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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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viernes, 19 de junio de 2026

Las Murallas de la ciudad antigua, desde la época fundacional a la visigoda

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte las Murallas de la ciudad antigua, desde la época fundacional, a la visigoda, de Sevilla.
      Los primeros indicios de ocupación del solar hispalense se remon­tan al siglo IX a. C. cuando unos comerciantes de origen fenicio establecieron un asentamiento sobre un promontorio ligeramente elevado (15 m.s.n.m.) entre el cauce del Tagarete por el este y el sur, y el extenso cauce del Guadalquivir por el oeste, al fondo de su amplio estuario, que sería conocido en los textos clásicos como Lacus Ligustinus. Este primer núcleo habitado recibió el nombre de Spal, topónimo de origen semítico que significaba "tierra baja", y ocupaba un área aproximada de unas 12 ha que estarían delimitadas aproximadamente por las actuales vías de Placentines, Francos, cuesta del Rosario, Muñoz y Pabón, Federico Rubio y la calle Mateas Gago, en cuyas cercanías se han localizado evidencias de un área portuaria cercana a la posición del cauce fluvial en aquel momento. Es aproximadamente el mismo espacio que ocu­paría más adelante la Spal turdetana, aunque no hay constatación arqueológica del tipo de cerca muraria, si la hubo, que defendería ese núcleo primitivo prerromano o "promontorio fundacional", como aparece citado en numerosas investigaciones.
     Las ventajas de este emplazamiento eran muy favorables para aquella primera comunidad urbana, dado que la altura del promontorio, aunque escasa, les permitía mantenerse a salvo de las periódicas crecidas del río, a la vez que su posición aseguraba un suministro regular de agua, cercanía a la fértil vega y a las marismas, con sus posibilidades de pesca y actividades ganaderas, así como el acceso a los valles mineros del interior, lo que conver­tía aquella primera urbe en el puerto fluvial más al interior del estuario del Baetis, un lugar idóneo donde desarrollar un comercio próspero y seguro entre los expertos marinos fenicios y las comu­nidades indígenas que, con este intercambio, dieron forma a la civilización de Tartessos. A su vez, este emplazamiento mercantil se complementaría con el área sagrada excavada en el cerro del Carambolo, en Camas, donde las excavaciones de 2002-04 sacaron a la luz los restos de un santuario fenicio probablemente dedicado a Astarté, funcionando ambos espacios, ciudad y santuario, como elementos mágico-simbólicos de protección del fondo del estuario y entrada al río que bautizaron como Baetis.
     Aquel primer núcleo urbano mantuvo su capacidad fabril y mercantil tras el desmoronamiento del poder tartésico en torno al siglo VI a. C. y el consiguiente ascenso de las urbes de origen púnico-cartaginés, como era el caso de Gadir, que se convertiría en el principal centro económico y político hasta la llegada de Roma. En ese contexto, el puerto de Spal era el principal punto de acceso a la riqueza minera y agrícola del sur peninsular, lo que favoreció su crecimiento bajo el dominio de Cartago, lo que sin duda tuvo que repercutir en la construcción de alguna fortificación urbana, aún desconocida para la arqueología. Por tanto, desconocemos la capacidad defensiva que tuvo aquella ciudad primitiva, la cual fue conquistada por las legiones romanas de Escipión el Africano en el año 206 a. C., dentro de los episodios bélicos de la II guerra púnica, que significaron el fin del poder púnico y la integración del terri­torio peninsular en los esquemas políticos y económicos de la república romana.
     Las primeras referencias literarias a la ciudad romana, Híspalis, las encontramos en el contexto de las guerras civiles entre los parti­darios de Pompeyo y de Julio César, en torno al año 45 a. C. En ellas se hace referencia al oppidum hispalense, una fortificación importante dada su capacidad de resistir el asedio de las legiones cesarianas contra los numerosos partidarios de Pompeyo entre la población local. Esta ciudad, una vez sometida, fue refundada por César con un estatus jurídico superior, la colonia Iulia Romula Hispalensis, un gesto que, aunque suponía la pérdida de su autonomía municipal, convertía a sus habitantes en ciudadanos de pleno derecho y permitía el estable­cimiento de colonos romanos, asegurándose así la lealtad y el control de este enclave urbano tan importante en el entramado económico de Roma. Precisamente, la erudición tradicional había venido atribuyendo a Julio César la erección de las murallas hispalenses, pero las excavaciones arqueológicas realizadas hasta ahora no sustentan dicha afirmación, aunque no es desdeñable suponer que el dictador, dentro del programa de refundación de la ciudad, ordenara la recons­trucción, consolidación, o nueva construcción en algunos tramos de la muralla republicana, hito jurídico y símbolo de estatus, transmisor, en sí mismo, de la imagen romana de ciudad estable y próspera.
     En la actualidad, desconocemos en gran medida el trazado que tendría la muralla romana, tanto la republicana como la imperial, para la que algunos especialistas suponen dos fases constructivas: la segunda mitad del siglo I a. C. y la primera mitad del siglo II d. C., según los resultados de las últimas investigaciones, aunque los restos arqueológicos analizados hayan sido fruto, en gran parte, de hallazgos casuales derivados de obras de infraestructuras y de proyectos de edificación, que no aportan un conocimiento suficiente. De hecho, las excavaciones arqueológicas realizadas hasta la fecha tan solo han mostrado restos escasos de aquella muralla, los cuales apenas permiten confirmar las hipótesis establecidas.
     Así pues, diversos autores recogen el hallazgo de restos de la muralla romana cuando el arquitecto Leonardo de Figueroa iniciaba la cimentación de la capilla sacramental de Santa Catalina en 1721, aunque sin suficiente confirmación arqueológica. Más recientemente, en 1950, unos trabajos de infraestructuras urbanas en la calle Orfila sacaron a la luz un muro de sillares calizos que fue interpretado en su momento como integrante de la muralla romana, aunque un análisis posterior lo ha descartado y lo ha datado en época islámica. A su vez, en 2004, la compleja excavación realizada en el solar de la Encarnación permitió documentar un lienzo de muro de sillería fechado en torno al siglo I d. C., que, para algunos investigadores, correspondería a un tramo de la muralla imperial, mientras que otras hipótesis señalan que formaría parte de la base de una construcción funeraria monumental, aunque la edificación resultante impide la realización de nuevos estudios arqueológicos. Tampoco hay unanimidad en torno al paramento de sillería hallado a los pies de la torre de San Martín, el cual podría corresponder al sector más septentrional de la muralla, probablemente un torreón de la misma dada las características de su cimentación, mientras que el muro localizado en la puerta primitiva del alcázar en el patio de Banderas indicaría su ángulo suroriental.
Sin embargo, más recientemente, los hallazgos realizados en las excavaciones de julio de 2021 en un solar de la plaza de San Francisco han permitido establecer con mayor rotundidad y unanimidad de criterios la presencia de la cerca romana. En estas obras, el arqueólogo Álvaro Jiménez ha identificado un tramo de mura­lla de algo más de 9 metros de longitud, compuesto de sillares de piedra caliza y datado en torno al siglo III d. C., cuyas características permitirían identificar un potente muro de defensa (8 m de altura por 3'25 de anchura, aproximadamente) frente al paleocauce del Guadalquivir y en cuya base se ha podido constatar la huella arqueológica del pomerium que rodeaba la ciudad. Este sensacio­nal hallazgo permite, además, conjeturar la continuidad de dicha muralla bajo las casas adyacentes, en una dirección Norte-Sur paralela al citado paleocauce, como podemos comprobar en el plano hipotético elaborado por el profesor Tabales.
     De este modo, con el apoyo de las fuentes literarias y documentales y el análisis detallado de la información aportada por la arqueología, los especialistas han podido establecer el recorrido probable de la muralla de Híspalis, la cual encerraría el núcleo ori­ginal prerromano, limitado por el curso del Tagarete y el paleocauce del Guadalquivir, así como la ampliación de dicho espacio urbano hacia el norte y el noreste, aunque estas hipótesis precisan de la necesaria confirmación arqueológica. De cualquier forma, no hay que olvidar que la escasez de restos de dicha muralla tiene mucho que ver con el material empleado en su construcción, sillares de piedra caliza procedentes de canteras lejanas, que con toda seguridad fueron reutilizados posteriormente, como se ha comprobado en la muralla del primer recinto del Alcázar.
     Más tarde, tras el debilitamiento del Imperio romano occidental en el siglo V, las aristocracias locales que lo sustituyen se muestran incapaces de frenar el avance de las devastadoras incursiones de los vándalos de Gunderico, quienes saquean y ocupan Híspalis en 425, hasta que son derrotados por suevos y visigodos. De ahí, que el nuevo poder visigodo decida reforzar la capacidad urbana y militar de Spalis, cuyas murallas eran fundamentales en la estrategia de control del sur peninsular frente a la aristocracia hispanorromana y las incursiones de los ejércitos bizantinos, aunque diferentes excavaciones han puesto de manifiesto la presencia de áreas urbanas intramuros abandonadas por la población y numerosos edificios públicos en ruinas.
     No obstante, la ciudad llegó a alcanzar un notable protagonismo en la guerra civil (581-584) que enfrentó al rey Leovigildo con su hijo Hermenegildo, quien había hecho de Spalis su principal plaza fuerte, auxiliado, inútilmente, por las naves bizantinas. Sin embargo, la capacidad defensiva de la ciudad, aún con las viejas murallas romanas, se muestra insuficiente en 712 ante el ejército invasor de Musa Ibn Nusayr, quien pone fin al dominio visigótico y da paso a una larga etapa de progresiva islamización del espacio urbano, cuyas consecuencias perduran hasta el día de hoy (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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martes, 21 de mayo de 2024

Los principales monumentos (Iglesia de la Inmaculada Concepción, y Museo Municipal Tartessos en Guadalteba) de la localidad de Almargen, en la provincia de Málaga

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Málaga, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Inmaculada Concepción, y Museo Municipal Tartessos en Guadalteba) de la localidad de Almargen, en la provincia de Málaga.
Datos geográficos
     Comarca de Guadalteba
     Superficie: 34 km2
     Altitud: 510 m
     Latitud: 37º 00'  -  Longitud: -5º 01'
     Distancia a Málaga capital: 85 km
Datos demográficos
     Población: 1.924
     Gentilicio: Almargeños
Ayuntamiento
     c/ Corredera, 36, 29320
     952182002 - 952182039     www.almargen.es
     Almargen es un municipio de la comarca del Guadalteba, al noroeste de la provincia de Málaga, próximo a las provincias de Sevilla y Cádiz.
     Yacimientos históricos, gastronomía y actividades relacionadas con el entorno natural son los grandes atractivos de este municipio enclavado en el límite norte de la Serranía de Ronda. Almargen cuenta con parajes muy recomendables para la práctica del senderismo y el cicloturismo.
     En Almargen no puedes perderte sus monumentos: 
     La iglesia de la Inmaculada Concepción (siglos XVI y XVII) es una interesante simbiosis de estilos: desde su artesonado mudéjar a sus tablas góticas, pasando por la fachada manierista y la espadaña barroca de su exterior.
     La necrópolis romana de la Sierra de Rebollo es fiel testimonio de la importancia histórica del municipio. A estos restos hay que sumarle las termas romanas en la Sierra de Cañete la Real y otros yacimientos de la Edad del Cobre, íbero-romanos e islámicos.
     Buena parte de las piezas halladas en estos asentamientos las podemos ver en el Museo Municipal (centro de interpretación "Tartessos en el Guadalteba"), donde destacan el famoso ídolo fálico de la fertilidad, la estela grabada tartéssica o la espada de bronce más antigua de la provincia de Málaga. (Diputación Provincial de Málaga).
     Este municipio, situado en el norte de la provincia, posee un paisaje de transición entre la Serranía de Ronda, la zona de Guadalteba y la llanura antequerana, con plantaciones de olivo, cereal y girasol. Los restos arqueológicos más antiguos se remontan a la Edad del Cobre, destacando la necrópolis de cuevas artificiales de El Almirón, donde se han hallado un ídolo fálico, una estela grabada del Bronce y una espada prehistórica. La zona conoció gran esplendor durante la colonización fenicia, al pasar por el término la vía que unía Tartessos con Mainake. Y en tiempos romanos discurría por ahí la vía XI, que conectaba Antikaria con Acinipo; de entonces se conservan la necrópolis de la Sierra de Rebollo y restos de termas en el paraje de Casa Blanca, donde nace el arroyo Salado, con aguas yodadas de propiedades medicinales. Su nombre actual es de origen árabe, y significa «los dos prados». La huella musulmana aún se aprecia en la estructura urbana de la población (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
          
Iglesia de la Inmaculada Concepción.-

      Construida en el siglo XVI con una única nave, fue reformada en 1695, cuando se añadió otra nave en el lado de la Epístola. La nave princi­pal y el presbiterio están cubiertos por armaduras mudéjares de lazo, de forma rectangular y ochavada respectivamente. La fachada principal, muy simple, y restaurada a comienzos del siglo XX, presenta una portada manierista con pilastras toscanas y frontón partido, rematando el conjunto una espadaña barroca.
     El altar mayor cuenta con un excelente retablo rococó de madera dorada, originario de un convento de Carmona, del último tercio del XVIII, con buenas esculturas: posee columnas corintias y ángeles con cornucopias en el ático; una Inmaculada en madera policromada, sevillana de mediados del XVII, en la hornacina central; a sus lados, dos esculturas de santas dominicas, del XVIII; y flanqueando el retablo, esculturas de San Cosme y San Damián, del XVIII, muy repintadas. En el lado izquierdo de la nave principal hay un óleo de Santa Rosa de Lima, colonial del siglo XVIII, otro con la Adoración de los Reyes, copia del XVII de cuadro italiano, una talla en madera policromada de la Virgen del Carmen, del XIX, con una curiosa iconografía al situar­se sobre una nube, y una Dolorosa de Modesto Gené Roig, de 1938. En el lado de la Epístola de esta nave, hay un retablo en madera dorada, de finales del XVII, con un interesante San José policromado, del círculo de Pedro Roldán, cuyo Niño Jesús es un añadido posterior.
     En el testero de la nave de la Epístola, sobre­salen seis magníficas tablas góticas de un retablo sevillano -originariamente eran ocho- fechadas a comienzos del XVI y que han sido recientemente restauradas. Enmarcadas por cardinas doradas, representan: Calvario, San Juan Bautista, Santiago el Mayor, Anunciación, Piedad y Martirio de San Bartolomé, destacando los fon­dos de paisaje y el pan de oro de los vestidos. En la nave lateral hay también dos retablos rococós de madera dorada, procedentes de Carmona, con sendas imágenes de Modesto Gené: Cristo de la Vera Cruz, de 1938, y Jesús Nazareno. En la sacristía se halla una pequeña Inmaculada, del XVIII, que sigue el modelo de Martínez Mon­tañés. A los pies del templo se sitúa la estrecha capilla bautismal, con su pila originaria (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).
     Construcción del siglo XVI, aunque reformada en los siglos XVII y XVIII, en los que respectivamente se ampliaron las naves de la Epístola y se construyó la espadaña de corte barroco.
     La iglesia se compone de nave central, presbiterio, y una nave auxiliar adosada a la Edícola y cubierta con bóveda de aristas. La nave central y el presbiterio conservan las primitivas armaduras mudéjares de lazo, siendo rectangular la primera y ochavada la segunda.
     La fachada de gran sencillez, fue muy reformada en el primer tercio de este siglo. Presenta portadita de pilastras toscanas y frontón partido, situándose encima la espadaña con disposición de disminución de cuerpos.
     La veleta de la citada torre - de forja relativamente moderna- se desprendió en 1.987.
     En la actualidad toda la cubierta del templo es de uralita pintada de rojo oscuro, lo que le concede un aspecto exterior bastante deprimente.
     Los retablos del lado de la Epístola y del Evangelio se encuentran ornamentados con retablos de estilo barroco y rococó, junto con imágenes de gran devoción popular de los siglos XVII y XVIII.
     En 1695 se amplió la nave de la Epístola. En 1770 se produjo otra reforma tasada en 40.750 costeadas con los efectos decimales, momento en el que se construye la espadaña de corte barroco (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Esta iglesia fue construida en el siglo dieciséis, destacando la fachada principal con una bella portada manierista coronada por una espadaña barroca. Entre su patrimonio artístico cabe resaltar, ya en el interior, su espléndido artesonado mudéjar de madera de lazo que cubren la nave central y el presbiterio. Son de gran valor sus tablas góticas, las cuales han sido recientemente restauradas (Diputación Provincial de Málaga).

Museo Municipal de Almargen Tartessos en Guadalteba.-

         Alberga entre sus piezas singulares dos interesantes hallazgos adscritos al Bronce Final, particularmente frecuentes en Andalucía occidental y Extremadura, base del territorio conocido para la investigación como Tartessos. Se trata de una estela de guerrero, que puede fecharse en torno al siglo IX a.C., y una espada de lengua de carpa, arma empleada como objeto de prestigio por las élites autóctonas, a la que se asigna una cronología entre los siglos X y IX a.C.
     Tartessos en Guadalteba, situado en Almargen, en un antiguo depósito de aguas, ofrecerá al visitante la oportunidad de conocer la época de tránsito entre el final de la prehistoria y el inicio de la historia, entendiendo como tal, la época Tartéssica, representada en Almargen con algunas piezas trascendentales para la arqueología andaluza. Además, el centro expondrá el famoso ídolo bisexual del tercer milenio antes de nuestra era. Una escultura en mármol a la que se le supone propiedades para la fecundación de las mujeres. Realmente, las piezas arqueológicas expuestas permiten al visitante entender el proceso que hizo posible el final de la prehistoria en la comarca del Guadalteba.
     Por ajuste del personal, el centro sólo abre a las citas concertadas al número 695 579 871 (Diputación Provincial de Málaga).

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sábado, 27 de abril de 2024

El sitio arqueológico del Campo de Feria, en La Puebla del Río (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológicos del Campo de Feria, en La Puebla del Río (Sevilla)
     En el transcurso de unas obras municipales, en el talud de una ladera aparecieron estructuras de habitación y restos cerámicos de época tartésica. Las primeras observaciones revelaron la existencia de distintos niveles de ocupación en el interior de dicha estructura, así como restos de materia orgánica y de materiales cerámicos.
     La cabaña localizada en la base de la estratigrafía constituía el fondo de una estructura de habitación de tendencia circular de algo más de 6 metros de diámetro. Originalmente, para esta vivienda se excavó, en el suelo primitivo de la ladera, un hueco de unos 30 centímetros de profundidad. Las paredes de la oquedad eran ligeramente inclinadas y no se detectó con claridad en ellas acceso alguno.
     Una primera valoración permite fechar el conjunto hacia el siglo VII a.C. y sugiere que la ocupación se llevó a cabo de forma estacional, por gentes tal vez procedentes de la cercana población tartésica de Caura (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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domingo, 17 de julio de 2022

El Carambolo, en Camas (Sevilla)

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el Carambolo, en Camas (Sevilla).
     El cerro de El Carambolo se encuentra en la margen derecha del tramo inferior de la vega baja del Guadalquivir sobre la plataforma del Aljarafe. Ocupa la elevación más próxima a la ciudad de Sevilla de las que forman el borde ribereño del Aljarafe, aunque separada de dicha meseta al norte por la pequeña vaguada del arroyo del Pantano, del Repudio o de Guía, que procede de Castilleja de la Cuesta, mientras que al este y al sur cae sobre el Valle del Guadalquivir. Limita al este con la Carretera Nacional 630, al sur con la antigua carretera Sevilla-Huelva, actual A-472, y, al norte y al oeste, con el arroyo del Repudio.
     El cerro del Carambolo ocupa una posición próxima al talud oriental del Aljarafe, que conecta esta gran plataforma terciaria con la llanura aluvial del Guadalquivir. Esta elevación no presenta una topografía completamente plana sino que son frecuentes las ondulaciones del terreno, en ocasiones condicionadas por el trazado de pequeños arroyos que cortan la cornisa aljarafeña. Así, el cerro y los sectores más elevados del terreno corresponden al flanco de contacto con el talud oriental del Aljarafe mientras que hacia el oeste la topografía desciende suavemente hasta enlazar con las laderas del arroyo del Repudio, que continúa rodeando al cerro por el norte hasta conectar con la llanura aluvial.
     El poblamiento del cerro está íntimamente ligado a sus condiciones geográficas. Su naturaleza estratégica, como punto de control del río Guadalquivir, de otros enclaves arqueológicos y de las rutas terrestres inmediatas, es la razón de ser de este sitio arqueológico.
     Desde su cima se domina visualmente la Vega del Guadalquivir y los asentamientos pre y protohistóricos de las proximidades: Valencina de la Concepción, Santiponce, Sevilla o San Juan de Aznalfarache,y otros ubicados a varios kilómetros: Carmona o Alcalá del Río.
     Resulta evidente que la razón del establecimiento humano en Carambolo viene dada no tanto por las características propiamente físicas del enclave como por su emplazamiento, y por la relación que el cerro establece tanto con el territorio inmediato como con toda la franja territorial que se extiende entre Alcalá del Río y Coria del Río, así como con una porción importante del Aljarafe norte. Y del mismo modo que el yacimiento no se comprende sin considerar su entorno, el propio entorno adquiere todo su significado cuando se tienen en cuenta la pluralidad de enclaves arqueológicos que alberga.
     La altitud del cerro donde se encuentra el yacimiento (84 metros) le permite ser divisado desde perspectivas muy amplias, lo que le confiere aún hoy una destacada preponderancia paisajística dado que, exceptuando las elevaciones del Aljarafe, el territorio circundante es la amplia llanura que conforma la vega del Guadalquivir. Por tanto su gran perceptibilidad facilitaría la apreciación correcta de los edificios que albergaba ¿monumentales en sí mismos- puesto que la propia fisonomía del cerro es monumental respecto al territorio inmediato.
     En Carambolo la potencia visual es doble: reside tanto en la percepción que se tiene del Bien desde el exterior, como en la percepción del territorio desde el Bien. Es posible contemplar al yacimiento elevado sobre la cima de un cerro que, a su vez, domina el espacio que le rodea; y sólo desde el propio yacimiento se puede percibir la magnitud de ese espacio.
     En cuanto a los diversos contextos arqueológicos que en el se aprecian, tras varias excavaciones y procesos de investigación, este sitio arqueológico se puede estructurar de la siguiente manera:
    - Contextos y restos de la Edad del Cobre. Se localiza en el sector occidental del área delimitada ocupando una superficie de casi 10.000 metros cuadrados.
     En esta fase se pueden agrupar tres grandes conjuntos:
 a) Fosas. Se documentaron catorce; por sus características, de planta circular y con un diámetro de entre 0,65 metros y 1,50 metros, parecen corresponder a silos de almacenamiento.
 b) Hogueras. Se localizaron en tres niveles y presentaban planta de tendencia circular u ovalada de entre 0,30 metros y 0,90 metros.
 c) Enterramiento. Un enterramiento infantil ubicado en el extremo suroeste de la zona: se trataba de una fosa simple de planta ovalada, en cuyo interior estaba depositado el cuerpo de un individuo de unos cinco meses de vida.
    - Contextos y restos del Bronce Tardío Final. Localizados puntualmente en el sector noroeste, aunque no se descarta su presencia en otras áreas del yacimiento, bajo las estructuras y niveles de época protohistórica.
     Se han identificado varias fosas rellenas por detritos que podrían sugerir cierto carácter ritual. Se trata de un conjunto de fosas y rellenos ubicados en el noroeste del cerro. En una de las fosas, de planta circular de 2,50 metros de diámetro y de sección entre cónica y esférica, se encontraron restos cerámicos del Bronce Medio.
    - Contextos y estructuras protohistóricas. Es el periodo de mayor expansión, en el que se ocupa prácticamente toda la corona del cerro. En el área delimitada se distinguen, atendiendo a su funcionalidad y a las características de su ocupación, dos sectores:
     A.- Complejo A o Santuario. En la cima del cerro, en el área denominada Carambolo Alto en torno a la curva de nivel 82,00 metros. Incluye todas las construcciones correspondientes a la edificación monumental destinada a santuario, desde sus primeros momentos hasta su fase final, cuando quedó rodeado de un grueso muro que cerraba el recinto diferenciándolo completamente del resto de edificaciones a su alrededor. La extensión máxima documentada ha sido 4.061.1387 metros cuadrados.
     B.- Edificaciones anejas. Construidas en torno al santuario, se desarrollan por las laderas del cerro, principalmente por la ladera oriental. En esta zona, que ocupa una superficie máxima documentada de 24.316 metros cuadrados, queda incluido "Carambolo Bajo". Es posible que todo este sector estuviera cercado por una muralla o talud de adobes al menos en su ámbito noreste. Así parece deducirse de la revisión de las fotografías de las primeras excavaciones y de la presencia de un fuerte desnivel entre las cotas 70,00 metros - 65,00 metros que, según el estudio geoarqueológico, no es de origen natural.
     El Santuario es una construcción orientada hacia el este, en dirección a la salida del sol en el solsticio de verano, hacia donde se abren todos sus accesos. Los muros son de ladrillos de adobe, los mas antiguos sin cimentación y los posteriores con cimientos y zócalos de mampuestos, asentándose los alzados de las sucesivas reformas sobre pavimentos de fases previas. Destaca la regularidad de los aparejos y el cuidado de los acabados en suelos y paredes, con enfoscados blanquecinos revestidos con finas lechadas de color rojo. En las estancias abiertas, los pavimentos son de arena y gravilla rojiza, a veces con cantos rodados. Los espacios de tránsito, como vanos, escalones o zonas porticadas, están pavimentados con conchas marinas. Entre estos pavimentos uno de los mejor conservados es un espacio de tránsito de planta rectangular, transversal al eje mayor del edificio y que se extendía a lo largo de la fachada principal. Dicho espacio, de unos 4 metros de ancho y 38 metros de longitud, estaba pavimentado con conchas marinas perfectamente alineadas. La delicadeza del material empleado indica que se trata de una zona de acceso restringido y por tanto interior.
     Las gradas de otras dos estancias están decoradas con motivos polícromos en damero rojo y negro, y en fajas alternas de color rojo y blanco. Destaca una grada decorada en una estancia que consiste en un ajedrezado en negro, rojo. La estancia tenía tres gradas en los tres laterales; en el sector central, en el lugar donde estaba el altar, las gradas poseían una decoración más compleja, hallándose la contrahuella decorada. En general tanto los materiales como las técnicas constructivas reflejan una aproximación a la edilicia del Próximo Oriente antiguo.
     El santuario principal, que sufrió una compleja evolución, constaba de un núcleo de edificaciones precedidas por un espacio abierto o atrio rodeado por un deambulatorio que se abría al este y que, al menos hacia el sur-suroeste, donde tenía el único acceso, estuvo dotado de talud y foso defensivo en sus fases finales.
     Sus estancias principales se desarrollaban longitudinalmente con acceso por el lado menor orienta. En la fase III el conjunto tuvo planta de «U» con las estancias dispuestas en torno a un gran patio central.
     En las fases más recientes, II y I, se produce una compartimentación de los espacios. Se trata de una evolución particular que servirá de arquetipo para santuarios peninsulares posteriores. En el complejo se documentan instalaciones como bancos y gradas, altares o plataformas. Cabe destacar un altar circular localizado en una estancia de Carambolo V, o el altar en forma de piel de toro de Carambolo IV y III y los restos de otro altar.
     Respecto al altar en forma del piel de piel de toro, hay que indicar que se erigió en la fase del "Carambolo III", correspondiente a la segunda reforma y ampliación del edificio, con un abanico cronológico que va del tránsito de los siglos VII a.d.n.e. a primera mitad del VI a.d.n.e.
    Se construyó disponiendo una capa arcillosa de entre 2 y 4 cm sobre el altar previo existente y modelando en ella en negativo la forma de la piel de toro extendida, de un tamaño ligeramente superior al de los anteriores altares. Presentaba huellas de combustión en el centro y estaba completamente limpio de cenizas u otros restos.
     Sobre el área excavada por el profesor Juan de Mata Carriazo y Arroquia, e incluso en aquellas próximas que no pudo excavar, se ha comprobado que se encontraban algunos de los múltiples depósitos que colmataban una gran fosa. En el estrato de base, se hallaron treinta fragmentos atípicos de cerámica a hecha a torno, datándose la fosa en torno a la primera mitad del siglo VII a.d.n.e. A unos 20 m de la anterior, se halló otra fosa similar con materiales del siglo VIII a.d.n.e. Estas fosas parecen tener una función de vertedero de utensilios y restos rituales. Asimismo, se han recuperado en la zona una serie notable de objetos singulares, como un exvoto de terracota en forma de embarcación con proa de prótomo de caballo y una pila de piedra, así como otras piezas muy significativas, fruto en este caso de hallazgos casuales, como el "Tesoro del Carambolo" o el exvoto dedicado a Astarté con inscripción fenicia, así como algunas cerámicas recuperadas por el profesor Juan de Mata Carriazo en el Carambolo Alto y en el Carambolo Bajo.
     A mediados del siglo VI a.d.n.e. estas construcciones se destruyeron parcialmente, siendo reutilizadas para actividades relacionadas con el trabajo del metal hasta su completo abandono y amortización en momentos inmediatamente posteriores. Por lo que, según los restos excavados, el edificio debió perder toda significación cultual, dedicándose entonces a un uso artesanal como parece indicar la instalación de hornos.
     Se han documentado hasta catorce hornos localizados en el lateral suroeste del cerro, aprovechando las estructuras anteriores. Los hornos eran de adobe y un conglomerante limo-arcilloso, de tendencia ovalada y sección semicircular, con un diámetro mínimo de 1 metro y un máximo documentado de 3 metros, con cámara abovedada mediante aproximación de hiladas y con las paredes interiores revestidas con una capa limo-arcillosa.
     Estaban asociados a pequeñas zonas de combustión rehundidas y con huellas de haber sido sometidas a altas temperaturas. Su datación se efectuó a partir de la cerámica recuperada: cerámica gris de funcionalidad doméstica que se relaciona con un edificio ya desacralizado, por lo que se fecha la clausura del santuario a fines del siglo VII a.d.n.e. o inicios del siglo VI a.d.n.e.
    - Este lugar no se vuelve a ocupar hasta que aquí se localiza un "Asentamiento Artillero" de principios del siglo XIX.
     Localizado en la cima del cerro aprovechando las cotas más altas y superpuesto sobre el santuario. Ocupa una extensión documentada de unos 155 metros cuadrados, y un perímetro de 50 metros (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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viernes, 17 de diciembre de 2021

El Yacimiento arqueológico de "La Angorrilla", en Alcalá del Río (Sevilla)

     Por Amor al Arte
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   En las inmediaciones del casco histórico de la localidad de Alcalá del Río se encuentra el yacimiento de La Angorrilla. Contó en su día con dos tipos de uso: como poblado en época calcolítica y como necrópolis en época tartésica y romana.
Asentamiento Calcolítico
     De época calcolítica (Edad del Cobre) se han detectado unas 100 estructuras siliformes de tamaño variable excavadas en las margas y los depósitos de terraza. Los silos se concentraban en la zona central del asentamiento donde además era frecuente la intersección de dos o más de ellos, mientras que en la periferia estaban más aislados.
     Se trata de un yacimiento que participa plenamente de las características que se observan en otros poblados y que ofrecen como común denominador su ubicación en fértiles tierras sobre cursos fluviales y las estructuras siliformes asociadas a zanjas y fondos, estos interpretados como bases de cabañas. En la mayoría de los casos, estas estructuras se solapan entre sí, en especial como consecuencia de la reocupación y/o reestructuración del asentamiento, y aparecen llenas de huesos bóvidos, de perros, restos óseos humanos, cenizas, artefactos líticos…
Necrópolis
     La necrópolis se ubica fuera del asentamiento a unos 800 m al suroeste de la población hallándose separada de la misma por una notable vaguada originada por el arroyo estacional Caganchas, que desembocaba en el Guadalquivir. Se fecha a mediados del siglo VII antes de la era cristiana en cronologías relativas y en torno al siglo IX en cronologías absolutas.
     Se han documentado enterramientos en fosa simple, mayoritariamente inhumaciones (56 tumbas), aunque también incineraciones primarias (diez tumbas tipo bustum) y secundarias (una incineración en urna tipo cruz del negro). En lo que respecta a los ajuares, destacan objetos de uso y adorno personal, como los broches de cinturón, collares de cuentas o pendientes, así como conjuntos de marfil, platos y ofrendas de animales.
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viernes, 11 de octubre de 2019

El Jarro de Espartinas del Museo Arqueológico


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Jarro de Espartinas del Museo Arqueológico, de Sevilla.   
     El Museo Arqueológico (Pabellón de Bellas Artes para la Exposición Iberoamericana de 1929) [nº 67 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; nº 36 en el plano oficial de la Junta de Andalucía; nº 30 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 36 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en la plaza de América, 2 [nº 2 en el plano oficial del Parque de María Luisa]; en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla]; en el Barrio de El Prado - Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
   En el Museo Arqueológico de Sevilla encontramos en la sala dedicada al Tesoro de El Carambolo el Jarro de Espartinas, realizado en bronce fundido en el siglo VI-V a.C., con unas medidas de 35 cms. de altura 18,4 cms. de diámetro en la boca del mismo y procedente de Espartinas. 
      Esta pieza es un jarro tartésico cuya factura combina elementos púnicos, griegos y locales. Al tratarse de un hallazgo casual, no se tienen datos arqueológicos de su contexto, aunque se conoce un ejemplar muy similar y bien documentado, como es el que apareció en una de las estancias del llamado "palacio" de Cancho Roano (Zalamea la Serena, Badajoz), un edificio de gran entidad del siglo V a. C. Los jarros de este tipo, aunque se encuadran dentro de la llamada cultura "orientalizante", se alejan de los modelos marcadamente orientales y se relacionan con producciones del área etrusco-itálica. Algunos ejemplares son de fecha tardía, como el del Museo Arqueológico de Granada, procedente del Cerro del Cántaro (Benalúa de las Villas, Granada), que se ha podido relacionar dentro de un contexto ibérico del siglo IV a. C., pese a tratarse también de un hallazgo casual.
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sábado, 8 de junio de 2019

La Fuente de El Gandul, en la sala VII del Museo Arqueológico


      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Fuente de El Gandul del Museo Arqueológico, de Sevilla.
     El Museo Arqueológico (Pabellón de Bellas Artes para la Exposición Iberoamericana de 1929) [nº 67 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; nº 36 en el plano oficial de la Junta de Andalucía; nº 30 en el plano oficial del Parque de María Luisa; y nº 36 en el plano oficial de la Exposición Iberoamericana de 1929], se encuentra en la plaza de América, 2 [nº 2 en el plano oficial del Parque de María Luisa]; en el Parque de María Luisa [nº 64 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla]; en el Barrio de El Prado - Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
      En la sala VII del Museo Arqueológico de Sevilla, podemos contemplar la Fuente de El Gandul, realizada en bronce batido e inciso en el siglo VII a.C., con unas medidas de 42,6 x 28,8 cms., y procedente de El Gandul, Alcalá de Guadaira.

      Esta fuente, dorada en origen, muestra en toda su superficie motivos geométricos, vegetales -palmetas y rosetas- y animales -leones, esfinges, peces y una serpiente-, decoración habitual del periodo Orientalizante de la cultura tartésica, que también encontramos en la cerámica o en los marfiles decorados. Tenía dos asas laterales, que no se han conservado -salvo algunos fragmentos-, pero cuya forma podemos conocer gracias a un ejemplar muy similar de la necrópolis de La Joya (Huelva). Su uso, religioso y funerario, está relacionado con ritos de libación o purificación anejos al ritual de la muerte. Entre los motivos decorativos se ha identificado, en uno de los extremos, un vaso alado, cuyo tipo -denominado chardón- parece responder al mismo que el de las urnas usadas para contener las cenizas de los difuntos en la necrópolis tartésica de Setefilla (Lora del Rio, Sevilla), que podemos ver en la Sala VII del museo (Web oficial del Museo Arqueológico).
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