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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 14 de junio de 2025

La Sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     Se albergan aquí pinturas correspondientes al realismo e historicismo dentro del siglo XIX sevillano y también de otros pintores españoles de esta época. Obras como La samaritana de Francisco Narbona, un fraile con la cabeza de don Álvaro de Luna de Eduardo Cano y un Paisaje de Alcalá de José Laffita dan idea de los distintos estilos pictóricos de la segunda mitad de esta centuria en Sevilla. Siguen La portada del convento de Santa Paula, obra de Rosendo Fernández y una Emboscada mora de Francisco Tirado, como ejemplos de la pintura de realismo urbano y orientalista respectivamente.
     Dos vistas de Venecia pertenecen a Rafael Senet y cuatro escenas costumbristas corresponden al popular José García Ramos. Un Autorretrato de José Jiménez Aranda, otro retrato de su hija Irene y otro más que efigia a doña Casilda López de Haro, de Ricardo López Cabrera, dan idea de la retratística sevillana de este momento. De José Arpa son unas Chumberas y una vista del Gran Cañón del Colorado, buenas muestras del paisaje a fines del siglo XIX. Obras de Andrés Parladé son el Retrato de una mujer con un perro blanco y de Nicolás Alpériz es su popular Cuento de brujas. A Gonzalo Bilbao pertenece un grupo de siete pinturas, entre las cuales destaca su gran cuadro de Las cigarreras, obra culminante de su producción. También es importante el grupo de seis pinturas de José Villegas compuesto, fundamentalmente, por magníficos retratos.
   Fuera de la escuela sevillana están representados en esta sala José Moreno Carbonero con el Encuentro de Sancho Panza con el Rucio y Raimundo de Madrazo con el retrato de don José Domingo Irureta Goyena [Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia I. Diputación de Sevilla y Fundación José Manuel Lara, 2004].
   La sala XII exhibe pintura sevillana del siglo XIX y de otros pintores españoles de la época. Historicismo y costumbrismo priman en el con­junto, como corresponde al momento pictórico, pero también algunos buenos retratos que ponen de relieve la calidad artística de la escuela sevillana de este siglo. Muchos son los pintores cuyos lienzos figuran en esta sala. Uno de ellos es Antonio María Esquivel, con una estupenda colección de retratos, entre ellos el de una Isabel II muy jovencita y el de Don Julián Romea. En el apartado historicista, muy amplio también para este pintor, pueden verse Adán y Eva o José y la mujer de Putifar; también una Santa María Magdalena espléndida. De José Villegas son también muy buenos los retratos, entre ellos los cinco de Lucía Monty en distintos momentos de su vida, desde casi la adolescencia hasta la madurez. Gonzalo Bilbao muestra igualmente un buen número de cuadros. Aquí están La casta Susana, el Retrato de Alfonso XIII y, sobre todo, Las cigarreras, una de sus obras más famosas. Hay tres Bécquer en esta sala: el padre de Gustavo Adolfo, el poeta; Valeriano, su hermano, y Joaquín, primo del pri­mero. De los tres se conservan distintas obras, la más célebre de las cuáles es el retrato que Valeriano le hizo a su hermano Gustavo Adolfo (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
SALAS XII Y XIV: PINTURA SEVILLANA DE LOS SIGLOS XIX Y XX.
     La Historia del Arte del siglo XIX es inseparable de una serie de hechos políticos, sociales y económicos que lo marcarán profundamente: Revolución Francesa, Imperialismo, Guerra de Independencia, amor a la libertad (liberalismo)... La importancia del trabajo y del bienestar, dan valor a una clase social que cada día adquiere más fuerza: la burguesía, que pasará a ser a partir de este momento la nueva clientela de los artistas. En la primera mitad del siglo acapararán la expresión artística Clasicismo y Romanticismo.
     Por otra parte, la segunda mitad del siglo en Europa, hasta la fecha clave de 1874, año en el que se realizó la primera Exposición Impresionista, contempla el nacimiento de una nueva fuerza social: el proletariado. Esto se traducirá en una denuncia social que se verá reflejada en las obras de arte. El artista, por tanto, se va a "comprometer" con la realidad. De aquí el Realismo como manifestación artística y los géneros populares.
     En este siglo la pintura sevillana vive uno de sus momentos más fecundos e interesantes, que la enmarcan con rasgos propios dentro del panorama artístico español.
     En las salas XII y XIV se exhibe la pintura de la escuela sevillana del siglo XIX y primera mitad del XX, bastante bien representada en sus etapas más interesantes: Neoclasicismo de tradición dieciochesca, Romanticismo y Costumbrismo, Academicismo, Historicismo y Realismo.
TRADICIÓN MURILLESCA. NEOCLASICISMO.
     Viene a coincidir este periodo con el reinado de Fernando VII, que se prolongó hasta 1833.
     El interés por copiar a Murillo es debido a dos hechos fundamentales, en primer lugar el interés de Carlos IV por las obras de arte de este autor, llegando incluso a encautarlas para engrosar los fondos del Museo Real y sustituirlas por copias realizadas por pintores sevillanos; por otro lado el hecho de que en 1810 el mariscal Soult, gran admirador de Murillo, saqueara la ciudad llevándose la mayoría de las obras artísticas que en ella se conservaban. Esta situación llevó a que la obra de Murillo fuese copiada e imitada hasta la saciedad por una serie de pintores locales de escasa creatividad artística.
     Aunque de manera muy leve podemos destacar en este tercio, en la escuela sevillana, otras corrientes artísticas como es el caso de José María Arango (Sevilla, 1790-1883), convencido neoclásico, con amplia formación humanística, fue el primer pintor que se negó a seguir la corriente murillesca, creando un tipo de pintura totalmente nueva y original. Sin embargo, sus condiciones artísticas le hacen ser un pintor poco relevante. El Museo conserva una obra de este artista, de tema mitológico titulado Muerte de Píramo y Tisbe (h. 1830).
ROMANTICISMO. COSTUMBRISMO.
     Estos movimientos coinciden en el tiempo con el reinado de Isabel II, desde 1833 a 1868, momento de revitalización económica que aumenta la demanda de la nueva clientela: la burguesía. Esta nueva clase social la van a formar, en Sevilla, tras la Desamortización de Mendizábal en 1835, las familias oriundas de otras provincias que van a aportar una nueva mentalidad a esta ciudad. Es a partir de este momento cuando la Iglesia deja de ser el principal cliente de los artistas, para dejar paso a esta nueva burguesía que en muchas ocasiones va a ser elevada al rango de aristocracia. Este cambio de clientela va a traer consigo el que la obra de arte cambie de formato. Ya no se realizaran los grandes cuadros de altar, sino que el tamaño de las obras será bastante más reducido para adecuarse a las mansiones de esta nueva clase. En cuanto a la temática los asuntos pasa­rán de los religioso a lo profano. Una de las manifestaciones artísticas que cobrará mayor auge es el retrato, que será utilizado por la burguesía como medio de autoafirmación. El paisaje también será importante en sus dos aspectos: el urbano y el rural. Pero sobre todo lo que tomó un auge excepcional fue la pintura costumbrista donde el ingrediente de lo folklórico fue fundamental.
     La escuela sevillana será la cuna de las dos personalidades más significativas de la pintura romántica española: Antonio María Esquivel y José Gutiérrez de la Vega. Condiscípulos y amigos de la misma generación a pesar de sus diferentes estilos, ambos serán fundamentalmente pintores de cuadros religiosos y retratos.
     Antonio María Esquivel (Sevilla, 1806-1857). Desarrolló un estilo sobrio, de formas severas, algo rígidas por la dureza de su modelado y de profundas raíces académicas. Estuvo en la Corte y fue nombrado pintor de cámara de Isabel II en 1843.
     A pesar de su corta vida fue uno de los más prolíficos pintores del siglo XIX. Se dedicó fundamentalmente al retrato donde en sus modelos capta no sólo el parecido físico sino su aspecto psicológico, y además los realiza con una cuidadosa descripción de vestuarios.
     Gracias a la donación realizada en 1944 por D. Andrés Siravegne, el Museo conserva una importante colección de obras de este pintor, en su mayoría retratos, aunque también trató el tema religioso, histórico y mitológico.
     En cuanto a los retratos, en los que vemos reflejada a gran parte de la sociedad sevillana y madrileña, destacamos aquí su Autorretrato (hacia 1830) de una gran calidad, y que parece envuelto en una vaporosidad melancólica propia de la pintura romántica, el del Marqués de Peñaflorida (1848), y el del Marqués de Bejons. De los femeninos el más interesante y de mejor factura es el de la Señora Carriquirre, en el que aparece clara la influencia de la pintura inglesa decimonónica.
     ­De los infantiles destacamos el retrato del niño Carlos Pomar Margrand (1851) y el de la niña Isabel de Tejada y de la Pezuela (h. 1851) en los que supo captar la ternura y el candor de la infancia.
     De especial interés en su producción son los cuadros de temas reli­giosos en los que utiliza el desnudo femenino, pero honesto y digno, propio de un profesor de dibujo anatómico en la Academia de San Fernando de Madrid. Entre éstos destacamos José y la mujer de Putifar (1854) y La Casta Susana (1854), ambos representan escenas del Antiguo Testamento.
     José Gutiérrez de la Vega (Sevilla, 1791-1865). Es el gran continuador de la herencia de Murillo, fundamentalmente en sus obras religiosas, de figuras amables, interpretadas con una pincelada suelta y vaporosa y una utilización algo teatral del gesto. En cuanto a su faceta de retratista va a plasmar un estilo influenciado por la pintura de Goya, lo que se va a traducir en una factura vigorosa y una mayor expresividad en sus modelos. 
     Entre sus obras destacamos un San Jerónimo penitente y los retratos de Fernán Caballero y un retrato infantil de Niña con perro.
     Otra figura importante dentro del romanticismo sevillano es el también retratista José María Romero (Sevilla. h.1815 - Madrid, h.1883) que se convirtió en el retratista más importante de la ciudad tras la marcha a Madrid de Esquivel y Gutiérrez de la Vega. Gracias a sucesivas donaciones el Museo conserva cinco retratos que nos muestran su condición de pintor oficial de la alta burguesía y aristocracia sevillanas, entre los que destacamos los realizados al matrimonio D. José Mª Asensio Sánchez y Dña. Mª Dolores Álvarez de Toledo realizados hacia 1875. En 1996 la Junta de Andalucía adquiere el lienzo Desnudo femenino que viene a incrementar el número de obras de este pintor. Este cuadro resulta singular por lo excepcional del tema del desnudo en la pintura romántica española y más aún en el círculo sevillano.
     Una de las manifestaciones mas novedosas e interesantes de este momento es el paisaje, considerado hasta ahora como género menor, y que reflejará el entorno sevillano en sus aspectos urbanos y rurales.
     El máximo representante de esta corriente paisajista es Manuel Barrón (Sevilla, 1814-1884). Toda su producción la constituyen casi exclusivamente paisajes, pero enmarcados en su mayoría dentro de un tratamiento romántico. Es en suma un paisajismo donde se insertan toques pintorescos y donde la presencia humana siempre está presente.
    Su pintura está muy influenciada por el gran maestro del paisaje romántico español Jenaro Pérez Villaamil (1807-1854) y por David Roberts, de quienes supo asimilar perfectamente sus concepciones paisajísticas, realizando unos lienzos de pequeño formato que viaja­ron por toda Europa.
     Barrón supo reunir en su obra todos los ingredientes para crear el paisaje romántico sevillano representándolo en sus tres aspectos diferentes: el de la sierra, el bucólico y el urbano, especialmente las
vistas de Sevilla, quedando éstas como los mejores testimonios que conservamos de la ciudad en la época romántica.
     El Museo cuenta entre sus colecciones con seis mángificos lienzos de tema pastoril y campestre, entre los que destacamos: La Cueva del gato (1860), Contrabandistas en la serranía de Ronda (1859), Vacas abrevando a orillas del Guadalquivir (1860) y Lavanderas al pie de la ciu­dad de Ronda (1858).
     Como resultado del interés por los elementos más tópicos del pintoresquismo español, tan del gusto de la clientela como de los escritores y artistas románticos de toda Europa, va a surgir en Andalucía una importante escuela de pintores costumbristas, que no harán sino explotar desde su origen la moda por las escenas andaluzas.
     Familias enteras de pintores como los Cabral Bejarano o los Domínguez Bécquer, se dedicarán de lleno a este género del que Manuel Rodríguez de Guzmán (Sevilla, 1818-Madrid, 1867) será el máximo exponente.
     A Manuel Cabral Bejarano (Sevilla, 1827-1891) pertenecen dos pinturas de pequeño formato tituladas Baile en el Salón y Baile en una caseta de feria, obras de factura un tanto descuidada, pero que sin embargo reflejan las costumbres andaluzas. Este tipo de obras eran adquiridas a menudo como meros recuerdos turísticos.
     En cuanto a la familia Domínguez Bécquer en el Museo se encuen­tran representados: José Domínguez Bécquer (Sevilla, 1805-1841). Fundador y padre de la dinastía, desempeñó un papel fundamental en el panorama de la pintura local, creando una serie de prototipos que se repetirán posteriormente hasta la saciedad. El Museo conserva de su mano el retrato de la que fue su esposa Dª Joaquina Bastida (h. 1840).
     Joaquín Domínguez Bécquer (Sevilla, 1817-1879). Primo de José Domínguez Bécquer, se dedicó especialmente a la realización de escenas costumbristas, aunque en el Museo solo se conserva un retrato suyo, el de D. Manuel Moreno López (1850).
     Valeriano Domínguez Bécquer (Sevilla, 1833 -  Madrid, 1870). Hijo de José Domínguez Bécquer y hermano del poeta Gustavo Adolfo. Su dedicación pictórica la repartió entre el retrato y las escenas costumbristas.
     El Museo conserva de él dos retratos de pintores realizados en su época sevillana como testimonio de su amistad hacia ellos, los retra­tos del pintor Gumersindo Díaz (1859) y el de Francisco Tristán, ambos de una gran vivacidad expresiva.
     De su etapa madrileña destacamos el magnífico retrato que Valeriano realizó, hacia el año 1862, a su hermano Gustavo Adolfo. El retrato representa una imagen del poeta que ha sido plasmada en numerosas ocasiones, incluso ilustró durante muchos años el ya desaparecido billete de cien pesetas. El retratado posa con elegancia aristocrática y una mirada llena de emoción que conecta directamente con la del espectador. Este lienzo es uno de los máximos exponentes de la pintura romántica española y comparable con los mejores retratos realizados en su época en Europa. Entre sus pinturas costumbristas destacamos Interior de una casa de Aragón (1866) donde se describen tipos y escenas populares de esta región española.
ACADEMICISMO. HISTORICISMO. REALISMO.
     El Romanticismo y el Costumbrismo se agotarán en los últimos años del reinado de Isabel II, surgiendo nuevas tendencias artísticas: historicismo, casacón, preciosismo y realismo. En este eclecticismo de corrientes estéticas que confluyeron en el panorama artístico del romanticismo tardío, va a hacer aparición en España un sistema de promoción para los artistas, instaurado desde los ambientes oficia­les, que servirá de fomento y a la vez de control del desarrollo de las Artes en todo el país: las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. El tema preferido en estos certámenes será el de la Pintura de Historia, puesto de moda en toda Europa, pero que llegará a alcanzar una relevancia especial en la pintura española al ser utilizada por la oficialidad como instrumento de propaganda.
     Entre los artistas que compartieron sus ideales entre el Romanticismo tardío y el Historicismo hemos de destacar a Eduardo Cano de la Peña (Sevilla, 1823-1897). Es el primer triunfador en la pintura de Historia, ya que en la Exposición de 1856 es premiado su cuadro Colón en la Rábida. Sin embargo, Cano seguirá a lo largo de su carrera la llamada del romanticismo, tratando el historicismo más por moda que por verdadera vocación.
     Entre las obras que en el Museo se conservan de Eduardo Cano destacamos dos de tema histórico: Fraile con la cabeza de D. Álvaro de Luna  y Los Reyes Católicos recibiendo a los cautivos cristianos en la conquista de Málaga (1867), obra ésta con la que obtuvo Consideración de Primera Medalla en la Exposición Nacional de 1867.
     Cano también  cultivó el cuadro  de género y el  retrato, destacando entre estos últimos el realizado a la poetisa Fernán Caballero.
     En el año 1875 ya han desaparecido muchas de las grandes figuras del movimiento romántico; el mercado de la pintura ya está saturado de bailes de mesón y ferias; la sociedad andaluza está cambiando y en Europa se ha impuesto la moda del "Tableutin" neorromántico iniciado por Meissonnier.
     La influencia del "Tableutin" unida a la goyesca va a definir la primera etapa del gran renovador de la pintura española de la época de la Restauración: Mariano Fortuny.
     La influencia de Fortuny va a ser decisiva en el Neorromanticismo andaluz, si bien hemos de tener en cuenta el influjo de la pintura italiana y francesa de la época, ya que los pintores de esta generación viajarán a Roma o París, gracias a organismos oficiales como la Diputación de Sevilla, para tomar contacto con las tendencias imperantes en el momento.
     A esta generación pertenece José Jiménez Aranda (Sevilla, 1837 - 1903). En 1871 se traslada a Roma, donde conoce a Fortuny y se deja arrastrar por la pintura de "casacón" en la que se describen escenas costumbristas ambientadas en el siglo XVIII y llamadas así por estar protagonizadas por personajes ataviados con casacas, pelucas,... Regresa a Sevilla en 1875, pero esta tendencia se refuerzo en 1881 cuando en París asimila el estilo de Meissonnier hasta el punto de ser uno de los grandes pintores españoles de este género. No obstante, su regreso a Madrid en 1890 le lleva a desarrollar la temática del realismo, que se impone en la pintura española de esta última década del siglo. Como ejemplo mencionamos su cuadro Una desgracia. En 1892 vuelve a Sevilla donde, sin abandonar de todo el "casacón" cultiva el retrato, el paisaje -formando parte del grupo de pintores plenairistas de Alcalá de Guadaira - y sobre todo el cuadro de anécdota.
     De su extensa producción, en el Museo sólo se conservan retratos, entre los que destacamos el realizado a su hija Irene en 1889, concebido sobre un fondo neutro y libre de convenciones decorativas que centran la atención en la personalidad de la niña y su Autorretrato realizado hacia 1870.
     José García Ramos (Sevilla, 1852-1912). Discípulo y amigo de José Jiménez Aranda, viajó con éste a Roma donde conoció a Fortuny. Fruto de este encuentro fue su amplia dedicación al "casacón". También abundan en su pintura los bandoleros y majos de épocas pasadas. Dibujó, con una enorme expresividad y técnica minuciosa, escenas de la vida cotidiana en Sevilla, desde fiestas flamencas a asuntos taurinos. Su gracia e ingenio le hacen ser uno de los mejo­res representantes del costumbrismo sevillano finisecular. Destacamos entre sus obras Pareja de baile (h. 1885). Bulerías (1884), obra con la que obtuvo medalla de oro en la Exposición de Sevilla de 1884, el Niño del violín (h. 1905) y Malvaloca (1912), personaje protagonista de una de las obras de teatro más populares de los hermanos Álvarez Quintero.
     Emilio Sánchez Perrier (Sevilla, 1855 - Alhama de Granada, 1907). Es el mejor paisajista de este momento. Se formó en la Academia de Bellas Artes de Sevilla donde fue alumno de Joaquín Domínguez Bécquer y Eduardo Cano. Realizó varios viajes a París donde entró en contacto con el paisaje realista francés del momento, recibiendo las influencias de Corot y la llamada "Escuela de Barbizón", cuyos prin­cipales representantes muestran una tendencia constante a pintar arboledas, orillas de ríos, estanques,... motivos que siempre están presentes en la obra de Sánchez Perrier. Su personalidad es de singular importancia en la historia del paisajismo y no sólo en Sevilla. En el ambiente local su figura resulta decisiva en los orígenes del paisaje realista, convirtiéndose en el punto de referencia de pintores contemporáneos y de generaciones posteriores hasta el punto de que se le puede considerar como el fundador de la llamada "Escuela de Alcalá de Guadaira". En el museo se conserva su obra Pinares de Alcalá de Guadaira. Sin embargo en su producción no faltan vistas de la propia ciudad de Sevilla y de su río como es el caso de su obra Triana que a parte de su valor artístico tiene el valor documental de ser una vista de la margen del río Guadalquivir a su paso por el barrio de Triana, hoy muy transformado.
     José Lafita (Jerez de la Frontera, 1855 - Sevilla, 1925). Es otro representante destacado de la "Escuela de Alcalá de Guadaira". Pintó incansablemente las orillas del Guadalquivir, tanto en la ciudad como en las campiñas que riega el río, como se aprecia en su obra conser­vada en el Museo Paisaje de Alcalá de Guadaira realizada hacia 1900.
     Rafael Senet (Sevilla, 1856-1926). Fue discípulo de Joaquín Domínguez Bécquer y Eduardo Cano. En 1881 viaja a Italia, donde reside alternativamente en Roma, Venecia y Nápoles. En esta última ciudad toma contacto con el grupo de Portici.
     Fue pintor de gran éxito en su momento por sus famosas "veduta" venecianas. En 1890 regresa a Sevilla, dedicándose fundamentalmente a la pintura de paisaje a través de su vinculación con Sánchez Perrier y García Rodríguez con los que pinta en los alrededores de Alcalá de Guadaira.
     De su producción italiana destacamos: Palacio del Dux (Roma 1887), Canal de Venecia (Venecia 1885) y La pescadora (Roma 1885).
     Andrés Parladé (Málaga, 1859 - Sevilla, 1933). En su ciudad natal estudia pintura con Moreno Carbonero. Viaja a París y Roma, resi­diendo en ésta última desde 1883 a 1891. En este año regresa a Sevilla, siendo nombrado académico de Bellas Artes en 1902.
     Sus primeras pinturas están inmersas en el academicismo historicista imperante en Roma en el último tercio del siglo XIX. El agotamiento de la pintura de historia le lleva a dedicarse a la pintura costumbrista, llegando a conseguir una técnica fluida y enérgica. Supo tratar de manera especial la temática de animales, sobre todo perros y caballos.
     En el Museo se conserva una amplia selección de su obra, procedente de la donación realizada por su viuda en 1945. Entre ellas destacamos Dos buenos amigos (1899) y su Autorretrato vestido de cazador (1907). También trató de manera excepcional el mundo de las majas y toreros, entre los que destacamos: El torero herido, Torero sentado en un banco. Una gran colección de estas últimas se encuentran depositadas en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, desde su inauguración en 1973.
     José Arpa (Carmona, Sevilla, 1860 - Sevilla, 1952). Alumno de Eduardo Cano, en 1883 obtuvo una beca de la Diputación de Sevilla para viajar a Roma, donde entra en contacto con José Villegas Cordero. Comenzó su carrera realizando cuadros de historia, temática que abandonará para dedicarse de lleno al paisaje en el que fue indiscutible maestro, por su audaz colorido, brillante luminosidad y su visión directa de lo natural. En 1896 viajó a América, residiendo en México y Texas. Fruto de esta estancia son sus obras El Gran Cañón de Arizona (h. 1925) y Chumberas en flor (h. 1928), maravilloso paisaje en el que la luminosidad se convierte en el motivo fundamental de la composición.
     José Rico Cejudo (Sevilla, 1864-1939). Alumno de José García Ramos, viaja a Roma en 1888 pensionado por el Ayuntamiento de Sevilla. Dedica gran parte de su obra a la reconstrucción preciosista del dieciocho sevillano con procesiones, bodas y escenas de interior. Fue conocido por sus paisajes venecianos pero su mayor producción son tipos y escenas de la Sevilla de su tiempo, a base de floristas, flamencos y curas. Claro ejemplo de esta faceta, es su cuadro Floristas en el parque de María Luisa.
     Ricardo López Cabrera (Cantillana, Sevilla, 1864 - Sevilla, 1950). Fue discípulo de Eduardo Cano y José Jiménez Aranda, maestro de este último de quien fue yerno. En 1887 viajó a Roma pensionado por la Diputación de Sevilla. Durante su estancia en esta ciudad se movió siempre dentro de un riguroso espíritu académico lo que apreciamos en su obra El gladiador (1888) pintura que se conserva en este Museo.
     Su producción presenta un amplio repertorio temático, abarcando desde escenas costumbristas "casacones" a paisajes y retratos. Entre estos últimos destacamos los del matrimonio D.ª Casilda López de Haro (1889) y D. Fernando Antón de Olmet (1891), ambos donación del Marqués de Dos Fuentes, en 1955.
     Otros artistas dignos de destacar son: Nicolás Jiménez Alperiz (Sevilla, 1865-1928). Fue un gran especialista en la realización de pinturas de pequeño formato en las que narra multitud de aspectos costumbristas de la vida  popular sevillana. También cultivó el tema de historial y el paisaje, formando parte de la escuela de Alcalá de Guadaira. Obra muy interesante dentro de su producción es la Vista de la Catedral de Sevilla desde el Guadalquivir (1893). Esta pintura, realizada sobre tabla, está tomada desde la orilla derecha del Guadalquivir, desde el barrio de Triana, y se integra en la larga serie de vistas de Sevilla que desde finales de la Edad Media han llegado hasta nosotros, constituyendo, en cierta medida, una crónica real de la evolución urbanística de la ciudad y de su actividad portuaria.
     Fernando Tirado (Sevilla, 1862-1907). Discípulo de Eduardo Cano, viajó a París pensionado por la Diputación de Sevilla en 1878. Se dedicó especialmente al retrato aunque también realizó pinturas de ambiente árabe y escenas costumbristas. En el Museo está representado con dos obras- un retrato, el de La reina María Cristina y su hijo Alfonso XIII (1891) y una obra de tema árabe Emboscada Mora (1880). 
     Francisco Narbona (Sevilla, 1861 - hacia 1920). En 1887 se trasladó a Roma, donde estudió con José Villegas, vinculándose a la corriente historicista. De su estancia en esta ciudad el Museo conserva su obra La Samaritana (1889), donde se evidencia su formación académica.
     También dentro de esta corriente academicista mencionamos a Domingo Fernández (Sevilla, 1862 - hacia 1920). En 1886 obtuvo una pensión para estudiar en Roma, de este período es su obra Leda y el Cisne (Roma, 1888). Sin embargo, su trayectoria artística se desarrolló fundamentalmente en Argentina donde se dedicó a la pintura costumbrista.
     Los dos artistas más relevantes dentro del panorama artístico sevi­llano de este momento son José Villegas Cordero y Gonzalo Bilbao.
JOSÉ VILLEGAS CORDERO (Sevilla, 1844 - Madrid, 1921)
     Es el pintor más importante de los españoles en Italia después de Fortuny. Inicia su formación artística en el taller del pintor José Mª Romero y en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. En 1866 se trasla­da a Madrid y estudia en el Museo del Prado a los grandes maestros del naturalismo del siglo XVII, especialmente a Velázquez, del que toma la base de su técnica pictórica. Frecuenta el estudio de Federico de Madrazo, donde entra en contacto con Fortuny. Parte para Roma en los últimos meses de 1868 acompañado de Luis Jiménez Aranda y Francisco Peralta.
     En la capital italiana ocupa el estudio de Rosales y acude a las noches de la célebre Academia Chigi. Se inician sus años prósperos -como el más consagrado seguidor de Fortuny- con clientela interna­cional y gran cotización, además de sucesivos premios en exposiciones internacionales. Practica la pintura de historia tratando de darle una máxima naturalidad, aunque no renuncia a la minuciosidad descriptiva en los accesorios ambientales.
     Incansable viajero, durante su estancia en Roma, reside con frecuencia en Venecia, la que considera su ciudad favorita. Convertido en figura principal de la colonia artística española, tras la muerte de Fortuny, su estudio se convierte en el centro de intelectuales y artistas. A partir de la segunda mitad de los años ochenta, Villegas pone de moda, en el ambiente artístico italiano, los cuadros de inspiración del Renacimiento veneciano, llegando a ser uno de sus grandes éxitos El triunfo de la Dogaresa obra en cuya realización empleó doce años y que es el fruto de su profundo interés por el Renacimiento italiano y su meticuloso estudio de los maestros del Quatrrocento y del Cinqueccento venecianos. A esta etapa pertenece su obra Los pajes de la Dogaresa, realizada en 1888. Fue adquirida por la Junta de Andalucía, en el año 2000, para formar parte de los fondos de este Museo. En ella se aprecia claramente la minuciosidad descriptiva con la que trata los objetos, tejidos y arquitecturas equiparables a la de la mejor pintura victoriana o de historia en España. En estas obras inspiradas en ambiente italiano aflora, como uno de sus recursos, un lenguaje expresivo derivado del arte de Boticceli y un dibujo ondulado y elegante. Fue un pintor prolífico, que cultivó también la pintura de "casacón", paisajes y retratos.
     Su carrera en Roma culmina con el nombramiento de director de la Academia Española en 1898. A su vuelta a España en 1901 es nombrado director del Museo del Prado.
     En esta última etapa, su pintura evoluciona tras el impacto novecentista. A partir de 1914 acomete una ambiciosa empresa de doce lienzos -los diez mandamientos, más un Prólogo y un Epílogo- que tituló El Decálogo, donde es evidente la huella modernista y simbolista.
     La presencia de la obra de Villegas en el Museo es importante gracias a la donación que hiciera en 1921 su esposa Dña. Lucía Monty. Estas obras en su mayoría son retratos entre los que destacamos: Retrato del escultor Ercole Monty (h.1875), D. Luz Ojeda (h. 1910), el de su esposa Dª Lucía Monty (h. 1915) y su autorretrato Yo Villegas (hacia 1875-76).
      En la realización de temas costumbristas tuvo Villegas resonantes éxitos y uno de los más importantes es su obre La muerte del maestro, que hoy se encuentra entre los fondos de este Museo de Bellas Artes. Se trata de una pintura de asunto costumbrista hispano, concretamente de tema taurino, con los que logró una fama y prestigio internacional. La obra describe el impresionante momento que agrupa a los componentes de la cuadrilla del matador de toros "Bocanegra" que, tras resultar cogido gravemente, es trasladado a la enfermería de la plaza.
     Con su dilatada obra, Villegas nos ofrece un recorrido por las tendencias imperantes a lo largo del último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX. Pasó del realismo de Rosales al preciosismo de Fortuny, para derivar hacia posiciones cercanas al Impresionismo y al Simbolismo modernista.
GONZALO BILBAO MARTÍNEZ (Sevilla, 1860 - Madrid, 1938)
     Ya en la frontera entre el siglo XIX y el XX, la pintura andaluza entra de lleno en las ideas renovadoras marcadas por el Impresionismo francés representado en España por el luminismo de Sorolla.
     Será Gonzalo Bilbao el iniciador de un nuevo costumbrismo luminista y figura clave de la escuela sevillana en el tránsito del siglo XIX al XX.
     Su aprendizaje artístico lo inicia en el taller de los hermanos Francisco y Pedro de Vega. En 1880 marcha a Roma para ampliar conocimientos en el taller de José Villegas. Viaja a París en 1883. En 1887 se presenta a la Exposición Nacional de Bellas Artes con su cuadro Daphnis y Cloe, obteniendo Segunda Medalla. En 1888 viaja a Marruecos donde pinta Esclavas en una terraza, obra con la que gana la Tercera Medalla en la Exposición Nacional de París en 1889. Establecido definitivamente en Sevilla se convierte en uno de los más brillantes representantes del costumbrismo regionalista. En 1925 es nombrado presidente de la Academia Santa Isabel de Hungría.
     Encuadrado decididamente en el luminismo, una de sus máximas preocupaciones y uno de sus máximos aciertos, fue la utilización de la luz, muy próxima a la de los impresionistas franceses. Su técnica se distingue por un experto dibujo, grandes dotes para la composición y una rica gama cromática.
     Los temas, muy variados, van desde el retrato y el paisaje, a las esce­nas de costumbres andaluzas, interpretadas con un hondo sentido realista captado de la misma realidad de la vida. La vida cotidiana de Sevilla y de sus campos, el esforzado trabajo de las cigarreras o segadores, fueron llevados al lienzo con una sinceridad que en ocasiones trasluce preocupación social. 
     El Museo conserva una amplia colección de sus pinturas entre las que destaca Las cigarreras (1915). El motivo anecdótico del trabajo de estas mujeres sirve a Bilbao para realizar un estudio de perspectiva y de efectos de luz con los que logra una de sus mejores composiciones.
     El tema costumbrista está representado en el Museo por su obra Noche de verano en Sevilla (1905).
     Gonzalo Bilbao apenas trata el tema del desnudo, sin embargo su cua­dro La toilette (hacia 1910) le sirve de pretexto para mostrar un leve tratamiento del tema, cuyo protagonista en definitiva es el estudio de la luz, destacamos aquí también su innovadora obra La casta Susana.
     Entre los retratos conviene destacar los realizados a D. Francisco Rodríguez Marín (1934) y D. José Gestoso (1914), así como los realizados a miembros femeninos de su propia familia como los de su hermana Flora (1914) y el de su esposa Dª María Roy (1926), en los que el artista interpreta el prototipo femenino de la burguesía sevillana, estamento destacado en la sociedad local del momento, ataviadas a la española y dotadas de una gran belleza y elegancia.
     El tema del paisaje, en sus diferentes modalidades, está representado en el Museo por las obras Marina (1928), Plaza de Zocodover (1910) y Claustro mayor del Convento de la Merced de Sevilla (1905).
     Toda su producción le acredita como el creador de la escuela sevillana que arranca en los comienzos del siglo XX y en la que se forman maestros como Miguel Ángel del Pino, Gustavo Bacarisas, Javier de Winthuysen, Santiago Martínez y Alfonso Grosso (Ignacio Cano Rivero, María del Valme Muñoz Rubio, Rocío Izquierdo Moreno, y Virginia Marqués Ferrer. Museo de Bellas Artes de Sevilla. Guía Oficial. Consejería de Cultura. Junta de Andalucía. Sevilla, 2009).
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La Sala XII del Museo de Bellas Artes, al detalle:
           Retrato de Lucía Monti, de Villegas
           Retrato de Lucía Monty, de Villegas
           Retrato de la señora Carriquirre, de Antonio María Esquivel
           Vista de Sevilla, de Nicolás Jiménez Alpériz           

viernes, 13 de septiembre de 2024

La pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 13 de septiembre, es el aniversario del fallecimiento (13 de septiembre de 1907), de Emilio Sánchez Perrier, autor de la obra reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Triana", obra de Emilio Sánchez Perrier (1855 - 1907), siendo un óleo sobre lienzo en estilo realista, pintado hacia 1888/1890, con unas medidas de 0,68 x 1,22 m., adquirido por la Junta de Andalucía para su depósito en el Museo (1999).
   El tema del perfil de la ciudad de Sevilla que se refleja en las aguas del río Guadalquivir fue tratado frecuentemente por el artista. En esta obra el encuadre elegido es el de la orilla del río con el conjunto de fachadas y postigos traseros del barrio de Triana -que le da título al lienzo- lugar elegido en numerosas ocasiones, pero que destaca esta vez por lo singular de su gran formato y la elaborada composición de amplia perspectiva. La personalidad del pintor se manifiesta en esta visión realista del paisaje, de minuciosa y atenta mirada del natural y marcado carácter intimista en la que los motivos populares y pintorescos se enmarcan dentro de una atmósfera de marcado carácter lírico (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Pese a la prolífica actividad de los pintores paisajistas sevillanos en el último tercio del siglo XIX, es muy poca la presencia que de ellos hay en el Museo, sobre todo unos Pinares de Alcalá de Guadaira, realizados por el mejor de los paisajistas sevillanos de este momento, que fue sin duda Emilio Sánchez Perrier (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Emilio Sánchez Perrier, autor de la obra reseñada;
     Sevilla, 1855 - Alhama de Granada, 1907
     Durante los primeros años de su vida Emilio Sánchez-Perrier se dedicó a la relojería en el establecimiento que su padre, Manuel Sánchez, tenía en la calle Sierpe. Mostrando aptitudes y vocación por el dibujo y la pintura, con trece años de edad ingresa en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, siendo sus primeros maestros Joaquín Domínguez Bécquer y Eduardo Cano de la Peña.
     El conocimiento de las obras del pintor paisajista Martín Rico, en un viaje casual a Sevilla, decidió la orientación de su dedicación artística, que se consagraría de lleno a partir de ese momento al cultivo del paisaje, género que aprendió y perfeccionó en la Real Academia de San Fernando de Madrid como discípulo de Carlos de Haes. En 1871, encontrándose en Granada con Martín Rico, conoce a Mariano Fortuny, cuyo estilo se reflejará también en su obra.
     En 1878 se presenta en la Exposición Nacional de Bellas Artes con los cuadros Reja del Pretorio en el jardín de la casa de Pilatos, Huerta con gallinas en Alcalá de Guadaíra, El ocaso, La ribera del río Guadaíra, Laguna de los patos y El molino de Mesía.
     En 1881 se presenta de nuevo en ese certamen con una vista al carbón de Alcalá de Guadaíra. Esta pequeña población sevillana será motivo constante de inspiración para el pintor, ya que pasaba allí grandes temporadas, especialmente las primaveras. Realizó múltiples versiones de esta población reflejada en el río, así como numerosos paisajes fluviales de frondosas orillas a los que dota de una poética casi romántica. De ahí que se le llegará a considerar el fundador de la que se ha denominado la Escuela de Alcalá de Guadaíra. Asiste también con sus obras a exposiciones en Sevilla y Cádiz en 1877, 1878 y 1879, logrando en este último año una medalla de oro en la Exposición Regional de Cádiz.
     Después se traslada a París para ampliar estudios y conocer la pintura de paisaje de la Escuela de Barbizon. En 1880 debuta en el Salón de la capital francesa con Jardín del Alcázar de Sevilla e Invierno en Andalucía, convirtiéndose a partir de entonces en un asiduo participante de este certamen, en el que llegará a alcanzar una mención honorífica en 1886. Años más tarde vuelve a ser premiado con una medalla de plata en la Exposition Universelle celebrada en París en 1889. También fue premiado en Madrid en la Exposición Nacional de 1890 con una segunda medalla por su cuadro titulado Febrero (Madrid, Museo del Prado).
     Emilio Sánchez-Perrier, junto con el también sevillano Luis Jiménez Aranda, a quien visita cuando éste se establece en Pontoise, fueron los principales paisajistas españoles activos en París en los años ochenta. En su obra se deja sentir la influencia de la Escuela de Barbizon, aunque su técnica sea más minuciosa y su atmósfera más luminosa. Un crítico contemporáneo comentaba que «en sus paisajes de Fontainebleau ponía algo de la luz de Sevilla, y en los de Alcalá, algo de la dulzura de Passy». En 1894, Sánchez-Perrier fue nombrado miembro de la Société General des Beaux Arts de Francia y, en 1903, miembro de la Academia de Bellas Artes de Sevilla (Pilar de Miguel Egea, en Museo Carmen Thyssen de Málaga).
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lunes, 26 de junio de 2023

La pintura "Retrato del pintor Uranga", de Zuloaga, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del pintor Uranga", de Zuloaga, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
     Hoy, 26 de junio, es el aniversario del nacimiento (26 de junio de 1861) de Pablo Uranga, pintor vasco, personaje respresentado en la obra reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Retrato del pintor Uranga", de Zuloaga, en la sala XIV, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XIV del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Retrato del pintor Uranga", de Zuloagaa (1870-1945), siendo un óleo sobre lienzo, en estilo realista, realizado en 1937, con unas medidas de 1'06 x 0'90 m., procedente del depósito del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en 1973.
   Retrato sobrio y de marcada dignidad en el que se muestra el personaje de forma realista y sin adornos superfluos. Los retratos de Zuloaga y en concreto este en el que se representa al pintor Pablo Uranga Díaz de Arcaya, los realiza con dibujo seguro y con una gran carga psicológica y simbólica (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     La pintura hispana del siglo XX en su primera mitad tiene una digna representación en el Museo e incluso se cuenta con alguna pieza de excepcional calidad. En este sentido hay que citar la presencia de uno de los más célebres artistas españoles de este periodo: Ignacio Zuloaga (1870-1945) a quien se debe el Retrato de la señora Malinowska firmado y fechado en 1912 y el Retrato del pintor Uranga realizado en 1937. Son retratos que pertenecen a la primera parte de la vida del artista en la que casi siempre sus modelos muestran una presencia digna y sobria, sin ningún tipo de adulación en la puesta de escena, como ocurrió con los realizados en la última parte de su existencia (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991). 
Conozcamos mejor la Biografía del pintor Uranga, personaje representado en la obra reseñada;
     Pablo Uranga Díaz de Arcaya, (Vitoria, Álava, 26 de junio de 1861 – San Sebastián, Guipúzcoa, 6 de noviembre de 1934). Pintor.
     Pablo Uranga forma parte de la llamada Escuela Vasca de Pintura junto con otros nombres importantes como Ignacio Zuloaga, Darío de Regoyos, Julián de Tellaeche o los hermanos Arrúe. Es un artista de formación clásica, imbuido de la tradición pictórica española, que conoce el impresionismo francés de primera mano y lo adapta a su estilo pictórico, especialmente en el uso de la luz y del color.
     Pablo Uranga inició su formación académica en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria entre los años 1878 y 1880. Quedó huérfano muy joven, por lo que marchó a Jerez de la Frontera, donde su tío Blas José Díaz de Arcaya era abad de la Colegiata. Allí continuó su formación entre 1881 y 1884 en la Academia de Bellas Artes. Quizá fuera en esta estancia en la ciudad gaditana donde se le despertase la gran afición por el mundo de los toros que le acompañó toda su vida y que tuvo un importante reflejo en su obra. A partir de 1885 se trasladó a Madrid, donde continuó su formación en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y acudió frecuentemente al Museo del Prado, lo que le permitió conocer la tradición pictórica española y especialmente las figuras de Velázquez y Goya. En este momento conoció al escultor Paco Durrio (1868-1940), que le animó a ir a París en 1888 y le presentó a Ignacio Zuloaga, con quien mantuvo una gran amistad hasta el final de sus días.
     Al no contar con ninguna ayuda oficial, Pablo Uranga desempañó distintos oficios en París (uno de los más conocidos es el de monosabio en la plaza de la rue Pergolesse), pero continuó dedicándose a la pintura y formándose, ya que acudía a la Academia de la Palette en Clichy, donde compartía aula con otros pintores como Zuloaga, Santiago Rusiñol o José María Jordá. En el verano de 1894 en la Exposición Artística de Bilbao presentó una única obra, Retrato de Ignacio Zuloaga (en la actualidad en el Museo Goya de Castres, Francia), obra que le fue adquirida en 1924 por el Gobierno francés para el Museo de Luxemburgo. Es también en este año de 1894 cuando recibió uno de sus primeros encargos, la decoración con paneles al óleo del Casino de Bermeo, obra que realizó conjuntamente con Zuloaga. Sin embargo, a pesar de estas incursiones a España, el pintor continuó residiendo en París; desde 1893 formó parte de la Sociedad de Artistas Independientes, a partir de 1895 expuso, al menos en tres ocasiones, en el Campo de Marte en París y en marzo de 1897 realizó su primera exposición individual en Le Barc de Bouteville con un total de noventa y dos obras.
     Sin embargo, ese mismo año de 1897 volvió a España, concretamente a Elgueta, un pequeño pueblo guipuzcoano al que siempre se sintió muy unido afectivamente. De hecho, una de sus obras más conocidas, un autorretrato se titula El bohemio de Elgueta. Su vida artística comenzó una nueva etapa vinculada a Bilbao, el centro artístico más importante de la zona en ese momento. Participó en todas las exposiciones significativas del momento y aparece como socio fundador de la Asociación de Artistas Vascos en 1911.
     En 1906-1907 fijó su domicilio en Vitoria, tras haber contraído matrimonio en 1903 con Prudencia Lejarreta. Durante estos años continuó pintando y presentaba sus obras en distintas exposiciones tanto nacionales como internacionales (Exposición en la Galería Silberberg en París en 1902, V Exposición de Arte Internacional de Barcelona en 1907, Exposición del Primer Centenario de la Independencia de México en 1910 o la Exposición de Libre Estética en Bruselas en homenaje a Darío de Regoyos en 1914).
     Pablo Uranga abordó todo tipo de temas en su producción artística, y sintió una especial predilección por la pintura de tipos y costumbres y también por el paisaje. No obstante, realizó un número importante de obras de temática religiosa, generalmente por encargo, tanto de pintura de caballete como en la decoración de iglesias y monasterios como en Betoño (Álava), Alsasua (Navarra), Tolosa, Lasarte, Zaldibia y Aránzazu, estas últimas en Guipúzcoa. Otro de los géneros que también cultivó con asiduidad y también por encargo fue la pintura de historia bien en decoraciones murales como las del Palacio Olaso (Vergara) o el de Ibaigane (Bilbao) o en obras de gran tamaño como el tríptico Las Bodas de la Paz realizado por encargo del marqués de Olaso y con el que obtuvo Medalla de Plata en la Exposición Hispano Francesa de Zaragoza en 1908.
     En 1918 se trasladó con su familia a San Sebastián y continuó con su producción. Recibió varios encargos de la Diputación de Guipúzcoa para realizar una Inmaculada (1918), y en 1922, para conmemorar el Cuarto Centenario de la Primera Vuelta al Mundo por Juan Sebastián de Elcano, se le comisionó junto con Elías Salaverría e Ignacio Zuloaga para realizar una serie de cuadros conmemorativos. El tema elegido por Uranga fue la Expedición de Loaysa.
     En 1924 recibió un homenaje de sus amigos, entre los que destacan Juan Belmonte o José Ortega y Gasset, en el caserío Epeleko-Etxeberri con motivo de la ya mencionada adquisición de su obra por el gobierno francés. A finales de este año partió junto con Zuloaga hacia Estados Unidos y Cuba. En enero de 1925 expuso en las Galerías Ralston de Nueva York junto a Alice Lolita Muth y en la primavera de ese mismo año expuso de manera individual en La Habana con importante éxito, ya que el Museo de La Habana adquirió dos de sus obras.
     Tras la vuelta de la aventura americana, Uranga continuó trabajando, acudiendo a exposiciones y actuando como jurado en distintos certámenes. Pablo Uranga falleció en su casa, Villa Urtxo, en el donostiarra barrio de Loyola, el 6 de noviembre de 1934 (Ana Arregui Barandiarán, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Ignacio Zuloaga, autor de la obra reseñada
     Ignacio Zuloaga y Zabaleta, (Eibar, Guipúzcoa, 20 de junio de 1870 – Madrid, 31 de octubre de 1945). Pintor.
     Ignacio Zuloaga es uno de los artistas más célebres de la pintura española de la primera mitad del siglo XX y de mayor reconocimiento en el extranjero. Pintor de paisajes, de tipos españoles y de retratos, su obra, de carácter realista y costumbrista, conectó con la revisión de la España profunda que llevaron a cabo los miembros de la denominada Generación del 98. Acostumbrado a cambiar de residencia con gran frecuencia y a pasar largas temporadas en el extranjero, Zuloaga fue un artista con un gran sentimiento de pertenencia a la cultura e identidad españolas. Un apasionado de nuestro país que, a través de sus paisajes y de sus paisanos, dirigió todo su arte. 
   Ignacio Zuloaga fue miembro de una familia de artistas, lo que permitió tener un contacto con el mundo del arte desde muy joven. Estudió en París con los jesuitas durante y pasó todos los veranos de su infancia en San Juan de Luz. En 1887 realizó con su padre una primera visita a Madrid, que marcó decisivamente su estilo. En el Museo del Prado descubrió la pintura española del Siglo de Oro y a sus grandes maestros, Velázquez, Zurbarán, Ribera y El Greco, a los que copió incansablemente. De hecho fue Zuloaga el descubridor de El Greco y el gran revalorizador de Goya, para la pintura española de principios de siglo XX.
     Con tan sólo diecisiete años se presentó por primera vez a la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid con un lienzo titulado “Un sacerdote rezando” y, al año siguiente participó, casi de forma desapercibida, en la exposición organizada con motivo de las Fiestas Euskaras celebrada en Guernica en el mes de septiembre. De esta época corresponden lienzos pintados en Eibar como “El ciego de Arrate”, “La fuente de Eibar” o “La última muerte”. En 1889 marchó a Roma para completar su formación artística como era habitual en la época. Allí estudió la pintura del Renacimiento y pintó el cuadro “El forjador herido”. Pero al cabo de poco más de seis meses, reacio a la pintura academicista, cambió su estudio de la Vía Margutta por uno en la Ìle de Sant Louis de París.
     En la capital francesa asistió como alumno a la Académie Libre y a la Academia Palette, donde estudió con Henroi Gerveux, gran admirador de Manet, con Eugène Carrière y con el pintor simbolista Puvis de Chavannes. En la colina de Montmartre, Zuloaga entró rápidamente en contacto con otros artistas españoles, especialmente con los catalanes Enric Clarasó, Ramón Casas y Santiago Rusignol que, junto con Maurice Utrillo, estaban practicando una pintura próxima al impresionismo. Fue Rusignol el artista español al que más unido estuvo en París y a quién le hizo comprar dos Grecos que descubrió en la capital francesa. Ambos planearon recorrer juntos Italia y publicar un recorrido artístico en La Vanguardia a través de los textos del catalán y los dibujos del vasco. Igualmente, en la capital francesa, Zuloaga se relacionó con Gaguin, Toulouse-Lautrec, Van Gogh y Bernard participando con ellos en dos exposiciones colectivas en la Galerie Le Barc de Bouteville en 1891 y en 1894. Pero, de entre los artistas franceses, a los que más admiró fue a Degas y a Rodin, quien le acompañó en diferentes viajes por España y con quién expuso en ocasiones. En París se hizo amigo también del pintor Maxime Dethomas, con cuya hermana, Valentine, Ignacio Zuloaga contrajo matrimonio en 1899.
     Zuloaga alternó su estancia en París con numerosos viajes a la Península Ibérica. En 1891 viajó a Bilbao y fue fundador de la Sociedad Festiva El Escritorio, el famoso Kurding Club, decorando uno de sus muros con el cuadro Amanecer, y en 1895 realizó los frescos del Casino de Bermeo. Al igual que en El País Vasco, sus estancias en Andalucía, especialmente en Sevilla, fueron muy frecuentes. Allí se inició en la captación de tipos populares y pintó algunos de sus más célebres retratos, como por ejemplo, Mujer de Alcalá de Guadaira (hoy en el Museo Zuloaga de Zumaya). Estos retratos andaluces de la primera época son caracterizaciones cargadas de realismo, por influencia directa de Courbet, mezcladas también con recursos propios del impresionismo y del posimpresionismo, que fue abandonando poco a poco a favor de una paleta más oscura.
     Pasará también largas temporadas en Segovia, ciudad a la que estuvo muy unido y donde llegó a instalar un estudio, junto con su tío el ceramista Daniel Zuloaga, en la iglesia románica de San Juan de los Caballeros. Segovia y Ávila y, en general, las tierras castellanas rudas y empobrecidas, fueron fuentes de inspiración de paisajes de gran carga psicológica, y retratos de tipos, que entroncaron con lo que se ha ido denominando la España Negra. En ellos existe una clara vocación por la búsqueda de una identidad nacional que conectó, rápidamente, con los presupuestos estilísticos que estaban manejando los literatos de la llamada “Generación del 98”. El tono sombrío de su paleta y el realismo creciente de sus retratos, contrastó con el luminismo imperante en España, representado por la obra de Joaquín Sorolla.
     Durante estos años en París, Zuloaga participó en diferentes salones de la ciudad, siendo el primero, en 1890, el Salón de Artistas Franceses donde expuso El forjador herido, pintado en Roma. En el Salón Nacional de Bellas Artes de París de 1894 presentó dos lienzos con cierto éxito: Retrato de la abuela del pintor y El enano Don Pedro, y seis lienzos de temática segoviana en Los Independientes de 1896. Desde París continuó haciendo envíos a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de Madrid, sin recibir todavía ningún reconocimiento, aunque sí obtuvo una primera medalla en 1898 en la IV Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona.
     En 1899 el artista participó en el Salón Nacional de París con el lienzo Mi tío y mis primas, pintado en Segovia, que fue adquirido por el Estado francés para Museo de Luxemburgo (hoy en el Museo de Orsay de París). Ese mismo año, el 18 de mayo, contrajo matrimonio con Valentine Dethomas, a quién retrató con ciertos resabios simbolistas, siendo los testigos de la boda Carrière y Albéniz. El matrimonió realizó un viaje de recién casados por Europa y de regreso a España, se instalaron una temporada en Elgueta, donde Ignacio pintó uno de sus cuadros más conocidos, La enana doña Mercedes, conservado también en el Museo de Orsay de París. Terminó el año con la buena noticia de la adquisición por parte del Estado belga de su cuadro El alcalde de Riomoros, tras su exposición en Salón de Pintura de Gante.
     Durante 1900 Zuloaga regresó a Segovia para pintar en la Casa del Crimen y en la Canonjía. Aprovechó igualmente para proponer que su cuadro Antes de la corrida, también conocido como Vísperas de la corrida, fuera incluido en la representación española de la Exposición Universal de París de 1900, pero el jurado lo rechazó. Este tipo de sucesos contrastaron con la gran popularidad que el pintor estaba cosechando en el extranjero, hasta el punto de que este lienzo fue adquirido finalmente por el Estado belga para el Museo de Bellas Artes de Bruselas. A ello se le sumó otro éxito internacional: la gran medalla en la Exposición Internacional de Dresde. El acontecimiento fue celebrado con un número monográfico dedicado a su arte en Le París Ilustré y un homenaje que sus contemporáneos, el Grupo del 98, le ofreció en Madrid. Con el inicio del nuevo siglo, Ignacio Zuloaga siguió cosechando éxitos. En 1902 fue nombrado Societaire de la Exposición Nacional de Bellas Artes de París, pero el fallecimiento de su madre, Lucía Zamora Zabaleta, en Eíbar ese mismo año supuso un duro golpe para el pintor. No obstante el nacimiento, poco después, de su primera hija, Lucía, le alentó. En los últimos meses del año, realizó largas estancias en Segovia, acompañado, esta vez, por el amigo y pintor Pablo Uranga. Su obra siguió exponiéndose en diferentes ciudades europeas como París, Burdeos, Múnich, Budapest Berlín y Düsseldorf, y tras una nueva participación en la Exposición Nacional de París, la prensa del momento le dedicó grandes elogios. Un año más tarde, en 1903, realizó unas pinturas para la iglesia de Nuestra Señora de Arrate, en las proximidades de Eibar, y animó a diferentes amigos franceses, entre otros al pintor Cottet, a desplazarse a Segovia. De aquel momento es uno de sus cuadros más célebres: La familia del torero que más tarde, empezó a conocerse como Gallito y su familia.
     A partir de 1905 se sucedieron exposiciones de su obra en París, Praga, Rotterdam, Amberes, Lieja, Venecia, Dresde y Viena. En Berlín recibió el encargo de la Ópera para realizar los decorados de la Carmen de Bizet. Experiencia vinculada con el mundo escénico que repitió ese mismo año en Bruselas en el montaje de la ópera Pepita Jiménez, cuyo autor fue su amigo Isaac Albéniz. En años posteriores realizó otras colaboraciones como la que hizo en 1915 en París para la obra La vida breve de Manuel de Falla, con quién colaboró también el El retablo de Maese Pedro, y en 1917 para la ópera Goyescas de Enrique Granados. Terminó 1905 recorriendo España con Rodin y el coleccionista ruso Tchoukin. El 10 de enero de 1906 nació su segundo hijo, Antonio.
     A su regreso a Francia, instaló un nuevo estudio en la calle Caillancourt que alternó con el de San Juan de los Caballeros en Segovia, donde pintó entre 1905 y 1907, sus famosos lienzos Toreros de Pueblo y Celestina (hoy en el Museo Reina Sofía de Madrid), Las brujas de San Millán (Museo de Bellas Artes de Buenos Aires) y El enano Gregorio el Botero (conservado en la actualidad en el Museo del Ermitage de San Petersburgo). En la V Exposición Internacional de Barcelona, celebrada en 1907, disfrutó de una sala entera para exponer su obra y obtuvo dos condecoraciones: el premio del Rey y el diploma de honor. De regreso a París, en 1908, el fundador de la Hispanic Society de Nueva York, el señor Huntington, acudió a su estudio con la idea de celebrar en la institución neyorquina una exposición de sus obras. En su visita le adquirió el cuadro La familia del torero gitano y le nombró miembro de la Hispanic Society. Para celebrarlo Zuloaga organizó una “grande fête espagnole”, a la que asistieron, entre otros, la actriz Lucienne Bréval. En aquella época el artista estaba colaborando nuevamente como diseñador de decorados y vestuario de la obra Carmen en la Ópera-Comique de París, cuyo papel protagonista era encarnado por la actriz. Como resultado de esta experiencia ejecutó el retrato de “Lucienne Bréval en el papel de Carmen” que expuso en el Salón Nacional Francés, entre otros cuadros de temática segoviana, y formó parte, junto con treinta y siete obras más, de las que quince eran de temática segoviana, en la exposición que la Hispanic Society le dedicó en Nueva York un año más tarde.
     El interés que causó el retrato de Lucienne Béval en el señor Huntington hizo que lo adquiriese para su colección y lo prestase al Metropolitan Museum of Art de Nueva York, donde permaneció hasta 1922. Sin embargo, pese al entusiasmo de Huntington, su exposición no tuvo el éxito que poco antes había tenido allí la de Sorolla. A Zuloaga, que había cosechado gran fama en el extranjero, se le empezó a criticar su gran dramatismo, a menudo tildado de artificioso, y la oscuridad de sus gamas cromáticas. Su obra se alejaba totalmente de la exitosa representación de la España blanca de Joaquín Sorolla. Diferencia de estilos de la que, además, Zuloaga se sentía orgulloso. Otros lienzos pintados en Segovia, como Mi prima Cándida o Los penitentes, también conocido como Los flagelantes, el efectista y velazquiano Autorretrato o el Retrato de Lucrecia Bori, pasaron a formar parte de la colección de la Hispanic Society de Nueva York. La exposición viajó a continuación a Buffalo y a Boston.
     Durante 1910 continuó con su periplo internacional exponiendo su obra con éxito en Venecia (IX Bienal), París, Londres, Méjico, Chile y Argentina. En los meses siguientes, alternó diferentes estancias en el País Vasco (donde compró una finca en Zumaya), con otras en Biarritz, Segovia y París. Un año más tarde, en el mes de abril, acudió fuera de exposición, a la Internacional de Bellas Artes de Roma. El comité español descartó su candidatura, pero fue el gobierno italiano quién le invitó expresamente, dedicándole una sala entera, en la que se exhibieron veinticinco de sus lienzos, catorce de temática segoviana. Obtuvo el Gran Premio de Honor y aprovechó su estancia, para recorrer Italia.
     De regreso a París ejecutó los retratos de Larreta, La Malinowska, Maurice Barrés y la Condesa de Noialles, que se sumaron a otros pintados en España como son El cardenal (Museo de Bellas de Artes de Bilbao), Ídolos futuros, también titulado Torerillos en Turégano, Cortesana española o Mi prima Cándida. En Segovia sus amigos y admiradores se volcaron en la celebración de un gran homenaje en 1913.
     Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el pintor se adhirió rápidamente al manifiesto español de los partidarios de los Aliados. Es más, donó el lienzo “Mi prima Cándida” para recaudar fondos para las familias más afectadas por la depresión que sufrió la localidad de Eibar, y en 1917 fue distinguido con la condecoración de la Legión de Honor por los muchos méritos que realizó a favor de Francia. Durante la contienda militar, Zuloaga residió principalmente en su recién construida casa de Santiago Etxea. Desde allí envió nuevos lienzos a Nueva York para celebrar con gran éxito su segunda exposición en 1916, que viajó más tarde por Boston, Búffalo, San Luis y Minneápolis.
     En 1917 cambió de residencia a Madrid, a una casa del Paseo del Pintor Rosales, donde ejecutó por encargo el Retrato del Duque de Alba y el Retrato del Rey Alfonso XIII, hasta que en 1920 instaló su taller en el castizo barrio de Las Vistillas. En Bilbao celebró una exposición en 1919 en la que el industrial de la Sota le compró el Retrato de Noailles (hoy en el Museo de Bellas Artes de la ciudad) y, un año más tarde, participó con sus obras en la Exposición de Pintura Española de la Royal Academy de Londres. En 1921 viajó a Granada invitado por Manuel de Falla y en 1922 fue nombrado presidente de la Comisión de Arte y Decoración del Museo Vasco de Bayona. Regresó a París en 1923, donde ejecutó los retratos de Miss Kahn y la marquesa Cassaty, hasta que en 1925 celebró con gran éxito una gran exposición en la prestigiosa Reinhardt Gallery de Nueva York. Terminó su periplo americano en Cuba, donde fue recibido con todos los honores. A su regreso, en 1926, el Círculo de Bellas Artes acogió una exposición de sus obras.
     Durante la década de 1930 la obra del pintor se consagró definitivamente en los círculos oficiales, ocupando la Presidencia del Patronato del Museo de Arte Moderno de Madrid desde 1931, pero por otro lado, encontró la oposición de los más jóvenes vinculados a las vanguardias. La Guerra Civil, que le sorprendió en Zumaya, supuso una época de recogimiento y de iniciación, también, en el arte de la escultura. En 1938 recibió el Gran Premio de la Bienal de Venecia y en 1941 el Museo de Arte Moderno de Madrid le dedicó una gran exposición. Un año más tarde, celebró la que sería su última muestra individual en vida, en la Sala Argos de Barcelona, que viajó a Oviedo, San Sebastián y Berlín, y entre sus últimos encargos estuvo el del Gobierno español de retratar en 1944 al embajador español en Estados Unidos, el Sr. Carlinston J. Hayés.
     El 31 de octubre de 1945, a los setenta y cinco años de edad, Ignacio Zuloaga falleció en su estudio de las Vistillas. Fue enterrado en San Sebastián (Ana Berruguete del Ojo, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Retrato del pintor Uranga", de Zuloaga, en la sala XIV del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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