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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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jueves, 30 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla III: desde la Puerta de la Barqueta hasta la Puerta Osario, de Sevilla.
Calle Resolana
     Esta vía se formó en los años 70 del siglo XIX tras el derribo de la muralla, la cual discurría bajo las manzanas de viviendas fronteras al parque actual, aunque anteriormente ya existió un paseo de ronda extramuros. Recibió este nombre por ser un espacio abierto y soleado, tras el cual se sucedían una serie de huertas periurbanas y daba comienzo el arrabal de la Macarena. La demolición del área fortificada permitió la urbanización a comienzos del siglo XX de la antigua área intramuros más cercana, las actuales calles Conde de Mejorada y Marqués de Esquivel, formadas sobre una serie de huertas, como la de las Cadenas, que estuvieron vinculadas originalmente a la Encomienda de San Benito de la Orden Militar de Calatrava.
     A partir del patín de las Damas la muralla seguía un tramo recto en dirección este, del que se conservan restos de una torre y de la propia muralla integrados en el sótano del edificio del n.º 41 de esta calle. En este mismo sector, se abrió en 1860 una puerta que comu­nicaba con la antigua calle Linos, hoy Feria, también conocida en algunos documentos como postigo de la Basura, ya que era utilizado para sacar la basura que luego se amontonaba extramuros en la Resolana, aunque hay fuentes que consideran que en tiempos de los Reyes Católicos ya se había abierto la llamada Puerta Nueva, con la misma finalidad de extracción de las basuras, y que pudo cerrarse con ocasión de alguna medida contra la peste. En las proximidades de esta calle se ubicaban unas escaleras dobles que permitían el acceso al camino de ronda de la muralla y que aún se podían advertir en el plano que realizó el arquitecto municipal en 1873, una descripción que nos ayuda a entender la distribución de estos acce­sos intramuros a lo largo del perímetro murado.
     En 1894 la Maestranza de Caballería patrocinó la construcción de los llamados "Altos Colegios", hoy CEIP Macarena, en la esquina con la calle Feria, con un proyecto del arquitecto Francisco Aurelio Álvarez Millán, en el que destacan, entre otros aspectos relevantes, las pinturas murales didácticas realizadas por Francesco Cavallini en las aulas. Por último, el desarrollo del ferrocarril facilitó la instalación de factorías industriales a lo largo de la calle, donde destacaron el almacén de maderas de Luis Ruiz de Rebolledo en el n.º 52 o la fundición de Domingo de la Prida, así como la fundición de plomo de Manuel Mata, 1885, de la que solo permanece la llamada «Torre de los Perdigones», en la que se ha instalado recientemente una cámara oscura.
     Unos metros antes de llegar a la puerta de la Macarena, a la altura de la actual calle Muro, se abrió en torno a 1870 un hueco en la muralla para facilitar el paso hacia el centro de la ciudad de personas y mercancías, la Puerta del Cuco, llamada así por la colonia de cucos que anidaban en esta zona de la muralla.
     La puerta de la Macarena tiene la fortuna de ser la única puerta abierta que conservamos de la ciudad amurallada medieval, tras los numerosos intentos y peticiones de proceder a su derribo. Conocemos su arquitectura original gracias a la descripción realizada por el cronista Luis de Peraza, el cual nos habla de una puerta flanqueada por "dos altas y fuertes torres", precedida por la puerta del antemuro. Sin embargo, el aspecto que presenta actualmente es el fruto de diversas reformas realizadas sobre el primitivo acceso septentrional a la ciudad, la Bab Maqarunna men­cionada en el Libro del Repartimiento.
     Esta puerta debía de presentar un estado ruinoso a mediados del siglo XVI, ya que Hernán Ruiz la incluyó en el grupo de accesos que deberían ser derribados y reconstruidos de nuevo, aunque finalmente Lorenzo de Oviedo acomete la primera reforma de calado en 1588 cuando se sustituyó el acceso acodado por el eje directo que comunicaba el arrabal de la Macarena con la calle San Luis, anteriormente denominada Real, ya que era uno de los accesos principales a la ciudad desde los caminos que venían de Castilla. Por ello, esta puerta constituyó el punto de inicio del cortejo real cuando los monarcas entraban en la urbe, desde Alfonso XI en 1327 a Carlos I en 1526, tras pernoctar habitualmente en el monasterio extramuros de San Jerónimo. En la puerta los reyes eran recibidos por las autoridades municipales y aquí procedían a jurar los fueros y privilegios de la ciudad antes de recibir las llaves de la misma, como recogen algunas lápidas conmemorativas ubicadas en la puerta, las cuales, asimismo, recogen diversas normativas urbanas referidas al acceso a la ciudad. La última reforma importante sobre la puerta la realizó el arquitecto José Echamorro en 1795, quien diseña la decoración del cuerpo superior con el aspecto neoclásico que con­templamos hoy. En la actualidad, los trabajos de restauración de la puerta han sacado a la luz diversos elementos que forman parte de la historia de la puerta: restos del almenado medieval, el color ocre original, los antiguos esgrafiados y otros aspectos decorativos del siglo XVIII, así como una pequeña cámara en el interior del arco que, probablemente, serviría para el cuerpo de guardia encargado de la vigilancia y el cobro del portazgo.
     Traspasada la puerta, se iniciaba la calle San Luis, calle Real, o Hawra Majur en el nomenclátor islámico, quizás una prolongación del antiguo cardo romano a partir del siglo XI. Extramuros, se ubicaba una manzana de casas paralela a la barbacana con fachada a la calle Andueza, como podemos ver en las fotografías y postales antiguas, la cual fue demolida en 1939 dentro de los planes de la gestora municipal franquista para destruir el hábitat conflictivo del llamado «Moscú sevillano». Recientemente se ha levantado un memorial que recuerda los fusilamientos de los defensores de la legalidad republicana producidos junto a las murallas en julio de 1936, por orden del general golpista Gonzalo Queipo de Llano, como represalia por la dura resistencia frente al golpe militar ofrecida por el barrio. Fruto posterior de aquellos tiempos sería la construcción de la basílica de la Macarena en 1948, obra de Aurelio Gómez Millán y patrocinada por Queipo de Llano, sobre el solar de la taberna conocida como casa Cornelio, lugar de encuentro habitual de comunistas y sindicalistas hasta su voladura por orden gubernamental tras la huelga revolucionaria de julio de 1931.
     Frente a la puerta se encontraba la explanada frontera al Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía, fundación de doña Catalina de Ribera que inicia su construcción con su hijo don Fadrique en el siglo XVI, bajo la dirección de los arquitectos Martín de Gaínza, Hernán Ruiz, Benvenuto Tortello y Asensio de Maeda. A la izquierda del hospital, la actual calle Don Fadrique enmarcaba la calzada que iba en dirección a Córdoba por la orilla izquierda del Guadalquivir y cuyas primeras paradas de interés se ubicaban en el Hospital de San Lázaro y en el cercano monasterio de San Jerónimo. A la derecha del hospital se distribuía un amplio conjunto de huertas periurbanas (la Barzola, Capuchinos, San Jacinto, la Pintada, etc.) que nutrían los diferentes mercados de la ciudad.
     Desde este punto, el tramo de muralla que discurre en dirección este es el de mayor longitud conservado, tras el derribo generalizado de puertas y murallas en el siglo XIX. Este tramo se preservó gracias al rechazo de las academias sevillanas a dicha demolición, con el apoyo fundamental de la Comisión Provincial de Monumentos y las madrileñas reales academias de la Historia y Bellas Artes de San Fernando, que llevaron a su declaración de monumento nacional en 1908. Comprende 9 lienzos de muro y 7 torres, 6 cuadradas y una hexagonal, la magnífica torre de la Tía Tomasa o Torre Blanca, llamada así por la descripción que hace de ella Luis de Peraza hacia 1535, una tonalidad blanquecina fruto de la cal del tapial utilizado, que ha sido confirmado en los recientes trabajos de restauración.
     En 1870, tras el derribo generalizado de las murallas, se decidió mantener este tramo de muralla porque era el mejor conservado y como memoria histórica del pasado, además de haber sido considerado como el de mayor calidad por Richard Ford y Félix González de León en la primera mitad del s. XIX, una decisión en la que tam­bién influyó el hecho de ser un área con escasa presión urbanística hasta el momento. Este ámbito de la ciudad era un espacio apenas urbanizado, rodeado de huertas extramuros e intramuros, como era el caso de la huerta de los Toribios en la actual calle Macarena. A consecuencia de la urbanización de esta huerta, el promotor, Aniceto Sáenz, solicitó al Ayuntamiento la apertura de portillos en la muralla, que facilitasen la salida y entrada de vecinos y carruajes a las nuevas viviendas, lo que provocó la apertura de dos portillos en 1910, que comunicaban la ronda con la calle Macarena. El hecho de mantener la muralla en este área nos permite contemplar con toda facilidad el antemuro levantado por los almohades tras las Navas de Tolosa en 1212, y la liza entre este y la muralla almorávide del siglo XII, salvo en el área de San Hermenegildo, donde un vivero y un establecimiento hostelero nos lo dificultan. Estamos en la calle Muñoz León, rotulada así en recuerdo de un oficial caído en la guerra de Marruecos.
     La puerta de Córdoba recibe este nombre desde la época del repartimiento, al considerar que daba acceso al camino a Córdoba, aunque Peraza cree que el topónimo recoge la donación del área a las huestes cordobesas que acompañaron al rey Fernando III en la conquista de la ciudad. Es la única puerta que conserva un estado más cercano al original que tuvo la muralla islámica, pero, como el resto de las puertas, ha sufrido notables alteraciones con el paso de los siglos. Presenta la típica estructura de acceso acodado simple, protegido por una torre con patio interior, característica de las fortificaciones almohades, y así se mantuvo este acceso hasta 1569, cuando la Hermandad de San Hermenegildo solicitó al Cabildo municipal la cesión de la torre y puerta para levantar una ermita donde rendir culto al santo en el lugar en el que las leyen­das, erróneamente, situaban la cárcel y martirio del santo visigodo sublevado frente a su padre. Sin embargo, la estrechez del espacio inicial llevó a su sustitución por el templo actual en 1606 gracias al empeño del clérigo fundador don Cristóbal Suárez de Ribera, cuyo retrato realizado por Diego de Velázquez podemos admirar hoy en el Museo de Bellas Artes tras permanecer colgado en la nave principal del templo. El permiso de nueva construcción concedido a la hermandad anuló el acceso original de la puerta, a la vez que se procedió a demoler el antemuro y la barbacana, el rebelín citado en los textos de Rodrigo Caro y Alonso Margado. A su vez, el nuevo proyecto obligó a levantar una nueva puerta en la muralla, recogida en las litografías de B. Tovar y derribada también en el siglo XIX, de la que aún se conservan en el acerado las huellas de la misma y las cárceles para las tablazones que se colocaban ante las puertas para frenar las inundaciones.
     De este modo, la puerta original quedó integrada en el nuevo templo, ejerciendo como portada de los pies de la única nave, hasta que la restauración del espacio por Félix Hernández en 1950 liberó la puerta islámica y trasladó la espadaña del templo desde la puerta a su ubicación actual. Más tarde, la intervención municipal sobre este espacio entre 2006 y 2008 ha permitido reconstruir el perímetro de su barbacana, que también presentaba un acceso acodado que ha quedado reflejado sobre el pavimento y que hoy podemos cono­cer gracias a la recreación infográfica del sistema defensivo de la puerta realizada por la Gerencia de Urbanismo.
     Por otro lado, las intervenciones del siglo XX provocaron la desaparición de los azulejos cervantinos que estaban colocados desde 1916 sobre la fachada de los pies y que podemos ver en las fotos antiguas. Dichos azulejos, promovidos por José Gestoso y Luis Montoto para conmemorar el III centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, fueron colocados en esta ubicación para recordar el episodio del "Alamillo, próximo a este lugar, a orillas del Guadalquivir, en la comedia El rufián dichoso", sin que podamos explicarnos la razón de esta ubicación tan lejana del espacio mencionado, sin duda otro más de los errores de esta serie de azulejos cervantinos que, hasta ahora, no han sido subsanados, a pesar de las reiteradas advertencias sobre ello a la Gerencia Municipal de Urbanismo.
     Frente a la puerta de Córdoba se encuentra el convento de Capuchinos, dedicado a las Santas Justa y Rufina, fundado en 1627 en el solar donde se estableciera brevemente el convento de San Leandro en el siglo XIV. Aquí se encontraban las pinturas que B. E. Murillo realizó en torno a 1665 para el retablo mayor y laterales y que, tras la desamortización de 1836, pasarían al Museo de Bellas Artes, convirtiéndose el edificio en almacén arqueológico y albergue municipal, vendiéndose las huertas progresivamente para levantar espacios fabriles que vendrían a caracterizar esta zona de Sevilla hasta bien entrado el s. XX (Fábrica de Vidrio de la Trinidad, La María, La Unión Industrial y Comercial, Ollero y Rull, etc.), y espacios residenciales y terciarios: las casas del Monte de Piedad, de José Espiau y Muñoz; el Hospital de la Cruz Roja de Antonio Gómez Millán; el antiguo dispensario de enfermedades del tórax, etc. Este espacio extramuros de la ciudad era denominado en la Edad Moderna el «Sitio de las justas», ya que era el área donde los caballeros se ejercitaban en los torneos y juegos a caballo y a pelota. Asimismo, era una zona en la que abundaban las charcas y lagu­nas, provocadas por el desagüe de diversos husillos procedentes de tenerías y almazaras de los barrios intramuros. El tramo de mura­lla existente entre la puerta de Córdoba y la puerta del Sol se derribó en 1870, quedando visible el caserío del barrio de San Julián, el cual también resultó brutalmente demolido en los años 60 del siglo XX, hasta las inmediaciones de la antigua parroquia de Santa Lucía y el beaterio de la Santísima Trinidad, en el marco de una drástica operación urbanística que alteró de manera importante el paisaje urbano de aquella zona de la ciudad.
Puerta del Sol
     Esta puerta se conoce con este nombre desde la conquista castellana, quizás por su orientación al este, a la salida del sol, y de ahí la presencia de la ornamentación solar en el frontispicio de la puerta reformada, como se advierte en la litografía de Tovar. Según las crónicas de Peraza y Margado, era una puerta sencilla, similar a la de Córdoba, una torre-puerta con acceso acodado, cuya ruina y dificultad motivaron su reforma a finales del siglo XVI, abriéndose un acceso directo bajo la torre que le otorgaría un aspecto similar al postigo del Aceite. Fue la última puerta derribada, en torno a 1871, aunque la demolición de los tramos adyacentes había comenzado años atrás.
     En el área intramuros se encuentra, desde 1729, el beaterio de la Santísima Trinidad, una institución religiosa dedicada a la edu­cación de niñas huérfanas y pobres, mientras que extramuros se encontraba el convento de los Trinitarios Calzados, fundado en el siglo XIII en el lugar donde la leyenda situaba la cárcel de las santas Justa y Rufina. Precisamente, recientes excavaciones arqueológicas han sacado a la luz los restos de una necrópolis cristiana tardoimperial romana, integrada en el patio del número 6 de la antigua carretera de Carmona, que podría relacionarse con las leyendas, pero, sobre todo, con el área de enterramientos a lo largo de la vía que saldría de la ciudad por Santa Catalina y que tuvo continuidad durante la etapa islámica. El convento trinitario fue desamortizado y utilizado como cuartel hasta 1882, cuando pasa a convertirse en el actual Colegio de los Salesianos, el cual solo ha mantenido la igle­sia del siglo XVIII.
     También extramuros, en 1758 se fundó la Fábrica Nacional del Salitre (n.º 152 en el plano de Olavide) para la elaboración de explo­sivos, la cual va a estar en uso hasta el siglo XIX, ubicándose las viviendas y oficinas de la fábrica adosadas a la muralla, y la zona fabril en el espacio frontero a la muralla junto al cercano arroyo Tagarete, cuyo abovedamiento dará paso a la actual calle Arroyo. Con posterioridad se ubicaron allí nuevas actividades fabriles, de cuyo recuerdo aún permanecen tres naves industriales de comienzos del siglo XX, aunque dedicadas a usos terciarios en la actualidad. Así pues, la muralla, en dirección a la puerta Osario, quedaba oculta por las dependencias de la fábrica del Salitre, mientras que el área junto al arroyo Tagarete (cuyo cauce fue abovedado a lo largo del siglo XX) fue ocupado en 1858 por un espacio dedicado al mer­cado de ganado porcino y vacuno, proyectado por Balbino Marrón, conocido como el Perneo. Tras su traslado definitivo, se planificó el área con el diseño de nuevas calles y manzanas y en el solar del mercado mayorista se levantó el Laboratorio Municipal, obra del arquitecto Antonio Arévalo en 1912, un edificio que conserva una interesante colección de material e instrumental destinado al cui­dado de la salubridad de las calles de nuestra ciudad.
     Frente al espacio del Perneo, se encuentran los jardines del Valle, recuperados para uso público tras la lucha vecinal iniciada tras el derribo del antiguo colegio de las religiosas del Sagrado Corazón y los intentos de construir núcleos residenciales de nueva planta. Los jardines permiten contemplar un amplio espacio amurallado en torno a los 300 m de longitud, sin barbacana visible, que anteriormente quedaban ocultos y que muestran la peculiaridad de un ángulo de 45° en la muralla, tras el que se encontraba el convento del Valle, fundación de monjas dominicas en 1403, que pasó por varias órdenes religiosas hasta que se instalaron allí los franciscanos observantes o recoletos en 1567, desalojados a su vez por la desamortización en 1835. En 1867 la condesa de Villanueva obtuvo del Ayuntamiento la cesión de los restos del convento, donde se instaló el colegio del Valle, procediendo la comunidad religiosa del Sagrado Corazón a reconstruir la vieja iglesia franciscana en estilo neogótico en 1877, así como a abrir un portillo en la muralla para comunicar el templo con el edificio escolar levantado en los actuales jardines, aunque la idea inicial del ayuntamiento era la mejora de la comunicaciones de este sector urbano. Por último, tras la marcha de las religiosas a Mairena del Aljarafe en 1975, la Hermandad de los Gitanos obtuvo la cesión municipal del templo, adonde se trasladó tras su restauración en 1999.
     Hay diversas hipótesis relacionadas con este topónimo, que mayoritariamente relacionan la puerta con la existencia de un cementerio mudéjar extramuros, el llamado "Osario de los moros", aunque Rodrigo Caro lo relacionó con la deformación del término Onsario o Unciario, por el peso de la harina, mientras que otros recuerdan la aparición del topónimo Bib Alfar o Alfat durante la etapa almohade. En esta puerta se localizaría el llamado peso de la "harina", un instrumento de control creado por las ordenan­zas municipales para fiscalizar que volviera a la alhóndiga del pan la misma cantidad de harina que de grano había salido para su molienda en los molinos del cercano arroyo Tagarete, como el de la Florida en las huertas de Espantaperros, el último de ellos, que fue desafortunadamente derribado a finales del siglo pasado.
     Hay noticias de la destrucción de la puerta islámica y la construcción de la nueva por el conde de Barajas en 1573, como recordaba la lápida sobre el arco exterior, con sucesivas labores de restauración a lo largo del XVIII y XIX, hasta su demolición en 1868. Recientemente, tras el derribo de una vivienda en 2014, se han encontrado los restos de la puerta Osario, en la esquina de las calles Valle y Puñonrostro, aunque posteriormente una desafortunada intervención arquitectónica ha desvirtuado por completo su lectura al construirse un edificio residencial «cabalgando» sobre la propia muralla. 'I
     Los documentos hablan de una puerta poco ornamentada, con dos torreones laterales que la protegían, prácticamente una puerta de servicio, ya que por ella salían gran parte de los escombros procedentes de las obras del interior de la ciudad, escombros que daban origen a los montículos y muladares que se observan en el plano de Olavide. También era un punto de salida del alcantarillado que des­aguaba en el cercano Tagarete. La urbanización realizada a partir de 1869, tras el derribo de la puerta y las murallas, dio paso a la formación de nuevas calles y manzanas de viviendas entre la antigua muralla y la ronda, actualmente la calle Recaredo.
     A partir de aquí, la muralla discurría exenta por la acera izquierda de la actual calle Muro de los Navarros hasta la puerta de Carmona, como podemos ver en la planimetría histórica, mientras que extramuros se había ido adosando a la muralla el arrabal que acogía a la mayor parte de los esclavos negros sevillanos desde el siglo XV. A partir de los años 70 del siglo XIX el Ayuntamiento reurbanizó todo el sector extramuros y autorizó el derribo de este amplio tramo de muralla para facilitar la conexión parcelaria entre esta vía y la calle Conde Negro, desapareciendo de este modo la cerca medieval, cuyo último resto cayó al abrirse la calle Guadalupe (antigua calle de la Torre) hacia Muro de los Navarros en los primeros años del siglo XX. Hacia el final de esta última calle, antes de salir a la puerta de Carmona, podemos ver en la fachada trasera de unos edificios del callejón de Concepción, ubicado a extramuros, los restos de la muralla que dan nombre a esta vía (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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Más sobre las Murallas de la ciudad de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 2 de noviembre de 2025

La desaparecida Puerta del Osario

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta del Osario, de Sevilla.
     Hoy, 2 de noviembre, Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la desaparecida Puerta del Osario, puesto que en dicho lugar existió un cementerio (osario).
      La Puerta del Osario, se encontraba en la calle Puñonrostro; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Se encontraba situada al inicio de la calle Puñonrostro, en su con­ fluencia con la calle que conserva en su nombre el recuerdo de la existencia de la puerta.
     Este topónimo no aparece documentado en las fuentes musulmanas, aunque sí en el Libro del Repartimiento y en otros documentos castellanos de los siglos XIII, en alguno de los cuales figura con el nombre árabe de Bib Alfat, XIV y XV.
     En cuanto a su origen, la historiografía sevillana se muestra prácticamente unánime al considerarlo relacionado con la existencia de un cementerio en sus inmediaciones durante la dominación islámica y, por tanto, servirle la puerta de acceso. Tan sólo un autor rechaza esta explicación, al considerar que este nombre procedería del término latino "unciario", puesto que allí debió estar el peso de la harina. En este sen­tido, hemos de decir que tenemos documentada la existencia de dicho peso al menos desde 1513.
     Además, la historiografía sevillana adscribe a esta puerta el topónimo Bib Alfar, es decir, "puerta de Alfar", nombre de quien la edificaría o repararía.
     Acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica sabemos, a través de referencias contenidas en los Papeles del Mayordomazgo fechadas en 1386 y 1404, que tenía "alcaçarejo". Sabemos, también a través de este último documento, que sobre esta puerta se alzaba una torre en cuyo interior se encontraban dos bóvedas. Por otra parte, la puerta del Osario figura en el documento de 1560 en la relación de accesos que tenían puertas por las que "se ba rodeando para salir"  y "rebellines" .
     Por lo tanto, creo que se trataba de una torre-puerta con acceso en recodo único y protegida por barbacana y no, como sostiene algún investigador, flanqueada por dos torres y de acceso directo, puesto que el único indicio que permitiría suponer que se trataba de una puerta de esta tipología sería el testimonio de González de León, quien la describe en los siguientes términos "defendida por dos castillos bajos que la coronan" y un dibujo de Tovar, aunque cómo veremos ambos tienen extraordinarios problemas de interpretación.
     Por otra parte, si bien ya he señalado que ésta era una de las puertas a las que Hernán Ruíz debía eliminar el acceso en recodo y la barbacana, la intervención fundamental se realizó por mandato del conde de Barajas y concluyó en 1573. Creo que estas obras consistieron, al igual que en la puerta del Sol, en la eliminación de la barbacana y el acceso en recodo, y su sustitución por un gran arco de medio punto, tal y como parece intuirse en el dibujo de R. Ford.
     Sin embargo, ya hemos visto cómo el testimonio de González de León y el dibujo de Tovar coinciden en que la puerta estaría flanqueada por dos torres. A partir de esta contradicción, M. Valor considera que esa sería su primitiva estructura, la cual habría servido "de soporte a la nueva decoración" de la nueva puerta del Osario, construida por Balbino Marrón a mediados del siglo XIX. Ahora bien, tanto el proyecto de la nueva puerta del Osario como la descripción de Álvarez-Benavides "(...) arco de medio punto con dos tableros de resalto á cada lado, imposta y cornisa y sobre esta un frontispicio (...)" demuestran que la nueva puerta no estaba flanqueada por torres.
     En lo que a la epigrafía se refiere, sobre esta puerta se colocó una lá­pida con inscripción en castellano, en conmemoración de las obras de 1573. A través de la historiografía, sabemos que estuvo situada sobre su arco, al exterior de la ciudad.
     Por otra parte, sabemos que la nueva puerta del Osario se concluyó en enero de 1849 con la colocación de un escudo de piedra con las armas de la Ciudad y una inscripción en letras de bronce.
     Carezco de noticias acerca del destino de ambas inscripciones, por lo que es lógico pensar que la de 1573 desaparecería cuando se procedió a reconstruir la puerta en el XIX, y la de 1849 cuando en el mes de diciembre de 1868 se concluyó su derribo (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     Noviembre siempre anda entrando y saliendo de la ciudad a través de esta puerta, cuya existencia es, desde hace más de siglo y medio, meramente virtual. La Puerta Osario es, en rea­lidad, un distribuidor que da acceso a varias Sevillas, una vez dije que todas y humildes y moribundas, pero hoy en día no esta­ría tan seguro.
     Inexorablemente, el principio y el fin acaban siempre encontrándose. En las órbitas de los planetas y en la historia de los hombres, de todos y cada uno. El sol sale cada mañana para poner fin a una historia y dar comienzo a otra nueva y, en apariencia, diferente; y ambos acontecimientos suceden al mismo tiempo, provocados por el mismo gesto: el despuntar de una luz en el horizonte. Aquel rayo que vimos asomar en la lejanía y que, recorriendo campiñas, montes y caminos, saltando aldeas, reflejándose en lagunas, despertando pájaros y descubriendo alimañas, vino a clavarse en la puerta de la muralla que llamaron del Sol, hace rato ya que se perdió tras la raya de poniente y el vacío que dejó su luz ahora lo ocupan las sombras tenebrosas de la noche. Sombras que prefieren entrar en la ciudad por otra puerta, más funesta, pero también más concurrida. Una puerta inmediata a la anterior, pues el principio y el fin necesariamente han de lindar. A menos de quinientos metros al sur de donde estuvo la olvidada Puerta del Sol, sigue vigente el recuerdo de la Puerta Osario. Por la una entraba la luz, por la otra salían los muertos.
     Hablan las crónicas, revestidas de especulación y leyenda, de la existencia de un moro que, apostado junto a la Puerta Osario -cuando la Puerta Osario era, en efecto, una puerta y no una reminiscente invocación del nomenclátor- exigía un tributo por cada difunto que pasaba camino del inmediato cementerio islámico que le daba nombre. Explican los autores medievales que eso de enterrar fuera de las ciudades era algo de lo que los musulmanes "tenían costumbre"; cosa con la que se debe reconocer que demostraban un grado de civilización algo más desarrollado que el de sus enemigos infieles. De todos modos, más curioso aún es que aquella costumbre ya la tuvieron antes los romanos, quienes solían enterrar a sus difuntos en las orillas de los caminos, a las afueras de las ciudades. Es de suponer, por tanto, que la necrópolis musulmana existente a las afueras de la Puerta Osario pudiera haber tenido un antecedente romano.
     La historia de aquel moro que extorsionaba a los contritos deudos de los difuntos que cruzaban la Puerta Osario ha sido repetida hasta la saciedad por los cristianos en un escasamente riguroso corta y pega que fue transmitiéndose papiro a papiro, pergamino a pergamino, un siglo detrás de otro, de cronista en cronista. Desde Ortiz de Zúñiga hasta, cómo no, Álvarez-Benavides (de quien, por cierto, aquí nos despedimos), y seguramente también lo habrá reite­rado alguno más, contemporáneo aún, dando todos por cierto lo que seguramente fue interesada invención o tergiversada interpretación de algún hecho real. Del moro en cuestión dice la histórica leyenda que venía a ser una suerte de gorrilla funerario, pues el estipendio que cobraba lo hacía sin respaldo legal alguno, al modo de los guardacoches de Bami, con una suerte de amenaza que no precisaba palabras; bastando acaso el aspecto y actitud adecuados, para que la víctima se sintiera severamente advertida, aviniéndose al pago de la mordida en evitación de males mayores; quién sabe si de conver­tirse en el próximo en salir a hombros por esa Puerta del Príncipe, que en todo caso era el de las Tinieblas. Los mismos cronistas cuentan, o mejor dicho, repiten, que tales abusos dieron lugar a que sobre el frontispicio de la que entonces aún se llamaba puerta de Vib Alfar se labrara en caracteres arábigos una inscripción que decía: "Esta es la ciudad de la confusión y el mal gobierno", la cual quizá hubiera estado bien mantenerlo, aunque la puerta se tirase.
     Lo que no se plantearon nunca los prejuiciosos y políticamente incorrectos cronistas castellanos es la posibilidad de que aquel moro no fuera en realidad sino Caronte, el de la barca. Y ese óbolo que por cada difunto exigía, la mitológica moneda con la que cobraba sus servicios como barquero para cruzar el río Lete, el río de los muertos, hasta la otra orilla, donde el pasajero habrá de decidir si bebe de las ácidas aguas del río para olvidar lo vivido y volver a ser de nuevo, transformado en otra cosa o, simplemente, se entrega al descanso eterno hasta el final de los tiempos. En rigor (rigor mortis), puesta una frente a la otra, se antoja mucho más verosímil la hipótesis legendaria que la mitológica. Porque, tratándose al fin y al cabo de Sevilla, lo lógico, vista la facilidad con la que aquí proliferan los caras, es que aquel moro no fuera una sombra espectral salida de la Teogonía de Hesíodo, sino más bien un adelantado agareno de la novela picaresca.
     Los cronistas también repiten, copiándose unos a otros, que antes de llamarse del Osario, la puerta en cuestión llevó el nombre ya dicho de Vib Alfar. Dice Ortiz de Zúñiga que lo de Vib es porque significa puerta y Alfar, supone, debió de ser el que la hizo. Presunción que todos los demás han mantenido a lo largo de los siglos sin que nadie la discuta. Y no habremos de ser nosotros, meros aficionados, legos en la ciencia de la paleografía, quienes lo hagamos. Sigamos, pues, adelante.
     A mediados del siglo XIX, durante una de las guerras carlistas, el ataque de las tropas de aquel general que ya dijimos que tenía por apellido el nombre de un grupo de heavy metal (Van Halen) destruyó la Puerta Osario; aunque esta sería reconstruida en 1849 según proyecto del arquitecto Manuel Galiana cuyo presupuesto ascendió a veintidós mil trescientos reales de vellón; todo un dineral en aquellos tiempos. Tan costosa inversión no impediría que, solo veinte años después, durante la revolución de 1868, se decidiera otra vez su demolición, esta vez definitiva, dilapidando la pequeña fortuna que costó reconstruirla, en un ominoso ejemplo más del escaso celo con el que los gobernantes acostumbran a administrar el dinero que el pueblo pone en sus manos. Algo que acaso ocurra porque raras veces el pueblo les pide cuentas por ello. Al menos, aquí.
     Hace ya más de un siglo que de la Puerta Osario no queda piedra sobre piedra. Solo su nombre permanece en ese cruce de caminos que se abre al final de la calle Puñonrostro. Calle que, con sus locales cerrados, su supermercado chino, su bar de los caracoles, que también cerró, su taberna Joaquín, a la que sustituyó una franquicia, y esa peña ajedrecística, Los 25, que cualquiera tomaría por una suerte de logia esotérica, se antoja una especie de cementerio de recuerdos; el osario donde se apilan los esqueletos de una Sevilla desde hace mucho difunta. Aquí yace la memoria de los corrales de vecinos, de los parroquianos de la taberna El Punto, de la cuadrilla de costaleros de Angelillo, donde estuvieron Vicente Pérez Caro, el Moreno, el Kiki y Villanueva: la cuadrilla de la Puerta Osario. La puerta por donde entraba el Pegaso trayendo desde los barrios levantados en las huertas allende el Tamarguillo a los exiliados que la ruina y la especulación expulsó de la ciudad antigua. Sevillanos que pagaron un caro óbolo de amargura y desarraigo al cruzar, muertos por dentro, el arco de la Puerta Osario en un viaje sin retorno hacia otra vida en otro lugar.
     Once son las calles a través de las que fluyen los espasmos desata­dos en la Puerta Osario; once dendritas, once tentáculos que hurgan en lo más intrincado de la ciudad, y en ella se adentran como hilos endoscópicos en busca tal vez de un hálito de vida que despertar entre la piedra muerta, ingenuamente ajenos al estigma que para ellos representa el fúnebre lugar desde el que partieron. Once cami­nos, once destinos que en realidad son solo uno, pues todos llevan inevitablemente a la niebla del final. Once sendas hacia la incertidumbre que partieron de un lugar que ya no existe (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        Se encontraba en la confluencia de las .actuales calles Muro de los Navarros y Jauregui. Su nombre original fue Vib (puerta en árabe) Alfar, sin que esté muy claro el significado de este nombre. La denomi­nación de Osario tiene una explicación basada en la legendaria existencia de un cementerio mahometano a extramuros de esta zona de la ciudad. La puerta era baja y sin ornamentación, estando flanqueada por dos torres almenadas. En su interior había un altar dedicado a la Virgen del Rocío, con una pintura donde se representaba a la misma. Su reconstrucción tuvo lugar en 1573 y también fue obra del Conde de Barajas. Probablemente debido a su mal estado, tal vez a consecuencia de los bombardeos durante las guerras carlistas, la Puerta Osario fue derribada en 1848 y reconstruida algunos años más tarde. Sin embargo, la nueva puerta tendría una existencia breve, pues sería demolida definitivamente en 1868 (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta del Osario, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Un paseo por la calle Puerta del Osario

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Puerta del Osario, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 2 de noviembre, Conmemoración de todos los Fieles Difuntos. La Santa Madre Iglesia, después de su solicitud en celebrar con las debidas alabanzas la dicha de todos sus hijos bienaventurados en el cielo, se interesa ante el Señor en favor de las almas de cuantos nos precedieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe sólo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado y asociados a los ciudadanos celestes, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy para ExplicArte la calle Puerta del Osario, puesto que en dicho lugar existió un cementerio (osario).
    La calle Puerta del Osario es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo; en la confluencia de las calles Pinto, Gallos, Matahacas, Escuelas Pías, Jáuregui, Leoncillos, Salinas, Muro de los Navarrros, Diego de Merlo, Puñónrostro, y Valle.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde 1599, al menos, es nombrada como calle o plaza de la Puerta del Osario, por encontrarse inmediata a dicha puerta: en 1845 se simplifica en plaza del Osario, y desde el último tercio del XIX se califica como calle. Con respecto a la denominación de Puerta del Osario la explicación más extendida indica que en sus inmedia­ciones, extramuros, se encontraba el cementerio de los mudéjares, que sacaban por esa puerta los cadáveres para llevarlos a enterrar. Ya desde 1356 hay una referencia documentada a la Puerta del Fonsario en Santa Catalina. Rodrigo Caro considera que Osario podría ser una deformación de Onsario o Unciario, porque allí estuvo el peso de harina. Al parecer durante la dominación árabe la puerta recibió el nombre de Vib Alfar, pero difieren las interpretaciones sobre su origen, mezclándose en ocasiones con leyendas. Para unos se trata del nombre del que la hizo, para otros es el de un moro que se colocaba a su entrada y exigía un tributo por cada cadáver que se sacaba a enterrar y, por ultimo, Santiago Montoto apunta la posibilidad de que se escribiera Bib Alfat y su significado fuera Puerta de la Victoria.
     La irregular planta de esta calle es el resultado, por una parte, de su condición de espacio intramuros inmediato a la puerta, y, por otra, de las alineaciones a las que más tarde ha sido sometida. La puerta quedaba aproximadamente situada en la embocadura de Puñonrostro y ello explica que sea punto de confluencia de distintas calles, constituyendo así un espacio vacío, escasamente ordenado y amplio, por lo que merecía también la consideración de plaza; González de León da notica en 1839 de la existencia de una gran cruz de hierro en el centro de la plaza, que sería quitada al año siguiente. Tras el derribo de la muralla, iniciada en este sector en 1863, es sometida a procesos de remodelación y alineación, que le han dado la configuración actual. Su planta consta de dos tramos rectilíneos que se ensanchan en la confluencia con Puñonrostro, frente a la antigua puerta; todavía hoy se aprecia su carácter de espacio abierto, sin que pueda detectarse su unidad como calle, salvo la que le da la numeración de los edificios; posee pavimento de asfalto y aceras de losetas, de desigual anchura; el alumbrado eléctrico fue introducido en 1949 y hoy se apoya en farolas de báculos apoyadas en las fachadas.
     En la Edad Media se localizaba en esta plaza el Hospital de la Candelaria, San Juan y Santa Catalina; pero sin duda las funciones históricas de este espacio urbano se encuentran fundamentalmente relacionadas con su condición de línea fronteriza entre la ciudad y el campo, y con el trasiego generado en torno a la puerta. Pocas y escuetas son las las descripciones que nos han llegado de la misma. González de León (1839) la describe como "baja, sin ornato alguno y está defendida por dos castillos bajos que la coronan"; a raíz de su reconstrucción en 1573, se colocó una lápida en la parte exterior con la siguiente inscripción: "Reinando en Castilla el Rey D. Felipe II mandaron hacer estas puertas los ilustres señores Sevilla, siendo asistente el ilustre señor conde de Barajas, señor del Alameda, con su acuerdo y parecer, siendo obrero mayor el muy magnifico señor el jurado Juan Díaz. Acabose en el año de 1573".
     En la parte interior del arco existía una capilla con la imagen de la Virgen del Rocío. La puerta sería reparada al menos en dos ocasiones en el s. XVII (1669 y 1686), y en 1777 se advertía que se encontraba en mal estado y amenazaba ruina. El tránsito era, en primer lugar, de personas, pero también de cadáveres, a juzgar por su mismo nombre. Asimismo a través de esta puerta se canalizaba una de las principales cañerías de abastecimiento de la ciudad y hay noticias de la existencia de una fuente pública en Osario desde 1820, en que se solicita su instalación, hasta finales de siglo. También una red de alcantarillado encauzaba las aguas sucias desde Osario al Tagarete, y ya en 1505 se hablaba de la necesidad de limpiar la alcantarilla vieja de la Puerta del Osario. Esto daba lugar a la acumulación de agua en este punto, situado en una cota más baja que las calles confluyentes, como aún puede observarse en la pendiente de Valle y Muro de los Navarros; estas aguas recogían, además, las residuales de diversas curtidurías y tintes, que acentuaban los malos olores. Por otra parte, son frecuentes las referencias a la salida de escombros a través de la puerta, y si bien lo indicado era que debían de ser de­ depositados relativamente lejos de la ciudad (en el Prado de Santa Justa, en la Huerta del Rey o en la Laguna de los Patos), lo usual era la formación de muladares en las proximidades de la puerta. Todas estas noticias contribuyen a definir a la de Osario como una "puerta de servicio" de la ciudad frente a otras con funciones más nobles y honoríficas.
     El crecimiento extramuros de la ciudad, impulsado en este sector desde el establecimiento en sus inmediaciones de una fábrica de salitre a mediados del s. XVII, contribuyó a poner de manifiesto la falta de funcionalidad de estas puertas que se cerraban por las noches, y así en 1825 el administrador de la fábrica de salitre solicitó "...se sirva conceder al recurrente la facultad de abrir un postigo de comunicación con la ciudad dentro de la casas administración, para usarlo en una grave necesidad que ocurra de noche, a cualesquiera de los individuos que abitan en aquella y cuya llave conservará el suplicante..," (Sec. 6, t. 86). Tras la demolición de tramos de la muralla próximos a esta puerta iniciado en 1863, en 1868 se procedió al derribo de la misma puerta.
     Zona de tránsito y confluencia lo fue también de actividades comerciales, sobre todo las relacionadas con el abastecimiento de productos alimenticios: carnicerías y puestos ambulantes. También estuvo allí instalada hasta no hace mucho tiempo la fábrica de anisados El Punto. Al iniciarse los ser­vicios de transportes públicos de tranvías y autobuses, Puerta del Osario constituirá un nudo crucial en las comunicaciones de la ciudad. Hoy, perdida la función de línea fronteriza entre el espacio urbano y el extramuros, conserva sin duda la de tránsito por ser un punto de penetración de la "ronda" hacia el casco histórico; también es importante la actividad comercial y de negocios, muy diversificada, y que prolonga hacia los prime­ros tramos de muchas de las calles que en Puerta del Osario desembocan. El intenso tráfico rodado que registra, sobre todo el de los transportes públicos, la hacen particularmente bulliciosa e incómoda para el peatón. Por Puerta del Osario entra la cofradía "extramuros" de San Roque en la tarde del Domingo de Ramos [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Puerta del Osario, 16. Casa de dos plantas, con patio de columnas y arcos semicirculares en la planta  inferior, y balcones, separados por pilastras, en la superior [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
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La calle Puerta del Osario, en detalle:
desaparecida Puerta del Osario
Edificio Puerta del Osario, 16
Retablo cerámico Nuestro Padre Jesús de la Salud (Los Gitanos).