está tallado en mechones y ondulado. La cabeza, la inclina ligeramente hacia abajo, con la mirada baja (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   El retablo principal ha conocido diversos cambios en la colocación de sus imágenes aunque en los últimos años se ha vuelto a estructurar según su primitiva disposición. Fue concertado el 15 de febrero de 1630 con el ensamblador Jerónimo Velázquez, costando algo más de cuatro mil ducados. Junto al contrato del retablo se estipuló un dibujo en el que se perfilaban sus trazas, documento que no se conserva en la actualidad. Se estructura según los modelos tardomanieristas de Montañés y se inspira claramente en modelos como el de Alonso Cano en la parroquia de Lebrija y, de forma más lejana, en el retablo principal de la iglesia jesuita de la Anunciación. Alterna columnas estriadas con frontones rectos de corte clásico, pinturas y esculturas y una sencilla decoración geométrica que incluso fue repetida, en época más tardía, en otros conventos carmelitas como el de San José en Sanlúcar la Mayor. La fuente fundamental de alternancia del orden gigante de las columnas con espacios decorados con frontones aparece en los Libros de arquitectura del italiano Jacoppo Vignola. En el banco, flanqueado el sagrario, se sitúan las tallas de Santa Inés con el cordero que hace alusión a su nombre y Santa Catalina, con la rueda alusiva a su martirio. Ya en el primer cuerpo aparece el grupo de San José con el Niño, iconografía habitual de los conventos carmelitas, con una disposición en la que el Niño aparece de pie conduciendo a San José, forma de representación habitual en la primera mitad del siglo (en la segunda mitad del siglo el Niño será portado por su padre). Es obra de Juan de Mesa, con algunas dudas en su cronología, al parecer existía con anterioridad al retablo. Estilísticamente se acerca mucho a la plástica de Martínez Montañés y a las piezas del retablo mayor de San Isidoro del Campo, por lo que no sería imposible la participación conjunta del taller. Se acompaña por dos imágenes laterales, de autoría anónima, representan a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz, los creadores de la reforma del Carmelo. Todas las tallas fueron policromadas por el pintor de origen luxemburgués Pablo Legot en 1632 una vez finalizada la obra de talla del conjunto. En décadas pasadas se alteró la concepción de la Inmaculada de Juan de Mesa de un retablo lateral, situándose al grupo de San José en la parte superior. Completan el retablo dos lienzos de la primera mitad del siglo XVII representando al profeta Elías, considerado origen de la orden, vestido con pieles y con su espada de fuego, y San Juan de la Cruz, reformador de la orden, con hábito carmelita y capa blanca y en actitud de oración ante la aparición de Cristo llevando la Cruz. El cuerpo superior está presidido por un Calvario en su parte central y se flanquea por otras dos pinturas anónimas que representan dos apariciones milagrosas a Santa Teresa de Jesús, la de Cristo atado a la columna y la de la Virgen María (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).         
Conozcamos mejor la Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Inés, virgen y mártir
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LEYENDA
   Virgen y mártir romana.
   Su nombre se tomó del adjetivo griego agnê que al igual que Catalina (Katharos), significa «pura», «casta». Por otra parte, los romanos lo vincu­laron con el sustantivo latino agnus (cordero), aunque no haya relación eti­mológica alguna  entre agnê y agnus. Como escribe san Agustín: «Agnes latine agnam significar, graece castam.»
   De esta etimología popular deriva la leyenda de la santa, de quien se ha hecho un modelo de castidad y dulzura. La Leyenda Dorada  no pierde la oportunidad de jugar con las semejanzas de Agnès y Agna: «Agnes dicta est agna, quia mitis et humilis tanque magna fuit.» Inés es la Agna Dei, es de­cir, la personificación femenina del Cordero de Dios.
   Como es natural, se ha creído que semejante nombre podía ser un símbolo (virgo casta) antes que una persona real, tanto más por cuanto la existen­cia histórica de santa Inés resulta dudosa.
   El documento más antiguo que la concierne es el Cronógrafo del año 354, según el cual, el 21 de enero se celebraba la fiesta de Agnê (la Casta) en la catacumba de la Vía Nomentana.
   Al principio existían dos tradiciones distintas que se referían a dos mártires homónimas, que luego resultaron confundidas.
   Según san Ambrosio y san Dámaso, Inés sería una niña martirizada a los doce años de edad, no por decapitación sino por degüello. Su martirio habría ocurrido hacia 305, durante la persecución de Diocleciano.
   La tradición griega, diferente, concierne a una virgen adulta. Según el Menologio de Basilio, Inés, que se había negado a ofrecer sacrificios a los dioses, fue conducida a  un prostíbulo. Un joven libertino quiso aprovechar la situación violándola, pero cayó sin conocimiento. El prefecto la hizo comparecer ante su tribunal y le preguntó qué sortilegio había empleado para matar a ese hombre. Ella respondió que un ángel vestido de blanco le ha­bía servido de guardaespaldas para preservarla de todo ultraje. «Si quieres que te creamos -respondió el prefecto- invoca a tu Dios y resucita a este joven.» Inés oró y el muerto resucitó enseguida.
   El episodio del prostíbulo es un tópico en los relatos de la vida de las santas. La violación ritual era una costumbre entre los romanos porque la ley prohibía condenar a muerte a una virgen, de manera que se hacía violar a las vír­genes antes de enviarlas al suplicio, aunque todavía no fuesen núbiles.
   Tertuliano habla de cristianas condenadas «ad lenonem potius quam ad leonem», juego de palabras de bastante mal gusto para subrayar que antes de ser expuestas a los leones del anfiteatro, las mártires solían ser encerradas en lugares de mala fama.
   Las dos tradiciones, latina y griega, no demoraron en fundirse y enriquecerse con nuevos rasgos legendarios, entre otros, el milagro de los cabellos y el manto blanco que entregara un ángel, que fue popularizado en el siglo V por las Gesta, y en el XIII por la Leyenda Dorada (Legenda aurea).
   El hijo del prefecto se enamoró de Inés que se dirigía a la escuela en compañía de su nodriza, y le ofreció joyas. Ella rechazó el regalo con desdén, diciendo que ya tenía un novio que le había ofrecido adornos más bellos: "Ha adornado mi mano con una pulsera inestimable, ha puesto en mi cuello un collar de piedras preciosas, ha puesto en mis orejas perlas de infinito precio". Rechazado por la joven virgen, el pretendiente cayó enfermo de pena. Su padre, el prefecto, citó a la rebelde ante su tribunal, y al no poder obligarla a casarse con su hijo, la dejó elegir entre un sacrificio a los dioses o el deshonor.
   Al negarse a abjurar de su fe, fue conducida por las calles de Roma desnuda, al «fornix» (lenocinio). Pero sus cabellos se alargaron al instante para cubrir su desnudez con un sedoso vestido. El joven que la siguió para satisfacer su pasión, fue estrangulado por el demonio, ella lo resucitó.
   Condenada a la hoguera como maga, las llamas se alejaron de ella y se echaron sobre los verdugos. Entonces fue degollada.
   La Leyenda Dorada agrega detalles más precisos a esta novela llena de tópicos hagiográficos. El prefecto, que se llamaba Sempronio (Symphronius) dijo a Inés que si quería seguir virgen debía consagrarse a Vesta, de otra manera, la entregaría a los excesos de un prostíbulo. Ella respondió: «Tengo conmigo un ángel de Dios que guardará mi cuerpo de toda mancha.» El prefecto la hizo desnudar y conducir al burdel; pero de inmediato sus cabellos cayeron como una cortina para convertirse en un velo impermeable a las miradas. Como si esa melena no bastase, un ángel la envolvió en un manto luminoso de blancura deslumbrante. El joven que la deseaba resultó cegado y cayó de espaldas.
   Se advierte el progresivo enriquecimiento de la leyenda: al milagro de los cabellos, tomado de santa María Egipcíaca, se sumó el milagro del manto angélico: doble defensa que protege contra las codicias carnales el cuerpo incontaminado de Inés, «la casta».
   La leyenda no se detuvo, como es natural, en la muerte de la santa, degollada después de la extinción de la hoguera. Se la enterró en la Vía Nomentana. Los fieles que asistían a las exequias fueron asaltados por los paganos que les arrojaron piedras. Todos huyeron, salvo Emerenciana, pretendida hermana de leche de santa Inés, que se quedó en su sitio con valentía y fue lapidada. Los asesinos fueron tragados por un seísmo.
   La hija del emperador Constantino, Constantina o santa Constancia, enferma de úlceras que le cubrían el cuerpo, pasó toda una noche en oración cerca de la tumba de Inés. Cuando se durmió tuvo una visión: la santa le de­cía que creyese en Cristo que la curaría. Y así fue, al despertar, Constancia se encontró purificada de la lepra. En reconocimiento, hizo edificar una basílica a santa Inés. Esta leyenda no es más que una duplicación de la de Constantino, curado de la lepra por el papa san Silvestre.
CULTO

   Roma, cuna del culto de santa Inés, consagró a ésta dos iglesias. La primera , la de S. Agnese in Agone, en la Plaza Navona, señala, de acuerdo con los Mirabilia Romae, el emplazamiento del prostíbulo (fornices) donde su castidad fue salvaguardada por un milagro; la segunda, la basílica extramuros de S. Agnese fuori le mura se edificó sobre su tumba. El día de su fiesta (21 de enero), se celebraba allí la de la bendición de los corderos cuya lana, hilada por las monjas, servía para la confección de las pallia (mantos griegos) que en­tregaba el papa a los arzobispos.
   En Milán, era la patrona de los Visconti.
   Su culto pasó desde Italia a Francia, los Países Bajos y Alemania.
   Tres templos de Francia, las catedrales de Amiens y de Cambrai y la iglesia abacial de Saint Ouen, pretendían poseer la «chief sainte Agnes» (cabeza de santa Inés). Si se cree en la tradición, sus reliquias, ocultas por el temor a los piratas normandos, habrían sido confiadas en 965 a Baldric, obispo de Utrecht, quien las depositó en el tesoro de su catedral. La iglesia de Saint Eustache de París estuvo en su origen puesta bajo la advocación de santa Inés que siguió como patrona secundaria.
   En Alemania, el asiento principal de la devoción a santa Inés era Colonia, que en su iglesia de San Pantaleón creía conservar uno de sus brazos y uno de sus dedos.
   El culto de la joven mártir romana recibió los beneficios de la fundación de la orden de los trinitarios que habiendo sido aprobada por el papa el día de la octava de su fiesta, la adoptó como patrona. Su martirio se representaba en la mayoría de las iglesias de la orden.
   Era la patrona de las vírgenes romanas, de las novias porque eligió a Cristo como novio y de los jardineros porque la virginidad está simbolizada por un jardín cercado o cerrado (hortus conclusus).
ICONOGRAFÍA
   En los mosaicos bizantinos, santa Inés está representada como orante, adornada con ricos vestidos, una diadema de perlas en la cabeza y una larga estola de oro sobre los hombros: así se habría aparecido ocho días después de su muerte.
   En las realizaciones posteriores, sólo está vestida por su larga cabellera.
   Aunque los Padres de la Iglesia latina la hacen morir a los doce años, los pintores la representan adulta.
   La joven mártir romana es la primera santa que haya sido dotada con un atributo (siglo VI).
   Sus armas parlantes son el cordero blanco (o más bien la cordera), símbolo de su pureza. El animal está acostado a sus pies o apoya contra ella los remos delanteros, a menos que esté acurrucado, minúsculo, en el hueco de su mano. El cordero no es sólo una alusión a su nombre. Es también un recuerdo de la visión de sus padres, quienes, ocho días después de su muerte, vieron aparecer a su hija con un cordero a su derecha: ella los exhortó a no entristecerse sino a alegrarse con ella. Por otra parte, el cordero místico del Apocalipsis, símbolo de Cristo, está considerado como el novio celestial de Inés.
   Se la reconoce también por la hoguera encendida cuyas llamas se alejan sin tocarla siquiera, por la espada, instrumento del suplicio, y por la palma del martirio.
Escenas
Los Desposorios místicos de Santa Inés

   El Niño Jesús le coloca un anillo de oro en el dedo, igual que a Santa Catalina. Tema muy infrecuente, inspirado por un párrafo de la Leyenda Dorada. Al hablar de su novio celestial, ella dice: me ha puesto el anillo en el dedo.
El Milagro de Santa Inés
   Sus cabellos rubios se alargaron milagrosamente y la recubrieron con un manto opaco como una coraza. Por añadidura, un ángel la cubrió con una blanca vestidura.
   El diablo torció el cuello al hijo del prefecto que se acercó para violarla; ella lo resucitó.
El Martirio de Santa Inés
   Las llamas se alejan de ella. El verdugo la degüella sobre la hoguera apagada (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen de Santa Inés, en el Retablo Mayor de la Iglesia del Convento de San José del Carmen, "Las Teresas", de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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