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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Santa María Magdalena, Puente de la Mesta, y Ermita de Nuestra Señora de la Antigua) de la localidad de Villarta de los Montes, en la provincia de Badajoz

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa María Magdalena, Puente de la Mesta, y Ermita de Nuestra Señora de la Antigua) de la localidad de Villarta de los Montes, en la provincia de Badajoz.
     Se enclava en un ámbito montuoso, en las estribaciones de las sierras de la Umbría, ya en los dominios de Toledo, ocupando el extremo más oriental de toda Extremadura. El gentilicio de sus naturales es villarteño/as. Su posición se encuentra bastante alejada de las restantes localidades de la zona (Herrera del Duque, Fuenlabrada y Helechosa) de las que la separa una orografía agreste, de enorme grandiosidad y belleza paisajística, en la que la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor, cubierta de arbolado y vegetación.
     Tipo de Entidad: Municipio
     Superficie Término: 123,3 Km2
     Altitud: 551 m.
     Distancia Capital: 238 Km.
     Partido Judicial: Herrera del Duque
     Comarca: La Siberia
     Gentilicio: Villarteño
Ayuntamiento de Villarta de los Montes
     c/ Real, 2
     06678 Villarta de los Montes (Badajoz)
     Teléfono: 924641501 - 924641650
     Fax: 924641632
     Correo-e: ayuntamiento@villartadelosmontes.es - secretaria@villartadelosmontes.es
     Web: www.villartadelosmontes.es
Historia.-
     Se enclava en un ámbito montuoso, en las estribaciones de las sierras de la Umbría, ya en los dominios de Toledo, ocupando el extremo más oriental de toda Extremadura.
     El gentilicio de sus naturales es villarteño/as. Su posición se encuentra bastante alejada de las restantes localidades de la zona: Herrera del Duque, Fuenlabrada y Helechosa, de las que la separa una orografía agreste, de enorme grandiosidad y belleza paisajística, en la que la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor, cubierta de arbolado y vegetación.
     La historia de Villarta de los Montes, está relacionada con su pertenencia a la Mesta; sus construcciones mantienen la tipología clásica de las relacionadas con las cañadas mesteñas (Diputación Provincial de Badajoz).

Monumentos.-

     Sobre el puente medieval de la Mesta circulaba el mayor número de ganados de toda España, al constituir la puerta principal de entrada a los pastos de invierno de Extremadura, para las ovejas de Castilla y León. Se trata de una construcción de mampostería y ladrillo, de factura mudéjar, con más de 225 m de longitud, compuesto por 16 arcos principales de diferentes proporciones y modelos, la mayoría apuntados, de gran luz y con estribos cilíndricos.
     En la actualidad se halla cubierta por las aguas del pantano de Cíjara, siendo visible únicamente cuando su nivel es muy bajo.
     Sobre las alturas, al otro lado del puente, se yergue la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, emplazada en un descansadero de la Mesta. Es una construcción de sabor popular, con origen mudéjar, perimetrada por arquerías, a la que en el siglo XVIII se añadió una cúpula barroca acogiendo un camarín .
     El retablo y las pinturas que decoran el interior resultan de notable interés. La imagen de la Virgen titular es una hermosa talla románica en madera datable en el siglo XIII, de gran valor artístico.
     La población de Villarta, de pequeñas proporciones, se asienta sobre una topografía irregular que da lugar a una configuración urbanística de acusado tipismo, con calles empinadas y tortuosas en las que perduran muchas casas de sabor popular. En el extremo más bajo del caserío, lindando ya con el campo, se alza, como edificación más señalada de la localidad, la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, recoleta creación de modelo rural, con sencilla pero atractiva arquitectura, a la que la portada y una torre cuadrangular confieren singular atractivo morfológico. Cuenta con retablo barroco de buena factura, con pinturas que se atribuyen a Juan Correa de Vivar.
     Delante de ella se sitúa una fuente de tipo tradicional configurando un rincón de notable atractivo (Diputación Provincial de Badajoz).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Badajoz, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Santa María Magdalena, Puente de la Mesta, y Ermita de Nuestra Señora de la Antigua) de la localidad de Villarta de los Montes, en la provincia de Badajoz. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia pacense.

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El desaparecido Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, de los Jerónimos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, de los Jerónimos, de Sevilla.        
     Hoy, 30 de septiembre, Memoria de San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia, el cual, nacido en Dalmacia, estudió en Roma, ciudad en la que cultivó con esmero todos los saberes y recibió el bautismo cristiano. Después, seducido por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética al ir a Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa Dámaso, hasta que, tras fijar su residencia en Belén de Judea, vivió una vida monástica dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe en muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegado a una edad provecta, descansó en la paz del Señor (420) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, de los Jerónimos, de Sevilla. 
     El desaparecido Monasterio de San Jerónimo de Buenavista, de los Jerónimos, se encontraba, aproximadamente, en la manzana formada por las calles Marruecos, Pasajes, Formentor, Cantillana, José Galán Merino, y Larache, teniendo entrada por la calle Río Piedras; en el Barrio de San Jerónimo, del Distrito Norte.
        El origen de la Orden jerónima, lejos de ser una continuación en el tiempo del eremitorio fundado por San Jerónimo en Belén a fines del siglo IV, como algunos panegiristas han querido establecer, surge en el siglo XIII en Italia por ermitaños devotos del santo, deseosos de seguir su ejemplo de vida ascética. En España la crisis de los cenobios benedictinos va a propiciar el desarrollo de un nuevo movimiento eremítico con anacoretas diseminados por Castilla principalmente, en cuevas o ermitas, entre los que hay que incluir a algunos venidos de la propia Italia hacia 1360, tras la profecía proclamada por Tomás Sucho (1319-1377) sobre la venida del Espíritu Santo a la Península Ibérica y las indicaciones de la propia Santa Brígida. En esta primera etapa van a ser conocidos como "frailes o ermitaños de San Jerónimo", viviendo desunidos en celdas o cuevas, y en un estado inorgánico.
     Notables varones españoles, quizás desengañados de la vida cortesana y las intrigas y revueltas políticas, se retiran de la vida pública para practicar el ascetismo solitario y apartado. Entre ellos destacan, por ser los promotores de la fundación de la Orden: Fernando Yáñez de Figueroa, canónigo de la catedral de Toledo y capellán mayor de la Capilla de los Reyes Viejos, Pedro Fernández Pecha, camarero mayor del rey Alfonso XI y Pedro I, y Alfonso Fernández Pecha, hermano de Pedro, obispo de Jaén; van a coincidir en la ermita de El Castañar (Toledo) y en San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara), donde surge la primera agrupación (hacia 1370). Estos personajes en un deseo de hacer vida monástica imitando el espíritu de San Jerónimo, van a promover la constitución de la Orden en los reinos de Castilla, León y Portugal, para lo que Pedro Fernández Pecha y Fernando Yáñez marchan a Avignón a solicitar permiso del papa, que les fue concedido por bula de Gregorio XI, de 18 de octubre de 1373, dándoles el mismo pontífice el hábito blanco y pardo. Tras una primera etapa eremítica, comenzó en San Bartolomé de Lupiana en un ambiente de austeridad, soledad, silencio y pequeñez, la Orden de San Jerónimo que se acogió a la regla de San Agustín, siendo su primer prior Pedro Fernández Pecha, en adelante conocido como Pedro de Guadalajara. En 1414 y por bula de Benedicto XIII los Jerónimos quedaron exentos de la jurisdicción de los correspondientes obispos de las diócesis en las que se asentaban sus monasterios, pudiendo agruparse bajo una misma cabeza y celebrar capítulos. El primer general de la Orden fue fray Diego de Alarcón; la residencia oficial se fijó en Lupiana, la casa matriz, donde se cele­brarían todos los capítulos generales y donde se redactaron las Constituciones que regularían la vida de la comunidad.
     Rápidamente se suceden fundaciones por la Península, contando con la protección de la monarquía hispánica que mantuvo una estrecha y constante relación con la Orden. El rey Juan I, en su deseo de poseer una satisfactoria reserva espiritual, promueve las reformas de órdenes ya establecidas como benedictinos y cistercienses, o posibilitando la formación de otras nuevas como la de los cartujos y jerónimos. Monjes de rigurosos principios espirituales de carácter ascético, que van a adquirir una gran consideración social, ganando la confianza de la Corona para la que resultan útiles en asuntos de estado, especialmente durante la dinastía de los Austria. Por otro lado, la Orden jerónima admitía el ingreso de personajes laicos pertenecientes a la nobleza, lo que supondrá el establecimiento una estrecha relación con las más altas capas de la sociedad de la época que revertirá a su vez en importantes donaciones y privilegios. Reyes, nobles y prelados favorecieron la fundación de numerosos y célebres monasterios como la entonces ermita cacereña de Nuestra Señora de Guadalupe, donada por Juan I a los jerónimos, el de Yuste, promovido por el emperador Carlos V para su propio retiro, o El Escorial, edificado por su hijo Felipe II para panteón de los reyes hispanos. Se consolida así una Orden netamente española entre cuyos miembros constaban personas notables social y culturalmente -durante cierto tiempo se conoció como la Orden de los "caballeros encerrados"- si bien el espíritu de la institu­ción no buscaba honores mundanos ni religiosos, tan es así que nunca se promovió la subida a los altares de sus frailes ni se permitía a estos, una vez entrados en la Orden, graduarse.
     A partir del siglo XVII la relajación espiritual que en general vivieron las órdenes religiosas, propició movimientos reformistas en los jerónimos que se prolongó a lo largo del XVIII, pero sin resultados satisfactorios. Durante el XIX, con la invasión napoleónica y los sucesivos decretos desamortizadores la comunidad fue mermando en número de religiosos, quedando finalmente extinguida en 1835, de toda la geografía española y por lo mismo de todo el mundo, pues la Orden jerónima no salió nunca de nuestras fronteras. Sus cuarenta y ocho monasterios fueron cerrados y buena parte de ellos acabaron arruinados o adjudicados posteriormente a otras comunidades. En 1925 la congregación fue restablecida.
MONASTERIO DE SAN JERÓNIMO DE BUENAVISTA
     El origen y fundación del monasterio de San Jerónimo de Buenavista de Sevilla se debe al joven profeso del convento jerónimo de Nuestra Señora de Guadalupe, fray Diego Martínez, natural de Sevilla,  de alta cuna e instrucción -se le cita como "hombre docto en derechos" - quien llamado por sus padres Nicolás Martínez de Medina, Veinticuatro, Tesorero y Contador mayor de cuentas del rey Juan II, y Beatriz López de las Roelas, para resolver con su asesoramiento jurídico unos asuntos familiares, viene a comienzos de 1413 a la ciudad con dos compañeros, uno de ellos también sevillano "y bien emparentado", llamado Juan de Medina, tal vez pariente cercano de fray Diego. Una vez resuelto su cometido y alentado por sus padres que desean tenerlo cerca de ellos, fray Diego acometió la fundación de un convento de la Orden en Sevilla, que contó con la aprobación del prior de Guadalupe fray Pedro de Jerez, el apoyo econó­mico de su padre Nicolás Martínez y el favor del arzobispo de Sevilla Don Alonso de Egea. El Jurado Juan Esteban, devoto de San Jerónimo, donó "una buena heredad, que tenía de viñas, huertas, tierras de labrança y casas no lexos de la ciudad en el pago que se llamaba de Mazuelos, o buena Vista, para que se edificasse en ella el monasterio", lugar extramuros de la ciudad, a unos dos kilómetros de la puerta de la Macarena, en el antiguo camino real y en la margen izquierda del Guadalquivir.
     Mientras llegaban los correspondientes permisos y licencias aconteció la muerte del Jurado Juan Esteban y pese a sus disposiciones, su viuda Doña Beatriz Alfonso, se negó a la donación sintiéndose perjudicada en su dote y bienes gananciales. Ganó el pleito que se entabló entre ella y el monasterio de Guadalupe, al que sin embargo, después le otorgó Buenavista para que se fundase en calidad de filial, el convento sevillano. El 27 enero de 1414 tuvo lugar la toma de posesión del sitio, y el 11 de febrero la solemne procesión que desde la Catedral llevaba el Santísimo Sacramento, celebrándose misa cantada y demás oficios para sacralizar la casa en donde se instaló la incipiente comunidad jerónima, quedando como primer prelado fray Diego Martínez llamado fray Diego de Sevilla, por ser costumbre al tomar el hábito cambiar el apellido por el de la localidad de procedencia.
     En 1427 Buenavista contaba ya con todas la aprobaciones jurídicas necesarias: en 1415 consentimiento del cabildo catedral y municipal y en 1426, por Capítulo General, aprobación como monasterio de la Orden, independiente de Guadalupe. Con "hartos trabajos" hubieron de comenzar las obras para levantar iglesia y convento, para lo que fray Diego tras la muerte de su madre Beatriz López en 1429 promovió, y consiguió como buen letrado que era, la aplicación de su herencia y de otras que vinieran, entre ellas la de su compañero de fundación Juan de Medina, a San Jerónimo y no a Guadalupe, como correspondía por su profeso de él. Por Bula de Martin V y Eugenio IV alcanzó tal beneficio, lo que por otro lado, le supuso reñidos pleitos con los enojados hermanos de Guadalupe, que le obligó a dejar por un trienio, de 1431 a 1433, su cargo de prior de San Jerónimo para más libremente defender su causa, que finalmente significó la partición de la cuantiosa herencia entre los dos monasterios.
     A fines de 1433 o principios de 1434 muere el padre de fray Diego y benefactor de San Jerónimo, Nicolás Martínez, en Medina del Campo en donde por su cargo de Tesorero real atendía asuntos de la Corte allí emplazada. De nuevo fray Diego hubo de encargarse de asuntos familiares, exhortado incluso por el propio rey Juan II según carta firmada por éste el 7 de abril de 1434, en atención a la última voluntad de su Contador. Esta vez, mediante escrituras de avenencias con el monasterio de Guadalupe que también obtuvo algunos bienes, el prior de San Jerónimo pudo aplicar su parte de la herencia al convento de buenavista, "el quinto... algunas pieças de viñas, casas y tierras, y otras heredades, según el aprecio en que entonces se valoraron, seys mil y seiscientas y cincuenta y nueve doblas, y dos tomines". Fray Diego hará traer el cuerpo de su padre desde Medina del Campo, en donde estaba sepultado en capilla de su propiedad en el monasterio de San Francisco, para inhumarlo en la iglesia de San Jerónimo que se estaba edificando, por lo que mientras tanto fue depositado en la capilla de Santiago de la Catedral hispalense.
     La dotación fundacional del Jurado Juan Esteban, las ayudas del Tesorero Nicolás Martínez, del prelado don Alfonso de Egea y las sustanciosas herencias de fray Diego amén de las limosnas y donaciones piadosas, significaron un rápido e importante aumento del patrimonio de San Jerónimo, que posibilitó su pronta construcción, desde 1414, en sustitución de las casas de carácter agrícola que habían recibido. Por otro lado, el buen hacer de fray Diego, su espíritu bondadoso y servicial le granjeó entre sus conciudadanos un gran prestigio que continuará tras su muerte en beneficio del cenobio. Su buena relación con los patricios sevillanos le llevó a realizar tareas de mediación entre familias enfrentadas por la hegemonía en la ciudad. Los servicios prestados por fray Diego al Concejo municipal supusieron notables beneficios para la comunidad, por "... los servicios, y muchos trabajos que ha pasado, y pasa por la dicha ciudad", como el privilegio otorgado en 1445 por el que los ganados del monasterio podían pastar libremente en una dehesa de la ciudad, o la concesión en 1446 del pasto del campo de Matrera; el 29 de agosto de 1429 el cabildo otorgaba a fray Diego, que actuaba como procurador del mismo, 10.000 maravedíes "para ayuda de costa que había de hacer en la ida, estancia y regreso, y para las escrituras y provisiones, como procurador, al rey y al Santo Padre, acerca de la conservación y guarda de la jurisdicción del rey y de Sevilla".
     En 1446 muere fray Diego, con más de 70 años de edad y veintiocho de gobierno de Buenavista, sucediéndole como prior su compañero de Guadalupe y también valioso ayudante en la fundación, fray Juan de Medina. Quedaba el monasterio plenamente organizado y adelantado en su fábrica y una comunidad en continuo crecimiento, comenzan­do una etapa de gran apogeo en todos los órdenes. Las herencias y donaciones se convierten en piedras de un suntuoso edificio, contenedor de un rico patrimonio artístico, a lo que se suma extensas y numerosas propiedades dentro y fuera de la ciudad.
     En efecto, desde al menos 1419 el monasterio era propietario de la rica hacienda llamada de Hernán Cebolla, situada junto al camino de Carmona, de las dehesas de Los Bueyes, Las Vacas, Mogollón; el molino del Algarrobo de cinco piedras en Alcalá de Guadaira; la viña Bodeguilla en Bollullos de la Mitación; la finca Matallana en Utrera; el cortijo El Esparragal, en Gerena, y el de Las Albaidas, en Carmona. La misma heredad fundacional de Mazuelos o Buenavista comprendía aparte de las casas de habitación, dos huertas, un molino de aceite, horno de ladrillos, siete hazas de tierra y una alameda junto al río. Asimismo poseyeron numerosas fincas urbanas, las cuales eran reconocibles en el callejero de la ciudad por un "azulejo de propio", pequeña pieza cerá­mica cuadrada y policromada, con la efigie simplificada de San Jerónimo penitente y la leyenda "San Gerónimo de Buenavista", que colocada en la pared del inmueble revelaba su pertenencia al monasterio, de los cuales se conservan algunos ejemplares.
     El buen nombre del cenobio y sus miembros fue en aumento lo que llevó a muchas personas a confiar en los priores como albaceas testamentarios y patronos de distintas instituciones. Este fue el caso del cardenal Juan Cervantes, arzobispo de Sevilla y muy afecto a la Orden, quien en 1453 nombró su albacea a fray Pedro de Illescas y patrono -junto con el prior del monasterio de la Cartuja y el cabildo catedral- del Hospital de San Hermenegildo, por él fundado. El arzobispo, agradecido por estos servicios, otorgaba al monasterio una prestamera en Utrera, 11.000 maravedíes, una Biblia y los Morales de San Gregorio. Según documento de 30 de abril de 1503 otro alto personaje de la sociedad sevillana del momento, doña Catalina de Ribera mujer del Adelantado Mayor de Andalucía don Pedro Enríquez, nombra como su albacea junto a sus hijos Enrique y Fadrique y el obispo de Tiberia, al prior de San Jerónimo, fray Martín de Triana, quien también será nombrado miembro del patronato que, junto con los priores de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla y de San Isidoro del Campo -monasterio de Jerónimos- regir el Hospital de las Cinco Llagas fundado por la ilustre señora, que agradecida adjudica a Buenavista 5.000 maravedíes.
     Asimismo, se conoce la relación del monasterio con el linaje de los Ponce de León, según consta en el testamento del conde don Juan Ponce de León, fechado en Marchena el 10 de septiembre de 1469, donde refiere cómo su segunda esposa y algunos de sus hijos tenían enterramiento en la iglesia, dando como limosna cierta cantidad de trigo y cebada. El prior fray Diego de Córdoba, refiere la sepultura de doña Leonor, en el ábside de la iglesia, a mano izquierda y a la altura del altar mayor, una tumba suntuosa, dorada, sobre leones también dorados y con los escudos de armas del conde.
     El XVI fue el siglo de mayor pujanza del monasterio, uno de los más destacados de la Orden tanto por su patrimonio artístico y económico como por las virtudes de sus miembros, que le granjearon la estima y prestigio de la sociedad sevillana, que acudía a ellos para solicitar su asistencia en asuntos de herencias, patronatos de instituciones, obras pías, etc. Los priores jerónimos tenían el privilegio de poseer silla alta en el coro de la Catedral hispalense, y actuaron como visitadores de la más alta institución académica de la ciudad: el colegio-universidad de Santa Mª de Jesús, fundado por el Arcediano de Reina Maese Rodrigo Fernández de Santaella, quien en las Constituciones por él redactadas hacia 1506, establece que el cargo de Visitador se otorgase al prior de San Jerónimo. Constan otras colaboraciones como la de fray Jerónimo de Argote, nombra­do en 1522 albacea testamentario de doña Juana de Ayala, que le confiere el patronazgo del convento femenino de Santa Mª del Socorro por ella fundado. Igualmente el patronato de la obra pía de doña Ginés de Guillén, que dotaba doncellas para profesar en el monasterio de San Clemente o en el de Santa Paula, regentado por priores jerónimos. O el instituido por la Duquesa de Arcos "para pobres, para locos, cautivos, y encarcelados".
     En 1431 se produjo en la Orden un movimiento de reforma abanderado por el General fray Diego López de Olmedo. Entre los siete monasterios que consiguió reformar se encontraba el principal: San Isidoro del Campo, en la cercana localidad sevillana de Santiponce. Su patrón don Enrique de Guzmán, conde de Niebla, disconforme con los miembros de la Orden cisterciense que lo regentaba, lo entregó al referido fray Diego en 1431. Sin embargo, el espíritu de la nueva observancia no cristalizó, interviniendo el propio Felipe II que solicita al papa Pío V la asimilación de esa comunidad a la Orden Jerónima, lo que se llevó a efecto por bula de 14 de septiembre de 1567. Los frailes de Buenavista, junto con el vicario de la diócesis, tomaron posesión de San Isidoro, lo que significó el aumento de monasterio jerónimos en el reino de Sevilla; los dos monasterios alternaban el cargo de priores en una misma persona.
     Destacada fue la vertiente social y caritativa que prestó Buenavista a los necesitados: "Viste el Jueves santo diez y nueve pobres, y les dan de comer, y lavan los pies... Haze sin esto el convento mucha limosna a los pobres que llegan a su puerta: cueze cada día una hanega de pan que se reparte en ella,... buscan los pobres viejos mas necesitados, y llevan a diez y nueve dellos cada día, a un refitorío que tienen hecho para esto, donde los abrigan mantienen y regalan... danle al Prior para que por si solo reparta a pobres, sin dependencia del convento cada un año, cincuenta hanegas de trigo, doze arrobas de azeyte, y doze mil maravedis en dineros, y que se aproveche de todas las lymosnas y propinas que le vienen de todos los Patronazgos". Actividad asistencial continua en el tiempo; en el siglo XVII, periodo de grandes cares­tías en Sevilla "en el convento de san Gerónimo de buenavista extramuros de Sevilla ay Refitorio particular, en que todos los días dan de comer a veinte y quatro pobres, viandas de pan, carne, y vino, y con la misma curiosidad y asseo, y limpieza, que los religiosos, con su lección de algún libro devoto: y sin esto reparten todos los meses cincuenta fanegas de trigo a pobres, por dotación particular".
     No podemos dejar de reseñar la importancia cultural, que junto con la artística, desarrollaron los relígiosos de Buenavista. Dentro de la disciplina monástica practicada por sus miembros en la que la mayor parte del tiempo se dedicaba al culto divino y la medi­tación, los jerónimos trabajaron en labores tipográficas desde 1575, año en el que rey Felipe II les concedió el privilegio de imprimir las Bulas de la Santa Cruzada para las Indias, por cesión o alquiler del titular de este privilegio, el también monasterio jerónimo de El Escorial. El convento sevillano por cada bula de vivos recibía un maravedí y una blanca por cada una de difuntos que imprimiera, lo que le aportó considerables ingresos. La existencia y uso de la imprenta consta desde al menos 1491, año en el que se atribuyen a los jerónimos sevillanos la impresión del antifonario Antiphonarium et graduale ad usum ordinis S. Hierorimi. La imprenta se instaló en un piso alto de la sacristía, espacio que pronto resultó insuficiente por el aumento de los trabajos que se exten­dió a la impresión de libros religiosos; el considerable número de impresiones hizo necesario la edificación de un recinto propio para una más adecuada instalación del taller. 
     El emplazamiento de Buenavista se situaba al lado del camino real, que comunicaba Sevilla con Sierra Morena y la Meseta, en un recodo del río Guadalquivir, con bellas vistas -de donde toma nombre- amplias huertas y hermosos jardines, elementos que ya causaron admiración al embajador veneciano Andrea Navagiero y años más tarde a Cosme de Médicis. Extramuros de la ciudad pero próximo a una de sus entradas principales, la puerta de la Macarena. La alta estima y consideración política y social de su comunidad, favoreció el que a través de los siglos fuese parada y albergue de reyes y residencia de prelados. Probablemente, en alguna ocasión hubo de servir de lugar descanso de los Reyes Católicos que visitaron Sevilla en ocho ocasiones entre 1477 y 1502, y entre 1508 y 1511 al rey Fernando con su segunda esposa Germana de Foix. Así Jo hizo el Emperador Carlos V cuando en el mes de marzo de 1526 vino a desposarse con Dª Isabel de Portugal. En el monasterio tuvo lugar la ceremonia de bienvenida de los representantes de la ciudad: el duque de Arcos, Asistente, el Arzobispo, y los miembros del ayuntamiento y regimiento. Años más tarde, en 30 de abril de 1570, su hijo Felipe II llegó a San Jerónimo antes de hacer su entrada en la ciudad, en esta ocasión no por la puerta de la Macarena como era costumbre sino por la de Goles, que desde entonces paso a llamarse Real. Ya en el siglo XVII, el 24 de febrero de 1624 Felipe IV llega al monasterio antes de su entrada en Sevilla el 1 de marzo. En estas fechas de crisis económica, la estancia de los monarcas no supuso ninguna concesión o donación, más bien todo lo contrario, pues los jerónimos tuvieron que donar cuarenta y cinco casas para contribuir a los gastos de las campañas de Felipe IV.
     La estima de los prelados sevillanos por Buenavista se pone de manifiesto en que se convirtiera en lugar de retiro temporal de las más altas dignidades del arzobispado hispalense, lo que determinó a los religiosos a tener una estancia siempre dispuesta para estas personalidades, entre las que cabe destacar a de fray Diego Deza, arzobispo de Sevilla entre 1505 y 1523, fundador en la ciudad del colegio dominico de Santo Tomás de Aquino, quien elegido arzobispo de Toledo en 1523 y antes de partir a su nuevo destino se retiró a Buenavista, donde le llegó repentinamente la muerte el 9 de junio.
     En el transcurrir de los jerónimos en los siglos siguientes se detectan periodos difíciles, relacionados con la situación económica y social, las catástrofes naturales y los conflictos internos de la Orden, que supondrá el principio del fin de la comunidad. Una comunidad que dependía en gran medida de las rentas de sus fincas rústicas, con frecuentes altibajos en su producción. Por otro lado, las cíclicas riadas del Guadalquivir resultaron muy perjudiciales para el cercano monasterio al río. La de enero de 1626 produjo en San Jerónimo y San Isidoro del Campe daños por valor de 50.000 ducados en cada uno. Asimismo, las sucesivas epidemias que azotaron Sevilla mermaron su población; especialmente devastadora fue la de peste de 1649 que supuso una gran crisis demográfica en la ciudad y en la comunidad jerónima. A esta serie de sucesos hay que añadir la pérdida de los estrechos vínculos y afinidad que había mantenido la Orden con la Corona, su gran benefactora. Relación que se fue debilitando con los últimos Austrias. La comunidad jerónima, en otros tiempos muy numerosa, vio mermar sus individuos; en la estadística de 1747 realizada por el ministro Carvajal y Lancaster, el número de jerónimos era sesenta, cifra que incluiría a los dos monasterios de San Isidoro del Campo y Buenavista, al que se podría aplicar unos cuarenta monjes, por ser el de mayor importancia.
     En el orden interno, desde mediados del siglo XVII se constatan conflictos en la institución, con discordias y falta de entendimiento de los priores, dificultades en los Capítulos Generales a la hora de elegir a los Generales. Ya en el XVIII se hizo necesaria la intervención de Carlos III, quien consiguió permiso papal para intervenir en el gobierno de la Orden, lo que supuso la pérdida de su independencia y su irremediable decadencia.
     Ya en el siglo XIX, la desdichada invasión francesa y el cumplimiento de los decretos josefinos de 1809 sobre la extinción de las órdenes religiosas obligaron a los monjes a abandonar sus monasterios. En ese año comenzó en Buenavista el proceso de incautación de sus bienes, primero sus fincas rústicas y urbanas y un año después e1 monasterio. El prolijo expediente de incautación conservado en el Archivo Histórico Nacional da a conocer las ricas propiedades que el cenobio poseía en aquellos momentos y los objetos artísticos y litúrgicos. Los comisionados de la confiscación fueron el Oidor de la Audiencia, don Fernando Carvia de Torrevedra y el párroco de la iglesia del Sagrario, don Miguel López, en su calidad de representante de la autoridad eclesiástica. Ambos se personaron en Buenavista en donde pidieron al prior fray Alonso de Bornos y al sacristán del monasterio, fray Pascual de Salmerón les aportaran la relación de los bienes raíces y muebles pertenecientes a los jerónimos sevillanos. Los objetos de orfebrería fueron entregados a la Tesorería del Ejército, la biblioteca a la Universidad, las pinturas y esculturas al también extinguido convento de San Buenaventura que hacía las veces de almacén de las obras artísticas procedentes de los numerosos conventos suprimidos. Otros enseres fueron distribuidos por diversas parroquias de la ciudad y los utensilios de cocina y farmacia al Hospital de la Cinco Llagas. En el trasiego de tan numerosos objetos y obras de arte muchas se perdieron y otras fueron vendidas clandestinamente en el extranjero. En 1811 se extienden las escrituras de venta de las magníficas propiedades rústicas cuya detallada relación se expresa en el expediente de incau­tación; la comunidad poseía en Sevilla ochenta y seis casas.
     Tras la marcha de los franceses la historia de San Jerónimo de Buenavista no es más que un rosario de expolios, abandonos y destrucción. La escasa y anciana comunidad que permanecía en él -en 1817 no llegaba a diez el número de religiosos- a penas si podía hacer frente a las reparaciones del enorme edificio y a una vigilancia efectiva que lo librase de la rapiña. Sin comunicación con las demás casas de la Orden, en un paraje alejado y solitario, el saqueo resultaba fácil, lo que llevó a los priores a ir depositando los objetos más valiosos en casas de la ciudad. Sin embargo, el constante robo a que se ve sometido el inmueble resulta imparable y penoso. Entre 1815-20 se produce un asalto muy destructivo a juzgar por las amplias señales de incendio que se han hallado en excavaciones arqueológicas. En 1823 de nuevo se autoriza la vuelta de los religiosos a sus conventos, pero los de Buenavista pocos y viejos no podrán poner en marcha el gran monasterio, cuya iglesia estaba en tan mal estado que hacía imposible su utilización. Muchos pidieron la secularización al ver cómo paulatinamente se acercaba el momento de la disolución de la Comunidad. En septiembre de 1835 la Junta que se formó en la ciudad contra el gobierno central, decretó la exclaustración de los religiosos interviniendo conventos y patrimonios, quedando sólo abiertos al culto los templos de la Cartuja, San Jerónimo y Santo Tomás. Así, cuando se produjeron los decretos desamortizadores del ministro Medizábal en 1835 y 1836, Buenavista ya estaba confiscado. Su último prior fue fray Juan Muñoz.
     Tras la Desamortización el predio monacal se fue dividiendo y destinando a diversos usos, mientras que la iglesia, claustros y demás dependencias conventuales se seguían degradando y expoliando, sirviendo sus artísticas piedras como material de acarreo para otras construcciones. Desde el 4 de septiembre de 1836 a diciembre de 1838 el recinto albergó el hospicio de niños huérfanos llamado de los "Toribios". Después, Francisco Alejandro Fernel, antiguo gobernador de Sevilla fundó en el inmueble el Colegio Sevillano que por razones económicas se mantuvo abierto poco tiempo ya que el año 1843 Enrique Hodson Cortés compró el edificio para instalar una fábrica de cristales. "perfectamente montada y en la que se hacen toda clase de cristales huecos y planos", lo que significó importantes destrozos en el inmueble. El horno principal estaba en el centro de la iglesia y el secadero de las piezas en la torre y miradores. En la huerta situada al norte se emplazó un cementerio e iglesia protestantes. Pero el colmo de la degradación se alcanzó con la utilización de Buenavista como cebadero de cerdos, uso que se prolongó hasta bien entrado del siglo XX. En 1877 la Comisión Provincial de Monumentos instó a la Academia de San Fernando para que gestionase con los Ministerios de Hacienda y Gobernación la suspensión de la subasta del monasterio, al parecer entonces en manos de un deudor de hacienda, y poder salvar las partes más valiosas de lo que aún quedaban, aconsejando que el edificio se destinase a cárcel o presidio, apto para ello por su tamaño y situación. Estas recomendaciones no se llevaron a efecto y San Jerónimo continuó degradándose y expoliándose para terminar convertido en "madriguera de lagartijas", como lastimosamente señala Pedro de Madrazo cuando lo visita.
     El 27 de agosto de 1964 los restos del monasterio se declaran Monumento Histórico Artístico (BOE de 12/IX/ 1964), y el 21 de junio de 1966 Dª Carmen Iglesias Zubiada lo adquiere realizando algunas obras de consolidación y adecuación para uso residencial. El 8 de marzo de 1984 el Ayuntamiento compra la propiedad por 25.031.700 pesetas. El 6 de julio del mismo año se añaden los terrenos circundantes en un proceso expropia­torio que costó 19.000.000 de pesetas.
ARQUITECTURA
     La escasez de fuentes documentales y referencias artísticas, y la desaparición de más de la mitad de las edificaciones que conformaron el monasterio de San Jerónimo, hace difícil el conocimiento de su enorme recinto, formado por diversos patios, iglesia, sacristía, dos refectorios, imprenta de Indias, cocinas, etc. en un largo proceso constructivo de varios siglos que lo amplió y modificó. En este sentido es de lamentar la pérdida de un documento citado por Alonso Morgado, "el gran libros de su fundación, rentas, y Privilegios, que se guarda en sus Archivos", del que el historiador copia un fragmento, que nos hubiera permitido conocer algo más acerca de él en sus primeros años y de su primitiva fábrica.
     El núcleo fundacional del monasterio fue el pago de Mazuelos o Buenavista, hacien­da donada por el jurado Juan Esteban, situada al norte de la ciudad y a unos dos kilómetros de la puerta de la Macarena, consagrado en 1414. Al principio los religiosos hubieron de acomodarse en las casas de labor, en tanto se proveían los fondos para levantar monasterio e iglesia. Hasta 1426 San Jerónimo dependía de Guadalupe y sus priores, careciendo de capacidad jurídica para administrar sus bienes, lo que ocasionaría pleitos entre ambas comunidades, y quizás la ralentización de los trabajos en algún que otro momento. Con el reconocimiento oficial en ese año, el convento sevillano adquiere la autonomía económica y jurídica que impulsará las obras de edificación. El bello paisaje circundante que le da nombre, en la ribera izquierda del río Guadalquivir, rodeado de huertas y arboledas, junto con la magnifica arquitectura que llegó a ostentar con el paso de los años, justifica la admiración de visitantes y viajeros.
     Parece que el compás no estuvo siempre en el mismo lugar, el más antiguo pudo estar situado tras el ábside de la iglesia, por el que a través de la portería se accedía al interior, desembocando a la derecha al claustro medieval y a la izquierda al del Levante, edificado posteriormente. Cuando en el siglo XV se construye el nuevo claustro renacentista sobre el solar del medieval, el compás se traslada a los pies del templo. En el compás había dos porterías, una contigua a unas cocinas y refectorio para pobres, y otra de acceso a un zaguán por el que se accedía al claustro principal. Asimismo, se refiere la existencia en el compás de un molino y vigas para moler aceitunas. Dentro del recinto conventual, además de la iglesia y clausura había una gran huerta, granero, jardines, corrales, almacenes...
     La construcción de la iglesia hubo de comenzar en el mismo año 1414 según se desprende de las solicitudes de su fundador fray Diego Martínez al monasterio de Guadalupe, de donde era lego, pidiendo permiso y fondos para iniciar las obras. En 1434 aún no estaba terminada pues no pudo acoger los restos mortales del padre de fray Diego, Nicolás Martínez, como ya referimos. Para 1446 sí parece estar acabada pues fue enterrado en su capilla mayor el fundador, muerto en ese año. Prácticamente nada ha quedado de la iglesia, el daño que supuso la instalación de la fábrica de cristales, con la colocación del horno en el centro de la nave principal y próximo a la torre que a la vez se utilizó como secadero de las piezas, unido a algún incendio, aceleró su ruina. Sólo el muro de la epístola -testero que se corresponde con el lado norte del claustro principal- y dos capillas de este lateral permanecen en pie, mostrando escasamente las huellas de bóvedas, nervadu­ras y perfiles de su fábrica. Los trabajos arqueológicos ponen de manifiesto el derribo y acarreo sistemático de las piezas constructivas para aplicarlas a nuevas edificaciones o para obras de infraestructuras como el recrecido de muros de contención del río, asentamiento del firme de carretera o asiento del tendido ferroviario de la cercana estación de San Jerónimo que se levantó en las inmediaciones.
     El eje de orientación de la iglesia era de este a oeste, con la cabecera hacia levante. Su planta basilical de tres naves con capillas separadas por pilares circulares con baquetones cilíndricos adosados, alternando cada dos tramos con soportes en ménsula, frisos con decoración vegetal y las cubiertas de bóvedas de nervaduras, en su primera fisonomía gótica. La nave central estaba formada por cuatro tramos iguales, más ancha y alta que las laterales y sus medidas se han calculado en 43,85 metros de largo de la cabecera a los pies, por 11,10 de ancho, y una altura de unos 18 metros aproximadamente. Las capillas laterales eran de planta cuadrada de 4,90 metros de lado y 8,40 de alto separadas entre sí por muros que se prolongaban sobre las cubiertas y que actuaban como muros de carga o contrafuertes de la nave central, configuración exterior apreciable en algunos grabados decimonónicos. Frente a la hipótesis planteada por Sancho Corbacho de ábside ochavado de cuatro lados, el ábside, según las conclusiones tras los trabajos arqueológicos, era poligonal de seis lados, de 4,5 metros cada lado, y con cubierta de nervaduras, quizás estrellada. En el exterior presentaba contrafuertes entre los que se podrían ubicar ventanales apuntados, como en la mayoría de las iglesias mudéjares sevillanas del mismo periodo constructivo, con las que hubo de guardar similitud. La suposición de la existencia de estos vanos viene avalada por el hecho de que detrás del ábside nunca se adosó otra construc­ción sino que en las posteriores reformas de esta trasera para ubicar la imprenta de Indias, se mantuvo el espacio libre con un patio, respetando así los huecos góticos preexistentes.
     En el lado del evangelio de la capilla mayor se situaban dos capillas contiguas con acceso a la segunda a través de la primera mediante un arco, con solería de losas cuadradas de 22 x 22 cm., dispuestas diagonalmente, donde estaba colocado el extraor­dinario San Jerónimo penitente de Torrigiano y el enterramiento del fundador, fray Diego Martínez. Era de planta trapezoidal apoyada en los contrafuertes laterales del ábside. Tras la ocupación francesa y la vuelta de los religiosos, el muro divisorio de las dos capillas se derribó, conformándose una sola. En correspondencia, al otro lado del presbiterio se disponía la primitiva sacristía goticista, de planta cuadrangular. El coro alto y bajo se emplazaba a los pies del templo y comprendía el ancho de la nave central, el alto se cerraba con balaustrada de piedra sobre arco escarzano y el bajo cubierto con bóveda de nervaduras cerrado con reja de hierro, al igual que la capilla mayor, que puede ser la que el 29 de marzo de 1547 concertaba un innominado cerrajero vecino de la collación de El Salvador.
     Del presbiterio se pasaba a lo que, con reservas, se considera a la luz de los restos arqueológicos, el crucero por su anchura algo mayor, su vano de acceso al claustro y por ciertos elementos constructivos como las pilastras que lo enmarcan. A continuación seguían las capillas laterales, tres a cada lado, de las que se conservan las dos primeras del lado de la epístola, cubiertas con bóvedas de crucería con dos simples nervios formeros, comunicándose entre ellas mediante arcadas apuntadas abiertas en sus muros medianeros. La última capilla del costado de la epístola era de menor altura que las otras (6,20 m.), daba acceso al claustro y sobre ella montaba la torre. En el lado del evangelio y en correspondencia con la anterior, existió una capilla más con solería de azulejos estrellados de estilo mudéjar y con cripta inferior. En la reforma del siglo XVI la cripta se selló y el pavimento se cambió por ladrillos de 15 x 29 cm. a la palma. La nave central terminaba exenta con un vano de acceso de aproximadamente tres metros de ancho, según revelaron las excavaciones arqueológicas, descartándose la hipótesis de un acceso principal lateral. No hay descripción de la portada.
     La iglesia estaba labrada en piedra martelilla y ladrillo, y el pavimento en el siglo XIX era de losetas de Génova azules y blancas solería que no corresponde a la primiti­va del templo gótico sino a una etapa muy posterior. En cuanto al posible autor o autores de esta primera construcción, hay que señalar que no existe referencia documental al respecto. La Orden jerónima posee una trayectoria rica y dilatada en lo que a la construcción de sus monasterios se refiere, en muchos casos con monjes capacitados que podían asumir los trabajos de control y dirección de las obras, siendo el ejemplo más relevante El Escorial. En el estado actual de las investigaciones y ante la práctica desaparición de los elementos más antiguos del monasterio, no se puede indicar ninguna autoría sobre la obra gótico-mudéjar de siglo XV.
     A partir de la segunda mitad del siglo XVI y coincidiendo con el gran auge económico y social del monasterio, se acometen reformas fundamentales que lo configurarán definitivamente. En la iglesia se ejecutan una serie de modificaciones y ampliaciones que alteran su aspecto general, más acorde con los nuevos gustos estéticos. La reforma renacentista de la iglesia se manifiesta en planta a partir de la torre, con la ampliación de la capilla contigua a ésta hacia los pies hasta alcanzar la línea de fachada -la cual quedaba exenta en el esquema goticista- y apea sobre su contrafuerte en su cerramiento frontal. En este nuevo espacio, que comunica con la antigua capilla contigua, de 6 x 4,35 metros, mediante un vano de doble arco y que partiendo de ménsulas laterales apoya sobre pares de columnas cilíndricas de mármol, configurando un espacio de 7,85 x 4,35 metros, es donde se implanta la escalera de subida al coro alto, con portada de acceso desde el claustro, y bóveda vaída casetonada, similar a las del resto del deambulatorio del claustro, pero sin decoración. Dos bóvedas capialzadas muy rebajadas con decoración a base de círculos y cuadrados sirven de arranque de las pechinas aveneradas que sustentan la cúpula casetonada que cubre la doble altura de subida. La pequeña entrada de acceso al coro alto y al claustro alto se cubre con bóveda elíptica muy plana, con cuatro nervios concéntricos con la efigie de San Jerónimo penitente entre dos rosetas en el óvalo central; la fecha de ejecución es anterior a la bóveda de la escalera y su traza se vincula a los maestros Diego de Riaño y Martín Gainza.
     En el costado opuesto del templo se produjo una ampliación de la que, por inexis­tencia de datos, se desconocen características formales y funcionales. En este momento se realiza la apertura lateral de la iglesia en el muro del evangelio en correspondencia con el eje de la torre, no existiendo descripción de esta portada. La puerta principal goticista situada en el sotocoro fue clausurada, pasando la lateral a ser el acceso exte­rior al templo para los fieles visitantes.
     En el terreno formal, las modificaciones se concretan en el ocultamiento de las formas góticas de los ocho pilares circulares con baquetones que fueron recubiertos, transformándolos en otras tantas enormes semicolumnas dóricas de fuste acanalado. Las ménsulas del coro y otros elementos decorativos fueron tratados para conseguir una fisonomía afín al nuevo estilo Las hipótesis de autoría de estas renovaciones rena­centistas del templo se han concretado en la figura del arquitecto Hernán Ruiz "el Joven", por su vinculación con la Orden, trabajando en edificios administrados por los priores de Buenavista, concretamente el Hospital de las Cinco Llagas, y sobre todo por las semejanzas de las soluciones constructivas y elementos decorativos con obras documentadas del maestro. Su autoría parece innegable en la cubierta de la escalera de subida al coro alto, cuyo casetonado y motivos decorativos de carácter geométrico de círculos y cuadrados en las dos secciones de medio cañón en que se apoya, son recur­sos frecuentes en las obras de Hernán Ruiz, como en las bóvedas de la Capilla Real y del antecabildo de la Catedral Igual filiación se advierte en el revestimiento de los pilares góticos cuya apariencia final coincide con las grandes columnas dóricas que por estas fechas labraba en la iglesia de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús de Sevilla. 
     Se conserva la estructura exterior de la torre-campanario, no así su escalera interior, que durante la utilización de iglesia como fábrica de cristales fue vaciada para utilizarla como secadero, reemplazando a la escalera original otra más angosta y empinada, actualmente en estado ruinoso. La primitiva torre gótica hubo de ser un discreto volumen coronado con una espadaña similar a las de los monasterios medievales del momento. El campanario que ha permanecido está adosado al muro de la epístola de la iglesia y abría a la nave central mediante tribuna. Se asienta sobre un cubo de ladrillo de planta cuadrada, del período goticista. La construcción del único cuerpo de campanas coincide con la reforma renacentista de iglesia y claustro principal, a partir de la segunda mitad del siglo XVI; se ha propuesto su ejecución en 1585. Sobre un basamento decorado con cerámica azul, con motivos geométricos distintos en cada una de las caras, se levantan seis pilastras en cada uno de los lados que articulan este cuerpo, dos encuadrando el vano de medio punto central y dos pares en cada ángulo enmarcando huecos más pequeños, también de medio punto y coronados por óculos circulares. A continuación se dispone el entablamento, cuyos triglifos y metopas están decorados con piezas de azulejos de color azul cobalto; la cornisa inserta un arco de triple inflexión en el centro, coincidiendo con el eje del hueco de campana mayor, y se decora con una semiesfera cerámica en su interior. Rico repertorio ornamental de azulejería va marcando las líneas compositivas, recurso que permite un enriquecimiento plástico del campanario. Remata la composición una pequeña balaustrada con motivos geométricos. Pudo estar proyectado otro cuerpo, que por motivos que desconocemos no se ejecutó, quedando la torre inconclusa hasta mediados del siglo XVII en que, en fecha desconocida, se coronó con un pequeño chapitel piramidal que monta sobre bóveda cónica de ladrillos sobre trompas. Al exterior se recubre con azulejos de dibujos estrellados azules y blancos y se remata con una cruz de hierro. Del juego de campanas con el que debió contar sólo permanecían en el momento de la desamortización tres grandes y dos pequeñas, hoy inexistentes. Son evidentes las similitudes del campanario de Buenavista, en su composición y materiales constructivos y decorativos, con el cuerpo de campanas de la Giralda, en lo que se ha considerado la primera copia de ésta. Su composición general responde a los modelos de Serlio divulgados a través de sus libros de Arquitectura, especialmente el tercero, modelos conocidos y utilizados por Hernán Ruiz, a quien se atribuye este campanario.
     La sacristía construida en el siglo XV se situó en el costado derecho del presbiterio, apoyando sobre uno de los contrafuertes del ábside. De planta rectangular, sus pequeñas dimensiones determinaron su ampliación en las reformas del monasterio a mediados del XVI. Contigua y comunicada con ella, se levantó una gran pieza de 18,4 metros de largo por 13,40 de ancho, dividida en dos tramos mediante arco sobre pilastras o columnas y cubierto los dos espacios resultantes con bóvedas. Con la construcción por estas fechas del claustro de Levante, la sacristía ocuparía su lado norte, y el otro lado mayor el lateral sur del patio de la imprenta de Indias construido a fines del XVI. No se ha conservado nada de ella.
     Los claustros. Aprovechando el muro de la epístola de la iglesia correspondiente al lado sur, se levantó el primitivo claustro del que no existe descripción ni permanencias, pues sobre él se realizó a mediados del XVI otro de corte renacentista. Parece que hubo de labrarse en poco tiempo y aunque hacia 1520 se levantó otro contiguo denominado de Levante, su utilidad durante más de cien años descarta su consideración de obra provisional; más bien el auge de San Jerónimo en este periodo y el aumento de su comu­nidad hizo insuficiente el ya pequeño claustro medieval. No existe descripción ni docu­mentos que nos ilustre cómo pudo ser, sobre el que se ha aventurado la hipótesis de una posible semejanza con el claustro mudéjar del monasterio de Guadalupe que, como casa matriz que era, existían relaciones y quizás influencias en el orden constructivo.
     El claustro de Levante o claustro menor, se levantó en los primeros decenios del XVI, ante la necesidad de nuevas estancias para la crecida comunidad jerónima. De él sólo se ha conservado el muro oeste, medianero con el claustro principal, en el que se aprecian el encastre de algunas bóvedas. Los trabajos arqueológicos han podido identificar su planta, medidas y distribución de sus celdas. Estaba inscrito en un rectángulo de 58 x 45 metros, con su eje más largo de norte a sur, y el claro del patio de 19,50 x 30,50 metros. Limitaba a poniente con el claustro principal, al norte con el muro de la sacristía y parte del patio de la imprenta de Indias, cerrándose al este y sur de forma exenta, mirando a las huertas y jardines contiguos cuya vista podrían disfrutar los monjes desde las ventanas de sus celdas que se abrían en ambos lados. En el lado sur y merced a las excavaciones arqueológicas, se han localizado siete celdas de 7 metros de longitud todas ellas y de anchura variables: cuatro de 4,5 metros, dos de 3 metros y una de 6, quizás fuera esta la del prior. Las del costado este son nueve, de 6,90 metros de largo y un ancho entre 4,50 y 4,90 metros. Todas disponían de ventana abocinada que arrancaba desde el suelo cubierto con solería de ladrillos rojos de 27 x 13,5 cm. colocados a la palma y con una cenefa del mismo material que recorría el perímetro de la celda. En el ala norte un pasillo comunicaba con el patio de la imprenta; a continuación una celda de 4,5 metros que por su comunicación con la contigua sacristía podría ser la del sacristán. En el lado oeste y contiguo al claustro principal se situaba lo que se ha considerado el primer refectorio, una larga habitación de 6,20 x 32,50 metros en la que se conserva restos de apoyos de un banco corrido y un zócalo de azulejos. Debajo de esta estancia se ha constatado la existencia de un sótano abovedado con respiraderos, quizás utilizado como bodega, cuya construcción se sitúa en el mismo momento que el claustro de Levante. Las inundaciones que hubo de padecer determinarían su abandono, utilizándose como vertedero de la cocina y refectorio hasta que a fines del XVI se ciega. Este primer refectorio estaba flanqueado por otras dos estancias de menores dimensiones. La del extremo norte mide 6,15 x 10,20 metros, y está situada en el punto de unión de la iglesia y los dos claustros. Tenía comunicación con el templo a la altura del crucero, con el claustro mayor, con el refectorio y con la sacristía. Es el espacio en el que a fines del siglo XVI, una vez terminado el nuevo claustro principal, se insertó una de las magníficas escaleras que poseyó el monasterio, "digna de reparo por su diafanidad, comodidad, y bella construcción. Sus gradas son de piedra fina oscura, y sus pasamanos de hierro abalaustrado" de la que se conserva un lienzo de pared y algunos paños de azulejos del zócalo que la revestía. Se cubría con cúpula y linterna según se aprecia en los grabados decimonónicos; se ha conservado parte de su solería con olambrillas de la época de su construcción. En el extremo sur del refectorio se situaba otra pieza también con sótano y respiraderos, que correspondería a las cocinas y despensa.
     El piso alto del claustro de Levante probablemente estuvo dividido en estancias, siendo la más próxima a la iglesia la usada como sala capitular por la presencia de restos de un banco corrido. La finalización de este claustro se sitúa en el primer cuarto del XVI, en el que algunas de las estancias descritas cambiarían su uso tras la construc­ción del claustro principal y el traslado a él del refectorio y la sala capitular.
     El Claustro Principal es sin duda la pieza más elogiada por los visitantes y erudi­tos, que lo vieron en todo su esplendor y que afortunadamente se ha conservado en su mayor parte. Levantado sobre el primitivo claustro medieval, se inscribe en un gran cuadrado de 46,30 x 45,40 metros con un claro del patio de 34 x 33,50 metros. Apoya su lado norte en el muro de la epístola de la iglesia y al este con los muros de las estan­cias del claustro de Levante. Realizado en piedra martelilla, su alzado se estructura mediante pilares con semicolumnas toscanas sobre pedestales adosadas en su frente, en la planta baja, y de orden jónico en la superior. Ambas galerías son anchas y ambas poseen siete arcadas en cada uno de sus frentes, de medio punto sobre semicolumnas toscanas en la inferior y de arcos carpaneles sobre semicolumnas jónicas en la alta. Ambas poseían una balaustrada de mármol blanco, hoy desaparecida, cuya ejecución fue concertada el 9 de marzo de 1580 con los canteros Juanes de Cafranca y Mateo Núñez, quienes se obligaban "ha hacer y dar hechas y acabadas las barandas de marmolería del claustro nuevo que al presente se hace en el dicho monasterio en la forma y manera y con las condiciones siguientes: ...nos obligamos de sacar y traer el mármol... de la cantera de mármol de Málaga que sea mármol blanco y limpio... nos obligamos de hacer del dicho mármol veinte y cuatro lumbres de veinte y cuatro arcos de balaustres con su basa solera y pasaman por encima de diez balaustre cada lumbre... ha de tener cada uno de estos balaustres una vara de peralte y la solera y pasaman han de tener palmo y medio repartido entre ambas de manera que ha de tener la dicha baranda de alto cinco cuartas y medir y han de entrar en los pilares de cada parte una sesma...". El importe de cada balaustrada ascendía a 23 ducados y el plazo de entrega era de cuatro meses a partir de la fecha de la firma del contrato. Se corona el conjunto con un antepecho corrido con labor de lacería de recuerdo mudéjar, con una gran cartela con el escudo de la Orden en el centro de cada lado. La galería inferior está compartimentada en siete módulos, cuyos tramos cuadrados se sostienen por arcos transversales sobre ménsulas de formas variadas -más goticistas en el lado norte y de corte renacentista en el ala sur-, y se cubren con otras tantas bóvedas vaídas casetonadas con decoración en los cinco casetones centrales de bellos relieves de bustos de santos, profetas, apóstoles y evange­listas acompañados con sus correspondientes atributos, así como el escudo de la Orden, cabezas de querubines, rosáceas, etc. De las galerías superiores sólo conserva su cubierta la del lateral contiguo al muro de la iglesia. Sus arcos carpaneles sobre ménsulas sostienen bóvedas vaídas casetonadas; en esta ala se halla la sala de planta rectangular y cubierta elíptica anteriormente descrita, que daba acceso a la torre.
     En la zona de intersección del claustro principal con el de Levante y en el lado de la epístola de la iglesia a la altura del crucero, se ubicaba la escalera principal, de la que sólo se ha conservado un lienzo de pared y algunos zócalos de azulejos, como hemos referido anteriormente. Su edificación se sitúa a fines del siglo XVI. Muy elogiada por los que la llegaron a conocer -aunque no fue la única con la que contó este patio- se cubría con cúpula y linterna, y decoración pictórica realizada por Pedro Duque Cornejo, como ya apuntara Ceán y no la de subida al mirador como señala Sancho Corbacho.
     El gran espacio claustral fue enriquecido con diez portadas adosadas a sus muros que aún se conservan, y que daban acceso a otras tantas dependencias, "cuadras, oficinas y celdas, tan amplias y grandiosas; como corresponde a tan famoso edificio". Fueron cons­truidas en un amplio lapso de tiempo, como evidencian los diferentes estilos artísticos de su labra, que iría desde 1540 aproximadamente, hasta 1649 según fecha inscrita en una de ellas. Las más antiguas y de corte plateresco tardío son las dos portadas exacta­mente iguales situadas en la galería baja del lado norte del claustro que daban acceso, una a la escalera principal y a la sacristía, y la otra a la sala contigua al refectorio de los monjes, en el lado de poniente del claustro. Son vanos adintelados enmarcados por semicolumnas de fuste estriado, relleno en su tercio inferior; capiteles de orden compuesto y sencillo arquitrabe que da paso a un coronamiento conformado por flore­ros laterales, sinuosas volutas y finos balaustres, y una hornacina central con el relieve de San Jerónimo penitente en una portada y en la otra un santo sin cabeza. Del mismo estilo y periodo es una tercera portada de composición más sencilla, situada en la galería superior y que daba acceso a la estancia cubierta con bóveda elíptica ya mencionada, por la que se entraba a la torre y al coro alto. Dos ménsulas a la altura del dintel de la puerta sostienen un entablamento con decoración plateresca; sobre la cornisa dos altas volutas enmarcan una pequeña hornacina rectangular en la que se insertaría alguna imagen, hoy inexistente. Dos portadas tan bién iguales fechables hacia 1570 son las situadas en los ángulos extremos de la planta baja de la galería oeste; una junto a los pies de la iglesia, daba acceso al claustro desde el compás, en el ángulo noroeste, y la del suroeste de subida a la escalera del mirador. El vano es adintelado y está recorrido por un sencillo almohadillado enmarcado por pilastras jónicas de fustes estriados que sostienen un friso también almohadillado, coronado por un frontón triangular partido con cabeza de angelote alado en su interior. Tres jarrones rematan el conjunto, todo dentro del más puro estilo clasicista. En el lado sur de claustro se hallan dos portadas más, las más monumentales y bellas de toda la serie, fechables hacia 1600, que anuncian ya las formas barrocas si bien siguen el lenguaje general empleado en el patio, articulándose mediante columnas toscanas sobre pedestales adosadas a pilastras cajeadas, friso almohadillado, el frontón roto ahora es curvo enrollado mediante volutas, albergando en el centro una hornacina avenerada, hoy vacía; la puerta está festoneada con una rica moldura con pinjante en el centro del dintel. Estas portadas daban acceso, una al anterefectorio y la otra a la que fue cocina del claustro de Levante, cuyo espacio una vez perdida su función doméstica con la construcción del nuevo refectorio en el ala oeste del nuevo claustro principal, sirvió de tránsito entre ambos claustros. Otras dos portadas fechables igualmente hacia 1600 aunque de líneas más sencillas que las ante­riores, son: una la situada una en la planta baja de la galería norte de acceso a la esca­lera, con pilastras cajeadas y frontón recto partido con hornacina central coronada con volutas aveneradas en el centro, que alberga la figura acéfala de Santa Catalina; este vano posee aún la única puerta de claustro conservada, de madera y de estilo barroco. La otra de iguales características se sitúa en la galería sur de la planta baja y daba acceso a la nueva sala capitular. Finalmente, la portada que hace la número diez es la localizada en lado norte del piso superior que servía de ingreso al coro alto, se configura mediante sencillas jambas, entablamento sobre ménsulas y frontón curvo y roto con gran cartela con el escudo de la Orden en su interior y encima la fecha de 1649.
     La carencia documental y el prolongado periodo de tiempo de la construcción del claustro principal hace difícil establecer una hipótesis de autor. Sabemos que Miguel de Zumárraga se obligaba el 25 de septiembre de 1581 a comprar seiscientas carretadas de piedra en Jerez o en el Puerto de Santa María para labrar en el plazo de un año por valor de 1.500 ducados, "cinco capillas altas encima de otras cinco capillas bajas que el dicho monasterio tiene fechas de cantería en el dicho claustro..." conforme a las trazas y condiciones dadas por el prior de San Jerónimo, fray Rodrigo de Carmona. En esa fecha el claustro se hallaba muy avanzado en su construcción y por lo que se colige no fue diseñado por Zumárraga lo que por otra parte, queda descartado ante la configuración arquitectónica y estilística del conjunto, muy distante del estilo de este maestro que sí pudo sin embargo, efectuar algunas modificaciones en el proyecto dado, en la forma y altura de las arquerías, como queda recogido en el documento notarial: "...la montea de los arcos así de los que corren a la larga del dicho claustro como los que dividen las cinco capillas serán painelados y las formnas para que las capillas tengan mejor proporción y gracia y el dicho claustro parecerá mayor y más desenvuelto y eso no es más costa ninguna a la obra sino provecho muy grande al maestro que hiciere la obra en algún poco de más trabajo por el cuidado de la montea y traza que no se hace con tanta facilidad como a medio punto". Este cambio en el tipo de arcos configuró finalmente toda la galería alta del claustro como lo demuestran los restos conservados, que sí mantuvo la de ordenación casetonada de las bóvedas de cada tramo o capilla como se denomina en el contrato, similar a la de la planta baja y con decoración en su interior de "serafines y florones", que hoy podemos ver en la galería norte paredaña al lado de la epístola de la iglesia, precisamente la que realizó Zumárraga.
     Superadas las antiguas e insostenibles atribuciones a Juan de Herrera y/o a los religiosos de la Orden fray Bartolomé de Calzadilla y fray Felipe de Morón, se ha barajado la posibilidad que unas primeras trazas puedan deberse al maestro mayor de la Catedral y del Cabildo municipal, Diego de Riaño, a tenor de las semejanzas estilísticas, con obras documentadas de este maestro (Sala Capitular baja del Ayuntamiento, Patio de los Óleos, Sacristía de los Cálices y Mayor de la Catedral). La coincidencia cronológica entre la actividad de este artista en Sevilla (1527-1534) con la construcción del costado norte del claustro, que la investigación arqueológica ha acotado a fines del primer tercio del siglo XVI, refuerzan la adjudicación de la traza a Riaño, a lo que se suma que este maestro se halla trabajando para el Hospital de la Cinco Llagas, cuya administración es llevada, entre otros, por el prior de Buenavista, lo que justificaría la adjudicación al artista. Tras su muerte, su discípulo Martín Gainza pudo continuar las obras que corresponderían al claustro bajo. Sin embargo, el aspecto general del claustro con soluciones más avanzadas a la de los maestros anteriores, incita a pensar en la actuación de una personalidad más innovadora como fue Hernán Ruiz "el Joven", artista del que ya se barajó la posibilidad que fuese el autor de la reforma renacentista del templo monacal y el cuerpo de campanas de la torre. Al margen de la variedad de hipótesis de autor más o menos fundamentada, hemos de concluir que el claustro principal de San Jerónimo constituye uno de los ejemplos más destacados del Renacimiento español, cuya percepción actual en su estado de "ruina romántica" posee aún los ecos de su pasado esplendor.
     De entre los restos constructivos conservados aun se pueden rastrear la ubicación de algunas piezas importantes del monasterio. El primer refectorio se situaba en la planta baja, en la intersección de los dos claustros, el primitivo del siglo XV y el de Levante. Era una larga sala de 32,50 metros de longitud por 6,20 de ancho, flanqueada por dos más pequeñas, quizás cubierta con bóveda de cañón; en los muros conservados se aprecia restos de los apoyos de un banco corrido así como del zócalo de azulejos por encima de la altura del asiento. Con la construcción del nuevo claustro principal en el siglo XVI, el nuevo refectorio pasa a situarse en su lado oeste, una sala rectangular de 25 x 9 metros, en cuyo muro lateral aún en pie se aprecia restos de yeserías decorativas, un entablamento sobre ménsulas y el hueco de subida al ambón donde se realizaban las lecturas mientras duraba la colación de los monjes. Una portada semicircular con pilastras y soles en las enjutas de los arcos daba paso al anterefectorio, pieza rectangular cubierta con bóveda de cañón casetonada que a su vez comunicaba con la escalera de subida al mirador, de la que sólo quedan sus muros y los arranques de la bóveda que la cubría. A ella se refiere González de León con elogiosa comparación con las de la Casa Lonja y la de La Fábrica de Tabacos. Permanecen parte de las idas, con peldaños de mármol blanco de una pieza, los descansillos tenían losetas cuadradas colocadas en diagonal, de mármol rojo, blanco y azul y enmarcadas en blanco. La esca­lera se iluminaba por un óculo en la pared sur, aún existente. El mirador es una de las piezas más conocidas del monasterio a través de los grabados antiguos; desde él se podía disfrutar de las agradables vistas de las riberas del Guadalquivir que explican el sobrenombre con el que es conocido San Jerónimo. Se levanta sobre lo que fue el anterefectorio, y tenía cuatro plantas de altura de las que sólo se conservan las dos prime­ras; su cubierta era de tejas a cuadro aguas.
     En la galería sur del claustro se situaba la sala capitular de la que se conservan sus muros sur, oeste y norte. Sus dimensiones eran de 20,40 x 6,60 metros y estaba cubier­ta con bóvedas sobre ménsulas. Se aprecian en sus paredes los restos de un banco corrido y paños de azulejos, permaneciendo las ventanas que se abrían al sur, hacia las huertas y jardines. La sala estaba flanqueada por dos más pequeñas, una que haría las veces de antecapítulo y la otra que pudo ser la sala de profundis.
     La imprenta de Indias. En 1557 Felipe II otorga a Buenavista el privilegio de impresión de las Bulas de la Santa Cruzada para las Indias -pliego de papel con un sello con la salvación eterna para su portador- que hasta ese momento había sido monopolio de edición del también monasterio jerónimo de San Lorenzo de El Escorial. Evidentemente el imprimirlas allí para embarcarlas en Sevilla resultaba caro y laborioso. Se habilita para ello una sala sobre la sacristía que se situaba en el lado de la epístola del presbiterio del templo. El cuantioso volumen de trabajo y operarios amenazaba con hundir la precaria estancia, y el ruido y molestias que provocaban rompía el recogimiento y la oración. Esto hizo que en 1597 se solicitase al Consejo de Indias la construcción de unas dependencias más acordes para las nuevas necesidades. Los maestros mayores del Alcázar, Martín Infante y Lorenzo de Oviedo y los alarifes de la ciudad, Lope García y Hernán Martín, por mandato del presidente de la Real Audiencia de la Contratación de la ciudad, el doctor Pedro Gutiérrez de Flores, expiden informe el domingo 3 de agosto de 1597 de la visita realizada a San Jerónimo para inspeccionar las instalaciones de la imprenta, quienes corroboraron el mal estado de la estancia y los perjuicios que causaban a la comunidad: "La primera pieza vimos do están todas las emprentas es en alto sobre la sacristía mayor y de los golpes y del mucho tráfago están los suelos deshechos y horadados de que recibe mucho daño la dicha sacristía mayor, y los frailes sacerdotes que se visten para decir la misa reciben mucha inquietud con el gran ruido y en la iglesia se siente mucho... y así mesmo nos pareció que los frailes recibirán de noche notable desasosiego con el gran ruido de las dichas emprentas... encima desta dicha pieza está otra tan grande como ella donde mojan el papel y adonde está el tendedero para enjugar las bulas y por la estrechura y poco lugar está muy desviado este tendedero y mal acomodado... asimismo vimos otra pieza donde guardan el papel y otra pieza donde guardan las bulas y otra pieza do está la letra de las prentas y otras piezas que sirvan de las demás oficinas necesarias y muy forzosas, todas las cuales están desviadas unas de otras y no con la comodidad que requiere..." Igualmente estimaron de forma positiva el sitio que propo­nían los jerónimos para construir las nuevas dependencias, "...nos fue mostrada una planta y montea que los frailes del dicho monasterio tienen hechas...y asimismo vimos el sitio donde al presente pretenden los dichos frailes y convento que si haga el dicho edificio y es este sitio arrimado por la parte de afuera con la capilla mayor de la Iglesia del dicho monasterio y en escuadría arrima con la dicha sacristía mayor por fuera sobre el compás y entrada de el dicho monasterio... y considerando las paredes donde el dicho edificio se ha de arrimar están fuertes y servirán muy bien y la entrada principal al dicho edificio viene a estar por el claustro del dicho convento con mucha comodidad para los frailes y las demás personas que han de servir en la dicha imprenta". En 122.575 reales se tasó "el dicho edificio nuevo que se pretende hacer conforme a las dichas trazas y montea y tasando en su justo valor dos vueltas de corredores que muestra la planta, dos danzas de arcos bajas y dos altas una pieza sucesiva con esta intitulada lo bajo para guardas después de entregada y pagadas las bulas y lo alto para guardar después de enjutas, otra pieza lo bajo della para guardar los balones de papel blanco y lo alto para dormir la gente que sirve, otra pieza lo bajo della para contar y lo alto para tinelo de la gente, otra pieza lo bajo della para guardar la letra y trementina pez y baldrese y lo alto para celda, otras piezas una para cocina y otra para sala (?) en este edificio como muestra la planta hay tres escaleras para servicio de todas las dichas piezas y oficinas". Nada ha permanecido. Por los restos arqueológicos y los informes de los maestros, podemos establecer que la nueva Imprenta de Indias se establecía en torno a un patio central de dos galerías en L, separadas por un pasillo de salida al exterior. Los otros dos lados del cuadrilátero correspondían al ábside de la iglesia al oeste, y en el lado sur el muro lateral de la sacristía y parte del claustro de Levante. En la planta baja del ala este estaban las prensas en una gran sala, y en la planta alta el tendedero y secadero, siendo las dimensiones de este cuerpo de 24,80 metros de largo por 6,50 de ancho. En el costado norte las dimensiones son de 32 x 6,50 metros, en donde se han reconocido por estar en parte emergentes, cinco habitaciones de igual tamaño, posiblemente dedicadas al almacenamiento de los balones de papel, la pez, trementina, la letras, etc. como se infiere del informe de los maestros de obras. La planta alta albergaba los dormitorios de los operarios y celda del monje encargado de la imprenta. En el patio se han hallado la cimentación de cuatro columnas que formarían las arcadas de la galería, con una distancia entre soportes estimada en 4,70 metros y el ancho de la galería en 2,50 metros, aproximadamente. La propuesta de ubicación de las tres escaleras que se citan, a la vista de los trabajos arqueológicos se encontrarían una en el lado este comunicando la sala de las imprentas con el secadero del piso alto, y las otras dos irían en el muro norte para unir la planta baja con los dormitorios.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor no se ha conservado, fue muy elogiado por los que llegaron a verlo: "trabajado con suma perfección y prolijidad... gótico... se ven en él sin embargo muchas figuras de escultura muy bien compuestas y plegadas, con otros adornos que ya nos alegráramos fuesen tan buenas muchas de las de nuestra ciudad". Hubo de ser de tipo batea, dorado, con alternancia de tablas pictóricas y escultóricas, y presidido por una pintura de San Jerónimo. 
     Nueve retablos se distribuían por las capillas del templo, ninguno conservado, y cuyas características de estilo parece fueron semejantes al  mayor, aunque apenas existen referencias de ellos: "... en las otras capillas había buenos retablos góticos y grecorromanos, que habiendo perecidos en la invasión, fueron repuestos con poco gusto y aún no todos". En el lado del evangelio se cita en la capilla de la familia Avellaneda un retablo dedica­do a San Lorenzo, compuesto por seis tablas que representaban la vida y martirio del Santo. Según el expediente de incautación en 1810 -folio 69- pasó a la parroquia de San Andrés de Sevilla un San Lorenzo, quizás el que presidía este retablo, que no consta actualmente en la parroquia. A continuación había un retablo pequeño en forma de medallón, presidido por una Inmaculada en cobre de Murillo. En 1810 fue trasladado a la parroquia sevillana de San Gil en donde hubo de perecer en el incendio de 1936. Otra capilla de este lado del evangelio de la iglesia pertenecía a la familia de los Melgarejo, dotada por Doña Juana Melgarejo, y estaba dedicada a Santa Catalina. En el lado de la epístola se cita a los pies de la nave el retablo de San Bartolomé que constaba de dos columnas jónicas empotradas y estriadas presidido por una copia del San Bartolomé de Ribera y una "Señora con el Niño, y en los entrepaños... cuatro santas, entre ellas Sta. Marta y Sta. Lucía de buenas escuela". No se hallan más referencias sobre estos retablos, que se dan por perdidos. En el acta de incautación del año 1810 se refiere una lista de obras que pasaron a la parroquia sevillana de San Gil, en donde constan "tres altares, uno de un Nazareno de bulto; otro de San José sin estatua, y otro medallón y adorno donde estaba colocada la Concepción de Murillo, recogida por los señores Comisionados de Pintura", que tampoco se conservan.
     Sin duda la obra más sobresaliente de la iglesia, por todos citada y elogiada, y que afortunadamente se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, es la escultura en barro cocido de San Jerónimo Penitente, realizada por el escultor florentino Pedro Torriagiano. Estuvo situado en una capilla del lado del evangelio del presbiterio, que a la vez comunicaba con la nave lateral, no en un retablo sino en un decorado con risco o monte con ramas, animales, pájaros y un león, escenografía que no era obra del artista. En los días de la invasión francesa fue llevado al Alcázar y de aquí al ex-convento de San Buenaventura. Desde el mes de agosto de 1823 hasta el año 1825, mientras se rehabilitaba el templo de Buenavista, estuvo en la clausura jerónima de Santa Paula, en donde el escultor Juan de Astorga a petición de las monjas, realiza una copia en madera policromada previo diseño en barro, ambos se conservan en dicho monasterio de donde el original fue reintegrado a la misma capilla de la iglesia de San Jerónimo, esta vez en un tabernáculo de caoba con columnas y cúpula. Tras la exclaustración pasó a la Catedral, donde estaba en 1840; en el año 1845 se traslada definitivamente al Museo.
     De 1,60 metros de altura, su realización resulta técnicamente un gran logro por la utilización de un material tan frágil como es el barro cocido, sobre todo en una figura de estas dimensiones. Su iconografía se aparta de la más tradicional representación de San Jerónimo como Padre de la Iglesia, ya que está personificado en actitud penitente, de rodillas, con la pierna izquierda apoyada en una piedra. El torso presenta un suave giro hacia la derecha mientras que el rostro se vuelve hacia la izquierda para mirar la cruz que sujeta con la mano izquierda; la otra sostiene una piedra que utilizará para golpearse el pecho. Su expresivo rostro, enmarcado por un ondulado cabello y larga barba, corresponde al de un anciano de viva mirada -según Vasari le sirvió de modelo un viejo criado de los Botti, comerciantes florentinos en España; Matute dice que la cabeza era copia de un despensero florentín que servía en el convento-. El cuerpo, de suave policromía, parcialmente tapado desde la cintura por un paño amplio y bien plegado, no está exento de fortaleza, favorecida por un tratamiento epidérmico apergaminado por las inclemencias de su vida en el desierto. Con esta escultura Torrigiano vino a enriquecer la iconografía del Santo, quedando fijada como un auténtico hito de honda huella en maestros posteriores. Su ejecución se sitúa en torno a 1525; su gran realismo, grandiosidad expresiva y perfección de modelado la hacen una de las obras más destacadas del Renacimiento español.
     Otra obra de Pedro Torrigiano poseyó el monasterio: la Virgen de Belén, cuyo lugar de ubicación se desconoce. Ceán Bermúdez no llegó a verla y duda de su existencia. Tampoco figuraba en el expediente de incautación de 1810 ni la refiere González de León. Sin embargo, en 1854 se halla en el Museo de Bellas Artes de Sevilla como procedente del monasterio. Mide 1,40 metros de alto y está modelada en terracota policromada. La Virgen, sedente de aspecto clásico y serena belleza, responde al sentido idealista de las madonnas italianas, presentando la mirada baja y un aire un tanto distante. El Niño, desnudo, sentado sobre la pierna izquierda de la Madre que descansa sobre un doble almohadón, contemplando la simbólica manzana que le ofrece la Virgen. Ésta viste túnica roja y manto azul que cae desde los hombros para envolverla por delante; en la cabeza una toca blanca deja ver parte del cabello, todo ello con dinámico y rico plegado, elementos que le otorgan una gran corporeidad. Su ejecución se sitúa en tomo a 1525.
     En la sacristía se cita un Crucifijo en barro cocido, también de Torrigiano; Ceán dijo que eran dos, pero que ya no estaban en el monasterio ni en Sevilla. En el expediente de incautación de 1810 se refiere la existencia un retablo "y en él un Señor Crucificado de la Expiración" y una "Dolorosa Mexicana"; todo hemos de darlo por perdido.
PINTURAS
     En la iglesia se refiere la existencia de un cobre de Murillo en un retablo ovalado de la capilla del comulgatorio, situada en el lado del evangelio, que representaba la "Concepción de Nuestra Señora". Recogida por la Comisión de Pintura en 1810, se le pierde la pista desde entonces. En el acta de incautación de ese año se declara que en la iglesia había ocho cuadros grandes, copia de los lienzos de Murillo del Hospital de la Caridad, realizadas por Juan de Espinal, y otros cuadros de diferentes autores, que hemos de dar por perdidos.
     La sacristía tuvo su bóveda decorada con pinturas murales que representaban a los Evangelistas y Doctores de la de Iglesia rodeados de figuras alegóricas, de autor desconocido. Pero sin duda, lo que la enriqueció visualmente fueron los dos series pictóricas sobre la vida de San Jerónimo y venerables padres de la Orden. En un deseo, quizás, de emular la magnífica serie de la sacristía del monasterio de Guadalupe pintada por Zurbarán, los monjes de Buenavista encargan a Juan de Valdés Leal la realización de estos dos ciclos. Seis eran los dedicados a San Jerónimo, pintados entre 1626-1627, que pasaron en 1810 al Alcázar. En 1812 la serie fue devuelta al monasterio aunque no se sabe si completa, pues tras la Desamortización de 1835 ingresan en el Museo de Bellas Artes sólo tres de ellas. Una se halla en una colección particular y las otra dos no están localizadas.
     El primer asunto es el Bautismo de San Jerónimo se conserva en el Museo sevillano, está firmado y fechado "Jon de Baldes Leal, Fª. Aº. 1657", y recoge el momento en que el Santo, apuesto joven vestido de época, es recibido en Roma, por el papa Liberio para ser bautizado, hecho acontecido hacia el año 361, cuando tenia diecinueve años de edad. La escena se desarrolla en el interior de un templo de notable arquitectura, en donde un cardenal vestido de rojo le ofrece una túnica blanca con que revestirse para la ceremonia, mientras que otro oficiante arrodillado a la izquierda, sostiene una bandeja con el salero litúrgico. Alrededor de la Pila bautismal se disponen el papa y otras figuras con la Paloma del Espíritu Santo sobre sus cabezas. Completa la composi­ción un personaje a la derecha en actitud de ayudar a San Jerónimo a desvestirse y dos ángeles que revolotean en la parte superior. Pese a las incorrecciones compositivas, la escena posee una gran fuerza visual, de rico e intenso colorido.
     Las tentaciones de San Jerónimo, igualmente en el Museo y firmado y fechado en 1657, representa el momento en el que el Santo, retirado en el desierto, rechaza la tentación personificada en el grupo de lujuriosas mujeres que ocupan la parte izquierda del cuadro, bailando y tocando instrumentos musicales. La fuerza expresiva y corporal de San Jerónimo, quien con el impetuoso gesto de sus brazos se resiste a la pecaminosa visión, desviando la mirada hacia la cruz apoyada en una roca, constituye todo un alarde pictórico, al que se unen la cuidadosa descripción del paisaje, los vestidos y aderezos de las mujeres y los detalles de naturaleza muerta del Crucifijo, libros y calavera.
     La flagelación de San Jerónimo, también en el Museo de Sevilla, presenta un episodio descrito por el propio Santo en una carta dirigida a su discípula Santa Eutropio, en la que le cuenta los azotes que recibió por varios ángeles, en castigo por haber leído obras de Cicerón. La escena está dividida por una diagonal que forma dos registros, en el superior izquierdo en una dorada gloria celestial se halla Jesucristo acompañado por la Virgen y San Juan en actitud de interceder por San Jerónimo, quien en la zona inferior derecha, con fisonomía joven y arrodillado, recibe el castigo de dos ángeles de ondulantes gestos y vestimentas. La abierta pincelada, la riqueza cromática y los expresivos gestos, sobre todo de los ángeles, otorgan a la composición una gran calidad, siendo quizás la mejor de la serie.
     El San Jerónimo disputando con los rabinos fue inventariado en el Alcázar con el número 87 y pasó al monasterio en 1812. Tras la Desamortización de 1835 fue adquiri­do ilegalmente por el Barón Taylor para engrosar los fondos de la Galería Louis Phillipe de Orleáns, siendo vendido en Londres en 1853 junto con otro de la misma serie y de título parecido -San Jerónimo disputando con los doctores paganos- que durante años ha llevado a confusión. En 1913 aparece en el comercio de arte de Barcelona, pasando al año siguiente a la colección Cremer de Dortmund (Alemania). De las escasas fotografías existentes de esta obra, podemos precisar que el Santo se encuentra en la parte izquierda sentado delante de una mesa, con dos frailes jerónimos detrás, de pie. Sostiene una pluma en su mano derecha y mira directamente al personaje situado delante de él en actitud de rebatirle sus ideas. Un nutrido grupo completa la escena, que se desarrolla en un interior con arquitectura de pilares y arcos, que conforman una profunda perspectiva hacia la derecha.
     Del San Jerónimo disputando con los doctores paganos sabemos que fue vendida para la Galería Louis Phillipe tras la exclaustración en 1835. En 1853 aparece en catálogo de venta de Londres, en donde se le pierde la pista. La sexta y última pintura de la serie representaba la Muerte de San Jerónimo; en 1810 ingresó en el Alcázar con el número 88, perdiéndose su rastro desde entonces.
     El segundo conjunto pictórico de Valdés Leal para la sacristía de San Jerónimo representa a doce venerables religiosos de la Orden, cuyas vidas fueron difundidas por Jacobo de la Vorágine en su obra Leyenda Dorada y por el padre Sigüenza en la Historia de la Orden de San Jerónimo. Representados en figuras a tamaño natural, se distribuirían por la parte alta de los muros de la sacristía, sobre la otra serie de la vida de San Jerónimo. En 1810 pasaron al Alcázar volviendo a la sacristía, hasta la exclaustración definitiva de 1835, que dispersó la mitad de ellos en distintos museos y colecciones, quedando seis en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Afortunadamente los doce lienzos se conservan en la actualidad. Aunque ninguno está firmado y fechado, su ejecución se sitúa en tomo a 1656-1657. Algunos poseen rótulos con el nombre del personaje retratado, lo que ha permitido su identificación. Salvo pequeñas diferencias en sus dimensiones, todos poseen el mismo formato en vertical, condicionado por estar todos los santos y frailes figurados de pie, en interiores y respaldados por fondos de arquitectura o paisaje. Igualmente en la mayoría de los lienzos la paleta cromática se mueve entre el limitado colorido de los blancos, negros y ocres de los hábitos monacales, con alguna excepción. Pese a lo determinante del modo de figuración elegida, de gran aplomo y rotundidad, Valdés Leal otorga a los personajes fuerza expresiva en sus semblantes, en algunos casos intensificados con gestos abiertos que hacen más conmovedora la composición que, por otro lado, queda complementada por pequeñas escenas laterales en donde se narran algún episodio destacado de la biografía del retratado.
     El San Jerónimo era la figura de más importancia y como tal estaría en lugar prefe­rente de la sacristía. El único de la serie firmado, con anagrama, "J. Baldes"; tras ser vendido en 1836 a la Galería Louis Phillipe, fue comprado en Londres en 1893 por M. Hipp. En 1936 es nuevamente vendido en esta ciudad, siendo adquirido por el Museo del Prado donde se conserva. Se le representa con barba y vestido de cardenal, de pie delante de una mesa, en la que se disponen un crucifijo, libros y un tintero. Su actitud solemne y concentrada, plasma el momento de la inspiración de sus escritos. Completa la escena, a la derecha un gran pedestal con columna, un cortinaje que cae hacia la izquierda y dos angelotes que revolotean con el capelo cardenalicio de San Jerónimo, quien tiene a sus pies el león, obligado atributo desde que se divulgara la leyenda de la curación del animal por el Santo. La pintura queda enriquecida por el bello colorido que Valdés ha dado a los tejidos, especialmente la roja esclavina y la velada transpa­rencia de la sobre-túnica.
     La Santa Paula tras la exclaustración se hallaba en poder del coleccionista sevillano Antonio Bravo. En 1853 se encontraba fuera de España, en la colección D'Espaulart, quien la donó al museo de Le Mans, conde permanece. Esta matrona romana es la siguiente santa en importancia dentro de la Orden después de San Jerónimo, de quien fue seguidora espiritual y física. Con él estudió la Biblia y viajó a Belén donde fundó monasterios de monjas. Se representa con el hábito jerónimo, báculo en la mano izquierda, alusivo a su condición de fundadora y abadesa, y absorta en la lectura del libro que sostiene con la derecha. Está respaldada por un fondo de arquitectura que deja ver en la lejanía una pequeña escena con la Santa predicando a un grupo de mujeres.
     La Santa Eustaquio al igual que el lienzo anterior, fue adquirido hacia 1836 por Antonio Bravo y vendido en 1853 al Conde de Quinto en París. En 1864 creyéndola obra de Zurbarán, lo compró el Bowes Museum de Barnard Castle (Inglaterra), donde se conserva. Parece formar pareja con la anterior por la correspondencia física en la disposición de ambas y los elementos que la acompañan. Esta Santa es hija de Santa Paula y seguidora de San Jerónimo, y es representada con el hábito de la Orden, la palma coronada, atributo de las vírgenes, y actitud concentrada. Al fondo y a pequeño tamaño se plasma la escena en la que San Jerónimo vestido de cardenal instruye a madre e hija en la Regla.
     Los siguientes retratados que completan la serie son frailes de la Orden que aunque no alcanzaron la santidad -estado que nunca promovieron los jerónimos para sus miembros más ejemplares- destacaron por sus virtuosas vidas y desvelos por la Orden. El Fray Pedro Fernández Pecha se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, en donde ingresó tras la Desamortización. Está representado sosteniendo la maqueta de un monasterio, en alusión a su papel de fundador; vuelve el rostro hacia la izquierda, buscando con expresiva mirada la Paloma del Espíritu Santo que le acompaña, para que le auxilie en su cometido. Está respaldado por un fondo arquitectónico, en cuyo extremo se describe el momento en que es revestido con el hábito de la Orden por el Papa en Avignón, ciudad donde se trasladó para obtener la bula fundacional.
     Fray Fernando Yáñez de Figueroa se halla igualmente en el Museo sevillano. Fue cofundador de la Orden junto con fray Pedro Fernández, y fundador del monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Está representado tres cuarto de espalda, semiarrodillado y con los brazos abiertos en expresivo gesto a aparecérsele la Virgen. Sobre una mesa a la derecha hay una mitra, alusiva a su condición de arzobispo de Toledo, cargo al que renunció para permanecer en la Orden. Al fondo una pequeña escena describe precisamente el momento en que el rey Enrique III se dispone a nombrarle para tal cargo.
     Fray Alonso Fernández Pecha en hermano del fundador fray Pedro Fernández; siguiendo sus pasos renunció a su cargo de obispo de Jaén para ingresar en la Orden en la que colaboró activamente para su consolidación. Su lienzo presenta las mismas carac­terísticas compositivas que los anteriores, fray Alonso representado de pie en un interior, leyendo sosegadamente un libro, con la mitra alusiva a su antigua dignidad sobre una mesa y la escenificación al fondo de algún episodio de su vida, quizás despidién­dose de su hermano para ir a Roma en donde murió en 1378. Se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
     Fray Pedro de Cabañuelas es el protagonista de un hecho milagroso motivado por sus dudas sobre la transubstanciación del cuerpo y la sangre de Cristo en la Sagrada Forma, siendo el momento elegido para la representación cuando el padre celebra la misa y contempla absorto cómo la Eucaristía se sostiene ingrávida sobre el cáliz con la sangre de Cristo goteando. La composición se completa con una pequeña escena que narra la milagrosa intercesión de fray Pedro en la salvación de un barco en un naufragio. Es de destacar en esta obra la rica gama cromática utilizada por Valdés Leal, que se amplía e intensifica gracias a los ornamentos litúrgicos con que está revestido el fraile y los que adornan la mesa de altar. El cuadro se conserva igualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
     La pintura que representa a Fray Vasco de Portugal pasó en 1836 a engrosar los fondos de la Galería de Pintura Española de Louis Phillipe de Orleáns, en París. En 1853 se puso a la venta en Londres, siendo adquirida para la Galería de Arte de Dresde, donde se conserva. Fray Vasco fue uno de los primeros miembros de la Orden jerónima y fundó varios monasterios en Portugal. Valdés Leal lo representa con gesto expresivo y mirada anhelante hacia el cielo, y con los brazos extendidos, trazando una valiente diagonal que dinamiza y otorga profundidad a la composición. El acontecimiento plasmado no es otro que el de los padecimientos que le afligía el demonio. Al fondo se desarrolla la escena en la que el fraile tranquiliza a sus compañeros asustados por el estruendo de la campana que suena infernalmente en la espadaña del convento, tañida por el propio diablo.
     El lienzo de Fray Alonso de Ocaña estaba en 1836 igualmente en la colección Louis Phillipe. En 1853 se halla en Londres y tras pasar por varias colecciones, en 1901 lo compra el general Beylié, quien lo regala al Museo de Pintura y Escultura de Grenoble, donde permanece. Fray Alonso está representado de pie, con rostro de aire popular y revestido de acólito con sobrepelliz, bandeja con vinajeras en la mano derecha y misal y vela en la otra. Según sus datos biográficos, este fraile fue siempre hermano lego del monasterio de Guadalupe, y como tal se ocupaba de labores secundarias dentro del devenir diario del convento, siendo una de sus ocupaciones más gratas, realizada con gran devoción, la de ayudar a la misa, lo que justifica la vestimenta y atributos elegidos para representarle. A sus pies aparece una lanza rota alusiva al episodio por él protagonizado que se narra en la pequeña escena del fondo, en la que montado a caballo es atacado por otros jinetes que le clavan una lanza en el pecho. Gracias a la intervención de la Virgen de Guadalupe la lanza se rompe y fray Alonso resulta ileso.
     La pintura dedicada a Fray Juan de Ledesma se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Es una de las más curiosas de toda la serie por la forma de configurar a su protagonista, que contrasta con la verticalidad de los otros retratos. Explica cómo unos campesinos piden ayudan al religioso, tal y como aparece narrado en la pequeña escena al fondo del lienzo, para que les libere de una voraz serpiente que se come sus ganados y tiene aterrorizados a los lugareños. El momento elegido es el instante en que fray Juan estrangula con sus propios brazos al fiero animal, cuya apariencia se corresponde con la figura mitológica del basilisco. El fraile presenta una aguda torsión corporal motivada por el ímpetu de la lucha que mantiene, y sostiene con la mano izquierda una cruz que sin duda intercede en su favor.
     La trayectoria del cuadro de Fray Diego de Jerez tras la desamortización de Buena­vista, es similar a los anteriores, saliendo ilegalmente de España en aquellos aciagos días: en 1836 está en la colección Louis Phillipe de París, en 1853 en Londres desde donde pasó por varios propietarios, para en 1935 ser adquirido por Apolinar Sánchez para el Museo del Prado, con lo que al menos volvió a nuestro país. Existió un fray Diego de Jerez, prior del monasterio de Guadalupe, a quien le correspondió dar la autorización para la fundación del convento sevillano. Sin embargo el joven fray Diego representado por Valdés Leal es jerónimo afamado por vencer la tentación carnal. Como tal sostiene el símbolo de la castidad, una palma con tres coronas y en la otra un libro, alusivo a sus estudios de Teología en la Universidad de Salamanca, que hubo de dejar por enfermar de los ojos. La pequeña escena del fondo visualiza los ofrecimientos lujuriosos de una mujer.
     El Fray Hernando de Talavera conservado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla completa el repertorio de retratos que realizara Valdés Leal para la sacristía de Buenavista. Fray Hernando fue confesor de Isabel la Católica, obispo de Ávila y Arzobispo de Granada hasta el año 1499, y como tal se le representa revestido con la muceta propia de su dignidad sobre el hábito de jerónimo. El esquema compositivo es semejante a los anteriores: la figura del fraile en un interior, de pie y flanqueado por un alto pilar con columna entre la que se aprecia su mitra de arzobispo. Un cortinaje en tono verde oscuro, a juego con su esclavina, pone la nota de color de la composición que se dinamiza por el gesto de fray Hernando al abrir los brazos y marcar una diagonal que otorga profundidad a la escena. Al fondo aparece la habitual representación que narra alguna actividad del retratado, siendo el momento elegido cuando evangelizando a los infieles salió una llamarada de la boca, interpretada como señal divina de la fuerza de su predicación.
     En la galería baja del claustro principal se situaban un total de veintiséis lienzos rema­tados en medio punto para acomodarse a sus bóvedas. Narraban la vida de San Jeróni­mo y aunque sin documentar, su atribución a Juan de Espinal no ofrece ninguna duda, quien hubo de realizarlas entre 1770 y 1775. En 1810 todos los lienzos fueron llevados al Alcázar en donde, en diferentes salas, fueron inventariados como obras de Espinal; parece que regresaron al monasterio para tras la Desamortización ingresar en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, donde fue alterado su formato para convertirlos en rectangulares, quedando sus medidas en 316 x 169 cms. Afortunadamente la serie se conserva completa pero un buen número ha sido depositado en parroquias sevillanas, en el Musco Provincial de Huelva y en la iglesia del Castillo de Aracena (Huelva).
     Este numeroso conjunto es el más notable de los realizados por Espinal en el que, debido a su amplitud, hubo de intervenir su taller como se aprecia en algunos frag­mentos, de factura más descuidada. Pese a ello, su estilo concuerda plenamente con el del pintor, formado en la tradición murillesca aunque asimilando acertadamente la estética de la pintura francesa del momento de gusto rococó. Utiliza una pincelada ligera y un rico colorido que junto con su peculiar dibujo y los elementos decorativos utiliza­dos, reflejan su característico estilo. Los asuntos representados constituyen una valiosa aportación del pintor a la iconografía de San Jerónimo, cuya plasmación se extiende desde su nacimiento hasta su muerte, con los episodios más relevantes de su vida que subrayan su grandeza espiritual, siendo las composiciones más logradas las desarrolladas al aire libre.
     El ciclo comienza con El Nacimiento de San Jerónimo (Sevilla, parroquia de Omniun Sanctorum), en donde, siguiendo el esquema usual de las escenas de este tipo, un grupo de personas en el interior de una habitación rodean al recién nacido fuertemente ilumi­nado para realzar su protagonismo. Al fondo se abre amplio y luminoso paisaje que contrasta con la penumbra de la estancia; un pesado cortinaje que completa la escena. A continuación vendría el San Jerónimo estudiando (Aracena -Huelva- iglesia del Castillo) con el Santo en edad juvenil quien con otro compañero se concentra en el estudio de los libros que se esparcen alrededor; están respaldados por un fondo de paisaje suavemente iluminado. La ligereza del dibujo y el vaporoso colorido otorgan a la obra una gran calidad. Otra escena de la etapa juvenil es el San Jerónimo despidiéndose de su familia (Sevilla, Museo de Bellas Artes), para viajar a Roma y consagrarse a la vida religiosa. Se desarrolla en un amplio interior con columnas en donde el joven Santo, con expresivo gesto, se despide de las elegantes figuras femeninas que le acompañan, dispuestos todos en el centro de la composición. El detalle emotivo se plasma a la izquierda, donde una niña llora al pie de una escalera de rica balaustrada decorada con rocalla rococó. La estancia del Santo en Roma se escenifican en dos episodios: San Jerónimo visitando las catacumbas (Sevilla, Museo de Bellas Artes) para conocer el lugar de martirio y enterra­miento de los primeros cristianos y el Bautismo de San Jerónimo (Sevilla, Museo de Bellas Artes) en donde el Santo apresuradamente se viste para la ceremonia bautismal, con las ropas que le entrega uno de los oficiantes, mientras que en un plano superior el papa Liberio acompañado por varios sacerdotes le esperan delante de la pila bautismal para otorgarle el sacramento. La incidencia de la luz en los personajes, la utilización del color y los elementos decorativos consiguen intensificar y enriquecer esta composición.
     La retirada de San Jerónimo al desierto de Calcis dio lugar a dos de los asuntos más conocidos y representados de su vida, e igualmente tratados por Espinal para esta serie. El primero, Las tentaciones de San Jerónimo (Sevilla, parroquia de Omnium Sanctorum), narra las alucinaciones padecidas por el Santo, a quien se le aparecían tentadoras mujeres. En el lienzo San Jerónimo aparece a la derecha quien con teatral gesto rehúye a las elegantes jóvenes situadas a la izquierda junto con un demonio semidesnudo de espaldas al espectador. Un fondo de paisaje con rocas abruptas completa la escena que está bañada por una suave luz que denota la influencia de la pintura francesa de la época conocida por el artista a través de las obras de Juan Ranc y Van Loo. El episodio de San Jerónimo azotado por los ángeles (Sevilla, parroquia de San Gil) está basado en la visión que tuvo el propio Santo y que el mismo narra en una carta a su discípula Santa Eustaquio. Se desarrolla en el desierto de Siria, donde fue azotado por los ángeles en castigo por leer textos de Cicerón. En la pintura su figura está copiada de la realizada por Valdés Leal para la sacristía del monasterio; postrado recibe el castigo mientras en un dorado rompimiento de gloria aparecen la Virgen, Cristo con la cruz y el Padre Eterno. Un perfil de áridas montañas sirve de fondo a la escena. El apartado biográfico de la vida retirada de San Jerónimo se completa con el San Jerónimo abandonando el desierto (Sevilla, parroquia de Omnium Sanctorum), para ir Oriente a aplacar las perturbaciones provocadas por los herejes. Se desarrolla igualmente al aire libre en un amplio paraje enmarcado por una lejanía rocosa inundada de luz dorada. En el centro se sitúa el Santo que es despedido por sus compañeros cuyos semblantes contrasta con el grupo de herejes de la derecha.
     Con la Ordenación de San Jerónimo (Sevilla, parroquia de Omniun Sanctorum) se aborda su período de plenitud espiritual y vital, con escenas que se desarrollan en la ciudad de Roma. San Jerónimo fue ordenado sacerdote por el obispo Paulino de Antioquía siendo el momento representado cuando este unge al Santo arrodillado con gesto emotivo en primer plano, en el interior de una vistosa estancia y acompañado de un nutrido grupo de sacerdotes. En el cuadro El papa Dámaso consultando con San Jerónimo sobre las Sagradas Escrituras (Sevilla, iglesia de San Roque), se representa el episodio en el que es llamado por el propio papa para traducir libros sagrados. Ambos personajes están captados frontalmente en actitud dialogante, cuya quietud se dinamiza con los elementos decorativos con formas curvas carnosas de corte rococó. En el San Jerónimo hablando a los romanos (Sevilla, Museo de Bellas Artes) el Santo centra la composición, rodeado de un nutrido grupo de personajes tanto aristocráticos como populares que escuchan su alocución. Se ha suprimido toda referencia arquitectónica o paisajística para enfatizar gestos y actitudes que se refuerzan con una acertada utilización de la luz y del color. En el San Jerónimo hablando a las mujeres romanas (Sevilla, Museo de Bellas Artes) se sitúa sentado en un interior y a la izquierda de la composición, dirigiendo sus palabras al grupo de elegantes matronas romanas sentadas en el lado opuesto, entre las que destaca la figura de Santa Paula quien con un libro abierto escucha atentamente. Para la compo­sición de San Jerónimo exponiendo la Regla de su Orden al papa Dámaso (Sevilla, parroquia de Omnium Sanctorum) Espinal se inspiró en la obra de Murillo El patricio Liberio ante el papa. En primer término y en el centro se halla San Jerónimo vestido con el hábito de la Orden, arrodillado y en actitud explicativa ante el papa. Un grupo de personajes eclesiásticos y civiles les rodea, completando la composición una serie de elementos decora­tivos situados a la izquierda que conforman un excelente bodegón. La Imposición del capelo cardenalicio a San Jerónimo (Sevilla, Museo de Bellas Artes), es un episodio cuya base histórica resulta infundada ya que tal dignidad eclesiástica se creó en siglo XIII. La escena se desarrolla en un interior con columnas y amplios cortinajes, en la que el papa sentado en un lujoso sillón con respaldo en forma de rocalla, procede a imponer el capelo al Santo, que arrodillado y con hábito de la Orden se presenta en actitud humilde y espiritual. Un nutrido grupo de solemnes cardenales sentados alrededor contemplan el acontecimiento; el vivo color rojo de los ropajes intensifica la escena.
     La actividad apostólica de San Jerónimo en Tierra Santa, se narra a través del San Jerónimo y Santa Paula fundando los conventos de Belén (Sevilla, Museo de Bellas Artes), con los personajes vestidos con el hábito de la Orden y rodeados de monjas y religiosos en un primer plano, comentando sobre la construcción del monasterio, cerca del pesebre donde nació Jesús, mientras que grupos de obreros se afanan en sus trabajos. En el último plano se perfilan las murallas y la ciudad de Belén. En la escena de San Jerónimo discutiendo con los rabinos (Sevilla, parroquia de San Gil) se narra las controversias que el Santo mantuvo con los judíos por la traducción de la Biblia al latín. El momento representado es cuando San Jerónimo, sentado ante una mesa, es increpado por un grupo de rabinos situados a la derecha en diferentes planos para conseguir un claro efecto de profundidad a lo que contribuye la gradación lumínica. En el San Jerónimo traduciendo el Antiguo Testamento (Sevilla, Museo de Bellas Artes) el protagonista se halla igualmente sentado ante una mesa y acompañado por tres religiosos, todos vesti­dos con el hábito de la Orden y concentrados en la traducción de los textos sagrados. Intensamente iluminados, el tratamiento de sus ropajes y los libros que se esparcen alrededor adquieren una gran calidad, contrastando con la penumbra que les respalda en donde se aprecia la librería del scriptorium conventual. En el episodio de San Jerónimo orando ante los Santos Lugares (Huelva, Museo Provincial), destacan los elementos arqui­tectónicos como son la muralla de Jerusalén, un edificio circular que representa al Santo Sepulcro y otros edificios escalonados en distintos planos. El Santo aparece en el lateral izquierdo arrodillado y con el capelo cardenalicio, acompañado de otras figuras.
     Con el San Jerónimo embarcando para el destierro (Aracena -Huelva- iglesia del Casti­llo), comienza la representación de la última etapa de la vida del Santo, quien fue expulsado junto con los monjes, de Belén por las divergencias con el obispo Juan de Jerusa­lén. Se capta el momento del embarque de San Jerónimo que con rostro entristecido y acompañado de un nutrido grupo de jerónimos se dirige a la embarcación dispuesta a la izquierda, en donde dos figuras de aire popular los contemplan. La nota emotiva la hallamos en la madre con el niño situados a la derecha, que llora desconsolada. Al fondo se disponen barcos y gentes de los muelles, y el perfil de las murallas de la ciudad con una lejanía de paisaje que configura un fuerte efecto de profundidad. El San Jerónimo discutiendo con los herejes (Sevilla, Museo de Bellas Artes), presenta una compo­sición similar a la que le representa discutiendo con los rabinos. En este caso narra la discusión del protagonista para rebatir la herejía de Orígenes; aparece en el centro, fuertemente iluminado e increpando al grupo de herejes. En el lienzo San Jerónimo asiste a la muerte de Santa Paula (Sevilla, Museo de Bellas Artes), esta ocupa el eje central, tendida en el lecho y asistida por un grupo de compungidas monjas, religiosos y el propio Santo que la conforta y bendice en sus últimos momentos. El San jerónimo visitando a San Agustín (Sevilla, parroquia de Omnium Sanctorum) narra el episodio no documentado del encuentro de los dos Padres de la Iglesia, captados en el momento del abrazo de ambos; en los laterales grupos de religiosos contemplan la escena, que se desarrolla al aire libre. La composición de San Jerónimo visitando a los monjes de la Tebaida (Huelva, Museo Provincial) presenta un desdibujado y luminoso paisaje de amplia profundidad, donde el Santo, con bastón y sombrero cardenalicio, y dos monjes situados a la izquierda, visitan a los eremitas que se agrupan ante un fondo rocoso y las cuevas que habitan. El Asalto al monasterio de los monjes de Belén (Sevilla, parroquia de San Gil), recoge un episodio acontecido en la vejez del Santo, cuando el monasterio fue arrasado e incen­diado por los herejes, con una cruel matanza de la que pudo escapar. El grupo de verdugos y mártires presentan violentas actitudes y acusados escorzos, y en segundo plano, una arquitectura escalonada da profundidad a la escena.
     Las postrimerías del Santo Patriarca están representadas por La última comunión de San Jerónimo (Huelva, Museo Provincial), donde un nutrido grupo de monjes asiste a la última misa ofrecida por el Santo, de rostro envejecido. Sobre su cabeza un pequeño rompimiento de gloria exalta el momento. Con La muerte de San Jerónimo (Sevilla, parro­quia de San Gil) concluye el ciclo. San Jerónimo murió en el año 420 a los 86 años de edad, siendo representado en el interior de una celda en el momento de expirar, tendido en el lecho y rodeado de religiosos, e iluminado con una cálida luz que contrasta con la penumbra del fondo donde otro monjes esperan el triste desenlace.
     Para terminar este apartado de pinturas ha referencia a una "beatísima Trinidad pintada en tabla", firmada por Francisco Varela en 1625, y ubicada en un ángulo del claustro principal, junto al refectorio, de la que no se tiene más noticia. Sabemos que la escalera principal estuvo decorada con pinturas murales realizadas por Duque Cornejo, "en cuya bóveda figuró un trozo de arquitectura con estatuas y otros adornos con inteligencia en la perspectiva". Asimismo, en la Sala Capitular se citan ocho cuadros de autor y temática desconocidas; en el refectorio un "cuadro grande" y otro en el refectorio de los pobres Y en los coros altos y bajos quince cuadros, sin determinar, descono­ciéndose la suerte que corrieron.
OTROS ENSERES
     Valiosos y múltiples enseres poseyó Buenavista, según se desprende del acta de incautación de 1810. En la iglesia se relacionan seis rejas que cerraban las capilla, una de ellas de hierro; otras dos también de hierro en el altar mayor. Seis candeleros de bronce en el altar mayor y uno más pequeño en cada una de las capillas, cuatro blandones grandes de madera dorados, otros cuatro más pequeños, un púlpito con gradilla de hierro, ocho bancos, un monumento para la Semana Santa y un cancel grande. Los coros alto y bajo tenían "numerosa y bien construida sillería de dos órdenes de sillas bajas y altas, y excelentes facistoles", uno en cada coro, con su correspondiente órgano, y cuaren­ta y cuatro libros de coros, de canto llano, todos de pergamino, que en 1821 se llevaron a las parroquias de la Magdalena y de Santa Catalina. Algunos fueron devueltos en 1823; finalmente, tras la Desamortización de 1835 los que quedasen pasaron al conven­to de Santa Paula, donde se conservan. Se desconoce la suerte que corrieron las sillerías, facistoles y órganos.
     La sacristía poseyó una hermosa cajonería de la cual un tercio se llevó a la parroquia de San Gil, otro tercio a San Juan de la Palma y otro a la parroquia de San Andrés, conservándose solamente la de esta última. Además contó con buenos estantes de caoba, cuatro espejos, una mesa de jaspe, dos confesionarios de caoba, tres sillas grandes de caoba con asiento y espaldar de terciopelo carmesí bordado, "que servían en la fiestas principales", que fueron depositadas en la iglesia del Sagrario y ya no se conservan. Asimismo, numerosos ornamentos algunos de los cuales pasaron a varias iglesias como San Gil, el Sagrario y al convento de Santa Paula, donde se conserva un esplén­dido terno de damasco rojo bordado de imaginería, del último tercio del siglo XVI, y otro denominado "terno de San Matías" de damasco rojo bordado en oro, con aplicacio­nes de ajedrezado con bordados de soles, típico emblema jerónimo. En la iglesia del Sagrario se han identificado un terno negro de terciopelo, otro rojo bordado en oro y otro más de florón con galón de oro, fechados en el siglo XVII, así como un capa de terno bordada de principios del XVII y cinco casullas blancas bordadas en sedas del siglo XVIII. Igualmente, se relaciona un abundante ajuar litúrgico de orfebrería: dos atriles, dos ciriales, dos incensarios, dos navetas, una cruz procesional, siete cálices con sus patenas y cucharillas, otros cuatro cálices, tres de plata sobredorada y el otro de metal, cinco patenas y dos cucharitas, un copón chico, una paz pequeña, una corona de plata sobredorada, unas potencias, los cañones de seis varas de palio, seis candeleros, un copón de plata sobredorada, una cruz de mano de filigrana, dos relicarios pequeños, una palmatoria, una paz de plata sobredorada, dos vinajeras y platino, una imagen de Nuestra Señora del Pilar con su columna y peana, tres lámparas grandes y un pomito para los santos óleos.
     En el refectorio hubo once mesas de caoba y unos púlpitos de hierro, y en el refecto­rio de pobres tres mesas de caoba y un púlpito de hierro. En la biblioteca una cátedra de caoba, una mesa de caoba y cuatro bancos; los libros pasaron a la Universidad.
     Algunas piezas cerámicas procedentes de San Jerónimo se depositaron en el Museo de Bellas Artes como son cuatro azulejos de principios del siglo XVI que revestían una alacena del monasterio, y un tarro de botica de color blanco con el emblema de San Jerónimo en azul, de hacia 1700 (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia;
HISTORIA Y LEYENDA

     Uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia latina.
     Nació en Estridón, cerca de Aquilea, en Venecia (y no en Dalmacia o en Panonia) en 347; y en Roma fue alumno del famoso gramático Donato.
     Retórico consumado, como San Agustín, además era políglota. Como había aprendido el griego y el hebreo, se jactaba de ser trilingüe.
     Bautizado a los diecinueve años de edad, en 373 partió en peregrinación hacia Tierra Santa. Entre los años 375 y 378 se retiró en el desierto de Siria para llevar una existencia de anacoreta. Fue allí donde escribió la Vida de San Pablo ermitaño.
     De vuelta en Roma en 382, después de residir en Antioquía, se convirtió en el colaborador del papa Dámaso quien le encargó revisar la traducción latina de la Biblia según el original hebreo y la versión griega de los Setenta. Después de la muerte del papa, prefirió regresar a Palestina y en 386 se radicó en Belén, donde terminó la traducción de la llamada Vulgata. Allí murió, en el año 420.
     Sobre este cañamazo, la Leyenda Dorada bordó una novela que proveyó a los artistas un material menos ingrato que la historia: los temas más populares son la Flagelación de San Jerónimo por los ángeles, sus Tentaciones en el desierto y sobre todo la fábula del león domesticado.
     1. Durante un acceso de fiebre, soñó que era conducido ante el tribunal de Cristo que le preguntó si era cristiano o ciceroniano y lo condenó a ser azotado por los ángeles. Jerónimo despertó con contracturas, y jurando que no volvería a leer libros profanos.
     2. Durante su retiro en el desierto, su piel se volvió negra como la de de un africano. A pesar de sus ayunos y mortificaciones, estaba obsesionado por sueños lascivos de danzas de muchachas desnudas. Para hacer penitencia se mortificaba el pecho día y noche.
     3. Un día, cuando explicaba la Biblia a los monjes de su convento, vio llegar hacia él un león que cojeaba. Le extrajo una espina de la pata herida y lo mantuvo a su servicio encargándole que cuidara a su asno mientras éste pacía. Un grupo de caravaneros, aprovechándose de su sueño robaron el asno. Algún tiempo después el león encontró la caravana de mercaderes que volvía por el mismo camino con el asno robado, que usaban, según la costumbre, para guiar a los camellos cargados de mercancías. Con sus rugidos, el león puso a los ladrones en fuga y devolvió triunfalmente el asno al monasterio, y por añadidura, entregó los camellos.
     San Gerásimo, cuyo nombre pudo fácilmente confundirse con el de San Jerónimo.
     Los hagiógrafos copiaron estas leyendas de las vidas de otros santos. Las Tentaciones de San Jerónimo en el desierto de Siria son réplicas de las de San Antonio en el desierto de Egipto. En cuanto a la leyenda del león, se tomó de la historia de un anacoreta de Palestina,
     He aquí como puede explicarse el génesis de esta fábula. Los cuatro doctores de la Iglesia se pusieron en paralelo con los cuatro evangelistas. Ahora bien, San Jerónimo formó pareja con San Marcos quien tiene como atributo un león. Un hagiógrafo, que no comprendía el sentido de dicho atributo, y que recordaba que San Jerónimo había pasado muchos años en el desierto, le habría aplicado la leyenda del león herido, y curado por un santo ermitaño, que había encontrado en la vida de San Gerásimo.
CULTO
Lugares de culto

     San Jerónimo es el patrón de Dalmacia, su pretendida patria, y en consecuencia, de los habitantes de Esclavonia o Schiavoni, como se los llamaba en Venecia, que lo habían adoptado a causa de su atributo, el león, que es también el de San Marcos. Las ciudades de Lyon, Pesaro y la universidad de Salamanca difundieron el culto al santo en Francia, Italia y España.
     Doctor de la Iglesia, además, como San Agustín, es un fundador de órdenes monásticas. Su culto se ha extendido sobre todo gracias a los jerónimos y más tarde a los jesuatos (Gesuati) que adoptaron su regla.
     La orden de los jeronimianos o jerónimos es de origen español. La casa matriz de los jerónimos, como se les llama en España, es Nuestra Señora de Guadalupe, en Extremadura. Los otros monasterios de la orden eran Yuste donde se retiró Carlos V después de la abdicación, el Escorial, creación de Felipe II, El Parral cerca de Segovia, Guisando en Castilla y Santiponce en Andalucía, cerca de Sevilla.
     El establecimiento más célebre de los jerónimos en Portugal era el monasterio de Belem fundado en 1497 a orillas del Tajo por el rey Dom Emmanuel. Fue en conmemoración de la estadía de San Jerónimo en Belén, que los jerónimos de Lisboa dieron tal nombre a su monasterio.
     La orden se había asentado en Italia donde existían conventos jerónimos en Milán y en Roma, cerca de la iglesiade San Onofre, sobre la colina del Janículo. Además, Roma conservaba sus reliquias en la capilla del Pesebre, en Santa María la Mayor, y puso bajo su advocación la iglesia de San Girolamo degli Schiavoni.
Patronazgos
     En toda la cristiandad se lo veneraba con el título de gemma clericorum, stella doctorum, que le aplicaban todos los clérigos, teólogos, eruditos, sobre todos aquellos que tenían la vista fatigada, porque San Jerónimo está representado en su despacho con quevedos. En el Renacimiento se convirtió en el patrón de los humanistas. Es el santo favorito de Erasmo, quien publicó sus obras.
     En nuestros días, a causa de su versión latina de la Biblia, se convirtió en el santo patrón de los traductores, y Valéry Larbaud, en 1946, tituló su colección de ensayos acerca del arte de la traducción, Bajo la invocación de San Jerónimo (Sour l'invocation de Saint Jérome).
ICONOGRAFÍA
     La iconografía de San Jerónimo no tiene en cuenta los datos históricos, tal como sucede con la de San Pablo. En su carta a Eustoquia cuenta que había perdido un ojo: e duobus oculis unum perdidi. No obstante, jamás un artista tuvo la idea de representarlo tuerto.
     La fuente principal de su iconografía es la compilación de un jurisconsulto de Bolonia en 1348. Giovanni d'Andrea (Johannes Andreas), que en su Hiéronymianus, impreso en Basilea en 1516, reunió todos los textos relativos al ilustre doctor de la Iglesia.
     La piedra que el santo emplea para golpearse el pecho y la calavera sobre la cual medita en el desierto, son los símbolos de su penitencia en el desierto. Con San Gregorio Magno, otro doctor de la Iglesia latina, comparte el atributo de la paloma inspiradora. Pero sus emblemas más descriptivos son el capelo cardenalicio y el león domesticado, aunque en realidad no tenga derecho ni a uno ni a otro.
     Nunca fue cardenal, simplemente ejerció funciones de secretario del papa Dámaso. El capelo cardenalicio se le concedió como atributo a partir del siglo XIV, después de la publicación de Hiéronymianus por Giovanni d'Andrea, y además, el capelo cardenalicio no era rojo en sus tiempos, lo fue a partir de 1245. Por otra parte, el león domesticado (leo mansuetus), a quien retira una espina de la pata, está copiado de su casi homónimo San Gerásimo.
     Para indicar que es un estudioso, a partir del siglo XV, con frecuencia se lo representó con quevedos sobre la nariz. El anacronismo es flagrante, puesto que las lentes correctoras fueron inventadas por R. Bacon hacia 1280, más de ocho siglos después de su muerte (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).   
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