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lunes, 27 de julio de 2026

Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la Ruta por las Murallas y Puertas de Sevilla II: desde la Puerta de Triana hasta la Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
      La calle Gravina, bautizada así en recuerdo del héroe de Trafalgar, se llamaba anteriormente Cantarranas, por las numerosas char­cas, husillos y lagunas que había a lo largo de la calle hasta que fue empedrada en el siglo XVII. La vía discurre paralela a la mura­lla entre la Puerta de Triana y la Puerta Real, apoyándose en ella las casas de los números pares, como se ha comprobado con cada nueva construcción que debe dejar expedita la cerca islámica. Sin embargo, con anterioridad, la calle discurría sin ninguna salida extramuros hasta la apertura del tramo final de la calle Canalejas en 1926, tras el derribo de un lienzo de muralla, al igual que había ocurrido con las calles Pedro del Toro y el pasaje de Aguiar, en torno a 1889. En nuestro paseo merece la pena una breve parada ante la casa n.º 31, donde un panel de azulejos nos recuerda que allí vivió el historiador José Gestoso (1852-1917), figura imprescindible en el estudio de la cerámica sevillana, como quiso mostrarnos en el propio zaguán de su casa, lamentablemente cerrada y con cierto aspecto de abandono.
     La Puerta Real, también conocida como puerta de Goles, se ubica en la vía que desde el poniente permitía acceder a la ciudad romana, una de cuyas puertas podría estar situada en el área actual de la Campana, donde en el año 2014 la investigación arqueológica dató una estructura de sillares que podrían corresponder a la propia muralla de Híspalis o a instalaciones portuarias asociadas al paleocauce del Guadalquivir. Por otro lado, las fuentes musulma­nas no mencionan la puerta de Goles, aunque algunos autores opinan que podría tratarse de la Bab al-Muaddin citada en las fuentes. A partir del siglo XIII las fuentes documentales recogen el topónimo de Goles, término que la historiografía tradicional relaciona con una deformación del nombre de Hércules o de los gules de la heráldica, aunque hoy en día se considera que el término podría aludir a una alquería cercana con ese topónimo.
     La puerta se localizaba al final de la antigua calle de Armas, hoy de Alfonso XII (en su confluencia con la calle San Laureano), y comunicaba la ciudad con el área del Arenal aguas arriba del puente de barcas y el arrabal de los Humeros. Un elemento característico de esta puerta era su escasa utilidad defensiva, ya que en sus afueras se fue consolidando un potente muladar, un pequeño montículo formado por los aportes sucesivos de las riadas y la acumulación de basuras, que hizo necesaria la construcción de un potente muro de contención que protegiese el camino exte­rior de la puerta. Sobre dicho montículo se fue formando el arrabal de los Humeros, llamado así por la presencia de pescadores dedica­dos a la salazón y ahumado de pescado, espacio en el que Hernando Colón edificó su casa en torno a 1526, cuando se estableció definitivamente en Sevilla, y donde reunió la extensa biblioteca que legó a la catedral de Sevilla al morir. Tras su muerte en 1539, la casa y las huertas pasaron por diversas manos hasta que los Mercedarios Calzados se hicieron con la propiedad y labraron el Colegio de San Laureano (1604-1835), para lo cual se demolió gran parte del antiguo palacio, muy debilitado por las últimas inundaciones y la inestabilidad del muladar sobre el que se asentaba. Del edificio mercedario aún se conservan diversos sectores del mismo, como su iglesia, donde tuvo su sede la Hermandad del Santo Entierro hasta la desamortización, cuando el edificio se transformó en cuartel de Intendencia y se labró la fachada actual. Posteriormente, en el siglo XX el viejo edificio pasó a acoger en torno al patio otros usos que aún recordamos, como talleres, almacenes y bares de copas, que dieron paso más tarde a un conjunto residencial, mientras que la antigua iglesia ha sido restaurada por el Ayuntamiento para su uso como equipamiento público.
     Como podemos observar en la imagen, en el plano de Olavide se advierte un muro paralelo a la muralla frente a la puerta y acodado a ella, del cual aún se conserva el tramo perpendicular a la misma, y que serviría de contención de las frecuentes riadas que asolaban el arrabal. Asimismo, la documentación menciona en este área de la muralla la presencia de huecos abiertos en la cerca para esquivar la vigilancia fiscal presente en las puertas de la ciudad.
     La antigua puerta de la cerca islámica fue reformada en varias ocasiones antes de ser sustituida en 1565 por el nuevo diseño renacentista de Hernán Ruiz II. Esta puerta, más ancha y sin recodo, constaba de un arco de medio punto, flanqueado por dos capillas en su interior, la de la Virgen de las Mercedes, devoción que aún se mantiene, y la de San Antonio de Padua. Estaba coronada por un frontón triangular con el escudo de la ciudad y cuatro grandes esferas pétreas.
     A partir de 1570, se la denominó Puerta Real, con motivo de la entrada del rey Felipe II por dicho acceso, al sustituir el cabildo sevillano la puerta de la Macarena, entrada habitual de los monarcas hasta ese momento, por esta otra que había sido reformada recien­temente. Para la ocasión, el humanista Juan de Mal Lara planificó un complejo programa de actividades coincidente con la presen­cia de la Flota de Indias en el Arenal, por lo que se hizo entrar la comitiva real por el río para acceder desde esta puerta a la calle de Armas y continuar por la plaza del Duque de Medina Sidonia, calle de las Sierpes, plaza de San Francisco, Alcaicería de la Seda y desde la Catedral alcanzar los palacios del Real Alcázar.
     Al pie del antiguo Colegio de San Laureano, el Ayuntamiento colocó en 2008 una lápida para recordar el fusilamiento en el cercano campo de Marte (actual plaza de Armas) de 82 jóvenes liberales levantados contra el Gobierno de Narváez en 1857, un lamentable ejercicio represor contra el que no pudo hacer nada el entonces alcalde de Sevilla, Miguel de Carvajal y Mendieta, quien, según la leyenda, lloró de impotencia sentado en el sillar que desde entonces es conocido como la «piedra llorosa».
     La puerta fue derribada en 1865 para facilitar la conexión de la ciudad, a través de la calle de Armas, con la nueva estación de ferrocarril en la plaza de Armas, el antiguo campo de Marte, un espacio donde las milicias venían realizando sus ejercicios de armas hasta que en 1858 tuvieron que trasladarse al prado de Santa Justa con la llegada del transporte ferroviario. En la plaza de la Puerta Real hay un paño de azulejos que recrea la antigua puerta, de la que se conserva un lienzo de la muralla islámica con una lápida conme­morativa que recuerda la reforma de 1565.
Calle Goles
     La vía discurre casi en paralelo a la muralla de la ciudad, de la que se conserva parcialmente un lienzo que podemos contemplar al ini­cio de la calle tras el templo de San Laureano, en el encuentro con la calle Barca. Es interesante observar desde este punto las diferencias de cota a uno y otro lado de la muralla del sector por las razones comentadas anteriormente, quedando el arrabal de los Humeros a mayor altura respecto a la calle Goles.
     Esta calle no tuvo ninguna apertura al exterior hasta el siglo XIX, cuando la muralla fue demolida para dar paso a la instalación de las vías del ferrocarril en la actual calle Torneo y se abrieron las conexiones con esta vía de las calles Baños, Pascual de Gayangos e Imaginero Castillo Lastrucci, además del pasaje entre Goles y la calle Luis Rey Romero, anteriormente extramuros en el arrabal de los Humeros.
     En la zona de los pares, extramuros, se ubicaría la huerta del humanista Hernando Colón, visible aún en el plano de Olavide, donde se mantuvo hasta comienzos del siglo pasado el zapote traído de América en el siglo XVI. En esta vía es interesante la casa n.º 30, de Juan Talavera, y la n.º 43, del arquitecto Gómez Millán, 1911-13, donde se ubicaba el garaje Laverán, el cual alberga actualmente un depósito de piezas arqueológicas de propiedad municipal. Más adelante, en el n.º 54, se observa un moderno bloque de viviendas que incorpora en su fachada restos de la Fundición Metalúrgica Orta Balbontín, un recuerdo de la gran actividad industrial que tuvo este área hasta bien entrado el siglo XX.
     Salimos por la calle Imaginero Castillo Lastrucci hacia la calle Torneo.
     Esta amplia avenida recibió este nombre en el siglo XIX, aludiendo a una leyenda que hablaba de un torneo en este área en el que habría participado Guzmán el Bueno. Inicialmente, esta calle abarcaba el amplio espacio extramuros entre la puerta Real y la puerta de la Barqueta, recibiendo el topónimo de cada puerta cercana.
     Todo este sector de la muralla fue el más castigado por la acción destructora de las avenidas del Guadalquivir desde los inicios del entramado defensivo, por lo que fue reconstruido en numerosas ocasiones, dotándosele de torres de sección semicircular que ofrecían mayor resistencia a la acción erosiva. En el ámbito extramuros se había construido un arrecife para defender esta parte de la ciudad de las numerosas crecidas del río Guadalquivir, que dañaban especialmente esta zona y en la que vertían numerosos husillos procedentes del interior de la ciudad. Desde la conquista castellana de la ciudad este área mostró una bajísima densidad demográfica y un escaso valor residencial, de ahí la temprana presencia de aquellas actividades especialmente molestas por su pestilencia, tales como las curtidurías o tenerías y las sayalerías, que las ordenanzas municipales ordenaban se ubicasen en áreas alejadas y semivacías del interior amurallado. Más tarde, en el siglo XIX, se ubicó en esta zona la fundición metalúrgica de Narciso Bonaplata en el desamortizado convento de San Antonio, aprovechando los amplios espacios conventuales y el idóneo carácter alejado para una actividad industrial contaminante, ventajas a la que se sumaría en unos años la cercanía del trazado ferroviario una vez derribada la muralla.
     Anteriormente, los monjes franciscanos del convento de San Antonio de Padua, fundado en el siglo XVII, habían abierto en la muralla de la ciudad un postigo para su uso exclusivo, que les per­mitía acceder desde sus huertas hacia la ribera del río Guadalquivir, el postigo de San Antonio mencionado en algunas fuentes.
     El llamado portillo de San Juan, diminutivo que ya nos indica su importancia menor en la ciudad, recibía su nombre del cercano compás de la Encomienda de San Juan de Acre, de la Orden de Malta (jurisdicción desaparecida en 1837 como ya comentamos en un capítulo anterior), aunque también se la conocía como de la Grúa, o del Ingenio, por el que existía en las orillas del río para ayudar a la carga y descarga de las barcazas que transitaban entre el puente de barcas y Córdoba. Además de este tráfico, durante la Edad Media este área también acogió el de las pequeñas embarcacio­nes que podían superar el puente de barcas por la sección levadiza de sus extremos, hasta que una normativa de los Reyes Católicos exigió el traslado definitivo al Arenal de toda actividad portuaria, causado en gran parte por las dificultades que presentaba el curso fluvial para la navegación aguas arriba del puente, a lo que también se sumó el traslado de la Aduana desde este espacio al Arenal en el siglo XVI. Por otro lado, en este espacio intramuros también se encontraba el convento de Santiago de la Espada, perteneciente a la Orden Militar de Santiago, actualmente colegio religioso de las Mercedarias, así como la ermita de la Virgen de la Estrella.
     Las fuentes islámicas no mencionan esta puerta, que debía de ser del tipo torre-puerta, similar a la que aún tenemos en la puerta de Córdoba, aunque su aspecto fue modificándose con las sucesi­vas reformas, entre las que sobresalen las realizadas en 1758, una auténtica reconstrucción del conjunto amurallado de este sector, en estado ruinoso a causa de los embates del Guadalquivir. La puerta se encontraría en el espacio de la actual calle Pérez de Garayo, como han documentado las excavaciones realizadas por Fernando Amores en 1995 y como se advierte en los planos del área que levantó la antigua Cía. de Ferrocarriles MZA para levan­tar la línea Sevilla-Córdoba, que fue la responsable del derribo de esta puerta y de los lienzos de muralla adyacentes. No obstante, años antes del derribo de la muralla, un fotógrafo anónimo consiguió recoger en su cámara un documento excepcional del área, ya que documenta el último estado de la muralla con su almenado, y tras ella la fundición de Narciso Bonaplata, el templo de Santiago de la Espada, el husillo real, el monasterio de San Clemente y el Patín de las Damas en la puerta de la Barqueta, reflejados sobre el Guadalquivir, como podemos advertir en la imagen.
     La puerta fue demolida en 1863 y ya la prensa del momento reco­gía que el espacio exterior era un área de baños fluviales, por lo que hubo que establecer turnos horarios y "cajones" para el baño separado de ambos sexos, como venía ocurriendo en otros espacios del río a su paso por Sevilla. Más allá, en el n.º 26 de la calle actual, Aníbal González diseñó el edificio para la fábrica de mol­duras y espejos, La Moldurera, entre 1908 y 1910, en cuya parte trasera se instaló la fábrica de fósforos de Enrique Ramírez, y que actualmente acoge la sede del Instituto Andaluz de Administración Pública.
     A continuación, llegamos a la calle Lumbreras, llamada así por los registros de la cloaca que discurría bajo la calle para desaguar la Alameda, la cual vertía al río en el llamado Husillo Real, cuyos últimos vestigios fueron lamentablemente demolidos cuando se realizaron obras en la conexión de esta vía con la calle Torneo en 1991, en el contexto de las obras para la Exposición Universal de 1992. En este punto se observa el trazado de la antigua muralla sobre el acerado actual, como resultado de la preceptiva intervención arqueológica en el solar vecino, la cual permitió documentar las obras de defensa de la ciudad frente a las frecuentes crecidas del río, como, por ejemplo, la estructura semicircular adosada a la muralla en torno al siglo XVI y que podemos advertir en el plano de Olavide. Cerca de este punto se encuentra la calle Arte de la Seda, urbanizada en el s. XVI sobre una serie de huertas pertenecientes al cenobio cisterciense de San Clemente, que nos recuerda la presencia de este gremio en el compás viejo del monasterio, donde se labro un hospital bajo la advocación del santo cuya festividad recuerda la conquista de Sevilla por las tropas de Fernando III el 23 de noviembre de 1248.
     En nuestro paseo debemos intuir la muralla bajo el acerado de la calle Torneo, hasta llegar a la puerta de la Barqueta, una vez superados los muros traseros del monasterio de San Clemente.
     El primer topónimo conocido para esta puerta es el de Bibarragel, procedente del término árabe Bab al-Ragwal, que alude al camino que conducía hasta Qalat Ragwal, la actual Alcalá del Río. Sin embargo, a partir del siglo XIV las fuentes la mencionan también como puerta de la Almenilla, que al parecer de los cronistas aludía a la torre albarrana junto a la puerta y a la almena que coronaba la puerta, utilizada para medir la altura de las frecuentes avenidas del Guadalquivir. Posteriormente, también adopta el nombre popular de la Barqueta, por la barca que cruzaba el río hacia el camino de Santiponce, en un punto donde también se ubicaba un vado practicable. La puerta se ubicaría aproximadamente donde hoy se encuentra la isleta central del tráfico frente al puente Mapfre o de la Barqueta.
     Algunos autores opinan que la puerta islámica formaría parte de un complejo sistema de fortificaciones que pretendía asegurar la defensa de la ciudad en su ángulo noroccidental, el menos poblado en el momento, el cual estaría formado por una alcazaba de origen abbadí, cuyos restos se han localizado bajo el monasterio de San Clemente, y una torre albarrana asociada a su correspon­diente coracha, levantada por el poder almohade a comienzos del siglo XIII, en el contexto de reforzamiento de las defensas urbanas ante los avances castellanos, similar al complejo de Atarazanas y torre del Oro.
     Sin embargo, el principal peligro de este área fortificada eran los embates de las crecidas fluviales en la curva que allí formaba el río, por lo que la muralla urbana debía impedir el paso de las ave­nidas hacia el interior de la ciudad por la actual calle Calatrava (por la orden militar que ocupó el solar de la actual parroquia de Belén), por donde discurría el paleocauce del Guadalquivir hasta la Alta Edad Media. En este sentido, una vez consolidado el cauce actual y abandonado el antiguo, se originó la laguna de la Alameda cuyas aguas discurrían por diversos husillos por Amor de Dios, Campana, Sierpes, y Plaza Nueva hasta la laguna de la Mancebía, y desde allí buscaban el cauce principal del río. Esta agresiva actividad fluvial provocó desde la Edad Media las constantes reformas de la muralla, que a duras penas soportaron el fuerte empuje de las aguas, especialmente tras la dura inundación de 1626, que obligó a construir un nuevo muro interior en la plaza de Vibarragel, maci­zándose la superficie entre este, la puerta de la Almenilla y la torre del Gallinote del muro medieval. Se formó así un terraplén elevado sobre el que se dispuso una explanada almenada que funcionaba como un espacio de paseo y esparcimiento con vistas al río, conocido como el patín de las Damas o también el Blanquillo, cuyas huellas se han marcado sobre el pavimento en el inicio de la calle Resolana, junto al parque de los Perdigones.
     Este conjunto fortificado tuvo que ser reforzado nuevamente en numerosas ocasiones, como ocurrió en 1773, cuando el Cabildo ordenó la construcción de una serie de diques y malecones frente al río, desde el llamado husillo del Taco, aguas arriba de la Barqueta junto al lavadero de lanas, hasta el arrabal de los Humeros, con el objetivo de evitar que la fuerza de las aguas erosionasen la orilla y socavaran la muralla. Para ello hubo que demoler la torre del Gallinote, proa de la muralla, y se construyó una potente explanada exterior y una escalinata que bajaba hacia el embarcadero. Se formó así un paseo extramuros que recibió el nombre de paseo de las Delicias, hasta que este topónimo pasó a ser utilizado en el nuevo paseo ordenado por el asistente Arjona al sur de la puerta de Jerez. Este primer paseo de las Delicias será el que vendría a ser ocupado en el proyecto ferroviario de la Compañía Ferroviaria M.Z.A. años más tarde, lo cual provocaría la privatización del espacio extramuros hasta los Humeros y el cierre de los pasos hacia el río, que se mantuvo hasta las obras con motivo de la Expo 92. Así pues, como ya comentamos en otro capítulo anterior, la construcción del ferrocarril Sevilla-Córdoba hizo necesaria la demolición del patín de las Damas y de la puerta de la Barqueta en torno a 1858, ordenándose el espacio resultante entre las actuales calles Puerta de la Barqueta, Vib Arragel y Bécquer que encierra una manzana de viviendas, hoy rehabilitada, obra del arquitecto José Espiau y Muñoz de comienzos del XX (Esteban Moreno Hernández. En torno a las murallas de Sevilla. Guía por las puertas y límites de un casco antiguo. El Paseo editorial. Sevilla, 2023).
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viernes, 19 de diciembre de 2025

La desaparecida Puerta de la Barqueta

     Por Amor al Arte, déjame ExplicArte Sevilla, déjame ExplicArte la desaparecida Puerta de la Barqueta, de Sevilla.
      La Puerta de la Barqueta, se encontraba en la avenida Torneo, en su confluencia con la calle Puerta de la Barqueta; en el Barrio de San Lorenzo, del Distrito Casco Antiguo, de Sevilla.
     Estaba situada en la calle Torneo, a la altura de la calle Blanquillo.
     A esta puerta se le han aplicado hasta tres topónimos diferentes a lo largo de su historia, como son los de Bibarragel en sus múltiples variantes, de la Almenilla y de la Barqueta.
     El primero de ellos no aparece documentado en las fuentes musulmanas, aunque su etimología árabe evidente y el hecho de figurar en la documentación castellana del siglo XIII, permiten suponer que tras la conquista cristiana, tal y como ocurrió en las puertas de la Macarena, Triana y Carmona, se castellanizó su nombre árabe de bab al-Ragwal, el cual haría referencia a la población a la que conducía el camino que de ella partía y, que según F. Hernández, sería Qalat Ragwal, es decir Alcalá del Río, aunque hay quien considera que el nombre árabe de la puerta sería el de bab al-Rayyal o "de los peones".
     El topónimo de la Almenilla aparece ya registrado en un documento de los Papeles del Mayordomazgo fechado en 1386, si bien hace referencia a una torre albarrana cercana a la puerta, y que en el siglo XVI todavía menciona Peraza. Sin embargo, no lo encontramos designando a esta puerta hasta este siglo.
     Por su parte, el de la Barqueta es mucho más moderno, ya que no aparece hasta el siglo XVII, aunque será el que se imponga definitivamente.
     En cuanto al origen del primero de los topónimos, es decir el de Bibarragel, los historiadores sevillanos lo explican a partir de una plaza del mismo nombre que estaba junto a la puerta.
     Sólo Peraza intenta explicar su etimología, aunque duda entre dos posibilidades: que signifique "puerta de huésped", y a que este sería el significado de Ragel en árabe, o "puerta de Ragel o Laget", nombre del individuo a quien estaría dedicada. Sin embargo, este autor utiliza este topónimo para referirse a la que el resto de la historiografía designa con el de San Juan o del Ingenio, en lo que coincide con Palomo y, en un primer momento, con Ortiz de Zúñiga, puesto que este último duda a la hora de identificar este topónimo con la puerta de San Juan o la de la Almenilla, si bien finalmente se decide por ésta.
     En cuanto al topónimo de la Almenilla, casi todos los autores coin­ciden a la hora de explicar su origen en virtud de una que coronaba la puerta y servía para medir la altura alcanzada por el Guadalquivir en sus crecidas, cuya existencia tenemos documentada al menos desde 1485, aunque hay quien lo relaciona con la torre "del Almenilla".
     Por último, la historiografía sevillana es unánime a la hora de explicar el origen del topónimo de la Barqueta a partir de la presencia junto a esta puerta de una barca que posibilitaba atravesar el Guadalquivir, cuya existencia tenemos documentada al menos desde 1437.
     El único dato que tenemos acerca de la primitiva estructura de la puerta islámica data de 1386, y en él queda patente, en contra de lo que sostiene algún investigador, que la torre de la Almenilla nada tiene que ver con esta puerta: "la obra que se a de fazer en la torre del almenilla, et despues buelve fasta la torre de la puerta de bilbarrejel". Por lo tanto, se tra­taría de una torre-puerta con acceso en recodo único y protegida por barbacana.
     La historia de este punto de la muralla es extremadamente compleja debido a las numerosísimas obras que se realizaron en ella, puesto que así lo requerían los continuos daños que ocasionaban las crecidas del Guadalquivir.
     Ahora bien, de estas obras debe destacarse la que tuvo lugar durante los años 1627 y 1628, puesto que ante el estado de ruina en la que se encontraba la puerta a consecuencia de la inundación de 1626, "tan baxa, que casi quedaba inferior a la madre del río (...), aplicándose con gran zelo el Asistente Conde de la Puebla del Maestre (...) y arbitrando medios, á que exhaustos los propios de la Ciudad no podian contribuir", debió levantarse "(...) tanto, que su umbral baxo quedó donde estaba el alto de la antigua, con que quedó superior, no solo al río en su ordinario curso, sino en sus mayores crecientes". En términos muy similares se expresan González de León y Palomo.
     Según parte de la historiografía, las obras también habrían consistido en la construcción de dos torreones que flanqueaban la puerta, tal y como figura en un dibujo de Tovar. Sin embargo, Ortiz de Zúñiga se refiere a estas obras en los siguientes términos: "embebiéndola (la puerta) en un robusto y alto torreón escarpado", en lo que coincide con el testimonio de Espinosa y Cárcel, así como con la planta de la puerta que figura en los planos y proyectos de obras de los siglos XVIII y XIX.
     Por lo tanto, tras estas obras la puerta de la Barqueta adquirió el aspecto con el que permaneció, salvo las modificaciones hechas a finales del XVIII, hasta su derribo a mediados del siglo XIX.
     En lo que a las inscripciones se refiere, en 1617 se colocó una lápida con inscripción en castellano, conmemorativa de las obras que se iniciaron en 1604 y concluyeron aquél año y que fue redactada por el humanista Francisco de Rioja.
     En 1628 se colocó otra lápida de mármol con inscripción latina en conmemoración de las obras que se realizaron tras la inundación de 1626. Conocemos su emplazamiento gracias a la historiografía, puesto que los tres autores que la recogen coinciden en situarla en la torre que flanqueaba la puerta.
     Otra lápida con inscripción en castellano en conmemoración de las obras que se efectuaron entre 1773 y 1779 se colocó en 1780. Sabemos a través de la historiografía y del dibujo de Tovar, que se encontraba colocada en en el muro exterior del Blanquillo.
     La inscripción de 1617 debió perderse tras la inundación de 1626, puesto que la práctica totalidad de la historiografía no la recoge y Llaguno y Amirola afirma que la localizó "en un códice antiguo".
     La de 1627 se conserva en los fondos del Museo Arqueológico Provincial, donde ingresó el 12 de marzo de 1880 entregada por la Comisión de Monumentos (R.E. 273).
     Por su parte, la de 1780 pertenece a la Colección Arqueológica Municipal, cuyo número de inventario es el 21, encontrándose expuesta en la galería de acceso de la Torre de Don Fadrique (Daniel Jiménez Maqueda, Estudio histórico-arqueológico de las puertas medievales y postmedievales de las murallas de la ciudad de Sevilla. Guadalquivir Ediciones. Sevilla, 1999).
     No todas las puertas de la vieja muralla de Sevilla daban a un camino principal. Algunas se abrían, como hemos visto, al viento y la nada. Mas también hubo otras que conducían al mis­terio o la ensoñación; al enigma que corre a ocultarse bajo las aguas verdes del río cuando una esquila conventual se oye anunciando el amanecer. O a una tumba que debería haber estado aquí pero que no está.
     Un monasterio cisterciense y un edificio abandonado que aguarda tiempos mejores para ser demolido y sustituido por vaya usted a saber qué invento, encuadran las esquinas de la calle Calatrava; la arteria que conduce hasta el interior de la ciudad desde este lugar que en 1992 volvió a llamarse la Barqueta, después de haber permanecido durante casi un siglo convertido en una sórdida esquina, entablada frente a la tapia que guardaba las vías del ferrocarril. Nadie pudo imaginar durante todos esos años de grisura, tráfico, atascos, hollín y grafitis -«Tonto el que lo lean- que este lugar hubiera sido en el pasado un sitio de esparcimiento y recreo; el hermoso y romántico rincón donde la ciudad se encontraba con el río que le dio el ser y también con más de un quebradero de cabeza. Porque aquí era precisamente por donde primero se colaban las aguas del Guadalquivir cuando los temporales las hacían salirse de madre.
     Esta también pudo ser la apartada orilla de Don Juan, el román­tico enclave donde hasta Gustavo Adolfo Bécquer quiso tener su tumba, deseo que el poeta expresó en una de las cartas que escribió desde su celda del monasterio de Veruela; un sepulcro desgastado por el tiempo, lleno de verdín y oculto por la hojarasca de un otoño eterno, sobre el que se proyectase la sombra triste de un sauce. Al final, la ciudad contravino los deseos del poeta y destinó sus huesos a reposar en un lugar mucho más olvidado que este: el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Lo cierto es que los poetas parecen demostrar una misteriosa querencia funesta por este lugar, pues acaso fue también en este recodo del río donde a punto estuvieron de ahogarse varios de los más egregios integrantes de la generación del 27. Con ocasión de su estancia en Sevilla para participar en el homenaje a Góngora organizado por el Ateneo donde se harían la famosa e histórica foto, Federico, Alberti, Dámaso, Guillén, Chabás, Bacarisse y Bergamín decidieron cruzar el río de noche en una barca guiándose de una maroma que hacía de catenaria entre orilla y orilla. La que pretendía ser una más de las muchas aventuras que vivieron en aquellos días del diciembre sevillano a punto estaría de costarles la vida. El viento empezó a soplar, el río a agitarse, la maroma a tensarse describiendo un violento arco y la barca a parecerse a la de Caronte. Al evocar el suceso, Dámaso Alonso recuerda cómo las risas que llevaban de tierra se les fueron poco a poco apagando, conforme la crecida del río iba acrecentando la amenaza. "El Guadalquivir, inmenso toro oscuro, empujaba la barca, la que­ría para sí y para el mar". Y al llegar a la mitad del camino, García Lorca entró en pánico. "Tanto y con tanta ponderación lamentaba haberse embarcado, que primero creí que se trataba de una broma más, entre sus bromas. No, era auténtico terror; le salía de la carne, al contacto de aquella fuerza negra, mugidora, fría,.. Por fortuna, los poetas ganarían la orilla sanos y salvos sin que nada les pasara, bien es cierto que el destino le tendría reservada a Federico García Lorca una prueba aun peor. No está claro, sin embargo, el punto exacto donde tal episodio aconteció. Si fue donde cruzaba el río la barqueta que dio nombre a la puerta, no se ha podido averiguar, pero no es descartable. En todo caso, se non e vero, e ben trovato.
     Todavía entonces no podía ser más a propósito este recodo del Betis para que en él aconteciera una tragedia de tantísima trascendencia literaria. Ciertamente, para que Bécquer soñara con tener aquí su tumba, el paisaje debió de parecerse bastante poco al que tuvo durante la mayor parte del siglo XX. Y así fue. El río Guadalquivir ascendía hasta aquí formando una perfecta línea paralela con la vieja muralla de la ciudad, que en este punto viraba para dirigirse hacia la puerta de la Macarena, mientras el río continuaba hasta la hacienda de Buenavista, donde se erigía el monasterio de los Jerónimos. Justo en este rincón de la cerca era donde se alzaba la vieja Puerta de Vib Arragel, que andando el tiempo sería llamada de la Almenilla y más tarde de la Barqueta, adoptando el de la embarcación que durante años se halló en este punto del cauce fluvial para conducir a la otra orilla a los viajeros que se encaminaran hacia Santiponce y, más allá, a Extremadura. Tenía este rincón de la ciudad un punto bucó­lico, conferido por la presencia del río y la fronda del bosque de rivera que lo festoneaba, y también ese punto entre melancólico y enigmático que tienen los sitios donde las ciudades acaban, yendo a perderse en una nada incierta, pues no había camino más allá de la vieja Puerta de la Barqueta, sino la enigmática y voluble senda verde del milenario Guadalquivir.
     Tal vez por todo ello el halo misterioso de la leyenda acabaría haciendo presa en este rincón donde la ciudad se encontraba con el río, provocando que lo que al principio fuera el escenario para el esparcimiento y recreo de las gentes, pasara de los gozos a las sombras y se convirtiese andando el tiempo en una sórdida y oscura trampa donde mejor resultaba no aventurarse, pues allí merodeaban randas peligrosos que el común tomó por fantasmas -los fantasmas del Blanquillo-, aunque de fantasmas tenían más bien poco.
     Cuando a principios de los años noventa del siglo pasado fueron demolidas las últimas construcciones ferroviarias que aún existían al final de la Resolana, quedaron al descubierto los restos de una enorme construcción de argamasa que inmediatamente fueron relacionados con restos de la muralla. En efecto, guardaban esa relación, pues tales restos eran a buen seguro lo único que aún se conservaba de lo que en tiempos se denominó el Patín de las Damas. Cuenta Ortiz de Zúñiga que en el año de 1383, para hacer frente a las avenidas del río, y como defensa de la ciudad en el punto donde más combatían sus aguas, se determinó construir una especie de malecón de argamasa, terraplenando la zona que había entre la muralla y el río a la altura de la puerta de la Barqueta, llamada entonces de la Almenilla. Aquella obra daría lugar a una gran planicie junto al río que pronto empezó a ser frecuentada por los sevillanos, que disfrutaban allí de agradables paseos; de ahí su nombre origi­nal. Las cosas, sin embargo, se irían torciendo poco a poco, conforme el Guadalquivir fue devorando aquel potente malecón de argamasa que hubo de ser reforzado en varias ocasiones, hasta la definitiva de 1773. Claro que para entonces, Sevilla ofrecía otros lugares de esparcimiento, como la Alameda de Hércules, que la población tenía más a mano. Tal fue la causa de que el patín dejara de serlo y el lugar de las damas fuera ocupado por unos fantasmas que, en realidad, eran algo bastante peor, pues aquellos que el pueblo tomaba por almas en pena, ánimas del purgatorio que buscaban en vano la salvación, no eran sino malhechores que se amparaban en las sombras y la desolación que se habían adueñado del antiguo lugar de recreo y esparcimiento para cometer sus sangrientas fechorías; bandidos que cuando no tenían para desvalijar a un infeliz que hubiera cometido la temeridad de aventurarse en sus dominios se dedicaban al contrabando, introduciendo en la ciudad mercancías sin abonar los correspondientes derechos de puerta, para lo cual se disfrazaban del modo más grotesco simulando ser espectros que, como apuntaba Álvarez-Benavides, volaban luego a las tabernas para repartirse "los dones que alcanzaban en la tierra procedentes de manos que muchas veces terminaban de hacer milagros cuando aparecían clavadas en las escarpias por las calles de la ciudad y caminos vecinales". 
     Claro que el bueno de Álvarez-Benavides, pese a su afán de evaporar la superchería y falsas creencias que se habían instalado entre los sevillanos de su época, también nos legó a propósito de la Puerta dela Barqueta y su anexo Patín de las Damas, luego llamado el Blanquillo, un increíble relato que parece sacado de la novela de Las minas del rey Salomón. Cuenta que al ser demolida "se hizo un descubrimiento muy curioso. En el costado izquierdo de la misma y cerca de las escaleras que conducían al Blanquillo, apareció la entrada de un subterráneo. Esta bajada de boca cuadrangular dirigía primero sus escalones hacia el río, después continuaba en dirección paralela al mismo tiempo, a continuación aparecía una mina que se dirigía a la izquierda y, por último, tornaba a ser paralela al Guadalquivir y daba entrada a un espacio cuadrado y abovedado que contenía una gran piedra en su centro y parecía haber servido de mesa. En uno de los ángulos de este espacio aparecían señales de una puerta con dirección al sur, y otra también que se descubrió tapiada, cerraba el paso de una distinta galería colocada en dirección hacia el este. La construcción de aquella misteriosa obra indicaba ser de origen romano y, al ser descubierta, lejos de practicar un detenido examen de ella, se apresuraron a rellenarla de escombros proceden­tes del derribo y la vía férrea extendió por encima su raíl sin que nadie se preocupara en hacer más averiguaciones sobre el particular... ¿Realidad o ficción? Imposible ya averiguarlo.
     Todo ello empezó a cambiar cuando en 1858 la Puerta de la Barqueta, protomártir de las puertas de la muralla de Sevilla, fue demolida. También Álvarez-Benavides cuenta que por aquel tiempo un señor inglés que vivía en Sevilla, con la guasa propia de la tierra que por lo visto había ya adquirido, aunque también con una ironía y un gusto por lo realmente valioso que son genuinamente británicos, solicitó permiso para levantar en el lugar donde estuvo la puerta un monolito que pusiera: "Hércules te edificó, Julio César te cercó de muros y torres altas y un alcalde me mandó derribar con otras cuantas". Esta, lamentablemente, ha sido la historia de Sevilla desde hace muchas décadas. La historia de una ciudad que fue a parar a manos de gentes con un concepto torvo, cejijunto e ignorante del progreso. Así, la Barqueta, que una vez fue lugar de recreo y esparcimiento, acabó siendo arrasada por las vías del tren. Y con ella, toda esta orilla del río. 
   La Exposición Universal de 1992 nos hizo descubrir muchas cosas del mundo, pero también de la propia Sevilla. En particular, este rincón que, desplazado el tren y demolida la ominosa tapia que lo oculta, volvió a ser el mismo. O, por decirlo más exactamente, volvió a llamarse igual que antiguamente. Ahora no es una barcaza, sino un puente lo que lleva hasta ese otro camino, también de alguna manera incierto, que es el barrio de la Cartuja. Algo, no obstante, permanece igual desde hace ya casi ocho siglos: mucho antes del amanecer, mientras las oscuras aguas del río se llenan de ondas que dibujan con sus saltos los fantasmagóricos peces que nadan en ellas, una esquila suena llamando a la primera oración del día a las monjas del monasterio de San Clemente. Es lo único que logró man­tenerse intacto, más allá de los siglos y los avatares desde que el rey San Fernando conquistara la ciudad. Mientras el eco de esa campana siga irrumpiendo en el misterio negro de la noche para disolver sus sombras y abrir el camino a la luz, en algún lugar de la memoria pétrea de la ciudad seguirá estando en pie la Puerta de la Barqueta. Y allá cerca, inclinado junto al río, habrá también un sauce derramando eternamente lágrimas secas sobre el musgo que oculta el sepulcro de un poeta cuyo nombre el tiempo borró (Juan Miguel Vega, Veintitantas maneras de entrar en Sevilla. El Paseo. Sevilla, 2024). 
        Estuvo erigida en la actual esquina de las calles Calatrava y Vib Arragel (nombre que también tuvo en su día la puerta, luego llamada de la Almenilla y finalmente de la Barqueta). Aquel lugar era donde entonces más combatían las aguas del Guadalquivir, pues en él la corriente se encontraba con los muros de la ciudad; no pocas veces de forma violenta. Para cruzar el río hubo también en este lugar del cauce una barcaza que le daría finalmente nombre a la puerta. Como todas las demás puertas, había sido renovada en la segunda mitad del siglo XVI, pero en 1626 resultó muy dañada por la mayor inundación que sufrió Sevilla a lo largo de toda su historia. El Asistente Lorenzo de Cárdenas ordenó reconstruir­la, tarea que se completó en 1628. La puerta fue recrecida 'tanto que su umbral baxo quedó donde estaba el alto de la antigua, con que quedó superior no sólo al río en su ordinario curso, sino en sus ma­yores crecientes'. La puerta quedó embebida en un 'alto y robusto' torreón escarpado, 'desde el cual se corrió un través de muralla en parte retirada de la antigua, con bastante fondo y fuertes cubos que del todo dexaron segura en incontrastable aquella par­te'. La Puerta de la Barqueta fue la primera en ser demolida, hecho que ocurrió el año 1858. Cuentan que un inglés que vivía por la zona propuso que en el lugar del derribo se levantase un monolito con la inscripción: 'Hércules te edificó, Julio César te cercó de muros y torres altas y un alcalde me mandó derribar con otras cuantas' (Exposición Puertas de Sevilla, ayer y hoy. Sevilla, 2014).
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