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sábado, 6 de junio de 2026

La desaparecida Plaza de Toros Monumental, de Francisco Urcola

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Plaza de Toros Monumental, de Sevilla.
     Hoy, 6 de junio, es el aniversario de la inauguración (6 de junio de 1918) de la desaparecida Plaza de Toros Monumental, de Sevilla, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la desaparecida Plaza de Toros Monumental, de Sevilla.
     La desaparecida Plaza de Toros Monumental se encontraba en la avenida Eduardo Dato, 37; en el Barrio de la Huerta del Pilar, en el Distrito Nervión.        
     La plaza de toros Monumental, edificada en Sevilla, fue inaugurada el 6 de junio de 1918. Se cerró al público por supuestos problemas estructurales en 1921 y fue derribada el 9 de abril de 1930.
     Se encontraba a la mitad de lo que hoy en día es la avenida de Eduardo Dato en su confluencia con la avenida de la Buhaira. Esta calle entonces recibía el nombre de Monte Rey, y se encontraba frente a la Huerta del Rey.
     Este lugar se hallaba en el barrio de la Huerta del Pilar, junto al barrio de San Bernardo.
     El promotor de la nueva plaza fue el torero José Gómez Ortega, apodado Gallito, Joselito y más popularmente como Joselito, el Gallo.
     Durante su construcción surgieron problemas con las pruebas de seguridad, en las cuales se sobrecargó la estructura con 500 kg/m², lo que causó grietas en el hormigón que retrasaron la inauguración varios meses, e incluso el derrumbe de parte de las gradas.
     Estas pruebas provocaron fuertes polémicas por considerar los seguidores de Joselito que se habían extremado las pruebas de seguridad más allá de lo razonable por influencia de los maestrantes.
     Fue construida en estilo neoclásico por los arquitectos José Espiau y Muñoz y Francisco Urcola Lazcanotegui entre 1915 y 1918. Tenía una capacidad de 23 055 espectadores, superando en 10 000 localidades al coso de la Real Maestranza, lo cual permitía ofrecer unos precios cercanos a la mitad de los que costaba ver un festejo en la Real Maestranza.
     Tenía cuatro corrales, una corraleta de apartado y 12 chiqueros y el ruedo medía 60 metros de diámetros. La plaza era muy atractiva y cómoda para los espectadores, con asientos amplios y vomitorios que permitían el rápido desalojo de los tendidos. Su primer empresario fue José Julio Lissén, amigo de Joselito.
     La corrida inaugural fue el 6 de junio de 1918, actuando Joselito, Curro Posada y Diego Mazquiarán Fortuna, que lidiaron reses de Juan Contreras. La plaza registró un lleno casi total, con cerca de veinte mil espectadores.
     El 16 de marzo de 1919, se produjeron en su interior dos víctimas mortales en el transcurso de un mitin republicano.
     En 1920, la gestión del coso pasó a la empresa La Taurina Sevillana, que era la misma empresa que gestionaba la Real Maestranza. Esta nueva empresa decidió repartir la Feria de Abril entre los dos cosos: cuatro festejos en la Real Maestranza y tres en la Monumental.
     Finalmente, los problemas estructurales, unidos a la muerte de Joselito, el auténtico mentor de la plaza, originaron que la plaza fuera cerrada por orden del Gobierno Civil en 1921. Esto provocó la denuncia de la empresa al propietario de la plaza, iniciándose su derribo diez años después, el 9 de abril de 1930.
     El 6 de junio de 2018, coincidiendo con el centenario de la inauguración, se presentó en el Ateneo de Sevilla el libro "Plaza de Toros Monumental de Sevilla. La dignidad de un proyecto", escrito por Fidel y Julio Carrasco Andrés y Carmen del Castillo Rodríguez, con la intervención del Presidente de la entidad y Morante de la Puebla, además de los autores del prólogo y el epílogo, Ignacio Sánchez-Mejías Herrero y Manuel Grosso Galván respectivamente. El trabajo, calificado en El Correo de Andalucía como "un libro definitivo que rescata la memoria del efímero coso", para el diario ABC de Sevilla "recupera la memoria del coso inaugurado el 6 de junio de 1918 y desmiente sus problemas de estructura." (Wikipedia).
     La plaza de toros Monumental de Sevilla fue uno de los edificios de referencia en los primeros años del siglo XX en España. Se inauguró el 6 de junio de 1918 después de haber sufrido dos hundimientos, uno durante la ejecución en 1916 y otro durante las pruebas de carga efectuadas en 1917. Posteriormente el edificio fue sometido a una prueba de carga satisfactoria en 1918, que ofreció las oportunas garantías para autorizar su inauguración. En 1921 el gobernador decretó el cierre del edificio por supuestos problemas estructurales, siendo demolido en 1930 tras casi una década de olvido. En este trabajo se recopilan documentos dispersos en varios archivos, que permiten determinar que la prueba de carga de 1918 fue rigurosa y que el comportamiento de la estructura fue correcto, mostrando su solidez incluso durante la demolición.
     En el ámbito taurino se conoce como la Edad de Oro del toreo, la época comprendida entre la alternativa de Juan Belmonte García, el 16 de septiembre de 1913 y el fallecimiento de José Gómez Ortega («Gallito» o «Joselito») el 16 de mayo de 1920. Ambos revolucionaron el toreo, pero Joselito fue más allá, preocupándose por todos los aspectos relacionados con la tauromaquia, incluyendo las plazas de toros. Afirma Ángel Sonseca Rojas, al referirse a la inauguración de la plaza de toros Monumental de Barcelona, que «Se trata del primer eslabón de una cadena de recintos planeada por “Gallito”. El menor de los Gómez Ortega mantiene la idea de construir plazas de toros con gran aforo, en las ciudades que lo permitan, y así abaratar los precios de las localidades y elevar los honorarios de los matadores». Bajo este impulso se concibieron las plazas de Logroño (1915), Barcelona (1916), Albacete (1918), Sevilla (1918) y Madrid (1934). «La plaza de Madrid en aquel entonces tenía una capacidad para 12.000 espectadores y José se acercó a José Espeliús y Anduaga, arquitecto y gran aficionado suyo, y juntos trazaron los planos y calcularon el presupuesto para una plaza de 26.000 localidades en la terminación de la calle de Alcalá».
     En Madrid, la construcción de Las Ventas conllevó la desaparición de la existente en la avenida de Felipe II (1874-1934), así como ésta trajo consigo la demolición de su precedente junto a la Puerta de Alcalá (1749-1874). Es similar el caso de Barcelona, donde la Monumental surgió de ampliar la «Plaza del Sport» (1914). En cambio, en Sevilla se dio una circunstancia diferente, ya que la nueva plaza debería convivir con la existente, propiedad de la Real Maestranza de Caballería, cuya construcción fue amparada por los privilegios concedidos a la hermandad en 1730. Las 23.000 localidades de la Monumental representaban una seria amenaza para la Maestranza, cuyo aforo supera escasamente las 12.500.
     El promotor José Julio Lissén contrató al arquitecto Francisco Urcola, especializado en el proyecto de edificios para espectáculos y en la técnica del hormigón armado. Entre sus obras figuran la Plaza de Toros del Chofre (1903) y el Teatro Victoria Eugenia (1912), ambos en San Sebastián, así como la Plaza de Toros de Pamplona (1922), de aspecto muy similar a la Monumental. El arquitecto sevillano José Espiau dirigió la obra, ejecutada por la Sociedad General de Cementos Portland de Sestao-Bilbao. 
     Las obras se iniciaron en 1916, con la intención de inaugurarla el Domingo de Ramos de 1917. Las pruebas  de  carga  previas  a  la  inauguración  produjeron  el  colapso  de  parte de la estructura, lo que obligó a aplazarla hasta 1918.
     Este edificio fue uno de los más representativos en los primeros años del s. XX en España, formando parte de la exposición «Hormigón Armado en España 1893-1936». A pesar de su importancia, apenas existe documentación.
     Los inicios del hormigón armado en España se basan en sistemas de patentes, asunto abordado con detalle en dos trabajos dedicados a sendos edificios en los que intervino la Compañía de Sestao: la Alhóndiga de Bilbao y la cubierta del Tercer depósito del Canal, en Madrid. 
     La Compañía de Hormigones de Sestao surgió de la unión del industrial francés Eugenio Grimal y el ingeniero francés Joseph Blanc, introductor en España de la patente Poutre Dalle, caracterizada por el enlace entre forjados y vigas. Las aplicaciones del sistema aparecen en un documento en el que se incluyen algunas figuras que ilustran sobre el modo de construir elementos planos, en los que las armaduras de vigas y viguetas se elaboraban disponiendo una barra de acero en la zona comprimida de la sección y dos en la traccionada. Estas barras se unían con alambres colocados a modo de estribos o formando una celosía de alambre. Para otros casos, la aplicación debía adaptarse en base a la experiencia de los técnicos y constructores. 
     El arquitecto Urcola fue autor del proyecto y director de obra en la plaza de toros de Pamplona, muy similar a la Monumental de Sevilla. En el Archivo de la Casa de Misericordia disponen de algunos planos que permiten comprobar que los armados de vigas se disponen con una barra en la parte comprimida y dos barras en la zona traccionada, unidas con alambres en forma de estribo. En la cara inferior de los elementos superficiales se disponen 7 barras de 5 mm/m en cada sentido. Teniendo en cuenta que se trata del mismo arquitecto que previamente construyó la Monumental, cabe pensar que los armados de aquella serían similares a los descritos.
     La plaza de toros Monumental fue objeto de dos pruebas de carga, una en 1917, que finalizó con el hundimiento de al menos una cuarta parte del edificio y otra en 1918. Previamente la plaza había sufrido otro hundimiento de consideración en 1916, durante la construcción, aparentemente como consecuencia de un temporal y de haber desencofrado antes de tiempo. Se analizan a continuación ambas pruebas, comentando previamente esta práctica en la época.
     En la segunda década del siglo XX el empleo del hormigón armado empezó a hacerse extensivo. Aunque no había una norma obligatoria en España, existían las «Instrucciones reglamentarias para el empleo del cemento armado», del Laboratorio del Material de Ingenieros, aprobadas en 1912. Dado que algunos aspectos sobre el comportamiento del hormigón armado aún no se conocían o no se encontraban totalmente consolidados, propiciando que cada constructor desarrollara su propio «sistema», las administraciones solían recurrir a la realización de pruebas de carga para comprobar la seguridad.
     Las pruebas de carga se contemplaban en las «Instrucciones reglamentarias para el empleo del cemento armado» en los artículos 32 a 39. Se indicaba que debían realizarse entre un mes y medio y dos meses después de finalizar la obra (Art. 32). También se indicaba que las cargas debían ser de 1,5 veces del valor de la sobrecarga considerada en proyecto, de modo que la estructura se viera sometida durante al menos veinticuatro horas a una carga p+1,5p ́, siendo p el peso propio y p+ ́la sobrecarga (Art. 33). El modo de realizar la prueba consistía en comprobar que la carga del ensayo no produjera deformaciones permanentes superiores al 30 por 100 de las calculadas en proyecto. La medición debería realizarse «a intervalos fijos hasta que permanezcan invariables, lo cual deberá suceder, próximamente a las veinte horas de colocada la carga» (Art. 35 y 36). El propio Urcola lo pondría en práctica en las pruebas de carga de la plaza de toros de Pamplona, según consta en un certificado emitido el 24 de junio de 1922, que se conserva en el Archivo de la Casa de Misericordia.
     La inauguración de la Monumental estaba prevista para el 1 de abril de 1917. Con tal fin el representante de la propiedad visitó al gobernador a finales de marzo, para que fijase la fecha de inspección del edificio por la Junta Provincial de Espectáculos. El 26 de marzo se produjo la visita de la Junta, formada por varias personas entre las que se encontraban los arquitectos provincial y municipal, Antonio Gómez Millán y Juan Talavera Heredia respectivamente, así como el Ingeniero Jefe de Obras Públicas de la provincia Félix Ramírez Doreste. Los dos primeros eran compañeros y amigos de José Espiau, lo que inicialmente supuso una tranquilidad para éste a la hora de efectuar las pruebas, pero acabó por transformarse en varios años de suspensión de la amistad con Juan Talavera. La propiedad se opuso a autorizar las  pruebas con la presencia de los Sres. Ramírez Doreste y Gómez Millán, por no formar parte de la Junta Provincial de Espectáculos, aunque ésta los hubiera nombrado asesores de la  misma. Del suceso quedó constancia en un acta notarial emitida a instancia del letrado de la propiedad, D. Antonio Filpo. En la comunicación al gobernador Sr. Sanmartín, la junta le transmitió que se aplazaba la visita al siguiente jueves por no encontrarse las obras terminadas y debido a la oposición de la propiedad a la realización de las pruebas. 
     En cuanto a la prueba de carga, pretendían dividir la plaza en cuarenta sectores, cargados con 500 kg/m2, al menos durante 24 horas. El 1 de abril El Correo de Andalucía publicó un comunicado en el que Francisco Urcola informaba del inicio de las pruebas de carga. Tal era su confianza en la solidez del edificio, que invitaba al director del diario a comprobar personalmente la ejecución de la prueba, dejando entrada libre para que el público «pudiera presenciar las experiencias». El 8 de abril aparecieron cuarteos en algunas columnas con el cedimiento de parte de la andanada y 10 de abril la prensa local reproducía el informe emitido por los técnicos que realizaron la prueba, que finalmente fueron los señores Ramírez Doreste, Gómez Millán y Talavera Heredia. Para la prueba, la plaza se dividió en diez sectores, cargados con 500 kg/m2 en proyección horizontal, mediante  el  empleo  de  sacos  de  arena y barras de plomo. 
     Llama la atención que los técnicos hicieran constar la aparición de fisuras en pilares, sin hacer referencia a los resultados obtenidos en las vigas, cuando las pruebas de carga ya eran sobradamente conocidas en España. Tampoco consta la instalación de flexímetros, por lo que esta prueba de carga aparentemente carecía de garantías sobre su ejecución. En el sector 9 el informe deja constancia de la rotura por compresión de un pilar de 40x40 de los que sustentaban tendidos, gradas y andanadas, quedando a la vista las armaduras del pilar, presentando las verticales la convexidad hacia el exterior, considerándolo los propios técnicos un defecto de ejecución, por la inclinación que presentaban los estribos, que deberían ser horizontales. Las roturas por compresión se manifiestan en los pilares mediante fisuras verticales.
     El hecho de que solamente se indique una cota, por ejemplo 0,12 m en el pilar 5 de la andanada del sector 7, parece indicar que eran fisuras horizontales, seguramente irrelevantes desde el punto de vista estructural. En base a los datos disponibles esta prueba de carga fue incorrecta, ya que no se midieron deformaciones, que es el fin de este tipo de ensayos, sino que los técnicos se centraron en los pilares, que son más favorables, ya que trabajan principalmente a compresión, lo que supone una situación óptima en elementos de hormigón. Antes de dañarse los pilares, deberían estarlo las vigas.
     Al día siguiente de la visita de los técnicos, la plaza sufrió el hundimiento de parte de la estructura. El Correo de Andalucía y el Noticiero Sevillano publicaron la noticia del suceso el 11 de abril, afirmando que la zona afectada se extendía en más de un tercio de la estructura, desde el lado derecho de la puerta grande hasta la puerta de arrastre. Según la descripción, el hundimiento afectó escasamente a un cuarto de la estructura del edificio.
     Varias pudieron ser las causas que motivaron este hundimiento de la plaza durante las pruebas de carga. En aquellos días la prensa local publicó numerosas noticias. En esta vorágine de noticias y rumores, destaca la publicación de algunos hechos en El Liberal, con una entrevista realizada al encargado de la empresa constructora que no se explicaba lo sucedido, pero consideraba que un edificio así «no puede caerse tan fácilmente». En este sentido, El Noticiero Sevillano, reproduce una conversación en la que un supuesto perito en la materia, afirmaba que el problema se encontraba en que el hormigón se había elaborado con mucha arena. En el mismo artículo se indica que entre los operarios de la constructora, afirmaban que el hundimiento se debía a causas ajenas a la construcción, mientras que un miembro de la Comisión, no identificado, afirmaba que la construcción adolecía de defectos importantes. 
     Otro posible motivo para que se produjera el hundimiento fue el ritmo acelerado de la obra. El 14 de diciembre de 1916 el diario ABC publicó la noticia de un hundimiento ocurrido en la plaza el día anterior, coincidiendo con el temporal y al parecer motivado por la retirada prematura de los encofrados, destrozado la zona de los tendidos de sol donde se encontraban los chiqueros. En fotografías 8 se ve en primer plano una losa adherida a su encofrado, así como numerosos restos de madera, por lo que quizás se retiró algún puntal, pero la estructura estaba encofrada cuando se produjo el hundimiento. El mismo diario publicaba unos días después que el hundimiento había afectado a 15 tramos de tendido, ilustrando la noticia con una fotografía de la zona afectada, que coincide aproximadamente con los sectores 6 y el 7 de la prueba de carga de 1917. En el informe de los técnicos se indica que en el sector 7 se produjo la rotura de la columna 6 de la andanada, sin llegar a la carga de 500 kg/m2. 
     El  Día  publicó  una imagen prácticamente igual el 16 de diciembre de 1916 y otras aparecieron en la revista Toros y Toreros. Del análisis de estas imágenes se deduce que la obra debió iniciarse en la avenida de Eduardo Dato (entonces Monterrey), siguiendo el sentido horario. Se aprecia en primer término una columna de la grada, la puerta principal en el ángulo inferior derecho de la imagen y las puertas de cuadrillas y de toriles en el superior derecho. Arriba a la izquierda se ve que se está disponiendo el encofrado de la grada entre los sectores 3 y 4, sobre las vigas inclinadas previamente construidas. Teniendo en cuenta que a mediados de diciembre de 1916 se hundieron parte de las gradas y que faltaban por construir las andanadas en al menos la mitad de la plaza que se ve en las fotografías, parece poco probable que la obra finalizase entre enero y febrero de 1917, para respetar el plazo recomendable de entre un mes y medio y dos meses, para iniciar las pruebas de carga antes de la inauguración prevista para el 1 de abril. 
     Todo apunta a que al menos este tramo final de la obra se realizó apresuradamente, quizás por los plazos comprometidos con la propiedad, que en marzo de 1917 publicó en prensa los precios de las localidades de la plaza de toros Monumental. Lo normal es que el último tramo de plaza construido fuera el afectado por este derrumbe, que coincide con los sectores 6 y 7. Siguiendo el sentido horario de la construcción, el último en construirse sería el sector 7, donde los técnicos dejaron constancia de que la columna 6 de la andanada colapsó antes de aplicar la totalidad de la carga prevista. Es decir, parece que la decisión de realizar la prueba de carga fue precipitada.
     También cabe la posibilidad de que se produjera un sabotaje, si atendemos a algunos detalles publicados, como el referido al rumor de que los obreros encargados del desescombro habrían encontrado en un profundo hoyo restos de algunos petardos, «lo que confirmaría el carácter intencionado del hundimiento». Esta noticia aislada puede ser una conjetura más, pero podría estar relacionada con el relato del hundimiento publicado en otro artículo de El Noticiero Sevillano, en el que se afirma que «El hundimiento fue rapidísimo y simultáneo, y de su violencia daban idea los grandes trozos de cemento que se encontraban a muchos metros de distancia de los muros de la plaza», especialmente si observamos que en la imagen publicada en Mundo Gráfico se ve que la plaza se hundió hacia el interior, por lo que la noticia puede ser fruto de una exageración más, o de que el hormigón fuera desplazado a muchos metros de distancia como consecuencia de una explosión.
     Una vez reconstruida la plaza se realizó una segunda prueba de carga bajo la dirección del ingeniero jefe, profesor de la  Escuela  de  Caminos,  Juan  Manuel  Zafra  y  el  arquitecto,  profesor de la Escuela superior de Arquitectura, Carlos Gato Soldevilla. 
     La operación se realizó entre el 20 de marzo y el 8 de abril de 1918, cargando los tendidos con arena, que se fue desplazando por los sectores de la prueba. En esta ocasión se colocaron flexímetros para medir la flecha de cada una de las seis vigas de cada uno de los ochenta tramos, lo que supuso un total de 480 lecturas. Además se realizaron 120 mediciones en las escaleras. La carga adoptada fue de 600 kg/m2, lo que suponía aumentar una vez y media la carga de proyecto, según las evaluaciones realizadas por los propios técnicos. Es decir, se respetaron los criterios habituales para este tipo de edificios, conforme a los artículos 32 a 39 de las «Instrucciones reglamentarias para el empleo del cemento armado». 
     Los técnicos finalizaban su informe afirmando que las deformaciones por flexión habían sido «desde luego suficientemente pequeñas y en su totalidad perfectamente elásticas». Esta segunda prueba de carga fue realizada por dos expertos en la materia, siendo Juan Manuel de Zafra un precursor del uso del hormigón armado, que empezó a utilizar en el Puerto de Sevilla, tras finalizar sus estudios en 1892. Fue un teórico del hormigón armado, con numerosas publicaciones científicas al respecto, entre la que destacaba «Construcciones de hormigón armado» (1911). La prueba se realizó con el debido rigor, respetando tanto la normativa como el modo habitual de proceder en este tipo de ensayos, midiendo flechas. Con esta garantía resulta difícil entender que esta plaza tuviera problemas estructurales tan sólo tres años después, como se comenta en el siguiente apartado.
     El recinto funcionó sin ningún problema durante las temporadas de 1918, 1919 y 1920. La temporada de 1921 no se celebró, a pesar de estar programada, al ser clausurado el recinto por supuestos problemas de seguridad estructural. Efectivamente, el 8 de abril de 1921 el diario La Unión publicó la noticia de que el arquitecto señor Balbuena, el ingeniero señor Estrada y el doctor señor Laborde habían pasado al señor Elio un informe acerca del estado de la plaza de toros Monumental, en el que se hacía constar que casi todas las vigas inclinadas que servían de apoyo a las andanadas y los tableros de estas andanadas, se notaban partidos en sentido radial, lo mismo que en las gradas y tendidos, así como en los tabiques de cerramiento, galerías, cierres de escaleras y puerta principal. También se indicaba la existencia de filtraciones por aguas de lluvias en las andanadas. El informe finaliza afirmando que «los que lo suscriben no pueden dictaminar con suficiente garantía sobre la resistencia de la plaza». En la página 4 del mismo diario, se indica que el gobernador civil reunió a la Junta de Espectáculos, para  tratar el dictamen emitido por los técnicos acerca del estado de la plaza de toros Monumental, ordenando que no se celebrasen en la citada plaza ninguna clase de espectáculos. En la misma página se incluye un hiriente artículo en el que se afirma que «esa plaza, hecha de pan mascao, no podía sostenerse mucho tiempo en pie».
     Dos días después el mismo diario daba la noticia de una visita al gobernador del propietario de la plaza, el arquitecto Espiau y el abogado Valentín Gamazo, anunciándole la presentación de un escrito solicitando la realización de nuevas pruebas de carga.  El  escrito  fue  presentado  por  el  Sr.  Espiau  al día siguiente y el 1 de mayo el diario La Unión informaba de la reunión de la Junta provincial de Espectáculos, bajo la presidencia del gobernador, acordando desestimar la petición de la propiedad.
     Entre los motivos de esta clausura se encuentran los económicos, ya que en la Monumental solamente se celebró la Feria de Abril en 1919 y 1920. En 1919 cada plaza programó sus carteles, siendo más económicos los precios de la Monumental. En 1920, la empresa de la Maestranza llevó ambas plazas y los precios fueron idénticos, celebrándose tres corridas en cada recinto. El 10 de abril de 1921 La Unión publicaba los carteles de feria en la Maestranza, con unos precios un 25% superiores a los del año anterior. Sirva como ejemplo la primera fila de barrera de sombra, que pasó de 24 a 30 pesetas, localidad que para la temporada frustrada de 1917 se anunciaba a 15 pesetas en la Monumental.
     En la solicitud de licencia de demolición de 10 de abril de 1930, se indica que la «operación se efectuará utilizando máquinas pneumáticas, herramientas ordinarias y pequeños petardos de dinamita al solo objeto de quebrantar los bloques de hormigón de los pies derechos.»
     El procedimiento utilizado en la demolición de las andanadas de la plaza de toros Monumental, que aproximadamente fue el siguiente: 
     En primer lugar, se procedió al corte de los planos inclinados de la andanada, marcando líneas de corte radiales a la izquierda de los pórticos. Posteriormente se debilitaron los arranques de las columnas, picándolas en su parte inferior. El proceso terminaba con el uso de sogas o cables para volcar las columnas hacia los tendidos, tirando de su parte superior desde el ruedo. Entonces las andanadas caían sobre las gradas.
     En la zona de toriles (puerta central), se habían realizado cortes en el tendido alto, que no se derrumbó a pesar de haber sufrido el impacto de la caída de las columnas.
     Hay quien considera que el estado de la estructura era ruinoso en 1930. En relación con lo anterior, indicar que existen varias fotografías aéreas de Sevilla en las que se ve la plaza de toros completa, es decir, con las andanadas. 
     El presente artículo recopila, ordena y relaciona documentación dispersa relativa a la plaza de toros Monumental de Sevilla, centrando la información en los aspectos relativos a las pruebas de carga realizadas, técnica habitual en la época para validar las estructuras. En el caso de la Plaza sevillana debieron realizarse dos pruebas, las primeras en 1917, cuyos resultados no fueron satisfactorios y otras al año siguiente. 
     Efectivamente, durante las  pruebas  de  1917  se  produjo  un  hundimiento  parcial,  aparentemente asociado a que fueron realizadas con la obra recién terminada, sin respetar el plazo necesario para acometerlas con seguridad, al no haber alcanzado el hormigón su resistencia total. Además, el informe técnico es anómalo, ya que refleja fisuras en pilares, pero no deformaciones en vigas, que son los elementos más sensibles y que ya entonces centraban la atención en este tipo de ensayos. Seguramente el hundimiento de la plaza se produjo por la suma de ambas causas, pudiendo incluso haber sido objeto de un sabotaje.
     La propiedad consiguió que la prueba de carga de 1918 la realizaran dos técnicos de gran prestigio, especialmente el Ingeniero Zafra, el mayor experto en hormigón armado en España. En este caso se midieron deformaciones en vigas, llegando a la conclusión de que la estructura era segura. 
     Tras apenas tres temporadas en servicio, resulta difícil entender que esta plaza fuera clausurada en 1921 por supuestos problemas estructurales, en base a la inspección visual realizada por los técnicos de la Junta provincial de Espectáculos, negando el gobernador la posibilidad de que se realizaran nuevas pruebas de carga, solicitadas por la propiedad. Ello condujo a que se decidiera demoler la plaza en 1930. Con este trabajo se pretende contribuir a dilucidar el misterio que rodea a la Monumental de Sevilla, ya que los datos, aunque escasos y dispersos, permiten determinar que la plaza tuvo un comportamiento aparentemente satisfactorio durante los tres años que se mantuvo en servicio. Sólo en dos de las tres temporadas mantuvo competencia con la Maestranza. En 1920, la empresa de la Maestranza llevó el negocio en ambos recintos, con idénticos precios. A pesar de estar programada, la temporada de 1921 no se celebró. Quizás tenía razón Fernando López Vilches al afirmar: «fuertes presiones, procedentes de muy altas esferas, fueron en realidad, la falta de solidez de este magnífico coso» (F. Carrasco, y J. Carrasco. Comportamiento estructural de la plaza de toros Monumental de Sevilla, en base a las pruebas de carga de 1917 y 1918, y su demolición en 1930. Informes de la Construcción. CSIC. Vol. 70. Núm. 549 (2018)).

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Más sobre la avenida de Eduardo Dato, en ExplicArte Sevilla.

martes, 28 de abril de 2026

El Hotel Alfonso XIII, de José Espiau

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Hotel Alfonso XIII, de José Espiau, de Sevilla.
     Hoy, 28 de abril, es el aniversario de la inauguración (28 de abril de 1928) del Hotel Alfonso XIII, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Hotel Alfonso XIII, de José Espiau, de Sevilla.
     El Hotel Alfonso XIII se encuentra en la calle San Fernando, 2; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.   
   En el límite del casco histórico, en la tradicional Puerta de Jerez, abriendo paso al sector sur de la ciudad de Sevilla, aquel que se desarrolla en torno al gran acontecimiento de la Exposición Iberoamericana, se levanta el Gran Hotel Alfonso XIII sobre los antiguos jardines de Eslava, que fueron donación real al pueblo de Sevilla (donde se ubicaban un café y teatro), dando respuesta al concurso convocado por los organizadores de la muestra, en el que se busca un hotel en el llamado "estilo sevillano".
     La parcela, de 13.088 m2, situada en un lugar protagonista de los aconteceres urbanos del primer tercio del siglo XX, coloca al edificio como puerta de acceso desde el centro histórico a los terrenos de la Exposición de 1929, con una impronta visual certeramente aprovechada por Espiau, quien lejos de reproducir referentes monumentales inmediatos (Fábrica de Tabacos, Palacio de San Telmo), busca su autonomía en una síntesis ecléctica de los elementos más reconocibles del regionalismo sevillano, enriqueciendo el trabajo de la fábrica de ladrillo con un uso magistral de las artes aplicadas en numerosos detalles artesanales del edificio, resolviendo con todo ello los referentes estilísticos mudéjares, renacentistas o barrocos que abundan en la conformación formal de sus fachadas.
     El edificio propuesto, de planta rectangular que gravita en torno a un gran patio cuadrado, es presentado bajo el lema Guadalquivir por Urcola y Espiau, realizando una sabia interpretación de valores espaciales, lingüísticos y constructivos, en una apuesta por la construcción de un palacio monumental que hace uso del más completo repertorio del estilo sevillano que había salido ya de las fronteras, urbanas o provinciales, en las que se había gestado, para extender su quehacer por el resto de España, alcanzando ya una singular parte de la producción hispano americana de la época. Las referencias historicistas, la singularización de una portada de carácter monumental, el recurso a una torre mirador que marca la esquina principal del conjunto, abierto por ella a las vías centrales de la ciudad y al río, y sobre todo, el uso de unos materiales sabiamente leídos desde una tradición que busca una máxima expresividad, en texturas, colores, formas y emplazamientos, hacen del edificio un importante referente de la arquitectura sevillana del primer tercio del siglo XX.
     El proyecto contempló la distribución: "en planta ático, 27 habitaciones a fachada con baño, 8 departamentos de dos habitaciones y baño, 4 habitaciones a fachada sin baño, 3 habitaciones al patio principal con baño, 8 habitaciones al patio principal sin baño, un departamento de 2 habitaciones interiores con baño, 9 habitaciones interiores sin baño, un salón de piso; en la planta segunda, 32 habitaciones a fachada con baño, 3 departamentos a fachada de dos habitaciones con baño, seis habitaciones a fachada sin baño, cuatro habitaciones al patio principal con baño, 8 habitaciones al patio principal sin baño, 4 habitaciones interiores en departamentos sin baño, 4 habitaciones interiores independientes sin baño, 3 salones, una antesala; piso principal con igual distribución al piso segundo; planta de honor, con 9 habitaciones a fachada con baño, un departamento a fachada con dos habitaciones con baño, cuatro habitaciones al patio principal con baño; en sótano, 7 habitaciones a fachada con baño, 18 habitaciones a fachada sin baño, 2 habitaciones interiores con baño".
     Desde que se inició el proyecto para la celebración de una Exposición Internacional en la ciudad de Sevilla se planteó, como prioridad, la necesidad de levantar en la ciudad un gran hotel con el que se diera respuesta a las demandas de un turismo de lujo, ausente hasta ese momento en una ciudad que comenzaba a mirar al visitante como una notable fuente de ingresos, explotando la importancia de un gran patrimonio histórico, arquitectónico y cultural. La búsqueda inicial de suelo de propiedad municipal señaló pronto los Jardines de Eslava como lugar de su posible ubicación, a veces cuestionada por la posibilidad de utilizar los cercanos Jardines del Cristina.
     En  abril de 1915 se decide que por delegación municipal sea el Comité Ejecutivo de la Exposición quien gestionaría la construcción del gran hotel. En mayo de ese mismo año se convoca el concurso realizado sobre bases que redacta Aníbal González. Previamente había habido anteproyectos de Francisco Urcola, Casalis y Templier que no se elevaron a definitivos.
     El concurso solicitaba la realización del hotel en dos fases de construcción, una primera que posibilitara alcanzar 200 habitaciones, que habrían de poder ampliarse definitivamente a 300.
     En opinión del profesor Manuel Trillo la propuesta presentada por Talavera bajo el lema "Euritmia" era la más interesante de todas. El proyecto ganador del concurso desarrolla el anteproyecto de Urcola. Este arquitecto construye la Plaza de Toros Monumental de Sevilla en Eduardo Dato, cuya dirección de obra compartía con Espiau. Ambos presentan su propuesta bajo el lema Guadalquivir. Sus planos están fechados el 14 de julio de 1916, con un presupuesto inicial de 2.342.576,93 ptas. (1916), comprendiendo las instalaciones de calefacción, ventilación y refrigeración que debía tener un edificio de la categoría buscada.
     Pocos años después José Espiau y Muñoz (1884-1938) renueva los planteamientos de este Hotel en el proyecto no realizado que propone para la construcción de un Hotel de lujo en la localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, al final de La Calzada, en lugar que habría de presidir su naciente Paseo Marítimo.
     Las primeras actividades que se celebran en el edificio, aún sin terminar, son un congreso de oleicultura, recogido en el "Noticiero sevillano" de 4 de diciembre de 1924: "El Gran Hotel Alfonso XIII estaba poco menos que en esqueleto y por consiguiente carecía de condiciones para ser utilizado. En menos de un mes, el arquitecto del Hotel, señor Espiau, ha realizado el milagro de habilitar para comedor, bar y casino, el amplio salón que mira a San Telmo y a los jardines de la planta baja que rodean el edificio".
     El 19 de abril de 1925 se celebra una fiesta andaluza en el patio del Gran Hotel, para lo que se acondiciona el mismo, acto recogido en "El Liberal" de ese día. El patio principal quedaba inicialmente bajo la rasante de las galerías, con jardines y cuatro accesos laterales. La carpintería prevista para las galerías, de madera de caoba, se llevó a los salones de la Plaza de España por orden del Sr. Cruz Conde (Comisario Regio de la Exposición), sustituyéndose en el Hotel por carpinterías metálicas.
     En la zona del fondo había servicios y juegos de niños; se reformó posteriormente para ampliación de habitaciones y nuevo servicio. En la parte trasera se disponía de pista de patinaje.
     Si polémico fue el fallo del concurso, no menos lo fue la construcción del hotel, muy dilatada en el tiempo hasta su inauguración en marzo de 1928. Las últimas obras finalizaron entre 1927-1928. Los detalles de obra los dibujaba Espiau, a tamaño natural, en la misma obra.
     Ha sido restaurado en 1971 por Antonio Delgado Roig (1902 - titulado 1929 - 2002), y por Rafael Manzano Martos para la Exposición Universal de 1992 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Desde su inauguración en 1928, el Hotel Alfonso XIII ha sido el punto de referencia de los sevillanos y viajeros elitistas de todo el mundo.
     Construido a instancias del rey Alfonso XIII para albergar a las personalidades invitadas a la Exposición Iberoamericana de 1929, el hotel lleva más de 85 años siendo el alojamiento favorito de miembros de la realeza, jefes de Estado y huéspedes seducidos por su aura histórica y su encanto. A día de hoy, su arquitectura de estilo mudéjar, caracterizada por grandes arcos, ladrillo visto, hierro forjado, torres ornamentales y remates de cerámica, sigue seduciendo a huéspedes y sevillanos y consolida aún más su consideración como símbolo de la ciudad. Bienvenidos al Hotel Alfonso XIII Sevilla.
     Redescubra las habitaciones y suites del Hotel Alfonso XIII, decoradas en elegantes estilos morisco, castellano y andaluz, amuebladas con el mayor lujo y confort y dotadas de todas las comodidades de un hotel majestuoso concebido para convertirse en un icono de Sevilla (Turismo de la Provincia de Sevilla).
San  Fernando, 2. HOTEL ALFONSO XIII. Obra del arquitecto José Espiau Muñoz, dentro del llamado "estilo sevillano". Utiliza los materiales típicos de la región, como ladrillo en limpio, azulejos, zó­calos y otros elementos decorativos de azulejos y patio de columnas [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984] 
Conozcamos mejor la Biografía de Alfonso XIII, a quien está dedicado el edificio reseñado;
   Alfonso XIII (Madrid, 17 de mayo de 1886 – Roma, Italia, 28 de febrero de 1941). Rey de España.
   Hijo póstumo de Alfonso XII y de su segunda esposa, M.ª Cristina de Austria, recibió en la pila bautismal los nombres de Alfonso, León, Fernando, María, Santiago, Isidro, Pascual, Antón. Le apadrinaron el papa León XIII —representado por el nuncio, cardenal Rampolla— y la infanta doña Isabel, su tía.
     Nació Rey, pero no asumió sus poderes en cuanto tal hasta alcanzar la mayoría de edad marcada por la Constitución, el 17 de mayo de 1902. Ejerció la regencia durante su minoría, con pulcritud intachable, la Reina viuda, su madre.
     Su educación estuvo marcada por la orientación militar: militares, fundamentalmente, integraron su Cuarto de Estudios, formado en 1896, bajo la presidencia del general Sanchiz, aunque en él tuvo lugar destacado su profesor de Derecho Constitucional y Administrativo, el ilustre jurista Vicente Santamaría de Paredes.
     El jesuita Fernández Montaña se encargó de su formación religiosa.
     Los ingenuos diarios escritos por el Rey niño en vísperas y en los inicios de su reinado revelan el impacto que en don Alfonso supuso la experiencia del Desastre: de aquí que haya podido decirse de él que fue “la conciencia del 98 en el trono”. La primera etapa de su reinado personal (1902-1907) coincidió con la crisis de jefatura en los partidos dinásticos. La rivalidad entre los posibles herederos de Cánovas y de Sagasta sólo quedó resuelta entre 1905 y 1907 con la designación de Antonio Maura, como jefe del Partido conservador, y la de Segismundo Moret, como jefe del Liberal. De aquí la fugacidad de los primeros gobiernos designados por el joven monarca, lo que daría pie al maligno apelativo de “crisis orientales” (en alusión al Palacio de Oriente), que acusaban injustamente a don Alfonso de manipulador de las distintas facciones políticas, para prevalecer sobre ellas.
     En 1904, durante un primer gobierno Maura, éste llevó al Rey a Barcelona, viaje que constituyó un gran éxito personal del Rey y de la Monarquía, pero no contribuyó a que don Alfonso captase el sentido integrador de la naciente Lliga Regionalista: el acendrado españolismo del Rey estuvo siempre matizado por un castellanismo a ultranza que no le permitía entender el catalanismo como potenciador de una gran España, según lo concebían Prat de la Riba y Cambó.
     Desde 1905 se iniciaron sus viajes por Europa (su visita a París quedó marcada por el primer atentado sufrido por don Alfonso, junto con el presidente Loubet, y del que ambos salieron ilesos). Estos viajes, multiplicados por el monarca a lo largo de su reinado, harían de él el más cosmopolita de los reyes españoles desde los días de Carlos I, y un gran experto en la política internacional de su tiempo.
     En esta línea, siempre se esforzó en recuperar para España “un lugar bajo el sol”, apoyándose sobre todo en una Inglaterra que en los comienzos de su reinado se hallaba enfrentada con Francia tras la crisis de Fashoda; las bodas hispano-británicas de 1906, de las que se trata a continuación fueron muy importantes a este propósito. La conferencia de Algeciras había asegurado una posible zona de influencia para España en Marruecos; las entrevistas de don Alfonso con Eduardo VII en aguas de Cartagena (1907) le permitieron salvar la situación de las Canarias, en las que ya habían puesto sus miras los alemanes, y en general proteger las costas españolas, en tanto reconstruía España sus fuerzas navales —gracias a la Ley de 1908, que dio paso a la creación de una escuadra moderna.
     El 31 de mayo de 1906 había contraído matrimonio con la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg, nieta de Victoria I hija de la princesa Beatriz y de Enrique de Battenberg. Al retorno de la ceremonia, celebrada en la madrileña iglesia de San Jerónimo, el cortejo nupcial se vio ensangrentado por la bomba que el anarquista Mateo Morral le lanzó desde un balcón de la calle Mayor. Aunque la pareja real salió indemne, el atentado causó numerosas víctimas que ensombrecieron el acontecimiento. 
   En este matrimonio coincidían el interés diplomático, según ya se ha señalado, y la elección sentimental, pero pronto se nublaría la felicidad doméstica de los esposos al detectarse la hemofilia en el primogénito, el príncipe Alfonso, nacido en mayo de 1907.
     En 1908 vino al mundo el infante don Jaime, libre de esta dolencia, pero que, a consecuencia de una mastoiditis mal curada, padecería siempre de sordomudez, apenas paliada por una esmeradísima educación.
     De los cuatro hijos restantes —dos mujeres, Beatriz (1910) y Cristina (1911)—, sólo el menor, Gonzalo, se vería afectado también por la hemofilia. Felizmente, la continuidad dinástica quedaría garantizada en la persona de don Juan, nacido en 1913 y perfectamente sano.
     Esta desgraciada situación distanciaría a la larga a los regios cónyuges. De aquí la evasión del Rey en aventuras extramatrimoniales, aunque sólo una de ellas revistió relativa importancia: la que le unió, en los años veinte, a la actriz Carmen Ruiz Moragas, de la que tuvo dos hijos.
     La segunda etapa del reinado (1907-1912) había registrado los dos grandes empeños regeneracionistas que, desde la vertiente conservadora asumió Maura, y desde la de un liberalismo democrático desplegó José Canalejas. El gobierno del primero naufragó en 1909 a raíz de los sucesos que, como réplica a la guerra de Melilla, ensangrentaron Barcelona (Semana Trágica), y cuya represión subsiguiente (fusilamiento del anarquista Ferrer Guardia) suscitó una desaforada campaña antimaurista y antiespañola, orquestada por las izquierdas europeas, y que en España se tradujo en la ruptura del Pacto del Pardo, al declararse el jefe del Partido liberal, Moret, incompatible con Maura.
     Este último no perdonaría nunca al Rey la inevitable crisis que le apartó del gobierno, aunque la única alternativa posible hubiera sido una dictadura maurista de difícil salida. Tras un breve gobierno de Moret, Canalejas, con una notable gestión de efectiva orientación democrática y de apertura social, iniciada en 1910, se esforzó en restaurar la normalidad constitucional, pero el crimen que acabó con su vida en 1912 aceleró la descomposición de los partidos y el ocaso del turnismo (a su vez, el propio Rey sería objeto de un nuevo atentado en 1913, del que salió ileso por fortuna).
     Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914), Alfonso XIII afirmó la neutralidad española, respaldado por el entonces jefe del Gobierno, el conservador Eduardo Dato. Esta paz en la guerra propició una coyuntura excepcional a los mercados españoles —lo que sería determinante del notable salto hacia el desarrollo experimentado por el país en este reinado—, y, de otra parte, permitió al Rey entregarse a una extraordinaria labor humanitaria abierta a los dos campos combatientes, lo que le valdría un prestigio insólito a la hora de la paz, borrando la imagen negativa de España provocada por la ferrerada en 1909: el homenaje rendido a los Reyes en Bruselas, en 1922, hizo patente esta feliz realidad. 
     En este mismo año, la famosa expedición a las Hurdes —comarca que resumía todas las viejas lacras de la llamada “España negra”— ilustró la otra preocupación regeneracionista de don Alfonso; y la fundación del Patronato Real de las Hurdes daría continuidad a aquella expedición redentora, sugerida por Gregorio Marañón, que hubo de reconocer en el gesto del Rey “el comienzo de una reconquista del propio suelo descuidado durante siglos y que comienza valerosamente en el propio corazón de la miseria nacional”.
     Sin embargo, las salpicaduras de la gran conflagración y de sus derivaciones —la Revolución rusa, la eclosión de los nacionalismos—, llegaron a España con las perturbaciones internas de 1917: iniciativas anticonstitucionales del nacionalismo catalán (asamblea barcelonesa de parlamentarios) y huelga revolucionaria de agosto. Aunque Dato, jefe del Gobierno en aquellos momentos, consiguió superar ambos conflictos sin derramamiento de sangre, la llegada de la paz exterior tuvo dos graves contrapartidas en España: por una parte, la radicalización de los nacionalismos insolidarios, en Cataluña y en el País Vasco; por otra, la recesión económica debida al cierre de los mercados exteriores, al reconvertir los países beligerantes su economía de guerra a una economía de paz. Lo cual a su vez agudizó los conflictos sociales, que en Cataluña tomaron el carácter de una “guerra social”, culminante en la huelga de La Canadiense (1919). Aunque la debilidad de los viejos partidos fue paliada por el Rey con la nueva modalidad de los “gobiernos de concentración”, ello sólo permitiría poner de manifiesto la capacidad de estadista del catalán Francisco Cambó. Pero la grave crisis de fondo —que costó la vida, pese a sus notables iniciativas de reforma social, a Eduardo Dato, asesinado por los anarquistas en 1921—, vino a doblarse ahora con el problema de Marruecos, esto es, la necesidad de fijar sólidamente el protectorado reconocido a España mediante el acuerdo hispano-francés de 1912, en función de los acuerdos de la Conferencia Internacional de Algeciras (1906). La imprudencia e imprevisión del comandante general de Melilla, Fernández Silvestre, en su empeño de alcanzar la posición clave de Alhucemas, provocaron (julio de 1921) un desastre de enormes proporciones (Annual), frente a la rebelión del caudillo rifeño Abd el-Krim.
     La apertura del llamado “expediente Picasso” (por el general que lo instruyó), para fijar las responsabilidades derivadas del Desastre —que el socialista Indalecio Prieto se esforzó en que salpicaran al propio Rey— fue un ingrediente más de la inestabilidad generalizada, reverdeciendo la inquietud de jefes y oficiales —agrupados estos últimos, desde 1917, en las llamadas “juntas de Defensa”—. La llegada al poder de una coalición liberal de amplio espectro, presidida por García Prieto, no resolvió nada, y en septiembre de 1923 se produjo en Barcelona el golpe de Estado del general Primo de Rivera, que, acogido con entusiasmo por la mayoría del país —incluido, muy significativamente, el sector intelectual animado por Ortega y Gasset desde El Sol—, y ante la impotente pasividad del Gobierno, fue aceptado por el Rey (día 13). Aunque luego se acusaría a don Alfonso de haber sido el auténtico artífice del golpe, las fuentes documentales han desmentido irrefutablemente tal supuesto, que sostuvieron con alardes de escándalo Blasco Ibáñez en Francia y Unamuno en España.
     La dictadura aportó, de hecho, una pacificación social y un gran éxito exterior, el acuerdo con Francia que, tras el brillante desembarco en Alhucemas, permitió poner fin a la guerra de Marruecos (1927). En una segunda fase (Directorio Civil) llevó a cabo una impresionante labor de modernización de las infraestructuras viarias y un notable impulso a la economía (recogiendo el inicial balance favorable de la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial). 
   Pero cometió dos graves errores, enfrentándose con el nacionalismo catalán —supresión de la Mancomunidad—, y con el Arma de Artillería —a la que quiso imponer la llamada “escala abierta”—. Y dilató excesivamente la solución del problema político —una posible reforma constitucional que tardíamente intentó sin éxito mediante la asamblea consultiva convocada en 1927—. Desalentado en 1929 ante las primeras salpicaduras de la crisis de Wall Street, y sintiéndose desasistido por el sector militar, tras una disparatada consulta a sus mandos, el dictador acabó presentando su dimisión al Rey.
     El fracaso de la dictadura hizo a don Alfonso víctima de dos ofensivas: la de los representantes de la vieja política, resentidos con su presunta “traición” de 1923, y el de los defensores de la dictadura, que no le perdonaron el “cese” de Primo —fallecido en París apenas transcurridos dos meses—. A esa ofensiva se sumaron de forma decisiva los mismos intelectuales que en 1923 habían aplaudido el golpe militar. El intento de reconstruir el viejo orden constitucional, empeño en que fracasó el general Berenguer —que hubo de habérselas con el pronunciamiento republicano de Jaca—, desembocó en un último gobierno de concentración, presidido por el almirante Aznar, que apeló a una consulta electoral cuyo primer tramo (las elecciones municipales el 12 de abril de 1931) se interpretó por republicanos y socialistas —y por el propio presidente del Gobierno— como un referéndum perdido por la Monarquía. Decidido a evitar derramamientos de sangre, Alfonso XIII decidió exiliarse (14 de abril de 1931).
      De su reinado ha podido decir Laín Entralgo: “El Rey se fue, y con él se hundió la Monarquía de Sagunto [...] Pese a tantos y tan graves contratiempos vividos en su tiempo [...], el progreso de España durante su reinado fue, sin exagerar una tilde, sensacional [...]”, lo fue tanto en el despliegue demográfico como en la notable aproximación al desarrollo económico- social, pero sobre todo en el plano cultural, a través de tres generaciones intelectuales extraordinarias —la del 98, la del 14 y la del 27—, cauce de una “edad de plata”, o —según otros críticos— de una “segunda edad de oro”.
     El escritor Vilallonga ha trazado una semblanza personal de Alfonso XIII que parece bastante ajustada a lo que fue, como hombre y como rey, don Alfonso XIII: “El Rey de España se hubiera equilibrado con una crítica prudente y tranquilizadora. Era un hombre de una inteligencia razonable, afable, cortés, profundamente recto, prefiriendo de mucho a la lectura y al estudio el galope de un caballo y la caza de un faisán. Como todo hombre de su época nacido en buena posición, era naturalmente y sin esfuerzo un liberal. También era —eso sobre todo— un aristócrata-tipo, descendiente de una raza muy antigua, de un valor desconcertante, demasiado escéptico para no estar desengañado y siempre con un toque de tristeza en su mirada, frecuentemente ausente”. Semblanza que conviene completar con la que dedicó a don Alfonso en su libro Figuras contemporáneas, Winston Churchill: “Se sintió [...] el eje fuerte e indiscutible en torno al cual giraba la vida española [...] es [...] como estadista y gobernante, y no como monarca constitucional siguiendo comúnmente el consejo de sus ministros, como él desearía ser juzgado, y como la Historia habrá de juzgarle [...]”.
     En el exilio, centrado primero en Francia, y repartido luego entre Roma y Lausanne (la Reina, por su parte, acabó por marchar a Londres: se había llegado a un acuerdo de separación informal entre los regios cónyuges), Alfonso XIII hubo de reordenar la sucesión al trono, mediante la renuncia de sus hijos Alfonso y Jaime a favor de don Juan —que había ultimado su carrera de marino en la Escuela Naval británica (1934)—. Aquéllos contrajeron matrimonios morganáticos —don Alfonso con Edelmira Sampedro, y don Jaime con doña Enmanuela Dampierre. 
     Don Juan casaría, a su vez con doña María de las Mercedes de Orleáns-Borbón—. Apoyó, al estallar la guerra civil, al sector llamado nacional, dado que la revolución proletaria, desencadenada ya desde la llegada del Frente popular al poder, apuntó esencialmente sus tiros contra la Monarquía y contra la Iglesia. Pero cuando, terminado el conflicto, se vio rechazado por los franquistas, dado el carácter liberal que había tenido su reinado, y por el hecho de que su declarada aspiración, si volvía al trono, era lograr “la reconciliación de las dos Españas” decidió abdicar sus derechos en su hijo don Juan, de quien esperaba que un día llegase a reinar sobre “todos los españoles”.
     Un mes más tarde (28 de febrero de 1941) fallecía en un Hotel de Roma. Se había reconciliado con la reina Victoria, que le asistió en sus últimos días. Enterrado en la iglesia romana de Montserrat, sus restos no volverían a España hasta 1980, reinando su nieto don Juan Carlos (Carlos Seco Serrano, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la calle San Fernando, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Doña María de Padilla, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Palos de la Frontera, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la avenida (paseo) de Roma, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 1 de noviembre de 2024

El desaparecido Pabellón Industrial Vascongado, de Francisco Urcola Lazcanotegui, para la Exposición Iberoamericana de 1929

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Pabellón Industrial Vascongado, de Francisco Urcola Lazcanotegui, para la Exposición Iberoamericana de 1929, de Sevilla.
     Hoy, 1 de noviembre, es el aniversario (1 de noviembre de 1929) de la visita oficial de los Reyes de España al Pabellón Industrial Vascongado, para la Exposición Iberoamericana de 1929, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el desaparecido Pabellón Industrial Vascongado, de Francisco Urcola Lazcanotegui, para la Exposición Iberoamericana de 1929, de Sevilla.
     El desaparecido Pabellón Industrial Vascongado para la Exposición Iberoamericana de 1929 [nº 57 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encontraba en la XXXIII avenida de la Raza, a la altura de la XXXVI avenida Infanta Luisa, durante la Exposición Iberoamericana de 1929, actualmente la avenida de la Raza, a la altura del final de la calle Páez de Ribera; en el Barrio de Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
   Para la Exposición Iberoamericana, las Diputaciones Provinciales edificaron sus respectivos pabellones representativos y, en el caso de la región andaluza, cada una de las provincias construyó un edificio propio. Como ya estaba previsto en Emplazamiento General de 1925, estos pabellones se levantaron en el Sector Sur, distribuyéndose en torno a la Plaza de los Conquistadores, que realizara José Granados de la Vega. Tan sólo quedaban aislados del conjunto el de Extremadura, que se localizó en el Prado de San Sebastián, y el de Sevilla, hoy Teatro Lope de Vega y Casino de la Exposición, que lo hizo en la Avenida de María Luisa, en  terrenos de los antiguos Jardines de San Telmo.
   Todos desaparecieron, salvo la parte permanente del Pabellón Vasco (hoy Centro de Oncología - Hospital Duques del Infantado), con frente a la actual calle Sor Gregoria de Santa Teresa, y la torre del cordobés, situado junto a las pistas deportivas de la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica. Así pues, ambos constituyen lo único que se conserva de la partici­pación regional en el Certamen Iberoamericano.
   La asistencia de las regiones españolas ya quedaba prevista en el Plan General del Certamen, elaborado por Aníbal Gonzá­lez en 1911, pues aunque la idea de la muestra había nacido con carácter esencialmente ultramarino (de hecho, Rodríguez Ca­so proyectaba una Exposición Internacional Hispano­ Ultramarina o Exposición Internacional España en Sevilla), las regiones españolas también concurrieron.
     En su proyecto, el Arquitecto General distinguía cinco partes:
   1.) Exposición Nacional de Bellas Artes, 2) Exposición de los Estados Americanos, 3) Instalaciones regionales españolas, etnografía y arqueología, 4.) Sevilla histórica y tradicional, 5.) Parque de Atracciones.
   Sin embargo, la participación regional, como sucedió con la internacional, se dejó a un lado. Fue necesario un cambio de ritmo en la evolución de la empresa, para que la concurrencia española se viera estimulada. Este cambio, que vino dado por Primo de Rivera, sobre todo a partir de 1925, no se refirió únicamente a la asistencia in­ternacional. Además de pretender solucionar los problemas de política exterior mediante la participación americana, deseaba el dictador mostrar al exterior la imagen de una España unida, sobre todo en aquellos mo­mentos, en que era tan amenazante el peligro regionalista.
     Por ello, en Marzo de 1925, se aceleraron las gestiones para la participación de las distintas regiones españo­las. Se las invitaba, a colaborar concurriendo con pabellones representativos, donde expusieran su propia cultura aportando "todas sus características típicas: viviendas, costumbres, indumentarias, cantes, bailes, productos manuales y naturales... El Comité encomendó la difusión del Certamen a la Comisión de Regiones, cuyo presidente, Rodríguez Caso, organizó tres viajes de propaganda ese mismo año. Con ellos se intentaba formar en cada provincia una junta en pro de la muestra, que se encargase de la edificación de un pabellón. El primero de ellos fue a Castilla (Mayo), el segundo a las Provincias del Norte (Navarra, Álava, Guipúzcoa, Vizcaya, Santander, Asturias, Segovia, Logroño, Burgos y León, en Agosto) y el último a Galicia. Castilla la Vieja, Salamanca y Extremadura (Noviembre). Pero estos viajes propagandísticos resultaban demasiado caros y hubo que suspenderlos. Fue entonces cuando se decidió encomendar la participación a cada Diputación Provincial.
     En 1928 ciertas entidades de la industria, el comercio y la navegación del País Vasco determinaron concurrir por separado en un edificio propio y de forma independiente respecto al pa­bellón oficial. Levantaron un edificio subvencionado por las Cámaras de Comercio de las tres provincias y que se denominó de forma genérica "Pabellón Industrial Vasco''.
     Su autor fue el arquitecto Francis­co Urcola Lazcanotegui, dirigiendo la obra Leopoldo López. En sus instalaciones estuvieron presentes los Ayuntamientos de San Sebastián y Bilbao, la Casa de Éibar y la Sociedad Española de Irún, entre otros organismos.
     El pabellón tenía una planta de acusado carácter longitudinal, con 71 m. de fachada por 34,80 m. de fondo. Da­da su provisionalidad, se construyó sobre estructura metálica, con paramen­tos de madera simulando un basamento pétreo y fábrica de ladrillo en las partes altas.
     Se accedía al edificio por un pórtico central con arco de medio punto, de­corado con los escudos de las tres Di­putaciones. Simulaba grandes y sóli­dos sillares pétreos. Simétricamente, una doble "loggia", de cinco arcos de medio punto sobre pilares, se articulaba con sendas salas angulares a derecha e izquierda, dedicadas a los Ayuntamientos de San Sebastián y Bilbao, respectivamente. Estas, de apenas 9 m. en su lado mayor, recibían abundante luz de los ventanales que se abrían en todos sus muros, triples en el cuerpo alto y simples en el bajo. Cubiertas a cuatro aguas, las voladuras de sus cornisas no quedaban tan acentuadas como en el pabellón perma­nente.
     El resto del edificio se destinaba a exhibiciones, salvo un pasillo perimetral que facilitaba el recorrido por el re­cinto. El cuerpo del pabellón quedaba dividido en dos salas con cubierta de cercha metálica sobre pies derechos del mismo material. Se revestía al exterior con paneles de madera de trazado mixtilíneo, similares a los de las loggias de fachada. Dadas las dimen­siones de la edificación y las evidentes necesidades lumínicas, en cada fachada lateral se abrían seis vanos apaisados y ventanales con marcos cuadrilobulados decorados con veneras.
     Por último, a título de curiosidad nos referiremos a las piezas expuestas en el pabellón de lo que tenemos conocimiento a través de la prensa de la época. La planta baja y el piso primero se destinaron a exhibición. No ocurrió así con el alto, como ya referimos. En una de las salas de la planta baja se exponían biografías de los fundadores de Montevideo y Buenos Aires, aludiendo a la influencia que tuvo Vizcaya en la Conquista de América. Otras obras que allí se expusieron fueron: cuadros de Zuloaga; el San Ignacio de Salaverría; una maqueta de la Torre de Háriz (en que nació fray Juan de Zumárraga, primer obispo de Méjico); otra de la Torre de Muncháriz (de la abadía de la que procedía aquél); una reproducción de la casa solar de Loyola; otra de la nao "Victoria", en que emprendió Magalla­nes la vuelta al mundo... También se expusieron valiosos documentos cedidos por el Ayuntamiento de Oñate, entre ellos un incunable que es una crónica de Nuremberg del año 1493.
     La exposición continuaba en torno al "hall" alto. La parte alta se destinaba a los progresos en comunicaciones, enseñanza, sanidad, y también a la participación vasca en la historia de América. Había estadísticas, muestras de cereales y otros productos regionales. En una de las pequeñas salas se exponían además pequeñas figuras representativas de las costumbres vascas. En la cocina se ofrecían al visitante, gratuitamente, chacolíes vizcaínos, vinos alaveses, sidras guipuzcoanas... La taberna vasca del sótano está servida por personal con indumentarias típicas.
     Como nota anecdótica, señalaremos que fue muy significativa la parada que, en su visita al Pabellón Industrial Vasco, el Rey Alfonso XIII realizara en el "stand" de Fournier, donde se le explicó el significado de la baraja histórica. En ella se representaba a los personajes que más sobresalieron en el descubrimiento y colonización de América, evitando cualquier anacronismo, al representar las monedas, armas, trajes, vasos, mazas, etc... En su reverso aparecía el escudo de Carlos I, rodeado de los de Portugal y las veintidós repúblicas americanas.
     Un aspecto fundamental de la colaboración vasca en la muestra fue la presencia del orfeón, que cantó el himno de la Iberoamericana el día de la inauguración. También se dieron muchos conciertos, como uno de música sagrada en el Patio de los Naranjos de la Catedral (Amparo Leal Graciani. El Pabellón Vasco en la Exposición Iberoamericana. Aparejadores, 1991). 
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco Urcola Lazcanotegui, autor de la obra reseñada;
       Francisco Urcola Lazcanotegui, (San Sebastián, Guipúzcoa, 1873 – 1943). Arquitecto.
     Estudió la carrera de Arquitectura en Barcelona y en 1899 obtuvo el título de arquitecto. Extraordinario aficionado a la música, fue académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
     En 1910, proyectó y construyó el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián. Transcribimos de La Construcción Moderna de 1912 referencias de este magnífico edificio construido en un solar rectangular de 60,30 por 41,10 metros en el que destacan tanto su composición de fachadas como su organización interior. Sus fachadas estilo “Renacimiento Español” con los bustos bien tallados en medallones del conde de Peñaflorida, Arriaga, Eslava, Gayarre Gaztambide y Santesteban se complementan con los grupos escultóricos de La Tragedia, La Música, La Danza y La Comedia tallados en piedra dura de Pitillas. Sus plantas se organizan con unas torres de escaleras de acceso/ salida inmejorablemente situadas por razones de seguridad. El escenario, con un fondo de once metros para organizar sus cinco cajas de telones, dispone de una gran embocadura de 13,75 metros de luz resuelta con un arco de hormigón armado que soporta la carga del muro de fábrica de ladrillo que envuelve la torrre/foso. La calidad de la sala, con el piso de butacas movible, sus palcos, el doble foyer y la estupenda decoración del pintor Ugarte de la cúpula del techo, es extraordinaria. A ello se añaden sus condiciones de seguridad frente a incendios con una embocadura protegida con telones metálicos y de agua que “permitiría a los espectadores ver las llamas sentados en sus localidades sin riesgo alguno”, reflejo de las técnicas avanzadas de construcción, proyectadas básicamente en hormigón armado, con las que están resueltos los voladizos tanto de los palcos como del anfiteatro con la colaboración de los ingenieros militares Sierra y Liaño. Todo ello fue realmente singular en su momento.
     También intervino, en colaboración con el arquitecto belga Charles Mewes, en la dirección de las obras de los hoteles María Cristina de San Sebastián y Ritz de Madrid. Asimismo, proyectó y construyó en 1919 la Plaza de Toros Monumental de Sevilla, poco después, en 1922, la de Pamplona y a continuación el hotel Alfonso XIII de Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1929, para la que proyectó y construyó además el Pabellón Industrial Vascongado que obtuvo el Gran Premio de la Exposición. También fue el autor del Museo de San Telmo ampliando dicho convento de San Sebastián en 1930 (Juan M. de Encío Cortázar, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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