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jueves, 2 de julio de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, y Museo parroquial de Arte Sacro de Nuestra Señora de la Encarnación) de la localidad de Alhama de Granada I, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, y Museo parroquial de Arte Sacro de Nuestra Señora de la Encarnación) de la localidad de Alhama de Granada I, en la provincia de Granada.
     Este municipio está enclavado en la Sierra de Tejeda, colgado sobre un abrupto y profundo tajo sobre el río Alhama. Cuenta con un reputado balneario de aguas termales ya explotadas por los romanos y árabes, y que actualmente ofrece modernos tratamientos contra la artritis, el reuma y el estrés. Su patrimonio histórico es rico y su casco antiguo está declaro como Conjunto Histórico-Artístico. Sus celebraciones son variadas y llamativas, como la romería del vino durante la feria de septiembre, el carnaval, y el Festival de Música Joven.
     Los romanos, que también disfrutaran de las termas, legaron algunos restos a su paso como la calzada romana, el puente romano y algunas villas. Pero, fueron los árabes quienes imprimieron el carácter dominante a la población fundando la ciudad. A ellos se debe el urbanismo laberíntico e intrincado de su barrio árabe, los restos de muralla, las torres vigía y, lo más importante, el Baño Fuerte, con sus espléndidos arcos de herradura.
     Con la conquista cristiana, en 1482, nuevas edificaciones sustituyeron a las antiguas mezquitas, sinagogas y palacios árabes. Se construyó la iglesia de la Encarnación, los conventos del Carmen y San Diego, la Casa de la Inquisición (símbolos del nuevo poder), el Cano Wamba y numerosas casas solariegas, dotando a la ciudad de un rico patrimonio monumental perfectamente integrado en un entorno arquitectónico-popular de gran belleza.
     Alhama cuenta con dos anejos: Ventas de Zafarraya y Buenavista
     Región: Poniente Granadino
     Código Postal: 18120
     Distancia desde Granada: 58 Km
     Gentilicio: Alhameños
     Acceder a su website: www.turismodealhamadegranada.com (Diputación Provincial de Granada).
     Localizada en el antiguo camino que va de Granada a Málaga, su traza urbana está definida por los tajos producidos por el cauce del río Marchán. Aparte de los yacimientos prehistóricos de su entorno inmediato, parece que ya los romanos explotaron y degustaron los beneficios de las aguas termales, que fueron dotadas como arquitectura monumental por los musulmanes. Así, la antigua Artigi romana pasará a llamarse Alhama, que en árabe se refiere a «baño termal o templado». En esta etapa la ciudad se configura como importante centro, que contará con tres mezquitas, murallas, y un entramado urbano característico, con sus calles estrechas y adaptadas a los niveles del relieve. La toma de la ciudad en 1482 inicia la etapa final de la conquista del Reino Nazarí, lo que le otorga un prestigio político e ideológico que la convertirá en un centro poblacional importante durante la Edad Moderna. Es el momento en que se configurará su perfil urbanístico con iglesias, conventos y ermitas, casas señoriales y edificios administrativos. El siglo XIX será significativo por sucesos como la invasión napoleónica, la desamortización y el terremoto de 1884, siendo la guerra civil de 1936-39 el último capítulo que afectó al patrimonio artístico de la ciudad (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Alhama de Granada esta ubicada al suroeste de la provincia de Granada en el límite con la de Málaga, la mitad sur de su término municipal se extiende por las laderas norte y noreste de las Sierras Tejeda y Almijara, cuyas alturas llegan a alcanzar los 2.000 metros, mientras el resto del municipio forma parte de las llamadas "Tierras de Alhama", constituidas por un conjunto de lomas y colinas en la que la erosión fluvial presenta acusados encajamientos y formaciones de glacis, para concluir, hacia el norte, con una zona llana, endorreica y árida, conocida como El Temple. El núcleo urbano se ubica sobre un inmenso tajo, excavado por el propio río Alhama en las molasas miocenas, teniendo como telón de fondo la Sierra de Tejeda. El término presenta un hábitat disperso en multitud de aldeas y cortijos, como son Los Baños, Buenavista, Cerro de Algaida, Pilas Dedil, Valdeiglesias y Ventas de Zafarraya. La iglesia de las Angustias, la Torre de la Solana y las Mascaras y Mascarones del Carnaval de Alhama forman parte del patrimonio cultural de Alhama.
     El municipio de Alhama de Granada pertenece a la Demarcación Paisajística de la Vega de Granada - Alhama.
     El municipio de Alhama está enclavado en un paisaje natural privilegiado presidido por las sierras de Tejada y Almijara. El núcleo urbano se asienta en la margen izquierda del río Alhama, alrededor de un promontorio coronado por el castillo árabe y protegido defensivamente mediante los tajos que lo rodean. Los límites Este y Sureste del Casco Histórico lo constituye el "tajo", que es un macizo calcáreo cortado casi en vertical. 
     El asentamiento se ha desarrollado longitudinalmente sobre el cerro donde se ubica el castillo, conformándose alrededor de éste.
     El conjunto de calles que descienden de la Iglesia hasta los tajos constituyen lo que fue la antigua Judería o calles bajas.
     Se caracterizan por su trazado singular arábigo-judeo, con vías estrechas y muy irregulares. Aún se conserva un arquillo de entrada a dicha zona. De esta zona sus calles principales son las de Santiago, Corralazo, Adarve Angustias y Zapateros. El crecimiento cristiano se produjo en dirección Suroeste hasta la zona del Tejar de San Diego. Esta zona es la denominada calles altas que se caracterizan por ser mucho más largas, bien formadas y rectas. Son significativas las del Agua, Arquillo, Enciso, Guillén, Salmerone, Alta, así como la de las Peñas y la Plaza del Humilladero.
     La tipología residencial predominante responde a la vivienda unifamiliar de dos o tres plantas. También posee buen número de palacios y casas señoriales con fachadas blasonadas.
     El criterio principal que se ha seguido en la delimitación del Conjunto Histórico de Alhama de Granada, ha sido el de identificar planimétricamente todos aquellos inmuebles o espacios que disponen de algún valor cultural y manifiestan una clara vinculación con la unidad de asentamiento que constituye Alhama de Granada. 
     Así mismo, esta justificación va encauzada a explicar las distintas zonas que se incluyen en esta declaración y que no figuraban en la declaración del Conjunto Histórico Artístico de Alhama de Granada, mediante Decreto 2973/1975, de 31 de Octubre (BOE núm. 284, de 26 de noviembre); Decreto en el que los Tajos que rodean a la ciudad quedan declarados paraje pintoresco. Las cuatro zonas, que se detallaran a continuación, son fundamentales a la hora de entender el núcleo urbano de Alhama de Granada y su situación geográfica como un conjunto homogéneo fruto de un desarrollo urbanístico e histórico ligado a un entorno específico.
     En primer lugar hablaremos de los Tajos, para los que existen argumentos importantes que permiten justificar su inclusión dentro del Conjunto Histórico propiamente dicho, sobre todo la existencia de contenidos históricos (asentamientos humanos anteriores a la fundación del pueblo, conexiones relacionadas con el abastecimiento y asedio de la localidad, construcción de ermitas, etc.) y etnológicos (acequias y molinos fundamentalmente) que relacionan culturalmente ambos espacios, configurando una inseparable unidad de asentamiento. Un aspecto muy relevante de los Tajos, y que debería condicionar su consideración y acción patrimonial, es la humanización de dicho espacio a lo largo de la historia, lo cual, redimensiona y complementa los valores naturales que poseen, certificando así su condición cultural y, por tanto, su inclusión dentro del ámbito de protección del Conjunto Histórico. Una humanización que puede observarse a través de los yacimientos arqueológicos existentes en ellos o en sus inmediaciones (y que lo sitúan como lugar de asentamiento humano), la estructura hidráulica que los recorre, con especial interés de los molinos existentes y, finalmente, su vinculación a la historia de la ciudad. En relación a este aspecto, la pervivencia de elementos islámicos como los silos o mazmorras, la Mina o las escalerillas del Diablo nos indican una constante, heroica y casi romántica, conexión entre la ciudad y los Tajos que no podemos obviar en la protección de Alhama de Granada.
     Así mismo la interacción entre esta forma natural y la localidad de Alhama de Granada se ha convertido en uno de los referentes identificadores de la localidad. Así pues, se considera que la unidad orográfica de los mismos (desde la zona del embalse hasta el núcleo urbano, incluyendo la zona de las Parras) es la que debe incluirse en su totalidad dentro del Conjunto Histórico, sin atender a fragmentaciones derivadas de la mayor o menor nitidez de los rasgos propios de este accidente geográfico, ya que la inclusión de los Tajos dentro del Conjunto Histórico de Alhama de Granada es fundamental para la comprensión del bien de manera global.
     En lo que se refiere a la inclusión de los Baños en el Conjunto Histórico, el argumento fundamental es la histórica vinculación que el balneario ha mantenido con la población, constituyéndose en el referente cultural más significativo de la misma (la imagen figurada de Hoefnagel es un poderoso argumento que difícilmente se podrá rebatir). Diferenciar su protección de la instituida para el conjunto urbano de Alhama de Granada supondría desvirtuar uno de los principales valores o significados que justifican su protección.
     Además, no sólo existe esa poderosísima conexión inmaterial entre los Baños y el núcleo urbano (lo cual ya por sí misma justificaría su inclusión en el Conjunto Histórico), sino que también existe otra física a través del río Alhama; una conexión que resulta concordante con la mantenida por los Tajos. Ahonda esta argumentación el hecho de que, lo mismo que sucede con el núcleo urbano, los Baños no son simplemente una construcción aislada sino que aparecen enormemente enriquecidos por los valores paisajísticos y culturales de su territorio inmediato, lo cual es, como decimos, una continuidad de lo sucedido entre los Tajos y la localidad.
     La tercera zona, el Barrio Alto, que completa el Conjunto Histórico de Alhama de Granada, es la correspondiente a las calles más altas situadas en torno al convento de San Diego. Al incluir esta área en el Conjunto Histórico no se desvirtúa la relación entre territorio y núcleo urbano muy definida en Alhama de Granada por estas calles altas. En esta zona las calles y construcciones, aunque algo posteriores, mantienen una continuidad espacial y constructiva con las situadas más abajo y de mayor antigüedad (es lo que sucede, por ejemplo, con las calles Tejar Bajo y Barranco). Las viviendas de protección oficial construidas en los años ochenta tras el convento de San Diego, (el barrio de San Diego) disponen de gran unidad y dignidad arquitectónica. Consideramos por todos estos motivos, que existen suficientes razones en pos del reconocimiento y mantenimiento de la unidad urbana del asentamiento histórico de Alhama de Granada, para que esta zona en torno al convento de San Diego se incluya dentro de la delimitación del Conjunto Histórico.
     El Barrio de la Joya constituye el último de los espacios que se incluye dentro de la delimitación del Conjunto Histórico. 
     Éste ámbito urbano surge tras la devastación producida por el terremoto de 1884. La magnitud del citado terremoto tuvo como consecuencia la construcción de este barrio que se situará a 200 m, al norte de la población, entre las carreteras que parten de Alhama de Granada hacia Loja y Granada.
     La elección de este lugar fue una decisión motivada por la necesidad de encontrar un lugar que, además de ofrecer condiciones de seguridad que evitara catástrofes como las del terremoto, tuviera unas adecuadas condiciones de salubridad, accesibilidad, facilidad para abastecerse de agua, buenas comunicaciones, etc. Teniendo en cuenta la difícil orografía de la Alhama histórica, la hoya del Ejido era la única zona que reunía estas condiciones exigidas por la Comisaría Regia creada para la reconstrucción de los pueblos afectados por los terremotos. Lo acertado o inevitable de la localización lo pone de manifiesto el hecho de que los primeros campamentos provisionales que se crean para atender y acoger a los damnificados por el terremoto se situaran precisamente en esta zona de la hoya del Ejido. Además, antes de la construcción del barrio de nueva creación por parte de la Comisaría Regia, ya se habían construido viviendas de nueva planta en esta zona fruto de la solidaridad nacional e internacional, en concreto, las viviendas financiadas por el periódico madrileño El Imparcial.
     El nuevo barrio de la Joya dispone de tres partes diferenciadas, El Imparcial, Buenos Aires y el nuevo barrio de la Joya. La construcción de este barrio de nueva creación, sin duda de un enorme interés desde el punto de vista histórico y urbanístico, es un hecho excepcional y será una de las claves que marque el desarrollo urbano durante el siglo XX, es decir, la colmatación urbana y arquitectónica del barranco del Aserradero (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
     La perla romántica de la provincia granadina asoma su histórico caserío a un profundo tajo, por el fondo del cual discurre el río Marchán, en un paisaje quebrado, de cerros y torrenteras, en el que se suceden las huertas y los sembrados de cereales.
Historia
     Poblada desde el Neolítico, los romanos la llamaron Artigi, existiendo noticia fide­digna de que ya aprovechaban sus salutíferas aguas termales. De otros tiempos existen aún restos en el balneario, en concreto, el basamento de la monumental alberca de estilo califal que construyeron los árabes, quienes, precisamente por estos baños, llamaron a la ciudad Alhama, su nombre actual. Los musulmanes fortificaron la villa y la convirtieron en una de sus plazas más preciadas, tanto que su pér­dida en 1482 a manos del duque de Arcos y otros caballeros cristianos produjo en la corte granadina un pesar incalculable.
     La ciudad mantuvo su importancia tras la conquista cristiana, aunque en más de una ocasión tuvo que tenérselas bravas en defensa de su libertad, como, por ejemplo, en los llamados Motines del Hambre, acaecidos entre 1647 y 1652.
     El terremoto del 25 de diciembre de 1884, que afectó a buena parte de la provincia granadina, destruyó en Alhama casi 1.500 casas y causó más de 300 muertos. La iniciativa personal de Alfonso XII favoreció una rápida y completa restauración.
Gastronomía
     Basada en los productos autóctonos del campo, es bastante variada. Entre sus platos, los más conocidos son la olla jameña, un cocido de garbanzos con tocino añejo, morcilla, codillo y patatas; la sopa de mai­mones, en la que intervienen distintas verduras; el guiso de patatas y el morrete.
     Para regar estos platos está el vino del terreno, de elaboración artesanal, y como postres los dulces que hacen las monjas clarisas, tocino de cielo, borrachuelos, pan romano, una especie de bizcocho, y los roscos de alfajor, entre otros.
Fiestas
     La Candelaria, el 2 de febrero, es una fiesta grande. A los candelones que encienden en los distintos barrios se une el meceor o columpio en el que se mecen las mucha­chas, mientras la gente canta coplillas picarescas cuya tradición se remonta al siglo V.
     En carnaval, poco después, murgas, comparsas y máscaras animan las calles del pueblo. La fiesta culmina el domingo de Piñata, declarado de Interés Turístico.
     Verbenas populares se reparten en tomo al día de San Juan, 24 de junio. El 15 de agosto es la romería del Vino y alrededor del 8 de septiembre, la Feria Grande.
VISITA
     Sorprende Alhama por su situación, por el trazado de sus calles y, sobre todo, por su rico patrimonio monumental. Viniendo desde la autovía por la A 335, lo mejor es llegar hasta el barranco del Aserradero, donde, en las proximidades de la gasoli­nera, hay un aparcamiento público en el que puede dejarse el automóvil.
     Desde aquí, hacia el sur, caminando por la calle Fuerte, se alcanza el convento de San Diego, en la plaza de su nombre, antiguo de franciscanos y ocupado en la actua­lidad por monjas clarisas. Construido en el siglo XVI, en el lugar en el que estuvo la ermita de la Virgen de la Cabeza, la iglesia, denominada de la Inmaculada, data del siglo XVII, es de estilo barroco y en el altar mayor se encuentra una Inmaculada de Alonso de Mena.
     La mayor concentración de monumentos, no obstante, se sitúa al este, a par­tir de la plaza de la Constitución, por donde se extiende la antigua medina islámica.
     Bordeando el paseo Montes Jovellar, donde está la Oficina de Turismo, aparecen el castillo, remodelado en el siglo XIX sobre los restos de la antigua alcazaba musulmana, y la iglesia conventual del Carmen, templo erigido en el siglo XVI de estructura renacentista, que formó parte del convento de carmelitas, ocupado actualmente por el Ayuntamiento.
     El templo tiene planta de cruz latina con una sola nave y capillas laterales, coro a los pies y un magnífico camarín barroco en la cabecera dedicado a la Virgen del Carmen. Sobresale en el conjunto la capilla de Jesús Nazareno, hacia la mita de la nave, en el lado del Evangelio. Intensamente barroca, tiene dos partes, una primera, de planta hexagonal, y otra posterior, en cuyo camarín, se venera actualmente a la Virgen de las Angustias, patrona de Alhama, talla del imaginero granadino Eduardo Espinosa Cuadros. Enfrente de esta iglesia hay una espléndida panorámica sobre el tajo.
     Siguiendo por Portillo Naveros y Llana se llega a la casa de la Inquisición, sede del tenebroso Tribunal del Santo Oficio, bella muestra del gótico isabelino y un buen ejemplo de los edificios históricos de carácter civil que reúne la ciudad. Este tiene una bella portada de dos cuerpos, el inferior consistente en un arco deprimido rectilíneo con arquivolta conopial, con las llaves de San Pedro en la clave, y encima una ventana ajimezada de arcos conopiales enmarcada en un alfiz saliente, toda ella con numerosos adornos iconográfi­cos. Casas de esta línea se reparten por el casco histórico, pudiendo verse las mejores en las calles Peñas, Enciso, Parras y Llana.
     Al lado de la casa de la Inquisición se levanta la iglesia de la Encamación, cons­truida en el siglo XVI en el solar de la antigua mezquita bajo la dirección de los arquitectos Enrique Egas, Bernardo Ximénez y Diego de Siloé. De estilo gótico renacentista, posee una enorme torre cuyo perfil sobresale ampliamente sobre el paisaje urbano.
     Tiene dos portadas laterales, siendo la más importante la de la Epístola. Alzada sobre una escalinata, presenta un vano de medio punto entre potentes columnas jónicas que soportan un entablamento mixtilíneo sobre el que apoya una hornacina entre dos imponentes roleos en la que se encuentra una imagen de la Virgen Jamilena del siglo XVIII.
     El interior tiene una sola nave dividida en tres tramos mediante arcos apuntados, cubierta con bóvedas de estrella adornadas con florones en los cruces. Un gran arco toral separa la capilla mayor, en cuya cabecera, encima de un Crucificado anónimo, se recorta un gran fresco con el tema de la Encarnación, al que se dedica el templo. Piezas importantes de este son el púlpito, gótico mudéjar, el Crucificado situado en el sotocoro, lado del Evangelio, atribuido a Alonso Cano y, en este mismo lado, el retablo en mármol rojo dedicado al Sagrado Corazón.
     Desde 2001, instalado en la sacristía, la iglesia cuenta con un Museo de Arte Sacro en el que se conserva una muy buena colección de piezas de orfebrería y otra de ornamentos litúrgicos.
     En la evocadora plaza de los Presos, enfrente de la iglesia, se encuentra el Pósito, antiguo almacén de grano que hasta el siglo XIII fue sede de la sinagoga judía. Al otro lado del pósito está la Cárcel Real, notable edificio renacentista construido en 1674, aunque las modificaciones posteriores han cambiado bastante su imagen original.
     Siguiendo por la calle Vendedoras se alcanza el hospital de la Reina, renacentista y mudéjar, primer hospital de sangre del reino de Granada. La portada presenta un vano de medio punto y encima una ventana rectangular con alfiz. Las primeras dependencias, construidas entre 1485 y 1510, se organizan en torno a un patio central, habiéndose construido un segundo cuerpo en la parte posterior en 1540.
     Al lado del hospital derrama sus claras aguas el caño Wamba, primera fuente pública de las muchas que tuvo la ciudad, construida en el siglo XVI siguiendo un proyecto renacentista. Un poco más abajo está la iglesia de las Angustias, en la calle de su nombre, muy deteriorada como con­secuencia de los daños sufridos durante la Guerra Civil. Un poco más abajo, al final de la calle Mina, se encuentran las maz­morras musulmanas excavadas en la roca, así como las llamadas escaleras del Diablo que bajan hasta el río.
ALREDEDORES
     A unos 2 km. del pueblo, tras una desviación a la izquierda de la A 338, que lleva a Granada, conforme se sale, una carrete­rita que discurre por parajes de incompa­rable frondosidad y belleza, conduce al balneario de aguas termales, en servicio desde la más remota antigüedad. Dignos de mención, además de sus excelentes ins­talaciones, son el puente romano situado a escasos metros de la entrada, el basamento de la piscina donde se recoge el agua, igualmente romano, y la magnífica arquería califal de esta misma piscina.
     A unos 17 kilómetros, por la misma carretera A 338 se alcanza el pantano de los Ber­mejales, apto para la pesca, la natación, el piragüismo y el windsurf (Rafael Arjona, y Lola Wals. Guía Total, Granada. Anaya Touring. Madrid, 2009).
Historia.-
     Alhama asoma sus casas a un tajo imponente que es, en sí mismo, uno de los principales atractivos turísticos del municipio. Los restos encontrados cerca del río Marchán, en los cortijos El Navazo y El Chopillo, y en las cuevas del Agua, de la Mujer y Los Molinos atestiguan que este lugar fue habitado durante el Neolítico.
     Íbera primero, después fenicia, cartaginense más tarde, acogió a todas las culturas mediterráneas. Plinio la llamó Stici y los romanos Artigi, pero fueron los árabes quienes le dieron su nombre actual, al-hammam (aguas termales o el baño). Se la disputaron moros y cristianos y fueron las tropas de los Reyes Católicos las que, en un golpe de audacia, la arrebataron a los musulmanes en 1482. Cuentan los cronistas de la época que «murieron 800 moros y fueron presos 3.000, que dejaron un rico botín de oro y plata e aljófar, e sedas e alhajas e caballos e acémilas, e infinito trigo y cebada».
     En 1884 fue parcialmente destruida por un terremoto, pero su reconstrucción, a iniciativa del rey Alfonso XII, se llevó a cabo respetando la arquitectura tradicional (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación.-

     Templo de una nave con coro a los pies y capillas laterales. Cada uno de sus tres tramos interiores se cubre con bóvedas de crucería estrelladas, con medallones en las intersecciones, y nervios que apoyan sobre las pilastras separan­do los diferentes tramos, siendo su fábrica de sillares de piedra. Construida sobre los cimientos de la mezquita aljama, se consagró el 4 de abril de 1482. Es el único templo parroquial puramente gótico que se levantó en la diócesis de Granada, ya que en la mayoría de las ocasiones se utilizó el mudéjar para la construcción de las iglesias parroquiales.
     ­El interior, organizado como un espacio longitudinal, presenta en el lado de la Epístola ventanas geminadas y capillas cubiertas con bóvedas nervadas, mientras que el del Evangelio cuenta con grandes hornacinas y pequeñas ventanas. Destaca en los muros la utilización de los emblemas de los Reyes Católicos, el yugo y las flechas y el escudo sostenido por el águila real.
     Al exterior se abre con dos portadas laterales, siendo la situada en el lado de la Epístola la más importante. Estructurada en dos cuerpos, el inferior se eleva sobre una es­calinata con un arco de medio punto entre columnas dóri­cas sobre plinto, y se separa del segundo por un entablamento movido, con una hornaci­na enmarcada por dos grandes volutas, quedan­do rematada por un frontón con una cruz, que cobija desde mediados del siglo XVIII a la imagen de la Virgen de Jamilena. Esta portada del siglo XVII cubre a la original gótica, obra de Enrique Egas, de estructura abocinada, con arquivoltas decoradas con calados y elementos de carácter vegetal. La portada norte, de menor tamaño, tiene similares características, abierta con un arco ojival, se le antepuso en el siglo XVIII otra de diseño neoclásico.
     También sobresale la torre, elevada sobre la capilla mayor, que con sus treinta y cinco metros de altura se estructura en tres cuerpos decrecientes, separados por molduras, constituyendo un referente paisajístico en el entorno próximo a la ciudad.
     Intervinieron en su realización, desde el pri­mer cuarto del siglo XVI, los arquitectos Bernardo Ximénez, Enrique Egas, Rodrigo Hernández, Diego de Siloe y Juan de Maeda, que construye­ron un edificio cuya estructura conoce dos fases claras. La más antigua, que comprende los dos tramos más próximos a la cabecera y la más tar­día, que se corresponde con los pies de la iglesia. Ello se deja ver a través de elementos góticos, renacentistas, barrocos, neoclásicos, e incluso contemporáneos, incorporados en restauraciones a partir de 1937.
     La Capilla Mayor, cabecera de la nave y separada de ella mediante arco toral apuntado con un escudo del arzobispo de Talavera en la clave, se cubre con una bóveda estrellada. Construida en el primer cuarto del siglo XVI, se decora con un gran altar de piedra y un fresco que re­presenta a la Encarnación, a quien está dedicado el templo. A los pies sobresale la Capilla de los Vinuesa; el Baptisterio, donde se ubica la pila bautismal de alabastro, y simétricamente a ella una capilla cubierta con bóveda estrellada, en la que se en­cuentra la escalera de acceso al Coro, con pasama­nos y escalones de piedra, éste ultimo atribuido a Juan de Marquina, y estructurado con tres arcos apeinelados, escudos del arzobispo Fernando Niño Cuello en las enjutas, y alfarje en el forjado del piso.
     En las capillas del muro de la derecha o de la Epístola hay, en la segunda, un San José, hecho por Navas Parejo en los años cuarenta, aprovechando una antigua imagen destruida en la guerra civil y en el que destaca el Niño, muy en la línea de Alonso de Mena. La siguiente capilla es la dedicada a la Virgen del Rosario, obra del imaginero granadino contemporáneo, Domingo Sánchez Mesa. En este lado también destaca una Adoración de los pastores, de cierta calidad y fechable a mediados del siglo XVII. En el lado del Evangelio, una sucesión de hornacinas a manera de arcosolios nos permiten ver un conjunto de obras de cierto interés. En el sotocoro se en­cuentra una de las piezas más significativas, un Crucificado atribuido a Alonso Cano, entre 1652 y 1657. A continuación, en la primera de ellas, una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, realizada en cobre y donada por los Redentoristas a la ciudad. Más adelante, sobre la puerta norte, destaca un cuadro de la Inmaculada, de mediados del siglo XVII. La penúltima horna­cina cobija el retablo del Corazón de Jesús, del siglo XVIII, realizado en mármol rojo, presidido por una imagen de Domingo Sánchez Mesa. Por último, la de la Inmaculada, en la que destaca el frontal de altar, realizado en mármol rojo cordobés, con grabados de jarrones con azucenas y el anagrama de Jesús Hombre Salvador, JHS, den­tro de una corona. La imagen de la Virgen fue realizada en la posguerra con restos de otra anterior, de la que se aprovecha la cabeza, atribuida al taller de los Mora. Sobre ambas se encuentra una Piedad, próxima al estilo del pintor granadino del siglo XVII, Felipe Gómez de Valencia. También tenemos que citar el púlpito, uno de los pocos muebles que nos han llegado de los primeros momentos del edificio, en concreto el pie, la plataforma y los pretiles, realizado en piedra y en el que se relacionan motivos góticos y mudéjares (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     La Iglesia, ubicada en la Plaza de los Presos, presenta la majestuosidad de una Iglesia Mayor, realizada en sillería, a mitad de camino entre el Gótico y el Renacimiento.
     Es un templo de una sola nave, coro a los pies y capillas  laterales. Cada uno de sus tres tramos interiores se cubre con bóveda de crucería estrelladas, con medallones en las intersecciones, y nervios que apoyan sobre las pilastras separando los diferentes tramos, siendo su fábrica de sillería de piedra. Los muros son de sillería de piedra calesa.
     El interior presenta en el lado de la Epístola ventanas geminadas y capillas cubiertas con  bóvedas nervadas, mientras que  el del Evangelio cuenta con grandes hornacinas y pequeñas ventanas. 
     Al exterior la iglesia tiene dos portadas laterales, siendo la situada en el lado de la Epístola la más importante. 
     Estructurada en dos cuerpos, el inferior se eleva sobre una escalinata con un arco de medio punto entre columnas dóricas sobre plinto, y se separa del segundo por un entablamento movido, con una hornacina enmarcada por dos grandes volutas, quedando rematada por un frontón con una cruz que cobija a la imagen de la Virgen de Jamilena. Esta portada del siglo XVII  cubre a la original gótica, obra de Enrique Egas.
     La portada norte, de menor tamaño, tiene similares características, abierta con un arco ojival, se le antepuso en el siglo XVIII otra de diseño neoclásico.
     La torre, elevada sobre la capilla mayor tiene 35 metros de altura y se estructura en tres cuerpos decrecientes, separados por molduras, constituyendo un referente paisajístico en el entorno próximo a la ciudad.
     Construida bajo los cimientos de una mezquita  aljama, se consagró el 4 de abril de 1482. Es el único templo parroquial puramente gótico que se levantó en la diócesis de Granada, ya que en la mayoría de las ocasiones se utilizó el mudéjar para la construcción de las iglesia parroquiales.
     Intervinieron en su construcción desde el primer cuarto del siglo XVI, los arquitectos Bernardo Ximénez, Enrique Egas, Rodrigo Hernández, Diego de Siloe y Juan de Maeda, que construyeron un edificio cuya estructura conoce dos fases claras. La más antigua, que comprende los dos tramos más próximos a la cabecera y la más tardía, que corresponde a los pies de la iglesia. Ello se deja ver a través de ciertos elementos góticos, renacentistas, barrocos, neoclásicos e incluso contemporáneos incorporados en restauraciones a partir de 1937.
     En el año 2001 se inauguró en la sacristía del templo un Museo parroquial y Diocesano en el que exponen las importantes piezas de orfebrería y textiles que posee la parroquia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La poderosa torre de la Iglesia Mayor de Santa María de la Encarnación, establecida probablemente sobre la mezquita mayor, es el punto de referencia visual de Alhama.
     Fue comenzada a fines del s. XV e inicios del XVI. Su estructura general es gótica, con una sola nave de amplias proporciones bajo bóvedas estrelladas de nervadura y potentes contrafuertes en el exterior. A la fábrica gótica del templo se añadieron después elementos de estilo renacentista, como el coro y los cuerpos superiores de la torre, y el detalle de la portada meridional (Diputación Provincial de Granada).

Museo parroquial de Arte Sacro de Nuestra Señora de la Encarnación.-
     Inaugurado en 2001, el proyecto de creación de un Museo de Arte Sacro en Alhama de Granada, se sustentó en la idea del mantenimiento del concepto de Sacristía, incorporando en ella un museo en el que conservar y exhibir las importantes piezas de orfebrería y textiles que poseía la parroquial. Son dos los espacios en el reco­rrido del museo, la antesacristía, como antesala interpretativa y espacio de servicio reservado al párroco, y la sacristía, lugar reservado propiamente a Museo. En la antesacristía se localiza la pila de agua y mobiliario necesario para el ofi­ciante. Una mampara en el acceso, cumple una doble función, al cortar la visión desde la iglesia mediante un panel informativo, siendo el reverso una vitrina que contiene el ajuar de la Virgen del Rosario, consistente en corona, rostrillo, me­dia luna y cetro, piezas de plata realizadas en el siglo XVIII.
     La sacristía es un espacio rectangular de gran sencillez cubierto a dos aguas, y contiene vitrinas perimetrales en las que se exponen importantes piezas textiles, como la Casulla Roja con escudo bordado del Cardenal Cisneros, que data de finales del siglo XV; Dalmáticas Rojas del siglo XVI; el denominado Terno Blanco, constituyendo el conjunto textil más importante de la colección, compuesto de capa pluvial, casulla y dalmáticas con sus collarinos, realizado entre 1575 y 1582 por los bordadores granadinos Juan de Valencia, Juan de Villalón y Alonso Núñez de Villarroel; el Terno Verde, compuesto por dos dalmáticas, capa pluvial y casulla, perteneciente al último cuarto del siglo XVI; el Terno Morado de la segunda mitad del siglo XVI; el Terno Negro del siglo XVII y el Estandarte en forma de simpecado, realizado en terciopelo rojo y con bordados en seda y oro, de 1638.
     Sobre la magnífica cajonera ubicada en el testero lateral, bajo los dos vanos ojivales, hay tres urnas que contienen la colección de orfebrería: cálices de los siglos XVII y XVIII, copones de los siglos XVII y XIX; una pequeña custodia de 1706; un portaviático del siglo XVIII, crismeras, incensarios, cruz de altar, portapaz, vinajeras, juegos de sacras, etc., piezas y objetos litúrgicos de gran riqueza que fueron realizadas entre los siglos XVI y XIX (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005). 
     Se encuentra dentro de la Iglesia Mayor de la Encarnación. Alberga una magnífica colección de piezas de orfebrería y de ornamentos litúrgicos. Entre las piezas destaca, por su curiosidad, una casulla cuyos bordados son atribuidos a la reina Isabel la Católica.
     Es de terciopelo rojo bordado en hilo de seda y oro. La vestimenta religiosa está datada a finales del siglo XV o comienzo del XVI. Los bordados se componen de una cenefa central sobrepuesta que la recorre verticalmente, tanto por delante como por detrás, donde van las imágenes de los santos. Por delante y de arriba abajo muestra los escudos del Cardenal Cisneros, San Bartolomé y San Andrés y por detrás, San Pedro, San Juan Evangelista y Santiago Peregrino (Diputación Provincial de Granada).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, y Museo parroquial de Arte Sacro de Nuestra Señora de la Encarnación) de la localidad de Alhama de Granada I, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

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El Retablo cerámico de la Virgen de las Madejas, de Juan Aragón (Águilas 25), en los Caños de Carmona

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Retablo cerámico de la Virgen de las Madejas, de Juan Aragón, en los Caños de Carmona, de Sevilla.  
     Hoy, 2 de julio, es el aniversario del acuerdo (2 de julio de 1993) para la realización de una nueva imagen de la Virgen de las Madejas, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el Retablo cerámico de la Virgen de las Madejas, en los Caños de Carmona, de Sevilla
     Los Caños de Carmona (restos del Acueducto romano) [nº 92 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encuentran en la calle Luis Montoto (1º tramo entre los cruces con las calles Amador de los Ríos y la confluencia de las calles Juan Antonio Cavestany, y José María Moreno Galván), en el Barrio de La Florida, del Distrito Nervión
     Este retablo cerámico se encuentra en una hornacina dispuesta en los Caños de Carmona, en la zona más cercana a la Puerta de Carmona, prácticamente enfrentado al inicio de la calle Amador de los Ríos. Es una obra de cerámica pintada plana, con unas medidas de 0,60 x 1,60 mts., compuesta por 24 piezas (8 x 3), realizada en 1993 por Juan Aragón Cuesta, del Taller Águilas 25, de Sevilla. El Retablo lo protagoniza en su totalidad la imagen de la Virgen de las Madejas, con una orla vegetal, rematado en arco rebajado, y en la parte inferior, firmada, nos encontramos con la leyenda: 
REPRODUCCION DE LA VIRGEN DE LAS
MADEJAS, QUE EN ESTE LUGAR HABIA,
HASTA SU PROFANACION. ACTUALMENTE
EXISTE UNA REPLICA QUE SE VENERA
EN LA PARROQUIA DE SAN ROQUE.
y los escudos de la Hermandad de San Roque, del Ayuntamiento de Sevilla, y de la empresa municipal EMASESA.
     Este retablo se colocó en vísperas de la Semana Santa de 1993, en una hornacina situada en los restos de los antiguos caños de Carmona, que traían el agua a Sevilla desde Alcalá de Guadaíra. Este tramo del acueducto estaba oculto bajo el puente de la Calzada, demolido en los años previos a la Exposición Universal celebrada en Sevilla en 1992 tras el soterramiento del ferrocarril que atravesaba en superficie la ciudad. Con este retablo se pretende recordar que en ese mismo lugar existió una imagen de bulto de la Virgen con el Niño bajo la advocación de las Madejas retirada en 1868 para recibir culto en la cercana iglesia de San Roque. El azulejo fue costeado por la Empresa Municipal de Aguas de Sevilla, EMASESA, en razón de estar colocado sobre una antigua conducción de agua. A finales del año 2000 los azulejos de la parte superior empezaron a desprenderse, por lo que fue preciso reponer aproximadamente la mitad superior por el mismo taller de cerámica. Ese es el motivo por el que observamos una falta de coincidencia del dibujo (Retablo Cerámico).
     Imagen de gran tradición y abolengo en el barrio, renovada a fines del s. XVIII por el acreditado escultor Cristóbal Ramos. Era una pequeña terracota de 65 cms. con mucha sencillez, encanto y naturalidad. La Virgen lucía policromada su túnica de color encarnado y el manto azul, mientras que el Niño estaba vestido de blanco. Antes de pasar a San Roque, se veneró por espacio de mucho tiempo en su retablo situado en uno de los arcos del acueducto llamado "Los Caños de Carmona". La etimología de su nombre "Ntra. Sra. de las Madejas" se deduce de que en dicho acueducto estaban colocadas también las armas del Municipio Hispalense, el popular jeroglífico "No-8-Do" que sirve como escudo o emblema al Ayuntamiento de Sevilla. La tradición dice incluso que la imagen se puso en aquel sitio por orden de Alfonso X, el mismo que otorgó dicho emblema. Gozó de altísima estima y veneración. Por ello, tras su destrucción durante la última guerra civil, resultaba muy lamentable que no se hiciera por lo menos una copia de la imagen (se conservan fotografías que pueden ayudar al intento), para que siquiera su nombre y su recuerdo hubiesen perdurado en el corazón del barrio. Según parece, logró salvarse del fuego el rostro de la Virgen, por lo cual todavía resulta más extraño y más incomprensible que no se intentara reconstruir la imagen en su día (luego ese rostro se perdió y ya no pudo ser localizado). Casi en prensa este libro, nos enteramos de que nuestros reiterados llamamientos han encontrado por fin eco: Durante el año 1992 el escultor Rafael del Río ha modelado una nueva versión de la imagen, que ha sido costeada por el Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, a propuesta de la cofradía de Ntro. Padre Jesús de la Penas. Queremos expresar aquí nuestra gratitud al Jefe de Protocolo de dicho Ayuntamiento, don Mauricio Domínguez Adame, y al Hermano Mayor de la citada cofradía, don Rafael Durán, por el cariñoso interés con que acogieron la idea. Al renovarse el culto a Nuestra Señora de las Madejas (día 2-7-93), Sevilla recupera uno de sus títulos marianos más singulares: Aquel que simboliza el propio escudo o anagrama. Poco después de hacerse la imagen, se ha colocado también un azulejo de ella en los restos del primitivo acueducto de calle Oriente (gracias a una iniciativa de EMASESA), despertando popular devoción, como se deduce de las espontáneas y sencillas ofrendas florales que generalmente tiene a sus plantas (Juan Martínez Alcalde. Sevilla Mariana, Repertorio Iconográfico. Ediciones Guadalquivir. Sevilla, 1997).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Virgen con el Niño;
     Tal como ocurre en el arte bizantino, que suministró a Occidente los prototipos, las representaciones de la Virgen con el Niño se reparten en dos series: las Vírgenes de Majestad y las Vírgenes de Ternura.
La Virgen de Majestad
     Este tema iconográfico, que desde el siglo IV aparecía en la escena de la Adoración de los Magos, se caracteriza por la actitud rigurosamente frontal de la Virgen sentada sobre un trono, con el Niño Jesús sobre las rodillas; y por su expresión grave, solemne, casi hierática.
     En el arte francés, los ejemplos más antiguos de Vírgenes de Majestad son las estatuas relicarios de Auvernia, que datan de los siglos X u XI. Antiguamente, en la catedral de Clermont había una Virgen de oro que se mencionaba con el nom­bre de Majesté de sainte Marie, acerca de la cual puede dar una idea la Majestad de sainte Foy, que se conserva en el tesoro de la abadía de Conques.
     Este tipo deriva de un icono bizantino que el obispo de Clermont hizo emplear como modelo para la ejecución, en 946, de esta Virgen de oro macizo destinada a guardar las reliquias en su interior.
     Las Vírgenes de Majestad esculpidas sobre los tímpanos de la portada Real de Chartres (hacia 1150), la portada Sainte Anne de Notre Dame de París (hacia 1170) y la nave norte de la catedral de Reims (hacia 1175) se parecen a aquellas estatuas relicarios de Auvernia, a causa de un origen común antes que por influencia directa. Casi todas están rematadas por un baldaquino que no es, como se ha creído, la imitación de un dosel procesional, sino el símbolo de la Jerusalén celeste en forma de iglesia de cúpula rodeada de torres.
     Siempre bajo las mismas influencias bizantinas, la Virgen de Majestad aparece más tarde con el nombre de Maestà, en la pintura italiana del Trecento, transportada sobre un trono por ángeles.
     Basta recordar la Madonna de Cimabue, la Maestà pintada por Duccio para el altar mayor de la catedral de Siena y el fresco de Simone Martini en el Palacio Comunal de Siena.
     En la escultura francesa del siglo XII, los pies desnudos del Niño Jesús a quien la Virgen lleva en brazos, están sostenidos por dos pequeños ángeles arrodillados. La estatua de madera llamada La Diège (Dei genitrix), en la iglesia de Jouy en Jozas, es un ejemplo de este tipo.
El trono de Salomón
     Una variante interesante de la Virgen de Majestad o Sedes Sapientiae, es la Virgen sentada sobre el trono con los leones de Salomón, rodeada de figuras alegóricas en forma de mujeres coronadas, que simbolizan sus virtudes en el momento de la Encarnación del Redentor.
     Son la Soledad (Solitudo), porque el ángel Gabriel encontró a la Virgen sola en el oratorio, la Modestia (Verecundia), porque se espantó al oír la salutación angélica, la Prudencia (Prudentia), porque se preguntó como se realizaría esa promesa, la Virginidad (Virginitas), porque respondió: No conocí hombre alguno (Virum non cognosco), la Humildad (Humilitas), porque agregó: Soy la sierva del Señor (Ecce ancilla Domini) y finalmente la Obediencia (Obedientia), porque dijo: Que se haga según tu palabra (Secundum verbum tuum).
     Pueden citarse algunos ejemplos de este tema en las miniaturas francesas del siglo XIII, que se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero sobre todo ha inspirado esculturas y pinturas monumentales en los países de lengua alemana.
La Virgen de Ternura
     A la Virgen de Majestad, que dominó el arte del siglo XII, sucedió un tipo de Virgen más humana que no se contenta más con servir de trono al Niño divino y presentarlo a la adoración de los fieles, sino que es una verdadera madre relacionada con su hijo por todas las fibras de su carne, como si -contrariamente a lo que postula la doctrina de la Iglesia- lo hubiese concebido en la voluptuosidad y parido con dolor.
     La expresión de ternura maternal comporta matices infinitamente más variados que la gravedad sacerdotal. Las actitudes son también más libres e imprevistas, naturalmente. Una Virgen de Majestad siempre está sentada en su trono; por el contrario, las Vírgenes de Ternura pueden estar indistintamente sentadas o de pie, acostadas o  de rodillas. Por ello, no puede estudiárselas en conjunto y necesariamente deben introducir en su clasificación numerosas subdivisiones.
     El tipo más común es la Virgen nodriza. Pero se la representa también sobre su lecho de parturienta o participando en los juegos del Niño.
El niño Jesús acariciando la barbilla de su madre
     Entre las innumerables representaciones de la Virgen madre, las más frecuentes no son aquellas donde amamanta al Niño sino esas otras donde, a veces sola, a veces con santa Ana y san José, tiene al Niño en brazos, lo acaricia tiernamente, juega con él. Esas maternidades sonrientes, flores exquisitas del arte cristiano, son ciertamente, junto a las Maternidades dolorosas llamadas Vírgenes de Piedad, las imágenes que más han contribuido a acercar a la Santísima Virgen al corazón de los fieles.
     A decir verdad, las Vírgenes pintadas o esculpidas de la Edad Media están menos sonrientes de lo que se cree: la expresión de María es generalmente grave e incluso preocupada, como si previera los dolores que le deparará el futuro, la espada que le atravesará el corazón. Sucede con frecuencia que ni siquiera mire al Niño que tiene en los brazos, y es raro que participe en sus juegos. Es el Niño quien aca­ricia el mentón y la mejilla de su madre, quien sonríe y le tiende los brazos, como si quisiera alegrarla, arrancarla de sus sombríos pensamientos.
     Los frutos, los pájaros que sirven de juguetes y sonajeros al Niño Jesús tenían, al menos en su origen, un significado simbólico que explica esta expresión de inquieta gravedad. El pájaro es el símbolo de l alma salvada; la manzana y el racimo de uvas, aluden al pecado de Adán redimido por la sangre del Redentor.
     A veces, el Niño está representado durante el sueño que la Virgen vela. Ella impone silencio a su compañero de juego, el pequeño san Juan Bautista, llevando un dedo a la boca.
     Ella le enseña a escribir, es la que se llama Virgen del tintero (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000). 
Conozcamos mejor la biografía de Juan Aragón, autor de la obra reseñada;
     Nace en Alameda (Málaga) el 3 de Enero de 1943. Viene muy pequeño a vivir a Sevilla a casa de su abuela. Dotado de facultades para el dibujo y la pintura, siempre sintió atracción por la cerámica. Tras iniciar Aparejadores, abandona en el segundo curso para ingresar, a principios de los setenta en la fábrica de la Corchuela, donde toma su bautismo de fuego en el mundo de la cerámica. Allí conocería a Cristóbal Rodríguez Fernández, con el que en 1975 montaría taller propio en la calle Águilas, 25. En este taller han profundizado en los secretos de los barros vidriados, haciendo modelado que incorporan a sus obras, y realizando cerámica de imitación del antiguo, especialmente de los siglos XVII y XVIII. También han trabajado en este taller en una primera época Rafael Abad y Rafael Guisado.
     Una de sus obras más conocidas en la ciudad de Sevilla es el conjunto de las estaciones del Vía Crucis de la Cruz del Campo, que las ejecutó en 1995 para reponer las muchas que faltaban.
     Falleció en febrero de 2013, continuando su compañero Cristóbal Rodríguez Fernández al frente del taller poco tiempo más (Retablo Cerámico).
Conozcamos mejor la Historia del Taller Águilas 25, Taller donde se ejecutó la obra reseñada;
     Sito, como su propio nombre indica, en la planta baja izquierda de la casa número 25 de la calle Águilas, en Sevilla capital. Fue abierto en 1975 por dos ex‑alumnos de la escuela‑ taller de cerámica de La Corchuela, Juan Aragón Cuesta (n. 1943) y Cristóbal Rodríguez Fernández (n. 1952). En sus primeros años y hasta 1988 en que se independizaron, trabajaron allí Rafael Abad y Rafael Guisado. Las tareas de modelado las realizaba principalmente Ismael Rodríguez, hermano de Cristóbal.
     Las obras habitualmente van firmadas como taller de calle Águilas, 25, sobre todo en la primera época, pero desde mediados de los ochenta se observó una tendencia a la firma individualizada de sus propietarios, bien como Juan Aragón ó como Cristóbal “Rofer” o Rodríguez.
     Juan Aragón falleció en febrero de 2013 y Cristóbal Rodríguez mantuvo el taller poco tiempo más, hasta cerrarse definitivamente en torno a 2017 (Retablo Cerámico).
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miércoles, 1 de julio de 2026

La Hacienda Torre de Doña María, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Hacienda Torre de Doña María, en Dos Hermanas (Sevilla).
     Hoy, 1 de julio, se inicia el mes en el que la historiografía tradicional fecha el fallecimiento de Doña María de Padilla, así que hoy es el mejor día que hoy para Explicarte la Hacienda Torre de Doña María, en Dos Hermanas (Sevilla).
     La Hacienda Torre de Doña María se encuentra en el pago homónimo muy próxima al núcleo urbano de Dos Hermanas y al arroyo de las culebras. Su acceso se realiza desde la nueva autovía Sevilla-Dos Hermanas, cerca del kilómetro 4 se levanta la monumental portada que anuncia la entrada a la finca y de la que arranca el camino que asciende hasta el caserío, que se presenta rodeado de una frondosa vegetación elevado sobre una loma. Responde, básicamente, a la tipología tradicional de este tipo de edificaciones. Se estructura en torno a un amplio patio central que, en este caso, presenta planta trapezoidal, alrededor del cual se disponen crujías perimetrales, duplicadas en las caras Norte y Oeste.
     El señorío no ocupa la posición normal, centrada con el acceso, sino que se ubica en la esquina Noroeste de la edificación, accediéndose al mismo a través de espacio porticado. Volumétricamente el conjunto se caracteriza por su marcada horizontalidad alterada en sus cuatro ángulos por torres almenadas. Tres de ellas son de planta cuadrada y otra, la situada en la zona del señorío, presenta planta de seis lados, sobresaliendo del muro de fachada. Además junto a ésta se encuentra la antigua Torre de Doña María, que le da nombre a la finca. En las fachadas exteriores se abren una serie de vanos de diferentes dimensiones (puertas y ventanas) formados por arcos polilobulados y de herradura enmarcados por alfices. Los muros de las fachadas están rematados por merlones de capuchón.
     En la crujía de acceso se disponen una serie de dependencias que sirven de vivienda a los trabajadores de la hacienda, ocupando la posición central de la misma. En la crujía Norte, junto al señorío, se disponían el molino y el depósito, dependencias destinadas en la actualidad a taller y cocheras. La crujía Este alberga los graneros y otras dependencias secundarias, quedando al exterior y con acceso independiente los patios de los aperos. 
     Especial interés presenta el jardín anexo, con planta rectangular estructurada mediante dos calles ortogonales que se cruzan en una plazoleta central en la que se encuentra una fuente ornamental de planta octogonal.
     Uno de los elementos fundamentales es el patio. Tiene planta rectangular y suelo empedrado en forma de damero. En su lado izquierdo se ubica un pozo con brocal de piedra y herraje con polea, rodeado de naranjos y un ciprés. A la misma altura, pero en el lado contrario del patio y adosado a la fachada de las cuadras, existe un abrevadero o pilón enmarcado por un arco apuntado en cuyo centro hay una hornacina con una escultura clásica. Alrededor del patio están las siguientes dependencias: señorío, graneros, almacenes, cuadras y viviendas del capataz y de otros trabajadores. Todo ello formando un conjunto donde predomina el encalado de los muros y vanos de puertas y ventanas con arcos de reminiscencia islámica. También encontramos elementos clásicos de acarreo (columnas, capiteles, mosaicos, etc.) adornando algunas zonas del patio.
     La Torre de Doña María, de planta rectangular, es la construcción más emblemática y sobresaliente de la hacienda. Tiene dos plantas se encuentra cubierta con terraza rodeada de almenas. A ella se accede desde el patio principal a través de una pequeña portada con arco apuntado flanqueado por dos columnas añadidas de material de acarreo. La planta baja hace función de sacristía al estar comunicada con la capilla. El vano de entrada, presenta arco de herradura enmarcado en un alfiz ornamentado con yeserías formando un arco polilobulado. El segundo cuerpo presenta un vano de herradura muy apuntado enmarcado por un alfiz, junto al cual aparece un ojo de buey ovalado. La torre se encuentra comunicada con la vivienda o señorío a través de una puerta de acceso al comedor principal.
     Tanto la torre como la capilla son las zonas mudéjares más primitivas del conjunto, siendo el resto de las dependencias neomudéjares (la "Casa Mora", el Jardín Ornamental y el templete). El templete, encalado en blanco, es de planta cuadrada similar a un arco cuadrifonte, con arcos de herradura apuntado enmarcado por arco polilobulado y alfiz, rematado en sus ángulos por merlones escalonados y coronado por cúpula octogonal en cuyo centro se eleva el yamur de tradición islámica.
     Al patio del caserío se accede a través de una portada formada por un arco apuntado que está decorado con motivos de clara inspiración islámica y flanqueado por dobles pilastras que sostienen un entablamento cuyo friso porta un rótulo donde aparece el nombre de la finca Torre de Doña María. Todo ello queda coronado por merlones de tipo omeya, convirtiéndose el central en una pequeña espadaña con campana rematada por una cruz de forja.
     La estructura portante es, básicamente, de muros de carga de fábrica de ladrillo, enfoscados y encalados. Sobre éstos se dispone la armadura de madera de soporte de la cubierta, que es en su mayoría a dos aguas y que en las dependencias auxiliares se deja vista, con correas de madera y tablero de ladrillo sobre la que se dispone la cubrición de teja cerámica curva. En algunas dependencias se ha sustituido la teja por una cubierta de fibrocemento que se dispone directamente sobre la antigua armadura de madera.
     Históricamente corresponde a la hacienda donada por el rey Pedro I de Castilla a Doña María de Padilla, pasando con posterioridad a propiedad de la Catedral de Sevilla. Tras la Desamortización pasó a manos de la familia Ybarra, en cuya propiedad continúa hoy día. La torre que da nombre a esta hacienda fue incluida dentro de la nueva construcción a la que fue sometido el recinto en 1920, obras realizadas por el arquitecto José Gutiérrez Lescura, autor del pabellón de Marruecos de la Exposición Iberoamericana de 1929.
     Hay que destacar la existencia de un aljibe de planta rectangular, hoy día cubierto casi en su totalidad. En la zona hay constancia de la existencia de al menos dos necrópolis romanas, conservándose en la torre una pequeña colección arqueológica. También hay testimonios de la proximidad de un yacimiento paleolítico al aire libre.
     Se encuentra situada en el centro de un área arqueológica de gran riqueza, en la que se han detectado hasta cinco yacimientos romanos. 
     En la actualidad no se usa como molino almazara, presentando en buen estado de conservación, sin apreciarse alteraciones tipológicas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Doña María de Padilla, primera propietaria de la Hacienda reseñada:
       María de Padilla. (?, 1337 – Sevilla, 1361). Amante de Pedro I.
     María de Padilla era hija de Diego García de Padilla y de su esposa María González de Hinestrosa. Pertenecía, por lo tanto, a una familia de la nobleza intermedia que tenía diversas posesiones en las tierras de la cuenca del Duero, y ante todo cerca de la localidad de Astudillo. No obstante, se ignoran tanto la fecha exacta de su nacimiento como el lugar preciso en el que vino a este mundo. En los primeros años de su vida se la conocía con el nombre de Mari Díaz. Sin duda, se trataba de una mujer que destacaba por su hermosura, su talento y su indudable gracia. Las fuentes de la época la presentan como una mujer “de buen entendimiento”, pero a la vez como “la más apuesta doncella que por entonces se hallaba en el mundo”. María de Padilla era, por otra parte, pequeña de cuerpo pero de nobles sentimientos, discreta, afable y compasiva. En el año 1352 fue presentada por su tío, Juan Fernández de Hinestrosa, al rey de Castilla, Pedro I, en la localidad de Sahagún. Aquélla fue, al parecer, una hábil maniobra de Juan Alfonso de Alburquerque, que al mismo tiempo preparaba el matrimonio del monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, con el objeto de afianzar su poder en el ámbito de la Corte regia.
     Conviene recordar que María de Padilla se había criado en la casa de Isabel de Meneses, que era la esposa del magnate nobiliario Juan Alfonso de Alburquerque. Lo cierto es que el rey de Castilla, Pedro I, debió de sentir desde aquel momento una ciega pasión por María de Padilla, de la que, según todos los indicios, se enamoró profundamente. Un texto de la época afirma que el monarca Pedro I “enamoróse mucho della, é non pudo estar en sí hasta que la uvo é durmió con ella”. Las fuentes de la época afirman que en junio del año 1352 Pedro I ya tenía en su compañía a María de Padilla. Como premio, María recibió en ese año de 1352 del rey de Castilla el señorío de Huelva. El historiador Juan Bautista Sitges indicó en su día que María de Padilla fue “el ángel bueno de Don Pedro, y con su dulzura, sus gracias é su paciencia pudo sujetar a aquel carácter fiero e indómito”. Eso explica que, en junio de 1353, poco después de casarse en Valladolid el monarca castellano con la infanta francesa Blanca de Borbón, abandonara a su esposa para reunirse con su amante. Sin duda, María de Padilla había aceptado sin protesta el casamiento del Rey con Blanca de Borbón, ocupando ella, como en el anterior reinado Leonor de Guzmán, el papel de manceba. Hubo, no obstante, un ligero retroceso, en el año 1354, en las relaciones de Pedro I con María de Padilla, lo que explica que, ese mismo año, el rey de Castilla se casara con Juana de Castro. Este acontecimiento causó un gran dolor a María de Padilla, la cual pensó incluso en retirarse a un convento. De todos modos, al poco tiempo Pedro I volvió nuevamente con ella.
     Hay que señalar, asimismo, que María de Padilla llevó una vida de carácter nómada, cambiando continuamente de residencia. Entre 1353 y 1354 estuvo, entre otros lugares, en Córdoba, en Montalbán, en Toledo, en Olmedo, en Castrogeriz, en Tordesillas, en Urueña, etc. Por otra parte, en una carta escrita a Pedro I en el año 1356 por el Pontífice romano, éste llamaba a María de Padilla adúltera y concubina. En el año 1358 María se encontraba en la ciudad de Sevilla, demostrando a Fadrique, hermanastro del rey Pedro I, la tristeza que sentía porque estaba convencido de que iba a ser asesinado por el monarca castellano. No mucho más tarde, en el año 1361, María de Padilla, que sólo contaba veinticuatro años de edad, murió en la ciudad hispalense. El cronista Pedro López de Ayala cuenta que falleció “de su dolencia”, aunque se ignora de qué enfermedad se trataba. Pedro I, que se encontraba ausente de Sevilla, al enterarse de la muerte de María de Padilla “la lloró amargamente”, según relata el historiador Juan Bautista Sitges, y “mandó hacer en Castilla grandes duelos”.
     Al año siguiente, en unas supuestas Cortes celebradas en la ciudad de Sevilla, Pedro I intentó legalizar, a título póstumo, sus relaciones con María de Padilla. De ahí que declarara que se había casado con María, aun cuando mantuvo secreto aquel matrimonio, antes de casarse con la infanta francesa Blanca de Borbón. Incluso dio los nombres de los que habían sido testigos de la boda. Es más, el cronista Pedro López de Ayala afirma que en esas Cortes de Sevilla del año 1362, el arzobispo de Toledo, Gómez Manrique, pronunció un discurso con el que intentaba demostrar la legitimidad del matrimonio de Pedro I con María de Padilla. Sin embargo, la más rigurosa investigación histórica ha puesto de manifiesto que no existió ese matrimonio. En esa misma sesión se declaró herederos de Pedro I a los hijos que había tenido con María de Padilla. Éste parece que fue el objetivo básico que buscaba el rey Pedro I al declarar una supuesta boda con María de Padilla. Esos hijos fueron los siguientes: un varón, Alfonso, que murió antes de cumplir un año, y tres hembras, Beatriz, Constanza e Isabel. Beatriz terminó marchándose al Convento de las clarisas de la localidad de Tordesillas. Constanza contrajo nupcias con el destacado personaje de la Corte inglesa Juan de Gante, duque de Lancaster. Isabel se casó con otra figura de la nobleza inglesa, Edmundo de York.
     María de Padilla fue enterrada inicialmente en el Convento de las clarisas de la localidad palentina de Astudillo, denominado de Nuestra Señora de los Ángeles, que había sido fundado por ella en el año 1354. Pero con posterioridad sus restos mortales, considerados propios de una reina, fueron trasladados a la Catedral de Sevilla (Julio Valdeón Baruque, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Hacienda Torre de Doña María, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Dos Hermanas (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

La Morería de la ciudad

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Morería de la ciudad, de Sevilla.
      Tras la conquista castellana en 1248, la ciudad llegó a contar con una morería donde fue reagrupada la escasa población mudéjar autorizada a vivir entre cristianos, un pequeño porcentaje de la población dedicado fundamentalmente a tareas agrícolas y artesanales, que fue ubicándose en distintas collaciones hasta establecerse finalmente en el Adarvejo, un barrio cerrado frente a la parroquia de San Pedro donde vivieron los últimos musulmanes sevillanos hasta su expulsión en 1502. No quedan restos visibles del tipo de cerramiento de la Morería, probablemente dos postigos que se cerrarían de noche, frente a la parroquia de San Pedro y frente al convento de los Trinitarios Descalzos, aunque con el establecimiento allí de la primera fábrica de tabacos de la ciudad, se procedió a derribar las puertas de acceso en 1572. Finalmente, en el siglo XIX el ayuntamiento ordenó la demolición de la vieja fábrica y de las viviendas adyacentes para proceder a una amplia remodelación urbanística que daría paso a la actual plaza del Cristo de Burgos en 1865, arrasando con ello cualquier resto del urbanismo medieval de la zona (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
     Donde hoy se ubica la Plaza del Cristo de Burgos fue el lugar donde vivieron los pocos musulmanes a los que se les permitió quedarse tras la conquista de Sevilla por los cristianos, en 1248.
     Las ciudades del Antiguo Régimen, anteriores a los grandes cambios urbanísticos que trajeron consigo las revoluciones industrial y liberal, se distinguían de las actuales en numerosos aspectos, de los que hoy nos interesa destacar dos: un caserío muy compacto, en el que apenas se abrían plazas y avenidas, y la existencia de barrios étnicos (lo que después se denominarían con la palabra italiana ghetto) en los que, voluntaria o involuntariamente, vivían gentes de una determinada raza o religión. Aunque no son los que hoy nos interesan, también hubo barrios que se salían de la jurisdicción del Cabildo de la ciudad y tenían sus propias leyes e impuestos, como el de la Orden de San Juan de Acre en las cercanías del convento de San Clemente, con puerta propia en la murallas. Pero a este interesante asunto ya le dedicaremos una próxima entrega del Rastro de la Historia.
     Estos barrios étnicos, que en la Sevilla bajomedieval cristiana fueron la Judería o Morería (ambos se identificaban en castellano antiguo con la misma palabra: aljama), tenían sus propias murallas, puertas, templos e instituciones. En la calle Fabiola queda uno de los lienzos de la Judería y, tras la reciente reurbanización de la calle Mateos Gago, se ha marcado con un pavimento distinto el trazado de otro de los muros. Sin embargo, nada queda del antiguo barrio de la Morería, que se ubicó en lo que hoy es la Plaza del Cristo de Burgos (que no se construyó hasta 1840) y sus alrededores. Otras fuentes apuntan a la existencia de una morería en la llamada Costanilla de San Isidoro, hoy la Plaza de la Pescadería.
     Como recuerdo de aquel barrio de la actual Plaza del Cristo de Burgos, hoy queda la pequeña calle Morería, una revuelta que nace en la misma plaza y desemboca en Ortiz de Zúñiga. Es obvio que la Morería fue un barrio mucho más modesto, pequeño y efímero que la gran judería de Sevilla, por lo que su memoria en la Sevilla contemporánea es mucho más débil, casi inexistente. De hecho, sus murallas no tuvieron que ser más que modestas empalizadas, un adarvejo en castellano antiguo, palabra con la que se llegó, incluso, a denominar al barrio.
     Como nos recuerda Esteban Moreno Hernández, tras la conquista de Sevilla por Fernando III en 1248, en la Morería se concentraron los pocos mudéjares (musulmanes que viven en territorios cristianos) a los que se les permitió residir en la ciudad. Eran gentes que se dedicaban, fundamentalmente, a la agricultura y la artesanía. Recuerdan a aquel verso de Villalón: "¡Yslas del Guadalquivir! / ¡Donde se fueron los moros / que no se quisieron ir!".
     Aunque, como decíamos, no quedan restos visibles de este barrio, se ha especulado con que probablemente contaría con dos postigos de acceso que se cerrarían por las noches con la doble función de proteger y recluir a sus vecinos. Uno de estos postigos estaría situado junto a la Iglesia de San Pedro y el otro frente al Convento de los Trinitarios Descalzos. En cualquier caso, ambos serían derribados cuando se construyó la primitiva Fábrica de Tabacos que se ubicó en aquella zona a partir de 1572, mucho después de que los musulmanes hubiesen sido expulsados en 1502.
     En un texto recogido por Julio Domínguez Arjona, Félix González de León, en su libro Noticia histórica del origen de los nombres de las calles de esta M.N.M.L.Y M.H. Ciudad de Sevilla, nos dice: "Esta morería tenia una mezquita que sino mienten las congeturas estaba en donde aliora está el cuartel de caballería en la esquina de la calle de san Pedro á la entrada de ésta y dicha mezquita con toda la morería existió hasta el dia 15 de febrero de 1502 que por mandado de los Reyes Católicos fueron estrañados de los reinos de España todos los moros que habían quedado en Sevilla".
     El aspecto de dicho barrio no tuvo que ser precisamente hermoso. Según indica Manuel Chaves Rey en un artículo con más retórica que datos extraídos de los archivos, "estaba formado por un laberinto de encrucijadas y callejuelas de feísimas y miserables casuchas". Parece claro que la comunidad islámica nunca tuvo la pujanza económica y social que la hebrea. Eso sí, tampoco sufrió sus terribles matanzas o progromos, como el que dio la puntilla a la judería sevillana en 1391. Después de que los moros abandonasen su barrio, la zona que no fue ocupada por la Fábrica de Tabacos -que más tarde fue cuartel, cuando la factoría se trasladó a la calle San Fernando en el siglo XVIII- quedó ocupada por gentes del hampa y la prostitución hasta que el higiénico siglo XIX lo derribó para abrir la gran plaza rectangular que tuvo varios nombres (Príncipe Alfonso, Argüelles, del Pilar) antes del actual de Cristo de Burgos, algo que no ocurrió hasta 1951 (Silverio. El Rastro de la Historia: La desaparecida y desconocida Morería de Sevilla. Diario de Sevilla, 13 de marzo de 2024).
Conozcamos mejor la Historia de los Moriscos de Sevilla:
Los moros vencidos en la guerra de Granada, instalados en Sevilla
     Sevilla acogió en su seno a parte de la nobleza mora, conforme el reino musulmán de Granada tocaba a su ocaso. La ciudad fue el escenario de la historia de Ozmín y Daraja -breve cuento amoroso de dos jóvenes de diferente religión, que Mateo Alemán incluyó en su Guzmán de Alfarache de 1599-, supuestamente acaecida antes de la conquista de Baza (1489), románticos amoríos con cuyo relato un clérigo amenizó las fatigas del camino al pícaro Guzmán y a sus acompañantes. Después de 1492 residieron asimismo por algún tiempo en Sevilla la reina madre y los infantes de Granada.
     El 22 de mayo de 1485 fue tomada Ronda por las fuerzas cristianas. Cuenta el Cura de los Palacios que D. Fernando, después de entregada la ciudad, dio a sus habitantes quince días de plazo para ir adonde quisiesen; y añade que algunos musulmanes, quizás los más proclives a la rendición, -el "Cordo", alcaide de Setenil, y el alguacil de Ronda, con más de cien casas- se fueron a vivir a Alcalá del Río. Pero todavía cabe puntualizar más, pues estos principales, en su mayoría, optaron por instalarse no en Alcalá, sino en Sevilla, decididos a vivir tranquilos en una ciudad cristiana por el resto de sus días: fueron éstos el alguacil de Ronda Abrahén de Alhaquime, su hermano Mahomad de Alhaquime, Alcabecén Hamete Alhaquime, Al Alcatid Hamete Alcordí ("el Cordo" que habla Andrés Bernal, el cura de Los Palacios), Aben Yaya Alhaquime y Mahomad Taupí, entre otros.
     Llegados a Sevilla, los moros fueron tratados con toda suerte de consideraciones y miramientos, como convenía a los intereses de la política de conquista. Por orden regia, el receptor de la Inquisición Luis de Mesa y el alcalde mayor Juan Guillén les dieron como morada algunas de las casas de los conversos condenados.
     Pasó el tiempo y la estancia en Sevilla no debió de resultar tan cómoda y agradable a los notables musulmanes como se imaginaron en principio: la intolerancia religiosa que allanaba el camino a la expulsión de 1492 no podía sufrir ya que llevaran una existencia apacible las minorías islámicas, con las que encima se libraba en el frente una guerra sin cuartel. Cabizbajos, los mahometanos resolvieron pedir licencia los reyes para "pasar en Africa, que es allende el mar, para estar e vivir entre los moros de nuestra ley". Su ruego fue antendido. Y es más: los monarcas accedieron asimismo a otra petición suya, haciéndoles merced de poder vender las casas como y a quien quisiesen, por carta dada en Córdoba el 22 de marzo de 1487. Ante el temor de que retrajesen los posibles compradores, en la idea de que los inquisidores darían las casas a otras personas o bien de que los moros no estaban facultados a ponerlas en venta, el 31 de octubre de 1487 Mahomad Taupí pidió testimonio de sus derechos a Luis de Mesa ante el escribano de Sevilla Martín Rodríguez de Tabladillo. Conseguida la ratificación del receptor, el 2 de noviembre de 1487 Taupí vendió su casa a Diego el Zurdo, criado de Dª Teresa de Guzmán, la mujer de D. Pedro de Estúñiga, por precio de 5.000 mrs. El mismo día Hamete Alcordí vendió por 21.700 mrs. a Pedro Fernández de Sevilla su casa en la collación de Santa María la Blanca.
     Pensándolo bien, no les salió del todo mal a los moros la permanencia en Sevilla, sobre todo teniendo en cuenta que muy poco después, en 1502, culminando la vertiginosa espiral de intolerancia, se les iba a prohibir a los musulmanes la venta de sus bienes, tanto muebles como raíces. Las propiedades vendidas o dejadas en 1487 plantearon problemas: el 11 de octubre de 1495 los monarcas se preocuparon de la situación de las tiendas "olvidadas" por los moros de ronda pasados a África, que habían sido ocupadas por otras personas sin licencia real.
De moriscos, esclavos y gitanos
Los grupos marginales en la Sevilla del siglo XVI
     Junto a la sociedad oficial existían unos grupos de personas que, por su origen, su forma de vida o su propia condición, llevaban una existencia aparte, aunque viviesen en la misma ciudad. En algunos casos la asimilación se producía trabajosamente, en otros, la fusión con el resto de la sociedad se hacía imposible. Se trata de los moriscos, los esclavos y los gitanos. Otro colectivo mal visto pero sin embargo, integrados y poderosos, son los judeoconversos; las cláusulas de "limpieza de sangre" fueron una auténtica persecución, aunque la sorteaban con cierta facilidad.
Los moriscos de Sevilla
     En 1502 se obligó a los mudéjares de la Corona de Castilla a convertirse al cristianismo, recibiendo el nombre de "moriscos" (recordemos que los mudéjares eran musulmanes en tierras cristianas permitiéndoseles conservar su religión y cultura). Morisco en su sentido más propio es cristiano nuevo de moro, converso de moro o nuevamente convertido, como aparece variablemente en la documentación a partir de esa fecha. Así de preciso es su significado, por el contrario del uso que en sentido amplio se hacía del término con anterioridad, en que venía a significar "alusivo a lo moro".
     El proceso había empezado dos años antes cuando los Reyes Católicos fuerzan a los mudéjares granadinos a la conversión. La política de la Corona española fue que no sólo se convirtiesen sino que se aculturasen completamente abandonando lengua, trajes y costumbres propias. La mayor parte de ellos, sin embargo, continuaron manteniendo su lengua, sus costumbres y su antigua religión. Prueba de ello son los textos aljamiados, escritos en castellano pero con grafía árabe. Así nace otra connotación más al término morisco: la de criptomusulmán. Pasados los primeros años del siglo XVI, se confirman las sospechas sobre la forma de conversión. He aquí cómo veía el mejor historiador coetáneo, Luis del Mármol Carvajal, a los moriscos y su criptoislamismo:
     "... y si con fingida humildad usaban de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha fue general en la gente común, y en particular hubo algunos nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe, y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados, eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo, y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían rudos e ignorantes en la virtud y la doctrina. Si iban a oír misa los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban pecado mortal, ni decían verdad en las confesiones. Los viernes guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas a puerta cerrada, y los domingos y días de fiesta se encerraban a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma y el oleo santo, y hacían sus ceremonias de retajarlas, y les ponían nombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar con vestidos de cristianas para recibir las bendiciones de la Iglesia, las desnudaban en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras, hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares de moros..."
     Durante la primera mitad del siglo XVI hubo cierta tolerancia. La autoridad reprobaba esta fidelidad al Islam que combatía mediante la Inquisición y la toleraba al mismo tiempo, esperando la conversión.
     Esta política más o menos condescendiente empezó a cambiar a partir de la rebelión de las Alpujarras (1568-1570). A partir de este momento el morisco ya no sólo es un mal cristiano o incluso un mahometano disfrazado. Es, además, un enemigo del estado y como tal empieza a ser acusado de conspirar y de constituir la quinta columna de los enemigos de la monarquía, como bien refleja el cronista Mármol de Carvajal en el texto siguiente. La revuelta se erige en hito fundamental en la consideración del morisco y en el desenlace de su drama. Finalmente en 1609 Felipe III ordenó su expulsión del país.
     "... los Católicos Reyes les fueron regalando con nuevas mercedes y favores... Más luego se entendió lo poco que aprovechaban estas buenas obras para hacerles que dejasen de ser moros, porque, si decían que eran cristianos, veíase que tenían más atención a los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma, que a los preceptos de la Iglesia Católica... Y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a otros en ritos y ceremonias de la secta de Mahoma.
     Esta mancha fue general en la gente común. Los demás aunque no eran moros declarados en el aspecto religioso, eran herejes secretos, acogiendo a los turcos y moros berberiscos en sus alquerías y casas, y ahí está el peligro de las Marinas, de donde pasaban a las Alpujarras y Sierras. Dábanle avisos para que matasen, robasen y cautivasen cristianos, y aún ellos mismos cautivaban y vendían."
Mármol de Carvajal, cronista de la época.
     En cuanto a su número en la capital sevillana, a primeros del siglo XVI no pudo ser importante por una sencilla razón: los mudéjares o musulmanes que habitaron en la Sevilla medieval cristiana fueron muy pocos, lo mismo que ocurre en el resto de la Andalucía occidental. La evacuación de la ciudad en 1248 tras la conquista cristiana y la posterior emigración masiva de musulmanes a raíz de la revuelta de 1264 fueron las causas principales.
     A raíz de las rebeliones de Granada (1500), se realizó un padrón de la Morería o Adarvejo y en él sólo aparecen 32 individuos con diversas profesiones, en las que predomina la de albañil. Aún admitiendo que había moros en otras collaciones, como lo demuestran los documentos notariales, la comunidad morisca debía ser pequeña a primeros de siglo. No sabemos cuántos se quedaron aceptando la conversión, ni cuántos se fueron. A partir de aquella fecha fatídica para ellos se inicia una era de restricciones, la primera de las cuales fue la orden de los Reyes Católicos vetándoles vender "bienes algunos suyos muebles ni rayces", lo mismo que se prohibía a los cristianos comprarlos.
     Sin embargo, en Sevilla sí existió una comunidad morisca importante en la segunda mitad del siglo; en concreto, su número se incrementó a partir de 1570 con el flujo procedente de Granada, de donde habían sido dispersados tras la rebelión de las Alpujarras. De los 11.500 moriscos granadinos deportados que salieron por mar desde Almería y Vera desembarcaron en Sevilla a finales de noviembre unos 5.500. Los restantes se perdieron entre naufragios, enfermedades y otras vicisitudes de la travesía. Ya en los primeros días de estancia en la capital hispalense escaparon unos 1.200, quedando según el recuento de las autoridades unos 4.300. En Sevilla capital se instalaron unos 3.000 y el resto fueron repartidos por los pueblos de la provincia, formando pequeñas comunidades de 40 a 150 individuos. El largo trasiego que habían sufrido los moriscos granadinos provocó que muchos de ellos llegaran a su destino en un estado lamentable, extenuados y enfermos. Entre los llegados a Sevilla se propagó el tifus y muchos de ellos, gracias a la protección de los padres jesuitas, fueron hospitalizados.
     Se calcula que en 1580 había en Sevilla más de 6.000. Un porcentaje muy elevado vivía en Triana -se cree que más de 2.000- y el resto se repartía por otros barrios periféricos e incluso más céntricos como el de San Marcos. Estos datos se conocen con precisión debido a un censo que se efectuó dicho año, tras un intento de rebelión bajo el caudillaje de un tal Fernando Enríquez o Muley. Tras él, calle por calle, casa por casa, se va anotando sus nombres, estado y descripción física. También se hace porque los moriscos no cumplen lo que se les ha ordenado: hablan su algarabía, viven agrupados en corrales, poseen armas, originan trifulcas y llegan a matar y, sobre todo, porque pueden originar algunos inconvenientes, dadas sus malas intenciones. Se observan en los distintos padrones que los esclavos figuran reducidamente y que su número, cuando los hay, es de uno o de cuatro por vivienda. Se percibe una mayoría de personas del sexo femenino y, en general, abundan los jóvenes. En San Andrés habitaban 109, de los cuales 40 eran esclavos; en San Ildefonso 71 (de ellos 44 esclavos); en San Gil 195 (de ellos sólo 6 eran esclavos); en San Bernardo había unos 350.
     A finales del siglo XVI la población morisca urbana puede estimarse en 7.000 individuos, la mayoría de ellos vecinos de Triana. Sevilla era pues la ciudad de España que contaba con mayor número de ellos, casi el 10% de la población total. Diego Ortiz de Zúñiga pretende que había pocos. La explicación, nos dice el marqués de San Germán, es que estos moriscos sevillanos estaban muy mezclados con los "cristianos viejos"… y "los moriscos de la Andaluzía les tengo por muy ricos y que en el traje y lengua se nos parecen mucho mas que los del Reyno de Valencia" (carta de San Germán en octubre de 1609, citada por Lapeyre, 1986, p. 182). Domínguez Ortiz y Vincent, 1978, recogen la publicación de Gestoso, 1904, según el cual "moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz de nombres cristianos poblaban los barrios de Sevilla, siéndolos también los que en pobres viviendas producían riquísimas telas, labrados cueros, artísticas obras de metal de cobre o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de arte suntuario. Los libros bautismales de la parroquia de Santa Ana nos muestran a cada paso pruebas de la clase de pobladores del extenso arrabal de Triana en el siglo XVI".
     Era gente de muy escasos medios, que vivía hacinada en casas de vecinos y que desempeñaba trabajos humildes, como hortelanos, especieros, fruteros, taberneros, buñoleros, panaderos, tenderos, cargadores en el puerto, sirvientes domésticos, o simples jornaleros eventuales. Los moriscos eran personas especialmente habilidosas en las labores de la jardinería y de las huertas, y tenían también la especialidad de fabricar ricos buñuelos que vendían por las calles de la ciudad (esta tradición la heredarían los gitanos tras la expulsión morisca y aún hoy puede disfrutarse en la Feria de Sevilla). Recordemos que uno de los postres favoritos de los moros granadinos era los buñuelos fritos en aceite y metidos en miel hirviendo. Pero el oficio morisco que dejó más huella en Sevilla era el de alarife o albañil; fueron autores de azulejos, techumbres y magníficas yeserías que aún persisten en la ciudad como prueba del arte mudéjar.
     Aunque vivían pobremente, los cristianos viejos los despreciaban por su espíritu de grupo cerrado que mantenían y por los hábitos tan peculiares que los distinguían del resto de los ciudadanos. Su abstención de carne de cerdo y de vino y su preferencia por las legumbres en su dieta alimenticia eran objeto de burla en muchas ocasiones. Guisaban con aceite, huyendo de grasas y mantecas propias de los usos castellanos, que los impregnaba de un olor vivamente rechazados por éstos (y viceversa), procurando marcar el contraste con la inevitable olla castellana. Y entre las bebidas, la leche.
     Su solidaridad les llevaba a practicar la endogamia. Presionados sin duda por el entorno socio-político-religioso y por el veto que pesaba sobre ellos para emigrar a las Indias y formar parte de la Iglesia y del Estado, se vuelcan sobre sí mismo y contraen matrimonio cuando aún son jóvenes. Matrimonios que tienen una mayor fertilidad que la de los cristianos viejos, como estos mismos reconocen con temor. Dados al robo, al vino (desoyendo su religión), a la gresca y a la camorra, no originaban mucho entusiasmo y sí el recelo y las reservas. Unas ordenanzas de 1569 - a raiz del alzamiento en Sierra Bermeja (1568)- impidió que más de dos moriscos vivieran en un mismo edificio, celebraran juntos, portaran armas, hablaran su algarabía (árabe vulgar o dialectal) y fueran acogidos en mesones y tabernas. Su número es posible que fuera considerable ya entonces, pues entre ellos mismos se elegían unos cuadrilleros destinados a su propia vigilancia y a empadronarlos clasificándoles en útiles o no útiles para el trabajo.
     Los moriscos sevillanos fueron frecuentemente perseguidos por la justicia, por delitos ciertos pero también por mala fama. Las memorias del padre Pedro de León, un jesuita que fue confesor en la Cárcel de Sevilla a finales del siglo XVI, ilustran con algún caso concreto la falta de escrúpulos de la justicia para aplicar las penas más severas a los moriscos aún sin pruebas suficientes. Cuenta el padre León que cuatro moriscos fueron acusados de haber asaltado una venta en Carmona, y confesaron el delito que no habían cometido, por miedo al tormento. Fueron sentenciados a la pena de muerte, cuya ejecución tuvo lugar en la Plaza de San Francisco. Los verdaderos malhechores, que por coincidencia habían presenciado la escena, cometieron al poco tiempo otro delito semejante en las cercanías de Cazalla. Esta vez fueron tomados presos y traídos a la Cárcel de Sevilla. Allí confesaron todos sus delitos y se pudo comprobar que los moriscos habían sido ejecutados por un crimen del que eran del todo inocentes.
     "Y digamos una, que pasó en la plaza de San Francisco estando ajusticiando a cuatro moriscos por un salteamiento, que se había hecho en la Venta Quemada, camino de Carmona. Los cuales no lo habían hecho y padecían sin culpa, porque habían confesado el delito por miedo del tormento, y estándolos ahorcando estaban dos hombres en la dicha plaza mirando cómo se hacía justicia de ellos; y éstos eran los que habían hecho el salteamiento. Los cuales preguntaron a la gente que por allí había la causa por qué los ahorcaban y respondieron: Por un salteamiento, que habían hecho en la dicha venta. Y ellos: Pues si son salteadores ahórquenlos a los bellacos que muy bien lo merecen, y también parecen los tales en la horca, como el clérigo en el altar. Sentencia fue ésta que se dieron estos hombres contra sí mismos, muy bien merecida y quiso Dios que se cumpliera y ejecutara en ellos dentro de veinte días.
     Y pasó así: que yendo estos dos hombres camino de Cazalla hicieron otro salteamiento por lo cual fueron traidos presos a la cárcel de Sevilla, adonde haciendo la justicia las diligencias ordinarias, y queriéndolos poner a cuestión de tormento, confesaron este delito y el pasado de los cuatro moriscos, a cuya justicia ellos se habían hallado presentes, declarando cómo cuando se hizo el castigo no merecido en ellos, se habían hallado los dos en la misma plaza, y cómo habían dicho lo referido." (Compendio..., Pedro de León, 2ª parte, Cap. 27)
     Antes que el P. León, había sido famoso confesor de la Cárcel sevillana el P. Juan de Albotodo que, curiosamente, era hijo de moriscos granadinos. A pesar de su ascendencia, llegó a ser un jesuita célebre, trabajando especialmente por los moriscos y los presos. La Inquisición acudía a él para la reducción de los apóstatas.
     El intento de sublevación de Muley en 1580 provocó una mayor desconfianza y un deseo de asimilación, pero esta era casi imposible. Y lo era, sobre todo, por su resistencia. Se dictaron entonces medidas para evitar que practicaran costumbres musulmanas o que viviesen juntos en determinadas cantidades con el fin de cortar toda solidaridad, cohesión, crímenes y robos a los que parecen eran dados. El sobrecogedor "Apéndice de ajusticiados" del padre Pedro León también recoge diversos casos de moriscos y moriscas ajusticiados por hechiceros, por asesinar a sus amos, por robar, por practicar la religión musulmana, por usar métodos abortivos, por envenenar a su ama o vender filtros de amor.
     En Sevilla se hicieron grandes esfuerzos por parte de la Iglesia para conseguir su integración, asignándosele a la población morisca sacerdotes especialmente dedicados. El arzobispo Don Fernando Niño de Guevara publicó unas disposiciones en 1604 en las que mandaba un estricto control sobre la población morisca para procurar el cumplimiento de los preceptos de la iglesia y para que los niños fuesen educados en la fe cristiana.
     Pero todos los esfuerzos fueron inútiles. La resistencia a la integración, la alta tasa de crecimiento demográfico y su posible entendimiento con los turcos, hugonotes y piratas berberiscos, originaban una tensión, miedo y desconfianza que afloraban en cualquier momento. La actitud de recelo y hostilidad hacia los moriscos sevillanos -como hacia los extranjeros- hay que entenderla en el contexto de la coyuntura internacional. Como hemos visto en el texto de Mármol de Carvajal, se temía que ellos pudieran ser una especie de caballo de Troya. Así, por ejemplo, cuando el ataque británico a Cádiz de 1596 se pensó en un entendimiento entre los moriscos y los ingleses y se tomaron medidas de control. En 1600 se habla de una posible conjura entre los moriscos de Triana y los de Córdoba.
     Al final el destierro de todos fue la solución que se adoptó. El 22 de septiembre de 1609 se publicó en Valencia el decreto de expulsión cuyas principales disposiciones son como siguen: Todos los moriscos, así los nacidos en el reino como los extranjeros, excepto los esclavos, debían presentarse en los puertos de embarque dentro de los tres días de comunicada la orden; se les autorizaba para llevarse consigo todos los bienes muebles que pudiesen, y los que no, como los inmuebles, quedarían a beneficio de los señores; embarcarían en los buques del Estado dispuesto para llevarlos a Berbería gratuitamente.
     El bando que regulaba la expulsión de los de Andalucía no fue publicado hasta el 10 de enero de 1610. A Sevilla le afectó menos que a otras zonas del país. Merecieron una defensa por parte del arzobispo, quien en carta del 24-1-1610 manifestaba que eran pocos, humildes y no ofrecían peligro. Algunas moriscas habían casado con cristianos viejos debidamente autorizados y merecían gozar los mismos privilegios que sus esposos. Algunos moriscos leían cátedra en la Universidad, otros habían recibido órdenes y en general se les necesitaban pues ejercían oficios que sólo ellos dominaban.
     En realidad, hubo cierta flexibilidad para que pudiesen sacar los bienes que quisiesen llevar consigo, como hemos visto. Con respecto al bando de expulsión de Valencia, en Andalucía fue menos dramático. Existían dos diferencias sustanciales: primero, los moriscos andaluces podrían vender libremente sus bienes, excepto los raíces, y con el beneficio adquirir el dinero para el viaje y mercancías no prohibidas para comerciar; la segunda diferencia concernía a los menores de siete años de edad, que deberían ser abandonados por sus padres para continuar con su adoctrinamiento en España. Esto último obligó a algunos a dar un gran rodeo por Francia para llegar a sus destinos en Berbería o a renegociar con los patrones de los barcos para que les llevasen a Berbería.
     Consumada la expulsión, algunos se resistieron a salir pero, salvo los 300 niños que quedaron al cuidado del Cabildo, todos los demás abandonaron la ciudad. Los que no lo hacían se arriesgaban a ser ajusticiados en la horca. Así nos cuenta un contemporáneo, el Padre León, un caso en Sevilla en 1610:
     "Luis López, morisco, ahorcado porque quebrantó el bando que dentro de treinta días se fuesen de España. Murió como muy buen cristiano y decía que más quería morir ahorcado en tierra de cristianos que en su cama en tierra de moriscos. Y no hay duda sino que en esta expulsión de los moriscos se echó muy bien de ver quiénes eran los que estaban bien fundados en nuestra Fe y Religión, porque así a la salida de España como en la estada por allá, se conoció en ellos que lo estaban y en otros lo contrario."
     Por Sevilla salieron, no sólo los que en ella residían, sino otros venidos de fuera, que con aquellos sumaron un total de 18.000, la mayor parte de los cuales se asentaron en la zona del norte del Magreb (Ceuta y Tánger), donde ya existían importantes colonias andalusíes procedentes de anteriores diásporas y cuya llegada resultó muy beneficiosa para su desarrollo económico.
     En el ámbito económico se perdió una mano de obra laboriosa y barata. Sin embargo, Domínguez Ortiz señaló que fue en Andalucía donde permanecieron más moriscos, ya fuera por la gran extensión de la esclavitud, ya fuera por las peticiones de los concejos municipales de eximir de la partida a su población morisca, alegando motivos económicos, ya fuera porque demostraron estar sinceramente (Alma Mater Hispalense).
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