Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero

Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

   Otra Experiencia con ExplicArte Sevilla :     La intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla" , presentado por Ch...

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martes, 29 de octubre de 2024

Un paseo por la calle Becas

     Por amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Becas, de Sevilla, dando un paseo por ella
     La calle Arte de la Seda es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Jesús del Gran Poder, a la calle Lumbreras.
      Desde principios del s. XVII fue conocida como callejón de las Becas y en alguna ocasión de las Becas Coloradas por discurrir junto al colegio seminario de teólogos que allí tuvieron los jesuitas. En el s. XVIII hay referencias a Jardinillo como un tramo de Becas, y a finales del mismo también se la conoce, junto con otras colindantes como Inquisición Nueva, por haberse instalado allí el citado tribunal. En el s. XIX era designada popularmente, según recoge la prensa, como postigo de don Rafael
     Es relativamente ancha y en ángulo recto, y se estrecha en la confluencia con Jesús del Gran Poder. Anteriormente discurría en forma de T entre Lumbreras, Hombre de Piedra y Jesús del Gran Poder como corredor entre la fachada posterior del convento de Santa Clara y la trasera y lateral del colegio de las Becas, hasta que se instaló en éste el tribunal de la Inquisición y  consiguió, a mediados del s. XVIII, autorización para cerrar el tramo que desembocaba en Hombre de Piedra; también tuvo intención este tribunal de cerrar en 1786 el tramo que desembocaba en Jesús del Gran Poder, pero el Ayuntamiento lo negó por ser salida necesaria del sector en caso de arriadas. Originariamente era muy estrecha, ''callejón escusado" lo llamaba González de León hasta que en 1907, una vez aprobado el proyecto de  rectificación de líneas. experimentó un notable ensanche; este proceso se ha concluido recientemente con el retranqueo de los núm. 10 a 14, en donde se ha construido una original casa de vecinos. Muestra de su pasada estrechez son los guardaejes de hierro que conserva en ambas aceras en la confluencia con Jesús del Gran Poder. En el s. XIX estuvo empedrada y a comienzos de siglo adoquinada y dotada de aceras de cemento; en la actualidad muestra capa de asfalto extendida sobre el adoquín y aceras de cemento con bordillos de granito. Se ilumina con farolas de brazos de fundición adosadas a las paredes.
     El caserío está formado por viviendas de dos y tres plantas con predominio de casas de vecinos que se concentran en la margen derecha, destacando un edificio de ladrillo de uso industrial y de viviendas. La acera izquierda la conforman un garaje, el grupo escolar Cervantes en dependencias del convento de Santa Clara y las tapias del desaparecido cine Ideal, levantado sobre la huerta de dicho convento y el edificio de las Becas. Este colegio construido sobre las casas del mayorazgo de los Roelas, en el centro de una amplia parcela, fue abandonado por los jesuitas en l726 o 1727 y, una vez reformado, fue sede de la Inquisición hasta 1823 en que se destruyó parcialmente tras una explosión y posterior incendio; sirvió también como cuartel y finalmente fue vendido y ocupado por viviendas en su parte delantera. El jardín fue conocido como Huerto de la Inquisición y hasta hace pocos años ha funcionado como cine de verano.      
     Cumple funciones residenciales y de aparcamiento dada su anchura; con anterioridad fue una vía marginal, lo que justifica el estado de suciedad en que habitualmente se encontraba y el que fuera anexionada parcialmente al edificio de la Inquisición. La construcción del colegio público a finales del s. XIX, al que asistió en su infancia el torero Juan Belmonte, la existencia de un gran almacén y el cine de verano Ideal, junto con las pocas casas de vecinos, han contribuido a hacer de ella una calle tranquila [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Becas, 7 al 15
. Estos números corresponden a unas escuelas nacionales que se instalaron en dependencias que pertenecieron al vecino convento de Santa Clara. La disposición primitiva está alterada en algunas salas. Hay que reseñar restos de un patio y los artesonados que cubren algunas de estas salas. 
Becas, 12, acc. En este número merece destacarse la reja de una ventana de la plata baja [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana. Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la calle Becas, de Sevilla, dando un paseo por ella. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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La calle Becas, al detalle:
- Espacio Santa Clara
Edificio c/ Becas, 7 al 15.
Edificio c/ Becas, 12, acc.

miércoles, 3 de junio de 2020

La Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara)


      Por Amor al Arte, Déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla
   Hoy, 3 de junio, es el aniversario del Decreto de la declaración de la Torre de Don Fadrique como  Monumento Histórico Artístico (3 de junio de 1931), así que hoy es el mejor día para ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla.
   La Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara) [nº 56 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 65 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Clara, 40 (aunque, también tiene acceso por la calle Becas, 7); en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
   Construida en 1252, es de planta cuadrada y posee tres cuerpos. El primero cubierto con bóveda ojival en el que se sitúan la puerta, tiene ventanas tipo saeteras. El segundo con bóvedas también ojivales tiene ventanas románicas y el tercero con bóvedas octogonales posee ventanas góticas.
   La torre de Don Fadrique formaba parte del palacio del citado infante, el mayor de los quince hijos del Rey Fernando III, 'El Santo'. La construcción del conjunto arquitectónico se inició en 1252 para en 1289 donarse a las monjas clarisas, que se instalaron en la casa del infante para mas tarde construir el actual Convento de Santa Clara (siglos XV-XVI). En esa remodelación que las religiosas efectuaron dentro del conjunto arquitectónico, desapareció toda la casa-palacio quedando únicamente la Torre.
   El interés arqueológico estriba en conocer con precisión el carácter exento que hasta ahora se ha atribuido a la Torre o si por el contrario ésta estuvo conectada con algunas dependencias de la desaparecida casa-palacio (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
   Santa Clara, 40. TORRE DE DON FADRIQUE. En el compás de este convento se ha instalado la portada del Colegio Mayor de Santa María de Jesús. Es de principios del siglo XVI y pertenece al estilo de transición del gótico al renacimiento. Esta portada sirve de acceso a un jardín de propiedad municipal, en cuyo centro se alza la Torre de don Fadrique, construida por éste en 1252, en la huerta de las casas que le correspondieron en el repartimiento. Es de planta cuadrada y consta de tres pisos, el inferior de cantería y los dos superiores de ladrillo. Los vanos de los pisos bajos son de tradición románica, mientras que los del tercero pertenecen al estilo ojival. Las salas se cubren con bóvedas de crucería y de planta octogonal [Francisco Collantes de Terán Delorme y Luis Gómez Estern, Arquitectura Civil Sevillana, Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, 1984].

Conozcamos mejor la Leyenda de la Torre de Don Fadrique:
     El Infante de Castilla don Fadrique, nació en 1224, siendo hijo de Fernando III, rey de Castilla, y de su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia. Su hermano Alfonso X lo hizo matar en 1277. Fue acusado de conspiración y su ejecución desencadenó una sublevación contra el monarca. A él se debe la construcción de la Torre de don Fadrique en 1252, situada en el convento de Santa Clara. Sin embargo, el infante es un personaje misterioso, a caballo entre leyenda e historia.
   Históricamente, participó junto a su padre Fernando III y sus hermanos en la Reconquista. En 1235 falleció su madre, la reina Beatriz de Suabia. En 1240 el infante Fadrique fue enviado por su padre a la Corte de Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con el propósito de que recibiera la herencia de su madre, consistente en diversas posesiones en el Imperio y en el ducado de Suabia.
   El infante fue recibido por el emperador Federico II Hohenstaufen en la ciudad italiana de Foggia, donde se hallaba en esos momentos la Corte imperial, y en el mes de abril, el emperador agradeció a Fernando III el Santo en una carta que hubiese enviado a su hijo a su Corte, demostrando con ello que las buenas relaciones entre ambos países. Sin embargo, no queda demostrado que le fuera entregada propiedad alguna.
   No obstante, también se considera que la reclamación de los bienes que pertenecieron a Beatriz de Suabia fue la excusa utilizada por el infante para permanecer en la Corte al lado de su tío.
   En el mes de julio de 1245, y poco después de la huida del infante Fadrique a Milán, el emperador Federico II Hohenstaufen manifestó su descontento a su padre, Fernando III de Castilla, calificando el comportamiento del infante de ingrato y traicionero.

   En el reparto de Sevilla, y a diferencia de su hermano el infante Enrique de Castilla, el infante Fadrique recibió numerosas propiedades, entre ellas villas y alquerías repartidas por toda la ciudad. De los palacios que poseyó se conservan en la actualidad, además de la Torre de Don Fadrique, otros restos incorporados al clausurado convento de Santa Clara de Sevilla.
   El rey Fernando III de Castilla, que había enviudado con casi 50 años de edad de su primera esposa Beatriz de Suabia, contrajo nuevo matrimonio con Juana de Danmartín, para acercarse políticamente a Francia. La diferencia de edad entre el rey y su nueva esposa, era cercana a los 30 años, pues ella tenía 17.
La Leyenda
   Cuatro años después el falleció el rey, quedando la viuda en Sevilla. Un día visitó el Alcázar el infante Fadrique, hijastro de Juana aunque sus edades, eran de 27 y 25 años respectivamente. Don Fadrique que nunca había vivido en Sevilla, acudió a presentar sus respetos a doña Juana. Desde ese día, las salidas se hicieron cada vez más frecuentes, a pesar de las críticas.
   Con la llegada del invierno, el infante mandó construir una torre para que la reina viuda pudiese cazar teniendo cerca un fuego aunque él argumentó que era para prácticas defensivas, aunque los entendidos no estaban de acuerdo con éste.
   El rey Alfonso X ante los rumores de la corte decidió trasladarla a Toledo, pero la nobleza de Sevilla y el pueblo se unieron a una guerra contra los amantes, ya que una reina viuda no podía volverse a casar ni tener amores secretos.
   La reina decidió volver a Francia y mientras surcaba el río camino al Atlántico, dirigió una última mirada con los ojos llenos de lágrimas a la torre, que durante tres años había sido su nido de amor. Con un pañuelo hizo una señal en dirección a la torre donde el infante le hacía una señal de adiós con la mano.
   El rey Alfonso X de Castilla autorizó el proceso contra éste obligado por la nobleza y el clero. Don Fadrique fue sentenciado a muerte por haber ofendido el decoro real al tener relaciones ilícitas con la viuda del rey, tras lo cual, fue ejecutado en Burgos. Desde entonces la Torre de don Fadrique no volvió a ser utilizada.
La Historia
   La realidad, según la documentación de la época, es que el infante don Fadrique murió por orden del rey Alfonso X, acusado de intrigar contra el soberano: «el rey mandó afogar a don Fadrique», el ahogamiento en agua, pena generalmente usada para actos de traición. La actitud del infante no fue nueva, traicionando a su hermano en varias ocasiones.
   La torre se entendería como una estructura militar y su similitud con torres militares ubicadas en Italia donde el infante residió; algunos investigadores también han apuntado a un pabellón de caza.
Conozcamos mejor la Biografía de Don Fadrique, quien le da nombre al monumento reseñado;
     Fadrique de Castilla, (Guadalajara, 1223 – Burgos, abril de 1277). Infante de Castilla y León, hijo de Fernando III.
     Segundo de los hijos varones de Fernando III, rey de Castilla y León, y su esposa Beatriz de Suabia, hija del emperador Felipe Hohenstaufen y la princesa bizantina Irene Angelos.
     Desde su nacimiento, su madre le destinó a heredar el ducado de Suabia, que le pertenecía por linaje. Por eso, en 1240, fue enviado a Italia para solicitar un reconocimiento de este derecho de estirpe al emperador Federico II. Durante un lustro, hasta 1245, permaneció en Italia sin obtener otro resultado que las buenas palabras de su poderoso pariente, más comprometido en los asuntos con el Papado que condujeron a un enfrentamiento abierto durante esa misma etapa. En recuerdo de esta vinculación de linaje, siempre portó en sus armas las águilas de los Hohenstaufen cuarteladas con los emblemas paternos.
     A su vuelta de Italia, participó en las empresas militares de su padre al frente de su propia mesnada, al igual que sus hermanos Alfonso y Enrique. En 1248, después de la toma de Sevilla, recibió un extenso patrimonio, tal y como figura en el posterior Repartimiento en Sanlúcar, La Algaba, Albaida, Cambullón, Gelves, Gicirat, Brenes, Rianzuela, La Isla, Chozas, Puslena, la Torre de Alpechín, y, por supuesto, diversas propiedades sitas en la propia ciudad de Sevilla, en su parte norte. Señor de Guadalajara, su ciudad natal, allí residió durante varios años.
     A la muerte de su padre se mantuvo fiel al sucesor, Alfonso X, especialmente en 1255 mientras duró la revuelta de su hermano el infante Enrique, que capitaneaba a un amplio sector de la nobleza en el que se encuentra a los últimos mayordomo mayor y alférez del difunto Fernando III y aún al señor de Vizcaya.
     Durante esos años, don Fadrique ordenó traducir el Sendebar, llamado en Castilla El libro de los engaños y de los ensañamientos de las mujeres, una colección de cuentos árabes de raíz persa o hindú. Si de su interés por el mundo de la cultura resta el ejemplo antes referido, de sus inquietudes arquitectónicas han sobrevivido a los siglos la torre hispalense llamada de don Fadrique que forma parte de las posesiones del convento de Santa Clara de Sevilla así como las ruinas de otra que se conserva en Albaida del Aljarafe.
     Junto a Alfonso X permaneció hasta 1260, fecha en la que desaparece de los diplomas de la cancillería real, aunque tampoco se rastrea su presencia en las Cortes de Toledo de 1259. De ambas situaciones se desprende que las pretensiones al Imperio de su hermano mayor, gestadas durante esos mismos años (1256-1260), fueron consideradas por el infante como una intromisión del Monarca en sus derechos hereditarios, pues no en vano la madre de ambos, Beatriz Hohenstaufen, había cedido los suyos a Fadrique respecto al ducado de Suabia y la herencia alemana.
     En 1260 le encontraremos como mercenario junto a su hermano menor don Enrique al servicio del califa de Túnez. Junto a él, participa en la toma de la ciudad de Miliana. Los beneficios obtenidos por estos servicios permitieron a ambos príncipes gozar de suficiente fortuna para mantener a sus mesnadas e, incluso, optar a intervenir en el reino de Sicilia pocos años más tarde.
     En 1265, Manfredo, hijo ilegítimo del emperador Federico II, se hace con el trono de Sicilia. El Papa, ante el creciente poder del Soberano y sus apoyos gibelinos, se inclina por un aliado capaz de enfrentarse a éstos con garantías de éxito: el conde Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, a quien corona como nuevo Monarca de Sicilia. Los partidarios de ambos contendientes buscaron la ayuda de los dos infantes castellanos en Túnez, aunque con diferentes resultados: si el dinero de don Enrique ayudó a pagar las pretensiones de Carlos, el infante Fadrique con sus hombres, conocidos como los caballeros de la muerte en las crónicas italianas que registran estos episodios, optan por acompañar a Manfredo, causa que apoya el señor de Túnez con el envío de arqueros. El 26 de febrero de 1266, en Benevento se enfrentan ambos ejércitos y consta la presencia de Fadrique de Castilla entre las huestes de su pariente Manfredo, que es derrotado y muerto en el campo de batalla.
     Después de unos meses de prudente regreso a Túnez, el infante volverá a reaparecer en el teatro de operaciones italiano, si bien en esta ocasión compartiendo suerte con su hermano Enrique. Éste, deseoso de recuperar el dinero prestado a Carlos de Anjou u obtener en contrapartida por el mismo un feudo digno, obtuvo sendas negativas del ahora único Monarca de Sicilia, por lo que optó por solicitar la intervención del Papa, que le nombró senador de Roma.
     Mientras Enrique afianza su posición en el centro de Italia, don Fadrique, en 1267, es reclamado por Conrado Capece y otros nobles del partido gibelino para que invada Sicilia. Con sus propios caballeros, a los que se sumarán teutones, toscanos y tunecinos, amén de los propios sicilianos favorables a la causa gibelina, el infante castellano se hace con Palermo, Mesina y Siracusa.
     Entretanto, su hermano Enrique el Senador abre las puertas de Roma a las tropas de Konrad, nieto del emperador Federico II, y se suma a su deseo de recomponer la herencia italiana de los Staufen. Ambos infantes, Enrique y Fadrique, son excomulgados por el Papa.
     Carlos de Anjou, empujado por el norte, invadido por Sicilia, se enfrentará en Tagliacozzo a Enrique en 1268, capturando a sus adversarios en el campo de batalla o en su huida. Pero si en Tagliacozzo concluye el desafío gibelino peninsular, en Sicilia será necesario enviar a Guillermo de Stendardo, senescal de Carlos de Anjou, para que expulse a los gibelinos comandados por don Fadrique, a cuyas órdenes se suman los supervivientes alemanes e hispanos de la desafortunada batalla. Después de diversos encuentros, el infante castellano, ante la imposibilidad de recuperar el dominio de la isla, decide cruzar de nuevo a Túnez, no sin antes cobrarse venganza dando muerte a Stendardo y muchos otros caballeros franceses en 1269.
     Al servicio, de nuevo, del tunecino, don Fadrique se convierte en el jefe de la mesnada cristiana gibelina y castellana. Junto a él encontraremos a nobles destacados defensores de los Staufen como el conde Federico Lancia, entre otros.
     En 1270 el rey de Francia convoca una nueva Cruzada para luchar contra los musulmanes, siendo su objetivo el Monarca de Túnez. Su hermano, Carlos de Anjou, rey de Sicilia, se sumará a su empeño, participando en la empresa africana, al igual que otros príncipes y nobles europeos. Entre los defensores, don Fadrique, quien, reunido con el señor de Túnez, aconseja que no se llegue a una confrontación armada so riesgo de sufrir una derrota. Entretanto, mientras las negociaciones siguen su curso, en el ejército cristiano invasor se propaga la peste, que causa estragos entre los franceses, falleciendo su mismo Soberano.
     El consejo del castellano es aceptado por los musulmanes y, a cambio de la entrega de ciento cinco mil onzas de oro, los cruzados abandonan para siempre Túnez.
     Meses después, don Fadrique regresa a Castilla, junto a su hermano Alfonso X, que le devuelve parte de su patrimonio original y de quien ha de convertirse, hasta la víspera de su muerte, en uno de sus más leales vasallos. Pero si el rey sabio supo recuperar la lealtad del infante y le regaló el perdón, no ocurrirá lo mismo con el Papa de Roma, que renovará en dos ocasiones más su excomunión a don Fadrique, en recuerdo de los turbulentos episodios vividos pocos años antes.
     Quedaba por resolver, además, un complicado asunto que implicaba tanto al Pontífice como al señor de Castilla: la cuestión del Imperio. En 1275 Alfonso X decide acudir a entrevistarse con el Papa para revocar el nombramiento reciente de Rodolfo de Habsburgo. 
   En lugar del Rey se encontrará al infante heredero: Fernando de la Cerda. Junto a él, don Fadrique, uno de sus pilares más sólidos.
     La prematura muerte del joven príncipe, en 1275, abrirá la difícil cuestión sucesoria, que ha de marcar los años finales del reinado de Alfonso X, dividido entre la tradición hereditaria, representada por el infante Sancho, y las nuevas costumbres que desea imponer y que transmiten los derechos de Fernando de la Cerda a sus vástagos.
     Se desconoce qué papel exacto jugó en esta compleja situación el infante Fadrique, mas lo cierto es que, apenas unos meses después del retorno del Monarca castellano, los recelos hacia su hermano aparecen en el horizonte político. Suspicacias que, en 1277, conducen a la fulminante ejecución del príncipe y su yerno, Simón Ruiz de los Cameros, sin juicio previo ni explicación de motivos, pues las fuentes se limitan a caminar de puntillas sobre las órdenes del Monarca, que mandó prender a Simón Ruiz y quemarle vivo y ese mismo día de la captura, envió a Diego López de Salcedo a apresar a don Fadrique, a quien, por decisión de Alfonso X, se ejecutó por ahogamiento en Burgos, donde su cadáver, después de ciertos episodios, recibiría sepultura en el convento de la Trinidad de dicha ciudad castellana.
     La dureza de ambas muertes ha despertado múltiples interpretaciones que oscilan desde el supuesto castigo a la descubierta homosexualidad de ambos reos hasta el escarmiento por sus actividades conspiradoras contra el Rey. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos por encontrar cierta racionalidad en estos hechos, sólo se puede suponer un cierto apoyo a la segunda de las hipótesis mencionadas, ya que varios magnates castellanos optaron por extrañarse del reino apenas tuvieron noticia de esta muestra de contundencia jurídica del Monarca.
     Gil de Zamora nos dejó una descripción del infante Fadrique, a quien califica de discreto, ingenioso, astuto en los negocios, valiente en la lid, sereno y reflexivo en todas las situaciones militares y civiles. A este esbozo psicológico se suma el perfil que se debe, según es tradición, al mismo Alfonso X cuando, en 1258, hubo de desposar a la princesa Cristina de Noruega y elegir a uno de sus hermanos para tal menester.
     Afirmaba el Monarca que Fadrique era valiente, gran jinete, amante de la justicia, buen cazador y que tenía el labio partido por culpa de un desafortunado incidente venatorio. Su trayectoria vital, como se ha comprobado, no desmerece de tales calificativos coevos.
     Por lo que respecta a su vida familiar, se sabe que, en 1258, o bien se encontraba viudo o todavía no había desposado, pues su mano es una de las que se barajan para unir a la de la infanta noruega. El exilio en 1260 le alejará del reino los años necesarios para que sobre su matrimonio y descendencia existan algunas lagunas y dudas de difícil resolución.
     Pellicer y otros genealogistas posteriores aceptaron su enlace con una dama de nombre Catalina Dukas, hija del déspota del Épiro, aunque más recientes investigaciones localizan este desposorio en el seno de la familia Malaspina, concretamente en una de las hijas del marqués Conrado Malaspina, destacado gibelino italiano cuyo patrimonio se apoya en posesiones de la Toscana y vinculado espúreamente por parentesco con Federico II. Esta dama, de nombre Beatrice, se habría unido al infante durante sus estancias discontinuas en Italia. Sea de un linaje o de otro, lo único que se puede aseverar con certeza es que don Fadrique hubo de este matrimonio una hija de nombre Beatriz, mujer en primeras nupcias de Alfonso Téllez de Meneses y, en segundas, de Simón Ruiz de los Cameros.
     Durante su vida italiana se sabe que mantuvo el príncipe castellano al menos una relación amorosa que generó prole en la estirpe di Troia. Un hijo de Fadrique, de nombre Alfonso, le acompañará a su regreso desde Túnez, y, en tiempos de Enrique III de Castilla, a las costas hispanas arribó un tal Lancelotto, hijo de Federico di Troia, que era biznieto del infante Fadrique y como a tal se le reconoce en 1394 (Margarita Torres Sevilla, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
   Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla, dando un paseo por ellos. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Horario de apertura de la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):
            De Martes a Sábados: de 10:00 a 19:00
            Domingos y Festivos: de 10:00 a 15:00

Página web oficial de la Torre de Don Fadrique, en el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):  www.icas.sevilla.org/espacios/espacio-santa-clara

Más sobre el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), en ExplicArte Sevilla.

domingo, 11 de agosto de 2019

El Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara)

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla.     
     Hoy, 11 de agosto, Memoria de Santa Clara, virgen, que, como primer ejemplo de las Damas Pobres de la Orden de los Hermanos Menores, siguió a San Francisco, llevando en Asís, en la región italiana de Umbría, una vida austera pero rica en obras de caridad y de piedad. Insigne amante de la pobreza, no consintió ser apartada de la misma ni siquiera en la más extrema indigencia y en la enfermedad (1253) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
        Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), de Sevilla.
      El Convento de Santa Clara [nº 56 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 65 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Clara, 40 (aunque, también tiene acceso por la calle Becas, 7); en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
     Un monasterio, hoy sin monjas, inmerso en un largo proceso de restauración que ya permite conocer la grandeza del que fuera uno de los grandes edificios conventuales de la ciudad. Poblado por franciscanas clarisas hasta su abandono en el año 1998, debió fundarse en los años posteriores a la reconquista de la ciudad (1248), dentro del proceso de repartimiento y entrega de tierras a órdenes militares y monásticas que repoblarían la ciudad conquistada a los musulmanes. De hecho, a escasos metros se sitúa el monasterio de cistercienses de San Clemente, quizás la primera fundación monacal femenina de la Sevilla reconquistada. 

      Como primer monasterio de franciscanas en Sevilla se dedicó a Santa Clara de Asís (1194-1253) la seguidora fiel de San Francisco que acabaría fundando la segunda Orden Franciscana, conocida como hermanas clarisas en su recuerdo. De origen noble, fue la primera mujer en escribir una regla y recibir aprobación del Papa. La noche después de Domingo de Ramos de 1212, Clara huyó de su casa y se encaminó a la Porciúncula, allí la aguardaban los frailes menores con antorchas encendidas. Al entrar en la capilla se arrodilló ante la imagen de la Virgen y ratificó su renuncia al mundo. Cambió sus vestiduras por un sayal tosco, semejante al de los frailes; el cinturón adornado con joyas por un nudoso cordón, y cuando Francisco cortó su rubio cabello se cubrió con un velo negro. San Francisco escribió poco después la regla de vida para las hermanas y, por medio del santo, obtuvieron del papa Inocencio III la confirmación de esta regla en 1215. Murió en olor de santidad de tal forma que fue canonizada un año después de su fallecimiento por el papa Alejandro VI. Su iconografía, repetida en numerosos rincones y obras de arte del monasterio, la representa con el hábito propio de las clarisas, con un sayal marrón y un velo negro, sujeto con el tradicional cordón de tres nudos de cuyo cinturón sale un rosario. Su símbolo son la custodia y el báculo. El primero tiene su origen en el enfrentamiento con las tropas sarracenas en 1230, símbolo ante el cual los sarracenos huyeron despavoridos. El báculo proviene del hecho de haber sido Santa Clara abadesa mitrada. Ambos símbolos se repiten en la portada de acceso de la calle de su nombre, en la espadaña y en los azulejos que se reparten por el edificio.
   Aunque se desconoce el primitivo asentamiento del convento de Santa Clara en Sevilla, se supone que podría ser cercano a la plaza de San Francisco, por proximidad a la casa grande de la rama masculina, que se ubicaba en el solar de la actual Plaza Nueva. La comunidad llegó al solar actual del barrio de San Lorenzo en 1289, gracias a una cesión de terrenos concedida por el rey Sancho el Bravo. Es solo un ejemplo de la gran vinculación que el convento siempre tuvo con la monarquía española, especialmente con la reina María de Molina, lo que se tradujo en numerosos favores y donativos. El terreno que ocupa había pertenecido al infante don Fadrique, muerto en 1227 por orden del rey Alfonso X. Según cuentan las crónicas de la época "en Burgos hizo el Rey dar violentamente muerte al infante don Fadrique por algunas cosas que le averiguó en su deservicio... sus estados fueron confiscados y con ellos las casas y repartimiento que poseía en Sevilla, donde el año 1252 había labrado una alta, fuerte y hermosa torre que permanece". Parece que los enigmáticos motivos para el ajusticiamiento fueron las relaciones que mantuvo el infante con la que fuera viuda del rey Fernando III doña Juana de Ponthieu, una historia cargada de leyendas que se mezclan con la realidad. De hecho, hay otras teorías que apuntan a una posible conspiración para inhabilitar al propio Alfonso X e, incluso, se apunta otra versión de su presunta homosexualidad por la "práctica del pecado nefando" adquirida en Túnez. Sea cual fuere el origen de su muerte, el recuerdo del infante en Sevilla es una torre cuadrangular, construida en ladrillo y piedra, con una planta cuadrada de unos 10 metros de lado y con tres plantas de altura que se indican al exterior mediante unas sencillas molduras. Su azotea mantiene el almenado original. Sobre su acceso en la puerta se conserva una placa en latín con la siguiente inscripción:
   "Esta torre es fábrica del magnífico Fadrique, podrá llamarse la mayor alabanza del arte y del artífice: a su Beatriz madre le fue grata esta prole del rey Fernando, experimentado y amigo de las leyes. Si deseas saber la era y los años, ahora mil doscientos y cincuenta y dos (1252) ya existía la torre serena y amena llena de riquezas."

   La torre tiene gran interés en su puerta de acceso y en las ventanas de su primer cuerpo, ya que presentan uno de los escasos ejemplos de arcos abocinados de estilo románico de la ciudad. Ya en el piso superior muestra sus ventanales en estilo ojival, propio del gótico, lo cual convierte a la torre en un verdadero edificio de transición. Olvidando las leyendas que lo imaginan como un nido de amor, habría que eliminar también su pretendido carácter defensivo, ya que su construcción se realiza en la zona interior de las murallas de la ciudad. Por ello, su funcionalidad parece provenir de la imitación de las torres de los palacios de inspiración italiana, cuya estética parece emular. El arquitecto municipal Juan Talavera restauró la edificación ya en el siglo XX, devolviéndole su altura original (el suelo había subido varios metros desde el siglo XIII) y construyendo un pequeño estanque donde se reflejaba la torre, muy al gusto de la época.
   Esta obra se enmarcó en la instalación que realizó el Ayuntamiento de Sevilla de un museo arqueológico municipal al aire libre (entre 1925 y 1946), después de comprar a la comunidad parte de sus huertas. Entre las piezas que allí se colocaron, hoy prácticamente olvidadas, destaca una colosal escultura en bronce del rey Fernando VII, perteneciente en su origen a los jardines del Palacio de San Telmo. Con sus brazos desaparecidos por el paso del tiempo y la acción de los vándalos, fue realizada en 1831 por Pierre Joseph Chardigny. Su historia es larga y convulsa ya que estuvo en Barcelona, en el palacio de Malmaison, en el palacio de San Telmo desde 1862, en las cercanías del Prado, en los jardines del Cristina... llegando en 1931 a su ubicación actual. A este jardín arqueológico se accede por otro resto importante de la Sevilla tardomedieval, la portada del antiguo colegio de Santa María de Jesús, la primitiva universidad sevillana, cuya gótica portada de acceso fue trasladada a este recinto tras el derribo del viejo edificio de la Puerta de Jerez. Precisamente, en el retablo de la capilla de Santa María de Jesús se puede observar a Maese Rodrigo, el fundador de la Universidad, ofreciendo a la Virgen de la Antigua una maqueta del edificio donde se situaba la portada que sobrevivió al derribo.
   En la larga historia del convento de franciscanas abundan numerosas leyendas que aumentan el encanto del conjunto. Quizás las más conocidas sean las que hacen referencia a doña María Coronel, la noble dama sevillana que en el siglo XIV encontró aquí refugio al acoso del rey Pedro I. La primera narración milagrosa hace referencia a un cobijo rápido que le encontraron las monjas en un rincón de la huerta. Al buscar Pedro I, Cruel o Justiciero, en el escondite de su pretendida creció de forma rápida un laurel sobre su cobijo, impidiendo que el rey consumara sus deseos. Más verídica es la escena que describe como María Coronel, en las cocinas del convento desfiguró su rostro con aceite hirviendo antes de acceder a los deseos del rey. Tras este suceso y tras la muerte del rey en su lucha contra los Trastamara, María Coronel pudo recuperar sus posesiones y fundar el monasterio de franciscanas de Santa Inés, donde su cuerpo descansa incorrupto pero con el recuerdo del aceite hirviendo.
   En los siglos XVI y XVII el edificio conventual debió conocer un gran esfuerzo constructivo que desfiguró por completo los restos del primitivo palacio. En el siglo XIX fue uno de los pocos conventos que no sufrió la invasión francesa, acogiendo incluso a la comunidad de cistercienses de San Clemente, cuyo monasterio sí fue ocupado. Sobrevivió también a las medidas desamortizadoras, aunque la prohibición de hacer vida comunitaria conllevó algunos alquileres y reformas interiores que variaron parte de su fisonomía. En la segunda mitad del siglo XX sufrió una clara falta de vocaciones que hizo languidecer la vida comunitaria hasta límites imposibles; todavía fue declarado Monumento Nacional en 1970, aunque dos décadas más tarde en el año 1998, las últimas monjas que habitaron el edificio optaron por unirse a la comunidad de clarisas de Santa María de Jesús, pasando el convento a manos del Arzobispado. Se iniciaba así un largo periodo de cierre, con obras trasladadas al convento franciscano de la calle Águilas, con piezas guardadas en la residencia de sacerdotes de la calle Becas y con un largo, e incompleto proceso de restauración  que salvaría el edificio de la ruina. Una primera fase concluyó en febrero de 2011, con la apertura del claustro grande y de algunas de las dependencias principales del edificio, complejo proceso en el que se han descubierto pinturas murales de notable interés y en el que se le han dado al edificio diversos usos para convertirlo en un gran centro cultural.

   El acceso tradicional al conjunto (hoy se accede por la calle Becas) se realizaba por la calle Santa Clara, a través de una hermosa portada manierista de comienzos del siglo XVII, con decoración geométrica y un azulejo de Santa Clara del siglo XVIII. Tras el pasillo de entrada se llegaba a un atrio que antaño fue espacio variopinto donde se mezclaban locutorios conventuales, con viejos talleres artesanales y almacenes. A un lado queda el acceso a la torre de don Fadrique. Al frente se abre el acceso a la iglesia, un original espacio porticado con recuerdos de Andrea Palladio, que fue diseñado por Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga, siendo llevado a cabo por Diego de Quesada. Su influencia ha sido notable en la arquitectura sevillana, llegando a ser copiadas sus proporciones en el atrio de la basílica de la Macarena. De fines del siglo XVI es la espadaña que sobresale del conjunto, obra documentada de los alarifes Juan de Vandelvira y Diego Coronado.
   La iglesia tiene una sola nave muy alargada, la planta de cajón habitual de los conventos sevillanos que presenta coro alto y bajo en la zona de los pies. Su cabecera es poligonal, tardogótica (siglo XV), con bóveda de nervadura gótica en piedra que fue policromada en época muy posterior. El cubrimiento del resto de la nave se realiza mediante un artesonado de madera con tres paños, con lacería de inspiración mudéjar. El conjunto se debió realizar en el siglo XV aunque la decoración se prolongó hasta el siglo XVII: en 1620 se añadieron los estucos de los muros según diseños de Oviedo y de Zumárraga. Antes se habían colocado los azulejos del presbiterio, obra de Alonso García y los que decoran el resto de la nave, obra de Hernando de Valladares (1622).
   De gran calidad es el monumental retablo mayor que preside la iglesia, una pieza en cuyo proceso se pusieron de manifiesto las contradicciones de los rígidos sistemas gremiales del siglo XVII. La obra fue contratada en 1621 por Juan Martínez Montañés, que tasó el precio de su arquitectura y sus imágenes en 4.500 ducados. Días más tarde se atrevió a contratar la policromía de la obras, tasándola solo en 1.500 reales. En la rígida sociedad gremial de la época el hecho fue tomado como una provocación por alguien que no debía participar en la pintura, ya que no tenía el correspondiente título, siendo también una provocativa comparación entre la escultura y la pintura. Las ordenanzas gremiales de Sevilla prohibían de forma clara la cuestión: "ningún maestro entallador, ni carpintero, ni de otra calidad, no pueda tomar ninguna obra de pintura, salvo los mismos maestros examinados de pintura del mismo taller". La intromisión del escultor conllevó un pleito gremial e incluso la publicación de un panfleto por parte del pintor Francisco Pacheco en cuyo título se dejaban clara sus intenciones: Sobre la Antigüedad y honores del Arte de la Pintura y su comparación la escultura, contra Juan Martínez Montañés. Un enfrentamiento y una presión que terminó en 1623, cuando Martínez Montañés decidió ceder la policromía al pintor Baltasar Quintero. En 1722 se reformó el cuerpo central del retablo, eliminándose un relieve que representaba a Santa Clara entre las monjas de su comunidad, añadiéndose un camarín donde se situaría la talla de la Virgen que preside el retablo. La arquitectura de la obra se adapta a la forma cóncava del presbiterio, articulándose mediante columnas que enmarcan, alternativamente, hornacinas con relieves y tallas de bulto redondo. Sigue arquitectónicamente las habituales formas de Montañés, con frontones curvos, columnas estriadas, tarjas, guirnaldas de flores y frutas y ángeles que juguetean sobre los frontones. En el primer cuerpo, se sitúan dos relieves alusivos a la vida de Santa Clara, su profesión y una de sus milagros. Flanquean a la Virgen de la calle central las tallas de San Buenaventura, con la pluma y la maqueta de la iglesia como símbolo de su condición de Doctor de la Iglesia y segundo fundador de la Orden Franciscana, y de San Antonio de Padua, con el Niño en sus manos. El segundo cuerpo está presidido por una talla de bulto redondo de Santa Clara, con un ostensorio en sus brazos que recuerda el suceso milagroso por el que ahuyentó a los sarracenos que querían invadir el convento de Asís mediante la organización de un cortejo sacramental. La flanquean dos imágenes, Santa Inés (con el cordero en sus manos que hace alusión a su nombre) y María Magdalena (con el frasco de perfume como símbolo de su iconografía). En los extremos de este cuerpo aparecen dos relieves con las escenas de la Adoración de los Pastores y la Anunciación, dos escenas relacionables con el retablo del monasterio de San Isidoro del Campo, pieza que también realizó el taller de Montañés. El ático del retablo está ocupado por una original composición de Dios Padre que sostiene en sus manos a un Crucificado, situándose las Cinco Llagas de la Orden Franciscana en las tarjas laterales. El retablo tiene a sus pies un excelente frontal cerámico de Hernando de Valladares (1622), que muestra una imagen de San Juan Evangelista al centro, situándose a sus lados San Francisco de Asís y Santa Clara. En la parte superior del frontal se sitúa el sagrario de plata, enmarcado por dos pequeñas tallas de San Pedro y San Pablo. Los muros laterales de la zona del presbiterio están recubiertos por un zócalo de azulejos realizado por Alonso García en 1575.
   Los retablos laterales forman un conjunto homogéneo, ya que todos fueron diseñados por Martínez Montañés, aunque se advierte la participación de su taller en algunas de las imágenes. Se estructuran como tabernáculos enmarcados por columnas estriadas que soportan un frontón recto en cuyo ático se sitúa un relieve. Están dedicados a San Juan Evangelist, San Juan Bautista, la Inmaculada y San Francisco de Asís. Los dos primeros entran en la tradición conventual de los retablos dedicados a los Santos Juanes, el Bautista identificable por su cordero y por la escena del Bautismo que se sitúa en el ático; el Evangelista porta la pluma con la que escribe el Apocalipsis en la isla de Patmos, estando coronado el ático por un relieve de su legendario martirio en una tinaja. La imagen de San Francisco de Asís es una de las más conseguidas por su autor y sigue las indicaciones que dio Francisco Pacheco en su libro El Arte de la Pintura: "Era el padre san Francisco de estatura mediana, la cabeza redonda y proporcionada, el rostro un poco largo, la frente llana; los ojos llenos y apacibles; tenía los cabellos de la cabeza y de la barba, negros... hace de pintar a la redonda de los clavos sangre, que todos los días se refrescaba, y un golpe de hábito por donde se descubra la llaga del costado". Los relieves del ático de la Inmaculada y del Bautista son obra de Francisco de Ocampo. A los pies del muro derecho se sitúa una monumental pintura sobre tabla de San Roque, el protector contra las epidemias de peste, obra del siglo XVI que se atribuye a Hernando de Esturmio y que sigue los modelos habituales de pintura colosal con la que se suele representar a San Cristóbal. El acceso al coro se realizaba por dos puertas de finales del siglo XVI que realizó Juan de Vandelvira, presentando notables relieves de los Evangelistas, las que funcionaban como comulgatorio de las monjas, talla realizada por Pedro de la Cueva en 1592. La parte superior del muro del coro está decorada con yeserías que muestran el ostensorio de Santa Clara dentro de diferentes tarjas o escudos. El coro bajo estaba decorado con diferentes pinturas barrocas que fueron trasladadas al monasterio de Santa María de Jesús, el mismo destino correspondió a la imagen de la Virgen de la Esperanza, que hoy preside el coro alto del convento de la calle Águilas.

   La antigua clausura conventual se organiza en torno a un gran claustro central que constituye, junto a algunas dependencias adjuntas, la zona cuya profunda restauración fue inaugurada en febrero del año 2011. El claustro es una obra del Renacimiento que, por su temprana cronología, se puede entender como un modelo de patio que debió trasladarse a otros conventos sevillanos. En un capitel aparece la fecha de 1532, pleno Renacimiento en una ciudad que se inspiraba en los modelos estéticos que llegaban como novedad desde Italia. Los frentes del patio se organizan en galerías porticadas sustentadas en columnas marmóreas, soportando arcos peraltados en la planta baja y rebajados en la planta superior, un modelo que luego se aplicará a otros conventos. Entre los dos cuerpos se sitúa un alero de tejas planas vidriadas en tonos azules, blancos y verdes. Recuperados tras la restauración, son de excelente calidad los paños de azulejos de cuenca que cubren lo muros del cuerpo bajo, con motivos cambiantes entre unos paneles y otros. Gran calidad presentan también los azulejos que aparecen en las techumbres de la galería inferior, apoyados en vigas de madera decoradas con motivos de grutescos renacentistas. Una fuente centra el claustro, entre una variada (tras la restauración, menos) vegetación. Desde la parte central del patio se puede contemplar la airosa espadaña de la iglesia, realizada a finales del siglo XVI por Juan de Vandelvira y Diego Coronado.
   En el acceso actual por la calle Becas se accede a dos grandes estancias que correspondieron a antiguos dormitorios y que en la actualidad se destinan a espacio expositivo. Desde la planta baja del claustro se accede a diferentes dependencias, algunas de cuyas puertas se decoran con yeserías con motivos clásicos y con diversos escudos y tarjas que pueden relacionarse con las obras de Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga. Desde la planta baja se accede al restaurado refectorio, impactante estancia rectangular cuyos azulejos han sido cuidadosamente restaurados con sumo cuidado, siendo desmontados de forma individual y sumergidos en agua para eliminar la sal producida por la humedad del edificio. La larga estancia está revestida por un excelente zócalo de azulejos en el que se pueden encontrar hasta diez motivos diferentes. También se conserva el artesonado original y el suelo de losetas de barro cocido y olambrillas. En un lateral de la estancia se abre el púlpito desde el que una monja realizaba las lecturas durante las comidas, elemento que se recubre con yeserías similares a las de otras dependencias. Además, en la puerta de ingreso aparecieron pinturas murales que han sido restauradas y consolidadas. La mayoría de las pinturas rescatadas del templo están realizadas al temple y fueron encaladas en épocas posteriores como medida de higiene ante las epidemias de peste.
   En la planta baja también destacan las pinturas murales de la sala de profundis, posible iglesia original del convento, luego convertida en lugar de enterramiento. Aquí se conserva el primer enterramiento gótico (datado en 1350) encontrado en la ciudad y que corresponde a fray Álvaro Peláez, obispo de Silves, interesante conjunto pétreo que muestra al difunto en una urna rectangular que descansa sobre cuatro leones. En la misma sala se han redescubierto variadas pinturas murales, como una escena de Pentecostés de influencia sienesa, una Virgen de la Antigua y un monumental San Cristóbal de grandes proporciones. Antes del traslado de las últimas monjas, esta estancia acumulaba numerosas vitrinas y fanales con tallas de santos de la Orden Franciscana que, en su mayoría, se trasladaron a Santa María de Jesús.
   En la planta alta se sitúa una de las dos enfermerías con las que contaba el conjunto, sala hoy empleada como salón de usos múltiples para conciertos y conferencias. La restauración ha permitido descubrir interesantes pinturas murales, como una Cruz con los símbolos de la Pasión y el Tetramorfo, una Virgen de Guadalupe o un San Juan Evangelista.
   Los más de 8.000 metros cuadrados que componen el antiguo convento, a la espera de la terminación de las últimas fases de restauración, tienen en la actualidad una amplia y variada función cultural que abarca desde el uso expositivo, el escenario de obras de teatro o la sede de diversas entidades culturales como la Orquesta Barroca de Sevilla, la llamada Casa de los Poetas o el Festival de Música Antigua de la ciudad (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
     El ingreso al convento se hace a través de un bello compás,  al cual se accede por medio de una portada del primer tercio del siglo XVII, en cuyo cuerpo superior figura un azulejo de Santa Clara de fines del XVIII. A la izquierda del compás se encuentra una pequeña portada gótica de principios del XVI que procede del desaparecido Colegio de Maese Rodrigo, antigua Universidad de Sevilla. Pasando por ella se entra en lo que fue palacio del Infante D. Fadrique, del cual sólo subsiste la torre de su nombre. Levantada en 1252, es de planta cuadrada y consta de tres cuerpos. En el primero, cubierto con una bóveda ojival, se sitúa la puerta de ingreso y una serie de saeteras; en el segundo, cubierto asimismo con bóveda ojival, aparecen ventanas de tipología románica y en el tercero, cubierto con bóveda octogonal, aparecen ventanas góticas. La iglesia se sitúa al fondo del compás, respondiendo su estructura a la tipología de las iglesias mudéjares sevillanas del siglo XV, si bien fue reformada decorativamente  en  el  primer tercio del siglo XVII. Se trata de un  edificio  de  una  sola  nave, planta  rectangular y cabecera poligonal. El cuerpo de la nave se cubre con una armadura mudéjar y el  presbiterio con bóveda de nervaduras. Los muros de la cabecera se decoran con zócalos de azulejos de dos épocas. Los de la primera están fechados en 1575, relacionándose con la producción de Alonso García, y los de la segunda son de principios del siglo XVII. De esa misma época son los zócalos de los muros de la nave, obra de Hernando de Valladares. La decoración de estuco, que transforma estilísticamente el inte­rior, responde a  las trazas que, en 1620, propusieron Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga. Esos mismos maestros fueron quienes proyectaron el soberbio pórtico de entrada a la iglesia, ejecutado por Diego de Quesada, quien lo concluyó en 1622.
     El retablo mayor consta de sotabanco, banco, dos cuerpos de tres calles y ático. Las trazas del retablo y los modelos de las figuras los presentó Martínez Montañés en 1621, aunque serían sus discípulos y continuadores quienes lo llevaron a cabo, terminándolo en 1626. A ambos lados del sagrario figuran dos pequeñas esculturas de San Pedro y San Pablo; en el primer cuerpo de la calle central aparecen las esculturas de San Antonio de Padua y San Buenaventura y en los registros laterales los relieves de la Imposición del hábito a Santa Clara y un Milagro de esta Santa. El registro cen­tral del segundo cuerpo se reformó en 1722. En la gran hornacina central, flanqueada por estípites, figura una escultura de Santa Clara, realiza­da por Juan de Remesal en 1629, y en las laterales las de Santa Inés y Santa María Magdalena, representándose en los relieves laterales el Nacimiento de Cristo y la Asunción de la Virgen. Remata el retablo el grupo escultórico de la Trinidad. En el muro izquierdo figuran dos reta­blos, ejecutados por Martínez Montañés y sus colaboradores entre 1625 y 1630. El primero está dedicado a la Inmaculada, figurando una escultura de esa advocación en la hornacina del primer cuerpo. La representación alegórica de la Inmaculada que aparece en el ático es obra de Andrés de Ocampo. El segundo retablo está dedicado a San Juan Evangelista, y contiene una escultura de ese santo en la hornacina central y un relieve de San Juan en la tina, en el ático. En el muro derecho se sitúan otros dos retablos de igual cronología y estructura, trazados y, en parte, ejecutados, por Martínez Montañés. En la hornacina del primero aparece una escultura de San Francisco, figurando en el ático un relieve con la Estigmatización de ese Santo, realizado por algunos de los discípulos o continuadores del maestro. El segundo retablo está dedicado a San Juan Bautista, debiéndose a Francisco de Ocampo el relieve del Bautismo de Cristo que aparece en el ático. La última hornacina del muro derecho la ocupa una pintura sobre tabla de hacia 1555 que representa a San Roque y es atribuible a Hernando de Esturmio.
     A los pies de la iglesia se halla el coro, dispuesto en dos plantas. El inferior está cubierto por un artesonado de principios del XVII y la solería es de olambrillas del XVI. Destacan en la zona del coro el facistol y la sillería, ejecutados en 1594 por Diego López Bueno; una copia del siglo XVIII de la Virgen de la faja de Murillo y un comulgatorio, de ese mismo siglo, con pinturas sobre tabla de mediados del XVI.
     Recientemente la reducida comunidad de monjas clarisas que habitaba el monasterio se ha trasladado al Convento de Santa María de Jesús de Sevilla, perteneciente a la misma orden, llevándose consigo el ajuar litúrgico que se conser­vaba en la clausura conventual. Entre las piezas que lo integran destaca un copón renacentista, de peana lobulada y adorno de campanitas en la copa, que va fechado en 1546 y 1547 y se atribuye a Juan Ruiz el Vandalino. De estilo barroco es el libro de plata que lleva la imagen de San Antonio, datado en 1738, y de la misma época es un rosario de filigrana de plata. Muy elegantes de líneas son la jarra y bandeja fechadas en 1791 y 1767, y con los punzones de Amat y Carmona res­pectivamente. Magníficos relieves lleva un cáliz neoclásico, de estilo francés, fechado en 1787 (Alfredo J. Morales, María Jesús Sanz, Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso. Guía artística de Sevilla y su provincia. Tomo I. Diputación Provincial y Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2004).
     El monasterio se sitúa en el barrio de San Lorenzo, originalmente debió ocupar toda la manzana, pero ha ido reduciendo su extensión de forma progresiva, para ocupar actualmente sólo el centro de la misma. El perímetro ha sido vendido de forma gradual, careciendo Santa Clara prácticamente de fachada a la calle.
     El complejo es una combinación de espacios libres y edificados, en el que el claustro principal actúa como elemento articulador que dota de orden a las construcciones, callejas y plazuelas que componen el conjunto. Entre los espacios libres encontramos el propio claustro, el jardín que hace las veces de compás del convento, la huerta, frontera con una de las medianeras, y el vacío que rodea a la Torre de Don Fadrique. Los espacios edificados más significativos, tanto por su entidad, como por su significación en la vida conventual, son la iglesia y el refectorio.
     La portada que conduce al estrecho pasillo que da paso al compás es el único contacto con la calle de la clausura. Dicha portada es obra del primer tercio del siglo XVII y está presidida por la imagen en azulejería de la Santa titular.
     El compás es un patio-jardín con naranjos y palmeras que sitúa una fuente en su centro y en cuyo perímetro se sitúan edificaciones, abren a este espacio libre el pórtico de entrada a la iglesia, ubicado frente al pasillo de entrada, la portada de ingreso a la zona de la torre de Don Fadrique, situada al fondo del patio a la izquierda, y el callejón que conduce a la puerta seglar, enfrentado a la portada anterior.
      Las pequeñas edificaciones acogen las viviendas del portero y el mandadero, el torno, junto al cual se dispone la provisoría y una serie de locales que en los últimos años las monjas dedicaron al alquiler como medio para obtener ingresos. El pórtico de entrada al templo fue proyectado por Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga en el primer tercio del s. XVII, y a él abren la vivienda del capellán y la sacristía de afuera. La portada tardogótica, de principios del XVI, que sirve de acceso al área donde está la Torre de Don Fadrique, perteneció al colegio de Maese Rodrigo y que fue trasladada aquí por el Ayuntamiento. Y por último, en el callejón que da acceso a la puerta reglar, junto a la cual se sitúa la clavería, se ubican los locutorios.
     La Torre de Don Fadrique, único resto conservado del palacio del Infante del mismo nombre que fue el germen del convento, se dispone al fondo de un espacio de planta próxima al rectángulo que se sitúa tras el ábside de la iglesia, separándose de la huerta tan solo por una tapia. A la huerta abren la sacristía interior, alguna de las viviendas de la época de la "vida particular" y alguna celda dormitorio, comunicándose mediante una callejuela con el claustro principal.
     Este hermoso claustro, fechado en 1532, es de planta cuadrada y dos cuerpos de altura, con arquerías sobre columnas.
     Éstas se componen de columnas sobre las que voltean ocho arcos de medio punto en el orden bajo y carpaneles en el alto, todos ellos enmarcados por alfiz, excepto en la galería oeste del nivel superior, que aparece cegada y en la que sólo se abren tres pequeñas ventanas de raigambre mudéjar. En la planta baja las paredes se decoran con un zócalo de azulejos de los llamados de Cuenca.
     En torno al claustro se disponen la iglesia, la provisoría, el despacho de la abadesa, la Capilla del Nacimiento, la enfermería baja, algunas celdas, el refectorio, la sal de consultas, la celda prioral y la escalera principal.
     El refectorio y la iglesia presentan una disposición inusual, ya que entestan perpendicularmente con el claustro por uno de sus lados menores, disponiéndose ambas piezas en lados enfrentados del mismo, aunque el refectorio se sitúa a eje de la cara sur y la iglesia en una esquina, la noroeste.
     El refectorio es de planta rectangular y dimensiones muy alargadas, se accede a él desde el anterrefectorio y a un lado encontramos la cocina y la provisoría.
     El inicio de la construcción la iglesia data del siglo XV y es de estilo gótico mudéjar. Su planta es del tipo denominado de cajón, por poseer una única nave, que presenta cabecera ochavada y cuyos coros alto y bajo se sitúan a los pies. En el muro de la Epístola, a la derecha, se encuentra la zona destinada a sala de "Profundis" y cementerio, así como la sacristía interior y los confesionarios. En el otro muro abre la sacristía de afuera, que se comunica con la vivienda del capellán y el pórtico de entrada y el pórtico de entrada a la iglesia anteriormente descrito.
     La cabecera se cubre con bóveda ojival nervada hasta el arco toral y la nave con un magnífico alfarje de carpintería mudéjar.
     Otros elementos a destacar en el templo son los bellos zócalos de azulejos, que sobrepasan los dos metros de altura, fechados los del presbiterio en 1565, la espadaña, ejecutada por Juan de Vandelvira y Diego Coronado, y el sepulcro del Obispo de Silves don Álvaro Peláez, con una estatua yacente sobre sarcófago de estilo gótico de la mitad del siglo XIV situado en la zona de enterramiento de las monjas.
     La imponente caja de la escalera principal se cubre con un artesonado, al igual que los dormitorios altos. Éstos se disponen sobre los bajos, en la zona este del convento y fronteros con la calle Becas tras la crujía donde se sitúa la Capilla del Nacimiento. El muro de la calle Becas se presenta al exterior completamente ciego, preservando la clausura.
     El Real Monasterio de Santa Clara es uno de los primitivos establecimientos conventuales que se crean en la ciudad de Sevilla tras su conquista a los musulmanes.
     Se encuentra documentación de la ubicación de las religiosas en su actual monasterio en fecha tan temprana como 1289, año en que se fecha una carta de Sancho IV el Bravo por la que el monarca hace donación a las clarisas de las casas y jardines que constituían el palacio de su tío, el Infante Don Fadrique.
     El monasterio contó siempre con el apoyo de la Corona, así la reina doña María de Molina contribuyó a sufragar los costos de la edificación de la iglesia y del propio convento. El palacio se fue modificando paulatinamente para acoger la estructura conventual, dejando como último testimonio de éste la Torre de Don Fadrique.
     El siglo XVI y el comienzo del XVII vieron el período más intenso en la construcción del actual monasterio.
     Doña María Coronel, huyendo del asedio de Pedro I, estuvo refugiada en este convento en el que profesó para posteriormente fundar el de Santa Inés, segundo convento de clarisas de la ciudad.
     El Convento de Santa Clara no llegó a sufrir la exclaustración, aunque durante esa época tuvieron que renunciar a la vida en comunidad, adoptando la "vida particular" que obligaba a acoger huéspedes en el recinto. Su clausura acogió además a los moradores del vecino convento de San Clemente durante la dominación francesa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Volviendo a la calle Santa Clara, en el número 28, está el palacio de los Condes de Santa Coloma, construido en el siglo XVII y conservado en su integridad. En la acera de enfrente, algo más adelante, se encuentra la portada que da paso al precioso compás del convento de Santa Clara, fundación franciscana del siglo XIV. En este compás, a la izquierda, se encuentra la portada gótica que tuvo la primera Universidad de Sevilla, fundada por el arcediano Rodrigo Fernández de Santaella, de la que queda, como se recordará, la capilla, sita en la puerta de Jerez. Al otro lado de esta portada, en un espacioso jardín, se levanta la llamada torre de Don Fadrique, único vestigio del palacio que aquí tuvo el desgraciado hermano de Alfonso X, mandado ejecutar por el rey en Toledo en 1277, como consecuencia de los amores que sostuvo con su madrastra Juana de Pointheu, viuda de Fernando III. Levantada hacia 1253, tiene planta rectangular, de 10,15 por 8,30 m, y se alza sobre un potente basamento de 2,40 m de alto. Consta de tres plantas rematadas por un antepecho coronado de almenas.
     El convento, cuyas monjas se trasladaron no hace mucho al de Santa María de Jesús, se encuentra actualmente en restauración. La iglesia aparece al fondo del compás, tras un precioso pórtico obra de Diego Quesada, quien siguió el proyecto realizado en 1620 por Juan de Oviedo y Miguel de Zumárraga, los mismos que proyectaron también la decoración de estuco que aparece en los muros interiores de su única nave. El presbiterio lleva bóveda ojival de nervaduras, mientras un zócalo de azulejos decora la parte baja de los muros. A los pies de la nave se sitúan dos coros, alto y bajo; el inferior tiene un precioso pavimento de olambrillas datable en el siglo XVI y un artesonado de principios del XVII. El retablo mayor tiene la traza de Martínez Montañés, aunque tanto su ejecución como la mayoría de las imá­genes fue realizada por su taller en 1626. Es un importante conjunto manierista compuesto por sotobanco, banco, dos cuerpos con tres calles a base de columnas corintias de hélice y ático. Entre las imágenes, hay que destacar, la Santa Clara que figura en la hornacina central, tallada por Juan de Remesal en 1629. El resto de los retablos son también de Montañés y de su taller. Entre sus bellísimas piezas sobresalen el Bautismo de Cristo, situado en el retablo de San Juan Bautista del muro de la Epístola, obra de Francisco de Ocampo, así como la alegoría de la Inmaculada, en su correspondiente retablo (Rafael Arjona, Lola Walls. Guía Total, Sevilla. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2006).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Clara, virgen
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   Hija espiritual de San Francisco de Asís y fundadora de la orden de las clarisas.
HISTORIA Y LEYENDA
   Nacida en 1193, en 1211 abandonó la casa paterna, distribuyó todo su patrimonio entre los pobres y fue recibida en la capilla de la Porciúncula por San Francisco, quien le cortó el pelo y ciñó su cintura con el cíngulo o cordón de la orden.
   Acompañada por su hermana Inés y luego por su madre, Ortolana, se instaló en el convento de San Damián. Allí vivió en clausura perpetua, sometida a una regla austera. Fiel a los preceptos del Poverello, no tenemos -decía- más que un tesoro por conservar: la Santa Pobreza. Un día el papa la visitó en su monasterio. Ella hizo preparar la comida y pidió al Santo Padre que bendijera los panes. Pero el papa ordenó a Santa Clara que los bendijese ella misma. Apenas lo hubo hecho, todos los panes quedaron marcados con el signo de la cruz.
   En 1241 los sarracenos llegados de Nocera quisieron saquear el convento cuyos muros escalaron. La abadesa fue a su encuentro con el Santo Sacramento en una custodia, y los puso en fuga.
   Murió en 1243. La hermana que la velaba vio entrar en la habitación una procesión de vírgenes coronadas que la cubrieron con un manto dorado, al tiempo que la Virgen María recibía su alma.
CULTO
   Canonizada en 1255 por el papa Alejandro IV, Santa Clara es la patrona de Asís y de la orden de las clarisas que se desarrolló en todo el mundo cristiano.
   Como Santa Lucía, su nombre le valió ser invocada "para ver claro" por los ciegos y los enfermos de la vista. También es la patrona de las trabajadoras vinculadas con el color blanco: lavadorasplanchadoras y bordadoras.
   A causa de la custodia de cristal que lleva en las manos, es la protectora de los pintores vidrieros.
   Ha sido propuesta recientemente como patrona de la radio televisión tanto a causa de su nombre como de una visión que habría tenido en su lecho de agonía: la ceremonia de Navidad celebrada en la basílica de San Francisco de Asís.
ICONOGRAFÍA
   Está representada con una edad variable, ya joven, ya como una anciana religiosa.
   Su hábito es de las monjas franciscanas, con un cordón de tres nudos y un manto con rayas transversales.
   Sus atributos habituales son la custodia eucarística con la que rechazó a los sarracenos, y una cruz rematada en un ramo de olivo, que recuerda su apasionado amor al crucifijo.
   Los pintores de Siena y de Umbría casi siempre le ponen en la mano un tallo de lirio, símbolo de la pureza.
   Como patrona de los clérigos, sostiene una lámpara de arcilla o una linterna procesional (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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Horario de apertura del Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):
            De Martes a Sábados: de 10:00 a 19:00
            Domingos y Festivos: de 10:00 a 15:00

Página web oficial del Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara):  www.icas.sevilla.org/espacios/espacio-santa-clara 

El Convento de Santa Clara (Espacio Santa Clara), al detalle:
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