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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 24 de octubre de 2024

El Colegio San Antonio María Claret, de Alfonso Toro Buiza

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Colegio San Antonio María Claret, de Alfonso Toro Buiza, de Sevilla.    
     Hoy, 24 de octubre, Memoria de San Antonio María Claret, obispo, que, ordenado presbítero, durante varios años se dedicó a predicar al pueblo por las comarcas de Cataluña, en España. Fundó la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María y, ordenado obispo de Santiago de Cuba, trabajó de modo admirable por el bien de las almas. Habiendo regresado a España, tuvo que soportar muchas pruebas por causa de la Iglesia, y murió desterrado en el monasterio de monjes cistercienses de Fontfroide, cerca de Narbona, en el mediodía de Francia (1870) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Colegio San Antonio María Claret, de Alfonso Toro Buiza, de Sevilla.
     El Colegio San Antonio María Claret se encuentra en la avenida Padre García Tejero, 8, en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
   La Avenida Padre García Tejero introduce, junto a la avenida Reina Mercedes, un cambio de escala urbana entre áreas de baja densidad: por un lado, al sur, el barrio "la ciudad-jardín- de Heliópolis; por otro, al norte, la zona residencial que surge entre el Paseo de la Palmera y las calles Periodista Ramón Resa y Monzón y que vino a colmatar el largo vacío entre Heliópolis y los Pabellones más cercanos de la Exposición Iberoamericana del 29. Al amparo de una primera residencia en la calle Amazonas de los claretianos en Heliópolis y la posterior construcción de las primeras instalaciones en su situación actual "Colegio Blanco-, se creó esta ampliación que coloniza mediante una disposición de edificios cruzados el amplio solar disponible y que se destinan a aulas y a la residencia de la congregación religiosa. Se trata de una ordenación funcional que sigue de cerca los planteamientos desarrollados en la Universidad Laboral.
     Es un edificio proyectado por Alfonso Toro Buiza en 1955, inaugurándose en 1956.
      Piezas de seis, cinco y tres plantas controlan la escala del espacio interior con la creación de "patios" de diversos usos y más o menos privados que ocasionalmente se relacionan entre sí mediante porches en planta baja. Se acentúa la horizontalidad de las piezas mediante el tratamiento por plantas de sus fachadas y así, la planta baja se reviste de ladrillo en aras de su mayor durabilidad y menor mantenimiento (las superiores están simplemente enfoscadas y pintadas), las plantas primera y segunda unifican sus grandes huecos como si fueran corridos al envolverlos lateral y superiormente por un brise-soleil, mientras que las plantas restantes repiten rítmicamente el mismo hueco cuadrado "forrados y volados ligeramente su dintel, pretil y jambas para darles mayor profundidad- que en las esquinas cambia a rectangular reforzándolas visualmente.
     El volumen semicilíndrico de la escalera, en clara alusión corbuseriana, resuelve bien el encuentro entre dos de los bloques dando mayor interés a la volumetría cambiante por las distintas plantas de cada pieza (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de San Antonio María Claret, obispo;
     San Antonio María Claret, (Sallent, Barcelona, 23 de diciembre de 1807 – Fontfroide, Francia, 24 de octubre de 1870). Misionero, escritor, fundador, arzobispo, confesor de Isabel II, santo.
     Nació en una familia de honda fe cristiana y fue el quinto de once hijos de Juan Claret y su consorte Josefa Clará. En el bautismo se le impuso el nombre de Antonio, pero en 1850, al ser consagrado obispo, añadiría a ese nombre el de María, porque —decía— “María Santísima es mi madre, mi madrina, mi maestra, mi directora y mi todo después de Jesús”.
     Ya desde su niñez bebió y respiró la piedad y mostró inteligencia despierta y buen corazón. A los cinco años, en lugar de dormir, pensaba en la eternidad: en la gloria de los que se salvan y en la desdicha de los que se condenan, y deseaba salvar a los pecadores de una eternidad desgraciada. Esta idea —decía— “es la que más me ha hecho y me hace trabajar aún, y me hará trabajar mientras viva, en la conversión de los pecadores”.
     Mientras la Guerra de la Independencia saturaba de patriotismo el ambiente, Antonio recibió una buena formación religiosa en el hogar, la escuela y la iglesia, ayudado por excelentes maestros. Ellos hicieron crecer en él los sentimientos de fe y caridad que marcaron su existencia. Dos grandes devociones marcaron su infancia abierta al mundo y a las cosas de Dios: la Eucaristía y la Virgen. Ya entonces se abrió paso en su mente una ilusión y un ideal fascinantes: ser sacerdote y apóstol, pero ésa sería una empresa difícil.
     Cumplidos los doce años (1818) y concluidos los estudios primarios, su padre le mandó que le ayudara en el taller de hilados y tejidos de algodón que tenía en su propia casa, y Antonio reveló bien pronto su talento, afición y destreza en el oficio.
     A los diecisiete años (1825), con el fin de perfeccionarse en ese oficio, pidió a su padre que le dejara ir a Barcelona, que era un punto de atracción para numerosos jóvenes. Allí se matriculó en la Lonja y estudió Gramática castellana y francesa, trabajando de día y estudiando de noche. Su afición, talento y tesón eran grandes y se convirtió en un técnico y un maestro en el arte textil. Seguía siendo un buen cristiano, pero su corazón se apegó tanto al trabajo que no le dejaba vivir ni rezar. En esa época —confiesa— “me enfrié mucho en el fervor que tenía cuando estaba en mi pueblo” y “durante la misa tenía más máquinas en la cabeza que santos había en el altar”. Su fama se propagó en la ciudad y algunos empresarios, admirados de su competencia, le propusieron fundar una compañía textil de la que Claret sería el jefe y director técnico. Pero él rechazó la propuesta aduciendo dos pretextos: su corta edad y su baja estatura. La razón última la dará más tarde: “Dios le quería eclesiástico y no fabricante”. Tres episodios le golpearon en esa época. Un día, en la playa de la Barceloneta, una ola gigantesca lo arrastró mar adentro y, no sabiendo nadar, estuvo a punto de morir ahogado, y, habiendo invocado a la Virgen, sin saber cómo, se vio en la orilla, sano y salvo y con la ropa totalmente seca. Un falso amigo, con quien jugaba a la lotería, tras haber ganado una fuerte suma de dinero, se lo robó todo para jugárselo y, cuando lo perdió, robó unas joyas de valor que también perdió en el juego. Siguiendo el rastro de las joyas, la policía lo detuvo y lo encarceló; y muchos pensaron que también Claret era cómplice de esas fechorías. Otro día fue a visitar a un amigo, que estaba ausente, y la dueña de la casa lo acosó e intentó detenerle, pero él se deshizo de aquella mujer y no volvió jamás a aquel lugar. Estas experiencias crearon en su corazón una gran decepción por las cosas del mundo, las amistades y las riquezas.
     Más tarde, durante la misa, evocó esta frase del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”. Esta sentencia fue una saeta que le hirió el corazón y la pasión por los telares se fue apagando. Antonio expuso su situación con un sacerdote de san Felipe Neri, quien le oyó, celebró su resolución y le aconsejó que estudiara latín.
     El joven tomó la decisión de hacerse cartujo y así se lo comunicó a su padre, quien le dijo que prefería que fuera sacerdote secular. Al enterarse el obispo de Vic, quiso conocerlo. Antonio, a sus veintiún años, estaba decidido a ser sacerdote y con esa edad entró en el seminario (1829).
     En Vic fue seminarista externo, viviendo como fámulo en la casa del sacerdote Fortián Bres, mayordomo del obispo. Antonio destacó enseguida por su aplicación al estudio y, sobre todo, por su piedad.
     Bajo la dirección del padre Pedro Bach, reincidió en la idea de hacerse cartujo y se marchó al monasterio de Montealegre; pero en el camino le sorprendió un fuerte aguacero y le dio una sofocación. Al comprobar que su salud era frágil, comprendió que Dios no le quería monje cartujo y regresó a Vic.
     El ambiente del seminario era excelente y la formación sólida y esmerada. El fervor fue en aumento y, con él, también su progreso espiritual. Claret leía y meditaba con fruición la Palabra de Dios y oraba intensamente.
     Y esa rica experiencia le fue impulsando de forma irresistible a buscar el camino de las misiones.
     A los veintisiete años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Juan José Tejada, le ordenó de presbítero y su primer destino fue la parroquia de su villa natal (1835-1839).
     La situación política española era complicada tras la muerte de Fernando VII. Los liberales se hicieron con el poder (1835) y con él llegó la quema de conventos y la matanza de los frailes, la exclaustración de los religiosos y la desamortización de Mendizábal.
     Contra ese desorden se levantaron las provincias de Navarra, Cataluña y el País Vasco, estallando la guerra civil entre carlistas e isabelinos. Pero Claret no era un político, sino un apóstol, y con intrépida fortaleza se entregó en cuerpo y alma a su ministerio. Su acción pastoral fue intensa y su caridad sin confines. Esa experiencia le llevó a descubrir horizontes más amplios para dar pábulo a sus ansias misioneras. Tras haberlo consultado, decidió ir a Roma a presentarse a Propaganda Fide para ser enviado a predicar el Evangelio a cualquier parte del mundo.
     A sus treinta y un años (septiembre de 1839), a pie, sin dinero y con un pobre hatillo, emprendió viaje hacia lo desconocido. Atravesó los Pirineos, llegó a Marsella y allí tomó un vapor hasta Civitavecchia y luego una diligencia que le llevó a Roma. En la ciudad eterna iba a encontrar su primer fracaso: la ausencia del cardenal Franzoni, que quebró de golpe su sueño misionero.
     Claret, sin el menor desánimo, aprovechó la ocasión para hacer ejercicios espirituales con un padre jesuita y éste le invitó a pedir el ingreso en el noviciado de la Compañía de Jesús. En el noviciado todo era paz, alegría y fervor; pero a los pocos meses (febrero de 1840), “a causa de las muchas lluvias y humedades de aquel año”, le sobrevino un fuerte dolor reumático en la pierna derecha, que casi le dejó paralizado y los médicos temieron la parálisis total. Al fin vio claro que Dios no le quería ni misionero ad gentes ni jesuita. Habían pasado cuatro meses, en los que hizo acopio de grandes experiencias, y, al final, aconsejado por el padre general, tuvo que abandonar el noviciado.
     Al regresar a España, fue destinado como coadjutor a Viladrau, en la provincia de Gerona. En ese pueblo se dedicó con entusiasmo al ministerio sagrado; pero la falta de médicos, que habían huido a causa de la guerra, le obligaron a ejercer la medicina. A su casa llegaban todos los días muchos enfermos del pueblo y de la comarca, a quienes curaba con hierbas y oraciones, logrando aliviar sus dolores. Luego emprendió con ahínco su ministerio de predicador; y sucedía que, cuando se ausentaba, muchos enfermos fallecían y, al regresar, la gente le recriminaba su modo de proceder.
     En esta posición incómoda, se percató de que no había nacido para ser médico o curandero. Su vocación eran las misiones: sería un evangelizador itinerante. Expuso la cuestión al prelado y éste le destinó a la predicación, urgente en aquella época en la que el liberalismo minaba la fe y cortaba las alas a la esperanza.
     A sus treinta y tres años, en julio de 1841, recibió de Roma el título de “misionero apostólico”, que le destinaba al anuncio del Evangelio al estilo de los apóstoles.
     Desde entonces su único oficio sería misionar. La ciudad de Vic se convertiría en su cuartel general y su centro de irradiación para todo el Principado catalán.
     Siempre a pie, con un mapa de Cataluña forrado de lienzo, un simple hatillo y un breviario, caminaba con paso ligero con lluvias y nieves o con soles abrasadores.
     Se juntaba con arrieros y otra gente y les iba explicando la doctrina cristiana, y muchos se convertían.
     En sus misiones, las catedrales y las iglesias de muchos lugares reventaban de gente cuando predicaba el padre Claret. De él corrían de boca hechos prodigiosos, pero sobre todo se comentaban sus grandes virtudes y la fuerza de su palabra arrebatadora. No le faltaron enemigos que le calumniaron y obstaculizaron su labor misionera; pero su temple de acero todo lo resistía con gran serenidad y paciencia.
     Del joven misionero decía un testigo: “Su conducta privada es intachable, sus costumbres edificantes, sus obras conformes a su lenguaje de ministro del Evangelio; su abnegación y desinterés completo [...] La vida penitente, mortificada, laboriosa es de un verdadero misionero apostólico. Viaja siempre a pie y sin provisión de comida ni vestidos; lo sabe y lo publica la gente en Cataluña y aun en otras provincias”. Así cobró renombre y fama de predicador infatigable. Sus sermones tenían la marca de la misericordia: “Poco terror, suavidad en todo”.
     Además de las misiones, el padre Claret predicaba ejercicios espirituales al clero y a las religiosas. Todos los que le conocieron afirmaban que era un hombre incansable. Cuando alguien le invitaba a detenerse un poco porque estaba sudando, él respondía con aire festivo: “Yo soy como los perros, que sacan la lengua, pero nunca se cansan”.
     Buen escrutador de los signos de los tiempos, al ir misionado, captó el delirio de la gente por la lectura y su enorme eficacia: “Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta —decía—, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella”. “No todos pueden escuchar sermones... pero todos pueden leer.” A lo largo de su vida escribió alrededor de veinte mil páginas. Entre sus obras destacan: los Avisos (a toda clase de personas), el Camino recto (1843) —el libro de piedad más leído del siglo XIX—, el Catecismo explicado (1848), El colegial instruido (1860-1861) y su Autobiografía (1861-1862).
     Convencido de que “los libros son la comida del alma” y “la mejor limosna que se puede hacer”, en 1847, junto con sus amigos José Caixal y Antonio Palau, fundó la Librería Religiosa, una editorial de gran alcance y prestigio, que difundió decenas de miles de libros, opúsculos y hojas volantes.
     Pero Claret no era sólo predicador y escritor; era también un gran propagandista de objetos piadosos y formativos: rosarios, medallas, libros, folletos y hojas sueltas. Jamás cobraba nada por la edición y venta de sus libros; al contrario, invertía en ello conspicuas sumas de dinero, procedentes en parte de los donativos que recibía de personas de bien a quienes implicaba en la obra de difusión de la verdad evangélica.
     En 1847 escribió los estatutos de la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad, compuesta por sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, y destinada al apostolado directo en el campo religioso, social, de propaganda, etc. Esta iniciativa daría origen a los seglares claretianos, empeñados en la difusión de la verdad en la Iglesia en el mundo.
     La rebelión de los “matinés” o madrugadores en 1847 frenó las misiones de Claret en Cataluña, pero la Providencia vino en su ayuda. El obispo de Canarias, Buenaventura Codina, le invitó a misionar en su diócesis, y el 6 de marzo de 1848 salía del puerto de Cádiz hacia las islas afortunadas. Tenía cuarenta años y estaba pletórico de energías para afrontar cualquier tipo de trabajo. Su voz mansa y firme resonó en aquellas islas, desde Gran Canaria hasta Lanzarote, y el milagro de Cataluña se volvió a repetir. Se vio obligado a predicar en las calles, en las plazas y en el campo, entre multitudes que lo acosaban por todas partes. Allí tuvo una grave pulmonía, pero no cesó de trabajar. A petición del obispo, sacó tiempo incluso para escribir un precioso Catecismo brevísimo con los rudimentos de la doctrina cristiana (1848). En menos de quince meses de misión (marzo de 1848- mayo de 1849) dejó tras de sí un dulce aroma de santidad, que aún perdura, y además conversiones, profecías y prodigios sin cuento. Los canarios despidieron al “Padrito” con lágrimas en los ojos y añoranza en el corazón; y también él dejó un hermoso testimonio de su amor agradecido: “Estos canarios me han robado el corazón”. En los primeros días de mayo de 1849 regresaba a la Península en el vapor Magdalena.
     La experiencia canaria marcó un hito en la vida misionera de Claret. Allí había visto la gran escasez de evangelizadores y el hambre de la gente por oír la palabra evangélica. Inspirado por el Señor, decidió crear un instituto misionero; y el 16 de julio de 1849, a las tres de la tarde, en una celda del seminario de Vic, fundaba la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María con cinco jóvenes sacerdotes, cuya edad oscilaba entre los veintisiete y los treinta y siete años: Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet. Todos tenían el mismo espíritu del que él se sentía animado: “Hoy comienza una gran obra” —dijo el fundador—; y quiso que los misioneros “fuesen y se llamasen Hijos del Corazón de María” y que, centrados en Jesucristo, ardieran en caridad y abrasaran por donde pasaran, trabajando, sufriendo y procurando siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación del mundo. Hoy más de tres mil miembros realizan su labor evangelizadora y de promoción social en sesenta y cinco países de los cinco continentes.
     En esta misma época daría origen también a una institución que entonces parecía revolucionaria: las Religiosas en sus casas o las hijas del Inmaculado Corazón de María, mujeres consagradas en el mundo para ser “levadura de sabiduría” bajo el estímulo y el amparo de la Virgen en su doble dimensión contemplativa y activa.
     Con el tiempo (1943) se convirtieron en el floreciente instituto secular Filiación Cordimariana. A sus cuarenta y dos años (1849), un evento insospechado puso en peligro la pervivencia de la congregación recién fundada. El padre Claret recibió con gran sorpresa el nombramiento de arzobispo de Santiago de Cuba (territorio perteneciente a la Corona de España). Sus reiteradas renuncias fueron inútiles, y, al fin, en el mes de octubre, se vio obligado a aceptar. Sólo la obediencia le pudo doblegar, “pero en el supuesto —decía— de que pudiera así dar más pábulo a la caridad, al amor a Dios y a mis prójimos en que quiero abrasarme”. El 6 de octubre de 1850 fue consagrado por el obispo Casadevall en la catedral de Vic, y antes de embarcarse, viajó a Madrid para recibir el palio de manos del nuncio Brunelli.
     La despedida en Barcelona (28 de diciembre) resultó apoteósica: un inmenso gentío se congregó en el muelle para desearle un viaje feliz. En la travesía aprovechó la oportunidad para dar una misión a bordo a los pasajeros, a los oficiales y a la tripulación.
     El 16 de febrero de 1851 desembarcaba en Santiago de Cuba, donde le esperaban seis años (1851-1857) de muchas alegrías y de fatigas, trabajando sin cesar, misionando y sembrando el amor y la paz en aquella tierra en la que la discriminación racial y la injusticia social reinaban por doquier. La diócesis necesitaba la guía de un pastor, desde que el arzobispo Alameda (futuro cardenal de Toledo) se ausentó hacía catorce años (1837).
     Claret fue un arzobispo misionero por excelencia. Renovó y promovió todos los aspectos de la vida eclesial y social: clero, seminario, educación de niños, jóvenes y adultos. Allí la esclavitud, oficialmente abolida, seguía en todo su auge; y él se enfrentó a los capataces, arrancándoles el látigo de las manos y exclamando: “blancos y negros, todos somos iguales a los ojos de Dios”. Allí, el arzobispo libró una larga y dura batalla en defensa de los más necesitados de justicia y dignidad.
     Con su capacidad de inventiva y organización y su gran sentido práctico, unido a un dinamismo arrollador, regeneró toda la diócesis. Fundó instituciones religiosas y sociales para niños y mayores, creó escuelas técnicas y agrícolas, construyó centros de acogida y de enseñanza para niños y ancianos. Visitó tres veces su inmensa diócesis. Lo hizo casi siempre a pie, o a lomo de mula para salvar las distancias. “En sus excursiones —decía un periodista— no le detiene ni el sol, ni el agua, ni la hora, ni la distancia, ni ninguna otra cosa semejante.” Con energía y prudencia logró la reforma del clero, que había perdido el fervor primero y se hallaba en una penosa situación material, científica y moral, y el seminario, en el que hacía más de treinta años que no se ordenaba ni un solo sacerdote.
     Para los campesinos pobres, artesanos y pequeños propietarios, dio vida a una institución genial: las Cajas de Ahorros, que implantó en todas las parroquias.
     En las cárceles, para los presos, puso escuelas y talleres de artes y oficios, “porque la experiencia enseñaba —decía— que muchos se echaban al crimen porque no tenían oficio ni sabían cómo procurarse el sustento honradamente”.
     En orden a la promoción económico-social, con sus propios ahorros creó en Puerto Príncipe la Casa de Caridad o Granja Agrícola (1855) para viejos pobres y niños abandonados. Era escuela, hogar y taller. Todo ello lo costeaba él.
     Para la educación de la niñez y de la juventud, fundó con la madre María Antonia París en 1855 el Instituto de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas, que, en número de 650, fieles a su lema de “enseñar a toda criatura la ley santa del Señor”, actúan en varios continentes.
     “El Señor —decía— me ha dado un amor entrañable a los pobres”; y ellos eran el objeto de sus preferencias.
     En este campo, su labor se orientó en tres direcciones: ayuda material inmediata, promoción formativa y económica y acción evangelizadora. Para los campesinos escribió el precioso librito formativo titulado Las delicias del campo (1855).
     La tarea fue dura y también la persecución. Los políticos y los corruptos se unieron para perseguir al arzobispo combativo que daba la vida por defender a los explotados y a los oprimidos. El 1 de febrero de 1856 sufrió un atentado sangriento en Holguín. Al salir de la iglesia, donde había predicado un fervoroso sermón, un sicario de origen tinerfeño, Antonio Abad Torres, al que había sacado poco antes de la cárcel, le agredió sin piedad.
     Al anochecer, cerca de la iglesia, intentó degollarle con una navaja de afeitar, produciéndole una gran herida en la mejilla izquierda, “desde frente a la oreja hasta la punta de la barba”, y, de refilón, le hirió también en el brazo derecho. La herida pudo haber sido mortal. Sólo la Providencia le salvó de una muerte segura. Al volver en sí, dijo que perdonaba al agresor “como cristiano, como sacerdote y como arzobispo”, y, además, pidió que le sacaran de la isla para evitar un linchamiento, ofreciéndose a pagarle el viaje. Sus enemigos volverían a intentarlo, pero no lo consiguieron.
     En América, “viña joven”, dejó Claret mucho trabajo, sudor y mucha sangre. Al cabo de seis años, el 18 de marzo de 1857, le entregaron un despacho urgente del general Concha diciéndole que la Reina le llamaba a Madrid. Enseguida preparó el viaje y, tras haber celebrado la Semana Santa en La Habana, donde despertó gran entusiasmo, se embarcó en el vapor Pizarro y llegó a Cádiz, y luego, el 26 de mayo, a Madrid. Aquí Isabel II le dijo que le había elegido confesor y director de su conciencia. Él, con cierta repugnancia, aceptó ese cargo, pero impuso varias condiciones: no vivir en palacio, no implicarle jamás en enredos políticos ni obligarle a guardar antesalas y gozar de la debida libertad para ejercer su misión apostólica.
     Tenía ya casi cincuenta años y su salud le permitía seguir trabajando a lo grande. Sin embargo, él mismo reconocía que no había nacido para cortesano y así se lo decía a sus amigos: “Yo no tengo genio de político, ni de cortesano, ni de palaciego”; “Mire usted qué papel tan peregrino hago: cortesano y misionero a la vez”.
     En once años de permanencia en Madrid, con suma paciencia logró domeñar el corazón noble, pero algo indómito, de la Reina y reformar el ambiente cortesano.
     Su actividad evangelizadora fue intensísima. Su voz resonó con fuerza en casi todas las iglesias y conventos de la capital. Sus actividades fueron prodigiosas, e incontables los sermones al pueblo y los ejercicios al clero en diversos barrios de la capital, con una asistencia masiva.
     En la Corte se dedicaba a visitar a los enfermos, a los presos y sobre todo a socorrer a los pobres que llegaban a su casa diariamente. “La multitud de pobres me comen vivo”, decía. Por eso ahorraba avaramente.
     Era pródigo y se guiaba por este criterio evangélico: “Comer poco para tener más que dar a los pobres”. En cierta ocasión empeñó su pectoral de plata para poder socorrer a un enfermo. Todos los días por la tarde predicaba, visitaba hospitales y cárceles, colegios y conventos.
     Una de sus obras más geniales, que ideó en Cuba y plasmó luego en Madrid, fue la fundación de la Academia de San Miguel (1858), una asociación apolítica y universal, formada por seglares comprometidos —escritores, artistas y propagandistas— con el fin de combatir los errores y los vicios con la verdad y las virtudes. De esa asociación formaron parte un buen grupo de escritores y artistas españoles. En nueve años, la Academia publicó varios libros y promovió la propaganda religiosa.
     En 1864 crearía también las Bibliotecas populares y parroquiales, regidas y atendidas por seglares, que habían de tener una proyección apostólica, porque “en estos últimos tiempos —afirmaba— parece que Dios quiere que los seglares tengan una gran parte en la salvación de las almas”. Ya en su primer año de existencia, esta institución contaba con cuarenta y siete centros y tenía en circulación doce mil volúmenes.
     Nombrado protector de la iglesia y hospital de Monserrat, en Madrid, en 1859, atendió con esmero a los enfermos y restauró la iglesia material y espiritualmente.
     El mismo año Isabel II le nombró presidente del monasterio de El Escorial para que se ocupara de su restauración, debido al lastimoso estado en que había quedado a raíz de la exclaustración (1835). Claret desempeñó este cargo durante nueve años (1859- 1868); y ahí demostró una vez más su extraordinaria capacidad de iniciativa y su talento organizador, convirtiendo el monasterio, de palacio y panteón de reyes, en un centro importante de culto y de estudio.
     Todo lo restauró material y espiritualmente. Creó un colegio y un seminario modelo, con aire de universidad eclesiástica, en el que había una escolanía y banda de música, estudios de humanidades, lenguas clásicas y modernas, ciencias naturales, arqueología, además de los estudios filosóficos, teológicos, bíblicos y patrísticos. En esta empresa contó con la ayuda de excelentes colaboradores.
     En la Corte se sentía a disgusto, como un “pájaro enjaulado” o como “un perro atado a un poste”. Y decía: “No tengo reposo, ni mi alma halla consuelo sino corriendo y predicando”. Pudo dar cumplido desahogo a esas ansias en las giras de la Corte por España, evangelizando todas las regiones con una actividad muy intensa. El viaje más largo (cuarenta y nueve días) y más intenso tuvo lugar por Andalucía y Murcia en el otoño de 1862. El confesor llegó a predicar en él doscientos cinco sermones en catedrales, iglesias, conventos y hospitales, despertando admiración y entusiasmo por doquier. En algunas ocasiones llegó a predicar hasta diez o doce sermones en un solo día. En esa gira, según un testigo, repartió ochenta y cinco arrobas de propaganda religiosa. “En estos viajes —decía—, la reina reúne a las gentes y yo les predico.” Uno de los mejores servicios que prestó a la Iglesia, desde su cargo de confesor de la Reina, fue su activa y prudente intervención en el nombramiento de obispos, sugiriendo al nuncio los sacerdotes más cultos y ejemplares. Así consiguió un episcopado compacto y aguerrido, en orden a promover la reforma de la Iglesia tal como él la proponía en la obrita Apuntes de un plan para conservar la hermosura de la Iglesia (1857).
     En la España del siglo XIX fue el astro central de una gran constelación de fundadores y fundadoras, interviniendo con desinterés y sabiduría en asuntos de dirección espiritual o en el inicio y consolidación de numerosos institutos religiosos.
     No es extraño que un hombre tan influyente como Claret, que arrastraba a las multitudes, se concitara también las iras de los enemigos de la Iglesia. Fueron muchos los atentados que sufrió, la mayor parte frustrados por la conversión de los asesinos. Pero fue peor la campaña difamatoria montada a gran escala en toda España para desacreditarlo ante la gente sencilla. Se le acusó de influir en la política, de pertenecer a la “camarilla” de la Reina, de zafio, glotón, obsceno, ambicioso, ladrón y cobarde. Aunque le instaban a defenderse, él quiso callar, contento de sufrir algo por Jesucristo.
     El 15 de julio de 1865, el Gobierno en pleno se reunía en La Granja para arrancar a la Reina su firma del reconocimiento del reino de Italia, lo cual equivalía a la aprobación del expolio de los Estados Pontificios.
     La Reina, engañada, firmó ese atropello y Claret no quiso hacerse cómplice permaneciendo en la Corte.
     Con el fin de aquietar su conciencia en aquella delicada situación, se dirigió a Roma. Allí el papa Pío IX le consoló y le pidió que regresara a la Corte, y la Reina se alegró inmensamente de su retorno. A pesar de ello, no cesaron las calumnias y las persecuciones.
     El 18 de septiembre de 1868, tras el levantamiento de Cádiz, triunfó la revolución y la Reina perdió la Corona. Con la batalla de Alcolea, caía Madrid, y la revolución se extendió por toda España. El día 30, la Familia Real, con pocos cortesanos y el confesor de la Reina, buscó refugio en Francia, primero en Pau y luego en París.
     Claret vivió serenamente en la capital francesa, dedicándose a predicar, confesar, escribir y educar al príncipe Alfonso y a las infantas, sin descuidar en ningún momento las dos congregaciones por él fundadas.
     Tras la predicación cuaresmal de 1869, dejó establecidas en París las “Conferencias de la Sagrada Familia” en favor de los emigrantes españoles y latinoamericanos.
     El 30 de marzo de ese año se separó definitivamente de la ex Reina y se trasladó a Roma.
     En la ciudad eterna siguió realizando las mismas obras apostólicas y prestando ayuda en la preparación del Concilio Vaticano I. Ese evento eclesial, que contó con 774 Padres, se inauguró en la fiesta de la Inmaculada.
     Una de las cuestiones más debatidas fue la infalibilidad pontificia. En defensa de ella se alzó en la basílica vaticana la voz fervorosa de Claret el 31 de mayo de 1870: “Traigo la estigma o las cicatrices de nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo, como veis en la cara y en el brazo —dijo, aludiendo a las heridas de Holguín—. ¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de mi corazón esta grande verdad: creo que el Sumo Pontífice romano es infalible!”. Él es el único Padre conciliar que ha sido canonizado.
     Acompañado por el padre Xifré, superior general de la congregación, el 23 de julio de 1870 llegaba el arzobispo a Prades, en el Pirineo francés. Los misioneros, desterrados también por la revolución, recibieron con inmensa alegría al fundador, ya enfermo y convencido de la inminencia de su muerte. Hasta allí llegó la mano de los perseguidores, que no le dejaron en paz. El 5 de agosto llegaba una mala noticia: el Gobierno español quería encarcelarle y el santo tuvo que huir, con un hatillo de misionero, refugiándose en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Aude).
     En aquel cenobio, a doce kilómetros de Narbona, fue acogido por los monjes con gran alegría. Allí le cuidaron con todo cariño los padres Jaime Clotet y Lorenzo Puig. En la noche del 4 al 5 de octubre tuvo un ataque de apoplejía y el 8 hizo la profesión religiosa y recibió los últimos sacramentos. Finalmente, el 24 de octubre, entre plegarias y suspiros, el gran misionero del siglo XIX se durmió suavemente en el Señor: un santo eminentemente eucarístico y mariano, evangelizador infatigable, luchador incansable de la causa de Dios y del hombre y gran apóstol del rosario.
     Sobre su tumba se esculpieron estas palabras de san Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”. En 1897 sus restos se trasladaron a Vic, donde hoy se veneran. El 25 de febrero de 1934, el papa Pío XI le declaró beato, y Pío XII, el 7 de mayo de 1950, le canonizaba como santo. El humilde misionero apareció en la gloria de Bernini, mientras las campanas de la basílica de San Pedro alzaban al cielo un canto de gloria en su honor (Jesús Bermejo Jiménez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Colegio San Antonio María Claret, de Alfonso Toro Buiza, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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sábado, 17 de junio de 2023

La escultura "Inmaculado Corazón de María", de Juan Luis Vasallo Parodi, en la Capilla Mayor, de la Iglesia de San Antonio María Claret

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la escultura "Inmaculado Corazón de María", de Juan Luis Vasallo Parodi, en la Capilla Mayor, de la Iglesia de San Antonio María Claret, de Sevilla.   
      Hoy, 17 de junio, Memoria del Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María, devoción referida a la vida interior de la Bienaventurada Virgen María, sus gozos y tristezas, sus virtudes y su perfección y, sobre todo, su amor de mujer Inmaculada por Dios Padre, su amor maternal por Jesús y por los hombres.
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte la imagen "Inmaculado Corazón de María", de Juan Luis Vasallo Parodi, en la Capilla Mayor, de la Iglesia de San Antonio María Claret, de Sevilla.
     La Iglesia de San Antonio María Claret se encuentra en la avenida Padre García Tejero, 8, en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
   En el altar mayor se proyectó en un primer momento colocar un retablo labrado, pero por falta de material y artistas, se adoptó la forma de nicho en vez de muro liso en el presbiterio; y en su centro se levantó un altar en forma de templete, de mármol rojo con aplicaciones de bronce dorado. Allí se cobija el Inmaculado Corazón de María, obra de Juan Luis Vasallo Parodi, que no estaba pensado para procesionar, ya que está realizado en piedra (Juan Alba, Manuel Díaz, José Gómez, Fernando González-Vallarino, Francisco Reina y Alegría Roncero, Heliópolis, historia de un barrio).
   Imagen titular del templo, que ocupa el altar mayor, bajo un gran templete de mármol. Es una sobria y monumental talla en madera policromada, debida al excelente escultor gaditano Juan Luis Vasallo Parodi, con volumetría y concepto modernos (año 1948). La ropa tiene color rosáceo, con la particularidad de llevar el manto sobre la cabeza en forma de capucha. Rostro grave, denotando fuerza y madurez. Toda la escultura hace un efecto dignísimo, que se acrecienta por su postura sedente, lo cual le presta cierta majestad e innegable empaque. Por todo ello debemos felicitarnos de que esta obra se haya apartado de la habitual y denigrante serialización impuesta por las fábricas comerciales, tan dadas a producir figuras del mismo o de parecidos títulos "en pan de azúcar". El tamaño también da idea de su grandeza, pues mide 2,30 x 1,25 x 1 mts (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Devoción y Culto de la Festividad del Inmaculado Corazón de la Bienaventurada Virgen María;
   La devoción al Purísimo Corazón de María nos remite de manera directa al Sagrado Corazón de Jesús, pues en María todo nos dirige a su Hijo. Los Corazones de Jesús y María están maravillosamente unidos en el tiempo y la eternidad por el misterio de la maternidad divina. Su veneración, no obstante, se mantuvo mucho tiempo en el campo de la devoción privada, sin desembocar en un culto oficial. San Juan Eudes (+1680), al par que la devoción al Corazón de Jesús, difundió la del Corazón de María. Le compuso misa y oficio e hizo celebrar su primera fiesta pública el ocho de febrero de 1648 en la Catedral de Autun, con sanción del Ordinario de Lugar. Varios obispos de Francia aprobaron los textos litúrgicos, pero los jansenistas, obviamente, estaban en completo desacuerdo. En el segundo tercio del XVII cofradías consagradas a su culto obtuvieron aprobación pontificia, tanto de Alejandro VII Chigi en 1666 como de Clemente IX Rospigliosi entre 1667 y 1669, con el título de Purísimo o Santísimo Corazón de María. En el año 1668, la fiesta del día dos de junio y sus textos litúrgicos obtuvieron la aprobación del Cardenal Legado para Francia, aunque al año siguiente, 1669, se pidió a Roma la ratificación, pero la Congregación de Ritos dio una respuesta negativa a los textos, aunque no a la fiesta. En diferentes ocasiones se pidió a la Santa Sede la aprobación de la fiesta. Una de ellas fue hecha como petición formal por el padre jesuita Gallifet en el 1726, conjuntamente con la del Corazón de Jesús.  Esta causa fue tratada por Próspero Lambertini, futuro Benedicto XIV. La Congregación de Ritos llegó a responder por primera vez en 1727 con un non proposita, pues presentaba dificultades doctrinales. Luego de esta respuesta, Gallifet sin perder esperanzas volvió a enviar la petición, pero hubo una respuesta oficial tajante y negativa el treinta de julio de 1729. A pesar de ello el citado Benedicto XIV (papa entre el 1740 y el 1758) permitió que se celebrara la fiesta a la cofradía de la iglesia romana de San Salvatore in Onda.
   Fue ya a finales del XVIII cuando la fiesta empezó a obtener el plácet definitivo. Pío VI Braschi el veintidós de marzo de 1799 la concedió a Parma, y, definitivamente, en el pontificado de Pío VII Chiaramonti, la Sagrada Congregación de Ritos, por decreto del treinta y uno de agosto de 1805, aprobó concederla a todos los que la solicitaran, con los textos eucológicos de la festividad de las Nieves (cinco de agosto). A partir de aquí se elevaron numerosas peticiones de diócesis y familias religiosas. Siendo Papa el Beato Pío IX Mastai Ferretti, el veintiuno de julio de 1855, la Congregación de Ritos aprobó para la celebración del Corazón Purísimo de María nuevos textos para la misa y el oficio, utilizando algunas partes de los de San Juan Eudes.  En 1914, con ocasión de la reforma del Misal Romano, la fiesta del Corazón de María fue trasladada del cuerpo del misal a un apéndice del mismo, entre las fiestas pro aliquibus locis. Hubo muchas peticiones para que esta fiesta se extendiera a toda la Iglesia, en especial de los Claretianos, que la tienen por patrona. En el marco de la II Guerra Mundial, el treinta y uno de octubre de 1942, en radiomensaje, y luego, de manera solemne, el ocho de diciembre en la basílica vaticana, cumpliéndose el XXV aniversario de las apariciones de Fátima, el Venerable Pío XII consagró la Iglesia y el género humano al Inmaculado Corazón de María. El adjetivo Inmaculado se le empezó a aplicar tras la definición dogmática de la Inmaculada y pasó a la liturgia por influencia de las apariciones de Fátima. Su fiesta litúrgica fue extendida a la Iglesia Latina dos años después, el cuatro de mayo de 1944, por el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos Cultus liturgicus, con la categoría de doble de segunda clase, con Oficio y misa propios, señalando su fiesta el veintidós de agosto, Octava de la Asunción. En la reforma del calendario de 1969 fue transferida del veintidós de agosto a su actual emplazamiento.     
   Colocada al día siguiente de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la contigüidad de las dos celebraciones es ya, en sí misma, un signo litúrgico de su estrecha relación: el mysterium del Corazón del Salvador se proyecta y refleja en el Corazón de la Madre que es también compañera y discípula.  Así como la Solemnidad del Sagrado Corazón celebra los misterios salvíficos de Cristo de una manera sintética y refiriéndolos a su fuente -precisamente el Corazón-, la memoria del Corazón Inmaculado de María es celebración resumida de la asociación “cordial” de la Madre a la obra salvadora del Hijo: de la Encarnación a la Muerte y Resurrección, y al don del Espíritu. Recibió notorio impulso con las apariciones de Fátima (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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jueves, 11 de mayo de 2023

Un paseo por la avenida Padre García Tejero

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Padre García Tejero, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 11 de mayo, es el aniversario (11 de mayo de 1825) del nacimiento de Francisco Jerónimo García Tejero, sacerdote, a quien está dedicada esta vía, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida Padre García Tejero, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida Padre García Tejero es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en los Barrios de Heliópolis, y Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera; y va de la avenida de la Palmera, a la avenida de La Raza.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida.  
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.  
     Rotulada en 1958 en recuerdo de este sacerdote inspirador de la obra de la madre Dolores Márquez, fundadora de la congregación Filipense de Hijas de Nuestra Señora de los Dolores. Hasta entonces se denominó avenida de Heliópolis. Formada al urbanizarse estos terrenos con motivo de la celebración de la Exposición Iberoamericana de 1929, es de trazado recto. En su lado de los pares terminan Periodista Ramón Resa, San Antonio María Claret, Monzón, Ensanche, Barrionuevo y Tarfia, la avenida de Rei­na Mercedes, y se abre la plaza del Rocío. En el lado de los impares confluyen Doctor Fleming,  Uruguay, Honduras, Nicaragua, Bolivia y Perú. Asfaltada y con acerado de cemento salvo en su primer tramo, que es terrizo, está flanqueada en los pares por una línea de arces, y en los impares por arces, aliantos, fresnos, sophoras y  lipuanas. El acerado del primer tramo está protegido por horquillas metálicas para impedir el estacionamiento de vehículos. Se ilumina con farolas de báculo.
     Desde el punto de vista arquitectónico destacan los contrastes de volúmenes: el lado de los pares se inicia con el cerramiento de unas viviendas unifamiliares de dos plantas, exentas, de moderna construcción, seguido del Instituto de la Grasa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, un edificio en piedra y ladrillo rojo, de cuatro plantas, con ventanas, realizado en los años cuarenta siguiendo la estética clasicista entonces oficialmente imperante, y de unos bloques exentos de doce plantas, con terra­zas y fachadas en ladrillo visto, rodeados de ajardinamiento y verja de separación del acerado. A partir de San Antonio María Claret hasta Monzón se extiende la fachada del colegio Claret, con dos plantas, jardines y artística verja de cerramiento con airosos soportes de mampostería y la portada en piedra blanca de la iglesia parroquial, a la que se adosa una grácil espadaña con reloj que recuerda la de Santa Paula, levantada en los años cuarenta. 
     A continuación siguen bloques de viviendas adosadas, con fachadas de ladrillo visto y superior altura, en cuyos bajos existen bares y una sucursal bancaria; los pisos que circundan la plaza del Rocío y un bloque de viviendas de dos plantas, perteneciente a la barriada Pedro Parias, con fachadas blancas y soportales de arcadas de medio punto, en cuyos bajos se ubican establecimientos de tipo diario. El lado de los impares lo forma en su primer tramo el sector de Gol Norte del estadio Benito Villama­rín, que tiene su origen en el Estadio Municipal de la Exposición de 1929. Un colegio de religiosas de estilo regionalista, el de Hermanas de la Doctrina Cristiana, con su muro de cerramiento, al que se adosan unos bloques de viviendas de cuatro plantas con locales comerciales ocupados por establecimientos de tipo especializado, configura el segundo tramo; y desde Uruguay hasta el final se extienden los hotelitos de Heliópolis, con sus pequeños jardines y verjas de cerramiento. En esta vía se sitúan dos quioscos metálicos, uno de prensa y otro de golo­sinas, de mampostería, una parada de autobuses y otra de taxis. Esta concentración de actividades y funciones (residencial, docente, deportiva) hace de esa avenida un lugar muy frecuentado y transitado, sobre todo en la salida y entrada de los colegios y en los días de partido del Real Betis Balom­pié [Miguel Cruz Giráldez, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Francisco Jerónimo García Tejero, a quien está dedicada la avenida;
     Francisco Jerónimo García Tejero, (Garray, Soria, 11 de mayo de 1825 – Sevilla, 8 de diciembre de 1909). Fundador de la Congregación de Religiosas Filipenses Hijas de María Dolorosa, cofundador de las Misioneras de la Doctrina Cristiana.
     En 1828, tras el fallecimiento de su madre y el trabajo de su padre como secretario del Ayuntamiento, pasa a ser educado por sus abuelos maternos en el cercano pueblo de Tardesillas. A los nueve años comienza a trabajar en la tienda de su tío en Fuentes de Andalucía, dirigiéndose espiritualmente con el párroco del pueblo. Sintiendo fuertemente la llamada de Dios, toma la resolución de ser sacerdote, con la firme oposición de sus tíos, que le tienen como a un hijo y cuentan casarlo con su hija Rosario. Su obstinación por el sacerdocio va acompañada de intensa vida de piedad y constante mortificación.
     En septiembre de 1846 llega a Sevilla y comienza a seguir los cursos en la Universidad Literaria. Es atendido generosamente por un sacerdote caritativo, en cuya casa se hospeda y trabaja en una escribanía para no serle gravoso. El 6 de abril de 1849 recibe la tonsura.
     Se dirige con el sacerdote Juan de la Carrera, del oratorio filipense. El 20 de septiembre de 1851 recibe la ordenación sacerdotal, celebrando su primera misa el 5 de octubre. Por influencia de su director se integra en el oratorio de los padres filipenses. Tras la revolución liberal de 1854 llevada a cabo por O’Donnell y el gobierno de Espartero, en 1855 es incautada, tras la desamortización liberal de Madoz, la casa del oratorio de Sevilla, teniendo que abandonarla, e instalándose en la parroquia de San Roque, a las afueras de Sevilla.
     Se dedica a catequizar por los corrales de vecinos a los que, por su pobreza o incultura, no acuden a la iglesia. Recuperada la casa del oratorio, sigue con su apostolado con los pobres, juntando en una asociación de laicos, un ingente grupo de catequistas y personas compasivas que ayudan con sus recursos.
     En 1859 comienza a buscar medios para liberar a las muchas prostitutas que pululan por Sevilla y a las muchachas explotadas. Con sus catequistas, prepara un hogar de acogida para las arrepentidas y lo tiene dispuesto en julio. El 22 de este mes se compromete a vivir en la casa alquilada Rosario Muñoz Ortiz. Aquel día nace el germen de la Congregación de Religiosas Filipenses Hijas de María Dolorosa. En febrero de 1860, se integra en el difícil trabajo Dolores Márquez, de holgada posición, profunda cultura y gran calidad humana y cristiana, que se dirige con el padre Tejero. Surgen oposiciones en el seno del oratorio ante el tipo de apostolado que él lleva. El superior, padre José María Alonso, le apoya. Solicita permiso a su congregación; ésta, en reunión de Capítulo, le apoya generosamente y la obra continúa. Conociendo ser voluntad de Dios el formar congregación religiosa, ya en 1861 escriben las Reglas para regirla. El 3 de abril de 1865 el cardenal de Sevilla reconoce el decreto como congregación diocesana a las Filipenses Hijas de María Dolorosa. Se solicita el reconocimiento civil en la Corte de Madrid, a donde viaja María Dolores para presentar la solicitud oficial.
     El 19 de septiembre de 1868 estalla una nueva revolución liberal que destrona a Isabel II. El martes 22 de septiembre, la Junta constituida en Sevilla se incauta de los edificios de los jesuitas y de los filipenses. El 23 de ese mismo mes, el padre Tejero tiene que salir de Sevilla en un barco, con otros padres del oratorio, al destierro, camino de Gibraltar. Enfermo, debe ser desembarcado en Cádiz, siendo acogido en casa de su amigo, el sacerdote Vicente Calvo. Su celo pastoral le decide a regresar clandestinamente a Sevilla en diciembre, a pesar del peligro de la revolución triunfante.
     En mayo de 1869 se traslada la comunidad, ya de dieciséis religiosas y cincuenta arrepentidas, al incautado convento de Santa Isabel, en el barrio de San Marcos. El padre Tejero sigue con discretas actividades y trata de pasar en el anonimato. Viaja a Francia para ver en Bayona algunos centros similares al suyo. El 10 de febrero de 1871 está de nuevo en Sevilla, donde toman el hábito ocho nuevas religiosas, profesando al día siguiente.
     En 1876 funda, en la cartuja de Jerez, un asilo con escuela-taller para huérfanos, que pone bajo la titularidad de la Congregación de Filipenses Hijas de María Dolorosa (única con existencia civil en ese momento).
     Esta fundación perdurará hasta el año 1884, primero bajo la dirección de un sacerdote secular sevillano, después con un contrato con los hermanos del Santo Ángel de la Guarda (congregación francesa).
     En 1878 conoce a Mercedes Trullás Soler, que acude a confesarse en Santa Isabel, residencia de las madres filipenses, donde el padre Tejero realiza su acción apostólica con las almas. Preocupado por la instrucción y la educación religiosa de tantas niñas y mujeres adultas abandonadas, invita a Mercedes, mujer de sólidos valores espirituales y humanos, generosa, decidida y con una excelente formación académica, a colaborar en su obra de catequistas. Se unen a ella otras cinco catequistas para vivir lo que ya era un llamamiento del espíritu a consolidar una futura congregación religiosa. Con la ayuda del párroco Marcelo Spínola, que luego será arzobispo de la ciudad, el 7 de septiembre de 1878 se instala la comunidad con Mercedes en la calle Guadalquivir, n.º 2, de la parroquia de San Lorenzo, y el 24 del mismo mes, festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, fue la inauguración de la casa y comienza a existir oficialmente la nueva congregación de las hermanas de la Doctrina Cristiana, con el fin “de desterrar el más grave mal de la sociedad, que es la ignorancia religiosa, declarando ser voluntad expresa de los fundadores, el que la congregación entre las distintas obras a que se dedica, dé siempre preferencia, sin descuidar a los demás, a las que redunden en bien de los pobres”, como lo expresan las reglas autógrafas del padre fundador.
     El 3 de abril de 1880 el cardenal Joaquín Lluch y Garriga, arzobispo de Sevilla, aprueba las Constituciones de las hermanas de la Doctrina Cristiana.
     En 1870 comienzan a reunirse en Sevilla los padres del oratorio, aunque no podrán alquilar una casa y hacer vida común con la Iglesia que les cede el obispado hasta 1877. Ese año, el padre Tejero es elegido prepósito (superior), cargo que mantendrá hasta la muerte, salvo un lapso de seis años en que estuvo bastante enfermo.
     El 31 de julio de 1897 se recibe la aprobación de Roma para las Hijas de María Dolorosa y de San Felipe Neri. Siguen las actividades pastorales y parroquiales del padre Tejero, velando especialmente el desarrollo y fundaciones de las hermanas. El 17 de abril se aprueba por Real Orden el instituto de las hermanas de la Doctrina Cristiana.
     A pesar de sus muchos achaques, continúa la catequesis en Santa Isabel, en el colegio de las hermanas de la Doctrina Cristiana y en el barrio de San Bernardo y atiende las almas en el confesionario, a pesar de no poder celebrar la santa misa. Tras una larga y penosa enfermedad y agotado por sus trabajos apostólicos fallece el día 8 de diciembre de 1909, fiesta de la Inmaculada Concepción de María (José Martín Brocos Fernández, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La avenida Padre García Tejero, al detalle:
Estadio Benito Villamarín
Instituto de la Grasa
Colegio de la Doctrina Cristiana

viernes, 31 de marzo de 2023

La Hermandad de la Misión

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Misión, de Sevilla.  
     Hoy, 31 de marzo, es Viernes de Dolores, y qué mejor día que hoy para ExplicArte la Hermandad de la Misión, de Sevilla, que efectúa su estación de penitencia en la tarde del Viernes de Dolores.
     La Hermandad de la Misión, tiene su sede canónica en la Iglesia Parroquial de San Antonio María Claret, que se encuentra en la avenida Padre García Tejero, 8; mientras que la Casa-Hermandad se encuentra en la calle Teba, 1; ambas en el Barrio Sector Sur-La Palmera-Reina Mercedes, del Distrito Bellavista-La Palmera.
     La Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Santo Cristo de la Misión, Nuestra Señora del Amparo, San Juan Evangelista y San Antonio María Claret; es ésta una corporación fundada en 1948, con sede canónica en la iglesia parroquial de San Antonio María Claret, del sevillano barrio de Heliópolis, siendo sus imágenes titulares el Inmaculado Corazón de María, obra de Rafael Barbero Medina en 1960; el Santo Cristo de La Misión, obra de José Manuel Bonilla Cornejo en 1988; Nuestra Señora del Amparo, obra de Miguel Laínez Capote en 1967 y remodelada por Alfonso Berraquero García en 1975, realizando José Manuel Bonilla Cornejo una copia exacta debido a su mal estado en 1999; y San Juan Evangelista, obra de Antonio Eslava Rubio en 1970.
     El escudo de la Hermandad lo constituye un corazón en rojo, rematado por llamas y con dos varas de azucenas, atravesado por un puñal y rodeado de una corona de rosas; saliendo de las llamas una Custodia con Sagrada Forma en el viril y anagrama de Jesús. Circunda el corazón una orla con el lema de la Hermandad. Todo ello superpuesto a una cruz de San Juan, en cuyo brazo inferior aparece un sol con el anagrama de María.
   La Archicofradía, desde su fundación en la Parroquia de Nuestra Señora de las Victorias de París el 11 de Diciembre de 1836, se fue extendiendo por todo el Mundo, llevada de la mano de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos).
     En Sevilla, se establecen en la Capilla de la Puerta de Jerez, corría el año de 1907, residiendo la Comunidad Claretiana en la calle San Gregorio nº 22 (actualmente Sede del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla).
     En 1940 los Misioneros Claretianos se trasladan a Heliópolis solicitando al Arzobispado de Sevilla permiso para el establecimiento de la Cofradía del Inmaculado Corazón de María en la Iglesia de su Residencia en el citado Barrio sevillano.
     El 15 de julio de 1948 el Excmo. y Rvmo. Sr. Cardenal de Sevilla, concede "autorización y licencia" para que el Superior de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María estableciera la Cofradía en el Barrio, "ateniéndose a las facultades que tienen de la Santa Sede y en conformidad con las Disposiciones Canónicas". Se inicia una intensa labor misionera en la que participan sacerdotes y laicos dentro y fuera del Barrio.
     Con fecha 30 de diciembre de 1960 todas las Archicofradías del Inmaculado Corazón de María quedaron vinculadas a la del mismo nombre radicada en la Basílica que los Misioneros Claretianos poseen en la Piazza Euclide de Roma (Italia).
     A inicio de los años 80, y tras las lógicas adaptaciones de la piedad popular al Concilio Vaticano II, el Párroco y la Junta de Gobierno de entonces, ven la conveniencia en crear la faceta Sacramental, agregándoles imágenes pasionistas.
     En Febrero de 1983, por la Asociación de los Antiguos Alumnos Claretianos, llegó al Colegio Claret la imagen de Ntra. Sra. del Amparo, procedente del Convento de Santa Rosalía. Quedó instaurada al culto en una de las capillas interiores del citado Colegio, saliendo de la misma para hacer Vía Crucis público los Viernes de Dolores en desde 1983 hasta 1987. En el último año quedaría unida a la Hermandad.
     Será en el mismo año de 1987 cuando se reconoce la labor misionera de los hermanos en virtud del Decreto Arzobispal de 25 de marzo de 1987, gracias al cual se constituyó la Archicofradía como Hermandad con facetas de Gloria y Sacramental, con sede canónica en la Parroquia de San Antonio Mª Claret.
     El día 3 de Marzo de 1988, la talla del Santo Cristo de la Misión se bendice en Misa Solemne y donada a la Archicofradía por el Grupo Joven, haciendo su primera salida Procesional el 25 de marzo del mismo año.
     El 22 de Septiembre del 2007, en Cabildo General Extraordinario se consensúan y aprueban las nuevas Reglas con el visto bueno de la Congregación Claretiana.
     Examinadas las Reglas por las que en lo sucesivo ha de regirse la Archicofradía, el Excmo. y Rvmo. Sr. D Carlos Amigo Vallejo, Cardenal Arzobispo de Sevilla, decreta la aprobación de las mismas y agrega el carácter penitencial, a los otros dos ya existentes de gloria y sacramental, con fecha del 25 de Diciembre del 2007, Solemnidad de la Natividad del Señor, determinando que la denominación actual sea:
     Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos del Santo Cristo de la Misión, Nuestra Señora del Amparo, San Juan Evangelista y San Antonio María Claret.
     La devoción al Corazón de María sigue siendo el centro y eje de ésta Archicofradía, herencia de la primitiva Hermandad de gloria, como lo refleja su Escudo, y de los que brotan las dos nuevas facetas la Sacramental y la Penitencial dimanadas por las necesidades pastorales del Barrio y sus Hermanos.
     Imágenes Titulares:
     Inmaculado Corazón de María obra de Rafael Barbero Medina (1960) .
     El Santo Cristo de la Misión (1988) y las Santas Mujeres (María Magdalena 1995, María Salomé 1996, María Cleofás 1997) son obra del escultor José Manuel Bonilla Cornejo.
     Ntra. Sra. del Amparo también del mismo escultor es copia exacta de la primitiva imagen del imaginero Miguel Laínez Capote (en 1967) y remodelada por Alfonso Berraquero García (en 1975), la talla original se custodia en la Casa Hermandad. Cierra el conjunto pasionista San Juan Evangelista tallada por Antonio Eslava Rubio (1970) (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Solemnidad de los Dolores de la Virgen María;  
     En primer lugar debemos decir que la advocación de los Dolores de María se encuentra entre los títulos soteriológicos de la Madre de Dios, vividos a lo largo de toda su vida, en torno a los misterios de su Maternidad Divina (nacimiento, infancia y vida pública de Jesús) y de su Compasión (Pasión y Muerte del Señor).  Aunque los dolores de María aparecen en las Sagradas Escrituras y la reflexión sobre ellos se remonta a la época patrística, esta devoción sólo ha tenido un desarrollo litúrgico en Occidente.  En Oriente sólo los Católicos Rutenos tienen una fiesta de la Madre Dolorosa el Viernes posterior a la Octava del Corpus Christi, aunque en la iglesia bizantina el recuerdo de la Dolorosa está muy presente en el oficio del Viernes Santo y todos los miércoles y jueves del año, en que se conmemora el sacrificio del Calvario de una manera especial, y se reza una antífona mariana llamada staurotheotókion, que canta a María al pie de la Cruz. Esta memoria mariana se gestó en el corazón de Europa. Fue preparada por la literatura ascético-mística renana de los siglos XII y XIII, en la que, insistiendo en la humanidad de Cristo, revaloriza también la figura de María, indisolublemente unida a Él, sobre todo en lo referente a la pasión: junto al Varón de Dolores, se contempla a la Reina de los Mártires. 
     La conmemoración litúrgica de los dolores de Nuestra Señora, en la opinión más extendida, se remonta al siglo XIV, con Alemania como foco principal. En principio fue colocada en diversas fechas y recibió distintos nombres: Angustias, Compasión, Conmiseración, Desmayo, Lamentación de María, Llanto de María, Martirio del Corazón de María, Pasmo, Piedad, Siete Dolores, Transfixión, Traspaso... Mas los testimonios más antiguos de una fiesta litúrgica anual provienen de Iglesias locales. Los encontramos en la Fiesta de la Transfixión, establecida por el Obispo Lope de Luna en Zaragoza el año 1399, y en el Concilio Provincial de Colonia, presidido por el Arzobispo Teodorico de Meurs, que el veintidós de abril de 1423 instituye la Commemoratio angustiae et doloris B. Mariae Virginis, para el viernes posterior al domingo Jubilate, actual cuarta semana de Pascua, por decreto sinodal, como desagravio de los sacrílegos ultrajes de los herejes husitas a las imágenes de Cristo y de la Virgen, y para venerar exclusivamente los dolores de María en el Calvario.  En 1482 el Papa Sixto IV della Rovere introdujo en el rito romano una misa centrada en los sufrimientos de María al pie de la cruz, denominada de Nuestra Señora de la Piedad, que se fue extendiendo por todo Occidente. 
     A fines de la Edad Media una fiesta de María Dolorosa estaba establecida en las diócesis del norte de Alemania, Escandinavia y Escocia, con diferentes denominaciones y fechas, la mayoría movibles (durante el tiempo pascual o poco después de Pentecostés), aunque algunas eran fijas (sobre todo en julio: el dieciocho en Merseburg; el diecinueve en Halberstadt, Lübeck o Meissen, el veinte en Naumberg). Sus textos eucológicos son variados, limitándose desde la consideración de las angustias de María durante la Pasión hasta extenderla a todos los dolores de la vida de la Madre de Dios. Durante el siglo XVI, esta memoria de la Compasión de la Virgen se va extendiendo por toda la Iglesia Occidental con sus varias denominaciones y fechas. En 1506 fue confirmada a las monjas de la Anunciación bajo el título de Pasmo de la Bienaventurada Virgen María para el lunes siguiente al Domingo de Pasión. En el Breviario de Erfurt, impreso en Mainz (Maguncia) en 1518, encontramos la fiesta con el título de Commendatio B. Mariae Virginis el viernes después del Domingo in Albis (actual Segundo de Pascua). En algunos lugares se le asignó el día que luego se extendería, el viernes anterior al Viernes Santo, como el caso de la concesión en 1600 a las monjas servitas de Valencia bajo el título de Bienaventurada Virgen María al pie de la Cruz; en otros se coloca el sábado siguiente, día por excelencia de la Virgen, o incluso un día fijo, el dieciocho de marzo, ocho días antes del veinticinco, que es el día en que la Tradición señala la muerte de Cristo.  En Francia se hizo popular esta fiesta en el siglo XVII, y la llamaban de Nuestra Señora del Pasmo o Nuestra Señora de la Piedad, celebrándose el viernes de la Semana de Pasión. Clemente X Altieri (1670-6) concedió esta memoria de los Dolores de Nuestra Señora a toda España. Esta misma fecha fue asignada a todo el Imperio Alemán en 1674.  El dieciocho de agosto de 1714 el Papa Clemente XI Albani la concede a los Siervos de María. El Papa Benedicto XIII Orsini, a petición de éstos, el veintidós de agosto de 1727, la extendió a toda la Iglesia Romana, con el nombre de Fiesta de los Siete Dolores de la Bienaventurada Virgen María, fijándola el Viernes de la Semana de Pasión o Quinta de Cuaresma. 
     En este día la celebraban la fiesta los servitas y los dominicos, Orden a la que pertenecía el Pontífice, así como los franceses, españoles y alemanes. Esta jornada acaba recibiendo el nombre popular de Viernes de Dolores. A pesar del título de la fiesta, contempla la compasión de María al pie de la cruz. Suprimida como una duplicación en la reforma del calendario de 1969 en beneficio de la del quince de septiembre, aunque fuera más antigua para no oscurecer la austeridad cuaresmal, en la última edición del Misal Romano se ha rescatado esta memoria, tan arraigada en nuestra tierra, en una colecta alternativa a la del día. “Señor Dios, que en este tiempo ayudas con bondad a tu Iglesia: concédenos imitar a la Santísima Virgen María en la contemplación de la Pasión de Cristo, con un corazón sinceramente entregado. Te pedimos, por la intercesión de la misma Virgen, unirnos en estos días con firmeza a tu Hijo Unigénito, y así poder llegar a la plenitud de su gracia”. Los servitas la siguen celebrando como fiesta con el título de Santa María al pie de la Cruz (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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                                   Nuestra Señora del Amparo
                                   San Juan Evangelista
                                   San Antonio María Claret