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miércoles, 27 de agosto de 2025

El antiguo Palacio de los Ponce de León

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el antiguo Palacio de los Ponce de León, de Sevilla
     Hoy, 27 de agosto, es el aniversario (27 de agosto de 1492) del fallecimiento de Rodrigo Ponce de León, III Duque de Arcos, entre otros títulos nobiliarios, personaje que da nombre al antiguo Palacio de los Ponce de León, así que hoy es el mejor día para Explicarte el antiguo Palacio de los Ponce de León, de Sevilla.
     El antiguo Palacio de los Ponce de León se encuentra en la calle Escuelas Pías, 1; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo
    Las dependencias del antiguo convento de los Terceros de la Orden Franciscana están actualmente muy remodeladas debido al estado de deterioro en que se encontraban y por su adaptación al uso de oficinas, debiendo mencionarse un artesonado de casetones, procedente del palacio de los Ponce de León, que cubre un salón de reuniones situado en la crujía de fachada.
     Detrás del claustro mayor del convento se abre un patio de planta aproximadamente triangular al que dan dependencias del antiguo Palacio de los Ponce de León. De este importante inmueble persisten escasos restos: Una galería porticada de dos plantas y una torre que alberga una escalera imperial realizada en el siglo XIX reutilizando columnas renacentistas, posiblemente procedente de talleres italianos, con capiteles de gran calidad. En la actualidad, este complejo de edificaciones históricas tiene varios usos: La iglesia mantiene el religioso, con la Hermandad de la Sagrada Cena, el convento es sede de una empresa del Ayuntamiento de Sevilla y los restos del palacio están insertos en un edificio de viviendas en régimen de propiedad horizontal.
     El convento de la Orden Tercera de San Francisco, de Sevilla, es ejemplo significativo de esa tipología arquitectónica tan importante en esta ciudad. Su construcción comenzó, a principios del siglo XVII, por la iglesia, buen exponente del protobarroco, aunque serán los aditamentos de pinturas murales y yeserías, del siglo siguiente, los que configuraron su actual aspecto interior y una intervención de principios del XVIII la que la dotó de la interesante fachada que posee, con ecos del barroco hispanoamericano.
     Las dependencias conventuales se organizan en torno a dos claustros que se enlazan con uno de los elementos arquitectónicos más singulares de este conjunto: Su escalera principal, de compleja traza y, a la par, perfectamente visualizable en su desarrollo desde un solo punto de mira en el inicio de la misma.
     Después de la Desamortización de Mendizábal el convento pasó a ser cuartel y en 1952 Colegio de los Padres Escolapios. En este uso docente se unió al inmueble contiguo que fue palacio de la poderosa familia Ponce de León, duques de Arcos y de Osuna, una de las más importantes casas nobiliarias con que contó la ciudad desde el siglo XV, de la que hoy sólo quedan algunos vestigios (Guía Digital del Patrimonio Digital de Andalucía).
     El palacio Ponce de León es actualmente la sede de EMASESA (Empresa Metropolitana de Abastecimiento y Saneamiento de Agua de Sevilla) y es sin duda uno de los edificios patrimoniales más interesantes e importantes de cuantos atesora el Ayuntamiento de Sevilla. A pesar de haber formado en origen dos conjuntos monumentales independientes, el destino quiso que en el siglo XIX el palacio de los Ponce de León y el antiguo convento de los Terceros Franciscanos se convirtieran en un todo.
     El primero de los edificios que se visita es el palacio de los Ponce de León. Aunque el edificio que se conserva hoy está muy reformado, los orígenes del palacio se remontan al siglo XIV. Los Ponce de León llegan a Sevilla tras la conquista de la ciudad al ser recompensados por el rey por su ayuda en la conquista de diferentes ciudades. El rey les entregó una serie de casas situadas cerca de las murallas.
     El edificio se fue reformando con el paso de los siglos y se fue adaptando a los nuevos estilos, como por ejemplo la logia renacentista que se conserva en uno de los patios, del siglo XVI, con columnas de mármol, capiteles de moñas (muy populares en la Sevilla renacentista) y arcos de medio punto, similar a otras logias que se construyeron en la ciudad, como la de la Casa de Pilatos. Además de este patio, se conserva un interesante artesonado de madera con casetones que se recuperó en la restauración del edificio, una impresionante escalera imperial del siglo XIX que está ubicada en una de las torres del edificio y el antiguo patio principal de la casa, hoy rodeado de viviendas contemporáneas (Turismo de la Provincia de Sevilla).
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Ponce de León; 
     Rodrigo Ponce de León, II Marqués y I duque de Cádiz, I marqués de Zahara, III conde de Arcos, VII señor de Marchena, marqués de Marchena, de Rota, de Mairena del Alcor, y de Bailén. (Mairena del Alcor, Sevilla, 1444 – Sevilla, 27 de agosto de 1492). Noble.
     Segundo de los hijos varones de Juan Ponce de León, conde de Arcos, y de la que fue su segunda esposa, Leonor Núñez. Ésta había llegado a Andalucía como criada de Leonor de Guzmán, primera mujer de Juan Ponce, quien la hizo su amante aun a costa de la ruptura del matrimonio. Pese a que Leonor de Guzmán murió en 1441, la boda entre los padres de Rodrigo no pudo celebrarse hasta 1448 por la oposición del conde don Pedro, padre de Juan Ponce, al matrimonio de su heredero con la antigua criada. Así las cosas, el futuro marqués de Cádiz nació muy posiblemente en la heredad de la Torre de los Navarros, cerca de la localidad sevillana de Mairena del Alcor, en la que transcurrieron los primeros años de su vida.
     Hubo de pasar luego a Marchena, centro de los estados paternos, para vivir en el seno de la atípica y prolífica familia del conde, compuesta por cerca de treinta hijos habidos con al menos, ocho mujeres distintas.
     La vida del joven Rodrigo cambió drásticamente a resultas de la muerte de su hermano primogénito, Pedro, en 1459, y convertirse en heredero de la casa.
     Ello llevó al inmediato intento de anulación de su compromiso matrimonial con Beatriz Marmolejo, a la que había desposado “por palabras de presente” el 6 de febrero de 1457. Beatriz era hija de Pedro Fernández Marmolejo, señor de Torrijos, y de Alcalá de Juana Dorta, en el Aljarafe sevillano. Lo que era una buena boda para un segundón se convertía en un grave problema para la política matrimonial de Juan Ponce de León, quien ya en 1460 proponía a Juan Pacheco, marqués de Villena y poderoso valido de Enrique IV, el enlace de Rodrigo con una de sus hijas. Para ello, fue preciso conseguir la anulación de los esponsales previos, lo que, junto con los vaivenes políticos de esos años, demoró el arreglo hasta 1470.
     Ya desde su primera juventud, Rodrigo se convirtió en un importante apoyo de su padre en el gobierno de su casa y en la defensa de la frontera. En 1462 saltó a la fama por su brillante intervención, al frente de la hueste condal, en la batalla del Madroño, cerca de Teba, donde desbarató una importante cabalgada mandada por el infante granadino Muley Hacén. Rodrigo, que hacía sus primeras armas, se comportó en ella con gran valor y resolución, siendo gravemente herido en un brazo.
     Poco después, en agosto de ese año, participó en la conquista de Gibraltar, propiciada por el alcaide de Tarifa, Alfonso de Arcos, y en la que tomaron parte las milicias de Jerez y de las villas gaditanas cercanas a la plaza, además de las huestes del conde de Arcos y del duque de Medina Sidonia. La disputa que se desató entre el joven Rodrigo y el duque por entrar los primeros en la ciudad, y el intento de éste de apoderarse secretamente de la fortaleza, acabó en un grave enfrentamiento en el que los cronistas de la época vieron el preludio de los problemas posteriores entre ambas casas.
     No obstante, entre 1463 y 1467 Ponces y Guzmanes actuaron como aliados en los graves conflictos civiles que asolaron Andalucía y toda Castilla. Primero, hasta junio de 1465, apoyando a Enrique IV frente al ahora rebelde Juan Pacheco y su hermano, Pedro Girón.
     Desde esa fecha, y después de la llamada “farsa de Ávila”, en el partido del infante-rey don Alfonso y contra Enrique IV. Pese a todo, el conde de Arcos, como tantos magnates de la época, trató de mantener cierta equidistancia y aprovechar las aguas revueltas para obtener importantes recompensas de las fuerzas en lid y, sobre todo, tratar de afirmar su poder en Sevilla, donde los Guzmán gozaban de una posición muy superior. En todo ello, su hijo Rodrigo era agente principal, ya en las luchas callejeras libradas en la ciudad para expulsar a los enriquistas, primero, y luego contra Stúñigas o Saavedras, ya en la ocupación de la ciudad de Cádiz, llevada a cabo a fines de 1466. Esta acción, que se presentó como preventiva de ciertos movimientos de los enriquistas locales contra el dominio alfonsino, entregó al linaje una ciudad de gran importancia estratégica que iniciaba su auge mercantil. De hecho, existía ya una promesa o concesión condicionada de Alfonso (XII) a Juan Ponce de León por los servicios que le estaba prestando. La intervención de los Ponce se vio facilitada también por los poderes que el conde de Arcos y el duque de Medina Sidonia habían recibido en agosto de 1465 para garantizar la obediencia del Reino de Sevilla al nuevo Monarca, los cuales los constituían en auténticos virreyes.
     Aunque muy contrariado, don Alfonso hubo de respaldar el golpe de mano de los Ponce en Cádiz.
     Más tarde, una vez fallecido su hermano, Enrique IV reconoció el dominio señorial en junio de 1469 y en enero de 1471, esta vez con la concesión del título de marqués de Cádiz a don Rodrigo. Con la incorporación de Cádiz, los Ponce de León trataban de compensar los recientes éxitos de sus entonces aliados, pero siempre rivales, los Guzmanes, quienes se acababan de hacer con Gibraltar y Huelva. Esta escalada fue seguida del estallido de un episodio banderizo entre los dos linajes en 1467 y 1468 que tuvo por escenario a Sevilla y a Jerez de la Frontera, aunque la muerte del infante-rey en julio de 1468 les obligó a buscar una avenencia que permitiese a ambos afrontar sin riesgos el cambio de situación.
     La nueva adhesión de Ponces y Guzmanes a Enrique IV y la reconciliación de Juan Pacheco con el Monarca dieron nuevas alas a los proyectos matrimoniales de Rodrigo con una de las hijas del marqués de Villena. Finalmente, la designada fue Beatriz, firmándose las capitulaciones el 21 de noviembre de 1470 y celebrándose los esponsales por poderes en Segovia el 20 de marzo de 1471. La dote consistió en un millón de maravedís en heredades y metálico, medio millón más en ajuar y un juro de 150.000 maravedís anuales.
     Poco antes, a principios de ese año, había muerto el conde Juan Ponce de León, tras serle concedido el marquesado de Cádiz el día 20 de enero. La influencia de Juan Pacheco fue decisiva en esta importante merced, que confirmaba plenamente la señorialización de Cádiz, así como en otras de carácter económico que por entonces recibió Rodrigo, como la de todas las nuevas minas que se hallasen en Andalucía, o en el nombramiento como corregidor de Jerez de la Frontera, cargo obtenido en 1470.
     Todas estas ventajas tenían como contrapartida situar al marqués de Cádiz en la órbita de Pacheco y distanciarlo definitivamente del duque de Medina Sidonia, principal obstáculo en Andalucía a la hegemonía del de Villena. A este factor político nuevo hay que añadir la vieja rivalidad en Sevilla y la aversión creciente entre don Rodrigo y el nuevo pariente mayor de los Guzmán, don Enrique, joven de su misma edad.
     Todo ello abocó a un gran estallido de violencia banderiza que se extendió entre 1471 y 1474. A un primer conato, acaecido en marzo, siguió el definitivo a fines de julio. Toda Sevilla se vio involucrada en el enfrentamiento. La población se inclinó muy mayoritariamente por los Guzmán, sobre todo después del incendio del templo de San Marcos por los partidarios del marqués. Rodrigo se hizo fuerte en la collación de Santa Catalina, pero finalmente hubo de huir de la ciudad, acompañado por doscientos jinetes, para buscar refugio en Alcalá de Guadaira, de cuya fortaleza era alcaide su cuñado Fernán Arias de Saavedra.
     Las casas de los Ponce en Sevilla y las de cientos de sus allegados fueron saqueadas por la multitud.
     La reacción de Rodrigo Ponce no se hizo esperar: el 2 de agosto salió con su hueste, muy reforzada con la llegada de vasallos y aliados procedentes de la campiña sevillana, y a marchas forzadas se dirigió a Jerez de la Frontera mientras que sus enemigos le esperaban en Sevilla. Al día siguiente ocupó la ciudad, donde sus numerosos partidarios le abrieron las puertas y le entregaron el alcázar. Su cargo de corregidor, confirmado por Enrique IV pocas semanas después, dio legitimidad al dominio establecido por el marqués en Jerez.
     Con este golpe de mano, Rodrigo Ponce consiguió una sólida base desde la que hacer frente a la guerra desatada y restablecer un cierto equilibrio de fuerzas.
     Sus posiciones se extendían desde la bahía de Cádiz, donde poseía Rota y la propia ciudad gaditana, hasta el curso alto del Guadalete a través de los amplios términos de Jerez y Arcos de la Frontera. Desde aquí enlazaban con las tierras de la “banda morisca”, contigua a la frontera granadina, donde los Ponce de León, además de su antiguo señorío sobre Marchena, habían tejido una amplia red de alianzas y parentescos que incluían a los alcaides de localidades como Morón, Osuna y Estepa. Las gentes de la frontera, con una preparación militar muy superior al resto, proporcionaron al bando de Rodrigo Ponce, muy inferior en hombres y en recursos al de su rival, una superioridad táctica indiscutible.
     El marqués contaba también con el apoyo del alcaide Luis de Godoy, hombre de Pacheco, en Carmona, enfrentado al potente partido contrario en esa localidad, y con el control de los castillos serranos de Alanís y Constantina, además de núcleos de partidarios en Écija y otras localidades, así como con la alianza de Alonso de Aguilar en Córdoba.
     Con este despliegue, Rodrigo Ponce cortaba en dos las posesiones del duque de Medina Sidonia, extendidas por las actuales provincias de Huelva y Cádiz, y hacía posible el bloqueo de Sevilla. Éste fue el principal empeño de sus fuerzas, impidiendo el suministro marítimo de la ciudad en años de malas cosechas como los de 1471 y 1472, y dificultando los procedentes de Extremadura. El dominio a campo abierto de las tropas del marqués permitió a éste presentarse, antes de que terminase el verano, ante los muros de Sevilla, verdadero objetivo del conflicto, pero el temor recíproco impidió el choque. El duque replicó con un alarde paralelo ante Jerez, sin mayores efectos. En noviembre de 1471 se pactó una primera tregua por cuatro meses ante la inminencia de un viaje de Enrique IV a Andalucía, lo que hacía esperar una solución política del conflicto. La tregua fue aprovechada por el marqués para tomar la villa musulmana de Cardela, con fama de inexpugnable, lo que consolidó un prestigio militar creciente que contrastaba con la abulia guerrera atribuida al duque Enrique de Guzmán. El aplazamiento de la visita real y la reanudación de los enfrentamientos en marzo de 1472 dio paso a la etapa más dura de la guerra, en la que los sevillanos trataron de romper el dogal con un contraataque victorioso sobre Luis de Godoy en Carmona y con la toma del castillo de Alanís en enero de 1473. Además, Enrique trató de desestabilizar al bando rival captando a Manuel Ponce de León, hermano del marqués, quien intentó, sin éxito, apoderarse de Marchena el 13 de enero de 1473, y favoreciendo la recuperación de Cardela por los granadinos a mediados de agosto.
     Rodrigo respondió con contundencia a estas acciones. En marzo de 1473, organizó un ataque marítimo y terrestre contra Sanlúcar de Barrameda, pocos días después de que dos hermanos del duque muriesen y otro fuese capturado en un cruento combate de caballería en las cercanías de Alcalá de Guadaira. En abril corrió los alrededores de Sevilla, tomando Alcalá del Río y destruyendo varias torres del entorno sevillano. Sin embargo, el gran éxito del marqués no llegó hasta el 27 de diciembre de 1473, cuando Pedro de Vera, alcaide por entonces de Arcos, tomó por sorpresa Medina Sidonia, asestando un duro golpe al prestigio del duque.
     Este triunfo fue seguido de la captura de la torre de Lopera en marzo de 1474 por el mismo caballero.
     Estas victorias de los Ponce forzaron a Enrique de Guzmán a réplicas en las que puso en juego todo el poder de su casa y de Sevilla. Tras varias incursiones sobre Carmona, Alcalá del Río, Arcos y Utrera, concentró sus fuerzas ante Alcalá de Guadaira a fines de abril, estableciendo un asedio formal. El marqués acudió al socorro con todas las fuerzas que pudo movilizar, planeando de nuevo el riesgo de un choque tan decisivo como incierto.
     Para entonces, las haciendas de los contendientes estaban exhaustas y la tierra al límite tras años de rapiña y malas cosechas. Todo ello favoreció el papel mediador del conde de Tendilla y de Alonso de Velasco, hermano del conde de Haro, quienes en un tiempo brevísimo consiguieron la firma de las paces de Marchenilla el 20 de mayo de 1474. El resultado garantizaba la restitución general de bienes y el mantenimiento del statu quo político y militar, la devolución de Medina Sidonia al duque y de Castellar a Fernán Arias de Saavedra, deudo y aliado del marqués, y otorgaba poder a éste para armar almadrabas en Cádiz, lo que vulneraba el monopolio ducal. Con todo, quizá el principal éxito de los Ponce en estas paces era tratar de igual a igual a sus rivales.
     Poco después, la situación política de Rodrigo Ponce de León se agravaría considerablemente. La alianza del duque con los futuros Reyes Católicos le había obligado a profundizar su dependencia de Pacheco y de Enrique IV. Estos motivos, y la estrecha vinculación de los intereses comerciales gaditanos con Portugal y Génova, le habían arrastrado al campo favorable a la princesa doña Juana. La muerte de Pacheco en octubre de 1474 y la del Rey en diciembre lo dejaron sin apoyos, en tanto que el dominio de Sevilla por Enrique de Guzmán se hacía completo. El resultado de la batalla de Toro amenazaba con convertirlo en un rebelde, por lo que Rodrigo Ponce de León se apresuró a someterse a los Reyes. El 30 de abril de 1476 recibió garantías para su casa y estados y la confirmación de las principales mercedes recibidas, así como el perdón real por su tardía obediencia.
     La presencia de la Reina en Sevilla desde julio de 1477, seguida poco después por don Fernando, fue ocasión de una reconciliación completa, sellada por la famosa escena en el alcázar, a donde acudió el marqués solo, de noche y sin previo aviso para hincar la rodilla ante la Reina y diluir las sospechas que sobre su fidelidad extendían sus enemigos, tan poderosos en la ciudad. Poco después, los Reyes viajaron a Jerez, donde el marqués les hizo entrega del mando, como ya había hecho de las fortalezas de Alcalá de Guadaira y Constantina. Desde ese momento se convirtió en el adalid de la causa real, contribuyendo eficazmente al sometimiento del mariscal Fernán Arias de Saavedra en 1478.
     La finalización de las treguas pactadas en 1475 con Granada por tres años, aunque prorrogadas en 1478, dio paso a un período de agitación fronteriza en la que Rodrigo Ponce se sumergió de inmediato. Ya en 1477, en respuesta a la recuperación granadina de Cardela, saqueó e incendió la cercana villa de Garciago, para recobrar Ortejícar en 1478, tomada por los moros al conde de Urueña, y apoderarse luego del castillo de Montecorto, que los rondeños capturaron de nuevo a fines de 1479. En 1481 entró hasta el corazón de la Serranía, atacando Villaluenga, corriendo Ronda durante tres días y derribando la fuerte torre del Mercadillo. En este ambiente, no puede extrañar el asalto de los moros a Zahara, considerado, sin embargo, primer acto de la definitiva guerra de Granada (27 de diciembre de 1481).
     El marqués de Cádiz fue, sin duda alguna, el principal caudillo militar de la Guerra de Granada. Además, su conocimiento del terreno y sus numerosos contactos en el campo musulmán le hicieron un consejero especialmente valioso y acertado. La actividad que desarrolló a lo largo de la década de 1480 fue incansable, participando en prácticamente todas las campañas de la guerra y manteniéndose siempre alerta y sobre las armas cuando éstas llegaban a término.
     Su iniciativa y caudillaje fueron fundamentales en la toma de Alhama (28 de febrero de 1482), respuesta a lo de Zahara y golpe de grandes consecuencias desde los puntos de vista estratégico y moral.
     Aunque en 1483 conoció la amargura de la derrota en la Ajarquía (21 de marzo), donde perdió a numerosos familiares y vasallos, en octubre fue parte principal en la victoriosa batalla de Lopera, éxito de gran importancia porque quebrantó el poder de los moros de Ronda y Málaga e hizo posible la inmediata reconquista de Zahara por el mismo Rodrigo Ponce de León (29 de octubre de 1483). El impacto de esta recuperación en la frontera y aún en todo el Reino fue enorme, satisfaciendo tanto a los Reyes, que se la cedieron por juro de heredad, además de elevar su marquesado de Cádiz a ducado, incrementado con el título de marqués de Zahara.
     Excede las posibilidades de estas páginas el relato pormenorizado de los servicios del marqués en las campañas de los años siguientes, coronadas con la conquista de Ronda (22 de mayo de 1485) y su Serranía y con la de Málaga en 1487. Era costumbre del rey don Fernando enviarlo por delante del ejército con una vanguardia que tenía por objetivo aislar la plaza que se proponía cercar e impedir la llegada de refuerzos enemigos. Era ésta una operación muy peligrosa y de gran trascendencia para el buen éxito posterior, la cual Rodrigo Ponce de León siempre ejecutó con diligencia y maestría. Su prestigio era común a moros y cristianos. Aquéllos solían recurrir a él para allanar el camino de las negociaciones y tratos, pues era proverbial su fidelidad a lo pactado, además de su clemencia y generosidad. Los Reyes, por su parte, le daban muestras continuas de su aprecio. Así, en junio de 1486 doña Isabel le pidió que la escoltase en su visita a la hueste y a las plazas conquistadas en la campaña de esa primavera. Rodrigo Ponce de León salió a recibirla en la linde de la vieja frontera, en la Peña de los Enamorados, cerca de Archidona, y por Loja la llevó hasta Íllora, donde la esperaba don Fernando con todo el ejército. Del mismo modo, en el invierno de 1487 a 1488, ausente el Rey de Andalucía, le fue encargada la guarda y supervisión de toda la frontera y de las plazas conquistadas, lo que realizó personalmente, recorriéndolas desde Ronda a Alhama, por Marbella y Málaga.
     Aunque su salud empezó a resentirse hacia 1488, ello no le impidió estar presente de principio a fin en el durísimo cerco de Baza (junio-diciembre de 1489) y en las entregas de Almería y Guadix. Finalmente, y como no podía ser menos, desde abril de 1491, y tras recuperarse de una grave recaída de su enfermedad, estuvo en la Vega de Granada y en el campamento de Santa Fe, donde aún tuvo ocasión de brillar en algunos encuentros con los moros, antes de asistir a la toma de la ciudad. Para el cronista Andrés Bernáldez, “este fue el cavallero que más trabajó, de los grandes de Castilla, en la guerra, e desque Alhama tomó non ovo entrada que el rey fiziese que él no fuese en ella en todos los diez años que duró la conquista del reino de Granada. Él fizo el comienço e vido el fin, e ovo su parte de la gloria e vitoria; que él fue presente en la entrega de Granada, que fue el sello de la conquista”.
     Como subrayaron algunos cronistas de la época, Rodrigo Ponce emerge de la Guerra de Granada como un nuevo Cid. En efecto, su comportamiento durante esos años le alcanzó la admiración y estima no sólo de los Reyes, sino de toda la sociedad, como muy pronto habría de verse con ocasión de su entierro en la misma ciudad que le había expulsado en 1471. El marqués-duque de Cádiz era visto como modelo de vasallo y colaborador de la Monarquía, pero también como un capitán legendario y compendio de las virtudes de la Caballería, entre las que se incluía una religiosidad muy marcada, con especial énfasis en la devoción mariana. Es notable también la inclinación mesiánica en los últimos años de su vida, sin duda bajo la influencia de los acontecimientos políticos y militares que le había tocado vivir y, en buena medida, protagonizar, manifestada en la carta que dirigió a los nobles castellanos en 1486. En ella se profetizaba que el rey Fernando no sólo conquistaría en breve Granada, mas todo el norte de África y Jerusalén.
     Pero la rica personalidad de Rodrigo Ponce de León no se agota en el perfil militar y caballeresco. Fue también un más que estimable gobernante de sus estados, que engrandeció con las mercedes recibidas y mejoró con inteligentes medidas que aprovecharon las favorables circunstancias económicas generales de la segunda mitad del siglo XV. Así, por ejemplo, Cádiz dio pasos decisivos en su conversión en uno de los principales puertos atlánticos, cabeza del comercio africano. Chipiona fue repoblada desde 1477, Pruna adquirida en 1482 y el lugar de La Puente de Suazo, luego Isla de León y actual San Fernando, incorporado en 1490. Además, como ya se sabe, en 1484 los Reyes le cedieron Zahara, con título de marqués, y en 1490 la serranía de Villaluenga (Villaluenga, Grazalema, Benaocaz, Archite, Ubrique, Cardela y Aznalmara), a la que en 1491 se sumó Casares.
     Antes de morir en el mismo 1492, Rodrigo Ponce de León había conseguido también resolver el arduo problema de la sucesión en el mayorazgo de la casa, ya que no tuvo hijos con Beatriz Pacheco. Esta ausencia fue suplida por la mayor de las tres hijas que había tenido con Inés de la Fuente, una vecina de Marchena, antes de su matrimonio con Beatriz Pacheco.
     Francisca de León casó con su primo Luis Ponce de León, primogénito de la línea legítima del linaje más próxima, y el hijo de ambos, llamado Rodrigo como su abuelo, fue el llamado a recoger sus derechos, títulos y señoríos en el testamento de 15 de agosto de 1492. Éstos comprendían, en ese momento, las ciudades de Cádiz, con título ducal, y de Arcos, con título de conde, y las villas de Marchena, Rota, Mairena del Alcor, Bailén, Zahara —con título de marqués—, Casares, Pruna, Aznalmara y Cardela con los lugares y aldeas de la serranía de Villaluenga, y los lugares de Los Palacios, Paradas, Chipiona y La Puente de León, así como los castillos de Lopera y Gigonza; las casas principales en Sevilla, en la collación de Santa Catalina, y otras en Carmona, Málaga y Granada, además de las salinas de Tarfia, aceñas y un enorme conjunto de bienes rústicos ubicados, fundamentalmente, en las villas y lugares de su señorío. También se consignan importantes situados y participaciones en las rentas reales.
     Puesto que el nieto elegido era de muy corta edad, y aunque vivían sus padres, Rodrigo Ponce de León nombró como tutora a Beatriz Pacheco, prohibiendo expresamente que Francisca y su marido, que ya habían renunciado a cualquier derecho sucesorio sobre el mayorazgo, administrasen los bienes del heredero.
     Como herencia propia, Francisca había sido beneficiada con un mayorazgo menor basado en el castillo y heredamientos de La Monclova, que más tarde debería recaer en el titular del mayorazgo principal. Con todas estas disposiciones, Rodrigo Ponce de León pretendía blindar el mayorazgo de la casa de Arcos contra las apetencias de otros miembros del linaje con los que, no obstante, el futuro duque de Arcos hubo de pleitear años después. Entre otros, el hermano menor de Rodrigo Ponce de León, Manuel, enemistado con el pariente mayor de la casa desde 1473, que se hacía llamar “conde de Arcos” y pretendió el mayorazgo hasta la avenencia conseguida en 1515.
     Las otras dos hijas del marqués, María y Leonor, casaron respectivamente con Rodrigo Mexía, señor de Santa Eufemia, y con Francisco Enríquez de Ribera, adelantado mayor de Andalucía. Leonor fue beneficiada con un mayorazgo menor, fundado en la década de 1480, que incluía el lugar de Guadajoz y un importante lote de donadíos y tierras en Carmona y el término de Sevilla. María, en cambio, sólo recibió la dote y una suma de dinero para la adquisición de heredades.
     Rodrigo Ponce de León murió en Sevilla el 27 de agosto de 1492, sólo tres días después de que Enrique de Guzmán, su viejo enemigo, lo hiciese repentinamente en Sanlúcar. Como el cronista Andrés Bernáldez supo narrar con emoción, el pueblo se echó a la calle para acompañar el cortejo fúnebre, “e assí ivan gentes aconpañándolo y onrrándolo, como cuando fazen la fiesta del Corpus Christi en Sevilla, aunque era de noche”. Fue enterrado en la capilla mayor del Monasterio de San Agustín, panteón de su linaje. Su sepulcro, como los restantes de los Ponce de León, fue destruido durante la ocupación napoleónica.
     Andrés Bernáldez dejó una excelente descripción del aspecto físico de Rodrigo Ponce: “Era onbre de buen cuerpo, derecho, más mediano que grande; de muy rezios mienbros, braços e piernas; muy grand cavallero de la gineta. Era blanco en el cuerpo, e roxo en la cara e cabellos e pescueço, e tenía algunas pintas por el pescueço e manos. Era hermoso de gesto, la cara más larga que angosta ni luenga: no había en ella reprehensión; la habla e órgano della muy clara e muy buena; los cabellos roxos e crespos, e las barvas roxas”.
     Rodrigo Ponce de León consiguió brillar con luz propia en una generación excepcional y durante una época deslumbrante. Su talla política, como la de tantos nobles de entonces, fue aumentando con el transcurrir de los años y en la medida en que fue haciendo suyos los proyectos e ideales de la Monarquía. De hombre de bandería, destinado a la continua emulación de sus rivales y al incremento de fortuna y poder a toda costa, creció hasta convertirse en un verdadero mito, en un nuevo Cid, un héroe de leyenda que se extinguió al mismo tiempo que lo hacía la frontera a la que debió su fama y en la que encontró ocasión de realizar la vida de caballero para la que había nacido. Esta celebridad guerrera en un medio en el que sus antepasados ya habían destacado, le convirtió también en auténtico refundador de su linaje, sustituyendo otras referencias pertenecientes a un pasado remoto y emancipando su memoria de la sombra proyectada por el linaje rival de los Guzmán, al que los Ponce de León debían su primera fortuna en Andalucía. Además, el magnífico mayorazgo fundado en 1492 identificaría durante siglos a la casa de Arcos y le ofrecería las bases materiales para que su descendencia pudiera instalarse perdurablemente entre la más alta nobleza española (Rafael Sánchez Saus, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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Más sobre la calle Escuelas Pías, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 13 de abril de 2025

La Hermandad de la Cena

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Cena, de Sevilla.  
     Hoy, 13 de abril, es Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando Nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad de la Cena, de Sevilla, que efectúa su estación de penitencia en la tarde del Domingo de Ramos.
     La Hermandad de la Cena, tiene su sede canónica en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (vulgo de "Los Terceros"), San Julián que se encuentra en la calle Sol, 10; mientras que la Casa de Hermandad se encuentra en la plaza Ponce de León, 10; ambas en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Antigua, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación y Cofradía de Nazarenos de la Sagrada Cena, Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora del Subterráneo; es ésta una corporación fundada en el siglo XVI, con sede canónica en la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (vulgo de "Los Terceros"), siendo sus imágenes titulares el Señor de la Sagrada Cena, obra de Sebastián Santos Rojas en 1955; el Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia, obra anónima del siglo XVI; Nuestra Señora del Subterráneo, obra atribuida Juan de Astorga en el siglo XIX; y Nuestra Señora de la Encarnación, obra anónima atribuida a Juan de Mesa en el siglo XVII.
     El Escudo de la Hermandad estará representado por lo siguiente: La Cruz de San Juan, por su agregación a la Basílica de San Juan de Letrán, fileteada de oro, cargada de la Cruz de Jerusalén (Cruz potenzada de gules y cantonada por otras cuatro de lo mismo), figurando en el centro de la misma el Cáliz, por ser Hermandad Sacramental. Sobre estas cuatro cruces cantónales hay cuatro óvalos: El primero la “M” de María, coronada, por ser esta Hermandad la primera en defender la Verdad Fundamental de la Realeza de María. El segundo es el escudo de armas reales de España, por ostentar este título concedido por la Reina Isabel II. El tercero trae, en campo de sinople, mitra y por detrás, en sotuer, un báculo y una Cruz Patriarcal, ambas en oro, siendo el símbolo Patriarcal de San Basilio, advocación a la Iglesia conventual donde se fusionaron las Hermandades del Cristo Humillado y la de Nuestra Señora del Subterráneo con la de la Sagrada Cena. En el cuarto y último, esta representado el escudo de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación consistente en una S, cruzada de arriba hacia abajo por un clavo, debido a la encomienda del cumplimiento de las cargas de la Esclavitud de Nuestra Señora de la Encarnación. En punto el Cordero Pascual, sobre el Libro de los Siete Sellos y rodeando todo este conjunto se encuentra el Collar del Toisón de Oro, siendo timbrado por la Corona Real.
   Los orígenes se remontan al siglo XVI, siendo sus primeras reglas conocidas las del 14 de diciembre de 1580, estando establecida en la parroquia del Omnium Sanctorum. Igualmente también hay historiadores que sitúan a la corporación en la parroquia de San Nicolás de Bari, en el barrio de la Judería, pues en el citado templo se daba culto a Nuestra Señora del Subterráneo, datando la fecha de 1587 como en la que se convirtió en hermandad.
     Sobre la unión con la Hermandad del Cristo Humillado hay varias teorías, sobresaliendo la del historiador Celestino López Martín, que según los legajos encontrados en el Archivo de Protocolos, la Hermandad de la Sagrada Cena y del Cristo Humillado elevan documento público de dicha fusión el 16 de marzo de 1591. Con lo que este documento concreta y asegura en esta fecha como las de la creación de la cofradía que hoy conocemos.
     Otras de las teorías señalan al año 1613 para que la corporación mariana se uniera a la Cofradía del Cristo Humillado que residía en el Hospital de San Lázaro, pasando en 1621 a la iglesia de San Basilio, donde sí está atestiguado que la Hermandad de la Esperanza Macarena tuvo que salir agregada al cortejo procesional del Cristo Humillado, al carecer la hermandad macarena de carta de cofradía.
     Entre la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX la vida de la hermandad sufrió numerosos avatares y traslados, destacando su paso por las iglesias de San Basilio, donde llegó a tener capilla propia, San Gil, el convento de Belén en la Alameda de Hércules, de nuevo en San Basilio y la parroquia de San Vicente. Buena muestra de los referidos avatares que sufrió la hermandad es que 1790 se le aprueban nuevas reglas, pero sin nazarenos. No fue hasta el año 1830 cuando volvió a procesionar, tras 62 años sin haber podido hacerlo.
     Para encontrar los primeros datos de la hermandad relacionados con la festividad del Corpus, tenemos que remontarnos al siglo XIX, concretamente a 1860, fecha en la cual el misterio de la Sagrada Cena sale para formar parte de la procesión del Corpus Christi, según apunta el historiador Juan Carrero Rodríguez, “a petición del entonces alcalde de la ciudad D. Juan José García de Vinuesa”.
     Posteriormente, el misterio volvería a formar parte de la procesión eucarística el 19 de junio de 1919, en este caso a petición del teniente de alcalde José María Tasara González. Se da la curiosa circunstancia, de que aquel año también formó parte de la procesión Nuestra Señora de la Encarnación, en la actualidad titular gloriosa de la hermandad.
     En 1868 la hermandad vuelve a sufrir el expolio de sus enseres a causa de la desamortización de Mendizábal, refugiándose en el templo de San Vicente, donde sus cofrades vuelven a solicitar a la autoridad eclesiástica la aprobación de unas reglas nuevas, lo cual tiene lugar en 1876. Cuatro años después la cofradía vuelve a la calle Feria, fijando su residencia en la parroquia de Omnium Sanctorum, recuperando el esplendor de años atrás.
     Pero de nuevo los acontecimientos externos vuelven a golpear a la corporación. En esta ocasión los años convulsos de la II República (1931-1936) y la Guerra Civil (1936-1939). Durante los años previos a la contienda civil, la inestabilidad política y social obligó a los cofrades a no realizar la estación de penitencia en los años 1932 y 1933. Y como medidas preventivas de seguridad se llegaron a resguardar las imágenes titulares en casas particulares y almacenes de los propios hermanos para salvaguardarlas de los ataques de los milicianos anarquistas a diversos templos sevillanos.
     El culmen de esta situación se produjo el 18 de julio de 1936 con la quema de la parroquia de Omnium Sanctorum por los milicianos en respuesta a la sublevación militar que daría paso a la Guerra Civil. Gracias a numerosos hermanos y en especial al capiller parroquial, se pudieron proteger las imágenes titulares y diversos enseres procesionales que fueron sacándose de las dependencias parroquiales en los días y horas previas al vil incendio. Desgraciadamente, no se pudieron salvar enseres como el paso del Cristo de la Humildad y Paciencia, el apostolado de la Sagrada Cena y la inmensa mayoría del archivo de la hermandad. Después de quedar la parroquia totalmente asolada por el fuego, se traslada a la iglesia de Los Terceros, de la comunidad calasancia, donde permanecerá hasta 1958.
     En esta primera etapa en Los Terceros hay que destacar la concesión en 1955 del título de hermandad sacramental por el cardenal Segura y el hecho histórico acaecido el 22 de febrero de 1948, día en el que se celebró la función principal de instituto y se realizó por primera vez en la proclamación de la Realeza de la Virgen María, constituyendo a nuestra corporación como promotora y pionera en la petición de que la Realeza de María fuera declarada como verdad fundamental de la Iglesia Católica, lo que sucedió en Roma en 1954 por Pío XII, el cual bendijo personalmente la primera bandera de la Realeza del orbe mundial, que llevara el oficial de la junta, Miguel Román Pérez, participando de la peregrinación de las cofradías sevillanas al Vaticano para tal acontecimiento.
     En 1958, por desavenencias con los Padres Escolapios, la hermandad abandona Los Terceros y fija su residencia en la iglesia de la Misericordia, de la Orden de San Juan de Dios donde permanecería quince años. En los mismos sobresale la participación de la corporación en enero de 1965 en las Misiones Generales organizada por el arzobispado para fomentar la devoción en los nuevos barrios que se iban construyendo en la nueva Sevilla de mitad de siglo XX. En este caso, la Virgen del Subterráneo se trasladó al Colegio Portaceli en Nervión y el Cristo de la Humildad y Paciencia a la barriada de Madre de Dios.
     En 1973, y en virtud de que los Escolapios se mudaban a las afueras de la ciudad y por tanto abandonaban Los Terceros, la hermandad solicitó al cardenal Bueno Monreal la cesión de la iglesia, lo cual concedió. Convirtiéndose de esta forma en su sede canónica hasta nuestros días, no abandonando la misma salvo en el año 1988 para realizar la estación de penitencia desde Santa Catalina por las obras en la techumbre de la iglesia. Este hito histórico ha significado el asentamiento definitivo de la cofradía en el barrio de Santa Catalina suponiendo un continuo crecimiento de la corporación, tanto en patrimonio como en vida de hermandad.
     Buena muestra de ello fue la recuperación en 1974 del paso procesional del Cristo de la Humildad y Paciencia para el cortejo del Domingo de Ramos, tras casi cuarenta años sin poder formar parte de la estación de penitencia (la última fue el Lunes Santo de 1937, – al no poder posesionar el Domingo de Ramos por lluvia – en el paso de San José de Calasanz).
     El año 1970 significó el punto de partida del protagonismo de la hermandad en la festividad del Corpus Christi, pues la Junta de Gobierno decidió instalar un altar al paso de la procesión del Corpus que estaría presidido por el Señor de la Sagrada Cena en el paso procesional del Cristo de la Humildad y Paciencia. Una estampa ya tradicional en las mañanas y mediodías del jueves eucarístico por antonomasia, con el traslado al alba hacia el Palacio Arzobispal, donde se ubica el altar, y en su regreso glorioso a Los Terceros, nada más que finaliza la procesión catedralicia. Reseñar que en los años 1991, 1993, 2005, 2011 y 2013 el paso que presidió de forma extraordinaria el altar fue el misterio de la Sagrada Cena, al conmemorarse diversas efemérides.
     Otro momento trascendental acaecería en el año 1995 con la “fusión” con la Hermandad de la Esclavitud de Nuestras Señora de Encarnación, corporación de gloria que residía en Los Terceros y que estaba casi extinguida y sin vida aparente. El arzobispado decretó en 1997 la extinción de la cofradía de gloria, otorgándole a la Hermandad de la Sagrada Cena la titularidad de la imagen mariana y sus dependencias en el templo, que trece años más tardes se convertirían en la nueva casa de hermandad.
     En 2000 se incorporaron las hermanas al cortejo procesional como nazarenas, tras ser aprobado por el cabildo general extraordinario de hermanos, igualándose así los derechos entre hermanos y hermanas. El 7 de noviembre de 2004, con motivo del L aniversario de la proclamación de la Realeza de María la Virgen del Subterráneo presidió el altar del Jubileo de la catedral en su paso de palio para la celebración de la misa estacional y posterior regreso en procesión de gloria hasta Los Terceros, tras recibir la ofrenda florar de la corporación municipal a la puerta del ayuntamiento. Con motivo de este aniversario el cardenal de Sevilla, fray Carlos Amigo Vallejo, concedió a la virgen el título de Reina de Cielos y Tierra.
     Nuestra Señora de la Encarnación volvió a ser protagonista principal el 8 de octubre del 2006 con su primera salida procesional formando parte de la hermandad y tras su última salida en el Corpus extraordinario de 1927, recuperando así una advocación gloriosa de la virgen para Sevilla. El último de los grandes hitos fue la elección del Cristo de la Humildad y Paciencia como la imagen que presidiera el viacrucis de las hermandades y cofradías de Sevilla en catedral el primer lunes de Cuaresma. Este acto piadoso tuvo lugar el 23 de febrero de 2015.
     No sólo el crecimiento de la hermandad se ha constatado en lo patrimonial o histórico, la vida de hermandad se ha acrecentado de una forma insospechada para aquellos pioneros del siglo XVI o incluso para nuestros mayores del siglo pasado. Acontecimientos como la creación del grupo joven en 1976, la conversión de las cuadrillas de costaleros profesionales en cuadrillas de hermanos, entre los años 1980 y 1983, o la Escuela de Saetas en 1991, la participación en los Encuentros Nacionales de Hermandades de la Sagrada Cena o Subterráneo, celebrados en nuestra ciudad en los años 1992 y 2004 respectivamente, marcan el crecimiento de la hermandad tanto interna como externamente (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Cena, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad de la Cena: www.sagradacenadesevilla.org

La Hermandad de la Cena, al detalle:
- Sede Canónica: Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación (vulgo de "Los Terceros")
- Día de Salida Procesional: Domingo de Ramos
- Imágenes Titulares:  - Nuestra Señora de la Encarnación
                                    - Señor de la Sagrada Cena
                                    - Santísimo Cristo de la Humildad y Paciencia
                                    - Nuestra Señora del Subterráneo

sábado, 7 de diciembre de 2024

La placa conmemorativa a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros, y Palacio de los Ponce de León, en la fachada de la Iglesia de los Terceros

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros, y Palacio de los Ponce de León, en la fachada de la Iglesia de los Terceros, de Sevilla.
     Hoy, 7 de diciembre, es el aniversario (7 de diciembre de 2004) de la colocación de la placa conmemorativa a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la placa conmemorativa a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros, y Palacio de los Ponce de León, en la fachada de la Iglesia de los Terceros.
    La Iglesia del antiguo Convento de los Terceros, y Palacio de los Ponce de León, se encuentra en la calle Sol, 10-12; en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo.
     En la fachada podemos contemplar una placa marmórea realizada en 2004, y dedicada a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros y Palacio de los Ponce de León, ornamentada con los escudos de la Hermandad de la Cena, el emblema de la ciudad de Sevilla, y el de los Escolapios, con el siguiente texto:
 
EN ESTE ANTIGUO CONVENTO DE LOS TERCEROS, LOS R.R.P.P. ESCOLAPIOS DESARROLLARON SU LABOR
EDUCATIVA, EN BENEFICIO DE LOS NIÑOS Y JÓVENES SEVILLANOS, ENTRE LOS AÑOS 1880 Y 1974.

TRAS EL TRASLADO DE LA COMUNIDAD CALASANCIA A MONTEQUINTO, ESTE TEMPLO, CAPILLA DEL
CENTRO ESCOLAR, FUE CEDIDO POR EL EMMO. Y RVDMO. SR. CARDENAL D. JOSÉ MARÍA BUENO MONREAL
A LA HERMANDAD SACRAMENTAL DE LA SAGRADA CENA, QUE ESTE AÑO CELEBRA EL L ANIVERSARIO DE
LA PROCLAMACIÓN PONTIFICIA DE LA REALEZA DE MARÍA, A SER LA PRIMERA HERMANDAD Y COFRADÍA
DE NAZARENOS EN REALIZAR EL VOTO DE DEFENSA DE LA REALIZA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN, COMO
REINA Y EMPERATRIZ DE CIELOS Y TIERRA, EL 22 DE FEBRERO DE 1948.

EL CONVENTO DE LOS TERCEROS PASÓ A SER PROPIEDAD MUNICIPAL, SIENDO LA CASA CONSISTORIAL
PROVISIONAL ENTRE LOS AÑOS 1990 Y 1992, PARA POSTERIORMENTE ALBERGAR HASTA NUESTROS DÍAS
LAS DEPENDENCIAS DE EMASESA, QUE ESTE AÑO CUMPLE SU XXX ANIVERSARIO FUNDACIONAL.

EL EXCMO. AYUNTAMIENTO DE SEVILLA Y LA HERMANDAD SACRAMENTAL DE LA SAGRADA CENA
ACORDARON COLOCAR ESTA PLACA DE MÁRMOL, EN EL XXX ANIVERSARIO DEL TRASLADO DEL COLEGIO
CALASANCIO, EN TESTIMONIO DE GRATITUD Y RECUERDO DE LOS R.R.P.P. ESCOLAPIOS, POR SU MAGNA
LABOR EN LA EDUCACIÓN Y FORMACIÓN DE LOS SEVILLANOS.

SEVILLA, A 7 DE DICIEMBRE DE 2004.

       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a la estancia de los Escolapios en el antiguo Convento de los Terceros, y Palacio de los Ponce de León, en la fachada de la Iglesia de los Terceros, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la Iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, "Los Terceros", en ExplicArte Sevilla.

Más sobre la calle Sol, en ExplicArte Sevilla.

martes, 27 de agosto de 2024

Un paseo por la plaza Ponce de León

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la plaza Ponce de León, de Sevilla, dando un paseo por ella
     Hoy, 27 de agosto, es el aniversario (27 de agosto de 1492) del fallecimiento de Rodrigo Ponce de León, III Duque de Arcos, entre otros títulos nobiliarios, personaje que da nombre a la plaza, por lo que hoy es el mejor día para Explicarte la plaza Ponce de León, de Sevilla, que dando un paseo por ella.
   La plaza Ponce de León es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de Santa Catalina, del Distrito Casco Antiguo, y formada por la confluencia de las calles Santa Catalina, Escuelas Pías, plaza del Padre Jerónimo de Córdoba, Azafrán, Santiago, y Juan de Mesa
   La plaza responde a un tipo de espacio urbano más abierto, menos lineal, excepción hecha de jardines y parques. La tipología de las plazas, sólo las del casco histórico, es mucho más rica que la de los espacios lineales; baste indicar que su morfología se encuentra fuertemente condicionada, bien por su génesis, bien por su funcionalidad, cuando no por ambas simultáneamente. 
     Con todo, hay elocuentes ejemplos que ponen de manifiesto que, a veces, la consideración de calle o plaza no es sino un convencionalismo, o una intuición popular, relacionada con las funciones de centralidad y relación que ese espacio posee para el vecindario, que dignifica así una calle elevándola a la categoría de la plaza, siendo considerada genéricamente el ensanche del viario.
     Hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.
     Desde 1570 al menos es conocida como plaza o plazuela de la Paja, porque en ella se celebraba la feria de las caballerías o feria de cuatropea, y en contadas ocasiones (1580-1585) es nombrada plaza del Duque de Arcos por situarse allí la casa-palacio de este linaje. En 1866 pasó a llamarse de Don Rodrigo Ponce de León (1443-1492), tercer duque de Arcos, se reduce a Ponce en 1868, y finalmente en 1875 se rotula oficialmente con la denominación que ha conservado hasta nuestros días.
     De planta cuadrangular, es espaciosa y sufrió una importante remodelación urbanística en la década de 1930 y sobre todo un cambio de perspectiva, al abrirse Juan de Mesa para facilitar la penetración del tráfico rodado desde la Puerta Osario al casco histórico; como resultado de esta operación quedó exenta la iglesia de Santa Catalina y se procedió a la alineación del flanco sur de la plaza. Su actividad y en consecuencia su ambiente y dotaciones estuvieron históricamente condicionados por la proximidad de la Alhóndiga: allí se ubicaba el peso del carbón (s. XVIII), estaba indicada como lugar de descarga de los carros de hortalizas. y se celebraba tres veces en semana la feria de bestias. En 1858 el Ayuntamiento se propone embellecerla y urbanizarla, acuerda el traslado de la feria de ganado a otro lugar y la plantación de árboles, pero todavía en 1876 los vecinos hubieron de solicitar que se dotara de árboles y asientos. Dos decenios más tarde se pavimenta de cemento (1899), y con adoquines en 1911; en 1938 se instaló un parque infantil. Hacia 1950 poseía unos soportales delante de la fachada de la iglesia de Santa Catalina. Recientemente la mayor parte de la plaza ha sido ordenada para ser utilizada para el estacionamiento de vehículos aprovechando sus buenas dimensiones: se encuentra dividida en tres calles con sendas hileras de jacarandas y olmos, que dejan seis bandas para aparcamiento. Posee asimismo naranjos en alcorques en su lado norte. El pavimento es de adoquines, cemento en las calles interiores y asfalto en la calzada para el tráfico rodado. Posee farolas de pie estilo sevillano en la zona de aparcamiento y de báculo a ambos lados de la calzada.
     El edificio histórico más representativo fue el palacio de  los Ponce de  León, que ocupaba los flancos norte y este; fue levantado en el s. XIV, sufrió diferentes reformas a lo largo de los siglos y en el XVIII parte pasó a ser Convento de los Terceros; la última modificación importante fue realizada en 1858. En 1886 se instalaron allí los juzgados de instrucción y los juzgados municipales, y a partir de 1887 pasó a propiedad de los escolapios que establecieron allí un colegio para niños. En 1980 éste fue demolido y hoy en su lugar se levantan bloques de pisos de cuatro plantas. Varias generaciones de niños pertenecientes a la burguesía y clase media sevillana se educaron allí, entre otros, Rafael Cansinos, Laffón o Luis Cernuda. La edificación más tradicional se conserva en el flanco norte, con casas unifamiliares y algunas de escalera, de tres plantas. El lado sur está ocupado por casas de escalera de tres y cuatro plantas, construidas tras el retranqueo que sufrió esta acera al abrirse Juan de Mesa, y esquina a Azafrán se levanta un bloque de viviendas de cinco plantas de reciente construcción. Finalmente, el ábside de la iglesia de Santa Catalina ocupa el lado oeste de la plaza. A finales del s. XIX contó con una fábrica de sebo, de insoportable olor, y otra de corcho que se incendió en 1880. Hoy posee establecimientos comerciales de índole diversa, concentrados en el frente sur, pero su función más destacada se relaciona con su localización en el principal eje de penetración este-oeste al casco histórico: intenso tráfico rodado y peatonal, aparcamiento de vehículos y enlace de varias líneas de transporte publico. En 1900 las cigarreras celebraron allí la velada de su patrona la Virgen de la Victoria; toda la plaza fue engalanada con banderas y guirnaldas y se iluminó con luz eléctrica [Josefina Cruz Villalón, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Ponce de León, plaza de, 1. COLEGIO DE LOS ESCOLAPIOS
. Ocupa el solar de dos edificios distintos, el antiguo palacio de los Ponce de León y el  convento de los Terceros.
     El primero se construye en el siglo XIV, sufriendo múltiples reformas en los siglos posteriores. De él se con­servan algunos artesonados como el de la actual Sala de Visitas y el del Vestíbulo.
     Del convento de los Terceros, lo más interesante es la escalera, única en su género en Sevilla, construida en 1697 por el P. Manuel Ramos. Se levanta toda ella sobre columnas y se cubre con cúpula. Está situada entre los dos patios del antiguo convento [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
Conozcamos mejor la Biografía de Rodrigo Ponce de León
     Rodrigo Ponce de León, II Marqués y I duque de Cádiz, I marqués de Zahara, III conde de Arcos, VII señor de Marchena, marqués de Marchena, de Rota, de Mairena del Alcor, y de Bailén. (Mairena del Alcor, Sevilla, 1444 – Sevilla, 27 de agosto de 1492). Noble.
     Segundo de los hijos varones de Juan Ponce de León, conde de Arcos, y de la que fue su segunda esposa, Leonor Núñez. Ésta había llegado a Andalucía como criada de Leonor de Guzmán, primera mujer de Juan Ponce, quien la hizo su amante aun a costa de la ruptura del matrimonio. Pese a que Leonor de Guzmán murió en 1441, la boda entre los padres de Rodrigo no pudo celebrarse hasta 1448 por la oposición del conde don Pedro, padre de Juan Ponce, al matrimonio de su heredero con la antigua criada. Así las cosas, el futuro marqués de Cádiz nació muy posiblemente en la heredad de la Torre de los Navarros, cerca de la localidad sevillana de Mairena del Alcor, en la que transcurrieron los primeros años de su vida.
     Hubo de pasar luego a Marchena, centro de los estados paternos, para vivir en el seno de la atípica y prolífica familia del conde, compuesta por cerca de treinta hijos habidos con al menos, ocho mujeres distintas.
     La vida del joven Rodrigo cambió drásticamente a resultas de la muerte de su hermano primogénito, Pedro, en 1459, y convertirse en heredero de la casa.
     Ello llevó al inmediato intento de anulación de su compromiso matrimonial con Beatriz Marmolejo, a la que había desposado “por palabras de presente” el 6 de febrero de 1457. Beatriz era hija de Pedro Fernández Marmolejo, señor de Torrijos, y de Alcalá de Juana Dorta, en el Aljarafe sevillano. Lo que era una buena boda para un segundón se convertía en un grave problema para la política matrimonial de Juan Ponce de León, quien ya en 1460 proponía a Juan Pacheco, marqués de Villena y poderoso valido de Enrique IV, el enlace de Rodrigo con una de sus hijas. Para ello, fue preciso conseguir la anulación de los esponsales previos, lo que, junto con los vaivenes políticos de esos años, demoró el arreglo hasta 1470.
     Ya desde su primera juventud, Rodrigo se convirtió en un importante apoyo de su padre en el gobierno de su casa y en la defensa de la frontera. En 1462 saltó a la fama por su brillante intervención, al frente de la hueste condal, en la batalla del Madroño, cerca de Teba, donde desbarató una importante cabalgada mandada por el infante granadino Muley Hacén. Rodrigo, que hacía sus primeras armas, se comportó en ella con gran valor y resolución, siendo gravemente herido en un brazo.
     Poco después, en agosto de ese año, participó en la conquista de Gibraltar, propiciada por el alcaide de Tarifa, Alfonso de Arcos, y en la que tomaron parte las milicias de Jerez y de las villas gaditanas cercanas a la plaza, además de las huestes del conde de Arcos y del duque de Medina Sidonia. La disputa que se desató entre el joven Rodrigo y el duque por entrar los primeros en la ciudad, y el intento de éste de apoderarse secretamente de la fortaleza, acabó en un grave enfrentamiento en el que los cronistas de la época vieron el preludio de los problemas posteriores entre ambas casas.
     No obstante, entre 1463 y 1467 Ponces y Guzmanes actuaron como aliados en los graves conflictos civiles que asolaron Andalucía y toda Castilla. Primero, hasta junio de 1465, apoyando a Enrique IV frente al ahora rebelde Juan Pacheco y su hermano, Pedro Girón.
     Desde esa fecha, y después de la llamada “farsa de Ávila”, en el partido del infante-rey don Alfonso y contra Enrique IV. Pese a todo, el conde de Arcos, como tantos magnates de la época, trató de mantener cierta equidistancia y aprovechar las aguas revueltas para obtener importantes recompensas de las fuerzas en lid y, sobre todo, tratar de afirmar su poder en Sevilla, donde los Guzmán gozaban de una posición muy superior. En todo ello, su hijo Rodrigo era agente principal, ya en las luchas callejeras libradas en la ciudad para expulsar a los enriquistas, primero, y luego contra Stúñigas o Saavedras, ya en la ocupación de la ciudad de Cádiz, llevada a cabo a fines de 1466. Esta acción, que se presentó como preventiva de ciertos movimientos de los enriquistas locales contra el dominio alfonsino, entregó al linaje una ciudad de gran importancia estratégica que iniciaba su auge mercantil. De hecho, existía ya una promesa o concesión condicionada de Alfonso (XII) a Juan Ponce de León por los servicios que le estaba prestando. La intervención de los Ponce se vio facilitada también por los poderes que el conde de Arcos y el duque de Medina Sidonia habían recibido en agosto de 1465 para garantizar la obediencia del Reino de Sevilla al nuevo Monarca, los cuales los constituían en auténticos virreyes.
     Aunque muy contrariado, don Alfonso hubo de respaldar el golpe de mano de los Ponce en Cádiz.
     Más tarde, una vez fallecido su hermano, Enrique IV reconoció el dominio señorial en junio de 1469 y en enero de 1471, esta vez con la concesión del título de marqués de Cádiz a don Rodrigo. Con la incorporación de Cádiz, los Ponce de León trataban de compensar los recientes éxitos de sus entonces aliados, pero siempre rivales, los Guzmanes, quienes se acababan de hacer con Gibraltar y Huelva. Esta escalada fue seguida del estallido de un episodio banderizo entre los dos linajes en 1467 y 1468 que tuvo por escenario a Sevilla y a Jerez de la Frontera, aunque la muerte del infante-rey en julio de 1468 les obligó a buscar una avenencia que permitiese a ambos afrontar sin riesgos el cambio de situación.
     La nueva adhesión de Ponces y Guzmanes a Enrique IV y la reconciliación de Juan Pacheco con el Monarca dieron nuevas alas a los proyectos matrimoniales de Rodrigo con una de las hijas del marqués de Villena. Finalmente, la designada fue Beatriz, firmándose las capitulaciones el 21 de noviembre de 1470 y celebrándose los esponsales por poderes en Segovia el 20 de marzo de 1471. La dote consistió en un millón de maravedís en heredades y metálico, medio millón más en ajuar y un juro de 150.000 maravedís anuales.
     Poco antes, a principios de ese año, había muerto el conde Juan Ponce de León, tras serle concedido el marquesado de Cádiz el día 20 de enero. La influencia de Juan Pacheco fue decisiva en esta importante merced, que confirmaba plenamente la señorialización de Cádiz, así como en otras de carácter económico que por entonces recibió Rodrigo, como la de todas las nuevas minas que se hallasen en Andalucía, o en el nombramiento como corregidor de Jerez de la Frontera, cargo obtenido en 1470.
     Todas estas ventajas tenían como contrapartida situar al marqués de Cádiz en la órbita de Pacheco y distanciarlo definitivamente del duque de Medina Sidonia, principal obstáculo en Andalucía a la hegemonía del de Villena. A este factor político nuevo hay que añadir la vieja rivalidad en Sevilla y la aversión creciente entre don Rodrigo y el nuevo pariente mayor de los Guzmán, don Enrique, joven de su misma edad.
     Todo ello abocó a un gran estallido de violencia banderiza que se extendió entre 1471 y 1474. A un primer conato, acaecido en marzo, siguió el definitivo a fines de julio. Toda Sevilla se vio involucrada en el enfrentamiento. La población se inclinó muy mayoritariamente por los Guzmán, sobre todo después del incendio del templo de San Marcos por los partidarios del marqués. Rodrigo se hizo fuerte en la collación de Santa Catalina, pero finalmente hubo de huir de la ciudad, acompañado por doscientos jinetes, para buscar refugio en Alcalá de Guadaira, de cuya fortaleza era alcaide su cuñado Fernán Arias de Saavedra.
     Las casas de los Ponce en Sevilla y las de cientos de sus allegados fueron saqueadas por la multitud.
     La reacción de Rodrigo Ponce no se hizo esperar: el 2 de agosto salió con su hueste, muy reforzada con la llegada de vasallos y aliados procedentes de la campiña sevillana, y a marchas forzadas se dirigió a Jerez de la Frontera mientras que sus enemigos le esperaban en Sevilla. Al día siguiente ocupó la ciudad, donde sus numerosos partidarios le abrieron las puertas y le entregaron el alcázar. Su cargo de corregidor, confirmado por Enrique IV pocas semanas después, dio legitimidad al dominio establecido por el marqués en Jerez.
     Con este golpe de mano, Rodrigo Ponce consiguió una sólida base desde la que hacer frente a la guerra desatada y restablecer un cierto equilibrio de fuerzas.
     Sus posiciones se extendían desde la bahía de Cádiz, donde poseía Rota y la propia ciudad gaditana, hasta el curso alto del Guadalete a través de los amplios términos de Jerez y Arcos de la Frontera. Desde aquí enlazaban con las tierras de la “banda morisca”, contigua a la frontera granadina, donde los Ponce de León, además de su antiguo señorío sobre Marchena, habían tejido una amplia red de alianzas y parentescos que incluían a los alcaides de localidades como Morón, Osuna y Estepa. Las gentes de la frontera, con una preparación militar muy superior al resto, proporcionaron al bando de Rodrigo Ponce, muy inferior en hombres y en recursos al de su rival, una superioridad táctica indiscutible.
     El marqués contaba también con el apoyo del alcaide Luis de Godoy, hombre de Pacheco, en Carmona, enfrentado al potente partido contrario en esa localidad, y con el control de los castillos serranos de Alanís y Constantina, además de núcleos de partidarios en Écija y otras localidades, así como con la alianza de Alonso de Aguilar en Córdoba.
     Con este despliegue, Rodrigo Ponce cortaba en dos las posesiones del duque de Medina Sidonia, extendidas por las actuales provincias de Huelva y Cádiz, y hacía posible el bloqueo de Sevilla. Éste fue el principal empeño de sus fuerzas, impidiendo el suministro marítimo de la ciudad en años de malas cosechas como los de 1471 y 1472, y dificultando los procedentes de Extremadura. El dominio a campo abierto de las tropas del marqués permitió a éste presentarse, antes de que terminase el verano, ante los muros de Sevilla, verdadero objetivo del conflicto, pero el temor recíproco impidió el choque. El duque replicó con un alarde paralelo ante Jerez, sin mayores efectos. En noviembre de 1471 se pactó una primera tregua por cuatro meses ante la inminencia de un viaje de Enrique IV a Andalucía, lo que hacía esperar una solución política del conflicto. La tregua fue aprovechada por el marqués para tomar la villa musulmana de Cardela, con fama de inexpugnable, lo que consolidó un prestigio militar creciente que contrastaba con la abulia guerrera atribuida al duque Enrique de Guzmán. El aplazamiento de la visita real y la reanudación de los enfrentamientos en marzo de 1472 dio paso a la etapa más dura de la guerra, en la que los sevillanos trataron de romper el dogal con un contraataque victorioso sobre Luis de Godoy en Carmona y con la toma del castillo de Alanís en enero de 1473. Además, Enrique trató de desestabilizar al bando rival captando a Manuel Ponce de León, hermano del marqués, quien intentó, sin éxito, apoderarse de Marchena el 13 de enero de 1473, y favoreciendo la recuperación de Cardela por los granadinos a mediados de agosto.
     Rodrigo respondió con contundencia a estas acciones. En marzo de 1473, organizó un ataque marítimo y terrestre contra Sanlúcar de Barrameda, pocos días después de que dos hermanos del duque muriesen y otro fuese capturado en un cruento combate de caballería en las cercanías de Alcalá de Guadaira. En abril corrió los alrededores de Sevilla, tomando Alcalá del Río y destruyendo varias torres del entorno sevillano. Sin embargo, el gran éxito del marqués no llegó hasta el 27 de diciembre de 1473, cuando Pedro de Vera, alcaide por entonces de Arcos, tomó por sorpresa Medina Sidonia, asestando un duro golpe al prestigio del duque.
     Este triunfo fue seguido de la captura de la torre de Lopera en marzo de 1474 por el mismo caballero.
     Estas victorias de los Ponce forzaron a Enrique de Guzmán a réplicas en las que puso en juego todo el poder de su casa y de Sevilla. Tras varias incursiones sobre Carmona, Alcalá del Río, Arcos y Utrera, concentró sus fuerzas ante Alcalá de Guadaira a fines de abril, estableciendo un asedio formal. El marqués acudió al socorro con todas las fuerzas que pudo movilizar, planeando de nuevo el riesgo de un choque tan decisivo como incierto.
     Para entonces, las haciendas de los contendientes estaban exhaustas y la tierra al límite tras años de rapiña y malas cosechas. Todo ello favoreció el papel mediador del conde de Tendilla y de Alonso de Velasco, hermano del conde de Haro, quienes en un tiempo brevísimo consiguieron la firma de las paces de Marchenilla el 20 de mayo de 1474. El resultado garantizaba la restitución general de bienes y el mantenimiento del statu quo político y militar, la devolución de Medina Sidonia al duque y de Castellar a Fernán Arias de Saavedra, deudo y aliado del marqués, y otorgaba poder a éste para armar almadrabas en Cádiz, lo que vulneraba el monopolio ducal. Con todo, quizá el principal éxito de los Ponce en estas paces era tratar de igual a igual a sus rivales.
     Poco después, la situación política de Rodrigo Ponce de León se agravaría considerablemente. La alianza del duque con los futuros Reyes Católicos le había obligado a profundizar su dependencia de Pacheco y de Enrique IV. Estos motivos, y la estrecha vinculación de los intereses comerciales gaditanos con Portugal y Génova, le habían arrastrado al campo favorable a la princesa doña Juana. La muerte de Pacheco en octubre de 1474 y la del Rey en diciembre lo dejaron sin apoyos, en tanto que el dominio de Sevilla por Enrique de Guzmán se hacía completo. El resultado de la batalla de Toro amenazaba con convertirlo en un rebelde, por lo que Rodrigo Ponce de León se apresuró a someterse a los Reyes. El 30 de abril de 1476 recibió garantías para su casa y estados y la confirmación de las principales mercedes recibidas, así como el perdón real por su tardía obediencia.
     La presencia de la Reina en Sevilla desde julio de 1477, seguida poco después por don Fernando, fue ocasión de una reconciliación completa, sellada por la famosa escena en el alcázar, a donde acudió el marqués solo, de noche y sin previo aviso para hincar la rodilla ante la Reina y diluir las sospechas que sobre su fidelidad extendían sus enemigos, tan poderosos en la ciudad. Poco después, los Reyes viajaron a Jerez, donde el marqués les hizo entrega del mando, como ya había hecho de las fortalezas de Alcalá de Guadaira y Constantina. Desde ese momento se convirtió en el adalid de la causa real, contribuyendo eficazmente al sometimiento del mariscal Fernán Arias de Saavedra en 1478.
     La finalización de las treguas pactadas en 1475 con Granada por tres años, aunque prorrogadas en 1478, dio paso a un período de agitación fronteriza en la que Rodrigo Ponce se sumergió de inmediato. Ya en 1477, en respuesta a la recuperación granadina de Cardela, saqueó e incendió la cercana villa de Garciago, para recobrar Ortejícar en 1478, tomada por los moros al conde de Urueña, y apoderarse luego del castillo de Montecorto, que los rondeños capturaron de nuevo a fines de 1479. En 1481 entró hasta el corazón de la Serranía, atacando Villaluenga, corriendo Ronda durante tres días y derribando la fuerte torre del Mercadillo. En este ambiente, no puede extrañar el asalto de los moros a Zahara, considerado, sin embargo, primer acto de la definitiva guerra de Granada (27 de diciembre de 1481).
     El marqués de Cádiz fue, sin duda alguna, el principal caudillo militar de la Guerra de Granada. Además, su conocimiento del terreno y sus numerosos contactos en el campo musulmán le hicieron un consejero especialmente valioso y acertado. La actividad que desarrolló a lo largo de la década de 1480 fue incansable, participando en prácticamente todas las campañas de la guerra y manteniéndose siempre alerta y sobre las armas cuando éstas llegaban a término.
     Su iniciativa y caudillaje fueron fundamentales en la toma de Alhama (28 de febrero de 1482), respuesta a lo de Zahara y golpe de grandes consecuencias desde los puntos de vista estratégico y moral.
     Aunque en 1483 conoció la amargura de la derrota en la Ajarquía (21 de marzo), donde perdió a numerosos familiares y vasallos, en octubre fue parte principal en la victoriosa batalla de Lopera, éxito de gran importancia porque quebrantó el poder de los moros de Ronda y Málaga e hizo posible la inmediata reconquista de Zahara por el mismo Rodrigo Ponce de León (29 de octubre de 1483). El impacto de esta recuperación en la frontera y aún en todo el Reino fue enorme, satisfaciendo tanto a los Reyes, que se la cedieron por juro de heredad, además de elevar su marquesado de Cádiz a ducado, incrementado con el título de marqués de Zahara.
     Excede las posibilidades de estas páginas el relato pormenorizado de los servicios del marqués en las campañas de los años siguientes, coronadas con la conquista de Ronda (22 de mayo de 1485) y su Serranía y con la de Málaga en 1487. Era costumbre del rey don Fernando enviarlo por delante del ejército con una vanguardia que tenía por objetivo aislar la plaza que se proponía cercar e impedir la llegada de refuerzos enemigos. Era ésta una operación muy peligrosa y de gran trascendencia para el buen éxito posterior, la cual Rodrigo Ponce de León siempre ejecutó con diligencia y maestría. Su prestigio era común a moros y cristianos. Aquéllos solían recurrir a él para allanar el camino de las negociaciones y tratos, pues era proverbial su fidelidad a lo pactado, además de su clemencia y generosidad. Los Reyes, por su parte, le daban muestras continuas de su aprecio. Así, en junio de 1486 doña Isabel le pidió que la escoltase en su visita a la hueste y a las plazas conquistadas en la campaña de esa primavera. Rodrigo Ponce de León salió a recibirla en la linde de la vieja frontera, en la Peña de los Enamorados, cerca de Archidona, y por Loja la llevó hasta Íllora, donde la esperaba don Fernando con todo el ejército. Del mismo modo, en el invierno de 1487 a 1488, ausente el Rey de Andalucía, le fue encargada la guarda y supervisión de toda la frontera y de las plazas conquistadas, lo que realizó personalmente, recorriéndolas desde Ronda a Alhama, por Marbella y Málaga.
     Aunque su salud empezó a resentirse hacia 1488, ello no le impidió estar presente de principio a fin en el durísimo cerco de Baza (junio-diciembre de 1489) y en las entregas de Almería y Guadix. Finalmente, y como no podía ser menos, desde abril de 1491, y tras recuperarse de una grave recaída de su enfermedad, estuvo en la Vega de Granada y en el campamento de Santa Fe, donde aún tuvo ocasión de brillar en algunos encuentros con los moros, antes de asistir a la toma de la ciudad. Para el cronista Andrés Bernáldez, “este fue el cavallero que más trabajó, de los grandes de Castilla, en la guerra, e desque Alhama tomó non ovo entrada que el rey fiziese que él no fuese en ella en todos los diez años que duró la conquista del reino de Granada. Él fizo el comienço e vido el fin, e ovo su parte de la gloria e vitoria; que él fue presente en la entrega de Granada, que fue el sello de la conquista”.
     Como subrayaron algunos cronistas de la época, Rodrigo Ponce emerge de la Guerra de Granada como un nuevo Cid. En efecto, su comportamiento durante esos años le alcanzó la admiración y estima no sólo de los Reyes, sino de toda la sociedad, como muy pronto habría de verse con ocasión de su entierro en la misma ciudad que le había expulsado en 1471. El marqués-duque de Cádiz era visto como modelo de vasallo y colaborador de la Monarquía, pero también como un capitán legendario y compendio de las virtudes de la Caballería, entre las que se incluía una religiosidad muy marcada, con especial énfasis en la devoción mariana. Es notable también la inclinación mesiánica en los últimos años de su vida, sin duda bajo la influencia de los acontecimientos políticos y militares que le había tocado vivir y, en buena medida, protagonizar, manifestada en la carta que dirigió a los nobles castellanos en 1486. En ella se profetizaba que el rey Fernando no sólo conquistaría en breve Granada, mas todo el norte de África y Jerusalén.
     Pero la rica personalidad de Rodrigo Ponce de León no se agota en el perfil militar y caballeresco. Fue también un más que estimable gobernante de sus estados, que engrandeció con las mercedes recibidas y mejoró con inteligentes medidas que aprovecharon las favorables circunstancias económicas generales de la segunda mitad del siglo XV. Así, por ejemplo, Cádiz dio pasos decisivos en su conversión en uno de los principales puertos atlánticos, cabeza del comercio africano. Chipiona fue repoblada desde 1477, Pruna adquirida en 1482 y el lugar de La Puente de Suazo, luego Isla de León y actual San Fernando, incorporado en 1490. Además, como ya se sabe, en 1484 los Reyes le cedieron Zahara, con título de marqués, y en 1490 la serranía de Villaluenga (Villaluenga, Grazalema, Benaocaz, Archite, Ubrique, Cardela y Aznalmara), a la que en 1491 se sumó Casares.
     Antes de morir en el mismo 1492, Rodrigo Ponce de León había conseguido también resolver el arduo problema de la sucesión en el mayorazgo de la casa, ya que no tuvo hijos con Beatriz Pacheco. Esta ausencia fue suplida por la mayor de las tres hijas que había tenido con Inés de la Fuente, una vecina de Marchena, antes de su matrimonio con Beatriz Pacheco.
     Francisca de León casó con su primo Luis Ponce de León, primogénito de la línea legítima del linaje más próxima, y el hijo de ambos, llamado Rodrigo como su abuelo, fue el llamado a recoger sus derechos, títulos y señoríos en el testamento de 15 de agosto de 1492. Éstos comprendían, en ese momento, las ciudades de Cádiz, con título ducal, y de Arcos, con título de conde, y las villas de Marchena, Rota, Mairena del Alcor, Bailén, Zahara —con título de marqués—, Casares, Pruna, Aznalmara y Cardela con los lugares y aldeas de la serranía de Villaluenga, y los lugares de Los Palacios, Paradas, Chipiona y La Puente de León, así como los castillos de Lopera y Gigonza; las casas principales en Sevilla, en la collación de Santa Catalina, y otras en Carmona, Málaga y Granada, además de las salinas de Tarfia, aceñas y un enorme conjunto de bienes rústicos ubicados, fundamentalmente, en las villas y lugares de su señorío. También se consignan importantes situados y participaciones en las rentas reales.
     Puesto que el nieto elegido era de muy corta edad, y aunque vivían sus padres, Rodrigo Ponce de León nombró como tutora a Beatriz Pacheco, prohibiendo expresamente que Francisca y su marido, que ya habían renunciado a cualquier derecho sucesorio sobre el mayorazgo, administrasen los bienes del heredero.
     Como herencia propia, Francisca había sido beneficiada con un mayorazgo menor basado en el castillo y heredamientos de La Monclova, que más tarde debería recaer en el titular del mayorazgo principal. Con todas estas disposiciones, Rodrigo Ponce de León pretendía blindar el mayorazgo de la casa de Arcos contra las apetencias de otros miembros del linaje con los que, no obstante, el futuro duque de Arcos hubo de pleitear años después. Entre otros, el hermano menor de Rodrigo Ponce de León, Manuel, enemistado con el pariente mayor de la casa desde 1473, que se hacía llamar “conde de Arcos” y pretendió el mayorazgo hasta la avenencia conseguida en 1515.
     Las otras dos hijas del marqués, María y Leonor, casaron respectivamente con Rodrigo Mexía, señor de Santa Eufemia, y con Francisco Enríquez de Ribera, adelantado mayor de Andalucía. Leonor fue beneficiada con un mayorazgo menor, fundado en la década de 1480, que incluía el lugar de Guadajoz y un importante lote de donadíos y tierras en Carmona y el término de Sevilla. María, en cambio, sólo recibió la dote y una suma de dinero para la adquisición de heredades.
     Rodrigo Ponce de León murió en Sevilla el 27 de agosto de 1492, sólo tres días después de que Enrique de Guzmán, su viejo enemigo, lo hiciese repentinamente en Sanlúcar. Como el cronista Andrés Bernáldez supo narrar con emoción, el pueblo se echó a la calle para acompañar el cortejo fúnebre, “e assí ivan gentes aconpañándolo y onrrándolo, como cuando fazen la fiesta del Corpus Christi en Sevilla, aunque era de noche”. Fue enterrado en la capilla mayor del Monasterio de San Agustín, panteón de su linaje. Su sepulcro, como los restantes de los Ponce de León, fue destruido durante la ocupación napoleónica.
     Andrés Bernáldez dejó una excelente descripción del aspecto físico de Rodrigo Ponce: “Era onbre de buen cuerpo, derecho, más mediano que grande; de muy rezios mienbros, braços e piernas; muy grand cavallero de la gineta. Era blanco en el cuerpo, e roxo en la cara e cabellos e pescueço, e tenía algunas pintas por el pescueço e manos. Era hermoso de gesto, la cara más larga que angosta ni luenga: no había en ella reprehensión; la habla e órgano della muy clara e muy buena; los cabellos roxos e crespos, e las barvas roxas”.
     Rodrigo Ponce de León consiguió brillar con luz propia en una generación excepcional y durante una época deslumbrante. Su talla política, como la de tantos nobles de entonces, fue aumentando con el transcurrir de los años y en la medida en que fue haciendo suyos los proyectos e ideales de la Monarquía. De hombre de bandería, destinado a la continua emulación de sus rivales y al incremento de fortuna y poder a toda costa, creció hasta convertirse en un verdadero mito, en un nuevo Cid, un héroe de leyenda que se extinguió al mismo tiempo que lo hacía la frontera a la que debió su fama y en la que encontró ocasión de realizar la vida de caballero para la que había nacido. Esta celebridad guerrera en un medio en el que sus antepasados ya habían destacado, le convirtió también en auténtico refundador de su linaje, sustituyendo otras referencias pertenecientes a un pasado remoto y emancipando su memoria de la sombra proyectada por el linaje rival de los Guzmán, al que los Ponce de León debían su primera fortuna en Andalucía. Además, el magnífico mayorazgo fundado en 1492 identificaría durante siglos a la casa de Arcos y le ofrecería las bases materiales para que su descendencia pudiera instalarse perdurablemente entre la más alta nobleza española (Rafael Sánchez Saus, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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La plaza Ponce de León, al detalle:
Placa conmemorativa Cofradía de las Ánimas
antiguo Palacio de los Ponce de León