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jueves, 25 de marzo de 2021

La Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.     
   Hoy, 25 de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor. Cuando en la ciudad de Nazaret el ángel del Señor anunció a María: "Concebirás y darás a luz un hijo, y se llamará Hijo del Altísimo", María contestó: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Y así, llegada la plenitud de los tiempos, el que desde antes de los siglos era el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, por obra del Espíritu Santo se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy para ExplicArte la Capilla de la Encarnación, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de la Encarnación [nº 006 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], que tenía, cuando la fundó el bachiller Rodrigo Fuentes, tres imágenes: un Cristo atado a la columna, que era la principal, Santo Tomás de Canterbury y San Pedro; más tarde pasó al patrocinio de Luis de Torres Mazuelas y finalmente fue su patrono Juan Serón de Olarte. En el primer cuarto del siglo XVII sustentaba esta capilla la mitad de Poniente del "órgano menor" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   El 16 de julio de 1515 mandó el Cabildo «que se derruequen las paredes del coro e que se fagan las capillas que stavan de la manera que solían star e mejores sy se pudiere». Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, no se construyeron en la misma época. Las del  lado  de  la  Epístola  (Inmaculada  y  Encarnación) son góticas, mientras que las del lado del Evangelio (Virgen de la Estrella y San Gregorio) son renacentistas. Las primeras se hicieron en tiempos de Juan Gil, y las otras fueron diseñadas por Diego de Riaño en 1523. En Cabildo de 3 de marzo de 1516 se creó una comisión para que se pusiera en contacto con el Aparejador Gonzalo de Rozas, con el fin de que «provean en la piedra para fazer el trascoro e capillas que fueron derrocadas, para que se fagam". Consta que a lo largo de 1517 se libraron varias partidas por traer alabastros de Tortosa. Las dos capillas del lado de la Epístola debieron estar ultimadas en 1518, ya que en Cabildo de 9 de marzo «mandaron que no se labre más alabastro de lo que  fuere  nesçesario para acabar las capillas que están començadas dello» .
   En el periodo en que Juan Gil estuvo al frente de las obras en la catedral hubo gran actividad constructora en diversos frentes. En Cabildo de 14 de marzo de 1515 se decidió gratificar al aparejador Gonzalo de Rozas y al cantero Diego de Ojebar «en recompensa de lo que ha trabajado en la capilla que agora se cerré sobre el choro de las sillas» (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
Retablo y esculturas de la Capilla de la Encarnación
   Está situada en el costado meridional del coro en la zona del alabastro, junto a la de la Concepción.
   Fundaron esta Capilla D. Juan Seron Olarte y su esposa Dª Antonia de Verastegui, según inscripciones y fecha del óbito de aquél, en 1637.
   El retablo es el propio de esta fecha, mas de poco desarrollo por lo reducido del recinto. Se compone de banco, cuerpo con tetrástilas columnas y remate. 
   La imaginería es la siguiente: en el banco, cinco medias figuras en relieve de los Santos Juanes, Domingo de Guzmán, Francisco de Asís y Antonio de Padua; en el cuerpo, la Virgen Anunciada y el Arcángel Gabriel, de bulto redondo; en el remate el Padre  Eterno, también en relieve.  
 Esta obra (retablo y escultura) es del círculo de Martínez Montañés y recuerda el estilo de Francisco de Ocampo, por su indudable interés. Su fecha hacia 1630-35 (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
   Los frontales de altar de azulejería sevillana imitación de los textiles corresponden al siglo XVII. Si es que hubo alguno de estos en la catedral, lamentablemente no se ha conservado. Los hoy existentes en las Capillas de la Encamación e Inmaculada, aunque presentan el esquema y la ornamentación de los antiguos, son, sin embargo, obras del actual siglo. 
   El primero de ellos está fechado en 1909 y fue realizado en Triana por Manuel Ramos, siguiendo el diseño de Gestoso. También había diseñado Gestoso, un año antes, el frontal de la Capilla de la Inmaculada, cuyo autor fue Manuel Amores. Ambas obras por su composición, técnica y colorido son un fiel trasunto de los frontales seicentistas y una buena prueba del grado de perfección que logró la cerámica sevillana del siglo XX, que en algunos aspectos superó, con creces, la de siglos anteriores. 
   Al siglo XVII pertenecen las pequeñas rejas de las capillas de San Gregorio, de la Inmaculada Concepción, de la Encarnación, de los dos Santiagos, hoy llamada de Santa Justa y Rufina, y de San Isidoro.  
    Las tres primeras presentan idéntica estructura a la de la Capilla de la Virgen de la Estrella, es decir, que aun
que fueron realizadas en la primera mitad del seiscientos siguen un modelo del siglo anterior. Esta es la cau­sa de que sus elementos estén tan decorados y la razón del uso de ornamentación en chapas de hierro (Alfredo J. Morales, Artes aplicadas e industriales en la catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor
   La Anunciación, que también se llama la Salutación angélica, generalmente está representada en la entrada del santuario de las basílicas bizantinas, sobre los pilares del arco de triunfo y en los postigos de los retablos en la pintura occidental de finales de la Edad Media. En uno y otro caso es la visión del ángel transmitiendo a la elegida el mensaje divino que acoge a los fieles.
   Este lugar eminente que se reserva a la Anunciación en el arte cristiano se explica y justifica por el hecho de que no se trata simplemente de un episodio de la historia de la Virgen, sino del origen de la vida humana de Cristo, porque la Anunciación del ángel a María coincide con la Encamación del Redentor. Por lo tanto, se trata del primer acto o preludio de la Obra de Redención, como lo escribió Beda, el Venerable, que la calificó de exordium nostrae Redemptionis.
Culto
   La riqueza de la iconografía de la Anunciación se debe no sólo a su importancia doctrinaria en la economía de la Salvación, sino al culto que le ha profesado la Iglesia.
   Fijada en la fecha del 25 de marzo, exactamente nueve meses antes de la Natividad o Navidad, la fiesta de la Anunciación fue popularizada en Occidente por órdenes religiosas tales como los servitas (servidores de la Virgen) cuyas iglesias están dedicadas en Italia a la Annunziata, la orden francesa de la Santísima Anunciación (Très Sainte Annonciation) fundada en Bourges por santa Juana de Valois hija del rey Luis XI; y por órdenes de caballería como la Saboyana, que luego en Italia se llamó de la Annunziata, que data del siglo XIV, y fundó en 1360 Amadeo VI, duque de Saboya.
   La Virgen de la Anunciación era venerada en París con el nombre de Nuestra Señora de la Buena Nueva  (Notre Dame de la Bonne Nouvelle).
   Además, la Anunciación ha sido elegida como fiesta patronal por numerosas corporaciones como la de los rosarieros o fabricantes de rosarios, objetos con los cuales se recita el Ave María; la de los fabricantes de loza o porcelana, a causa del vaso de mayólica donde se erige el lirio blanco que simboliza la pureza de la Virgen; la de los carteros y mensajeros, que al igual que el ángel Gabriel distribuyen el correo.
   Los campesinos veían en la Anunciación la fiesta de la fecundidad. Ese día la tierra se abre para recibir la simiente, como la Virgen para concebir al Redentor. Es el momento propicio para cavar el primer surco, sembrar o plantar.
Fuentes canónicas y apócrifas 
   Antes de  analizar las representaciones de esta escena en el arte cristiano de Oriente y Occidente, es importante precisar las fuentes.
   Es aquí donde por primera vez nos encontramos en presencia de un hecho atestiguado por los Evangelios canónicos, o más exactamente, por uno de los cuatro Evangelios, el de Lucas (1: 26: 38).
   He aquí los términos en que narra el mensaje del ángel: «...En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y presentándose a ella, le dijo: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo ( ...) concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre ( ...)
   «Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra (Virtus Altissimi obumbrabit tibi) ...
   «Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
   El Evangelio no aclara a qué hora tuvo lugar la aparición. Es por razones litúrgicas que se la sitúa en el crepúsculo, porque es la hora del ángelus.
   Numerosos detalles del arte cristiano se han tomado de los Evangelios apócrifos, especialmente del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio de la Natividad de la Virgen, que en Occidente fueron vulgarizados por Vicente (Vincent) de Beauvais en el Speculum Historiae, y por Santiago de Vorágine en la Leyenda Dorada. A esas dos fuentes hay que sumar el Evangelio Armenio de la Infancia, que ha tenido gran  influencia en la iconografía bizantina.
   De acuerdo con los relatos apócrifos, habría habido no una sino dos Anunciaciones de la Natividad del Señor, sin contar la de la Muerte de María.
   Según el Evangelio Armenio (cap. V), la Virgen en principio fue saludada por un ángel invisible en el momento en que salía con un cántaro para sacar agua de la fuente. Como temía una estratagema del demonio, se puso a rezar: « Dios de Israel -oró- no me entregues a las tentaciones del enemigo y a las asechanzas del Seductor; mas líbrame de las trampas y de la astucia del cazador.»
   De regreso en su casa, se puso a hilar la púrpura para el velo del Templo. El ángel Gabriel penetró una segunda vez junto a ella a través de la puerta cerrada, y aunque incorpóreo, se le presentó entonces con la apariencia de un ser de carne para anunciarle que quedaría encinta y pariría al Mesías.
   Como no podía creer que concebiría, puesto que no había conocido hombre alguno, el ángel le explicó que el Espíritu Santo descendería en ella sin desflorar su virginidad. Ella acabó por consentir. En el mismo instante el Verbo de Dios penetró en ella por su oreja e inmediatamente comenzó su embarazo.
   Se advierte cuanto agregan los Evangelios apócrifos al Evangelio de Lucas. El ángel invisible saluda una primera vez a la Virgen en el momento en que ella va a buscar agua a la fuente. Luego se presenta corporalmente frente a ella, mientras María está tejiendo el velo de púrpura para el Sancta Sanctorum.
Iconografía
El tema plástico
   A pesar de las variantes iconográficas de la Anunciación en el arte oriental y occidental, casi innumerables, sus coordenadas plásticas esenciales permanecieron inmutables en el transcurso  de las edades.
   No obstante el escaso número de personajes, que se reducen a dos, o a tres si el Espíritu Santo se agrega a la Virgen y al ángel anunciador, la Anunciación plantea problemas muy complejos desde el triple punto de vista espacial, dinámico y psicológico. La Anunciación es al mismo tiempo geometría en el espacio, conflicto de fuerzas y descenso de la gracia divina en el vaso de elección que es el cuerpo de la Virgen María.
   Lo que esencialmente diferencia a la Anunciación de temas análogos tales como la Visitación, es que los dos principales actores pertenecen a mundos diferentes. El ángel es una criatura celestial, en principio incorpórea, en cualquier caso alada e inmortal, que escapa a las leyes de la pesadez y de la muerte. La Virgen, por el contrario, es una criatura humana, infinitamente pura, pero sometida a todas las servidumbres de la condición terrenal.
   Por otra parte, los dos personajes difieren no sólo por su esencia sino por su papel: el ángel que transmite el mensaje divino es activo, la Virgen que lo recibe es pasiva. Su reacción, que no se traduce en modo alguno por un consentimiento total e inmediato, sino por una vacilación y un repliegue, en cualquier caso es muy débil.
   De allí resulta una disimetría que es inherente al tema. Los dos figuras son desigualmente expansivas: el ángel de grandes alas desplegadas exige más espacio que la Virgen amedrentada que se acurruca en un rincón del oratorio.
   Desde el punto de vista espacial. la consecuencia  es que el espacio se fracciona en dos partes desiguales y disímiles: en vez de un espacio homogéneo, de una escena al aire libre o interior, tenemos un espacio mixto, abierto y cerrado a la vez, con un afuera y un adentro. A veces, el espacio abierto no es más que un pórtico exterior adosado a la casa de la Virgen. Cuando los dos personajes están en el in­terior, el fraccionamiento del espacio subsiste, ya sea porque una columna divide la habitación en dos mitades, ya porque el ángel se destaca sobre el fondo de un paisaje al tiempo que la Virgen está en el fondo de su dormitorio.
   Esta dualidad del espacio está subrayada por la iluminación: el ángel siempre está del lado de la luz mientras que la Virgen permanece en la sombra.
   Si la Anunciación se diferencia de la Visitación por su disimetría, se distingue también por su dinamismo. El factor tiempo interviene, puesto que la escena com­porta dos momentos: en principio, el ángel entrega el mensaje; a continuación, la Virgen responde.
   De acuerdo con el temperamento de los artistas, la irrupción del ángel en el santuario virginal es más o menos violenta, ya es proyectado como un bólido «en un golpe de viento», ya, por el contrario, se desliza en silencio y en puntillas, apenas rozando el suelo. Pero su «Carga dinámica» siempre es más fuerte que la de la Virgen que constituye el otro polo. El ángel representa el puesto emisor, la Virgen el receptor; y de uno a otro polo, se sienten pasar los efluvios magnéticos, se cree oír la crepitación de una chispa eléctrica. 
 Sin embargo, esa relación de fuerzas tiende a alterarse e incluso a invertirse com­pletamente por la influencia del progreso de la mariolatría. Poco a poco el papel del ángel disminuye: en vez de presentarse como maestro y triunfador, como un embajador celestial en el cual Dios habría delegado plenos poderes, se arrodilla mo­destamente frente a la Virgen, en la cual saluda a la Madre del Hijo de su Señor, la futura reina de los ángeles. La Virgen ya no es la humilde sierva (ancilla Domini) que se inclina frente al enviado del cielo y recibe su  mensaje  como  una  gracia, sino la soberana que acepta un homenaje. Se produce una desnivelación en provecho suyo: es ella quien desde lo alto de su trono domina al ángel arrodillado, destituido del rango de embajador celestial al de mero paje.
   Al mismo tiempo, la importancia del ángel se encuentra reducida por la introducción de un tercer actor: la paloma del Espíritu Santo. La paloma, que anteriormente sólo tenía un valor simbólico, tendrá un papel activo: se convierte en la emanación directa de Dios Padre y sustituye al Anunciador, reducido al papel secundario y auxiliar de un intérprete.
   De esta manera la composición cambia de carácter: de polarizada se convierte en convergente. La Virgen, que era sólo una figura lateral, subordinada a su compañero más dinámico, tiende a convertirse en el personaje central hacia el cual convergen todos los rayos que emanan del Padre Eterno, en los cuales desciende Dios Hijo, encarnado en el Niño Jesús.
La Anunciación asociada con la Encarnación
   Desde que la Virgen ha dado su consentimiento a la misión divina que le revela el arcángel Gabriel, la Concepción virginal se opera y el Verbo se hace carne. La Encarnación de Cristo sigue inmediatamente a la Anunciación; la Conceptio y la Annuntiatio Christi son una sola.
   En las representaciones de la Anunciación que hemos estudiado hasta el momento, la idea de la Encarnación no se expresa alegórica ni explícitamente. Pero los artistas, guiados por los teólogos, debían ser conducidos con naturalidad a combinar ambos temas.
   Así se explica la aparición de dos motivos muy característicos de finales de la Edad Media: el Descenso del Niño Jesús en el vientre de María y la Caza del Unicornio que se refugia en el vientre de una virgen.
La inmersión del niño Jesús en el vientre de la Virgen
   Si se observan con alguna atención las Anunciaciones del siglo XV, con frecuencia se advierte un detalle que en principio parece sorprendente.
   Encima de la cabeza de la Virgen aparece Dios Padre haciendo un gesto de bendición. De su boca sale un haz de rayos luminosos por los cuales desciende la paloma del Espíritu Santo. Pero ella no está sola, en dicha trayectoria proyecta un niño no un embrión, sino un «homunculus» enteramente formado: es el Niño Jesús, como lo muestra la cruz que suele llevar al hombro. Ese niño concebido por el Espíritu Santo se sumerge en el vientre de la Virgen, como el polen fecundante aspirado por el cáliz de una flor.
   No hay allí, como pudiera creerse, una réplica cristiana del mito del cisne de Leda, sino la traducción de una doctrina teólogica. Se creía que Jesús, en vez de formarse «in utero» como lo hacen los hijos de los hombres, había sido lanzado por Dios desde lo alto del cielo (emissus caelitus) y había entrado completamente forma­do en el vientre intacto de la Virgen.
   ¿Por qué camino se había operado la Encarnación? Los teólogos se dividían en dos escuelas acerca de este punto. Unos sostenían que Cristo, que es el Logos (la palabra), el Verbo, había entrado por la oreja de la Virgen al mismo tiempo que el men­saje del ángel Anunciador: virgo per aurem impregnatur. Es el tema de la Conceptio per aurem. En una prosa del siglo XII se cantaba:
Gaude, Virgo, Mater Christi 
Quae per aurem concepisti.
   Pero la mayoría creía que la concepción se había realizado más normalmente por el canal uterino (Conceptio per uterum).
   El tema es sin duda de origen bizantino, porque en los iconos rusos de la Anunciación se ve al Niño Jesús ya en el vientre de la Virgen (Mladenets vo tchreve Bogomateri). Aparece en Italia a principios del siglo XIV, y  más tardíamente en Francia,  Flandes  y Alemania.
   A partir del siglo XV ya se oían protestas contra ese tema chocante. No se trataba, claro está, de defender el buen gusto ultrajado o la simple decencia, sino de la ortodoxia en peligro. El arzobispo de Florencia, san Antonino, censuraba a los pintores que representaban al Niño Jesús proyectado al vientre de la Virgen ya formado, como si su cuerpo no se hubiera alimentado de la sustancia materna.
   El concilio de Trento se unió a esta condena y el famoso teólogo Molanus de Lovaina se convirtió en su intérprete, proscribiendo del repertorio del arte católico las Anunciaciones donde se veía «Corpusculum quoddam humanum descendens inter radios ad uterum Beatissimae Virginis», como si el vientre de la Virgen -agregaba- sólo hubiese sido un simple tubo o conducto (fistula) por donde ha entrado y salido el cuerpo de Cristo formado en el cielo.
La caza del unicornio o la caza mística
   El tema de la Caza del Unicornio, cinegético y místico a la vez, mediante el cual el arte de finales de la Edad Media ha intentado expresar alegóricamente los dos misterios hermanados de la Salutación Angélica y de la Encarnación, es una amalgama del Cantar de los Cantares y del Fisiólogo  (Physiologus).
   La Virgen está, en efecto, sentada en un jardín cerrado o cercado (Hortus conclusus), o bien detrás de una puerta cerrada (porta clausa), en medio de emblemas tomados, como los de la Inmaculada Concepción, del Cantar de los Cantares: la fuente sellada (font signatus), la torre de David (turris Davidica), la torre de marfil (turris eburnea).
   Un unicornio, que en los Bestiarios es el símbolo de la Castidad, perseguido por la jauría del arcángel Gabriel llega a refugiarse en su vientre. Los cuatro lebreles que lleva atados simbolizan las Virtudes: Justitia, Misericordia, Pax, Veritas, que han decidido al Verbo a encarnarse.
   El unicornio, que sólo podía ser capturado por una virgen, es aquí la imagen de Cristo que viene a encarnarse en el vientre de María. Ésta está representada como la doncella que sirve de trampa al unicornio, atrayéndolo con el perfume de su vientre virginal. El ángel Anunciador toma la forma del montero alado que desatraílla  a los cuatro lebreles haciendo sonar el cuerno.
   Esta manera singular de simbolizar la Encarnación con una escena de caza, desconocida para el arte bizantino, gozó de los favores de Occidente desde el siglo XV hasta comienzos del XVI.
   Es en el arte alemán donde se encuentran los ejemplos más numerosos.
   El motivo no se aclimató bien en Francia, aunque tenga como fuente un sermón de san Bernardo que fue el primero que tuvo la idea de aplicar a la Anunciación las palabras del Salmo 85, 11: «Se han encontrado la piedad y la fidelidad, /se han dado el abrazo la justicia  y la paz (...)» (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor el Significado de la Solemnidad de la Anunciación o Encarnación del Señor; 
   Fiesta derivada del primitivo ciclo natalicio. Seguramente proceda de la conmemoración que debía hacerse en Nazaret en la Basílica de la Anunciación erigida por Santa Elena, porque en cada basílica se celebraba anualmente el misterio que allí era recordado a la par que su dedicación.
   En el siglo VI ya se encuentra algún indicio de celebración de esta fiesta, pues una de las homilías de Abrahán Obispo de Éfeso, que vivió en la época del Emperador Justiniano (mediados del siglo VI), lleva de título: En la Anunciación de la Madre de Dios.
   Fiesta de la maternidad virginal, primero se fija en los días preparatorios de Navidad, por relación con el nacimiento y por consideración a la cuaresma: la liturgia romana, el miércoles de témporas de Adviento; la ambrosiana, el IV domingo de dicho tiempo, y la hispánica, el dieciocho de diciembre (X Concilio de Toledo, 656).
   Alternó y después se complementó con una centrada ya en la concepción de Jesús, que se fija el veinticinco de marzo, una vez que se había extendido desde Roma la fiesta del veinticinco de diciembre de la Natividad del Señor, unida, por tanto, al recuerdo  festivo de la Anunciación de María (nueve meses antes), cuyo nombre recibe, llegando a oscurecerse las celebraciones de otras fechas.
   Aparte de su correlación con la Navidad, no olvidemos que coincide con el equinoccio de primavera, que se vinculaba con la creación del mundo y del hombre, y por tanto adquiere una gran carga simbólica, al celebrarse la concepción de Cristo, el Nuevo Adán, el hombre de la Nueva Creación. Posteriormente se añadió también la conmemoración de la muerte de Cristo.
   Sin ninguna duda, se celebraba, tanto en Oriente como en Occidente, en el siglo VII, y documentamos la fecha del veinticinco de marzo en el Chronicon Paschale de Alejandría del 624, que la titula Anunciación de la Madre de Dios, y en un decreto del Concilio Quinisexto Trulano (Constantinopla, 692), que ordenaba se celebrase aunque cayera en cuaresma. 
   El Papa Sergio I (+701) la incluye entre las cuatro fiestas marianas en las que debía organizarse procesión; la de ésta fiesta cayó en desuso en la Baja Edad Media. Ya aparece en el Sacramentario Gelasiano y en el Gregoriano (siglo VIII).
   Originariamente del Señor, adquirió en Occidente un marcado tinte mariano, pero, a diferencia del caso de la Purificación, la figura de la Virgen resplandece con luz propia, porque en el misterio de la Encarnación no se puede prescindir de la Madre. Aunque, como es natural, la glorificación de María es a la par glorificación del Señor.
   En la reforma de 1969 se le ha devuelto su primario tinte cristológico, denominándola Anunciación del Señor, nombre que ya había recibido en los inicios de la fiesta (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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sábado, 14 de marzo de 2020

La imagen "Virgen de Génova", entre las Capillas de los Alabastros, de la nave de San Pablo, en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Virgen de Génova", entre la Capilla de los Alabastros, de la nave de San Pablo, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
   Hoy, sábado 14 de marzo, como todos los sábados, se celebra la Sabatina, oficio propio del sábado dedicado a la Santísima Virgen María, siendo una palabra que etimológicamente proviene del latín sabbàtum, es decir sábado.
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la imagen "Virgen de Génova", entre la Capilla de los Alabastros, de la nave de San Pablo, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
   La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Virgen de Génova, entre las Capillas de los Alabastros [nº 006 y 007 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], de la nave de San Pablo [nº 031 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], ámbito que es la sucesión de bóvedas (4b5k) (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).

   La imagen de la Virgen de Génova se halla en su hornacina de las Capillas llamadas del alabastro, entre las de la Encarnación y de la Concepción. Perteneció a la hermandad de los genoveses y fue trasladada a este lugar desde la iglesia de San Sebastián, según noticias fidedignas.
   Esta imagen alabastrina responde iconográficamente al tipo de la "Odegetria" o Conductora del Niño, y también muy singularmente, a la denominada "Virgo Virga", por empuñar en su derecha una robusta vara con rosas, de profundo sentido simbólico, alusivo a la Maternidad de María.
   La Señora está coronada, con el arqueamiento morfológico, propio del gótico medio. Muestra la grave expresión de la melancolía de la Pasión: el Niño tiene entre sus manos un simbólico pájaro y eleva su rostro en rasgo oracional al Padre.
   Artísticamente es obra de gran interés, por dibujo, modelado, talla y composición.
   Su cronología se ha situado en los siglo XIII-XIV; o en el XV; entiendo que es obra de la segunda mitad del XIV y del tipo creado por Giovanni Pisano, por composición, indumentaria y rasgos expresivos. También se ha pensado en el arte de Nino Pisano (José Hernández Díaz, Retablos y Esculturas de la Catedral de Sevilla, en La Catedral de Sevilla, Ed. Guadalquivir, 1991).
   Entre las capillas de la Concepción Chica y de la Encarnación, llamadas "de los Alabastros", de la Catedral de Santa María de la Sede, se alza una Virgen de dicha fina y translúcida materia. Tiene 73 cms. de alto y es conocida bajo la advocación "de Génova" por haber sido titular de la hermandad de genoveses que residían en nuestra ciudad. Su estilo se acerca a la producción de los talleres de los Pisano (Giovanni y Nino), hacia la segunda mitad del s. XIV. Existe la tradición de que traída de Italia a la antigua ermita de San Sebastián, de donde pasó a la Catedral. Hoy es uno de los iconos hispalenses más antiguos, interesantes y mejor conservados, virtualmente intacto en sus calidades artísticas. Sigue la vieja fórmula alegórica "Virgo-Virga", pues empuña un tallo o vara vegetal que simboliza la Maternidad de María. Son de notar también el gracioso arqueamiento gótico de la figura y el pajarillo que sujeta el Niño, con el rostro dirigido en inefable éxtasis al Padre (Juan Martínez Alcalde, Sevilla Mariana, repertorio iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997). 

   La Virgen de Génova, con unas medidas 76 x 27 x 15 cms, es de alabastro labrado, cincelado y policromado, de estilo gótico de la escuela genovesa, siendo una obra anónima que se representa de cuerpo entero y con forzado contraposto. Viste túnica y manto que se recoge en su brazo izquierdo, quedado ribeteado por policromía dorada. La cabeza muestra los rasgos de una mujer de larga melena y coronada que dirige la mirada al frente. En su brazo izquierdo sujeta al Niño que, vestido con larga túnica y con la cabeza elevada, sostiene un ave con las alas extendidas. Con la mano derecha sujeta un tronco arbóreo rematado en flor.
   Traída por la Hermandad de los Genoveses a la iglesia de san Sebastián y posteriormente trasladada a la catedral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la historia de la Sabatina como culto mariano
     Semanalmente tenemos un culto sabatino mariano. Como dice el Directorio de Piedad Popular y Liturgia, en el nº 188: “Entre los días dedicados a la Virgen Santísima destaca el sábado, que tiene la categoría de memoria de santa María. Esta memoria se remonta a la época carolingia (siglo IX), pero no se conocen los motivos que llevaron a elegir el sábado como día de santa María. Posteriormente se dieron numerosas explicaciones que no acaban de satisfacer del todo a los estudiosos de la historia de la piedad”. En el ritmo semanal cristiano de la Iglesia primitiva, el domingo, día de la Resurrección del Señor, se constituye en su ápice como conmemoración del misterio pascual.  

   Pronto se añadió en el viernes el recuerdo de la muerte de Cristo en la cruz, que se consolida en día de ayuno junto al miércoles, día de la traición de Judas. Al sábado, al principio no se le quiso subrayar con ninguna práctica especial para alejarse del judaísmo, pero ya en el siglo III en las Iglesias de Alejandría y de Roma era un tercer día de ayuno en recuerdo del reposo de Cristo en el sepulcro, mientras que en Oriente cae en la órbita del domingo y se le considera media fiesta, así como se hace sufragio por los difuntos al hacerse memoria del descenso de Cristo al Limbo para librar las almas de los justos. En Occidente en la Alta Edad Media se empieza a dedicar el sábado a la Virgen. El benedictino anglosajón Alcuino de York (+804), consejero del Emperador Carlomagno y uno de los agentes principales de la reforma litúrgica carolingia, en el suplemento al sacramentario carolingio compiló siete misas votivas para los días de la semana sin conmemoración especial; el sábado, señaló la Santa María, que pasará también al Oficio. Al principio lo más significativo del Oficio mariano, desde Pascua a Adviento, era tres breves lecturas, como ocurría con la conmemoración de la Cruz el viernes, hasta que llegó a asumir la estructura del Oficio principal. Al principio, este Oficio podía sustituir al del día fuera de cuaresma y de fiestas, para luego en muchos casos pasar a ser añadido. En el X, en el monasterio suizo de Einsiedeln, encontramos ya un Oficio de Beata suplementario, con los textos eucológicos que Urbano II de Chantillon aprobó en el Concilio de Clermont (1095), para atraer sobre la I Cruzada la intercesión mariana. 

  De éste surgió el llamado Oficio Parvo, autónomo y completo, devoción mariana que se extendió no sólo entre el clero sino también entre los fieles, que ya se rezaba en tiempos de Berengario de Verdún (+962), y que se muestra como práctica extendida en el siglo XI. San Pedro Damián (+1072) fue un gran divulgador de esta devoción sabatina, mientras que Bernoldo de Constanza (+ca. 1100), poco después, señalaba esta misa votiva de la Virgen extendida por casi todas partes, y ya desde el siglo XIII es práctica general en los sábados no impedidos. Comienza a partir de aquí una tradición devocional incontestada y continua de dedicación a la Virgen del sábado, día en que María vivió probada en el crisol de la soledad ante el sepulcro, traspasada por la espada del dolor, el misterio de la fe.
   El sábado se constituye en el día de la conmemoración de los dolores de la Madre como el viernes lo es del sacrificio de su Hijo. En la Iglesia Oriental es, sin embargo, el miércoles el día dedicado a la Virgen. San Pío V, en la reforma litúrgica postridentina avaló tanto el Oficio de Santa María en sábado, a combinar con el Oficio del día, como el Oficio Parvo, aunque los hizo potestativos. De aquí surgió el Común de Santa María, al que, para la eucaristía, ha venido a sumarse la Colección de misas de Santa María Virgen, publicada en 1989 bajo el pontificado de San Juan Pablo II Wojtyla (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
Conozcamos mejor la sobre el Significado y la Iconografía de la Virgen con el Niño
   Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
   Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
   En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
   Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
   Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
   Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
   Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
   En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
   No debe insistirse con las representaciones de la Virgen en el arte paleocristiano de las catacumbas, porque se trata de imágenes de culto sin carácter individual. Un fresco de la catacumba de Priscila representa a la Virgen sentada con el Niño Jesús en los brazos. Pero el tipo más corriente es el de la Virgen orante (Maria orans) de pie, con los brazos extendidos, que pueden simbolizar indistintamente  al alma en oración o a la madre de Cristo.
   El arte bizantino ha adoptado gran número de tipos originales de la Panagia o Theotokos, tanto más interesantes por cuanto pasaron a continuación, tal cuales o con variantes, al arte medieval de Occidente.
   Esos diferentes tipos pueden clasificarse en tres categorías: Vírgenes de Majestad, Vírgenes de Ternura, Vírgenes de Intercesión.
   La Panagia Platytera, es decir, de vientre más «ancho» que el empíreo, es la ilustración de un texto Litúrgico de san Basilio donde se dice que Dios ha creado el vientre de la Virgen lo bastante vasto como para contener a Cristo encarnado. También se la llama Blacherniotissa, porque su icono era venerado en Constantinopla, en la iglesia de los Blachernes.
   De pie, con los brazos extendidos, recuerda a la Virgen orante de las catacumbas; pero se distingue porque lleva fijado sobre el pecho un medallón, o tondo, con la imagen de Cristo Emmanuel: se la puede definir como la Orante madre.
   Este tipo se hizo corriente en la pintura de iconos rusos, donde la Platytera se denomina con el nombre de Znamenie (Virgen de La Aparición).
   En cambio no ha penetrado bastante en Occidente, salvo en Venecia donde se la encuentra en el bajorrelieve de mármol del siglo XIII de la iglesia de S. Maria Mater Domini, y en el siglo XIV, en un retablo de Somine da Cusighe (Academia de Venecia) en que la Panagia está transformada en Virgen de misericordia que abriga bajo los pliegues de su manto a los miembros de una cofradía de penitentes. 
   La Panagia Hodigitria o Virgen Conductora. Es la «Conductora», la que muestra el camino (grechodos). De pie, lleva sobre el brazo derecho al Niño bendecidor.
   Este tipo deriva de un icono atribuido a san Lucas, que era venerado en una iglesia de Constantinopla donde se reunían los hodeges o guías de viajeros, y ha tenido una extraordinaria fortuna en Occidente pues sobre este modelo se concibieron la mayoría de las Vírgenes góticas.
   La Panagia Nikopoia. Es la «Virgen que da la victoria», Nuestra Señora de las Victorias. Se la llama­ba, también en griego, Kyriotissa. De pie o sentada en actitud hierática, rigurosamente frontal, presenta al Niño Jesús con las dos manos.
   La actitud y el gesto de la Nikopoia se encuentran en las Vírgenes de Majestad occidentales (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la imagen "Virgen de Génova", entre las Capillas de los Alabastros, de la nave de San Pablo, en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 12 de marzo de 2020

La Capilla de San Gregorio en la Catedral de Santa María de la Sede


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Capilla de San Gregorio en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.        
   Hoy, 12 de marzo, en Roma, en la basílica de San Pedro, sepultura de San Gregorio I, papa, de sobrenombre "Magno", cuya memoria se celebra el día tres de septiembre, aniversario de su ordenación (604) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Capilla de San Gregorio en la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
    La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
   En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de San Gregorio [nº 018 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede], en el lado del del Evangelio del exterior del Coro; ámbito que no ha sufrido modificaciones en su denominación (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
   El lado del evangelio del exterior del coro aparece formado por dos capillas con la fachada decorada con esculturas en alabastro (Santas Eulalia, Margarita, Casilda, Catalina de Alejandría, Bárbara, Úrsula, Águeda, Lucía, Justa, Rufina, María Magdalena y una santa mártir por identificar). Ambas presentan portadas constituidas por arcos carpaneles con las enjutas decoradas por tondos y que quedan separadas por un pilar de trazas góticas a modo de parteluz. En los extremos también figuran dos pilares con hornacinas y definidos por una típica decoración gótica a base de formas forales y doseletes, así como esculturas de apóstoles y evangelistas (Felipe, Santiago el Mayor, Judas Tadeo, Pablo, Tomás, Andrés, Bartolomé, Santiago el Menor, Pedro y Juan Evangelista). El conjunto remata en un pequeño friso ornamentado con hojarasca entrelazada con niños y animales de diferente composición.
   La Capilla la preside la imagen de San Gregorio Magno, talla de 1,85 x 0,93 x 0,70 m, realizada por Manuel García de Santiago en madera policromada, de cuerpo entero y posición frontal, aparece vestido con túnica decorada con motivos forales, alba de cierto movimiento lateral, estola y capa pluvial ornamentada con figuras de santos. La cabeza muestra los rasgos de un hombre joven que dirige la mirada al frente y tocado con tiara papal. Su brazo izquierdo elevado sujeta una pluma y el izquierdo, que recoge el vuelo de la capa, sostiene un libro abierto mientras que sobre su hombro derecho vuela el Espíritu Santo en forma de paloma (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

   Una de las cuatro capillas que se alojan en los costados del Coro, las llamadas de los Alabastros, está dedicada a San Gregorio Magno. Aunque tradicionalmente se le atribuyen a Diego de Riaño, no se construyeron en la misma época. La que nos ocupa, la Capilla de San Gregorio, junto a la de la Virgen de la Estrella se encuentra en el lado del Evangelio y es de estilo renacentista, siendo diseñadas ambas por Diego de Riaño en 1523, mientras que las de la Encarnación y de la Inmaculada Concepción (en el lado de la Epístola y de estilo gótico) se atribuyen a Juan Gil de Hontañón.
   En ellas pueden establecerse dos fases constructivas. La primera puede atribuirse a Juan Gil de Hontañón, habida cuenta de la estrecha relación que presentan con las capillas de la nave contraria. La segunda se debe a Diego de Riaño, quien replanteó en profundidad la obra de su predecesor. A Juan Gil corresponden las embocaduras y muros adyacentes de las capillas, cuyos elementos estructurales y decorativos son plenamente góticos. A Riaño se debe la articulación y ornamentación interior, de naturaleza renacentista. Confirmación del cambio efectuado por este último arquitecto sobre lo proyectado por su antecesor parece ser el acuerdo capitular de 4 de julio  de 1529, en que se decidió que las capillas "començadas a fazer de alabastro que se acaben de alabastro... e (se) siga el pareçer de Riaño maestro mayor". Para continuar la construcción de las mismas el arquitecto se trasladó a las canteras jiennenses de Torre del Campo, en donde, en compañía del cantero Juan Picardo, localizó la veta adecuada y concertó con los canteros la cantidad y el precio de la piedra necesaria. Para tratar de los asuntos relativos a la traída del alabastro, el Cabildo acordó, en su reunión de 9 de junio de 1529, comisionar al licenciado Diego de Ribera y al obispo de Scalas, don Baltasar del Río. Estos no debían estar seguros del material procedente de Jaén y aconsejaron surtirse del extraído en Tortosa, sobre el que ya se tenía confianza, por haberse empleado en las capillas de la nave de la epístola. Su informe se presentó en la reunión del 5 de julio de 1530 y tras su aceptación recibieron del Cabildo plenos poderes en lo referente a los gastos que la obra ocasionase. Dos meses más tarde el obispo de Scalas entabló negociaciones con el mercader Pedro Forcadel para que se encargase del alabastro, entregándole 150 ducados. Mientras que el cargamento procedente de Tortosa llegaba a la obra, las capillas se continuaron con el alabastro extraído de las canteras de Torre del Campo. Tarea importante fue en este momento la construcción de la escalera que, paredaña con la Capilla de la Virgen de la Estrella, permitía el acceso desde el trascoro a las tribunas de los órganos.
   A finales de noviembre empezaron a cargar en el puerto de Tortosa las naves que traerían el alabastro hasta Sevilla. Ante la posibilidad de que tan preciado cargamento no llegase a su destino por el peligro "que ay en los mares así de moros como de turcos e otras personas", el canónigo Diego de Ribera propuso hacerle un seguro. Sin embargo, los capitulares sevillano no creyeron necesarias tales medidas precautorias, señalando que sería suficiente encomendarse "a Dios e a su gloria Madre". Lamentablemente tan piadosa actitud no fue suficiente y, como se verá, originaría inesperados y cuantiosos gastos al Cabildo.

   En los primeros meses de 1531 el ritmo de la obra y el material acumulado para la misma era considerable. Se precisaba ya de un personal cualificado para labrarlo. Por lo que parece, Sevilla carecía de él. Debido a ello el maestro mayor Diego de Riaño envió a dos peones de la obra a "Salamanca y Valladolid y Segovia, Peñafiel y Granada y Córdoba" a buscar maestros que viniesen a labrar el alabastro para las capillas. La búsqueda por estas localidades fue provechosa. Procedente de Granada llegó el entallador de origen francés Nicolás de León, quien debió comenzar su tarea de inmediato, pues el 30 de junio del citado año 1531 se acordó entregarle 24 ducados como primer tercio de su trabajo. Este se concretó en la realización "delas ymagines de las virgines", es decir, santas mártires, que en número de doce decoran el intradós de los arcos de ingreso a las citadas capillas.
   Mientras se labraban dichas imágenes un lamentable suceso vino a enturbiar el hasta entonces feliz proceso de construcción. Uno de los barcos que transportaba el alabastro encalló en uno arrecifes próximos a Rota. Tras recibir la noticia del naufragio, el Cabildo envió al lugar del accidente el aparejador Martín de Gainza, con el fin de estudiar las condiciones en que se había producido y la posibilidad de salvar algo del alabastro. Afortunadamente una parte de la carga pudo ser rescatada, trasladándose con posterioridad a Sevilla.

   A comienzos de 1532 la construcción de las capillas debía estar casi finalizada. Por un acuerdo capitular de 9 de marzo se encomendó a varios canónigos que viesen las imágenes que faltaban en los nichos de las mismas para encargarlas al maestro. Estas y otras tareas de menos envergadura debían estar concluidas en septiembre, pues el día 10 de este mes se ordenó solar las capillas y atender a los retablos que podían construirse. Asimismo se acordó investigar quienes habían estado enterrados en las capillas paras devolverlos a sus antiguos enterramientos.
   En junio de 1533 el canónigo Herrera solicitó al Cabildo que le fuese entregada una de las capillas de alabastro, a cambio de una renta de 5.000 maravedís, de la dotación de una capellanía y de la realización de una reja, retablo y ornamentos pertinentes. La petición fue estudiada en la sesión del 12 de julio e informada negativamente, en tanto que las capillas no se hubiesen puesto "enperfeción". Esta última cita indica que la obra estaba aun falta de algunos detalles. los cuales posiblemente se concluirían en el mismo año, es decir, en vida de Diego de Riaño.
   La obra efectuada por este arquitecto en el interior de las mencionadas capillas contrasta fuertemente con el aspecto externo de las mismas, debido a Juan Gil. Así mientras uno es claramente renacentista, el otro corresponde plenamente a la estética gótica. Naturaleza clásica poseen el orden de balaustres que articula los paramentos interiores y los motivos de grutescos que recubren algunos elementos estructurales. Origen gótico presentan, por el contrario, los pilares, baquetones, cresterías y ornamentos de los muros exteriores. A mitad de camino entre los dos hay que situar las bóvedas nervadas, pues aunque aparentemente corresponden a una solución típicamente gótica, la verdad es que estructural y mecánicamente obedecen a una obra renacentista. De hecho, los nervios carecen de razón de ser, funcionando ambas bóvedas como auténticas vaídas, en las que dichos elementos tienen el mismo carácter ornamental que los serafines y florones que figuran en la plementería. En realidad, el abovedamiento de estas capillas es un paso más en el proceso de transformaciones que sufrió el modo de concebir y estructurar la cubierta de los edificios españoles desde finales del siglo XV.
   De gran interés es la presencia de las trompas aveneradas en que se apoyan las bóvedas de estas capillas. Generalmente aquellas se utilizan como elemento de transición entre la planta cuadrada y la ochavada o circular. Sin embargo, en el caso presente, se trata de un espacio rectangular en el que no es posible efectuar una transición de tales características. Por consiguiente, hay que considerar la presencia de tales elementos desde otra perspectiva, atribuyéndoles bien un afán decorativista o un sentido experimentador. De ambas posibilidades la más acertada parece la segunda, pues tales elementos se repiten en la Sacristía de los Cálices y en la Sacristía Mayor. Por ello deben considerarse estas trompas como un precedente, a la vez que un ensayo, de las incorporadas al abovedamiento de dichas sacristías. Tal vez si el arquitecto no hubiese estado limitado en su actuación por la obra previa de Juan Gil y si no existiesen las tribunas de órganos podría haber proyectado un tipo de cubierta más claramente renacentista. Es interesante resaltar que uniendo ambas capillas por sus embocaduras el espacio resultante es un cuadrado, en el que las trompas ocuparían los ángulos, lo que permitiría efectuar la transición al círculo. Es decir, se estaría en condiciones de ofrecer la solución adoptada en la Sacristía Mayor.

   Con respecto a ciertos elementos estructurales y decorativos del interior de las capillas hay que señalar su semejanza con otras obras de Riaño. Así, los querubines y ménsulas que ocupan el friso son repetición de los que figuran en el dintel de las puertas del Apeadero y Antecabildo del Ayuntamiento sevillano. De igual forma, los esquemas compositivos de las credencias y alacenas que se abren en los muros de ambas capillas son similares a los que configuran las ventanas del citado Apeadero. Asimismo, los querubines y florones que decoran la plementería de las bóvedas coinciden con los empleados en el abovedamiento de las mencionadas salas de las Casas Capitulares. Se comprueba con ello la gran unidad estilística de las obras de Diego de Riaño (Teodoro Falcón Márquez, El edificio gótico; Alfredo J. Morales, La Arquitectura en los siglos XVI, XVII y XVIII en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
   San Gregorio es la imagen titular de su Capilla, en la parte septentrional del coro, en la zona del Alabastro.
   La imagen, revestida de pontifical, con Tiara y Pluvial, es obra de Manuel García de Santiago y su fecha, el comedio del siglo XVIII (José Hernández Díaz, Retablos y esculturas de la Catedral de Sevilla en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
   Cierra la Capilla una reja del siglo XVII, realizada en 1650 por Marcos de la Cruz. Sus elementos estructurales son un trasunto de la paredaña de la Virgen de la Estrella, realizada en 1568, e incluso las figuras de ángeles sobre la puerta y en el coronamiento intentan imitar las de la Capilla de la Estrella. Sin embargo, es notorio que que la obra de Marcos de la Cruz es algo más torpe (Alfredo J. Morales, Artes aplicadas e Industriales en la Catedral en La Catedral de Sevilla. Ediciones Guadalquivir, Sevilla. 1991).
Conozcamos mejor la Vida, Culto e Iconografía de San Gregorio "Magno"
   La biografía de de Gregorio Magno fue escrita en el siglo VIII por Pablo Diácono, y la popularizó Santiago de Vorágine en el siglo XIII, en la Leyenda Dorada. La suya, que repite la de Edipo (se habría casado con su madre), fue narrada en la Edad Media por el poeta alemán Hartmann von Aue, de acuerdo con un modelo francés, y en nuestros días por el novelista alemán Thomas Mann (El elegido).
   Nació en Roma hacia 540 y era hijo de Santa Silvia. Se retiró de la vida mundana después de la muerte de su madre, y transformó el palacio de su familia, sobre el monte Coelius, en un monasterio benedictino, donde profesó y del cual llegó a ser abad. Elegido papa contra su voluntad, en 590, murió en 604.
   Escribió numerosas obras, las Homilías sobre Ezequiel, el Liber regulae pastoralis o Pastoral, los Libri morales o Moralia (Expositio in librum beati Job), los Diálogos que tuvieron tanto éxito que los griegos, para diferenciar al papa Gregorio de sus numerosos homónimos, lo motejaron el Díalogos. Por último, codificó las oraciones y los cánticos de la misa en el Sacramentario y el Antifonario.
CULTO
   San Gregorio fue enterrado en la Basílica Vaticana. Más tarde, se le dedicó en Roma la basílica de San Gregorio Magno.
   Su cabeza fue transportada por San Gebardo a la abadía de Petershausen, cerca de Constanza.
   En 1831, el papa Gregorio XVI instituyó la orden de San Gregorio Magno. Es patrón de los sabios a causa de su erudición; de los músicos, de los chantres y de los niños de coro a causa del canto gregoriano.
   Se lo invocaba contra la peste que padeció Roma en 590, cuando fue elegido papa, y a la cual habría puesto fin con sus plegarias. También se lo creía curador de la gota. 
  Pero su popularidad se debe sobre todo a que le atribuía la virtud de aliviar el sufrimiento de las almas del Purgatorio mediante la plegaria. Dicho culto se basaba en la leyenda del emperador Trajano a quien el santo habría arrancado de las llamas del Purgatorio para recompensarlo por su justicia, y también se debía a la historia de un monje excomulgado a quien habría salvado celebrando treinta misas seguidas. Tal es el origen de la treintena gregoriana para el reposo del alma de los difuntos. Después del concilio de Trento, se convirtió en el patrón de las cofradías piadosas consagradas al alivio de las almas del Purgatorio.
ICONOGRAFÍA
   Su iconografía no tiene para nada en cuenta su corpulencia, de la cual él mismo habla en una de sus epístolas.
   Siempre se lo representa imberbe, como papa tocado con la tiara, y con la cruz pontificia de tres travesaños (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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