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miércoles, 23 de octubre de 2024

Los principales monumentos (Iglesia de Santa Rosa de Lima, Ermita del Divino Pastor, Nicho del Señor de la Misericordia, y Minas del Robledal) de la localidad de Igualeja, en la provincia de Málaga

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Málaga, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa Rosa de Lima, Ermita del Divino Pastor, Nicho del Señor de la Misericordia, y Minas del Robledal) de la localidad de Igualeja, en la provincia de Málaga.
Datos geográficos
     Comarca de la Serranía de Ronda
     Superficie: 44 km2
     Altitud: 693 m
     Latitud: 36º 38'  -  Longitud: -5º 07'
     Distancia a Málaga capital: 105 km
Datos demográficos
     Población: 774
     Gentilicio: Igualejeños
Ayuntamiento
     plaza de Andalucía, 26, 29440
     952181620 - 952181661 - 952181653     www.igualeja.es
          En el nacimiento del río Genal se encuentra Igualeja, un municipio de la Serranía de Ronda con calles laberínticas y empinadas y unos hermosos parajes naturales. Los innumerables desniveles del terreno hacen que a cada esquina el paisaje cambie y sorprenda al visitante. Alojarte en una de las tradicionales casas encaladas, descubrir grutas y cuevas escondidas o participar de la tradicional recogida de la castaña en el mes de octubre, son sólo algunos de los atractivos que te fascinarán de Igualeja.
     En Igualeja no puedes perderte sus monumentos:
     Para los amantes de la historia, la iglesia de Santa Rosa de Lima es una de las paradas obligatorias en la visita a Igualeja. Este templo de estilo mudéjar se construyó en 1505 por orden del arzobispo de Sevilla, Diego de Deza, pero ha experimentado numerosas rehabilitaciones. De hecho, fue íntegramente reconstruida durante el siglo XX. En su interior encontraremos una valiosa talla de San Antonio de Padua en madera policromada, atribuida a la escuela granadina del XVII; una imagen de San Gregorio Magno que porta una cruz de plata de 3 brazos, un Cristo Crucificado y un Niño Jesús (niño la bola); ambas del siglo XVIII.
     En la plaza de Andalucía encontraremos el Nicho del Señor de la Misericordia, una pequeña capilla con una pintura de la Virgen y el Niño ("Stabat Mater") y un cuadro del Cristo Crucificado en un cristal.
     Para descubrir el barroco andaluz te recomendamos la ermita del Divino Pastor. Este templo se construyó sobre un antiguo convento de monjas carmelitas o franciscanas. La ermita conserva obras de gran valor, entre ellas destaca el cuadro en cristal del Divino Pastor, probablemente del siglo XVIII, y las imágenes del Divino Pastor y San José.
     Igualeja, al igual que Alpandeire, Pujerra, Júzcar, Cartajima y Faraján, forma parte de la Ruta de Fray Leopoldo, que recorre la Serranía de Ronda. Fray Leopoldo fue beatificado en 2010 y es uno de los santos con más devoción de Andalucía (Diputación Provincial de Málaga).
      Constituye la localidad más recóndita de la Serranía, en un territorio agreste dominado por las Sierras Blanca, Bermeja y Palmitera y surcado por los ríos Seco, Guadalmina y Genal que nace en un paraje de gran belleza, configurando en su curso desfiladeros de singulares atractivos. Población de origen árabe, perteneció a la kora Takorunna, y se incorporó en 1485 a la jurisdicción de Ronda como señorío del Infante D. Juan (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  

Iglesia de Santa Rosa de Lima
     La iglesia es fruto de la reforma realizada en 1972 sobre la fábrica de la primitiva iglesia, cuyo único vestigio es la torre.
     La reciente construcción del templo no ha sido óbice para que todavía cuente con algunos interesantes testimonios escultóricos de época barroca, ubicados en sus correspondientes altares. En el presbiterio, un Crucificado moderno de taller malagueño y sagrario neobarroco del siglo XIX. De mediana calidad artística, y muy alteradas por los repintes, son las esculturas del Niño Jesús triunfante, Jesús Nazareno y Virgen de los Dolores, estas dos últimas de vestir, aun­que con candeleros macizos convenientemente policromados. Las obras más importantes están en la nave del Evangelio: San Antonio de Padua y San Gregario Magno, cuya composición, modelado y estofado representan ejemplos claros de la estética que los talleres malagueños del siglo XVIII heredaron de Pedro de Mena. En la sacristía se conserva una custodia de plata con decoración rococó y un cáliz de plata blanca con marcas, ambos del s. XVIII (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La iglesia de Santa Rosa de Lima, edificio religioso muestra del desarrollo histórico del pueblo, fue construida en el siglo dieciséis en honor a Santa Rosa sobre una antigua mezquita, y ha experimentado varias modificaciones en los siglos diecisiete y dieciocho. Lo único que conserva intacto de la primera iglesia cristiana es la torre, que en su día fue alminar árabe.
     En el interior de la nave cabe destacar una imagen de San Antonio de Padua en madera policromada. La escultura pertenece a la escuela granadina del siglo diecisiete. También podemos contemplar un Cristo crucificado y un Niño Jesús, datadas en el siglo dieciocho. Otras de las imágenes religiosas que se encuentran en el interior del edificio religioso es un San Gregorio Magno del siglo dieciocho, que porta en la mano una cruz de plata blanca de tres brazos (Diputación Provincial de Málaga).

Ermita del Divino Pastor

     Levantada a comienzos del XVIII, lo más llamativo de este edificio es su insólita planta irregular compuesta a modo de trapecio escalonado y cubierto con bóveda semiesférica oval provista de dos entrantes laterales.
     La portada compone una estructura de retablo, a base de arco de medio punto entre colum­nas toscanas de mármol sobre plintos, óculo superior y hastial rematado en espadaña (Rosario Camacho Martínez [dirección], Aurora Arjones Fernández, Eduardo Asenjo Rubio, Francisco J. García Gómez, Juan Mª Montijano García, Sergio Ramírez González, Francisco José Rodríguez Marín, Belén Ruiz Garrido, Juan Antonio Sánchez López, y María Sánchez Luque. Guía artística de Málaga y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2006).  
     La construcción de esta ermita data del siglo dieciocho. Su planta es trapezoidal y llama la atención de visitante cuando la ve por primera vez. Se dice de ella que fue parte de un antiguo convento de monjas, posiblemente carmelitas o franciscanas.
     Es una ermita clásica, de estilo barroco-andaluz que ha sido restaurada en 2001. Cabe destacar su entrada con arco de medio punto, entre columnas sencillas de estilo toscano.
     En su interior destaca el cuadro de cristal del Divino Pastor, probablemente del dieciocho, así como las imágenes de San José y el Divino Pastor (Diputación Provincial de Málaga).

El Nicho del Señor de la Misericordia
     Es una pequeña capilla situada en la Plaza de Andalucía. En él se representa al Señor de la Misericordia. Lo más antiguo es un cuadro del siglo XVIII que representa al típico "stabat mater" (la madre al lado del niño). Es un cuadro de la escuela granadina. También hay otro cuadro del cristo crucificado en un cristal, copia del original que está en el lienzo (Diputación Provincial de Málaga).

Minas del Robledal 
     Estuvieron en explotación desde 1870 hasta 1914. La extracción de magnetita se llevó a cabo mediante galerías y a cielo abierto, primero a cargo del cónsul inglés en Málaga y Matías Huelin, y luego por la familia Larios, que las cedió a una compañía alemana (Diputación Provincial de Málaga).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Málaga, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa Rosa de Lima, Ermita del Divino Pastor, Nicho del Señor de la Misericordia, y Minas del Robledal) de la localidad de Igualeja, en la provincia de Málaga. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia malagueña.

Más sobre la provincia de Málaga, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 23 de agosto de 2024

La pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.  
      Hoy, 23 de agosto, es la Festividad de Santa Rosa, virgen, que, insigne desde muy niña por su austera sobriedad de vida, en Lima, en el Perú, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo. Entregada a la penitencia y a la oración, y ardiente de celo por la salvación de los pecadores y de la población indígena, aspiraba a dar la vida por ellos, sometiéndose de buena gana a toda clase de sufrimientos para ganarlos para Cristo. Su muerte tuvo lugar el día veinticuatro de agosto (1617) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
      Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla.
     El Palacio Arzobispal [nº 5 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 5 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la plaza de la Virgen de los Reyes, 1; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En el Palacio Arzobispal podemos contemplar esta pintura al óleo anónima sevillana de mediados del siglo XVIII y con unas medidas de 2,25 x 1,45 mts. En el centro de la composición, dentro de un gran arco en forma de hornacina y adornado con bellas formas ornamentales inspiradas en rocallas y estilizadas líneas vegetales, aparece la figura de la Virgen vestida con una túnica de color rojo y con un manto color azul oscuro con bellos ramos salpicados en hilo de oro, alrededor un grueso galón dorado. En sus brazos sostiene al Niño Jesús vestido también ricamente y que sostiene en sus manos una flor, la Virgen lleva en una mano un rosario de gruesas cuentas y en su otra mano un cetro y es coronada por una pareja de ángeles. Alrededor de la figura unas ráfagas en color plata que parten de la media luna que se encuentra a sus pies.
     A los pies de la imagen se encuentra santo Domingo de Guzmán, situado a la izquierda de la composición, lleva su mano al pecho en sentido de plegaria y como acción amorosa hacia la figura de la Virgen, en su otra mano lleva un macizo de azucenas como símbolo de pureza, a sus pies se encuentra un perro, otro de sus símbolos característicos y que generalmente le acompaña, que lleva en su boca un cirio encendido, frente a él la figura de Santa Rosa de Lima abre sus brazos a la Virgen (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Rosa de Lima, virgen
   Terciaria dominica nacida en 1586 en Lima, Perú, y muerta en 1617.
   La santa llevó el ascetismo hasta el extremo de llevar una corona de espinas sobre la frente y dormir sobre un lecho de vidrios molidos.
   Según la leyenda, las flores giraban sus cálices hacia ella. El día de sus votos, habría sido elevada al cielo por la Santísima Virgen. Un ruiseñor cantaba bajo su ventana durante la cuaresma.
CULTO
   Beatificada en 1668 por el papa Clemente IX, canonizada en 1673, Santa Rosa de Lima es la primera santa del Nuevo Mundo.
   Se contaba que cuando se propuso su canonización al papa, éste respondió que no creería en la santidad de una india, incluso si lloviesen rosas. Apenas hubo pronunciado esas palabras, una lluvia de rosas cubrió el Vaticano y no cesó hasta que el pontífice decretó la canonización de la santa limeña.
   Protectora de Sudamérica, y sobre todo de Perú y de la ciudad de Lima, Santa Rosa también es patrona de las dominicas y, a causa de su nombre, de los jardineros y de los floristas.
   Se la invocaba contra la peste, a causa de una confusión con santa Rosa de Palermo.
ICONOGRAFÍA
   Al igual que su homónima, Rosa de Viterbo y como santa Teresa de Lisieux, tiene como atributo rosas que lleva en la mano o recibe de Jesús, pero lo que la distingue de las anteriores es el hábito de dominica .
   Además, a veces, como san Antonio de Padua, sostiene al Niño Jesús en los brazos. Y  al igual que santa Catalina de Siena, con la cual suele forma pareja con frecuencia, lleva sobre la frente una corona, o más exactamente, un rosario de espinas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Rosa de Lima, virgen;
     Santa Rosa de Lima, (Lima, Perú, 20 de abril de 1586 – 24 de agosto de 1617). Religiosa terciaria dominica (OP), santa.
     Hija de Gaspar Miguel Flores y de María Oliva. Su padre nació en 1525 en Puerto Rico, aunque algunos lo hagan salmantino de Béjar. En la isla borinqueña permaneció hasta 1548, fecha en que pasó a Lima. El 9 de marzo de 1557, a la edad de treinta y dos años, obtuvo plaza de alabardero en la guardia del virrey del Perú. Tenía su casa en arriendo a la espalda de lo que sería Hospital del Espíritu Santo, en la calle de Santo Domingo, donde se veneraba la imagen de Nuestra Señora del Rosario que habían llevado hasta allí los primeros dominicos que llegaron con Pizarro. De robusta salud, alcanzó la edad de ciento dos años. María Oliva, nacida en Lima de padres españoles, tenía dieciocho años cuando casó con Gaspar Flores en 1577.
     Por tanto, éste tenía cincuenta y dos y era ya suboficial de la guardia de honor del virrey. Aunque la novia casó con dote proporcionada por la Hermandad de la Caridad, el número y la categoría de los testigos de boda indican que el matrimonio no fue mal visto a pesar de la diferencia de edad y que ambos cónyuges, si bien no andaban sobrados de caudales, estaban bien relacionados con la elite limeña. Tuvieron once hijos, aunque no todos llegaron a la mayoría de edad.
     La santa fue bautizada el día de Pentecostés de 1586, en la parroquia de San Sebastián, con el nombre de su abuela Isabel, aunque su madre la llamó Rosa desde muy temprana edad. Su padre obtuvo el retiro de su plaza como arcabucero a la edad de setenta y dos años y, por intercesión del virrey, consiguió un empleo como administrador en una mina. De esta forma, en 1597, la familia se trasladó a Quive (hoy provincia de Canta, departamento de Lima), donde el arzobispo santo Toribio de Mogrovejo le administró el sacramento de la confirmación, recibiendo entonces el nombre de Rosa. De los cuatro años que residió en Quive, tres los pasó Rosa postrada en la cama, aquejada de una parálisis.
     Dedicada a educar a las niñas de las mejores familias de Lima, María Oliva dio a su hija una formación esmerada y así, Rosa aprendió canto y poesía, y a tocar el arpa, la cítara y la vihuela, adquiriendo unos conocimientos muy superiores a los habituales en una joven de su posición. Tenía, además, gran habilidad para toda clase de labores domésticas y manuales: hilaba, cosía, tejía y bordaba. Asimismo, mostraba un gran instinto para el cuidado de las plantas y flores, que cultivaba en el huerto y jardín que ella misma había plantado en el patio de su casa. Con sus labores contribuía a subvenir las necesidades de la prolija familia.
     Un testimonio recogido en la encuesta de beatificación la describe: “Era de peregrina hermosura, con brío y gala, de talle bien dispuesto, dulce de carácter y discreta [...] Tenía el rostro ovalado, sereno y apacible; pelo rubio y abundante, ojos grandes y negros, frente despejada, ceja arqueada y bordoneada, mejillas rosadas, barbilla prominente, manos blancas, pequeñitas y bien torneadas y regular estatura”. Su madre se afanó siempre en desarrollar las dotes sociales de su hija y en realzar su excepcional belleza natural, procurando con ello facilitar un futuro matrimonio de provecho que garantizara una posición social aventajada para la joven y, a la vez, sirviera de báculo en la ancianidad de su padre. Sin embargo, ya desde su infancia, Rosa reveló una actitud devota que practicaba con sus constantes visitas al templo del Convento de los dominicos cercano a su casa, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. Este fervor religioso se proyectó en un carácter extremadamente humilde que reforzó buscando refugio en la autoridad de sus confesores, lo que le permitía eludir las intenciones de su madre. Con frecuencia, esto exasperaba el ánimo de ésta, pero la apacible mansedad de Rosa y su abnegada entrega al trabajo del hogar desarmaban todos los argumentos de reproche. El empeño de María Oliva de asegurar un futuro acomodado a su hija pudo materializarse cuando consiguió acordar un matrimonio de conveniencia para Rosa con el hijo de una de las damas limeñas que frecuentaba. Pero, entonces, la Santa desveló el voto de castidad que había formulado años antes con la aprobación de sus confesores, lo que frustró los planes de su madre y, en último término, desató su enfado. Aunque insistentemente trataron de persuadirla, Rosa manifestó el convencimiento de dedicar su vida a la oración, siguiendo el ejemplo de santa Catalina de Siena, cuya festividad se celebraba el día en que Rosa había nacido. A imitación de su santa protectora, despojó su cuerpo de la superficial belleza que la había adornado hasta entonces: se cortó la cabellera y quemó sus manos con cal viva. También a imitación de santa Catalina, acabaría vistiendo el hábito de terciaria dominica. Estas muestras de convicción terminaron por someter la voluntad de sus padres. Tras ello, santa Rosa dio un paso más en su proyecto de vida contemplativa y eremítica, y solicitó permiso para construir una celda en un rincón del huerto de la casa familiar. Inicialmente rechazado, consiguió la autorización de sus padres gracias a la intercesión del padre fray Juan de Lorenzana, que era su confesor en la iglesia del Rosario del Convento dominicano, y del influyente matrimonio amigo de la familia formado por Gonzalo de la Maza, contador de la cruzada, y María de Uzátegui. Con la ayuda de su querido hermano Fernando, construyó ella misma su celda. Su nueva morada estaba hecha de adobe y era de cinco pies de largo, por cuatro de ancho y seis de alto, tenía un pequeño altarcito con una cruz de cartón y ella la adornaba con flores. Esta especie de ermita aún se conserva como venerada reliquia en la casa natal de la santa, convertida hoy en santuario.
     Muy poco después de que Rosa comenzara a vivir encerrada en aquella celda, las damas que habían gustado de la compañía de su madre se interesaron por visitarla en su retiro.
     Probada su devoción, Rosa fue invitada a ingresar en el Convento de las clarisas que acababa de fundar en Lima María de Quiñones, sobrina del arzobispo santo Toribio de Mogrovejo. Su madre rechazó la propuesta excusando necesitar la presencia de Rosa para atender a la anciana abuela Isabel y carecer de recursos con que subvenir la dote conventual. También sus confesores le recomendaron abrazar la vida en comunidad y la observancia de una regla monástica, proponiendo en esa ocasión su ingreso en el Convento de las agustinas. Llegaron a hacerse los preparativos, pero el mismo día en que se había acordado que Rosa entrara en la casa de las agustinas, ya de camino hacia ella, entró a orar ante la Virgen del Rosario de la iglesia de los dominicos y, en el último momento, se arrepintió. Un último intento de convencerla para que siguiera la vida de monja claustral provino de Gonzalo de la Maza, quien aconsejó el ingreso en el Convento de las franciscanas descalzas, que gozaban de rigurosa fama. Esta vez, Rosa puso como excusa el parecer de sus confesores. Al parecer, de los cuatro a los que había consultado, dos le aconsejaron que permaneciera en su casa. Finalmente, quizá la intervención del dominico padre Lorenzana y de sor Catalina de Santa María y sor Francisca de Montoya, ambas terciarias de Santo Domingo, así como la devoción que sentía Rosa por la Virgen del Rosario y por santa Catalina de Siena determinaron finalmente su ingreso en la Orden Tercera de Santo Domingo, que se confirmó el 10 de agosto de 1606, en la iglesia del Convento de los frailes predicadores. A partir de aquel día, Rosa pasó a llamarse Rosa de Santa María y comenzó a ejercer el oficio de camarera de la patrona de la Orden, su santa protectora, cargo que desempeñó hasta el final de su vida, manifestando ostensiblemente su alegría y el arrobo místico que sentía al estar en presencia de la venerada imagen.
     Un rasgo característico de la vida y de la actitud espiritual de Rosa fue su constante tendencia a practicar una severa penitencia que, en muchas ocasiones, llegaba a imitar con rigor la Pasión de Jesucristo.
     En este aspecto, también seguía Rosa el ejemplo de su devocionada santa Catalina de Siena, cuyos modelos de penitencia fueron el ayuno casi permanente y, en último término, la mortificación más extrema y sangrienta. Rosa comenzó a practicar el ayuno de forma habitual desde muy niña. Se dice que ya a los seis años ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, y que a los quince dejó de comer carne.
     Su régimen alimenticio hubo de manifestarse en su aspecto exterior y, en definitiva, en su salud, lo que preocupaba e irritaba a su madre, que la obligaba a comer en su presencia. No obstante, Rosa se las ingeniaba como podía para porfiar en su abstinencia, a veces, con la ayuda de su confidente, la india Mariana, cocinera de la casa paterna. Otras veces, cuando la obligaban a comer, lo compensaba ingiriendo infusiones de hierbas amargas mezcladas con vinagre para remedar así a Cristo en la Cruz. Al final de su vida, el ayuno llegó a ser en ella casi permanente y durante largas temporadas se mantenía tan sólo con las especies sacramentales.
     De la misma forma que se resistía a ingerir alimento corporal, Rosa evitaba el descanso físico. Para dominar el vencimiento del sueño, Rosa empleaba métodos inauditos, como era encaramarse a una cruz de tamaño natural que había hecho colocar en su celda y que tenía dos escarpias en los brazos para asirse a ella. Otras veces permanecía por largo rato sosteniéndose sobre la punta de los pies. Cuando finalmente había de acostarse, lo hacía en una cama que era más bien potro de tortura y cuya descripción ha llenado muchas páginas de sus hagiografías. También en esta costumbre se inició Rosa desde edad temprana y también por ella entró en conflicto con su madre, que la consideraba una práctica atroz y, para disuadirla, la obligaba a dormir en su mismo lecho. Tanta preocupación llegó a sentir la madre por los padecimientos que había su hija de sufrir en la cama con la que se penitenciaba el sueño, que buscó el apoyo de sus confesores. Durante dieciséis años intentaron disuadirla, pero Rosa argumentaba con solidez su deseo de perseverar. Tan sólo tres años antes de la muerte de la santa consiguieron prohibirle este tipo de castigo, pero tanto suplicó Rosa que hubieron de concederle un nuevo permiso para reanudar su penitencia nocturna durante la cuaresma.
     La flagelación era otro de los ejemplos que encontró Rosa en santa Catalina. Con programada disciplina, se azotaba con una cadena de hierro, golpeando cada día una parte diferente de su cuerpo. Su madre buscó el amparo del padre Lorenzana para paliar al menos este sacrificio y éste le impuso reducir el número de azotes. Entonces, Rosa aplicó a sus castigos una contabilidad meticulosa. Aunque en muchas ocasiones los ruegos de su madre calaron en las recomendaciones que le hacían sus confesores sobre la necesidad de rebajar sus exageradas penitencias, Rosa siempre porfiaba en su empeño. Parecía ignorar la verdadera intención de sus confesores y se atenía a la literalidad de sus dictados, creyendo que compatibilizaba así la obediencia debida a sus directores espirituales con su propia opinión acerca de los martirios más adecuados.
     Por ejemplo, cuando más adelante se le ordenó que trocara la cadena de hierro por la disciplina de cuerda trenzada y anudada y se conformara con el uso común de su orden, Rosa tomó al pie de la letra el mandato de su confesor. En efecto, dejó de azotarse con la cadena de hierro, pero comenzó a ceñírsela a la cintura como cilicio, dándole tres vueltas alrededor de su cuerpo, cerrándola con un candado y arrojando la llave al pozo de su casa. Todo tipo de suplicios usó la santa: cotas de malla, cilicios, manojos de ortigas que se ponía sobre la piel y camisas de arpillera que le llagaban un cuerpo ya malherido. Uno de los más característicos fue la corona de espinas que comenzó a usar a los doce años. Al vestir el hábito terciario, sustituyó la que había llevado desde niña por otra confeccionada de metal y con forma de diadema para poder ocultarla bajo la toca. Durante años la llevó todos los días sin conocimiento de su familia ni confesores, hasta que por azar se descubrió. Al verla, su madre acudió al padre Juan de Villalobos, rector del Colegio de la Compañía de Jesús en Lima, uno de los confesores de Rosa, quien tan sólo consiguió convencerla para que limara un poco los clavos de su tormento. Esta misma corona sería tomada por la iconografía como atributo de su santidad.
     Hasta once confesores tuvo Rosa a lo largo de su vida —seis dominicos y cinco jesuitas—, si bien fue el padre Lorenzana el que más estrechamente dirigió su alma. Aunque Lorenzana era un prestigioso teólogo, la formación doctrinal de Rosa debía de limitarse a lo escuchado en los sermones de los frailes predicadores.
     Su biblioteca se reducía apenas a la Vida de Santa Catalina de Siena, del beato Raimundo de Capua, y a la Guía de pecadores y el Libro de oración y meditación, de fray Luis de Granada. En sus Mercedes, santa Rosa cita algunos pasajes del Cantar de los Cantares y eran conocidas las letrillas que improvisaba, muchas de ellas vueltas a lo divino de coplas ajenas.
     La caridad fue otra de las facetas de la vida de santa Rosa. Abrió un dispensario en su casa de la calle de Santo Domingo y con frecuencia visitaba el Hospital de Santa Ana que fray Jerónimo de Loaysa había fundado para las mujeres enfermas. Allí atendía a las más necesitadas, poniendo especial cuidado en aquéllas que, por sus dolencias infecciosas, infundían más rechazo y se veían, por consiguiente, más desamparadas, siguiendo una vez más el ejemplo de santa Catalina.
     Rosa ejercía de intermediaria en el reparto de cuantiosas limosnas a los pobres gracias a sus buenas relaciones con la elite limeña. Gozó de la amistad de Jerónima de Gama, María Eufemia de Pareja y Luisa de Melgarejo, que cada vez que encontraba a la santa por las calles de Lima la saludaba de rodillas y, al marcharse, besaba las huellas que dejaban sus pasos. Tanto llegó a extenderse la fama de sus virtudes que, en cierta ocasión, la virreina le pidió a Rosa, a través del padre fray Alonso Velásquez, uno de sus confesores, una de las dos matas de romero que tenía en su huerto.
     En 1614 abandonó Rosa su celda y pasó a vivir en casa de Gonzalo de la Maza y María de Uzátegui, donde confluyó todo el caudal de devociones que la santa recibía ya en vida. No relajó allí Rosa su vida de extrema penitencia, pues informaban sus protectores que la veían dormir sentada en una silla y pasar horas orando en la capilla doméstica. Fue en esta casa donde comenzó Rosa a experimentar las visiones en la que decía enfrentarse al Demonio. A lo largo de los tres años que pasó acogida por sus protectores, propuso Rosa en varias ocasiones la fundación de un convento bajo la advocación de santa Catalina. Sin embargo, no encontró eco alguno, ni siquiera en don Gonzalo, ni en el doctor Juan del Castillo ni en el padre fray Luis de Bilbao, otro de sus confesores. Dicho convento no sería finalmente fundado hasta 1622, bajo el patrocinio de Lucía Guerrero de la Daga, que ingresó en él como priora, y en el que ingresaría también la madre de Rosa, ya viuda, y la hija de su hermano Fernando.
     En julio de 1615 corrió por la ciudad la noticia de que el corsario holandés Jorge Spilbergen pretendía desembarcar en el Callao y dirigirse posteriormente a Lima con la intención de saquearla. Aunque los enemigos fueron finalmente rechazados antes de entrar en el puerto, falsos rumores provocaron el pánico de la población y prendieron en Rosa la llama de su ansiado martirio. La santa reunió a sus hermanas terciarias para velar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia del Rosario, haciendo ostensión de su deseo de entregarse en sacrificio para proteger el altar de la profanación de los herejes. Más tarde, muchos atribuyeron que la intercesión de Rosa había conjurado aquella amenaza, por lo que la imaginería la representa portando la ciudad sostenida por el ancla.
     El momento culminante de su vida tuvo lugar en la Capilla del Rosario el Domingo de Ramos de 1617.
     Estando Rosa orando ante la Virgen, sintió ineludible la llamada del Niño Jesús. Una semana más tarde, el Domingo de Resurrección, se colocaba en el dedo el anillo que representaba su desposorio místico con Jesucristo. Sin mayor dicha que alcanzar en esta existencia, poco tiempo más habrían de prologarse los padecimientos físicos de santa Rosa. El régimen penitencial que a lo largo de su vida se impuso acabó mellando su salud. Había padecido frecuentes vómitos de sangre, gota, ciática y otros males que, unidos al ayuno y la penitencia, le produjeron un progresivo agotamiento físico que explica en parte su prematura muerte. El día 28 de julio del mismo año salió Rosa por última vez de la casa de don Gonzalo y se dirigió a la de sus padres y allí mismo comenzó a presagiar su muerte. Tras permanecer con sus padres por espacio de tres días, el 1 de agosto, dio comienzo la dolorosa enfermedad que tendría como resultado su muerte. El 21 de agosto, después de dolorosa agonía, se le administró el viático y la extremaunción y, rodeada de su familia, protectores, directores espirituales, hermanas y discípulas, murió el 24 de agosto de 1617 a la edad de treinta y un años.
     Su velatorio en el Convento dominicano fue multitudinario y acudieron el virrey, el arzobispo y las más altas dignidades de la ciudad. Para evitar el atropello de los devotos que acudían en busca de reliquias, fue necesario trasladar su cuerpo a la capilla del noviciado e inhumarlo en secreto en el claustro, difundiendo el falso rumor de que el entierro se llevaría a cabo al día siguiente. El marzo de 1619 sus restos fueron trasladados a la iglesia donde aún se venera. Abiertas las consultas informativas sobre las virtudes y milagros de Rosa a iniciativa del arzobispo Lobo Guerrero, en el proceso ordinario (1617-1618) y en el proceso apostólico (1630-1632) declararon un total de 210 testigos, la mayor parte de ellos pertenecientes a las elites criollas del virreinato del Perú. El 3 de marzo de 1637 la Sagrada Congregación de los Ritos autorizó a celebrar la misa en honor de la Sierva de Dios Rosa de Santa María durante los meses de agosto. El 2 de enero de 1668 se la nombró patrona principal de Lima y fue beatificada por Clemente IX el 12 de febrero del mismo año. Clemente X la proclamó patrona de toda la América española y posesiones oceánicas de España el 11 de agosto de 1670 y, el 12 de abril de 1671, firmó el decreto de su canonización. Su fiesta se celebra el 23 de agosto (Jaime J. Lacueva Muñoz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Virgen con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima", anónima, en el Palacio Arzobispal, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Palacio Arzobispal, en ExplicArte Sevilla.

lunes, 23 de agosto de 2021

La pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Capuchinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Capuchinos, de Sevilla.  
     Hoy, 23 de agosto, es la Memoria de Santa Rosa, virgen, que, insigne desde muy niña por su austera sobriedad de vida, en Lima, en el Perú, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo. Entregada a la penitencia y a la oración, y ardiente de celo por la salvación de los pecadores y de la población indígena, aspiraba a dar la vida por ellos, sometiéndose de buena gana a toda clase de sufrimientos para ganarlos para Cristo. Su muerte tuvo lugar el día veinticuatro de agosto (1617) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Capuchinos, de Sevilla.
     El Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora), se encuentra en la calle Ronda de Capuchinos, 1; en el Barrio de la Cruz Roja-Capuchinos, del Distrito Macarena.
     En una de las dependencias del Convento de Capuchinos podemos contemplar la pintura "Santa Rosa de Lima", óleo sobre lienzo anónimo, de estilo barroco sevillano realizado sobre el 1700, y con unas medidas de 1'40 x 0'97 m.
     Se representa a Santa Rosa arrodillada, sostiene en sus brazos al Niño Jesús al que agarra tiernamente del pie. El Niño tiene en la mano izquierda la bola del mundo y con la derecha le ofrece una rosa a la santa.
     Ésta viste su hábito, rosario en la cintura y corona de espinas en la cabeza. En la parte posterior derecha hay un cortinaje de color rojo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Rosa de Lima, virgen
   Terciaria dominica nacida en 1586 en Lima, Perú, y muerta en 1617.
   La santa llevó el ascetismo hasta el extremo de llevar una corona de espinas sobre la frente y dormir sobre un lecho de vidrios molidos.
   Según la leyenda, las flores giraban sus cálices hacia ella. El día de sus votos, habría sido elevada al cielo por la Santísima Virgen. Un ruiseñor cantaba bajo su ventana durante la cuaresma.
CULTO
   Beatificada en 1668 por el papa Clemente IX, canonizada en 1673, Santa Rosa de Lima es la primera santa del Nuevo Mundo.
   Se contaba que cuando se propuso su canonización al papa, éste respondió que no creería en la santidad de una india, incluso si lloviesen rosas. Apenas hubo pronunciado esas palabras, una lluvia de rosas cubrió el Vaticano y no cesó hasta que el pontífice decretó la canonización de la santa limeña.
   Protectora de Sudamérica, y sobre todo de Perú y de la ciudad de Lima, Santa Rosa también es patrona de las dominicas y, a causa de su nombre, de los jardineros y de los floristas.
   Se la invocaba contra la peste, a causa de una confusión con santa Rosa de Palermo.
ICONOGRAFÍA
   Al igual que su homónima, Rosa de Viterbo y como santa Teresa de Lisieux, tiene como atributo rosas que lleva en la mano o recibe de Jesús, pero lo que la distingue de las anteriores es el hábito de dominica.
   Además, a veces, como san Antonio de Padua, sostiene al Niño Jesús en los brazos. Y  al igual que santa Catalina de Siena, con la cual suele forma pareja con frecuencia, lleva sobre la frente una corona, o más exactamente, un rosario de espinas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Rosa de Lima, virgen;
     Santa Rosa de Lima, (Lima, Perú, 20 de abril de 1586 – 24 de agosto de 1617). Religiosa terciaria dominica (OP), santa.
     Hija de Gaspar Miguel Flores y de María Oliva. Su padre nació en 1525 en Puerto Rico, aunque algunos lo hagan salmantino de Béjar. En la isla borinqueña permaneció hasta 1548, fecha en que pasó a Lima. El 9 de marzo de 1557, a la edad de treinta y dos años, obtuvo plaza de alabardero en la guardia del virrey del Perú. Tenía su casa en arriendo a la espalda de lo que sería Hospital del Espíritu Santo, en la calle de Santo Domingo, donde se veneraba la imagen de Nuestra Señora del Rosario que habían llevado hasta allí los primeros dominicos que llegaron con Pizarro. De robusta salud, alcanzó la edad de ciento dos años. María Oliva, nacida en Lima de padres españoles, tenía dieciocho años cuando casó con Gaspar Flores en 1577.
     Por tanto, éste tenía cincuenta y dos y era ya suboficial de la guardia de honor del virrey. Aunque la novia casó con dote proporcionada por la Hermandad de la Caridad, el número y la categoría de los testigos de boda indican que el matrimonio no fue mal visto a pesar de la diferencia de edad y que ambos cónyuges, si bien no andaban sobrados de caudales, estaban bien relacionados con la elite limeña. Tuvieron once hijos, aunque no todos llegaron a la mayoría de edad.
     La santa fue bautizada el día de Pentecostés de 1586, en la parroquia de San Sebastián, con el nombre de su abuela Isabel, aunque su madre la llamó Rosa desde muy temprana edad. Su padre obtuvo el retiro de su plaza como arcabucero a la edad de setenta y dos años y, por intercesión del virrey, consiguió un empleo como administrador en una mina. De esta forma, en 1597, la familia se trasladó a Quive (hoy provincia de Canta, departamento de Lima), donde el arzobispo santo Toribio de Mogrovejo le administró el sacramento de la confirmación, recibiendo entonces el nombre de Rosa. De los cuatro años que residió en Quive, tres los pasó Rosa postrada en la cama, aquejada de una parálisis.
     Dedicada a educar a las niñas de las mejores familias de Lima, María Oliva dio a su hija una formación esmerada y así, Rosa aprendió canto y poesía, y a tocar el arpa, la cítara y la vihuela, adquiriendo unos conocimientos muy superiores a los habituales en una joven de su posición. Tenía, además, gran habilidad para toda clase de labores domésticas y manuales: hilaba, cosía, tejía y bordaba. Asimismo, mostraba un gran instinto para el cuidado de las plantas y flores, que cultivaba en el huerto y jardín que ella misma había plantado en el patio de su casa. Con sus labores contribuía a subvenir las necesidades de la prolija familia.
     Un testimonio recogido en la encuesta de beatificación la describe: “Era de peregrina hermosura, con brío y gala, de talle bien dispuesto, dulce de carácter y discreta [...] Tenía el rostro ovalado, sereno y apacible; pelo rubio y abundante, ojos grandes y negros, frente despejada, ceja arqueada y bordoneada, mejillas rosadas, barbilla prominente, manos blancas, pequeñitas y bien torneadas y regular estatura”. Su madre se afanó siempre en desarrollar las dotes sociales de su hija y en realzar su excepcional belleza natural, procurando con ello facilitar un futuro matrimonio de provecho que garantizara una posición social aventajada para la joven y, a la vez, sirviera de báculo en la ancianidad de su padre. Sin embargo, ya desde su infancia, Rosa reveló una actitud devota que practicaba con sus constantes visitas al templo del Convento de los dominicos cercano a su casa, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. Este fervor religioso se proyectó en un carácter extremadamente humilde que reforzó buscando refugio en la autoridad de sus confesores, lo que le permitía eludir las intenciones de su madre. Con frecuencia, esto exasperaba el ánimo de ésta, pero la apacible mansedad de Rosa y su abnegada entrega al trabajo del hogar desarmaban todos los argumentos de reproche. El empeño de María Oliva de asegurar un futuro acomodado a su hija pudo materializarse cuando consiguió acordar un matrimonio de conveniencia para Rosa con el hijo de una de las damas limeñas que frecuentaba. Pero, entonces, la Santa desveló el voto de castidad que había formulado años antes con la aprobación de sus confesores, lo que frustró los planes de su madre y, en último término, desató su enfado. Aunque insistentemente trataron de persuadirla, Rosa manifestó el convencimiento de dedicar su vida a la oración, siguiendo el ejemplo de santa Catalina de Siena, cuya festividad se celebraba el día en que Rosa había nacido. A imitación de su santa protectora, despojó su cuerpo de la superficial belleza que la había adornado hasta entonces: se cortó la cabellera y quemó sus manos con cal viva. También a imitación de santa Catalina, acabaría vistiendo el hábito de terciaria dominica. Estas muestras de convicción terminaron por someter la voluntad de sus padres. Tras ello, santa Rosa dio un paso más en su proyecto de vida contemplativa y eremítica, y solicitó permiso para construir una celda en un rincón del huerto de la casa familiar. Inicialmente rechazado, consiguió la autorización de sus padres gracias a la intercesión del padre fray Juan de Lorenzana, que era su confesor en la iglesia del Rosario del Convento dominicano, y del influyente matrimonio amigo de la familia formado por Gonzalo de la Maza, contador de la cruzada, y María de Uzátegui. Con la ayuda de su querido hermano Fernando, construyó ella misma su celda. Su nueva morada estaba hecha de adobe y era de cinco pies de largo, por cuatro de ancho y seis de alto, tenía un pequeño altarcito con una cruz de cartón y ella la adornaba con flores. Esta especie de ermita aún se conserva como venerada reliquia en la casa natal de la santa, convertida hoy en santuario.
     Muy poco después de que Rosa comenzara a vivir encerrada en aquella celda, las damas que habían gustado de la compañía de su madre se interesaron por visitarla en su retiro.
     Probada su devoción, Rosa fue invitada a ingresar en el Convento de las clarisas que acababa de fundar en Lima María de Quiñones, sobrina del arzobispo santo Toribio de Mogrovejo. Su madre rechazó la propuesta excusando necesitar la presencia de Rosa para atender a la anciana abuela Isabel y carecer de recursos con que subvenir la dote conventual. También sus confesores le recomendaron abrazar la vida en comunidad y la observancia de una regla monástica, proponiendo en esa ocasión su ingreso en el Convento de las agustinas. Llegaron a hacerse los preparativos, pero el mismo día en que se había acordado que Rosa entrara en la casa de las agustinas, ya de camino hacia ella, entró a orar ante la Virgen del Rosario de la iglesia de los dominicos y, en el último momento, se arrepintió. Un último intento de convencerla para que siguiera la vida de monja claustral provino de Gonzalo de la Maza, quien aconsejó el ingreso en el Convento de las franciscanas descalzas, que gozaban de rigurosa fama. Esta vez, Rosa puso como excusa el parecer de sus confesores. Al parecer, de los cuatro a los que había consultado, dos le aconsejaron que permaneciera en su casa. Finalmente, quizá la intervención del dominico padre Lorenzana y de sor Catalina de Santa María y sor Francisca de Montoya, ambas terciarias de Santo Domingo, así como la devoción que sentía Rosa por la Virgen del Rosario y por santa Catalina de Siena determinaron finalmente su ingreso en la Orden Tercera de Santo Domingo, que se confirmó el 10 de agosto de 1606, en la iglesia del Convento de los frailes predicadores. A partir de aquel día, Rosa pasó a llamarse Rosa de Santa María y comenzó a ejercer el oficio de camarera de la patrona de la Orden, su santa protectora, cargo que desempeñó hasta el final de su vida, manifestando ostensiblemente su alegría y el arrobo místico que sentía al estar en presencia de la venerada imagen.
     Un rasgo característico de la vida y de la actitud espiritual de Rosa fue su constante tendencia a practicar una severa penitencia que, en muchas ocasiones, llegaba a imitar con rigor la Pasión de Jesucristo.
     En este aspecto, también seguía Rosa el ejemplo de su devocionada santa Catalina de Siena, cuyos modelos de penitencia fueron el ayuno casi permanente y, en último término, la mortificación más extrema y sangrienta. Rosa comenzó a practicar el ayuno de forma habitual desde muy niña. Se dice que ya a los seis años ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, y que a los quince dejó de comer carne.
     Su régimen alimenticio hubo de manifestarse en su aspecto exterior y, en definitiva, en su salud, lo que preocupaba e irritaba a su madre, que la obligaba a comer en su presencia. No obstante, Rosa se las ingeniaba como podía para porfiar en su abstinencia, a veces, con la ayuda de su confidente, la india Mariana, cocinera de la casa paterna. Otras veces, cuando la obligaban a comer, lo compensaba ingiriendo infusiones de hierbas amargas mezcladas con vinagre para remedar así a Cristo en la Cruz. Al final de su vida, el ayuno llegó a ser en ella casi permanente y durante largas temporadas se mantenía tan sólo con las especies sacramentales.
     De la misma forma que se resistía a ingerir alimento corporal, Rosa evitaba el descanso físico. Para dominar el vencimiento del sueño, Rosa empleaba métodos inauditos, como era encaramarse a una cruz de tamaño natural que había hecho colocar en su celda y que tenía dos escarpias en los brazos para asirse a ella. Otras veces permanecía por largo rato sosteniéndose sobre la punta de los pies. Cuando finalmente había de acostarse, lo hacía en una cama que era más bien potro de tortura y cuya descripción ha llenado muchas páginas de sus hagiografías. También en esta costumbre se inició Rosa desde edad temprana y también por ella entró en conflicto con su madre, que la consideraba una práctica atroz y, para disuadirla, la obligaba a dormir en su mismo lecho. Tanta preocupación llegó a sentir la madre por los padecimientos que había su hija de sufrir en la cama con la que se penitenciaba el sueño, que buscó el apoyo de sus confesores. Durante dieciséis años intentaron disuadirla, pero Rosa argumentaba con solidez su deseo de perseverar. Tan sólo tres años antes de la muerte de la santa consiguieron prohibirle este tipo de castigo, pero tanto suplicó Rosa que hubieron de concederle un nuevo permiso para reanudar su penitencia nocturna durante la cuaresma.
     La flagelación era otro de los ejemplos que encontró Rosa en santa Catalina. Con programada disciplina, se azotaba con una cadena de hierro, golpeando cada día una parte diferente de su cuerpo. Su madre buscó el amparo del padre Lorenzana para paliar al menos este sacrificio y éste le impuso reducir el número de azotes. Entonces, Rosa aplicó a sus castigos una contabilidad meticulosa. Aunque en muchas ocasiones los ruegos de su madre calaron en las recomendaciones que le hacían sus confesores sobre la necesidad de rebajar sus exageradas penitencias, Rosa siempre porfiaba en su empeño. Parecía ignorar la verdadera intención de sus confesores y se atenía a la literalidad de sus dictados, creyendo que compatibilizaba así la obediencia debida a sus directores espirituales con su propia opinión acerca de los martirios más adecuados.
     Por ejemplo, cuando más adelante se le ordenó que trocara la cadena de hierro por la disciplina de cuerda trenzada y anudada y se conformara con el uso común de su orden, Rosa tomó al pie de la letra el mandato de su confesor. En efecto, dejó de azotarse con la cadena de hierro, pero comenzó a ceñírsela a la cintura como cilicio, dándole tres vueltas alrededor de su cuerpo, cerrándola con un candado y arrojando la llave al pozo de su casa. Todo tipo de suplicios usó la santa: cotas de malla, cilicios, manojos de ortigas que se ponía sobre la piel y camisas de arpillera que le llagaban un cuerpo ya malherido. Uno de los más característicos fue la corona de espinas que comenzó a usar a los doce años. Al vestir el hábito terciario, sustituyó la que había llevado desde niña por otra confeccionada de metal y con forma de diadema para poder ocultarla bajo la toca. Durante años la llevó todos los días sin conocimiento de su familia ni confesores, hasta que por azar se descubrió. Al verla, su madre acudió al padre Juan de Villalobos, rector del Colegio de la Compañía de Jesús en Lima, uno de los confesores de Rosa, quien tan sólo consiguió convencerla para que limara un poco los clavos de su tormento. Esta misma corona sería tomada por la iconografía como atributo de su santidad.
     Hasta once confesores tuvo Rosa a lo largo de su vida —seis dominicos y cinco jesuitas—, si bien fue el padre Lorenzana el que más estrechamente dirigió su alma. Aunque Lorenzana era un prestigioso teólogo, la formación doctrinal de Rosa debía de limitarse a lo escuchado en los sermones de los frailes predicadores.
     Su biblioteca se reducía apenas a la Vida de Santa Catalina de Siena, del beato Raimundo de Capua, y a la Guía de pecadores y el Libro de oración y meditación, de fray Luis de Granada. En sus Mercedes, santa Rosa cita algunos pasajes del Cantar de los Cantares y eran conocidas las letrillas que improvisaba, muchas de ellas vueltas a lo divino de coplas ajenas.
     La caridad fue otra de las facetas de la vida de santa Rosa. Abrió un dispensario en su casa de la calle de Santo Domingo y con frecuencia visitaba el Hospital de Santa Ana que fray Jerónimo de Loaysa había fundado para las mujeres enfermas. Allí atendía a las más necesitadas, poniendo especial cuidado en aquéllas que, por sus dolencias infecciosas, infundían más rechazo y se veían, por consiguiente, más desamparadas, siguiendo una vez más el ejemplo de santa Catalina.
     Rosa ejercía de intermediaria en el reparto de cuantiosas limosnas a los pobres gracias a sus buenas relaciones con la elite limeña. Gozó de la amistad de Jerónima de Gama, María Eufemia de Pareja y Luisa de Melgarejo, que cada vez que encontraba a la santa por las calles de Lima la saludaba de rodillas y, al marcharse, besaba las huellas que dejaban sus pasos. Tanto llegó a extenderse la fama de sus virtudes que, en cierta ocasión, la virreina le pidió a Rosa, a través del padre fray Alonso Velásquez, uno de sus confesores, una de las dos matas de romero que tenía en su huerto.
     En 1614 abandonó Rosa su celda y pasó a vivir en casa de Gonzalo de la Maza y María de Uzátegui, donde confluyó todo el caudal de devociones que la santa recibía ya en vida. No relajó allí Rosa su vida de extrema penitencia, pues informaban sus protectores que la veían dormir sentada en una silla y pasar horas orando en la capilla doméstica. Fue en esta casa donde comenzó Rosa a experimentar las visiones en la que decía enfrentarse al Demonio. A lo largo de los tres años que pasó acogida por sus protectores, propuso Rosa en varias ocasiones la fundación de un convento bajo la advocación de santa Catalina. Sin embargo, no encontró eco alguno, ni siquiera en don Gonzalo, ni en el doctor Juan del Castillo ni en el padre fray Luis de Bilbao, otro de sus confesores. Dicho convento no sería finalmente fundado hasta 1622, bajo el patrocinio de Lucía Guerrero de la Daga, que ingresó en él como priora, y en el que ingresaría también la madre de Rosa, ya viuda, y la hija de su hermano Fernando.
     En julio de 1615 corrió por la ciudad la noticia de que el corsario holandés Jorge Spilbergen pretendía desembarcar en el Callao y dirigirse posteriormente a Lima con la intención de saquearla. Aunque los enemigos fueron finalmente rechazados antes de entrar en el puerto, falsos rumores provocaron el pánico de la población y prendieron en Rosa la llama de su ansiado martirio. La santa reunió a sus hermanas terciarias para velar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia del Rosario, haciendo ostensión de su deseo de entregarse en sacrificio para proteger el altar de la profanación de los herejes. Más tarde, muchos atribuyeron que la intercesión de Rosa había conjurado aquella amenaza, por lo que la imaginería la representa portando la ciudad sostenida por el ancla.
     El momento culminante de su vida tuvo lugar en la Capilla del Rosario el Domingo de Ramos de 1617.
     Estando Rosa orando ante la Virgen, sintió ineludible la llamada del Niño Jesús. Una semana más tarde, el Domingo de Resurrección, se colocaba en el dedo el anillo que representaba su desposorio místico con Jesucristo. Sin mayor dicha que alcanzar en esta existencia, poco tiempo más habrían de prologarse los padecimientos físicos de santa Rosa. El régimen penitencial que a lo largo de su vida se impuso acabó mellando su salud. Había padecido frecuentes vómitos de sangre, gota, ciática y otros males que, unidos al ayuno y la penitencia, le produjeron un progresivo agotamiento físico que explica en parte su prematura muerte. El día 28 de julio del mismo año salió Rosa por última vez de la casa de don Gonzalo y se dirigió a la de sus padres y allí mismo comenzó a presagiar su muerte. Tras permanecer con sus padres por espacio de tres días, el 1 de agosto, dio comienzo la dolorosa enfermedad que tendría como resultado su muerte. El 21 de agosto, después de dolorosa agonía, se le administró el viático y la extremaunción y, rodeada de su familia, protectores, directores espirituales, hermanas y discípulas, murió el 24 de agosto de 1617 a la edad de treinta y un años.
     Su velatorio en el Convento dominicano fue multitudinario y acudieron el virrey, el arzobispo y las más altas dignidades de la ciudad. Para evitar el atropello de los devotos que acudían en busca de reliquias, fue necesario trasladar su cuerpo a la capilla del noviciado e inhumarlo en secreto en el claustro, difundiendo el falso rumor de que el entierro se llevaría a cabo al día siguiente. El marzo de 1619 sus restos fueron trasladados a la iglesia donde aún se venera. Abiertas las consultas informativas sobre las virtudes y milagros de Rosa a iniciativa del arzobispo Lobo Guerrero, en el proceso ordinario (1617-1618) y en el proceso apostólico (1630-1632) declararon un total de 210 testigos, la mayor parte de ellos pertenecientes a las elites criollas del virreinato del Perú. El 3 de marzo de 1637 la Sagrada Congregación de los Ritos autorizó a celebrar la misa en honor de la Sierva de Dios Rosa de Santa María durante los meses de agosto. El 2 de enero de 1668 se la nombró patrona principal de Lima y fue beatificada por Clemente IX el 12 de febrero del mismo año. Clemente X la proclamó patrona de toda la América española y posesiones oceánicas de España el 11 de agosto de 1670 y, el 12 de abril de 1671, firmó el decreto de su canonización. Su fiesta se celebra el 23 de agosto (Jaime J. Lacueva Muñoz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
          Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Capuchinos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Convento de Capuchinos, en ExplicArte Sevilla.

viernes, 23 de agosto de 2019

La pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Madre de Dios


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Madre de Dios, de Sevilla.  
     Hoy, 23 de agosto, es la Festividad de Santa Rosa, virgen, que, insigne desde muy niña por su austera sobriedad de vida, en Lima, en el Perú, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo. Entregada a la penitencia y a la oración, y ardiente de celo por la salvación de los pecadores y de la población indígena, aspiraba a dar la vida por ellos, sometiéndose de buena gana a toda clase de sufrimientos para ganarlos para Cristo. Su muerte tuvo lugar el día veinticuatro de agoto (1617) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "Santa Rosa de Lima", anónima, en el Convento de Madre de Dios, de Sevilla.
     El Convento de Madre de Dios, se encuentra en la calle San José, 4; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En el Convento de Madre de Dios podemos contemplar esta pintura al óleo anónima sevillana que representa la visión mística de Santa Rosa de Lima. La santa aparece vestida con el hábito dominico y arrodillada ante la presencia de Jesús Niño desnudo y entre rosas que aluden a su nombre. La composición es la típica de estas contemplaciones místicas, conformando un triángulo perfecto con un eje principal delimitado por los rostros de la Santa y del Niño. El fondo difuminado por un cielo gris que es iluminado por las aureolas de las figuras, se completa con una arquitectura lateral, aludiendo al convento limeño donde residió la santa, además de un bello rosal en un lateral. El correcto dibujo y la variada paleta cromática que se emplea a través de una pincelada muy suelta y difuminada, nos llevan a ajustar esta obra dentro de la pintura sevillana de finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, en el entorno de 1686-1715. (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Rosa de Lima, virgen;
   Terciaria dominica nacida en 1586 en Lima, Perú, y muerta en 1617.
   La santa llevó el ascetismo hasta el extremo de llevar una corona de espinas sobre la frente y dormir sobre un lecho de vidrios molidos.
   Según la leyenda, las flores giraban sus cálices hacia ella. El día de sus votos, habría sido elevada al cielo por la Santísima Virgen. Un ruiseñor cantaba bajo su ventana durante la cuaresma.
CULTO
   Beatificada en 1668 por el papa Clemente IX, canonizada en 1673, Santa Rosa de Lima es la primera santa del Nuevo Mundo.
   Se contaba que cuando se propuso su canonización al papa, éste respondió que no creería en la santidad de una india, incluso si lloviesen rosas. Apenas hubo pronunciado esas palabras, una lluvia de rosas cubrió el Vaticano y no cesó hasta que el pontífice decretó la canonización de la santa limeña.
   Protectora de Sudamérica, y sobre todo de Perú y de la ciudad de Lima, Santa Rosa también es patrona de las dominicas y, a causa de su nombre, de los jardineros y de los floristas .
   Se la invocaba contra la peste, a causa de una confusión con santa Rosa de Palermo .
ICONOGRAFÍA
   Al igual que su homónima, Rosa de Viterbo y como santa Teresa de Lisieux, tiene como atributo rosas que lleva en la mano o recibe de Jesús, pero lo que la distingue de las anteriores es el hábito de dominica .
   Además, a veces, como san Antonio de Padua, sostiene al Niño Jesús en los brazos. Y  al igual que santa Catalina de Siena, con la cual suele forma pareja con frecuencia, lleva sobre la frente una corona, o más exactamente, un rosario de espinas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Santa Rosa de Lima, virgen;
     Santa Rosa de Lima, (Lima, Perú, 20 de abril de 1586 – 24 de agosto de 1617). Religiosa terciaria dominica (OP), santa.
     Hija de Gaspar Miguel Flores y de María Oliva. Su padre nació en 1525 en Puerto Rico, aunque algunos lo hagan salmantino de Béjar. En la isla borinqueña permaneció hasta 1548, fecha en que pasó a Lima. El 9 de marzo de 1557, a la edad de treinta y dos años, obtuvo plaza de alabardero en la guardia del virrey del Perú. Tenía su casa en arriendo a la espalda de lo que sería Hospital del Espíritu Santo, en la calle de Santo Domingo, donde se veneraba la imagen de Nuestra Señora del Rosario que habían llevado hasta allí los primeros dominicos que llegaron con Pizarro. De robusta salud, alcanzó la edad de ciento dos años. María Oliva, nacida en Lima de padres españoles, tenía dieciocho años cuando casó con Gaspar Flores en 1577.
     Por tanto, éste tenía cincuenta y dos y era ya suboficial de la guardia de honor del virrey. Aunque la novia casó con dote proporcionada por la Hermandad de la Caridad, el número y la categoría de los testigos de boda indican que el matrimonio no fue mal visto a pesar de la diferencia de edad y que ambos cónyuges, si bien no andaban sobrados de caudales, estaban bien relacionados con la elite limeña. Tuvieron once hijos, aunque no todos llegaron a la mayoría de edad.
     La santa fue bautizada el día de Pentecostés de 1586, en la parroquia de San Sebastián, con el nombre de su abuela Isabel, aunque su madre la llamó Rosa desde muy temprana edad. Su padre obtuvo el retiro de su plaza como arcabucero a la edad de setenta y dos años y, por intercesión del virrey, consiguió un empleo como administrador en una mina. De esta forma, en 1597, la familia se trasladó a Quive (hoy provincia de Canta, departamento de Lima), donde el arzobispo santo Toribio de Mogrovejo le administró el sacramento de la confirmación, recibiendo entonces el nombre de Rosa. De los cuatro años que residió en Quive, tres los pasó Rosa postrada en la cama, aquejada de una parálisis.
     Dedicada a educar a las niñas de las mejores familias de Lima, María Oliva dio a su hija una formación esmerada y así, Rosa aprendió canto y poesía, y a tocar el arpa, la cítara y la vihuela, adquiriendo unos conocimientos muy superiores a los habituales en una joven de su posición. Tenía, además, gran habilidad para toda clase de labores domésticas y manuales: hilaba, cosía, tejía y bordaba. Asimismo, mostraba un gran instinto para el cuidado de las plantas y flores, que cultivaba en el huerto y jardín que ella misma había plantado en el patio de su casa. Con sus labores contribuía a subvenir las necesidades de la prolija familia.
     Un testimonio recogido en la encuesta de beatificación la describe: “Era de peregrina hermosura, con brío y gala, de talle bien dispuesto, dulce de carácter y discreta [...] Tenía el rostro ovalado, sereno y apacible; pelo rubio y abundante, ojos grandes y negros, frente despejada, ceja arqueada y bordoneada, mejillas rosadas, barbilla prominente, manos blancas, pequeñitas y bien torneadas y regular estatura”. Su madre se afanó siempre en desarrollar las dotes sociales de su hija y en realzar su excepcional belleza natural, procurando con ello facilitar un futuro matrimonio de provecho que garantizara una posición social aventajada para la joven y, a la vez, sirviera de báculo en la ancianidad de su padre. Sin embargo, ya desde su infancia, Rosa reveló una actitud devota que practicaba con sus constantes visitas al templo del Convento de los dominicos cercano a su casa, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. Este fervor religioso se proyectó en un carácter extremadamente humilde que reforzó buscando refugio en la autoridad de sus confesores, lo que le permitía eludir las intenciones de su madre. Con frecuencia, esto exasperaba el ánimo de ésta, pero la apacible mansedad de Rosa y su abnegada entrega al trabajo del hogar desarmaban todos los argumentos de reproche. El empeño de María Oliva de asegurar un futuro acomodado a su hija pudo materializarse cuando consiguió acordar un matrimonio de conveniencia para Rosa con el hijo de una de las damas limeñas que frecuentaba. Pero, entonces, la Santa desveló el voto de castidad que había formulado años antes con la aprobación de sus confesores, lo que frustró los planes de su madre y, en último término, desató su enfado. Aunque insistentemente trataron de persuadirla, Rosa manifestó el convencimiento de dedicar su vida a la oración, siguiendo el ejemplo de santa Catalina de Siena, cuya festividad se celebraba el día en que Rosa había nacido. A imitación de su santa protectora, despojó su cuerpo de la superficial belleza que la había adornado hasta entonces: se cortó la cabellera y quemó sus manos con cal viva. También a imitación de santa Catalina, acabaría vistiendo el hábito de terciaria dominica. Estas muestras de convicción terminaron por someter la voluntad de sus padres. Tras ello, santa Rosa dio un paso más en su proyecto de vida contemplativa y eremítica, y solicitó permiso para construir una celda en un rincón del huerto de la casa familiar. Inicialmente rechazado, consiguió la autorización de sus padres gracias a la intercesión del padre fray Juan de Lorenzana, que era su confesor en la iglesia del Rosario del Convento dominicano, y del influyente matrimonio amigo de la familia formado por Gonzalo de la Maza, contador de la cruzada, y María de Uzátegui. Con la ayuda de su querido hermano Fernando, construyó ella misma su celda. Su nueva morada estaba hecha de adobe y era de cinco pies de largo, por cuatro de ancho y seis de alto, tenía un pequeño altarcito con una cruz de cartón y ella la adornaba con flores. Esta especie de ermita aún se conserva como venerada reliquia en la casa natal de la santa, convertida hoy en santuario.
     Muy poco después de que Rosa comenzara a vivir encerrada en aquella celda, las damas que habían gustado de la compañía de su madre se interesaron por visitarla en su retiro.
     Probada su devoción, Rosa fue invitada a ingresar en el Convento de las clarisas que acababa de fundar en Lima María de Quiñones, sobrina del arzobispo santo Toribio de Mogrovejo. Su madre rechazó la propuesta excusando necesitar la presencia de Rosa para atender a la anciana abuela Isabel y carecer de recursos con que subvenir la dote conventual. También sus confesores le recomendaron abrazar la vida en comunidad y la observancia de una regla monástica, proponiendo en esa ocasión su ingreso en el Convento de las agustinas. Llegaron a hacerse los preparativos, pero el mismo día en que se había acordado que Rosa entrara en la casa de las agustinas, ya de camino hacia ella, entró a orar ante la Virgen del Rosario de la iglesia de los dominicos y, en el último momento, se arrepintió. Un último intento de convencerla para que siguiera la vida de monja claustral provino de Gonzalo de la Maza, quien aconsejó el ingreso en el Convento de las franciscanas descalzas, que gozaban de rigurosa fama. Esta vez, Rosa puso como excusa el parecer de sus confesores. Al parecer, de los cuatro a los que había consultado, dos le aconsejaron que permaneciera en su casa. Finalmente, quizá la intervención del dominico padre Lorenzana y de sor Catalina de Santa María y sor Francisca de Montoya, ambas terciarias de Santo Domingo, así como la devoción que sentía Rosa por la Virgen del Rosario y por santa Catalina de Siena determinaron finalmente su ingreso en la Orden Tercera de Santo Domingo, que se confirmó el 10 de agosto de 1606, en la iglesia del Convento de los frailes predicadores. A partir de aquel día, Rosa pasó a llamarse Rosa de Santa María y comenzó a ejercer el oficio de camarera de la patrona de la Orden, su santa protectora, cargo que desempeñó hasta el final de su vida, manifestando ostensiblemente su alegría y el arrobo místico que sentía al estar en presencia de la venerada imagen.
     Un rasgo característico de la vida y de la actitud espiritual de Rosa fue su constante tendencia a practicar una severa penitencia que, en muchas ocasiones, llegaba a imitar con rigor la Pasión de Jesucristo.
     En este aspecto, también seguía Rosa el ejemplo de su devocionada santa Catalina de Siena, cuyos modelos de penitencia fueron el ayuno casi permanente y, en último término, la mortificación más extrema y sangrienta. Rosa comenzó a practicar el ayuno de forma habitual desde muy niña. Se dice que ya a los seis años ayunaba a pan y agua los miércoles, viernes y sábados, y que a los quince dejó de comer carne.
     Su régimen alimenticio hubo de manifestarse en su aspecto exterior y, en definitiva, en su salud, lo que preocupaba e irritaba a su madre, que la obligaba a comer en su presencia. No obstante, Rosa se las ingeniaba como podía para porfiar en su abstinencia, a veces, con la ayuda de su confidente, la india Mariana, cocinera de la casa paterna. Otras veces, cuando la obligaban a comer, lo compensaba ingiriendo infusiones de hierbas amargas mezcladas con vinagre para remedar así a Cristo en la Cruz. Al final de su vida, el ayuno llegó a ser en ella casi permanente y durante largas temporadas se mantenía tan sólo con las especies sacramentales.
     De la misma forma que se resistía a ingerir alimento corporal, Rosa evitaba el descanso físico. Para dominar el vencimiento del sueño, Rosa empleaba métodos inauditos, como era encaramarse a una cruz de tamaño natural que había hecho colocar en su celda y que tenía dos escarpias en los brazos para asirse a ella. Otras veces permanecía por largo rato sosteniéndose sobre la punta de los pies. Cuando finalmente había de acostarse, lo hacía en una cama que era más bien potro de tortura y cuya descripción ha llenado muchas páginas de sus hagiografías. También en esta costumbre se inició Rosa desde edad temprana y también por ella entró en conflicto con su madre, que la consideraba una práctica atroz y, para disuadirla, la obligaba a dormir en su mismo lecho. Tanta preocupación llegó a sentir la madre por los padecimientos que había su hija de sufrir en la cama con la que se penitenciaba el sueño, que buscó el apoyo de sus confesores. Durante dieciséis años intentaron disuadirla, pero Rosa argumentaba con solidez su deseo de perseverar. Tan sólo tres años antes de la muerte de la santa consiguieron prohibirle este tipo de castigo, pero tanto suplicó Rosa que hubieron de concederle un nuevo permiso para reanudar su penitencia nocturna durante la cuaresma.
     La flagelación era otro de los ejemplos que encontró Rosa en santa Catalina. Con programada disciplina, se azotaba con una cadena de hierro, golpeando cada día una parte diferente de su cuerpo. Su madre buscó el amparo del padre Lorenzana para paliar al menos este sacrificio y éste le impuso reducir el número de azotes. Entonces, Rosa aplicó a sus castigos una contabilidad meticulosa. Aunque en muchas ocasiones los ruegos de su madre calaron en las recomendaciones que le hacían sus confesores sobre la necesidad de rebajar sus exageradas penitencias, Rosa siempre porfiaba en su empeño. Parecía ignorar la verdadera intención de sus confesores y se atenía a la literalidad de sus dictados, creyendo que compatibilizaba así la obediencia debida a sus directores espirituales con su propia opinión acerca de los martirios más adecuados.
     Por ejemplo, cuando más adelante se le ordenó que trocara la cadena de hierro por la disciplina de cuerda trenzada y anudada y se conformara con el uso común de su orden, Rosa tomó al pie de la letra el mandato de su confesor. En efecto, dejó de azotarse con la cadena de hierro, pero comenzó a ceñírsela a la cintura como cilicio, dándole tres vueltas alrededor de su cuerpo, cerrándola con un candado y arrojando la llave al pozo de su casa. Todo tipo de suplicios usó la santa: cotas de malla, cilicios, manojos de ortigas que se ponía sobre la piel y camisas de arpillera que le llagaban un cuerpo ya malherido. Uno de los más característicos fue la corona de espinas que comenzó a usar a los doce años. Al vestir el hábito terciario, sustituyó la que había llevado desde niña por otra confeccionada de metal y con forma de diadema para poder ocultarla bajo la toca. Durante años la llevó todos los días sin conocimiento de su familia ni confesores, hasta que por azar se descubrió. Al verla, su madre acudió al padre Juan de Villalobos, rector del Colegio de la Compañía de Jesús en Lima, uno de los confesores de Rosa, quien tan sólo consiguió convencerla para que limara un poco los clavos de su tormento. Esta misma corona sería tomada por la iconografía como atributo de su santidad.
     Hasta once confesores tuvo Rosa a lo largo de su vida —seis dominicos y cinco jesuitas—, si bien fue el padre Lorenzana el que más estrechamente dirigió su alma. Aunque Lorenzana era un prestigioso teólogo, la formación doctrinal de Rosa debía de limitarse a lo escuchado en los sermones de los frailes predicadores.
     Su biblioteca se reducía apenas a la Vida de Santa Catalina de Siena, del beato Raimundo de Capua, y a la Guía de pecadores y el Libro de oración y meditación, de fray Luis de Granada. En sus Mercedes, santa Rosa cita algunos pasajes del Cantar de los Cantares y eran conocidas las letrillas que improvisaba, muchas de ellas vueltas a lo divino de coplas ajenas.
     La caridad fue otra de las facetas de la vida de santa Rosa. Abrió un dispensario en su casa de la calle de Santo Domingo y con frecuencia visitaba el Hospital de Santa Ana que fray Jerónimo de Loaysa había fundado para las mujeres enfermas. Allí atendía a las más necesitadas, poniendo especial cuidado en aquéllas que, por sus dolencias infecciosas, infundían más rechazo y se veían, por consiguiente, más desamparadas, siguiendo una vez más el ejemplo de santa Catalina.
     Rosa ejercía de intermediaria en el reparto de cuantiosas limosnas a los pobres gracias a sus buenas relaciones con la elite limeña. Gozó de la amistad de Jerónima de Gama, María Eufemia de Pareja y Luisa de Melgarejo, que cada vez que encontraba a la santa por las calles de Lima la saludaba de rodillas y, al marcharse, besaba las huellas que dejaban sus pasos. Tanto llegó a extenderse la fama de sus virtudes que, en cierta ocasión, la virreina le pidió a Rosa, a través del padre fray Alonso Velásquez, uno de sus confesores, una de las dos matas de romero que tenía en su huerto.
     En 1614 abandonó Rosa su celda y pasó a vivir en casa de Gonzalo de la Maza y María de Uzátegui, donde confluyó todo el caudal de devociones que la santa recibía ya en vida. No relajó allí Rosa su vida de extrema penitencia, pues informaban sus protectores que la veían dormir sentada en una silla y pasar horas orando en la capilla doméstica. Fue en esta casa donde comenzó Rosa a experimentar las visiones en la que decía enfrentarse al Demonio. A lo largo de los tres años que pasó acogida por sus protectores, propuso Rosa en varias ocasiones la fundación de un convento bajo la advocación de santa Catalina. Sin embargo, no encontró eco alguno, ni siquiera en don Gonzalo, ni en el doctor Juan del Castillo ni en el padre fray Luis de Bilbao, otro de sus confesores. Dicho convento no sería finalmente fundado hasta 1622, bajo el patrocinio de Lucía Guerrero de la Daga, que ingresó en él como priora, y en el que ingresaría también la madre de Rosa, ya viuda, y la hija de su hermano Fernando.
     En julio de 1615 corrió por la ciudad la noticia de que el corsario holandés Jorge Spilbergen pretendía desembarcar en el Callao y dirigirse posteriormente a Lima con la intención de saquearla. Aunque los enemigos fueron finalmente rechazados antes de entrar en el puerto, falsos rumores provocaron el pánico de la población y prendieron en Rosa la llama de su ansiado martirio. La santa reunió a sus hermanas terciarias para velar ante el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia del Rosario, haciendo ostensión de su deseo de entregarse en sacrificio para proteger el altar de la profanación de los herejes. Más tarde, muchos atribuyeron que la intercesión de Rosa había conjurado aquella amenaza, por lo que la imaginería la representa portando la ciudad sostenida por el ancla.
     El momento culminante de su vida tuvo lugar en la Capilla del Rosario el Domingo de Ramos de 1617.
     Estando Rosa orando ante la Virgen, sintió ineludible la llamada del Niño Jesús. Una semana más tarde, el Domingo de Resurrección, se colocaba en el dedo el anillo que representaba su desposorio místico con Jesucristo. Sin mayor dicha que alcanzar en esta existencia, poco tiempo más habrían de prologarse los padecimientos físicos de santa Rosa. El régimen penitencial que a lo largo de su vida se impuso acabó mellando su salud. Había padecido frecuentes vómitos de sangre, gota, ciática y otros males que, unidos al ayuno y la penitencia, le produjeron un progresivo agotamiento físico que explica en parte su prematura muerte. El día 28 de julio del mismo año salió Rosa por última vez de la casa de don Gonzalo y se dirigió a la de sus padres y allí mismo comenzó a presagiar su muerte. Tras permanecer con sus padres por espacio de tres días, el 1 de agosto, dio comienzo la dolorosa enfermedad que tendría como resultado su muerte. El 21 de agosto, después de dolorosa agonía, se le administró el viático y la extremaunción y, rodeada de su familia, protectores, directores espirituales, hermanas y discípulas, murió el 24 de agosto de 1617 a la edad de treinta y un años.
     Su velatorio en el Convento dominicano fue multitudinario y acudieron el virrey, el arzobispo y las más altas dignidades de la ciudad. Para evitar el atropello de los devotos que acudían en busca de reliquias, fue necesario trasladar su cuerpo a la capilla del noviciado e inhumarlo en secreto en el claustro, difundiendo el falso rumor de que el entierro se llevaría a cabo al día siguiente. El marzo de 1619 sus restos fueron trasladados a la iglesia donde aún se venera. Abiertas las consultas informativas sobre las virtudes y milagros de Rosa a iniciativa del arzobispo Lobo Guerrero, en el proceso ordinario (1617-1618) y en el proceso apostólico (1630-1632) declararon un total de 210 testigos, la mayor parte de ellos pertenecientes a las elites criollas del virreinato del Perú. El 3 de marzo de 1637 la Sagrada Congregación de los Ritos autorizó a celebrar la misa en honor de la Sierva de Dios Rosa de Santa María durante los meses de agosto. El 2 de enero de 1668 se la nombró patrona principal de Lima y fue beatificada por Clemente IX el 12 de febrero del mismo año. Clemente X la proclamó patrona de toda la América española y posesiones oceánicas de España el 11 de agosto de 1670 y, el 12 de abril de 1671, firmó el decreto de su canonización. Su fiesta se celebra el 23 de agosto (Jaime J. Lacueva Muñoz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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