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Intervención en el programa de radio "Más de uno Sevilla", de Onda Cero, para conmemorar los 800 años de la Torre del Oro

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martes, 14 de octubre de 2025

Los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Iglesia de la Santísima Trinidad, Iglesia del Espíritu Santo, Ermita del Calvario, Ermita de San José, Iglesia del Asilo del Santo Cristo de los Remedios, Torre de las Monjas, Casa-Museo de Alfonso Ariza, Torreón del Castillo, y Museo de la Cerámica) de la localidad de La Rambla, en la provincia de Córdoba

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Iglesia de la Santísima Trinidad, Iglesia del Espíritu Santo, Ermita del Calvario, Ermita de San José, Iglesia del Asilo del Santo Cristo de los Remedios, Torre de las Monjas, Casa-Museo de Alfonso Ariza, Torreón del Castillo, y Museo de la Cerámica) de la localidad de La Rambla, en la provincia de Córdoba.
     La gracia sevillana de sus barrocas torres le da a la Rambla un leve aire ecijano. Pero sin despreciar sus monumentos, esta población campiñesa es famosa por su blanca alfarería tradicional -cuyos botijos refrescan los veranos de media España- y por su pujante industria alfarera. Y es que el oficio no se improvisa: en La Minilla han aparecido vasos campaniformes moldeados hace cuatro milenios por los primeros rambleños.
     Villa situada al suroeste de la provincia, a 4 Km. de la N-331.
     Distancia a Córdoba: 41 Km.
     Altitud: 325 m.
     Extensión: 134,4 Km2
     Habitantes: 7.410.
     Gentilicio: Rambleños.
     Mancomunidad: Campiña Sur.
     Aunque se desconoce su topónimo, existió una población romana que fue amurallada a finales de época republicana. Los árabes le dieron su actual nombre al-Ramla, que significa arenal. En 1480 la tenencia de su castillo fue otorgada a Gonzalo Fernández de Córdoba, el futuro Gran Capitán. El 6 de febrero de 1521 La Rambla vivió una jornada de protagonismo histórico, al reunirse en ella las ciudades anticomuneras de Andalucía, que redactaron un manifiesto en contra de las Comunidades de Castilla y en apoyo de Carlos I, gesto de fidelidad que le valió del rey el privilegio de nombrar procuradores en Cortes. La Rambla era villa de realengo perteneciente a la jurisdicción de Córdoba. En 1647 Felipe IV le permite nombrar alcalde mayor, pero cinco años más tarde la entrega al Conde Duque de Olivares, cuyo heredero, el marqués de El Carpio, la vende en 1677 a los marqueses de Almodóvar, más tarde señores de La Rambla.
Oficina de Turismo de La Rambla
     +34 957 682 712
     http://www.larambla.es (Diputación Provincial de Córdoba).
     Aunque de origen islámico, las primeras noticias fehacientes son a partir de su conquista por San Fernando, entre 1240 y 1241. La población crecerá en torno al castillo, sometida como villa de realengo a la jurisdicción de Córdoba. En 1647 Felipe IV la eximirá de la dependencia de la capital, y en 1652 el propio monarca la entregará al Conde Duque de Olivares. En 1677, su heredero, el marqués del Carpio, venderá la villa a los marqueses de Almodóvar, y así permanecerá hasta la abolición del régimen señorial. Del recinto amurallado, probable obra islámica de los siglos XI-XII, quedan algunos muros y una torre (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     Es esta una notable población con muy buenos edificios barrocos, como la iglesia de la Asunción o la torre de las Monjas (Rafael Arjona. Guía Total, Córdoba. Editorial Anaya Touring. Madrid, 2009).
      
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.-
     Su construcción corresponde al primer tercio del siglo XVI, con  intervención de destacados maestros, como Hernán Ruiz el Viejo, autor de la portada de los pies, fechada en 1530. En el siglo XVIII experimentó una importante reforma, rea­lizada entre 1788 y 1800 bajo la dirección del maestro Juan Hidalgo Palomero. La planta es de tres naves y capillas; la central lleva bóveda de cañón y las laterales de arista, mientras que en la cabecera se recurre a la bóveda de horno.
     Adorna el presbiterio un templete actual con sagrario manifestador de mediados del XVIII, que cobija un Crucificado de hacia 1700. Por encima cuelga un lienzo de la Inmaculada, inspirado en modelos murillescos. A los lados del templete hay dos cuadritos con escenas de la vida de San Pedro, y por detrás y en el alto, hay una tribuna y un órgano del siglo XIX. De los muro laterales del presbiterio cuelgan dos lienzos anónimos de hacia 1650, que representan a Santa Marina y a Judith decapitando a Holofermes. Hay además cuatro columnas salomónicas y dos estípites colocados sobre peanas, procedentes del antiguo retablo desaparecido.
     En los pilares de la nave central se disponen repisas para  imágenes; en las del presbiterio están Santa Ana con la Virgen, y San José con el Niño, tallas de hacia 1620, anónimas de taller sevillano. Le siguen Santa Catalina de Siena y Santa Lucía, en el lado de la izquierda, y San Juan Bautista y la Virgen con el Niño en el de la derecha, de distinta época y procedencia. Cierra la nave, sobre el cancel, una pintura en medio punto de San Lorenzo, de hacia 1700. Por los muros del templo se dis­ponen lienzos de un Apostolado de cuerpo entero, fechable en el XVIII. 
     La cabecera de la nave izquierda la ocupa la capilla del Sagrario, construida entre 1759 y 1775, decorada con yeserías, obra de los artífices Antonio Cabello y  Pedro de Mena Gutiérrez. Se adorna con un templete de estuco policromado y estética neoclásica, trazado por Miguel Verdiguier en 1773. Al centro se dispone el Sagrario, de madera y plata, contrastado en 1773 por Martínez; por encima se halla la imagen de Cristo partiendo el pan, rematando con el Ojo Trinitario en­tre ángeles. A los lados, sobre peanas de nubes, aparecen la Fe y la Iglesia. En los muros laterales hay dos óvalos con los Apóstoles en la Sagrada Cena, dispuestos seis a cada lado, al modo bizantino; toda la imaginería es también obra de Verdiguier. En el muro derecho hay un lienzo con la Aparición de la Virgen a San Cayetano.
     Ya en la nave, puede verse una hornacina con imagen sedente de San Pedro, del siglo XVIII; a este lado abren tres capillas, pudiendo destacar­se la del Corazón de Jesús, con retablo en medio punto de Gaspar Lorenzo de los Cobos, de hacia 1730, y un interesante grupo de San José carpintero con el Niño, obra italiana del siglo XVIII, sobre el arco de ingreso se ve un lienzo de la Inmaculada, anónimo de hacia 1650. En la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, imagen de Venancio Marco Roch de 1926, se guardan tam­bién las de Jesús atado a la columna, de estética manierista, y Cristo de la Veracruz, de hacia 1600. La capilla de la Aurora guarda un retablo del siglo XVIII, en el que se venera la imagen titular, de esa fecha pero muy retocada.
     En la cabecera de la nave derecha se encuentra la capilla del Bautismo, hoy dedicada a la Virgen del Carmen; tiene un pequeño retablo del siglo XVIII con imagen de la titular de estética barroca, y un gran marco de talla con escudo trinitario, que alberga un lienzo de la Virgen cambiando pañales al Niño, firmado por Antonio Ja­ralli, obra del siglo XVII procedente de Nápoles. En el muro de la nave hay una hornacina jaspeada con talla de San Lorenzo, de hacia 1700, y los lienzos de la Sagrada Cena, firmada por J. Carbonero en 1847, y la Adoración de los pastores, de primera mitad del XVII.
     En las dependencias parroquiales se guardan varias pinturas de interés, entre ellas un lienzo barroco de San Dimas y una Inmaculada, obra sevillana que sigue la estética de Francisco Pa­checo. Del ajuar litúrgico destacan una custodia peruana del XVII, donada por Pedro de Gárate; del siglo XVIII, un altar portátil y otra custodia de mano, de Antonio Ruiz, y la custodia procesional de Damián de Castro (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
        La iglesia presenta actualmente planta rectangular de tres naves divididas en cinco tramos. La nave central más alta se cubre con bóveda de cañón con lunetos y las laterales, de arista reforzada con arcos fajones. Las tres naves están separadas mediante vanos de medio punto que descansan en pilares cruciformes, a los cuales se adosan pilastras, que hacia la nave central son de orden gigante. Sobre las citadas pilastras descansa un entablamento corrido que continúa hasta el presbiterio. La capilla mayor es de testero plano y está cubierta con bóveda de horno sobre pechinas. A media altura del muro de la cabecera se dispone una tribuna o coro. En la cabecera de la nave de la epístola se abre la capilla del Bautismo, de planta rectangular cubierta con bóveda de arista. Asimismo, en la nave del evangelio se abren cinco capillas; en su cabecera la capilla del Sagrario, cuya construcción tuvo lugar entre 1759 y 1779. Es de planta cuadrangular cubierta de cúpula de media esfera sobre pechinas, dividida en ocho paños separados por anchos nervios de dinámicos perfiles, en los que se inscriben medallones cuadrilobulados. Culmina la cúpula una linterna decorada con yeserías, obra de Pedro de Mena, en cuyo anillo de arranque se decora con angelotes, cintas y espejos. Las cuatro capillas restantes se abren en el muro perimetral de la nave del evangelio, la primera, situada en el primer tramo de la nave es la antigua capilla del Carmen, actualmente cegado su acceso desde la nave, figurando en su lugar un nicho retranqueado que alberga la imagen del Resucitado. La capilla de la Aurora se abre en el segundo tramo de la nave, tiene planta de cruz latina cubierta con bóveda de cañón en los brazos y cúpula sobre pechinas en el crucero dividida en ocho paños que acogen marcos ovalados con decoración mural representando los padres de la iglesia. Le sigue la capilla de la Virgen de la Esperanza en el tercer tramo, espacio rectangular cubierto con bóveda de arista. En el cuarto tramo de la nave se abre la capilla del Corazón de Jesús, de planta cuadrada y cubierta de cúpula sobre pechinas divididas en cuatro paños mediante nervios de perfil mixtilíneo. En la fachada de los pies del templo se abre la portada plateresca realizada por Hernán Ruiz I. Se estructura en dos cuerpos, en el primero se abre un vano central escarzano entre pilastras cajeadas, sobre alto pedestal, que soporta un entablamento superior. El segundo cuerpo está compuesto de tres calles y una entrecalle en ambos laterales. Las calles albergan en su interior tres hornacinas, aveneradas y con peanas de repisa. Están separadas por cuatro columnas abalaustradas que soportan un entablamento interrumpido en el centro por un vano de medio punto. 
     Las dos entrecalles se continúan en los dos cuerpos mostrando en planta baja repisas con dosel. Se corona esta composición con un tondo central flanqueado por triglifos y sobre el entablamento, una figura mixtilínea en cuyo interior alberga el escudo del obispo don Juan de Toledo. En los laterales del conjunto descrito flanquean fuertes pilastras que arrancan sobre pedestal, con una estructura gótica en planta baja y terminadas con repisas y dosel en pináculo a la altura del primer entablamento, siguen en planta alta con una columna fajada con grueso capitel y remate de perinola torneada. 
     El conjunto presenta una decoración minuciosa a base de cenefas, rosas de cuatro pétalos y cabezas de ángeles alados, entre otros. La segunda portada, abierta en el muro perimetral de la nave de la epístola fue construida en 1799 en estilo neoclásico. Consta de un vano adintelado entre pilastras dóricas y frontón curvo superior. La torre es obra del siglo XVIII. 
     Está construida en ladrillo visto y se encuentra adosada a la fachada de los pies en su costado izquierdo. Tiene planta cuadrada y alzado de dos cuerpos. El primero, presenta el paramento de sus cuatro lados cubierto, a excepción del frente suroccidental en el que se abre un vano rectangular. Termina con una cornisa volada. El cuerpo de campanas muestra en cada frente dos vanos escarzanos sobre los cuales se abren dos balcones de medio punto alargados y abocinados con resaltada imposta y cubiertos con antepecho de hierro forjado. Termina con una cornisa sobre la que descansa un antepecho rematado en los ángulos con pináculos. Corona el conjunto un cuerpo circular en cuyos frentes se abren 
vanos de medio punto. Se cubre con chapitel cónico.
     La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción es el edificio más emblemático de La Rambla. Aunque sus orígenes se remontan a la Edad Media, su fábrica data desde el siglo XVI, habiendo trabajado en el inmueble el arquitecto Hernán Ruiz I, responsable de la espléndida portada principal. No obstante, la imagen que ofrece en la actualidad es producto de las reformas a que fue sometido a finales del siglo XVIII, bajo la dirección de Juan Hidalgo Palomero. El resultado es un espacio de carácter neoclásico, con interesantes vestigios de la fábrica anterior (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Templo de origen medieval, reconstruido sucesivamente, la obra se concluyó con Fray Juan de Toledo, cuyas armas se conservan en la portada plateresca de la fachada.  Debido a Hernán Ruiz I, dicha portada muestra todavía rasgos góticos en los potentes machones que la encuadran, aunque las galas del plateresco se adueñan de ella dando lugar a una hermosa composición adornada por pilastras y balaustres en primer y segundo cuerpo respectivamente. Este último hace un grandioso entablamiento sobre los balaustres, interrumpido en el centro por el medio punto del nicho principal, que así forma una típica serliana o arco entre dinteles.
     Todo ello se enriquece con bellos grotescos que otorgan un suntuoso aspecto al conjunto, sin duda uno de los más importantes de ese momento en la provincia de Córdoba.
     Salvo esta portada, nada queda de la antigua parroquia, ya que volvió a reconstruirse a finales del S. XVIII. La amenaza de ruina obligó a formar un nuevo edificio, ahora de sólo tres naves, cuya creación se llevó a cabo en 1788. Este nuevo templo acusa una configuración propia del neoclásico.
     Las naves tienen ahora arcos de medio punto, mediando entre ellas pilastras de orden gigantes con textiles colgantes bajo sus capiteles, los cuales soportan un entablamiento corrido de origen clasicista, provisto de triglifos. Bóvedas de medio cañón voltean sobre la nave conduciendo hasta el mencionado cuarto de esfera de la capilla Mayor.
     En la segunda mitad del S. XVIII se realizaron obras importantes en esta parroquia, como la torre de los pies y la Capilla del Sagrario, cuya construcción se llevó a cabo aprovechando una antigua capilla dedicada a los Santos Reyes (Ayuntamiento de La Rambla).

Iglesia de la Santísima Trinidad.-

     De la fundación trinitaria establecida en La Rambla sólo queda la iglesia restaurada en 1993, después de haber permanecido en deplorable estado durante mucho tiempo. El templo es de una sola nave, con cubierta de madera en artesa, empleándose en el presbiterio bóveda de horno, decorada con pinturas murales; tiene coro alto a los pies. Tras la restauración las capillas situadas en el lado izquierdo se han dispuesto a modo de nave lateral.
     En la capilla mayor se ve un retablo marmóreo de mediados del siglo XVII, reformado en el XVIII: en el centro hay una imagen actual de la Virgen de Gracia, y en las calles laterales, las de San Simón de Rojas y San Ramón Nonato, obras seiscentistas, y San Félix de Valois y San Juan de Mata, del Setecientos. Sobre el sagrario se ve una buena talla del Cristo de la Misericordia, menor que el natural, de hacia 1660. En el ático, la Santísima Trinidad, obra de Bernabé Gómez del Río.
     La capilla del Sagrario, a la que se accede por arcos enmarcados por alfices, conserva un retablo de 1790. Sobre los arcos de ingreso cuelga un lienzo de San Miguel, del siglo XVIII, que procede de la parroquia.. El último espacio lo ocupa la capilla del Cristo de la Expiración, talla anónima sevillana de excelente factura, de hacia 1626-36, restaurada en 1993 por Rosa Cabello y Enrique Ortega (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
        Al construirse contiguo a esta iglesia el convento de los religiosos Trinitarios en el 1527, la iglesia empezó a llamarse por el pueblo, de la Santísima Trinidad.
     Durante los siglos XVI y XVII tuvo una sola nave (hoy principal) de tres tramos separados por pilastras que se continúan con arcos fajones por la bóveda de cañón de yesería, ábside cuadrangular con bóveda de cuarto de esfera sobre pechinas. El muro lindante con el convento presenta un pronunciado desplome, estando atirantada la cubierta.
     En el siglo XVIII se amplió el templo con otra nave lateral para el sagrario, abriendo arcos ojivales enmarcados al estilo árabe, cubriéndose la nave por bóveda de cañón con lunetos y ábside con bóveda elíptica. El conjunto del retablo del Sagrario, rococó, dorado, imágenes del escultor Juan de Salazar del 1768. Se encuentran en ésta nave, tres hermosos camarines neoclásicos.
     La fachada, muy modificada, presenta una portada barroca con frontón partido y hornacina bajo frontón triangular de remate. dos ventanales altos y amplios iluminan el interior. Termina con hastial donde se sitúa lateralmente el campanario.
     En la trayectoria histórica de la Iglesia y antiguo Convento de la Santísima Trinidad, en La Rambla, concurren diferentes valores a destacar. Históricamente sobresale la antigüedad del edificio que comienza su construcción a partir de 1527, año que la comunidad religiosa de los Trinitarios Redentores Calzados se hacen cargo de una antigua iglesia, que una vez bendecida recibe su denominación bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. El Convento llegó a convertirse en uno de los más importantes que tuvo esta Orden en Andalucía, celebrándose en él la mayoría de los Capítulos Generales. 
     Exclaustrado en 1835, se hace cargo del sostenimiento de la Iglesia y su culto la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de los Dolores. Posteriormente, en 1893 los trinitarios regresaron al Convento, concediéndole el obispado de Córdoba la Iglesia y los respectivos bienes muebles, hasta 1960 que marcharon definitivamente.   
     Posteriormente, en 1741 se construye una segunda nave en la Iglesia, junto al muro perimetral Norte de la nave principal, dando con ello su actual configuración al templo de un estilo marcadamente barroco. También en este período se incorporan la torre campanario y dos camarines anexos (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Fundada en 1517, su aspecto actual revela diversas intervenciones de los siglos XVII, XVIII Y XIX. Dicha iglesia tiene una gran nave precedida de interesante portada de mármoles, fundamentalmente rojos, que puede fecharse en la segunda mitad del seiscientos. Es adintelada con marco de orejetas y pilastras remetidas, rematándose en hornacina con un frontón recto. El interior del templo deja ver una reforma con frontón recto. El interior del templo deja ver una reforma neoclásica con pilastras jónicas y cornisa troquelada fruto de las obras realizadas en el curso del S. XIX. Paralela a la gran nave corre otra menor por el lado del evangelio formada por las sucesivas capillas que en ese flanco fueron erigiéndose o arreglándose en el S. XVIII. Presenta cinco tramos con bóvedas de aristas, y al final, la Capilla del Sagrado, con cúpula oval. En el centro destaca la capilla correspondiente al Cristo de la Expiración, también con cúpula, aunque lo más interesante de este recinto es su camarín. Obra igualmente del S. XVIII se realizó en la época del neoclásico construyéndose entonces el bello camarín oval articulado por columnas compuestas y cubierto por cúpulas (Ayuntamiento de La Rambla).

Iglesia del Espíritu Santo.-
     Las fuentes señalan que el origen de este tem­plo se remonta al siglo XVII, sin embargo la construcción actual corresponde fundamentalmente al siglo XIX, con nave única, crucero y testero plano. El retablo mayor, de gusto neoclásico, enmarca el camarín para la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, talla completa para vestir, obra de Juan de Mesa y Velasco fechada en 1622; fue restaurada en 1994 por Rosa Cabello y Enrique Ortega. En el presbiterio, a la derecha, está San Juan Evangelista, imagen de vestir, anónima del siglo XVII, restaurada por Romero Zafra.
     En el crucero puede verse, a la izquierda, una pintura con moldura de yeserías representando a la Sagrada Familia, con San Joaquín y Santa Ana, del primer tercio del siglo XVIII, y a la derecha, el camarín de la Virgen de la Soledad, realizada en 1929 por el escultor valenciano Venancio Marcos; a sus pies se encuentra la imagen de Jesús Yacente, talla de estética manierista de hacia 1600. En el muro hay una pintura circular de San Pascual Bailón, fechable en el XVIII.
     En la nave, por la izquierda, es interesante la figura setecentista de San Joaquín, y por la derecha, la de San Francisco y Santa Teresa, obras anónimas de finales del XVII. De los lienzos que adornan la nave merecen destacarse el de San Cayetano, anónimo del XVIII, y en el sotocoro, Nuestra Señora de los Ángeles, de hacia 1600 (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       El convento al que pertenece la Iglesia, hoy vacío, es un edificio complejo que ha sufrido múltiples obras y modificaciones que lo hace difícilmente legible. Quedan restos de arquerías primitivamente de claustros que hoy son fachadas, tabicadas casi inapreciables.
     La Iglesia es barroca de planta de cruz latina, reconstruida en el siglo XIX, de una sola nave con bóveda de medio cañón sostenida sobre pilastras con lunetos. Cúpula semiesférica en el crucero y ábside con retablo y camarín con imágenes de Nuestro Padre Jesús de las Penas de Juan de Mesa.
     En el convento hay también una talla de Alonso Cano, un crucifijo gótico. La portada de la iglesia es neoclásica precedida de un pórtico de gran altura con arco de medio punto.
     La torre es una obra de ladrillo barroca de tres cuerpos girada 45º grados con respecto a la dirección de la nave (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Construida en lo que fue antiguo convento de los Antonianos, esta reconstrucción neoclásica se levantó a partir de 1819. En ella aparecen pilastras jónicas y un plan de cruz latina con cúpulas montando en el tramo central del crucero. También es interesante el camarín del Nazareno, recinto circular con pareja de columnas compuestas, que soportan la cornisa y cúpulas. Tiene portada muy clasicista con columnas, entablado con triglifos y rosetas y frontón triangular, siendo cobijados por un pórtico de medio punto. La torre que hay junto a él se aprovechó del antiguo convento y es una obra barroca de ladrillo.
     Especialmente importante para la población por encontrarse en ella la devota imagen de JESUS NAZARENO, obra del escultor Juan de Mesa de 1621, en él que perfeccionó su versión nazarena del Gran Poder sevillano.  Su Primera Salida Procesional tuvo lugar el 25 de Marzo de 1622. Cruz de plata. Donación a la Hermandad del Coronel D. Antonio de Peralta y Córdoba en 1723. Consta de 15 módulos cilíndricos en hueco que encajan en la cruz de madera, está grabada con motivos florales y presenta dedicatoria de dicha donación en su parte superior.
     Imagen tallada de cuerpo entero, destaca la posición de la zancada con apoyo sobre un pie y el avance del otro, junto con el estudio anatómico de la figura.
     La primera restauración tuvo lugar en la primera mitad del siglo XIX, la menos acertada de todas. Se raspa la pintura original, reemplazándose por otra nueva, afectando primordialmente al rostro.
     La segunda restauración en 1958 por Castillo Lastrucci, que nuevamente se centra en la policromía de la obra mayormente.
     Última restauración en 1994 por la Junta de Andalucía. Técnicos: D. Enrique Ortega y Dña. Rosa Cabello. En esta última se encontraron restos de la pintura original en todo el cuerpo y se hizo respetando la misma (Diputación Provincial de Córdoba).

Ermita del Calvario.-

     La ermita del Calvario está presidida por el grupo de la Virgen de las Angustias, obra de Enrique Ruiz Flores, de 2000. A la derecha está Nuestra Señora del Calvario, de vestir, del siglo XVIII, con ángeles del XVII y una luna de plata de Martínez, de 1800. A la izquierda se ve la imagen de papelón del Señor de La Humildad, de taller local del XVIII. Hay también diversos lienzos con los ángeles Miguel, Gabriel y Custodio, la Piedad y un Ecce Homo, del XVIII, procedentes de los trinitarios (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
        A la ermita se accede a través de una portada adintelada de ladrillos, siendo de planta de cruz latina y una sola nave. 
     Presenta en el cuerpo de la iglesia bóveda de cañón rebajada y en el crucero bóveda vaída. Los distintos tramos de la iglesia se hallan compartimentados por medio de pilastras de orden jónico.
     Históricamente se cree que el actual lugar ocupado por la ermita o en sus alrededores, se levantó un monumento conmemorando el castigo que el rey Don Pedro el Cruel impuso a varios súbditos rebeldes. Su hermano y sucesor don Enrique, lo mandó demoler a instancias del nuevo Señor de Aguilar, erigiéndose una ermita con el nombre de Nuestra Señora del Calvario. Se colocó en el altar del Santo Sepulcro con la imagen de Jesús muerto y encima un camarín con la Virgen Dolorosa, estableciéndose una cofradía en la que procesionaba el Santo Entierro en la noche del Viernes Santo. 
     A consecuencia del decreto de Carlos IV, en 1798, fueron vendidos los bienes de la cofradía. Ante la falta de seguimiento, la ermita se arruinó y en 1807, se sacó de cimiento, levantando el Ayuntamiento algunos muros con las limosnas de los fieles. Debido a la Guerra de la Independencia, las obras se paralizaron durante 24 años. El 2 de enero de 1831, el Ayuntamiento reactivó la reconstrucción nombrando como patrono al Regidor 1º de la Corporación, como diputados a don Juan Luque Alcántara y don Cristóbal Hidalgo, y depositario de fondo a don José Pedroso Díaz, presbítero. Sería definitivamente en 1843 cuando se dio por terminada. En esos momentos la hermandad del Santo Aguilero, llevaba cerca de 40 años en la Iglesia del Espíritu Santo negándose al traslado a la ermita. Fue cuando se decidió llevar la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, procedente de la iglesia de la antigua Escuela de Cristo (más tarde sería suplida por la Santa Teresa que hoy subsiste). 
     Actualmente, se encarga de la ermita la hermandad del Santísimo Cristo de la Humildad y Nuestra Señora de las Angustias. En la citada ermita a lo largo del año tiene lugar tres festividades importantes. En primer lugar, en Cuaresma se celebra el Triduo; posteriormente, el 15 de mayo tiene lugar la festividad de San Isidro; y, por último, se celebra el tercer domingo de mayo la Fiesta de Regla (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Ermita de San José.-
     La ermita de San José tiene un retablo del primer tercio del XVII, con el titular de talla del XVIII y pinturas de la Asunción y vida de San José (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
       A la ermita se accede a través de una portada adintelada que se abre en la nave de la Epístola, rematada en un frontón triangular partido, en cuyo centro se abre una hornacina que culmina en frontón semicircular. La cubierta exterior es a dos aguas. 
     Su interior de una sola nave presenta a primera vista una gran sencillez ya que posee cubierta plana en el cuerpo y una pequeña bóveda elíptica sobre pechinas en el presbiterio. Sin embargo, ese sencilla cubierta plana enmascara la verdadera cubierta que es un magnifico artesonado de vigas de madera formado por casetones con decoración de ochos. En este piso falso se encuentra además un potente arco toral con ménsula en la clave datado en el siglo XVII (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).

Iglesia del Asilo del Santo Cristo de los Remedios.-
     La iglesia del asilo del Santo Cristo de los Remedios, construida en 1731, se renovó en 1958 y conserva algunos lienzos del XVIII, entre ellos, los Desposorios de la Virgen, la Estigmatización de San Francisco, la Magdalena y la Ado­ración de los Pastores (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
 
Torre de Nuestra Señora de Consolación - Torre de las Monjas.-

     La emblemática Torre de Nuestra Señora de Consolación, del XVIII, único resto del antiguo convento de dominicas (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
        La torre, llamada "de las Monjas", que perteneció al Convento de Santo Domingo del que sólo quedan algunos vestigios, posee una gran esbeltez. Con altura de 30 metros sobre planta de 4,20 x 4,20 y data de la primera mitad del siglo XVII.
     Al igual que otras de la Andalucía de ese tiempo, es de ladrillo con un primer cuerpo ciego, y un segundo de campanas con doble arquería, manteniendo la planta y cubierta con cúpula de media naranja. Sobre este cuerpo se levanta otro octogonal con cuatro arcos coincidiendo con las caras de la planta cuadrada, con cúpula sobre el que existe un chapitel de cuatro cascos rematado por piña sobre la que se dispone veleta con cruz en parte superior.
     Se accede a la torre por medio de escalera en la cara Este, con puerta a 3,60 sobre el terreno. A lo largo del interior se desarrolla escalera de cuatro tramos con cinco peldaños en cada uno. A partir del primer piso del cuerpo de campanas la escalera es de caracol (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     Del desaparecido convento de la Consolación se conserva la torre de su iglesia, conocida popularmente como TORRE DE LAS MONJAS que data del 1757. Es como una recreación barroca del modelo de la Giralda. Tiene esbelto fuste prismático de ladrillo y cuerpo de campanas del mismo material, abierto en parejas de arcos, mediando entre ellos estípites apilastrados, que con otros motivos de carácter geométricos confieren especial riqueza y decoración a la torre, una de las más originales de la provincia de Córdoba (Diputación Provincial de Córdoba).

Casa-Museo de Alfonso Ariza.-
     La casa-museo de Alfonso Ariza (1920-l989) contiene objetos personales del pintor y obras propias, junto a otras de destacados pintores de su generación (Alberto Villar Movellán, María Teresa Dabrio González, y María Ángeles Raya Raya. Guía artística de Córdoba y su provincia. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2005).
     La Casa-Museo de Alfonso Ariza, el gran sueño de este polifacético artista rambleño, se hizo realidad en julio de 1995 con la apertura pública de sus puertas y, digámoslo así, su presentación en sociedad.
     Pero hasta llegar ahí, a ese mes de julio del 95, muchos fueron los trabajos y esfuerzos conjuntos de no pocos rambleños, especialmente el propio Alfonso Ariza, al que le costó, más de lo que debieran costar estas cosas, convencernos a la mayoría de los rambleños de lo interesante que sería este centro cultural, que hoy es la Casa Museo "Alfonso Ariza", para nuestro pueblo. Para ello dio él el primer paso, donando su vivienda y su taller, y toda la obra que en ese momento había en su poder al Ayuntamiento de La Rambla. Importante fue también el grupo de jóvenes artista, poetas y pintores en su mayoría, que bajo el nombre de Grupo Cultural "Alfonso Ariza", impulsó con decisión este proyecto, y, en la medida de sus posibilidades, "veló" porque el Ayuntamiento cumpliera con sus obligaciones después de la muerte del artista local acontecida en marzo de 1989. Así se fueron sucediendo las obras de acondicionamiento de salas y catalogación de obras entre los años 1990-95, hasta desembocar en la apertura del Museo.
     Pero mucho y muy interesante es el trabajo que se ha realizado a partir de esa fecha. Porque una vez abierto el museo, es decir, cubierto el primer reto, aunque importante, no era el más difícil, a pesar de que el esfuerzo económico fue sólo municipal, por no poder contar con otros apoyos institucionales. Pero como decimos el gran reto era dotar de contenido y vida al museo, no sólo exponer obras de Alfonso o de otros artistas e ir variando esas obras en función de exposiciones itinerantes o temporales, sino que las instalaciones del museo tuvieran dinamismo, se impregnaran del espíritu de investigación e innovador que Alfonso Ariza siempre tuvo.
     Con ese carácter se han venido desarrollando un gran número de actividades que han abarcado desde los talleres de formación, a encuentros literarios, lecturas poéticas, exposiciones pictóricas , de esculturas o instalaciones cerámicas, que han contado en todos los casos con una gran participación y han llevado a numerosos rambleños y foráneos hasta la casa museo, bien de visita, bien como parte activa de algunas de las actividades. Cabe destacar entre otras actividades la Beca de escultura en barro "Alfonso Ariza", que cada verano, en los últimos seis años, congrega en La Rambla a un grupo de artistas nacionales e internacionales, que trabajan en los talleres durante tres semanas y exponen después las obras realizadas durante ese periodo de tiempo; el Taller de Cerámica Histórica, que a no pocos rambleños ha mostrado las técnicas de fabricación de la cerámica campaniforme o la decoración romana e ibérica, y quedan aún por hacer los módulos de la cerámica visigoda o la cerámica tradicional de La Rambla; las Jornadas de Arte Abstracto, organizadas con el objetivo de acercar al visitante y a los estudiantes de la localidad a esta forma de expresión tan común en muchas de las obras que se exponen en este museo; las lecturas poéticas y exposiciones organizadas a través del grupo cultural "Alfonso Ariza"; los talleres didácticos, organizados para las visitas de los centros escolares de la provincia y de nuestra comunidad autónoma, o las publicaciones de la revista internacional "Con barro", del que se acaba de publicar el número 4, que ha contado en todos sus números con la colaboración de la Diputación Provincial, a través de su Fundación de Artes Plásticas "Rafael Botí" en las últimas ediciones, o de la Delegación Provincial de Cultura y Cajasur que colaboraron en los tres primeros números; o la edición de la Guía didáctica del Museo Alfonso Ariza, coeditada con la Diputación, a través de su Área de Cultura.
     No obstante y a pesar de todo lo realizado, mucho queda por hacer, y se continúa haciendo. En el mes de agosto de 2002 la Casa-Museo fue incluida por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en la Red de Museos de Andalucía, tras haber sido previamente aprobado nuestro proyecto de museo, trabajo laborioso que finalmente ha visto la luz con este acuerdo favorable, y que confiamos que nos permita una financiación más acorde con los objetivos previstos que la que hasta ahora se ha podido destinar (Diputación Provincial de Córdoba).

Torreón del Castillo.-

        Situado el Castillo frente a la parroquia que, probablemente, se alzó sobre la primitiva mezquita. Está casi destruido, pues sólo queda de él una torre. Por el tamaño de envergadura de la torre es de suponer que fuera de notables proporciones, abarcando un gran perímetro. No hace mucho se podía ver la barbacana y trozos de muralla que aún duraban y ya están del todo demolidos.
     La gran torre parece un cubo, pues al desmocharla disminuyó su altura, siendo de planta cuadrada. Se han tapado por fuera los ajimeces que la adornaban e iluminaban sus estancias. Sus muros son de argamasa y las esquinas de ladrillo. 
    Tiene dos pisos que albergarían salones, pero sus bóvedas, al haber caído, han dejado las pechinas que poligonaban las cubiertas. Las bóvedas fueron de rosca de ladrillo; la inferior, semiesférica sobre pechinas cóncavas, y la superior, octogonal sobre pechinas en forma de nichos con arcos de herradura. Algunas están completas.
      La actual puerta de la torre es un arquillo escarzano, posiblemente remiendo posterior, así como la cubierta del corredor de entrada. Tras la puerta hay una sola quicialera sin gorronera, que parece resto de pedestal romano de mármol blanco (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
     La importancia de La Rambla en época medieval lo sigue pregonando la imponente torre que, desmochada, todavía subsiste como único vestigio del CASTILLO FORTALEZA de la población. Este torreón presenta una disposición cuadrada, albergando en su interior dos pisos abovedados, cuyas cubiertas se han desplomado. Además de esta fortaleza, podemos ver numerosas Casas Señoriales, de lucidas fachadas, algunas del S. XVII, pero la mayoría pertenecen al S. XVIII. De entre todas ellas destaca el antiguo Pósito, hoy Ayuntamiento, una construcción del S. XVIII que asoma con una hermosa fachada presidida por un balcón curvado. Esta construcción es la única de la provincia de Córdoba que acusa la curva en la fachada (Ayuntamiento de La Rambla).

Museo de la Cerámica.-
     La Rambla, ciudad tradicionalmente conocida por su producción ceramista y alfarera, cuenta con una importante trayectoria en este oficio tradicional.
     Los primeros datos que hacen referencia a la producción de cerámica, datan de más de 4000 años, durante la edad del bronce, ya que así lo demuestran los vasos campaniformes hallados en el yacimiento arqueológico de la minilla, hace algunos años, en los que su barro, llamado greda, un barro de color amarillento, es el mismo que se extraía en las canteras situadas a 2 km de la localidad.
     Tras la reconquista, fue cuando el oficio obtiene un desarrollo y una consolidación, así los siguientes datos que hacen referencia al oficio tradicional, datan de 1460, cuando se nombra a Miguel Ruiz, cantarero.
     A partir de esta fecha las alusiones al oficio no faltan, y así en el siglo XVI, se constata que en la localidad de la rambla existe una calle llamada “Los Cantareros”.
     Con el paso de los años, el oficio adquiere su evolución, y son muchos los ciudadanos de la localidad los que van formando sus propios talleres de cerámica, llegando a formar más del centenar de ellas.
     Fue en 1926, cuando se dio un cambio a esta trayectoria alfarera, y se comienza a celebrar la exposición de cerámica, con la celebración de un concurso, premiando aquellas piezas, que gozan de una belleza exclusiva, así las piezas ganadoras, forman parte de los fondos del actual museo de la cerámica.
     Esta exposición es la más antigua de España, hoy en día con carácter internacional, y declarada como bien de interés turístico.
     Así, La Rambla, empieza a adquirir, una importante colección de piezas alfareras, por lo que se hace necesaria la creación del Museo de la Cerámica.
     El museo de la cerámica de la rambla forma parte de la red de museos vinarea asociada a la ruta del vino Montilla Moriles, integrada por nueve municipios de la comarca.
     Los contenidos expositivos integrados en el museo muestran la identidad de la alfarería moderna y tradicional de La Rambla y su relación con la importancia de la cerámica a lo largo de la historia y en la actualidad.
     Las piezas que forman parte de la colección del museo proviene de la exposición monográfica de alfarería y cerámica más antigua de España que se celebra desde el año 1926, coincidiendo con las fiestas en honor a San Lorenzo.
     Así, la exposición integra un concurso de cerámica internacional cuyas mejores piezas pasan a formar parte de los fondos del museo, por ello la colección sigue aumentando año tras año dotando al museo de gran dinamismo.
     Además el museo incluye otros aspectos más didácticos, audiovisuales e interactivos y pretenden enseñar al visitante toda la magia y creatividad que rodea a la industria de la cerámica (Ayuntamiento de La Rambla).

     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte la provincia de Córdoba, déjame ExplicArte los principales monumentos (Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Iglesia de la Santísima Trinidad, Iglesia del Espíritu Santo, Ermita del Calvario, Ermita de San José, Iglesia del Asilo del Santo Cristo de los Remedios, Torre de las Monjas, Casa-Museo de Alfonso Ariza, Torreón del Castillo, y Museo de la Cerámica) de la localidad de La Rambla, en la provincia de Córdoba. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la provincia cordobesa.

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lunes, 11 de agosto de 2025

El Relieve "Santa Clara de Asís y sus monjas", de Martínez Montañés, en la Iglesia del Convento de Santa Clara

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Relieve "Santa Clara de Asís y sus monjas", de Martínez Montañés, en la Iglesia del Convento de Santa Clara, de Sevilla.
     Hoy, 11 de agosto, Memoria de Santa Clara, virgen, que, como primer ejemplo de las Damas Pobres de la Orden de los Hermanos Menores, siguió a San Francisco, llevando en Asís, en la región italiana de Umbría, una vida austera pero rica en obras de caridad y de piedad. Insigne amante de la pobreza, no consintió ser apartada de la misma ni siquiera en la más extrema indigencia y en la enfermedad (1253) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el Relieve "Santa Clara de Asís y sus monjas", de Martínez Montañés, en la Iglesia del Convento de Santa Clara, de Sevilla.
      El Convento de Santa Clara [nº 56 en el plano oficial del Ayuntamiento de Sevilla; y nº 65 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Clara, 40; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo.
     En el muro de la Epístola de la Iglesia del Convento de Santa Clara podemos contemplar el Relieve "Santa Clara de Asís y sus monjas", obra de Juan Martínez Montañés, proveniente del monumental retablo mayor que preside la iglesia, una pieza en cuyo proceso se pusieron de manifiesto las contradicciones de los rígidos sistemas gremiales del siglo XVII. La obra fue contratada en 1621 por Juan Martínez Montañés, que tasó el precio de su arquitectura y sus imágenes en 4.500 ducados. Días más tarde se atrevió a contratar la policromía de la obras, tasándola solo en 1.500 reales. En la rígida sociedad gremial de la época el hecho fue tomado como una provocación por alguien que no debía participar en la pintura, ya que no tenía el correspondiente título, siendo también una provocativa comparación entre la escultura y la pintura. Las ordenanzas gremiales de Sevilla prohibían de forma clara la cuestión: "ningún maestro entallador, ni carpintero, ni de otra calidad, no pueda tomar ninguna obra de pintura, salvo los mismos maestros examinados de pintura del mismo taller". La intromisión del escultor conllevó un pleito gremial e incluso la publicación de un panfleto por parte del pintor Francisco Pacheco en cuyo título se dejaban clara sus intenciones: Sobre la Antigüedad y honores del Arte de la Pintura y su comparación la escultura, contra Juan Martínez Montañés. Un enfrentamiento y una presión que terminó en 1623, cuando Martínez Montañés decidió ceder la policromía al pintor Baltasar Quintero. En 1722 se reformó el cuerpo central del retablo, eliminándose un relieve que representaba a Santa Clara entre las monjas de su comunidad, añadiéndose un camarín donde se situaría la talla de la Virgen que preside el retablo (Manuel Jesús Roldán, Conventos de Sevilla, Almuzara, 2011).
      Obra realizada por Martínez Montañés y policromía de Baltasar Quintero, en 1621-23, con unas medidas de 2'20 x 1'56 x 0'20 m. En primer plano están representadas Santa Clara entre dos religiosas con los libros de horas en las manos. Santa Clara, al centro, tiene la capa que el envuelve completamente el cuerpo, sobresaliendo las manos. De idéntica forma es la capa de la monja que se encuentra a su derecha, que está representada de tres cuartos. La religiosa de la izquierda, está de frente con la capa caída en paralelo al cuerpo y sujetada su derecha bajo el brazo. Tras ellas se disponen cuatro religiosas más, con las cabezas inclinadas y en tercer plano, una nueva religiosa que asoma la cabeza junto a la de Santa Clara. El fondo es arquitectónico con un gran arco de medio punto, con jambas e intradós abocinado, dejando ver un profundo paisaje arquitectónico.
     Se encontraba presidiendo el retablo mayor, en la caja de la calle principal en el primer cuerpo hasta que en 1722, con la reforma del retablo, fue sustituido por una hornacina (Guía Digital del Patrimonio Cultural de Andalucía).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de Santa Clara, virgen;
   Hija espiritual de San Francisco de Asís y fundadora de la orden de las clarisas.
HISTORIA Y LEYENDA
   Nacida en 1193, en 1211 abandonó la casa paterna, distribuyó todo su patrimonio entre los pobres y fue recibida en la capilla de la Porciúncula por San Francisco, quien le cortó el pelo y ciñó su cintura con el cíngulo o cordón de la orden.
   Acompañada por su hermana Inés y luego por su madre, Ortolana, se instaló en el convento de San Damián. Allí vivió en clausura perpetua, sometida a una regla austera. Fiel a los preceptos del Poverello, no tenemos -decía- más que un tesoro por conservar: la Santa Pobreza. Un día el papa la visitó en su monasterio. Ella hizo preparar la comida y pidió al Santo Padre que bendijera los panes. Pero el papa ordenó a Santa Clara que los bendijese ella misma. Apenas lo hubo hecho, todos los panes quedaron marcados con el signo de la cruz.
   En 1241 los sarracenos llegados de Nocera quisieron saquear el convento cuyos muros escalaron. La abadesa fue a su encuentro con el Santo Sacramento en una custodia, y los puso en fuga.
   Murió en 1243. La hermana que la velaba vio entrar en la habitación una procesión de vírgenes coronadas que la cubrieron con un manto dorado, al tiempo que la Virgen María recibía su alma.
CULTO
   Canonizada en 1255 por el papa Alejandro IV, Santa Clara es la patrona de Asís y de la orden de las clarisas que se desarrolló en todo el mundo cristiano.
   Como Santa Lucía, su nombre le valió ser invocada "para ver claro" por los ciegos y los enfermos de la vista. También es la patrona de las trabajadoras vinculadas con el color blanco: lavadoras, planchadoras y bordadoras.
   A causa de la custodia de cristal que lleva en las manos, es la protectora de los pintores vidrieros.
   Ha sido propuesta recientemente como patrona de la radio televisión tanto a causa de su nombre como de una visión que habría tenido en su lecho de agonía: la ceremonia de Navidad celebrada en la basílica de San Francisco de Asís.
ICONOGRAFÍA
   Está representada con una edad variable, ya joven, ya como una anciana religiosa.
   Su hábito es de las monjas franciscanas, con un cordón de tres nudos y un manto con rayas transversales.
   Sus atributos habituales son la custodia eucarística con la que rechazó a los sarracenos, y una cruz rematada en un ramo de olivo, que recuerda su apasionado amor al crucifijo.
   Los pintores de Siena y de Umbría casi siempre le ponen en la mano un tallo de lirio, símbolo de la pureza.
   Como patrona de los clérigos, sostiene una lámpara de arcilla o una linterna procesional (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
Conozcamos mejor la Biografía de Martínez Montañés, autor de la obra reseñada;
   Juan Martínez Montañés González (Alcalá la Real, Jaén, 16 de marzo de 1568 – Sevilla, 18 de junio de 1649). Escultor y arquitecto de retablos.
   Considerado tradicionalmente tanto granadino como sevillano, desde principios del siglo XX se desveló su verdadera patria chica al localizarse su partida bautismal. Fue bautizado el 16 de marzo de 1568 en la parroquia de Santo Domingo de Silos de Alcalá la Real. Sus padrinos revelan la respetable posición familiar: el gobernador de la abadía y la esposa del regidor de la ciudad. Era el segundo vástago del matrimonio formado por el bordador zaragozano Juan Martínez Montañés, además alguacil de la abadía y mayordomo del Hospital del Dulce Nombre de Jesús, y de Marta González, descendiente de los Ramírez de Porcuna, conquistadores de Alcalá.
   Su vocación es herencia paterna, pues, a pesar de sus otros oficios, el padre del escultor fue fundamentalmente bordador en Alcalá y después en Granada e incluso en Sevilla. Probablemente su inserción en el activo núcleo artístico alcalaíno le facultara el contacto con la familia encabezada por el italiano Pedro Raxis Sardo, casado con una alcalaína, cuyo hijo Pablo de Rojas sería el maestro de Montañés en Granada.
   La última obra del bordador zaragozano en Alcalá data de 1580 por lo que en fecha cercana debió tener lugar el traslado familiar a Granada. Allí se formó con el citado Rojas en su taller de la parroquia de Santiago, donde adquiriría la base técnica y el concepto plástico que magistralmente desarrolló más tarde, admiraría el clasicismo del impresionante legado renacentista de la ciudad y conocería un importante conjunto de artistas laborantes en la magna obra del retablo mayor del monasterio de San Jerónimo, como el mismo Rojas y el también escultor Juan Bautista Vázquez el Mozo.
   Quizás a instancias de este último, el joven Montañés marchó a Sevilla, una vez concluido su primer período formativo.
   José Gestoso en su Diccionario fecha en 1582 el ingreso de Montañés en la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús del convento sevillano de San Pablo (hoy parroquia de Santa María Magdalena) y, por tanto, también su estancia en Sevilla, dato que González de León retrasa una década. Sin embargo, la primera noticia documental de Montañés en la capital hispalense es de 1587, cuando otorgó carta de dote en sus desposorios con Ana de Villegas, hija del ensamblador toledano Juan Izquierdo. Recibió como dote más de 160.000 maravedís en bienes muebles y 200 ducados de una tía de la contrayente. El matrimonio se verificó el 22 de junio en la parroquia de San Vicente, en cuya demarcación quedaron avecindados. Era una manera de asegurar la plena inserción laboral en un horizonte profesional denso pero activísimo.
   Llegó a Sevilla completamente formado y seguro de sus posibilidades, como avala su inmediato examen gremial, celebrado el 1 de diciembre de 1588, contando el artista veinte años, superado con notable éxito ante los veedores del arte de los escultores y entalladores de Sevilla, Gaspar del Águila y Miguel Adán. Examinado “en el arte de escultor y entallador de romano y arquitecto [...], hizieron que en su presencia hiziese obra de figuras, una desnuda y otra bestida, y en lo de arquitectura hizo en nuestra presencia planta y montea de un tabernáculo y ensamblaje dél según lo manda la ordenança y labrado de talla a lo romano e todo lo a fecho y hizo e practicado, y dado a las preguntas e repreguntas que se le hizieron buenas salidas y respuestas como buen artífice, por lo cual el dicho juan martínez montañés es ábil y suficiente para poder usar y exercer los dichos artes en todos los reynos y señoríos de su majestad”. Formulismos retóricos aparte, este “acta” de examen evidencia la notable capacitación del artista en edad temprana y explica su rápido encumbramiento en un medio artístico más competitivo, como era el sevillano.
   En Sevilla, la puerta al inmenso mercado de Indias, un potente núcleo escultórico fundado en el magisterio del abulense Juan Bautista Vázquez el Viejo (fallecido en 1589), un hermoso legado artístico medieval, abundantes testimonios de la antigüedad romana y un activo foco cultural en academias y tertulias (como la del duque de Alcalá en la Casa de Pilatos o la del docto canónigo Francisco Pacheco) aguardaban al joven alcalaíno y terminaron de conformar su peculiar estilo y temperamento. El principal estudioso de Montañés, José Hernández Díaz, ha señalado como elementos decisivos en la definición estilística montañesina, junto a los conceptos plásticos y temas iconográficos aprendidos en Granada en el taller de Rojas y en contacto con las obras de San Jerónimo, la tradición de intensidad expresiva de Villoldo, el sentido de poética belleza de Vázquez el Viejo, la monumentalidad miguelangelesca de Jerónimo Hernández y Núñez Delgado, y el matiz barroquizante de dinamismo del también jiennense Andrés de Ocampo. Todo ello dibuja con nitidez los perfiles de un artista culto, bien preparado profesional, intelectual y espiritualmente.
   La capacitación de Montañés queda corroborada por las obras contratadas y colaboraciones documentadas en los años inmediatos. Avecindado desde julio de 1589 en la plazuela del Campanario en la parroquia de la Magdalena, inició un período de creciente actividad, con obras como una Virgen de Belén para el duque de Arcos (1589), una Virgen del Rosario de vestir para el convento de Santo Domingo de Alcalá de los Gazules (Cádiz) en 1590, que puede identificarse con una imagen conservada en la parroquia de esta localidad a la luz de una reciente restauración, y ocho imágenes de la Virgen de la misma advocación con destino a conventos dominicos en el Nuevo Mundo, todas ellas en madera, además de otras obras en piedra y marfil, y de sus primeros retablos. En los documentos de la década final del siglo aparecen como fiadores suyos el escultor y arquitecto Juan de Oviedo el Viejo y los pintores Francisco Pacheco y Alonso Vázquez, para el que labró una imagen de Cristo expirante (1591), entre otros, al tiempo que él mismo se obligaba como fiador de otros colegas y empezaba a figurar en tasaciones diversas. Pese a su juventud, el escultor alcalaíno se veía con la capacidad y la necesidad de tomar discípulos, como Ambrosio Tirado y Alonso Díaz, con los que firmó cartas de aprendizaje en 1590. En 1593 participaba en un concurso para la realización de un retablo en el convento sevillano de San Francisco Casa Grande frente al gran escultor de la Sevilla de su tiempo, Gaspar Núñez Delgado, al que se igualaba al acordar ambos indemnizarse mutuamente si su proyecto no era el elegido. Todo ello habla bien del afianzamiento y éxito de Montañés en el mercado artístico sevillano desde primera hora.
   No fueron años exentos de cuitas. El escultor se vio implicado en el asesinato de un tal Luis Sánchez perpetrado en el compás de un monasterio sevillano a comienzos de agosto de 1591 y parece que pudo sufrir prisión y embargos por ello. Dos años después la viuda del asesinado le otorgaba carta de perdón. Ello no enturbiaría, sin embargo, su trayectoria profesional, ni la estima de sus coetáneos. Así lo demuestra el compromiso en 1592 de labrar unas imágenes de los santos Juanes para la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús “tan bien acabadas como el Cristo de Resurrección que hizo Jerónimo Hernández” para esta corporación, mientras que en la concesión del encargo de más de una veintena de sagrarios en 1598 con destino a Indias se argumentaba “ser el más práctico y de más experiencia [...] de quien se tiene entera satisfacción por haber cumplido [...] con mucha puntualidad”.
   Con toda probabilidad, en este mismo año tomó parte activa en la realización de esculturas alegóricas para el túmulo funerario erigido en la catedral de Sevilla a la muerte de Felipe II, ponderado por Cervantes.
   A este período corresponden nuevos cambios de domicilio, pasando primero al Arquillo de los Roelas en la collación de San Lorenzo y finalmente a la del Salvador en 1593. Para ella labraría entre 1597 y 1598 la hasta hace poco considerada primera obra conservada de Montañés, un San Cristóbal para procesionar, encargo del gremio de guanteros. Habla bien de un credo estético aún en formación, pero también de una temprana plenitud técnica y una aguda observación del natural. Sobre la formación del ideario estético montañesino debe tenerse en cuenta que el escultor tenía en su poder en 1596 un dibujo del Juicio Final de la Sixtina por Gaspar Becerra en prenda de una deuda del pintor Diego Zamorano. El crecido volumen de obra de esta década postrera del siglo xvi se cierra con numerosos encargos indianos (para Nueva Granada y Panamá), además de otras obras para Sevilla y Extremadura. Montañés se encontraba ya, sin duda, entre los artífices más activos y cotizados de la Sevilla de su tiempo. Con cierto sentido empresarial y previsor, firmaba en junio de 1596 un compromiso de compañía laboral con Juan de Oviedo el Mozo según el cual repartirían pérdidas y ganancias de cuantas obras contratasen (salvo algunas excepciones) durante un periodo de seis años.
   Cierto silencio documental en los protocolos sevillanos justo en el cambio de siglo ha sido visto por algunos críticos como evidencia de una segunda estancia en Granada. Lo cierto es que en julio de 1601 asistió en la ciudad de la Alhambra a la boda de su hermana Catalina, a la que aportó 200 ducados de dote y resulta probable alguna estancia más por negocios familiares.
   El regreso a Sevilla no se demoró mucho, pues en breve recrecieron los contratos de nuevas obras. El 31 de diciembre de 1601 adquirió unas casas principales en la calle de la Muela (hoy O’Donnell) en la parroquia de la Magdalena, vecinas al Hospital del Cardenal, que amplió con la compra de otras inmediatas justo un año después, para conformar amplia vivienda y obrador capaz de absorber un importante volumen de trabajo. En el mismo año 1601 contrató sagrarios para Venezuela y la isla La Española, a los que siguieron esculturas y retablos en los años inmediatos.
   Produjo enseguida nuevas obras maestras. El singular San Jerónimo del convento de Santa Clara de Llerena (Badajoz) lo labró entre 1603 y 1604 bajo la sugestión de Torrigiano y el mismo año contrató el Crucificado del Auxilio, venerado en la iglesia de la Merced de Lima (Perú) por 2.000 pesos, ensayo para el celebérrimo Cristo de la Clemencia de la catedral de Sevilla. Al tiempo suministraba modelos para otros artistas, como Francisco de Ocampo, quien en 1604 se obligaba a hacer un relieve de la Asunción, otro de Dios Padre y una imagen de santa Clara “de la forma que está en un modelo de barro que tengo en mi poder de mano de bos juan martínez montañés”.
   Este volumen de obra determinó la ampliación de operarios del taller. Durante la primera década del siglo xvii ingresaron como aprendices en su taller Pedro Sánchez en 1605, el cordobés Juan de Mesa y el toledano Francisco de Villegas (casado con una sobrina de su maestro Pablo de Rojas) en 1606, y el inquieto jerezano Alonso Albarrán el Mozo en 1608, quien primero se fugó (1610) para, después de preso, firmar nuevos convenios con el maestro alcalaíno (1611 y 1614, el último quizás como oficial).
   Se iniciaba, ciertamente, una etapa de plenitud creativa, que Hernández Díaz ha considerado como etapa “magistral”, entre 1605 y 1620. Arranca del citado Cristo de la Clemencia, contratado en 1603 con Mateo Vázquez de Leca, arcediano de la ciudad de Carmona y canónigo de la catedral de Sevilla, adonde finalmente recaló la escultura en la desamortización.
   Representa una de las imágenes más celebradas por los críticos desde la misma época de su ejecución, en la que el mayor acierto del genio creativo de Montañés lo constituye el singular equilibrio entre lo dogmático y lo naturalista, con un modelado de armoniosas proporciones y comedida anatomía, y una cuidadísima composición, en absoluto tensa, que busca la unión espiritual con el espectador más que lo gestual. Codifica el tipo de Crucificado de cuatro clavos (como un modelo de Miguel Ángel hacía poco llegado a Sevilla y, sobre todo, recordando una obra de su maestro Pablo de Rojas) de tanto éxito en Pacheco (quien policromó esta imagen), Cano, Velázquez o Zurbarán, y representa un verdadero esfuerzo creativo y técnico de subida calidad, expresado por el autor en el mismo contrato al declarar que “ha de ser mucho mejor que uno que los días pasados hice para las provincias del Perú” y manifestar su “gran deseo de acabar y hacer una pieza semejante a ésta para que se quede en España y no se lleve a las Indias ni a otras partes y se sepa el maestro que la hizo para gloria del Dios”. De hecho, renovó el panorama de esta iconografía en una fase decisiva de maduración de la escuela sevillana de escultura. Atestigua la plenitud artística del alcalaíno y su liderazgo en el medio artístico hispalense. En 1607 el gremio de escultores le apoderó en el pleito que sostenía con el de los carpinteros, a los que se les igualaba en el pago de las alcabalas.
   Ciertamente, la madurez artística de Montañés determinó esta feliz orientación hacia una estética de progenie clasicista, basada en la armonía y proporción de la anatomía y la expresión, a la búsqueda de la profundidad espiritual que impregna sus obras, de tanto éxito entre sus contempladores. El trabajo en el taller de Montañés se multiplicó en estos años. Sólo en 1604 contrató dos retablos (convento de Santa Clara de Cazalla de la Sierra y monasterio de San Francisco de Sevilla, conservado hoy en la capilla de San Onofre), trece sagrarios para conventos franciscanos en Indias y tres imágenes de los santos patronos de Jerez de la Frontera. Comenzó por entonces a policromar sus obras su paisano Gaspar Ragis, sobrino de su maestro Pablo de Rojas.
   En este infatigable proceso creativo produjo nuevas obras maestras, como el Santo Domingo penitente, contratado en 1605 junto al retablo mayor y resto de imaginería de la iglesia del convento sevillano de Santo Domingo de Portacoeli. En 1606 labraba el Niño Jesús de la Hermandad Sacramental del Sagrario, de gran aplauso popular y perfección, hasta el punto de realizarse vaciados en plomo de la misma para obtener réplicas. Entre 1606 y 1608 realizaba la imaginería del retablo de la Inmaculada de la parroquia de El Pedroso (Sevilla), donde descuella la imagen de la titular, policromada por Pacheco, siguiendo modelos de Pablo de Rojas y Jerónimo Hernández. A esto sucedieron nuevos retablos y conjuntos de imaginería, como el del retablo de San Juan Bautista para un convento de concepcionistas de Lima (hoy en la catedral de la capital peruana), cuya arquitectura labró Diego López Bueno, otros para las iglesias sevillanas del Santo Ángel y de San Ildefonso y, por último, a partir de 1609, para el monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, en las cercanías de la capital hispalense, bajo el patronazgo de la casa ducal de Medina Sidonia.
   En sus obras para este monasterio jerónimo se alcanzó uno de los puntos álgidos de la ejecutoria artística montañesina. En noviembre de ese año contrataba, además del pequeño retablo que hoy está en la Capilla del Reservado, el gran retablo mayor, tanto en su fábrica arquitectónica como en su conjunto de imaginería, obra de las más significativas en ambos campos. La asimilación de la tratadística italiana de Serlio y Palladio proporcionó importantes sugerencias en la traza de este retablo, de mano del propio Montañés, con la libertad de quien concibe un conjunto arquitectónico-plástico. Para la imaginería, nuevamente la maestría técnica y la intensa espiritualidad del alcalaíno se hacen patentes en asombrosos relieves de acertadísima composición y fundamentalmente en la imagen central de San Jerónimo penitente genuflexo, que se obligó a hacer “por su mano sin que le ayude nadie”. Constituye un verdadero alarde técnico y de sapiencia anatómica, así como una lección magistral de la relación entre el volumen escultórico y el espacio circundante. Su policromador, el pintor Pacheco, la celebraba como “cosa que en este tiempo en la escultura y pintura ninguna le iguala”. El espléndido conjunto de imaginería sacra (que revela la intervención de discípulos) se completa con las figuras orantes de Don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, héroe de la Reconquista, y de su esposa, Doña María Coronel, cuidadísimas en su lujosa vestimenta y acertados valores retratísticos, al menos en la primera, a pesar de los tres siglos que separan estas obras de los efigiados, allí sepultados. En 1613 firmaba carta de pago de todo el conjunto, ya concluido.
   Los trabajos de Santiponce no absorbieron todas las energías creativas de Montañés, como corrobora la cabeza y manos para una figura de vestir de San Ignacio de Loyola realizada para la casa profesa de los jesuitas (iglesia de la Anunciación de Sevilla) con motivo de su beatificación (1610), que Pacheco (de nuevo colaborador en la policromía) consideraba que “aventaja a cuantas imágenes se han hecho de este glorioso santo porque parece verdaderamente vivo” (probablemente sobre el verdadero retrato del fundador de los jesuitas basado en una mascarilla cadavérica), o la imagen de Jesús de la Pasión (iglesia del Salvador de Sevilla) que Hernández Díaz juzga del período 1610- 1615, para la cofradía de penitencia del mismo título, entonces residente en el convento de la Merced Calzada. Resulta paradigma de la escultura procesional, ponderado por un panegirista mercedario como “asombro de los siglos presentes y admiración de los por venir”. A estas se unía en 1616 una Virgen con el Niño patrocinada por el Duque de Medina Sidonia para el convento mercedario de Sanlúcar, que fue a parar al de Huelva (actual catedral) en 1618.
   En esta segunda década del siglo XVII nuevos discípulos arribaron al taller montañesino como el granadino Juan Gregorio (1612), el portugués Diego Antúnez (1613) y el madrileño Marcos Juárez (1616) y eso que se observa cierto silencio documental entre 1614 y 1617, probablemente época de remate de obras comenzadas.
   También fue década de nuevos avatares familiares.
   El padre del escultor, el bordador del mismo nombre, se había avecindado en Sevilla años antes, como atestigua en el finiquito firmado en febrero de 1609 por una manga de cruz que bordó para el citado monasterio jerónimo de Santiponce, donde declaraba ser vecino de la misma collación que su hijo, la de la Magdalena. Sin embargo, en fecha cercana debió de retornar a Granada, donde falleció hacia 1615-1616, como se sabe por declaración posterior de la madre de Montañés. Quizás el escultor retornara a Granada con tal motivo para atender el reparto de la herencia paterna. El propio Montañés enviudó el 28 de agosto de 1613, tras veintiséis años de matrimonio y cinco hijos, tres de ellos de vida religiosa. Poco antes de la muerte de su esposa, habían dotado a la hija menor, Catalina de Villegas, con 1.000 ducados “por ser la que nos hace compañía y la que tenemos hembra en el siglo”, y donado un esclavo a otra hija, religiosa profesa en el convento dominico de Santa María de Gracia de Sevilla. El 28 de abril del año siguiente contraía nuevas nupcias en la parroquia de la Magdalena de Sevilla con Catalina de Salcedo y Sandoval, hija del pintor Diego de Salcedo y pariente de los escultores Miguel Adán y Juan de Oviedo, quien le daría siete nuevos hijos y le sobreviviría. El maestro alcalaíno figuraba en abril de 1617 como testigo del matrimonio de Juan de Oviedo el Mozo. En 1619 fallecía una hermana de Montañés, de nombre Tomasina, esta vez en Sevilla.
   A finales de la década se reactivaba la producción del taller con nuevos encargos indianos, el excepcional Crucificado de los Desamparados de la iglesia sevillana del Santo Ángel (1617) y la traza para el retablo mayor de la parroquia de San Miguel de Jerez de la Frontera (1617), en cuya imaginería intervendría también Montañés por espacio de un cuarto de siglo.
   Hacia 1620 el escultor se encuentra en la plenitud de su carrera; mayor valor adquiere entonces el testimonio recogido por Pacheco en mayo de 1620 (incluido en su Arte de la Pintura), emocionado recuerdo de Montañés a su maestro: “y me afirma que su maestro Pablo de Roxas hizo en Granada, habrá más de cuarenta años uno (un Crucificado) de marfil con cuatro clavos para el Conde de Monteagudo”.
   Estabilidad familiar, prestigio consolidado, solvencia económica, trabajo abundante no son suficientes para despejar las sombras de esta década, “decenio crítico” según lo califica el profesor Hernández Díaz, en el que el destino proporcionó dolorosas circunstancias vitales al escultor y en el que artísticamente parece iniciarse una autoevaluación a la vista de la renovación estética que la plástica hispalense conoció en manos de sus propios discípulos. Entre las pérdidas, se encuentran las de tres cercanos colaboradores: el jiennense Andrés de Ocampo murió en 1623, dos años después lo hizo Juan de Oviedo el Mozo y en 1627 el cordobés Juan de Mesa, quien en tan sólo una década de trayectoria profesional en solitario, promovió en su intensa actividad escultórica una renovación plástica, plena de sugerencias expresivas, que afectó al propio Montañés. En contraste, en estos años debió de frecuentar su taller el granadino Alonso Cano, presunto discipulaje que no explica en su plenitud la plástica de Cano, por entonces valor emergente en el medio artístico sevillano y que desde 1629 ya firmaba como maestro de escultor y pintor.
   También en 1620 Montañés promovió un expediente de limpieza de sangre, sin motivo aparente, pero no carente de lógica ante la presión ambiental de la época; curiosamente en la legitimidad de su cuna se hacía referencia sólo a los ascendientes maternos, pero no a los paternos. Poco después, quizás en relación con este expediente, sufrió un proceso de investigación inquisitorial como miembro de la Congregación de la Granada, establecida en la catedral de Sevilla y a la que también pertenecían el padre Fernando de Mata (maestro espiritual del artista) y su cliente el canónigo Vázquez de Leca, y de la que Montañés era considerado uno de los seis cofrades más perfectos.
   Pese al prestigio de los congregantes, la Inquisición quiso ver en esta corporación un nuevo brote alumbradista, como el desarticulado hacía poco, al sospechar que se trataba de una “máquina monstruosa, con ceremonias y observancias de otra nueva religión”. El proceso no pasó de la desaparición de la congregación (y el castigo de algunos de sus miembros), probablemente un foco de espiritualidad mística que justifica la intensa reflexión religiosa de que hace gala Montañés en sus obras, cargadas de sensibilidad y hondura teológica. Incluso existen indicios de lo que pudiera interpretarse como un anticipo de herencia a favor de los hijos de su primer matrimonio: junto a las donaciones de 1613 a dos hijas, se unía ahora otra de 1.000 maravedís anuales de por vida a un hijo, el clérigo José Martínez Iniesta, en 1624. El mismo año consta un gesto de generosidad del escultor al dotar con 100 ducados a una doncella pobre, a fin de que pudiera profesar en el convento sevillano de Santa Paula.
   Estos contratiempos no obstan la plena actividad profesional del taller montañesino. El maestro firmaba en enero de 1620 el pliego de condiciones y quizás la traza para un patio de la cartuja de la Defensión en Jerez de la Frontera, el llamado claustro de los Hermanos o Conrrería. Junto a este proyecto arquitectónico, abundaron en esta década los trabajos para retablos con imaginería, entre los que descuellan el retablo mayor del convento de Santa Clara (1621- 1626) y quizás otros tres más en el mismo templo, el de San Juan Bautista del convento de San Leandro (1621-1622) según traza de Juan de Oviedo el Mozo y el de la Inmaculada Concepción (1628-1631), conocida como la Cieguecita, en la catedral de Sevilla, además de dar las trazas en 1627 para el retablo de la capilla que poseía el poeta y clérigo Francisco de Rioja en el convento de las Teresas. Obras insignes todas ellas, no estuvieran exentas de problemas que, en algún caso, acabaron en los tribunales. En el caso del retablo del convento de Santa Clara, Montañés no sólo contrató el ensamblaje, talla y escultura del retablo, sino también su dorado y encarnado, facultad de la que no estaba examinado de maestro, lo que le valió inmediato pleito por parte del gremio de pintores, encabezado por su colaborador y admirador Pacheco, quien en esta ocasión, sin embargo, arremetió con dureza contra el maestro alcalaíno: “Tampoco me meto en juzgar los defectos de sus obras, aunque los bien entendidos de Sevilla los hallan en las que ha puesto más cuidado, porque estoy persuadido que es hombre como los demás, y no es maravilla que yerre como todos. Y por eso aconsejaría a mis amigos que suspendiesen el alabar o vituperar sus obras, porque lo primero lo hace él mejor que todos, y lo segundo porque no falta quien lo haga”. Además de la cerrada defensa de los derechos gremiales que inspira el demoledor testimonio del suegro de Velázquez, resulta muy revelador de la enorme autoestima de Montañés, del aplauso popular recibido y de la posición de preeminencia en el ambiente artístico sevillano, que le llevó en esta ocasión a orillar la legalidad. En agosto de 1623 traspasó esa labor pictórica al pintor Baltasar Quintero.
   Un último contratiempo llegó a fines de esta década, quizás también de apuros económicos, ya que en 1628 le devolvía 500 ducados a Juan Bautista de Mena, quien “por hacerme amistad y buena obra me ha prestado”. Con enorme interés acogió Montañés el encargo de un retablo de la Inmaculada Concepción para la catedral de Sevilla en febrero de 1628.
   Sin embargo, al año siguiente una enfermedad dejó al artista postrado durante cinco meses, “que no se ha levantado de la cama ni podido trabajar”, lo que le impidió cumplir el encargo en el tiempo establecido en el contrato. En septiembre de 1629 se le exigía la devolución del importe recibido para encargar la obra a otro artista. Esgrimiendo esta enfermedad y el interés de los mecenas de que “la obra fuese muy excelente y la mejor que fuese posible” y que “así la talla como la escultura fuese de su mano sin entrometer en ello oficiales que le pudiesen ayudar [...] mediante lo cual ha sido fuerza dilatarse la obra [...]”, logró nuevo plazo, hasta perfeccionar la obra, de la que firmó finiquito por importe de 3.700 ducados en julio de 1631. La demora del encargo tuvo, sin embargo, muy feliz resultado, ejemplar en la imagen de la Inmaculada, la popular Cieguecita, importantísima reivindicación de la creencia concepcionista en pleno templo metropolitano hispalense y quintaesencia de la serenidad e idealidad clasicista que prospectó el artista durante casi toda su carrera. Se restablecían, así, su fama y autoestima al alcanzar la excelencia en otra obra maestra.
   De hecho, nuevos datos permiten calibrar el prestigio alcanzado. En 1632 el granadino Alonso Cano contrataba una imagen de san Antonio de Padua “tan bueno como uno que juan martines montañés [...] está acabando de haser que disen es para la Reyna nuestra señora [...]”. Acerca de la relación Montañés-Cano es síntoma revelador que el granadino nombrara al alcalaíno tasador por su parte de las demasías que Cano hizo en la obra del retablo mayor de la parroquia de Lebrija, visitado por Montañés en marzo de 1634. Al año siguiente, Montañés fue reclamado desde la Corte para hacer un retrato en barro del rey Felipe IV, con destino a una estatua ecuestre vaciada en bronce por el italiano Pietro Tacca en Florencia y que hoy luce en la madrileña plaza de Oriente. Montañés marchó a la Corte en junio de 1635 y permaneció en Madrid por espacio de siete meses. Previamente cedió el poder que tenía de los maestros escultores y arquitectos de Sevilla para actuar en el pleito contra el gremio de carpinteros a Alonso Cano. Verosímilmente fue Velázquez el artífice de este llamamiento.
   El reconocimiento de su obra fue grande y el acceso al medio artístico madrileño una valiosa experiencia.
   Pero la aventura cortesana le acarreó finalmente apuros económicos, a pesar de los 400 ducados “de ayuda de costa de viaje” de los que otorgó carta de pago en febrero de 1639 y del privilegio de exportación de trescientas toneladas de mercaderías a Indias con que fue pagado y que el escultor reclamaba todavía en 1648, quejándose del exiguo pago de “tan gran servicio, en que gasté mi caudal”. Este privilegio lo disfrutaron sus herederos un lustro después de la muerte del artista. Con motivo de este retrato regio, el poeta Gabriel de Bocángel lo ponderó como “el Andaluz Lisipo”, uno de los sobrenombres, junto al de “el dios de la madera”, con mayor fortuna en la crítica montañesina.
   Avatares (la muerte de su hijo José Martínez de Iniesta en 1639 y la marcha a Indias de otro, fray Francisco Martínez Montañés, el mismo año), enfermedades y achaques de la edad iban mermando paulatinamente la productividad de su taller en las décadas de 1630 y 1640, aunque todavía recibió dos nuevos discípulos, José Martínez de Castaño en 1632 y, muy al final de su carrera, Pedro Andrés Ramírez en 1641. Al tiempo, valores emergentes en el potente centro artístico sevillano iban renovando la plástica con acento barroquizante: la dramática expresividad de su discípulo Juan de Mesa, la agitación berninesca del flamenco José de Arce y el dinamismo del cordobés Felipe de Ribas, nuevo gran taller de la Sevilla de los años centrales del siglo xvii, sustituyendo al de Montañés. En este último período el escultor se mostraba más proclive al triunfante realismo del momento, moviendo moderadamente masas y gestos, especulando más profundamente con el claroscuro de los volúmenes, sin olvidar los sabios cánones de la proporción y el acento de platónica belleza tan adecuado a la sentimentalidad espiritual de sus imágenes.
   A esta última etapa pertenecen el San Juan Bautista (1637) y el San Juan Evangelista (1638) del convento de Santa Paula de Sevilla, expresivos ejemplos de un nuevo concepto dinámico de la composición. Empezaron a escasear las obras montañesinas al declinar la década de 1630. Junto a algunos encargos indianos (Bolivia, Perú), en 1641 acometió la fase de conclusión del retablo mayor de San Miguel de Jerez. En abril de ese año traspasó a José de Arce la realización de cuatro relieves y otros tantos santos (prueba de su aprobación a los nuevos aires de la plástica sevillana) y se reservó el colosal relieve de la Batalla de los Ángeles, compendio de sabiduría compositiva y expresiva, alarde de anatomía y técnica en un tema de acento hondo y palpitante como la lucha entre el Bien y el Mal, así como el relieve de la Transfiguración de Cristo (1643), menos cuidado por encontrarse a mayor altura y que parece acusar colaboraciones, quizás del mismo Arce.
   Se consumían aquí sus últimas energías creativas.
   Con enorme dignidad renunció en 1645 a la escultura del retablo mayor de la parroquia de San Lorenzo de Sevilla, “por mis muchas ocupaciones y falta de salud”, traspasándola a Felipe de Ribas. Aún consta en 1648 la llegada a Lima de dos imágenes del alcalaíno (San Francisco Javier y San Francisco de Borja) en la iglesia de San Pedro de la capital peruana, probables obras de taller. En septiembre de dicho año todavía reclamaba su privilegio de exportación, recibido en recompensa a su retrato del rey Felipe IV, y reconocía que en “el día de hoy estoy viejo y necesitado y con muchos hijos”. Contaba con ciertas rentas de bienes acumulados a lo largo de su fecunda carrera, pero seguramente insuficientes. En 1645 y 1646 tenía arrendada una casa de su propiedad en la Rabeta y con anterioridad se conoce el arrendamiento de otras propiedades inmobiliarias en la calle del Pepino, vecina de la Alameda de Hércules, y en la de la Garbancera.
   El último lustro debió de ser de escasa actividad. Se aproximaba el artista a la edad octogenaria. El 18 de junio de 1649 la epidemia de peste acababa con su vida, a los ochenta y un años y tres meses. Aunque tenía dispuesto enterramiento en el convento de San Pablo, pidió a su esposa, según declaró ésta, ser enterrado en la parroquia de Santa María Magdalena.
   Una trayectoria profesional de seis décadas avala la admirable formación técnica y sensibilidad artística de Martínez Montañés, pensador de profunda religiosidad además de artista, lo que le permite convertirse en intérprete extraordinario de la religiosidad de su época a través de sublimes productos estéticos de sincera espiritualidad (Jesús Juan López-Guadalupe Muñoz, en Biografías de la Real Academia de la Historia).
       Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el Relieve "Santa Clara de Asís y sus monjas", de Martínez Montañés, en la Iglesia del Convento de Santa Clara, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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