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miércoles, 26 de noviembre de 2025

El edificio de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, de Rodrigo Medina Benjumea

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el edificio de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, de Rodrigo Medina Benjumea, de Sevilla.
     Hoy, 26 de noviembre, es el Día Mundial del Transporte Sostenible, así que hoy es el mejor día para Explicarte el edificio de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, de Rodrigo Medina Benjumea.
     El edificio de Viviendas y Estación de Autobuses del Prado de San Sebastián, se encuentra en la plaza de San Sebastián, 1; en el Barrio de San Bernardo, del Distrito Nervión, de Sevilla.
     El conjunto se sitúa extramuros, al sureste de la ciudad histórica, muy próximo a la antigua estación de ferrocarril de San Bernardo, frente a los jardines del Prado de San Sebastián y la antigua Fábrica de Tabacos. Podríamos entender su construcción como una implantación urbanística orientada delimitar el informe espacio de El Prado, aportándole una fachada reconocible como ya hicieran la Fábrica de Tabacos y la Plaza de España.
     El emplazamiento de este conjunto responde originalmente a la proximidad a la estación de ferrocarril de San Bernardo, relación perdida en la actualidad al estar ésta en desuso. Esta vocación de nodo infraestructural del área se ha visto recientemente reforzada por la construcción, en el costado norte del edificio, de los nuevos andenes terminales del tranvía Metrocentro. A este hecho se suma la implantación de las paradas de autobús urbano y metropolitano frente a la fachada sur, y la localización próxima de la parada de la línea 1 del Metro en el Prado de San Sebastián.
     Con el barrio de San Bernardo a su espalda y ocupando una parcela de 170 metros de largo por 70 de ancho, la presencia que el edificio debía tener por su relevancia infraestructural quedó reducida por la construcción en 1968 del Palacio de Justicia sobre la plaza de San Sebastián, que se abría frente su fachada oeste y servía de espacio público de ingreso para los viajeros. De igual manera, la mencionada construcción de las cocheras del tranvía en el lado norte de la estación ha modificado en gran medida la relación del edificio con el entorno, poniendo en cuestión la ya poco conseguida relación visual con la estación de ferrocarril de San Bernardo.
     Se trata de un gran conjunto que a la función infraestructural suma un uso residencial en cinco bloques de viviendas de cinco plantas de altura. Estos bloques de viviendas se alzan como volúmenes perfectamente distinguibles sobre la planta baja, que hace las veces de zócalo en el que se alojan los usos públicos del conjunto: el programa administrativo de la estación en el extremo oeste, más locales comerciales localizados en las esquinas noroeste y suroeste de la parcela, y en la fachada sur, en su punto medio y en su extremo oriental.
     Estos locales comerciales se significan mediante la construcción de pórticos que sirven de espacios de transición, abiertos con arcos de medio punto sobre columnas cilíndricas de hormigón sin añadidos decorativos de ningún tipo. 
     Locales comerciales adicionales en las fachadas norte y sur, entre las mencionadas esquinas y los arcos parabólicos de entrada y salida de autobuses, se abren a la calle mediante grandes huecos con arcos de medio punto, de dimensiones idénticas a los pórticos.
     El vestíbulo de acceso de pasajeros se sitúa en el lado menor de la parcela, abriéndose hacia el acceso desde el centro histórico de la ciudad que se produce desde el Oeste. Se trata de un cuerpo de dos plantas, que avanza hacia la calle respecto de la alineación de los volúmenes de viviendas. Sin embargo, hacia la plaza de San Sebastián no muestra su altura completa, retranqueándose la planta primera para marcar la altura completa del vestíbulo. Se accede a este cuerpo de ingreso a través de un pórtico sobrio de tres vanos, análogo al descrito para los locales comerciales, con arcos de medio punto, que da paso al vestíbulo.
     En el vestíbulo, de planta rectangular y doble altura, se sitúan las taquillas y otras dependencias de la estación. Desde él se da paso a los andenes, que se vinculan a la espina longitudinal central que atraviesa el solar de este a oeste. Estos andenes se cubren con una marquesina de hormigón armado de dos plantas de altura, caracterizada por la presencia escultórica de rotundos pilares cilíndricos, también construidos en hormigón armado. Las dos hileras centrales de pilares soportan dos pasarelas que en toda su longitud servían para la carga y descarga de los vehículos cuando se realizaba sobre su techo. Los mencionados pilares se rematan con un capitel, que ofrece una referencia, si bien lejana, de los soportes empleados por Frank Lloyd Wright para el edificio de administración de la Johnson Wax. En el extremo oriental de la espina, una pieza de traza semicircular que sigue el radio de giro de los autobuses aloja los aseos de los andenes.
     El eje en dirección longitudinal de la espina, este-oeste, se cruza con un segundo eje transversal interior que marca el acceso y salida de autobuses. Desde el ingreso por el norte, éstos realizan un recorrido que registra el borde norte de la espina, gira en su extremo este tras atravesar un arco exento de medio punto y vuelve en sentido contrario por el lado sur tras atravesar un nuevo arco exento, simétrico al anterior. El inicio y el final de este recorrido queda remarcado en las fachadas norte y sur del edificio, a través de dos arcos parabólicos, de dos plantas de altura, que junto a la marquesina constituyen una de las más poderosas señas de identidad de la estación. Entre las dos caras de la espina se dispone un total de veinticuatro andenes.
     Como se ha indicado anteriormente, el uso residencial del conjunto se concreta en cinco bloques de viviendas de cinco plantas de altura, que combinan dos diferentes tipologías. Los dos bloques que se construyen en el extremo oeste del edificio, simétricos respecto al eje longitudinal del conjunto, combinan un desarrollo mixto por plantas: por un lado, ocupando la posición de esquina, las viviendas se despliegan alrededor de un patio. Por otro lado, en el ala que se extiende hacia el este, las viviendas se desarrollan linealmente, con dos crujías con pasillo central. Estos dos bloques en esquina ofrecen un gesto hacia la plaza de San Sebastián, retranqueándose para crear generosas terrazas en planta primera sobre los pórticos comerciales.
     Esta respuesta difiere de la que ofrecen las viviendas en la fachada sur del conjunto. En ella, se aprecia la voluntad del proyecto para conseguir una doble composición simétrica: dos grandes volúmenes, uno en la mitad este y otro en la mitad oeste, lineales y simétricos, y a su vez simétricos entre sí. En esto se adivina el motivo de la combinación tipológica anteriormente mencionada en el bloque de esquina: el volumen que se muestra en la mitad oeste de la fachada se compone de manera simétrica respecto al arco parabólico de planta baja. Incluso el retranqueo que se realiza en el bloque de esquina se repite en el extremo de este volumen, reforzando el efecto de monumentalidad y suavizando la presencia del edificio.
     En la mitad este de la fachada sur, el volumen se compone por la combinación de dos bloques con idéntica distribución: escalera en posición intermedia con dos viviendas por planta, dos crujías con pasillo central y estancias abiertas a norte y sur. La volumetría de estos bloques replica la de la mitad oeste, retranqueándose en sus extremos, con la única diferencia de una menor longitud y la ausencia del arco parabólico.
     El resultado de la composición de los dos mencionados volúmenes, reforzado por la cesura intermedia que las separa, es de una evidente monumentalidad como fachada hacia el Prado de San Sebastián. Este efecto se acompaña por una declarada contención en el gesto: los huecos se resuelven de manera sencilla, mediante un simple recorte de los muros, y los balcones son finas losas de hormigón armado con mínimas barandillas de acero. Estos balcones son los elementos que marcan la simetría interna de cada uno de los volúmenes de esta fachada sur. Igualmente, se disponen balcones en los retranqueos, así como en las esquinas interiores de la manzana en su extremo oeste.
     Aunque el proyecto original planteaba la construcción de una fachada análoga hacia el norte, ese lado del proyecto no llegó a completarse. La rotundidad de la pieza al exterior, incluso la formalización expresionista de los accesos de vehículos, alude a obras consagradas de la arquitectura europea de entreguerras (Kart Marx Hof) en un ejercicio de modernidad que hace uso del hormigón en su más elegante expresividad realizando un preciso trabajo que resuelve funcionalmente la estación. Pero, sobre todo, es un proyecto en el que se contrapone la delicadeza del espacio interior, entre las enfáticas miradas longitudinales y las veladas visiones transversales, con el hermetismo de sus volúmenes y fachadas exteriores.
     El edificio se encuentra en buen estado estructural, tanto los bloques residenciales como la marquesina y la pasarela. 
     Actualmente se están realizando obras de reparación y adecentamiento en fachadas e interiores de viviendas. El estado de mantenimiento de las dependencias de la estación no es bueno.
     En los últimos años, el entorno en el que se sitúa el conjunto ha sufrido cambios ligados principalmente al diseño de los nuevos sistemas de transporte público de la ciudad. En el entorno está prevista la construcción del nuevo edificio para la sede de la Consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía del arquitecto Antonio González Cordón y la consolidación del uso residencial en el solar que linda con las cocheras, con una residencia para jóvenes y ancianos, proyecto del arquitecto Alberto Nicolau.
     A nivel técnico, dentro de las tradicionales reflexiones sobre la correspondencia entre forma y función de la arquitectura moderna, la experiencia de la integración de usos disímiles como son la estación de autobuses y viviendas en el Prado de San Sebastián resulta un aspecto a destacar a nivel técnico, por la manera sencilla en que resuelve una situación de especial complejidad. En este sentido, el empleo del hormigón armado como material de construcción de la estructura permite salvar las grandes luces necesarias en la estación sin contradicción con la disposición más menuda de la estructura de los edificios de viviendas. La resolución funcional de la estación resulta interesante por la limpieza de su disposición en espina, así como por la pasarela aérea de hormigón armado que permitía la carga y descarga de mercancías. El avance del diseño contemporáneo de los autobuses ha motivado que la pasarela quede actualmente en desuso. De igual manera, la resolución del programa residencial se lleva a cabo con evidente pragmatismo. La disposición con corredor central en dos crujías resulta eficiente y convencional.
     A nivel social, el programa de construcción de estaciones para el nuevo transporte en autocar constituyó un verdadero salto cualitativo en la arquitectura de la ciudad. En Andalucía, es a partir de la década de los años 30 cuando este fenómeno, ya implantado con anterioridad en Europa, adquiere especial relevancia. En Sevilla, la estación ha ofrecido el punto tradicional de conexión de transporte público rodado con la ciudad de Cádiz. El uso continuado de la instalación ha contribuido a su asimilación como parte fundamental de la identidad del barrio y de la ciudad.
     El edificio tiene una elevada significación cultural y estética en la ciudad. Aunando funciones tan diversas como la de estación de autobuses y vivienda, fue una rara muestra de la cultura de la congestión metropolitana, cotidiana en el contexto de los países occidentales más industrializados, pero ajena a Andalucía, máxime en la situación de crisis económica, social y cultural posterior a la Guerra Civil. Este impacto se acrecentaba con la adopción de una estética completamente alejada de la retórica regionalista, que había llegado al paroxismo en la ciudad solo diez años antes. En ese sentido, son evidentes las conexiones con muestras de la arquitectura de otras latitudes, y lo arriesgado de su maridaje con Sevilla. Así, la estética sobria de los bloques de viviendas podría remitir a las imágenes de la arquitectura de la gran ciudad producidas en la Alemania de entreguerras por un arquitecto como Ludwig Hilberseimer, mientras que la expresividad de la estructura de la marquesina de la estación manifiesta, por supuesto con distancias, un paralelismo con imágenes de la arquitectura de Frank Lloyd Wright.
     Los valores históricos del edificio son evidentes, sobre todo por tratarse de una infraestructura plenamente moderna construida a caballo entre la posguerra y los años más difíciles de la autarquía. La estación de autobuses del Prado de San Sebastián fue una de las primeras iniciadas en la posguerra a nivel nacional. La apuesta por la reactivación económica del país por parte de la recién instaurada dictadura se concretaba en edificios ejemplares como el de la estación, que conjugaba intencionadamente la escala monumental de la estación con el propósito de reconstrucción social en base a la promoción pública de viviendas.
     Congestión, gigantismo, complejidad. Algunos de los valores de la ciudad, convertida en fuente de inspiración y desarrollo de modernidad arquitectónica, se ejemplifican en la Estación de Autobuses del Prado. 
     Rodrigo Medina parece ser el único autor de la estación de autobuses y las viviendas del Prado, aunque su trabajo profesional estaba vinculado a O.T.A.I.S.A. (Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingenieria S.A.), de la que formaba parte junto a su hermano Felipe, Luis Gómez Estern y Alfonso Toro. De esta oficina salieron importantes proyectos, como el de la Universidad Laboral. Rodrigo Medina nace en Sevilla en 1909, donde fallece el 21 de marzo de 1979 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Este edificio ocupa el frente norte del Prado de San Sebastián, rodeado a su vez por la trasera de la plaza de España y por la antigua Fábrica de Tabacos. La complejidad de usos, viviendas y una estación de autobuses, se resuelve con un volumen rotundo. Dos bloques de viviendas se apoyan sobre un zócalo en el que se alojan las dependencias de la estación y de las líneas de autobuses. En el interior, una marquesina apoyada sobre cuatro líneas de pilares circulares protege los andenes y las dos pasarelas elevadas que, en toda su longitud, servían para la carga y descarga de los vehículos cuando ésta se realizaba sobre su techo. El vestíbulo de acceso, un cuerpo a doble altura, se sitúa en el lado menor de la parcela, hacia el centro histórico, reservando el eje transversal interior para la entrada y la salida de autobuses, realzado por dos grandes arcos parabólicos. La rotundidad de la pieza hacia el exterior, así como la formalización de los accesos de vehículos, alude a obras consagradas de la República de Weimar (como la Karl Marx Hof) en un ejercicio de modernidad que hace uso del hormigón en su más elegante expresividad y realiza un preciso trabajo que resuelve funcionalmente la estación. Como ya ocurriera en el siglo XIX con las estaciones de ferrocarril, las estaciones para los nuevos transportes constituyen un verdadero salto cualitativo en la arquitectura de la ciudad. En Andalucía, es a partir de la década de 1930 cuando este fenómeno, ya implantado con anterioridad en Europa, adquiere especial relevancia (Ignacio Capilla Roncero, Jaime López de Asiaín y Martín, Amadeo Ramos Carranza, José Ignacio Sánchez-Cid Endériz y Marta Santofimia Albiñana, en Fundación DOCOMOMO Ibérico).
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Más sobre la plaza de San Sebastián, en ExplicArte Sevilla.

martes, 21 de octubre de 2025

El edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 21 de octubre, es el aniversario del nacimiento (21 de octubre de 1728) de José Moñino, Conde de Floridablanca, así que hoy es el mejor día para ExplicArte el edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Edificio perteneciente al núcleo de la antigua Universidad Laboral, hoy Universidad Pablo de Olavide, ejemplo de arquitectura del Movimiento Moderno que constituye una expresión de vanguardia en el contexto andaluz por el grupo de arquitectos OTAISA. El edificio es concebido a partir de una volumetría simple y racionalista, su materialidad original exterior fue la del mampuesto cerámico o ladrillo visto. Sin embargo, en el presente dicha textura se ve cubierta por un revoco pintado, de cromatismo variable según partes del mismo. El lenguaje formal adoptado, por tanto, es de  alta abstracción e identidad con el discurso racionalista propio de los años en que se construyó. 
     El edificio se ordena de acuerdo a un eje longitudinal, del cual dependen las circulaciones principales en sus cuatro niveles (planta baja y tres niveles superiores) y los distintos espacios servidos (despachos, aulas, depósitos). Tres líneas de circulación vinculan verticalmente los distintos pisos del edificio: una exterior -próxima al ingreso- y dos interiores. 
     Sólo una de dichas circulaciones se vincula a un sistema mecánico de ascensor. La respuesta funcional de esta arquitectura tiene una gran correspondencia con la disposición general en planta, estando también en directa relación con los espacios ajardinados exteriores. Al igual que las demás construcciones (edificios 2 al 14) se vincula en forma de peine con el pasillo central o llamado Pasaje de la ilustración, que hace las veces de columna vertebral del conjunto. 
     Los actuales edificios Conde de Floridablanca, José Moñino (edificio 3) y José María Blanco White (edificio 5) de la Universidad Pablo de Olavide conformaban el Colegio Fernando de Herrera de la antigua Universidad Laboral de Sevilla. 
     Este edificio albergaba salas de entretenimiento, en la planta baja, y residencia, en las cuatro restantes, para los estudiantes que cursaban Formación Profesional Industrial del grado de Maestría de Industrial.
      En la actualidad se localizan aulas para la docencia en diversas áreas del conocimiento, mientras que las antiguas habitaciones de los estudiantes han pasado a ser los despachos de los profesores de la actual universidad.
     Los Jardines están situados entre el Edificio 01. Cafetería y el Edificio 03. José Moñino, Conde de Floridablanca. Este patio es de planta rectangular y se configura en dos alturas. Está compuesto por diversas especies de arbustos, plantas, árboles, así como por una especie de palmera.
     Se distingue un rectángulo central, con terreno plano y base de hierba/tierra, que se encuentra delimitado por una hilera de adoquines que sobresalen del nivel del suelo. Desde aquí, el terreno se eleva en una suave pendiente, también con base de hierba/tierra y delimitado por una hilera de adoquines, que sobresalen del nivel del suelo.
     En los extremos oeste y este se localizan dos escaleras de piedra que dan acceso a la parte central del patio. Por todo el perímetro, a excepción del lado sur, se extiende un arriate construido con adoquines, que sirve para separar el jardín del acerado que lo rodea y en el que se localizan algunos setos. 
     Situado junto al edificio 1 y separado del patio por un tramo de acerado se encuentra otro arriate, que se extiende por todo el lateral del mismo.
     En cuanto a las especies presentes, en la cara sur se distinguen ejemplares de Adelfa (Nerium oleander), Tuya oriental (Thuja orientalis), Palmera canaria (Phoenix canariensis), Palmera mexicana (Washingtonia robusta), Pino australiano (Casuarina equisetifolia), Ciprés (Cupressus sempervirens) y Olivo (Olea europaea).
     La Adelfa presenta hojas simples y lanceoladas de color verde, con frutos pardo-rojizos, y flores agrupadas normalmente de color rosa, aunque también las hay blancas, rojas y amarillas; se trata de una planta muy tóxica, cuya ingesta produce la muerte. 
     La Tuya oriental es un árbol de talla pequeña. Sus hojas son de color verde claro, estrechas y escamosas, las flores se encuentran agrupadas y florecen en primavera; los frutos tiene forma de piña, son ovoides y algo carnosos.
     La Palmera canaria tiene un tronco de hasta 1 m de diámetro y puede crecer hasta los 20 metros de altura, sus hojas son de color verde brillante y están arqueadas, las flores pueden ser masculinas o femeninas y están presentes en ejemplares distintos; las flores femeninas producen frutos en forma de bayas de color naranja.
     La Palmera mexicana llega a superar los 30 m de altura, tiene un tronco fino, hojas muy grandes de color verde brillante, flores hermafroditas de color blanco y frutos pardos de menos de 1 cm.
     El Pino australiano tiene una altura de entre 25-30 m de altura y es un árbol perenne. Sus hojas son finas y escamosa, parecidas a las acículas de los pinos; se multiplica por semillas, las cuales son en forma de sámara.
     El Ciprés es una conífera que puede alcanzar los 30 metros de altura, con porte compacto y estrecho. Presenta hojas escamiformes, delgadas, aplanadas, de color verde oscuro y sin glándulas resiníferas. 
     El Olivo es un árbol que no suele superar los 10 metros de altura, sus hojas son verde oscuro en el haz y blanquecinas en el envés, las flores son blancas y se agrupan en racimos, y su fruto son las aceitunas.
     Ejemplares de Fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia) son visibles en la fachada oeste, junto con otros de Olivo (Olea europaea), Adelfa (Nerium oleander) y Tuya oriental (Thuja orientalis). El Fresno de hoja estrecha es un árbol caduco, con hojas opuestas, alternas, de borde dentado, y glabras por ambas caras, que puede alcanzar los 20 metros de altura; las flores son apétalas y el fruto es una sámara en forma de lengüeta aplastada.
     En la cara norte hay individuos de Cinamomo (Melia azedarach), Granado (Punica granatum), Palmera Canaria (Phoenix canariensis) y Palmera Mexicana (Washingtonia robusta). El Cinamomo es un árbol que puede crecer hasta los 12 metros de altura, con hojas de color verde claro. Sus flores son de color lila azulado, de unos 2 cm de ancho y se agrupan en racimos. El fruto es una drupa globosa de color amarillo que se mantiene en el árbol todo el invierno y resulta venenoso para personas y animales. El Granado es un pequeño árbol caducifolio que crece hasta los 6 metros de altura; presenta un tronco retorcido, hojas verde brillantes, flores solitarias o en grupo, de color rojo y tamaño grande; su fruto es la granada, una baya esférica de color rojo brillante y uno 6 cm de diámetro, en cuyo interior hay numerosas semillas.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA) recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados de proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones, que van desde espacios verdes pequeños a jardines de mayor envergadura y trazado geométrico, pasando por grandes arboledas que limitan con las zonas de cultivo cercanas a la universidad.
     Actualmente estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de José Moíno, Conde de Floridablanca, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     José Moñino y Redondo, I Conde de Floridablanca. (Murcia, 21 de octubre de 1728 – Sevilla, 30 de diciembre de 1808). Estadista, político y jurista.
     Al ser bautizado, en la parroquia de San Bartolomé de Murcia, el 24 de octubre de 1728, le fueron impuestos los nombres de José Antonio Nolasco.
     Su padre, José Moñino y Gómez, que también había nacido y sido bautizado en Murcia, el 3 de abril de 1702, y que en esa misma ciudad murió el 10 de marzo de 1786, estaba empleado en el obispado de Cartagena, como oficial mayor de visita, hasta que, en 1735, fue nombrado notario mayor y archivero de la Audiencia episcopal. De progenie de ilustre abolengo, que se remontaba al año 1272, cuando fueron repartidas tierras, en Orihuela, a un tal Benito Pérez Moñino, sus rentas familiares no se hallaban parejamente desahogadas. Había contraído matrimonio, también en Murcia, el 4 de febrero de 1728, con Josefa Francisca Redondo y Bermejo, natural de Sigüenza (Guadalajara), donde había nacido el 5 de enero de 1701.
     Fue José el primogénito de cinco hijos, al que seguirían Manuela, Gregoria, Fulgencio y Francisco, todos ellos nacidos en la ciudad de Murcia.
     Su hermano Fulgencio (1740-1778) llegó a ser prebendado racionero de la iglesia catedral de Murcia, en 1770. La hermana mayor, Manuela, nacida en 1732, se casó con Carlos Salinas y Moreno, natural de Hellín.
     Su hijo, Francisco Salinas y Moñino, sería el sobrino predilecto del futuro conde de Floridablanca, apodado por él, cariñosamente, el Soldado, puesto que siguió la carrera militar, y también la diplomática, gracias al eficaz patrocinio de su tío. La segunda de sus hermanas, Gregoria Moñino y Redondo, contrajo matrimonio con Antonio Robles Vives, nacido en Lorca en 1735, tesorero administrador de la Bula de la Santa Cruzada en Murcia, fiscal de la Real Chancillería de Valladolid (1769) y consejero togado de Hacienda (1779). Una especial mención merece el hermano pequeño, Francisco Moñino y Redondo, cuya carrera debería mucho, igualmente, a la protección de su encumbrado hermano mayor.
     A los ocho años de edad, en 1736, José Moñino y Redondo ingresó en el seminario conciliar de San Fulgencio de Murcia. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Orihuela, desde 1740, graduándose en Leyes el 30 de mayo de 1744. De regreso en su ciudad natal, pasó a desempeñar, entre 1745 y 1748, la Cátedra de Derecho Civil del seminario de San Fulgencio. Fue su primer catedrático de Instituta, al tiempo que trabajaba, desde el 12 de junio de 1744, como pasante en el bufete de un abogado murciano, Pedro Marín Alfocea. Ese último año, de 1748, con veinte de edad, se trasladó a Madrid, donde fue recibido como abogado de los Reales Consejos el 3 de agosto de 1748, y donde permaneció durante otros dieciocho, ejerciendo la abogacía. También desempeñó algunas comisiones, confiadas por el Consejo Real de Castilla, como, en 1752, la de juez pesquisidor en La Mancha y La Puebla de Don Fadrique, encargado de procesar a los agresores de un alcalde ordinario, y a los que causaban daños en los montes. Se encargó de la defensa letrada de los asuntos del duque de Arcos, en la Corte, desde 1755; y de este mismo año datan dos alegaciones jurídicas, ambas impresas, en pleitos de cierta envergadura, sobre posesión de mayorazgos y disfrute de vínculos por parte de familias originarias de Orihuela: las de Molins y Carrasco, y las de Masqueta y Rosel.
     Su talento y talante como abogado serían sintetizados por Alberto Lista (1775-1848), en un Elogio histórico póstumo, como de una elocuencia más penetrante que viva, más inclinada a la insinuación que a la vehemencia.
     Un carácter que le sería atribuido, como personal y distintivo, a lo largo de toda su carrera política. Fue mereciendo, paulatinamente, el apoyo y la protección de algunas otras poderosas familias nobiliarias, como la del duque de Osuna o la de la marquesa de Perales. En reconocimiento de sus méritos, Carlos III le otorgó honores de alcalde de Casa y Corte el 13 de julio de 1763.
     Más que esta distinción honorífica, contribuyó a su posterior ascenso profesional, y político, su apoyo al Tratado de la Regalía de Amortización, publicado, en 1765, por Pedro Rodríguez Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla. Bajo el seudónimo de Antonio José Dorre, escribió Moñino una Carta apologética sobre el tratado de Amortización del Señor Campomanes, que dirigía a un innominado fray M., con fecha de 28 de agosto de 1765, defendiendo la facultad regia de limitar la adquisición de bienes raíces por parte de las manos muertas eclesiásticas. Tras los graves acontecimientos del motín contra Esquilache, de la primavera de 1766, y el nombramiento del conde de Aranda como presidente del Consejo de Castilla, Lope de Sierra y Cienfuegos, también fiscal del Consejo Real, fue ascendido a consejero el 9 de agosto de 1766. Quedaba, de esta forma, expedito el camino para que el anónimo —pero, bien conocido— apologista del Tratado campomanesiano accediese a la segunda fiscalía, que estaba vacante. Y así es como José Moñino fue nombrado fiscal de lo criminal del Consejo Real de Castilla, en virtud de título despachado por Real Provisión, expedida en San Ildefonso, de 31 de agosto de 1766. Al ser creada una tercera plaza de fiscal, por Real Decreto de 9 de junio de 1769, dada la acumulación de negocios y procesos pendientes, Campomanes, como fiscal más antiguo, se reservó el distrito territorial de Castilla la Vieja, lo que suponía entender de todos los negocios (criminales, contenciosos y gubernativos), pero sólo de los procedentes de la Chancillería de Valladolid, y de las Audiencias de Galicia y Asturias. Por su parte, a Moñino le correspondió el distrito de Castilla la Nueva, que abarcaba la Chancillería de Granada, y las Audiencias de Sevilla y Canarias.
     Una circunscripción, la castellana y manchega, que Moñino conocía muy bien, dado que, además de las mencionadas comisiones de sus tiempos de joven abogado, tras los motines provinciales de la primavera de 1766, había sido enviado por el Consejo de Castilla, el 9 de mayo de 1766, como corregidor interino y juez comisario a Cuenca, con el cometido de inquirir sobre los autores de la revuelta, restablecer la paz, y arreglar el gobierno municipal. Tomó posesión de su cargo el 15 de mayo de 1766, y, el 29 de mayo, ordenó la detención de los principales implicados en los tumultos.
     A continuación, de acuerdo con sus instrucciones, inició las operaciones de división de la ciudad en distritos (cuarteles y barrios), a cargo de regidores y diputados del común, la puesta en marcha de un hospicio, y el restablecimiento del orden público.
     Toda esta labor de reorganización municipal se vio interrumpida con su designación como fiscal de lo criminal del Consejo de Castilla, el 31 de agosto de 1766. En los seis años siguientes, a la sombra de Campomanes, cimentaría Moñino una sólida fama de regalista, prudente, ponderado en las formas, pero firme en el fondo.
     Como tal le calificaría José Nicolás de Azara, agente de Preces en Roma, en carta dirigida al primer secretario de Estado y del Despacho, Jerónimo Grimaldi, el 29 de noviembre de 1772: recogiendo, en ella, una expresión italiana, decía que poseía testa fredda e cuore caldo.
     Buena prueba de lo cual son varias de sus respuestas o alegaciones fiscales. En la primera de ellas, evacuada, con ocasión del llamado Expediente del Obispo de Cuenca, el 12 de abril de 1767, le recordaría Moñino a este prelado, Isidro Carvajal y Lancáster, una serie de regalías que no podían ser desconocidas por la Iglesia: que a la Corona le asistía el derecho de exigir tributo de los bienes adquiridos por las manos muertas; que el número excesivo de clérigos reclamaba una reducción de los beneficios eclesiásticos, y una mayor disciplina interna; o que era la jurisdicción real la atropellada por la jurisdicción eclesiástica, y no a la inversa. Mayor eco tuvo su participación en la redacción de la segunda versión (de 1769) del llamado Juicio Imparcial sobre el Monitorio de Parma, atribuido a Campomanes. Dispuesta, por Real Provisión de 16 de marzo de 1768, la recogida del breve pontificio con el que Clemente XIII había fulminado censuras, el 30 de enero, contra ciertas disposiciones regalistas del Duque de Parma, Grimaldi solicitó de Campomanes, el 23 de febrero, la elaboración de una réplica fundamentada. Así nació la primera versión del Juicio Imparcial, impresa en agosto de 1768.
     Calificada de excesivamente regalista por los prelados que integraban el Consejo extraordinario o Sala especial del Consejo de Castilla encargada del conocimiento y resolución de los expedientes relacionados con la expulsión de la Compañía de Jesús de España y las Indias, acaecida desde la promulgación de la Pragmática Sanción de 2 de abril de 1767, Carlos III resolvió, el 19 de noviembre de 1768, su censura y corrección oficial. Tal labor de revisión fue llevada a cabo por dichos prelados, junto con Moñino, hasta el mes de julio de 1769.
     Sólo entonces fue posible la impresión de esta segunda edición, y la recogida y eliminación de los ejemplares de la primera. Algunas ideas radicales, sostenidas por Campomanes en materia de historia eclesiástica, fueron suprimidas. Mantuvo Moñino, empero, la estructura campomanesiana del Juicio Imparcial, y sus ideas esenciales, sólo que expresadas más sutilmente: la sumisión de los eclesiásticos al poder civil en asuntos temporales, la carencia de jurisdicción temporal por parte de la Iglesia, el origen regio de las inmunidades eclesiásticas, etc.
     Unos argumentos regalistas que fueron apareciendo en otros dictámenes fiscales suyos, sobre cuestiones más o menos conexas: acerca de la libre disposición regia sobre los bienes ocupados a los jesuitas (1768) y la reivindicación del dominio, señorío y vasallaje del Estado de Montaragut (1768); o sobre los recursos de nuevos diezmos en Cataluña (1770) y las primicias de Aragón (1770). Sin olvidar los que eran de materia no necesariamente eclesiástica: sobre los presidios de África (1769), el acopio de trigo para el abasto de Madrid (1769), en el Expediente de la Provincia de Extremadura contra la Mesta (1770), o sobre el método de estudios de la Universidad de Granada (1772).
     Para cubrir la vacante ocasionada por el fallecimiento de Tomás de Azpuru, arzobispo de Valencia, José Moñino fue nombrado, por Carlos III, el 24 de marzo de 1772, ministro plenipotenciario interino ante la Santa Sede. En tal destino se requería a un buen y firme regalista, pero, además, el Monarca quería a alguien que estuviese persuadido de la conveniencia de la extinción de la Compañía de Jesús. Y, de eso, había dado probadas muestras en el dictamen fiscal que, acerca de su necesaria extinción, en cooperación con las Cortes de Versalles y Lisboa, había elaborado, conjuntamente con Campomanes, el 26 de noviembre de 1767. Ambos fiscales habían acusado a los jesuitas de obstinados defensores de doctrinas contrarias al poder temporal y real, y de desobedientes a la autoridad civil, dada su dependencia absoluta del Sumo Pontífice. Para acabar con la Compañía de Jesús era aconsejable, no la celebración de concilios generales o nacionales, sino la directa decisión de su extinción, adoptada por el Romano Pontífice, al igual que había hecho Clemente V para suprimir la Orden del Temple, en 1312. Con tal convencimiento, y cometido principal, partió Moñino de Madrid el 16 de mayo de 1772. Pocos días antes, mediante un Real Decreto de 5 de mayo, y posterior Real Provisión, expedida en Aranjuez, de 9 de mayo de 1772, le había sido concedida una plaza de consejero de Castilla; que se unía a la previa merced regia, el 22 de abril, de una cruz pensionada de la Orden de Carlos III. Llegó a Roma y tomó posesión de su cargo, el 4 de julio, y fue recibido en su primera audiencia, por el papa Clemente XIV, el domingo, 16 de julio de 1772. Con persuasiva firmeza, en sucesivas audiencias, Moñino fue minando la capacidad de resistencia del Papa, reiterando una y otra vez las acusaciones formuladas contra los jesuitas, acompañadas del plan de su extinción. Hasta conseguir ésta, ganándose la voluntad, mediante recompensas económicas, prebendas y provisiones beneficiales, del confesor y secretario del Papa, el franciscano Buontempi, y de monseñor Zelada, redactor de la minuta del breve y futuro cardenal, en la audiencia de 29 de noviembre de 1772. La expedición del breve de supresión fue acordada por Moñino con el cardenal Andrea Negroni, e impresa, en secreto, en el palacio de España, sede de la legación. Suscribió Clemente XIV dicho breve, Dominus ac Redemptor noster, de extinción de la Compañía de Jesús, el 21 de julio de 1773. En él, sin condenar su doctrina, ni sus costumbres, ni su disciplina, era suprimida como cuerpo religioso. Al morir Clemente XIV, el 22 de septiembre de 1774, tuvo Moñino que intervenir activamente en la elección del nuevo Papa, para asegurar que fuese afecto a las Cortes borbónicas, y enemigo de la Compañía de Jesús. Durante los cuatro meses de cónclave, que culminarían el 15 de febrero de 1775 con la proclamación, como Sumo Pontífice, del cardenal Angelo Braschi, Pío VI, impuso Moñino, no sólo su estrategia negociadora, dirigiendo los pasos y las voluntades de los cardenales pro-españoles, franceses, napolitanos, portugueses y austríacos (Solís, Bernis, Luynes, Orsini, Conti, Migazzi), sino también los criterios jurídico-canónicos que justificaban los intereses políticos y diplomáticos de dichos Monarcas europeos.
     Así, examinando cánones antiguos y las bulas primitivas, logró convencer al Sacro Colegio cardenalicio de que la elección de Papa correspondía al clero, pero, debiendo concurrir también el consentimiento del pueblo.
     Siendo los reyes, de España, Francia, Nápoles, etc., cabezas y representantes del pueblo cristiano, había de preceder su consentimiento, bajo la amenaza de nulidad, en caso contrario, y de un cisma en la Iglesia.
     En reconocimiento de sus servicios a la corona, y particularmente de los prestados en Roma, Carlos III otorgó a José Moñino y Redondo, el 7 de noviembre de 1773, la gracia de un título de Castilla, para sí y sus descendientes, el de conde de Floridablanca. Un título que el agraciado quiso que derivase de una de sus heredades murcianas, la de Floridablanca, en Alquerías, de unas ciento sesenta tahúllas de extensión, arrendada y dedicada al cultivo de la morera. Una posterior Real Cédula, de 10 de noviembre de 1773, le concedió la exención perpetua, para él y sus sucesores, en el pago de los derechos de lanzas y media anata. Además de la gracia regia, otras mercedes reales le fueron añadidas, y nada menos que la de ministro de la Real Cámara de Castilla, por Real Decreto de 10 de septiembre de 1773 (y Real Provisión, expedida en San Lorenzo de El Escorial, de 17 de octubre). Permaneció, sin embargo, desempeñando sus funciones en Roma, hasta que, al presentar Grimaldi su dimisión como secretario del Despacho de Estado, el 7 de noviembre de 1776, fue llamado Floridablanca para sucederle, el 12 de noviembre de ese mismo año. A través de José Antonio de Armona y Murga, corregidor de Madrid, autor de unas memorias o Noticias privadas de casa, útiles para mis hijos, escritas entre 1787 y 1789 (e inéditas hasta 1989), se sabe que Grimaldi siempre tuvo a Floridablanca por hechura suya, a quien había enviado a Roma sin conocerle, sólo por haber leído sus escritos, impresos de oficio, y que, después, se propuso traerle a la inmediación del Rey. Esta inmediación se concretó, en efecto, en la titularidad de la primera Secretaría de Estado y del Despacho, por Real Provisión de 19 de febrero de 1777. Se produjo, de esta forma, una curiosa permuta de cargos, puesto que Grimaldi, a su vez, pasó a Roma, como embajador extraordinario del Rey Católico, de donde Floridablanca partió, definitivamente, el 26 de diciembre de 1776. Pronto se ganaría la confianza y el afecto de Carlos III, dada su energía y capacidad para el despacho de los negocios. Anejos a su nuevo cargo, le fueron conferidos los de superintendente general de Correos (20 de febrero de 1777), superintendente general de Caminos (8 de octubre de 1777), superintendente general de Bienes Mostrencos y Vacantes (27 de noviembre de 1785), superintendente general de Pósitos (20 de mayo de 1790); amén de los honores y tratamiento de consejero de Estado, libre de media anata (25 de enero de 1777), que se convirtió en plaza efectiva de consejero de Estado desde el 28 de octubre de 1777. Entre otras distinciones, le fueron otorgadas la Gran Cruz de la Orden de Carlos III (28 de marzo de 1783), y la de caballero de la Insigne Orden del Toisón de Oro (28 de febrero de 1791). Al morir Manuel de Roda y Arrieta, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, el 30 de agosto de 1782, pasó a desempeñar Floridablanca, desde el día siguiente, 31 de agosto, dicha Secretaría con carácter interino, hasta que fue sustituido en ella, el 25 de abril de 1790, por Antonio Porlier y Sopranis, futuro I marqués de Bajamar.
     La dimisión de Grimaldi supuso la desaparición de los extranjeros (Wall, Esquilache) de los ministerios o secretarías durante el reinado de Carlos III, que pasaron a estar ocupados íntegramente por españoles. Como secretario del Despacho de Estado, Floridablanca se encargó, principalmente, de la dirección de la política exterior española durante quince años, entre 1777 y 1792. Desde un principio, hubo de aplicarse al despacho de graves asuntos, pues, ya para entonces, los colonos ingleses de Norteamérica habían proclamado su Declaración de Independencia en el Congreso de Filadelfia, el 4 de julio de 1776. Antes, tuvo que resolver el largo conflicto mantenido con Portugal, con motivo de la enconada disputa fronteriza en el Río de la Plata, alcanzando un beneficioso tratado de límites, el de El Pardo, de 24 de marzo de 1778. En virtud del cual España quedó como dueña absoluta del Río de la Plata y de la colonia de Sacramento, y adquirió las islas africanas de Fernando Poo y Annobón. Más difícil habría de resultar la cuestión de la independencia de las trece colonias inglesas de Norteamérica. La renovación con Francia del Tercer Pacto de Familia, de 1761, mediante la Convención de Aranjuez, de 12 de abril de 1779, situó a España al borde de la guerra con Inglaterra.
     Lo que trató de evitar Floridablanca por todos los medios, al temer el perturbador ejemplo que dicha independencia supondría para las posesiones españolas en América. Sin querer perder, tampoco, la oportunidad de frenar la expansión inglesa en el Nuevo Mundo, tras ayudar económicamente a los insurrectos, adoptó una actitud prudente y distante, que le granjeó duras críticas por parte del conde de Aranda, embajador en París, y de su facción de partidarios en la Corte, denominada “partido aragonés”, proclive a una política más beligerante. No pudo mantener Floridablanca su posición de neutralidad, ni el papel que deseaba de árbitro internacional, y, a instancias de Francia con el apoyo de Carlos III, hubo de suscribir dicha Convención de Aranjuez, que llevó a la declaración de guerra contra Inglaterra, y que concluiría, sin embargo, con la ventajosa Paz de Versalles, de 2 de septiembre de 1783, firmada por Aranda, por la que España recuperó la isla de Menorca y ambas Floridas, oriental y occidental. El éxito final dejó al descubierto, no obstante, las profundas diferencias que separaban a Floridablanca y Aranda, no sólo en materia de política exterior, sino también de gobierno interior, y aun de constitución política de la Monarquía (concretadas en un Plan de Gobierno, que Aranda remitió al príncipe heredero Carlos el 22 de abril de 1781), y que, con el transcurso del tiempo, habrían de derribar del poder a Moñino.
     A pesar de todo, durante los últimos años del reinado de Carlos III, Floridablanca fue consolidando su predominio político. El Monarca confió plenamente la dirección de la política exterior en él, convirtiéndose, de facto, en una especie de primer ministro: en un influyente primus inter pares, supervisor y coordinador de la labor de sus restantes colegas, los secretarios de Estado y del Despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias. Una preponderancia ministerial y política que desembocaría, en 1787, en la constitución de la Junta Suprema de Estado. Mientras tanto, amparó e impulsó numerosas reformas generales de política interior: la mejora en el servicio de correos y postas, con particular atención a la puesta en vigor de la Real Ordenanza del correo marítimo, de 26 de enero de 1777; la apertura de diversos puertos peninsulares al comercio libre con las posesiones de América (que culminaría con el Reglamento y Aranceles Reales de 12 de octubre de 1778), y la creación de compañías privilegiadas de comercio, como la Real Compañía de Filipinas (en virtud de una Real Cédula de 10 de marzo de 1785); el desarrollo de las Sociedades Económicas de Amigos del País, que mantenían, por suscripción, montepíos para proporcionar trabajo a los pobres (de hilazas, tejidos, estampados), e impulsaban la libertad en la fabricación de tejidos, al margen de las restricciones contenidas en las ordenanzas gremiales; la regeneración social de los vagos, ociosos y malentretenidos, así como también su persecución y castigo, constituyendo una Superintendencia General de Policía, directamente dependiente de la primera Secretaría de Estado, en Madrid, por Real Cédula de 30 de marzo de 1782; la fundación del Banco Nacional de San Carlos (por Real Cédula de 2 de junio de 1782), encargado del descuento de los vales reales; la declaración de honradez de diversos oficios mecánicos (de curtidor, herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros análogos), por Real Cédula de 18 de marzo de 1783; la construcción de canales de riego y navegación (el Imperial de Aragón, de Tortosa, de Lorca, de Manzanares y Guadarrama), y de puertos terrestres (de la Cadena, entre Astorga y Galicia, entre Málaga y Antequera, del Rey en Sierra Morena), puentes (de Tolosa, de Zaragoza, de Talavera sobre el río Alberche, de Alcolea sobre el Guadalquivir) y caminos (de Extremadura a Portugal, de Andalucía, de Castilla a Francia, de Barcelona por Valencia); la aplicación de medidas de reforma fiscal, como el establecimiento de la contribución de frutos civiles, por Real Decreto de 29 de junio de 1785; el fomento de la agricultura, facultando a los dueños, por ejemplo, a cercar sus heredades, según una Real Cédula de 15 de junio de 1788; la organización provincial, recogida en la España dividida en Provincias e Intendencias (1789), de acuerdo con los informes remitidos por los intendentes del reino; la limitación o prohibición, según los casos, en la fundación de mayorazgos, de acuerdo con su respectiva cuantía, titularidad y modo de transmisión (por Real Cédula de 14 de mayo de 1789); la regeneración educativa y cultural, también institucionalizada (como fue el proyecto de una Academia de Ciencias y Buenas Letras, en 1791, unido a otros organismos científicos anejos, como el Observatorio Astronómico, el Real Gabinete de Máquinas, el Gabinete de Historia Natural y el Jardín Botánico), etc.
     El período culminante de ejercicio del poder político, por parte de Floridablanca, se extendió, en efecto, entre 1787 y 1792, a partir de la creación de la Suprema Junta ordinaria y perpetua de Estado, prevenida en un Real Decreto de 8 de julio de 1787. Carente la Administración central de la Monarquía de un despacho periódico y colectivo, de sus diferentes ministros o secretarios del Despacho, que institucionalizase una política global coordinada, Floridablanca puso en marcha, y consiguió implantar, una asamblea o junta a la que pudiesen asistir, con regularidad, todos los ministros, a fin de adoptar colegiadamente los acuerdos oportunos.
     Erigida con carácter de ordinaria y perpetua, la Junta Suprema se reunía una vez por semana, en la sede de la primera Secretaría del Despacho, a fin de entender de todos los asuntos de interés general, actuando como secretario el del Consejo de Estado. Sin presidente previsto, en la práctica, su función fue desempeñada por el secretario del Despacho de Estado, que, como ministro encargado de los asuntos exteriores, disfrutaba desde principios del siglo XVIII de un rango principal.
     Es decir, de hecho, su presidente fue Floridablanca, lo que permitió a sus enemigos acusarle de querer monopolizar el poder. En cualquier caso, la Junta Suprema de Estado atendió a tres finalidades principales: tratar de aquellos negocios de los que pudiera resultar regla general, resolver los conflictos de competencias que se suscitasen entre las distintas Secretarías del Despacho, Consejos y demás tribunales superiores, y decidir en las propuestas de empleos que afectasen a diferentes departamentos (de virrey, gobernador, capitán general, intendente de provincia o de ejército). Por lo demás, el mencionado Real Decreto de 8 de julio de 1787 fue acompañado, con esa misma fecha, de una Instrucción reservada. Redactados sus trescientos noventa y cinco capítulos o apartados por Floridablanca, y revisada minuciosamente —e incluso enmendada de su puño y letra— por Carlos III, a lo largo de tres meses, con la asistencia del príncipe Carlos, y finalmente aprobada por el Soberano, constituyen un completo programa de gobierno, interior y exterior, de la Monarquía española de la segunda mitad del siglo xviii. También, al mismo tiempo, la síntesis del programa político de su autor, el conde de Floridablanca. Por lo que se refiere a la política exterior, sus objetivos fueron: el mantenimiento de estrechas relaciones diplomáticas, mediante alianzas por separado, con Francia y Nápoles; amistosas con Portugal, Rusia, Prusia, Turín, Venecia, Génova, la Toscana, los Cantones suizos, Dinamarca, Suecia, la Puerta Otomana (el Imperio Turco), Marruecos y algunas regencias berberiscas (Trípoli, Túnez); menos amistosas con Austria; y de abierta desconfianza, cuando no plena hostilidad, en actitud de vigilancia permanente, con Inglaterra. Los intereses ingleses, comerciales y estratégicos, en América, el Atlántico y el Mediterráneo occidental menoscababan, cuando no arruinaban directamente, los españoles en dichas áreas geográficas.
     Sin embargo, anclado en la tradicional doctrina del equilibrio europeo, vigente desde la Paz de Westfalia de 1648, Floridablanca tampoco quería la derrota total del poder inglés, que dejaría libre a Francia para imponer su voluntad sobre España.
     Las reticencias de Floridablanca por independizar a la diplomacia española de la francesa sufrieron un giro radical tras la Revolución Francesa, desde 1789. Aunque creyó, en un principio, que el movimiento revolucionario habría de ser temporal, y que se truncaría, finalmente, el incidente de Nutka, en 1790, que enfrentó nuevamente a España con Inglaterra, marcó el definitivo punto de inflexión: la Francia revolucionaria no acudió a la petición de auxilio de España, que quedó aislada internacionalmente. Los Pactos de Familia habían quedado rotos. Por otra parte, la propagación de las ideas revolucionarias en España coincidió, en sus inicios, con la gran crisis económica de 1789, provocada por la mala cosecha de cereales de 1788. El alto precio del pan originó tumultos en algunos pueblos y ciudades, ocasionando graves problemas de abastecimiento en el verano de 1789. En vista de la situación, Floridablanca adoptó medidas de precaución, con objeto de aislar a España del temido “contagio” revolucionario.
     De ahí que, con posterioridad, se haya hablado del “pánico” de Floridablanca, y de su política de “cordón sanitario”. Una política de control de los impresos, folletos y periódicos revolucionarios franceses para la que contó con la estrecha colaboración del Santo Oficio, desde un primer edicto inquisitorial de 13 de diciembre de 1789, que prohibía la introducción de cualquier papel sedicioso.
     La transformación diplomática y política del mapa europeo que la Revolución Francesa ocasionó estuvo acompañada, y precedida, en el caso de Floridablanca, de una clara pérdida de su prestigio y poder. El conde de Aranda, que se hallaba en Madrid desde octubre de 1787, de regreso de su embajada en París, dentro del complicado mundo de las intrigas y facciones cortesanas, había iniciado una ofensiva de descrédito contra la persona y la política de su máximo rival, lo que originó sucesivos panfletos y sátiras: una Conversación que tuvieron los Condes de Floridablanca y de Campomanes el 20 de junio de 1788; una fábula publicada en el Diario de Madrid el 4 de agosto de 1788, titulada El raposo, en la que ese raposo, envanecido por su privanza, no era otro que el ministro de Estado; o la Carta de un vecino de Fuencarral a un abogado de Madrid sobre el libre comercio de los huevos, aparecida en octubre de 1788.
     Estos ataques, muy explícitos para su destinatario, explican su Memorial de renuncia al ministerio, que presentó a Carlos III en El Escorial, el 10 de octubre de 1788, en el que incluía un balance de su gestión. No aceptó el Monarca la petición de relevo, pero fallecería a las pocas semanas, el 14 de diciembre de 1788. Por expresa recomendación de su padre, Carlos IV mantuvo a Floridablanca al frente de las dos Secretarías de Estado y del Despacho. Su situación se tornó, pese a todo, precaria. Al descrédito popular, y la oposición de Aranda y de sus partidarios, se unieron nuevos factores sobrevenidos: la reina María Luisa de Parma, que se constituyó en la verdadera árbitro del poder, que hizo recaer en Manuel Godoy; y el triunfo, ya anticipado, de los acontecimientos revolucionarios en Francia, en cuya procelosa complejidad naufragaría la política de firmeza de Floridablanca, al empeñarse en la defensa de los intereses de Luis XVI, pero, sin decidirse a una alianza con Inglaterra. La campaña de calumnias prosiguió, si cabe, con más fuerza, hasta el extremo de que, el 6 de noviembre de 1789, al día siguiente de la clausura de las Cortes, en las que tuvo una decidida participación a través de quien las presidía, en nombre del Soberano, el conde de Campomanes, redactando la proposición regia de derogación de la llamada ley sálica o principio de agnación impuesto por Felipe V en el conocido como Auto Acordado de 10 de mayo de 1713, en las Cortes de 1712-1713, además de presentar, para su aprobación, cuatro reales decretos y cédulas de restricción de los vínculos y mayorazgos, Floridablanca volvió a presentar, también en El Escorial, su dimisión, esta vez a Carlos IV. Tampoco ahora le fue concedido el retiro, y, con la autoridad quebrantada, continuó al frente de los destinos políticos de la Monarquía. El trance más peligroso, físicamente, estaba por llegar. En el palacio de Aranjuez, el 18 de junio de 1790, fue herido por Juan Pablo Peret, un cirujano francés que llevaba en España desde 1765, y que le agredió con una lezna. Aunque Peret se negó a confesar el móvil de su acción, planeó la sospecha de que era un agente de los jacobinos.
     La estrategia inflexible de Floridablanca, que culminaría con la negativa a admitir que Luis XVI había aceptado, libre y voluntariamente, la Constitución de 1791, hizo temer a los reyes, Carlos IV y María Luisa, por la vida del monarca francés, al esperar los revolucionarios una intervención armada de España, para restaurar el viejo orden absolutista. La destitución del sexagenario ministro murciano resultaba inminente. Su relevo no constituyó una simple exoneración ministerial, sino que adoptó la forma de una más compleja reforma institucional, consistente en la supresión de su gran obra de gestión administrativa, la Junta Suprema de Estado, y el restablecimiento efectivo del Consejo de Estado, en virtud de un Real Decreto, expedido en Aranjuez, de 28 de febrero de 1792. Por otro Real Decreto, de ese mismo día, 28 de febrero de 1792, el conde de Aranda fue nombrado decano del Consejo de Estado, y secretario interino del Despacho de Estado, en sustitución de Floridablanca.
     Desterrado fulminantemente de la Corte, Floridablanca fue obligado a abandonar el Real Sitio de Aranjuez en la madrugada del mismo 28 de febrero, trasladándose a Hellín, donde permaneció tres meses en casa de su hermano Francisco. Iniciada una enconada persecución política contra él, en junio de 1792, Floridablanca se trasladó a Murcia, donde fue acogido con solemnidad y afecto por el Ayuntamiento de su ciudad natal, pero, al retornar a Hellín, en la madrugada del 11 de julio de 1792, fue detenido por Domingo Codina, alcalde de Casa y Corte, y, cumpliendo órdenes del gobernador del Consejo de Castilla, Juan Acedo Rico, conde de la Cañada, conducido prisionero a la ciudadela de Pamplona, donde tendría ocasión de extender una prolija Defensa legal.
     Por cierto que, en el camino de destierro, de Aranjuez a Hellín, y en esta última villa, Floridablanca fue pergeñando lo que sería bautizado después como su “testamento político”. Se trata de trece cartas o extensas relaciones, dirigidas al conde de Aranda y escritas de memoria, sin apoyo documental alguno, desde la primera fechada en Corral de Almaguer, del mismo 28 de febrero, hasta la última, datada en Hellín el 14 de abril de 1792, que contienen información sobre los negocios pendientes y sus directrices políticas generales, hasta el día de su exoneración de la primera Secretaría de Estado.
     Acusado de abuso de poder, y de malversación de caudales públicos (en la financiación del Canal Imperial de Aragón), Floridablanca tuvo que responder a un proceso global de responsabilidad política. Le favoreció, no obstante, la rápida caída del poder de Aranda, el 15 de noviembre de 1792. Prisioneros Floridablanca y Aranda, el primero en Pamplona y el segundo en el alcázar de la Alhambra de Granada, luego desterrados ambos, aquél en Murcia y éste en sus villas aragonesas de Aranda y de Épila, Godoy había pasado a manejar los hilos del poder.
     La situación de Floridablanca mejoró a partir de un Real Decreto de 4 de abril de 1794, que le permitió regresar a Murcia, si bien con la obligación de responder a sus cargos. Con la celebración de la Paz de Basilea, el 25 de septiembre de 1795, quedó absuelto de toda responsabilidad política, siendo levantado el embargo de sus bienes. Pero, hasta la abdicación de Carlos IV, no recuperó su libertad, pese a que, para entonces, le había sido confiada la inspección de las obras y riegos de Lorca, Totana y Murcia. El nuevo Soberano, Fernando VII, declaró, el 28 de marzo de 1808, siendo Pedro Ceballos ministro de Estado, que su confinamiento había sido arbitrario, sobreseyendo su proceso, por lo que podía elegir libremente lugar de residencia.
     Decidió Floridablanca permanecer en Murcia, donde no tardó en llegarle la noticia de la invasión napoleónica, así como del levantamiento en armas del pueblo español contra los ocupantes franceses. La Revolución le había descabalgado del poder años antes, pero, ahora, su hijo más famoso, Napoleón Bonaparte, le ayudó a ascender, de nuevo, a él. Designado representante de la Junta provincial de Murcia, el octogenario ex ministro se trasladó a Aranjuez, el mismo Real Sitio donde había comenzado su destierro, y, el 1 de octubre de 1808, fue elegido presidente de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, depositaria de la autoridad soberana hasta la restitución a España de Fernando VII, cautivo en Francia. Pese a lo avanzado de su edad, y a su pronto fallecimiento, no sería una figura simbólica, ni un fugaz presidente. Trasladada la Junta Suprema Central a Sevilla, ante el avance enemigo, hizo público su primer Manifiesto a la Nación Española, datado el 26 de octubre de 1808. Previamente, Floridablanca había impulsado la aprobación de la Circular de 22 de junio de 1808, con la que la Junta de Murcia había convocado a la unidad y necesaria reunión, en nombre de Fernando VII, de todas las Juntas provinciales en un Gobierno central. Después, en su posada de Aranjuez, había impuesto la fórmula de una Junta Suprema, frente a las tesis de Jovellanos o del general Cuesta, más proclives a proclamar una Regencia. También habría de inspirar el contenido del póstumo Reglamento para el régimen de las Juntas provinciales, publicado por la Central el 1 de enero de 1809, donde aquéllas fueron despojadas de su apelativo de supremas, lo que preservaba la indisoluble unidad de la soberanía nacional, y el éxito de una instancia central de gobierno. E igualmente debe serle atribuido, si no la letra, al menos sí el espíritu del Reglamento para el gobierno interior, de finales de septiembre de 1808, que, a modo de ordenanzas de la Central, prevenía que sus vocales no representaban a una provincia concreta, sino a la nación entera.
     Ahora bien, esta intensa actividad, en el breve lapso de tiempo de tres meses, debió agotar la resistencia física del anciano Floridablanca, quien, enfermo, falleció en Sevilla, a las seis de la mañana del día 30 de diciembre de 1808. En razón del rango que ostentaba en el momento de su fallecimiento, asimilado al de miembro de la Familia Real, este ministro murciano, de origen modesto, fue enterrado en la iglesia catedral de Sevilla, al día siguiente, viernes, 31 de diciembre, a las diez de la mañana, con honores de infante de Castilla y no lejos de donde descansaban los restos mortales de Alfonso X el Sabio, conquistador y repoblador del reino de Murcia.
     El condado de Floridablanca recibiría la Grandeza de España, otorgada por la Junta Suprema Central, en nombre de Fernando VII, el 5 de enero de 1809, recayendo, ya con el título despachado el 3 de marzo de 1809, en su sobrina, Vicenta Moñino y Pontejos, V marquesa de Pontejos y II condesa de Floridablanca, hija de su difunto hermano Francisco (José María Vallejo García-Hevia, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte el edificio 3 "José Moñino, Conde de Floridablanca", y sus jardines, de Luis Gómez Stern, Alfonso Toro Buiza, y Rodrigo, y Felipe Medina Benjumea, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Dos Hermanas (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.

sábado, 11 de octubre de 2025

Los edificios 22, 23, 24 y 29 "Fausto Elhuyar y de Suvisa" y sus jardines, de varios autores, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los edificios 22, 23, 24 y 29 "Fausto Elhuyar y de Suvisa" y sus jardines, de varios autores, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla)
     Hoy, 11 de octubre, es el aniversario del nacimiento (11 de octubre de 1755) de Fausto d'Elhuyar y Lubice, así que hoy es el mejor día para ExplicArte los edificios 22, 23, 24 y 29 "Fausto Elhuyar y de Suvisa" y sus jardines, de varios autores, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla).
     Conforman un conjunto de construcciones realizadas en diferentes momentos históricos. Actualmente conforman una unidad edilicia caracterizada por una planta poligonal, con tramos de diferentes alturas, conformando un patio verde al centro. Se percibe una diferenciación de tratamientos superficiales, marcado por el diseño de diferentes momentos de realización, aun cuando expresan un grado de unidad importante entre sí.
Edificio 22.- Conforma una construcción más elevada que las colindantes al contar con dos niveles. El tratamiento de fachada presenta una fuerte identidad con el mismo: se relaciona por texturas, materiales y disposición general de vanos. El edificio consta de dos cuerpos volumétricos, casi perpendiculares entre sí, destacando entre medio un espacio dedicado a las circulaciones verticales que opera como articulador entre ambos. El componente más largo de los dos, se ordena en base a un corredor o circulación horizontal al que se relacionan distintos despachos. El otro cuerpo, en cambio, está dedicado a las funciones de laboratorio. 
Edificio 23.- Materializado en el 2008, este componente volumétrico parece separarse del resto de los cuerpos edilicios del Fausto Elhuyar y de Suvisa por su planta y el tratamiento de fachada. Su disposición en planta le aporta la mayor singularidad dentro del conjunto, resolviendo la organización general de su espacio interior mediante un corredor o circulación horizontal que relaciona ámbitos ordenados de a pares y que se expresa hacia el exterior como una estructura en peine, muy ritmada. Si bien mantiene el ladrillo como materia opaca, introduce de forma contundente el uso de brisoleils metálico, color negro que exalta un potente contraste con la superficie roja del cerámico.
Edificio 24 y 29.- Una parte de este conjunto edilicio fue realizado por OTAISA (edificio 24) en 1956, pero fue intervenido posteriormente de manera sucesiva. El edificio 29 fue construido en el año 2007. El destino pedagógico y administrativo se deduce del tratamiento general de fachadas, determinadas por la presencia de vanos continuos y grandes paños fuertemente vidriados. El tratamiento general del conjunto sigue las lógicas de materialidad y textura del resto de los edificios universitarios. 
     En el interior, una organización de corredor central, al que se unen en formato de peine distintos espacios servidos, exponen la lógica funcional que caracteriza a otros edificios de la Universidad. La modulación estructural  permite una fuerte regularidad y homogeneidad de los espacios resultantes, destinados a aulas.
     El conjunto cuenta con un sótano, planta baja y dos niveles superiores. Las circulaciones verticales (escaleras) se distribuyen homogéneamente a través de diferentes tramos a lo largo de la planta, destacándose el cuerpo de la escalera principal, atípica por su posición y formato respecto de las demás (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      El edificio Fausto Elhuyar y de Suvisa está compuesto por un conjunto de tres edificios conectados entre sí, que si se ven desde el aire, forman un rectángulo con un lado algo curvado. En este rectángulo, el edificio 24 se sitúa en lado sur, el edificio 22 en el lado oeste, y el edificio 23 ocupa los lados este y norte.
     En el espacio central definido por los edificios se localiza un jardín de grandes dimensiones con un estanque. Este jardín se encuentra dividido en varias secciones irregulares por diversos caminos estrechos que permiten pasear por él, y conectan con el acerado que lo rodea. Dispone también de merenderos y bancos donde los alumnos pueden pasar tiempo entre clases.
     Las secciones tienen base de hierba, a excepción de una zona de umbría, donde la base es de tierra; en ellas pueden encontrarse distintas especies de árboles, arbustos, así como plantas acuáticas y terrestres.
     En el estanque y la zona más próxima a este, se pueden ver plantas como el Lirio amarillo (Iris pseudoacorus), el Nenúfar blanco (Nymphaea alba), el Junco churrero (Scirpus holoschoenus) o la Espadaña (Typha domingensis), y arbustos como la Adelfa (Nerium oleander), la Alfalfa arbórea (Medicago arborea) y la Jara blanca (Cistus albidus).
     El lirio amarillo es una especie herbácea perenne rizomatosa; sus hojas son planas, estrechas y que parten del mismo rizoma. Las flores son grandes, de color amarillo brillante y los frutos tienen forma de cápsula alargada, guardando en su interior gran cantidad de semilla. 
     El Nenúfar blanco es una hierba acuática perenne que también tiene las raíces en forma de rizoma, pero sumergido; las hojas son redondeadas, verdes oscuras en el haz y de gran tamaño. Sus flores son blancas, de buen tamaño, flotantes y con pétalos numerosos. Se observan también otras variedades de nenúfares, con las flores rosas, que no pueden identificarse ya que son híbridos de jardinería, y fueron donados por un particular.
     El Junco churrero es una especie perenne rizomatosa con tallos simples, duros y que pueden llegar a medir 150 centímetros de altura. Las flores aparecen en agrupaciones compactas situadas en un lateral del tallo, en forma de cabezuelas de hasta 12 milímetros de diámetro. Los frutos tienen forma de cápsula y son de color pardo.
     La Espadaña es una planta herbácea, acuática y perenne, que puede alcanzar los 2,5 metros de altura. Las hojas son asimétricas e igualan o superan dicha altura; presentan glándulas de color oscuro en la parte central, lo que hace que las hojas sean convexas en la parte baja y planas en el ápice. Su inflorescencia es de color pardo claro y presenta flores masculinas y femeninas, separadas entre sí unos 5 centímetros. El fruto en forma de huso, con unos 2 milímetros de largo. 
     La Adelfa presenta hojas simples y lanceoladas de color verde, con frutos pardo-rojizos, las flores están agrupadas y normalmente son de color rosa, aunque también las hay blancas, rojas y amarillas; se trata de una planta muy tóxica, cuya ingesta produce la muerte.
     La Alfalfa arbórea por su parte, puede crecer entre 1-2 metros, presenta hojas compuestas, trifoliadas, de color verde grisáceo: las flores crecen en racimos y son de color amarillo; el fruto es una legumbre enrollada en espiral.
     La Jara blanca es una especie perenne, que puede llegar a los 2 metros de altura. Sus hojas son grisáceas, de forma ovalada y recubierta de pelitos blanquecinos. Sus flores son de color morado, con estambres amarillos, de corta duración y con unos 4 centímetros de diámetro. 
     En el resto del jardín se distinguen otras especies de arbustos como el Jaguarzo (Cistus monspeliensis), el Romero (Rosmarinus officinalis), la Salvia amarga (Teucrium fruticans), la Retama (Retama sphaerocarpa), la Barbadija o Durillo (Viburnum tinus) y el Madroño (Arbutus unedo). 
     El Jaguarzo puede alcanzar 1,5 metros de altura; es de color verde intenso, con hojas lineares, estrechas y largas, con el haz rugoso y el envés gris-pubescente. Sus flores son blancas, con 5 pétalos y un diámetro de 2,5 centímetros. Los frutos tienen forma de cápsula.
     El Romero llega a medir 2 metros de altura, las flores son de color azul o violáceo pálido con estambres que sobresalen de los pétalos, y el fruto es seco, con pequeñas semillas.
     La Salvia amarga tiene una forma redondeada y compacta, con hojas de ovadas a lanceoladas; sus flores varían de color azul a lila y se disponen en grupos al final de las ramas.
     La Retama es un arbusto de tallos muy ramificados, con ramas que salen directamente del suelo, pudiendo alcanzar los 2 metros de altura. Sus hojas son simples, de lineares a lanceoladas. Las flores, agrupadas en racimos, son de color amarillo y pequeño tamaño. El fruto tiene forma de legumbre, con una única semilla en su interior. 
     La Barbadija o Durillo es una especie perenne, con hojas opuestas de unos 10 centímetros, coriáceas, enteras y de un color verde brillante, presentando además pelitos en los nervios del envés. Puede alcanzar los 5 metros de altura. Sus flores son pequeñas, de color blanco y dispuestas en una cima convexa, que puede llegar a los 10 centímetros de diámetro. El fruto tiene forma de drupa y es de color negro. 
     El Madroño se caracteriza por tener una corteza parda rojiza, agrietada y que se desprende en tiras. Sus hojas son verde brillante por el haz y algo más pálidas por el envés, alternas, ovales u ovadas, y dentadas. Las flores son de color blanco o con tintes rosados, tienen forma de urna y se disponen en espigas colgantes. Los frutos son comestibles, tienen forma de baya, unos 2 centímetros de diámetro y de color rojo brillante cuando maduran.
     Otra de las especies presentes es el Palmito (Chamaerops humilis), una palmera de porte arbustivo  que puede alcanzar los 3 o 4 metros de altura. Las hojas tienen forma de abanico, de color verde o azulado, las flores pueden ser unisexuales o hermafroditas, de pequeño tamaño y color amarillo, y el fruto es redondeado, carnoso y amarillo o rojizo. El cogollo es comestible.
     En la zona de sombra se disponen varios ejemplares de Acanto (Acanthus mollis), una planta herbácea perenne que puede llegar a medir un metro de altura. Las hojas son simples, muy grandes y lobuladas, de color verde oscuro. Las flores son blancas, con brácteas moradas y dispuestas en espiga, que puede alcanzar el metro de altura.
     En cuanto a los árboles se distinguen ejemplares de Álamo temblón (Populus tremula), Pino piñonero (Pinus pinea) y Ciprés (Cupressus sempervirens).
     El Álamo temblón puede medir 30 metros de altura. Tiene la corteza grisácea, y sus hojas son ovado-triangulares, acorazonadas en la base y algo dentadas, de color verde por ambas caras. El fruto es una cápsula bivalva, ovada y granulosa.
     El Ciprés es una conífera que puede alcanzar los 30 metros de altura, con porte compacto y estrecho. Presenta hojas escamiformes, delgadas, aplanadas, de color verde oscuro y sin glándulas resiníferas.
     El Pino piñonero es una especie autóctona, que puede superar los 25 metros de altura. Su corteza está dividida en grandes placas gruesas y rojizas. Hojas en forma de acículas, en grupos de dos, de unos 10-15 centímetros de largo, si bien pueden llegar a los 20 cm. Presenta grandes piñas globosas, de 8-15 centímetros de largo por 7-10 centímetros de ancho, que albergan piñones en su interior.
     El otro jardín de este conjunto se encuentra en la cara sur del edificio 24 y se configura en distintos espacios independientes, con diverso tamaño y disposición, rodeados por el acerado.
     Por un lado, se distinguen varios taludes dispuestos desde el nivel de la calle hasta el acerado que da acceso a la planta sótano del edificio. Los taludes están divididos en tres alturas o terrazas, la base es mayoritariamente de tierra y en sus laterales se encuentran las escaleras y las rampas para minusválidos que dan acceso al nivel inferior del edificio; el resto de perímetro se delimita con una línea de adoquines. 
     En cuanto a las especies presentes, se distinguen ejemplares jóvenes de Algarrobo (Ceratonia siliqua) y de Pino piñonero (Pinus pinea).
     El Algarrobo es una especie perenne que puede alcanzar los 10 metros de altura, con hojas paripinnadas; foliolos de color verde oscuro brillantes por el haz y más claro por el envés; presenta flores masculinas y femeninas; los frutos tienen forma de legumbre y color chocolate.
     Por otro lado, y al nivel de la calle, se distinguen tres grandes espacios rectangulares separados entre sí por el acerado y cuyo perímetro se delimita con una línea de adoquines. Su base es de hierba, y en ellos se localizan especies como el Olivo (Olea europaea), el Palmito (Chamaerops humilis), la Casia (Cassia didymobotrya) o el Falso pimentero (Shinus molle).
     El Olivo es un árbol que no suele superar los 10 metros de altura, sus hojas son verde oscuro en el haz y blanquecinas en el envés, las flores son blancas y se agrupan en racimos, y su fruto son las aceitunas.
     La Casia puede crecer entre 2-4 metros de altura; de porte redondeado, presenta hojas largas  con 8-18 pares de foliolos de elípticos-oblongos a obovados-oblongos; las flores son amarillas, presentan brácteas negruzcas antes de abrirse y se agrupan en espigas erectas; fruto en forma de legumbre.
     El Falso pimentero es un árbol llorón, perenne, con hojas divididas en gran cantidad de foliolos estrechos y lanceolados, de borde aserrado y color verde. Las flores pequeñas, unisexuales o hermafroditas. Futo en drupa esférica de tono rojizo.
     En esta misma zona también se pueden ver parterres individuales, con base de tierra, ocupados por dos especies de árboles, el Almez (Celtis australis) y el Ciruelo Pissard (Prunus pissardii).
      El Ciruelo Pissard es un árbol muy apreciado en jardinería por el tono rojo-burdeos de sus hojas; se trata de una especie caduca, de hojas simples con la base angulosa o redondeada y los márgenes dentados. Las flores son blancas y aparecen antes que las hojas. Sus frutos son lisos, globosos y de color rojo o amarillento.
     El Almez es un árbol que puede crecer hasta los 20 metros de altura, con la corteza lisa, grisácea y ramas erectas; las hojas son ovales, acuminadas y con márgenes dentados, de color verde glauco y con pelos el haz, mientras que el envés es más claro. Frutos en forma de drupa, de color negro, al final de un pedúnculo.
     En el lateral oeste del conjunto de edificios, se observa un pinar de gran extensión. Este espacio está atravesado por dos caminos, construidos para facilitar el paso de alumnos y profesores. En cuanto a las especies presentes, este espacio está formado casi en exclusiva por ejemplares de Pino piñonero (Pinus pinea), descrito anteriormente, aunque también pueden verse algunos individuos de Pino canario (Pinus canariensis).
     El Pino canario es una especie que puede alcanzar los 40 metros de altura, presenta una copa densa y la corteza es de color pardo-rojiza. Hojas en forma de acículas, flexibles y de color verde claro, se presentan en grupos de tres y tienen unos 20-30 centímetros de largo. Sus piñas son ovoides, con poco pedúnculo y una longitud de unos 15-20 centímetros.
     En los laterales este y norte del conjunto, rodeando el edificio 23 por el exterior, se distingue un gran espacio en forma de ele. Este espacio es atravesado por varias rampas y escaleras de acceso a la entrada posterior del edificio, y cuenta con ejemplares de diversas especies. 
     Pueden verse ejemplares de Tipuana (Tipuana tipu), Algarrobo (Ceratonia siliqua), Ciprés (Cupressus sempervirens), Pino piñonero (Pinus pinea), Taraje (Tamarix gallica), Plátano oriental (Platanus orientalis) y Álamo temblón (Populus tremula).
       La Tipuana es un árbol de tamaño medio, con flores amarillas y frutos con forma de legumbre alargada.
     El Taraje se encuentra aquí en forma de arbusto, es de hoja caduca y tiene aspecto plumoso; ramas flexibles, algo péndulas y de color pardo rojizo. Hojas escamiformes y flores rosadas o blancas de pequeño tamaño que se presentan en espigas. El fruto es una cápsula piramidal con 3 valvas y varias semillas con penacho plumoso.
     El Plátano oriental es un árbol caducifolio con una altura de 25-30 metros. Sus hojas son palmatipartidas, simples, alternas y de color verde, pudiendo alcanzar los 25 centímetros de longitud. Inflorescencias reunidas en grupos de 3-7 esferas globosas.
     Las Oficinas Técnicas de Arquitectura e Ingeniería S.A. (OTAISA), recibieron el encargo de construir la Universidad Laboral de Sevilla en 1949.
     Además de las edificaciones destinadas a acoger a los alumnos, los arquitectos encargados del proyecto tuvieron en cuenta la importancia de los jardines en un campus como este, creando diferentes composiciones. Con el paso del tiempo los espacios se han ido modernizando, añadiendo nuevas construcciones pero sin olvidar el papel esencial que tienen los jardines en esta universidad.
     Actualmente todos estos jardines forman parte de la Universidad Pablo de Olavide, que se asienta en los terrenos de la Antigua Universidad Laboral (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Biografía de Fausto d'Elhuyar y Lubice, personaje que da nombre a la obra reseñada;
     Fausto d'Elhuyar y Lubice. (Logroño, La Rioja, 11 de octubre de 1755 – Madrid, 6 de enero de 1833). Químico, minero, metalurgista, profesor, gestor y teórico de la ciencia.
     Los hermanos Elhuyar nacen en Logroño, de familia vasco-francesa, admitiendo sus apellidos muy diversas grafías: d’Elhuyar, Delhuyar, de Luyar, Elhuyart, Subice, Suvisa, Lubice, o bien Zubice. Fue enviado Fausto por su padre a estudiar a París, junto con su hermano Juan José, y permaneció allí entre 1772 y 1777 estudiando Química con Hilaire-Marin Rouelle. En esta fecha regresaron de Francia y fueron admitidos en la Sociedad Bascongada de Amigos del País, donde en 1778 fue nombrado Fausto profesor de Mineralogía y Metalurgia. Los hermanos fueron enviados a estudiar a la escuela de minería de Freiberg (Sajonia), donde conocieron a Abraham Gottlob Werner, que influyó de forma decisiva en su futuro científico y técnico. Allí Fausto tuvo amistad con Thaddeus von Nordenflicht cuyo nombramiento al frente de la misión minera en Perú recomendó, también conoció en Viena a Ignaz von Born. Tras estudiar las novedades de la minería europea, Fausto ocupó la cátedra en 1781, si bien dimitió en 1785 por escaso interés de los alumnos. Ayudó a su hermano en el aislamiento del wolframio y trabajó con François Chabaneau sobre la platina.
     La comunicación en que presentan el análisis del nuevo metal fue dada a conocer por los dos hermanos como socios de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País en Vitoria el 28 de septiembre de 1783 y apareció publicada en los Extractos de las Juntas Generales en la sección de las Comisiones Segundas de Ciencias y Artes útiles con el número 1, páginas 46- 88. Por separado fue también publicado en Vitoria por el impresor de la sociedad Gregorio Marcos de Robles y Revilla. Se tradujo de inmediato a varias lenguas europeas. Procedieron en sus análisis a una cuidadosa revisión bibliográfica, a ensayos por vía seca y por vía húmeda y a cuidadas conclusiones cualitativas y cuantitativas, siguiendo las novedades de la química de la época. Al fin, por medio del calor en crisol obtuvieron un botón gris que se redujo a polvo entre los dedos, con lente observaron un conjunto de globos metálicos, algunos del tamaño de una cabeza de alfiler, con fractura metálica y color del acero.
     Son interesantes las demás publicaciones que Fausto presentó en diversas revistas de la época, que dan a conocer sus actividades, tal como ha recogido Francisco Aguilar Piñal. Se señalan las presentadas a la Sociedad Bascongada, sobre diversos minerales y metales. Se debe destacar la propuesta de hacer una colección mineralógica de las Vascongadas, que llevaría a un mapa geológico basado en los de Tomás López. También su proyecto de mejora de las minas de Somorrostro, que estudia desde puntos de vista muy distintos, mineralógicos, sociales, administrativos y técnicos. Recomienda una adecuada organización de las minas, con un control administrativo y técnico que será un comienzo de sus futuras ideas sobre la minería americana y española.
     Pero en febrero de 1786 el ministro Gálvez lo envió a París y Viena a conocer el método de Born y fue acompañado por tres estudiantes, entre ellos Andrés Manuel del Río. El conocimiento de estas novedades se acompañó de su nombramiento al frente de la minería mexicana y del envío de las dos expediciones de mineros a México y Perú dirigidas por Sonneschmidt y por Nordenflicht. Sin duda quiso publicar su trabajo como Disertaciones metalúrgicas, pero no aparecieron impresas hasta la edición de 1941 de J. Guzmán. En ellas elogiaba y prefería el método de Born, que analiza de forma química. Para ello se ocupó de la calcinación de los metales, la acción de los ácidos y el azufre sobre el oro y la plata, y formuló la teoría de la amalgamación. Estudió con detalle el ácido cloroargéntico. De todas formas comprendió que el método de Born fue un perfeccionamiento del método de Barba, tal como lo reconoció ya en carta a Gómez Ortega de 1786 y, más tarde, verificará en Nueva España. Por fortuna Luis Proust publicó en 1791 un resumen de estos trabajos en los Anales del laboratorio de Segovia. Han quedado, sin embargo, inéditos muchos manuscritos epistolares, administrativos, científicos y técnicos escritos a lo largo de su larga vida.
     Se considera a Fausto de Elhuyar autor de la mejora de la minería en Nueva España. Sin embargo, los autores discuten sobre su papel en estos cambios. Mientras algunos consideran que fue decisiva la mejora técnica, otros creen que fueron reformas de carácter administrativo y económico las responsables del aumento de la producción de la plata. También se discute si fue llevada una gran innovación por Elhuyar y los mineros europeos, o bien se trata de una revalidación del método tradicional hispano. Sin duda, influyeron en las novedades tanto la tradición de Bartolomé de Medina y de Álvaro Alonso Barba como la minera mexicana reciente. Así la “Representación de los mineros en 1774”, presentada por Juan Lucas de Lassaga y Joaquín Velázquez de León, fue uno de los motores de las mejoras. También la visita de Gálvez, futuro ministro de Indias, fue decisiva, pues supo ver los problemas de la minería colonial. Se promulgaron las ordenanzas de 1783, con un cuerpo de mineros, un tribunal y un banco, así como una escuela de minería. Los citados fueron nombrados administrador y director del Cuerpo, pero murieron en 1786.
     Escribió el marqués de la Sonora a Fausto de Elhuyar, el 18 de julio de 1786, para comunicar su nombramiento como director general del Cuerpo de Minas. El 4 de septiembre de 1788 llegó al puerto de Veracruz en la fragata Venus. Tomó posesión de su puesto al frente del Cuerpo y del Tribunal el 13 de enero de 1789, recibiendo del diputado minero más antiguo el bastón de autoridad y jurisdicción. El Banco de Avíos fracasó, pero en enero de 1790 propuso planes de reforma del tribunal y colegio. Recogió para éste tanto la tradición mexicana como la europea de Vergara y Freiberg, quedando organizada su enseñanza de la siguiente manera. En el primer curso se enseñaría matemáticas puras, en el segundo geometría práctica, en el tercero química, en el cuarto física subterránea o teoría de las montañas. La química fue poco atendida, pero hubo buenos profesores para matemáticas y mineralogía, así Rodríguez, Bataller y Del Río. El dibujo necesario se aprendía en Bellas Artes, insistiendo Elhuyar en que fuese éste más aplicado a planos de minas y técnica minera. El cuadro se completaba con otras materias, como lógica, latín y castellano, la enseñanza se impartía en esta lengua. Hubo gabinetes de máquinas y de instrumentos, otro de química y otro de mineralogía, así como visitas a los yacimientos mineros de interés. Había exámenes por curso, y al terminar algunos eran públicos con gran rigor. Al final de los estudios salían a los principales yacimientos mineros, luego eran examinados por un tribunal formado por todos los profesores y entonces se les daba el título. Salieron los primeros practicantes a los reales de minas en 1798, con su visita se quería confeccionar un mapa minero, mejorar la técnica en las minas, y proporcionarles una adecuada formación práctica, que les sería útil en el futuro laboreo de esos yacimientos que considerarán como propios. Ese mismo año se les mandó que fueran a los distintos territorios del imperio, para quedar al frente de estas actividades.
     Andrés Manuel del Río llegó a fines de 1794 a México cargado de libros e instrumentos, pues la enseñanza por manuales y la práctica eran esenciales en la formación de los técnicos mineros. Se tradujeron algunos libros, se trajeron otros de Europa, introduciendo la ciencia moderna. Tanto Werner como Lavoisier fueron conocidos pronto, éste se tradujo de forma rápida. Para física se usó a Sigaud de La Fond, para matemáticas se sucedieron Benito Bails, Juan Justo García y José Mariano Vallejo. Se escribieron textos de gran interés, entre los que destaca la Oritognosia de Andrés Manuel del Río. Los instrumentos se compraron al principio, así se consiguieron colecciones, o bien se encargaron en Europa, en lo que ayudó Alexander von Humboldt, e incluso más tarde se fabricaron llevando instrumentistas franceses que introdujeron en México estas habilidades. En 1797 Manuel Tolsá presentó los planos del maravilloso edificio neoclásico para el Colegio de Minería.
     A la vuelta a España en 1821, tras la independencia mexicana, sirvió al rey Fernando como director general de minas a través del secretario de despacho de Hacienda López Ballesteros. Formó parte en 1824 de la Junta de Fomento de la Riqueza del Reino, recibió el nombramiento de director general de Minas en el siguiente año. Visitó las principales minas, aprovechando su experiencia para mejorar la enseñanza en Almadén. Su acción mejoró la extracción minera, cambiando la legislación en la Ley de Minas de 1825 e innovando la enseñanza y el ejercicio de la minería, estando en el origen de los ingenieros de minas españoles.
     En ese mismo año publicó su interesante Memoria sobre el influjo de la Minería dedicada al Soberano. Salió en defensa de esta actividad, fundamental en la historia colonial del imperio español. Alexander von Humboldt había criticado la obsesión española por la obtención de metales preciosos, con el descuido de otros ramos de la economía. Elhuyar reconoció que se trataba de una actividad considerada extraña, penosa y arriesgada, pero considera que era necesaria para las demás actividades, que animaba y fomentaba. Los reyes españoles habían protegido esta producción, quitando estorbos y facilitando su cultivo, con acuerdos de hacienda, de ciencia y de técnica.
     En su texto se muestra partidario de la moderna economía, citando a Adam Smith con veneración. Sigue, si bien forzándolo de acuerdo con sus propias ideas, el libro de Jacques Peuchet titulado Dictionnaire universel de la géographie commerçante, editado en París en seis volúmenes en el año VII (1799-1800).
     Afirma que cada pueblo tiene sus peculiaridades, que lo hacen apto para unas producciones, en las que debe hacerse fuerte. El clima y la geografía, la complexión física y moral, la constitución política y civil deben ser tenidos en cuenta. Peuchet se remonta a Polibio, pero sin duda Montesquieu está presente. Pero el francés considera buena la salida de metales tan sólo si el comercio está equilibrado en cantidad y calidad. Se muestra además reticente tanto respecto a la minería, como de los países que reciben metales preciosos en exceso.
     Pero Elhuyar consideraba que la colonización española fue ejemplar, pues los colonos no podían tomar otro camino en territorios salvajes y agrestes. La minería fomentaba la agricultura y la ganadería, las artes y la industria, el comercio y el trabajo. Promovía la actividad y el sosiego público, a la vez que enriquecía el real erario. Recomendaba la producción de oro y plata, pero también de cobre, estaño, hierro y plomo. Era necesario el libre comercio, siguiendo los elogios de Peuchet a la libertad, que destruye los perjuicios que pueda ocasionar.
     Discutía las acusaciones contra España, en su colonización no hay la barbarie que sus enemigos pretendían, con los siglos se habían arreglado las crueldades del comienzo de la colonia, gracias al trabajo mejor y libre y a la acción de la Corona. Los indios eran vagos, lo que propició una eficaz dureza. Los metales tampoco caen en la condena eclesiástica a la usura, el ocio, la avaricia, ni de los arbitristas que defienden la industria, pues la minería es su motor. No le preocupaba la pérdida ni la acumulación de metales, la “balanza de comercio” estaba siempre equilibrada. Era necesaria la moneda, sean los metales preciosos, sea el futuro papel, o los metales que los químicos acertaran a encontrar (Miguel Ángel Puig-Samper Mulero, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Sevilla, déjame ExplicArte los edificios 22, 23, 24 y 29 "Fausto Elhuyar y de Suvisa" y sus jardines, de varios autores, en la Universidad Pablo de Olavide, en Dos Hermanas (Sevilla). Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia sevillana.

Más sobre la localidad de Dos Hermanas (Sevilla), en ExplicArte Sevilla.