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domingo, 2 de agosto de 2026

El desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla.  
     Hoy, 2 de agosto, Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles.
     Y que mejor día que hoy, para ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla.  
     El desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, se encontraba aproximadamente en la manzana formada por las calles Regina, plaza de la Encarnación, Misericordia, y Jerónimo Hernández; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Orden de los Predicadores, también nombrada como de los Dominicos, fue fundada en los primeros años del siglo XIII por el castellano Domingo de Guzmán (Caleruega, Burgos, 1170 - Bolonia 1221), del linaje de los Guzmanes y canónigo de la catedral de Burgo de Osma, para combatir con la predicación, entre otros males de la Iglesia, la herejía albigense, que condenaba el uso de los sacramentos, el culto externo y la jerarquía eclesiástica, y también la herejía cátara. Entre 1203-1206, abandonando su retiro de Osma viaja a Dinamarca, Toulouse y otras comarcas de Europa acompañando al obispo don Diego de Acebes, de gran influencia en su vida espiritual, en empresas diplomáticas y apostólicas, conociendo de cerca el alcance de estas herejías y las luchas religiosas y feudales, a las que los legados pontificios y los cistercienses no podían poner fin. Impresionado por este estado de cosas, en 1207 comienza su labor apostólica con un grupo de compañeros en el sur de Francia. Muerto Acebes, Domingo se vincula al obispo Fulco de Toulouse, quien en 1215 lo admite junto con su "hermandad de predicadores" en el que sería el primer convento masculino, cuya regularización como nueva orden contravenía el mandato del IV Concilio de Letrán (1215) de no autorizar la formación de nuevos institutos religiosos. No obstante, los frutos que estaba dando este equipo de predicadores pobres atrajo la atención del papa Inocencio III que aconsejó a Domingo que tomara una regla ya existente, lo que enmascaraba un tanto la nueva fundación, escogiendo la de San Agustín. El 22 de diciembre de 1216 Honorio III expidió la bula de confirmación de la Orden de Predicadores como una corporación de clérigos regulares, siendo definitivamente confirmada el 21 de enero de 1217. Una vez conseguidas las preceptivas autorizaciones papales los dominicos iniciaron su vida de pobreza y evangelización itinerante por Europa, alentados por el fundador, que les imbuye la idea de una constante formación para así mejor ejercer su ministerio apostólico, siendo sin duda el siglo XIII decisivo para el desarrollo y crecimiento de la Orden y su fundamentación institucional, con un incremento rapidísimo de vocaciones. En 1220 se celebraba en Bolonia el primer capítulo general presidido por Domingo de Guzmán, el primer Maestro General, en el que se establecieron las bases de gobierno, las normas relativas al estudio, la predicación, las visitas y organización de los conventos y otras materias necesarias para el funcionamiento del nuevo instituto, instituyéndose el convento como la célula administrativa y territorial básica, que debía contar siempre con un maestro en teología. En el capítulo celebrado en mayo del año siguiente también en Bolonia, se crean cinco provincias: Provenza, Francia, Lombardía, Romana y España, y se ponen en marcha las de Hungría, Alemania e Inglaterra, cada una de ellas con un maestro provincial pertinente al frente. Un magnífico organizador resultó ser el Maestro general Raimundo de Peñafort, quien durante su mandato normalizó las Constituciones en un corpus jurídico que perduró hasta 1924.
     Hay que señalar que los dominicos junto con los francis­canos forman las órdenes mendicantes por antonomasia, cuya regla impone la pobreza no sólo para sus miembros sino para los conventos, obteniendo lo necesario para su sustento de la limosna de los fieles, en un deseo de vuelta a la pobreza como en los primeros tiempos de la Iglesia. Frente a la reclusión y aislamiento de los monjes, el fraile mendicante realiza un apostolado activo, itinerante, en constante contacto con la sociedad, estableciendo sus conventos en el interior de las ciudades en donde más directamente predican la fe y la moral dentro de la ortodoxia. Para ello era necesario que los frailes poseyeran una buena formación religiosa e intelectual, siendo este uno de los pilares fundamentales y definidores de los Dominicos, quienes desde su nacimiento se vinculan a las mejores universidades europea, como París o Bolonia, en las que la presencia de los Predicadores primero como estudiantes y luego en sus cátedras fue notable en número y calidad, y una baza fuerte en la consolidación de la Orden. A ello hay que sumar la creación de las Casas Generales de estudios -la primera se funda en 1248- en donde se forman los propios religiosos y colegiales externos, y en donde se imparte el trivium y filosofía, lo que en ocasiones acarreará conflictos con las universidades. La importancia del estudio era tal que a estudiantes y lectores (profesores) se les podían dispensar de algunas actividades de la observancia monástica, como la asistencia al coro, ciertos ayunos, y se les permitía poseer libros. A los conventos se les manda acrecentar las bibliotecas y se les prohíbe la venta de los libros.
     A la muerte de Domingo en 1221 (que será canonizado por el papa Gregario IX en 1234) la Orden contaba con veinte conventos y trescientos frailes. En 1303 son ya quinientos cenobios agrupados en dieciocho provincias con más de trece mil hermanos, crecimiento no exento de problemas con párrocos y obispos que encontraban una gran competencia en estos clérigos de gran formación teológica, que captaban rápidamente a los fieles que abandonaban a otros pastores por lo general peor preparados. Durante el siglo XIV la Orden pierde un poco el vigor de los primeros tiempos, con una relajación de la observancia y una disminución de vocaciones, a lo que hubo de contribuir el cisma de la Iglesia y la peste negra; la crisis será superada con la reforma llevada a cabo en el seno de la Orden que significó una vuelta a la observancia y al fervor primitivos. En el siglo XV se superarán los efectos religiosos de la llamada "claustra", para comenzar un gran resurgimiento que continuará en el XVI y XVII, sin duda los siglos de oro de los Dominicos. Las voca­ciones aumentan y las fundaciones se multiplican, favorecidas por la colonización de las tierras americanas y el extremo oriente. El setecientos, sin embargo, abrirá una nueva etapa de inflexión con el descenso en el nivel de los estudios y la pérdida de influencia sobre las masas, que los relaciona inexorablemente con la Inquisición; la Orden se aleja cada vez más de la sociedad y sus necesidades, para finalmente en el XIX, con las corrientes laicistas y los procesos desamortizadores vividos en Europa, quedar extinguida, no siendo restituida hasta el último tercio del XIX en varios países.
     En España, cuna del fundador, la Orden se implantó con rapidez, pues en las actas del capítulo provincial celebrado en Toledo en 1250 ya se da la cifra de veinte conventos en la península, que pronto se duplicará. Este crecimiento y expansión se debe en gran parte al paulatino avance de los monarcas castellanos en la reconquista, en cuyos campa­mentos consta la presencia de los frailes predicadores que asistían espiritualmente a los miembros del ejército y a los propios reyes. El mismo Fernando III eligió como confesor a un dominico y favoreció la fundación de conventos de la Orden en la ciudades andaluzas recién conquistadas, siendo el primero el de San Pablo de Córdoba. El incremento de casas y miembros hizo necesaria una reestructuración administrativa; de la inicial provincia de España o Castilla, el 10 de octubre de 1514 por bula del papa León X se creó la de Andalucía o Bética que comprendía los cuatro reinos de Andalucía (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada) el de Murcia y todo lo que de la Mancha y Extremadura quedaba a la izquierda del Guadiana que servía de línea fluvial divisoria, con un total de treinta dos conventos; en 1686 eran ya cincuenta y seis. Hay que señalar que los conventos fundados en estas fechas en tierras americanas, de gran potencial para ésta y el resto de las órdenes religiosas activas en España, se incluyeron en un primer momento en la provincia andaluza.
     Igualmente, los dominicos españoles pasaron por periodos de apogeo y decadencia como el que hemos referido anteriormente. También fue necesaria en las casas peninsulares una reforma en el siglo XIV semejante a la llevada a cabo allende de nuestras fronteras, lo que fue acometido por el beato Álvaro de Córdoba, y de la cual la Orden salió robustecida con la unión, finalmente, de las dos ramas, siendo los siglos XVI y XVII sin duda los más fecundos en cantidad de casas y en calidad de sus miembros. Por otro lado, los Predicadores se vincularon al mundo universitario hispano y fundaron colegios que alcanzaron elevadas cotas dentro de la vida intelectual del momento, y que dieron su fruto en personalidades que destacaron en variados campos del saber, desde la teología al derecho, la economía y la astronomía: fray Bartolomé de las Casas, fray Luis de Granada, Francisco de Vitoria, el mencionado San Raymun­do de Peñafort, San Vicente Ferrer, fray Diego Deza; destacando algunos de ellos también en santidad, lo que les llevó a subir a los altares. El siglo XVIII será en cambio un periodo de atonía y declive para este instituto religioso, que pierde el pulso de la historia y la sociedad que la protagoniza. Los aires laicistas y los cambios político-administrativos les llevarán a la exclaustración en 1836, quedando sólo abierto en España el colegio dominico de Ocaña para asistencia de las misiones ultramarinas. Merced a nuevos concordatos con la Santa Sede la Orden fue repuesta, en el último tercio del XIX; el 27 de enero de 1879 se reinstaura canónicamente la provincia de España y en 1897 se desgajó de nuevo la Provincia de Andalucía.
     En Sevilla la Orden de Predicadores contó con un total de seis conventos masculinos: San Pablo el Real, Santo Domingo de Portacoeli, Santo Tomás de Aquino, Regina Angelorum, Santa María de Montesión y San Jacinto. Los correspondientes femeninos fueron cinco: Madre de Dios el Real, Santa María de Gracia, Santa María de Pasión, Santa María de los Reyes y el de Nuestra Señora del Valle, de corta duración (fue vendido en 1529 a la orden franciscana y sus monjas pasaron al de Santa María la Real); de las fundaciones femeninas sólo ha permanecido el primero. En el primer censo demográfico conocido, fechado en 1615, la provincia de Andalucía tenía un total de 1.835 religiosos, aventajando a la de España en número; Sevilla daba un máximo absoluto de 430. Esta abundancia numérica aumentó a fines del XVII, lo que determinó que había que reducir el número, pues "sobraban frailes y faltaban viandas" y se fija en el año 1750 un numerus clausus en cada convento. Un interesante cuadro comparativo realizado por Huerga, del número de religiosos en los conventos masculinos sevillanos, a partir de los datos del capítulo provincial celebrado en Cádiz en 1750 y de la obra publicada en Sevilla en 1757, Breve expresión de lo que en sí contiene la ciudad de Sevilla, arrojan las siguientes cifras:
1750             1757
120 San Pablo     190
12 Portacoeli     33
20 San Jacinto     25
- Regina             48
- Montesión     18
-       Santo Tomás     29
total                     343
     Los funestos acontecimientos del XIX, terminaron finalmente con la expulsión de los Predicadores y cierre de estas seis casas, de las que sólo se ha restablecido la de San Jacinto.
CONVENTO DE REGINA ANGELORUM
     La fundación del convento de Regina Angelorum de la Orden de Predicadores está vinculada a los marqueses de Ayamonte, especialmente a doña Teresa de Zúñiga, linajuda dama en quien se unían los estados de Ayamonte, Béjar y Gibraleón, esposa que fue de don Francisco de Sotomayor, conde de Benalcázar. Esta señora, cumpliendo la manda testamentaria de su madre doña Leonor Manrique de Castro -esposa de don Francisco de Zúñiga y Guzmán, marqués de Ayamonte- procede a la fundación y dotación del monasterio en 1553 en las casas próximas a su palacio, en la collación de San Pedro. Anteriormente, en 1521, la referida doña Leonor en ejecución de la última voluntad de su madre doña Guiomar de Castro, esposa del duque de Nájera don Pedro Manrique, fundó en estas mismas casas y con el título de Regina Angelorum un convento de monjas dominicas para doce religiosas y una abadesa, de noble cuna pero de pocos recursos económicos, fundación que según Margado sólo duró nueve años, en que por acuerdo de un capítulo general de la Orden de los Predicadores a quienes estaban sujetas, se decretó que debía deshacerse el monasterio, entre "otras razones" "porque la casa no era realenga, ni la podían tener la monjas mas de por espacio de nueve veces nueve años, y porque su renta no era competente para su menester y gasto". Las monjas fueron repartidas por otros conventos de Sevilla y Regina Angelorum se dedicó a hospedería para los frailes que andaban de paso en la ciudad, y así perma­neció hasta que doña Leonor murió. Será su hija Teresa de Zúñiga, como hemos señalado, quien cumpliendo su última voluntad proceda a la fundación efectiva del convento masculino, que mantuvo la advocación de Regina Angelorum, dotándolo según Ortiz de Zúñiga copiosamente y fabricando con magnificencia vivienda y templo con el que se comunicaba por una tribuna con el adyacente palacio de la señora, quien fue sepultada en la capilla mayor de la iglesia junto con su marido.
     Era la cuarta casa que la Orden dominica abría en Sevilla, en la que a los tradicionales fines de la oración, estudio y predicación, añadió la actividad complementaria de la ense­ñanza, pues desde 1601 ostentó la condición de colegio al establecerse en él, a petición de su patrono el marqués de Ayamonte, los Estudios Generales, lo que no se mantuvo durante mucho tiempo ya que en el capítulo provincial celebrado en Sevilla en 1620 se atendía la petición del patrono para la reducción del colegio a convento, creemos que por falta de recursos para sustentarlo como tal, aunque se siguieron impartiendo clases de teología moral. Regina Angelorum y la comunidad que lo habitó con el apoyo y ayuda de la casa de Ayamonte y otros miembros de la oligarquía local, vivieron años de esplendor; en 1625 sus miembros rondaban el medio centenar, contaban con recursos económicos sufi­cientes para su sustento, y el convento y la iglesia estaban edificados y adornados de buenas obras artísticas que lo hermoseaban. En Regina tenía su sede la Cofradía del Santo Crucifijo y la Purísima Concepción de la Virgen, fundada por miembros de la nobleza sevillana, primero como hermandad de penitencia y luego de luz, con capilla propia en la iglesia conventual, que se disolvió en los días de la ocupación francesa del convento. También tuvo su sede en él la Hermandad de Nuestra Señora del Rosario, perteneciente a la Real Maestranza de Caballería, que tuvo capilla propia en el interior del templo del que se separaba con una artística reja, y con puerta independiente a la calle.
     Un desafortunado acontecimiento vino a nublar un tanto la vida de la comunidad cuando el 8 de septiembre de 1613 el prior fray Domingo de Molina en el sermón que realizaba en el monasterio con motivo de la celebración de la fiesta de la Natividad de la Virgen, ocasionó uno de los mayores alborotos inmaculadista vividos en Sevilla. Este religioso, fiel a la doctrina de Santo Tomás que al parecer nunca defendió la tesis de la concepción inmaculada de la Virgen, la cuestionó públicamente, lo que desató airadas críticas de jesuitas, franciscanos, el arzobispado y el pueblo en general; se imprimieron panfletos, y se cantaron coplillas que desacreditaban a los dominicos, que tuvieron que acatar el Breve del Papa Paulo V que imponía silencio a los detractores de la piadosa creencia.
     Regina Angelorum, al decir de Gestoso, fue uno de los conventos que más padeció con la llegada de las tropas napoleónicas, quienes expulsaron a los religiosos y lo usaron como cuartel. La comunidad regresó tras la marcha de los franceses, pero de nuevo fue desalojada durante el Trienio Constitucional, entre 1821-1833, estableciéndose la Sociedad Patriótica en el inmueble. Finalmente, en 1835 fueron exclaustrados definitivamente y sus bienes desamortizados; la iglesia se mantuvo abierta durante unos años a cargo de un capellán hasta que fue derribada en 1868; en el convento se estableció una fábrica de sombreros, almacenes, y también sirvió como casa de vecinos. Cada vez más desfigurada su fábrica, en 1861 se procedía al derribo del arco que comunicaba el palacio de los Marqueses de Ayamonte con la iglesia, y a principios del XX la Real Maestranza donaba al Ayuntamiento los terrenos en que se levantaba la capilla de esta corporación, siendo derribada en 1905; las últimas demoli­ciones tuvieron lugar en los años treinta del siglo XX que posibilitaron una operación de ensanche de la estrecha callejuela de Regina que le dio la fisonomía de plaza que hoy tiene en su comienzo.
ARQUITECTURA
     El convento de Regina Angelorum se insertaba en una gran manzana de la collación de San Pedro, frente a la plaza de la Encamación, cuyo perímetro -que conocemos gracias al plano de Sevilla de 1771- estaba definido por las calles Correo, Misericordia, del Moro y "caballerizas del duque de Béjar", en alusión al acceso al palacio del duque en este ámbito, y que a partir de la instalación de los Dominicos se denominó callejuelas de Regina Angelorum, cuyo trazado quebrado iba bordeando las tapias del convento; delante de su portada principal se abría una plaza que en la documentación manejada se denominaba de Regina o del "duque de Béjar" y también "de la duquesa de Béjar".
     Para conocer su configuración arquitectónica hemos de recurrir una vez más a la descripción de González de León, quien aún llegó a ver en pie el inmueble y del que refiere que "era muy cómodo y capaz de 60 individuos que algún tiempo los hubo. Su Iglesia de solo una nave, es una de las mas espaciosas que tiene la ciudad". Ortiz de Zúñiga por su parte indica que "la casa, claustros y oficinas son muy competentes, la iglesia grande y desahogada". El proceso constructivo del monasterio parece que fue rápido; hay una temprana referencia del año 1548, en la que el maestro general de la Orden encomendaba a fray Tomás Ordóñez se encargase "preferentemente de la fábrica de Regina", cuando todavía estaba dedicada a hospedería. Se desconoce quién dio las trazas de sus espacios principales como claustros e iglesia. Sabemos que el templo era de planta de cajón, de nave única muy elevada, la cabecera ochavada, con un gran arco toral sobre dos columnas de orden gigante ante la capilla mayor, y coro alto a los pies. Estaba realizado en ladrillo y la cubierta tanto de la nave como del presbiterio era de alfarje de maderas talladas, que lamentablemente se perdió pese a los llamamientos para su conservación de la Academia de Bellas Artes durante el periodo revolucionario de 1868. Se abandonó a su suerte y Gestoso aún llegó a verlo pero en estado ruinoso. En el lado de la epístola de la capilla mayor se hallaba la capilla de los patronos, los marqueses de Ayamonte, y a los pies de la nave también en el muro de la epístola se situaba la de los Maestrantes que se cerraba con una gran verja y que poseía puerta directa a la calle. Bajo el coro tenía su capilla la Hermandad de la Concepción. Ortiz de Zúñiga refiere la existencia de otra capilla, sin detallar su ubicación, dedicada a Santo Domingo en Soriano. Los muros de la iglesia estaban recubiertos con zócalos de azulejos polícromos a base de azules, blanco, toques de amarillo claro y anaranjado, y con una interesante disposición: cada paño se componía de losetas con cabezas de clavos repetidas y en el centro de la parte superior un pequeño recuadro con adornos de volutas y con el busto de un santo o santa de la Orden; en la capilla mayor estas imágenes eran sustituidas por los escudos de los patronos, los marqueses de Ayamonte. Algunos fragmentos de estos paneles decorativos se salvaron de su destrucción en la revolución de 1868 merced al informe emitido por la Real Academia de Bellas Artes al Ayuntamiento para que fueran conservados, siendo llevados los que se pudieron salvar al Museo de Bellas Artes de Sevilla; su ejecución se sitúa en torno a 1625 y se vincula a la factoría trianera de la familia Valladares. No corrió la misma suerte el artesonado de la iglesia, que pese a las recomendaciones de la Academia, no se salvó de su destrucción.
     La puerta al público de la iglesia, no sabemos si situada a los pies o en uno de los laterales del templo, se abría a la plaza de Regina y su portada de piedra, mandada hacer por el marqués de Villamanrique, fue realizada por el maestro de cantería Juan Bautista de Zumárraga quien concertaba su ejecución el 18 de julio de 1581, a terminar en el plazo de cuatro meses, según la traza y modelo dadas por Jerónimo Hernández. En el mismo contrato el maestro se obliga a labrar el sepulcro de la duquesa de Béjar para la capilla mayor, de jaspe de Portugal blanco y rojo, del que no se especifican más datos; en la realización de los trabajos no se descarta la intervención de su hijo Miguel de Zumárraga, quien aún vivía en el hogar paterno por esas fechas. De la portada sabemos que era de mármol blanco y rojo de Portugal, de 40 pies de alto, "a carne y cuero", con pilastras corintias y esculturas a los lados, una ventana, y en el remate una escultura de la Virgen de la Asunción todo ello del mismo material. El 23 de abril de 1582 el pintor Vasco Pereira concertaba la pintura al fresco de "toda la delantera de la puerta principal de la iglesia conforme a un dibujo y modelo que está firmado de Jerónimo Hernández, escultor de la obra que se hizo para este efecto", que debía fingir piedra y ladrillo, a realizar en el plazo de dos meses por el precio de 50 ducados; esta decoración si se conservó hasta 1789, no fue del gusto de Ponz quien hablando de la portada y de la bella escultura de la Asunción dice que "tuvieron la extravagancia de pintarla". La iglesia tubo su correspondiente torre-campanario, aunque no conocemos su ubicación exacta ni sus características arquitectónicas, sí que se "abrió" en el terremoto acaeci­do el sábado 1 de noviembre 1755. Según Tassara "la célebre campana, lo mejor de Sevilla", pasó tras la revolución de 1868 a la parroquia sevillana de Omniun Sanctorum.
     A los pies del muro de la epístola de la iglesia se hallaba la Capilla de Nuestra Señora del Rosario perteneciente a la hermandad de este título, formada por miembros de la nobleza local entre ellos los caballeros maestrantes, lo que explica su vinculación con la Real Maestranza de Caballería, institución que finalmente se vinculará plenamente con la hermandad. Su construcción se inicia, según la fecha de las primeras cuentas, hacia 1659 y la planta fue dada por Pedro Sánchez Falconete, maestro mayor del Alcázar, y Sebastián de Ruesta, asiduo colaborador del maestro, aunque no se han encontrado los planos que se mandaron a Madrid para su aprobación real. La ejecución material de la obra se contrató con el maestro alarife Juan González vinculado al taller de Falconete, que por esas fechas trabajaba en la iglesia del Hospital de la Caridad, y que cobró "por el tiempo que corrió de su cargo" la capilla 16.215 reales. La planta era de cruz latina, de nave única, con testero plano y cúpula sobre el crucero. También aparecen trabajando en la capilla los maestros albañiles, Juan Garzón y Juan Torres quienes labraron doce basas, el asiento de las pilastras y realizaron la enchapadura de los muros con jaspes rojos de la sierra de Cabra, cuyo diseño corrió a cargo de Pedro Roldán. Para la solería se utilizaron mil losas blancas y negras de mármol genovés colocadas en alternancia. La capilla poseía puerta propia a la callejuela de Regina y se separaba de la iglesia conventual mediante una rica reja de hierro, diseñada igualmente por Pedro Roldán y forjada y cincelada por los maestros herreros Francisco de la Chica y Pedro Muñoz, quienes en el contrato se obligaban a labrarla y ponerla en su sitio, a satisfacción del propio Roldán y del hermano mayor don Nicolás de Bucareli, marqués de Vallehermoso, en el plazo de ocho meses; por los trabajos cobraron 44.137 reales y 25 maravedíes, siendo colocada en 1670. En medio de la nave se disponía otra verja de hierro que servía de separación entre el público y los maestrantes. La capilla quedó inaugurada el 29 de septiembre de 1669, y todos los gastos de su construcción ascendieron a 340.456 reales; quedaban pendientes algunas labores decorativas que no se remataron hasta 1682 por Pedro Roldán quien desarrolló una profusa decoración a base de yeserías que representaban ocho escenas de la vida de la Virgen, que analizaremos en el apartado de esculturas. En 1798 tuvo lugar una reparación arquitectónica por el maestro mayor de obras Juan de Silva, desconociéndose la naturaleza de ésta, cuyo costo ascendió a 2.749 reales. La capilla poseyó su correspondiente sacristía aunque se desconoce el lugar concreto de su ubicación, en la que la hermandad gastó 333 reales en palo de castaño para la realización de un escaparate. Como ya referimos, la Real Maestranza donó a principios del siglo XX los terrenos en que se levantaba la capilla al Ayuntamiento, que procedió a su derribo en 1905 para ensanchar la calle de Regina. Los enseres fueron recogidos y guardados por los hermanos: retablo, imágenes, yeserías, zócalos y la magnífica verja que la separaba de la iglesia conventual. Según Guichot la verja fue quitada en 1818 en el transcurso de unas obras de reparación de la capilla, y llevada a la plaza de toros para volver a su lugar en 1820. En 1821 fue llevada a casa de la marquesa de Moscoso y de aquí otra vez a la plaza de toros, con otra vuelta a la capilla en 1824. Tras estos vaivenes y ante la inminente demolición de la capilla en 1905 fue quitada y en la reforma del coso taurino de 1915 fue colocada en el arco de acceso principal, la llamada Puerta del Príncipe, donde permanece. En 1956 se inauguraba la nueva capilla de la Maestranza, contigua a la plaza de toros, cuya configuración se asemeja a la original de Regina Angelorum, aunque algo más alargada y con linterna rematando su cúpula. La imagen titular, retablos, relieves en yeso y demás enseres se han distribuido en ella de forma muy similar a la originaria.
     El convento, según González de León, estaba al lado diestro de la iglesia; contaba con dos patios claustrados, el principal muy grande, de dos plantas de altura, articulados mediante columnas en los dos pisos. "Había dilatados dormi­torios, refectorio, cocinas y otras muchas oficinas de utilidad y conveniencia", siendo éstos los únicos datos que se conocen hasta el momento de la arquitectura del monasterio de Regina Angelorum.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     El retablo mayor. El primer retablo mayor de la iglesia de Regina fue sufragado por la Casa de Ayamonte que ejercía su patronato, como ya referimos. El marqués Francis­co de Guzmán antes de su marcha a Nueva España, enco­mendó a Jerónimo Hernández las trazas del retablo, altar, gradas y sepultura de la capilla mayor, por haber quedado muy contento con la portada de la iglesia que hizo el maestro. El 20 de marzo de 1585 la marquesa de Ayamonte, doña Ana de Zúñiga, en nombre de su hijo, daba el visto bueno al diseño que se le presentaba y autorizaba a su administrador Pedro de Esquivel y al prior del convento a proceder a los pagos correspondientes de estos trabajos de los 150.000 maravedíes anuales que la duquesa difunta, su patrona, reservó para las obras del monasterio. El fallecimiento de Jerónimo Hernández determinó a su viuda Luisa Ordóñez a establecer una compañía laboral con su cuñado Andrés de Ocampo, firmada el 2 de octubre de 1586, para terminar las obras que el artista había dejado inconclusas, entre ellas el retablo de Regina, cediendo a Ocampo la ejecución de la mitad de éste. Sin embargo, el 18 de abril de 1587 el marqués de Ayamonte a través del prior fray Juan Tirado y de su apoderado el citado Pedro de Esquivel firma con Andrés de Ocampo directamente el concierto del retablo, a realizar en madera de borne y pino de Segura y acabarlo en el plazo de dos años. La cancelación con Luisa Ordóñez se firmaba el 23 de julio de 1587, pero Ocampo no obstante le concede la ejecución de la mitad del retablo al maestro que su cuñada designara, según escritura de fecha 18 de diciem­bre de 1587. El 24 de octubre de ese año el escultor acuerda con el prior fray Antonio de Xaymes la tasación del retablo en el plazo de dos meses para equilibrar su precio de tal manera que cuando estuviera acabado la demasía no fuera pagada por el monasterio, y si valiera menos no se descontara al maestro. Por otro lado, el 26 de octubre de ese año de 1587, Andrés de Ocampo da la ejecución de la arqui­tectura, talla y ensamblaje del segundo cuerpo del retablo a Juan Bautista Vázquez y las esculturas de este segundo cuerpo a Gaspar Núñez Delgado. El 29 de enero de 1588 se produce un nuevo traspaso; Juan Bautista Vázquez por tras­ladarse a la ciudad de Granada, cede a Gaspar del Águila su parte del retablo, es decir el segundo cuerpo, quien acepta la cesión y procede a la ejecución de los trabajos como se constata en diferentes cartas de pago otorgadas a Andrés de Ocampo, entre las que citaremos la de 17 de julio de 1590 y de 18 de abril de 1594, por 800 reales y por 451 reales más, entre otras, lo que testimonia que en fechas tan tardías aún estaba en ejecución el retablo mayor. Por su parte Ocampo también iba cobrando a través de los sucesivos priores del monasterio diversas cantidades por los trabajos que iba desarrollando: el 24 de octubre de 1587 recibía de fray Juan Tirado 1.200 reales y 400 reales más; el 5 de diciem­bre de 1589 de fray Andrés Arias, 6.490 reales; el 31 de mayo de 1590, 1.770 reales y el 11 de diciembre de ese mismo año, 900 reales "por cuenta de las seis sillas que estoy haciendo para el altar mayor". El 7 de noviembre de 1592 Andrés de Ocampo hacía entrega a fray Andrés Arias la parte del retablo que le correspondía  para su dorado y pintura por Vasco Pereira y Juan de Salcedo, a saber: "22 columnas de borne estríadas-24 traspílares-8 entrecalles con sus nichos redondos 4 del cuerpo primero con los doctores de la iglesia labrados de medio rrelíebe y 4 entrecalles del cuerpo 3° con sus paneles y cartelas-4 caxas laterales y dos historias la una del nazymíento de jesuxpo y la otra de la salutazíon de nª sra-dos escudos de las armas de la duquesa de bexar con unas figuras a los lados-seis sillas madera de borne talladas con las misericordias y dos angeles a los lados con las armas de santo domingo en los rrespaldos-más dos figuras del primer cuerpo del retablo santo domingo y santa catalina martír de Relibe entero al natural-cuatro niños de madera de acíprez el sagrario que contiene seis figuras de bulto rredondad las 4 sentadas y las dos en píe de ciprés con 4 columnas talladas de borne y dos repisas donde bíene san pedro y san pablo-yten dos sanjuanes bautista y ebangelista de talla entera". El artista otor­gaba carta de pago al monasterio por valor de 50.000 maravedíes el 19 de enero de 1593. El retablo no estuvo terminado hasta 1599, año en que Martínez Montañés y Pedro de la Cueva actuaban como tasadores de la obra, lamentablemente desaparecida, que habría que clasificarla dentro los esquemas montañesinos imperantes en estas fechas. Para finalizar esta sucesión de contratos, cesiones y pagos diremos que el dorado, estofado y pintura del retablo los concertó Vasco Pereira el 18 de abril de 1587 con el marqués de Ayamonte y patrono, don Francisco de Guzmán, labores por las que cobraría 400 ducados. El 29 de octubre de 1592 Pereira traspasaba la mitad de la pintura a Juan de Salcedo, quien otorgaba carta de pago el 18 de junio de 1595 por valor de 25.000 maravedíes de los 50.000 en que había acordado "la pintura del retablo del altar mayor del monasterio de Regina angelorum".
     Por los datos que se manifiestan en esta prolija sucesión de documentos podemos conocer la estructura arquitectóni­ca que decoró el altar mayor de la iglesia conventual, y su programa iconográfico dedicado a ensalzar la figura de la Virgen a la que estaba dedicado, con el complemento de un nutrido grupo de santos de la Orden. Ponz, que aún llegó a verlo antes de ser desmantelado, dijo de él que "es cosa buena, aunque sería mejor para mi gusto si no contase de tantos cuerpos: son tres de orden corintio, y un ático encima. En todo el retablo hay porción de estatuas, y baxos relieves de no poco mérito. El medio lo ocupa nuestra Señora sobre trono de Angeles; pero ridículamente adornada de tocas sobrepuestas, con lo que no se conoce bien toda la excelencia de la estatua". El erudito adjudicó erróneamente su arquitectura y escultura a un tal Pedro Delgado, por indi­cación del Conde del Águila, atribución que repiten los suce­sivos eruditos y cronistas decimonónicos, como Ceán, González de León, Justino Matute o José Gestoso. El retablo era de planta ochavada para acomodarse a la cabecera del templo, de 30 pies de alto en su parte central desde el altar hasta la punta del frontispicio, mientras que los latera­ les iban decreciendo en altura; y de ancho 25 pies en línea recta. Constaba de banco, tres cuerpos, tres calles con cuatro entrecalles y ático, y se articulaba mediante columnas corintias de fuste estriado con sus traspilares. En el banco se disponían a los lados del altar dos escudos de armas de los marqueses de Ayamonte, adornados con labores de talla, y los relieves de los Cuatro Doctores de la Iglesia. En el centro del primer cuerpo se hallaba el sagrario con su custodia de borne, de planta redonda, adornada con cuatro figuras de bulto sentadas, seguramente los Evangelistas, y dos de pie, San Pedro y San Pablo. En las calles laterales se ubicaban los relieves de la Anunciación y el Nacimiento de Cristo, y en las entrecalles Santo Domingo de Guzmán, Santa Catalina de Siena, San Juan Bautista y San Juan Evangelista. El segundo cuerpo estaba presidido por una Asunción de la Virgen, de tamaño natural y sobre un trono con seis ángeles niños, desconociéndose los temas de las calles laterales, de éste y del tercero, aunque según el contrato debían ser escenas de la vida de la Virgen de medio relieve; en las entrecalles se disponían santos de la Orden dominica, al igual que el tercer cuerpo, en cuyo centro iría "un crucificado o una resurrección u otra historia de bulto que se le indicare". En los resaltos del pedestal del segundo cuerpo se colocarían cuatro figuras de profetas sentados, de bulto redondo, y sobre los frontispicios laterales del primer cuerpo cuatro niños "arrojados" y otros dos en los lados de la cartela central ubicada en el frontón partido del primer cuerpo, todo ello de escultura completa. El ático estaba presidido por el Padre Eterno, y se completaría con otros elementos decorativos, quizás los escudos de la Orden. El conjunto del retablo se completaba con toda una serie de elementos decorativos como angelotes, cartelas, molduras, hojas y frutas, molduras, tarjas, etc., como queda de manifiesto en las diferentes escrituras referidas.
     En 1795 el retablo manifestaba un gran deterioro, por lo que fue sustituido por otro, igualmente de tres cuerpos, con pilastras corintias, en el que se distribuyeron algunas esta­tuas que se pudieron salvar del antiguo, así como relieves y demás adornos que estaban en buen estado. No así la imagen titular que al parecer se hallaba atacada por la carcoma, por lo que fue encargada otra al escultor Cristóbal Ramos, quien la realizó en barro cocido y que tampoco se ha conservado. Este retablo fue desmantelado en fecha no conocida, y en el testero de la capilla mayor el pintor local Antonio Cabral Bejarano pintó unas arquitecturas fingidas que llegó a conocer Gestoso. Cinco esculturas de las antiguas fueron vendidas a las monjas dominicas de Santa María la Real.
     En la capilla mayor existieron dos ángeles lampareros atribuidos a Luisa Roldana, que fueron adquiridos tras el cierre de la iglesia por un anticuario a bajo precio, quien los retuvo durante largo tiempo. A principio del siglo XX el padre Gumersindo Parro, de la Compañía de Jesús los adquirió para la iglesia de esta congregación sita en el antiguo templo de San Francisco de Paula, en donde lucie­ron durante unos diez años, hasta que por no armonizar bien con el estilo del retablo de mármol del altar mayor se quitaron. El canónigo don Miguel Barrera y Benítez los pidió para cederlos a las religiosas del Santo Ángel residentes en el antiguo convento de mercedarios descalzos de San José, situado en la calle del mismo nombre de nuestra ciudad, siendo colocados en la capilla mayor por una mano inexperta que los puso al revés, es decir mirando hacia el altar en vez de para la nave. Allí permanecen estos magníficos ángeles que sin embargo, no se hallan recogidos en la actual bibliografía sobre la escultora.
     Por referencias documentales sabemos de la existencia de otros retablos en la iglesia conventual que no han llegado a nuestros días. Una carta de pago otorgada por Pedro de Campaña el 7 de agosto de 1561 nos indica que este artista había concertado el 12 de febrero de ese año la ejecución de un retablo con don Diego de Herrera, de tres varas de alto y de vara y tres cuartos de ancho, en donde pintó el tema de la Quinta Angustia para el cuerpo principal y un Dios Padre en el ático. Por estos trabajos el maestro cobró de los herederos del mencionado Diego de Herrara, ya difunto, 441 reales y 6 maravedíes.
     En el año 1614 el maestro de arquitectura Diego López Bueno tomó a su cargo la ejecución del retablo mayor de la Capilla de la Concepción, perteneciente a la Hermandad del mismo título, cuya ubicación en el templo era bajo el coro alto. El 12 de noviembre de ese año el maestro concertaba su realización, según las trazas que el mismo había dado, con fray Francisco de Abrego, religioso profeso de Regina Angelorum, a entregar en el plazo de seis meses y por el precio de 3.000 reales, "del tamaño que hinche y llene todo el testero del dicho altar así en ancho como en alto". Por las condiciones del contrato sabemos que era de madera de borne y se articulaba mediante cuatro columnas corintias de fuste estriado, constando de banco, un cuerpo con tres calles y ático. El núcleo principal estaba presidido por la Virgen de la Concepción que ya poseía la Hermandad, cuya caja debía ser de buenas labores, capialzada y enriquecida con unos artesones moldurados donde poder pintar los atributos marianos; además de hacer una peana para los pies de la Virgen en forma de "urneta bien adornada y enriquecida de muy graciosos gallones y otras labores". Asimismo, el maestro realizó para las calles laterales las esculturas de San Juan Bautista y San Juan Evangelista en madera de cedro de La Habana, obras que hay que dar por perdidas. Con la ocupación francesa del conven­to la imagen titular pasó a la parroquia sevillana de San Martín, entrando a formar parte de la Hermandad Sacramental de dicho templo, colocándose en la capilla del sagrario, siendo mutilada para convertirla en imagen de candelero. No podemos establecer con certeza, en el estado actual de nuestras investigaciones, una identificación clara entre la Virgen de la Concepción de Regina con algunas de las que existen hoy en la iglesia de San Martín.
     Por la escritura de aprecio fechada el 30 de diciembre de 1594, firmada por el maestro de arquitectura Juan de Figue­roa y el escultor Juan Martínez Montañés sabemos que en la iglesia de Regina existió un retablo dedicado a Santa Catalina de Siena, que fue ejecutado por el maestro Jerónimo de Guzmán por orden de fray Miguel de Ribera para las señoras doña María Díaz de Ribera y doña Beatriz de Ribera su hija, desconociéndose en que lugar del templo estuvo situado. La valoración fue en todo favorable, tasándose el retablo y la imagen de la Santa que estaban en blanco, en 260 ducados. El 4 de septiembre de 1598 Alonso Vázquez concertaba el dorado, estofado y pintura de dicho retablo y de la escultura de Santa Catalina y la realización de ocho paneles pictóricos con escenas de la vida de la Santa y de santos o santas que se le indicasen. No se ha conservado nada de estos trabajos.
     Para la Capilla de Nuestra Señora del Rosario perteneciente a la hermandad de este título formada por caballeros maestrantes, diseñó Pedro Roldán su retablo mayor, cuya realización material corrió a cargo Francisco Dionisia de Ribas, quien cobró 40.124 reales de los que había que descontar la traza y la propina para los oficiales, según consta en el archivo de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla; su ejecución se ha establecido en 1668. Afortunadamente el retablo y su titular, la Virgen del Rosario, se han conservado, pues, como ya vimos, los enseres fueron recogidos antes de la demolición de la capilla y han sido colocados en una nueva, construida junto a la Plaza de Toros sevillana. Se trata de un retablo camarín, de nueve metros de altura, de madera dorada y policromada, articulado mediante dos columnas salomónicas de seis espiras adornadas con guirnaldas de hojas y rosas, y angelotes, que descansan sobre ángeles a modo de tenantes. Se compone de banco, un cuerpo y ático. El espacio central está ocupado por una hornacina decorada con volutas, cabezas de querubines y la Paloma del Espíritu Santo. A los lados se disponen las cuatro columnas salomónicas separadas mediante pilastras rehundidas, que forman unas entrecalles, en cuyos fustes se abren hornacinas para cuatro parejas de ángeles que portan los símbolos de las letanías lauretanas. Un friso corrido y profusamente decorado con cabezas de angelotes y una cornisa de perfil quebrado y dos volutas enrolladas dan paso al ático de forma cuadran­gular adornada con segmentos curvos y en el interior la figura del Niño Jesús vestido sobre peana flanqueado por dos ángeles sentados en los extremos. El conjunto se ve enriquecido en los espacios libres por abundantes elementos decorativos a base de tarjas, volutas enrolladas y angelitos. Posee algunos añadidos posteriores como el sagrario y los angelotes de la parte superior sosteniendo el escudo de España y el de la Maestranza. El retablo, de estilo plenamente barroco, resulta de una gran belleza, en donde se manifiesta el empleo de la columna salomónica con un sentido unitario y una hábil combinación de los elementos decorativos, hallándose semejanzas con el de la antigua Capilla de los Vizcaínos hoy en la iglesia sevillana de El Sagrario. La imagen de Nuestra Señora del Rosario que lo preside está adjudicada a Pedro Roldán (año 1668). Se halla realizada en madera, de gran realismo y belleza, y se asienta sobre una bella peana con seis ángeles, cuya ejecución también se debe a Roldán.
     Pedro Roldán fue sin duda el artífice del conjunto de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, al que hemos visto interviniendo en trabajos arquitectónicos, en el diseño del retablo y de la hermosa reja, en la ejecución de la imagen titular, y finalmente en las labores de ornamentación de la misma a base de ocho paneles yeseros con escenas de la vida de la Virgen, repartidos por los muros de la capilla, conformando un espacio verdaderamente sugestivo, al decir de Gestoso "modelo de barroquismo". Ya reparó en ellos Ponz, y durante la revolución de 1868 la Academia de Bellas Artes informó al Ayuntamiento sobre su calidad y mérito para preservarlos de su destrucción. Afortunadamente hoy se hallan decorando la actual Capilla de la Maestranza. Adjudi­cados desde antiguo a Roldán, hasta ahora no se ha encontra­do el documento que lo corrobore, sí se sabía que costaron 39.425 reales de vellón; su calidad en el tratamiento de rostros y ropajes, su depurada técnica, su equilibrada composición con excelentes juegos de perspectiva y la semejanza con obras documentadas del maestro, le adjudican la plena autoría a Roldán. Los ocho paneles presentan distintos tamaños y formatos, dos mayores representan La Anunciación de la Virgen y La Virgen del Rosario con Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Lima, de magnífico tallado, que se rematan en la parte superior con dos ángeles recostados flanqueando un frutero. Otros dos de menor tamaño y forma rectangular representan los pasajes de El sueño de José y La huida a Egipto. Otros dos recogen las bellas escenas domésticas de El taller de Nazaret y La Visitación de la Virgen a Santa Isabel. Finalmente, dos relieves más de forma ovalada con el Nacimiento de la Virgen y La presentación de la Virgen en el templo.
PINTURAS
     En el ámbito de la iglesia constatamos la existencia de una serie de pinturas contratadas para formar parte de reta­blos laterales. La primera referencia documental es de 12 de febrero de 1561, en la que Pedro de Campaña concierta la ejecución de un retablo con don Diego de Herrera, en el que el artista pintó al óleo para su cuerpo principal la Quinta Angustia y un Dios Padre para el ático, obras que no han sido identificadas.
     Tampoco están identificadas hasta la fecha las pinturas que Alonso Vázquez realizó para el retablo de Santa Catalina de Siena, que como ya estudiamos fue realizado en 1594 por Jerónimo Guzmán, corriendo el dorado, estofado y policro­mía a cargo de Vázquez según escritura concertada con fray Andrés Arias el 4 de septiembre de 1598. En este contrato el pintor se obligaba a realizar ocho pinturas para los tableros de dicho retablo, que estaba presidido por la escultura de la Santa que había sido policromada por él; los temas señalados eran: Los desposorios místicos de Santa Catalina, en el banco, en el remate El entierro de Santa Catalina, en el lateral derecho "quando Jesuxpo le sacaba el coraçon a la Santa y le ponía otro con sus propias manos" y en el izquierdo "quando la Santa recogía en su escudillo las podres y materias que salían de las piernas de un enfermo y se las bebía para mortificarse"; en los recuadros encima y debajo de estas escenas los Cuatro Evangelistas.
     Hemos de señalar que el pintor romántico Antonio Cabral Bejarano realizó en el testero de la capilla mayor de la iglesia una decoración pictórica en perspectiva, cuya temática desconocemos, que vendría a suplir la pérdida del retablo mayor en los aciagos días de la ocupación francesa.
     Todas las fuentes manejadas refieren la existencia en el claustro principal de dos lienzos: la Virgen con San Pedro y San Pablo y Santo Domingo de Guzmán arrodillado, que fue atribuido a Murillo por Ponz y Arana de Varflora mientras que el Conde del Águila, Ceán Bermúdez y Matute lo adjudicaron a su maestro Juan del Castillo, constando con esta atri­bución en los salones del Alcázar en donde fue depositado en 1810 con el número 114, perdiéndosele la pista desde entonces y quedando en suspenso su autoría. El segundo cuadro representaba a La Virgen con fray Lauterio y Santos, el cual pasó en 1810 al Alcázar de Sevilla con el número de inventario 111, de donde parece no volvió a Regina. En 1833 estaba en poder del canónigo Pereira pasando luego a poder de Joaquín Reinoso quien lo vendió por los años de 1852 a Willian George Clarke, siendo donado por su heredero Joseph Prior, al Museo Fizwilliam de Cambridge donde se conserva. La escena representa el episodio acontecido a fray Lauterio quien azorado por las dudas espirituales a raíz de sus estudios de teología pidió ayuda San Francisco quien se le apareció junto con Santo Tomás de Aquino y la Virgen y le indicó que siguiera las indicaciones que el Doctor Angélico exponía en su Summa Theologica. En la parte superior, en dorado rompimiento de gloria y acompañada de angelotes que revolotean sobre vaporosas nubes, se halla la Virgen que se dispone coronar a San Francisco y Santo Tomás que se hallan en el plano de tierra junto a fray Lauterio, quien con gesto asombrado contempla la aparición a la vez que sostiene el gran infolio apoyado en una mesa y en cuyo lomo se lee el título "SUMMA D. THOMAE". De la boca de San Francisco parte el letrero "CREDE HUIC QUIA EIUS DOCTRINA NON DEFICIET IN AETERNUM", que traducido quiere decir "Cree a éste porque su doctrina no faltará eternamen­te". En el ángulo inferior derecho una larga inscripción explica el asunto iconográfico de la pintura, cuya técnica evidencia que pertenece a la producción juvenil de Murillo, próxima al lienzo de la Virgen del Rosario con Santo Domingo que el maestro pintara para el Colegio de Santo Tomás de la misma Orden de Predicadores, con el que presenta gran similitud estilística. En ella se halla una clara influencia de los pintores locales dominantes en estos momentos en Sevilla, como Juan del Castillo, su maestro, de quien toma la configuración de los rostros de los personajes; de Francisco de Zurbarán la disposición de éstos, con actitudes graves y estáticas; y de Roelas el vaporoso rompimiento de gloria que surge en el medio punto de la parte superior. La fecha de ejecución ha sido establecida entre los años 1638-1640.
     El Conde del Águila es el único de los autores maneja­dos que cita en el claustro la existencia de una Santa Úrsula, que adjudica a Juan de Roelas, de la que no se conoce otra referencia. Por su parte Justino Matute refiere que en el último descanso de la escalera había una "Nuestra Señora" de medio cuerpo con el Niño que atribuye a Juan Simón Gutié­rrez, obra de la que también se hace eco Ceán, y hasta la fecha no ha sido identificada. También cita Matute en la portería una Batalla de Lepanto que sin dar autoría dice que es de escuela veneciana y que en ella estaba el retrato a pequeño tamaño de don Álvaro de Bazán (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Benedictinos, Dominicos, Agustinos, Carmelitas y Basilios. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2008).
Conozcamos mejor la Historia de la Festividad de Nuestra Señora de los Ángeles;
   Es fiesta propia de la Orden Franciscana, vinculada al famoso Perdón de Asís o Jubileo de la Porciúncula. En la segunda mitad de julio de 1216, San Francisco de se presentó con Fray Maseo ante el papa, y le pidió “una indulgencia especial para los que visitaren la ermita, sin necesidad de limosnas”. El papa se sorprendió, pues la ayuda económica era imprescindible en estos casos. Con todo, le ofreció un año, más de lo habitual, pero al Santo le pareció poco, y replicó: “Plazca a vuestra santidad concederme almas, no años”. Y, ante la extrañeza del pontífice, le explicó: “Quiero, si place a vuestra santidad, por los beneficios que Dios ha hecho y aún hace en aquel lugar, que quien venga a dicha iglesia confesado y arrepentido quede absuelto de culpa y pena, en el cielo y en la tierra, desde el día de su bautismo hasta el día y hora de su entrada en ella”. La perplejidad del papa estaba más que justificada: el Concilio Lateranense IV, pocos meses antes, había limitado a un año la indulgencia para la dedicación de una iglesia, y a sólo cuarenta días para el aniversario, con el fin de favorecer la única indulgencia plenaria que existía entonces, la de Ultramar, establecida por el Concilio de Clermont (1095) con motivo de la Primera Cruzada. 

     En un principio estaba reservada a los peregrinos de Tierra Santa y a los cruzados, pero el Concilio acababa de hacerla extensiva a quienes colaboraran materialmente con la Cruzada. Por tanto, una indulgencia plenaria sin riesgo físico ni coste económico, con la sola condición de acudir a la Porciúncula sinceramente arrepentidos, era algo inconcebible; de ahí que el papa respondiera: “Mucho pides, Francisco. La Iglesia no suele conceder tales indulgencias”. A lo que él replicó: “lo que pido no viene de mí, es el Señor quien me envía”. Entonces el pontífice exclamó, por tres veces: “¡Me place que la tengas!”. Pero los cardenales, temiendo el golpe que tal indulgencia podía suponer para la Quinta Cruzada que se estaba organizando, hicieron notar enseguida al pontífice que tal concesión echaba por tierra la de Ultramar, mas él argumentó: “Se la hemos concedido y no podemos echarnos atrás, pero la limitaremos a un solo día natural”, y así se lo comunicó a San Francisco, quien, por respuesta, hizo una reverencia y se dispuso a marcharse, pero el Papa lo detuvo, diciéndole: “¡Simple! ¿A dónde vas sin documento alguno?”. “Me basta vuestra palabra -replicó él, alérgico como era a los privilegios-. Si es de Dios, ya se encargará de manifestarla. No quiero documentos. Que la Virgen sea el papel, Cristo el notario y los ángeles, testigos”. 
     Logrado su objetivo, Francisco regresó, contento, a Asís. Al llegar a Collestrada se detuvo a descansar y a orar junto a la leprosería. Poco después llamó al Hermano Maseo y le dijo: “De parte de Dios te digo que la indulgencia concedida por el papa ha sido confirmada en el cielo”.Los biógrafos más antiguos no mencionan expresamente esta importante concesión pontificia, pero cuentan que un hermano muy espiritual, a quien San Francisco quería mucho (probablemente fray Silvestre), antes de su conversión, soñó que en torno a la ermita de la Porciúncula había una multitud de personas ciegas, de rodillas, con el rostro y las manos levantadas al cielo y pidiendo a Dios, con lágrimas, luz y misericordia. Y, de repente, un gran resplandor del cielo los envolvió y les devolvió la vista. La referencia explícita más antigua y autorizada sería una carta de San Buenaventura, ministro general entre 1257 y 1273, hoy desaparecida, inventariada en 1375 en la biblioteca papal de Aviñón bajo el título: “De indulgentia Beatae Mariae Portuensi (léase Portiunculae) Assisii”. Pero los testimonios más importantes fueron los recogidos por fray Ángel de Perugia, ministro de la provincia umbra de San Francisco (1276-7), que sirvieron de base para el Diploma del obispo Teobaldo de Asís (1310), que es el relato más completo y autorizado. Entre los testigos estaba Pedro de Zalfano, presente el 2 de agosto de 1216 en la Porciúncula, donde “oyó predicar a San Francisco en presencia de siete obispos, y llevaba un papel en la mano, y dijo: Os quiero llevar a todos al paraíso, y os anuncio una indulgencia que tengo de boca del sumo pontífice.   
   Y todos los que vengan hoy, y los que vendrán cada año, este mismo día, con corazón bueno y contrito, tendrán la indulgencia de todos sus pecados. Yo la quería para ocho días, pero sólo pude conseguir uno”. Aunque Pedro de Zalfano hace coincidir la proclamación con “la consagración”, según una nota del Sacro Convento de Asís, de la primera mitad del siglo XIII, y el testimonio de Giacomo Coppoli, que se lo oyó decir a fray León, lo que se celebraba ese día era el primer aniversario de la consagración. La concesión, por voluntad de San Francisco, nunca estuvo avalada por ninguna bula, de ahí que, años más tarde, algunos dudaran de la misma, y fue por ese motivo por el que frailes y fieles de Asís se vieron obligados a recoger testimonios jurados de los pocos testigos directos e indirectos que aún vivían. Sin embargo, ningún papa se manifestó nunca contrario, más bien la confirmaron y, poco a poco, la fueron haciendo extensiva a otras muchas iglesias. Además, la ignorancia sobre el tema unos siglos después llevó a creer que la Indulgencia se podía obtener en la Porciúncula todos los días del año, y también esto fue aceptado por diversos pontífices, no sólo para Santa María, sino también para la Basílica de San Francisco. En cierto modo se han cumplido las palabras del Santo, cuando dijo: “Si es obra de Dios, ya se encargará él de manifestarla” (Ramón de la Campa Carmona, Las Fiestas de la Virgen en el año litúrgico católico, Regina Mater Misericordiae. Estudios Históricos, Artísticos y Antropológicos de Advocaciones Marianas. Córdoba, 2016).
     Si quieres, por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Convento de Regina Angelorum, de los Dominicos, de Sevilla. Sólo tienes que contactar con nosotros en Contacto, y a disfrutar de la ciudad.

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jueves, 4 de junio de 2026

La Hermandad Sacramental de San Pedro

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Hermandad Sacramental de San Pedro, de Sevilla.  
     Hoy, 4 de junio, Solemnidad (jueves posterior a la Solemnidad de la Santísima Trinidad, en Sevilla) del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, quien, con estos alimentos sagrados, ofrece el remedio de la inmortalidad y la prenda de la Resurrección [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     Y qué mejor día que hoy, para ExplicArte la Hermandad Sacramental de San Pedro, de Sevilla.
     La Hermandad Sacramental de San Pedro, tiene su sede canónica en la Iglesia Parroquial de San Pedro [nº 28 en el plano oficial del Ayuntamiento; y nº 52 en el plano oficial de la Junta de Andalucía], se encuentra en la calle Santa Ángela de la Cruz, s/n (aunque la entrada al templo se efectúa por la plaza de San Pedro, 1); en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     Los orígenes de esta histórica hermandad sacramental se remontan al siglo XVI. El Real y Supremo Consejo de Castilla aprobó las ordenanzas de esta corporación en el año 1788. La capilla sacramental de la parroquia de San Pedro hubo de construirse poco después del resto de la fábrica primitiva del templo, que data del siglo XIV. Ubicada en la cabecera de la nave de la epístola, posee planta cuadrada que se cubre con una bóveda ochavada sobre trompas de estilo mudéjar, decorada con lacerías poligonales y estrelladas, así como con azulejos vidriados verdes y negros. Al parecer, una inscripción hoy desaparecida fechaba dicha cubierta en 1379. En origen, esta capilla tuvo un carácter funerario, como panteón de Antonio Petrucio di Calvi, de su mujer, Brígida Broche, y de sus herederos. Convertida en sagrario, contó con un altar cuyas pinturas contrató la sacramental con Francisco de Herrera «el Viejo» en 1619, que han desaparecido, como también el retablo que se ajustó en 1705 con Lorenzo Bernardo González y Antonio de Quirós, y otro posterior, de comienzos del siglo XIX, obra de Juan de Astorga.
     El retablo actual es neomudéjar, realizado durante la última restauración del templo en 1924. Podemos ver las figuras de san Sebastián y san Roque, atribuidas a Pedro Duque Cornejo. El sagrario de plata repujada con aplicaciones de marfil se labró en 1965. Una buena colección de pinturas se guarda en este recinto, destacando especialmente la Santa Faz de Francisco de Zurbarán y una alegoría eucarística de Lucas Valdés.
     La hermandad cuenta con una espaciosa sala capitular situada en la nave de la Epístola, tras el retablo de Ánimas, cuyo lienzo central es obra del pintor dieciochesco Domingo Martínez (Guía oficial del Consejo de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla).
Conozcamos mejor la Historia y Leyenda de la Solemnidad del Corpus Christi;
     Un milagro eucarístico del siglo XIII fue el origen de la Fiesta del Corpus Christi, que la Iglesia celebra el jueves siguiente a la Solemnidad de la Santísima Trinidad; aunque en algunos países las Iglesias locales deciden trasladarla para el domingo por una cuestión pastoral (en Sevilla se mantiene la festividad en el jueves). En esta solemnidad la Iglesia tributa a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, gratitud y amor, siendo la procesión del Corpus Christi una de las más importantes en toda la Iglesia Universal. A mediados del siglo XIII el P. Pedro de Praga dudaba sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía y realizó una peregrinación a Roma para rogar sobre la tumba de San Pedro una gracia de fe. Al retornar, mientras celebraba la Santa Misa en Bolsena, en la Cripta de Santa Cristina, la Sagrada Hostia sangró manchando el corporal. 
      La noticia llegó rápidamente al Papa Urbano IV, que se encontraba muy cerca en Orvieto, y mandó que se le lleve el corporal. Más adelante el Pontífice publicó la bula “Transiturus”, con la que ordenó que se celebrara la Solemnidad del Corpus Christi en toda la Iglesia el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. El Santo Padre encomendó a Santo Tomás de Aquino la preparación de un oficio litúrgico para la fiesta y la composición de himnos, que se entonan hasta el día de hoy: Tantum Ergo, Lauda Sion. El Papa Clemente V en el Concilio general de Viena (1311) ordenó una vez más esta fiesta y publicó un nuevo decreto en el que incorporó el de Urbano IV. Posteriormente Juan XII instó su observancia.
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Más sobre las Hermandades y Cofradías de Sevilla, en ExplicArte Sevilla.

Página web oficial de la Hermandad Sacramental de San Pedro: www.sacramentalsanpedro.blogspot.com

La Hermandad Sacramental de San Pedro, al detalle:
- Sede Canónica: Iglesia parroquial de San Pedro
- Imágenes Titulares: Nazareno de la Salud
- Día de Salida Procesional: 

martes, 26 de mayo de 2026

El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de los Filipenses

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte el desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, de la Congregación de San Felipe Neri, de Sevilla.  
     Hoy, 26 de mayo, Memoria de San Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad. Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios (1595) [según el Martirologio Romano reformado por mandato del Sacrosanto Concilio Ecuménico Vaticano II y promulgado con la autoridad del papa Juan Pablo II].
     El desaparecido Oratorio de San Felipe Neri, ocupaba la manzana formada por las calles San Felipe, Doña María Coronel, Gerona, y Feijoo; en el Barrio de la Encarnación-Regina, del Distrito Casco Antiguo.
     La Congregación de San Felipe Neri fue fundada en 1575 en Roma por Felipe Neri (Florencia 1515-Roma 1595), siendo confirmadas sus Constituciones en 1612 por Paulo V mediante la bula Christi fidelium. Hijo de un abogado florentino, Neri se estableció en su juventud en Roma donde estudió teología y fue ordenado sacerdote, creando una hermandad laica dedicada a la realización de obras de caridad. No iba a ser una orden religiosa en la que sus miembros se comprometen con unos vínculos de votos, juramentos o promesas, sino una agrupación de sacerdotes seculares y hermanos legos que viven unidos en torno al fundador, dedicados al socorro y cuidado de los pobres y a la conversión de los pecadores, practicando la caridad y la predicación entre los más nece­sitados. Es pues una sociedad de vida apostólica y colegial cuyos miembros viven a sus propias expensas. El lugar donde la primitiva comunidad se reunía era el oratorio romano de Santa María in Vallicella, por lo que serán conocidos como oratorianos y sus futuras casas llevarán el nombre de Oratorios que tuvieron, por otra parte, una rápida expansión.
     Pronto se fundan en España congregaciones filipenses, siendo la de Valencia la primera en instituirse en la Península, en el año 1645. Hay que señalar que los Orato­rios se constituyen independientes entre sí, no están centralizados con la casa matriz romana, sino que cada comunidad se rige y gobierna por sí misma, con independencia y separación de las demás y según sus propios estatutos y constituciones. Así pues no existen ni superiores generales ni provinciales pues cada casa elige y nombra a sus autoridades que según las Constituciones filipenses son tres: la primera, la asamblea de todos los padres legítimamente convocada, la segunda la constituyen el Padre Prepósito con sus cuatro diputados o consultores, y la tercera el Prepósito o "Padre de todos", que es elegido por la congregación.
ORATORIO DE SAN FELIPE NERI
     La fundación en Sevilla de la Congregación del Oratorio resulta algo tardía si se compara con otras de España (Valencia 1645, Villena 1650, Madrid 1660, Soria 1670, Granada 1671, Cádiz 1672, Barcelona 1677, Zaragoza 1690, Alcalá de Henares y Córdoba 1696, etc.), lo que no ha de extrañar en una ciudad saturada de comunidades religiosas y sumida en una profunda crisis económica que desaconsejaba tal empresa. Es a instancia del arzobispo Jaime Palafox y Cardona quien, conociendo y frecuentando el Oratorio de Valencia, y el de Palermo en los años de estancia como arzobispo, junto con otros sacerdotes conocedores de la figura de San Felipe Neri y su institución -muy promovida con ocasión del primer centenario de su muerte en 1695- solicitó a la congregación de Granada viniera a fundar a Sevilla un Oratorio. Fueron enviados los padres Francisco Navascués Pérez y Félix de Rivera y Arroyal, quienes llegaron a Sevilla el 8 de febrero de 1698, consiguiéndose el 18 de marzo de ese año la licencia del arzobispado, y el 22 del mismo mes y año la del ayuntamiento, aunque no sin serias dificultades. Sus deseos de instalarse en las casas del Coliseo en la calle del mismo nombre, hoy rotulada Alcázares, al haberse prohibido las representaciones teatrales en la ciudad, quedaron frustrados pues la petición realizada el 16 de junio de 1698 al Ayuntamiento sevillano fue denegada. Con la pequeña limosna de un piadoso sacerdote de doce reales y la donación de unas casas por Dª Josefa Antonia de Alverro, el padre Navascués dio principio a la fundación en la calle Costales, en la collación de Santa Catalina donde quedó instituida la congregación el 27 de noviembre de 1698 con la bendición de la casa y capilla bajo la advocación de María Santísima de los Dolores. Vista por el arzobispo Palafox en la visita que hizo en los días de Cuaresma del año 1699 la pobreza y pequeñez en que vivían los seis miembros del Oratorio, les compró otra casa contigua en el mismo solar, que aunque amenazaba ruina buena parte de ella, en cuatro meses estuvo incorporada a la ya existente, siendo bendecida por el propio arzobispo el 30 de octubre de ese año. Unos días antes, el 19 de octubre el Oratorio sevillano fue confirmado por bula de Inocencio XII.
     La insuficiencia de la casa y la amenaza de ruina movieron al nuevo prepósito y compañero del padre Navascués, muerto en 1702, Félix de Rivera y Arroyal a solicitar por dos veces en el año 1703, ayuda económica al también nuevo arzobispo de la ciudad Manuel Arias, para comprar una vivienda por valor 22.000 ducados. La ayuda no llegó quedando el Oratorio de momento en la misma situación. El impulso definitivo para el acrecentamiento y renovación de la casa e iglesia se produjo en 1708 cuando Juan Rodríguez de los Ríos, secretario del rey y administrador general de la Renta de la Sal, que vino a vivir a Sevilla y que era afecto al Oratorio, nombró el 9 de noviembre de ese año, albacea de todos sus bienes a su confesor, el prepósito Juan Martín Sedeño y Sotomayor. A expensas del acaudalado caballero se iba a edificar la nueva y definitiva iglesia, cuya primera piedra se puso el 5 de agosto de 1709, estando terminada el 2 de julio de 1711, en que se bendijo por el obispo auxiliar de Sevilla, Pedro Levanto, y cuyo coste ascendió a 17.400 reales. Y aunque el piadoso benefactor no pudo verla acabada por fallecer el 13 de noviembre de 1710, su generosidad continuó tras su muerte al otorgar en su testamento a los filipenses "las casas que al presente vivo u otras que puedan servir para dilatar la habitación de dicha Congregación y labrar en ellas lo que fuera necesario". Con esta herencia los filipenses compraron por 16 ducados unas casas pertenecientes al conde de Luna, situadas en la calle Sardinas (hoy Gerona) para ampliar la vivienda de los padres, que eran trece, trasladándose a ella el 21 de julio de 17105.
     Pronto el Oratorio se enraíza en la vida de la ciudad, desarrollando una activa asis­tencia espiritual. Un fuerte impulso en la actividad apostólica de los filipenses supuso la expulsión de los jesuitas en el año 1767, al convertirse en los continuadores de la dirección cristiana del clero y de la sociedad en general, que acudían al Oratorio, antes encauzada por la Compañía de Jesús y sus notorios ejercicios espirituales. El padre Antonio Castaño desde 1769, impuso a los padres y hermanos del Oratorio la obligación de realizar los ejercicios. Va a ser el padre Teodomiro Ignacio Díaz de la Vega (1736-1805), de sólida formación jesuítica y devoto practicante de los Ejercicios de San Ignacio, quien tras ingresar en la Congregación en 1757 y ante la gran demanda de personas que solicitaban este servicio religioso, el que funde y construya la Casa de Ejercicios, unida al Oratorio pero con dependencias separadas. Para ello la comunidad cedió una finca contigua a la portería, en la calle Sardina (actual Gerona) a la que se sumaron otras, entre ellas dos que fueron propiedad del frontero convento de Santa María de las Dueñas. Se construyó casa con cuarenta habitaciones dobles, capilla propia -en cuya cripta fue enterrado el fundador- refectorio y demás dependencias necesarias. Iniciada su construcción en 1781, se terminó y bendijo el 3 de diciembre de 1783. El padre Vega alegando un antiguo mandato del rey Felipe V que encargaba a todos los prelados de España erigiesen en su Diócesis casas de ejercicios, buscó la protección real, solicitando a Carlos IV tomara a la Casa de Ejercicios bajo su protección. El monarca expidió cédula en Aranjuez el 6 de junio de 1791, inscribiéndose desde entonces como Real Casa de Ejercicios y se colocó sobre sus puertas los escudos reales. Durante el mandato del padre Vega se hicieron importantes mejoras en el contiguo Oratorio: ampliación del presbiterio de la iglesia, merced a la incorporación de dos casas de su propiedad, un retablo mayor, nuevos confesionarios, tribunas y órgano, camarín alto y bajo para la Virgen, cuarto de sacristanes, "... y ricas alhajas y preciosos ornamentos", mejoras en las que se gastó 27.000 pesos.
     A fines del XVIII Oratorio y Casa de Ejercicios eran uno de los centros más desta­cados de la ciudad, tanto desde el punto de vista físico con sus dos inmuebles, la Casa de Ejercicios y el Oratorio (ambos en el mismo recinto pero separados y con accesos independientes), como espiritual, como recogió José María Blanco White en su Cartas de España, quien realizaba los Ejercicios en San Felipe desde la edad de quince años por ser costumbre en la diócesis de Sevilla esta práctica para los que se preparaban para el sacerdocio, como era el caso de White.
     El convulso siglo XIX produjo constantes procesos de destrucción y restauración del complejo filipense, pérdidas de valiosas obras artísticas, para ser finalmente derribado en 1868. En efecto, el Oratorio va a soportar durante esa centuria cuatro supresiones, la primera en 1810 con la llegada de los franceses que supuso la expulsión de la comunidad y el secuestro de sus bienes. De nada sirvieron las alegaciones de los fili­penses ante los decretos josefinos de supresión de las órdenes religiosas, de que ellos eran sacerdotes seculares y no religiosos regulares. La orden de extinción de la Congregación y Casa de Ejercicios llegó de Madrid el 26 de agosto y el 10 de septiembre se efectuó la confiscación de sus fincas y otros bienes. Contaba entonces San Felipe con cuatro padres: el Prepósito Gabriel de Castañeda, Lucas de Tomás y Asensio, Rafael del Rey y Joaquín García, y un número no especificado en la documentación de coadjuto­res, quienes elaboraron un falso inventario de bienes para así poder esconder de los franceses algunos objetos de valor como la plata y libros de propiedad, ornamentos, cuadros y muebles, "dejando solamente lo muy preciso para que no conociesen los franceses lo mucho que se había ocultado". Los propios padres se ocultaron en domicilios particulares, siendo enviado el padre Rey con las alhajas y plata a Cádiz. Para evitar el alojamiento de las tropas en el inmueble o su posible derribo, el entonces canónigo y afecto al Oratorio, Francisco Javier Cienfuegos y Jovellanos, que ejercía en ese momento como arzobispo por ausencia del titular el cardenal Luis María de Borbón, solicitó a las autoridades francesas la cesión del edificio para sede del Seminario Conciliar de la Diócesis, lo que le fue concedido el 11 de septiembre. Pese a ello no pudo evitarse el expolio, sobre todo de pinturas, por los comisionados franceses. Terminada la ocupación francesa de Sevilla a finales de agosto de 1812, se restaura la comunidad y el nuevo prepó­sito Lucas de Tomás y Asensio -fundador de la Casa de Ejercicios Espirituales- consigue de Fernando VII una asignación anual de 20.000 reales durante diez años, para ayudar a reparar los destrozos. En 1830 se contrataba la construcción de un nuevo retablo, desmontando el antiguo que pasó al convento franciscano de San Antonio de Sevilla, donde permanece en su altar mayor.
     Con la Desamortización de 1835, el Oratorio sufre su segunda supresión, siendo sacado a subasta el 19 de febrero de 1836. Pero una nueva estrategia del entonces Cardenal Cienfuegos, solicitando a las autoridades el edificio para prisión especial de clérigos o "Casa de Corrigendos", conocida vulgarmente como "la Parra", instalada en edificio anejo al palacio arzobispal, permitió salvarlo, por el momento, de su venta en subasta. Desde 1848, gracias a la protección del arzobispo Judas José Romo los filipenses comenzaron a resurgir, constando que en 1851 ya estaban reunidos en San Felipe.
     La firma del Concordato entre España y la Santa Sede en 1852 supuso la reposición oficial de la Congregación en toda España. Hay que señalar que el levantamiento de Espartero contra el gobierno de la nación provocó un bombardeo en Sevilla por el general Van Halen durante el mes julio de 1843, afectando seriamente a San Felipe Neri. En la mañana del jueves 27 una granada cayó en la Casa de Ejercicios y otras dos en la iglesia del Oratorio "que entre sus destrozos cuenta el del altar mayor... obra de arte que sucumbió a los furores del ejército sitiador".
     En un constante hacer y deshacer, en el año 1854 la implantación de un gobierno progresista que duró hasta 1856, supuso la tercera disolución del instituto, siendo la Junta Popular Revolucionaria de Sevilla la encargada el 2 de agosto de 1854 de expul­sar a sus miembros, secuestrar sus bienes y cerrar la iglesia, quedando la casa convertida en cuartel de la milicia urbana. Dos años después y por real orden será nuevamente restablecida la comunidad a su casa y devueltos sus bienes. A continuación se sucederán unos años de relativa paz social en la que, pese a la fuerte corriente anticlerical, los oratorianos continúan su labor apostólica tanto entre las clases populares como entre las más altas, entre ellas los propios Duques de Montpensier, residentes en esta época en Sevilla, a quienes atendía espiritualmente el prepósito José María Alonso y Elena, también preceptor de sus hijos. En estos años se amplia la familia filipense en la ciudad con la fundación de la rama femenina, que tras varias sedes pasa al antiguo convento de Santa Isabel, donde permanece.
     La cuarta y última supresión del Oratorio y su final demolición, tuvo lugar en los días de la revolución de septiembre de 1868, conocida corno "la Gloriosa", que supuso en el orden político el destronamiento de la reina Isabel II y la promulgación de una nueva Constitución, y en el religioso la reducción de conventos monasterios y colegios, parroquias y capillas. Consta que unos años antes, el 24 de junio de 1865 el Oratorio padeció un voraz incendio que afectó principalmente a la parte alta de la casa, gastándose en su reparación "más de once mil duros". Tres años más tarde, el 19 de septiem­bre de 1868 se constituyó en Sevilla la Junta Revolucionaria que destituye al ayuntamiento y nombra otro al que faculta para llevar a cabo las supresiones que se dictami­nen, "pudiendo también dicha municipalidad verificar enseguida la demolición de los conventos cuando así convenga al ornato de la nación". Y este será el triste final del conjunto monu­mental filipense. El acuerdo de demolición se toma en los primeros días, alegando el ayuntamiento la necesidad del derribo para proceder "al ensanche de las calles adyacentes y al propósito de mejorar las condiciones higiénicas de aquel sitio". Los dieciséis filipenses que componían la comunidad fueron expulsados de la casa y desterrados de España, embarcando algunos en un barco fletado por la propia Junta Revolucionaria, rumbo a Gibraltar. En sucesivos trabajos de demolición y en poco más de un mes, el Oratorio, la iglesia y la Real Casa de Ejercicios Espirituales de San Felipe quedaron borrados literalmente del plano de la ciudad; el patrimonio mueble que no fue expoliado fue depo­sitado en el Museo o llevado a otras iglesias, siendo devuelto en parte a los filipenses, en 1877 al constituirse de nuevo la comunidad y conseguir nueva casa e iglesia en Sevilla. En efecto, tras la Restauración monárquica en 1875, los oratonianos daban los pasos para reorganizarse y volver sus dispersos miembros a vivir en comunidad; al año siguiente toman unas casas en la calle Toqueros (actual Conde de Ibarra), pasando en 1879 a otra en la calle Fabiola. En 1876 el arzobispo Lluch y Garriga les cede temporalmente la iglesia del ex-convento de San Alberto, pasando a ser propiedad por concesión del papa León XIII en diciembre de 1893. La comunidad, de nuevo afianzada en la ciudad, compra una casa en 1916 en la calle San Isidoro, al lado de la iglesia con la que se comunica, y en 1944 consigue adquirir el edificio conventual de San Alberto a donde, tras obras de restauración, se trasladan en 1982, permaneciendo hasta hoy.
ARQUITECTURA
     El conjunto de San Felipe abarcaba toda una manzana cuadrangular, cuyo períme­tro estaba delimitado por las calles San Felipe, Sardinas, Huevos y Costales, actuales Doña María Coronel, Gerona, Feijoo y San Felipe, respectivamente. En tan amplio espacio se insertaban la iglesia, el Oratorio y la casa de Ejercicios Espirituales. El Oratorio tenía su entrada por la calle Sardinas (Gerona) y la iglesia tenía fachadas y accesos por Costales (actual San Felipe) y San Felipe (hoy Doña María Coronel).
     La iglesia tenía su acceso principal por los pies, en la entonces calle San Felipe, hoy Doña María Coronel, corriendo su lateral derecho por la calle Costales (actual Feijoo), en donde tenía otra portada. Estaba bajo la advocación de María Santísima de los Dolores, no existiendo constancia documental sobre quién pudo ser el autor de su traza y construcción. Sabemos que el patronato de la capilla mayor se concedió a Antonio de Pontejos por escritura de 3 de julio de 1719. El 4 de octubre de 1709 el arquitecto Lorenzo Fernández de Iglesias en su testamento solicita se le liquide lo que se le adeuda por cuenta de "una portada que se está acabando para la iglesia, y cuatro colum­nas que me mandaron hacer para dentro del templo". Esta escueta noticia no nos permite establecer de qué portada se trata, lo que se complica más teniendo en cuenta que la construcción de la nueva iglesia comenzó el 5 de agosto de ese año. En efecto, la colocación de la primera piedra tuvo lugar el día 5 de agosto de 1709, estando terminada para el 2 de julio de 1711 en que fue bendecida por el obispo auxiliar de Sevilla Pedro Levanto, invirtiéndose en su construcción 17.400 reales. Entre los años 1780-90 se amplió la cabecera del templo que "no tenía presbiterio y como se había extendido por los pies necesitaba de crucero para su perfección", para lo que se anexionaron dos casas conti­guas por la espalda del altar mayor "y en este sitio se labró un magnífico presbiterio con amplitud proporcionada arrancando dos grandes arcos, y subiendo sobre ellos las robustas paredes que se cerraron con bóveda y se pintaron para acompañar el adorno de la Iglesia". La planta era basilical de una sola nave y de proporciones bastante alargadas en relación con su anchura, debido a las ampliaciones reseñadas, (36 varas x 14 1/2 varas = 29,497 x 12,122 m., aproximadamente). La capilla mayor "diáfana y cuadrada", era de testero plano y cubierta abovedada, estando separada del cuerpo de la iglesia por unas baran­das semicirculares de hierro dorado ricamente labradas, "de vara y media de alto, con balaustres, cornisa y entrecalles, muy bien ejecutada por el artífice sevillano Márquez, y con atrileras de lo mismo y seis bolas de bronce agallonadas, obra de Reinoso", con la siguientes inscripciones: en el trozo correspondiente al lado de la epístola "Me fecit el maestro Juan Marques natural de la ciudad de Sevilla, año 1771" y en del evangelio "cura et labore P.D. Theodomiro de la Vega, Presbytiri hijus Congregationis". Actualmente se conservan en el presbiterio de la iglesia del convento femenino de Carmelitas calzadas de Santa Ana, de Sevilla.
     Por tres gradas de mármol rojo se bajaba al crucero cubierto por cúpula sobre cuatro arcos torales. El cuerpo de la nave se cubría con bóveda de cañón con arcos fajones sobre pilastra, y cubierta al exterior con techumbre de madera y tejas. A ella abrían pequeñas capillas, cuatro a cada lado, enmarcadas con arcos sobre columnas de mármol, y encima corrían tribunas voladas con barandas de hierro, cubiertas de visto­sas cancelas, pintadas de verde y oro con caprichosos y movidos motivos de estilo churrigueresco. También hubo cuatro tribunas en los ángulos del crucero del presbiterio. La iglesia estaba pavimentada con losetas de mármol de Génova de colores azul y blanco y sobre los pilares del templo se colocaron doce cruces de jaspe rojo, perfiladas de oro y azul, sobre basamentos redondos de mármol blanco. A los pies del templo estaba la entrada principal que abría a la calle San Felipe (actual Doña María Coronel) y el coro alto, amplia tribuna que salía del cuerpo de la iglesia para prolongarse hacia la calle, cabalgando sobre dos grandes arcos que cargaban en el muro de enfrente perteneciente al monasterio femenino de Santa Inés, dejando debajo el paso libre y conformando un atrio porticado de acceso, con umbral de mármol blanco y tres gradas para bajar a la calle, todo ello cerrado con una verja alta de forja. Este atrio fue consecuencia de dos ampliaciones, la primera costeada por un devoto anónimo, cuya aprobación por parte del cabildo de la ciudad se produjo en 1757, para lo que el 10 de febrero de ese año el maestro mayor de obras de la ciudad Pedro de San Martín emitió informe positivo, declarando que dicha ampliación a costa del viario "no resultaba perjuicio al público ni tráfico de coches", dándose al día siguiente el permiso de obras que sin embargo, se demoraron pues hasta el 13 de septiembre de 1764 no se inició "la utilísima obra de agregar el pórtico de nuestra Iglesia". En 1765 consta la solicitud una nueva parcela de terreno de sesenta y tres varas cuadradas.
     En el muro frontero perteneciente a Santa Inés sobre el que entibaban los arcos del pórtico, estuvo un retablo de azulejos polícromos enmarcado con moldura de estuco, que representaba a Cristo con la cruz a cuestas que salvado del derribo pasó al Museo de Bellas de Sevilla, donde se conserva, colocado en el vestíbulo de entrada. Representa el pasaje de Jesús en la calle de la amargura camino del Calvario, en el que rendido por el peso de la cruz, cae en tierra de rodillas, apoyando su mano sobre una roca, mientras que detrás se sitúa Simón de Cirene que le ayuda a sostener la cruz. Un fondo de arqui­tectura y un amplio cielo azul, completan la escena que presenta un rico colorido de tonos azules, amarillos, verdes, morados y blancos. El fino dibujo de cabezas, manos y paños de las vestimentas, es igualmente de gran calidad, constituyendo un magnífico ejemplar de esta singular manifestación artística que aúna pintura y cerámica, en ricos y populares paneles polícromos, que situados en el exterior de los edificios movían a devoción al viandante a la vez que sacralizaban los espacios donde se ubicaban. Su ejecución se sitúa en torno a 1770, y Gestoso atribuyó, aunque con reservas, esta obra al ceramista José de las Casas.
     El acceso lateral de la iglesia se situaba en el muro del lado de la epístola, que daba a la calle Costales (hoy rotulada San Felipe como único recuerdo onomástico de la Congregación que en esa manzana tuvo su casa). Sabemos que estaba flanqueado por dos cañones fundidos y pintados de negro en las jambas y una escultura de San Felipe Neri de mármol negro, con manos y cara pintadas de color natural y vestido con manteo y bonete, libro sobre el pecho y vara de azucenas; es la que actualmente se conserva en una de las dependencias del convento de San Alberto, actual sede de la comunidad filipense. En correspondencia con este vano pero en el muro del evangelio, estaba la puerta de salida a la galería que comunicaba con la casa. La iglesia no poseía torre­ campanario y sí una espadaña de tres huecos para sendas campanas. Doce ventanas proporcionaban luz natural al interior del templo.
     Desde el lado del evangelio del crucero y a través de unas pequeñas puertas del retablo se accedía a la antesacristía, cubierta con elevada bóveda; fue el lugar donde estuvo el antiguo presbiterio, antes de la reforma de la iglesia en 1786-88. De aquí se pasaba a la sacristía, cuya construcción fue promovida por el padre Vega, en el año 1788. Era de planta rectangular y cubierta plana, "con molduras dobles de madera dorada y florón, del que pendía una araña con 12 mecheros"; por tres escalinatas se subía al presbite­rio y por otra puerta se accedía al trasagrario del altar mayor. Una tercera puerta daba paso a una escalera que conducía al piso alto de la Casa, abriendo a la derecha del primer descanso una pequeña capilla u oratorio privado, llamado "el reclinatorio", donde acudían los padres convalecientes. Estaba cubierta con media naranja decorada con yeserías.
     La Casa de la Comunidad donde habitaban los padres "muy capaz, alegre y bien repartida", tenía su entrada por la calle Sardinas, (actual Gerona), con una gran puerta con un retablo de azulejos que representaba a San Felipe Neri "de buen tamaño, con la bandera de patriarca en su diestra mano", que se conserva en una de las galerías del Museo de Bellas Artes de Sevilla. El interior se articulaba en torno a una serie de patios; desde el portal de entrada se accedía a un pequeño patio cuadrado sin columnas, con galería alta sostenida por tornapuntas de hierro y rodeada con barandas también de hierro. En él se situaban la portería, sala de visitas y tránsito con varias habitaciones; bajando tres gradas se pasaba al claustro principal, articulado mediante cuatro columnas toscanas de mármol y arcos de medio punto en la planta baja y en el superior balcones adintelados entre pilastras dobles de ladrillo. Parte de este patio se halla hoy incluido en el inmueble número 7 de la calle Feijoo. En uno de los ángulos estuvo una amplia escale­ra con un único descanso y artesonado en el techo. En este claustro se repartían las principales habitaciones de la comunidad: el refectorio que comunicaba con la cocina a través de un torno, dormitorios, "y dos habitaciones muy principales, relativamente para cámara del P. Prepósito y para biblioteca, en la que la Comunidad tenía la quiete o recreación, después de ambas comidas". Había otros tres patios menores y tres tránsitos, por uno de ellos se pasaba al piso alto de la Casa de Ejercicios y por otro, se bajaba a la iglesia por una puerta situada en el muro del evangelio; además por esta galería se iba al cuarto de sacristanes, a la tribuna del órgano y al campanario.
     La construcción de la Real Casa de Ejercicio fue promovida por el padre Teodomiro Díaz de la Vega para albergar a los numerosos practicantes de los Ejercicios Espirituales que se celebraban en el Oratorio, y fue iniciada en 1781 en una finca contigua a la portería, a la que se añadieron dos más colindantes que ampliaban el solar. Tenía entrada independiente al Oratorio, por la calle Sardinas (actual Gerona), aunque con comunicación interior por el claustro principal. Poseía varios patios, alrededor de los cuales se ubicaban los dormitorios, capilla, sacristía, jardín, refectorio, etc. Fue bendecida el 3 de diciembre de 1783 por el canónigo de la catedral Antonio Salinas, siendo la única casa de ejercicios que dirigieron los filipenses en Andalucía, para la que el padre Vega en su deseo de fundamentarla y realzarla, buscó la protección real de Carlos IV. En efecto, argumentando que la fundación de la Casa se establecía según una antigua Real Cédula de Felipe V que ordena a todos los prelados de España erigiesen en sus diócesis casas de ejercicios. Por real cédula de 6 de junio de 1791 el monarca toma la casa sevillana bajo su protección, en cuya puerta se pusieron los escudos reales.
RETABLOS Y ESCULTURAS
     Lo primero que tuvo la iglesia en su altar mayor fue un tabernáculo dorado que el 21 de febrero de 1709 fue donado al convento de monjas capuchinas de Sevilla. El 25 de junio de 1706 los filipenses habían contratado con Lorenzo Bernardo González y Mateo Bermudo y Pardo la realización del retablo del altar mayor por el precio de 4.200 reales de vellón, estando prevista su finalización "para el día de pascua de Navidad deste presen­ta año". Se entregaron a cuenta 1.500 reales de vellón, sin embargo, parece que esta obra no se llevó a cabo pues el 18 de febrero de 1711 el padre Juan Sedeño, prepósito de la Congregación, firma con Jerónimo Balbás la ejecución del retablo mayor, por 27.000 reales de vellón, cantidad que se aumentó en 8.000 reales más por la subida del precio de la madera, que significó la paralización de los trabajos por parte de Balbás: "... empezado lo suspendi en atensión de que la madera estaba en muy subido presio y que la obra balia mucha mas cantidad todo lo cual visto y considerado y el dicho Padre preposito y padres de la dicha congregación an venido en darme y aumentarme ocho mil Reales de vellón que es lo que verdaderamente faltava al verdadero presio de la dicha obra que eran treynta y quatro mil reales en que oy a quedado con el dicho aumento". La finalización de la obra estaba prevista para el 31 de diciembre de ese año, y actuó como fiador Pedro Duque Cornejo, quien ejecu­ tará las esculturas del retablo excepto la Virgen de los Dolores, imagen titular que ya existía. De la autoría de Jerónimo Balbás de la traza del retablo y programa escultórico del mismo no cabe ninguna duda, al quedar claramente manifestada por éste en el documento citado, en donde se reajusta el precio de la obra: "nos obligamos a haser y fabricar el retablo de la capilla Mayor de la dicha Yglesia de San Phelipe Neri desta ciudad, todo de madera de flandes de buena calidad, con las figuras de escultura que estan demostradas en una demostración y modelo, que yo el dicho principal e fecho para ello, que esta firmado de mi nombre y el dicho padre preposito, y queda en su poder". El retablo fue sustituido en 1829 por otro de estilo neoclásico, más acorde con los gustos estéticos imperantes; por suerte no fue destruido como otros muchos otros de estilo barroco, algunos de ellos del propio Balbás como el del Sagrario de la Catedral, sino que fue trasladado y ensamblado en el presbiterio de la iglesia conventual de los franciscanos de San Antonio de Padua, de Sevilla -que había perdido el suyo durante la ocupación francesa- en donde permanece. El cambio de ubicación ha conllevado algunas reformas: añadido de las pilastras laterales para cubrir la totalidad de la cabecera del templo, sustitución del tabernáculo central por una hornacina flanqueada por columnas, supresión de parte de la talla decorativa, sobre todo en el ático, para aligerar su estructura, y múltiples repintes en tono oscuro imitando jaspeados. Sin embargo, aún podemos advertir en su contempla­ción actual la traza de su autor. El retablo, de monumental estructura, se asienta en su nuevo emplazamiento sobre un basamento cerámico, sobre el que monta el banco de cuidado tallado, con sagrario en el centro y peanas con angelotes que a modo de atlan­tes sustentan parejas de estípites que flanquean la amplia calle central del cuerpo principal, en donde se abren dos hornacinas. Las calles laterales, con dos peanas para sostener esculturas, se enmarcan con sendos estípites de orden gigante y una peana en el tercio inferior de cada uno de ellos con profusa decoración. Este gran cuerpo remata en ancha cornisa en donde se mezclan los perfiles mixtilíneos con fragmentos de frontones enrollados a modo de volutas, dando paso al ático con hornacina semicircular enmar­cada por pilastras y variadas molduras, con un sol por remate en el centro del último resalte.
     Buena parte de las esculturas de Duque Cornejo pasaron a decorar el nuevo retablo mayor de estilo neoclásico y orden corintio que en 1829 fue realizado por Juan de Astorga siguiendo un diseño neoclásico del arquitecto municipal Melchor Cano, y cuyo paradero se desconoce: "El gran retablo, o sea el altar mayor, construido por Astorga y estre­nado en 1829, constaba de cuatro gruesas columnas corintias, las cuales sostenían la muy salien­te cornisa". En los intercolumnios del lado del evangelio se hallaban San Félix de Nola y Santa María Magdalena, el primero sin identificar y la Magdalena actualmente en el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, en el intercolumnio lateral del evangelio. Es una conmovedora interpretación de la Santa penitente, que con rostro afligido mira a la cruz que originariamente tenía en su mano izquierda, mientras que la derecha sostiene el manto contraído sobre su pecho. Presenta larga cabellera como es habitual en su iconografía, de pie, con la pierna derecha ligeramente adelantada y flexionada, dinamizando la imagen, y envuelta en amplio ropaje de profundos pliegues, de color rojo y estofado en oro con motivos vegetales. En los intercolumnios del lado de la epístola del retablo decimonónico se situaban San Eusebio, desaparecido, y Santa Rosalía, hoy también en San Alberto en el lado de la epístola del altar mayor, que algunos autores identifican como Santa María Egipcíaca. Su disposición anatómica arqueada hacia la izquierda se contrapone con la Magdalena, con la que hubo de hacer pareja en el retablo de Balbás, con la que comparte igualmente su carácter penitente. En actitud de abrazar un crucifijo hoy desaparecido, resulta menos dramática y de formas más sosegadas que la anterior, destacando el rico estofado de la túnica de color verde y del manto rojo drapeado recogido sobre el brazo derecho. El retablo realizado por Astorga se depositó tras los episodios revolucionarios de 1868 en el monasterio de San Clemente hasta que solicitado por las monjas mercedarias fue colocado en la capilla mayor de su iglesia conventual, siendo finalmente destruido en 1936.
     Otra imagen de Duque Cornejo para el retablo de 1711 es el San Felipe Neri que hubo de ocupar su cuerpo principal, sobre la titular de la iglesia, la Virgen de los Dolores. En el retablo realizado por Astorga estaba colocado en el centro de la gran cornisa "se alzaba en globo de nubes, entre ráfagas y dorados rayos, la efigie escultural de San Felipe, quedando a la espalda el remate o medio punto apechinado: a sus lados dos ángeles, y más abajo, sobre la cornisa, otros dos, de estatura más que natural, teniendo en sus manos los emblemas o atributos del Santo". Los ángeles no han sido identificados, y el San Felipe se encuentra situado en un retablo del lado del evangelio del crucero de la iglesia conventual de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por madres filipenses. Se halla efectivamente, arro­dillado sobre una bola de nubes, representado con rasgos maduros, barba corta y canosa, sus ojos miran anhelantes al cielo y sus brazos se abren en expresivo gesto. Viste sotana y manteo negros de profundos pliegues, decorados con un fino estofado. Dos obras más de Duque Cornejo llegaron a decorar el retablo neoclásico de Astorga, colo­cados sobre ménsulas bajo los arcos laterales, los presbíteros San Juan y San Valentín, que no se han conservado.
     La imagen titular de los sucesivos retablos filipenses, que no salió de la gubia de Duque Cornejo como a veces se ha considerado, es Nuestra Señora de los Dolores, actualmente en la hornacina principal del retablo mayor de la iglesia de San Alberto. Su ejecución se vincula a Pedro Roldán, quien pudo realizarla a fines del XVII principios del XVIII, seguidamente a la fundación del Oratorio, como se desprende de antiguas noticias según las cuales las primeras esculturas de la primitiva y modesta iglesia filipense eran de Roldán, conservándose aún algunas en poder de la comunidad. Originariamente de talla completa, en 1796 se convierte en imagen de candelero, como hoy la vemos, conservando del original cabeza y manos. Es una expresiva dolorosa en posición genuflexa y con las manos unidas. En el retablo construido por Astorga la imagen se exponía en el camarín central, "En el centro del altar y entre las columnas, abríase un arco moldurado y dentro del mismo, un bello y anchuroso camarín con cielo raso de estuco pintado, como las paredes, con buen gusto, y donde había varias imágenes, pinturas y primorosos objetos que servían de adorno... En este sitio principal del camarín y ante el arco del retablo ...la imagen de vestir de Nuestra Señora de los Dolores, a quien estaba dedicado el templo; la actitud ...era de rodillas sobre cojín de plata con borlas de lo mismo, como el corazón y los siete cuchillos que tenía sobre el pecho, descansando todo sobre bellas repisa o peana de torno, de madera tallada y dorada con cuatro ángeles ...Rodeaba, al aire, todo el cuerpo un resplandor o ráfaga de metal dorado; y servían de adorno, a su cabeza, corona imperial de plata, y a su cuello y pecho no pocas alhajas: resto de las muchas y muy valiosas, que le fueron robadas en Diciembre de 1828".
     A los pies del camarín de la Virgen y sobre la mesa de altar se hallaba el sagrario y manifestador, tallado en 1788 por el ensamblador Manuel Barrera y Carmona. El sagrario remataba con esculturas de los evangelistas y sobre su cúpula la figura de la Fe. Tenía forma de templete circular rodeado por ocho columnas, con figuras de los cuatro doctores de la Iglesia sobre la cornisa y la Caridad sobre la media naranja. Este cuerpo se completaba con la figura de dos ángeles en actitud de adorar al Santísimo cuando este se exponía en un rico viril, ocupando su lugar en los demás días un Niño Jesús. Quizás corresponda al de la iglesia de San Alberto, por semejanza, de estilo con obras del referido Manuel Barrera.
     En 1788 y durante los días 24, 25 y 26 de mayo la congregación festejó las mejoras y estrenos del Oratorio y su iglesia, entre cuyas obras se encontraba la realización de un trasaltar o camarín, que a modo de capilla reservada se destinaba para orar en ella "lejos de toda distracción y ruido". Hubo de ser una valiosa pieza según queda recogido en aquellos que la vieron: "bien adornado con puertas de cristales cerrado, y su pavimento de madera de acana y plata de martillo estucada con su bóveda, consumiéndose en la obra más de dos años", "sus puertas de tableros de caoba y pino... sus ochavadas paredes, formadas de cristales y caprichosos pabellones de madera jaspeada, su plegado cortinaje de seda amarilla; las magnificas custodias que adornaban la mesa del altar, de bronce dorado, llenas de muy insignes reliquias vistosamente prendidas sobre tisú y raso blanco; los dos hermosos fanales, contenien­do, respectivamente, el uno un relicario de plata sobredorada con reliquias de las entrañas del Santo Padre, y el otro un anuario santo, o sea reliquias de todos los Santos del año; el divino Niño Jesús, de medio relieve, con el lábaro de la cruz de plata, que resaltaba sobre la puertecita de un sagrario, que comunicaba con el del altar mayor, y su magnifico suelo de ácana con dibujo e incrustaciones de plata... conducía a esta escondida morada el callejón de las perchas, que tenía su entrada por la sacristía, y llevaba también a la escalera por donde se subía al camarín de Ntra. Madre". En la sesión municipal de 21 de noviembre de 1868, el ayuntamiento acordó "se arrancase inmediatamente el pavimento de madera existente con incrustaciones de plata contrastada en un cuarto reservado del Oratorio de San Felipe y se condujera a las Casas Consis­toriales para darle una aplicación provechosa en este edificio".
     La decoración del presbiterio de la iglesia se completa con dos ángeles lampareros que colgaban del arco toral, actualmente ubicados en la parroquia sevillana de Nuestra Señora de la O, a donde pasaron en 1868. Forman una bella pareja angélica, de expresión llorosa, cuya ejecución se ha adscrito al maestro Pedro Duque Cornejo, hacia 1711.
     Retablos laterales. En 1844 González de León indica en su Noticia que "Todos los altares de esta iglesia son modernos, y muy arreglados, bien jaspeados y dorados y así presen­tan un aspecto brillante y primoroso. Todos están ejecutados por D. Manuel Carmona ensam­blador muy acreditado de esta ciudad"; se refiere a Manuel Barrera y Carmona, maestro local activo desde al menos 1764 a 1790. Ninguno de estos retablos se han conservado, sin embargo, hay referencia de ellos y de las esculturas que contuvieron. En el brazo del evangelio del crucero hubo un retablo dedicado a San Felipe Neri, "jaspeado y con perfiles de oro", con sagrario adornado con cuatro columnillas y puerta dorada con un cobre que efigiaba a la Virgen de los Dolores. Sabemos que el 12 de febrero de 1711 los maestros Francisco Pérez de Pineda y José de la Barrera conciertan por 2.100 reales el aumento del retablo de San Felipe, de lo que se deduce que este retablo es resultado de la referida ampliación sobre otro más antiguo. El San Felipe Neri que lo presidía, acompañado con dos ángeles a sus pies que mostraban en sus manos mitra, capelo, azucena y corazón de plata, se conserva en la iglesia de San Alberto, en el retablo del crucero del lado de la epístola. Está realizado en madera policromada, de 170 cm. de altura y representa al Santo como un anciano, con barba corta y gris, abriendo sus brazos en expresiva actitud. Viste alba blanca y casulla roja decorada con motivos vegetales; un relicario en el pecho con algunas de sus reliquias. Ha sido atribuido al taller Pedro Roldán, realizado entre 1698-1711. En las entrecalles y sobre pedestales se situaban las pequeñas esculturas de San Ignacio de Loyola y de Santa Teresa de Jesús, que pueden ser las que hoy vemos en las calles laterales del retablo de Nuestra Señora del Socorro de la iglesia de San Alberto, dispuesto en una de las capillas del lado de la epístola. Sobre las dos pequeñas puertas situadas a los lados de este retablo dedicado a San Felipe, por las que se accedía a la antesacristía, había dos repisas con espaldar terminadas en resplandores de madera que sostenían las imágenes de San Pedro y San Pablo, también conservadas en San Alberto, flanqueando a San Felipe en el retablo anteriormente indicado. Atribuidas de antiguo a Roldán, hoy se consideran anónimas de fines del XVII principios del XVIII. Se trata de dos buenas tallas en madera policromada, que presentan a los Apóstoles con sus característicos atributos parlantes, las llaves y la espada respectivamente, y que muestran una gran fuerza expresiva y acer­tado dinamismo corporal a lo que se une una rica policromía. Finalmente hay que señalar que el altar de San Felipe de la iglesia del Oratorio que estamos analizando, se completaba con una baranda de cortadillos de hierros entrelazados que lo protegía, y con una cortina blanca bordada.
     En correspondencia con el retablo anterior, en el lado de la epístola, hubo otro, cuya ejecución se adjudicó a Juan de Astorga, y que quizás sustituyó a otro anterior del referido Barrera. Estaba dedicado a San Francisco de Sales, cuya escultura hoy se sitúa en uno de los retablos laterales del lado de la epístola de la iglesia de San Alberto. Su autoría se adscribe al taller de Roldán y su fecha de ejecución entre 1698-1711. Con barba oscura y calvo, con mirada absorta hacia el cielo y brazos abiertos con la mano derecha en actitud de sostener un crucifijo que hoy no posee. Viste túnica, sobrepelliz blanco y esclavina corta abotonada en el pecho, ropajes de profundos y volados plega­dos, y cuidada policromía que contribuye a realzar la figura del santo obispo italiano. Las figuras colaterales que lo acompañaban eran San Joaquín y Santa Ana, también conservadas en San Alberto en el retablo del Nacimiento. Son dos interesantes tallas anónimas, fechables hacia 1700, de gran expresividad y movimiento, y rica policromía. Dos esculturitas más en las entrecalles dedicadas a Santa Gertrudis y Santa Juana Francisca Fremiot, completaban la parte escultórica de este retablo, hoy localizadas en los intercolumnios del retablo de San José de la iglesia de San Alberto.
     A lo largo de la nave de la iglesia se distribuían ocho capillas, cuatro a cada lado, con retablos similares, "jaspeados y perfil de oro, formando entre dos columnas un ancho espacio", y defendidas por barandas de hierro fundido y doradas. La primera del lado del evan­gelio más cercana al presbiterio era la del Nacimiento, grupo escultórico a tamaño natural del que destaca el Niño Jesús, tradicionalmente considerada obra napolitana de mediados del XVII; actualmente se conserva en el convento San Alberto. La Virgen y San José pueden ser las situadas en uno de los retablos laterales de la epístola de esa iglesia, la segunda muy repintada y con un Niño Jesús moderno de producción seriada. También conservan los filipenses un Nacimiento con figuras de menor tamaño que se atribuyen a La Roldana. El retablo del Nacimiento se completaba con un Corazón de Jesús con ráfagas doradas, no localizado. El retablo, cuya ejecución se adjudica Manuel Barrera, fue traslado en 1868 a la iglesia sevillana de la O, que dañado en los sucesos del julio de 1936 fue muy alterado en su fisonomía original, siendo desmantelado en el año 2001.
     El retablo siguiente albergaba una buena imagen de la Virgen con la advocación de Nuestra Señora del Buen Consejo con el Niño en brazos y sobre peana con cabezas de querubines, actualmente en la parroquia de la O. Su adscripción a Pedro Roldán ha sido descartada, siendo obra dieciochesca de autor anónimo. Entre las columnas de las calles laterales se situaban un San Francisco Javier y un San Antonio Abad de pequeño tamaño, conservándose sólo el primero en la iglesia de San Alberto en el retablo de San Francisco de Sales. Está realizado en barro y tela encolada y se adscribe al maestro Cristóbal Ramos, en la segunda mitad del XVIII. Bajo la Virgen y formando parte de la estructura del retablo, había una urna cerrada con cristales que contenía el busto en yeso de San Felipe Neri, que según la tradición es el vaciado que se sacó en Roma del cadáver del Santo, yeso que aún conservan los filipenses en su convento de San Alberto.
     La tercera capilla, al lado de la puerta que daba paso a la galería que comunicaba con la casa, tenía un retablo similar a los anteriores, con dos grandes columnas dóricas, al que se le había quitado otras dos para colocar una imagen de candelero de la Purísi­ma Concepción flanqueada por San Estanislao de Koska y San Luis Gonzaga. Hoy se locali­zan en el retablo del Sagrado Corazón de la iglesia de San Alberto; su mal estado de conservación hace difícil establecer una posible autoría, antiguamente considerada obra granadina o de Juan de Astorga. Sobre la mesa de altar una urna cerrada de cristales y decorada con columnillas, contenía una cabeza del Bautista, "de singular mérito" en paradero desconocido.
     La última capilla del lado del Evangelio tuvo un retablo articulado con cuatro columnas jónicas, realizado por Manuel Barrera y Carmona, que contenía un Cristo atado a la columna con un San Pedro Penitente arrodillado a sus pies, imágenes atribuidas a Pedro Duque Cornejo, no conservadas. En las calles laterales se situaban San Antonio de Padua con el Niño en brazos y Santa Rita de Casia, esculturas de mediano tamaño, localizadas en la iglesia de San Alberto, el San Antonio muy repintado. Santa Rita está realizada en barro y tela encolada, y se adjudica a Cristóbal Ramos en la segunda mitad del XVIII. El plan del retablo poseía una urna de columnillas, cerrada por delante con cris­tales, que albergaba en su interior una Dolorosa con Jesucristo en los brazos al pie de la cruz. A derecha e izquierda había dos urnas pequeñas más, con un Calvario y un Descendimiento, respectivamente, obras en paradero desconocido. El retablo pasó a la iglesia de la O en 1868, siendo desmantelado en 2001 por su muy mal estado.
     En el lado de la epístola y comenzado por la cabecera del templo se disponía un retablo similar a los anteriores, adjudicado a Barrera, que fue llevado a la iglesia de la O en 1868 y en 1936 fue destrozado, siendo finalmente desmantelado en 2001. Tuvo un Sagrado Corazón de Jesús, que puede corresponder al conservado hoy en San Alberto obra decimonónica que carece de interés artístico, al que acompañaba dos ángeles en actitud de adorarle. Bajo éstos una urna de cristales guardaba un Niño Jesús "sentado sobre una peña, a la sombra de un árbol, mostrando su corazón y acariciando a una ovejita", en paradero desconocido.
     A continuación estaba el retablo dedicado a San José con su imagen de barro y tela encolada sobre peana de nubes y querubines, atribuida a Cristóbal Ramos y fechada en la segunda mitad del siglo XVIII, que actualmente preside uno de los retablos colaterales del evangelio de la iglesia de San Alberto. A los lados y sobre pedestales en el lugar que había columnas que se le quitaron al retablo, se situaban un San Ignacio aplastando al demonio con un libro abierto entre sus manos, expresiva escultura de gran dinamis­mo en el vuelo de sus paños, y el Beato Sebastián Valfré con crucifijo en las manos y en actitud de predicar, ambas conservadas en el convento de San Alberto. En la parte baja del retablo se distribuían tres urnas que albergaban pequeñas estatuillas: la del centro una Inmaculada sobre peana de querubines y bordeada con ráfagas de plata, y las laterales con los bocetos del San Felipe Neri y San Francisco de Sales, obras no localizadas. El retablo remataba con las abreviaturas JHS.
     Contigua a la portada lateral de la iglesia estaba la capilla de Santa Bárbara, "imagen del célebre Roldán, también concluida como todo lo de su mano, y es extraordinariamente dulce y afinada", que hoy se encuentra en la parroquia de la O, en una de las calles del retablo mayor, cuya calidad la acerca a la estética roldanesca. Estuvo flanqueda por San Rafael coronado de flores y San Francisco de Paula, esculturas dieciochescas a menor tamaño, hoy en la iglesia de San Alberto. Del retablo sabemos que su ejecución se adjudicaba al maestro Barrera y Carmona, que en 1868 fue llevado a la iglesia de la O en donde sufrió destrozos con los sucesos de julio del año 1936. En el 2001 y ante su precario estado de conservación, fue desmantelado.
     La última capilla del lado de la epístola estaba dedicada a San Juan Nepomuceno, cuya imagen presidía el retablo y que fue realizada por Juan de Astorga, "con Crucifijo y cinco estrellas de plata". Estaba flanqueada por San Juan Bautista y San Juan Evangelista, de menor tamaño y de autor desconocido. Sobre la mesa de altar y formando parte del retablo una urna cerrada con cristales contenía una Virgen del Carmen, otras más peque­ñas a la izquierda y derecha albergaban pequeñas figuras del Niño Jesús pastoreando ovejas y un Ángel de la Guarda. El San Juan Bautista puede ser el situado en el ático del retablo de la iglesia de San Alberto dedicado a San José, y el San Juan Nepomuceno, en muy mal estado de conservación, se halla en San Alberto retirado del culto. Su atribu­ción a Astorga se ha descartado.
     En la ante-sacristía y sobre el cancel de la puerta que comunicaba con un pequeño patio, se situaba un Calvario de buena factura con figuras del natural, que puede corres­ponder con el de la sacristía de San Alberto, compuesto por un Crucificado de mediados del siglo XVII y la Virgen y San Juan dieciochescos.
     En la sacristía y en el tránsito que comunicaba con el presbiterio de la iglesia, existió un medio relieve de la Virgen imponiendo la casulla a San Ildefonso, que no se ha conservado. Sobre una de las cajonerías, una urna de caoba albergaba una "bellísima" escultura del Buen Pastor llevando la oveja descarriada en sus hombros, que no hemos podido localizar; se conserva el retablo dorado con estatua de cuerpo entero del Señor con la cruz a cuestas que se situaba encima de otra cajonería frontera a la anterior.
     En la galería que comunicaba la casa con la iglesia y sobre unas mesas de caoba, existieron en unas urnas de cristal una Dolorosa atribuida a Cristóbal Ramos y una Coronación de la Virgen por la Santísima Trinidad, en barro, adjudicadas a Juan de Astorga, ambas en paradero desconocido.
     En la capilla del Oratorio hubo un retablo neoclásico de jaspe, realizado en Cádiz parece que por Torcuato Benjumeda. Constaba de mesa de altar, un cuerpo entre pilastras y cuatro columnas jónicas y ático, y correspondiente sagrario-manifestador, rodeado por seis columnillas jónicas y coronado por sendos ángeles de plomo con corazón de bronce. En su hornacina principal se situaba un Crucificado realizado por Ángel Iglesia en 1791, a imitación del Cristo de la Clemencia de Martínez Montañés. Se trata del Cristo del Perdón que actualmente preside el retablo mayor de la iglesia de San Alberto, con fecha y firma en el stipes: "EN /SE/VILLA/ANGEL Y Gª ESPA/ÑOL/1791". Es de madera policromada a tamaño natural. En los intercolumnios del retablo estaban San Pedro y San Pablo, no identificados.
     En el oratorio privado de los padres, llamado "el reclinatorio", situado en el rellano de la escalera que subía a la parte alta de la casa, existió "en su altar sobre ancha peana, una urna de caoba de hueso con ocho columnas de ébano muy bien trabajada y cerrada de cristales por todos sus lados: sobre ella había cuatro ángeles de cuerpo entero; en su remate un Crucifijo y en su centro, como imagen principal, Nuestra Madre Dolorosa arrodillada sobre tarimita de madera. En ambos extremos del plan del altar, formábanse dos rinconeras, sobre las cuales había dos hermosas cabezas de tamaño natural, del Hecce Homo, la de la derecha, y de la Dolo­rosa, la de la izquierda: esculturas romanas de ponderado mérito". Se han conservado en San Alberto, sobre la cajonería de la sacristía el Hecce Homo y la Dolorosa, magníficos bustos que efectivamente se atribuyen hoy a Pedro Roldán.
PINTURAS
     La iglesia estuvo decorada con pinturas murales al temple, en la que intervinieron varios maestros. En la cúpula de la capilla mayor Vicente Alanís pintó en 1788 un rompimiento de gloria con San Felipe Neri vestido de sacerdote, entrando en el reino de los cielos de la mano de ángeles y rodeado de resplandores y una nutrida corte de querubines. En las pechinas de la cúpula se representaban escenas de la Pasión: La coronación de espinas, Cristo con la cruz a cuestas, La Crucifixión y El Descendimiento. "A lo largo de los grandes pilares, lo mismo que de los pequeños, veianse pinturas de Santos y Ángeles, alternando, a trechos, con el decorado general de la iglesia"; y la bóveda del cuerpo de la iglesia brillando en su centro una preciosa María, pintada en lienzo, con dos ángeles o mancebos, obra ejecutada por el padre Morico". Entre los artistas que participaron en esta deco­ración se citan a Cristóbal Ramos, quien "pintó con libertad y buen gusto al temple los adornos y paxaros de la iglesia de San Felipe Neri", Juan de Espinal y Pedro de la Fayeta y Suárez (Martín Suárez y Orozco).
     En los muros laterales de la capilla mayor y encima de las portadas colgaban dos grandes lienzos; el de la izquierda el Martirio de San Pedro atribuido dudosamente a José de Ribera, que puede corresponder al cuadro tenebrista que hoy se halla en una dependencia conventual de San Alberto en muy mal estado de conservación. A la derecha y como obra de Francisco de Zurbarán un San Pedro orando, "en el mismo lienzo había otra figura, la de Jesús atado a la columna, que no era del mismo autor". Zurbarán realizó varias versiones de este tema; en el Palacio Arzobispal de Sevilla se conserva un magnifico San Pedro Orando ante Cristo atado a la columna procedente de la iglesia del ex convento de San Alberto, que se ha puesto en relación con la de San Felipe Neri. Sin embargo, la indicación de que el lienzo fue cortado nos hace pensar en el San Pedro orando, de la colección particular de Bilbao, en el que se aprecia claramente cómo ha sido cortada en su lado derecho, en donde se ve una parte de la columna. Es de una gran calidad artística y muy similar al del Palacio Arzobispal, con una mayor fuerza expresiva y calidad en el tratamiento de los ropajes si cabe. Su ejecución se sitúa entorno a 1650.
     Otras pinturas citadas en el ámbito de la iglesia son: en el ático del retablo dedicado a San Felipe, situado en el lado del evangelio del crucero, un Ángel de la Guarda, copia de Murillo, actualmente en la sacristía de San Alberto. En el correspondiente del lado de la epístola un Descendimiento de la Cruz, copia de Van Dyck, en cobre, desaparecido. En un altar colateral del lado del evangelio un San Felipe Neri y San Félix Cantalicio atribuido al pintor italiano Matías Preti, actualmente en la sacristía de San Alberto, adscrip­ción que se considera acertada. Representa el encuentro entre ambos santos en un ambiente urbano, a los que acompañan algunos personajes en cuyos expresivos rostros se manifiesta el estilo de Preti. En el ático del último retablo del lado del evangelio de la nave dedicado a Cristo atado a la columna, una Santísima Trinidad en un óvalo, de autor indeterminado, desaparecido. También en paradero desconocido Nuestra Señora de Belén que se situaba en el tercer retablo del lado de la epístola y debajo de la escultura de Santa Bárbara que lo presidía. Sobre los dos relicarios laterales de este mismos retablo estaban San Felipe Neri con San Carlos Borromeo y Santo Tomás de Aquino, que damos por perdidos. En el ático del último retablo del lado de la epístola se cita una Santísima Virgen, de autor y paradero desconocidos. Ceán Bermúdez refiere "dos quadros historia­ dos que están a los pies de la iglesia" de Francisco Miguel Ximénez (1717-1793), quien se retrató en uno de ellos. En el coro de la iglesia de San Alberto se hallan en muy mal estado de conservación, ambas pinturas con formato de óvalos apaisados que representan a San Felipe Neri iniciando la construcción de la Chiesa Nuova del Oratorio de Roma y San Felipe ve a la Virgen sostener el techo que se derrumba, cuyo estilo coincide con obras firma­das por Ximénez, pintor secundario formado en el taller de Domingo Martínez. Representa escenas con figuras menudas y afables aunque poco expresivas.
     La galería que ponía en comunicación la iglesia con la casa y la sacristía, cubría sus paredes con una amplia colección de retratos de miembros de la congregación y del propio fundador, atribuidos a Juan Ruiz Soriano y Cristóbal de León. Del primero no existe otra constancia y sí de Cristóbal de León de quien Ceán Bermúdez afirma que realizó, además de los frescos de la iglesia, "unos diez y ocho quadros de venerables de la misma congregación del tamaño del natural al óleo, que están en la galería y antesacristía de la propia casa todo bastante bien dibuxado y pintado con espíritu". Buena parte de ellos se conserva en la iglesia y sacristía del convento de San Alberto, y representan a San Felipe Neri, San Francisco de Sales, Padre Vega, Padre Navascués, Beato Posadas y Belluga, Beato Juvenal Alcina, Beato Simón Valfré, Padre Antonio Gallonio, Venerable Tomás Bosio, Padre Ángel Belli, Padre Flaminio Ricci, Flaviano Justiniani, Alejandro Fedeli y Cardenal Francisco Tarugi.
     Debajo de estos cuadros se disponía una colección de grabados romanos, no conservados, que narraban la vida de San Felipe. Eran sesenta estampas dibujadas por Pietro Antonio Novelli y abiertas por Inocente Alessandris, más un grabado de San Felipe Neri realizado por Manuel Navarrio hacia 1795, y otro de Nuestra Señora de los Dolores de M. Brandi de 1802.
     En esta galería y sobre la puerta de acceso a la sacristía estuvo el lienzo de Cristóbal de León, con la escena de La aprobación de las Constituciones del Oratorio por Paulo V. Es un medio punto hoy en el coro alto de la iglesia de San Alberto, cuya autoría se mantiene a este pintor, fechable en el primer cuarto del siglo XVIII. Frontero a este lienzo hubo otro medio punto con Santa Teresa de Jesús, de autor y paradero desconocidos.
     En la antesacristía "especie de vestíbulo, adornado también de buenos cuadros", se cita un San Felipe adorando a la Virgen de Meneses Osario, no identificado. En la sacristía y entre sus dos ventanales, había "un hermoso cuadro de Valdés con Jesús Crucificado y la Magdalena a los pies", en paradero desconocido. De los muros de la sacristía colgaban las siguientes pinturas de autor desconocido: una Purísima Concepción, un San Pedro Peni­tente, seis apaisadas con la vida de San Nicolás de Bari, un San Cosme y San Damián y cuatro con pasajes de la vida de la Virgen. Además cuatro cobres sobre la cajonería menor que representaban los Desposorios de la Virgen, la Presentación de Jesús en el templo, y de menor tamaño la Oración en el huerto y Cristo resucitado. De todas ellas, sólo se ha identificado como posible la Concepción conservada en la sacristía de San Alberto.
     En el claustro principal de la Casa de la Congregación se cita de Lorenzo Quirós La aprobación de las Constituciones del Oratorio, conservada actualmente en San Alberto. Esta pintura hubo de formar parte de una serie dedicada a narrar el proceso de aprobación y construcción de la iglesia de la Congregación en Roma, llamada de Santa María in Vallicela, correspondiendo la "Aprobación de las Constituciones" al momento de "Aprobación de la erección del Oratorio por Gregorio XIII". De esta serie se han identificado en San Alberto, en la escalera: Traslado de San Felipe y sus seguidores a la iglesia nueva de Santa María in Vallicela y San Felipe Neri en el Oratorio. Todas presentan las mismas características de estilo y adjudicadas a Lorenzo de Quirós, pintor local de modestas cualidades artísticas.
     En la escalera que partiendo del patio principal comunicaba con la segunda planta, se situaba en su único descanso una Asunción de la Virgen, que puede ser la que se conserva en la sacristía de San Alberto, de buena factura, fechable en el primer tercio del siglo XVIII. Estaba flanqueada por dos óvalos con las efigies de San Carlos Borromeo y San Felipe Neri que igualmente pueden ser los que se hallan hoy en San Alberto. En el refectorio existió una Santa Cena apaisada, de autor desconocido, quizás la que ahora decora el comedor de San Alberto, obra de mediados del siglo XVIII.
     En la capilla de la Casa de Ejercicios hubo "un quadro apaisado que representa a San Ignacio escribiendo en la cueva de Manresa, con la Virgen que se le aparece", perteneciente a Domingo Martínez. Se conocen dos versiones del tema realizadas por el artista, una en una colección particular sevillana y otra en el convento de Santa Isabel, de Sevilla, regentado por hermanas filipenses, a donde hubo de pasar tras algunas de las supre­siones que padeció el Oratorio. Está firmada, y su fecha de ejecución se sitúa hacia 1740; presenta una equilibrada composición de efluvios murillescos.
     En el ámbito de la capilla de la Casa de Ejercicios se cita por varios autores un San Felipe diciendo misa, de Francisco Varela, obra hasta el momento sin identificar.
     En 1868 pasaron al Museo de Bellas Artes de Sevilla, procedentes de San Felipe Neri, dos lienzos de la Sagrada Familia, uno atribuido a Andrés Rubira, y el otro a Juan Simón Gutiérrez. A la parroquia de la O pasó la pintura de Simón Gutiérrez en la que se incluía al Padre Eterno, siendo las figuras de tamaño natural, y que fue colocada a la derecha del cancel y posteriormente destruida en el incendio del año 1936. La pintura de Rubira del Museo sin embargo, resulta ser la que el artista presentó a un concurso convocado por la Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla, en el que obtuvo el primer premio, por lo que no podemos afirmar que se trate de la misma obra. Finalmente, en lugar no determinado del Oratorio, hay referencia a una Adoración de los pastores, en cobre copia de Rubens, un David también en cobre, de escuela flamenca, no identificados, y un Martirio de San Pedro, de escuela italiana de mediados del XVII, que puede corresponder al que se halla hoy en el convento de San Alberto.
OTROS ENSERES
     En la iglesia y en el centro del presbiterio se formaba el coro, "con diez hermosos bancos de caoba de cómodos respaldos y perfectamente concluidos". En el lado de evangelio se situaba el púlpito y por este lado, sobre la puerta de paso a la galería de la Casa, había una tribuna sobre la que montaba el órgano que "sin duda alguna era el mejor de Sevilla, aparte de los dos incomparables de la Catedral. Tenía el nuestro escogidísimos registros, suaves y fuertes, dulces y estrepitosos, comunes y bastante raros, con sus correspondientes contras, por todos en número de 20. La caja era de pino con sobre puntas de talla, pintada y dorada. Los que lo oyeron no podrán olvidar nunca aquellos melodiosas meditaciones, ofertorios y elevaciones...". Considerado uno de los mejores construidos por el maestro Antonio Otín Calvete, tras la Desamortización fue llevado a la parroquia de la O en donde se conserva. Es un mueble barroco pintado en verdes y dorados, con tres ángeles cantando pintados sobre el teclado manual. Reparaciones y reformas, como la efectuada en las prime­ras décadas del siglo XX probablemente por Domingo Florenzano, lo desfiguraron en parte, sobre todo en lo que se refiere a sus singularidades musicológicas. Hay que señalar la importancia que los filipenses daban y dan a la música y al canto en la celebración de la liturgia, cuya tradición ha llegado a nuestros días con la conocida forma­ción vocal "Coral de San Felipe Neri", de larga trayectoria y reconocido prestigio.
    A lo largo de la iglesia se disponían un total de doce confesionarios, "dos de los cuales eran de caoba con incrustaciones de marfil y los restantes de caoba y pino entrelazados y con sobrepuestos de talla". Tras la revolución septiembre de 1868, cuatro pasaron a la iglesia de El Salvador y dos a la Catedral, así como un cancel, varias puertas talladas de caoba y cedro. El cancel principal de los pies de la iglesia era "de caoba y pino con embutidos y sobrepuertas de naranjo. Tenía dos caras: la de la parte exterior, tableada de enlazados; y la parte interior de tableros grandes, a la italiana en la que se veían juguetes y arbotantes tallados y dorados: combinación ingeniosa de pintura y oro; y en medio un óvalo con dos rojos capelos cardenalicios y una mitra; en los lados cuatro ángeles y cuatro flameros. Era un cancel de dos hojas, con dos postigos y especial cerradura de singular mérito". En la sesión municipal de 18 de marzo de 1870 consta que se le concedió a la Hermandad de Montserrat a solicitud de su mayordomo un cancel procedente de San Felipe, y otro le fue concedido a la Hermandad del Silencio para colocarlo en la puerta nueva que se había levantado en su capilla.
     Sobre las ricas y variadas piezas de orfebrería con que contó el Oratorio y la Casa de Ejercicios, el profesor Roda Peña ha realizado un reciente catálogo pormenorizado al que nos remitimos, algunas de las cuales se han localizado en San Alberto, actual sede de la comunidad filipense (Matilde Fernández Rojas. Patrimonio artístico de los conventos masculinos desamortizados en Sevilla durante el siglo XIX: Trinitarios, Franciscanos, Mercedarios, Jerónimos, Cartujos, Mínimos, Obregones, Menores y Filipenses. Diputación Provincial de Sevilla. Sevilla, 2009).
Conozcamos mejor la Historia, Leyenda, Culto e Iconografía de San Felipe Neri, presbítero:
     Fundador de la congregación del Oratorio.
     Nació en Florencia en 1515. Instaló a los oratonianos en Roma, junto a la iglesia de Santa María in Vallicella que tomó el nombre de Chiesa Nuova (Iglesia Nueva). De los intermedios musicales que organizó en el Oratorio de Roma nació el oratorio como género musical.
     Durante una de sus enfermedades se le apareció la Virgen con el Niño en medio de los ángeles.
     Murió en Roma en 1595, donde se lo conocía familiarmente con el mote de Pippo buono (Felipe el bueno).
     Fue canonizado en 1622. A partir de entonces, los oratorios, para rendir homenaje al nuevo San Felipe, adoptaron el nombre de Filippini (Felipinos). Es patrón de Florencia, Mantua y Roma. Se lo invocaba contra el reumatismo.
ICONOGRAFÍA
     Está representado en hábito de oratoniano, con un rosario.
     Un ángel le presenta un libro abierto en el cual lee las palabras del Salmo: Dilatasti cor meum.
     Sus otros atributos son una mitra y un capelo cardenalicio arrojados a sus pies. El arte italiano del siglo XVII lo ha representado muchas veces en éxtasis, y con sus visiones, sobre todo la Aparición de la Virgen (Louis Réau, Iconografía del Arte Cristiano. Ediciones del Serbal. Barcelona, 2000).
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