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miércoles, 12 de agosto de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Santa María de la Encarnación) de la localidad de Baza I, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa María de la Encarnación) de la localidad de Baza I, en la provincia de Granada.
     Baza, el municipio más extenso de la provincia de Granada, está situado en la cabecera de su comarca, al norte de la provincia. Actualmente, es el principal centro urbano del nordeste granadino y comparte titularidad episcopal del Obispado de Guadix-Baza.
     Debido a su dilatada historia, cuenta con numerosos yacimientos arqueológicos y monumentos de gran valor histórico y cultural como la ciudad íbero-romana de Basti o sus dos necrópolis, en una de las cuales se descubrió a La Dama de Baza, estatua que data del siglo IV a.C.
     Su entorno medioambiental ofrece paisajes tan diferentes como la Sierra de Baza, que fue declarada Parque Natural en 1989, con cimas superiores a los 2.000 metros, las tierras semidesérticas -como los badlands del Altiplano- o el verde oasis de su Vega. Este espectacular marco natural se brinda al visitante para la práctica de todo tipo de deportes, como el senderismo, los paseos en bicicleta o incluso el vuelo libre para los más atrevidos. Además, Baza ofrece al visitante la posibilidad de hospedarse en una casa cueva y disfrutar de la vida vernácula.
     Región: Geoparque de Granada
     Código Postal: 18800
     Distancia desde Granada: 107 Km
     Gentilicio: Bastetanos
     Acceder a su website: www.ayuntamientodebaza.es (Diputación Provincial de Granada).
     El territorio que comprende la comarca de Baza ha estado poblado por asentamientos permanentes desde el período Paleolítico. La capital comarcal se halla rodeada por un extenso Parque Natural que aún conserva parajes de gran interés arqueológico, como los cerros del Santuario, Largo y Cepero, donde estuvieron asentadas diversas necrópolis así como el enclave ibérico de Basti. Durante el pe­riodo romano se instaló un núcleo de población sobre el emplazamiento actual de Baza, transformado a partir del siglo VIII en la urbe musulmana. En los siglos subsiguientes Baza fue adquiriendo un papel significativo en la organización del territorio, especialmente durante el período nazarí, prueba de lo cual sería el complejo sistema defensivo que protegía la medina y sus arrabales y lo conectaba con el entorno inmediato, como demuestran las torres almenaras de Espinosa, Capel o Media Legua. La ciudad, organizada en torno a la alcazaba y la medina (área de la Plaza Mayor), integraba varios arrabales, como los de Churra (barrio de la Merced), Algedid (barrio de San Juan), Marzuela (barrio de Santiago), Calacajar (entre la Cava Baja y la calle Ancha) y Hedar (barrio de Rabalía). En cada uno de ellos aún es posible hallar testimonios de ese legado, ya en el trazado irregular y recóndito de sus callejas, ya en la pervivencia de algorfas y azucaques. El ejército castellano sometió a la ciudad a un estrecho y duro cerco durante más de seis meses, hasta que finalmente el 4 de diciembre de 1489 Baza se rindió. La ciudad mantuvo su estructura urbana prácticamente inalterada hasta el último tercio del siglo XX, en que un tímido desarrollismo económico y el auge inmobiliario han originado un alarmante proceso de empobrecimiento patrimonial (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Baza es cabecera del partido judicial de su nombre, se sitúa al nordeste de la provincia de Granada, en el contacto existente entre la formación montañosa de la Sierra de Baza y la depresión que se extiende a la falda de su cara norte. Se trata, tal depresión, de una cuenca intramontañosa conocida como Hoya de Baza que se originó a finales de la Era Terciaria (Neógeno) cuando tuvo lugar el plegamiento de las Cordilleras Béticas. Se caracteriza por poseer una gran extensión y porque sus materiales de relleno, depositados durante el Neógeno y el Cuaternario, alcanzan en determinadas zonas un espesor notable. La mitad sur de su término municipal está ocupada por la Sierra de Baza, declarada Parque Natural, que alberga una gran variedad botánica y faunística junto a restos arqueológicos de gran valor como los encontrados en el monte Jabalcón.
     El municipio de Baza pertenece a la Demarcación Paisajística de Hoyas de Guadix, Baza y Los Vélez. 
     Baza es la cabecera de la comarca que lleva su nombre y se encuentra en el Altiplano que se extiende al Noreste de la provincia de Granada. Es el municipio mas extenso de la provincia de Granada, con algo mas de 545 Km2.
     El conjunto histórico de Baza, declarado Bien de Interés Cultural en 2003, ha tenido como centro neurálgico desde la Edad Media la Plaza Mayor, dominada por la fortaleza de la alcazaba, y en cuyo ámbito se situaban los edificios símbolos del poder civil (ayuntamiento, audiencia del corregidor, cárcel) y religioso, eje de la actividad económica y lugar de la mayoría de los actos cívicos, devocionales, sociales y festivos.
     Actualmente perviven el plano urbano bajomedieval en su estructura física (sistema viario y organización espacial), y una gran homogeneidad en el paisaje construido, en el que, pese ciertas  alteraciones, la secuencia histórica preindustrial es claramente perceptible, sobre todo en sectores bien determinados como el barrio de la morería.
     La morfología urbana se sustenta en tipologías domésticas en su mayoría, junto con tipologías monumentales de gran calidad artística y arquitectónica, dotando a la estructura urbana de gran coherencia.
     El caserío tradicional, conservado en gran parte, es representativo de una tradición edilicia de carácter consuetudinario, con soluciones técnicas y formales altamente singulares (empleo de aleros con canecillos de tradición mudéjar, distribución funcional en altura con planta ático reservada a cámaras, etc.).
     El resultado del devenir histórico es un legado patrimonial uniforme con una trama y parcelario histórico que refleja la ciudad bajomedieval, que tras pequeñas expansiones posteriores se consolida a mitad del siglo XIX manteniéndose en la actualidad.
     La ciudad de Baza fue fundada en el siglo IV a.C. por el pueblo íbero, permaneciendo ocupada desde el Neolítico.
     El nombre de Baza proviene de Basti, nombre que le pusieron los romanos a la ciudad, al parecer continuación del nombre con que era conocida en época ibérica, que era capital de la región, conocida como "Bastetania" o "Bastitania". 
     Los árabes transformaron el nombre en "Medina Bastha" o "Batza" como lo escribió Abd -el- Aziz al incluir Basti entre las ciudades conquistadas.
     La ciudad de Baza tuvo que ser un lugar muy importante debido a los restos que se han hallado en sus alrededores (La Dama de Baza y el Guerrero), sobre todo de los íberos. La llegada del imperio romano convirtió a la ciudad en un gran centro comercial, con el asentamiento de los árabes en el 713 se construye el recinto amurallado para proteger la medina.
     En el siglo XII fue tomada por los almohades, y en 1234 por Ibn al Ahmar, primer rey nazarí de Granada. Durante el reinado de Muhammad V, a mediados del siglo XIV, la ciudad alcanza su máximo esplendor. En 1489 es conquistada por los Reyes Católicos entrando en decadencia con la expulsión de los moriscos.
     En el siglo XVI la Baza cristiana comienza a proliferar de nuevo, como puede verse en el desarrollo urbanístico, conservándose aún la trama medieval (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
     Milenaria, noble y privilegiada ciudad, cabecera de la comarca del Altiplano, al pie de la sierra de su nombre, declarada Parque Natural, al sur de la Hoya de Baza y al lado de la autovía A 92, en uno de los enclaves de Andalucía mejor dotados por la naturaleza.
Historia
     Los numerosos yacimientos arqueológicos localizados en su término constituyen la prueba de un poblamiento que se remonta al Paleolítico. Hace unos 2.500 años, un pueblo íbero, el bastetano, fundó la ciudad de Basti, antecedente de la ciu­dad actual, que dio nombre a la Bastetania, una extensa región que abarcaba la mayor parte de Andalucía Oriental, extendiéndose hasta Albacete y Murcia.
     Poderosa población, Basti mantuvo relaciones comerciales con fenicios, griegos y cartagineses. Perdió relevancia con los romanos, pero la recuperó con los musulmanes, bajo cuya dominación se convirtió en un importante centro de producción de seda y de azafrán.
     El 4 de diciembre de1489 cayó en poder de los cristianos, tras un largo asedio. La expulsión de los moriscos en 1570 provocó su decadencia, de la que no inició su recuperación hasta pasada la mitad del siglo XX. Hoy es una ciudad en expansión, con un riquísimo patrimonio cada día más apreciado por el turismo.
Gastronomía
     Potente y con reminiscencias de la época musulmana, su elaboración se basa en los productos del campo, tanto cultivados como salvajes. Entre sus platos más tradicionales están las gachas tortas, con liebre de monte; el testuz, guiso de habas secas, judías blancas, tocino, patatas y productos del cerdo; la gurupina, guiso de setas con bacalao, los gurullos, con perdiz o con liebre y el cordero segureño.
     En la mesa bastetana no faltan el buen jamón ni los buenos embutidos, ni un excelente queso de cabra. Y de postre, el bien­mesabe.
Artesanía
     Actualmente se trabaja la cerámica, se elaboran artículos de esparto y mimbre de uso cotidiano y decorativo y se hacen guitarras.
Fiestas
     El carnaval, en febrero, la Semana Sama y Santa Bárbara, el 4 de diciembre, son fiestas de gran participación popular. Muy celebradas son también las Mayas, cruces de mayo, el día 3 de este mes. En Junio se celebra un interesante Festival Internacional de Música y en agosto un Festival de Música y Danza Populares, mes en el que tiene lugar también el día del bastetano ausente, el 15. Pero la fiesta por excelencia de Baza es la del Cascamorras, el 6 de septiembre, que además sirve de pór­tico a la Feria Grande, en honor a la Virgen de la Piedad.
VISITA
     El casco histórico de Baza es de conside­rables dimensiones y sigue conservando sustancialmente la traza que le dieron los musulmanes, con la alcazaba como centro de la medina y los arrabales constituidos por distintos barrios alrededor, como los de la Churra, la Marzuela, o el Algedid, que ya en tiempos cristianos adquirieron los respectivos nombres de la Merced, Santiago y San Juan, centrados por sus correspondientes parroquias.
     La alcazaba se sitúa, aproximadamente en el centro geométrico del caserío. En la actualidad, sólo quedan algunos restos rodeados de jardines. Bajo ella se encuentra la Plaza Mayor, centro administrativo de la población y corazón de la antigua medina agarena. Espacio señorial y acogedor a un tiempo, en él se encuentran tres de los hitos importantes de la población. En primer lugar, el Ayuntamiento, edificio construido entre 1830 y 1835. Concebido para cárcel, las reformas posteriores han cambiado bastante su imagen, Son notables la fachada, de carácter academicista, y el patio central, adintelado y con arcos apuntados en los ángulos.
     En la plaza está también la iglesia de Santa María la Mayor, Monumento Nacional y gran edificio gótico, construido en el solar de la antigua mezquita aljama, que debió rehacerse en parte siguiendo el estilo renacentista tras el terremoto de 1531. La portada principal es plateresca. La torre, a los pies, presenta cinco cuerpos, los tres inferiores de planta cuadrada y los dos superiores, en los que se alojan las campanas, octogonales. El interior resulta grandioso. Tiene tres naves separadas por pilares cilíndricos de los que parten los nervios que forman las bóvedas, ofreciendo desde abajo la impresión de elevadas palmeras. A los pies lleva el coro, de carácter neoclásico. Tiene también girola en la que se inscriben seis capillas absidales. La capilla mayor tiene planta poligonal con bóvedas igualmente de crucería, figurando en el centro un baldaquino con una imagen de la Inmaculada labrado en 1952 para sustituir al destruido durante la Guerra Civil. La capilla del Sagrario, junto a la puerta de la Encarnación, fue diseñada por Diego de Siloé y construida por Rodrigo de Gibaja, concluyéndose en 1536.
     El tercer edificio importante de la plaza es el Ayuntamiento Viejo. Se trata de un gran caserón renacentista que albergó además del Cabildo, la casa del Regidor y la cárcel. Se inauguró en l590, cumpliendo su función hasta 1984. En 1998, tras una profunda restauración, se instaló en su interior el Museo Arqueológico. El acceso se hace a través de una logia formada por un triplete de arcos de medio punto sobre columnas corintias y con un bello artesonado de casetones hexagonales, siendo especialmente interesante la antigua sala capitular, por la espléndida armadura renacentista de influencia mudéjar. El museo tiene cuatro salas en las que se reúnen interesantísimas colecciones de objetos que van desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna. En él se encuentra la Dama de Baza, aunque sólo se trate de una copia, pues el original, dada su excepcionalidad, se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Se trata de un exvoto funerario del siglo IV a.C., siendo localizada en 1971 en la necrópolis del cerro del Santuario.
     Entrando por el arco de la Magdalena, donde estuvo la puerta de Guadix, se alcanzan la­ casa del Abad, de 1796, y la casa del Regidor Antonio Candeal, de la misma época, dos de los buenos edificios de carácter privado con los que aún cuenta Baza.
     Doblando por Zapatería y luego, a la derecha, por Arresto, se llega a la iglesia de la Merced, en la plaza del mismo nom­bre. Construida, según la tradición, en el solar de una antigua ermita mozárabe destruida por los almohades, formó parte del convento que los mercedarios instalaron en la ciudad en la segunda década del siglo XVI, convento, que, muy reformado ocupan actualmente los franciscanos. El templo, al que el ejército napoleónico robó una extraordinaria colección de obras de arte y objetos de orfebrería de incalculable valor, lleva una portada de dos cuerpos realizada en mármol gris de Macael en 1776. El interior tiene tres naves separadas por arcos de medio punto. La zona más interesante es el presbiterio, cubierto con bóveda estrellada. En él se encuentra el camarín en el que se venera la imagen de la Virgen de la Piedad, localizada, según la leyenda, en 1490 por el accitano Juan Pedernal. No obstante, la imagen no debe ser anterior al siglo XV, aunque aún muestra en el rostro la huella de un fuerte golpe, quizás el que Pedernal le diera con el pico al descubrirla. En cualquier caso, esta Virgen es desde entonces la Patrona de Baza. 
     La calle Zapatería lleva, hacia el norte, hasta la iglesia de San Juan, en la plaza del mismo nombre, templo mudéjar, con aportaciones góticas y renacentistas de principios del siglo XVI sobre una mezquita anterior. De aspecto sencillo al exterior, con la torre, semejante a un alminar con campanas, a los pies, por dentro presenta tres naves separadas por arcos formeros en ligera ojiva, la central de mayor envergadura que las laterales. Las bóvedas de yeso que cubren a las tres se realizaron en el siglo XVIII, ocultando las cubiertas mudéjares de madera, que en la nave central es de lacería policromada. La bóveda de la capilla mayor es la original, estrellada, con florones en los cruces y uno mayor en la clave. Aquí se encuentra la Virgen del Carmen, en un buen retablo de finales del siglo XVI tallado por Gabriel de Freila, aunque con reformas realizadas en el siglo XVI y después de la Guerra Civil. 
     En la plaza se ven dos casas llamadas por los bastetanos de los Balcones de Palo, por las balconadas de madera que poseen. Son dos ejemplares de viviendas populares mudéjares del siglo XVI que, aunque reformadas en el interior, conservan intactas las fachadas originales.
     Desde San Juan, la Cava Alta lleva a la plaza de las Eras, donde se ha levantado una estatua dedicada al Cascamorras.
     De aquí, bordeando el parque de la Ala­meda, parte la Carrera de Palacio, hacia el final de la cual se encuentra el palacio de los Enríquez, ejemplo de gran vivienda palatina rural renacentista, de influencia italiana, construido entre finales del siglo XV y comienzos del XVI por Enrique Enríquez y su esposa María de Luna. En su interior conserva espléndidas armaduras mudéjares, preciosamente decoradas a base de candelieri y otros motivos renacentistas, destacando especialmente la del salón principal.
     Junto al palacio se alza el monasterio de San Jerónimo, fundado por el matrimonio Enríquez-Luna como su lugar de enterramiento bajo la advocación de Santa María de la Piedad. Desamortizado en 1836, actualmente parte de sus restos se encuentran integrados en un edificio privado. La iglesia fue saqueada en 1936, encontrándose actualmente en proceso de rehabilitación.
     Siguiendo, desde la plaza de las Eras, la avenida de Andalucía, se llega al barrio de las Cuevas, con viviendas trogloditas todavía en uso. Próxima a la plaza de las Eras, al lado de donde estuvo la puerta del Peso, se encuentra la fuente de los Caños Dorados, gran pilar construido en 1607 como abrevadero para las bestias de los viajeros que recorrían este camino y también de las que llevaban a cabo la trilla en la plaza de las Eras, labor de la que ésta recibe su nombre.
     Bajando por Alamillos y del Agua y doblando por Poyos se llega a la iglesia de Santiago, en la plaza del mismo nombre, templo que fuera construido a comienzos del siglo XVI en el solar del la mezquita del arrabal de Marzuela, con importantes reformas en el siglo XVII. Tiene tres naves, la central cubierta con armadura mudéjar y las laterales con bóveda de crucería. Un arco toral apuntado separa la capilla mayor, cubierta con una soberbia arma­dura mudéjar octogonal de lacería a base de abanicos, con el almizate pintado de candelieri y adornado con ángeles tallados, apoyada en pechinas aveneradas.
     Por debajo de la plaza de Santiago se sitúan los Baños árabes de la Judería o de la Marzuela. De construcción almohade y bien conservados, constituyen uno de los mejores ejemplos de este tipo de construcciones islámicas de toda Andalucía. Tienen fábrica de ladrillo visto, con bóvedas de cañón y arquerías sobre columnas de mármol y también de ladrillo. Mantienen prácticamente intactas sus distintas salas y dependencias.
     Por debajo de la Plaza Mayor, se encuentra la de la Encamación, próxima a la cual, en la calle de su nombre, se levanta la iglesia de los Dolores, único templo puramente barroco edificado en la ciudad. Formó parte del oratorio de San Felipe Neri, instalado en Baza en 1676 y clausurado en 1844. La iglesia tiene una singular fachada construida en piedra y compuesta por un arco rebajado de vetusta apariencia flanqueado por dos potentes columnas salomónicas sobre alto basamento. El interior tiene una sola nave con capillas laterales, la primera cubierta con bóveda de cañón y lunetos y las capillas con bóvedas de arista. En el crucero se alza una briosa cúpula de media naranja sobre pechinas decorada con yeserías policromadas. La capilla mayor acoge un fantástico camarín rococó de madera tallada, compuesto por cuatro arcos sobre estípites en los que apea la cúpula, un prodigio decorativo a base de yeserías que parten de una estrella central y se desarrollan mediante molduras, hojarasca, espejos y pedrerías, de gran valor artístico.
     Muy próxima a esta iglesia está la plaza de la Trinidad. En ella se levanta el Pósito. Construido hacía 1762 para almacén de cereales, fue sede de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Baza, tam­bién casa de comedias, siendo actualmente una residencia particular. Conserva un buen patio claustral con arcos rebajados sobre columnas de mármol en la planta baja y de medio punto sobre columnas de hierro en la segunda.
     Al este dela iglesia de los Dolores, en la plaza de su nombre, se sitúa el convento de Santo Domingo, construido pasada la mitad del siglo XVI en el solar de una mancebía. La Desamortización y el posterior abandono le causaron graves daños. En 1935, el arquitecto Femando Wilhelmi construyó en parte de él un cine. No hace mucho se ha restaurado el claustro y el coro de la iglesia, que se ha acondicionado como centro comercial.
ALREDEDORES
     Unos 15 km al norte de la ciudad se encuentra el embalse del Negratín, con embarcadero, playa, deportes náuticos y restauración. Al sur, y desde las mismas puertas del caserío, se extiende el Parque Natural de la Sierra de Baza, con gran riqueza paisajística, así como de flora y fauna, y enormes posibilidades recreativas y deportivas (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Granada. Anaya Touring. Madrid, 2009).
Historia.-
     La ciudad de Baza fue fundada en el siglo IV a.C. por el pueblo íbero de los bastetanos con el nombre de Basti. En la época íbera vivió sus años de mayor esplendor, siendo capital de La Bastetania, un amplio territorio que abarcaba la Andalucía oriental y el sureste murciano-manchego.
     El Imperio Romano la convirtió en un gran centro comercial y en el año 713 fue ocupada por los árabes, que le dieron el nombre de Medinata Bastha y construyeron un recinto amurallado para proteger su medina. De ese periodo, destacan el actual barrio de Santiago o la antigua judería, donde se encuentran los baños públicos (siglo XIII) mejor conservados de época árabe.
     A partir del siglo XII, la ciudad fue casa de los Almohades hasta que en 1234 fue tomada por Ibn al-Ahmar, el que sería el primer rey nazarí de Granada. Alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Muhammad V, a mediados del siglo XIV. Después fue perdiendo protagonismo debido a la inestabilidad bélica hasta que cayó en manos de los Reyes Católicos, tras dos campañas consecutivas y más de siete meses de asedio, el 4 de diciembre de 1489, día de Santa Bárbara, patrona de los bastetanos.
     Años después fueron expulsados los moriscos y fue repoblada por nuevos colonos. A partir del siglo XVII, la ciudad entró en un periodo de letargo del que se fue recuperando poco a poco (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Santa María de la Encarnación.-
     El conjunto se alza sobre el solar de la antigua Mezquita Mayor, purificada y consagrada como iglesia cristiana tras la conquista. Una vez erigi­da en Colegiata, el cabildo acordó su reconstruc­ción el 12 de diciembre de 1528. A tal fin se proyectó un templo gótico, según el modelo de la catedral de Murcia, cuya traza debió ser de cruz latina de una o tres naves y trascoro, encargándose la ejecución a los canteros vizcaínos Pedro de Urrutia, Juan de Arcega y Eusebio de Praves. El terremoto de 1531 asoló la obra construida Y se hizo preciso reiniciarla, pero esta vez contando con el apoyo del arzobispo de Granada y del propio emperador Carlos V. Se pensó entonces en Alonso de Covarrubias para reedificarla, quien emitió un informe por el cual consideraba conveniente cambiar el plan inicial por otro renacentista. Ante la resistencia del cabildo colegial, el arquitecto elaboró un nuevo proyecto en el que se mantenían las capillas absidales góticas ya construidas, suprimiendo el trascoro y trazando en su lugar una girola, con lo que se lograba resolver el problema espacial. Las obras, con arreglo a la nueva traza, fueron encomendadas a Rodrigo de Gibaja en 1534. El Renacimiento en esta zona estuvo muy influenciado en cuanto a soluciones constructivas por maestros castellanos, especialmente toledanos; sin embargo, res­pecto a las tradiciones decorativas se halla una clara inspiración en la arquitectura conmemorativa granadina. Esta circunstancia se advierte cla­ramente en las portadas de la antigua colegiata, obra probable de Gibaja y su equipo de cante­ros; y en especial en la puerta principal, donde la inspiración siloesca es más que notable. Por el contrario, la de la Piedad estaría mas vinculada a la proyectiva de Covarrubias. Esta última, tan próxima al portal de la Quinta Angustia en la parroquial de Puebla de Don Fadrique, se abre por un medio punto sobre pilastras. El trasdós del arco está moldurado y se decora con ovas, cordón y flechas. El arco está enmarcado por dos pilastras con columnas adosadas, un friso con de­coración vegetal y veneras, cornisa, y en el centro un tondo con la Virgen con Cristo muerto. Con objeto de proteger la bella labra de la portada, se colocó en 1676 una cornisa de mármol a modo de tejaroz. Se ignora la función de este portal cegado y de nivel inferior a la planta de la iglesia; pero lejos de un ejercicio meramente decorativo, debió prestar una función básica de acceso -en éste u otro emplazamiento- anulada con posterioridad.
     La portada de la Encarnación se alza en dos cuerpos: el inferior centrado por arco de medio punto sobre pilastras dóricas, con ángeles en las enjutas y escudo imperial en el friso. Queda flanqueada la puerta por parejas de medias columnas corintias que enmarcan hornacinas. Sobre el entablamento se disponen querubines y cartelas.
     El segundo cuerpo es rectangular, con arco carpanel central, el cual cobija un bajorrelieve que representa la escena de la Encarnación, como advocación e iconografía presente en todas las fundaciones posteriores a la conquista. A ambos lados, medias columnas corintias con grutescos en los fustes sostienen el entablamento, rematado por un tondo que contiene la imagen del Padre Eterno. En el lateral de la cabecera hay también una ventana exterior ricamente decorada con elementos renacentistas.
     La torre es obra de fray Pedro de San Agustín, monje jerónimo del monasterio murciano de La Ñora, y fue mandada erigir por el abad Felipe de Acuenza entre los años 1760 y 1764 para sustituir a la primitiva, destruida por el terremoto de Lisboa. Se alza sobre cuatro cuerpos decrecientes, los dos primeros cuadrados, mientras que los superiores son de planta octogonal con sus lados abiertos por arcos para otras tantas campanas. El alzado se remata con una cúpula de perfil con­tracurvo abuhardillado. Destacan las campanas de Santa María de la Anunciación (llamada «la Gorda»), fundida en 1795, y las de San Francisco Javier y Santa Bárbara, de 1759.
     El interior del templo es majestuoso, dispuesto como un organismo rectangular de tres naves de igual altura, pero más ancha la central que las laterales. Quedan separadas por arcos de medio punto que descansan en un sistema de pilares cilíndricos con pilastras dóricas adosadas en sus frentes y baquetones. De sus capiteles parten las nervaduras que construyen variadas bóvedas de crucería. En cuanto al alzado de las naves, difiere en que los arcos formeros de la nave central son medios puntos con botones en las claves y los laterales son apuntados, descansando éstos en un lado sobre pilastras adosadas sobre la pared.
     La capilla mayor presenta una planta poligonal de tres lados, establecida a partir de una triple arcada de medio punto, cubierta con bóveda estrellada. El cuerpo superior se caracteriza por contener tres lienzos enmarcados por arcos apuntados del siglo XVIII, al tiempo que los pilares lucen una decoración mural dieciochesca compuesta de angelotes y motivos vegetales. Destruido en la Guerra Civil el tabernáculo que Francisco Vallejo trazara en 1830, se sustituyó en 1952 por el actual, que alberga una imagen de la Inmaculada Concepción. El frontal de altar, compuesto en 1766 por el maestro Eusebio Valdés, fue igualmente sustituido por otro proce­dente de la iglesia de San Jerónimo.
     La nave quedaba interrumpida a los pies por el coro neoclásico, diseñado en 1794 por José Ortiz Fuertes y decorado por Jaime Folch. Se mantiene, no obstante, el bello púlpito de Valdés en mármol gris y falsa ágata, con medallones te­tralobulados conteniendo imágenes de los Evan­gelistas y los Santos Padres de la Iglesia.
     El ámbito de la girola manifiesta el carácter gótico del templo inicial, con tramos divididos por columnas entorchadas que enmarcan seis capillas absidales. De planta rectangular y cubiertas con bóvedas de crucería, han perdido la memo­ria de su mobiliario y advocaciones originales. Desde el lado del Evangelio, hallamos la capilla del Cristo de los Méndez, cuya milagrosa ima­gen gozaba de una extraordinaria devoción en la ciudad. A continuación sigue la capilla de Nuestra Señora del Carmen -antes de San Julián-, en moderno retablo, junto a las imágenes de Santa Lucía y San Antón, esta última del siglo XVIII. Una pintura representa al Santo Cristo de Burgos, junto a las capillas de Nuestra Señora de las Angustias -llamada del Santo Cristo de Mataliebres- y de Nuestra Señora de la Esperanza -que desde 1611 contuvo los restos de San Máximo, copatrón de la ciudad-, albergando ésta un lienzo de la Anunciación. La antigua capilla de la Anunciación o del Ave María fue fundada por el abad Álvaro de la Torre como lugar de enterramiento. Enmarca su acceso una elegante portada renacentista de arco de medio punto enmarcada por pilastras corintias sobre plintos, y frontón con flameros sobre entablamento que luce la salutación mariana, realizada hacia 1575 por el vizcaíno Juanes de Arteta.
     En el lado de la Epístola, la capilla opuesta al Sagrario se hallaba dedicada a la Inmaculada Concepción, con retablo de Pedro Montoro realizado en 1772, e imágenes talladas por Torcuato Ruiz del Peral; las jambas del arco de acceso conservan la decoración de grutescos y candelieri. Entre las imágenes actuales sobresale una talla de la Piedad, realizada en piedra y policromada, de hacia 1500. La capilla de San Antonio de Padua -antes de San Blas- luce decoración de grutescos policromados en el enmarque del arco y he­ráldica nobiliaria en la clave. Sigue la capilla del Sagrado Corazón de Jesús, en cuyo pavimento destaca la lápida funeraria del abad Acuenza, realizada en mármol de Macael por Pedro Montoro. Este ámbito estuvo presidido por un magnífico retablo barroco de Gabriel Jiménez, conteniendo las imágenes de Nuestra Señora del Socorro y los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, atribuidas a Francisco Salzillo. El lado del Evangelio presenta cuatro altares que, desde los pies, están dedicados a San Blas -antes a San Nicolás de Bari-, San José -antes de San Felipe Neri-, Nuestra Señora de Lourdes con retablo barroco enmarcado por columnas salomónicas, y la Virgen Niña -antes de Santa Teresa-. Tras la puerta de la Encarnación se abre la capilla del Sagrario, mandada construir por el regidor Juan de Araoz, bajo traza y condiciones de Diego de Siloe, y ejecución de Rodrigo de Gibaja, siendo terminada la obra en abril de 1536. Se cubre con bóveda de crucería, al tiempo que las pilastras y la decoración del arco de entrada luce grutescos y candelieri. Estuvo decorada con una vidriera que se encargó en 1540 a Arnao de Flandes, con el tema de la Epifanía y el escudo de armas de los Araoz, así como un retablo de la Virgen del Pilar, de estilo renacentista atribuido a Siloe, todo ello desaparecido, y sustituido por tres altares modernos dedicados a Nuestra Señora del Pilar, la Sagrada Familia, de 1889, y la Inmaculada Concepción de 1952.
     La sacristía y antesacristía, adosadas a la cabecera, fueron terminadas en 1621 gracias a la munificencia del abad Alonso Tamayo, quien dejó cuantiosas rentas a su muerte para la ejecución de la obra. Está cu­bierta la sacristía por alfarje de gruesas jácenas, que des­cansan sobre canes de acanto y otros antropomorfos, y decoración de ovas, elementos vegetales y otros motivos en el arrocabe. Entre las piezas que aquí se custodian sobresalen una cabeza del Santo Cristo de la Luz, próximo al arte de Pablo de Rojas, que presidía la capilla mayor del monasterio de San Jerónimo, así como un Ecce Homo sobre tabla, atribuido a Luis de Mo­rales. El tesoro de la antigua colegiata, muy mermado, conserva entre otras piezas dos esplén­didas custodias barrocas de plata sobredorada, una de obrador mexicano labrada en 1738 y otra cordobesa, del taller de Antonio de Santacruz y Zaldúa, fechada en 1777, artífice igualmente de un cáliz de 1759. También contiene un acetre de plata y cruz parroquial del siglo XVII, un cá­liz barroco, de Gabriel de la Riva, de 1772 y un bello portaviáticos con esmaltes, donado por el abad Acuenza en 1771. Entre los ornamentos figuran varios ternos incompletos, destacando el de tisú de plata y el «Terno blanco», fabricados en el taller toledano de Miguel Molero y donados por el obispo fray Bernardo de Lorca (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     La ex-colegiata de Nuestra Señora Santa María de la Encarnación se construyó sobre los restos de la mezquita aljama musulmana. Inicialmente se abrió al culto cristiano tras su sacralización manteniendo su estructura como mezquita. En 1529 se inicia su construcción en estilo gótico pero un terrible terremoto que asoló la ciudad en 1531 la derribó en su mayor parte, permaneciendo en pie su cabecera conformada por capillas absidiales con arcos apuntados y pilastras góticas. En 1531 el Cabildo bastetano encarga su reconstrucción, ya con proyecto renacentista a Alonso de Covarrubias y al maestro cantero Rodrigo de Gibaja que culmina la obra desde 1549.
     Consta de tres naves cubiertas por bóvedas de crucería y girola, con capillas laterales y absidiales. El ábside que preside la nave central es semicircular.
     La torre, situada al pie del templo, presenta cinco tramos, de los que los tres últimos corresponden a una restauración realizada en la segunda mitad del siglo XVIII, tras otro fuerte terremoto. Los muros de fábrica de la iglesia son de sillería, a diferencia de la torre que es de ladrillo. La portada a la Plaza Mayor está realizada en piedra, mientras que la rampa escalonada de acceso es de pilastras de piedra y rejas de hierro. Existe otra portada decorativa al pie de la rampa, al igual que la anterior de piedra.
     La carpintería es toda de madera, cubierta de teja árabe. El acceso a la iglesia a través de Plaza de la Magdalena se realiza a través de una escalinata (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La primera sede de la ex-colegiata fue la antigua mezquita aljama musulmana, hasta que en 1529 se inició la construcción en estilo gótico. Un terremoto la derribó en 1531 y ese mismo año se encargó su reconstrucción, en estilo renacentista, a Alonso de Covarrubias y Rodrigo de Gibaja. Consta de tres naves cubiertas con bóvedas de crucería y girola. La torre, que sufrió daños años más tarde por otro terremoto, fue reconstruida nuevamente en el siglo XVIII (Diputación Provincial de Granada).

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Un paseo por la calle Gravina

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Gravina, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     Hoy, 12 de agosto, es el aniversario del nacimiento (12 de agosto de 1756) de Federico Carlos Gravina, Capitán General de la Armada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle Gravina, de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La calle Gravina es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo, y va de la confluencia de las calles Alfonso XII, Antonio Salado, y plaza de la Puerta Real, a la confluencia de las calles San Pablo, Zaragoza, y Puerta de Triana.
     La calle (desde el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en la población histórica y en los sectores urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las edificaciones colindantes entre si. En cambio, en los sectores de periferia donde predomina la edificación abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos.
     En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Se llamó en lo antiguo Cantarranas. Con esta denominación aparece ya en un docu­mento municipal de 1408 y en sucesivos padrones del s. XV. El origen de ese nombre es, sin embargo, incierto, si bien muy indicativo del lugar. González de León lo atribuye al espacio pantanoso por el que discu­rría la calle, un lugar lleno de ranas situado junto a la muralla de poniente. Pero varios siglos antes Juan Mal Lara, en su Recibimiento que hizo la muy noble y leal ciudad de Sevilla a la C.R.M. del Rey Don Phelipe N.S., había escrito que la calle se llamaba así "por unos caños y husillos que tiene por donde se limpia la ciudad", llamados al parecer "cantarranas". El topónimo se man­tuvo hasta la segunda mitad del s. XIX, en que se sustituyó por el actual, en memoria del almirante español Federico Carlos Gravina (1756-1806), muerto tras la batalla de Trafalgar. Esa rotulación se decidió muy probablemente en 1868, pues aparece en la pla­nimetría de finales de siglo. No obstante, es posible que en un principio se mantuvieran los dos topónimos: Cantarranas hasta el cruce con San Pedro Mártir, y Gravina para el resto de la calle, hasta San Pablo. Así parece deducirse de un plano de 1870, aunque no hay otra documentación que lo confirme. En 1935 se acordó ampliar el nombre a Almirante Gravina, acuerdo que fue pronto revocado para volver de nuevo a la simple for­mulación del apellido. Santiago Montoto la designa también con el nombre de Comendador.
     Es una calle larga y estrecha, que discu­rre rectilínea hasta las proximidades de Pe­dro del Toro, donde empieza a describir una ligera curvatura que vuelve a acentuarse a partir de San Pedro Mártir. Está cruzada por Pedro del Toro y Canalejas. Por la derecha desemboca en ella Doctor Jesús Vida (antigua Aguiar), y por la izquierda San Pedro Mártir. Lo que en el pasado ha definido urbanísticamente a esta vía ha sido el hecho de discurrir siguiendo la línea de la muralla, paralela a ésta y entre las puertas Real y de Triana. Por eso servía y sirve de apoyo a muchas de sus viviendas. A juzgar por las numerosas alineaciones que se suceden en el tiempo, y muy específicamente desde 1847 en adelante, debía ser un espa­cio más estrecho y sinuoso de lo que hoy es. No existían, además, ni la calle Doctor Jesús Vida (antigua Aguiar), abierta a raíz de la creación del mercado de la Puerta Real, ni la parte final de Pedro del Toro, abierta según un proyecto de 1889. Si la línea de muralla marcaba la fisonomía urbanística de Gravina, su ambiente estaba en gran medida condicionado por la existencia en ella de uno de los más grandes husillos de la ciudad, pues la calle, por su proximidad al río y a la muralla, estaba siem­pre amenazada por las avenidas e incluso por las aguas de lluvias, que formaban lagunas e infectaban el aire de malos olores. Desde el s. XVI y hasta finales del XIX se suceden las quejas y peticiones de los vecinos para que se proceda una y otra vez a la limpieza del gran husillo, situado en las inmediaciones de la Puerta de Triana. Y cada vez que la ciudad se inundaba con las crecidas del río, esta calle era siempre de las más afectadas. En la de 1684 "el agua del husillo de la Laguna llegaba hasta la mitad de la calle de la Mar y se juntaba en el husillo de Cantarranas y llegaba cerca de la plaza de la Magdalena, inundaba las calles de San Pedro Mártir y de Pedro del Toro, y se juntaba con el husillo de la Puerta Real..." (Sec. 11, t. 20. núm. 3). Con frecuencia el Ayunta­miento ha de proveer de lanchas a los vecinos, y son numerosísimas las informaciones de prensa que todavía en la segunda mitad del XIX denuncian la insalubridad y malos olores de las charcas y lagunas formadas en la calle. Ese mismo estado propició ya desde el mismo s. XV continuas peticiones y proyectos de empedrado, que se suceden repetidamente. En 1629 los vecinos solicitan una vez más que se empiedre "pues está desempedrada y cuando llueve no puede pasar ni el Santísimo ni las mujeres a oír misa". En cambio en 1858 un periódico local la pone como modelo de empedrado en "disposi­ción circular". Se adoquina en 1910. En los años 70 se cubre de asfalto, y en los 80 se adoquina el tramo entre Alfonso XII y Pedro del Toro. Posee aceras de losetas y se ilumi­na con farolas sobre brazos de fundición adosados a las fachadas. En algunos puntos hay naranjos plantados en alcorques. La tipología de su caserío es variada, aunque abun­dan las casas de principios de siglo, con patio, cancela, cierros a la calle y tres plantas, alternando con otras de escalera y varios edificios de moderna construcción. Es especialmente interesante la núm. 31, de dos plantas, con bella portada compuesta por pilastras toscanas y patio con galerías en ambos pisos. En ella vivió y murió el erudito José Gestoso, y hoy tiene allí su sede la Compañía de Electricidad del Condado.
     Cumple Gravina una función marcada­mente residencial, aunque abundan los establecimientos hoteleros, como es frecuente en toda la zona próxima a la desaparecida estación de Plaza de Armas. Algunos de ellos ubicados en casas tradicionales sevillanas, responden a la tipología del hotel característico de la ciudad, con mobiliario en el patio y habitaciones situadas en las galerías circundantes. Hasta hace unos años Gravina se significaba también por la abundancia de consultas médicas, ya notablemente reducidas a raíz del desarrollo de los barrios residenciales periféricos. En el núm.86 hay uno de los pocos "sex-shop" de Sevilla. Dos de sus casas han sido ocupadas por el grupo religioso del Palmar de Troya. En Gravina tuvo probablemente su taller el impresor del s. XVI Juan Pérez. A mediados del XIX poseía allí una escuela o academia la Sociedad Económica de Amigos del País. Por los mis­mos años existió un picadero en el que se celebraban bailes, carreras de cintas y corridas de becerros. En 1871 tuvo su sede la Sociedad Francesa de Beneficencia de Sevilla, fundada ese mismo año "para favorecer con los beneficios de la caridad a los franceses" que se hallaban en la ciudad. Y en Gravina vivió un "enigmático" ser del que habla -para nosotros misteriosamente- Álvarez- Benavides en su Práctico... "En la casa núm. 43 nació el día 14 de enero del año 1821 un Hombre notabilísimo por el gran cúmulo de adversidades y desgracia que siempre le rodearon, sin embargo de su honradez y extraordinaria laboriosidad. De todos su afanes, trabajos y desvelos, sacó por resultado lo que el negro del sermón" (p. 118) Del "barrio de Cantarranas" se hizo eco Tirso de Molina en El burlador de Sevilla y convidado de piedra, con este diálogo entre Don Juan y el marqués de la Mota:
"El barrio de Cantarranas,
¿tiene buena población?
Ranas las más dellas son" 
[Rogelio Reyes Cano, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Gravina, 29
. Casa de dos plantas, con portada compuesta por pilastras toscanas superpuestas y entablamento con friso de triglifos y metopas. En el interior, patio con galerías en ambas plantas (Derribada).
Gravina, 52. Casa de dos plantas y un ático con vanos de medio punto separados por pilastras.
Gravina, 59. Casa de tres plantas con fachada di­vidida en calles por pilastras [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Federico Carlos Gravina y Nápoli, personaje que da nombre a la vía reseñada;
     Federico Carlos Gravina y Napoli, (Palermo, Italia, 12 de agosto de 1756 – Cádiz, 9 de marzo de 1806). Capitán general de la Real Armada, embajador, caballero de la Orden de Santiago.
     Nació en el seno de una familia de la alta nobleza; su padre fue Juan Gravina y Moncada, duque de San Miguel, y su madre, Leonor Napoli y Monteaporto.
     Esta familia prestó grandes servicios a la Monarquía hispánica. En 1759, cuando Federico contaba tres años de edad, su padre acompañó al futuro Carlos III, entonces rey de Nápoles, en el viaje que le llevó a tomar posesión del trono de España. Una vez separados los tronos de España y Nápoles, la familia Gravina solicitó del Rey mantener la nacionalidad española, solicitud que les fue concedida.
     Transcurrió la juventud de Federico Gravina, hasta los diecinueve años, forjando su educación en el colegio Clementino de Roma, bajo la tutela del reverendo padre Antonmaria di Lugo. El colegio Clementino fue instituido por el papa Clemente VIII para la educación de niños nobles de todas las naciones de Europa.
     Su padre solicitó al Rey, a través de su tío el embajador príncipe Raffaele, duque de Santa Elisabetta, que le fuera concedido a su hijo Federico Gravina y Napoli el ingreso en la Real Armada, solicitud que fue aceptada, sentando plaza de guardia marina el 18 de diciembre de 1775.
     El 15 de diciembre de 1775 llegó Federico a la ciudad de Cádiz y, tras la instalación en la casa que su padre le había preparado en la plazuela de Santiago partió a presentarse al capitán general del departamento Andrés Reggio, antiguo amigo de su padre, y a continuación, siguiendo el protocolo, se presentó al jefe de escuadra Francisco Winthuysen, capitán de la Compañía de Guardias Marinas, al que hizo entrega de la carta-orden en la que se leía: “El Rey ha concedido plaza de Guardia Marina a D. Federico Gravina, hijo del Duque de San Miguel, Grande de España de primera clase; y manda Su Majestad que presentándose en ese departamento, se le admita en la Compañía [...]”. Así comenzó, con íntima satisfacción para Federico, un 18 de diciembre de 1775, su vida como guardia marina.
     En su afán de embarcar cuanto antes, pidió se le examinara inmediatamente de las materias preceptivas para ello. Reunido el tribunal fue examinado de Matemáticas, Geografía y Cosmografía, materias que superó sobradamente, quedándole Maniobra.
     Un año más tarde, en 1776, superada la asignatura de Maniobra fue ascendido a alférez de fragata y embarcó en la fragata Santa Clara, que formaba parte de una escuadra de seis navíos y quince fragatas mandada por el marqués de Casa-Tilly, y partió el 13 de noviembre hacia América a defender los territorios españoles en disputa con Portugal. Llegó la escuadra a la isla Santa Catalina, disponiéndose al asalto y conquista de su fuerte defendido por portugueses e ingleses.
     Conquistada la isla, tuvo Federico su primera actuación de campaña al recibir la orden de ir a intimar la rendición del castillo de la Asunción, único que seguía con la bandera portuguesa izada; consiguió su rendición ese mismo día.
     Continuó la escuadra su rumbo, fondeando el 27 de febrero de 1777 en la embocadura del río de la Plata. La fragata Santa Clara, inmersa en una tempestad y arrastrada por las corrientes, varó en el denominado “banco del inglés”; este naufragio costó la vida de gran parte de la dotación y puso a prueba el valor y la sangre fría de Gravina. Ya en Montevideo y recuperado del grave percance, embarcó en el navío San Dámaso a bordo del cual inició en abril de 1778 el regreso a España. Llegados a Cádiz se encontró con el ascenso a alférez de navío.
     Su nuevo destino le llevó al departamento de Cartagena, donde embarcó en el jabeque Pilar, al mando del teniente de navío Enrique Mac Donell, que componían un grupo con el Gamo y el Catalán, conocidos como los jabeques de Barceló y que estaban al mando de Juan de Araoz. Eran éstos unos barcos ligeros de unos doce a dieciocho cañones, con tres palos provistos de velas latinas, que cruzaban continuamente el Mediterráneo en escuadrillas persiguiendo a los piratas argelinos que traían en jaque a toda la costa del levante español.
     Su primera misión, embarcado en los jabeques, fue la salida del grupo para impedir el paso por el estrecho de Gibraltar a cuatro bajeles corsarios a los que consiguieron echar a pique después de duro combate.
     En mayo de 1779, España firmó con Francia un tratado ofensivo y defensivo que obligó a Carlos III a declarar la guerra a Inglaterra con la esperanza de reconquistar Gibraltar y Menorca. A finales de 1779 se inició el bloqueo de Gibraltar y en este escenario apareció Federico Gravina, ya de teniente de fragata, al mando accidental, por enfermedad de su comandante, del jabeque San Luis. Fue comisionado por Barceló para salir a la mar interponiéndose a fragatas corsarias inglesas que tenían como misión el aprovisionamiento de la plaza sitiada. Su brillante comportamiento en tal acción, haciendo presas a buques de mayor porte que el suyo, le valió el ascenso a teniente de navío y el mando superior del Apostadero de la bahía de Algeciras (1780).
     A principio de 1781 se aprestaron en Cádiz fuerzas navales hispano-francesas formando una escuadra compuesta por treinta navíos españoles, veintidós franceses y un gran número de transportes con más de nueve mil hombres, al mando del general español Buenaventura Moreno y del almirante francés Berton Balbe de Quiers, duque de Crillón. Como componente de esta gran escuadra estaba el jabeque San Luis, al mando de Federico Gravina, quien se distinguió en la toma del fuerte de San Felipe y fue el encargado de llevar a la Península la noticia de la rendición de Mahón.
     Terminada la campaña y vuelta la soberanía de Menorca a la Corona española, Federico Gravina fue ascendido a capitán de fragata, volviendo con el San Luis al Apostadero de Algeciras.
     Terminada la campaña de Menorca, todas las miradas se volvieron hacia Gibraltar, que seguía bloqueada desde hacía años, sin que dicho bloqueo surtiese efectos positivos, por lo que se decidió un asalto conjunto por tierra y mar. Para ello se utilizaron las baterías flotantes, artefactos de guerra, diseñados por el ingeniero francés D’Arzón, basados en grandes naves reforzadas con doble cubierta y un plano inclinado formado por planchas de hierro, de forma que rodaran al mar cuantas bombas cayesen sobre ellas. Los costados estaban reforzados con sacos de lona metidos entre corcho y todo rodeado por tuberías interiores por las que circulaba agua impulsada por bombas, manteniendo así la madera siempre húmeda; todo ello las hacía, a juicio de su autor, insumergibles y resistentes a todo tipo de bombas, incluidas las temibles balas rojas. Su armamento se componía de veintidós cañones a una sola banda y a la otra el peso se compensaba con lingotes de plomo. Estaba compuesta esta escuadrilla de baterías flotantes por: Pastora, Talla Piedra, Paula primera, Rosario, San Cristóbal, Príncipe Carlos, San Juan, Paula segunda, Santa Ana y Los Dolores. Federico Gravina tenía el mando de la batería flotante San Cristóbal.
     El 13 de septiembre de 1782 comenzó el bombardeo por las baterías flotantes y pronto se puso de manifiesto el gran fracaso del diseño de estas plataformas.
     Al caer la noche se incendió la Talla Piedra, que estaba al mando del príncipe de Nassau; poco más tarde la Pastora, desde la que mantenía la dirección el teniente general Buenaventura Moreno; y así todas las demás, incluida la San Cristóbal, al mando de Gravina, el cual hizo desesperados esfuerzos por contener el fuego, pero, al no conseguirlo, hubieron de abandonarla, siendo Gravina el último en hacerlo. A los pocos minutos se produjo una gran explosión que hace volar a la San Cristóbal.
     Pasado este triste episodio, el capitán de fragata Federico Gravina pidió el embarque en la escuadra del general Luis de Córdoba, ruego que le fue concedido y embarcó en el navío Trinidad, buque insignia de la escuadra.
     La Escuadra del general Luis de Córdoba se enfrentó con la del almirante inglés Howe, la cual, compuesta de treinta y cuatro navíos, seis fragatas y treinta y un transportes, acudía con el propósito de introducir víveres, pertrechos y mil seiscientos combatientes en la plaza de Gibraltar. Una gran tempestad hizo que ambas escuadras se dispersaran, y no se pudieran entablar combates por lo que no pudo la escuadra española impedir la llegada de los refuerzos. Federico Gravina desembarcó del navío Trinidad y tomó de nuevo el mando del jabeque San Luis, con el que continuó manteniendo el bloqueo a Gibraltar.
     El 3 de septiembre de 1783 se firmó el tratado de paz entre España e Inglaterra, cesando el bloqueo de Gibraltar, plaza que no se había conseguido reintegrar al territorio nacional, motivo principal de toda la campaña.
     Federico Gravina fue ascendido a finales de este año a capitán de navío y se le trasladó a Cartagena para mandar la fragata Juno, que formaba parte de la escuadra del general Barceló y en la que efectuó una campaña contra el rey de Argel, con objeto de combatir la piratería, hasta que se firmó la paz con Argel en el año 1786.
     Terminada esta campaña, Federico solicitó una licencia de seis meses a cumplimentar en Madrid. Ya en esta ciudad fue recibido en audiencia por Carlos III, conoció al entonces ministro de Marina, Antonio Valdés, y a Manuel Godoy, por entonces secretario de la princesa de Asturias. Añoraba Federico su regreso a la mar, cuando le llegó la propuesta de Antonio Valdés de regresar a la vida activa como capitán de bandera de Juan de Lángara en la escuadra de evoluciones, oferta que aceptó en el acto.
     El 9 de abril de 1787 se incorporó en Cádiz a su escuadrilla, encontrándose con sus compañeros, Francisco de Borja, jefe de las unidades de Cartagena, Gabriel de Aristizábal de las de Ferrol y de las de Cádiz, además de la dirección de la campaña, Juan de Lángara; a él le tocó el mando de la fragata Santa Rosa, que era el buque insignia.
     Terminadas las maniobras y adiestramientos que preveía la campaña, todas las fragatas se desarmaron excepto la Santa Rosa, al mando de Gravina, que recibió la orden de trasladar al embajador turco Yussuf Effendi a Constantinopla.
     En febrero de 1788 partió Gravina de Cádiz rumbo a Constantinopla, adonde arribaron el 12 de mayo de 1788. Durante la estancia en aquella bella ciudad, Gravina y su dotación se dedicaron a efectuar observaciones astronómicas para formar nuevas cartas y modificar las antiguas. De regreso y a la altura del golfo de Adalia, se les presentó un brote de cólera, lo que obligó al Gravina a permanecer en cuarentena en aguas de Malta.
     Terminada la cuarentena, reanudaron su viaje a España, llegando a Cádiz, donde se encontró con la Real Orden de trasladarse a Madrid. Una vez en Madrid, acompañado por el ministro Valdés, entregó a Carlos III las memorias del viaje tituladas por Gravina como Descripción de Constantinopla escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por don Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país. Vivió por aquella época Gravina en Madrid importantes acontecimientos: la muerte, el 14 de diciembre de 1788, de Carlos III y la proclamación el 17 de enero de 1789, del nuevo rey Carlos IV.
     Ascendido a brigadier, recibió Federico Gravina el mando de la fragata Paz y se le encomendó la misión de llevar a Cartagena de Indias al, nombrado por Su Majestad, virrey Joaquín Cañaveral.
     En el año 1790, España se encontraba envuelta en un grave incidente con Inglaterra cuando ésta intentó apropiarse de la isla de Nutka, al norte de California.
     Se formó una escuadra a las órdenes del marqués del Socorro y en ella Gravina ostentó el mando del navío San Francisco de Paula; alcanzado un acuerdo con Inglaterra, la escuadra no llegó a intervenir.
     El año 1790, dos terremotos asolaron la ciudad de Orán, produciendo más de dos mil muertos. Los moros, al mando del bey de Mascara, Mohamed el Kebir, aprovechando la debilidad y desconcierto en la plaza, la sitiaron con más de diez mil hombres. Enterado de ello el rey don Carlos, ordenó se dispusieran de inmediato contingentes de tropas de desembarco y navales para acudir en ayuda de la plaza. El mando de estas fuerzas, por orden de Su Majestad, le fue dado a Federico Gravina.
     El 28 de junio de 1791 desembarcó Gravina con sus fuerzas, después de duros combates exitosos gracias a la pericia de Gravina; el bey de Mascara hubo de desistir, retirando el asedio. Gravina retiró sus fuerzas a Mazalquivir, donde fueron embarcadas rumbo a España.
     El Rey premió los relevantes servicios de Gravina en esta campaña ascendiéndolo a jefe de escuadra.
     Por Real Orden de 24 de junio de 1792 Gravina fue comisionado a recorrer los arsenales de las potencias marítimas del norte al objeto de adquirir los suficientes conocimientos para llevar a cabo una profunda modernización de los arsenales españoles.
     Los acontecimientos en Francia se precipitaron gravemente cayendo la Monarquía y proclamándose la República; las monarquías europeas se propusieron ayudar a la recientemente derrocada Monarquía francesa, y el Reino Unido declaró la guerra a Francia.
     Todos estos acontecimientos sorprendieron a Gravina en Inglaterra visitando el arsenal de Portsmouth, teniendo que regresar urgentemente a España a principios de 1793.
     El 7 de marzo de 1793 la Convención de Francia declaró la guerra a España por el apoyo que ésta había dado a Luis XVI. España se alió con el Reino Unido en esta guerra.
     A Gravina se le dio el mando de cuatro navíos con la misión de pasar al Mediterráneo y unirse a la Escuadra de Juan de Lángara. Ésta, reforzada con las unidades al mando de Gravina, se unieron a la Escuadra del almirante inglés Hood, para todos juntos acudir en ayuda de la plaza de Tolón. Entre las batallas sostenidas con los republicanos franceses cabe destacar la dirigida por Gravina contra el fuerte de la Masque y las alturas de Mont Faron. Gravina dispuso atacar en tres columnas: el ala izquierda mandada por lord Mugrave, con los británicos; en el centro, Gravina con españoles y napolitanos, y en el ala derecha, el conde del Puerto con fuerzas combinadas. En este combate, en el que las fuerzas republicanas fueron rechazadas, Gravina fue gravemente herido en su pierna derecha y por tal motivo el ministro Valdés le escribía diciendo: “El Rey, a quien le dije, como siempre, el estado de la salud de usted, me dijo que por que se curaba usted con cirujano francés, que no haga usted caso de ellos, y se ponga en manos de los nuestros [...], los Reyes me han encargado que diga a usted que no se precipite en andar antes de tiempo [...].” Por su heroico comportamiento, Gravina fue ascendido a teniente general, concediéndosele el mando de todas las tropas en Tolón. Para notificarle tales hechos el ministro Valdés le escribió diciendo: “Amigo Gravina: no le quedara a vm. La menor duda de que miro a su honor con preferencia a todo, pues aunque no debía creer quedaba desairado en no mandar las tropas de tierra siendo General de Marina, y habiendo obtenido esta comisión por un accidente, para desvanecer todo escrúpulo, no solo queda a sus ordenes mi mismo hermano, sino que el Rey le ha hecho Teniente General, y ha mandado se publique en la Gaceta la carta de los toloneses que le hacen a vm. tanto honor. Y resta ahora que vm. se restablezca de su herida para disfrutar sin quebranto aquellas satisfacciones, y que usted confiese para la mía que no tiene la menor duda en la estimación con que le trata y aprecia su verdadero amigo. Valdés”.
     El destino como gobernador de la plaza del general inglés O’Hara, hombre de difícil trato, enfrió las relaciones con los mandos españoles y en especial con Gravina, que seguía convaleciente de su herida. Las tropas francesas fueron imponiéndose progresivamente hasta que consiguieron la toma de las alturas de Mont Faron, lo que dejaba a las escuadras que estaban en el puerto en gran peligro, ello motivó que se decidiese la evacuación. Gravina se preocupó de mantener la retaguardia, siendo los últimos en salir de la plaza. Nombrado Lángara para otro destino, quedó Gravina al mando de la Escuadra y hubo de defender Rosas de los ataques franceses, hasta que el 22 de julio de 1795 se firmase la paz de Basilea.
     Nuevos rumbos en la política llevaron a España a firmar el tratado de San Ildefonso el 18 de agosto de 1796, y de nuevo se vio España involucrada en la guerra europea, esta vez aliada de Francia contra Inglaterra.
     Se encontraba el teniente general Federico Gravina en Cádiz al frente como 2.º de la Escuadra del Océano mandada por José de Mazarredo, cuando la escuadra inglesa, al mando de Nelson, intentó forzar el puerto y destruir la ciudad. Los ataques más intensos se llevaron a cabo los primeros días de julio de 1797; consiguió Gravina rechazar al enemigo, al que obligó a retirarse.
     En 1801 se firmó la paz entre Francia e Inglaterra y por el Tratado de Amiens, y como resultado de esta paz, se devolvió Menorca a España y se quedó con Olivenza, pero esta paz fue efímera y se rompió en 1803.
     El 8 de julio de 1804, Federico Gravina presentó sus cartas credenciales, como embajador de España, al emperador Napoleón. No fue éste un cargo que gustase a Gravina, más hombre de armas que político, pero su espíritu de servicio al Rey le llevó a desempeñarlo lo mejor posible, dentro de las dificultades del momento. Se volcó en intentar mantener la neutralidad de España en el reinicio de la guerra entre Francia e Inglaterra y luchó por mejorar los costes que suponían dicha neutralidad para España (6.000.000 de reales). Un hecho vino a ensombrecer esta lucha de Gravina por mantener la neutralidad; cuatro fragatas españolas procedente de América con caudales fueron capturadas por los ingleses sin que hubiese ninguna intención por parte de España en romper la neutralidad. Este incidente dio lugar a que Carlos IV declarase la guerra a Inglaterra, hecho que gustó mucho al emperador francés, que veía en España un posible aliado. Las negociaciones de dicha alianza fueron duras entre el ministro de Marina francés Decrés y el embajador español Gravina. El Emperador exigía de España: ocho navíos de línea, con seis meses de víveres y cuatro de aguada, cuatro fragatas y diez mil hombres en el departamento de Ferrol; quince navíos en el departamento de Cádiz y seis en el de Cartagena, todo listo antes de abril. Ni que decir, lo que esto suponía para una España que estaba viviendo un período de escasez y pobreza extremos. A cambio, Napoleón garantizaba a España la integridad de su territorio y la restitución de las colonias que pudieran conquistarse a los ingleses. Como puede verse, las compensaciones de Napoleón no pasaban de puras promesas difíciles de cumplir. Gravina, para salvar su responsabilidad ante tal tratado, consiguió incluir la siguiente cláusula: “Los treinta navíos que se piden podrán estar listos para la época designada; mas creo que no será posible reunir las tripulaciones necesarias para el dicho armamento, y que será todavía más difícil fabricar los seis millones de raciones que son necesarias para seis meses de campaña, y así lo he demostrado con mayor amplitud en mi nota y en todas mis conferencias”.
     Gravina dejó la embajada en París y regresó a Cádiz al mando de la Escuadra (1805), se le unió la Escuadra francesa al mando del almirante Villeneuve y ambas Escuadras, a las órdenes de este último, partieron rumbo a la Martinica. Esta campaña, además de defender las colonias del acoso de los ingleses, tenía como misión fundamental distraer la atención de Nelson y apartarlo de Inglaterra; en efecto, Nelson salió a la búsqueda de ambas Escuadras, mas cruzó el océano sin conseguirlo.
     De regreso, la Escuadra combinada a Europa, a la altura del cabo Finisterre, Gravina pudo ver una división británica al mando del almirante Calder. Rápidamente dio la orden de iniciar el combate y su navío insignia, el Argonauta, se lanzó contra el buque del almirante Calder. Cuando la batalla estaba inclinada del lado aliado, Villeneuve dio por terminada la acción, ocasión que aprovecharon los ingleses para llevarse prisioneros a los buques españoles El Firme y el San Rafael. Esta acción desagradó profundamente a Gravina, que lo puso en conocimiento de sus superiores.
     Como desagravio, recibió grandes elogios del emperador Napoleón: “Gravina —decía en carta fechada el 11 de agosto de 1805— es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa”. Terminada esta campaña, Gravina y Villeneuve regresaron de mutuo acuerdo con sus Escuadras a Cádiz.
     El 8 de octubre de 1805, el almirante Villeneuve convocó Consejo de Guerra a bordo del Bucentaure, con el objeto de decidir la conveniencia o no de salir a enfrentarse con la escuadra inglesa al mando del almirante Nelson. A este Consejo asistió por parte española el comandante general de la escuadra Federico Gravina; su 2.º, el teniente general Ignacio María de Álava; los jefes de escuadra Antonio de Escaño y Baltasar Hidalgo de Cisneros; los brigadieres capitanes de navío Rafael de Horce, Enrique Mac-Donnell y Dionisio Alcalá Galiano. Del Consejo, después de duras discusiones con la parte francesa y sin acuerdo, se decidió votar, saliendo como resultado “el no salir y permanecer fondeados esperando el momento más favorable, teniendo por tal aquel en que los enemigos dividiesen sus fuerzas para la protección de sus expediciones y de su comercio en el Mediterráneo”.
     A pesar de la opinión contraria a la salida, expresada por los jefes españoles, y la propia de Gravina, Villeneuve, presionado por asuntos particulares, “tenía conocimiento que su relevo, como jefe de la Escuadra combinada franco-hispana, por el Vicealmirante frances Rosily-Mesros, estaba en camino”, forzó dicha salida, dividiendo la fuerza de la siguiente forma: una escuadra de batalla y una escuadra de reserva. La escuadra de reserva estaba al mando de Gravina. Nelson disponía de una escuadra más entrenada, con más experiencia, con más permanencia en la mar, con menos unidades pero mejor dotadas y con mejor artillería.
     El 21 de octubre de 1805 se encontraron ambas Armadas frente a frente y comenzó el combate de Trafalgar, que sumió a España en un gran vacío de poder naval durante mucho tiempo.
     Herido seriamente Gravina en su brazo izquierdo, siguió combatiendo, a bordo de su navío, Príncipe de Asturias, hasta que perdió el conocimiento como consecuencia de la pérdida de sangre. Trasladado a Cádiz, convaleció de la herida sometido a dolorosas curas sin que su estado mejorase, todo lo contrario, su salud se iba debilitando y consciente de ello se preparó para entregar su alma a Dios. Su párroco el cura Pedro Gómez Bueno intentó darle ánimos, a lo que Federico contestó: “Yo estoy sumamente tranquilo y conforme con la voluntad de Dios en mi interior. No me es sensible dejar este mundo; deseo morir como buen cristiano: sólo temo la presencia del Divino Juez que me ha de sentenciar en muriendo”.
     El 9 de mayo de 1806 murió Federico Gravina y Napoli en su casa de Cádiz; sus restos mortales fueron depositados en la iglesia del Carmen. En 1854 los restos fueron trasladados al Panteón de Marinos Ilustres.
     El año 1869 el Gobierno dispuso su traslado al Panteón Nacional de Hombres Ilustres y, por tal motivo, los restos fueron exhumados del Panteón, tributándosele honores de capitán general con mando en plaza, y posteriormente trasladados en tren a Madrid, donde permanecieron depositados en la basílica de Nuestra Señora de Atocha, hasta que desde el 28 de abril de 1883, durante el reinado de Alfonso XII, reposan definitivamente en el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando (Cádiz) (Manuel Benítez Martín, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La calle Gravina, al detalle:
Edificio c/ Gravina, 9. Azulejo conmemorativo a Gertrudis Gómez de Avellaneda
Edificio c/ Gravina, 29
Edificio c/ Gravina, 31. Azulejo conmemorativo a José Gestoso
Edificio c/ Gravina, 52
Edificio c/ Gravina, 59

martes, 11 de agosto de 2026

La Portada del desaparecido Convento de Santa Clara, en Constantina (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Portada del desaparecido Convento de Santa Clara, en Constantina (Sevilla).
     Hoy, 11 de agosto, Memoria de Santa Clara, virgen, que, como primer ejemplo de las Damas Pobres de la Orden de los Hermanos Menores, siguió a San Francisco, llevando en Asís, en la región italiana de Umbría, una vida austera pero rica en obras de caridad y de piedad. Insigne amante de la pobreza, no consintió ser apartada de la misma ni siquiera en la más extrema indigencia y en la enfermedad (1253) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte la Portada del desaparecido Convento de Santa Clara, en Constantina (Sevilla).
     La portada del desaparecido Convento de Santa Clara, se encuentra ubicado en la actual plaza de Nuestra Señora de la Amargura, s/n; en Constantina (Sevilla).
     Este monasterio, desaparecido tras la desamortización de Mendizábal, se mantuvo en pie hasta hace unas décadas. Tras su demolición para permitir la construcción actual, sólo subsiste el que fue compás del convento y la portada de la Iglesia. Es una fachada barroca del siglo XVIII, con dos pilastras laterales y gran arco central que va coronada por un entablamiento y frontón curvo partido, con azulejo dedicado a la Inmaculada y otros detalles decorativos de cerámica sevillana (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Clara, virgen;
   Hija espiritual de San Francisco de Asís y fundadora de la orden de las clarisas.
HISTORIA Y LEYENDA
   Nacida en 1193, en 1211 abandonó la casa paterna, distribuyó todo su patrimonio entre los pobres y fue recibida en la capilla de la Porciúncula por San Francisco, quien le cortó el pelo y ciñó su cintura con el cíngulo o cordón de la orden.
   Acompañada por su hermana Inés y luego por su madre, Ortolana, se instaló en el convento de San Damián. Allí vivió en clausura perpetua, sometida a una regla austera. Fiel a los preceptos del Poverello, no tenemos -decía- más que un tesoro por conservar: la Santa Pobreza. Un día el papa la visitó en su monasterio. Ella hizo preparar la comida y pidió al Santo Padre que bendijera los panes. Pero el papa ordenó a Santa Clara que los bendijese ella misma. Apenas lo hubo hecho, todos los panes quedaron marcados con el signo de la cruz.
   En 1241 los sarracenos llegados de Nocera quisieron saquear el convento cuyos muros escalaron. La abadesa fue a su encuentro con el Santo Sacramento en una custodia, y los puso en fuga.
   Murió en 1243. La hermana que la velaba vio entrar en la habitación una procesión de vírgenes coronadas que la cubrieron con un manto dorado, al tiempo que la Virgen María recibía su alma.
CULTO
   Canonizada en 1255 por el papa Alejandro IV, Santa Clara es la patrona de Asís y de la orden de las clarisas que se desarrolló en todo el mundo cristiano.
   Como Santa Lucía, su nombre le valió ser invocada "para ver claro" por los ciegos y los enfermos de la vista. También es la patrona de las trabajadoras vinculadas con el color blanco: lavadoras, planchadoras y bordadoras.
   A causa de la custodia de cristal que lleva en las manos, es la protectora de los pintores vidrieros.
   Ha sido propuesta recientemente como patrona de la radio televisión tanto a causa de su nombre como de una visión que habría tenido en su lecho de agonía: la ceremonia de Navidad celebrada en la basílica de San Francisco de Asís.
ICONOGRAFÍA
   Está representada con una edad variable, ya joven, ya como una anciana religiosa.
   Su hábito es de las monjas franciscanas, con un cordón de tres nudos y un manto con rayas transversales.
   Sus atributos habituales son la custodia eucarística con la que rechazó a los sarracenos, y una cruz rematada en un ramo de olivo, que recuerda su apasionado amor al crucifijo.
   Los pintores de Siena y de Umbría casi siempre le ponen en la mano un tallo de lirio, símbolo de la pureza.
   Como patrona de los clérigos, sostiene una lámpara de arcilla o una linterna procesional (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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