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miércoles, 17 de julio de 2019

El Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora)


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora), de Sevilla.  
   Hoy, 17 de julio, en Sevilla, en la provincia hispánica de Bética, es la Festividad de las Santas Justa y Rufina, vírgenes, que, detenidas por el prefecto Diogeniano, tras ser sometidas a crueles suplicios fueron encerradas en prisión, donde les hicieron pasar hambre y más torturas. Justa exhaló su espíritu encarcelada, y Rufina, por seguir proclamando su fe en el Señor, fue decapitada (c. 287) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].    
   Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora), situada sobre el lugar de martirio de las Santas Justa y Rufina, de Sevilla.
   El Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora), se encuentra en la calle Ronda de Capuchinos, 1; en el Barrio de la Cruz Roja-Capuchinos, del Distrito Macarena.
   Frente a la antigua Puerta de Córdoba de la muralla almohade y junto a una moderna gasolinera se conserva el histórico convento de Capuchinos, fundado en 1627 en un solar sobre el que la leyenda situó una primitiva catedral, el lugar del martirio de las Santas Justa y Rufina e, incluso, el sitio donde estuvo sepultado originalmente San Isidoro de Sevilla. Más verdad histórica tiene el asentamiento de la orden de los capuchinos, rama que surgió de la orden franciscana y que alcanzó gran popularidad por sus afamados predicadores y por sus misiones evangelizadoras. La historia de la comunidad tuvo dos momentos muy negativos en el siglo XIX, la invasión francesa y la desamortización de 1835, que desalojó a la comunidad hasta 1889. Llegó a tener el convento uso como albergue de mendigos y división en almacenes, perdiéndose parte de su recinto ya en el siglo XX, cuando se edificó la actual gasolinera contigua a la puerta principal. Restaurado y en buen uso, en la actualidad convive la comunidad capuchina con el rango de parroquia, que tiene el título de la Divina Pastora.

   Destacó el convento por el programa pictórico que realizó Murillo para su iglesia, espectacular conjunto de obras que se trasladó a Gibraltar en 1810 para evitar su expolio por los invasores franceses. Tras múltiples peripecias regresó a Sevilla, aunque no se conserva en su lugar original sino en la sala principal del Museo de Bellas Artes, a donde llegó tras la desamortización. Alguna pieza quedó en el camino: el Ángel de la Guarda fue regalado a la Catedral de Sevilla, el Arcángel San Gabriel (hoy conservado en Viena) fue regalado a los custodios de la obra en Gibraltar, y el Jubileo de la Porciúncula, (hoy en Colonia), fue el pago realizado  al pintor Manuel Cabral Bejarano por la restauración de la obra. Alguna copia de discreta calidad se conserva en el interior de la iglesia, un inútil reflejo del que debió ser uno de los grandes conjuntos pictóricos de la ciudad.
   Junto a la gasolinera, la portada de acceso al atrio del convento es una sencilla estructura con frontón triangular rematado con floreros, con una hornacina en su dintel que acoge una imagen de San Francisco de Asís, obra de Pedro Navia y Campos. El compás del convento está decorado con un vía crucis en azulejos que sustituye a uno anterior del siglo XVIII, además de una cruz de forja que en 1966 sustituyó a la antigua que daba acceso al edificio y que también estuvo en las huertas del recinto. Queda a un lado la pequeña capilla de la Orden Tercera, accesible por una pequeña rampa, presidida en su interior por un discreto retablo del siglo XVIII. La fachada de la iglesia principal deja entrever la división en tres naves de la iglesia, con un pequeño pórtico de tres arcos de medio punto. Sobre el central se sitúa un azulejo de la Divina Pastora, la gran devoción que surgió entre estos muros como una aparición milagrosa a fray Isidoro de Sevilla, firmado por el gran ceramista Enrique Orce (1921), uno de los autores que participó en la decoración cerámica de la plaza de España. Aunque el azulejo está dominado por la imagen de la Virgen, en sus esquinas aparecen fondos con los retratos de fray Isidoro de Sevilla y fray Diego de Cádiz, situándose en la parte inferior los rostros de Santa Justa y Rufina que siguen modelos murillescos.  

   En el atrio de entrada hay dos excelentes retablos cerámicos firmados por Enrique Orce, representan el abrazo de Cristo a San Francisco según el modelo del cuadro de Murillo y la Coronación de la imagen de la Divina Pastora, auténtica foto retrospectiva de un acto en el que se pueden identificar a frailes de la época, al escritor José María Izquierdo y al propio Orce.
   El interior de la iglesia presenta tres naves, con capillas y retablos laterales muy reformados tras la última intervención en la iglesia, en la que se eliminaron retablos neogóticos y paños de azulejos en los pilares. Se cubre la nave mediante bóveda de cañón con lunetos, bóveda semiesférica sobre pechinas delante del presbiterio y bóvedas baídas en las naves laterales.
   Al mirar al presbiterio actual habría que imaginar la composición de cuadros de la sala principal del Museo de Bellas Artes, añadiéndole el lienzo del Jubileo de la Porciúncula, todo un conjunto del mejor arte de Murillo. Hoy la sencillez preside el muro, con un interesante crucificado de comienzos del siglo XVIII que sigue ciertas formas tardomanieristas en su composición. Está flanqueado por dos imágenes sobre ménsulas de Santa Justa y Rufina, las patronas de la ciudad, muy cercanas al estilo de Pedro Duque Cornejo (siglo XVIII). De notable interés son también los ángeles lampadarios que se sitúan a ambos lados del presbiterio, cuya función se completa con otras dos tallas de menor tamaño que cuelgan de los pilares que sostienen el gran arco triunfal que da acceso al crucero.

   Las naves laterales presentan retablos de moderna factura entre los que se sitúan algunas obras de notable interés. En el muro izquierdo, la primera capilla acoge la excelente talla de la Virgen de la Soledad, dolorosa realizada por Juan de Astorga en el siglo XIX que, según la historia del convento escrita por fray Ángel de León, fue donada por doña Francisca Lorenza de Segovia, esposa de don Pedro Pumarejo. Estuvo a punto de desaparecer cuando el convento fue asaltado durante las luchas cantonales, hecho que motivó el traslado de la imagen a la iglesia de San Luis de los Franceses, de donde fue posteriormente recuperada. Le sigue una escultura de vestir de San Félix de Cantalicio, obra de Adolfo López Jurado y una talla de San Francisco de Asís que se encuentra entre destacables pinturas de Virgilio Mattoni, autor de finales del siglo XIX que mostró en su arte religioso las influencias de la pintura simbolista de la época. Por su interés devocional, destacan en el muro derecho los retablos dedicados a San Antonio de Padua y al beato fray Diego de Cádiz, con imagen realizada por Antonio Susillo que está rodeada por diversos objetos y reliquias que pertenecieron al fraile capuchino. 

   Pero la gran devoción de la comunidad se sitúa en un retablo-camarín de estética neobarroca situada en el muro izquierdo. Acoge a la talla de la Divina Pastora de las Almas, advocación que nació en esta comunidad, con una primera representación pictórica que ahora se atribuye a Domingo Martínez y una primera talla que ahora se conserva en la antigua capilla del hospital de los Viejos. La imagen del convento de capuchinos es obra que trajo desde Cádiz el padre fray Miguel de Otura y fue realizada en 1802 por José Fernández Guerrero. Vestida con telas naturales, tiene rostro de gran clasicismo que denota su origen neoclásico. Le acompaña un Niño Jesús de barro policromado que se suele atribuir a Cristóbal Ramos, a quien se atribuye un grupo de la Sagrada Familia de la capilla contigua. La imagen de la Pastora concitó una gran devoción popular y reunió un amplio patrimonio, destacando la diadema que le regaló la reina Isabel II en el siglo XIX. Fue coronada canónicamente en 1921 y suele procesionar por las calles del barrio en la tarde del último domingo del mes de mayo (Manuel Jesús Roldán, Iglesias de Sevilla. Almuzara, 2010).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de las Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires;
   Eran dos hermanas andaluzas, hijas de un alfarero de Sevilla, que se ganaban la vida vendiendo cacharros de cerámica en el mercado.
   Como se negaban a entregarse a los paganos en la fiesta de Adonis, y tam­bién a  ofrecer sacrificios a Venus, sus mercaderías fueron destruidas. Justa murió en la calle y Rufina fue estrangulada.
   Patrona de Sevilla y también de Burgos, en cuyo monasterio de Las Huelgas se conservaban sus reliquias.
   En Francia fueron elegidas como patronas por los alfareros de Montauban. La iglesia de Prats de Molló, en el Rosellón, está puesta bajo su advocación.
ICONOGRAFÍA
   Están caracterizadas por alcarrazas, cacharros de alfarería que llevan en las manos, trozos de ídolos esparcidos en el suelo, un león que les lame los pies. Las santas enmarcan a la Giralda, antiguo alminar de Sevilla, que ellas habrían protegido del rayo en 1504 (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Santas Justa y Rufina, en la Historia de la Iglesia de Sevilla
   Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires, patronas de la ciudad de Sevilla. Por no querer adorar a los ídolos, por orden del presidente Diogeniano, padecieron martirio. Justa murió en la cárcel y Rufina fue degollada poco después. Ocurrió hacia el 285. La Iglesia de Sevilla celebra su fiesta el 17 de julio.
   Las pintaron Hernando de Esturmio, Miguel de Esquivel, Ignacio de Ríes, Murillo y Goya, entre otros muchos artistas. La Giralda en medio de ellas, como sostenida y abrazada para que no sufriera daño cuando el terremoto de 1504, según cuentan viejas leyendas. Y a sus plantas los cacharros de loza, símbolo del gremio que patrocinan. Las esculpió Duque Cornejo. Les han cantado himnos desde san Isidoro de Sevilla hasta el divino Herrera y Rodrigo Caro. Las celebran por patronas, junto a Sevilla, otras ciudades como Manises, Orihuela, Talavera de la Reina... Toledo conserva una parroquia con su advoca­ción de resonancia histórica medieval. Las veneran no sólo en España, sino también en Portugal, Francia, Italia y Alemania. Y son la primera página histórica, y gloriosa, de la Iglesia de Sevilla.
   Ellas son santas Justa y Rufina, patronas de Sevilla. Modernamente, un gran poeta sevillano, Antonio Machado, las cantó así:
          Que por mucho que se diga 
          nadie aventajó en el arte 
          cerámico y de alfarería
          cual las Patronas del «barro» 
          las Santas Justa y Rufina.
          Su oficio es noble y bizarro 
          y entre todos el primero,
          pues para gloria del «barro»,
          Dios fue el primer alfarero
          y el hombre el primer cacharro.
   Los albores de la Iglesia de Sevilla están regados por la sangre generosa y joven de dos alfareras hermanas. Su martirio es el primer dato histórico de la Iglesia hispalense recogido en una Passio muy antigua con visos de autenticidad. Su estilo sobrio, la descripción de las adonías, fiesta en honor de la diosa siria Salambó, y la cita del obispo Sabino, que aparece segundo en el catálogo de los obispos de Sevilla del códice emilianense, son indicios suficientes de su autenticidad histórica. 
   Así son descritas en el Pasionario hispánico:
   «Justa y Rufina, como mujeres que eran y muy sencillas por su relativa pobreza, llevaban adelante su casa con paciencia, casta y religiosamente, como necesitadas que todo lo poseen.
   Solían vender vasijas de barro. Con la venta ayudaban a los pobres, y guardaban para sí solamente lo suficiente para cubrir sus gastos cotidianos de comida y vestido. Se ocupaban también de hacer oración cada día...
   Un día, cuando estaban vendiendo sus vasijas, se les presenta no sé qué monstruo inmenso, al que la turba de los gentiles llaman Salambó, pidiéndoles que le den un donativo. Ellas resisten y se niegan a dar nada, diciendo: «Nosotras damos culto a Dios, no a este ídolo fabricado, que no tiene ojos, ni manos, ni vida alguna propia. A no ser que necesite una limosna o padezca necesidad, nosotras no le damos».
   El que, vestido de Zábulo, llevaba sobre sus hombros al ídolo, arremetió tan ferozmente, que rompió y destrozó totalmente todos los cacharros que tenían para vender las santísimas mujeres Justa y Rufina. Entonces estas religiosas y nobles mujeres, no por el daño de la pobreza, sino para destruir el mal de tan gran inde­cencia, empujaron el ídolo, y éste cayó por tierra, haciéndose pedazos. Se tomó esto como un sacrilegio, y corría en boca de los gentiles y proclamaban que eran reas de un gran crimen y dignas de muerte.
   En aquel tiempo era presidente Diogeniano, practicante de los ritos y observan­cias gentiles. Llegó enseguida a sus oídos la noticia de lo sucedido; rápidamente mandó que encerrasen a las piadosas mujeres en la oscuridad de la cárcel y que las condujesen a Sevilla bien custodiadas. Una vez llegadas a dicha ciudad, manda que las sometan a suplicios bajo el miedo de las torturas. Comparecen, pues, las devotas mujeres consagradas a Dios ante el crudelísimo juez Diogeniano. Como el leño penal de los reos no había llegado todavía, manda que traigan unos telares para que no se enfriase con la espera la crueldad de aquel gran furor. Enseguida son colgadas, no para pena, sino para gloria; y manda que las desgarren con uñas. Se humedecían sus entrañas con la sangre purpúrea, pero prometían el martirio. El interrogatorio del juez proclamaba el sacrilegio cometido, pero la confesión de las santas mártires no invocaba nada más que a Cristo, Señor de todas las cosas.
   Viéndolas Diogeniano con cara risueña y exultantes, llenas de alegría como si no sintiesen ningún dolor, dice: «Atormentadlas todavía con mayor oscuridad, encierro de cárcel y hambre».
   Después de algunos días, Diogeniano dispuso que se fuese a los montes Marianos y mandó que las santas mujeres les acompañasen a pie y descalzas por aquellos parajes ásperos y pedregosos.
   Se acercaba ya el tiempo de merecer la victoria. No podía demorarse la digna y debida corona de Dios a tantos padecimientos. La santísima Justa, encomendando a Dios su puro espíritu consagrado, entregó su alma en la cárcel. El guardián de la cárcel comunicó la noticia al presidente Diogeniano, y éste ordenó que arrojasen el cuerpo en un profundísimo pozo. Se enteró de esto el que era entonces religioso varón y obispo Sabino, y mandó que se sacase del pozo el cuerpo de santa Justa y se colocase honoríficamente en el cementerio hispalense.
   A la bienaventurada Rufina, que seguía en la cárcel, le cortaron la cabeza por orden del presidente Diogeniano y entregó a Dios su devoto espíritu. Mandó que llevasen el cuerpo al anfiteatro, donde fue entregado a atroces llamas. Pero el cuerpo, aunque quemado, como consagrado a Dios que estaba, fue sepultado con el mismo honor...»
   ¿Cuándo ocurrieron estos martirios? Un antiguo breviario hispalense señala el año 287, lo que supondría un hecho aislado en período de no persecución. Pero tal vez habría que situar estos martirios unos años después, a principios del siglo IV, durante la persecución general dictada por Diocleciano.
   Prudencia, que vivió cercano a estos sucesos, no refiere en su Peristéphanon a las santas Justa y Rufina. Tampoco hace referencias de otros mártires hispanos, comprobados históricamente. Ni Prudencia quiso agotar el tema ni se puede dudar de la existencia de estas santas, confirmadas por una tradición secular y unas actas que, aunque escritas hacia los siglos VI-VII, están inspiradas en documentos contemporáneos al martirio. Además, el obispo Sabino, que dio cristiana sepultura a sus cuerpos, está confirmado históricamente por su presencia en el concilio de Elvira. Sabino firmó segundo en las actas, lo que indica la antigüedad de su pontificado. «Del culto extraordinario a estas santas a partir del siglo VI dan fe las inscripciones con mención de sus reliquias, los numerosos exvotos en oro encontrados recientemente en Torredonjimeno, procedentes de un santuario, y los oficios de los libros litúrgicos y calendarios mozárabes. La Passio de las santas, de un gran valor histórico, se inspira en fuentes contemporáneas» (J. Vives).
   Tal vez su culto tardío puede justificar que no sean conocidas, ni nombradas, por Prudencio. ¿Y por qué su culto tardío? Discuten los autores si ello fue debido al canon 60 del concilio de Elvira: «Si alguno rompiere los ídolos de los gentiles y fuere allí muerto por eso, no sea recibido en el número de los mártires; porque ni hallamos aquello en el Evangelio ni en las Actas de los Apóstoles», en posible alusión a la actitud que tomaron las santas sevillanas. Los padres conciliares debían tener muy presente y vivo por lo reciente de las circunstancias en que murieron estas santas y debieron redactar este canon para moderar imprudencias que podrían provocar la ira de los paganos y la muerte consiguiente a manos de ellos.
   Es posible que esto fuera así y que el martirio de Justa y Rufina pasara durante unos años como en sordina. Tampoco son nombradas, ya pasado el tiempo, por san Isidoro, a quien se atribuye sin embargo el himno «Assunt punicca floscula virginum», a ellas dedicado.­ Pero una cosa es cierta y bien patente: en la época visigoda recibían culto, como se demuestra por las inscripciones y santuarios referidos a estas santas. Han aparecido inscripciones, con deposición de reliquias, en Salpensa (648), Alcalá de los Gazules (662), Vejer de la Miel (674?), y Guadix (652). En Torredonjimeno (antigua Ossaria, junto a Tucci, Martos) hubo en época visigoda un santuario dedicado a ellas. Y en época árabe, Toledo contaba con la iglesia mozárabe de Santas Justa y Rufina, que posiblemente exis­tiera ya en el período visigodo. Sevilla tenía una basílica o santuario a sus afueras, cuando fue invadida por los árabes. Hacia 720, en una mezquita construida junto a este santuario, fue asesinado Abd al-Aziz, según cuenta el historiador árabe Ibn al-Kuthiya.
   El Hieronimiano hace mención el 19 de julio de santa Justa: «In Spanis Iustae». Pero los calendarios hispanos colocan la fiesta de estas santas el 17 de julio, día en que las conmemora la Iglesia de Sevilla. Tampoco hay contradicción en ambas fechas, ya que las Adonías, como ha probado Cumont, se celebraban en Siria del 17 al 19 de julio.
    En el antiguo convento de trinitarios calzados de Sevilla, actual colegio de los salesianos de la Trinidad, se encuentra un calabozo subterráneo, que la piedad secular sevillana­ ha señalado como la cárcel en la que fueron encerradas las Santas Patronas de Sevilla, como así se las llama. Precisamente con este nombre tienen dedicada una calle en el antiguo barrio de la Cestería, junto a la Puerta de Triana, por creer que probablemente vivían en aquella zona. Extramuros de la ciudad, por la parte oriental, se halla el prado de Santa Justa, en el lugar llamado Campo de los Mártires, donde se cree que en la época romana se hallaba el cementerio (Carlos Ros, Sevilla Romana, Visigoda y Musulmana, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de las Santas Justa y Rufina, vírgenes y mártires;
     Santas Justa y Rufina, (¿Sevilla?, s. III – Sevilla, 17 de julio principios del s. IV). Vírgenes, mártires y santas.
     Los datos sobre la vida de estas dos santas (Justa y Rufina) son antiguos, e inscripciones de los siglos vi y vii recuerdan sus reliquias; el Martyriologium Hieronymianum menciona sólo a santa Justa, pero el Acta Sanctorum recoge numerosos documentos relativos a las dos hermanas, tanto de martirologios antiguos cuanto de escritores más recientes, como Ambrosio de Morales, Francisco de Padilla y Antonio de Quintadueñas, entre otros.
     Justa y Rufina, según la tradición, eran hermanas y se ganaban la vida como alfareras en Híspalis (Sevilla).
     En cierta ocasión, en la fiesta pagana de las Adonías, una procesión de gentes que llevaban en andas el ídolo de la diosa de origen babilónico, Salambó, pasó ante su mercado y requirieron de las mujeres algunas vasijas como ofrenda a la diosa; la negativa de éstas condujo a la ruptura de varias piezas y a la destrucción del ídolo. Acusadas de sacrílegas ante el gobernador Diogeniano, fueron encarceladas y sometidas a torturas como la de ir caminando descalzas por Sierra Morena. Justa murió de hambre y tormento en la cárcel y su cuerpo fue arrojado a un pozo, y Rufina, tras amansar a un león que iba a devorarla en el anfiteatro, murió degollada allí y su cuerpo fue quemado. El obispo Sabino unió las reliquias de las dos hermanas y probablemente la hagiografía de las santas ya estaba compuesta en los siglos VI-VII. El culto fue acrecentándose, sobre todo por la Bética, como atestiguan las inscripciones, los oficios de los libros litúrgicos, los calendarios mozárabes; y la cantidad de templos y altares que se les fueron dedicando a lo largo de los tiempos, entre los que destacan el templo mozárabe de santa Justa en Toledo y la iglesia y monasterio levantados sobre las cárceles de su martirio por el rey Fernando III el Santo.
     Iconográficamente se las representa juntas, vistiendo, por lo general, túnica talar al modo de las mujeres romanas, aunque sus vestimentas se han adaptado a los tiempos, como es el caso del magnífico lienzo de Goya, encargado en 1817 por el Cabildo de la catedral de Sevilla, en el que las santas aparecen ataviadas al modo de las mujeres del pueblo de la época; Sus atributos personales son los cacharros de barro rotos, a veces también un ídolo pagano mutilado y, en menos ocasiones, los símbolos de su martirio, la espada y los rastrillos de púas y un león que les lame los pies. Muchas veces, en la representación, aparece la Giralda haciendo alusión a la leyenda según la cual las santas bajaron del cielo y, apoyándose en ella, la salvaron de un violento terremoto que azotó Sevilla en el siglo XVI.
     Las santas Justa y Rufina son patronas de los alfareros y también de Sevilla, Orihuela, Huete y otras muchas localidades, y a ellas están dedicados numerosos templos; su fiesta se celebra el 17 de julio (Elena Sainz Magaña, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Horario de apertura del Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora):
      Todos los días: de 09:00 a 13:00, y de 19:00 a 21:00

Horario de misas del Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora):
      Todos los días: 10:00, 11:00, 12:00, y 20:00
            
Página web oficial del Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora): No tiene

El Convento de Capuchinos (Iglesia de la Divina Pastora), al detalle:

Capilla de la Orden Tercera Franciscana

Iglesia
Retablo de San Antonio de Padua

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