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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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miércoles, 23 de julio de 2025

Los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba.


Santuario de San Juan de Ávila (La Encarnación).-

     Esta iglesia perteneció al Colegio de la Com­pañía de Jesús, fundado en esta villa al mediar el XVI. El templo que hoy se ve es el fruto de la ampliación del edificio, hecha en el siglo XVIII. Se reformó de nuevo en el siglo XX, abriéndose al culto en 1944. Se ha renovado en 2005. La planta sigue el modelo jesuítico de nave con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior, y testero plano. El retablo mayor se hizo en los talleres Granda de Madrid en 1949 y guarda el relicario de San Juan de Ávila. En los pilares del crucero hay esculturas de San Francisco Javier y San Ignacio, de estética granadina, del siglo XVII.
     El brazo izquierdo tiene de interés dos lienzos del XVII, con la Coronación de Espinas y Noli me tangere, y el de la Inmaculada, de hacia 1800, que se atribuye a Vicente López. En el brazo derecho hay un retablo de segundo cuarto del XVIII, con la imagen de la Inmaculada y santos jesuitas. Destaca también una imagen de San José, de mediados del XVIII. Entre las buenas pinturas que el templo conserva, pueden mencionarse la Virgen de la Paz, del XVI, un Santo dominico, del XVII, el bello Ángel de la guarda, de un seguidor de Valdés Leal de segunda mitad del XVII, y, por su valor iconográfico, el Bautismo de la Virgen, de fines del XVII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La planta sigue el modelo jesuítico, rectangular con capillas intercomunicadas y tribunas sobre ellas, crucero que no se acusa al exterior y testero plano. Tiene traza neoclásica con fachada esbelta con tres puertas recercadas de ladrillo y pilastras verticales y cornisa con frontón triangular con dos torres rematadas con cornisa en el interior. Destacan retablos e imaginería barroca. 
     Para sustituir la primitiva iglesia, la construida en el siglo XVI, se decidió en el siglo XVIII montar otra mayor que pudiera albergar a fieles y colegiales. Su construcción comenzó en 1726.
     Las obras quedaron sin finalizar, siendo ocupada por los franciscanos, que continuaron con las obras de la iglesia, paralizadas con la exclaustración de 1835. El templo fue concluido en 1944.  Se ha renovado en 2005 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Castillo Gran Capitán/Alhori Ducal.-
     Hoy sería el monumento más importante de la población de no haber sido demolido. Los cronistas locales mencionan la existencia de treinta torres que el Catálogo Artístico y Monumental de la provincia de Córdoba incluye dentro de ellas a las de la cerca de la villa, y relatan sobre su capacidad y lujo. De esta fortaleza por el Norte y oeste aún se conservan algunas torres redondas de argamasa que rodean el edificio de los graneros. 
     En los planos de construcción de estos graneros, realizados por Juan Antonio Camacho, que se conservan en el Archivo de Medinaceli de Sevilla, se mencionan que fueron construidos sobre las ruinas del castillo siguiendo su perímetro el de la Plaza de Armas, y que sus torres se rehacen sobre ruinas de las antiguas. 
     La ubicación del castillo-palacio correspondería a la actual parcela de la familia García, con la inclusión del monumento al Corazón de Jesús y antiguo cementerio de la Vera Cruz, aunque es posible que la portadita sita en la esquina de la calle Costal con arco gótico y escudo de los Aguilares sea resto de este Alcázar. En el extremo oriental de la plataforma existente delante de los graneros se ha encontrado lo que parece una sala semisótano de este castillo, con una escalera que comunicaría el nivel de entrada con el del patio más alto y donde existe un arco conopial. 
     Tras su demolición, las ruinas debieron ser una importante cantera para la población en crecimiento. En la casa de porteros de la actual finca del castillo existe una ventana gótica de fina perfilería con arco conopial, que es una muestra del estilo de la fortaleza del s. XV. De este castillo partían algunos pasadizos subterráneos de los que se tiene noticia y debía contar con aljibes que aún deben conservarse.
     Sobre las ruinas del castillo se construyó en el siglo XVIII un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta. El alhorí o Graneros del Duque un edificio de planta rectangular, con fachada orientada hacia el SE y cuyo muro perimetral se asienta sobre los del antiguo castillo aprovechando algunas de sus torres y construyéndose otras de nueva planta, semejantes a las antiguas, entre 1722 y 1723. Se trata de un total de nueve torres, de planta cuadrada en las esquinas y de traza rectangular el resto. Está coronadas con almenas. 
     Acerca de los materiales empleados para la construcción del granero, podemos ver que en la fachada presenta hiladas de sillares bien cortados y aparejados, y en el resto de muros luce mampostería o sillarejo con verdugadas de ladrillo. En los arranques de los muros se aprecian grandes sillares que pueden corresponder al castillo derruido y que fueron aprovechados como cimentación del granero. 
     El edificio tiene planta basilical. La planta inferior cuenta con cinco naves, la central más ancha y sin comunicación con las laterales, las cuales se hallan separadas entre sí por cinco grandes machones exentos y dos adosados a los lados más cortos. La nave central se cubre con una e bóveda de cañón con lunetos, compartimentada mediante potentes arcos fajones que arrancan casi desde el suelo a partir de unos placajes geométricos barrocos. 
     Las naves laterales se cubren con bóvedas de arista en seis tramos, multiplicados por dos, al tratarse de dos naves, a cada lado de la central, lo que suma un total de veinticuatro bóvedas. Por su carácter de almacén, apenas existen vanos de iluminación, salvo uno al fondo de la nave central que puede, incluso, que se abriera con posterioridad, puesto que en los planos de Camacho no aparece. Cada bóveda de arista estaba soportada por arcos de medio punto, de ancho intradós, enjalbegados y soportados por machones muy potentes, de forma que se constituía una especie de parrilla, a base de tramos cuadrados con arcos formeros y fajones, de tal manera que el resultado es el de unas naves laterales de una estructura realmente potente, diseñada con toda probabilidad para soportar el tremendo empuje de la nave central, cuando estuviera llena de trigo, además de los empujes venidos de la planta superior.
     La construcción del castillo debió comenzar por la elevación de una torre rodeada por muralla a manos de don Gonzalo Yáñez Dovinal, convertido por Fernando III el Santo en I señor de Aguilar en recompensa por su apoyo en la campaña de reconquista. Él va a ser, por tanto, el fundador del mayorazgo que, con el tiempo, se convertirá en uno de los más poderosos del reino de Córdoba, si bien, no precisamente en sus descendientes, pues, tras varias generaciones, estas tierras pasaron a ser de realengo, al quedar sin un heredero directo. Transcurría el año de 1343 y Alfonso XI otorga estas tierras a doña Leonor de Guzmán, su amante.
     El castillo de El Gran Capitán fue derribado en 1508 por orden del rey Fernando el Católico. Sobre las ruinas del castillo se construyó en 1722 como reza la inscripción de la fachada, un alhorí o granero según traza de Juan Antonio Camacho, edificio de carácter utilitario, de poderosa fábrica con planta rectangular y cinco naves interiores abovedadas en planta baja y con armadura de madera en la alta.
     Desde entonces, el monumento ha venido siendo objeto de numerosos estudios arqueológicos y de actuaciones centradas en la consolidación estructural del alhorí. 
     El inmueble permaneció en manos de la familia marquesal durante siglos, hasta que en el fue vendido a otros particulares. Tras la Guerra Civil pasó a depender del Servicio Nacional del Trigo, hasta que fue adquirido por los García Cobos, quienes lo tuvieron en propiedad hasta 1999, fecha en que fue comprado por el Ayuntamiento de Montilla. A lo largo del tiempo tuvieron lugar varias restauraciones, algunas con más fortuna que otras, hasta llegar a la actualidad, en que siguen los trabajos emprendidos, bajo proyecto del arquitecto don Juan Cuenca para restaurar este conjunto, con el fin de convertirlo en Museo de los Vinos de Andalucía (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia de Santiago.-
    La fundación de la parroquia de Santiago tuvo lugar a principios del siglo XVI, gracias al apoyo del marqués de Priego. Es un templo de tres naves, la central más alta y ancha, con capillas en ambos lados, crucero y presbiterio. Carece de retablo mayor, y en su lugar, realzado sobre tribuna, se ha dispuesto el órgano; en el centro se halla la Inmaculada, talla granadina del XVII que procede de los jesuitas. Alrededor se ha colocado la sillería de coro. De las paredes cuelgan lienzos de estética barroca que muestran a Santa Ana, Santa Rosa de Lima, Jesús recogiendo las vestiduras y San Francisco. En los pilares del presbiterio se ven las esculturas de San Antonio de Padua, de barro cocido y atribuida a las hermanas Cueto, y de San Pedro de Alcántara, atribuida a Pedro de Mena, procedente del desaparecido convento de San Lorenzo. En ambos lados del presbiterio se disponen púlpitos de hierro forjado, obras del XVIII, elevados sobre pedestales marmóreos.
     El frente de la nave izquierda lo ocupa un retablo procedente de la iglesia de la Compañía, obra de Alonso Matías de 1617. En el centro se halla la imagen del Ecce Homo, obra manierista de Juan de Mesa el Mozo, de 1597; a los lados se ven imágenes de San Estanislao de Kostka y San Luis Gonzaga y en el ático, San Ignacio. En el muro cuelga un lienzo de Santa Teresa, del siglo XVII, de buena factura.
     De las capillas que abren a este lado cabe citar la del Sagrario, antes dedicada al Buen Pastor, que es hoy panteón de la familia Alvear. El original retablo es obra de Lope de Medina Chirinos, realizada entre 1632 y 1640, y se adorna con relieves y esculturas. La capilla del Bautista tiene un retablo, concertado en 157l con el escultor Francisco Castillejo y el pintor Pedro Delgado. Se halla sobre un frontal de azulejos trianeros, realizado en 1914. El centro lo ocupa una talla del titular de la misma fecha del retablo, y en el banco se disponen tres relieves de la infancia de Cristo. El resto se decora con pinturas sobre tabla del Bautismo de Jesús y la Visitación en el primer cuerpo, y la Degollación del Santo, la Coronación de la Virgen y la Imposición de la casulla a San Ildefonso, en el segundo; en el ático, el Calvario entre dos bustos en relieve de San Pedro y San Pablo.
     En el muro de la nave hay dos lienzos con San Juan Evangelista y Santiago, parte de un apostolado del siglo XVIII. La capilla de Belén se adorna con imágenes de época contemporánea, y la del Bautismo, antes dedicada a las Ánimas, fue reformada en el siglo XX por los hermanos Garnelo. La reja es obra del XVII y se trajo del convento de San Lorenzo; guarda un retablo del XVIII, próximo al estilo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, con un San Miguel de la misma época.
     En la cabecera de la nave derecha está el antiguo retablo del Cristo de la Yedra, realizado en 1720 por Francisco Jiménez y Juan Villegas para la Encarnación. Ahora lo ocupa el Cristo de Zacatecas, traído de México en 1576 por fray Andrés Fernández de Mesa. En el muro hay un lienzo que representa el Entierro de Cristo, de escuela cordobesa, del primer tercio del siglo XVII. Por la nave hay otros lienzos, entre los que destacan la Virgen del Carmen, obra de fines del Seiscientos, y San Francisco Solano en el barrio de Tenerías, realizado en 1910 por José Garnelo, autor también del Apostolado en 1929.
     De las capillas del lado derecho merece citarse la de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza, terminada en 1698, en cuyo camarín trabajó en el siglo XVIII el lucentino Pedro de Mena. El retablo es obra documentada de Pedro José de los Cobos y se realizó en 1705. Luce imágenes de Santo Domingo y Santa Teresa, de la misma fecha. A los pies de la nave puede verse una una pintura de Jesús camino del Calvario, copia del XVII del Pasmo de Rafael.
     Del importante ajuar litúrgico de esta parroquia pueden destacarse las crismeras de Rodrigo de León, de 1576, un ostensorio fechado en 16l4, de Juan de Ledesma, la cruz parroquial, de Jerónimo de la Cruz, de 1616, algunos cálices y vinajeras de Damián de Castro, y, sobre todo, la custodia de asiento de Manuel de Aguilar, de 1808 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El inmueble situado en la calle Iglesia, s/n, de la localidad de Montilla (Córdoba) ocupa la zona más alta y más antigua de la población de Montilla, muy cerca de lo que fue el Castillo de la Casa de Aguilar, dentro del recinto amurallado. Ha sido siempre la parroquia mayor y principal de la localidad, por lo que guarda la historia de los sucesivos templos principales del pueblo, desde una posible mezquita, consagrada al culto cristiano en el año 1240, tras la conquista de la ciudad, hasta su fábrica gótico-mudéjar del siglo XVI, cuando se amplió el templo y se edificaron las capillas. Durante los siglos XVII y XVIII sufrió diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz ya a lo largo de los siglos XIX y XX posteriores modificaciones le han proporcionado el aspecto que hoy presenta.
     Es un templo con planta de tres naves con crucero, coro y capillas laterales. A diferencia de lo normal en la época, tiene un desarrollo similar en longitud y en anchura. En alzado, las naves se separan por cuatro amplios arcos apuntados con pilares de base rectangular, de sencilla y lisa configuración con una simple moldura en la línea de imposta. La nave central se cubre por cuatro tramos de bóvedas de aristas, marcados por fajones terminados en placas geométricas. Las naves laterales se cubren por bóvedas rebajadas de medio cañón, también con fajones para señalar sus tramos.
     El crucero se monta en potentes arcos torales de medio punto y pechinas, donde se eleva una cúpula elíptica con tambor, articulado por cuatro pilastras y abierto en otras tantas ventanas. Se decora por un  anillo con tacos, de inspiración neoclásica, enriquecida por un florón central de madera dorada. Los brazos laterales presentan  planta cuadrada con cúpulas semiesféricas, separados del centro y nave por arcos de medio punto.
     En el extremo opuesto se encuentra la actual sacristía, de planta rectangular, cubierta con una bóveda rebajada de medio cañón similar a las de las naves laterales. A través de un cuerpo de edificación anejo, comunica con el coro, con su tribuna y con una cripta.
     El presbiterio tiene el suelo alzado respecto a las naves con una escalinata y está delimitado por una cancel y dos púlpitos octogonales sobre columnas abalaustradas con escaleras.
     El coro, de planta cuadrada, con bóveda de aristas idénticas a las de la nave central, dispone de facistol y sillería de nogal y tiene una tribuna corrida con pretil  de forja y madera en tres de sus lados.
     La mayor parte de las capillas que se abren  a las naves laterales son originarias del siglo XVI, aunque aparecen muy transformadas. Recorriendo el perímetro de la iglesia desde los pies de la nave del Evangelio, de izquierda a derecha, se encuentran las siguientes:
     Capilla del Bautismo. Consta de dos tramos. El primero es de planta cuadrada, cubierto por una cúpula sobre pechinas con linterna: Su decoración exalta la figura de San Francisco Solano. En este espacio se sitúa una pila bautismal gótica de piedra, donde según la tradición debió bautizarse el santo; la cubre una tapa en forma de cúpula neogótica de madera rematada por una esculturilla de metal del apóstol Santiago. El segundo tramo, de planta rectangular, también denominado capilla de San Miguel, está cubierto por un cielo raso y presenta un zócalo de azulejos de cuerda seca. La capilla del Bautismo se cierra a la nave por una reja del XVII procedente del convento de San Lorenzo.
     Capilla del Nacimiento o de Belén. Su aspecto obedece a una reforma de principios del siglo XX. Dispone de un nicho en su frente donde se alija un portal de Belén moderno.
     Capilla de San Juan Bautista. Se cubre con un artesonado ochavado de almizate cuadrado y casetones octogonales, obra de Alonso Ramiro, fechable hacia 1571. El altar tiene un frontal de azulejos trianeros de estilo neorrenacentista con la escena del Bautismo que data de 1914.
     Antigua capilla del Señor de la Columna. Se encuentra tapiada, afectada por la humedad de un aljibe.
     Capilla actual del Sagrario, panteón de la familia Alvear. Su aspecto actual es fruto de las reformas realizadas por dicha familia en 1932. Se concibe como un amplio recinto rectangular con un presbiterio elevado al que se accede por una escalera lateral. Se cubre con una falsa armadura de yeso de estilo neomudéjar. Cierra la capilla una reja de madera de los talleres Granada rematada por un relieve con la escena de la Crucifixión.
     Capilla de la Virgen del Carmen. Es de planta cuadrada y se cubre con una cúpula ciega de comienzos de siglo.
     Capilla de San José. Tiene planta cuadrada y cúpula  decorada con yeserías, sobre pechinas con relieves con historias de la vida de San José. En el anillo inferior de la cúpula se encuentra una inscripción relativa a una reedificación de la capilla en 1916. Entre esta capilla y la siguiente existe un espacio que corresponde con la antigua puerta a la lonja, hoy cerrada.
     Capilla de la Virgen del Rosario, antes de la Cabeza. Consta de capilla, camarín, sacristía, escalera y panteón. La capilla de planta cuadrada, tiene sus muros decorados con pinturas ce carácter historicista realizadas por José Garnelo a principios del siglo XX. Se cubre con una cúpula sobre pechinas decorada con pinturas murales de 1698, según consta en una inscripción. En las pechinas se representan los Padres de la Iglesia y en la media naranja, símbolos marianos rodeados por motivos vegetales. El camarín es una  cámara cuadrada cubierta por cúpula, revestida totalmente por madera tallada y dorada de estilo rococó con querubines y angelotes casi exentos, símbolos marianos y cuatro pequeñas tallas. A este recinto se accede desde la capilla a través de una dependencia lateral con escalera, que arranca de dos medios puntos sobre un pilar central de planta octogonal. La escalera, que también accede a la cripta, tiene una barandilla de madera torneada con balaustres de discos. Todo este espacio se cubre con una falsa bóveda en forma de pirámide truncada. Las puertas de madera del camarín están decoradas con motivos vegetales desarrollados longitudinalmente en zigzag; a ambos lados se localizan dos lápidas con inscripciones en las que figura la fecha de 1740.
     Al exterior, la fachada principal situada a los pies de la iglesia, está formada por un muro rectangular, al que se adosa una torre, construido en sillería arenisca, que apenas  llega a tapar el hastial de la nave central. Sobre este destaca una portada de piedra blanca, con dos cuerpos; uno bajo, dominado por una arco de medio punto flanqueado por pilastras toscanas de fuste acanalado, sobre las que monta un entablamento con friso neoclásico, rematado con dos fragmentos de frontón curvo, envuelto  en volutas coronadas por pirámides. El cuerpo alto, tiene una hornacina en su centro, encuadrada por medias columnas jónicas que soportan un tímpano alabeado rematado por tres perinolas. El interior de la hornacina alberga la escultura de Santiago, titular de la parroquia.
     La torre se alza a la derecha de la portada y se estructura sobre un pedestal de sillería, como un prisma de base cuadrada, presentando cuatro cuerpos decrecientes de ladrillo. Es obra de José Vela realizada entre 1771 y 1789 sobre una anterior, de 1576, obra de Hernán Ruiz II dañada en el terremoto de Lisboa. La ornamentación es simple, constituida por unas pilastras próximas a las esquinas, cajeadas en el primer cuerpo y almohadilladas en los restantes, que se coronan por cornisas que separan los pisos. Los tres primeros pisos presentan una ventana en cada cara, adornada con un marco exterior de pilastras y frontón. El cuarto cuerpo de campanas presenta cada frente con dos arcos de medio punto, flanqueados por pilastras que soportan un entablamento y una cornisa corrida de ladrillo achaflanada en las esquinas. 
     El resto de las fachadas son difíciles de observar, debido a las numerosas construcciones anejas a la iglesia.
     El origen del templo se remonta a los días mismos de la conquista de la ciudad, estableciéndose en la mezquita mayor que fue consagrada al culto cristiano en 1240.
     En 1437 está documentada su existencia por la lectura en el templo de una carta por el Obispo Don Fernando González de Deza, referente a la obligación del pago de diezmos.
     Se puede confirmar que de 1500 a 1550 se realizaría la fábrica gótico-mudéjar. Durante el siglo XVI se irían configurando las diferentes capillas, que hoy nos parecen muy transformadas.
     Durante el siglo XVII y XVIII el templo sufriría diversas transformaciones que modificaron su aspecto gótico-mudéjar hacia un barroco clásico andaluz. En 1755 se arruina la torre de la iglesia, obra trazada por Hernán Ruiz, a causa del terremoto de Lisboa. En 1779 se comienzan las obras de la torre encargándose de la construcción los maestros Agustín de Estepa y su hijo, concluyéndose esta en 1789. En este mismo año se construye la actual fachada por Agustín de Estepa. 
     A lo largo del siglo XIX y XX la iglesia sufrirá algunas modificaciones y sobre todo restauraciones de algunas de las capillas que le han dado el aspecto moderno que hoy presentan (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Ubicada en la antigua zona del castillo, en el actual barrio de la Escuchuela, su origen se remonta a la primera mitad del siglo XV, reconstruida en el XVI con los materiales procedentes del derribo del castillo, en el XVII y XVIII es reformada y ampliada, lo que dio lugar a la aparición de numerosas capillas laterales, que combinan elementos renacentistas y barrocos, con su originaria decoración gótico-mudéjar.Del s. XVIII data la portada y la torre de ladrillo obra del montillano José de Vela (1790) que sustituyó a la anterior realizada por Hernán Ruiz III en 1579. Fue el único templo parroquial de Montilla hasta finales del siglo XIX.Su estructura es de tres naves, con arcos apuntados cubiertas por bóvedas de aristas que en la reforma de 1780 sustituyeron a los artesonados primitivos.
     Dirección: c/ Iglesia, Montilla.
     Horario de culto: M-V:11:00-13:00; V(mayo y junio):20:00; D:12:00 (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa del Inca Garcilaso de la Vega.-
    La Casa del Inca Garcilaso es actualmente Biblioteca y Archivo municipal y notarial (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Casa solariega del siglo XVI con fachada de piedra desnuda de gran sobriedad y con balcón de forja sobre la puerta de acceso. Cuenta con diversas estancias, como biblioteca o despacho y una pequeña bodega al final del patio interior de piedra.
     Con cubierta de teja y estructura de muros de carga. Destaca por conservar su estructura interior y fachada, además de albergar interesante colección de pintura y escultura. 
     Esta casa fue cedida por el conde de la cortina como casa museo y  esta identificada como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quién vivió en Montilla gran parte de su vida. En los años 50 se llevaron a cabo reformas que variaron su interior.
     Esta casa fue cedida por su propietario, el Conde de la Cortina, como casa museo al ser identificada, por el estudioso embajador del Perú, don Raúl Porras, como la casa donde viviera Alonso de Vargas, tío y protector del Inca Garcilaso, quien vivió en Montilla gran parte de su vida.
     Hoy, restaurada, alberga la biblioteca municipal y algunos recuerdos numismáticos y americanos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La Casa del Inca Garcilaso va más allá de la recreación del ambiente propio de una casa señorial del siglo XVI, es el símbolo de una reivindicación hacia la figura del Inca Garcilaso de la Vega. En esta casa estuvo viviendo el Inca Garcilaso durante 30 años, durante los cuales escribió algunas de sus obras, Comentarios Reales, La Florida, Historia General del Perú, o la traducción de Diálogos de Amor, de León Hebreo. Todo comienza cuando a principios del siglo XX, Raúl Porras historiador y embajador del Perú, y el montillano José Cobos encontraron la que sería la primera firma como Inca Garcilaso de la Vega datado en 1563, un punto de partida decisivo para concretar la antigüedad Casa del Inca Garcilaso de la Vega. La casa se divide en tres plantas, destacando la zona de la bodega con las Botas Reales o el despacho. Entre las obras pictóricas de gran relevancia se encuentra el retrato del Inca Garcilaso, obra de Francisco Gómez Gamarra.
     En quechua el término Cusco, Qusqu o Qosqo significa “ombligo del mundo”, y así era como se conocía antes de la conquista. Pero con la llegada de los españoles, se empezó a conocer otra palabra parecida, Cozco, que significa “cola de perro”, de ahí que para los quechua sea un término peyorativo.
     En un primer momento firmará como Garcilaso de la Vega, y más tarde añadiría Inca, pero no con el significado de “procedente de los países andinos”, sino por el significado de “Príncipe”, acto de reivindicación y rebeldía.
     La bodega no es espacio original del siglo XVI, sino que ha sido una construcción posterior y se ubica en lo que originalmente estarían las caballerizas.
     Horario de visitas:
     Lunes a viernes 10:00-14:00 horas
     Sábado 12:15-14:15 horas/ 17:00-19:00 horas
     Domingo 12:15-14:15 horas.
     Martes CERRADO (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de San Juan de Ávila.-

    El oratorio de San Juan de Ávila, en la que fue casa del ilustre jesuita, con el retablo de Nuestra Señora de la Paz, de fines del XVIII (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     En esta humilde casa vivió San Juan de Ávila los últimos 17 años, donde muere en 1569. A su llegada a Montilla, llamado por los Marqueses de Priego, se negó a instalarse en el palacio de Medinaceli junto con los marqueses, de ahí que estos le cedieron una casa fuera de palacio pero cercana a ellos. Hoy encontramos la casa prácticamente intacta, como era en el sigo XVI. Un lugar importante e imprescindible para comprender su obra escrita, con la que consiguió que lo nombraran Doctor de la Iglesia.
     San Juan de Ávila fue el confesor de la propia condesa, y a él se le debe la fundación del Colegio de los Jesuitas en Montilla. Es en esta casa donde se dedica por completo a sus Cartas, a la edición definitiva de Audi Filia, Sermones, así como a los escritos que enviará para el Concilio de Trento. La casa alberga reliquias, esculturas y pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII.
     Horario: Previa cita con un día de antelación (Diputación Provincial de Córdoba).

Palacio de los Duques de Medinaceli.-
     Con la desaparición del castillo en el siglo XV, residencia habitual de la casa de Aguijar, estos decidieron construir un palacio acorde con las ideas renacentistas en un llano de la localidad, eligiendo uno de los extremos de la villa, húmedo y fresco.
     Las obras se iniciaron en el siglo XVI, y de ellas destaca especialmente la hermosa fachada principal. Ofrece un sencillo pero monumental proyecto que todavía es deudor de la tradición manierista, aunque puede datarse en el siglo XVII. Sus dos cuerpos de sillería, bien proporcionados, tienen vanos rectos con marcos planos, que en el segundo piso corresponden a balcones. En un extremo se localiza una interesante portada-balcón, acompañada de pilastras acanaladas y fragmentos de frontones envolutados, además de motivos ornamentales como ristras de frutos o mascarones. Al otro extremo queda un pasadizo en arco de medio punto que comunica con el vecino convento de Santa Clara. La fachada destaca por su piedra de color amarillento.
     Junto al palacio se encuentra el pintoresco compás de Santa Clara, que comunica el edificio señorial con el convento clariso. 
     Desde la Calle Gran Capitán, y bajando al Llano del Palacio, encontramos el palacio de los duques de Medinaceli, levantado entre de los siglos XVI - XVII. Actualmente es propiedad privada y, por lo tanto, no es visitable. 
     Una vez demolido su castillo y residencia, en 1508, los duques de Priego y Medinaceli construyeron el palacio en el denominado Llano, es decir, en la parte baja del casco antiguo de la ciudad y a espaldas de la antigua villa (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Residencia de los marqueses de Priego tras la destrucción del Castillo en 1508 por orden del Rey Fernando el Católico, destacando la figura de Catalina Fernández de Córdoba, mujer de gran relevancia en la historia de Montilla, gran mecenas de las artes.
     El palacio es un edificio de sencillo y sobrio aspecto, que sufrió una fase de ampliación durante el siglo XVI, posteriormente fue restaurado y en la actualidad, tras haber sido  está dividido en dos casas de uso particular. Su fachada en dorada piedra se articula en doble planta con numerosos vanos en posiciones paralelas y un acceso principal en el lateral diestro, el cual aparece ricamente ornamentado y cuyo balcón superior está flanqueado por los escudos de la Casa de Priego y Feria. Al lado izquierdo se halla el compás que conecta el palacio y el convento de clarisas, dando lugar al paso que conduce a la calle Benedicto XIII.
     La fachada, la única parte visible, es de estilo muy sobrio manierista. La portada principal situada en uno de los extremos de la fachada y en el lado opuesto se encuentra el arco de medio punto, conocido como el Arco de Santa Clara, pasadizo que comunicaba directamente con el convento (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa de Don Diego de Alvear.-

      Es, sin duda, la casa solariega de más valor artístico de las que se conservan en la población. Fue mandada construir por el marino D. Diego de Alvear a fines del siglo XVIII en un estilo neoclásico no exento de ciertas reminiscencias barrocas, que lo alegran. 
     Dispone de un patio claustreado en dos plantas con columnas de caliza y arcos con roscas y enjutas de ladrillo moldeado. Cuenta con capilla y una pequeña escalera de estilo imperial con bóveda elíptica columnas y buena rejería de forja.
     La decoración de paramentos es sobria y elegante y la carpintería muy bien labrada. La casa dispone de un segundo patio más austero, donde se abrían las dependencias de servicio y bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      Casa solariega del siglo XVIII de estilo neoclásico pero con elementos barrocos, mandada a construir por Don Diego de Alvear y Ponce de León, y que años mas tarde será donada por su nieto, el VI Conde de la Cortina, Don Francisco Alvear y Gómez. Como espacios que mantienen su imagen original destacamos el patio principal, que mantiene el esquema de patio porticado entorno al cual se distribuyen las estancias, un segundo patio, donde encontramos una gruta, y la capilla de pequeñas dimensiones, en el primer piso.
     Don Diego de Alvear y Ponce de León fue un personaje importante dentro de las expediciones científicas llevadas a cabo por la corona española durante el siglo XIX. Es uno de los protagonistas que encierran la historia del naufragio de la Fragata de las Mercedes, en la que se hundió no solo parte importantísima de su patrimonio, sino casi la totalidad de su familia, su mujer y sus hijos, sobreviviendo solamente uno, precisamente el que viajaba con él en otra nave.
     Horario: Exteriores (patio en horario escolar) (Diputación Provincial de Córdoba).

Edificio de la Tercia.-
     Posee un importante fachada historicista que toma modelo del palacio de Monterrey de Salamanca. En la esquina con la calle Beato Juan de Ávila presenta un torreón-mirador de tres plantas de altura con loggia en la planta última. Presenta arquerías bajas, cuerpo de balcones y galería alta en arcos rebajados, todo ello centrado por una portada de columnas.
     Estructura de muros de carga y cubierta de teja. La planta baja se ocupa con locales comerciales. A través de un gran portalón en la mitad de la fachada se accede a un gran patio interior que presenta una fachada de ladrillo visto de menor entidad.
     El VII Conde de la Cortina, don Francisco de Alvear y Gómez, edificó en 1921 un inmueble destinado a viviendas,  sobre el lugar que ocupó la antigua tercia y donde tuvo el marquesado unas antiguas bodegas (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
      La familia Alvear además de una importante actividad económica en Montilla destaca por impulsar la construcción de edificios, como es este gran edificio. Sobre el solar que ocuparon las antiguas bodegas de la familia así como el granero, el VII Conde de la Cortina, Francisco de Alvear y Gómez, inició la construcción de este edificio destinado a viviendas.
     Su estructura es similar a la del Palacio de Monterrey de Salamanca, es decir, un gran cuerpo rectangular y una torre en uno de los laterales. Sus dimensiones hacen que protagonice todo un lateral de la Plaza en la que se encuentra.
     En la parte inferior encontrarás tabernas y bares en los que poder disfrutar de este rincón con encanto (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita de la Rosa.-

    Se terminó esta ermita en 1763, siendo sus autores Agustín y Cristóbal de Estepa. Presenta nave única de cañón y presbiterio con cúpula sobre pechinas. El retablo mayor es obra anónima de mediados del Setecientos. Lo preside la Vir­gen de la Rosa, bella imagen de hacía 1720 atribuida sin fundamento a Pedro Duque Cornejo; va rodeada por resplandor y luce corona de plata del siglo XVII, con reformas del XVIII. Por en­cima hay una hornacina con un Crucificado pequeño del XVII; en los laterales se sitúan esculturas de San Lorenzo y San Román, anónimas, ocupando el ático un relieve de la Anunciación. A los lados del presbiterio hay dos retablos de estética neoclásica en el de la izquierda se halla la Virgen de la Esperanza, retocada en 1942 por Manuel Leña; el del lado derecho aloja una imagen del Nazareno, llamado Jesús Preso, tallada en 1954 por Amadeo Ruíz Olmos.
     En el muro izquierdo cuelga un lienzo de San Andrés, de comienzos del XVIII. Le sigue un pequeño retablo de caracteres neoclásicos con la imagen de Jesús atado a la Columna, obra de Juan de Mesa el Mozo, de 1601. Después puede verse un lienzo barroco representando a San Sebastián. En el muro derecho se sitúa otro de San Jerónimo,  obra del Setecientos. Junto a  éste e encuentra el retablo de San Francisco Javier, realizado en 1617 por Alonso Matías para el colegio de la Compañía. Ocupa el centro Jesús en el Huerto, imagen anónima de vestir procedente del desaparecido convento de San Juan de Dios; la flanquean San Juan Goto y San Diego Kisai, ocupando el ático San Pablo Miki. A los pies de la nave se hallan una Sagrada Cena, de estética manierista de hacia 1600, una talla de la Virgen de los Dolores, de finales del XVII, dos pinturas barrocas de la Magdalena y San Francisco de Paula, y un cuadro votivo del siglo XIX (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
      El edificio es de una sola nave rectangular. Se accede a la misma a través de una portada de cantería, ubicada en el muro del evangelio, con vano de medio punto entre pilastras toscanas acanaladas, y remate en el frontón triangular partido. 
     Presenta además tres ventanas y una interesante espadaña con arcos de medio punto en el primer cuerpo y frontón triangular como remate. Como cubierta posee tejas a dos aguas. 
     El interior se cubre con bóveda de cañón con leve  yesería y el presbiterio con bóveda sobre pechinas. En la ermita residen cuatro hermandades de penitencia procesionando una de ellas el Viernes de Dolores.
     La ermita de la Virgen de la Rosa fue construida con la aportación que hizo el pueblo de Montilla. Enclavada en la Plaza Mayor fue iniciada su edificación por Agustín de Estepa y concluida por su hijo Agustín en 1763 (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de San José.-
    Levantada en el primer tercio del XVI. Tiene ésta un retablo de Gaspar Lorenzo de los Cobos, de hacia 1735, con relieve de la Muerte de San José y tallas y pinturas de la misma época (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Pequeña ermita con acceso a través de una sencilla portada, con arco rebajado, decorada con rombos y cornisa  y con pequeño jardín delantero. Remata la fachada una espadaña de dos vanos peraltados y frontón triangular. Se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos arcos de medio punto que apoyan en una columna.
     El interior se organiza en dos naves de distinta altura, separadas por dos grandes arcos de medio punto que apoyan en una gran columna toscana. La nave principal se cubre con bóveda de cañón rebajada, presentando en los pies un coro sobre cancel. A este se accede por medio de una escalera situada a los pies de la nave lateral, la cual presenta bastantes similitudes entre cancel y coro.
     Remata la fachada en una espadaña Exteriormente la cubierta a dos aguas.
     La ermita de San José, edificada durante el primer tercio del siglo XVI y ampliada hacia 1703, perteneció a la cofradía del gremio de carpinteros (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de Belén.-
     A la ermita se accede a través de una sencilla portada adintelada de ladrillo. Presenta cubierta a dos aguas y una espadaña a la derecha del presbiterio. Su interior es de una sola nave, con cubierta de madera (artesonado). Tras el presbiterio se abre el camarín de la Virgen, al que se accede a través de una escalera. En este lugar es donde se colocan los exvotos. 
     Diversas son las celebraciones que tienen lugar en esta ermita, además de todos los segundos domingos de cada mes, festividades de la Inmaculada, de todos los Santos, Navidades y Reyes. En el mes de junio tienen lugar los encuentros con la Iglesia y se tiene previsto celebrar la Romería. Durante septiembre, desde el día 4 al 12, tiene lugar la fiesta de Ntra. Sra. de Belén.
     La ermita fue erigida en el año 1662 por el vecino de Montilla, Florencio Mazuelo. Debido a su precario estado de conservación hubo de ser reedificada entre 1808 y 1812, encargándose de ello el "sangrador" José Adamuz quien con su aportación y la ofrecida por el pueblo creó incluso la cofradía de su nombre, recordando una de las advocaciones vinculadas al claustro franciscano de Santa Clara de Montilla. La imagen alcanzó gran fervor popular a finales del siglo XVIII y durante el siglo XIX, siendo prueba de ello la gran cantidad de exvotos que se encuentran en el camarín (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Arco de San Lorenzo.-
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.  
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas. Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrando en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo. 
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.  
     Situada junto a donde estuvo la iglesia, existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     La fundación del convento franciscano de San Lorenzo de Montilla se remonta a 1512, a las disposiciones testamentarias de don Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego, y su construcción debió estar concluida a fines del primer tercio del siglo XVI, época de esplendor de la ciudad.
     Históricamente, el convento es referencia en la vida de San Francisco Solano (1549-1610), el montillano evangelizador de Perú y otros territorios americanos, que tomó en él sus hábitos. En la iglesia conventual, en 1647, se adoptó el compromiso de que sería patrón de la ciudad cuando se produjese su canonización, evidencia del arraigo histórico de la devoción popular al santo, aún vigente. En él permanecieron los franciscanos hasta finales del siglo XVI, cuando por problemas de humedades y filtraciones se trasladaron al casco urbano, perdurando la comunidad hasta la exclaustración.
     De los restos conservados, la portada de acceso, atribuida a Hernán Ruiz I, de cuidado diseño y delicada ornamentación, posee notables valores artísticos como muestra del primer Renacimiento en la provincia (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     El convento de San Lorenzo, que la comunidad franciscana ocupó hasta 1794 en que debió abandonarlo por problemas de conservación, se hallaba dentro del perímetro delimitado por una cerca de mampostería con partes recrecidas en tapial, que en la actualidad se conserva fragmentariamente.
     El ingreso al complejo conventual se efectuaba por una portada de piedra arenisca, adosada a la cerca. El vano de dicha portada es un arco de medio punto abocinado flanqueado por pilastras cajeadas a las que se adosan columnas abalaustradas.
     Sobre el arco corre un entablamento con un friso esculpido con bajorrelieves de roleos y jarrones centrado en el cual se disponía un escudo nobiliario de la familia fundadora, portado por un águila e inscrito en una corona floral, actualmente fuera de su ubicación. Las enjutas se decoran con relieves de delfines y roleos. En el intradós del arco, cuya clave se destaca por una ménsula, los relieves, de talla muy minuciosa, son símbolos de la Pasión como esponja y lanza con flagelos o tenazas y martillo.
     Dentro del recinto delimitado por la cerca, como resto emergente, se conserva la alberca de grandes dimensiones que se utilizaba para el riego de las huertas.
Situada junto a donde estuvo la iglesia existe una casa de labor y a su lado una torre de cuatro plantas de estética neomudéjar, construcciones presumiblemente realizadas empleando la fábrica conventual.
     Dirección: c/ Batalla de Garellano (Diputación Provincial de Córdoba).

Bodegas Cruz Conde.-
     Fundada en el año 1902, esta centenaria bodega es muy fácil de reconocer por el cuadro de «La mujer Cordobesa» que Julio Romero de Torres pintara en homenaje a la firma allá por 1930. Sus instalaciones cuentan con la única bodega subterránea de la denominación, que presenta una arquitectura de excelencia.
     Personajes insignes del mundo de la cultura, las artes y la política del siglo XX dejaron huella a su paso por la bodega,  tales como Alfonso XIII, quien la reconociera Proveedora Oficial de Palacio.
     Actividades y Servicios:
            – Visitas guiadas  con degustación de vinos.
            – Degustaciones y Catas dirigidas.
            – Banquetes de celebraciones, eventos sociales y de empresa.
            – Espectáculos flamencos.
            – Paquetes especiales: Maridajes, desayunos molineros, enoterapia.
            – Enotienda, con una amplia gama de vinos y destilados.
     Abierto de lunes a viernes: 9.00 a 14.00 h y de 16.00 a 19.00 h y de 8.00 a 15.00 h (del 1 mayo a 31 de agosto).
     Fines de semana y festivos: Previa cita (Diputación Provincial de Córdoba).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Santuario de San Juan de Ávila, Castillo del Gran Capitán, Iglesia de Santiago, Casa del Inca Garcilaso de la Vega, Casa de San Juan de Ávila, Palacio de los Duques de Medinaceli, Casa de Don Diego de Alvear, La Tercia, Ermita de la Rosa, Ermita de San José, Arco de San Lorenzo, y Bodegas Cruz Conde) de la localidad de Montilla (y III), en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

Más sobre la provincia de Córdoba, en ExplicArte Sevilla.

domingo, 1 de septiembre de 2024

Un paseo por la avenida Gran Capitán (XI avenida Núñez de Balboa durante la Exposición Iberoamericana de 1929), en el Parque de María Luisa

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la avenida Gran Capitán (XI avenida Núñez de Balboa durante la Exposición Iberoamericana de 1929), de Sevilla, dando un paseo por ella.
   Hoy, 1 de septiembre, es el aniversario del nacimiento (1 de septiembre de 1453) de Gonzalo Fernández de Córdoba, "El Gran Capitán", así que hoy es el mejor día para ExplicArte la avenida Gran Capitán (XI avenida Núñez de Balboa durante la Exposición Iberoamericana de 1929), de Sevilla, dando un paseo por ella.
     La avenida Gran Capitán es, en el Callejero Sevillano, una vía que se encuentra en el Barrio de El Prado-Parque de María Luisa, del Distrito Sur; y va de la avenida de Isabel la Católica, a la avenida de Portugal.
     La avenida no posee siempre una adscripción precisa. En términos generales corresponde a un gran eje urbano, bien caracterizado desde el punto de vista genético, porque estructura el crecimiento de la ciudad; morfológico, ya que es ancha; y funcional, sobre todo por canalizar el tráfico rodado. Sin embargo, de acuerdo con esta definición, no hay razones, más que las convencionales, para considerar a unas vías como avenida y su prolongación, como calle. En otros casos, las avenidas constituyen el eje principal de un sector determinado o de una barriada, y si bien poseen las características de vía principal en relación a ese sector, no alcanzan dicho valor en el conjunto de la ciudad. 
     La avenida posee sobre todo un valor simbólico, y prueba de ello es que en Sevilla la avenida por excelencia es la hoy denominada de la Constitución, centro neurálgico de la ciudad, tanto de sus fiestas religiosas como de la actividad bancaria, y así es es reconocida sólo como la avenida. También hay una reglamentación establecida para el origen de esta numeración en cada vía, y es que se comienza a partir del extremo más próximo a la calle José Gestoso, que se consideraba, incorrectamente el centro geográfico de Sevilla, cuando este sistema se impuso. En la periferia unas veces se olvida esta norma y otras es difícil de establecer.  
     Fue rotulada en 1943 en homenaje a Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), jefe de los tercios que conquistaron el sur de Italia. Surgió como resultado de la construcción de la plaza de España, edificio de forma semicircular de Aníbal González, entre 1914 y 1928 sobre terrenos del Prado de San Sebastián, y describe una amplia curva rodeándola (v. Plaza de España). De regular anchura, está asfaltada y sus aceras son de losetas de colores en la derecha, y de albero compactado en la izquierda. En ambas márgenes están plantadas hileras de castaños de Indias y en la acera derecha, en el espacio ajardinado, junto al bar Citroen, existen unos jardines con palmeras, pinos y un magnolio gigante. Se ilumina con farolas de báculo. El único edificio que la configura es la fachada norte de la plaza de España, y las dependencias que durante muchos años han servido de Gobierno Civil de la provincia. A ella abren sus puertas almacenes de distintos organismos del gobierno central allí instalados. Sirve de aparcamiento a funcionarios y público que visita las dependencias oficiales. La colonia de palomas que hasta hace pocos años tenía la plaza de América como centro de refugio, ha invadido también estos edificios [Salvador Rodríguez Becerra, en Diccionario histórico de las calles de Sevilla, 1993].
Conozcamos mejor la Biografía de Gonzalo Fernández de Córdoba, "El Gran Capitán", a quien se encuentra dedicada esta vía;  
      Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán. (Montilla, Córdoba, 1 de septiembre de 1453 – Granada, 2 de diciembre de 1515). Estadista, diplomático, alcalde, caballero renacentista, almirante, capitán general, virrey de Nápoles, artífice de la nueva concepción de la infantería que dio lugar a los Tercios de Flandes.
     Nació en el seno de una familia de la alta aristocracia andaluza, los Aguilar y Fernández de Córdoba, originarios de Castilla, pero afincados en la subbética desde tiempos de la reconquista de Fernando III el Santo. El padre, Pedro Fernández, reunió en torno a él diversos señoríos como VIII señor de la casa de Córdoba, VII señor de la Cañete de la Frontera, Priego, Montilla, y en sus funciones de alcalde mayor y alguacil de Córdoba; la madre, Elvira de Herrera, descendía por línea materna de la familia Manrique. Después de una adolescencia a la sombra de su hermano mayor, Alfonso de Aguilar, el primogénito y, por tanto, el heredero de los bienes familiares, aprendiendo todas las normas que regían la clase social a la que pertenecía y conociendo de primera mano los sinsabores de la guerra civil que enfrentó al Monarca con la aristocracia de su tierra, a los doce años, en 1465, fue conducido a la Corte como paje del infante Alfonso, futuro rey Alfonso XII, gracias al apoyo de los viejos amigos de su padre, Alfonso Carillo, arzobispo de Toledo, y Juan Pacheco, maestre de Santiago. Tres años duró esa estancia en la Corte, sin que se sepa demasiado de su aprendizaje en el arte de la caballería, en el uso de las armas y en el conocimiento de las letras, una formación habitual en aquellos años para los donceles de buena familia.
     En julio de 1468 regresó a Montilla tras la muerte del infante Alfonso. Pasó unos años trabajando para los intereses de la familia, siguiendo de cerca las escaramuzas en la frontera con los musulmanes del reino nazarí de Granada. Probablemente también estuvo presente en el famoso duelo mantenido en la puerta de las Armas de la Alhambra entre el conde de Cabra y su hermano, el señor de Aguilar, a mediados de 1470 con el que se aspiraba a poner fin al viejo pleito entre ambas secciones del linaje de los Córdoba. Fue por estas fechas cuando contrajo su primer matrimonio con Isabel de Sotomayor, prima suya, hija del señor de El Carpio. Un acto al que se unió su nombramiento como alcalde de Santaella y su ulterior prisión en manos del conde de Cabra.
     En septiembre de 1476 salió por segunda vez de su casa para instalarse en la Corte de los reyes Isabel y Fernando, convencido de que el parentesco con el Rey, por vía de los Manrique, le abriría las puertas del servicio al Estado. Desde su llegada a Segovia, donde en aquel momento estaba reunida la Corte, comprendió las nuevas ideas políticas de los Monarcas, que exponían con vivacidad mosén Diego de Valera y Gonzalo Chacón, en cuyos textos aprendió las obligaciones del nuevo cortesano. Se inició en la política gracias a su amistad con Fernando el Católico, su primo, quien le introdujo en los senderos de la administración y el servicio público.
     El matrimonio de Juana (de Aragón), hermana de Fernando, con Ferrante, rey de Nápoles, su primo (era hijo de Alfonso el Magnánimo), supuso un primer contacto con el arte de la alta política internacional y le abrió los ojos al mundo del Mediterráneo, por el que la casa de Aragón mostraba gran interés desde siempre. Pero fue sin duda el comienzo de la guerra con Granada el que despertó sus sueños de promoción ligados al servicio del Estado. Formó parte desde el primer momento de los contingentes del rey Fernando y le acompañó en diversas ocasiones en las campañas militares y diplomáticas, aprendiendo de él la sutil diferencia entre unas y otras. Los tres primeros años de guerra (1482-1485) significaron su verdadera iniciación, aunque ésta ya había tenido lugar años atrás en la campaña portuguesa.
     Fue después de la llegada de la reina Isabel al teatro de operaciones, en 1485, y tras ser nombrado alcalde de Íllora, cuando logró abrir paso a un posible acuerdo entre los reinos de Castilla y Granada, proyecto político que le obligó a trabar una sólida amistad con el rey nazarí Boabdil. Realizó entonces sus primeras hazañas en la Vega de Granada y comenzó la leyenda de su pericia en el arte militar, coincidiendo con su segundo matrimonio, esta vez con María Manrique.
     La primera lid singular de corte caballeresco la realizó en un campo cercano al que luego fue el monasterio de San Jerónimo. A partir de 1489 se inicia la redacción de las Capitulares de rendición de la ciudad y el reino, en las que intervino gracias a su conocimiento del árabe y a su amistad con el Rey nazarí. Sin embargo, la campaña continuaba y algunos hechos de armas alarmaron a ambas partes. La quema de las tiendas del Real contribuyó a su favor por parte de la reina Isabel, debido a la decidida actuación de su esposa que contribuyó generosamente a la reposición del ajuar doméstico. La construcción de la ciudad de Santa Fe significaba el reconocimiento de la firmeza de los Reyes de sostener hasta el final la capitulación de Granada. Así, en enero de 1492, se produjo la toma de la ciudad que provocó el fin del reino nazarí y el ulterior exilio a Marruecos de su familia real.
     Por su parte, Gonzalo se abstuvo de apoyar a los sectores duros que proponían un sometimiento de la población musulmana contrario al espíritu y la letra de las Capitulaciones, pero no se sumó tampoco al sector crítico. Permaneció entregado a sus actividades como rentista, ahora centradas en poner en marcha las alquerías obtenidas en el reparto de tierras musulmanas, y así se mantuvo expectante durante casi dos años viviendo en Granada con algunas esporádicas visitas a la Corte o a la ciudad de Montilla, donde firmó ante el escribano Alfonso Pérez unos poderes a favor de su amigo Gonzalo de Herrera, responsable del cobro de las alcabalas de Córdoba, unas rentas que tenía “por juro de heredad” y que ascendían a más de 50.000 maravedís. En 1494 acompañó a su amigo Boabdil a su exilio en Fez.
     Pero su destino estaba en Italia, y allí marchó por mandato del rey Fernando el 30 de marzo de 1495 al frente de un pequeño contingente de tropas que tenía como objetivo defender la frontera del Reino de Nápoles, recién conquistado por el rey de Francia Carlos VIII, con el Reino de Sicilia. Los despachos no dejaban el menor rastro de duda: la defensa del faro era su misión; pero, una vez en Mesina, donde recibió al completo a la Familia Real napolitana, al frente de la cual se encontraba la reina viuda, Juana (de Aragón), la hermana del rey Fernando, Gonzalo tuvo dudas de las órdenes recibidas. Contra la voluntad de los Reyes, Gonzalo dejó Sicilia para pasar a la Calabria con lo que ponía un pie en el Reino de Nápoles, invitando así a entrar en guerra al ejército francés. Los primeros contactos con aquel sofisticado cuerpo de ejércitos fueron desalentadores, pero sin desanimarse puso manos a la obra consistente en organizar las tropas, transformando el orden táctico y la moral de combate del ejército español. Lo hizo aplicando tres importantes decisiones: Una profunda y nueva organización del cuerpo expedicionario, punto de partida de la reforma necesaria y urgente, pues sobraban ballesteros y faltaban arcabuceros, había demasiado jinetes ligeros y faltaba una sólida infantería y un cuerpo de caballería pesado como lo había en los ejércitos de Francia, Borgoña, Inglaterra y Milán, las potencias con las que debería medirse España a partir de ese momento. Así nacieron las famosas “coronelias”, que propiciaron la profesionalización del Ejército. La segunda decisión consistió en entender la guerra moderna como un trabajo de equipo, donde cada individuo tenía una función que cumplir. Por ese motivo se rodeó siempre de excelentes colaboradores en todos los ámbitos de la milicia, desde artilleros como Pedro Navarro hasta generales de caballería como los hermanos Colonna. La tercera decisión fue reconsiderar a fondo el papel de la caballería pesada en el orden táctico. Con estas tres decisiones llevó a cabo una nueva concepción del arte de la guerra, un instrumento de poder como no lo había tenido ningún rey hispánico hasta entonces, y fundamento en último término del futuro imperio.
     En la primavera de 1496 comienza la campaña calabresa con prudencia, apoyando la política del rey de Nápoles, Fernandino (Ferrante II), lo que le conduce a la organización de los castillos fronterizos y a la victoria de Atella, que se compensaron con algunos reveses de sus tropas, aunque sin su presencia, por parte del general escocés Robert Stuart, señor d’Aubigny, que venció a las tropas españolas el 21 de junio de 1495 en Seminara. Tras la muerte de Fernandino, la reina Juana de Aragón le necesitó de nuevo para que con sus tropas apoyase la coronación de Federico (o Fradrique) como nuevo rey de Nápoles. En febrero de 1497, el papa Alejandro VI requiere su presencia en Roma con el fin de conquistar la plaza fuerte de Ostia, perfectamente guarnecida y al mando del capitán vasco Menoldo Guerra. El 9 de marzo de ese mismo año ya la había conquistado, en una rápida maniobra, pronto admirada en toda Europa y premiada por el Papa con la Rosa de Oro, máxima condecoración pontificia. Temeroso ante la posibilidad de perder a un soldado como él, el Rey de Nápoles le concede los títulos de duque de Monte Santangelo y Terranova, con sus propiedades anexas de Marzote, Rocadevalle, Pinillo, Montenegro y Torremayor. Al regreso de Roma, tras tomar la Roca Guillermo, los soldados de su regimiento y los franceses que la habían defendido comienzan a darle el apelativo con que más tarde la historia le conocerá: el Gran Capitán.
     Pero todos esos éxitos militares no sirven para aplacar a los Reyes Católicos que reclaman su regreso a España para someter sus conquistas al examen de la Hacienda pública, en ese momento en manos de Alonso de Morales, que dio lugar a las primeras Cuentas del Gran Capitán, manuscrito que se conserva en la Real Academia de la Historia. Pasará los dos años siguientes en sus propiedades de Granada, pensando, quizás, que su tiempo como militar y hombre de Estado había acabado para siempre. Pero el azar, esa mano del destino, sale a su encuentro en forma de un ataque de los turcos a la costa dálmata, con lo que la ciudad de Venecia volvió a percibir el peligro de otros tiempos. El dogo veneciano, el papa Alejandro y el rey de Francia organizan una coalición a la que invitan a los Reyes Católicos para que formen parte de ella, pero con la condición de que el mando de las tropas de la colación recayese en el Gran Capitán, el único según ellos capaz de obtener una rápida victoria sobre el potente ejército turco. La resistencia de los Reyes fue pareja a la del propio Gonzalo, receloso de la actuación hacia él en las campañas calabresas de los años anteriores. Por fin, sin embargo, se consigue un acuerdo y es nombrado capitán general y almirante de la Armada. Con tales títulos y sus fuerzas aumentadas con barcos venecianos al mando del almirante Benedetto Pesaro y con naves francesas, hace frente a los turcos en Cefalonia, obteniendo una importante victoria militar el día de Navidad de 1500.
     En febrero de 1501 es nombrado lugarteniente general de Apulia y Calabria, desde donde llevará a cabo un silencioso pero eficaz programa de restauración a la moderna de los castillos y las fortalezas de la región, adaptándolos a las nuevas exigencias creadas por la balística. Destacó en ello el cambio del artillero circular por el apuntado o esputón y más tarde por las tijeras, la creación de cercas abaluartadas, de merlones aspillerados y de cañoneras de buzón. Asimismo, mostró sus dotes diplomáticas mediando entre la familia de los Orsini y la de los Colonna, tradicionalmente enfrentadas, consiguiendo un importante acercamiento entre ellas. Pacificó la región y estuvo siempre a la expectativa de los movimientos de las tropas francesas, sobre todo cuando el rey Luis XII envió un poderoso ejército con el fin de conquistar de nuevo el Reino de Nápoles, una vez hubo fracasado el acuerdo de partición con los Reyes Católicos. La presencia del poderoso ejército al mando del joven e impetuoso duque de Nemours le obligó a reforzar las defensas de Barletta y Tarento, las plazas de las que partió su famoso contraataque de 1503. Así, en efecto, el 28 de abril de 1503, las tropas francesas de Luis d’Armagnac, duque de Nemours, se enfrentaron con las tropas españolas e italianas de Fernández de Córdoba en la localidad de Ceriñola, en la región de Apulia. La ladera cubierta de viñedos estaba ocupada por las tropas del Gran Capitán en posición de combate: en el centro los lansquenetes bávaros y la infantería española al mando de García de Paredes y Pizarro, padre del futuro conquistador del Perú; un poco más retrasados, en las alas, se encontraban los hombres de armas al mando de Próspero de Colonna y Diego Hurtado de Mendoza. Detrás, la artillería con Pedro Navarro. Y en un extremo, a la retaguardia, la caballería ligera de Fabrizio Colonna y Pedro de Pas. En el centro de todo ese dispositivo táctico, sobre un pequeño promontorio, se situó Fernández de Córdoba, vestido con sus armas y la cara descubierta, para queja de sus allegados. Los hombres estaban sudorosos y cansados. La marcha por la ribera del río Ofanto había sido agotadora. Se disponían a descansar, pues el día estaba avanzado, y no parecía prudente comenzar la batalla al caer la tarde. El duque de Nemours no pensaba así. El orden de las tropas francesas era el siguiente: en vanguardia se colocaron los hombres de armas al frente de los cuales se situó el propio Nemours, junto a D’Ars. Detrás, la infantería suiza y gascona al mando de Chandieu; en retaguardia, la caballería ligera comandada por Yves d’Allegre. Todo parecía indicar que Nemours ordenaría la carga de la caballería pesada contra las posiciones españolas. En apenas unos minutos, más de tres mil muertos franceses quedaron en el campo de batalla. Al caer la noche, el de Córdoba se refugia en su tienda de campaña, mientras deja que los Colonna y otros capitanes se diviertan en las tiendas de los vencidos. Sigue triste y perplejo. Pregunta por Nemours, su enemigo, cuya suerte aún no conoce. De repente se fija en un criado con un vestido que reconoce, robado deslealmente del cadáver del duque. Se apartó, retrocediendo dos pasos, y se pegó a la tela de la tienda para ver mejor al felón. Se enfureció y luego exige ser llevado junto al cuerpo de Nemours, a quien encuentra en el campo completamente desnudo, con una teja tapándole sus partes. No necesita más. Siente náuseas y ordena que lleven al duque hasta el campamento. Organiza un oficio de difunto; siente una enorme ternura por aquel joven altivo y desgraciado.
     Cualquier lector de Paolo Giovio se da cuenta de que este relato sobre el encuentro de Gonzalo con el cadáver de su antiguo enemigo tiene la fuerza, o el valor, o la sabiduría, de mostrar la grandeza de un gesto social que no siempre se entiende. Gonzalo era un rostro vestido de tristeza. La reacción del rey Luis XII no se hizo esperar. Un nuevo ejército francés avanzó sobre Nápoles al mando de Louis de la Tremoïlle, mientras en Roma agonizaba el papa Alejandro VI, víctima de la malaria. El 18 de agosto llegó el fatal momento, casi al mismo tiempo que el Gran Capitán fortificaba la región. Abandonó Mola y Castellone y se retiró al otro lado del río Garellano, para situar su cuartel general en San Germano. Esto le obligó a controlar las tres fortalezas que defiendían el río: Rocasecca, Aquino y Montecassino. El choque se hacía esperar, pero era inevitable. Lo que se ha dado en denominar “batalla del Garellano” fue en realidad la larga y pesada campaña del otoño-invierno de 1503. El renovado ejército francés, con más de cinco mil suizos y un tren de artillería como nunca antes se viera, se había desplegado sobre aquel fondo de fortalezas duramente defendidas por las tropas españolas. Lo mandaba Giovanni Francesco Gonzaga, marqués de Mantua, al haber enfermado Louis de La Tremoïlle. Era un cambio importante. El Gran Capitán tenía ante sus ojos al hombre que, años atrás, se había enfrentado a Carlos VIII en la llanura de Fornovo, y lo tenía al frente de un ejército moderno, bien pertrechado y convencido de su superioridad. Más adelante aún, y siendo ya evidente que nunca lograrían la victoria, los cronistas franceses insistieron en el hermosísimo despliegue táctico del marqués de Mantua. Fernández de Córdoba había llegado muy cansado al Garellano, sabiendo que tendría que sufrir el crudo otoño de aquella zona: lluvioso y frío, a veces casi inaguantable. Inquietos por su actitud defensiva o por sus respuestas demasiado prudentes (en contadas ocasiones se atrevía a cruzar el río hacia la zona francesa), sus colaboradores más próximos, incluido Próspero Colonna, que mandaba la caballería ligera, hicieron el esfuerzo de seguirle en sus constantes movimientos desde Roccasecca, Montecassino y Aquino hasta Sessa, mientras Gonzaga se fortificaba en Pontecorvo, Roca Guillerma y Castelforte; y todo ello a través de infranqueables barrizales, poniendo a prueba el valor y la disciplina de unos hombres ateridos por el frío y la humedad. En la noche del 27 de diciembre, las tropas del Gran Capitán cruzan el Garellano. A Bartolomeo de Alviano lo envía al norte, a Suio, mientras que a Fernando de Andrade lo manda al sur, directamente a Traietto. El grueso del ejército atravesará el río con él. Se ha discutido mucho si el marqués de Saluzzo se dio cuenta alguna vez de la estrategia ideada por Gonzalo de Córdoba; si el marqués hubiera podido prever que el ataque de Alviano era simplemente una estratagema, las cosas habrían sido diferentes, pero nunca lo tuvo claro. El nerviosismo de su gente embarcando a toda prisa los cañones para la defensa de Gaeta (muchos fueron a parar al fondo del río y los demás a manos de los españoles), mostraba que el ataque les había cogido por sorpresa. Aun así, el de Córdoba pasó un momento de verdadero peligro cuando Próspero Colonna fue rechazado y él tuvo que dirigir personalmente a los lansquenetes bávaros hasta que llegó Bartolomeo de Alviano con la infantería desplegada. El éxito fue total. Unos días después se rendía Gaeta y con ello se puso fin a la presencia francesa en el Reino de Nápoles. Eso es lo que ocurrió en el Garellano, que no fue una batalla en el sentido clásico de la palabra, aunque en su ejecución se vean muchos rasgos de lo que fueron las batallas de las guerras modernas. Fernández de Córdoba se adelantó a su tiempo y por eso mismo venció en aquellas largas jornadas de sangre, sudor y lodo.
     El gobierno del Gran Capitán en Nápoles coincidió con la época de la recuperación de la virtù nacional italiana y enseguida con los valores que los historiadores del arte llaman el Renacimiento, enfrentados en parte con la cultura del gótico tardío, procedente en su mayor parte de Flandes, donde se desarrollaba un esquema estético diferente que era al mismo tiempo una concepción del mundo. La situación en Nápoles era difícil. Aislado en el corazón de una Italia fuertemente republicana y de intereses mercantiles, donde había sido fácil el ascenso de banqueros al poder político, como en el caso de Florencia con los Médicis, rodeada de ambiciosos y gigantescos vecinos, el Imperio alemán y el Imperio turco cada vez más frente a frente en los Balcanes, el Reino de Nápoles era la llave para que España pudiera entrar en la alta política internacional con su propio rostro.
     Durante los años del Gran Capitán como virrey de Nápoles se recrudecieron las tensiones entre él y el rey Fernando, que sin embargo no actuó hasta la muerte de la reina Isabel. Su viaje a Italia en compañía de la nueva reina, Germana de Foix, en el verano de 1506 dio lugar al famoso encuentro en Nápoles, convertido en legendario gracias a la pluma de Lope de Vega que lo hizo el telón de fondo de su comedia sobre Las cuentas del Gran Capitán. El fulminante cese de su cargo de virrey y su regreso a España incrementaron la fama y la leyenda de hombre melancólico, sobre todo tras obtener de la reina Juana un puesto en la Administración al concederle la tenencia de la fortaleza de Loja como alcalde de la ciudad, cuya toma de posesión tuvo lugar el 15 de julio de 1508.
     Gonzalo Fernández de Córdoba convirtió Loja en un observatorio de la política nacional y de la internacional, una pequeña Corte a la que acudían, sin embargo, celebridades del campo de la literatura, lo que aumentaba los recelos del Rey, cada vez más predispuesto a favor del duque de Alba, y las envidias del marqués de Mondéjar afincado en Granada. La revuelta nobiliaria de su sobrino, el marqués de Priego, terminó con la demolición del castillo familiar de los Aguilar en Montilla, un gesto del Rey poco apreciado por la nobleza de la región, en el que algunos vieron la prueba de su creciente enemistad con el Gran Capitán. Pero la derrota de los ejércitos españoles al mando del duque de Cardona en Rávena, provocó la creación de una nueva alianza entre España, el Papado —ahora en manos de Julio II— y Venecia. Los aliados decidieron ofrecer el mando de las tropas al Gran Capitán, el único que en verdad podía enfrentarse con garantías al poderoso ejército francés de Luis XII. Pero la muerte de éste y la obstinada animadversión de Fernando el Católico malograron la empresa.
     En esos años finales, vividos en Loja, mantuvo una importante correspondencia con el cardenal Cisneros y otros grandes del reino; recibió la visita del futuro gran historiador florentino Francesco Guicciardini y mantuvo firme la Corte como señala su secretario de esos años, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.
     A finales de la primavera de 1515 enferma de gravedad en Loja y decide marchar a Granada junto a su mujer y su hija. El 30 de noviembre reforma su testamento, a petición de sus amigos y de su secretario, Juan Franco, permitiendo que en su identificación se coloque el título de “Gran Capitán” y aceptando que su cuerpo descanse en el monasterio de los Jerónimos. Dos días después moría en Granada. Su muerte dio paso a la elaboración de su mito como hombre singular, según el juicio del historiador Paolo Giovio. Una elaboración en la que colaboraron las más insignes plumas de la literatura española del Siglo de Oro y también de la francesa, del Romanticismo y del mundo moderno (José Enrique Ruiz-Domènec, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
Conozcamos mejor la Biografía de Núñez de Balboa, puesto que durante la Exposición Iberoamericana de 1929, está vía se dedicó a este personaje;
     Vasco Núñez de Balboa, (Jerez de los Caballeros, Badajoz, c. 1475 – Acla, Panamá, 13-19 de enero de 1519). Conquistador, descubridor del océano Pacífico.
     Fue fundador y alcalde de Santa María la Antigua del Darién, primera ciudad española en la América continental, y de Acla, así como conquistador de una gran parte de la región transístmica americana. Tuvo los títulos de adelantado de la Mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba.
     Debió de nacer hacia 1475, pues Las Casas afirmó que en 1510 era “mancebo de hasta treinta y cinco o pocos más años”. Su padre fue Nuño Arias de Balboa, “hidalgo y de sangre limpia” y su madre una señora de Badajoz de nombre desconocido. Este matrimonio tuvo varios hijos: Gonzalo y Juan, y quizá otros dos llamados Vasco y Alvar. Vasco entró como criado en casa de Pedro Puertocarrero, señor de Moguer, donde se educó en letras, modales y armas. Allí debió de asistir al protagonismo de Moguer en la empresa colombina. A fines de siglo, se trasladó a Sevilla y en 1500 se enroló como escudero en la expedición organizada por el escribano público de Triana Rodrigo de Bastidas y el cartógrafo Juan de la Cosa. Parece que era buen espadachín. Las Casas lo describió como “bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas, y gentil gesto de hombre muy entendido, y para sufrir mucho trabajo”.
     La expedición, formada por una nao, una carabela y un bergantín, partió de Cádiz hacia marzo de 1501 y llegó a Coquibacoa o la Guajira, desde donde navegó lentamente (durante cinco meses) hacia occidente, descubriendo la actual costa atlántica colombiana (Santa Marta, bocas del Magdalena, Cartagena, etc.) y luego la costa atlántica panameña desde Urabá hasta un punto desconocido, quizá el Retrete, situado a unas 150 millas del Darién. El mal estado de las naves a causa de la broma (molusco lamelibranquio que perforaba las cuadernas de roble de las quillas) obligó a detener el descubrimiento, ante la amenaza de hundimiento. Juan de la Cosa logró llegar con las naves hasta Jamaica y desde allí a la isla La Española. Intentaron inútilmente reparar las naves y finalmente se hundieron en las cercanías de Puerto Príncipe en febrero de 1502. Los expedicionarios llegaron a pie a Santo Domingo, divididos en tres grupos. Se inició el proceso a Bastidas y tuvo que volver a España, pero Balboa se quedó en la isla de Santo Domingo. Debió de participar en la conquista ovandina, pues fue premiado con un reparto de tierras en Salvatierra de la Sabana, población que ayudó a fundar. Inició un negocio de cría de cerdos que le fue mal. Endeudado, fue a Santo Domingo, donde se encontraba en 1509 buscando la forma de salir de la isla. Sus acreedores le impidieron salir en la expedición de Ojeda al Darién y tuvo que esperar hasta que se organizó la del bachiller Martín Fernández de Enciso, socio del anterior y su alcalde mayor, que partió de Santo Domingo el 13 de septiembre de 1510, para reforzar a su jefe y socio, con una nao y un bergantín con cincuenta y dos hombres. Balboa iba de polizón, con su perro Leoncico, escondido en una vela o dentro de un tonel (existen ambas versiones). Descubierto en alta mar, estuvo a punto de ser abandonado en una isla desierta por Enciso (parece que era uno de sus acreedores), quien finalmente le dejó a bordo a ruegos de los tripulantes. La flotilla siguió su rumbo a Urabá y encontró frente a Cartagena los restos de la expedición de Ojeda, mandados por Francisco Pizarro. Se supo entonces que había fracasado el intento de poblar San Sebastián en el golfo de Urabá, por lo insalubre del lugar y porque estaba habitado por indios que usaban flechas envenenadas. El propio Ojeda había sido herido y tenido que abandonarlo en busca de refuerzos, tras dejar a sus hombres al mando del Pizarro y con autorización para hacer lo que estimaran conveniente si no regresaba en un plazo de cincuenta días. Los españoles habían cumplido con el plazo, tras el cual habían embarcado en las naves que encontró Enciso.
     Enciso puso proa a San Sebastián y, al llegar, naufragó la nao. Comprobó que era cierto cuanto le habían dicho. Es más, los indios habían quemado las treinta chozas construidas por los españoles. Convocó entonces una junta para decidir si regresaban a La Española o buscaban otro lugar para poblar, lo que no parecía fácil. En plena deliberación pidió la palabra Vasco Núñez para decir algo parecido a esto que transcribió el padre Las Casas: “Yo me acuerdo, que los años pasados, viniendo por esta costa con Rodrigo de Bastidas a descubrir, entramos en este Golfo, y a la parte de occidente, a mano derecha, según me parece, salimos en tierra y vimos un pueblo de la otra banda de un gran río, que tenía muy fresca y abundante tierra de comida, y la gente de ella no ponía hierba (veneno) en sus flechas”. Fue una sugerencia providencial que todos aceptaron, empezando por el propio Enciso. Dejaron 65 hombres en San Sebastián y el resto siguió hasta el lugar señalado por Balboa, que encontraron pasado el golfo, en un río del Darién. Era la provincia del cacique Cémaco, cuyos guerreros fueron vencidos fácilmente por Enciso, que les combatió tras encomendarse a la Virgen de Nuestra Señora del Antigua (Las Casas dio una versión mas idílica del encuentro con los naturales). Los vencedores se apoderaron de la población y quemaron a los homosexuales (muy frecuentes en el istmo), en aplicación de la ley de 1254, y recogieron un pequeño botín de oro. Mandaron luego venir a los que habían quedado en San Sebastián y procedieron a establecer una población que llamaron La Guardia en noviembre de 1510. No hubo fundación formal y Oviedo asegura que unos meses más tarde Balboa decidió bautizarla con el nombre de Santa María de la Antigua del Darién. Fue la primera capital española en la América continental. Su emplazamiento se ha discutido mucho, pero parece ser en un afluente del río Tanela, muy cerca de un buen puerto, que debería de ser Puerto Escondido.
     Enciso ejerció provisionalmente el mando, pero se enemistó pronto con sus hombres por haberles prohibido comerciar con oro bajo pena de muerte y se negó además a repartir el botín de oro capturado a los naturales, ya que en su opinión esto le correspondía hacerlo al gobernador Ojeda. Balboa aprovechó la ocasión para minar su autoridad, pidiendo la creación de un Cabildo para que gobernase la ciudad. Se reunieron los conquistadores y resultaron elegidos como alcaldes Vasco Núñez y Benito Palazuelos (sustituido luego por Zamudio). El tesorero fue el médico doctor Alberto, el alguacil Bartolomé Hurtado, y los regidores Diego Albítez, Martín de Zamudio, Esteban Barrantes y Juan de Valdivia. El Cabildo se apoderó de los barcos y empezó a actuar como máxima autoridad local. Protestó Enciso, argumentando que representaba al gobernador Ojeda, de quien era alcalde mayor, pero no pudo presentar su nombramiento porque se había perdido en el naufragio de la nao, según dijo. Los cabildantes no le hicieron caso alguno.
     En la segunda quincena de 1510 llegó a Santa María Rodrigo de Colmenares con dos naves y los refuerzos para su jefe Diego de Nicuesa, a quien debía encontrar en algún lugar situado al oeste del golfo de Urabá. En la ciudad no se sabía nada de Nicuesa y Colmenares la abandonó, siguiendo por la costa panameña tras el rastro de su gobernador. Lo encontró pasado Nombre de Dios. Nicuesa había fracasado en su objetivo poblador y le quedaban sólo treinta hombres. Al saber que existía Santa María, decidió ir a la ciudad y reclamarla como parte de su gobernación, ya que estaba pasado el golfo de Urabá y había convenido con Ojeda que Urabá se dividiría por la mitad para sus dos gobernaciones. Tardó mucho en llegar y se le anticiparon las noticias de sus desastres, por lo que el Cabildo de Santa María se juramentó para no recibirle por gobernador. Cuando Nicuesa arribó a Santa María se le conminó a no desembarcar y luego a retirarse. Tras muchos incidentes fue obligado a reembarcarse el 1 de marzo de 1511. Puso rumbo a La Española, donde pensaba reclamar sus derechos, pero murió en el naufragio de su nave en alta mar. Fernández de Oviedo atribuye todo esto a maquinaciones de Balboa y Pedro Mártir atribuye culpa a los dos, Enciso y Balboa. Enciso exigió luego dos tercios del botín (sacado el quinto) por su aportación de los barcos y por su supuesto título. Se le negaron; antes al contrario se le acusó de usurpación de autoridad y tentativa de apropiación indebida. Se le puso en libertad, pero decidió ir a España para reclamar sus derechos. Embarcó en la carabela de Colmenares el 4 de abril de 1511. Le acompañaban el alcalde Zamudio y el corregidor Juan de Valdivieso, a quienes Balboa envió a Santo Domingo para pedir ayuda y mercedes. Consecuencia de esto último fue que el virrey Diego Colón reconociera a Vasco Núñez el título de gobernador interino del Darién, desconociendo los derechos de Enciso. Lo mismo haría luego el Rey por Cédula de 23 de diciembre de 1511, en espera de nombrar gobernador en propiedad.
     Vasco Núñez de Balboa había quedado como la única autoridad del Darién desde el 4 de abril de 1511, cuando lo abandonó Enciso y un mes después de partir Nicuesa. Su gobierno duró tres años durante los cuales realizo la conquista y el descubrimiento del Pacífico. En mayo se dirigió al cacicazgo de Careta para pedir alimentos a su jefe Chima. No se los dio y Balboa le prendió. Acordaron entonces que Chima entregaría anualmente alimentos y algún oro, a cambio de que Balboa le ayudara en su guerra contra el cacique Ponca. El cacique selló el pacto con la entrega de varias mujeres, entre ellas a su hija Anayansi, que tenía trece años y se convirtió en la amante y mujer de Balboa. Chima aceptó ser bautizado con el nombre de Fernando, como el Rey.
     Balboa mandó recoger toda la gente de Nicuesa que quedaba en Veragua y la trasladó a Santa María. En agosto de 1511 procedió a organizar la ciudad. Distribuyó solares a los vecinos, se trazaron calles, se construyeron casas y se señalaron sementeras de maíz. Para cumplir lo prometido a Careta, atacó al cacique Ponca. Los naturales se escondieron, por lo que saqueó su territorio. Fernando le pidió entonces que hiciera lo mismo con otro enemigo suyo, el cacique Comogre (su territorio iba del Caribe al río Bayano). Éste recibió bien a los españoles y tras agasajarlos con comida y bebida abundantes, aceptó luego bautizarse como Carlos y les regaló setenta esclavos y piezas de oro, valoradas en unos 4000 pesos. Balboa ordenó separar el quinto real y repartir el resto del botín entre sus hombres, que disputaron por las mejores piezas. Panquiaco, hijo mayor del cacique, intervino para aconsejar a los españoles que fueran a buscar el oro donde abundaba, que era en las tierras de Pocorosa y Tubanamá, cerca de la mar que estaba al Sur, según señaló (por la inflexión del istmo), y a solo tres días de marcha de las montañas del valle de Bayano. Pedro Mártir recogió un discurso muy florido de Panquiaco, que es improbable que lo dijera, y Las Casas creyó que Panquiaco se refería a la riqueza del Perú, cosa aún más improbable. Balboa y sus hombres regresaron a Santa María, donde encontraron a Valdivia, que había regresado de la Española con el nombramiento de Vasco Núñez como gobernador interino por el virrey. Balboa le mandó regresar nuevamente a Santo Domingo para informar al virrey de las noticias sobre la Mar del Sur y pedirle un refuerzo de mil hombres, armas y vituallas. Le entregó asimismo el quinto real de los botines logrados hasta entonces, que subían a unos 15.000 pesos. La nave de Valdivia naufragó, por lo que Colón no recibió las noticias ni el quinto real. El año se cerró con el nombramiento real de Balboa el 23 de diciembre de 1511 como gobernador y capitán de la isla de Darién “entre tanto que mandamos proveer de Gobernador e Justicia de la provincia del Darién”. Fue resultado de las gestiones de Zamudio en España, pero no le llegaría a Balboa hasta 1513, por lo que ejerció con el que le había dado Colón.
     Ningún historiador ha explicado la razón por la cual Balboa no emprendió la jornada del descubrimiento de la Mar del Sur en 1511, tras recibir los informes de Panquiaco, como sería esperable. Aguanto casi dos años para hacerlo, pese a saber que habría llegado al Pacífico en sólo unas semanas. Balboa dedicó el año 1512 y la mayor parte del año siguiente a establecer buenas relaciones con las tribus de la zona transístmica y, lo que es aún más raro, a realizar su expedición a la culata de Urabá, como si presintiera que allí podría haber otro camino alternativo a la Mar del Sur. Organizó una fuerza de ciento sesenta hombres de la que nombró segundo a Rodrigo de Colmenares y la embarcó en un bergantín y una flotilla de canoas para explorar el golfo. Desembarcó en Urabá y penetró hasta la provincia de Ceracana (su cacique era Abraibe), donde recogió otro botín de oro de 6.000 pesos. Subió luego por el río Atrato hasta el río Sucio, al que llamó Negro, desde donde alcanzó la tribu de Albanumaque. Aquí oyó hablar del mito del Dabaibe (sus hombres cogían pepitas de oro como naranjas y las transportaban en cestas). No pudo ir en su busca, porque le llegaron noticias de que en el Darién había surgido una sublevación indígena para destruir Santa María. Regresó a la ciudad y logró deshacer la conspiración urdida por los caciques Cémaco, Abraibe, Abanumaque y Abibaibe en octubre de 1512. Incluso le tendieron una emboscada con cuarenta guerreros disfrazados de campesinos, de la que logró salir indemne por el miedo que les infundió su sola presencia. Pese a todo, la situación de la colonia era mala. Los vecinos llevaban dos años sin refuerzos, viviendo por sus medios, y decidieron pedir ayuda, Construyeron un pequeño bergantín en el que embarcaron el veedor Juan de Quicedo, Colmenares y once tripulantes y partieron el 28 de octubre de 1512. En Santa María quedaron sólo ciento sesenta españoles. Quicedo y Colmenares llegaron a La Española, donde trataron de desacreditar a Balboa, y luego a España en 1513, donde siguieron hablando mal del gobernador, lo que decidió al rey Fernando a enviar un gobernador titular y una fuerza pobladora al Darién.
     El descontento de Santa María fue dirigido por los alcaldes y regidores, como el bachiller Corral, cierto Alonso Pérez de la Rúa, Luis de Mercado y Gonzalo de Badajoz. Hicieron una “pesquisa secreta” e intentaron apoderarse del botín de 10.000 pesos de la Tesorería. Balboa encarceló a varios de ellos y los puso luego bajo la custodia de los franciscanos. Llegaron entonces unos refuerzos de La Española, enviados por Colón (Sebastián Ocampo entre ellos). Las Casas afirmó erróneamente que también llegó el nombramiento real de Balboa como gobernador interino, pero fue posterior. Vasco Núñez envió a Colmenares por procurador suyo a La Española, con un memorial para el Rey, fechado el 20 de enero de 1513, en que criticaba a sus antecesores, Nicuesa y Ojeda, y ponderando sus descubrimientos, el cuidado de Santa María, el buen tratamiento dado a los indios, los botines logrados y la enorme riqueza que se escondía en los ríos que iban al otro océano. Ocampo partió con sus naves y tardó mucho en llegar a España. Arribó además enfermo y murió en Sevilla en 1514, transfiriendo a Noya la defensa de Balboa.
     Poco después llegaron al Darién varias naves de La Española con víveres, correspondencia y cuatrocientos colonos, según el piloto Juan de Ledesma que iba con ellos, o 150, según Las Casas. En la correspondencia llegó el nombramiento real de Balboa por gobernador interino otorgado por el rey en 1511, así como noticias (quizá de Zamudio) de que el Rey pensaba nombrar un gobernador en propiedad, ajeno a las facciones existentes. Balboa decidió entonces (por qué no lo hizo antes) jugar la carta escondida del descubrimiento del Pacífico, pensando sin duda que era su gran oportunidad para ascender de gobernador interino a propietario. Dejó en Santa María doscientos hombres y salió a su descubrimiento con ciento noventa. Su plan era ir a Careta, Ponca y luego a la tierra de Chima, que le facilitaría las guías y porteadores para llegar a la Mar del Sur. Zarpó del puerto de la ciudad el 1 de septiembre de 1513 con un barco pequeño y nueve canoas rumbo a la tierra de Chima. El itinerario que iba a seguir, visto en un mapa moderno, supone cruzar Panamá desde Sasardí Viejo, en la costa atlántica, hasta el golfo de San Miguel, en la pacífica. En la época suponía ir desde Careta, en la costa atlántica, hasta el cacicazgo de Ponca, en la sierra, bajar luego a la de Quareca y subir la sierra de este nombre hasta un lugar desde el cual podría divisar el océano Pacífico. Sabía a dónde iba y por dónde. Aunque tardó veintidós días en cruzar el istmo, sólo anduvo durante unos diez días de ellos. Eso sí, lo hizo al comenzar el invierno tropical, lo que añade otra incógnita al problema de la fecha escogida para la expedición. Los españoles marchaban en fila india por las trochas, seguidos de los porteadores y mujeres de los indios, con lo que sería una columna de varios kilómetros.
      Hizo por mar la pequeña travesía hasta Puerto Careta, donde dejó más de la mitad de sus hombres asentados en un real, y partió con sólo 92 soldados y dos sacerdotes. Tras dos días de marcha por la selva alcanzó Ponca. Mandó llamar a su cacique y le interrogó sobre la ruta que debía seguir. Después de esto envió a retaguardia algunos enfermos y siguió hacia la tierra de Quareca, cuyo cacique, llamado Torecha, era enemigo de Ponca. Este trayecto fue el más duro del viaje. Tardaron en cubrirlo cinco días, dado lo abrupto del mismo. Cruzaron el Chucunaque, las fuentes del Artigatí y del Sabanas y finalmente llegaron a su objetivo el 24 de septiembre. En Quareca tuvieron un combate con los indios. Les vencieron fácilmente y saquearon la población. Balboa estableció otro nuevo real de apoyo con quince hombres y partió con el resto, sesenta y cinco soldados y el clérigo. Abandonó Quareca el 25 de septiembre, a las seis de la mañana, dispuesto a subir hasta la cima de las montañas aquel mismo día. Lo logró en unas cuatro horas. Hacia las diez de la mañana los guías le indicaron el lugar desde el cual podría ver la otra mar. Balboa ordenó detenerse a su gente y partió solo, pues deseaba ser el primer español que viera la Mar del Sur. Coronó la montaña en unos minutos y desde allí contempló extasiado el Pacífico. El escribano de la expedición, Andrés de Valderrábano, escribió luego en su diario: “Y en martes veinte y cinco de aquel año de mil e quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vido desde encima de la cumbre del la Mar del Sur antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban”. Llamó entonces al resto de sus hombres para que contemplaran la maravilla. A continuación procedió a tomar posesión en nombre de los reyes de Castilla: cortó varias ramas de los árboles, amontonó piedras y grabó sobre los troncos de algunos árboles los nombres del rey Fernando y de la reina Juana. Los indios miraban asombrados toda la ceremonia. Balboa hizo venir al escribano y le ordenó tomar los nombres de todos los que habían estado presentes en el acontecimiento: 67españoles. El primero era naturalmente el de Balboa, el segundo el del clérigo Andrés de Vera y el tercero el del teniente de la expedición, Francisco Pizarro, el hombre que años después encontraría en dicho océano el fabuloso Perú. El “martes” 25 de septiembre de 1513 cayó en domingo, por lo que Rómoli piensa en un error numérico en el acta del escribano (un domingo no habría pasado inadvertido para los clérigos), y que fuera realmente el martes, pero 27 de septiembre, cuando efectivamente se descubrió la Mar del Sur. Efectivamente, Oviedo transcribió el acta de Valderrábano con el error, de donde lo tomaron todos los historiadores.
     Los españoles descendieron hasta la costa y acamparon en Chape, cuyos habitantes huyeron. El cacicazgo los ostentaba una mujer, a la que no vio Balboa, que mandó llamar a los que habían quedado en Quareca. Cuando todos estuvieron reunidos, el 29 de septiembre, fiesta de san Miguel Arcángel, preparó la ceremonia de la toma de posesión. Seleccionó a veintiséis hombres y partió con ellos hasta la misma orilla del mar. Todos lucían sus mejores galas de combate; corazas, cascos, plumas y llevaban en vanguardia un estandarte con la imagen de la Virgen y las armas de Castilla. Había llegado a un ancón de un golfo que en el futuro se llamaría de San Miguel. Eran las dos de la tarde y la playa ofrecía aspecto deplorable, pues había marea baja y parecía un inmenso fangal. Balboa había calculado mal la marea, al regirse por el océano Atlántico. En vista del panorama existente, los españoles decidieron posponer la ceremonia. Se sentaron en la playa y esperaron que subiera la marea. Entonces y sólo entonces consideró Vasco Núñez que había un marco adecuado para la toma de posesión. El escribano Valderrábano anotó a este respecto: “Llegó [Balboa] a la ribera a la hora de vísperas y el agua era menguante. Y sentáronse él y los que con él fueron, y estuvieron esperando que el agua creciese, porque de bajamar había mucha lama e mala entrada, y estando así (sentados) creció la mar, e vista de todos, mucho y con gran ímpetu”. Balboa se puso la coraza y el yelmo, tomó el estandarte en la mano derecha y con la espada desnuda en la izquierda se adentró algunos pasos, hasta que el agua le llegó a las rodillas. Luego empezó a pasear de un lado para otro diciendo: “Vivan los muy altos e poderosos señores reyes don Fernando e doña Juana, Reyes de Castilla e de León, e de Aragón, etc. en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destas mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes”. Preguntó luego desafiante si alguien se oponía a la posesión, pero nadie replicó. A continuación preguntó si los españoles presentes estaban dispuestos a defender con sus vidas la posesión por los reyes de Castilla, a lo que contestaron todos afirmativamente. Después ordenó al escribano dar fe del acto y escribir los nombres de todos los presentes. Valderrábano anotó veintiséis nombres, encabezados por los de Balboa y Pizarro. Los testigos probaron el agua y aseguraron que era salada, como la de la otra mar. Por último Balboa dio unos sablazos a las aguas y salió a la playa, donde hizo con un puñal tres cruces en los árboles, en nombre de la Santísima Trinidad. Los acompañantes secundaron su acción cortando ramas y grabando cruces. Todo el formalismo quedó así cumplido.
     Al caer la tarde regresaron a Chape, donde el hermano de la cacica les obsequió oro y perlas. Balboa exploró los alrededores pues quería encontrar las perlas por su propia mano. Embarcó a sesenta hombres en unas piraguas y navegó por un brazo del río Congo hasta Cuquera, donde cogió a los indios otra buena cantidad de perlas y oro. Volvió a Chape y pidió más canoas. Se embarcó en ellas el 17 de octubre con sus hombres, dispuesto a llegar a las islas de las perlas. Al día siguiente arribó a las tierras del cacique Tumaca, unas veinte millas al norte del golfo de San Miguel. Lo bautizó como “golfo de San Lucas”, aunque los indios lo llamaban Chitarraga. El cacique Tumaca le dijo que las perlas estaban en las islas que se veían a lo lejos. Balboa trató de conseguir una gran canoa para llegar a ellas, pero no pudieron alistarla hasta el 29, cuando se adentró con ella en el mar acompañado de veintitrés españoles. Había mar gruesa y sólo pudo navegar hasta la desembocadura del río Chiman, desde donde tuvo que contentarse con ver la silueta de la isla de Terarequí, que distaba unas veinte millas. La bautizó como “Isla Rica”. Valderrábano volvió a levantar acta con el testimonio de los veintitrés tripulantes de la canoa. Se dirigieron luego al lugar donde los indios pescaban las perlas. Varios buceadores indígenas sacaron cuatro grandes cestas de ostras. Los españoles las abrieron con voracidad, esperando encontrar perlas, pero no hallaron ninguna, y se quedaron extrañados de que los indios se comían su contenido. Volvieron a Tumaca y desde allí, el 23 de noviembre, emprendieron el regreso a Santa María. Habían estado casi un mes en la costa del Pacífico.
     Regresaron por un camino distinto, con objeto de descubrir otras tierras y recoger más botines. Dieron un rodeo para pasar del río Maje al Bayano. Llegaron al cacicazgo de Thevaca y luego a los de Pacra y Bucheribuca. Entraron en Pocorosa el 8 de diciembre. Desde allí hicieron una incursión a la provincia cacique Tamaname, donde se sospechaba que existían minas de oro. Resultó un fracaso y volvieron a Pocorosa. Los hombres estaban exhaustos y Balboa se hallaba enfermo de fiebres (quizá de paludismo), por lo que se hacía transportar en una hamaca. Desde Pocorosa siguieron a Comogre el 1 de enero de 1514 (el viejo cacique había muerto, sucediéndole Ponquiaco); luego a Ponca y Careta, en cuyo puerto embarcaron (en el mismo bergantín que les trajo) hasta Santa María. Atracaron en su puerto el 19 de enero de 1514. El balance de la entrada no podía ser mejor: habían descubierto la Mar del Sur y recogido un botín de más de dos mil pesos en oro y perlas, y no habían perdido un solo hombre.
     Balboa recibió en Santa María unas noticias alarmantes que le trajo el comerciante Pedro de Arbolancha desde La Española: la nave de Valdivia que llevó el quinto real había naufragado y los procuradores y Enciso habían informado en contra suya, por lo que el Rey había nombrado un nuevo gobernador para el Darién, rebautizado como “Castilla del Oro”. Se llamaba Pedro Arias de Ávila y estaba próximo a llegar con una gran flota y dos mil colonos. Vasco se apresuró a comunicar al Rey su descubrimiento. Hizo una relación del mismo y un mapa de la Mar del Sur, que adjuntó al nuevo quinto real, a una petición de que se le nombrase gobernador de la Mar del Sur y a una relación de los vecinos de Santa María sobre sus servicios. Lo envió a La Española con Arbolancha, pero sus enemigos hicieron desaparecer los documentos. En espera de la llegada de Pedrarias envió a Andrés Garavito con ochenta hombres para descubrir otra vía alternativa hacia el Pacífico; desde Bea a las fuentes del río Arquiati, confluencia de los ríos Payá y Tuira y golfo de San Miguel. Fue el camino llamado ‘del Suegro’, porque el cacique de Tamahe casó a su hija con Garavito.
     Pedrarias arribó al puerto de Santa María el 26 de junio de 1514, con diecisiete buques y unos dos mil colonos, artesanos y funcionarios (obispo incluido). Desembarcó y mandó notificar su llegada a Balboa, poniéndose en camino a la ciudad. Balboa recibió la noticia cuando estaba reparando el tejado de una casa y salió a recibirle inmediatamente con la ropa de trabajo que tenía; una camisa y un calzón viejo de algodón. El encuentro se produjo en mitad del camino entre la ciudad y su puerto y no pudo ser más ridículo. Pedrarias portaba armadura completa y cabalgaba sobre un caballo enjaezado, rodeado de su señora, sus parientes y criados. Tras él venía el obispo bajo palio, con mitra y cruz de plata, rodeado de religiosos, precediendo una comitiva de funcionarios (tesorero, veedor, alguacil, etc.), soldados, abanderados, mujeres, traíllas de perros, etc. Balboa besó el anillo del obispo e hizo una reverencia a Pedrarias, que le entregó sus credenciales. Las miró, las besó y las puso sobre su cabeza, como era preceptivo. Se hicieron las presentaciones de turno y ambos grupos regresaron a la ciudad. Cuando Pedrarias contempló Santa María se quedó asombrado, pues eran sólo unas doscientas casas de tablas y paja en las que vivían quinientos españoles y mil quinientos indios de servicio. No tenía infraestructura para recibir aquella enorme población que le acompañaba. Pedrarias pidió a Balboa un informe pormenorizado de la colonia: fuentes de aprovisionamiento, tribus confederadas y hasta el camino para llegar a la Mar del Sur. Balboa se los entregó puntualmente, pero estos papeles se han perdido. El nuevo gobernador ordenó entonces al licenciado Espinosa que abriera juicio de residencia a Balboa, lo que era usual, e inició por su cuenta una pesquisa secreta sobre la actuación de su predecesor, lo que era insólito. Intervino el obispo y la pesquisa secreta quedó pendiente. Como Santa María no podía albergar una población de dos mil quinientos españoles, Pedrarias ordenó una serie de campañas contra los territorios indígenas; cinco expediciones para descubrir minas de oro y, en realidad, para quitarse bocas en la ciudad. Produjeron un botín de 30.000 pesos, pero destruyeron la labor pacificadora de Balboa y dejaron a los naturales enemistados con los españoles.
     El 20 de marzo de 1515 llegó a Santa María el nombramiento real de Vasco Núñez como adelantado de la Mar del Sur (se había dado por cédula de 23 de septiembre de 1514) y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba, aunque sujeto a Pedrarias. Éste quiso guardarse la Cédula pero se opusieron el obispo y varios funcionarios. Tuvo que entregársela a regañadientes, pero prohibió a Balboa reclutar gentes para sus empresas descubridoras, ya que dijo necesitar todos los hombres que había en Castilla del Oro. Balboa mandó entonces a Garavito a la isla La Española para que los reclutara. Tenía el proyecto de fundar poblaciones a orillas de los dos océanos, bien en el eje Careta-golfo de San Miguel, bien en el que luego sería Nombre de Dios-Panamá, y construir unas naves para navegar doscientas o trescientas leguas por la Mar del Sur con objeto de encontrar las islas de la Especiería. De no hallar éstas, pensaba singlar hacia el sur para tratar de hallar un paso interoceánico en América, cosa que preocupaba al Rey. Eran grandes proyectos que lamentablemente no pudo acometer.
     Pedrarias viajó a Careta, pero tuvo que regresar rápidamente a Santa María a causa de un cólico hepático. Allí encontró sesenta soldados de Cuba, que habían llegado a petición de Balboa. Acusó a éste de conspiración y rebelión frustrada y le metió en una jaula en el patio de su casa. Balboa estuvo allí dos meses, hasta que un día Pedrarias le abrió la jaula, le pidió perdón y le concedió la mano de su hija María. Balboa no lo pensó dos veces y aceptó los esponsales, lo que disgustó mucho a su amante Anayansi. La reconciliación tuvo otras dependencias, como construir una población en Careta (sería Acla), no emplear más de ochenta hombres en sus empresas y concluirlas en un plazo máximo de año y medio.
     Balboa fundó Acla a fines de 1516, donde organizó la Compañía de la Mar del Sur, con aportaciones de accionistas de Santa María. Luego mandó construir las piezas necesarias para ensamblar varios bergantines que pensaba botar en el Pacífico (se decía que la broma no atacaba la madera de aquel lugar, lo que resultó falso). En 1517 envió a Francisco de Compañón a la costa pacífica, para que escogiera el lugar apropiado para el astillero. En agosto de 1517 comenzó a trasladar las piezas de los bergantines, así como las jarcias, brea, velas, anclas, etc. El propio Balboa cargó con tablones. El astillero se montó junto al río de las Balsas (posiblemente el Chucunaque, cerca de la actual Yavisa). Los españoles trabajaron en cuadrillas que se ocupaban de talar árboles, construir las naves, recoger víveres y en abrir un buen camino a Acla. Cuando estaba todo listo para la botadura sobrevino una riada del Chucunaque que arrastró el astillero al mar. Balboa, apesadumbrado, hizo reunir el Consejo de la Compañía para decidir qué hacer. Se acordó seguir adelante. El adelantado botó los bergantines, pero se hundieron de inmediato a causa de la broma. Pidió a su suegro otro plazo y dinero y volvió a empezar con unos préstamos. Balboa reflotó los bergantines, les tapó las vías de agua y se embarcó en ellos hasta llegar a una de las islas de las Perlas; la Isla Rica o Isla del Rey (antigua Terarequí), que había sido esquilmada por Morales, un lugarteniente de Pedrarias. No se desanimó por ello, sin embargo. Construyó otras dos naves y navegó hacia el sur (la ruta al Perú), hasta alcanzar un puerto que llamó Puerto Peñas (creyó que estaba lleno de arrecifes, pero eran ballenas en realidad), el mismo lugar que luego Pizarro bautizó como Puerto Piñas (actual Jaqué). Desde allí regresó a Chochama y al golfo de San Miguel. Envió entonces a Valderrábano a Santa María para que insistiese ante Pedrarias en la solicitud de una prórroga. En vez de ésta, le llegó la noticia de que el Rey había sustituido a Pedrarias por un nuevo gobernador llamado Lope de Sosa, que estaba próximo a llegar. Surgió entonces la “traición” de Balboa, que le costó la vida.
     No se conoce bien cuál fue el delito de la “traición”. En versión de Fernández de Oviedo, que vio el expediente, consistió en que Balboa se precipitó ante la noticia de la llegada del nuevo gobernador, pensando que éste le iba a prohibir realizar descubrimientos en la Mar del Sur, y decidió fundar una población en la costa del Pacifico, exactamente en Chepavare, en el camino de Chepo a Panamá, para salir desde allí al océano con dirección sur, donde los indios decían que había muchas riquezas (el Perú). Balboa creía, al parecer, que si continuaba Pedrarias como gobernador podría realizar su navegación, en lo que se confundió. Envió a Santa María a sus fieles Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello. El último de éstos debía anticiparse y llegar a Acla para saber si había arribado Sosa. Tuvo la mala fortuna de ser detenido por un centinela y conducido a presencia de Francisco Benítez, enemigo de Balboa, que le hizo confesar todo el plan, comunicado de inmediato a Pedrarias. Todos sus compañeros fueron detenidos al llegar a Santa María. Pedrarias ordenó al tesorero Puente que levantara una acusación formal contra Balboa. Luego se trasladó a Acla, desde donde escribió una carta muy cariñosa a su yerno, rogándole que se presentara en dicha población para tratar de los asuntos de la expedición que deseaba realizar. Balboa no receló nada. Al entrar en Acla fue apresado y acusado del delito de traición. Se le tuvo preso en la casa de Juan de Castañeda, adonde fue a visitarle Pedrarias para decirle que no se preocupara, porque había sido detenido por algunas acusaciones seguramente infundadas. En una segunda visita cambió de tono y le acusó de haber traicionado al Rey y a él. Mandó ponerle guardias y trasladarlo a la cárcel común. En el proceso testimoniaron todos los enemigos de Balboa y hasta su amigo Garavito, que estaba enamorado de Anayansi y había sido rechazado por ésta. Pedrarias añadió al expediente su pesquisa secreta e infinidad de acusaciones, como haberle dado informes falsos sobre los indios para que fracasara en sus entradas, haber maltratado a los indios contra sus instrucciones, haber actuado malintencionadamente contra Ojeda y Nicuesa y, sobre todo, haber urdido un plan para proclamarse independiente en la Mar del Sur. Pedrarias negó la apelación y le condenó a muerte.
     Se levantó un cadalso en la plaza mayor de Acla, donde se cumplió la sentencia un día desconocido de la semana del 13 al 21 de enero de 1519. Se ajustició a Balboa, Fernando de Arguello, Luis Botello, Hernández Muñoz y Andrés Valderrábano. Antes de que le cortaran la cabeza, Balboa tomó la palabra y dijo a los presentes que todo era una falsedad y que jamás había traicionado al Rey. Las cabezas de los sentenciados cayeron sobre una artesa vieja. Fernández de Oviedo, testigo del suceso, afirma que “E desde una casa que estaba diez o doce pasos de donde los degollaban (como carneros, uno a par de otro) estaba Pedrarias mirándolos por entre las cañas de la pared de una casa o bohío”.
     Lamentablemente no existen obras, ni tampoco ninguna colección de los documentos que hizo Balboa, salvo los publicados por Altolaguirre como apéndice a su conocida biografía de este personaje, muchos de los cuales proceden de testimonios recogidos por Fernández de Oviedo. El padre Las Casas buscó informaciones para tratar la figura de Balboa, pero no aportó documentación. Tampoco ofreció ninguno Anglería, que se limitó a recoger datos sobre el descubridor del Mar del Sur, fiel a su forma de trabajar. De estos tres cronistas, el más valioso es el primero, que coincidió once meses en el Darién con Balboa (luego volvió) y le conoció personalmente, pero fue un historiador muy poco proclive a Pedrarias Dávila, con quien tuvo algunos diferendos. El padre Las Casas no perdonó a Balboa su trato con los indios, especialmente los aperramientos y quema de homosexuales. Otro cronista interesante fue Andagoya, pero lo difuminó todo en beneficio de enaltecer su propia figura como precursor del descubrimiento del Perú (Manuel Lucena Salmoral, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
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