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jueves, 27 de agosto de 2026

Un paseo por la calle Farnesio

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 27 de agosto, es el aniversario del nacimiento (27 de agosto de 1545) de Alejandro Farnesio, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella.
    La calle Farnesio es, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle San José, a la calle Fabiola.
   La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta,  constituida  por  bloques  exentos,  la  calle,  como  ámbito  lineal de relación, se pierde, y  el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. 
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     El plano de Olavide (1771) recoge la denominación de Señor San José, advocación bajo la que está la iglesia del desaparecido convento de los mercedarios frente a esta calle. En 1839 ya aparece rotulada como San Antonio por un nicho dedicado a este santo, aunque también era conocida como del Diablo. En 1868 se rotuló como Farnesio probablemente por el militar al servicio de España, Alejandro Farnesio (1545-1591). Estrecha y rectilínea, presenta un ligero ensanche a su mediación que ya recoge el plano de Olavide. En 1886 se aprobó un plan de alineación y en 1931 un proyecto de rectificación de líneas para su ensanche, aunque no parece que se llevara a efecto. Es peatonal y presenta pavimento de losetas de cemento de reciente construcción. Se ilumina con farolas de brazo tipo gas adosadas. La acera de los impares está delimitada por una tapia rematada con tejaroz en la que se abre el acceso a un amplio patio circundado por edificios de apartamentos construidos recientemente. La acera de los pares está formada por varias casas unifamiliares de dos plantas, de la segunda mitad del s. XIX y principios del XX. Cumple funciones residenciales y de alojamiento para viajeros con dos casas de huéspedes [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Farnesio, 6. Casa de dos plantas y ático con vanos cuadrados separados por pilastras.
Farnesio, 8. Casa del siglo XVIII, que consta de dos plantas y un ático con vanos de medio punto separados por pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Alejandro Farnesio, personaje a quien está dedicada esta vía;
     Alejandro Farnesio, III Duque de Parma y de Piacenza. (Roma, Italia, 27 de agosto de 1545 – Arrás, Francia, 2 de diciembre de 1592). Hombre de gobierno y militar al servicio de España.
     Era hijo de Octavio Farnese (castellanizado Farnesio), segundo duque de Parma y Piacenza, y de Margarita, hija natural de Carlos V. Octavio se alió con los franceses para recuperar Piacenza, de la que se habían apoderado las tropas de Carlos V, en septiembre de 1544, siendo primer duque el desgraciado Pedro Luis (padre de Octavio), que resultó asesinado, pero el Emperador quiso conservarla por su gran importancia estratégica. El 15 de septiembre de 1556, en Gante, se pactó un acuerdo entre el nuevo rey, Felipe II, y los Farnesio, por el que esta familia quedaría sólidamente unida a España. Felipe II restituyó a Octavio la villa y ducado de Piacenza, pero se reservó la ciudadela de esta última y reclamó a su joven hijo, Alejandro, para residir y ser educado en España, como una especie de rehén de la fidelidad de los Farnesio a la Corona española. Así, Alejandro Farnesio, a finales de 1556, abandonó Parma, acompañado por su madre, para continuar su formación en la Corte de su tío, entonces en los Países Bajos. En ella conoció y trató a los grandes consejeros del monarca español. Formó parte del cortejo, en el que también iba su madre, Margarita, que acompañó a Felipe II a Inglaterra, para convivir un corto tiempo con su esposa María Tudor, con la esperanza de conseguir un descendiente. En septiembre de 1559 regresó con Felipe II y su Corte a España.
     Alejandro recibió la esmerada educación reservada a la más alta nobleza, en la que no faltaban los estudios de Humanidades, y probablemente los de francés y alemán, dirigido por su preceptor, el humanista Francesco Luisini, en los que mostró su precocidad y viva inteligencia; pero gustaba más de la equitación, de la caza y de los deportes. Desde que le conoció, a los trece años, hizo una gran amistad con don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, y tío, por tanto, suyo, que era prácticamente de la misma edad, y esta amistad duraría hasta la muerte del príncipe español.
     No es extraño que congeniaran, porque ambos poseían un carácter abierto, generoso, si bien Farnesio era más ponderado y tenía mayor control de sí mismo.
     En Alcalá, en 1561, ambos pasaron un breve tiempo con el enfermizo infante don Carlos, cumpliendo un plan de comportamiento y estudio bajo la dirección de los respectivos mayordomos y del humanista Honorato de Juan, hasta que la desgraciada caída sufrida por el infante, en abril de 1562, que tanto afectó a su comportamiento, aconsejó separarlos, y don Juan y Farnesio volvieron a Madrid.
     En 1559 la madre de Farnesio, Margarita, fue nombrada gobernadora de los Países Bajos, cargo que aceptó por complacer a su hermano y con la esperanza de que accediera a restituir a su familia la ansiada ciudadela de Piacenza. Cuando se trató del matrimonio de Farnesio, sus padres deseaban una princesa italiana, para establecer mejores relaciones con algunos altos nobles italianos, concretamente con los duques de Mantua, pero Felipe II deseaba asegurar la adhesión del príncipe a los intereses españoles y sugirió su matrimonio con la infanta portuguesa María, nieta del rey don Manuel, casi siete años más joven que Farnesio. El enlace se verificó en Bruselas, en la capilla de palacio, el 8 de noviembre de 1565. El 16 de mayo del año siguiente, Farnesio fue autorizado a marchar a Parma, donde estaba su padre el duque Octavio, y con su esposa se instaló en el palacio episcopal.
     La princesa permaneció dedicada a ejercicios piadosos y a obras de beneficencia durante los once años que viviría aún. Tuvieron tres hijos: Ranuccio, que sucedió a su padre en el ducado de Parma y Piacenza; Odoardo, cardenal en 1591; y Margarita, que se casó con Vicenzio, duque de Mantua. Alejandro Farnesio no dejaba pasar ocasión de galantear a damas y practicar sus ejercicios preferidos: la esgrima, la equitación y la caza. Tenía verdadera pasión por los buenos caballos y perros de caza. Su madre, Margarita, al ser nombrado, en septiembre de 1567, el duque de Alba capitán general de los Países Bajos, solicitó su relevo, lo que Felipe II le autorizó, reuniéndose en Parma con su marido e hijo a finales de 1568.
     La vida más bien ociosa de Parma no acababa de complacer a Farnesio, que, conforme a su temperamento y ambiciones, soñaba con aventuras militares.
     La ocasión se presentó al constituirse, el 20 de mayo de 1571, la Santa Liga contra el Turco entre la Santa Sede, la República de Venecia y España, de la que don Juan de Austria, victorioso general en la guerra de insurrección de los moriscos granadinos, fue nombrado jefe supremo. Farnesio escribió a Felipe II para que le autorizara a alistarse a las órdenes de su tío, el amigo de su infancia, y obtuvo consentimiento. Se reunió, en Génova, el 27 de julio de 1571, con don Juan, que enseguida le admitió entre los miembros de su consejo de guerra y le entregó el mando de las tres galeras de la República de Génova que se unieron a la flota cristiana. Participó así en el gran triunfo de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, jornada en la que demostró su temerario arrojo al abordar una galera turca y apoderarse de los dineros destinados a pagar a marineros y jenízaros, y al año siguiente en el fracasado asedio de Navarino, en el Peloponeso, mostró nuevamente su gran valor y sangre fría para retirarse a tiempo de una emboscada que habían tendido los turcos a las tropas cristianas que había desembarcado (4 de octubre de 1572). Al disolverse la Santa Liga y dirigirse don Juan a la conquista de algunas plazas del norte de África, Farnesio se volvió a Parma, y Felipe II, al perderse Túnez a poco de conquistada, llamó a don Juan a España.
     La preocupación del monarca español estaba centrada entonces en los Países Bajos, donde Luis de Requesens, que había sustituido a finales de 1573 al duque de Alba y ensayado una política más conciliatoria, falleció en marzo de 1576, dejando un vacío de poder y un ejército amotinado, que con el brutal saqueo de Amberes se había enajenado la voluntad de los naturales del país. En estas difíciles circunstancias, Felipe II designó gobernador a su hermanastro don Juan, que el 12 de febrero de 1577, después de muchas discusiones con los Estados Generales, accedió a firmar el llamado Edicto Perpetuo, entre cuyas cláusulas estaba la salida de las tropas españolas hacia Italia. Pero don Juan no podía permanecer inactivo y rompió el convenio, apoderándose el 25 de junio de 1577 de la ciudadela de Namur. Esta precipitada acción fue mal acogida en Madrid, donde se desconfiaba de los contactos privados que don Juan mantenía con los príncipes católicos de la familia francesa de los Guisa y con el Papa, tramando casarse con María Estuardo e instalarse en el trono de Inglaterra. Don Juan, consciente de las dificultades ante las que se hallaba empeñado, pidió a Madrid que se le autorizara a llamar a Farnesio, en quien confiaba plenamente. Éste estaba dispuesto a colaborar a las órdenes de su viejo amigo, y además se hallaba libre, pues su esposa, María de Portugal, acababa de fallecer el 8 de julio. Así, Farnesio, el 17 de diciembre, estaba en Luxemburgo, donde le esperaba don Juan, que le ofreció el cargo de jefe general de la caballería, lo que rehusó prudentemente, pues sabía que lo ambicionaba Octavio Gonzaga, con quien no quería indisponerse, conformándose con estar a la disposición del gobernador. Don Juan, dispuesto a la guerra, forzó a Felipe II a que ordenara el regreso de los tercios. Disponía así de dieciocho mil infantes y dos mil caballos, españoles, borgoñones, franceses y alemanes, con los cuales estaba decidido a ganar una batalla que le diera autoridad. Aprovechando que varios jefes valones se habían desplazado a Bruselas, para participar en la boda de uno de ellos, el ejército español se lanzó al ataque y obtuvo un triunfo resonante en Gembloux, cerca de Namur, el 31 de enero de 1578. La perspicacia y pericia de Farnesio tuvieron buena parte en esta importante victoria, pues supo aprovechar un momento de debilidad fortuita del enemigo que, sorprendido, optó por la retirada y apenas tuvo ocasión de combatir. El triunfo fue rotundo: la caballería pudo salvarse en su mayor parte, pero la infantería perdió casi todos sus efectivos, más de seis mil hombres de un total de siete mil. Era una buena ocasión para marchar sobre Bruselas, pero don Juan carecía de dinero, aunque se conquistaron varias ciudades del Brabante oriental y Farnesio rindió alguna plaza fuerte del Limburgo (15 de junio de 1578), y se dispuso a conquistar Maastricht.
     Don Juan, desilusionado por el fracaso de sus planes personales (el asesinato de su secretario, Juan Escobedo, en Madrid, los había desvanecido) y aquejado de fiebres tifoideas, se había retirado a Namur, donde expiró la noche del 1 de octubre a la edad de treinta y tres años.
     Antes de su fallecimiento había nombrado sucesor a su sobrino y colaborador Alejandro Farnesio, a quien Felipe II confirmó en el cargo. Tenía entonces treinta y cuatro años; era de talla media, más bien pequeña, cuerpo delgado, pero musculoso y pleno de fuerza, y en su rostro, de tinte bronceado, destacaban sus ojos negros. Resistente a la fatiga, podía pasar noches sin dormir, y, aun con fiebre, no se quedaba en el lecho.
     En su madurez, su arriesgado carácter, templado por la experiencia, había adquirido una gran prudencia. Este conjunto de excelentes dotes hacía de él un jefe ejemplar, querido por sus soldados, que le seguían sin vacilar, pues además les trataba con afabilidad, hasta el punto de que se asegura que conocía a muchos de ellos por sus nombres. Sabía ejercer su autoridad y mantener una perfecta disciplina, mostrándose implacable con los insubordinados. Por añadidura, vestía con magnificencia y gusto, aun en campaña, lo que causaba mayor impresión. Era generoso, aunque demasiado pródigo en las recompensas, rasgo del que se le acusó —no sin razón— al Monarca. Desde los treinta años padeció gota, que le atormentaba con frecuencia. No era locuaz, sino de palabras pensadas. Ante un asunto importante, reunía a su consejo, le escuchaba atentamente, y después tomaba la decisión que consideraba oportuna.
     A pesar de las cualidades señaladas, Felipe II, aconsejado por Granvela, quiso que su madre, Margarita de Parma, la antigua gobernadora, estuviera a su lado en el gobierno. La idea de Granvela y de Felipe II era que Margarita llevara los asuntos propiamente de gobierno y su hijo se consagrara al mando del ejército y a las campañas militares. A Margarita, vieja y enferma, no le apetecía dejar Parma y volver a un puesto que le suscitaba amargos recuerdos, pero obedeció y llegó a Namur en 1580. Tampoco agradó a Farnesio que le pusieran limitaciones en su cargo, aunque se tratara de su madre, por lo que durante el tiempo que ella residió en Flandes, las relaciones entre ambos, anteriormente tan estrechas y cordiales, llegaron a relajarse a veces y tuvieron algunos enfrentamientos.
     Margarita pidió en varias ocasiones su relevo, que no se le concedió hasta 1583, y regresó inmediatamente a Parma a reunirse con su esposo.
     Después de Gembloux, los españoles se habían apoderado del Limburgo y mantenían la provincia de Namur y el ducado de Luxemburgo. Pero quedaba aún mucho territorio por reconquistar. Farnesio efectuó una reforma del Ejército y del Consejo de Estado. En éste tenían lugar preeminente el conde Pedro Ernesto de Mansfelt, maestre de campo general, y Octavio Gonzaga, general de la caballería, que no se entendían bien, por lo que Farnesio hubo de limar sus frecuentes discordias, y otros señores valones, españoles (entre ellos el valeroso y veterano coronel Francisco Verdugo), alemanes y borgoñones. Pero sus hombres de confianza eran su secretario, el italiano Cosme Massi, y el presidente del Consejo, el valón Jean Richardot.
     Con la llegada de tropas de socorro disponía de unos veinticinco mil infantes y ocho mil caballos. También había recibido dinero suficiente para pagar buena parte de los atrasos a la caballería. El soberano le concedió facultades para negociar con los rebeldes sobre la base del acatamiento de la autoridad de la Corona y la profesión del catolicismo. Aunque los brillantes éxitos que obtendría en el futuro fueron debidos fundamentalmente a sus brillantes cualidades militares y personal habilidad negociadora, no debe olvidarse que también contribuyeron a ellos las diferencias entre sus enemigos y a que dispuso de mayores sumas de dinero que los gobernadores que le antecedieron. Fueron estos años ochenta una de las décadas del siglo XVI en que llegó la plata americana a España en mayor abundancia.
     La idea de Farnesio consistía en apoderarse de una plaza importante y emprender negociaciones con los señores valones para tenerlos asegurados. Esta posibilidad de recuperar la confianza de las provincias meridionales venía facilitada por la creciente tensión que existía entre ellas y las provincias del norte. Los intentos de Guillermo de Orange de frenar a los fanáticos calvinistas de algunas ciudades del sur, como Bruselas o Gante, buscando la unión de todo el país contra el soberano español, fracasaron, pues se impusieron en el gobierno una especie de comités de defensa elegidos por los gremios. Estos comités trataron de ofrecer la soberanía de los Estados de las provincias meridionales al duque de Alençon, hermano del rey de Francia, lo que repugnaba a los norteños por tratarse de un francés y católico; preferían a un alemán, a ser posible protestante. Los excesos de los calvinistas en algunas ciudades norteñas provocaron una reacción en las provincias valonas, que en enero de 1579 acordaron formar una Unión en Arrás, a la que correspondieron, más tarde, las del norte con la Unión de Utrecht.
     Esta ruptura, que prefiguraba la actual formación de Bélgica y Holanda, no significaba que las provincias valonas hubieran vuelto a la obediencia del soberano español. Para ellas, tan odioso era el extremismo de los calvinistas del norte como la intransigente dominación española. Farnesio, que se dio cuenta de ello, combinando la astucia diplomática con los éxitos militares, consiguió atraerlas. Por el tratado de Arrás de 17 de mayo de 1579, los representantes de las provincias de Artois, Hainault y Flandes valona aceptaban la soberanía española y se comprometían a mantener el catolicismo como religión única, a cambio del pago de sus tropas y de la partida de los tercios. Farnesio ratificó los privilegios de tales provincias y prometió retirar de cargos civiles y militares a los extranjeros.
     Para rematar este éxito buscó un importante triunfo militar, que obtuvo a finales de 1579 al conquistar la estratégica plaza de Maastricht. Pero necesitaba más tropas, y consiguió convencer a los miembros de la Unión de Arrás que aceptaran los tercios españoles con una serie de garantías. A fines de 1582, Farnesio tenía bajo su mando casi sesenta mil hombres, incluyendo cinco mil españoles y cuatro mil italianos.
     Con este gran ejército, aprovechando las disensiones de los enemigos, Farnesio redujo durante los años 1582 y 1583 ciudades tan importantes como Iprés, Brujas y Gante; en marzo de 1585, Bruselas, y el 17 de agosto la gran metrópoli comercial de Amberes.
     Fue éste un hecho memorable en el que Farnesio usó no sólo la estrategia militar, sino también exhibió medios técnicos avanzados. Primeramente, había limpiado de enemigos las dos orillas del Escalda; después construyó un sólido y amplio puente de barcazas sobre el río, de Calloo a Oordam, además de varios fortines de defensa, que estuvo terminado el 25 de febrero de 1585; con dicho puente trataba de evitar que la ciudad fuera socorrida por mar. Los sitiados y sus aliados del exterior ensayaron todos sus medios, incluidos brulotes, hasta que, convencidos de la incapacidad de levantar el bloqueo, el 17 de agosto los responsables del gobierno de Amberes se vieron obligados a capitular. Se cuenta que cuando llegó la grata noticia a España era de noche, pero Felipe II no pudo contener su alegría y se levantó inmediatamente de la cama para anunciar con gran excitación a su hija Isabel: “Amberes es nuestra”. Fueron estos años ochenta los de mayor éxito de Farnesio, reconocido en toda Europa como estratega excepcional. El monarca español le había concedido la máxima condecoración de los Habsburgo, el Toisón de Oro, y, además, la muerte de su padre, Octavio, el 18 de septiembre de aquel mismo año 1585, le convirtió en duque de Parma y Piacenza. Los Países Bajos meridionales —la actual Bélgica— eran nuevamente españoles. Sólo las cinco provincias de Holanda, Zelanda, Utrecht, Frisia y Groninga resistían, así como parte de Güeldres, pero los rebeldes se hallaban desunidos y desmoralizados.
     Isabel de Inglaterra, asustada por el avance español, tres días después de la caída de Amberes, firmó un tratado con los rebeldes (Nonsuch, 20 de agosto de 1585) por el que acordaba suministrarles ayuda militar bajo mando inglés. Pero el duque de Leicester no pudo impedir que Farnesio se apoderara de Sluys (La Esclusa), en las bocas del Escalda, en agosto de 1587.
     Su intención de continuar la reducción de las provincias norteñas fue contenida por la determinación de Felipe II de conquistar Inglaterra, que desde finales de verano de 1585 cavilaba y que se convirtió en decisión firme tras la ejecución de María Estuardo (8 de febrero de 1587). La empresa contra Inglaterra estaba por entonces preparada, al menos en sus grandes detalles. La estrategia a seguir había sido aceptada por el Rey después de interminables consultas, sobre todo con el experto almirante Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, y con el propio Farnesio, por cartas o por enviados expresos. La intervención de éste era decisiva, ya que su ejército, embarcado en gabarras a la llegada de la Armada a las costas de Flandes y escoltadas por ella, debía poner pie en la costa inglesa.
     Fue éste el punto más discutido, pues exigía un alto grado de coordinación, teniendo en cuenta, además, que los Países Bajos más meridionales carecían de puertos de calado suficiente para acoger los grandes buques de la Armada. Farnesio, aparte de que le disgustaba el proyecto, porque dilataba sus planes de reconquista de los Países Bajos, pensaba que la operación era excesivamente arriesgada y que muy probablemente terminaría en un fracaso. Entre otras cosas había que asegurar que los franceses, especialmente los hugonotes, no pusieran obstáculos al paso de la Armada. Para lograr inmovilizarlos, se contaba con el levantamiento de la Liga Católica en París, encauzada por el embajador español, Bernardino de Mendoza, en colaboración con el duque Enrique de Guisa, pero el pueblo parisino se precipitó y la insurrección se produjo en mayo de 1588, antes de que la Armada llegara al Canal de la Mancha. Además, el proyecto español era demasiado conocido, por lo que, cuando los galeones españoles estuvieron ante Calais, a comienzos de agosto, se hallaron enfrentados a una escuadra inglesa dotada de gran movilidad y cañones de largo alcance, mientras que en Flandes pequeños barcos holandeses sin quilla patrullaban con facilidad por los bajos fondos de la costa de Dunkerque y Nieuwport, donde esperaban evitar el embarque de las tropas de Farnesio. En estas condiciones resultaba imposible tanto que los galeones se acercaran a puerto como que las barcazas preparadas por Farnesio salieran sin protección para alcanzar a los buques de la Armada.
     De esta manera, la operación fundamental, la del encuentro entre aquélla y las barcazas de Farnesio, nunca llegó a realizarse. Además, los ingleses lanzaron barcos incendiados contra la Armada que rompieron su formación, en tanto que terribles temporales la forzaron a levar anclas y, duramente hostigada por el enemigo, a poner rumbo hacia el noroeste. Sin embargo, en Madrid siempre quedarían sospechas de que Farnesio no estaba preparado en el momento oportuno para acudir de alguna forma a unirse a la Armada.
     Orange fue asesinado en julio de 1584, por mandato español, decisión que por cierto no gustó a Farnesio por considerarla contraproducente, y los rebeldes de las Provincias Unidas del Norte nombraron al joven hijo del príncipe, Mauricio de Nassau, capitán general, ayudado por su primo Guillermo-Luis de Nassau, que se revelaron como excelentes estrategas.
     Pero los proyectos de Farnesio de avanzar en el norte fueron nuevamente interrumpidos al ser llamado por Felipe II para intervenir en Francia, donde asesinado, en agosto de 1589, el rey Enrique III, se planteaba el problema de la sucesión, ya que no dejaba hijos.
     Antes de morir había designado como sucesor a Enrique de Borbón, príncipe de Bearne y titulado rey de Navarra, cabeza de los hugonotes. Pero la mayor parte de los franceses se oponía a admitir a un rey hereje y excomulgado por la Santa Sede. El Borbón, que era un gran soldado, consiguió una importante victoria sobre el duque de Mayenne, jefe de la Liga Católica, y puso sitio a París, donde se concentraban unas doscientas mil personas, que resistieron heroicamente, gracias a su fe, estimulada por los predicadores, durante cuatro meses, comiendo hierbas y animales repugnantes. El embajador español, Bernardino de Mendoza, se mostró incansable, animándolos a esperar la pronta llegada de los socorros prometidos por el monarca español. Pero Farnesio, que sufría fuertes ataques del enemigo, no veía el momento de abandonar los Países Bajos, donde se perdería lo conseguido con tanto esfuerzo. Así se lo comunicó a Felipe II, quien le contestó que el problema de Francia era prioritario, conminándole a acudir lo antes posible a desbloquear París. Aunque Farnesio trató de asegurar algunas plazas, obligado por las apremiantes órdenes del Monarca, el 16 de agosto partió de Bruselas, cruzó la frontera, reuniéndose en Meaux con las tropas de la Liga, y con solamente algo más de quince mil hombres se dirigió hacia París. El Borbón, abandonando allí a parte de sus tropas, acudió a cortarle el paso. Pero Farnesio, que no quería arriesgar batalla, durante la noche, realizó una hábil maniobra y se apoderó el 7 de septiembre de Lagny, llegando a las orillas del Marne pocos días después, con lo que quedaban abiertos todos los accesos por tierra y agua a la capital. Como le había encargado el Monarca, trató con los jefes de la Liga de los proyectos para instalar en el trono a la infanta Isabel Clara Eugenia, y a comienzos de diciembre regresó a los Países Bajos, dejando una parte de sus soldados en Francia. El desbloqueo de París había sido un éxito, pero la rápida partida de Farnesio, sin esperar órdenes de su Soberano —lo que le disgustó seriamente— dejó la capital prácticamente en el mismo estado que antes, aunque ahora el Borbón, sabiéndose dueño de la situación y mirando al futuro, permitió la entrada o salida de personas y de mercancías mediante salvoconductos y pago de peajes.
     A su regreso, Farnesio halló los Países Bajos en peor estado del que había previsto. Se había perdido buena parte de territorio y el ejército, al que no se le había podido pagar sus soldadas, estaba amotinado. En julio de 1591 se encaminó a Nimega, sitiada por las tropas de Mauricio de Nassau. Pero Felipe II volvió a reclamarle, esta vez para socorrer la importante ciudad de Ruán, cercada por las tropas de Enrique de Borbón. Farnesio, habiendo advertido nuevamente a Madrid, sin éxito, el riesgo que corrían los Países Bajos en su ausencia, levantando el cerco de Nimega, volvió a entrar en Francia. Unidas sus tropas a las de Mayenne, continuó hacia la ciudad sitiada. Negoció nuevamente con los jefes de la Liga sobre los planes para alcanzar los objetivos previstos por Felipe II, pero prontamente advirtió que no estaban dispuestos a secundar los designios del monarca español, y no insistió.
     Sin embargo, siguió camino hacia Ruán. El de Borbón le esperaba en la ruta normal, pero Farnesio escogió otro camino, más áspero y difícil, y logró en abril de 1592 liberar aquella plaza. En el sitio de Caudebec, Farnesio fue alcanzado en un brazo por un tiro de arcabuz. A pesar de las molestias que le ocasionaba la herida, para completar el desbloqueo de Ruán, emprendió el asalto a Ivetot. Pero el Borbón, que había reconstruido su ejército, era superior en número y le tuvo entretenido durante quince días con constantes escaramuzas. Este retraso sería fatal, pues el estado de salud de Farnesio, que no había podido curarse de la herida del brazo, empeoró hasta el punto de que hubo de dirigir las operaciones desde el lecho de campaña con ayuda de su joven hijo Ranuccio. Demasiado débil, decidió retirarse a los Países Bajos, y dando nuevas pruebas de su gran pericia militar, casi sin poder sostenerse sobre su caballo, eludió al enemigo, y en julio de 1592 estaba en Flandes.
     Aconsejado por sus médicos, se dirigió a la famosa fuente termal de Spa a recuperarse. En cuanto creyó hallarse algo mejorado, se dispuso a volver a Francia para continuar la campaña. Pero Felipe II no pensaba ya en él, pues aparte de su precario estado de salud, le había exasperado repetidamente con su renuencia en acudir a Francia y haber consumido buena parte del dinero preparado para aquella campaña en la defensa de sus posiciones en Flandes. El pundonoroso Farnesio, sin embargo, al tener noticia de la próxima llegada de Pedro Enríquez de Azevedo, conde de Fuentes, lo que parecía indicar que venía a hacerse cargo del gobierno y ejército, considerándolo una insoportable humillación, realizó un supremo esfuerzo.
     El 11 de noviembre dejó Bruselas decidido a unirse al ejército que luchaba en Francia, pero al llegar a Arrás, sintió que las fuerzas le flaqueaban y decidió reponerse unos días en la abadía de Saint Waas. Pero la enfermedad —“hidropesía”, según las fuentes coetáneas— seguía su curso y se hallaba sumamente enflaquecido, aunque no dejó de despachar cartas y papeles en los días que hubo de pasar en la citada abadía.
     El 1 de diciembre se acostó a la hora acostumbrada, pero horas después sintió que llegaba su fin. Atendido por su médico y su confesor, falleció en la madrugada del 2 de diciembre de 1592. Tenía cuarenta y siete años. Su cuerpo fue llevado a Bruselas, donde se le tributaron solemnes exequias, y fue sepultado en el mausoleo de Parma (Valentín Vázquez de Prada, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Farnesio, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Farnesio, en detalle:
Edificio calle Farnesio, 6.
Edificio calle Farnesio, 8.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Los principales monumentos (Iglesia de la Inmaculada Concepción, Santuario de Nuestra Señora de la Estrella, Castillo - Iglesia de San Pedro - Ayuntamiento, Ermita de San Roque, Museo Matías Prats, Casa Museo Manolete, Museo Histórico Municipal "Casa de las Cadenas", Casa de la Tercia, Puente Romano sobre el río Salado, y Puente del Diablo) de la localidad de Villa del Río, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Inmaculada Concepción, Santuario de Nuestra Señora de la Estrella, Castillo - Iglesia de San Pedro - Ayuntamiento, Ermita de San Roque, Museo Matías Prats, Casa Museo Manolete, Museo Histórico Municipal "Casa de las Cadenas", Casa de la Tercia, Puente Romano sobre el río Salado, y Puente del Diablo) de la localidad de Villa del Río, en la provincia de Córdoba.
     Villa del Río, primer pueblo cordobés que se encuentra quien baja a Andalucía desde Madrid es, por tanto, recibidor de la provincia.
     La carretera y el ferrocarril aprisionan el alargado casco, vigilado por la rojiza torre de la parroquia que emerge entre tejados. Desde una cercana colina lo ilumina su Virgen de la Estrella, mientras que la voz de Matías Prats, su hijo predilecto, lo pregonaba desde los micrófonos.
     Villa situada al este de la provincia, junto a la autovía de Andalucía.
     Distancia a Córdoba: 52 Km.
     Altitud: 168 m.
     Extensión: 21,7 Km2
     Habitantes: 7.433.
     Gentilicio: Villarenses.
     Mancomunidad: Alto Guadalquivir
     Tras su conquista por Fernando III, poco antes de 1236, esta población recibió el nombre de Aldea de Orabuena y pasó a depender del concejo de Córdoba, que llevó a cabo su repoblación. A mediados del siglo XVI cambiaría su nombre por el de Aldea del Río, que en 1635 volvió a modificar por el ya definitivo de Villa del Río, tras obtener de Felipe IV este rango. Algunos historiadores sitúan aquí la población romana de Ripa, que no está documentada (Diputación Provincial de Córdoba).
     Aunque se ha identificado con el recinto fortificado de Ripa, su origen se documenta en época musulmana. Reconquistada por Fernando III en el siglo XIII, aparece ya en el XIV como Aldea del Río. En el XV dependió un tiempo de la Casa de Montemayor, pero fue siempre del cabildo de Córdoba. Felipe IV le otorgó la categoría de Villa en 1635 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     En Villa del Río, última localidad de la provincia de Córdoba en dirección a Madrid, además de encontrar buenos muebles, puede verse la iglesia de la Inmaculada Concepción (Rafael Arjona. Guía Total, Córdoba. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2009).

Iglesia de la Inmaculada Concepción.-

     Es un edificio ecléctico, construido en 1907 por Adolfo Castiñeyra y Boloix, con tres naves y cabecera plana. El patrimonio parroquial sufrió destrucción casi completa en los sucesos del año 1936. El testero se decora con un mosaico de Pentecostés y seis ángeles mancebos, obra de Antonio Povedano y Rufino Martos, de hacia 1970. Preside una talla moderna de la Inmaculada Concepción.
     La cabecera izquierda tiene un retablo de primer tercio del siglo XVIII que procede de la vieja iglesia. La Virgen del Carmen, que sigue la estética de comienzos del XIX, tiene corona de plata fechada en 1704. En la nave se pueden ver dos imágenes de 1940, el Resucitado, de Martínez Cerrillo, y el Yacente, de Juan Cristóbal.
     La nave derecha empieza con el retablo de la Virgen de la Cabeza, del artesano local Manuel Campoo el Pintorcillo. La Virgen de la Soledad, es de Martínez Cerrillo, de 1953. Siguen dos murales neocubistas de Blas Moyano y el grupo de la Oración del Huerto, de Manuel Luque Bonillo, de 1997. Pasada la puerta se hallan el Cristo de los Estudiantes, de serie, y Nuestra Señora de los Dolores, obra de Sebastián Montes de 2005. La Magdalena es de Campoo, de 1945. También puede verse un retablo pequeño que enmarca un lienzo de la Virgen del Carmen con las Ánimas, obra de Martínez Cerrillo. A los pies de la nave se ha dispuesto un altar en 1993 con la Virgen de la Paz y Esperanza, obra de Miguel Ángel González Jurado en 1996.
     Entre la orfebrería conservada merecen recordarse varias piezas de Damián de Castro, especialmente la custodia procesional del Corpus, de 1785, con el viril entre nubes, sostenido por un ángel, figuras de los evangelistas y relieves eucarísticos (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       Poco más arriba del Ayuntamiento se asoma a la calle principal la Parroquia de la Inmaculada Concepción, que refleja en su arquitectura el eclecticismo propio de la época de su construcción, 1907.
     Consta de tres naves separadas por arcos de medio punto, sustentados por pilares; en la cabecera de la del evangelio conserva un retablo barroco que procede probablemente de la antigua parroquia.
     Al exterior muestra el templo una rojiza fachada de molinaza, centrada por la torre (Diputación Provincial de Córdoba).

Santuario de Nuestra Señora de la Estrella.-
     La actual iglesia se construyó entre 1738 y 1749, y se reedificó en la década de 1840. Es de nave única, cubierta por cañón con lunetos y bóveda de media naranja sobre pechinas en el presbiterio. El camarín es de fines del XVIII y el retablo, de hacia 1800, imitando jaspes, se recompuso tras los destrozos de 1936. La imagen titular es de Martínez Cerrillo. A sus pies, hay una urna con San Juanito, de hacia 1800, donado por el pintor Pedro Bueno; a su legado pertenecen también la pequeña Maternidad, firmada en 1978, y la bella Santa Ana con la Vir­gen Niña. Ésta última, junto con una Virgen Dolorosa con ángeles, del XVIII, se custodian actualmente en la parroquia. Hay también obras de Blas Moyano, como la Asunción, errónea­mente calificada de Ascensión, y un bajorrelieve de San Francisco (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       Ubicada a las afueras del núcleo urbano junto al colegio del mismo nombre y dedicada a la patrona de la villa. El edificio es de una sola nave con planta rectangular, dividida en cuatro tramos con testero plano. Tras el altar mayor se encuentra la sacristía de planta rectangular y bóveda de aristas. La cubierta de la nave es de medio cañón con lunetos. El camarín es de planta rectangular y se cubre con casquete semiesférico, decorado con aplicaciones de yesería. En cada tramo de la nave existen pequeñas hornacinas. A los pies en alto se sitúa el coro.                
     A la ermita se accede mediante dos puertas, una lateral con portada y otra situada a los pies sin ningún valor que comunica con un pórtico actualmente cerrado por cristales, junto a esta existe una placa de piedra con inscripción ilegible. La portada lateral se encuentra flanqueada por dos pilastras rematadas por pináculos y unidas por un frontón partido que alberga una hornacina con la imagen de la Virgen. La espadaña es de ladrillo, presenta dos cuerpos, el inferior de dos vanos y el superior de uno, está fechada  en 1899.                                                                                                        
     El 8 de septiembre tiene lugar la fiesta patronal, con actos culturales y religiosos, la Virgen baja a la parroquia regresando el segundo domingo de octubre.                                                                                        El 25 y 26 de julio tiene lugar la velada de Santiago y Santa Ana.
     A finales del siglo XV, en un lugar llamado Monte Real existía una fuente donde aseguran que unos segadores vieron brillar una estrella, allí encontraron una imagen de la Virgen entre los matorrales, edificándose en el lugar la ermita.                 
     Actualmente la ermita que se conserva data de 1738, siendo reedificada en 1841. Durante la guerra civil el edificio sufrió algunos desperfectos. El retablo fue destruido completamente, del antiguo sólo se conservaron algunos elementos decorativos que se han reaprovechado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Ermita de la Virgen de la Estrella es el Templo dedicado a la patrona de Villa del Río.
     Se encuentra en las afueras de la localidad, donde según la tradición se produjo la aparición de la Virgen.
     La iglesia actual presenta rasgos principalmente barrocos (Diputación Provincial de Córdoba).

Castillo - Iglesia de San Pedro - Ayuntamiento.-

     El castillo medieval, fue cedido por Carlos I para que sirviera como parroquia de San Pedro.
     La transformación corrió a cargo de Hernán Ruiz el Viejo, entre l531 y l537. Conserva la bella portada gótico humanista, con las armas del obispo fray Juan Álvarez de Toledo. En 1988 el arquitecto José Luis Lope y López de Rego adaptó el edificio para Casa Consistorial (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       Torreón del antiguo castillo árabe del siglo XIII, con reformas en los siglos XIV y XV.
      Portada de antigua Iglesia de San Pedro de estilo gótico manuelino. Conjunto mudéjar.
      Habilitado y restaurado para nuevo Ayuntamiento.
      De la antigua Iglesia sólo se conserva la portada, algunos muros y trazas de aras y bóvedas en la fachada posterior del nuevo Ayuntamiento (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     En la céntrica plaza de la Constitución se alza el interesante edificio del nuevo Ayuntamiento, que fue antes castillo e iglesia.
     La fortaleza primitiva, existente ya en época musulmana, fue ampliada en el siglo XV por Fernán Pérez de Montemayor, y en el siglo XVI se insertó en ella la parroquia de San Pedro, cuyas obras dirigió Hernán Ruiz I, a quien se atribuye la bella portada gótica que hoy pervive como puerta principal de las Casas Consistoriales, en las que también se integran dos torreones laterales de la antigua fortaleza.
    Poco más arriba del Ayuntamiento se asoma a la calle principal la parroquia de la Inmaculada Concepción, que refleja en su arquitectura el eclecticismo propio de la época de su construcción, 1907.
     Consta de tres naves separadas por arcos de medio punto, sustentados por pilares; en la cabecera de la del evangelio conserva un retablo barroco que procede probablemente de la antigua parroquia.
     Al exterior muestra el templo una rojiza fachada de molinaza, centrada por torre (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita de San Roque.-
     Los restos de la ermita de San Roque fueron reedificados en 1824, agregándosele en 1874 el Hospital de Jesús Nazareno. En esta capilla se venera la bella imagen de Jesús Nazareno, obra firmada por Amadeo Ruiz Olmos en 194l (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).

Museo Matías Prats.-
     De titularidad municipal. Está dedicado a un genio de la comunicación, el periodista y locutor de radio y televisión, natural de Villa del Río, Matías Prats (1913-2004).
     Cuenta con dos salas de exposiciones, distribuidas en 200 metros, que nos invitan a descubrir la trayectoria profesional del personaje.
     Sala 1, dedicada a archivo fotográfico, ilustrado con fotos particulares, familiares y con figuras destacadas de la época, todo ello se complementa con grabaciones y vídeos que toman aquí protagonismo, y nos ilustran sobre momentos estelares de la comunicación, sobre la importancia de la radio y la televisión en la historia de la comunicación de masas.
     Sala 2, se exponen objetos personales donados por él, además de las distinciones y premios que fue recopilando a través de su brillante y dilatada carrera profesional, destacando los premios Ondas obtenidos (Diputación Provincial de Sevilla).

Casa Museo Manolete.-
     El Museo de Manolete, de Paco Laguna, ubicado en la calle Federico García Lorca, 3 de Villa del Río, es uno de los archivos más importantes que hay en el mundo de la figura de Manuel Rodríguez “Manolete”.
     Independientemente de dichos archivos, la casa de Paco Laguna expone grandes fondos, de los que han salido unas quince obras literarias. Se trata de cien años de la historia de España a través de las corridas de toros.
     Paco Laguna es la única persona en el mundo que ha salido conservar con celo cualquier mínimo detalle de la figura de Manolete y el mundo de los toros en España, siendo su casa despierta al visitante una sensación especial, como si el propio Manolete estuviera presente y compartiendo esa experiencia de su historia con su propio espíritu.
     Es algo sublime lo que el visitante puede sentir en este Museo Vivo de Manolete, que guarda la esencia de esta figura del toreo, con la que Paco Laguna se siente entusiasmado por el resultado final. Con orgullo nos muestra el pantalón de Guillermo, que se empapó de sangre de Manolete cuando fue cogido mortalmente en Linares. Su capote de paseo, sus zapatos, su mechero, el corbatín, su traje de luces, y decenas y decenas de recuerdos que, para un buen amante de la cultura debe ser una visita obligada.
     Paco Laguna, que lleva toda su vida coleccionando detalles de Manolete, abre las puertas de su casa, que, en sus tres plantas, se ha quedado minúscula, aunque todo está encajado perfectamente en el espacio. Merece la pena descubrir este museo, que está ubicado en Villa del Río, el pueblo que “abre la puerta grande de Córdoba”. Aún hay más secretos que contar, pero es mejor verlo porque no hay palabras para expresar lo que el visitante se encuentra en un recorrido por esta vivienda. (Diputación Provincial de Sevilla).

Museo Histórico Municipal «Casa de las Cadenas».-
     Denominada así por tener concedido, por el rey Felipe V, el privilegio de cadenas.
     Situado en la calle Blas Infante nº 17, es un edificio de traza barroca, reconstruido en el siglo XVIII. Cuenta con dos zonas, una dedicada a exposiciones temporales, planta baja, en donde la oferta siempre cambiante nos puede sorprender por su calidad artística y humana. Otra dedicada a exposiciones permanentes, planta 1ª, dividida a la vez en dos secciones: una con piezas de Paleontología y Arqueología, en donde encontramos fósiles animales y vegetales, y útiles que abarcan desde el Paleolítico a la Edad Media. Y la otra sección dedicada a Bellas Artes, pintura contemporánea de diversos artistas: Blas Moyano (Villa del Río 1913-2001), -sobresalen sus óleos sobre paisajes-. Beppo (Inglaterra 1899-1989) y Abdul Wahad (Túnez 1889-1962).
     Estos últimos dos importantes artistas contemporáneos integrantes de la Escuela de París y unidos a Villa del Río por una estrecha relación. Destacan sus acuarelas y serigrafías, cargadas de color y armonía, además de sus dibujos. Modigliani (Livorno 1884-1920), el museo cuenta con un dibujo del mismo (Diputación Provincial de Sevilla).

Casa de la Tercia.-
      Edificio de planta rectangular en lo que hoy se podría interpretar como el núcleo original de la tercia. Este edificio presenta una crujía perpendicular a fachada y un patio posterior, más otras dependencias que conforman en conjunto una planta ciertamente irregular y de las cuales no se sabe si alguna pudo formar parte de la tercia original o si son fruto de compras y añadidos a lo largo del tiempo. 
     Al no haber sido posible pasar al interior, nos hacemos eco de las referencias que ha sido factible recoger. Por un lado, testigos oculares afirman que tras la portada principal se encuentra una nave perpendicular a fachada, cubierta con una bóveda de cañón reforzada mediante arcos fajones de medio punto. Esta nave desemboca en el patio y carece de elementos ornamentales. Esta referencia viene a ser completada con la que se da en el libro "Pósitos, Cillas y Tercias de Andalucía" (p. 246), en el  que se dice que el interior está estructurado en "triple crujía, con separaciones por arcos", lo cual concuerda con esa bóveda de cañón que debe estar dividida por tres fajones para descarga de los empujes. Por encima de esta planta existen dos entreplantas: una, el sobrado, que se acusa en fachada por una ventana con dintel ligeramente curvo; y otra, el doblado, de vano recto. Ambas ventanas carecen de cerramiento, lo cual hace posible comprobar desde la calle que, efectivamente, se trata de cámaras para secadero de productos agrícolas y parece que aún tienen esta función. 
     La fachada es bastante sencilla. Tiene un zócalo corrido, sobresaliente y realizado en piedra, aunque hoy está pintado en marrón oscuro. El único vano de la planta baja es la portada, que fue ensanchada en tiempos bastante recientes para permitir la entrada de vehículos y utilizar esta parte de la tercia como cochera. Eso hizo que se perdieran las jambas originales, que, según testigos, eran de piedra monolítica. También contaba con dintel pétreo y juntos ennoblecerían la portada que hoy tiene una apariencia desguarnecida al quedar el frontón sin nexo con la puerta. El frontón es partido y se halla decorado con remates piramidales y bolas. A ambos lados y en sendas lápidas se encuentran grabadas las siguientes inscripciones:
     En la izquierda: "TERCIA DECIMAL DE GRANO I ACEITE".
      En la derecha: "SE HIZO POR EL MAESTRO PEDRO AGUDO. AÑO DE 1802".
     Toda la fachada aparece encalada y no es posible distinguir el material empleado. Como curiosidad, aún conserva una arandela que cuelga a la derecha para atar las caballerías. Corona la fachada con una cornisa muy característica en este tipo de construcciones: la de cuello de paloma o talón. Por encima, se encuentra la cubierta de teja árabe, cuya cumbrera es paralela a la línea de fachada.
     Las lápidas con inscripciones más arriba transcritas- fechan su construcción en 1802 e identifican a su autor como Pedro Agudo. 
     Hasta ahora no se sabe si se trataba de una tercia señorial o eclesiástica, en cualquier caso queda claro su uso para recoger el pago del diezmo con grano o con aceite. En el centro de la parte horizontal del frontón queda huella de haber existido con anterioridad lo que suponemos que sería un escudo o un emblema. Muchas veces, las tercias señoriales tienen en esta parte visible de la portada el blasón del propietario; no hay que olvidar que Villa del Río aún conserva bastantes casas con fachadas de entidad, en las que luce uno o incluso dos escudos. Pero esto no es óbice para considerar la otra posibilidad y es que fuera tercia de la iglesia. En tal caso, era común que figurara una cruz o algún emblema cristológico.
     Además de la tercia, existieron dos pósitos en la localidad: uno en la calle Hierro, paralela a la de la tercia, y otro en la calle Real, junto a las Casas Capitulares. En 1777, cuando se hizo el nuevo ayuntamiento (hoy Bar la Estrella), se incorporó el solar del pósito colindante y el concejo adquirió una casa en la calle de las Aguas para albergar el pósito desplazado. Todavía seguía funcionando el pósito en 1824 y, aunque no se sabe con exactitud la fecha en que dejó de hacerlo, en 1866 ya estaba en ruinas. En el Registro de la Propiedad de Montoro consta:
      "Solar de casa situado en la calle de Las Aguas de villa del Río sin número. Linda su fachada principal, por la parte de Poniente, con Plazuela que da a la repetida calle; por Levante con corrales de Don José Obrero Arellano y Don Juan Madueño Fernández; por el Sur con casa de Don Esteban Rueda Laynez y por el Norte con otra de Don Diego Molina Peral".
      Ocupaba una superficie de 245,83 m2, a lo que se añadía 37,15 m2, correspondientes a una lonja o cerca de piedra unida al edificio, sumando un total de 282, 98 m2.
     Constaba de tres naves y sus techos llegaron a estar arruinados. En 1866 fue adquirido para edificar en el solar la Casa Teatro de Villa del Río, finalidad para la que estuvo sirviendo hasta 1959 en que se convirtió en cine. En 1993 se encontraba en estado ruinoso y fue adquirido con la intención de restaurarlo para devolverle su función como teatro (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Puente romano sobre el río Salado.-
     Se trata de un puente cuya fábrica está realizada en piedra molinaza, una arenisca roja muy común de esta zona. Los sillares romanos se encuentran almohadillados, indicativo de la alta calidad y lujo de esta construcción. Aquellos pertenecientes a reconstrucciones son de caras planas, por lo que es de fácil diferenciación.
     Consta de 4 ojos: uno central, dos medianos a ambos lados y otro pequeño en el lado oriental, por lo que hablamos de un puente asimétrico. El arco faltante, documentado por varios indicios, fue destruido en algún momento de la historia y ese espacio quedó cerrado. Entre el arco central y los medianos se sitúan dos pequeños aliviaderos. 
     Este puente presenta 3 recursos arquitectónicos poco usuales en la historia de la construcción de puentes: 
     - El engatillado de las dovelas. El dovelaje presenta una pequeña muesca que evita cualquier posible movimiento de las piezas del arco.
     - El apoyo de los arcos medianos en el trasdós de los aliviaderos. Los arcos medianos carecen de salmer en su lado interno, siento este ocupado por dovelas de los arquillos de aligeramiento.
     - Invasión del arco central en los pilares internos de los arquillos de aligeramiento. Debido al que el espacio del pilar es insuficiente para las dos pilas del puente, los pilares internos de los aliviaderos se estrechan a medida que apoyan en la base para dejar espacio a la rosca del arco central. 
     El Puente Romano de Villa del Río es un curioso ejemplo de arquitectura civil romana, datado actualmente en el mandato del emperador Augusto (27 a. C.-14 d. C), aunque algunos estudiosos lo sitúan en época republicana. Salva el arroyo Salado de Porcuna a pocos kilómetros de su desembocadura en el Río Guadalquivir. Se trata del monumento más antiguo de la localidad. 
     Desde su construcción, dio continuidad a la Vía Augusta a su paso por la antigua ciudad de Ripa, situada en los alrededores de Villa del Río.
     Sobre él se perciben reparaciones medievales, modernas y del siglo XX. Aún así, y gracias a que estas reparaciones no han afectado a la fisionomía original, el puente fue clasificado como el puente romano mejor conservado del sur de España (Thouvenot, 1940).
      Actualmente el puente se encuentra en riesgo de ruina por avenida, habiendo avanzado su degradación considerablemente desde los años 60. Desde entonces, diversas acciones humanas han ido perjudicando directa e indirectamente el monumento:
     - Desvío del arroyo Las Cañas en 1986, desembocando a escasos metros aguas arriba del puente, aumentando las inundaciones en periodos de lluvia.
     - Construcción del puente de la Autovía en 1992, lo que elevó el cauce del arroyo al actuar este puente de presa.
     - Desbordamiento del arroyo de 1997: esta inundación fue especialmente perjudicial, pues derribó más de sesenta pretiles de encima del tablero del puente, no habiendo sido repuestos en ningún momento. 
     - Intervención en 1999, que coloca losas de hormigón en las pilas del puente, disminuyendo su capacidad de desagüe (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Puente del Diablo sobre el arroyo Cañetejo.-
      Construcción militar de estilo neoclásico del siglo XVIII. Consta de dos arcos rebajados en piedra molinaza con intradós de ladrillo.
     El estado general de conservación es aceptable, aun requiriendo reparaciones y reposiciones puntuales de piedras. La sedimentación de tierras y vertidos de escombros en el entorno inmediato del puente hace que este quede parcialmente enterrado (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de la Inmaculada Concepción, Santuario de Nuestra Señora de la Estrella, Castillo - Iglesia de San Pedro - Ayuntamiento, Ermita de San Roque, Museo Matías Prats, Casa Museo Manolete, Museo Histórico Municipal "Casa de las Cadenas", Casa de la Tercia, Puente Romano sobre el río Salado, y Puente del Diablo) de la localidad de Villa del Río, en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

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