Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

jueves, 10 de septiembre de 2026

La pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas"

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.   
     Hoy, 10 de septiembre, en Tolentino, lugar del Piceno, actual región de Las Marcas, también, en Italia, San Nicolás, presbítero, religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, el cual, fraile de rigurosa penitencia y oración asidua, severo consigo y comprensivo con los demás, se autoimponía muchas veces la penitencia de otros (1305) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla.
    El Convento de San José del Carmen (Las Teresas), se encuentra en la calle Santa Teresa, 5; en el Barrio de Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo.
      En el Convento de Madre de Dios encontramos esta pintura al óleo anónima sevillana de 0,25 x 0,21 mts., realizada en la segunda mitad del siglo XVIII, en estilo barroco, en la que el santo con el hábito de los agustinos se representa de pie recortado sobre un fondo de paisaje, con la mano derecha bendiciendo y llevando en su mano izquierda la bandeja con la perdiz, alusiva a la leyenda que se le atribuye donde se cuenta que estando enfermo le ofrecieron para comer unas perdices. El santo que nunca comía carne las bendijo y éstas alzaron el vuelo.
     El marco es de formato rectangular, rodeado por una especie de cordón retorcido que se abre mostrando un contario. Alrededor de este una profusa decoración formada por roleos vegetales y mazos de flores a ambos lados y en el copete superior, mientras que en la parte inferior se decora con una venera de la que cuelgan flores (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Nicolás de Tolentino, presbítero;
LEYENDA
   Predicador y taumaturgo de la orden de los ermitaños de san Agustín, nació en Las Marcas, cerca de Ancona, en 1249 y falleció en 1305.
   En su bautismo recibió el nombre «Nicolás» porque sus parientes habían im­plorado su nacimiento ante la tumba de san Nicolás, en Bari.
   Cuando iba a la iglesia por las noches lo guiaba una estrella, de ahí que se lo represente con una estrella que brilla sobre su pecho. 
     Mientras estaba enfermo habría recibido un pan milagroso de manos de la Virgen. Él, a su vez, curaba a los enfermos con panes que él mismo bendecía. Y metamorfoseó pan en rosas.
   Su milagro más popular es la resurrección de tres perdices asadas. Nunca comía carne, como estaba debilitado por la enfermedad, los monjes de su convento quisieron reconfortarlo con un paté de perdigones, y éstos, asados y todo, escaparon volando.
   Una noche se le apareció un fantasma que le pidió que dijera misa por los muertos; como el santo vacilaba, le mostró las almas gemebundas que imploraban su compasión. Dijo la misa solicitada, y a la noche siguiente las al­mas liberadas entraron en su celda para darle las gracias.
   En España se contaba que durante la peste de 1602 Cristo se había des­prendido de un crucifijo para abrazar la imagen de san Nicolás.
CULTO
   Canonizado en 1445, en 1505 fue elegido por Margarita de Austria, quien lo prefirió a san Filiberto, como patrón de la capilla funeral de Brou les Bourg en Bresse, porque su marido, Filiberto el Bello, duque de Saboya, inhumado en dicha iglesia, había muerto el día de su fiesta.
   Como san Sebastián y san Roque, pertenecía a la categoría de los santos antipestosos. Se lo invocaba contra la peste y también contra la fiebre.
   Para curar a los enfermos o aliviar a las mujeres en trabajo de parto, en los conventos se distribuía el Pan de san Nicolás que había que comer mojado en un vaso de agua.
   Hundido en el mar, dicho pan calmaba las tempestades; arrojado al fuego, apagaba los incendios.
   San Nicolás también era el patrón de los agonizantes y de las almas del Purgatorio.
ICONOGRAFÍA
   Está vestido con un hábito negro de la orden agustina, constelado de estrellas, que ajusta con un cinturón de cuero. Una estrella brilla sobre su pecho y en la mano tiene un crucifijo florecido de lirios.
   Está caracterizado, además, por un cesto de pequeños panes que lleva un ángel en una bandeja, de la cual escapan perdigones asados que acaban de resucitar.
   En el cielo, aparece un cometa entre su lugar de nacimiento y Tolentino. Como san Judas, también tiene como atributo las almas del Purgatorio que le ruegan entre las llamas (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "San Nicolás de Tolentino", anónima, en el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre el Convento de San José del Carmen "Las Teresas", en ExplicArte Sevilla.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Los principales monumentos (Iglesia de San Juan Bautista, e Iglesia de Santa María la Mayor -Alcútar-) de la localidad de Bérchules, en la provincia de Granada

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de San Juan Bautista, e Iglesia de Santa María la Mayor -Alcútar-) de la localidad de Bérchules, en la provincia de Granada.
     El término municipal de Bérchules incluye los pueblos de Alcútar y Bérchules. En el camino que une ambos está la fuente de las Carmelas, una de las más populares de la comarca, ya que una leyenda asegura que toda persona soltera que beba de sus aguas encuentra pareja en poco tiempo.
     Esta localidad está enclavada en la vertiente sur del Parque Natural de Sierra Nevada, en alta montaña, entre bellos parajes y nacimientos de aguas ferruginosas y carbonatadas. Bérchules cuenta con un manantial llamado Fuente Agria y situado en la hondonada del río Guadalfeo. Sus casas blancas de tejados planos y sus calles escalonados, perfectamente adaptadas a lo quebrado del terreno conforman la típica arquitectura alpujarreña.
     Una singularidad de Bérchules que merece ser destacada es que celebra la Nochevieja en agosto. Este hecho se debe a que un reciente 31 de diciembre se produjo un corte de luz en el pueblo privando a los vecinos de seguir las doce campanadas y despedir el año. Los berchuleros decidieron entonces tomarse las uvas en pleno verano.
     Región: Alpujarra y Valle de Lecrín
     Código Postal: 18451
     Distancia desde Granada: 108 Km
     Gentilicio: Berchuleros
     Acceder a su website: www.berchules.es (Diputación Provincial de Granada).
     El origen árabe de la población, entre los siglos VIII y IX, se puede rastrear en la toponimia como el nombre del barrio bajo, Aynalcútar. Conserva las características urbanas y arquitectónicas propias de las Alpujarras, con un caserío dividido en dos núcleos, el de Los Bérchules y el de Alcútar (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     El municipio de Bérchules se extiende por la cara sur de Sierra Nevada, formando parte de la llamada Alta Alpujarra. Se trata de una zona cuyo paisaje se caracteriza por la existencia de bosques de encinas, alcornoques, pinos y castaños, que se combinan con pequeños bancales de regadío escalonados en las fuertes pendientes. El núcleo urbano de Bérchules presenta una disposición alargada, prolongación de la carretera de acceso al mismo. Se trata de un pueblo de estructura y morfología típicamente alpujarreña, con casas escalonadas en la pendiente, paralelas a las curvas de nivel, que describen un viario estrecho y quebrado. La vivienda tradicional emplea en su construcción materiales autóctonos, como la pizarra y la launa, presentando tejado plano y compartiendo los espacios privados y públicos puesto que, en algunos momentos, el tejado de la casa no es sino la calle de un nivel superior de viviendas. Estas calles están constituidas por unas pasarelas denominadas tinaos.
     El municipio de Béchules pertenece a la Demarcación Paisajística de las Alpujarras y el Valle de Lecrín (Guía Digital del Patrimonio Cultural).
Historia.-
     El origen de Bérchules puede situarse en el siglo VIII, durante la etapa mozárabe, aunque alcanzaría mayor esplendor y riqueza durante el reinado Nazarí gracias a la producción de sedas, productos de huerta, vino, frutos secos y esencias aromáticas que partían a otros lugares del Reino de Granada.
     Tuvo especial protagonismo durante la rebelión de los moriscos en el siglo XVI. Juan de Austria sofocó la sublevación y expulsó a los moriscos del municipio. Posteriormente fue repoblada por colonos de otras partes de España.
     Existen dos teorías sobre el origen del nombre de Bérchules. Una dice que se deriva posiblemente del árabe berchul, que significa vergel. Ello se debe a la abundancia de vergeles y a la fertilidad de sus tierras. La otra defiende que este nombre podría proceder de Banu Asad, familia que se asentó en la zona.
     El otro pueblo del municipio, Alcútar, se traduce por “fuente del paraíso”, y también se le llamó Alcunça o Alcuza (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de San Juan Bautista.-

     Templo de tres naves, capilla mayor y coro a los pies, se cubre con armadura la nave princi­pal y con cúpula la capilla mayor. La estructura original, del siglo XVI, estaría conformada por una iglesia de nave única, a la que en el siglo XVII se le añaden las naves laterales y la capilla mayor, llegando incluso a alterar la estructura originaria a la que se le da la vuelta, pasando la antigua cabecera a ser los pies actuales. Al exterior se abre por dos portadas, una a los pies y la otra en el lado de la Epístola, ambas de ladrillo, abiertas con simples arcos de medio punto. La torre, localizada junto a la fachada de los pies, se cubre con una característica cubierta de cuatro aguas de pizarra.
     La capilla mayor cuenta con un retablo neobarroco de tres calles y un solo cuerpo con un Sagrado Corazón en la calle central y sendas imágenes de San Marcos y San Blas a un lado y otro. Sobre él un cuadro del Niño Jesús completan­do la decoración. Destacan en la cabecera una imagen tallada de la Virgen de los Remedios con Niño en el lateral izquierdo, y en el derecho la de un crucificado del siglo XVI. En la nave derecha o de la Epístola destaca en su cabecera un sencillo retablo barroco que alberga la imagen del patrón de la localidad, San Pantaleón. La nave de la izquierda o del Evangelio muestra en su paramento cuatro hornacinas de medio punto y una quinta en la cabecera, en las que sobresalen la imagen de la Virgen de los Dolores en la tercera, vestida con un manto bordado con hilo de oro, y la imagen de la Virgen del Rosario en la cabecera, con rico manto decorado con ana­gramas y flores (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La iglesia de San Juan Bautista fue construida en el siglo XVI ha sido reparada en numerosas ocasiones aunque se mantiene el inmueble original. Es una iglesia mudéjar de planta rectangular con tres naves, la central cubierta con armadura, y bóvedas en las laterales. La capilla mayor se cubre con bóveda elipsoidal, es una sustitución de época reciente. Las portadas son los elementos más antiguos del templo, son de ladrillo con el característico esquema toscano de pilastras y arco.
     La torre se alza al pie de la nave lateral derecha, embutida en la planta. Su planta es cuadrada y tiene dos cuerpos.
     La iglesia de San Juan Bautista, al igual que el resto de templos incluidos en esta declaración, tiene como principal valor patrimonial el significado y el valor identitario de su torre, no obstante, se ha delimitado el inmueble completo por motivos de operatividad ya que resulta complicado aplicar normas y condiciones de protección sobre las torres aislándolas de la unidad material que forman con el resto del templo.
     La parroquial fue construida en el siglo XVI, durante la Rebelión de los moriscos fue quemada. A finales de siglo, en 1595, el maestro carpintero Juan Alonso rehace la armadura. El 1625 se informa de la necesidad de desmontar la capilla mayor por peligro de hundimiento.
     La torre de la iglesia de Bérchules constituye un relevante hito visual y referencial ya que funciona como elemento-guía en el territorio. Por otra parte, es depositaria de significados relacionados con la identidad histórica de las Alpujarras, el orden socio-político impuesto por los cristianos tras la Reconquista salpicó el territorio de elementos de identificación inmediata con la religión cristiana, es decir, las torres campanario de sus parroquias (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La iglesia de Bérchules fue construida entre los siglos XVI y XVII, sobre una antigua mezquita. Su artesonado y torre son de estilo mudéjar (Diputación Provincial de Granada).

Iglesia de Santa María la Mayor, Alcútar.-
     Templo de una sola nave, capilla mayor y coro a los pies, se cubre con bóveda de medio cañón la nave, y con cúpula semicircular sobre pechinas la capilla mayor. Al exterior se abre con una portada adintelada a los pies, sobre la que se coloca una lápida con la fecha de 1789 y torre en el centro de la cabecera. La fábrica se realiza con ladri­llo y cajones de mampostería de piedra pizarra. Cuenta la capilla mayor con un retablo de corte neoclásico con una sola calle y un solo cuerpo flanqueado por dos columnas toscanas que sostienen entablamento y frontón. Destaca también un interesante cuadro de la aparición de la Virgen y el Niño a Santo Domingo en el lado de la Epístola (Rafael López Guzmán, María Luisa Hernández Ríos, José Policarpo Cruz Cabrera, Esther Galera Mendoza, Ana María Gómez Román, José Manuel Gómez-Moreno Calera, Esperanza Guillén Marcos, María Luisa Hernández Ríos, Rafael López Guzmán, José Manuel Rodríguez Domingo, Jesús Rubio Lapaz, Ana Ruiz Gutiérrez, y Miguel Ángel Sorroche Cuerva. Guía artística de Granada y su provincia. Tomo II. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Granada, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de San Juan Bautista, e Iglesia de Santa María la Mayor -Alcútar-) de la localidad de Bérchules, en la provincia de Granada. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia granadina.

Más sobre la provincia de Granada, en ExplicArte Sevilla.

El desaparecido Convento de Nuestra Señora del Valle, de los Franciscanos Observantes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora del Valle, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.        
     Hoy, 9 de septiembre, es el aniversario (9 de septiembre de 1567) de la Toma de Posesión del Convento de Nuestra Señora del Valle por parte de los Franciscanos Recoletos, o Menores Observantes, así que hoy es el mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora del Valle, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla.
      El desaparecido Convento de Nuestra Señora del Valle, de los Franciscanos Observantes [nº 35 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 73 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] se encontraba en una manzana formada aproximadamente por las calles Verónica, Butrón, Sol, Sebastián Miguel de Varas y Miranda, y plaza del Señor de la Salud; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
   Bajo la denominación de los Franciscanos se engloba a los miembros de las distintas ramas de la Orden religiosa mendicante fundada en Italia por San Francisco de Asís (1182-1226), como Orden de los Hermanos Menores (Ordo Fratum Minorum), la más popular de todas y una de las más grandes y fecundas del catolicismo. Francisco ha sido sin duda una destacada figura de la historia de la Iglesia, y en consecuencia del clero regular, representando uno de los hitos fundamentales de la espiritualidad cristiana, basado en la pobreza, la humildad, la caridad y una fe inquebrantable, valores con los que quiso hacer frente al estado de relajación y enriquecimiento en que se hallaba la vida monástica. Natural de la ciudad de Asís, en la Umbría italiana, hombre piadoso que aspiraba al ideal de igualar a Cristo, y a la vez sensible a la bondad y la belleza, en 1208 abandonó su casa y bienes y se retiró con otros frailes a la ermita, cedida por los Benedictinos, de Nuestra Señora de los Ángeles o de la Porciúncula, cerca de su ciudad natal, donde llevó una vida rigurosa conjugando el retiro del claustro con la actividad apostólica. Redactó en 1209 una regla, sencillo documento para la conducta básica a seguir por sus frailes, que insistía en la imitación de la vida de Cristo mediante la pobreza absoluta, la negación de uno mismo, el servicio a los pobres y enfermos y la predicación del Evangelio, regla que fue aprobada sin bula por Inocencio III, por lo que es llamada Regla no bulada. La naciente Orden tuvo una rápida y numerosa propagación, pese a la dureza de sus condiciones de vida, gracias al activo y generoso apostolado de sus miembros atendiendo a las necesidades materiales y espirituales de los más necesitados; la presencia del propio San Francisco, su humildad y a la vez fuerza espiritual conmovían a los pueblos, prelados y nobles. Los bellos documentos que escribió a lo largo de su vida, llenos de piedad y amor por la creación son testimonio de su gran personalidad. Fue canonizado por Gregorio IX.
     La rápida expansión del franciscanismo hizo necesaria una revisión en el orden organizativo y normativo de la comunidad que ya en 1217 se dividió, además de la de Italia, en cinco provincias, entre las que ya contaba la de España. Se redactó un nuevo texto en 1221 con más de veinte capítulos que en 1223 fue reformado, reducido a doce, siendo aprobado ese año por bula pontificia; es conocida como Regla bulada, en contra­posición a la dada por San Francisco. Esta duplicidad iba a condicionar la evolución posterior de la Orden entre los que querían seguir el ideal primitivo del fundador y los que aceptaban las reformas recogidas en la regla bulada, que terminó por imponerse por confirmación de Gregorio IX en 1231, y supuso la total institucionalización y organización jerárquica de la Orden, que estaba encabezada por el Ministro General y su delegado, el Vicario General, y por Ministros Provinciales. Célula básica de la vida franciscana era el convento cuyo superior recibía el nombre de guardián; la custodia era una circunscripción que no llegaba a formar provincia y que reunía a seis o siete casas, con un hermano custodio al frente. La provincia era la división administrativa territorial que aglutinaba un número de conventos, cuya máxima autoridad era el Padre Provincial. En el siglo XIV y ante la paulatina relajación de las costumbres religiosas entre los Hermanos Menores, sobre todo a lo que a pobreza, apostolado y obediencia se refiere, se produce un movimiento de reforma espiritual y disciplinario con objeto de recuperar el primitivo modo de vida preconizado por San Francisco, que cristalizará en la rama de los llamados Franciscanos Observantes. Esta observancia fue cuajando, aunque no sin dificultades, hasta que finalmente se impuso en todos los conventos; por bula de León X de 1517 se establecía la observancia como heredera del espíritu primigenio franciscano, decretándose la paulatina desaparición de la conventualidad. En el siglo XVI y al hilo de los movimientos de reforma dentro de la Iglesia, surge en el seno de la familia franciscana un nuevo deseo de volver a la simplicidad primitiva de la Orden, a una más pura y radical observancia de la regla. Promovida por fray Mateo de Bassi o de Bascio, esta vuelta a la esencia del franciscanismo se basaba en la pobreza, caridad, contemplación y en general en unas pautas de comportamiento inspiradas en la vida del fundador. Llamados en sus comienzos Frailes Menores Ermitaños, los miem­bros de esta nueva rama descalza recibieron el nombre de Capuchinos, quienes, no sin oposición al principio, se desligaron en 1528 de los Observantes; en 1578 fueron autorizados por Clemente VIII a extenderse por otros países, siendo aprobadas sus constituciones en 1643 por Urbano VIII. Esta nueva familia franciscana se diferenció en su aspecto externo por su hábito y manto corto de sayal pardo oscuro, la capucha puntiaguda, las sandalias y la barba larga, y constituyó durante la Contrarreforma uno de los más serios baluartes de la Iglesia católica, con una propagación sorprendente en el tiempo y espacio.
     Los franciscanos en España. Los datos sobre la llegada de los Franciscanos a España son discutibles y discutidos por los investigadores de la Orden por no existir documentación de primera mano que acredite con certeza este extremo. Al parecer, en 1209 un grupo de frailes encabezados por Bernardo de Quintaval, Gil de Asís y Pedro de Catania llegó a la Península en misión apostólica; entre 1213 y 1214, se sitúa la venida a España del propio San Francisco, bien para visitar la tumba del Apóstol Santiago o para marchar a predicar a Marruecos. La implantación oficial del franciscanismo se fecha en 1217 con la comunidad abierta por el referido fray Bernardo de Quintaval. La expansión de la Orden, condicionada por el ritmo de la conquista de los territorios musulmanes, fue sin embargo muy fructífera en número de casas y de miembros, constituyéndose en 1219 la Provincia de España con el florentino fray Juan Parenti a la cabeza. Desde al menos 1232 consta la división de ésta en tres: la de Santiago, que abarcaba el noroeste peninsular incluido el Portugal cristiano, la de Aragón que comprendía este reino y el de Navarra, y la de Castilla, provincias de las que surgirían varias custodias que acabaron por constituirse en nuevas provincias, como ocurrió en Andalucía una vez completada la reconquista. A fines del siglo XIV había en la Península ciento veintitrés conventos. Después de Italia, España es sin duda la nación donde con más fuerza arraigó el franciscanismo, con muy buena acogida entre el pueblo y las autoridades, cuyo incremento geográfico-demográfico durante la Edad Media multiplicó su actividad desarrollada no sólo en el ejercicio del apostolado, sino también actuando como embajadores de los monarcas ante el Papa y a la inversa, como capellanes militares o como consejeros y confesores de nobles y reyes; en 1389 Martín el Humano les confiere perennidad en el oficio de confesores, y Enrique III hizo orlar sus armas reales con el cordón franciscano además de establecer en sus dominios la obligatoriedad de la celebración de la festividad de San Francisco. Con los descubrimientos de tierras americanas los franciscanos hallaron un nuevo y amplio campo de intenso apostolado a través de las misiones, que abarcaron el territorio asiático.
     En tierra hispana se verificaron las fases de relajación y reforma que en general vivió la Orden, siendo el cardenal y también franciscano Cisneros, quien mediante diversas autorizaciones pontificias impuso a comienzos del siglo XVI la Observancia en todos los conventos de Castilla, llegando más tarde la reforma a las provincias de Santiago y Aragón, ya en el reinado de Felipe II. Al propio tiempo se desarrollaron corrientes de revisión de la propia observancia que cristalizará en la rama descalza franciscana, que en España tuvo como punto de partida el año 1469, cuando el papa concede a fray Juan de la Puebla autorización para reformar su hábito y retirarse a un eremitorio con sus seguidores. Su sucesor, fray Juan de Guadalupe, consiguió un nuevo impulso al lograr por breve pontificio de 1499 la primera custodia de la descalcez, lo que supuso no pocos y serios conflictos jurisdiccionales y espirituales. La independencia definitiva de los Observantes llegará en 1506, recibiendo los Descalzos un gran empuje al ingresar en sus filas San Pedro de Alcántara (+ 1562) -por lo que también es conocida esta rama como Alcantarinos- con quien se alcanza la plena consolidación; durante el siglo XVII los Descalzos Franciscanos contaron con el apoyo de la monarquía, especialmente de Felipe III lo que significó una gran difusión por todo el reino. A estas ramas de la familia franciscana en España hemos de sumar la de los Capuchinos que se estableció en la Península en 1578, no sin serías dificultades ante la negativa de Felipe II. La fama de los religiosos venció las prohibiciones y los conventos capuchinos fueron proliferando primero por Cataluña, Aragón y Valencia; hasta 1609 no se implantan en Castilla, con la fundación de un convento en Madrid. La Provincia de Castilla se constituyó en 1618 y de ella se desgajó en 1637 la de Andalucía. El número de conventos fue creciendo hasta alcanzar la cifra de ciento veinticinco en 1782 y en la misma proporción el número de religiosos, hasta que a fines del siglo XVIII debido a las convulsiones políticas inició un rápido descenso que igualmente se dio en el resto de la familia franciscana de España, lo que se vio agravado por las medidas legislativas del siglo XIX.
     En Andalucía la presencia franciscana se produce a medida que avanzan las conquistas de los monarcas castellanos sobre los territorios musulmanes, siendo las primeras fundaciones los conventos de Baeza, Úbeda y Córdoba. La toma de Sevilla en 1248 significó el total dominio del valle del Guadalquivir, un amplio territorio donde instalarse y llevar a cabo su apostolado los religiosos, como así sucedió. En el capítulo general de la Orden de 1260 ya se crea la Custodia Hispalense, dependiente de la Provincia de Castilla. En 1499 se erigía la Provincia Bética o de Andalucía. También tuvieron acomodo en la región el resto de las ramas franciscanas: Descalzos y Capuchinos; estos introducidos en España en 1578, se escindieron de los Observantes y constituyeron la Provincia de Andalucía en 1625.
CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DEL VALLE (FRANCISCANOS OBSERVANTES)
     El segundo convento, en el orden cronológico, de la Orden Franciscana fundado en Sevilla fue el de Nuestra Señora del Valle, instituido en el año 1567 sobre otro preexistente que había pertenecido a varias comunidades religiosas femeninas y masculinas. Por el año 1403 era de monjas dominicas bajo la advocación de Nuestra Señora del Valle, denominación según unos por la intercesión de la Virgen del Valle en la salvación de un niño caído a un pozo, y según otros porque el lugar formaba un valle "con apacible alameda y frescura", desnivel que de antiguo servía para canalizar agua y que formaría una pequeña cuenca de donde pudo tomar el nombre. Las dominicas se mantuvie­ron hasta 1507 en que debido a su pobreza, al sitio apartado en que se hallaban y a haber ocurrido "irreverencias del vulgo", fueron repartidas por los superiores de la Orden al monasterio de Madre de Dios y San Clemente. El convento estuvo durante algún tiempo ocupado por beatas Terciarias Dominicas denominadas de Santa Catalina de la Penitencia, que al parecer contaron con el apoyo de la reina Isabel la Católica. En 1529 la casa fue adquirida por la Orden de los Padres Regulares Terciarios de San Francisco quienes permanecieron hasta que el convento fue dado a la rama de los Franciscanos Recoletos o Menores Observantes, que tomaban posesión el 9 de septiembre de 1567 y donde se mantuvieron hasta la Desamortización general de 1835.
     El convento se ubicaba en la collación de San Román, entre la puerta del Sol y la del Osario, paredaño a la muralla y en una de las zonas menos poblada de la ciudad. Por el plano de Sevilla de 1771 conocemos su inserción en la trama de la ciudad, en una amplia manzana delimitada a oriente por una estrecha calleja entre la tapia del monasterio y la muralla, llamada callejón del Valle, seguía por el sur por la calle Valle (actual Verónica) y la del Butrón y por el oeste por la calle Sol hasta enlazar con el callejón. Con ser uno de los más modestos monasterios que los franciscanos tuvieron en Sevilla, la virtud de sus miembros y los episodios milagrosos que se achacaban a su imagen titular, hicieron de él un piadoso recinto al que acudían los fieles para encomendarse a la Virgen. Sobre el origen de esta imagen se refiere cómo estando vieja y abandonada en la parroquia de San Román, un sacristán sin escrúpulos quiso arrojarla al fuego, quejándose la Virgen de su atrevimiento. Asombrado de este hecho, dio cuenta al arzobispado que en desagravio celebró cultos en su honor y la trasladó al convento del Valle, donde aún estaban las referidas monjas dominicas; y allí se mantuvo a lo largo de los siglos. Se veneraba en el altar mayor por numerosos fieles, atraídos por su fama milagrosa, hechos recogidos en anti­guas crónicas y escenificados en pinturas en la iglesia y portería.
     Son pocos los datos que se poseen sobre el transcurrir de la vida en este sencillo monasterio, que según un padrón de 1648 tenia cuarenta y cuatro miembros. Sabemos que sus capillas fueron lugar de enterramiento de familias sevillanas que costeaban su mantenimiento y ornato, como demuestran las escrituras de concierto de retablos y pinturas, repartidas por los brazo del crucero o por la serie de diez capillas laterales del cuerpo de la iglesia, como la del capitán Tomé Ruiz, la de don Juan Gómez o la de don Bartolomé de San Martín y su esposa doña Francisca Fajardo, entre otros. La capilla mayor tenia como patrono al linaje de los Tapia. Asimismo, radicaron en el Valle algunas hermandades y cofradías de gran renombre. Hubo una Hermandad de San Diego, en una de las capillas laterales de la iglesia al menos desde 1603, año en que se encarga la ejecución del retablo para la imagen del titular, desconociéndose otros datos sobre su fundación y miembros que la formaban. Del año 1544, cuando aun estaba el Valle ocupado por los Franciscanos Terceros, es el traslado al convento desde el monasterio de Santiago de los Caballeros de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso, la popularmente conocida como del Gran Poder, corporación de luz fundada en el monasterio sevillano de Santo Domingo de Silos por los duques de Medina Sidonia hacia 1431. Convertida más tarde en cofradía de penitencia (1582), adquirió capilla en la iglesia franciscana, la misma que años más tarde, vendió a la Cofradía de la Coronación de Espinas por 6.480 reales. Tras varias mudanzas, en 1702 se instaló en la parroquia de San Lorenzo y actualmente en templo propio contiguo a dicha parroquia.
     La Cofradía del Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, Nuestro Padre Jesús con la Cruz al hombro, Nuestra Señora del Valle y Santa mujer Verónica, es unión de dos corporaciones, la de luz de la Santa Faz y Nuestra Señora de la Encarnación -que pronto cambió su advocación por la del monasterio- fundada en el Valle por los años 1450, según algunos por el cardenal don Juan Cervantes quien al parecer había dado un retrato de la Santa Faz; a mediados del siglo XVI se convirtió en cofradía de penitencia con regla aprobada el 9 de marzo de 1558, teniendo su sede en una capilla del claustro monacal. La corporación de la Hermandad de la Coronación de Espinas tuvo sus inicios en la parroquia de San Martín en 1540, de donde se trasladó al convento de Montesión. Se fusionan el 7 de abril de 1590, año en que debia de estar asentada ya en el Valle. En el último tercio del siglo XVII la unificada hermandad debió de vivir un periodo de auge como constata la realización de varias empresas para mejorar sus enseres (dorado del paso de la Coronación y cuatro ángeles para éste, peana y varas de plata para el paso de la Virgen), además de adquirir en 1695 la capilla que perteneció a la Hermandad del Gran Poder sita en la iglesia, mudándose así desde el claustro al templo. En 1810, con motivo de la ocupación francesa la hermandad se trasladó a la parroquia de San Román y de aquí a la iglesia de los Menores en donde realizó nuevos retablos. En 1816 volvió al monasterio franciscano hasta 1827 en que amenazando ruina la cúpula de la capilla se procede al traslado a la parroquia de San Andrés; hoy la señera Hermandad del Valle radica en la iglesia de a Anunciación.
     Sin grandes inquietudes debió de transcurrir la vida recoleta y apartada de estos franciscanos austeros y piadosos, hasta que en 1810 fueron expulsados y su monasterio ocupado por las tropas francesas, periodo en que se destruyó buena parte de sus enseres. En 1814 la comunidad regresa y se efectúan obras de restauración, hasta que en 1835 fue definitivamente suprimida. La iglesia continuó abierta a cargo de un cape­llán y la clausura sirvió como almacén de granos y casa de vecinos; hasta noventa familias llegaron a habitar su amplio claustro. En 1856 el templo, cada vez en estado más precario fue restaurado a instancias del padre Mariano del Pilar de la Torre que había pertenecido a la comunidad exclaustrada y que actuaba en su calidad de visitador de la Orden Tercera de seglares establecida por estas fechas en la iglesia. Sin embargo, las obras emprendidas no fueron suficientes y según Montoto en 1873 se demolió para levantar en su ámbito una nueva iglesia que fue inaugurada el 2 de marzo de 1877. Según este autor el convento fue adquirido por la marquesa viuda de Villanueva quien lo entregó junto con la iglesia, a las religiosas del Sagrado Corazón de María en 1866, estableciéndose un colegio femenino que perduró hasta 1975. A partir de entonces el inmueble quedó abandonado y olvidado durante varias décadas hasta que recientemente ha pasado a la Hermandad de los Gitanos, realizándose profundas remodelaciones en la iglesia, única pieza del convento que ha permanecido, aunque con su fisonomía original totalmente desvirtuada. El espacio que ocupara la clausura es hoy un solar que sirve como aparcamiento de coches.
ARQUITECTURA
     Del monasterio de Nuestra Señora del Valle apenas hay noticias de antiguos cronistas o modernos estudios que permitan conocer sus características arquitectónicas originales. Al parecer era uno de los más grandes de la ciudad, entendemos que en cuanto a superficie total del recinto, con una gran huerta, siendo menos los espacios construi­dos. Situado en la collación de San Román y paredaño a la cerca de Levante de la ciudad, entre las puertas del Sol y del Osario, su emplazamiento resultaba excéntrico, en una zona tradicionalmente poco poblada de Sevilla y dedicada al cultivo de huertas. Su fisonomía exterior la podemos apreciar en parte, en el dibujo realizado por Richard Ford en 1830, en el que se perfilan los contornos de la iglesia con cubierta a dos aguas, cúpula sobre el crucero rematada con elevado pináculo, y dos espadañas. La entrada se situaba en la calle Valle, actual Verónica, a través de un compás cuadrado y plantado de árboles y flores que daba paso a la derecha a la iglesia a través de su portada prin­cipal situada a los pies de la nave. Por un informe de 15 de abril de 1569 sabemos que la iglesia estaba terminada ese año y que sus trazas y condiciones fueron dadas por el arquitecto Hernán Ruiz II años antes, quien además diseñó el claustro principal, también terminado en la referida fecha. Ante su delicado estado de salud, el arquitecto, que moriría ocho días después, comisionó a su hijo de igual nombre para que apreciara las obras ejecutadas en el monasterio, estimando el trabajo del maestro albañil Navarrete en 214 ducados y señalando como sobrante el arquitrabe dispuesto sobre las arquerías, aunque se avenía a pagarle 30 ducados por dicho elemento si se demostraba que su inclusión se debía al deseo del guardián del monasterio. La iglesia ha llegado a nuestros días totalmente transformada por reconstrucciones durante los siglos XIX y XX. Salvo la disposición de su planta, los muros exteriores y la distribución interior de sus capillas, el resto corresponde a construcciones modernas: cubiertas, nuevos sopor­tes, portada de los pies, acceso lateral en el muro de la epístola. Es de planta de cajón y de nave única muy ancha y alta con capillas cuadradas entre contrafuertes que soportan tribunas que originalmente poseían antepechos de ladrillo. La cabecera es de testero plano con sacristía tras el presbiterio en el lado del evangelio, sacristía que poseyó un valioso artesonado del siglo XVI, hoy inexistente. Posee crucero que no se manifiesta en planta, en origen cubierta aboveda, con cuatro claraboyas y cubierta de tejas al exterior, elementos que no han permanecido. Actualmente su alzado interior es de pilares circulares con baquetones neogóticos que soportan arcos apuntados, que dividen el cuerpo de la iglesia en cinco tramos, configurando cinco capillas cuadradas a cada lado, sin comunicación entre sí, que entiban sobre los pilares modernos y que en origen debie­ron ser de orden dórico; la fábrica del templo era de piedra y ladrillo "de labor robusta" y sus cubiertas abovedadas, "de labor muy fuerte, dejando por cima espaciosas y muy llanas azoteas". A los pies se dispone el coro alto que abarca el ancho de la iglesia, donde se hallaba la portada principal cuyas características se desconocen siendo la actual una recreación neogótica. En el muro del evangelio, hacia los pies, se hallaba la puerta reglar que comunicaba con el claustro principal.
     En una de las capillas del lado de la epístola tuvo su sede la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima de Mayor Dolor y Traspaso, adquirida por la corporación en 1582. La misma que años más tarde, en 1695, vendió por 6.480 reales a la Cofradía de la Coronación de Espinas, que se mudó desde el claustro en donde radicaba desde su fundación. Esta hermandad la amplió por su espalda, abriendo el muro del templo y agregando un espacio que se cubrió con media naranja con linterna. Contaba con su correspondiente sacristía además de dos almacenes para los pasos y sala para el cabildo de hermanos. Afectada la capilla por el terremoto de 1755 fue reconocida al año siguiente por el maestro Diego Suárez quien determinó la necesidad de derribar la pared del camarín de la Virgen así como recomponer otras. Las reparaciones estaban concuidas en 1759, celebrándose su reinauguración con solemnes cultos en la Pascua del Espíritu Santo de ese año. La capilla se cerraba con una rica verja de hierro, y poseía tres altares de "singulares adornos". En 1827, ante la inminente ruina de la cúpula la herman­dad se traslada a San Andrés y abandonada, finalmente se hundió.
     El compás daba paso a la clausura a través de la portería que comunicaba directamente con el claustro principal, uno de los mayores de la ciudad según González de León, trazado por Hernán Ruiz II, que en 1569 ya estaba terminado. Contaba con dos pisos de altura con galerías en los cuatro frentes de ambos, de arcos sobre columnas de mármol con antepechos de hierro. El claro del patio se hallaba plantado de naranjos y limoneros y en el centro se disponía una fuente muy profunda, cuyas aguas procedían de la Fuente del Arzobispo, y a la que se bajaba por un círculo de diez o doce gradas.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Igualmente escasas son las noticias sobre los retablos e imaginería del monasterio. De un primer retablo mayor dice González de León "que sucumbió al poder de la igno­rancia y del gusto churrigueresco" era "arregladísimo, de los mejores que tenía la ciudad". Fue sustituido por otro de estilo barroco que califica este autor como uno de los mayores de los existentes en Sevilla, "cubierto de adornos, hojarascas y follajes de pésimo gusto, pero tan bien dorado que no se conocía otro mejor", dorado realizado dos o tres años antes de la llegada de los franceses, y cuyo costó ascendió a más de 100.000 reales. Este retablo barroco fue realizado por Manuel García de Santiago; en un documento de 30 de abril de 1771 este maestro dice estar haciéndolo, según contrato celebrado anteriormente, comprometiéndose a terminarlo para el 24 de diciembre de ese año. En principio fue concertado en 37.000 reales de vellón pero sin duda su considerable envergadura hizo necesario un aumento en la cantidad, hubo de constituir una de las grandes creaciones de la retablística barroca sevillana, que tan poco gustaron al cronista decimonónico. Destruido durante la ocupación napoleónica, no se conocen sus características arqui­tectónicas ni iconografía, sólo que la parte alta tenía un medallón en relieve con el episodio del "hallazgo de la Virgen del Valle", titular que siempre presidió el altar mayor, y que en algún momento se convirtió en imagen de vestir. En 1801 fue retocada por Juan de Astorga, desconociéndose su actual paradero.
     Para la capilla Sacramental, cuya ubicación concreta en el plan de la iglesia desconocemos -actualmente se halla instalada en el brazo del crucero de la epístola- el síndico del convento Juan Antonio de Silva concertó el 7 de marzo de 1719 con el maestro Pedro de Soto, la ejecución del retablo, no conservado, por un precio de 1.000 reales de vellón.
     Tampoco se conoce el sitio que ocupó la capilla del capitán Tomé Ruys, de la que sabemos que el 30 de agosto de 1588 su viuda, doña Catalina de Cabreros, concertaba con Juan Bautistas Vázquez "el Mozo" la realización del retablo, que debía ser semejante a otro que este artista hacía en la capilla de Juan Gómez, en la misma iglesia. La arquitectura y ensamblaje iban en madera de borne y la imagen titular que lo presidía era un San Juan Bautista, de cedro, de bulto redondo de siete palmos de alto, con su correspondiente peana, el libro con el cordero sobre una de sus manos y la otra señalando a éste. Retablo y escultura se han perdido pero se conserva la traza diseñada por el artista -aunque presidido por una Inmaculada- cuyas anotaciones y datos suscritos en el contrato, nos permi­ten conocer sus características arquitectónicas e iconografía. La traza se inspira en los esquemas manieristas de los maestros italianos, conocidos a través de sus libros de tratados; en concreto este retablo se ha relacionado con el número VI del libro de Sebastián Serlio. Se articulaba mediante columnas dóricas, y constaba de banco, un cuerpo de tres calles y ático. En el banco iban pintados los retratos del capitán y su esposa, en la calle central, arquitrabada, la escultura del santo titular y en los tableros de los intercolumnios las pinturas de Santo Tomé, Santa Catalina, San Pedro y San Francisco; en el ático las de Nuestra Señora de la Concepción y el Dios Padre. El trabajo se concertó en 130 ducados, 80 por el ensamblaje y 50 por la imagen del San Juan, corriendo las labores de dorado y policromía a cargo de Diego de Zamora y Pedro de Esquivel. El plazo de entrega se estipuló en cuatro meses, que no se cumplió pues el 5 de enero de 1589 Vázquez establecía compañía con Diego de Velasco y declaraba estar haciendo aún el referido retablo, estando terminada sólo la figura de San Juan.
     Sobre el otro retablo concertado por Juan Bautista Vázquez para la capilla de Juan Gómez, que tampoco se ha conservado, sabemos que fue terminado por su hijo, del mismo nombre, por fallecimiento del maestro, según carta de pago del 31 de mayo de 1589. Hubo de ser semejante al anterior y dorado y pintado igualmente por Diego de Zamora y Pedro de Esquivel, trabajando en él el ensamblador Juan de la Calçada y el batihoja Benito de Mondedoy. Estaba presidido por una escultura de la Inmaculada -la que preside el referido dibujo de Vázquez-. En la firma del finiquito consta que también se realizaron en la capilla labores de pintura.
     Existió un retablo dedicado a la Virgen con el Niño y Santa Ana situado en la capilla que en la iglesia tenía Bartolomé de San Martín, cuya viuda, doña Francisca Fajardo y su hijo el licenciado Juan Fajardo de San Martín, conciertan con Jerónimo de Guzmán el 4 de julio de 1590, a realizar en el plazo de tres meses y por el precio de 200 ducados. Constaba de banco, un cuerpo de tres calles y remate, y se articulaba mediante cuatro columnas corintias sobre pedestales tallados, con traspilastras. En los encasamientos laterales del banco se disponían San Andrés y San Juan de medio relieve, y en el centro otro relieve representando a San Martín partiendo su capa con Cristo. En el remate un Calvario formado por las esculturas de Cristo Crucificado, la Virgen y San Juan y sobre éstos un relieve con Dios Padre. La calle principal estaba presidida por el grupo escul­tórico de la Virgen con el Niño en brazos y Santa Ana, de cinco palmos y medio cada una, y sobre ellas la Paloma del Espíritu Santo. En las calles laterales iban las esculturas de San Francisco, San Agustín, Santa Mónica y Santa Catalina. El 12 de septiembre de 1590 quedaba cancelada la obra y el 12 de mayo de 1591, el referido Juan de San Martín Fajardo concertaba con Diego de Esquivel el dorado, estofado y pintura del retablo, además de pintar los retratos de los donantes en el banco y las pinturas murales de la capilla con dos historias de la vida de Santa Ana, todo ello por 300 ducados, comprometiéndose el maestro a terminarlo en cuatro meses. La escritura de cancelación se firmaba el 8 de julio de 1593. Retablo e imaginería no están localizados.
     En "el segundo arco que linda con la capilla de San Juan Bautista" se hallaba la de Pedro Méndez de Santillán quien el 14 de septiembre de 1612 disponía su cierre con una reja encargada a Juan López, "de gruesos pilares y balaustres y columnas según la que está en la capilla de frente que era del jurado San Martín''. La verja remataba con un friso con la inscripción alusiva de la pertenencia de la capilla al referido Pedro Méndez, su mujer doña María de Montalbán, y sus herederos y sucesores. El maestro rejero se compro­metía a darla por terminada y asentada para el mes de enero de 1613.
     Durante la estancia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima del Mayor Dolor y Traspaso -desde 1582 a 1697- en una capilla del lado de la epístola de la iglesia, realizó Juan de Mesa la espléndida escultura del Nazareno. Merced a la carta de pago otorgada por el artista el 1 de octubre de 1620 al mayordomo de la Hermandad Pedro de Salcedo por valor de 2.000 reales, sabemos que en esa fecha la obra estaba terminada así como el San Juan Evangelista, realizados ambos en madera de cedro y pino de segura. La imagen de vestir del Señor del Gran Poder, de gran devoción popular, es una de las más imponentes de las salidas de la gubia de este maestro, no sólo por sus dimensiones, 190 cm. de alto, sino por la expresión realista de su rostro y cabeza herida con la potente corona de espinas, y por el aplomo de su figura, algo torcido, en actitud itinerante segura y firme, como se puede apreciar durante su salida procesional en la madrugada del Viernes Santo. Conserva su encarnación original que acentúa aún más su garra expresiva. En 1775 Blas Molner le retocó la corona de espinas y tres años después le recompuso un pie. En el siglo XX fue restaurado por Peláez del Espino en 1977 y en 1983 por los hermanos Cruz Solís, y finalmente en 2006-07. El San Juan fue realizado para acompañar en su paso procesional a la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, como aún continua haciendo, y en él destaca la juvenil cabeza del Santo, de rasgos suaves y amables, siendo restaurado por los referidos Cruz Solís.
     En 1688 tuvo lugar otro importante contrato, la realización del paso del Señor del Gran Poder por Francisco Antonio Ruiz Gijón, quien lo concierta por 500 ducados de vellón el 4 de mayo de ese año. Las medidas establecidas era de cuatro varas y media de largo, dos cuartas de ancho y tres cuartas de alto, con su correspondiente monte, en madera de pino y cedro; la parihuela debía llevar un total de treinta y cuatro ángeles con ocho tarjetas con escenas en relieve. El plazo de finalización era de diez meses, si bien el finiquito no se firmó hasta el 8 de abril de 1692. Afortunadamente el paso con sus relieves sostenidos por querubines, y con los cuatro ángeles pasionistas de las esquinas se ha conservado, constituyendo una magnífica canastilla barroca, de las mejores de las existentes en Sevilla, en la que se fusionan espléndidamente las labores de talla y escultura, realzadas por una cuidada policromía, dorado y estofado. Los temas representados en los relieves manifiestan el poder de Dios recogido diferentes pasajes de la Biblia y escenas pasionistas tomadas de los Evangelios, y son: para las esquinas, Moisés tocando con su vara la peña, La destrucción del templo de Sansón, Entrada de los animales en el Arca de Noé, y El regreso del hijo pródigo; para el centro de los cuatro lados Jesús ayudado por Simón de Cirene, El prendimiento de Cristo, Jesús atado a la columna y Los golpes que dieron los soldados a Jesús en el Pretorio.
     La Hermandad del Santísimo Cristo de la Coronación de Espinas, Nuestro Padre Jesús con la cruz al hombro, Nuestra Señora del Valle y Santa mujer Verónica tuvo en su capilla tres retablos para sus titulares. Con la llegada de los franceses en 1810 se hizo el "desvarato de la capilla, retablos y pasos", gastándose 160 reales en la "conducción del retablo a Santa Cruz", donde se instaló la corporación. Parece que este retablo era el del Señor con la cruz al hombro, reparado y dorado a costa de su hermano mayor Lorenzo Delgado, quien también costeó un retablo nuevo para la Virgen, estrenado el 16 de marzo de 1813, el mismo que en 1816 fue llevado al Valle una vez restablecida la hermandad a su sede, en donde se sabe documentalmente que fue reformado por Miguel Albín. Este le hizo un sagrario, aumentó las columnas y le añadió un segundo cuerpo, asimismo, se colocó un lienzo de La Verónica de medio cuerpo y tamaño natural, realizado por el pintor Andrés Rosi. El dorado de los añadidos corrió a cargo de José Ortega junto con otras piezas de altar como candeleros, sacra y atriles. Construyó además Albín otros dos retablos para las dos imágenes de Cristo, en madera, por 2.650 reales los cuales se adornaron con cuatro ángeles labrados por Juan Bautista Patrone y Quartin, por lo que entendemos que los originales ya se habrían perdido o estarían en mal estado. Cuando en 1829 la cofradía se instala en la parroquia de San Andrés, los tres altares se instalaron en la capilla de la Concepción de la referida parro­quia. En 1892 la hermandad cambió de sede, trasladándose a la iglesia del Santo Ángel, a donde sólo llevó el retablo de la Virgen, perdiéndose la pista de los otros dos realizados por Miguel Albín. El de la Virgen permanece en el Santo Ángel, pese al traslado de la cofradía a la iglesia de la Anunciación, muy transformado por la intervención en 1920 de Antonio Infante Reina que lo agrandó, pintó y doró, y le añadió una decoración a base de roleos y guirnaldas. Su configuración actual es de banco, un cuerpo con tres calles separadas por columnas compuestas de fuste estriado, y ático entre pilastras pareadas de orden compuesto que sostienen un frontón recto que aún conserva la pintura de la Verónica, y en el remate la escultura de la Fe; en la hornacina central se dispone hoy un San José con el Niño, y en las colaterales San Ana con la Virgen y San Joaquín con la Virgen, tallas ajenas al retablo. Respecto a la imagen de Nuestra Señora del Valle, de antiguo fue atribuida a Martínez Montañés; hoy se considera obra, aunque sin documentar, de Juan de Mesa, en torno a 1618-1627.
     En relación con las imágenes de esta hermandad sabemos que el Cristo de la Coro­nación de Espinas fue donado por el cofrade Toribio Martínez de Huerta en 1687, según codicilo testamentario de 19 de agosto de ese año. La talla fue realizada por Agustín de Perea (+1701), y en el referido codicilo se declara que si era de gusto de la hermandad, ésta se encargue de terminarla. En el testamento se recoge igualmente que la esposa del referido Toribio encargó una túnica bordada en oro para el Cristo con la cruz a cuestas, la otra imagen de la corporación. Se trata, la primera, de una escultura sedente sobre un escaño, realizada en madera de cedro, de 140 cm. de altura que representa a Cristo con expresión resignada y dolorida, con corona de espinas que no forma parte con la cabeza, con las manos cruzadas y atadas delante del pecho, y sosteniendo con la izquierda el cetro de caña; se cubre con un somero paño de pureza de sencillos pliegues. Las carnaciones son brillantes y dramatizadas con abundante sangre que corre por la frente, torso, brazos y piernas, lo que le otorga un intenso dramatismo. Su talla presenta un minucioso tratamiento de clara influencia roldanesca, más acentuada en manos, pies, y en el expresivo rostro de mirada baja y humilde. En su salida procesional el paso se completa con las figuras de cuatro judíos, dos que le colocan la corona de espinas y los otros dos que se burlan de él, realizadas por Joaquín Bilbao en 1922. El Jesús con la cruz al hombro, es obra anónima de la segunda mitad del XVII, de aire roldanesco, que conjuga realismo y dinamismo. Mide 176 cm. de alto, y en su paso de misterio escenifica el encuentro de Cristo en la calle de la Amargura con la Verónica y las santas mujeres, figuras que pertenecen a distintos autores: la Verónica fue realizada en 1815 por Andrés Rossi y las mujeres por Juan Bautista Patrone en 1799 y 1805. Este paso contó con las figuras de tres judíos, realizadas en 1730 por Jerónimo Roldán, nieto del afamado Pedro Roldán, y estofadas por el pintor Juan Ruiz Soriano en 1732; imágenes que no se han conservado.
     En una de las capillas del lado de la epístola hubo una imagen de vestir de Nuestra Señora apodada "la Sevillana" y adjudicada a Cristóbal Ramos, que se da por perdida. En otra capilla de este mismo lado de la iglesia se cita un Crucificado llamado "el Cristo pobre", que tampoco está identificado; era una imagen que de antiguo tenía el convento y bien pudiera ser la que se hallaba en la subida de la escalera del monasterio en 1592 y que sirvió de modelo al realizado por Baltasar López para unos vecinos de la villa de Morón, Benardino Gutiérrez y Lázaro García, según escritura de 31 de julio de ese año. En la última capilla de los pies de la nave de la iglesia residía la congregación de seglares de la Orden Tercera Franciscana, en cuyo retablo se veneraba un San Francisco de Asís de candelero de autor desconocido aunque al parecer de buena factura en cabeza y manos; es obra no identificada.
     Una de las capillas del lado del evangelio estuvo dedicada a San Pascual Bailón, escultura según antiguos testimonios de mérito que pudo pertenecer a la hermandad gremial de los pasteleros que residía en la iglesia y que tenía como patrón a este santo. A los píes del templo y a los lados de la puerta se hallaban sendos altares dedicados, el lado del evangelio, a San Miguel Arcángel, con San Benito y San Bernardo, y atribuidos a Cristóbal Ramos; y el de la epístola a las Santas Justa y Rufina con la Giralda, realizada a mediados del XVIII por Manuel García de Santiago. Son obras que hemos de dar por perdidas.
PINTURAS
     Escasas son las noticias sobre las pinturas que existieron en el convento del Valle. En una capilla de la cabecera del templo, del lado del evangelio, estuvo el retrato del arzobispo Don Gonzalo de Mena realizado por Antonio Mª Esquivel, obra sin identificar, al igual que otras adjudicadas a este pintor, entre ellas una copia de las Ánimas del Purgatorio origi­nal de Alonso Cano, ubicada en una de las capillas del lado de la epístola.
     Otro lienzo perdido es el San Francisco en éxtasis, situado sobre la puerta de la sacristía, del que sólo sabemos que era de buena factura y de escuela sevillana. En la capilla contigua dedicada a la Virgen del Rosario se citan seis tablas "con varios Santos del estilo de Espinal", no identificadas. Tampoco las de la capilla siguiente, en la que se veneraba una talla de San José y había una Inmaculada Concepción de escuela sevillana, y a los lados dos cuadros "de estilo, de Wandik" de la Virgen con San Joaquín y Santa Ana y un Calvario. A los pies de la iglesia y al lado de la puerta que comunicaba con el claustro hubo un retablo con un "San Miguel lanzando del Cielo a los Ángeles Apóstatas que caen precipitados en diversas posiciones", que tenía ''cosas muy buenas y otras muy malas, y parece copia de Pacheco", obra hasta la fecha sin identificar. Hay que señalar que de Francisco Pacheco se conserva en una colección particular sevillana la Inmaculada Concepción con Mateo Vázquez de Leca, que se hace proceder del Valle, de donde debió de salir tras la Desamortización de 1835, pasando a manos de particulares sevillanos, entre ellas la de Juan de Oliver quien precisamente indicó que procedía de este convento; actualmente se halla en la colección sevillana del Marqués de la Reunión. El lienzo firmado con monograma y fechado en 1621, constituye una buena versión de la Inmaculada de las muchas de las realizadas por Pacheco, a lo que se suma el espléndido retrato del canónigo y gran defensor del dogma de la pureza de María, el licenciado Mateo Vázquez de Leca, también uno de los mejores logros retratísticos del pintor. Sin embargo, recientes investigaciones han puesto en duda la identificación de este personaje, que bien pudiera tratarse de otro clérigo, correspondiendo el de Vázquez de Leca a otra pintura de la Inmaculada con donante que se conserva en una colección particular madrileña.
     En una capilla del lado de la epístola del templo hubo una Virgen de los Reyes "con grupos de ángeles de bellos efectos y de nuestra escuela", una Concepción, adjudicada a Juan de Roelas, que en el catálogo actual de obras de este artista no está recogida; y unos "desposorios, de la escuela sevillana". Todas ellas se dan por perdidas.
     La capilla de la Hermandad de San Diego, cuya ubicación en la iglesia no hemos podido determinar, estuvo adornado con pinturas murales, realizadas por Francisco Hernández quien por 1.200 reales de plata las concertó el 7 de julio de 1603 con el mayordomo de la corporación y mercader de sedas Bartolomé de Valverde. En las condiciones del contrato se refiere que a los lados de la escultura del Santo titular se debían disponer las figuras de San Roque, San Sebastián, San Francisco, San Buenaventu­ra, San Antonio y San Bernardino. Encima la Asunción de Nuestra Señora, con el Dios Padre sobre ella, y en el cielo de la capilla una gloria de ángeles y serafines. En los muros laterales irían "cuatro milagros según señalara el Guardián del convento".
     También estuvo decorada con pinturas murales la capilla de la Hermandad de la Coronación de Espinas pues su mayordomo, Salvador de Vergara, las contrata el 28 de julio de 1592 con Francisco Antonio de León y Alonso de Quintero, por 25 ducados. Esta capilla hubo de ser la primitiva que poseyó la corporación en el claustro del monaste­rio, pues su traslado a la de la iglesia no se produjo hasta el año 1597 por compra a la Cofradía del Mayor Dolor y Traspaso, como ya referimos. El tema a representar por ambos artistas era una "historia de la coronación con figuras enteras y otra histona de la encarnación de Nuestra Señora", debiendo estar terminadas para fin de agosto de ese año.
     Finalmente referiremos la genérica alusión que hace González de León a pinturas en las paredes del templo y en las capillas "de poca atención", de las que sólo repara en una Calle de la Amargura, de tres varas de largo y una y media de ancho que adjudica a Arteaga, obra hasta la fecha sin identificar (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
              Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora del Valle, de los Franciscanos Observantes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias, vulgo de "Los Gitanos" (antiguo Convento del Valle), en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Verónica, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Butrón, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sol, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sebastián Miguel de Varas y Miranda, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la plaza del Señor de la Salud, en ExplicArte Sevilla.

martes, 8 de septiembre de 2026

La Festividad de la Natividad de María Santísima de los Dolores en su Soledad, en Albaida del Aljarafe (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Festividad de la Natividad de María Santísima de los Dolores en su Soledad, en Albaida del Aljarafe (Sevilla).   
     Hoy, 8 de septiembre, es la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II]. 
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte Festividad de la Natividad de María Santísima de los Dolores en su Soledad, en Albaida del Aljarafe (Sevilla).
     En Albaida del Aljarafe el ocho de septiembre se celebran las fiestas en honor a la Natividad de la Virgen de los Dolores. 
     Esta festividad tiene dos elementos claves, uno es la celebración de una romería al Monasterio del Loreto y el otro la procesión de la imagen el ocho de septiembre. Conocidos como "Soleanos" y representados por el color morado, la celebración se enmarca, en un contexto común en los pueblos del Aljarafe, y donde la población se divide de forma equitativa entre dos principales hermandades. Esta división de evidencia en una rivalidad simbólica que tiene como punto álgido la celebración de septiembre. En el caso de Albaida, junto a los Soleanos, nos encontramos con los Cruceros.
     Aunque la celebración se extiende durante una semana, las principales actividades de esta celebración son la romería del día seis de septiembre y la procesión del día ocho. El traslado de la imagen desde la iglesia, lugar donde permanece todo el año, hasta el Oratorio de la Hermandad tiene lugar el 4 de septiembre y se entiende como el inicio de la celebración. El día siguiente tiene lugar el rezo del Rosario y la exaltación de la Romería.
     El seis de Septiembre a las siete de la mañana, después de que la noche anterior se terminaran de preparar las carretas, se inicia la romería. Se recoge el Simpecado en la capilla y se pone en la carreta, que tirada por bueyes, lo llevara hasta Loreto para volver entrada la noche. Participantes y soleanos que no pueden asistir a la romería (es día laboral), acompañan la comitiva detrás del Simpecado hasta la salida de la población. El tamborilero va tocando delante de los bueyes avanzando de forma independiente y después los  participantes van detrás del Simpecado cantando. El orden de la romería por tanto es el siguiente: primero, los caballistas, seguidos del tamborilero que anda a la par que los boyeros o carreteros que llevan la carreta del Simpecado, a continuación las personas que realizan el camino a pie, seguidos de los charrets, los remolques adornados (con papel cortado a tiras) y finalmente los remolques que se adornan de forma más aleatoria. Durante el camino, que transcurre al paso que marcan los bueyes, gran parte de los participantes van en el remolque, mientras comen y beben e invitan amigos y allegados. 
     Al llegar al santuario de Loreto, se lleva a cabo la ofrenda y misa. Paralelamente a este acto, buena parte de los asistentes a la romería preparan el espacio donde se acomodarán en la explanada situada al lado de la ermita. Después de la celebración religiosa, los asistentes se reparten a lo largo de la explanada y comparten comida y bebida. Por la tarde la comitiva vuelve al pueblo y se realiza una ofrenda floral.
     El día ocho es el día principal de la celebración. A primera hora de la mañana sale la Diana por las calles de Albaida y durante un par de horas la banda de música recorre las principales calles del pueblo. A las doce se lleva a cabo la Solemne Función Principal en el oratorio de la Hermandad con la particularidad de la participación del coro flamenco de la hermandad. A las siete de la tarde la banda de música del Carmen de Salteras realiza un pasacalles anunciando el inicio de la procesión. La imagen de la Virgen de los Dolores en su Soledad procesiona en un trono lleno de nardos que son donados por los miembros de la hermandad. Los momentos de mayor intensidad la salida del oratorio, el paso por el arco de la calle Cervantes y la entrada. La procesión es el momento más relevante de la festividad y por eso junto a la romería, es el acto de mayor participación.
     El último día se realiza el traslado de la imagen desde el Oratorio de la Hermandad hasta el altar mayor de la Iglesia del pueblo y la quema de un castillo de fuegos artificiales (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía sobre la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
   Se ignora no sólo la fecha, fijada arbitrariamente el 8 de septiembre (El Sol, explican los teólogos, en esta fecha entra en el signo e Virgo, así como Cristo entrará en el vientre de María), sino también el lugar de nacimiento de la Virgen: unos opinan que fue en Jerusalén, otros en Nazaret o Belén.
   A causa de la ausencia de detalles tópicos, los artistas copiaron la Natividad de la Virgen de la Natividad de Cristo.
   Santa Ana está acostada o sentada en su cama, asistida por dos mujeres que vierten agua con un aguamanil sobre sus manos. En Dafni, una de ellas, de pie detrás de la cabecera de la cama, agita un matamoscas encima de su cabeza.
   Es posible que esas tres mujeres sean una supervivencia de las tres Parcas de la mitología  griega, siempre presentes cuando un niño abre los ojos a la luz.
   Como en la Natividad de Jesús, el motivo bizantino del Baño de la niña persistíó a lo largo tiempo. Las comadronas bañan a la pequeña María en una cuba, jofaina o pila con forma de copa.
   En la pintura realista del siglo XV, esta nota de intimidad y esta búsqueda de lo pictórico se exageran a expensas del sentimiento religioso. Las vecinas acuden para visitar a la parturienta, charlar con ella y llevarle regalos. Calientan el agua del baño y sacan pañales del arcón. La Natividad  de la Virgen se convirtió en una escena de género.
     A partir del siglo XVI se puso de manifiesto una reacción contra esta concepción burguesa y prosaica de la leyenda mariana. Altdorfer transportó el lugar de la escena de una habitación de parturienta a la nave de una iglesia. Regresó a tradición popular según la cual los ángeles habrían descendido del cielo para celebrar el nacimiento de su futura Reina. Éstos vuelan hacia su cuna, describen una alegre ronda encima de su cabeza y cantan en su honor.
    En el siglo XVII, en la iconografía  inspirada por el concilio de Trento casi siempre se ven ángeles afanados alrededor de la Virgen recién nacida, como para elevar su nacimiento al mundo divino. Sin embargo este motivo es muy anterior al concilio, puesto que ya aparece hacia 1520 en la Ronda de los ángeles de Altdorfer (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
     Primera fiesta relativa a la infancia de María, con unos orígenes bastante oscuros. Debió surgir como conmemoración en la basílica levantada en su honor en Jerusalén junto a la piscina probática, que está atestiguada a partir del siglo V y confirmada por la arqueología, en el lugar que el apócrifo Protoevangelio de Santiago señala su nacimiento, sobre esta época. 
     Los cruzados levantaron allí la Basílica de Santa Ana4. La fecha del ocho de septiembre debió fijarse porque al ser el principio de la Obra de la Redención, era oportuno colocarla al principio del año eclesiástico, según el Menologium Basilianum. Condicionó posteriormente la del ocho de diciembre de la Inmaculada. Existe un himno escrito por Romano el Meloda hacia el 550 en honor de la Natividad de la Virgen María, pero se duda de que fuera compuesto para la liturgia, aunque habla de la celebración de la fiesta. En Oriente adquirió pronto notorio auge, y ya en el periodo justinianeo se la atestigua en Bizancio.  En el siglo VII fue introducida en Occidente. Aparece en el calendario de Sonnacio, Obispo de Reims (614-631). Sergio I (+701) prescribe en Roma letanías en esta fiesta, como en las demás marianas, con procesión que partía desde San Adriano (edificio de la Curia en el Foro Romano) hasta Santa María la Mayor. 
     Los antiguos sacramentarios, excepto el Leoniano, ofrecen ya formularios para una fiesta del nacimiento de la Virgen. Fue dotada de octava por Inocencio IV Fieschi en 1243, como cumplimiento de un voto hecho por los cardenales en el cónclave de 1241, cuando estuvieron presos tres meses del Emperador Federico II. Gregorio XI Beaufort ha hizo preceder de vigilia en 1378. Declarada fiesta de precepto, perdió este carácter en la reforma de San Pío X Sarto, y actualmente tiene el rango litúrgico de fiesta.  En cuanto a la elección del día, hay quien opina que se impuso esta fecha porque, al considerar el nacimiento de María el principio de la culminación de la Obra de la Redención, se impuso septiembre por ser el comienzo del año litúrgico de los griegos. No obstante, otras fechas se registran para la fiesta: el antiguo calendario jeronimiano le señala el diez de agosto; los coptos la celebraban el veintiséis de abril y ahora el uno de mayo; los abisinios la conmemoraban durante treinta y tres días seguidos bajo el título de Semilla de Jacob. La consolidación y generalización de la fecha del ocho de septiembre parece deberse a que, instituida la de la Inmaculada Concepción el ocho de diciembre por ella, al retrotraerse nueve meses de gestación, al popularizarse, incidió reflejamente en la de la Natividad (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte la Festividad de la Natividad de María Santísima de los Dolores en su Soledad, en Albaida del Aljarafe (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Albaida del Aljarafe (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

El desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones, de Sevilla.
     Hoy, 8 de septiembre, es la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, de la estirpe de Abrahán, nacida de la tribu de Judá y de la progenie del rey David, de la cual nació el Hijo de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, para liberar a la humanidad de la antigua servidumbre del pecado [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].     
      Y que mejor día que hoy para ExplicArte el desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones, de Sevilla.
      El desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, se encontraba en la manzana formada por la plaza del Buen Suceso, calle Mercedes de Velilla, plaza de San Pedro, plaza Cristo de Burgos, calles Sales y Ferré, Padre Luis María Llop, Morería, y Ortiz de Zúñiga; en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo.
     Esta congregación hospitalaria, netamente española, fue fundada por Bernardino de Obregón (Las Huelgas, 1540 - Madrid, 1599), quien al quedar huérfano fue protegido por su tío, chantre de la catedral de Sigüenza, y muerto éste por el obispo de Sigüenza Femando Niño de Guevara que le encaminó hacia los estudios eclesiásticos. Muerto su protector y sin recursos económicos, ingresó como voluntario en el ejército, tomando parte en campañas militares en Flandes, Italia y Francia. Un hecho en principio intrascendente cambió el rumbo de su vida. Aconteció hacia 1565 cuando un modesto barrendero de la corte le ensució su uniforme y Obregón indignado le abofeteó; según la leyenda piadosa la humilde actitud del funcionario pidiéndole perdón por su falta conmovió tanto su ánimo que decidió renunciar a su cargo y consagrarse al cuidado de los enfermos en el hospital de la corte, ubicado entonces en un lateral de la popular Puerta del Sol de Madrid, vistiendo el hábito de la Orden Tercera de San Francisco de Paula. Al poco tiempo eran muchas las personas que seguían su ejemplo, formando con ellas en 1568 una congregación con el fin de proveer el servicio a los hospitales españoles, aprobada al año siguiente por el nuncio del Papa, Decio Caraffa, que tomó el nombre de Hermanos Mínimos, denominándose popularmente de los Hermanos Obregones. La valiosa ayuda que el nuevo instituto aportaba en favor de la atención de los dolientes hizo que en 1587 se les adjudicase la administración del Hospital General de Madrid. En 1589 el cardenal Gaspar Quiroga, arzobispo de Toledo les dio la regla de la Orden Tercera de San Francisco de Paula, y en 1594 Obregón redactó las Constituciones que regulaban el gobierno espiritual y material de los miembros de la comunidad. El hábito de color gris con cruz morada en el lado izquierdo les fue autorizado llevar por Paulo V. La beneficiosa labor asistencial asumida por los hermanos obregones, propició su expansión por numerosas ciudades de España, Portugal, Bélgica y las colonias americanas; el propio rey Felipe II fue  asistido en su última enfermedad por el fundador, que dejó escrita la obra Institución de enfermos y verdadera práctica de cómo se ha de aplicar los remedios que se enseñan a los médicos, publicada en Madrid, en 1607.
HOSPITAL DE NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO (OBREGONES)
     En el año de 1634 el superior de la congregación y Hermano Mayor del Hospital General de Madrid, comisionó al hermano lego Carlos de Urreón para venir a Sevilla a fundar una casa hospital para enfermos convalecientes. El 25 de octubre de 1635 éste hacía la petición correspondiente al Cabildo de la ciudad, porque "era de necesidad y reconocida utilidad, porque si bien existían otros hospitales para enfermedades y personas determinadas, a penas les faltaba la calentura, los echaban fuera, siendo el tiempo en que más necesidad tenían de regalo, de que les resultaba la muerte". En el escrito se alegaba como circuns­tancias favorables que los Obregones ya habían fundado treinta casas de esta índole y que en tiempo de epidemia acudían a "cárceles y departamentos de la Armada para socorrer y asistir a los enfermos". Hasta el 2 de mayo de 1637 no contestó el Ayuntamiento, de forma favorable, aunque les prohibía pedir limosna y les asignaba un diputado nombrado de entre los caballeros veinticuatro, para que anualmente inspeccionara el centro asistencial. Asimismo, el cardenal Gaspar de Borja y Velasco otorgaba las oportunas licencias eclesiásticas, entre las que constaba la autorización para unirse a la cofradía de Nuestra Señora del Buen Suceso, fundada por esas fechas por Alonso García Roldán, y cuya imagen se hallaba en un tabernáculo en la fachada de una casa de la calle Ejecutor Vega, -actual Ortiz de Zúñiga- en la collación de El Salvador. Posteriormente, el provisor Dionisio de Monserrate expedía nueva licencia para que los hermanos estableciesen el hospital y una capilla en unas casas compradas al efecto en la plazuela del Mesón de la Castaña, en la collación de San Pedro, desde entonces denominada plaza del Buen Suceso. El citado provisor, "vista la disposición de la iglesia y capilla y hospitalidad, les dio licencia para decir misa y exercer la dicha obra de misericordia y caridad", obligándose los hermanos a admitir a "todos los pobres que saliesen de los hospitales del Amor de Dios y del Espíritu Santo".
     Se fundaba así un establecimiento dedicado a atender a los enfermos convalecientes, que parece, enseguida empezó a funcionar, acomodándose en esas casas para posteriormente levantar un edificio nuevo, que según González de León era "muy pequeño, pero muy cómodo por ser nuevo. Tenía un patio regular con columnas y arcos, muy buenos dormitorios para los enfermos convalecientes y todas las oficinas necesarias a un hospital, todo nuevo y todo alegre"; la construcción de la iglesia, sin embargo, se dilató en el tiempo, sin duda por la escasez de recursos económicas, pues no fue inaugurada hasta el 8 de septiembre de 1730; afortunadamente ha llegado a nuestros días.
     En relación con la advocación de Buen Suceso hemos de señalar que en los anales de la Congregación se recoge el hallazgo de una pequeña imagen de la Virgen con el Niño, "de media vara", por los hermanos Juan de Fontanet y Guillermo Martínez Rigola en 1606 en una oquedad de la Sierra de Traiguera (Castellón), cuando se dirigían a Roma para obtener del papa el hábito con su distintivo. Paulo V al recibirlos y conocer el hecho les dijo "hermanos buen suceso habéis tenido en vuestro viaje. Téngalo también vuestra pretensión", les otorgó lo que pedían y regaló a la imagen su cruz pectoral de oro. El 4 de julio de 1607 los hermanos los Obregones colocaban la Virgen con la advocación de Buen Suceso en el hospital madrileño que regentaban, formándose hermandad para su culto y cuidado. A semejanza de ésta de Madrid y seguramente propiciada por los hermanos obregones, se funda en Sevilla por el caballero y familiar del Santo Oficio Alonso García Roldán una hermandad del Buen Suceso que, como ya hemos referido, se unió a la Orden hospitalaria que tomó dicha advocación.
     Sin grandes altibajos transcurrió la vida de los Hermanos Obregones y su tan necesaria actividad asistencial, en una ciudad en donde las enfermedades, epidemias y calamidades fueron una constante a lo largo de los siglos. Llegado el XIX hubo de padecer los estragos de la invasión francesa, sin embargo según Collantes de Terán en los papeles de su archivo constaban algunas partidas de gastos entre 1810 y 1812, por lo que al menos el hospital continuó abierto. Con la exclaustración general de 1835 los Obregones fueron expulsados y perdieron la propiedad del edificio, que se salvó de un primer intento de demolición al que se opuso la Junta de Beneficencia de Sevilla, siendo alquilado por exigua renta a Francisco Abaurrea quien lo dedicó a casa de vecindad además de cuidar de la iglesia. Posteriormente el hospital fue vendido "por dos terceras partes de su reducido aprecio" a José Capdevila quien lo derribó, sirviendo una parte de su solar para el reordenamiento urbanístico de la zona ampliándose la calle Ortiz de Zúñiga por su acera izquierda y la entonces de nominada plaza de Argüelles, actual Cristo de Burgos. La iglesia quedó fuera de la venta, y no tomando posesión de ella la Junta de Beneficencia, el citado Francisco Abaurrea y su familia se instaló en la sacristía, de donde fueron desalojados en septiembre de 1868 por el gobierno revolucionario que dedicó la iglesia y sacristía a local de reunión del batallón de voluntarios del distrito de San Pedro y luego a almacén de efectos incautados. En 1883 las religiosas merce­darias de la Asunción, que habían sido desposeídas de su convento, se establecen aquí hasta el año 1895. Desde 1896 hasta la actualidad la iglesia es regentada por los carme­litas calzados quienes han edificado su casa contigua al templo, hacia la actual calle Mercedes de Velilla. En la madrugada del 11 de mayo de 1931 el templo fue saqueado por un grupo de agitadores. La iglesia, lo único que ha permanecido, está incluida dentro del Conjunto Histórico de Sevilla, por decreto de 27 de agosto de 1964.
ARQUITECTURA
     El Hospital del Buen Suceso se ubicó en el antiguo barrio del Adarvejo o de la Morería, en la collación de San Pedro, y se insertaba en una gran manzana delimitada por las calles Morería, Gorgoja, San Pedro y Calceta, tal como podemos apreciar en el plano de Sevilla de 1771. El germen del hospital fue unas casas compradas en la llamada plazuela del Mesón de la Castaña, formada por la confluencia de las calles Calceta y Gorgoja, que enseguida comenzó a denominarse plaza del Buen Suceso. En ellas se acomodaron los Obregones y dieron principio su actividad médico-asistencial, edificando con posterioridad un inmueble, no conservado del que sólo sabemos que era de pequeñas dimensiones, "tenía un patio regular con columnas y arcos, muy buenos dormitorios para los enfermos convalecientes y todas las oficinas necesarias a un hospital".
     La primitiva iglesia hubo de ser una modesta capilla, cuyo mal estado de conser­vación hizo necesaria su inspección a primeros de marzo de 1687 por el maestro mayor de la ciudad Acisclo Burgueño, quien aconsejaba la demolición de la fachada por presentar un desplome por un lateral "del largo de una ladrillo" y por el otro de "de una media vara", y en el centro "unas quiebras muy sutiles que parecían ser causadas de los encalados". En el interior el templo, las paredes del coro, situado a los pies, presentaban diversas grietas que se habían tapado varias veces; las maderas del tejado "que es un colgadero" estaban desencajadas ante el desplome de la fachada, lo que significaba la inminente ruina de la fábrica. Este estado de cosas hubo de determinar a los siete hermanos con que entonces contaba el hospital, el emprender la edificación de una nueva iglesia, comenzando la demolición de la primitiva, según Matute, por el mes de febrero de 1690. Se desconoce quién pudo dar la traza de la nueva y definitiva iglesia, quizás pudo intervenir el propio Bargueño. Está documentada la intervención de Pedro Roldán y su hijo del mismo nombre, quienes el 16 de junio 1690 conciertan con el hermano mayor del hospital Gaspar de San Agustín, realizar "para el templo questa haziendo y labrando la dicha hospitalidad", veinticuatro columnas de jaspe de Morón, con sus basamentos, frisos y "cañas", según modelo realizado por el propio Roldán y cuyo costo se estipuló 27.000 reales de vellón. Estas veinticuatro columnas, de color rojo y abultado éntasis, de capiteles toscanos con cimacios de mármol negro, constituyen los apeos de la original planta rectangular de la única nave que forma la iglesia, y que en grupos de cuatro y separadas de los muros, forman seis pilares que sostienen la tribuna que la recorre y la bóveda vaída que cubre la nave, así como los cuatro arcos que sopor­tan la cúpula con óculos y con tambor sobre pechinas, del pseudo crucero. A los pies se dispone el coro alto y la fachada, un gran lienzo de ladrillo avitolado de tres calles y tres cuerpos, separados por leves entablamentos. En el primero se halla en el centro el gran vano de acceso con arco de medio punto flanqueado por dos rectángulos rehundidos ciegos. En el segundo cuerpo y en eje con la puerta se dispone una hornacina vacía, de arco trilobulado entre pilastras, coronada con el anagrama mariano y flan­queada por sendos óculos, y en las calles laterales hornacinas de medio punto, con óculos sobre ellas con recuadros decorados con motivos geométricos. En el último cuerpo se sitúa un gran óculo circular en el centro, y en los laterales rectángulos ciegos coronados igualmente con óculos. La construcción de la iglesia se dilató en el tiempo ya que no se estrenó hasta el 8 de septiembre de 1730, día de la festividad de la Virgen del Buen Suceso, su titular, celebrándose solemnes fiestas durante ocho días.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor. Su traza se viene atribuyendo a José Fernando de Medinilla, quien entre 1731-1733 se documenta realizando los retablos colaterales de la iglesia del Buen Suceso, por lo que parece lógico que también realizase el mayor, cuyas características estilísticas así lo corroboran pese las alteraciones que ha padecido modernamente. Su ejecución se puede situar en torno a 1731. Su original composición se organiza mediante un gran arco de medio punto capialzado, cuyo derrame cubre a modo de gran forro todo el testero de la capilla mayor, y en el que se disponen un total de treinta y seis lienzos realizados por Domingo Martínez, encuadrados en marcos de talla con copetes, y cartelas, de forma ovalada, rectangulares y achaflanados. La estructura central del retablo la forma un elevado tabemáculo a modo de baldaquino sobre un alto banco, de dos cuerpos articulado por estípites y remate; el inferior se habilita como camarín, de medio punto y cornisa con clave rectangular y fragmentos de frontón con volutas en los extremos. En origen albergaba la pequeña imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, que todavía alcanzaron a ver González de León y Gestoso, revestida de ropas y que hoy está perdida, ocupando su lugar en la actualidad una Virgen del Carmen de factura moderna. El segundo está compuesto por una hornacina de perfiles mixtilíneos, volutas laterales y cornisa similar a la anterior en cuyo centro se sitúa un relieve del Padre Eterno; y el ático un lienzo de San José con el Niño en un marco trilobulado.
     La financiación de la decoración de la iglesia del Buen Suceso en lo que a retablos, esculturas y pinturas se refiere corrió en buena parte a cargo de José del Villar, quien entre 1732 y 1733 concierta la ejecución de tres retablos para el templo hospitalario con el referido Medinilla. Cabe la posibilidad de que también ayudara económicamente al mayor y a un quinto retablo colateral del crucero. La primera referencia documental tiene fecha 9 de junio de 1732, y en ella el maestro se obliga con el citado caballero a realizar un retablo para un altar colateral del lado del evangelio, en madera de pino de Flandes, en el que se dispondrían las imágenes de San José, San Andrés, San Rafael y el Ángel de la Guarda, de una vara de alto, y las de San Antonio, Santa Teresa y Santa Bárbara, de dos tercias de alto, esculturas que hay que adjudicar a Bartolomé García de Santiago que actúa como fiador en el contrato. El precio de la obra se estipuló en 500 ducados de vellón. Hay que señalar que en el contrato no se menciona expresamente la iglesia del Buen Suceso, a la que sin duda pertenece este trabajo de Medinilla, que se corresponde efectivamente, con el retablo del lado del evangelio del crucero del templo, presidido actualmente por una escultura de San Alberto. Se compone de un banco, un cuerpo de tres calles en las que se conservan Santa Teresa y Santa Bárbara, en relieve, y las esculturas de San Rafael y el Ángel de la Guarda. Aunque alterados algunos de sus elementos, presenta un notable interés dentro de la producción de este artista, que sigue su esquema habitual consistente en gran hornacina central, en esta ocasión con arco mixtilíneo, entre estípites, cornisa mixtilínea, e introduciendo algunas notas novedosas en pro de un mayor dinamismo estructural, como cierta movilidad en la planta, entrecalles cóncavas y el cuerpo principal ligeramente adelantado. El conjunto se completa con un ático donde se dispone una pintura con el tema de la Presentación de la Virgen en el templo atribuida a Domingo Martínez, cuya mano también se ha querido ver en el diseño de este retablo.
     El 14 de marzo de 1733 Fernando de Medinilla volvía a concertar con José del Villar la ejecución de dos retablos "en el cuerpo de la iglesia", con arreglo al diseño que se presentaba, que incluía una serie de esculturas y pinturas, todo ello por 6.000 reales de vellón. Corresponden a los actuales colaterales de la nave del templo. En uno de ellos irían las tallas de San Juan y la Magdalena, en la hornacina central un Cristo atado a la columna que los hermanos poseían, y dos pinturas dedicadas a la Virgen, una en medio del primer cuerpo y otra en el ático, asignadas a Domingo Martínez. El retablo se halla en el lugar para el que fue realizado, en el lado del Evangelio aunque desfigurado por transformaciones modernas. Se trata de un retablo-hornacina de estípites, presidido actualmente por un Crucificado moderno, conservándose sólo el San Juan y la Magdalena. El otro retablo debía tener las esculturas de una vara de alto de Santa Lucía, Santa Águeda y Santa Apolonia, una pintura en el cuerpo principal de Nuestra Señora de la Encarnación y en el segundo los Desposorios de la Virgen, igualmente adjudicado a Domingo Martínez. Este retablo ha de corresponder con el retablo-hornacina situado en el lado de la epístola de la nave de la iglesia, aunque igualmente deformado, hoy presidido por Santa Ana y la Virgen procedente del convento carmelita de San Alberto.
     En lado de la epístola del crucero hay un retablo sin dorar que, aunque no documentado, muestra semejanza con el correspondiente del lado del evangelio realizado por Medinilla, si bien parece de factura posterior, pudiendo ser de mano de otro artífice que siguiendo el esquema del referido del evangelio introdujera notas personales como la adopción de la planta ochavada, el desarrollo del estípite o un tallado más abultado y turgente. Actualmente se halla presidido por una escultura de Santa Teresa, procedente de la iglesia de San Alberto.
PINTURAS
     El patrimonio pictórico conocido del Hospital del Buen Suceso se concentraba en los retablos mayores y colaterales de la iglesia, realizados entre 1731-33, y constituye un interesante programa iconográfico dedicado a la genealogía humana de Jesucristo en el mayor, y a diferentes episodios de la vida de la Virgen en los colaterales. Actualmente el templo posee una decoración de pinturas murales modernas, realizada por la comu­nidad carmelita que lo regenta.
     El retablo mayor se concibe como un gran marco formado por un arco de medio punto capialzado, en cuya rosca y derrame se disponen un total de treinta y seis pinturas en lienzo, enmarcadas a su vez en recuadros con sus correspondientes molduras, de formato ovalado, poligonal, rectangular y achaflanado, conformando el más importante conjunto pictórico de la iglesia. Esta serie configura tres escenas protagonizadas por la Virgen del Buen Suceso: La presentación de la Virgen al Papa por los hermanos Obregones, en el centro de la clave del arco, a la derecha Aparición de la Virgen del Buen Suceso, y a la izquierda Entronización de la Virgen del Buen Suceso en Madrid; y el árbol genealógico completo de la humanidad de Cristo, a través de los Patriarcas que le precedieron, extraídos del Evangelio de San Mateo, I, l, que de forma individualizada o por parejas se identifican por el nombre que llevan al pie de las pinturas, y son: Abraham, Isaac, Jacob, Judá, Farés, Esrom y Jesé, Aram, Aminabad y Naassón, Salmón, Booz, Obed, David, Salomón, Abiá y Roboam, Asaf, Josafat y Joram, Joatan, Acaz, Ezequías, Manases, Amón, Josías, Jeconías, Salatiel y Zorobabel, Abiud, Eliakim y Azor, Sadoq, Aquim, Eliud, Eleazar, Mattám, Jacob, y San José en el ático en formato trilobulado. Esta serie ya fue adjudicada por Gestoso a Domingo Martínez, atribución que ha sido refrendada por los estudios más recientes sobre este pintor, por la semejanza de estilo con sus obras documentadas, y acreditado por la realización de otras pinturas para los retablos laterales, concertadas en 1732-33, años en los que se puede situar la ejecución de esta serie bíblica. Los lienzos en su mayoría muestran una notable calidad artística, pese a su mal estado de conservación, en los que los personajes están dotados de expresiones vigorosas aunque con rasgos naturalistas de carácter popular, siguiendo la línea tenebrista derivada de Ribera. Martínez consiguió dotar a este conjunto, de gran empeño creativo, de un atractivo visual de gran originalidad, no descartándose su intervención en el diseño del propio retablo.
     Entre 1732 y 1733 se constata documentalmente la ejecución de tres retablos cola­terales, cuyas pinturas fueron adjudicadas a Domingo Martínez, todas ellas dedicadas a representar algún pasaje de la vida de la Virgen. En el retablo del crucero del lado del evangelio se conserva en el ático La presentación de la Virgen en el templo, y en el correspondiente del lado de la epístola, también en el ático La coronación de la Virgen. Para el cuerpo de la iglesia se concierta el 14 de marzo de 1733 un total de cuatro pinturas, "todas quatro pinturas an de ser de mano de Don Domingo": para el retablo dedicado a Santa Lucía una Nuestra Señora de la Encarnación, en el primer cuerpo y en el segundo Los desposorios de la Virgen, donde aún se mantiene. La primera se ha localizado en el reci­bidor del convento anexo regentado por los carmelitas, que representa una bella Anunciación que responde plenamente al estilo del maestro, en la que se funde la atmósfera murillesca con los nuevas maneras de la pintura francesa que Martínez supo asimilar de los pintores traídos entre 1729 y 1733 por la corte, años en que ésta residía en Sevilla. Las otras dos pinturas concertadas para el retablo colateral presidido por un Cristo atado a la columna, eran una Dolorosa y una "Nuestra Señora del misterio que se discurriere", que hasta ahora no han sido identificadas. Sin embargo, se han atribuido a Martínez una Inmaculada, también en el recibidor del convento, y una Asunción de la Virgen, en el convento carmelita de Jerez, que ambas se hacen proceder de los retablos de la iglesia, la primera del retablo que actualmente preside un San Alberto Magno en el lado del evangelio del crucero y la segunda al correspondiente de la epístola (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Biografía de Bernardino de Obregón, fundador de la orden de los Obregones;
     Bernardino Gómez de Obregón. (Las Huelgas, Burgos, 20 de mayo de 1540 – Madrid, 6 de agosto de 1599). Enfermero, fundador de la Mínima Congregación de los Siervos de los Pobres o Mínima Congregación de los Hermanos Enfermeros Pobres (Obregones), reformador de la enfermería española.
     Hijo de Francisco Gómez de Obregón y de Juana de Obregón y hermano de Ana y María, nació Bernardino en una familia de la baja nobleza burgalesa, lo que le permitió, por su condición hidalga y relaciones familiares, acceder a una formación acorde con su situación familiar. La prematura muerte de sus padres hizo que la custodia y educación de los tres niños pasasen a cargo de un familiar cercano, su tío, chantre de la iglesia de Sigüenza, quien continuó con su formación y dio posición social a los jóvenes. Ana, la hermana pequeña, ingresó como religiosa en el monasterio de Las Huelgas; casó a María en Burgos y dio empleo al joven Bernardino en la casa del obispo de la diócesis, donde fue instruido en un profundo ambiente religioso.
     Pudo más su espíritu aventurero que el de estudiante, y con la edad necesaria entró como alférez en la compañía mandada por el capitán Juan Delgado, con quien pasó a Flandes e Italia en las galeras del rey Felipe II e intervino activamente en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557. Durante su etapa de militar, sirvió bajo las órdenes del duque de Saboya y del duque de Sesa, que le abrieron las puertas de la Corte, una vez que regresó a España. Ya en Madrid, el duque de Sesa le nombró su caballerizo mayor y comenzó a frecuentar los ambientes cortesanos, situándose en el círculo de íntimos del rey Felipe II, a quien asistió muchos años después en su propio lecho de muerte.
     Sus años de militar y el contacto directo con la muerte en el campo de batalla marcaron profundamente al joven Bernardino, que, imbuido del profundo sentimiento religioso en el que había sido educado, comenzó a frecuentar desde 1567 el hospital de la Corte y a prestar sus servicios para el cuidado de los enfermos. Fueron años decisivos en la vida de un joven de veintisiete años, que decidió, bajo el hábito de tercero de San Francisco, dejarlo todo y dedicarse por entero al cuidado de los enfermos. Vendió cuanto poseía y repartió su hacienda entre sus familiares y los pobres y se rodeó de un grupo de seis compañeros con quienes compartió su nueva forma de vida: Juan de Mata, Juan Mendoza, Juan de Montes, Pedro Hurtado, Juan García y Juan de Dios. De esta manera, comenzó a dar forma a lo que pocos años después sería una congregación dedicada a la asistencia de los enfermos pobres.
     Ante el aumento de jóvenes que decidieron unirse a Bernardino en sus tareas asistenciales, fundó, a instancias del Monarca, una congregación, que fue aprobada jurídicamente con el nombre de Mínima Congregación de los Siervos de los Pobres y quedó bajo la protección de Felipe II, que dio las licencias necesarias para su fundación, recibiendo la aprobación del ordinario de Madrid y la confirmación del cardenal arzobispo de Toledo y del nuncio de Su Santidad. Se abrió con ello una nueva etapa en la vida de Bernardino, caracterizada por la búsqueda constante en la mejora de la asistencia a los enfermos, conocedor, como ya era, de las grandes carencias de los hospitales de la época y de la falta de formación de los asistentes.
     Tras doce años de trabajo en el hospital de la Corte, en 1579 adquirió Bernardino unas casas en la calle de Fuencarral de Madrid y fundó el Hospital de Convalecientes de Santa Ana, adonde se retiró con sus hermanos y desarrolló una intensa actividad asistencial. Llegó a contar este hospital con ochenta enfermos convalecientes y otro tanto de niños huérfanos que recogía en las calles de Madrid, para los que fundó una escuela con maestro que les enseñaba la doctrina cristiana, a leer y a escribir y, cuando alcanzaban la edad adecuada, los ponía al servicio de maestros artesanos para que les enseñasen un oficio.
     En esos años, fundó una congregación formada por treinta y tres sacerdotes y una hermandad intitulada Junta de Caballeros, cuyos miembros acudían al hospital para dar de comer a los enfermos, hacer las camas y enterrar a los difuntos.
     Toda esta ingente actividad había proporcionado a Bernardino el aprecio de los madrileños y el respeto y admiración de la Corte, en la que Felipe II le distinguió durante toda su vida con su amistad y protección, concediéndole el hábito de Santiago.
     En 1587 y por bula de Pío V, se redujeron todos los hospitales de la Corte, y entre ellos el de convalecientes de Santa Ana, a uno solo, el Hospital General. Por expreso deseo del Monarca, los señores de la Real Junta de Hospitales encargaron a Bernardino el gobierno del nuevo Hospital General, al que pasó con treinta y seis hermanos y cuarenta enfermos desde el hospital de convalecientes de Santa Ana el 24 de julio de 1587.
     Fueron años en los que aumentó considerablemente el número de hermanos enfermeros que ingresaron en la congregación, y Bernardino los envió a prestar sus servicios no sólo a los hospitales de muchas ciudades del reino (Sevilla, La Coruña, Zaragoza, Pamplona...), sino también a las cárceles y a los ejércitos. En 1588 fueron veintidós enfermeros obregones en la escuadra enviada contra Inglaterra por Felipe II al mando del duque de Medina Sidonia, y posteriormente también efectuaron la travesía transatlántica.
     Con más de cuarenta y cinco años, Bernardino de Obregón alcanzó su madurez como enfermero. Conoció los males que aquejaban a la asistencia sanitaria de la época. Trabajó durante más de veinte años directamente con los enfermos, trató con médicos, cirujanos y enfermeros y vio morir en sus manos a muchos enfermos. Todo ello le dio la visión necesaria para acometer cambios en el trabajo enfermero que supusieron una mejora significativa de los cuidados prestados en los hospitales, centrando su atención en cuatro pilares fundamentales: la mejora del entorno físico, una formación adecuada del personal de enfermería, la atención a los enfermos pobres convalecientes y la extensión de la asistencia por todo el reino.
     Tras rechazar la propuesta de Felipe II de nombrarle visitador general de los hospitales reales, Bernardino marchó a Lisboa con doce hermanos enfermeros ante la petición efectuada por el príncipe Alberto, cardenal y gobernador de Portugal, que pidió personalmente al Monarca que enviase a una persona que reformase los hospitales de este reino. Llegó Bernardino a Portugal en julio de 1592 y se instaló en el Hospital Real de Todos los Santos, desde donde comenzó sus labores de reforma. Admitió hermanos enfermeros portugueses y castellanos, a los que instruyó y situó en distintos hospitales de Portugal y las islas Terceras (Azores). Fundó en Lisboa una casa o colegio para niñas huérfanas de soldados y difuntos pobres, que llegó a acoger a más de ciento setenta niñas; igualmente, acogía a mujeres y viudas sin recursos.
     Fue en esta etapa portuguesa cuando Bernardino decidió, a petición de Felipe II, dar a su Congregación forma definitiva y componer unas Constituciones o Reglas que sirvieran de normas de funcionamiento a su instituto y de referente al numeroso grupo de hermanos enfermeros que ya asistían dispersos por muchas ciudades de España y Portugal. Para ello se retiró al monasterio de Nuestra Señora de la Luz, de la Orden de Cristo, situado a pocos kilómetros de Lisboa, en donde comenzó su redacción, que vio su final en el Hospital Real de Évora.
     Después de varios años de intensa tarea reformadora, Bernardino fue llamado a la Corte ante la grave enfermedad que padecía Felipe II y le acompañó por expreso deseo del Monarca en sus últimos instantes en El Escorial, en donde falleció en 1598.
     Las buenas y largas relaciones que le unieron con la Familia Real hicieron que acompañase en 1599 al joven Felipe III a Valencia ante su inminente matrimonio, viaje del que volvió al Hospital General de Madrid el 29 de abril de ese mismo año. Fueron los últimos meses de su vida. La grave epidemia de peste que asoló la Corte ese año le hizo enfermar cuando atendía a un enfermo contagiado, muriendo el 6 de agosto de 1599, a la edad de cincuenta y nueve años. Con su muerte se sesgó una vida entregada a la reforma de los hospitales españoles y portugueses y a una mejora de la asistencia a los enfermos pobres.
     Su ideal de vida prendió en los hermanos de la Congregación que fundó, que siguieron los deseos de Bernardino y erigieron casas y hospitales por todo el reino y elaboraron, por su deseo, un manual de enfermería, titulado Instrucción de Enfermeros, que vio la luz en 1617 y que conoció otras cuatro ediciones más a lo largo de los dos siglos siguientes, significando esta obra una aportación sin precedentes para la enfermería española e internacional. Hasta mediados del siglo XIX, los enfermeros obregones difundieron una forma de concebir la enfermería y contribuyeron a superar muchas de las prácticas heredadas de la Edad Media, dotando de contenidos científicos la práctica enfermera española.
     Bernardino de Obregón fue enterrado en una bóveda del Hospital General, cuando éste se ubicaba en la calle de San Jerónimo. En la actualidad, y desde el año 1999, sus restos descansan en una capilla del camposanto de la Real e Ilustre Archicofradía Sacramental de Santa María y del Hospital General de esta Villa (Madrid), institución que está llevando a cabo la rehabilitación del expediente de beatificación de este ilustre enfermero (Manuel Jesús García Martínez, y Antonio Claret García Martínez, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
     Se ignora no sólo la fecha, fijada arbitrariamente el 8 de septiembre (El Sol, explican los teólogos, en esta fecha entra en el signo e Virgo, así como Cristo entrará en el vientre de María), sino también el lugar de nacimiento de la Virgen: unos opinan que fue en Jerusalén, otros en Nazaret o Belén.
     A causa de la ausencia de detalles tópicos, los artistas copiaron la Natividad de la Virgen de la Natividad de Cristo.
     Santa Ana está acostada o sentada en su cama, asistida por dos mujeres que vierten agua con un aguamanil sobre sus manos. En Dafni, una de ellas, de pie detrás de la cabecera de la cama, agita un matamoscas encima de su cabeza.
     Es posible que esas tres mujeres sean una supervivencia de las tres Parcas de la mitología  griega, siempre presentes cuando un niño abre los ojos a la luz.
     Como en la Natividad de Jesús, el motivo bizantino del Baño de la niña persistíó a lo largo tiempo. Las comadronas bañan a la pequeña María en una cuba, jofaina o pila con forma de copa.
     En la pintura realista del siglo XV, esta nota de intimidad y esta búsqueda de lo pictórico se exageran a expensas del sentimiento religioso. Las vecinas acuden para visitar a la parturienta, charlar con ella y llevarle regalos. Calientan el agua del baño y sacan pañales del arcón. La Natividad  de la Virgen se convirtió en una escena de género.
     A partir del siglo XVI se puso de manifiesto una reacción contra esta concepción burguesa y prosaica de la leyenda mariana. Altdorfer transportó el lugar de la escena de una habitación de parturienta a la nave de una iglesia. Regresó a tradición popular según la cual los ángeles habrían descendido del cielo para celebrar el nacimiento de su futura Reina. Éstos vuelan hacia su cuna, describen una alegre ronda encima de su cabeza y cantan en su honor.
      En el siglo XVII, en la iconografía  inspirada por el concilio de Trento casi siempre se ven ángeles afanados alrededor de la Virgen recién nacida, como para elevar su nacimiento al mundo divino. Sin embargo este motivo es muy anterior al concilio, puesto que ya aparece hacia 1520 en la Ronda de los ángeles de Altdorfer (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Solemnidad de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María;
     Primera fiesta relativa a la infancia de María, con unos orígenes bastante oscuros. Debió surgir como conmemoración en la basílica levantada en su honor en Jerusalén junto a la piscina probática, que está atestiguada a partir del siglo V y confirmada por la arqueología, en el lugar que el apócrifo Protoevangelio de Santiago señala su nacimiento, sobre esta época. Los cruzados levantaron allí la Basílica de Santa Ana4. La fecha del ocho de septiembre debió fijarse porque al ser el principio de la Obra de la Redención, era oportuno colocarla al principio del año eclesiástico, según el Menologium Basilianum. Condicionó posteriormente la del ocho de diciembre de la Inmaculada. Existe un himno escrito por Romano el Meloda hacia el 550 en honor de la Natividad de la Virgen María, pero se duda de que fuera compuesto para la liturgia, aunque habla de la celebración de la fiesta. En Oriente adquirió pronto notorio auge, y ya en el periodo justinianeo se la atestigua en Bizancio.  
     En el siglo VII fue introducida en Occidente. Aparece en el calendario de Sonnacio, Obispo de Reims (614-631). Sergio I (+701) prescribe en Roma letanías en esta fiesta, como en las demás marianas, con procesión que partía desde San Adriano (edificio de la Curia en el Foro Romano) hasta Santa María la Mayor. Los antiguos sacramentarios, excepto el Leoniano, ofrecen ya formularios para una fiesta del nacimiento de la Virgen.  Fue dotada de octava por Inocencio IV Fieschi en 1243, como cumplimiento de un voto hecho por los cardenales en el cónclave de 1241, cuando estuvieron presos tres meses del Emperador Federico II. Gregorio XI Beaufort ha hizo preceder de vigilia en 1378. Declarada fiesta de precepto, perdió este carácter en la reforma de San Pío X Sarto, y actualmente tiene el rango litúrgico de fiesta.  En cuanto a la elección del día, hay quien opina que se impuso esta fecha porque, al considerar el nacimiento de María el principio de la culminación de la Obra de la Redención, se impuso septiembre por ser el comienzo del año litúrgico de los griegos. No obstante, otras fechas se registran para la fiesta: el antiguo calendario jeronimiano le señala el diez de agosto; los coptos la celebraban el veintiséis de abril y ahora el uno de mayo; los abisinios la conmemoraban durante treinta y tres días seguidos bajo el título de Semilla de Jacob. La consolidación y generalización de la fecha del ocho de septiembre parece deberse a que, instituida la de la Inmaculada Concepción el ocho de diciembre por ella, al retrotraerse nueve meses de gestación, al popularizarse, incidió reflejamente en la de la Natividad (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
              Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Hospital de Nuestra Señora del Buen Suceso, de los Obregones, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia del Buen Suceso, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la plaza del Buen Suceso, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Mercedes de Velilla, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la plaza de San Pedro, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la plaza del Cristo de Burgos, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sales y Ferré, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Padre Luis María Llop, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Morería, en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Ortiz de Zúñiga, en ExplicArte Sevilla.