Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (
Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX.

La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contraposición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miembros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.

Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.

En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DEL VALLE (FRANCISCANOS OBSERVANTES)
El segundo convento, en el orden cronológico, de la Orden Franciscana fundado en Sevilla fue el de Nuestra Señora del Valle, instituido en el año 1567 sobre otro preexistente que había pertenecido a varias comunidades religiosas femeninas y masculinas. Por el año 1403 era de monjas dominicas bajo la advocación de Nuestra Señora del Valle, denominación según unos por la intercesión de la Virgen del Valle en la salvación de un niño caído a un pozo, y según otros porque el lugar formaba un valle "con apacible alameda y frescura", desnivel que de antiguo servía para canalizar agua y que formaría una pequeña cuenca de donde pudo tomar el nombre. Las dominicas se mantuvieron hasta 1507 en que debido a su pobreza, al sitio apartado en que se hallaban y a haber ocurrido "irreverencias del vulgo", fueron repartidas por los superiores de la Orden al monasterio de Madre de Dios y San Clemente. El convento estuvo durante algún tiempo ocupado por beatas Terciarias Dominicas denominadas de Santa Catalina de la Penitencia, que al parecer contaron con el apoyo de la reina Isabel la Católica. En 1529 la casa fue adquirida por la Orden de los Padres Regulares Terciarios de San Francisco quienes permanecieron hasta que el convento fue dado a la rama de los Franciscanos Recoletos o Menores Observantes, que tomaban posesión el 9 de septiembre de 1567 y donde se mantuvieron hasta la Desamortización general de 1835.
El convento se ubicaba en la collación de San Román, entre la puerta del Sol y la del Osario, paredaño a la muralla y en una de las zonas menos poblada de la ciudad. Por el plano de Sevilla de 1771 conocemos su inserción en la trama de la ciudad, en una amplia manzana delimitada a oriente por una estrecha calleja entre la tapia del monasterio y la muralla, llamada callejón del Valle, seguía por el sur por la calle Valle (actual Verónica) y la del Butrón y por el oeste por la calle Sol hasta enlazar con el callejón. Con ser uno de los más modestos monasterios que los franciscanos tuvieron en Sevilla, la virtud de sus miembros y los episodios milagrosos que se achacaban a su imagen titular, hicieron de él un piadoso recinto al que acudían los fieles para encomendarse a la Virgen. Sobre el origen de esta imagen se refiere cómo estando vieja y abandonada en la parroquia de San Román, un sacristán sin escrúpulos quiso arrojarla al fuego, quejándose la Virgen de su atrevimiento. Asombrado de este hecho, dio cuenta al arzobispado que en desagravio celebró cultos en su honor y la trasladó al convento del Valle, donde aún estaban las referidas monjas dominicas; y allí se mantuvo a lo largo de los siglos. Se veneraba en el altar mayor por numerosos fieles, atraídos por su fama milagrosa, hechos recogidos en antiguas crónicas y escenificados en pinturas en la iglesia y portería.

Son pocos los datos que se poseen sobre el transcurrir de la vida en este sencillo monasterio, que según un padrón de 1648 tenia cuarenta y cuatro miembros. Sabemos que sus capillas fueron lugar de enterramiento de familias sevillanas que costeaban su mantenimiento y ornato, como demuestran las escrituras de concierto de retablos y pinturas, repartidas por los brazo del crucero o por la serie de diez capillas laterales del cuerpo de la iglesia, como la del capitán Tomé Ruiz, la de don Juan Gómez o la de don Bartolomé de San Martín y su esposa doña Francisca Fajardo, entre otros. La capilla mayor tenia como patrono al linaje de los Tapia. Asimismo, radicaron en el Valle algunas hermandades y cofradías de gran renombre. Hubo una Hermandad de San Diego, en una de las capillas laterales de la iglesia al menos desde 1603, año en que se encarga la ejecución del retablo para la imagen del titular, desconociéndose otros datos sobre su fundación y miembros que la formaban. Del año 1544, cuando aun estaba el Valle ocupado por los Franciscanos Terceros, es el traslado al convento desde el monasterio de Santiago de los Caballeros de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, la popularmente conocida como del Gran Poder, corporación de luz fundada en el monasterio sevillano de Santo Domingo de Silos por los duques de Medina Sidonia hacia 1431. Convertida más tarde en cofradía de penitencia (1582), adquirió capilla en la iglesia franciscana, la misma que años más tarde, vendió a la Cofradía de la Coronación de Espinas por 6.480 reales. Tras varias mudanzas, en 1702 se instaló en la parroquia de San Lorenzo y actualmente en templo propio contiguo a dicha parroquia.
La Cofradía del Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, Nuestro Padre Jesús con la Cruz al hombro, Nuestra Señora del Valle y Santa mujer Verónica, es unión de dos corporaciones, la de luz de la Santa Faz y Nuestra Señora de la Encarnación -que pronto cambió su advocación por la del monasterio- fundada en el Valle por los años 1450, según algunos por el cardenal don Juan Cervantes quien al parecer había dado un retrato de la Santa Faz; a mediados del siglo XVI se convirtió en cofradía de penitencia con regla aprobada el 9 de marzo de 1558, teniendo su sede en una capilla del claustro monacal. La corporación de la Hermandad de la Coronación de Espinas tuvo sus inicios en la parroquia de San Martín en 1540, de donde se trasladó al convento de Montesión. Se fusionan el 7 de abril de 1590, año en que debia de estar asentada ya en el Valle. En el último tercio del siglo XVII la unificada hermandad debió de vivir un periodo de auge como constata la realización de varias empresas para mejorar sus enseres (dorado del paso de la Coronación y cuatro ángeles para éste, peana y varas de plata para el paso de la Virgen), además de adquirir en 1695 la capilla que perteneció a la Hermandad del Gran Poder sita en la iglesia, mudándose así desde el claustro al templo. En 1810, con motivo de la ocupación francesa la hermandad se trasladó a la parroquia de San Román y de aquí a la iglesia de los Menores en donde realizó nuevos retablos. En 1816 volvió al monasterio franciscano hasta 1827 en que amenazando ruina la cúpula de la capilla se procede al traslado a la parroquia de San Andrés; hoy la señera Hermandad del Valle radica en la iglesia de a Anunciación.

Sin grandes inquietudes debió de transcurrir la vida recoleta y apartada de estos franciscanos austeros y piadosos, hasta que en 1810 fueron expulsados y su monasterio ocupado por las tropas francesas, periodo en que se destruyó buena parte de sus enseres. En 1814 la comunidad regresa y se efectúan obras de restauración, hasta que en 1835 fue definitivamente suprimida. La iglesia continuó abierta a cargo de un capellán y la clausura sirvió como almacén de granos y casa de vecinos; hasta noventa familias llegaron a habitar su amplio claustro. En 1856 el templo, cada vez en estado más precario fue restaurado a instancias del padre Mariano del Pilar de la Torre que había pertenecido a la comunidad exclaustrada y que actuaba en su calidad de visitador de la Orden Tercera de seglares establecida por estas fechas en la iglesia. Sin embargo, las obras emprendidas no fueron suficientes y según Montoto en 1873 se demolió para levantar en su ámbito una nueva iglesia que fue inaugurada el 2 de marzo de 1877. Según este autor el convento fue adquirido por la marquesa viuda de Villanueva quien lo entregó junto con la iglesia, a las religiosas del Sagrado Corazón de María en 1866, estableciéndose un colegio femenino que perduró hasta 1975. A partir de entonces el inmueble quedó abandonado y olvidado durante varias décadas hasta que recientemente ha pasado a la Hermandad de los Gitanos, realizándose profundas remodelaciones en la iglesia, única pieza del convento que ha permanecido, aunque con su fisonomía original totalmente desvirtuada. El espacio que ocupara la clausura es hoy un solar que sirve como aparcamiento de coches.
ARQUITECTURA
Del monasterio de Nuestra Señora del Valle apenas hay noticias de antiguos cronistas o modernos estudios que permitan conocer sus características arquitectónicas originales. Al parecer era uno de los más grandes de la ciudad, entendemos que en cuanto a superficie total del recinto, con una gran huerta, siendo menos los espacios construidos. Situado en la collación de San Román y paredaño a la cerca de Levante de la ciudad, entre las puertas del Sol y del Osario, su emplazamiento resultaba excéntrico, en una zona tradicionalmente poco poblada de Sevilla y dedicada al cultivo de huertas. Su fisonomía exterior la podemos apreciar en parte, en el dibujo realizado por Richard Ford en 1830, en el que se perfilan los contornos de la iglesia con cubierta a dos aguas, cúpula sobre el crucero rematada con elevado pináculo, y dos espadañas. La entrada se situaba en la calle Valle, actual Verónica, a través de un compás cuadrado y plantado de árboles y flores que daba paso a la derecha a la iglesia a través de su portada principal situada a los pies de la nave. Por un informe de 15 de abril de 1569 sabemos que la iglesia estaba terminada ese año y que sus trazas y condiciones fueron dadas por el arquitecto Hernán Ruiz II años antes, quien además diseñó el claustro principal, también terminado en la referida fecha. Ante su delicado estado de salud, el arquitecto, que moriría ocho días después, comisionó a su hijo de igual nombre para que apreciara las obras ejecutadas en el monasterio, estimando el trabajo del maestro albañil Navarrete en 214 ducados y señalando como sobrante el arquitrabe dispuesto sobre las arquerías, aunque se avenía a pagarle 30 ducados por dicho elemento si se demostraba que su inclusión se debía al deseo del guardián del monasterio. La iglesia ha llegado a nuestros días totalmente transformada por reconstrucciones durante los siglos XIX y XX. Salvo la disposición de su planta, los muros exteriores y la distribución interior de sus capillas, el resto corresponde a construcciones modernas: cubiertas, nuevos soportes, portada de los pies, acceso lateral en el muro de la epístola. Es de planta de cajón y de nave única muy ancha y alta con capillas cuadradas entre contrafuertes que soportan tribunas que originalmente poseían antepechos de ladrillo. La cabecera es de testero plano con sacristía tras el presbiterio en el lado del evangelio, sacristía que poseyó un valioso artesonado del siglo XVI, hoy inexistente. Posee crucero que no se manifiesta en planta, en origen cubierta aboveda, con cuatro claraboyas y cubierta de tejas al exterior, elementos que no han permanecido. Actualmente su alzado interior es de pilares circulares con baquetones neogóticos que soportan arcos apuntados, que dividen el cuerpo de la iglesia en cinco tramos, configurando cinco capillas cuadradas a cada lado, sin comunicación entre sí, que entiban sobre los pilares modernos y que en origen debieron ser de orden dórico; la fábrica del templo era de piedra y ladrillo "de labor robusta" y sus cubiertas abovedadas, "de labor muy fuerte, dejando por cima espaciosas y muy llanas azoteas". A los pies se dispone el coro alto que abarca el ancho de la iglesia, donde se hallaba la portada principal cuyas características se desconocen siendo la actual una recreación neogótica. En el muro del evangelio, hacia los pies, se hallaba la puerta reglar que comunicaba con el claustro principal.

En una de las capillas del lado de la epístola tuvo su sede la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima de Mayor Dolor y Traspaso, adquirida por la corporación en 1582. La misma que años más tarde, en 1695, vendió por 6.480 reales a la Cofradía de la Coronación de Espinas, que se mudó desde el claustro en donde radicaba desde su fundación. Esta hermandad la amplió por su espalda, abriendo el muro del templo y agregando un espacio que se cubrió con media naranja con linterna. Contaba con su correspondiente sacristía además de dos almacenes para los pasos y sala para el cabildo de hermanos. Afectada la capilla por el terremoto de 1755 fue reconocida al año siguiente por el maestro Diego Suárez quien determinó la necesidad de derribar la pared del camarín de la Virgen así como recomponer otras. Las reparaciones estaban concuidas en 1759, celebrándose su reinauguración con solemnes cultos en la Pascua del Espíritu Santo de ese año. La capilla se cerraba con una rica verja de hierro, y poseía tres altares de "
singulares adornos". En 1827, ante la inminente ruina de la cúpula la hermandad se traslada a San Andrés y abandonada, finalmente se hundió.
El compás daba paso a la clausura a través de la portería que comunicaba directamente con el claustro principal, uno de los mayores de la ciudad según González de León, trazado por Hernán Ruiz II, que en 1569 ya estaba terminado. Contaba con dos pisos de altura con galerías en los cuatro frentes de ambos, de arcos sobre columnas de mármol con antepechos de hierro. El claro del patio se hallaba plantado de naranjos y limoneros y en el centro se disponía una fuente muy profunda, cuyas aguas procedían de la Fuente del Arzobispo, y a la que se bajaba por un círculo de diez o doce gradas.
RETABLOS Y ESCULTURAS
Igualmente escasas son las noticias sobre los retablos e imaginería del monasterio. De un primer
retablo mayor dice González de León "
que sucumbió al poder de la ignorancia y del gusto churrigueresco" era "
arregladísimo, de los mejores que tenía la ciudad". Fue sustituido por otro de estilo barroco que califica este autor como uno de los mayores de los existentes en Sevilla, "
cubierto de adornos, hojarascas y follajes de pésimo gusto, pero tan bien dorado que no se conocía otro mejor", dorado realizado dos o tres años antes de la llegada de los franceses, y cuyo costó ascendió a más de 100.000 reales. Este retablo barroco fue realizado por Manuel García de Santiago; en un documento de 30 de abril de 1771 este maestro dice estar haciéndolo, según contrato celebrado anteriormente, comprometiéndose a terminarlo para el 24 de diciembre de ese año. En principio fue concertado en 37.000 reales de vellón pero sin duda su considerable envergadura hizo necesario un aumento en la cantidad, hubo de constituir una de las grandes creaciones de la retablística barroca sevillana, que tan poco gustaron al cronista decimonónico. Destruido durante la ocupación napoleónica, no se conocen sus características arquitectónicas ni iconografía, sólo que la parte alta tenía un medallón en relieve con el episodio del "
hallazgo de la Virgen del Valle", titular que siempre presidió el altar mayor, y que en algún momento se convirtió en imagen de vestir. En 1801 fue retocada por Juan de Astorga, desconociéndose su actual paradero.
Para la capilla Sacramental, cuya ubicación concreta en el plan de la iglesia desconocemos -actualmente se halla instalada en el brazo del crucero de la epístola- el síndico del convento Juan Antonio de Silva concertó el 7 de marzo de 1719 con el maestro Pedro de Soto, la ejecución del retablo, no conservado, por un precio de 1.000 reales de vellón.
Tampoco se conoce el sitio que ocupó la capilla del capitán Tomé Ruys, de la que sabemos que el 30 de agosto de 1588 su viuda, doña Catalina de Cabreros, concertaba con Juan Bautistas Vázquez "el Mozo" la realización del retablo, que debía ser semejante a otro que este artista hacía en la capilla de Juan Gómez, en la misma iglesia. La arquitectura y ensamblaje iban en madera de borne y la imagen titular que lo presidía era un San Juan Bautista, de cedro, de bulto redondo de siete palmos de alto, con su correspondiente peana, el libro con el cordero sobre una de sus manos y la otra señalando a éste. Retablo y escultura se han perdido pero se conserva la traza diseñada por el artista -aunque presidido por una Inmaculada- cuyas anotaciones y datos suscritos en el contrato, nos permiten conocer sus características arquitectónicas e iconografía. La traza se inspira en los esquemas manieristas de los maestros italianos, conocidos a través de sus libros de tratados; en concreto este retablo se ha relacionado con el número VI del libro de Sebastián Serlio. Se articulaba mediante columnas dóricas, y constaba de banco, un cuerpo de tres calles y ático. En el banco iban pintados los retratos del capitán y su esposa, en la calle central, arquitrabada, la escultura del santo titular y en los tableros de los intercolumnios las pinturas de Santo Tomé, Santa Catalina, San Pedro y San Francisco; en el ático las de Nuestra Señora de la Concepción y el Dios Padre. El trabajo se concertó en 130 ducados, 80 por el ensamblaje y 50 por la imagen del San Juan, corriendo las labores de dorado y policromía a cargo de Diego de Zamora y Pedro de Esquivel. El plazo de entrega se estipuló en cuatro meses, que no se cumplió pues el 5 de enero de 1589 Vázquez establecía compañía con Diego de Velasco y declaraba estar haciendo aún el referido retablo, estando terminada sólo la figura de San Juan.
Sobre el otro retablo concertado por Juan Bautista Vázquez para la capilla de Juan Gómez, que tampoco se ha conservado, sabemos que fue terminado por su hijo, del mismo nombre, por fallecimiento del maestro, según carta de pago del 31 de mayo de 1589. Hubo de ser semejante al anterior y dorado y pintado igualmente por Diego de Zamora y Pedro de Esquivel, trabajando en él el ensamblador Juan de la Calçada y el batihoja Benito de Mondedoy. Estaba presidido por una escultura de la Inmaculada -la que preside el referido dibujo de Vázquez-. En la firma del finiquito consta que también se realizaron en la capilla labores de pintura.
Existió un retablo dedicado a la Virgen con el Niño y Santa Ana situado en la capilla que en la iglesia tenía Bartolomé de San Martín, cuya viuda, doña Francisca Fajardo y su hijo el licenciado Juan Fajardo de San Martín, conciertan con Jerónimo de Guzmán el 4 de julio de 1590, a realizar en el plazo de tres meses y por el precio de 200 ducados. Constaba de banco, un cuerpo de tres calles y remate, y se articulaba mediante cuatro columnas corintias sobre pedestales tallados, con traspilastras. En los encasamientos laterales del banco se disponían San Andrés y San Juan de medio relieve, y en el centro otro relieve representando a San Martín partiendo su capa con Cristo. En el remate un Calvario formado por las esculturas de Cristo Crucificado, la Virgen y San Juan y sobre éstos un relieve con Dios Padre. La calle principal estaba presidida por el grupo escultórico de la Virgen con el Niño en brazos y Santa Ana, de cinco palmos y medio cada una, y sobre ellas la Paloma del Espíritu Santo. En las calles laterales iban las esculturas de San Francisco, San Agustín, Santa Mónica y Santa Catalina. El 12 de septiembre de 1590 quedaba cancelada la obra y el 12 de mayo de 1591, el referido Juan de San Martín Fajardo concertaba con Diego de Esquivel el dorado, estofado y pintura del retablo, además de pintar los retratos de los donantes en el banco y las pinturas murales de la capilla con dos historias de la vida de Santa Ana, todo ello por 300 ducados, comprometiéndose el maestro a terminarlo en cuatro meses. La escritura de cancelación se firmaba el 8 de julio de 1593. Retablo e imaginería no están localizados.
En "el segundo arco que linda con la capilla de San Juan Bautista" se hallaba la de Pedro Méndez de Santillán quien el 14 de septiembre de 1612 disponía su cierre con una reja encargada a Juan López, "de gruesos pilares y balaustres y columnas según la que está en la capilla de frente que era del jurado San Martín''. La verja remataba con un friso con la inscripción alusiva de la pertenencia de la capilla al referido Pedro Méndez, su mujer doña María de Montalbán, y sus herederos y sucesores. El maestro rejero se comprometía a darla por terminada y asentada para el mes de enero de 1613.
Durante la estancia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso -desde 1582 a 1697- en una capilla del lado de la epístola de la iglesia, realizó Juan de Mesa la espléndida escultura del Nazareno. Merced a la carta de pago otorgada por el artista el 1 de octubre de 1620 al mayordomo de la Hermandad Pedro de Salcedo por valor de 2.000 reales, sabemos que en esa fecha la obra estaba terminada así como el San Juan Evangelista, realizados ambos en madera de cedro y pino de segura. La imagen de vestir del Señor del Gran Poder, de gran devoción popular, es una de las más imponentes de las salidas de la gubia de este maestro, no sólo por sus dimensiones, 190 cm. de alto, sino por la expresión realista de su rostro y cabeza herida con la potente corona de espinas, y por el aplomo de su figura, algo torcido, en actitud itinerante segura y firme, como se puede apreciar durante su salida procesional en la madrugada del Viernes Santo. Conserva su encarnación original que acentúa aún más su garra expresiva. En 1775 Blas Molner le retocó la corona de espinas y tres años después le recompuso un pie. En el siglo XX fue restaurado por Peláez del Espino en 1977 y en 1983 por los hermanos Cruz Solís, y finalmente en 2006-07. El San Juan fue realizado para acompañar en su paso procesional a la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, como aún continua haciendo, y en él destaca la juvenil cabeza del Santo, de rasgos suaves y amables, siendo restaurado por los referidos Cruz Solís.
En 1688 tuvo lugar otro importante contrato, la realización del paso del Señor del Gran Poder por Francisco Antonio Ruiz Gijón, quien lo concierta por 500 ducados de vellón el 4 de mayo de ese año. Las medidas establecidas era de cuatro varas y media de largo, dos cuartas de ancho y tres cuartas de alto, con su correspondiente monte, en madera de pino y cedro; la parihuela debía llevar un total de treinta y cuatro ángeles con ocho tarjetas con escenas en relieve. El plazo de finalización era de diez meses, si bien el finiquito no se firmó hasta el 8 de abril de 1692. Afortunadamente el paso con sus relieves sostenidos por querubines, y con los cuatro ángeles pasionistas de las esquinas se ha conservado, constituyendo una magnífica canastilla barroca, de las mejores de las existentes en Sevilla, en la que se fusionan espléndidamente las labores de talla y escultura, realzadas por una cuidada policromía, dorado y estofado. Los temas representados en los relieves manifiestan el poder de Dios recogido diferentes pasajes de la Biblia y escenas pasionistas tomadas de los Evangelios, y son: para las esquinas, Moisés tocando con su vara la peña, La destrucción del templo de Sansón, Entrada de los animales en el Arca de Noé, y El regreso del hijo pródigo; para el centro de los cuatro lados Jesús ayudado por Simón de Cirene, El prendimiento de Cristo, Jesús atado a la columna y Los golpes que dieron los soldados a Jesús en el Pretorio.
La Hermandad del Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, Nuestro Padre Jesús con la cruz al hombro, Nuestra Señora del Valle y Santa mujer Verónica tuvo en su capilla tres retablos para sus titulares. Con la llegada de los franceses en 1810 se hizo el "desvarato de la capilla, retablos y pasos", gastándose 160 reales en la "conducción del retablo a Santa Cruz", donde se instaló la corporación. Parece que este retablo era el del Señor con la cruz al hombro, reparado y dorado a costa de su hermano mayor Lorenzo Delgado, quien también costeó un retablo nuevo para la Virgen, estrenado el 16 de marzo de 1813, el mismo que en 1816 fue llevado al Valle una vez restablecida la hermandad a su sede, en donde se sabe documentalmente que fue reformado por Miguel Albín. Este le hizo un sagrario, aumentó las columnas y le añadió un segundo cuerpo, asimismo, se colocó un lienzo de La Verónica de medio cuerpo y tamaño natural, realizado por el pintor Andrés Rosi. El dorado de los añadidos corrió a cargo de José Ortega junto con otras piezas de altar como candeleros, sacra y atriles. Construyó además Albín otros dos retablos para las dos imágenes de Cristo, en madera, por 2.650 reales los cuales se adornaron con cuatro ángeles labrados por Juan Bautista Patrone y Quartin, por lo que entendemos que los originales ya se habrían perdido o estarían en mal estado. Cuando en 1829 la cofradía se instala en la parroquia de San Andrés, los tres altares se instalaron en la capilla de la Concepción de la referida parroquia. En 1892 la hermandad cambió de sede, trasladándose a la iglesia del Santo Ángel, a donde sólo llevó el retablo de la Virgen, perdiéndose la pista de los otros dos realizados por Miguel Albín. El de la Virgen permanece en el Santo Ángel, pese al traslado de la cofradía a la iglesia de la Anunciación, muy transformado por la intervención en 1920 de Antonio Infante Reina que lo agrandó, pintó y doró, y le añadió una decoración a base de roleos y guirnaldas. Su configuración actual es de banco, un cuerpo con tres calles separadas por columnas compuestas de fuste estriado, y ático entre pilastras pareadas de orden compuesto que sostienen un frontón recto que aún conserva la pintura de la Verónica, y en el remate la escultura de la Fe; en la hornacina central se dispone hoy un San José con el Niño, y en las colaterales San Ana con la Virgen y San Joaquín con la Virgen, tallas ajenas al retablo. Respecto a la imagen de Nuestra Señora del Valle, de antiguo fue atribuida a Martínez Montañés; hoy se considera obra, aunque sin documentar, de Juan de Mesa, en torno a 1618-1627.
En relación con las imágenes de esta hermandad sabemos que el Cristo de la Coronación de Espinas fue donado por el cofrade Toribio Martínez de Huerta en 1687, según codicilo testamentario de 19 de agosto de ese año. La talla fue realizada por Agustín de Perea (+1701), y en el referido codicilo se declara que si era de gusto de la hermandad, ésta se encargue de terminarla. En el testamento se recoge igualmente que la esposa del referido Toribio encargó una túnica bordada en oro para el Cristo con la cruz a cuestas, la otra imagen de la corporación. Se trata, la primera, de una escultura sedente sobre un escaño, realizada en madera de cedro, de 140 cm. de altura que representa a Cristo con expresión resignada y dolorida, con corona de espinas que no forma parte con la cabeza, con las manos cruzadas y atadas delante del pecho, y sosteniendo con la izquierda el cetro de caña; se cubre con un somero paño de pureza de sencillos pliegues. Las carnaciones son brillantes y dramatizadas con abundante sangre que corre por la frente, torso, brazos y piernas, lo que le otorga un intenso dramatismo. Su talla presenta un minucioso tratamiento de clara influencia roldanesca, más acentuada en manos, pies, y en el expresivo rostro de mirada baja y humilde. En su salida procesional el paso se completa con las figuras de cuatro judíos, dos que le colocan la corona de espinas y los otros dos que se burlan de él, realizadas por Joaquín Bilbao en 1922. El Jesús con la cruz al hombro, es obra anónima de la segunda mitad del XVII, de aire roldanesco, que conjuga realismo y dinamismo. Mide 176 cm. de alto, y en su paso de misterio escenifica el encuentro de Cristo en la calle de la Amargura con la Verónica y las santas mujeres, figuras que pertenecen a distintos autores: la Verónica fue realizada en 1815 por Andrés Rossi y las mujeres por Juan Bautista Patrone en 1799 y 1805. Este paso contó con las figuras de tres judíos, realizadas en 1730 por Jerónimo Roldán, nieto del afamado Pedro Roldán, y estofadas por el pintor Juan Ruiz Soriano en 1732; imágenes que no se han conservado.
En una de las capillas del lado de la epístola hubo una imagen de vestir de Nuestra Señora apodada "la Sevillana" y adjudicada a Cristóbal Ramos, que se da por perdida. En otra capilla de este mismo lado de la iglesia se cita un Crucificado llamado "el Cristo pobre", que tampoco está identificado; era una imagen que de antiguo tenía el convento y bien pudiera ser la que se hallaba en la subida de la escalera del monasterio en 1592 y que sirvió de modelo al realizado por Baltasar López para unos vecinos de la villa de Morón, Benardino Gutiérrez y Lázaro García, según escritura de 31 de julio de ese año. En la última capilla de los pies de la nave de la iglesia residía la congregación de seglares de la Orden Tercera Franciscana, en cuyo retablo se veneraba un San Francisco de Asís de candelero de autor desconocido aunque al parecer de buena factura en cabeza y manos; es obra no identificada.
Una de las capillas del lado del evangelio estuvo dedicada a San Pascual Bailón, escultura según antiguos testimonios de mérito que pudo pertenecer a la hermandad gremial de los pasteleros que residía en la iglesia y que tenía como patrón a este santo. A los píes del templo y a los lados de la puerta se hallaban sendos altares dedicados, el lado del evangelio, a San Miguel Arcángel, con San Benito y San Bernardo, y atribuidos a Cristóbal Ramos; y el de la epístola a las Santas Justa y Rufina con la Giralda, realizada a mediados del XVIII por Manuel García de Santiago. Son obras que hemos de dar por perdidas.
PINTURAS
Escasas son las noticias sobre las pinturas que existieron en el convento del Valle. En una capilla de la cabecera del templo, del lado del evangelio, estuvo el retrato del arzobispo Don Gonzalo de Mena realizado por Antonio Mª Esquivel, obra sin identificar, al igual que otras adjudicadas a este pintor, entre ellas una copia de las Ánimas del Purgatorio original de Alonso Cano, ubicada en una de las capillas del lado de la epístola.
Otro lienzo perdido es el San Francisco en éxtasis, situado sobre la puerta de la sacristía, del que sólo sabemos que era de buena factura y de escuela sevillana. En la capilla contigua dedicada a la Virgen del Rosario se citan seis tablas "con varios Santos del estilo de Espinal", no identificadas. Tampoco las de la capilla siguiente, en la que se veneraba una talla de San José y había una Inmaculada Concepción de escuela sevillana, y a los lados dos cuadros "de estilo, de Wandik" de la Virgen con San Joaquín y Santa Ana y un Calvario. A los pies de la iglesia y al lado de la puerta que comunicaba con el claustro hubo un retablo con un "San Miguel lanzando del Cielo a los Ángeles Apóstatas que caen precipitados en diversas posiciones", que tenía ''cosas muy buenas y otras muy malas, y parece copia de Pacheco", obra hasta la fecha sin identificar. Hay que señalar que de Francisco Pacheco se conserva en una colección particular sevillana la Inmaculada Concepción con Mateo Vázquez de Leca, que se hace proceder del Valle, de donde debió de salir tras la Desamortización de 1835, pasando a manos de particulares sevillanos, entre ellas la de Juan de Oliver quien precisamente indicó que procedía de este convento; actualmente se halla en la colección sevillana del Marqués de la Reunión. El lienzo firmado con monograma y fechado en 1621, constituye una buena versión de la Inmaculada de las muchas de las realizadas por Pacheco, a lo que se suma el espléndido retrato del canónigo y gran defensor del dogma de la pureza de María, el licenciado Mateo Vázquez de Leca, también uno de los mejores logros retratísticos del pintor. Sin embargo, recientes investigaciones han puesto en duda la identificación de este personaje, que bien pudiera tratarse de otro clérigo, correspondiendo el de Vázquez de Leca a otra pintura de la Inmaculada con donante que se conserva en una colección particular madrileña.
En una capilla del lado de la epístola del templo hubo una Virgen de los Reyes "con grupos de ángeles de bellos efectos y de nuestra escuela", una Concepción, adjudicada a Juan de Roelas, que en el catálogo actual de obras de este artista no está recogida; y unos "desposorios, de la escuela sevillana". Todas ellas se dan por perdidas.
La capilla de la Hermandad de San Diego, cuya ubicación en la iglesia no hemos podido determinar, estuvo adornado con pinturas murales, realizadas por Francisco Hernández quien por 1.200 reales de plata las concertó el 7 de julio de 1603 con el mayordomo de la corporación y mercader de sedas Bartolomé de Valverde. En las condiciones del contrato se refiere que a los lados de la escultura del Santo titular se debían disponer las figuras de San Roque, San Sebastián, San Francisco, San Buenaventura, San Antonio y San Bernardino. Encima la Asunción de Nuestra Señora, con el Dios Padre sobre ella, y en el cielo de la capilla una gloria de ángeles y serafines. En los muros laterales irían "cuatro milagros según señalara el Guardián del convento".
También estuvo decorada con pinturas murales la capilla de la Hermandad de la Coronación de Espinas pues su mayordomo, Salvador de Vergara, las contrata el 28 de julio de 1592 con Francisco Antonio de León y Alonso de Quintero, por 25 ducados. Esta capilla hubo de ser la primitiva que poseyó la corporación en el claustro del monasterio, pues su traslado a la de la iglesia no se produjo hasta el año 1597 por compra a la Cofradía del Mayor Dolor y Traspaso, como ya referimos. El tema a representar por ambos artistas era una "historia de la coronación con figuras enteras y otra histona de la encarnación de Nuestra Señora", debiendo estar terminadas para fin de agosto de ese año.
Finalmente referiremos la genérica alusión que hace González de León a pinturas en las paredes del templo y en las capillas "de poca atención", de las que sólo repara en una Calle de la Amargura, de tres varas de largo y una y media de ancho que adjudica a Arteaga, obra hasta la fecha sin identificar (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).