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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 11 de julio de 2026

El sitio arqueológico Ermita de San Benito, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla)

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el sitio arqueológico Ermita de San Benito, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla).
     Hoy, 11 de julio, Fiesta de San Benito, abad, patrono principal de Europa, que, nacido en Norcia, en la región de Umbria, pero educado en Roma, abrazó luego la vida eremítica en la región de Subiaco, donde pronto se vio rodeado de muchos discípulos. Pasado un tiempo, se trasladó a Casino, donde fundó el célebre monasterio  escribió una Regla, que se propagó de tal modo por todas partes que por ella ha merecido ser llamado "Patriarca de los monjes de Occidente". Murió, según la tradición, el veintiuno de marzo (547) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte el sitio arqueológico Ermita de San Benito, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla).
    Alrededor de la ermita de San Benito y sobre la suave ladera que se sitúa detrás se hallan numerosos fragmentos cerámicos y constructivos. 
     De época romana se documentan fragmentos amorfos de Terra Sigillata Hispanica y tégulas, aunque son más frecuentes los fragmentos de ladrillos y cerámica de época moderna y contemporánea (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Benito, abad;
HISTORIA Y LEYENDA

   Los diálogos de San Gregorio Magno son la fuente principal y casi única de su biografía.
   Nacido hacia 480 en la provincia de Norcia (también, aunque de empleo menos frecuente, “Nursia”, ciudad de la provincia de Perusa), en Umbría, era hermano gemelo de Santa Escolástica.
   Hacia el año 500 se retiró a una gruta llamada Sacro Speco, cerca del lago de Subiaco, para llevar una vida de ermitaño.
   En 528, a mitad de camino entre Roma y Nápoles, fundó el monasterio del monte Cassino (Montecassino), sobre una antigua acrópolis consagrada en la antigüedad al culto de Júpiter. Allí compuso la regla de la orden de los benedictinos, y allí murió en 547.
   Sobre esta trama histórica el ingenio de los monjes y la imaginación popular bordaron adornos que Santiago de Vorágine recogió cuidadosamente en su Leyenda Dorada, de la que tomaron sus temas los artistas.
   En principio fue el milagro del tamiz partido. Cuando a su nodriza se le cayó un tamiz, él tomó las dos mitades y las volvió a unir sin que quedara huella alguna de su fractura.
   Cuando vestía hábito monástico, se retiró a la caverna del Sacro Speco donde era aprovisionado por el monje Romano, que le bajaba el pan en un cesto atado a una cuerda, y le avisaba con el sonido de una campanilla. Satán rompió la campanilla.
   Como no consiguió rendirlo por hambre, el diablo desató contra él las tentaciones carnales. Hizo aparecer una mujer que encendió su concupiscencia. San Benito rodó desnudo entre las zarzas espinosas que rodeaban la gruta, expulsó la codicia sensual mediante las llagas de su carne, y así se impuso al pecado.
   Elegido abad del monasterio de Vicovaro, por su rigor se atrajo el odio de los monjes que envenenaron su comida. Pero escapó a la tentativa de envenenamiento haciendo la señal de la cruz sobre el vaso que se quebró de inmediato en pequeños fragmentos, como si lo hubiese golpeado una piedra, mientras un cuervo se llevaba el pan envenenado en el pico.
   Salvó al monje Plácido, su discípulo, cuando estaba a punto de ahogarse, enviando en su auxilio a San Mauro, quien sostenido por su bendición, lo salvó de la muerte caminando sobre el agua.
   En el monasterio sólo quedaban cinco panes, pero al día siguiente, ante la puerta de la celda de San Benito se encontraron cien moyos (medida antigua de capacidad que equivale a ocho cántaros o ciento veintinueve litros) de harina.
   Totila (rey de los ostrogodos de Italia, que se confunde con frecuencia con Atila, rey de los hunos), rey de los godos, intentó engañarlo sin éxito, cuando delegó a uno de sus oficiales disfrazado de rey.
   Su hermana Santa Escolástica, a punto de morir, le impidió partir desencadenando una tormenta y haciendo caer una lluvia torrencial. El santo vio el alma de su hermana ascender al cielo en forma de paloma.
   Cuando murió su alma también ascendió al cielo en un chorro de luz. Como el profeta Elías en su carro de fuego.
CULTO
   Patrón de la orden de los benedictinos, de los conventos de Subiaco y del monte Cassino, San Benito es un santo más monástico que popular.
   Sus reliquias, transportadas en 672 desde Montecassino a la abadía de Fleury, en Francia, que adoptó el nombre de Saint Benoît sur Loire, nunca atrajeron tantos peregrinos como las de San Martín de Tours o las de Santiago de Compostela.
   En verdad, su autenticidad siempre ha sido cuestionada por los italianos quienes creen haber encontrado los auténticos huesos de San Benito y de su hermana Escolástica en Montecassino, en 1950.
   Se lo invocaba contra el veneno, la erisipela y sobre todo contra los cálculos de los que habría curado al emperador de Alemania, Enrique II. También se recurría a su intercesión para obtener la gracia de una buena muerte.
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa ya imberbe, ya barbudo. Vestido con una cogulla negra de benedictino. No obstante, en los cuadros encargados por los benedictinos reformados, cistercienses, camaldulenses y olivetanos, aparece con una túnica blanca. 
   Sus atributos son un tamiz partido, varas con las que habría corregido a un monje, una copa de la que escapa una serpiente venenosa, alusión a la tentativa de envenenamiento de los monjes  de Vicovaro (comparte este atributo con San Juan Evangelista) y finalmente un cuervo que se lleva el pan envenenado en el pico. Se observará que a diferencia del cuervo proveedor de San Pablo ermitaño, que le lleva el pan cotidiano, el de San Benito retira un pan envenenado.
   Para diferenciar su copa envenenada de la de San Juan, los escultores alemanes del siglo XVIII hacen salir de ella dos pequeños serpientes (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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El desaparecido Monasterio de San Benito, o de Santa María y Santo Domingo de Silos, de los Benedictinos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Benito, o de Santa María y Santo Domingo de Silos, de los Benedictinos, de Sevilla.          
      Hoy, 11 de julio, Fiesta de San Benito, abad, patrono principal de Europa, que, nacido en Norcia, en la región de Umbria, pero educado en Roma, abrazó luego la vida eremítica en la región de Subiaco, donde pronto se vio rodeado de muchos discípulos. Pasado un tiempo, se trasladó a Casino, donde fundó el célebre monasterio  escribió una Regla, que se propagó de tal modo por todas partes que por ella ha merecido ser llamado "Patriarca de los monjes de Occidente". Murió, según la tradición, el veintiuno de marzo (547) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Benito, o de Santa María y Santo Domingo de Silos, de los Benedictinos, de Sevilla.
    El desaparecido Monasterio de San Benito, o de Santa María y Santo Domingo de Silos, de los Benedictinos [nº 116 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], ocupaba, aproximadamente la manzana formada por las calles San Benito, Lictores, Santa Juana Jugán, y avenida de La Buhaira; en el Barrio de La Calzada, del Distrito Nervión.
     Los orígenes de la Orden de San Benito se remontan al siglo VI cuando Benito de Nursia (h. 480 - h. 544), considerado el reformador de la vida monástica de Occidente, que llevaba una vida retirada en una gruta de Subiaco, comenzó a predicar el cristianismo en los alrededores de Montecassino, en donde estableció la primera abadía. Señalada como la primera Orden surgida para el recogimiento masculino, la regla unía a los tradicionales votos de pobreza, obediencia y castidad el del trabajo ya sea en la tierra de labor o en el scriptorium como copistas o ilustradores de códices, de ahí que sus monasterios llegaran a ser los principales centros intelectuales de la Edad Media. La irradiación, desde fines del siglo IX y principios del X, del benedictismo por la Península no es la de una orden religiosa que crece y se propaga sino que es la difusión de un documento -la Regla- que termina por penetrar en casi todos los monasterios preexistentes, que para el caso de España hubo de chocar con las arraigadas costumbres litúrgicas y monásticas autóctonas: liturgia visigoda, regla isidoriana. Con la reforma llevada a cabo a fines del siglo X por Hugo Dom en la abadía borgoñona de Cluny, la Orden se robustece y comienza una gran expansión, favorecida por los reyes castellanos, leoneses y aragoneses, primero dependientes de los monasterios franceses para hacia 1150 aparecer la primera provincia cluniacense de España. La obra monástica desplegada por los cluniacenses en la Península fue intensa y decisiva: fomentaron las artes con el desarrollo del estilo románico, favorecieron poderosamente las peregrinaciones jacobeas, en cuyo camino se erigían importantes hospederías y monasterios donde se copiaban valiosos y artísticos códices, impulsaron la lucha contra el Islam, suprimieron la antigua liturgia hispánica e implantaron la romana; en suma, romanizaron la iglesia nacional.
     Andalucía no vivió estos acontecimientos al estar aún en la órbita islámica, por lo que la Orden de San Benito tuvo poco predicamento en el sur, sobre todo porque una vez finalizada la reconquista del valle del Guadalquivir las diversas congregaciones monásticas entraron en un franco periodo de decadencia no participando en la repoblación de los nuevos territorios con la fundación de monasterios.
MONASTERIO DE SAN BENITO, O DE SANTA MARÍA Y SANTO DOMINGO DE SILOS
     La única presencia monástica benedictina en toda la región andaluza desde la reconquista hasta la desamortiza­ción de 1835 va a ser el monasterio de San Benito de Sevilla, cuya llegada según las crónicas se remonta a los años de la conquista de la ciudad en la que se hallaron presentes monjes que, procedentes del monasterio de Santo Domingo de Silos, acompañaban como confesores a Fernando III quien, una vez terminado el cerco de Sevilla les dio sitio "en voz a los presentes... por donde puso su tienda". Será su hijo Alfonso X quien por carta de dotación firmada y sellada en Sevilla el 6 de junio de 1259, y dirigida a D. Rodrigo, abad de Santo Domingo de Silos, la casa matriz, confirme la donación e indique su situación y el perímetro que abarcaba "... un solar para casas en la Puerta de Carmona, e ha por linderos de la una parte la Carrera, que va por somo del Prado hasta la Mezquita, que está en somo del Oteruelo, e así como atraviessa por medio de la Laguna, e llega sobre la Fuessa de Audalla Fi del Almo corre un Estadal, y sale derechamientre a la Carrera de Carmona, y de la otra parte la Carrera sobredicha, que llega a la quadra del Pozo". La referencia de la existencia de una mezquita en el lugar no debe resultar extraño ya que consta en las afueras de las ciudades musulmanas y cerca de las murallas y puertas, la existencia de "sarías" o "musallas", es decir oratorios al aire libre con un nicho o mihrab que servía de orientación y donde se congregaba el pueblo en determinadas fiestas. Esta de la puerta de Carmona en el prado deslindado puede ser una de ellas. A veces tenían próximos cementerios, a los que también se llamaban musallas, que en el caso que nos ocupa es el que se indica como "fuessa (= fosa, sepultura) de Audalla Fi del Almo, que bien puede ser el nombre del santón que estaba a su cuidado o el propio enterramiento de este personaje. Según una antigua tradición la mezquita había sido anteriormente iglesia monasterial con la advocación de Santa María, otras veces denominada de San Cristóbal, fundada en época visigoda y en donde murieron marti­rizados su abad y monjes por los musulmanes; estos hechos no tienen apoyatura documental ni arqueológica quedando en el marco de la conjetura o leyenda.
     El monasterio se instituyó con el título de priorato, dependiente de la abadía de Santo Domingo de Silos, siendo su primera advocación de Santa María (quizás en recuerdo de esa hipotética iglesia primitiva existente en el lugar) y Santo Domingo de Silos, en atención a su casa matriz. En seguida se constituyó en abadía, aunque con algún paréntesis de decaimiento hacia 1300 en que se cita como simple eremitorio. Para su sustento se le otorgaron otras donaciones, "... la aldea de Espartinas, con posesión bastante de tierras y olivar, con su molino de azeitte, y en la ciudad de Baeza le asignó muchas posesiones y también los diezmos del lugar de Santo Domingo de Silos, ciertas medidas de sal en las salinas de Añana que concedió don Alonso su hijo". En 1471 fue beneficiado el monasterio por los Reyes Católicos, "concediéndole un dinero barcelonés de agua que consta de dies y siette pajas de los Caños de Carmona cuio privilegio confirmaron Carlos Quintto, Phelipe Segundo y Philipe Tercero". Pese a estas donaciones la comu­nidad benedictina de Santo Domingo tuvo una situación precaria que determinó el abandono y casi su extinción, ya por la mala gestión de sus abades ya por la relajación y decadencia general que vivió la Orden durante la Baja Edad Media, la cual quiso remediar Juan I quien durante su reinado promovió que los monacales volvieran a su vida de ascetismo y recogimiento, cuyo fruto cristalizaría en la Congregación de San Benito de Valladolid en 1390, confirmada por bula papal de Clemente VII; con un largo proceso de renovación se convirtió en la cabeza de la reforma benedictina a la que se uniría el monasterio sevillano en 1517, desligándose definitivamente de Silos y quedando unido a la Congregación de Valladolid.
     Tras el periodo fundacional y los primeros años de afianzamiento de los benedictinos en la ciudad, el monasterio se sumió en un estado de decadencia que casi le hace desaparecer. Sabemos que el Arzobispado de Sevilla promovió el nombramiento de un prior que recayó en Don Cipriano, venido con otros monjes en 1503 a la deteriorada casa, lo que determinó su reedificación,"... que hallo tan arruinada que aun Yglesia parece no tenia pues le fue preciso fabricarla de nuevo". Seguidamente, por bula del Papa León X, se constituyó en abadía siendo nombrado el referido Don Cipriano su primer abad por seis años, y en adelante los sucesivos abades serían nombrados por el propio convento y confirmados por el General de la Congregación de Valladolid a la que quedaron ligados desde 1517 como ya apuntamos. A partir de 1503 se comienza a levantar la nueva iglesia a la que se le dio el nombre de la Concepción; sin embargo, a partir de 1554 se va a producir el cambio de denominación por el de San Benito a instancia y devoción de Doña Leonor de Figueroa Ponce de León, marquesa de Tarifa y mujer del marqués Don Per Afán, primer duque de Alcalá; la bienhechora donó su patrimonio, que según algunos ascendía a ochenta mil ducados y según otros a más de cien mil. Sea como fuere, el 15 de julio de 1555 y ante el escribano público Luis de Medina, la comunidad y su abad fray Jorge Manrique, reciben la dotación a cambio de quedar la capilla mayor de la iglesia para enterramiento de su familia y descendientes, continuándose la edificación del templo a sus expensas ya que se encontraba aún sin terminar desde que se iniciara por el abad Cipriano: "...era capaz de tres naves con su capilla mayor. La puertta principal al occidentte y el alttar a orientte, conforme la tradición aphosttolica y uso de la primitiva yglesia, con su choro y sacristía y algo subtterránea (segun que en aquel tiempo se usaba en Sevilla en los edificios) con su campanario y campana de bueltta como tienen los monastterios, y baxabase a ella por cinco escalones que la representtaban mas devotta, aunque no muí grande con dos alttares colatterales el uno en reverencia de Christo Señor Nuestro Crucificado... el otro alttar esttava dedicado a la Virgen y Señora Nuestra de Monserratte". Continúa el manuscrito dando detalles de la reconstrucción, explicando cómo "no se fundo la vivienda de los monges contigua a la iglesia porque parecía el sittio por muí baxo, mal sano, con que lo pusieron en lugar algo mas altto, distante quarentta y ocho pasos de la iglesia y para estta comunicación era el paso por la huertta donde estaba hecha la calle de parras, con que se defendían los monges del sol del verano y el invierno esttaba limpio el paso pero no venían a la yglesia mas que a las misas combenttuales y rezadas y oras menores, havia por semanas un sacerdote que se quedava en la yglesia acompañando el Smo. Y tocaba la campana para la celebración de los Divinos Oficios... se decían los maitines en el oratorio que havia en las casas de la abadía", situación que no debía resultar muy cómoda para los monjes..
     En 1601 siendo abad fray Jerónimo Mathon (1601-1604), la iglesia se derrumbó a las nueve de la mañana, "en el día de la Santísima Trinidad... habiendo gasttado más de treintta mill ducados en edificar una Yglesia se nos hundió esttando ya para enttrar en ella. Esttaba ya levanttada la Yglesia y cubierta  por la mañana a ora de ttercia de improviso se vino toda al suelo con trueno y admiración grande". Este penoso hecho, que los monjes achacaron al mal estado del terreno, determinó a la comunidad trasladarse al interior de la ciudad en el año 1602, para lo cual compraron unas casas "que oy tienen los señores de Sandoval y ottros vecinos... frentte de la paz conventto de monjas... enttre Santta Cattalina y San Pedro", en donde no permanecieron mucho tiempo al sentirse incómodos por el estado de pobreza en que a la vista de todos vivían, prefiriendo volver a su primitivo y más retirado monasterio "y hallamosle tan desttruido, que nos fue forzoso poco a poco irle edificando de nuevo", valiéndose del auxilio de piadosas personas que ayudaron a este menester, como la marquesa de Casares que dejó su herencia a los monjes, y a fray Plácido Pacheco Portocarrero, dos veces abad de este monasterio y obispo de Cádiz que ayudó a la fábrica de la nueva iglesia, que comenzó a levantarse en el año 1610, que es la que ha llegado a nuestros días. Asimismo, dos hijos del monasterio, fray Joseph Romero y fray Alonso de Perea, lo beneficiaron "redi­miendo censos... reparado fincas... y levantado de cimientos una atarazana o bodega en la hacienda que tiene esta casa en el término de Alcalá, compuso y adornó la yglesia de canzelas, de retablos dorados, de tternos y de platta para la sacristía". Continuas noticias nos dan a conocer el constante estado de escasez que padecía San Benito y el nombre de alguno de sus benefactores "... prosigiose todo el siglo resttantte de mill y seiscienttos con los attrasos y escaseses que resultaban de los empeños crecidos de estta pobre casa... a fines de estte siglo... tubo otro beneficio de la herencia de un eclesiásttico llamado Don Joseph Duque de Estrada que dejó a la Casa la heredad de olivar y viñas y otras posesiones con ciertta memoria de misas... tambien socorría a estta casa el Emmo. Señor Cardenal de Aguirre Monge profeso de la de San Millan muí afectto a estte monastterio, con veinte (mil?) ducados".
     De lo expuesto se entiende que el monasterio de San Benito recorrió un largo camino de consolidación y regresión así como de mudanzas y reconstrucciones, a lo que se unen sus constantes limitaciones económicas que determinaron que no fuera una de los más destacados en la ciudad por su patrimonio. Las máximas de San Benito de "ora et labora" cristaliza en comunidades con pocos miembros, generalmente doce, que llevan una vida retirada de pobreza, dedi­cada a rezar, copiar textos y labrar su huerta. Por otro lado, las órdenes monásticas (benedictinos, jerónimos, cartujos) son herederas de la tradición rural, lo que les hacía buscar acomodo en el campo, fundando extramuros de las ciudades aunque cerca de ellas y al pie de alguna de las principales vías de entrada a la urbe. Este es el caso de San Benito de Sevilla, que cuando se traslada al interior a causa del derrumbe de su iglesia, los monjes no se acomodan bien al nuevo sitio "... y reconociéndose que el Monachatto no se ajustaba bien denttro de los muros de la ciudad ordenaron los superiores que el Monasterio se restituyese al mismo sittio que anttes tenia". No son pues comunidades urbanas como las órdenes mendicantes, más implicadas en la predicación y el contacto directo con los fieles. Tampoco hubo de ser una comunidad muy numerosa a lo largo de sus casi seis siglos de existencia. La única referencia en este sentido es el informe del Asistente de la ciudad Pablo de Olavide al Conde de Aranda el 31 de enero de 1768, que indica que San Benito tenía diecinueve miembros. Sin embargo, hay que señalar que este modesto monasterio hubo de conocer buenos momentos como refleja la interesante arquitectura de su iglesia que aún se conserva o la valiosa biblioteca que llegó a poseer, en la que Nicolás Antonio (1617-1684) escritor y bibliófilo sevillano, escribió su Biblioteca Hispana entre los años 1640-45 cuando residió en el monasterio.
     Una referencia de fecha 20 de septiembre del año 1495 nos da noticia de forma tangencial de la existencia de un hospital en el monasterio. Se trata del arriendo de unas casas a "Antón Rodríguez y Pedro Rodríguez, ambos pintores del Hospital de Santo Domingo de Silos sito en el Monasterio de este nombre de la ciudad de Sevilla", del que no conocemos ninguna otra información.
     Grandes y solemnes fiestas se celebraron en 1613 con ocasión de la llegada desde el monasterio de San Pedro de Cardeña a la abadía sevillana de los restos de uno de los mártires que en Córdoba padecieron martirio en el año 834, que según algunos cronistas de la Orden como el padre fray Gregorio Argaiz en su Teatro Monástico, se llamó Esteban, cuya devoción se había extendido en algunas iglesias del norte de España. San Benito, apoyado por el cabildo secular, solicitó se enviase a su convento el cuerpo del mártir, lo que finalmente se llevó a efecto. Cuando el cronista decimonó­nico González de León informa sobre el monasterio de San Benito indica cómo la reliquias del santo "que eran el cuerpo entero" ya no existían, señalando que el arca fue trasladada cuando la llegada de los franceses a la parroquia de San Roque, en donde la halló pero sin nada dentro.
     En la iglesia tuvo cabida una serie de hermandades como la de "Montserratte" y la de Nuestra Señora del Socorro y Ánimas Benditas, cuya capilla fue concedida por el papa Clemente X, de las que no se conocen más datos. Asimismo consta la existencia de una hermandad, fundada por los riojanos que vivían en Sevilla y que rendía culto a Nuestra Señora de Valvanera, patrona de la Rioja, cuya imagen ha presidido a lo largo de los siglos el retablo mayor. Tuvo lugar igualmente en San Benito la fundación hacia 1431 de la cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso por los duques de Medina Sidonia, según se expresaba en su antigua Regla, aprobada el 22 de septiembre de 1477 como corporación de luz. Aquí se mantuvo algunos años, pasando al convento de Santiago de los Caballeros y en 1544 al .convento de Nuestra Señora del Valle.
     Con la llegada de los franceses a Sevilla en enero de 1810 el monasterio va a ser uno de los muchos que sirvieron para acuartelar a las tropas, faltando a las capitulaciones pactadas con el ayuntamiento y toda vez que los monjes se habían visto obligados a abandonarlo en cumplimiento del Decreto de José I de 18 de agosto de 1809 que ordenaba la "desaparición de todas las órdenes regulares, monacales, mendicantes y clericales" con la consiguiente incauta­ción de sus bienes. La ocupación causó grandes estragos, por lo que tras la marcha del invasor en 1812 y la vuelta de los monjes en 1815 comenzaron las reparaciones, que debieron hacerse en tono menor ante la escasez de recursos económicos, poniéndose en uso la iglesia nuevamente en septiembre de 1818, permaneciendo la comunidad hasta la exclaustración de 1835. Los acontecimientos políticos tras la muerte de Fernando VII van a materializar una serie de órdenes de supresión de conventos desde marzo de 1834 hasta el 8 de marzo de 1836. En Sevilla la constitución de la Junta Revolucionaria el 1 de septiembre de 1835 conllevó, como una de sus primeras actuaciones, la exclaustración de todos los religiosos "interviniendo conventos y patrimonio de estos", aunque manteniendo abiertas las iglesias. Desde el 3 de septiembre se van desalojando los monasterios y conventos, estando para el día 17 todos vacíos, -en estos aciagos días hubieron de salir los benedictinos del monas­terio-. Así cuando Mendizábal sube al poder y por Decreto de 11 de octubre suprime las órdenes religiosas, en Sevilla los conventos masculinos estaban ya desocupados. La iglesia quedó abierta como ayuda de parroquia de la de San Roque y a cargo de un capellán. El monasterio se sacó a subasta y fue convertido en casa de vecindad.
     Un último apunte podemos señalar sobre los avatares padecidos en el siglo XIX, en concreto en julio del año 1843, cuando la ciudad fue bombardeada por las tropas del general Van Halen, jefe de ejército de operaciones en Andalucía de Espartero quien se había sublevado en 1842 contra el gobierno, ocupando el poder en calidad de dictador. Se constituyó una Junta Provincial opuesta a Espartero -igualmente sucedió en otras ciudades españolas- por lo que las tropas de Van Halen apostadas en distintos puntos fuera de las mura­llas, bombardearon Sevilla durante los días 20 al 21 de julio, instalando en la torre de la iglesia de San Benito un cañón y otro en la parte baja, para lo que se hizo bastante destrozo. Pero no menor fue el que ocasionaron las baterías que dispa­raban desde la ciudad que provocó el derrumbe de la techumbre de la iglesia y parte de la torre-campanario, desperfectos que fueron reparados en 1888 y 1889.
     Hemos de concluir este capítulo señalando que actualmente lo único que permanece es la iglesia, que actúa como parroquia y que sobre el solar de lo que fuera monasterio y huertas se ha construido un asilo regentado por las Hermanas de los Pobres. El régimen de protección del templo es de Monumento Histórico, declarado el 27 de agosto de 1964 (BOE 12/IX/1964). El edificio está incluido dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, con una amplia­ción de la Declaración por Real Decreto de 2 de noviembre de 1990.
ARQUITECTURA
     No es posible trazar el perímetro exacto del monasterio de San Benito por estar ubicado en sitio abierto, extramuros y exento por tanto de construcciones paredañas o calles que lo delimitaran. Por otro lado, el plano de la ciudad levantado a instancia del asistente Pablo de Olavide en el año 1771 no recoge el monasterio, y la documentación manejada tampoco expresa una delimitación del mismo. Igualmente no existe descripción de las dependencias conventuales, de las que no ha permanecido ningún elemento, por lo que no es factible ofrecer una aproximación de su demarcación que hubo de ser modesta como se indica en las escuetas Noticias del Archivo Municipal de Sevilla: "... el (monasterio) que ahora se posee ajustado a la poca substancia y cortedad de rentta que havia pero capaz de vivienda para doze monges... assi la parte que toca a vivienda con claustro, y algunas oficinas todo pequeño como la yglesia". Sabemos que el 6 de septiembre de 1644 fray Juan de Bustinga y el maestro albañil Juan Bautista Hurtado daban los diseños para la construcción de unas oficinas, a realizar "debajo de otrasque están echas que caen a la guerta". Y que durante el mandato del abad fray Benito de la Serna (1649-1653) se acabó el claustro. La sucinta descripción que ofrece González de León es que "el convento era pequeño, había un patio mediano con columnas y arcos, y todas las oficinas precisas, pero todas medianas, así en lo bajo como en lo alto, había también una huerta".
     La iglesia es el único elemento arquitectónico que se conserva del monasterio de San Benito, y es la que se realizó en el siglo XVII tras haberse derrumbado otra anterior comenzada a levantar en 1503 con la advocación de la Concepción, que a su vez se construyó sobre otra -la primi­tiva desde la fundación del monasterio- que también se había arruinado por haber sido abandonada por la comunidad, como quedó expuesto anteriormente.
     La construcción del templo "... que se apartto de la vieja hasta doscientos pasos", comenzó en 1610, siendo abad fray Plácido Pacheco Portocarrero quien "aiudo en todo en la fabrica de la yglesia nueva que oy existe", dando las trazas el arquitecto Juan de Oviedo y de la Bandera (1565-1628), autoría que ya recogiera Francisco Pacheco en su Libro de descripción de verdaderos retratos al hablar de él, y figurando al frente de las obras su sobrino Andrés de Oviedo quien por escritura pública fechada el 27 de noviembre de 1612 declara "que por quanto en mi se rremato la obra de la iglesia y quarto a ella anejo que se a labrado de nuevo conforme a la traza planta y montea que para ella hiço Juan de Oviedo maestro mayor desta ciudad y e fecho e acabado la dcha obra otorgo que e recibido 38.000 rreales del monasterio". Estas referencias confirman plenamente a Juan de Oviedo como autor de la iglesia, lo que además viene refrendado por el patrocinio del nuevo edificio por los marqueses de Tarifa, casa a la que el artista estaba vinculado como arquitecto. Por otro lado, hay que indicar que durante el abadiato de fray Benito de Castro (1689-1697), además de concluirse el retablo mayor y el camarín del altar de la Virgen "se construyó la capilla mayor", por lo que entendemos que la terminación de ésta se dilató en el tiempo.
     La planta de la iglesia presenta una organización regular, con una estructuración del espacio interior muy racional y calculada en su planimetría; responde al tipo basilical de tres naves, con crucero y cabecera plana. La nave central es más alta y ancha que las laterales, que poseen una menor longitud, están separadas por pares de columnas toscanas de mármol blanco con trozos de entablamento, ganando con ello los soportes una mayor elevación. Sobre estos cabalga una magnífica arcada de medio punto, cinco a cada lado, con cartabones en las enjutas. La organización del alzado se completa en una segunda altura con vanos rectangulares separados por pilastras levemente resaltadas en correspondencia con las columnas. Estos vanos que abren a la nave central son las ventanas de la tribuna que corre sobre las naves laterales -lo que hace que sean de menor altura que la central-, ventanas que están enmarcadas alternativamente con frontones curvos rotos y eses recortadas, configurando toda la superficie del muro alto un elegante paramento decorado de finas molduras manieristas, tan del gusto de Oviedo. La nave central se cubre con bóveda de cañón de cinco tramos con arcos fajones que arrancan de una cornisa corrida, y lunetos con vanos. Las naves laterales se cubren con bóvedas de cañón corrido algo rebajadas. Pequeñas portadas enmarca­das con yeserías de dibujos geométricos que se cierran con cancelas comunican las naves laterales con los brazos del crucero. La cabecera de la iglesia, enmarcada con arco toral, resulta bastante amplia y profunda, se forma con un crucero de planta cuadrada y cubierto con bóveda de media naranja sin tambor ni linterna, y decorada con yesería y pinturas murales. Los brazos lo hacen con medio cañón. El presbiterio más elevado y al que se accede por tres gradas, se cubre con bóveda rebajada con lunetos. A los pies de la nave se sitúan el sotocoro, más alto que el resto del edificio, al que se accede por tres escalones, y el coro alto con órgano que aún conserva. La visión general del interior de la iglesia produce en cierta medida un efecto un tanto extraño por su acusada verticalidad y estrechez así como su poca luminosidad, tanto más cuando no se trata de un edificio medieval. Sin embargo, hemos de recordar que este templo se edificó sobre otro preexistente del que se pudo continuar el perímetro en el trazado de su planta. Asimismo hay que recordar cómo las iglesias de la Orden benedictina se caracterizaron en sus inicios por su acusada angostura, elevación de sus naves y oscuridad, por propio deseo de la comunidad para otorgar así una mayor sensación de recogimiento espi­ritual a sus edificios. Creemos que todos estos factores pudieron condicionar a Juan de Oviedo a la hora de diseñar el templo. Pese a todo, la iglesia de San Benito es una de las obras más correctas y a la vez llamativa de su autor -no hay más que contemplar la admirable galería de columnas enfrentadas de la planta baja, que sin interrupciones aporta una sugestiva percepción visual de este ámbito-. Oviedo conoce y utiliza plenamente el lenguaje clásico, lo que hace de este edificio uno de los más interesantes del tardo manierismo sevillano.
     El templo posee dos portadas de acceso de sencilla estructura y realizadas en ladrillo, pero su fecha de ejecución no corresponde con la de la fábrica de la iglesia; corresponden a mediados del siglo XVIII. La principal se sitúa a los pies y consiste en un sencillo vano adintelado enmarcado por leves pilastras. Sobre el dintel un pequeño paño cerámico polícromo representa a San Benito. La portada lateral se abre en el lado de la epístola y está formada por un vano de acceso de medio punto enmarcado por pilastras toscanas y un paramento de dovelas en cuya clave se sitúa un relieve con un león rampante y un castillo. El arquitrabe se halla adornado con la cruz de Calatrava y otras cruces, y sobre él corre una cornisa sustentada con canecillos pareados, con una hornacina central levemente pronunciada enmarcada por pilastras y con un panel cerámico con la imagen de la Virgen de Valvanera con Santo Domingo y niños arrodillados a sus pies. El conjunto se remata con un frontón curvo. En el interior de la iglesia y en correspondencia con esta portada, sobre el muro del evangelio, se halla otro vano de medio punto por el que se accedería al recinto monacal, seguramente al claustro. Hoy da paso a un espacio rectan­gular que se utiliza como capilla para algunas de la funciones de la Hermandad que radica en el templo.
     La arquitectura de la iglesia se completa con un campa­nario de un solo cuerpo, dispuesto a la derecha de la portada principal y formando el ángulo del edificio. Fue proyectado por fray Francisco de la Serna quien el 3 mayo de 1639 concertaba su construcción con el maestro de obra Andrés del Castillo por 6.000 reales, derribándose el antiguo campanario del que se aprovechó la campana. En este contrato también se contemplaba la construcción de una escalera de caja cuadrada que daba acceso a los aposentos superiores, al mirador o terraza y a la propia torre; las labores de enlucido y azulejería fueron concertadas con Pedro Hidalgo en 1.000 reales, a realizar en el plazo de dos meses. Dicha torre es de vano único en cada una de las caras, enmarcado por parejas de pilastras con largas ménsu­las. Se corona con un chapitel poligonal recubierto con azulejos cerámicos de color azul y blanco, rematado por cruz de forja y jarrones de cerámica en las esquinas. Fue restaurada en 1889 tras los destrozos que padeció a causa del bombardeo de la ciudad en 1843, según constaba en una pequeña lápida de mármol en el interior de la iglesia al lado del cancel de entrada.
     La pequeña sacristía se sitúa a la derecha del presbiterio y es de planta rectangular, muy estrecha, cubierta con bóveda rebajada y decorada con sucintas yeserías.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Sobre los retablos y esculturas que adornaron la iglesia apenas sí hallamos datos o descripción; "ttiene onze alttares, los cinco con retablos muí promoroxos de la moda nueva, dorados a toda costta". Los retablos que hoy posee son de época reciente, labrados en mampostería en estilo neoclásico, quizás realizados tras la vuelta de los benedictinos a su monasterio después de la salida de las tropas francesas. Sobre el anterior retablo mayor, que hubo de perecer en los días de la ocupación en los que el recinto fue utilizado como cuartel, las únicas referencias documentales datan del 4 de enero de 1717 según las cuales el escultor y arquitecto José de Medinilla se obliga con el padre fray José Romero a hacer el último cuerpo y coronación del retablo mayor, "que dicha obra tiene ocho baras de ancho y seis de alto poco más o menos... y cuia obra a de ser toda hecha de madera de pino de flandes con las imágenes del Señor San Fernando, y San Isidoro y Señor San Leandro de cuerpo entero, todo de la misma madera, y también a adornar la talla, el primer cuerpo del dicho retablo y lo demás preciso en el". Existía pues un retablo inconcluso y de autor desconocido que probablemente hubo de realizarse durante el abadiato de fray Benito de Castro (1689-1697), en que parece se ultimó la capilla mayor y se concluyó el retablo y camarín de la Virgen. Según González de León en él se incluían "algunas pinturas". Según la Memoria de mediados del siglo XVIII conservada en el Archivo Municipal: "en el retablo del alttar mayor hay tres camarines en que se veneran en el primero a María Santísima de Valvanera, en el segundo Nuestro Padre San Benito y en el tercero el Santo Rey Don Fernando, y en el mismo retablo al lado derecho está Santo Domingo de Silos como patron principal de la Yglesia y Monasterio y en la parte superior del retablo estan los dos hermanos San Leandro y San Isidoro a los lados del Santo Rey que forman las armas de Sevilla de quien son patronos".
     El 2 de mayo de 1719 el mismo fray José Romero contra­taba con el dorador y estofador Diego Gutiérrez y con el pintor Domingo Martínez, el dorado del retablo y el estofa­do y pintura de la capilla mayor, la bóveda del crucero y paredes del presbiterio, cuyos temas eran santos de la Orden y pasajes de las Sagradas Escrituras, así como dos lienzos grandes para colocar en los muros laterales del altar mayor; debiendo estar todo acabado para el mes de octubre del mismo año, trabajos cuyo costo se estipuló en veinte mil reales de vellón a pagar en tres plazos. En la realización de estas labores los artífices se comprometen a ofrecer la calidad y cantidad del oro necesario como el de otro retablo "que a la misma moda está, el altar mayor de la yglesia del oratorio de Señor San Phelipe Neri de esta ciudad".
     Nada queda de este retablo, el actual de mampostería coloreada que monta sobre un basamento moderno de mármol rojo y gris, se compone de dos cuerpos y tres calles separadas por columnas de mármol blanco, dóricas en el primero y jónicas en el segundo, y un ático enmarcado por columnas corintias. En la hornacina central se sitúa la Virgen de Valvanera titular de la hermandad fundada por la colonia de riojanos residentes en Sevilla, imagen que según todas las referencias manejadas siempre se cita en el altar mayor. Es una talla completa en madera, de un metro de altura, sedente y con el Niño sentado en su regazo. Sobre su fecha de ejecución no existe unanimidad (siglo XIII o XIV para Gestoso, siglo XV para Montoto) al estar muy retocada en época barroca; la historiografía actual la considera del siglo XVII. En las calles laterales se sitúan en el primer cuerpo las esculturas de Santa Clara y San Fernando, fechables en el primer tercio del siglo XVIII y procedentes del anterior retablo. El San Fernando es el que estuvo situado en el tercer cuerpo del anterior retablo dieciochesco flanqueado por San Isidoro y San Leandro. En el camarín central se dispone la imagen de San Benito de la misma época y procedencia que las anteriores esculturas, igualmente de autor anónimo.
     Los actuales retablos laterales están embutidos en los muros y carecen de interés artístico; son también de estilo neoclásico y de mampostería pintada salvo los fustes de las columnas de mármol blanco que los componen. Se disponen dos en cada nave: el primero del lado del Evangelio partiendo desde el presbiterio alberga una Inmaculada muy retocada, fechable en el último tercio del XVIII. El contiguo posee una imagen decimonónica del Sagrado Corazón. Al lado, sobre una repisa figura un San Antonio de Padua fechable a fines del siglo XVIII. En el primero del lado de la Epístola se sitúa una Virgen con el Niño de buena ejecución, originaria probablemente del monasterio, en la que ya reparó Gestoso quien la fechó a comienzos del siglo XVI; hoy se relaciona con el escultor Roque Balduque, activo en la ciudad desde 1554 hasta su muerte en 1561, correspondiendo su iconografía a la de la Virgen del Buen Alumbramiento. A continuación se encuentra una talla de San José con el Niño muy repintada, fechable en el último tercio del siglo XVIII. Contiguo y ya en el último tramo de la nave, en un pequeño retablo hornacina se sitúa una Virgen hoy con escapulario carmelitano, tres cuarto del natural, de fina talla, aunque su iconografía parece responder más a la de una santa. En el brazo del crucero del lado del Evangelio se encuentra la capilla que los monjes utilizaban como sagrario y en donde se veneraban las reliquias del mártir San Esteban en costosa urna de plata. Hoy radica en ella y en la correspondiente del lado de la Epístola la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre y María Santísima de la Encarnación, con las imágenes del Cristo de la Sangre de escultor Buiza, la Presentación de Jesús al pueblo del imaginero Castillo Lastruci y la Virgen de la Encarnación, escultura de candelero anónima del primer tercio del siglo XVII, de notable calidad, cuyas manos fueron retalladas por el imaginero Sebastián Santos Rojas. La capilla frontera del lado de la Epístola ha sido decorada con un zócalo de azulejos modernos con paneles en los que se representan la Adoración de la Eucaristía en el lado izquierdo y en el derecho la Anunciación. En su frente hallamos un retablo dorado moderno en donde se sitúa la talla de Jesús del imaginero Lastrucci de la Hermandad anteriormente mencionada. 
     En la sacristía se hallan algunas piezas escultóricas provenientes de antiguos retablos, como es el caso del San Bernardo de tamaño natural de hacia mediados del siglo XVIII o el Crucificado situado sobre la cajonería.
     Todavía se conserva el órgano en el coro. Aunque ha sufrido distintas reparaciones y reformas que lo han desvirtuado, es obra original del destacado organero Pedro Otín Calvete, quien configuró un mueble de gran riqueza: frontón sostenido por columnas, ángeles en los extremos y en el centro del instrumento el escudo de la Orden benedictina, con un castillo y un oso.
PINTURAS
     El patrimonio pictórico del monasterio de San Benito debió de ser escaso a causa de su proverbial pobreza. Ninguna referencia sobre él se encuentra en la documentación manejada, salvo el contrato de 2 de mayo de 1719 donde se concierta con el pintor Domingo Martínez y el dorador Diego Gutiérrez trabajos de pintura y dorado en el retablo mayor así como el estofado de la capilla mayor, la bóveda y lados del crucero: "hasta el pulpito, guarneciéndola por fuera con la pintura de que corresponde al arco mayor en que remata la capilla, pintando en las paredes de ella los santos y misterios de la Sagrada Escriptura que se nos pidieren, y con el oro que corres­ponde al estofado, y también a haser y pintar a nuestra costa y dar puestos en su sitio dos liensos grandes para los dos claros de los arcos de la dicha capilla de buena pintura, el uno con el triunfo de Nuestra Señora, según la estampa que se nos diere, y el otro otra cosa igual de que se nos dara dibujo". Martínez hubo de reali­zar las pinturas, de las cuales los dos lienzos se han perdido y de las pinturas murales sólo quedan unas cabezas de querubines en el intradós de los arcos de acceso a las capillas. Las que se aprecian en la cúpula representan a santos pertenecientes a la Orden benedictina identificables por los nombres escritos en las cartelas superiores; se hallan muy retocadas.
     En el primer tramo de la nave del Evangelio hay un lienzo que representa a Santa Gertrudis la Magna atribuida a Juan del Castillo (1584? - h. 1650), y fechada en torno a 1625, considerada una muestra clara del estilo del artista, en donde se evidencia la influencia de los pintores de fines del XVI y principios del XVII de la escuela sevillana, sobre todo de Roelas. La devoción a esta mística benedictina (h. 1256- 1302), famosa por sus escritos ascéticos por los que se le confiere el sobrenombre de "la Magna", se introdujo en España por fray Leandro de Granada y Manrique, abad del monasterio de Sevilla de 1613 a 1615, y fallecido en 1626; devoción que se mantuvo activa durante más de dos siglos. La Santa se halla de pie en el centro del cuadro, sobre un suelo de losetas y olambrillas, única referencia arquitectónica que otorga perspectiva a la composición. Está vestida con hábito de la Orden ricamente ribeteado por una cenefa dorada en los bordes de la toca, mangas y bajos de la túnica. Con la mano izquierda sostiene el báculo de abadesa, cargo que nunca ocupó y que suele ser una confusión iconográfica con su homónima del mismo monasterio Gertrudis de Neville que sí lo fue en el siglo VII. La mano derecha la lleva al pecho señalando su atributo más frecuente: un corazón inflamado con la imagen del Niño Jesús dentro. Alrededor de su cabeza una aureola de querubines alados forman un nimbo resplandeciente. El fondo de gloria se completa con parejas de ángeles músicos y cantores de cuerpo entero sobre nubes y bajo éstos tres cabezas de angelotes a cada lado. Hay que recordar cómo en 1613 el abad del monasterio sevillano escribió un libro dedicado a esta Santa, lo que pudo determinar el que la comunidad encargarse la plasmación de su imagen, como ejemplo místico y distintivo de la Orden, y que el pintor supo dotar de un claro empaque que dignifica su presencia.
     En la sacristía se localiza otra Santa Gertrudis, de busto y pequeño formato, de autor anónimo. También en este ámbito un San Miguel Arcángel y una Aparición de la Virgen a San Bernardo, con el santo, con ancha tonsura monacal y vestido con el característico hábito blanco cisterciense, contemplando la celestial visión, y con los instrumentos pasionarios de Cristo en el suelo. En el primer tramo, desde el presbiterio, de la nave de la Epístola de la iglesia, hallamos un lienzo con San Benito acompañado por figuras arrodillas y una gloria con Cristo, y una Virgen de escuela sevillana, de mediados del XVIII (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía, de San Benito, abad;
HISTORIA Y LEYENDA

   Los diálogos de San Gregorio Magno son la fuente principal y casi única de su biografía.
   Nacido hacia 480 en la provincia de Norcia (también, aunque de empleo menos frecuente, “Nursia”, ciudad de la provincia de Perusa), en Umbría, era hermano gemelo de Santa Escolástica.
   Hacia el año 500 se retiró a una gruta llamada Sacro Speco, cerca del lago de Subiaco, para llevar una vida de ermitaño.
   En 528, a mitad de camino entre Roma y Nápoles, fundó el monasterio del monte Cassino (Montecassino), sobre una antigua acrópolis consagrada en la antigüedad al culto de Júpiter. Allí compuso la regla de la orden de los benedictinos, y allí murió en 547.
   Sobre esta trama histórica el ingenio de los monjes y la imaginación popular bordaron adornos que Santiago de Vorágine recogió cuidadosamente en su Leyenda Dorada, de la que tomaron sus temas los artistas.
   En principio fue el milagro del tamiz partido. Cuando a su nodriza se le cayó un tamiz, él tomó las dos mitades y las volvió a unir sin que quedara huella alguna de su fractura.
   Cuando vestía hábito monástico, se retiró a la caverna del Sacro Speco donde era aprovisionado por el monje Romano, que le bajaba el pan en un cesto atado a una cuerda, y le avisaba con el sonido de una campanilla. Satán rompió la campanilla.
   Como no consiguió rendirlo por hambre, el diablo desató contra él las tentaciones carnales. Hizo aparecer una mujer que encendió su concupiscencia. San Benito rodó desnudo entre las zarzas espinosas que rodeaban la gruta, expulsó la codicia sensual mediante las llagas de su carne, y así se impuso al pecado.
   Elegido abad del monasterio de Vicovaro, por su rigor se atrajo el odio de los monjes que envenenaron su comida. Pero escapó a la tentativa de envenenamiento haciendo la señal de la cruz sobre el vaso que se quebró de inmediato en pequeños fragmentos, como si lo hubiese golpeado una piedra, mientras un cuervo se llevaba el pan envenenado en el pico.
   Salvó al monje Plácido, su discípulo, cuando estaba a punto de ahogarse, enviando en su auxilio a San Mauro, quien sostenido por su bendición, lo salvó de la muerte caminando sobre el agua.
   En el monasterio sólo quedaban cinco panes, pero al día siguiente, ante la puerta de la celda de San Benito se encontraron cien moyos (medida antigua de capacidad que equivale a ocho cántaros o ciento veintinueve litros) de harina.
   Totila (rey de los ostrogodos de Italia, que se confunde con frecuencia con Atila, rey de los hunos), rey de los godos, intentó engañarlo sin éxito, cuando delegó a uno de sus oficiales disfrazado de rey.
   Su hermana Santa Escolástica, a punto de morir, le impidió partir desencadenando una tormenta y haciendo caer una lluvia torrencial. El santo vio el alma de su hermana ascender al cielo en forma de paloma.
   Cuando murió su alma también ascendió al cielo en un chorro de luz. Como el profeta Elías en su carro de fuego.
CULTO
   Patrón de la orden de los benedictinos, de los conventos de Subiaco y del monte Cassino, San Benito es un santo más monástico que popular.
   Sus reliquias, transportadas en 672 desde Montecassino a la abadía de Fleury, en Francia, que adoptó el nombre de Saint Benoît sur Loire, nunca atrajeron tantos peregrinos como las de San Martín de Tours o las de Santiago de Compostela.
   En verdad, su autenticidad siempre ha sido cuestionada por los italianos quienes creen haber encontrado los auténticos huesos de San Benito y de su hermana Escolástica en Montecassino, en 1950.
   Se lo invocaba contra el veneno, la erisipela y sobre todo contra los cálculos de los que habría curado al emperador de Alemania, Enrique II. También se recurría a su intercesión para obtener la gracia de una buena muerte.
ICONOGRAFÍA
   Se lo representa ya imberbe, ya barbudo. Vestido con una cogulla negra de benedictino. No obstante, en los cuadros encargados por los benedictinos reformados, cistercienses, camaldulenses y olivetanos, aparece con una túnica blanca.
   Sus atributos son un tamiz partido, varas con las que habría corregido a un monje, una copa de la que escapa una serpiente venenosa, alusión a la tentativa de envenenamiento de los monjes  de Vicovaro (comparte este atributo con San Juan Evangelista) y finalmente un cuervo que se lleva el pan envenenado en el pico. Se observará que a diferencia del cuervo proveedor de San Pablo ermitaño, que le lleva el pan cotidiano, el de San Benito retira un pan envenenado.
   Para diferenciar su copa envenenada de la de San Juan, los escultores alemanes del siglo XVIII hacen salir de ella dos pequeños serpientes (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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viernes, 10 de julio de 2026

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El Monumento al Cid Campeador, de Anna Hyatt Huntington

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Monumento al Cid Campeador, de Anna Hyatt Huntington, de Sevilla.
     Hoy, 10 de julio, es el aniversario del fallecimiento (10 de julio de 1099) de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid", guerrero y héroe legendario castellano, así que hoy es el mejor día para Explicarte el Monumento al Cid Campeador, de Anna Hyatt Huntington, de Sevilla.
     El Monumento al Cid Campeador se encuentra en la avenida del Cid, s/n, en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur.
     El lugar donde se eleva la estatua ecuestre del Cid es el refugio de peatones trazado por José Granados de la Vega -en 1928- en unos jardincillos entre la portada de San Diego y la Pasarela, en la avenida que tomará el nombre del Cid a partir de la instalación del monumento que la preside. Se trata de una obra realizada -y donada a Sevilla- por la prestigiosa escultora norteamericana Anna Hyatt-Huntington (conocida también como Mrs. Archer Milton Huntington, en relación con su marido), para la que contó con la colaboración del propio Granados en la definición de su pedestal.
     Concebido -éste- en forma de paralelepípedo rectangular de líneas simples, exento de decoración salvo las inscripciones incisas en los sillares de piedras, destaca -sobre él, fundida en bronce- la imagen dinámica y vigorosa del héroe Campeador y uno de los caballos de más fuerza plástica de la estatuaria hispalense.
     Su ubicación estuvo sometida a algunos cambios -entre ellos, estuvo depositado en la desaparecida plaza de la Virgen de los Reyes del Parque de María Luisa- debidos a la importancia iconográfica que pretendía el Comité de la I.A.E., en consonancia con su programa de exaltación de los valores simbólicos a través de las esculturas, y a la trascendencia paralela que requería el Ayuntamiento de la ciudad, en aras a desarrollar un verdadero compendio monumental, situándolos en los nuevos lugares que los planes de reforma traían consigo.
     Existen dos copias de esta escultura monumental del Cid: una en San Diego (California) y otra en Buenos Aires (Argentina) (Teresa Laffita, en Sevilla turística y cultural. Fuentes y monumentos públicos. ABC de Sevilla. Madrid, 1998).
     Sobre un pedestal rectangular realizado con distintas molduras en mampostería se alza la estatua ecuestre del Cid Campeador. El monumento intenta trasmitir el poder del personaje. El Cid aparece animando a sus tropas al ataque con su mano derecha, portadora de una bandera, alentando a las huestes a adelantar filas. El caballo aparece con sus patas delantera izquierda y trasera derecha levantadas, en un alarde de técnica escultórica, transmitiendo gran sensación de movimiento.
     En el pedestal aparece las inscripciones siguientes: 
     "EL CAMPEADOR TERRIBLE CALAMIDAD PARA EL ISLAM 
     FUE POR LA FIRMEZA DE SU CARÁCTER
     Y POR SU HEROICA ENERGIA UNO DE LOS
     GRANDES MILAGROS DEL CREADOR
     IBEM BASSAM"  
     y
     "SEVILLA
     GRAN CORTE DEL REY POETA MOTAMID
     HOSPEDO AL MIO CID EMBAJADOR
     DE ALFONSO VI Y LE VIO VOLVER
     VICTORIOSO DEL REY DE GRANADA
     AÑO MDXXX".
     El monumento se localiza en la Avenida del Cid.
     Es copia de otro que la misma autora realizó para la Hispanic Society de Nueva York (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El Monumento al Cid Campeador fue una donación realizada por la Hispanic Society a través de su fundador Archer Milton Huntington y su esposa Ana Hyatt, la autora, con motivo de la Exposición Iberoamericana. Esta circunstancia y el contexto en el que se produce convierten esta obra de arte en un caso especial en el ámbito sevillano, puesto que el Monumento no nace dentro de un planteamiento urbanístico definido ni tampoco responde a una estrategia político-social con el fin de perpetuar un ideal de pensamiento, como era lo común en la época.
     El hecho de que estemos ante un obsequio hace que las motivaciones del proyecto, así como la temática representada, estén estrechamente vinculados a la biografía de sus mecenas. Por ello, es preciso resaltar algunos datos de la vida de Archer Milton y Anna Hyatt Huntington: vinculación con Sevilla, interés por la figura del Cid, predilección por el retrato ecuestre, etc.
     Como sabemos, la Sevilla previa a la Exposición Iberoamericana estuvo inmersa en un proceso de renovación urbana marcado por un deseo de renovación y cambio bajo el convencimiento de que se estaba gestando un acontecimiento importante, que cambiaría la ciudad y la expondría internacionalmente.
     La elección del actual Parque de María Luisa y sus inmediaciones en el sector sur de Sevilla como recinto de la Exposición motivó la remodelación urbana de las zonas colindantes, acomodándolas como áreas residenciales o puntos de acceso a la muestra. Así pues, el espacio hasta entonces conocido como “el quemadero de la Inquisición”, comprendido entre la Fabrica de Tabacos y el Prado de San Sebastián, se vio sometido a una profunda transformación con el fin de convertir esta zona extramuros en el principal acceso a la muestra mediante la glorieta de San Diego.
     Para encontrar el germen que originaría el Monumento al Cid hay que remontarse a las últimas décadas del siglo XIX, cuando Archer Milton Huntington se enamora de la cultura hispana durante un viaje a México. Su afán investigador le llevó a viajar a España, llegando a Sevilla en 1898. Aquí comenzaría su labor arqueológica en las excavaciones de Itálica e iniciaría una colección artística que se exhibiría posteriormente en la Hispanic Society de Nueva York, fundada por él en 1904.
     A partir de entonces viajó en innumerables ocasiones a España, recorriendo la geografía del Cid Campeador, figura histórica sobre la que profundizó durante toda su vida. Cabe recordar que Huntintgton fue pionero en traducir al inglés el “Cantar del Mío Cid”, del que realizó un profundo análisis cultural en el que invirtió unos diez años y que fue elogiado como “brillante” por todos los especialistas españoles.
     Durante este período son prolongadas sus estancias en Sevilla, interviniendo notablemente en las excavaciones arqueológicas de Itálica y Carmona y participando de forma activa en los círculos literarios de la ciudad con la edición de facsímiles de la Biblioteca Colombina. Así logró introducirse plenamente en los ámbitos intelectuales de Sevilla, entabló amistad con personajes como Jorge Bonsor, Francisco Rodríguez Marín o José Gestoso y fue elegido miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Buenas Letras en 1902.
     Contrajo segundo matrimonio con Anna Vaughn Hyatt, escultora especializada en el estudio de la plasmación artística de los animales y su anatomía. Será la propia Anna, quien reconozca la influencia de su esposo en la ejecución de la escultura ecuestre de El Cid, puesto que, aunque conocía desde joven el Cantar de Mío Cid, no fue hasta después de su matrimonio cuando profundizó en el héroe hispano.
     La idea de que la Hispanic Society donase a Sevilla un Monumento en honor al Cid Campeador debió partir de la amistad del matrimonio Huntington con personajes claves en la organización de la futura Exposición Iberoamericana, como Traver o Benlliure. En esta línea será muy relevante el papel desempeñado por el Marqués de la Vega Inclán, verdadero promotor del Monumento.
     Hacia 1927 realiza el prototipo de la obra, modelando y fundiendo la colosal escultura ya en ese mismo año.
     La ubicación de la escultura no siempre estuvo clara. Según algunas fuentes, en un primer momento estuvo en la Plaza Virgen de los Reyes del Parque de María Luisa, siguiendo un planteamiento simbólico del Comité de la Exposición. A principios de diciembre de 1927, el Ayuntamiento encomienda al escultor Mariano Benlliure la búsqueda de un emplazamiento idóneo. La decisión dispuso el monumento en una rotonda que se crearía en la Glorieta de San Diego, justamente en la Avenida del Cid, rotulada así desde 1920.
     Justo un año después, en diciembre de 1928, la figura de bronce queda definitivamente colocada sobre un basamento, concluyéndose el pedestal y todos sus detalles casi un año después.
     Muchos autores consultados proponen como autor del pedestal al arquitecto José Granados de la Vega, aunque la documentación de la época indica que sus autores fueron Vicente Traver y Mariano Benlliure, limitándose la labor de Granados de la Vega al planeamiento de la avenida y de la isleta donde se encuentra.
     Gracias a las cartas conservadas en Museo del Romanticismo de Madrid conocemos datos específicos de su construcción como los autores, los plazos de ejecución y la cuantía final, que ascendió a 25. 022 pesetas.
     Parece ser que Mariano Benlliure esculpió la lápida de la Hispanic Society siguiendo un dibujo facilitado por Archer Huntington. Las inscripciones de las lápidas fueron ideadas por Ramón Menéndez Pidal, que serían colocadas según el criterio de Mariano Benlliure. En la documentación se indican que se realizará mediante caracteres fundidos en bronce, algo que no se llegó a culminar finalmente.
     La primera de ellas alude directamente a la relación del Cid con la ciudad de Sevilla, dice así: “Sevilla, dorada corte del rey Motamid hospedó a Mío Cid, embajador de Alfonso VI, y le vio volver victorioso del rey de Granada”. La segunda es una cita de Ibn Bassam: “El Campeador, terrible calamidad para el Islam, fue, por la viril firmeza de su carácter y por su heroica energía, uno de los grandes milagros del Creador”.
     La construcción del pedestal comenzó en marco de 1928 y finalizó en diciembre de 1929; su culminación fue posible gracias a Mr. Huntington, que financió todo el proceso mediante el Banco Lyonnais. El marqués de la Vega Inclán asumió la responsabilidad de promover la obra, encargándose de las certificaciones y remitir informes al conde de Aybar (Intendente de la Casa Real), designado por el propio Huntington para administrar y gestionar los trámites de pagos, etc. El contratista fue Santiago Gascó.
     Desde un primer momento el Monumento al Cid llamó la atención de los sevillanos y de los visitantes de la Exposición Iberoamericana, despertando multitud de elogios. La prensa sevillana manifestaba “provoca muy buen efecto ver en la hermosa avenida esta obra de arte, que contribuye al embellecimiento de aquel paraje”. Sin lugar a dudas, fue la figura del caballo el principal atractivo de la escultura, pues es aquí donde la escultora pone de manifiesto su virtuosismo en la captación del movimiento y la definición anatómica del animal.
     El Monumento al Cid tuvo un reconocimiento inmediato y le otorgó a su autora una gran fama, lo que le llevó a realizar algunas copias. La primera de ellas se encuentra en la sede de la Hispanic Society de Nueva York. Le siguen la de Buenos Aires, San Diego, San Francisco y por último la de Valencia, aunque ésta fue una copia realizada directamente de la de Sevilla por Juan de Ávalos a instancias de la Hispanic Society.
     El Monumento al Cid es el resultado de una profunda reflexión de Anna Hyatt Huntington sobre la magnitud del personaje y los valores heroicos que ha encarnado su figura a lo largo de la historia. Aunque la propia autora ya conocía el poema de Mío Cid, no fue hasta su matrimonio con Archer Huntington cuando profundizó más en el héroe. Fue entonces cuando se documentó y decidió realizar un prototipo que hoy se conserva, junto a gran parte de su producción escultórica, en el Brookgreen Gardens de Carolina del Sur, un espacio que fundara junto a su marido en 1931.
     La escultura muestra al Cid Campeador armado con espada, lanza con gallardete y escudo a lomos de su caballo. Desconocemos si la artista se inspiró para su composición en algún episodio concreto de su vida o quizás quiso reflejar una imagen prototípica del héroe cabalgando al mítico Babieca, que representase los valores épicos propios del personaje. Otra posibilidad puede ser que la intención de Huntington fuese la de captar el momento en el que el Cid arenga a las huestes de Al-Mutamid en la defensa de la taifa sevillana (hecho descrito en el pedestal). Ello explicaría que el héroe no portase ninguna de sus dos famosas espadas: la colada y la tizona, que recibió posteriormente.
     No es de extrañar que Anna Hyatt optase por la tipología del retrato ecuestre por varios motivos. En primer lugar, podríamos hablar de su interés por la captación y la plasmación de la anatomía de animales, concretamente del caballo, el gran protagonista de su obra. También influyó en este sentido el carácter del retratado, ya que se trata de personaje histórico relacionado con la Reconquista y vinculado al ámbito militar y guerrero. Otro factor a tener en cuenta es el neoclasicismo en el que se movía la artista.
     Desde un primer momento, la composición de la escultura evidencia que su autora se basó del “Cantar de Mío Cid”. Las descripciones del texto medieval sobre la fuerza y el valor del Cid quedan reflejadas en la actitud enérgica de la figura, que levanta un brazo en claro signo de esfuerzo, portando una de las lanzas con banderas, que se mencionan en el poema.
     Inciden en esta idea algunos rasgos como la postura erguida del jinete, su robustez anatómica, la preponderancia del tórax cubierto con armadura y el gesto enérgico que ofrece su rostro. Llama la atención el giro lateral de la figura humana que rompe por completo la visión frontal frecuente en este tipo de retratos ecuestres (Véase como ejemplo el Monumento a Fernando III situado en la Plaza Nueva). Con este recurso, Anna Hyatt no sólo logra aportar un mayor dinamismo a la escultura, sino que además la dota de múltiples puntos de vista que enriquecen su plasticidad.
     La figura del animal es, sin duda, la gran protagonista de la obra que la ha convertido en uno de los principales retratos ecuestres de Sevilla, hasta tal punto que la escultura y la zona donde se encuentra son conocidas popularmente como “el caballo”. El interés de Anna Hyatt por este tipo de animales le confiere un gran importancia al caballo, cuya postura le aporta prestancia al retratado y refuerza sus valores heroicos.
     En este sentido, resulta muy ilustrativa la anécdota narrada por la propia autora sobre los elogios que hizo el rey Alfonso XIII cuando contempló el Monumento en Sevilla: “Yo siempre quise saber qué clase de caballo cabalgaba el Cid. Ahora, al ver el que usted modeló, coincido con usted en que éste es el único caballo digno de haber sido montado por el héroe castellano”.
     El conjunto está envuelto por el neoclasicismo, aunque cabe resaltar la capacidad imaginativa de la artista en la introducción del movimiento y de elementos realistas y expresivos con los que consigue captar la intensidad del momento histórico representado.
ANNA HYATT HUNTINGTON
     Nacida en Cambridge (Massachusetts) en 1876 dentro de una familia acomodada, hija del reputado paleontólogo, Alfeo Hyatt.
     Anna comenzó su formación artística en la Art Student League de Nueva York, especializándose en los talleres y estudios de distintos artistas estadounidenses que gozaban de cierta fama. Muy importante para ella será su estancia en la Granja de Porto Bello, dónde comenzó a esculpir animales; se iniciaría así su interés por la captación del movimiento animal y su plasmación realista en la escultura, un objetivo que centraría toda su vida artística.
     En 1923 contrae matrimonio con el magnate e hispanófilo Archer M. Huntington. La unión la introdujo en los ambientes elitistas y culturales del momento, colaborando con su esposo en todo lo relativo a sus colecciones y museos.
     Pocos años después se trasladan a Sevilla, donde residieron durante largos periodos. La realización del Monumento al Cid y su posterior donación le aportó una gran fama en todos los niveles. La escultura fue muy admirada en su momento, despertando elogios de todo tipo y desde todos los ámbitos, hasta tal punto que el rey Alfonso XIII la distinguió con la Gran Cruz de Alfonso XII, un reconocimiento que hasta la fecha no había tenido ningún escultor.
     Junto al Monumento al Cid, el matrimonio Huntington donó tras la Exposición Iberoamericana dos cuadros de Valdés Leal (originalmente fue uno, posteriormente seccionado en dos partes) al Ayuntamiento de Sevilla. Se trata de “La procesión de Santa Clara con la Sagrada Forma”, una obra que había sido adquirida por el coleccionista Jorge Bonsor y que tras la muestra los Huntington no dudaron en comprar para regalarla a la ciudad. Este acto supuso Anna Hyatt y su esposo fuesen declarados Hijos Adoptivos de la ciudad de Sevilla.
     Tal fue el éxito de esta escultura, que durante los años sucesivos donó copias que se encuentran repartidas por América. La primera copia fue realizada para centrar la plaza que se abre a la sede de la Hispanic Society. Le seguirían los de Buenos Aires, San Diego y San Francisco.
     Años más tarde realizó la escultura de Juana de Arco, que junto al citado Monumento al Cid, despertó el entusiasmo de la crítica artística internacional, manifestando que ambas obras eran las de mayor envergadura que jamás había hecho una mujer en la historia del arte. De hecho, hasta finales del siglo XX, el Monumento al Cid estuvo considerado como la escultura más grande realizada por una mujer en Europa.
     En 1953, con 77 años de edad, comienza la que sería su obra más conocida. El grupo escultórico “Los portadores de la antorcha”, que en 1955 sería regalada a Madrid y colocada en la plaza Ramón y Cajal.
     A finales de ese mismo año se produjo el fallecimiento de su marido en Nueva York, una pérdida que fue muy sentida en España por su vinculación al mundo de la cultura, de hecho Francisco Franco y su Ministro de Exteriores, Martín Artajo, enviaron sendos telegramas manifestando su pesar por tan importante pérdida. El 5 de octubre de 1973 moría en Washington. Su legado escultórico se reparte por cientos de museos de todo el mundo, sus grandes obras decoran espacios en las principales ciudades (Nueva York, Madrid, Buenos Aires, etc). Cabe destacar el Greenbrook Garden de Carolina del Sur, un espacio creado por ella, donde gran parte de su obra se exhibe al aire libre creando un espacio único donde las esculturas conviven con la vegetación en una armonía muy interesante. Días más tarde, Sevilla realizó un acto de homenaje en el Monumento al Cid organizado por el Círculo Cultural Rociero de Triana (Metis Restaura).
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Díaz de Vivar "El Cid", guerrero y héroe celebrado en El Cantar de Mío Cid;
     Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. ¿Vivar? (Burgos), 1048-1050 – Valencia, (10 de julio de 1099). Guerrero, héroe celebrado en El Cantar de Mío Cid.
     Sobre el hombre que fue Rodrigo Díaz de Vivar existen dos biografías: una, la más conocida y popularizada, la tejida con los datos de la creación literaria, esto es, con el Poema de Mío Cid y el romancero; y otra muy distinta, la única verdaderamente histórica, construida con el Carmen Campidoctoris, canto coetáneo en loa de Rodrigo; con la Historia Roderici, una extensa e informada biografía escrita tan sólo algún decenio tras la muerte del héroe y cuyo autor utilizó documentos del archivo familiar del biografiado; con las crónicas y noticias árabes, especialmente las obtenidas de las obras de Ibn ‘Alqama e Ibn Bassªm, y con los documentos y diplomas coetáneos que otorga o confirma Rodrigo Díaz de Vivar. Naturalmente aquí sólo nos ocuparemos de esta segunda, dejando la primera para el mundo de la literatura y de la leyenda.
     Ninguna fuente histórica o diplomática consigna el lugar o la fecha de nacimiento de Rodrigo Díaz de Vivar; probablemente vio la luz del mundo en Vivar del Cid, pequeño lugar sito nueve kilómetros al norte de Burgos, ya que todas las fuentes épicas designan a Rodrigo como “el de Vivar”, y este dato parece pertenecer al núcleo mínimo de veracidad de esas fuentes. En la aldea de Vivar, sita entonces en el extremo límite de Castilla, sería su padre un noble fronterizo, que el año 1054, tras la muerte en Peñalen del rey Sancho de Pamplona recuperaría de manos de los navarros las fortalezas de Ubierna, Úrbel y La Piedra. En cuando a la fecha de su nacimiento Menéndez Pidal la situó entre los años 1041 y 1047, mientras Ubieto Arteta prefería retrasarla hasta 1054-1057; nosotros creímos en su día deber colocarla entre los años 1048-1050 basados en el dato del Carmen Campidoctoris que califica a Rodrigo de “aún adolescente” cuando en 1067 en “su primer combate singular venció al navarro” y en su tardío matrimonio en 1074, pues, si hubiera nacido el año 1043, una soltería prolongada hasta los 31 años de edad resultaría difícil de admitir.
     La ascendencia del Cid, especialmente el linaje paterno nos viene dado en la Historia Roderici remontándose hasta la séptima generación representada por Laín Calvo, aunque no sea posible probar documentalmente la exactitud de esos datos genealógicos. El linaje arranca de Laín Calvo, que no es citado en la Historia Roderici como juez de Castilla; como la leyenda de los jueces es posterior a la Historia Roderici es bien posible que la leyenda haya tomado el nombre del juez del linaje del Campeador; en todo caso es evidente que la familia paterna del Campeador no se contaba entre la más alta nobleza de Castilla. En cambio sí que pertenecía a esa alta nobleza la familia materna: el abuelo materno del Cid, Rodrigo Álvarez, fue tenente nada menos que de cinco importantes alfoces, y su hermano Nuño Álvarez subscribe asiduamente los diplomas de Fernando I, desempeñando además las tenencias de Amaya y Carazo.
     Dada la categoría social de la familia materna de Rodrigo Díaz, nada tiene de extraño que éste fuera a completar su formación humana y militar en la corte de Fernando I al lado de algunos de los vástagos regios, y así la Historia Roderici nos dirá que Rodrigo fue “criado diligentemente por Sancho, rey de toda Castilla y dominador de España, que le ciñó el cinto militar”. El término nutriuit o crió excluye una relación de compañerismo o igualdad y más bien supone una diferencia de edad y de posición; en la pequeña Corte del infante Sancho crecería Rodrigo y se formaría en las artes militares y también en las letras, dentro de los límites de la época, esto es, en la escritura, y asistiendo a las actuaciones de la Curia Regia en su aspecto consultivo o judicial.
     Acompañando al infante don Sancho, enviado por su padre a Zaragoza en 1063 para cobrar las parias, fue Rodrigo, quizás como paje o ya armado caballero, cuando por las mismas fechas el rey aragonés Ramiro I estaba atacando Graus. El infante don Sancho con su hueste castellana acudió en ayuda de su tributario al-Muqtadir, resultando muerto en el encuentro el rey Ramiro. La Historia Roderici no atribuye ninguna participación especial al joven Rodrigo, sólo nos dice que acompañaba al infante castellano.
     El 27 de diciembre de 1065 moría Fernando I, e inmediatamente asumía Sancho el gobierno de la parte del reino paterno que le había correspondido, Castilla. A su lado estaba el joven Rodrigo que “era querido por el rey Sancho con mucho cariño e inmenso amor y que le puso al frente de toda su mesnada; Rodrigo crecía y se hacía un guerrero fortísimo y un campeador en el palacio del rey Sancho” (Historia Roderici). Según el Carmen Campidoctoris el título de Campeador le fue atribuido a nuestro Rodrigo con ocasión de su victoria en combate singular sobre un guerrero navarro, combate que creemos poder datar el año 1067. Otra lid singular del Campeador aparece recogida en la misma Historia Roderici; se trata de un sarraceno de Medinaceli, que no sólo fue vencido, sino también muerto.
     No sabemos si en estas acciones bélicas de 1067 actuaba ya Rodrigo como alférez o abanderado de la hueste castellana; tenemos como más probable la negativa, pues nada nos dice sobre ello la Historia Roderici, que en cambio nos informa cómo “en todas las guerras que el rey Sancho hizo contra el rey Alfonso en Llantada (1068) y en Golpejera (1072) venciéndolo, Rodrigo era el portador de la insignia real de Sancho, prevaleciendo y destacando entre todos los guerreros del ejército castellano”.
     Las victorias del rey Sancho lo condujeron a su coronación en León el 12 de enero de 1072 como rey emperador de todo el reino leonés de Fernando I, Galicia incluida; únicamente en Zamora su hermana Urraca se negaba a obedecer sus órdenes, por lo que al fin del verano de ese año 1072 Sancho, llevando a Rodrigo en su ejército, puso sitio a la plaza. Durante el asedio Bellido Dolfos dio muerte a traición al rey Sancho; nada sabemos de la intervención del Campeador en este episodio, que atribuimos más bien a la invención juglaresca. Lo que sí haría, sería acompañar al cuerpo de su Rey hasta el monasterio de Oña (Burgos) elegido por el difunto para su sepultura.
     En el rey Sancho había perdido Rodrigo al señor que le había criado y que tanto le había distinguido; pero según la Historia Roderici no parece que el Campeador entrara con mal pie con el nuevo Monarca, ya que el rey Alfonso lo recibió con todo honor como vasallo y lo conservó a su lado con todo amor y respeto. Ni una sola palabra sobre la jura de Santa Gadea, emotiva escena de invención juglaresca. Alfonso VI, al aceptar el vasallaje de Rodrigo Díaz, lo unía a sí con el vínculo personal del homenaje y fidelidad, al mismo tiempo que se obligaba a protegerlo y favorecerlo; Rodrigo no era un súbdito más del nuevo rey, sino que era recibido en el círculo mucho más íntimo y reducido de los fieles y vasallos personales de Alfonso VI.
     Obligación especialísima del señor era procurar un buen matrimonio a sus vasallos y a fe que Alfonso cumplió espléndidamente este deber señorial en relación con Rodrigo Díaz al procurarle el enlace con una dama asturiana, Jimena Díaz, hija de Diego, el conde de Asturias y hermana de otros tres condes, y descendiente, exactamente biznieta, del rey leonés Alfonso V, abuelo del rey Alfonso VI, del que era por lo tanto sobrina en sentido medieval como hija de prima carnal del Rey. Jimena Díaz pertenecía a un linaje de la más alta nobleza del reino. La carta de arras, datada el 19 de julio de 1074, se conserva en la catedral de Burgos, y por ella Rodrigo otorga a fuero de León a doña Jimena la mitad de todos sus bienes; esta mitad comprendía cuatro villas íntegras y parte de otras 39 sitas entre Burgos y Torquemada.
     Celebrado el enlace Rodrigo acompañará el año 1075 al rey Alfonso VI en un viaje por Asturias, la tierra de su esposa, donde por delegación del Rey actuará como juez en dos famosos pleitos, uno entre el obispo y el conde y otro entre un grupo de infanzones y el mismo obispo.
     Tras tres años de residencia en Castilla, el año 1079 surgirá el primer incidente grave que pudo dañar la imagen de Rodrigo ante el Rey; ese año Alfonso VI enviaba dos embajadas a cobrar las parias anuales que los reyes taifas solían abonar al Rey leonés; una presidida por el Campeador se dirigió a Sevilla, otra dirigida por el conde García Ordóñez y otros importantes nobles navarros tuvo como destino Granada. Ambos reyes taifas, de Sevilla y de Granada estaban en pugna; el de Granada, aprovechando la presencia de la embajada de Alfonso VI y con el auxilio de esta, penetra en los dominios del taifa sevillano; este reclama el auxilio de Rodrigo, que se encontraba en Sevilla.
     El Campeador envió cartas a los intrusos rogándoles que por respeto al rey Alfonso desistan de su ataque, pero ellos confiando en su superioridad numérica no sólo no acceden a estos ruegos, sino que se burlaron de ellos y continuaron su avance saqueando toda la tierra hasta alcanzar el castillo de Cabra. Informado de ello Rodrigo parte de Sevilla y se enfrenta con el ejército granadino al que deshace, apresando al conde García Ordóñez y a los nobles que le acompañaban, a los que tras mantenerlos tres días como prisioneros y despojarlos de las tiendas y demás pertrechos como legítimo botín de guerra les permitió marchar libres sin rescate, mientras él victorioso regresaba a Sevilla. De este episodio, sin necesidad de que Rodrigo aumentara la derrota con afrentas innecesarias, nacería una perdurable enemistad entre el Campeador y García Ordóñez, que no dejaría de acusarlo ante el Rey de haberse quedado con parte de los regalos del Rey de Sevilla. El año 1081 el rey Alfonso había salido en campaña por tierras toledanas. Rodrigo alegando enfermedad se había quedado en su casa, cuando los musulmanes atacaron por sorpresa Gormaz obteniendo un importante botín; ante la noticia de este percance, reacciona Rodrigo y reuniendo rápidamente una mesnada sale a perseguir a los atacantes, penetra en el reino toledano y regresa trayendo consigo hasta 7.000 cautivos entre hombres y mujeres. De nuevo este segundo episodio es presentado ante el Rey como una grave imprudencia o más aún como una traición destinada a provocar a los musulmanes toledanos para que estos reaccionaran violentamente, atacaran y dieran muerte al rey Alfonso, que se encontraba entre ellos. El Rey irritado por esta cabalgada del noble de Vivar decreta su destierro; es bien posible que no le faltaran razones al Monarca, y que la cabalgada hubiera ido más allá de lo oportuno y que hubiera violado alguno de los pactos que el Monarca mantenía con los moros toledanos.
     La expulsión del Reino era la pena usual cuando un vasallo incurría en la “ira del rey”; no llevaba consigo la pérdida de los bienes ni afectaba a los familiares próximos del desterrado. El Campeador podía dejar a Jimena y a sus hijos en su casa o en cualquiera de sus propiedades esparcidas a través de casi 80 villas y aldeas; en cambio sus vasallos debían extrañarse con él hasta “ganarle el pan o señor que le hiciera bien”. Por la Historia Roderici sabemos que marchó en primer lugar a Barcelona a ofrecer sus servicios a los condes de aquella ciudad, los hermanos Ramón II y Berenguer II, sin duda atraído por las aspiraciones reconquistadoras de aquellos magnates catalanes; pero no habiendo llegado a un acuerdo con los mismos, a continuación se dirigió a Zaragoza, donde reinaba el taifa al-Muqtadir, de la familia de los Ibn Hñd, que acogió a Rodrigo con gran satisfacción, pensando que los servicios del desterrado podrían ahorrarle las parias que su reino venía pagando a los cristianos desde hacía más de veinte años, ya a Castilla, ya a Aragón, ya a Barcelona.
     Pero apenas llegado a Zaragoza muere el rey al-Muqtadir, dividiendo el reino entres sus dos hijos: al hijo mayor, Yñsuf al-Mu’tamin, le deja Zaragoza, y a su hermano Alfagit el Reino de Denia con Tortosa y Lérida. La guerra que se enciende entre los dos hermanos va a revalorizar los servicios militares de Rodrigo, que sigue a las órdenes de al-Mu’tamin. A su vez Alfagit recabará y conseguirá la ayuda del rey de Aragón Sancho I Ramírez y del conde Berenguer Ramón II de Barcelona. El choque de Rodrigo con los cristianos aliados del Rey moro de Lérida se hace inevitable; primeramente con Sancho Ramírez al socorrer Rodrigo con éxito a Monzón (Huesca) y luego al reforzar el castillo de Almenar, 20 kilómetros al norte de Lérida donde el Campeador se enfrenta con el Rey de Lérida a cuyo lado se encuentran el conde de Barcelona Berenguer Ramón II, el conde de Cerdaña, el hermano del conde de Urgel y los gobernantes de los condados de Besalú, del Ampurdán, del Rosellón y aún de Carcasona. Enfrentadas las dos huestes la de Zaragoza y la de Lérida con sus respectivos auxiliares, Rodrigo convence a al-Mu’tamin a que curse propuestas de paz y acceda a pagar un censo por el castillo de Almenara, pero los aliados del Rey de Lérida con una superioridad numérica aplastante rechazan todas las propuestas. No queda otra salida que el combate en el que la hueste cidiana resulta vencedora poniendo en fuga a todo el ejército de Alfagit y sus auxiliares catalanes, que sufrieron importantes bajas dejando tras de sí un inmenso botín; entre los cautivos se contaba el conde de Barcelona y muchos de sus caballeros, que fueron entregados por Rodrigo a al-Mu’tamin, que a los cinco días los dejó volver libres a su tierra.
      La gran victoria de Almenar, datable el año 1082, pondrá fin a la primera campaña de Rodrigo al servicio del Rey moro de Zaragoza; al volver triunfador a la ciudad fue acogido con grandes honores y muestras de agradecimiento y respeto por el Rey y la población musulmana. Algún historiador ha querido rebajar al Campeador a la simple categoría de un mercenario; ese mismo criterio habría que aplicar al rey de Aragón Sancho Ramírez y a todos los condes catalanes que prestaban sus servicios al Rey moro de Lérida, y a los condes castellanos que aparecen en la historia participando en las discordias musulmanas luchando al lado de una de las facciones contra la otra. Ese mismo año el alcaide del castillo de Rueda (Zaragoza) se substrajo a la obediencia de al-Mu’tamin y ofreció la entrega de la fortaleza a Alfonso VI; este acudió a tomar posesión de Rueda el 6 de enero de 1083, pero las fuerzas leonesas cayeron en una terrible celada en la que murieron muchos nobles y caballeros, llegando a peligrar la propia vida del Rey. Rodrigo, que se encontraba en la región de Tudela, al tener noticia del desastre acude rápidamente en auxilio de su Rey, que lo recibe con los brazos abiertos y lo invita a regresar con él a Castilla; el Campeador inicia el regreso con Alfonso, pero pasada la emoción del encuentro Rodrigo observa ciertas reticencias, que le decidieron a no continuar el camino hacia Castilla y regresar a Zaragoza. Creemos que a partir de este momento el Campeador ya no es un desterrado, sino un caballero que no quiere cambiar la envidiable situación de que gozaba en Zaragoza por un destino incierto en Castilla.
     En este su segundo período al servicio de al-Mu‘tamin, el Campeador, siguiendo las órdenes de aquel, realizará desde Monzón (Huesca) una algara de cinco días por tierras de Sancho I Ramírez sin que este monarca llegara a enfrentarse con él; otra campaña de Rodrigo se dirigirá contra las tierras de Morella, sometidas al Rey de Denia-Lérida. Estas dos campañas contribuirán a estrechar todavía más los lazos entre el Rey de Aragón y el musulmán de Lérida, hasta el punto que unidos ambos se deciden a marchar a tierras de Morella para acabar con el Campeador. Éste no rehúsa la batalla campal que tuvo lugar el 14 de agosto de 1084 y dio el triunfo total a la hueste cidiana, que puso en fuga y persiguió largo trecho a ambos monarcas, haciendo numerosos prisioneros entre los que se encontraban el obispo de Roda Raimundo Dalmacio, el conde Sancho Sánchez de Pamplona, el conde Nuño de Portugal, y otros tres notables que la Historia Roderici enumera por su nombre. Tras la victoria, el recibimiento apoteósico en Zaragoza; al-Mu‘tamin, sus hijos y los habitantes de la ciudad salieron al encuentro del vencedor hasta Fuentes de Ebro, a unos 22 kilómetros de camino, que entró en Zaragoza entre las aclamaciones de la población. El año 1085 fallece el rey al-Mu‘tamin; le sucede su hijo al-Musta‘Ìn II, pero la posición de Rodrigo no sufre ningún cambio.
     El 25 de mayo de 1085 Alfonso VI incorporaba a su territorio el reino musulmán de Toledo; los reyes de taifas se alarman ante el avance cristiano y reclaman el socorro de los almorávides africanos; que pasarán el Estrecho y el 23 de octubre de 1086 se enfrentarán con Alfonso VI en Zalaca o Sagrajas (Badajoz), infligiéndole una severa derrota y poniendo en peligro las nuevas conquistas del reino de Toledo. Noticioso el Campeador de la crítica situación de su rey, abandona el servicio del taifa de Zaragoza y se presenta en 1086 ó 1087 en Toledo para ponerse a las órdenes de su señor, que le otorga el gobierno de siete alfoces: Dueñas (Valladolid), Ordejón (Burgos), Ibia (Palencia), Campoo (Palencia), Iguña (Santander), Briviesca (Burgos) y Langa (Soria).  Será ahora, 1087, cuando Alfonso VI envíe al Campeador a Valencia con órdenes de asegurar en el trono de aquella ciudad a al-Qªdir, el antiguo rey de Toledo, al que el cristiano había ofrecido Valencia a cambio de Toledo. El Campeador pasa por Zaragoza donde refuerza su mesnada y se le añade el rey al-Musta‘in que también aspiraba a adueñarse de Valencia; la llegada de Rodrigo obliga a retirarse a Berenguer Ramón II que estaba sitiando la ciudad; al-Musta‘in quiere apoderarse de Valencia, pero el Campeador se lo impide alegando que sólo obedece órdenes de su rey Alfonso. Al-Qªdir honra a Rodrigo como a su salvador.
      El año 1088 Alfonso VI ordenará a Rodrigo que una su mesnada valenciana al ejército real en marcha hacia Aledo (Murcia) para levantar el asedio que habían puesto los almorávides a la guarnición cristiana; la reunión entre ambos ejércitos no tuvo lugar por algún mal entendido acerca de las rutas a seguir. Este fallo fue aprovechado por los enemigos de Rodrigo para culparlo de traición y de haber abandonado al Rey en peligro; el Monarca dio oídos a estas acusaciones y declaró reo de este delito al Campeador, confiscando sus bienes y apresando a su mujer e hijos. De nada sirvieron las exculpaciones de Rodrigo y sus ofertas de probar su inocencia mediante un juramento solemne o un duelo como juicio de Dios. Lo único que consiguió fue la liberación de doña Jimena y de sus hijos. Declarado traidor por Alfonso, a partir de este momento el Campeador tendrá que sobrevivir en territorio musulmán mediante su espada; tampoco volverá a servir a ningún otro príncipe taifa, como había hecho antes durante cinco años, entre 1081 y 1086, cuando se puso al servicio del Rey de Zaragoza.
     En enero de 1089 ataca por sorpresa el castillo de Polop (Alicante) apoderándose del tesoro del Rey moro de Denia depositado en esa fortaleza; este golpe de mano le permitirá invernar en la región y reforzar y sostener a su mesnada en su marcha hacia Valencia. En el verano de ese mismo año se instala en la huerta de Valencia donde es agasajado por al-Qªdir y recibido por el Rey de Lérida, que se adelanta hasta Sagunto para entrevistarse con él, sin que llegara a establecerse un acuerdo. Rápidamente el Campeador somete a todos los alcaides de las fortalezas de la zona al pago de una tributación o parias.
     El gran poder adquirido por el Campeador en Levante alarmó al Rey de Lérida, que reclamó la ayuda del conde de Barcelona Berenguer Ramón II, que no podía olvidar la afrentosa derrota sufrida a manos del Cid cinco años atrás. Llegada la primavera de 1090 Berenguer se puso en camino con un inmenso ejército; el Campeador buscó el refugio de las montañas de Morella, hasta donde le seguirá el conde catalán, concretamente hasta el Pinar de Tévar Tras cruzarse unas cartas desafiantes, ambos contendientes inician el combate un día de junio de 1090; superados unos primeros momentos difíciles para Rodrigo, que fue derribado del caballo, la lucha acaba con la más estrepitosa derrota de Berenguer II que cayó prisionero de Rodrigo con otros 5.000 guerreros más. La libertad del conde y la de Giraldo Alamán fue convenida mediante el pago de un rescate de 80.000 monedas de oro; los demás cautivos tuvieron que pactar cada uno de ellos el precio de su libertad. Poco después los dos enemigos, Rodrigo y Berenguer Ramón, llegan a un acuerdo de paz por el que este pone en manos de aquel las tierras de su protectorado levantino.
     El año 1091 la reina Constanza que deseaba reconciliar al Rey con el Cid, comunicó a éste cómo el Monarca proyectaba una operación militar contra Granada, sugiriéndole que se sumara a esa campaña para ganarse así el favor del Rey. Rodrigo, que no ansiaba ninguna otra cosa más que la vuelta a la gracia del Rey, partió con su mesnada hacia Granada acompañando a la hueste real, aunque con campamentos separados. La expedición no alcanzó sus objetivos y el resentimiento de Alfonso contra Rodrigo se desató de nuevo; ciertas decisiones del Campeador fueron interpretadas como fanfarronerías, provocando la ira del Rey que trató de apresar al Cid, pero este logró escabullirse, maldiciendo el haber seguido el consejo de la Reina y regresando rápidamente a Levante donde tenía asentado su protectorado. La irritación de Alfonso contra el Cid decidirá al Rey leonés a organizar una coalición para acabar de una vez para siempre con su molesto vasallo. A mediados del verano de 1092 Alfonso VI con todo su ejército se puso en marcha hacia Valencia para atacarla por tierra, al mismo tiempo que 400 naves de Pisa y Génova la aislarían y atacarían por mar. El ataque así planeado fracasó por falta de coordinación entre las fuerzas de tierra y de mar y porque el Cid había abandonado la ciudad en manos de al-Qªdir y de un visir de su confianza, mientras marchaba hacia la comarca de Borja. Desde aquí, tras enviar un mensaje al Rey proclamando su inocencia y fidelidad, manifestaba que no quería luchar contra su Rey, pero que se vengaría en los malos consejeros y enemigos suyos. Cumpliendo su amenaza desencadenó una terrible algara de represalia contra la Rioja, gobernada por su rival y enemigo el conde García Ordóñez, que no osó hacerle frente, asolando y saqueando todas las comarcas desde Alfaro hasta Haro y Nájera.
     El fracaso ante Valencia y el saqueo de la Rioja habían puesto de manifiesto una vez más hasta qué punto Rodrigo sobresalía sobre todos los magnates del reino tanto por su valor y capacidad de reclutar una mesnada imbatida cómo por su habilidad política en crear y mantener un protectorado sobre Valencia y todo el Levante. Había llegado para Alfonso la hora de rendirse a la realidad y, como gran monarca y hombre de estado que era, no lo dudó un instante, y dejando a un lado, si no olvidando, los pasados conflictos, envió a Rodrigo su perdón y vuelta a la gracia real más amplia y generosa, devolviéndole todos sus bienes. El Cid se alegró sobremanera y a partir de este año 1092 ya nunca más se alteró la concordia entre Alfonso y Rodrigo.
     Musulmanes de Valencia, que deseaban acabar con el gobierno de al-Qªdir y el protectorado cidiano, aprovecharon la ausencia de Rodrigo para llamar a los almorávides a los que abrieron las puertas de Valencia, asesinando a al-Qªdir el 28 de octubre de 1092. Esta injerencia de los almorávides en Valencia va dar origen al gran duelo de nuestro héroe con estos hasta entonces imbatidos africanos. Vuelto el Cid a Levante en noviembre, tras restaurar y reforzar su protectorado en toda la región comenzó a hostigar y a preparar el asedio de la ciudad de Valencia, ahora enemiga. Año y medio duraron estas operaciones hasta que finalmente el 16 de junio de 1094, tras un terrible cerco con todos los horrores y espantos del hambre, Valencia se rindió sin condiciones. Mientras el Cid asediaba la ciudad del Turia, el emir almorávide envió en enero de 1094 contra Rodrigo un enorme ejército que llegó hasta Almusafes a la vista de los asediados y que sorprendentemente retrocedió sin atreverse a atacar a la mesnada del Cid, atrapada entre las murallas de Valencia y el ejército almorávide. Este fracaso dolió enormemente al emir Yñsuf b. TªëufÌn, que pocos meses después enviaba otro segundo ejército contra el Cid, cuando éste era ya dueño de la ciudad; Rodrigo se preparó a resistir tras las murallas; las fuerzas almorávides llegaron hasta el arrabal de Cuarte e iniciaron el asedio entre bravatas y amenazas, pero la mañana del 21 de octubre de 1094, sorprendidas por una salida de los sitiados y por una emboscada tendida durante la noche, al ver perdido su campamento, presas del pánico se dieron a la fuga abandonando un inmenso botín.
     Todavía volverían los almorávides sobre Valencia por tercera vez, sufriendo otro descalabro más: fue en la batalla de Bairén, cinco kilómetros al norte de Gandía, en enero de 1097. En esta ocasión al lado del Cid lucharía el infante aragonés, el futuro Pedro I, quedando aniquilado el ejército almorávide que sufrirá enormes pérdidas. Las alegrías del triunfo se verían amargadas pocos meses después el 15 de agosto cuando en la derrota cristiana muera el joven Diego Rodríguez, el único hijo varón del Cid, luchando al lado de Alfonso VI en los campos de Consuegra (Toledo). Dos años más tarde, cuando se hallaba en todo el esplendor de su poder, el 10 de julio de 1099, cinco días antes de la toma de Jerusalén por los cruzados, moriría de muerte natural el insigne guerrero que fue Rodrigo Díaz de Vivar, dejando el señorío de Valencia y su mesnada en manos de doña Jimena. Además del hijo muerto en Consuegra dejó el Cid dos hijas: la mayor, Cristina, casaría con el infante navarro Ramiro Sánchez, y un vástago de este matrimonio sería García Ramírez, el Restaurador, rey de Navarra, y a través de ella se pudo decir “Oy los reyes d’España sos parientes son”. La otra de nombre María enlazaría con el joven conde de Barcelona Ramón Berenguer III el Grande, y las dos hijas de este último matrimonio, María y Jimena, casarían con el conde de Foix y el conde de Besalú respectivamente.
     Tras la muerte del Cid doña Jimena vivió dos años pacíficamente en Valencia, pero el año 1101 de nuevo los almorávides se presentaron ante la ciudad; iniciado el asedio, la mesnada cidiana resistió desde septiembre hasta marzo del año siguiente, en que doña Jimena solicitó el auxilio de Alfonso VI. Llegado este a Valencia fue acogido con la máxima alegría, pero tras analizar la situación juzgó indefendible la plaza y ordenó su evacuación, dejando tras de sí algunos incendios. Con el rey Alfonso abandonaron Valencia doña Jimena, el obispo don Jerónimo y la mesnada cidiana llevando consigo los restos mortales de Rodrigo, que fueron depositados en el monasterio de San Pedro de Cardeña, junto a Burgos (Gonzalo Martínez Díez, SI, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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