Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

domingo, 15 de marzo de 2026

El sitio arqueológico Arroyo del Cubo, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Arroyo del Cubo, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla).
     En un pequeño espolón sobre el arroyo, frente a un antiguo molino, se encuentran restos de posibles tumbas: ladrillos, tégulas y cerámica de todo tipo, incluida Terra Sigillata Hispanica, paredes finas, morteros, y un fragmento de vidrio fino incoloro. Noticias orales informan sobre el hallazgo de un ungüentario de vidrio completo, un pendiente y monedas. 
     Unos 100 metros al sureste hay una pedriza con restos de ladrillo y tégulas que probablemente correspondan al asentamiento, en una zona que, a diferencia de la anterior, no ha sido removida por máquinas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
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La pintura "Ecce Homo", de Esteban Márquez, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Ecce Homo", de Esteban Márquez, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla
     Hoy, domingo 15 de marzo, como todos los domingos, ha de considerarse como el día festivo primordial para la Iglesia. Es el primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo, en el que la Iglesia, según una tradición apostólica que tiene sus orígenes en el mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual.
        Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Ecce Homo", de Esteban Márquez, en la sala II del Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses, de Sevilla.
     El Conjunto Monumental de San Luis de los Franceses [nº 40 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 78 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle San Luis, 37; en el Barrio de la Feria, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala II del Conjunto Monumental podemos contemplar la pintura "Ecce Homo", de Esteban Márquez de Velasco (1652 - 1696), en óleo sobre lienzo, realizada en el último 1/4 del siglo XVII, con unas medidas de 2,08 x 1,16 mts., procedente del Hospital de Miraflores, donde llegó a su vez desde el Hospital de las Cinco Llagas.
     Aunque procede de la clausura de las Hijas de la Caridad de Miraflores desde donde fue trasladado a la casa de la Provincia en 2023, seguramente fue llevado al hospital psiquiátrico por sor Úrsula de Villabaso, priora de las Hijas de la Caridad de las Cinco Llagas y fundadora de Miraflores en 1890. Esta es otra de las pinturas más interesantes de la colección, tanto por ser obra inédita, como por su procedencia, ya que, si bien se inventarió en 1976 en Miraflores como obra de Esteban Márquez de notable interés artístico, su formato, las medidas casi idénticas, su figura aislada, el tipo facial y la manera de plegar y disponer la clámide, la relacionaban claramente con la estructura formal de la serie del apostolado del Hospital de las Cinco Llagas, como ya entonces se propuso, sin poder aportar dato documental alguno que lo certificara.
     Muestra, como toda la serie del apostolado, rasgos propios del artista, y se trata de una pintura clave en la obra de Márquez, al permitirnos estudiar el sistema de trabajo, en su obrador. Ha sintetizado en esta obra varias fuentes gráficas e iconográficas. Ha partido con seguridad del Ecce Homo de medio cuerpo de Murillo, cuya cabeza de serie es la del Museo de El Paso y que se repitió también en los ejemplares de Nueva York, Museo de Cádiz y en el del Duque de Sevilla, todos, incluido el de Murillo, inspirados en la estampa de Lucas Vorsterman a partir de una composición de Van Dyck, ca. 1630.
     Sin embargo, la figura completa de este Ecce Homo de cuerpo entero ha debido seguir la estampa Schelte Adamsz Bolswert grabada a partir de un original de Abraham Diempebeeck o una copia invertida, que se reflejaría también en el Ecce Homo de la Galería Nacional de Eslovaquia en Bratislava, atribuida a Murillo por Pavel Stepánek. El tipo humano es muy cercano al del Ecce Homo de Márquez del Hospital de la Caridad, aunque con más clara dependencia del ya citado de El Paso. Tampoco sería descabellado pensar que, podría responder a un prototipo de Ecce Homo de cuerpo entero del propio Murillo, aunque con los datos que poseemos resulta más improbable.
     Este cúmulo de referencias estilísticas no debe hacernos olvidar lo más atractivo de la obra, el valor emotivo que podía tener esta imagen en el ámbito hospitalario, cuyo precedente más excelso había sido el Varón de Dolores del Museo de Bellas Artes de Murcia, con sus variantes y derivaciones tanto de su mano como de su círculo. Nuestra obra tiene precisamente aquel mismo valor simbólico: la reflexión solitaria y solidaria ante el dolor de Cristo. Fray Luis de Granada invitaba a meditar así ante la imagen del Ecce Homo: "que, siendo Rey, está como siervo despreciado, no pienses esto como cosa ya pasada, sino como presente; no como dolor ajeno, sino como tuyo propio".
     Gracias a la intervención de ECRA la obra ha recuperado sus valores originales y nos permite observar sus cualidades, matices y su capacidad de persuadir y empatizar con el espectador. Tiene el mismo formato y marco que serie del apostolado y es posible que formase parte del mismo encargo (Juan Luis Ravé Prieto, en Patrimonio Histórico de la Diputación de Sevilla 1500-1900. Arte y Beneficencia. Diputación de Sevilla. Sevilla, 2025).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía del Ecce Homo o Cristo presentado al pueblo; 
     Juan, 19: 4.
     Después de la Coronación de espinas, Pilato presenta a Jesús ante la multitud que se había reunido frente al pretorio, diciendo: «Ahí tenéis al hombre." (Ecce Homo). Al verle, los sacerdotes y sus servidores gritaron: "¡Crucifícale, crucifícale!» (Tolle, crucifige). La multitud carnicera daba gritos de muerte.
     Este tema fue desconocido para el arte paleocristiano y bizantino: no se lo encuentra en los mosaicos ni en los iconos. Los italianos del Trecento, Duccio y Giotto, también lo ignoraron.
     Se difundió en el siglo XV, al final de la Edad Media (no obstante, los marfiles del siglo IX y las miniaturas otomanas del siglo XI ofrecen algunos ejemplos). Jesús es exhibido sobre un estrado en lo alto de una escalera exterior, con la corona de espinas, el manto (o clámide) púrpura y el cetro de caña en las manos atadas; lastimosa imagen de un rey carnavalesco. Su pecho desnudo tiene las huellas de la Flagelación. Una cuerda pende en torno a su cuello. Desde sus párpados enrojecidos fluyen las lágrimas que caen sobre sus mejillas.
     Este motivo ha engendrado los Cristo de Piedad y los Varón de dolores.
     La mujer de Pilato asiste a la escena. Se ve a Barrabás a través de los barrotes de la ventana de su celda (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos la Biografía de Esteban Márquez de Velasco, autor de la obra reseñada;
     Esteban Márquez de Velasco. (La Puebla de Guzmán, Huelva, 1652 – Sevilla, 1696). Pintor.
     En Sevilla realizó su aprendizaje al lado de su tío el pintor Fernando Márquez, con el cual permaneció hasta 1672, año en que éste falleció, coincidiendo con la finalización de su proceso formativo.
     A partir de esta fecha, se tituló como maestro pintor y regresó a su tierra natal, sabiéndose tan sólo que estuvo allí un tiempo indeterminado, que no sería excesivo. Después, regresó a Sevilla, donde abrió un obrador en el que trabajó ya el resto de su existencia.
     La actividad de Márquez en Sevilla debió de desarrollarse, por lo tanto, en el último cuarto del siglo XVII y hubo de ser muy intensa a juzgar por la cantidad de obras suyas que han llegado hasta la actualidad.
     Ciertamente se sabe que en su trabajo hubo de contar con la colaboración de una amplia nómina de ayudantes, los cuales intervendrían de forma intensa en sus pinturas; ello se evidencia por la desigualdad de calidad que se constata en obras firmadas por este artista. De todas formas, analizada la producción de Márquez, puede advertirse en ella la pervivencia del espíritu artístico de Murillo, vigente en Sevilla con gran intensidad en las últimas décadas del siglo XVII. Pero en este sentido hay que señalar que Márquez, dentro de su adscripción murillesca, poseyó una forma propia de expresión pictórica que le permitió crear un repertorio de tipos físicos totalmente personales que facilitan la identificación de sus obras con bastante seguridad aunque no estén firmadas.
     Dentro de la producción de este artista resulta difícil precisar la circunstancia de la evolución de su estilo, ya que no se conocen obras suyas ejecutadas en fechas juveniles, siendo su obra datada más temprana La Aparición de la Virgen a santo Domingo, firmada en 1693, seis años antes de su fallecimiento. Dicha pintura conservada en la parroquia de Santa María de la Nieves en Fuentes de Andalucía (Sevilla), describe el momento en que santo Domingo, arrodillado y rodeado de un cortejo de jóvenes y santas vírgenes, recibe la lactación del pecho de la Virgen María que aparece en la parte superior de la escena con el Niño en su regazo. Este episodio precedió a la muerte del santo, advirtiéndose que al fondo de la escena se describe, con figuras de pequeño tamaño, el momento en que es sepultado.
     También en 1693 aparece firmada por Márquez una pintura de gran formato que se conserva en el Paraninfo del Rectorado de la Universidad de Sevilla, en la que se representa a Cristo y la Virgen como protectores de la infancia. Procede esta obra del refectorio del colegio de San Telmo de Sevilla, donde se formaban muchachos jóvenes para ser futuros marinos de la flota española. En la parte inferior derecha de esta pintura, captados en figura de medio cuerpo, aparecen retratados san Telmo como patrón de los navegantes y san Francisco Javier como apóstol de la Indias Orientales. La escena principal de esta pintura muestra a un numeroso cortejo de niños que, guiados por la Virgen se presentan ante Cristo, el cual les acoge y bendice al tiempo que un grupo de apóstoles se encarga de auxiliarles materialmente. El mensaje de esta pintura parece estar señalando que, desde el Cielo los niños del colegio de San Telmo serían siempre amparados y protegidos, circunstancia que se refuerza con la aparición en la parte superior de la escena de un cortejo de pequeños ángeles que portan una gran cesta repleta de panes, mientras que otros arrojan flores sobre los protagonistas de la escena.
     Las dos obras anteriormente citadas son las únicas que se han conservado hasta la actualidad con la firma y la fecha de Esteban Márquez; sin embargo, el estilo de este artista es tan definido que puede reconocerse en obras que no están firmadas, como es el caso del amplio conjunto pictórico que procede del convento de la Trinidad de Sevilla y que se encuentra disperso en distintas colecciones particulares y museos extranjeros. La calidad de esta serie es tan alta que en 1810, cuando fue expoliada por los franceses durante la Guerra de la Independencia, se creía ejecutada por Murillo. En el mismo año de su sustracción, la serie fue trasladada a Londres y se vendió como original de dicho artista, aunque en nuestros días se ha podido evidenciar que sus pinturas son obras que presentan con claridad el estilo de Márquez.
     Los cuadros de los que se tiene noticia como integrantes de este conjunto son los siguientes: El Nacimiento de la Virgen, La Anunciación, Los desposorios, el Descendimiento, La Dormición de la Virgen, La Asunción y La Virgen con San Juan de Mata y San Félix de Valois.
     Otro importante conjunto pictórico de Esteban Márquez tuvo como destino el claustro del convento de San Agustín de Sevilla y en él se narraba la vida de este santo. De esta serie se han conservado dos obras en el Museo de Bellas Artes de Sevilla que representan a San Agustín y el misterio de la Trinidad y San Agustín ante Cristo y la Virgen. También de este convento procede La consagración de San Agustín que hoy se conserva en la casa de ejercicios de San Juan de Aznalfarache. Esta pintura probablemente procede del testero de la escalera de dicho convento y posee un formato marcadamente horizontal. En este caso, el artista para configurar la composición parece haber tenido en cuenta un grabado realizado por Schelte Adam Bolswerst, incluido en un libro que narra la vida de san Agustín que se editó en París en 1624. En este cuadro, aparece la particularidad de que el último personaje situado a la derecha de la escena y que mira fijamente al espectador, puede ser el autorretrato del artista. Otra pintura que puede proceder también del convento de San Agustín de Sevilla es La Virgen con el Niño y san Agustín, que se conserva en el Museo de Odessa con la equivocada atribución a Murillo.
     En distintas dependencias de la Diputación de Sevilla y la Caja de San Fernando de esta misma ciudad se encuentra repartido un Apostolado de cuerpo entero y de tamaño natural que muestra con evidencia el estilo de Márquez. Otro Apostolado de idéntico estilo, pero de medio cuerpo se encuentran en la catedral de Sevilla, Real Academia de Medicina y parroquia de San Bartolomé de esta ciudad, completándose este último citado con las figuras de Cristo y la Virgen.
     También identificable como obra de Márquez es un gran lienzo que representa La Santa Cena que se conserva en la Baylor University en Waco (Texas), obras que presenta con nitidez el estilo de Márquez, identificable en los gestos y actitudes de los apóstoles, repetidos en otras obras de este artista. También parecen obras de Márquez una Piedad que pertenece a la catedral de Valencia y un San Jerónimo que se conserva en una colección particular de Cádiz (Enrique Valdivieso González, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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sábado, 14 de marzo de 2026

Un paseo por la calle José Delgado "Pepe Hillo" en el Real de la Feria

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle José Delgado "Pepe Hillo", en el Recinto Ferial, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 14 de marzo, es el aniversario del nacimiento (14 de marzo de 1754) del torero José Delgado Guerra "Pepe Hillo", así que hoy es el mejor día para ExplicArte la calle "Pepe Hillo", en el Recinto Ferial, de Sevilla, dando un paseo por ella.
      La calle José Delgado "Pepe Hillo" es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Tablada, del Distrito Los Remedios; y va de la calle Gitanillo de Triana, a la calle Pascual Márquez, formando parte del Recinto Ferial.
      La  calle, desde  el punto de vista urbanístico, y como definición, aparece perfectamente delimitada en  la  población  histórica  y en  los  sectores  urbanos donde predomina la edificación compacta o en manzana, y constituye el espacio libre, de tránsito, cuya linealidad queda marcada por las fachadas de las  edificaciones  colindantes  entre  si. En  cambio, en  los  sectores  de periferia donde predomina la edificación  abierta, constituida por bloques exentos, la calle, como ámbito lineal de relación, se pierde, y el espacio jurídicamente público y el de carácter privado se confunden en términos físicos y planimétricos. En las calles el sistema es numerar con los pares una acera y con los impares la opuesta.
     También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Es una calle que tiene un comentario muy sencillo, puesto que al pertenecer al Recinto Ferial, sólo tiene sentido en esa semana de la Feria de Abril, en la que cobra vida, al trasladarse a ella (como también ocurre con el resto del callejero de la Feria de Abril) toda la vida de la ciudad.
     La atraviesan las calles Joselito el Gallo, y Juan Belmonte.
     En ella se encuentran innumerables casetas que la conforman, destacando entre ellas las del Mercantil y la del Labradores, las dos más grandes del Recinto Ferial.
     En el reverso del rótulo de la propia calle podemos leer lo siguiente: 
"JOSÉ DELGADO GUERRA. "PEPE HILLO"
Nació en Sevilla, el 14 de Marzo de 1754
Alternativa: 1774, en Málaga de Manos de Juan Romero.
Murió el 11 de Mayo de 1801 en la plaza de toros de Madrid, como consecuencia de una
cornada mortal que le asestó el toro "Barbudo"
Conozcamos mejor la Biografía de Pepe Hillo, a quien está dedicada esta vía;
José Delgado Guerra, "Pepe-Hillo". (Sevilla, 14 de marzo de 1754 – Madrid, 11 de mayo de 1801). Torero.
     El apodo de José Delgado ha sido motivo de discrepancia, pues de él, aun siendo esencialmente el mismo, se ofrecen varias versiones: Pepe-Hillo, Pepe- Illo, Pepe-Yllo y Pepeíllo. También es frecuente que los distintos autores se refieran al torero sevillano eliminando el sustantivo (Pepe) y dejando cualquiera de las tres primeras posibilidades del diminutivo.
     Según Manuel Chaves Nogales, en los carteles de la época el nombre más usado, aunque no único, era Yillo. No obstante, conviene dejar constancia de que el torero siempre firmaba sus documentos personales (testamentos, contratos, etc.) como Joseph, Illo, y que cualquiera de los otros nombres, por mucho que hayan tenido fortuna y se den como definitivos, son distintos del que el propio diestro utilizó en su vida privada.
     También fue motivo de discusión entre los autores antiguos su fecha y lugar de nacimiento. La duda quedó totalmente despejada en el último tercio del siglo XIX, cuando —y así lo cuentan Don Ventura, Cossío, Rivas y Chaves Nogales, entre otros— el periodista Doctor Thebussem (seudónimo de Mariano Pardo de Figueroa) publicó en 1886 en la revista La Lidia un famoso artículo en el que, entre otros documentos de interés, reproducía su partida de bautismo.
     Con anterioridad se había especulado con que José Delgado vino al mundo en el pueblo de Espartinas, en la finca Villa-Albilla, del infante don Gabriel, en los años 1755 o 1768. En el artículo, luego recogido en el libro Un triste capeo, Doctor Thebussem se ocupa con detenimiento de este asunto, señalando y rebatiendo con documentos notariales las diferentes fechas ofrecidas por los distintos autores. Asimismo, aclara la confusión provocada por la existencia de otros José Delgado, contemporáneos de Pepe-Hillo pero distintos del torero, y alguno de ellos venido al mundo en Espartinas. En esta localidad, precisamente, acabó comprando tierras Hillo. En su momento fue un debate interesante, porque hacía referencia al origen de uno de los padres fundadores del toreo, pero que está superado desde hace muchos años. Hillo nació, pues, en Sevilla en 1754, el mismo año en que, en Ronda, vino al mundo Pedro Romero, su gran rival.
     “Es una de las más grandes figuras con que cuenta el toreo —escribió Don Ventura—; de cuanto se lee de él se saca en consecuencia haber sido uno de esos hombres que ejercen, al mismo tiempo, sobre las almas y sobre las cosas, una influencia innegable; impulsor y regulador de la fiesta, dominó sobre las multitudes por su valor y su alegría ante las reses, como dominó sobre los corazones por el secreto hechizo de su carácter, por una atracción personal indefinible que le permitió competir con su maestro Costillares y, después, en rivalidad más enconada, con Pedro Romero, no obstante superarle ambos. Disfrutó de una popularidad que ningún otro torero había alcanzado hasta entonces y habrían de pasar muchos años hasta que otros la obtuvieran en igual medida; la leyenda se mezcló con su historia y ha servido de fuente de inspiración a poetas, músicos, pintores y autores dramáticos; fue el prototipo del torero gallardo, siempre sediento de palmas, dechado de gracia y simpatía, rumboso y caritativo, y tras haberse visto elevado a la categoría de ídolo de las multitudes, su trágica muerte contribuyó no poco a que aumentara considerablemente el nimbo de celebridad que rodea su nombre.” Respecto al papel de Costillares como maestro de Pepe-Hillo conviene dejar constancia de que Luis Toro Buiza y Bruno del Amo Recortes rechazaron (aunque el segundo la había aceptado con anterioridad) la tradición que se expresa en este sentido, y señalan que ambos toreros coincidieron en los ruedos siendo ya los maestros del toreo.
     La cogida y muerte de Pepe-Hillo en 1801 en Madrid, fue recreada por Francisco de Goya en varias estampas de su Tauromaquia. Entre otros artistas, también Eugenio Lucas pintó el percance que acabó con la vida del diestro sevillano. Respecto a su faceta de “impulsor y regulador de la fiesta”, como la denomina Don Ventura, hay que resaltar que José Delgado inspiró (o quizá dictó, pero no escribió, pues apenas sabía poner su firma) la primera Tauromaquia de la historia, titulada Arte de torear, que vio la luz en Cádiz en 1796, en la imprenta de Manuel Ximénez Carreño. Siempre se ha dado por bueno que el autor material del texto fue José de la Tixera (que sólo figuró como autor de las correcciones en la edición madrileña de 1804), dirigido sin duda alguna por Pepe-Hillo. En palabras de Néstor Luján, “el libro fue el catecismo de los lidiadores hasta la aparición del tratado de Francisco Montes [la Tauromaquia de Paquiro], en 1836”.
     El Arte de torear de Hillo es, al mismo tiempo que un verdadero manual de uso del toreo, un tratado sobre tauromaquia. Dividido en dos partes, en la primera el autor pone todo su conocimiento y experiencia para explicar las suertes utilizadas en aquellos momentos (en realidad, sólo se empleaban las básicas y algunas de adorno, muy pocas en comparación con las que se emplean en el toreo moderno) y cómo debía comportarse el lidiador teniendo en cuenta la diferente condición de los toros (franco, revoltoso, bravucón, que se ciñe...); la segunda parte se ocupa de las suertes a caballo, tanto las de picar como las que más adelante se emplearon exclusivamente en las labores camperas.
     El libro de Illo, como toda buena Tauromaquia, no es una mera relación enumerativa o descriptiva de suertes del toreo, sino que hay un fondo de técnica y estética.
     José Delgado, que realizaba un toreo en el que primaba la estética, va más allá, y cuenta cómo es la técnica del toreo, por mucho que en aquella época no se emplease esta palabra. Su Tauromaquia, primordial en su momento, fue superada cuando los diestros comenzaron, más de un siglo después, a ligar (unir uno detrás de otro) los muletazos. A partir de la Tauromaquia de Guerrita, la ligazón se convirtió en un concepto fundamental del toreo contemporáneo, una idea que Hillo rechazó, pues la consideraba como una muestra de “miedo y poca destreza”.
     Escribe Cossío que la tradición señala que Pepe-Hillo era hijo de tratantes de vinos y aceites del Aljarafe.
     Asimismo señala que de niño le colocaron a trabajar en el obrador de un zapatero o maestro de obra prima. Según Velázquez y Sánchez, “su desaplicación rebelde, su inclinación tenaz al toreo, las reprensiones infructuosas de su padre, sus escapatorias al matadero, sus conexiones de discípulo con Joaquín Rodríguez (Costillares)” fueron frecuentes. Así pues, el matadero sevillano se sitúa, lo mismo que en otros toreros anteriores y posteriores a José Delgado, en el origen de su afición y primeras andanzas taurinas. Cossío reproduce una frase, recogida en un manuscrito conservado en la biblioteca de Ortiz Cañavate, que dice que en aquel centro “se le vio torear con su propia camisa, por no tener la capa que para hacerlo usaban los demás”. Costillares debió de conocer en el matadero a Pepe-Hillo y, antes de presentarle como medio espada en Córdoba en 1770, le llevó por diversas plazas con objeto de que fuera aprendiendo la profesión. Y añade Cossío: “Conquistaba por entonces la voluntad de los públicos su deseo de practicarlo todo: su valor, su ligereza de pies y, sobre todo, el simpático corte de su figura, la gracia y armonía de sus movimientos, que había de hacer exclamar a su rival, el hercúleo Pedro Romero: ‘Lo que Dios te ha quitado de fuerza, te lo ha dado de gracia’”. Hillo tenía en esos momentos dieciséis años. Recoge Cossío, pero no da por cierto, el dato que ofrece un autor anónimo, y que señala que el 3 de mayo de 1768, cuando contaba catorce años, lidió en Sevilla, por percance de otros toreros, más de veinte toros, en sesiones de mañana y tarde.
     Boto Arnau documenta sus años de formación: siendo un niño toreó en Cádiz en la cuadrilla de Cándido; en 1769 actuó en Madrid formando parte de la de Juan Romero; en 1770 toreó en Córdoba en la de Damián Gallo; en 1771 salió en Sevilla de nuevo con Cándido y en 1774 toreó en Madrid como banderillero de Costillares. En 1775, según Chaves Nogales, figura como “jefe de cuadrilla y primer espada en Sevilla”. Se sabe que en 1777 toreó en la localidad toledana de Talavera de la Reina (el contrato se conserva en el archivo municipal, y en él se comprometía a banderillear y matar, los días 11 y 12 de septiembre, dieciséis toros en la plaza de Nuestra Señora del Prado, cobrando 200 reales de vellón por toro, además de cebada para las mulas, un carnero y un pellejo de vino) y que en 1778 compitió por primera vez con Pedro Romero en Cádiz, con quien mantuvo una gran competencia profesional y de quien acabó siendo muy amigo. En este festejo, según Boto Arnau, “el espectáculo de un Pepe-Hillo tirando la muleta para matar, recibiendo al toro con su castoreño, después de desatar la pasión de los tendidos con su jugueteo ante el toro, sus quiebros, sus vistosas banderillas y la locura de su toreo de capa, debía ser inenarrable”.
     Y añade este autor: “John F. Peyron, viajero inglés que visitó Cádiz esos años, se asombra de la popularidad de Pepe-Hillo, a quien llama ‘toreador famoso’ y al que vio cómo le aplaudían en el teatro gaditano cuando acudió a una comedia, convaleciente de una cornada”.
     En los años siguientes toreó fundamentalmente en Andalucía. La primera vez que López Izquierdo documenta el nombre de Pepe-Hillo en Madrid es el 27 de agosto de 1781, si bien hay abundantes lagunas en la documentación de años anteriores e incluso de esa misma temporada. Ese día actuó junto a Costillares.
     A partir de ese momento, la presencia de Hillo en los carteles de Sevilla y Madrid es muy frecuente, si bien hay años en que su nombre no aparece. Tras la competencia vivida en 1778, Pedro Romero y Pepe-Hillo no se encontraron en la plaza de Madrid hasta 1789, con motivo de las funciones reales celebradas por la jura de Carlos IV, renovándose la rivalidad entre ambos toreros. “Competencia que —según Chaves Nogales— llegó poco después a su período más álgido y dio lugar a infinitas disputas y acaloradas discusiones, algunas de las cuales terminaron de la manera más estrepitosa”. Según este autor, en ese momento Delgado había alcanzado el cenit de su fama, como se desprende de este otro párrafo de esa misma biografía: “Continuó Pepe-Illo alentando aquellas rivalidades en algunas plazas de las provincias donde trabajaba, y cuando volvió a Madrid después de algunos meses de ausencia, se encontró festejado por el pueblo, distinguido por personas de elevadas clases y haciendo un papel que nunca pensó iba a representar. Las mujeres le dispensaban grandes favores y más de algunas riñeron por ser objeto de sus galanteos; si tenía alguna cogida, el pueblo se agrupaba a la puerta de su posada y las imágenes más devotas contaban con multitud de fieles que pidiesen por la salud del diestro; su frecuente trato con diversas personas de alta posición le hacían aparecer hasta como hombre influyente para muchos asuntos, y cuando en los alegres días de toros se dirigía por la mañana y tarde a la plaza vestido lujosamente, sentado en su ligero calesín que arrastraba airoso un potro adornado de borlas y cascabeles infinitos, los chisperos le jaleaban, siguiéndole corriendo los muchachos y las mozas de bronce nunca dejaban de pararse al encontrarle de camino”.
     Hasta la fecha de su muerte, Hillo mantuvo el prestigio como torero y la fama como personaje público.
     En 1796 se publicó su Tauromaquia o Arte de torear y en 1799 se retiró Pedro Romero, su gran competidor.
     Siendo Costillares ya un diestro mayor para ejercer con facultades su profesión (había nacido en 1748), José Delgado se quedó como el centro casi absoluto del toreo. Como en todos los personajes populares, su muerte estuvo envuelta en la leyenda. Se ha escrito, sin que nada pueda demostrar que sea cierto, que una gitana le leyó las rayas de la mano y le dijo que no matase toros negros, porque uno de éstos iba a causarle la muerte; también se ha escrito que la víspera de la corrida en que resultó mortalmente herido se acercó a ver los toros que iban a lidiarse, que pastaban apaciblemente en el Arroyo Abroñigal y, señalando uno negro zaíno que sobresalía de la manada, pidió que se lo reservaran para él... En fin, se han escrito leyendas que adornan la historia de un personaje popular, muy querido y admirado por el pueblo, y que supo codearse con las capas más altas de la sociedad.
     Lo que es seguro es que Hillo se anunció en Madrid el lunes 11 de mayo de 1801, en compañía de José Romero y Antonio de los Santos, en funciones de mañana y tarde, para lidiar dieciséis reses de José Gijón, Manuel García Briceño, José Gabriel Rodríguez, Díaz Hidalgo, Juan Antonio Hernán y Vicente Bello.
     El percance sobrevino por la tarde, y el toro que provocó la muerte de Hillo, séptimo de la corrida, se llamaba Barbudo y pertenecía a la ganadería de José Gabriel Rodríguez, de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca). Sobre el cartel del festejo, Cossío y don Ventura señalan, y lo corrobora López Izquierdo, que con Hillo torearon José Romero y Antonio de los Santos, si bien Manuel Chaves Nogales indica de manera errónea que actuó Juan Romero; además, señala, y esto sí es posible, que estaba anunciado Costillares, que finalmente no toreó. El pormenorizado relato de la cogida se reproduce de la Carta de José de la Tixera: “Barbudo sólo recibió tres o cuatro varas, a las que entró siempre huyendo de los caballos, por ser de estos demasiado cobarde. Después, con mucha maestría, le clavó un par de banderillas el aplaudido Antonio de los Santos, y seguidamente le clavaron otros tres pares Joaquín Díaz y Manuel Jaramillo. Luego se presentó a matarle José Delgado; le dio tres pases de muleta, dos por el orden común (o despidiéndole por su izquierda), y el restante de los que llaman al pecho; con el cual se liberó del apuro contra los tableros, en que le encerró la mucha prontitud con que se revolvió el toro, algo atravesado de resultas de haberle dado el segundo pase no hallándose puesto aquél en la mejor situación. Estando ya a la derecha del toril, a corta distancia de él y con la cabeza algo terciada a la barrera, se armó el matador para estoquearle; lo tanteó, citándole o llamándole la atención con la muleta (deteniéndose y sesgándole algo más de lo regular), se arrojó a darle la estocada a toro parado, y le introdujo superficialmente como media espada por el lado contrario o izquierdo. En este propio acto le enganchó con el pitón derecho por el cañón izquierdo de los calzones y le tiró por encima de la espaldilla al suelo, cayendo boca arriba. Bien porque el golpe le hizo perder el sentido, o por el mucho con que pudo estar para conocer que en aquel lance debió quedar sin movimiento, es lo cierto que, careciendo de él, se mantuvo en dicha forma ínterin le cargó el toro con la mayor velocidad, y ensartándole con el cuerno izquierdo por la boca del estómago, le suspendió en el aire y campaneándole en distintas posiciones, le tuvo más de un minuto, destrozándole en menudas partes cuanto contiene la cavidad del vientre y pecho (a más de diez costillas fracturadas), hasta que le soltó en tierra inmóvil y con sólo algunos espíritus de vida. Ésta la perdió enteramente en poco más de un cuarto de hora, en cuyo intermedio se le suministraron todos los socorros espirituales que son posibles a la piedad más religiosa”. Tras ser velado el cadáver en el Hospital General, y serle allí mismo practicada la autopsia, Pepe-Hillo fue enterrado en la mañana del 12 de mayo en la iglesia parroquial de San Ginés, en la madrileña calle del Arenal.
     Sobre la importancia y el significado de la figura de Pepe-Hillo, Néstor Luján escribió: “Todo lo quiso practicar y a todos ansió emular y, como delante de él tenía un torero de características totales como lo fue Pedro Romero, al que respondían todos los oscuros resortes que rigen el misterioso juego de la lidia de los toros, topó siempre a pecho abierto con las astas que le buscaron el alma hasta veinticinco veces en cogidas graves. La última fue mortal de necesidad. Cuantas suertes se conocían en los toros, quiso no sólo practicarlas, sino practicarlas mejor que nadie, con una palpitación sangrienta y a la vez alegre y propia. Así la navarra de Martincho y Leguregui, y el lance de la tijera típico de la escuela sevillana de los Palomos, y el galleo que inventó, con sus mil variantes ágiles y movidas, el Africano. Asimismo quiso torear mejor que Pedro Romero a la verónica, aunque no pudo vencerle en esta templada suerte a la que es tradición que el diestro rondeño imprimía una plateada majestad.
     Practicó, y en esto sí que no tuvo rival en sus días, los recortes, el quiebro y el cuarteo con el capote plegado al brazo en los quites, encuentros y regates. E inventó, por fin, el lance a la aragonesa o el capeo de espaldas [llamado de frente por detrás, antecedente de la gaonera]” (José Luis Ramón Carrión, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle José Delgado "Pepe Hillo", en el Recinto Ferial, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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viernes, 13 de marzo de 2026

El sitio arqueológico La Atalaya, en Casariche (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico del Alcaparral, en Casariche (Sevilla).  
     En este sitio arqueológico, se han localizado restos de ladrillos, tégulas, ímbrices, trozos de y cerámica de barro basto, al lado de fragmentos de terra sigillata y campaniense. Se puede afirmar que se trata de un asentamiento romano. 
     Existe una hipótesis mantenida por algunos autores de que se trata de Vestipo, por las noticias existentes sobre el término junto con dos restos epigráficos y algunas monedas que hacen alusión a la posible existencia de él, sin haber sido comprobado.
     En una prospección realizada en el año 2003 se describe el sitio arqueológico como sigue: 
     Concentración de restos constructivos y cerámicos de diferentes momentos: 
- Alto Imperio romano:
     El material constructivo se compone de fragmentos de ímbrices y tegulae. En cuanto a las tegulae, se presentan de dos tipos, de sección triangular y cuadrangular. La pestaña de sección triangular presenta unos 5 centímetros de altura, y el cuerpo posee un grosor de 1,5 centímetros, la pasta es de coloración ocre-anaranjada, pastas muy depuradas y de cocción oxidante. Pueden fecharse en los siglos I-II d. C.
     Este tipo de tegulae se empleaba para revestimientos y para cubiertas ligeras, y frecuentemente empleada en la cubrición de estructuras funerarias.
     En cuanto a la pestaña de sección cuadrangular, presenta una altura de 5,5 centímetros y el cuerpo posee un grosor de 2,5 centímetros. La pasta es de coloración anaranjada, su fractura es concoidal y la cocción oxidante. El cuerpo de estas tegulae es bastante pesado y macizo, con desgrasante muy grueso. Estas piezas, por su fabricación, parecen haber sido destinadas principalmente para estructuras constructivas de cierta envergadura que pudiera soportar el peso de una cubierta pesada.
     En cuanto a los imbrex (imbrices), se han identificado escasas piezas muy fragmentadas. Los ejemplares identificados presentan la cara externa acanalada, contando con un grosor medio de 1,2 centímetros. Su cocción es oxidante y la pasta es de color crema, muy depurada, con desgrasante fino y fracturas netas, limpias. 
     Se han localizado varios fragmentos de Terra Sigillata Hispánica, que se adscriben a diferentes tipos: 
     Formas lisas. La mayor parte de estos fragmentos son de extraordinaria calidad que presentan barniz compacto color tierra de Siena. La pasta es de color marrón rojizo, con desgrasante fino y escasamente concentrado, de tipo cálcico.
     Entre los diversos segmentos observados, pese a su alto grado de fragmentación, han podido ser identificados algunos claramente pertenecientes a la forma Drag. 24/25, con una cronología que va desde la segunda mitad del siglo I d.n.e., hasta finales del siglo II d.n.e. Esta forma presenta un cuerpo de tendencia semiesférica que apoya sobre un pie bajo de sección triangular. Fueron observados diversos fragmentos de este tipo de piezas en los que el cuerpo era dividido hacia la mitad superior de la pieza por un baquetón de sección semicircular. Bajo este baquetón, la superficie exterior es lisa, mientras que la parte superior, que acaba en un borde redondeado, posee decoración de líneas rectas verticales y paralelas en todo su recorrido.
     Formas decoradas. Se han identificado algunos fragmentos de formas decoradas de Terra Sigillata Hispánica. Presentan un barniz bastante más claro, de color canela, y que se desprende fácilmente de la superficie. Las pastas son más blandas, ferruginosas y con mayor concentración de desgrasante cálcico. Debido al alto grado de fragmentación de las piezas que se observó en superficie, ha sido imposible identificar las formas a simple vista. Sin embargo, se localizó un fragmento muy rodado, en el que la decoración consistía claramente en círculos sogueados simples con indicios de decoración figurativa en el interior de los rosetones, probablemente zoomorfa, aunque esto es muy difícil de precisar, ya que las posibles figuras se presentaban muy difuminadas y sin contraste.
     El hecho de que aparezca barniz sobre las figuras indica que ya eran defectuosas en origen, y no que hayan sido alteradas por procesos post-deposicionales. Este defecto en la fabricación es debido a que no se retiró del molde correctamente la escoria cerámica resultante de la fabricación de piezas anteriores.
     Cerámica de Paredes Finas: Este tipo de cerámica está asociado a contextos de tipo funerario, y aparece formando parte del ajuar del difunto. Se han identificado escasos restos de cerámica de paredes finas en estado altamente fragmentario. La pasta presenta cocción oxidante, de color marrón anaranjado y sus fracturas son netas. Los restos poseen un engobe interno y externo de color anaranjado, con decoración de pequeños mamelones y bordes ligeramente exvasados, pero que debido a su escaso número y alto grado de fragmentación; hacen muy difícil su identificación. Se tiene conocimiento de producciones locales en la Bética de este tipo de vajillas en torno a mediados del siglo I d.n.e.
     Cerámica Común Romana: Es la cerámica no constructiva que mayor abundancia presenta en superficie. Se distinguen  fragmentos pertenecientes a varios tipos de piezas:
     Orzas.- Vasija originalmente vinculada a ambientes domésticos de cocina y destinada al almacenamiento de productos alimenticios. Algunos tipos, en los que la vasija se presenta recubierta de engobe grisáceo, aparecen frecuentemente vinculados a ámbitos funerarios, formando parte del ajuar del difunto.
     Este tipo de recipiente suele tener entre 9 y 15 centímetros de diámetro. Se caracteriza por su cuerpo globular, la reducción de su base de apoyo, el estrangulamiento en el cuello y los bordes exvasados de forma acusada. La pasta es blanda, ferruginosa y de fractura concoidal. Presenta cocción oxidante de coloración anaranjada y desgrasante de tipo medio. Un engobe gris recubre la pieza totalmente. Ofrece una cronología que bascula en torno a la segunda mitad del siglo I d.n.e. y principios del siglo II d.n.e.
     Lebrillos.- Se han localizado varios fragmentos pertenecientes a lebrillos romanos, recipientes cerámicos de fondo plano. Paredes rectas divergentes, bordes redondeados vueltos hacia fuera y asas de sección circular con tendencia geminada. 
     Son recipientes multifuncionales de gran tamaño que pueden estar destinados al almacenamiento de grandes cantidades de sólidos o líquidos, u otras aplicaciones diversas en el ámbito de la higiene personal, la cocina o el servicio de mesa. 
     Estas formas se consideran una perduración de tipos iberorromanos. La pasta es de cocción oxidante y coloración anaranjada, con abundante desgrasante cálcico de tipo medio. No es frecuente hallarla en contextos de tipo funerario. La cronología de estas piezas es claramente altoimperial, en torno a los siglos I y II d.n.e.
     Cuencos.- Se han localizado escasos fragmentos que han sido identificados como pertenecientes a formas características de cuencos semiesféricos. Estos recipientes, originalmente destinados al ámbito doméstico de mesa, son muy frecuentes hallados en contextos de necrópolis, documentándose en estructuras funerarias formando parte del ajuar del difunto. Poseen un cuerpo semiesférico, con borde redondeados y que descansa sobre pie bajo apenas indicado. Su pasta es ferruginosa, de apariencia tosca y de cocción es oxidante, coloración anaranjada y desgrasante cálcico de tipo medio. Suelen presentar una cronología altoimperial, en torno a los siglos I y II d.n.e.
     Otras formas. Se ha observado en superfície algunos pequeños fragmentos de asas que, debido a su alto grado de deterioro, ha sido imposible su adscripción tipológica concreta. Lo mismo ocurre con algunas bases rehundidas muy fragmentadas que lo mismo podrían pertenecer a jarros, jarras, ollas de un solo asa o pequeñas vasijas de provisiones, pero por la técnica de cocción y el tipo de pasta empleados se podría afirmar que pertenecen cronológicamente al periodo altoimperial romano. 
- Edad Media islámica
     Se han localizado fragmentos cerámicos pertenecientes al ámbito agrícola. Cangilones (arcaduces). Recipientes cerámicos que, unidos a la rueda de la noria, están destinados a la extracción de agua. Las muestras observadas presentan alto grado de deterioro y fragmentación. Como regla general, poseen forma de tulipa con dos estrangulamientos, uno en la panza y otro a la altura del cuello, para pasar los amarres que lo sujetan a la estructura de la noria. Son de factura muy tosca y las paredes presentan acanaladuras horizontales debidas al torneado de la pieza y los bordes son generalmente exvasados, terminando en labios de formas variadas. Los fragmentos localizados se han modelado en pasta naranja, con desgrasante fino y denotan una cuidada elaboración. La cronología de las piezas es difícil de precisar, ya que por su carácter funcional perviven durante siglos.
- Edad Moderna y Contemporánea
     Han sido identificados diversos fragmentos de cerámica adscrita al ámbito funcional de almacenamiento y transporte, de época moderna o contemporánea. La pasta es compacta, depurada, de cocción oxidante y coloración anaranjada, y sus fracturas son netas. Algunos fragmentos presentan engobe crema externo (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico La Atalaya, en Casariche (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

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La pintura "San Leandro instruyendo a su hermana Santa Florentina", de J. Maussola, en la Capilla de San Leandro, de la Catedral de Santa María de la Sede

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Leandro instruyendo a su hermana Santa Florentina", de J. Maussola, en la Capilla de San Leandro, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.  
     Hoy, 13 de marzo, en Sevilla, en Hispania, San Leandro, obispo, que en España se celebra el día trece de noviembre (c. 600) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la pintura "San Leandro instruyendo a su hermana Santa Florentina", de J. Maussola, en la Capilla de San Leandro, de la Catedral de Santa María de la Sede, de Sevilla.
     La Catedral de Santa María de la Sede  [nº 1 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 1 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la avenida de la Constitución, 13; con portadas secundarias a las calles Fray Ceferino González, plaza Virgen de los Reyes, y calle Alemanes (aunque la visita cultural se efectúa por la Puerta de San Cristóbal, o del Príncipe, en la calle Fray Ceferino González, s/n, siendo la salida por la Puerta del Perdón, en la calle Alemanes); en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.  
     En la Catedral de Santa María de la Sede, podemos contemplar la Capilla de San Leandro [nº 066 en el plano oficial de la Catedral de Santa María de la Sede]; este ámbito siempre ha tenido la misma advocación; esta capilla iniciada en 1733, copió su fachada de la de San Isidoro. Hasta entonces había sido la "Oficina de la Cera", que daba acceso al "Caracol de la Cera" (Alfonso Jiménez Martín, Cartografía de la Montaña hueca; Notas sobre los planos históricos de la catedral de Sevilla. Sevilla, 1997).
     Nada se sabe de la personalidad de J. Maussola, pin­tor que en 1735 firmó y fechó las dos pinturas que decoran las paredes laterales de la capilla de San Leandro de la Catedral. La primera de estas pinturas repre­senta a San Leandro en el tercer concilio de Toledo, en cuyo transcurso Recaredo abjuró de la herejía arria­na. La segunda pintura muestra a San Leandro instruyendo a Santa Florentina, cuyo asunto muestra a este Santo iniciando a su hermana y a otras monjas en la observación de la regla monástica que para ellas había redactado. Ambas obras son de secundaria calidad (Enrique Valdivieso, La pintura en la Catedral de Sevilla. Siglos XVII al XX, en La Catedral de Sevilla. Ed. Guadalquivir, 1991).
     Se trata de una obra en la que se muestra a Santa Florentina como abadesa de una fundación monástica cisterciense, reverenciando a su director espiritual, en el momento en que éste le otorga la regla de la Orden. De nuevo el autor utiliza los colores brillantes propios de la pintura cortesana española del momento, ejecutada por pintores italianos. 
     Resulta la composición bastante forzada en la forma de agrupar las figuras y ponerlas en relación con el espacio que las rodea; no obstante podemos encontrar varios personajes singularizados, descritos con más esmero que el resto.
     La escena transcurre en el interior de un despacho eclesiástico, pudiéndose advertir en la composición una perfecta línea diagonal que la atraviesa: de un lado los religiosos varones que asisten al acto y del otro San Leandro sentado, perfectamente identificado con su halo de santidad y sus dignidades, concediendo el libro de reglas al grupo de monjas encabezadas por santa Florentina. En la parte superior del lienzo, como en su compañero, un cortinaje simula, en un efecto teatral, el descubrimiento de la escena.
     Esta obra hubo de ser probablemente pintada por encargo por este desconocido pintor italiano en la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio, en donde se encontraba la comitiva real en 1735, con unas medidas de 2,71 x 1,94 mts. (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).     
Conozcamos mejor la Historia, Culto e Iconografía de San Leandro, obispo
     Nació en Cartagena. Fue arzobispo de Sevilla y apóstol de los visigodos en el siglo VI.
     Se abocó a la conversión de los arrianos. Hacia el final de su vida, se hizo secundar por su hermano Isidoro, quien lo sucedió hacia 598.
     Es patrón de Sevilla. Se lo invocaba contra el reumatismo.
     Sus atributos son la mitra y el báculo episcopales, y un corazón (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
San Leandro en la Historia de la Iglesia de Sevilla
     San Leandro, Arzobispo de Sevilla. Nacido en Cartagena el primer tercio del siglo VI intervino decisivamente en la conversión del pueblo visigodo y de su rey Recaredo, quien abjuró del arrianismo en el Concilio III de Toledo (589). Murió hacia el año 600. 
   Nació en Cartagena hacia el año 540, el mayor de cuatro hermanos, hijos de Severia­no, alto funcionario del reino visigodo, y de madre de nombre desconocido, convertida más tarde al catolicismo. Sus otros hermanos fueron: Florentina, monja; Fulgencio, obispo de Écija; e Isidoro, sucesor de Leandro en la sede hispalense, todos ellos santos y cumbre jamás alcanzada de la Iglesia de Sevilla.
       La primera semblanza de san Leandro nos viene de su hermano san Isidoro, en su libro De viris illustribus. Merece la pena que consignemos traducido el perfil biográfico que nos ofrece de su hermano mayor:
      «Leandro, cuyo padre se llamaba Severiano, oriundo de la provincia Hispana Cartaginense, fue monje de profesión y desde el monacato designado obispo de la Iglesia de Sevilla en la provincia Bética. Hombre de una dulce elocuencia, de aventajadísimo ingenio y distinguido tanto por su vida como por su doctrina, a su fe y a su habilidad se le debe la vuelta de los godos desde la insensatez arriana a la fe católica. En la peregrinación de su destierro compuso dos libros contra los dogmas de los herejes, riquísimos en erudición bíblica; en ellos no sólo descubre la maldad de la impiedad arriana sino que además la refuta con estilo vehemente, es decir, demostrando lo que tiene la Iglesia católica contra los mismos y cuán distante está de ellos tanto por las creencias religiosas como por los sacramentos de la fe. 
       Existe también un laudable opúsculo de Leandro contra las enseñanzas de los arrianos, en el cual, después de proponer su doctrina, le opone la correspondiente respuesta. Publicó asimismo un tratado sobre la instrucción de las vírgenes y desprecio del mundo dirigido a su hermana Florentina y dividido en capí­tulos. Trabajó mucho para mejorar los oficios eclesiásticos escribiendo para todo el salterio una doble edición de oraciones así como composiciones musicales para la misa.
       Escribió muchas cartas: una al papa Gregorio sobre el bautismo, otra al hermano, en la que le advierte que no debe temer la muerte. Escribió asimismo muchísimas cartas familiares a otros obispos, que aunque no eran abundantes en palabras, eran ciertamente muy penetrantes por su doctrina. Floreció bajo Recaredo, hombre religioso, en cuyo tiempo terminó sus días con muerte admirable.»
       Esta reseña, desesperadamente breve, no resuelve las dudas y oscuridades suscitadas en una vida tan compleja y rica.
       Perteneciente a una familia distinguida (se duda si su padre, hispano-romano, fue gobernador de Cartago Nova; su madre, de origen godo y de religión arriana, se convirtió tras el destierro), ésta hubo de huir de Cartagena posiblemente cuando los bizantinos ocuparon la ciudad y se refugiaron en Sevilla. Aquí mueren sus padres y Leandro se hace cargo de la familia y especialmente de la educación de Isidoro, el hermano menor. Libre de estos cuidados, abrazó la vida monástica.
       Su elevación a la sede hispalense hay que situarla con toda probabilidad poco antes de la llegada de Hermenegildo a la Bética. Por lo tanto, hacia los años 577-578. A él se debe en gran medida la conversión de Hermenegildo, según cuenta san Gregorio Magno en sus Diálogos: «Hermenegildo, hijo de Leovigildo, pasó de la herejía arriana al catolicismo por la predicación de Leandro, amigo mío desde no hace mucho tiempo». Aunque Gregorio de Tours, en su Historia Francorum, lo atribuye a su esposa Ingunda: «Ingunda predicó a su esposo que abandonase la falacia de la herejía y reconociese la verdad de la ley católica. El se opuso durante un tiempo, pero al fin, conmovido por sus ruegos, se convirtió al catolicismo».
       Salpicado por la contienda suscitada entre Hermenegildo y su padre Leovigildo, san Leandro marchó al destierro en el año 580 y partió en misión diplomática de la Iglesia visigoda a Constantinopla. Allí conoció a Gregorio Magno, apocrisario o nuncio apostóli­co por aquel entonces en la ciudad imperial. El propio Gregorio Magno, en sus Moralia in Job, refiere de este encuentro: «Hace bastante tiempo que te conocí en Constantinopla, cuando yo también estaba allí por intereses de la sede apostólica y tú habías ido a esta ciudad como legado por motivos de fe de los visigodos». Aunque san Leandro no obtuvo resultados políticos de su viaje, al menos le vino de aquella estancia una amistad de por vida con el futuro papa Gregorio Magno. Años después, uno en Roma y otro en Sevilla, intercambiarían abundante correspondencia, conservándose únicamente cuatro cartas de Gregorio a Leandro, pero en donde se puede palpar la talla humana y moral del arzobispo de Sevilla. 
       Un dato curioso aparece en una de estas cartas: ambos padecían de gota, enfermedad frecuente en posteriores arzobispos de Sevilla. «Sobre la enfermedad de la podagra o mal de gota que aqueja a vuestra santidad -le escribe Gregorio Magno- debo deciros que yo también me encuentro enormemente oprimido por un constante dolor producido por esa enfermedad. Pero nuestro consuelo será fácil, si en medio de los castigos que padecemos, traemos a nuestra memoria los pecados que hemos cometido». También le envió el palio, símbolo de su dignidad arzobispal: «Como una bendición del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, os enviamos el palio que habéis de usar tan sólo en la misa. Al enviároslo, debí advertiros cómo debíais vivir, pero suprimo esta exhortación porque vuestras costumbres van delante de las palabras».
       La vuelta del destierro hay que fecharla en el 586, año de la muerte de Leovigildo. La subida al trono de Recaredo y su conversión supondrá un cambio radical en el panorama de la Península. En febrero de 587 -aún no había cumplido el año de reinado- ya era católico. La conversión del pueblo godo del arrianismo al catolicismo, siguiendo el exem­plum regis, se hizo casi sin resistencia salvo algún que otro obispo arriano y se proclamó oficial en el concilio III de Toledo, celebrado en 589. Presidido por san Leandro, en esta reunión nacional brilló el arzobispo hispalense con su dulce elocuencia y aventajadísimo ingenio, en expresión de su hermano Isidoro. San Leandro glosó la homilía de aquel día memorable con estas palabras que resonaron en la basílica de Toledo: «Nuevos pueblos han nacido de repente para la Iglesia; los que antes nos atribulaban con su dureza, ahora nos consuelan con su fe».
       No escribió mucho san Leandro. Su herencia literaria es corta, pero a él se debe el impulso intelectual que, irradiando de Sevilla, puso en movimiento la labor científica de la España visigoda. En el destierro, escribió dos obras teológicas contra los arrianos que se conservan: Duos adversus haereticorum dogmata libros y Opusculum adversus instituta arianorum. En el concilio III de Toledo pronunció su Homilia in laudem Eclesiae, canto a la paz y a la unión en un estilo hermoso. Escribió también, según su hermano Isidoro, "para todo el salterio una doble edición de oraciones así como composiciones musicales para la misa». Y por último, aparte sus cartas que se han perdido, ese maravilloso texto obre la vida religiosa y dedicado a su hermana Florentina: De institutione virginum, con avisos preciosos para toda vida religiosa que quiera caminar por la vida del Espíritu.
     Murió, no se sabe bien la fecha, hacia el 599 ó 600. San Isidoro, tan parco al referirse a su hermano, dice que «terminó sus días con muerte admirable». La Iglesia de Sevilla celebra su fiesta el 13 de noviembre (Carlos Ros, Sevilla Romana, Visigoda y Musulmana, en Historia de la Iglesia de Sevilla. Editorial Castillejo. Sevilla, 1992).
Conozcamos mejor la Biografía de San Leandro de Sevilla, obispo; 
       San Leandro de Sevilla (Cartagena, Murcia, c. 535 – Sevilla, c. 600). Obispo y escritor, santo.
       La mayor parte de los datos biográficos conocidos sobre Leandro de Sevilla se conservan en las obras de Gregorio Magno (Epistolae, Dialogi y Moralia in Iob), Juan de Biclaro (Chronicon), Isidoro de Sevilla (el capítulo 28 de su De uiris illustribus) y Gregorio de Tours (Historia Francorum). Gracias a Isidoro, su hermano menor y sucesor en la sede metropolitana de Sevilla, se sabe que ambos tuvieron otros dos hermanos: Florentina (que estuvo al frente de una comunidad religiosa femenina) y Fulgencio (obispo de Écija).
       Su padre se llamaba Severiano. Siendo aún bastante joven (c. 554), abandonó Cartagena junto con su familia, posiblemente a causa de las luchas políticas del momento entre hispano-romanos, godos y bizantinos. Se sabe también que fue monje —no se conoce dónde ni por cuánto tiempo— y que probablemente ya era obispo de Sevilla (c. 578), cuando Hermenegildo se sublevó contra su padre Leovigildo. Por esta misma época Leandro realizó un viaje a Constantinopla. A su vuelta fue a Cartagena y no volvió a Sevilla hasta alrededor del año 585. Sobre la razón que lo mantuvo varios años fuera de su sede episcopal no existen datos precisos, pero el parecer más extendido relaciona su ausencia primero con una embajada a las órdenes de Hermenegildo, tras su sublevación contra Leovigildo; y luego con las represalias tomadas por este Monarca contra los obispos no arrianos que apoyaron a su hijo. Como Isidoro habla de su destierro, se supone que lo pasó en Constantinopla, en Cartagena o en ambas ciudades.
       En la primera trabó amistad con Gregorio —luego Gregorio Magno—, que vivió allí como apocrisiario de Pelagio II entre 579 y 585; en la segunda, con el obispo Liciniano. La tradición cuenta que, en su lecho de muerte, Leovigildo encomendó a Leandro el cuidado pastoral de su hijo Recaredo. Éste, ya como Rey, convocó en 589 el III Concilio de Toledo, en el que renegó públicamente del arrianismo y decretó la conversión de su reino. Leandro de Sevilla y Eutropio de Valencia fueron las personalidades más destacadas del Concilio.
       Conservamos dos obras transmitidas bajo el nombre de Leandro: el De institutione uirginum et de contemptu mundi libellus y el De triumpho Ecclesiae ob conuersione Gothorum. De ellas, la primera es la única que se le puede atribuir con total seguridad. Es un tratado dividido en dos partes: una larga introducción sobre la virginidad seguida de normas y consejos de aplicación práctica sobre las virtudes y la vida monástica.
       En él hace gala de una enorme erudición patrística: sus fuentes conocidas son Tertuliano, Cipriano de Cartago, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Casiano e incluso Benito de Nursia (es poco probable que haya utilizado el De laude uirginitatis de Osio de Córdoba, o el Annulus de Severo de Málaga). Este texto ha llegado hasta hoy en dos versiones de distinta extensión. La más breve —con diez capítulos y medio menos— es la más conocida.
       Leandro es también autor del discurso De triumpho Ecclesiae ob conuersione Gothorum, también conocido como Homelia in laudem Ecclesiae. Se ha conservado junto a los cánones del III Concilio de Toledo, contexto en el que debió de pronunciarse. Ahora bien, como Isidoro no lo cita entre las obras de Leandro, hubo en el pasado quien dudó de su autoría. Se trata de un texto sólidamente estructurado desde el punto de vista retórico y también de enorme erudición: en él se adivina el conocimiento de Ambrosio (Explanatio Psalmorum), Gregorio Magno (Moralia in Iob), Casiodoro (Expositio Psalmorum) y, sobre todo, Agustín de Hipona (Epistulae, Enarrationes in Psalmos, Enchiridion, De sancta uirginitate, Sermones...). Algunos de estos autores habrían podido ser citados a través de fuentes intermedias.
       Se sabe que Leandro escribió otras obras, hoy perdidas.
       Isidoro habla de “dos libros contra los dogmas de los herejes”, de un “pequeño tratado sobre las creencias de los arrianos” y de innumerables cartas que tampoco se han conservado. Se conoce el tema y destinatario de dos de ellas: el bautismo, dirigida a Gregorio; y el temor a la muerte, enviada “a su hermano” (no se sabe a cuál de los dos). Por último, la atribución a Leandro de todas o muchas de las composiciones del conocido como Liber psalmographus y de la misa y oficio de san Vicente sólo es, por el momento, hipotética.
       En fin, la importancia en su tiempo de Leandro como político, teólogo y hombre de letras se ve atestiguada, además de por sus obras y por su trato con monarcas y personalidades del entorno visigodo, por algunos aspectos de su relación con Gregorio Magno.
     Por una parte, el sevillano fue quien alentó a Gregorio a escribir sus Moralia in Iob, razón por la cual fue su dedicatorio. Por otra, al final de su vida, Gregorio le otorgó licencia para el uso del palio en las celebraciones solemnes. Esto podría indicar que Leandro fue incluso vicario apostólico en la zona, pero no hay pruebas que lo corroboren (María Adelaida Andrés Sanz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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