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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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sábado, 1 de noviembre de 2025

La placa conmemorativa del Terremoto de Lisboa, en la plaza del Cabildo

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa del Terremoto de Lisboa, en la plaza del Cabildo, de Sevilla.
     Hoy, 1 de noviembre, es el aniversario (1 de noviembre de 1755) del famoso Terremoto de Lisboa, que sólo causó el hundimiento de algunas naves de la Catedral y que no causó víctimas, de ahí que se erigiese esta placa conmemorativa en agradecimiento a aquel "milagro", así que hoy es el mejor día para ExplicArte la placa conmemorativa del Terremoto de Lisboa, en la plaza del Cabildo.
    La plaza del Cabildo es, en el Callejero Sevillano, una plaza que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo, entre la avenida de la Constitución, y las calles Almirantazgo, y Arfe.
     En una de las fachadas de la plaza del Cabildo podemos contemplar una placa marmórea, y dedicada al Terremoto de Lisboa y los efectos originados en la Catedral, que obligó durante cuatro meses a celebrar los oficios en este lugar, ornamentándose con sencillas incisiones de motivos vegetales y veneras, y con el siguiente texto:
 
SÁBADO PRIMERO D NOVIEMBRE
D 1755 A LAS DIEZ DE LA MAÑANA
SE PADECIO VN TERREMOTO GENERAL
QVE EN CERCA DE VN QVARTO DE HORA
MALTRATÓ MVCHOS EDIFICIOS,
Y ENTRE ELLOS, NTRA. SANTA YGLESIA
Y EL CAVILDO SE PASO A CELEBRAR
LOS DIVINOS OFICIOS A ESTE SV COLEGIO
SIRVIENDOLE DE TEMPLO ESTA GALERÍA
HASTA EL SÁBADO 28 D FEBRERO
DE 1756 AÑOS
      
    Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa del Terremoto de Lisboa, en la plaza del Cabildo, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

Más sobre la plaza del Cabildo, en ExplicArte Sevilla.

jueves, 11 de abril de 2024

La placa conmemorativa a Fernando de Herrera, en la fachada principal de la Iglesia de San Andrés

     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a Fernando de Herrera, en la fachada principal de la Iglesia de San Andrés, de Sevilla.   
     Hoy, 11 de abril, es el aniversario (11 de abril de 1997) de la erección de la placa conmemorativa a Fernando de Herrera, en la fachada principal de la Iglesia de San Andrés, de Sevilla, así que hoy es el mejor día para Explicarte la placa conmemorativa a Fernando de Herrera, en la fachada principal de la Iglesia de San Andrés, de Sevilla.
    La Iglesia de San Andrés [nº 48 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 88 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Daoiz, 2 (aunque la entrada habitual se efectúa por la plaza Fernando de Herrera, s/n, y también tiene otro acceso por la calle San Andrés, 3); en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo
   En la fachada de dicha Iglesia, junto a la portada principal podemos contemplar una placa conmemorativa, realizada en mármol blanco grabado en tinta roja, dedicada a Fernando de Herrera. El texto de la placa conmemorativa, precedido del emblema de la ciudad de Sevilla y del escudo de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, dice así:

 "EN ESTE TEMPLO PARROQVIA DE SAN ANDRÉS DESEMPEÑÓ SVS
FVNCIONES COMO BENEFICIADO
FERNANDO DE HERRERA (1534 – 1597), 
GLORIA DEL HVMANISMO ESPAÑOL DEL SIGLO DE ORO,
ALTÍSIMO POETA, EDITOR Y COMENTARISTA DE
LA OBRA DE GARCILASO DE LA VEGA Y MAESTRO
DE LA TRADICIÓN LÍRICA DE SEVILLA.
LA REAL ACADEMIA SEVILLANA DE BVENAS LETRAS
Y EL EXCMO. AYVNTAMIENTO DE LA CIVDAD
HONRAN LA MEMORIA DE TAN ILVSTRE HIJO
CON MOTIVO DEL CVARTO CENTENARIO DE SV MVERTE.

11 DE ABRIL DE 1997."
    
Conozcamos mejor la Biografía de Fernando de Herrera, personaje a quien está dedicada la placa conmemorativa reseñada;
     Fernando de Herrera, El Divino. (Sevilla, 1534 – 1597). Poeta y humanista.
     En el recuerdo que la historia ha transmitido de Fernando de Herrera contrastan llamativamente las agitadas vivencias interiores que sus versos transmiten con una biografía externa marcada por la ausencia de acontecimientos dignos de mención. Semejante escasez de datos no parece provenir de una carencia de investigación al respecto, sino de la misma raíz del vivir herreriano. “Tuvo por patria esta noble ciudad —dice su primer biógrafo, el pintor sevillano Francisco Pacheco en el Libro de los retratos—; fue de onrados padres, dotado de grande virtud, de ábito eclesiástico i beneficiado de la iglesia parroquial de San Andrés. No tuvo orden sacro, pero con los frutos del beneficio se sustentó toda su vida, sin apetecer mayor renta”. He ahí los datos esenciales, y casi únicos, conocidos de la biografía de Herrera (que la erudición posterior no ha venido sino a confirmar): su origen sevillano, con probable procedencia de una familia humilde, y su seguimiento de la carrera eclesiástica, en la que sólo recibió, antes de 1565, las órdenes menores.
     Todos los indicios apuntan a hacer creer que fue la de Fernando de Herrera una vida ajena a la acción y consagrada a la ocupación interior del ejercicio intelectual. De su precoz vocación hacia las letras humanas y de su sólida formación en ellas (en la que mucho debió de influir una relación temprana con el humanista sevillano Juan de Mal Lara) habla Francisco de Medina en el prólogo a las Anotaciones a Garcilaso del propio Herrera: “Porque dende sus primeros años, por oculta fuerça de naturaleza, se enamoró tanto d’este estudio que, con la solicitud i vehemencia que suelen los niños buscar las cosas donde tienen puesta su afición, leyó los más libros que se hallan escritos en romance, i, no quedando con esto apaciguada su codicia, se aprovechó de las lenguas estrangeras, assí antiguas como modernas, para conseguir el fin que pretendía. Después, gastando los azeros de su mocedades rebolver innumerables libros de los más loados escritores i tomando por estudio principal de su vida el de las letras umanas, á venido a aumentarse tanto en ellas que ningún ombre conosco yo el cual con razón se le deva preferir, i son mui pocos los que se le pueden comparar”. No se crea que lo dicho surge de un prurito de ponderación de Medina en el trance de prologuista, porque otros contemporáneos (el pintor Pacheco o el poeta Francisco de Rioja) reiteran muy parecidos juicios. Y sobre todo porque las obras de Herrera, particularmente la enciclopedia de saberes que encierran sus comentarios o Anotaciones a Garcilaso, así lo hacen intuir.
     Ese espacio de reflexión y de estudio le proporcionó, sin duda, la proyección biográfica más notable: el círculo culto y selecto de amigos con quienes comunicaba sus inquietudes intelectuales y literarias, ese mundo de humanistas (Juan de Mal Lara, Pablo de Céspedes, Francisco de Medina, Diego Girón, Pedro Vélez de Guevara, fray Juan de Espinosa, etc.) y de aristócratas protectores del estudio (el conde de Gelves o el marqués de Tarifa, entre otros) que testimoniaron cálidamente su admiración hacia el poeta apodándole El Divino. Así se comprende el haz y el envés que la figura de Herrera ha proyectado para la posteridad: ideal de dignidad humana y de serenidad intelectual para los amigos, misantropía desdeñosa y altanera para los enemigos. Todo a partir de la misma actitud vital, pues “fue modesto i cortés con todos —dice Pacheco—, pero enemigo de lisonjas, ni las admitió ni las dixo a nadie: que le causó opinión de áspero i mal acondicionado”. Y en cuanto a los amigos, “amólos tan fiel i desinteresadamente, que a los más ricos i poderosos no sólo no les pidió, pero ni recibió nada dellos, aunque le ofrecieron cosas de mucho precio; antes por esta causa se retirava de comunicarlos”.
     Esta condición vital le predispuso a una actitud literaria basada en el rigor poético que llevó hasta sus extremos, pues, consumido por el anhelo de perfección, corregía incesantemente sus escritos. “Porque como a ombre a quien el uso i ejercicio de aquellas cosas avía dado una mui entera noticia de los precetos más ocultos de l’arte —escribe Enrique Duarte en su prólogo a la edición herreriana póstuma de Versos, 1619—, le satisfazían pocas [obras], i sus oídos, como capaces de otras mayores, desseavan siempre alguna de consumada perfección, de que pueden dar testimonio los borradores de sus versos, que, después de limados muchas vezes i en espacio de años enteros, apenas le contentavan, i assí desechó muchos que pudieran ser estimados de los más entendidos en esta profesión”. Tal prurito de perfección es, en parte, responsable de lo que se viene calificando el “drama textual” de la poesía herreriana, consistente, en lo fundamental, en las profundas diferencias entre los textos poéticos publicados en vida del poeta y los publicados póstumamente, esto es, entre Algunas obras de Fernando de Herrera, 1582 (conocido como texto H), y Versos de Fernando de Herrera, 1619, edición a cargo del pintor Pacheco (conocido como texto P).
     Es cierto que, desde el punto de vista textual, sólo H ofrece las garantías que proceden de la supervisión del propio autor, que extremó, por lo demás, el cuidado en todos los aspectos de la antología, desde el orden del poemario hasta la ortografía (según un sistema propio de Herrera —frente a las arbitrariedades gráficas al uso en la época—, sistema que se acercaba a la ortografía fonética sin romper con los compromisos etimológicos del idioma, y que ya había utilizado dos años antes en las Anotaciones a Garcilaso). Pero ocurre que H es una pequeña colección de noventa y una composiciones frente a las trescientas sesenta y cinco del texto P. Éste, sin embargo, resulta muy problemático por las numerosas variantes y cambios que arroja con respecto a H, y sobre todo por las grandes dudas que suscita respecto a la autenticidad de los cambios, esto es, que sean debidos al propio Herrera o a una mano ajena, verosímilmente el responsable de la edición, el pintor Pacheco. Por lo que se sabe, éste debió de trabajar con papeles de muy diversa procedencia y de estadios redaccionales muy distintos, desde borradores a versiones definitivas, y tuvo, por tanto, que dar lima y unidad al conjunto. Sobre el grado de intervención o manipulación de Pacheco se ha abierto una larga polémica entre los estudiosos que defienden a H como único texto fiable y quienes reivindican también la autenticidad de P presuponiendo que las variaciones se deben al propio Herrera. En la primera línea se situó ya Quevedo (en el prólogo a las Obras de Francisco de la Torre, 1631) y fue defendida y argumentada posteriormente por Adolphe Coster y José Manuel Blecua. Por el contrario, ha sido Oreste Macrí, por medio de un análisis de la sistemática de las variantes, el más convencido defensor del texto P. En cualquier caso, ninguno de esos enigmas existiría de haberse conservado la edición de las poesías completas que, al parecer, tenía preparada Herrera y lista para la imprenta. De ello informa el licenciado Enrique Duarte en el segundo de los prólogos que lleva la edición póstuma de Versos o texto P, dejando constancia al mismo tiempo de lo trabajoso que fue para Pacheco editar semejante colección poética: “I es cierto que su memoria [la de Herrera] uviera quedado sepultada en perpetuo olvido, si Francisco Pacheco, célebre pintor de nuestra ciudad i afectuoso imitador de sus escritos, no uviera recogido, con particular diligencia i cuidado, algunos cuadernos i borradores que escaparon d’el naufragio en que, pocos días después de su muerte, perecieron todas sus obras poéticas, que él tenía corregidas de última mano, i encuadernadas para darlas a la emprenta. Dexo en silencio la culpa d’esta pérdida, porque soi enemigo de sacar en público agenas culpas, i juzgo por merecedor de gran premio al que con tantas veras â procurado restaurarla, hurtando muchas oras de su más forçosa i precisa ocupación. Porque, no sólo copió una i dos vezes de su mano lo que ahora nos ofrece, pero cumplió lo que faltava de otros papeles sueltos que avían venido a manos de diferentes personas, de quien los uvo. I, aunque todo ello sea d’el mesmo autor, es cosa cierta que lo que él tenía escogido y perficionado para sacar a luz sería de mayor y de más acabada perfección”. No puede ser más elocuente Duarte sobre la obligada manipulación del texto a que se vio obligado Pacheco; ni puede ser más sorprendente lo que dice sobre el intencionado “naufragio” de las obras poéticas de que fue víctima Herrera a poco de morir. ¿Qué malquerencias o envidias pudieron dar lugar a semejante sabotaje? ¿Quién fue el causante, que Duarte parece conocer y no quiere decir? Más enigmas que sumar a la biografía de Herrera, tan admirado por sus contemporáneos y tan traicionado nada más fallecer.
     Con todo, a pesar de tan lamentable e intencionada pérdida (que hay que sumar a otras luego aludidas), es presumible suponer que se conoce la mayor parte de la poesía lírica herreriana, pues a los textos H y P hay que añadir otros manuscritos publicados con posterioridad: los editados por José María Asensio en 1870 con el título de Poesías inéditas (según manuscrito de la Biblioteca Colombina de Sevilla, Obras de Fernando de Herrera [...] por Don Joseph Maldonado de Ávila y Saavedra. Año 1637) y los publicados por José Manuel Blecua en 1948 como Rimas inéditas (procedentes del manuscrito 10159 de la Biblioteca Nacional). Hoy día existen dos magníficas ediciones completas de la poesía de Herrera realizadas por José Manuel Blecua en 1975 y por Cristóbal Cuevas en 1985. No se puede decir lo mismo respecto a nuestro conocimiento de otra parte de la obra herreriana (prosa histórica, poesía épica y mitológica), aludida por sus contemporáneos y hoy desconocida.
     Además de la colección de poesía Algunas obras (1582), Herrera publicó en vida un pequeño trabajo histórico, la Relación de la guerra de Chipre (1572), cuyo propósito era ofrecer una versión auténtica sobre la batalla de Lepanto, las enjundiosas Obras de Garcilaso de la Vega con Anotaciones de Fernando de Herrera (1580) y el Tomás Moro (1592), ensayo sobre la figura modélica del canciller inglés. Y, aunque inédita hasta que la publicara por primera vez J. M. Asensio en 1870, se conoce su Respuesta a las Observaciones del Prete Jacopín (escrito satírico aparecido bajo seudónimo contra las Anotaciones a Garcilaso). Pero los testimonios contemporáneos de Pacheco, Rioja y Maldonado aumentan el caudal herreriano a varias obras más: un poema sobre los amores de Lausino y Corona, otro sobre la Gigantomaquia o batalla de los Gigantes en Flegra, otro sobre el Amadís, la traducción del Rapto de Proserpina de Claudiano, y lo que debió de ser una obra en prosa de enorme empeño, una Historia general hasta la edad del Emperador Carlos Quinto. “Todo esto —aclara Pacheco— no sólo no se imprimió, pero se perdió o usurpó”.
     La obra herreriana conservada se polariza en dos focos principales de interés: el cancionero poético y las Anotaciones a Garcilaso. Cada una en su estilo, suponen ambas verdaderos hitos en la historia literaria española. La primera en el ámbito de la poesía lírica, la segunda en el género humanístico de los comentarios o escolios a un autor.
     El cancionero poético es fundamentalmente de tema amoroso. Ello ha dado pie en la historiografía herreriana (principalmente en la de fines del siglo XIX y primera mitad del XX) a buscar referentes extra poéticos que sustentaran la “realidad” amorosa de esos versos. Es verdad que los contemporáneos dieron las primeras pistas, y si Rioja en su prólogo a Versos se muestra cauteloso (“De la persona que celebra, sólo podré dezir a V. Señoría que fue una señora mui principal destos reinos”), Pacheco en el Libro de los retratos es mucho más explícito: “Los [versos] amorosos en alabança de Luz, aunque de su modestia i recato no se pudo saber, es cierto que los dedicó a doña Leonor de Milán, Condessa de Gelves, nobilíssima i principal señora, como lo manifiesta la canción V del libro segundo que yo saqué a luz, año 1619, que comienza: Esparze en estas flores. La cual con aprovación del Conde, su marido, acetó ser celebrada de tan grande ingenio”. Tal situación, realmente llamativa en el contexto de la biografía herreriana, propició durante una época una lectura de sus versos amorosos autobiographico modo, como una especie de velado encubrimiento, en clave neoplatónica, de hechos reales: un amor imposible hacia una dama casada. En la actualidad se tiende, por el contrario, a explicarlos en el marco literario mismo y en el seguimiento de las tradiciones retóricas que los sustentan, no sólo la petrarquista y neoplatónica, sino también la de los poetas elegíacos latinos. El procedimiento tan empleado por ellos de la recusatio (o rechazo de un género más elevado, la épica, para dedicarse a una poesía “más humilde”) le es a Herrera de una rentabilidad extraordinaria, pues le proporciona la mejor herramienta retórica para acotar su territorio poético: el de la privacidad, el de la comunicación de sus experiencias más íntimas, el de la introspección y el buceo en la propia conciencia. Por otra parte, el mismo procedimiento retórico proporciona a Herrera otra ventaja añadida, pues colma su necesidad de justificación por practicar una poesía privada e intimista en el contexto cultural de humanistas y escritores cultos en que se mueve: un ambiente en el que, según la más ortodoxa escala axiológica de la tradición literaria, es reconocida la superioridad de la épica o canto heroico. En esa situación Herrera encuentra en la recusatio una magnífica coartada, pues su enamoramiento —dice— ha orientado “fatalmente” sus versos hacia el sentimiento, dejando así de cultivar otra poesía, la heroica que antes cultivaba.
     Para la formulación de su lenguaje poético Herrera rentabiliza al máximo varios lugares comunes de la filografía de la época. De manera especial, el heliocentrismo del objeto amado, que lleva al mismo nombre de la dama, convirtiéndola en Luz, Estrella, Eliodora, Luzero o Aglaya. A partir de ahí, el establecimiento del código está claro: el poeta aspira a la Luz, pero es aspiración imposible, porque, deslumbrado caerá (como Ícaro, como Faetón). Pero la imposibilidad de la hazaña no impedirá, con todo, su permanente intento. Nuevo ave-fénix, el poeta (también paradigmáticamente identificado con los héroes o hechos míticos o legendarios que representan el eterno empeño en un desideratum imposible: Prometeo, Sísifo, el telar de Penélope) renace una y otra vez a su desesperanza llevado de una anhelante porfía. En esa tensión está el sentido más radical o esencial de la poesía de Herrera: la permanente agonía entre contrarios, entre la razón y el deseo, entre el autoengaño de la esperanza y la certeza de la desilusión.
     Según estos presupuestos, la mayor parte de la poesía de Herrera es intimista y sentimental, pero también la hay conmemorativa y circunstancial. El tono celebrativo se emplea fundamentalmente en las canciones, en especial en las de tema patriótico (de paradigmas métricos muy variados, desde la lira hasta la estancia amplia), mientras el tono “élego” más íntimo lo será en las elegías (siempre en tercetos), y también en los sonetos. Estos últimos son, de hecho, como en la mayoría de las colecciones poéticas del Siglo de Oro, la base del poemario y soportan la parte principal de los argumentos de amor, aunque también se hagan cargo de otros temas. Finalmente, las églogas son el género que más mira a la antigüedad grecolatina, principalmente a Virgilio, aunque esa perspectiva clásica no falta en ninguno de los géneros poéticos cultivados por Herrera, que, junto a Petrarca e imitadores, tiene muy presentes en sus poesías amorosas a los elegíacos latinos.
     Para el planteamiento de los géneros poéticos en Herrera, y en general para todas las cuestiones de teoría poética, nos encontramos con la situación excepcional de que él es al mismo tiempo autor y legislador literario, dos circunstancias que en su caso se acoplan a la perfección en un modélico hermanamiento entre poética implícita y poética explícita. En efecto, él es legislador literario en las Obras de Garcilaso de la Vega con Anotaciones de Fernando de Herrera, libro que, bajo la disposición propia de un comentario o anotaciones texto a texto del autor elegido, encierra toda una doctrina o teoría literaria aplicada a la creación poética en lengua vernácula, tanto en lo referido a los conceptos marco que son los géneros, como a aspectos elocutivos del ornatus verbal. Particularmente importante es el primer aspecto, en cuanto que los extensos comentarios (o discursos, como él los llama en la “Tabla” que acompaña al libro) con los que inicia el estudio de cada uno de los géneros poéticos (soneto, canción, elegía, égloga) suponen la más alta aportación de la teoría literaria del Siglo de Oro en ese aspecto. Tales discursos ofrecen básicamente la historia de cada género (orígenes y cultivadores más importantes), así como sus principales propiedades compositivas y elocutivas. Importa señalar que Herrera legitima los géneros en función de sus orígenes grecolatinos (así la elegía, la égloga o la canción, a la que hace derivar de la oda antigua) o de su correspondencia con los mismos (así el soneto, como heredero del epigrama). Con ello pretende algo muy importante, y es nada menos que establecer una continuidad clásica para la poesía en vulgar, es decir, incluirla en la corriente de una tradición prestigiada.
     Pero las Anotaciones contienen mucho más que la teoría de los géneros poéticos. Herrera se vale de los versos de Garcilaso para escribir una especie de enciclopedia de varia erudición, explayándose en muchos frentes, pues lo mismo se extiende en las anotaciones específicas sobre el arte poética, que en la explicación de una amplia gama de saberes (mitológicos, geográficos, históricos, médicos, filosóficos...). En cuanto a las primeras, también son muy variadas, pues pueden ir desde la explicación de una cuestión retórica o métrica hasta el comentario muy por extenso de una res tópica en los versos de Garcilaso, con las dos consiguientes proyecciones de establecer las fuentes y los lugares paralelos (es decir, composiciones de otros autores referidas a lo mismo). Esta última proyección le da pie a Herrera para ilustrar su obra con muchas traducciones (y también opiniones) de varios, dándole ese aire tan peculiar de comentario colectivo: ahí están los nombres de Mal Lara, Medina, Pacheco, Girón, Cangas, Mosquera de Figueroa o Barahona de Soto para probarlo.
     Por lo demás, el libro de Herrera es también casi un centón de textos literarios preceptivos y teóricos, antiguos (Aristóteles, Horacio, Quintiliano…) y modernos (sobre todo Julio César Escalígero, pero también Antonio Minturno, Pico della Mirandola, Pontano, Eufrosino Lapinio, etc.), que él ensambla hábilmente en su discurso y no siempre cita. Todo ello al servicio del comentario de Garcilaso (consolidando así el proceso de canonización artística que para este autor se había iniciado con las anteriores Anotaciones del Brocense de 1574) y sobre todo al servicio de su objetivo principal: establecer un cuerpo de doctrina aplicada a la creación poética en lengua vernácula. En ese sentido su obra era de una gran novedad en España. Ya lo afirmaba el propio Herrera al principio del libro: “Pienso que por ventura no será mal recibido este mi trabajo de los ombres que dessean ver enriquecida nuestra lengua con la noticia de las cosas peregrinas a ella [...]. I aunque sé que es difícil mi intento i que está desnuda nuestra habla del conocimiento d’esta disciplina, no por esso temo romper por todas estas dificultades, osando abrir el camino a los que sucedieren, para que no se pierda la poesía española en la oscuridad de la inorancia”.
     Pero la “osadía” de su novedad le trajo enseguida consecuencias en forma de ataques. El más conocido es el opúsculo que, con el título de Observaciones del Licenciado Prete Jacopín, ensarta, entre algunos retazos aprovechables de crítica, una lista de argumentos que son otras tantas pullas sobre lo que él llama Las necedades de Fernando de Herrera sobre Garcilaso de la Vega. En el fondo, lo que le molesta a Jacopín (seudónimo de Juan Fernández de Velasco, luego conde de Haro y condestable de Castilla) es que Herrera se erija en portavoz de lo que debe ser una lengua nacional culta. Así lo comprendió el mismo Herrera que redactó una Respuesta dolorida, pero contundente, respecto al derecho de los ingenios andaluces a contribuir al enriquecimiento de la lengua española. Esta Controversia herreriana (como se conoce el conjunto de las Observaciones y la Respuesta) resulta ser por todo ello uno de los capítulos más interesantes de la historia literaria del Siglo de Oro (Begoña López Bueno, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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viernes, 8 de julio de 2022

La placa conmemorativa del Convento de Madre de Dios, en la fachada de dicho convento, en la calle San José

     Por amor al Arte
, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa del Convento de Madre de Dios, en la fachada de dicho convento, en la calle San José, 4; de Sevilla.   
     Hoy, 8 de julio, es el aniversario (8 de julio de 1971) de la declaración del Convento de Madre de Dios, como Monumento Histórico-Artístico, así que hoy es el mejor día para Explicarte la placa conmemorativa del Convento de Madre de Dios, en la fachada de dicho convento, en la calle San José, 4; de Sevilla.
    El Convento de Madre de Dios, se encuentra en la calle San José, 4; en el Barrio de San Bartolomé, del Distrito Casco Antiguo
   En la fachada de dicho Convento, junto a la portada principal podemos contemplar una placa conmemorativa, realizada en mármol blanco grabado, dedicada al propio convento. El texto de la placa conmemorativa, dice así:
  
 "CONVENTO DE MADRE DE DIOS DE LA PIEDAD
FUNDADO POR DERECHO DE LA REINA CATÓLICA DE 6-VI-1496.
EN SU TRAZA INTERVINIERON LOS ARQUITECTOS
HERNÁN RUIZ, JUAN DE SIMANCA Y DÍAZ PALACIO.
MIDE EL TEMPLO 45,38 M, DE LARGO POR 10,24 M, DE ANCHO.
LA MAGNÍFICA TECHUMBRE DE ALFARJE MUDÉJAR
SE REALIZÓ EN 1564.
LAS PINTURAS MURALES SON DE LUCAS VALDÉS DE 1.684
Y EL ANTEPECHO DE HIERRO FORJADO
... POR EL REJERO PEDRO DE VARELA
LA PORTADA DE INGRESO FUE ESCULPIDA
POR EL ARQUITECTO ESCULTOR JUAN DE OVIEDO EN 1590.
EL RETABLO MAYOR LO TRAZA Y EJECUTA
FRANCISCO DE BARAHONA EN 1684.
ES PANTEÓN DE Dª JUANA ZÚÑICA Y Dª CATALINA CORTÉS,
VIUDA E HIJA DE HERNÁN CORTÉS,
DE LAS BISNIETAS DE CRISTÓBAL COLÓN Y DE BELTRÁN DE CETINA,
PADRE DEL POETA SEVILLANO GUTIÉRREZ DE CETINA
DECLARADO MONUMENTO HISTÓRICO-ARTÍSTICO EL 8-VII-1971.
OBRA CULTURAL DE LA CAJA DE AHORROS DE SEVILLA"

     De dicha placa conmemorativa se deduce la importancia del edificio en cuestión, el Convento de Madre de Dios.
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Más sobre el Convento de Madre de Dios, en ExplicArte Sevilla.

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martes, 10 de septiembre de 2019

El azulejo y placa conmemorativos en la fachada del Hotel Adriano, en la calle Adriano


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo y la placa conmemorativos en la fachada del Hotel Adriano, en la calle Adriano.    
     La calle Adriano es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio del Arenal, del Distrito Casco Antiguo; y va de la calle Antonia Díaz al paseo de Cristóbal Colón.
   En la fachada del número 12 de la calle Adriano (Hotel Adriano) encontramos un azulejo y una placa conmemorativos dedicadas al escritor Lope de Vega y a la visita del rey Juan Carlos I. 
   La placa conmemorativa, realizada en mármol blanco con las esquinas achaflanadas y clavos métalicos en las esquinas, está grabada con tipografía negra, que dice así:
"El Miércoles Santo
de 1963, presenció
S.M. el Rey D. Juan Carlos I
la entrada de la popular
cofradía del Baratillo
desde este Balcón.
Posteriormente, aceptó
el nombramiento de
Hermano Mayor Honorario
de la Hermandad.
Sevilla, X - V - MMII"
   Esta placa fue colocada en el año 2002 por iniciativa de la Hermandad del Baratillo para conmemorar la presencia del rey en el mismo lugar en que se encuentra durante la Semana Santa del año 1963, y su nombramiento como Hermano Mayor Honorario de la Hermandad.
   El azulejo compuesto por 28 piezas está realizado mediante la técnica de pintado a mano en plano con tipografía en colo azul añil, se ornamenta con  una guirnalda que y filacteria que unen los dibujos de un retrato de Lope de Vega y de un logotipo literario, y rodeando el conjunto una cenefa vegetal, dice así:

   "A LOPE DE VEGA
CANTOR DEL ARENAL DE SEVILLA
NOCHES DEL BARATILLO
-OTOÑO 1969-"
     Fue colocado en 1969 por iniciativa de la institución literaria Noches del Baratillo. Esta pieza surge fruto de una iniciativa cultural que trata de recordar y homenajear a Lope de Vega, cuya producción literaria está estrechamente vinculada a esta zona. 
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viernes, 5 de julio de 2019

El azulejo y la placa conmemorativos a Luis Cernuda en el edificio de la calle Acetres, 6


     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo y la placa conmemorativos a Luis Cernuda en el edificio de la calle Acetres, 6
     La calle Acetres es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de la Alfalfa, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Buiza y Mensaque, a la calle Cuna.
   En la fachada del número 6 de la calle Acetres encontramos un azulejo y una placa conmemorativos dedicadas a Luis Cernuda, puesto que fue en esa vivienda donde nació. El azulejo realizado mediante la técnica de pintado en plano con tipografía en color azul añil por el ceramista Cristóbal Rodríguez Fernández, con taller en la c/ Águilas, en el último cuarto del siglo XX, se ornamenta con una cenefa vegetal, dice así:
   "EN ESTA CASA Nº 6 DE LA ANTIGUA
CALLE CONDE DE TOJAR, HOY ACETRES
NACIO EL 21 DE SEPTIEMBRE DE 1902
LUIS CERNUDA
EL POETA EJEMPLAR DEL AMOR, EL DOLOR Y EL EXILIO
SEVILLA AGRADECIDA A SU MEMORIA."
   La placa conmemorativa, realizada en mármol blanco mediante grabado con la tipografía en negro, dice así:
"RECUERDO AQUEL
RINCÓN DEL PATIO EN LA CASA NATAL. YO
A SOLAS Y SENTADO EN EL PRIMER PELDAÑO
DE LA ESCALERA DE MÁRMOL. LA VELA ESTABA
ECHADA. SUMIENDO EL AMBIENTE EN UNA
FRESCA PENUMBRA. Y SOBRE LA LONA, POR
DONDE SE FILTRABA TAMIZADA LA LUZ DEL
MEDIODÍA, UNA ESTRELLA DESTACABA SUS SEIS
PUNTAS DE PAÑO ROJO"
OCNOS "EL TIEMPO"

A LUIS CERNUDA, EN EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO. SEVILLA. 2002
  Para entender la importancia del homenajeado, reseñaremos unos apuntes biográficos del poeta y crítico literario Luis Cernuda Bidón, nacido en Sevilla el 21 de septiembre de 1902, y fallecido en Ciudad de México el 5 de noviembre de 1963
   Luis Mateos Bernardo José Cernuda Bidón era el tercer y último hijo del militar Bernardo Cernuda y Bauzá, quien, nacido en Naguabo, provincia de Puerto Rico, en 1856, se había trasladado a España, tal vez a raíz de su carrera militar, en fechas que están todavía por precisar. Su esposa, Amparo Bidón, era hija de Ulises Bidón, un aventurero francés que, a mediados del siglo XIX, había buscado fortuna en España, logrando finalmente establecerse como boticario en la ciudad de Sevilla. Además de Luis, el matrimonio Cernuda Bidón tuvo dos hijas: Amparo y Ana, nacidas en 1894 y 1895, respectivamente. Por aquellos años, la familia vivía en el número 6 de la calle Tójar, hoy conocida como Acetres, en el centro de la ciudad. Allí el futuro poeta pasó los primeros trece años de su vida. En 1915, tras el ascenso del padre al rango de teniente coronel, toda la familia fue a vivir al cuartel del Tercer Regimiento de Zapadores, un imponente edificio militar ubicado en lo que es hoy la Avenida de la Borbolla. Ya para entonces el joven Luis había iniciado su educación secundaria. Como habría de recordar en su “Historial de un libro”, la cursó con los padres escolapios, primero en el colegio San Ramón, al que ingresó en septiembre de 1913, y luego en el Calasancio Hispalense, al que se cambió dos años después. Con los escolapios, el joven aprendió los rudimentos de la doctrina cristiana llegando incluso, en el curso 1917-1918, a ser directivo de las Congregaciones Marianas Calasancias. Con su maestro de Retórica, el padre Antonio López, aprendió también las formas básicas de la expresión poética. El padre López incluso lo animó a escribir sus primeros versos, cosa que parece haber ocurrido en septiembre de 1916, es decir por las fechas en que el muchacho cumplía los catorce años. En el otoño de 1919, Cernuda pasó directamente del colegio Calasancio Hispalense a la Universidad de Sevilla, donde se matriculó como estudiante de Derecho, disciplina por la cual nunca mostró interés. En su primer año de estudios, como materia obligatoria de la carrera, le tocó seguir con el joven poeta y profesor Pedro Salinas un curso sobre la generación del 98, experiencia que terminaría por acercar a los dos, profesor y alumno, en una relación extramural de gran trascendencia para este último. Salinas le invitó a asistir a las tertulias literarias que él mismo organizaba, le empezó a dirigir sus lecturas y también se ofreció a comentarle sus escritos. Por otra parte, fue Salinas quien, en septiembre de 1925, le presentó a Juan Ramón Jiménez; quien en diciembre del mismo año colocó una selección de sus primeros poemas en Revista de Occidente; y quien también recomendó que Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, directores de la imprenta Sur, editaran su primer libro de poesía, Perfil del aire, que se publicó en Málaga en abril de 1927. Es decir, si Cernuda encontró su camino como poeta, fue en gran medida gracias a la ayuda de su joven profesor. Pero pronto se dio cuenta de que este camino no iba a ser fácil. Perfil del aire fue mal recibido por la mayoría de los críticos, quienes le censuraron, por un lado, lo mucho que debía a la poesía de Jorge Guillén y, por otro, su escasa modernidad. Cernuda sufrió una amarga decepción y, como tácita respuesta a la segunda acusación, entre 1927 y 1928 escribió una serie de poemas aún menos modernos, que tiempo después publicaría bajo el título de Égloga, elegía, oda. Mientras tanto, licenciado en Derecho en 1925, tuvo que enfrentarse al problema práctico de qué hacer con su vida; un problema que se había vuelto apremiante tras la repentina muerte de su padre, ocurrida el 9 de marzo de 1920. La madre evidentemente quería que su hijo, el único varón de la familia, practicara cuanto antes como abogado, y así contribuyera a la manutención familiar. Durante algún tiempo, Cernuda estudió para secretario de Ayuntamiento, pero con pocas ganas de presentarse a los exámenes correspondientes. Lo que vino a resolver la tensión que este conflicto iba generando fue la muerte de su madre, ocurrida el 4 de julio de 1928. Al margen del afecto que sentía por ella, el poeta ya estaba libre para escoger su propio camino en la vida. 

   El 4 de septiembre de 1928, Cernuda abandonó Sevilla. Después de pasar unos días en Málaga con los poetas de la imprenta Sur (Prados, Altolaguirre e Hinojosa), se dirigió a Madrid, donde conoció a Vicente Aleixandre, y de allí (el 10 de noviembre) se trasladó a Francia, a la École Normale de Toulouse, donde Salinas, ya para entonces, le había conseguido el puesto de lector de Español. Los siete meses pasados en Francia resultaron muy positivos para el desarrollo personal del poeta, que aprovechó este cambio de aires para forjarse una personalidad nueva, más extrovertida, destinada a resolver un problema íntimo que le inquietaba profundamente: el de su homosexualidad. Sus lecturas de Wilde y de Gide también fueron decisivas en este sentido. El cambio de actitud vital trajo a su vez una transformación importante en su labor como poeta: tras una breve visita a París en marzo de 1929, y en un intento por seguir el ejemplo de los poetas surrealistas cuya obra llevaba tiempo leyendo, Cernuda se puso a escribir una serie de poemas nuevos, que entonces pensaba titular Cielo sin dueño, pero cuyo título definitivo sería Un río, un amor. En junio de 1929 volvió a Madrid, donde empezó a colaborar en Revista de Occidente y, a partir de 1931, en El Heraldo de Madrid. Una segunda colección surrealista, Los placeres prohibidos, escrita en la primavera de 1931, nuevamente puso en evidencia sus lecturas de Breton, Éluard y Aragon, así como de sus predecesores Nerval, Baudelaire, Lautréamont y Rimbaud. El 14 de abril de 1931 se instauró la Segunda República española, cambio político que Cernuda celebró con alegría (por mucho que él mismo intentara, años después, borrar de su biografía toda huella de esta ilusión inicial). En noviembre de 1931, decidió abandonar la librería de Sánchez Cuesta, donde trabajaba desde principios de 1930, e incorporarse a las Misiones Pedagógicas, una importante iniciativa recién creada por el nuevo gobierno. En un principio parece que sus responsabilidades giraban alrededor del proyecto de proveer a todas las escuelas nacionales de una biblioteca. Luego, a mediados de 1932, Cernuda se unió a un grupo de los “misioneros” (Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste y Ramón Gaya, entre otros) que llevaban la cultura a los pueblos más remotos del país. Con ellos viajó a Burgohondo, Ávila (julio de 1932), Cifuentes, Guadalajara (noviembre de 1932), Pedraza, Segovia (enero de 1933), Toledo (abril de 1933), Toro y Benavente, Zamora (julio y agosto de 1933), Nava de la Asunción, Coca y Cuéllar, Segovia (diciembre de 1933), Teruel (mayo de 1934), Aracena, Ayamonte e Isla Cristina, Huelva (verano de 1934), Ronda (septiembre de 1934), Málaga (noviembre-diciembre de 1934) y Toledo, de nuevo (abril de 1935). Durante estas excursiones Cernuda colaboró con el Museo del Pueblo, que poseía copias de algunos de los cuadros más famosos del Prado hechas por jóvenes pintores españoles, como Esteban Vicente, Juan Bonafé y el ya citado Gaya; Cernuda asumió la responsabilidad de hacer breves comentarios sobre los cuadros a aquellos aldeanos que se atrevían a acercarse a ellos. Pero si las Misiones Pedagógicas le brindaron a Cernuda la oportunidad de ir profundizando en sus conocimientos sobre la pintura clásica española, fueron también una escuela de “sensibilización” hacia el retraso social en que, desde hacía siglos, vivía sumergido gran parte del país. Su reacción ante este retraso quedó brevemente resumida en la declaración de adhesión a la causa comunista que publicó, en el otoño de 1933, en la revista Octubre de Rafael Alberti. Mientras tanto, seguía con su labor poética. De 1932 datan los primeros versos de su siguiente colección, Donde habite el olvido, poemario inspirado en las Rimas de Bécquer, pero también en la mezcla de celos y desesperación que el poeta padeciera a raíz de una relación amorosa emprendida entonces con un joven gallego llamado Serafín F. Ferro. Donde habite el olvido saldría publicado como libro hacia finales de 1934. Ya para entonces Cernuda había empezado otro libro nuevo, Invocaciones a las gracias del mundo, colección en que el romanticismo europeo (Blake, Shelley, Hölderlin, Goethe) se daba la mano con cierta visión mítica de la tierra andaluza. Esta intensa actividad creadora culminó con la publicación, en abril de 1936 y bajo el título general de La realidad y el deseo, del conjunto de la obra poética de Cernuda. Por desgracia, el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 impidió que se consolidara el incipiente prestigio que el poeta adquirió a raíz de esta publicación.
   Por esas fechas, Cernuda estaba a punto de trasladarse a París como secretario extraoficial del nuevo embajador español, Álvaro de Albornoz. La estancia en París duró poco. En septiembre de 1936, acusados por una comisión encabezada por La Pasionaria de haber alojado espías en la embajada, Albornoz y su equipo tuvieron que regresar a España. Este acontecimiento habría coincidido, más o menos, con la confirmación del rumor que ya circulaba acerca del fusilamiento de Lorca. Tal vez incitado por esta noticia, ya de regreso en Madrid, Cernuda intentó incorporarse cuanto antes a la causa republicana. Cuando el Gobierno decidió trasladarse a Valencia el 7 de noviembre, Cernuda se quedó en Madrid. Por Arturo Serrano Plaja se sabe que participó entonces en programas de radio destinados a mantener el ánimo de los defensores de la ciudad sitiada. Poco después se alistó en el Batallón Alpino y fue enviado a la Sierra de Guadarrama, concretamente al frente de Peguerinos, cerca de El Escorial. Este período militar no parece haber durado más de tres meses. Hacia finales de enero o principios de febrero de 1937 el poeta regresó a Madrid, donde se hospedó en la sede de la Alianza de Escritores y Artistas Antifascistas. De aquel momento datan sus primeros escritos sobre la guerra: dos prosas de ferviente apoyo a la causa republicana publicadas en Hoy y en El mono azul. Esta actitud de adhesión incondicional no duraría mucho.

   En abril de 1937, Cernuda se trasladó a Valencia, donde se incorporó al grupo de escritores y artistas que editaban la revista Hora de España: Manuel Altolaguirre, Juan Gil-Albert y Ramón Gaya, entre otros. En las páginas de esa revista publicó relatos, ensayos y también poemas en los que empezó a desarrollar una visión muy heterodoxa de la guerra, contemplando ambos bandos con igual horror, convencido de que casi todos los implicados en el conflicto se habían dejado arrastrar por una ciega fuerza destructiva inherente al pueblo español; las únicas excepciones a la regla eran los poetas, quienes por ello mismo constituían las verdaderas víctimas de la guerra. Durante el verano de 1937 Cernuda prefirió estar en la playa que asistir a los auditorios donde deliberaron los delegados del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas. Sin embargo, junto con Manuel Altolaguirre, María del Carmen Antón, María del Carmen García Lasgoity y Víctor Cortezo, participó en una puesta en escena de Mariana Pineda, de García Lorca, especialmente montada para dicho Congreso, que fue fuertemente criticada por las autoridades; Cernuda interpretó el papel de Don Pedro de Sotomayor. En octubre el poeta decidió regresar a Madrid, donde pasó el invierno; atraído entonces por el teatro, escribió una obra titulada El relojero o la familia interrumpida. Tal vez hubiera permanecido en España hasta el fin de la guerra si Stanley Richardson, un joven poeta inglés a quien había conocido en Madrid en 1935, no le hubiera escrito para invitarlo a dar una serie de conferencias en Inglaterra a favor de la causa republicana. Cernuda aceptó y el 14 de febrero de 1938, acompañado por Bernabé Fernández-Canivell, salió de España, camino de París y Londres.
   La primera estancia de Cernuda en Gran Bretaña duró unos cinco meses: de marzo a julio de 1938. El poeta se había salvado de la Guerra Civil, pero su situación en Inglaterra, donde tenía que vivir de prestado, era precaria. Sin saber qué hacer, finalmente aceptó colaborar con las organizaciones británicas dispuestas a recibir a los casi tres mil niños vascos que en mayo de 1938 llegaron a Inglaterra como refugiados. La experiencia resultó traumática, sobre todo cuando uno de los niños, enfermo de leucemia, se murió delante de él. Así, en julio, Cernuda decidió volver a España. Llegó hasta París, donde lo detuvieron las noticias acerca de la marcha de la guerra. Sin una idea clara en cuanto al camino a seguir, permaneció allí hasta septiembre de 1938, fecha en que Richardson le escribió anunciándole que, finalmente, se había confirmado la posibilidad de trabajar en un internado inglés: Cranleigh School, en el condado de Surrey. Con dinero que le prestó su amigo Rafael Martínez Nadal, Cernuda regresó a Inglaterra y enseguida se instaló en su nuevo trabajo, iniciando así su segunda estancia en la Gran Bretaña. Aunque contento con el ambiente de Cranleigh School (allí empezaron sus lecturas de poesía inglesa que tanto influirían en su propia obra), el poeta estuvo apenas tres meses en Surrey. Porque en enero de 1939 aceptó la invitación del profesor W. C. Atkinson a ocupar un puesto en el Departamento de Español de la Universidad de Glasgow, ciudad que muy pronto aborrecería. Pero por mucho que Cernuda se quejara de la fealdad de Glasgow y de la incomunicación en que de repente se vio obligado a vivir, los cuatro años pasados en la ciudad escocesa cuentan entre los más fructíferos de toda su carrera. Durante este lapso, que coincidió con los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, el poeta no sólo terminó Las nubes, colección iniciada en España en 1937 y retomada luego en Londres, París y Surrey, sino que escribió casi toda la siguiente, Como quien espera el alba. En 1940 también logró que en México la Editorial Séneca publicara una segunda edición ampliada de La realidad y el deseo (edición que recogía Las nubes); mientras que entre 1940 y 1941 redactó asimismo los poemas en prosa de Ocnos, libro publicado en Londres en 1942. En el verano de 1943 Cernuda pasó de la Universidad de Glasgow a la de Cambridge, cuyo Departamento de Español dirigía el profesor J. B. Trend. Si bien su relación con Trend nunca fue muy cordial, Cernuda se sintió a gusto con el cambio de trabajo. Le tocó hospedarse en el Emmanuel College, concretamente en la habitación número 5 de la parte del colegio conocida como Chapman’s Garden. Poéticamente inactivo durante los primeros meses de su estancia allí, en la primavera de 1944 redactó dos largos poemas meditativos con los que dio por terminada Como quien espera el alba: “Río vespertino” y “Vereda del cuco”. Sin embargo, el verdadero acontecimiento de esa primavera fue un enamoramiento muy profundo. Se desconoce la identidad de la persona que despertara esta pasión, pero sí se sabe que la pasión misma dio pie a los “Cuatro poemas para una sombra” con que el poeta abrió su siguiente colección, Vivir sin estar viviendo.

   A raíz de que el contrato era sólo por dos años, en el verano de 1945 Cernuda tuvo que abandonar su puesto en Cambridge. Renuente a volver a Glasgow, aceptó trabajar en el Instituto Español, recién creado en Londres por un grupo de exiliados republicanos encabezados por Pablo de Azcárate, Eduardo Martínez Torner y Esteban Salazar y Chapela. A pesar de la relación con estos compatriotas, y pese a la amistad de otros españoles residentes entonces en la capital inglesa, como Rafael Martínez Nadal y Gregorio Prieto, Londres no fue del agrado del poeta, quien creía haber agotado ya el estímulo que la estancia británica inicialmente le había deparado. Entre los proyectos nuevos emprendidos entonces cabe destacar la traducción de Troilus and Cressida, de Shakesperare, hecha con asesoramiento del profesor Edward M. Wilson, y que finalmente vería la luz en Madrid en 1953. Por lo demás, la única novedad que vino a alterar la rutina de Cernuda fue la llegada a Londres, en la primavera de 1946 y con un cargo oficial del Gobierno de Franco, del poeta falangista Leopoldo Panero, con quien entabló un diálogo breve y difícil. A principios de 1947 Concha de Albornoz (hija de Álvaro) escribió a Cernuda desde Estados Unidos, ofreciéndole un puesto de profesor de Literatura española en el Mount Holyoke College, un colegio para mujeres en el estado de Massachusetts. Cernuda se mostró feliz ante la perspectiva de escapar de Londres. Así, en la primera semana de septiembre de 1947, tomó un barco en el puerto de Southampton y dos semanas después se instaló en Nueva Inglaterra.
   Si bien al principio Cernuda se sintió aliviado al dejar la capital inglesa, el hecho es que en Mount Holyoke no tardó en sentirse aislado intelectualmente. A mediados de noviembre de 1947 viajó a Boston con el fin de participar en una serie de conferencias organizadas por la Universidad de Harvard para celebrar el centenario del nacimiento de Cervantes. Posteriormente, hizo visitas a Nueva York y a otras ciudades de Nueva Inglaterra para reunirse con amigos a los que no había visto desde antes de la Guerra Civil, como Pedro Salinas y Jorge Guillén. En el verano de 1948, invitado a participar en el curso de verano para estudiantes de Lengua y Literatura españolas que se celebraba cada año en el Middlebury College, Cernuda también se reunió con otros españoles, como Ángel del Río, Tomás Navarro Tomás, Joaquín Casalduero y Vicente Llorens. Pero los reencuentros, tras la alegría inicial de volver a ver personas alguna vez queridas, sólo sirvieron a la larga para reabrir viejos recelos y susceptibilidades. Y puesto que las clases en Mount Holyoke tampoco parecen haberle resultado especialmente gratas, el poeta empezó a mirar hacia el Sur. El primer viaje de Cernuda a México data del verano de 1949 y colmó todas sus expectativas. Si bien en la capital mexicana pudo reunirse con varios de sus amigos más cercanos (Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, Emilio Prados, Ramón Gaya y José Moreno Villa), en las playas mexicanas lo esperaba otro aliciente no menos atractivo: el mar. Por otra parte, después de once años de destierro en países sajones, Cernuda pudo por fin escuchar el español hablado libre y espontáneamente a su alrededor. La experiencia le caló tan hondamente que en febrero de 1950, ya de regreso en Mount Holyoke, el poeta empezó a escribir unos breves “trozos” en prosa que evocaban diversos aspectos de su estancia en México; proyecto que luego retomaría (y remataría) tras un segundo viaje a México realizado en el verano de 1950. Durante un tercer viaje, de junio a noviembre de 1951, Cernuda se enamoró de un joven culturista mexicano llamado Salvador Alighieri; acontecimiento que finalmente lo llevó a renunciar a su puesto en Mount Holyoke, no sin antes aprovechar una licencia para pasar un par de meses (de noviembre de 1951 a enero de 1952) en La Habana, donde retomó su amistad con la filósofa española María Zambrano y donde también conversó con José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, directores de la revista cubana Orígenes. En noviembre de 1952, ya entregada la renuncia y con apenas quinientos dólares en el bolsillo, Cernuda se estableció en Ciudad de México, donde en diciembre apareció su nuevo libro de prosas bajo el título de Variaciones sobre tema mexicano.
   Si bien durante un año Cernuda alquiló un departamento en el centro de la ciudad, en noviembre de 1953 se trasladó al sur de la capital, al barrio de Coyoacán. Allí, en la calle Tres Cruces, lo acogió Concha Méndez, quien, ya divorciada de su marido, compartía casa con su hija Paloma Altolaguirre y con su yerno Manuel Ulacia. Y poco a poco el poeta se fue incorporando a su nueva vida. A partir de 1954, y gracias a la mediación de Octavio Paz, fue invitado por la Universidad Nacional Autónoma de México a impartir cursos, como profesor “por horas”, sobre teatro del siglo XVII (español y francés). Asimismo, gracias a la generosidad de Alfonso Reyes y del mismo Paz, empezó a trabajar como investigador de El Colegio de México. Este segundo trabajo rindió frutos importantes: unos Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), que al publicarse en España causaron mucho revuelo, y también un libro sobre Pensamiento poético en la lírica inglesa: siglo XIX (1958). Por otra parte, en 1958, y ayudado nuevamente por Paz, consiguió que el Fondo de Cultura Económica publicara una tercera edición (aumentada) de La realidad y el deseo. A los poemas recogidos en la edición de 1940 Cernuda pudo ahora agregar las tres colecciones escritas desde entonces: Como quien espera el alba (publicada como volumen suelto, en Buenos Aires, en 1947), Vivir sin estar viviendo (empezada en Cambridge y terminada en Mount Holyoke) y Con las horas contadas (libro este que recogía los primeros poemas escritos en México, entre ellos el breve ciclo de Poemas para un cuerpo inspirado en la relación amorosa con Salvador Alighieri). Finalmente, a esta tercera edición Cernuda también decidió añadir los primeros poemas de una nueva colección que con el tiempo se llamaría Desolación de la Quimera. La acogida brindada al libro fue discreta pero en general muy positiva, dando fe del interés que su obra despertaba en una nueva generación de críticos y lectores en uno y otro lado del Atlántico; interés que ya empezó a observarse tres años antes en el homenaje a Cernuda organizado en 1955 por los poetas españoles agrupados alrededor de la revista cordobesa Cántico (Pablo García Baena, Juan Bernier, Ricardo Molina y Vicente Núñez). El año 1960 vio la publicación en España de Poesía y literatura, un libro que recogía varios trabajos importantes que Cernuda había realizado a lo largo de los años, incluido entre ellos el ensayo autobiográfico titulado “Historial de un libro”. (A este primer tomo de Poesía y literatura seguiría un segundo, pero el propio autor no viviría para ver su publicación.) También apareció entonces su edición de las Poesías completas de Manuel Altolaguirre.
   Se abrió el último capítulo en la vida de Cernuda cuando en el verano de 1960 fue invitado a dar un curso en la Universidad de California en Los Ángeles. La persona responsable de arreglar esta visita fue un joven profesor español de dicha universidad, Carlos Peregrín-Otero, quien acababa de presentar una tesis doctoral sobre la obra de Cernuda. A esta primera visita a California siguieron dos más: durante el curso de 1961-1962 el poeta dio clases de Literatura española en el State College de San Francisco, mientras que durante el curso 1962-1963 ocupó el puesto de profesor invitado, nuevamente en la Universidad de California en Los Ángeles. Los dos primeros viajes tuvieron un efecto muy estimulante en el poeta, que entonces escribió los últimos poemas de Desolación de la Quimera, libro impreso en México en el otoño de 1962. También de finales de 1962 data el homenaje a Cernuda que algunos jóvenes poetas y críticos españoles (Jacobo Muñoz, Francisco Brines, Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente, entre otros) le organizaron en la revista valenciana La Caña Gris. En junio de 1963, tras su última estancia en Los Ángeles, Cernuda volvió a Coyoacán, decidido a regresar a Estados Unidos en el otoño, invitado en esta ocasión por la University of Southern California. Pero los requisitos del visado ahora incluían un examen médico, revisión a la que el poeta se negó. Disgustado por el asunto, simplemente renunció al contrato y resolvió permanecer en México, donde pensaba vivir de lo que había logrado ahorrar durante los tres años anteriores. La tregua duró poco. El 4 de noviembre, como tantas otras veces, el poeta pasó la tarde en el cine Centenario de Coyoacán, donde vio Divorcio a la italiana. Al día siguiente amaneció muerto en su habitación, víctima de un síncope. A su entierro, el día 6, en el Panteón Jardín, acudió un grupo reducido de amigos y colegas: Paloma Altolaguirre, Joaquín Díez-Canedo, Francisco Giner de los Ríos, Max Aub, los dos poetas mexicanos Carlos Pellicer y Alí Chumacero, y tal vez dos o tres personas más (James Valender, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el azulejo y la placa conmemorativos a Luis Cernuda, en el edificio de la calle Acetres, 6, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 27 de junio de 2019

La placa conmemorativa a Muñoz y Pabón, en la fachada del edificio de la calle Abades, 16


     Por amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa a Muñoz y Pabón, en la fachada del edificio de la calle Abades, 16.   
    La calle Abades, en el Callejero Sevillano, es una vía que se encuentra en los Barrios de San Bartolomé y Santa Cruz, del Distrito Casco Antiguo, y va de la calle Corral del Rey a la calle Mateos Gago
   En la fachada del número 16 de la calle Abades podemos contemplar una placa conmemorativa, realizada en mármol blanco grabado, dedicada a Muñoz y Pabón, puesto que fue en esa vivienda donde vivió y murió. El texto de la placa conmemorativa, precedido por el escudo de la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras, dice así:
  
 "EL DÍA 30 DE DICIEMBRE DE 1920
MURIÓ EN ESTA SU CASA-MORADA
EL M. I. S. R. DR. D. JUAN FRANCISCO MUÑOZ Y PABÓN
CANÓNIGO LECTORAL DE ESTA
SANTA METROPOLITANA Y PATRIARCAL IGLESIA CATEDRAL
INSPIRADO POR TA(N) FECUNDÍSIMO ESCRITOR
ORADOR SAGRADO MUY ELOCUENTE
Y SACERDOTE EJEMPLAR EN SU MINISTERIO.
-
LA REAL ACADEMIA DE SEVILLA DE LAS BUENAS LETRAS
CONSAGRA ESTE MÁRMOL A SU MEMORIA
EN EL CENTENARIO PRIMERO DE SU NACIMIENTO.
1866 - 1966."

Conozcamos mejor la Biografía de Muñoz y Pabón, a quien se le conmemora en la placa reseñada;
   Juan Francisco Muñoz y Pabón, nacido en Hinojos (Huelva) el 15 de junio de 1866, y fallecido en Sevilla el 30 de noviembre de 1920.

   Hizo sus estudios eclesiásticos de Humanidades, Filosofía, Teología y Derecho Canónico en el seminario conciliar de San Isidro y San Francisco Javier, de Sevilla. Ordenado sacerdote en 1890, fue nombrado en 1894 párroco de Santiago por el cardenal Spinola. Ganó por oposición en 1903 la canonjía de lectoral, que llevaba consigo la Cátedra de Sagrada Escritura en el seminario pontificio. Fue varias veces mayordomo del Cabildo metropolitano. Siendo todavía Spinola obispo de Málaga, le alentó a seguir cultivando la literatura amena. Nuevos estímulos recibió de la amistad con Rodríguez Marín y Luis Montoto. En 1902 empezó su correspondencia epistolar con Valera y al año siguiente con Menéndez Pelayo. Con La millona, publicada en la capital hispalense en 1902, llegó su consagración como novelista. El 23 de febrero de 1908 ingresó en la Academia Sevillana de Buenas Letras; su discurso versó sobre la novela y fue contestado por Francisco de Torres y Galeote. El 19 de agosto de 1918 recibió una felicitación alentadora para su labor literaria por parte de sus compañeros de Cabildo catedralicio. De este tiempo son sus artículos sobre El Santo Cristo de Limpias, aparecidos en el folletón de El Debate; y en la misma forma publicó El Debate, durante 1918, su novela Temple de acero. Por estas fechas debió de dar comienzo su amistad con el jefe del Gobierno, Antonio Maura, a quien dedicó su novela Mansedumbre, que no llegó a ver impresa. Se distinguió por su dicción jugosa y amena y por su oratoria, insinuante y sencilla, así como por su labor periodística. Colaboró en El Universo, El Carbayón, El Correo Español y, principalmente, en El Debate. Como costumbrista, admiró a Pereda, del que se declaró imitador inhábil. Siguió más de cerca, por afinidad regional, a Valera, Fernán Caballero y al padre Coloma, especialmente a los dos últimos, con los cuales le unió, además, su tendencia moralizadora (Vicente Cárcel Ortí, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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lunes, 17 de junio de 2019

La placa conmemorativa fundacional de la Academia Sevillana de Buenas Letras en la calle Abades, 47

      Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa fundacional de la Academia Sevillana de Buenas Letras en la calle Abades, 47.      

   En la fachada del número 47 de la calle Abades (en el Barrio de Santa Cruz del Distrito Casco Antiguo) encontramos una placa conmemorativa, realizada en mármol blanco grabado, dedicada a la fundación de la Academia Sevillana de Buenas Letras, puesto que fue en esa vivienda donde tuvo lugar dicho acontecimiento. El texto de la placa conmemorativa con tipografía en color negro, dice así:
EL DOCTOR D. LVIS GERMÁN Y RIBÓN,
CON EL CONCVRSO DE D. FRANCISCO LASSO DE LA VEGA,
D. JOSÉ CEBALLOS, D. DIEGO ALEJANDRO DE GALVEZ,
D. JOSÉ NARBONA, D. ALONSO CARRILLO Y AGVILAR, 
Y D. LIVINO IGNACIO LEYRENS,
FVNDÓ EN ESTA, QVE FVÉ SV CASA MORADA,
LA ACADEMIA SEVILLANA DE BVENAS LETRAS
EN 16 DE ABRIL DE 1751.
   Para comprender la importancia de tan insigne institución, hacemos una breve reseña de la misma, recogida de su web oficial: La Real Academia Sevillana de Buenas Letras se fundó el 16 de abril de 1751, por iniciativa del sacerdote y catedrático de la Universidad Luís Germán y Ribón y otros hombres de estudio, pertenecientes en su mayoría a la alta clerecía de la ciudad, grupo que por aquel entonces representaba el progresismo intelectual y el espíritu innovador de la Ilustración europea. La sesión fundacional tuvo lugar en el domicilio de Germán y Ribón, su primer Director, en la casa que éste habitaba en la calle de los Abades.
   Fiel a esa mentalidad ilustrada, la Academia nació con el propósito de constituirse en un “centro de donde irradiase la luz del saber, en honra y provecho de las ciencias y de las letras patrias”, y de “contribuir a ilustrar la historia de Sevilla y de la región andaluza”. Un año más tarde, el 22 de abril de 1752, el Consejo de Castilla aprobó sus Estatutos, y el 18 de julio del mismo año el rey Fernando VI la situó bajo su “Real Protección”, concediéndole el emblema, que representa un olivo cargado de frutos, con el lema Minervae Baeticae. Poco después, el 30 de octubre de 1753, la nueva Academia hacía su presentación oficial y solemne en la ciudad en la bella “Sala Cantarera” de los Reales Alcázares, con una disertación de Germán y Ribón sobre “Las utilidades que resultan de los cuerpos académicos”.
   En sus comienzos, estuvo muy vinculada a la Real Academia de la Historia, de ahí la orientación marcadamente historicista de sus investigaciones, centradas, sobre todo, en el estudio del pasado sevillano y andaluz y en la historia eclesiástica. Más tarde, sin abandonar estos dominios, fue ocupándose también, y cada vez con mayor insistencia, de los temas filológicos y literarios. En cualquier caso, una nota muy distintiva ha sido siempre, y continúa siéndolo, la variedad científica de sus integrantes, entre los que han figurado, aparte de historiadores, escritores y filólogos, otros notables especialistas en el campo de las ciencias físico-naturales, la medicina, el derecho y el periodismo.
   En el tránsito del siglo XVIII al XIX experimentó un decaimiento, que se aceleró al verse afectada su sede por un incendio, en 1807, y por la invasión francesa del año siguiente, una de cuyas consecuencias fue el asalto de la sede de la Academia, así como la dispersión de sus miembros, que no reanudarían sus sesiones hasta 1820, convocados, en esta ocasión, por uno de ellos, Manuel María del Mármol.   

   Con la iniciativa de sus fundadores y la solvencia que, desde el primer momento, le otorgó la protección de la monarquía española, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras inició una dilatada andadura que, a lo largo de más de dos siglos y medio, ha venido asegurando, con los inevitables altibajos, la continuidad cultural de Sevilla, y ha contribuido decisivamente al conocimiento de su historia y de su producción literaria, así como al estudio del rico patrimonio histórico y antropológico de Andalucía, con aportaciones muy valiosas, que han gozado siempre de gran prestigio en los ambientes académicos e intelectuales de la España moderna. Ha cumplido, asimismo históricamente, y aspira a seguir cumpliéndolo en el mundo de hoy, un papel angular en la formación de la conciencia cultural de Sevilla, y sigue siendo una referencia insoslayable a la hora de articular una visión de la ciudad, asentada en el rigor histórico y en la seriedad investigadora, lejos de los fáciles estereotipos que tantas veces deforman su verdadera personalidad. Por ello, la Academia ha recibido la Medalla de Sevilla, que le fue otorgada por el Excmo. Ayuntamiento de la ciudad en junio de 2001. Ese mismo año, al cumplirse los 250 años de su fundación, celebró un Congreso Internacional, dedicado a “El Mundo de las Academias: del ayer al hoy. La Real Academia Sevillana de Buenas Letras a los CCL años de su fundación (1751-2001)”, que contó con la Presidencia de Honor de Su Majestad el Rey, y con la asistencia a una de sus sesiones de Su Majestad la Reina.
   Entre los académicos numerarios de la primera hora se encuentran importantes figuras de la creación y la erudición literaria ilustrada, como Cándido María Trigueros, Alberto Lista, José Blanco White, Pablo Forner, Manuel María del Mármol…, y estudiosos de la arqueología, la arquitectura, las antigüedades y la historia de Andalucía, como José de Cevallos, Sebastián Antonio de Cortés, Tomás Antonio de Gúseme, Antonio Jacobo del Barco, Juan Antonio Lorente… Ya en los siglos XIX y XX, personalidades de la significación intelectual, artística o social de Justino Matute, José Amador de los Ríos, Domínguez Bécquer, Antonio Machado Núñez, Francisco Rodríguez Marín, Joaquín Guichot, José Gestoso, Luis Montoto, Benito Más y Prat, Manuel Cano y Cueto, Joaquín Hazañas y la Rúa, los bibliófilos Juan y Manuel Pérez de Guzmán, Javier Lasso de la Vega, Manuel Blasco Garzón, Manuel Jiménez Fernández, Joaquín Romero Murube, Rafael Laffón… y tantos otros. Nombres espigados de una extensa relación que refleja lo más valioso de la tradición cultural de nuestra ciudad en los tres últimos siglos. Tradición que se hace presente en el quehacer de la Academia de nuestros días, integrada en el Instituto de España y en el Instituto de Academias de Andalucía. Desde el punto de vista jurídico, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras es una Entidad de Derecho Público sin ánimo de lucro, y carece de fuentes propias de financiación.

   Cuenta desde su fundación, por disposición estatutaria, con una nómina de 30 Académicos de Número. Puede, asimismo, nombrar Académicos de Honor a personas de muy relevantes méritos, y Académicos Correspondientes a aquellos que residan fuera de Sevilla y estén vinculados a la Academia por su labor investigadora y cultural. En cumplimiento de sus Estatutos, la Corporación desarrolla una sostenida labor de investigación.  Organiza, también, numerosos actos públicos, como congresos, ciclos de conferencias, presentaciones de libros, etc. Con el fin de potenciar sus actividades, ha creado la Fundación Buenas Letras.
      Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la placa conmemorativa fundacional de la Academia Sevillana de Buenas Letras en la calle Abades, 47. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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