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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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domingo, 29 de marzo de 2026

La Hermandad de la Estrella

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad de la Estrella, de Sevilla.  
     Hoy, 29 de marzo, es Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, cuando Nuestro Señor Jesucristo, como indica la profecía de Zacarías, entró en Jerusalén sentado sobre un pollino de borrica, y a su encuentro salió la multitud con ramos de olivos [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad de la Estrella, de Sevilla, que efectúa su estación de penitencia en la tarde del Domingo de Ramos.
     La Hermandad de la Estrella, tiene su sede canónica en la Capilla de María Santísima de la Estrella [nº 87 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 26 en el plano oficial de la Junta de Andalucía] que se encuentra en la calle San Jacinto, 41; al igual que su Casa de Hermandad, en el Barrio de Triana Casco Antiguo, del Distrito Triana.
     La Pontificia, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de las Penas, María Santísima de la Estrella, Triunfo del Santo Lignum Crucis, San Francisco de Paula y Santas Justa y Rufina; es ésta una corporación fundada en 1560, con residencia canónica en su Capilla de María Santísima de la Estrella, del sevillano barrio de Triana, siendo sus imágenes titulares Nuestro Padre Jesús de las Penas, obra de José de Arce en 1655; y María Santísima de la Estrella, talla anónima de la 2ª 1/2 del siglo XVII.
   El escudo de la Hermandad lo forma una estrella de seis puntas que representa la advocación de Nuestra Titular, la Santísima Virgen de la Estrella. En su interior dos escudos ovalados, trayendo el primero el jeroglífico del Triunfo de la Santa Cruz, compuesto por una cruz verde con corona de laurel, sobre la bola del mundo, enroscada por una serpiente y coronada por una calavera. De la bola parten dos palmas hacia los brazos de la cruz; el segundo, cuarteado en cruz, llevando en el primero y el cuarto las armas de Castilla y el segundo y tercero las armas de León, sobre el todo tres flores de lis, dentado en punta con las armas del Reino de Granada: Timbrando el primer escudo ovalado una corona de espina con los clavos de Cristo, y el segundo la corona Real de España. En el centro superior de los dos escudos el blasón de San Francisco de Paula, que es el Sol de la Caridad, con las siglas “CHARITAS”. En el centro inferior, el Relicario del Santo Lignum Crucis. El todo timbrado por la tiara pontificia sobre las llaves de San Pedro y orlado por dos palmas que representan el martirio de las Santas Justa y Rufina.
     Corría el año de 1560 cuando se funda en Triana, en una capilla del convento de la Victoria perteneciente a los Frailes Mínimos de San Francisco de Paula, una hermandad de luz bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Estrella.
     Las reglas de esta hermandad, formada por capitanes de barcos con la misión de fletar las mercaderías que en la ciudad de Sevilla entraban y salían por la mar para las Indias y Flandes, fueron protocolizadas en la escribanía de Gaspar de Toledo el primer día de septiembre de 1566 y aprobadas por Felipe II el día 24 de diciembre de ese mismo año. En 1570, la comunidad de frailes concedía a la hermandad un sitio junto a su iglesia para que se labrara una capilla, al igual que cedía en el interior del templo otra capilla con el objeto de que allí fueran colocadas las imágenes y poder celebrar sus fiestas y juntas.
     En el año de 1600, la hermandad de Nuestra Señora de la Estrella se une a la de San Francisco de Paula. En 1644, en el barrio de Triana, en la ermita de un antiguo hospital allí existente bajo la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, un hombre devoto, de nombre Diego Granado y Mosquera, fundó una hermandad titulada de las Penas de Cristo Nuestro Señor, Triunfo de la Cruz y Amparo de María Santísima. La hermandad labró capilla a sus propias expensas pero era ésta tan pequeña que en la Semana Santa debían de instalarse los pasos en la propia ermita pues en aquellos días no la ocupaban los hermanos de la Candelaria.
     A iniciativa del mencionado Diego Granado, la Hermandad de las Penas gestó la fusión con la de la Estrella. De este modo, los hermanos de las Penas, en cabildo general celebrado el 17 de junio de 1674, acordaron su unión con los de la Estrella, quienes tomaron también acuerdo de fusión en cabildo el día 21 de junio de ese mismo año. Así, el 15 de julio de 1674, las hermandades otorgaron conjuntamente escritura de fusión ante el escribano público Hernando Gómez de Frías, acordando también la redacción de nuevas reglas que se formarían con lo mejor de ambas. La hermandad resultante se titularía de «Nuestra Señora de la Estrella, Santo Cristo de las Penas, Triunfo del Santo Lignum Crucis y San Francisco de Paula».
     Al establecerse esta concordia, la cofradía de las Penas donó al convento de Frailes Mínimos la imagen de un crucificado con el tabernáculo que poseía, siendo colocada en la enfermería y luego en un altar del templo. La iglesia y el convento de la Victoria desaparecieron en un voraz incendio la noche del 22 de octubre de 1704, salvándose la capilla de la Hermandad, la cual sirvió a la comunidad hasta igual día y mes del año 1707 en que se concluyó la reedificación de aquella.
     Por otra parte, la ermita de la Candelaria, en razón de lo reducido del templo y de la ampliación exigida por la propia comunidad de dominicos, hubo de ser derruida, emprendiéndose con el tiempo la nueva fábrica de la suntuosa iglesia de la Candelaria y San Jacinto, cuya construcción fue muy afanosa, depositándose en ella el santísimo sacramento en 1774 y abriéndose al culto el día 29 de enero de 1775. La cofradía después de su fusión entre Estrella y Penas, hacía estación de penitencia a la real Parroquia de Señora Santa Ana con tres pasos.
     En el primero iba una cruz verde sobre un mundo y, enroscada en él, la serpiente con la manzana en la boca. Del clavo de los pies de la cruz salían dos palmas que terminaban en los brazos y en el centro de éstos, una corona de laurel. Al pie del madero había una María con una estrella y a un lado una calavera en significación de la muerte. En el segundo paso, el del Señor, se representaba el monte Calvario en el que el redentor, desnudo y sentado sobre una peña, espera la crucifixión en actitud de oración. La Santa Cruz iba en medio tendida mientras dos judíos preparaban lo necesario para dicho acto, mostrándose en el suelo la túnica y el vaso de mirra.
     En el tercer paso figuraba la virgen, ostentando en su mano la reliquia del Lignum Crucis que de antiguo poseía la hermandad. En los tiempos de apogeo se adornaba el paso con muy ricos objetos de plata. La imagen, una de las más hermosas de la ciudad atribuida a la gubia de Juan Martínez Montañés, tuvo tanta fama y celebridad que hubo empeño en poseerla, asegurándose como tradición que una noche trataron de robarla. Las fiestas principales de la hermandad eran: el día de la Santa Cruz, con misa cantada y sermón exponiéndose ese día el santísimo sacramento; en el mes de enero, se celebraba quinario a Nuestro Padre Jesús de las Penas, procurando que en los tres últimos se tuviera el jubileo de las 48 horas; el 2 de febrero, fiesta de la Purificación, tenía lugar función en honor de María Santísima de la Estrella, en conmemoración de la presentación de Jesús en el templo y se oficiaba con tercia, bendición de candelas, misa, sermón, manifiesto y procesión claustral.
     El 16 de julio, se cantaban vísperas solemnes ante el altar en que se veneran las santas mártires, Justa y Rufina, patronas de Sevilla y el día 17, de su festividad, misa cantada por la tarde comenzando la novena con sermón. Al domingo siguiente, se hacía función solemne con procesión en la que figuraba la imagen de Nuestro Padre San Francisco de Paula, titular de ambas hermandades unidas, y las santas, agregadas a la cofradía, que tenían su capilla y sala capitular en la Real Parroquia de Señora Santa Ana, iglesia donde también estaba la imagen de san Francisco de Paula en su retablo propio de la nave del evangelio.
     La falta de documentos de la hermandad de las Santas Justa y Rufina impide determinar su antigüedad, aunque es de presumir sea mucha respecto a la devoción que siempre ha conservado Sevilla a estas esclarecidas mártires, sus patronas, y principalmente por los alfareros, por quienes se supone fundada. Se encuentra memoria de su altar en la iglesia de Santa Ana desde el año de 1589 por unas mandas de misas en testamento.
     Se tiene constancia de que a principios del siglo XIX ya se encontraba integrado en la hermandad el gremio de alfareros, a pesar de la ley prohibitiva de todo carácter gremial en las hermandades a partir de 1783.
     La forzada ocupación de los conventos sevillanos en 1809 por las tropas francesas, allanando con pleno vandalismo también el convento de la Victoria con la expulsión de sus moradores, dio un golpe mortal a la cofradía que conoció la destrucción parcial y lenta del famoso monasterio y aún dentro de la iglesia, la ruina de su propia capilla de la que anteriormente se ha hecho mención. Por ello, la cofradía hubo de trasladar sus imágenes a otra capilla de la misma iglesia en lo poco que quedaba en pie.
     La reducción del convento y el periodo liberal hicieron que la hermandad llegara casi a la extinción hasta 1835, en que obligada por la exclaustración ordenada por la desamortización de Mendizábal, hubo de trasladarse al convento de San Jacinto, exclaustrado y abandonado por la Orden Dominica ese mismo año. Las imágenes fueron situadas en los altares del crucero.
     De todo este periodo sólo hay constancia de la solemne fiesta celebrada el 19 de julio de 1818 en honor de las santas Justa y Rufina en el templo de Santa Ana, en cuya tarde salieron procesionalmente, vestidas a la romana, en muy adornadas andas y acompañando a su divina majestad que iba en su custodia.
     Finalizada la guerra civil entre carlistas y cristinos, que había asolado España desde 1833, existen propósitos de reanudar las actividades de la hermandad propugnadas por los afanosos alfareros entre 1839 y 1840, pero un pleito sobre la pintura y dorado del paso neutralizó todos los esfuerzos. Otra nueva tentativa fue auspiciada en 1851 por el celoso exclaustrado capuchino padre Miguel Mijares, cura de la Real Parroquia de Santa Ana. Un domingo de septiembre de 1859 se iniciaron los cultos con función y solemne procesión con las patronas alfareras, e igualmente lucido quinario en honor del Santo Cristo de las Penas.
     Un nuevo vendaval devastador, a causa de la revolución de 1868, el destronamiento de Isabel II, el reinado de Amadeo I y la instauración de la I República, obligaron a otros veinte años de inactividad. Restaurado y reparado el templo de San Jacinto y abierto de nuevo al culto el 2 de junio de 1878, se logra resurgir la antigua devoción a nuestros titulares y así, el 28 de noviembre de 1880 se lleva a efecto una solemne función. La hermandad, que no contaba más que con las imágenes después de haber perdido todo su patrimonio, se dedicó a preparar todos los útiles efectivos procesionales. El Miércoles Santo de 1891, merced a la iniciativa de varios jóvenes bajo la dirección del virtuoso sacerdote y capellán de San Jacinto, Eusebio Ortega, realizó estación de penitencia, estrenando pasos, ropas e insignias bordadas en oro.
     Se procedió a la redacción de nuevas reglas, copiadas y reformadas de las de 1674, extraviadas en ocho de sus capítulos, cuyas constituciones fueron aprobadas el 21 de febrero de 1891 por el arzobispo de Sevilla, Benedicto Sanz y Forés, e inscritas en el registro de asociaciones del gobierno civil, en virtud del real decreto de 19 de septiembre de 1902, en 10 de junio de ese año, al folio 154 del libro 3º de dicho registro. Desde aquella época de 1891, la cofradía continuó realizando su estación de penitencia desde el convento de San Jacinto en la tarde del Domingo de Ramos, siendo la única que la efectuara en 1932, el Jueves Santo, sufriendo varios atentados en su recorrido.
     En 1960 conmemoró la hermandad el IV centenario de su fundación con solemnes cultos y procesión por el barrio de María Santísima de la Estrella bajo palio. El 17 de octubre de 1962 la hermandad adquirió el inmueble sito en San Jacinto 63, hoy 41, para labrar en su solar casa de hermandad, la cual fue bendecida el 22 de septiembre de 1963 por el cardenal Bueno Monreal, fecha en la que también se constituía oficialmente su bolsa de caridad. El 10 de octubre de 1966, el convento de San Jacinto es erigido en parroquia. La hermandad, por acuerdo de cabildo extraordinario en junio de 1966, solicitó constituirse en sacramental de la nueva parroquia, lo que se concedió por decreto del arzobispado de aquella fecha, organizando la procesión con su divina majestad para enfermos e impedidos de la feligresía durante varios años y cuidando el Monumento de los Oficios de Jueves y Viernes Santo.
     A solicitud de la hermandad, que acuerda en cabildo transformar en capilla su casa de hermandad, un decreto de 25 de junio de 1973, dado por el cardenal Bueno Monreal, autorizó la adaptación del inmueble en oratorio semipúblico y erigiéndolo en sede canónica de la Corporación. Bendecida la nueva capilla en Sábado de Pasión de 1976, ese Domingo de Ramos, 11 de abril, salió del Convento de San Jacinto para, tras realizar la estación de penitencia, entrar en su nueva sede.
     En junio de 1982, la hermandad adquiere unos de los inmuebles colindantes para ampliación de su sede e instalaciones. Entre junio de 1988 y la Cuaresma del año siguiente, la hermandad procedió a la reforma y ampliación tanto de la capilla como de su casa. Durante este tiempo las imágenes estuvieron ubicadas en la capilla sacramental de la parroquia de Santa Ana.
     Durante las labores de restauración a las que fue sometida la imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas en 1996, se encontró en su interior un documento que acreditaba la hechura de la imagen como obra de José de Arce. En el año 2005 se celebra por ende la singular efemérides del 350 aniversario de la venerada imagen de Nuestro Padre Jesús de las Penas. Fecha importante que se reseña con letras de oro en la historia de la hermandad fue la del 31 de octubre de 1999, en la que el arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo, coronó canónicamente a la imagen de María Santísima de la Estrella en solemne pontifical celebrado en la catedral de Sevilla (Web oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
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Página web oficial de la Hermandad de la Estrella: www.hermandad-estrella.org

La Hermandad de la Estrella, al detalle:
- Sede Canónica: Capilla de María Santísima de la Estrella
- Día de Salida Procesional: Domingo de Ramos
- Imágenes Titulares:  - Nuestro Padre Jesús de las Penas
                                    - María Santísima de la Estrella
                                    - Santo Lignum Crucis
                                    - San Francisco de Paula
                                    - Santas Justa y Rufina

lunes, 2 de febrero de 2026

El desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto, de los Dominicos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto, de los Dominicos, de Sevilla.  
     Hoy, 2 de febrero, es la Fiesta de la Presentación del Señor, llamada Hypapante por los griegos: cuarenta días después de Navidad, Jesús fue llevado al Templo por María y José, y lo que pudo aparecer como cumplimiento de la ley mosaica se convirtió, en realidad, en su encuentro con el pueblo creyente y gozoso. Se manifestó, así, como luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto, de los Dominicos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto, de los Dominicos [nº 89 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 27 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Pagés del Corro, 88; en el Barrio de Triana Este, del Distrito Triana.
     La Orden de los Predicadores, también nombrada como de los Dominicos, fue fundada en los primeros años del siglo XIII por el castellano Domingo de Guzmán (Caleruega, Burgos, 1170 - Bolonia 1221), del linaje de los Guzmanes y canónigo de la catedral de Burgo de Osma, para combatir con la predicación, entre otros males de la Iglesia, la herejía albigense, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica, y también la herejía cátara. Entre 1203-1206, abandonando su retiro de Osma viaja a Dinamarca, Toulouse y otras comarcas de Europa acompañando al obispo don Diego de Acebes, de gran influencia en su vida espiritual, en empresas diplomáticas y apostólicas, conociendo de cerca el alcance de estas herejías y las luchas religiosas y feudales, a las que los legados pontificios y los cistercienses no podían poner fin. Impresionado por este estado de cosas, en 1207 comienza su labor apostólica con un grupo de compañeros en el sur de Francia. Muerto Acebes, Domingo se vincula al obispo Fulco de Toulouse, quien en 1215 lo admite junto con su "hermandad de predicadores" en el que sería el primer convento masculino, cuya regularización como nueva orden contravenía el mandato del IV Concilio de Letrán (1215) de no autorizar la formación de nuevos institutos religiosos. No obstante, los frutos que estaba dando este equipo de predicadores pobres atrajo la atención del papa Inocencio III que aconsejó a Domingo que tomara una regla ya existente, lo que enmascaraba un tanto la nueva fundación, escogiendo la de San Agustín. El 22 de diciembre de 1216 Honorio III expidió la bula de confirmación de la Orden de Predicadores como una corporación de clérigos regulares, siendo definitivamente confirmada el 21 de enero de 1217. Una vez conseguidas las preceptivas autorizaciones papales los dominicos iniciaron su vida de pobreza y evangelización itinerante por Europa, alentados por el fundador, que les imbuye la idea de una constante formación para así mejor ejercer su ministerio apostólico, siendo sin duda el siglo XIII decisivo para el desarrollo y crecimiento de la Orden y su fundamentación institucional, con un incremento rapidísimo de vocaciones. En 1220 se celebraba en Bolonia el primer capítulo general presidido por Domingo de Guzmán, el primer Maestro General, en el que se establecieron las bases de gobierno, las normas relativas al estudio, la predicación, las visitas y organización de los conventos y otras materias necesarias para el funcionamiento del nuevo instituto, instituyéndose el convento como la célula administrativa y territorial básica, que debía contar siempre con un maestro en teología. En el capítulo celebrado en mayo del año siguiente también en Bolonia, se crean cinco provincias: Provenza, Francia, Lombardía, Romana y España, y se ponen en marcha las de Hungría, Alemania e Inglaterra, cada una de ellas con un maestro provincial pertinente al frente. Un magnífico organizador resultó ser el Maestro general Raimundo de Peñafort, quien durante su mandato normalizó las Constituciones en un corpus jurídico que perduró hasta 1924.
     Hay que señalar que los dominicos junto con los francis­canos forman las órdenes mendicantes por antonomasia, cuya regla impone la pobreza no sólo para sus miembros sino para los conventos, obteniendo lo necesario para su sustento de la limosna de los fieles, en un deseo de vuelta a la pobreza como en los primeros tiempos de la Iglesia. Frente a la reclusión y aislamiento de los monjes, el fraile mendicante realiza un apostolado activo, itinerante, en constante contacto con la sociedad, estableciendo sus conventos en el interior de las ciudades en donde más directamente predican la fe y la moral dentro de la ortodoxia. Para ello era necesario que los frailes poseyeran una buena formación religiosa e intelectual, siendo este uno de los pilares fundamentales y definidores de los Dominicos, quienes desde su nacimiento se vinculan a las mejores universidades europea, como París o Bolonia, en las que la presencia de los Predicadores primero como estudiantes y luego en sus cátedras fue notable en número y calidad, y una baza fuerte en la consolidación de la Orden. A ello hay que sumar la creación de las Casas Generales de estudios -la primera se funda en 1248- en donde se forman los propios religiosos y colegiales externos, y en donde se imparte el trivium y filosofía, lo que en ocasiones acarreará conflictos con las universidades. La importancia del estudio era tal que a estudiantes y lectores (profesores) se les podían dispensar de algunas actividades de la observancia monástica, como la asistencia al coro, ciertos ayunos, y se les permitía poseer libros. A los conventos se les manda acrecentar las bibliotecas y se les prohíbe la venta de los libros.
     A la muerte de Domingo en 1221 (que será canonizado por el papa Gregario IX en 1234) la Orden contaba con veinte conventos y trescientos frailes. En 1303 son ya quinientos cenobios agrupados en dieciocho provincias con más de trece mil hermanos, crecimiento no exento de problemas con párrocos y obispos que encontraban una gran competencia en estos clérigos de gran formación teológica, que captaban rápidamente a los fieles que abandonaban a otros pastores por lo general peor preparados. Durante el siglo XIV la Orden pierde un poco el vigor de los primeros tiempos, con una relajación de la observancia y una disminución de vocaciones, a lo que hubo de contribuir el cisma de la Iglesia y la peste negra; la crisis será superada con la reforma llevada a cabo en el seno de la Orden que significó una vuelta a la observancia y al fervor primitivos. En el siglo XV se superarán los efectos religiosos de la llamada "claustra", para comenzar un gran resurgimiento que continuará en el XVI y XVII, sin duda los siglos de oro de los Dominicos. Las voca­ciones aumentan y las fundaciones se multiplican, favorecidas por la colonización de las tierras americanas y el extremo oriente. El setecientos, sin embargo, abrirá una nueva etapa de inflexión con el descenso en el nivel de los estudios y la pérdida de influencia sobre las masas, que los relaciona inexorablemente con la Inquisición; la Orden se aleja cada vez más de la sociedad y sus necesidades, para finalmente en el XIX, con las corrientes laicistas y los procesos desamortizadores vividos en Europa, quedar extinguida, no siendo restituida hasta el último tercio del XIX en varios países.
     En España, cuna del fundador, la Orden se implantó con rapidez, pues en las actas del capítulo provincial celebrado en Toledo en 1250 ya se da la cifra de veinte conventos en la península, que pronto se duplicará. Este crecimiento y expansión se debe en gran parte al paulatino avance de los monarcas castellanos en la reconquista, en cuyos campa­mentos consta la presencia de los frailes predicadores que asistían espiritualmente a los miembros del ejército y a los propios reyes. El mismo Fernando III eligió como confesor a un dominico y favoreció la fundación de conventos de la Orden en la ciudades andaluzas recién conquistadas, siendo el primero el de San Pablo de Córdoba. El incremento de casas y miembros hizo necesaria una reestructuración administrativa; de la inicial provincia de España o Castilla, el 10 de octubre de 1514 por bula del papa León X se creó la de Andalucía o Bética que comprendía los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada) el de Murcia y todo lo que de la Mancha y Extremadura quedaba a la izquierda del Guadiana que servía de línea fluvial divisoria, con un total de treinta dos conventos; en 1686 eran ya cincuenta y seis. Hay que señalar que los conventos fundados en estas fechas en tierras americanas, de gran potencial para ésta y el resto de las órdenes religiosas activas en España, se incluyeron en un primer momento en la provincia andaluza.
     Igualmente, los dominicos españoles pasaron por periodos de apogeo y decadencia como el que hemos referido anteriormente. También fue necesaria en las casas peninsulares una reforma en el siglo XIV semejante a la llevada a cabo allende de nuestras fronteras, lo que fue acometido por el beato Álvaro de Córdoba, y de la cual la Orden salió robustecida con la unión, finalmente, de las dos ramas, siendo los siglos XVI y XVII sin duda los más fecundos en cantidad de casas y en calidad de sus miembros. Por otro lado, los Predicadores se vincularon al mundo universitario hispano y fundaron colegios que alcanzaron elevadas cotas dentro de la vida intelectual del momento, y que dieron su fruto en personalidades que destacaron en variados campos del saber, desde la teología al derecho, la economía y la astronomía: fray Bartolomé de las Casas, fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, el mencionado San Raymun­do de Peñafort, San Vicente Ferrer, fray Diego Deza; destacando algunos de ellos también en santidad, lo que les llevó a subir a los altares. El siglo XVIII será en cambio un periodo de atonía y declive para este instituto religioso, que pierde el pulso de la historia y la sociedad que la protagoniza. Los aires laicistas y los cambios político-administrativos les llevarán a la exclaustración en 1836, quedando sólo abierto en España el colegio dominico de Ocaña para asistencia de las misiones ultramarinas. Merced a nuevos concordatos con la Santa Sede la Orden fue repuesta, en el último tercio del XIX; el 27 de enero de 1879 se reinstaura canónicamente la provincia de España y en 1897 se desgajó de nuevo la Provincia de Andalucía.
     En Sevilla la Orden de Predicadores contó con un total de seis conventos masculinos: San Pablo el Real, Santo Domingo de Portacoeli, Santo Tomás de Aquino, Regina Angelorum, Santa María de Montesión y San Jacinto. Los correspondientes femeninos fueron cinco: Madre de Dios el Real, Santa María de Gracia, Santa María de Pasión, Santa María de los Reyes y el de Nuestra Señora del Valle, de corta duración (fue vendido en 1529 a la orden franciscana y sus monjas pasaron al de Santa María la Real); de las fundaciones femeninas sólo ha permanecido el primero. En el primer censo demográfico conocido, fechado en 1615, la provincia de Andalucía tenía un total de 1.835 religiosos, aventajando a la de España en número; Sevilla daba un máximo absoluto de 430. Esta abundancia numérica aumentó a fines del XVII, lo que determinó que había que reducir el número, pues "sobraban frailes y faltaban viandas" y se fija en el año 1750 un numerus clausus en cada convento. Un interesante cuadro comparativo realizado por Huerga, del número de religiosos en los conventos masculinos sevillanos, a partir de los datos del capítulo provincial celebrado en Cádiz en 1750 y de la obra publicada en Sevilla en 1757, Breve expresión de lo que en sí contiene la ciudad de Sevilla, arrojan las siguientes cifras:
1750             1757
120 San Pablo     190
12 Portacoeli     33
20 San Jacinto     25
- Regina             48
- Montesión     18
-       Santo Tomás     29
total                     343
     Los funestos acontecimientos del XIX, terminaron finalmente con la expulsión de los Predicadores y cierre de estas seis casas, de las que sólo se ha restablecido la de San Jacinto.
CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA Y SAN JACINTO
     Es el sexto y último convento, en el orden cronológico, fundado en la ciudad por la Orden de Predicadores, por voluntad del acaudalado presbítero vecino de Sevilla, don Baltasar de Brun de Silveyra, hijo de Antonio de Brun y Bárbola de Silveyra, vecinos de la Isla del Fayal en las Islas Terceras, perteneciente a la corona de Portugal. El lugar fijado era una heredad de su propiedad en las afueras de la capital, en la zona norte entre el hospital de San Lázaro y la fuente del Arzobispo, paraje poblado de huertas conocido como Cantalobos. Según Ortiz de Zúñiga la primera intención de don Baltasar era otorgar la fundación a la Orden de los Premonstratenses, cambiando después a favor de los Dominicos. El 19 de octubre de 1603 se dotaba y constituía la casa, previa autorización del provincial fray Alonso Romero fechada el 16 de agosto de 1603, y la correspondiente del cardenal arzobispo don Fernando Niño de Guevara, el 1 de diciembre de ese año, siendo la advocación elegida la de San Jacinto, venerado dominico polaco, compañero de Santo Domingo de Guzmán. Al parecer se dispuso de templo y casa para buen número de religiosos en donde vivió el propio fundador hasta su muerte el 29 de diciembre de 1609; el 27 de agosto de ese año había otorgado testamento nombrando heredero universal al convento y estableciendo que le enterrasen en el coro de la iglesia o en la sala del capí­tulo. Hasta 1623 no estuvo canónicamente erigido el convento. Sin embargo, el sitio no resultó el más adecuado para su habitabilidad, no muy sano por demasiado caluroso en verano y fácilmente inundable en las habituales y torrenciales crecidas del cercano río Guadalquivir, a lo que se unía la distancia que lo separaba de la ciudad, por lo que no podía cumplir una de las cláusulas fundacionales que era tener escuela abierta de gramática y cursos de artes, al no resultar fácil el acceso a tan apartado lugar. Todo ello determinó que los religiosos buscaran acomodo en otra parte, encontrando en el arrabal de Triana una ermita con la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria, perteneciente a un antiguo hospital y sede de una hermandad con la misma titular, cuyos hermanos cedieron el inmueble a los Predicadores, según cabildo celebrado el 24 de junio de 1651, entregándo­les iglesia y ornamentos con la condición, entre otras, de que el altar mayor estuviese presidido por la Virgen de la Cande­laria, advocación que se incorporaría a la iglesia y convento. Asimismo, se permitiría a los hermanos realizar en ella los cultos y actividades propias de la corporación y se daría sepultura en el templo u otro que se construyese a don Bartolomé de Oro Urrialdua, hermano y fundador de la cofradía, y su familia. La traslación definitiva a la nueva sede no tuvo lugar hasta el 29 de junio de 1673 según Justino Matute y 1679 según Gestoso, "vencidas algunas dificultades que la retardaron".
     El convento quedó definitivamente enclavado en el popular arrabal de Triana, entre la calle de la Cava y el camino de San Juan de Aznalfarache, acomodándose la comunidad en lo que fuera antiguo hospital y utilizando la ermita de la Candelaria como iglesia. Pronto hubieron de comenzar las obras de construcción del convento y del nuevo templo, del que sabemos que el 30 de mayo de 1730 se hundió; en 1735 se llevaba a cabo su reedificación como se deduce de la petición del prior fray Pedro de Fontanilla al concejo de Carmona de licencia para fabricar en las caleras de su término trescientos caíces de cal para la obra de la iglesia. Hasta 1740 se ocupa de la fábrica Matías José de Figueroa, quien por desavenencias con la comunidad la abandonó. Y no estuvo terminada hasta 1774, siendo bende­cida en enero de 1775 con cinco solemnes funciones litúrgicas. Delante de las gradas del altar mayor quedaron deposi­tados los restos del piadoso fundador, cubierto con una gran losa de mármol con epitafio que le recordaba. La lápida se conserva hoy en la capilla de la cabecera del templo, en el lado del evangelio. Se conoce la existencia de otros bienhechores del convento como fue el capitán Jacinto de Luarca quien contó con capilla en la iglesia y fue sepultado a los pies del altar dedicado a la Virgen del Rosario junto con su esposa.
     Entre los fines del convento y la comunidad que lo habitó, además de los tradicionales de oración, estudio y predicación, estuvo el de ofrecer estudios de gramática, teología y artes, según recogía la tercera cláusula testamen­taria del patrono: "acabada la obra del dicho convento sean obligados (los Dominicos) a tener en él estudio de artes y teología, conviene a saber: dos lecciones de teología, una de prima y otra de vísperas y un curso de artes por lo menos". Los priores de los monasterios de San Pablo y Porta Coeli quedaban obligados a acudir a San Jacinto para ver si efectivamente se cumplía lo estipulado en el testamento, recibiendo en pago seis ducados cada vez que realizaran la inspección. Las cátedras eran regentadas por los religiosos más hábiles de la provincia, nombrados por el prior del convento, enseñanzas que continuaron en el tiempo y resultaron ser muy provechosas, como lo demuestra el positivo informe que el 29 de julio de 1764, en relación con las clases de gramática de este monasterio y otros de la ciudad, da el asistente Larrumbe, quien dice "...en los expresados colegios y convento consigue que la juventud de esta ciudad, sus arrabales y de varios pueblos de la provincia que le franquea el piadoso esmero con que graciosamente se le habilita para la carrera de los demás estudios". A San Jacinto concurrían hasta 40 alumnos y en una noticia de los centros de estudios eclesiásticos existentes en Sevilla, fechada el 15 de diciembre de 1779 se cita en San Jacinto una cátedra de latinidad y otra de teología moral.
     Asimismo, San Jacinto fue sede de varias cofradías que le dieron vida e importancia. La Hermandad de la Candelaria, cuyos hermanos habían cedido la ermita a los dominicos, como ya referimos, mantuvo su sede en la iglesia conventual donde daba culto a su titular que presidía el altar mayor. También tuvo cabida en el templo durante algún tiempo la cofradía titulada del Santo Cristo de las Penas, Triunfo de la Santa Cruz y Amparo de María Santísima, fundada a media­ dos del siglo XVII por el piadoso Diego Granados y Mosquera quien labró a sus expensas una pequeña capilla; por resultar ésta insuficiente para los pasos y enseres se trasladó la corporación al interior de la iglesia conventual, hasta que se unificó con la Hermandad de Luz de Nuestra Señora de la Estrella que residía en el monasterio de los Mínimos de Nuestra Señora de la Victoria, también ubicado en Triana, a donde finalmente se cambió; tras el cierre de ese monasterio volvería a la iglesia de San Jacinto en la que se ha manteni­do hasta hace unos años.
     En 1750 se fundó en San Jacinto la cofradía del Santísimo Cristo de las Aguas y Nuestra Señora del Mayor Dolor, haciendo su primera estación de penitencia al año siguiente, en la tarde del Miércoles Santo, con las parihuelas que le prestó la hermandad de las Tres Caídas, por no tener todavía pasos propios. Llevaba dos pasos; en el primero se representaba el pasaje evangélico referido por San Juan en el que a Cristo Crucificado, después de ser lanceado por Longinos se le aparece un ángel para recoger en un cáliz el agua y la sangre que mana de la herida de su costado. En el segundo iba la Dolorosa bajo palio y con manto de terciopelo negro con adornos de oro. No se conocen muchos datos de esta corporación antes de su reorganización; según Bermejo ocupaba los dos primeros altares del lado izquierdo de la iglesia, según se entraba por la puerta principal, es decir a los pies de la nave del evangelio; según este autor las imáge­nes parecían más antiguas que la hermandad y refiere que a principios del XIX se encontraba muy decaída en sus cultos y salidas procesionales. La cofradía se reorganizó en 1891 pasando por diversos templos de la ciudad, y hoy procesiona el Lunes Santo saliendo desde su capilla propia situada en la calle Dos de Mayo; en el desafortunado incendio en 1942 perdió el Cristo de las Aguas, siendo sustituido por otro del imaginero local Antonio Illanes. La Virgen del Mayor Dolor se atribuye a José Montes de Oca.
     También tuvo su sede en la iglesia desde 1813 hasta fechas recientes la popular Hermandad del Rocío, cuyos hermanos peregrinan anualmente a la aldea del Rocío, en la villa de Almonte, para rendir culto a la imagen de la Virgen del mismo nombre; el simpecado de la corporación se situaba en el lado derecho del presbiterio, lugar en el que tenían lugar los rezos y funciones.
     Al parecer, el convento mantuvo un número constante de religiosos que rondaba en torno a los veinticinco miembros; esa era la cifra que arrojaba el censo del año1757. La comunidad se enraizó en el popular y populoso arrabal de Triana, y así hubo de continuar hasta los turbulentos años del siglo XIX, en que padecieron varias expulsiones, el saqueo de sus bienes y la ocupación y demolición del convento. El primer golpe llegó con la entrada de los franceses a Sevilla, el 1 de enero de 1810, quienes faltando a las capitulaciones pactadas con el Ayuntamiento, alojaron sus tropas en los conventos más espaciosos de la ciudad, entre ellos San Jacinto, convirtiéndolo en un sucio establo. Tras la marcha de las tropas napoleónicas regresaron los religiosos a habitar San Jacinto y abrir la iglesia al culto, cuya ceremo­nia inaugural tuvo lugar el 8 de junio de 1813 celebrada por el prior fray Manuel Barbudo. En 1833 consta que la junta del Hospital Provincial estableció en el convento una casa de curación para los numerosos enfermos de cólera morbo, epidemia que se había declarado en la ciudad en septiembre de ese año, pasando la comunidad a hospedarse en el monasterio de San Pablo.
     González de León refiere explícitamente el cierre y secuestro del convento de San Jacinto el 25 de agosto de 1835, en cumplimiento del decreto de esa fecha que ordenaba la supresión de los conventos que no tuviesen como mínimo un número de doce miembros. La iglesia se mantuvo abierta a cargo de un capellán y en 1844, sobre el edificio conventual construyó el rico propietario apellidado Ruiz un teatro con el título de Guadalquivir, cuya dirección estuvo a cargo del antiguo actor Joaquín Calderi, siendo inaugurado el viernes 26 de julio de ese año con una repre­sentación dramática a cargo de la compañía del tal Calderi. Entre 1868 y 1869 el convento pasó a ser propiedad del Ayuntamiento, colocando en el inmueble una serie de oficinas municipales y una escuela de enseñanza primaria, para lo que se llevaron a cabo demoliciones en el recinto conven­tual. En 1906 los dominicos regresaron a San Jacinto, pero se vieron precisados a construir una nueva residencia en la crujía trasera de la iglesia, en la calle Ruiseñor esquina con la calle San Jacinto. Hasta el año 1939 esta nueva instalación no fue constituida formalmente como convento por el Vicario General de la Orden fray Manuel Montoto, nombrándose primer prior al padre fray Ángel Peinador. La iglesia volvía a sus antiguos dueños, siendo erigida en parroquia en 1966 por el Cardenal Arzobispo Bueno Monreal, como actualmente permanece, siendo por tanto la única de las seis casas que tuvieron los Predicadores en Sevilla que se conserva en la actualidad con religiosos de la Orden. La iglesia, lo único que ha permanecido de la primitiva fundación, fue declarada por Real Decreto el 8 de noviembre de 1990 (BOE 10/11/90) Bien de Interés Cultural, en la categoría de monumento.
ARQUITECTURA
     No se posee ninguna referencia sobre el primer convento de San Jacinto fundado en la heredad donada por don Baltasar de Brun, su patrono, en el sitio llamado de Cantalobos, a las afuera de la ciudad en la zona norte, entre el hospital de San Lázaro y la Fuente del Arzobispo. Tampoco se recoge en grabados antiguos o en el plano de Sevilla de 1771, su antigua fisonomía o su ubicación en la trama del arrabal de Triana una vez se trasladaron aquí. La permanencia de la iglesia y el compás delantero, y la descripción de analistas y cronistas permiten conocer en parte su configuración arquitectónica. Su situación en Triana se verifica en el llamado "camino de San Juan de Aznalfarache", vía hoy totalmente urbanizada que recibe el nombre de San Jacinto, y en la calle de la Cava, actual Pagés del Corro, por donde se accedía al atrio que daba paso hacia la izquierda al convento, y a la entrada principal de la iglesia, situada a los pies de ésta. El solar en que se asentaba hubo de ser muy amplio -al decir de algún cronista tan importante como San Francisco- pero al parecer nunca se terminó de colmatar, estando sólo construido una parte.
     La iglesia. Ya referimos como la primera iglesia levantada por los dominicos se hundió el 30 de mayo de 1730, sin que se conozca de ella ningún dato que dé a conocer su autor o características arquitectónicas. Pronto comenzaron las obras de reedificación, pues como ya dijimos, en 1735 se allegaba cal del término de Carmona para la construcción del nuevo templo que se estaba llevando a efecto, bajo la dirección de Matías José de Figueroa hasta 1740, quien por desavenencias con la comunidad, que le instaba a que acelerara las obras, la abandonó. Hijo del famoso y acreditado arquitecto Leonardo de Figueroa, fue también un importante maestro y teórico de la arquitectura, a quien vimos trabajando en San Pablo, en la capilla de la Antigua de este monasterio (actual de Montserrat), además de en otros edificios civiles y religiosos de la ciudad. Matías pudo dar las trazas de la iglesia de San Jacinto, aunque de momento esta afirmación hay que dejarla en suspenso por falta de documentación que lo acredite, aunque sí está claro que la dirigió, según se desprende de su manuscrito Satisfacción que da al publico Mathias de Figueroa, arquitecto y maestro mayor de esta ciudad de Sevilla, sobre la casualidad de haber visitado de orden de la ciudad unos maestros la obra nueva de la iglesia de San jacinto de religisissimos PP. Dominicos de Triana, en cuya obra entendió dicho arquitecto algunos días. Cuando Figueroa se marcha parece que estaba construida la nave central y su cubierta, la cúpula y gran parte de la sacristía. Según Sancho Corbacho la continuación de los trabajos se encargó a un innominado maestro de albañilería de la Audiencia a quien se le cae una de las bóvedas en 1742. Recientes estudios han propuesto que la obra pudo ser concluida por el arquitecto diocesano Pedro de Silva que había dirigido la restauración de la parroquia trianera de Santa Ana. Hasta 1774 no estuvo la iglesia terminada pues en ese año la comunidad anunciaba al cabildo eclesiástico su finalización, invitándolo a que fijase día para su estreno, lo que se produjo el 29 de enero de 1775; finalización en la que hay que incluir las labores decorativas de estilo rococó que la adornan. Sin embargo, el proyecto total no se llevó a término pues la sacristía quedó inconclusa, la torre no se llegó a levantar y la fachada principal de los pies quedó sin rematar.
     El vasto buque de la iglesia, una de las más grandes de Sevilla, se dispone en el ángulo que forman las calles Pagés del Corro y San Jacinto, -originariamente de la Cava y Camino de San Juan de Aznalfarache- un gran volumen alargado, con cubierta a dos aguas. Se ha encontrado parentesco por su alzado con los modelos cortesanos del siglo XVII tales corno la iglesia de la Clerecía de Salamanca o San Isidoro de Madrid, y por sus elementos decorativos con la sevillana de San Luis de los Franceses. Tanto interior como exteriormente presenta sin duda un acusado carácter monu­mental. Es de planta rectangular muy alargada, de 49 metros de largo por 20 de ancho aproximadamente, de tres naves con amplio y alto crucero, cuyos brazos no se manifiestan al exterior, cubierto con cúpula sobre pechinas, de 36 metros de altura. Los radios dobles festoneados por una línea ondulada de la cúpula descansan sobre columnas pareadas salomónicas, acanaladas en su tercio inferior, que conforman el tambor en el que abren ventanales ondulados. Las naves están divididas por arcos que sostienen robustos pilares con pilastras adosadas de orden corintio. La nave central es más alta y larga que las laterales, y se cubre con bóveda de cañón con arcos fajones y lunetos que arrancan de un sencillo entablamento. Las naves laterales más bajas se cubren con bóvedas de arista. A los pies, sobre un gran arco rebajado, se sitúa el coro alto que se prolonga lateralmente. En los brazos del crucero se disponen estrechas tribunas con antepechos de hierro. La iglesia se completa con una ornamentación a base de yeserías de perfil quebrado que se reparte por el entablamento, enmarca los arcos y adorna los paramentos de la nave central y el crucero, conformando marcos para conte­ner pinturas. Muy interesantes son las yeserías tipo rocalla que decoran la tribuna del coro, las pechinas de la cúpula configurando sinuosas tarjas para albergar pinturas, y las portadas del presbiterio. Asimismo se decoran con bellas yeserías la capilla de la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, situada a los pies de la nave de la epístola que hoy es la Sacramental de la parroquia.
     La iglesia posee tres portadas. La principal se halla a los pies del templo y es la única que se utiliza; su composición responde a los modelos que generalizó el arquitecto diocesano Diego Antonio Díaz, organizando una doble portada, la más exterior formada por un amplio arco de medio punto coronado por un frontón triangular recto con pináculos sobre pedestales en los extremos y un gran óculo central rematado por una cornisa mixtilínea con apliques cerámicos. Bajo este arco triunfal se sitúa la segunda, algo retranqueada, con la puerta de acceso adintelada rematada con frontón roto con hornacina central que alberga la imagen de la Virgen de la Candelaria, co-titular del convento e iglesia. La portada se remata con un friso con troneras ovales y romboi­dales, una cornisa saliente sobre la que monta un banco con decoración cerámica azul, pirámides bulbosas en los extremos y en el centro un cuerpo que oculta el caballete del tejado, formado por pilastras en los extremos y en el centro una hornacina enmarcada por estípites, coronamiento triangular, alerones laterales y decoración de azulejos en azul y blanco. Completa la amplia fachada de paramento avitolado unos alerones de gran desarrollo, enroscados en sus extre­mos, que cubren lateralmente el desnivel de altura entre la nave central y las laterales. Las portadas laterales, hoy cegadas, se disponen en los muros de la iglesia en el mismo eje, la del lado de la epístola da a la calle San Jacinto y la del evangelio daba acceso a la clausura conventual; se configuran mediante sencillos vanos adintelados rematados con molduras mixtilíneas.
     Al parecer se proyectó una torre que no se llegó a construir, sustituyéndose por una espadaña situada a los pies del muro del evangelio y colocada lateralmente a la fachada, que tampoco está terminada. Consta de tres vanos enmarcados por pilastras decoradas con cerámica azul; el central más alto y terminado en arco bilobulado y los laterales de medio punto. Sobre este cuerpo monta un basamento que no posee ningún coronamiento.
     La sacristía se sitúa tras el presbiterio y también quedó sin terminar. Es de planta circular cubierta con bóveda de ladrillo muy rebajada compartimentada por pares de nervios de sección rectangular que apean sobre ocho gruesas pilas­ tras jónicas preparadas para avitolar y para recibir las columnas que debían llevar adosadas. A los lados de la sacristía y completando el espacio trasero de la cabecera del templo, se disponen sendas dependencias de planta rectangular y vanos trilobulados que comunican con dicha sacristía.
     Muy poco se sabe de la configuración espacial y arquitectónica del recinto conventual. Dice González de León que sólo estaba labrado una parte no muy grande pero que "había mucho terreno por labrar", en el que se levantó en 1843 el Teatro del Guadalquivir, como ya referimos. Este autor menciona la existencia de un patio de medianas dimensiones de arcos sobre pilares, las precisas viviendas, "muy cómodas y bonitas por ser muy nuevas" para su no muy numerosa comunidad, refectorio y cocina.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor que hoy vemos en la iglesia de San Jacinto no es original de este templo sino que procede del conventual de Nuestra Señora de la Victoria, también situado en Triana, que perteneció a la Orden de los Mínimos de San Francisco de Paula, y que tras su derribo pasó a San Jacinto en donde ya fue visto por Gestoso. En la documentación manejada no se halla referencia alguna a la existencia de un retablo mayor en el convento dominico ya instituido en Triana ni mucho menos del primero fundado en el sitio de Cantalobos. Sólo una referencia documental de 1633, año en que los frailes aún no se habían trasladado a su asentamien­ to definitivo -lo que aconteció en 1673- nos informa de la realización de un sagrario de madera de borne, de dos varas de alto por una de ancho, de dos cuerpos de altura, formado por columnas dóricas con basas, cornisas, cúpula agallonada y una cruz por remate. Su ejecución corrió a cargo del maestro Luis de Figueroa por escritura firmada el 5 de julio de ese año, quien se comprometía a darlo por terminado en blanco en el plazo de cuatro meses, por cuyo trabajo cobró 880 reales. Esta pieza no ha sido identificada entre los enseres que actualmente posee la comunidad.
     González de León, que escribe en 1844, dice "que la iglesia carece de retablo mayor" pero no aclara si lo tuvo alguna vez. Santiago Montoto por su parte señala que "el altar mayor primitivo estaba constituido por un templete". Hasta el momento no conocemos más noticias al respecto. Ambos autores sí hablan de la existencia en la cabecera del crucero de un retablo figurado pintado en la pared, hoy inexistente, con una hornacina central que albergaba la imagen de la Virgen de la Candelaria, titular de la ermita en que se asentó el convento, que tampoco se ha conservado.
     En los dos testeros del crucero se hallan sendos retablos fechables hacia 1790, cuya ejecución se ha atribuido al maestro Manuel Barrera y Carmona por evidente similitud con obras suyas documentadas como el mayor de la parroquia sevillana de San Bernardo. Este artífice marcó la frontera entre el barroco y el neoclasicismo, como muestran estos retablos gemelos de San Jacinto, de gran contención estructural y decorativa. Constan de banco, un cuerpo de tres calles separadas por cuatro columnas clásicas, las dos centrales colocadas al bies lo que da un perfil convexo a la calle central, y ático flanqueado por columnas sesgadas con ángeles en las esquinas y un panel central enmarcado por pilastras que contiene escenas en relieve. El conjunto se completa con un remate en forma de tarja con el escudo de la Orden dominica en el interior. El retablo del lado del evangelio está presidido en su hornacina central ochavada por la escultura de Santo Domingo de Guzmán, de autor desconocido y fechable a principios del siglo XVIII aunque repolicromada posteriormente, flanqueado en las calles laterales por Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno y en el ático la escena de la Aparición de Cristo y la Virgen a Santo Domingo y San Francisco, de la misma fecha que el retablo. En el del lado de la epístola se dispone hoy en su hornacina central un San José decimonónico con las esculturas del Beato Wenceslao de Polonia y Santa Rosa de Lima en los laterales, y en el ático relieve con la representación de un Milagro de San Jacinto, Santo al que originariamente estuvo dedicado este retablo.
     Por los muros de las naves laterales se disponen una serie de retablos decimonónicos o neobarrocos con imágenes modernas, todo ello de poco interés artístico. Hay que destacar sin embargo, en un retablo neoclásico situado en la nave del evangelio la escultura de gran calidad de San Antonio de Padua, en la que ya reparó Gestoso quien la vio en otro sitio de la iglesia y que creemos corresponde con la que el 31 de diciembre de 1631 concertó el escultor Francisco de Ocampo con el procurador del convento fray Pedro Ximénez, para un altar dedicado a este Santo. En la escritura se detalla que había de tener vara y media de alto, con su peana dorada, un libro en las manos, con su Niño Jesús y con un ramo de azucenas. El artista se comprometía a entregarlo terminado 15 día antes del Jueves Santo de 1632, cobrando por este trabajo 60 ducados. 
     A los pies de la nave de la epístola se halla la capilla de Nuestra Señora del Rosario, que hoy es la Sacramental de la parroquia. Posee un magnífico retablo rococó presidido por la bella imagen de la titular, una Virgen con el Niño, obra anónima cuya ejecución se puede situar en el primer tercio del XVIII. Aunque no documentado, el retablo se ha atribui­do a Francisco de Acosta "el Mayor", hijo primogénito del gran maestro Cayetano de Acosta, por analogía con el retablo mayor de Fuentes de Andalucía realizado por este artista. Consta de banco, un cuerpo con tres calles y ático. En el banco se disponen dos postigos y un llamativo frontal de altar profusamente decorado con rocalla y espejos, y en el centro un sagrario enmarcado por columnillas adornadas con fajas de rocalla y guirnaldas. El cuerpo del retablo se articula mediante estípite, cuyo camarín central presenta una prominente embocadura, coronada con trozos de entablamento sesgados y en su interior se abren ventanas que permiten una iluminación natural. Las hornacinas de las calles laterales están presididas por las esculturas de San Pío V y San Francisco de Asís, correspondientes cronológicamente al momento del retablo. Un ático de movidos perfiles y rutilante decoración completa el conjunto de gran calidad y marcado sentido escenográfico.
     Finalmente citaremos es este apartado de esculturas y reta­blos, como obras pertenecientes en origen al convento domini­co, el San Jacinto que preside el retablo mayor, obra anónima cuya ejecución se puede fechar a principios del siglo XVIII.
PINTURAS
     En las pechinas de la cúpula del crucero de la iglesia y enmarcadas por yeserías rococó se disponen cuatro tarjas de perfiles ondulados, que incluyen en su interior pinturas que representan a cuatro Doctores de la Iglesia: San Ambrosio, San Agustín, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, cuya ejecución hay que situar en torno a 1774, año que se culmi­naron los trabajos de construcción y decoración del templo. Estas pinturas no están documentadas, al igual que las que se distribuyen encastradas en los paramentos de la nave central y de los brazos del crucero, dedicadas a describir episodios de la vida de diferentes santos dominicos; la identidad con el estilo pictórico de Vicente Alanís (1730-h.1806), de tipo rococó, amable y descriptivo, y la analogía con obras documentadas de este maestro han determinado la plena adjudicación a este pintor local de esta serie de grandes lienzos. Los personajes representados, identificables por los rótulos que poseen, son: San Wenceslao de Cracovia, San Álvaro de Córdoba, San Luis Beltrán, San Antonio de Florencia, San Agustín Gazotto, San Pedro de Verona, San Juan de Colonia, San Benedicto IX y San Pío V; se han perdido otras dos pintu­ras que han sido sustituidas por un Calvario y una Piedad.
     En las dos capillas de la cabecera de la iglesia, hallamos dos pinturas con escenas que tienen el interés histórico de representar la fundación y dotación del convento por el patrono Baltasar de Brun; obras de autor desconocido. En la sacristía se cita el Retrato del fundador, de autor anónimo, con una mano sobre el pecho y la otra sosteniendo un libro marcando una de sus páginas con los dedos, y al pie la siguiente inscripción: "D BALTASAR DE BRUN Y SILVEIRA PRESBÍTERO PATRONO DE EL CONVENTO DE EL S S JACINTO EL QUE DOTO Y FUNDO AÑO DE 1604 EN EL PAGO DE CANTALOBOS Y POR SER ESTE SITIO MUY ENFERMO SE TRASLADO A TRIANA EN EL DE 1673".
     Refiere Gestoso la existencia en la iglesia de ocho lienzos dedicados a narrar episodios de la Vida de la Virgen, cuya ejecución adjudica al pintor Matías de Arteaga, "exactamente iguales a otros del mismo autor que hay en nuestro Museo provincial", es decir la serie de escenas de la vida de la Virgen que pintó este artista para la parroquia sevillana de San Marcos y que pasó al Museo en 1869. De los lienzos de San Jacinto no volvemos a tener noticia. La historiografía actual ha localizado en diferentes colecciones réplicas de los originales del Museo que bien pudie­ran ser algunas de ellas las que cita el erudito decimonónico en el convento dominico; a la espera de que futuras investigaciones aclaren en lo posible la procedencia de ellas, referiremos las obras identificadas: en el Palacio Arzobispal de Sevilla: La Visitación, La presentación de la Virgen y La presentación del Niño en el templo; unos Desposorios de la Virgen, en colección particular mexicana, la Coronación de la Virgen de la colección González de Madrid, y dos representaciones de la Huida a Egipto, que pasó por el comercio de Arte de Nueva York y está en paradero desconocido, y otra en la colección Nandín de Sevilla (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de la Fiesta de la Presentación del Señor; 
   La ley mosaica prescribía dos ceremonias vinculadas con el nacimiento de un niño. Si era de sexo masculino, debía ser circuncidado. Al tiempo que la madre, considerada impura después del parto, debía purificarse, presentar a su primogénito en el templo y recuperarlo del Señor por medio de una ofrenda.
   La circuncisión debía realizarse ocho días después del nacimiento, y la Purificación, cuarenta días más tarde.
   Esas dos escenas, que presentan temas análogos, han sido frecuentemente confundidas en el arte cristiano.
La presentación del niño Jesús en el templo o la purificación de la Virgen
   Presentación de Jesús en el templo, Purificación de la Virgen, Candelaria, son otros tantos nombres que designan la misma fiesta celebrada el 2 de febrero, cuarenta días después de Navidad (Cuadragésima de Epifanía). Esta triple serie de nombres se encuentra en todas las lenguas.
l. Presentación del Niño Jesús en el Templo
2. La Purificación de la Virgen
3. Candelaria
El relato evangélico
   La Presentación en el templo sólo se relata en el Evangelio de Lucas 2: 22 - 40.
   Los otros no dicen nada acerca de ello.
   «Así que se cumplieron los días de la purificación conforme a la ley de Moisés, le llevaron a Jerusalén para presentarle al Señor, según está escrito (...) y para ofrecer en sacrificio, según lo prescrito en la Ley del Señor, un par de tórtolas o dos pichones.
   «Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba en él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor. Movido del Espíritu, vino al templo, y al entrar los padres con el niño Jesús para cumplir lo que prescribe la Ley sobre Él. Simeón le tomó en sus brazos y, bendiciendo a Dios, dijo: Ahora, Señor, puedes ya dejar ir a tu siervo en paz, según tu palabra; porque han visto mis ojos tu salud, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo Israel.» Y dirigiéndose a María dijo: «...y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones.
   «Había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, muy avanzada en días, que había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro.... Como viniese en aquella misma hora, alabó también a Dios y hablaba de Él a cuantos esperaban la redención de Jerusalén (...) Cumplidas todas las cosas según la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a la ciudad de Nazaret.»
   Las dos prefiguraciones bíblicas de la Presentación del Niño Jesús en el templo son el Destete de Isaac y la Consagración del niño Samuel al Señor.
Liturgia judía y católica
   Para comprender el tema iconográfico es necesario conocer no sólo la fuente de las Escrituras de donde ha tomado el tema el arte cristiano, sino también los ritos de la Purificación en la ley mosaica y en el culto católico.
   La ley de Moisés (Éxodo, 13: 2) obligaba a todos los judíos a consagrar a los primogénitos al Señor en conmemoración de la salida de Egipto, y a redimirlos mediante un canon de cinco siclos y el sacrificio de un cordero. La ley era formal:
   «...consagrarás a Yavé todo cuanto abre la vulva; y de todo primer parto de los animales que tengas, el macho lo consagrarás a Yavé». 
 Además, de acuerdo con el ritual del Levítico (12: 1 - 8), toda parturienta se consideraba impura durante los siete días siguientes al nacimiento de un varón y durante treinta y tres días se le vedaba la entrada en el templo. Por lo tanto, debía dejar pasar cuarenta días para presentar a su hijo en el templo y depositar la ofren­da.
   Puede asombrar que la Virgen se haya sometido a esta regla que no podía aplicarse a su purificación, puesto que había parido milagrosamente sin perder su virginidad, es decir, sin mancha alguna. Los teólogos explican que fue para dar ejemplo de humildad y de obediencia a la Ley que la Virgen quiso someterse  a esas prescripciones legales que para ella no tenían sentido. De la misma manera que Jesús se había sometido a la Circuncisión sin necesidad, la Virgen no eludió la obligación ritual de la Purificación, preocupada, antes que nada, por no «derogar» la Ley.
   Redime a su hijo ofreciendo una pareja de tórtolas, que era la ofrenda de los pobres, mientras que el cordero era la de los ricos. Habría podido, según parece, comprar un cordero con el oro del Rey Mago; pero los teólogos, que tienen respuesta para todo, replican que ese oro fue inmediatamente distribuido en forma de li­mosnas. 
 Sobre esta liturgia hebrea se injertó la liturgia católica de la bendición de los cirios, que ha dado su nombre a la Candelaria, o Fiesta de las candelas (Festum Candelarum), porque la procesión se hacía con cirios encendidos. Ese día «los cristianos suelen tener cirios o candelas en sus manos en la santa iglesia, y ofrecerlas a la Madre de Dios».
   A decir verdad, esta ceremonia no es más que un vestigio de un antiquísimo rito lustral pagano, el de la katharsis, que se celebraba con antorchas destinadas a espantar a los espíritus de las tinieblas. Así era como los griegos conmemoraban la búsqueda de Perséfone después de su rapto por Hades, y celebraban los romanos la fiesta de las Ambarvalia.
   De acuerdo con ciertos historiadores de las religiones, la fiesta cristiana de la Purificación de la Virgen habría sustituido a la fiesta pagana de las Lupercales. Pero Dom Leclerq observa con fundamento que no hay ninguna semejanza en ritual ni coincidencia de fechas.
   Durante el reinado de Carlomagno la Purificación se convirtió en una fiesta mariana en los países occidentales.
La fecha de la fiesta
   La Purificación no podía realizarse antes de pasados cuarenta días desde el momento del parto. Los orientales, que celebraban la Natividad el 6 de enero, fijaron en consecuencia la fecha de la Presentación el 15 de febrero.
   Cuando la Iglesia romana decidió que la Natividad sería conmemorada el 25 de diciembre y no el 6 de enero, la fiesta de la Presentación se adelantó inexorable­mente trece días y se fijó el 2 de febrero.
   La Iglesia bizantina acabó aceptando esa rectificación en el siglo VI.
El tema iconográfico
   Al analizar este tema complejo se descubren tres y hasta cuatro motivos com­binados:
1. La Presentación del Niño en el templo.
2. La Ofrenda lustral de la Virgen.
3. La procesión de los cirios.
4. El Cántico del anciano Simeón (Nunc dirrtitis).
1. La Presentación del Niño
   De acuerdo con el momento elegido, la escena presenta dos aspectos diferentes. Ya María presenta el Niño al anciano Simeón, ya éste devuelve el Niño a su madre. En el primer caso la Virgen está de pie, en el segundo está arrodillada.
   Aunque no haya sido sumo sacerdote, Simeón está tocado con mitra o tiara y tiene las manos veladas en señal de respeto. Ese rito oriental vuelve a encontrarse en el Bautismo de Cristo, donde los ángeles tienen igualmente las manos vela­das.
   Como en la escena de la Natividad, ocurre que el Niño esté de pie o acostado sobre el altar, para significar que desde su nacimiento está marcado por su carácter de víctima expiatoria y predestinada al sacrificio. A veces la Virgen y Simeón lo levantan por encima del altar. En el siglo XVII ciertos pintores alemanes hacen planear a la paloma del Espíritu Santo en lo alto de la composición.
   La profetisa Ana, que tiene el mismo nombre que la madre de Samuel y la madre de la Virgen, asiste al viejo Simeón. Ella simboliza a la Sinagoga y sostiene las Tablas de la Ley donde se desarrolla un texto profético.
2. La Ofrenda lustral
   José, que es sólo un personaje secundario, lleva en las manos, en los pliegues de su manto, en un cesto o en una jaula de alambre, las dos tórtolas, modesta ofrenda de los pobres. A veces suma a los palominos una pequeña suma en metálico y se le ve desatar el cordón de la bolsa para extraer el óbolo, refunfuñando.
   Con frecuencia es una criada de la Virgen quien lleva las palomas.
   En el arte ruso, por ejemplo en un fresco (actualmente destruido) de Nereditsa, cerca de Novgorod, las palomas son tres.
3. La Procesión de los cirios
   Este tema no es de origen bíblico, y constituye un típico ejemplo de enriquecimiento de un motivo iconográfico a través de la liturgia.
   Los portadores de cirios son generalmente José (que ya sostenía un candil para iluminar el pesebre de la Natividad), la Virgen y sus criadas. En su cuadro del Museo de Darmstadt, Stephan Lochnerles agregó una procesión de niños de coro, alineados como tubos de órgano según sus estaturas. El suelo está alfombrado de hojas de acebo con pequeñas bayas rojas, follaje de invierno que recuerda la fecha de la fiesta de la Candelaria, el 2 de febrero.
   Esta tradición popular es muy antigua. Ya en el siglo XII, en una vidriera de Chartres, se ve a la Virgen seguida de mujeres que llevan cirios encendidos. El arte pictórico del siglo XV se apropió del tema.
4. El Cántico del anciano Simeón (Nunc dimitis)
   Simeón pide a Dios que lo deje morir después de haber tenido la alegría de ver al Mesías. Y predice a la Virgen que una espada le atravesará el corazón.
   Es el origen del tema de la Virgen de los siete Dolores (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor el significado de la Fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo;
   La primera noticia conservada de la conmemoración litúrgica de la presentación de Jesús en el Templo (Lucas 2, 21 ss.) nos la da Egeria en su peregrinación a Jerusalén a finales del siglo IV. Se llamaba Quadragesima de Epiphania porque entonces se celebraba aún el nacimiento también el seis de enero, es decir, el catorce de febrero.
   Junto a la Presentación del Señor como primogénito (cf. Éxodo 13, 1 ss.), motivo central de la fiesta pese a su título mantenido hasta la última reforma del calendario romano, en la que también María cobra una importancia especial por la profecía de la espada, va pareja la purificación de María (cf. Levítico 12, 1 ss.), pues toda mujer que pariera un varón debía presentarse para su purificación acaba la cuarentena, rito al que se somete por humildad. Ambas ceremonias se reseñan en aparece en Lucas 2, 22: “Cumplidos los días de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor”.
   Desde Jerusalén se fue extendiendo por Oriente. En Constantinopla, donde se celebraba ya a principios del siglo VI, tenía ya esta fiesta un carácter mariano muy marcado, pues se invitaba en ella a recurrir a la intercesión mariana y la corte imperial la celebraba en el templo mariano de la Blancherna.
   El Emperador Justiniano I, en agradecimiento por atribuir a la intercesión mariana el cese de una epidemia, en el 542 extendió su celebración a todo su Imperio como día festivo. Se trasladó al dos de febrero porque la Navidad ya había sido fijada el veinticinco de diciembre.
   A Roma la debieron llevar los monjes bizantinos. Según el Liber Pontificalis, la fiesta de la Purificación, a la que, según la ley mosaica tuvo que someterse María (Lev. 12, 2-8), se celebraba ya en Roma con carácter mariano en el pontificado de Sergio I (687-701), de origen sirio.
   El título de Purificación aparece por primera vez en el Sacramentario Gelasiano (siglo VIII), y se cree de procedencia galicana, aunque este tema no desempeña papel alguno en los textos eucológicos que se centran en la figura de Jesús, aunque pasó al Misal Romano, hasta la reforma de 1969, en que pasó a denominarse de la Presentación del Señor.
   San Cirilo de Alejandría, a principios del siglo V, ya habla de las candelas (Patrologia Graeca, vol. 77, col. 1040 s). En Roma aparece ya la procesión de los cirios en el Orden de San Pedro, del 667, que es ratificada por el citado Sergio I, por lo que la fiesta recibe el nombre popular de Candelaria. El origen de las luces quizá provenga de que estas procesiones eran nocturnas.
   Esta procesión en Roma tenía un marcado carácter penitencial, pues la comitiva pontificia iba descalza, con ornamentos primero negros y luego morados, color que se conservó hasta la reforma de 1969. Debió adquirirlo, lo que se cree a partir de Beda, como desagravio por los Amburbalia, fiesta pagana de purificación de la ciudad, que consistía en recorrer la muralla procesionalmente llevando las víctimas a sacrificar una vez acabado el itinerario, celebrada por última vez el 394. Aunque era una fiesta movible, se solía celebrar en febrero.
   La primera bendición de las candelas se remonta a finales del siglo IX y era precedida de la bendición del fuego como en la vigilia pascual: se interpreta como una fiesta de la luz como símbolo de Cristo, basándose en la profecía de Simeón: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.
   La bendición solemne de las candelas empezó en la Iglesia galicana en el siglo X, y de ahí se fue difundiendo con lentitud En Roma se documenta por el Sacramentario de Padua, en una adición del mismo siglo X. En la Península Ibérica, ya presente en el siglo XI, y después por el resto de Europa (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Nuestra Señora de la Candelaria y San Jacinto, de los Dominicos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la calle Pagés del Corro, en ExplicArte Sevilla.

sábado, 2 de agosto de 2025

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, antigua Capilla de San Jacinto - Museo Pintor Rodríguez Luna, Capilla de San Sebastián, Plaza de Toros, Ermita de la Virgen de Gracia, Puente de las Donadas, Iglesia de Santa Ana, Meandro de Montoro, y Parque Natural Cardeña-Montoro) de la localidad de Montoro (y III), en la provincia de Córdoba

       Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, antigua Capilla de San Jacinto - Museo Pintor Rodríguez Luna, Capilla de San Sebastián, Plaza de Toros, Ermita de la Virgen de Gracia, Puente de las Donadas, Iglesia de Santa Ana, Meandro de Montoro, y Parque Natural Cardeña-Montoro) de la localidad de Montoro (y III), en la provincia de Córdoba.


Iglesia de Nuestra Señora del Carmen.-

     El convento carmelitano de Montoro se erigió en 1697 bajo la advocación de San .Juan de la Cruz y gozó de la protección de los duques de Alba y Montoro. La construcción de la iglesia se inició en 1701, concluyéndose en 1748. Desamortizado en 1835, el edificio se utilizó como cárcel a partir de 1843, mientras que en 1890, la iglesia fue erigida en parroquia de Nuestra  Señora del Carmen. El interior se organiza al modo usual de las iglesias carmelitanas, una planta de cruz latina con brazos cortos y media naranja sobre pechinas en el crucero.
     El retablo mayor es de 1770 y se ha relacionado con el círculo de Cayetano da Costa. La imaginería es de acarreo, lo mismo que el manifestador, que tampoco es original; en éste hay un Crucificado anónimo de hacia 1710, menor que el natural, llamado hoy Cristo de las Penas, restaurado por Miguel Arjona en 1996. Los medallones en relieve con santas carmelitanas son originales del retablo. En el ático hay una talla pequeña de San Juan  de la Cruz, de hacia 1781, flanqueada por Santa Teresa y Santo Tomás de Aquino, de hacia 1774.
     En los frentes de los brazos del crucero están dos retablos­ de estípites realizados entre 1770 y 1772, que tienen en la parte superior relieves originales, con la Cabeza del Bautista y San Juan Evangelista y en la­ cajas imágenes de serie.
     En el testero del brazo izquierdo, sobre la puerta que lleva a la sacristía, cuelga un lienzo muy perdido de la Oración del Huerto, de la primera mi­tad del XVIII. En el de enfrente hay un retablo de hacia 1750 con Nuestra Señora de la Soledad, imagen sedente anónima traída entre 1745 y 1748 por fray Domingo de Santa Teresa. Fue restaurada en la década de 1990 por Andrés Valverde. En el lugar del tabernáculo hay un lienzo de medianas proporcio­nes con San Rafael, de fines del XVII, que sigue la estética de Antonio del Castillo. Sobre la mesa de altar se ha colocado el Cristo Yacente, escultura de madera policromada, realizada en Córdoba pm Enrique Ruiz Flores en 2003.
     Los tramos de la nave central muestran tres lienzos, firmados por Juan Infante y fechados en 1774, con San Gregorio, San Jerónimo y San Agustín; el cuarto se halla en la sacristía, ocupando su lugar el órgano. A los pies, en el coro alto, hay otro lienzo con los Desposorios místicos de Santa Teresa, de la primera mitad del XVIII. 
     La nave izquierda tiene en el primer tramo un retablo de rocalla, realizado entre 1781 y 1783, dedicado a San José con el Niño, de hacia 1750 y autor anónimo. En  el banco se ve un  lienzo con la Muerte de San José, firmado y  fechado por Manuel de Torres, presbítero canónigo de Córdoba, en 1896. Los otro retablos, de menor interés, son el antiguo del Cristo de las Penas, de hacia 1770 y el del Niño Jesús de Praga. El de la Virgen del Carmen lo realizó en 2005 Miguel Arjona Navarro. Tiene un relieve de la Aparición de la Virgen a San Simón Stock y la imagen titular llegada en 1760-63 y restaurada por Arjona en 1988.
     En la nave derecha hay tres retablos, dos de ellos con la imágenes pasionistas de la Virgen de Consolación y Esperanza, obra de Juan Ventura de 1993, y Jesús de la Humildad, realizada por Juan Martínez Cerrillo en 1940.
     Entrando a la sacristía hay un cuadro de Ánimas de hacia 1730-36. La sacristía contiene una valiosa cajonera adaptada al sitio que hoy ocu­pa, fechable a fines del XVIII, el cuadro de San Ambrosio de 1774, compañero de la serie de la iglesia, otro de la Piedad con rico marco dorado, de hacia 1700, y uno popular de la Inmaculada, de mediados del XVIII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Se encuentra situada en una de las plazas más importantes del casco histórico de Montoro, lindera a una de las calles principales de comunicación.
     Desde el punto de vista volumétrico, consta de elevados muros que terminan en tejados a dos aguas, destacando en altura el imafronte de su fachada principal sobre la que se alza la espadaña conventual.
     El edificio responde a la tipología de las iglesias conventuales carmelitas. Su planta es de cruz latina, coro alto a los pies y bajo en el muro del Evangelio del presbiterio, cabecera plana, crucero poco saliente y una única nave de cuatro tramos con capillas laterales comunicadas entre sí, que simulan las naves laterales.
     La nave central, los brazos del crucero y el presbiterio se cubren por bóveda de cañón con lunetos y arcos fajones, estos últimos apoyan sobre un entablamento sostenido por grandes pilastras que arrancan de los pilares que separan los vanos de medio punto de las capillas laterales. Éstas a diferencia de la nave central se cubren con bóveda de aristas, mientras que en el crucero se alza una cúpula de media naranja sobre pechinas ricamente policromada.
     A los pies de la nave se encuentra el coro alto, que ocupa los dos primeros tramos de la misma, creando mediante un gran arco escarzado, apoyado en pinjantes, el sotocoro con bóveda rebajada con arcos fajones y lunetos.
     La estructura muraria del edificio está realizada con piedra molinaza, muy típica de la zona. La fachada principal se encuentra a los pies de la iglesia, donde se sitúa el acceso principal. Ésta se divide en tres sectores mediante la utilización de pilastras de orden gigante sobre pedestales, en las que apoya un frontón triangular con un óculo en el centro. La disposición triangular es típica de los edificios que presentan cubrición de tejas a dos aguas, destacando en altura de las naves de capillas que se presentan con una sola vertiente. En el sector central se ubica una portada de dos cuerpos, fechada en 1718 y realizada en piedra caliza más clara que al empleada en el resto del conjunto. 
    El primer cuerpo está formado por un arco de medio punto de doble arcada con el escudo carmelita en la clave, flanqueado por pilastras toscanas que soportan un sencillo entablamento, con arquitrabe y frisos carentes de decoración, sobre el que se asienta un frontón triangular partido en cuyas vertientes se sitúa, a cada lado, un remate en forma de bola sobre pedestal. Del centro del frontón emerge el segundo cuerpo, que repite el esquema compositivo del inferior, en cuyo centro se ubica una hornacina de medio punto avenerada que alberga la imagen de mármol de San Juan de la Cruz. El conjunto se corona por un frontón curvo sobre el que se repite la decoración de sendas bolas sobre pedestales flanqueando una cruz. Por último a ambos lados de este cuerpo  se abren sendas ventanas adinteladas coronadas por frontón curvo. 
     En el lado de la Epístola se abre una segunda portada que repite un esquema similar al anterior, aunque en un solo cuerpo. Presenta mayor decoración vegetal, repitiendo el escudo de la orden y sobre él la mano de Elías agarrando una espada de fuego. En el friso de esta portada se encuentra la fecha de construcción "Año de 1720".
     Sobre el muro formero, que separa la nave central de las capillas del lado de la Epístola y perpendicular con la fachada, se ubica la espadaña. Consta de dos cuerpos separados por una cornisa, el primero de ellos consta de dos vanos de medio punto flanqueados por pilastras, mientras que el segundo se estructura mediante un vano entre pilastras rematado por un frontón semicircular.
     Respecto al claustro se encuentra muy transformado, debido a la profunda remodelación a la que fue sometido a finales del siglo XIX y principios del XX. Tras la desamortización fue sede del Círculo Primitivo de Montoro, llegando a albergar un Instituto Libre de Enseñanza entre 1873 y 1874. A pesar de todo aún se aprecia el esquema original de su cuerpo inferior, realizado a base de arcos de medio punto separados por pilastras toscanas.
     La actual iglesia parroquial de Nuestra Señora del Carmen formó parte en su día del desaparecido convento de Carmelitas Descalzas fundado en Montoro en 1697 bajo la advocación de San Juan de la Cruz.
     La construcción de la iglesia se inició el año 1701, siendo prior Fray Sebastián de San Cayetano, sucediéndose fases de mayor o menor actividad constructiva hasta 1748, en que, finalizadas las labores de decoración interior se procedió a la bendición del templo, siendo prior Fray Domingo de Santa Teresa.
     El convento fue desamortizado en 1835 parando a ser utilizado como cárcel desde 1843, lo que provocó numerosas transformaciones en sus dependencias con excepción del claustro y la iglesia. Ésta última mantuvo su función litúrgica a lo largo del siglo XIX, hasta convertirse en parroquia en 1890, adoptando la nueva advocación de Nuestra Señora del Carmen (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

antigua Capilla de San Jacinto - Museo Pintor Rodríguez Luna.-

     La Antigua Capilla de San Jacinto se encuentra ubicada en la plaza del Charco, una de las más céntricas del casco histórico de la ciudad de Montoro, muy cercana a la Iglesia del Carmen. Desde 1982 es sede del Museo Antonio Rodríguez Luna, pintor local. 
     Se trata de un pequeño inmueble de una sola nave abovedada con cabecera cuadrada, cubierta por cúpula gallonada sobre pechinas profusamente decorada con yeserías polícromas. La decoración se desarrolla a base de motivos vegetales perfilados en azul, rojo y dorado, distribuidos en las pechinas, nervios y gallones. En estos últimos alternan vanos ciegos y abiertos, decorados los primeros por ángeles tenantes y hojarasca y los segundos por molduras y penacho vegetales con un ángel central. El resto de la iglesia carece de decoración salvo en los capiteles de las pilastras y dos marcos de yesería cuya función es ornamental. Exteriormente la nave se cubre a dos aguas y la cabecera a cuatro aguas con teja árabe.
     El ingreso al edificio se realiza mediante una portada de estructura muy simple, realizada en piedra molinaza, cuya composición se repite en otros edificios de la localidad. Consta de un vano de medio punto sobre pilastras con decoración en la clave y enjutas, coronado por un frontón triangular sobre el que campea un pretil rematado por copetes. 
     A la derecha de la portada se sitúa una ventana con reja de hierro forjado que aporta luz natural al interior. Todos los elementos, a excepción de la portada y los copetes, se encuentran encalados ofreciendo una bicromía muy característica en la localidad, resaltando los elementos más importantes del conjunto.
     La popularmente conocida como ermita de San Jacinto es un pequeño inmueble barroco fechado en 1778, como consta en una inscripción de su portada, aunque según algunos historiadores su construcción se realizó en el siglo XVII y fue costeada por Diego Valenzuela. En este lugar se veneraba la Virgen de la Misericordia, siendo la sede canónica de la Cofradía del Santo Rosario de la Misericordia desde 1720, cofradía que se encargaba de enterrar a los pobres.
     Tras perder su uso religioso y pasar por diversos avatares, pasó a ser usado como Biblioteca Pública. Con posterioridad la corporación municipal cedió el edificio para que fuese sede del Museo Antonio Rodríguez Luna. Éste fue rehabilitado, adaptándose su espacio para museo en 1981 bajo la dirección del arquitecto Daniel Rodríguez, hijo del pintor (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Capilla de San Sebastián.-
     Presenta tres naves bajas de tipo mudéjar, reformadas en el siglo XVIII. La cabecera tiene un retablo del siglo XIX, neoclásico, con relieve de San Sebastián. En el camarín está el grupo de Nuestra Señora de la Piedad, talla en madera policromada de Pío Mollar, de 1941, renovada por Andrés Valverde en 1992.
     En la nave izquierda destaca un interesante lienzo de fines del XVII con marco policromado de la misma fecha, que representa a San Pedro penitente y sigue el modelo de José de Ribera.
     La nave derecha está encabezada por la ca­pilla sacramental, fechada en 1677. Guarda un pequeño retablo de escayola que se remata con una cartela en que aparece pintado el Padre Eterno, de la misma fecha. En la hornacina de este retablo se venera la imagen de San Francisco Solano, talla en madera regalada por los montillanos en el año 1963.
     En el muro de la derecha está la imagen de Cristo Yacente, obra de inspiración castellana firmada en 1969 por Amadeo Ruiz Olmos. Encima se ve el cuadro de San Jerónimo penitente, pareja del ya mencionado de San Pedro, también sobre modelo de Ribera (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Se encuentra situada en el barrio de San Sebastián, algo alejada de lo que es el núcleo principal de la población. 
     En origen podría tratarse de una iglesia gótica-mudéjar de planta basilical, que presenta en su estructura reformas y añadidos llevadas a cabo a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Consta de tres naves con cabecera plana en la que se ubican la sacristía en el lado del Evangelio, el presbiterio con camarín al centro y la capilla del Sagrario en el lado de la Epístola. 
     Las naves, de cuatro tramos, se encuentran separadas por gruesos pilares ochavados que sostienen arcos de medio punto. La central, más ancha y alta que las aledañas, se cubre con bóveda de arista rebajada con arcos fajones que apoyan en pinjantes, mientras que las laterales se cubren por bóveda de cañón con sección rampante.
     A principios del siglo XX se realizó de nueva planta un camarín, adosado a la cabecera de la nave central para albergar una escultura de la Virgen de las Angustias, destruida en la Guerra Civil. Es de planta rectangular cubierta por cúpula ovalada sobre pechinas y decorada con yeserías. Las obras fueron realizadas bajo la dirección de don Alonso Madueño.
     La capilla del Sagrario fue construida en 1677 según consta en una inscripción. Es de planta rectangular, cubierta por cúpula ovalada sobre pechinas con decoración de fajas y florón central y los símbolos de la pasión en las pechinas.
     El templo contaba con dos puertas de acceso, una situada a los pies de la nave central y otra en el tercer tramo de la nave del Evangelio. La primera de ellas fue cegada para ubicar el coro en el último tramo de la nave principal, conservándose su portada tapada por una casa que le fue anexionada con posterioridad al templo. La portada lateral, realizada en piedra, se encuadra dentro del más puro manierismo con añadidos durante el barroco. Consta de un vano central de medio punto flanqueado por pilastras toscanas, todo realizado con sillares almohadillados. Sobre la cornisa le fue añadida una espadaña barroca, integrada por un vano de medio punto flanqueado por pilastras cajeadas y a su vez por mensulones a modo de orejetas, coronando el conjunto un frontón curvo. A ambos lados de la espadaña se sitúan remates piramidales terminados en bolas que se repiten sobre las orejetas y el frontón curvo.
     Algunos historiadores relacionan la construcción de la portada lateral con la figura de Juan de Ochoa, maestro mayor de obras de la Catedral de Córdoba, quien por estas fechas se encontraba trabajando en la torre de la iglesia de San Bartolomé de esta localidad.
     En el conjunto del edificio destacan algunos elementos realizados en piedra molinaza, como paramentos, cornisa y otras partes que se encuentran enlucidas por la cal.
     La iglesia de San Sebastián se encuentra situada en la plaza de su mismo nombre, entre las calles San Francisco y General Castaños. La antigüedad de esta iglesia, que es de gran capacidad y buenas dimensiones, se remonta a los primeros años del siglo XV.
     Aunque hoy día se la tiene como iglesia filial de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen y a lo largo de la historia aparece nombrada como iglesia, se trata realmente de una ermita, apareciendo citada por primera vez en la relación de ermitas de Montoro realizada en 1579. Fue hospital de apestados en tiempos de San Francisco Solano quien, junto a Fray Buenaventura, atendió a muchos enfermos en la peste que asoló la ciudad en 1583. Según la tradición cuando murió Fray Buenaventura fue enterrado en el interior de esta ermita (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Plaza de Toros.-

     Se encuentra ubicada en uno de los extremos de la localidad, definido como edificio exento, entre la llamada Calle Senda de Gotosilla y las Calles de Cervantes, Juan Antonio Cervera y la Avenida de Andalucía. En torno a ella ha ido creciendo la localidad formándose un nuevo barrio. A su alrededor se desarrolla la feria del municipio, distribuyéndose las casetas en los espacios libres que hay frente y en los laterales del inmueble.
     Desde el punto de vista volumétrico, destaca su planta poligonal y sus muros, carentes de vanos salvo en el cuerpo bajo, realizados en mampostería de piedra molinaza, lo que la aporta la visión externa de carácter defensivo y de cierto hermetismo.
     La actual plaza de toros es producto de una reforma y ampliación de una anterior que se construyó en la segunda mitad del siglo XIX y que fue destruida durante la Guerra Civil. En 1952 fue reformada según el proyecto realizado por Víctor Escribano Ucelay, arquitecto cordobés. La originalidad radica en su planta, la actual es un polígono regular de veinte lados, de nueve metros cada lado y en su material constructivo a base de piedra molinaza. Sus muros presentan un vano escarzano de medianas proporciones en cada uno de sus lados correspondientes a la planta baja, mientras que el resto del muro en su vertical se presenta macizo. En uno de sus frentes destacan cuatro arcos rebajados que hacen la función de acceso a su interior.
     El graderío del coso taurino fue ampliado en 1961 con nuevas gradas de mampostería, en la parte alta. El diámetro del ruedo es de 39 metros y cuenta con un aforo para 4.000 espectadores. En cuanto a dependencias que tiene la plaza, cuenta con patio de caballos, abrevadero, cuadras, ocho chiqueros, corrales y una acondicionada enfermería, elementos que se encuentran adosados en uno de sus frentes.
     El reglamento para la Plaza de Toros de Montoro fue editado en Sevilla con fecha de 23 de junio de 1884, en que quedó constituida la sociedad propietaria, con el objeto de reconstruir la plaza de toros extramuros de esta ciudad, en el sitio llamado Senda Golosilla, lo cual indica que anteriormente había existido otra plaza en el referido lugar. 
     Aquella plaza reconstruida en 1884 quedó totalmente destruida durante la Guerra Civil española, y fue nuevamente reedificada a primeros de los años cincuenta. La inauguración oficial de ésta que puede considerarse como nueva plaza, se efectuó el 7 de octubre de 1951. Desde entonces se han venido celebrando espectáculos taurinos en este coso. 
     Actualmente pertenece a la Fundación de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Se encuentra dentro del grupo de plazas de toros de tercera categoría.
     La Plaza de Toros es propiedad del Ayuntamiento y se encuadra dentro de las Plazas de tercera categoría, con un foro de 4.000 espectadores.
     La fiesta taurina se desarrolla en varias fases a lo largo del año comenzando con la festividad del Corpus Christi, para San Bartolomé el día 24 de agosto y del 7 al 12 de octubre (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de la Virgen de Gracia.-
     En 1649 se hizo la ermita de la Virgen de Gracia, reconstruida en el XVIII y recuperada para el culto en 1967. Las imágenes de la titular y del Resucitado, las hizo Ruiz Olmos hacia 1962. Los lienzos con la Virgen del Carmen y la Transverberación de Santa Teresa, de hacia 1750, pro­ceden de la iglesia del Carmen (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Se encuentra situada fuera del casco histórico, concretamente al Sur de éste y próxima a un parque homónimo, en el lugar donde según la tradición acamparon las tropas de Fernando III, El Santo, antes de la toma de la ciudad.
     Se trata de una construcción modesta, de planta rectangular con una sola nave de 26 x 7,50 metros, con diferenciación en volúmenes de la nave central con respecto a la zona de la sacristía y el camarín. La única nave, dividida en tres tramos, se cubre con bóveda de aristas separadas por arcos fajones que reposan sobre pilastras y pinjantes, sobre la cual cabe la posibilidad de que aún se conserve un artesonado. Tras el presbiterio se adosa el camarín cubierto por cúpula sobre pechinas y decoración de yeserías doradas.
     El cuerpo de la Sacristía es de dimensiones más reducidas que el conjunto, cuenta con un basamento y encadenado de las esquinas ambos realizados con piedra molinaza, presentándose el resto de los paramentos pintados en blanco.
     Al exterior el conjunto del edificio se encuentra realizado con sillares de piedra molinaza dispuestos a soga y tizón, con cubierta a cuatro aguas.
     La portada principal se encuentra situada a los pies del templo. Consta de un vano rectangular flanqueado por pilastras sobre el que cabalga un entablamento sin decoración que sirve de base a un frontón triangular partido de cuyo centro emerge el segundo cuerpo. Éste consta de una hornacina avenerada flanqueada por pilastras coronando el conjunto un frontón conopial.
     La espadaña se encuentra situada sobre la cornisa, sobre la portada, desplazada hacia el muro del Evangelio. Es de un sólo cuerpo, con vano medio punto entre pilastras, rematada por frontón triangular partido, de cuyo centro emerge una cruz. La puerta lateral de la nave se encuentra cerrada interiormente.
     No se tienen noticias documentales acerca de la fundación de la ermita, aunque se ha llegado a apuntar que en este lugar pudo existir una construcción religiosa desde 1239. Su fisonomía actual se remonta al siglo XVIII e incluso a mediados del siglo anterior gracias a una inscripción, "1649", hallada en uno de los sillares de la cabecera.
     Se encuentra ubicada en la plaza del mismo nombre y según la tradición ocupa la zona del antiguo humilladero, donde estuvo acampado el ejército del rey San Fernando antes de la reconquista de la localidad de Montoro (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Puente de las Donadas.-

     Se encuentra situado sobre el río Guadalquivir, enlazando el núcleo principal de la población con el barrio El Retamar y con los caminos hacia la Sierra.
     El puente consta de dos estribos de acceso y cuatro ojos de medio punto, destacando en importancia el central, no solo por su mayor tamaño sino por encontrarse flanqueado en sus pilas por tajamares angulares de grandes dimensiones en el frente de la corriente, siendo de menor tamaño el situado entre los dos ojos restantes. Por el contrario los tajamares situados en el frente posterior son de menor tamaño y de superficie curva. 
    El conjunto se encuentra construido en piedra molinaza con aparejo sencillo dispuesto en sillares a soga con algunos a tizón. En total mide 180 metros de largo por 9 de ancho y la clave del arco mayor es de 18 metros de altura sobre el nivel del agua.
     Se trata de uno de los puentes más bellos de la provincia de Córdoba, iniciándose su construcción en 1498, cuyos planos se atribuyen al bruselense Enrique Egas, aunque fue un alarife local, Pedro Fernández, quien dirigido las obras. 
     Por su emplazamiento y belleza crea una de las vistas más pintorescas de toda nuestra geografía. Los gastos fueron sufragados por el Consejo de la Villa y por los propios vecinos que se vieron exentos del pago de algunos impuestos. Las mujeres donaron sus joyas y enseres, por lo que se le conoce como el Puente de las Donadas o Puente de las doncellas. 
     Los Reyes Católicos en agradecimiento por su construcción eximieron a la villa y sus habitantes de la obligación de hospedar y avituallar a la milicia mediante un privilegio otorgado en 1501.
     A lo largo de la historia ha sufrido modificaciones sobre todo en el tablero, que contiene la vía de comunicación, siendo adaptado, como ha sucedido con otros muchos puentes, para que permitiese el paso y circulación de automóviles y camiones (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia de Santa Ana.-
     La Iglesia de Santa Ana, des­truida en 1936 y reconstruida en 1944 por Regiones Devastadas (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La ermita o humilladero de Santa Ana se encuentra situada en el barrio de El Retamar, en la confluencia de la calle Retamar y calle del Calvario, fuera del casco histórico, concretamente al otro lado del Guadalquivir, junto al puente que une las dos partes en las que se divide la localidad.
     La planta de este edificio es rectangular destacando un gran ábside circular destinada a capilla del Sagrario. 
     Exteriormente se caracteriza por la superposición de volúmenes entre los que destaca la nave central a dos aguas, el pórtico de entrada, la espadaña, cabecera con camarín cuadrado y la gran exedra sacramental.
     El interior es de una sola nave de pequeñas dimensiones, dividida en dos tramos mediante un arco de medio punto con dobles molduras que apoyan sobre ménsulas voladas. El primer tramo está cubierto con bóveda de cañón con lunetos, mientras que el segundo lo hace con bóveda de arista con decoración en forma de estrella en la clave.
     La cabecera es plana y a ella se adosa el camarín, enmarcado con molduras neobarrocas a modo de retablo. Éste se cubre con una cúpula sobre pechinas dividida en ocho segmentos con decoración de yeserías geométricas.
     A la capilla sacramental se accede a través de una arco, carpanel retranqueado, situado en el muro de la Epístola. La capilla es de planta semicircular con dos tramos, el primero de ellos cubierto por bóveda de cañón con lunetos, en sus extremos se abren dos puertas una de acceso a la sacristía y otra a la escalera de la espadaña. El segundo tramo está formado por una exedra iluminada por dos pequeños vanos.
     En la fachada principal, realizada en piedra molinaza, se eleva sobre un graderío de siete peldaños, conserva un antiguo pórtico de dos arcos de medio punto en marcados por alfiz y apoyados al centro por columna y ménsulas a los muros laterales. Tras éste se encuentra la portada principal, de líneas sencillas. Consta de un vano de medio punto formado por sillares de piedra rojiza que destaca de los muros encalados. 
     Junto al pórtico, situada a los pies del muro de la Epístola, se encuentra situada la espadaña de un solo cuerpo y planta triangular con dos frentes. La base recuerda a un antiguo torreón dividido en dos cuerpos, en cuyo interior se aloja la caja de la escalera. En el ángulo exterior del tercer cuerpo se ubica la espadaña estructurada en dos vanos, uno a cada frente, recorridos por un balcón que apoya en la cornisa. Los dos vanos son de medio punto flanqueado por pilastras, rematándose el conjunto un frontón triangular partido en cuyo ángulo se sitúa una veleta con cruz de forja y copetes en sus extremos. La puerta lateral de la nave se encuentra cerrada interiormente.
     El cuerpo de la Sacristía, de dimensiones más reducidas que el conjunto, cuenta con un basamento y encadenado de las esquinas, realizados con piedra molinaza, presentándose el resto de los paramentos pintados.
     Su origen está ligado al barrio de El Retamar a finales del siglo XVI principios del XVII. Desde su fundación contó con un uso cultual continuado hasta finales del siglo XIX, cuando quedó abandonada y cerrada al culto hasta el año 1913 en que fue reedificada. Durante la Guerra Civil fue prácticamente destruida, volviendo a ser reconstruida en 1944 por Regiones Devastadas.
     En la actualidad los hermanos de la Cofradía de la Borriquita son los encargados del mantenimiento y cuidado del templo, ya que es sede canónica de la hermandad, desde donde cada Semana Santa realiza su estación de penitencia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Meandro de Montoro.-

     El río Guadalquivir a su paso por la localidad de Montoro, representa uno de los más asombrosos meandros de toda la Península, rodeando la ciudad sobre sus aguas, dando lugar al Monumento Natural Meandro de Montoro.
     Este monumento natural supone casi 5 kilómetros de longitud del río Guadalquivir y ocupa unas 100 hectáreas.
     Entre huertas, destaca la presencia de una vegetación de ribera, con dominio de almeces y chopos, y una avifauna propia de estos ambientes (Diputación Provincial de Córdoba).

Parque Natural Cardeña-Montoro.-
     Fue declarado Espacio Natural Protegido en 1989.
     Se sitúa en la zona nor-oriental de la provincia de Córdoba, localizada en la parte central de la enorme cordillera de Sierra Morena, y abarcando una superficie de 41.212 hectáreas.
     Este Parque Natural presenta un relieve suave y aplanado en su sector occidental que contrasta con la brusquedad y escarpado de gran belleza, de los cortados y barranqueras a lo largo del río Yeguas, en el sector más oriental.
     Las altitudes oscilan entre los 200 y los 800 mts. situándose la máximas cotas en los Picos Colmena y Pingano.
     Con una longitud lineal de 40 km. dentro del parque natural, el río Yeguas, protagoniza el drenaje de este espacio natural, si bien cuenta entre otros con otros arroyos como Arenosillo, Martín Gonzalo y Frescoso.
FLORA
     El bosque galería que se desarrolla en los bordes de los cauces, es otra de las riquezas botánicas de este parque, que con abundante vegetación de quercíneas, tiene a la encina como especie principal, si bien, en mezcla con otras interesantes como el acebuche, quejigo y alcornoque.
     Lo más sobresaliente es la presencia de los únicos Robles Melojo o rebollo de la provincia, de gran interés botánico y espectacular belleza, localizados en las inmediaciones de Venta del Charco, núcleo de población del interior del parque.
     Merece destacarse también el espléndido bosque de galería del río Yeguas formado por adelfas, tarajes, zarzas, fresnos y algunos sauces.
FAUNA
     Ligadas estrechamente a la vegetación, se encuentran una serie de relevantes especies animales, muchas de las cuales han desaparecido de otros puntos de la provincia, tales como el lobo, la nutria, el águila calzada, el águila real, el águila imperial, buitres negros y sobre todo el lince, especie protegida en peligro de extinción.
     Otras aves que podemos encontrar son las típicas del bosque mediterráneo, abubilla, abejaruco, pájaro carpintero, herrerillo, etc.
     La abundancia de especies cinegéticas, ciervo, jabalí, gamo, perdiz, paloma torcaz, conejo, etc., explican el importante aprovechamiento cinegético existente en este Parque Natural, con numerosos cotos de caza mayor y menor.
RUTAS PROPUESAS. SENDEROS CON AUTORIZACIÓN:
     Cardeña-Venta Cerezo
     Venta Cerezo-Azuel
     Venta Cerezo-Venta del Charco
     Camino de Vuelcacarretas.
DATOS DE INTERÉS
     El parque natural se reparte entre los municipios de Cardeña y Montoro.
     Se accede por la N-420 y la C-420
     La zona dispone de amplia oferta de servicios de alojamiento y restauración así como una gran riqueza patrimonial.
CENTRO DE VISITANTES VENTA NUEVA
     Dirección: Ctra. Nacional N-420, p.k 79 – 14445 – Cardeña
     Teléfono: 677-904308 (Diputación Provincial de Córdoba).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, antigua Capilla de San Jacinto - Museo Pintor Rodríguez Luna, Capilla de San Sebastián, Plaza de Toros, Ermita de la Virgen de Gracia, Puente de las Donadas, Iglesia de Santa Ana, Meandro de Montoro, y Parque Natural Cardeña-Montoro) de la localidad de Montoro (y III), en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

Más sobre la provincia de Córdoba, en ExplicArte Sevilla.