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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 9 de abril de 2025

La sala 12 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la sala 12 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla.
     La Casa Fabiola - Donación de Arte Mariano Bellver [nº 97 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la calle Fabiola, 5; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la planta alta, dedicada en gran parte a los pintores sevillanos en Roma y París (1870-1895), y a la escultura y pintura religiosas, podemos contemplar la sala 12 centrada en las Visiones de Sevilla.
     A finales del siglo XIX el paisaje se convierte en un género independiente fruto de la evolución de los pintores románticos andaluces. Un hecho marcado por las Academias provinciales y por la influencia creciente de las escuelas de pintura europeas, destacando la francesa. Es el momento en que la irrupción del impresionismo proveniente del norte va calando en los pintores andaluces.
     Comenzó de esta manera el gusto por una nueva forma de pintar, al aire libre, con el objetivo del estudio y representación de la luz en las distintas horas del día.
     La luz se convierte en protagonista de los paisajes de Sánchez Perrier o Pinelo, realizados con una técnica magistral para satisfacer la demanda del comercio. García Rodríguez incorpora a las pinturas de paisajes, que se cultivó en los comienzos de la llamada escuela de Alcalá, rincones de la ciudad de Sevilla con personajes que se integran como un elemento más en esas representaciones de patios y jardines.
     La evolución del Romanticismo al Realismo es particularmente indudable en este género. No sólo la técnica, sino también los paisajes escogidos lo ponen de manifiesto.
     El paisaje romántico primero, dio paso más tarde al plenairismo -la pintura del natural realizada en pocas sesiones al aire libre- y al denominado paisaje compuesto para pasar a la representación casi fotográfica de aspectos y vistas de la ciudad. El río o el Palacio de San Telmo son utilizados como motivo central de muchas de estas representaciones. Pintores como Enrique Roldán, que había sido un gran retratista, cultivó este género con una destacada modernidad.
     Los diferentes pintores han ido reflejando la particular visión de la ciudad que tuvieron cada uno de ellos, siendo el elemento común la representación de edificios y vistas fácilmente reconocibles. De la primera vertiente podemos observar el cuadro Fachada de San Telmo del cubano Manuel Wssel de Guimbarda (Trinidad, Cuba, 1833 - Cartagena, 1907) en la que el pintor reproduce con precisión la barroca portada del palacio residencial de los duques de Montpensier. De la segunda, Triana de José Arpa Perea (Carmona, Sevilla, 1860 - Sevilla, 1952).
     Gustavo Bacarisas (Gibraltar, 1873 - Sevilla, 1971) con su presencia en Sevilla, marcó un antes y un después en el panorama artístico del momento durante los años de la Exposición Iberoamericana gracias a su colorismo tan característico, siendo su mejor prueba el cuadro Nocturno en la Judería donde observamos una mezcla de sensaciones sugerentes y ensoñadas gracias al refinado colorido que utiliza el autor para crear una atmósfera única.
     Uno de los pintores que mejor supo interpretar el paisaje sevillano fue Manuel García Rodríguez (Sevilla, 1883 - 1925), inundándolo de sentimientos y emociones como así se plasma en la colección de pinturas que le dedicó al Alcázar de Sevilla. Allí es donde encontrará su inspiración, estimándose que produjo en torno a unos cien cuadros de este lugar. De todos ellos, podemos destacar Jardines del Alcázar, donde la descripción del lugar posee una exactitud y precisión máxima, siendo espléndido el tratamiento pictórico que realiza (Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte sala 12 de la Donación de Arte Martiano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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lunes, 31 de marzo de 2025

La sala 11 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la sala 11 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla.
     La Casa Fabiola - Donación de Arte Mariano Bellver [nº 97 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la calle Fabiola, 5; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la planta alta, dedicada en gran parte a los pintores sevillanos en Roma y París (1870-1895), y a la escultura y pintura religiosas, podemos contemplar la sala 11 centrada en la Escuela de Alcalá.
     A finales del siglo XIX el paisaje se convierte en un género independiente fruto de la evolución de los pintores románticos andaluces. Un hecho marcado por las Academias provinciales y por la influencia creciente de las escuelas de pintura europeas, destacando la francesa. Es el momento en que la irrupción del impresionismo proveniente del norte va calando en los pintores andaluces.
     Comenzó de esta manera el gusto por una nueva forma de pintar, al aire libre, con el objetivo del estudio y representación de la luz en las distintas horas del día.
     La luz se convierte en protagonista de los paisajes de Sánchez Perrier o Pinelo, realizados con una técnica magistral para satisfacer la demanda del comercio. García Rodríguez incorpora a las pinturas de paisajes, que se cultivó en los comienzos de la llamada escuela de Alcalá, rincones de la ciudad de Sevilla con personajes que se integran como un elemento más en esas representaciones de patios y jardines.
     La evolución del Romanticismo al Realismo es particularmente indudable en este género. No sólo la técnica, sino también los paisajes escogidos lo ponen de manifiesto.
     El paisaje romántico primero, dio paso más tarde al plenairismo -la pintura del natural realizada en pocas sesiones al aire libre- y al denominado paisaje compuesto para pasar a la representación casi fotográfica de aspectos y vistas de la ciudad. El río o el Palacio de San Telmo son utilizados como motivo central de muchas de estas representaciones. Pintores como Enrique Roldán, que había sido un gran retratista, cultivó este género con una destacada modernidad.
     El circulo de pintores inicialmente convocados por Manuel Wssel de Guimbarda se vino en llamar Es­cuela de Alcalá de Guadaíra o escuela de paisajes de Alcalá de Guadaíra para pintar en las riberas del río Gua­daira de forma plenairista. Esta escuela se crea a imagen y semejanza de las del resto de Europa y América, siguiendo todas a la escuela de Barbizon (Francia), cuna del Impresionismo pictórico y el Plenairismo.
     La ribera del Guadaíra era el lugar donde acudían los sevillanos para los ratos de ocio y el disfrute de la naturaleza antes de que el Parque de María Luisa fuese donado a la ciudad en 1883. En este grupo de paseantes se encontraban los pintores realistas de mediados del siglo XIX. Resultado de esto ha sido la gran cantidad de cuadros que tienen como protagonista el río, a finales ya de siglo.
     Pero los paisajes disponibles no eran muy abundantes lo que dio como resultado la repetición excesiva del mismo espacio para responder así a la prolífica producción artística.
     Sin embargo, estos cuadros no eran del gusto de la sociedad sevillana del momento que preferían otros temas, por lo que estos pintores tuvieron que buscar en el extranjero un mercado donde poder vender sus obras.
     En su plenitud creativa encontramos el Atardecer a las orillas del Guadaíra de Emilio Sánchez Perrier (Sevilla, 1855 - Alhama de Granada, 1907), donde el artista recrea un momento solitario y plácido. La sobriedad y la melan­colía inundan el momento, solo roto por la barca de un pescador. Junto a Sánchez Perrier, Manuel García Rodríguez (Sevilla, 1883-1925) fue uno de los pintores que más frecuentó Alcalá de Guadaíra, encontrando en la localidad el estado de pureza tan deseado (Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte sala 11 de la Donación de Arte Martiano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 27 de febrero de 2025

La sala 3 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la sala 3 de la Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla.
     La Casa Fabiola - Donación de Arte Mariano Bellver [nº 97 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla], se encuentra en la calle Fabiola, 5; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo.
     En la planta baja, dedicada a la pintura romántica en Sevilla (1830-1860) y a las esculturas de Ricardo Bellver, podemos contemplar la sala 3 centrada en el Paisaje romántico.
     La pintura sevillana del siglo XIX adquiere su propia personalidad partiendo de dos factores fundamentales: el apego de los artistas locales a la tradición de la escuela sevillana y la llegada de los principios del Romanticismo europeo como movimiento cultural a través de viajeros y artistas que configuran una idea de ciudad, elaborada en primer lugar por los extranjeros y que será recogido y alimentado por los artistas locales y la cultura popular, imagen que se prolonga hasta la actualidad.
     A comienzos del siglo XIX se desarrolló en Europa un creciente interés por este novedoso ideal estético que rompió con los cánones de la cultura clásica. El movimiento romántico veía en lo español, y en concreto en lo andaluz, una sugerente fuente de inspiración a causa de su histórica cercanía a Oriente y a su estética claramente diferenciada de la Europa que había seguido fielmente las formas académicas. En este momento, la pintura europea comenzaba a abandonar los géneros pictóricos más solemnes que había cultivado durante siglos para acercarse a temáticas más descriptivas, anecdóticas o subjetivas. Los temas mitológicos o las series de vidas de santos, tan frecuentes en los siglos anteriores en iglesias y conventos, fueron sustituidos por una elaboración masiva de pinturas de paisajes, costumbres o retratos.
     A partir de 1857 con el establecimiento de la Escuela de Bellas Artes en la ciudad, el modo de producción de los artistas dio en las siguientes décadas un giro fundamental. No solamente cambiaron los temas representados, sino que, surgió asimismo una numerosa clientela que demandaba pintura para su disfrute, devociones o el amueblamiento y decoración de sus viviendas.
     Los pintores románticos sevillanos fueron experimentando una evolución que dio como resultado el género independiente del paisaje, como consecuencia de la gran influencia proveniente de las escuelas pictóricas europeas.
     El ideal romántico promueve también la pintura de paisaje, pero pronto se convirtió en uno de los testimonios de los rasgos diferenciadores de la pintura sevillana. Manuel Barrón y Carrillo (Sevilla, 1814-74) fue uno de los principales artistas sevillanos en la época del Romanticismo, pintando también temas costumbristas y retratos. Su obra encaja a la perfección con la ideología del Romanticismo, describiendo el espacio rural con gran maestría y una especial sensibilidad emocional. Observamos en su Descanso de pastores su plenitud creativa en la grandeza de la naturaleza frente a la insignificancia del ser humano en una relación idílica. Barrón y la saga de los Cortés dieron paso más tarde a los plenairistas, término para designar a los artistas que realizaban sus pinturas al aire libre.
     Por su parte, José Chaves Ortiz (Sevilla, 1839-1903) es uno de esos pintores que en el principio de su creación se dedicó a copiar a Murillo para convertirse luego en un especialista en retratar temas relacionados con el mundo taurino, aunque también realizó casacones (escenas de tipo cortesano que representan a los personajes masculinos con casaca), episodios religiosos, escenas costumbristas e incluso retratos (Donación de Arte Mariano Bellver - Casa Fabiola).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte sala 3 de la Donación de Arte Martiano Bellver - Casa Fabiola, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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martes, 24 de septiembre de 2024

La pintura "Claustro mayor de la Merced de Sevilla", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Claustro Mayor de la Merced de Sevilla", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla
     Cada 24 de septiembre se celebra a la Virgen de la Merced que significa “misericordia”, advocación que se remonta al siglo XIII cuando la Virgen se le aparece a San Pedro Nolasco y lo anima a seguir liberando a los cristianos esclavos. Ante este deseo, se funda la orden de los Mercedarios el 10 de agosto de 1218 en Barcelona, España, y San Pedro Nolasco fue nombrado por el Papa Gregorio IX como Superior General. Más adelante, en el año 1696, el Papa Inocencio XII fijó el 24 de septiembre como la Fiesta de la Virgen de la Merced en toda la Iglesia.   
     Y que mejor día que hoy para ExplicArte la pintura "Claustro Mayor de la Merced de Sevilla", de Gonzalo Bilbao, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
     En la sala XIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Claustro mayor de la Merced de Sevilla", de Gonzalo Bilbao (1860-1938), siendo un óleo sobre lienzo, pintado hacia 1905-10, en estilo costumbrista y paisajista, con unas medidas de 0'49 x 0'66 m., y procedente tras la adquisición del Estado, en 1984.
     Gonzalo Bilbao representa uno de los patios, el principal, del antiguo convento de los mercedarios calzados, hoy Museo de Bellas Artes de Sevilla.
     La composición está centralizada por la fuente de dos cuerpos, que sin embargo queda relegada a motivo secundario dentro de la obra, ya que lo realmente fundamental es el estudio del exuberante cromatismo del patio lleno de flores y vegetación en contraposición con la también colorista arquitectura. La incidencia del sol sobre flores y plantas, produce un interesante juego lumínico en que resaltan los verdes, rojos, rosas y blancos utilizados por el pintor. El fondo está ocupado por una de las galerías del claustro, zona dominada por las sombras.
     La pincelada, de un cierto impresionismo, es gruesa, pastosa, llena de volumen y los trazos son amplios, sin que sea necesario perfilar las líneas arquitectónicas, la fuente, los tiestos o las flores, contribuyendo todo ello a una mayor expresividad y espontaneidad. (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     A Velázquez la realización de Las Meninas le hubiera bastado para consagrarse en la historia del Arte. En tono menor, pero con suficiente resonancia, a Gonzalo Bilbao le consagró en Sevilla la ejecución de Las Cigarreras, pintura que le otorgó una gran celebridad en el ámbito popular. Como quiera que esta pintura forma parte de los fondos del Museo de Sevilla, hay que señalar que su presencia en ellos otorga categoría y realce a la colección de obras pertenecientes a los años finales finales del siglo XIX y del siglo XX, que por cierto no es muy relevante.
     La vida de Gonzalo Bilbao transcurrió desde 1860 en que nació en Sevilla hasta 1938, año en que falleció en Madrid. Como todos los pintores de generación completó su formación sevillana con estancias en Roma y París, al tiempo que viajó por el norte de África buscando exóticos motivos de inspiración.
     La personalidad artística de Gonzalo Bilbao está basada en la habilidad y soltura de su dibujo, la utilización de un colorido rico y suntuoso y finalmente el empleo de un sentido de la luz intenso y contrastado. En la utilización de recursos lumínicos puede decirse que es uno de los pintores más audaces después de Sorolla y en la aplicación de la pincelada se advierte por su soltura y agilidad que en muchas ocasiones se acerca a la técnica de los impresionistas. En este sentido fue consciente del ambiente poco progresista a nivel artístico que imperaba en la mentalidad de la crítica y de la clientela sevillana, y por ello moderó su soltura técnica, evitando excesos que hubieran exacerbado a los partidarios del academicismo.
     En sus comienzos, como todos los jóvenes que pintaron en las dos últimas décadas del siglo XIX, fue practicante de una pintura orientada en su temática a evocaciones del pasado. Pero cumplido tal purgatorio no volvió a insistir en esta temática y se dedicó a lo que realmente emanaba de sus instinto artístico: la práctica de una pintura basada en la luz y el color de su tierra. Tiene sobre todo Bilbao un grupo de obras con tema rural, en donde exalta el esfuerzo del trabajo al aire libre en el ambiente agrícola durante el verano, que forma parte de lo mejor, de su producción.
     También supo ser pintor de la ciudad, recreando aspectos costumbristas de gran belleza como funciones religiosas, escenas laborales o diversiones populares; hay incluso algunas pinturas suyas que tratan el tema del desnudo femenino y al contemplar los estudios de la luz sobre la piel, el esplendor y la belleza que otorga a las formas corporales, se suscita el lamento porque no hubiese prodigado con más intensidad este tema.
     Fue también Bilbao un hábil retratista especialmente en su época de madurez, pudiéndose decir que ante  su caballete posó la mejor sociedad sevillana. Algunos de sus retratos en el Museo merecen especial mención por su importancia histórica, como el de don Francisco Rodríguez Marín y don José Gestoso. Otros lo merecen por su prestancia y belleza como el de doña Flora Bilbao, su hermana, y el de doña María Roy, su esposa.
     Puede decirse que Gonzalo Bilbao fue el último gran costumbrista de la pintura sevillana. Heredero de la tradición romántica, transformó profundamente esta tendencia merced a la alegría de su pincel y al vigor de su colorido (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Tomo I. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Gonzalo Bilbao, autor de la obra reseñada
     Gonzalo Bilbao Martínez, Gonzalo. (Sevilla, 27 de mayo de 1860 – Madrid, 4 de diciembre de 1938). Pintor, catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y ateneísta.
     Nació en el seno de una familia hispalense acomodada. Tras sus estudios primarios en el Instituto de San Isidoro, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Sevilla, que terminó en 1880. No obstante, sus habilidades artísticas, demostradas desde niño, le decantaron hacia la práctica exclusiva de las artes, especialmente de la pintura que, según referencias, siguió en los primeros años de juventud cerca de los maestros Francisco y Pedro Vega. A los veinte años de edad y tras una previa formación sevillana y madrileña en el Museo del Prado, realizó un ansiado viaje a Italia, visitando Venecia, Nápoles y Roma. En Roma contactó con la colonia artística postfortuniana. Tuvo ocasión entonces de ejecutar preciosos y luminosos “tableautines”, aún muy demandados porque constituían el punto de arranque del moderno paisaje “plenearista”, que tanto gustaba practicar el pintor. Después de una breve estancia en Sevilla, donde participó en la Exposición de 1882 de la Academia Libre de Bellas Artes, viajó al año siguiente a París para completar su formación. Allí obtuvo la Tercera Medalla en la célebre Exposición del Centenario de la Revolución.
     Artista inquieto y buscador de nuevas formas de expresión, realizó un periplo artístico por el norte de África, que le llevó en 1889 a viajar por Marruecos para captar sus efectos luminosos y coloristas, lo que plasmó en admirables obras neorrománticas pletóricas de vivacidad. Más tarde recorrió las regiones del norte hispano-francés, mostrando sus preferencias por las calidades pictóricas del paisaje de la costa y los alrededores de Fuenterrabía. Los paisajes castellanos también constituyeron cita obligada de su itinerario artístico, especialmente Toledo, ciudad que le produjo una viva impresión y a la que dedicó una serie variada de paisajes.
     En 1893 fue elegido académico de Bellas Artes de Sevilla y logró la Medalla Única en la Exposición Universal de Chicago. Al año siguiente fue nombrado secretario del Centro de Bellas Artes de Sevilla; inició así una fructífera relación con el Ateneo y la Sociedad de Excursiones, que presidió ocho años después.
     Desde 1903 —año en que sustituyó al pintor José Jiménez Aranda—, ejerció como profesor de Composición Decorativa en la Escuela de Artes, Industria y Bellas Artes, cuya dirección ostentó más tarde. Al año siguiente, en Madrid, contrajo matrimonio con María Roy Lhardy, con la que no tuvo descendencia. Aprovechaba sus estancias en Madrid, desde entonces cada vez más frecuentes, para acudir al Museo del Prado en calidad de copista, sobre todo de artistas clásicos y de Velázquez, en cuya práctica encontraba el apoyo y la amistad de su paisano y entonces director de la pinacoteca, el pintor José Villegas.
     En los inicios del nuevo siglo, el pintor se incorporó a algún movimiento estético entonces en boga; entre otros, el simbolismo, tendencia con la que resuelve algunos temas, por ejemplo, las alegorías marianas del Protectorado de la Infancia de Triana (Sevilla). Por otra parte, hay que vincular el calado social de su arte al regionalismo.
     En 1910 fue nombrado delegado regio; acompañó a la infanta Isabel en el cortejo oficial de los actos celebrados en Argentina con motivo del centenario de su independencia. Aprovechó la circunstancia para estrechar las relaciones artísticas hispano-argentinas, lo que se plasmó más tarde en el certamen iberoamericano de Sevilla de 1929. En Buenos Aires participó en la Exposición Internacional, en la que obtuvo la Primera Medalla. Logró el mismo galardón en la Exposición Internacional de Santiago de Chile.
     Gonzalo Bilbao, que gozaba de una acomodada posición y ejercía como distinguido retratista de la Corona, la nobleza y la alta burguesía, llegó a alcanzar gran popularidad como pintor costumbrista, pues utilizó hábilmente una iconografía que se identificaba con la idiosincrasia andaluza. Su serie dedicada a las cigarreras fue un éxito; cabe destacar el clamor popular cuando se le negó recompensa por su cuadro Las cigarreras en la fábrica (Museo de Bellas Artes de Sevilla), presentado en la Exposición Nacional de 1915. Sin embargo, como pintor cosmopolita, ese mismo año obtuvo la Primera Medalla en la Exposición Internacional de San Francisco (California) y, al año siguiente, expuso en la Casa Demotte de París, donde se encontraba como delegado del Estado español en la Exposición de Arte Hispánico. También participó entonces en la Exposición Internacional de Panamá, en la que recibió la Primera Medalla.
     En 1925 fue nombrado presidente de la Comisión de Arte de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. Al mismo tiempo, fue elegido para presidir el patronato del Museo de Bellas Artes y la Real Academia de Santa Isabel de Hungría de la misma ciudad. El retrato de 1934 a Rodríguez Marín fue como un anticipo a su discurso de ingreso en la Academia de San Fernando de Madrid, leído el 27 de marzo de 1935, acerca de El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Fue una lección de erudición, en la que comparó el arte encerrado en esa pinacoteca con el arte contemporáneo.
     En 1930 participó en la Exposición de Primavera de Sevilla, y tres años después, el madrileño Círculo de Bellas Artes le dedicó un magno certamen individual en el que expuso más de noventa cuadros, verdadera muestra antológica y colofón a su carrera.
     Gonzalo Bilbao recibió innumerables reconocimientos públicos nacionales e internacionales, como la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Cruz de Alfonso XII, la Encomienda de Carlos III. Asimismo, fue nombrado comendador de la Legión de Honor francesa y oficial de la Corona de Bélgica (Gerardo Pérez Calero, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Festividad de la Virgen de la Merced o Nuestra Señora de las Mercedes;
   La Virgen de la Merced o Nuestra Señora de las Mercedes es una advocación, que deriva del latín merces, que significa: dádiva, gracia, por lo que puede entenderse como Nuestra Señora de la Misericordia. San Pedro Nolasco, un joven mercader de telas de Barcelona, empezó a actuar en la compra y rescate de cautivos, vendiendo cuanto tenía en 1203. Se dice que el uno de agosto de 1218, fiesta de San Pietro ad Vincula, tuvo una visita de la Santísima Virgen, dándose a conocer como La Merced, que lo exhortaba a fundar una Orden religiosa con ese fin principal de redimir a cristianos cautivos de los musulmanes y piratas sarracenos. San Pedro Nolasco consumó la creación de la Orden de la Merced en la Catedral de Barcelona con el apoyo del rey Jaime I el Conquistador y el asesoramiento del dominico canonista San Raimundo de Peñafort, el diez de agosto de ese mismo año 1218: recibieron la institución canónica del obispo de Barcelona y la investidura militar del rey Jaime I el Conquistador. El Papa Gregorio IX de Segni, quien aprobó la orden el diecisiete de enero de 1235, con la Regla de San Agustín. En 1245, muere el fundador.  Se tienen testimonios de esta advocación mariana en medallas desde mediados del siglo XIII. En las primeras Constituciones de la Orden, de 1272, redactadas en Capítulo General, la Orden recibe ya el título de Orden de la Virgen de la Merced de la Redención de los cristianos cautivos de Santa Eulalia de Barcelona. 
     La devoción a la Virgen de la Merced se difundió a partir de la fundación de la Orden como un reguero de pólvora por Cataluña y por toda España, incluida Cerdeña, por Francia y por Italia, con la labor de redención de estos religiosos y sus cofrades. Con la evangelización de América, en la que la Orden de la Merced participó desde sus mismos inicios, la devoción se extendió y arraigó profundamente en todo el territorio americano. La fiesta dedicada a su patrona fue instituida a instancias de los mercedarios como acción de gracias por la fundación de la Orden. La primera concesión a los mercedarios de un Oficio para esta fiesta se hizo el cuatro de abril de 1615.  Inocencio XI Odescalchi la extendió a la Iglesia española en 1680 e Inocencio XII Pignatelli a toda la Iglesia Latina el doce de febrero de 1696. Reducida en 1960 a simple conmemoración en la reforma del Beato Juan XXIII, fue suprimida del calendario universal e incluso nacional de España en el del uso ordinario de 1969 (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
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viernes, 13 de septiembre de 2024

La pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 13 de septiembre, es el aniversario del fallecimiento (13 de septiembre de 1907), de Emilio Sánchez Perrier, autor de la obra reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Triana", obra de Emilio Sánchez Perrier (1855 - 1907), siendo un óleo sobre lienzo en estilo realista, pintado hacia 1888/1890, con unas medidas de 0,68 x 1,22 m., adquirido por la Junta de Andalucía para su depósito en el Museo (1999).
   El tema del perfil de la ciudad de Sevilla que se refleja en las aguas del río Guadalquivir fue tratado frecuentemente por el artista. En esta obra el encuadre elegido es el de la orilla del río con el conjunto de fachadas y postigos traseros del barrio de Triana -que le da título al lienzo- lugar elegido en numerosas ocasiones, pero que destaca esta vez por lo singular de su gran formato y la elaborada composición de amplia perspectiva. La personalidad del pintor se manifiesta en esta visión realista del paisaje, de minuciosa y atenta mirada del natural y marcado carácter intimista en la que los motivos populares y pintorescos se enmarcan dentro de una atmósfera de marcado carácter lírico (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Pese a la prolífica actividad de los pintores paisajistas sevillanos en el último tercio del siglo XIX, es muy poca la presencia que de ellos hay en el Museo, sobre todo unos Pinares de Alcalá de Guadaira, realizados por el mejor de los paisajistas sevillanos de este momento, que fue sin duda Emilio Sánchez Perrier (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Emilio Sánchez Perrier, autor de la obra reseñada;
     Sevilla, 1855 - Alhama de Granada, 1907
     Durante los primeros años de su vida Emilio Sánchez-Perrier se dedicó a la relojería en el establecimiento que su padre, Manuel Sánchez, tenía en la calle Sierpe. Mostrando aptitudes y vocación por el dibujo y la pintura, con trece años de edad ingresa en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, siendo sus primeros maestros Joaquín Domínguez Bécquer y Eduardo Cano de la Peña.
     El conocimiento de las obras del pintor paisajista Martín Rico, en un viaje casual a Sevilla, decidió la orientación de su dedicación artística, que se consagraría de lleno a partir de ese momento al cultivo del paisaje, género que aprendió y perfeccionó en la Real Academia de San Fernando de Madrid como discípulo de Carlos de Haes. En 1871, encontrándose en Granada con Martín Rico, conoce a Mariano Fortuny, cuyo estilo se reflejará también en su obra.
     En 1878 se presenta en la Exposición Nacional de Bellas Artes con los cuadros Reja del Pretorio en el jardín de la casa de Pilatos, Huerta con gallinas en Alcalá de Guadaíra, El ocaso, La ribera del río Guadaíra, Laguna de los patos y El molino de Mesía.
     En 1881 se presenta de nuevo en ese certamen con una vista al carbón de Alcalá de Guadaíra. Esta pequeña población sevillana será motivo constante de inspiración para el pintor, ya que pasaba allí grandes temporadas, especialmente las primaveras. Realizó múltiples versiones de esta población reflejada en el río, así como numerosos paisajes fluviales de frondosas orillas a los que dota de una poética casi romántica. De ahí que se le llegará a considerar el fundador de la que se ha denominado la Escuela de Alcalá de Guadaíra. Asiste también con sus obras a exposiciones en Sevilla y Cádiz en 1877, 1878 y 1879, logrando en este último año una medalla de oro en la Exposición Regional de Cádiz.
     Después se traslada a París para ampliar estudios y conocer la pintura de paisaje de la Escuela de Barbizon. En 1880 debuta en el Salón de la capital francesa con Jardín del Alcázar de Sevilla e Invierno en Andalucía, convirtiéndose a partir de entonces en un asiduo participante de este certamen, en el que llegará a alcanzar una mención honorífica en 1886. Años más tarde vuelve a ser premiado con una medalla de plata en la Exposition Universelle celebrada en París en 1889. También fue premiado en Madrid en la Exposición Nacional de 1890 con una segunda medalla por su cuadro titulado Febrero (Madrid, Museo del Prado).
     Emilio Sánchez-Perrier, junto con el también sevillano Luis Jiménez Aranda, a quien visita cuando éste se establece en Pontoise, fueron los principales paisajistas españoles activos en París en los años ochenta. En su obra se deja sentir la influencia de la Escuela de Barbizon, aunque su técnica sea más minuciosa y su atmósfera más luminosa. Un crítico contemporáneo comentaba que «en sus paisajes de Fontainebleau ponía algo de la luz de Sevilla, y en los de Alcalá, algo de la dulzura de Passy». En 1894, Sánchez-Perrier fue nombrado miembro de la Société General des Beaux Arts de Francia y, en 1903, miembro de la Academia de Bellas Artes de Sevilla (Pilar de Miguel Egea, en Museo Carmen Thyssen de Málaga).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Triana", de Sánchez Perrier, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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domingo, 19 de febrero de 2023

La pintura "Chumberas en flor", de José Arpa, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Chumberas en flor", de José Arpa, en la sala XIII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.  
   Hoy, 19 de febrero, es el aniversario (19 de febrero de 1858) del nacimiento de José Arpa, pintor, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Chumberas en flor", de José Arpa, en la sala XIII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XIII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "La Santera", de José Arpa Perea (1858-1952), siendo un óleo sobre lienzo, de estilo paisajista, realizado hacia 1928, con unas medidas de 0'61 x 0'92 m., y procedente de la donación del propio autor, en 1944.
     Paisaje de chumberas lleno de colorido donde predomina la luz y el azul del cielo.
     Siempre ha sido considerado como un cuadro de la última época de Arpa en Sevilla, pero por la cantidad de matices y el volumen de la luz parece una obra más temprana.
     Según Valdivieso se trata de una obra realizada a su vuelta a Sevilla, tras su largo exilio americano (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
     Pocos paisajistas hubo en el ámbito de la pintura sevillana de fines del siglo XIX y principios del XX con tanto temperamento y dotes como José Arpa. También muy pocos pintores de origen tan humilde como el suyo consiguieron a base de voluntad y talento llevar una vida acomodada, recorrer medio mundo durante largos años y finalmente decidir volver a morirse a su tierra. Porque Arpa murió en Sevilla en 1952 después de una larga vida, ya que había nacido en Carmona en 1860. En su juventud no se pudo permitir estudiar solamente, sino que trabajaba de día a sueldo en casa de un pintor de escenas devotas y por las noches acudía a las clases que se impartían en la Escuela de Bellas Artes.
     A los veinte años tenía ya muy poco que aprender en el ambiente local aunque seguía recibiendo clases. Comenzó a realizar pequeñas obras que, vendidas a modesto precio, le permitían obtener ganancias suficientes para ir sobreviviendo. Como todos los pintores de su época aspiró a ir a Roma y lo consiguió gracias a una beca que le proporcionó la Diputación de Sevilla. En la Ciudad Eterna se inició en la pintura de historia realizando cuadros solemnes y de gran formato que le habrían dado nunca el prestigio que alcanzó posteriormente como pintor de paisajes. Por ello al regreso de Roma se olvidó de las solemnidades de la historia y se dedicó a la práctica de una pintura con temática popular que efectuó con una admirable soltura de pincel, un colorido brillante y pastoso y finalmente con un sentido de la luz intenso y vibrante. Su pintura agradó a la clientela en la medida que era un pintor cuya técnica era tan importante como el contenido.
     Su interés por escenarios abiertos y luminosos le movió a viajar a Marruecos lo que hizo en 1895. El exotismo del ambiente geográfico norteafricano le proporcionó abundantes temas de inspiración que, adobados con unas gotas de fantasía, el convirtieron en un aceptable pintor de temas orientalistas. Todo lo vivido y creado por el artista no había sido suficiente en el sentido vital y por ello, deseoso de ampliar horizontes, en 1896 marchó a América donde estuvo muchos años en México practicando la pintura y también impartiendo enseñanzas en la Academia de San Carlos. Pasó después a los Estados Unidos donde residió en el estado de Texas; allí aprovechando las características del paisaje, grandioso y épico, realizó obras de una gran belleza y esplendor visual. Finalmente después de más de treinta años de ausencia Arpa regresó a Sevilla en 1928. Aquí fueron pasando los años y su pintura fue madurando y mejorando sin perder vitalidad y sin que se apagase el brillo de su color.
     Dos magníficos paisajes se conservan de Arpa en el Museo de Sevilla donados por el propio artista, al tiempo que su Autorretrato. Uno de estos paisajes pertenece a su época norteamericana y nos muestra una visión de El Cañón del Colorado, obra fogosa y de rutilante cromatismo. La otra pintura es Un paisaje de chumberas, en esta caso reflejo de la topografía andaluza y también de un sentido peculiar en el tratamiento de la luz y de la vibración atmosférica (Enrique Valdivieso González, Pintura, en Museo de Bellas Artes de Sevilla, Tomo II. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de José Arpa Perea, autor de la obra reseñada;
     José Arpa nació en Carmona, España en 1858. Fue un español de muchos mundos y parajes. En su obra pueden rastrearse infinidad de influjos y escuelas; parece incluso, en una primera visión, que hubiera varios pintores Arpa: el realista, el historicista, el que practica la pintura “plain air”, el ilustrador, el cronista gráfico, el impresionista... También los temas son muy variados, aunque pronto el paisaje habría de asumir su papel preeminente, inspirador de su mejor pintura. Paisaje como visión introspectiva, como pregunta que realiza la mirada pero que va dirigida, más allá de la mera percepción sensorial, a quien lo contempla tratando de aprehender su íntima esencia.
     Así, el pintor viajero que fue Arpa nunca deja de perseguir nuevos celajes, nuevas tierras, nuevos horizontes para alimentar su búsqueda introspectiva, guiado por un impulso de desarraigo y aventura. ¿Viajero por topofilia? ¿Por Topofobia? Más bien creemos que por amor a espacios y experiencias desconocidas, porque en la obra del pintor alienta una curiosidad insaciable, y la curiosidad es síntoma de amor al mundo y a la vida. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
      José Arpa estuvo en México de 1896 a 1910. La situación en México parecía, a sus cuarenta años de edad, más halagüeña y llena de futuro que en Sevilla. Desde su llegada toma contacto con los españoles allí fincados y cultiva su influyente círculo, vinculándose a las familias Quijano y Rivero, de origen asturiano, que estaban temporalmente asentadas en Sevilla. Serán estos los anfitriones casi permanentes y los que acogen al pintor en una relación casi familiar. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
      A la llegada del pintor a la capital mexicana, el ambiente artístico era muy receptivo a todo lo que fuese europeo, y estaba limitado prácticamente a la oficialidad que encabezaba la escuela nacional de Bellas Artes de San Carlos. La institución, heredera de la presencia académica virreinal, aún continuaba funcionando también como museo y reunía ramas pertenecientes a secciones de pintura, escultura, grabado y arquitectura. Poseía un extenso número de profesores, prácticamente los más importantes de la pintura mexicana del momento, en los que se valoraba fundamentalmente su formación europea.
      La Academia estuvo con frecuencia dirigida por extranjeros, normalmente españoles, que también ejercían de profesores, junto con italianos, específicamente contratados para distintas asignaturas. Tal fue el caso precedente del nazareno catalán Clavé o del paisajista Landesio, creador de una importante escuela en relación con el paisajismo realista que posteriormente desarrollaría el gran paisajista mexicano José María Velasco, representante nacional como imagen oficial en exposiciones internacionales. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
     En la capital mexicana, en las primeras realizaciones, José Arpa se ve atraído principalmente por escenas de la ciudad, donde quedan reflejados elementos de su urbanismo, calles con efecto de luces y movimiento de figuras, así como aspectos de la vida popular. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
     Por otra parte, los viajes a Europa de los artistas son cada vez más frecuentes, lo cual incrementa la receptividad hacia los rasgos impresionistas. Prueba de ello serán las escuelas al aire libre, incluso a instancia de profesores de la misma academia, como Alfredo Ramos Martínez, que tras su vuelta de Paris en 1910, funda, con el sintomático nombre de Barbizon, una escuela de “plain air” en la próxima localidad de Santa Anita de Zacatlamanco, en el año de 1913.
     En este contexto, en 1899, Arpa se encuentra pintando en Jalapa, en el Estado de Veracruz, donde realiza paisajes y estudios del natural. En Jalapa realiza por estas fechas la obra titulada “El entierro en Jalapa” o “El Entierrito”, y también “Artista de Jacal”, piezas con las que muy tempranamente entra de lleno en la temática mexicana, en línea con la pintura nacionalista de un Parra o Jara, y dentro de la pintura de género de composición con figuras como es posteriormente “El Rosario de Amozoc”.
     Tras la estancia documentada de Jalapa, lugar al que el autor volvería siempre atraído por su paisaje, Arpa decide vivir en Puebla, donde la presencia de la familia Quijano ejercía una cierta influencia y mantenía una importante posición económica. También reside temporalmente en Oaxaca donde la familia poseía propiedades agrícolas y ganaderas, y frecuenta las localidades de Orizaba, Coatepec y Jalapa, en el Estado de Veracruz, unidas por el ferrocarril Transoceánico en la costa del Caribe y donde había tenido lugar la última guerra colonial: la Guerra de Cuba. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
      Los nuevos paisajes mexicanos tratados por Arpa estarán a veces connotados por la presencia cultural de monumentos, por el carácter local, o bien por la presencia etnográfica de figuras. O estarán llevados por una fascinación exótica, por la curiosidad y la atracción hacia selvas y malezas, la densidad cromática de la botánica del trópico o también por los roquedales resecos de zonas desérticas; lugares que Arpa frecuentará utilizando el Transoceánico, que resultó un factor decisivo, junto con la incuestionable afición a la caza y también a la pesca, a la hora de considerar los lugares en que Arpa pintó.
      Muchas de las veces serán paisajes en sí mismos que recogen situaciones y estados de la naturaleza, atmósferas, horas de luces, así como efectos pictóricos de gran calidad y maestría como son las obras de “Coatepec”. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
      En el nuevo marco Arpa es un cualificado pintor europeo, introductor de nuevas corrientes, experto maestro de cómo mirar la diversidad del paisaje y cómo representarlo, abierto a la incorporación de soluciones pictóricas que aportaban las nuevas propuestas que llegaban de la vieja y lejanísima europa. (Fuente: "José Arpa Perea", por Juan Fernández Lacomba)
     Debido al estallido de la Revolución Mexicana, José Arpa deja México y se reubica en San Antonio, Texas donde abrió la primer escuela de arte, participó en varios concursos  e influyó ampliamente a los artistas americanos impresionistas del momento. Después de varios años de residir en San Antonio, regresó a Sevilla, España donde falleció en el año de 1952 (Inverarte).
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lunes, 16 de mayo de 2022

La pintura "Vista de Sevilla", de Nicolás Alpériz, en la sala XII del Museo de Bellas Artes

     Por Amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Vista de Sevilla", de Nicolás Alpériz, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
     Hoy, 16 de mayo, es el aniversario del nacimiento (16 de mayo de 1865), de Nicolás Jiménez Alpériz, autor de la obra reseñada, así que hoy es el mejor día para ExplicArte la pintura "Vista de Sevilla", de Nicolás Alpériz, en la sala XII, del Museo de Bellas Artes, de Sevilla.
   El Museo de Bellas Artes (antiguo Convento de la Merced Calzada) [nº 15 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 59 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la Plaza del Museo, 9; en el Barrio del Museo, del Distrito Casco Antiguo.
   En la sala XII del Museo de Bellas Artes podemos contemplar la pintura "Vista de Sevilla", obra de Nicolás Alpériz (1865 - 1928), siendo un óleo sobre tabla en estilo paisajista, pintado en 1893, con unas medidas de 35,7 x 61 cm., adquirido por la Junta de Andalucía para su depósito en el Museo (1988).
   Hermosa vista de Sevilla tomada desde la orilla que se corresponde con el barrio de Triana. De marcado geometrismo, se conjugan la luminosidad del cielo con el reflejo de la Torre del Oro en el agua. El dibujo es esmerado, finísimo y minucioso y nos ofrece una escena llena de detalles. El valor de la obra reside no sólo en su aspecto artístico sino también en el aspecto documental ya que nos retrata una imagen de Sevilla ya perdida (web oficial del Museo de Bellas Artes de Sevilla).
   Al último costumbrismo pertenece la obra de Nicolás Alpériz (1865-1920), quien es autor también de de una hermosa Vista de Sevilla recientemente adquirida por el Museo (Enrique Valdivieso González, Pintura, en El Museo de Bellas Artes de Sevilla. Ed. Gever, Sevilla, 1991).
Conozcamos mejor la Biografía de Nicolás Alpériz, autor de la obra reseñada;
     Basta consultar la monumental Historia de la pintura sevillana de Enrique Valdivieso para darse cuenta de que Nicolás Alpériz es uno de los grandes nombres olvidados de la pintura sevillana. Apenas veinte líneas sirven para despachar la biografía de un pintor al que habitualmente se le suele colgar la etiqueta de costumbrista, cuando en realidad su obra trasciende tan estrictos límites. José Romero Portillo (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1981), doctor en Periodismo por la Universidad de Sevilla y autorizado experto en temas alcalareños, ha arrojado luz sobre su figura en su reciente libro Nicolás Alpériz. Arte por pan, publicado en Arte Hispalense, la colección que ya se ha erigido en todo un referente de los estudios artísticos en nuestra provincia.
     Nació Nicolás Alpériz en la Sevilla de 1865, una ciudad que no llegaba a los 150.000 habitantes, de marcado carácter provinciano y lastrada por las carencias que se cebaban con sus barrios más humildes. Bautizado en la misma pila que Murillo, los primeros años de vida de Alpériz se desarrollaron en la collación de la Magdalena, muy cerca de aquel puerto de resonancias literarias y pictóricas en el que “aún desembarcaban personas con distintas pieles y distintos propósitos, cargamentos valiosos de alimentos, maderas, metales preciosos y hasta animales exóticos, que resultarían extraordinarios a los ojos de quienes vestían pantalones cortos e ilusiones largas”, escribe Romero Portillo. A muy temprana edad Nicolás Alpériz perdió a sus padres y, como consecuencia, se convirtió en aprendiz de sastre, el oficio familiar que suponía su principal recurso económico. No obstante, aquel joven alfayate soñaba con su gran pasión: la pintura.
     Y para cumplir con sus expectativas comenzó a alternar los alfileres y las tijeras con los pinceles, bajo el magisterio de tres prestigiosos pintores: Eduardo Cano, Manuel Barrón y Jiménez Aranda. Romero Portillo nos explica cómo el pintor transitó desde el historicismo de sus primeras obras al realismo por el que apostaba, entre otros, su admirado Jiménez Aranda: “En el caso de Alpériz, dado su carácter bohemio, la balanza cayó por el lado menos cómodo, el que le auguraba, a priori, menos rédito. Al fin y al cabo, era la decisión más afín a su personalidad y con la que se sentiría más realizado. Esa vía era la del realismo. Dicho sea con numerosos matices, pues el realismo que practicó derivó hacia muchos cauces: desde el paisajismo hasta el costumbrismo, pasando por un realismo de asunto social, integrado por personajes de clase media o trabajadora, situados en un contexto humilde”. 
   Esas imágenes son las que precisamente encontraría en Alcalá de Guadaíra, pueblo al que el nombre de Alpériz está indisolublemente ligado, especialmente desde que comenzara a visitarlo con frecuencia a instancias de su maestro Jiménez Aranda. “Con él –nos dice Romero Portillo– descubrió las posibilidades que le abría el paisajismo, y entrevió en las riberas del Guadaíra un futuro muy acorde a su modus vivendi”. En Alcalá, Alpériz inmortalizó paisaje y paisanaje, descubriendo al gran público algunos de sus elementos emblemáticos: el pinar de Oromana, los molinos de ribera, el castillo o los propios vecinos de Alcalá, prodigándose en la temática de los “niños de la calle” con cuadros como Niño del canasto de rábanos, Te paso si me das un beso, La santerita, Los pilletes, Muchacho con loro, Niño con botijo, El niño del cochecito, Niña con flores, El niño del violín, El niño del trombón, A la luz del farol, Sube y baja, Juego de niños en la cocina o Viajeros en un camino. Tras su matrimonio a los 48 años con Florentina Rey Capdevila, su novia de toda la vida, el pintor seguiría frecuentando y captando en sus lienzos las riberas del Guadaíra, dando muestra de su gran talento para dominar la pintura al aire libre o plenairista, como la preferían denominar los esnobs, engatusados por la expresión francesa au plein air”.
     Además de su paso por Alcalá, el libro de José Romero Portillo nos permite comprobar cómo Alpériz se convirtió en un auténtico especialista en la realización de pinturas de pequeño formato, en las que narró multitud de aspectos costumbristas de la vida popular sevillana, generalmente con un tratamiento de carácter humorístico. De su paleta surgieron obras de indudable calidad pictórica como Las hormiguitas, La despedida del torero, Cuento de brujas, su Autorretrato y el Retrato de don German Repetto. Como podemos ver en sus páginas, “cada lienzo de Alpériz esconde pequeñas migas de pan que invitan a rastrear el camino y reconstruir su historia. Una historia compleja que comienza en un entorno pobre, a la sombra de una sastrería en la calle Murillo de Sevilla, donde aprendió a dibujar; y que termina, paradójicamente, en un entorno pobre, como un obrero más de Pickman en la isla de la Cartuja, en cuya fábrica de loza pasó sus últimos días decorando piezas de cerámica”. Resulta curioso comprobar que su talento artístico nunca le permitió vivir en la abundancia. Antes al contrario, el arte fue para Alpériz un modo de subsistir y de ganarse el pan de cada día.
     La trayectoria de Alpériz fue paradójica, pues inició su carrera como pintor con pocos recursos, y acabó en la misma situación como empleado de la fábrica de cerámica de Pickman en la isla de la Cartuja.
     Desgraciadamente hoy muchas de sus obras están repartidas por colecciones privadas de todo el mundo, circunstancia que dificulta una catalogación exhaustiva de sus cuadros. Este problema se acentuó tras su muerte, acaecida en 1928 en Sevilla. A partir de ese momento las subastas y las herencias contribuirían a la dispersión de sus lienzos. Su fallecimiento supuso la desaparición de un ser machadiano, en palabras de Romero Portillo. Sus compañeros de la escuela sevillana de pintura, lejos de rivalidades cainitas, no dudaron en elogiarlo como un hombre íntegro, optimista, risueño, sincero, inquieto, trabajador… Y, sobre todo, modesto. De su bonhomía y talento artístico da fe esta “crónica de un pintor de difícil catalogación, que se resiste a encasillarse dentro de los patrones clásicos y también dentro de los modernos; un pintor que a base de esfuerzo alcanzó, al menos, dos metas por las que suspiraban, y siguen suspirando, muchos artistas: el aprecio y la independencia” (Javier Vidal, Nicolás Alpériz, crónica biográfica de un sastre pintor).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la pintura "Vista de Sevilla", de Nicolás Alpériz, en la sala XII del Museo de Bellas Artes, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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